Está en la página 1de 38

ATENEO DE MAGALLANES

CUARTA SESIÓN PÚBLICA

EL DIVORCIO
Conferencia dictada en el Teatro Municipal
el 11 de Agosto de 1924,
por el Abogado
Don BELISARIO VIDELA PRIETO

•%#&-

PUNTA ARENAS
IUPBBNTA T L1I0OBAFÍA «EL MAOALLANJC9»

1924
ATENEO DE MAGALLANES

CUARTA SESIÓN PÚBLICA

EL DIVORCIO
Conferencia dictada en el Teatro Municipal
el 11 de Agosto de 1924,
por el Abogado
Don BELISARIO VIDELA PRIETO

PUNTA AREXAS

rilPRBNTA Y LITOGRAFÍA «EL MAGALLANES»

lí!'24
EL DIVORCIO

La institución del divorcio tiene un antiquísimo e ilustre abolengo.


Estudiando la historia die esa institución, se la encuentra en todos los
pueblos de la tierra; pueblos de la Mesopotamia; &n las miste
en los
riosas soledades del valle del Nilo; en el pueblo egipcio, que durante
siglos pasó por ser el más antiguo; en las altiplanicies de la India,
en las playas lejanas de¡l Asia; se la encuentra en el pueblo que se

llamaba elegido por Dios, entre los israelitas; en la pintoresca y


poética Grecia, con todos sus encantos y sus luces, con aquellas expan
siones de civilización antigua en que se infiltró el pueblo más domina
dor de la tiérrH; se- la encuentra, en Un, en aquella Roma bato todas
sus etapas evolutivas, en todos los períodos de su historia; bajo la

monarquía, regida por la República, en tiempos del Imperio, y basta


el momento de la disolución de aquel coloso, todos sus fragmentos,

gérmenes de nuevas nacionalidades, conservaron la institución del d¡-

Tendiendo la vista a la legislación comparada, a todos los pue


blos contemporáneas, encontramos 'en la casi unanimidad, adoptada la
institución del divorcio. Agrupando a las naciones por razas, aparece
en varios países latinos, que <¿stán a la cabeza de la civilización, de
confesión religiosa católica, apostólica, romana, como Francia, Bél
gica y Austria. La encontramos en los países de raza germánica; \n

los pueblos anglo-sajones, en los países escandinavos; un los pueblas


eslavos; en todos los continentes; bajo todas las razas, con todas las
religiones; bajo todos los climas; con la diversidad de regímenes po
líticos; desdo la liberal Inglaterra hasta la que fué autocrática Ru
sia; desde la monarquía Belga hasta la República d>; los Estados Uni
dos; en casi todo el mundo civilizado, con excepción de Italia, España,
Portugal y Sud-América las antiguas colonias del estos pueblos en

todas partes está la institución del divorcio consagrada en la ley, sobre


bases respetabas!
Cuando una institución salva la historia de los tiempos; cuando
resiste a todas las mutaciones humanas, a todas lss conmociones;
cuando viene con 'el nacimiento de la historia a
establecerse en todo
el derecho contemporáneo, 'en pueblos que son un ejemplo dé moralí-
lad, donde la familia está perfectamente organizada, la sociedad con
solidada, cristalizada en sus formas más adelantadas; cuando una ins-
titución salva los tiempos y se generaliza, es indudable que obedece

y responde a necesidades de orden social imprescindibles, permanen


tes, de profunda moralidad y de justicia!

Voy a demostrar que la institución del divorcio está fundada en


los principios más respetables, para consolidar la familia, en defensa
de la mujer, en defensa de los hijos, en defensa de la moralidad pú

blica, i.- la sociedad, de la legitimidad de los hijos; en una palabra,


que la institución del divorcio responde a las nociones más respeta
bles y conservadoras dé los pueblos civilizados.
La cristiandad 'está dividida en tres grandes ramas: la iglesia
griega que predomina en los pueblos eslavos y orientales; la iglesia
protestante, dond'e, se ha dicho, vive la parte más saneada de la es

pecie humana, y la iglesia católica, que domina en algunas naciones


de Europa y en Centro y Sud América.

Pu>es bien; la iglesia griega, la más antigua, la más ortodoxa, la


que dice conservar más puros los recuerdos evangélicos, consagra la
institución del divorcio. La iglesia protestante, én donde cada feligrés
es un cristiano más evangélico que el católico, porque no suelta la Bi

blia d'_> sus manos; donde se inspira en los preceptos de la Biblia hasta
en los momentos de la comida; los pueíblos protestantes que no admi
ten conventos, que van a la lucha por la vida
conquistando territorios,
plantando '.n los continentes su bandera civilizadora, todos esos pue

blos han consagrado el divorcio, y adoran a la Biblia con más fervor,


sin duda, y con más conocimiento que los católicos.
Y no es sugerentíi que dentro delcristianismo, país>es cultos y po
derosos interpreten los Evangelios y la Biblia como favorables al di
vorcio? No es igualmente^ sugerente que durante los priméros siglos
de la cristiandad, muchos de los padres más respetables, concilios cé
lebres, y aún numerosos pontífices hayan admitido el divorcio a
vinculo; que hoy mismo en el derecho canónico haya causas dft di
vorcio a vinculo; que haya numerosas causales de nulidad para des
truir el vínculo del matrimonio; que exista la separación de cuerpos,

porque hay causas profundas de división y dé anarquía en las fami


lias? no es elocuente que dentro del mismo catolicismo haya pueblos
adelantados y progresistas como Bélgica, en dond'e durante cien años
de existencia del divorcio jamás se haya levantado una voz pidiendo

su abolición? No
sugestivo qué países católicos como Francia,
es

Bélgica y Austria hayan consagrado el divorcio?

Si la institución del divorcio tiene esta historia; si se encuentra


extendida a casi todos 'os pueblos que marchan a la cabeza de la ci

vilización; si la mayoría de la cristiandad lo acepta, demuestra al es


píritu más pobre que el divorcio responde a las más poderosas razones
ríe orden social, moral, jurídico y de justicia dentro de la familia. Es
natural, pues, afirmar que él divorcio «s conveniente a la sociedad;
está demostrado por la historia general de la humanidad.

Sostengo que a quien más interesa él divorcio, es a la mui v-, es

a los hijos de los matrimonios desgraciadas, es a la ciaste pobreí, a

la mujer del obrero desvalido, al niño de las familias menesterosas


que pierde e! amparo de su techo; que el divercío está instituido en
defensa dé 1:¡ moralidad pública, dé la sociedad, de la legitimidad de

1os hijos.
La universalidad del divorcio én todos los pueblos y en todas las
regiones, se 'explica por este hecho fatal e inevitable en toda sociedad

y es la desunión matrimonial por varias causas graves.


Bastará decir que el hombre, por su imperfecta naturaleza, aun
que fuera un ángel en til momento del matrimonio, puede descompo
nerse después, sin recordar los múltiples factores de desgracia con

yugal; la ligereza dé los espíritus, la perversidad deil corazón, el inte


rés sórdido, la incompatibilidad por diferencias de carácter y educa
ción, la corrupción de las costumbres, etc.; todos estos factores son
inevitables en la vida social y producen, desgraciad amenté con fre
cuencia, las desuniones matrimoniales. El hecho es que se ha impues
to a todas las sociedades, a todas las naciones, a todas las religiones

y a todos los legisladores, el rr.cho de la desunión por las causas que


hacen imposible la vida; y por esto, hasta la iglesia católica, tan con

traria a la disolución del vínculo conyugal, la admite en algunos casos,


la consagra muchos otros por múltiplas causas de nulidad, y ad
*-n

mite la separación de cuerpos, que es la supresión de la vida en común


ron todas las graves y desastrosas consecuencias que para la mujer y
los hijos produce ésa separación.
La desunión es un hecho fatal, desgraciado e inevitable; por 'esto
es necesario que ]A legislador afronte esa crisis matrimonial y prevea

con sus disposiciones a mejorar la condición de los matrimonios des

graciados y de los hijos que resultaran de esos matrimonios.


En lo matrimonios infortunados, hay con frecuencia esposos ul
trajados, maltratados, que tienen én
peligro hasta la vida, porque tale*
son las más graves causas del divorcio. La
pasión, la vileza de un hom
bre, Hagan hasta maltratar por vías tfe hecho a la mujer y a los hijos,
haciéndoles imposible la vida; a atentar contra su vida, a abandonar
el hogar, dejando la esposa y los hijos expuestos a sucumbir en la mi
seria; y en estas condiciones, en estas tristes emergencias de la vida
real, el legislador debe proveer al cónyuge amenazado en su vida, des
ampararlo con un revurso Pega! eficaz, que le permita poner término a
esa situación, a esa vida imposible, acechado por la corrupción, la
inmoralidad y hasta el crimen y dejarlo en plena libertad de formar
otro hogar, libertándola de aquel esposo
infiel, perverso o corrompido.
Por eso es que todos losla iglesia misma, al aceptar
pueblos y
el divorcio, la separación matrimonial y las causas dé nulidad, al
acomodarlas a esta situación excepcional, no han hecho otra cosa que
constatar como inevitable el fenómeno social d. la desunión y la ne
cesidad que el legislador provea con recursos :eficaces a la crisis del
hogar.
Cuando oigo decir que admitido el divorcio corre peligro la so

ciabilidad, que la moralidad de las familias se derrumba, que la co

rrupción invade las capas social*», que la Vey del divorcio llega a ser
una especie dé retirarse de todos los matrimonios, donde los maridos y
las esposas saldrán íti busca de aventuras amorosas, olvidando el res
peto reciproco y a la sociedad en que viven, desprendiéndose de sú
bito del amor de sus hijos, es decir, concluyendo esta desastrosa ina-
titución del divorcio, en un minuto, con los vínculos más poderosos
qué unen a los hombres en sociedad; cuando oigo sostener todas
estas

enormidades contra la Institución del divorcio, se me ocurre dirigir la


mirada a los pueblos más cultos, morales y civilizados de mí.stro tiem
po, y pregunto: Si allí hay familias, si allí hay sociedad, si está con
solidada la organización social; y encuentro que si aquellos pueblos
¿stán a la cabeza de la civilización por su poderío y por sus leyes,
es porque, está perfectamente garantida la moralidad de la familia, el
respeto a la mujer y et amor a los hijos.
Yo no me dejo impresionar por esos augurios siniestros de que
desaparecería la moralidad de la familia el día que en nuestro país
se establezca la disolubilidad del vínculo matrimonial; y que los esposos
se van a convertir en disolutos y pervertidos, y les hijos án los seres
más desgraciados de la tierra, que en vez da ténder un hogar y un

techo que los cubra, tendrán que acudir a la mendicidad para escapar
a la corrupción y al crimen! No; las demás naciones son un espejo
en que podemos mirarnos, y haciéndolo, se llega al convencimiento
de que es necesario que nuestra patria se incorpora en esta materia, a
los pUeblos más Ubres, más civilizados, más felices, más poderosos y
morales de la tierra, y jamás se deseará dejarnos entre esas naciones
Rezagadas España, Italia y Portugal que ya se sacuden con violen
— —

cia para incorporarse al movimiento general de progreso.


Se combate la institución del divorcio, sosteniendo como absoluto y
sin excepción el dogma de la indisolubilidad del matrimonio.
Es explicable para los católicos, para los creyentes, que no se

preocupan de raciocinar sino de obedecr los mandatos d¿ sus auto


ridades religiosas, que este argumento diel dogma católico sea conclu

yeme y decisivo; pero la Verdad es que la institución del matrimonio


ha variado -n su concepto, del nacimiento de] cristianismo a la época
contemporánea, sobiie todo a la redacción del Código francés, del fa

moso Código de Napoleón, que fué como el coronamiento de todas las


libertades proclamadas por la Francia revolucionaria contra la opre
sión antigua, que tenía sojuzgada a todo el continente Luropeo. El ge
nio de la guerra del siglo pasado no sólo fué genio para las empresas
de conquista y exterminio, sino que, presidü.ndo su consejo, en más
d« una cuestión jurídica y social lanzó ideas luminosas.
Y si puede resumirse el concepto del matrimonio cristiano anti
guo en esta fórmula breve y expresiva dte San Pablo: El matrimonio es
la unión de dos cuerpos; para el derecho revolucionariofrancés, para
el concepto de
Napoleón y sus consejeros, para los expositores de
motivos en las Cámaras, el matrimonio -s la unión dé las almas. Pa
rece que no hubiera una divergencia fundamental entre esas dos
fórmulas, y sin embargo la del l.gislador francés es la más profunda,
la más moral, la más comprensiva de las relaciones sociales y ju
rídicas del matrimonio.
El cristianismo primitivo, no había mirado con verdadera pene
tración sociológica y jurídica la entidad del matrimonio. No importa
ello una critica irreverente a los Evangélicos; importa hacer notar uno

de los principales errores de la propaganda cristiana, infiltrada por


falsas ideas de los primeros tiempos aceirca del matrimonio; y se
explica que siendo la creencia general de los primitivos cristianos, so

bre todo de los evangelistas y primeros padres, el próximo fin del mun
do, no sé preocuparan en dar una organización sólida y permanente
al matrimonio, y de ahí es que no se cuidaran de fundarlo en máximas
sabias y justas. Estando próximo el fin íel mundo y el juicio del Ha
cedor, lo que intJeresaba a todos los habitantes de la tierra, era estar
perfectamente preparados para recibir el fallo definitivo. De aquí
vfcné la división dé los hombrs en estos dos gTandes grupos: los cé
libes, los que no se casan y los que se casan. Para Jesús, según los
evangelistas, para los primeros padres del cristianismo y hasta para
los primeros concilios y muchos Papas, el matrimonio ¿s un estado
infeirior a la virginidad y al celibato.

El matrimonio no ha sido, pues, mirado con pensamiento profundo


y trascendental por el cristianismo primitivo, y de ahí que la Francia
revolucionaría, cuando trajo a debates todas las instituciones
sus an

tiguas y modernas, al pronunciarse sobre e] matrimonio, dijo que, en

lugar de la unión de los cuerpos, importaba la unión dé las almas, es


d-.cir, la unión de dos ser:s que se complementan, la escuela mutua de
perfeccionamiento moral y social, instrumento más poderoso de nues
tra educación,

Este es el concepto modLrno del matrimonio, que hace inevitable


el divorcio, cuando ese matrimonio en lugar dé ser la unión de las al

mas, i.n de s«r la escuela del perfeccionamiento individual y so


vez

cial,en lugar de ser un instrumento de educación, se convierte- en un

gértnLn de corrupción, de odios, de crímenes, de toda clase de miserias,


que destruyen la esencia del matrimonio.
Si para la Filosofía, el Evangelio y la Sociología, el objeto primor
dial de la vida humana les el perfeccionamiento, surge lógicamente el]
derecho del hombre al matrimonio, en el concepto levantado de la le
gislación frand.sa, esto és, en el concepto dé que sea un elemento de
cultura y perfeccíonam¡'-<nto ; y surge también de una manera lógica
qué cuando ese matrimonio, en lugar de moralizar a los i.sposos, los
desmoraliza; cuando en vez del amor existe el odio, y en vez de la co
munidad está la disparidad y hasta ¡A crimen que se consuma; cuando
si; ha producido esta división profunda entre los cónyuges, el matri

monio ha dejado <te ser tal; y sería una irrisión llamar matrimonio a la
unión dé dos seres que en lugar i; ayudarse en su perfeccionamiento,
se corrompen y desmoralizan, que ..n vez de formar una fortuna, la

dilapidan; y que en lugar de respetarse, llegan hasta i.l atentado contra


la vida. Esto no es matrimonio: es la negación del matrimonio.

El divorcio no disuelve el matrimonio: no hace sino constatar su

disolución, se ba dicho en verdad. Cuando es imposible, la vida en co

mún por el crimen, por la corrupción, por el interés sórdido; cuando la


iglesia decreta la separación de los esposos para impedir el delito, el
legislador civil dice: Ya no hay matrimonio; es necesario concluir con
esta irrisión, con esta parodia de- unión conyugal
Según Ll concepto moderno del matrimonio, el hombre tiene, pute,
el derecho absoluto al matrimonio, en el sentido de que ningún
legisla
dor puede prohibírselo, de que ningún legislador puede mantenerlo en

s —

aquella unión que lo desmoraliza, por el crimen, por la corrupción,


por el odio.
tiene, pues, un derecho absoluto al divorcio, en Uu ca
El hombre
sos graves en que desaparece la unión respetable del matrimonio. No

es necesario qn. este derecho absoluto, que surge de la noción exacta

del matrimonio, esté inscrito en ningún libro santo: está en la natura


leza de las cosas, én la rivalidad de la vida social, está en el concepto
con que el legislador de todos los pueblos lo ha consagrado bajo la for

ma del divorcio.

Demostrado el dlérecho del hombre al divorcio cuando bao desapa


recido las condiciones esenciales del matrimonio, entraré a comparar
el estado de separación de cuerpos con él estado de divorcio,
para precisar que es imposible conservar en una sociedad bien consti
tuida aquiél estado, pues s¡e impone de una manera ineludible la consa
gración del divorcio, no como un bien ¿n sí, sino como un remedio a

males existentes, inevitables.

La Francia, qrté en su accidentada vida ofrece al mundo fulgura


ciones deslumbrantes, y que al lado de caídas deplorables tiene subli
mes levantamientos, esa Francia, no sólo ha confirmado el derecho civil
moderno después de la época revolucionaria, sino que en su accidentada
vida de sitio ha pasado por diversas formas de gobiernos, que obli
un

garon a sus legisladores a repetir ;el estudio de las grandes instituciones


de la época revolucionaria, que las reacciones habían hecho desapa
recer.

La caída de Napoleón I en 1815 y la consiguientei restauración de


los B orb o n es, produjeron la modificación de la constitución francesa, res
tableciendo a la religión católica
como religión del Estado. Establecida
en la Constitución ese oficial, las Cámaras Legislativas suprimie
culto
ron la parte del título VI del
Código de Napoleón, que consagraba el
divorcio. La razón fundamental, mejor dicho, casi única que se hizo
valer entonces, fué la de que, habiéndose restablecido la religión ca
tólica como religión del Estado, y siendo la institución del divorcio
contraria a un dogma del catolicismo, no podía quedar la legislación
civil en pugna con la religión oficial.
Esta fué la opinión del rapporteur del proyecto de ley abolitivo
del divorcio y también le prelados de Francia que tomaban asiento en

la Cámara,
El divorcio fué derogado en 1816.

Viene más tardé la revolución de Julio: fué aquella una reacción

política en favor efe las ideas proclamadas por la gran revolución; tra

jo por consecuencia la renovación de las dos Cámaras y el restableci


miento de la libertad rLli&iosa en de la religión de estado. Inme
vez

diatamente se presentan a la Cámara proyectos restableciendo el di


vorcio. La Cámara do Diputados, durante los cuatro años consecutivos
de 1831, 1832, 1833 y 1834, votó, cada año, un proyecto de ley restable
ciendo el divorcio. Pasaba el proyecto a lá Cámara de los Pari.s, a la
célebre Cámara qué se ha llamado en la historia de Francia, como un
i.st.gma de las asambleas conservadoras de lo inconservable, con el nom
bre de introuvable y ella rechazó todos los años el proyecto de ley
Quedaron discursos memorables, enriqueciendo los anales parla
mentarios de Francia, los discursos monumentales de oradores de la
talla de Odillax Barrot y de aquil famoso orador católico Berryar,
— —

que confesó caballerescamente en e.l debate, no obstante reprobar la


abolición de la religión d¡e estado católica, que desde que sé había res
tablecido en Francia la libertad dé cultos, las Cámaras tenían el dere
cho de sancionar 1.1 divorcio.
Declaración análoga hizo en el Senado de Francia en 1884, Julio
Simón, cuando sé discutió el proyecto de Ly de divorcio.
Aquel célebre filósofo, aquel escritor brillante, liberal avanzado lén
muchas ideas, se afilió, sin embargo, a los conservadores de Francia
de todos los matices, y votó en contra de la ley de divorcio. Llamó la
atención su actitud, sólo explicable porque habían pasado por la mente de
M. Julio Simón veleidades de, aspiraciones a la presidencia de la Re
pública. M. Julio Simón, con toda su autoridad dé sabio y die filósofo,
reconoció también en 1884 que los poderes civiles temían perfecto dene-
cho para establecer el divorcio. Además, eistuvo de aciierdo con varias
razones que apoyan la ley de divorcio.

Pero, vuelvo al debate de Francia en 1831 y dieseo hacer conocer


una página brillante de Odillax-Barrot, el informante de los motivas
d.l proyecto de ley.
Decía aquel elocuente orador: "Vuestra comisión ha considerado
que las leyes civiles, para sler obedecidas, no deben violentar demasia
do la naturaleza humana, que sabe siempre vengarse del despotismo de
las leyes, sea por el crimen, que es una reacción violenta, sea por la
corrupción que es una protesta lenta y sucesiva. La ley civil que dice
a los esposos: el vínculo que os une, es indisoluble, cualquiera que sean
Ia£ circunstancias que. atraveséis; aunque el lecho ccnyugal sea man

chado por la depravación, aunque el pan de vuestros hijos sirva para


alimentar él adulterio, aún cuando cegado por la pasión uno de vosotros
atente, contra la vida del otro, y que, descubierto en su crimen por los
jueces, haya sido castigado con la infamia: a pesar de todo eso, queda
réis sLmpre unidos! Vuestro suplicio será de. todos los instantes, y
durará toda la vida! Vuestro corazón será desgarrado, vuestra vida en

venenada; la miseria, el
vicio, las enfermedades, llegarán a vuestro
hogar; y en vano demandaréis a la ley la disolución de ese vínculo
afrentoso; será para vosotros sin piedad! Y bien: esa ley -jercérá una
tiranía contra la cual protestará siempre la especie humana. En ciertos
casos, el crimen se alzará contra ella; en otros, que son los más fre
cuentes, el vicio y la corrupción, se burlarán de sus prescripciones, y
reemplazará con escándalo a la unión legítima, la vinculación adulterina",
Dirigió esta interrogación elocuente, con clarovidencia de moralis
ta: "No es mil veces preferible suavizar los rigores de la ley, y pres
cindir dje una regla absoluta, que estimula al crimen y a la corrupción
social ?"
El notable filósofo Arherns, al estudiar la situación excepcional dé
los esposos perturbados por tas graves causas que dislocan la familia y
hacen ineludible una ley de separación o dé divorcio, se expresa así res
pecto al estado del matrimonio: "Pero cuando se déstruyü la ¡dea
moral de la unión, cuando el fin no se cumple y se lastímH profunda-

10 —

deber
mente la dignidad esposo, éste tiene el derecho y hasta el
dé un

de disolver al matrimonio, puesto que la realidad de la vida no seria ya


en lo sucesivo sino el envilecimiento continuo de esta institución",

Y, por último, M. Lovicbie, ed ilustrado expositor del proyecto de ley


de divorcio en el senado francés en 1884, trae estas consideraciones para

demostrar al parlamento qule no se puede desoír el clamor dé los que

necesitan una divorcio, y sobre todo, que es inconducente ¡e inmo


ley dé
ral el mantenier situación abominable de desunión de los esposos.
una

Habla M. Laviché: "Desde que el mal existe, cierto e incontiestabie,


no e« preferible llevar un remedio a sufrimientos insoportables, por me

dio del divorcio, en vez de la separación de cuerpos?"


"Lo que es necesario discutir, es si cuando por la falta, por la in
dignidad de un esposo, esta gran institución del matrimonio, que ha
sido glorificada por todos los filósofos, consagrada por todas las re
ligiones, sancionada por todas las legislaciones, no 'existe más en

realidad; si cuando lugar de la estimación dé la devo


en
recíprocai
ción mutua, de la unión pierfecta, que, es el ideal, el alma del matrimo
nio, que constituye su esencia misma, ha surgido el menosprecio jus
tificado, el odio merecido, la antipatía irreconciliable, el horror mismo
dé uno de los cónyuges por el otro, se debe persistir o pretender que
el matrimonio existe todavía? Es llevar un ataque al matrimonio el
reconocer que la unión conyugal destruida incontestablemente len el
hecho, no puede s-.r mantenida en el derecha, por una especie de fic
ción legal que a nadie engaña? Hay fundamento én pretendí. r que la
intervención de la ley, que pone fin a una situación tan horrible, cons
tituye un ultraje a la moral, un ataque al matrimonio?"
"Y bien, cuando la justicia interviene para desligar a los esposos
ie vínculos intolerables, cuando después de un estudio profundo de
su situación, con todas las garantías de imparcialidad deseables, la
¡usticia pronuncia el divorcio y la s.paración, no crea la desunión de
los esposos, no hace sino consagrarla; no crea la ruptura del mat-imo-

nio, se Umita a sancionarla: sólo sustituye la realidad a la ficción, la


verdad al engaño"
Esta es la importancia qufe daban los jurisconsultos franceses a la
situación intolerableí de los separados de cuerpo, para llegar a la con
clusión de que nada gana la consolidación de la familia, la moral pú
blica, (el interés de los esposos y de los hijos, en conservar un espec
tro de matrimonio, más que un espectro, una cadena de afrenta puesta
al pie de los cónyuges, que los deshonra y los oprime!
Las crecncias religiosas no deben detener la acción dj.l legislador
en materia de divorcio,
Antes de la revolución francesa, bajo ¡el antiguo régimen y en

presencia de la unión estrecha del Estado y de la igl.sia, se explicaba


que, condenando la iglesia católica el divorcio, los estados no tuvieran
independencia ni libertad de
legislar sobre Lste punto; pero la revolu
ción franc.sa produjo un cambio completo en esta materia: proclamó
la libertad de
conciencia, la secularización del derecho, la indi.pen-
dencia del Estado frente a todas las confesiones religiosas: el
legisla
dor ya no legisla para el creyente católico, protestante o israelita o de
cualquiera otra comunión; el legislador reglamenta los derechos d'el

11 —

puebla, de los habitantes, cualquiera que sea su confesión religiosa.


La unión estrecha dé la iglesia al Estado, rota por la revolución
de 17SP, era un germen de intolerancia y de persecuciones. Después
de esa gran revolución, dé las declaraciones constitucionales que se en
cuentran vg^ntes en todos los países adelantados, es seguro poder

afirmar que no volverán los tiempos én que el Estado no pensaba sino


de acuerdo con el criterio de la iglesia: hoy el Estado piejisa con él
criterio independiente de los estadistas, de los legisladores, de los po
deres públicos; y esto, para mantener muy en alto, en provecho de to

dos, de creyentes y do incrédulos, de católicos y no católicos, las ga


rantías primordiales de ord¿n constitucional y civil, contra las per
secuciones, las obstrucciones, las intolerancias de todas las sectas
religiosas!
El derecho d.l Estado para reglamentar soberanamente las mate
rias de orden civil, entre las cuales las más importantes son las que
se refieren al matrimonio y a las relaciones de familias está susten
tado por los estadistas más notables.
Me bastará citar la opinión del ministro prusiano que, en 1874,
sostuvo en él parlamento de Prusia el derecho soberano del Estado
para reglamentar las relaciones de familia,
Decía el ministro Falk a este respecto: "Invoco el derecho del
Estado para secularizar el matrimonio, como consecuencia de su so
beranía y de su independencia. El Estado y no la iglesia es el creador y
sostenedor del orden legal. El matrimonio, como acto jurídico, es

una institución del Estado, que tiene poder d¿ cambiar sin consenti
miento de la iglesia".

Aquí está proclamada la soberanía y la independencia del Estado


frente a las exigencias d'e las sectas religiosas. Mejor dicho: no es
sino una forma breve y sintética de las declaraciones de la revolución

frandesa, sobre la libertad de conciencia, la secularización del derecho

y la independencia del Estado,


i'l Estado y los legisladores no deben, pue:i, limitar sus iniciativas
y su poder a los consejes, dogmas <e indicaciones de las confesiones
religiosas. La ley tiene otra esfera de acción, más amplia, más gene.
ralizadora que el mandato religioso, o que el consejo de las corpora
ciones religiosas. Ya, desde los tiempos de Montesquieu, se señaló de

una manera perfectamente científica la diferencia que hay entre una


ley civil y una ley religiosa. Sus palabras son breves y no está de más
recordarlas, porque ellas expresan con laconismo y de una manera

muy clara, la diferencia fundamental que hay entre el preo.pto de una

ley civil y el alcance die una ley religiosa.


Sostiene Montesquieu: "Las leyes religiosas tLnen más subli
midad; las I. yes civiles más extensión. Las leyes derivadas de la re

ligión tienen más en mira la bondad del hombre que las practica, que el
bien de la sociedad para la cual se sancionan. Las leyes civiles, al
contrario, Leñen más en vista la bondad moral de los hombres, en

general, que la de los individuos. Asi, por respetables que sean las
ideas derívadas de la religión, no deben survir de fundamento a las

leyes civiles, porque éstas tienen otro objetivo, que es el bien gene
ral de la sociedad".
Qué importa para el Estado que la religión católica condene el
divorcio, y que la religión griega o la protestante, ramas populosas

12 —

del cristianismo, lo acepten? Si para el legislador el divorcio conspira


contra la esencia del matrimonio y contra la moral pública, el legis
lador haría bien en rechazarlo, aunque lo aconsejaran todos los cul
tos... Por el contrario, si ante el criterio del legislador ei divorcio
consolida la familia y la socitidad, si moraliza la vida de los cónyuges
y favorece la filiaciónlegítima, debe establecerlo, aunque lo combata !a
iglesia católica. Ahí está la independencia del Estado frenife a las co
muniones, y el derecho soberano del legislador para votar con el cri
terio laico, la institución quei más convenga al bienestar de la socie
dad. Con frecuencia el legislador se vte en el caso de atacar creaciones
de religioso, de poner la mano sobre ciertas costumbres y prác
orden

ticasde las religiones. Míe bastará recordar que una religión, que se
dice y practica la poligamia; pues bien, i.l Estado
revelada, aconsejar
por poderosas razones de moralidad, de derecho, y de progreso social,
condena como un delito la poligamia. Hay religiones que proclaman la
vida conventual, que sustraen del mundo laico y die la sociedad de los

vivos, hombres y mujeres para encerrarlos en conventos, d.e donde no


vuelven a salir. El Estado, protector de los derechos dé todos, tiene el

deber y el derecho de penetrar en esas casas, para cerciorarse de que


si todos los que están allí encerrados, ¡o están por su voluntad, para
garantizar su libertad a los que quietan salir. He aquí otro caso en
que el Estado, superior a todas las confesiones y a todas las prácticas
del culto, levanta el imperio de1 la ley civil sobre las preocupaciones y
aún sobre las religiones.
Entonces la hostilidad manifiesta diel catolicismo contra el divorcie
no puede ni debe detener la acción del legislador, sí, como lo Lspero
llego a demostrar, con raciocinio y autoridades incontestables que la
¡¡¡solución del vínculo matrimonial conviene a sociedades bien orga
nizadas.
Se dice que los cónyu&es desgraciados son pocos, que es insignifi
cante el número de los esposos en desgracia, para que t.ngan derecho
a pedir una institución revolucionaria, que va a conmover los funda

mentos de la familia y de la sociedad. Que los pocos esposos desgra


ciados en la vida matrimonial—se dice con un egoísmo que de segura
no lo querrán sufrir en cabeza propia los que asi hablan =.. avengan

como puedan, que no merecen una ley protectora de- los poderes pú
blicos, porque son pocos.
Esta objeción, rebaja .1 nivel moral de la humanidad, y sobre

todo, el criterio levantado con que los poderes públicos deben tratar

Sabido r'.s que en los siglos XVIII y XIX hubo un movimiento ge


neral en todo el mundo civilizado en favor de los dementes y de los
criminales torturados en las cárdales
castigados con penas excesi
o

vas; existe también la


campaña vigorosa y persistente que ha mante
nido durante
siglos la Inglaterra contra la trata de esclavos; en e!
siglo pasado hubo la guerra más gigantesca del continente americano
para abolir la esclavitud dé los negros en los Estados del Sur de
Norte América; y estas grandes campañas, que han puesto en boca
de Castelar, i.n la tribuna parlamentaria de España, palabras elocuen
tísimas para elogiar los sentimientos levantados y la poesía del siglo
XIX, estas grandes campañas y movimientos humanos, han sido .n

1 3 —

íavor de pocos, de los menesterosos, de los infelices, di' los desgra


ciados!
Un estadista, un escrior, un hombre espíritu levantado, hu
d¡e
biera dicho que los negTOs no merecían protección, que los condenados
¿n las cárceles no merecían la garantía de la vida, que los locos en
los manicomios podían ser tratados como bestias? No! Empequeñece
el criterio de la humanidad el menospreciar las desgracias de los cón
yuges que no son felices, porque son pocos!
Las IQytes sobre matrimonio no ejercen una influencia decisiva
en el fenómeno de la unión y de la desunión. Las influencias que apro
ximan para el matrimonio, o que alejan de él, obedecen a otras cau
sas, a motivos más remotos y seguramente más poderosos que el man
dato de una ley: obedecen a preocupaciones humanas, a los matrimo
nios mal calculados, a defecto; individuales, al estado de las costum
bres, a las malas pasiones, qué aconsejan, a veces, una unión incon
veniente.
Las leyes tienen poce influjo; y la prueba e5 que si una ley fuera
decisiva para mantener la indisolubilidad del matrimonio, o para pre
cipitar las disoluciones, bastaría examinar, con el criterio estadístico
de Bertillon, el fenómeno de la unión y de la desunión, frente a '.as
leyes uniformes o a las reformas de estas leyes.
Así demuestra Bertillon: en Suiza había 22leyes cantoniales di-
ferentes sobré matrimonio y divorcio, algunas que permitían el di
vorcio y otras que lo rechazaban. Sabido es que Suiza es un conglo
merado de tres razas: francesa, germánica e italiana. El año 74 se
sancionó la ley federal, sobre el 'estado civil de las personas, matri
monio civil y divorcia, que 'entró en vigencia en 1870. A juzgar por lo

que ocurre de ese año én adelante, bajo una ley uniforme para toda la
Suiza, se observa una variación completa en erl fenómeno de la des
unión en los diversos cantones. Desde el cantón de Schaffhause-n don
de existen 106 desuniones sobre mil matrimonios, hay una diferen
cia notable bajo la ley uniforme. En los mismos cantones católicos,
desde 2 por 10C0 se llega hasta 18 por mil,
P_ro donde se acentúa más la divergencia del fenómeno de
desuniones ante una ley análoga es comparando a Dinamarca con No

ruega. Estos países escandinavos tienen lamisma raza, igual legisla


ción, la misma religión, casi la misma Lngua y las mismas costum
bres. Pues bien: en Noruega apenas se nota una desunión por cada

dos mil matrimonios, al paso que en Dinamarca hay 76 desuniones por

En la Francia misma, comparando la época de 1802, antes del Có

digo de Napoleón, bajo la ley de '792, do divorcio amplio, qiie lo ad


mitía por mutuo consentimiento y por incompatibilidad de carácter,
aquella ley que había producido tantas desuniones en París, haciendo
un cómputo general para toza :a Francia, resulta que no había sino

una desunión por 2000 matrimonios. Y en 1884, en la misma Francia,


bajo la ley uniforme que- sólo admitía la separación de cuerpos, había
22 desuniones por 2000 matrimonios.
En Baviera, antes de 1862, una ley exigió cierta base de fortuna para

casarse, y en seguida disminuyeron los matrimonios con detrimento


de la legitimidad de los hijos. Los matrimonios disminuyeron, pero au
mentó la filiación ilegítima hasta llegar a un 25 por 100, Luego, cuando
la ley alemana de 1874 estableció imperativamente para toda Alema
nia el divorcio, excluyendo la separación de cuerpos, disminuyó in
mediatamente 'el númeiro de hijos ilegítimos a un 13 por ciento, del
25 a que habían llegado con una ley que restringía los matrimonios.
Se sabe que e¡n Rusia y en Inglaterra los juicios de divorcio son
caros y escasos; pero las desuniones ilegales se producen, con detri

mento de la moralidad de la familia y de la filiación l.gítima de los

hijos, aumentando los concubinatos y los hijos adulterinos.


Se puede establecer, entonces, que son exactas estas conclusiones
de Bertillon sobra la influencia de la legislación. A una misma ley,
aplicada en diversas naciones no corresponde un mismo cómputo de
desuniones. Al cambio de legislación no corresponde un cambio co
rrelativo de uniones o desuniones.
Entonces, no sie debe dar al divorcio un alcancé que no tiene.
El fenómeno dei las uniones o desuniones obedece a otras causas.

Desde luego, la primera causa de desunión, es la falta de previsión,


seriedad y moral que se combinan muchas uniones matrimoniales.
con

En segundo lugar, el interés sórdido que trae, el desorden a la fami


lia, la corrupción general de la sociedad, y, por último, otros elemen
tos que también ejerce-en influencia: la raza, por ejemplo. La raza fla

menca es la que menos divorcia; la raza eslava viene en ssguida,


También influye la religión: los católicos divorcian mi. nos que los pro
testantes; he aquí, otra razón por la cual los católicos no deben temer
la sanción de una ley de divorcio; la religión católica obstaculiza la
desunión, mientras que. otras religiones, como la protestante, la fa-

Con el criterio diverso que parten unos y otros, resulta que para
los católicos, por ley divina, es indisoluble el matrimonio, y para los
protestantes, por la Biblia, es disoluble. Los católicos buscan una ar
gumentación casuística para su tesis, desentendiéndose de algunos
versículos comprometedores del Evangelio de San Mateo; los protes
tantes, lejos de eludir el t.xto claro de esos versículos, dicen que Jesús
proclamó el divorcio por causa grave, desde que no hablaba como le
gislador sino como moralista; y los teólogos prot.stantes sostienen y
demuestran que, a semejanza del caso de adulterio, está autorizado
virtualmente por jesús el divorcio, más que e>l divorcio, el repudio,
cuando se atenta contra la vida de alguno de los cónyuges y en otros
casos análogos; porque, dicen con fundamento, no es más grave el adul

terio que los cónyuges contra la vida del otro; que la


atentar uno de
tortura física que inflinge el esposo perverso al otro; ni es
moral o

más grave qué el abandono completo de la familia, que la ebriedad con


suetudinaria, que la corrupción a que piieda impulsar al otro cónyuge
y a los
hijos.
Hay, todavía, otros fenómenos que favorecen la desunión, y es
uno de ellos la riegión en que se habita.

En las ciudades sé divorcian muchos más esposos que en los


campos. Es este un fenómeno que sólo se explica por la pobreza y por el
contagio de las malas pasiones que hay en las ciudades populosas.
Además de la región, influye la profesión: se observa qufe las profe
siones liberales y las obreras divorcian mucho más que las profesiones de
los campesinos agricultores; son estos, hechos que constata la estadís
tica, sin explicaciones,

15 —

S.e observa, también, fenómeno sin que los estadistas ni


este otro
los estadígrafos puedan explicarlo satisfactoriamente; que a medida que
transcurre el
tiempo, aumenta le Inúmero de dssuniones. Se dice: es
un fenómeno acompaña a la civilización,
que
Pero hay estadista, no hay legislador que retroceda; ante el
no

hecho, ante ésta realidad, se debe afrontar él problima social de la


desunión, con viril franqueza. No facilitar por medio de fcyés impru
dentes, impievisoras, ligeras, qué amalgaman conceptos teóricos, fas
cinadores yféngañosos, no facilitar las desuniones; peiro no negarla cuan
do hay causas de acentuada gravedad, que hacen imposible el matri
monio moralizador y respe-table.
La experiencia demuestra que la libertad és un factor, un auxiliar

poderoso en el ordan
económico, social y político del hombre. Demues
tra la experiencia que
en los
países donde se garantiza y se ejercita me
jor la libertad del pueblo, éste mejora inmediatamente en su vida ad
ministrativa, elíctíonaria y política. El ejercicio y garantía de la liber
tad, favorece el desarrollo armónico del hombre en su vida industrial,
social y política; y se ha dicho por más de un pensador: "Por qué no
h£cer intervenir en la vida matrimonial una libertad sabiamente regla
mentada y ponderada para que facilite el juego armónico de, la vida
de la familia? Que así como la libertad es benéfica en el desenvolvi
miento social, político y económico del pueblo, será también benéfica
dentro de la familia, que es un pequeño mundo, un Estado reducido.
la familia es el divorcio. El divorcio estimula un
La libertad de
juego armónico de aquella unión, y decreta su ruptura cuando resulta
imposible, es decir, cuando dentro del hogar se erije una tiranía o un
germen de corrupción que debe suprimirse o cegarse, para que no au

mente y extienda su contagio a la sociedad.


El divorcio la vida matrimonial y social un control efi
ejerce .-n

caz. Se explica que la simple separación de cuerpos no ofrezca igual

ventaja. Esa separación ofrece una perspectiva tan penosa, tan desa
gradable para el cónyuge, que tiene, que solicitarla, que sufre toda clase
de opresiones, porque no ve nada saludable en un juicio de esta clase.
Pero el verdadero divorcio, es un elemento eficaz y moral dé la vida
confecta dentro del matrimonio; porque el esposo libortrno u opresor se
ve amargado, no con un juicio de separación, que no mejora la condi

ción de los esposos, sino por el divorcio, que significa la manumisión


completa, que habilita al cónyuge para la formación de un nuevo hogar
en donde, pueda ser feliz; y aquefl esposo que no se detendría en sus

maldades, cuando pnola al otro cónyuge en la disyuntiva de la separa


ción de cuerpos o de. continuar sufriendo, aquel mal esposo se det^dría
sólo al meditar que si se expone a un juicio de divorcio, terminará la
explotación indigna que hacía del otro esposo o de sus intereses.
M. Brisson, l.n su discurso contra la ley dé divorcio en la Cámara
francesa, dijo que tal ley favorecería al hombre en contra de la n:u-
jer a solicitar él divorcio, que la hostilizaría.
Hay este hecho que conviene hacer resaltar: La estadística acredi
ta que un 80 por ciento, cuando menos, de' los divorcios, son pedidos por
las mujeres, por abusos, por crímenes o por indignidad del marido.
Contestó de una manera elocuente a la observación dé M. Brisson
el Ministro de Justicia de Francia, M. Feurlléé, abordando con fran
queza la discusión y declarando, a nombre del gobierno de 'a República
— 16 —

francesa, qué aceptaba el divorcio y lo sostenía con argumentos fun


damentales. Contestó a M. Brisson con ¿stas palabras: "No crekj
que
lasperspectivas del divorcio sean tan seductoras para impulsar a los
esposos a golpear y maltratara sus mujeres. No; er. la realidad de los
hechos no se hacen cálculos semejantes: influyen las pasiones o los vi
cios. Si se calculara, se* comprendería que no es bueno, sobre todo, asu
mir en un proceso de divorcio el papel de demandado, que tiene en su
:ontra la opinión pública; qué si fieme ventajas acordadas en el matri
monio, serán revocadas contra el esposo culpable, mientras que serán
mantenidas a favor de la víctima; qua será obligado a pagar una pen
sión alimenticia á la misma víctima; que perderá la tenencia de los
hijos, etc. Por cálculo nadie se expone a perder todo eso. Yo no creo

que el establecimiento del divorcio de por resultado aumentar el nú-


me.ro de separaciones".
Se argumenta que en Francia, después de la ley Naquet sobre di
vorcio, han aumentado las desuniones. Pero hay que observar este he
cho; Que en un país donde sólo existe la separación de cuerpos, por
una separación de ciierpos judicial, hay ocho o diez qua se hacen ami
gablemente, fuera de los tribunales, que escapan a la estadística,

Esto significa que la estadística francesa, que representaba en 1384


ae 2000 a 3000 matrimonios separados, por ano, era una estadistica

falsa, pues no computaba las desuniones amigables; y puede decirse


que en aquel país, en realidad, habría entonces de 12 a 13000 des
uniones reales cíe esta clase. Mientras que en un país existe ley dé di
vorcio, en los casos graves que autorizan la desunión, la facultad de
poder casarse los cónyuges, cuando se produce el caso, se acude al di
vorcio; no se hace separación amistosa; e! cónyuge ultrajado está en
el derecho de obtener reparación, y pide el divorcio. La estadística de
los países que autorizan el divorcio, es más exacta.
Así, aunque después de. autorizado el divorcio en Francia en 1884
aparezca muy aumentado el número de divorcios, comparado con las
desuniones reales que existían al sancionarlo, puede asegurarse qu!j
si hay aumento, es en una cantidad muy reducida.
Los dos sentimientos más levantados, los que más dignifican la vida
ded hombre en sociedad, son los del amor y de la familia. Ahora bien,
una ley que sólo admite la separación de cuerpos, dicá a los esposos se
parados: No amaréis más, tendréis más familia. Y se pr^unta el
no

legislador: Obedecerán los esposos a ese mandato de la ley positiva '-


Sa coloca en este caso la ley positiva civil en contra de la ley na
tural, que llama al funcionamiento, a la vida fisiológica, a los esposos
separados; y la conducta de éstos en la realidad de la vida desmiente
el mandato de la t.y y lo desautoriza.
De modo, pues, que cuando la ley manda a los esposos separados,
que no amen más, que no tengan más familia, ordena un abuso y una

Los esposos separados, aquí como en Francia, en todas partes,


cuando están en la plenitud de la vida física, buscan sus acomodamien
tos fisiológicos, y surgen las uniones adulterinas de los esposos y de
las esposas; aman contra la ley, y aman, porque lo impone la naturale

za; no tendrán familia legal; la tendrán ilegal.


Y »e- pregunta: Quién gana con la multiplicación de estas uniones
■adulterinas, de ustos hijos ilegítimos? La moral? La sociedad? La re-
ligión? Absolutamente nadie! Pierde la moral, pierde la familia, pierde
la autoridad social que antes que todo debe buscar que se multipliquen
las uniones morales, que sean legítimos los hijos!
Aún más: los esposos separados, lanzados a la vida sin programa
legítimo para constituir un hogar, vienen a constituir un germ:m de co
rrupción y de desmoralización, precisamente de los matrimonios que
se quien, salvar y consolidar. Los esposos separados, que buscan su

homólogo para la unión fisiológica, no lo van a encontrar en los celiba-


tarios, en las jóvenes solteras y en los hombrSs célibes, porque ellos
aspiran a la dignidad del matrimonio y acumulan moralidad e incenti
vos para maree r los honores de ta unión. Así es que los cónyuges se
parados vienen a ser como demonios sueltos que andan tentando las
uniones matrimoniales. Sabido ..s que en muchos matrimonios, aún en

las uniones más feücss, hay con frecuencia rozamientos, por incompa
tibilidad de caracteres, por desagrados, por crisis domésticas frecuentes.
Pues bien: los esposos separados, ahí estarán con el ojo alerta, soplan
do sobre la llama, atizando la discordia, y ¡el fin será lo que1 ha cons
tatado la estadística en muchas partes: que un matrimonio separado
desune dos matrimonias unidos. Los esposos separados, en la vida fic
ticia y desorbitada que llevan, son germen de perversión moral de la
sociedad, atacan la familia y seducen, precisamente a los matrimo
nios unidos.
Se dice qué el divorcio sacrifica la f-licidad de la mujer, que la
indisolubilidad del matrimonio >-s su garantía suprema.
Voy a demostrar lo contrario con referencias y con citas breves de
los oradores más notables del parlamento francés.
Examín.mos al hombre separado, que- seguramente está en posición
muy diversa a la mujer.
El hombre separado penetra a todos los salones, ninguna mano le
retira su contacto, puede llevar una vida de aventuras; él, personalmen

te, no pierde tanto como la mujer; sólo que cuando le ha tocado una

nujer viciosa, una especie de Mesallna, ve con do.or su nombre, que


es el nombre de su padre, que es ti nombre de sus liij-S, arrastrado
por el lodo y én las crónicas judiciales. Será condenada esa mujer di
soluta bajo el nombre del marido, y los hijos que llegue a procrear.
serán hijos del marido por la presunción de la l.y, que dice: Pater eat
qurm nuptiae demonstran!.
El hombre puede sobrellevar .stas torturas morales; pero donde
están los verdaderos sufrimientos, las angustias, los gemidos, que no
jebe desoir el legislador, es en la situación realmente desastrosa en

que queda la mujer joven, víctima de la desunión incompleta, es de


cir, la mujer que ha obtenido la simple separación de cuerpos.
Cuando se discutía en el Senado de Francia la ley de divorcio,
se incorporó a los sostenedores del proyecto, un orador, elocuentí
simo, que hasta entonces eTa creído adverso a la institución del divor
cio. Su elocuencia inclinó muchos votos y mereció los mayores elo
gios, porque, dentro de sus creencias religiosas, sostuvo la institución

con valentía y con brillo. Presenta en párrafos elocuentes, la situación


deplorable de la mujer jov¿n, víctima de las sevicias del hombre (son
sus palabras) que sé ve forzada a d. mandar la desunión ante los tri
bunales. Marca algunos puntos del debate, con altura realmente lu
minosa, que fueron muy decisivos para que algunos votaran la reforma,

18 —

no obstante ser adversarios la institución por sus creencias religiosas.


a

Abordó ese distinguido orador, que lo era el marqués Lafont de


Saint Mur, el estudio del divorcio bajo la faz sociológica y penal, de
mostrando al parlamento de Francia que era una necesidad fel divor
cio, no sólo del orden
civil, sino del orden penal. Veamos kl cuadro que
presenta de la mujer, que obtiene la separación y el divorcio,
"La mujeir, en lugar de ser la víctima del divorcio, será la b.enefi-
ciaria. Los resultados del divorcio no son los mismos para ambos se

xos; fe.1 hombre sale del matrimonio con su autoridad y con su fuerza;
la mujer no sale con toda su dignidad. De todo su aporte: pureza virgi
nal, juventud, belleza, fecundidad, fortuna, no encuentra, a menudo, más
que su dinero; no siempre lo conserva, pues ha sido prodigado para
alimentar el adulterio. El divorcio, además, coloca a la mujer en esta
falsa situación: quéno es esposa; ni soltera, ni viuda. La mujer íeStá

más expuesta a perder con el divorcio, y ello es una garantía qule no


recurrirá a esa medida extrema sino Én caso de imperiosa necesidad,
Pero es la mujer la más interesada en que la ley le asegure! un refugie

contra las sevicias del hombre".

"Nada corrompe, más que íel poder de perpetrar el mal impune


mente. Un esposo seguro de conservar su víctima bajo la mano, se
burlará de todos los juramentos, de todos sus deberes; los respetaría
más si supiera que su víctima puede invocar el auxilio de la ley y al
canzar con la felicidad qué el lie había prometido. El día en que
otro
tuviese la mujer la posibilidad de escapar por el divorcio al abuso de
la autoridad, al vicio o a la violencia, el esposo que hubiera llegado a
los extremos, se detendría y talvez reflexionara. Hay necesidades ante

las cuales ia indisolubilidad debe ced¿r bajo la pena de ser odiosa".


Después de narrar varios casos de mujeres jóvenes separadas d!e
maridos, agrega: "La ley las separa, en efecto, de estos indignos, y
las arroja a la vida sin guía, sin consuelo, libradas a su dolor, a su
¡nVi.ntud vivaz. Nada más triste que la posición de estas mujeres, do
tadas dle todas las gracias, de todos los méritos dé su sexo para encon
trar con facilidad un segundo marido digno de: ellas. Su aislamiento, su

estado de mujeres separadas, las expone a solicitaciones interesadas, a


cortesías injuriosas. Ellas son honradas; se las cree culpables! Siempre

las persigue la sospecha; si oeden, alcanzan vergüenza y menosprecio!


Y sin embargo, quién es el culpable? Ellas o la ley? Prohibiéndoles la

ley toda afición legítima, no las condena a caer? Arrancadles, pues,


el corazón, si queréis que no amen más a los veinticinco años!
"Es la indisolubilidad la que crea en el p*ueblo (oigámoslo bien,
aquí en donde la población aumenta día por día), sobre todo ten París,
tan numerosos casos de
bigamia? Qué moral se satisface con la con
servación de tal estado de cosas?"

"Todo lo quíe hay en e] alma humana de dignidad, de espíritu de


justicia, se subleva ante estos casos contra la indisolubilidad, porque
la separación de cuerpos desune sin
libertar, separa los bienes, separa
las personas, rompe el matrimonio como vínculo, pero lo niantienié co
mo cadena. Desespera y deshonra a sus víctimas. Y, sin embargo,
después
die esta separación que preferís al divorcio, qué resta, 03 lo pregunto
a todos, del matrimonio fundado sobré la mutua ternura, sobreí el amor
común a los hijos, sobre el deseo de ganar una fortuna con el esfuerzo

19 —

recíproco?; qué queda de ésta conjunto de obligaciones morales, de


este vínculo de razón, de corazón, que da al estado de matrimonio su

dignidad, su encanto y su fuerza?"

Diice que sobre quince separaciones se forman diez uniones ilegí


timas, y agrega: "L-jos, pues, de proteger las buenas costumbres con
tra la invasión del libertinaje, la indisolubilidad tiene por efecto in
troducirlo al seno mismo de las familias, instalarlo allí en cierta ma

lí! verdadero divorcio conduce a nuevas uniones legítimas y mo


rales. He aquí por qué las personas honestas, desgraciadas en el matri

monio, a quienes repugna vivir fuera de las condiciones social.s, lo


reclaman. Es necesario restablecerlo, hasta para evitar que la indisolubi

lidad inspire la idea del asiesinato. Así lo comprueban las crónicas de


los tribunales: la imposibilidad dei Übrarse de un vínculo odioso, hace
pasar de la desesperación al crimen a las víctimas que se sienten en
cadenadas en el lecho de hierro del matrimonio indisoluto. Los críme

nes no siempre son inspirados por pasiones malvadas; a veces repre


sentan el testimonio sangriento de una sublevación legítima, son como
el grito de una necesidad! Mm.
Sofarzan no habría envenenado a su
marido si hubierapodido demandar til divorcio. Cuando -1 Código Ci
vil liberte mujer, ella demandará una protección a la ley, en vez
a la
de pedir venganza al arsénico, o al revólver! Pero mientras manten
gamos como ley única la separación de cuerpos, estaremos obligados a
reconocer en los esposos engañados y encadenados por la ley el dere
cho de recurrir a la muerte, y en los jurados el dLbeír de absolver a

los matadores".
El distinguido orador francés concluye con esta frase: "El divor
cio es un mal menor qu. la separación de cuerpos; es un remedio su

premo a males insoportables, que no pueden encontrar sino en el di


vorcio su disolución y su término. Que no se nos diga, pues, que res
tableciendo el divorcio, abrimos una brecha por donde se precipitarán
luego la moralidad, el matrimonio y la familia".

"Queremos difundir y conservar cosas sagradas. Su respeto está


profundamente grabado en nuestros corazones, como en nuestras con

ciencias, estadio bien s.guro".


Y concluye: "Votaré el divorcio con tristeza, porque éste, como la

separación de cuerpos, son lamentables extremidades, un fin deplora


ble de bellas esperanzas; pero lo votaré con una tristeza r1. suelta, con
la convicción nacida de mis estudios, de mis refl.xiones y de todos
los espectáculos que han pasado ante mis ojos".
Con estas palabras el elocuente orador católico, erró su discurso,
que mereció los más grandes elogios de sus colegas y las f.licitacíones
entusiastas de todos, hasta de los adversarios al divorcio.
M. Naquet, el apóstol di.I divorcio, como se le ha llamado en Fran
cia, por su propaganda perseverante, por el sinnúmero dé conferencias
con que ilustró el criterio público del país en favor del divorcio, trae
una página realmente conmovi'.dora sobre la situación de la mujer se

parada. Oigámosle:
"Pero la mujer separada!
Suponed que después de haber derrama
do muchas lágrimas y de habtT devorado en siLncio sacrificios infi
nitos, encuentra quien la comprenda. Suponed que sus sentimientos
_
20 —

naturales largo tiempo contenidos, se despiertan con la fuerza vital,


dominadora que sé impone aún a los que creían haberlos sofocado
pa-
ra siempre. Suponed que, ella se enamore al
fin, porque sí somos ar
bitros de nuestras acciones, no lo somos de r.uestros sentimil.ntos. Su
poned que el sentimiento del amor la domine, que aún conservándose
pura, deje ver el fondo de su corazón: sostengo que esa mujer será
fracasada, deshonrada, rechazada! Ella principió en la desolación de la
sociedad, y va a concluir su vida en la desolación del menosprecio!"
El Ministro de Justicia de Francia, trajo una página que es digna
de conocerse sobre la situación de ¡a mujer separada die cuerpos. Dice

"He ahí un hombre, en la flor de la edad, s.parado de una Mesa-


lina que deshonraba su nombre, condenado para siempre a eLegir en
treel aislamiento o uniones que la L.y no reconoce, condenadas por la
moral. He ahí una mujer indignamente maltratada por su marido, o lo
que es peor aún, victima dle ultrajes odiosos, por Ios cuales ha de
mandado justicia y obtenido una separación. Para la gestión de sus in
tereses depende- aún de aquel hombre miserable, que querrá vengarse
con hostilidades ruines y despreciables. Esto podría correjirse. Pi.ro
io que no podréis hacer, es que el marido indigno di.je de perseguir a

su joven esposa con sospechas injuriosas; su misma virtud no la protei-


gérá siempre contra la calumnia y la mal.dicencia pública; deberá vi
vir como una reclusa; debeirá hacer el sacrificio de su juventud; es ne

cesario que ella sofoque todos sus sentimientos y que permanezca en


esta situación de mujer separada, que es seguramente la más falsa, la
más deplorable que sle puede imaginar. Ella no estará sostenida por el
amor maternal, porque la supongo sin hijos; tampoco por él recuerdo
querido die su esposo muerto, como la viuda de que hablaba con tanta
elocuencia M. Jules Simón, porque el marido está vivo y es un hom
bre indigno contra quien se ha visto obligada a demandar la protec
ción dé la justicia. Y bien, qué apoyo ofrecéis a esta mujer, a estavíc
tima? Oh! sé bi.n lo que me contestarán los católicos... Me dirán:
Ella tiene un Dios!... Pero, si su Dios no es el vuestro; si su Dios

permite, autoriza el divorcio! Qué importa! Ella vivirá encorvada bajo


vuestra ley implacable e inhumana!"

Tal es la situación que crea a la mujer la separación de cuerpos,


situación realmente desi. sperante, y no se explica que se presente como
un argumento la conservación de semejante sistema, en defensa dé
la mujer.
Desdé Montssquil.u, que era partidario del divorcio y que tiene
páginas brillantes en que combate la tenacidad del catolicismo para
atacarlo, se viene repitiendo este argumento: que la mujer divorciada
encontrará dificultad para casarse.
Desde luego este no es un argumento contra el divorcio, porque si
fuera exacto, si la mujer divorciada tuviera 'dificultad para casarse,
no estaría én ningún caso !-a peores condiciones que la separada de

Pero es que en tiempos de Montesquieu no existía la estadística


y la extensión del divorcio ein Europa i.ra limitada. Asf es que no tenía
para su juicio los datos estadísticos ni el ejemplo de los pueblos ve
cinos. Hoy la estadística ha demostrado que en los países más ade-
tintados que rieren el divorcio, como Inglaterra, Francia, Alemania,
los esposos divorciados y se casan más
se casan en gran proporción,
ma
que los celibatarios. La nupcialidad de los esposos divorciados es

La nup
yor que !a y menor que la de los viudos.
de los celibatarios
cialidad es el tanto por ciento de los matrimonios en una -dad deter
minada. Pues bien; allí se casan en primer término los viudos, en sel
gundo término los esposos divorciados y vienen en tercer término los

celibatarios o solteros. De manera que la experiencia demuestra que


el lestado de divorciado no dificulta el matrimonio.
Debo ocuparme ahora de otro de los cargos fundamentales que se

hacon al divorcio: la condición en que quedan los hijos.


Creo poder demostrar que si el divorcio es ventajoso para los

cónyuges, comparado con la simple separación de cuerpos, lo es mu

cho más para los hijos^-de un matrimonio desgraciada.


Haciéndome d-; este argumento, no se me oculta que los
cargo
adversarios del divorcio están obligados a admitirlo i:n todos los ma

trimonios en que no haya 'rijos, ó en aquellos matrimonios ;n que los


edad, p testo que ;.n tales casos no procedí la
hijos sean mayores de
objeción de que él divorcio es a los hijos. Quedan asi des
perjudicial
cartados los matrimonios en que hay hijos, y la estadística de
no

muestra que la mayoría d'e los matrimonios que se divorcian, no han


tetnido hijos.
Se suele partir de un punto de vista erróneo al estudiar la situa
ción de los hijos die esposos divorciados, comparándola con la situa
ción de los hijos de> matrimonios unidos, de matrimonios modelos.
Uniformemente, los partidarios y los adversarios dl-I divorcio sostie
nen que tanto el divorcio la
separación de cuerpos son un estado
como

deplorable y triste, la mayor desgracia que pueda ocurrir a los hijos


de un matrimonio, pero con esta diferencia: que los hijos de esposos
separados de cuerpo, se encuentran en un situación muy inferior, mu
cho más grave, más desgraciada, que los hijos de los esposos di
vorciados.
Comparada la situación de los hijos de un matrimonio divorciado
con la de los hijos de esposos separados de cuerpo, el divorcio es pre
ferible y muy favorable a los hijos. Además,
hay que tomar em consi
deración que no se trata exclusivamente del destino, de la suerte de
ios hijos. Cierto es que se trata de un asunto de importancia, que debíe
tomarse en cuenta, pero la principal cu.stión es la situación de los es
posos, y si para éstos el divorcio es más ventajoso que la simple se
paración de cuerpos, ¡.I derecho de los padres es superior a la situa
ción personal en que se encontraren los hijos, porque, los padres, al
divorciarse y contraer otras uniones I.gírimas, no dejan de querer a

sus hijos, no dejan de protejerlos, no dejan de ser los directores die SU


educación y formación. No hay intereses antagónicos entre los hijos
y los padres divorciados que se casan; al contrario: están armonizados
en el sentido que convierte a los hijos, en el sentido que los esposos
lleven una vida feliz, una vida moral; que no tienen nada que ocultar
a la socü.dad, que pueden presentar un hogar respetable, en donde se
continúa la educación y el desarrollo moral e intelectual de sus
hijos.
Se trata, además, entre padres b hijos, de los mismos
individuos, en
diferentes edades de la vida, y sería una singular b.nevolencia del

22 —

legislador aquella que aceptara, por amparar a los hijos én la infan-


cia, una institución opresiva para toda la vida de los padres, como

es la indisolubilidad.

En cuanto a la faz legal de los hijos de esposos divorciados, no

hay diferencia alguna entre ellos y los hijos de esposos ¿.parados de


cuerpo.
La ley de todos los países en donde está organizado el divorcio,

garantiza a los hijos, como en la separación de cuerpos, los mismos


derechos V obligaciones de los padres. Tienen éstos el deber de ali
mentarlos, de proveer a su educación, en una palabra, de ser los ver
daderos protectores die la infancia, para favorecer su desarrollo ar-

Los mismos derechos tienen los hijos y las mismas obligaciones


los padres,ya se trate de esposos divorciados o separados de cuerpo,
Si se aceptó, pues, la separación de cuerpos, n0 hay razón alguna
que dé base sólida a una obligación legal contra el divorcio, tomando
para ello la situación de los hijos.
Se dice que multiplicándose el matrimonio de los padres por me
dio del divorcio, seproducirán graves complicaciones qué' afectarían a
los intereses de familia. Esta es una objeción sólo aparente. Se trata
ría, i.n tal caso, de liquidar sucesiones de esposos que hubieran con
traído varios matrimonios, de una simple cuestión de contabilidad, co
mo se efectúa en los casos de ulteriores matrimonios dé los viudos.
Si se acepta, pues, la separación de cuerpos, no hay razón alguna

que dé base sólida a una objeción legal contra el divorcio, tomando para
ello la situación de los hijos.
Analizando la faz moral, educativa y social en que quedan los
hijos de esposos separados de cuerpo frente a los hijos de esposos di
vorciados, tenemos que es mucho más triste, mucho más digna de com

pasión la situación de los hijos de esposos separados de cuerpo, aunque


tanto la separación como el divorcio sean desastrosos para la suerte
de los hijos.
Se dice, y con razón, que el mal no está en la separación ni en .1
divorcio, sino en las causas que mantienen la guerra dentro del matri
monio, en aquellas causas que hacen imposible la vida en común, en
ese estado de verdadera hostilidad de los esposos, donde los hijos no
tic-nen ante sus ojos como medio educativo, sino la serie del recrimi
naciones, las inculpaciones, los agravios, y hasta los atentados en que
Incurran los cónyuges. Y se observa con razón: este espectáculo, esta
escu.la, estos ejemplos inmorales que se presentan a la niñez, tienen
que ser funestos, mucho más én el caso de la simple separación de
cuerpos que i.n el divorcio.
Se dice que el afecto de los padree para
con los hijos, se conservaría

mejor si no
contrajeran ulteriores nupcias, que volviendo a casarse los
esposos divorciados. También hay en esto un error. El afecto de los pa
dree tiene que conservarse con mayor pureza, apasionamiento y mora
lidad para con hijos
cuando han contraído segundas nupcias, cuando
sus

uno de los cónyuges ha llevado


al hogar otra persona digna de su nivel
jntielectual, moral social, cuando puede presentar ante la sociedad una
y
familia honrada, cuando además del esposo divorciado hay otro cónyuge

23 —

respetable, que representa en leí hogar la autoridad moral y educativa,


que tanto influye en la vida del niño.
En lugar d-e este hogar reconstituido por el divorcio, la simple' se
paración de cuerpos no presenta sino el espectáculo de uniones irregu
lares. Serían funestas para la niñez las aventuras inmorales que lleva
rían los esposos; las uniones clandestinas, con todo el cortejo de actos
incorrectos que tienen forzosamente que ejecutar los esposos desuni-

cos, siempre que se encuentran en la edad .n que la vida exige él fun

cionamiento genésico al hombre y a la mujer. Por lo mismo que los es


posos han sido desgraciados en la vida matrimonial, que han tenido que
abrir un paréntisis a la vida ordenada de familia, que reconcentran

odios y rencores durante la guerra intestina del matrimonio, producida


la separación de cuerpos se entregan a una vida desordenada, a satis
facer apetitos que leis hacía imposible un matrimonio desgraciado.
El verdadero interés de los hijos no está, pues, en conservar aquel
espeetro de matrimonio; en contemplar a sus padres, tristes, desgracia
dos, solitarios, en una vida desordenada e inmoral, escuchando cons

tantemente los eternos reproches contra el otro esposo, que es el padre


o Ja madre de hijos; las murmuraciones, las acusaciones, justifica
esos

das en la generalidad de los casos, porque, como lo observa Lagouve,


de la academia francesa, las cuatro quintas partes de los esposos se

parados de cuerpo contraen uniones clandestinas ilícitas. Nada más


nocivo para la niñez de los hijos, en el período más delicado de su edu
cación moral, cuando su inteligencia es como una masa plástica que re-

citte el sello que se le imprime.


El verdadero interés de la niñez no está én contemplar a los pa
dres unidos en la inmoralidad y el desord.n, sino en verlos felices, en

contemplar reconstituido el hogar en donde dejben formarse; con la


autoridad moral que. dá una unión legítima, considerada en la sociedad.
El divorcio pone término a este estado de hostilidad y guerra do-

Los esposos que se separan rompiendo para siempre el vínculo, no


se preocupan de continuar entre sí las hostilidades: ha terminado com
pletamente para ellos toda relación, todo vínculo. Con frecuencia con

traen nuevas uniones y se pone término por medio del divorcio a aquella
guerra intestina tan peligrosa,
nociva para los esposos divorciados
tan
como para los hijos; mientras que la separación de
cuerpos en lugar
dé poner término a esa lucha innoble, apenas si logra una suspensión
de hostilidades, una atenuación de los insultos, d'¿ las injurias, de los
ataques que recíprocamente se dirigen los esposos.

El divorcioaL.ja, pues, los padres de( afecto a sus hijos, no hace


no

olvidar los deberes sagrados que surgen de la maternidad. La naturaleza


humana replica a esta objeción. Los padres aman por naturaliza a sus
hijos, y en un matrimonio feliz, que reconstituye el hogar, aumenta ésj
amor a los hijos, en lugar de disminuir.

Podría suceder que disminuyera su cariño en la vida desordenada,


de aventura, donde sesiempre una depresión dé las facultad.s
opera
morales de los esposos d.bilitamiénto de aquel debe primordial
y un

de la naturaleza. La experiencia protesta contra


semejante objeción y
la prueba más evidente es el destino que deparan a los hijos los pa
dres viudos que vuelven a casarse: no son indiferentes ellos
para con
ni mucho los abandonan a una suerte- desgraciada. Cuando los
menos

padres reconstituyen un nuevo hogar, los hijos del


primer matrimonio
desgraciado los primeros beneficiarios.
son

La experiencia ha demostrado que para la mejor educación del ni


ño, es conveniente que concurran un hombre y una mujer. No basta la
educación aislada del hombre ni de la mujer. Ss resiente la educación
que dá ..xclusivamenie la mujer de la falta de virilidad y autoridad
quei debe haber siempre en un hogar. La mujer es más sensible quje el
hombre, más susceptible de crear lo que en muchos hogares se llama
niños mimados, sobre todo cuando sé trata de una
mujer abandonada,
aislada, que por lo mismo que ha perdido el afecto del marido, quierie
a sus hijos con un apasionamiento violento, absorbente, exo.sivo, en
daño de la buena educación y dirección que debe darsi. al
niño; mientras
que el matrimonio satisface: sus instintos de mujer, y adl.más la pre
sencia de un hombre que inspira respeto, que dá la nota de autoridad
en el hogar, atenúa aquel apasionamiento excesivo de la mujer, lo hace
más moderado y bondadoso, con ei ejemplo y la virilidad de un nom

bre jefe dé una familia.


También se resentiría la educación que diera un hombre solo, el
esposo aislado, que se ocupara del cuidado y de la educación de sus

hijos. Allí talvez se excediese la autoridad y el tono viril que conviene


a la educación; pero se notaría la falta de sensibilidad, la falta de ma

neras suaves que debe dar a la educación del niño el trato de una

Es
axioma de la buena educación de la infancia en el hogar,
un

que conviene y se complementan la acción del hombre con la influen


cia d. la mujer.
Pero se argumenta diciendo que para ¡os niños seria un suplicio
intolerable contemplar a la madre en brazos de otro hombre que; no

es su padre, en las ulteriores nupcias de los esposos divorciados; que


para los mismos niños sería siempre una mortificación el ver a una
mujer extraña ocupando ni sitio de la madre ausente.

A qué un hogar feliz con un hogar desunido!


comparar
No sería
suplicio intolerable, porque hay que comparar la situación
de los niños frente a los padr: s qu,_ han contraído nueva unión legitima,
con la vida irregular que tienen que llevar, forzosamente, los i-sposos

separados que no contraen nuevas nupcias Lgítimas. La comparación


debe hacerse entre el nuevo hogar r!, constituido por un matrimonio le
gítimo y las uniones inmorales, las uniones ilegítimas; entonces, sí,
sería nocivo, doloroso para el niño, el contemplar a la madre en brazos
de un amante, qu_ no es su padr:; o al padre unido a una mujer qtae
r;o tiene ninguna vinculación honesta con ellos; seria mil veces peor
que esos niños contemplaran la inmoralidad de vinculaciones ilícitas,

clandestinas, del esposo o de la esposa.


El divorcio, bajo este punto de vista, marca una gran superioridad
sobr. la separucór. d-. cuerpos
Acemas. t\ estado ce separación de cuerpos és tan grave para los

ninas q"e otro d-- los estrag s qu. produce en el gobierno de la fami-
i a y en su prop a educación, ^s la falta de respeto a los padres. Los hi
jos que pres.ncian las uniones concubínarias de sus padres o que las
sospechan, conduy.n ?■>: perderles todo respeto. La misma guerra domes
tica, las imprecaciones, las calumnias, las difamaciones que sé hacen los
esposos separados de cuerpo, son el germen más nocivo para la educa
ción del niño y tien_ que concluir con el respeto que los hijos deben a

sus propios padres. Mientras que con el divorcio, reconstituida la unión


legítima de los padres, dnsaparec aquel estado de guerra, y la atmós
fera que respiran los niños es más pura, más moral, más ordenada.
La cuestión resp.cto a los hijos debe plantearse en estos términos:
Quién puede sostener que es más mora! para los niños el presenciar
las uniones inegulares, la vida desorbitada de los padres, las uniones
concubinarias, que forzosamente tienen que venir, o los hogares felices
reconstituidos por uniones en qué la esposa o e\ esposo divorciado apor
tarán al hogar un compañero digno de la consideración social?
Y planteada la cuestión así, no cabe lugar a la objeción hecha, por
gue hasta los mismos adversarios deb.n reconocer que conviene más la
reconstitución del hogar por medio de un matrimonio legítimo, que la
vida desordenada, de libertinaje, dé los esposos separados de cuerpo.
Un orador francés decía que es mucho más sano para la educación
del niño el respirar una atmósfera de pl.na moralidad en la vida de un
matrimonio respetable, que contemplar la guerra doméstica en que viven
los esposos separados, oyendo siempre denuestos, viendo constantemente
esa farsa del pretendido matrimonio de los padres, donde todo les falso,
porque no hay vida común; hasta tos pasos que dan para ocultar a los

hijos todo acto irregular resulta ambiguo y nocivo para la educación del
niño. Lo que queda en claro en el caso de separación es el odio y el

menosprecio que se profesan los esposos recíprocamente, que no siem


pre se tiene la prudencia y discreción de ocultar los hijos; al contra
a

rio, es natural que la persona que odia a otra, hable mal de ella, que

murmure; como es natural también que tome por confidente de sus

murmuraciones y calumnias a sus propios hijos, para inspirarles la ad


versión que siente por el otro esposo; esto es explicable y es la rea
lidad de lo que pasa en la vida de los matrimonios separados de cuerpo.

Observaba el Ministro de Francia en el S.nado, estudiando este

punto de los hijos y la situación angustiosa en qué viven durante el ma


trimonio de padres separados de cuerpo, observaba las tristes hostilida
des que los esposos llevan a cabo, tomando como campo de batalla pre
cisamente 'os hijos, y decía que en tal portunidad sL ve el afán con que
un padre pretende tomar en depósito a los hijos, no por el amor natural
a ellos, no por el deber natural de protegerlos, sino con el fin de hosti

lizar al otro esposo.


Es muy distinta la situación de los hijos e.n hogares de padres ri
cos, que la de los hijos en hogares pobres. Los padres ricos, como dice
Renault, podrán ocultar los desórden:s d: su vida disipada con un manto
de púrpura y ie oro; podrán disimular hasta cierto punto a la inquieta
curiosidad de los niños los actos inmorales a que tienen forzosamente

que entregarse; pero no sucede lo mismo en los hogarr¿ pobres, en


donde la pobreza establece una funesta promiscuidad en todos sus actos.
Precisamente en el hogar del pobre, en '.I hogar del obrero, es dar.-
de es más nociva esta vida Irregular de los padres simplemente separa
dos de cu.rpos.
Si el padre divorciado ha tomado a cargo los
su hijos, debemos
ponernos en el caso de- que sea neo y llev. una vida profesional fuera

26 —

del hogar, ¿con quién dejará a sus hijos en la casa? Tendrá que entre

garlos a la dirección y gobierno de una institutriz, ya que sus ocupacio

nes lo llevarán fuera die la casa. La sola presencia de una institutriz en


el hogar, dará lugar a murmuraciones, a calumnias, a sospechas, con
grave daño de la moralidad de los hijos, sobre todo de las hijas; ade

más, la institutriz no reemplaza a la esposa, a quién se elige con otro


criterio, buscando en ella otras condiciones morales e intelectualeis por
las graves responsabilidades d!e que se va a hacer cargo para el gobier
no de la casa y la educación de los niños.

Pero si los padres son pobres, no podrán tener institutriz y enton

ces Se encontrarán los hijos én esta alternativa: o cfuedarár. entregados


a la concubina del padre o al amante de la madre, mit«tras los
padres
salen a la labor, a la fábrica; quedarán los niños en plena caite,
o bien
al vaivén de los malos ejamplos, impelidos hacia el crimen o la corrup
ción social.

De modo, pu.s. que la simple separación de cuerpos produce efec


tosdesastrosos, ya se trate de padres ricos, ya de padres pobres, y es
imposible, cualquiera que sea el temperamento que se busque, reemplazar
al esposo o a la esposa que han desaparecido por la separación de cuer-
pos. Sólo el matrimonio ulterior, facilitado por el divorcio, provee efi
cazmente a la educación de los niños.
Combatiendo el divorcio, se trata de impedir que penetre en .el
hogar de los esposos desunidos el padrastro o la madrastra, y sin
embargo, en la realidad de las cosas, la experiencia de la vida, hace*
pen.trar la querida o el amante I Esto es inevitable, y nadie podrá
atreverse a sostener que esos personajes clandestinos que penetran
a un hogar, puedan representar algo más saludable para la moralidad

y la educación de los niños, que un segundo matrimonio, esto es, la


reconstitución legítima del hogar por medio del divorcio. Así, por te
mor de males problemáticos, desmentidos en multitud de- casos, sobre
todo en las uniones de viudas con hijos, se viene a fomentar la desmo
ralización de hijos de padres desunidos; mientras que la realidad, la
experiencia de los
pueblos que admiten el divorcio, demuestra que
siempre más benéfico para los niños 'a influencia moral de un ma
es

trimonio reconstituido, que la vida desordenada y los padecimientos


de los esposos separados de cuerpo.

Así, habría que plantear la cuestión en este terreno: o las ulte

riores nupcias son perjudiciales para los hijos de un matrimonio an

terior, en cuyo caso habría que prohibir las ulteriores nupcias de ios

esposos viudos, puesto hijos merecen tanta consideración como


que sus

los hijos de los esposos divorciados, o bien no ofrecen inconveniente, y


entonces debieran permitirse para el caso de los esposos divorciados.
El dilema no admite otra solución. Si las ulteriores nupcias son no

civas, habría que prohibir el casamiento de los viudos; como ésto no


sucede, como nadie sostiene la viudedad perpetua dé la India, sino
que, por el contrario, se reconoce a los esposos viudos el derecho de
volv.r a casarse, hay forzosamente que admitir los ulteriores matri
monios de los divorciados, en favor, precisamente, de sus hijos, que

están en la misma condición que los hijos de los viudos.


Hay mas: M. Naquet d. mostró en el Senado de Francia, que los hi-
jos de padres divorciados estarían en mejores condicionéis que los hi

jos de padres viudos.


Así, por ejemplo, en el caso de viudedad, el sitio que ocupaba el
padre fallecido, lo verían los niños con cierta amargura, reemplazado
por un hombre extraño a ellos, y el sitio de la madrie fallecida se vería
también, con pena, ocupado por una señora que no es la madre de
los niños.
Se compr.nde con facilidad la. contrariedad moral eon que ve

rían los niños ocupado el sitio del esposo fallecido, qué fué bueno para
con el otrocónyuge y para ellos, por una persona extraña.
P.ro en caso de divorcio, no se comprende que los niños sufran
moralmente cuando vean reemplazar al padre perverso, disoluto, cri
minal, corrompido, que la madre ha tenido que ll.var ante los tribuna
les para separarlo del gobierno de sus hijos; no
hogar y quitarle el
se comprende que en este caso haya tortura o violencia moral en los
niños al ver reemplazado al mal padre por otro hombre que sabe cum

plir los deberes de esposo en el mismo hogar y proteger la familia.


Así es que sí en el caso de segundas nupcias los hijos pudieran tener

algún sufrimiento moral, en .1 divorcio no; al contrario sería una moral


edificante para los niños ver al nuevo esposo o a la nueva esposa llenar
los deberes que abandonó un padre o una madre culpable.
Desde que la ley reconoce benéficas y permite las ulteriores nup

cias de las esposos viudos, no hay razón para prohibirlas a los espo
sos separados, cuando los hijos de éstos quedan, como se ve, Ln mejor
condición moral que los de aquellos.
Píto hay que mirar el problema desde otro punto de vista: y es

el de la multiplicación de los hijos adulterinos.


Si se prohibe a cónyuges s. parados constituir nuevas uniones
los

legítimas, se inclinarán a la vida desordenada, a la procreación de


hijos adulterinos. Y sé preguntaban con razón los legisladores fran
ceses: indeferente para el Estado, para la moral, y para la socie
es

dad que se multiplique la filiación ilegítima, la filiación adulterina?


Todo cuanto tienda a multiplicar las uniones legítimas, las uniones
felices, a legitimar la filiación de la proU; es ventajoso para el Estado
y para la moralidad pública. Y, entonces, ésta filiación adulterina, que
fatalmente tiene que producirse, en el caso de simple separación de

cuLrpos, es altamente perniciosa, y Jules Simón coincidió con Naquet


en que era necesario prevenir esta filiación espúrea, y no hay otro
medio legal de prevenirla que facilitar la formación de nuevas uniones
legítimas.
De maneira, pues, que el gran argumento de los hijos, no solamente
pui.de sostenerse victoriosamente comparando la situación de los hijos
de los padres divorciados con la de los hijos d'.f padres simplemente
separados dé cuerpo, sino que tomando en cuenta la multiplicación de
la filiación adulterina, se llega a la conclusión inevitable que e¡
legislador diebe facilitar por medio del divorcio, las uniones legítimas,
para prevenir y disminuir esa filiación.
Se dice que la disolución del vínculo matrimonial ataca la libertad
dé conciencia de los cónyug.s católicos.
Nada tiene que ver el divorcio con la libertad de culto de los ca
yentes; el divorcio es una institución que legisla ulteriores
nupcias
de esposos separados de la vida común matrimonial. No es concebible
como se confunde la libertad de cultos o de conciencia con la posibili
dad de ulteriores nupcias de esposos separados; desde que esa libertad
no significa sino la líbre manifestación de opiniones y dé creencias en

el ejercicio del culto y la libertad de conciencia, la lih._rt.id de pensar y


elegir cualquier culto que satisfaga la tendencia o la educación moral
del individuo.
Qué tiene que ver la institución civil de contraer nuevas nupcias
con el libre ejercicio del culto?
Absolutamente nada, y sin embargo sé presenta la disolución del
vínculo matrimonial como contrario a la libertad de cultos.

Aquí, como en todos los países católicos, hay dos clases de cre

yentes: los unos quie son antes que todo ciudadanos dei] país en qué

han nacido, que respetan su constitución, los poderes constituidos y


las leyes que sancionan los poderes públicos constitucionales; y hay
también los creyentes, que se llaman del partido católico, es decir,
los clericales militantes, que hacen política de resistencia, de obstruc
ción o de conquista, para conservar o recuperar facultades de gobierno
o legislativas, usurpadas por la iglesia, o que ésta desea conquistar.
Los católicos militantes, los clericales, defienden estos avances de
la iglesia con tenacidad, con fanatismo, aún cuando ésas instituciones
que reglamenta y legisla el poder secular sean de su exclusiva juris
dicción; aún cuando haya reivindicado relaciones jurídicas absorbidas
por la iglesia, en épocas de oscurantismo y de barbarie.
Pues bien: entre esas dos categorías de católicos, del católico res
petuoso de la ley, que hace oposición a una reforma porque así sei lo
aconsejan sus creencias o la propaganda dogmática de su iglesia, pelro
que respeta y adepta la reforma una vez que la sancionan los podelres

de su país; y el católico militante, clerical, que combate! tenazmente


.sas reformas, qué dice son despojos al poder de la iglesia, entre esas

dos categorías dé católicos, hay una distancia enorme. Pero, felizmente


para el orden público, para el progreso de la Legislación, los católicos

respetuosos de la ley, de la constitución y de los poderes públicos están


en gran mayoría sobre el elemento clerical, opositor a outrance a

toda reforma.
No hay para qué buscar ejemplos de estas dos categcrias de ca

tólicas; basta con r.cordar las discusiones de la ley de matrimonio


civil, la secularización de los cementerios.
Portales, al fundar los motivos del divorcio en la legislación fran
cesa, dice que hay cultos que aceptan el divorcio y otros que lo conde
nan; que, entonces es un deber del Estado establecer el divorcio para

que lo puedan usar con toda libertad los creyentes cuyas confesiones
lo aceptan, mientras que aquéllos creyentes que condenaban el divorcia
no se verían perjudicados, porque la ley de divorcio no puede ser

coercitiva, sino meramente facultativa.


No hay, pues, que mezclar la libertad de cultos con la disolución
del vínculo matrimonial.
El divorcio no se impone a nadie, no es ley coercitiva; mientras quié
la indisolubilidad del matrimonio sí que lo es, y se impone tanto a los
no católicos como a los que lo son. De manera que si alguna die estas

ios leyes fuera violatoria de la libertad de conciencia lo sería la lay



29 —

que prohibe la disolución del matrimonio, puies atacaría la libertad de


conciencia de los creyentes que aceptan el divorcio, impidiéndoles las
ulteriores nupcias que admite su culto, impidiéndoles celebrar un nue
vo matrimonio. Pero se dirá: en algunos casos el divorcio es impuesto
al cónyuge católico, cuando se hubiere casada con uno que no lo fuérie
o con un católico que admite el divorcio, pues hay muchos millones de
católicos, quk admiten el divorcio. Entonces, se dirá, es impuesto el
divorcio. Efectivamente, podría serio al cónyuge culpable, porque e¡
Estado, ei legislador, no debe imponer el cumplimiento de deberes mo
rales religiosos de los creyentes; el Estado establece el divorcio
o

para los que quieiran acogerss a él, sin distinguir confesíonL-s. Si el


católico desobedeciendo los mandatos de la iglesia, demanda el divor

cio, está én su derecho, ejercita la libertad de conciencia, y el Estado


no puede decirles: "no; porque se lo prohiben sus creencias religio
sas, rechaza su demanda". La misión del Estado moderno no es

¡esa; el Estado no puede penetrar en la conciencia, en las ideas religio


sas del hombre; el Estado, que sólo sanciona leyes laicas, tiene que

admitir el recurso legal; lo contrario sería darle intromisión en una

esfera que le es completa miente ajena; tampoco puede prestar su brazo


secular para que las confesiones compelan al cumplimiento dé los de
beres religiosos.
Aún más: lo que la iglesia prohibe, como dogma die su credo, no es

el divorcio propiamente, sino el ulterior matrimonio, y siendo así el


esposo que sufriera el divorcio quedaría completa libertad de con
en

traer o no nuevas nupcias. Así es que el Estada no vendría jamás


a imponerle nada fundamental contra L! dogma, contra su propia re
ligión.
Se argumenta diciendo que la mujer divorciada sufrirá cierto des
crédito social.
Es fácil refutar esta objeción, recordando que la misión de las
leyes, cuando se trata de costumbres atrasadas o supersticiones ab
surdas, es removerlas dando un paso hacía adelante.
Cuando la mujer divorciada haya justificado ante los tribunales la
honestidad de su conducta, el haber sido victima de actos inmora
les o de delitos por parte de su marido, esa prebcupación tiene que ce

der, porqué la evidencia en que ha puesto su conducta tiene que ha


cerla respetable a la sociedad. Y en este sentido el divorcio hará que cada
día sea más considerada la mujer divorciada. Las preocupaciones ab
surdas tienen que ceder ante el progreso y la justicia.
Ahora es del caso preguntar: El divorcio conviene a la sociedad?
Conviene más que la separación de cuerpos a la moral pública?
Me parece que basta plantear bien esta cuestión para que quede
resuelta sin mayor esfuerzo de raciocinio.
¿Qué conviene más al Estado: la multiplicación de las uniones lici
tas y de la filiación legítima de los hijos, o la multiplicación de las
uniones irregulares y la procreación de hijos adulterinos?
Desde que la disolución del vínculo matrimonial facilita las
uniones,
los matrimonios legítimos de los esposos separados, desde que facilita y
proteje la filiación legítima de los hijos, se comprende con facilidad que
el divorcio representa para la sociedad, para la moral pública, una gran

30 —

ventaja sobre la separación de cuerpos, que multiplica las uniones adul

terinas y 'a filiación de ese caráct.r.

Es interesante presentar un cómputo de la población del mundo re-


lacionada con los países que aceptan el divorcio, y con los pueblos que
lo rechazan.

Los países divorcistas de Asia y África suman quinientos setenta y


seis millones de seres humanos; en Europa y Estados Unidos, trescientos

ochenta y nueve millones; y en las Antillas, un millón quinientos mil.


Total de habitantes del globo terrestre que aceptan el divorcio: nove
cientos setenta y seis millones quinientos mil,

Europa cincuenta dos mi


Los países antidivorcistas suman en y

llones de América cincuenta y nueve millones. Total de


habitantes, y en

la población de países que rechazan el divorcio: cieflto once millones.


Veamos ahora este cómputo dentro del cristianismo.
Ante todo un poco de historia: sabido es qule el concilio de Trento,
al exaltar el sacram.nto del matrimonio, condenó de manera inexorable
el divorcio para los pueblos de occidente, pero conviene recordar que el
célebre concilio, en el largo período de años en que sesionó, después de

estudiar las causas de la reforma en lo relativo al matrimonio, si bien


condenó el divorcio para los pueblos dé occid.nte, accediendo al pedido
de los embajadores de Venecia, conservó el divorcio para los estados de
oriente, especialmente para las islas de Corfú, Chipre, Cefalonia y otras

que estaban bajo la soberanía de Venecia. En aquellas regiones, los pri


habian en
meros padres del cristianismo, sobre todo los padr!es griegos,
señado que según los evangelios era lícito repudiar la mujer
adúltera.

El concilio tuvo que transigir con estos intereses de los pueblos


cristia

nos de oriente, no condenando el divorcio para aquellas regiones.

Después del concilio de Trento, la evolución de las ideas, la trans

formación de costumbres, doctrinas y legislaciones de. los pueblos euro


he dicho,
peos, han variado al infinito, al extremo de que hoy, como lo
casi todas las naciones europeas, con excepción de tres España, Italia —

y Portugal —
aceptan el divorcio, entre ellas tres naciones notoriamente

católicas, donde hay una enorme mayoría de elementos católicos: Aus

tria, Francia y Bélgica,


Pueblos cristianos que aceptan la disolución del vínculo matrimo
nial: protestantes: Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Noruega, Holanda,
Suiza, Alemania, Estados Unidos, que suman ciento sesenta y cuatro
millones de habitantes; cristianos griegos de Rusia, Grecia, Serbia, Ru
mania, Montenegro, Bulgaria, que suman ciento treinta y siete millones
de cristianos divorcistas; países católicos: Francia, Bélgica y Austro,
con un total de sesenta y nueve millones. Total de cristianos que aceptan
el divorcio: trescientos setenta millones. Los cristianos antidivorcistas
en Europa (España, Italia y Portugal) y en América, suman cLnto once

millones. La totalidad de cristianos suman 481 millones; de manera que


la proporción entre países divorcistas cristianos es de 371 millones con

tra 111 millones de habitantes cristianos antidivorcistas. Está, pues, la


población antidlvorcista, con relación a la población cristiana, en una

proporción de 25 por ciento sobre la cristiandad, o sea, la cuarta parte;


y en la población del globo terrestre, de los países organizados, alcanza
apenas a una décima parte. Están, pues, los países antidivorcistas, en
una reducida minoría dentro del cristianismo, y mucho menos en rela
ción con el resto de la población de la tierra.

Fácilmente, se comprenderá que cuando sólo 25 por ciento de la


un

población cristiana rechaza el divorcio, invocando la ley dé Dios, ha de


haber razones respetables, de orden teológico e histórico que acon
muy
sejan ei divorcio los pueblos cristianos; y así es, electivamente.
para
Tanto los protestantes como los griegos, sostienen el divorcio con la

Biblia en la mano. Con los evangelios sostienen que el mismo Jesús


aceptó el divorcio algo más que bl divorcio, el repudio para el caso
— —

de la mujer adúltera; que esa opinión de Jesús está claramenttj mani


festada en dos capítulos dej Evangelio de S. Mateo, en el V y en el XIX.
Los primitivos padres cristianos, sobre todo los padres orientales,

interpretaron los evangelios en e<t sentido de que Jesús había admitido


el repudio para casos graves, especialmente para el caso de adulri.rio.
entre ellos Tertuliano, S. Ambrosio, S. Epífanio y muchos otros padres
de1 los primeros siglos de! cristianismo. En el concilio de Arlis, en donde
se reunieron 603 obispos cristianos, el año 314, se discutió extensa

mente si los Jesús habían autorizado el divorcio en el caso


evangelios o

de la mujer adúlfi.ra. Se ha sostenido que la opinión quedó indecisa, pe


ro no hubo tal indecisión, pues se resolvió no prohibir el subsiguiente
matrimonio del esposo que repudiaba a la mujer adúltera, aconsejándose

simplemente que no se casara hasta que muriera la mujer repudiada. Se


comprende que si la ley de Dios fuese revelada con tal claridad que ilu

minara el criterio de los hombres, aquel concilio de obispos no se ha

bría limitado a dar un consejo en materia tan delicada, sino que habría
ordenado imperativamente que no pudiera contraer ulteriores nupcias.
5. Agustín, estudiando la cuestión del repudio y refiriéndose a tos

evangelios, sostiene quei Jesús había prohibido toda clase de repudio, y


aún cuando el hombre ..spulsara de su casa a la mujer adúltera, no ten
dría derecho a contraer nuevas nupcias, ni tampoco la mujer. Esta opi
nión de S. Agustín, por la gran autoridad de doctor de occidente, preva
leció en la iglesia latina; pero no de una manera definitiva ni dogmática,
pui.s el sínodo dé Soissons, el año 774, resolvió que el marido podía es-
pulsar a la mujer adúltera y contraer otro matrimonio con validez.

Hay, todavía, otros antecedentes legislativos de la mayor importan


cia para interpretar las ideas de los directores del cristianismo en los
primeros siglos, y son las célebres "Assises de Jerusalen". colección de
leyes y reglamentos sancionados en el siglo XIII y que no son sino copia
de otra colección del mismo nombre, que tune el origen más venerable
para el cristianismo. Las "Assises de Jerusalen" autorizan categórica
mente el repudio o el divorcio, siempre que uno de los esposos haga in

soportable la vida del otro y permiten el subsiguiente matrimonio cuan

do el esposo que pide el divorcio puede garantir al otro la subsistencia


de su vida. Digo que esta colección "Assises de Jerusalen" tiene i.l ori
gen más respetable para el cristianismo, porque Godofredo de Bouíllon,
el célebre jefe de la cruzada que conquistó Jerusalen, ds acu.rdo con
el patriarca y con los nobles europeos, je-fes de los cuerpos de ejércitos
de esa cruzada, aquel fervoroso Godofredo de Bouíllon, redactó un có

digo polftico, civil y constitucional, que fué conservado como vi.nerada


reliquia, nada menos que en el tesoro de la iglesia del Santo Sepulcro,
y allí, i.n ese código se admite el divorcio y el repudio!
-32-

De manera que esa colección llamada "Assises de Jerusalen" debe


tener la mayor autoridad para el cristianismo: conservará hasta el
per
fume de la tumba del Cristo.
así se explica, que con estas opiniones de padres r.speíables, con
las decisiones de concilios de los primeros tiempos del cristianismo,
esa colección, y numerosas decisiones de papas autorizando la disolu
ción del vínculo matrimonial, I.n algunos casos— se: comprende, digo —

que la cristiandad esté dividida en materia de divorcio en proporción


tan favorable para los que sostienen la disolución del vinculo matrimo
nial, y tan adversa para los católicos que invocan ;la ley divina contra el
divorcio.
Deben tener, pues, tanto los protestantes como los griegos cristia
nos, razones más que suficientes para sostener, con el Evangelio en la

mano, y suponiendo que sea genuino no apreciando los evangelios con


las conclusiones de la crítica histórica, sino tal como aparecen en la


Biblia —
deben tener razones muy poderosas para aceptar el divorcio
fundados en la Biblia. La iglesia griega fué la primera iglesia cristiana,
conserva las tradiciones primitivas: se llama ortodoxa, porque venera

todos ios recuerdos de la primitiva cristiandad. Los evangelios fueron


escritos en griego: cómo no creer qué esta iglesia conserve la tradición
genuina, una interpretación clara de los primitivos textos sagrados?
Y qué decir de los países protestantes donde se venera la Biblia
como divina, y aceptan todos el divorcio?
Entonces, con los textos, con los antecedentes, con las tradiciones
históricas y legislativas del cristianismo, se puede afirmar que el di
vorcio eimana de los evangelios, de la misma Biblia,
El derecho canónico ri.conoce tres casos de disolución del vínculo
matrimonial en vida de los esposos. Es uno de ellos cuando un esposo del
gentilismo se convierte a la fé católica; entonces si el otro cónyuge la
hostiliza o la mortifica en sus creencias católicas, la iglesia autoriza la
ruptura del vínculo matrimonial. Otro caso e^ cuando uno de los esposos
o ambos, ingresan en orden religiosa aprobada por la iglesia; entonces
también se rompe, desaparecerá el vínculo matrimonial. Y es el ter
cer caso cuando media la dispensa del Papa... Han usado la dispensa
los papas Martino V, Eugenio IV, Pablo III, Pío IV, Gregorio XIII.
Clemente VIII, Urbano VIII, etc., y recientemente Pío XI.
Los católicos no tienen, entonces, por qué alarmarse ni combatir
una ley de divorcio; la inmensa mayoría de la cristiandad lo tiene ya
cor- los me.jores resultados, con la experiencia de siglos, donde se en
centra la familia perfectamente consolidada sifcr; las bases inconmo
vibles de la moral y del amor, del respeto recíproco de los esposos, de
la más pura educación de los hijos.
Creo haber demostrado 'a tesis que me propuse, las inmensas ven

tajas que trae consigo la disolución del vínculo matrimonial; ojalá que
estas ideas, que no tienen más mérito que un balance imparcial de la

situación en que quedan los esposos separados de cuerpos y sus hijos,


ue .hayan convencido a vosotros, de la necesidad imperiosa de dictar en

nuestra patria, una ley de progreso, una ley liberal que complete la ley
de matrimonio civil, dando un paso más hacoi li civiiii-.a-eión: ¡a ley de
disolución del vínculo matrimonial.