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La espiritualidad del ser humano

Mariano Artigas
Seminario del CRYF, 15 de noviembre de 2005
Texto inédito.

El hombre es un ser de la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende. Comparte con los
demás seres naturales todo lo que se refiere a su ser material, pero se distingue de ellos
porque posee unas dimensiones espirituales que le hacen ser una persona.

De acuerdo con la experiencia, la doctrina cristiana afirma que en el hombre existe una
dualidad de dimensiones, las materiales y las espirituales, en una unidad de ser, porque la
persona humana es un único ser compuesto de cuerpo y alma. Además, afirma que el alma
espiritual no muere y que está destinada a unirse de nuevo con su cuerpo al fin de los
tiempos.

Esta doctrina se encuentra en la base de toda la vida cristiana, que quedaría completamente
desfigurada si se negara la espiritualidad humana.

La cumbre de la creación material

A veces se dice que no puede establecerse un orden entre los seres naturales, como si unos
fuesen más perfectos que otros, y se añade que, en el fondo, una clasificación de este tipo
incurriría en el defecto de ser «antropocéntrica», porque pretendería colocar al hombre, de
manera egoísta, en el primer lugar de la naturaleza, justificando un uso indiscriminado de los
demás seres.

Sin embargo, prescindiendo de detalles que sólo interesan a las ciencias y sin intentar
justificar cualquier uso de la naturaleza, es evidente que la Iglesia describe una realidad
cuando afirma que entre las criaturas existe una jerarquía que culmina en el hombre.
«La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los "seis días", que va de lo
menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cfr. Ps. CXLV, 9), cuida de
cada una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice: Vosotros valéis más que muchos
pajarillos (Lc. XII, 6-7), o también: ¡Cuánto más vale un hombre que una oveja! (Matth. XII,
12)»1.

La Iglesia enseña que la creación material llega a su punto culminante en el hombre: «El
hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo
netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cfr. Gen. I, 26)»2.

La creación material encuentra su sentido en el hombre, única criatura natural que es capaz
de conocer y amar a Dios, y, de este modo, conseguir ser feliz. El mundo material hace
posible la vida humana, y sirve de cauce para su desarrollo. Por eso, la Iglesia afirma que
«Dios creó todo para el hombre (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 12, 1; 24,
3; 39, 1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la
creación»3.

El hombre se encuentra por encima del resto de la naturaleza y puede dominarla, aunque
debe ejercer ese dominio de acuerdo con los planes de Dios. El Papa Juan Pablo II afirma:
«Es algo manifiesto para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo,
que el hombre, aunque pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún
modo de esa misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe "para él" y el hombre
"ejerce el dominio" sobre el mundo; aun cuando está "condicionado" de varios modos por la
naturaleza, la "domina", gracias a lo que él es, a sus capacidades y facultades de orden
espiritual, que lo diferencian del mundo natural. Son precisamente estas facultades las que
constituyen al hombre. Sobre este punto, el libro del Génesis es extraordinariamente
preciso: definiendo al hombre como "imagen de Dios", pone en evidencia aquello por lo que
el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del
mundo visible»4.

Imagen de Dios

Todas las criaturas reflejan, de algún modo, las perfecciones divinas. Pero, entre los seres
naturales, sólo el hombre participa del modo de ser propio de Dios: es un ser personal,
inteligente y libre, capaz de amar. La Sagrada Escritura, al narrar la creación, lo pone de
relieve diciendo que el hombre está hecho a imagen de Dios: «Dios creó al hombre a su
imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó (Gen. I, 27). El hombre ocupa un
lugar único en la creación: "está hecho a imagen de Dios"»5.

La imagen de Dios se da en el hombre independientemente del sexo, tal como se advierte en


el relato inspirado donde se dice que la persona humana fue creada por Dios como hombre y
como mujer.

Que el hombre es imagen de Dios significa, ante todo, que es capaz de relacionarse con Él,
que puede conocerle y amarle, que es amado por Dios como persona. «De todas las
criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador" (Conc. Vaticano
II, Const. Gaudium et Spes, 12, 3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado
por sí misma" (ibid., 24, 3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor,
en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su
dignidad»6. Cuando se buscan los factores que distinguen al hombre de los demás seres
naturales, éste es el fundamental: el hombre es capaz de relacionarse con Dios; sin duda,
existen otras diferencias importantes, pero ninguna es tan profunda como ésta.

El hombre es persona, no es simplemente una cosa. La persona tiene una dignidad única:
nadie puede sustituirla en lo que es capaz de hacer como persona. Y sólo entre personas
puede darse la amistad y el amor. «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano
tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de
poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por
la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que
ningún otro ser puede dar en su lugar»7.

No tendría sentido utilizar la ciencia natural para negar, en nombre del progreso científico, la
diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás seres de la naturaleza, alegando,
por ejemplo, que el hombre tiene una constitución material semejante a otros seres y que
las diferencias se deberían únicamente a la organización de los componentes materiales. Por
el contrario, la ciencia natural proporciona una de las pruebas más convincentes acerca de
las peculiaridades del hombre; en efecto, pone de manifiesto que el hombre, a diferencia de
otros seres, posee unas capacidades creativas y argumentativas que resultan indispensables
para plantear los problemas científicos, buscar soluciones, y poner a prueba su validez. El
gran progreso científico y técnico de la época moderna ilustra las capacidades únicas de la
persona humana, y no tendría sentido utilizarlo para negar lo que, en último término, hace
posible la existencia de la ciencia.

Unidad y dualidad

Cuando intentamos comprender nuestro ser, tropezamos con una realidad innegable: que
somos un sólo ser, pero poseemos dimensiones diferentes. «El hombre es una unidad: es
alguien que es uno consigo mismo. Pero en esta unidad se contiene una dualidad. La
Sagrada Escritura presenta tanto la unidad (la persona) como la dualidad (el alma y el
cuerpo)»8 .

La dualidad es real. No responde a una mentalidad dualista ya superada, de la cual se podría


prescindir en la actualidad. Sin duda, la realidad se puede conceptualizar desde diferentes
perspectivas, y puede suceder que unas fórmulas representen mejor que otras algunos
aspectos. Pero nuestro ser posee a la vez dimensiones materiales y espirituales, y esta
realidad no depende de las ideas de una época.

En ocasiones, se afirma que el dualismo sería ajeno a la perspectiva de la Sagrada Escritura,


que subraya la unidad de la persona humana. No puede olvidarse, sin embargo, que la
misma Sagrada Escritura contiene claras afirmaciones acerca de la dualidad constitutiva del
hombre. El Papa Juan Pablo II comenta al respecto: «Frecuentemente se subraya que la
tradición bíblica pone derelieve sobre todo la unidad personal del hombre (...). La
observación es exacta. Pero esto no impide que en la tradición bíblica también esté presente,
a veces de modo muy claro, la dualidad del hombre. Esta tradición se refleja en las palabras
de Cristo: No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma;
temed más bien al que puede hacer perecer el alma y el cuerpo en la Gehenna (Matth., X,
22). Las fuentes bíblicas autorizan a ver al hombre como unidad personal y a la vez como
dualidad de alma y cuerpo: y este concepto ha sido expresado en la entera Tradición y en la
enseñanza de la Iglesia»9 .
Cualquier explicación fidedigna debe respetar los datos seguros de la experiencia humana,
que se refieren tanto a la unidad de la persona como a la dualidad de sus dimensiones
básicas. Las dificultades para conceptualizar ambos aspectos a la vez, indican que el hombre
es un ser complejo, y nada se ganaría simplificando arbitrariamente el problema.

Alma y cuerpo

Para expresar la dualidad constitutiva del ser humano, durante siglos se ha utilizado una
terminología ya clásica, según la cual el hombre está compuesto de alma y cuerpo. La Iglesia
ha utilizado esta terminología en sus formulaciones, introduciendo a la vez las aclaraciones
necesarias: por ejemplo, que alma y cuerpo no son substancias completas, y que el alma es
forma substancial del cuerpo. Cuando la Iglesia habla de alma y cuerpo, se refiere a las
dimensiones espirituales y materiales de la persona humana, que es un ser único; pero
también subraya que el alma espiritual trasciende las dimensiones materiales y, por tanto,
subsiste después de la muerte, cuando las condiciones materiales hacen imposible la
permanencia de la persona en el estado que le corresponde en su vida terrena.

Frente a los dualismos exagerados que minusvaloran la dignidad de lo material, la Iglesia


siempre ha enseñado que «El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de
Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda
la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu
(cfr. I Cor. VI, 19-20; XV, 44-45)»10.

En la Sagrada Escritura, el término alma se utiliza con diferentes significados; a veces


designa la vida humana, o toda la persona. «Pero designa también lo que hay de más íntimo
en el hombre (cfr. Matth. XXVI, 38; Iohan. XII, 27) y de más valor en él (cfr. Matth. X, 28;
II Mac. VI, 30), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma" significa
el principio espiritual en el hombre»11. Éste es el sentido en que se habla del alma cuando se
afirma que la persona humana se compone de alma y cuerpo.

Sin duda, lo más importante es el contenido de la doctrina; las palabras con que se expresa
pueden variar, siempre que se respete el contenido auténtico de la doctrina. Con respecto al
alma humana, entre «lo que, en nombre de Cristo, enseña la Iglesia», se encuentra lo
siguiente: «La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un
elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el
mismo "yo" humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra "alma",
consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Aunque ella no ignora que
este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina, sin embargo, que no se da razón
alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es
absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos»12.

Unidad de alma y cuerpo


El Concilio Vaticano II expresa la simultánea unidad y dualidad de la persona humana con
una fórmula breve y lapidaria: corpore et anima unus: «Uno en cuerpo y alma, el hombre,
por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo
que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del
Creador»13.

La unidad de la persona humana siempre ha sido enunciada por la Iglesia, frente a los
dualismos exagerados. En uno de los Concilios ecuménicos, se utilizó la terminología
aristotélica para subrayar precisamente que alma y cuerpo forman una única realidad: «La
unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la
"forma" del cuerpo (cfr. Conc. de Vienne, año 1312: DS 902); es decir, gracias al alma
espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el
espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única
naturaleza»14.

En definitiva, «el hombre creado a imagen de Dios es un ser a la vez corporal y espiritual, o
sea, un ser que por una parte está unido al mundo exterior y por otra lo trasciende: en
cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta verdad sobre el hombre es objeto de
nuestra fe, como también lo es la verdad bíblica sobre su constitución a "imagen y
semejanza" de Dios; y es una verdad constantemente presentada, a lo largo de los siglos,
por el Magisterio de la Iglesia»15 .

La persona humana es una síntesis de lo material y lo espiritual: «en su propia naturaleza


une el mundo espiritual y el mundo material»16. Una importante consecuencia de esta
doctrina es que las dimensiones materiales son buenas y queridas por Dios: «La persona
humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico
expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que Dios formó al hombre
con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser
viviente (Gen. II, 7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios»17. El cuerpo
es algo bueno, querido por Dios, y destinado a la vida eterna: «Por consiguiente, no es lícito
al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su
cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el
último día»18.

La espiritualidad del alma humana

En algunas épocas, la Iglesia ha debido subrayar la bondad del cuerpo, frente a quienes
proponían un espiritualismo que condenaba como malo todo lo relacionado con lo material.
En la actualidad, con frecuencia se debe hacer frente al extremo opuesto: un materialismo
que desconoce las dimensiones espirituales y pretende reducir al hombre a las dimensiones
materiales que pueden ser estudiadas mediante los métodos de las ciencias empíricas.
En este contexto, el Papa Juan Pablo II ha subrayado que el hombre se parece más a Dios
que a la naturaleza: «Son conocidas las numerosas tentativas que la ciencia ha hecho y
continúa haciendo en varios ámbitos para demostrar los lazos del hombre con el mundo
natural y su dependencia de él, a fin de insertarlo en la historia de la evolución de las
diversas especies. Respetando tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si
analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de
la naturaleza más de cuanto se asemeja a ese mundo. En este sentido proceden también la
antropología y la filosofía cuando intentan analizar y comprender la inteligencia, la libertad,
la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece salir al encuentro de
todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre como "imagen de Dios",
permite comprender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra en el
camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se parece más a Dios que
a la naturaleza. En este sentido dice el salmo 82, 6: "Sois dioses", palabras que más tarde
citará Jesús»19.

El Concilio Vaticano II enseña: «No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el


universo material y al considerarse algo más que una simple partícula de la naturaleza (...).
En efecto, por su interioridad es superior al universo entero»20. Citando este pasaje del
Concilio, Juan Pablo II comenta: «He aquí cómo la misma verdad sobre la unidad y la
dualidad (la complejidad) de la naturaleza humana puede ser expresada en un lenguaje más
próximo a la mentalidad contemporánea»21.

La espiritualidad humana se encuentra ampliamente testimoniada por muchos e importantes


aspectos de nuestra experiencia, a través de capacidades humanas que trascienden el nivel
de la naturaleza material. En el nivel de la inteligencia, las capacidades de abstraer, de
razonar, de argumentar, de reconocer la verdad y de enunciarla en un lenguaje. En el nivel
de la voluntad, las capacidades de querer, de autodeterminarse libremente, de actuar en
vistas a un fin conocido intelectualmente. Y en ambos niveles, la capacidad de auto-
reflexión, de modo que podemos conocer nuestros propios conocimientos (conocer que
conocemos) y querer nuestros propios actos de querer (querer querer). Como consecuencia
de estas capacidades, nuestro conocimiento se encuentra abierto hacia toda la realidad, sin
límite (aunque los conocimientos particulares sean siempre limitados); nuestro querer tiende
hacia el bien absoluto, y no se conforma con ningún bien limitado; y podemos descubrir el
sentido de nuestra vida, e incluso darle libremente un sentido, proyectando el futuro.

En nuestra época, el materialismo se presenta frecuentemente con un ropaje científico.


Suele argumentar que todo lo humano se relaciona con lo material, y que el hombre es tan
material como los demás seres naturales; sus características especiales se explicarían
mediante la peculiar organización de los componentes materiales. Añade que la ciencia ya ha
explicado muchos aspectos de la persona humana, y promete que, en el futuro, cada vez
explicará mejor los restantes. Sin embargo, el materialismo es un reduccionismo ilegítimo;
intenta explicar toda la realidad recurriendo sólo a los componentes materiales y a su
funcionamiento, renunciando a cualquier pregunta de otro tipo: este reduccionismo carece
de base e incluso va contra el rigor científico, porque no distingue los diferentes niveles de la
realidad y las diferentes perspectivas que deben adoptarse para conocerlos.

En otras ocasiones, las críticas a la espiritualidad humana se basan en la posibilidad de


construir máquinas que igualen, e incluso superen, las capacidades humanas. Sin duda, las
máquinas nos pueden igualar y superar en muchos aspectos, pero carecen de la interioridad
característica de la persona y de las capacidades relacionadas con esa interioridad
(capacidad intelectual y argumentativa, conciencia personal y moral, capacidad de amar y
ser amado, por ejemplo). Los intentos de equiparar las máquinas con las personas suelen
incurrir en una falacia básica: exigen que se defina la persona humana en función de unas
operaciones concretas que pueden ser imitadas por las máquinas.

La inmortalidad del alma humana

La Iglesia afirma, junto con la espiritualidad del alma humana, su inmortalidad: cuando el
hombre muere, el alma espiritual continúa su existencia. La inmortalidad del alma humana
ha sido afirmada en diferentes ocasiones por el Magisterio de la Iglesia 22 , y el Concilio
Vaticano II enseña: «Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de
su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las
condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más
profunda de la realidad»23.

Sin duda, es imposible imaginar el estado del alma humana separada del cuerpo, porque
nuestra imaginación necesita datos sensibles que, en ese caso, no poseemos. Pero, por el
mismo motivo, tampoco podemos imaginar a Dios, y esto no afecta en absoluto a su
realidad: tenemos la capacidad de conocer las realidades espirituales, remontándonos por
encima de las condiciones materiales.

Aunque la fe cristiana da especial certeza a esta afirmación, podemos conocer la


inmortalidad del alma a través de nuestra razón. Por una parte, porque si el alma es
espiritual, trasciende las condiciones naturales y seguirá existiendo incluso cuando esas
condiciones hagan imposible la vida humana en su estadio terrestre. Por otra parte, porque
en esta vida la trayectoria moral de las personas no siempre encuentra la recompensa
adecuada. Además, porque no es lógico que Dios ponga en el hombre unas ansias de
felicidad e infinitud que luego no se puedan satisfacer. Y todo ello cobra especial fuerza
cuando se advierte que el alma humana debe ser creada por Dios y que, por consiguiente,
sólo podría dejar de existir si Dios la aniquilase, lo cual parece incoherente con el plan
divino.

El alma humana, creada directamente por Dios

La Iglesia afirma también que el alma humana es creada inmediatamente por Dios. El Papa
Pío XII, a propósito de la aplicación de las teorías evolucionistas al hombre, advirtió que el
cuerpo podía proceder de otros organismos, y señaló que, en cambio, «la fe católica nos
obliga a mantener que las almas son creadas inmediatamente por Dios»24. En el Credo del
Pueblo de Dios, formulado por el Papa Pablo VI, se lee: "Creemos en un solo Dios (...) y
también creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal"25 .

Con esta doctrina, el Magisterio de la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha salido al paso de
diferentes errores, como el priscilianismo, el traducianismo y el emanacionismo. Los
priscilianos, siguiendo a Orígenes, afirmaban que las almas tenían una existencia previa y
que, como consecuencia de algún pecado, habían sido arrojadas a la existencia terrenal 26.
Los traducianistas, queriendo explicar la transmisión del pecado original, afirmaban que el
alma humana es engendrada por los padres27. Según los emanacionistas, el alma humana es
una parte de Dios28.

En nuestra época, a veces se habla de una emergencia de las características humanas, que
provendrían, en definitiva, de la materia. Pero las dimensiones espirituales no se pueden
reducir a un resultado de fuerzas y procesos materiales, porque se encuentran en un nivel
superior al material. En esta línea, el Papa Juan Pablo II, recordando la enseñanza de Pío XII
a propósito de la evolución, afirma: «La doctrina de la fe afirma invariablemente, en cambio,
que el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios (...). El alma humana, de
la cual depende en definitiva la humanidad del hombre, siendo espiritual, no puede emerger
de la materia»29.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Con su apertura a la verdad y a la belleza, con


su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al
infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas,
percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser
irreductible a la sola materia" (Conc. Vaticano II, const. Gaudium et Spes, 18, 1; cfr. 14, 2),
su alma, no puede tener origen más que en Dios»30. Y , remitiendo a las enseñanzas del
Concilio Lateranense V, de Pío XII y de Pablo VI, añade: «La Iglesia enseña que cada alma
espiritual es directamente creada por Dios (Cfr. Pío XII, enc. Humani generis, 1950: DS
3896; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8) -no es "producida" por los padres-, y que es
inmortal (cfr. Conc. V de Letrán, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa del
cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final»31 .

La creación inmediata del alma humana no significa que otras realidades estén sustraidas a
la acción divina, y tampoco significa un cambio por parte de Dios, que es inmutable. La
acción divina se extiende a todo lo creado, pero en el caso del alma humana, el efecto de la
acción divina posee un modo de ser que trasciende el ámbito de la naturaleza material. Y ese
modo de ser, la espiritualidad, es lo más característico del hombre: lo que le hace persona,
capaz de amar y de ser feliz, partícipe de la naturaleza divina, sujeto irrepetible e
insustituible que es objeto directo del amor divino.

La espiritualidad humana y la vida cristiana


La doctrina de la Iglesia sobre el alma humana no es algo meramente teórico; tiene
importantes repercusiones en muchos aspectos de la vida cristiana.

Por ejemplo, la vida moral no tendría sentido si no se admitiera la libertad, que supone la
espiritualidad. De hecho, algunas confusiones doctrinales y prácticas arrancan de esa base:
se niega la espiritualidad, se reduce la persona a los condicionamientos materiales
(características genéticas, impulsos instintivos, condiciones físicas de vida), y se niega que
exista auténtica libertad; en consecuencia, el cristianismo se reduciría a la lucha por unas
metas que pueden ser legítimas, pero que se refieren sólo a la vida terrena. La lucha por
alcanzar la virtud y evitar el pecado no tendría sentido, o en el mejor caso, las nociones de
virtud y pecado deberían reinterpretarse, alterando toda la enseñanza moral de la Iglesia.

Si no se admitiese la inmortalidad del alma, tampoco tendría sentido la escatología


intermedia, o sea, el estado de las almas después de la muerte y antes de la resurrección
final. Sin embargo, la Iglesia ha definido solemnemente que el destino del alma queda
decidido inmediatamente después de la muerte, yendo al cielo o al infierno, o en su caso,
yendo al cielo después de la necesaria purificación. Tampoco tendrían sentido las oraciones
de la liturgia de la Iglesia que se refieren a esa escatología intermedia, ni la intercesión de
los santos (ni, por tanto, las beatificaciones y canonizaciones).

Si se altera la doctrina sobre el alma, también se alteraría la doctrina sobre Jesucristo, que
tomó cuerpo y alma, bajó a los infiernos después de su muerte, resucitó al tercer día, y está
realmente presente en la Sagrada Eucaristía también con su alma humana.

El materialismo, teórico y práctico, es una de las principales fuentes de confusión en nuestra


época. Por este motivo, tiene una especial importancia profundizar en la doctrina de la
Iglesia sobre la espiritualidad humana