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UNA DERROTA SIN BATALLA

LUIS TABLANCA

DISTRIBUCION GRATUITA

La copia en formato "pdf" de la novela se hace con la intención de dar a conocer y


enaltecer la gran obra de este escritor a todo el público de la gran red de internet.

A Juan de Ayala le hubiera gustado verse conocido de este modo y le hubiera sorprendido
a Don Enrique Pardo Farelo, subido en esa loma desde donde se ve el bello pueblo de El
Carmen.
Departamento del Norte de Santander

COLOMBIA
Imagen del El Carmen hecha por Salcedo Vélez
Transcripción de la fotocopia del documento original:

El Carmen, N. de Stder., 26 de Agosto de 1.983.

Señor Doctor
FRANCISCO JORDAN PEÑARANDA,
Contralor del Depto.
CUCUTA. N. de S.

Muy apreciado Doctor y Amigo:

Con toda atención dirijo a usted la presento cuyo objetivo principal es manifestarle mi
complacencia por la determinación que ha tomado la Contraloría del Depto., a su digno cargo, de
financiar la re-edición de "UNA DERROTA SIN BATALLA", obra novelística de mi papá que ha
recobrado interés dadas las circunstancias de la temática que se ajusta cabalmente a las realidades
de presión política en boga en todos los Departamentos de nuestro Pais: al respecto me es grato
informarle que estoy completamente de acuerdo en autorizar la edící6n de 2.000 volúmenes
mínimo, con finos absolutamente de interés histórico-literario, sin ánimo de lucro y como un
homenaje a su recuerdo con motivo del primer centenario de su natalicio, a celebrarse el próximo 11
de Diciembre.

Es mi deseo que en la primera página, anterior al Prólogo, aparezca la siguiente leyenda:

DISTRIBUCION GRATUITA.

Agradezco a usted, Señor Contralor, autorizar a quien corresponda, que se me haga entrega de un
diez por ciento del total de los volúmenes impresos, pués deseo vivamente que mis hijos:
ENRIQUE y JUAN CARLOS PARDO PEREZ , distribuyan la obra entro sus mejores compañeros
de Estudios, Amigos y Familiares. Es la única exigencia de mi parte y la considero justa como la
que más.

Usted ratificará mi solicitud a la siguiente dirección:


Carrera 2a A No. 9-17 Telefono 97475538 ó a la Registraduría Municipal del Estado Civil.
E1 Carmen N.S.
En espera de sus gratas noticias y a la actividad que usted logre desplegar para el nobilísimo fin
propuesto, me complace suscrbirme atento Servidor y amigo.

VALENTIN PARDO PRADO CC # 1.956.997 El Carmen N. de Stder.


PROLOGO

Por Leonardo Molina Lemus

El ancestro

Unos apellidos que encontramos con regular frecuencia en los antiguos infolios de Ocaña
y que fueron usados por varias generaciones siempre unidos, fue la combinación Gómez
Farelo. Los caballeros y las damas de esta estirpe figuraron en esta ciudad en los
primeros planos, y uno de ellos, el sacerdote Joaquín Gómez Farelo, escribió a finales del
siglo XVIII un extenso ensayo sobre la aparición de la Virgen de Torcoroma, trabajo que
indudablemente puede considerarse como el primer testimonio intelectual de aquella
comarca.

Unos deudos suyos – don Santiago, don Antonio y don José Marla Gómez Farelo -, se
desplazaron hacia el norte de Ocaña y fueron condueños de la hacienda de "El
Marqués", antigua propiedad de los jesuitas. Cuando pensó en formalizarse la fundación
de El Carmen en la primera década del pasado siglo, ellos ofrecieron las partes planas de
su finca, pero otros vecinos prefirieron el primitivo sitio de Estancia Vieja. Don Santiago se
convertiría en 1.883 en bisabuelo de don Enrique Pardo Farelo, hijo del hogar formado por
don Pedro Pardo y doña Claudina Gómez Farelo. Este apellido compuesto se transforma
a partir de esta generación sólo en Farelo, quizás por simples razones de sencillez o de
eufonía.

El autodidacta:

Convergieron en el futuro hombre de letras dos corrientes idealistas: las de Ocaña y


Mompós, pues su padre era oriundo de esta última ciudad. Fiel al llamado de sus
ancestros se reintegró a Ocaña apenas iniciada la adolescencia. El mismo confiesa que
sus bases culturales eran apenas elementales. Tuvo allí la fortuna de encontrar trabajo en
la casa comercial de los señores Jácome Niz, quienes se tornaron en mecenas suyos y
pusieron a su disposición una biblioteca enriquecida con lo mejor de la producción en
verso y en prosa de la literatura española y americana. Eran asimismo importadores de
libros. Pocos años le bastaron a su claro talento para convertir al sencillo provinciano en
uno de los más extraordinarios casos de autoformación de nuestro país, pues sus
modestos recursos económicos no le permitieron siquiera utilizar los escasos estudios
superiores que se obtenían en la Ocaña de entonces.

Ocaña, sin embargo, tenía ya fama de culta. Contaba con imprenta desde 1.851. Era la
patria de José Eusebio Caro y de José Vicente Concha Lobo y había servido de albergue
a la Convención Nacional de 1.828. Al empezar el presente siglo habían circulado en ella
más de cuarenta periódicos de relativa importancia, redactados o dirigidos por valiosas
plumas entre las que sobresalen las de José T. Gaibrols, Lázaro María Pérez, Joaquín
Pablo Posada y Germán Gutiérrez de Piñeres, raro caso en una ciudad intermedia e
incomunicada con los principales centros culturales del país. Era, pues, el ambiente
apropiado para el espíritu del novel peregrino.
Los felibres:

Con el nivel cultural así adquirido halló pronto camino para encontrarse con dos
predestinados del arte con quienes formó una trilogía que sigue vigente, aun después de
su desaparición terrena. A la usanza de Provenza alguien los bautizó “Los felibres” y cada
uno en su género dejó huellas que atesora su tierra. Edmundo Velásquez y Adolfo Milanés
son nombres que honran la lírica colombiana. Y Luis Tablanca (Enrique Pardo Farelo), el
consumado novelista y cuentista que opaca un poco al delicado poeta, alcanzó entre ellos
mayor reputación nacional.

En la capital:

Superada la corta etapa de Ocaña se traslada a Bogotá, y es allí donde aparece lo más
variado de su producción, la cual abarca muy diversos campos, incluso hasta el
periodismo, pues fue colaborador del DiarioNacional, cuando lo dirigía el doctor Enrique
Olaya Herrera. Según manifestación personal que nos hiciera en 1.958, Tablanca se
consideraba cofundador de la revista bogotana, Cromos. Otra revista, El Gráfico, publicó
también a menudo sus primorosos cuentos, calificados por Luis Eduardo Nieto Caballero,
como los mejores de nuestra literatura, de los más sobrios y de los más nacionales.

Eduardo Santos:

En una reunión de nortesantandereanos en agosto de 1.939 con el Presidente de la


República Eduardo Santos, en casa del gobernador Hernán Gómez Gómez en
Bucaramanga, tuvimos la fortuna de oir de labios del egregio estadista conceptos
encomiásticos sobre nuestro biografiado. Entre otras palabras altamente consagratorias
manifestó que, ”Tablanca era una víctima ilustre de la modestia o de la timidez”. Testigos
de aquel momento fueron también con nosotros dos amigos que por fortuna viven y
enaltecen nuestro Departamento, los doctores Luis Alejandro Bustos y Jorge Asaf, ambos
excontralores del Norte de Santander. El novelista estuvo muy cercano al afecto del
expresidente.

Su excentricidad:

No obstante el apostolado de bondad del cual se hace especial mención adelante, era
Tablanca en realidad un ser algo reconcentrado. Eludió el acicate espiritual de una
esposa. Prefirió la soledad. El hecho de aislarse de la capital de la república, dando la
espalda al círculo intelectual de la época que lo estimulaba y lo aplaudía, para
encastillarse en un pueblo lejano e inaccesible en la plenitud de la vida, nos insinúa por lo
menos un desencanto o un prematuro tedio de la sociedad. Signos reveladores de esta
situación anímica cercana a la misantropía los encontramos ya en una misiva suya a don
Miguel de Unamuno escrita en 1.908, cuando escasamente contaba veinticinco años. De
la respuesta del sabio rector de la Universidad de Salamanca, que en seguida insertamos,
podemos deducir el estado de alma de nuestro compatriota: “Entre los libros que he
dejado sobre mi mesa de trabajo figura, mi estimado señor, sus -Cuentos Sencillos-. A ver
cuando tengo un respiro para hojearlo.

De lo que no sé que decirle es de mis veinticinco años, ya un poco fríos y demasiado


vividos. Espero que se le calentarán y comprenderá algún día que aun no ha empezado a
vivir. No creo en general en los desengaños prematuros. Las esperanzas se forjan con
recuerdos y el que no ha dejado camino detrás de si, no tiene camino a la vista. El
porvenir es una proyección del pasado. Dentro de diez años sentirá usted de otro modo y
para entonces lo emplaza su afectísimo, Miguel de Unamuno”.

La critica:

Después de su semiclausura en El Carmen sólo produjo su obra maestra “Una derrota sin
batalla”, fruto de su fugaz experiencia como secretario de hacienda de su Departamento.
Calificada por notables críticos nacionales y extranjeros (Gerald E. Wade) como una de
las mejores novelas colombianas, es desconocida ahora – sin embargo – por la casi
totalidad de sus compatriotas, debido al escaso número de su única edición de 1.935 en
la editorial “La cabaña” de Bucaramanga. En esta novela, esencialmente autobiográfica,
aparecen a cada paso sus agudas cualidades para la sátira de la naturaleza humana, su
extraordinaria fuerza de invención, la calidad y sencillez de su relato, cualidades de las
cuales se expresa así Luis Eduardo Nieto Caballero:... “Calladamente Luis Tablanca ha
formado un palacio de belleza. Cada piedra que han labrado sus manos lo han elevado
en el concepto de que es un genial cantero del arte. Predomina en él el observador, el
descriptivo, así en sus versos como en sus cuentos. ...La pluma le sirve para expulsar el
demonio interior, para fijar en lo que no perece lo que lleva en los ojos y en el alma. No es
él instrumento para cultivar notoriedades, que acaso su refinado espíritu desdeña. En
nada de lo que da escrito se revela la dificultad del que asciende con el corazón fatigado.
Suya es la difícil facilidad encarecida por los que aman lo espontáneo y lo sencillo. Y por
uno de esos privilegios del arte verdadero, lo espontáneo y lo sencillo manejado por
Tablanca tienen exquisita novedad y,dejan un reguero de cosas sugestivas”.

Otro crítico, el ilustre salesiano José J. Ortega Torres, conceptúa en su “Historia de la


literatura colombiana", que Tablanca es un artista de la narración en prosa castiza y
flexible; sus cuentos y novelas son páginas llenas de paisajes y colorido. Nieto Caballero
lo ubica dentro de la generación del centenario, al analizar cien figuras representativas de
la política y las letras de aquel brillante periódo.

El notable crítico, poeta e historiador recientemente fallecido – Jorge Pacheco Quintero –


opina que Tablanca, “como novelista, supera los tradicionales marcos del costumbrismo, y
alcanza, con fortuna inusitada, un realismo autóctono, limpio de técnicas y temáticas
foráneas, que le colocan muy por encima de muchos novelistas de los últimos tiempos. A
estas horas de la cultura del mundo, cuando se han eliminado las distancias y
desaparecido los rincones, la América hispana tiene que contar, y Luis Tablanca cuenta a
lo hispanoamericano. Es lo que hoy se llama la universalidad del realismo local, en el que
son verdaderos maestros en Colombia, Luis Tablanca y Tomás Carrasquilla. Este último
consideraba al primero dentro de los mejores cuentistas del habla española”.

Otro importante critico – el español Emiliano Ramírez Angel -, escribía en Madrid en


1.909: ”...Quedamos, pues, en que Tablanca a quien no pretendo describir, es un
cuentista nuevo en esta plaza” pero ducho ya en las argucias, intuiciones, mañas y
socaliñas del escritor formado. Tablanca es, a mi juicio, un literato consciente, dueño de
ese prestigio que arranca a la emoción suspiros de conquistada, de seducida. Al nombre
de Luis C. López, enmarcado por una aureola que gustosamente percibo, añado hoy el
de Luis Tablanca. Este libro, ”Cuentos sencillos”, está tan bien hecho. Tan amorosamente
escrito, tan lleno de imágenes insólitas y períodos pulidos, que su autor se gana, en noble
¡id, todas nuestras simpatías...”

En su bibliografía aparece además de “Cuentos sencillos- , publicado en Madrid en 1.908,


”Cuentos fugaces” (Barcelona, 1.917) y su colección de versos “La flor de los años”,
editada en Bogotá en 1.918. Su novela costumbrista de ambiente ocañero “Tierra
encantada” se publicó también en Bogotá en 1.926. Al año siguiente se hizo la segunda
edición y a este éxito se refiere el escritor en el prólogo: “La favorable acogida que ha
tenido esta novela, ya en el concepto de los críticos, ya en la simpatía del público,
manifestada de la mejor manera que puede desear un autor, es decir, comprándola hasta
agotarla, me ha movido a hacer esta segunda edición y me da además ocasión de decir
unas cuatro palabras. Sea lo primero declarar la complacencia que me ha producido tan
inesperado resultado; no tanto para mi cuanto por lo que pone de presente que un
honrado esfuerzo artístico encuentra entre nosotros el premio correspondientes, sobre
todo cuando ese esfuerzo busca sus elementos de trabajo en la riquísima cantera de
nuestra propia vida nacional...”

En 1.970 el Instituto Caro y Cuervo, con patrocinio de la Escuela de Bellas Artes de


Ocaña, reimprimió esta obra junto con una antología de cuentos. Forman el volumen
tercero de la colección de autores ocañeros. Una exhaustiva revisión en los archivos de
las revistas “Cromos y El Gráfico”, y en los suplementos literarios de “El Tiempo” y de “El
Nuevo Tiempo”, en la segunda y tercera década del presente siglo, proporcionaría
material suficiente para un nuevo volumen de cuentos que hoy pueden considerarse
inéditos.

Daniel Samper Ortega evalúa de modo consagratorio su obra literaria en el volumen 20,
página 15, de la “Selección Samper Ortega de la literatura colombiana”, (Biblioteca
aldeana de Colombia), e incluye producción de Tablanca en los tomos 81, 82 y 84. El
volumen citado inicialmente, titulado “Otros cuentistas”, está formado con producciones de
Luis Tablanca; Gregorio Castañeda Aragón, Efe Gómez, Jorge Isaac, Adel López Gómez
y julio Vives Guerra.

”... Ya podrá el lector apreciar a Tablanca – escribe Samper Ortega – como poeta en la
selección de poesías: tiene verdaderas joyitas de sentimiento y sencillez; y es curioso que
de sus libros haya sido el de versos el que ha tenido mayor venta. Pero su campo es el
cuento, donde pocos se miden con él. También se ha ensayado en la novela, y cuando se
escriba la historia de nuestras pequeñas ciudades, las que sacan verdadero el refrán de
“Ciudad pequeña, infierno grande”, no podrán olvidarse ni de “Tierra encantada”, de
Tabluca, ni ”Cizaña”, de Gómez Corena”.

El patricio

Luego de una corta actuación como diputado a la Asamblea Departamental, consagró el


resto de sus años a la acción cívica. Se dio plenamente a su pueblo y parece que aun
viviera con él en las entrañas de sus penas y sus triunfos. Sin ejercer cargos públicos fue
el mentor de sus obras, el guardián de los escasos caudales públicos, el guía
desinteresado y apacible – como un patriarca bíblico-, de todo aquel que se le acercara
en procura de consejo. Mientras vivió, su pueblo fue municipio modelo en el Norte de
Santander y talvez en Colombia. Por eso pudo respondemos de manera aleccionante a
una cordial invitación que le hiciéramos en carta pública, para que interviniera en los
negocios del Departamento y de la Nación.

”...Yo estoy convencido – nos escribía – de que sirviéndole a mi pueblito natal le sirvo a
la provincia, al departamento y a la patria misma. Porque si cada abeja pone una gota de
miel en su celdilla, ya tendremos listo el panal”.
Afable, circunspecto y de pulcritud extrema en todo sentido. Lejano y esquivo para las
intimidades y accesible y solícito para el bien público. Tablanca fue siempre eje de
atracción en todas las circunstancias donde le tocara actuar, sin quebrantar su sobriedad.
Caritativo, generoso, Sin preocupaciones de honores ni de dinero, su fortuna apenas le
permitía sobrellevar con decoro sus necesidades. Rehusó concurrir a las Cámaras
legislativas, poniéndose en cambio en favor de medianías. En su amena charla salpicada
de ocurrencias y gracejos, brotaba de pronto la ironía, filudo escape que manejó con
agudeza maestra. Cuando el vendaval de las pasiones políticas asoló a su pueblo,
impávido permaneció a su lado. Con parquedad y sin envanecimientos hacia referencias
de su obra literaria al requerírsele el tema.

Franco, sereno y firme en sus conceptos. Argumentaba con razonamiento, no daba paso
en falso ni vacilaba cuando tenía que emitir su opinión personal o política, así contrariara
el modo de pensar ajeno. Estas directrices constituyeron su norte. Algunos no le
entendieron esta gran virtud, la confundieron con la rudeza o con la intransingencia, que
era lo que más reñía con la innata elegancia de sus maneras y de su alma. Bondad que le
era atávica y que repartió a manos llenas con la alegria de un padre ó de un hermano ó
de un hijo agradecido.

Darle la espalda al esplendor de la fama literaria en la capital de la República en la


plenitud de la vida, para consagrarse al cuidado de la madre anciana y de su terruño
desvalido es un ejemplo de amor que ilumina su memoria y que muy escasos pares
podemos parangonarle en el egoista mundo que hoy nos atosiga. En sus versos y en sus
cuentos se proyecta el reflejo inconfundible de ese amor, de ese sentimiento que su
aguda observación y sus delicadas manos de orfebre extrajeron de la cantera
popular para honra de la literatura colombiana.

Existe en Tablanca una dualidad artistica y humana. El literato y el hombre se


compenetran, son inseparables, se levantan a una misma altura, iluminan con similar
intensidad. Los cabales valores que él representa se tornan cada un día más escasos en
nuestro medio. En grave omisión incurrieron infortunadamente los gobiernos que
desaprovecharon este talento que hubiera enaltecido doblemente a la patria en las más
altas esferas del Estado.

Dibujada por su propia pluma, apreciemos mejor la imagen de su espíritu en esta misiva
que nos enviara en 1.945:

”Usted habrá supuesto que soy el hombre más ingrato del mundo, pero no lo soy. Desde
que recibí el número de “Comentarios” de julio 2l, y leí en él el amabilísimo artículo que
tuvo Ud. la bondad de dedicarme, no he sabido cómo agradecerle tanta bondad para
conmigo. He estado muchas veces con la pluma en la mano para escribirle y otras tantas
lo he dejado para después, porque se hace trabajoso hasta dar las gracias cuando le
hacen a uno elogios tan superlativos sin merecerlos, Ahora se le agrega mi excelente
amigo Alejo Amaya Villamil y, todavía medio aturdido, no sé que pensar, pues por más
que busco y rebusco en todo lo que he hecho, por más que revalúo y sopeso, lo que saco
en límpio es una vaga desilusión de haber perdido el tiempo. Pero tampoco les voy a
contradecir. Si yo tengo el derecho de ser displicente para conmigo mismo, sí mi
autocrítica me deja desamparado y maltrecho, ustedes tienen el nobillsímo derecho de
ser generosos, de ser la bondad misma para con este viejo amigo, que le desea
felicidades, lo abraza estrechamente y quiere ser siempre su afmo. S. S.”.
La Gobernadora del Norte de Santander, doctora Margarita Silva de Uribe y el Contralor
del Departamento, doctor Francisco Jordán Peñaranda, han dispuesto con oportuno
acierto la reimpresión de esta obra como homenaje al eminente nortesantandereano, cuyo
centenario de nacimiento se cumple el 11 de diciembre del presente año, iniciativa
felizmente secundada por el nuevo mandatario seccional doctor Clemente Franco Galvis,

En su sepulcro de El Carmen, es posible que el célebre narrador se haya estremecido de


gratitud. La actual crítica colombiana tendrá ahora oportunidad de ornar con nuevos
laureles la memoria del autor de “Una derrota sin batalla”, novela que conserva una
vigorosa vigencia y es la más exacta radiografía de la picaresca política colombiana y aun
americana de todos los tiempos. La ocasión es propicia para que nuestro gobierno
departamental secunde este loable esfuerzo con la publicación del resto de tan valioso
legado artístico.

Cúcuta, octubre de 1.983


UNAS PALABRAS QUE NO SOBRAN

Con advertir que esta obra es una novela, libre quedaría yo de la obligación de escribir
prólogo ninguno, pues ya sabemos todos que una novela es una historia fingida o tejida
con sucesos que realmente suceden.

Estos que en mi descosido trabajo se narran puedo decir que no han sucedido en realidad
como aquí van arreglados; son fingidos, o lo que es lo mismo, son purísima mentira...

Pero como hay mentiras que se pone uno a echarlas por entretenerse en algo y
desaburrirse un poco, y las adereza de tal manera que parecen la verdad misma, y
además no hay entre nosotros el hábito de leer descritas en libros las cosas que hacemos
y decimos en el curso de nuestra vida cotidiana, sucede que al ver pintadas o narradas
nuestras diarias ocurrencias nos inquieta y alborota, si no es que nos indigna y ofende.

Tengo yo por cierto que si algún lector llego a tener entre los que viven en estos pueblos
que han sido o son el arraigo de mi vida, a medida que ese lector vaya leyendo va ir
pensando o diciendo:

Este pueblo aquí bautizado con este nombre es tal pueblo; este personaje es fulano, este
otro es mengano.

Estas suposiciones y murmuraciones yo no las puedo evitar, pues no habiendo fantasía


capaz de inventar nada que se salga del campo de sus propias observaciones, y dándose
el caso de que la verdad desnuda algunas veces parece mentira y la mentira trasluce a
menudo cosas que son la verdad misma, si eso que antes dije supusieren y murmuraten
al leer, yo tendré por cierto que acerté a utilizar elementos verosímiles para componer mi
fingida historia.

Y pues extraje dichos elementos de la cantera libre de la vida, en que observar es coger
con derecho a utilizarlas cuantas cosas la forman, unos paísajes y unos pueblos y las
figuras humanas que en ellos se mueven van a pasar por estas páginas con más o menos
pureza de dibujo y yo no sé si bien o mal interpretados; eran los materiales
indispensables para montar mi escenario y hacer mi farsa.

Si persona alguna pensare en darse por aludida en alguno o algunos pasajes, obraría
locamente, pues sería tanto como si buscara, para ofrecérsele en propiciación
inesperada, un dardo que no iba en busca suya.

Luis Tablanca
PRIMERA PARTE

LA SUBIDA
I
Hay un retrato de Juan de Ayala que lo representa sentado sobre unas rocas a la sombra
de un árbol frondoso, extasiado en la contemplación de un paisaje lejano. No es una
composición estudiada. Había salido de paseo por el campo y en un momento en que se
detuvo a reposar, el fotógrafo, atento a lo de su arte, le ordenó de pronto: No te muevas,
quédate como estás, que quiero tomarte una instantánea en esa posición contemplativa
tan propia y tan tuya. Como estaba sentado a la sombra de un árbol y el fondo era claro,
formado por unas colinas distantes cubiertas de matorrales con todas las gradaciones del
verde alegrado por el sol, la silueta de Juan de Ayala quedó destacada con líneas sobrias
que hablan bien de la armonía de su cuerpo. Él rostro está de medió perfil y es hermoso;
una contracción involuntaria de los labios aparenta la insinuación de una sonrisa plácida;
sobre la frente alta la brisa despeinó los cabellos, abundantes y suaves. Al ver este retrato
la idea que viene a la mente es la de un hombre en plena estación primaveral, un poco
soñador, satisfecho de vivir.

No obstante cuando la fotografía le fué tomada Juan de Ayala acababa de cumplir los
cuarenta años.

Satisfecho de vivir, por lo mismo que era un poco soñador, no lo estaba. Soñar es soltar
las riendas a la fantasía y discurrir dándoles vida a cosas que no existen, y eso de andar
tras de lo inalcanzable, edificando en el aire, persiguiendo visiones más fugaces y
mudables que las nubes, acaba por hacer más ásperas de lo que en realidad son las
verdades y cosas de la vida, que son las que nos nutren, nos sostienen, nos llevan y nos
traen, nos alzan y nos bajan y nos dan fortaleza para dominarlas y hasta habilidad para
extraerles el jugo sabroso que ocultamente suelen contener; pero como en el fondo
contradictorio de sus instintos la ambición no tenía cabida, lo que Juan de Ayala soñaba
estaba animado siempre por el más sincero altruísmo. Si uno solo de sus sueños se
hubiera realizado, Juan hubiera sentido iluminada su vida por la felicidad más completa.

Juan, después de algunas andanzas, estaba radicado en su pueblo natal. Este pueblo por
estar enclavado entre las más ásperas quiebras andinas, se llamó en un tiempo Tierra
Fragosa, pero lo de tierra deió de usarse y ahora era Fragosa y nada más.

Hacia el occidente había una loma de caliches estériles con su ralo tapiz de pajita de
ratón, muy bonita para verla de lejos porque da la idea de un prado mullido en que los
pastores podrían apecentar su ganado, pero es yerba mala porque cada una de sus hojas
se aguza y endurece como un alambre. Aquella loma domina el pueblo y Juan de Ayala
gustaba de subir a ella a contemplarlo a vuelo de pájaro. Cuando lo veían pasar cuesta
arriba, las comadres del barrio murmuraban sin cuidarse de que él lo oyera:

-¿Qué aliciente encontrará Juan en estar subiendo a ese cerro a ver siempre la misma
cosa, este pueblo triste?

-Eso es que se aburre aquí en Fragosa después de haber recorrido tantas tierras y haber
visto tantas gentes. Tampoco tiene oficio. La tía le dá de comer y él parece un perro con
gusanos. Sube y baja, va y viene.

Juan de Ayala oía estas cosas y sonreía, sin darse por entendido. Subía la cuesta,
descrita en un zigzag de tres rayas, llegaba jadeante al llanito cimero y doblando con
cuidado una macolla de la áspera gramínea se sentaba encima como en un cojín.
El pueblo quedaba bajo su mirada abierto como un mapa sobre una mesa. Parecía un
juguete. Parecía uno de esos pueblecitos de cartón traídos de Alemania para adorno de
los pesebres de Navidad que los gramáticos llaman belenes, con sus casitas de tejado
rojo, sus árboles de viruta verde, su piso de arena pegada con cola, y frente al
cuadrilátero de la plaza su iglesita de torre enhiesta...

Pero en los pueblecitos de juguete, la iglesia estaba siempre concluída y obstentaba los
vitrales imitados con trocitos de talco; mientras que en Fragosa la casa de Dios estaba
inconclusa siempre. Viéndola desde la loma, Juan de Ayala soñaba uno de sus sueños.

Soñaba que él era el cura párroco de aquel lugar y se veía a sí mismo tocado con el
menudo y gracioso sombrero de felpa de los sacerdotes, ruidoso el manteo, brillantes las
hebillas de los zapatos, recorriendo su feligresía con un platillo en la mano, en el cual los
fieles con generosa esplendidez depositaban las limosnas. El platillo iba a la casa cural a
vaciarse una y otra vez en el cofre y el cofre se llenaba con la atrayente mezcolanza de
las monedas y los billetes de banco. En seguida procedía a comprar ladrillos, cal y arena.
Y escribía a la vecina ciudad de Rivadeltejo llamando al maestro Polidoro, que al oído era
tanto como decir pulidor, para que viniera a dirigir la obra, a pulirla. Y él, sofocado por el
sol, las manos en los cuadriles, un pañuelo metido en el alzacuello, vigilaba y urgía a los
obreros. Uno de ellos cernía la arena, el otro la cal, éste batía la mezcla, aquél la llevaba
al maestro y el maestro lanzándola con el palustre contra el muro de ladrillos la convertía
en planos, en comizas, en vestidura decente de aquella casa santa. ¡Sueño imposible!
Lanzaba un suspiro y movía la cabeza desanimado. No era él tal cura párroco y si lo
fuera, entonces no se preocuparía pensando en el aspecto lamentable del templo, sino en
pedir muchas limosnas y guardárselas para llevar vida regalona.

Sonaba la brisa con bordoneo melancólico en los alambres del telégrafo, apoyados allí
cerca de un poste de corazón de arco que tenía una giba que parecía el cuadril que saca
el cansancio en las personas largo tiempo de pie. Al ruido del bordoneo, que aunque
musical tenía la realidad de una queja, Juan de Ayala miraba el poste y se compadecía:

-Así estamos por acá, querido amigo. Unos alambres que forman seno pesado y no
sabemos de dónde vienen, se levantan y se apoyan sobre nosotros, para tenderse luégo
en otro seno abrumador que tampoco sabemos donde tiene su otro punto de apoyo o su
remate. Y oímos pasar las comunicaciones de un lado para otro, y cuando no son
simplezas de enamorados, vulgaridades de negociantes o tristezas cotidianas, todo lo
demás va en cifras y no lo comprendemos. ¿Quién nos dará la clave de todas estas
cosas?

Pueblo de juguete, apretadito, recogido al pie del monte, limitado por el corte vertical de
los barrancos, en cuyas profundidades nemorosas y pintorescas el agua de la quebrada
alzaba su rumor inacabable, así parecía a primera vista este pueblo sin vida, desierto,
dormido en un sopor centenario.

Juan de Ayala se recreaba mirándolo con el conocimiento de todas sus minuciosidades.


Pasaba un bultito negro por el atrio y Juan sabía que era la niña Mamertina que iba para
la iglesia llevando en cada mano un florero para adornar el altar. Bajaba otro bultito gris y
blanco por la calle central y se achicaba y quedaba, quieto en el pretil de una esquina, y
Juan sabía que era Liborio el cojo que se sentaba a fumarse un tabaquito y a gozar del
fresco de la tarde. Salía otro bultito rojo, atravesaba la calle y desaparecía; y era Cleta
que llevaba los bollos a ponerlos a vender en la pulpería de Lucio Lunares. Y tal como si
alcanzara a distinguir la concha de tortuga en que los llevaba acomodados, apoyada
sobre la cadera, Juan de Ayala creía percibir el olor del bijao cocido. Y en las ondas del
aire llegaba hasta el contemplativo un rumor apagado, compuesto de voces y gritos, de
silbos, de cacareo de gallinas y canto de gallos. Algunas veces sonaba además, un
rebuzno y si había por ahí muchachos, uno de ellos decía señalando al suelo:

- Ve lo que hay ahí. - Y si el otro se inclinaba a mirar estallaban risas, burlas y este zafio
chiste:

- Le has hecho la venia al burro!

Pueblo de juguete, apacible, quieto, de vida estancada, así parecía. Pero Juan de Ayala
sabía bien que tras de aquella docilidad y sencillez se agazapaba la fiera indómita de las
pasiones, que a veces dejaba su jaula y campeaba libre batiéndole el ijar, sed espantosa
de tragedia.

Desde abajo, desde el pueblo, veían a Juan en el cerro y no faltaba entonces algún amigo
que se iba a buscarlo para darle conversación. A Juan le agradaba ver llegar al que fuera
para tener ante quien exteriorizar sus observaciones.

Una simpatía muda le rodeaba, y como sabían que tenía muchos conocimientos y bien
digeridas lecturas y larga experiencia de la vida, sin que lo manifestaran, sus amigos
pensaban de él que era digno de una suerte mejor que aquélla de que disfrutaba en
Fragosa.

De este modo, la vida de Juan de Ayala se deslizaba monótona, sin fruto.


II
Un día todo cambió. Donaldo vino a buscar a Juan de Ayala con mucho misterio.

- ¿Qué hay de nuevo? - Y en voz muy baja, apenas con un leve susurro: necesito
entregarte un telegrama sin que nadie se perciba. Vénte unos pasos conmigo haciendo
los que conversamos. Lo tengo aquí en el bolsillo y te lo entregaré en cuanto no haya
quien nos vea.

Donaldo, telegrafísta del lugar, era enjuto de cuerpo, recio y moreno, y como se demoraba
quince y veinte días sin afeitarse, llevaba la cara entre un espinero blanco que no era otra
cosa que la barba encanecida que le salía muy áspera y espaciada. Habría podido
mandar el telegrama con el cartero, pero éste aunque lo recibiera doblado y sellado con la
enigmática oblea de quita y pon que aparenta defender el secreto y la inviolabilidad de las
comunicaciones, lo habría abierto para leerlo él primero que su destinatario y luégo referir
su contenido bajo recomendación de mucho secreto por lo menos a veinte de sus amigos
más íntimos. En caso de no poder abrirlo, porque algunas de las obleas quedan muy bien
pegadas, entonces se habría contentado con decir: -”El que recibió hoy un telegrama
fechado en Guasimia fué Juan de Ayala. Lo Leyó y se le fueron los colores. Debe ser algo
muy importante. Debe ser algo relacionado con la política”.

Porque para el cartero todo lo importante tenía que estar relacionado con la política. Esta
noticia, así sin detalles, habría causado la impresión de un disfrazado que atraviesa las
calles llevando puesto el antifaz y la voz habría corrido como esas brisas que remueven la
selva y la hacen crujir, trasmitiéndose así: - ”Dicen que Juan de Ayala recibió hoy un
importantisimo telegrama de Guasimia. No se sabe qué le dirán. Si más cae de redondo al
leerlo- . Y algunos amigos, los de más y los de menos confianza, habrían ido a
preguntarle sin empacho:- ¿Qué fué lo del telegrama que recibiste hoy? Se sabe que al
leerlo te dió un cortamiento”.

Donaldo al llegar a la esquina se detuvo, metió la mano al bolsillo, hizo que sacaba el
pañuelo y lo que sacó fué el telegrama; luégo hizo que se despedía y daba la mano, cosa
inacostumbrada en Fragosa, no estando ninguno de los dos de viaje para ninguna parte, y
al dar la mano dió el papel doblado al tiempo que decía en secreto:

- La contestación me la darás personalmente, con igual reserva. Es orden que me han


dado de obrar as¡ para que a nadie trascienda este asunto. Juan de Ayala volvió sus
pasos hacia su casa, anhelante de curiosidad, deseoso de saber qué era lo que motivaba
tanto misterio; pero lo detuvo Cipriano Cruces que salía del estanco, o que se desprendía
del umbral de la puerta del templo de baco en aquel momento. Estaba, como de
costumbre, colorado como la fruta del pitahaya y arrojaba con el aliento el olor del anís
fresquito.

- ¿Estás de viaje, Juan?

- No

- ¿Se va entonces Donaldo?

- No sé. ¿Por qué me lo preguntas?


- Porque ví que se despidió dándote la mano.

Es raro. Donaldo es muy chistoso, gasta muy buen humor cuando no está como un erizo,
pero nunca da la mano porque las tiene siempre hechas un poso de sudor. ¿Qué te
contaba? ¿Se sabe algo de nuevo? ¿Han llegado noticias de Guasimia?

- No me ha contado nada.

- Pues te hablaba con tanto misterio que cualquiera hubiera creído que te estaba dando
algún notición.

Donaldo, como telegrafista que es, sabe muchas cosas. Dicen que ha puesto unos
alambritos ocultos a las líneas del telégrafo y por ese medio oye los partes que van de
paso. Para que Cipriano se fuera pronto Juan de Ayala improvisó una mentira:

- No me ha contado nada ... Me ha rogado que le corrija el borrador de una carta de


pésame que va a dirigirles a los hijos de Sabas Ruiz que murió en la Yegüera , triturado
por un carro.

Echó a andar, pero antes de cruzar la esquina miró hacia atrás y se encontró que en la
mitad de la calle se habla quedado Cipriano, tieso como una estatua, mirándolo alejar. Se
sonrieron. Y tras de la sonrisa, Cipriano le grito riendo:

- Cuidado con negarte. Acépta. Es honor para todos nosotros.

Juan de Ayala comprendió que ya Cipriano Cruces conocía el contenido de aquel


telegrama misterioso que acabándole de ser entregado secretamente por el telegrafista
en persona y que no habiendo sido abierto todavía por su propio destinatario, era tan
impenetrable como un huevo que la gallina acababa de poner y que nadie sabe si ha de
tener adentro un gallito peleador o una saraviadita ponedora. Pero, como dentro del
pensamiento vive un insomne personaje que todas las cosas las averigüa, las analiza y
las explica en forma instantánea, Juan de Ayala le oyó decir al momento: Donaldo el
telegrafista tiene gran confianza en su mujer Inclita Pozos, y apenas recibió el telegrama
fué y le dijo su contenido bajo la reserva obligada, pues de no hacerlo así el pobre
Donaldo se habría reventado. Inclita no pudo contenerse tampoco y pasó a la cocina,
llamó a Aniceta la cocinera con mucho misterio y le dijo: parece que a Juan de Ayala le
han transmitido esta importante noticia, y se la dijo. Aniceta, con riesgo de que la sopa se
ahumara y con achaque de que no había manteca para el frito, salió corriendo a la calle y
encontró a Cipriano... Tú sabes que Aniceta le concede sus más íntimos favores a ese
desocupado. Por eso Cipriano sabe todo lo que pasa por el telégrafo. Todo el anterior
razonamiento tardó en desarrollarse menos tiempo del que Juan de Ayala gastó en
desprender la oblea y abrir el telegrama. Y fué tal el golpe de vista que le dirigió que antes
de leerlo supo todo lo que decía y oyó la voz del personaje insomne que se agita dentro
del pensamiento dictándole ya la respuesta.

Ave María y qué rapidez: El telegrama, escrito en máquina, estaba fechado en Guasimia y
concebido en estos términos:

”Te hablo en forma absolutamente confidencial para decirte que necesito en la


administración de que voy a encargarme tu nombre limpio, tu claro discernimiento, tu gran
laboriosidad y tu conocida rectitud al frente de la Cartera de Hacienda. Me darás,
aceptando el cargo que te ofrezco, una nueva prueba de tu siempre leal amistad y le
prestarás al Departamento un importantísimo servicio”.

Está por demás decir que el parte anterior llevaba al pie el nombre de Rufo Rosales.

Juan de Ayala dobló el papel por los mismos dobleces que Donaldo el telegrafista le había
hecho cuando acababa de sacarlo húmedo de la prensa de copiar. Trató de restituír a su
puesto la oblea que lo había sellado momentos antes y se lo guardó en el bolsillo.
Inmediatamente lo sacó de nuevo, lo leyó segunda vez y lo volvió a guardar. Lo leyó por
tercera vez, por cuarta y por quinta. Lo leyó diez veces. Pero ese ir del papel azul de las
manos al fondo del bolsillo y del fondo del bolsillo a las manos, que se le habían puesto
frías y húmedas, era maquinal. Era un ir y venir de que el hombre no se da cuenta por
estar atendiendo al personaje interior que, preso dentro del pensamiento, comenta,
analiza, mueve los archivos de la memoria, compagina datos y está atento a todo. Si Juan
de Ayala se hubiera puesto a escribir cuantas cosas pasaron por su mente en el, cortísimo
tiempo empleado en abrir, leer, doblar y desdoblar diez veces el telegrama que acababa
de recibir hubiera llenado un volumen tan gordo como el de la Biblia.

Primero fué ver a Rufo Rosales como si se le hubiera puesto por delante en aquel
momento. Alto y delgado como un junco, muy inquieto y vivaz, los ojos negros
relampagueantes, el bigotito naciente retorcido en dos puntitas erectas... Pero ésta era su
figura de hacía veinte años, cuando cultivó con él intima amistad, cuando los dos eran
mozos que no sabían qué caminos habían de transitar en la, vida. Rufo estudiante
entonces, oía explicar a un sabio profesor las áridas cuestiones de la economía política y
por medir y apreciar la capacidad de comprensión de su amigo Juan, que no estudiaba
nada, sino que empleaba su tiempo en atender negocios ajenos como dependiente de
sueldo muy humilde, le proponía cuestiones relacionadas con las leyes de la oferta y la
demanda por oírlo expresar conceptos que eran hijos exclusivos de su raciocinio,
conceptos casi siempre muy acertados y muy interesantes.

Y cuando se fatigan de estos ejercicios, Rufo abría el piano y ejecutaba con gran
estrépido y entusiasmo una marcha militar que le hablan enseñado en Santiago de Chile,
en los meses que allá pasó recluso en un colegio. Desde entonces el curso de la vida
los,había separado. ¡Veinte años sin verse! Y al cabo de ellos, Rufo, que en todo aquel
tiempo sólo le habla enviado una tarjeta postal con el retrato de su primer hijo recién
nacido, ahora se le venía con aquella propuesta hecha en forma tan obligante como
perentoria. Juan, halagado hasta la médula de los huesos, raciocinó en esta forma
soberbia: No puedo poner en duda que el talento. De Rufo Rosales sobrepasa la medida
de lo común y corriente, puesto que, basado en el conocimiento adquirido hace un quinto
de siglo, ha visto con claridad y nitidez que soy yo, entre la muchedumbre de aspirantes a
honores y buenos sueldos, la persona que reune las condiciones necesarias para ser su
colaborador en la gerencia de los intereses públicos. Mientras pensaba esto, el
duendecillo interno le dijo con una como voz subterránea: No tienes ni la experiencia ni el
conocimíento de esos intereses, no seas presumido; y Juan lo calló, replicándole: Es
cierto que no los tengo, pero me figuro cuáles son; y para comprobarse a sí mismo que
podía manejarlos y dominarlos, les pasó revista mental.

Y desfilaron entonces ante Juan de Ayala los intereses del Departamento en un ligero y
gracioso galope que vió alejar con triunfadora sonrisa. Primero pasaron los alcoholes con
sus lindos colores de topacios y berilos en barricas, en garrafones, en botellas, en
cristalinas copas, siempre perseguidas por las manos temblorosas de los borrachos;
después pasaron los impuestos moviendo las mandíbulas incansables, odiados por el
pueblo y defendido bajo el fuego mortífero de las armas de precisión por la cohorte
vigilante de los resguardos.

- Yo manejaré todo eso.

Y pensó Juan en la lejana Guasimia, sede del gobierno del Departamento, ciudad a donde
tendría que trasladarse. Había estado en ella una vez muy de paso, y la recordaba como
se recuerda a una hermosa mujer a quien hemos visto bajo el sopor meridiano recostada
en suaves cojines, mientras sus esclavas la abanican y le queman sahumerios. ¿Por qué
este modo de recordar una ciudad agitada por el comercio y enardecida por las luchas
violentas de la política? Juan de Ayala no hubiera sabido explicarlo, pero era
indudablemente porque cuando la visitó, muy de paso, agobiado por el calor y la
aburrición, se estuvo tres días, desconocido de todo el mundo, y sentado en nemoroso
parque, pasaba las horas perezosamente recostado en ancho escaño, abierto el cuello de
la camisa, deglutiendo la nieve dulce de los helados de vainilla y viendo, cuando
entreabría los ojos amodorrados, mujeres morenas, pomposamente carnales, que
pasaban bajo los árboles y arriba, en el azul sin nubes, el plumero de las palmeras
inmóviles, abierto como copa que espera el licor de fuego de la canécula.

Después de todas estas cosas fué cuando se le vino a la cabeza el pensamiento que
debió haber iniciado todas sus lucubraciones: ¡Y cómo va- se dijo- cómo va palo arriba
ese afortunado Rufo Rosales! En los años que hace que no nos vemos, lo he visto,
porque es como si lo hubiera visto, saltar como el ratón de la fábula, de pernil en pernil, de
queso en queso. Decía Carlos Villafañe, hablando de otro caballero de muy buena suerte,
que la criada de su casa cuando bajaba a abrir el portón cada mañana, recogía pliegos
con nombramientos metidos por debajo de la puerta. Así tú, oh Rufo envidiable, vienes
dando saltos de cumbre a cumbre, siempre más arriba ... Ahora vas a gobernar este
rincón de la patria, y antes de coger el timón que el sabio acierto del Presidente de la
República pone en tus manos, me llamas para sentarme a tu lado. ¡Eres digno de ocupar
el solio de Bolívar y Santander!

Y el duendecillo interno que no se muerde la lengua y atiende a todo:

"SI, sí,- le dijo- con tal de que te lleve consigo". A todas éstas estaba Juan de Ayala como
quedó dicho antes, abriendo el telegrama, volviéndolo a doblar, llevándolo al bolsillo,
sacándolo de nuevo...

Entró Noé Pérez. Traía puesto su traje de pámbiche violeta, siempre limpio, siempre con
las rayas de la plancha sin ajarse y que hacía una feliz combinación con su pelo rubio y su
color blanco pálido. Venia radiante.

- ¿Te telegrafió Rufo Rosales? Esa noticia corre.

- Me telegrafió. Me comunica que lo han nombrado gobernador del Departamento y que


ha aceptado el cargo. Es una cortesía que sé agradecerle.

- Y te llama a su lado, ¿no es cierto?

- ¿Para qué me va a llamar? ¿De qué podría servirle?

- Te llama, hombre no lo niegues.


- ¡Que no, que no me llama para nada! ¡Ojalá me llamara!

Entró Aristóbulo Sánchez. Gordo, moreno, aindiado, la grasa que le satinaba el rostro
tenía ocho reflejos como los sombreros de copa. Era jovial y disfrutaba de los haberes
que su padre le había dejado al reconocerlo por hijo, casi en artículo de muerte; pues
hasta ese punto y hora todos en Fragosa le habían llamado Aristóbulo el de Jacinta.

- ¿Es cierto que te vas para Guasimia? - preguntó

- ¿Yque voy hacer yo allá?- replicó preguntando a su vez Juan de Ayala, Rufo Rosales,
amigo mío de mi mocedad, se encarga de la gobernación y me lo ha comunicado. No es
motivo para que yo me ponga en camino para Guasimia, donde nada tengo qué hacer.

Entró Martin de Ayala, su primo en tercer grado.

Estaba envejecido, flaco y enfermo, pero traía en su aspecto una satisfacción profunda.

- Rufo te ha llamado no vaciles en irte- dijo con aire sentencioso.

- Fragosa necesita demostrar que tiene hombres capacitados para desempeñar las más
altas funciones del gobierno.

- Bueno, bueno, si Rufo me llamare iré; te lo prometo. Pero sin haberme llamado no
pretendas que me le presente allá.

- Todo el mundo asegura que te ha llamado- afirmó. - Y todo el mundo, continuó diciendo-
está como quien dice, entre dos aguas. De un lado estamos sufriendo un gran desengaño
de ver que el Presidente, después de tantass promesas de renovación de los viejos
sistemas que han llevado el país a un abismo, ha designado otra vez a un conservador
para que nos gobierne. ¡Llevamos cuarenta y cinco años de sufrir la mala peste de los
gobernadores conservadores! Por otro lado nuestra alegría es muy grande de ver que
Rufo te ha llamado a que le prestes tu colaboración. ¡Siquiera se ha acordado de que en
Fragosa hay talentos como el tuyo!

- Gracias. Pero te advierto que estás hablando como si dieras por hecho un decir de la
gente. ¿Para qué va a llamarme a mi Rufo Rosales? ¿De qué podría servírle yo? Me ha
comunicado su nombramiento por una galanteria amistosa. No es más.

- ¿Y qué opinión tienes tú de Rufo Rosales? ¿No es un godo recalcitrante? Yo he visto


muchas veces su firma al pie de telegramas políticos que son el puro extracto azul. Al
decir las dos últimas palabras, hizo el que carraspeaba y escupió con asco.

- Yo de ningún conservador espero nada bueno.

- ¿ Y si ese conservador me llamara para darme un alto cargo?

-Sería lo único bueno que podría hacer. Y si es así no debes vacilar. Acepta. ¡Buena cosa
que despreciaras un honor de esa clase! Y sobre todo, que hay que darles a los de
Rivadeltejo, que no nos quieren, ajo en qué morder.

Noé Pérez, Aristóbulo Sánchez y Martín de Ayala, cada uno a su turno, se habían
despedido a la francesa, como se acostumbra en Fragosa donde cada cual voltea la
espalda y se va sin más ni más. Estaba, pues, solo Juan cuando entró su tía Froilana que
venía de la iglesia. Alta y dura, sin una cana, sin una arruga,con sus dientes limpios y
completos,con la vista aguda como la de una moza, los cincuenta y cinco años en que
frisaba parecian los de las estatuas de bronce, que sólo se les notan en el color. Tia
Froilana, que de joven tuvo un colorcito acanelado delicioso, llevaba ahora el tinte de una
hoja de tabaco mal aliñado, que se pone obscura a retazos. Al entrar miró a su sobrino
con aire complacido y usando su voz más dulce, perceptiblemente matizada con los
acentos fervorosos que largos años de rezos le habían impreso, le dijo:

- Me acaba de hablar Valeria de un telegrama...

Juan sacó del bolsillo por décima cuarta vez el papel azulenco en cuyo encabezamiento
campeaban el escudo de la República y el mote de Telégrafos Nacionales, lo desplegó
orgulloso y lo puso ante los ojos de tía Froilana como el que muestra un diamante
engastado en platino. Ella lo recorrió con rapidez y preguntó acercándose llena de una
felicidad purísima:

- ¿Y qué piensas contestarle a Rufo?

- Mi contestación... Todo depende de tí, tia Froilana.

- Todo lo que vaya en bien tuyo me llena de profunda alegría.

- Lo comprendo. Pero tengo que hablarte claro. Desde que regresé de mi último viaje con
ánimo de echar raíces definitivas en Fragosa, va para dos años, tú has sido mi
providencia, mí padre y mi madre. Me has dado casa, comida y ropa limpia. De haberlos
tenido, hasta mis vicios tú los habrías sufragado; tan pobre llegué, tan pobre he vivido
siempre.

- En el mes larguito que desempeñastes como alcalde interino, el sueldo que te pagaron
me lo trajiste íntegro.

- No tía; te engañé. Me pagaron setenta y dos pesos por treinta y seis días de servicio y
yo solamente te dí sesenta.

- Lo has podido dejar todos para tus gastos menudos.

- Quise probarte que soy agradecido y que sé corresponder. Pero ahora el caso es, tía
Froilana, que yo no puedo aceptar el alto puesto que me ofrece por pura bondad mi amigo
Rufo, si tú no me das prestados doscientos veinte pesos.

- No te entiendo, hijo.

A pesar de lo curtida que tenía la piel, la pobre señora palideció visiblemente; los labios se
le pusieron cenicientos y un rictus de amargura le cavó el borde de las mejillas.

- ¿Doscientos veinte pesos?

- Prestados. Te los devolveré religiosamente. Yo no puedo irme así como estoy. Mis
pobres vestidos de dril pueden servirme para el camino, pero no para sentar con ellos el
pie en Guasimia, investido de un cargo tan honroso, tan significativo. Tengo que comprar
un vestido de ceremonia, dos o tres vestidos de diario, camisas, ropa interior, corbatas
finas, en fin, un ajuar decente. Si tú no me prestas con qué pueda yo hacer este gasto,
daré las gracias a Rufo y me quedaré aquí, humildemente olvidado.

Hubo un corto silencio durante el cual Juan de Ayala levantó uno tras otro los pies para
mostrar las suelas perforadas de sus botas llevadas un año arreo. Se inclinó luégo y abrió
los brazos con aire de resignación.

- Y tú- preguntó la tía Froilana reaccionando, sintiendo que un oleaje caliente le tonificaba
el cuerpo, enantes súbitamente frío y sudoroso, ¿Por qué sabes que son precisamente
doscientos veinte pesos los que guardo en la alcancia?

- ¿Precisamente esa suma?

- Ni un centavo más.

Era un ardid de la vieja para salvar lo demás que tenía. Juan de Ayala, inocente, fué
incapaz de maliciarlo, y dió explicaciones:

-Yo no podía saber a cuánto alcanzaban tus ahorros, que siempre he respetado y
considerado sagrados.El número doscientos veinte es el resultado de un cálculo muy
rápido que hice mientras te hablaba. Tal vez sea esa una cantidad insuficiente, pero yo
sabré bandearme con ella y hacer que me alcance. Estoy acostumbrado a gastar muy
poco y como debo implantar en el manejo de los intereses públicos severas economías,
ensayaré con mi propia bolsa. Voy a ganar un buen sueldo; de las primeras
mensualidades que devengue te pagaré cumplidamente.

- Pues si esa es la condición para que aceptes, cuenta conmigo y procede a redactar la
contestación. Abrió los brazos y estrechó contra su pecho, santificado por camándulas,
medallas y escapularios, a su amado sobrino. Era parca en demostraciones de afecto, a
pesar de ser muy afectuosa. Y al tener a Juan apretado contra su seno casto, dió rienda
suelta a palabras que salieron como un torrente largo tiempo contenido.

- Me alegro por mi y me alegro por aquélla que Dios llamó a su presencia. ¡Cómo
estuviera hoy de feliz la pobrecita viéndote señalado y escogido entre mil para entregarte
el manejo de... ¿Qué es lo que maneja un Secretario de Hacienda?

- La hacienda, tía, es decir, los haberes, la plata.

- pues esta doble alegría que siento por mi y por la difunta, es más grande todavía ahora
que sé que vas a tener en tus manos la Hacienda del Departamento. ¡Qué puesto tan
importante el que te han dado! ¡Y cómo saben por allá que eres el oro en el crisol, que
puedes manejar oro en polvo y no se te pega ni el más mínimo grano entre los dedos!
¡Qué más satisfacción podía ya esperar en la vida, ni que más aliciente he tenido yo sobre
la tierra, aparte de hacer méritos para mi salvación eterna, que verte elevar por tus
propias virtudes! ¡Hijo mío! ¡Hijo, hijo, aunque no me tocó darte la vida!

Juan tuvo que enjugarse los ojos porque se le llenaron de lágrimas; mientras lo hacía, el
diablillo interior que ni en los momentos más solemnes pierde su independencia ni olvida
su hábito de fisgar y tomar apuntes, hizo esta insubstancial observación: Tía Froilana,
como lo has notado en el momento en que te abrazaba, huele a aceite rancio, a pan
mohoso y flores de naranjo, todo ello combinado.
Juan pensó que seria conveniente dejar pasar aquella tarde antes de enviar a Guasimia
su respuesta, pues aunque su determinación de aceptar estaba tomada definitivamente
desde la hora y punto en que Donaldo le entregó el telegrama, había que dar unas horas
de tregua para aparentar que estaba meditando el asunto. ¿Qué habría dicho Rufo
Rosales si media hora después de haber enviado su solicitud recibiera la contestación
afirmativa? Habría tenido que exclamar: ¡Caramba con Juan, si estaba que se venía! Pero
para aprovechar el tiempo tomó un papel y empezó a borronear el telegrama que al día
siguiente muy temprano habría de trasmitir. Empezó con estas insinceras palabras:

Después de meditarlo mucho, impulsado por el deseo de servirte y a la vez acobardado


por el temor de mi poca experiencia...-

Mientras en esto se ocupaba, tía Froilana que lo vió tan abstraído, abrió un baúl forrado
en vaqueta obscura y tachonado de opacos estoperiles, sacó de su fondo un cofrecito de
nogal con hendija en la tapa para hechar monedas y, vació su contenido sobre la cama.
Salió de sus entrañas un buen porqué de billetes y oro acuñado entre discos de plata y
níquel. Contó, tomando billetes solamente, la cantidad solicitada por su sobrino, la
devolvió a la alcancía y el resto lo ocultó bajo la almohada. Fué en seguida a buscar a
Juan y le entregó el cofrecito y la llave diciéndole:

-Tal como lo tenía, te lo entrego.

Y Juan repuso recibiéndolo, trémulo de gratitud y emoción:

-Tal como lo recibo, te lo devolveré.

Hubo algo del ritual de un acto religioso en aquella escena que más tarde mortificó tanto
con su dulce recuerdo al inexperto Juan de Ayala. No estaba acostumbrado él a manejar
dinero; no obstante, por un impulso instintivo que parece denunciar al avaro que va casi
siempre escondido en el fondo de todas las personas, sacó los billetes y los contó
lentamente, depositándolos de nuevo en su relicario.

-Apenas se me acaba de proponer este feliz empleo y héme ya depositario de la


confianza de tía Froilana y en posesión de este dineral se dijo.

No había caído la tarde de aquel día memorable cuando vino a buscar a nuestro hombre
el muchacho citador de la oficina de teléfonos. No tenla tía Froilana instalación en su
casa, ni había pensado en tenerla jamás. ¿Para qué, si sus conversaciones no tenían
mejor sitio que la iglesia, ni mejores interlocutores que las imágenes sagradas, que
siempre callan y casi nunca otorgan?

- Juan- dijo el muchacho, te llaman de Guasimia.

En el rostro del rapaz hablaba a gritos una expresión de complacencia tan sincera que
Juan le oyó decir a su personaje interior: Ese ya lo sabe. Le agradeció ese modo tácito de
compartir la satisfacción de su triunfo, pero, por primera vez, le chocó oirle decir: “Te
llaman”. ¿Cómo se atrevía a seguirle tuteando confianzudamente ahora que empezaba a
ser un personaje?

Fué a la oficina de teléfonos y al recorrer las cuadras que mediaban desde su casa, no vió
en ellas persona viviente. Fragosa tenla la soledad de un cementerio. Nadie lo vió entrar
al despacho telefónico y lo tomó a fortuna porque así se evitaba curiosidades y preguntas.
Tomó el auricular estremecido por una emoción incontenible. Oyó dentro de la placa
vibratoria ruiditos, voces lejanas, golpeteo, chirridos y un zumbido como de motor de
aeroplano.

-lGuasimia! ¡Guasimia! - gritaron - ¡Está comunicado!

- ¡Guasimia! ¡Con Juan de Ayala! - ¿Con quién?

- ¡Con Juan de Ayala!

- ¡Más duro! Alce la voz!

- ¡SI,’ sí! ¡Con Juan de Ayala! ¡A-ya-la!

Y después de esta faena, después de esta vocalización a todo pecho que le envidiaría un
barítono, por allá lejísimos, como desde el otro mundo, una voz de liliputiense le dijo:

-Juancho amigo, te puse hoy un telegrama. Me urge saber tu determinación. No permito


que te excuses de aceptar. Pero sí algún inconveniente irremovible te impide venir, sería
preciso que te guardaras de este ofrecimiento de empleo que te he hecho una reserva
absoluta. -¿Qué decides? ¿Vienes? ¿Puedo contar contigo?

- ¡SI, si, estoy a tus órdenes!

- Ip, ip, ip, ... Riúuu ... jujujú ... ju, ... jujujú... ¡Ip. Ip

Pareció que dentro del misterioso aparato habían hecho irrupción grillos, chicharras y
otras sabandijas amigas de la música desagradable y Juan no percibió ni pudo sacar en
limpio una palabra más ni pudo decirla él, que desesperaba por expresarle al lejano Rufo
su gratitud por la distinción que acababa de hacerle.

-¡Qué servicio de teléfono tan deficiente! -dijo al joven que lo atendía A duras penas he
podido entender cuatro palabras. ¿Qué clase de animalejos tiene su nido en los postes o
en los alambres? Todos se pusieron a chillar y hasta un gallo me cantó como si yo fuera
San Pedro y estuviera negando al Maestro. ¿Es siempre as¡?

-Cuando llaman de Guasimia – explicó el joven,- se despierta la curiosidad en toda la


línea y las oficinas intermedias descuelgan para oír, a ver que noticias cogen. Ese que te
cantó es un gallito fino que tiene el estanquero de Cerrílandia. El gallito lo denuncia
siempre. Ya vez, está a treinta leguas de distancia y algunas veces se le oye el aleteo. Lo
debe tener amarrado a una pata de la mesa.

-A todos estos defectos tengo que ponerles correctivo, pensé Juan a tiempo que
regresaba para su casa. Pero lo atajó en mitad de la calle Lucas Porras, negociante
especializado en compras de café, ajos y cebollas.

-¡Hola, Juan! - le gritó. - ¡Mis felicitaciones! Ya me contaron en la tienda de Salvador


Rampante que acabas de hablar con Rufo Rosales y que te ha suplicado que aceptes.

-¿Qué me ha suplicado? ¡Qué pueblo este! Me llamó, es cierto, vengo del teléfono; pero
lo que Rufo me dijo fué tan enredado, tan confuso, que a la verdad yo no supe lo que me
dijo.
-Pues Salvador tenía conectado su aparato y oyó más claro. Así pasa.

Se alejó Lucas Porras y nuestro personaje se quedó lelo, viéndolo ir calle arriba, tan
inofensivo, tan satisfecho de la vida, tan nulo el pobrecito y a la vez tan hábil para el
manejo de su negocio. Lo sacó de su inmovilidad un golpecito en la espalda y oyó a la
vez, de voz conocida, esta pregunta:

-¿Cuándo te vas?

Era Rodolfo Fraile, su amigo de más estimación, hombre humilde, carpintero de oficio que
se gastaba diez pesos anuales en pagar la suscripción a un diario de la capital. Por cierto
que le sabía sacar el jugo, porque de noche, a la luz de una bujía de estearina que ponía
sobre el banco de su taller, se leía detenidamente hasta los avisos. Pero la mayor parte
de las cosas las entendía al revés y de aquí que tuviera siempre las ideas más erróneas.
Cuando, encontraba palabras nuevas o algún párrafo tenía demasiado forzada la ironía
con que siempre venían condimentados todos los escritos, hacia una señal al margen y
apenas se veía con Juan de Ayala le pedía que le explicara lo que había encontrado
confuso.

De este modo Juan leía gratis el interesante rotativo capitalino.

-¿ Cuándo te vas?

-No sé ... Rufo Rosales está nombrado Gobernador.

-Y te ha exigido que le aceptes una secretaría; acaba de decírmelo Roque Aldana. No es


posible que vaciles, y mucho menos cuando, no contento con haberte telegrafiado, apeló
al teléfono para urgirte a que te vayas. Roque me informa que tu aceptación fué inmediata
e incondicional. ¿tanta confianza tienes en un amigo con quien no te has visto hace veinte
años? En vez de decirle si, sí, estoy a tus órdenes, has debido exigirle que te diga cuál es
su programa de Gobierno, saber cuáles son sus intenciones y qué piensa hacer con
nosotros los liberales. Roque está admirado de tu precipitación.

-¿Y quién le ha dicho a Roque nada?

-Acaba de oír por el teléfono toda tu conversación.

-¡Maldita! Exclamó Juan. Mejor fuera que pusieran un altoparlante en la plaza.

Venían calle abajo y al llegar a la esquina, Fraile tomó a la derecha despidiéndose con
este consejo:

-Todavía es tiempo. Llámale a Rufo y pídele que cante claro. Ve que sus antecedentes
son los de un godazo terrible.

Juan de Ayala tomó a la izquierda, pero allí lo pilló Nemesio Cuna, que lo esperaba
entretenido en limpiarse las uñas con un cortaplumas. No le quitó mucho tiempo, pues se
contentó con decirle:

-Puedes contar con la mula Paloma para tu viaje, Juan. Mansa, noble, resistente,
baqueana, la Paloma ha ido cuatro veces a Guasimia y los que la han llevado la
ponderan. Tiene ocho días de estar en el cuido. Ya sabes.

Estaba en la puerta de su casa Felipa Aragón y Juan se detuvo un momento a saludarla.


Tenían unos amorcitos platónicos hacía muchos años y Juan pensaba todos los días en
casarse con ella, pero nunca se resolvía a comunicarle este pensamiento, que a ella le
habría sido muy grato. No estaba muy joven y habla hecho con Juan una pareja
espléndida. La mirada que dirigió a Juan estaba llena de ternura y cariño.

-¿Te vas, Juan? - le preguntó melancólica.

-En esas estoy – repuso amable, mientras se enjugaba con el pañuelo el rosto sudoroso.
Me nombran Secretario de Hacienda del Departamento y para ejercer este cargo tengo
que trasladarme a Guasimia. Mi primer pensamiento fué de no aceptar, porque tengo en
Fragosa, raíces duras de arrancar. Y además... ¿Puestos públicos? Nunca me han
gustado. Todavía sufro sinsabores y enemistades gratuitas de los días que me hice cargo
de la Alcaldia Municipal. Pero iré. No será por mucho tiempo. Me conozco un poco y sé
que no haré huesos viejos en tal Secretaría.

-Haces bien en ir – dijo ella.-Harás aquí mucha falta, pero debes ir. Yo te felicito. El sueldo
debe ser muy bueno. Ahora que bajabas vi que Nemesio Cuna se acercó y te dijo alguna
cosa. Si te ofreció la mula Paloma y piensas llevarla debes tener mucho cuidado; es
pajarera, se asusta hasta con una lagartija que se atraviese y te puede botar de cabeza a
un zanjón ¡No lo permita Dios!

-No sabía que fuera pajarera.

-Nemesio la pondera como muy buena, pero es por coger el flete.

-Hablaremos otra vez, Felipa.

-Como quieras.

Siguió su camino, pero apenas echó a andar se le acercó un hombrecito delgado, negro,
que ostentaba un ancho cinturón de charol con bordados de hilo amarillo y muchos
ojaletes de cobre. Llevaba cotizas blancas, adornadas también con costuras negras, y
ambas prendas, cinturón y cotizas, le daban lo que en Fragosa dice la gente- aire reinoso-
. No saludó ¿Para qué? Se contentó con acercarse y decir:

- Ya sabes, Juan, que estoy a tus órdenes. He hecho seis veces el viaje a Guasimia y
conozco el camino como mis manos. Sé donde son las mejores posadas y sé también
donde hay buen pasto para las bestias. Por demás está decir que soy un hombre de
confianza.

-¿Y cuánto pide Usted por el viaje a Guasimia?

-Preguntó Juan dando con la voz una especie de martillazo en el usted, desagradado por
el tuteo de aquel hombre.

Sin darse por entendido, el individuo contestó:

-Te hago el viaje por veinte pesos.


-¿Veinte pesos?- y movió las manos como para defender la alcancía de su tia Froilana
que vió ya en trance de asalto.

-No vale más. Todo ha bajado de modo increíble. Antes un viaje a Guasimia valía treinta
pesos, libres. Cuando fui con el turco Jara le arranqué cuarenta. Ya no gana uno ni para
comer.

-Bueno. Lo resolveré.

-Ve, Juan, por diez y ocho voy. No busques a otro.

- SI, sí, lo resolveré.

- Por quince, último. Quince es regalado. Son cuatro días de ida y cuatro de regreso.
Ocho días de camino. Entonces... ¿Queda arreglado?

- Lo resolveré, hombre.

- No faltará quien vaya por menos, pero sea el que fuere ninguno me pone el pie como
buen muchacho para un viaje. ¿Me alisto?

- Está bien. Alístate.

- Entonces dame un peso a cuenta.

Le dirigió Juan una mirada iracunda al impertinente y le reprochó que exigiera dinero
anticipado por un servicio de prestación todavía problemática. ¿Acaso estaba él cierto de
realizar su viaje a Guasimia? ¿Acaso tenía en el bolsillo nombramiento ninguno? Se retiró
mohíno el hombre y como viera Juan ante sí la cara sonriente de Sebastián Aguilillas que
se acercaba, se desahogó con él.

- ¿Has visto, Sebastián, qué gente esta? Me insta para que lo lleve a Guasimia como
peón de camino y de una vez quiere que le adelante dinero. ¿Se yo si en realidad he de
ser nombrado y si tendré que trasladarme a otra parte?

Si todavía no estás nombrado, no tardarás veinticuatro horas en recibir el despacho,


porque te lo mandarán por telégrafo - dijo Sebastián.- Precisamente, yo venía a felicitarte.
Rufo Rosales ha hecho en ti una elección acertadísima. Tú estás llamado a poner orden
en este caos en que está convertida la administración de hacienda departamental, que
viene de abuso en abuso como un río de peñasco en peñasco, rompiéndose,
deshaciéndose. Rufo Rosales ha sabido escoger en ti al hombre íntegro, desinteresado,
trabajador.

-¡Quién sabe! Sólo quiero que se me reconozca un poco de buena voluntad.

-El nombramiento lo recibirás mañana. ¿Te irás en seguida?

-Imposible. Aceptaré y pediré un plazo para ir a encargarme. Tengo que arreglar aquí mis
asuntos.

Cuando dijo esto, Aguilillas estuvo a punto de preguntarle: ¿Qué asuntos son esos?, pues
no sé le conocían negocios de ninguna clase, y Juan sintió que le subía una roja oleada a
la cara. El no tenía asuntos ningunos qué arreglar; sus asuntos se los tenía arreglados ya
la bondad de su tía Froilana; pero había oído la voz del subconciente que le había dicho:
Sí te fueras mañana mismo, el periódico Cuchufletas que ve la luz pública en Guasimia se
iba a divertir contigo. ¡Qué cosas! -Exclamaría riendo a carcajadas, tanto deseo tenía el
señor de Ayala de venir a disfrutar de los honores del cargo con que su amigo Rufo lo ha
beneficiado, que al recibir el nombramiento mandó ensillar la mula para ponerse en
camino inmediatamente, y si el mozo se demora un poco en aprestársela el hombre se
viene a pie, en carrera desenfrendada, sin miedo a los repechos del famoso monte
Carabusica. No. No. Pón de plazo siquiera una semana y dáte importancia diciendo que
estás arreglando tus negocios, aunque nunca los haya tenido..

- En todo caso saldrás de aquí el lunes. Siguió diciendo Aguilillas.

- Eso es; el lunes de la otra semana.

- No te vas a llevar la mula Paloma que te ofreció Nemesio Cuna. Es pajarera. Se


espanta.

- ¿Qué animal me aconsejas?

- Pues hombre.... Yo no acostumbro fletar mis animales, pero tratándose de ti no tendría


inconveniente en ofrecerte mi macho Candado. Es especial para las cuestas. i Y tan
decente. tan suave!

-Y por cuánto?

-Por veinte pesos. ¡Es un viaje tan largo!

-¿Veinte pesos?--Y el recuerdo de la alcancía tembló dentro de su corazón como si oyera


que le asestaban veinte porrazos para destrozarla.

-Treinta pesos valía ese viaje hace unos meses. Por treinta se lo fleté al agente viajero de
Míquis y Compañía y quedó tan contento que de Cerrilandia, al rendir su viaje, me puso
un telegrama diciéndome: “Macho divino”. Conque si te resuelves....

-¿No rebajas?

- Ultimo quince. Son cuatro días de ida y cuatro de vuelta, porque lo que es el peón se
viene a caballo. No te vas a llevar a Marcos, es muy perezoso.

-Ya le dije que se alistara.

Dió un brinco Juan de Ayala y sonrió complacido.

Acababa de oír el pum, pum del bombo y ya se sabe que en Fragosa eso es la banda de
los músicos cuando se les necesita para tocar en alguna fiesta, Y como era martes, día de
trabajo, de decaimiento, de aburrición y ninguna fiesta estaba anunciada, si llamaban a
los músicos....

-Te van a llevar la banda, dijo Sebastián.

-Festinan las cosas; yo todavía no tengo nombramiento ninguno. ¿Qué será?-Esta


pregunta la dirigió a Belarmino Moreno que pasaba.

-Que te traen la música.

Sebastián se había marchado y al quedarse a solas, aunque en la mitad de la calle,


Belarmino preguntó:

-¿Has hablado con los del comité?

-¿Qué comité?

-El comité liberal.

-No he hablado. No hago parte de él y nada tengo que decirle.

-¡Cómo es eso! En asuntos políticos el comité nos gobierna a todos. El de Secretario de


Hacienda es un cargo de mucha importancia y tratándose de servirlo por un liberal a.un
Gobernador enemigo, es menester que consultes a los jefes si ellos dan su beneplácito
para que lo aceptes. Muchas veces una colaboración de esa especie no se ha
considerado conveniente y el candidato ha tenido que declinar el honor que se le ha
querido hacer. Muchas veces no es un honor sino una celada para el partido. Debes hacer
la consulta. Las luchas y los deberes políticos imponen esas obligaciones.

-Pues yo- dijo Juan sin vacilar, resuelvo mis cosas yo solo y en esta ocasión ya estoy
determinado a írme a Guasimia. ¿De qué se trata? De desempeñar un puesto de cierta
categoría en la administración pública, de prestar un servicio a la tierra que me vió nacer,
de cumplir un deber de ciudadano en resumen. ¿Por qué habría yo de tomarle parecer a
nadie para una cosa tan clara y tan sencilla?

- No es un parecer, es un permiso lo que necesitas, sí hemos de llamar las cosas por su


nombre.

-Pues peor por ahí; menos obligado me siento si es cuestión de permiso.

-¿Ignoras o aparentas ignorar que la abstención liberal está decretada hace algún
tiempo? Mientras el Gobernador sea un conservador ningún liberal debe prestarle su
colaboración, a menos que lo autorice nuestro directorio.

- Nunca he creído juiciosa la tal abstención.

-Es decir que te declaras autónomo.

-Siempre lo he sido, pero como nunca había tomado parte en los asuntos públicos no se
me había presentado ocasión de demostrarlo.

-Pues habrá, y con razón, quien por esta indisciplina ponga en duda tu condición de
verdadero liberal y aún corres peligro de...

-Tranquilízate, Belarmino, que no corro peligro de nada. Si corriera alguno sería el de que
Rufo se arrepintiera de nombrarme; que no se arrepentirá, te lo aseguro. En cuanto a mi
condición de liberal, no es ella una cuestión de fe que sea preciso inculcar y sostener en
la conciencia de la gente, sino resultado de mis procedimientos, Si obro como liberal, seré
liberal, no es más. -Y después de una figera pausa: -Belarmino, es preciso darnos cuenta
de los cambios trascendentales que han ocurrido en nuestra patria en este año de 1.930.
El ciudadano que ocupa hoy el solio presidencial es, después de casi medio siglo de
vencimiento de nuestro partido, un Presidente liberal, y a ese mandatario debemos
prestarle nuestra colaboración, cada cual en la medida de sus capacidades, cada cual
dentro de su esfera, cada cual en la ocasión que se le presente, para ayudarle a
demostrar que amamos la patria y que su bien es el que nos mueve, Yo iré a Guasimia y
ejerceré el cargo que van a darme, no para buscar el beneficio personal mío, sino la
buena marcha de los intereses públicos; y si veo que esto no me es posible obtenerlo, me
retiraré sin demora.

Juan de Ayala no supo lo que Belarmino le contestó o si fué que, sin contestarle nada,
volvió la espalda y siguió su camino, tan satisfecho quedó de sí mismo por el discursito
que había improvisado acomodando en él eso del medio siglo de dominación
conservadora, dos veces la patria y la declaración de su personal desinterés. – No creía
yo poderme desenvolver con tanta soltura y tal fuerza de razonamiento - pensó
vanagloriándose; - con estas o parecidas palabras despacharé a cuantos impertinentes
me vengan con críticas tan absurdas. Pero le quedó como una espina clavada en parte
sensible aquella reticencia de Belarmino cuando le dijo: “Corres peligro de...” ¿Por qué no
le pidió que acabara de expresar su pensamiento para saber cuál era ese peligro que iba
a correr? De modo repentino se le pusieron en la mente, de pie como centinelas armados,
vigilantes y descontentadizos, los jefes políticos que formaban el comité, y le inspiraron
miedo. ¿Qué irían a hacerle? Pues no, que no pueden hacerme nada, ni lo habrán
pensado; son cosas del tal Belarmino que es un atizador, pensé para concluir y
tranquilizarse.

Al fin entró en su casa y encontró en ella a la Señorita Blanca Garcés que estaba de visita
en animada conversación con su tia Froilana. Blanca, a pesar de su nombre cándido, era
casi negra y había mantenido de meses atrás una sorda rivalidad con su tía por el afán
con que cada una de ellas se empeñaban en ejercer superioridad en el adorno y vigilancia
de la iglesia. Cierta vez tia Froilana llevó y colocó en el altar dos ramos de unas flores de
algodón y papel de color que ella sabía hacer y que le quedaban como emplastos secos
de los que se aplican sobre los diviesos para provocar la maduración; y la señorita Blanca
tuvo la osadía de cambiarlos por otros ramos de tulipanes de tela engomada, obra de sus
manos, que eran tulipanes porque ella los llamaba así, pero que parecían estacas. Tía
Froilana lo notó se puso furibunda, se puso bisca, señal que demostraba en ella el exceso
de cólera, cogió dichos tulipanes, los quebró y los tiró a un rincón; y desde entonces,
cuando tenía que, mentarla, la llamaba la Blanca, al revés, modo santurrón de decirle
negra.

No obstante estos antecedentes, estaban en animada conversación y al entrar Juan la


cortaron de repente, no sin que dos o tres palabras que llegaron a sus oídos le dejaran
comprender que lo que las ligaba y entusiasmaba en aquel momento era la probabilidad
que la señorita Blanca anunciaba de obtener que se fundara en Fragosa una agencia
encargada de propagar la devoción de Sor Celina y vender sus santas y milagrosas
reliquias. La señorita Blanca, que, dicho sea de paso, recibía este tratamiento de señorita
porque era forastera y había venido a desempeñar la dirección de una escuela de niñas,
pues de otro modo la habrían llamado Blanca a secas, o, cuando más, la niña Blanca, tras
del saludo y las excusas de rigor, expuso a Juan el objeto de su visita.

-Sé que le dan un puesto muy merecido, le dijo; - sé que usted va a tener el mando en sus
manos, y vengo a pedirle que me compre, por lo que quiera darme, las nóminas de estos
últimos tres meses que no ha sido posibl'e que las quieran pagar. Usted sabe que una
pobre maestra de escuela está obligada a una brega muy dura por un sueldo muy
pequeño y si a esto se agrega que no lo pagan, señor, es imposible vivir.

Juan, que traía entre el cuerpo la espina que le había clavado Belarmino, al oír a la
Blanca al revés hizo como las caballerías cuando tascan el freno y sintió espuma amarga
en la boca. Pero se la tragó y amablemente repuso.

-¿Comprarle yo las nóminas? No, señorita. Yo no acepto el empleo para negociar con las
deudas del Departamento. Pero considero inicuo que no le hayan pagado sus abnegados
servicios con la puntualidad requerida. Yo lamento que la administración pública marche
en forma tan descuidada. ¿Qué han hecho del dinero de las rentas? ... Todavía no hago
parte del tren de empleados que gobierna estos pueblos, pero me avergüenzo de saber
que a servidores tan importantes como son los maestros de escuela se les demore el
pago. Déjeme llegar a Guasimia y verá cómo procedo a corregir todas estas
irregularidades.

-Vea que queda su palabra comprometida, dijo ella melosa, envolviendo en el pañuelo sus
cuentas de cobro llenas de firmas y sellos.

-Cuente usted con su dinero en cuanto me apersone en Guasimia. ¡Buena cosa que no
mandara pagar a penas me posesione; si por eso acepto el empleo, si a eso voy, a
enderezar lo que marcha torcido!

Acompañaron a la señorita Blanca hasta la puerta y una vez que se quedaron solos dijo
tía Froilana:

-Va a ser de noche y no hemos comido; si no nos apresurarnos acaba de obscurecer y se


presentan con la banda. ¿No has oído el bombo? Pues es la música que la traen para
felicitarte por iniciativa de Loreto Bermúdez que está entusiasmadisimo con tu
nombramiento. Pobrecito, tan bueno.

-Extraño. tía, que tú aquí, metida en la casa, sepas que es Loreto el que me, trae la
música. Si Loreto es pobrísimo y no puede hacer esos gastos.

-Pero ha hecho una colecta; por cierto que Belarmino no quiso dar nada y no contento con
negar su contribución, dijo que a él no le importaba que te dieran nombramiento. Blas
Uribe dió dos pesos y Obdulio Cifuentes, sin ser liberal , dió un peso.

-¿Cómo has sabido todos esos detalles?

-Los sé por Nicolasa. ¿No ves que Nicolasa es la gaceta que trae todas las noticias que
recoge en las tiendas cuando sale hacer las compras?

Juan se quedó admirado cuando se sentó a la mesa. Había pollo, papas con queso y
torta, tres platos extraordinarios que, agregados a las viandas acostumbradas, daban a la
mesa el aspecto de un banquete. Así te pareció al presunto administrador de la hacienda
departamental; no quiso callar su admiración y tía Froilana explicó la novedad diciendo
que se trataba de celebrar su nombramiento. Juan sintió una corazonada sentimental y la
explicó con palabras que le salieron a trancos, como si tras de ellas viniera un golpe de
lágrimas:
- Esuna delicadeza, una atención que te agradezco. Y con voz opaca y sin darse cuenta
de lo que hacía, plagió nada menos que a Simón Bolívar en el famoso resumen de su
fortuna, cuando dijo que si a Caracas debía la vida, a Mompós debía la gloria; cambiando
la expresión así: Pues es la verdad que si a Rufo le debo el nombramiento ...a ti, tia
Froilana, y nada más que a ti debo la posibilidad de poder aceptarlo; pues de nada me
habrían servido las capacidades e inteligencia de que pueda gozar si no hubiera tenido a
mi disposición una alcancía previsora que me dará los elementos materiales para que esa
inteligencia puede presentarse donde la llaman.

La vieja le dirigió una mirada tan elocuente que Juan la tradujo para sí en este diamantino
razonamiento: ¿Qué hiciera Rufo sin ti? ¿Qué hicieras tú sin mí alcancía? Luego es a mí
a quién el Departamento va a deber todo lo bueno que hagas en Guasimia. Así, pues, de
cada tres piezas que toque la banda una será para Rufo, otra para ti y la tercera para esta
pobre mujer rezandera y avara que sabe ser generosa cuando se necesita.

Entre ocho y nueve de la noche se oyó la banda de música que se acercaba.

La precedía un séquito de muchachos que invadieron la sala como un torrente, no


habiéndose quedado ninguno en el zaguán. Entraron los amigos y Juan, repartiendo
apretones de manos, los hacía sentar. Eran tantos que no alcanzaron las sillas y tía
Froilana tuvo que sacar de la alcoba algunos desvencijados taburetes que por su estado
lamentable habían sido arrinconados hacía años. No fueron suficientes.

-Corre, Antuco, donde Felípa a decírle que nos preste unas silletas.

Y las sílletas vinieron pasando de mano en mano sobre las cabezas del gentío que
llenaba la calle y entraron a la sala. Ahora era ésta la que no tenía espacio suficiente para
tanta silleta. Si se hubieran colocado en filas como en el patio de los teatros habrían
cabido todos, es claro; pero habría sido absurdo, pues no se trataba de dictar a aquellos
seríores una conferencia para sentarlos dándose la espalda. Se colocaron formando
círculo alrededor de la sala, dejando libre el espacio central, como si allí hubiera de
ejecutar su baile una pareja de desconyuntados tanguistas. Y la sala no era la nave de
una iglesia para que cupieran todos en esa forma. Invadieron, pues el corredor,
orillándose siempre. Entraban más silletas. Ya no eran las de mimbre austríaco propiedad
de Felipa; llegaban unas de palitos torneados, de factura anticuada, y Juan reconoció al
punto por haberlas visto muchas veces en la casa de Donaldo. Tras de éstas vinieron
unas de bejuco amarillo; eran las de Emelina Ataos...

Y a medida que llegaban iban siendo ocupadas. No cabía la gente. Juan iba de un lado a
otro repartiendo apretones de manos, recibiendo felicitaciones, diciendo frases triviales.
Estaba muy halagado y llegó a sentir como si caminara con zancos, pues el oleaje
creciente de aquella manifestación amistosa era como el de las aguas tumultuosas que se
entrechocan, suenan y forman espumas, y sobre esas espumas le parecía que se alzaba.
"Todos esos hombrecitos que ves en torno tuyo, decíale desvergonzado el personaje
interior, todos ellos metidos dentro de la piel de un solo individuo, no te darían a los
tobillos ni alcanzarían jamás el honor que tú, por tus méritos, has alcanzado de manos de
Rufo Rosales... Y a medida que entraban felicitantes a Juan le parecía que los zancos en
que cabalgaba iban siendo más altos.

-¿Ves? Preguntole Aristóbulo Sánchez. Todo Fragosa ha venido a felicitarte. Todo


Fragosa menos unos cuatro individuos. ¿Quieres que te haga la lista de los que faltan?
Falta el cura y es extraño porque tu tia reza mucho. Falta Belarmino Moreno ... Falta...
-Dejálo. para mí no falta nadie. Aquí están todos.

La batida entró y se acomodó en el patio. Se sintió cuando voltearon y quebraron los


cajones y macetas en que tía Froilana cultivaba sus matas de cortejo, de marimoñas, de
enriquecuarto, Apenas acomodados empezaron a tocar.

Se acercó a Juan, su primo Martín de Ayala. Tenía las canas peinadas hacia atrás en
cuatro pinceladas que le rayaban de blanco el cráneo de marfil. Dentro del cuello de la
camisa, planchado y muy ancho, le bailaba el pescuezo delgado, enflaquecido, cuya piel
colgaba. Tenía puestos los botines de charol que por viejos se le hablan cuarteado, pero
que le daba lástima dedicar al uso diario.

-¿Qué tienes listo para obsequiar a esta gente?

-Nada, primo. ¿Qué mandaré a traer?

-Brandy, cerveza, cigarrillos.

-Sácame tú del apuro. Házme tú el favor de pedir lo que creas conveniente ahí donde el
tuerto Alcides ... Pero Alcides está aquí. Llámalo. Díle que abra la tienda un momento y
me mande brandy, cerveza y cigarrillos. Lleváte a Antuco para que traiga lo que sea. Y
volviéndose a otro lado: ¡Mi querido Isidoro, cuánto te agradezco! ¡Cuánto te agradezco,
Pompilio! ¡Siéntate, José Joaquín!

Sintió el ruido que hicieron al destapar el brandy y a poco vió a Martín con una bandeja
llena de copitas ir de mano en mano. Acólito bondadoso, Noé Pérez llevaba una segunda
bandeja y servía a la hilera contraria. No alcanzaron las copas servidas ni había más en la
pobre vajilla de tia Froilana, que ya había sido acrecentada con unos vasitos que envió
prestados Felipa Aragón.

-Que vayan tomando, que vayan tomando, que ahora viene otra tanda para los demás
-ordenó Sebastián Aguilillas, que se había comedido para ayudar hacer los honores. Y las
copas vacías pasaron al interior a traer más brandy. Muchas miradas se quedaron
clavadas en el camino por donde las copas se fueron, como aguja de brújula que busca el
norte.

Martín vino corriendo desolado y dijo en secreto a Juan:

-¿Qué hacemos? El único litro de brandy que había en la tienda del tuerto fué el que ya se
bebieron en la primera servida. No hay para los demás.

No hay más brandy en todas las tiendas de Fragosa. ¿Engañamos a los demás con ron ?
-Que vayan corriendo a traerlo.

-Ya lo tenemos aquí.

-Pues que lo sirvan.

Pasaron a la otra parte de la concurrencia la copa bastarda, pero Martín había tenido la
precaución de dejar en su fondo las heces del primer licor.
Poniéndose de pie lo consumaron. Algunos murmuraron;

- ¿Fué brandy o ron?

- Olía a brandy y sabía a ron,

Y carraspeaban porque les había bajado por el pecho como una brasa. Pasaron cigarrillos
en un azafate, todos encendieron y la sala se quedó como metida entre una nube, tanto
era el humo del tabaco que ardía. La banda empezó a tocar una segunda pieza. Y llegó
Lisímaco Paduano, un joven alto como una torre, blanco y rubio como un hijo del Norte,
pulcramente vestido de blanco y con corbata azul celeste. Era el mozo más apuesto de
Fragosa. Mientras se sentaba corrió un rumor haciendo saber que aunque Loreto
Bermúdez había sido el iniciador del homenaje, Lisímaco habla tomado a su cargo la
comisión de ofrecerlo; de modo que si llegaba retrasado era porque estaba preparando el
discurso que iba a pronunciar. Así fué que apenas terminó la banda la ejecución de la
pieza, Martín y Aristóbulo entraron llevando a cuatro manos un azafate que parecía por su
tamaño la tabla de la mesa del comedor, lleno todo él de vasos de cerveza cuya espuma
desbordaba. Juan reconoció en aquel azafate una alhaja de la niña Tomasíta Picón,
solicitada en préstamo. El solícito Noé Pérez iba tomando los vasos y poniéndolos en
manos de los felicitantes. Cuando todos estuvieron servidos, Lisímaco se puso de pie.
Tenia en una mano el vaso y en la otra un papel que se agitaba tembloroso como la hoja
al soplo del huracán; tan emocionado estaba el muchacho.

-¡Juan! empezó diciendo con voz arrogante, aunque trémula. Alzo esta copa....

Y la alzó, la miro y vió que no era una copa sino un vaso, grande como para que cupiera
en él, disuelta en buena cantidad de agua, la efervescencia de una onza de sal de frutas;
un vaso pesado, cubierto exteriormente de medias esferas de su Propio cristal, de modo
que al asirlo parecía que lo que tenía en la mano era un racimo de uvas; un vaso antiguo,
herencia que dejó la abuelita de tía Froilana y que ella guardaba en un rincón del tinajero
como reliquia santa. En la casa se le llamaba el Vaso Grande y este nombre propio tenía
la elocuencia de sus tres cuartos de siglo de reposada vida, durante los cuales había visto
perecer, hechos trizas, los once compañeros que trajo de Cartagena cuando lo
compraron. Lisímaco vaciló y la lengua se le volvió una pelota; pero se sobrepuso:

-Alzo esta copa por la certera elección que Rufo Rosales ha hecho en tí, estudioso,
modesto y pulquérrimo ciudadano, para poner en tus manos el manejo de la Hacienda
Departamental. Orgullosa de haber mecido tu cuna. Fragosa, por conducto del grupo de
amigos aquí congregados, ha querido demostrarte la satisfacción con que mira el triunfo
que has obtenido.

Juan mojó los labios en la espuma de la cerveza y se dispuso a contestar. Pero, ¿qué
diablo de duendecillo es ese que no respeta momento, por solemne que sea, para dejar
de soplar lo que podía ser dejado para más tranquila ocasión? Pues el amargor de la
espuma le tradujo a Juan: Lo del brandy son ocho pesos y gracias que no hubo más que
una botella en todo Fragosa. Esta tanda de cerveza representa diez centavos por boca. Y
Juan miro en torno. Los amigos creyeron que era para dirigirse a todos ellos, puesto que
iba a hablar; y lo que Juan pretendió en aquel momento fué contarlos para saber de que
magnitud era el roto que aquella libación le abría a la alcancía inocente que reposaba en
el fondo de su baúl.

-Lisímaco, señores....
El Lisímaco lo dijo tan recio que le hirió sus propios oídos y le pareció conveniente bajar el
tono de la voz,y el señores le salió tan pasito que los que estaban un poco distantes
creyeron que le daba un cortamiento.

- Apenas tengo, continuó dícíendo, de parte de mi eminente amigo Rufo Rosales, en hora
feliz llamado por el señor Presidente de la República para confiarle los destinos de esta
sección de la patria, el ofrecimiento de que habré de ser nombrado su Secretario de
Hacienda. No había pensado jamás en recibir una distinción tan inmerecida, pero recibida
sin buscarla, un solo pensamierito, claro como la luz del día y firme como Ia tierra que nos
sustenta, me ha dado, con la resolución de aceptar, la norma de lo que haré cuando entre
a desempeñar dicho cargo. Voy a Guasimia a servir en cuanto esté a mis alcances los
intereses generales de esta cara tierra que nos sustenta...

-Has repetido en un solo párrafo lo de la tierra que nos sustenta, le dijo en este punto el
despierto duendecillo mental. no te remontes. Háblales llaníto. Son todos de confianza. Y
aunque no lo creas, están tomando nota de tus palabras para burlarse de ellas.

-Así, pues, siguió diciendo Juan, haré como Secretario de Hacienda todo lo bueno que me
sea posible, primero por el Departamento, por la provincia después, y por último ... ¡no,
no, primero que todo veré lo que pueda hacer por mi Fragosa del alma, por esta tierra
cara a mi corazón! ...

Hubo aplausos en la sala, en el corredor, en el zaguán y en la calle, pues ante las


ventanas estaba la muchedumbre aglomerada. Bebieron la cerveza. Rompió a tocar la
música.

A la una de la madrugada tía Froilana, que llevaba cuatro horas de estar confinada en su
alcoba en la sola compañia de Nicolasa, salió con una cara de disgusto que infundía
pavor y procedió a cerrar las puertas tras el último de los manifestantes que abandonó la
casa, Iba alzándose el traje con el remilgo y la gracia con que lo hacían antes para bailar
ciertas contradanzas y diciendo:

-¡Ay, Juan de mi alma, cómo han dejado esto de salivas, de cabos y de porquería!

Juan nada contestó. Había salido al corredor y contemplaba con pavor una pirámide de
botellas vacías arrojadas en un rincón. Pensaba: Si todo esto lo trajeron de la tienda del
tuerto Alcídes, mañana le llevaré la alcancía para que se quede con ella, y yo me iré a pie
para Guasimia.
III
Juan de Ayala tuvo un sueño entrecortado durante el cual su pensamiento giró en tomo de
la persona carnudita de Felipa Aragón. Nunca había pensado tanto en ella. La veía
sentada junto a la ventana, recibiendo la luz por encima del hombro como un halo que
daba tonos de miel dorada a sus cabellos castaños y ondulados. Estaba bordando una
tela que apoyaba en la rodilla y, la mano se alzaba de cuando en cuando para atirantar el
hilo.

-Felipa...

-¿Qué te ocurre, Juan?

-Ya no me puedo casar contigo.

Una sonrisa y luégo la voz suave, humilde, que le respondía:

-Nunca has pensado en casarte conmigo, Juan. Nuestras relaciones han sido siempre de
una simple y sencilla amistad.

-Yo pensaba en hacerte mi esposa. Habríamos sido felices dentro de la modestia de la


vida del pueblo, donde nuestras ambiciones son muy limitadas.

Pero ahora me voy a Guasimia. Seré un personaje en Guasimia. Es posible que úna mi
suerte a la de una gran dama de la alta sociedad de Guasimia. Ya no puedo casarme
contigo, Felipa.

-Está bien, Juan. Yo seguiré siendo tu más fiel amiga lejana.

Se volvía de un lado a otro y la escena cambiaba. Se adormecía. Estaba soñando


despierto. había resuelto casarse ahora mismo con Felipa, La ceremonia se verificaba
dentro de la mayor intimidad, sin avisarle a nadie, en altas horas de la madrugada. La
madrina era su tía Froilana, el padrino don Juancho Aragón. Veía a Felipa bajo el velo
blanco, a la luz temblorosa de los cirios rituales, los ojos bajos, el perfil de santita
destacándose en la obscuridad de la iglesia. Y a la mañana siguiente todo Fragosa
haciéndose lenguas y comentando la ocurrencia de aquella unión precipitada. Veía caras
que se asomaban a la puerta entreabierta a ver quien pasaba para preguntarle:

- ¿Será cierto que se casó anoche Juan de Ayala con Felipa Aragón?

-Tan cierto como que el sol nos alumbra.

-¡Qué calaverada de Juan! Ahora que va a figurar en el alto gobierno de Guasimia debía
llevar su mano libre por si consiguiere allá una rica heredera.

Se despertaba, volvía a dormirse y volvía a soñar. Iba por esos caminos con ella...

No, no es posible. ¿Cómo iba a sacrificar su soltería en los precisos momentos en que
comenzaba a ascender?
¿Estaba dormido? ¿Estaba despierto? Oía que la banda tocaba, pero por allá lejos,
tenuemente,como si fuera hundiéndose en la tierra y los compases en vez de marcarlos el
bombo a la par con la estridencia de los platillos, los marcaba el ruido de los tapones de
las botellas de brandy. ¡Chop, chop! hacían. La cama se balanceaba llevando el compás y
Juan sentía que estaba bailando y que la que llevaba en los brazos era Felipa.

- Ahora estoy resuelto. ¿Quiéres casarte conmigo?

Ella callaba y al bailar levantaba el rostro y lo inclinaba de un lado cerrando los ojos.

- ¿Quieres casarte conmigo? -Ninguna riqueza puedo ofrecerte, pero tú eres pobre
también y tu vida resignada jamás ha pretendido imposibles. No tienes abolengo ilustre,
no tienes una educación brillante, pero tienes tu belleza y tu virtud. Casémonos. Yo
renunciaré a mi viaje a Guasinúa y aquí en Fragosa nos quedaremos viviendo felices.

- Como tú lo dispongas, Juan.

- Recojo mis palabras. Mi pobreza me impide casarme.

Otra vez despierto y otra vez dormido. Oía la banda y oía aclamaciones. Veía un mar de
cabezas que se movían rítmicamente, perdiendo contornos, suavizándose, llenándose de
luz, convirtiéndose en espuma. Espuma de cerveza...

Una voz impertinente le preguntaba:

- ¿Qué has resuelto?

Y el contestaba haciendo esfuerzos para contener el llanto:

-Mi vida va a tener un cambio inesperado. Ahora empiezo a subir. Ya no puedo casarme
contigo, Felipa.
IV
Como lo hacía siempre, tia Froilana madrugó a emprender sus oficios domésticos, con
mayor razón aquel día por tener que poner en orden la casa que estaba completamente
revuelta; y por excepción dejó que Juan durmiera cuanto quisiera. Salió éste de su cuarto
cuando ya el sol iba bien alto. Estaba disgustado y pesimista; había reconsiderando todos
los delirios de la noche y había concluido por desecharlos de sí en forma enfática,
diciéndose:

-Soy el mismo Juan de ayer y seré mañana el mismo Juan de hoy; pero cogido entre las
garras de la fiera odiosa de la vanidad ya empezaba por sacrificarte a ti, única ilusión de
mi vida, inocente y bondadosa Felipa. He soñado contigo hace tiempo y si me he
abstenido de declararte que te amo, a sido porque veía insalvable el obstáculo odioso de
mi pobreza; ahora voy a disfrutar de un sueldo, haré economías y podré casarme contigo.

Tomó una hoja de papel y le escribió una esquela con estas solas palabras:

- Cuando vuelva de Guasimia, que no será tarde, me casaré contigo. ¿Me aceptas esta
promesa?

Más lacónica ella, le contestó sin firma al dorso de un lindo cromo dorado que tomó de su
libro de oraciones y en el cual estaba estampada la Virgen del Carmen:

- La pongo por testigo de tus palabras.


V
Le llegó un telegrama y lo abrió emocionado creyendo que era la comunicación de su
nombramiento. Pero aunque fechado aquel mismo día en Guasímia no traía la firma de
Rufo Rosales sino la de Antón Escamilla. – Mis felicitaciones, decía simplemente.

-¿Ya?-preguntó acercándose tia Froilana que también esperaba anhelante.

-Todavía no; pero la noticia de mi designación debe haber empezado a circular en


Guasimía y un tal Antón Escamilla me felicita. No doy quién pueda ser este señor, aunque
su nombre no me hes desconocido... ¡Ya caigo! Antón Escamilla viene a ser un amigo a
quién traté hace cinco años, cuando fui a conocer el santuario de la Virgen de
Chinquiquirá. Yo entré a la Basílica ... Eso es. Me entretuve en mirar los humildes
lampadarios de madera en que arden perpetuamente, no porque no se consuman sino
porque las reemplazan apenas se acaban, las velas que llevan los devotos. Sí, sí. Eso es.
Yo estaba entretenido en mirar aquella pirámide de lengüitas de candela que traducen
ante el altar la piedad de las almas sencillas, cuando un señor de pelo rubio, de lentes de
oro, de nariz rojiza, se acercó y me dijo: Asómese a la sacristía y verá a los reverendos
padres coger dinero a espuertas a cuenta de salves y misas. Fuí con él y vimos a los
dominicanos contando plata y níquel como banqueros. Salí de la iglesia con aquel sujeto
desconocido y en el atrio conversamos, criticamos a los curas y nos hicimos amigos.
Resultamos hospedados en el mismo hotel y cultivamos una grata amistad. Y en cinco
años que han corrido de entonces para acá no me había vuelto a acordar de él. Antón
Escamilla... ¿Por qué resulta este hombre en Guasimia?

-¿Vas a contestarle?

-Voy a darle las gracias. Escamilla, ahora lo recuerdo como si lo estuviera viendo, es un
tipo muy agradable y me gusta saber que voy a encontrarlo en Guasimia.

Entró el cartero con otro telegrama:

-¿Ahora sí?

- Todavía no. Este es de Cerrilandia. ¡Jesús, qué largo es y cuántas cosas me dice!
"Designación usted es promesa de éxito"... Y firma un Eccehomo Cuadros. Jamás he
tenido amistad con ningún Eccehomo. Pero puesto que me telegrafía de Cerrilandia, señal
es de que la noticia de mi nombramiento va corriendo de pueblo en pueblo.

-Tienes que contestarle también.

-Y decirle que le agradezco su fineza.

Otra vez el cartero. Ahora sí, afirmó con cara de pascuas tía Froilana.

Moviendo la cabeza para negar, Juan leyó:

- "Nombre suyo presagia mejores días"... ¡Caramba! Y viene firmado Empédocles, que no
es otro que el doctor Empédocles Romo, el famoso abogado criminalista, el que sacó libre
a Renato después que lo cogieron in fraganti en el quinto robo con escalamiento. Un
hombre famosísimo, tía Froilana, asombro de abogados y...para mí un personaje
tenebroso que les abre las puertas de la cárcel a todos los bandidos siempre que haya
quién le pague bien sus defensas. ¿Por qué me felicita este señor?

- Porque sabe lo mucho que vales, Tienes que contestarle.

Tengo que contestarle. Se puso Juan a escribir las respuestas y lo interrumpió


nuevamente el cartero. Abrió el pliego, lo recorrió con la vista y lo pasó a la tía con sonrisa
piadosa:

- De Nicasio Niño.

- Por muerto lo tenía hace muchos años. ¿Y de dónde resuella?

- De Ubreseca, donde debe estar pasando muchas necesidades según se colige de lo


que dice:

- "Desde este destierro felicítole nombramiento. Avísame viaje salir Piedraspeladas hablar
contigo."

Irrumpió de nuevo el cartero, sofocado, como que habla venido corriendo:¡Albricias! Gritó
al entrar.

- Ahora sí dijo Juan abriendo el papel y empezando a leer. “Oficial. Número 5058.
Gobernación. Guasimia....” Léelo tú tía de mi alma.

Y ella, haciendo gala de su excelente vista que no necesitaba de anteojos, o con una voz
que se le quedó a Juan grabada en el alma como se queda en la gutapercha de los discos
de grafófono la que reproducen después la aguja y la caja víbratoría.

- “Tengo el honor de comunicar a usted que por decreto de esta fecha ...”

- Ahora sí, es un hecho.

El cartero estaba ahí de nuevo con otro telegrama.

- De la capital de la República. La noticia ha corrido como el fuego en un reguero de


pólvora. Yo no sabía que tuviera tanta importancia el hecho de que lo nombren a uno
Secretario de Hacienda. Amigos olvidados salen como del sepulcro a felicitarnos. Este
telegrama es de Gustavo Lenteja, el poeta. Dice: “Como hermano tuyo...”

- ¿Por qué te dice hermano?

-Porque de muchachos, cuando trabajábamos como dependientes en la casa de


Bermúdez y Compañía, hacíamos versos. Yo olvidé esa aficción, él no; ha ennoblecido la
palabra lenteja a fuerza de estamparla al pie de muy aceptables sonetos. Desde aquellos
tiempos no se había vuelto a acordar de mi.

- Le contestarás a ese poeta.

- Le contestaré dándome tono, adoptando un aire protector para vengarme del olvido en
que me ha tenido.
Media hora después:

-Tía, tres telegramas más.

- Leémelos, que estoy que no quepo de satisfacción.

- El uno dice: “Liberalismo bien represéntado”.

- ¿Bien representado, como si fuera una comedia? No entiendo.

-Quiere decir que felicita al liberalismo porque en mi persona va a estar bien representado
en el gobierno departamental. Y yo no voy a representar a nadie, yo voy a manejar la
hacienda pública y no más. Firma Liborio Comillas, persona a quien no conozco. Ha
podido ser más explicito, pero usó esa forma sintética por evitar que el telegrama le
saliera muy costoso. Cada palabrá vale dos centavos.

- Pues es muy caro.

- El otro dice: "Cooperación suya será base fecunda prosperidad Departamento." Viene de
Paramópolis y lo firma Aurello Cuevas, uno que cuando yo fui alcalde me recomendó para
que le activara la consecución de unas declaraciones que por picardia le tenían
demoradas. El tercero dice: “Rindo pleito homenaje talento reconocido”.

- No sé lo que quiere decir con lo del pleito, pero me supongo que se refiere a tu talento y
que el nombramiento que te han dado es un homenaje merecido, A ése dále las gracias
en una forma bien expresiva.

Mientras en esta lectura y en estos comentarios se ocupaban tia y sobrino, el cartero fué y
volvió con el bolsillo lleno de nuevos telegramas. Al entrar dijo a Juan:

- Me vas a tener que dar para unas cotizas porque éstas y señaló sus pies, hoy se me
acaban.

Juan le dirigió una mirada y notó que el muchacho estaba literalmente descalzo, pues los
dedos le asomaban amarillitos como de cera bajo la capellada rota. Le regaló unos
centavos y dándole una palmadita en el hombro le prometió: Te voy a mandar de
Guasimia un buen par de botines. Dirigiéndose luégo a su tía Froilana, exclamó:

-Oye lo que me dice otro desconocido: “Queda cristalizado antiguo anhelo mío ver sus
manos batuta”

La vieja, como si le hablaran en lengua motilona, se quedó sin parpadear.

-¿No entiendes? Es imposible que entiendas. El lenguaje telegráfico, bajo la presión de la


tarifa a que está sometido, suele convertirse en enredos y jeroglíficos ... Traducido esto a
lengua vulgar significa que para este bondadoso señor mi nombramiento convierte en
realidad un antiguo deseo suyo de verme a mí dirigiendo la orquesta departamental.

- ¿Cómo es eso, te va a tocar dirigir una orquesta?

- No tía, es el lenguaje figurado. La orquesta es el Gobierno.


- Pues aunque cueste tienes que contestarle muy fino. Es el telegrama que más me ha
gustado.

- Será complacida. Las cosas que no se entienden siempre gustan mucho. Oye este otro
que es el primero que viene de Rivaldeltejo: “Felicito feliz fusión Rufo”. ¡Qué galimatías¡
Fa, fe, fi, fo, fu, se le amontonaron las efes.

- Explícamelo también, que no esta suficientemente claro para mi inteligencia.

- Ni para la mía; pero supongo que quiere decir que me felicita, porque fundiendo mis
buenos propósitos con los buenos propósitos de Rufo... Pero no nos detengamos querer
aclarar el sentido de lo que un movimiento de generosidad y complacencia ha querido
dictar, y la tarifa del telégrafo ha retorcido y alambicado. Yo lo que traduzco de todas estas
palabras, es la expresión de la satisfacción general que la noticia de mi nombramiento va
despertando entre mis amigos y admiradores. ¡Gracias, Rufo, gracias, me has convertido
en un prohombre!

- Te queda un telegrama sin abrir.

- "Espero órdenes...”... ¿Es de algún seminarista?

- Ni que yo fuera obispo para dárselas. Es Rodolfo Sanabria, aquel que sacaba en
Rivadeltejo el semanario Rosicler, que cobró las suscripciones por anticipado y se quedó
con ellas. Ahora resulta en Puerto Córcholis y espera órdenes, Lo que espera es que yo le
dé un empleo.

- Pues se lo darás.

La llegada de Martín de Ayala interrumpló este diálogo jocoserio. Venía a tomar informes
y Juan puso en sus manos los telegramas recibidos. Los leyó con toda su atención y al
terminar exclamó en tono teatral:

- ¡Qué bellezas te dicen! ¿Son todos amigos tuyos? Se comprende que tu nombramiento
ha caído muy bien, pero...
-¿Pero qué?

- No hay aquí ninguna comunicación firmada por alguno de nuestros jefes. Entró otra vez
el chico de la telegrafía y entregó un paquete de nuevos despachos. Estaba feliz con la
promesa del par de botines que Juan le había hecho hacía poco y advirtió ladino::

- Mientras yo vengo a traer unos telegramas, Donaldo está recibiendo otros. Con éstos
van diez y siete en menos de dos horas.Esto no se había visto nunca en Fragosa.

Juan tomaba los despachos, los abría, los leía y los pasaba a manos de Martin,
contentándose con decir:

- De Rivadeltejo.... De Rivadeltejo... De Guasimia....De Paramópolis.... De Burgotriste ....


De Atolladeroviejo....

- Déjamelos llevar a la calle, propuso Martín cuando los tuvo todos en sus manos. Aquí
hay uno del doctor Isaías Incisivo que es muy importante. Es menester hacerlo conocer
para que sepan que el eco de aplausos que ha despertado tu nombramiento va de pueblo
en pueblo. Y para que al ver lo que Incisivo te dice no sigan afirmando que los jefes
permanecen mudos en señal de desagrado. Incisivo es un jefe.

- ¿Eso dicen? ¿Y desagrado por qué?

- Porque no has consultado con el comité ni con el directorio si debes aceptar o nó.

- Eso lo dirá Belarmino Moreno y no tiebe importancia; pero llévatelos y muéstraselos a


quien quieras. -Después de una ligera duda, agregó.-Antes de que te los lleves quiero
hacer a cada uno la respuesta. Tú puedes ayudarme en este trabajo.

Se sentaron ante una mesa, cortaron unas hojas de papel y se pusieron a la tarea. Martín
hacía de amanuense y con una hermosa letra en que los palotes quedaban como gruesas
barras negras, estampaba lo que Juan iba dictando.

No fue corta la labor y cuando terminaron salió Martín, y Juan se puso a contar las
palabras escritas y a calcular su valor. Cuando terminó su cuenta;
¡Virgen de la Cueva Santa! Exclamó horrorizado.-Tía Froilana, ¿sabes cuánto me cuestan
estas contestaciones?

Y ella, la vieja avara, repuso con el aire de una reina:

- El día de gastar se gasta. No llegan nombramientos de esta clase todos los días.
Nicolasa, córre a llevar estos partes a la telegrafía.

Llegó otra vez el cartero.

- Uno nada más -dijo al entrar.

YJuan leyó:

- “Su honorable persona tiene listo espléndido alojamiento en esta su casa, hotel Persa,
calle de la Cajita, número 20, para cuando se sirva venir a desempeñar alto puesto hánle
confiado merecidamente. Cándida Neme.” Terminó de leer y echó a reír con tanta gana
que la tía, contagiada, lo acompañó con carcajadas.

- Ya tengo mula, ya tengo peón de estribo, ya tengo alojamiento en Guasimia.

- ¿Y quién es esa Cándida Neme?

- Una señora. que tenía en Hondarriva un hotel llamado el Centenario, del cual fuí
huésped, cuando la casa de Bermúdez y Compañía me mandó a aquel puerto a
encargarme de sus negocios. Excelente mujer la señorita Cándida. Nos trataba a cuerpo
de rey.... ¡Qué cosas, tía Froilana! Todas las Personas que han desaparecido de mi vista
en el curso de muchos años están ahora sacando la cabeza y diciendo, aquí estoy. Un
nombramiento de Secretario de Hacienda tiene el poder de las palabras de Cristo, saca a
Lázaro de su tumba.

De Hondarriva a Guasimia hay tierras. Me alegro de que resulte la señorita Cándida


propietaria del Hotel Persa. Aníbal Tolosa estuvo allá hospedado cuando fué a la
Asamblea y dice que es muy decente alojamiento. Iré allá sin vacilar.
- Lo que no veo claro es por qué su hotel es persa.

- Dan a los hoteles los nombres más rimbombantes. A lo mejor llega uno a un
establecimiento que lleva el pomposo nombre de Roma, Londres o París y en manteles
de liencillo y platos de loza criolla sólo encuentra cuchuco de maíz o sancocho campero.
Te aseguro que la señorita Cándida no sabe de cuál de las cinco partes del mundo le
viene ese nombre de persa que lleva su negocio.

- Tendrás que darle las gracias.

- Y decirle que allá iré.

Llegó en esto el cartero con una nueva y copiosa remesa de telegramas, y se disponía
Juan a abrirlos cuando entró de regreso Martín, sofocado del ejercicio que había hecho,
yendo de un extremo a otro de Fragosa y ronco de tanto leer en voz alta, con entonación
declamatoria y solemne, a cada uno de sus amigos -y tenía amistad con todo el mundo,-
los diez y siete telegramas que había llevado para hacerlos conocer.

- Ha causado magnífica impresión, dijo dando a su rostro un aire de convencimiento


profundo, este telegrama del doctor Isaías Incisivo. Con otros dos de firma como ésta
podrás cantar victoria.

- Pues aquí tienes la felicitación de Cárdenas Cárdenal, aquí la de Nicomedes Trastienda,


aquí la de Puro Bufeche.

- Dámelas, que quiero que Belarmino vea esas felicitaciones. Lo que Belarmino lee es
como si lo leyera el comité en pleno.

- Estás siempre muy preocupado con tu comité.

- En cuestiones políticas es la autoridad que debemos acatar.

Salía con el nuevo manojo de papeles y se volvió de la puerta porque acababa de


concebir una idea luminosa: creo, dijo, que debes sacar copias de todos estos
telegramas y mandarlas con un propio a Rivadeltejo, al director de Ondulaciones, para
darles publicidad.

Juan de Ayala, con una sonrisa, hizo un gesto negativo.

- Sí dijera que no agradezco estas manifestaciones diría una falsedad, Las agradezco. Me
complacen. Muchas de ellas son de amigos míos que me estiman, que me quieren y que
al saber el honor que me han hecho se han complacido sinceramente y han querido
manifestármelo. Pero el doctor Incisivo no me conoce; Puro Buche no me conoce....

- Puro Buche, corrigió Martín.

- Puro Buche, afirmó Juan sarcástico. Y no me conoce ni de oídas porque yo no he


figurado en la vida pública y mi nombre nada significaba políticamente hablando hasta el
momento en que Rufo Rosales, por su espontánea voluntad y deseoso de tener un
colaborador sin compromisos, lo sacó de la nada estampándolo en el decreto que ha
provocado todos estos telegramas. De modo que si me felicitan .... Y no son felicitaciones
las que me envían, son lazos que echan para atraparme. Conque, si he permitido que
salgas a mostrar esos telegramas es porque, dicho acá entre nos, ni quito ni pongo con
dejar que los muestres; estamos en Fragosa y es bueno que la gente lea textualmente lo
que por un rumor ya conoce.

- Interrumpió a Juan la entrada de Horacio Mesa. En vez de saludo, dijo al llegar:

- Vengo a que me muestres el telegrama que acaba de ponerte el doctor Purificación


Bufeche.

Juan se dirigió radiante a su pariente:

- ¿Ves, Martín? En tu presencia, hace un minuto, acabo de quitarle a ese telegrama la


oblea que lo sellaba, y ya saben en la calle su llegada. Córre, léelo en las esquinas. Ház
que saquen el redoblante y recorran las calles ejecutando un redoble que suene en tres
leguas a la redonda; convoca a todo Fragosa y que no se quede bicho viviente sin saber
que el prócer José Purificación Bufeche, alias Puro Buche, se ha dignado felicitarme y
advertirme que las aspiraciones del liberalismo confían en mí.... Estamos en Fragosa, no
habrá quien me reproche esa publicidad. Pero no me digas que mande a Ondulaciones
todos esos saludos, felicitaciones y majaderías, que de vergüenza se me cae la cara
cuando veo en los periódicos el afán con que los personajes nacionales y otros que no lo
son, se precipitan a hacer imprimir en los diarios cuantas boberías les dicen en cartas y
telegramas por motivos baladíes. Y no sólo las tonterías que les trasmiten, sino también
las que ellos responden, megalómanos y ridículos como son.

- Cálmate, no te lo he propuesto por mal, repuso Martín un poco amoscado. En la tierra a


que fueres ház lo que vieres.. Publicar telegramas es cosa corriente. Cuando no se
publican, porque no haya periódico que los admita y los inserte, se muestran a los
amigos. Un cargo de importancia semejante a la del que te ha dado Rufo Rosales le
dieron cierta vez al doctor Angel Gabriel Urrutia Colmenares Clavijo...

- Ese hombre arrastra apellidos como arrastra carros una locomotora apuntó irónico
Horacio Mesa.

- No podía dejarse ninguno de sus apellidos en casa porque cada uno le recordaba a un
antepasado del que creía recibir lustre y fama, explicó Juan.

- Y yo vi al doctor Angel Gabriel Urrutia Colmenares Clavijo con un legajador bajo el


brazo, archivo manual en que llevaba los telegramas de felicitación recibidos, y te cogía a
ti, si eras su amigo, te hacía entrar a un café, a una tienda, un zaguán y te obligaba a que
los leyera uno por uno, sin modo de esquivarlo, pues él mantenía el misal ante tus ojos y
te iba pasando las hojas cuando era tiempo,como hacen los diáconos con el oficiante. No
se le escapaba nadie, y eso que eran felicitaciones de personas anónimas que firmaban
con seudónimos telegráficos. No figuraba ahí ningún Isaías Incisivo, ningún Nicomedes
Trastienda.

Salieron Martín y Horacio y entró de nuevo el cartero. Juan de Ayala leyó los nuevos
telegramas que le trajo, los puso bajo un pisapapeles y dirigiéndose a su tia Froilana dijo
con un aire dolido y jocoso que la hizo reir:

- Ve si tienes por ahí olvidada otra alcancía que me puedas prestar con su contenido,
pues la que me entregaste ayer la tengo que vaciar en la telegrafía cuando acabe de
contestar balumba de felicitaciones.
VI
En los preparativos del viaje ocupó Juan los días siguientes. Uno de ellos, yendo por la
calle de las Torrejas en busca de Pedrito Suárez, que había quedado en darle prestadas
unas polainas, tropezó de manos a boca con el comité liberal del municipio en pleno. Es
decir, que venían por aquella calle en sentido opuesto al que Juan llevaba, los jefes
locales. No los había visto en toda la semana. Se detuvo a saludarlos y les preguntó
después del saludo, para romper un silencio que se iniciaba enojoso:

- ¿Qué hay de nuevo?

- Nada.

- Nada.

- Nada.

Cada uno dijo, nada. Y casi a un tiempo los tres le preguntaron:

- Tú, ¿Qué tienes de nuevo? ¿Qué sabes? ¿Qué se dice?

- Nada. No sé nada. No se dice nada.

Y siguieron su camino.
VII
Sucedió también que una tarde se presentó a buscar a Juan un personaje bastante
curioso. Juan al verlo creyó que soñaba o que lo que tenía por delante era un fantasma.
Tan bajito como menudo de cuerpo, su color llevaba la quemadura del sol hasta parecer
negro; la barba a libre crecimiento, apenas si le dejaba descubiertos los ojos y la nariz,
unos ojos inquietos que no se sabía hacia dónde miraban y una nariz de macho cabrío
escasamente delineada en el plano de las mejillas, sin aletas, con los agujeros abiertos de
frente. Este hombre dió la mano a Juan , una mano callosa, húmeda, embrutecida en las
labores del campo, mientras lo miraba al soslayo, callado, meneando nervioso una pierna,
al cabo de la cual, en el pie deforme, temblaba una alpargata en cuya capellada blanca no
habían cabido todos los dedos, quedando los más pequeños afuera.

- ¿Quién eres, dónde te he visto hace muchos años, de qué caverna sales?. Se
preguntaba Juan mentalmente, con la repugnancia de sentir su mano asida por aquella
garra cariñosa.

Pero al hombre, como a los borrachos que se les entorpece la lengua, no se le ocurría
ninguna palabra. Juan esperaba. El hombre miró en torno, vió abierta la puerta de la
alcoba y tiró hacía allá con movimiento repentino. Juan se dejó llevar. El hombre sonreía y
bajo las hebras del bigote su sonrisa era una hendedura rojiza; parecía que se estaba
comiendo una posta de carne cruda. Ya en la alcoba volvió a mirar en torno y vió en un
rincón a la tia Froilana arrodillada ante unos santos en el murmurante fervor de sus rezos.
Movió la cabeza como para decir: Esa señora nos puede oir. Y tiró hacia fuera
bruscamente. Juan se dejó llevar.

El movimiento de cabeza que el hombre hizo le trajo a Juan un olor a ramas del monte,
lejano, muy lejano, y ese olor le despertó recuerdos, puso en sus labios un nombre propio:

- ¿Qué vas a decirme, Vespasiano?

YJuan creyó estar de nuevo en su lejana niñez, creyó que iba por un camino con su tío
Sebastián, en los días que siguieron a las matanzas de la guerra civil, cuando de pronto
salió de un matorral aquel mismo sujeto y habló de un combate en que la sangre corrió
como un río desbordado.

- ¿Qué vas a decirme, Vespaslano?

Pero no le contestó. Salió al corredor, vió abierta la puerta obscura de la cocina y se


dirigió allá, llevando siempre a Juan de la mano, Al entrar a aquel antro hediondo a
cebollas y a humo, el personaje retrocedió: había visto a Nicolasa sentada en el suelo
ocupada en la inocente labor de pelar unas yucas que albeaban entre sus manos,

- Esa mujer es un poco sorda, advirtió Juan.

El hombre no atendió. Vió al frente un corredor solitario y remolcó a Juan hacia allá. En el
corredor se sintió seguro y con voz opaca y tartamuda, dijo:

- Yo estuve en el sitio de Guasimia. Los jefes me conocen.

- Has tenido fama de valiente, Vespasiano .


- Yo estuve en Peralonso y los jefes me conocen.

- SI, sí, lo sé.

- Yo estuve en Palonegro. Los jefes me conocen.

Juan había logrado libertar su mano de la prisión húmeda y desagradable en que el


antiguo guerrero se la tenía cogida, y para evitar que en una nueva efusión de cariño se la
tomase de nuevo, se la posó en el hombro. El individuo se acercó más y soltó su terrible
secreto en el propio oído de Juan, metiéndole en la cara las barbas ásperas, hediondas a
tabaco y aguardiente.

- Te vas para Guasimia, ¿no es cierto? Yo estuve en el sitio de Guasimia. Apenas llegues
me le das un abrazo al General Vargas Santos y otro al General Foción Soto. Y que aquí
estoy todavía por si me necesitan. Vespasíano Hato. Los jefes me conocen.

Juan quiso decirle que los huesos de esos dos campeones reposan hace muchos años en
sus respectivos sepulcros, pero no se atrevió a hablar porque le pasó por la mente un
pensamiento tétrico.

Creyó que era para el otro mundo para donde tenía que partir en breve, y muy serío,
preguntó a Vespasíano:

- Y si me veo, con Uribe Uribe y con Benjamín Herrera?...

- A Vargas Santos y Foción Soto nada más. Ellos me conocen.

Y con esto Vespasiano dió un paso atrás mirando a un tiempo a la izquierda con el ojo
izquierdo y a la derecha con el ojo derecho, hizo una mueca como para sonreír, se cubrió
la calva con el sombrero de jipijapa y se fué sin decir hasta luego.

- Es una sombra de un pasado que no debe volver, pensó Juan.


VIII
Caballero en la mula Pandereta, de Nemesio Pontón, que más afortunado que su tocayo
Nemesto Cuna y más que Sebastián Aguilillas logró derrotarles, al uno su famosa mula
Paloma y al otro su noble macho Candado, a pesar de la labia que gastaron en
ponderarlos, bajo su ruanita de hilo que revoleteaba con la brisa, las piernas defendidas
por unos muy trajinados zamarros de Tulio Rivera, ya que las polainas que
bondadosamente quiso facilitarle Pedrito Suárez no le vinieron por pequeñas, después de
darle apretado abrazo a su tía Froilana, salió al fin Juan de Ayala de Fragosa, en la
mañana del octavo día siguiente a aquél en que de modo inesperado surgió a la vida
política, al golpe mágico de un sencillo decreto de su amigo el gobernador Rufo Rosales.

No menos de ocho veces había salido Juan de su pueblo para largos y demorados viajes
y todas esas salidas fueron tristes, opacas, hechas en madrugaditas silenciosas, sin que
nadie, a excepción de su fiel tía Froilana, hubiera salido a desearle feliz viaje y pronto
regreso. En esta ocasión Juan llevaba en el bolsillo un papel azulenco en que, además
del escudo de la República estaban estampados unos signos mágicos que decían: Ha
sido Ud. nombrado. Y merced a ese papel, Juan el discreto Juan, salía ahora de su
melancólico retiro fragosense como un obispo, entre numeroso acompañamiento.

Medio centenar de jinetes le hicieron compañía en buena parte del camino y en la otra
parte, hasta llegar al vecino lugar de Filoalto, viniéronle a llevar, dándole escolta, otro
medio centenar de entusiastas copartidarios; así, aquella mitad de la jornada fué como un
delicioso paseo por entre cafetales en flor, a lo largo de una fresca hondonada.

Juan sentía el placer de vivir con una intensidad nunca gozada antes. Todo le halagaba
los sentidos y ¿A qué dejarlo sin estampar en este relato? su vanidad estaba muy
complacida al ver a tanta gente puesta en movimiento por rendirle honores. Al cruzar por
la vecindad de fresco arroyuelo que saltaba de una roca entre juncos y helechos, dijo:

- ¡Qué agua tan cristalina! Y había tanto deseo de complacerlo y halagarlo que, como por
ensalmo, del fresco arroyuelo vino a sus labios el agua cristalina en un vaso que no supo
qué golpe de varita mágica lo hizo salir de la silvestre soledad. En otro lugar admiró la
lujuriosa hermosura de la vegetación; - Está lindo este cafetal, exclamó. Y como el ruido
de la quebrada no dejaba oír bien, creyeron que había dicho: ¡Quién tomara café! y
haberlo creído y apresurarse a complacerlo, todo fué uno. También, como por encanto, le
trajeron una taza del néctar Criollo, con la circunstancia de que su temperatura era de
aquéllas que a tía Froilana la hacían decir rechazándolo: Este café está que es un
granizo. No obstante, Juan lo apuró en tres sorbos por no desairar a los amigos
obsequiosos. Copitas de un ron que era fuego líquido, si hubiera ingerido todas las que
pusieron en su mano, de redondo habría caído con ellas. Juan no se dió clara cuenta de
la cantidad de licor que sus buenos amigos apuraron, pues sucedía que como cada grupo
que iba a brindar se le acercaba para ofrecerle la copa, y estos grupos se turnaban, a
Juan le parecía que la bebezón era sin freno.

Pelayo Pérez, hombre de más de cincuenta años, siempre escaso de palabras, que al
principio iba callado, a la media hora de andar se habla echado al coleto más de cuatro
buchadas de una y otra botella que le pasaba cerca, soltó de improviso la lengua:

- ¡Viva nuestro Secretarío de Hacienda!, gritó.


Y todo el resto del camino este viva, lanzado con toda la fuerza de sus pulmones, fué
como un látigo que azotara al pobre Juan, que por no oírlo hubiera celebrado que el tal
Pelayo se hubiera ido de cabeza por un barranco. Lo que más le chocaba era el posesivo
nuestro que anteponía. En un recado estrecho en que las dos cabalgaduras quisieron
pasar a un tiempo, Juan puso la mano sobre la pierna de Pelayo y le rogó:

- No me mortifiques más con esos vivas. Yo te ruego.

- Es que te los mereces.

- Y yo te los agradezco, pero mucho más si los callas.

Pelayo entonces se alzó cuanto pudo, y no es posible decir que se empinó sobre los
estribos porque tenía los zancajos muy largos y acomodados sobre la montura en tres
dobleces, como las patas de un saltamontes, y gritó:

- ¡Viva nuestro modesto Secretario de Hacienda!

Y cada minutoo, incansable, aburridor, repetía su grito con la imperturbable necedad de


un disco de grafófono.

Al entrar en Filoalto la cabalgata llenó la calle y todas las mujeres abandonaron sus oficios
domésticos para asomarse a la puerta de sus casas. Los que iban adelante guiaron hacia
la puerta del estanco y allí hicieron alto. Las botellas ya exhaustas renovaron su provisión
y otras nuevas fueron prevenidas en las alforjas de los jinetes. Un paisano de barba
entrecana y rojizas mejillas, dirigió a Juan un corto y tortuoso discurso para darle en
nombre del vecindario, sus felicitaciones y a la vez para hacerle presente que a la señorita
directora de la escuela rural alternada le estaban debiendo los sueldos de los dos meses
anteriores. Otro, igualmente rubicundo, dijo sus palabras también y recalcó en el hecho de
que habiendo Filoalto puesto 500 votos en las elecciones de Febrero, Filoalto esperaba la
consideración oficial, hasta entonces nunca conocida. Otro paisano... Este vino a pié ,
arrastrando los zamarros y haciendo sonar las espuelas y después de dirigirle a Juan una
sonrisa cariñosa, cogió los belfos a Pandereta y se puso a repararle los dientes.

- Está nuevita la mula, dijo, ¿Va contento con ella?

- Voy perfectamente.

- Porque si quiere le conseguimos el caballo de Indalecio. ¡Indalecio, Indalecio, dále a don


Juan tu caballo!

Y Juan tuvo que librar una batalla para que lo dejaran quieto en la mula que llevaba, con
la cual ya sabía a qué atenerse .... Tuvo que librar otra batalla para persuadir a aquellos
buenos amigos de que no era conveniente apearse todos, como algunos lo proponían,
para esperar, un almuerzo que iban a mandar hacer Será cuestión de media hora, le
decían, y aún estaban sueltas en aquel momento, cantando confianzudas y picoteando
entre las yerbas y basuras del corral, las gallinas que habían de servir para prepararlo.

- ¿Almorzar aquí? ¡Imposible! Es más de medio día y necesito llegar temprano a


Rivadeltejo. Tengo diligencias urgentes que hacer allá esta tarde, a fin de madrugar
mañana a seguir mi camino.
. Y como comprendieron que esta negativa era inquebrantable, algunos que nada tenían
preparado ni les había pasado por la mente mandarlo preparar, asediaron a Juan
queriendo obligarlo a que no pasara sin almorzar. Eran necedades de hombres
embriagados. Fué tanta su insistencia que por salir del paso hubo un momento en que
Juan flaqueó:

- Si está servido ¡Vamos a almorzar!

Pero se miraron unos a otros, cogidos en la trampa y palidecieron. El más audaz replicó:

- No está servido pero....

- ¿Está preparado?

.... pero será cuestión de un momento hacerlo preparar.

Juan requirió con las espuelas a la retinta Pandereta y a su cola todo el séquito se puso
en movimiento. Un viejo setentón, trajeado a lo campesino, que estaba en una esquina, al
ver que la cabalgata tomaba el camino, dió un viva al partido liberal, sopló sobre un tizón
que agitaba en la diestra y puso fuego a algo que estaba oculto en el suelo, no tardando
en sonar el furibundo estampido de una recámara. Juan sintió que la mano trágica del
escalofrío le recorría la piel y al pasar entre la nube de humo y polvo que la explosión
había levantado, oyó la voz del diablillo interior que le dijo impertérrito:

“Esto va bien, señor don Juan de Ayala; ya puedes hacerte cargo de que lo que has oído
es una salva de artillería que te hace los honores del triunfo".

El camino era un desfiladero entre faldas lavadas que no guardaban entre sus grietas
rocosas un solo grano de tierra laborable y donde, por lo tanto, no había vegetación. Un
hilo de agua de limpidez cristalina corría entre. aquel pedregal y Juan cada vez que la
veía caer en un pozo haciendo gorgoritos hubiera querido bajarse a beberla en el cuenco
de la mano, para aplacar el ardor que el ron le había encendido en las entrañas. Pero
como los que le hacían voluntaria y honrosa compañía venían alcanzándole, deseoso de
huir de la botella de ron que con ellos se acercaba, y deseoso también de dar término
cuanto antes a aquella primera jornada de su largo viaje, en vez de detenerse a calmar su
sed, picaba su cabalgadura.

El sol declinaba,

De pronto, al terminar una llanadita en que se alzaba solitario un palo de rampacho


alegrando con el verdor de sus hojas carnosas el paisaje melancólico, Noé Pérez, que le
venía haciendo escolta más de cerca, refrenó su cabalgadura, dió la mano a Juan y se
despidió diciéndole.

- Ve a ver qué haces conmigo. Nómbrame de algo. Mi horizonte está todo gris.

Fué la señal de regreso de los acompañantes.

Uno tras otro se fueron acercando los demás amigos para despedirse y de entre el grupo,
Juan oyó otras solicitudes que prometió tener muy presentes:

- Para mí nada te pido ... Ya estoy inútil, le dijo Martín de Ayala, pero ahí tengo a Régulo
que tiene veinte años y desea encarrilarse. Tú verás qué haces con este hijo mío.

- Ahora que vas a tener poder, le dijo otro, la oración que te digo es ésta: ¡Sálvame, Juan!

- Juan, le suplicó otro, si lo quieres, tus influencias pueden proporcionarme lo que deseo,
ser alcalde de Fragosa.

- Ve a ver, Juan, le dijo Tito Sánchez, si le consigues la alcaldía de Fragosa a mi tío


Bonifacio.

- Mis aspiraciones son muy modestas, le insinuó otro, cualquier empleíto que me consigas
me vendrá de perlas.

El último le asió la mano y le dijo vehemente:

- Fragosa me tiene frito. Estoy dispuesto a largarme de aquí aunque sea de agente de
policía. Con que ya lo sabes. ¡Espero en ti!

Es preciso advertir que los restantes, más de treinta, no le pidieron nada! se limitaron a
desearle felicidades. Juan reanudó su camino, pero no tuvo, que hacerlo solo por mucho
rato. Nuevos amigos habían venido de la ciudad ya cercana y entre ellos, que estaban a
pie, anduvo un corto espacio y pronto vió ante si un grupo de automóviles en un trozo de
carretera. Contó Juan los carros del primer vistazo y se complació del número, pues no lo
esperaba. La voz misteriosa del personaje interior le dijo en este momento: “Esto va bien,
señor don Juan de Ayala; en once carros, que deben ser todos los carros que hay en
servicio en Rivadeltejo, han venido a esperarte más de sesenta personas, tanto de las
aristocráticas como de las de humilde posición. Míralas cómo se mueven saliendo a tu
encuentro. Echa pie a tierra. Abre los brazos. Suelta la rienda a tu más vivida efusión" .

Juan lo hizo así. De unos brazos pasaba a otros brazos y entre el corro de saludos y
felicitaciones, su voz se ahogaba bajo el puño constrictor de la emoción. Veía rostros en
que al descubrir rasgos olvidados, deformados por los años, reconocía amigos de antaño.
Veía caras mozas, lucias, sonrosadas en que creía encontrar renovados a los
compañeros de su juventud. Veía gente absolutamente desconocida. Y todos lo
devoraban con los ojos, como si no creyeran a su propia percepción que aquél era el
fragosense afortunado que iba, como decían, “palo arriba".

Yendo de un grupo a otro escanció en menos del tiempo para decir amén, tres copas de
brandy. Y como si fueran coros, tres o cuatro personas le hablaban a un tiempo y le
decían: 1

- Tú no conocías esta carretera. ¡Es la carretera de los pueblos!

Oyendo esto Juan pensaba que todas las carreteras del mundo son de los pueblos que
comunican entre sí y era raro que ésta llevara ese nombre como si quisieran distinguirla
de otra que pudiera ser la carretera de los desiertos. Los coros continuaban:

- En esta carretera están puestas nuestras esperanzas, pues por ella habrán de venir
hacia nosotros las riquezas de toda la comarca. Pero como es cosa nuestra, que, nos ha
de beneficiar directamente, y a nosotros no se nos quiere, el gobierno le ha retirado toda
clase de recursos y la construcción está suspendida. ¡Para nosotros el gobierno nunca
tiene dinero! ¡Somos la oveja negra del rebaño!
- Hemos pedido a grito en cuello que manden reanudar los trabajos, y ha sido inútil. En
vez de atender a nuestras súplicas mandaron a depositar las herramientas bajo
inventario.

- No ha quedado un solo peón. Las lluvias han empezado a obstruir los desagües.
Hicimos un mitín para protestar contra este abandono y no se nos ha hecho caso; no hay
quien quiera oírnos.

Un señor más audaz, de rostro rasurado y cejas canas, se encaró a Juan y le dijo:

- A ti te toca salvar esta obra. A ti te toca enfrentarte a la malquerencia que Guasimia nos
profesa y hacer que vengan a ser invertidos aquí los dineros que allá malgastan.

- Va para un año que están suspendidos los trabajos de construcción de esta carretera.

- ¡Y es una lástima! Exclamó otro. Sin esa mala voluntad del gobierno contra nosotros, a
estas horas la carretera estaría en las puertas de Fragosa,

- Mi pobre Fragosa sabe que no es allá hacia donde esta carretera ha sido trazada.

Juan miró alrededor. El paisaje era de suprema melancolía. Tierras altas, ascampadas, de
ruin vegetación, formaban una especie de meseta que se destacaba en circulo sobre el
azul de los valles lejanos. Unas casas de modesta arquitectura alzaban sus tejados rojos
y ostentaban su encalado nuevo, La carretera, una cinta de polvo amarillento, era .la calle
única de aquel caserío; se hundía tras de una loma y reaparecía más lejos, haciendo un
corte vertical en la arcilla rojiza. La luz del sol que iba a ponerse daba toques anaranjados
a todas las cosas y las partes que quedaban en la sombra, tiñéndose de violeta,
anunciaban la proximidad de la noche.

- ¿Cuántos kilómetros hay construidos?

- Doce kilómetros y setecientos setenta y siete metros, respondieron cuatro voces a un


tiempo. Y todas cuatro añadieron en coro:

- Es la carretera más barata de todas las carreteras que se han construido en la


república.

Y otras tres o cuatro voces agregaron:

- Y sin embargo, apenas se habló de crisis fiscal fué la carretera en donde primero fueron
suspendidos los trabajos de construcción.

- Porque a nosotros no se nos quiere.

- Porque a nosotros se nos tiene injustamente olvidados.

- Porque somos la oveja negra del rebaño.

Iban a meterse en los carros para dirigirse a la ciudad y Juan quiso antes asegurar a
Pandereta, enviarla con un muchacho y ver que no fueran a perdérsele los objetos que
traía sobre la montura. Pero por más que la buscaba con la mirada, la mula no aparecia
por ninguna parte.

- No te preocupes. Mula, mozo y carga fueron enviados adelante.

- Pero traigo suelta una manta, una ropa....

- No te preocupes. Todo fué cuidadosamente recogido.

Juan lanzó un suspiro y recordó que en sus viajes anteriores nadie se cuidaba de sus
asuntos y una vez tuvo que corretear por sus propios pies tras de un machito resabiado
que se le huía .... Ahora tres carros tenían la puertecilla abierta, esperándole. Entró en el
que estaba más próximo y se acomodaron con él más personas de las que el carro podía
contener; pero como esa aglomeración era una demostración de cariño, la aceptó
agradecido. Después del trote de la cabalgadura, que lo traía desarticulado, el suave
rodar del automóvil le pareció delicioso, aunque iba con una pierna metida bajo las
posaderas del compañero de la derecha y el hígado dándosele de porrazos con las
rodillas del que se le sentó por delante. El motor a cada explosión de la esencia tronaba
desapacible, pero acallando sus bramidos, los que iban con él hacían un nuevo coro para
decirle:

- Es una belleza la carretera, ¿no es cierto? Y sin embargo, el gobierno se niega a


mandar dinero para continuarla. Las curvas son anchas y el piso un poquito gredoso
suaviza la marcha. ¿No te parece una delicia?

Había un riachuelo sin puente para pasarlo y al meterse el carro a cruzarlo, las ruedas se
hundieron entre el fango y el carro se quedó clavado.

- ¡Ahí tienes ¡ Exclamaron todos. Y no ha sido posible conseguir que gobierno mande
hacer. este puente. Si fuera en otra parte, a la primera solicitud habrían mandado la plata.
Pero para nosotros no hay nada. ¡A nosotros no se nos quiere!

Se bajaron del carro, pasaron el riachuelo a pie enjuto pisando en el arenal estriado por
las huellas de otros carros y esperaron del otro lado a ver si el chofer, poniendo en
ejercicio sus habilidades, lograba salir del atolladero. El aparato bufaba, hacia descargas
retumbantes que rivalizaran en fragor con las de un grupo de artillería, arrojaba nubes de
humo y más se hundía. Por fortuna para los que esperaban se presentó otro carro que
venía retrasado y en él, a pesar de que venía atiborrado, se subieron todos, ocupando
hasta los guardabarros y la repisa trasera destinada al equipaje. No faltó quién
pretendiera subirse sobre la capota, pero no la encontró resistente.

El hombre cansado retorna sin darse cuenta de ello a su primitiva animalidad. Juan de
Ayala, batuqueado durante largas horas por la cabalgadura, estropeado por los traguitos
de ron, molido por la aglomeración de personas que se le pusieron encima en el
automóvil, esperaba llegar a la puerta del hotel como a la misma puerta del cielo para
disponer de su propia persona y darle muchas satisfacciones que de urgencia necesitaba.
Pero en la puerta del hotel estaba Tomás, su antiguo amigo Tomás Torrelas, vestido de
negro, blanco y pálido, con la cara iluminada por una sonrisa, abiertos los brazos, la
expresión acogedora.

- Te tengo preparado alojamiento y era mi intención ir a esperarte al camino para llevarte


directamente a mi casa. Pero cuando salí a contratar un carro ya todos estaban
comprometidos. ¿Qué hice entonces? Me planté aquí desde las tres de la tarde dispuesto
a no dejarte pasar. ¡Imposible! ¿Tú en el hotel teniendo yo casa en Rivadeltejo?

- En otra ocasión iré a tu casa.

- Es ahora mismo.

- Tengo aquí mi equipaje...

- Tú equipaje lo hice descargar en mi casa.

- Toda esta gente viene conmigo.

- Contigo pasará hasta mi casa, que está aquí a dos pasos.

- ¡Que me quedo aquí!

- ¡Que no admito réplicas.

- ¡Déjame!

- No te dejo.

El duendecillo interior con mucha oportunidad le aconsejó a Juan: "Resígnate, estas son
cosas adherentes a tu encumbramiento". Juan le replicó a su personaje: ¿Y de cuándo
acá estas demostraciones, si yo no soy ni he sido nunca amigo íntimo de Torrejas? Y el
experto duendecillo: "Resígnate, házle ese favor" ... De mal grado se dejó llevar; el brazo
de Torrejas rodeaba su espalda como si temiera una fuga, pero Juan no iba a intentarla
siquiera; ya no se pertenecía.

Anduvieron media cuadra, entraron en una casa llena de luces, llena de flores, acogedora,
y pasaron directamente al cuarto que para el huésped tenían preparado. Allí vió Juan sus
baúles ya sin el encerado en que los había mandado envolver para en caso de lluvia,
colocados en un rincón y sentado sobre ellos, entregado al placer de fumar cigarrillo,
estaba Marcos, el peón de camino. Juan no se atrevió a tirarse en la cama como era su
deseo y antes de ocupar una silla se dirigió a su espolique y regañó con él a media voz:

- Yo lo mandé a usted al hotel, ¿Por qué a venido con mis cosas a una casa particular?

- Por la misma razón que ha venido usted también, porque don Tomás me obligó.

Al oír esta explicación, Juan sintió que como por encanto se le disipaba su disgusto y
empezó a creer en la realidad de su encubramiento: Marcos acababa de tratarlo de usted,

La casa se había llenado de gente. El populacho aglomerado en el zaguán pugnaba por


invadir los corredores y lo hubiera hecho si un agente de policía, esgrimiendo su
cachiporra y amenazando dar con ella, no lo contuviera. A través del grupo entraban
señores abriéndose camino con mucha dificultad, a codazos. Afortunadamente la
habitación era de una amplitud extraordinaria y a medida que llegaban visitas, traían sillas
del interior de la casa y todo el mundo iba quedando acomodado.

La conversación la sostenía con Juan un solo personaje. Pequeño de estatura, gordo,


rozagante, vestido con mucha elegancia, este hombre hacía contraste con los demás de
la concurrencia por el aire de satisfacción propia que emanaba por todos los poros. Le
oían con mucha atención y aprobaban sus palabras con movimientos de cabeza. El
personaje decía:

- Usted sabrá, señor de Ayala, la difícil situación que de tiempo atrás reina en Rivadeltejo.
Aquí todo está podrido. Las personas a cuyo cuidado han puesto la guarda de la
seguridad social debieran estar en los presidios purgando sus delitos y no con el arma al
brazo, desafiándonos. Nuestras personas y nuestras vidas están a merced del último de
los corchetes. Yo he librado recias campañas con la pluma desde las columnas editoriales
de Ondulaciones y en vez de ser oído se me ha querido hacer víctima de atentados de
que milagrosamente he salido vivo. Naturalmente, no se me perdona la parte
principalísima que tomé en la preparación de la campaña electoral de Febrero y en el
triunfo obtenido en ella. Y después de una pausa llena de solemnidad en que pareció dar
tiempo a que se comprendiera que sin sus actividades no estaría en la silla el Presidente
en ejercicio, continuó: Usted tiene por delante mucha labor qué llevar a cabo, labor de
desinfección y de reorganización. la caja oficial es la financiadora de todas las
bellaquerías imaginables. Usted encuentra aquí empleados que devengan treinta o
cuarenta pesos mensuales y que permiten a sus mujeres el lujo de gastar vestidos de
seda y joyas de platino. En determinadas casas expenden brandy tres estrellas
contrasellado a mitad de precio oficial. En la fábrica departamental de licores jamás le
compran panela al que tiene trapiche, tal vez porque la daría más barata ... Y le compran
en cambio, a personas que no tienen cañas que moler. .. ¡Y para qué seguir! Así, pues
todas nuestras miradas están puestas en lo que Rufo Rosales y usted determinen hacer
para poner fin a este desbarajuste inmoral, a este reinado de la iniquidad.

Oyendo esta pintura trágica del estado de cosas reinante, Juan sintió un malestar
profundo y deseo imperioso de huír lejos. ¡Tan tranquilo que a tales horas estuviera
echando una partidita de tute en la carpintería de Rodolfo Fraile. Realmente, lo que aquél
individuo acababa de describirle era para poner en la piel el escalofrío del espanto, y lo
raro era que estando él a ocho leguas de distancia, en su pueblo de Fragosa, no estuviera
informado con anticipación de tantos y tan negros horrores. Cuando el señor gordo y
rozagante terminó su discurso, Juan se inclinó al oído de Pepe Aldana, que estaba a su
lado y le preguntó en secreto:

- ¿Quién es este señor que lleva la palabra?

- El doctor Oliverio Pinto.

- Lo hacia de más de edad. Y dirigiéndose a él con acento reposado, empezó a mentir:


Todas estas cosas a que usted acaba de referirse me tienen de tiempo atrás preocupado,
doctor Pinto... Lo cual era falso, pues ignorándolas, mal podía pensar en ellas. Y créame
usted que cuando el nuevo Gobernador se dirigió a mí en solicitud de mi colaboración al
frente del despacho de Hacienda. “Date ínfulas condenado” le sopló el subconsciente, si
resolví aceptar fué por ver de enderezar un poco todo lo que está torcido... A eso voy a
Guasimia, precisamente.

- ¡Admirable! ¡Admirable! Ya lo habíamos supuesto así.

- Y creo, agregó Juan dándole a su voz un tono de absoluto convencimiento, que podré
llevar adelante mi obra porque, por fortuna, vengo libre de toda clase de compromisos. El
demonio oculto que nunca se descuida le apuntó sin tardanza: Esto es cierto, no tienes
compromisos, pero lo has dicho como el más vagabundo de los políticos de oficio; no
caigas nunca más en ese gastado tópico de la falta de compromisos que podrían no
creerte.

Entonces el doctor Pinto se pasó con todo y silla a un sitio más cercano a Juan,
envolviéndolo en una oleada de Geranio Silvestre, un perfume voluptuoso, propio de las
damas, indiano de su tórax de atleta romano.

Y le advierto, le dijo bajando la voz, que la circunstancia de estar alojado usted en una
casa enemiga, me impide hablar con más claridad. Juan, cuando oyó aquellas palabras
de casa enemiga, sintió que el suelo se le hundía y recordó clarito, como si fuera cosa de
ayer, que en la guerra pasada el Gocho Torrejas, a quien llamaban Gocho porque tenía
una oreja rudimentaria, en forma de vegetación de pólipos, fue azote de Fragosa, so capa
de perseguidor de los guerrilleros liberales. El Gocho murió de mala muerte, en la guerra.
Su hijo Tomás era entonces un niño, no había matado jamás ni una mosca, era inocente
de las culpas de su progenitor, pero.... ¿Por qué había venido a hospedarse en su casa,
que fuera como fuera era una casa enemiga? El doctor Pinto no se lo estaba diciendo a
humo de pajas, así que después de apreciar el efecto de sus palabras, agregó:

- Estos señores conservadores no nos dejan respirar. Lo tienen acaparado todo. ¡Barra
usted para afuera con ellos sin misericordia!

Para demostrar que el hecho de estar hospedado en una casa que se consideraba
enemiga no influiría para nada en sus determinaciones, Juan prometió:

- Cortaré por lo sano. Voy dispuesto a todo.

El doctor Pinto se levantó, se despidió; lo imitó enseguida Orestes Vieco, su adlátere y


sostenedor decidido, pero éste aprovechó el apretón de manos para entregar a Juan un
sobre abierto, diciéndole.:

- Lea esto en cuanto tenga tiempo y téngalo muy en cuenta. Realizando lo que aquí se le
pide dejará usted satisfechas las aspiraciones de Rivadeltejo.

Ido el rozagante y perfumado doctor Pinto, que parecía ejercer con su pomposidad y
prestancia una superioridad aplastante sobre aquel grupo de ciudadanos, éstos se
movieron, sacaron cigarrillos y conversaron cortas palabras entre si. En seguida un señor
ya vejancón, de ropa humilde, que se había estado secreteando con quienes estaban a su
lado, tomó la palabra:

- Lo que el doctor Pinto te ha dicho se relaciona únicamente con la política. La política


tiene obsesionado al doctor y es lo único que le interesa porque de la política lo espera
todo ... Pero hay otras cosas que también marchan mal y que el doctor no las ha
mencionado. El Departamento es muy extenso. Rivadeltejo y los pueblos que la rodean
forman más de la mitad del Departamento. Pero hay un monte muy alto y muy escarpado
que pasa al través del Departamento y lo divide en dos. De un lado estamos nosotros; del
otro lado está Guasimia. Guasimia es reina y señora; nosotros no somos nada .... 0 si
somos algo, somos el esclavo que trabaja, el obrero que paga las contribuciones, el infeliz
desheredado que sufre en silencio. El dinero de los impuestos que hagamos cae a las
arcas públicas y corre, corre al revés de los ríos, corre hacia dentro, pasa por encima de
ese monte alto, llega a Guasimia .... Y no vuelve de allá en ninguna forma.

- No vuelve, repitió una voz.


- No vuelve, repitieron dos o tres en coro.

- Allá en Guasimia, siguió diciendo el señor vejancón, está el tren gubernamental. El


Gobernador con quinientos patacones mensuales, los secretarios del despacho no sé con
cuanto cada uno, los jefes de sección, los escribientes, el gran fiscal, los veintitantos
ayudantes del gran fiscal, el comandante general de la guardia y la mayor parte de la
guardia, el juez supremo de las rentas, el jefe de la imprenta, los impresores, el archivero,
la banda de música.... ¡Un ejército, un verdadero ejército! Una verdadera legión de pulpos
que chupan y chupan el fruto del trabajo ajeno. Y, ¡admírate! En toda esa muchedumbre
de empleados y funcionarios no encuentras un solo rivatejense. De ese alto monte de
Carabusica para acá somos los parias y no nos es dado tramontarlo llevando un
nombramiento,entre el bolsillo.

- Excúseme, se atrevió a contradecir Juan. Ahora voy yo, que soy del lado de acá, y antes
fueron otros, hijos notables de esta tierra.

El hombre ya vejancón negó con movimientos de cabeza, con una sonrisa incrédula,
batiendo de un lado a otro su nudoso dedo índice como si fuera una aguja de metrónomo.

- Han ido .... Hemos ido .... Vas tú .... Han vuelto, hemos vuelto, volverás tú, si tu fortuna
no te es extraordinaria, con el desaliento del perro que ha pretendido roer un hueso muy
duro. Existe, amigo de Ayala, una cosa asfixiante que se llama el vacío. En Guasimia nos
hacen el vacío.

Juan se inclinó astutamente al lado de Pepe Aldana y le preguntó en un murmullo:

- ¿Quién es este señor tan amargado?

- Es don Digno Lupa.

- ¡Con razón! Y dirigiéndose a él: Vea, don Digno....

- Tutéame , Juan; ese usted me envejece. Y tenía por lo menos seis docenas de años.

- Si yo voy es porque estoy resuelto a poner las cosas sobre el carril de la verdadera
equidad. Va dinero de aquí, ¿no es cierto? Pues vendrá dinero de allá. Como primera
medida haré que se le destine a la carretera de las aldeas....

- De los pueblos, le corrigieron a media voz.

- Es igual. Haré que se le destine la mitad, por lo menos, del fondo Departamental de
caminos.

Habrá trabajo de nuevo. Y llamaré a desempeñar los puestos subalternos de mi


dependencia a los jóvenes más distinguidos de esta tierra. Que el sol salga para todos.

- Don Digno se levantó para despedirse.

-Tú como que no has comido, dijo mirando su reloj de bolsillo, y en mucho secreto:
Cuidadito con hacer confianza en las personas que figuran en la listica de candidatos que
Orestes te entregó hace poco por insinuaciones de Oliverio Pinto. Otros son los nombres
que Rivadeltejo habrá de recomendarte.

Se levantaron para despedirse tres o cuatro visitantes más que pertenecían al grupo de
don Digno; porque don Digno era cabeza de un pequeño grupo político.

Entonces aproximó su silla un joven moreno que casi ocultaba su rostro oliváceo tras de
los grillos audazmente gruesos de unos espejuelos de grosera imitación de carey. Por
encima de aquellos dos ventanales redondos como claraboyas de trasatlántico, una
melena negra, sedosa y ensortijada formaba un penacho borrascoso sobre su frente
pálida.

- ¿Quién es éste?, preguntó por lo bajo Juan a Pepe Aldana.

- Melanio Irráes, el poeta.

- No tiene veinte años.

Melanio se inclinó como para examinarse los botones de la pechera, pero la mirada la
tenía fija en Juan por encima de la barrera de los lentes, y con voz de confidencia le dijo:

Mañana sale en Ondulacíones un artículo de Mateíto Vallegris, relacionado con la íntima


significación regional de tu nombramiento.

- Soy buen amigo de Mateíto, apuntó Juan. ¿Vive actualmente en Rivadeltejo?

- No vive, padece, porque su situación es crítica en extremo. Es el talento más brillante. El


único talento brillante con que contamos entre los mozos de su generación, pero la
pobreza lo tiene cogido entre sus garras y lo estrangula, lo devora. Necesito para este
muchacho genial un puesto bien remunerado.

- Haré por él cuanto esté a mi alcance; ya en otra ocasión le serví con muy buena
voluntad. ¿Qué obras ha escrito últimamente Mateíto?

- Eso de que harás por él lo que esté a tu alcance es bueno para dar largas a las
solicitudes comunes y corrientes. Para Mateíto te exijo una promesa formal. Necesito que
me empeñes tu palabra de que habrás de colocarlo.

- ¿Así está de apurado?


- Mucho más todavía.

- Pues te empeño mi palabra de hacer en él mi primer nombramiento.

- Ojalá sea para un cargo que tenga que ir a desempeñarlo en Guasimia.

Hay que sacar de aquí a este muchacho, proporcionarle un escenario más amplio, más
propicio a sus múltiples capacidades.

Apenas se alejó Melanio, Juan murmuró al oído de Pepe Aldana:

- Como en Fragosa vive uno un poco al margen de los acontecimientos de Rivadeltejo, no


sé yo qué obras notables está escribiendo ese joven Vallegrís, que tan exigente abogado
tiene.
- Mateo hace los sueltos para Ondulaciones.

- Pues ya tiene ganada la inmortalidad.

Deseoso de apoyar el turno, otro joven se había acercado a Juan. Este nuevo interlocutor
de cara delgada como la hoja de un cuchillo y bisojo para mayor incomodidad, tenía el
pelo abierto en dos alas que le nacía casi sobre las cejas y trataban de cerrar sus puntas
sobre la propia nariz, lo que lo obligaba a estarse despejando la cara con ambas manos,
trabajo que habría podido evitarse con un par de tijeretazos en el coronamiento capilar.
No tuvo Juan que valerse de Pepe Aldana para identificarlo, porque él mismo empezó
diciendo su nombre:
- Soy, dijo, el llamado Antón de los Andes, aunque mi propio nombre es Anacleto Barriga,
director de Ondulaciones

- i Oh, amigo mío! , suspiró Juan.

- Y quiero que me conceda un reportaje para el número del sábado próximo. Son cuatro
preguntas y las traigo escritas. Como ya es tarde, se las dejo.

- ¿Cuándo puedo mandar por ellas?

Como estaba de pie para marcharse, deseoso de que fuera pronto, Juan le contestó
tomando el papel:

- Dentro de una hora.

Salió el periodista y aprovecharon la ocasión tres o cuatro más para marcharse también.
Pero las sillas que dejaban vacías fueron ocupadas inmediatamente por otros señores
que se presentaron dejando a la espalda, detenida en la puerta por el agente de policía
que impedía la invasión total de la casa, una nueva avalancha de curiosos. Debían ser
muchos porque alzaban un rumor ensordecedor; así fué que lo que uno de ellos dijo tras
del saludo, Juan no le entendió, ni le hizo falta, pues casi inmediatamente rompió a tocar
la banda bajo las propias ventanas que daban a la calle. Es una retreta, pensó, y como el
ruido de la música no permitía hablar, guardaron todos la boca callada, y Juan se puso
triste. ¿A qué viene todo esto?, se preguntaba ensombrecido. Hace quince años vivía yo
en Rivadeltejo y era un ciudadano corriente y moliente que si no causaba males tampoco
me distinguía por mis beneficios a la comunidad. Me ausenté sin que nadie me echara de
menos. Los que dejé entonces en pañales son hoy jovencitos que se inician en los
coqueteos y el amor; los que dejé hombres maduros están hoy como estantiguas. Yo
vuelvo y creo que soy el mismo, exactamente el mismo Juan de antaño. Pero traigo en el
bolsillo un papel con un nombramiento. Ese nombramiento me realza, me da importancia,
me proporciona homenajes y adulación. Si Rufo Rosales tuviera el capricho de declarar
insubsistente esa designación, con sólo saberlo terminaría todo esto repentinamente, con
la facilidad con que se apaga un arrebol de la tarde. Yo seguiría siendo el mismo Juan de
siempre.

Luego no es a mí a quien festejan, es al papel que traigo en el bolsillo.

La ejecución de cuatro piezas, tal vez las más largas y escogidas del repertorio de la
banda municipal, quitó más de una hora. Cuando los músicos terminaron, hubo despedida
casi general; quedaron solamente unos pocos amigos de más confianza y Tomás
Torrejas, que durante todo el tiempo, anterior había entrado y salido varias veces, presa
de una impaciencia inocultable, se resolvió a alzar la voz:

- Me parece -dijo- que el señor don Juan debe pasar al comedor.

- ¿Pero no has comido? Preguntáronle alarmados. No, no véte al comedor que nosotros
te aguardaremos aquí.

Juan no quiso tomarse tal libertad, no porque le pareciera poco urbano, sino porque
pensó que si después de comer, los amigos reanudaban la conversación no le iban a
dejar tiempo de dormir aquella noche. Lo mejor era, pues, estarse sin comer hasta que se
marcharan y una vez idos, cerrar la puerta con tranca y meterse a la cama. Con dulce
tono un reloj que estaba en la pieza vecina campaneó las once y en cuanto hubo
terminado, de los tres amigos que aún quedaban, se levantó uno y murmuró al oído de
Juan:

- Envidio tu suerte. La vida en Guasímia es deliciosa. Se toma brandy extra tres


estrellas .... y las mujeres de más allá de la frontera ejercen allí su galantería y saturan su
voluptuosidad con perfumes de Coty...

Con este nostálgico se marchó Anatolio Durán. Anatolio había permanecido en absoluto
silencio durante toda la velada, las rodillas juntas, las manos sobre las piernas. Parecía
que llevara lentes obscuros y era que los ojos se. le habían escondido en dos cuevas. Al
dar la mano dejó en poder de Juan una cubierta cerrada

La comida había sido recalentada tres veces por lo menos, pero Juan, a pesar de ello,
comió como un convaleciente. Después del café, Torrejas dijo:

- Clarita quiere saludarte. ¿Por qué no entras,Clarita?

Ante aquella mujercita rubia y lánguida que entró al comedor llevando en los labios una
sonrisa melancólica, Juan sintió que el corazón le daba un vuelco. Estuvo a punto de
gritarle: Pero, ¿Eres tú, Clara Ríos, aquella colegiala a quien yo amé con tanto fervor y
que no tuvo para mi sino una glacial indiferencia? ¿Y desde cuándo eres mujer de Tomás
Torrejas? Ya lo ves, Clarita de mi alma. Me fui de Rivadeltejo, viví en otras tierras, te veía
en mis sueños como una visión que se va desvaneciendo. Me olvidé de ti ... ¡Perdóname!
Ahora siento que se me despierta por ti un amor intenso porque me parece que este
hombre no te ha hecho feliz.

Cuando ella entró, Tomás fué a la sala con en achaque de traer alguna cosa, y al
quedarse solos, tras de mirar como para asegurarse de que no iba a ser oída:

- No sabe usted, Juan, dijo, cómo he celebrado su nombramiento. Ya podrá Tomás tener
en adelante un poco de tranquilidad..

- ¿Pues qué?

- Tomás tiene a su cargo el estanco de licores; el sueldo es poco y no contarnos con otra
cosa para vivir. A Tomás todo el mundo en Rivadeltejo le hace la guerra, siendo un
hombre que a nadie perjudica. Han pedido que lo destituyan. El cambio de Gobernador
tiene en peligro a todos los empleados, Por fortuna, ahora todo dependerá de usted,
- Cuente conmigo, Clarita.
- Hemos respirado desde que supimos que lo habían nombrado a usted.

- Tenemos tres niños chiquitos ... ¿Cuál será nuestra suerte si Tomás se queda vacante?

- Le aseguro que Tomás continuará administrando el estanco mientras yo ejerza el


empleo de que voy a encargarme.

- ¡Cuánto le agradezco, Juan!, y en un movimiento emotivo tomó ella entre sus manecitas
enflaquecidas y frías la mano prometedora de amparo que Juan tendía.

Como si el desarrollo de esta escena nada más esperara, Tomás volvió a entrar y Clarita
se retiró.
IX
Hé aquí el monólogo mental a que dió curso nuestro hombre cuando cerró la puerta del
cuarto en que estaba alojado:

- Son la doce de la noche y debo estar a caballo a las seis de la mañana si quiero hacer la
jornada que Marcos, como conocedor del camino, me ha señalado.

Me acostaré para relajar los miembros y descansar un poco, pero me será imposible
dormir porque las emociones recibidas en este día larguísimo han traído a mi mente un
tropel de pensamientos que serán enemigos del sueño reparador.

Empezó a desnudarse, puso una silla delante de la cama para colocar la ropa y al
despojarse del saco se acordó de los papeles que hacía poco le habían entregado, y
quiso leerlos. El primero que abrió resultó ser el del periodista y contenía las siguientes
cuatro preguntas:

1. ¿Qué opina usted de la situación fiscal del Departamento; podrá atender con el
producto actual de sus rentas a todos sus gastos y compromisos?
2. ¿Qué programa piensa usted desarrollar en la Secretaría de Hacienda?
3. ¿Qué lo movió a abandonar el remanso de su vida privada?
4. ¿Cree usted justificada la supremacía que Guasimia viene ejerciendo sobre
Rivadeltejo?

Estas cuatro preguntas, dijo Juan para si, quisiera que me las pusiera en verso el poeta
Eduardo López y que me las cantaran con la música de Emilio Murillo, paro no tener yo
que contestarlas. Sin embargo, tomó un lápiz y pergeñó estas respuestas:

A la primera: El señor Director sabe que vengo de Fragosa y que allá no conoce uno ni lo
que recauda el tesorero municipal.

A la segunda: Un secretario de Hacienda no puede preparar un programa como si fuera


un empresario de espectáculos públicos; el programa mío son los negocios que encuentre
en la oficina de que me voy a hacer cargo.

A la tercera: Creo que lo que me movió a abandonar mi vida privada fué el nombramiento
que me hizo el Gobernador.

A la cuarta y última... Rompió en pedazos el papel y lo arrojó lejos diciendo:

- Que te parta un rayo, señor Antón de los Andes. 0 que venga el diablo y te diga lo que
deseas saber. Yo no sé a derechas si existe una supremacía de Guasimia sobre
Rivadeltejo, y si empiezo por reconocer que esa supremacía existe y lanzo contra ella mi
condenación, me prepararé un camino de espinas más allá del Monte Alto; y si la niego o
si no la condeno, estos rivatejenses quejumbrosos me van a dar una cencerrada.

En esto iba cuando golpearon a la puerta.

- ¿Quién?
- De parte de la dirección de Ondulaciones. que si ya está listo el reportaje que, tenga la
bondad...

- Dígale a Barriga que excuse, que ya me acosté, que estoy resfriado, que no puedo
enviarle nada.

Abrió otro papel. Estaba en verso y decía:

Mipobreza no es secreto,
seis hijos me piden pan.
Ház que dicten un decreto
nombrándome de prefeto
y mis hijos comerán.
Tuyo, con todo respeto,
José Anatolio Durán.

Juan tuvo un acceso de risa y cuando logró sofocarla, llevó este papel al bolsillo con un
gesto de piedad. Lo que le hacía más gracia era aquella licencia poética por la cual,
eliminando la c de prefecto le quitaba Anatolio toda la importancia y todo el mérito a
aquella pieza costosa e inútil del rodaje administrativo. ¿Para qué sirven los prefectos
provinciales?

Abrió otro de los papeles, el que le había entregado el edecán del rozagante y admirado
doctor Oliverio Pinto. Tenía un encabezamiento que decía sencillamente:

Lista de candidatos muy buenos para reemplazar el pésimo personal que hoy estamos
soportando en los puestos públicos.

Juan vaciló un momento al recorrer con la vista aquellos nombres que le eran
desconocidos. Se le ocurrió una idea: fué al cuarto contiguo y llamó a su peón, que estaba
roncando de lo lindo.

- ¡Marcos!

El hombre se sentó restregándose los ojos.

- Como usted viene a esta ciudad con tanta frecuencia, debe conocer a muchas
personas....

- Conozco a todo el mundo en Rivadeltejo. Pero, ¿Ya cantó el gallo, nos vamos ?

- El que está que canta soy yo. Venga acá un momento, Y pasando al lado de la lámpara,
fué leyendo y preguntando.

- Para prefecto de la provincia, "Obdulio Cifuentes" ¿Quién es Obdulio Cifuentes?

Es el suegro del doctor Oliverio Pinto.

- Para jefe de la guardia civil, Nicasio Cifuentes. ¿Y quién es este Nicasio?

- El hijo menor de don Obdulio, cuñado del doctor Pinto.


- Para administrador del estanco de licores: " Luis Pinto". Y éste, ¿Quién es?

- El hermano del doctor Oliverio. ¿Qué lista es esa, Juan?

- Una lista de personas que componen la familia del doctor Oliverio Pinto, nuestro jefe
desinteresado y conductor experto. Puede volver a acostarse, Marcos, que todavía tiene
tiempo de prender la hebra sobre la almohada por unas cuatro horas,

Abrió y leyó el último papel; sólo tenía estas cuatro palabras:

"Tomás Torrejas es un godo hipócrita y malo que te ha llevado a su casa para


comprometerte a que le defiendas el empleo. Se las da que no es capaz de matar una
mosca y es blandito y malo. Abrele mucho el ojo. Su ayudante, Jonás Gómez, que gana
cuarenta pesos como expendedor en el estanco, acaba de comprarse una casita.. ..Estos
puntos suspensivos te dirán lo que no tengo tiempo de escribir. No te olvides de Mateo
Vallegrís; llevátelo de Rivadeltejo y nos harás un favor a todos, pues está tan soplado que
ya no lo podemos aguantar aquí."

A pesar de todo, no bien puso Juan la cabeza sobre la almohada, se quedó dormido.
X
Si la entrada en Rivadeltejo fue triunfal, la salida fue muy modesta. Iba adelante Marcos
con la carga del equipaje y tras él Juan de Ayala, muy tempranito del día siguiente,
cuando aún no se veían por las calles más que muchachos que iban para la escuela y
beatas que no querían desperdiciar la misa rezada.

As!, desiertas las calles de la ciudad tenían un encanto que Juan había saboreado en
otras ocasiones y que le despertaba la nostalgia de su pasada mocedad. Las paredes de
todas las casas estaban bien encaladas, las puertas y ventanas barnizadas de color, los
andenes cuidadosamente enladrillados y el empedrado de la pavimentación revisado,
nivelado y limpio. El aire era luminoso y fresco; el cielo azul.

Calle abajo venia un amigo madrugador. Juan al ver su silueta inconfundible, su sombrero
en la coronilla, su sonrisa mordaz, detuvo su cabalgadura y esperó que se acercara.

- Temprano dejas la cama, hombre de Dios.

- Y si me demoro cinco minutos más no alcanzo a despedirte. No olvides la


recomendación de Melanio en favor de Mateíto. Te esperan tres días terribles a caballo
por los caminos más malos del mundo. Si pudieras deberías llevarte un par de nalgas de
repuesto.

Y con una risa endiablada echó a andar dejando que el viajero saboreara como quisiera
aquella excentricidad quevedesca. Juan lo vio alejar calle arriba, llevando el sombrero en
la mano. Antes de cruzar la esquina lo agitó diciendo adiós, y fué un adiós para la
eternidad. Juan no volvió a verlo nunca.

Andando, andando, Juan dejó las calles y salió al camino real, un camino pintoresco
abierto sobre arcillas amarillentas. A sus orillas había casas, cuyos moradores ya estaban
en actividad, aquí ordeñando una vaca, allá matando un puerco sobre una mesa. Marcos
iba adelante con su mula cargada, dando silbos para animarla, insultándola sin rabia,
tachándola de perezosa y sinvergüenza por puro gusto.

Iban por un valle muy abierto, de tierras pobres, lavadas. Algunas colinas de arcilla, de
sedimentos calcáreos, ostentaban bajo los rayos de[ sol tempranero su color rosado, sus
ocres cálidos, sus tapices blancos. En las hondonadas había pequeños cuadros de caña
de azúcar que por escasez de abonos medraba raquíticamente; en algunas faldas crecían
pobres matas de yuca y plátano que ningún fruto prometían. Al lado de estas sementeras
desvalidas, las cabañas de los campesinos diluían lentamente en el aire puro, columnillas
de humo.

¡Pobre Rivadeltejo! Si estos eran los campos que lo rodeaban, tan raídos y menesterosos,
bien explicada estaba su pobreza. ¿De qué otra parte ha de venir la riqueza si no es de la
tierra, cuando la tierra es apta para hacer fructificar el trabajo del hombre?

Andando, andando, el sol iba subiendo al zenit. Vadeó un apacible río cuya cristalina
corriente no tenía profundidad y permitía ver las guijas del fondo, todas limpias y
multicolores. Se metió bajo un bosquecillo de guayabos que ostentaban sus frutos en
plena madurez, y al final, entre muros de piedra que los años iban derrumbando, vió una
casa antigua de amplios corredores en contorno. A la puerta de esta casa estaba su
dueño, un hidalgo en plena decadencia: noble la mirada, procera la nariz corva y delgada,
la barba entrecana dejada en completo abandono. Juan sintió como un aletazo de
melancolía sobre su corazón al reconocer en aquella ruina humana a un gallardo señor
que quince años antes era en Rivadeltejo árbitro de la caballerosidad y la elegancia.

Apostado en la puerta de su vivienda, como si esperara el paso de Juan de Ayala, al verlo


aparecer bajo el bosquecillo de guayabos, avanzó a su encuentro con gallardía dolorosa.
Llevaba cotizas en chancla y sin embargo movía los pies con el donaire que lo hiciera
antaño calzando botas de charol, Estaba en mangas de camisa, sin botones ni gemelos, y
al sacar el tórax parecía ostentar la pechera blanca y la corbata de seda. Del bolsillo
trasero de los pantalones de manta le salía y le colgaba un pañuelo rabo de gallo, que no
era un pañuelo siquiera sino un trapo, y a Juan le recordó aquél trapo los faldones de¡
frac. Por un milagro de la memoria el nombre de aquel hidalgo en ruinas estuvo presto en
su lengua:

- Mi apreciado señor don Alvaro Hinojosa, ¡cuánto gusto de verlo!

- Sabia que hoy pasabas, Juan, y quería saludarte, darte mis felicitaciones, ofrecerte...
¿Quieres una taza de café?

Quince años atrás, la última vez que Juan vivió una temporada en Rivadetejo, don Alvaro
Hinojosa, rico y adulado, jamás se dignó dirigirle una sola palabra; ahora lo tuteaba y con
entonación suplicante le decía:

- Sabía que pasabas y te he esperado toda la mañana. No necesito pintarte mi situación,


que está patente ante tus ojos. Esta casa en ruinas es todo lo que me queda. Estoy aquí
acorralado, sitiado, vencido. Le he dirigido una petición a Rufo Rosales y me ba
respondido galantemente diciéndome que en cuanto reorganice el gobierno me dará
alguna cosa. Ahora ya tú has visto mis circunstancias. Pónte de acuerdo con Rufo para
ver qué es lo que me dan. No puedo decir que soy práctico en manejo de asuntos
públicos, no he sido empleado jamás; pero yo trataré de salir bien, Lo que espero es que
el puesto que me den tenga por lo menos unos cien pesos de sueldo, ¿Qué haría yo con
menos? Y además...hay que tener en cuenta... no diré lo que soy, lo que he sido.

Juan sintió un impulso de generosidad y le prometió solemne:

- Serás complacido conforme a tus deseos. Cuenta con mi palabra.

Como si quisiera alejarlo pronto de la vista de aquel cuadro melancólico, Pandereta


agachó la cabeza y arrancó en un andar menudo y suave que Juan supo agradecerle.
¿Dónde lo tenías escondido, manso y paciente animal, que no lo habías puesto en
práctica en todas las leguas que llevamos recorridas de ayer a hoy? ¿Es que el andar así
te produce doble fatiga? ¿0 no habías caído en la cuenta de que la persona que llevas
sobre tus lomos merece toda clase de consideraciones, si no por sus propios méritos, por
el alto cargo de que va revestido? Pandereta dió un par de resoplidos, sacudió el bocado
como si quisiera arrojarlo de entre la boca y dejó las finuras del dos y dos para volver a su
andadura de lavar botellas. Así correspondió, bestia al fin, a los finos requerimientos de
Juan.

Acabó de cruzar el valle, subió a un cerrito y desde allí se volvió a mirar la hacienda de
aquel aristócrata en decadencia. Dentro de la mancha verde de los árboles frutales, el
tejado se hundía ondulado, renegrido, fúnebre como una losa de sepulcro. En derredor la
maleza crecía en grupos ásperos, disputándose las migajas de humus caídas en aquel
suelo inhóspito. Una vaca con su cría al lado buscaba hojas tiernas en el jaral. Tal vez don
Alvaro la ordeñarla personalmente.

Tramontando aquel cerrito apareció otro más alto y más desierto, así mismo más
desabrigado. Formado por rocas calcáreas de blancura cegadora, el paso de los viajeros,
la lluvia y el sol las deshacían en polvo blanco que se levantaba en remolinos al menor
soplo de brisa. De un pico a otro de los cerros, los alambres del telégrafo rayaban el cielo
con doble pentagrama. Subió a lo más alto.

- Ya estoy llegando a Burgotriste, pensó.

He aquí, entre dos colinas peladas, de calizas deslumbradoras, un vallecito en que hay
una pequeña labranza. Un arroyuelo se desliza por su centro con infinita mansedumbre,
formando pocitos claros entre los berros y los juncos. Una fila de sauces de tierno follaje
sostiene de tronco a tronco una cerca de palitos atados con bejucos. Dentro de lo cercado
hay un bancal rayado en surcos con débiles matitas de maíz. Un campesino provisto de
una vasija rústica las va regando, una por una. Mirando de soslayo el labriego ve acercar
al jinete sin suspender, un momento su tarea.

La tierra, reseca y pobre, bebe con ansia el chorro cristalino que baña cada tallito y satura
el aire de una evaporación, cuyo olor es agradable. El hombre se aleja hacia el fondo de
su sembrado y recibe de un rapaz una vasija llena y le deja la que acaba de vaciar. El
rapaz corre al riachuelo a llenarla de nuevo. El hombre está descalzo, el niño también.
Las ropas de ambos forman tal mosaico de remiendos que seria imposible saber cuál fué
la tela original de que fueron hechas; sobre los remiendos la mugre ha puesto el tono
obscuro de la gleba generosa.

Juan entabla un diálogo con aquel campesino:

- Dígame, buen hombre: ¿ me falta mucho para llegar a Burgotriste?


- Ya ta cerca.

- ¿Me faltará otro tanto de lo que llevo andando?

- Menos.

- Entonces ya esto pertenece a Burgotriste?

- No, señor; todavía es vecindario de Rivadeltejo.

- ¿Por qué lo sabe?

- Porque allá pago los impuestos.

- ¿Y qué clase de impuestos paga usted?

- Pago el impuesto de la riqueza.

- ¿Y cuál riqueza tiene usted?


- Soy dueño de este campito; na, una finquita de mala muerte. Pago también impuesto de
caminos.

- Pero no los componen.

- Nunca los componen.

- ¿No es muy penoso y lento ese sistema de regar que usted usa?

- Cuando no llueve no hay otro modo de conseguir unas mazorquitas. Y hora no llueve.
Vea cuánto terrón reseco. Ta la cosa pésima.

- ¿El niño es suyo?

- SI, señor, pa servirle.

- ¿Tiene más?

- Tengo seis más. Este es el mayorcito. Tiene siete años.

- Pues le ha rendido. ¡Uno por año!

- ¡Qué hace úno!

- ¿Me da permiso para hacerle un regalito al niño?

- Eso es voluntá suya. Venga acá, Timoteo.

- Yo soy el Secretario de Hacienda.... ¿Sabe usted lo que es un Secretario de Hacienda?

- Será cosa de la Alcadía.

- Algo parecido. ¿Cómo se llama usted? y perdone.

- José de la Cruz Ahumada.

- i Ah! Parentela de Santa Teresa.

El niño, huraño no se acerca. Juan deja en manos del campesino unas monedas de
níquel y dá un latigazo a Pandereta, que, a pesar del freno, ramonea las yerbitas
aledañas al camino. Y mientras se aleja, piensa:

Vamos a ver, señor Secretario de Hacienda, lo que piensas hacer con la documentación
viva que acabas de adquirir en forma inesperada. Tienes en la cartera o en la memoria
quejas y peticiones que te obligan y comprometen, de amigos que lo están pasando mal
de recursos, que no tienen oficio y necesitan el auxilio de la entidad oficial en forma de
empleo remunerado. José de la Cruz Ahumada no te ha pedido nada, ni siquiera ha
podido saber qué cosa es la que Rufo Rosales ha puesto en tus manos al nombrarte su
colaborador inmediato. Dentro de poco estarás en Guasimia, ocuparás un bufete en un
salón del palacio de gobierno, pondrás tu firma para refrendar la que Rufo Rosales
estampe al pie de las disposiciones oficiales; los aduladores doblarán ante ti la columna
vertebral; tú irás envanecido y orgulloso a un lado del Gobernador cuando éste se mueva
a oír un Te-Deum o a inaugurar con música y discursos la verja de algún parque. No
olvides entonces a este infeliz que se encorva a regar a mano sus maticas de maíz bajo el
ardor de la canícula, miserable hasta donde se puede ser miserable, humilde hasta donde
se puede ser humilde; resignado e ignorante hasta donde pueden llegar la resignación y
la ignorancia. Tén presente que este hombre paga impuestos.

Andando, andando coronó la cima de unos berrocales. Allá lejos, por el camino que
atravesaba una hondonada, vió venir un jiinete. El jinete debió mirarlo a su vez, pues
picando su cabalgadura, echando el cuerpo hacia atrás, las piernas abiertas cuanto podía,
empezó a galopar.

- ¿Quién será? pensó Juan. Por el ímpetu que ha tomado en cuanto me ha visto, puedo
suponer que viene al encuentro mío. ¿Quién será? Y por aquel modo de galopar con la
espalda literalmente recostada en las ancas del animal, los pies tan apartados que
parecía que iba a dejárselos enredados en los alambres de púas que cercaban el camino,
creyó reconocerlo. Me parece que es Cándido Fonseca. No se equivocó.

- Hombre, Cándido, ¿Qué haces tú por estas tierras?

- Pasar trabajos, Juan, pasar trabajos. Pero ya por poco.

- ¿Te vas?

- Me voy contigo para Guasimia a ver qué haces conmigo. Supe que venía y estoy listo.
En Burgotriste no puedo seguir viviendo. Tú bien sabes. Cada día que pasa estoy más
nervioso.

- Bueno, bueno. Nos iremos todos para Guasimia.

Habían caído a una llanura bellísima, en cuyo centro, asomando sobre las copas de unos
árboles, se veía el campanario de una iglesia. Aquí el camino era ancho, polvoroso. Unas
casas muy viejas, amenazando ruina, se alzaban a sus lados. Las paredes de aquellas
casas tenían desconchados y lacraduras, y el polvo, llevado por la brisa, había
ensombrecido la cal pintando arabescos de miseria Puertas y ventanas cerradas
hablaban de soledad y abandono. A trechos, en vez de casas había paredes de viviendas
que se hundieron. La yerba crecía en el recinto que estas paredes encerraban y en vez de
patios, por los boquetes que las puertas dejaron, veíanse adentro matorrales agotados
por el verano.

De pronto pasó ante los ojos del viajero una extensión despejada en que el suelo,
preparado para la siembra, estaba picado y revuelto. En este fondo obscuro se
destacaban, heridas por el sol, las siluetas de una vieja y un muchacho, La corcova de la
mujer decía de su edad octogenaria. El muchacho, casi desnudo bajo sus harapos, se
movía irguiendo como una espiga su cuerpecito blanco, coronado de bucles rubios. El
muchacho arrastraba un costal, cuya boca abría metiendo el codo o mordiendo el borde.
La vieja recogía del suelo objetos redondos y negros, como tortas, y los guardaba en el
costal.

- ¿Qué cosecha recolectan? Preguntó Juan.

Y Cándido, que iba a su lado andoneando en su caballito alazán, se echó a reír con un
cómico fruncimiento de hombros.
- ¿Cosecha? Preguntó a su vez. Y contestó en seguida: La cosecha de las boñigas secas,
que es el combustible de su fogón. ¿No sabías? En esta tierra la leña es un lujo. Yo estoy
aquí porque la necesidad me obligó. Tú eres el llamado a libertarme. Yo me voy contigo
para Guasimia.
- A mí no me causa risa el cuadro de miseria que mis ojos acaban de ver, te juro, Cándido,
que la silueta encorvada de esta pobre mujer se me quedará grabada en la memoria con
las líneas macabras que el lápiz de Goya trazó en sus cartones trágicos. Hay una pobreza
sencilla que los costumbristas del siglo pasado poetizaron, vistiéndola con ciertas galas
literarias. Es en los países de la zona templada, bajo el rigor del invierno. En la cocina
humilde, la abuelita aldeana rodeada de su prole, se calienta junto al hogar y mientras
hace una labor de aguja, refiere cuentos y leyendas. La llama del hogar consume los
troncos nudosos y alumbra la escena.

- Pero.... ¿Qué hogar es este en que lo que arde es el estiércol del ganado recogido en
los corrales?

- ¿No estamos en el trópico generoso?

- Estamos en el trópico, pero los montes de este vecindario están pelados y no hay leña
para los pobres. ¿Es justo que yo vea consumir mi juventud en este pueblo? Tú tienes
que libertarme. Llévame contigo para Guasimia.

Atravesaron el poblado; lo dejaron atrás.

Cándido Fonseca refrenó de pronto su cabalgadura y Juan comprendió que de allí se


regresaba, que iba a despedirse. Detuvo a su vez a la mansa Pandereta, que no otra cosa
deseaba, pues habla galopado largo rato a través de aquella planada que pudiera ser
edénica y parecía estar bajo el maleficio de una tristeza incurable.

- De aquí me vuelvo, Juan. Me vuelvo a mi quietud y mi soledad que son mi inquietud y mi


pena, a esperar el anuncio de redención que habrás de darme pronto. No me abandones,
Juan, ahora que estás en la subida.

Juan murmuró:

- Para todo hay una hora en la vida. Ahora subo. ¡Cuenta conmigo! Y le apretó la mano.

Espoleó la mula y vadeó un río de cristalinas aguas. Empezaba el camino a trepar una
dura cuesta, abierta en bancos que parecían de cal y ceniza. No había en cuanto
columbraba la mirada una sementera. La tierra, verdaderamente calcinada, tenía en la
aspereza de sus crestones y derrumbaderos una desolación absoluta.

Iba cayendo la noche cuando llegaron a la posada. Todavía el sol iluminaba las sierras
más altas con luz color de sangre, y ya en el corredor de la casita la sombra no permitía
distinguir sino los bultos de las personas que curioseaban la llegada de los viajeros.
Marcos se puso a descargar el equipaje y Juan en tanto buscó dónde sentarse, pero
como no había silla, hubo de hacerlo sobre unos bultos de sal que unos arrieros, llegados
poco antes, habían descargado en el corredor. Echó una mirada al interior de la casita y
vió a un hombre que a la luz de una vela de sebo pegada a la pared, picaba pasto en el
suelo.
Bajo techo distinto, a poquísima distancia, estaba la cocina. La obscuridad que en ella
reinaba, parecía salir afuera en oleadas, pero era el humo del fogón el que salía. Juan se
acercó a la puerta de este antro, y en derredor de los tizones humeantes creyó distinguir
un grupo inmóvil de personas. Dió las buenas noches y no le contestaron; entonces llamó
a Marcos y una voz que no supo quién la emitió, le dijo:

- Ta llevando las mulas al potrero.

Regresó Marcos.

- Vea si nos dan algo qué comer.

- No hay na qué comer.

- ¿Cómo es esto, Marcos, te precias de baqueano y a estas posadas me traes ?

- No hay otras. Esta es una tierra negada. Dáme acá un peso.

Con aquella ganzúa abrió el hombre quién sabe qué alacenas misteriosas y a poco
salieron de las tinieblas de la cocina huevos, queso, pan y una taza de chocolate. Hubo
Juan de comer todo aquello puesto sobre un cajón, casi a tientas porque la vela que le
trajeron la apagó la brisa cuantas veces intentó encenderla, Encendió después un
cigarrillo y se entregó a sus pensamientos.

¿Era posible que aquel pésimo camino, con posadas de esta naturaleza, ligara los dos
grupos de pueblos que forman el Departamento? Pues mientras tales vías fueran el lazo
de unión, la unión no podía existir. Ni podía desarrollarse el comercio, ni podía prosperar
la amistad. ¿Pero era que no lo habían visto los gobernantes anteriores, que no habían
puesto mano al allanamiento de aquél obstáculo? Yo haré una carretera. Y su fértil
imaginación la trazó, la cavó, la construyó por todos aquellos abruptos montes, ancha,
firme, lisa, y de una vez la pobló de vehículos que iban y venían,

Hacia frío.

- Marcos, vamos a ver dónde me acuesto.

No había cama y fué preciso improvisarla, tendiendo unos costales en el suelo. Los
arrieros se hablan tendido sobre las lonas impermeables de tapar sus cargas, y hedian.
En el aposentico inmediato un niño berreó toda la noche y la madre a ratos lo acunaba,
cantándole un arrurrú de lo más triste.

Cuando vino el día, ya Juan estaba esperándolo en el corredor, bajo el alero pajizo que
goteaba sin haber llovido. El viento de aquellas cumbres era frío y agradable. Tomó un
desayuno frugal y montó de nuevo. El paisaje era majestuoso. Como iba por tierras muy
altas, adondequiera que dirigía la mirada le parecía ver un mar, cuyas olas en forma de
senos redondos, se habían inmovilizado; eran las cimas de las montañas que emergían
de las sombras entre brumas que el alba naciente coronaba de violetas. Toda aquella
inmensidad estaba desierta y era estéril. La brisa al pasar sobre las cimas no encontraba
Una hoja que balancear sobre su tallo.

Andando, andando, Juan cruzó solitarios desfiladeros; pasó por la cresta de lomas en que
le pareció que Pandereta era una mula funámbula y equilibrista, pues desde la propia
línea en que asentaba los cascos descendían a ambos lados los taludes, invitando al
vértigo y a la muerte; pasó por hondonadas, hacía las cuales rodaban torrenteras de
piedras; se entró por una garganta abierta entre rocas, y azotada de tal modo por la brisa,
que creyó que iba a ser lanzado a los aires con todo y cabalgadura, como si fuera una
hoja seca.

Empezó a subir una nueva cuesta interminable y a medida que la subía iba encontrando
esa vegetación de las alturas, en que cada árbol parece un eremita, cuyas barbas y
andrajos los simulan los musgos y las excrecencias parasitarias, Nubes sombrías venían
bramando por el cielo azul y pasaban rozando la cima de aquel monte inhospitalario. De
pronto la brisa trajo girones de niebla y borró todos los horizontes. Se respiraba humedad
y olor de maderas podridas.

Y la cuesta no terminaba.

Juan se acordó de las palabras de don Digilo Lupa, pronunciadas la otra noche: "Hay un
monte muy alto y muy escarpado a través del Departamento, Y ese monte lo divide en
dos...." Y se preguntó así mismo: ¿No borraremos nunca esta escabrosa barrera?

Llegó a la cumbre, aguda como la hoja de un cuchillo y azotada por violento huracán.
Viajeros desconocidos y creyentes habían llenado de toscas crucecillas los huecos de las
rocas. En el piso fangoso, piedras sueltas de todo tamaño, hacían difícil la marcha y a
trechos presentaban como gradas, cuyo paso era un obstáculo lleno de peligros. Había
empezado el descenso del otro lado y cuando la brisa abría huecos entre las cortinas de
la niebla, veíanse allá, en lo hondo, como si el camino estuviera sostenido en pilotes
sobre el abismo, montes lejanos cubiertos de selva virgen.

Andando, andando, ahora en permanente descenso, por un zigzag pedregoso, llegó el


momento en que la niebla se fue aclarando y quedó atrás, en lo alto, como un vendaje
que la cordillera tenía puesto en la cabeza. He ahí otra vez el paisaje bañado por el sol de
la tarde, pero no ya de tierras estériles y lavadas, sino lleno de alegre vegetación, de
casitas de campo entre sementeras, y allá en la hondonada lejana, asomando entre lomas
cubiertas de pastales, unos puntos blancos entre manchitas ocres, un pueblo....

Afírmate bien en tus patas delanteras y no te canses, ¡oh fiel Pandereta, que la jornada de
hoy terminará dentro de un par de horas! No te quejes, que ya compondremos estos
caminos para que cuando te toque volver los encuentres por lo menos sin este pedregal
suelto que te hiere los cascos. No es posible que dos partes tan importantes de un cuerpo
lleno de vida, como es el sujeto departamental, continúen viviendo desconectados y
divididos por este escabroso desierto, tan largo y tan áspero, que hemos atravesado,
subiendo y bajando cuestas en que la acción de la piqueta y el azadón han sido negadas
por la incomprensíón o el abandono. Aquí va el que romperá con la tradicional pereza, el
que encaminará los zapadores del progreso, los ingenieros de la vialidad, a que tracen,
rectifiquen, compongan y hagan accesibles a la cordialidad social y al comercio estos
desnucaderos, ante los cuales las cabras de seguras y equilibradas pezuñas,
retrocederían horrorizadas....

En estos modestos pensamientos iba entretenido Juan de Ayala, satisfecho de sentir que
a medida que bajaba la cuesta la sangre le circulaba mejor, y las extremidades de su
cuerpo, poco antes heladas y entumecidas, le entraban en calor, cuando al volver de un
recodo, vió en el patio de una casa de campo aledaña al camino, caballerías ensilladas y
un grupo de viajeros de haldudos sombreros de fieltro, botas de campaña y ruanita de
hilo, que al verlo aparecer, se le dirigieron en montón, como si lo esperasen.

- ¡Buenas tardes!

- ¡Buenas tardes!

- ¿Tenemos el honor de hablar con el señor Ayala?

- Servidor...

Se miraron, se dijeron algo a media voz que Juan no alcanzó a entender, pero que fué
como un «SI, sí, de una vez», y uno de ellos, joven de virginales mejillas, rechonchito y
decidido, desdobló un pliego de papel de oficio, se puso pálido, entonó por medio de
doble carraspeo la voz campanuda y alzando una mano empuñada con la cual empezó a
martillar en el aire, inició en forma bastante brusca la lectura de un discurso.

- Señor Ayala: empezó diciendo. Como con frase feliz os dijo en su telegrama de 14 de los
corrientes el doctor Liborio Comillas, el liberalismo tendrá en vos su mejor representante
en el gabininete...

Le hablaba puesto de pie sobre los bagazos que cubrían el patio y Juan creyó
conveniente apearse de su mula para oírlo en igual posición, ya que no al mismo nivel
porque el joven no levantaba mucho del suelo; y aunque era un verdadero sacrificio para
su cuerpo, casi desarticulado por el estropeo, bajar de la mula o subir a ella, el deber de
urbanidad se imponía. Soltó, pues, el estribo y creyendo que no había de tener vigor para
levantar la pierna adolorida, hizo un esfuerzo mayor que el necesario y dió la casualidad
que los envejecidos zamarros de Tullo Rivera, que llevaba en préstamo, como estaban
muy traídos y llevados y con el ribete roto y medio desprendido, con el vuelo que le
imprimió a la pierna, se alargaron más allá del pie y se engancharon en la rama de un
árbol que a un lado estaba. Y se quedó Juan por este motivo en la actitud de un ángel que
viene a hacer una anunciación, con una pierna en lo alto y la otra apoyada en el estribo
izquierdo, agarrado al pescuezo de la mula, que por fortuna se mantenía en salvadora
quietud.

..en el gabinete ejecutivo departamental...

La voz se le apagó en la garganta al joven orador al alzar los ojos y encontrarse con que
el santo a quien iba a hacer el panegírico se balanceaba sobre la cabalgadura como si
fuera a tirársele encima, y acudió al punto, junto con los demás que allí estaban, a
prestarle ayuda al improvisado volatinero. Tomó el uno la mula por las riendas para evitar
que anduviera y otro, armado de un cuchillo, quiso cortar la rama del árbol; pero Juan tuvo
serenidad para indicar la maniobra más propicia, que fué soltar la hebilla que ceñia a sus
lomos la anticuada prenda, con lo cual, sacando las piernas una tras otra, se libertó de la
maroma, dejando los zamarros colgados de la rama como una bandera.

Impertérrito e inflexible en su propósito, el orador reanudó su discurso otra vez desde el


principio; pero Juan no prestaba atención a su contenido porque estaba preguntándose:
¿Cómo diablos conoce este muchacho el telegrama que el tal doctor Liborio Comillas me
dirigió, si yo no lo he publicado, si al venirme de Fragosa lo dejé como un documento
precioso que se archiva para deleite de futuros historiadores o bien para alimento de la
polilla, en el escaparate en que guarda sus más amadas reliquias de familia mi tía
Froilana? ¡Y me admiraba yo de que un telegrama que se recibe en Fragosa se divulgue
por el conducto de Inclita Pozos, su cocinera Aniceta y su amigo Cipriano Cruces!

Terminado el discurso, otro de los desconocidos sacó una, botella en que bailaba el
topacio líquido del brandy y llenando un vasito de metal lo ofreció a Juan, diciéndole:

- ¿Recibió mi telegrama? Yo soy Eccehomo Cuadros.

- Lo recibí y estoy muy agradecido.

- Como le dije, su nombramiento es una promesa del éxito...

- Gracias, gracias,

- Todo lo esperamos de usted.

- Veremos qué puede hacerse.

- Aquí en Cerrilandia estamos dentro de un círculo de hierro, bajo el mando de un político


cuya voluntad impera hasta en nuestra vida privada. El maneja el concejo, pone y quita
los alcaldes, elige los diputados y representantes, hace las elecciones y devora los
dineros del municipio.

- Pues revelarse contra él y hacerlo a un lado.

- Ya lo hubiéramos hecho, si no fuera que ha tenido entre el bolsillo a los altos empleados
de Guasimia y allá sus insinuaciones son órdenes.

- Pues a mi no me las dará.

- Esa es la esperanza de los pocos hombres libres que aún quedamos aquí. Haga usted
que se nos dé un alcalde que obre en forma independiente. Le harán la guerra, pero como
existe una Ordenanza que fija el límite mínimo del sueldo de los alcaldes, hasta ahí
llegarán.

- Nombrar alcaldes es función del gobernador en asocio de su secretario de gobierno. No


obstante, puedo indicarles un nombre si usted me lo recomienda.

- Yo quiero emprender la lucha contra ese político absorbente y hacer que respire este
pueblo digno de mejor suerte. Yo acepto la alcaldía.

- Lo haré saber al Gobernador.

- Déle el estanco de licores a Graciano y señalo al compañero que estaba a su lado.

Bebida la copa, Eccehomo fué a que le dieran agua en la casita y Graciano aprovechó
para intervenir ante Juan.

- No le dé la alcaldía a Eccehomo porque lo hace quedar mal. Aquí nadie lo quiere.


Cuando fue tesorero tuvo un desfalco. Es abusivo. Por mi parte, yo no quiero estanco
ninguno. He venido a esperarlo por rendirle mi homenaje desinteresado....

Iban cuesta abajo y el joven no se apartaba del lado de Juan. De pronto continúo
diciéndole:

- Yo no quiero estanco ninguno porque se mete úno a vender aguardiente y de ahí no


pasa. Un joven debe tener ambiciones .... Conque Si usted quisiera favorecerme, hay un
camino hacia el cual tienden todas mis esperanzas. ¿Sabe usted cuál es mi sueño
dorado? Hacer estudios literarios. Ese discurso que le leí es compuesto mío. Tengo
alguna facilidad para escribir .... Vea, don Juan, consígame una beca en un colegio de la
capital de la república.
SEGUNDA PARTE

LA BAJADA
I
Eso de llevar un diario en que día por día y hora por hora se asiente, no solo la cuenta
minuciosa de los acontecimientos de la vida, sino también sus naturales comentarios no
es costumbre entre nosotros, gente que somos poco inclinada a tomar la pluma y mucho
menos a redactar apuntes de ninguna clase. Juan de Ayala no era una excepción. No
acostumbraba llevar consigo librito ninguno, ni le había pasado por la imaginación. Pero
en cambio, siempre se había sentido .como formado por una personalidad doble; una de
carne y hueso que era él mismo, que actuaba, que vivía; la otra era una especie de
sombra siempre metida allá dentro, siempre en perpetua vigilia, que le decía lo bueno y lo
malo en el momento oportuno, aunque no escuchaba en muchas ocasiones para andar
después en arrepentimientos.

De haber llevado un diario de su vida, Juan habría empleado parte de la noche en


escribir notas como estas, poco más o menos:

En Guasimia, hoy 20 de septiembre.


Rufo Rosales me ha causado una excelente impresión. Es el mismo de hace veinticinco
años y, sin embargo, es otro muy distinto. Antes era alto y delgado, ahora es alto y
grueso; ha echado una barriga ostentosa que divide en dos hemisferios un cinturón muy
elegante, con hebilla de plata oxidada. Era caridelgado y palíducho y peinaba sobre la
frente un mechón castaño, que le daba aires de pintor o de poeta; ahora sus mejillas son
llenas, rojizas, .cuidadosamente rasuradas y no se puede peinar mechón ninguno porque
la calvicie lo cuenta entre sus víctimas. Tiene los dientes grandes, limpios y mal puestos;
asi los tenía de mozo. Viste con suma distinción ropa adecuada a este clima ardoroso.

"Salió a esperarme muy lejos, me parece a mí, pues acostumbrado al paso lento de mi
sufrida y mansa Pandereta, el automóvil en que me trajo voló por la cinta de la carretera
en forma tan rauda que en dos horas largas que duró .el recorrido, creo que devoró
kilómetros por docenas.

"Después del saludo y el abrazo, que fué sin muchas efusiones, como si en vez de
veinticinco años apenas hiciera veinticinco días que hubiéramos estado conversando:

- Traigo, le dije, muchos planes.

- Yo también tenia los míos...me contestó reticente. Esta forma de hablar en copretérito
me obligó a interrogarlo con la mirada y él tuvo la amabiidad de repetir la frase
complimentándola: Yo también tenia mis planes el día en que resolví aceptar la
responsabilidad que llevo sobre mis hombros.. .

- ¿Y gué, ya no los tienes? Le pregunté alarmado por el tono de desengaño que dió a su
voz.

- No hay buena intención que no tropiece con dificultades insuperables. .En un dos por
trés he visto que mis planes no se pueden realizar. Ya hablaremos y me dices qué
propósitos traes. Pero te anticipo esto: en torno de nosotros está el caos.

Esto fué en el momento en que me sentaba dentro del muelle y acolchado vehículo; así
fué que Rufo no pudo notar que no era que me sentaba sino que me dejaba caer con un
desvanecimiento de angustia. íEl caos! Y como el coche iba rodando entre una nube de
polvo, me pareció que rodábamos por los abismos que precedieron a la creación.

Guardé silencio unos instantes y fui reaccionando poco a poco, Al fin pude preguntar con
voz desfallecida:

- ¿Has encontrado mucho desorden, muchos abusos; escasea el dinero?

Rufo me miró con honda lástima.

- Lo del dinero no te preocupe, me contestó, peores cosas hay en Dinamarca que huelen
a podrido.

- De modo que nuestra labor...

- Será ardua. Por todas partes el horizonte se presenta nublado.

- Haremos por despejarlo. Yo traigo animo para la lucha.

- Lucharemos, es nuestro deber.

Así hablamos. Por mi parte confieso, puesto que estoy escribiendo en mi diario, que es
para mí sólo, que nadie ha de leer nunca y que debe ser fiel espejo de la verdad que
ilumina mi propia conciencia, que eso del ánimo para la lucha y de la esperanza de
vencer, lo dije por hacerle creer a Rufo que a mí no me asustan las dificultades. Pero si no
hay dinero en la caja del Departamento y el manantial de las rentas se ha quedado
exhausto, ¿qué papel voy hacer yo con mi título de jefe de la hacienda pública? ¿Por qué
me vine de mi apacible Fragosa?...

"Guasimia. Igual fecha."

"Así como Rufo Rosales fué a esperarme, fueron también muchos otros amigos míos,
personales y políticos, cada grupo de ellos en su automóvil. No hago aquí la lista de sus
nombres porque llenaría dos o tres páginas y en lugar de unas memorias me resultaría
esto como un censo electoral. Yo grabaré en mi corazón con el buril de la gratitud los dos
o tres sustantivos propios a que cada uno de ellos responde, así como su fisonomía y su
figura toda, de modo que andando los años, cuando quiera entretener mis aburriciones de
viejo sedentario, evocando los acontecimientos de este día memorable, desfilen todos
ellos bajo la clara luz del recuerdo, sin, que ninguno falte."

»Corríamos por la carretera de suaves curvas y descenso imperceptible, cada vehículo


distanciado del otro para no echarnos encima el polvo que las ruedas levantaban, que
aunque salían en vistosas nubes doradas por el sol de la tarde, era polvo irrespirable que
nos hubiera puesto de asco."

"De cuando en cuando un nuevo coche venía hacia nosotros con nuevos amigos o
desconocidos que llegaban a saludarme. Parábamos. Salíamos del vehículo. Se hacían
las presentaciones. Me preguntaban qué tal viaje había traído. Yo me quejaba del largo y
pésimo camino. Les importaba a ellos una higa mis quejas. Me embarcaba yo en el coche
de los recién llegados para corresponder a su amabilidad de haber salido a esperarme. Y
seguíamos corriendo hacia Guasimia."

En una de estas paradas, el doctor Estepa, ¿De dónde arranca mí conocimiento con este
togado? imposible recordarlo, pero me tutea como amigo viejo, me llamó aparte y
poniéndome en cada hombro una mano, me miró a la cara con fijeza y me preguntó sin
más ni más:

- ¿A qué hotel vas a hospedarte?

- Al Hotel Persa de la señorita Cándida Neme.

- ¡Es imposible! Exclamó con energía.

- ¿Lo ha cerrado acaso?

- No lo ha cerrado pero no es un hotel de categoría digna de tu posición.

- Tengo muy buenas referencias de su excelente servicio.

- No importa. Está situado en la Calle de la Cajita.

- ¿Y la Calle de la Cajita no es el corto trayecto que va de la Avenida de los Patriotas a la


Avenida de la Constitución, centro y corazón de Guasimia?

- No importa. Cándida da hospedaje a gentecita de poco más o menos... Tú debes ir al


Hotel Europeo.

- ¿Y el Hotel Europeo sí selecciona sus huéspedes?

- Por lo menos es tenido en más.

Pues yo tengo un compromiso con la señorita Cándida Neme y debe estarme esperando.

- ¿Un compromiso firmado?

En otra parada hecha para saludar a otro grupo de señores que me estaban esperando a
la sombra de un árbol, en un recodo de la carretera, encontré a Liborio Benítez, amigo
viejo de mis tiempos de Rivadeltejo, cuya fama de hombre rico ha trascendido a muchos
pueblos a la redonda. Ostentaba en la cadena del reloj, cogida del hojal de la solapa y
haciendo las veces de dije, una moneda americana de las que tienen estampada la
cabeza de un indio piel roja; moneda tan grande y vistosa que por más desprendido que
uno sea se le van los ojos tras de su brillo, dándole placer a su dueño. Me dió estrecho
abrazo y mientras me comprimía contra su ancho tórax acolchonado por la gordura, me
dijo:

- A mi me complace mucho ver que vas de para arriba como la espuma... Pero me han
dicho una cosa que no la creo... ¿Es cierto que has mandado reservar alojamiento en el
hotel de Cándida?

Este modo de llamarlo, despectivo a fuerza de ser familiar, me produjo tal impresión que
le contesté lleno de vergüenza:

- ¿Y qué hacía? Me dirigió a Fragosa un telegrama comprometedor y le dije que iría a su


casa. Allá mandé descargar mi equipaje. ¿Ha decaído mucho la señorita Cándida?
- Hay hoteles que nacen para tener prestigio y hoteles que por más que los atiendan no
llegan a tenerlo jamás. Tú debes hospedarte en el Europeo, es el que te corresponde.
¡Cómo vas a vivir en la Calle de la Cajita!

Yo estaba vacilante. Benítez, que me tenía cogido entre sus brazos, me dió un nuevo
apretón, me soltó y me dijo:

- ¡Qué te importa a ti la señorita Cándida!

"Guasimia. Hoy mismo.

Suspendí el apunte anterior y lo reanudo en seguida porque se me quedaban muchas


cosas que deben ser consignadas en estas páginas."

Entramos en Guasimia en una forma que llenaría de orgullo a un santo, cuánto más a mí
que no soy de esa madera. No eran once automóviles como en Rivadeltejo, donde pude
contarlos de un vistazo; me parece que eran diez veces más. Cuando ya divisamos allá
en el valle claro, entre una verdadera selva de obscuro verdor, dos o tres torres de
iglesias que el sol de la tarde destacaba rutilantes, como de oro, y vimos a mano derecha,
sobre una colina de ocres lavados los cubos blancos de los sepulcros de un cementerio,
los automóviles se pusieron en fila y echaron a andar despacio. En el último, el que tenia
las armas de la República pintadas en la portazuela, al lado de Rufo Rosales, venia yo.

De la arena de la carretera en que rodábamos con suavidad pasamos al empedrado de


guijas de las calles, bajo sombra de almendros y matarratones y el vehículo saltaba y
saltábamos sobre los cojines Rufo y yo como dos balones que rebotan..

Poca gente en aquellas calles amplisimas, ninguna curiosidad en los escasos transeúntes
que íbamos dejando atrás, ninguna mirada inquisitiva que me buscara y yo sin poder
adoptar una actitud de persona importante porque el zangoloteo del carruaje me lo
impedía. Yo hubiera querido ver clavadas en mi todas las miradas".

Llegados al hotel, todos me han estrechado la mano para despedirse. Un individuo casi
negro y más lustroso que un charol, se me puso al lado y me dijo descarado:

No los deje ir sin ofrecerles una copa. Es de rigor.

«La mandé servir y el olor del brandy me ha hecho acordar del mermado préstamo de mí
tía Froilana. ¿Cuánto me va a costar esta atención, Dios mío? Pero cueste lo que me
cueste, la han bebido con tanto placer estos señores, aunque liquide mis recursos, me
doy por bien servido. Después he pronunciado casi un centenar de veces las palabras: le
estoy muy agradecido, le agradezco mucho, le doy las más expresivas gracias. Se han
ido todos. He quedado solo.

¿Solo? No bien me he dejado caer en una mecedora, el condenado personaje que me


hace observaciones inesperadas, me ha dicho: Te has lucido! ¿Es así cómo tomas
posesión de esta ciudad? Al llegar a la puerta del hotel has debido subirte aunque fuera a
la cobertura del automóvil y con voz hueca y resonante pronunciar un discurso de
agradecimiento por la atención que te han prestad. Indudablemente mi duendecillo me
hace burlas.

Me fui amodorrando.. .
¿Reposé largo rato en el mecedor? Creo que no.

Golpearon suavemente a la puerta, mandé entrar y, entreabriendo poco a poco, asomó el


rostro muy bonito y muy pintado de una doncella de servicio.

- ¿Es usted el señor Ayala? Lo necesitan en el teléfono.

Fui al teléfono y reparé de paso la casa. Una casa común y corriente. Un corredor muy
espacioso. Unas sillas de mimbre, un reloj parado y en la pared un mapa de la nación
vecina. En el patio muchos árboles y muchas flores. Entre las plantas el borboteo de una
fuente.

Sobre un velador está el teléfono.

- A ver...

Hacía muchos meses que no hablaba por el teléfono, me he alterado un poco y yo mismo
he quedado admirado del tono hueco y, solemne de mi voz. Una voz de hombre, muy
emocionada y tartamuda también, me resonó en el oído:

- ¿Es usted don Juan?

- Sí, para servir.

- Yo soy Marcos.

¡Alabado sea Dios, y qué milagros operan los viajes y el meterse úno entre gente extraña!
Marcos, mi mozo de mulas, dándome tratamiento!

- ¿Qué te ocurre, Marcos, de dónde me hablas?

- Del Hotel Persa. Aquí está, señorita.

Y oigo ruidos que me dan a comprender que el auricular y la bocina han pasado a otras
manos y en seguida una voz dulce, de mujer, que me dice:

- ¡Ah, señor don Juan, señor don Juan, así se hace!

- Vea, señorita Cándida....

- le había preparado la mejor habitación de la casa, que es una de las más cómodas y
más centrales casas de Guasimia, donde habría estado usted como lo merece, como un
rey...

Señorita....

- Se ha presentado aquí el doctor Estepa a ordenar a su peón que alce con sus cosas....

- Señorita Cándida ... .

- Y yo me he negado a entregar las cosas porque no creía que esto se hiciera con el
conocimiento de usted.
- Desgraciadamente, señorita, llegan épocas de la vida en que el hombre no se
pertenece. Permita que Marcos me traíga mis baúles, que yo iré por allá a saludarla .... a
recordar nuestros buenos tiempos de Hondarriva....

- Cuando usted guste, doctor Ayala. Y muy complacida de saludarlo, de verlo en el puesto
tan digno de usted, tan....

Me he retirado del teléfono bañado en sudor.

Si Juan hubiera llevado un diario de su vida y milagros, notas como las anteriores habría
escrito aquella noche memorable. Ya quedó dicho que no tenía librito de memorias ni
hacía apuntes de ninguna clase.
II
Era un salón cuadrado. espacioso, alto de techo, sin cielo raso, de paredes pintadas con
barniz azul pálido, en cuyos senos y abolladuras había polvo y telarañas. Ante un
escritorio deslustrado, sucio, de los que llaman de ministro, Juan de Ayala estaba
sentado. Tenía ante sí un bade de hule negro, raído en las esquirias, cuya tapa, había
levantado varias veces, a pesar que desde la primera vez encontró que en su interior no
había más que unas hojas de papel secante sin usar. Tenía, adémás, por delante un doble
tintero con mucha tinta seca por fuera, en forma de chorreaduras, dos plumas nuevas en
empates muy ordinarios, dos lápices negros y uno rojo, una cajita de broches para
papeles, una regla que debía haber prestado servicio de martillo a juzgar por las huellas
que tenía en su filo, un exfoliador nuevo puesto en el más amplio de los anaqueles, unos
sobres con el membrete oficial y unas tarjetas muy ordinarias que decían: El Secretario
de HacÍenda. Inútil era buscar un libro de notas, un memorándum de los asuntos en
curso. Parecía aquel escritorio la instalación virginal de una institución que acaba de
fundarse y va a iniciar operaciones.

Juan de Ayala tiene las manos puestas sobre el bade y repica con los dedos. Está
meditabundo. Se levantó aquel día muy, temprano y considerando que su presencia en
Guasimia no tenía más objeto que el desempeño de un puesto en el gobierno del
departamento, cuando fueron las ocho de la mañana fué a tomar la posesión legal. A esas
horas Rufo estaba ya en su despacho.

- ¿Vienes a encargarte? Me complace. Hay mucho qué hacer y debemos aprovechar el


tiempo.

Llamó a su secretario y le mandó extender el acta.

El secretario bajó un libro de un estante, escribió en una de sus hojas y puestos luégo
todos de pie, leyó lo que habla escrito, que no pasaba de unos ocho renglones. Rufo, tras
la lectura, preguntó con voz apagada y triste:

- ¿Jura usted por Dios todopoderoso y promete solemnemente a la Patria cumplir la


constitución y las leyes y llenar fielmente, según su leal saber y entender, las funciones de
su empleo?

Cerró el libro en que había leído esta formula terriblemente comprometedora y con la vista
baja esperó un momento. Juan había respondido:

- Sí juro.

Habían firmado al pie de la diligencia, había salido el secretario llevándose el libro y, una
vez solos, despojándose del estiramiento de que se habían revestido para llenar la
formalidad legal, Rufo había ofrecido cigarrillos y dicho con familiaridad:

- Ya eres una pieza que gira en el rodaje gubernamental. Ahora te dejaré libre el tiempo
que creas necesario para que veas papeles en tu oficina y te vayas enterando de los
negocios que están en marcha.

Esta tregua bondadosa había devuelto el ánimo a Juan; así fué que se animó a decir:
Hace algún tiempo que los liberales estábamos ausentes de las secretarías de la
Gobernación. Al entrar yo ahora a ocupar la de Hacienda para colaborar contigo, me
presento ante mis copartidarios en una actitud que despierta grandes expectativas y me
impone responsabilidades. Debe estar retirada la política de partido de la función
administrativa; pero viene de atrás un estado de cosas que en esa materia puede ser
llamado desequilibrio,

- Comprendo tus ideas. Tú quieres que definamos de una vez el modo como hemos de
ver y entender la cuestión política.

- Eso es, la cuestión política.

- Que acá para entre nos, es la distribución de los empleos.

- No es más. Pero es el caso que no basta darlos a los más capacitados para servirlos.

- Hay que tener en cuenta además el color político de cada persona en quien deba recaer
un nombramiento.

- Y aún así la cuestión es de vida o muerte.


- Yo te llamé fiado en una corazonada que me ha dicho que tú y yo podemos entendernos.
- Y yo no vacilé en venirme a tu llamado, fiado también en que habremos de estar de
acuerdo en todo. Yo me dije: las esperanzas del país están puestas en el cumplimiento de
las promesas de concordia y buen gobierno que ha hecho el Presidente de la República.
Este hombre, que es conocedor de todos nuestros problemas y acertado en sus
determinaciones, ha designado como su colaborador inmediato a Rufo. Rufo ha aceptado.
Rufo tiene, pues, las mismas firmes ideas de amplitud y equidad que preconiza el
Presidente. Yo puedo, por lo tanto, confiar en Rufo. Y ahí tienes que acepté sin vacilar y
me puse en camino sin establecer condiciones. Soy inexperto en estos asuntos de la
administración pública; pero soy una buena voluntad deseosa de manifestarse y ser
probada.

- Tus palabras tienen la transparencia de la sinceridad.

- Gracias, Rufo.

Se pusieron de pie y como tenían el escritorio de por medio, se dieron por encima del
mueble un doble apretón de manos. El duendecillo interior le susurró a Juan estas
palabras: ¿Ves qué fácil y agradable cosa es gobernar? Esta es la carne tierna y jugosa
de la vianda; el hueso será más duro de roer.

Rufo dijo en seguida:

- Acabemos de aclarar de una vez todas nuestras dudas.

Juan sintió que el corazón le daba un salto y palideció prestando toda atención.

- ¿Cómo crees tú que debemos resolver la cuestión política? La cuestión política es la


cuestión de los empleos. Hay cientos de aspirantes revoloteando en torno de la
Gobernación. Cada cual se cree con más derechos que todos los demás. Tras de cada
aspirante hay un jefe político inquebrantable en sus exigencias. Tras de cada jefe hay un
grupo que espera una orden para declarar su hostilidad. Los empleados viejos mueven
cielos y tierra para que se les deje donde están. Contra ellos hay en el público una guerra
declarada .... Esta es la nube negra que nos obscurece el horizonte.

- ¿Te parece bien...Juan al hacer esta pregunta vacilaba. ¿Te parece bien que dividamos
los puestos públicos dejando a los conservadores una mitad y dando a los liberales la otra
mitad?

- Me parece muy bien. ¿Qué más pueden estos señores exigirnos? Y nosotros ¿Qué, más
podemos hacer; Esta forma de distribuir los empleos entre personas de uno y otro bando,
la han criticado ya en estos días, llamándola despectivamente: partija matemática, pero
¿habrá otro modo de contentar a la legión irimunerable de los aspirantes? Escogeremos,
eso sí, los elementos más moderados entre las personas capaces y honorables.
- Se entiende. Necesitamos administradores públicos, no miembros de comités.
- Entonces está resuelta por nuestra parte la cuestión política, ya que nosotros no vamos
a hacer política de partidos pero necesitamos vivir en paz y armonía con ambos grupos.
No creo que mis otros secretarios pretenderán distinta solución .... Y las dos
colectividades....

- Las dos colectividades .... ¿Qué ?

- Dílo tú Juan.

- Tú lo ibas a decir, Rufo.

- Las dos colectividades nada tendrán qué reprocharnos.

- No era eso.

- Era esto: las dos colectividades nos harán reproches y nos atacarán, pero sin justicia.
Porque ya que hablamos para nosotros dos, las dos colectividades son las dos masas de
un trapiche entre las cuales vamos a pasar como débiles cañas para quedar convertidos
en puro bagazo. Por nuestra parte, lo pienso y lo digo así, en la seguridad de que tú lo
piensas y lo dirías igualmente; nuestra acción estará encaminada en todo momento a
conseguir un solo fin: el orden, el progreso y la felicidad del Departamento que hoy está
bajo nuestro gobierno. Para nosotros no existen hoy los partidos políticos; existe nuestra
tierra queridísima, objeto de nuestros desvelos. Será nuestra norma la ley, nuestra
inspiración la justicia, nuestra satisfacción la aprobación de nuestra propia conciencia.
-
¡Qué mejor política! Así entiendo yo el cumplimiento de mi deber y me place hasta lo más
profundo estar en absoluto acuerdo contigo.

Y se habían dado otro apretón de manos como para sellar aquella identidad de pareceres.

Juan de Ayala tiene las manos puestas sobre el bade y repica con los dedos. Está
meditabundo. las palabras de Rufo Rosales se la han quedado resonando en los oídos.
De cuando en cuando murmura pasito, pasito:

- Una cosa sin jugo, inútil, reseca...un bagazo, ¡en eso vamos a quedar convertidos!

Está meditabundo. Ha jurado cumplir según su leal saber y entender la constitución y las
leyes y la verdad sea dicha, no ha tenido nunca en sus manos ni la una ni las otras. La
voz interior, severa, le dice: Has hecho como hacen todos los vagabundos que entran en
el torbellino de la política; has jurado cumplir lo que no conoces y has hecho mal.

¿Cómo piensas ahora salir de este compromiso?

Juan se levanta de la silla. Diagonal al rincón que ocupa, oculto por el mueble en que
trabaja, hay un empleado. No sabe su nombre porque un instante después de haberle
sido presentado lo olvidó, como olvidó los de sus demás subalternos; tampoco recuerda
cuáles son las funciones que le dijeron que ejercía. En los otros rincones del salón hay
otros dos funcionarios. Uno de ellos tiene una mesa por delante y sobre ella un buen
montón de papeles que pasa de un lado a otro, reparándolos como si los examinase; el
otro, un viejo de calva pulida y perfecta, de bigotes erizados y amarillentos, de espejuelos
anaranjados, mueve las mandíbulas como si mascase y consulta un libraco, manteniendo
porciones de sus hojas entre dedo y dedo, yendo de atrás adelante y de adelante atrás,
como si comparase diferentes disposiciones. Juan comprende que no están haciendo sino
el papel de que, están muy ocupados, pero siente como ráfaga pasajera un poco de
envidia ante la calma con que matan el tiempo ambos empleados. Están en lo suyo,
piensa; tienen su rutina; conocen la ley que deben cumplir y saben disimular el ocío a que
se entregan durante las horas de trabajo. Son ruedas de una máquina que está en
marcha. Dan vueltas suavemente. Y al final del mes, cobran su sueldo.

Como la luz entra por un amplio balcón abierto sobre la calle, Juan atraviesa el salón y se
asoma, descansando las manos sobre el macizo barandal de cemento. Mientras dió los
diez o doce pasos que mediaban entre el balcón y su escritorio aunque llevaba la vista
puesta en el retazo de cielo que tenía delante, sintió que los tres empleados le habían
seguido con los ojos, con esa acuciosidad sobresaltada del subalterno que teme ser
removido. Desde aquel alto mirador, Guasimia no ofrecía ningún bello espectáculo;
muchos árboles frutales, especialmente mangos, y cocoteros, se ofrecían a las miradas
de Juan, sobresaliendo de aquella mancha de verdor sedante las pinceladas rojizas de los
tejados. Hacia el occidente, sobre colinas rosadas y áridas, había casitas blancas,
aisladas unas de otras, recortando sus siluetas sobre un fondo azul que no se sabía si era
de nubes o de montañas lejanas. Hacia el oriente, el paisaje de austeras montañas con su
copete de nubarrones pertenecía a la nación vecina. Juan pensó frívolamente: De allá, de
esa tierra que separa de nosotros y la hace extranjera el curso de un arroyuelo, vienen las
mujeres voluptuosas y perfumadas de que me habló mi amigo de Rivadeltejo. Y suspiró
fuertemente, como si le hubiese llegado, emanando de un corpiño henchido y palpitante,
una ráfaga embriagadora.

- ¿Me hace el favor de prestarme las Ordenanzas departamentales?

Ha hecho Juan esta pregunta al empleado más viejo, al de la calva, por haberle inspirado
a primera impresión más confianza. Y este señor, levantándose con mucha precipitación y
extremando su deseo de ser atento:

- ¿Las de qué año quiere usted, doctor?

Las de 1. 92 5.

Ha dicho 1.925, como ha podido decir 1.344 de la Era Mahometana. El objeto era hojear
las de un año cualquiera para poder afirmar, si llegaba el caso: Yo he tenido en mis
manos las Ordenanzas, para empezar a informarse y, sobre todo, para saber donde
estaban guardadas y poder curiosearlas cuando se quedara solo.
Las Ordenanzas de 1.925 son muy interesantes porque contienen las disposiciones que
reglamentan el cobro de las rentas.

El empleado de la calva pulida había ido a un estante de vidrios que tenía la llave en la
cerradura, tomó sin vacilar un volumen de los muchos que estaban allí puestos en fila,
todos pobres pero fuertemente encuadernados, y lo pasó a Juan con fruición exquisita,
como si le diese un rico manjar. Juan tomó nota de que su subalterno solo tenía en la
boca dos soberbios caninos amarillentos.

- Hace algún tiempo, agregó deseoso de mostrar su interés por todo lo que al servicio se
referia, que vengo aconsejando la reimpresión de este libro. No queda un solo duplicado
en el archivo.

Juan tomó el libro, lo abrió e hizo que buscaba. No leyó ni una letra. Le pareció odioso
todo aquel fárrago legislativo y más odioso aún cuando el duendecillo interior le dijo
impertinente: "Todo eso que ahí está escrito, bueno o malo, justo o injusto, has jurado
cumplirlo. Esa es la ley interna del Departamento. Y tú lo ignoras." Juan reparó los
volumenes que quedaban en el estante y con su mano blanca y fina, enrojecida por el sol
del camino, los fué tocando uno a uno, mientras leía en cada lomo la cifra del año
correspondiente.

- ¿Cuando fué creado el Departamento?

El empleado se saboreó, como si le hubieran puesto una confitura en la lengua, se quitó


los anteojos anaranjados (sin anteojos tenía una apariencia de cadáver que se ha
enfriado con los ojos abiertos) y repuso:

- Hemos vivido en dos épocas. Primero fulmos Departamento de Guasimia. Después la


Asamblea constituyente de 1. 910...

- Pero aquí no veo las Ordenanzas anteriores a 1.914.

- Ni se necesitan. Todo lo que contenían es ya letra muerta. De la labor legislativa de


1.914 sólo tenemos en vigencia el código fiscal y eso con muchas modificaciones.

- Gracias.

Juan sintió gratitud sincera hacia aquel hombre menudito que, dentro de su vestido de dril
blanco y bajo el espejo cóncavo de la mollera, al decirle que la legislación vigente
arrancaba de 1.914, le permitía confiar en sus fuerzas.

- ¿Cómo no he de poder yo conocer en unas pocas noches lo que la Asamblea


departamental ha dispuesto en los últimos diez y seis años? Esta misma noche empezaré
la tarea. 1

Fué a la mesa del rincón opuesto y se inclinó sobre ella, como si tratara de examinar los
papeles que el empleado pasaba de un lado a otro. Dicho empleado, que era un mozo de
expresiva fisonomía y cuerpo atlético, se puso de pie y enrojeció atortolado. Juan le
suplicó en voz baja:

- Tenga la bondad de decirme el nombre del señor con quien acabo de conversar y cuál
es el empleo que ejerce, pues lo he oído y lo he olvidado.

- Es don Adalberto Pompa Pita, oficial primero. Y como Juan, después de darle las
gracias, hiciera ademán de volverse a su escritorio, el lozano mozo agregó, mostrándole
el cerro de papeles que tenía sobre la mesa:

- Estas son cuentas a cargo de la Caja Central que es.tán por pagar y necesitan que
usted las autorice con su firma. ¿Se las paso?

Papel sobre papel formaban una pila como de cincuenta centímetros de altura.

- Luégo las veremos. Pero . ..¡cuántas son! ¿Cómo es que las han dejado acumular de
esa manera? A mí ni en lo privado ni en lo público me gustan las cuentas pendientes. Hay
que mandar pagar todo eso sin demora.

Dió a su voz una entonación solemne y caminó dos o tres pasos, inflándose como un
pavo.

- Es que ..se atrevió a advertir el mozo con dulce timidez, si estas cuentas no se han
pagado es porque ... porque no hay con qué pagarlas.

- ¿Qué no hay con qué pagarlas? ¿Y el tesoro del Departamento para que sirve?

- El departamento no tiene tesoro ninguno. La Caja Central no tiene un centavo.

- ¿ Y las rentas?

- Las rentas se han mermado hasta el último extremo.

Juan se sintió anonadado. Creyó que iba a tambalear como un borracho y para disimular
la dura impresión recibida fué a buscar la silla de su escritorio, en la cual se dejó caer.
Hubiera querido que en aquel momento la tierra se abriera y lo tragara, pues le parecía
bochornoso estar ya investido del cargo de administrador de la hacienda pública e ignorar
que la caja estaba barrida.

Pompa Pita debió sentir piedad al verlo tan abatido y se acercó a decirle melifluo:

- Ahora no vaya usted a afanarse por la bancarrota en que encuentra el tesoro. ¿Qué
culpa tiene usted ni qué culpa tiene nadie? Las vacas gordas no habían de durar siempre.
Al que venga a cobrar se le dice que vuelva, en paz. Usted no ha de quedar mal por eso.
Usted no estaba obligado a traerse de Fragosa baúles llenos de billetes para cubrir
deudas que ya estaban contraídas.

Estas palabras le corrieron a Juan como un vientecillo fresco, corazón adentro. Suspiró.
Alegró el semblante.

- Pues no pagaremos, dijo.

Pero oyó una voz secreta que le reprochaba en la conciencia:

"No olvides la promesa hecha a la pobre maestra de Fragosa, de mandarle pagar sus
sueldos atrasados. No hacerlo es entregarla en las manos despiadadas de los usureros."
El empleado que manejaba las cuentas por pagar las alzó de pronto sobre el brazo y vino
a buscar a Juan a su escritorio. Se dobló sobre el mueble como si fuera a depositar en él
aquella carga odiosa y le sopló discreta, suave, imperceptiblemente:

- No hay que tener mucho afán por el pago de todas estas cuentas; ojalá hubiera modo de
no pagar nunca algunas de ellas. Yo quisiera examinarlas con usted y dividirlas en dos
partes: unas que son sagradas, y otras que ... Esta, por ejemplo por maderas ..Pregúntele
al jefe de los depósitos dónde están esas maderas, qué hicieron con ellas. Yo le aseguro
a usted que no se han recibido tales maderas. Esta otra por cemento... igual. No se ha
comprado cemento ninguno.

- No entiendo entonces por qué han sido formuladas esas cuentas de cobro.

- Porque hay empleados subalternos que de este modo se aumentan lo que ganan.

- Pues esas cuentas no permitiré que se paguen, ni ahora ni cuando haya dinero.

- Y hay que pagarlas porque son cuentas ya legalizadas. Son de la vigencia anterior y ya
están reconocidas. Ahora les falta un segundo giro y debe hacerlo usted. Luégo, su dueño
esperará que haya fondos.

Juan no entendía a derechas lo que su subalterno le decía y sintió una especie de


angustia y un disgusto profundo. Oyó por allá dentro una vocecita que le preguntaba:
"¿En qué berengenal te has metido, incauto?" Rechazó con amable gesto los papeles
que el empleado aún no había descargado sobre la mesa y le dijo de modo que oyeran
bien los otros funcionarios que trabajaban en el salón:

- ¿Quiere usted retener sobre su pupitre todos esos documentos? Ya me los irá
entregando poco a poco ... ¡Son tantos! Y en voz muy baja: Sus informes son preciosos.
Tenemos que hablar largamente.

Sonó la campanilla del teléfono. Juan llevó el auricular al oído y dijo con voz pausada, con
una voz que a él mismo le halagó por el timbre de superioridad que logró imprimirle:

- Sí, señor...Habla usted con el Secretario de Hacienda.... iGracias! ... Tendré mucho
gusto, siempre que ello esté en mi mano. ..Cuando usted guste. Inmediatamente, si
quiere. Hasta luégo.

Dejó el teléfono y se dirigió a Pompa Pita, que parecía abstraído en su labor, pero que
tenía las orejas paradas como una liebre.

- ¿Quién es Ellas Zarpa de León? Le preguntó misteriosamente. Don Adalberto se había


levantado, se había quitado las gafas y trayéndolas en la diestra se acercaba con aire a la
vez servicial y radiante.

- Aquí lo llamamos simplemente uña de León, y con esto de uña ya usted se dará cuenta
de quién es el personaje. Es el dueño de todo Guasimia y de sus alrededores. Interviene
en cosa pública cuando necesita sacar algún provecho. Manejó la aduana y más era lo
que el cogía que lo que el Gobierno central aprovechaba. No presta ningún servicio
gratuito. apasionado en política, no se le puede mentar el partido conservador porque ya
está en guardia. Van hacerlo senador ... Hace unos meses está empeñado en que se
reanuden los trabajos de la carretera de Piñoncitos, porque tiene por esos lados un cafetal
al cual desea poder ir en automóvil....

No tuvo tiempo de decir más, pues el portero anunció a Zarpa de León y el magnate sin
esperar razón entró tras del portero, como Pedro por su casa. Era un hombre en la
plenitud de la vida, lleno de canas prematuras, muy graso, con una burbujilla de sudor en
cada poro. Dió la mano, una mano enorme y tan húmeda y babosa que al apretar la que
Juan le tendió, ésta corrió hacia fuera como cuando se trata de aprisionar un pez vivo y
por lo liso y untuoso se escabulle. Juan trató de disimular un gesto de repugnancia y se
puso a jugar con el secante, dándose golpecitos en la palma para enjugarla. No se habían
visto nunca; sin embargo, el terrateniente habló con llana confianza:

- Lo hemos esperado a usted hora por hora y momento por momento, amigo y señor de
Ayala, porque lo que usted no haga para poner orden y buen gobierno. en las obras
públicas del Departamento no habrá quién lo haga. Esto ha venido marchando manga por
hombro. Cuando salió su nombramiento, todos dijimos: Rufó Rosales dió en el clavo y
vimos cierta la promesa que-hizo el Presidente cuando dijo que él sacarla de donde
estuvieran escondidos los hombres de mérito que necesita como colaboradores.

-Cuando Rosales me nombró, solamente dos o tres amigos sabían mi existencia. Yo no


había figurado nunca en nada. Asi, pues, excúseme usted que...

-Ignorado precisamente. Ese es el mérito. Rufo no pensé en ninguno de los cien


aspirantes que estaban aquí de presente. Trajo al ignorado, al que él conocía; al de toda
su confianza. Y como el talento de Rufo Rosales es un axioma...

Juan de Ayala se deshacía en venias y sonrisas de agradecimiento. El potentado continúo


diciendo:

-Usted encuentra aquí dos o tres obras de mucha importancia, paralizadas


inexplicablemente. Entre ellas una carretera llamada de Piñoncitos...

Juan lanzó una mirada a Pompa Pita que se doblaba menudito e insignificante sobre su
mesa de trabajo y le oyó toser con tosecilla seca, como si el polvo de los códigos se le
hubiera entrado por la respiración.

-¿De qué vive y se sustenta la riqueza de Guasimia? Del café. Guasimia, sin embargo, no
produce ese valioso grano. Lo producen los pueblos de los alrededores y hay que
facilitarles el modo de que puedan traerlo aquí. La carretera de Piñoncitos será una
especie de canal por el cual fluirá hacia Guasimia el producto de los más ricos cafetales
del Departamento. Es necesario, pues, dedicar a la continuación de los trabajos en esa
carretera, todos los fondos que se puedan reunir ... Hay que llevar allá la maquinaria
disponible. ...

Juan movía la cabeza con una sonrisa de hielo que no tardó en producir su efecto en
aquél torrente inspirado que brotaba de los labios de Zarpa de León, cortándolo:

-Señor Correa, dijo solemne dirigiéndose a su robusto subalterno. Páseme acá por un
momento las cuentas que tiene sobre la mesa.

El empleado metió el brazo y acercó el cerro de papeles.


-¿Ve usted, don Ellas? Son cuentas exigibles a cuyo pago la Caja Central no ha podido
atender por no haber dinero. Mi buena voluntad se estrella contra un imposible. Encuentro
en las finanzas departamentales una situación de penuria que no será facil resolver. Toda
la República se hunde en el abismo de la ruina... ¿Sería posible distraer en estos
momentos dinero para emprender obras tan costosas como la carretera de Piñoncitos?
Sería un error intentarlo.

Y frunciendo los hombros con el aire de una persona que lleva encima el peso de un
mundo, dijo, haciendo girar su silla, como para reanudar su trabajo: Primero tenemos que
ver cómo pagamos sus sueldos atrasados a los maestros de escuela.

Zarpa de León se levantó y tomó su sombrero de la silla cercana, murmurando:

-¡No nos podremos redimir nunca!

Aún se oía crugir la escalera bajo los pasos del ricote que se alejaba, cuando el portero se
acercó a anunciar:

-Mister Baús está en la sala de espera aguardando su licencia para entrar.

-Míster Báus... ¿Y quién es míster Báus?

-MIster Báus es ... el dueño de la Casa Extranjera.

Era una respuesta concluyente que a Juan no le decía nada y se lo decía todo. Dirigió una
mirada suplicante a los subalternos que trabajaban en el salón y ambos hicieron ademán
de levantarse, ganándoles en presteza Pompa Pita, quien bajando del caballete de la
nariz los espejuelos de color, vino a su lado, musitando:

- Aquí en Guasimia hay una empresa comercial que lleva el nombre de Casa Extranjera y
es, en los negocios todopoderosa. Dicen que su especialidad es el contrabando de
licores, cosa que a mi no me consta. ¡Es tan corriente aquí eso del contrabando y dá
tantas facilidades el paso de la frontera! ... Míster Báus vendió al Departamento hace
unos meses, a plazo, un solar que el Departamento no ha podido pagar. El solar vale hoy
la décima parte de lo que costó. Míster Báus viene a cobrar.

Hizo Pompa Pita una venia y volvió a su mesa.

Un instante después parecía otra vez abstraído en el estudio de las disposiciones legales.
Juan se dirigió al segundo oficial:

-Correa, tráigame acá la cuenta de míster Báus que está por pagar.

-Esa cuenta, y Correa se acercó a hablar a Juan casi en el oído, esa cuenta no está en mi
poder; la tiene míster Baús. ¿Conoce usted ese solar? Lo compraron para dar amplitud al
edificio de la Escuela de Santa Teresita que proyectan construir. Valía cincuenta mil
fuertes cuando el Departamento lo negoció y hoy no habría quién diera cinco mil por él.

- ¿Tanto así se ha depreciado en Guasimia la propiedad raíz?

-Fué un avalúo muy alto. A mister Báus le costó dos mil solamente.
-¿Y por qué se lo compraron?

-Además, cuando crece el rio Paramito, lo inunda.

-¡Qué malos negocios! ...Haga pasar a mi íster Báus.

Entró un individuo de corta estatura , de rostro afable y cabeza roja y redonda, que
después de hacer una reverencia fué en una carrerita a dejar su sombrero sobre la mesa
en que Correa trabajaba para volver luégo a ocupar la silla que Juan le señaló con un
ademán. Predisponía en su favor a la primera mirada.

-¿Lo ha recibido bien este horno de Guasimia? Preguntó sin el más leve acento
extranjero. Aunque ardiente (hoy teníamos 30 grados a las nueve de la mañana) es este
un clima delicioso y sano. Se amañará usted. Y viniendo a mi asunto para no quitarle
demasiado tiempo, tengo un crédito a cargo del Departamento, cuyo pago viene
demorándose demasiado.

-Lo sé- dijo Juan con notable solemnidad, y si usted me lo, permite... me atrevería a
hacerle una propuesta.

-Soy todo oídos, querido señor.

-¿Quiere usted recibir en pago el mismo solar, anulando así la operación efectuada?

-¡Oh ... jo! ... jo!... Rió burlón el acriollado míster, El Departamento no va a desaparecer
mañana, ni pasado mañana, ni nunca. El documento tiene todos los requisitos; el interés
va corriendo y Baús tiene mucha paciencia ... Querido señor secretario, perdone usted el
rato que le he quitado. 1

Juan lo dejó ir. Al levantar la mirada vió a Pompa Pita que se acercaba mefistofélico.

-A esta gente, dijo en tono imperceptible, conviene caramelearla un poco.

-¿Caramelearia? ¿Qué cosa es caramelear?

-Irla engañando, darles una ilusión que es como un caramelo para que lo chupen y se
entretengan mientras va pasando el tiempo. Así se les mantiene contentos y no se
convierten en enemigos.

-A mi me gusta la franqueza,

Tomó maquinalmente uno de los pliegos que estaban sobre la mesa sin abrir, le metió la
plegadera, lo extendió y leyó de un vistazo. En su párrafo más jugoso, aquel oficio decía:

"Vencida la segunda prórroga que por una bondad concedimos, ha llegado la hora de
pedir, como pedimos muy formalmente, que las letras aceptadas sean cubiertas sin más
demora."

-Señor Pompa Pita, articuló Juan dejando caer la mano en que sostenía aquel papel papel
exigente.

¿Puede usted informarme algo en relación con este cobro que hacen unos señores
Merolico Hermanos?

Pompa Pita vino esta vez trayendo una silla para sentarse al lado de Juan. Se quitó los
anteojos anaranjados y adquirió de pronto el aspecto del cadáver cuyos ojos esperan una
mano piadosa que les cierre los párpados.

-Es muy sencillo y a la vez muy complicado lo que pasa con esos señores Merolico. Ellos,
como representantes de unos fabricantes de Milán, vendieron al Departamento la
maquinaria del aserradero.

-Excúseme, Me parece que he oído mal. ¿Aserradero ha dicho usted?

-Precisamente.

¿Pero para qué compró el Departamento una maquinaria de esa naturaleza?

-Caprichos de un funcionario que ocupó en meses pasados este mismo bufete que hoy
honra usted con su patriótica integridad. Como usted puede ver este palacio de la
Gobernación está inconcluso. Hacen falta cielos rasos, hacen falta servicios higiénicos,
hacen falta muchas cosas. Las puertas y las ventanas, por lo ordinarias no corresponden
a la obra arquitectónica; son obra provisional. Se trataba de comprar buena madera para
mandar hacer esas obras ... y el señor Secretario. anterior, hombre un poquito fántástico,
de iniciativas tan originales como costosas, hizo no sé qué clase de cálculos y sacó en
consecuencia que con lo que se iba a emplear en maderas, bien se podía emprender la
compra e instalación de un gran aserradero en los ricos bosques del Tentequetetumbo,
que no están distantes. Fué una grande pero muy honrrada equivocación. El señor
Secretario anterior creyó que de este modo se realizaban tres obras muy importantes:
aprovechar esas riquezas perdidas, dar trabajo a un centenar de obreros y abaratar en
toda la región las maderas de construcción y ebanistería. Desgraciadamente...

Bajo los bigotes híspidos de Pompa Pita, los caninos asomaban comicamente, mordaces
de puro irónicos.

- Desgraciadamente, aquel honorable funcionario fantaseador, al tiempo que se excedía


en el uso de sus atribuciones, hizo cuentas alegres. La maquinaria, pedida por una
persona que no tenía de ella más información que la que le suministraron unos catálogos
leídos a la ligera, llegó incompleta, inadecuada e inservi.ble. La deuda, en cambio, es una
deuda completa, intachable, obligante; hace parte de la carga que pesa sobre la Caja
Central.

-Todo eso es muy sencillo, en verdad, observó Juan sacando cigarrillos.Pero si usted no
me lo advierte yo no habría notado que las puertas y ventanas de este palacio son obra
ordinaria y provisíonal. Fue y movió una batiente de la puerta más cercana. Esto es sólido
y decente; no exige cambio ninguno. Podrían dejarse en sus puestos durante un siglo
más ... Si se quiso cambiarlas por otras de caoba o de palisandro, debió ser por una mera
cuestión de buen gusto. Tal vez el empleado que me antecedió aquí, quiso realizar las
teorías del estado industrial y fracasó, porque eso no es posible. Perfectamente. En virtud
del extravagante capricho de aquel empleado, el Departamento tiene hoy una deuda más
por pagar, a tiempo que el causante de tal perjuicio se pasea por esas calles, tranquilo,
risueño, satisfecho. Todo eso es deplorable, pero es muy sencillo, señor Pompa Pita.
Vamos ahora con lo complicado, porque usted ha dicho que todo esto es a la vez sencillo
y complicado.
- Allá voy, repuso el viejo oficinista relamiéndose. Es el caso que había en el presupuesto
una pequeña partida destinada al gasto mencionado de las puertas y la ventanas, pero no
había partida para comprar la costosa maquinaria del aserradero con su motor de vapor,
sus rieles, sus carros, etc.

La lista de precios decía: liras oro; el Secretario, o para más claridad el señor Pimpante no
se fijó en ello y computó liras papel que vallan a dos centavos. Partiendo de ese error
fundamental, Pimpante hizo cálculos y encontró muy fácil distribuír el valor de la
maquinaria en varias cuentas...

-Explíqueme eso de distribuír.

-Las disposiciones fiscales mandan que cuando un gasto pasa de cierta cuantía no debe
hacerse sin una licitación previa, y como en eso se perdería mucho tiempo, se ha
adoptado el sistema de burlar la ley, fraccionando la cuenta. Así pues, por el valor de la
maquinaria de aserrar se hicieron varias cuentas, no con el nombre de sierras y motores,
sino con el nombre de tablas, listones y alfajías. Esas evoluciones son muy
acostumbradas y cada día hay necesidad de hacerlas.

- Yo no las haré nunca, advirtió Juan secamente.

Pompa Pita se limitó a sonreír imperceptiblemente, y continuó diciendo:

- Pimpante contrajo una deuda redonda de 100.000 liras, y lo que creyó poder cubrir con
2.000 pesos, resultó valiendo 20.000. Un cero más, pero a la derecha.

-Ya no es tán sencillo, pero tampoco es muy complicado.

-Aconteció que a la Asamblea legislativa pasada vino como diputado el famoso doctor
Ortiga, joven ansioso de renombre y dispuesto a tomar la ocasión por los cabellos cuando
se trata de conseguir unos aplausos. En Guasímia todo el mundo sabe la triste historia del
fracaso del aserradero. Ortiga la supo también y resolvió provocar un debate escandaloso
para apabullar a Pimpante y de paso darle muerte de un golpe al Gran Fiscal.

- i Qué! ... ¿El Gran Fiscal entró en esos arreglos?

- No, señor. El gran Fiscal es un hombre honrado y sin malicia, incapaz de hacer una
picardía; pero cree ser muy listo y resulta que juegan con él. Pimpante lo envolvió cómo
quiso, Volviendo al doctorcito Ortiga, no se le ocurrió venir a la fuente a beber una
información completa y documentada, se atuvo al cuento que le echaron en algún café y
así sin estudiar las cosas a fondo, hizo citar a Pimpante ante la Asamblea y lo llamó a
cuentas. Fue un debate sensacional que Pimpante cortó de un tajo con un golpe de
audacia.

-¿Qué pudo alegar en su defensa?

'- Como usted sabrá, Pimpante es un hombre muy inteligente y muy perspicaz.
Comprendió que su contendor Ortiga no estaba documentado y entonces, con una
sonrisa de superioridad lo dejó hablar. Cuando le tocó el turno para defenderse, con una
serenidad pasmosa se limitó a decir que no había motivo para tanto alboroto. Afirmó que
la maquinaria comprada sólo había costado la bicoca de 2.000 pesos, gracias a la
depreciación de la moneda italiana; afirmó que dicha suma ya estaba totalmente pagada
con la dichosa partida para puertas y ventanas y terminó diciendo que gracias a esta
operación el Departamento quedaba dueño de una magnífica y moderna aserradora
mecánica que una vez montada en las selvas del Tentequetetumbo, maravillosamente
ricas en maderas de todas clases, se convertiría en una fuente de prosperidad en que los
hijos del pueblo encontrarían el sustento. Sacudía en sus manos, mientras hablaba, un
ejemplar de la factura de Merolico Hermanos como si fuera la bandera del triunfo. Le
hicieron una ovación nunca vista y salió del salón de la Asamblea en hombros del
populacho.

- Es increíble lo que me cuenta, señor Pompa. ¿Qué clase de diputados son esos que
vienen a la Asamblea?

- Son en su generalidad unos señores que no saben de la misa la media, muy atentos al
cobro de sus dietas, de vivos enconos políticos y topos en los asuntos administrativos.
Desean su medro y comodidad personal, piden auxilios para las obras públicas de sus
parroquias, se contentan con obtenerlos en Ordenanzas que no se han de cumplir y se
acabó. Pero, volviendo a lo que hablábamos...Se corría el riesgo de que a Ortiga se le
ocurriera cerciorarse, por sus ojos, de lo que el Secretario afirmó en su peroración y no
era hora de andarse con escrúpulos. Pimpante anduvo listo y obtuvo de Merolico
Hermanos un recibo por las 100.000 liras del negocio, previo abono de 2.000 pesos y
entrega de unas letras aceptadas a diferentes plazos, y como las cuentas de la Caja
Central están siempre lamentablemente atrasadas, hicieron el descargo en el libro de
caja, como efectuado unos meses atrás y como si se tratara del pago total. Ortiga vino, en
efecto, se le recibió con copitas de brandy y cigarrillos egipcios, vió la partida en el libro,
vió el recibo y se marchó con el rabo entre las piernas, convencido de que habla metido la
pata. Se creó para Pimpante un ambiente favorable y lo aprovechó pidiendo a la
Asamblea una partida para dar comienzo al montaje e instalación del aserradero; La
Asamblea, manilarga, dió 5.000 pesos y Pimpante los entregó como abono a Merolico
Hermanos...Se les están debiendo unos 13.000 todavía y no hay partida votada, ni
dinero ... Esto es lo que yo he dicho que resulta algo complicado.

- Y el Gran Fiscal? qué ha hecho entretanto?

- ¿El Gran Fiscal? ... ¿Qué puede hacer un puente si por debajo de su arco se enturbia el
río que debía pasar cristalino? Juan miró a Pompa Pita con grata sorpresa al oírlo
expresarse por medio de imágenes, pero luego supo de dónde había obtenido tal
funcionario su hermosa comparación, pues prosiguió diciendo. Como lo dijo una vez un
diputado que era poeta, El Gran Fiscal hace de puente para que pase, a la luz de la
legalidad, el dinero que entra y sale y por cuenta oficial; pero por debajo de ese puente
corren las aguas revueltas. La Ordenanza vota y apropia una partida para un gasto
determinado; el empleado a quien compete tal asunto, presenta la cuenta
correspondiente; el Gran Fiscal la examina, la encuentra ajustada a las disposiciones
legales y la visa. El dinero sale. ¿Cómo va a saber el Gran Fiscal que lo que se mandó
pagar como valor de útiles de escritorio, pongo por ejemplo, se convirtió en sobresueldo
secreto para algún vivaracho? En lo referente a la compra del aserradero ... eso ha
pasado por debajo del puente.

- i Ah! -dijo Juan. Ya entiendo. Don Amós, como don Amós, ha visto con sus ojos y tocado
con sus manos las piezas de la maquinaria de aserrar, pero como Gran Fiscal ignora su
existencia, pues para él lo que se hizo fue comprar un juego de puertas y ventanas.
- Ni más ni menos. Con la salvedad de que, a la par de Pimpante y merced a este ardid
inocente de comprar máquinas y apuntar puertas y ventanas, don Amós ha soñado en ver
armado el aserradero y convertido el Tentequetetumbo en un emporio de civilización y
riqueza.

- Tal vez pueda lograrse esa transformación.

Pompa Pita hizo la mueca más fea para reír, pues sus estupendos caninos se destacaron
bajo las hebras del bigote, sobre una oquedad sombría.

- Esas tierras bajas y anegadizas repelerán siempre al hombre civilizado y si alguna


riqueza tienen, estará en las entrañas de la tierra en forma de petróleo o metales.
¿Maderas? Cuando un huracán abre un claro en esos montes, más tardan en caer los
árboles que en podrirse.

Acababa de decir estas palabras cuando el reloj de una iglesia no muy lejana, empezó a
dar las horas. Una voz exclamó; ¡Las Once! Y fue como sí hubiese anunciado un
terremoto, que es el suceso que más temor inspira a un guasinense. Los tres empleados
que acompañaban a Juan en el salón se pusieron de pie, como movidos por un mismo
resorte, se oyó cerrar la cortina de los escritorios, empujar las gavetas, cerrar la tapa de
los tinteros. Y todo mundo huyó.
III
Juan de Ayala se ha puesto su sombrerito de paja, un sombrero muy coqueto y muy
liviano a que no está acostumbrado y que lo obliga a estar alzando la mano para
cerciorarse de que lo lleva sobre la cabeza pues no le hace peso en ella. Baja lentamente
las escaleras. En el rellano se encuentra una blanca mano que espera la suya, lista al
apretón y reconoce en el hombrecito casí enano que se permite aquella efusión
silenciosa, al Gran Fiscal que acierta a llegar a su despacho cuando los demás
empleados salen ya de sus trabajos. El día anterior fue uno de los que hicieron el honor
de tomar parte en el recibimiento y Juan no vacila en preguntarle:

- ¿Qué hacemos, señor Gran Fiscal, con esos Merolico Hermanos?

-Y ¿qué quieren esos señores?

-Quieren que se les paguen las letras, resto del valor de la maquinaria de aserrar que
vendieron al Departamento.

-¡Tú-turutú tu-turutú!... Cantó regocijado el alto aunque casi enano funcionario. Si eso
pretenden Merolico Hermanos, podemos mandarlos meter a la cárcel ahora mismo,
porque nada se les debe. ¿Conque nos acomodaron unos fierros que no sabemos qué
hacer con ellos y quieren que se les paguen dos veces?

- Acabo de recibir una carta de cobro.

- Pues es una desfachatez. ¡Vaya hombre! Cuando Pimpante renunció y se fue, ya esa
cuenta estaba cancelada, hace unos meses.

- Venga usted y ve con sus propios ojos la carta que acabo de dejar sobre el escritorio.

- Pues es una tentativa de estafa.

Subieron, abrió Juan con impetu nervioso, tomó la carta del escritorio y la puso por
delante a don Amós, que así se llamaba de pila el Gran Fiscal y así le decía todo el
mundo, porque no había en Guasimia más Amós que aquél. Y para dar tiempo a la
lectura, se puso Juan las manos en las caderas y le imprimió al cuerpo un balanceo que
era tanto como decir:

- ¿Se convence usted?

El Gran Fiscal, apenas vió el papel, cantó de nuevo su musiquilla:

-¡Tu-turutú tu-turutú! ... Y echó a reír, burlándose con una soflama cáustica. Como era
chiquito y algo gordo, se puso una mano sobre la hebilla del cinturón, como si temiera
reventarlo, y dió vueltas casi barriendo el suelo con la carta, del modo más cómico. Esta
carta, dijo entre la risa, ciertamente es de Merolico Hermanos, pero está fechada el 20 de
Enero, día de San Sebastián. Alzaba los brazos tanto como podía para poner la carta
ante los ojos de Juan y con un dedo cortico y regordete, le subrayó la fecha.

- 20 de Enero, día de San Sebastián, hace casi un año.


Y miraba a Juan por encima de los espejuelos y se balanceaba a su vez como diciendo:

-¿Se convence usted? ... Se trata de una carta vieja que ya debía estar en el archivo.

Era una carta vieja, indudablemente, y si había aparecido sobre el escritorio, alguna mano
misteriosa la había llevado, tal vez la de alguno de los empleados subalternos interesado
en levantar la manta que cubría algún pastel.

- Yo no había reparado en la fecha...

Don Amós reía. Juan sintió de pronto el vehemente deseo de matar a Don Amós.
IV
Esa tarde puso Juan dos telegramas a Fragosa: El uno a su tia Froilana concebido en
estos términos: No te olvido un momento. Y el otro, dirigido a Felipa Aragón, con estas
palabras: Creo regresar pronto. Después que los dejó en manos del empleado de
telégrafos salió lentamente, dando oídos a la voz de su duendecillo interior que le iba
diciendo: Has exhalado el primer suspiro de la nostalgia y como flecha lanzada al blanco
de tu deseo, va ese suspiro en doble vuelo al corazón de dos mujeres: La que te ha dado
virginalmente una compensación del no gozado amor maternal y la que tu ilusión designa
como futuro refugio de tus cansancios. No se aprecia el bien si no cuando se le pierde.
Tenías el inapreciable tesoro de la tranquilidad espiritual, te pertenecías todo a ti mismo,
discurrías enhebrando ensueños y dando pábulo a dulces esperanzas. Ahora no eres
tuyo; has echado sobre ti obligaciones y deberes, de cuyo cumplimiento depende el
bienestar de una entidad abstracta que se llama el Estado y en sus aras será preciso que
vayas hasta el sacrificio.

La hora de la comida le fue singularmente grata.

El comedor estaba profusamente iluminado, los abanicos eléctricos simulaban el vuelo de


un vientecillo fresco y acariciante; había muchas flores sobre la mesa y vigilaba en torno
de ella una doncella, tras de la cual los ojos de Juan iban y venían. Más linda sirviente no
había visto nunca. Se empinaba sobre unos tacones Luis XV, como pudiera hacerlo en un
salón una dama elegante y la falda apenas le cubría la rodilla, lo que le permitía lucir las
piernas finas de líneas esculturales, calzadas, con medias de seda color carne.

Esta muchacha traía las viandas, cambiaba los platos, ponía hielo en trocitos en la copa
del agua y al realizar estas diligencias pasaba los brazos desnudos tan al alcance de los
labios de Juan, que al aspirar el aroma de jabón fino de que estaba saturada su piel, el
pobrecito sintió la tentación de arrimarse a ellos y besarlos.

Con la más tierna emoclón le preguntó por lo bajo:

- ¿Cómo te llamas, primor?

- Rosíta, le contestó ella sin mirarlo, con dulce susurro.

- Bien llamada eres, Rosita de castilla, Rosita de Alejandría, Rosita de mi corazón...

Qué mirada de soslayo y qué sonrisa la que le dirigió, disimulando la inclinación amorosa
de la cabeza al servirle el café y dejarle caer dentro de la taza un blanco terrón de azúcar!

- Guasimense, ¿verdad?

- No, no soy del país vecino.

¡Ah! era de más allá de la frontera, de la tierra de donde el amigo de Rivadeltejo le


anunció que venían a Guasimia las mujeres que perfuman su voluptuosidad con esencias
de Coty. Juan sintió que le embargaba el ánimo una alegría de niño al darse cuenta de
que la primera de estas mujeres estaba ya al alcance de su mano.
- Tenemos que hablar donde nadie nos oiga.

- Si asi lo desea...

La hora del café llevaba trazas de convertirse en férvido idilio, cuando la campanilla del
teléfono repicó impertinente. Llamaban a Juan y al acercarse al aparato, oyó la voz de
Rufo Rosales, que le dijo concisa:

- Me urge hablar contigo. ¿Quieres venir a mi casa?

Era un trayecto de poca importancia, fácil de recorrer en unos minutos y Juan se lanzó a
la calle, inflado de una satisfacción, cuya causa no trató de averiguar. Pero tenía en ella
mucha parte la sensación de haber tenido al alcance de sus labios los brazos blancos y
perfumados de aquella muchacha que vino de más allá de la frontera. De allá, del otro
lado, por encima de aquellos montes azulosos que leves cendales de bruma envolvían, se
alzaba embrujado el disco rutilante de la luna llena, mujer también perseguida por los
soñadores romanticos, Un hálito de misteriosa sensualidad envolvía a Guasimia. Sonaba
la brisa en las alamedas sembradas a la vera de los andenes y la amplitud de las calles,
pavimentadas de menudas guijas, daba una idea de holgura y libertad. Frente a cada
casa y afuera de los andenes, que eran muy anchos, al abrigo del follaje de los árboles,
había como atrios en que las familias hacían la tertulia nocturna, Aun siendo temprano,
algunas personas en vez de conversar dormían sabrosamente. Si el recorrido lo hubiera
hecho Juan por las calles alejadas del centro, por barrios de menestrales y
vivanderos,habría visto en las glorietas, al amparo de un alumbrado público deficiente,
cuadros de reposo inspirados en la más amplia confianza: El papá en camiseta, la mamá
en trapíllos, los niños con los meros calzones o sin ellos, cada cual acomodado a su sabor
en una mecedora.

Rufo lo estaba esperando y al verlo llegar empezó a desahogarse de un profundo enojo


que lo dominaba:

- ¿Sabes la ocurrencia? El Círculo Mercantil me ha enviado, en forma de tácita


imposición, una lista de personas, entre las cuales quiere que escoja el nuevo alcalde de
Guasimia y me advierte que una designación hecha sin tener en cuenta esa lista, no
gozará del apoyo del mencionado círculo.

Juan tomó el papel, le dió un vistazo y repuso vacilante:

- Excúsame. No sé qué cosa es el Circulo Mercantil. ¿Se trata de una agrupación de


comerciantes?

- Se trata de un centro de tertulias, bailes, juegos y otras diversiones de la buena


sociedad y la pretensión tiene el solo objetivo de impedir que yo dé la vara de la autoridad
municipal a una persona que no pertenezca a ese circulo y demuestre así que fuera de él
también hay personas de importancia.

- ¿Tienes ya un candidato?

- Lo tengo y el Círculo sabe quién es. El Círculo no quiere que esa persona sea el nuevo
alcalde de Guasimia. Parecerá, con mi decreto, que trato de halagar a la clase media de
la sociedad; en realidad sólo he buscado un hombre ecuánime de nobles empeños, que
ama el progreso de Guasimia como el más fervoroso de sus hijos.
- Tiene entonces las condiciones apetecibles para el puesto. Lo meditó un momento y
agregó, deseoso de aclarar una duda: Guasimia es una ciudad de mayoría liberal, ¿no es
cierto?

- Y mi candidato es liberal. Es preciso tener en cuenta la mayoría política de cada


población.

- Me place, me place. Veremos entonces estremecerse de ira a los santones que se creen
guardianes de la nueva arca del testimonio. Porque, con tu venia se ha dicho, querido
Rufo, tus cofrades los conservadores han tenido acaparados todos los puestos: dentro del
batallón de empleados que hemos encontrado en ejercicio, me dicen que solamente uno,
unito, es copartidario mío y es el esquelético señor Pompa Pita.

- Y por eso, replicó Rufo riendo, por estar metido él solo entre las posiciones enemigas,
tus conmilitones no lo quieren. Por el sólo hecho de ocupar una casilla del presupuesto, le
aborrecen. ¿Qué idea te has formado de don Adalberto?

- En un solo día es difícil juzgar, pero Pompa Pita me parece sencillamente el más útil
elemento de la oficina. Sabe todo lo que se le pregunta, conoce todos los negocios. ¿Qué
más?

- Y sabe y calla todo lo que no se le pregunta, además. No goza de simpatías y es


probable que tus propios copartidarios te exijan su destitución.

- Mis copartidarios harán mal y no serán complacidos. No he venido yo aquí a satisfacer


pasiones injustificables. ¿Qué tiene que ver un partido político con las ideas que pueda
abrigar en lo íntimo un pobre empleado encargado de redactar notas y colocar papeles en
los legajadores del archivo?

- No tiene nada qué ver, juzgándolo con tu criterio o con el mío, que por fortuna hemos
llegado a la región de la serenidad. Pero tiene mucho qué ver para toda la demás gente
que está llena de pasiones. La cuestión de los partidos ha descendido y degenerado
tanto, que ya no media entre los de un bando y otro más diferencia que la del nombre y
con el nombre la del odio.

- Asi es, asintió Juan. A un capataz de obras le dan dos hombres para remover tierra.
Ambos llenan su árgana, la mecen, la alzan al hombro y van a vaciarla donde está
señalado. Ambos tienen igual constancia, la misma fuerza, trabajan igual. Pero el capataz
no se contenta con esto y procede a averiguar el color político de cada uno de sus
peones.Resulta que el uno es liberal y el otro conservador. Ellos no saben ni podrían
explicar porque tienen esa diferencia de banderas, porque ideas no las tienen de ninguna
clase. Para el capataz, desde aquel momento, uno de los dos peones es bueno y el otro
malo. Su sentencla es inapelable. Rufo ... yo no comprendo ese modo de pensar, yo no
he pensado así nunca.

En la cuestión del nuevo alcalde de Guasimia, agregó Rufo Rosales, que se sentía feliz
de poder exteriorizar su pensamiento ante quien no solamente lo comprendía sino que
compartía sus ideas, además del problema político existe una dificultad de otro género.
Somos una república democrática, pero dentro de ella pretende ir siempre arriba una
minoría que se considera a así misma una selección, una aristocracia. La buena sociedad
de Guasimia, por boca del Círculo Mercantil, pide un alcalde escogido dentro de su
seno ... Y yo voy a darle el nombramiento de un personaje que no ha bailado en el
Círculo. El Círculo no va a quedar satisfecho.

- Pero, ¿acaso estás aquí para complacer a los círculos?

Fumaron cigarrillos un rato en silencio. Después, Juan refirió los incidentes de aquel día, e
hizo especial referencia de la cantidad de cuentas exigibles todas, que pesaban sobre la
Caja Central, esperando el pago.

- No quisiera hacer reproches a las personas que nos antecedieron en los puestos que
hoy ocupamos, terminó diciendo, pero si esos señores conocían la capacidad fiscal del
Departamento y sabían que era limitada. ¿cómo permitieron que se contrajeran tantas
deudas?

-En los años anteriores, por ser de abundacía, las rentas eran cuantiosas y era fácil
atender a toda clase de gastos. La crisis vino cuando menos se la esperaba. Las rentas
se mermaron como los arroyuelos en el verano y los gastos, ordenados ya en forma legal
e imperiosa, han seguido causándose sin que se les pueda detener. El gobernador carece
de facultad para cerrar la llave que la Asamblea dejó abierta con generosa prodigalidad.
Según opinión del Gran Fiscal seria preciso convocar la Asamblea a sesiones
extraordinarias y pedirle que resuelva el problema.

- Y tú ¿qué piensas?

- Es necesario considerar qué clase de gastos se están haciendo en la actualidad.

- Los del pago del personal de empleados, casi exclusivamente.

- Y ¿esos sueldos?

- Son ruines. Los empleados escasamente ganan el pan que se comen.

- Podría reducirse su número.

- Nada ganaríamos. Los empleos que podrían ser suprimidos no pasan de media docena.

- Entonces, terminó Rufo como el que tiene una cosa bien pensada, una reunion
extraordinaria de la Asamblea, nada remediaría.

- Por otra parte los señores diputados se verían tan imposibilitados de reducir los gastos
como de arbitrar recursos. ¿A qué expedientes recurrirían? ¿A empréstitos? Y ¿quién los
daría? ¿Al aumento de los impuestos? Seria un absurdo. Se podría pensar en una nueva
reducción de los sueldos, pero la reducción de los sueldos hecha a principios de este año
ya dejó a una legión de maestros ganando menos que un peón de los caminos. La
reunión de la Asamblea agravaría en estos momentos el mal. Si eso aconseja don Amós,
don Amás está en un error.

- Existen unos cuatrocientos maestros de escuela para los cincuenta míl niños menores
de doce arios que hay en el Departamento. Don Amós opina que se podría suprimir la
mitad de esos maestros...

- ¿Firmarías tú el decreto que los suprimiera?


- No vine yo a la gobernación para cerrar las escuelas; antes para abrir mil escuelas más
que hacen falta, si ello fuera posible.

-Nuestra misión, pues, nos resulta un poco triste. Nos toca capear a los acreedores del
fisco que embisten como toros de raza. Los días correrán lentos y fatigantes y cuando
llegue la hora de ser reemplazados nada habremos hecho.

- Habremos sido dos empleados más.

- Dos empleados como hay mil.

- No me agrada esta perspectiva.

- A mí tampoco.

Guardaron silencio un largo rato.

- Una cosa quiero contarte, volvió a decirJuan.

- Hoy ha jugado conmigo un duende travieso. Y refirió sin omitir detalle todo el incidente
relacionado con Merolico Hermanos, incluyendo la singular escena desarrollada con el
Gran Fiscal, y agregó: en cuanto me quedé solo, procedí a examinar nuevamente la carta
de aquellos señores. Mírala. La sacó del bolsillo, metida dentro de su sobre y la dió a
Rufó. ¿No te parece cosa muy rara que esa carta, que apareció hoy cerrada y puesta
sobre mi escritorio, resulte ser una carta vieja, escrita hace ocho meses? Examínala. No
es,un papel que haya estado en los legajadores del archivo, que exigen una perforación
marginal, pues no la tiene. Ni puede ser una carta enviada por Merolico Hermanos,
porque nada se les debe. Llamé a Puentes, el portero y le hice varias preguntas. "Me
limito, dijo él, a poner sobre su escritorio la correspondencia que viene dirigida a usted
bajo su nombre particular; la que viene dirigida al secretario de hacienda, la entrego al
oficial que lleva el registro". Ha llegado, pues, esta carta, enviada por un duende travieso,
con uno de dos fines: con el de hacerme aparecer mayor de lo que es en realidad la
danza de las deudas oficiales, o...

- Acaba.

- 0 para ponerme sobre la pista de algo que puede estar oculto en este asunto de
Merolico Hermanos.

- ¿Piensas examinar ese negocio, remontar su curso hacia la fuente?

- No. No es misión mía. Tomo las cosas en el punto en que las encuentro y parto de allí
hacia su mejor solución. ,

- Si tomas las cosas como las encuentras.. tendrás que seguir con ellas y darles fin.

- Así es.

- Y como encuentras comprada una gran máquipa de vapor con unas sierras redondas de
dientes monstruosos... ¿Irás a las selvas del Tentequetetumbo a beneficiar los árboles
milenarios de fibras preciosas?
- ¡Qué disparate! si estuviera en mi mano, obligaría a Samuel Pimpante a hacerse cargo
de su maquinaria de aserrar y a reintegrar al Departamento el dinero que ha costado.
Seria una lección provechosa. '

Tomó su sombrero para marcharse. Rufo Rosales le devolvió entonces la carta que había
retenido en sus manos y le dijo:

- Esta carta es apócrifa. El papel carece del ostentoso membrete usado por Merolico
Hermanos para hacer saber que son agentes y distribuidores de una porción de cosas.
Esta carta te la han puesto sobre el escritorio con el fin de ponerte sobre la pista de algún
lío que sería interesante desenredar. En cierto modo, esta carta es un anónimo.
V
Juan se habla levantado de buen humor, con muchos proyectos para este día y quiso
empezar temprano. Así pues, apenas tomó el desayuno se fué a la oficina.

Las primeras horas de la mañana son agradables en Guasimia; la temperatura no está


muy elevada, la brisa da por ratos la ilusión de un clima de montaña y la luminosidad del
aire aclara también el espíritu. Juan iba por la calle acariciando sus proyectos de trabajo.
Al entrar a la casa de gobierno, vió al jardinero regando sus flores en el patio y le pareció
que el chorro que la manguera despedía le penetraba dentro del cerebro y le vivificaba las
ideas. Muchas personas estacionadas a lo largo del corredor, al verlo pasar se quitaron el
sombrero y le hicieron reverencias; él correspondió con sonrisas que traducían fielmente
la feliz disposición en que se encontraba.

En el rellano de la escalera un señor trajeado de blanco se le puso por delante.

- Señor de Ayala, le dijo este desconocido, usted y yo no hemos sido presentados, pero
no importa. Yo soy Rodilán, el juez, para servir a usted.Y sin dar tiempo a nada, tengo
puestas en usted todas mis esperanzas; sé que usted es hombre de muchas energías y
sé también que ha venido dispuesto a prestar brazo fuerte a todo lo que dice defensa de
los intereses departamentales. ¿Qué objeto tiene que yo me queme las pestañas doblado
a diario sobre los expedientes, escudriñando a conciencia el pro y el contra de cada
asunto antes de dictar mis sentencias, si los defraudadores y contrabandistas, en vez del
rigor a que se hacen acreedores encuentran una lenidad que casi es complicidad en sus
delitos?

Juan al principio no entendía bien a las claras de qué se trataba y mientras el sujeto aquél
hablaba, él trataba de ligar datos y recuerdos. De que había un juez encargado de
resolver todos los asuntos referentes a los delitos de fraude a las rentas, no le cabía duda;
de que aquel individuo que tenía por delante era ese juez, acababa de saberlo por su
propia confesión; de que había muchas quejas contra dicho juez, ahora empezaba a
recordarlo. Lo miró de pies a cabeza. Se trataba de un hombre de robusto aspecto,
pulcramente vestido, pausado en sus maneras, que trataba de inspirar hasta en sus
menores movimientos la idea de que dentro de su recía humanidad estaba encarnada y
viviente la suprema justicia. Juan, como si despertara de un sueño, dijo displicente,
aprovechando una pausa que el juez hizo al cabo:

- Quedan sin castigo los delincuentes, ¿no es eso?

- Casi, casi.

- Yo he oído, sin embargo, historias terribles de infelices contra quienes un desliz de poca
importancia ha desatado la persecución y la ruina.

- ¡Quien los oye! ... Persecución, la que ellos realizan día tras día contra la riqueza
departamental, y ruina la que ellos han creado con la guerra que sostienen contra las
rentas. Yo declaro que hace falta un escarmiento ejemplar. Ahora precisamente ha caído
un nuevo pillastre ... Una buena presa, se lo, aseguro.

- ¿Ha caído en manos de los guardas algún empecinado contrabandista?


No tuvo tiempo Rodilán de dar explicación ninguna, pues en aquel momento hizo irrupción
en el rellano de la escalera un grupo de tres mozos del pueblo, que cuchichearon un
momento entre sí. Ese es, el del vestido blarico. Háblale. Y en seguida se dirigieron a
Juan llevando la palabra uno solo de ellos, cuyas ropas sucias estaban manchadas de
sudor.

- Vengo en busca de usted, señor Secretario, porque estoy siendo víctima de una
fatalidad y de una injusticia. Yo trabajo con un camión haciendo viajes entre-esta ciudad
de Guasimia y las poblaciones del país vecino y tengo ya más de un año en esta
ocupación y todo el mundo me conoce y sabe que soy hontrado y escrupuloso y que con
lo que gano, que es una miseria, sostengo a mi madre y a unos hermanitos. Su voz era
trémula y ahogada, como si quisiera llorar. Viniendo ayer del otro lado, paso la línea de la
frontera y los guardas me dan el alto. Yo me detengo tranquilo. ¿Qué miedo podía tener?
Yo no soy contrabandista y nunca he tratado de pasar de un lado para otro lo que está
prohibido. Entraron los guardas al camión a hacer la requisa y vea, señor Secretario,
cuánta es mi mala suerte: una lata de alcohol que recibí para transportar de un
pueblo a otro, del lado de allá, se me había olvidado entregarla y ahí estaba, a la
vista de todos, con sus marcas, con su carta de remesa. Nada me vale. El alcohol
ha pasado la frontera y es contrabando. Me reducen a prisión y me decomisan el
carro con cuantas cosas vienen en él, que ninguna es mía. Señor Secretario,
¿Quién será el loco que pretenda pasar a la luz del día una lata de alcohol...
en un camión?

Aquí la voz se le trunca y el mozo se deshace en lágrimas.

Rodilán, dando muestras de una ira contenida, sentenció en la propia cara del cuitado:

- ¿No oye usted? ¡Si son unos pillos! Viven del fraude y su audacia es tanta que se valen
de esa clase de estratagemas para hacer su negocio. Ya traen el contrabando a golpes de
campana, como santo de procesión y si los guardas creen que es chanza y se descuidan,
pues lo pasan.

El mozo, humillado, no hizo caso de las duras palabras del juez y siguió suplicando entre
gimoteos:

- Yo puedo probar mi inocencia, yo la probaré sin dejar lugar a duda. Ténganme preso a
mí, pero ordenen la entrega del camión. Me lo ha confiado la casa de Rasputi. ¿Qué hago
yo, señor?

- ¿Qué hacemos? Preguntó Juan por lo bajo a Rodilán. A mí me parece que no se trata de
un fraude.

- Señor de Ayala, replicó el juez con una voz pausada y melancólica, que a Juan le ardió
en lo íntimo como si le hubiera vertido en lo profundo, gota a gota, un ácido corrosivo, ni
usted ni yo podemos hacer nada en este caso. Hay algo que está por encima de nosotros,
y es la Ordenanza. La Ordenanza es la suprema voluntad de la Asamblea. La Ordenanza
es clara. El vehículo en que se pille un contrabando se decomisa. La mitad de su valor
entra a la Caja, capítulo de multas. La otra mitad corresponde a los guardas que hicieron
la aprehensión, corresponde a esos pobres muchachos que vigilan y defienden la
integridad de los haberes oficiales.

Al oír estas palabras, el mozo redobló su llanto, doblándose sobre la baranda de la


escalera. Juan empezó a subir los escalones que aún le faltaban para llegar al piso
principal y alcanzó a oír que uno de los mozos que habían venido con el quejoso, le decía:
Chico, lo que te anunciaba. Esto no se arreglará satisfactoriamente mientras no les untes
la mano a esos señores.

La buena disposición en que Juan se encontraba se fue al traste. Como en cera dulce con
un agudo punzón, se le grabaron en la memoria aquellas palabras del chofer, pues entre
el grupo que él, con criterio generalizador de hombre inculto, designó con las palabras
estos señores, estaba él, Juan de Ayala, incluído desde este momento; según el parecer
de aquel palurdo, a él también habría que untarle la mano...

Trató de serenarse, mas no podía. Untar la mano, pagar para torcer la justicia, debe ser
cosa corriente, se dijo, y yo he venido a colocarme dentro de los prevaricadores y me
tendrán por uno de ellos. Consultó el caso del camión con Pompa Pita y este solapado
lince le dijo: Es un asunto en que todo depende de lo que resuelva Rodilán, y dicen que
los guardas en estos casos le dan su tajada para que la sentencia que dicte los favorezca.
¡Un camión! Eso vale mucho y no lo soltarán fácilmente.

Dar tajadas.. Untar la mano... ¡Mis manos limpias!

Juan quiso buscar algo que lo distrajera de estas ideas.

- Hoy vamos a realizar un trabajo muy importante, dijo a Correa que entraba. Vamos a
separar en grupos las cuentas que están por pagar, de modo que queden a un lado las
que corresponden a sueldos de empleados, de otro lado las de compra de materiales. Las
de sueldos se subdividirán en porciones, a fin de que pueda saberse cuánto se les debe a
los empleados de alta categoría, que son los más desahogados, y cuánto a los
empleados más humildes, como los maestros.

- Sueldos de altos empleados...Se atrevió a decir Correa, echándose atrás la melena lacia
que se le venia sobre la frente, no se debe ninguno. Los empleados de alguna categoría
siempre cobran a tiempo y algunas veces reciben su sueldo por anticipado.

- Clasificando las cuentas, como digo, podremos hacer después una lista de ellas y ver
cómo está distribuida la deuda. Si al pagar han hecho una prelación injusta en favor de los
menos necesitados, el público tendrá ocasión de juzgarlo, pues la lista o inventarlo de
deudas se publicará. Quiero que sepan todos cómo ha encontrado la hacienda pública el
gobernador Rufo Rosales.

- Tampoco son éstas todas las cuentas que se deben.

- ¿Hay más?

- Hay muchas más. Estas que están aquí las han dejado para que sean registradas y se
haga el giro. Pero como es público que en la Caja Central no hay ni un comino, otros
acreedores no se han tomado el trabajo de traer sus documentos. ¿Para qué? ¿Para que
les digan que vuelvan? Ya están aburridos de oír siempre la misma contestación: Vuelva
otro día.

- Tal vez el Gran Fiscal podría prestarnos su ayuda en esta labor de hacer el inventarlo de
las deudas.
Y como dicen que en nombrando al rey de Roma, luégo asoma, Juan creyó que el refrán
se cumplía una vez más, pues vió en aquel momento a un hombre de muy pequeña
estatura que se presentaba en el umbral de la puerta, como si tuviera necesidad de entrar
y no se atreviera a hacerlo por respeto. Pero no era don Amós el que allí estaba presente.

Recordará el lector, porque así fué dicho en páginas anteriores, que en la sala de la
secretaría acompañaban a Juan tres de sus subalternos; con dos de ellos, Pompa Pita y
Correa tenemos ya un poco de confianza; con ef tercero, ni Juan ni nosotros somos
conocidos. Había permanecido este tercer funcionario oculto entre su escritorio y la pared
y había guardado hasta entonces tan absoluto silencio, que Juan no había parado
mientes en su presencia. Cuando asomó en la puerta el personaje que a Juan le pareció
ser don Amós, ese tercer empleado a que nos referimos, salió de su puesto de trabajo
como quien sale de un escondite, avanzó con suaves pasos de felino, hizo una señal al
recién llegado y a tiempo que éste se acercaba, dijo a Juan:

- Tengo el honor de presentarle a don Siervo de Dios Roldana, Jefe de la destilería oficial.

Y esto dicho, el tercer empleado volvió a su cueva, es decir, se metió tras de su escritorio.

Juan hizo sentar al destilador y fué en volandas a la mesa de Pompa Pita:

- Excuse y dígame: este compañero que hizo la presentación y que permanece


agazapado en su puesto, ¿Quién es? ¿Qué hace?

- Es Monteagudo, el famoso Monteagudo de las rentas, y en el calificativo de fainoso, don


Adalberto comprendió muchas cosas que sabia y que se callaba.

Con esto volvió Juan al rincón de su escritorio, donde lo esperaba Roldana.

- A sus órdenes, le dijo, invitándolo con un gesto a que se sentara.

No era fácil para Juan, acostumbrado a la quietud aldeana y a la poca variedad de


personas de Fragosa, grabar en la memoria los nombres y las figuras de aquellos
personajes del mundillo oficial en que se había metido de la noche a la mañana.

Acababa de saber por boca de Monteagudo que aquel hombre menudo, de aspecto
humilde que tenía por delante, era don Siervo de Dios Roldana, jefe de la destilería oficial,
y, sin embargo, le parecía que era don Amós, el Gran Fiscal. Le examinó las facciones
para retenerlas y apuntó allá, para sus adentros y como datos de la filiación: ojos grises
que casi son verdes, nariz aguda, boca grande, cara larga delgada y lampiña.

- He venido... empezó diciendo con voz muy baja, he venido con el temor de
serimportuno, pues no se me oculta que debe estar usted muy ocupado con el mundo de
cosas que se tramitan en esta oficina. Pero yo no puedo diferir para otro día el asunto que
traigo entre manos. Su voz era suave, melosa, rastrera. Mientras hablaba no quitaba los
ojos del rostro de Juan, como para ir apreciando el efecto de sus palabras.

- Hable, hable urgió Juan, fastidiado desde el principio.

- Pues bíen. Su voz era tan opaca, tan humilde, que Juan tuvo necesidad de arrimar la
oreja a su boca. Traigo un empeño secreto con usted.
Los deberes de mi cargo de destilador oficial tienen ciertas exigencias un poco
desagradables. Como usted sabrá, si hiciéramos el anisado con anís verdadero, el
producto de la renta de licores sería casi nulo. El anís es muy caro ... Para obviar esta
dificultad hemos resuelto no usar anís.

Juan hizo un gesto de admiración.

- Cuando usted vaya a la destilería verá, al entrar, unos sacos de anís ... No se gastan
nunca. Están allí para cubrir el expediente, para que se crea, que se utiliza ese elemento.

- ¿Es posible?

- Nosotros, en vez de anís usamos una esencia sintética de origen alemán.

- ¡Un veneno!

- Un veneno que a nadie mata.

- Un veneno que destruye paulatinamente la mucosa del estómago.

- Los bebedores tienen un estómago de hierro. Ellos no tienen mucosa.

- ¡Un crimen!

- No se asuste, señor don Juan; se trata de una esencia vegetal inofensiva que sabe y
huele a anís, pero que cuesta muy barata. Con este procedimiento y sin causarle daño a
nadie, cada botella de anisado que se vende rinde un noventa por ciento de pura utilidad.
Si esto no se hÍciera así, el Departamento no podría vivir ... y nosotros estamos obligados
a ofrendar cuantos esfuerzos y sacrificios estén a nuestro alcance para sostener la vida
de está amada sección de la patria.

Juan suspiró emocionado. ¡La patria! Y como no había sido nunca un catador de licores,
ni un experto en fabricación de bebidas alcohólicas, expresó a don Siervo de Dios, con la
mirada, su profundo agradecimiento en nombre de la patria. Empezó a escamarse un
poco cuando el destilador siguió diciéndole:

- La provisión de esa esencia de que le hablo se nos está agotando y creo prudente
comprar una cantidad para tener de reserva...

- Me parece muy bien-contestó Juan.

- Y traigo aquí la cuenta para que usted le ponga el páguese. Es un artículo que no lo
venden sino al contado y hay que sacar el dinero de la Caja para poderlo negociar.

Juan tomó la cuenta y empezó a desdoblarla.

- Desgraciadamente, advirtió, se me informa que por el momento no hay un centavo en


caja.

- El Cajero central tiene siempre por ahí sus reservitas para esta clase de gastos.

- Pero. ..Esta cuenta habla de arrobas de anís.


- No podría ser de otro modo.

- ¿Yno es una esencia lo que se va a comprar?

- Es una esencia ... de uso prohibido por la Dirección de Higiene; su importación esta
vedada, no la dejan entrar por las aduanas y los resguardos tienen orden de perseguirla y
decomisarla. Por esta razón las cuentas no pueden mencionarla siquiera. Pero todo eso
se arregla poniendo arrobas de anís en vez de litros de esencia. Y en paz..

La cara de don Siervo de Dios se habla vuelto supremamente expresiva y en sus ojos
bailaba la picardía. Miró a Juan con una mirada triunfal y agregó:

- Lisa y llanamente somos unos contrabandistas, y echó a reír sin ruido como un niño que
cuenta una gracia.

- Y si es substancia de prohibido comercio, ¿cómo se va a ingeniar usted para


conseguirla? Preguntó Juan con aire bobalicón.

- Lo más fácil. La esencia se compra en el país vecino.

- ¿Allá la venden libremente?

- No, no. Allá, la persiguen también y muy severamente, pero hay especialistas en el
negocio de lo prohibido, como en todas partes. Yo mando allá a uno de mis subalternos
que es un lince.

- Y al pasar la frontera... ¿No tiene qué habérselas con el resguardo?

- Sí, pero lo burla. Es un lince, le digo. Aquí tenemos verdaderos expertos en eso del
contrabando y el que menos piense usted le pasa cien cajas de brandy mientras el guarda
parpadea, y parpadean largo cuando se les deja ver la punta de un billete. Y como Juan
vacilaba: Firme, firme, invitó, firme sin preocuparse, que esto lo venimos haciendo hace
muchos años,

En vez de atender la invitación y no porque se sintiera cohibido sino porque le divertían


aquellas revelaciones, Juan preguntó, después de encender cigarrillos, apoyado el codo
en la rodilla, confidencialmente:

- ¿Contrabandean mucho a través de la'frontera?

- Mucho, muchísimo; es la industria más desarrollada. Aquí a la mano, entre Guasimia y la


raya divisoria de los dos países, tenemos unos pueblecitos como son San Ludovico y la
Escobería, donde mientras el sol alumbra, todo es soledad y recatamíento. Va usted y no
ve un alma; la gente está entregada al reposo. De noche es otro cuento. Bultos
misteriosos van y vienen a través de potreros y matorrales. Es la gente que está pasando
de allá para acá el brandy, el wisky, la champaña, las lociones y los perfumes. Si usted
necesita un frasco de agua de colonia, no se le ocurra ir a comprarlo a ninguna tienda,
que no lo encuentra; pídaselo a su lavandera, ella se lo trae y barato.

Juan meditó un momento y dijo como si hablara solo:


- Será preciso darles una batida ejemplar a esos contraventores de la ley.

Al oír estas palabras don Siervo de Dios le dirigió una mirada en que había tanto de
estupefacción como de burla, y comprendiendo que el Secretario era un cándido en tales
asuntos, le advirtió:

- Hay que recordar que las aduanas son nacionales y que ese fraude se lo hacen es a la
Nación, y que la Nación tiene organizados sus resguardos y que se defiende como puede.
Nosotros apenas somos servidores del Departamento. Tanto como a cualquier particular a
quien tratan de pillar con una canasta de brandy para quitársela, así nos vigilan y
persiguen a nosotros. Han maliciado el uso que hacemos del anís sintético y nos siguen la
pista ... Pero yo le aseguro a usted, que mientras Siervo de Dios Roldana esté al frente de
la destilería, cuanta vigilancia desplieguen será inútil. Yo soy más vivo que ellos.

Juan firmó el giro al pie de la cuenta y el destilador pasó a la Caja a cobrar. Se oyeron sus
pasos al descender la escalera, haciéndola crugir. Y como si esto nada más esperase,
Juan, que se había quedado meditabundo, oyó la voz de su personaje interior que se
alzaba como un juez dentro de su recinto mental, diciéndole: "Muy bien, admirablemente
bien, señor don Juan. ¿Sabes tú por qué la Dirección de Higiene ha prohibido el uso de la
esencia sintética? ¿No sabes que destroza la mucosa del estómago en el organismo de
los que la consumen con los licores? ¿No sabes que destruye el hígado?... ¡Y eso de
mandar a uno de tus subalternos a que pase contrabandos! ¡Cómo comparar tu caso con
el del pobre chofer de la lata de alcohol, a quien la Ordenanza manda decomisarle su
camión!"

Juan se levantó de pronto, cerró el escritorio, tomó el sombrero y se echó a la calle.


Llevaba, como dicen los políticos, el peso de un mundo sobre sus débiles hombros.
VI
A dónde vas a ir a estas horas, pobre Juan? Quien te ve supondrá que vas de urgencia y
tú no sabes a dónde diriges tus pasos. Son las nueve de la mañana, quema el sol y el
aire se ha ido calentando hasta hacerse insoportable. Guasímia está entregada a sus
labores habituales, a su trabajo de todos los días y abre a los pasos del funcionario que
lleva in pectore su preocupación y su suplicio, sus calles anchas y planas con una
indiferencia que aumenta su tortura. Por las calles, pavimentadas con guijas, pasan
bufando y saltando los automóviles y discurre una humanidad de aspecto palúdico. Sobre
caras morenas de un matiz verdoso, algunas mujeres ostentan en los labios una
detonante pincelada roja, puesta con la barrita de carmín.

¿ A dónde vas, novel administrador de la hacienda departamental? Hé aquí una plaza


cubierta de frondosa arboleda, bajo la cual hay paseos enladrillados. A los lados de estos
paseos unos bancos de cemento ofrecen apacible sitio para el reposo y en ellos yacen
adormitados unos esquelétícos mendigos Juan recorre estos paseos y no encuentra la
tranquilidad que anda buscando, pero hace, en medio de sus penas, la observación de
que los mendigos de Guasimia son los más enflaquecidos mendigos del mundo. Juan no
puede hallar tranquilidad porque un fantasma se le ha metido de rondón en la conciencia
y está allí, vestido de sombras y siniestro como algunos personajes que Dante vió en su
correría por el infierno. Este fantasma que persigue a Juan, tiene un nombre. Se llama
Anís Sintético.

Hace apenas dos horas, cuando entró al palacio de gobierno y vió al jardinero regando las
matas, el mundo le pareció un jardín muy ameno dentro del cual su corazón se abría
como una flor henchida de perfume. Entonces ignoraba que los químicos habían
inventado un líquido que sabe y huele a Anís, sin ser extraído del anís, sino de subtancias
desconocidas y perjudiciales, y él no había autorizado su compra clandestina y su
introducción fraudulenta. Ahora todo en derredor le parecía odioso. Si el Director de
Higiene supiera lo que he hecho, pensó me mandaría castigar. Soy un contrabandista.
Soy algo peor. Soy un envenenador.

Siguió andando, andando. Cada cuadra que recorría era exactamente igual a la cuadra
anterior. Las casas no lucían ninguna belleza especial, pero eran espaciosas, tenían un
atractivo familiar y todas parecían hechas de la misma mano. Las puertas eran grandes,
las ventanas eran grandes, los andenes eran anchos, las calles eran anchas. Las
alamedas, a lo largo de las calles, lucían su follaje verde. Hacía mucho calor.

Juan, cansado, sudoroso, entró de nuevo al palacio de gobierno y fue directamente al


despacho de Rufo Rosales.

Rufo Rosales estaba como esos reyes que pintan sentados en el trono, ocupando en
mitad de la sala la silla de la gobernación, que sin ser lujosa tenía un alto respaldo que le
daba viso. Pero a la vez, como empleado que sabe aprovechar el tiempo, tenía por
delante una espaciosa mesa atestada de papeles, en cuya lectura y estudio se ocupaba,
cuando Juan entró. Delante de la mesa, formando cuadro, había cosa de diez sillas de
muy humilde apariencia. En un rincón había un aguamanil, utensilio indispensable en
aquella tierra ardorosa en que las manos están continuamente llenándose de sudor. En
los demás espacios había dos estantes de cristales, llenos de libros, y en las paredes
algunos cuadros gráficos del movimiento mensual de algunas rentas y una fotografía
ampliada con la vista de Paramópolis a vuelo de pájaro. En un rincón estaba colocado un
pequeño aparador con botellas de licores, todas empezadas; la capa de polvo que las
cubría dejaba comprender que no estaban allí para el uso sino para demostrar cuántas
suertes de brevajes era capaz de producir la destilería oficial. Todo este mobiliario humilde
descansaba sobre un tapete de hule que imitaba una alfombra y que por no ser del
tamaño de la sala dejaba descubiertas en su alrededor las tablas del piso. El despacho
del Gobernador, pues, era de una pobreza exagerada.

- Hola, Juan, dijo Rufo Rosales tendiéndole la mano, traes una cara de desagrado, que
podría calificar de impresionante. Algo te pasa.

- No quiero disimular contigo ninguno de mis pensamientos, repuso Juan sentándose.


- Creo que sufriste un error al nombrarme tu secretario de hacienda y que yo te engañé
sin querer al aceptar y venir a encargarme. El oficio de gobernar no es mi oficio. Si se
tratara de iniciar ahora la organización de un país nuevo, yo estaría muy contento, porque
tendría ocasión de sentar sobre bases sólidas de orden y pulcritud toda la máquina
administrativa. Desgraciadamente acabo de subir a un tren que viene andando hace ya
mucho tiempo, que viene andando torcido, que avanza con fuerza de inercia, que me
arrebata sin que yo pueda evitarlo... ¿El freno? Los maquinistas que manejan una
locomotora pueden apretar el freno y hacerla parar, pero aquí no se trata de hacer parar
sino de hacer subir las ruedas sobre los carriles... Creo que voy a tener que lanzarme a
un lado en plena marcha aunque sufra un solemne porrazo.

Lejos de demostrar extrañeza, la cara de Rufo Rosales, a medida que oía estas palabras
se había ido iluminando, como si encontrara en ellas la exteriorización de su propio
pensamiento.

- Héme aquí, continuó diciendo Juan, necesitado de confesarme contigo de un pecado


que acabo de cometer. He girado a cargo de la Caja Centtal una orden de pago por una
suma destinada a comprar anís para la destilería, a sabiendas que no es anís lo que se va
a comprar sino un veneno.

- ¿Un veneno? Preguntó Rufo Rosales con cara de espanto como si creyera que su
amigo acababa de enloquecerse.

- Sí, un veneno. Un veneno que sabe y huele a anís y cuyo uso la Dirección de Higiene lo
tiene prohibido. El anisado que el Departamento fabrica y expende, se elabora con esa
substancia. Pero hay más. Como no se trata de un producto de libre comercio, irá un
empleado a comprarlo clandestinamente en el país vecino y luégo lo pasará burlando la
vigilancia de los resguardos.

Cuando acabó de oír estas palabras, Rufo Rosales se puso de pie empujando con
violencia la silla en que estaba sentado. Nunca le pareció a Juan tan aventajada su airosa
estatura, ni tan austera su fisonomía.

- ¿Eso hacen? Preguntó con airada voz. Nosotros no podemos permitirlo. No hemos
venido aquí a ejercer el contrabando ni la falsificación. Cuanto antes hay que impedir esa
doble barbaridad. Vé pronto a ponerla en conocitmiento de quien esté llamado a
castigarla.

Ahora era Juan el que se sonreía; hizo un gesto a Rufo para indicarte que volviera a
ocupar su sillón, y cuando vio que le obedecía, le repuso:
- Hemos subido a un tren que viaja salido de los carriles. ..El Departamento es una
entidad de pobreza franciscana y le ha faltado un buen ecónomo. El Departamento tiene
necesidad de vivir y está obligado a cumplir obligaciones imperiosas y no tiene dinero. La
más pingüe de sus rentas es la de los licores, que yo llamaría mejor la de los brebajes
alcohólicos, y sin esta renta no podría subsistir. ¿Cuál es la función primordial de un
gobierno? La de velar por la prosperidad y la paz de sus gobernados. Aquí, para, que la
entidad administrativa subsista, es preciso cultivar el vicio de la embriaguez. Al mismo
tiempo que las juntas de higiene que paga y sostiene el erario público, envían cartillas y
cuadros murales destinados a demostrar los estragos de alcoholismo, el jefe de [a
hacienda despacha barriles y más barriles de aguardiente, destinados al fomento del
vicio. Mira ese gráfico, y Juan señaló en una de las paredes un papel lleno de números y
rayas, hé ahí en esa línea que se quiebra en ascensos y descensos caprichosos, el signo
de las esperanzas del gobernante, ¿Sube la línea a través de las cuadrículas? El
consumo alcohólico aumenta, el Departamento respira, habrá dinero, habrá holgura en la
Caja Central. ¿La línea se quiebra y desciende? Malo. La gente se ha emborrachado
menos. Habrá penuria. habrá crisis. Yo puedo ordenar que de hoy en adelante sólo se
destile un anisado legitimo pero dentro de dos semanas habrá que declarar la bancarrota
departamental porque el anís verdadero es muy caro. Tales son las conclusiones a que ha
llegado quien conoce bien el asunto, don Siervo de Dios Roldana.

- Todo eso es cierto, todo eso es tristemente cierto. Y nosotros no podemos cambiar tal
estado de cosas...

- Ni podemos dejarnos llevar por ellas.

Guardaron silencio. Rufo de pronto sacó de su bolsillo un papel, lo entregó a Juan y se


quedó esperando el efecto que hubiera de producirle su lectura, adoptando mientras tanto
un aire beatifico, las manos puestas sobre el estómago y haciendo molinillo con los
pulgares.

-¡ Ah! dijo Juan después de leer. Un denunciante anónimo avisa que Roldana se lleva en
cubos el alcohol de la destilería para venderlo en su casa y que el producto de este abuso
lo comparte con Monteagudo y Romo Rolón. ¿Monteagudo es el de las rentas?

- El mismo. y Romo Rolón es el del estanco.

Eso es. Según este cobarde denunciante que oculta su nombre, el uno comete el pecado,
el otro lo encubre al liquidarle las cuentas, y el tercero deja pasar inadvertida la
competencia en las ventas. Me dan asco estos denuncios. ¿En dónde nos hemos metido?

- Nos hemos metido en un antro pavoroso.

Rufo se echó a reír.

- Pero no hay que tomar como un evangelio lo que dice ese papelucho. Yo más o menos
sé de dónde proviene.

- ¿Lo has averiguado?

- Parece ser de cierto tipo que pretende que se ponga en sus manos la destilería.
Excelente persona, por cierto. Este individuo fue empleado en la aduana y tuvieron que
despedirlo porque se puso de acuerdo con los introductores de mercancías, alteraba las
declaraciones, falseaba los reconocimientos y le hacía grandes estafas a la nación. Ahora
quiere la destilería. Lo apoya en sus pretensiones un grupo de políticos a quienes sirve en
forma incondicional.

- Pues si el anónimo es suyo, dijo Juan con suprema candidez, y pretende reemplazar a
Roldana en la destilería, lo que dice ese papel es falso, absolutamente falso. Ese es el
sino triste de los empleados públicos, ser calumniados,

Rufo volvió a reír.

- Según se dice públicamente en Guasimia, dijo, Roldana se lleva el alcohol y altera los
precios de la panela. Romo Rolón vende en el estanco que tiene a su cargo aguardiente
de contrabando que él mismo fabrica con alcohol, azúcar y esencia de anís y Monteagudo
participa en las ganancias que dejan los dos negocios anteriores.

- Sabe Dios si todos tres son hombres inocentes que no tienen en su contra más pecado
que el de ser empleados públicos. ¿Qué calumnia nos levantarán a nosotros?

Aquí iban en su conversación cuando se sintió el taconeo de una multitud de personas


que invadía la sala de espera, que estaba contigua. Era tal el ruido que pareció que una
procesión estaba pasando por aquella dependencia del palacio. Se oían crugir las sillas,
se las oía rodar y se adivinó que muchas cabezas inclinadas estaban tratando de mirar a
través de las persianas.

El portero asomó demudado y anunció:

- Una comisión de señores pide audiencia...

Juan creyó prudente escabullirse. Pasó a través del apretado grupo que llenaba la sala
de espera, lanzando miradas llenas de curiosidad y queriendo adivinar qué causa habla
movido a aquellos ciudadanos a congregarse en esa forma para venir en busca del
Gobernador.

Tierra cálida la de Guasimia, a tales horas tenía una temperatura de horno; no obstante,
la mayaría de aquellos individuos vestía traje de paño negro, como para demostrar con la
indumentaria la solemnidad del asunto que los congregaba. Eran muchos, no cabían en
la sala. Juan alcanzó a conocer a uno solamente. Era Zarpa de León. Creyó ver también
al doctor Estepa, pero con el traje negro de chaqué y el cuello almidonado parecía tan
extremadamente prieto que no le pudo reparar las facciones. Los corredores altos del
edificio estaban llenos de gente atraída por la curiosidad de saber a qué obedecía aquel
mitín y Juan se recostó a la baranda, como si fuera otro curioso más. Entonces se le
acercó un individuo y con timidez le dijo:

- Amigo Juan... ¿no me reconoce?

Y Juan fue verle la cara y decirle:

- Sí, si. Usted es Antón Escamilla.

Se abrazaron. Y después de unas ligeras remembranzas de sus tiempos pasados:


- ¿Qué significa esta procesión de señores que ha invadido la gobernación?

No sé. Estoy aquí para averiguar. Pero está ahí la plana mayor conservadora de
Guasimia.

- ¡Ah! ¿Son todos conservadores?

- Todos. Y parece que es Uña quien los trae; por lo menos en su casa se reunieron.

- ¿Por qué le dicen Uña?

- Porque a todo el que tiene dinero le dicen que la mete. Zarpa de León es un apellido de
los buenos tiempos heróicos del romancero español; pero la gente es maligna y le ha
convertido la zarpa en uña, y como está rico y en verdad ha sabido mover sus grandes
influencias de hombre político en favor de sus haberes particulares, como lo hacen todos,
pues no se le perdona.

- ¡Ah!

- Aquél de negro riguroso es Calvados.

- Calvados es un apellido glorioso en la historia triste de nuestras guerras civiles.

- Que es por desgracia la única gloria a la que aquí se le rinde culto. Este es Alonso
Calvados, descendiente colateral del General Abelardo Calvados. Es un joven muy
estimable, pero no ha hecho en su vida nada, absolutamente nada digno de mención. Sin
embargo, es Calvados. Y como es Calvados, ya le tienen señalado un sillón en el Senado
de la República y él, para asegurarlo, hace gala de una intransigencia terrible. La
intransigencia en nuestro mundo político es la más importante y la más provechosa de las
virtudes; de ahí que los más listos, aunque no la sientan, la practican.

- ¿Y aquél de la perilla entrecana?

- Ese es don Gabriel de la Hogaza, familia del Hogaza famoso que como conservador de
altas ejecutorias ha tomado parte en todos los actos políticos que han tenido alguna
resonancia en el país. Digamos que es príncipe de una dinastía que ha disfrutado a sus
anchas de la protección de la república. Este Hogaza no ha salido nunca del horno de
Guasimia y es un hombre sencillo e inofensivo, pero hace acto de presencia en todos los
asuntos del partido y decora las ceremonias políticas, o con su presencia venerable o con
su nombre resonante. Es una amable y simpática nulidad. Si no fuera Hogaza, no sería
nada. Pero sus manos están limpias de todo peculado.

- ¿Y aquél de la corbata celeste?

- Es un abogado. Si quiere usted conocerlo por su propio juicio, vaya al salón de


audiencias y lo oirá hacer con patéticos y anticuados recursos de oratoria la defensa de
cualquier crirninal que le pague por sacarlo libre. Los saca libres a todos ... No sabe usted
cómo ha prosperado la industria de las declaraciones falsas ...

- ¿Y aquél de lentes?

- Ese es Berrocal Montosa, que ha desempeñado todos los empleos públicos habidos en
el Departamento, menos el de gobernador. Suelta uno para coger otro. Tiene a todos sus
parientes colocados. Es hermano de Berrocal el juez, tío de Berrocal el inspector, primo
de Berrocal el recaudador...

Esta conversación quedó en suspenso. Las celosías que cerraban las puertas del
despacho del Gobernador fueron abiertas y la procesión de señores se colocó adentro;
algunos que no cupieron, quedaron en la puerta alargando el cuello por encima de los que
estaban adelante. Y pocos minutos después salieron como en desbandada, en grupos de
a dos y de a tres, con cara de disgusto. Uno de ellos iba diciendo:

- ¡Quedan rotas las hostilidades!

Otro exclamaba:

- ¡Por adular al nuevo régimen nos traiciona!

Juan no vaciló en entrar de nuevo en busca de Rufo Rosales:

- ¿Qué es lo que pasa?, le preguntó.

- Se trata, repuso Rufo rojo de ira, de que el gran partido conservador, cuya personería
han asumido espontáneamente estos señores que acaban de salir, veta en forma
enérgica e irrevocable el nombramiento de alcalde de Guasírnía que pienso hacer en la
persona de Osiris Letrán. El partido conservador, según ellos, necesita tener un alcalde
conservador en Guasimia, para conservar una tradición de medio siglo. ¿Hice yo acaso
propósito de tomar parecer a ningún grupo político cuando tratara de escoger mis
subalternos? Lejos de mi tal sumisión. He venido, por el contrario, dispuesto a romper las
viejas costumbres que pusieron en manos de las camarillas partidaristas la marcha de la
administración pública con notable perjuicio para los intereses del Departamento. Uña de
León, acostumbrado a dar órdenes, ha tomado la palabra para tachar a Osiris de
elemento indeseable, sin alegar más razón que la de su color político y no sé qué historia
de unos negocios en que le fué mal con él. Pero se han llevado un clavo los señores
manifestantes, pues he cortado el discurso de su vocero para declararles que Osiris
tendrá la vara de alcalde y que yo estoy aquí para resolver las cosas sin someterme a
imposiciones de nadie. Declaro, agregó sonriendo, que en cuanto dije las primeras cuatro
palabras, todos se fueron sin despedirse, dejándome a Uña sólo, y Uña fue quien tuvo
que oír mi regaño hasta el fin.

A Juan le complacía oír a Rufo Rosales expresándose en tales términos; tomó asiento
frotándose las manos de contento y aventuró este concepto:

- Son más exigentes tus copartidarios que los míos. Acostumbrados a disponer de todo
como si fueran únicos dueños, la perdida de una sola casilla del tablero los asusta. No
conozco a Osiris Letran. Supongo que no será un bolchevique.

- Ha sido hombre de comités...En el fondo es un buenazo, tan buenazo que temo que
sirva para poco y me haga quedar mal. Pero ya está escogido, ya le ofrecí el cargo y ...
esto es lo que me está inspirando inquietud: ha empezado a usar un bastón rojizo de
empeñadura de oro para darse ínfulas.
VII
Señor Monteagudo.

Al oírse nombrar el hombre que estaba oculto, entre su escritorio y la pared, se puso
precipitadamente de pie. Tenla el aspecto de un gato al que hubieran recortado los
híspidos bigotes, marrullero, desconfiado. Sobre el escritorio no tenía ningún papel, en los
anaqueles tampoco. El frasco de la tinta lo tenía tapado; la pluma que descansaba sobre,
el tintero, estaba nueva y limpia. ¿Cuál era la labor de este hombre? El saco que vestía
estaba roído en el orillo de las mangas. La corbata que llevaba era negra y el sudor de la
sotabarba se la había manchado. Tenía la barba crecida y el cuello de la camisa sucio. En
cada uña llevaba un filete negro.

- Señor Monteagudo, siéntese.

Juan se sentó a su lado y permaneció un rato en silencio. No sabia cómo pasar adelante.
Se lo habían dicho que aquel hombre miraba todas las cosas de la vida a través del vidrio
opaco de sus pasiones políticas; que el partido conservador, a que pertenecía, era en él
una especie de desgarradura viva, de la cual vivía pendiente a todas horas; que cuando
mencionaba sus enemigos políticos, decía siempre, los señores liberales, y que le parecía
que con esto mencionaba de una vez todo cuanto puede haber de abominable sobre la
tierra. Mientras Juan buscaba el modo de iniciar la conversación, Monteagudo permaneció
en absoluta inmovilidad, con los párpados bajos. Juan, después de estarlo pensando, se
decidió por el camino más corto:

- Necesito que hagamos una listita de los estanqueros existentes en el Departamento. El


nombre de cada lugar, el nombre de cada individuo, su color político y una nota de
apreciación suya sobre la forma en que cada uno de ellos cumple sus obligaciones.

Monteagudo disimuló una sonrisa, abrió una gabeta del escritorio y tomó,de su fondo el
único papel que había en ella. Lo entregó a Juan diciéndole:

- ¿Le parece bien así?

Con el papel ante sus ojos, Juan en vez de leerlo trató de fisgar en la fisonomía de aquél
hombre, pero más expresiva sería si estuviera dormido. No se reflejaba en su rostro
obscurecido por la barba descuidada ningún movimiento del ánimo.

- Por qué adivinó usted mi pensamiento?

- Las cosas naturales no es menester adivinarlas, doctor, respondió con la voz más
humilde.

- Es natural que usted quiera saber quiénes son sus subalternos. Esta letra puesta al
margen indica lo que son: los de C, conservadores, los de L, liberales. Cinco liberales por
todo.

- ¿Entre cuarenta y cuatro que son todos los estanqueros?

- SI, señor; cinco nada más. Era muy natural. Los conservadores éramos los que
mandábamos. Ahora hemos caído. Ahora seremos reemplazados...

En cuanto al modo como estos señores cumplan sus obligaciones, ¿Qué concepto puedo
emitir? Baste decir que yo he tenido el derecho de pedir su remoción cuando desatienden
sus deberes, y si los he mantenido en sus puestos es porque estoy satisfecho de todos
ellos. Ellos y yo seremos ahora reemplazados. Hemos caído.

Guardó silencio. Un silencio irritante, el silencio de las personas que sienten encima el
peso de las desgracias generales inevitables. Juan no pudo contenerse:

- ¿Sabe usted, señor Monteagudo, que tiene ocultos enemigos?

- Así lo supongo. No le perdonan a nadie el que tenga asegurado por medio de un sueldo
el pan que se come. ¿Por qué me hace usted esa pregunta?

Juan hubiera querido mirarlo a los ojos, pero era imposible, no los alzaba. Entonces con
cierta brusquedad metió la mano al bolsillo, sacó unos papeles y los desplegó con
morosidad cruel.

- Lea estos anónimos que han llegado a mis manos y rómpalos usted mismo.

Al tomarlos, notó Juan que tenía las manos abotagadas y pensó que debía estar sufriendo
de alguna deficiencia funcional. Le pesó de hacerlo sufrir, pero ya era tarde; había leído,
se había puesto de color de ceniza y se había quedado moviendo la cabeza.

- Dos acusaciones me hacen, dijo, la de que Roldana comparte conmigo el fruto de sus
abusos de confianza ... y la de que ... son queridas mías tres de las empleadas de las
rentas. Yo no trataré de probar la falsedad de esas acusaciones. Pero voy a entregar a
usted la renuncia de mi empleo. Asi podrá usted nombrar para que me reemplace a una
persona cuya pulcritud merezca toda su confianza.

Abandonó las manos sobre el escritorio y Juan notó que tenía roído el orillo de las
mangas. Juan sintió lástima y su primer impulso fue de asegurarle que no le aceptaría la
renuncia. Le preguntó:

- ¿Lleva usted algunos años de ser empleado

- Toda mí vida he sido empleado.

- Pero el Departamento es de ayer...

- Cuando el Departamento fué creado, yo entré a servirle. Ahora saldré; los conservadores
hemos caído.

- El señor Gobernador, siguió diciendo Juan, ha decidido introducír en el personal de las


oficinas públicas la mitad, por lo menos, de elementos nuevos, de origen liberal. Como
usted dijo antes, ahora mandamos nosotros, pero no por eso pretendemos repetir a la
inversa el sistema exclusivista que se ha. venido practicando. El señor Presidente de la
República ha ofrecido realizar la más amplia conciliación política; Rufo Rosales, de todo
corazón quiere secundario. Eso es todo, señor Monteagudo, y usted no podrá reprocharlo.

- No lo reprocho. ¿Quién ha dicho que lo reprocho? Todo mi afán se ha reducido siempre


a conseguir la mejor administración de las rentas. ¿No existen cinco estanqueros
liberales? Pues bien, yo afirmo que son ellos cinco excelentes empleados.

- Quiero de usted algo más, insistíó Juan. Quiero que usted me señale entre los
estanqueros conservadores, los veintidos que a su juicio deben ser conservados en el
servicio. Usted que los conoce bien podrá decir cuáles son los mejores.

- Nada más diré aunque me azoten. No faltaría quién afirmara que trato de conservar mis
fichas políticas.

Juan se retiraba y Monteagudo vino a detenerlo, tomándolo por un brazo. Le preguntó


muy pasito sonriendo:

- ¿Usted puede creer lo de las tres queridas?

Juan le contestó:

- No lo creo, pero debajo de una mala capa...

Había a la izquierda un salón en que trabajaban algunos empleados de poca importancia.


Juan.se asomó a este salón y con lentos pasos lo atravesó, yendo a detenerse ante una
ventanilla que en su otro extremo se abría sobre un patio lleno de trastajos. Meditó un
rato, se volvió'hacia el grupo de empleados y llamó al primero de ellos que levantó la
cabeza.

- En qué puedo servirle, doctor?

- ¿Usted conocerá bien a este señor Monteagudo? , le dijo.

- Demás. ¿A quién no conoce uno aquí en Guasímia?

- ¿Cuánto gana?

- Ochenta, doctor.

- Poco es para sostenerse él y sostener además tres queridas,

- Es que se las inventan. Vive con su mujer y con sus hijos, estrechamente. Por la casa
que ocupa paga treinta mensuales.

- Anoche, en una reunión, un caballero muy respetable me dio escrito en un papel que
llevaba en la cartera, este dato respecto a Monteagudo

"Tiene tres queridas y es dueño de dos magníficas casas en esta ciudad. Su sueldo no
parece suficiente para proporcionarle tales comodidades".

- No tiene casa ninguna. No tiene ni ropa. Vive miserablemente, Pero como vive metido
en las intrigas de la política, tiene muchos enemigos.

- ¡Ah, es político!

- Activísimo. No hay representante ni senador que si va al congreso por esta tierra, no le


deba a Monteagudo su curul.

- ¿Tanto puede?

- Lo que él ordena, eso se hace en Píedraspeladas, en Cuescas, en Remanso y en


muchos otros pueblos. Cada hombre de los resguardos que él hace nombrar es un agente
que cumple ciego sus órdenes. Pero en las elecciones. de febrero le fallaron y desde
entonces anda rumiando la pura bilis.

- Gracias.

El empleado volvió a sus papeles radiante del placer de haber conversado con su nuevo
jefe, Juan giró la mirada en torno y llamó a otro escribiente que lo miraba, ardiendo de
curiosidad.

- Señor don Juan...

- ¿Hay mucho trabajo?

- No falta. Llevo la estadística diaria del consumo de licores por botellas, por días, por
estancos. Cerrilandia va a la cabeza. ¡Cómo beben en ese pueblecito!

- ¿Y quién es su superior inmediato?

- Monteagudo. El revisa todas las tardes los extractos ... As! sabe cuáles son las
existencias en cada lugar y puede autorizar los nuevos despachos.

- Va a hacer falta Monteagudo.

- ¿Se retira?

- En eso se empeña, en irse. Estará cansado.

- Es que no necesita del sueldo, porque es hombre rico.

- A mi me aseguran que está en la miseria... -murmuró Juan.

- Está podrido de plata y no se sabe de dónde la ha sacado. Y ahí donde lo ve, que
parece un cura sin sotana, que no le pase una muchacha por donde la vea, porque se le
va detrás, Entonces si suelta la bolsa.

- Yo sabía que tiene tres queridas.

- Tres aquí en Guasimia, una en Paramópolis y otra en Cuescas.

Había cuatro empleados más agachados sobre las mesas, haciendo que trabajaban y
mirando a cada rato de soslayo. Todos ellos le inspiraron a Juan una profunda repulsión y
huyó de su presencia.
VIII
Con la nórnína de los estanqueros, Juan pasó otra vez al despacho de Rufo Rosales, a
quien encontró en compañía del Secretario de Gobierno. Ya habían sido hechas las
presentaciones con este colega del servicio y Juan se limitó, después del saludo, a
echarle de reojo una mirada inquisitiva. Era muy joven; estaba desbordante de salud y
para resguardar del sudor el fino y muy abrigado vestido de paño obscuro que trajo de su
pueblo de tierra fria, llevaba un pañuelo blanco a modo de gorguera, embutido dentro del
cuello de la camisa. Juan se sintió al principio un poco cohibido por la presencia de aquel
joven que tenla a su cargo los asuntos del orden público, las cuestiones electorales, la
policía y la vigilancia del manejo de los alcaldes, entre otras cosas de menor importancia.

Debe tener un talento poderoso, pensó Juan cuando Rufo ha puesto en sus manos ramos
tan importantes de la administración pública.

Rufo tenía sobre la mesa la lista de los pueblos que forman el Departamento.

- Son treinta y tres cabeceras de municipio, dijo, y once las aldeas agregadas a algunos
de ellos, en calidad de corregimientos. Esto da un total de treinta y tres alcaldes y
cuarenta y cuatro estanqueros. Como el número de alcaldes no es divisible por dos,
echaremos a la suerte el alcalde que queda de non.

- Puede ser conservador ese non, concedió generoso el doctor Liñanes que así se
llamaba el Secretario de Gobierno. Y Rosales le agradeció con una sonrisa irónica.

- Creo que nosotros tres podríamos arreglar fácilmente cuantos problemas políticos
perturban la paz de las naciones. Luégo, recobrando el aire serio, agregó; mi plan es este:
dar a los pueblos de mayoría conservadora un alcalde conservador, y a los de mayoría
liberal un alcalde liberal. Pero quiero que al lado de un alcalde conservador, haya un
estanquero liberal y viceversa. Tendremos entonces un equilibrio político que servirá de
demostración del acercamiento que el gobierno desea establecer como norma patriótica.

- Es un plan admirable, elogió Líñanes, dejando traslucir en los ojos la satisfacción que lo
llenaba. Era inexperto y rebosaba optimismo. Hagamos un estudio de las mayorías que
existen en cada municipio. Señalemos con una cruz roja al margen de esa lista, los
pueblos de mayoría liberal, y con una cruz azul...

Rufo Rosales empezó entonces a leer su lista de pueblos y aunque estaba hecha en
orden alfabético, el primer nombre que pronunció, tal vez en honor de Juan, fué:

- Fragosa.

Hizo sin vacilación la cruz roja, y mientras la hacía:

- Díme, Juan, preguntó, ¿Cuántos conservadores hay en Fragosa?

- De origen raizal hay diez y ocho, contando sus hijos hombres de toda edad; forasteros
que se han radicado allá, hay nueve con diez y seis descendientes. Total cuarenta y tres
conservadores.
- Es una estadística completa, advirtió Rufo burlándose.

- No es obra mía. En nuestros pueblos todo gira alrededor del color politico de las
personas. Llega a tal extremo esa obsesión, que sí un hombre da una puñalada por una
cuestión de faldas, antes de aplicarle el castigo, antes de instruirle el sumario, se
consultan sus opiniones políticas, y esas opiniones sirven de agravante o de atenuante,
según el caso.

Rufo siguió leyendo:

- Atolladero Viejo.

- Póngale cruz azul, indicó el Secretario de Gobierno bajando los párpados como el que
hace una evocación. Su recuerdo voló y vió allá en lo hondo de una cañada, a la orilla de
un pantano en que el anofeles reinaba como dueño y señor, cuatro docenas de casas
agrupadas en torno de una iglesia muy grande y muy mal construída. Atolladero Viejo,
ilustró con la voz pausada de las personas que hablan solas, da 4.433 votos a los
conservadores.

- Burgotriste.

- Cruz azul. Da 2.283 votos conservadores.

- Cerrilandia.

- Cruz azul. Da 1.780 votos conservadores.

- Me admira su retentiva para cosa tan árida como son esas cifras electorales, dijo Rufo.

- Son las canastadas con que nos vencen. ¿No he de recordarlas?

- Cuescas.

- Cruz azul. Es el feudo del Padre Pelayo, donde su voluntad impera como dueña y
señora. Como el nombre de Cuescas es desagradable y vulgar, ahora quiere que se le
cambie por el de Santa Teresita; asi la santita de moda arropará con su manto virginal los
4.004 votos que el Padre Pelayo remite después de cada torneo electoral. Hay que ver a
ese levita gobernando desde el atrio de su iglesia la vida pública y privada de sus
feligreses.

Rufo interrumpió al doctor Liñanes para seguir la enumeración. Habla llegado a un grupo
de pueblos liberales y quería desquitarse; pero lo hizo con alegre tono de burla, leyendo:

- Caciquiare, o lo que es lo mismo, la tierra de los caciques. Cruz roja. 3.000 y pico de
votos liberales. Cascaramarga, cruz roja. 2.000 y pico de votos liberales. Machetía, o lo
que es lo mismo, tierra de los machetes. Cruz roja, 1.500 y pico de votos liberales...

Rufo se interrumpió para carraspear y el doctor Liñanes que en cuestiones políticas no


entendía de chanzas, aprovechó para advertir:

- Los 3.222 votos de Caciquiare son absolutamente legales. He sido juez de ese circuito y
puedo asegurar que es la región más poblada que tiene el Departamento. En un día de
elecciones la gente se entusiasma y los habitantes de los campos se presentan en
columna cerrada.

- Y votan conforme lo ordenan los Guzmanes, que son los caciques de Caciquiare. Doctor
Liñanes, seamos sinceros y convengamos en que canastada por canastada o chocorazo
por chocorazo, estos puebluchos rivalizan en el ejercicio del fraude. No hay todavía entre
nosotros la menor idea de honradez en estos asuntos. A tiempo que los caminos son
desfiladeros por donde no se puede pasar porque no hay contribuyentes que paguen el
impuesto para componerlos, los censos electorales desbordan nombres de ciudadanos,
que están muertos o no han nacido, y todos esos individuos fantásticos sufragan...Y
volviendo a la lectura, agregó: Guasimia, cruz roja. Paramópolis...

- Cruz roja también, indicó Liñanes.

- Cruz azul, rectificó Rosales.

Y se miraron Gobernador y Secretario con aire amistosamente desafiador. Paramópolis


después de Guasimia es la ciudad más liberal del Departamento. ¿No lo demostró
gallardamente en Febrero pasado cuando la elección de Presidente?

Rufo Rosales se quedó a su vez pensativo, evocando el paisaje noble y vetusto de la


ciudad del páramo, sembrada de templos coloniales, protegida por una mitra secular, con
semillero de clérigos, con albergues de religiosos, llena de plañir de campanas, de santos
en sus hornacinas, de casonas con escudos en el portón y ramo bendito en el herraje de
las ventanas, plagada de curiales, azotada por el frío de las cumbres, patria de los
Calvados tradicionalistas, y aunque parecía un imposible, reconoció sin vacilar:

- Tiene usted razón, doctor Liñanes; Paramópolis se ha liberalizado. Le pongo la señal


roja y sigo. Piedraspeladas...

- Serial azul, dijo Juan. En este pueblo hay unos señores Querétaro, miembros de una
sola familia que forman lo que vulgarmente se llama una rosca y que se han apoderado
de todos los puestos públicos. Se me ha suministrado esta lista: Isalas Querétaro, alcalde;
su hermano Luis, juez; su sobrino Ricardo, Tesorero; su otro sobrino Alcides, personero;
su tío Telésforo, secretario del Concejo; todos ellos a la vez concejales.

- Esa rosca y las demás que existan las romperemos, dijo Rufo Rosales, y continuó
leyendo: Rivadeltejo...

- Señal Roja, dijo Liñanes.

- Excúseme, doctor. Serial azul.

- Rivadeltejo es liberal.

- Rivadeltejo es conservadora.

- Que decida Ayala que viene de su vecindad.

- Que decida Ayala.

- Creo, dijo Juan, que en Rivadeltejo los liberales son muchos, muy exaltados y muy
decididos. Pero nunca han podido demostrar su mayoría porque los jurados electorales
hacen allí una coacción terrible. A eso me atengo. Pónle pues, cruceta azul a Rivadeltejo.

- Sigue Ubreseca.

- Advierto, intervino diciendo Liñanes con la voz alterada, que ese nombre es ilegal y
repugnante. La Asamblea del año 11 rebautizó ese municipio con el nombre del glorioso
héroe que allí pagó con la muerte su amor y sus servicios a la patria, y en vez de
Ubreseca es Oña, por Gabriel Oña. No hago el reclamo por el hecho de haber nacido yo
en ese lugar sino porque eso de Ubreseca ridiculiza a todo el Departamento. Oña es
conservadora. Póngale, Doctor Rosales, cruz azul a Oña.

Juan miró a Rufo y vió que estaba al reventar de risa. ¿Cuántos votos da Oña?

- Da 6.017 y las nueve décimas partes de ellos son fraudulentos. Cuando hicieron el
último censo, la cifra de sus habitantes sobrepasó todo lo esperado. Yo, que hace muchos
años abandoné esa tierra para siempre, sentí en un principio cierta satisfacción patriótica
al ver el enorme desarrollo que el censo demostraba. Después empecé a desconfiar. He
averiguado la verdad. Cuando hicieron el censo, que tanto dinero costó a la nación, al
Departamento y a los municipios, los jefes políticos de Oña entraron en actividad y para
poder tener derecho a sus 6.017 votos, hicieron un empadronamíento fictício. ¿Qué idea
de moralidad puede caber en la mente de esos gamonales políticos?

Encerrados en una sala, los empleados del censo llenaron bajo su vigilancia fantásticas
papeletas, inscribiendo en ellas familias y familias que no existen, que no han existido
nunca. Merced a este ardid, Oña es uno de los municipios más poblados de esta sección
del país.

- Así fue hecho el censo en casi toda la república. En cada pueblo tuvieron en cuenta,
primero que todo, el número de votos para las elecciones.

- Oña es el pueblo más solo que puede uno imaginarse. Sus campos, muy extensos pero
muy áridos, están despoblados. Sin embargo, Oña pesa mucho en la balanza electoral.
Oña impone su voluntad.

Y así fueron desfilando uno a uno los treinta y tres municipios que forman el
Departamento. Rufo Rosales hizo la última señal azul delante del nombre de Yeguadas,
un aldeote sin más historia que la de haber brotado muchos bandidos en la última guerra
civil, y los tres funcionarios, Rufo Rosales, Juan de Ayala y José'Liñanes, se quedaron un
buen rato en silencio. En viaje efectuado en el rápido vehículo del pensamiento habían
recorrido el Departamento de norte a sur, de oriente a occidente, y les quedaba en el alma
como un regusto amargo, una sensación de atraso, de pobreza, de encono partidarista,
de abusos, de ignorancia. Aquellos pueblos, en su generalidad, eran irredimibles.
Encaramados muchos de ellos en abruptos escondites de las montañas, suspiraban por
verse unidos entre sí por medio de carreteras, y suspiraban por un imposible, pues no
había con qué hacerlas. Guasimia, más afortunada, había logrado conquistar alguna
riqueza, comerciaba con éxito, explotaba su excepcional situación de puerto terrestre para
comunicaciones con el mar a través del pais vecino; Paramópolis tenía un ilustre
universitario; los demás pueblos vivían vida estancada, obscura, penosa, En algunos de
ellos flotaba como una maldición una nube de odios de bandería, incompresivos y
feroces, que amagaba tempestades de sangre.
- Nos falta ahora, dijo Rufo Rosales para dar término a aquella larga conversación,
escoger las personas en que deben recaer los nombramientos. Piense usted en los treinta
y tres alcaldes, doctor Liñanes, y tú, Juan en los cuarenta y cuatro estanqueros. Que sean
unos y otros, sacados de las dos colectividades, en la proporción convenida, hombres
honrados, elementos de paz, servidores leales.

Liñanes y Ayala salieron del despacho del Gobernador. El primero llevaba reflejada en el
rostro la satisfacción del acuerdo a que acaban de llegar, pues el nombramiento que iba a
hacerse de treinta y ocho empleados liberales, entre alcaldes y estanqueros, le parecía un
avance de mucha importancia para la captura total de las posiciones del enemigo. Por la
mente de Juan pasó de pronto un pensamiento que lo hizo volver casi inmediatamente al
lado de Rufo:

- Hemos puesto cruz azul a Rivadeltejo, es decir, hemos convenido en que tiene una
mayoría conservadora... dijo.

Y Rufo lo interrumpió con alguna energía:

- Hemos reconocido que Rivadeltejo tiene una mayoría conservadora.

- Le toca, pues, un alcalde conservador.

- Y un estanquero liberal.

- El actual estanquero de Rivadeltejo es Tomás Torrejas y su esposa Clarita Ríos... ¿No


recuerdas, Rufo que hace veinte años yo estaba enamorado de Clarita? La amaba
tiernamente y ella no se quiso dar por entendida. Me fuí de aquella tierra, pasaron los
años, la olvidé. Todo se olvida con el tiempo, pero ahora, al pasar por Rivadeltelo, Tomás
Torrejas me obliga a alojarme en su casa y Clarita me ruega que no vaya a dejar quitar a
su marido del puesto de estanquero...

- Te ha llegado, pues, ocasión de vengar aquella lejana indiferencia.

- Sí, pero con la venganza de las almas nobles. Le he prometido por mi palabra de honor
que Tomás Torrejas conservará su puesto.

- Torrejas es conservador.

- Eso es lo grave.

- Y de acuerdo con lo convenido, el estanquero de Rivadeltejo tiene que ser un liberal.


Torrejas tiene que abandonar el estanco.

- No,no, ni pensarlo. Torrejas no puede quedar cesante mientra yo haga parte del
Gobierno departamental. Me ha cobijado el techo de su casa y he coinido el pan de su
mesa. Míra, Rufo, preferiría cortarme la mano antes que firmar la destitución de ese
hombre.

Rufo sonreía viendo a Juan en aquellos afanes.

- El estanquero de Rivadeltejo tiene que ser un liberal, repitió.


- Se me ocurre una idea. Exclamó de pronto Juan, animándose. Pasemos a Tomás
Torrelas a desempeñar la alcaldía, y en paz! No necesitas un alcalde conservador? Pues
ahí lo tienes, y yo quedo bien con Clarita.

Rufo movió la cabeza negando.

- Hemos convenido nombrar para el desempeño de los puestos públicos hombres


honrados que sean elementos de paz y servidores leales, y Tomás heredó del Gocho
Torrejas muchas cositas que lo hacen odioso. En Rivadeltejo no lo quieren y si lo
llevárarnos a la alcaldía habría un disgusto general.

- ¿Y qué hago yo, Rufo, con Clarita?

- Lo que dices que ella hizo contigo en un tiempo, no hacerle caso.

- Ya iba Juan a salir y se volvió desde la puerta para declarar desolado:,

- Te aseguro que si yo hubiera sabido estas cosas no rne vengo de Fragosa.

Daban las cuatro de la tarde cuando salió Juan del despacho del Gobernador y en la
puerta no más lo estaba esperando y lo detuvo un hombre alto, flaco, amarillento, que sin
más preámbulo le dijo:

- Doctor Ayala, permítame usted una palabra. Tenga la bondad de leer esta carta. Se.la
puso por delante yJuan leyó:

"El portador de la presente, coronel Tiberio Malpica, liberal de finos quilates, hombre que
no ha escatimado la contribución de su sangre cuando el partido la ha necesitado,
atraviesa en la actualidad una crisis económica que necesita.ser solucionada sin
tardanza. Le pido para este compatriota el estanco de Piedraspeladas". La firma era un
geroglifico y el coronel, viendo que Juan bregaba por descifrarlo, intervino:

- ¿No ve? Me recomienda el propio Cárdenas Cardenal. Yo conozco bien a


Piedraspeladas. ¿Qué me contesta, doctor? ¿Puedo esperar en usted?

Se acercó en este momento otro individuo, hombre mozo, de potentes y lampirias


mandíbulas.

- Doctor Ayala, permítame una palabra. Y lo llevó a un lado para apartarlo del coronel
Malpica y poderle decir:

- Usted dispense la impertinencia, pero he sabido que al fin van a reorganizar y vengo en
pos del puesto de estanquero de Piedraspeladas. Usted no me conoce, pero esta carta
me abona. Léala, tenga la bondad.

Y Juan leyó:

"El portador es el distinguido joven Ernesto Mate, a cuyos esfuerzos debemos el triunfo
electoral de Caciquiare. Este muchacho quiere el estanco de Piedraspeladas, feudo que
necesitamos arrebatar a los Querétaros. Necesitamos allá esta unidad de combate." Y por
firma el geroglifico ya conocido, cuya traducción era Cárdenas Cardenal.
- Este señor y Juan indicó con disimulado gesto a Malpica, también quiere el estanco de
Piedraspeladas.

- Perdería usted el trabajo de nombrarlo; no podría encargarse porque ¿quién sería su


fiador? Al coronel Malpica no hay un santo que lo fíe. Es un hombre desacreditado que se
queda con el dinero que pasa por sus manos.

- Sin embargo, es el propio Cárdenas Cardenal quien lo recomienda.

- ¡Cómo lo molestaría!

Juan avanzó dos pasos seguido de sus dos clientes. De la baranda de la escalera, donde
estaba agazapado, se desprendió entonces un tercer personaje que allí estaba en
silenciosa espera. Vestía el traje de paño obscuro que traen aún a los valles ardientes los
pobladores de los caseríos de la fresca montaña. Su barba entrecana crecía frondosa y
patriarcal.

- Doctor Ayala .,y haciendo una reverencia de anticuada galantería, tendió a Juan un fino
envelope abierto.

Juan sacó la tarjeta que contenía y leyó:

"N. Cárdenas Cardenal saluda atentamente al señor Secretario de Hacienda y se permite


introducir a su honrosa amistad al portador de la presente, el benemérito copartidario
Aníbal Pestillo, que necesita hacerle una solicitud. Cárdenas Cardenal refuerza y apoya
por anticipado la petición que le haga Pestillo".

El tocayo del guerrero cartaginés obligó a Juan con un gesto a ir a un lado para decirle
que quería el estanco de Cascaramarga y apoyó su petición en una razón de mucho
peso:

- Hay allí, dijo un empleado que se ha hecho vitalicio, es liberal, yo lo reconozco, nuestra
república es democrática y alternativa. Que el que ya mamó largo tiempo se quite para
que otro aproveche. ¿No le parece, doctor?

- Habla usted como la propia justicia.

La baranda estaba llena de sujetos de vario pelaje y todos ellos clavaban en Juan sus
ojos lánguidos llenos de peticiones. Algunos de ellos hacían el impulso de moverse y se
quedaban en su puesto; otros daban un paso, decían señor y como si se arrepintiesen
volvían a buscar el apoyo que había sostenido su larga espera. La escalera crugía dando
acceso a un buen mozo que llegaba jadeante. Subía y miraba hacia arriba. Sus mejillas
rosadas acusaban su procedencia de tierra fría.

- ¡Doctor!

Juan se detuvo. Tenla a su lado al coronel Malpica, a Ernesto Mate, a Aníbal Pestillo. Se
agregó a este grupo Lucio Brial, el recién llegado. Y mientras Juan leía la carta que le
entregó, con una prosopopeya que no le quedara mal a aquél romano que a las Galias
fué, vió y venció, dijo a los primeros tímidos solicitantes:

- Voy a ser, después de cuarenta y cinco años, el primer estanquero liberal de


Paramópolis. Esta carta que he presentado al doctor Ayala trae las cinco firmas de los
cinco miembros del directorio departamental. No puede decirse que es una solicitud ni
una recomendación, es una orden.

Juan le dirigió una mirada mortal y le preguntó:

- ¿Una orden? ¿ Quién me da a mí órdenes?

- Decía... Exlicó titubeando el mozo, para ponderar la importancia de las firmas que trae,
Y cobrando bríos: ¿Mmrnm? Nada menos que las firmas de Puro Bufeche, Motón,
Trastienda, Incisivo y Moria.

Juan dejó a esta gente donde estaba y de un paso se entró a su oficina. El portero puso
en sus manos un abultado montón de correspondencia, cartas y telegramas que habían
llegado.

- ¿Qué es esto? Preguntó alarmado.

- Es, le explicó sonriendo Pompa Pita desde su escritorio, que ha,corrido como fuego por
un reguero de pólvora la noticia de que se va a hacer una reorganización del servicio.
Reorganizar, lo que la gente entiende por reorganizar, es quitar a uno para poner a otro.
Hay, pues, gran alboroto entre los aspirantes a empleos. Todo el mundo quiere colocarse.
Los corredores del palacio han sufrido una verdadera invasión de caravecos.

- ¿Caravecos? ¿Qué son caravecos?

- Son pájaros que revoletean encima y molestan. Estanqueros, alcaldes, escribientes,


guardias, porteros, telefonistas que ofrecen sus servicios. Lo volverán loco, doctor, si se
pone a hacerles caso.

- No me deje usted entrar a nadie, ordenó Juan al portero. Yo necesito trabajar. ¿Pero
cómo trabajo teniendo sobre la mesa esta montaña de cartas cerradas? Yo soy un
hombre nervioso y no puedo tener tranquilidad viendo delante de mí una carta sin abrir.

- Todas estas cartas, puedo asegurarlo, sólo contienen peticiones y necedades, afirmó
Pompa Pita con ese desabrimiento que da a las personas un largo empleo en el serviciq
público. Abrirlas ahora o abrirlas mañana, es igual. Pero si quiere despejar el escritorio
llame a López. López está ahí en la otra pieza mano sobre mano,

- ¿Qué López?

- El oficial segundo. Se acercó y le sopló en voz baja: un empleado que se gana el sueldo
sin hacer nada. Algunos días no viene y nadie le echa de menos. Póngale ese oficio. Que
atienda él al despacho de toda esa correspondencia molestosa.

Vino López llamado por Pompa Pita. Tendría veinticinco años. Llevaba pantalón blanco
caído abajo de los cuadriles, correa negra sosteniéndolos y una camisa azul manchada
en gran parte por la humedad del sudor. El cuello desabotonado dejaba verle el pecho
blanco y velludo cubierto de gotitas. La cara le chorreaba. Parecía que saliera de un pozo
o que hubiera tomado poco antes un diaforético. domo Juan le miraba con extrañeza,
explicó:
- Soy la persona que más suda en toda Guasimia, y eso que aquí nací y no siento el calor.
Soy poroso como una pimpina nueva. Tomo un vaso de agua y en diez minutos ya lo
tengo en la ropa. Tal vez por esta condición gozo de una salud envidiable y tengo siempre
una gran disposición para trabajar. Ahora verá usted cómo en un momento salimos de
todo esto.

Tornó la correspondencia y se marchó con ella.

Pompa Pita volvió a acercarse con aire burlón y dijo a Juan en tono murmurador:

- No niego su competencia. Pero no crea usted en esa actividad de López, que durará lo
que un suspiro. Es un insubordinado y un perezoso. Llega tarde y se entrega a la lectura
de novelas. Un día le dije que por qué no quitaba un rato para poner en orden el archivo y
si hubiera visto cómo se puso. Sopló las narices y se desató en improperios contra mí.
Ahora le adula por temor de que lo deponga...pero. ..depóngalo usted, no le tenga
consideraciones. López no necesita del sueldo para vivir; está aquí porque le premiaron
con el empleo sus actividades electorales. Es un godazo irreductible. Se está entrenando
para un concurso de ciclistas; ese sudor es del ejercicio que hace dándole a los pedales.

López, con admiración de Juan, volvió muy pronto con la correspondencia abierta y
anotada al margen con signos y dijo que estaba dispuesto a tomar notas taquifráficas para
redactar después las contestaciones. Se acomodó en una silla a un lado de Juan y fué
diciéndole:

- El señor Vicente Calco, de X.... dice que su hermano menor Luis estudia en la capital
becado por el Departamento; que no se han mandado pagar las pensiones de los últimos
meses y que el joven está sufriendo perjuicios muy graves porque no tiene con qué
sostenerse.

- Conteste que la Caja está exhausta por causa de la crisis, etc.

- Emiliano Vienés lo felicita por su nombramiento de Secretario y aprovecha la ocasión


para declararle que tiene en su poder las poesías de su difunto sobrino Basilio, las cuales
está dispuesto a enviarle para que usted disponga su impresión en la imprenta oficial si a
bien lo tiene.

- Dígale que no las mande, que no se le ocurra mandarlas. ¡Pobre Basilio!.. ¿Qué mejor
homenaje podría hacerse a su memoria que el de quemar la farragada de.sus
composiciones poéticas o dejarlas inéditas para siempre?

- Efraim Perofi, de Piedraspeladas, le da como candidato para estanquero del mismo


lugar a su sobrino Selím, de quien dice que es un joven de muy bellas condiciones.

- Lástima de bellas condiciones si han de emplearse en la venta de aguardiente. Apúntelo


por ahí, aunque a Piedraspeladas le toca un estanquero liberal y los Perolis son
archiconservadores.

- Fulvio Pinitos manda una tarjeta de felicitación y no pide nada.

- Déjela aparte que la petición vendrá no muy tarde.

- Javier Sevillano, coronel del ejército guatemalteco, pide una alcaldía.


- Y ese señor ¿Qué hace en Guasimía? ¡Horribre! Que se vaya para Centro América y no
nos moleste.

- Fermín Espina, de Piedraspeladas...

- ¡Es el municipio que más codician!

... suplica no olvidar la ayuda ofrecida para acabar con la rosca de los Querétaros.

- Dígale que no se ha olvidado.

- Lucio Portugal recomienda a Ramón Infante para un cargo en las rentas.

- Eche eso al canasto de los papeles inútiles.

- Angel María Pinitos, sabedor de que en la actualidad se están haciendo nombramientos


en los estancos de licores, pide un puesto de ayudante para su hijo Fulvio.

- Fulvio, Fulvio. ..Si no hace nada que me leyó algo de un Fulvío. Una felicitación sin pedir
nada. Vió usted? Al canasto ambas cosas.

- Benito Calo, de Paramópolis, manda una lista de siete candidatos liberales muy buenos
para los estancos de otros tantos pueblos que enumera.

- ¿Siete candidatos nada más? Eso se llama colaborar.

- Rubén Santana, pedagogo, pide el estanco de Cuescas.

- ¿Pedagogo y aspira a vender aguardiente? Pase eso al Secretario de Educación


Pública.

- Mateo Vallegris, de Rivadeltejo, dice en lacónico telegrama: Esperando.

- Y por lo tanto desesperando. íPobre Mateo! Deme acá ese telegrama.

- Ellas Ponce, de Caciquiare, se queja de que el resguardo de esa zona lo forman cinco
licenciados de presidio.

- A Monteagudo para que averigüe la verdad.

- María del Río ... Esto es completamente asunto personal.

- No importa. ¿Qué dice?

- Que ella le puede arreglar la ropa si todavía no ha buscado lavandera.

- ¿La. conoce usted? Tiene nombre de novela. ¿0 es que es ... del río., donde lava?
Póngame esa esquelita aparte.

- Pablo Solapa dice que los guardianes de la cárcel de Cerrilandia son cinco criminales.
Da candidatos para reemplazarlos.
- Pase eso al Secretario de Gobierno, que es cosa de su resorte.

- Ludano Aserrín, desde la cárcel de Cerrilandia, pide que se le conceda la libertad. Hace
un alegato curioso. Dice que está preso y condenado por defraudador de la renta de
licores, pero que cree ser víctima de un error y que está purgando culpas ajenas.

- Llámame a Monteagudo, dijo Juan tomando el telegrama en sus manos. Y como el


solicitado saliera de su escondite y se acercara al punto, manso, encorvado, hurnilde:
¿Qué puede informarme de Luciano Aserrín que está preso en Cerrilandia?

- Es imposible retener en la memoria los pormenores de los innumerables sumarios que


es preciso incoar todos los días a los contrabandistas. Pero ese nombre de Aserrín me da
en el oído. Pagó una multa ... Está preso ... Le informaré dentro de un momento.

Desapareció misteriosamente.

Acabemos, díjo Juan a López.

- Acabemos con el día, replícó éste. Esta es una verdadera marejada de solicitudes.

- Entonces dejémoslo para mañana.

¿Para mañana? Sudoroso y exhalando de si un olor de hábitos de fraile trajinador, con el


rostro iluminado por una sonrisa jesuítica, regresaba Monteagudo con un amarillento
mamotreto entre las manos.

- ¿Ya se iba? Preguntó dulcemente. Y yo que venía a informarle sobre el asunto de


Aserrín ... Véa usted. Aquí está la cosa clara como el agua. Todo el expediente está
escrito a máquina y las firmas que contiene, la del acusador, las de los testigos, las de los
peritos, la del defensor, la de la persona que firmó a ruego del acusado, están puestas de
una misma mano, de una misma pluma y de una misma tinta. Se ve, pues, que es un
expediente confeccionado ad-hoc, Sobre esta base Rodilán, el juez, ha dictado su
sentencia. Los recursos están agotados. Aserrín está perdido.

Juan tomó el cuaderno, comprobó lo que Monteagudo afirmaba y lo arrojó sobre la mesa
con asco.

.- ¡Esto es inicuo, es monstruoso, es aterrador! Y está hecho en nombre de la justicia!


Léame, López, lo que ese pobre Aserrín dice en su memoriaL

López leyó con voz enfática un largo relato de penalidades que hacia el prisionero.
Dedicado a las industrias agrícolas, un día fué sorprendido en su casa por los guardas al
mando del comandante Nevada que lo llevaron preso y lo privaron de toda comunicación
durante tres días. Al cabo de ellos habíanle notificado que debía pagar una multa para
poder salir de la cárcel y como no tenia dinero vendió como pudo algunos de sus bienes e
hizo el pago. Mediante este sacrificio le habían levantado la incomunicación, pero lo
habían dejado en la cárcel. Y el hombre aseguraba bajo su palabra de honor que no sabía
la causa de este castigo pues no había cometido ningún delito.

-El comandante Nevada es un hombre sin escrúpulos, afirmó Monteagudo en voz baja. Yo
hubiera querido verlo nunca al servicio de las rentas.
- Hay que denunciarlo para que lo castiguen. Llámeme al juez Rodilán.

Unos minutos después entró, pulcro y nítido, dicho funcionario.

- A sus órdenes doctor de Ayala, dijo.

- Le diré en dos palabras que un tal Luciano Aserrín ha elevado queja de que sin ser
contrabandista, como a tal se le ha condenado. No se me ha tomado indagatoria, no se
me ha permitido defensa ninguna, dice. He hecho que Monteagudo me traiga el
expediente respectivo para examinarlo y hemos encontrado que todas las firmas que en él
aparecen son de una misma letra. Quiero que me dé usted su opinión al respecto.

- ¿Mi opinión? Preguntó irónico el juez. Yo no soy grafólogo.

- No se necesita serlo para notar a primera vista que son echadas todas de de la propia
mano del comandante Nevada.

- Puede ser, pero a mí no me correspondía averiguarlo, y en realidad, no he caído en la


cuenta de tal cosa. El sumario vino perfeccionado y mi obligación era atenerme a la
substancia, a lo que allí está comprobado.

- ¿Y siente usted la conciencia tranquila?

- ¿Porqué no? El Gobernador nombra los comandantes del resguardo y yo no puedo


poner en duda que esos nombramientos recaen en personas honorables y dignas de
confianza, pues de no ser así no les darían tan delicados cargos. Los comandantes como
funcionarios de instrucción me mandan los procesos completos y a ellos me atengo para
revocar, modificar o confirmar las sentencias dictadas por ellos en primera instancia. Las
Ordenanzas son concluyentes. Ahora bien, si el comandante Nevada ha falsificado todo
un expediente, ¿qué culpa tengo yo?

- ¡Pues lo que se ha hecho con Luciano Aserrín es abominable!

- Sin duda, dijo solemne el juez, y agregó andando de espaldas hacia la puerta para
retirarse: Pero usted, doctor de Ayala, tiene ahora las riendas en la mano ... Dentro del
rodaje que está en marcha hay muchas piezas que deben ser reemplazadas.
Reemplácelas sin vacilación. Escoja usted los hombres que sepan cumplir su deber con
honradez inquebrantable y salvará usted la vida fiscal del Departamento. ¿Ha visto usted
una barrica que tiene las duelas torcidas y deja escapar por todos lados el agua que se le
echa? Pues así, ni más ni menos pasa con las rentas. Hay mucha improvidad y cada
empleado es una duela torcida. Yo, como juez, hago lo único que está en mi mano: aplicar
la ley con toda severidad. ¡Y qué cosas dicen de mí¡ Pero no me importa; ser calumniado
es gaje del funcionario que cumple con su deber. Con usted la cosa es distinta. Usted
puede seleccionar el personal subalterno y debe hacerlo sin contemplaciones.

Ya Juan no le entendía. La voz interior le estaba dirigiendo a su vez un discurso. ¿En


dónde, le decía, vas a encontrar esos empleados probos que el juez te está pidiendo?
Confiesa que no conoces a ninguno. Has venido a la Secretaría como vienen todos, lleno
de buenas intenciones; pero eso no basta. Te hace falta el conocimiento personal de cada
individuo que se presente a solicitar un puesto y tendrás que atenerte, como se atuvieron
tus antecesores, a las recomendaciones de los políticos. Y huirás del trueno para
encontrarte con el relámpago; quitarás a la barrica las duelas torcidas para ponerle, en
cambio, otras duelas más torcidas. Y si las rentas se filtraban, ahora desaparecerán. Así
como lo vas a hacer tú, así lo hicieron los otros. ¿Ves que la cosa no es tan fácil como te
parecía?

Juan salió de su mutismo:

- Señor Rodilán, voy a pasar al juez ordinario el expediente de Luciano Aserrín para que
se investigue y se castigue el delito de falsificación.

- Hágalo, dijo el juez. ¡Que no haya más impunidad!

Juan hizo un gesto como para dar las gracias y el juez salió del despacho. Se oyó crugir
la escalera bajo sus pasos. Monteagudo tenía una enigmática sonrisa cuajada en los
labios, y con los párpados caídos esperaba.

- Dé usted inmediatamente la orden para que Luciano Aserrín sea pueisto en libertad, dijo
Juan. Y por medio de un memorial pase al juez ordinario ese expediente para que
proceda a enjuiciar al comandante Nevada.

- Si a usted le parece, advirtió Monteagudo, se puede ordenar, además, que se le


retengan a ese individuo los sueldos que tenga devengados y que no haya cobrado hasta
el momento.

- Hágalo.

Cuando Juan quedó solo, se le acercó Pompa Pita, que no se había movido de su
escritorio y había permanecido mudo, quieto, haciendo que leía, y sopló a Juan:

- La verdad es, doctor, que el contrabando se ha convertido en la más generalizada y más


productiva de todas las industrias. Por esa causa las rentas decaen y el Departamento
agoniza endeudado. Conozco personalmente a Luciano Aserrín y sé que es un
contrabandista profesional, hábil como no hay o tro, pues nunca se le han podido probar
sus picardías. Otro pícaro es Nevada, a quien conozco de cerca también. No hay de quien
fiarse. Entre los mismos encargados de hacer los recaudos y vigilar el contrabando, hay
más de cuatro que estafan al Departamento. Aquí llegan unos rumores que algunas veces
uno no se atreve a darles crédito, pero que nos dejan aturdidos...Usted sabe que a los
resguardos les corresponde la mitad de las multas que pagan los contrabandistas, pero si
el juez no ratifica las sentencias que le llegan en apelación, esas multas no pueden
hacerse efectivas. ¿Sabe usted lo que se afirma por ahí? ...Se dice que algunos,
comandantes le aceitan la mano al juez para tenerlo de su parte.

Dicho esto, Pompa Pita hizo un ruido cavernoso para reir y se volvió a su asiento.

Aquella expresión, le aceitan la mano, hizo daño a Juan. ¿Quién saldrá ileso,de esta
prueba terrible?, pensó. El Departamento agoniza endeudado, las rentas se agotan
combatidas por el contrabando y si el juez aplica la ley, a los contrabandistas que caen en
el garlito, el juez hacé un negocio con los resguardos para su propio provecho. Si el juez
revoca las sentencias y los explotadores del fraude quedan impunes, también el juez hace
un negocio, se ha vendido a los delincuentes. Mi humilde pobreza recibirá dentro de poco
las salpicaduras del más hediondo limo...
XI
Ahora un poco de reposo, Juan. El baño te ha restaurado las fuerzas, la ropa limpia te
acaricia suavemente la piel, la cama te convida; déjate caer en ella y relaja tus miembros,
abandónate, no pienses. Has consagrado las horas del día a los asuntos oficiales; este
rato que ahora te queda libre, es tuyo, descansa. No te pongas a repasar y examinar los
actos que has ejecutado en este día; se te calentaría la cabeza inútilmente. Tus deberes
de empleado los has cumplido con largueza; es el momento de que atiendas a los
deberes para contigo mismo.

Te debes un rato de tranquilidad, gózalo. Alza los ojos desde la cama. en que estás
tendido y écha la vista afuera, a través de las ventanas que dan a la calle. ¿No ves el
cielo azul, limpio y puro? ¿No ves una rama verde que la brisa balancea? Refresca en
ese espectáculo tus ojos ¿Ves una cosa blanca que pasa? Es una nube que viene del
cielo extranjero, del país vecino. Para las nubes no hay fronteras como no las hay para la
brisa. Esa nube tal vez se ha formado en los llanos distantes y empujada por el soplo
constante que se levanta del mar va de paso a deshacerse en fértil lluvia en los montes,
cercanos de nuestra patria. Si los hombres dominaran los elementos a su capricho, esa
nube habría sido detenida sobre la raya que separa los dos países y un recaudador
habría hecho
efectivo un impuesto por el secreto de fertilidad que trae en sus entrañas.

Ha sido agitado el día, sin duda. Y ha sido también estéril, hay que reconocerlo. Pero has
empezado a conocer los fondos obscuros sobre los cúales está organizada la
administración pública. ¿Qué te figurabas, que todo corría aquí sobre líneas rectas y a
plena luz? No hombre. Aquí y en todas partes la administración pública, ciencia de la
política, tiene muchos recovecos. El que está ocupado en ella va a dar un paso y mete el
pie en un agujero. Míra, el cielo se va tornando color de violeta; pronto empezarán a
brillar las estrellas, se hará de noche y las sombras y el misterio cobijarán la ciudad y los
campos. Al amparo de las sombras uno de tus subalternos, con aquiescencia tuya, se
lanzará a campo traviesa burlando el resguardo nacional para pasar la esencia sintética,
el anís artificial. Tú, un hombre sano y sencillo, respetuoso de la ley, has puesto tu firma
al pie de una cuenta embustera y haz autorizado ese acto. Quizás un guardia vigilante
pille al contrabandista en fragante delito, o le descerraje un tiro y lo hiera o lo mate. En el
primer caso declarará, obligado a defenderse, que fueron sus superiores jerárquicos los
que lo enviaron. No te alteres, Juan, que de peores cosas tendrás que arrepentirte ... y
quizás llegues a no arrepentirte de nada, cuando en la conciencia se te forme un callo.

- ¡Doctor Ayala!

No hace gorgoritos más cristalinos un chorrito de agua que cae en agreste pozo, oculto
entre rocas, que los que hizo aquella voz al pronunciar esas dos simples palabras:

- Doctor Ayala...

- Entra, éntra, Rosita encantadora.

- ¡Sssst... ' Hizo ella llevándose el dedo a los labios, avanzando sólo un paso y echando
la hoja de la puerta tras de su espalda. Hace unos momentos llamó a usted el señor
Gobernador y como estaba usted en el barño ... pues le dejó razón conmigo de que lo
espera en su casa esta noche misma, lo más temprano que pueda.

- Acércate, me lo repites en el oído. ..que soy sordito.

-Tendría mucho gusto, pero, ¿no sabe usted? Aquí tenemos que ser muy prudentes
porque don Rómulo es muy terrible, sobre todo cuando se ha tomado unas copitas, y
nunca le faltan.

- ¿Y quién es don Rómulo, tu marido acaso?

- Yo no tengo marido, ni ganas. Don Rómulo es el dueño del Hotel.

- Pues si lo he visto no sé cual es. ¿Será uno que parece hinchado?... Pero acércate y me
cuentas, que soy muy curioso. ¡Qué manitas de princesa!

¿Cómo haces para no estropeártelas en un servicio tan duro como el que te toca
desempeñar? A ver... ¿Hace mucho que vives en Guasimia?

- Hace dos semanas.

- Rosita, eres una rosa verdadera, menuda, rosada, fragante ... y extranjerita. ¿Sábes? Yo
siempre había soñado con una muchachita de más allá de la frontera. ¡Rica, riquísima!
¿Quieres llevarme para tu pueblo? Si quieres hoy mismo busco un automóvil y volamos
en un sueño de felicidad. Siéntate, siéntate aquí.

-¡Nooo! ¡Cómo voy a sentarme en su cama!

- Entonces aquí sobre mis rodillas.

- íNo, no, déjeme! íAy, me ahogo! ... ¡Déjeme!

- Que te oyen.

- Que...

Golpearon a la puerta con los nudillos y la doncella, presa de inusitado, pavor, se acurrucó
tras de una silla, cuyo respaldo sostenía unas piezas de ropa, ocultándose. Golpearon de
nuevo con más prisa y antes de que Juan contestara, empujaron la puerta y se adentró
por ella un caballero sesentón, abotagado, bajito de cuerpo, que iba en mangas de
camisa y ostentando sobre el pecho hidrópico las cintas negras de los tirantes. Este
importuno sujeto dirigió en torno de la habitación una mirada inquisidora lanzada por
encima de los vidrios de sus antiparras y trató de retirarse. Pero Juan con alterada voz lo
atajó, preguntándole:

- ¿Quién es usted y con qué derecho se presenta de ese modo en una habitación privada
como es ésta?

- No me conoce?... ¿0 se hace el que no me conoce?... ¡Faltaba más!... ¡Rómulo Rey


Rana! Gritó golpeándose el pecho. ¿Oyó usted? Ahora mismo desocúpeme la casa o le
mando sacar los baúles al andén. Hablaba con esa voz atronadora y tendía el brazo con
esa solemnidad con que los Cristóbal Colón de bronce señalan un punto invisible del
horizonte erguidos sobre su alto pedestal.
- Pues no me da la gana de irme y va a ser usted quien sale inmediatamente de mi cuarto,
replicó Juan empujando violento al intruso. Este, airado, enarboló los brazos como para
desmenuzar a Juan, pero vino a interponerse entre ellos una señora anciana que llegó del
interior de la casa con todo apresuramiento.

- ¡Rómulo, por Dios! sollozaba. ¡Rómulo, que siempre has de estar con esta clase de
ocurrencias! ¡Vén acá, vamos allá dentro!

Pero el viejo no le hacía caso.

- Es increíble, decía a plena voz que un caballero investido de la alta dignidad de


Secretario de Hacienda esté cortejando a una muchacha del servicio doméstico con la
frescura de un torero, y más increíble aún que lo haga dentro de mí hogar, en mis propias
barbas, irrespetándonos, Liliana.

- ¡Falso! Aquí no hay muchacha ninguna, aseguró Juan avanzando un paso y plantándose
delante de la silla tras de la cual, hecha un ovillito imperceptible, estaba Rosita. Y si
estuviera aquí, ¿Con qué derecho viene usted a irrespetar de este modo escandaloso
mi. ..mi domicilio, que es sagrado?

La señora Liliana había logrado sacar al corredor a su Rómulo Rey Rana, y volviendo a
Juan le suplicó humilde, llorando:

- No haga usted caso, doctor. Son cosas del brandy. Rómulo se propasa con el brandy y
se pone así molestocito ... sin ver que el hotel va a quedarse solo un día de estos. Yo
sufro mucho, doctor, yo soy muy desgraciada. El hotel no da para los gastos y estamos
llenos de compromisos. ¿Sabe usted cuánto pagamos a Uña de León por el arriendo?
Estas angustias de bolsillo son las que empujan a Rómulo a las copitas de brandy,
creyendo que así se olvida de los apuros en que vivimos, y lo que hace es excitarse,
ponerse nervioso y cometer groserías. ¿Quién inventaría el brandy? Vea que Rómulo lo
compra de contrabando, que cuesta menos, pero todo lo que cae en sus manos, en
brandy se va! ... ¿Por qué no me le da usted un puestecito a Rómulo? Nómbrelo
destilador oficial. El siempre ha soñado con tener a su cargo la destilería y dice que si el
gobierno la pusiera en sus manos se comprometería a producir unos licores mejores que
los extranjeros. ¡El es un perito en la materia!

- Sí, sí. Debe ser un catador, indudablemente.

- ¿Lo colocará usted, me lo promete? Yo te aseguro que se manejará con mucho


cumplimiento. Rómulo es competente. Y en cuanto tenga un sueldo, se formaliza ... y yo
podré respirar tranquilamente. Rómulo molesta mucho a la clientela del hotel y le da por
celar a las sirvientas. ¡Cosas de viejos! No puede ver que un joven le dirija una mirada a
una de las muchachas porque ya está que no se consiente. Esto que ha pasado con
usted es a causa de los brandys que lo ponen así. Venga para el comedor y toma su
comida. Porque usted lo perdona ¿verdad?

Rosita no respiraba, hecha un ovillito tras de la silleta. Juan ajustó la puerta dejándola
encerrada y llevando a la señora Líliana, asida de su brazo pasó al comedor. Iba
pensando: hace cuarenta años este nombre de Liliana te iría muy bien porque debistes
ser fina, blanca y rubia; debías parecer un lirio y acaso te harían el diminutivo de Lilí, que
es muy bonito. Ahora pareces un huso que lleva en lo alto un copito de algodón.
Sentado Juan a la mesa, la viejecita hizo repicar la campanilla del timbre y como por
encanto Rosita apareció por la puerta interior del comedor trayendo en un plato de cristal
una exultante rebanada de papaya.

- Está exquisita la lechosa, dijo.

- ¿Así llamáis la papaya, lechosa?

- Sí ... porque eso otro es muy feo, y se fué haciendo zigzag para pasar entre mesa y
mesa. Una cinta roja pasada por la nuca y anudada en lazo sobre la sien izquierda le
recogía la melena crespa y endrina, que servía de fondo al óvalo fino del rostro; blanco de
polvos y con su pincelada roja en los labios.

- Señora Liliana, preguntó Juan, ¿Dónde consiguió usted esta pizpireta y linda muchacha?

La viejecita hizo un mohín y repuso:

- Es paisana mía, de mi pueblo de allá del otro lado. ¿No sabia usted? Aquí los más
somos del otro lado; en cambio, los de allá son de aquí. La frontera es una cosa inventada
por los gobiernos; la tierra de un lado y otro del río es de todos. A los de aquí y los de allá
nos ligan lazos de sangre, simpatías, negocios. De modo que puede usted tenerme
también por paisana suya ... Pero ¿se va a quedar sin comer? ¿Le han bastado cuatro
bocaditos de lechosa? Usted está disgustado por la trastada de Rómulo... ¿Quiere un
vasito de leche?

Se volvió Juan a su cuarto sin haber comido y le sorprendió encontrarlo abierto y


repantigado en una mecedora, como si nada hubiera pasado, al propio Rómulo Rey Rana
con el brazo colgante y un periódico caído en el suelo. Sintió entrar a Juan, abrió los ojos
y trató de incorporarse.

- Usted excusará que haya tomado tranquila posesión de sus dominios, señor doctor de
Ayala, dijo con una voz ronca y pastosa de borracho, pero es que no hay que darle
importancia al incidente de ahora rato. La muchacha es bonita y parece un poquito
alegre ... con que si me descuido ... me convierten el hotel en...Ya eso pasó. Liliana acaba
de trasmitirme la grata noticia de que usted le hizo hace poco la promesa de poner en mis
manos la destilería oficial. Y se cumple lo que desde un principio vengo diciendo, que lo
que no hagan estos dos patriotas de Rosales y Ayala no lo hará nadie en beneficio del
Departamento. En la destilería oficial Roldana ha robado de un modo pavoroso y ya es
tiempo de que le corten el chorro, Yo haré unos licores de primera clase a un precio
bajisimo. Yo compraré la panela directamente a los trapicheros que la producen y haré
que por este medio el fisco se beneficie en la mitad, por lo menos, de los actuales gastos
de producción. Rómulo Rey Rana tiene las manos más limpias de Guasimia. iQué dice
usted? iSaldrá mañana mismo el decreto?...No vaya usted a creer que es una necesidad
de dinero la que me impulsa. El hotel me da de sobra para vivit.. Si quiero hacerme cargo
de la destilería es por prestar yo también mi colaboración patriótica. No es más. iQué me
dice usted? . ,

Mientras hablaba se habia levantado y después de dar cortos paseos por la habitación
terminó por descansar las manos sobre los hombros deJuan.

- iQué me contesta el meritorio hijo rte Fragosa aquella linda y coquetuela ciudad clavada
al pie de un poético monte?

-Le contestaré mañana tartamudeó Juan.- ¿No ve usted que yo solo no puedo resolver
esas cosas? El que en'realidad gobierna y decide es RuFo Rosales. Yo soy un simple
Secretario que apenas puedo hacerle insinuaciones.

- Entónces todo está hecho. Rufo me ha suplicado que diga cuál puesto quiero para
dármelo. Rufo Rosales sabe quién es Rómulo Rey Rana. Tendió a Juan una mano
grandota, fofa y blanca y salió de la pieza.

Un momento después sonaron dos golpecitos en la puerta y se oyó la voz de Rufo:

- iEstás hhí, Juan?. Y una vez que entró y tomó asiento: te había llamado y temeroso de
que no estuvieras en disposición de salir, me vine a buscarte. Con un movimiento que
tenía visos cómicos, pues fué como si tratara de sacar un huevo que se le hubiera
quebrado en el bolsillo, extrajo unos papeles doblados en cuatro, tomó el de encima y dijo
solemne:

-Se trata de una novela en cuatro capitúlos. Lee.

Juan leyó una carta dirigida a Rufo, que decía:

"Apreciable amigo: Tenemos aquí en Paramópolis un pobre padre de familia de nombre


Gil Mejilla, sujeto de magníficos antecedentes que se pinta por sus excelentes
condiciones para desempeñar un puesto de confianza en la policía Departamental.
Podrías favorecerlo?" Y firmaba, Alonso Calvados.

Lée ahora este otro.

YJuan leyó en el papel azul de un telegrama:

"Gobernador. Guasimia. Elevamos ante usled airada protesta por inconsulto


nombramiento Gil Mejilla, liheral, peligroso, pésimos antecedentes, para agente
policía departamental. Qué propónese Gobernación entregando tranquilidad
.social, vidas ciudadanos, capríchos foragidos reconocidos?" Y firmaba : Directorio
Conservador, Alonso Calvados, Presidente.

-Lée este tercer documento emanado del Ministerio de Gobierno.

YJuan leyó dejando asomar a sus labios un burlona sonrisa:

"Directorio Conservador de Paramópolis quéjase esa gobernación ha integrado policía


departamental incorporando elementos opinión pública rechaza por pésimos
antecedentes. Agradecería informar", Y Firmaba Largo Larguero, el ministro.

Lée, volvió a decir Rufo dando el cuarto y último papel.

Y Juan leyó en la copia al carbón de un escrito a máquina, esta respuesta dada por Rufo
a Largo Larguero:

"Nombramieto de Gil Mejilla para humilde empleo de agente de policía. Hízose por
atender obligante recomendación del propio Alonso Calvados, presidente del Directorio
Conservador, concebida siguientes términos".
- Son los cuatro capítulos de que te hablaba, dijo Rufo poniéndose de pié y dando un
verdadero rugido. Hé aqul el epílogo vergonzoso.-Y dió a Juan dos papeles más que sacó
de otro bolsillo, con movimientode cólera.

El uno decía:

"Calvados. Paramópolis. Conservo original carta tuya pidiéndome puesto para Gil Mejilla.
No explícome protesta por habene complácido. Rufales."

Y esta respuesta:

"Rufales. Guasimia. Creíamos Mejilla conservador, resultando ser liberal temible. Excusa.
Calvados."

Terminada la lectura de los documentos que quedan.transcritos, Juan, que no podía tener
la risa, viendo que Rufo permanecla muy enojado, trató de moderarse. Como el sol
cuando hace pasar sus rayos por entre los claros que abre la brisa en el nublado, disipa
las sombras y dibuja con precisión las líneas de las cosas y hace revivir los colores,
aquellas comunicaciones aclararon en forma neta la situación de aquellos dos hombres
honrados y sencillos al frente del gobiemo del Departamento. Rufo, con una voz lenta, con
lá fria concisión de un médico que ha compulsado la claridad de los slntomas y hace un
diagnóstico fatal, dijo:
.
Dos hombres como nosotros no podemos permanecer aqui, debemos volver al remanso
de nuestra vida privada y dejar ''esto" a los audaces o a los ambiciosos. Ahora despierto
de un engaño de toda mi vida. Yo, juzgando por mí, creía que todos los hombres de
partido tenan un ideal, y resulta que no tienen ninguno, como no sea el de sentir a sus
pasiones. No hay ideales. lo que hay es una luchá innoble por obtener medros
personales. Casi todos aspiran a las altas dignidades y a los emolumentos que son su
gaje, y para obtenerlos apelan a todos los recursos, aun a los más indignos. En su afán
de hacerse al favor de los electores, urden estas viles comedias que los hacen aparecer
como celosos defensores de los intereses de una colectividad.

- Publica esos telegramas, indicó

-No lo haré jamás.

- Te cohibe no el buen nombre de Alonso Calvados, sino un sentimiento de fidelidad al


partido conservador.

- Si, afirmó Rosales con lealtad. Como hombre de partido he sido sincero; he amado la.
bandera de mi causa con entrañable afecto. He luchado siempre con ardor, pero con
armas leales. He sacrificado muchas veces mi sosiego al bien de mi colectividad. No he
obtenido nunca para mí el menor beneficio personal. Por el contrario, he dado mi dinero a
manos llenas para las campañas electorales...De mi simpleza y de mi inocencia he
despertado ahora. Estos hombres se han encargado de quitarme una venda de los ojos.
Pero no daré paso alguno que vaya en deshonra de mi partido. Amo esa cosa abstracta
que se llama el partido conservador.

Juan, insinuante, le puso las manos en los hombros y le dijo:


- Algo más pasa...y te lo reservas. .

Rufo guardó silencio.


XII
Iba ya casi mediada la noche, cuando todo cansado y maltrecho logró Juan retirarse a su
habitación, y no bien puso la cabeza en la almohada se quedó dormido. Y sin más
demora se puso a soñar. No estaba en su cama, yacía tendido sobre un montón de
papeles llenos de números, cada uno de los cuales era una cuenta de cobro a cargo de la
Caja Central. No estaba en su cuarto del hotel sino en un salón lóbrego, en uno de cuyos
extremos, doblados sobre sendos escritorios, unos escribientes rasguñaban el papel con
ásperas plumas. Juan pensaba: debo huir. Pero no había puertas ni ventanas. Uno de los
escribientes se levantó y dijo: Ya está. Y vino hacía Juan tendiéndole una copa. Juan le
dijo: Yo no puedo beber, eso es un veneno. Eso destruye la mucosa del estómago. Y el
escribiente le repuso: No importa. Es muy sabroso. Huele y sabe a anís. Entonces Juan
empezó a levantar los papeles en que yacía y se metió debajo de ellos. Los papeles
pesaban mucho. Juan se ahogaba. Quería gritar y no podía. Despertó y saltó del lecho
espantado.

Fué a ver el reloj y eran las once. No durmió más en toda la noche.
XIII
Al amanecer de su tercer día de Guasimia, Juan sintió una como voz misteriosa que le
dijo en el oído: Que no pase de hoy la aclaración del asunto de Merolico Hermanos. Así
fue que apenas llegado a su oficina, pidió al oficial Correa que lo llevara a la Caja Central.

Fueron por un pasillo angosto sobre el cual alzaba su línea oblicua la parte inferior de una
escalera. Llegó a su nariz un olor nauseabundo de orinal, pasaron entre una doble fila de
cajas desbordantes de papeles y entraron por una puertecilla privada a una sala ancha y
clara, cuyo desorden daba la idea de una mudanza. Los libros de cuentas ya usados
formaban pilas sobre las mesas, sobre las sillas y en el mismo suelo. Este estaba
literalmente cubierto de papeles de todas clases, la mayor parte en blanco, ostentando el
membrete oficial, Había talonarios arrumados en los rincones, frascos de tinta volcados,
echando su negro licor sobre los ladrillos. Una máquina de hacer sumas parecía más bien
empleada en la fabricación de serpentinas, pues de su seno misterioso, apto para el
cálculo, salían tiras rizadas que los pies de los empleados llevaban de un extremo a otro
de la sala como un carnaval. En un rincón una caja fuerte, de gruesas paredes de hierro,
permanecía abierta exhibiendo sus interioridades vacías y pregonando la penuria
departamental.

Al entrar Juan en la compañia de Correa, el cajero surgió, no se supo de dónde y saludó


cordialísimo y humilde. Juan recordó haberlo visto en uno de los automóviles que salieron
a su encuentro el día de su llegada. Con su vestido blanco, su tez exangüe, sus dientes
limpísimos y unos escasos risos canos alzados como una espumita sobre la frente
elevada y marfileña, aquel funcionario daba la impresión de un fantasma.

- ¿Quiere usted practicar una visita? Pues me place. Todo está listo, todo está al día. Aquí
está el libro de cargo y data. Aquí están los comprobantes de enteros y descargos. La
caja, véala usted, no hay para qué cerrarla, no guarda un centavo.

Mientras el hombre hablaba fué alzando del suelo donde los guardaba bajo la mesa, unos
pesados libros con brillantes guarniciones de cobre, cuyo macizo volumen sintió Juan
gravitar sobre su cerebro como una montaña que lo aplastara. Se acercó al libro más
grueso, alzó su tapa y pasó de un lado a otro las hojas llenas de asientos hechos con una
letra menuda muy bella, pero capaz de producir extraño mareo. Y Juan , en vez de leer
aquellos asientos de contabilidad, vió de pronto como en un sueño, la clara sencillez y el
grato reposo de la casa de su tía Froilana ... abandonados en mala hora. Dió un suspiro e
iba a quedarse meditabundo cuando le entregaron, no supo quién, una carta. La abrió con
alegría sin saber por qué, como si viniera a libertarlo de la penosa obligación de sentarse
a hacer cuentas. La carta venía dirigida al Secretario de Hacienda y decía en dos
renglones:

"Te agradeceremos disponer lo conveniente para que sean recogidas las letras
descontadas a Merolico Hermanos y ya vencidas ."

El nombre del Banco de la Frontera estaba puesto al pie con un sello y había un garabato
a modo de firma sobre la palabra gerente, escrita a máquina. Juan dobló y se guardó la
carta y dijo a Correa:

- Aplacemos esta visita un momento. Y al Cajero, ahora vuelvo...


Salieron.

- ¿Dónde queda el Banco de la Frontera? Lléveme usted. Y después de una pausa:

- Correa, ¿Quién me ha entregado esta carta? ¿Fué usted?

- No, señor. La llevó un muchacho a la puerta; la recibió el cajero y él mismo la pasó a


usted.

- ¿Sabía usted de la existencia de una deuda del Departamento a favor del Banco de la
Frontera?

- No sabia nada, señor. En las cuentas de cobro que han pasado por mis manos no ha
figurado el Banco para nada.

Llegaron. Un empleado muy amable los hizo pasar a la sección de letras al cobro y allí, a
través de una malla de alambre dorado, tras de la cual se movía en mangas de camisa un
hércules, cuyo rostro se iluminaba con la más maliciosa de las sonrisas, sostuvo Juan
este diálogo:

- ¿Cuáles son esas letras que hay aquí a cargo del Departamento?

- Las que giraron Merolico Hermanos y aceptó la Caja Central. Las buscó en una carpeta
y las presentó. Véalas usted.

- Todas vencidas.

- Todas.

Juan hizo una lista de ellas anotando su valor, su fecha y su vencimiento. Mientras
escribía, alzó la cara y dijo:

- No hay ahora con qué pagar y me apena el requerimiento de pago que el Banco ha
hecho.

- El Banco no ha solicitado pago ninguno. Estas letras, por las condiciones en que están
aceptadas no se vician por falta de su oportuna cancelación y.. . mientras tanto, va
corriendo un interés que ha sido cubierto con toda puntualidad , mes por mes.

- ¿Y esta carta? Preguntó poniéndola de presente.

- Esta carta ... Esta no es la firma del gerente, pero el sello y el papel son los que usamos.
Es raro. ¿Me la facilita usted un momento?

- No, no es menester averiguar más. La deuda existe y el cobro ha podido hacerse,


puesto que el plazo está vencido. Excuse.

Juan y Correa salieron del Banco y volvieron al palacio de la Gobernación, dirigiéndose al


despacho del Gran Fiscal. Don Amós había llegado muy temprano y aunque todavía no
eran las nueve de la mañana, estaba fumando ya el vigésimo tercero cigarrillo de aquella
jornada. Juan, nervioso, se olvidó de darles los buenos días y en cuanto estuvo en su
presencia:

- Vengo, le díjo, a que me permita ver en el libro mayor de la contabilidad la cuenta del
Banco de la Frontera.

- No llevamos negocios con esa institución. Ni nos debe ni le debemos afirmó enfático el
Gran Fiscal. ¡No faltaba más! Debemos mucho, pero al Banco de la Frontera no le
debemos nada.

- Existen allá algunas letras giradas por Merolico Hermanos y aceptadas por el
Departamento. El Banco las descontó y están vencidas.

- ¡Y vuelta con los Merolicos de los demonios! Rugió don Amós aparentando un enojo que
no sentía, pues era de bonísimo humor. Antúnez, traígame aca las cuentas de Marzo de
este año, legajo de caja, comprobantes incluso.

- Dió un par de chupadas al cigarrillo como si pretendiera inflarse para una expedición
aerostática y envolviendo a Juan en la nube de humo que empezó a arrojar luégo por
boca y narices, le dijo en voz baja: No olvidar que Samuel Pimpante hizo formular
veintidós cuentas por puertas y ventanas, que era lo que estaba autorizado a comprar, y
agregó la factura de Milán para poder rebatir al diputadito Ortiga los cargos que le quiso
hacer. Pimpante fue la honradez en forma de hombre iluso, se excedió de lo que le estaba
permitido, pero creyó convertir el Tentequetetumbo en una fantástica ebanistería. El sueño
era una belleza, pero ahí están los serrotes con cada diente como el dedo, inútiles.

Vino Antúnez, una especie de bacalao seco con la pluma tras la oreja, trayendo sobre el
pecho, sostenido con ambas manos, un enorme bulto de cuadernos. Los abrió sobre la
mesa y el Gran Fiscal, con precisión de experto que sabe lo que hace, tomó sin vacilar
unos de esos legajos, lo abrió por donde necesitaba y mostró a Juan lo que quería.

- ¿Ve usted, doctor de Ayala? Se hizo el pago y se efectuó el asiento, quedando


cancelada esa cuenta. Y aquí tiene usted el comprobante, factura de la casa de Milán que
nos engañó, cancelada por sus agentes Merolico Hermanos. ¡Cuando le afirmó a usted
que nada le debemos! Con el cuaderno en las manos retrocedió don Amós aparentando
fulminar a Juan con la mirada y luégo con un gesto de tragedia arrojó la documentación
sobre la mesa, metió la mano al bolsillo y sacó para encenderlo el vigésimo cuarto
cigarrillo de aquella mañana.

Juan, sonriendo, preguntó al Gran Fiscal:

¿Y si cada lra de las que reza esta factura en vez de valer dos centavos de nuestra
moneda, hubiera valido veinte?...

- Como liras oro.

- Que no de otra cosa se trata en esta factura.

Juan y Correa dejaron al Gran Fiscal en los aspavientos de una fingida cólera contra
Samuel Pimpante y regresaron a la Caja Central. El fantasma empleado que tenía a su
cargo el manejo de esta exhausta dependencia departamental los recibió encogiendo los
labios y mostrándoles, en señal de agrado, sus primorosos dientes y sus encías casi
blancas.
- ¿Ahora sí? Preguntó amable, dirigiéndose al libro de cargo y data que permanecía
abierto sobre la mesa.

- Deseo antes aclarar un punto. En la cuenta de Marzo último aparece asentado el pago
hecho a Merolico Hermanos.

- Aparece, si, señor.

- Aparece por su totalidad.

- Eso ... según se entienda. La Caja desembolsó dos mil pesos, El asiento dice
textualmente: Pagado a Merolico Hermanos por la factura de la maquinaria de aserrar,
dos mil pesos, y está perfectamente.

- Pero Merolico Hermanos cobraron veinte mil.

- Los cobraron, sí señor.

- Y la Caja no desembolsó todo ese dinero.

- Ni lo tenía, ni podía desembolsarlo, por no haber partida.

- Merolico Hermanos cancelaron su factura y recibieron dos mil pesos en efectivo y unas
letras.. .

- Así fué.

- Las letras las descontó el Banco de la Frontera.

- Las descontó, sí señor.

- Y se le deben.,

- Se le deben.

- Luego la factura de la maquinaria de aserrar no está pagada en su totalidad.

- No lo está.

- Y debe aparecer en la Caja un sobrante de diez y ocho mil pesos.

- En la Caja no sobra nada. Ni tiene por qué sobrar.

Juan sentía una oleada de calor que le iba subiendo a la cabeza y una sensación de vacío
en el estómago; sentía, además, que los músculos se le contraían y le saltaban
violentamente y que por el pecho y las sienes le corría un desagradable sudor emocional.
El cajero, en cambio, parecía no tener sangre en las venas ni corrientes eléctricas en los
nervios. Su sonrisa era plácida, sus ademanes pausados.

Juan quería terminar.


- Desde el momento en que el Banco hizo el descuento era necesario abonarlo con cargo
a Caja el valor que desembolsaba.

- ¿Cree usted? ¿Era necesario?

- Y no se hizo.

- No se hizo.

- Está bien, Aplazo la visita fiscal que iba a practicarle.

- Que sea cuando usted guste.

Juan, seguido de Correa salió al pasillo y recibió en la cara la pestilencia que emanaba un
orinal cercano. iba demudado, enfermo. Correa aprovechó su mudez para decirle:

- ¿Va viendo usted cómo han pasado algunas cosas? ... Pues a pesar de los pesares y
aunque las apariencias lo condenen, yo le aseguro a usted que ese cajero es el oro en el
crisol.

En el corredor, recostados a la baranda, fumando cigarrillos y conversando en voz baja,


estaban los caravecos de costumbre. Había más que nunca y en masa se movieron
queriendo atajar a Juan, para hacerle sus peticiones.

- Ahora no puedo atender a nadie.


XIV

A pesar de la repulsa terminante, una pobrecita mujer logró colarse v sin dar tiempo al
portero que acudió a echarla afuera, prorrumpió llorosa:

- ¡Ay, déjeme hablar al señor Secretario! He caminado tres días para verlo a él y hacerle
una súplica de rodillas. Señor Secretario, mándeme soltar a mi marido que me lo tienen
preso. ¡Que mis siete muchachitos han quedado solos!

Juan, disgustado la mandó con aspereza que cesara en su llanto como condición para
atenderla. Era una mujer como de cuarenta años; su piel blanca tenía la quemadura del
sol y colgaba flácida por la extenuación del hambre. Estaba descalza. Arrojaba un olor
desagradable de animal montés. Tragándose sus lágrimas hizo un relato difuso del que se
sacaba en limpio que estando su marido en la labor de la sementera, como el sol
quemaba tanto y el oficio da sed, ella le mandó con su muchachito un calabazo de agua
de panela. Y cuando el hombre lo tenía en sus manos y lo alzaba para beber, hé ahí el
resguardo de las rentas tras de unas matas, por el camino. El hombre, azorado, ocultó el
calabazo entre unas yerbas. Lo vieron. Saltaron la cerca y fueron directamente al
escondrijo. ¡Ah! ¿Conque contrabandeando con guarapo? Venga acá que eso está
prohibido. Y cargan con él y allá está en la cárcel de Burgotriste sin tener quién le lleve un
bocado.

- Llámeme al juez Rodilán.

Vino al punto y ya sabía la historia.

- La historia de siempre, dijo entre enojado y burlón mirando de soslayo a la mujercita.

- Vienen aquí como una seda, blanditas, hechas nada, y calabazo va, calabazo viene,
contrabandean de lo lindo con el guarapo. Le aseguro, doctor de Ayala, que ya le dijo y le
juró que era una agüita de panela, una agüita simple, acabadita de hacer. ¿No le puso
unas rajitas de limón?... í Quién les va a creer! Hacen unos guarapos borrachones de los
que tumban la mosca que se arrima, y eso lo llaman agüita de panela. Con esta gente no
se puede. Volvióse de pronto al rincón y agregó:

- Monteagudo, recibió usted ya aviso de este asunto?

Surgió Monteagudo tras de su escritorio con un papel en la mano y leyó el aviso telefónico
que le daba el comandante de la zona de Burgotriste:

"José de la Cruz Ahumada cogido infraganti con cuatro litros de guarapo fuerte. Preso a la
orden"

Cuando Juan oyó el nombre de José de la Cruz Ahumada se acordó del presunto pariente
de Santa Teresa a quién vió agotado por la miseria, bajo el sol de la canícula, regando a
mano unas maticas de amíz a la orilla del camino; vió el tímido arroyuelo que formaba
pocitos entre los berros, vió al niño Timo. teo con su vestidito de andrajos llevando en una
totuma con que apenas podían sus manecitas sucias y rosadas, el agua del riego ... Y con
un ímpetu indominable se alzó del asiento y gritó:
- Señor Monteagudo, haga un telegrama para el comandante del resguardo de Burgotriste
y dígale que ponga en inmediata libertad incondicional a José de la Cruz Ahumada.

Y como Monteagudo vacilaba:

-Haga usted el telegrama que le digo, e repitió Juan, lo firmaré yo, ¡Si es que conozco a
ese pobre hombre, si sé la miseria de su vida, si he visto la ímproba labor que realiza para
arrancarle a la tierra el escaso pan que se come!

- Pues a pesar de todo eso, advirtió con frialdad el juez Rodilán, no se puede dar esa
orden. La Ordenanza es perentoria y no establece excepciones. A cuatro litros de guarapo
corresponden cuarenta pesos de multa. Ahumada tiene un campito, es propietario, debe
pagar.

Cuinpla lo que le ordeno, Monteagudo.

Rodílán fué hasta la puerta como para irse y volvió de pronto intensamente pálido. Un
temblor de los labios le hacía dificultoso hablar, pero se atrevió, al principio con alguna
timidez, luégo enardecido:

- Se hace traición a los intereses del Departamento cuando se permite a una


sentimentalidad excesiva tomar parte en la dilucidación de estos asuntos. La más sana y
más productiva de las rentas es la de los licores. Nos corresponde velar por ella con celo
de cosa propia. Nos corresponde procurar una producción barata de los licores, dar
amplitud a su consumo e impedir el contrabando. Estos campesinos son los peores
enemigos con que a cada paso se tropieza; pertinaces, y testarudos, no desperdician la
ocasión de fabricar el maldito guarapo y cuando se les aprehende en pleno delito se
presentan sus mujeres aquí, con lagrímitas humildes, a jurar que era un agua de panela
simple la que tenían en ollas y calabazos.

- Agua de panela, señor, acabadita de batir, con rajitas de limón, para la sed...Suspiró la
mujercita desde la puerta.

- ¡Cállese!... Yo, por mi parte, en lo que oficialmente llegue a mi conocimiento, seré como
la ley, inflexible. Así debo corresponder a la confianza que me hizo la Asamblea al darme
el nombramiento.

Y salió. Salió la infeliz limpiándose los mocos con la orilla del traje.,Juan dió unos pasos a
través del despacho. La cabeza le ardía y el disgusto lo ahogaba. Otra mujer, alta,
colorada, sudorosa, de voz ronca, pugnaba con el portero por entrar.

- ¡Déjela pasar! ¡Y deje pasar a todo el que quiera, que es menester oír quejas para saber
iniquídades!

Gracias, señor Secretario. Yo también soy víctima de un comandante del resguardo, el


comandante Polo, de la zona de Piedraspeladas. Este hombre comía en mi casa y no era
posible que me pagara el valor de la asistencia. Era cobrarle y cobrarle y nada. Yo no
podía mantenerlo de balde. Soy pobre y vivo de mi trabajo. Resolvi notificarle que no le
daba más de comer. ¿Sabe lo que hizo? Como estaba al corriente de mi vida se presentó
a los tres días con el resguardo, día en que yo estaba en preparativos para un amasijo.
Derechito, derechito fue al rincón en que tenla una olla con la levadura y dijo que era
bebida fermentada, que era chicha fuerte. Me llevó presa, me obligó a pagar una multa de
treinta pesos y me ha dejado en la reputación de contrabandista. Le aseguro que estoy
diciendo la verdad. De esto han pasado unas semanas, pero mis quejas no han sido
atendidas, y hoy que sé que usted es Secretario nuevo he venido a ver si usted me oye.
Treinta pesos para una infeliz como yo, son el trabajo de muchos meses. Puede preguntar
por mi conducta. Vivo en Piedraspeladas. Me llamo María Rosado.

- Monteagudo...

Y Monteagudo, como en todos los casos, salió del escondite de su escritorio con unos
papeles en la mano.

- De los telefonemas recibidos, dijo, consta que Maria Rosado estuvo presa en
Piedraspeladas por el delito de venta fraudulenta de chicha. Pero el mismo comandante
que inició el sumario sobreseyó sin haber impuesto multa alguna.

- i Le pagué, le pagué a él en sus propias manos!

Monteagudo se acercó a Juan y le dijo en voz baja:

- Se trata del comandante Lucas Caspio a quien hubo que botar del servicio por sus
abusos. Esos treinta pesos se los echó al bolsillo, estoy seguro.

- Vaya usted a un juzgado y denuncie a Lucas Caspio por el abuso.

La mujer abandonó el despacho y Juan se dirigió al balcón a buscar aire; la cabeza le


ardía y el disgusto lo ahogaba. ¿Para esto he venido yo aquí?,

- Se preguntaba. Allá, al balcón, fué el portero a entregarle un telefonema.

- ¿Qué es esto? Preguntó después de leerlo. El estanquero de Remanso solicita en


nombre de una junta patronal la cuota acostumbrada para la festividad de San Inocente
que va a celebrarse.

Y Monteagudo, Pompa Pita y Correa, todos tres a un tiempo le explicaron. Era costumbre
contribuir a esa clase de fiestas patronales a fin de darles brillo y atractivo, lo que
aumentaba la concurrencia de fiesteros y por consiguiente favorecía la venta de licores.
Ya habían sido despachados mil litros de aguardiente al Remanso y era posible que en
los tres días que la fiesta iba a durar fueran realizados. Se bebía mucho en esas fiestas;
los campesinos salían de sus canucos con una sed devoradora y acudían a satisfacerla
en el estanco. Cuarenta pesos era una contribución que satisfacía las aspiraciones de los
vecinos y era un desembolso que volvería centuplicado al enflaquecido Tesoro del
Departamento.

- Si es costumbre, hágase el giro, dijo Juan.

Y oyó por allá dentro al adormecido duendecillo de su inconsciente que parecía despertar
y le decía: "Te estás manejando como don cualquiera. ¿No eras tú el que abominabas del
abuso del alcohol? Pues héte aquí fomentando la extensión de su consumo. Has
averiguado cuántos niños hay en el Remanso en edad de ir a la escuela? ¿Has
preguntado a tu colega el de educación pública cuántas escuelas hay abiertas? ¿Sabes si
el Remanso tiene los caminos y puentes que necesita? ¿Disfrutan sus vecinos de los
beneficios de la higiene? Todo eso lo ignoras, pero te apresuras a enviarles unas barricas
de aguardiente. Muy bien, Juan, muy bien".
XV
Como quien llega a un oasis del desierto donde hay un pozo fresco bajo la sombra de las,
palmeras, así llegaba Juan de Ayala al despacho privado del Gobernador, que no era
entonces el magistrado austero sino el amigo cordial de veinte años atrás, cuya
conversación era gozo del espíritu.

Aquel día al entrar Juan por llamado de Rufo, vió pintado en su semblante un desagrado
profundo y temblé antes de preguntarle:

- ¿Qué te pasa?

- Me han herido a mansalva, dijo con amargura. Tenía sobre la mesa un papel extendido y
sobre él su mano honrada y leal, temblorosa como si la tuviera sobre el fuego. Continuó,
dejando caer sus palabras una a una, lentamente: El partido conservador, por boca de
quienes asumeri sin derecho su representación y personería, me excomulga por el
acuerdo a que llegamos ayer de nombrar un determinado número de alcaldes y
estanqueros liberales; pero esa excomunión no me afecta. El partido no es una iglesia
que tenga un Papa ... Pero éste es un puñal que me clavan con alevosia y con
movimiento casi convulsivo empujó hacía Juan el papel que tenía bajo la mano.

Era un anónimo. En letras que imitaban las de imprenta, decía aquella hoja:

"Don Rufo: Usted está reconocido en Guasimia como hombre de gran visión comercial. Y
nos estamos quebrando la cabeza por dar con el negocio que usted ha visto en eso de la
Gobernación. No podemos acertar. Es imposible que acertemos porque nos falta visión
de los negocios. Pero debe ser cosa gorda y de mucha substancia cuando usted resolvió
por ella meterse en el terrible lío de gobernarnos."

- íAh! Exclamó Juan sin quitar los ojos del papel. Se trata de un anónimo, de una cosa
inmunda que debe ser arrojada a la basura sin concederle importancia. ¿Quién ha trazado
estas líneas? En maridaje despreciable, la envidia y la cobardía. Rómpe ese papelucho y
no pienses más en él.

Pero Rufo pareció no. oírle:

- ¡Un negocio! Murmuró dando con los nudillos sobre la mesa. ¡Un negocio! No es
siquiera una ambición de honores o de mando, ni un empeño político, ni el cumplimiento
de un deber de ciudadano. No, no es más que un negocio. juzgando por ella misma, esta
gentuza no ve más que negocios en el movimiento más generoso o en la actitud más
desinteresada. Y como me lo dicen, asi lo piensan; mañana olvidarán que antes de venir
a desempeñar este puesto yo era dueño de un patrimonio legítimamente adquirido y dirán
que lo que tengo, de aquí lo saqué.

Entonces se le ocurrió a Juan, creyendo que con esto desviaba a Rufo de la obsesión del
agravio que le habla inferido aquel papel sin firma, referirle lo que habla averiguado en
relación con las letras de Merolíco Hermanos, y Rufo después de oírlo, se exaltó más:

- ¿No ves? Antecedentes de esa especie dan bases para suponer que el que viene aquí
viene a cometer abusos y hacer negocios provechosos. No duraré aquí, Juan. Me vuelvo
cuanto antes a la tranquilidad de mis negocios particulares. Aquí la lucha es estéril. El que
se sienta en este puesto se pone de blanco a todos los odios y las calumnias. Dió unos
pasos a un lado y otro y preguntó luégo a Juan: ¿ Y qué piensas hacer con tus letras de
Merolíco Hermanos?

- Algo ejemplar, sí es el caso.

Se puso Juan de pie, fué hasta la puerta y regresó impulsado por la voz del personaje
interior que le dijo de pronto: "¿Vas a esperar a que Rufo presente su dimisión para que el
Gobernador que venga a sucederle te reemplace en el puesto?" Y dijo de pronto:

- Rufo, no te acompaño más. Renuncio el empleo y me voy. Es cuestión de horas.

Te tardabas ya en manifestármelo. No quiero detenerte. ¿Pero qué causa vas a alegar


para una dimisión?

Cualquiera. Me declararé incompetente.

- Feliz tú que de un modo fácil vas a salirte del atolladero. Pero ... ¿Cómo vas a irte?
¿Cómo vas a dejar el empleo? ... Excúsame. Tú eres pobre. Has hecho gastos para venir
de Fragosa y aún no has devengado el sueldo suficiente para reembolsarte de lo gastado.

Juan al oír estas palabras recordó el préstamo recibido de su tía Froilaná, casi agotado
ya, y le parecio que en aquel infierno de Guasimia una lluvia fría le cala sobre la espalda y
que el suelo huía bajo sus pies. No obstante, sacó fuerzas de flaqueza, fingió una sonrisa
despreocupada e improvisó la más galana de las mentiras:

- No me afecta en nada el gasto hecho; en cambio, estimo en mucho el valor de la


experiencia adquirida. ¿No sabes? Yo tengo mis economías. Vivo de una modesta renta,
Tengo papeles del Estado.

Entonces se acordó Rufo de unas tarjetas que guardaba sobre la mesa y dándolas a Juan
dijo:

- Tengo aquí estas dos invitaciones. El Circulo Mercantil va a dar en mi honor una fiesta
en sus salones y, naturalmente, te invita. Un suntuosa fiesta para celebrar este gran honor
y esta felicidad grande de estar yo aquí ... divertitiéndome . La vida tiene muchas ironías.

- Se trata del mismo Círculo Mercantil que trató de imponerte una lista de candidatos para
el nombramiento de alcalde?

- El mismo. Lo de los candidatos no fué actuación oficial de esa institución, mientras que
el homenaje que me va a ser ofrecido es acuerdo de su junta directiva, de que por cierto
hacen parte algunos de los que elaboraron la lista mencionada. Ironías, ironías. La otra es
una esquela del señor cura párroco en que te designa para llevar una de las varas del
palio en la procesión del domingo.

- ¿El palio yo?

- Para un católico es un gran honor.

- Nunca he llevado el palio.


- Te puedes excusar, nadie te obliga.

- Me excusaré del baile, del palio y de la cartera de hacienda.

Ya salía Juan cuando Rufo lo llamó.

- Algo se me olvidaba decirte. Estoy desilusionado de mi Osiris Letrán. Ya es alcalde de


Guasimia, ¡el primer alcalde liberal de Guasimia, después de los famosos cuarenta y
cinco años!, y el primer asunto que le ha tocado resolver lo ha hecho tambalear de tal
modo, que ha venido en busca mía todo cariacontecido y acongojado. Míra qué problema:
Un carpintero viejo que hay aquí, de nombre Encas Prieto, hombre muy popular tanto por
sus excentricidades como por los famosos ataúdes que fabrica, le fué a pedir licencia para
organizar y celebrar unos carnavales. Osiris no halló excusa para negársela. Pero
después de concedida, mi hombre cayó en la cuenta de que los carnavales siempre los
han organizado y celebrado en Guasimia las clases acomodadas y aristocráticas. Osiris
teme desafiar con esto el enojo de las altas esferas sociales y ha venido a consultarme si
será el caso de retirar esa licencia. ¿Habrá tonto igual?

- ¿Un carnaval en estos finales de año?

- Una francachela desconcertante, ya lo verás. El carpintero en cuestión va a hacerse


coronar rey para poner en solfa la coronación de una reina, que era lo que antes se hacía.
En vez de una reina Clara o una reina Araminta que otros años tuvimos, tendremos ahora
al rey Prieto, lo que le queda muy bien porque el hombre es de color de betún. Este
condenado sujeto parece que quiere hacer una parodia burlesca de los carnavales de
años anteriores, satirizar a las clases acomodadas y distinguidas y divertirse a costa del
prójimo. Veremos por esas calles al rey. Eneas. Habrá para reír. Y mi buen alcalde Osiris
está metido entre un zapato por el temor de que el desagrado que la gente decente pueda
sufrir, se le cargue a él en cuenta y se le cobre por haber autorizado la mascarada.

No era cosa de estarse toda la mañana conversando con Rufo; había gente demorada en
la sala de espera y Juan, mal de su grado, volvió a su oficina. Encontró sentado junto al
escritorio a un hombre, cuya fisonomía le pareció desconocida.

- ¿Me necesita usted?

- Si, doctor Ayala.

- Suprima ese tratamiento de doctor, que yo no tengo título ninguno ni soy docto en nada,

- Bueno, general.

- ¿General? ¿Usted viene a burlarse de mí?

- No sé cómo decirle entonces.

- Juan a secas; así me dice todo el mundo en Fragosa.

- No se enoje, don Juan.

- Eso es, don Juan.


- Como usted sabe, siguió diciendo el hombre, y Juan clavó en él su mirada dulcemente
ingenua pero profundamente escrutadora, como usted sabe, yo tengo a mi cargo el
manejo de los señaladores automáticos y la graduación de los magnetos.

- No. Yo no sabía, ni sé. ¿En qué negocio trabaja usted?

- En los teléfonos.

- Sí, sí. En la sección de magnetos. Muy bien.

- En la sección de comunicaciones a larga distancia.

- Entiendo, entiendo. No entendía, pero era menester afirmarlo.Y qué le pasa a usted?

- Que no puedo aguantar más las groserías, la altanera superioridad y los abusos del
primer administrador. Vengo a poner mi empleo a sus órdenes.

- Ah!....¿Renuncia usted?

- Renuncio irrevocablemente. Me voy.

- Se va.

- Es que es cien veces preferible irse uno y morirse de hambre que seguir viendo
soportando y callando ciertas cosas.

- ¿Como cuáles? A ver...

- Sí, sí, estoy rebosado. Usted sabe que Deusto tiene una fábrica de ladrillos en Cuescas.
En Cuescas que es una, aldea despoblada y miserable no hay consumo ni para la
centésitna parte del material que la fábrica produce. Pues bien, Deusto vende sus ladrillos
y sus tejas aquí en Guasimia y en Paramópolis y no se recarga con,los gastos del
transporte porque utiliza para ello el camión oficial con gasolina y chofer gratis.

- ¡Hola, hola!

- La señorita Eustacia...

- ¿Quién es la señorita Eustacia?

- Receptora primera. Tiene un acuerdo con la señorita Renata, de Cerrilandia, y


escamotean el valor de los despachos que logran pasar cuando, no hay testigos.

- Es interesante.

- El señor Miel, el electricista, ha conquistado a la operadora Isabel Zapatero y ... en el


mismo salón de baterías va a ocurrir una diablura.

- Síga, síga.

- Las señoritas Lola y Lupe traen fiambre cuando vienen al segundo turno de la mañana y
cuando les da hambre se lo comen sobre la propia mesa, untando de manteca las llaves
y salpicando los indicadores de migajas de huevos y granos de arroz seco.

- Es increíble.

- El operador nocturno, Blásquez, que entra a las diez y debe dormir en la oficina por si
llámaren los suscriptores, entra puntual y cierra, pero se sale por la contrapuerta y sólo
regresa por la madrugada, de modo que no hay quién atienda.

- Pero entonces...

- Todo eso lo sabe el administrador y porque le he pedido remedio se me ha insolentado y


ha llegado a amenazarme con hacerme destituír. Y yo me voy pero por mi propia
voluntad. Soy yo el que me voy. Irrevocablemente.

- ¡Qué desorden! Suspiró Juan.

- Y pensar que he consagrado alma, vida y corazón a esos teléfonos como si fueran cosa
mía. El día que se iniciaron los trabajos para montarlos, entré al servicio y llevo cuatro
años de consagración a la empresa, para recibir en pago esta desilusión amarga de tener
que irme, dejándolos en unas manos como las de Deusto?...Aqui está en este pliego mi
renuncia irrevocable.

Juan recibió el papel y murmuró haciendo un gesto como para despedir al delegado:

- Estudiaré todo esto.

- "¿Qué es eso de estudiar?" Le preguntó a este tiempo la.voz dé su dueridecillo interior.


¡Estudiar! eres exactamente un funcionario como todos los demás funcionarios que
siempre están estudiando y nunca aprenden nada. ¿Qué vas a estudiar? ¡Pónte en
movimiento! Vé a la Sección de Teléfonos, llama a Deusto, a Eustacia, a Renata, a Miel a
Lola y a Lupe, a Blásquez, a toda esa caterva de empleados, repróchales su conducta y
reemplázalos". Juan suspiró al darse cuenta de que su duendecillo hacía una pausa.

- ¿Quién es éste? Preguntó a Pompa Pita que con aire bobalicón hacía que sacaba punta
a un lápiz.

Pompa Pita no quiso hablar desde lejos y vino a inclinarse mefistofélicamente sobre el
oído de Juan.

- Este es Pablito Alubias, el famoso Pablíto que entró al servicio pobre y desnudo como su
madre lo parió y que ahora dicen que tiene un overlán y dos botiquines.

- Excúsame. ¿Un botiquín es una botica pequeña?

- Aquí llamamos botiquines a las tabernas o botillerias, por costumbre traída del país
vecino.

- ¿Y los botiquines de Alubias los conoce usted? ¿Le conoce también el carro que dice
que tiene?

- Yo no he dicho que tiene ninguna de esas cosas; he dicho que dicen que tíene.
Personalmente a mí no me consta.
- Parece que no hay un solo empleado de quien no digan que tiene bienes que ha robado
... Pero será bueno poner en claro lo que Alubias acaba de denunciar.

Juan se levantó de pronto, dejó a Pompa Pita sin miramientos de ninguna clase y fué a la
administración de teléfonos.

- SeñorDeusto...dijo y se le anudó algo en la garganta, se sintió tambalear y se le


obscureció la vista. ¡Qué dura misión la suya! Pero el diablejo interior lo aupaba,
diciéndole: Es tu deber y debes cumplirlo aunque el desagrado te cause la muerte.
Resolvió terminar: Señor Deusto, necesito hablar con el chofer que trabaja a sus órdenes.

- Precisamente aquí lo tiene usted. Y le mostró a un joven mulato que ostentaba camisa
de kaki con bolsillos, pantalones encerotados de mugre y unos zapatos nuevos color
salmón, finos y bien lustrados, llevados sin calcetines y sin amarrar. Este mozo reposaba
echado de codo sobre la mesa.

- Antonio, el señor secretario quiere hablarte.

- Se le acusa a usted, prorrumpió Juan, de utilizar el camión oficial en servicios


particulares.

Y antes de que el chofer contestara, Deusto intervino amable:

- Excuse, don Juan. Debe tratarse de servicios que me ha prestado a mí. Hace poco le
exigí que me llevara con mi mujer y mis hijitos a Cuescas...

- No se trata de transporte de personas, sino de carga.

- ¡Ah ja, ja! Deusto no se alteraba en lo mínimo. ¿Carga? Es cierto. Me atreví a hacer que
me llevara unos baúles. Equipaje mío y de mi mujer.

- Tampoco se trata de baúles. Y quiero abreviar. Juan sintió un impulso de rabia y con
dura voz concluyó: Lo que este hombre transporta son cargamentos de tejas y ladrillos.

- Es cierto. Brinca tanto el carro...que me atreví a ponerle ese lastre.

- Tejas y ladrillos de una alfarería de que usted es dueño, señor Deusto.

- Es cierto. He cometido ese abuso, pero no en forma de explotación permanente, Por


Cuescas se ha estado tendiendo la nueva línea hacia la frontera y al llevar en el carro los
postes, aproveché el regreso para traer en el mismo vehículo unos ladrillos que ... más
bien servían de lastre. La carretera es mala y el carro brinca mucho cuando viaja vacío.
Además, en tales casos, yo he pagado la gasolina. Esta es la verdad ... Usted disponga lo
que crea conveniente, señor Ayala.

Deusto se sentó, o más bien se dejó caer en un taburete que estaba cerca. Unos
momentos antes era un hombre fuerte, lozano, jovial, el pelo le hacia elegante cimera
sobre la despejada frente y los ojos le fulguraban felices. Apenas se sentó, empezó a
demudarse, adquirió el perfil de los moribundos y como si le hubieran echado agua en la
cabeza, el pelo se le pegó lacio en las sienes. Bajábanle por los tendones del cuello
chorros de sudor. Y como llevaba un vestido delgado de lanilla gris perla y puso las
manos sobre las rodillas, como hombre que está en el banquillo de los acusados,
marcáronsele sobre los pantalones unas manchas de humedad que denunciaban que
todo su cuerpo trasudaba como si le hubiera llegado la hora de la muerte.

- No niego nada, repitió sordamente. Haga usted conmigo lo que quiera, señor de Ayala.
He cometido un abuso...pero, si se quiere, un abuso honrado. He traído mis materiales
aprovechando el viaje de regreso del carro que había de venir vacío. A la vista de todos y
costeando yo la gasolina. Hay otros carros del servicio oficial que están a la orden de
ciertos alros empleados, ¿sabe usted?, y esos carros pasan la noche atestados de
mujerzuelas que corren la tuna. Para elIos no hay un reproche.

Juan lo había oído decir y nada replicó.

Allá dentro, en la pieza siguiente, Pablito Alubias expectaba cruzado de brazos, pálido y
demudado también. Deusto lo miró y repentinamente inspirado se levantó, asió a Juan por
los moyedos y lé dijo sibilante:

- Aquel canalla de Pablito me ha traicionado.

Pues sepa usted que yo lo he sorprendido a él pagando las cuentas de sus francachelas
en el Casino Libertad con cuentas por materiales telefónicos que nadie ha recibido.

Juan salió. ¡Pobre Juan; iba cadavérico y anegado en un horrible sudor emotivo, la boca
amarga, las sienes febriles! Al subir la escalera encontró a Rufo que bajaba y se
detuvieron sobre los escalones empolvados en que se amontonaban las colillas de
cigarrillos y las salivas.

- ¿Sabes, Rufo, lo que hace falta? Una escoba, una escoba para barrer hacia fuera. E
irnos, irnos los dos sin demora.

Acabó de subir los escalones de dos en dos y al entrar a su despacho, vió sentado junto a
la silla de su escritorio a un hombre muy moreno, vestido de palm beach azul marino, muy
pulcro de cuello y camisa y ya con las sienes plateadas y la mollera raída por la calvicie.
Al verlo entrar se levantó, hizo una reverencia y presentándole una mano de panadero,
gorda y lustrosa, cuajada de anillos, le dijo en tono cálido y discreto presentándose:

- Rufino Alubias, para servir a usted.

- ¡Ah, señor!

- Acabo de saber que mi hijo Pablito, en un momento de nerviosidad, ha renunciado su


puesto de administrador delegado.

- Es cierto.

- Y vengo a rogarle, doctor, por lo que más quiera, que no le acepte usted, esa renuncia.
Acabo de hablar con el Gobernador y me dice que todo depende de usted. ¿Qué va a
hacer Pablito sin el empleo? Tres años tiene de ejercerlo y en tres años no ha sabido
guardar un solo centavo. Yo le doy de comer, pero no puedo darle para cigarrillos y demás
gastos menudos. ¿Qué hará Pablito si, se queda sin el sueldo?

- Puede vivir de lo que le producen los botiquines, dijo Juan mordaz, o poner en manos de
un buen chofer su overlán y explotarlo.

El buen papá Alubias abrió unos ojos que parecían ventanas y pareció no entender.

- ¿De qué botiquines habla, señor? Yo me he cansado de decirle a este muchacho que no
entre a tales establecimientos a gastarse lo poco que gana, y hablo en balde. ¿Por qué el
gobierno no los manda cerrar? Y no diga usted overlán, que en siendo carro, para él no
hay marca preferida, ya sea for, pácar, chébrol, los domingos vuela en el que encuentre
por esa carretera. ¡Y al otro lado!

Al brandecito barato con amigos y amigas...De pronto el hombre se asustó de su


expansión, miró en torno, y vió sobre la mesa el pliego que contenía la renuncia de
Pablito. ¡Aquí veo la firma de este muchacho!.

- Si esa es su renuncia.

- Pues démela y la rompo. i Démela doctor!

Juan se la dió con gesto entre malhumorado y divertido, y el hombre grasiento y moreno,
el Alubias padre, se fué con ella tan alegre como si llevara el billete premiado de una
lotería.

Juan fué a la percha. Un reloj que sonaba en una torre cercana estaba dando las once.
Pompa Pita, Monteagudo, Correa y los otros empleados que trabajaban en las oficinas
contiguas, todos al primer campanazo de aquella esperada hora de redención, habían
huído. Juan tomó su sombrero y pasó a ponérselo frente a un empañado espejo que tenía
el aguamanil. Y en la luna deslustrada, tras de su cuerpo, vió un fantasma blanco que
esperaba silencioso. No supo a qué horas había entrado.

- ¡Ah! ¿Es usted, señor Acquamorta?

- Yo. Repuso con voz desvaída el funcionario. Y siguió diciendo: ¡qué horas de angustia
estoy viviendo, estimado señor Ayala! Yo no tengo en la vida más patrimonio que el de mi
reputación de hombre honrado y me parece que a los ojos de usted esa reputación está
herida de muerte. Para mi sería preferible caer muerto de una vez a saber que persona
alguna pueda dudar un momento de mi escrupulosidad incorruptible. ¡Mis manos están
limpias!

- Sea usted más explícito, señor, que no entiendo a derechas, dijo Juan.

- Usted no se ha dado cuenta clara del asunto de Merolico Hermanos.

Juan sonrió piadoso.

- Esa sonrisa me hace el efecto de un puñal que usted me clavara. Hice bien en venir
para explicarle.

- Yo creo que no necesito más explicaciones. Pero estoy dispuesto a oírlo. ¿Qué va a
decirme usted? Lo que ha pasado, tal como ha pasado. A ver...

-La factura de la maquinaria de aserrar valía 100.000 liras oro. Pimpante se equivocó y
creyó que se trataba de Liras papel, que estaban a dos centavos. Creyó poder pagar con
dos mil pesos y se tropezó con una deuda de veinte mil. Vino el diputadito Ortiga a la
Asamblea y quiso formar un escándalo, y Pimpante para salir bien del mal paso, consiguió
que Merolico Hermanos aceptaran en pago los dos mil pesos que estaban disponibles y
unas letras que el Banco descontó en seguida, y me ordenó poner en el libro de caja una
partida que dice: Pagado por valor de la factura tal, dos mil pesos. iDos mil! Los, dos mil
pesos que yo entregué. ¡Dos mil! Así lo vió el doctorcito Ortiga. ¡Dos mil! Así lo vió el Gran
Fiscal! ¡Dos mil! Así lo ha visto usted con sus ojos. Dos mil entregué y dos mil descargué.
Ante Dios mismo declaro que he obrado limpiamente.

- Ciertamente, dijo Juan, no estaba de más esta explicación que usted me ha dado. Ahora
nada tengo que reprocharle, me complazco en reconocerlo. Pero acábeme de ilustrar a
este respecto. El Banco descontó letras por valor de 18.000 pesos, ¿no es as!?

- Así es

- Entonces Pimpante engañó a Ortiga...

- Ciertamente, pues mostrándole el asiento hecho en la Caja por 2.000 le hizo tragar que
esa suma era el equivalente total de las 100.000 liras, lo cual fué fácil, pues le mostró la
factura cancelada poi los Merolicos. Y se guardó de decirle que estos señores la habían
cancelado porque ya tenían en el bolsillo las letras, completo de su valor.

- Más tarde fué hecho un abono de 5.000 pesos...

- Y quedan 13.000 en letras por pagar.

- Sin que haya el dinero...

- Ni la partida votada para poder hacerlo. Cuando la Asamblea vuelva a.reunírse, habrá
que obtener el crédito necesario para salir de ese compromiso. A usted le corresponderá
solicitarlo.

- Yo no estaré aquí para entonces, y si hubiere de estar no sería yo quién completara la


obra de malgastar los fondos públicos, sudor de la gente que trabaja y producto de la
explotación de los vicios, en el pago de unos fierros inservibles.

Acquaviva miró a Juan con aire sorprendido y con mucha dulzura le replicó:

- Aquí en Guasimia, mi estimado señor, por gusto de criticar todas las cosas, han
cometido una injusticia al poner en solfa a Pimpante y su Aserradero. Ciertamente, él no
estaba autorizado para comprar esa maquinaria y se equivocó de medio a medio cuando
creyó que una lira oro valía dos centavos. Pero qué intención tan desinteresada y tan
patriótica la que lo impulsó a extralimitar sus atribuciones. El Tentequetetumbo es una
especie de fabuloso Dorado que tenemos a nuestras puertas. Tierra ancha y plana como
el mar, encuentra usted allí la selva virgen formada por árboles de las más estimables
maderas. Y Pimpante creyó que con sólo dos mil pesos, lo que vale la gasolina que se
gasta en una noche de parranda, iba a poner en explotación aquella riqueza inacabable.
Yo le oí muchas veces hablar de su proyecto. Se entusiasmaba, describía, realizaba...
¡Pobre Pimpante! Cuando se persuadió de que no eran dos mil sino veinte mil, le iba
dando una congestión. En esas vino la Asamblea y vino Ortiga, se vió acorralado, se vió
apabullado, y resolvió a ser audaz. Salió triunfante y la misma Asamblea que lo quiso
hundir, le dió medios de abonar cinco mil pesos.
- ¿Y el Gran Fiscal?...

- Don Amós ... o no sabe ... o se hace el que no sabe. En ninguna de las cuentas que él
ha examinado figuran las letras que descontó el Banco. Pero él sabe que el Departamento
es dueño de una maquinaria que vale lo que cuesta, que será montada algún día, que
traerá grandes beneficios, y como es un gran patriota, don Amós está contento.

Juan sintió como una brisa fresca que le alegraba el ánimo y dijo:

- Yo no voy a durar aquí, me voy pronto. Pero si por algo quisiera ya demorarme, sería por
llevar a la realidad ese redentor proyecto de Pimpante, Tenemos la maquinaria y tenemos
las maderas.

Se le cortó la frase repentinamente al oír la voz de su diablejo que le decía: "Ya casi eres
lo mismo que los otros, Quédate".

- Son preciosas y oportunas sus explicaciones, dijo como despertando.

- Ve usted cómo todo ha sido arreglado satisfactoriamente? Preguntó Acquamorta


inclinándose y mientras alegraba su faz una sonrisa plácida. Y como tenía por su blancura
y palidez un aspecto de fantasma, Juan sintió miedo de estar a solas con aquel individuo
que parecía una materialización espírita.

- Yo iba a salir, le dijo, ¿Quiere que salgamos?

- Como usted mande. Pero... ¿En qué predicamento quedo yo ante usted?.. Mi
preocupación no ha cesado.

- Pues despreocúpese. Todo el mundo al hablar de usted me ha dicho: Acquamorta es el


oro en el crisol, y yo no lo pongo en duda. Ahora mucho menos. Le dió un cigarrillo y lo
tomó de] brazo en forma familiar para tranquilizarlo. Bajaron la escalera y en mitad de sus
peldaños tropezaron con un individuo que los esperaba.

- ¡Hola, Ramoncho! lo saludó Acquamorta. ¿Estás vendiendo el gordo de Hoy?

- El gordo y todas sus aproximaciones de ímportancia, repuso el lotero alzando un


cofrecito de madera y poniéndolo a la altura del pecho. El tal cofre tenía en una de sus
caras un letrero que decía: "Llame usted al jazz-band de Ramoncho". En el interior,
hechos un rizo, estaban unos billetes de loteria.

A Juan, al verlos le palpitó el corazón. En aquel cofrecito, en uno de aquellos papeles,


podia estar el restablecimíento de su equilibrio pecuniario del momento y la facilidad de
volver sin ahogos a Fragosa.

- ¿Cuándo lo juegan? Preguntó a Ramoncho.

- Esta tarde a las cuatro. Mañana a estas mismas horas puede usted cobrar su premio.

- Deme un décimo.

- ¿Un décimo no más ?


Lo guardó sin ver el número. Acquarnorta, por su parte,. compró un billete entero. Su
rostro exangüe pareció revivir con la sola esperanza del premio y se puso locuaz.
XVI
No hubiera querido Juan volverse a ver en la vida con el descabalado señor Deusto, de
no ser para realizar el imposible de deshacer lo que con él había hecho, que no tenia
remedio; pero Deusto vino a buscarlo, muy sereno, muy sonreído, muy amigable.

- Vengo, le dijo, a poner en sus manos dos papeles. El uno contiene la renuncia
irrevocable del puesto que el Gobierno me tenía confiado; el otro es un oficio del
gobernante del país vecino con el aviso de que fija el día de mañana para hacer la
conexión de los teléfonos de las dos repúblicas.

Juan hizo la cara del hombre que no entiende y Deusto explicó:

- Hace días que las dos administraciones han venido tramitando la unión de las redes
telefónicas con el fin de obtener la comunicación directa entre los pueblos de uno y otro
lado. Hay muchos negocios y muchos lazos de amistad y de sangre entre sus pobladores
y la conexión de las líneas será obra grande y patriótica. Por una galantería de nuestra
parte, pues fuimos nosotros los que invitamos a dar este paso progresista, dejamos a
voluntad de nuestros vecinos la determinación de esta fecha solemne.. Y el gobernante
del otro lado acaba de decir que ha señalado el día de mañana. A mí me place que así
sea. He sido yo quien ha movido los resortes para conseguir esta importante mejora
pública y, aunque ya dejo mi puesto, quiero tomar parte en Ía solemnidad.

- ¿Solemnidad? Unir dos alambres sobre el aislador de un poste me parece una cosa muy
sencilla.

- Sencillísima es en efecto, pero también muy trascendental. As! es que los actos que
habrán de ejecutarse han sido acordados con todos sus pormenores y serán muy
sencillos, pero muy solemnes. Será aquí, en nuestra central, donde el alambre que haga
la unión se atornillará en la ranura correspondiente. Colocará el alambre el General
Cambur y usted, don Juan, en nombre del Departamento, apretará el tornillo. Se cruzarán
un saludo los dos gobernadores, el de aquí y el de allá. Se leerán dos discursos. Se
ofrecerá una copa de champaña. Se tocarán los himnos de las dos naciones ... No será
más. Todo esto debe durar veinte minutos.

- ¿Por qué veinte minutos?

- Porque el General Cambur, delegado especial que el país vecino nos envía con esta
sola misión de poner en la ranura el alambre telefónico que viene de su país, debe partir
mañana mismo para la capital de su patria en viaje urgentísimo. Por esa razón sólo podrá
disponer de veinte minutos. El general Cambur es un personaje de muchas campanillas.

En este momento, por la puerta del fondo, entró Rufo. Hizo un gesto de asombro al ver a
Deusto, pero le tendió la mano con amabilidad.

- Me llega el rumor, dijo, de que los del otro lado acaban de avisar que mañana...

- SI, doctor Rosales. Mañana a las tres de la tarde será nuestro huésped el General
Cambur. Será un acto tan sencillo como solemne. Hecha la conexión se cruzará un saludo
entre los dos gobernantes; Se ofrecerá una copa de champaña; se...
- Muy bien, díjo Rufo, dirigiéndose a Correa: Hágame el favor de llamar a don Amós ...
Supongo que Cambur no vendrá sólo.

- Vienen con él unas cincuenta personas, entre empleados y particulares de aquel


gobierno y vecindario.

- Otras cincuenta por lo menos nos reuníremos aquí en el momento de hacer el


enchufe...

Por lo menos, dijeron en coro adulante Pompa Pita y Monteagudo, que se habían puesto de
pie y permanecían arrimados a sus mesas de trabajo en actitud respetuosa y sonriente.

- Asi pues...En este momento entró el Gran Fiscal y Rufo se dirigió a él fingiendo un tono
trágico, pues estaba de muy buen humor. Necesitamos, don Amós, comprar una cesta de
champaña para ofrecer mañana una copa en la inauguración del servicio teléfonico
internacional, y como no sé si es fácil hacer ese desembolso imprevisto...

- !Tu-turutú! i tu-turutú! Cantó el buen don Amás haciendo castañear los dedos y
sacudiéndolos como si se los hubiera quemado. Si quieren beber champaña que la
traigan de allá los que vienen del otro lado. Y luégo, hablando en serio: Pues no hay más
remedio que comprarla, pero no hay partida en el presupuésto para este gasto. Los
imprevistos están sobregirados ... Y además, no tiene la Caja Central un peso en efectivo.
¿Qué dice usted, Acquamorta?

Había entrado el clavero de la desmedrada tesorería como si le hubiesen evocado y


sonreía frente a don Amós. Repuso dulcemente:

- No, no hay un céntimo. Pero como se trata de un gasto ineludible, sagrado si se quiere,
yo doy un vale y se trae la champaña para pagarla con lo primero que se recaude.

"¿Oyes bien?" Murmuró el familiar duendecillo al oído de Juan. Es un gasto ineludible y


sagrado. "En cambio no importa que la señorita Blanca alrevés no pueda cobrar sus
sueldos y se muera de hambre".

- Se puede dar un vale, es cierto. Pero no hay capítulo en el presupuesto para este gasto
imprevisto, repitió el Gran Fiscal.

Deusto dijo:

- ¿No es éste un gasto del capítulo de teléfonos? Pues con no poner champaña...

- En ese caso...cedió dúctil don Amós, si me presentan a mi una cuenta por ácido sulfúrico
para las baterías ... yo no podré objetarla.

- Se puede obviar la dificultad de un modo muy sencillo, intervino diciendo Pablíto Alubias
para romper un penoso silencio que se habla hecho después de las palabras de don
Amós. Se puede hacer una colecta entre los empleados de la Gobernación o entre los de
los teléfonos...

- Prefiero hacer de mi bolsillo ese gasto, dijo Rufo.


Todos respiraron de satisfacción al oír estas palabras, pues se hablan agrupado en torno
del escritorio de Juan casi todos los empleados de la casa de gobierno, saboreándose por
anticipado al olor de la fiesta. A uno de ellos llamó Rufo y le dijo por lo bajo:

- ¿Quiere encargarse usted de conseguir la canasta de champaña? Vaya en volandas,


pues no hay tiempo qué perder. Le dió dinero y el mozo partió como una flecha. En
seguida dijo a Juan:

- Ese champaña comprado en una tienda de Guasimia costaría unos doscientos pesos.
Pero en las tiendas de Guasimia no son tan tontos para tener champaña. Paga muy altos
derechos en la aduana, Yo he dado a Gayoso cincuenta pesos y ya verás cómo nos trae
en un santiamén,ese vino famoso.

- ¿Es perito en esos negocios?

- Cualquiera de estos jóvenes haría la compra con igual habilidad.

-¿Y vamos a ofrecer una copa de contrabando?

- Déja, déja. Yo he mandado traer una cesta de champaña sin decir de cuál han de
comprar. Gayoso sabrá dónde la consigue y cómo la trae.

Veinte minutos después Juan oyó la voz de Rufo por el teléfono.

- ¿Ya estás haciendo el discurso que has de pronunciar mañana? No hay tiempo que
perder. Gayoso trajo ya el champaña. Naturalmente, yo no le he preguntado dónde
adquirió este vino ni por dónde lo trajo. Está aquí y no hay que saber más. No te afanes.
Tú y yo hemos encontrado las cosas tal como son...

No había de tener Juan punto de reposo. ¿Qué diablo de discurso era aquel de que Rufo
le hablaba, cuando él, apenas llegado de su remota Fragosa, tenía tanto qué decir de
teléfonos como del infierno mismo, donde nunca había puesto los pies? Pero Deusto, que
estaba en lo suyo y que parecía olvidado de sus negocios con el camión oficial, vino a
traerle ya escritas las palabras que el General Cambur había de pronunciar.

- El Gobernador -Ojole- quiere que sea usted quien le conteste.

- Contestaré, repuso Juan con brusquedad. ¿Pero qué voy a decirle?

Eso quería Deusto. Desentrañó de uno de sus bolsillos un cuaderno escrito a máquina y
lo entregó a Juan con tanta delicadeza y ternura como si íuera su propia alma la que le
diera.

- Aquí tiene usted sintetizada, le dijo, la historia de nuestra empresa. En ella he trabajado
desde que se clavó el primer poste, así es que yo, mejor que nadie, sé lo que se puede
decir de ella. Aquí puede usted documentarse para preparar su discurso. En cuanto a lo
que el General Cambur va a decir ... léa usted y comprenderá que Cambur es una bestia.

Juan sintió de pronto como si Deusto lo hubiera abofeteado y poniéndose de pie dió salida
al mal humor que le rebosaba:

- ¡Muy bien, muy bien! Exclamó con destemplada voz. A Cambur le han hecho su discurso
y usted quiere que yo lea lo que usted ha escrito, a buen seguro para poder decir que yo
soy otro animal. Tome usted su historia de sus teléfonos que yo no la necesito porque me
la sé al dedillo. Ya sé que la champaña puede hacerse figurar en las cuentas como ácido
sulfúrico y que a los camiones hay que ponerles lastre de ladrillos para que no den saltos
en las carreteras. Yo sabré lo que diré, mío de mi propia cosecha, cuando sea la hora de
mi discurso.

Deusto salió a escape y al salir casi se lleva por delante a una joven enlutada que había
entrado al despacho y esperaba paciente el momento de poder hablar al Secretario de
Hacienda.

- Doctor Ayala... Dijo con dulzura esta mujercita.

- Para servir a usted, niña, repuso Juan, sintiendo que a la vista de aquella criatura su
corazón se sosegaba y enternecía. Era una joven espigada, ligeramente trigueña, de
rostro agradable y gesto tímido. Estaba vestida de luto y llevaba sobre la cabeza un velo
negro.

- ¿En qué puedo servirla?

La damita aceptó la silla que Juan le ofrecía y habló pausadamente, con voz infantil

- Yo soy la maestra rural de Tonchaligua, vereda del Remanso. Mi sueldo es muy poquito
y Tonchaligua es tierra escasa, de vida cara. Sostengo a mi madre y a una hermanita que
me acompañan. Y no me pagan. Para ir de Tonchaligua al Remanso tengo que andar dos
leguas, una para ir y otra para volver, y pierdo el viaje, pues el estanquero, que es quien
me paga, nunca tiene fondos. Ahora me deben tres meses y ya no sé qué hacer para mis
gastos. Debo en todo el vecindario y se niegan a fiarme más. Vine ayer al Remanso
resuelta a sentarme en el estanco y a no moverme de ahí si no me daban algo. ¿Sabe
usted lo que ese hombre ha puesto a mi orden para pagarme? No sé cuántos litros de
aguardiente. Otras maestras que trabajan en el pueblo así dizque lo han aceptado. Yo no
puedo. ¿Voy a poner una venta de tragos en la puerta de la escuela? Ni pensarlo.

La maestrita tenla en la mano unos papeles.

- ¿Son las nómínas? Le preguntóJuan.

- Sí,señor.

Sacó la cartera y le pagó la más atrasada diciéndole:

- El pobre Tesorero departamental está en una situación terrible, pero usted no debe sufrir
las consecuencias de su penuria. Alíviese con lo de un mes y ya veremos qué puede
hacerse. ¡Ah, pobre niña! Usted trabaja y no puede cobrar a tiempo, pero es que la Caja
Central tiene que atender de preferencia a algunos gastos que son inaplazables y
sagrados.

Salió la maestrita agradecida en extremo y Juan tras de volver la nómina pedazos y


arrojarlos al cesto de basuras, murmuró:

- ¿Qué vine a buscar aquí, si yo en Fragosa era feliz?


Tenía el papel del General Cambur en la mano y ya se lo sabía de memoria de tanto leerlo
sin que se le ocurriera lo que había de escribir para darle respuesta, porque todo lo que
se le venía a la punta de la pluma le parecía una falsedad y luégo lo borraba. No quería
decir falsedades. La unión de los teléfonos facilitará las comunicaciones; a esto debía
reducirse su discumo; pero ni eso era .una verdad, pues lo único que facilitaría las
comunicaciones era el reemplazo del personal viciado por otro que tuviera voluntad
decidida de servir, ¿Y dónde hallarlo?

Sobre la mesa estaba el cuaderno que le había dejado Deusto; lo abrió y se puso a leerlo.
¡Hombre, no estaba mal! Cada frase de aquel escrito era un embuste, pero todo estaba
bien traído a colación y era muy propio para deslumbrar a un auditorio ocasional que no
habría de tomar apuntes. Resolviéndose a leerlo se evitarla el trabajo de componer
discurso ninguno. Pensado y hecho; se lo guardó en el bolsillo.

Veinticuatro horas después estaba el palacio de la Gobernación que no cabía de gente.


Fue Juan el último en llegar y cuando se presentó en el lugar de la ceremonia, ya estaba
en su puesto, en la mano la punta de un alambre que bajaba del techo, un personaje que
llamaba la atención, a pesar de ser un buen mozo corriente y moliente que no llevaba sino
un sencillo vestido de saco negro; pero estaba tan tieso, tan ahogado estaba dentro del
cuello almidonado que le mordía las quijadas; daba tanta importancia al hecho simplisimo
de tener en su mano de atleta aquel alambre que venía de su patria vecina, dirigía tan
significativas miradas al papel doblado que llevaba en el bolsillo del pecho, que Juan
sintió vergüenza de colaborar con él en aquel acto que parecia.de sainete. Pero había que
hacerlo. El General Cambur metió el alambre en la ranura, Juan apretó el tornillo y...

- ¡Quietos un momento!

Un fotógrafo iba a perpetuar en una plancha aquel momento solemne; así fué que, como
la mujer de Lot, aunque sin convertirse en estatuas, como tales se quedaron todos los
circunstantes. Después de la voz de mando que ordenó la quietud, sólo el General
Cambur se atrevió a moverse, y fué para alzar la mano y entresacar el papel del discurso
que llevaba en el bolsillo, pues quería quedar así en la fotografía.

- Ya está.

Respiraron. Se movieron. Era la hora de los discursos. El General Cambur se turbó


mucho al leer el suyo y como si no viera bien las letras, donde decía i leía e, así fué que
dijo cevilización, o las trocaba, de modo que pronunció suidad. Eso sí, usó de mucha
claridad para decir:

"A vos, señor, a vuestros esfuerzos debemos este nuevo lazo que aprieta aún más
nuestra unión fraternal". Juan hubiera querido volatilizarse al oír tal despropósito y tuvo
que limitarse a humillar la cabeza y moverla en mudas negativas. Luégo empezó a leer el
folleto que Deusto había preparado y cuando iba en lo más campanudo y resonante de la
selva de lugares comunes de que estaba formado, sintió por allá en su interior, no ya
burlona, sino indignada, una voz que le decía:

"¡Qué desvergüenza la tuya, Juan, y qué adelantado vas en la cátedra de la superchería!"


XVII
¡Quién lo iba a pensar! En la tarde del día siguiente entró Ramoncho que parecía el
soldado de Maratón, después de su carrera increíble. Juan al verlo comprendió al punto
por qué venía tan desalado y con un gesto le ordenó guardar discreción. Lo llevó aparte y
le tomó cariñoso ambas manos.

- ¿He ganado algo?

- ¡Quinientos pesos! ¡Hubiera tomado usted todo el billete, se habría llevado cinco mil!

- Quinientos pesos me sobran y me bastan. Tome el billete, cobre y me trae el dinero y me


guarda una absoluta reserva. ¡Qué a tiempo me llegan, amigo Ramoncho!

Ni un momento más aquel día en la oficina. Tomó su sombrero y se fué, sin saber hacia
dónde.

Guasimia es una ciudad que se entra suavemente al corazón del forastero. ¿En qué
consiste su encanto? Juan va lentamente por una acera enladrillada cubierta de sombra
por el ramaje de los matarratones sembrados en hilera a lo largo de la calle. Juan recibe
la sombra y se ilusiona, creyendo que recibe un soplo de frescura, pero el aire, aunque
movido por la brisa, sale como de un horno caliente. La calle es muy ancha y su
empedrado de guijas menudas, lo dividen en dos partes las paralelas de un ferrocarril. La
locomotora, pequeña pero traqueteante y estrepitosa, asoma por la bocacalle próxima,
arrastrando un convoy mixto compuesto de varios furgones de carga y dos carros abiertos
colmados de pasajeros. Los pasajeros van muy contentos, fisgando a lado y lado
indiferentes a la nube de humo que a ratos los envuelve. Como los asientos son
insuficientes, algunos viajeros van de pie sobre los estribos. Pasa el convoy, se aleja a lo
largo de la calle, haciendo paradas en las esquinas. ¿Y no ocurren accidentes? No, por
fortuna. Como sí fuera por el patio de una estación, las locomotoras y los trenes se
mueven constantemente por las calles de Guasimia sin causar daño ninguno. De estos
trenes, el que a Juan se le ha hecho más simpático es el que va a la raya del país vecino,
porque trae, se supone, en cada uno de sus viajes, esa carga preciosa de mujeres
sensibles al amor y voluptuosamente perfumadas con esencias de Coty de que le habló
su amigo de Rivadeltejo y cuyo botón de muestra es Rosita.

Juan sigue andando y va henchido de secreta felicidad porque tiene quinientos pesos que
la suerte le ha deparado y piensa volver pronto a Fragosa. Devolverá religiosamente el
préstamo que le hizo su tía Frollana y bajo su protección materna] pasará días muy
tranquilos. Quizás resuelva su matrimonio con Felipa. ¿Qué más espera?

El cielo es profundamente azul, la luz intensamente clara. Juan al pasar dirige la mirada al
interior de las casas por los portones abiertos y advierte el follaje de muchos árboles
cultivados en los patios. Quisiera entrar a esas casas, tener una suya igual, llena de
hondo reposo. Y no volver a la oficina de la Gobernación. Menudean en estas calles
centrales los cafés y estos establecimientos tienen un servicio exterior instalado en el
andén, donde numerosos parroquianos, instalados alrededor de las mesitas de hierro,
saborean, en plena calle, copitas de.brandy. ¡Brandy! Juan sabe que este licor pasa de
incógnito la frontera en invasión permanente y en grandes cantidades. Ha oído hablar
mucho del contrabando del brandy y recuerda algunas historias que le han contado. Si en
vez de llegar embotellado,le han dicho, viniera por una tubería, un tubo de una pulgada de
diámetro, quizás no sería suficiente para dar paso al río de este licor que entra en
Guasimia. Los destiladores franceses han preguntado a sus agentes si además del
consumo debido le dan a su producto algún otro destino, como el de terciar con él el agua
del baño, por ejemplo, pues no conciben que una ciudad de escasa población ingiera tan
descomedidas cantidades. Y la respuesta está ahí, a la plena luz del sol, en aquellos
parroquianos que beben copita tras copita. No se puede luchar con el contrabandista, le
han dicho. ¿Sabe usted a cuánto se atreve? Uno de ellos, que viste sotana, solía prestar
a un alto funcionario el automóvil oficial que lleva pintado en la portazuela el escudo de la
nación. ¿Y sabe usted lo que hacia? Ir, en son de paseo, a los balnearios medicinales del
país vecino y regresar trayendo bajo el manteo tres o cuatro docenas de botellas doradas
como el ámbar. Luégo, al devolver el vehículo, obsequiaba al empleado una media
docenita. Y ... cuando necesite el carro mande por él, señor presbítero.

Ha oído Juan estas historietas y ha sentido el enfado del administrador que sabe que lo
burlan, pero ahora se le ha despertado como un torcedor el recuerdo del anís sintético.
"Tú también has autorizado el contrabando", le dice la voz interior, Y Juan se apresura,
andando, andando por esas calles anchas y llenas de sol, como si huyera de invisible
fantasma.

Hélo aquí bajo las palmas de un parquecito en que abundan las flores, palmas esbeltas
que levantan sobre verde y pulida columna su plumero rumoroso. En el fondo de esta
avenida, una mujer de bronce, alzada sobre un corto pedestal, muestra su seno
exhuberante con la arrogancia de una amazona prisionera. Las manos atadas a la
espalda la obligan a destacar más la fuente nutricia de la maternidad, como si el artista
hubiera querido simbolizar en su figura no un sentimiento de desbordante patriotismo, no
el sacrificio generoso en aras de un ideal, sino la potencia vital de una raza. El cabello de
esta mujer, alas de bronce a medio desplegar, nacidas del arco de las sienes, da a su
cabeza levantada, de enérgico trazo, un aliento marcial imponente. Juan siente,
contemplando esta estatua, pese a los defectos de su modelación, el escalofrío sagrado
de la gratitud. Esta mujer murió en el patíbulo, su sangre fué ofrendada en aras de la
patria. ¡Dichosa mujer, duerme el sueño de tu gloria sin alzar jamás la cabeza; ya no hay
sacrificios puros como el tuyo; cuando alguno hace el simulacro del patriotismo, lo cobra
por anticipado!

Juan da un corto paseo por el camellón enladrillado que cruza este parquecito y al salir ve
al frente la fachada blanca de una pequeña iglesia de espadaña recientemente encalada.
El cuerpo de este humilde edificio está aislado de las demás casas de la manzana por
medio de dos patiecitos pavimentados de ladrillos y sembrados de lápidas funerarias.
Unas matas de jazmín, recortadas a la pared, dan su poquito de sombra, su manchita de
verdura y unas emanaciones perfumadas que raptan el alma y la llevan al país de las
ternuras y los recuerdos. La iglesita es ancha y clara. San Antonio de Padua la preside
entre los candeleros y adornos del altar. Juan da unos pasos y se detiene a leer nombres
y fechas escritos en los mármoles. Algunos apellidos se repiten y una fecha siniestra se
repite también en una y otra piedra. En algunas de ellas, marido y mujer, se lee,
fallecieron en ese mismo día pavoroso, un día 18 de mayo ... Y Juan siente pasar por su
alma el soplo de la tragedia lejana.

- Yo era, le ha contado su tía Froilana, una muchachita de diez años y recuerdo que venía
de la escuela con mis amiguitas, aquí en Fragosa. Había llovido esa mañana, pues era el
mes de mayo, en que caen unas lluvias alegres tras de las cuales el sol sale más
reluciente y el cielo se pone más azul. Mis amiguitas y yo nos habíamos detenido a
recoger del suelo unas piedrecitas que los chorros del tejado habían sacado de la tierra,
lavadas y de muy bonitos colores ... Cuando se oyó en las entrañas del mundo un trueno
sordo como el de un derrumbamiento, el rumor opaco de algo que se desquiciaba en lo
profundo. ¡Gran Dios! Y empezó a temblar y la tierra se removía como epiléptica...
Aquellas personas que dormían bajo estas lápidas perecieron en ese horrible terremoto.
Juan dobló las rodillas e inclinó la cabeza en el silencio cálido de la iglesia poblada del
olor de los jazmines, amé con férvido amor el seno de aquella ciudad que lo hospedaba
como se ama el seno maternal que se desgarra para dar paso a una nueva vida; pues de
aquella desgarradura incomparable, del fragor de aquel cataclismo, de aquel triunfo
momentáneo del horror y de la muerte, Guasimia se había alzado como Lázaro de su
sepulcro, pero por su propia vitalidad, por su voluntad indominable. Y ahí estaba la
ciudad, viviendo, expandiéndose, mejorando, conquistando en combates diarios la
prosperidad y la cultura. Hubiera querido gritar a todos los vientos, cuando salió a la calle:
Respetad, oh genios de la modernización y del adocenamiento, la reliquia sagrada de
esta capillita humilde. No pretendais derribar sus muros encalados para alzar en su lugar
un mamarracho de cemento, cual es la triste costumbre de nuestros días.

Juan va ahora a través de calles que no conocía, pobladas de talleres, de comercios


menudos, de viviendas humildes. Ya no hay empedrados sino arenales en el pavimento,
pero la fila de árboles se prolonga dando un alivio al fuego de la resolana que le hiere los
ojos. Se detiene. Siente sed. Ahí en la esquina del frente hay una casa cuyo aviso lo invita
a entrar. Se acerca y pregunta:

- ¿Encuentro aquí una bebida refrescante?

Y la voz de un hombre que dormitaba tras del mostrador y se incorporó al oír la pregunta,
le responde:

- Tenemos una excelente agua de tamarindos. Pase usted, doctor Ayala.

Al oír su nombre prendido al título de que carecía, sintió como si despertara de un sueño
a una fea realidad y quiso retroceder, pero le pareció descortesía. El diablillo le advirtió:
Aguanta,hijo, aguanta.

Unos pasos más. Otra esquina y un boquete abierto en las edificaciones te permitió
tender la mirada por el campo. Aquí la ciudad se acaba y un erial de tierras ocres, de
montículos, de aluviones rojizos que las lluvias corroen, se extiende sembrado a trechos
de espinos y nopales. Al pie de la plataforma de la calle se extiende, serpenteando, el
álveo de los torrentes del invierno y de su oquedad, arrojadero de basuras, se alzan aquí
y allá los techos rosados de unas pobres viviendas incipientes. Rebaños de cabras triscan
por estos arrabales calcinados por el sol.

Juan se vuelve para regresar y al volverse ve, dando frente al paisaje que acaba de
contemplar, una fila de puertas de casitas míseras, y en cada puerta una silla recostada, y
en cada silla una mujer. Unas de ellas están amodorradas, otras charlotean y fuman.
Están despeinadas, su piel tiene un tinte terroso y llevan faldas tan cortas que muslo
abajo muestran las piernas desnudas. Casi todas están descalzas. Y sonríen...
XVIII
Pero tú no has venido a Guasimia, Juan, a sumarte a su vida de labor, ni eres abeja que
has de hacer una sola gota de miel en su colmena. Has venido a ocupar un puesto en la
administración pública y no tienes derecho a un minuto de reposo. Entra a tu propia
habitación y no creas que vas a poder derribarte en tu lecho para descansar de la
carninada. Y si no, ahí asoma la cara de Rosita para decirte:

- Doctor ... Aquí lo buscan unos señores.

- Que pasen.

Juan se puso el saco que acababa de arrojar sobre una silla y con aire resignado abrió la
puerta que poco antes había entrecerrado.

Un hombre muy feo, moreno, rasurado el rostro, entró el primero. Vestía traje azul de
lanilla y el cuello de su camisa, muy nítido, hacia resaltar los visos grasosos de su piel
obscura de indígena. Lo acompañaba el doctor Trastienda, blanco, pálido, que por
contraste parecía un hijo de los países del Norte. Presentó éste a su compañero con
respetuosa deferencia:

- El doctor Bufeche, nuestro jefe.

Juan sintió un profundo sentimiento de repugnancia. Aquel jefe político le recordó de


pronto el berengenal de la cosa pública en que se encontraba metido, comprendiendo,
además, que su visita no significaba un mero cumplimiento amistoso. Y asi lo demostró el
personaje sin más rodeos, con sequedad, con imperio de jefe acostumbrado a verse
obedecido. Como miembro muy importante de un directorio, Bufeche estaba airado de
que Juan, al encargarse de la Secretaría de Hacienda, no se le hubiera puesto a sus
órdenes.

- Sé que van a ser nombrados los nuevos estanqueros, dijo.

- Eso hemos acordado, repuso Juan.

- Y sé también que nos tocan veintidós de esos puestos.

- Asi es.

- Yo traigo aquí una lista de personas que deben ser designadas para esos cargos.

- ¿Una lista? La designación de esas personas debemos hacerla el Gobernador y yo en


completo acuerdo, y ya tenemos una larga lista de candidatos, entre los cuales pensamos
escoger. Al llegar aquí, una idea repentina pasó por la mente de Juan. ¿Sabe usted? Yo
he resuelto renunciar el empleo de Secretario...

- ¡No es posible!

- Lo creo de mi parte un deber de hombre honrado. Es muy común la creencia de que


todos los hombres servimos para todas las cosas, y no es as!. Yo he comprendido a
tiempo que mi genio no es a propósito para servir el puesto que se me ha confiado en el
gobierno departamental. Y voy a renunciarlo. Lo haré hoy mismo, y después de
presentada mi renuncia, sería indelicado proponer al Gobernador nombramientos de
ninguna especie.

- Usted variará de opinión cuando le diga que el partido necesita la colaboración de estos
servidores suyos en los estancos, advirtió ásperamente Puro Bufeche agitando un papel
en la mano y usted no se retirará sin nombrarlos.

- En los estancos sólo necesita el Departamento personas honradas que celen los
intereses que van a administrar y rindan bien sus cuentas.

- ¿Ignora usted que en los estancos se domina un radio importantísimo de intereses


políticos? Las elecciones se aproximan y hay que llevar a ellos amigos decididos que
empiecen a trabajar sin demora.

- No entiendo yo asi la administración pública.

-¿Es inútil entonces que le deje esta lista de candidatos?

- Absolutamente inútil.

- Pues sepa usted... Estas tres palabras salieron de sus labios como un rugido; pero hizo
una transición, sacó una voz suave, dulcificó el gesto y poniéndose de pie le tendió a Juan
la mano y se despidió: He tenido muchísimo gusto de conocerlo, señor de Ayala.

Dijo la palabra conocerlo, con un retintín lleno de malas intenciones. Salieron. Pero
Trastienda se regresó de la puerta de la calle y dijo breve a Juan:

- El doctor Bufeche ha recibido una impresión terriblemente mala de la entrevista tenida


con usted. Recapacite, amigo mío.

- ¿Y qué recapacito? Yo no puedo llenar las dependencias de la administración de las


rentas públicas de agentes políticos. Y ya le dije, estoy de viaje.

Voy a presentar mi renuncia.

- Medite usted, amigo mío, lo que hace.

-Ya está meditado y resuelto.

- El partido le cobrará muy caro su terquedad.

-El partido no puede cobrame nada porque nada le debo. ¿No ve usted mí cabello que
empieza a platear? Pues es que ya he vivido mi vida como he podido, sin que persona ni
entidad alguna me hayan tomado de la mano para ayudarme en ninguna forma. No debo
a nadie nada y ninguno puede cobrar. me nada. Por otra parte, mis ambiciones son muy
limitadas. ¿Sabe usted a lo único que aspiro? A vivir en paz con mi conciencia y en paz
con el ambiente que me rodea. Por eso dejo el empleo. No me brinda halago ninguno,

- Hagamos una cosa, insinuó Trastienda deslizándose con la maña de un ofidio, la


popularidad es siempre agradable. Usted puede conquistarla hoy mismo. ¿No va a salir
de la Secretaría? Pues salga en hombros de la multitud, entre vítores, entre palmas.

- Y eso ¿cómo?

- Haga usted ahora mismo el decreto y nombre estanqueros liberales para todos los
pueblos. Nosotros le damos los nombres que tenemos acordados. Lleva usted a Rufo
Rosales ese decreto y él se negará a firmarlo. Entonces usted renuncía. Y sale. El pueblo
guasimense, fiel a nuestras órdenes, lo esperará a usted a la puerta del palacio y le hará
una apoteosis. Rosales caerá de redondo. Eso es mejor que una retirada obscura,
silenciosa, que se tomará por una derrota.

- ¿Y, cree usted, señor, que yo vine a Guasímia a traicionar al amigo que depositó en mí
su confianza?

- Estando de por medio la política, ríase usted de lo demás.

- La única política que yo entiendo, concluyó Juan con energía, es la que se define por el
arte de administrar los intereses públicos, proteger la seguridad de los asociados y
trabajar por la mejora del patrimonio común que llamamos patria.

- No diga esas cosas sentimentales propias de poetas y piense en lo que lo propongo.

Y la luz le bailaba en los ojos con insinuaciones que hacían daño.

- ¡Yo soy un hombre honrado! Exclamó Juan, poniendo toda el alma en sus palabras. íYo
soy un hombre honrado!

- Sin dejar de serlo, será además un hombre famoso. Le haremos una apoteosis. Lo
pasearemos en hombros. Y Rufo caerá de redondo.

- ¡No y no! Definitivamente no.

Y cuando Trastienda se puso su sombrerito gris y salió sonriéndole, aún repitió desde la
puerta:

- Estas ocasiones no se presentan todos los días. Será usted el héroe de la temporada, Y
habrá tumbado a Rufo, que sea lo que fuere, es un enemigo.

Juan se quedó como una estatua y la voz de su duendecillo le resonó clara como nunca:

¿Qué esperas, Juan de mi alma para tomar una determinación digna de esa honradez de
que te jactabas hace un momento al repeler las malignas insinuaciones del doctor
Trastienda? Me parece que desde la hora en que diste con tu persona en el bufete de la
Secretaria de Hacienda, si no fué un poco antes, no has hecho sino bajar un paso tras
otro de la cumbre a que creías haber llegado con el nombramiento que te dieron. Y si no,
recapacitemos. Pensabas en planear y dar realización a alguna de las muchas vías de
comunicación que hacen falta y te has encontrado con que tan meritorio pensamiento es
preciso desecharlo, porque en la famosa Caja Central no hay un centavo. Podrías, como
encargado de la hacienda, pensar en reorganizar las rentas públicas y hacerlas aumentar,
¡Desdichado de ti si creyeras posible tal fantasía! Pues no eres tu el hombre apropiado
para meterte en el empeño de hacer beber más alcohol a los gobernados, que esa y no
otra sería la llave milagrosa para hacer rendir los ingresos.
Tú no puedes ser un propagandista del alcoholismo. Va después de la renta del alcohol
la del tabaco y es verdad que la gente fuma sin cansarse. ¿Aqué recurso pudieras apelar
para convertirlos en unas chimeneas que obscurezcan el cielo con el humo? Va después
del tabaco el degüello de ganado, es decir, el consumo de la carne, y ya paga el que la
come un buen gravamen por cada bocado que logra echarse al estómago. Pero ¿es que
come carne este pobre pueblo de que te has constituído en ecónomo improvisado? Tóma
el lápiz, apunta el número de reses sacrificadas en el año, multiplícalo por las libras que
aproximadamente tiene cada res, conviérte esas libras en onzas y divíde el producto que
obtengas por los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Ya está? Pues divide ahora
ese cuociente por el número de habitantes que el censo dice que tiene el Departamento.

No tiembles. Tus pobres paisanos, según esa cuenta no comen al día un promedio de
dos onzas de carne; no puedes pensar en recargarles el precio de ese bocadito nutritivo.
No hay dinero ni modo de conseguirlo; ningún plan de ejecución de obras públicas cabe
dentro de la realidad. Podría ser tu programa el de pagar las deudas existentes y dejar
equilibrada la Caja Fiscal. Ya está visto que es un imposible. Entonces, échate el alma
atrás. Agárrate a la nómina y deja correr las cosas como quisieren. Tú cobrarás a tiempo
tu soldada y los demás que esperen. Y dále gusto a Puro Bufeche y a Nicomedes
Trastienda, oye sus insinuaciones, cumple sus órdenes...

- ¡No y no, definitivamente no! Yo tengo el recurso honrado de huir.

Tomó con mano febril una hoja de papel, y dirigiéndose al Gobernador empezó a escribir
su renuncia. Pero, ¿en qué causa justificable había de fundamentarla? Vaciló un momento
y la luz de la verdad lo iluminó de repente. La Hacienda del Departamento tambalea
camino de la bancarrota; existe, tiene que existir una persona capaz de resolver esta
situación en favor del Departamento. Yo no soy esa persona. Estoy ocupando un puesto
que en estos momentos, honradamente, no me corresponde. Y lo pongo a sus órdenes.
Echó la firma al pie de aquella declaración de su propia derrota y suspiró lleno de
satisfacción, como el que arroja la carga pesadísima que gravitaba sobre sus hombros.

Vió el reloj y como aún era temprano, resolvió ir en persona, inmediatamente, a llevar a su
destino aquel papel que lo libertaba.

Se le ocurrió entrar al palacio por las oficinas que ocupaba su colega el Secretario de
Gobierno, con el fin de mostrarle aquellos renglones que simbolizaban la rotura de sus
cadenas. Era un deber de compañerismo.

Entró por la sala que ocupaba el oficial primero de aquella sección, una habitación ancha
y clara, a cuyas paredes estaban recostados viejos y desvencijados escaparates, todos
abiertos y repletos de libracos y gacetas oficiales. .

A primera impresión aquella oficina parecía desierta. Pero no. En un rincón, un hombre de
mediana edad, de frente. marfileña, en que la luz ponía un reflejo melancólico y en cuya
nariz cabalgaban unos lentes de anticuado pergeño, leía el Diario Oficial, en la postura
más extravagante y confianzuda: Tenía las piernas cruzadas sobre la mesa del escritorio y
los pies metidos entre los tinteros; las asentaderas dando cara, si eso puede dar cara,
siendo todo lo contrario, al airecillo que circulaba por debajo de la mesa; de modo que lo
que apoyaba en el asiento del sillón eran los omoplatos y el cogote.

- ¿Buscaba usted a Liñanes? El no ha venido hoy a la oficina, dijo aquel funcionario sin
tratar de cambiar de posición y mirando a Juan desde abajo, como debe mirar el
volatinero ya en decúbito supino al niño que va hacer bailar sobre sus píes. Liñanes ha
entrado con pie de maestro en estos afanes administrativos y hoy está de paseo con unas
alegres chícuelas por. allá por los pueblecitos del Otro Lado. ¿Por qué no fue usted
también a divertirse un poco? Se goza mucho corriendo la tuna en el país vecino.
Además, se gasta muy poco. El brandy es casi regalado. Y para el viaje tiene sus
automóviles la Gobernación.

Juan no atendió a esta insinuación dionisíaca, y deseoso de comunicar sus


pensamientos, dijo:

- Pues yo quería mostrar a Liñanes la renuncia que voy a presentar del cargo de
Secretario de Hacienda. Me voy, don Aparicio.

Ni por ésas el oficial adoptó una postura decente; lo que hizo fue quitarse los lentes y
mirar asombrado a Juan.

-¿Y por qué renuncia un empleo tan bueno, si se puede saber?

- En los pocos días que llevo en la Secretaría, he venido a convencerme de que no sirvo
yo para estas andanzas de la administración pública, Cada momento que pasa me trae un
disgusto. Soy un hombre nervioso, de sensibilidad tal vez exagerada.

- ¿Y por eso se nos va? No sea usted niño. Eso de renunciar a un empleo de categoría,
no es cosa acostumbrada y no debe usted hacerlo.

- ¿Y qué hago? Encuentro por dondequiera que trato de avanzar, inesperadas


dificultades.

- Hay dificultades, es cierto; pero no hay que hacerles caso sino dejar que ellas solas se
resuelvan. Ese es el mejor sistema.

- Colocado uno en un puesto de éstos, es blanco de todas las murmuraciones y


malquerencias. Y puede úno tener sus manos tan limpias como la misma luz del sol, sin
que le valga, pues la calumnia le lanzará sus babas envenenadas. Ni le dejan a uno su
libertad de acción. Personas y grupos extraños pretenden dictarle sus leyes. Encuentro
muy relajada la moralidad del servicio y el abuso convertido en costumbre. Gobernar así,
es casi un imposible. Estoy aquí como en una escuela de desengaños.

Rió don Aparicio jovialmente y repuso:

- Gobernar es cosa fácil, pero hay que usar de cierta filosofía despreocupada. Por nuestro
gusto las funciones del gobierno deberían llenarse en la forma más estricta y completa,
pero eso no se lograrla sino teniendo los ángeles buenos a nuestra disposicióri. No los
tenemos y hay que conformarse con el elemento humano, lleno siempre de pasiones y de
concupiscencias, Hoy tenemos las casillas del servicio público llenas en su totalidad, pero
usted llega a colaborar en estas altas esferas y traerá sus compromisos;, pues éche una
barridita hacia fuéra y dé los puestos a sus amigos y personas a quienes le convenga
favorecer. Y la rueda sigue andando, pues los que entran no son mejores ni peores que
los que salen. Usted notará pronto que el alcalde abusa o se descuida; que el recaudador
negocia y se echa al bolsillo lo que puede; que de los maestros, unos enseñan algo y
otros ayudan a embrutecer a los muchachos ... ¿Y por eso vamos a afanarnos? No, mi
amigo. El gobierno es así. Los días van pasando y lo que hoy es un problema, mañana de
por sí, es una solución. Hay muchos modos de contentar a los descontentadizos antes de
que se declaren enemigos, y para eso se les dan las migajas que siempre sobran en la
mesa. Va usted a comprar unos postes, pongo por ejemplo, para remontar una de las
líneas telefónicas que van a los pueblos. Pues no se le ocurra ponerse usted en campaña
en busca de palos de corazón a un precio muy bajo. Pídale los postes a uno de esos
moscones importunos que lo están molestando, fíjele un precio que le dé margen para
una ganancita moderada y ya tiene usted un amigo y un sostenedor. El le entregará
postes de higuerilla o de papayo, maderas que casi no son maderas, y es mejor, pues
bien pronto habrá que reponerlos y habrá ocasión de favorecer a otro descontento y
tenerlo de su parte.

Gobernar es cosa fácil, pero es haciéndolo con cierta ductibilidad. Usted le pidió cuentas a
Deusto por el transporte de unos ladrillos en uno de los carros del Departamento. Error.
Los carros oficiales ya están habituados a prestar esos servicios extras, sin que nadie se
escandalice; y sin ir muy lejos, mientras nosotros estamos aquí conversando, andan dos
automóviles, de los que tienen el escudo de la patria en la portazuela, llevando y trayendo
chicos y chicas alegres por las carreteras del país vecino. Y eso no importa, es una
insignificancia.

Si le piden a usted puestos... yo sé que le han pedido a usted unos puestos y que usted
se ha negado a concederlos; délos, y si los nuevos empleados hacen de las suyas y le
vinieren quejas , ordene luégo una investigación con mucho alboroto y rigor. Y si le
conviene, cambie al empleado culpable, y si no le conviene, ya tendrá manera de
sostenerlo todo el tiempo que usted lo necesite. No éntre usted en pugna con los
gamonales y círculos dirigentes, pues eso no le traerá bien ninguno. Esos señores hacen
exigencias inaceptables en ocasiones, pero se les concede lo que se puede y lo que no
se puede se les promete para después, y usted sale ganando, porque al fin se burla de
ellos. Déjese de niñerías y rompa esa renuncia que viene a presentar. Deje pasar unos
días y ya verá cómo se hace al arte de gobernar, que es cosa fácil y muy sabrosa por
cierto. Dentro del rigor de la ley, que parece una camisa de fuerza, siempre hay manera
de moverse con libertad y al fin llega uno a estar aquí como el pez en el agua. Yo tengo
mucha experiencia de la vida y soy hombre práctico.

A las primeras de cambio con usted, he conocido su sencillez y su rectitud y creo que será
para nosotros un compañero digno de estimación; no quiero que se vaya. Es verdad que
desde que uno recibe su nombramiento y toma posesión de su cargo, ya está rodeado de
envidiosos que tratan de amargarle la vida, y no hay que hacerles caso. ¿Qué importancia
puede tener lo que dice contra usted El Meridíano de hoy?

- ¿Dice algo contra mí? ¿Qué dice? Yo no le he leído.

- Los periodistas tienen necesidad de llenar todos los días sus papeles y por eso escriben
en ellos cuantas barbaridades se les ocurren. Coja usted El Meridiano, léalo si quiere,
ríase y después... ¡vea! y como estaba en una posición estrambótica, hizo cierto ademán
muy significativo.

- Tampoco se preocupe usted de la carta esa para la cual han estado recogiendo firmas.

-¿Qué carta? ¿Y dirigida a quién?

- Una que le dirigen o le van a dirigir publicada en hoja volante para pedirle que se defina
en política, o liberal o conservador.

- ¡Canallas!...

- Y sí vienen los del mitín no les haga el honor, sálgaseles por la contrapuerta.

- ¿Mitín? ¿Contra mí? No sabía nada.

- Lo está organizando Fulvio Pinitos.

- ¡Bellaco! ¿Qué mal le he hecho yo a ese individuo?

- Fulvio Pinitos desea una colocación. No le haga caso. Se le puede dar un puestecito y
se calma. Esto de gobernar es muy fácil cuando se curte uno un poco y aprende a tener
cierta diplomacia. Deme acá ese papel y lo rompo. No se nos vaya. Usted tiene derecho a
gozar del puesto que don Rufo le ha concedido y gozará en cuanto aprenda a cogerle el
gusto. Es cuestión de dejar pasar unos días.

- Ya lo veremos.

Juan, bruscamente, giró sobre los talones y salió. El duendecillo interior le sopló
indiscreto: "He ahí el perfecto empleado público".
XIX
Cuando Juan puso en propias manos de Rufo el oficio que contenía su renuncia y éste lo
recorrió con la mirada, le dijo:

- Está,bien. Yo ahora, para llenar las formalidades acostumbradas, voy a contestarte


diciendo que el departamento no puede prescindir de tus servicios y que no acepto que te
retires de la Secretaría.

- Y yo te pasaré otro oficio dándote las gracias y alegando que mi renuncia es irrevocable.

- Y a mí no me quedará más remedio que aceptarla. Oyeme un secreto. Se levantó y en


el propio oído de Juan le sopló: Yo también me voy. Acabo de renunciar.

- ¿Tú? ¿ Y qué disculpa le das al presidente?

- Le digo que estoy enfermo, que el médico me ha prescrito un reposo mental absoluto y
un cambio inmediato de residencia. No puedo seguir aquí ni un día más. Dijo estas
palabras con un aire de profunda preocupación y tratando de disimular, agregó: Dentro de
pocos días estará aquí el hombre que ha de reemplazarme. Deseo que me acompañes
hasta el momento en que el nuevo Gobernador se posesione.

Bajó Juan las escaleras radiante de felicidad, como si fuera un niño que entra en
vacaciones. La noticia de su dimisión habla salido del palacio de la Gobernación como
una difusión radiofónica, adelantándose a su propia persona; así fue que todas las caras
se le dirígían animadas por esta interrogación:

- Pero ¿es cierto que deja usted la Secretaria?

- Tan. cierto como que el sol nos alumbra.

Lo detuvo el gacetillero de El Meridíano y le preguntó:

- ¿Es verdad lo que se dice, doctor?

- Es verdad.

- ¡Cuánto lo sentimos!

- Ya no tendrán ustedes a quién dirigir sus envenenados comentarios.

En la esquina estaba Fulvio Pinitos y al pasar le dijo Juan entre risas:

- Si va usted a traerme el mitín que estaba preparando, apresúrese a hacerlo, pues de un


momento a otro les desocupo el puesto y me gustaría poder atenderlo desde los balcones
de la oficina. Tengo muchas cosas interesantes que convendría declarar ante este
honrado pueblo de Guasimia, llamando al pan, pan y al vino, vino.

Fulvio se acercó rnelificando la expresión de su faz terrosa de mulato aclarado en varios


cruzamientos con blanco, y le dijo humilde:
- Eso del mitin fue insinuación del doctor Trastienda, que como,jefé tiene uno que
obedecerle. Por parte mía yo deploro que haya renunciado. Usted aprestigiaba el tren
administrativo con su presencia irreemplazable. Vea, doctor... Antes de entregar, ¿Por qué
no se tira una parada y me da un nombramiento cualquiera?

Al pasar frente al botiquín, El Fragor, Juan oyó que lo llamaban y se detuvo. Tenía
necesidad de expansíón y al ver a Antón Escamilla se alegró de encontrarlo.

- Traiga, mozo, dos vasos de cerveza, y tomando asiento frente a la mesa que estaba
más apartada, dijo Antón: corre en forma de rumor una noticia muy grave, de la cual te
supongo impuesto.

- Tú dirás.

- Se asegura que un grupo de conservadores, si no de los más notables si de los más


recalcitrantes, se presentó en la casa de habitación de Rufo Rosales a pedirle que
suspenda el nombramiento de alcaldes liberales que tiene pensado hacer en la mitad de
los pueblos del Departamento. Hay una gran agitación política en los pueblos que se
consideran fortalezas de ese partido y están tomando parte en ella algunos curas
párrocos que no transigen con nada que huela a liberalismo, jefes que más que jefes son
matones de profesión, han venido a Guasimia a tratar esté asunto con los líderes, y los
líderes han ido a ver a Rufo y le han declarado que no admiten empleados liberales en los
pueblos que a ellos les pertenecen.

- Sería una imposición inaceptable,

- Una muestra de salvajismo. Parece que Rufo les habló de concentración patriótica, de
secundar los propósitos del Presidente, que sólo tienden al bienestar y el progreso de la
República, y no le entendieron. Para ellos no hay más concentración que la de los
conservadores como amos y señores de todo lo que existe. Alzaron la voz y se declararon
intransigentes. Rufo no se plegó a sus exígencías y entonces le declararon que se
revelarían contra el orden existente, que apelarian a las armas y que convertirían los
pueblos en campos de sangre y de venganza.

- ¡Es decir, que amenazan con la guerra! Exclamó Juan palideciendo.

- Con algo peor que la.guerra, que siquiera es la lucha declarada y franca, lo que estos
salvajes harán es el asalto en los caminos, el incendio en las casas de campo, el abaleo a
traición. Y como no son gente que echa pie atrás cuando impulsados por sus pasiones
políticas toman estas decisiones, hé aquí a Rufo Rosales en el más terrible de los
dilemas: o se doblega al querer de estas gentes cegadas por el odio, o afronta la guerra
de guerrillas que le anuncian.

Que mande un alcalde o un estanquero liberal a un pueblo como Cerrilandia o Cuescas y


ya verás al cura con la sotana arremangada, rojo de ira, concitando a la rebelión, y ya
verás a los ignorantes campesinos, fusil al brazo, recorriendo los caminos y sembrando la
muerte. El Departamento rodará por la pendiente de los crímenes, la riqueza será
destruida y nuestra vida será de permanente zozobra.

- Tal vez exageras un poco en la pintura de ese cuadro, dijo Juan quedándose cabizbajo;
acababa de recordar que Rufo había renunciado ínesperadamente y atando cabos,
comprendía que aquella información que Antón Escamilla le suministraba, podía tener sus
probabilidades de ser cierta.

- No exagero nada, volvió a decir Escamílla. La concentración patriótica para servir a la


República es una idea generosa del Presidente, pero aquí va a ser pagada con torrentes
de sangre; y así, en vez de un albor de progreso, va a ser una noche de pavuras.

- Entonces ...yo he acertado a retirarme a tiempo.

- Y Rosales haría bien en salirse a su vez del palenque. ¿Qué necesidad tiene él, hombre
sencillo y recto, de ser el redentor que estos fariseos lleven al calvario?

Juan estuvo a punto de comunicarle que Rufo iba a hacer mutis de un momento a otro del
escenario político, pero no quiso ser indiscreto y terminó filosofando:

- Duele en el alma reconocer que nos rodea un ambiente de pasiones primitivas, que no
cambiará en muchos años. El odio cerril es una planta que las multitudes cultivan con
toda diligencia, es la leche que se da como sustento a los niños para endurecerles el
corazón. A la par con los odios crece y prospera la deshonestidad. Cada persona abusa
del cargo que se le da, o se abandona y deja que abusen los demás. La ley es un muro
por encima del cual se salta como en una carrera de obstáculos. Dijo estas frases y la
palabra se le quedó helada en los labios. Le había parecido ver un fantasma que pasaba
por el rincón sombrío del botiquín, mostrándole los dientes en una mueca burlona. Aquel
fantasma, que ya había visto otras veces, tenía para Juan un nombre pavoroso: se
llamaba Anís Sintético. Dió un puño sobre la mesa, se puso de pie y con gran asombro de
Antón Escamilla, que no podía creer que un vaso de cerveza lo hubiera trastornado, dijo
con voz sorda: el ambiente está corrompido y no hay quién no se contamine; en cinco
días que llevo de haber prestado mi juramento de fidelidad a la ley no he hecho más que
delinquir y ser cobarde.
XX
- Ya que me voy, realizaré este acto de.valor. Esto se dijo Juan cuando procedió a vestirse
con el traje de ceremonia, por parecerle una costumbre absurda la de llevar en aquel valle
tropical, de elevada temperatura, un vestido de patio con forros de seda sobre una camisa
de pechera almidonada. De sólo ver sobre las sillas aquel indumento, ya le pareció a
nuestro hombre que empezaba a ahogarse y a sudar. Pero le servía de lenitivo la alegría
casi infantil que le llenaba desde que había renunciado su empleo de Secretario.
¿Gobernar? Lo deseaba ahora con ardor, pero siempre que pudiera hacerlo como lo hacia
el prócer del país vecino, sin sentirse nunca preso entre las mallas invisibles de un
parágrafo, de una Ordenanza o de una Ley, pasando por encima de la barrera de los
códigos para imponer en todos los campos las resoluciones de una voluntad imperiosa,
orientada siempre hacia la prosperidad y el bien general.

¡Qué bueno gobernar así! Empezaría por no dar oídos a ningún jefe ni directorio político
que quisiera intervenir, colocando en los puestos públicos a sus gentes y secuaces; los
puestos habían de ser para los hombres de buena voluntad, deseosos de servir y
consagrados siempre a la defensa de los intereses que se les confían. La sobriedad y la
abnegación debían presidir todo acto de la administración pública. ¿No afluye a la caja
fiscal el producto de contribuciones impuestas a la actividad y el trabajo en todas sus
formas, y no va ahí, además, la ganancia obtenida en la fabricación y venta de alcohol,
veneno corrosivo de las costumbres y destructor procaz de la vitalidad de la raza? Pues el
dinero de la caja fiscal no debía salir de ella sino para retribuir servicios de. imperiosa
necesidad y prestados con toda eficacia, para realizar obras de progreso, para alimentar
la beneficencia y desarrollar la instrucción pública; nunca para que de su grosura
medraran los ambiciosos o los ineptos. ¡Y había tanto por hacer! ¡Tanta piedra por quitar
de la mitad de los caminos, tanta escuela por abrir, tanta casa de beneficencia por fundar!

¡Ea! Ya estaba vestido. Fue a un espejo y se contempló largo rato, reconociendo que
tenla una elegancia todavía juvenil y que quizás era aún un buen mozo. ¡Si me pusiera
esta noche en contacto con la mujer que aún espero! Y suspiró, creyendo en ese
momento que era imposible pensar en casarse. ¡Era tan pobre!

Se oyó detener un automóvil a la puerta y entró Rufo Rosales que había ofrecido llevarlo
consigo para facilitarle, con su intervención, la enojosa escena de las presentaciones.
Rufo le echó una mirada de pies a cabeza, y complacido le dijo:

- Estás correctamente vestido, y me alegro porque esta noche vas a ser objeto de mucha
curiosidad. ¡Un Secretario que ha dimitido a los cinco días de haberse encargado!. Y
después de vacilar un poco, con una dolorosa sonrisa: hace poco por teléfono, tuve una
conversación con un amigo de Rivadeltejo. ¿Sabes? Ha corrido como un estremecimiento
de la tierra la noticia de tu renuncia. La gente no sabe qué pensar ... Y Mateo Vallegris...
¿Es tu enemigo?

- No; por el contrario; aunque lo he tratado poco, lo estimo y lo quiero Veo en él una
promesa de hombre de importancia. ¿Qué pasa con Mateo Vallegrís?

- Ha publicado sin firma un comentario sobre tu inesperada retirada de la Secretaría. Me


han leido unos párrafos, llenos de consideraciones injustas. Dice que has probado en
horas veinticuatro que no tienes las capacidades que te hacían famoso y que con el paso
que has dado, pasas a ser un muerto político-administrativo.

- Pues dice bien; muerto quedo ya para esta clase de andanzas, pero muerto por mi
propia voluntad. Se quedó un rato cruzado de brazos, meditativo. IPobre Mateo, y yo que
no pude darle un puesto ni proporcionarle un sueldecito que necesitaba con tanta
urgencia! ¿Nos vamos? Creo que es la hora....

Aunque reboso de contento porque me he quitado el.peso que llevaba en los hombros,
con este traje negro, tan solemne, me parece que estoy listo para mi propio entierro.

Unos minutos después Rufo y Juan entraban a la casa del Circulo Mercantil,
Acostumbrado, meses hacia, a la humilde vida de Fragosa, en donde el alumbrado
eléctrico parpadea moribundo y el lujo es desconocido, Juan se sintió deslumbrado al
entrar en aquella casa que le pareció un verdadero palacio. El piso de baldosas de
cemento, blancas y negras brillaba reflejando la luz de una profusión de lámparas que
ardían por dondequiera. Festones de flores naturales iban de pilar a pilar, formando
cortinas que derramaban perfumes. Cómodas poltronas de mimbre blanco, con sus
cojines movedizos de telas claras, bordadas con alegres colores estaban colocadas
formando circulo en la mitad del ancho patio, convirtiéndolo en una prolongación de las.
salas. Había mucho espacio y los abanicos eléctricos daban la ilusión de que circulaba
una brisa fresca. El señorío dlscurría en amistosos grupos y bajo los raudales de la luz
que de lo alto caían, parecían todos los rostros rebosantes de salud y felicidad, como si la
nitidez de las pecheras y las corbatas, dentro del marco negro del frac, suavizara las
facciones e hiciera hasta del más curtido por los años un joven iluminado por una
esperanza. Pero lo que le dio a Juan la ilusión de haber entrado al paraíso del Profeta, fue
la vista de las mujeres. Fama tenían las hijas de Guasimia de ser muy bellas, pero esa
fama se había quedado corta en su ponderación. La morena del Cantar de los Cantares,
la rubia y delicada princesa de las baladas escandinavas, la sevillana ardiente, la criolla
capaz de tentar a un santo, se multiplicaban allí, vestidas, tal se podía afirmar, por el más
ilustre de los modístos parisienses. En la atmósfera que las envolvía estaban diluidas las
más finas esencias que destilaron los perfumistas orientales. Y aquellas manos de
estatuas vivientes, duras y cálidas a pesar de su finura de seda, estrechaban la mano de
Juan, poniendo en el apretón una cordialidad hospitalaria. Una de ellas, con la más
insinuante de las sonrisas, se permitió preguntarle:

- ¿No le ha gustado Guasimia?

- Mucho. ¡Si es una tierra encantadora!

- Y entonces ¿Por qué se va?

Preludió la orquesta. Y Juan, que conversaba animadamente, vio que venían a buscarlo
Rufo y Liñanes, mortalmente pálidos. Se les acercó impulsado por un terrible
presentimiento.

- ¿Qué pasa?

- Algo muy grave. "Las fiestas del Remanso han degenerado en una matanza. Se están
dando bala."

Juan no entendía. Liñanes aclaró:


- Se están matando en el Remanso.

- ¿Pero quíenes?

- ¡Quiénes van a ser: liberales y conservadores!

Un personaje invisible apuntó dentro de la cabeza de Juan: "¿No recuerdas ya que


ordenaste regalar cuarenta pesos para las fiestas patronales de San Inocente y que
fueron despachados mil litros de aguardiente para proveer el estanco de esa mísera
aldea en dicha solemnidad? ¿Todavía no entiendes? Pues ahí está el resultado."

Juan volvió a preguntar con suplicativa entonación:

- Pero ¿por qué se matan liberales y conservadores?

- Porque no pueden verse y con las borracheras, el odio se les desata. Pero no hay
tiempo qué perder. El alcalde está herido y el teléfono ha sido roto. No podemos
quedarnos aquí.

- Aquí está el comandante de la guardia.

- Ya le di órdenes y corrió a preparar un piquete de diez hombres. ¡Son todos los que por
el momento hay en Guasimia! Vamos inmediatamente a la Gobernación. Necesitamos
ordenar que otros diez que cumplen una comisión en Paramópolis, corran a Remanso por
el camino de Piedraspeladas. En el cuartel debe haber un automóvil disponible.

La orquesta continuaba tocando, pero la concurrencia no hacía otra cosa que comentar la
inesperada noticia. No faltó quien dijera:

- ¿Y qué? Si se matan, que se maten. Nosotros estamos aquí para bailar.

El Gran Fiscal, que venia de la cantina del Círculo y emanaba el aroma del brandy, tomó
a Juan del brazo y le ordenó imperioso:

- Quédese usted aquí: las cuestiones de orden público son del resorte de la Secretaría de
Gobierno y Liñanes verá cómo se las arregla. No dejemos salir a. Rufo. Si se necesita un
jefe que vaya a imponer la paz, yo iré.

- ¿Y de qué medios te valdrás, Amós ilustre? Le preguntó Uña de Leon que resoplaba a
su lado, dando escape a su vez a los vapores del brandy. En Remanso cada hombre con
tragos es una fiera enardecida.

- ¡Oh, eso es fácil! Al primero que pille lo hago fusilar sin fórmula de juicio y eso será
suficiente para que los demás huyan como ratas. ¿Me autoriza usted, señor Gobernador?

Rufo no estaba para chanzas, pero contestó rápido:

- Vaya usted y restablezca el orden, sea como sea.

Y corrió la voz de que don Amós, el hombre más pusilánime de Guasimia, salía para
Remanso con la ponderosa misión de sofocar a los revoltosos.
¡Viva don Amós, el pacificador!

No faltó quien tomara en serio esta chanzoneta y al punto dos jovencitas que copiaban en
su delgadez y su belleza dos estampas de ángeles sin alas, vinieron a tomar al
funcionario por los brazos, suplicándole:

- ¡No pienses en esa locura, papá! ¡Si vas, te asesinan!

Juan se quedó mirándolas embelesado. El traje, de muy sencillo corte, les ceñia el busto
desde el nacimiento de los senos hasta el arranque de los muslos, modelando entre los
reflejos del raso blanco dos cuerpos tan sutiles, que al verlos de perfil parecían de
serpientes ondulantes. De la menuda comba del vientre hasta los pies, la falda muy
amplia les cala en pliegues numerosos que cualquier movimiento ahuecaba en rápidas
ilusiones de catarata. El pie, prisionero en linda zapatilla azul, parecía un juguete sobre el
cual, sólo por viviente milagro se sostenía tanta movilidad y tanta gracia.

- No te dejaremos ir, no te corresponde ir. ¡Que vayan los militares!

Un galán, cuya cabeza peinada con mucha goma tenía los reflejos de moda, tomó a una
de ellas del brazo:

- Son chanzas de don Amós, cosas del brandy. No te preocupes. De aquí al Remanso hay
más de ocho leguas y la sangre que allá ha corrido es de salvajes que no saben en qué
consiste lo bueno de la vida.

Y se alejaron bailando, lentamente, voluptuosamente, marcando con gentiles balanceos


los compases de un trotecito de zorra.

Ya en el automóvil, corriendo a la Gobernación para dictar las dísposiciones que habían


de llevar la tranquilidad y el orden al Remanso, Rufo dijo:

- Estos son los preludios de las elecciones próximas, que afortunadamente no me


encontrarán aquí. En Remanso la gente estaba quieta, entregada a sus quehaceres
habituales, aunque guardando como brasas entre la ceniza sus nunca domadas pasiones
partidistas. Llegó ayer a ese pueblo un grupo de confetencístas que los comités políticos
han enviado a preparar la opinión en favor de ciertos dirigentes que por medio de los
diputados a la próxima Asamblea quieren obtener la elección de senadores, y para
despertar el entusíasmo de la muchedumbre campesina han echado mano de la promesa
estúpida de conceder, si triunfan, la libre fabricación y venta de guarapo. Al grito de
¡Queremos el guarapo libre! Una manifestación ha recorrido las calles del lugar y
enardecidos y feroces atacaron la alcaldía e hírieron al alcalde. Luégo cortaron los hilos
del teléfono. Pero Nicomedes Trastienda o Puro Buche obtendrán por estos medios el
sillón a que aspiran en el senado de la República. ¿Qué opina usted de esto, Líñanes?

- Es posible que las informaciones no correspondan a la verdad. Conozco a los jóvenes


conferencistas y no creo que hayan ofrecido eso del guarapo libre. Bien saben ellos que
eso sería un perjuicio para todos y la ruina fiscal.

- La ruina fiscal está consumada, pero a los hombres de la política no les importa; con tal
de satisfacer sus ambiciones personales, aunque la vida administrativa del Departamento
ruede por el abismo de la bancarrota. Hay nubes muy sombrías en el horizonte y tal vez
descarguen una tempestad de sangre. Yo he resuelto tomar el portante.
Al oír estas palabras, Liñanes dio un salto y abrió asombrado los ojos.

- ¿Dice usted que se va? Preguntó.

- Me voy. He dimitido el cargo, por telegrama que he dirigido al Presidente.

- ¿Y yo qué voy a hacer entonces? Ha renunciado Ayala, ha renunciado usted... ¿En qué
predicamento quedo yo? ¡Pues me voy también! Señor Gobernador, ahora mismo voy a
retirarme.

- ¿Usted?

- Yo, sí; porque se me traiciona, dejándome en una actitud desairada. Yo no esperaba


esto. Para venir a ocupar este empleo cerré mi oficina de profesional y dejé abandonados
mis intereses particulares. ¡Yo no esperaba esto! Estaba indignado y a la luz de la
bombilla encendida en la cubierta del vehículo, se le vio enrojecer de cólera. No obstante,
en medio de su ira, había sacado un pañuelo y se lo estaba colocando alrededor del
cuello, para defenderse el frac del daño que pudiera causarle el sudor.

- Usted no puede retirarse, Liñanes, ni sufre desaire ninguno. Su presencia en el ramo de


gobierno es ahora más interesante que nunca. Puesto que he renunciado en forma
irrevocable y no es cosa de un momento escoger la persona que ha de reemplazarme en
este puesto, usted será encargado de tomar las riendas de la administración
departamental. ¡Se lo aseguro!

Y como el rostro de Liñanes se dulcificara al oír esto, porque acababa de concebir, una
esperanza, Rufo le golpeó en la rodilla cariñosamente y agregó:

- Mañana será usted el Gobernador, amigo mío.

Enviaron guardas, con órdenes de llevar al Remanso la tranquilidad perdida y diéronles


instrucciones severísimas para que fueran tan enérgicos como prudentes.

- Nuestro deber, como autoridad que somos,dijo Liñanes al jefe del piquete, es restablecer
el orden y evitar que por nuestra causa sea derramada una sola gota de sangre. Apenas
llegados, hay que anudar los alambres rotos y comunicar por el teléfono detalles
completos de la marcha de los sucesos. Llamar a la Gobernación, que de aquí no nos
iremos en toda la noche mientras no sepamos que ha renacido la calma.

Rufo se acercó al oído de Juan y le sopló.

- Hélo ahí, ilusionado por mis palabras de hace poco. Se siente ya desígnado para
reemplazarme. Y se quedará con el deseo, pues aunque es de buena voluntad y haría un
funcionario ... como cualquier otro, no tiene una personalidad política que lo saque a flote.

Entraron a la sala de teléfonos e indagaron sí había llegado otra noticia, pero no supieron
nada. La oficina de Remanso no contestaba. De Paramópolis hablan avisado que los
guardas que allí estaban se habíán puesto en camino hacia media hora.

- Son las diez. A las doce llegarán los que van de aquí.
Rufo, sombrío, dijo a Juan:

- Ya me parece que no me reemplazan. Estos bárbaros van a seguirse matando y no


quiero ver ahogada mí tranquilidad en torrentes de sangre,

El cartero se acercó a Juan y le entregó un telefonema. Era de Remanso y había sido


enviado por el estanquero a las seis de la tarde, dos horas antes de iniciarse la pelotera,
para avisar que los mil litros de aguardiente enviados para las fiestas hablan sido
realizados y que eran menester enviar sin pérdida de momento mil litros más para
aprovechar el entusiasmo y la venta.

Juan, con el papel en la mano, sintió que el corazón se le aceleraba y que un regusto
amargo le llenaba la boca. Era el propio Gobierno, la administración de las rentas, el
Secretario de Hacienda quien había suministrado el alcohol que había enardecido los
ánimos. Y oyó la voz acusadora que lo perseguía: "manda, manda cuando antes ese
aguardiente que pide el estanquero. Hará estragos, pero se convertirá en dinero para el
exhausto tesoro público. íQué diablos! ¡El Departamento necesita vivir!"
XXI
Hubo aquel día en Guasimia uno que pudo ser grave conflicto y que el Gobernador
resolvió por medio de una orden que muchas personas tomaron por arbitraria. Y fue que
habiendo el alcalde dado permiso al carpintero Eneas Prieto para realizar el carnaval que
proyectaba, fijaron de común acuerdo la fecha para darle principio y acertó a ser aquel
mismo domingo en que por disposición de Su Señoría Ilustrísima el Obispo diocesano,
debía celebrarse con gran pompa la fiesta de Cristo Rey. Eneas Prieto había tomado por
su cuenta gran cantidad de camiones y automóviles, para efectuar en ellos su entrada
triunfal, como rey de la mascarada, y estaba en sus trece empeñado en hacer su
aparición a punto de medio día; y sabedor de esto el cura párroco, había. notificado al
alcalde su resolución de suspender la fiesta religiosa para no mezclarla a la bacanal
proyectada. Eneas alegaba el perjuicio de tener que pagar a los dueños de los carros
contratados la paralización que iban a sufrir, no ocupándolos después del arreglo hecho; y
el cura, por su parte, se llamaba a profanación con la sola idea de que bajo un mismo sol
pudieran alternar en las calles de la ciudad la solemnísima procesión del Santísimo
Sacramento y un ridículo rey de máscaras haciéndose llamar majestad: Osiris acudió
angustiado ante Rufo Rosales; su bonhomía trasudaba convirtiéndolo en víctima
expiatoria de tan tremenda disyuntiva.

- ¿Qué hago, general, con mi palabra empeñada a este pobre Eneas, que ha hecho
gastos, confiado en la palabra que le dí?

- Sencillamente notificarle que hoy no puede salir con su disfraz y allá verá él cómo se las
arregla.

-¿Y puedo, replicó el trasudante y tímido Osiris, hacer saber que es usted quién así lo
ordena?

- Claro que sí. Diga que es orden del Gobernador.

- Y fue disposición muy oportuna, pues ya estaba Guasimia dividida en dos bandos; uno
muy pequeño pero muy alborotador que estaba de parte del carpintero Eneas,
concediéndole el derecho de hacer su carnaval en uso de su libertad para divertirse de
que todo ciudadano debe gozar bajo el amparo de la constitución y las leyes; y otro
bando, que lo formaba casi toda la población y lo encabezaban las beatas y rezanderas
de oficio, que a duras penas contenía los rugídos de su indignación sacrosanta, capaz de
realizar una hecatombe si el sacrilegio se perpetraba.

Y fue ésta ocasión de que Juan de Ayala sacara a relucir su levita y su pantalón de rayas,
que en Fragosa habían dormido entre granos de pirnienta y alcanfor, como prendas que
no por inútiles había de dejar entregadas al diente invisible y voraz de la polilla.

Daba el reloj las tres y era la tarde un claro pozo dorado en que no se movía una hoja ni
se escuchaba el más leve susurro de la brisa, con que estaba eÍ calor en su punto y la
iglesia convertida en un horno. Y de la iglesia iba saliendo lentamente la procesión.

- Este es el acto más solemne que la religiosidad de Guasimia celebra en todo el año. Es
la única fiesta a que viene expresamente a dar realce el señor Obispo. Sí no hubieras
venido, tu actitud habría sido muy reprochada.
Juan se resignó. Le dieron una vara del palio y echó a andar con toda lentitud, envuelto
en las nubes de incienso, pisando pétalos de flores que un grupo de niñas iba arrojando al
paso de la Divina Majestad.

- ¿Qué tiene que ver el manejo de los intereses públicos con estos actos de la piedad
exterior? Pensaba. Y ¿Por qué a mí, porque administro el producto de los licores
destílados y del impuesto de degüello de ganado mayor, se me obliga a tomar parte en
esta ceremonia del culto religioso? Y sentía que las botas de charol le quemaban los pies
y que las guijas ovales del empedrado hacían inútil la defensa de las suelas, pues le
parecía que andaba sobre ellas con las plantas desnudas.

Bajo el palio, con la custodia sobre la cara, el Obispo cerraba los ojos, pero de soslayo
hacía recuento de las personas de alguna importancia que no habían asistido a la
solemnidad. Otro tanto hacían otros venerables tonsurados, que tras del diocesano
entonaban, con pretensiones de tenores y barítonos, los himnos litúrgicos. Pero sólo
faltaban los radicalotes; y socialistas muy exagerados, y eso los que no desempeñaban
empleo público, pues arrimados al cobijo del presupuesto, hubieran considerado peligroso
para la seguridad de su diario condumio no exhibir ante su Ilustrísima el hachón de cera
en aquella procesión.

Por la calle muy ancha iban en dos filas todas todas las niñas casaderas, vestidas de
blanco. El carmín de los proveedores de cosméticos ponía una rosa en cada una de sus
mejillas y una pincelada roja en sus labios, pero sienes y garganta tenían en todas ellas la
palidez de la cera. Eran las mismas caras bonitas que Juan había visto en el baile del
Circulo Mercantil, ahora tocadas con velos blancos como si fueran damas de honor de
una boda celestial. Con trajes negros que el ardor tropical convertía en silicios, iban
también en filas todos los señores de Guasimia y Juan vió entre ellos al enano don Amós
y.al gigante Zarpa de León, fingiendo una piedad que jamás sintieron. Y vió al fantasmal
Acquamorta; tan pálido como el cirio que llevaba encendido, vió a Monteagudo, al juez
Rodilán y al destilador Roldana. No faltaba ninguno de los empleados, pues todos por
tradicional costumbre, en esa forma defendían sus sinecuras.

La vara del palio, que al principio era liviano juguete entre las manos, habíase ido
poniendo pesada, y al cabo de un rato era como de plomo; a Juan le pareció que el brazo
derecho le temblaba y que iba a tener que soltarla. Chorros de sudor le bajaban desde la
frente, le corrían por el cuello, le formaban torrente en pecho y espalda, y no le quedaba
ni el recurso de enjugarse el rostro con el pañuelo, porque ¿Con qué mano lo hacia si
ambas tenían que sostener aquella vara de la tienda de raso, bajo la cual los sacerdotes
entonaban sus cánticos? ¡Y era un honor, una distinción, un favor especial el que se le
había discernido al designarlo para llevar el palio! ¿Por qué se le ocurrió venir? "Por la
vanidad", le respondía allá dentro una voz burlona. "Por el deseo de pasear por las calles
de Guasimia esa levita irreprochable y esos zapatos de charol y hacer saber que allá en
Fragosa tenías esas prenda."

Unos pasos adelante, Rufo llevaba el guión, un estandarte en cuyos bordados, hechos
con oro falso, el sol se reflejaba rutilante. Al menos si su asta era pesada, podía
descargarla en el suelo y demorarse descansando. A él, además, le placían aquellas
ceremonias, por ser un católico sincero y practicante. El sol le enrojecía la mollera,
haciéndole invisibles las pocas hebras grises que la adornaban, pero él parecía no sentir
molestia ninguna y al hacer sus posas, miraba atrás y adelante, complaciéndose en la
grandiosidad del espectáculo de la procesión.
Muy atrás, a la cola de todos, un batallón del ejército nacional venía marchando en
columna por escuadras. Los pobrecitos soldados, embutidos en el uniforme de paño azul,
el rifle al hombro, la maleta a la espalda, él pesado cinturón lleno de municiones,
avanzaban lentos, bañados en sudor, emanando una hediondez insufrible, al golpe
acompasado de la caja de guerra.

Juan de Ayala tuvo en un momento el deseo de llamar a cualquier desconocido y pedirle


que lo reemplazara en aquel puesto de honor, pero no se atrevió a hacerlo. Los levitas
cantaban con voz apagada. Su llustrísima parecía próximo a congestionarse y cerraba los
ojos, casi por completo, jadeando. Los guantes morados se le hablan obscurecido,
mojados por el sudor. Las cuadras se hacían interminables y Juan llegó a suponer que la
procesión tenía en su itinerario el recorrido, no de las dos calles más centrales, sino de
todos los callejones y verícuetos de la ciudad entera. Ahora tenía un dolor nuevo. Como
llevaba la impresión de que el sudor le había empapado hasta los faldones de la levita,
daba por dañadas para siempre cuantas prendas llevaba encima y se dolía de perderlas,
cuando habrían podido servirle para su matrimonio con Felipa, porque repentinamente
había resuelto llevarlo a cabo apenas regresara a Fragosa.

En las bocacalles se aglomeraban los curiosos y los clérigos los miraban sin enojarse,
porque eran gente humilde, personas que no tenían nombre conocido, que no importaba
que dejaran de sumarse al acto religioso y que habrían hecho falta para que
desempeñaran el papel de espectadores. Porque de no haber quien admirara la
grandiosa solemnidad del espectáculo, éste ,hubiera perdido la mitad de su importancia.

Pero todas las cosas tienen fin. Volvió la procesión a la iglesia de donde habla salido y al
abandonar la vara del palio, Juan, hubiera querido dejarse caer al suelo de redondo; los
músculos del brazo le temblaban y al sacar el pañuelo para enjugarse el rostro, creyó que
lo hacía con una mano que no le pertenecía. Vino un sacerdote de cara muy sonreída a
acompañar al Gobernador y sus Secretarios hasta la puerta; cruzaron el atrio lleno de
gente y ante el batallón que presentaba las armas, huyeron en el automóvil que los había
traído.

- iQué solemne procesión! Exclamó Rufo complacido .

- Sí, solemnísima, repitió Juan, y larga, horriblemente larga. Ha sido una ostentación de
fuerza, más que un acto de piedad. Vengo muerto de cansancio y arrepentido hasta lo
profundo de haber tomado parte en ella. A mí ¿qué me importan estas cosas si mi fe
empezó por entibiarse y acabó helándose para siempre? ¡En qué pocos días cuántas
claudicaciones!

Rufo lo miró asombrado.

- Sí, repitió Juan, he autorizado la compra de la esencia sintética, he contribuído a la


borrachera del vecindario del Remanso, he fingido el fervor religioso llevando et palio por
las calles de Guasimia. Mañana cobraré la paga de todas estas claudicaciones y no
volveré más al despacho. ¡Ha terminado mi carrerá pública! Mateo Vallegrís ha dicho bien,
he muerto para todas estas cosas. ¿Y tú, Rufo?

- Yo volveré a mis negocios comerciales, sin más ganas de actividades políticas.

Rufo dejó a Juan de Ayala en su hotel y se marchó a su casa. Unos minutos después,
Juan se habla vestido su delgada ropa de dril y se disponía a sacar una mecedora a la
puerta para sentarse a reposar y a gozar de la alegría de su libertad recobrada, cuando
vio que los muchachos corrían calle abajo, dando gritos de júbilo indescriptible.

- ¡El rey Eneas, el rey Eneas Primero ha salido!

- Si señor. El condenado carpintero, pese a las órdenes imperiosas que le había dado el
alcalde, una vez que la procesión entró a la iglesia, se lanzó a la calle con todo el aparato
que habla preparado. Y Osíris Letrán llamó por teléfono a Rufo:

-¿Qué hago? ¡El rey Encas acaba de hacer su aparición!

- ¡Déjalo!

Juan hubiera querido correr, como corrían los muchachos, al encuentro de la mascarada;
pero ya que no podía hacerlo, a buen paso se sumó al gentío que acudia en masa hacía
el lugar por donde el coronado personaje avanzaba con su cortejo, con una lentitud digna
de un verdadero desfile real. Si su señoría Ilustrísima estaba satisfecho del éxito de la
procesión, Eneas Prieto no podía desear más del entusiasmo que despertaba su real
presencia. Las calles, a su paso, aparecían convertidas en agitado mar humano que
amenazaba hacer naufragar la carroza en que el mamarracho ostentaba su coronada
fealdad. Juan se quedó mirándolo y no pudo menos de reír a mandíbula batiente Eneas
era un ogro. Negro y grasiento, sobre sus mejillas y sus labios se había puesto colorete y
un buen puñado de polvos, que el sudor había llevado a las zanjas de las arrugas.
Llevaba espejuelos, montados en celuloide, imitación concha. Sobre la cabeza, no una
corona sino una especie de tiara de papel plateado con atributos masónicos y
musulmanes, es decir, el compás, la escuadra y la media luna, amén de media docena de
estrellas.

Vestía como los payasos un traje de colorines y calzaba guantes de gamuza. El cetro
media dos varas, por lo menos, y remataba en guadaña de hojalata. Venía este hombre
sobre una especie de catafalco, armado sobre un camión automóvil y para hacer la
propaganda de los productos de su honrado trabajo de artesano, a sus pies traía
colocados varios ataúdes, con esta leyenda, en visibles caracteres: "Yo los fabrico a
precios sin competencia." Tras él, en sendos automóviles, venía todo un vociferante
cortejo de truhanes, bajo los más pintorescos disfraces y una banda de músicos. Al llegar
a la esquina, la comitiva se detuvo y el carpintero mandó hacer silencio, y como por
encanto, todo el mundo calló su boca. El personaje desenvolvió un largo papel y leyó a
gritos:

"Yo, Eneas Primero, por la gracia que me retoza en el cuerpo, rey de Guasimia y sus
alrededores, ordeno y mando: Desde hoy empieza mi reinado y durará tres días, durante
los cuales nadie podrá tener seriedad ni hacer oficio. Mis súbditos, que lo son todos
cuantos este bando oyeren, aunque sean sordos como una tapia, quedan obligados a
divertirse como mejor puedan. Los hombres, si eso entra en sus inclinaciones, podrán
vestir femeniles atavios, y las mujeres, si sienten el arresto que a muchos hombres les
falta, podrán llevar el pantalón que a nosotros nos caracteriza. Y no más por el momento.
Dado en mi palacio funeral, donde tengo el mejor carro para viajar entre cuatro tablas y
con los pies por delante, a tantos de tantos. Yo, el rey Eneas. Tinguis Tanguis".

Al llegar a este punto, una carcajada general estalló en rededor con ruido de catarata.
Juan sintió que una mano se asía de su brazo,. se volvió y vio a su lado a Antón Escamilla
que daba gritos para manifestar su entusiasmo.
- Es una burla terrible, le dijo en cuanto pudo hablar. En los años anteriores, el carnaval
tenía una reina elegida entre las damas de más perendengues, y era ella la que por fuero
de su gracia se declaraba soberana del carnaval. Después de esta aparición del rey
Eneas, ¿Cual de ellas querrá volver a ocupar este trono efímero?

Vino en seguida un nuevo silencio, y el rey leyó este segundo decreto:

"En recompensa de los desinteresados servicios que en bien de su propio medro prestan
en mis reinos, mi Real voluntad ha dispuesto conceder los siguientes títulos:

Hago a don Elías Zarpa de León, príncipe de Bábega. A don Alonso Calvados, marqués
de Chínchipe. A don Gabriel de la Hogaza, conde de la Uchema. A don Luis Berrocal,
señor de Urimaco. Al Berrocal que le sigue, barón de Licaligua. Al otro Berrocal que va en
pos, vizconde de Tapurcuá. Al cuarto Berrocal...."

- Ríe la gente, dijo Juan, y no veo la gracia de esta enumeración inacabable .

- No ves que pone en solfa a todos los usufructuarios del presupuesto departamental y de
la política? Otros años era una niña bonita la que discernía títulos y honores fantásticos a
las personas más descollantes del alto mundo social; ahora es este rey del tizne y la
garlopa, el que les reparta señoríos. ¡El carnaval desaparecerá en Guasimia! Míra, ha
cruzado la pierna para que le vean las chancletas. ¡No veré otra cosa más cómica en mi
vida!

Efectivamente, el maldito Eneas, había cabalgado una pierna sobre la otra y en la que
quedó en lo alto exhibía el pie desnudo, negro, seco, polvoriento, entretenido en jugar con
el inmundo residuo de una chinela que era todo su calzado.

- ¡Y semejante facha otorgando principados a los magnates!

Seguía la lectura:

"Nombro para mi servicio: A don Amós, tenedor del Cedazo para que cuele el mosquito y
deje pasar el camello. A Rodilán, depositario de mí real despertador, para que cuando
esté sonando se lo arrime a la conciencia a ver sí se la despierta. a don Siervo de Dios
Roldana, lo hago mi envenenador privado para que ejercite lo que ha aprendido en el
salón de química de la fábrica, de licores..."

Juan sintió un escalofrío en la espalda y quiso irse.

- ¡Qué procacidad! Exclamó. ¿Cómo se permite este vilipendio público? Y le parecíó


que ya iba a ser nombrado. No se equivocó:

"Mi Real bondad conviene en regalar: A don Rufo Rosales, un hacha para que se corte la
mano con que firmó el acta de posesión de su cargo, para que no vuelva a meterse en el
berengenal en que se encuentra. A don Juan de Ayala, una caja de cristal esterilizada al
vacío, en la cual será inútil que se meta, pues aun allí se contaminará".

-No creas, rey Eneas. Yo me voy. Mañana ya no seré empleado público pensó Juan, y
hubiera querido grítarlo para que lo supieran todos,
Había caído la noche y el gentío aumentaba. El rey iba recorriendo las calles muy
difícilmente, La locura era contagiosa, a cada momento aparecían por todas partes gentes
que se habían cambiado su ropa de ordinario por trajes de mascarada, y en medio de la
algarabía infernal que se había formado, esta pregunta necia sonaba bajo los antifaces:

- ¿Me conoces? ¿A que no me conoces?

El rey Eneas sacaba de su bolsillo uno tras otro decretos y decretos. Ahora leía:

"Mi Real gratitud ha dispuesto que mañana se haga con toda la solemnidad a que es
merecedor el que murió por un ideal, el entierro del Patriota Desconocido. La velación de
su cadáver se hará en las calles de Guasimia, porque conviene que todo el mundo repare
en una particularidad que lo caracteriza, ¡A ver quién adivina cuál es esa particularidad!"

Juan fué a comer, y al tiempo de servirle Rosita, que estaba más hermosa e insinuante
que nunca, le deslizó en el oído:

- ¿No nos disfrazamos esta noche?

- Sí, mi vida, si es tu gusto.

- Manda por dos vestidos de disfraz y cuando sean las diez, sin que nadie lo sepa, nos
vamos de parranda. Con el antifaz nadie habrá de conocernos,

Le trajeron para él un traje de Pierrot con su gorguera de encaje, toda estropeada y sucia,
y para ella un dominó azul de percal, todo ello alquilado por la mísera suma de cuarenta
centavos. Los antifaces de pana negra eran nuevos. Juan sacó del dinero que la lotería le
había proporcionado, lo necesario para devolver el préstamo a su tía Froilana y hacer los
gastos del viaje de regreso a Fragosa; lo demás lo echó a la cartera. Y escondidos bajo la
miserable vestimenta carnavalesca, asidos del brazo, salieron él y Rosita sin que nadie se
percatara de su aventura. "¿Qué haces, Juan?" Preguntó allá dentro la voz del
duendecillo que nunca lo abandonaba. Y Juan, mentalmente le respondió:

Ahora no soy Juan, ni soy nadie. Un hombre que cubre su faz con una máscara y aflauta
y adelgaza la voz para decir impertinencias, pierde su personalidad, rompe sus frenos,
olvida sus temores y se voltea del revés como un guante. Déjate de llamamientos ni de
ironías, duendecillo; el duende voy a ser yo y ya verás qué bien lo hago.

Un hombre, que por todo disfraz se había pintado sobre la piel unos como grillos de
anteojos y que llevaba terciado una especie de zurrón, se acercó a la pareja y le dijo con
leve chillido:

- Vendo brandy, vendo brandy.

- ¿De contrabando siquiera? -preguntó Juan.

- No hay de otro en Guasimia, hijito.

- ¿Y lo das barato?

- No te cobro ni lo que vale el derecho de aduana, para probarte que no entró por esa
puerta.
- Dame una botella, pero destapada.

Rosita se echó un buen trago y Juan se mandó decir otro con una pericia de bebedor
consumado, a pico de botella, escanciando en la boca, que es medida larga y de rápido
efecto.

- Si hubiera un carro libre...

¡Qué iba a haberlo! Todos los automóviles pasaban atestados de máscaras y las cintas de
las serpentinas y la lluvia de confetti caían pintarrajeando la noche. Se dejaban llevar y,a
cada demora que imponía la apretada multitud, Juan llevaba sus labios al cuello de
Rosita. Ya no iban de brazo sino enlazados por la cintura. Y la primera botella vacía la
habían dejado al pie del andén.

- ¿Hay quién venda brandy?

Se acercaron descarados vendedores, y Juan compró otra botella.

- ¡Viva el puerto libre de Guasimia!

-¡Viva el carnaval!

-¡Viva Eneas primero!

-¿No bailamos?

Bailaron al compás de un gramófono en una taberna donde había, muchas mujerzuelas.

- Quedémonos aquí, propuso él

Y Rosita se negó:

- ¡Qué diría mi novio! ¿No sabes que yo tengo un novio? Está en el pais vecino, es chofer
y ha de venir a llevarme.

Pero correspondió a un beso de Juan, tomándole la cara y mordiéndole cariñosa en los


carrillos. Estaba achispada, pero no había perdido el control de la voluntad. Juan, por el
contrario, no sabia dónde estaba. Se dejó caer en una silla y le pareció que el piso
ondulaba bajo sus pies al compás de la rumba que tocaba el ronco gramófono, Sintió que
Rosita le metía las manos en el bolsillo interior del saco y le quitaba la cartera, pero no
opuso resistencia, como si se tratara de un juego que le producía mucho placer.

- Rosíta, ¿qué hacemos ahora? Apenas es la media noche. ¿Vámonos al hotel?

Rosita nada contestó. Abrió los ojos y se encontró solo.

-¿Dónde te has escondido, perla?

Fue inútil buscarla con la mirada; el dominó azul había desaparecido. Se palpó los
bolsillos y no encontró en ellos más que su pañuelo. El duendecillo le sopló con buriona
voz, desde una lejanía cuajada de brumas;
"Te ha desvalijado; ha huido; ya no lo volverás a ver nunca"

El pobre Pierrot dejó caer los brazos y al cabo de un rato se levantó tambaleante para
abandonar en seguida la taberna. Afortunadamente, iba pensando, bajo este traje
lamentable y tras de mi antifaz, no soy nadie. Juan de Ayala no existe.

Una enmascarada que se cruzó con él en mitad de la calle mal alumbrada, lo detuvo, y
poniéndole una mano en el pecho, le dijo:

- ¡Aque no me conoces! Y tomándolo de un brazo: dáme un trago.

Juan le regaló la botella de brandy que aún llevaba consigo y apuró el paso. Había
concebido la idea de tomar el tren del amanecer y escapar de Guasimia para siempre.

A medida que se acercaba al centro de la ciudad, la muchedumbre que llenaba las calles
era más compacta, El ruido que hacia era ensordecedor y al cruzar entre ella, disipados
los vapores alcohólicos, después de un copioso sudor que le trasmínaba
desagradablemente, deseó llegar pronto al hotel para bañarse, ponerse ropa limpia y
hacer su equipaje. Por los aires, de ser posible, hubiera querido trasladarse
inmediatamente a Fragosa a decir a su tia Froilana: ¡Qué asco traigo de mí y de todas las
cosas!

De pronto, al cruzar una bocacalle, le fue preciso detenerse porque la afluencia de locos y
disfrazados impedia el paso. Por medio de la calle avanzaba un camión cuya plataforma
tendida con un fúnebre paño negro conducía. entre cuatro velas paradas, en cuatro
botellas de las de brandy un monigote sobre una estera. Habíanle hecho la cabeza con
dos totumas pintadas en forma de calavera, pies y piernas con embutidos de pala, lo
mismo que los brazos. Pero bajo la camisa y el cinturón no le habían puesto nada, de
modo que estas piezas aparecían planchadas sobre la estera. Un truhán iba a su lado
tomando tragos a pico de botella y dando alaridos:

- ¡Es el cadáver del Patriota desconocido que vamos a enterrar! íA ver quién acierta a
decir por qué particularidad ha sido posible identificarlo!

El Pierrot triste, bajo cuya gorguera de ajados encajes Juan de Ayala apuraba la amargura
de sus desilusiones, con una voz ronca que el más amargo sarcasmo hizo poderosa,
dominó todos los ruidos con este grito:

- ¡Es el Patriota Desconocido porque no tiene estómago!


XXII
Ha corrido Juan largo rato hundido en el muelle rincón de un automóvil por una carretera
en que le ha parecido que el vehículo tomaba el dulce balanceo de una cuna. Dormitando
a ratos, a ratos subido al escenario maravilloso de las alucinaciones, todo el ajetreo de
sus días de Guasimia ha pasado por su mente en desordenado desfile, con las
alteraciones morbosas de un ensueño febril, del que le parece que no acaba de despertar.
Le duele la cabeza, siente una sed quemante y cuando entreabre los ojos, la luz le hiere
de tal modo que si la muerte se presentara a pasarle por ellos su mano fría y sedante
aceptaría su caricia como el supremo bien.

De pronto el carro para y una voz poco amable le dice, casi le grita:

- Señor, hasta aquí no más llega la carretera.

Hay que dejar el automóvil y Juan lo hace con la decaída voluntad de un enfermo. Se
sienta en un ribazo entre sus maletas, al rayo del sol alegre de la mañana que dora y
rejuvenece todas las cosas, pero no logra penetrar en su alma.

- ¿Y ahora?

- Ahora a montar a caballo.

- Pues montemos, estoy listo. ¿Alcanzaremos a ir a dormir en Oña?

- En Oña no hay posada, en Oña no hay comida, en Oña no hay quien cuide una bestia.

Juan sonrió y subió a la cabalgadura. Echó a andar. El mozo se quedó atrás con la mula
en que cargó el equipaje.

Juan iba solo. Sentía a ratos, por allá en lo más recóndito, una vaga alegría de niño que
sale a vacaciones, una alegría de pájaro que se escapa de la jaula, y sentía al mismo
tiempo un regusto amargo, un desencanto irremediable, un pesimismo doloroso. De
pronto, cuando apacentaba la mirada en el suave verdor de los campos que con la
distancia se convertía en azul, una voz le sonó, allá dentro, inesperada, ruda:

"Vas en derrota, Juan."

Reconoció en aquella áspera observación la impertinencia de su duendecillo misterioso y


sin salir de su mudez le contestó:

- Voy derrotado, ¿y qué?

"Que has apelado a la fuga sin haber hecho frente al enemigo. La tuya es una derrota sin
batalla."

-No sé si me lo dices por crueldad o por satisfacción.

-Pues te lo habrán de decir los extraños, bueno es que yo me anticipe, con eso no te
cogerán de sorpresa sus palabras.
- Voy en derrota sin haber combatido. Pero ya que tan rudamente acostumbras la verdad,
ya que con tanta impertinencia acostumbras tus observaciones, díme: ¿Mí derrota es
humillante? ¿es deshonrosa?

El duendecillo se mantuvo callado. Juan se envalentonó consigo mismo:

- Mi derrota es mi triunfo, porque la batalla era imposible. Pretender la lucha era tanto
como querer detener con las manos un río desbordado. El arte de gobernar está
convertido en oficio para ganar la vida, y las rentas públicas, en su mayor parte producto
de la explotación de los vicios o sudor de los hombres que trabajan, no son el haber con
que deben pagarse los servicios prestados honestamente, sino el agua turbia en que los
más vivos quieren pescar. La politica no es la ciencia del gobierno de los pueblos sino el
arte de echar la zancadilla para derribar al que está arriba y ponerse en su lugar. No hay
programas ideológicos ni hay honradez. Cada caudillo que triunfa trae un séquito de
sanguijuelas y cada sanguijuela chupa y traga hasta reventar. Cuando no son caudillos,
son grupos de ambiciosos, oligarquías de sinvergüenzas que se apoderan del mando y lo
explotan en su personal beneficio. Esto viene de atrás y ha corrompido las costumbres.
Los empleos se dan, no para que los sirvan los capaces, sino para solventar la penuria de
los fracasados, para fomentar el abandono y la pereza, para cultivar la arbitrariedad. Bajo
esta complicada fábrica de iniquidad que ha metido sus raíces en lo profundo, el país
languidece sumido en la ignorancia y en la pobreza. Yo he podido agarrarme a mi casilla
presupuestal, cerrar los ojos y gozar de mi estipendio mensual y de la prelación suprema
para echármelo al bolsillo. He podido ser uno de tantos, pero no he querido. ¿Es
humillante? ¿Es deshonroso? ¡Respóndeme!

El duendecillo callaba solapado, pero complacido. Juan amplió su pensamiento:

Y ya puedes verlo, voy solo, a campo traviesa, por tierras de Oña, donde los campesinos
conservadores, sin saber por qué lo son, y fanáticos porque los impulsa un fiero instinto
ancestral, son todos mis enemigos políticos. No llevo arma ninguna. No la necesito. Rufo
Rosales y sus colaboradores dejamos la tierra en paz... ¿Aun me reprochas mi derrota sin
batalla? ... Quién sabe sí queda en el suelo duro una semilla de serenidad y de buena
voluntad que no faltará quien haga regar con sangre para que más tarde fructifique.

El Carmen, Norte de Santander,


2 de Febrero de 1.933

FIN