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ESCRITOS DE FILOSOFÍA

JURÍDICA Y POLÍTICA
GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ
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SCRITOS DE FILOSOFIA
JURÍDICA Y POLÍTICA

Edición e Introducción
de Jaime de Salas-

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O BIBLIOTECA NUEVA
Cubierta: A. Irnbert

Traducción de José M. a Atencia Páez

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© Editorial Biblioteca Nueva, S. L„ Madrid, 2001


Almagro, 3 8 - 2 8 0 1 0 Madrid

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INTRODUCCIÓN
1. CARACTERES DEL PENSAMIENTO POLÍTICO LEIBNIZIANO

Las páginas que siguen constituyen una exposición del pen-


samiento político y jurídico de G. W. Leibniz que pretende ser-
vir de introducción a la relativamente breve antología de textos
que el filósofo dedicó a estos temas y que hemos reunido en el
presente volumen. Decimos que se trata de una selección breve
teniendo en cuenta la enorme amplitud de este aspecto de su obra,
que ocupará probablemente al menos veinte de los volúmenes
de sus obras completas, frente a los otros sesenta que nuestro
autor dedicó a otros temas. En la presente introducción carac-
terizaremos en primer lugar el pensamiento político leibniziano
para adentrarnos más tarde en un análisis de su importancia y,
en especial, de su pertinencia y actualidad.
Si quisiéramos caracterizar a grandes rasgos el conjunto del
pensamiento político leibniziano podríamos establecer las siguien-
tes notas:
En primer lugar, se trata de una obra política redactada en
su mayor parte desde el punto de vista propio de un consejero
de príncipes, fundamentalmente de los distintos príncipes que
gobernaron en Hannover. Además, Leibniz también estuvo al
servicio del obispo de Maguncia, y mantuvo relaciones con
Pedro el Grande y la Reina de Prusia. En este aspecto es con-
veniente destacar que su perspectiva está muy condicionada
por la conciencia de las posibilidades inherentes al poder polí-
tico, en oposición a autores contemporáneos como Locke o Spi-
noza, mucho más atentos a la seguridad y los derechos del ciu-

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dadano. Al plantear la creencia de Leibniz en la razón veremos
que Leibniz fue un autor que en la práctica asumió las posibili-
dades del poder de una manera excepcional para su momento
y que supo prever la importancia y el papel que el Estado había
de asumir en el siglo xx. Para él el Estado no sólo debe mante-
ner la paz y la justicia sino contribuir activamente al bienestar
general.
Una de las consecuencias de la adopción de este punto de
vista de consejero de príncipes, y también del hecho de que sus
escritos adoptaran la forma de informes de uso administrativo
o cartas particulares, ha sido el que su importancia y significa-
ción dentro de la historia de las ideas políticas no hayan sido
reconocidas hasta muy tarde.
En segundo lugar, el poder que atribuye al príncipe está
condicionado por el contexto iusnaturalista en que escribe. En
este sentido, no se lo concibe como un poder despótico y arbi-
trario sino que la figura del príncipe es entendida más bien
como un intermediario entre Dios y los hombres que ha de ade-
cuar su comportamiento a un orden superior. La legitimidad
del orden político se deriva de la razón y también se funda-
menta en un Dios racional.
Desde el punto de vista estrictamente filosófico, y entramos
en la tercera de las notas qué caracterizan su pensamiento polí-
tico, es importante la forma en que gravita sobre el pensa-
miento político leibniziano una reelaboración de la metafísica y
teología tradicionales que proporcionan precisión conceptual
y unidad de pensamiento a trabajos redactados ante exigencias
coyunturales. También es evidente la aplicación de la lógica a su
trabajo político.
Además, en términos generales, en su visión de la política
internacional predomina una intención irénica que expresa
la inseguridad de un subdito del Imperio que vive la realidad
alemana como amenazada por Francia y el Imperio Oto-
mano; por tanto, hemos de comprender que Leibniz escribe
desde una situación de división y en una nación necesitada
de paz para reconstruirse. Si hoy día vemos al Imperio como
el corazón de Europa, para Leibniz la situación de su país
era la de una región fronteriza, atrasada y devastada por las
guerras.

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En su tiempo, dos eran los modelos institucionales vigentes:
en primer lugar y por encima de cualquier otro ejemplo, el gran
modelo de Estado lo ofrecía Francia. En segundo lugar, entre
los protestantes, fue Inglaterra el país que más atención suscitó
en él. Le llevaban a ello interés por su ciencia y por la relación
dinástica entre el trono de Inglaterra y Alemania, ya que al final
de su vida el rey de Hannover dejó de serlo para convertirse en
Jorge I de Inglaterra.
En cuanto a la política interna, hay en-Leibniz una decidida
intención de que la política contribuya realmente al bienestar
del súbdito y un profundo interés en la eficacia de la adminis-
tración.
Debe mencionarse asimismo su interés por la tolerancia,
que considera condición indispensable no sólo de la paz sino de
la posibilidad de colaboración entre naciones y culturas distin-
tas. Es especialmente importante la atención que mostró por el
mundo chino y sus trabajos en favor de la reconciliación de
católicos y protestantes, tema que constituye una orientación
genérica de su obra.
Por último, merece ser subrayada su preocupación por la
colaboración científica, que propició a través de muchos pro-
yectos, y la fundación de cuatro academias científicas: la de
Dresde, la de Viena, la de Berlín y la de San Petersburgo.

De todos modos, estas notas no nos permiten valorar toda


la riqueza del pensamiento político de Leibniz. Ciertamente
con ellas podemos situarle dentro de la historia de las ideas
pero no podemos decir que hagan justicia al carácter represen-
tativo de esta obra política, que destaca por su volumen, varie-
dad y riqueza, por la formulación de un pensamiento filosófico
original, y, sobre todo, por su capacidad de ser una obra prác-
tica y teórica al mismo tiempo. Hemos de buscar para ello una
explicación distinta, que se deriva de la naturaleza general de la
obra leibniziana. El estudio de la obra política, por otra parte,
es revelador de las creencias propias de un hombre ilustrado,
que se aprecian aquí de una forma más clara que en otros domi-
nios de la cultura. Si pesa, sobre todo en Leibniz, la historia del
pensamiento en su obra política, ésta no se limita a recuperar
esa historia sino que también se da en función de las exigencias

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concretas de la coyuntura en que vivió y, en general, de las creen-
cias vigentes en la sociedad culta de su tiempo.

2. LA CREENCIA EN LA RAZÓN EN LEIBNIZ

Nuestra tesis es que la atención que merece Leibniz se debe


a que en ella se realiza en grado sumo una cualidad central para
la vertebración de toda vida humana. Esta cualidad es la adhe-
sión a la razón o, dicho de otro modo, la creencia en la razón.
Y esta circunstancia nos invita a dirigir nuestra atención a la
obra de José Ortega y Gasset, obra a la que recurriremos en
estas páginas porque muchos de los temas tratados por Leibniz
van a ser también estudiados por el autor de las Meditaciones
del Quijote.
De acuerdo con Historia como sistema, la creencia en la
razón es central en el desarrollo de nuestra cultura. Por ello
la discusión sobre Leibniz a la que apunta La idea de principio
en Leibniz —sin llegar a llevarla a cabo totalmente— se refiere
no tanto a la existencia o validez de dicha creencia sino a la
forma y la intensidad en que dicha creencia se da en Leibniz.
En lo que respecta a la forma, Ortega declara que la razón en
el caso de Leibniz se rige por un modelo derivado de la física y
de las matemáticas y no por la razón histórica que él por su
parte intenta desarrollar. Ello no supone ninguna merma a su admi-
ración por un pensador que de manera paradigmática expre-
sa la altura de su tiempo sino que, por el contrario, le hace
apreciar su pertinencia para un intento de superación del
racionalismo por medio del proyecto de formulación de
una razón histórica que ocupó a Ortega en los últimos años de
su vida.
Para Ortega, la creencia en la razón es una suerte de proto-
creencia sobre la que se organizan las demás. Efectivamente, el
uso del lenguaje y la organización de la realidad como dotada
de una determinada configuración que recoge la lengua la su-
ponen y descansan sobre ella. La confianza en la razón y el
grado en que dicha creencia está arraigada en nosotros es una
forma de confianza en y afirmación de la vida misma. Cierta-
mente el comportamiento que responde a dicha creencia no

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debe producirse de una manera abstracta y sin tener en cuenta
los hechos y la circunstancia histórica en la que el sujeto se
encuentra. Desde este punto de vista, la crítica orteguiana a las
distintas formas de racionalismo, como la de otros pensadores
de este siglo, resulta justificada a la altura de nuestra experien-
cia histórica. Pero no cabe duda que el mismo carácter diná-
mico de las vidas humanas no sólo refleja una determinada fun-
damentación axiológica, es decir, el arraigo en las creencias
propias de un determinado momento y situación, sino también
la confianza más genérica en la posibilidad de prestar un orden
racional a la propia vida. De ahí el carácter radical de la creen-
cia en la razón.
Pero debemos tratar de precisar mejor en qué consiste esta
creencia. En alguna medida toda vida humana, al constituir una
perspectiva sobre el mundo, cuenta con un hecho básico, el de
que la realidad se nos hace presente organizada de acuerdo con
un determinado orden. La expresión mínima de dicho orden se
encuentra en la presencia de cada vida a sí misma, pues siem-
pre la experiencia inmediata de la propia existencia es la expe-
riencia de una determinada perspectiva, es decir, de un mundo
ordenado en torno a uno mismo. De esta forma nuestras vidas
transcurren en la claridad abierta por la red del propio dis-
curso. Consiguientemente, la adhesión a la razón está implícita
en el uso del lenguaje y en la ubicación del individuo en su
mundo. Es muy importante reparar que esta expresión mínima
es algo que el hombre da por supuesto y, en cualquier caso, no
es en las culturas primitivas objeto de reflexión crítica de nin-
gún tipo.
Más concretamente, en un nivel mínimo, adherirse a la razón
consiste en contar con la posibilidad de prestar a la diversidad
de lo que nos es dada una forma conceptual y lingüística. Esta
«posibilidad» tiene tina dimensión subjetiva y una dimensión
objetiva. Por una parte, en lo que respecta a su dimensión obje-
tiva, se trata de entender que en las cosas se halla siempre pre-
sente una forma, aunque por «forma» pueda entenderse algo
tan nimio como la que suponen nuestras descripciones más
someras. Por otra parte, al creer en la razón también damos por
supuesta nuestra capacidad de reconocer dicha forma. No se
trata de dos creencias distintas sino de dos supuestos que se

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dan en el discurrir de la vida. La implicación del hombre en su
propio mundo determina que esta adhesión afecte simultánea-
mente al yo y a la circunstancia.
Así, la creencia en la razón es la primera de todas las creen-
cias. Recorre la estructura de nuestra representación de la rea-
lidad y hace posibles las actividades que el hombre realiza a
partir de dicha representación. Tiene una función sintética en la
medida en que tendemos a organizar en torno a ella nuestra
representación de las cosas, relacionando otras creencias entre
sí. Se vincula al lenguaje en la medida en que éste nos permite
prestar una determinada forma a la realidad, de modo que
creer en la razón permite emplear el lenguaje para orientarse y
actuar en la vida. En este sentido podemos pensar que el len-
guaje de los pueblos primitivos, tal y como nos ha enseñado
Levi Strauss, refleja tanto la creencia en la razón como lo podría
hacer la obra más elaborada de un filósofo racionalista como
Leíbniz.
Ahora bien, ciertamente en estos dos casos no se da esta
adhesión de la misma manera ni —sobre todo— en el mismo
grado: la creencia inicial en la razón adquiere con el paso de la
historia una diversidad muy grande. Es cierto que esta creen-
cia, tal y como la hemos caracterizado, está presente en la base
de nuestra cultura desde sús comienzos, pero no lo es menos
que se ha mostrado susceptible de realizaciones temporales
muy distintas. No sólo se da junto con otras creencias for-
mando una única estructura que es la de la perspectiva indivi-
dual, sino que además se intensifica en la medida en que el
contexto social y la evolución misma de la cultura hacen posi-
ble que el hombre cuente con ella de una manera más amplia
y a la vez más radical.
Por ello podemos distinguir estadios históricos de la cultura
como representativos de un progreso en el uso de la razón, no
porque éste constituya una novedad en momento alguno de la.
historia humana sino por consideraciones más cuantitativas que
cualitativas: adquiere nuevas aplicaciones, y, sobre todo, deja de
ser algo totalmente implícito y pasa a presentarse, al menos en
determinados aspectos, como explícito, dándose así el paso del
mundo de las creencias al mundo de las ideas. Un determinado
grado de conciencia parece inherente en cualquier uso habitual

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del lenguaje, pero la reflexión constituye un progreso sobre el
estado de la creencia en la medida en que las formas se emplean
de acuerdo con un proceso que el sujeto controla consciente-
mente. Ello comporta un progresivo dominio de sí mismo y del
mundo por parte del hombre. Pero se trata de un dominio frá-
gil: los criterios que gobiernan dicho poder están sujetos a dis-
cusión; sobre todo cabe desconocer la correlación básica del
hombre con su circunstancia y olvidar que un pensamiento es
necesariamente representativo.
Pero al mismo tiempo se ha desarrollado una sensibilidad
hacia las formas en tanto que tales, o hacia las experiencias que
la misma reflexión puede producir, hasta el punto de dejar de
lado la realidad a la que se han de referir. Este supuesto está en
la base de la crítica al racionalismo formulada por Ortega y
otros muchos filósofos. Su aplicación ha de hacerse desde una
perspectiva real si el progreso no ha de resultar contraprodu-
cente e incluso perverso. Cuando Ortega vislumbra su gran
obra sobre Leibniz nos parece evidente que le movía una
intención de «salvación» de la figura del pensador alemán,
análoga a la que anima muchas páginas de sus obras, en las que
trata de establecer un diálogo con otros personajes históricos,
como Baroja, Azorín, Goethe, Velázquez o Goya. El reconoci-
miento tardío al pensador alemán por parte de Ortega es muy
firme, por más que las reservas expuestas inicialmente en Ni
vitalismo ni racionalismo puedan seguir presentes en él y man-
tengan su vigencia. De todos modos, hay én su obra sobre
Leibniz una intención crítica evidente en la medida en que
Ortega entiende que el intelectualismo desemboca en una acti-
tud de suficiencia e incluso de ingenuidad que puede conducir
a los mayores errores históricos1. Para Ortega, la creencia en la
razón exige la mayor atención al contexto, es decir, a la cir-
cunstancia.

1 IH, pág. 279, «Arbitrariamente se supone que los estratos de la realidad


donde no penetra nuestra mente están hechos del mismo tejido que el breve
trozo conocido, no advirtiendo que si éste es conocido se debe a que acaso sea
el único cuya estructura coincide con nuestra razón (...) el racionalismo no es
una actitud propiamente contemplativa sino más bien imperativa.»

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Estamos convencidos de la pertinencia de la interpretación
que Ortega nos permite llevar a cabo sobre la obra de Leibniz.
El afán de algunos estudiosos de comienzos de siglo por domi-
nar el conjunto de la obra leibniziana ha quedado en segundo
plano ante la complejidad que adquiere la investigación sobre
parcelas específicas de su obra. Así, los especialistas en Derecho
se encuentran alejados de quienes se interesan por cuestiones
matemáticas y éstos, a su vez, pueden desconocer muchos aspec-
tos de la obra del historiador que Leibniz también fue, por más
que estas dimensiones y algunas otras se dan en su obra. Nos
encontramos, pues, lejos de la edad heroica de las grandes
interpretaciones de la obra leibniziana, en la que autores como
Couturat, Russell o Baruzi presentaron sus respectivas visiones
de conjunto de su obra.
Y, sin embargo, permanece vigente la necesidad de una sín-
tesis, de una visión de conjunto, ya que ciertamente la enver-
gadura de su figura y lo característico de su estilo filosófico
rebasan el interés de sus aportaciones particulares. La primera
impresión de conjunto que produce el pensamiento leibniziano
es la de la complacencia en un ejercicio de la actividad racio-
nal, llevada a un grado de perfección deductiva que hace de él
un clásico. En efecto, en él no hay simplemente agilidad o vir-
tuosismo en el desarrollo de la argumentación sino plena cre-
encia en la validez de la razón y la complacencia propia de
quien es consciente de encontrarse en la verdad. Por ello la
multiplicidad de las manifestaciones de la razón no desemboca
tanto en la experiencia de flujo y pérdida, propia de la con-
ciencia posmoderna, sino, por el contrario, a la creencia en un
orden infinito que de una manera precisa se va manifestando
de múltiples maneras. Más que la experiencia barroca de esci-
sión y conciencia trágica que describe Goldmann, ha de apre-
ciarse en Leibniz un sentimiento de complacencia propio del
clasicismo del siglo xvn. En definitiva, la instalación en una
confianza plena en la validez de la razón comporta una deter-
minada creencia con respecto a la estructura de la realidad y de
su transparencia a la mente humana. Más adelante trataremos
de analizar mejor este aspecto de la cuestión.
Así pues, no se trata de una cuestión cerrada, por más que
las exigencias actuales de la investigación tiendan a dificultar su

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desarrollo, y debemos volver a la polémica tal y como se encon-
traba planteada a principios de siglo. Por una parte, destacaría-
mos la visión de Luis Couturat, que no sólo publicó una colec-
ción importante de textos lógicos de Leibniz, sino que mantuvo
que la metafísica leibniziana era el resultado de un discurso
deductivo. El racionalismo leibniziano se reflejaría sobre todo
en su extremado sistematismo. La posición de Couturat encon-
tró pronto respaldo en la obra de B. Russell, que, además, defen-
dió la tesis de la existencia de un Leibniz esotérico que no
manifiesta sus verdaderas opiniones movido por la prudencia
propia del cortesano que fue. Frente a Couturat y Russell, en
esos mismos años publicó Baruzi su Leibniz y la organización
religiosa de la tierra, que subrayaba sobre todo la preocupación
leibniziana por lograr el conocimiento, la comunicación y la
difusión de las culturas. Fue J. Baruzi el primero en poner de
manifiesto el grado en que las preocupaciones prácticas condi-
cionaron la vida y la obra de Leibniz y, .aun cuando su obra se
inscribe dentro del contexto de una época muy precisa de la
historia de la cultura católica francesa (la de autores como
Blondel, por ejemplo), queda como una de las grandes aporta-
ciones al conocimiento de nuestro autor.
Couturat, Russell y Baruzi nos parecen los nombres cardi-
nales de esta discusión sobre el sentido del conjunto de la obra
de Leibniz, si bien habría que recordar otros como los de
Mahnke y Grúa y sobre todo, en nuestro tiempo, M. Serres con
su obra Le systéme de Leibniz et ses modeles mathematiques. Al
mantener la importancia de los modelos matemáticos en la ela-
boración del pensamiento leibniziano Serres, abundó en una de
las dimensiones de la creencia, a saber, la de constituirse, den-
tro del ámbito específico de la investigación científica en algo
próximo a lo que Kuhn ha denominado un «paradigma»2, es
decir un conjunto sistemático de presupuestos a partir de los
cuales se realizia la investigación científica. En el caso de Serres,
a diferencia de Th. Kuhn, no se trata de un método fijado en la
obra de uno o varios científicos que condicionan el trabajo de
varias generaciones posteriores, sino de la impregnación de una

2 Th. S. Kuhn, The Structure of the Scientific Revolutions, 1962.

17
forma de concebir la matemática en el desarrollo de distintos
temas intelectuales. Pero en ambos casos se explica el desarro-
llo de la historia de la cultura desde la asunción de un modelo
que ha sido aceptado creencialmente.
Por nuestra parte, trataríamos de integrar los logros del
análisis de Serres en un contexto más amplio. Desde luego,
aceptamos que entre las creencias que mueven a un filósofo se
pueden encontrar los paradigmas formales que pesan sobre el
desarrollo conjunto de su obra. Pero además, creemos que la
radicación del pensamiento explícito de Leibniz (es decir, lo
que Ortega entiende como el mundo de las ideas) en el nivel
más hondo de las creencias, se percibe no sólo la vigencia e
irradiación de modelos formales sino un sustrato mucho más
amplio de creencias organizadas en una perspectiva rigurosa-
mente personal. La pregunta por las creencias leibnizianas
busca la aclaración de dicha perspectiva de forma que sea posi-
ble establecer el marco más general en el que encuentran su
sentido último las tesis más conocidas de su sistema. La acla-
ración de tesis precisas de su pensamiento necesita un marco
dentro del cual puedan valorarse los resultados de una investi-
gación concreta.
Remontándonos a la situación inicial de la discusión es
como se puede apreciar el alcance de nuestra propuesta. Desde
nuestro punto de vista, es lícito reconocer los aciertos de las
interpretaciones de Couturat y Baruzi, y entender que en el
fondo son compatibles al remitir ambas a la creencia en la
razón. No hay, por tanto, dos Leibniz, el uno preocupado por
el rigor formal como quiere Couturat, y el otro movido por celo
irénico, según mantiene Baruzi, sino que una y otra faceta de su
obra se complementan al responder a la misma adhesión a la
creencia en la razón. El término «creencia» tiene tanto alcance
en el ámbito de la ciencia como en el de la vida práctica, o
mejor, sostiene tanto la actividad del investigador como la del
político impulsor de numerosas iniciativas prácticas. Por una
parte, Couturat refleja la aspiración teórica de Leibniz de lograr
saber, es decir, demostrar de acuerdo con unas exigencias for-
males, algo que resulta claro al acercarnos al pensamiento leib-
niziano. En cambio, la impresión que se desprende de Baruzi es
la de la envergadura y actualidad de la tarea que Leibniz se

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asignó a sí mismo, consistente en lograr la unidad de las cultu-
ras. Mientras que Couturat refleja bien el ideal del saber, Baruzi
acierta a mostrar el alcance de este ideal desde el punto de vista
político y social.
Para apreciar esto de una forma más precisa nos es nece-
sario detenernos en la relación entre ideas y creencias. Por
una parte hay que tener en cuenta aquella dimensión del pen-
samiento filosófico por el que éste responde a crisis de creen-
cias que comportan la necesidad de nueyas ideas que al ocu-
par el lugar de aquéllas reparen el tejido cultural. Un ejemplo
oportuno nos lo ofrece la forma en que se orienta la obra car-
tesiana a partir de la crisis cultural del siglo xvi al concebir la
duda metódica como el punto de partida de la filosofía. La
filosofía política tiende a restringirse a un momento y contexto
determinados. Esta referencia a la crisis de creencias admite
matizaciones. Mientras, los problemas que animan la historia
de la metafísica tienen una proyección temporal más dila-
tada. Ya en términos más generales hay que afirmar que toda
cuestión intelectual debe plantearse teniendo en cuenta el
status quaestionis, los problemas intelectuales planteados en
el momento.
Pero la relación entre ideas y creencias puede plantearse
desde otro punto de vista: el desarrollo mismo del pensamiento
del hombre, es decir, la formulación de nuevas ideas, depende
positiva y no sólo negativamente de las creencias. De acuerdo
con esto, todo pensamiento filosófico se encuentra inscrito en
una perspectiva dentro de la cual se articulan las creencias y
que debe aprehenderse para lograr su comprensión.

La idea es una acción que el hombre realiza en vista de


una determinada circunstancia y con una precisa finalidad. Si
al querer entender una idea prescindimos de la circunstancia
que la provoca y del designio que la ha inspirado, tendremos
de ella sólo un perfil vago y abstracto... Toda idea está ads-
crita irremediablemente a la situación o circunstancia frente
a la cual representa su activo papel y ejerce su función3.

3 VI, pág. 393.

19
Y dentro de la circunstancia deben tenerse en cuenta las
creencias últimas que la vertebran y que permanecen intactas a
lo largo del proceso de la duda.
Así, lejos de excluirse ideas y creencias, se implican mutua-
mente. Las ideas se sostienen en las creencias hasta el punto de
que cuanto más amplio es el sistema de creencias, y cuanto más
profundamente se encuentra el individuo arraigado en él, más
fácil es el desarrollo del pensamiento. A estos efectos resulta
muy instructiva la relación entre cultura nacional y la práctica de
la filosofía en nuestro siglo. No se trata de que los filósofos sean
nacionalistas sino de que su filosofía se apoya en determinados
presupuestos que son los de una comunidad académica nacional
por oposición a otras comunidades. No es imaginable la figura
de Sartre fuera de París ni la de Heidegger en otro contexto que
el del mundo académico alemán ni Ortega sin el Madrid de la
primera mitad de siglo, por más que el alcance del pensamiento
de todos ellos rebase claramente estos ámbitos. Esta dependen-
cia del medio cultural es tal que parte de la proyección de la
figura de un pensador se debe justamente a su capacidad de
representar dicha cultura, es decir, encarnarla en su propia obra.
Por otra parte, se puede mantener la misma tesis en un sentido
negativo: la dependencia en las creencias es tal que su pérdida
de vigencia paraliza la vida dultural del hombre. Efectivamente,
Ortega nos dice que la revisión repentina, drástica y extensa de
las creencias en las que se apoya una cultura —y por consi-
guiente los filósofos que pertenecen a ella— puede producir el
estupor y consiguientemente a nivel colectivo la estupidez4.
Creemos que es factible realizar un análisis de la obra de
Leibniz desde este punto de vista y apreciar en qué medida el
logro de ésta se encuentra en lo que denominaríamos el arraigo
de su pensamiento en el conjunto de su perspectiva y, en última
instancia, en la creencia en la razón. Tal consideración no sólo
explica una determinada experiencia estética que la lectura de
la obra leibniziana produce sino que ofrece un marco dentro
del cual se puede integrar el conjunto de su obra. Que Leibniz
pueda ser clasificado como racionalista es claro. Usualmente se

4 v n , pág. 95.

20
ha caracterizado por tal a quien mantiene un método racional,
a quien acepta el innatismo, sostiene que las verdades de hecho
son reductibles a las verdades de razón, o que es posible lograr
una sistematización completa del saber. Todo esto, siendo cierto,
puede y debe complementarse con la tesis de que estas ideas
manifiestan y responden a un determinado grado de arraigo de
la creencia en la razón, común ciertamente a toda filosofía, pero
que aquí se muestra con particular intensidad5. Sus tesis meta-
físicas o sus trabajos políticos remiten a dicha creencia, que se
plasma de una forma nítida y precisa en el desarrollo de todo
su pensamiento.
Efectivamente, la creencia en la razón tiene un carácter dis-
posicional y hace posibles nuevas realizaciones que encuentran
su coherencia mutua en su común referencia a ella. No se puede
reducir el concepto de razón a una fórmula, como por ejemplo
un primer principio, por más que sea posible sistematizar
muchas manifestaciones racionales desde él. Por su carácter
universal, un primer principio se acerca a lo más universal, pero
la creencia en la razón consiste más genéricamente en la dispo-
sición a reconocer en la realidad unas formas y contar con ellas.
Por ello, tampoco tiene sentido vincular esta creencia con una
sola forma de sistematización de la realidad, como la ofrecida
por Spinoza en su Etica. Se trata más bien de la conciencia de
que en cualquier situación posible cabe encontrar infinitas
expresiones del orden racional.
Por ello, el carácter circular que en algunos momentos
adquiere su pensamiento no constituye propiamente una con-
tradicción. Por ejemplo, no es incurrir en circularidad o contra-

5 Al mantener que lo propio de la modernidad es creer en la razón no des-


conocemos que de hecho la razón está presente en toda cultura de acuerdo
con la misma caracterización que de ella hemos hecho. Por ello entiendo que
la originalidad de Leibniz no se encuentra en que crea en la razón sino en la
intensidad que en él adquiere esta creencia. Se trata, pues, de una cuestión de
grado, que podría expresarse diciendo que la razón leibniziana es a la vez la
razón que se concreta simultáneamente en una visión metafísica de la realidad
que remite a un principio infinito y en una práctica constructiva. A estos efec-
tos puede decirse que se da una doble función del símbolo en su pensamiento:
una visión simbólica de la realidad y un uso práctico del símbolo.

21
dicción el que por una parte mantenga que éste es el mejor de
los mundos posibles porque tal es el mundo que un Dios pode-
roso con suma probabilidad pone en la existencia, y, al mismo
tiempo, recurra a la bondad del mundo como argumento a
favor de la existencia de un creador. En realidad se encuentra
Leibniz instalado en una visión de la realidad que cuenta con la
validez de la razón, de forma que Armonía Preestablecida y
Dios trascendente se coimplican.
Para apreciar esto con mayor claridad en un caso concreto
conviene aclarar distintas dimensiones en que dicha creencia se
manifiesta. Si volvemos sobre los términos de la caracterización
de creencia en la razón a que nos hemos referido más arriba,
según la cual consiste en suponer que las cosas poseen forma y,
al mismo tiempo, en contar con nuestra capacidad de recono-
cer dicha forma, podemos distinguir tres dimensiones:
En primer lugar, la razón nos permite e incluso exige actuar
coherentemente en tanto que nuestros actos han de responder
a nuestros principios y por ello mismo guardan un cierto orden
entre sí. Tal es la dimensión práctica de la creencia en la razón.
En segundo término, la creencia en la razón nos lleva a bus-
car la evidencia en nuestro conocimiento de las cosas hasta el
punto de que en virtud de ella el pensamiento se autoexpücita
y busca conscientemente sú propio fundamento. Se trata de la
voluntad de certeza que acompaña la creencia en la razón.
En fin, la creencia en la razón nos conduce no sólo a supo-
ner la unidad de las cosas sino a tratar de aprehender dicha uni-
dad en el detalle de éstas. En este caso la creencia en la razón
da pie a la comprensión de la realidad.
Podemos pasar ahora a estudiar cómo estas tres variables se
cumplen en el caso de la obra de Leibniz.
La creencia afecta a la vida del individuo en su conjunto y
no sólo a la perspectiva del intelectual. Tiene una función repre-
sentativa de mayor o menor alcance según su jerarquía dentro,
de la perspectiva individual. Por ello un criterio para aprehen-
der su presencia y su arraigo es el que un principio presente en
la representación de la realidad también configure su comporta-
miento práctico. Además, hay que tener en cuenta que la creen-
cia no sólo fundamenta una tesis sino que tiene una función
impelente de actividades teóricas o prácticas. El que cree se

22
encuentra movido por esa misma creencia6. Resulta oportuno
en este contexto recordar la semblanza que el propio Ortega
hace del filósofo alemán:
Leibniz fue todo lo que cabía ser en su tiempo: fue polí-
tico, embajador, se afanó en las grandes cuestiones internacio-
nales, como en la unión de las iglesias cristianas, fue ingeniero,
hombre de negocios, jurista, historiador, secretario de prínci-
pes, bibliotecario y hombre de mundo (...) sus últimas e ínti-
mas aficiones eran la pura matemática y la pura metafísica'.

La misma sobreabundancia de actividades y de logros que


caracteriza la figura de Leibniz constituye un hecho significa-
tivo. Pero lo que más impresiona al estudioso no es el volumen
material de la obra, sino el gran número de temas, la amplitud
de su erudición, la variedad de las argumentaciones y métodos
que es capaz de utilizar a la hora de plantear un problema, y
sobre todo la originalidad de sus soluciones en los más diversos
campos. A ello se añade el hecho de que esta obra escrita cons-
tituye la otra cara de una amplia actividad irénica tal y como la
describe Baruzi.
Se trata pues, ante todo, de una vida que encuentra su jus-
tificación en su misma riqueza y variedad. Pero además, como
corresponde a la creencia en la razón, esta sobreabundancia se

6 De nuevo debe subrayarse que la originalidad histórica de la obra de


Leibniz radica en el estatuto ambivalente de una razón que por una parte
desempeña estas funciones vitales que describimos, sin dejar por ello de tener
una dimensión utilitaria y práctica. Disentiríamos de la visión heideggeriana
del filósofo alemán porque desconoce la primera, pero desde luego tampoco
puede desconocerse la importancia de la segunda que es solidaria con el con-
junto de la actividad de funcionario e ingeniero de Leibniz. No hay ambigüe-
dad pero sí ambivalencia en la medida en que por la primera cabe una visión
simbólica de la realidad que remite a un principio infinito frente al cual el indi-
viduo se define existencialmente, mientras que en el segundo caso cabe el aná-
lisis de un ámbito determinado, que al haber sido objeto de una abstracción
previa, admite un análisis literal. Desde este punto de vista es de gran impor-
tancia el proceso de secularización en tanto que en el pensamiento leibniziano
se da una trasposición y radicalización de elementos culturales previamente
vigentes sin renunciar por ello a una visión ética de la realidad.
7 III, pág. 434. Aparece un elogio semejante en VIH, págs. 325-326.

23
nos presenta articulada en torno a un principio y por tanto se da
de forma que podemos entrever una armonía que no se redu-
ce a una visión coherente del mundo. Su pensamiento teó-
rico y sus actividades políticas encuentran su sentido dentro
del conjunto de una existencia caracterizada acertadamente
por Baruzi como la búsqueda de la unidad y colaboración
entre los hombres. La unidad de lo real a la que la teoría
apunta, también preside el conjunto de las actividades del filó-
sofo alemán.
No es una condición imprescindible para afirmar el
arraigo de una creencia en la obra de un intelectual el que este
último intervenga en la vida política de su tiempo. Un intelec-
tual no tiene por qué estar «comprometido» de esa forma para
ser un intelectual auténtico. Toda creencia es práctica en la
medida en que conduce a la actividad, pero la práctica no se
limita a la acción política. Por tanto, la misma actividad teó-
rica es una forma de práctica en tanto que momento de una
vida que es constitutivamente un hacer. Dicho esto, creemos
que tampoco puede negarse que la actividad política sí cons-
tituye un indicio muy significativo del arraigo en una creencia
y desde este punto de vista tiene especial importancia la visión
de Baruzi. En última instancia, la actividad del político que
como legislador y administrador transforma su propio mundo,
se presenta como una de las expresiones más extremas del
poder del hombre y por consiguiente del alcance real que sus
posiciones pueden tener.
Pero pasemos ahora al segundo aspecto, que se refiere a la
voluntad de certeza que acompaña a la fe en la razón. En este
aspecto podemos reconocer una importante voluntad de auto-
explicitación en la obra leibniziana, de la que la doctrina de los
principios constituye un ejemplo eminente. También en este
punto nos resultarán útiles los comentarios de Ortega sobre
Leibniz, el «hombre de los principios» por antonomasia. Es
conocido cómo la búsqueda de la evidencia que caracteriza la
obra cartesiana encontró su desarrollo en la obra leibniziana8.

8 Belaval, Y., Leibniz critique de Descartes, París, 1960, sigue siendo la

exposición más autorizada de esta cuestión.

24
Pero no se trata únicamente del cumplimiento de unos requisi-
tos metodológicos, sino de la excepcional sensibilidad hacia las
formas y de la virtuosa aplicación de ellas que se aprecia en
multitud de contextos de su obra. En este sentido, aclara Ortega:
Primero, es el filósofo que ha empleado mayor número
de principios sensu stricto, es decir máximamente generales.
Segundo, es el filósofo que ha introducido en la teoría filo-
sófica mayor número de principios nuevos. Tercero, le vemos
en sus escritos aducir constantemente uno u otro de esos
principios, y (...) no nos puede pasar inadvertida la fruición
y como voluptuosidad con que desde el fondo del párrafo
hace salir el principio, lo ostenta...9

Efectivamente puede encontrarse en Leibniz esta sensibili-


dad y recreación en las formas racionales que es también soli-
daria de la creencia en la razón. Pero a nuestros efectos tiene
mayor importancia el esfuerzo leibnizianó por fundamentar los
primeros principios.
Pero la voluntad de autoexplicitación que caracteriza la creen-
cia en la razón tiene otro aspecto. Se trata de la voluntad de jus-
tificar no sólo el saber, sino también la vida práctica. A la hora
de actuar, el hombre ha de contar con las posibilidades que le
presta la realidad y confiar en ella para llevar a cabo su vida. No
se trata sólo de la seguridad que se pueda tener en una repre-
sentación de las cosas sino de la confianza y estima que nos pro-
duce nuestra circunstancia al permitirnos llegar a la plenitud
personal. Desde este punto de vista puede afirmarse la legitimi-
dad de lo existente al hacer posible, al menos en alguna
medida, la realización del individuo.
El pensamiento escolástico entendió que esta justificación se
da en un contexto teológico. Se trata de la decisión de Dios al
crear el mundo y la posibilidad de hacer compatibles su poder
y bondad con la existencia del mal. Con su teoría del opti-
mismo metafísico y la tesis de que éste es el mejor de los mun-
dos posibles, Leibniz realiza una aportación importante a esta

9 v m , pág. 65.

25
discusión10. La plantea en términos radicalmente distintos, en la
medida en que supone la existencia, no del mal sin más, sino de
«mundos», es decir, seríes de seres composibles que existen o
no en función del bien o del mal presentes en su conjunto. Su
voluntad de prestar a lo particular un lugar en la discusión
sobre el valor moral de la creación determina que se aleje del
sentimiento de religación característico del pensamiento esco-
lástico. Para un creyente tradicional Dios no requiere de una
Teodicea, es decir, de una apología en favor de su bondad, ni
ésta necesita estar vinculada a la noción de que el nuestro sea el
mejor de los mundos posibles para un creyente en la razón en
el sentido más restrictivo de la palabra, sí.
Si bien en este punto damos por válida la interpretación
orteguiana de la modernidad como confianza en la razón, disen-
tiríamos en un aspecto importante de su visión del filósofo ale-
mán. Cuando en Del Optimismo en Leibniz observa que Leib-
niz «al afirmar que nuestro mundo es el mejor posible, en rigor
reconoce sólo que es el mejor de los no buenos, por tanto de los
malos (...), en Leibniz comienza el pesimismo»11. Creemos que
habría que hacer una consideración que en cierta medida avala
nuestra tesis sobre el carácter creencia! de la adhesión a la
razón. En la decisión de crear el mundo por parte de Dios
puede distinguirse por una'parte la elección de Dios de crear y
en segundo lugar la decisión en favor de un mundo determi-
nado entre todos los posibles. En rigor, el acto de la creación
implica contingencia tanto porque pudo Dios optar por otro
mundo como por no crear nada. Desde este punto de vista, si
bien la decisión en favor de un mundo particular sólo garantiza
que es menos malo que los otros mundos posibles, en cambio
la decisión positiva de crear algo apunta a la confianza en el
valor de lo creado como manifestación de la realidad última. Lo
notable es que la conjunción de las célebres preguntas:

¿por qué hay algo más bien que nada? Pues la nada es
más simple y más fácil que algo. Además, supuesto que

10 Grúa, G., Jurisprudence universelle et Théodicée selon Leibniz,


Paris, 1953, pág. 325.
11 VH, pág. 342.

26
deben existir cosas es preciso que se pueda dar razón de por
qué deben existir así y no de otro modo 12 .

da paso a una versión exacerbada de la racionalidad del mundo.


La decisión divina de crear el mundo, con el reconocimiento de
la racionalidad de éste que dicha decisión entraña, es una deci-
sión positiva por más que no fuera estrictamente necesaria ni
puede evitar algún grado de mal en él.
A simple vista esto puede sorprender. La pregunta tradicio-
nal en la que ahora hemos reparado para justificar la creencia
en la razón —«¿por qué hay algo antes que nada?»— tomada
por sí sola no apunta a una concepción de la realidad próxima
al panlogismo, pues propiamente subraya la dependencia total
de un mundo creado respecto a una causa primera. En cambio,
la precisión de que se trata de este mundo y no de otro parece
comportar una radicalización, en la medida en que el contenido
específico de este mundo es ahora pertinente en su racionali-
dad. Sin embargo, esa elección del mejor o menos malo de los
posibles se realiza sobre el trasfondo de una voluntad de crear
que queda ahora transformada por la exigencia de que se elija
el mejor. La adición de una segunda pregunta cambia incluso la
naturaleza de la primera.
En tercer lugar, la creencia en la razón se afirma en la
voluntad de aprehender la racionalidad en todas sus manifes-
taciones y, consiguientemente, de captar la unidad interna de
las cosas. La obra leibniziana es particularmente pródiga en
desarrollos que remiten a esta actitud: así, formas nuevas de
establecer la jerarquía de lo existente, la famosa tesis relativa
a la condición de la mónada de «pequeño mundo» en virtud
de la cual toda la vida perceptiva de ésta consiste en el des-
pliegue de una misma unidad, la existencia de un conjunto de
ideas simples en los que la Characteristica universalis puede
descomponer el mundo existente, etc. Pero quizá la aporta-
ción más destacable de Leibniz está relacionada con su con-
cepción de la armonía de lo existente. Desearíamos dedicar

12 Principios de la Naturaleza y Gracia, 7, edición de C. I. de Escritos filo-


sóficos de Leibniz, págs. 6-602, traducción de E. de Olaso.

27
unas últimas palabras a un desarrollo particularmente impor-
tante de esta armonía.
Por una parte, la noción de armonía permite reconciliar la
multiplicidad con la unidad o, más precisamente, aplicar dos
principios que a primera vista parecen conducir a consecuen-
cias contrapuestas. Por una parte habría que situar el principio
de identidad de los indiscernibles, en virtud del cual todo es
diverso, y la teoría que no pueda asumir esta diversidad queda
relegada a lo meramente abstracto en el sentido peyorativo del
término. Por otro lado, hay que contar con el principio de con-
tinuidad, en virtud del cual en la realidad se dan grados y por
tanto una continuidad cualitativa. De esta forma logra Leibniz
salvar la inteligibilidad de lo particular sin por ello renunciar a
la convicción de que en el mejor de los mundos posibles se da
también el mayor grado de riqueza y de diversidad. La unidad
y multiplicidad del mundo se refuerzan mutuamente en la noción
de armonía.
La teoría perspectivista del conocimiento a la que más ade-
lante hemos de volver, es una ilustración de la armonía que,
además, incide fuertemente en la salvación de lo individual que
se opera en el pensamiento de Leibniz. Por perspectivismo se
puede entender dos tesis susceptibles de ser distinguidas, si
bien en el caso del filósofo' alemán están relacionadas entre sí.
Por una parte la de que todo conocimiento se realiza en un
determinado contexto, y por otra parte la de que los distintos
puntos de vista sobre el universo convergen. Leibniz aceptó las
dos. Pero además trabajó partiendo de la segunda de dichas
tesis, convirtiéndola en el presupuesto de una actividad teórica
y práctica que pone de manifiesto la unidad profunda de la cul-
tura humana. Concibe su propio pensamiento como una recon-
ciliación e integración de diversas posiciones. En el comienzo
de los Nuevos Ensayos sobre el Entendimiento Humano habla
Teófilo, el portavoz de la doctrina leibniziana, de un sistema
que «combina Platón con Demócrito, Aristóteles con Descartes,
los escolásticos con los modernos...». Mas la aplicación práctica
del perspectivismo no se limita en Leibniz a la discusión filosó-
fica sino que se extiende al interés por toda manifestación cul-
tural, en la medida en que apuntan a la unidad profunda de la
historia humana. Así, podemos pensar en su importantísima

28
obra irénica, encaminada a la reconciliación entre católicos y
protestantes, entre luteranos y calvinistas, o en su interés por
la cultura china y su convergencia con la europea. En todo
momento la actitud de Lebniz ante la diversidad cultural no es
como pudiera ser la cartesiana, la de impaciencia ante la hete-
rogeneidad y voluntad de imponerle una forma ordenada. El
autoritarismo que Ortega censura en el racionalismo en general,
y en Leibniz13 en particular, se encuentra atenuado por la
conciencia de la riqueza de la realidad. Toda la prolijidad de
las culturas ha de encontrar, según Leibniz, una justificación
última.
De acuerdo con su propio optimismo, entiende que la diver-
sidad es compatible con la unidad y la racionalidad. La mónada
tiene una noción, es decir consiste en el despliegue de una serie
unitaria de atributos para la que rigen los dos principios de
continuidad e identidad de los indiscernibles. Cada mónada es
una perspectiva sobre el mundo, comparable a otras, que refleja
la misma secuencia de acontecimientos pero desde una pers-
pectiva y con una intensidad que le son propias, lo que quiere
decir que se objetiva la diferencia entre mónadas. Antes y en
cierto sentido más que Hegel, Leibniz entiende que lo particu-
lar tiene un estatuto racional en tanto que particular. Este reco-
nocimiento es más que la consecuencia de un razonamiento
como el que se utiliza para justificar la tesis del mejor de los
mundos posibles. Se trata de una actitud que encuentra su pro-
pia justificación en la totalidad del amplio marco de las activi-
dades científicas e investigadoras del filósofo alemán.
En definitiva, estamos ante una creencia en la razón que
preside tanto el desarrollo del pensamiento leibniziano como la
trayectoria de su vida. Ciertamente, se concreta en tesis, es
decir, en ideas de las que Leibniz era consciente, pero rebasa el
conjunto de éstas y se establece como algo lógicamente anterior
a ellas. Permite y exige en primer lugar una determinada forma
de vida acorde con estas ideas. Da razón de la voluntad de radi-
calidad que el pensamiento leibniziano adquiere, pues ¿por qué
se buscaría la fundamentación última del saber? o ¿se afirmaría

13 Cfr. nota 1 y la cita dé Ortega de III, pág. 279

29
que éste es el mejor de los mundos posibles si no fuera desde la
convicción de que tales preguntas pueden y deben contestarse?
Finalmente, la confianza de que las perspectivas individuales se
encuentran en el infinito y que la tarea del sabio es lograr esta
última convergencia no deja de ser también la expresión más
pertinente de la posibilidad de un entendimiento entre las dis-
tintas posiciones culturales que hoy más que nunca desearíamos
alcanzar.
Podemos apreciar el peso de esta creencia en la razón en
los textos políticos y jurídicos que presentamos tanto si nos
atenemos a su detalle como si pensamos en el conjunto de la
obra leibniziana. Pero también es importante reconocer que
nuestra edad es leibniziana, que la creencia de Leibniz en la
razón es la misma creencia de una cultura que ha sido capaz de
vivir y de transformar su modo de vida de acuerdo con ella. En
consecuencia, tendríamos que poder utilizar el pensamiento
leibniziano no sólo para entender la realidad política y social
de su momento, sino para orientarnos dentro de nuestra pro-
pia coyuntura.
En el siguiente epígrafe intentaremos un acercamiento de
este pensamiento a nuestro tiempo. Defenderemos la tesis de que
hay un progreso en la realidad social europea que se expresa
más precisamente acudiendo a una serie de principios que
Leibniz fue el primero y en algunos casos el único en enunciar.
Lo interesante es que estos principios son en rigor principios
metafísicos, relativos a lo que se han denominado las propieda-
des trascendentales del ser y los primeros principios. Su validez
se explica en función de la naturaleza de la transformación que
denominamos progreso cultural. El progreso significa que el
hombre, tanto colectivamente como a título personal, ha
aumentado en poder, es decir, en capacidad de transformar la
realidad y de comunicarse con sus semejantes, y esta evolución
de su poder repercute sobre él mismo. No es algo adjetivo sino
que afecta a la forma en la que se encuentra consigo mismo y la
manera que tiene de comprometerse con la sociedad, es decir,
el conjunto de su experiencia de la realidad. El aumento de
poder sobrevenido con la revolución industrial significa que el
individuo se encuentra en una sociedad en la que él elige en
gran medida su propia identidad y al mismo tiempo los pode-

30
res públicos han adquirido también la posibilidad de transfor-
mar la realidad social. El poder se establece en la perspectiva
del individuo como una capacidad de utilizar símbolos de
manera pertinente, de comunicarse con otros y de utilizar maqui-
narias de una gran complejidad. El poder se debe relacionar
con la calidad de la información y por tanto de la acción de la
que el hombre es capaz.
Con justicia, Leibniz ha sido comprendido como el gran
antecedente del ciberespacio, es decir, el espacio virtual en el
que los individuos se comunican sin muchas de las limitaciones que
entorpecen la comunicación normal. La noción de Armonía pre-
establecida apunta a un orden de esta naturaleza apoyado en
el caso de Leibniz en la omnipotencia de Dios y actualmente en
el avance tecnológico que suponen las computadoras. A ello
también hay que añadir la importancia de la Característica
como lenguaje abstracto en el que se deberían simbolizar todos
los idiomas naturales. Esta visión del mundo monádico y de la
Característica anticipan la realidad de la comunicación en el
mundo actual, mostrándonos un Leibniz sensible como ningún
otro pensador a la realidad en la que vivimos14. Pero cabe
emplear su pensamiento no sólo por haber indicado el camino
que había de seguir la tecnología, sino también para clarificar la
realidad institucional en la que nos encontramos, tarea que
emprendemos en el siguiente epígrafe de esta introducción. No
obstante hay que advertir que la figura de Leibniz no se con-
vierte en un punto de referencia para entender la vida actual
por la congruencia de una o varias tesis sino por el hecho de
que el hombre ha adquirido su poder gracias a una progresión
formidable en la capacidad de comunicarse, y de actuar en vir-
tud de esta comunicación.
Esta forma de análisis de la realidad actual a partir de con-
ceptos leibnizianos es distinta, por supuesto, de las indicaciones
que el pensamiento leibniziano nos puede deparar para nuestra
situación. Es evidente que en el estudio de las posiciones leib-
nizianas podemos encontrar muchos conceptos aplicables a la
realidad política del momento. Pero lo que está en cuestión no

M Heim (1993), págs. 36 y 92 y sigs.

31
es la reivindicación de algunos puntos —importantes o no— de
detalle de la teoría política leibniziana, sino que lo que se pre-
tende es mostrar cómo se puede uno acercar a la realidad polí-
tica actual desde principios metafísicos. Si tomáramos un texto
representativo del pensamiento leibniziano como, por ejemplo,
la Monadología, en el que no se encuentra prima facie ningún
análisis de tipo político, la cuestión que cabe plantearnos es la
de en qué medida nos podríamos reconocer ahora más que
entonces en el texto leibniziano. Ciertamente, la metafísica de
la mónada puede resultar problemática, pero algunos de los
principios que contiene como metafísicos nos permiten entrar
en la realidad actual. Como hemos tratado de mostrar, ello no
ocurre por casualidad sino por la importancia que Leibniz tiene
en la historia de las ideas. Curiosamente no es tan importante la
enseñanza política de Leibniz entendida ésta como la solución
a los problemas específicamente políticos o de teoría política
que afrontan textos como De iure suprematus, Traite de Utrecht
o la Meditación sobre la noción de justicia. Lo decisivo es que
nos permite comprender la realidad institucional de nuestros
días. Se trata de una posición que dimana de unas opciones meta-
físicas claras.
Pero al mismo tiempo, este poder va a comportar también
problemas en lo que respecta a orientación moral de una huma-
nidad que se encuentra menos condicionada por las necesidades
naturales. Por ello, en un tercer epígrafe abordaremos la dificul-
tad de socialización en un mundo en que la necesidad presiona
en mucho menor grado sobre la vida y las actividades humanas.

3. LA INTEGRACIÓN EUROPEA Y LA GLOBALIZACIÓN


COMO ILUSTRACIÓN DE LA CREENCIA LEIBNIZIANA
EN EL PROGRESO

El desarrollo de la comunidad europea en los últimos quince


años aparece como una experiencia única y que tiene conse-
cuencias insospechadas, por ejemplo, la relativa pérdida del con-
cepto de nación para una generación cuya experiencia histórica
—como la de varias generaciones anteriores— estaba basada
fundamentalmente en el carácter cardinal de la inserción social

32
en la nación y en la familia. En cierta medida, nos encontramos
los europeos en un estado de transición y por tanto nuestra pers-
pectiva se está transformando. Un cambio de perspectiva no es
propiamente una cesura radical en la aprehensión de las cosas
sino una interpretación nueva por parte del espectador, que pasa
a valorarlas de manera distinta. Si nos situáramos en el año 1956
con el Tratado de Roma, de donde arranca la experiencia euro-
pea, vemos que aun cuando la idea de la colaboración era pro-
metedora tanto en lo económico como incluso en lo político,
dentro de la experiencia de los europeos primaba la idea del
estado-nación. Este era el destino casi único de las lealtades y
prestaciones que el ciudadano podía dar o recibir de los pode-
res públicos. Lo característico del estado-nación no era sólo la
soberanía, es decir, la capacidad de obligar bajo fuerza a los súb-
ditos. Desde la revolución francesa el estado-nación había con-
seguido grandes éxitos en lo que respecta a la igualdad de los
súbditos frente a la ley, el establecimiento gradual de un régimen
de igualdad de oportunidades, sobre todo por su intervención
en la política educativa, la gestión de la revolución industrial,
y, en definitiva, la instauración de un gobierno cada vez más
democrático. En la vida de los individuos había sido el escena-
rio de las transformaciones sociales de los últimos ciento cin-
cuenta años. Todo ello contribuía a fundamentar su legitimidad,
incuestionable para la mayoría de los miembros de nuestra gene-
ración, por mucho que se pudiera discutir sobre la forma que
ésta debía de tener o se tuviera conciencia de que había sido
protagonista de algunas experiencias históricas desafortunadas.
Aun hoy, cuando pensamos en la atribución de nuestras
lealtades políticas, la nación sigue siendo la entidad política de
mayor alcance para los más pero no es la única y desde luego
no ocupa un papel cardinal. Se ha producido la aparición de la
Comunidad Europea por una parte, y una suma de instituciones
regionales desde el municipio hasta la región, por otra. Mien-
tras que el concepto de nación «llevado al límite, implica un
acto de lealtad única y exclusiva entre el ciudadano y el Estado
del que es natural»15, hoy el ciudadano mantiene muchas leal-

b Schoutheete (1998), pág. 51. Un caso concreto lo constituyen las recien-

33
tades, hasta el punto de tener el peligro de verse escindido
entre ellas. En el caso de la Comunidad Europea, la importan-
cia residual de la nación se puede apreciar atendiendo a la pro-
porción del PNB (Producto Nacional Bruto) asignado a Bruse-
las y la proporción de lo atribuido al gobierno nacional. La
diferencia es notable a favor de este último. Pero no cabe des-
conocer que el impacto de la Comunidad Europea no procede
sólo del hecho de ser una instancia que asume algunos de los
cometidos de la nación, o de la convicción de que es una insti-
tución que se convertirá con el tiempo en una realidad institu-
cional más importante. La jerarquía de la nación se ha que-
brado y en su sitio aparece no sólo una institución superior sino
una nueva forma de entender la obligación política.
Sin desconocer que el caso europeo tendrá unas caracterís-
ticas distintas de los desarrollos que se han producido en otras
partes del mundo, es importante entender que la dinámica de
su formación se inscribe en la trama de las globalizaciones,
siendo la europea una de las tres grandes integraciones econó-
micas que se están realizando en el mundo16. Más que un solo
mercado global, lo que existe en la actualidad son tres ámbitos
de integraciones regionales, la europea, la americana y la del
suroeste asiático. Presumiblemente se dará un proceso en vir-
tud del cual se ampliarán las relaciones entre cada uno de estos
ámbitos. Lo que sí es cierto es que estos procesos, por una parte
suponen una tendencia hacia una_ mayor globalización de la
economía17, y, por otra parte, son procesos paralelos que se
deben a los mismos factores como, por ejemplo, la mayor efi-
cacia en el uso de los recursos. Por otra parte, no se trata sólo
de procesos de integración económica sino también institucio-
nal y política. En el caso de Europa es interesante subrayar que
se trata de un movimiento social que no se limita a la CE sino

tes relaciones de los países de la Comunidad Europea con Austria, cuyo aleja-
miento no ha entrañado propiamente una acción del conjunto de la Comunidad,
sino una serie de acciones a nivel de cada uno de los estados a título particular.
16 Mazaar (1999), pág. 163. El comercio internacional interno de cada una
de las tres regiones rebasaba el 70 por 100 del total.
17 Mazaar (1999), pág. 161. Las cifras muestran que la inversión y comer-
cio entre distintas regiones han crecido más que la producción.

34
que se extiende a múltiples acuerdos que lo complementan. Un
ejemplo es el de Schengen sobre el libre paso entre distintos
países18.
En este punto debemos recuperar lo que dijimos antes
sobre el progreso que ha tenido lugar desde la época de Leib-
niz hasta hoy. Si el pensamiento de Leibniz nos puede ayudar a
interpretar la realidad en la que nos encontramos ahora, y si
optamos por partir de principios metafísicos, es importante
arrancar del principio de que la realidad política e institucional
constituye un conjunto de fenómenos bien fundados que refle-
jan un orden metafísico subyacente. Por otra parte, es impor-
tante también recordar que se da en Leibniz una noción de pro-
greso, más de forma creencial en tanto que el pensamiento
leibniziano concluye en una visión de la Humanidad en cola-
boración cada vez más estrecha con el proyecto divino que es el
mundo, que como una tesis filosófica que hay que mantener
frente a quienes no la aceptan. La presentación que Leibniz
hace del progreso del mundo oscila entre dos escenarios distin-
tos, de acuerdo con la exposición de Davillé19. Una de ellas
entiende que según progrese la historia la realidad finita se
mantiene en la misma cantidad de perfección, dándose sola-
mente un proceso de compensación entre perfecciones y relati-
vas imperfecciones que van produciendo con la historia. Otra
es la que mantiene que, en la medida en que se avanza en la his-
toria, la realidad finita va adquiriendo cada vez mayor per-
fección.
Por nuestra parte, preferimos no definirnos en este aspecto.
Además, la conclusión de nuestro trabajo es que si el progreso
es evidente en algunos campos, este mismo progreso pone de
manifiesto importantes carencias del hombre hasta el punto
de ser perfectamente posible una regresión histórica. Lo que es
fundamental es que visión de la realidad social y política está
transida de la convicción de que ésta es perfectible y que la
labor del político consiste en perseguir dicha perfección20.

18 Schoutheete (1998), pág. 61.


19 Davillé (1909), págs. 708 y sigs.
20 Por ejemplo, las recomendaciones hechas a Pedro el Grande con res-

35
Análogamente, en algunos casos, como en el de los textos
que componen el Consilium Aegyptiacum21, dirigido a Luis XIV
y en el que propone la conquista de Egipto por parte de Fran-
cia, piensa Leibniz en una expansión de Europa hacia el resto
del mundo para satisfacer sus propios intereses22. Pero también
entra dentro del pensamiento leibniziano concebir el perfecciona-
miento planetario antes que un desarrollo exclusivamente europeo.
De acuerdo con el perspectivismo, cada parte de un todo puede
aumentar no sólo a costa de los demás sino también con los
demás. Por ello comienza la Novissima Sínica expresando el
deseo de que pueblos tan distantes como el europeo y el chino
«se tiendan los brazos hasta alcanzar poco a poco el modo de
vida más racional y perfecto»23.
En cualquier caso, esta concepción dinámica de la realidad
ayuda a situar a tres tesis típicamente leibnizianas que en el pro-
ceso actual de globalización adquieren sentido. A medida que
avanza la integración entre pueblos, más efectivas se muestran
dichas tesis, que en el caso de Leibniz tienen el estatuto de ver-
dades metafísicas, válidas en cualquiera de los mundos posibles.
Pero la noción de progreso determina que la realidad se afirme
en el tiempo produciéndose de acuerdo con ellas, de una forma
cada vez más plena y perceptible para el espectador.
La primera de estas tesis'leibnizianas es la de que «todo está
en todo», y, más concretamente, que cada mónada refleja la rea-
lidad entera y, al mismo tiempo, cada mónada se expresa en la
realidad entera; la segunda es la afirmación de la compatibili-
dad del principio de continuidad con el principio de identidad
de los indiscernibles. La tercera es la tesis de la armonía de las
perspectivas individuales. Analizaremos estas grandes tesis leib-
nizianas breve y sucesivamente.
Como queda dicho, la primera es la de que «todo está en
todo». Como en los otros casos, hay que partir de la concepción

pecto a una academia científica —Foucher de Careil, págs. 7-467 y sigs.— par-
ten de esta concepción.
21 AK 4-1, págs. 217 y sigs.
22 Baruzi (1909), pág. 23, expone que desde este punto de vista la guerra
contra los «bárbaros» le aparece a Leibniz en este contexto como necesaria.-
23 G. W. Leibniz, Escritos Políticos, II, pág. 55.

36
leibniziana de la mónada para apreciar el sentido y valor de esta
proposición. Lo característico de la concepción leibniziana de
la sustancia consiste en que, por una parte, acentúa la suficien-
cia que tradicionalmente la caracteriza hasta el punto de hacer
de ella fuente de sus propias percepciones, es decir, de sus acci-
dentes, pero al mismo tiempo afirma que todas las mónadas de
un mismo mundo se reflejan unas a otras, no en virtud de una
conexión material que estaría en contradicción con la suficien-
cia a que acabamos de referirnos, sino por la-intervención de un
Dios que determina que en el mundo creado se dé una unidad
de esta naturaleza.
Con esta distinción entre «reflejar» y «expresarse» entende-
mos que cabe desarrollar de dos formas este enunciado con el
pensamiento del propio Leibniz. Por una parte, se puede enten-
der que el conjunto de las percepciones de cada mónada equi-
vale a una representación, real aunque deficiente, del mundo
entero, de forma que se subraye la pasividad de todo acto finito
de percepción24. Pero también se puede entender que cada mó-
nada expresa el universo entero, e incluso se expresa a sí misma
expresando el mundo, y en ese caso lo que se pone de mani-
fiesto es el carácter activo de la mónada que crea ante sí al
mundo entero.
Nosotros nos limitaremos de entrada a la primera acepción
del término. La unidad que Leibniz propugna no sólo es la uni-
dad del fundamento, de la mónada, sino también de sus sucesi-
vas percepciones. Esta unidad tiene dos expresiones: se puede
entender que la mónada misma se despliega en realidad en un
único acto, de forma que los distintos momentos perceptivos
son modulaciones de un tema común propio de cada mónada
individual. Cada percepción discreta remite a todas las demás,
pasadas y futuras23. En segundo lugar, todos esos actos de per-
cepción recaen sobre un mundo único. Así, «hay en el alma de
Alejandro vestigios de todo lo que le ha sucedido y señales de todo
lo que le sucederá e incluso huellas de todo lo que sucede en el

24 Monadología, 61. G 6, pág. 617.


23 Couturat (1901), pág. 520. «La noción completa o perfecta de una subs-
tancia singular implica todos sus predicados pasados, presentes y futuros».

37
universo aunque le corresponda a Dios reconocerlas todas»26.
Debemos retener este carácter paradójico de la teoría de la
mónada: por una parte, la Armonía preestablecida asegura la
total independencia de la mónada, cuyas percepciones sólo tie-
nen a ella misma como causa, hasta el punto de que pueda
repetir con Santa Teresa de Jesús que todo pasa como si sólo
estuviéramos nosotros y Dios2'. Pero, al mismo tiempo, el hecho
de que la suya sea perspectiva de un mundo, significa que
reproduce dentro de sí un orden que también es el de otras
mónadas.
Desde este punto de vista, la globalización sería un caso, un
fenómeno bien fundado, que confirmaría la teoría de las móna-
das y de su relación. Piénsese en la definición de globalización
de Giddens: «... la intensificación de relaciones sociales mun-
diales que anudan localidades distantes de tal forma que lo que
ocurre localmente está influido por lo que está ocurriendo a
muchas millas de distancia»28. Sin duda alguna, este tipo de
situaciones confirman la validez de las concepciones del pensa-
miento leibniziano. La vivencia actual del mundo es la de una
creciente globalización, es decir, de un aumento en cantidad y
en amplitud del radio de acción de las relaciones que cada indi-
viduo sostiene con su medio. Ha adquirido mayor poder, y a la
vez este poder está relacionado con una extrema dependencia.
Tiene mayor poder en la medida en que el ordenador, en parti-
cular, y la sociedad, en general, le permiten más opciones y
puede contar con mayor información. En cierta medida puede
asumir en su comportamiento un conjunto de procesos de los
que antes no era sino una pieza más. Pero este poder significa
también que gravita sobre él de una forma muy intensa la com-
plejidad del orden social global. Hoy es sostenible la afirmación
de que un terremoto en China o sencillamente la decisión de un
habitante de Pekín de tomar un tranvía tiene repercusiones en
un individuo en Europa. En rigor, desde el punto de vista leib-
niziano, sólo se ha vuelto más observable, más explícita y por

36 G 4, pág. 433.
27 G4, pág. 458.-
28 Mazaar (1999), pág. 166.

38
tanto más real, una relación que siempre ha existido. Pero este
aumento corresponde a un aumento de la realidad del mundo.
Por lo demás, cabe hacer aquí otras observaciones. La razón
por la que es relevante introducir la noción de progreso en este
contexto es porque se entiende que los individuos o institucio-
nes que trabajan juntos pueden satisfacer sus necesidades de
manera más eficaz que si lo hacen aisladamente. En el pensa-
miento de Leibniz esta doctrina se refiere a la cooperación inte-
lectual, las alianzas políticas y el comercio: Hay que entender, en
cambio, que la globalización responde, en primer lugar, a un
hecho propio del mundo económico y al proceso de produc-
ción de bienes y servicios. Pero en uno y en otro caso, lo que la
modernidad produce es no sólo fenómenos regulados por leyes,
sino fenómenos de cada vez mayor complicación, que implican
más conexiones con el conjunto del que surgen. La revelación
de la excelencia de la realidad que Leibniz constataba, por ejem-
plo, relacionando su teoría de las mónadas con las investigacio-
nes bacteriológicas de Schwarmedam, ahora se ve confirmada
con la vigencia de la ley que reconoce la importancia de la divi-
sión de los esfuerzos en economía. Efectivamente los procesos
de producción han pasado a ser mucho más complicados en sí
mismos, y por tanto, con intervención de muchos más agentes
que en una cultura artesanal. Al mismo tiempo, la economía se
ha diversificado mucho más, de forma que los bienes a que
tenemos acceso proceden de un mercado mucho más grande.
El tamaño del mercado permite tanto una atribución más efi-
ciente de los recursos como una diversificación de los agentes.
Para que sean factibles mercados globales es necesario que los
medios de comunicación y de transporte sean más eficaces.
Siendo esto así, cabe, sin embargo, añadir algunas matiza-
ciones importantes. Desde Adam Smith se ha entendido que la
eficacia productiva se debe a la especialización de los produc-
tores. Taylor en Estados Unidos mantuvo una concepción de la
producción que se ajustaba a estas premisas y sus teorías fueron
aplicadas a la producción en cadena de coches. Si bien es ver-
dad que el ordenador ayuda a esta especialización haciendo que
la comunicación de los diferentes agentes de producción den-
tro y fuera de una empresa sea más eficaz, también en determi-
nados casos, hace que la especialización y la intermediación se

39
vuelvan obsoletas gracias a la potenciación de las prestaciones
que cada individuo puede realizar por su propia cuenta en el
proceso productivo. Si bien en principio la división del trabajo
es eficaz para lograr mayor rendimiento, también tiene un costo
que una economía como la actual puede superar a base de uti-
lizar agentes que realicen mayores prestaciones. En ese sentido
el ordenador potencia la actividad del agente hasta un punto
inusitado haciendo que la producción por pequeños grupos
pueda ser más rentable que la cadena clásica de montaje.

La segunda de las grandes tesis leibnizianas que nos propo-


níamos examinar era la que llamábamos páginas atrás la «recon-
ciliación del principio de continuidad con el principio de iden-
tidad de los indiscernibles».
En el caso de Leibniz la reconciliación de los dos principios
tiene lugar a la hora de caracterizar la mónada individual y su
relación con otras mónadas. Por el principio de continuidad se
puede reconocer en el mundo un continuo, mientras que por el
principio de identidad de los indiscernibles toda mónada es, en
última instancia, irreductible a otras. Marshall Mcluhan advirtió
que la integración de economías no sólo no habría de producir
una homogeneización sino que, por el contrario, propiciaría una
diversificación de los individuos. Nosotros lo podemos recono-
cer en la voluntad de adquirir identidad que caracteriza al indi-
viduo y las colectividades en el mundo contemporáneo. En este
orden de cosas, el planteamiento leibniziano es especialmente
atractivo en la medida en que apunta a un sujeto en despliegue
que está realizando sus posibilidades y no tiene en ese sentido
una naturaleza fija.
Podemos reconocer en esta reconciliación dos manifestacio-
nes paralelas. Por una parte, por oposición a lo que ha ocurrido
en tiempos pasados, vivimos en un mundo en el que los bienes
que están al alcance del consumidor, como en general las opcio-
nes que ofrece la sociedad para la adquisición de identidad, son
cada vez más numerosos. Por otra parte, en el ámbito de lo
político se da una necesidad de subrayar las identidades locales
e incluso la identidad personal frente a las grandes áreas en las
que el sujeto se halla integrado. En ambos casos se trata de la
afirmación de la realidad individual frente a los demás, pero

40
con unos rasgos que deben destacarse. Lejos de ser ajenos estas
afirmaciones de la individualidad a la sociedad, son por el con-
trario correlativos de un fondo de mayor homogeneización.
Por una parte, no sólo la cantidad de bienes sino su varie-
dad refleja un progreso de los sistemas productivos29. Por otra,
la voluntad de afirmar una identidad particular o de grupo res-
tringido apunta a un fenómeno de socialización que tiene como
base justamente la constitución de entidades supranacionales.
Se puede hablar de tribalismo, entendiendo ..que el individuo se
encuentra inserto en mayor número de organizaciones, y que la
sociedad se compone de mayor número de entidades, incluso
dotadas de un papel político30. Mazaar distingue varios aspec-
tos de esta tribalización: el esfuerzo por reivindicar la identidad
cultural regional o de grupo étnico, la transferencia de poder
del estado a las entidades regionales, la sustitución de grandes
fábricas por otras más pequeñas e incluso la realización domés-
tica de trabajos en el seno de grandes corporaciones, la espe-
cialización de la enseñanza, el aumento de opciones religiosas,
y, sobre todo, la conciencia del individuo de no estar gobernado
por una instancia cardinal sino de encontrarse encuadrado en
múltiples relaciones, muchas de las cuales son asumidas volun-
tariamente. Todo ello pone de manifiesto la existencia de un
mundo que contiene y ofrece una enorme variedad y riqueza de
posibilidades de opción, sobre un trasfondo de desarrollo y de
abundancia.
Pero esta ilustración de la compatibilidad entre los dos prin-
cipios parece tener mejor explicación desde una concepción
hegeliana de las relaciones sociales que desde una visión analí-
tica: no se puede decir que la forma en que grupos o individuos
adquieren su propia individualidad obedezca sin más al princi-
pio de razón suficiente sino, por el contrario, a una lógica dia-
lógica en el sentido hegeliano del término, por la que uno se
apropia de su imagen en el contraste con el otro. Es una dife-

29 Mazaar (1999), pág. 177, cita a Robert Samuelson quien indica que un
supermercado normal estadounidense ofrecerá 30.000 productos distintos
en 1995 frente a los 9.000 que ofrecía en 1975.
30 Mazaar (1999), pág. 176.

41
renda fundamental que apunta al hecho de que la imaginación
permite al individuo construir su propia personalidad social.
No son los medios de producción sin más quienes permiten las
diferencias sino la conciencia de encontrarse en un mismo espa-
cio de representación ocupando un sitio distinto dentro de él31.
Hay un momento en el que el aumento de cantidad significa el
cambio de cualidad. Dejando atrás una situación en que la exis-
tencia estaba condicionada y circunscrita a un medio, el hom-
bre se encuentra exigiéndose más a sí mismo y tratando de dar
un sentido a su propia vida.
En este punto es útil recordar la visión orteguiana de
Europa, por incidir en esta visión dialéctica de la adquisición
de identidad. La forma en que los dos principios se reconcilian
se debe a que se da un desarrollo de realidades distintas a par-
tir de un ámbito social común. Mantiene en 1937 que existe la
posibilidad real de una unidad europea. «... la probabilidad de
un Estado general europeo se impone necesariamente. La oca-
sión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser
cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por
los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico»32.
Ortega no tiene en cuenta los beneficios económicos, que han
sido muy importantes en el origen de la Comunidad Europea,
sino más bien lo que puede significar desde el punto de vista
político o el de la creación de formas culturales. Piensa que se
trataría de desarrollar una sociedad que ya existía de hecho33,
pero a la que sería aconsejable prestar un reconocimiento polí-
tico. En última instancia podemos apreciar en este punto de la
obra de Ortega la aplicación de una concepción dialógica de la
realidad. En ese sentido, la identidad de las distintas naciones
refleja la participación en un mundo común dentro del cual la
convivencia tiene un doble efecto, no sólo la de permitir la afir-

31 Creo que el poder de una explicación dialéctica de la realidad se puede


apreciar también si se tiene en cuenta que el individuo, antes que una realidad
que se deba fundar a sí mismo, es el resultado de un determinado proceso de
construcción.
32 Ortega y Gasset, J., Rebelión de las Masas, en Obras Completas, IV, pág. 119.
33 Ortega y Gasset, J., «Los pueblos europeos son desde hace tiempo una
sociedad, una colectividad...», Rebelión de las Masas, loe. cit., pág. 118.

42
mación de la identidad de cada uno de los participantes, sino
al mismo tiempo el de reafirmar una participación en una cul-
tura común.
Este enjambre de pueblos occidentales que partió a volar
sobre la historia desde las ruinas del mundo antiguo, se ha
caracterizado siempre por una forma dual de vida. Pues
ha acontecido que conforme cada uno iba formando su genio
peculiar, entre ellos, o sobre ellos se iba creando un reperto-
rio común de ideas, manera y entusiasmos. Más aún. Este
destino que les hacía, a la par, progresivamente homogéneos
y progresivamente diversos, ha de entenderse con cierto super-
lativo de paradoja. Porque en ellos la homogeneidad no fue
ajena a la diversidad. Al contrario: cada nuevo principio uni-
forme fertilizaba la diversificación. La idea cristiana engen-
dra las iglesias nacionales; el recuerdo del Imperium romano
inspira las diversas formas de Estado; la «restauración de las
letras» en el siglo xv dispara las literaturas divergentes; la
ciencia y el principio unitario del hombre como «razón
pura» crea los distintos estilos intelectuales que modelan
diferencialmente hasta las extremas abstracciones de la obra
matemática. En fin, y para el colmo: hasta la extravagante
idea del siglo XVII, según la cual todos los pueblos han de
tener una constitución idéntica, produce el efecto de desper-
tar románticamente la conciencia diferencial de las naciona-
lidades, que viene a ser como incitar cada uno hacia su par-
ticular vocación34.

Sobre todo quiere mantener que ni en el pasado ni en el


futuro Europa debe significar una homogeneidad entre las dis-
tintas culturas europeas. «Triunfa hoy sobre toda el área conti-
nental una forma de homogeneidad que amenaza consumir
aquel tesoro»35.

Veamos ahora la tercera de las grandes tesis del pensamien-


to leibniziano, la de la «armonía de las perspectivas indivi-
duales».

34 Ortega y Gasset, J., loe. cit., pág. 117.


35 Ortega y Gasset, J., loe. cit., pág. 121.

43
Cuando Leibniz insiste en el hecho de la armonía, está
introduciendo una tesis que puede dar pie a dos visiones dis-
tintas de la realidad. Por una parte, la apücación de la armonía
preestablecida al hombre comporta una recuperación de la
jerarquía en virtud de la conciencia de una mónada dominante
que se refleja en las actividades de las mónadas subordinadas a
ella. Tal es el alma humana, si bien reconoce que en determina-
das circunstancias, las mónadas dominadas pueden imponer su
ley al alma36. Pero por otra, la visión leibniziana es monadoló-
gica en la medida en que asume la independencia de cada
mónada e incluso prevé que su inclusión en una relación de
subordinación con respecto al alma es una situación pasajera
que puede ser sucedida por otra en la que la mónada se afirme
a sí misma frente a las demás de una forma contundente. En
este segundo caso, la jerarquía de las mónadas es sustituida por
el reconocimiento de la igualdad de ellas en lo que se refiere a
su estatuto. La misma realidad del imperio sugiere en algunos
textos el que cada principado tenga un tratamiento monadoló-
gico, de acuerdo con su condición de realidades soberanas.
Si ahora pensamos en la integración europea nos encontra-
mos con que esta comunidad es un producto híbrido. Por una
parte, las naciones que lo componen siguen actuando dentro de
ella en la persecución de seis intereses nacionales. Pero como
pasa también en la constitución de Estados Unidos, ha habido
una cierta transferencia de competencias a una nueva comuni-
dad. Incluso debe destacarse que esta transferencia se realiza
con la decisión de admitir el voto por mayoría de los estados
miembros, salvo en casos muy específicos en que las naciones
europeas han mantenido la capacidad de opt-out, es decir, de no
seguir las decisiones de la mayoría37. Mientras que en el caso de
Estados Unidos fue inicialmente la necesidad de política exte-
rior lo que decidió a los Estados miembros transferir estas com-
petencias38, por el contrario, en el caso de Europa el motor de

36 G 6, pág. 617.
3' Por ejemplo Inglaterra en lo que respecta al Tratado de Maastricht y la
decisión de acudir a una moneda única.
38 The Federalist Papers, núms 4 , 7 y 9. También influyó la necesidad de
organizar un mercado a nivel continental.

44
la integración ha sido la creación de un mercado que pudiera
rivalizar con el de Estados Unidos siendo así que uno de sus
problemas mayores de integración se encuentra en su política
exterior. Es cierto que tras las intenciones de los fundadores se
puede apreciar la voluntad de evitar confrontaciones como las
que ocasionaron las dos guerras mundiales.
La situación de los estados miembros de la comunidad
europea se parece a la de los distintos estados que componían
el Imperio alemán, si bien justamente porque no había habido
transferencia de poderes a una entidad superior, conservaban
monadológicamente su propia soberanía. Por ello el peügro
que constituía la Francia de Luis XIV era tan grande, pues
dicha soberanía de pequeños estados no podía resultar efectiva.
En el caso de los estados miembros de la CE lo que es impor-
tante es el que haya elecciones directas al Parlamento europeo
y que éste haya adquirido recientemente mayores poderes frente
a la Comisión. En la medida en que esta tendencia continúe, se
originará un Estado supranacional, una auténtica mónada
dominante en lo que se refiere a la política, si bien sin las ins-
tancias legitimadoras con que cuentan hoy los estados naciona-
les. En cambio, en la medida en que se mantenga el poder de
los estados que componen la Unión Europea, ésta se parecerá a
una relación del segundo género. Curiosamente, la cooperación
militar y sobre todo, la cooperación en temas de asuntos exte-
riores, es uno de los aspectos esenciales de la Comunidad Europea.
Si pensamos que ha habido un consenso entre, por ejemplo,
Alemania y Francia a la hora de tomar medidas políticas y mili-
tares en lo que respecta a la situación de los Balcanes, la Comu-
nidad ha significado un progreso. Pero, al mismo tiempo, no
cabe desconocer que las diferencias entre países siguen siendo
muy fuertes.
Lo que entra dentro del pensamiento leibniziano, si bien no
dentro de las expectativas de su autor, es que el complejo de
naciones que forma parte del concierto europeo se hubiera
transformado por desarrollo interno y a la vez por el mutuo
influjo de la convivencia hasta el punto de presentar una faz
totalmente distinta de la que tenían hace veinte años, sin que
por ello se pueda hablar de ruptura de estas instituciones.

45
4. LA INCORPORACIÓN DEL INDIVIDUO A LA SOCIEDAD
Y LA CONSTITUCIÓN DE LA PERSPECTIVA INDIVIDUAI

El mundo actual ofrece y exige la individualización; pero


además conduce a la fragmentación, a la impersonalización, a la
inexpresividad y, en definitiva, a una vida inautèntica. La desau-
torización de los modelos y lá necesidad de una síntesis de tan-
tas pautas culturales distintas requieren una integración que
puede resultar superior a la capacidad del hombre. En la medida
en que la integración europea es el resultado de un proceso de
globalización, plantea problemas graves. El relativo declinar del
estado tiene como efecto la pérdida de una instancia funda-
mental a la hora de lograr una definición de identidad.
En este contexto, debemos volver al primero de los princi-
pios para entenderlo de una manera activa. La mónada no sólo
refleja el mundo sino que también lo expresa, es decir, se pro-
duce activamente interpretando su realidad. Un proceso global
implica la creación de posibilidades y de necesidades de elec-
ción. El individuo ha de constituir su individualidad en un mundo
que plantea grandes problemas para ello.
El problema es más arduo en la medida en que se trata no
sólo de las ideas del individuo sino también, e incluso sobre
todo, de las creencias, es decir, las disposiciones inconscientes
que, de acuerdo con Ortega, forman el sustrato de nuestra
representación de la realidad39. No se trata de aceptar eviden-
cias sino de asimilar creencias, de forma que a partir de ellas el
individuo pueda interactuar con la circunstancia. El punto de
referencia antes que el acto discreto de percepción es la pers-
pectiva del individuo como visión de la realidad que las expe-
riencias, ideas y creencias le permiten. Se trata de una noción
unitaria en la medida en que éstas conjuntamente determinan
su forma de aproximarse el mundo. El logro de la vida, antes
que la obtención de unos bienes concretos, se encuentra en una
visión equilibrada de la realidad, que corresponda a la expe-

39 Ortega y Gasset, J., Ideas y Creencias, en Obras Completas, V, pág. 375.

46
rienda práctica del individuo y que requiere una integración
efectiva en todos sus actos.
Más concretamente, la constitución de una perspectiva indi-
vidual se vuelve más problemática en una época de globaliza-
ción por varias razones:
Por una parte, los rasgos identificatorios son elegidos en mucho
mayor grado que en las sociedades tradicionales, en las que el
destino condiciona la suerte de los individuos de una comuni-
dad40. Para realizar esta elección es necesario contar con criterios
que resulten evidentes en función de la dinámica social. En defi-
nitiva, la elección va a depender de las creencias con las que se
cuente, y cuando éstas sólo tienen una fuerza escasa, la elección
resultará problemática. También lo será la adhesión posterior a
unas posiciones elegidas por voluntad propia y no como resul-
tado del destino. Tradicionalmente la sociedad ha ejercido una
autoridad mayor en los procesos de socialización, que, por otra
parte, se han desarrollado dentro de los cauces marcados por la
tradición. Además reproducía un orden que los individuos han
percibido como inmutable y presionaba sobre ellos de una forma
exigente. De modo que, si bien la inclusión del individuo en la
sociedad pasa por la aceptación de las creencias vigentes en ésta,
muchas veces no son las creencias mismas en su detalle sino el
estado de la sociedad en general lo decisivo para lograr una socia-
lización eficaz. En un contexto de permisividad, la socialización
es más difícil que en un contexto que favorece el sentido de culpa
y obligación. La pérdida de autoridad del estado y de la familia
tiene importancia en este contexto.
En segundo lugar, los modelos que se pueden seguir a la
hora de elegir una socialización son más numerosos y muchas
veces incoherentes entre sí. Estamos expuestos a mucha infor-
mación y a múltiples tradiciones distintas entre las que no pode-
mos reconocer unidad alguna.
Además, gran parte de la información sobre ellos llega a tra-
vés de medios de comunicación que en principio son menos vin-
culantes para el ciudadano que la nuda presencia física de los

40 Baumeister, Roy, Identity: Cultural Cbange and the Struggle for Self,

Nueva York, O.U.P., 1986. Passim, especialmente págs. 198 y sigs.

47
maestros o de las figuras ejemplares. En ese sentido, la transmi-
sión de ejemplos resulta menos eficaz. Incluso el efecto de estos
medios puede ser el de aumentar la dispersión del sujeto antes
que permitirle que concentre su atención en una tarea determi-
nada o que opte por determinados modelos. En definitiva, la
capacidad de síntesis, es decir, de adaptación de ejemplos a una
perspectiva diferente y a las nuevas circunstancias, se resiente.
En cuarto lugar, muchas de las creencias están siendo cons-
tantemente renovadas por el flujo constante de información.
Por último, hay que añadir otras dificultades que se derivan
del proceso de globalización y que surgen de la generalización de
actividades ligadas al uso del computador. De la misma manera
que el computador permite una potenciación del sujeto, puede
tener un impacto grande en la forma en que se constituye su
identidad. Sus mismas ventajas pueden llegar a jugar en contra
del sujeto. En efecto, la información no se encuentra integrada en
principio en un punto de vista personal y aparece ante el indivi-
duo como nuda información. Si es cierto que el principio de
identidad de los indiscernibles significa que todo individuo es
irreductiblemente distinto, nos encontramos con una cultura que
se caracteriza por ser abstracta e idéntica para todos. Las situa-
ciones en las que nos encontramos son distintas pero la informa-
ción es abstracta y común. ¿Cómo hacernos cargo de ella?
Para lograr profundizar en la noción de perspectiva, con-
viene que volvamos de nuevo a la obra de otro perspectivista,
Ortega. Su posición tiene en cuenta la forma paradigmática en
que sintió la necesidad y emprendió la búsqueda de una pers-
pectiva que fuera además de española, europea. En las Medita-
ciones del Quijote la perspectiva figura no sólo como punto de
partida sino también como un punto de llegada para la actividad
intelectual. En su obra existen al menos dos escritos que antici-
pan la actual unidad europea: el Prólogo para franceses de la
Rebelión de las Masas41 y la Meditación de Europa42, pero su tra-

"" Ortega y Gasset, J., Rebelión de las Masas, en Obras Completas, IV, pá-
gina 113.
42 Ortega y Gasset, J., Meditación de Europa, en Obras Completas, IX, pá-

gina 245.

48
bajo más importante a efectos de la formación de una perspec-
tiva actual se encuentra en la meditación sobre España que
arranca en Meditaciones del Quijote y que se prolonga después
en algunos pasajes del Espectador e incluso en España Inverte-
brada. Mientras que en las primeras de las obras mencionadas se
percata de la posibilidad de una comunidad europea y además
acierta —creemos— a ensalzarla por la unidad y diversidad de
experiencias, en ellas no se encuentran fórmulas como las pro-
puestas en la Introducción a las Meditaciones del Quijote y su
afirmación de que es necesario salvar las circunstancias para
poder adquirir su propia identidad. Pues lo que se pone en
juego en la fórmula «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo
a ella no me salvo yo»43 es el camino por el que uno se puede
reconocer a sí mismo como español. Y la solución para ello es
una actividad intelectual que recupere la tradición nacional para
darle un nuevo sentido de acuerdo con su punto de vista, el pro-
grama que proponen las Meditaciones del Quijote y que en cierta
medida realizan los trabajos de esta época44. Esto es lo que más
abajo se denominará una «ética de la perspectiva».
Es importante que Ortega, antes que un conocimiento deter-
minado, está buscando la forma de afirmar su propia identidad
personal. Un pensador marginal por su nacionalidad encuentra
una fórmula —y un programa— por el que se puede afirmar a
través de esta misma nacionalidad. Pero Ortega diferenciaba
nítidamente un legado nacional que había que asumir y reac-
tualizar y una cultura europea, de la que habría que tomar cier-
tas indicaciones para poner la cultura nacional a la altura de los
tiempos45. El problema de la adquisición de identidad en el
momento actual en cierto sentido resulta más arduo porque ya

43 Ortega y Gasset, J., Meditaciones del Quijote, en Obras Completas, I,


pág. 322.
44 Sobre todo, esta actividad en las Meditaciones del Quijote consiste en
contrastar la percepción, la- impresión que se nos da de diversos aconteci-
mientos con el concepto al que corresponde y al que tendría que reflejar ésta
en toda su envergadura.
45 Ortega y Gasset, J., ibíd.: «Hemos de buscar para nuestra circunstan-
cia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculia-
ridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo».

49
no existe ese canon de la cultura nacional que incluiría Don
Quijote o Don Juan, por aludir a dos figuras representativas de
la obra de Ortega en aquel momento; hoy.es mucho más difícil
mantener unos antecedentes que necesariamente deben tenerse
en cuenta. La perspectiva individual en principio responde más
a unas elecciones como los que hicieran Goethe o Nietzsche, en
los que, por otra parte, Ortega se inspiró, antes que a las pro-
puestas en las Meditaciones del Quijote, sobre todo en lo que
respecta a la posibilidad de encontrar su propia perspectiva46.
En este sentido, es importante pensar que la nueva Europa
no es sólo el resultado de las viejas naciones que mantienen una
cierta vigencia, sino que va camino a ser un espacio multicultu-
ral por medio de la inmigración que desde la Segunda Guerra
Mundial se está produciendo en ella. La adscripción a conteni-
dos culturales es, y va a ser progresivamente, no el resultado de
la aceptación de un legado circunscrito y estandarizado que
contaba con un amplio consenso social, hasta el punto de que según
era la nación así era la cultura. Ahora, al encontrarse en un
espacio marcado por muchos más interlocutores, con menos
poder de coacción, el individuo tendrá que encontrar una iden-
tidad voluntaria y opcional. La experiencia de Estados Unidos
se reproducirá aquí47. Un punto muy importante es que la pers-
pectiva no tiene la localización geográfica, que siempre había
sido en ella una parte importante, como cuando dice el propio
Ortega «Mi salida natural hacia el universo se abre por los

46 Más que seguir el camino marcado por las Meditaciones del Quijote,
Ortega se atiene al punto de vista que propugna España invertebrada. Es
decir, mientras que en las Meditaciones del Quijote se hace cuestión en pri-
mera persona de la necesidad de salvar la propia circunstancia, en España
invertebrada se encuentra una explicación de la decadencia española, la falta
de minorías selectas que hayan propuesto un proyecto de vida en común. Esta
misma idea aparece en el tratamiento de las necesidades de Europa en la
Meditación de Europa pero queda alejada de la voluntad explícita de mostrar
cómo se puede llegar al propio punto de vista como realizan las Meditaciones
del Quijote.
A1 Mazaar (1999), pág. 178. Se prevé que hacia el año 2030 no habrá mayo-
ría de blancos en Estados Unidos, y que la población hispana llegará a 100 millo-
nes. Las cifras de multirracialidad son sensiblemente inferiores por el momento,
en Europa.

50
puertos de Guadarrama o los campos de Ontigola»48. En el
caso de un espacio virtualmente construido, la literalidad de los
puertos de Guadarrama y los campos de Ontigola son irrele-
vantes. No hay posesión de un paisaje ni por tanto identifica-
ción con él. Más bien compartimos un mismo territorio en
igualdad de derechos, con personas de muchos orígenes distin-
tos. Ciertamente sigue siendo importante la memoria histórica
que se hereda de los padres y de los educadores, pero se trata
de una herencia selectiva carente de la nitidez de unos puntos de
referencia comunes. En este contexto ha de adquirir una gran
importancia la relación interpersonal que Ortega reivindica en
El Hombre y la Gente. Efectivamente, la socialización va a reque-
rir un núcleo de relaciones personales dentro de los cuales esta
se pueda producir. Más que los paisajes sociales o naturales que
juegan tan importante papel en la primera mitad de la obra
orteguiana, será importante el grupo que en un mundo en que
los lazos familiares ya no son los de una sociedad tradicional, el
individuo pueda formar para sí.
Asimismo, la perspectiva se compone no solamente de las
ideas que se tienen, sino de unos elementos más radicales, que
son las creencias en las que se está. El papel de la creencia es
fundamental, en la medida en que determina de manera incues-
tionable qué es lo que en nuestra representación de las cosas ha
de figurar como la realidad ante la cual nos sentimos obligados
a rendirnos. El estado-nación ha tenido ese estatuto y el pro-
blema que ocasiona su relativo decaimiento entre las creencias
vivas del individuo es el de qué institución puede ocupar su
lugar. Hoy, más que un interlocutor preeminente como tendía49
a ser el Estado Nación, nos encontraremos en una situación en
que pesará la diversidad de adscripciones dentro de cada uno
de nosotros y de ahí el carácter dilemático que adquiere tantas

48 Ortega y Gasset, ]., Meditaciones del Quijote, en Obras Co??ipletas, I,


pág. 322.
49 Incluso dentro del esquema decimonono del Estado Nación, las ads-
cripciones han sido muchas veces relativas. Ha habido instituciones suprana-
cionales como la Iglesia. Una de las virtudes del estado nación es haber inte-
grado en su cultura la religión si bien ha sido una historia muy compleja con
episodios como la misma Reforma, la expulsión de los jesuítas en el siglo xvin
o la Kulturkampf de Bismark.

51
veces la vida individual. El problema se intensifica si se tiene en
cuenta que efectivamente las naciones, como ha indicado Orte-
ga, han creado «un modo integral de ser hombre» que se pre-
senta ante el ciudadano como un modelo dotado de ejemplari-
dad50. No cabe duda de que los individuos en nuestra edad han
estado expuestos a modelos de este tipo, pero, al mismo tiem-
po, ya es posible adivinar una situación en la que las opciones
para definir la existencia son mucho mayores51, si bien el apren-
dizaje no resultará tan efectivo como en el entorno del estado
nación.

Para precisar más esta teoría podemos nuevamente acudir a


Leibniz, quien, al presentar una teoría de la perspectiva, supone
un hito fundamental en la historia de las ideas, en la medida en
que para él:
a) Cada individuo tiene una perspectiva que le caracteriza
frente a los demás.
b) Cada perspectiva individual permite un mayor grado de
claridad y definición.
c) Las perspectivas tienen un carácter propio e irreducti-
ble, pero a la vez tienen y necesitan tener amplios márgenes de
coincidencia con las demás mónadas, de acuerdo con lo que
exige la armonía preestablecida.
d) La unidad del contenido de una perspectiva se entiende
como relato. Es cierto que en el caso de Leibniz también exis-
ten otras instancias unificadoras como la legalidad de las verda-
des de razón, mientras que en Ortega pesan elaboraciones de la
vida afectiva como la vocación. En cualquier caso, la perspec-
tiva significa una cierta unidad de lo contenido en ella por la
que se ha de entender como una forma de racionalizar dicho
contenido.

Lo que Ortega, más de doscientos años más tarde y en otro


contexto, viene a añadir a estas características, es fundamental-
mente:

50 Ortega y Gasset, J., Meditación de Europa, en Obras Completas, IX, pá-


gina 279.
51 Baumeister (1986), pág. 137.

52
e) Una mayor conciencia de que se vive la realidad desde
la propia perspectiva, es decir, desde la propia representación
del mundo. No sólo permite la perspectiva la individualización
desde el exterior de individuo, sino también es aquello con lo
que se cuenta a la hora de actuar. La perspectiva tiene que estar
adaptada a la circunstancia en la que se da para poder cumplir
su función. Por eso, lejos del idealismo de la teoría leibniziana
de la percepción, hay en él un sentido en que se impone un rea-
lismo de actitud. Vivimos a través de nuestras ideas, a través de
las cuales nos ponemos en contacto con la realidad. Además, en
la medida en que ésta a la larga rechaza o avala nuestras inferen-
cias sobre ella, el realismo de actitud convierte el mundo obje-
tivo en una instancia correctora de inferencias mal construidas.
f) La conciencia explícita de que la perspectiva no es sin
más una estructura de la realidad sino también algo que es
necesario salvar32. Mientras el caso de Leibniz es importante
porque de hecho «salva su perspectiva» .de una manera ejem-
plar, haciéndose cargo de la ciencia de su tiempo, en el caso
de Ortega se da una conciencia explícita de que tal es la tarea
del intelectual, e incluso la pertinencia de su actividad para el
hombre corriente. Hay una auténtica ética de la perspectiva
que parte de la carga de decisiones que debe asumir la indi-
vidualidad y que apunta a procesos intelectuales para resol-
verlos.
g) Un más vivo reconocimiento de que la perspectiva res-
ponde a factores inconscientes y emocionales. La perspectiva
se construye en alguna medida en base a la vocación y las incli-
naciones más profundas de la personalidad. Incluso advierte
Ortega la necesidad de atribuir un papel fundamental a la ima-
ginación.
h) La tesis de que el aprendizaje se realiza dentro de la
perspectiva y alterándola, de forma que lo ganado lo es en la me-

52 En este sentido Leibniz cuando habla de la posición del otro en la


moral está asumiendo la perspectiva para elaborar una moral. Cfr. Racionero.
El problema no es sólo que haya que tener en cuenta la posición del otro en
moral sino que haya que elaborar una posición propia que satisfaga exigencias
así intelectuales como prácticas.

53
dida en que altera el contexto desde el cual enjuiciamos las
cosas. Una cosa es la información de que dispone el que usa
una computadora, y otra es la información que constituye efec-
tivamente su propia perspectiva.
i) En lo que respecta a estos tres apartados es importante
subrayar que cumple una función importante la relación de per-
tinencia. Las cosas y personas tienen que tener sentido desde la
perspectiva, no sólo porque' podamos nombrarlos y describirles
desde nuestro lenguaje, es decir, no sólo porque son racionali-
zables, sino porque adquieren un sentido, un alcance dentro de
esa misma perspectiva, de forma que pudiéramos entender que
su ausencia es en sí misma negativa.

A estas aportaciones de Ortega a la noción de perspectiva


hay que añadir otras en las que el pensador español, de hecho,
desarrolla su teoría de la perspectiva sin que esté tan claramente
explicitada:

j) Una aportación muy importante, pero cuya presencia se


encuentra diluida a lo largo de su obra, es la presencia de un
pensar dialéctico en la constitución de la perspectiva, que con
ello se diferenciaría claramente del método analítico que empleó
Leibniz. Esta necesidad de diálogo siempre está presente en la
obra intelectual y Leibniz no es una excepción, pero en Ortega
la perspectiva se comprende como dialógica, como una res-
puesta al mundo. Esto significa una forma distinta de concebir
el método filosófico. En primer lugar, en vez del condiciona-
miento relativamente a priori que la noción de una mónada
supone cara a cada uno de sus momentos de percepción, el
sujeto se encuentra con la necesidad de elegirse a sí mismo en
una determinada situación. No es suficiente ver la lógica corre-
lación entre el pasado y el futuro del sujeto, aunque ésta para
Ortega existe de alguna forma. A efectos del sujeto contingente,
la vida depende de una serie de decisiones que podrían darse
de otra manera. Ello queda mejor expresado si en lugar de
tomar como marco de referencia al Dios de De rerum origina-
tione radicali, que conoce de antemano lo que va a ocurrir, se
entiende la vida como una serie de actos emergentes que res-
ponden a una decisión del agente. La lucha por el reconoci-

54
miento53 de la Fenomenología del Espíritu expresa esa acción,
que se justifica a sí misma no porque estuviera inscrita en una
naturaleza previamente constituida sino como provocada por el
encuentro con el otro. Desde Goethe se ha introducido en la
historia de las ideas la figura del sujeto que busca dar un sen-
tido a su vida54. En la abundancia del mundo actual, éste ya no
es el artista romántico, sino el sujeto medio que tiene que ele-
girse a sí mismo.
La vida humana no se realiza sin que el sujeto asista y decida
lo que va a ser, y por ello la reflexividad es una condición fun-
damental para ella. Al hablar de alma, Leibniz incluye esta con-
dición y es claro que toda la discusión sobre la libertad humana
la requiere, pero no está tematizada como puede hacerse des-
pués de Hegel y Sartre. La reflexividad tiene dos manifestacio-
nes fundamentales:
Por una parte, la elección de muchos de sus rasgos identifi-
catorios por parte del sujeto se debe a la.reflexividad. La cues-
tión está en si esta reflexividad se limita a realizar actos gratui-
tos o si, por el contrario, se puede recuperar una lógica en el
comportamiento, de forma que en el pasado se encuentre,
como quería Leibniz, el porvenir. Hay una razón vital que
tiende a la coherencia de los actos de la vida, si bien éstas difí-
cilmente llegan a ser deducibles en sentido estricto.
Pero la más significativa función de la reflexividad se encuen-
tra en su papel de avalar las vinculaciones sociales en las que el
individuo se halla. Efectivamente, no tiene sentido hablar de un
origen contractual de las relaciones sociales y políticas si por
contrato se entiende algo semejante a un acuerdo jurídico. Pero
sí es cierto que el individuo no sólo elige sus rasgos identifica-
torios, sino que con ello también acepta distintos ámbitos socia-
les. Su decisión es revocable; asiente a esta incardinación habiendo
podido sustituirla por otra, y es consciente de ello. En ese sen-
tido, el papel de la reflexividad consiste en un acto de confir-
mación de los lazos que el individuo ha establecido.

53 Cfr. el uso del reconocimiento en Fukuyama (1992), págs. 207 y sigs.


^ Ortega y Gasset, J., Goethe el libertador, en Obras Completas, IV, pá-
gina 424.

55
Podemos pensar en la forma en que Ortega entiende su
obra como un diálogo con sus precursores o, de una forma más
técnica, reconcilia fenomenología y dialéctica en El Hombre y la
Gente, a la hora de describir la aparición de la identidad.

Finalmente, hay dos notas más de la perspectiva que cree-


mos tienen cabida en el pensamiento de Ortega, pero que no
están desarrolladas explícitamente por él.

k) Aun cuando entiende Ortega que la vida se caracteriza


por ser transparente a sí misma, es importante atender a la
reflexividad. La vida humana no se realiza sin que el sujeto
asista a ella y decida la configuración que ésta ha de tomar.
Desde la reflexividad se adoptan rasgos identificatorios que
permiten al individuo ocupar un lugar dentro de la sociedad.
Por otra parte, la reflexividad es la instancia a partir de la cual
se avalan las vinculaciones sociales en las que el individuo se
halla. Efectivamente, no tiene sentido hablar de un origen con-
tractual de las relaciones sociales y políticas si por contrato se
entiende algo semejante a un acuerdo jurídico. Pero sí es cierto
que el individuo no sólo elige sus rasgos identificatorios, sino
también acepta su incardinación en una determinada sociedad,
aceptación que es revocable*. Asiente a esta pertenencia siendo
posible que la sustituya por otras y ello se hace desde la con-
ciencia. El papel de la reflexividad es importante porque a tra-
vés de ella el individuo se convierte de esta forma en el actor de
su propia vida.
I) Finalmente, es muy importante recuperar la noción de
«prácticas» que utiliza Macintyre en Tras la Virtud. No nos refe-
rimos ahora en concreto al contexto general de reivindicación
por parte de este autor de las virtudes aristotélicas, por intere-
sante que pueda ser. Su concepto de prácticas socialmente esta-
blecidas apunta al camino por el que de hecho el individuo cons-
tituye su perspectiva. Efectivamente, la incorporación de un
individuo a la sociedad es una incorporación a través de la
asunción de roles, y sobre todo de prácticas, antes que en vir-
tud del adoctrinamiento ideológico. A los ojos de los demás, pode-
mos hablar de roles, puesto que reconocemos a los demás en
unos papeles determinados. Pero a efectos de uno mismo lo

56
importante es aprender a hacer determinadas acciones. El rol se
aprende cuando se aprende a realizar determinadas acciones,
que pueden ser las profesionales, las familiares, las políticas, y
las relativas al ocio. En unos casos se trata de un adiestramiento
que dura años, como puede ser la práctica de una profesión; en
otros casos se trata de una actividad que se aprende en poco
tiempo y sin esfuerzo. Estos haceres están consagrados social-
mente y generalmente implican a otras personas con las que
uno se relaciona al hacerlas. Por ello cada-individuo tiene que
elegir e incorporarlos a su perspectiva, e incluso hacer su pers-
pectiva de ellas. Al asimilarlos les da un sentido propio, carac-
terístico de esa perspectiva. La reivindicación de estos haceres
es importante porque el aprendizaje de valores se realiza dentro
de un contexto concreto, en función de ejemplos y de acuerdo
con la íntima propensión de cada uno.
Al mismo tiempo, Macintyre afirma que las virtudes prácti-
cas deben ser adscritas al sujeto y no a la práctica como tal, y
que trascienden como tales virtudes los contextos de prácticas
concretas. Nos parece convincente la realidad de un sujeto que
adquiere las virtudes en casos concretos y que puede aplicarlos
a otros contextos. En definitiva, la perspectiva se construye
además con la adquisición de hábitos.

5. LEIBNIZ EN NUESTRA ÉPOCA

Antes de acabar, quisiéramos hacer unas observaciones


sobre la vida política tal y como se puede vislumbrar actual-
mente. Es muy difícil hacer conjeturas sobre el orden al que nos
dirigimos, pero lo dicho nos conduce a hacer algún vaticinio.
En el caso de Leibniz se puede apreciar claramente en res-
puesta a Napoleón, la Alemania del Imperio se transformaría en
una nación-estado, el poder del rey se convertirá en poder de
los ciudadanos legalmente representados en las cámaras y a par-
tir de este poder se emprenderá el gran logro social de este siglo,
que es la creación de una amplia clase media, de una sociedad
de clase media. Leibniz ve claro cuáles son las posibilidades del
poder. Su titular, a partir de la revolución francesa, cambia pero
la preocupación por mantener el orden y lograr el bienestar se

57
mantiene hasta el momento actual en el que nos encontramos,
por tanto, en un mundo globalizado. La lucha de clases en
cierta medida se ha superado con la igualdad de oportunidades
pero la incorporación del individuo a esta nueva sociedad va a
ser muy compleja.
Parece claro que el peso del proceso de socialización, la
integración del individuo a la sociedad, va a comprometer el
papel de la política en el sentido convencional. La configura-
ción del individuo se presenta como una tarea inacabable y
ardua, mientras que las reglas de juego en que la vida individual
se desarrolle parecen que van a ser semejantes en todo el pla-
neta. La supervivencia de la sociedad va a depender de la trans-
misión de prácticas que impliquen valores y esto es más difícil
en un mundo virtual.
Mientras que el Estado ha ido ampliando su territorio por
razones económicas, la introducción del computador determina
que no sólo a nivel productivo, sino a nivel de representación
política, sea perfectamente posible retener las ventajas de orga-
nizaciones relativamente pequeñas sin renunciar a las. ventajas
de una economía globalizada. Europa puede crecer hasta el
punto de incluir parte los países limítrofes del Mediterráneo,
además de expansionarse hacia el Este hasta el punto de incluir
la totalidad de los piases europeos. Pero hay razones por las que
el cosmopolitismo de las grandes áreas territoriales se podrá
abandonar en parte en favor de la participación en regiones en
los que el hombre reconozca estar frente a su semejante. El
principio de subsidariedad va a ser una importante reivindica-
ción del nuevo orden mundial, en la medida en que el indivi-
duo añore un mundo en el que pueda aparecer ante otros con
sus verdaderas facciones. Y el proceso de asignar papeles más
complejos a actores solos o en pequeños grupos al que se ha
aludido, se reproducirá en el contexto de las regiones.
Pero ahora la adscripción de lealtades va a ser más com-
pleja. No se trata sólo de la familia y del estado, sino de otras
muchas en la medida en que la socialización del hombre se hará
en el espacio virtual y no bajo la restricción de un espacio físico.
Existen además dos grandes problemas en la gestión política de
este nuevo orden con sus grandes ventajas materiales: la incor-
poración de las grandes masas de inmigrantes que acudirán e

58
incluso que se necesitarán en Europa para mantener el rendi-
miento en una sociedad de personas de edad, y la necesidad del
ciudadano de sentirse representado en la vida pública que recoge
el principio de subsidariedad.
¿En qué sentido este mundo seguirá siendo leibniziano?
Algunos de los ideales que alimenta su posición política parece
que son aceptados —al menos de entrada— sin discusión como,
por ejemplo, la tolerancia; otros, como los de colaboración
científica, han encontrado cauces tan fuertes (aunque no siem-
pre los mismos) como los que el propio Leibniz soñó. Pero el prin-
cipio básico del respeto por la persona del príncipe y al mismo
tiempo la adscripción a un iusnaturalismo se encuentra grande-
mente comprometido en este nuevo escenario. Los dos térmi-
nos de esta ecuación se ven puestos en tela de juicio, si bien
tampoco la política del siglo XVII obedecía a los ideales leibni-
zianos. Con todo, incluso los ideales han cambiado: ni se da un
respeto hacia el príncipe como en el siglo XVII, ni tampoco se ha
podido encontrar una reformulación del iusnaturalismo que se
imponga en la práctica de la política. Las elecciones se ganan o
pierden por muchas razones diferentes, siendo los argumentos
del derecho natural nada más que unos entre otros y lo que
prima es la voluntad de un electorado. No hay príncipes pero sí
políticos y personajes mediáticos. Es difícil pensar que en una
sociedad virtual el hombre en su soledad será insensible al
carisma de sus autoridades, pero este carisma es mediático, arti-
ficial y por tanto sujeto a alteraciones.
En parte, pues, el mundo será leibniziano por haberse cum-
plido los ideales leibnizianos, pero la Humanidad se encontrará
confrontada con problemas de comunicación que se plantean
justamente al nivel de bienestar alcanzado. Donde Leibniz se
hubiera reconocido en nuestra época es en la potenciación del
individuo. En este punto, la aportación de la noción de pers-
pectiva, entendida tal y como la entendió Ortega, constituye el
punto sobre el cual la cultura tendrá que trabajar en el nuevo
milenio.
Antes de acabar este prólogo quierao agradecer la ayuda de
la Dra. Concha Roldán, coordinadora del proyecto «Leibniz y
Europa», en el marco del cual ha sido elaborado una parte
importante del trabajo de este nuevo prólogo. Asimismo tam-

59
bién deseo agradecer al Dr. José Atencia la lectura y las suge-
rencias que tanto me han ayudado. Finalmente quiero agrade-
cer a la Dra. Cristina Esteras la ayuda que ha permitido que este
trabajo haya llegado a buen fin. A ella va dedicado este trabajo.

60
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71
I

ESTUDIOS
DE FILOSOFIA JURIDICA Y POLITICA
En este apartado presentamos un conjunto de trabajos consa-
grados a problemas jurídicos y políticos. La delimitación entre los
dos ámbitos en apariencia es clara: mientras que en los primeros
nueve trabajos se plantean de manera explícita problemas de tipo
jurídico, los cuatro últimos están dedicados a problemas políticos1.
En estos últimos textos se nota un cambio en el tono con que
Leibniz plantea los problemas, en la medida en que claramente tie-
ne a la vista las realidades y posibilidades del momento, y, desde
este punto de vista, puede contrastarse con el modo en que Leib-
niz desarrolla el cuarto texto buscando ante todo el rigor de su
razonamiento. El propio Leibniz nos explica en dicho texto que la
ciencia del derecho «se halla entre las ciencias que dependen no
de experimentos, sino de definiciones; no de lo que muestran los
sentidos, sino de la razón»2. Esta concepción racionalista del de-
recho es precisamente lo que conduce a Leibniz a preocuparse por la
reforma del Código Imperial3.
Desde el punto de vista filosófico, lo más notable de estos textos
es la voluntad de fundamentar el derecho en unos principios ra-
cionales. A estos efectos,, es fundamental la distinción entre derecho
1 El problema de la mejor forma política, escritos 10 y 11; el de la so-
beranía, escrito 12, y el de una sociedad internacional, escrito 13.
2 Escrito 4, pág. 124. Cfr. asimismo el escrito 1. Por esto precisamente
Leibniz inicia algunos de estos textos con definiciones, por ejemplo, los escri-
tos 2 y 3.
3 Escrito 8.

75
y ley 4. Uña ley puede ser ilegítima precisamente porque infringe
el derecho. Justamente el fin de la jurisprudencia es lograr que
la continuidad entre principios y disposiciones positivas sea lo más
perfecta posible. En cambio los principios del derecho y de la política
son indiscutibles. Como ha expuesto Schreckerlos principios de la
política6 tienen un valor regulador precisamente porque son verdades
de razón que no derivan su valor de ningún hecho. Son verdad, aun
cuando no haya nada que los confirme7. Se trata de una verdad
ideal8 que remite a un Ser supremo que piensa el mundo antes de
crearlo, y lo piensa de acuerdo con unos principios que se identifi-
can con El mismo, en tanto que suprema razón, que son precisa-
mente las verdades de razón 9. Con ello se establece una distancia
entre las verdades de hecho y las verdades de razón, que constituye
uno de los puntos fundamentales del pensamiento leibniziano 10. Exis-
te una tensión entre las dos clases de verdad en virtud de la cual
no se realiza plenamente el orden racional en la naturaleza: en el
orden del conocimiento se observa la falta de racionalidad de los
fenómenos y, análogamente, en el orden de la acción, la justicia se
realiza de forma imperfecta. Sin embargo, esta contraposición no es
total ni definitiva. En la realidad contingente se halla sie/npre un de-
terminado grado de racionalidad y, sobre todo, cabe de manera progre-
sivamente más completa la realización de un orden racional perfecto.
Este es precisamente el cometido de la acción política. El político se
ve gobernado por unos principios puramente racionales que son los
del derecho natural11 que, en esla función reguladora, son comparables
a la función reguladora que las verdades de razón desempeñan den-
tro del mundo creado cosmológico n. Tanto los actos humanos como

4 Escrito 1, pág. 86.


5 SCHRECKER, P . : Leibniz: Ses idées sur l'organisation des relations inter-
nationales. Procedings of the British Academy 23, 1937.
6 Expuestos en los apartados D y E de nuestro prólogo, por una parte,
y, por otra, se encuentran entre los principios del derecho que se desarrollan en
los textos 3 y 5.
7 «En lo que respecta a las verdades eternas, hay que decir que en el
fondo todas ellas son condicionadas y en realidad dicen: dada tal cosa, tal
otra es...» NE 4-11-13, G 5-428 y E 540.
8 Su'verdad «radica en la relación entre ideas». Ibid., G 5-429 y E 541.
9 Ibidem. «El fundamento último de las verdades, a saber, ese espíritu
supremo y universal que no puede dejar de existir, cuyo entendimiento, es
decir, verdad, constituye la región de las verdades eternas...» Cfr. también
Teod. 20, G 6-115.
10 Cfr. nuestro libro El conocimiento del mundo externo y el problema
crítico en Leibniz y en Hume, Granada, 1917, cap. I.
11 Cfr. escrito 3, págs. 112 y ss.
12 Cfr. SCHRECKER, P., o. c. Asimismo, para la función reguladora de las

76
las leyes jurídicas y políticas tienen que conformarse a estos principios
reguladores, si bien, de hecho, no se pueden propiamente deducir
de ellos.
Por otra parte, no conviene perder de vista que la distinción
entre derecho y ciencia política es, en el caso de Leibniz, una dis-
tinción que, pudiéndose mantener por las evidentes diferencias me-
todológicas y formales que ya hemos apuntado, no impide una clara
continuidad entre ambos ámbitos. Uno de los conceptos que más
pueden facilitar la conexión entre ellos es precisamente el concepto
de bien común. El texto dedicado a «La suprema regla del dere-
cho» 13 es particularmente importante porque se mantiene que dicho
concepto, fin de la política, también se presenta como'la norma fun-
damental del derecho M.
Por otra parte, también es útil para comprender estos textos
recordar la doctrina tradicional del bien como propiedad trascen-
dental de los seres. Todo ser, precisamente en tanto que es, es
bueno 15, pues es apetecible. Sin embargo, el bien moral correspon-
de a determinados actos que realiza un sujeto determinado que es
el hombre. Hay una continuidad entre las dos acepciones de la
palabra en la medida en que la realización del bien presupone el
perfeccionamiento del ser en cuestión, es decir, el cumplimiento relati-
vamente pleno de sus posibilidades. De esta manera, el bien moral
comporta el bien ontològico. Cuando en este contexto se hable del
bien o de la bondad, se entenderá que se trata del bien moral, es
decir, del bien que libremente debe realizarse 16. Cabe, sin embargo,
preguntarse ¿por qué debe hacerse lo bueno? La contestación leib-
niziana expresa la continuidad de nuestro pensador con la gran tra-
dición del pensamiento metafisico tradicional. Lo bueno es bueno
precisamente porque implica perfección, realización; en definitiva,
ser. De ahí que el fundamento del bien.es un fundamento ontolò-
gico. Por otra parte, la realización plena del ser es Dios y, por ello,
el fundamento último del bien es la existencia de un creador que,
en sí mismo, es el sumo bien. En la presentación que Leibniz hace
del tema del bien puede en ocasiones perderse de vista esta dimen-
sión ontològica, porque se habla, por ejemplo, de la recompensa del
alma en una vida futura17 obtenida por el comportamiento debido

verdades de razón a un nivel cosmológico, puede verse G 7-305, NE 4-4-5,


G 5-3773 y E 470.
13 Escrito 5.
M Id., pág. 137.
15 Cfr. SANTO TOMÁS: De veritale, 1, 1.
16 Escrito 1, pág. 81.
17 Escritos 1, pág. 87, y 2, pág. 108.

77
en ésta, de forma que queda temporalmente en segundo plano la
tesis, de la que Leibniz parte1S, de que lo -bueno no es formalmente
bueno porque Dios lo quiere. Es bueno porque «contribuye a la
perfección» de la realidad 19. Análogamente la preocupación de Leib-
niz por resaltar la justicia divina deja en segundo plano el hecho
de que Dios es el ser necesario y perfecto, aun cuando esta con-
dición divina sea fundamental precisamente para poder fundamentar
la bondad divina.
Finalmente queda plasmada en varios pasajes20 una sensibilidad
típica de la cultura anterior al siglo xix, en virtud de la cual se
reconoce una continuidad entre el orden del cosmos y el de las
leyes que deben regir la convivencia de los hombres. Ya. hemos te-
nido oportunidad de apreciar que, para Leibniz, entre las verdades
de razón no sólo se encuentran las verdades de la lógica, de la
matemática y de la metafísica que, en último caso, de hecho, rigen
los acontecimientos del mundo, sino también los principios del de-
recho natural y de la jurisprudencia. Desde este punto de vista no
es válida para Leibniz la distinción posterior de ciencias de la na-
turaleza y ciencias del espíritu, como tampoco tiene para él valor
la que se ha establecido a partir de Hume entre el ser y el deber
ser. La presencia de una metafísica que encuentra su fundamento
en un Dios que trasciende el mundo explica esta continuidad entre
ámbitos que el hombre y la cultura contemporáneos llegarán a dis-
tinguir netamente. Efectivamente, si los principios jurídicos son pa-
rangonabas a los cosmológicos es porque la validez de ambos no
se halla en lo que los distingue. No es cuestión de si la conciencia
que-tengo de deber hacer una cosa se me presenta como una ex-
periencia radicalmente distinta e irreductible a la otra en virtud de
la cual me percato de que hay un objeto ahí, por ejemplo. La va-
lidez de los principios y de las verdades de razón, en Leibniz, no
se deriva de lo que yo experimento. Pueden ño realizarse en el
campo de la experiencia, según hemos tenido oportunidad de ver,
y no obstante,, no dejar de tener validez. Esta validez es racional y
está vinculada con la existencia, no de una conciencia sensible, sino
de un ser supremo que trasciende el mundo de la experiencia.
Al mismo tiempo; cabe hablar aquí no sólo de unas tesis filo-
18 Escrito 1, pág. 81.
19 Escrito 1, pág. 87. Aquí Leibniz se limita a decir que se trata del bien
de los seres inteligentes. Sin embargo, el sentido general de su obra indica
claramente que el hombre debe hacer lo posible para lograr la perfección glo-
bal del universo, aun. cuando lo que está en mayor grado a su alcance sea
precisamente la mejora de la sociedad y el dominio de la naturaleza.
20 Escrito 1, págs. 88 y ss.

78
sóficas sobre la realidad última, sino también de una sensibilidad,
es decir, de un modo de encontrarse en la realidad que responde
a dichas tesis. En el caso de Leibniz no es uno de sus menores mé-
ritos el haber sido capaz de aunar y reconciliar una determinada
visión de la naturaleza, que responde al saber científico de su mo-
mento, y unas teorías metafísicas sobre la realidad radical. El entu-
siasmo por la razón no se debe sólo a su evidencia y rigor, ni siquiera
al hecho de que gracias a ella se llega a la realidad última, sino al he-
cho de que permite efectivamente apresar la contextura íntima de la
realidad desvelando al científico un orden interno que confirma, en la
medida de lo posible, la estructura racional de la misma. Dicha estruc-
tura racional incluso sirve de demostración de la sabiduría del creador:
«La bondad del autor de las cosas le ha movido, por esta causa, a de-
parar otro motivo más al alcance de los hombres, al darse a conocer al
género humano por la luz de la razón que nos ha dado y por los mara-
villosos efectos de su poder, de su sabiduría y de su bondad infini-
tas...» 21. Tanto en el caso de la naturaleza como en el de la jurispru-
dencia, Dios ha legislado, es decir, establecido un orden que es el de su
propia inteligencia. Por ello, hay una continuidad entre la concep-
ción del cosmos y el pensamiento jurídico-político leibniziano. En
última instancia, ambos remiten a un mismo entendimiento que, de
acuerdo con su propia razón —las verdades eternas—, ha creado
el mundo.

21 Escrito 1, pág. 96.

79
1. MEDITACION SOBRE LA NOCION COMUN
DE JUSTICIA 1

Se está de acuerdo en que todo lo que Dios quiere es bueno y


justo. Pero se plantea la cuestión de si ello es bueno y justo porque
Dios lo quiere, o más.bien Dios lo quiere porque es bueno y justo;
es decir, si la justicia y la bondad son arbitrarias, o si consisten
en las verdades necesarias y eternas de la naturaleza de las cosas,
como lo son los números y proporciones. La primera opinión ha
sido seguida por algunos filósofos y teólogos católicos y calvinistas.
Pero los calvinistas de la actualidad rechazan ordinariamente esta
doctrina, como hacen también todos nuestros teólogos2 y la mayor
parte de los de la Iglesia romana.
En efecto, esta doctrina suprimiría la justicia de Dios. Pues,
¿por qué alabarle por actuar según la justicia, si la noción de
justicia en El nada añade a la acción? Y decir: stat pro ratione vo-
luntas, «mi voluntad ocupa el lugar de la razón» 3 , ésta es propia-
mente la divisa de un tirano. Es más: esta opinión no permitiría
1 Para el texto originariamente en francés, hemos seguido la edición de
Mollat, págs. 41 a 7.0. Sin embargo, por oposición al editor francés, hemos
tenido en cuenta la observación de Grúa (pág. 477) y, como Mathieu y
Riley, hemos distinguido dos textos, editados bajo el mismo título. El lector
podrá apreciar el paso de uno al otro en la página 90. Han aparecido dos
versiones españolas de este texto previamente a ésta; una, abreviada," de
García-Maynez, y otra, nuestra, en Escritos Políticos. La fecha del trabajo
es de 1703 aproximadamente. Hemos utilizado las notas de las versiones de
Mollat, Mathieu y Riley de este texto.
2 Leibniz era luterano.
3 Tomado de Juvenal, Satirae VI, 223.

81
discernir entre Dios y el diablo adecuadamente. Pues si el diablo,
es decir, un poder inteligente, invisible, muy grande y maligno,
fuera señor del mundo, este diablo o este dios no por ello dejaría
de ser malvado, aunque sería necesario rendirle culto por fuerza,
como algunos pueblos veneran á tales dioses imaginarios, conven-
cidos de poder inducirlos así a hacer menos daño. Es ésta la razón
por la que ciertas personas, excesivamente atentas al derecho abso-
luto de Dios, han creído que El puede condenar justamente a los
inocentes, e incluso que ello quizá ocurre, han menoscabado los
atributos que hacen que Dios sea digno de ser amado y, habiendo
hecho imposible el amor a Dios, no han dejado en pie más que
el temor de El. En efecto, aquellos que creen, por ejemplo, que
los niños muertos sin bautizar son arrojados a las llamas eternas,
deben tener una idea muy limitada de la bondad y justicia de Dios
y, sin proponérselo, vulneran lo que hay de más esencial en la
religión.
También las Sagradas Escrituras nos dan una idea totalmente
distinta de este ser soberano4, hablando con tanta frecuencia de la
bondad de Dios y presentándolo como alguien que se justifica contra
posibles quejas 5 . Y en el relato de la creación del mundo, la Es-
critura dice que Dios, al contemplar lo que había creado, lo encon-
tró bueno, es decir, que quedó contento de su obra y tenía razo-
nes para estarlo 6 . Esta es una manera de hablar propia de los
hombres, y que parece empleada expresamente para señalar que la
bondad de las acciones y producciones de Dios no depende de su
voluntad, sino de la naturaleza de las mismas. De lo contrario, no
habría tenido razón alguna para mirar lo que había querido y hecho,
con la intención de ver si estaba bien justificarse ante sí mismo,
en tanto que el más grande de los sabios. Por ello, todos nuestros
teólogos y la mayor parte de los de la Iglesia romana, como tam-
bién los antiguos padres de la Iglesia y los más sabios y más es-
timados de los filósofos, han estado del lado del segundo partido,
que defiende que la bondad y la justicia tienen sus razones inde-
pendientes de la voluntad y de la fuerza.
Platón, en sus diálogos, presenta y refuta a un tal Trasímaco7,
que pretendiendo explicar lo que es la justicia, da una definición
que, si fuera aceptable, apoyaría el partido que combatimos. Pues,

4 Traducimos substance por ser, por temer que el término substancia en


este contexto le pudiera resultar ambiguo al lector.
5 Job 34-6.
6 Génesis 1-31.
7 PLATÓN, República, libro I , 338 d.

82
justo —dice— es aquello que conviene o agrada al más poderoso.
De ser cierto esto, jamás sentencia alguna de un tribunal supremo
o del más humilde juez sería injusta; jamás sería condenable un
hombre malo que fuera poderoso. Y lo que es más, una misma ac-
ción podría ser justa e injusta según los jueces que tuviera, lo que
es ridículo. Una cosa es ser justo y otra muy diferente es pasar por
tal y ocupar el lugar de la justicia.
Un célebre filósofo inglés, llamado Hobbes, que se ha distin-
guido por sus paradojas, ha querido sostener casi lo mismo que
Trasimaco. Pues pretende que Dios, siendo omnipotente, tiene el
derecho de hacer cualquier cosa 8 . Esto implica no distinguir entre
el derecho y el hecho. Pues una cosa es lo que se puede y otra
lo que se debe hacer. Es el mismo Hobbes quien cree, y por la
misma razón, que la verdadera religión es la del Estado 9 . Y, por
consiguiente, que si el emperador Claudio, que publicó un edicto
en el que se establecía que en un Estado libre el eructo debía ser
libre 10 , hubiera puesto al dios Crepitus (eructo) entre los dioses
autorizados, éste hubiera sido un dios verdadero y digno de culto.
Esto implica mantener indirectamente que no hay religión verda-
dera y que ésta no es más que una invención de los hombres, del
mismo -modo que mantener que justo es lo que agrada al más
fuerte, equivale a decir que no hay justicia cierta y determinada y
que prohiba hacer lo que se quiere y puede impunemente, por
pervèrso que sea. Así la traición, el asesinato, los envenenamientos,
los suplicios aplicados a personas inocentes, etc., todo esto sería
justo, si se tiene éxito. Ello equivale a cambiar el sentido de los
términos y hablar un lenguaje diferente al de los otros hombres.
Hasta ahora se ha entendido la justicia como algo diferente de lo
que siempre prevalece. Se cree que un hombre de éxito puede ser
perverso y que una acción impune puede, no obstante, ser injusta,
es decir, merecer ser castigada, de manera que se trata solamente
de saber por qué tal acción lo merece, sin que con ello se entre
en la cuestión de si se cumplirá una sentencia, o de si habrá algún
juez que la dicte.
Hubo dos tiranos en Sicilia llamados Dionisio: eran padre e hijo.
El padre fue más malvado que el hijo. Había establecido la tiranía
tras haber dado muerte a muchas personas honradas. Su hijo fue
menos cruel, pero más dado a los placeres y desórdenes. El padre
fue afortunado y se mantuvo en el poder, mientras que su hijo fue
8 HOBBES: De Cive 1 5 - 5 .
9 y
H O B B E S : Be Cive 1 5 - 1 6 , Leviatáti 3 9 .
1 0 SUETONIO: Vida de Claudio 3 2 .

83
derrocado y al fin- se hizo maestro de escuela en Corinto, para
seguir teniendo el placer de mandar y de llevar una especie de
cetro, aunque sólo fuera la vara con que se castiga a los niños.
¿Se dirá que las acciones del primero fueron más justas que las
del segundo porque fueron más afortunadas y permanecieron sin
castigo? ¿No será permitido a la historia condenar a un tirano
que ha tenido éxito? Se ve todos los días que los hombres, tanto
los interesados como los desinteresados, se quejan de las acciones
de-algunos poderosos y las encuentran injustas. Así la cuestión se
reduce a saber si se quejan con razón y si la historia puede en
justicia condenar las acciones de algún príncipe. Sentado esto, hay
que reconocer que los hombres entienden por justicia y por derecho
algo muy diferente de lo que place al poderoso, y de lo que queda
impune por no haber un juez capaz de corregirlo.
Es verdad que en el universo tomado en su conjunto, y en el
gobierno del mundo, afortunadamente encontramos que aquel que
es el más poderoso es al mismo tiempo el más justo, y nada hace
por lo que tengamos derecho a quejarnos. Y hay que pensar que,
si se comprendiese el orden universal, se descubriría que es im-
posible hacerlo mejor que él. Pero el poder no es la razón formal
de su justicia. De lo contrario, todos los poderosos serían justos,
cada uno en proporción a su poder, lo que está en contradicción
con lo que enseña la experiencia.
Se trata, pues, de encontrar esta razón formal, es decir, el por-
qué de este atributo o, en o'tras palabras, esta noción que debe
enseñarnos en qpé consiste la justicia, y lo que los hombres quieren
decir cuando llaman a una acción justa e injusta. Y es necesario
que esta razón formal sea común a Dios y al hombre. De lo con-
trario, sería un error aplicar el mismo atributo a ambos sin caer
en un equívoco: tales son las reglas fundamentales del razonamiento
y del discurso.
Reconozco que hay una gran diferencia entre la manera en que
los hombres son justos y la manera en que Dios lo es, pero no
se trata más que de una diferencia de grado. Pues Dios es per-
fecta y absolutamente justo, mientras que la justicia de los hombres
está mezclada con la injusticia, con faltas y pecados, a causa de la
imperfección de la naturaleza humana. Las perfecciones de Dios
son infinitas y las nuestras son limitadas. Mas si alguien pretendie-
ra sostener que la justicia y la bondad de Dios se rigen por otras
normas que las de los hombres, sería preciso que reconociera que
se trata de dos nociones distintas, y que atribuir la justicia a ambas
es equivocarse voluntariamente o cometer el más craso de los erro-

84
res. Por tanto, al tener que decidir cuál de las dos nociones es
la que corresponde a la justicia, es necesario que, o bien no exista
la justicia entre los hombres, o que no la haya en Dios, o que no
se dé en ambos, y que en el fondo no se sepa muy bien lo que
se dice al hablar de ella. En definitiva, esto acabaría con la justicia
y no dejaría en pie más que el término, como hacen los que la
consideran arbitraria y la hacen depender del capricho de un juez
0 de un hombre poderoso, ya que un mismo acto podría parecer
justo o injusto a distintos jueces.
Es casi como si alguien pretendiera mantener que nuestra cien-
cia, por ejemplo, la de los números, que llamamos aritmética, no
concuerda con la de Dios o la de los ángeles, o'bien que toda
la verdad es arbitraria y depende del capricho. Por ejemplo: 1, 4,
9, 16, 25, etc., son números cuadrados, es decir, que se producen
al multiplicar 1, 2, 3, 4, 5, etc., por sí mismos: uno por uno es
uno, dos por dos son cuatro, tres por tres son nueve, etc. Ocurre,
asimismo, que los números impares sucesivos son las diferencias
de los números cuadrados igualmente sucesivos: la diferencia entre
1 y 4 es 3, la diferencia entre 4 y 9 es 5, entre 9 y 16 es 7, y
así sucesivamente, lo que también se puede apreciar en el conteni-
do de los cuadrados puestos en el margen. Pues, dejando aparte un
pie cuadrado, el espacio de dos pies al cuadrado, es decir, el es-
pacio de cuatro veces un pie al cuadrado, ocupa tres cuadrados
más que un pie al cuadrado, y el espacio de tres pies al cuadrado,
es decir, el espacio de nueve veces un - pie al cuadrado, tiene cinco
cuadros más que el caso precedente (el cuadrado de dos), y así
sucesivamente:

1 1 1 1
3 2 2 2 0, 1, 4, 9, 16, 25, etc.
5 4 3 3 1, 3, 5, 7, 9, etc.
7 6 5 4

Teniendo esto en cuenta, ¿se puede sostener razonablemente


que esto no ocurre en el caso de Dios y los ángeles, y que ven en
los números todo lo contrario de lo que nosotros encontramos?
¿no habría razón para burlarse de quien sostuviera esto y no* cono-
ciera la diferencia entre las verdades eternas y necesarias —que de-
ber ser las mismas para todos— y lo que es contingente y mudable
o arbitrario?

85
Ahorá bien, ocurre lo mismo en el caso de la justicia. Si se trata
de un término delimitado por una significación precisa, en una pa-
labra, si no es un simple sonido, vacío de sentido, como blitiriu,
a este término o palabra justicia corresponderá alguna definición o
noción inteligible. De toda definición se pueden extraer consecuen-
cias ciertas, siguiendo las reglas indiscutibles de la lógica. Y esto
es justamente lo que se hace al elaborar las ciencias necesarias
y demostrativas, que no dependen de los hechos, sino únicamente
de la razón, como son la lógicá, la metafísica, la aritmética, la geo-
metría, la ciencia del movimiento, y también la ciencia del derecho,
que no están fundadas sobre hechos y experiencias, y sirven más
bien para dar razón de los hechos y regularlos por anticipado, lo
cual sería cierto respecto del derecho, aun si no hubiera ley en
el mundo.
La equivocación de aquellos que han hecho a la justicia depen-
der del poder, viene, en parte, de que han confundido el derecho
con la ley. El derecho no puede ser injusto; sería una contradic-
ción. Pero la ley bien puede serlo. Pues es el poder quien da y
conserva las leyes. Y si éste carece de sabiduría o de buena vo-
luntad, puede dar y mantener leyes muy perversas. Pero, afortu-
nadamente para el universo, las leyes de Dios siempre son justas,
y El puede conservarlas, como sin duda hace, aunque no siempre
de forma visible y abierta; para lo cual si nduda existen grandes
razones.
Se trata, en definitiva, de determinar la razón formal de la
justicia, y el criterio por el que debemos regular nuestras acciones
para saber si son o no justas. Se le ha podido entrever por todo
lo que venimos diciendo. La justicia no es otra cosa que lo que se
ajusta a la sabiduría y bondad unidas. El fin de la bondad es el
mayor bien. Pero para reconocerlo es necesaria la sabiduría, que
no es otra cosa que el conocimiento del bien, como la bondad no
es otra cosa que la inclinación a hacer el bien a todos y a evitar
el mal, a no ser que sea necesario para un bien superior, o para
evitar un mal mayor. Así, la sabiduría se encuentra en el enten-
dimiento y la bondad en la voluntad, y por tanto la justicia se
halla .-en el uno y en la otra. El poder es otra cosa. Pero cuando
existe, determina que el derecho se realice y que lo que debe ser
exista de verdad, en la medida en que lo permita la naturaleza de
las cosas. Y esto es lo que Dios hace en el mundo.
Pero, dado que la justicia tiende al bien, y la sabiduría y bon-

11 Derivación de un término griego, ¡Uí-rpi o pxítupi.

86
dad —que juntas constituyen la justicia— apuntan asimismo al
bien, surge la pregunta: ¿en qué consiste el bien verdadero? Yo
respondo que no es sino lo que contribuye a la perfección de las
sustancias inteligentes, por lo que es evidente que el orden, la ale-
gría, la satisfacción, la sabiduría, la bondad y la virtud, son bienes
esencialmente y jamás pueden dejar de serlo; que el poder es un
bien por naturaleza, es decir, por sí, pues en el caso de que todas
las demás cosas sean iguales, es mejor tenerlo que no tenerlo. Pero
110 es un bien propiamente dicho más que cuando está unido con
la sabiduría y la bondad. Pues el poder de un hombre perverso,
tarde o temprano, no sirve más que para hundirlo en la desgracia,
ya que le permite cometer mayores fechorías y merecer un castigo
mayor, al que no escapará, porque hay un monarca del universo
perfectamente justo, cuyo infinito conocimiento y soberano poder
no pueden ser evitados.
Y como la experiencia muestra que Dios permite —por razones
que nos son desconocidas, pero sin duda muy sabias y fundadas en
el mayor bien— que haya en esta vida muchos hombres perver-
sos que son afortunados, así como muchos hombres buenos que
son desdichados, y como esto no se ajustaría a las reglas de un
gobierno perfecto como el de Dios, si este hecho no tuviera su
compensación; se sigue necesariamente que habrá otra vida y que
las almas no perecen con el cuerpo visible. En caso contrario, habría
crímenes impunes y buenas acciones sin recompensa, lo que es
contrario al orden.
' Por otra parte, existen pruebas demostrativas de la inmortali-
dad del alma, ya que el principio del conocimiento y la acción no
puede derivarse de algo extenso, absolutamente pasivo e indiferen-
te a todo movimiento, como es la materia. Entonces, es necesario
que la acción y el conocimiento tengan su origen en algo simple e
inmaterial, sin extensión ni partes, que se llama alma. Mas nada
que sea carente de partes es susceptible de disolución y, por con-
siguiente, su destrucción no es posible. Hay quienes imaginan que
somos demasiado poco importantes a los ojos de un Dios infinito
para que El se preocupe de nosotros. Creen así que somos para
Dios lo que los gusanos que pisamos inadvertidamente son para
nosotros. Pero esto es imaginar que Dios es como un hombre, in-
capaz por tanto de estar en todo. Dios, por el mismo hecho de. ser
infinito, hace las cosas sin esfuerzo, como consecuencia de su vo-
luntad, como resulta de mi voluntad y de la de mi amigo el que
estemos de acuerdo, sin que, una vez que cada uno haya tomado
sus decisiones, sea necesario un nuevo acto para producir el acuer-

87
do. Ahora bien, si el género humano, o incluso la cosa de menor
importancia no estuviera bien gobernada, el universo tampoco lo es-
taría, puesto que el todo consiste en sus partes.
Asimismo, encontramos el orden y razones para maravillarnos en
las cosas pequeñas, desde el momento en que somos capaces de dis-
tinguir sus partes y hacernos también una idea del todo, como ocurre
cuando examinamos los insectos y otros pequeños seres a través del
microscopio. Con más razón aún, cabría encontrar la armonía y la
condición de haber sido proyectadas racionalmente en las cosas gran-
des, si fuéramos capaces de contemplarlas en su totalidad. Y, sobre
todo, esto se apreciaría en el caso de la organización del gobierno de
los espíritus, que son las sustancias más parecidas a Dios, puesto
que son capaces de reconocer y descubrir el orden y disposición
del universo. Por consiguiente, hay que pensar que el autor de las
cosas, que tanta inclinación siente por el orden, cuidará especial-
mente de las criaturas que lo producen y que son las únicas capa-
ces de imitar su proyecto, en la medida de su perfección.- Pero
no es posible que todo esto nos resulte evidente en esta pequeña
parte de vida que disfrutamos aquí abajo, y que sólo es una
porción poco considerable de una vida sin límites, que no puede
faltar a espíritu alguno, Considerar esta porción aisladamente es ver
las cosas de una forrrfa parcial, como cuando se estudian trozos de
piel de un animal, en los que no se pueden apreciar suficientemen-
te la disposición de sus órganos,.
£s también como cuando se observa el cerebro, que sin duda
debe ser una de las mayores maravillas de la naturaleza, ya que
los primeros órganos de la sensación están en él. Sin embargo, no
se encuentra más que una masa confusa, donde no aparece nada
de particular, pero que seguramente oculta unos filamentos de una
sutileza incomparablemente mayor que la de la telaraña, los cuales
parece que son vasos cuyo contenido es un líquido muy ligero al
que se le da el nombre de espíritu animal. Mas esta masa que
constituye el cerebro alberga una multitud de vasos tan grande —y,
por otra parte, estos vasos son tan sutiles— que no podemos do-
minar con nuestros ojos este laberinto, cualquiera que sea el mi-
croscopio que se utilice, pues la sutileza de los espíritus contenidos
en estos vasos, es similar a la de los,mismos rayos de la luz. Así,
ni nuestros ojos ni nuestro tacto nos muestran que haya en el ce-
rebro nada de extraordinario a simple vista. Pues bien, puede de-
cirse que ocurre lo mismo en el caso del gobierno de las sustancias
inteligentes bajo la monarquía divina, donde todo resulta confuso a
nuestros ojos. Y, sin embargo, por fuerza es la más bella y mara-

88
villosa disposición del universo, al ser obra de quien es la fuente
de toda perfección. Pero debe ser demasiado grande y demasiado
bella para que espíritus de nuestras capacidades actuales puedan
percatarse de ella tan pronto. Querer verlo aquí abajo es algo seme-
jante a querer empezar la novela por el final, y conocer el desen-
lace desde el primer capítulo, cuando la belleza de una novela es
tanto mayor cuanto mayores son el orden resultante y la confusión
aparente del que surge. Y delataría incluso una falta en la com-
posición el que el lector pudiese adivinar demasiado pronto el des-
enlace. Pero lo que no es más que belleza - y curiosidad en las
novelas, que imitan, por decirlo así, a la creación, es utilidad y sa-
biduría en este verdadero y gran poema, es decir, en ultima ins-
tancia, obra que es el universo. Pues la belleza y justicia del go-
bierno divino, en parte se ocultan a nuestros ojos, no sólo porque
esto era inevitable —si no se quería cambiar toda la armonía del
mundo—, sino también porque convenía para que hubiera una prác-
tica mayor y más libre de la virtud, de la sabiduría y del amor
desinteresado a Dios, pues, desde fuera, las recompensas y casti-
gos son todavía invisibles, y no se presentan más que a los ojos de
nuestra razón o de nuestra fe, que yo considero aquí una misma
cosa, pues la verdadera fe se apoya en la razón. Y, como las
maravillas de la naturaleza nos llevan a pensar que las operaciones
divinas son admirablemente bellas, en la medida en que somos ca-
paces de abarcar un conjunto, aunque esta belleza no resulta pa-
tente cuando consideramos las cosas aisladas del todo al que per-
tenecen, por esto mismo no debemos pensar. que todo lo que aún
no hemos podido desentrañar ni esclarecer carece de menor pre-
cisión y belleza. Asumir plenamente este principio es estar en po-
sesión del fundamento natural de la fe, de la esperanza y del
amor de Dios, ya que estas virtudes están fundadas sobre el cono-
cimiento de las perfecciones divinas.
Ahora bien, como nada ratifica mejor la sabiduría incompara-
ble de Dios que la estructura de las obras de la naturaleza —sobre
todo cuando queda más patente al mirarlas de cerca, por el micros-
copio—, a lo que hay que añadir la utilidad que podría tener para
profundizar nuestro conocimiento de los cuerpos que utilizamos,
bien como medicinas o alimentos, bien por sus aplicaciones mecá-
nicas; por esto, tenemos necesidad de desarrollar el conocimiento
que los microscopios nos permiten adquirir. Apenas hay diez horfi-
bres en el mundo que se entreguen a esto con interés, pero aun
cuando hubiera cicn mil, no habría demasiados para descubrir las
grandes maravillas de este nuevo mundo que está dentro del nues-

89
tro y que es capaz de hacer nuestros conocimientos cien mil veces
mayores de lo que son en la actualidad. Por esto, más de una vez
he deseado que se pudiera convencer a los grandes príncipes
de que ordenaran lo necesario y sostuvieran a las personas que se
dedican a ello. Se han fundado observatorios para estudiar los
astros, y estos edificios causan sensación, al tiempo que exigen un
gran gasto; pero falta mucho para que los telescopios sean tan
útiles y nos den a conocer tantas cosas curiosas y extraordinarias
como los microscopios. Un hombre de Delft 12 lo ha conseguido
plenamente, y si hubiera muchos como él, nuestro conocimiento de
la física avanzaría mucho más allá de su actual estado. Incumbe a
los grandes príncipes dar disposiciones pertinentes en bien de la
utilidad pública, cosa en la que son los primeros interesados. Y
como se trata de un asunto poco costoso y que requiere poco per-
sonal, muy fácil de dirigir, y en el que casi no se necesita más
que buena voluntad y diligencia para tener éxito, hay aún menos
razones para no ocuparse de él. Por mi parte no tengo otro motivo
para recomendar esta investigación que el de contribuir al progreso
de nuestro conocimiento de la verdad y el bien público, al que
beneficia el aumento del acervo de los conocimientos humanos.

La mayor parte de las cuestiones legales, en especial las que


conciernen a los soberanos y a sus pueblos, están muy confusas, ya
que no se parte de una noción unánimemente aceptada de la justi-
cia, lo que hace que a menudo se entiendan cosas diferentes
cuando se habla de ella,- originándose disputas inacabables. Quizá
sea aceptable en todas partes la siguiente definición nominal: que
la justicia consiste en la voluntad constante de actuar de manera
que nadie tenga razón para quejarse de nosotros. Pero esto no es
suficiente, mientras no pongamos los medios para precisar estas ra-
zones.
Ahora bien: he observado que unos disminuyen y otros aumen-
tan los motivos de queja de los hombres. Hay quienes creen que
basta con no hacer el mal ni privar a otros de lo que poseen, y

12 Probablemente se está haciendo aquí referencia a Antoni van Lteeuwen-


hock (1632-1723), célebre por medio de sus colaboraciones en las Philoso-
phical Transactions, donde describía las observaciones que realizaba a través
de microscopios cuyas lentes fabricaba él mismo. Fue el primero en distinguir
entre protozoos y bacterias.

90
que, en cambio, no se está obligado a procurar el bien de otro
o a evitarle el mal, aun en los casos en que ello nos resultaría
fácil y no nos exigiera esfuerzo. Muchos que en este mundo pasan
por amantes de la justicia, se mantienen en estos límites. Se con-
tentan con no hacer daño a nadie, pero no están dispuestos a ayu-
dar a los demás. Creen, en una palabra, que se puede ser justo sin
ser caritativo.
Otros hay que tienen una concepción más amplia y generosa,
y no querrían que nadie se quejara de su falta de bondad. Apro-
barían lo que he escrito en mi Prefacio al Codéx íuris Gentium 13:
que la justicia no es otra cosa que la caridad del sabio, es decir,
una bondad hacia los demás que se ajusta a la sabiduría. Y, para
mí, la sabiduría no es otra cosa que la ciencia de la felicidad.
Los hombres pueden variar el sentido de las palabras, y si
alguien se empeña en limitar el término justo, contraponiéndolo
al de caritativo, no hay medio de forzarlo a cambiar de lenguaje,
puesto que los términos son arbitrarios. En cambio, a nosotros nos
está permitido averiguar las razones que existen para ser lo que
se llama justo, y para ver si las mismas razones no le llevan a
uno a .ser bueno y hacer el bien.
Se aceptará, creo; que aquellos que son responsables de la con-
ducta de otro, como los tutores, los directores de sociedades y ciertos
magistrados, están obligados no sólo a impedir el mal, sino tam-
bién a procurar el bien. Pero quizá se querrá dudar de si un hom-
bre libre de estos compromisos, o el soberano de un Estado, tiene
estas mismas obligaciones con todos los demás o con sus subditos
respectivamente. En relación con esto, yo preguntaría lo que puede
inducir a una persona a no hacer el mal a los demás.
Y se puede dar más de una razón. La más apremiante sería, el
temor a que no se nos pague con la misma moneda. Pero, ¿acaso no
hay razón para temer también que los hombres nos odiarían si les
negásemos una ayuda —que podríamos prestar sin esfuerzo— y
cuando no evitamos el mal que está a punto de sobrevenirles?
Alguien dirá: me contento con que otros no me perjudiquen; no
aspiro a su ayuda ni a sus favores, y no quiero hacer ni pretender
otra cosa. Ahora bien: ¿es que puede hablarse así con sinceridad?
¿Qué diría y qué desearía quien estuviese amenazado de una des-
gracia que otro podría evitar sin esfuerzo? ¿No se consideraría un

13 Recopilación de textos de Derecho internacional de Leibniz, principal-


mente relativos a las relaciones entre Francia y el Imperio durante la Edad
Media. D 4-3-294.

91
malvado i e incluso un enemigo a quien no estuviese dispuesto a
salvarnos en tales circunstancias?
He leído en un relato de viajes a las Indias de Oriente que
un hombre perseguido por un elefante se salvó porque otro, en
una casa cercana, tocó el tambor, consiguiendo así que la fiera se
detuviera. Supongamos que el primero hubiera gritado al otro que
tocase, y que éste no lo hubiera hecho, simplemente por absoluta
falta de humanidad: ¿no hubiera tenido aquél pleno derecho a
quejarse?
Se me concederá entonces que es preciso evitar el mal a otro,
si esto puede hacerse cómodamente; pero quizá no se admita que
la justicia ordena taxativamente hacer el bien a los demás. A pro-
pósito de esto, yo pregunto si al menos no se está obligado a
aliviar sus males, y de nuevo vuelvo a la prueba, es decir, a la
regla: Quod tibi non vis fieriu.
Imagine el lector que ha caído en la miseria. ¿No se quejaría
de aquel que no le socorre, cuando puede hacerlo sin esfuerzo? Has
caído en el agua. Si alguien no quisiera lanzarte una cuerda para
ayudarte a salir, ¿no le considerarías un hombre perverso, e inclu-
so un enemigo? Supongamos ahora que sufres agudos dolores y
alguien posee un manantial de agua con capacidad para calmar tu
sufrimiento. ¿Qué dirías y qué harías si no quisiera darte algunos
vasos de agua?
Paso a paso se admitirá no sólo que los hombres deben abste-
nerse de hacer el mal, sino también que deben impedir que el
mal ocurra, y. también aliviarlo cuando sobrevenga, en la medida en
que es posible hacerlo sin demasiadas molestias.
No me detendré ahora a considerar hasta dónde puede llegar
esta incomodidad. Quizá haya todavía algunas dudas sobre si se está
obligado a procurar el bien de otro cuando puede hacerse esto
sin dificultad. Alguien dirá: no estoy obligado a favorecerte. Cada
uno debe ocuparse de sí mismo, y Dios de todos... Pero quiero,
otra vez, proponer un caso que nos sirve de ejemplo: vas a ser
favorecido con un gran bien, pero he aquí que surge un obs-
táculo. Yo podría eliminarlo sin dificultad. ¿No creerás que tienes
derecho a pedírmelo y a recordarme que yo te lo pediría si me
encontrara en un caso parecido?
Si esto se me concede, como prácticamente no podéis dejar de
hacer, ¿cómo podríais negaros a una petición en su formulación más
simple, es decir, a conseguirme un gran bien cuando podéis hacerlo

M «Lo que no deseas que se te haga a ti.»

92
sin que os signifique molestia alguna, y sin que pueda alegarse razón
alguna para eximiros de esta petición que un simple «no quiero»?
Puedes hacerme feliz, y no lo haces. Me quejo. Tú también te que-
jarías si estuvieras en mi caso: luego me quejo con razón.
Esta argumentación hace ver que las mismas razones de queja
subsisten siempre; tanto cuando se hace el mal, como cuando se
niega uno a hacer el bien, hay grados, pero esto no cambia la
naturaleza de la cuestión. Asimismo, puede decirse que la ausencia
del bien es un mal y la ausencia del mal es un bien. En general,
se te pide, bien hacer algo, bien dejar de hacerlo. Si te niegas a
esta petición, habrá motivo de queja, cuando puede afirmarse que
pedirías lo mismo si estuvieses en el lugar del otro. Es el prin-
cipio de equidad o, lo que es lo mismo, de igualdad, el que exige
que se conceda a otro lo que uno pretendería en el caso de estar
en parecidas circunstancias, sin aspirar a un privilegio en contra
de la razón, o poder alegar la voluntad propia como razón.
Por tanto, se podrá decir quizá que no hacer daño a otra per-
sona —neminem laedere— es el principio del llamado ius strictum,
pero que la equidad exige también que se haga el bien cuando es
oportuno, y es en esto en lo que consiste el precepto que ordena
dar a .cada uno lo que le corresponde: suum cuique tribuere. Y se
reconoce lo que corresponde a cada uno gracias al principio de equi-
dad o de igualdad: quod tibi non vis fieri aut quod tibi vis fieri,
ñeque aliis facito aut negato («lo que no quieres que se te haga
a ti, o lo que quieres que se te haga, no lo hagas o no dejes de
hacerlo a los demás»). Tal es la norma de nuestra razón, pero
también la de Nuestro Señor13. Ponte en Tugar del otro, y estarás
en el verdadero punto de vista para juzgar lo que es justo y lo
que no lo es 16.
Se han hecho algunas objeciones contra este gran principio, pero
proceden del hecho de que no se aplica en todas las circunstancias.
Se objeta, por ejemplo, que, en virtud de este principio, un cri-
minal podría pretender que el juez soberano le perdonase, ya que
éste desearía lo mismo, de encontrarse en situación semejante. Pero
la contestación es fácil: es preciso que el juez no sólo se ponga en
el lugar del criminal, sino también en el de los demás que tienen
interés en que el crimen se castigue. El que, en caso del mal
menor, prevalezca el bien, debe decidirlo. Ocurre lo mismo con la
objeción de que la jusdcia distribudva exige la desigualdad entre
15 Mateo 7-12, Lucas 6-31.
16 La necesidad de ponerse en el punto de vista del otro constituye el tema
central de un escrito breve recogido por Grúa, pág. 699.

93
los hombres, puesto que en una sociedad los beneficios han de
repartirse -en proporción a lo que cada uno ha contribuido, y hay
que tener en cuenta el mérito y el demérito. La respuesta es
también fácil en este caso. Ponte en lugar de los demás y supon
que han sido bien informados. Por sus votos llegarás a esta con-
clusión: que juzgan conveniente a su propio interés el que haya
distinciones entre unos y otros. Por ejemplo: si en una sociedad
comercial el beneficio no fuera repartido proporcionalmente, no se
entraría a formar parte de ella, o bien se abandonaría muy pronto,
lo cual sería contrario al interés de toda la sociedad.
Por tanto, se dirá que la justicia, al menos entre los hombres,
consiste en la constante , voluntad de actuar de modo que, en lo po-
sible, no pueda haber queja de nosotros en las situaciones en que
nosotros podríamos quejarnos del otro. De donde se deduce que,
al no ser posible la satisfacción de todos, se debe intentar satisfa-
cer a todo el mundo en todo lo posible, y así lo que es justo es
conforme a la caridad del sabio.
La sabiduría, que es el conocimiento de nuestro propio bien,
conduce a la justicia, es decir, a procurar dentro de lo razonable, el
bien ajeno. Hemos alegado ya una razón, a saber, el temor a que
se nos haga daño si actuamos de otra manera. Pero existe también
la esperanza de que los otros nos correspondan. Nada hay más se-
guro que estos proverbios: Homo homini deus17; homo homini lu-
pus 18. Y nada puede contribuir más a la felicidad o a la desgracia
de los hombres que sus semejantes. Si todo hombre fuera bueno y
supiese portarse bien con sus semejantes, todos seríamos felices,
en la medida en que es capaz de ello la humana razón.
Pero para comprender mejor la naturaleza de las cosas, pode-
mos poner algunos ejemplos: imaginemos a alguien que no tenga
nada que temer de los demás, como sería respecto a los hombres
un poder superior, algún genio o alguna sustancia que los paganos
hubieran considerado como divina, o bien un hombre inmortal, in-
vulnerable, invencible, en suma alguien que nada tiene que esperar
ni temer de nosotros. ¿Diremos que esta persona está obligada, a
pesar de todo, a no hacernos mal, e incluso a beneficiarnos? El se-
ñor Hobbes diría que no. Añadiría incluso que tal persona tiene
un derecho absoluto al habernos dominado, puesto que nada po-
dríamos oponer a nuestro conquistador por las razones que acaba-
mos de apuntar, ya que él es de condición distinta a la nuestra y,
17 SIMAQUIO: Epístolas 9-114.
18 PLAUTO: Asinaria 1 1 - 8 8 . HOBBES popularizó la expresión, al utilizarla
en el . prólogo de su De Cive.

94
por consiguiente, está exento de la obligación de tener considera-
ciones hacia nosotros.
Pero, sin que sea necesario acudir a casos ficticios, ¿qué dire-
mos de la suprema divinidad que la razón nos lleva a admitir?
Los cristianos aceptan, como deben hacer también los demás, que
este gran Dios es soberanamente justo y bueno. Pero no es por su
tranquilidad por lo que muestra tanta bondad, ni tampoco porque
le convenga estar en paz con nosotros, ya que ante El somos im-
potentes.
Entonces, ¿cuál será el principio de su justicia, y cuál será su
regla? Desde luego, no será del tipo de equidad o de igualdad que
se da entre los hombres y que nos lleva a reconocer la suerte
común de la especie humana, de modo que hacemos a los demás
lo que deseamos que ellos nos hagan.
En el caso de Dios, no puede concebirse otro motivo que el de
su perfección, o, si se quiere, de su placer. Si se acepta mi de-
finición de placer, según la cual no es sino el sentimiento de per-
fección, no puede esperarse que le llegue algo de fuera; por el con-
trario, todo depende de El. Pero su felicidad no sería completa si
no se propusiese el bien y la perfección en la medida de lo posible.
Pero ¿qué se diría si hago ver que esta misma inclinación se da
en los hombres auténticamente virtuosos y generosos, cuyo propó-
sito último consiste en imitar la divinidad en la medida que lo
permite la naturaleza humana? Las razones derivadas del temor
y de la esperanza de un trato recíproco pueden inducir a los hom-
bres a ser justos externamente y por propia conveniencia. Las
mismas razones le obligarán, incluso, a esforzarse desde la niñez
a practicar las reglas de la justicia para adquirir el hábito, temien-
do traicionarse ante los demás con excesiva facilidad y perjudicarse
con ello. Sin embargo, en el fondo, y si no existen otros motivos
para ello, no será más que una política. Si alguien que fuese justo
en este sentido pudiera obtener una gran fortuna por medio de un
gran crimen que no va a ser descubierto, o al menos que no va a
ser castigado, este hombre diría lo mismo que Julio César19 cuando
citó a Eurípides:

Si violandum est jus, regnandi grada


Violandum est70.
19 SUETONIO : De Vita Caesarum, cap. 2 0 .
20EURÍPIDES: Phoenissae V - 5 2 4 - 5 . Se trata de la traducción latina realizada
por CICERÓN: De Officiis, 1 1 1 - 2 1 - 8 2 . «Si debe romperse la ley, que se rompa
para poder gobernar.»

95
Pero aquel cuyo sentido ae la justicia está a prueba de una
tentación tal, no puede tener otro motivo que el de su inclinación
innata o adquirida en la práctica y regulada por la razón, que le
proporciona tal placer en la práctica de la justicia, y tanto desagra-
do en los actos injustos, que los demás placeres se convierten en
secundarios. Puede decirse que esta serenidad de espíritu, que de-
termina que el mayor placer se encuentre en la virtud y el mayor
mal en el vicio, es decir, en la perfección o imperfección de la
voluntad, es, probablemente, el mayor bien al que puede aspirar el
hombre en este mundo, aun cuando no hubiera nada que esperar
de la otra vida. Pues, ¿qué puede preferirse a esta armonía inte-
rior, a este continuo' placer tan grande y puro, que no se pierde
nunca, y del que es imposible cansarse? Pero también hay que
reconocer que es difícil llegar a esta disposición de espíritu, por
lo que el número de quienes llegan a ella es pequeño, y la mayor
parte de los hombres permanecen indiferentes a este ideal, por
grandioso y bello que sea. Por esta razón, al parecer, los siameses
creyeron que aquellos que llegasen a este grado de perfección re-
cibirían la divinidad como premio.
La bondad del autor de las cosas le ha movido, por esta causa,
a deparar otro motivo más al alcance de todos los hombres, al
darse a conocer al género humano por la luz de la razón que nos
ha dado y por los maravillosos efectos de su poder, de su sabidu-
ría y de su bondad infinitas, que ha colocado ante nuestros ojos.
Este conocimiento debe hacernos concebir a Dios como monarca so-
berano del universo, cuyo gobierno constituye el Estado más per-
fecto que puede' concebirse, donde nada es descuidado, donde se ha
tenido en cuenta hasta el último de nuestros cabellos 21, donde todo
derecho se realiza, bien por sí mismo, bien por algo equivalente,
de modo que la justicia es algo coincidente con el parecer de Dios
y jamás puede llegarse a un divorcio entre lo honesto y lo útil.
Teniendo esto en cuenta, haría falta ser imprudente para no ser
justo, pues no dejará de encontrarse satisfecho o insatisfecho con
respecto a lo que uno ha hecho, según sea justo o injusto.
Pero hay algo todavía más bello que todo esto en el gobierno
divino. Lo que Cicerón dijo alegóricamente de la justicia ideal 22 ,
ocurre 'en verdad en el caso de quien es sustancialmente justicia,
y es que, si pudiésemos ver esta justicia, quedaríamos cautivados,
poseídos por su belleza. La monarquía divina puede compararse a un

21 Lucas XII, 7.
22 CICERÓN: De Officiis III-6-28 y 111-17-69.

96
reino cuyo monarca fuera una reina más espiritual y sabia que la
reina Isabel 23 , más juiciosa, más afortunada, y, en una palabra,
más grande que la reina Ana 24 ; más ingeniosa, sabia y bella, que
la reina de Prusia 25 ...; en definitiva, lo más perfecta posible. Ima-
ginemos que las perfecciones de esta reina impresionan tanto a sus
subditos, que obedecerla y agradarle constituye para ellos el más
grande de los placeres. En tal caso, todo el mundo sería virtuoso
y justo espontáneamente. Esto es lo que ocurre de forma literal
y más allá de todo lo que uno puede imaginarse, en el caso de
Dios y de quienes lo conocen. En El, la sabiduría, la -virtud, la
justicia, la majestad, van acompañadas por una belleza soberana. No
puede conocerse a Dios como es debido sin amarle sobre todas las
cosas, sin querer lo que El quiere. Sus perfecciones son infinitas, y
no pueden agotarse. Por esto, el placer que consiste en experimen-
tar sus perfecciones es el más grande y duradero que puede ima-
ginarse; es decir, es la mayor felicidad, y lo que determina que
lo amemos hace igualmente que seamos al mismo tiempo felices y
virtuosos.
Según ésto, puede decirse de manera absoluta que la justicia es
la bondad conforme a la sabiduría, incluso para quienes no han
llegado.a esta sabiduría. Pues, dejando de lado a Dios, la mayor
parte de quienes obran de acuerdo con la justicia en todo, incluso
en contra de sus propios intereses, harían lo .que dice el sabio, que
encuentra su satisfacción en el bien general. Pero, en muchos ca-
sos, ño obrarían como sabios, al no ser conscientes del placer de la
virtud. En estos casos, en los que su desinterés no habría tenido
recompensa ni con la alabanza o el honor, ni con la fortuna, ni
de ninguna otra manera, de hecho, no habrían tomado el partido
más conforme a la prudencia. En cambio, desde el momento en
que se considera que la justicia es conforme a la voluntad del sa-
bio cuya sabiduría es infinita, y cuya potencia es proporcional a
ella, resulta que uno no sería sabio, es decir, prudente, si no se
rigiera por la voluntad de dicho sabio.
Se ve de este modo que la justicia puede entenderse de dife-

23 Probablemente se trata de la princesa palatina Isabel (1618-1680), her-


mana de la reina Sofía, y tía del futuro Jorge I de Inglaterra. Fue conocida
por su cultura. Mantuvo una importante correspondencia con Descartes. Ma-
thieu y Riley entienden que se trata de la reina Isabel de Inglaterra (1533-1603).
24 Ana (1665-1714), reina de Inglaterra a partir de 1702 hasta su muerte.
Esta referencia ayuda a fechar el texto.
23 Sofía Carlota (1663-1705), primera reina de Prusia, hija de la princesa
Sofía, que tanto había de apoyar el proyecto leibniziano de fundación de la
Academia dé Berlín.

97
rentes maneras. Se la puede contraponer a la caridad, y entonces no
es más que el derecho estricto (ius strictum). Se la puede contra-
poner a la sabiduría del que debe aplicarla, y entonces se ajusva al
bien general. Sin embargo, en ciertos casos, no podría reconocerse
en ella el bien particular. Dios y la inmortalidad no serían tenidos
en cuenta. Pero cuando se mira detenidamente, siempre se acaba
por encontrar el bien general. Y en lugar de decir que la justicia
no es más que una virtud particular, cuando se hace abstracción
de Dios o de un gobierno que imita el divino, y que esta virtud
tan limitada no incluye más que lo que se denomina justicia con-
mutativa y distributiva, puede decirse que, desde el momento en
que se funda en Dios o en su imitación, se convierte en justicia
universal e incluye todas las virtudes. Pues, cuando obramos mal,
no sólo nos dañamos a nosotros mismos, sino que también dismi-
nuimos, en la medida en que de nosotros depende, la perfección
del gran Estado del que Dios es el Monarca, aunque ciertamente
el mal se compense en El, en virtud de la sabiduría del soberano
señor; pero, en parte, esto último se realiza con nuestro castigo.
La justicia universal está caracterizada por el precepto supremo:
honeste, h. e. probé, pie vivere igual que suum cuique tribuere
se ajusta a la justicia particular, bien en general, bien en su sen-
tido más restringido de justicia distributiva, que establece una dis-
tinción entre los hombres individualmente, y como neminem laedere
corresponde a la justicia conmutativa o al ius strictum, que se opo-
ne a la equidad en algunas acepciones de este término26.
Es verdad que Aristóteles ha reconocido esta justicia universaL27,
aunque no la relacionó con Dios. Encuentro que dice mucho a su
favor el haber tenido, por lo menos, una idea tan elevada. Hay
que tener en cuenta que para él, un gobierno o Estado bien orga-
nizado, sustituye a Dios sobre la tierra, y este gobierno hará cuan-
to pueda para obligar a los hombres a ser virtuosos. Pero, como
acabo de decir, no puede obligarse a los hombres a ser virtuosos
en todo momento, exclusivamente por el principio de los intereses
de esta vida, a no ser que se hallara el secreto de educarlos de
manera que la virtud fuera su mayor fuente de placer, y —como
he dicho antes— esto es lo que Aristóteles parece haber deseado
más que mostrado. Sin embargo, no me parece imposible que, en
determinados lugares y momentos, se consiga esto, sobre todo si
interviene la piedad.

26 Ver escrito 1, págs. 91 y ss.


27 Etica a Nicótnaco V, 1, 1130a y 1135a.

98
Atendiendo ahora al derecho de los soberanos y al de los pue-
blos, se puede distinguir el ius strictum, la equidad y la piedad.
El señor Hobbes y el señor Filmer no parecen haber considerado
más que el derecho en sentido estricto (ius strictum). Algunas ve-
ces, los jurisconsultos romanos también se dedican exclusivamente
a este derecho. Puede decirse que la piedad y la equidad recomien-
dan el ius strictum normalmente, mientras no presenten excepcio-
nes. Pero al insistir sobre el derecho en sentido estricto, hay que
comprender que implícitamente se excluyen las excepciones que de-
terminan la equidad y la piedad. De lo contrario,' podría decirse:
Summum ius, summa est iniuria («el derecho llevado al extremo es
la mayor injusticia») 28 .
Para examinar el derecho en sentido estricto, conviene conside-
rar el origen de los reinos y de los Estados. El señor Hobbes parece
pensar que, al principio, los hombres se parecían un poco a las bes-
tias y que, poco a poco, se han ido haciendo más tratables; pero,
mientras conservaban su libertad, vivían en un estado de guerra de
todos contra todos, y por ello, entonces, no existía ius strictum entre
ellos. Cada uno tenía derecho sobre todo, pudiendo apoderarse, sin
cometer ninguna injusticia, de lo que pertenecía a su vecino, si lo
consideraba oportuno. Pues entonces no había ni seguridad ni juez,
y uno tenía el derecho de protegerse contra aquellos de los que cabía
temer cualquier cosa. Pero como este rudo estado de naturaleza era
un estado miserable, los hombres acordaron un medio que garantí-
zase su seguridad, al traspasar su derecho de juzgar a la persona del
Estado, representado por un solo individuo o por una asamblea29. El
señor Hobbes, sin embargo, reconoce en alguna parte 30 que con ello
no ha perdido el hombre el derecho de juzgar lo que más le conviene,
y que es lícito que un criminal haga lo que pueda por salvarse, aun-
que sus conciudadanos deben aceptar la decisión del Estado. No obs-
tante, el mencionado autor estará obligado a reconocer que estos
mismos ciudadanos, al no haber perdido el juicio, no podrán admitir
que su seguridad esté también en peligro cuando se maltrata a uno
de ellos. De esta manera, en el fondo, a pesar de lo que diga el
señor Hobbes, cada uno ha conservado su derecho y libertad, a pesar
de la entrega que ha hecho de ella al Estado, que resultará limitada
y provisional, es decir, se- mantendrá mientras creamos que se man-
tiene nuestra seguridad. Y las razones que este ilustre autor aléga
para impedir la resistencia de los subditos no son sino argumentos

28 CICERÓN: De Officiis, 1 - 1 0 - 2 3 .
29 HOBBES: De Cive 5-8; Leviatán, cap. 17.
30 H O B B E S : Leviatán, cap. 2 1 . Asimismo De Cive, 6-13.

99
que se fundan en un principio muy cierto, a saber, que normalmente
dicho remedio es peor que la enfermedad. Pero lo que suele ocurrir,
no ocurre absolutamente siempre. Lo uno es como el ius strictum,
y lo otro como la equidad.
Me parece también que este autor se equivoca al confundir el
derecho con su efecto. Quien haya adquirido un bien, construido una
casa, forjado una espada, es su señor y propietario, aun cuando en
tiempo de guerra otro tenga derecho a echarle de su casa y privarle
de su espada. Aunque en algunas ocasiones no se pueda disfrutar del
derecho propio, por falta de juez y de poder, no deja de subsistir el
derecho. Sería tergiversar la cuestión querer negar este derecho por
la razón de que no se pueda ni realizarlo ni disfrutarlo.
Creo que el señor Filmer ha reconocido, y con razón, que hay
un derecho, e incluso un derecho en sentido estricto, previo a la fun-
dación de los Estados 31. A quien produce una cosa nueva o se apo-
dera de algo ya existente, pero de lo que nadie se había apoderado
antes, y lo cuida y pone en condiciones de empleo, no se le puede
privar de ello sin cometer una injusticia; pasa lo mismo con quien lo
adquiere de este propietario de forma mediata o inmediata. Este de-
recho de adquisición es el derecho en la acepción estricta del térmi-
no, que la equidad misma da por válido. El señor Hobbes cree que,
en virtud de este derecho, cuando la sociedad no disponga lo con-
trario, los niños son propiedad de la madre32, y Filmer, partiendo
de la superioridad del padre, da a éste el derecho de propiedad sobre
los hijos, así como sobre los de sus esclavos33. Como todos los hom-
bres que existen en la actualidad, según la Historia Sagrada, descien-
den de Adán, y también de Noé, Filmer deduce que, si Noé viviese,
sería por derecho, el monarca absoluto de todos los hombres. En su
lugar, los padres han sido, o han debido ser, los dueños absolutos de
su prole. Este poder paterno es el origen de la corona, que ha aca-
bado sustituyendo a los progenitores, bien a la fuerza, bien con su
consentimiento. Y como el poder de los padres es absoluto, también
lo es el de los reyes 34 .
No debe menospreciarse totalmente esta argumentación. Sin em-
bargo, puede decirse que ha sido llevada demasiado lejos. Hay que
reconocer que un padre o una madre adquieren, por la generación o
por la educación, un gran poder sobre sus hijos. Pero no creo que
se pueda concluir de ello que los niños son propiedad de sus padres,

31 F I L M E R : Patriarcha or the Natural Right of Kings, 1, 8.


32 HOBBES: De Cive, 9 - 3 .
33 FILMER: O. C., 1 - 3 - 2 ; 1 4 - 1 . Observations on Mr. Hobbes' Leviathan XI.
34 F I L M E R : Patriarcha... 1 , 7 - 9 .

100
como son nuestros los caballos o los perros desde su nacimiento, o
las obras que realizamos.
Se me contestará que podemos adquirir esclavos y que los hijos
de nuestros esclavos también lo son. Ahora bien, según el derecho
de gentes, los esclavos son propiedad de sus amos, y no hay razón
alguna por la que los niños que hemos engendrado y a los que hemos
dado educación no sean esclavos nuestros con más razón, incluso,
que los que hemos comprado. Respondo que, aun admitiendo que hay
un derecho de esclavitud entre los hombres, de acuerdo con la razón
natural, y que según el ius strictum, los cuerpos de los esclavos y
los de sus hijos pertenecen a sus amos, sin embargo, es. cierto que
otro derecho más fuerte se opone al abuso de este derecho. Se trata
del derecho de las almas razonables, que son natural e inalienable-
mente libres; es el derecho de Dios, señor soberano de cuerpos y al-
mas, según el cual los amos son conciudadanos de sus esclavos, pues
los unos tienen tanto derecho como los otros a pertenecer al Reino de
Dios. Por eso podría decirse que la propiedad del cuerpo de un hom-
bre corresponde a su alma y no se le puede privar de ella durante
su vida. Al no poderse adquirir el alma, no puede obtenerse la pro-
piedad del cuerpo. De la misma manera el derecho del amo sobré el
esclavo no puede ser más que lo que se llama una servidumbre, o
una especie de usufructo sobre la persona de otro. Mas el usufructo
tiene sus límites: hay que ejercerlo salva re, conservando la cosa de
modo que este derecho no pueda hacer a un esclavo perverso o des-
graciado 35.
-Mas si se admitiera, en contra de la naturaleza de las cosas, que
un esclavo es propiedad de otro hombre, el derecho del amo, sea
cual sea, se verá limitado por la equidad, que exige que el hombre se
ocupe de su prójimo como quisiera que se hiciese con él, de estar
en.una situación parecida, y también por la caridad, que manda que
nos esforcemos por el bien del prójimo. La piedad, es decir, lo que
debemos a Dios, hace más importantes estas obligaciones. Si nos qui-
siéramos limitar nada más que al derecho estricto, los antropófagos
americanos tendrían el derecho de comerse a sus prisioneros. Entre
ellos, hay algunos que llegan aún más lejos: se sirven de sus prisio-
neros para tener hijos y, entonces, los engordan y se los comen; fi-
nalmente, se comen también a la madre cuando ya no es capaz de
tener más. He aquí las consecuencias del pretendido derecho absolu-
to de los amos sobre los esclavos y de los padres sobre los hijos.

_3S Con Riley creemos oportuno precisar que la expresión salvare aquí
quiere decir «sin perjudicar aquello de que se trata», es decir, el cuerpo del
esclavo.

101
Si el derecho de lo oportuno y el buen orden se oponen, en
cuanto ley, al derecho riguroso en lo que respecta a los esclavos, aún
se opone más en lo concerniente a los b ios. Aristóteles ha estudiado
muy bien este problema36. Buscando, como he hecho yo, el principio
de la justicia en el bien, regula lo conveniente por lo mejor, es decir,
por lo que corresponde al mejor de los gobiernos, de manera que, para
este autor, el derecho natural es lo que corresponde mejor al orden.
De donde se deduce que, según la naturaleza de las cosas, nadie debe
ser esclavo de otra persona más que cuando merece serlo, es decir,
cuando es incapaz de comportarse debidamente. Pero, en el caso de
los hijos de un padre de familia, hombre "libre de nobles sentimien-
tos, hay que suponer que éstos tendrán un buen natural y una edu-
cación liberal, y también que el padre se esforzará por que hereden
no sólo sus bienes sino también sus virtudes, con el fin de que un
día administren aquéllos debidamente. Por esto Aristóteles distinguió
el regnum paternum del regnum herile, es decir, entre una jurisdic-
ción paterna, que es la del padre sobre sus hijos, y otra despótica,
como es la del amo sobre sus esclavos37.
La primera tiende a hacer a los individuos felices y virtuosos,
mientras que la segunda no se propone más que su conservación en
condiciones que les permitan trabajar para su dueño. Pero parece
que, desde el momento en que se puede hacer a los hombres felices
y virtuosos, no se debe dejar de hacerlo, aunque la virtud tenga sus
grados, y las virtudes necesarias, para 'hacer a un hombre feliz difie-
ran según la condición de éste.
Sin embargo, hay que reconocer que existe una distinción entre
el derecho de propiedad en sentido estricto y el de la conveniencia,
y que frecuentemente se prefiere el primero. Pero esto será a causa
de una conveniencia aún mayor. No es lícito quitar a los ricos sus
bienes para contentar a los pobres, ni privar a alguien de un vestido
que no corresponde a su talla, para dárselo a otro a quien iría mejor.
El desorden que esto causaría daría lugar, en general, a mayores
males y problemas que el mal inicial. Por consiguiente, es preciso
mantener la propiedad. Y como el Estado no puede ocuparse de,
todo, conviene que mantenga el derecho de propiedad de manera
que cada uno tenga su propio ámbito que mejorar y poner en orden.
Esta emulación es útil en general, pues, si todo fuera común, los par-
ticulares serían poco cuidadosos, a no ser que se impusiese una or-

36 De nuevo nos parece oportuno repetir la • indicación de Riley de que-


Leibniz está resumiendo de manera somera los capítulos 3 y 7 de su Política.
3 7 ARISTÓTELES: Etica a Nicómaco V, 8, 1134b.

102
ganización como entre los religiosos, lo cual resultaría difícil en este
siglo. Por esto, el Estado debe mantener la propiedad. Puede, no
obstante, hacer excepciones, teniendo en cuenta la seguridad de la
comunidad e incluso con vistas a un gran bien común, de donde se
deriva el llamado «dominio eminente», los impuestos y lo que se
llama «razón de guerra» 38.

38 Riley indica que, a juzgar por el manuscrito, esta segunda parte de la


meditación quedó sin terminar.

103
2. DE LA JUSTICIA 1

I. La justicia es la caridad del sabio

Sostengo que la. justicia puede ser definida de un modo, al mismo


tiempo muy claro y muy conciso, como la caridad del sabio, es decir,
como una caridad o benevolencia general, que se encontraría en el
hombre que fuera sumamente sabio, si entre los hombres hubiera
alguno que lo fuera realmente.
Y no entiendo esto como si fuera necesario que el hombre justo
o bueno se distinga en el conocimiento de las cosas y conozca las
primeras causas de lo bueno y lo justo, sino en el sentido en que
las cosas que conciernen a la caridad, las hará como las haría y pres-
cribiría hacer el sabio. Por consiguiente, el justo acostumbrará a ac-
tuar del modo más racional, o, al menos —lo que es suficiente—,
estará dispuesto a imitar al sabio. Y, como las otras virtudes consis-
ten en moderar las otras pasiones, así hay que pensar que la justicia
se ocupa en dirigir la voluntad del hombre hacia el bien del prójimo,
y trata de que todos intentemos ser útiles y no perjudiquemos a
nadie.

1 Original publicado en latín, por MOLLAT, págs. 35 a 40.

105
II. La justicia es posible y la caridad corresponde al sabio
A esto, naturalmente, objetaba Carnéades, quien decía que la jus-
ticia coincide con la suprema estupidez, porque en virtud de ella los
hombres beneficiarán a otro con daño para sí mismos. Esta objeción
nace de una torcida definición de la justicia. En efecto, la caridad del
sabio no puede ser estúpida; enseñaría Carnéades que es imposible
nuestra definición, y que no puede situarse la caridad junto a la ra-
zón. Pero es manifiesto que ello es posible, a partir de las propias
nociones de caridad y sabiduría. En efecto, la sabiduría es la ciencia
de la felicidad, y muchas veces, para asegurarnos un futuro bueno,
hay que aconsejar con el máximo interés el asumir que la felicidad
—que es la alegría duradera que siente quien la posee, y cuya parte
más importante estriba en la conciencia de haber realizado actos con
rectitud— consiste en tomarnos interés por el bien de nuestro pró-
jimo, incluso a costa de un momentáneo prejuicio nuestro. Así pues,
nos satisfará el deseo de Sócrates, quien quería reunir la honestidad
y la utilidad, disociadas sin motivo, y censuraba a aquel que fue el
primero en disociarlas.

III. Naturaleza de la caridad


La caridad es elhábito de apar a todos, es decir, una benevolen-
cia general, que, sin embargo, es matizada en sus grados, en razón
del objeto. Pero, de por sí, consiste no en el acto, sino en el hábito
o en la enérgica inclinación de la mente7 que hemos adquirido, bien
por suerte en el nacimiento, bien por un singular don de Dios, bien
a través de su práctica frecuente. De aquí se sigue que la justicia
también será un hábito.
Pero no podemos amar a todos los hombres —incluso a los que
no conocemos— si no amamos a todo el género humano, o, más bien,
a todo el género de los seres racionales, estando dispuestos* cuando
se presente ocasión, a manifestar nuestra mejor voluntad para con
los hombres, con las propias obras, y en la medida en que la natura-
leza de las cosas lo permita. En caso de que se opongan entre sí
los intereses de muchos, preferiremos aquello que sea mejor en con-
junto, o aquello que es conveniente a varios de los mejores. Cuando
todos sean iguales, amaremos tanto más a cada uno, cuanto más se
distinga por su prefección, por la bondad de su ánimo o por su ver-
dadera virtud.

106
IV. Qué es amar, y de qué modo es posible el amor honesto,
con el que quien ama desea en sí mismo el bien del amado
Llamo aquí amor al que habitualmente es llamado por los esco-
lásticos amor virtuoso, o amor de amistad. En este sentido, amar
equivale a buscar por uno mismo la felicidad de otro, o, lo que viene
a ser lo mismo, ser feliz con la felicidad de otro. Pero, como busca-
mos siempre lo agradable en sí mismo, resulta que disfrutamos de
ello sin percibir ni esperar ninguna otra cosa a cambio o como re-
compensa en el futuro. Tal es realmente la .felicidad de aquel que
ama: el bienestar de un amigo se convierte en un incremento de la
felicidad propia.
Partiendo de aquí se resuelve otra difícil cuestión, a saber, la de
cómo podemos desear por sí mismo el bien de nuestros amigos, aun
cuando es evidente que los hombres hacemos todas las cosas buscan-
do el propio bien: la felicidad de nuestros amigos constituye nues-
tra propia felicidad. Una especie de imagen de este afecto, es el
que sentimos hacia las cosas, incapaces de sentir felicidad; así deci-
mos que amamos la estatua, la casa, el caballo, la finca, la plaza
fuerte, la patria... cuando nos sentimos contentos por el buen estado
de estas cosas, contemplamos su belleza, y sentimos deleite por ello.

V. Preeminencia del amor divino


Puesto que nada hay más hermoso y perfecto que Dios, se
sigue que nada será más grato que el amor a Dios por encima de
todas las cosas, y que ello será más fácil en la medida en que lo co-
nozcamos mejor.
Si bien es imposible que podamos ser útiles a Dios, hacemos algo
parecido cuando nos esforzamos en cumplir su voluntad. Entonces,
honrando al mismo tiempo a quien es nuestro señor y nuestro amigo,
somos felices, tanto más cuanto El mismo, como es siempre feliz,
nunca necesitará de nuestro infortunio, ni de nuestro auxilio, ni será
jamás causa de desdicha.
Por consiguiente, puesto que Dios actúa siempre en todas las
cosas según los dictados de la suprema razón, podemos vivir en esta
seguridad, cosa muy diferente a lo que ocurre en el caso de quienes,
dominados por las pasiones, no se ajustan a ninguna regla segura, y
pueden llegar a ser ofendidos incluso por aquellos a quienes quieren
honrar en grado sumo. En cambio, El siempre está lleno de buena
voluntad y premia con generosidad las buenas acciones, los actos que
se hacen con buena intención, y que se ajustan a su voluntad.

107
VI. Diferencia entre la presunta voluntad de Dios
y el residtado de declararla absoluta
Aunque nada en absoluto puede acontecer en contra de su vo-
luntad, queriendo El lo contrario, sin embargo, se dice con verdad
que El no quiere las cosas que no desea permitir si no es bajo la con- •
dición del castigo de aquel que las realiza. Por el contrario, quiere
verdaderamente las cosas que ordeña o que quiere que nosotros que-
ramos, o que, si las deseamos vivamente, nos recompensará con un
premio. Ello es así, aunque Dios no siempre desee las cosas con esa
voluntad absoluta suya que siempre tiene un éxito infalible.
Ciertamente puede ocurrir, y en realidad ocurre a menudo, que
Dios quiera que yo desee y haga algo que El ha decidido de un modo
absoluto que no ocurra o que no me suceda; a veces quiere que in-
tente cosas que no quiere que obtenga. Sin embargo nosotros, por
nuestra parte, en tanto no se declare en el desarrollo de los aconteci-
mientos la divina y eficaz voluntad, y mientras todavía no se haya
manifestado a nosotros, debemos tratar de saber lo que Dios quiere
de modo absoluto —y entonces lo ordena— y las cosas que no desea
en absoluto —y entonces las prohibe.
La voluntad moral rde Dios (esto es, la que se ha manifestado a
nosotros mediante preceptos o dictámenes, promesas y amenazas)
debe ser para nosotros la presunta voluntad absoluta, que todos he-
mos de seguir, hasta que decida, permitir o querer algo de un modo
más absoluto. En efecto, El siempre recompensa con premios de un
modo suficiente a. quienes al actuar cumplen su voluntad; a los que
actúan del modo contrario los castiga. De modo parecido actúan los
sabios legisladores.

VII. La voluntad de Dios nos prescribe las mismas reglas


de comportamiento que las que nos dicta la sabiduría
Es la presunta voluntad de Dios que cada uno haga de tal manera .
que él mismo y todo lo que hay a su alrededor resulte lo más perfec-
cionado posible, y que cada uno trate de mejorar su suerte, cosa que
también está ordenada por la sabiduría, ya que la alegría consiste
en un sentimiento de perfección.
Por tanto, debemos esforzarnos siempre en la medida de, nues-
tras posibilidades y condiciones, en procurar el bien público y en or-
denar a ello nuestros asuntos, aun. cuando-no siempre el éxito nos fa-
vorecerá. Cuando el éxito nos abandone, no debemos entristecernos, ni

108
abandonar; tampoco debe vencernos el tedio, que siempre nos ace-
cha. Pues sólo a Dios es lícito conocer los tiempos y las medidas de
las cosas, y las condiciones en que será posible un éxito mayor. Cuan-
do hayamos cumplido nuestro cometido estaremos satisfechos de
nuestro pasado, por haber cumplido lo que conocíamos de la volun-
tad de Dios, pero desearemos mejores cosas todavía para el futuro,
sobre el que Dios aún no ha manifestado su voluntad, dejándolo a
nuestro celo. Verdaderamente, hay que tener como cosa cierta que
todas las cosas han sido realizadas de un modo tan perfecto por Dios
en el mundo (al convertir lo malo en lo mejor) que no podrían ser
preferidas ni concebidas por un ser inteligente cosas mejores y más
útiles para quienes conocen esto y aman a Dios, estando satisfechos
de su gobierno. En vista de esto, contamos ya con una causa de per-
petua alegría, con el acuerdo de la divina voluntad, con la definición,
antes dada, de la justicia, y la conciliación de la sabiduría con la
suprema caridad.

VIII. Puesto que Dios existe, por ello es lícito al sabio


éjercer voluntariamente la caridad
Siendo Dios máximamente sabio al mismo tiempo que poderoso
en grado sumo, actuará con justicia y proporcionará seguridad a
quienes son justos, de tal modo que les sea posible actuar con rec-
titud, con tranquilidad, y de manera que podamos no sólo querer a
nuestros enemigos y a quienes nos perjudican, sino también, a ve-
ces, beneficiarnos nosotros mismos a causa de quienes se alegran
con nuestro mal, suprimiendo la ocasión de perjudicarnos, con tal
disposición de ánimo que colaboremos a su salvación. Así el bien
vencerá al mal, lo que la Escritura llama llevar carbones encendi-
dos a la cabeza de nuestro enemigo. Ello ocurre a menudo, con
creces, puesto que es necesario para quien ama a Dios que todas las
cosas, en última instancia, se transformen en un bien mayor.
Como, por otra parte, si Dios faltara, a menudo la justicia de
los buenos tendría que limitarse a su voluntad pero en cuanto a los
hechos externos tendrían que imitar a veces a los malos y a los
que viven de forma bestial, viéndose obligados en consecuencia a
atacar, incluso a superar a los que querían salvar con las mismas
artes.
Dios hizo que se pudiera representar este miserable estado de
naturaleza, abandonada a sí misma y yendo a la deriva, sin rector,
pero sólo para poder mostrarlo, ya que no puede darse en la rea-

109
lidad. En efecto, el alma inmortal, que no está expuesta a otros
males que los propios, siempre está bajo la mano y la protección de
Dios, y Cristo, en su divinidad, prohibió temer a quienes eran ca-
paces de matar el cuerpo, pero no podían matar el alma. Así, el
verdadero fundamento de la justicia sería, no la conservación de
la vida y el cuerpo durante más tiempo, sino la verdadera preocu-
pación por la perfección y salvación del alma, independientemente
de lo que sea necesario para conservar aquélla. Entretanto, la na-
turaleza de la salvación es tal que requiere cosas mínimas, y nada
que sea perjudicial para otros, cuando, por el contrario, frecuente-
mente estamos en condiciones de conservar el cuerpo y la vida, y
las cosas que habitualmente son útiles para disfrutar y conservar
éstas, así como las riquezas y honores, como ocurre en un naufra-
gio, cuando dos personas luchan por una tabla de salvación. ¿En
qué medida es lícito luchar?, ello puede definirse por medio de las
evidentes reglas de la justicia, es decir, de la sabiduría. Sería im-
propio de la naturaleza humana si el asunto más importante de
todos consistiera en que fuera necesario deshacerse violentamente
del prójimo. Es mucho más creíble que el aumento de la verdadera
felicidad consista en ej aumento del número de amigos.

110
3. SOBRE LOS TRES GRADOS DEL DERECHO
NATURAL Y EL DE GENTES 1

El derecho, acerca del cual hablaremos, es la ciencia de la caridad


(scientia caritatis). La justicia es la caridad del sabio, es decir, la virtud
que, de acuerdo con la razón, dirige el afecto del hombre hacia sus
semejantes. A su vez, la caridad es el hábito de amar a todos. A quien
tiene este sentimiento, lo consideramos bueno. La sabiduría es la cien-
cia de la felicidad: consiste la felicidad en vivir en la gracia y en el
amor de Dios, el cual posee el sumo poder y la suma perfección.
Siendo Dios sumamente sabio, sin lugar & dudas se ha propuesto
la general perfección de las cosas y, por encima de todas, la de las
criaturas superiores que se valen de la razón. Por ello quien ama
a Dios, es decir, quien es verdaderamente sabio, amará a todos, pero
a cada uno tanto más cuanto más claras resplandezcan en él las hue-
llas de la divina virtud, y cuanto más espere encontrar en él a un
compañero diligente en todo lo que se refiere a la consecución del
Bien común, o, en otras palabras, a la búsqueda de la gloria de Dios,
dador de todo bien.
' Una vez comprendida la naturaleza de la justicia, así como la de
la sabiduría y la caridad, que necesariamente se relacionan con ella,
resulta manifiesto que son justas, lícitas, o bien constituyen un deber,
aquellas cosas que a un hombre bueno y al mismo tiempo deseoso de
mantener su buen nombre le resultan posibles o necesarias, e injus-
tas todas las que un hombre así debe evitar como imposibles. En
1 Redactado según G . GRÚA entre 1677-1678, el original en latín fue publi-
cado por MOLLAT, págs. 8 a 1 8 .

111
efecto, no debemos creer que podemos hacer cosas que vayan contra
las buenas costumbres, de tal modo que puede afirmarse que, mien-
tras que el derecho que tenemos de obrar o no constituye una simple
posibilidad o libertad moral, la obligación es una necesidad.
La suprema regla del derecho consiste en encaminar toaos nues-
tros actos a la consecución del bien general; de aquí se derivan los
tres preceptos del derecho, famosísimos aún entre el vulgo: vivir
honradamente, no hacer daño a nadie, dar a cada uno lo suyo (hones-
te vivere, neminen laedere, suum cuique tribuere).
El primero pertenece a la llamada justicia universal. Efectiva-
mente, una vida honrada no es otra cosa que una vida gobernada por
la virtud en general, es decir, una vida en la que los hábitos del alma
siguen a la razón y a la moderación de las pasiones. Dado que la per-
fección de espíritu consiste en la virtud, y que se es tanto más útil
cuanto más honrado por ella, de aquí se sigue que la propia justicia
particular, que por sí misma se encamina al bien en general, conlleva
la práctica de la virtud universal, de modo que estemos dispuestos
a ayudar a la sociedad en todo lo que nos es posible.
Los dos restantes preceptos del derecho pertenecen a la justicia
particular, que se distingue de las demás virtudes; en efecto, hacen
que al practicarlas queramos ser útiles al prójimo, mientras que las
restantes virtudes sólo preparan el ánimo para ello. La justicia par-
ticular, además, es doble: conmutativa y distributiva. A la primera
corresponde el precepto de no hacer daño a nadie; a la segunda,
el de dar a cada uno lo que le" corresponde de acuerdo al bien de la
sociedad en general.
Se trata de la justicia conmutativa en el derecho privado, y en
el público, de la distributiva.
Es cierto que en un Estado ideal, lo más perfecto posible, todo
se regiría por el derecho público. De acuerdo con él, los bienes serían
distribuidos entre los particulares, con la única excepción de aquellas
cosas necesarias para vivir, y sin las que el hombre se siente desgra-
ciado. Ahora bien, la mayoría de los hombres ha sido educada de
manera tan imperfecta que no busca la virtud como un fin en sí
misma, capaz por sí sola de hacernos felices, sino que sólo la practica
como algo necesario. Por esta razón, cuando realmente hubiera en
un Estado bienes en abundancia y la sociedad misma garantizara su
distribución a todos los particulares, éstos acabarían cayendo en la
relajación: cuando los hombres vivieran a expensas del Estado y
bajo la férula de los gobernantes, tal como ocurre en los conventos,
sería incluso difícil para los administradores encontrar individuos
trabajadores, justos y bien dispuestos en número suficiente.

112
Aún cuando es cierto que los hombres en general usan mal de
la autoridad, de todos modos es demasiado difícil conseguir la satis-
facción de todos y cada uno de los individuos, ya que cada uno cree
ver las cosas con absoluta objetividad; por tanto, tal como los hom-
bres son actualmente, resulta preferible dejarles en libertad de cuidar
de sí mismos, cada uno por cuenta propia. El Estado queda así libe-
rado de la pesada carga que supondría el tener que cuidar de cada
uno de los particulares, y está obligado a velar por la sociedad en
general y a procurar que a nadie resulte fácil causar daño ni a sí
mismo ni a sus bienes de fortuna; asimismo procurará que el trabajo
individual sea apoyado por el poder público. En fin, en todas aque-
llas cosas que ha dejado al cuidado de los particulares, a todos éstos
los considerará como iguales y lo que un particular ha logrado ate-
sorar por la suerte o a costa de su propio trabajo, eso nadie tiene
derecho a arrebatárselo, por muy necesario que sea. Y según esto,
cuando por ejemplo se discute en un juicio acerca de quién es el
propietario de un campo, la cuestión no es saber quién reúne más
méritos o cuál de todos es mejor agricultor, sino quién lo posee y
de qué manera lo obtuvo. Si esto no fuera así, o bien se iniciarían
infinitas disputas acerca de la dignidad y méritos de cada uno de
los ciudadanos, o —en caso de que todo debiera ser repartido de
acuerdo a la dignidad de cada uno —el Estado tendría que garantizar
esta distribución de bienes de tal manera que la gente, renunciando
a todos sus derechos privados, pudiera encontrarse segura de obtener
los medios de ganarse el sustento y un' mínimo bienestar.
Dado que hoy por hoy nada de esto está a nuestro alcance, lo
lógico es que en todas aquellas cosas cuyo cuidado no es asumido por
la sociedad, se deje a los hombres permanecer en el estado natural,
es decir, sin someterse a pacto ni ordenamiento «alguno». En este
estado cada uno se considera igual en derecho a cualquier otro, en
lo que respecta a las cosas sobre las que tiene poder, al margen de
la consideración de lo que realmente es adecuado. Y aunque, como
dice Jenofonte, sucede que casualmente uno de baja estatura barre
el pavimento con un manto demasiado largo, y a otro de gran corpu-
lencia apenas le llegue el suyo a la cintura, no por esto pueden ser
obligados a intercambiarlos, como quería hacer el niño Ciro 2 . Esta
sería la igualdad que vulgarmente se llama aritmética, en virtud de
la cual todos los individuos son considerados como iguales en dig-
nidad, de tal modo que cada uno recibe simplemente la misma can-
tidad que aporta.
2 G£r. JENOFONTE: Ciropedia, 1-3-17, pasaje mencionado por GROCIO en
De Jure Betti ac Pacis, I, 1, 8.

113
Ello no obstante, el Estado puede limitar dicha libertad mediante
diversas leyes, e incluso suprimirla por completo. Por ejemplo, a
veces se ordena que se vendan las mercancías incluso contra la volun-
tad de sus dueños, con el objeto de asegurar el abastecimiento de
víveres. Es más, puede, en caso de necesidad pública, recabar tributos,
y, forzado por la misma necesidad, puede servirse de su poder sobre
las cosas de los individuos, con tal de que ninguno de ellos se vea
reducido a la miseria, ya que si. esto sucediera se rompería el lazo
que le une al propio Estado.
La justicia distributiva, que comprende también la contributiva,
es la que regula los asuntos del derecho público, y se ordena a que
por una parte se procuren los bienes y se eviten los males comunes,
y, por otra, a que entre los individuos se distribuyan unos y otros
de tal manera que a cada uno toque lo suyo. Debo hacer notar que
cuando digo «lo suyo» no me refiero a lo que antes decíamos —lo
que, en términos de derecho estricto puede exigir un individuo de
la comunidad en un juicio civil o, fuera de ella, mediante la guerra—
sino a lo que este individuo puede esperar de la equidad del Estado
como conveniente y apropiado a su propia persona. El reparto debe
hacerse del modo que exija, el mayor bien general: los males comu-
nes deben recaer sobre sus autores y, a la inversa, los que han hecho
las cosas bien deben recibir el fruto de sus acciones. Así se hará el
reparto de bienes y males, en proporción a las virtudes y méritos,
vicios y culpas. Esta proporción, que llaman igualdad geométrica,
se da cuando en la propia desigualdad se mantiene cierta equidad,
de forma que a individuos desiguales se les distribuyan las cosas de
un modo desigual, de manera que se conserve en las cosas distri-
buidas la misma proporción que de hecho existe entre las personas.
Pero se debe tener en cuenta que esto sólo se da accidentalmente,
ya que de por sí el administrador público no observa este criterio
de la analogía, sino el de obtener el máximo bien público que sea
posible, y este criterio a menudo no es compatible con la igualdad
en las proporciones de que hemos hablado.
También habría que preguntarse si el fundamento del reparto
deben serlo los méritos y culpas ya pasados (que se llaman vulgar-
mente deméritos) o más bien lo deben constituir las virtudes o vicios
que se observan en las personas, es decir, en la esperanza de méritos
futuros y el miedo a las posibles culpas. Evidentemente no son equi-
valentes ambos criterios. Según hemos hecho el planteamiento, unas
veces se atenderá más a lo uno, otras veces a lo otro, otras sé valo-
rarán ambas cosas, y más frecuentemente no se considerará ni una"
ni otra. Pero será lo mejor que, cara al futuro, a cada uno se le

114
proporcionen medios que le ayuden y eviten ocasiones de perjudi-
carse; en esto habrá que tener en cuenta la consideración del vicio
o la virtud del individuo, pero todavía más la influencia de las cir-
cunstancias, ya que realmente puede suceder que un vicio más pe-
queño cause a uno un daño mayor que el que causa a otro un vicio
mayor. Y, cara al pasado, es mejor establecer algún modelo de premio
y castigo mediante el cual los hombres se encuentren más estimula-
dos, de tal manera que en ocasiones un vicio menor sea más casti-
gado cuando se ha extendido demasiado, y que también sea menor
el aprecio que recibe una virtud mayor pero que se considere menos
necesaria o sea frecuente. Así, podrá ocurrir que un desafortunado
sufra un gravísimo castigo por cometer una falta leve, cuando haya
necesidad de escarmiento, al tiempo que otro, que de hecho es peor
que él, merced a favorables circunstancias, recibe un trato benévolo.
Sin embargo, sigo sosteniendo que cuanto mejor sea la situación del
Estado, mejor se podrán guardar las proporciones entre el delito y
su castigo.
Por lo demás, la distribución de los beneficios y cargas públicas
no sólo consiste en la concesión de premios y distribución de cas-
tigos, sino también en hacer repartos y fijar las contribuciones. Los
primeros tienen lugar en caso de pública abundancia (como cuando
el Pueblo Romanó dividía entre los ciudadanos los territorios con-
quistados a los enemigos).y las contribuciones se exigen en caso de
pública necesidad. En ambas cosas deberá tenerse en cuenta menos
el criterio de la proporción que el de la utilidad pública. Por ejemplo,
preferiblemente, el peso de costear los medios de subsistencia de
los que el Estado puede carecer con más facilidad, justamente por
ello debe sér soportado por todos los ciudadanos a través de los
impuestos.
De todo lo dicho hasta aquí se desprende que, según los tres
preceptos citados, son tres las partes de la jurisprudencia y los grados
del derecho:
— El derecho de propiedad, al que corresponde el precepto de
no perjudicar a nadie.
— El derecho de sociedad, es decir, el acuerdo establecido entre
los hombres para que cada uno reciba de los demás lo que realmente
le corresponde.
— El derecho interno o de piedad (jus internvm seu fus pietatis),
que armoniza todas nuestras acciones con las exigencias de la honra-
dez, incluso aquellas que parecen no tener nada que ver con la
sociedad, puesto que es evidente que tenemos una íntima relación
con Dios, contra quien faltamos si cometemos malas acciones.

115
El derecho de propiedad es el grado menor del derecho y se da
en un estado de naturaleza salvaje, en el que todos los hombres se
consideran iguales. En ese estado nadie querrá privarse de lo que
tiene, toda vez que no se reconoce que otra persona sea más adecuada
para poseerlo desde el punto de vista del interés común. En esta
situación, si se da el caso de que dos personas se encuentren sin que
previamente se conozcan, en un primer momento cada uno tratará
de guardar sus propias cosas al rió estar del todo seguro de las inten-
ciones del otro. Más tarde, si ya conoce la virtud y buen nombre de
la otra persona, entonces es posible que juzgue interesante .establecer
entre los dos una asociación en la que cada uno cederá parte de sus
derechos con objeto de que luego reciba un beneficio proporcional,
atendiendo al bien común de los dos.
Dada la habitual dificultad de juzgar acerca de lo que es justo,
incluso a las sociedades ya constituidas y organizadas pareció lo mejor
el no invocar este derecho legítimo en el caso de los bienes particu-
lares, salvo en casos excepcionales ocasionados por la necesidad y uti-
lidad públicas, que pueden llegar a restringir la libertad en la admi-
nistración de los bienes privados.
Dentro del derecho de propiedad se trata de los modos de ad-
quisición, de los títulos de posesión —sean éstos universales o par-
ticulares—, del dominio verdadero y del presunto, de los restantes
derechos que se dan en relación con la propiedad de algo. Finalmente,
comprende este derecho al conjunto de las obligaciones, es decir, el
intento de establecer lo que es justo en casos, como por ejemplo
el siguiente: cuando alguien, al encontrarse un objeto que pertenece
a otro, sé ha aprovechado de él obteniendo lucro con daño para su
dueño, o bien si lo ha inutilizado por negligencia: en qué casos y
en cuáles no se le podrá exigir responsabilidades en caso de haber
obtenido ganancias. De un modo parecido se plantea la cuestión
cuando alguien ofrece sospechas fundadas de abrigar malas inten-
ciones o de ser imprudente: se trata de establecer en qué casos se
podrán exigir garantías de un daño que todavía no se ha llegado
a hacer.
Ahora bien: los hombres no pueden ser felices solamente con el
cumplimiento de este legítimo derecho. Antes al contrario, creen
saber cuál es su obligación sin que nada ni nadie se lo indique, si-
guiendo su propio criterio. Necesariamente se dan continuas recla-
maciones, sobre todo cuando surgen sospechas y también cuando los
propios hechos hacen ver que unos son más sabios y fuertes que
otros. Por todo ello, parece lo más razonable ordenar las cosas aten-
diendo al criterio de que se favorezca en lo posible el bien común

116
ante todo, y es lo mejor que cada uno se avenga a renunciar a su
propio y reducido derecho en los casos en que a cambio recibirá otro
mayor de la sociedad. En este ordenamiento, pensado atendiendo a
la primacía del bien común, se fundamentan los deberes de los hom-
bres, cuyo cumplimiento demuestra que el individuo está capacitado
para el trato social y para mantener una relación amistosa y equita-
tiva. Del mismo modo, de este ordenamiento surge una organización
del Estado acorde con la razón, con las circunstancias concretas, y
con el derecho civil, que limita la Ubre administración de los bienes,
establece los premios y castigos y crea las magistraturas necesarias
para velar por el cumplimiento de este derecho.
Por tanto, la parte del Derecho Natural que versa acerca de lo
que es conveniente no es otra cosa que el derecho civil del mejor
de los estados posibles, el ordenamiento de todas las cosas con vistas
a la consecución del mayor bien general posible. Ahora bien, puesto
que el mejor estado posible no puede alcanzarse sin la mejor de las
educaciones posibles, que ya no está al alcance de los adultos, se debe
establecer también la forma en que nos alejaremos lo menos posible,
según las circunstancias, del prototipo del mejor de los estados. Igual
les ocurre a quienes se dedican al arte de construir fortificaciones,
que a veces se ven .forzados por las irregularidades del terreno a va-
riar la orientación de sus construcciones prescindiendo así de lo que
podría parecer lo ideal.
Una vez que se ha establecido el estado, es necesario plantear
cuáles son los deberes de los-magistrados y cuáles las obligaciones
que a los particulares prescriben las leyes,'.así como hasta dónde es de
la competencia de los particulares la administración de sus bienes
y la aplicación de la justicia conmutativa, y hasta qué punto compete
a los magistrados la distribución de las propiedades comunes y la
interpretación de la ley, es decir, la aplicación de la justicia distri-
butiva. En caso de que se prohiba a los magistrados toda interpreta-
ción de la ley se producirá un retroceso y se recaerá en el derecho
estricto o puro vigente en el estado de naturaleza salvaje, pero legí-
timo, como ése, según el cual todos son considerados iguales, del
que hablamos antes. Los magistrados pueden proceder a la interpre-
tación de las leyes, ya que éstas son perfectibles y la interpretación
viene a suplir la imperfección de la ley. Si todo estuviese ordenado
de manera que no quedara a los hombres posibilidad alguna de duda,
sino que, como en la fábula del laberinto, se les hubiese dado uñ hilo
que les marcase el camino, de manera que no les fuera posible des-
viarse más que por propia voluntad, entonces en todos los asuntos
humanos se tomarían acertadas decisiones sin vacilación alguna. Esto

117
se habría podido conseguir si hubiéramos dispuesto de una lengua
racional". En tal caso, es decir, en el mejor de los estados posibles,
habría desaparecido el derecho estricto de propiedad y en su lugar
se habría establecido el derecho estricto de comunidad. Ni los par-
ticulares podrían tener dudas acerca de la propiedad de las cosas
y sus intercambios, ni los jueces sobre la interpretación de las leyes
y el reparto de los bienes comunes. Además, los particulares no nece-
sitarían más preceptos legales que los del propio Código legal, o bien,
lo que sería suficiente, bastaría la costumbre común de actuar hones-
tamente y las virtudes recibidas de las tradiciones de los antepasados,
de cuya práctica nadie osaría apartarse en lo más mínimo, puesto
que ello sería rápidamente castigado.
En la actual situación, tal como están las cosas hoy por hoy, las
leyes, por sí mismas son insuficientes y cuando callan es preciso suplir
sus lagunas acudiendo a los preceptos de la justicia conmutativa y
distributiva que han sido transmitidos en las obras de los maestros,
quienes rara vez se sirvieron de definiciones y demostraciones rigu-
rosas. Si a esto se añade que las propias leyes suelen ser confusas
e inseguras, y no admiten una concreta e inmediata utilización, se
verá por qué es tan frecuente la ambigüedad e inseguridad de la
jurisprudencia. Todo ello exige que, o bien se ordenen las leyes, o
bien que se establezcan los fundamentos que permitan interpretarlas
y suplirlas cuando haga falta. Estos fundamentos deben ir acompa-
ñados de un método seguro, que actúe como el hilo en el laberinto
y que haga que los principios se apliquen a los variados casos ju-
diciales.
Resta por. tratar ahora el supremo grado del derecho, que hemos
llamado «piedad». De la misma manera que el derecho de sociedad
es más perfecto que el derecho de propiedad, puesto que abarca no
sólo la conservación de las cosas de cada uno (aunque dicha conser-
vación no pueda conseguirse con tan sólo mantener rígidamente la
propiedad) sino también el intento de dirigirlo todo hacia lo mejor,
hasta donde ello pueda realizarse en la comunidad humana, si mutua-
mente se prestan ayuda, así también el derecho «de piedad» no sólo
suple los preceptos de la sociedad y abarca todo aquello que parece
no tener relación con la propiedad humana, sino que también pro-
mete un tipo de felicidad que los hombres, con sólo su mutuo au-
xilio, son incapaces de alcanzar.
Puesto que Dios es Dueño y Señor de todas las cosas, de ello se
sigue que incluso nuestros más insignificantes movimientos interiores
deben seguir su voluntad, con objeto de no destruir una convivencia
que comenzó en el preciso instante de nuestro nacimiento y que ha

118
ido mejorando durante toda nuestra vida. Nada sería peor para nos-
otros que dejar de hacerlo, ya que a Dios nada se oculta y nada
olvida; castiga proporcionalmente todas nuestras faltas y del mismo
modo actúa en lo que se refiere a nuestras buenas acciones. Si cuida-
mos nuestra relación con Dios, si lo amamos de verdad y todo lo
subordinamos al perfeccionamiento del espíritu, no habrá nada com-
parable a nuestra felicidad. Efectivamente, si el alma es inmortal,
y puesto que el mundo, bajo el gobierno de Dios, es el mejor de los
estados posibles, si ello es así, en el caso de que nos fuera permitido
conocer el futuro, veríamos con claridad que ni siquiera cabe imaginar
algo más deseable que los bienes que Dios guarda para aquellos a los
que ama y por quienes es amado. ¿Por qué, entonces, nos preocu-
pamos de otras cosas que sólo pueden disminuir la verdadera feli-
cidad y que, en cualquier caso, no pueden aumentarla? Sólo a la
virtud, esto es, al perfeccionamiento del entendimiento y la voluntad,
nos está permitido dedicarnos y sólo nos es lícito esforzarnos por
ella, de tal modo que los bienes que Dios nos ha dado en abundancia
(en efecto, a todos nos ha dado grandes bienes) podamos extenderlos
a los demás. Si un simple sorbo de agua fresca hallará su recompensa,
¿qué no tendrán derecho a esperar aquellos que en el terreno de las
cosas'humanas han hecho cosas importantes encaminadas a la gloria
de Dios y el bien común, si brillarán como estrellas quienes educaron
a otros en la justicia? 3. Por lo mismo, seremos tanto más felices cuan-
to más sabios en la administración de aquello en lo que cada uno
destaca en esta vida, y tanto más desgraciados cuanto menos capaces
de rendir cuentas de la administración de tales bienes. Por lo demás,
-el mismo amor de Dios será recompensa" suficiente para cada uno
en su medida, y bastante será obtener a Dios como recompensa,
porque cuanto más lo amamos más felices nos hace su contemplación
y su amor.
Efectivamente, de todas las pasiones del espíritu, el amor y el
odio son las más activas, y nada puede haber más placentero que
amar lo más perfecto y poseerlo para siempre; en ello consiste el
mayor de los placeres del espíritu, y, lo que es aún más importante,
tener junto con la seguridad de poseer la mayor fortuna, la certeza
de haberla obtenido para siempre.
Si el placer no es otra cosa que el sentimiento de una perfección
que crece, si la perfección de Dios, en cierta manera, se nos comunica
en el conocimiento y el amor, y puesto, que es inagotable y somos
por ello incapaces de captarla de una vez, de todo ello se sigue que

3 DANIEL X I I , 3 .

119
cuanto más nos lancemos al interior de las cosas, mayor motivo de
renovado placer surgirá de la permanente su admiración y de su
comprensión. Por último, todo ello lo comprenden bien sin duda
aquellos que saben cómo es siempre agradable, casi hasta el éxtasis,
el ir encontrando nuevas y admirables perfecciones en aquellos que
amamos... Pero me estoy dejando llevar por el encanto del tema,
aun cuando de todos modos es verdad que sobre esto nunca se pue-
den decir demasiadas cosas, y tampoco parece que todos comprendan
de modo suficiente qué es el amor a Dios, ni en qué consiste su vi-
sión, porque si lo entendieran no podrían menos de conmoverse.
Por último, hemos de establecer, con estos principios rectores
de la conciencia, una disciplina que contenga la justicia universal; en
efecto, si Dios no existiese, los sabios no estarían obligados a ejercer
la caridad más allá de lo necesario a su propia utilidad, ni tampoco
se sentirían en la obligación de actuar honradamente, a no ser en lo
que a la propia perfección se refiere, puesto que, dada la brevedad
de la vida en este mundo, la medida de la perfección no se. podría
establecer con suficiente fundamento si el alma no fuese inmortal.
Pero Dios hace que todo lo honesto sea al mismo tiempo útil, y todo
lo repulsivo perjudicial, de tal modo que aquel que incluso llega a
exponerse al sufrimiento, y aún a la muerte, en aras del bien común,
no sea por ello tenido por loco.
Por todo eüo, quien desee exponer los fundamentos del derecho
natural tendrá primero que enumerar los principios comunes de la
justicia acerca de la caridad del sabio; después, el derecho privado,
o los preceptos de la justicia conmutativa que se dan entre los hom-
bres en la medida en que son iguales entre sí; en tercer lugar, hablará
sobre el derecho público, que se refiere a la distribución de bienes
y males comunes entre personas que son desiguales, distribución
realizada en función de lo que sea más conveniente para alcanzar el
bien común mayor posible en esta vida. En cuarto lugar, expondrá
el derecho interno, que ilustra acerca de la virtud en general y sobre
la obligación natural para con Dios, que hace que miremos por nues-
tra propia felicidad etterna.
Ahora hay que añadir, a todo esto, los elementos del derecho
legítimo, sea humano, o bien divino; en el primer caso, tanto cuando
tiehe lugar en nuestro estado como cuando rige a los demás pueblos.
En el segundo, en tanto rige a la Iglesia universal.
El derecho legítimo se desarrolla enumerando los deberes de los
magistrados y de los particulares. Tales deberes están definidos por
las leyes, entre las cuales incluyo a las costumbres. . -

120
4. ELEMENTOS DEL DERECHO
Y DE LA EQUIDAD1

Es evidente que la felicidad humana consiste, no sólo en poder


conseguir lo que se desea, en la medida en que ello es posible,
sino también en saber querer lo más conveniente. Si bien es cierto
que lo primero erhombre está en vías de conseguirlo, la verdad es
que no ocurre así con lo segundo, ya que, en efecto el hombre en
nada parece más impotente que en aquellas cosas que se relacionan
consigo mismo. Es cosa sabida que su poder ha aumentado mucho
en los dominios de los dos elementos que componen nuestro mun-
do: uno lo ha sometido casi por completo; el otro ha conseguido
arrancárselo a la voracidad del primero. Me refiero a los mares, que
ya están como cubiertos por una especie de puentes móviles, y a
las tierras que están unidas entre sí, aunque antes estaban separadas
por hendiduras gigantescas e insalvables.
Sabemos también que el firmamento no puede engañarnos, y
que, si se ocultan los astros, ello es sólo porque su lugar ha sido
ocupado por una simple piedra; que se ha reducido al propio fir-
mamento, poniéndolo más a nuestro alcance; que nuestros ojos, acre-
centada su capacidad de visión, han penetrado en el interior de las
cosas, y que el espectáculo del universo, ahora centuplicado (por
una parte se han descubierto nuevos mundos, y, por otra, conocemos
nuevas especies) es contemplado, digo, con doble admiración: en
unos casos la admiración la produce su grandeza, en otros su pe-
queñez.
1 Original en latín, publicado por MOLLAT, págs. 19 a 35.

121
Tampoco parece que falten descubrimientos del otro tipo, refe-
ridos al conocimiento del propio hombre, y que ayuden a penetrar
en muchos hechos diseminados, no sólo en diversos lugares, sino
también en épocas distintas. La luz de la historia avanza, de forma
que nos puede parecer que hemos vivido siempre, ya que poseemos
un tipo nuevo de recuerdos que, aunque son solamente escritos,
sin embargo, son más duraderos que el mismísimo bronce; efectiva-
mente, con ellos puede lograrse que, trascendiendo la dureza de
los tiempos bárbaros y las épocas de tiranía, perduren siempre los
grandes talentos, y se anticipen a la segura inmortalidad del cielo
con la eternidad aparente de la fama.
Hemos abarcado el tiempo con la escritura, el firmamento con
los observatorios, la tierra con los caminos, el mar con los barcos.
Los restantes elementos siguen el mismo camino, y el aire, por
vez primera, comienza a mostrar sus ocultas cavidades que siempre
fueron invisibles; el fuego, que desde antiguo estaba asociado a la
acción humana por un favor inmarcesible de los dioses, en la trans-
formación de cuanto se mantenía tenazmente en la postura de ne-
garnos sus recursos, nos proporcionó sus rayos, a los que ninguna
fuerza puede igualarse, si no es la que opone a su enemigo la furia
humana.
Sin embargo, aun habiendo conquistado el mundo, tenemos to-
davía al enemigo dentro de nosotros, y si todo obedece al hombre,
el hombre mismo es la excep'ción; tampoco el cuerpo obedece al
espíritu, se obedece a sí mismo. Para decirlo de una manera más
llana: desconocemos la medicina del cuerpo y del alma; hacemos
uso de la primera como un procurador actúa en una causa —por
dinero— y de la segunda como un niño aprende una lección: para
nada, puesto que en realidad la estudia con el propósito de olvi-
darla.
Por esta razón, no es de admirar que hasta ahora no se haya
consolidado una ciencia ni de lo agradable, ni de lo útil, ni de lo
justo. La ciencia de lo agradable es la medicina; la política es la
de lo útil, y la ética es la ciencia de lo justo.
El médico examina nuestra constitución y la disposición y fun-
cionamiento de nuestros órganos, de manera que conserve o restaure
las fuentes del placer y al mismo tiempo, aleje o impida las causas
del dolor. Para ello debe servirse del conocimiento de los caracteres,
de la óptica, de la música, de la perfumería y de la gastronomía,
tanto como de la química y la botánica.
Tenemos a nuestra disposición uña increíble cantidad de expé-

122
rimentos importantes que al no haber sido estudiados y ordenados,
carecen de utilidad o sólo son útiles por casualidad.
¿De qué nos sirve tener al alcance de la mano un material
reunido con tanto esfuerzo si hay que esperar hasta otro siglo para
lograr realmente nuestra felicidad? ¿Por qué no reunimos nuestras
fuerzas y luchamos contra esa pertinacia de la naturaleza, que gusta
de ocultarse? ¿Por qué no, digo, a no ser porque la imperfección
de la ciencia de la naturaleza se ha extendido al orden político,
siendo como es posible conseguir las cosas cuando todos juntos las
deseamos y resulta imposible hacerlo cuando las queremos de un
modo individual? ¿Cómo iban a obrar conjuntamente, si no acome-
tieran el asunto con rectitud y a partir de los principios de la ver-
dadera política, aquellos que tienen en su mano el hacer feliz a la
mayor parte de la humanidad cuando ésta siga su ejemplo y ellos
mismos llegan a ser felices en ello?
Ciertamente, quienes juzgan el asunto desde el punto de vista
verdadero, saben que la ciencia de lo justo y de lo útil, esto es,
del bien público y privado, se implican recíprocamente, y que no
es fácil que nadie llegue a ser feliz en medio de desgraciados. Hasta
ahora, pues, hemos ignorado, o, lo que es lo mismo, no hemos
utilizado, ni hemos bebido en las verdaderas fuentes de lo bueno y de
lo justo: efectivamente, podemos ignorar cosas que han sido leídas
mil veces y otras tantas oídas; más aún, cosas que muchas veces
hemos repensado, si la reflexión, y también —por decirlo así— la
atención del espíritu, han quedado ausentes. Evidentemente, que-
remos poner en práctica las cosas que sabemos que conocemos: lo
que ignoramos saber, eso ni siquiera lo 'sabemos.
Hay dos cosas que nos obligan a fijar nuestra atención: la elo-
cuencia y la demostración. La una afecta a los sentimientos y pro-
voca una ebullición, por llamarla de alguna manera, de la sangre
(sanguinis ebullitionem). La segunda es causa de una clara com-
prensión en .el espíritu. Así, pues, la primera, si no se acompaña
de una demostración, es frágil y vano éxtasis de una plebe zaran-
deada por sentimientos desenfrenados. En cambio, la segunda sólo
llega a unos pocos, y nada más que a los grandes, a aquellos para
quienes hay esperanza de mejora, sobre todo en un siglo como éste,
en el que una especie de hambre insaciable conduce a todos los
grandes talentos a buscar el alimento auténtico de la verdad.
Si diéramos cuanto necesitan a estos hombres, si estimulásemos
en ellos la constante ansia de saber, si llegáramos a asentar la ver-
dad sobre un fundamento sólido, quizá podríamos mitigar los malos
efectos de la elocuencia. En otro lugar revelaré, según espero, im-

123
portantes verdadés acerca de su completa utilidad; ahora sólo pre-
tendo esparcir la simiente de una ciencia que muestra dónde y cómo
cada uno debe ceder en sus intereses ante el bien de la mayoría, si
quiere así aumentar la felicidad de la sociedad en general, por medio
de la reflexión.
Llevar esto a cabo equivale a mostrar los fundamentos del de-
recho y la justicia, cosa que intentaremos hacer ahora, en relación
con los bienes que hemos recibido del cielo.

La ciencia del derecho pertenece a aquellas que no dependen


de experimentos, sino de las definiciones, y que tampoco están
ligadas a demostraciones perceptibles por los sentidos, sino por la
razón. Por decirlo de alguna manera, se trata de una ciencia de
derecho, y no de hecho. Efectivamente, dado que la justicia -consiste
en una cierta congruencia y proporcionalidad, se puede entender que
existe algo que es justo, aun en el caso de que no haya quien
practique la justicia, ni nadie sobre quien se ejerza.
De la misma manera que las relaciones entre los números son
verdaderas aunqué no haya ni quien enumere ni cosas que enumerar,
así se puede decir de antemano que algo será hermoso, un meca-
nismo eficaz, o un Estado ricq, aún en el caso de que nunca lleguen
a existir. Por ello, no debe sorprendernos que los principios de estas
ciencias pertenezcan a las verdades eternas, ya que todos son con-
dicionales y no nos dicen qué existe,- sino qué hay que dar por
supuesto para que se siga que algo existe. No se derivan de los
sentidos, sino de la clara y precisa imagen, que Platón llamaba
idea, y que, expresada con palabras, es lo mismo que una definición;
pero cualquier cosa que puede ser rectamente entendida, no siempre
es realmente posible. Será verdadera en la medida en que la única
cuestión se reduzca a su posibilidad, mas cuantas veces sea proble-
mática su necesidad, habrá problemas acerca de su posibilidad. En
efecto, si decimos que algo es necesario, estamos negando la posi-
bilidad de su opuesto. Por ello, las conexiones necesarias de las
cosaá y sus consecuencias, quedan por lo mismo demostradas, porque
se deducen de una clara y precisa representación, esto es, de la
definición, cuando se expresa con palabras, y a través de una conti-
nuada serie de definiciones que se implican mutuamente, es decir,
a través de una demostración.
Siendo, pues, la ciencia del derecho una ciencia digna de ese

124
nombre, y siendo la demostración el origen de la ciencia y la de-
finición el origen de la demostración, de todo ello se sigue lógica-
mente que debemos investigar, sobre todo, las definiciones de las
palabras «derecho», «justo», «justicia», o, lo que es lo mismo, al-
gunas ideas importantes, en virtud de las cuales noostros mismos,
aun sin darnos cuenta, cuando hablamos, solemos cifrar la verdad
de las proposiciones ante todo, o sea, el uso de las palabras.

II

El método de investigación será éste: comparando los más no-


tables y más diferentes ejemplos, tomados del lénguaje, imaginemos
un significado que no sólo esté de acuerdo con ellos, sino con todos
los demás ejemplos que puedan ponerse. Igual que planteamos hi-
pótesis con las inducciones a partir de los experimentos, así tam-
bién elaboramos una definición a partir de la comparación de las
proposiciones y, ;n ambos casos, hacemos un resumen de los res-
tantes, a partir de los experimentos más importantes. Es necesario
usar este método cuando no sea prudente que uno mismo determine
arbitrariamente las acepciones de las palabras; cuantas veces habla-
mos en el lenguaje vulgar de nosotros, de nuestras cosas o de un
asunto no bien conocido, estamos en libertad para unir una idea
concreta con una palabra, cualquiera que ésta sea, con tal de que
sea capaz de activar la memoria, de forma que no sea necesario
repetir siempre la definición, con lo que repetiríamos no una, sino
diez palabras. Ahora bien, cuando hablamos en público o nos refe-
rimos a un asunto de sobra conocido, y cuando no escribimos con
una apremiante escasez de palabras, el utilizar términos cuyo signi-
ficado sólo uno mismo conozca, o escoger los sentidos más peculia-
res de las palabras usuales, o bien es propio de la necedad de quien
no quiere ser entendido, o de la malicia de quien quiere engañar,
o de la soberbia de quien espera inducir a los demás a concebir una
opinión falsa sin razones para ello. Sobre esto hemos hablado largo
y tendido en el prólogo de la obra de Nizolio.

III

En el derecho, en primer lugar, se trata del bien no sólo nuestro,


sino también del ajeno. En cuanto a lo que afecta a nuestro bien,
somos unánimes en decir que lo que alguien ha hecho por necesidad

125
para protegerse, nos parece que lo ha hecho con justicia. Por tanto,
en vista de esto, no habrá nadie que pretenda desligar la justicia
de la prudencia. En efecto, siendo como es la justicia una virtud,
según el parecer de todos, debe consistir, como toda virtud, en la
moderación de los afectos, de forma que nada pueda oponerse a
los mandatos de la recta razón.-
Pero la recta razón es lo mismo- que la prudencia en el obrar.
Luego ni la prudencia puede existir sin la justicia, ni, por consi-
guiente, la prudencia puede desligarse del propio bien. Cuanto
pretende contradecir lo que acabamos de decir carece de sentido, y
es, además, ajeno al comportamiento de quien lo mantiene. Nadie
hace nada deliberadamente que no tenga como motivo su propio
bien. Incluso buscamos el bien de los que amamos a causa del
propio placer que nos causa su felicidad (amar es, efectivamente,
alegrarse con la felicidad de otro). A Dios mismo lo amamos por
encima de todo, porque disfrutar de la contemplación del Ser
más hermoso de todos es un placer superior a cualquier otro que
podamos imaginar.
Queda, pues, claro, si uno se hace cargo del núcleo de la cues-
tión, que nadie puede ser obligado a su propio mal. Hay que aña-
dir que nadie puede ser obligado más que a hacer lo que contri-
buye a su propio bien. Dado que la práctica de la justicia es algo
de lo que puede convencerse a un hombre prudente, y dado que
de nada quedará convencido un oyente, a no ser que vea satisfe-
chos sus cálculos acerca de la utilidad de ello, es necesario que toda
obligación comporte alguna utilidad.
De ello se derivan, pues, dos proposiciones:
— En primer lugar: todo lo necesario es justo.
— En segundo lugar: todo lo debido (injusto) es útil (dañoso),
según el acuerdo de los que utilizan las palabras. Queda ahora
por tratar hasta qué punto en la justicia hay criterios sobre el bien
ajeno.

IV

En primer lugar, todos los hombres claman porque se comete


injusticia con ellos; más aún, que se violenta a la misma naturaleza,
cuando alguien busca el mal de los demás sin ventaja alguna para
sí mismo, sí niega a los otros un servicio inocuo, si prefiere que
muera quien puede ser salvado sin dificultades para uno mismo.
También, si alguna ventaja propia, que nada tiene que ver con

126
razones últimas, las antepone a las desgracias o a la felicidad de
los otros; si alimenta sus crueles ojos con cadáveres, si hace ne-
gocios con homicidios y torturas, si prefiere que perezca un esclavo
a que quede insatisfecho alguno de sus vicios; finalmente, nadie
hay que apruebe el lucro conseguido mediante el perjuicio ajeno.
Por fin, existe aún otra causa de descontento: si la misma des-
gracia aflige a dos, y uno pretende quedar él solo indemne, aunque
lo justo sería que existiese siempre similar derecho, cuando las
situaciones son similares. En todas estas acciones, los hombres no
sólo lamentan el hecho, sino también la voluntad que este hecho
refleja. De aquí se deducen estas proposiciones:
— En primer lugar, injusto es querer dañar a otro, a no ser
buscando preservar el propio bien.
— En segundo lugar, no es justo querer causar la ruina de
otro sin necesidad.
— En tercer lugar, es injusto querer el daño de otro para con-
seguir el provecho propio.
— En cuarto lugar, no es justo el no ..querer compartir una
desgracia que debe ser común.

Como, en definitiva, parece claro que el justo ha de tener en


cuenta no sólo el propio bien, sino támbién el ajeno, vamos a in-
tentar definirlo gradualmente.
¿Hay que definir lo justo como el querer lo que no es no-
civo para nadie? Pero, de este modo, lo justo no consistirá en
preferir que sea evitado el daño propio a que lo sea el daño ajeno.
¿Acaso entonces lo justo es precisamente lo que se hace para
evitar el propio daño? Pero, en ese caso, lo justo sería preferir
el vicio propio a que perezca el esclavo.
¿Será entonces lo que se hace por propia necesidad? Pero, en
ese caso, no (sic) estaría permitido anteponer el lucro propio al
ajeno.
¿Consistirá, pues, lo justo en que no haya daño para la colec-
tividad? Pero en ese casó mi bienestar debería ser valorado en me-
nos que el daño público.
¿Acaso consiste lo justo en lo que no es motivo de guerra?
Pero entonces lo injusto sería, en caso de conflicto de intereses,
preferir que otro muera a morir yo mismo.
Quizá sea lo justo aquello que no motiva la queja de un hombre

127
prudente. Así es, sin duda. Pero es la injusticia lo que produce la
queja, y no al revés.
Igualmente ocurre si se define lo justo como todo lo que queda
sin censura de personas sabias; lo mismo, si se define como lo que
puede ser definido en las asambleas de los sabios de todo el uni-
verso; también, si lo definimos como lo que es propio del mejor
de los Estados posibles; igual, si decimos que es lo que agrada a la
naturaleza, al sabio y al poderoso, o como lo qué es tiltil al más
poderoso; igualmente, si pensamos que es el hacer sin ningún temor
lo que se exige a los demás; el no exigir nada que tú mismo no ha-
rías; el que haga cada uno lo que es útil a todo y cada uno.
Tampoco es lo justo lo que no está en contra del bien pú-
blico. En efecto, Curtió, caso de no tener esperanzas para más
allá de la muerte, podía haber dejado de hacer, legítimamente, aquel
salto, tan horrible para él como ventajoso para su patria 2 .
Tampoco es exactamente lo justo aquello que es acorde con la
naturaleza racional. Efectivamente, ¿por qué se exige que lo justo
sea aquello que puede coexistir con ella sin imperfección? Esto
es lo que en el lenguaje normal significa estar de acuerdo. Ahora
bien, de esa manera serían injustas las enfermedades.
¿No será mejor definir lo justo como aquello que es conforme
a la recta razón? Pero, de esa manera, todo error, incluso si no
es dañino para quien se equivoca, será un crimen.
¿Acaso la justicia es la virtud que guarda el justo medio entre
dos pasiones del hombre para con los demás hombres, que son
el amor y el odio? Con este pensamiento me sentí muy satisfecho de
mí mismo siendo aún niño, cuando, joven filósofo de la escuela peri-
patética, no podía digerir el que todas las demás virtudes fueran
consideradas moderadoras de las pasiones, y, en cambio, la justicia
fuese considerada únicamente moderadora de las cosas. Pero me liberé
con facilidad de esta opinión, más seductora que sólida, cuando
descubrí que toda la razón de ser de la virtud consiste en que las
pasiones no puedan hacer otra cosa sino obedecer, y que, por con-
siguiente, lo que llaman virtud moral sólo es esto: ser, por decirlo
así, el rector de las almas y de la propia sangre, que puede apa-
sionarse, sublevarse, languidecer, alegrarse, dolerse, cuanto se quiera,
durante el tiempo que se quiera y con toda la vehemencia que se
quiera, aunque esta composición bien regulada generalmente pro-
venga de una mezcla de contrarios.
2 Curtió, figura de la historia de Roma, , tratando de recuperar a las sabinas,
se encontró en peligro frente a Rómulo y por ello saltó a las marismas para
salvarse y eventualmente hacer la paz con Rómulo.

128
Añádase que el hecho de que un hombre sea despilfarrador a
lo tonto o avaro a destiempo no debe imputarse al arrebato de
ninguna pasión, ya que ello se debe al falso raciocinio de quien
se promete a sí mismo una mayor estima o una mayor riqueza
por medio del lujo o de la prodigalidad, o, por el contrario, des-
confía equivocadamente de sus posibilidades y de la fortuna.
Así que puedo ser injusto no por el odio que le tengo a aquel
a quien hago mal, sino por un amor a mí mismo más fuerte y
que prevalece sobre el amor hacia ti o hacia otro.
Amarme a mí y a ti, o • a ti y a un tercero no son pasiones
opuestas entre sí (aunque, a veces, por casualidad, se enfrenten),
cuando ambas pueden mantenerse en el máximo grado. Pero tam-
bién, si asignamos esta ancha parcela del amor y del odio a la
justicia, será injusto amar demasiado a otro con daño propio; cosa
que, sin embargo, no es injusta, sino que, simplemente, está mal
hecha; efectivamente, ¿a quién perjudica esa injusticia sino a quien
la comete?
Cometer una injusticia contra uno mismo no es posible, según
el lenguaje que hablan los que lo usan con precisión. El único
beneficio de tan exagerado uso de las palabras será el que se con-
funda el léxico referido a lo bueno con el referido a lo justo, y
que"por no usar las palabras que tenemos a mano debamos inventar
otras nuevas. Con esto sería injusto todo lo que, al ayudar o al
perjudicar a los demás, no fuera contrario'a la prudencia. De ello
sp seguiría que donde por una sola vez existe el derecho de hacer
daño, es injusto todo aquel que no cause daño de la forma más
sofisticada posible.
¿Pero es que acaso lo justo no es Cuanto contraría a la con-
ciencia? ¿Qué significa eso de que «no va contra la conciencia»,
si la conciencia es precisamente el recuerdo de la propia acción?
¿Acaso quiere esto decir que son injustas aquellas acciones nues-
tras cuyo recuerdo nos resulta molesto, o sea, aquellas acciones
de las que nos arrepentimos? Si esto es así, entonces todo el daño
que nosotros nos hagamos a nosotros mismos por nuestra culpa
será injusto, luego seremos injustos con nosotros mismos, lo cual
es contrario a lo que antes hemos dicho.
Pero alguno dirá que hay ciertos conocimientos innatos, y gue
hay en nuestro interior un insobornable juez de lo que es justo e
injusto, que está por encima de toda excepción, que atormenta a
los malhechores con la propia conciencia de su falta, y que, de tal
manera, ha -sido hecha nuestra naturaleza por una admirable pre-
visión de su Creador, que, aunque no hubiese ningún otro castigo

129
para los malhechores, sería suficiente con éste: el dolor que nos
causa lo que hemos hecho. Pero este oráculo consúltenlo quienes
lo deseen: encontrarán que ese verdugo interior es el miedo, el
miedo al castigo que puede imponerles un juez al que no pueden
ni engañar ni rehuir. Y también, siempre que quieran, podrán en-
contrar su juicio, claro incluso para quienes son de pocas luces y
para quienes en absoluto sienten amor por el derecho universal.
Lo justo, pues, será aquello por lo que no debemos temer cas-
tigo alguno.
Tras habernos propuesto buscar una razón de la definición don-
de podamos basarnos, después de haber llegado hasta aquí paso a
paso, ¿no será la justicia el hábito de querer' el bien ajeno por
causa del nuestro propio? Esto es cercano a la verdad, pero a una
verdad algo deformada. Hay en la justicia algún respeto al bien
ajeno, y lo hay también al nuestro, pero no es un respeto tal que el
uno sea el límite del otro. Además, resultaría así conforme al de-
recho el abandonar al desgraciado en su desgracia cuando está en
nuestra mano sacarle de ella casi sin esfuerzo y está claro que no
será premiada nuestra ayuda; y, sin embargo, todo el mundo —in-
cluso quienes no tienen idea alguna sobre la vida futura— maldice
acciones como ésta, considerándolas crímenes. Pasando por alto que
este criterio comercial de la justicia desdeña el sentido de todos los
bienes, ¿qué diremos sobre Dios?, ¿no es acaso indigno considerar-
lo como un mero instrumento?, ¿Cómo concordarán estas cosas en-
tonces con nuestras palabras de antes cuando dijimos que nada
hacemos conscientemente, a no ser por nuestro propio bien, cuando
ahora negamos que el bien ajeno deba ser buscado en razón del
nuestro? Concordará por una razón cierta, que pocos han observado,
en virtud de la cual se puede arrojar una gran luz tanto sobre la
jurisprudencia como sobre la teología. Mucho depende esta razón
de la naturaleza del amor. Existe una doble razón para desear el
bien ajeno: por un lado, nuestro propio bien; por otro, como
si lo fuese; la- primera la de quien calcula; la otra, la de quien
ama; la una es el aprecio del señor hacia el esclavo, la otra es
el amor que un padre siente por su hijo; aquélla es la que tenemos
hacia él instrumento que utilizamos, ésta es la del amigo hacia el
amado; en el primer caso se desea, el bien ajeno por causas que
no son ese mismo bien; en el segundo, el bien ajeno es deseado
por sí mismo. Pero alguno se preguntará cómo puede suceder que
el bien ajeno coincida con el propio y, sin embargo, se desee por
sí mismo. Puede, efectivamente, además, coincidir el bien ajeno
con el nuestro, pero entonces el primero sería un medio, y no un

130
fin. Pero no —diría yo—; también como fin, también como desea-
do en sí mismo, por ser causa de placer. En efecto, deseamos por
sí mismo cuanto produce placer, y todo lo que se desea por sí
mismo es agradable. Lo demás se hace, se guarda, o se deja de hacer
lo contrario, a causa del placer, que ello comporta. Esto lo experi-
mentan todos, digan lo que digan, o al menos lo practican, sién-
tanlo o no.
Pregunta a los estoicos, a los etéreos, frivolos, utópicos del
placer, verdaderos enemigos fingidos de la razón; observa sus actos
y sus movimientos: te darás cuenta de que no pueden mover un
solo dedo sin dejar bien clara la falsedad de su vana filosofía. La
misma honradez no es otra cosa que la jovialidad de espíritu.
Si examinamos con atención las ideas de Cicerón, cuando habla
a favor de la vida honesta, y en contra del placer, le oiremos hablar
maravillosamente sobre la belleza de la virtud, sobre la fealdad de
los delitos, del tener la conciencia tranquila en el seno de un es-
píritu dichoso, de la bondad de una reputación intachable, de la
fama inmortal, del magnífico triunfo que conlleva la gloria. Pero
¿qué es lo que hay en todas esas cosas digno de ser amado por
sí mismo si le quitamos el placer? (por sí mismo, digo, pues desde
otros puntos de vista, existe también otro fruto de la gloria: el
hecho de aumentar el poder hace, ciertamente, que nos amen o
nos teman). Deseamos las cosas bellas porque son agradables. Efec-
tivamente llamo bello a aquello cuya contemplación resulta placen-
tera. Más se duplica el placer con la reflexión cuantas veces con-
templamos nosotros mismos nuestra propia belleza de espíritu, cosa
que sucede a causa de la conciencia tácita que tenemos de nuestra
virtud.
Pero, de la misma manera que puede aparecer una imagen doble
en una figura refractada, una en la retina del ojo y otra en la lente
del tubo, la última de las cuales aumenta la primera, así en el
pensamiento hay una doble reflexión. Puesto que toda inteligencia
tiene cierto parecido con un espejo, siempre habrá una imagen en
nuestra inteligencia y* otra en la ajena. Si hay muchos espejos, esto
es, si hay muchas inteligencias capaces de reflejar nuestras virtudes,
aumentará la luz; en efecto, el resplandor resultante de la unión
de los espejos no sólo produce luz en la retina, sino que también
de su unión surge el resplandor. Correlativamente existe en la inte-
ligencia una condición deformante, aunque, por otra parte, la oscu-
ridad aumenta también al no haber conexión entre los espejos.
Pero, volviendo al tema: está de acuerdo todo el género hu-
mano en que todo lo agradable se desea por sí mismo, y en que

131
todo lo que se desea por sí mismo es agradable. Por tanto, se
entenderá fácilmente cómo el bien ajeno no solamente puede ser
convertido en nuestro bien, sino que también puede ser deseado
por sí mismo; cuantas veces lo agradable está en nosotros, es
bueno para los demás; de ello se sigue la verdadera definición del
amor. Pues amamos a aquel cuyo bien constituye causa de delecta-
ción para nosotros; por lo cual es evidente lo que dije antes, a
saber: lo que es amado es bello, es decir, deleitable para quien
lo percibe. No obstante, no todo lo bello es amado, ni, ciertamen-
te, las cosas irracionales son amadas, ya que tampoco las buscamos
como si fueran buenas, a no ser quienes, por no sé qué razón que
ellos mismos llaman los «sentidos», de acuerdo con su uso fre-
cuente, obran como si fueran animales. Al exigir la justicia que
el bien ajeno lo busquemos por sí mismo, y como buscar el bien
ajeno consiste en amar a los demás, de ello se sigue que el amor
pertenece a la naturaleza de la justicia.
La justicia será, pues, el hábito de amar a los otros (o sea, de
desear el bien ajeno por sí mismo, complaciéndose en él) hasta
donde puede hacerse conforme a la prudencia (o sea, hasta donde
no sea causa de un mayor dolor). En efecto, si el placer que se
obtiene de nuestros bienes debe ser moderado por la prudencia para
que no sea casualmente motivo de un mayor dolor, con tanta
más razón debe ser regulado por ésta el placer que obtenemos de
los ajenos. Ciertamente, no es. ésta la ocasión de invocar a la pru-
dencia, pues incluso quien neciamente cree que el bien ajeno puede
mermarse sin ser él perjudicado, no obstante está obligado a tenerlo
en cuenta.
Será, pues, la justicia el hábito de obtener placer, siempre dentro
de los límites que van desde la idea del bien ajeno hasta la idea
del mayor dolor nuestro. Ahora bien, estas últimas palabras pueden
analizarse: aunque nuestro dolor se interponga, nada prohibe com-
placerse con la idea del bien ajeno, aunque obedezca al hecho de
obtener el placer mayor o el menor dolor. Así, dicho de una vez
por todas, la verdadera y perfecta definición de la justicia es: el
habito de amar a otros, o bien de obtener placer a causa de la re-
presentación del bien ajeno, cuantas veces se presenta la ocasión.
Lo equitativo es amar a todos los demás. Estamos obligados a
hacer lo que es justo. Lo injusto es no gozar con el bien ajeno
cuantas veces se plantea la cuestión. Justo es lo que no es injusto;
luego justo es no sólo lo que es .equitativo, el complacerse con el
bien ajeno cuando llega el caso, sino también lo que no es injus-
to, el hacer cualquier cosa cuantas veces no se presenta la ocasión.

132
El derecho es el poder de hacer lo que es justo.
Es justa mi ganancia sin la ganancia ajena.
Mi seguridad no causando daño a nadie.
La satisfacción de mi necesidad es compatible con el detrimento
del ajeno.
Injusta es mi ganancia con daño para el prójimo.
El no daño (mío) con detrimento de la necesidad ajena.
Nada es injusto si no se produce daño a otro.
Así pues, para que la justicia consista en el ánimo de no hacer
daño a nadie sin necesidad, hay que añadir todavía una cosa. En efec-
to, lo justo no solamente no debe no hacer daño a otro sin necesidad
propia, sino que, además, debe también ayudar al otro.
En primer lugar, cuando, sin dificultad por su parte, puede sacar
al otro de su desdicha.
Eri segundo lugar, cuando, sin mermar su bienestar, puede res-
catar a otro de la mala situación en que se encuentra.
En tercer lugar, cuando sin que se anule su propio bien, puede
buscar el bien del otro.
Efectivamente, que con merma del propio bien saque a otro de
su estado de necesidad, no pienso que está exigido, a no ser entre
verdaderos amigos, entre los que todo es común, incluso la desgra-
cia; o sea, que un amigo por su amigo, es decir, por él mismo, está
dispuesto a todo, excepto a lo que constituye su propia desgracia,
porque a su vez, también el otro lo hace, hasta el punto de que uno
habrá de procurar un mayor bien pafa el otro, aun causándose a sí
mismo un daño menor, porque esto mismo lo haría el otro por él.
Y si alguno hace esto, consintiéndolo el otro, debe hacer exactamente
lo mismo, o incluso debe la restitución del beneficio no- obtenido a
quien actuó así.
Debe haber un castigo para la culpa. Quien perjudica a otro sin
necesidad y conscientemente, contra él tiene vigencia el derecho de
guerra. Mas en lo que respecta a esto último se dan estos grados:
1. Quien conscientemente, sin obtener beneficio alguno por su
parte, daña o intenta perjudicar mi bienestar.
2. Si alguno, conscientemente, sin obtener beneficio alguno por
su parte, demuestra que busca mi daño.
3. Si da muestras, sin beneficio para él, de no buscai; mi bene-
ficio.
En todos estos casos, sin beneficio para sí mismo, busca mi mal.
¿Cuál es el derecho de guerra que rige en cada uno de estos casos?
Tratemos ahora de enumerar los casos en que alguien, conscien-
temente, cáusa daño a otro con beneficio propio. 1. Bien porque hace

133
cesar el beneficio de otro, o porque, presintiendo algún mal, intenta
atentar contra la vida de otro. 2. O intenta causar daño para lograr
su beneficio. 3. Puede, tal vez, hacerlo buscando un daño menor,
a no ser que esté de por medio la amistad.
Se dan casos en los que alguien, sin culpa, inflige un daño a otro.
Y es que no cayó en la cuenta del obstáculo que suponía su bene-
ficio, sino solamente haría daño al bien ajeno, a los bienes o al mismo
bienestar, a menos que lo evite algún acontecimiento, o que haga
lo que esté de su parte para evitarlo.
Este individuo quedará obligado primeramente, en la medida de
lo posible, a probar su inocencia, y después a procurar un mayor
cuidado en lo sucesivo. Incluso, si no pudiera demostrar tener excu-
sas, al menos deberá mostrar su verosimilitud, y debe preocuparse
de tener buena voluntad en adelante, igual que el que causó daño
dolosamente. ¿Estará además obligado a cumplir alguna pena, igual
que aquel que produjo daño a sabiendas?
A mi juicio hay que distinguir, pues en este caso no es capaz
de perjudicar efectivamente nuestros bienes, y entonces lo lícito será
simplemente infringirle un castigo suficiente para que su recuerdo
le impida reincidir, Si en cámbio constituye' un peligro real para
nosotros será lícito que nos protejamos de él lo mejor que podamos,
alejándolo de nosotros.
Pero aunque se puedan proteger nuestros bienes sin causarle mal
a él, sin embargo es preciso aplicarle algún castigo teniendo en cuenta
a otros: no sea que ellos mismos nos perjudiquen al ver que se nos
puede hacer daño impúnemente, sin que hagamos nada.
Para juzgar los peligros que amenazan nuestra integridad debe-
mos ser muy escrupulosos, pero, para juzgar otros peligros conviene
ser más indulgentes, en lo que consiste el verdadero derecho de
guerra. Además debe ser impuesta una pena mayor al que hace daño
sin beneficio alguno para él que al que hace daño que está motivado
por la búsqueda de su beneficio. El castigo debe ser lo suficiente-
mente grande como para ahuyentar no sólo a quien ha hecho el mal
—si no es posible poner remedio de otra manera— sino también
a otros que puedan hacerlo. Por ello, aunque alguno sea precavido
frente a un mal, sin embargo no es posible tener una seguridad com-
pleta.
La justicia es la prudencia al ayudar o perjudicar a los demás,
aunque si se dice que alguno ha sido imprudente porque se ha exce-
dido en su amor a los demás, no. por ello debe ser considerado injusto
quien prudentemente busca el mal de otros o no busca el bien de los
mismos, tal vez porque sea justo, o tal vez porque el hombre de

134
justicia, en su acepción vulgar no responda demasiado a la virtud,
que le sitúa entre dos afectos, el amor y el odio al prójimo.
Dios es justo, aun cuando no está constreñido por ninguna de
estas reglas, ya que-no obstante es prudente, a no ser con la posible
excepción de haber querido que los hombres se amen. Ello le agrada
a El en cierto modo, y en cierto modo no. En efecto, la armonía
universal tiene otro principio.
Pero prosigamos: si alguien es tan sumamente poderoso que
no tiene por qué temer las iras de los otros, y no se complace sino
en su propia alabanza, o, lo que es lo mismo, con la buena opinión
que tiene de sí mismo, no tendrá, según el criterio de la prudencia,
motivo alguno para ser justo; sin embargo, obtendrá placer en ello,
puesto que todo sabio obtiene placer con la belleza, es decir, con la
armonía, pero de tal manera que valore para sí mismo el placer y el
daño en razón de su estima por la armonía.
La' doctrina sobre lo justo y la doctrina sobre los deberes son
una y la misma, ya que se trata en ambos casos de establecer qué es
lo que justamente puede esperar una persona de otra, o sea, dentro
del respeto a los intereses, tanto de quien pide como de quien es
requerido, pero al margen de la consideración de la utilidad de quien
ha sido requerido, a no ser para hacer ver que, o bien no le perjudica
mi beneficio, o bien que mi mal le perjudica; en cambio, no se trata
de demostrar que a él le favorece mi bien, ni que a él no le favorece
mi mal; dicho de otra manera,- sólo debe quedar claro que a él le
perjudica mi mal, no ya por accidente, sino en sí mismo.
Finalmente, como la justicia consiste en la prudencia, merced a
ella no perjudicaremos a los demás, a causa del castigo, y en cambio
les seremos útiles a causa del premio. Todas las demás razones, nada
tienen que ver con la justicia: Dios constituye un premio en sí
mismo.
En general: la justicia es la prudencia al hacer el bien a otros o al
no hacer el mal, con esta disposición de ánimo: hacer el bien o evitar
el mal, es decir, obtener un premio o evitar un castigo.
Se da el castigo en razón de la malicia de la acción, y el premio
al obtener el bien en razón de la bondad de esta acción o por el
propio placer obtenido de los demás, merced a cosas relacionadas
con el prójimo y obtenidas con prudencia. También existe el castigo,
el dolor que sentimos a causa de los demás, en función de algo ajeno
que hemos intentado obtener imprudentemente. Puede ponerse, en
lugar del dolor y del placer, las palabras «bien» y «mal».

135
5. LA SUPREMA REGLA DEL DERECHO1

La regla suprema del derecho dice que debe hacerse lo que es


útil a la comunidad. Es nociva accidentalmente, ya porque exija
cambios excesivamente grandes, ya porque exija demasiado tiempo
para examinarla.
-Por consiguiente, las cosas buenas y malas deben repartirse entre
los hombres de tal modo que de ello se siga el menor mal, o el
mayor bien para la comunidad, de la misma manera que las plantas
deben colocarse, a ser posible, en el lugar en que puedan dar
ínayor cantidad de frutos, mientras que la basura suele arrojarse
en los lugares más estériles.
Se considera que el bien común es la suma de los bienes de
cada individuo; por consiguiente, diremos que el mayor bien común
consiste en que sea lo mayor posible y lo más grande posible el
número de bienes que cada uno obtiene o que a cada uno caben
en suerte.
El bien o es útil o es necesario. Llamo bienes necesarios a aque-
llos que se requieren para la tranquilidad del ánimo, o aquellos
cuya ausencia nos aflige. Todo lo demás, las cosas de las que . pres-
cindimos con facilidad, pueden llamarse útiles. Los bienes, necesa-
rios son incomparablemente mayores que los bienes simplemente
útiles.
Se debe trabajar para que los bienes necesarios se encuentren dis-

1 Original-en latín, publicado por MOLLAT, págs. 85 a 88.

137
tribuidos en alguna medida entre muchos, en vez de pertenecer en
grado sumo a unos pocos.
Por el contrario, debemos procurar que los bienes útiles estén a
disposición de unos pocos en grado eminente, y no se encuentren
distribuidos entre muchos que sólo los podrían tener limitadamente.
En primer lugar, es preciso trabajar por que todos los ciuda-
danos —hasta donde sea lícito— tengan el ánimo tranquilo y sa-
tisfecho. Si hablara ahora en términos políticos, diría que, en primer
lugar, debe hacerse que quienes rigen la sociedad se encuentren col-
mados, y que los ciudadanos se sientan bien dispuestos para con la
república, por lo cual debe procurarse su .contento. Pero ahora
hablo no de la utilidad pública en relación con los gobernantes, sino
en sí misma.
Como dije antes, el bien necesario es aquel sin el cual somos
desgraciados.
En segundo lugar, se debe procurar que todos los ciudadanos
sean moderados o, lo que es lo mismo, que sean capaces de gober-
nar sus pasiones. Pues, de no ser así, la dicha de tales ciudadanos
no durará mucho, ya que, quien se abandona a sus pasiones, puede
llegar a ser perturbado por cosas insignificantes. En cambio, la mo-
deración hace que la serenidad de ánimo sea duradera.
En tercer lugar, es preciso que todos los ciudadanos sean pru-
dentes: en efecto, puede ocurrir que los hombres estén satisfechos
y sean moderados, pero no sean prudentes. Pero esto varía según
cada caso particular. La prudencia permite que nuestra dicha futura
esté en mayor medida en nuestras manos. Me refiero al tipo de
prudencia que se da también en el aldeano que gobierna bien a
su familia.
Cuarto: Es conveniente que los ciudadanos estén bien dispues-
tos hacia el bien común, o lo que es lo mismo, que sean hombres
de bien que soportan con buen ánimo los pequeños males de la
vida, para evitar que otros muchos lleguen a ser desgraciados
Quinto: Los ciudadanos deben ser piadosos. Llamo piadosos a
los hombres que confían en la Providencia y están llenos de amor;
en qtros términos, considero piadosos a los hombres cuyos senti-
mientos les llevan a pensar de tal modo —juzgando que éste es el
orden de las cosas— que laboren por el futuro bien común, tra-
tando bien a los buenos, mal a los malos.
Sexto: Hace falta que los ciudadanos amen y honren a sus go-
bernantes, reconociendo su virtud y potestad.
Séptimo: Es bueno que sean amigos entre sí. Mas son amigos
aquellos cuyo sentimiento de amor es mutuo y manifiesto. Esto

138
ocurrirá suficientemente, si son virtuosos, sinceros y abiertos unos
con otros, de manera que puedan valorar la virtud de cada uno.
Octavo: Que sepan muchas cosas. Por consiguiente, se debe
procurar que las artes que entre los extranjeros se tienen en secreto
sean conocidas entre nosotros.
Noveno: Conviene que sean de cuerpo elegante, tengan salud
y sean ágiles; la razón de ello es que el cuerpo debe ejecutar lo
que la mente decida. Por otra parte, la belleza influye mucho en
la disposición de ánimo que* los demás tienen hacia nosotros.
Décimo: Los ciudadanos deben ejercitar todas las virtudes físi-
cas y morales. Pues mediante el ejercicio logramos que nuestras fa-
cultades estén prestas a actuar como es conv'eniente.
Undécimo: Es preciso que tengan cubiertas las necesidades de
la vida, porque es sabido que la pobreza hace a los hombres des-
graciados y malvados.
Duodécimo: Tiene que haber los suficientes medios para que
todos puedan hacer el bien, para que desarrollen de modo natural
las dotes del alma y del cuerpo, siendo de este modo útiles a la
república.
Todas estas cosas se pueden resumir como sigue: se debe pro-
curar que los hombres sean prudentes, virtuosos, muy bien dotados,
para que así puedan, quieran y sepan hacer el bien.

139
6. LA INTERPRETACION, EL FUNDAMENTO,
LA APLICACION Y SISTEMATIZACION
DE LAS LEYES 1

La ley es un enunciado de lo que se debe hacer u omitir, dotado


de -capacidad para obligar. Con respecto a tales enunciados, hay que
tratar: su interpretación, su argumentación y su método.
1. En primer lugar, toda enunciación recibe una interpretación.
La interpretación es doble: de lo dicho (dicti) y de la intención
(sententia) (PIQTOU KGU Siavoía?); en efecto, ocurre a menudo que no
expresamos de forma conveniente lo "que deseamos decir, por lo
que no es suficiente con entender las ! palabras, sino que hay que
indagar en los motivos que pudo tener quien las formuló. Así pues
conocer las leyes no es solamente saber su formulación, sino tam-
bién apreciar su fuerza y legitimidad.
1.1. La interpretación de la expresión es, unas veces, la de cada
una de las palabras; otras, es la de la conexión existente entre
ellas; en otros términos, unas veces se interpreta su etimología y
otras la sintaxis.
1.1.a. La interpretación de cada una de las palabras a veces
sirve para deshacer la oscuridad, cuando no se aprecia ningún sen-
tido en el texto; otras veces deshace la homonimia o excesos del
lenguaje, cuando el término puede tener varios sentidos.
Se logran ambas cosas exponiendo la significación, unas veces
propia, otras veces metafórica, que, de modo natural, viene exigida
por el lugar a explicar. Para resolver las homonimias es útil el

1 Original en latín publicado por MOLLAT, págs. 71 a 85.

141
capítulo 13 del libro Primero de los Tópicos. Sobre las cuatro
clases de metáforas trata Aristóteles en su Poélica. De qué forma
se estudian las definiciones se hablará más abajo ampliamente.
1.1.b. La interpretación de la conexión entre unas palabras y
otras, a su vez destruye o bien la oscuridad, o bien la excesiva
claridad o anfibología. Se consiguen ambas cosas exponiendo su sen-
tido, bien sea el propio, bien sea el figurado. La función que tiene
el tropo en las palabras aisladas es la misma que realiza la figura
en la conexión de unas palabras con otras.
1.2. La interpretación de la intención es la investigación, no
tanto de lo que el legislador dijo cuanto de lo que pensó sobre el
asunto que nos ocupa, o de lo que hubiera dicho si se hubiera
planteado el problema presente.
A menudo, efectivamente, sucede que los hombres hablan de-
masiado en general, o dicen unas cosas por otras. Cuando hacen
egto, y, o ponen el género en lugar de la especie, o una cosa en
lugar de su contraria, la corrección es necesaria porque las conse-
cuencias serían falsas, sí nos apoyáramos en las palabras tal como
están. Pero si dicen cosas más particulares de lo normal, o ponen
la especie en lugar del género, necesitan menos de corrección que
de complemento. Por ello, alguna vez, tratamos de averiguar los
sujetos de predicados recíprocos, a quienes, en primer lugar, se re-
fiere el predicado en cuestión (aunque quizá el legislador sólo
enumeró casos especiales. Sobre esto, ver también más adelante),
cosa que se hace estudiando el motivo común de por qué existe
el mismo predicado para muchos sujetos. Por ello, quien explica
el texto desde el punto de vista de la intención no es tanto in-
térprete de la enunciación como de quien la formula,* supliendo lo
que aquél ha dicho imperfectamente, pero no de su propia cosecha,
sino partiendo de la intención del que ha hecho la enunciación. Así,
pues, tal interpretación puede hacerse bien partiendo de los sen-
timientos, bien de las razones del que ha hecho la enunciación.
1.2.a. Parece que pueden tenerse en cuenta los sentimientos como
motivo en la interpretación de las disposiciones privadas que quien
hizo testamento dictó una última voluntad. Efectivamente, decidía
sobre sus propios asuntos. Pero en la interpretación de las leyes pú-
blicas no debe considerarse el motivo de los sentimientos del legis-
lador, pues el magistrado no es señor, sino mero administrador de
las cosas públicas.
Los propios legisladores no quieten manifestar sus sentimien-
tos, sino que quieren que parezca que lo han hecho todo apoyándose
en sólidas razones. Así, aunque nos sean conocidos los sentimien-

142
tos del legislador a partir del conocimiento que tenemos de su vida,
o tengamos clara noticia de la historia de aquellos tiempos, y así
pueda conjeturarse hacia dónde se hubiera inclinado, o incluso quizá
qué hubiese respondido en defensa de sus razones, sin embargo no
está en el ánimo general el mantener una dependencia todavía, pues
de muchos siglos, de la actitud o del capricho de un hombre solo,
además difunto y, por tanto, a quien no se puede consultar; y es-
tará mal visto el hacer conjeturas para descubrir y manifestar los
defectos de los legisladores, hurgando en su historia.
Sin embargo, hay que admitir que, a menudo, los sentimientos
pasan a convertirse en razones o sirven para fundamentar algunos
principios, sobre todo en asuntos morales o políticos, donde, por
ser muchas las ventajas o inconvenientes de una acción u otra, ge-
neralmente los hombres no las comparan entre sí, ni las ponderan
con la suficiente precisión, sino que, tras examinar solamente al-
gunas ventajas de una de ellas —ventajas que están de acuerdo con
la inclinación de ánimo que se tiene en el momento—-, se deciden
por ella precipitadamente. Así, los legisladores dedicados a enrique-
cerse establecen unos principios que les son favorables, y los siguen
a la hora de promulgar las leyes: por ejemplo, mirarán mucho
más por el comercio 'que por los asuntos militares o la seguridad
de los ciudadanos, pensando erróneamente que el dinero, mucho
más que el ejército, es la verdadera clave de los asuntos públicos.
Así, sin tener en cuenta ningún derecho de primogenitura, ni el
deber de conservar íntegros los bienes de" las familias, repartirán
en partes iguales las haciendas entre los hijos, descuidarán los pri-
vilegios de la dote y establecerán otras muchas cosas por el estilo,
completamente al margen de la razón.
Así, estos fundamentos del legislador han nacido de un senti-
miento irreflexivo, pero dado que ha quedado reflejado en las leyes
y afianzado en el Estado, no le es permitido al intérprete particu-
lar apartarse de éstas.
1.2.b. La interpretación de la intención del legislador se en-
tiende tomada de las razones que le movieron, aunque quizá, a otro,
esas razones no le hubieran movido; es decir, la interpretación se
toma de algunos principios que, o bien son conformes a sus senti-
mientos, o bien lo son a lo que se conviene en llamar razón, o,
igualmente, responden a la situación en la que entonces se encontraba
el Estado. Pero si aquellos principios no son manifiestamente absur-
dos y contrarios a la razón, y están lo suficientemente afianzados en
las leyes o en las costumbres, deben seguirse a la hora de interpretar
las leyes y llevarlas a la práctica; de lo contrario, le estaría permi-

143
tido al intérprete cambiar las leyes a voluntad, y convertirse en
legislador.
Puede suceder que quien se queja de los sentimientos del legis-
lador o de sus equivocados principios, actúe él mismo movido por
sentimientos, o incurra en un error para cuya discusión carecemos
de juez. Así, la interpretación de la opinión de la ley se toma de
las razones del legislador, ya sean verdaderas o aparentes.
1.2.b.a. Son verdaderas razones aquellas que con seguridad el
más sabio de los legisladores habría seguido y proceden del derecho
natural, o de la razón de Estado.
Procedentes del derecho natural son los principios eternos que
tienen vigencia siempre y en todo lugar; es decir, en toda pobla-
ción y en cualquier Estado en el que se encuentre esa población.
Tales son: que Dios debe ser venerado, y que los magistrados y los
padres deben ser respetados.
De la razón de Estado se toman principios que no convienen a
cualquier población o a cualquier circunstancia o situación de una
población. Así, en lo referente a la importación de mercancías ex-
tranjeras, varían los ^ Estados; pueden, efectivamente, algunas mer-
cancías ser tan necesarias a nuestra población como lo son la sal
de Suecia o el trigo de Italia, cuya importación debe ser favorecida
por todos los medios, llegando al extremo de protegerlas mediante
la concesión de privilegios.
Por el contrario, Francia prohibe con penas severísimas la im-
portación de sal extranjera, ya que en ella abunda la sal. Igual-
mente, un mismo Estado varía de acuerdo con las diversas circuns-
tancias. Por eso hubo un tiempo en el que los días de mercado eran
muy bien recibidos en Alemania, dado que no teníamos muchos co-
merciantes y artesanos, y debíamos atraer a los extranjeros mediante
la concesión de privilegios. Por otra parte, los caminos estaban muy
mal protegidos, por lo que en algunos lugares, en épocas determi-
nadas, y con un salvoconducto del Imperio, los mercaderes los re-
corrían agrupados, como ocurre con las caravanas en Asia. En cambio,
ahora se ha llegado a una situación tal que los días de mercado re-
sultan casi odiosos; no es que deban ser suprimidos, pero sí deberían
ser limitados y determinados con leyes y medidas concretas, de modo
que no parezca que somos nosotros mismos quienes llamamos a los
extranjeros con edictos y privilegios para que nos despojen de lo
que es nuestro.
Así, los principios para las leyes de este tipo deben extraerse de
la geografía y de la historia, esto es, del conocimiento de las cir-

144
cunstancias de lugar y tiempo, colaborando, además, la parte de la
ciencia política que se relaciona con las leyes y los legisladores.
1.2.b.b. Razones meramente aparentes son las que movieron al
legislador, pero no' habrían podido convencer a un hombre realmente
sabio. Estas razones surgen, o bien del particular interés del legisla-
dor —que se suele disimular con argumentos extraídos de la consi-
deración del bien público— o de una equivocación por parte de
éste. Son causas de error Jos prejuicios (áovWóyicna) y los senti-
mientos.
Las razones o principios del legislador pueden ser expresos, o
bien habrá que deducirlos por medio de inferencias. Los expresos
deben ser extraídos de una consecuencia segura o probable. La mejor
manera de hacerlo es el modo como los físicos y los astrónomos
establecen hipótesis aptas para explicar los fenómenos; así, una vez
propuestas muchas leyes particulares, habría que intentar obtener
algún principio común, a partir del cual se pueda dar razón de
todo.
2. Hasta aquí hemos expuesto la interpretación de las leyes.
Hablaremos seguidamente sobre su argumentación. Esta es doble en
todo enunciado: una, en la que partiendo de un antecedente o de
.algún fundamento de la enunciación propuesta, se desemboca en la
enunciación en cuestión. Esta se llama prueba.
La otra, propuesta a partir de la enunciación, en relación con
algo lógicamente implícito o con alguna, conclusión que de ella pue-
da seguirse; se llama consecuencia.
2.1. La prueba de la ley coincide con la interpretación de la
razón, tomada de razones verdaderas.
Probar una ley es simplemente exponer el verdadero motivo de
esa ley, o sea, no sólo decir por qué fue promulgada, sino por qué
debe ser mantenida también en la actualidad. Estas razones se to-
man de la ética o de la política, y pueden ser de dos tipos: o son
razones que todavía tienen valor, o su razón de ser ha pasado ya, en
cuyo caso el fundamento de la ley no puede resultar válido en rela-
ción con el presente estado de cosas. Pero todo esto ya lo hemos
tratado en la interpretación de la razón de la opinión. Me parece
oportuno ahora que expongamos de una manera más clara el modo
de probar.
Pese a que la mayor parte de las leyes son enunciaciones que no
tienen necesidad absoluta; sino que, como mucho, ocurre que son
verdaderas, no obstante, en relación con ellas, resultan útiles las
pruebas exactas o infalibles, esto es, las demostraciones, con tal de

145
que se trate de probar, 110 la verdad absoluta, sino la propia proba-
bilidad de una enunciación de este tipo.
Efectivamente, a menudo hay que demostrar la probabilidad, o
cuál de dos opuestos se da con mayor frecuencia, según la natura-
leza de las cosas; de la misma manera que en los dados y en otros
juegos igualmente dependientes de la fortuna cabe hacer razona-
mientos exactos y rigurosamente matemáticos.
La prueba, pues, y, en general la argumentación, puede ser correc-
ta o viciosa. Es correcta o exacta la llamada demostración o tópica;
la viciosa, a su vez, o simula una demostración, y entonces se llama
paralogismo, o simula un silogismo tópico, y entonces se llama so-
fisma.
Sentado esto, puede suceder que el mismo razonamiento sea al
mismo tiempo, no sólo un paralogismo, sino también un auténtico
silogismo tópico, si el argumentador preparó el silogismo tópico
para simular una demostración. Por lo demás, no se puede negar
que hay argumentaciones viciosas en las propias leyes.
La demostración es o a priori —es decir, a partir de lo que es
más conocido por naturaleza, o de las cosas que serían más conoci-
das por su orejen para quien filosofa— o a posteriori —o sea, a
partir de aquellas cosas que nos son más conocidas a pesar de que,
según el mejor orden del filosofar, hubieran debido ser conocidas
más tarde.
En toda demostración hay,alguna resolución, o del sujeto solo,
o del sujeto y el predicado al mismo tiempo. Resolver significa aquí
poner en el lugar de un término, o su definición, o parte de su defi-
nición, u otro término demostrado con anterioridad a la resolución
del que se está tratando. Así, dos cosas integran la demostración: la
definición y el teorema ya antes demostrado, a los cuales, a veces,
se añaden premisas concedidas (pero entonces la conclusión no que-
da absolutamente probada, sino a partir de la hipótesis de la pre-
misa); igualmente ocurre con los experimentos: hacen que, sin em-
bargo, la demostración, al menos en parte, sea a posteriori. Pero la
demostración absoluta a priori sólo se apoya en definiciones y teore-
njas demostrados de antemano.
Ya que estos mismos primeros teoremas han • sido demostrados
de una forma similar y no puede darse un desarrollo hasta el infi-
nito, es necesario que los primeros teoremas hayan sido demostra-
dos solamente por definición.
Así, es claro que el último análisis de toda demostración absolu-
ta a priori se resuelve exclusivamente en definiciones. Por tanto,
dado que la definición es el único modo de hacer una demostración

146
perfecta, valdrá la pena exponer en pocas palabras su naturaleza y
el modo de estudiar las definiciones: la definición es la expresión
del concepto que tenemos sobre lo definido. Lo definido es un tér-
mino que explicamos con una definición de forma que podamos
distinguirlo de cualquier otro. Con ello se ve a las claras que las
definiciones no son arbitrarias.
Hay algunos conceptos que implican contradicción y que no res-
ponden a nada definido. T%les definiciones no pueden ser tomadas
como fundamento para una demostración, porque a partir de ellas
se pueden concluir simultáneamente cosas opuestas.
Ante todo, debe constar que el concepto expuesto mediante una
definición es posible. Bien sentado esto, a ese concepto se le puede
llamar como se quiera, pero si queremos que normalmente se entien-
da, hay que retener para él los nombres que ya le corresponden
desde siempre. Es esto necesario, sobre todo, cuando queremos ex-
plicar las palabras de otros.
Hay, pues, dos maneras de establecer definiciones: una, forman-
do distintos conceptos mediante combinación de nociones —concep-
tos a los que posteriormente se les da nombre-—; otra, investigando
las significaciones de un nombre propuesto según se utiliza normal-
mente, o según el uso peculiar que de él hace un autor, y que es
el que tratamos de explicar. El primer modo es el mejor, y no está
al alcance de todos. El segundo es de uso más general. Propuesto
un término, se investigará su significado; si los modos de hablar
de él que están en uso son varios, bien én general, bien en la obra
del autor que estudiamos, se pondrán todos juntos, como se hace
en los diccionarios.
En primer lugar, hay que tener en cuenta los epítetos que de
dicho término se afirman o niegan; en segundo lugar, hay que
anotar los sujetos, unidos, sinónimos (o afines) y los opuestos, uno
por uno; a todo esto hay que unir el término en nominativo. A con-
tinuación se pasa a su declinación, o sea, a las situaciones en que se
usan casos oblicuos. A partir de aquí debe establecerse una signifi-
cación que satisfaga a todas las locuciones recogidas, exactamente
con el mismo método con el que planteamos las hipótesis para expli-
car los fenómenos.
Pero esto se hará buscando las razones de cada una de las- locu-
ciones, por ejemplo, considerando los distintos sujetos del término
propuesto, o las especies, o los individuos de los que suele afirmarse
o no.
Efectivamente, buscando la razón de por qué se dice de algo, o,
al contrario, el porqué no se dice de otra cosa, y haciendo esto

147
muchas veces en casos opuestos, y resumiendo todas las razones en
una, al fin comprenderemos cada parte de la definición, o los dis-
tintos géneros que simultáneamente están unidos a pesar de sus
diferencias.
Después, buscando géneros de géneros, o recurriendo a los ya
investigados en otro lugar, llegaremos finalmente al género sumo y
universal de nuestra ciencia, cuyas predicaciones mutuas muestran
proposiciones muy universales y prácticas, en las que se enuncian
también modificaciones de sujetos muy universales y evidentes.
A partir de aquí, por medio de divisiones, descenderemos de
nuevo a las especies, y, por medio de subpremisas sobre ellas, de-
mostraremos no sólo modalidades comunes, sino también las propias,
uniendo entre sí varias comunes.
De igual modo que las especies, exponiendo sucesivamente los
muchos atributos de un mismo sujeto, investigando las razones por
las que cada uno está en el sujeto, uniéndolos entre sí, lograremos
ajustar finalmente una definición a partir de la cual se demostrará
no sólo esto, sino muchas otras cosas.
Muchas veces podremos tomar un significado de las palabras
con el que consigamos que cosas que parecen figuradas, se digan
realmente con propiedad. Por ejemplo, adorar a Dios y cultivar la
tierra son cosas muy diferentes; sin embargo, de ambas puede for-
marse un concepto común: efectivamente, cultivar es, en general,
intentar convertir, mediante nuestro esfuerzo, una cosa que no lo
era, en algo beneficioso para nosotros.
Samuel Bohlio, competente investigador, tiempo ha, del signifi-
cado específico de las palabras hebreas, solía llamar a los significa-
dos de este tipo conceptos formales 2 .
Igualmente, no puede negarse que tal método de investigación
de los significados de los nombres es conjetural, y, por decirlo con
una palabra vulgar, pero apropiada, provisional. Efectivamente, pue-
de suceder que aparezca un modo de hablar desconocido anterior-
mente para nosotros, que nos obligue a modificar las definiciones
asignadas, como los astrónomos se ven frecuentemente obligados a
variar sus hipótesis tras efectuar nuevas observaciones.
Pero no debemos sorprendernos por ello. Si nos-hemos propues-
to interpretar la manera de hablar general, o la particular de un
autor, es evidente que, en general, el método de investigar las ideas
del alma ajena no puede ser un método demostrativo, sino sólo
probable.
1 Samuel Boehl (1611-1639), filólogo y filósofo luterano, fue autor de una
Gramática Hebrea.

148
Pero si al constituir los elementos de nuestra ciencia nos propo-
nemos utilizar la acepción vulgar de las palabras, por una cierta
condescendencia, y en la medida en que sea posible sin forzar las
cosas, nada influye de cara a la solidez de esta ciencia o saber, si es
que hemos seguido íntegramente la mentalidad general o la de deter-
minados autores; efectivamente, podríamos alejarnos de ellos y poner
a nuestro antojo nombres a nuestros conceptos, aunque hemos pre-
ferido usar de nuestra libertad lo menos posible, para ser compren-
didos con mayor facilidad.
Si ya tenemos definiciones, es fácil demostrar las modalidades
posibles a propósito del sujeto, y dar las razones de las enunciacio-
nes propuestas, y, mán aún, incluso las de las leyes. Una vez que
tenemos la definición del predicado, hay que explicar el sujeto hasta
descubrir que todas las partes de la definición del predicado están
entre las partes de la definición del sujeto; una vez sentado esto, es
necesario que el predicado esté contenido en el sujeto.
Hay muchos resúmenes con los que disminuir el esfuerzo a reali-
zar, y, sobre todo, será útil investigar las proposiciones recíprocas
o próximas, en las que, en primer lugar, sé propone el predicado.
Por ejemplo, al menor, al ausente, al derrochador, hay que propor-
cionarles un tutor; ¿por qué? porque no pueden administrar lo
que es suyo: cuando esto sucede se les nombra un tutor, y cuando
no sucede no se designa uno.
Una vez que tengamos proposiciones de este tipo, suprimiremos
el fárrago de las inútiles; después, si por medio de las ya demostra-
das tenemos un predicado recíproco común a dos, de aquí se sigue
que ellas entre sí son sujeto y predicado. Así, los teoremas ya antes
demostrados suponen un considerable ahorro de esfuerzo, al no haber
siempre necesidad de continuar el análisis hasta las definiciones.
La argumentación probable procede o de la naturaleza de la cosa o
de la opinión humana. La que procede de la naturaleza de la cosa
puede ser presunción o conjetura. Existe presunción si de lo que
consta que es verdadero se sigue necesariamente una enunciación
propuesta con requisitos sólo negativos, suponiendo, evidentemente,
que no haya ningún impedimento. Por ello hay que fallar siempre
en favor de quien tiene la presunción, a no ser que otro pruebe lo
contrario. De este modo, son la mayor parte de los razonamientos
relativos a la moral.
La conjetura se da si, para demostrar dos cosas opuestas con
exactitud, -se recurre a algunos elementos positivos, que no consta
sean verdaderos.
El fallo se hace, sin embargo, en favor de aquello que es más

149
factible, o de lo que tiene pocos requisitos, o, si se trata del mismo
género, en favor de lo que tiene menos requisitos. Por ello es correc-
to lo que dicen los jurisconsultos:
«En problemas oscuros, hay que seguir lo menos oscuro».
Aquí tiene toda su aplicación la doctrina sobre los grados de
probabilidad, que nadie, que yo sepa, ha dado todavía la suficiente
importancia.
La argumentación con la que se intenta establecer el motivo de
una ley, a veces no se puede dar. En efecto, no es posible estable-
cer el motivo de todo lo que legislaron nuestros antepasados. Sin
embargo, no se pueden cambiar las cosas sin razones de peso, pues,
como dice el jurista:
«Nada se debe cambiar fácilmente en las costumbres».
A veces es mendaz la razón que se da por parte de los propios
jurisconsultos y legisladores. Efectivamente, sucede a menudo que
no está de acuerdo con la situación actual del Estado; sin embargo,
cuando cesa el motivo de la ley, no por ello cesa al momento la
propia ley; efectivamente, no por esto se subordina al juicio de las
personas particulares o incluso de los magistrados inferiores. Del
mismo modo, es imposible dar la razón de dos leyes cuando mutua-
mente se contradicen.
2.2. La consecuencia de las leyes o su aplicación a los asuntos
reales no se expresa claramente en ellas, es principalmente tarea de
los juristas, y, al mismo tiempo, contiene una interpretación dianoè-
tica, sobre la' que ya he hablado anteriormente. Esta tiene lugar si
el legislador no hizo mención expresa del asunto que nos interesa,
pero sabemos que quiso hacerlo. Es extensiva o supletoria, restric-
tiva o correctiva.
Extensiva si, por la misma razón de la ley, la disposición se
extiende a circunstancias no expresas en la ley.
Restrictiva si, por haber caducado la razón de ser de la ley, cesa
su vigencia, aunque el asunto del que se trata se contenga en las
palabras de su redacción.
Hasta qué punto esto está permitido, es un gran problema para
los juristas, y no debe ser definido de la misma manera en •todos
los Estados.
Ciertamente, de los legisladores, unos están más y otros menos
de acuerdo con estos juristas. Yo estimo que hay que concebir las
leyes de tal manera que no haya necesidad de interpretación dia-
noètica.
Se da otra consecuencia a partir de las leyes, sobre la que no

150
hay discusión; es la que se toma al mismo-tiempo de las palabras,
de las leyes y de la sentencia.
Pero sucede que cuando con la ley se une alguna otra proposi-
ción, y a partir de ésta se constituye una argumentación de cuyas
premisas una es la ley, la conclusión es la decisión de alguna cues-
tión.
Pero la proposición puede estar unida a la ley o a otra ley o
enunciación tomada de alguna otra disciplina, por ejemplo: los ju-
ristas toman muchas cosas de la lógica sobre las proposiciones con-
dicionales y disyuntivas; de la física, cuando :se trata de hijos legí-
timos y de heridas mortales; de las matemáticas, cuando se trata de
trazar límites y calcular herencias.
3. Resta que tratemos de la formación del sistema de las leyes,
o de su método a partir de varias leyes.
En este sistema se debe considerar la materia y la forma u orden,
3.1. La materia del sistema la constituyen las propias leyes, en
las cuales debemos hacer lo que se hace con las piedras con las
que construimos un edificio: deben estar cortadas de forma que
ajusten entre sí con precisión y solidez, y sin que pueda quedar
entre ellas vacío alguno.
De igual modo, en la coordinación de las leyes, se requiere que,
por una parte, no haya contradicción entre ellas, y que, por otra
parte, no dejen lugar a dudas sobre ningún asunto.
Tal sistematización de las leyes, hasta ahora no se ha hecho, pero
yo no tengo la menor duda de que es factible. Generalmente se cree
lo contrario, que el número y la clase de asuntos a regular mediante
las leyes es ilimitado, y que abarcarlos todos está muy por encima
de nuestras fuerzas. Eso seria cierto si nos propusiéramos enumerar
todos los casos, pero hay que tener en cuenta que quien conoce lo
universal puede clasificar con facilidad un número ilimitado de
casos particulares sin que se le pueda escapar absolutamente nin-
guno.
Además, se piensa generalmente que no hay ley sin excepción,
cuando el jurista, por el contrario, debe pretender que una regla
carezca de excepciones hasta el punto de que si falla una sola vez,
le parezca que ya ha perdido toda su utilidad.
¿De qué manera llegaremos a un acuerdo, o, dicho más clara-
mente, cómo sacaremos conclusiones seguras de las leyes si esta-
mos siempre inseguros? Hay que contestar a esto que, ciertamente,
cada ley, tomada en particular, puede tener excepciones, pero la to-
talidad del sistema legal debe carecer de ellas. En efecto, las leyes
se limitan unas a otras, y de una ley puede tomarse la regla; de

151
otra, la excepción; de otra, a su vez, la réplica, y así sucesiva-
mente.
De aquí se sigue un gran ahorro en la promulgación de leyes,
y queda claro cómo unas pocas leyes podrían abarcar innumerables
casos, dado que a pesar de ser su número escaso, se pueden combi-
nar entre sí de muchísimas maneras, según la índole de los asuntos
a resolver.
Solamente habrá que poner atención en conocer qué ley puede
limitar a otra, cosa no difícil, si se ha entendido lo que dijimos
acerca de la presunción.
-Efectivamente, toda ley tiene una presunción, y ésta actúa en
un caso dado, si no se demuestra que haya impedimento o contra-
dicción que dé lugar a una excepción deducida de alguna otra ley.
De aquí se sigue que el pase de la prueba (onus probandi) deba
soportarlo quien alega la excepción.
3.2. Para que el derecho se convierta en una técnica se puede
proceder de varias formas, dependiendo del tipo de objetivo que
quien escribe sobre esto se ha fijado de antemano. Si escribimos
para jueces, debemos enumerar las soluciones del derecho, o las
demandas y sus ¡"excepciones, para que al punto aparezca qué de-
mandas deben ser admitidas, rechazadas o reguladas.
Si escribimos para personas particulares y para sus abogados,
recorremos la vida y hacienda de las gentes y les iremos explicando
qué clase de derechos u obligaciones dependen de cada circuns-
tancia. Por .esta razón, el conocimiento del derecho es parte de la
ciencia económica.
Si es al legislador a quien pretendemos instruir, o a alguien que
haga sus veces, esto es, a quien se le ha concedido la potestad- de
suplir o interpretar el derecho, hay que hablarle de las causas del
derecho, y poner todo nuestro esfuerzo en reducirlo todo a unas
pocas reglas o razones, haciendo notar también las irregularidades
permitidas o excepciones, pues nada de lo que se acepte en contra
de la razón de ser del derecho debe considerarse consecuencia de ese
derecho.
' La explicación del método de esta enseñanza es científico. Los
primeros tienen más en cuenta las enumeraciones dé casos concretos.
Ocurre como en la geometría, que puede ser enseñada de dos ma-
neras: la una es científica, por principios, como hace Euclides;"la
otra es práctica, y es propia para quienes tienen suficiente con sa-
ber las proposiciones, aunque no entienden las razones.

152
7. CARTA DE LEIBNIZ A LOUIS FERRAND 1
31 de enero de 1672

Al señor Ferrand, 31 de enero de 1672.


En lo jurídico se trata de conseguir establecer ante todo estas
cuatro cosas, Diosr mediante:
1. Los principios del derecho natural.
2. Los principios del derecho civil común en la actualidad.
3. El núcleo de las leyes romanas.
4. El corpus de derecho romano revisado.
1. Los principios del derecho natural, siendo como son escasos
en número, son grandes por su importancia, pues contienen las de-
mostraciones simplemente deducidas de las definiciones de lo justo.
Llamo justo o bueno a aquel que ama a todos.
Defino el amar como el alegrarse con la felicidad ajena.
Llamo felicidad al estado de puro gozo.
Entiendo por goce la sensación de armonía.
De estas definiciones deduzco todo lo demás y, en caso de con-
flicto, demuestro que se debe preferir la bondad de aquello de
donde, al final, nace una armonía mayor. De aquí extraigo todas las
reglas del derecho: las que versan sobre el engaño, la culpa, las
1 El original en latín se encuentra en AK 1-1-180. Louis Ferrand (1645-
1699), conocedor de literatura hebrea y oriental en general. Louis Ferrand
conoció a Leibniz en Alemania. Puso al pensador alemán en contacto con el
bibliotecario real Pierre de Carcavy. Esta carta resume esfuerzos del mismo
período de mayor envergadura en los qué Leibniz trata de desarrollar una ju-
risprudencia racional. Concretamente, pienso en los Elementa juris naturalis,
AK 6-1-431" a 489.

153
circunstancias; las que atañen a las proporciones de las pérdidas y
las ganancias; las que se refieren a los premios y castigos. De ello
deduzco el camino a seguir para resolver todos los casos, una vez
habituados a este método, con la misma facilidad con que se re-
suelve un problema geométrico por medio del análisis.
Establecidas así las cosas, la única dificultad que quedará por
solucionar será averiguar los hechos, organizar el proceso judicial y
apresurar la ejecución.
Por ello, en relación con la organización del proceso judicial, he
pensado algunas cosas nuevas que fácilmente pueden ser llevadas a
la práctica; hasta ahora habían quedado olvidadas por leyes y de-
cretos que quisieron poner remedio a los síntomas dejando de lado
las raíces del mal. Es necesario abrirse paso en las entrañas del arte
del sofisma, del embrollo, de la mezcolanza de las cosas, y arran-
carles a quienes practican estos métodos el poder de ocultar cosas
que importan para solucionar el problema. No será difícil cambiar
cosas que ya han sido aceptadas si contamos con el consentimiento
de algún príncipe importante.
2. Yo me atrevería a hacerle a un joven la promesa de ins-
truirlo en pocas sémanas en los actuales principios del derecho co-
mún, valiéndome del juego y la diversión, de manera que, utilizán-
dolos, pueda solucionar con un pequeño esfuerzo, todos los casos
que se le presenten y pueda decidir, basándose en sólidos funda-
mentos, las cuestiones más controvertidas entre los doctores.
3. El núcleo de las leyes de los romanos viste, como con carne,
el desnudo esqueleto de las tablas. De la misma manera que, cuando
faltan los decretos, hay que recurrir al derecho común, así también,
cuando éste falta, hay que recurrir al derecho más común, esto es,
al derecho natural.
4. El corpus de derecho sistematizado comprende absolutamen-
te todas las leyes, y las refiere a las reglas de los principios de
derecho natural y civil, de los que depende. Así con el mismo tra-
bajo quedarán aclaradas las razones en las que las leyes se fundan,
que valen por mil comentarios juntos. Se añade también una pe-
queña paráfrasis, aunque confieso que, a veces, ocurre que por
ignorancia de las cosas de los antiguos, no podemos explicarlo todo,
con gran perjuicio para nosotros. Ya se resolvieron muchos proble-
mas, otros quedaron sin solución, y con su ayuda todos los días siguen
resolviéndose muchos otros.
¿Me preguntáis qué es lo más "importante de todo esto? Os
respondo: los principios de derecho natural, las tablas de principios
de derecho civil, el núcleo de las leyes; han quedado tratadas de tal

154
modo que, en un corto espacio de tiempo, ciertamente menos de un
año, pueden estar terminadas, dedicándose a ello de modo exclu-
sivo.
Pero el corpus sistematizado es más extenso, y por ello es nece-
sario contar con la ayuda de auxiliares, con tiempo, y la dirección
de los que siguen. Habrá, no obstante, una vez hechas las otras
cosas, más necesidad de trabajo que de talento, y, por tanto, contan-
do con la ayuda de los demás, podrá acabarse la tarea sin dificul-
tad.
De ellos, reclamo para mí los principios de derecho natural y
las tablas de los principios de derecho común; en lo que se refiere
al núcleo de las leyes, y al corpus sistematizado, soy simple colabo-
rador del ilustrísimo Lassero, ínclito maguntino.

155
8. PREFACIO DEL NUEVO CODIGO 1

Como es sabido, para poner remedio a los conflictos de los ciu-


dadanos, es necesario lo siguiente: en lo que respecta al propio
Estado, poder y autoridad; por parte de los magistrados, prudencia
y rectitud: en las propias leyes, claridad y precisión.
Nuestra Majestad y el bienestar del Sacro Imperio serán objeto del
cuidado de Dios; a nosotros y a las órdenes corresponderá la elección
de los hombres con los que gobernaremos* el Estado; mas ahora hemos
decidido promulgar leyes en las que cada cual pueda apreciar fácilmen-
te cuál es su deber en todos los asuntos, y no pueda quejarse de tener
errores por ignorancia, o por haber quedado confundido por la com-
plejidad del derecho. En efecto, hemos aprendido qué lo imperfecto
de la naturaleza humana y el paso del tiempo han ocasionado en los
procesos judiciales oscuridades tales que raramente se juzga una causa
de alguna importancia sin que en ella surjan intrincadas discusiones
entre los propios expertos. Sabemos que provincias enteras y, más aún,
que en una misma provincia, las distintas academias o gabinetes y, en
1 El texto, originariamente redactado en latín, se encuentra en Grúa, pá-
ginas 624-628. Leibniz se preocupó, sobre todo a partir de 1678, de la redac-
ción sistemática de un código de derecho civil. Frente a textos anteriores, la
perspectiva que toma es distinta. Por una parte se puede apreciar "el peso
de la experiencia leibziana como jurisconsulto hace que desarrolle una mayor
sensibilidad hacia los aspectos prácticos de la legislación. Corresponde el texto
a un momento de la vida de Leibniz en el que éste aspira a encontrar situa-
ción en la corte de Viena. De ahí unos contactos iniciados a partir de 1677.
Asimismo debe tenerse en cuenta que Leibniz escribe representando al empe-
rador, como corresponde a un borrador de una disposición.

157
la misma ciudad, los distintos tribunales llegan a disentir en cuestio-
nes fundamentales y usuales del derecho. De esta situación se sigue
que los jueces se encuentren tan inseguros del resultado como si de
una partida de dados se tratara: dictan sentencias diferentes, según
el maestro que cada uno tuvo en su juventud o de acuerdo con la
academia respectiva; a menudo los litigantes se angustian pendientes
del resultado, y quedan expuestos a artimañas y triquiñuelas de todo
tipo. Las fortunas de muchos, e incluso la propia vida, se encuentran
en situaciones críticas, cuya resolución es muy incierta.
En efecto, surgirá un derecho diferente según sea el lugar en el
que se presentan las actas, el proceso para celebrar consulta jurídica o
incluso variará según la opinión de la Academia o de los peritos que
declararon ante el juez y con los que se informó. Todo ello llega al
límite en que si se delibera diez veces sobre una misma causa, a veces
se pueden esperar diez sentencias distintas.
Las causas de la imprecisión del derecho, tal como nos han sido
referidas, han ido surgiendo, bien de las propias leyes, bien del cambio
de las costumbres.
Las propias leyes, en razón de su ambigüedad y por sus distintas
interpretaciones, muchas veces son de difícil aplicación y resultan insu-
ficientes para nuestros procesos. Son de difícil aplicación porque se
encuentran contenidas aquí y allá en enormes volúmenes, todavía sin
ordenar ni clasificar. Ocurre a menudo que se dicen las mismas cosas
en diferentes lugares y por razojies opuestas, y sin ánimo de redactar
una ley, sino de interpretarla. Con ello se ha conseguido el absurdo de
que tengamos hoy fragmentos de interpretaciones y sentencias aisladas,
en lugar de disponer de leyes generales,-y que, por el contrario, no
existan ya las viejas leyes y los edictos, en los que, sin embargo, se
apoyaban las decisiones de jurisconsultos y emperadores.
Más aún, en el propio cuerpo legal, las disposiciones anteriores son
abolidas por las posteriores, pero siempre cabe la duda de cuáles son
las abrogadas y cuáles son las que revocan. El Código, efectivamente,
cambió muchas que ya estaban en el Digesto, pero las Nóvellas no sólo
estaban en contradicción con el Digesto y el Código, sino que también
se contradecían entre sí. Las Novellas son, pues, también de autoridad
incierta, igual que las Auténticas, que han surgido de ellas.
Por otra parte, se discutirá frecuentemente hasta dónde se ex-
tiende la alteración del derecho. Así, quien desea fundamentar con
seguridad cuestiones capitales del derecho a partir del propio Corpus
Legum Romanorum, tras reunir y clasificar una cantidad innumera-
ble de reglas y excepciones con ímprobos esfuerzos, quedará todavía
inseguro cuantas veces se apoye en un texto alterado, o se encon-

158
trará en una inextricable oscuridad debida a los fragmentos difíciles
de interpretar, o del desconocimiento del léxico y de las institucio-
nes de los antiguos.
Además, en tan gran cantidad de leyes, se ve que algunas se
contradicen de una forma evidente, y la mayor parte en sus conse-
cuencias. Puesto que no todo está contenido en unas leyes, y de
ellas consta que son realmente insuficientes, la mente se enredará
con argumentos legales, muchas veces opuestos; pero los argumen-
tos casi siempre se derivan de la explicación de la ley, cosa que
es con frecuencia lo más incierto de todo.
En general, no se debe admitir que la autoridad de los intér-
pretes sea tal que ellos mismos puedan ampliar la sentencia dictada
por la ley, a casos similares, sobre todo cuando parece que las mis-
mas leyes unas veces admiten y otras rechazan esta forma de argu-
mentar, y dado que el criterio de similitud es más que problemá-
tico.
Tampoco se debe admitir que cada uno se acostumbre a tomar
para sí de las leyes principios y reglas de derecho, utilizándolas
luego para dirimir las causas judiciales. Estas reglas, además, quedan
oscurecidas por toda clase de distinciones y pierden su valor. Pero,
aun en el caso de que fueran inmejorables, su autoridad sería, con
todo, dudosa, pues las propias leyes no permiten que se deba funda-
mentar el derecho en principios de este tipo.
Así, mientras unos dicen que hay,que atenerse con exactitud a
la literalidad de las leyes, otros consideran que hay que intentar
interpretar la intención que el legislador tuvo al redactarlas, inten-
ción que, a su vez, distintas personas entenderán de distintas for-
mas. Y, finalmente, debido a las múltiples alteraciones del derecho,
han ido surgiendo muchas incoherencias y absurdos, que no pueden
ser aceptados como regla de equidad {sub regula equitatis).
Por otro lado, como gran parte del derecho antiguo ha quedado
anticuado (por la misma razón que ya han pasado las circunstancias
que lo originaron) también han aparecido nuevos asuntos que no
pueden regularse con las leyes de antaño; pues bien, precisamente
en estos asuntos nuevos —para los que no existen leyes en vigor—
se da la máxima libertad para inventar y reinventar el derecho.
Efectivamente, aunque- las sanciones pragmáticas del Imperio y
los reglamentos de los distintos lugares han fijado normas" para al-
gunas causas, sin embargo han dejado la mayor parte sin reglamen-
tar. En estos casos se suele recurrir a los usos y costumbres del
lugar, pero la vigencia de estas normas resulta difícil de probar, y
así sucede que continuamente lo que uno afirma que fue abolido

159
por la costumbre, otro sostiene que sigue teniendo vigor. Se vuelve,
pues, a las opiniones generalmente admitidas de las asociaciones que
dictan el derecho o realizan consultas jurídicas. Pero estas opiniones,
a menudo nacen de la autoridad de uno solo, y mueren con ella, con
lo que no obligan suficientemente a los que vienen detrás y, cosa
sorprendente, se contradicen entre sí, originándose con ello conti-
nuas querellas en los tribunales y reformas de sentencias y decretos.
Se afirma que el último juez en dictar sentencia es el que ha
pronunciado la más acertada, y por eso interesa mucho quién fue el
último de todos —como en los dados— y a dónde se enviaron al
final las actas de proceso.
Si un grupo numeroso de expertos se ponen de acuerdo sobre
un determinado caso, como casi siempre ocurre que todos siguen
la opinión de alguna personalidad de prestigio, se origina lo que
suele llamarse una «opinión común», pero tampoco ésta posee una
naturaleza lo bastante segura ni fuerza para obligar.
Efectivamente, le darán el nombre de costumbre y la tendrán
por tal aquellos a quienes favorece, considerando que tiene fuerza de
derecho; pero la parte contraria ni siquiera le concederá visos de
probabilidad, mánteniendo que el asunto debe ser tratado entera-
mente de acuerdo con las leyes y consideraciones razonadas.
¿Y qué se podrá decir si se oponen opiniones comunes a otras
opiniones comunes, o si se afirma que una opinión es más común
que otra, o que es la más < común de todas? Sin una amplísima
biblioteca nadie puede ser experto en leyes, y no se pedirá la opi-
nión de asesores aún vivos, sino, preferentemente, la de aquellos
que ya han muerto, cuyo número es limitado, y cuyas respuestas
son con frecuencia ambiguas y, más frecuentemente, contradictorias.
Entonces, ¿quién soportará el tedio de darle vueltas una y otra
vez a los asuntos? Por ahorrarse ese cansancio muchos emitirán sen-
tencia precipitadamente, sin reflexionar sobre ella; y entonces, ¿a
santo de qué desaprobamos en los abogados de los procesos su pro-
lijidad en la alegación de pruebas, si es evidente que el secreto para
ganar un proceso consiste en alegar los pareceres del mayor número
posible de autores?
En medio de una tan grande confusión jurídica, algunos prínci-
pes, tras consultar a los asesores, resolvieron, y no sin fruto, algunas
controversias de las que eran más frecuentes. Pero son pocas y con-
ciernen a pocos asuntos, por lo que una autoridad superior debería
acabar con la fuente del mal, cosa que, según la opinión de personas
sensatas, expuesta desde hace ya mucho tiempo, no puede lograrse
mejor que por medio de la redacción de un nuevo Código. Pero en

160
ello no solamente hay que unir la claridad a la brevedad para que
luego no se den más controversias que las que se supriman —como
a menudo ocurre en las nuevas constituciones—, sino que también,
y esto es más difícil, hay que conseguir que sea suficiente con las
leyes, y que éstas cumplan su misión y no sea necesario acudir a
las sentencias de los jurisconsultos para suplirlas.
Todo esto se conseguirá si las cosas que pueden definirse con
claridad las distinguimos de aquellas que por su naturaleza deben
ser dejadas a criterio de los jueces. Si además enumeramos y formu-
lamos con precisión las cuestiones capitales del derecho, tras haber-
las precisado, para que en lo sucesivo a nadie le conceda un juez
acción, excepción, recurso o, para decirlo en una palabra, demanda
de ningún tipo, sino a aquellas que puedan ser expresamente auto-
rizadas en alguno de los capítulos introductorios o por edicto, asi-
mismo, se conseguirá que el propio juez no tenga que decidir nada
por sí mismo, a no ser por un poder especialmente concedido para
esta ocasión.
Rechazamos todas las argumentaciones de las leyes, aparte de
las que hemos dejado al arbitrio del juez, porque intentamos com-
prender todas las causas judiciales en unas cuantas fórmulas gene-
rales," con objeto de que no quede ocasión de que se proceda según
casos similares o contrarios, sino que permanezca firme todo el argu-
mento, al margen de cualquier otra suposición. Y por eso no acepta-
mos ninguna otra distinción entre el estricto derecho y la equidad,
en lo que se refiere a la interpretación de estas leyes, ya que las
promulgamos precisamente para fomentar la equidad.
Efectivamente, la mayor parte de las controversias y de las difi-
cultades se han examinado por mandato nuestro y se ha trabajado
para que las palabras se utilicen de tal modo que las dificultades
hasta ahora observadas se resuelvan. Por ello, finalmente, el deber
del juez consistirá en examinar con atención nuestras leyes y armo-
nizarlas entre sí desde distintos puntos de vista y, ciertamente, no
permitiremos que se extraigan distinciones de otros lugares; en esto,
merced a las admirables combinaciones que realizará entre ellas,
tendrá aún un campo lo suficientemente amplio para demostrar su
pericia.
Sin embargo, dado que es extraordinaria la cantidad de asuntos,
y nada perfecto se puede-esperar de los hombres, si se presentase
alguna causa en la que el juez, de acuerdo con su estricto sentido
del deber, juzgase que podía cometer grave injusticia contra alguien
si aplicara con todo rigor nuestras leyes, en ese caso, dado que
conviene que seamos únicamente nosotros quienes fijemos la línea

161
divisoria entre el derecho y la equidad, y ya que es lícito considerar
atentamente un caso así, queremos que se nos remita a nosotros o
a aquellos a quienes hemos asignado este cometido.
Lo mismo mandamos que se haga en el caso de que parezca
que hemos pasado por alto alguna causa de acción o reclamación, si
hay fundamento suficiente en la suposición de omisión por nuestra
parte, o si alguna disputa se originase sobre la interpretación de
nuestras propias palabras.
No admitimos, ciertamente, que personas particulares tengan la
facultad de suplir el derecho, ni que parezca razonable considerar
de igual autoridad al legislador y al intérprete de las leyes.
Abrogamos todas las leyes y costumbres contrarias a este Código,
siempre que no hayan sido expresamente exceptuadas.
Finalmente, no se tendrán en cuenta, a la hora de dictar senten-
cia y juzgar, las opiniones vulgarmente admitidas, ni el parecer co-
mún de los expertos, cualquiera que éste sea. Hemos procurado que
fuesen examinadas de modo suficiente ya.en las deliberaciones pre-
vias a la constitución y redacción de nuestro Código.
Las antiguas leyes se mantendrán, y ello es razonable, toda vez
que, en gran parte, en ellas nos hemos basado para elaborar las
nuestras. Pero no queremos que nuestras leyes reciban de aquéllas
su interpretación, sirio que, por el contrario, las antiguas deben ser
interpretadas a la luz de las nuevas. Tampoco queremos que se fun-
den el derecho y las reclamaciones en aquellas leyes que nosotros
no hayamos confirmado expresamente; de lo contrario, nada se
habrá conseguido con ese trabajo nuestro y volveremos de nuevo a
las ambigüedades de antes.
Sin embargo, también se recurrirá con provecho a las antiguas
leyes para que, según los dictados de la verdadera prudencia, los
que van a dedicarse al derecho se formen y aprendan de todas las
legislaciones de nuestros antepasados, con las luminosas decisio-
nes de los expertos y comparando con las nuestras, quede pa-
tente, de la manera más clara, con qué fin o por qué motivo hemos
actuado nosotros. Así, no sólo los libros de los autores consagrados
seguirán manteniendo validez •—ya que, con tan grande abundancia
de casos, se desarrollará la memoria leyendo—, sino que también
se conseguirá, con la propia práctica, dar rápida respuesta legal si
alguien pregunta por aspectos difíciles, relacionados con nuestras
leyes.
Dado que no todos tienen la posibilidad inmediata de ejercer
el derecho en los tribunales y de sentarse en los juicios, hasta cierto
punto se puede suplir con la lectura de los buenos autores la prác-

162
tica que les falta, por ser demasiado jóvenes o bien por no habér-
seles presentado la ocasión. Pero, sobre todo, será provechoso el
conocimiento de los buenos autores cuando surjan causas dejadas al
buen sentido del juez o a los litigantes, en las que se trata, o bien
más de la conveniencia que del derecho, o bien el problema es más
una cuestión de hecho que de derecho. Efectivamente, de los libros,
y también de la práctica en el foro, surge una gran riqueza de argu-
mentos y de variadas observaciones y consideraciones que espontá-
neamente no le vendrían a la mente a cualquiera.
Aunque, ciertamente, en caso de que se den determinadas cir-
cunstancias con una ley amplia, podemos presentar un derecho sufi-
cientemente definido, sin embargo es cometido del especialista, no
del legislador, el enseñar la manera de descubrir y examinar preci-
samente cuáles son esas circunstancias.
Pero avanzaremos también en esto hasta donde se pueda, y con
fórmulas seguras y palabras é indicadores determinados de antemano
compensaremos la limitación de las personas; así, si alguno en el
futuro es privado de su derecho le echará la culpa, no a nosotros
o a las leyes, sino a las calamidades de la época o a su propia falta
de previsión.
Ciertamente nosótros, de acuerdo con nuestras posibilidades, y
en uso de la función que nos dio el Supremo Juez, dedicaremos nues-
tro esfuerzo, en cuanto de nosotros dependa, a que nadie deje de
estar asistido de las legítimas sentencias y decretos de los jueces, ni
los buenos magistrados carezcan de las leyes aprobadas.
No dudamos de que todas las órdenes ;del Sacro Imperio han de
compartir con nosotros esta preocupación, de forma que la jurisdic-
ción que de nosotros y del Imperio han recibido, la ejerzan con
rectitud.
Si algunos obrasen conscientemente de otra forma, sepan que
les pediré cuentas por haber violado el sagrado juramento de fide-
lidad y las leyes del vasallaje, y que es clara la potestad que tenemos
para llamarlos a nuestra presencia por haber denegado la justicia a
algún perjudicado. Por último, sabed que si algo no puede ser casti-
gado en el presente, dada la imperfección de la vida en este mundo,
la venganza de Dios será en todo caso inexorable.

163
9. ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE LAS IDEAS
FUNDAMENTALES DE SAMUEL PUFFENDORF,
DIRIGIDAS A G. W. MOLANO 1

SUMARIO:
I. Del libro de Puffendorf sobre el deber del hombre y del
ciudadano.*
II. El fin de la ciencia del Derecho Natural no debe limitarse
a cosas relativas a esta vida.
III. Es objeto del Derecho Natural también lo que se oculta en
nuestro interior y no se manifiesta externamente.
IV. La causa eficiente del Derecho Natural hay que buscarla en la
naturaleza de las cosas, y lo recto, de acuerdo con ella, en los
preceptos de la razón, y no en la mera decisión de un su-
perior.
V. Puffendorf se contradice a sí mismo en muchas ocasiones.

Me has pedido, ilustrísimo varón, en virtud de la amistad que


nos une, mi opinión sobre si se puede explicar con facilidad a los
jóvenes el libro que una persona, en otro tiempo celebérrima por
1 El original de este trabajo, en latín, se encuentra en D 4-3-275 a 283.
Redactado en 1706, tuvo este trabajo, amplia difusión cuando Barbeyrac in-
cluyó este texto con un apéndice a la obra de S. Puffendorf a la que se refiere
De Officio Hbminis. El trabajo está dirigido a G. W. van der Meulen Mola-
nus (1633-1722), teólogo luterano, abad de Locum, director del Consistorio en
Hannover y predicador en la Corte. Colaboró con Leibniz en sus actividades
en favor de la reconciliación de católicos con protestantes. Samuel Puffendorf
(1632-1694), jurista e historiador alemán, tuvo como maestro, al igual que
Leibniz, a Weigel. Su obra más conocida es Jure naturae et genttum, aparecida
en 1672. Aquí „nuevamente hemos de reconocer nuestra deuda con Riley y
Mathieu, qué previamente a nosotros han editado este texto.

165
sus méritos, Samuel Puffendorf, escribió acerca del deber del hombre
y del ciudadano 2.
He examinado la obra, que no consultaba desde hace ya mucho
tiempo, y he visto que formula ideas fundamentales con defectos
considerables. No obstante, pese a que la mayor parte de las doctri-
nas no están en su desarrollo demasiado cerca de las ideas funda-
mentales, ni tampoco se deducen de ellas, sino que, más bien se
toman de otro lugar, y otras se deben a algunos otros autores, sin
embargo, digo, ello no es óbice para que el libro contenga muchas
cosas que son útiles y que cumpla su papel como compendio de
doctrina del derecho natural, que satisfará a quienes, contentándose
con un leve barniz, no buscan una doctrina sólida, cosa que ocurre
a muchísimos lectores.
Personalmente hubiera preferido que fuese algo más firme y más
eficaz a la hora de presentar definiciones, al mismo tiempo claras
y fecundas, que dedujera las conclusiones a partir de rectos princi-
pios, y que estableciera el fundamento de Jos actos por medio de
la naturaleza de las excepciones válidas; finalmente, hubiera querido
que. mostrara a los lectores un plan de la disciplina ordenado, un
método para suplir las omisiones, y de decidir por sí mismos las
soluciones que hay que dar a las cuestiones planteadas tras haber
fijado el camino a seguir.
Efectivamente, esto es lo que los alumnos deben esperar de un
saber completo y debidamente transmitido, y algo de ello hubiese
podido obtener el incomparable buen juicio y la excelente doctrina
de Grocio, o el genial talento de Hobbes, de no haberle distraído
muchas cosas a aquél; y ciertamente partió de principios erróneos y
se mantuvo en ellos de un modo demasiado insistente. También
Seldeno 3 hubiera podido escribir cosas mejores y más completas de
las que normalmente están a nuestro alcance, si es que hubiera que-
rido dedicar a una obra así su talento y saber con mayor empeño.
También hubiera puesto mayor empeño en añadir paralelos del dere-
cho civil, comúnmente aceptado, sobre todo del derecho romano, y
también de su propio derecho sagrado; de esa manera, el uso del
derecho natural hubiera resultado en el futuro más cómodo entre
los teólogos y los juristas, porque ahora es más bien tema de conver-
sación que asunto de utilidad práctica inmediata.
Ahora bien, como la obra ideal todavía no ha sido escrita, y el
compendio de Puffendorf tiene más prestigio que los demás entre
2 Ver nota anterior.
3 J. SELDENO (1584-1654), autor de De jure' naturali et gentium juxta Dis-
ciplinam Hebraeorum, 1640.

166
nosotros, de lo que se trata es de esto: de advertir a los lectores
y a los alumnos sobre algunas cosas, sobre todo acerca de los
principios que han sido tratados con menor éxito. De esos prin-
cipios e ideas fundamentales erróneamente planteados, los más im-
portantes se recogen en los apartados que el lector va a ver a con-
tinuación; en ellos se tratará de las ideas de las que el autor parece
no haber establecido correctamente ni el fin ni la causa eficiente
del derecho natural.

II

Sobre el fin se pronuncia así de claramente en el § 8 de su


Introducción: «el fin de la ciencia del derecho natural debe ce-
ñirse a los límites de la vida presente».
Como preveía que se le podría objetar que la inmortalidad del
alma puede ser demostrada por la razón natural, y que, por ello,
las consecuencias que de ese hecho se siguen —las que hacen re-
lación a la observancia del derecho y la justicia—, atañen a la doc-
trina del derecho natural, conocido por la razón natural, responde
en ese mismo lugar que ciertamente el espíritu del hombre aguarda
la inmortalidad con deseo apasionado, que rehusa con vehemencia
su propia destrucción, y que, por ello, entre la mayor parte de los
hombres ha arraigado la convicción de que el alma perdurará una
vez que se haya separado del cuerpo, y que entonces los buenos
serán felices y los malos desdichados. Que, asimismo, sólo de la
palabra de Dios se puede extraer esta convicción, en la que el es-
píritu del hombre puede descansar plena y firmemente.
Esto es lo que dice el autor. Pero, verdaderamente, aunque esta
afirmación fuera tan verdadera como es falsa —que la plena de-
mostración de la inmortalidad del alma no la proporciona la razón
natural—, sin embargo, a una persona juiciosa y reflexiva le bas-
taría, a pesar de todo, que el argumento tuviera una aceptación
considerable, que diera a los buenos la esperanza firme en una vida
mejor, y que infundiera a los malos el justo miedo de un gravísimo
castigo futuro. Efectivamente, incluso el cálculo poco seguro del
temor a una desgracia gigantesca —no digamos cuando el temor es
de la mayor verosimilitud— debe hacer surgir la necesidad de pro-
tegernos. No pueden despreciarse ni la conciencia de todas las gen-
tes, ni su ilimitado deseo de inmortalidad.
Pero un argumento más convincente y al alcance de todos —por
pasar por alto de momento otros más sutiles— lo proporciona el

167
propio conocimiento de la voluntad divina; este conocimiento lo
admite el autor, y, con razón, lo sitúa entre los propios funda-
mentos del derecho natural. En efecto, no puede ponerse en duda
que el gobernador del universo, sabio y poderoso, ha establecido
premios para los buenos y castigos para los malos, y que hará que
se cumplan sus planes en la vida futura, ya que en la presente es
evidente que la mayor parte de las acciones quedan impunes siendo
malas, o, siendo buenas quedan sin recompensa.
Por ello, olvidar aquí esta preocupación por la vida futura,
que está inseparablemente unida a la providencia divina, y que-
darse satisfecho con un grado inferior del derecho natural, que in-
cluso puede ser válido a los ojos de un ateo (de'ello ya he hablado
en otra parte) es privar a. esta disciplina de una parte muy hermo-
sa y, además, suprimir muchos deberes que deben cumplirse en esta
vida.
En efecto, ¿en virtud de qué afrontará alguien el poner en
peligro sus bienes, su rango social, su propia vida, por sus afec-
tos, por su patria, por el Estado, por lo recto y lo justo, si, des-
pojando a los demás de cuanto les pertenece, puede conservar lo
suyo y vivir en medio de honores y riquezas?, ¿qué otra cosa
sino una enorme necedad sería el posponer bienes reales y seguros,
únicamente a la inmortalidad del propio nombre y a la fama, es
decir, a cosas sin garantía de las que nosotros mismos no vamos
a disfrutar?
La disciplina del derecho natural expuesta según la enseñanza
de los filósofos cristianos (sobre todo, de Praschio)4 y, más aún,
de cualquier verdadero filósofo, es mucho más elevada y más com-
pleta que ésta según la cual los intereses de la vida presente son
la medida de todo. Más aún, a no ser que uno haya sido educado
de manera que encuentre en la virtud el placer más elevado y en
los vicios el mayor desagrado (cosa que no le ocurre a todo el
mundo), ninguna consideración logrará alejarlo de cometer un cri-
men horrible, si con él puede obtener grandes beneficios impune-
mente.

« . . . si hay esperanzas de pasar inadvertido,


mezclará lo sagrado con lo profano» 5 .

4 J. L. PRASECH ( 1 6 3 7 - 1 7 0 2 ) , autor de Designatio juris Naturae ex Disci-


plina Christianorum, 1688.
5 HORACIO: Epístolas 1 - 1 6 .

168
Pero nadie escapará a la venganza divina, aplazada hasta la
vida futura, y ésta es una sólida razón para que los hombres en-
tiendan que deben poner en práctica todas las exigencias del dere-
cho, si quieren mirar por sí mismos.

III

No se debe admitir, como dice el autor, que lo que se mantiene


oculto en nuestro fuero interno sin manifestarse en el exterior no
atañe al derecho natural; por esta razón, cuando se mutila el fin
del derecho natural, es evidente que también su objeto se res-
tringe excesivamente. En efecto, aunque en el § 8 había dicho que
los preceptos del derecho natural se ciñen únicamente a la justicia
humana —porque más allá de esta vida no tiene vigencia el de-
recho—, inmediatamente sigue diciendo bajo el § 9 que la justicia
humana solamente se limita a las acciones externas del hombre,
pero no penetra hasta lo oculto en nuestro interior y no da lugar
a efecto alguno, ni en modo alguno lo pretende. Todo lo que está
más allá- lo transfiere expresamente a la teología moral, sobre la
que enseña que su fundamento es la revelación (§ 4), que instruye
al hombre cristiano (§ 8); aquí también añade que el derecho na-
tural, en muchas partes se aplica torcidamente a la justicia divina,
que es de la mayor importancia para el teólogo. Así (§ 9) dice que
a la teología moral no le es suficiente con haber acomodado de
cualquier manera las formas externas de las acciones de los hom-
bres a la virtud (como si ello pudiera bastar al verdadero filósofo
moral, o al maestro del derecho natural), sino que se afana sobre
todo en modelar los movimientos internos de las almas, de acuerdo
con la voluntad divina, y reprueba aquellas acciones que, precisa-
mente desde fuera, parecen ser tenidas como rectas, pero que, sin
embargo, tienen su origen en un alma que ha perdido su pureza.
El autor, manifiestamente, deja al cuidado de los teólogos, y
sólo a ellos, todas estas acciones que, sin embargo, es evidente que
han sido objeto de preocupación no sólo para los filósofos cristia-
nos, sino también para todos los antiguos filósofos, cuya filosofía
fue más estricta, más cabal -y más moderada. Yo no puedo por
menos de admirarme de que cosas así hayan podido olvidársele -a
este hombre insigne y en este fanal de erudición, incurriendo con
ello, tanto en argumentos falsos como en paradojas.
De platónicos y estoicos, e incluso de' los poetas fue doctrina
el que los dioses deben ser imitados, y que hay que ofrecerles

169
« . . . e l espíritu recto y honesto, limpias las profundidades del alma,
y un ánimo lleno de sentimientos generosos y honrados» 6,

y no al filósofo, sino al jurisconsulto civil atribuye Cicerón la


posibilidad de contentarse con los actos externos. Efectivamente,
enseña que las leyes deben recaer sobre lo que puede lograrse en
virtud de la autoridad, y que los filósofos, en cambio, deben cui-
darse de lo que se sostiene con la razón y la inteligencia 7. ¿Hasta
tal punto se ha devaluado entre los cristianos una filosofía que
los paganos mantuvieron tan buena y generosa?
De la permisibilidad de Aristóteles se quejaron muchas veces los
antiguos; sin embargo, él mismo se elevó mucho más y la Escuela,
en este punto, lo ha seguido con razón. Efectivamente, la filosofía
aristotélica refiere todas las virtudes, muy acertadamente, a la justicia
universal, y debemos referirlas no sólo a nosotros, sino también a la
sociedad, y sobre todo a la que tenemos con Dios por medio de la ley
natural, inscrita en nuestros corazones, de tal forma que tengamos
nuestro espíritu imbuido de principios verdaderos, y la voluntad cons-
tantemente dirigida hacia lo recto.
No dice tampoco qué lugar tiene el juramento en el derecho na-
tural (a pesar de que el autor afirma que es muy grande), y si en
su caso no cabe tener átención alguna a lo que ocurre en el fuero
interno del hombre.
Quien tiene la facultad de dirigir la educación o la instrucción de
otros quedará obligado, en virtud del derecho natural a formar tam-
bién. espíritus limpios, mediante admoniciones, y a procurar que sean
dirigidas las voluntades hacia lo honesto, como por una segunda na-
turaleza. Esa es la razón de aconsejar las cosas más prudentes, pues,
según la acertada advertencia de Aristóteles, más pueden las costum-
bres que las leyes 8.
Aunque es cierto que puede ocurrir que alguien reprima, por
miedo o por esperanza, sus malos pensamientos para que no le oca-
sionen daño, sin embargo, así no conseguirá que le sirvan de prove-
cho: quien no esté rectamente dispuesto cometerá faltas a menudo,
cuando menos por omisión de cumplir con su deber. Incluso hasta
este punto, es poco segura la hipótesis defendida por nuestro autor,
según la cual existen espíritus depravados en su interior, - que son
irreprochables en lo externo.
Sin duda, hay que alabar a algunos hombres sabios, defensores
6 P E R S I O : Sátiras 1 1 - 7 3 .
7 CICERÓN: De Officiis I V - 1 7 - 8 8 .
8 A R I S T Ó T E L E S : Etica a Nicómaco X-9, 1180b.

170
por otra parte de la doctrina de Puffendorf, por haber corregido la
opinión de éste más expuesta a críticas, y porque niegan al derecho
natural la preocupación por lo interno, pero atribuyen al menos este
aspecto de las acciones humanas al filósofo moral o al teólogo natu-
ral. Pero, como nadie puede negar que la naturaleza estableció en las
acciones interiores un derecho y una obligación, faltas para con Dios
y rectas acciones, ¿dónde —pregunto— se tratarán estas cuestiones
capitales, que pertenecen por entero al derecho y a la justicia na-
tural? (a no ser que alguien invente alguna otra jurisprudencia uni-
versal, que comprenda un derecho natural que_se. extienda no sólo a
los hombres, sino también a Dios, cosa que, como todos vemos, care-
cería de todo sentido, y sería completamente superflua). Es más, en
la ciencia del derecho conviene que la justicia humana, para ser com-
pleta, derive de la justicia divina como de su fuente.
La noción de lo justo, efectivamente, no en menor medida que
la de lo verdadero y la de lo bueno, también pertenece a Dios; me-
jor, pertenece en mayor medida a Dios, en calidad de canon del resto
de las cosas, y las reglas comunes entran de lleno en esta ciencia; en
la jurisprudencia universal deben incluirse sus preceptos, y también
la teología natural se servirá de sus preceptos. Por consiguiente, no
podemos estar de acuerdp con quienes limitan el derecho natural más
de lo necesario, aunque este error no es peligroso, si al menos la hon-
radez interna se reserva para otra parte de la filosofía, y no se trans-
fiere íntegramente a los preceptos revelados.

IV

Hasta aquí hemos hablado del fin y del objeto; nos queda referir-
nos a la causa eficiente del derecho natural, que tampoco ha sido
bien establecida por el autor. Puffendorf, efectivamente, no la busca
en la naturaleza de las cosas y, de acuerdo con ella, en los preceptos
de la recta razón emanados de la mente divina, sino que —cosa que
extrañará y será causa de oposición— intenta encontrarla en la deci-
sión de alguien superior.
En el libro I, cap. I, § 1 se define el deber como la acción del
hombre debidamente ajustada a los límites marcados por las leyes
en razón de su obligatoriedad. -Después, en el cap. II, § 2, se define
la ley como la decisión mediante la cual un superior obliga a quien
le está sometido a acomodar sus acciones a su voluntad; si admitimos
esto, nadie cumplirá con su deber espontáneamente; más aún, el de-
ber no existirá cuando no exista superior que imponga la obligación,

171
ni habrá deberes de ninguna clase para aquellos que no tengan nin-
gún superior.
Y, dado que para nuestro autor el deber y el acto ordenado por
la justicia tienen la misma extensión y, coinciden en sus límites
—pues toda su jurisprudencia natural se contiene entera en la doc-
trina del deber—, la consecuencia lógica será que todo derecho es
decidido por un superior. Me sorprende que alguien haya podido ha-
cer suya esta paradoja, dada a conocer sobre todo por Hobbes (aun-
que él mismo la matiza), quien parece suprimir toda justicia en el
estado que él llama «natural», esto es, carente de superior.
Luego, ¿es que no obrará contra la justicia, a pesar de estar dota-
do del máximo poder, quien tiránicamente ataque a los suyos, quien
despoje a sus súbditos por capricho, quien los maltrate y los asesine
en medio de los más atroces tormentos, quien haga la guerra sin nin-
gún motivo?
Igualmente, por esta misma razón, algunos doctos varones, in-
fluidos por nuestro autor, se niegan a admitir ningún derecho de
gentes voluntario, atendiendo a las siguientes razones: los pueblos,
según ellos, no pueden sentar derechos ni establecer jurisprudencia
mediante pactos; lógicamente, en esos casos no hay, también según
ellos, ningún superior rque haga eficaz esa obligación. Con tal argu-
mento dejarán muy bien sentado que, naturalmente, los hombres no
pueden establecer un superior para sí mismos mediante pactos y
acuerdos, a pesar de que Hobbes admitió lo contrario.
Ciertamente parece que se puede enmendar en parte esta doctri-
na si se considera a Dios como un ser superior a todo, que es lo
que hace el autor inmediatamente después de lo que dijimos antes.
Efectivamente alguien dirá que el principio falla sólo por un error
aparente, pero que si lo examinamos más a fondo, nada malo se
puede descubrir en él, porque se corrige a sí mismo y lleva consigo su
propio remedio: en efecto, un Estado sin superior ninguno cierta-
mente se puede imaginar en una explicación escolar, pero no puede
existir en la realidad objetiva, ya que todos por naturaleza están
sometidos a Dios.
De esta forma ya no sólo los pactos de los hombres establecen
la existencia de un superior, sino que también los acuerdos de los
pueblos son fuente de derecho, ya que Dios en ambos casos garantiza
la validez de los pactos.
Es cierto esto de que Dios es superior a todos por naturaleza,
pero la propia doctrina de que el derecho se establece por decisión de
un superior, en sí misma es una doctrina errónea sea cual sea él
modo de justificarla. En efecto, sin hablar de que habría alguna obli-

172
gación natural, como ya advirtió acertadamente Grocio, caso de que
—cosa que no es posible— Dios no existiera, o que la divina exis-
tencia se excluyese momentáneamente9, tal obligación existiría, por-
que, como es evidente, el cuidar de la propia conservación y como-
didad, exige mucho de unos hombres para con los otros, cosa que
también Hobbes advirtió en su momento.
Incluso las asociaciones de bandidos confirman esta obligación
vinculante con su comportamiento, cuando, siendo enemigos para los
extraños, entre sí se ven obligados a cumplir algunas obligaciones,
aunque, como ya he advertido, el derecho natural sería muy imperfec-
to si, como dicen, procediera sólo de esto.
Sin hablar de otras cosas, debe tenerse en cuenta que el propio
Dios es alabado a causa de su justicia y que hasta tal punto es cier-
ta..., no, más bien suprema la justicia del propio Dios, que, aunque
carezca de un ser superior a El, y sólo por propia voluntad de su
eminente naturaleza haga todas las cosas encaminándolas al bien,
nadie podrá nunca tener quejas razonables de El.
La propia norma de las acciones, o la naturaleza misma de lo
justo, no depende de una libre decisión de Dios, sino de las verdades
eternas, tal como se manifiestan al divino entendimiento, verdades
que pdr decirlo así, constituyen ellas mismas la esencia divina. El
autor ha sido censurado con razón por los teólogos por defender lo
contrario; yo creo que no ha prestado suficiente atención a las malas
consecuencias de sus afirmaciones: en efecto, la justicia no será un
atributo esencial de Dios, si El mismo estableciera el derecho y la
justicia por su mera voluntad. La justicia contiene algunas leyes de
i'gualdad y proporcionalidad que están tan fundadas en la naturaleza
inmutable de las cosas y en las divinas ideas, como lo están los prin-
cipios de la aritmética y de la geometría. Precisamente, nadie defiende
que la justicia o la bondad dependan de la voluntad divina, a no ser
que piense que también depende de ella la verdad en general. Esta
paradoja sin precedentes arranca de Descartes, de su célebre argumen-
to de que los grandes hombres podían engañarse en gran manera;
como si, en efecto, el triángulo fuese de tres lados o dos contradic-
torias fuesen incompatibles, o, en fin, si existiese el mismo Dios, sólo
porque así Dios lo ha ordenado 10. Se seguiría también —cosa que al-
gunos sostuvieron irreflexivamente— que Dios, con todo derecho,
podría condenar a los inocentes, ya que El mismo podría sentar este
derecho.
9 H . G R O C I O : De Jure Belli ac Pacis, prolegómenos, sección I I . Se trata de

la obra fundamental del jurista holandés (1583-1645).


1° Resp. VI, AT 7-428. Cfr. asimismo Med. I, AT VII, pág. 21.

173
Evidèntemente, quienes fueron capaces de sacar tales consecuen-
cias no distinguiron la justicia de la irresponsabilidad (àvup.eu8uvca).
Dios, por su sumo poder sobre todas las cosas es irresponsable
(àup.eu8uvoi;), ya que ni puede ser forzado a hacer nada, ni puede
ser castigado por hacer algo, ni está sometido a la obligación de ren-
dir cuentas a nadie. Pero, a causa de su justicia, se comporta de tal
manera que satisface a toda persona sabia, y, lo que es más, a sí
mismo. Esto tiene también relación, y no pequeña, con la práctica
de la verdadera piedad. En efecto, no es suficiente que seamos sumi-
sos a Dios hasta el punto de obedecerle como se obedecería a un
tirano, ni solamente debe ser temido a causa de su grandeza, sino
que, además, también debe ser amado por su-bondad, cosas que la
Sagrada Escritura enseña tanto como la recta razón.
A ello conducen los mejores principios de la jurisprudencia uni-
versal, que concuerdan también con la sana teología e impulsan hacia
la verdadera virtud. De ellos tan lejos está quien no obra justamen-
te aun obrando con rectitud, por la esperanza de un premio o el
temor a un superior, como cerca está quien obra justamente, ante
todo por cierta humana imitación de la justicia divina.
Efectivamente, quien obra, bien por amor a. Dios o al prójimo, en-
cuentra placer en eL'propio hecho de obrar bien (tal es, precisamernte,
la naturaleza del amor) y no necesita de ningún otro estímulo o man-
dato de ningún superior, y sobre tales personas, escrito está que para
el justo no hay ley establecida y hasta tal punto es una persona
independiente de la razón, que sólo la ley o la coacción lo convierten
a uno en justo. Mas hay que confesar que aquellos cuyo espíritu
no ha llegado hasta ese grado de perfección no se sienten obligados
a hacer el bien, a no ser por la esperanza o por el miedo; también,
sobre todo, por la espera del divino castigo, del que no nos es dado
escapar con la muerte, pueden encontrar la necesidad plena y válida
para todos de guardar las normas del derecho y la justicia.

V
De lo dicho hasta aquí se deduce con suficiente claridad cuán
importante es para la juventud, y más aún para el Estado, estable-
cer mejores fundamentos para la ciencia del derecho.
. En cap. 2, § 4 se dice desacertadamente que nadie puede im-
poner una obligación a quien carece de superior, como si algunas

11 Timoteo I, 9.

174
obligaciones no tuviesen su origen en la propia naturaleza de las
cosas, y en la preocupación por la salvación y la felicidad propias.
Además, muchas cosas las ordena la misma razón para que sigamos
la conducta que sea mejor, sin caer en el mal, o sin alejarnos del
bien. Toda esta exigencia de la razón, cuando simultáneamente atañe
a otros por ser de su interés, corresponde a la justicia.
Y, verdaderamente, es lícito que algunos interpreten el deber en
un sentido más amplio, es decir, comprendiendo todo acto virtuoso,
incluso en los casos en que no interese en absoluto a los demás, o no
se tenga en cuenta el que interese o no. En este_sentido puede decir-
se que también pertenece al ámbito de lo que constituye nuestro de-
ber el tener fortaleza y templanza, para que, por ejemplo, cuidemos
de nuestra salud, y que sean castigados aquellos que no actúen si-
guiendo estas virtudes.
Sin embargo, no rechazo la práctica de nuestro autor, que res-
tringe el deber a lo deseado desde el punto de vista del derecho;
ahora bien, estimo que conoce mal la verdadera razón de ello. Efec-
tivamente, en la sociedad en general, bajo el gobierno de Dios, toda
virtud, como he dicho otras veces, está comprendida en el marco de
las obligaciones que la justicia universal, y no sólo los actos externos,
sino también todos nuestros sentimientos están gobernados por la
sumamente cierta regla del derecho.
Para quien dignamente reflexiona acerca del derecho no sólo exis-
te el criterio de la humana tranquilidad, sino también el de la divina
amistad, cuya posesión nos promete la felicidad duradera: no sólo
hemos crecido para nosotros, sino que otros reivindican para sí una
parte de nosotros mismos y Dios todo 12.
No veo cómo el autor, aun siendo muy agudo, puede librarse de
incurrir en contradicción, cuando deriva toda la obligatoriedad del
derecho, del mandato de un superior (como hemos mostrado en los
pasajes citados), pero, después —lib. I. C. 2 § 5— dice que se re-
quiere para que haya un verdadero superior, no sólo que éste tenga
la capacidad de obligar por la fuerza, sino también motivos justos
para poder atribuirse ese poder respecto a mí. De este modo, por lo
que se ve, la justicia de los motivos es anterior al propio superior,
cosa que es justo la contraria de lo que antes afirmaba. En efecto,
si para que haya derecho es necesaria la existencia de un superior, y,
a su vez, para el establecimiento de un superior son necesarios mo-
tivos que se apoyan sobre el derecho, de ello se origina un círculo
vicioso de los más evidentes.

12 CICERÓN: De Officiis, 1-7-2.

175
¿A partir de qué títulos será patente que los motivos son justos,
si todavía no existe ningún superior? Según el autor, es a partir de
la existencia de éste como tiene lugar el origen mismo del derecho.
Y sería sorprendente que un hombre tan perspicaz pudiera contrade-
cirse hasta ese punto, si no supiésemos que con facilidad surgen pa-
radojas cuando se oculta tras los dogmas el sentido común, que es lo
que normalmente prevalece.
Pero nos interesa citar aquí las palabras del propio autor, para que
no parezca que tratamos de inducir a error:
«La obligación tiene lugar en el espíritu humano, propiamente a
partir de la existencia de un ser superior, es decir, a partir de la
presencia de una persona tal que no sólo tenga fuerzas para repre-
sentar un mal para aquellos que se esfuerzan en hacer lo contrario
de lo que ordena, sino que también posea títulos legítimos, en virtud
de los cuales pueda exigir que limitemos el ejercicio de nuestra vo-
luntad según su criterio. Así que, cuando alguien reúna tales caracte-
rísticas, una vez que haya manifestado sus deseos, es necesario que
en el espíritu humano surja el miedo, acompañado por el respeto...
Pero, quien reconoce no alegar ninguna otra razón por la cual quiera
imponerse una obligación contra mi voluntad, más que sus propias
fuerzas, éste, en ve'rdad, me puede atemorizar de tal forma que, por
evitar un mal mayor, juzgue preferible obedecerle durante cierto tiem-
po, pero, una vez desaparecido ese miedo, nada impide que siga mi
voluntad en vez de la suya. .
Por el contrario, puedo ignorar impunemente las órdenes de quien
ciertamente tiene razones para que yo, en sana lógica, deba obede-
cerle, pero que se ha quedado sin fuerzas para imponerme algo malo,
a no ser que alguien más poderoso venga a defender su autoridad.
Las razones por las que alguien puede exigir que otra persona se so-
meta a su voluntad son:
En primer lugar, si unos bienes extraordinarios que proceden de
aquél van a parar a éste, cuando esté claro que, en ese caso, no sólo
lo quiere bien, sino que puede mirar con él de forma más convenien-
te de lo que el propio interesado es capaz.
Si, al mismo tiempo aquel de quien proceden los bienes reivindica
para'sí con alguna acción la dirección de quien recibe los beneficios.
Si, finalmente, alguien, por propia iniciativa, se somete a otro y con-
siente en ser dirigido por él.»
Hasta aquí nuestro autor.
Si examina bien todo esto, en seguida caemos en la cuenta de
que, por una parte, el autor se contradice, y de que, por otra, no ha

176
resuelto la cuestión que antes le planteábamos. Efectivamente, si no
es suficiente la coacción cuando no hay razones para exigir la obe-
diencia, ni tampoco bastan las razones cuando no van apoyadas por
la fuerza, ¿por qué, pregunto, una vez que ha cesado la fuerza y sólo
quedan las razones, no vuelvo a tener la libertad que afirmo haber
tenido cuando sólo existían las razones y la fuerza aún no había
sido empleada?
Ciertamente, eso que dice el autor de que cuando ha cesado el
miedo ya nada impide que haga mejor mi voluntad que la del otro,
se mantendrá, aunque haya razones para lo contrario.
En cambio, si ya las solas razones son el impedimento de que yo
haga mi voluntad y no la deí otro, ¿por qué no constituyeron por sí
solas un impedimento antes del miedo?, y ¿qué fuerza, pregunto,
dará el miedo a las razones más allá de sí mismo, que, sin razones,
no se da a sí mismo?; ¿acaso este sentimiento poco duradero impri-
me en el alma, contra su voluntad, una marca indeleble?
Imaginemos que un hombre, que debe obediencia a otro única-
mente por razones, posteriormente es obligado a obedecerle a la
fuerza, pero se mantiene en el propósito de no obedecerle más allá
de lo que dure la coacción; en este caso no está claro el que quede
sometido perpetuamente por el hecho de que se haya visto obligado
a hacerlo una vez.
Si un cristiano enfermo es capturado por un médico turco, ¿hasta
tal punto se sentirá obligado por lo concerniente a su salud —cono-
cidas las normas mucho tiempo atrás, pero ahora reforzadas por la
necesidad— que, aún presentándosele la ocasión de huir, se sentirá
más obligado a la moderación que lo que se sentía antes de su cau-
tiverio? Una de dos: o las razones obligan antes de que haya fuerza
que las apoye, o dejan de obligar cuando esa fuerza cesa.
Estos ejemplos muestran suficientemente que el autor carece de
firmes principios en los que fundamentar las verdaderas razones del
derecho, porque los que se inventó a capricho no pueden ni siquiera
bastarse a sí mismos.
Por lo demás, los fundamentos, no sólo comunes a todo derecho
(incluso del que sólo se deduce de lo justo y de lo bueno), sino tam-
bién los exclusivos del estricto (el que incluso instituye el superior)
han sido explicados en otro lugar.
Resumiendo lo dicho: en general hay que decir que:
— El fin del derecho natural es el provecho de los que lo ob-
servan.
— Su objeto, cualquier cosa que sea del interés de otros, y que
esté dentro de nuestras posibilidades.

177
— Que, finalmente, su causa eficiente es en nosotros la luz de
la razón eterna encendida en nuestras almas por la voluntad divina.
Creo que estas cosas, tan simples y claras, a algunos hombres de
inteligencia aguda les parecen demasiado obvias, y de ahí que den
en imaginar otras más fuera de la opinión común, que halaguen con
su apariencia de novedad, sin examinar con atención, ni la profun-
didad de aquéllas, ni la insuficiencia de éstas.
Pensé que debía escribiros esto a Vos, ilustrísimo señor, para que
quede claro que la obra de Puffendorf, aunque en absoluto deba ser
despreciada, sin embargo necesita de muchas correcciones en sus mis-
mos fundamentos. Por lo demás, no tenemos tiempo ahora para des-
cender a los detalles. Adiós.

178
10.CARTA AL LANDGRAVE
DE HESSE RHEINFELS:
LA MEJOR FORMA POLITICA 1

14 de agosto de 1683

•La cuestión de si es bueno que haya príncipes hereditarios y ab-


solutos puede ser considerada en varios sentidos. Primero, si los pue-
blos están obligados a obedecerlos; segundo, si el príncipe puede, en
conciencia, tener semejante derecho y ejercerlo en caso de que le sea
transmitido por sus antepasados; el tercer aspecto es si, aceptados
los anterioras, se pregunta únicamente qué forma de gobierno sería
la mejor y más conforme al espíritu del cristianismo.
1 Hemos dado este título al epígrafe noveno de la carta en francés, en-
viada el 14 de agosto de 1683 por Leibniz al landgrave Ernesto de Hesse-
Rheinfels (AK 1-3-312 a 314). Forma parte de la extensa e importante corres-
pondencia que mantuvieron ambos entre 1680 y 1693 y de la que incluimos
otras piezas en la presente selección. A pesar de ser católico converso, el
landgrave coincidía con Leibniz en la conciencia de la necesidad de lograr la
unidad de las iglesias separadas, y por su valoración de la razonabilidad y to-
lerancia en cuestiones religiosas. Es autor de El católico discreto (1660), obra
que dio a su autor un considerable prestigio en el momento. Cfr. el texto
correspondiente a la nota 3 del escrito 13, pág. 196.
Es importante tener en cuenta estos datos para comprender la carta que
presentamos de Leibniz. En aquella a la que contesta (cfr. párrafo 9 de la en-
viada por el Landgrave el 31 de mayo, AK 1-3-295), el landgrave manifiesta
su preferencia por la democracia como mejor forma política, aun cuando re-
conoce la fortaleza de las monarquías. Pone los ejemplos de Venecia y" Países
Bajos, más a salvo de la guerra, la corrupción y el despotismo, aun cuando
preferiría que la autoridad en Venecia fuera más fuerte. Frente a esta posición
Leibniz, sin ser tampoco categórico al respecto, se manifiesta como partidario
de la monarquía, aun admitiendo los peligros a los que está expuesta. Tam-
bién es notable la insistencia de Leibniz por precisar que la monarquía sólo
es relativamente absoluta en la medida en que los príncipes están sujetos a
un orden moral.

179
En cuanto al primero, creo que V. A. está de acuerdo con los
demás en que los pueblos están obligados a obedecer y sufrir, y que
no puede haber rebelión sin crimen, cosa que parece conforme con el
espíritu del cristianismo, y también con lo que enseña la verdadera
política, puesto que, normalmente, las revoluciones son más peligro-
sas que el mal gobierno. Es verdad que la regla general puede tener
excepciones. Grocio concede que si un tirano actúa de tal modo que
se camina manifiestamente hacia la destrucción del Estado, sería lícito
oponérsele, pero, sin embargo, sería necesario mantener la modera-
ción, y valdría la pena meditar sobre estos versos de Virgilio:

Luego se levantó Etruria entera


pidiendo para el rey el suplicio con muerte inmediata 2 .

En cuanto a la conciencia de los mismos príncipes, puede decirse


que no es el poder, sino el mal uso del poder lo que es censurable.
Sin embargo, esto no es suficiente en este caso, pues aunque un
príncipe sea virtuoso, no se puede responder de su sucesor, y podría
decirse que hace mal estableciendo o manteniendo un derecho sus-
ceptible de corromperse en manos que no son las suyas, y que puede
llegar a ser pernicioso. Nada se ha censurado en el emperador M. An-
tonino Filósofo, salvo que dejara el Imperio a un hijo indigno de él.
Cierto que el príncipe podría cuidar la educación de los futuros su-
cesores, pero no existe medio de tener seguridad en esta cuestión.
Por consigüiente, yo me pronunciaría contra el poder absoluto, si
en nuestros días hubiéramos visto tiranos semejantes a esos mons-
truos de emperadores que Roma vio en otro tiempo; pero hoy en
día no existe ningún príncipe tan malvado que sea peor vivir bajo
su poder que en una democracia.
Todo el problema consiste en la cuestión tan debatida de cuál de
las formas de gobierno es la mejor. Sería de desear que los más po-
derosos fueran siempre los más sabios, o que los más sabios fueran
los más poderosos; pero la sabiduría de los hombres es muy limi-
tada, y a menudo, los espíritus mayores cometen las mayores faltas;
además, la sabiduría no siempre es fácil de reconocer: hay falsos sa-
bios, como existen falsos valientes. Los pueblos sienten una vene-
ración por la alcurnia que no sienten en absoluto por la virtud. De
esta suerte, creo que los reinos electivos estarían muy sometidos a la
inestabilidad, y así se ha reconocido; pues en estos mismos reinos, se
está obligado a atenerse a la sucesión tanto como sea posible.

2 VIRGILIO: Eneida, 8, 493-494.

180
Del mismo modo, se ha visto que no siempre es bueno que los
príncipes tengan las manos demasiado atadas; esto los hace incapa-
ces de atender con suficiente prontitud a las necesidades del Estado.
Si el rey de Inglaterra fuera tan absoluto en su reino como el rey
de Francia lo es en el suyo, creo que inmediatamente se habría
opuesto a los avances franceses, y Europa no estaría en el estado en
que se encuentra ahora. De la misma manera, los pueblos del norte
han sabido por experiencia, cuán poco le ha servido el tener a sus
reyes bajo la tutela de los senadores, y el tener cincuenta en lugar de
uno, y por tanto han encontrado necesario liberar a aquellos de este
yugo.
Pero, por otra parte, V. A. señala muy acertadamente que los
príncipes absolutos son demasiado propensos a emprender guerras,
y que sería mejor para el mantenimiento de la paz general, que to-
dos los pueblos estuvieran gobernados por príncipes cuyo poder es-
tuviera sometido a los estados, cosa que estoy obligado a conceder.
Pues cuando un pueblo belicoso o un gran reino tiene un príncipe
absoluto, los vecinos, si están gobernados por príncipes menos ab-
solutos, estarán en gran peligro, y a menudo serán obligados a dar
ese- mismo poder a sus príncipes para poder hacer frente a eventua-
les agresiones.
En cualquier caso, los buenos príncipes, sea cual sea el poder que
tengan, ante Dios jamás se consideran propietarios, ni siquiera usu-
fructuarios de su país, sino simples administradores de un bien que
pertenece a' Dios; no gobiernan animales, sino almas que Dios ha re-
dimido con lo más precioso que tenían; El les pedirá una cuenta
rigurosa, y una guerra injusta es casi el mayor de los crímenes que
se pueden cometer. Pero V. A., que ha tratado a fondo estas mate-
rias, en lo que ha unido consideraciones cristianas a las políticas, y
teniendo tanta experiencia e inteligencia como tiene, ju2gará sobre
esto mejor que un particular poco informado en este tipo de asuntos.

181
11. CARTA A THOMAS BURNETT:
LA MEJOR FORMA POLITICA 1

¿1701?

La señora electora 2 está incondicionalmente del lado de la razón,


y,-por consiguiente, cuantas medidas/puedan contribuir a que los
reyes y los pueblos vivan de acuerdo con la razón, serán de su agrado.
El fin de la ciencia política, en lo que se refiere a la doctrina de las
formas de las repúblicas, debe ser el hacer que florezca el imperio
de la razón. El fin de la monarquía es hacer reinar un HEROE de
eminente sabiduría y virtud, tal como vuestro actual rey.
El fin de la aristocracia es dar el gobierno a los más sabios y ex-
pertos. El fin de la democracia o POLITEIA es hacer concurrir a los
pueblos a lo que contribuye a su propio bien. Y si se diera todo a
la vez: un gran heroe, senadores muy sabios y ciudadanos muy ra-
zonables, se daría la mezcla de las tres formas 3 .
El poder arbitrario es lo que se opone directamente al imperio
1 Thomas Burnett de Kemney fue un noble escocés que, en 1695, viajó por
Europa y pasó una larga temporada en Hannover. Ahí conoce a Leibniz y co-
mienza una relación que tendrá para el pensador alemán una importancia con-
siderable. Será Burnett quien, servirá de intermediario entre Leibniz y Locke,
haciéndole llegar a éste comentarios de aquél, que el pensador inglés nunca con-
testó. Aquí publicamos un pasaje de la carta número 23 en la clasificación de
Gerhardt. Se trata de una carta probablemente redactada en 1701.
2 Se refiere probablemente a la princesa Sofía, madre del elector de Han-
nover de entonces, Jorge-Luis, y viuda del anterior elector de Hannover, Er-
nesto Augusto.
3 ARISTÓTELES: Política I V - 9 .

183
de la razón. Pero hay que advertir que este poder arbitrario puede
encontrarse, no solamente en los reyes, sino también en las asam-
bleas, cuando en ellas las facciones y los antagonismos prevalecen
sobre la razón, lo que ocurre tanto en los tribunales de justicia como
en las deliberaciones públicas. El remedio consistente en requerir los
votos individuales, bien públicamente, bien en secreto, para hacer un
recuento, no es suficiente para evitar estos abusos. Las votaciones
sirven de alguna manera contra las facciones, y hacen que no sea fácil
asegurarse los sufragios con medios impropiados; pero tienen el in-
conveniente de que cada uno puede seguir su capricho y sus malas in-
tenciones, sin temer la vergüenza de ser descubierto, y sin estar obli-
gado, a dar explicaciones de su proceder.
Por consiguiente, habría que pensar en la práctica, en leyes que
sirvieran para limitar el poder arbitrario, no sólo de los reyes, sino
también en los diputados de los pueblos, y de los jueces.
Vuestro Harrington, en su Oceana4, se proponía recomendar una
modalidad de república, que sería una de" las mejores. Aún no he
visto su libro, pero los extractos que conozco, me hacen dudar de que
haya llegado hasta el fondo de esta importante cuestión. Encuentro
solamente que ha tenido razón en preconizar la forma de gobierno
de las Provincias Unidas 5 , donde muy a menudo se sigue a la razón
en los más importantes asuntos de Estado.
Esto, entre otras cosas, se debe a que allí no se sigue ciegamen-
te el principio de la pluralidad de voces, sino que se le combina con
lo que se llama un acuerdo amistoso. Es una manera de tratar las
cosas, donde uno intenta llevar a otro a su parecer, a fuerza de ra-
zonar. Pero como este camino es muy vago, y no sirve de nada con
obstinados y gentes de mala intención, se podría inventar una serie
de leyes muy prácticas y eficaces para reprimir los abusos que origi-
nan la ignorancia, la pasión y la malicia.
No basta con impedir que la corte obtenga sufragios para ejercer
un poder arbitrario; también es necesario que sea refrenado el poder
arbitrario de quienes se han propuesto oponerse sin fundamento a las
acertadas directrices de ésta; de lo contrario, es inevitable que la
libertad, habiendo degenerado en libertinaje, acabará perdiéndose y
volverá ,a caer bajo el poder absoluto, bien de un extranjero, bien de
un hombre del país: pues también es seguro que el poder absoluto de
los reyes es más duradero que la licencia de los particulares, y nada

4 J. Harrington publicó en 1656 Oceana, .en que se describe una especie


de república utópica.
5 Holanda.

184
es más apropiado para que sobrevenga la tiranía que esta anarquía.
Sobre todo actualmente, en cuestiones de Estado, los errores son pe-
ligrosos, teniendo en cuenta el poder de la Casa de Borbón, que
está siempre presente, y ante el que no se puede actuar con im-
punidad.

185
12. SOBRE LA INDEPENDENCIA TERRITORIAL 1

—Señor INDEPENDIENTE de un territorio es aquel que, por propio


derecho, está en situación de no tener que someterse a ningún otro,
a no ser que se vea obligado a ello por la guerra.
—La Guerra es una lucha realizada con agrapamiento de tropas.
—Llamo tropas a un grupo de hombres armados, y suficientemente
numerosos como para conquistar un territorio.
—Entiendo por TERRITORIO —en los autores antiguos, distrito,
cantón {veteribus pagum) un cierto número de aldeas desde las que,
en poco tiempo, y con una señal dada, se pueden reunir sus habitan-
tes en un lugar convenido; también es una fortaleza con un parecido
número de habitantes.
—Según esto, considero que puede darse el nombre de «tropas» a
un centenar de hombres. Con ellos es posible mantener una posición
fortificada, y someter a sus mandatos a los lugares de alrededor.
—Por CONQUISTAR entiendo el llegar a poseer algo con tranquili-
dad y garantías, de tal forma que no sea fácil ser privado de esta
posición. Si unimos las definiciones de TERRITORIO y CONQUISTAR,
resulta que CONQUISTAR UN TERRITORIO será poseerlo de tal manera
que no sea fácil ser expulsado de él rápidamente, por una fuerza
1 Se trata de un trabajo complementario del Caesarinus Fürsterinus (De
Suprematu Principium Germaniae), publicado en 1677, donde la principal preo-
cupación de Leibniz consiste en reconciliar la soberanía de los príncipes ale-
manes con la dependencia jurídica que pudieran tener en lo que respecta al
imperio. De ahí la notable matización que se encuentra a la noción de inde-
pendencia o soberanía en las primeras líneas. En caso de guerra, ésta se ve
limitada. El original, en latín, y fechado en 1682, aparece en AK 4-2-394.

187
armada de improviso, ni por la súbita reunión de los pobladores de
los lugares próximos.
De lo dicho anteriormente, se desprende qué significa ser obli-
gado a someterse por la guerra. Sin embargo, puesto que hemos de-
finido al señor independiente, como aquel que no suele someterse
a ningún otro, a no ser que se vea obligado por la guerra, de aquí
se sigue que no es independiente todo aquel que, si lo desea, puede
ejercer esta libertad: es necesario, además, que nó se le obligue a
someterse de otra manera.
Por ejemplo: si alguien, que está en posesión de un lugar fortifi-
cado, pierde la razón, puede negarse a obedecer a su señor, e incluso
prevenirse contra su ataque; pero como, con seguridad, al final será
vencido, tal cosa no suele suceder.
Cosa diferente es el caso de una ciudad o territorio más extenso,
cuya conquista y sometimiento exijan un ejército, porque los habitan-
tes hagan causa común, y puedan darse otras circunstancias que obs-
taculicen el éxito. Del mismo modo, la situación es distinta si quien
posee la fortaleza goza de universal consideración de señor indepen-
diente. Con toda seguridad, no sufrirá fácilmente un ataque de un
vecino que sea injusto según la opinión general, aunque éste sea más
fuerte que él; y, fcaso de serlo, aun vencido y obligado a rendirse, ni
será acusado fácilmente, ni castigado. Por ello, suele suceder que re-
sista y, en consecuencia, debe ser considerado libre.
Sin embargo, otros que no .esperan encontrarse en una situación
extraña, de no ser que sean necios, sino que sólo obedecen órdenes,
no son libres, como es el caso de los vasallos que están bajo el dere-
cho territorial de algún príncipe, aun teniendo una fortaleza defendida
por un foso.
Lo dicho hay que entenderlo referido a lo que normalmente su-
cede. Efectivamente, de forma extraordinaria, con ocasión de una
guerra, a menudo acontece que los independientes pasan a tener una
situación cercana a la de súbditos, pero no por ello pierden la liber-
tad, pues se ven obligados a ello sólo por la guerra. Quien no sopese
cuidadosamente estas matizaciones siempre hará juicios imprecisos e
inseguros sobre estos problemas.
Por otra parte, ya que añadí en la definición que el que es de-
nominado independiente está por derecho en situación dé no someter
su voluntad a otro —de no ser a causa de la guerra—, se sigue de
aquí que hay que distinguir entre el señor independiente y el que
está en posesión de la libertad, sea por haberla usurpado, o por ser
su poseedor legítimo.
Supongamos que una ciudad fortificada no es independiente, pero

188
que, poco a poco, va adquiriendo privilegios y, a medida que va cre-
ciendo su poderío, comienza a hacer gala de despreocupación por sus
señores y, finalmente, les niega el acatamiento debido. Evidentemen-
te, esta plaza fuerte no puede ser reducida a obediencia más que por
la guerra, y no suele ocurrir de otra manera.
Hasta puede que se dé el caso de que haga ya más de un siglo
que se defiende del ataque, como hemos visto en el caso de Bruns-
wick. Pero, entretanto, no- adquiere la libertad antes de que sea fir-
me la sentencia de un juez, o haya logrado arrancar la aceptación de
su independencia a un príncipe, bien sea mediante la guerra, o me-
diante pactos.
Así, los holandeses, en la hipótesis de que negaron injustamente
su obediencia al rey de España, entonces, se convirtieron en un pue-
blo independiente, cuando el rey de España los reconoció como tales.
Antes estaban en posesión de una libertad en litigio, y eran diversos
los juicios de la gente sobre" la legalidad de su lucha.
Dicho esto, en vano se me objetará que coloco la libertad, no en
el derecho, sino en los hechos. En efecto, con lo que he dicho hasta
aqüí, ya se puede comprender en qué consisten en Alemania la in-
dependencia y la soberanía territorial.
Efectivamente, se entiende que. el señor de un territorio tiene
independencia, si se le compara con el emperador o con el príncipe
vecino; tiene superioridad si se le compara con sus subditos, a quie-
nes puede'obligar a obedecerle, sin gran esfuerzo, tan sólo con hacer
mención de su poder, cosa que un ínclito romano dijo muy acerta-
damente que era lo más a que se podía llegar en cuanto a autoridad.
Por lo demás, una persona independiente, o sea, quien no está
bajo la autoridad territorial de otra, puede, no obstante, estar sujeto
a su jurisdicción, hasta el punto de que debe aceptarlo como juez, e
incluso obedecer sus decisiones y mandatos, y si actúa de otra ma-
nera, o no se tomará en cuenta su opinión, o se le impondrá un cas-
tigo por ella; y si pasa a los hechos, puede llegar a ser condenado,
pero, dado que esto es asunto de gran importancia, y suele propo-
nerse como finalidad la guerra (a no ser que después de declarada
ésta, no se tiene la costumbre de llevar esto a cabo), a pesar de esta
limitación, no por ello se deja de calificar de libre a quien la padece.
Ciertamente, quien está sujeto a jurisdicción, injustamente se opon-
drá a este estado de cosas, o la guerra que haga será injusta por su
parte, si se considera la causa. Pero esa misma guerra también, por
su parte, será justa de acuerdo con el derecho de gentes, si se atien-
de a las costumbres. Efectivamente, esa guerra la declara quien,
por derecho propio, tiene la independencia, esto es, quien legalmente

189
está en situación de no tener por costumbre el verse obligado a so-
portar que sus fortalezas sean poseídas por otros apoyados en fuerzas
armadas.
Admito que ciertamente interesaría al Estado que quien puede
pronunciar sentencia, al momento pudiera obligar a cumplirla. Así, o
no habrá ninguna independencia de esta clase, o, con seguridad que-
dará circunscrita por algunos límites; quienes la obtienen, una vez
que ha sido reconocido su derecho, por ello no querrán renunciar a
ella prontamente en aras del bien común, antes de ver que es una
medida adoptada para la seguridad pública.
Entretanto, hay que convencerles para que usen de su derecho
con la mayor moderación posible, cuando pueda verse perturbada la
tranquilidad de la patria, y para que piensen que si actúan de otra
manera, todos serán presa fácil de sus enemigos externos, los cuales,
después, no prestarán atención a sus privilegios, ni se preocuparán
de sus ejércitos, una vez que los encuentren desunidos.
Pero cuando se trata de algo que no puede conseguir la seguri-
dad pública, como son los signos de la independencia y del honor,
no me opongo a que se obstinen en la exigencia de su derecho, con
tal de que, después, en su utilización, sean más moderados. Efectiva-
mente, esto caracteriza a los hombres más nobles: querer obtener con
algún tipo de signo al menos el reconocimiento de su poder y, una
vez conseguido, usar de él de la manera más moderada posible. Así,
sobre quienes ultrajaron gravemente a un embajador, caerá casi
siempre una severísima sentencia; siempre debe ser ejecutada, a no
ser que se mitigue, en atención a los insistentes ruegos del propio em-
bajador.
Lo prudente es recurrir con frecuencia a los signos de un dere-
cho, pero usar de él en contadas ocasiones. Así, el Estado mantiene
sujetos a sus ciudadanos, más con signos de autoridad que con la
fuerza propiamente dicha. Y, puesto que lo que se refiere al honor
de los embajadores es solamente símbolo del elevado derecho de
un territorio, que posee algo un poco más importante que la liber-
tad, y que ya muchos llaman «supremacía», por ello nadie me puede
acusar de ser enemigo de la unidad, porque me vi obligado a expli-
car a nuestros príncipes, y por petición de ellos, ese derecho y sus
señales distintivas y símbolos.
Pero, en la misma medida en que se diferencian el género judicial
y el deliberativo en las obras de los retóricos, en la misma medida
en que se distinguen la posibilidad y la práctica en las de los políticos,
del mismo modo se diferencian la afirmación de la persuasión. Tam-
bién el Apóstol decía que todo le es lícito, pero que no todo convie-

190
ne 2 . Yo, en verdad, a menudo desearía desaconsejar al príncipe el
uso de su derecho, no sólo como perjudicial, sino también como in-
justo. Alguno se preguntará que cómo puede ser contrario a la jus-
ticia el uso del derecho. Respondo que esto puede suceder no sólo
porque el máximo derecho es la mayor injusticia (quia summum
ius summa iniuria est)3, sino también, de la misma manera que una
guerra justa en cuanto a la forma puede ser injusta en su causa.
Y así obrará injustamente el príncipe contra quien el emperador
haya dictado sentencia, si espera hasta que las asambleas le declaren
la guerra, pues estará obrando contra su conciencia, contra las leyes,
y contra el bien común.
Pero, de acuerdo con lo establecido en el derecho de gentes,
esta guerra sería justa si el príncipe en cuestión fuese declarado
enemigo por el Imperio, y le hiciera la guerra, ya que a nuestros
príncipes pertenece, por derecho de todos reconocido, la facultad
legal de usar las armas y firmar pactos, y los restantes usos (so-
lemnia) del derecho de gentes.
Quien no pueda entender esto, necesariamente debe ser un
poco -corto de luces; pero si lo entiende y, a pesar de todo lo que
digo en el libro Sobre la Supremacía (De Suprematu), lo tacha de
novedoso, y de contrario a la utilidad pública, debo decir que esta
persona es poco ecuánime.
En efecto, no es nuevo lo que se apoya en la costumbre de
tantos siglos-y está confirmado por los archivos públicos (Publicis
tabulis) del Imperio. Si alguien me reprocha sólo la novedad de
las palabras, se confiesa ya apartado del núcleo de la cuestión.
Pero desearía que intentase escribir sobre esto mismo con igual
claridad y exactitud (cosas ambas que, según la opinión de hombres
competentes, he conseguido de modo suficiente), y, si puede, que
utilice palabras más apropiadas.
La causa de que hasta ahora se haya hablado de estos asuntos
de manera poco apropiada radica en que se han utilizado palabras
claramente ajenas a este asunto, como son: majestad, ciudadanía,
poder absoluto, jurisdicción, sujeción. De ello ha surgido tina es-
pantosa confusión. Esas palabras aluden a la obligación (moral),
pero para nosotros se trata de una cuestión de derecho de ejecución
y de justa posesión del poder actual, no de su recto uso o de su
abuso. Por ello, si quisiéramos explicarnos claramente, deberíamos
inventar términos latinos que se correspondiesen con los términos

2 I Corintios 6-12.
3 CICERÓN: De Officiis, 1-10-33.

191
vernáculos alemanes y franceses comúnmente aceptados (souverain,
potentat).
Pero dicen que divulgar estos secretos del Imperio y aceptarlos
como opinión justa, y fijarlos mediante definiciones y preceptos,
puede ser fuente de perjuicios públicos: efectivamente, a partir de
ahora, los príncipes tendrán con qué defender mejor sus derechos.
¿Es así en realidad? A risa, mezclada con indignación, me mue-
ven estas quejas. O sea, que, antes de que yo escribiese sobre la
soberanía, ignoraban los príncipes que eran príncipes, y dudaban
si podían reclutar tropas y establecer legalmente pactos, o, en un
siglo tan adelantado como el nuestro, con tan gran cantidad de
hombres egregios en las aulas, les faltaban a ellos quienes defen-
diesen sus actos, por lo que debían ocultar estas cosas. Yo, por
el contrario, pienso que hay que exponer nuestra situación con li-
bertad y con sinceridad.
En vano se intenta contener alguien que desde hace tiempo quiere
romper sus ligaduras. Mientras negamos cosas justas, a menudo
nos vemos obligados a conceder las injustas. Esas voces son de
aduladores o de hombres que, con gritos inútiles intentan merecer
ser llamados patriotas. Exactamente igual que en la religión, tam-
bién en el Estado existen los hipócritas, la clase de hombres más
nociva. Así como en la religión perjudican a la verdadera piedad,
así también son perniciosos para los asuntos públicos. Consiguen
que los hombres honrados y ^mantés de su patria, o bien pasen
inadvertidos, o bien no se atrevan a exponer libremente sus opi-
niones, y, por esta razón se resiente la deliberación de los asuntos
públicos.
Deben, efectivamente, conocer la verdad los príncipes y los
gobernadores. Hombres de esa calaña, hace ya tiempo que han
vencido a Francia con su lengua y con su pluma: antes de que
empezase la guerra, decían que, con toda seguridad, los enemigos
ni siquiera podrían aguantar la vista de los nuestros: si alguien
se atrevía a ponerlo en duda, le gritaban que no amaba a su patria.
Los acontecimientos han mostrado lo que consiguieron con su ne-
cedad- Ellos mismos, continuamente, lanzan invectivas contra los
príncipes, como si éstos se atribuyesen demasiadas prerrogativas,
buscando el aplauso del pueblo ignorante, o también las limosnas
y dádivas del favor imperial.
Propio del buen cuidado es pensar en los verdaderos remedios
para los males públicos; y estos males, con esos gritos no se curan,
sino que se agravan. Así que no se debe discutir la potestad de los
príncipes, ya aceptada por nuestros mayores; no hay que dismi-

192
nuir su honor, ni los símbolos de su dignidad, ni en sus personas,
ni en las de sus embajadores; lo que se debe hacer es amonestarlos
para que usen de su poder de acuerdo con el bien común, sobre
todo en tiempos tan-peligrosos.
Ciertamente, es inútil reprochar al emperador y a los príncipes
el que más de una vez obren en contra del ordenamiento común
del derecho, para salvaguardar su propia subsistencia, en una crisis
tan grande que les obliga a. ello. Igualmente, no puedo culpar a
los que alimentan al ejército sirviéndose de lo ajeno, con tal de
que mantengan la disciplina militar de forma que no atemoricen a
los naturales pobladores más de lo razonable.
Si de estos males queremos librarnos algún día, busquemos la
manera de salvaguardar al mismo tiempo el respeto a las leyes
y la seguridad pública. Si algo así se pudiera encontrar, yo, cierta-
mente, aconsejaría a los príncipes para que lo pusieran en vigor,
y no sintiesen reparos en renunciar a la inflexibilidad de su mayor
derecho.
Es de sabios, como en tiempos de pública calamidad, contribuir
al bien común, aún con pérdidas para la propia casa. Y, por ello,
que no se sirvan de 'armas o de pactos como si fueran fuertes y pe-
ligrosos remedios, a no ser en caso de extrema necesidad. Pero
que pongan todo su esfuerzo en estar preparados contra un ataque
enemigo, y, para que esto sea posible, que no sólo cuiden de las
poblafciones de sus dominios, sino también del tesoro público. Si
-no lo hacen, aun sin ser profetas, podenios afirmar con seguridad
que es inminente el último día de nuestro Estado.

193
13. OBSERVACIONES SOBRE EL PROYECTO
DE UNA PAZ PERPETUA DE M. EL ABATE
DE SAINT-PIERRE 1

El -proyecto de paz perpetua para Europa, que el señor abad


de Saint-Pierre me há hecho el honor de enviarme, no me ha sido
entregado hasta muy tarde, por haber estado yo ausente largo
tiempo; después, multitud de ocupaciones me han impedido leerlo.
Finalmente, lo he leído con atención, y estoy convencido de que
tal proyecto, en sus líneas generales, es factible, y de que su ejecu-
ción sería una de las cosas más útiles del mundo. Aunque mi apoyo
no tenga ningún peso, sin embargo, he creído que el respeto que su
autor me merece, me obligaba a no disimular mi satisfacción, y
pensé que debía reunir algunas observaciones para complacer a un
autor de este mérito. Debe, sin duda, tener mucha firmeza y pres-
tigio, para haberse atrevido y haber podido oponerse con éxito a
la muchedumbre de los escépticos y burlones.
Siendo muy joven, tuve conocimiento de un libro titulado
Nuevo Cineas, cuyo autor, desconocido, aconsejaba a los soberanos
gobernar sus estados en paz, y hacer, juzgar sus diferencias por un
tribunal establecido2; no podría encontrar ya este libro, y no re-
cuerdo ninguna otra particularidad, pero se sabe que Cineas era un
confidente del rey Pirro, que le aconsejó primero reposar, puesto
1 El original en francés del presente trabajo se halla en FC 4-328 y ss.
El abad de Saint-Pierre había publicado en 1712 una Memoria para el logro
de la paz perpetua en Europa, y en 1713 un Proyecto para lograr la paz per-
petua en Europa. Aquí nuevamente nos hemos servido de las versiones de
Mathieu y Riley.
2 Emeric de Crucé publicó en 1623 el Nuevo Cineas.

195
que ése era su fin, como él lo confesaba, después de haber vencido
a Sicilia, Calabria,.. Roma y Cartago.
El difunto landgrave Ernesto de Hesse-Rheinfels, que había
mandado ejércitos con valor y éxito en la gran guerra de Alemania,
se dedicó a las controversias de religión y a los bellos conocimien-
tos, después de la paz de Westfalia. Luego abandonó a los pro-
testantes, hizo que se celebrara un diálogo entre el P. Valeriano
Magni, capuchino, y el doctor Habercorn, célebre teólogo de la
Confesión de Augsburgo. Se cree que, cuando podía, realizaba viajes
de incógnito, escribía obras en alemán, francés e italiano, que hacía
imprimir y daba a sus amigos. La más importante de estas obras
estaba en alemán, y se llamaba El católico discreto3. En ella razo-
naba libremente, y con frecuencia con mucha ponderación, sobre
controversias teológicas. Como este libro contenía algunas cuestio-
nes muy delicadas, lo dio a conocer a muy pocas personas, e hizo
un resumen que apareció en los escaparates de las librerías. Había
en esta obra un proyecto semejante al del señor abad de Saint-
Pierre, pero no fue incluido en el resumen.
El Tribunal de la Sociedad de Soberanos debía establecerse en
Lucerna. Aunque yo no tuve el honor de conocer a este príncipe
hasta poco antes de su muerte, me participó sus viejos pensamien-
tos, y me confió un ejemplar de esta obra, que es muy difícil de
encontrar.
Pero entiendo que la autoridad de Enrique IV vale más que
todas las otras: Y, aunque se puede sospechar que su proyecto se
encaminaba más a derribar a la Casa de Austria, que a establecer
la Sociedad de Soberanos, de todas maneras se aprecia claramente
que creyó en la viabilidad de este proyecto. Es, por otro lado, evi-
dente, que si los soberanos poderosos lo propusieran, los otros lo
aceptarían voluntariamente; en cambio, no sé si los menores se
atreverían a proponerlo a los grandes príncipes.
Ha habido épocas en que los papas habían dado lugar, en cierta
medida, a algo parecido, mediante la autoridad de la religión y
de la Iglesia universal. El papa Gregorio IV, con los obispos de
Italia, de Francia occidental y de Francia oriental, se erigió en
juez de las diferencias entre Luis el Bondadoso y sus hijos 4 . Nico-
lás I pretendió en secreto el derecho de juzgar en un sínodo y

3 Ver nota 1 del texto 10, pág. 179.


4 En 833 Lotario, Pepino y Ludovico condujeron al papa Gregorio IV a
Francia para que les ayudara a convencer a Luis el Bondadoso a que cediera
sus bienes a sus hijos.

196
desposeer a Lotario, rey de Austrasia 5 ; Carlos el Calvo, por su
parte, tío de este príncipe, apoyó las pretensiones del papa, por
sus intereses particulares. Gregorio VII reivindicó altaneramente
un derecho parecido,- e incluso mayor, ante el emperador Enri-
que IV 6 , y Urbano II, su sucesor frente a Víctor III, asumió el
papel de director también de los asuntos temporales de la Iglesia
universal, aunque indirectamente, enviando expediciones a ultra-
mar contra los infieles 1 .
De este modo, los papas eran tenidos por jefes espirituales, y
los emperadores o reyes de los romanos, por jefes temporales —como
dice nuestra Bula de Oro—, de la Iglesia universal o Sociedad Cris-
tiana. Por tanto, los emperadores debían ser algo así como jefes
naturales. Esto fue como una especie de derecho de gentes entre
los cristianos latinos durante algunos siglos, y los jurisconsultos
se basaban en él. En mi Codex Iuris Gentium Diplomaticus hay
ejemplos de ello, aparte de algunas reflexiones en mi prefacio.
Los reyes de Francia fueron tratados con más consideración que
los otros, ya que los papas tenían mayor necesidad de ellos. En
el Concilio de Constanza se pensó en dar una forma más concreta
a esta sociedad, tratando los asuntos por naciones: como por enton-
ces' no había papa, el emperador Segismundo fue el director de la
Sociedad Cristiana; se tomaron medidas para que tales concilios
se celebraran a menudo, pero los papas, que con ello hubieran te-
nido la posibilidad de extender y ejercer sil autoridad, carentes de
las cualidades de un Nicolás I o de un Gregorio VII, se opusieron,
temiendo ser sometidos a crítica, y éste fue el comienzo de- su
decadencia; además, hubo poco después muy malos papas que tu-
vieron dificultades en mantener la autoridad de sus antecesores.
Con el restablecimiento de las Letras, sobrevino el auge de las
dos casas rivales 8 . Por otra parte, la gran Reforma de Occidente
cambió en grado sumo el estado de las cosas, al producir la esci-
sión. Como consecuencia de ella, la mayor parte de los pueblos
cuya lengua es originariamente teutónica se separó de los pueblos cuya
lengua es primitivamente latina.
Sin embargo, estoy convencido de que, si hubiera habido papas
con prestigio por su sabiduría y virtud y que hubieran querido
5 En 865, Nicolás I le obligó a reconsiderar su repudio de su mujer en
favor de una concubina.
6 En 1067 el Papa excomulgó al Emperador y dispensó a sus subditos del
juramento de lealtad que le había prestado.
7 En 1095, en el Concilio de Clermont, Urbano II proclamó la primera
Cruzada.
8 Las Gasas de Austria y de Francia.

197
seguir las directrices y medidas tomadas en Constanza, habrían puesto
remedio a los abusos, prevenido y evitado la ruptura, y mantenido,
e incluso hecho progresar la Sociedad Cristiana.
Hay que decir, no obstante, que en la actualidad, el emperador
tiene en alguna medida derecho a la dirección de la Sociedad Cris-
tiana, como consecuencia de su dignidad y precedencia sobre los
demás. Por eso, no creo que fuera justo y acertado destruir de
golpe el derecho del Imperio romano, que se ha mantenido durante
tantos siglos. Carlos VI 9 tiene tanto derecho como Carlos V a ir
a recibir la corona imperial en Roma, y a hacerse reconocer allí
mismo rey de Lombardía y emperador de los" romanos, ya que no
ha perdido ninguno de los derechos que aún pertenecían a Carlos V;
mantiene todavía su posesión, y los juristas saben que no se pier-
den los derechos, ni su posesión, por no presentarse la ocasión de
ejercerlos, y que nadie está obligado a hacerlos valer, más que cuan-
do pretenden eludirlos las personas que deben respetarlos.
El señor abad de Saint-Pierre nos ha propuesto dos planes o
proyectos de Sociedad Cristiana: en uno, el emperador y el Imperio
forman un miembro, con sólo una voz; en el segundo el Imperio
es aniquilado, y el •emperador —sólo como soberano hereditario—
y los electores, tienen cada uno su voz. Yo debo pronunciarme
por el primero antes que por el segundo; y la justicia también
preferirá este plan, de acuerdo con el principio del propio abad de
Saint-Pierre, según el cual, la Sociedad Cristiana debe dejar las cosas
en su estado actual. Y, como el ducado de Saboya y el principado
del Piamonte forman parte del Imperio igual que cualquier otro
principado de Alemania, no comprendo-cómo se les podría desligar
de él sin faltar a la justicia, convirtiéndolos en miembros separados
de la Sociedad Cristiana, con voz propia y distinta de la del Imperio.
No es necesario discutir ahora otros aspectos semejantes: por ejem-
plo, es cierto que el ducado de Courtlandia y la República de Dant-
zig dependen de Polonia, y no pueden ser separados de ella, según
las leyes de la justicia, a menos que Polonia lo consienta.
Creo que el señor abad de Saint-Pierre tiene razón en considerar
el Imperio como modelo de la Sociedad Cristiana; pero hay la si-
guiente diferencia: en la Sociedad que él proyecta, las quejas de los
súbditos contra el soberano no serían escuchadas, mientras que en
el Imperio los súbditos pueden defender una causa contra sus prín-
cipes y magistrados. Hay también otras diferencias muy importan-
tes: por ejemplo, en el Tribunal de la Cámara Imperial, los aseso-

9 Se refiere a Carlos VI, emperador de Austria desde 1711 hasta 1740.

198
res o jueces no están forzados a seguir- las instrucciones de sus
respectivos príncipes, o de los Estados que les han presentado:
sólo tienen que seguir los dictados de la propia conciencia; en cam-
bio, según el proyecto del abad de Saint-Pierre, los diputados al
Senado seguirían las instrucciones de sus señores; además, serían
sustituibles a placer, mientras que los asesores de la Cámara Im-
perial no obedecen a los electores, príncipes o grupos que les han
nombrado. Esta institución es completamente distinta de las Dietas,
tanto imperiales como circulares, en las que los diputados dependen
totalmente de las órdenes de sus señores10; en cambio, en la Cá-
mara de los Comunes del Parlamento de Inglaterra,, los miembros
ya no dependen de las provincias o ciudades que los han nombrado,
no pueden ser revocados, y no deben seguir más que a los dictados
de su propia conciencia, como los asesores de la Cámara Imperial.
La falta de unión del Imperio no se debe —como pajece en-
tenderlo el señor abad de Saint-Pierre— a que el emperador tenga
demasiado poder, sino a que, como tal emperador, no tiene el
suficiente: el Imperio casi no tiene ingresos que no estén enaje-
nados o desaprovechados, y las resoluciones de las Dietas, así como
las decisiones de los tribunales, cuando se dirigen contra los po-
derosos, difícilmente son ejecutadas.
Parece que el señor abad de Saint-Pierre concibe la unión ger-
mánica como algo que comenzó con la firma de algún tratado; no
es esto lo que nos dice la historia: bajo.los reyes carolingios de
Germania, había ya un gran número de copdes y señores heredi-
tarios de mediana importancia, pero apenas había entonces duques
hereditarios que gobernasen provincias enteras; los gobernadores
de entonces mandaban al mismo tiempo los ejércitos, y eran elegidos
según su mérito, pero sólo entre los más grandes señores. Los
reyes no eran absolutos, y todos los asuntos importantes se deci-
dían en las Dietas: en cierta medida como ocurre en Polonia actual-
mente. Pero, poco a poco, un mismo señor iba adquiriendo varios
condados y señoríos, por herencias y por gracias de los reyes, sobre
todo cuando era allegado a la familia real.
Ahora bien, extinguida en Alemania la dinastía de Carlomagno,
los que llegaron a la realeza se vieron obligados a favorecer a los
últimos duques, sus iguales,- y así, poco a poco, los ducados y
marquesados se fueron haciendo hereditarios, y gran parte de tos
pequeños señores fue sometida al vasallaje de los grandes, quedando

10_ Existían ^Dietas circulares o regionales en Baviera, Borgoña, Franconia,


Suabia, Renania y la alta y baja Sajornas.

199
obligados a poner sus banderas bajo las de ellos. Los emperadores
no dejaron de retener la suprema autoridad durante algunos siglos.
Los vasallos de los grandes príncipes no sólo eran los sub-vasallos
del emperador, sino que éste, cuando visitaba sus provincias, tenía
toda la autoridad que ejercía en las Dietas, donde los pequeños
señores tenían libertad para hablar, tanto como los grandes: también
los señores de otras provincias, venidos con el emperador, o cons-
tituyendo su corte, intervenían como los de la provincia. En espe-
cial los obispos y abades de los monasterios reales, tenían mucho
peso, en tanto que depositarios de la religión, y, de alguna manera,
de las leyes, ya que los -otros señores, al ser militares, raramente
tenían un conocimiento aceptable de las letras.
Las cosas fueron así hasta el gran interregno, es decir, hasta que
el Imperio dejó de pertenecer a la familia de los emperadores sua-
bos: fue entonces cuando la necesidad obligó a algunos señores y
ciudades a hacer alianzas para mantener la paz pública. He publicado
una de ellas en mi Código Diplomático, pero jamás ha habido una
general. Fue también en esta época cuando las ciudades comenzaron
a tomar parte en el gobierno. Cada uno se erigió en señor absoluto
en la región que había recibido del Imperio, y lo repartió entre
sus hijos, cosa que antes no había sido permitida. Rodolfo de
Habsburgo no dejó de restablecer de alguna manera, la autoridad
del jefe, pero el Imperio permaneció poco tiempo en poder de su
familia. Hubo jefes débiles, cambios frecuentes de dinastía, desór-
denes, negligencias que pusieron al Imperio en peligro de una diso-
lución total, hasta que volvió a manos de Austria, y su gobierno
estuvo bajo Federico III, Maximiliano I y Carlos V. Con ellos, por
medio de Dietas y pacificaciones, tomó su forma actual, que ha sido
completada por los firmantes de la paz de Westfalia.
Igualmente, si en Francia la familia de los Capetos se hubiera
extinguido pronto, y si la corona hubiera pasado con frecuencia
de familia en familia, al tiempo que se mantenían otras grandes
familias, este país sería hoy algo parecido a lo que es Alemania
actualmente, no habiendo habido jamás un tratado de unión que
le diera forma, igual que en Alemania no lo ha habido nunca.

200
II

LAS ACTIVIDADES
POLITICAS DE LEIBNIZ
i
Lus textos de esta sección reflejan algunos aspectos de la vida
profesional de Leibríiz como funcionario al servicio de diversos prin-
cipes, tarea a la que ya hemos aludido expresamenteDe los textos
que presentamos en esta obra son éstos los que en mayor medida
reflejan la realidad de la vida cotidiana de Leibniz, escindida entre
el carácter elevado de sus proyectos y la necesidad de convencer' a su
protector de que eran económicamente viables 2, o bien teniendo que
hacer ver a la duquesa Sofía la situación injusta en la que se en-
cuentra3. La imagen de conjunto de la vida de Leibniz que dejan
apreciar es la de una vida dedicada al servicio, no muy generosamente
compensado, de los distintos protectores que tuvo. Se han incluido
cartas o escritos para el barón de Boineburgo, el primer protector
de Leibniz, para Juan Federico, rey de Hannover que, en 1676, le
introdujo en la corte a la que habría de servir durante el resto de sus
días, para el duque Ernesto Augusto, su sucesor y para la duquesa,
luego princesa Sofía, su mujer. A lo largo de todas ellas puede apre-
ciarse cuan frágil y diferente a la situación del funcionario actual
podía ser la de Leibniz, consciente de que el éxito de su carrera
dependía primordialmente del apoyo y comprensión de sus protec-
tores. Más se veía a sí mismo como cortesano y servidor que como
miembro de la «clase universal» —el funcionariado— de la que
1 En el-primer capítulo de nuestro prólogo.
2 Cfr. escrito 16.
3 Escrito 21.

203
Hegel habla, que, de una forma muy marcada, no siente que se debe
propiamente a las personas sino a la institución en la que se encuen-
tran incorporadas.
Estos textos también permiten apreciar cómo Leibniz, en todo
momento, fue más que un vulgar funcionario. La diversidad de
los intereses teóricos que van desde el desarrollo de la Carac-
terística hasta estudios de higiene colectiva, desde el panfleto polí-
tico hasta las ventajas de la apertura del canal de Suez o los pro-
blemas de intendencia de un ejército en campaña, nos descubren un
hombre que está movido primordialmente por una curiosidad inte-
lectual que no conoce límites. Son muchas las ocasiones en que
Leibniz deja traslucir su inmensa cultura puesta al servicio de sus
empresas prácticas como, por ejemplo, ocurre en el caso de los dos
panfletos que publicamos Mars Christianisimus y Manifeste pour
les droits de Charles III, roi d'Espagne 4 , donde el conocimiento
de las Sagradas Escrituras, de la llamada historia política o del
derecho público quedan claramente reflejados. Merece destacarse
por su interés teórico la carta a Otto Grote en la que expone el
contenido de su nunca terminada historia de la Qasa de Brunswick5.
Puede apreciarse cómo Leibniz tiene conciencia de una historia de
la naturaleza; ciertamente está lejos de una concepción evolucio-
nista, que contradiría a una concepción aristotélica de la naturaleza,
pero podemos encontrar en nuestro autor la preocupación por des-
cribir y comprender la historifiidad de la naturaleza, por ejemplo,
cuando atiende al hecho de que la Tierra tiene una historia o bien
cuando se esfuerza por conocer los primeros movimientos migrato-
rios de la humanidad6.
Por otra parte, queda también ampliamente reflejada la condi-
ción de patriota alemán que, a lo largo de su vida activa, vio en la
Francia de Luis XIV el principal enemigo para la independencia de
los Estados del Imperio. Los textos a propósito de la expedición a
Egipto tienen por objeto encauzar la ambición y poder del rey fran-
cés hacia Oriente, alejándole de Europa1. Estos textos son de 1672,
año de la llegada de Leibniz a París. De 1681 es el escrito núme-
ro 17, £n el que se esboza un proyecto de coalición de estados del
Imperio contra Francia. Los dos ya mencionados panfletos8, re-
4 Escritos 20 y 24.
5 Escrito 22.
6 Escrito. 22, pág. 281. Cfr. asimismo el escrito 43. Para las actividades
históricas de Leibniz, cfr. DAVILLÉ, C.: Leibniz historien: Essai sur l'activité
et la méthode historique de Leibniz, París, 1909, parte I.
7 Escritos 14 y 15.
8 Escritos 20 y 24.

204
dactados en 1683 y en 1703 respectivamente, también constituyen
criticas de la política de Luis XIV. Finalmente, la carta a Christo-
phe Brousseau nos presenta a un Leibniz tan cauto en la formula-
ción de las críticas al rey francés como categórico en lo que respecta
al contenido de las mismas. Francia, pues, se presenta como un
peligro permanente para Leibniz. Puede, en suma, apreciarse cuan
importante fue para el incipiente patriotismo alemán, la amenaza
que la Francia de Luis XIV constituía para el Imperio.

205
14. DELIBERACION SOBRE SI HAY QUE ENVIAR
AHORA LA PROPUESTA EGIPCIA, O DEBE
LLEVARSE A CABO DESPUES
(Ventajas de la primera alternativa son desventajas
de la segunda, y viceversa) 1

SI SE ENVIA: SI SE APLAZA SU ENVIO:

Aun suponiendo que el via- También llegará a tiempo y


je fuera demasiado lento, lle- oportunamente, que es lo im-
gará a tiempo, antes de que portante.
comienqe la guerra, y podrá No hay necesidad de prever
hacer variar los planes. lo que pensarán. Hay seguri-
Antes del viaje se preveerá dad de que su opinión sobre la
qué es lo que pensarán allí propuesta será buena, si la en-
sobre el asunto (si alguno, al tienden.
menos brevemente, responde a Pero no la entenderán sufi-
la propuesta). cientemente, como nos suele
Hay que aprovechar la oca- ocurrir con las cosas nuevas e
sión de enviarla a través del imprevistas si nadie personal-
embajador real, añadiéndola mente nos lo explica.
así a la carta dirigida al-rey. La propia presencia será
más eficaz que la carta,
Quien esté presente, puede dar las suficientes explicaciones,
Las novedades, lo imprevisto, t do aquello que, a primera vista,

1 Este texto como el siguiente forman parte de los trabajos realizados por
Leibniz con motivo del intento de convencer a Luis XIV a que realizara tina
expedición a Egipto. Dicho proyecto fue lo que originariamente condujo a
Leibniz a París en calidad de consejero del barón de Boineburgo. El texto de
1672 se,encuentra en su versión original, es decir, latina, en AK 1-1-246 a 249.

207
resulta ajeno a los presentes propósitos, requiere explicaciones rei-
teradas.
Si alguien está presente, podrá responder a las objeciones que
se le opongan. Los escritos son mudos y, aunque encierren en sí
mismos la réplica a las objeciones, sin embargo, quienes lean esto
por vez primera, no lo entenderán tan rápida y completamente
que puedan contestarse sus propios interrogantes.
El rey delegará en otros el cometido de examinar el asunto.
Ellos, si no hay ninguno de nuestra parte delante, lo presentarán
de acuerdo con sus propias preferencias.
Parece que Pomponne se entusiasmará por la parte del proyecto
que concierne a Holanda, ya que gracias a ella ha medrado; por
su parte, Colbert se sentirá más inclinado a las cosas que concier-
nen a América.
Una vez que se considere el asunto definitivamente y se deseche,
el daño no podrá ser reparado con un viaje, pues el rey suele
mantenerse firme en sus decisiones respecto a los asuntos que han
sido ya aprobados o rechazados una vez. En su presencia, se puede
lograr que se haga cargo del asunto y lo lleve a cabo, a pesar de la
oposición de todos. Esto ha sucedido ya otras veces.
Con un comentario jocoso, o con una artificiosa tergiversación
de las cosas, se puede lograr que se deseche una propuesta. Si se
está presente en la sesión, nadie se atreverá a hacerlo con ligereza,
pues todos temerán una refutación, y una inmediata defensa de
lo que se ha despreciado precipitadamente.
Si un asunto se envía directamente al rey, será, por eso mismo,
mal visto por los demás. Si es enviado a uno solo de los ministros,
el otro lo verá con malos ojos. Si se lo enviamos a todos, quedará
a merced de un posible acuerdo entre ellos.
El ponente puede-ir avalado por una carta, pero esto sólo no
proporcionará toda la eficacia que el asunto requiere, ni librará a
la propuesta de la sospecha de ser una simple veleidad o falsa re-
tórica.
Quien se encuentre presente podrá observar cuál es la ocasión
propicia para hacer la propuesta, y determinar si el hacerla no será
completamente inútil.
En suma, la presencia de alguien puede desviar la atención de
la guerra holandesa; en cambio, una simple carta no lo logrará.
Si la guerra holandesa es inevitable, hacer ahora esta propuesta
es inútil, y, peor aún, será perjudicial en el futuro. Efectivamente,
una propuesta hecha a destiempo pierde toda su eficacia. Por ello,
no se debe presentar la propuesta, a no ser que haya esperanzas

208
fundadas de lograr la paz. Esto sólo lo puede saber quien esté pre-
sente en las deliberaciones.
Si se inicia la guerra, no podemos tener seguridad de que no
dure años. El rey querrá hacer sacar de ella el mayor honor posible
y algún logro notable. Caso de que la guerra se alargue algunos años,
la propuesta quedará desfasada y, o resultará absolutamente inútil,
o bien su fruto y su gloria redundarán en provecho de quienes la
desentierren después en palacio y la adornen de nuevo para presen-
tarla como propia, y no de quien la propuso inicialmente. De éste,
quizá no quede ni siquiera el recuerdo.
La propuesta, que concierne a toda la Iglesia 'y al Estado, es
de tanta importancia que no debemos temer la precipitación, y ni
siquiera su uso inadecuado, y por consiguiente la demora no es
más ventajosa, ni para los ausentes, ni para quienes no están sufi-
cientemente seguros de la situación de la corte. Nosotros mismos
no debemos hacer ver que somos los primeros en menospreciar una
propuesta de tan gran importancia. En cierto modo, lo haríamos si,
de pronto, lo confiásemos a una carta, como si fuera cualquier otra
propuesta de gentes menos importantes. Los hombres solemos es-
timar como poco importantes aquellas cosas que podemos conseguir
fácilmente y por poco precio. El bienestar que se nos regala lo
valoramos menos. El propio modo de tratarlas, frecuentemente con?
fiere su precio a las cosas. Si a un español, un italiano o, incluso, a
un francés, se le hubiese ocurrido esto, lo trataría de forma mucho
más misteriosa.
Quien esté presente puede hacer ver la importancia del asunto
tratado, y exigir para sí más rápidamente el premio. Obtiene mejor
el salario o el premio quien lo pide en el momento de ganarlo, y
no mucho tiempo después, cuando el asunto está ya resuelto y co-
mienza a depreciarse su aportación, o si, hasta tal punto nos lo
dio todo hecho quien propuso la solución, que lo que queda pode-
mos hacerlo nosotros sin su ayuda.
Más aún, si la propuesta la hace alguna persona presente, puede
suceder que los codiciosos de lo ajeno se jacten de que tal propuesta
ellos la tienen pensada y la conocen desde hace tiempo. Eso no
pueden decírselo a alguien que está presente, porque ante él se
ven obligados, desde el. ptimer momento, a reconocer y confesar la
novedad de la propuesta.
Además, si está presente quien hace la propuesta, propondrá
también, al mismo tiempo, otros asuntos de gran importancia y de
entre ellos demostrará visiblemente algunos casos prácticos de gran
utilidad. Efectivamente, ya se ha asegurado de la validez del pro-

209
yecto, y ha comparado esos casos con exactísimos instrumentos me-
cánicos. Igualmente, propondrá iniciativas importantes en asuntos
de religión, como es lógico; finalmente, hablará sobre las razones
de aumentar o corregir las ciencias, y, en especial, las médicas. Así,
una propuesta favorecerá a otra, y la misma concordancia de cosas
tan eminentes, en toda su belleza, resaltará su importancia.
El testimonio favorable de algún experimento mecánico, realizado
con todas las garantías, y de gran utilidad práctica, será llevado a
cabo por quien haga-la propuestá, para hacerse con la confianza de
sus oyentes y avalar así la eficacia de sus palabras; esto es imposible
que puedan lograrlo cartas prematuras.
Quien esté presente no deseará ningún otro premio que el que
corresponde a sus propuestas, que el rey, de acuerdo con lo expues-
to por él, se sirva de su trabajo para corregir y aumentar las ciencias
al servicio de la humanidad. Que, para conseguirlo, nada más im-
portante que esto se ha mostrado hasta ahora en todo el mundo.
Que podrían, sin embargo, si escuchasen sus planes, hacer cosas que
serán la admiración de nuestra década. Hecha la gestión, y quizá
en vano —cosa que sabremos de sobra por el silencio de los fran-
ceses— decaerá nuestra disposición de ir allí, y las ganas de conti-
nuar el trabajo.

Conclusión provisional, innecesaria para quien es


el fundador de este proyecto
Lo mejor será que vayamos nosotros mismos, lo antes posible.
Es seguro que la llegada de V. E. sería extremadamente grata,
aun sin ceremonial o representación alguna, de la misma manera
que se le ha escrito. En lugar de dicho ceremonial o representación
podría contarse con la máxima aprobación de los monseñores de
Trevéris (presentes y futuros), monasterienses (presentes y futuros),
Palatinado y Neoburgo. En la misma medida se prestará conside-
ración a las propuestas que se les haga en el futuro.
Entretanto, por lo menos, será útil que la persona que ha de
volver a la presencia del rey se le ponga de manifiesto, al menos,
de palabra, que un hombre no debe ser menospreciado por de-
fender una propuesta que puede ser de extraordinarias consecuen-
cias en relación con asuntos generales, y de tanta importancia que
ni siquiera cabe imaginar cosas mayores, directamente relacionadas
con los planes regios sobre el dominio de Holanda y para apode-
rarse del comercio, planes a los que nadie puede ni quiere oponerse.

210
Pero que este hombre no quiere confiar el asunto a una carta,
debido a su enorme trascendencia. Que él lo presentaría al rey si
éste lo deseara. Que promete que el asunto no sólo es único, sino
también digno de atenta reflexión. Que ruegue para que él lo ex-
ponga a Su Majestad e indique por escrito su voluntad. Que la
cosa no admite retraso alguno. Podrá excederse un poco en sus
expresiones, porque, ciertamente, el asunto lo merece.
Es, en efecto, una de las más grandes propuestas que pueden
hacerse. Pero debe tenerse cuidado, para que no pueda sospecharse
en absoluto de qué se trata. Nada debe decirse de Oriente, ni de
la guerra santa, etc.

211
15. J. CHRISTIAN VON BOINEBURGO
AL REY DE FRANCIA 1
1672

Se presenta una propuesta, cuyo autor pretende mostrar con


toda'evidencia que una cierta empresa que:
1. Salvo que ocurra una desgracia imprevista, puede llevarse a
cabo justamente en el plazo de un año, si Su Majestad quiere em-
plear en ella una pequeña parte de su poder y un poco de interés.
2. Arruinará a los holandeses, aunque de un modo indirecto,
con mayor eficacia y seguridad todavía que si se alcanzara el mayor
éxito que razonablemente cabe esperar cíe una guerra abierta; con
tales resultados, que los holandeses no podrán defenderse ni ven-
garse, se quedarán sin apoyo, e incluso, cuando intenten defenderse,
se granjearán el odio de sus aliados y amigos.
3. Les privará de la posesión de la parte más importante y pro-
vechosa de su comercio —de la que obtienen la mayor parte de sus
medios de subsistencia— que quedará en poder de Su Majestad
y beneficiará a sus subditos.
4. Por consiguiente, convertirá a Su Majestad, en muy poco
tiempo, en dueño de los mares.
5. Esta proposición, sin embargo, no se refiere a las colonias
alejadas, ni a las Indias, ni a América, donde actualmente hay muy
poco que hacer con la fuerza de una acción directa o decisiones
violentas y repentinas, habida cuenta del recelo, no sólo de los
1 Fechado a comienzos de 1672 y redactado en francés, como el texto an-
terior, éste pertenece a la correspondencia y trabajos relativos al Consilium
Aegiptiacum. Se encuentra en AK 1-1-250.

213
holandeses, sino también de los españoles, portugueses e ingleses,
a quienes se tocaría la fibra más sensible.
6. En cambio, esta proposición será muy grata a la Casa de
Austria.
7. Y podrá servir de base a una alianza muy estrecha, e in-
cluso para una unión perfecta entre las dos mayores Casas reinantes
de la Cristiandad, asentada en el verdadero interés de ambas, aunque
Francia obtenga por su parte una ventaja mayor.
8. La proposición será también conforme a los deseos de ale-
manes, italianos y portugueses.
9. Hará desaparecer, de un solo golpe, todos los rencores y
todos los recelos concebidos y divulgados por algunos ignorantes o
maliciosos.
10. Convertirá a Francia en la escuela militar de Europa, y
en el escenario donde los mayores genios y los hombres más ilus-
tres del siglo en todas las profesiones y artes, tanto civiles como
militares, podrán y querrán representar sus papeles.
11. Y pondrá en sus manos, indudablemente, la dirección uni-
versal de los asuntos y el arbitraje entre todos los príncipes y todas
las repúblicas, y hará qué las familias ilustres de todas partes se
vinculen a sus intereses.
12. Además, todo esto puede hacerse valiéndose de los pre-
parativos actualmente realizados (para la guerra con Holanda) in-
cluso en lo que se refiere a los aspectos más nimios de la expedi-
ción. Por el contrario, en el caso de que se llegara a una paz con
un país cualquiera, se licenciarían las tropas y se desharían los pre-
parativos.
13. Esta empresa será paralela a la marcha actual de los pla-
nes, en la medida en que ello puede saberse. Parecerá preparada
desde mucho tiempo atrás, y conforme a los últimos dispendios,
que serán tan apropiados para la realización de esta empresa, que
parecerá que se les destinó a ella desde el principio.
14. Así, cuando la verdadera intención se descubra de impro-
viso, cogerá a todo el mundo por sorpresa, y cundirá la admiración
por el secreto proceder de Su Majestad, al conducir tan bien un
asunto de tan gran importancia.
15. Y confirmará con su resultado el honroso juicio de los
que, no creyendo aún completamente decidida la guerra contra Ho-
landa —incluso por la razón de que se ha propalado y creído por
todas partes—, tienen razón en llamar a las decisiones de Su Ma-
jestad el milagro del secreto.
16. Abrirá el camino a Su Majestad y a su descendencia, que

214
seguirá sus pasos, hacia las más grandes y heroicas esperanzas, y
las más dignas de ser legítimamente deseadas por el mayor monarca
de este siglo.
17. Será de ion interés permanente para el género humano, y
también la fuente de una gloria inmortal en el porvenir, al igual
que la de los más grandes héroes.
18. El autor puede añadir algunas particularidades de gran
trascendencia, pero que no pueden ser incluidas en esta pequeña
nota. Espera tener la ocasión y el tiempo suficiente para hablar más
ampliamente de esta materia, si Su Majestad lo quiere y lo ordena.
19. Y, ya que el secreto es el alma de este proyecto, cuya
ejecución debe ser como el estallido de una centella, el autor se
reserva la mejor parte del proyecto, e incluso lo esencial, para ma-
nifestarlo personalmente; si los holandeses, y los que están de su
lado, estuvieran, aunque sólo fuera un poco, informados y adver-
tidos del plan, acabarían fácilmente con toda esperanza de llevarlo
a cabo alguna vez, cosa que les será imposible tan pronto como
su ejecución comience, y se hayan puesto manos a la obra.
20. La facilidad de proyecto es tan grande y tan evidente que,
incluso poniéndonos en el peor de los casos, y contra toda vero-
similitud, a pesar de todo, una parte importante de él puede con-
seguirse, sin que haya motivos para temer nunca su pérdida.
21. Y la seguridad (en la ejecución) es tan extraordinaria que,
si todo quedara finalmente en nada —cosa que no puede ni siquie-
ra pensarse, razonablemente—, sin embargo sería posible volverse
atrás, y siempre sería completa la libertad de detener su realización,
sin merma ninguna de la autoridad y el poder de Su Majestad.
22. Finalmente, afirma el autor que el próximo año es el mo-
mento más apropiado, y que existen todas las razones del mundo
para temer que, retrasando sólo un poco su ejecución, se pierda la
mejor ocasión, y no quede nada de ello, sino el triste pensamiento
de lo que se hubiera podido hacer.

215
-V-
16. CARTA DE LEIBNIZ AL DUQUE
JUAN FEDERICO1
29 de marzo de 1679

Señor:
Puesto que debo por entero a la bondad de V.A.S. el éxito del
asunto de los' molinos, es justo que acepte todo lo que juzguéis
razonable. Pero, a fin de que V.A.S. juzgue con completo conoci-
miento de causa, y después de haber sido informado, le haré un
pequeño relato de lo que tengo proyectado.
En'verdad pensé en este asunto cuando, estando aún en París,
tuve la fortuna de ser llamado al servicio de V.A.S. Conociendo la
gran importancia que tendría el introducir en las minas el uso de
molinos de viento, de la manera que los he concebido, me alegró
tener la oportunidad, que parece presentarse, de emplear el poco
conocimiento que he adquirido en estas materias. Resolví, pues,
informarme de estas cosas cuando llegara al país, y dirigir el
asunto con la circunspección que tengo por costumbre emplear cuan-
do me ocupo de cosas de alguna importancia. A V.A.S. debo la
buena marcha que parece que el asunto ha tomado desde que lo
empecé.
1 Juan Federico de Harmover, cuyo reinado se extiende desde 1665 hasta
1679, fue quien le ofreció a Leibniz por vez primera un puesto en la Corte
de Hannover, a la que permanecerá vinculado el pensador alemán hasta el final
su vida en 1716. Como el landgrave de Hesse-Rheinfels Juan Federico es un
católico converso, pero cuya conversión no ha sido incompatible con un inte-
rés real en la cultura. En EP 107 hemos presentado el Retrato de un "Príncipe,
escrito por Leibniz con motivo de la muerte de aquél en 1679. Del mismo
año es la carta que presentamos de Leibniz. Redactada originalmente en fran-
cés, la versión que hemos traducido se encuentra en AK 1-2-153 y ss.

217
Pero tengo que confesar a V.A.S. una herejía que desde hace
algún tiempo se ha apoderado de mi espíritu. Y es que creo que
un hombre de bien debe tener presente el bien general tanto o
más que el suyo propio, que amar a Dios consiste en actuar par-
tiendo de esto, y que aquel que es lo bastante dichoso como para
poder conseguir su propia fortuna haciendo progresar el bien pú-
blico, puede unir la caridad con la prudencia, en lo cual —según
creo— consiste la sabiduría. Finalmente, hay que ser un impru-
dente para buscar el interés mediante caminos reprobables, cuando
existen tantas maneras de servir a Dios sin necesidad de ellos.
Pero, ¿a qué viene esta disgresión? Es para justificar, señor, al-
gunos de mis proyectos, que, de otro modo, podrían pasar por
simples quimeras; de la misma manera, pretendo haceros ver que
la utilidad pública que tengo presente en este asunto no consiste
únicamente en el progreso del trabajo de las minas, sino también
en algo más. A decir verdad, aunque el público esté interesado en
la explotación de las vetas de plata, puesto que este metal es acep-
tado en el comercio, parece, sin embargo, que la excelencia de la
plata consiste más en el placer que causa a los hombres que en
alguna perfección real; por lo tanto, el bien general, tomado en
su auténtico sentido, quizá no esté más interesado en el descubri-
miento de una mina de plata, o en cosas que se relacionen con
ella, como en la invención de un instrumento para fabricar medias
de seda.
Por esta razón, he tenido otras muchas ideas para hacer pro-
gresar las cosas que creo que verdaderamente están conformes con
el bien general, y, en ello, este asunto de las minas me ha de
servir de ayuda. Creo que el hacer a los hombres más perfectos
equivale a hacer progresar al bien general. Además, la perfección
de los hombres radica principalmente en las virtudes del alma, y
a quien sea capaz de provocar alguna impresión en el espíritu de
otros para mejorarlos, no ha de faltarle recompensa, incluso ante
Dios, en la otra vida. Por esta razón, y dejando aparte de momento
la revelación —-a la que, desde luego, no hay que olvidar—, sos-
tengo que la razón natural no nos ha proporcionado ningún medio
mayor, para ampliar la gloria de Dios y la perfección de los hom-
bres, que el de enriquecer lo más posible nuestros conocimientos
en las ciencias reales y verdaderas. Los descubrimientos importantes
de extraordinarios teoremas en matemáticas, o la realización de algún
interesante experimento en física, constituyen otras tantas conquistas
que el género humano hace sobre la naturaleza, y otros tantos
himnos cantados en alabanza del autor del universo, cuya perfec-

218
ción resplandece en algunos de sus rayos. Esta es la hermosa ocu-
pación de aquellos a quienes Dios ha dado alguna facilidad y el
tiempo suficiente para dedicarse a las investigaciones; por su parte,
los hombres ocupados en los trabajos de la vida ordinaria, bastante
hacen si apoyan y tienen en cuenta los pensamientos de los pri-
meros, cada uno en la medida de sus fuerzas.
Por lo que a mí respecta, creo poder decir sin vanidad, y de
acuerdo con el sentir de algunas personas que están en condiciones
de decirlo sin caer en la adulación, que Dios me ha concedido
alguna facilidad para inventar. No es éste el lugar para hablar por-
menorizadamente de este tema. Si lo fuera, me.- sería fácil contar
lo que algunos de los hombres más importantes en la actualidad en
estas ciencias, tanto de París como de Londres, han juzgado acerca
de mis experimentos. Diré, al menos, que nunca se ha dudado
de mi capacidad para aclarar y solucionar las materias y problemas
a los que me dedico. El difunto señor elector de Maguncia creía
que yo podría trabajar con provecho en la renovación del código
legal 2 . Por su parte, el difunto señor barón de Boineburgo3 me ex-
hortaba siempre a meditar sobre temas de teología y, al mismo
tiempo, también disfrutaba hablándome de asuntos políticos, y ha-
ciéndome poner por escrito algunos pensamientos, tanto suyos como
míos. A su vez, los extranjeros, que sólo me conocían por mi tra-
bajo en el campo de las matemáticas, imaginaban que yo me había
dedicado exclusivamente a ellas durante toda mi vida, siendo así
que, en realidad, sólo en Francia había empezado a cultivarlas. Hice
entonces dos o tres descubrimientos en materia de geometría, y
una primera tentativa, aunque muy imperfecta, de la máquina de
aritmética. Estas cosas causaron tal impresión en quienes no espe-
raban de mí nada semejante, que el señor Huigens, inventor del
péndulo, y perteneciente a la Real Academia de Ciencias de París,
dijo en una de sus cartas que me escribió que, después de haber
visto mi máquina de calcular, creía que yo era capaz de llevar a
buen fin cualquier cosa que intentara. Por su parte, los más ín-
timos amigos del difunto señor Pascal, de quien se conocía tam-
bién una máquina calculadora, que casi le había costado la salud,
manifestaron claramente que no tenía punto de comparación con
ella 4 . Sin embargo, aún no he dicho nada a esos señores sobre
algunos trabajos que he realizado, y que considero los jnás im-

2 Cfr. Prólogo, pág. 10.


3 Idem.
4 El autor de los Pensamientos también se distinguió por su actividad cien-
tífica.

219
portantes, ya que sería inútil que en Francia se me celebrara por
lo que he hecho en las minas de V.A.S., como hubiera sido inútil
en el Harz presumir de mi geometría, o de mi máquina calcula-
dora, ya que no hay problema alguno a la hora de contar las mo-
nedas de plata que allí se acuñan. Pero como he hecho muchas
cosas, y no soy charlatán por naturaleza, sólo hablo de mis ideas
cuando veo la posibilidad de llevarlas a la práctica.
Pero de todas las cosas que he llevado a cabo, señor, la que
más aprecio es el proyecto de lengua o escritura universal, acerca
de la cual, quizá, sólo a V.A.S. he hablado claramente. Será ver-
daderamente la clave del pensamiento, el catálogo de las cosas y el
tribunal que juzgará en materia de las controversias que pueden
ser resueltas por la razón humana. Sostengo que ni siquiera los
cristales que se utilizan en óptica han ayudado tanto a la vista
como puede aumentar el poder de la razón este nuevo instrumento.
Y, si tengo la suerte de poder mostrarlo pormenorizadamente —lo
que es muy difícil, a causa de la complejidad de las cosas—, creo
que podría poner de acuerdo conmigo a las personas más ilustradas
del mundo.
En efecto: ¿quién no estaría dispuesto a emplear algunas sema-
nas en aprender una lengua o escritura que, al poder extenderse
con facilidad por todas partes, se convertiría en poco tiempo en el
intérprete universal de las naciones? Y esto no es nada, en com-
paración con otras ventajas que tiene, que son mucho mayores,
pues esta escritura haría que penetrásemos en las ideas de las cosas.
Cada renglón sería una demostración, como en aritmética o álge-
bra, y, cuando dos personas disputaran acerca de una materia que
no fuera estrictamente una materia de hechos, no • tendrían más
que decir: «contemos o escribamos», para salir del problema sin
necesidad de ningún otro enjuiciamiento. En efecto, en ese caso
los errores no serían más que errores de cálculo, fácilmente corre-
gibles por medio de algunas pruebas semejantes a la «prueba del
nueve» de la. aritmética.
Quizá todas estas cosas parecerán ambiciones excesivas, pero yo
puedo demostrar que el éxito no solamente es posible, sino tam-
bién que está a nuestro alcance, siempre y cuando • haya personas
que se dediquen al asunto por completo. Tales personas pueden tra-
bajar en ello sin saber en qué trabajan, aplicando a un curso
de filosofía y matemáticas un método que se les propondría. Si las
ciencias ya conocidas y vulgares se pusieran por escrito según este
método, que nada tiene de extraño ni de difícil, el asunto estaría
resuelto, y la escritura que busco sería un resultado fácil de obte-

220
ner. Así, creo que en un período de dos o tres años algunas perso-
nas podrían hacer progresar el asunto de tal modo que podríamos
tener un diccionario y una gramática de esta lengua en sólo este
tiempo, lo que bastaría para que fuera aceptada y para hacer ver
maravillas en todas las materias que no dependen de los métodos
de la física particular o los experimentos naturales; es decir, esta
lengua bastaría en todas las materias que normalmente afectan al
diálogo y al comportamiento cotidiano, y los hombres desearían
pronto aplicarla a la física, con el fin de hacer progresar la me-
dicina.
Hay que saber que esta lengua iría aumentando á medida que
fuéramos teniendo más experiencia, pero, mientras tanto, nos daría
el medio de obtener de ella todas las experiencias posibles ya cono-
cidas, e incluso nos haría adquirir el arte de hacer experimentos
dirigidos por nosotros, en vez de que sea el azar quien domine toda
esta materia, como de ordinario ocurre.

Cuantas veces he reflexionado sobre las cosas que Dios ha pues-


to en mi mano al hacer nacer en mí estos pensamientos, me he
creído obligado a trabajar en ellos con firmeza, y de tal manera
que puedan interesar a los hombres. A menudo, admirables pro-
yectos han fracasado porque su ejecución no fue la adecuada: yo
no creo que entre los pensamientos puramente humanos haya al-
guno que merezca más que éste el ser llevado a la práctica, ni
ante el- cual el género humano pueda llegar a contraer una deuda
mayor. En efecto, en él está el gran órgano de la razón, y la
razón lo es todo, incluso en materia de piedad, ya que . nada hay
tan racional como la verdadera religión. Y ¿qué podríamos preten-
der nosotros aquí en la tierra y entre las cosas que dependen de
nuestra voluntad, más que el arte de servirnos de la razón con el
mayor provecho posible? Todo lo demás que de nosotros depende
no es más que el resultado del ejercicio de este arte.
Me atrevo a decir que tanto la conciencia como la gloria y el
interés me comprometen a la prosecución de estas ideas, a pensar
en los medios de conseguir ayuda y dar a .mis proyectos algún
valor práctico. Para ganar tiempo habrá que emplear necesariamen-
te a varias personas, pues no hay que olvidar que ésta es la más
preciada y menos asequible de todas las cosas que tenemos. Ade-
más, guerras, muertes, disputas y otros mil acontecimientos pueden
interrumpir la ejecución de un proyecto así. Y, si yo muriera en
esos momentos, antes de llegar al final, no sé cuántos siglos podrían
pasar antes de que alguien reanudara la ejecución del proyecto, pues

221
sé de antemano que siempre se considerará quimérico, por mucho
que se escriba sobre él, si no consigo llevarlo efectivamente a cabo.
Estas reflexiones me hacen pensar en buscar algún medio de
que este proyecto pueda sobrevivirme y ser realizado sin mí, en el
caso de que yo falte. Para conseguir esto, seguramente no bastaría
con escribir un libro que yo pudiera dejar a la posteridad, pues
ya he dicho que es el proyecto de una naturaleza tal que no
parecerá verosímil si no se demuestra; mucho mejor medio sería
una buena fundación, dotada de alguna renta anual para los que
continuaran trabajando én el asunto, valiéndose de los datos que
se les dejaran. Esto significaría la fundación de una Academia mucho
más importante que la Crusca y la Academia Francesa, tanto más
cuanto esta lengua superará, si no en belleza, sí en utilidad a todas
las lenguas vulgares. Las lenguas vulgares sólo se perfeccionan con
el cambio y ésta se perfeccionaría no cambiando las palabras reci-
bidas, sino sustituyéndolas por términos nuevos, que las nuevas ex-
periencias obligarían a establecer, siguiendo la analogía de la gra-
mática ya establecida. Por consiguiente, es fácil ver que esta lengua
aumentará a medida que se profundice nuestro conocimiento de
la naturaleza, para que podamos servirnos de los experimentos ya
realizados, con tanita eficacia como sea posible, cosa que no se
puede lograr por ningún otro camino.
El señor Boyle s , en Inglaterra, me dijo un día que su sociedad
almacenaba una multitud de experimentos, de los que no valía la
pena servirse, ya que su exce'siva cantidad hacía su uso tan incó-
modo como lo había sido el tiempo pasado sin ellos: si el señor
Boyle hubiera conocido este secreto, no se quejaría del' excesivo
número de experimentos, pues el diccionario de esta lengua, con
su gramática, sería para todos los pensamientos y conocimientos
humanos lo que un inventario exacto es para una tienda o una
cámara de cuentas.
Siendo, como soy, un simple particular, casi no dispongo de
nada en absoluto para dotar con fondos a una entidad así, y no
creo poder persuadir fácilmente a otros más poderosos que yo para
que hagan fundaciones para cosas cuya grandeza de efectos y suti-
leza 'de causas las hacen parecer quiméricas, ya que las demostra-
ciones a posteriori, con experimentos, aún no pueden darse, y las
demostraciones a priori, por muy necesarias que sean, son dema-
siado metafísicas para convencer a los hombres. Por esto, y ya
que me faltan no sólo mis propios medios, sino también la ayuda
5 Robert Boyle (1627-1691), químico, con quien Leibniz se encontró en
Londres en 1673.

222
de otros para hacer triunfar este proyecto, estoy obligado a pensar
si no podría hacer yo algún otro invento que fuera útil al pú-
blico, y al mismo tiempo palpable, con el cual se pudieran obtener
fondos estables para hacer posible, poco a poco, el proyecto prin-
cipal. La invención de . . . 6 para las minas me ha parecido muy
indicada para conseguir este propósito, ya que el momento era
favorable para proponerlo, V.A.S. lo encontraba de su gusto, su
utilidad era grande y evidente, y yo he visto en ello un medio de
obtener una ganancia anual muy grande, mediante el privilegio que
V.A.S. ha tenido la bondad de otorgarme. Ciertamente, V.A.S. sólo
ha hablado de un privilegio ad vitam, pero no dudo yo de poder
obtener de V.A.S. el que lo haga perpetuo, haciéndole ver que lo
deseo para una fundación que resultará sin duda de su agrado,
que será muy gloriosa ante la posteridad, y que sólo os costará
una palabra.
Estos son, señor, los pensamientos que tenía cuando la cuestión
se planteó. Sin embargo, el asunto ha tomado ahora un giro fa-
vorable, gracias al interés que V.A.S. ha tenido la bondad de ma-
nifestar por él: los interesados ya han vuelto a poner todas las
cosas a su disposición, y ahora sólo hay que determinarlo todo
por una provisión (eventualiter) de V.A.S., y dar las órdenes pre-
cisas para su ejecución, cuanto antes. Todo se realizará como V.A.S.
quiera, y tan pronto como haya sido decidido. En lo' que respecta
al detalle de las condiciones, que deben ser decididas, V.A.S. ha
dicho que, en efecto, había resuelto la concesión de un privilegio,
y que yo aún puedo elegir entre continuar con el asunto o dejarlo,
pero que me aconsejábais dejar el cuidado de todas estas cosas a
los propios interesados7, a cambio de la percepción de una renta
anual, unida a una paga, nada más realizada la obra, y antes de
obtener rendimientos. A la vista de todo esto, si yo no agradeciera
la bondad de V.A.S., sería un ingrato, pues os habéis preocupado
no sólo de mi interés, sino también de mi tranquilidad, y, pudiendo
ordenar/ os contentáis con aconsejar: pero vuestros consejos, señor,
siempre serán órdenes para mí.
Ciertamente, el privilegio no ha parecido inoportuno en el Harz,
y el mismo señor Landrost ha pensado en él, y ha creído que se
le podría conceder al inventor, cosa de la que me he enterado por
6 Aquí, como en varios textos a continuación, deja Leibniz sin poner el
término en cuestión, quizá por prudencia ante un posible lector de este bo-
rrador. J3e trata de molinos de viento, que ayudarían a la ventilación y desagüe
de las minas.
7 Se trata de Friedrich Eltz, el encargado de las mismas.

223
un amigo que lo ha oído de sus labios. Por lo demás, estoy com-
pletamente seguro de que este privilegio alcanzaría anualmente una
suma muy considerable. Personas que son de Harz, y que conocen
a fondo estas cosas, me han asegurado que los interesados conce-
derían voluntariamente, incluso el doble de lo que actualmente
gastan al año en agua y máquinas, si así pudieran verse libres de
la incomodidad de las aguas subterráneas. Siendo esto así, estoy
seguro de que se podría ganar hasta ... por año, a causa del poco
gasto que este invento requiere, y que es mucho menor de lo
que se puede imaginar. Mi proyecto iba todavía más lejos, pues,
teniendo yo solo el privilegio, ... en aquel país, pensé servirme de
él para otros usos casi tan importantes como este de extraer el
agua. Así, habiéndome proporcionado este privilegio una gran suma
anual —que los interesados, sin embargo, habrían entregado con
gusto, al ver el rendimiento que con ello obtenían, y que no es-
peraban— y viendo V.A.S. que mi proyecto se destinaba a un fondo
perpetuo para el progreso de las ciencias, no tendría dificultad al-
guna en otorgarlo, sin limitarlo ad vitam. Y, si V.A.S. no quisiera
acceder a ello —cosa que no creo—, sin embargo yo ganaría, quizá
en diez años de vida, lo necesario para poder establecer un pequeño
fondo de mis propios recursos.
Por otra parte, es, sin comparación, más seguro estar provisto
y en posesión del ejercicio efectivo del asunto del que se obtiene
provecho, que estar obligadq a esperar que los demás den lo que
han prometido, cuando no se tiene nada en las manos.
Pero si V.A.S. sigue prefiriendo-que abandone a los interesados
el cuidado de estos... para extraer las aguas, me someto a ello en-
teramente, y una palabra de vuestra boca tendrá más peso que
todas las razones que acabo de exponer; espero, no obstante, que
V.A.S. considerará en este caso las siguientes cuestiones: en primer
lugar, que esta renta sea perpetua y fija; en segundo lugar, que
alcance, al menos, la suma de... por trimestre o cuatrimestre. Estas
dos peticiones son completamente justas, pues el fondo o capital
invertido no será más que de..., y el rendimiento anual que V.A.S.
y los interesados obtendrán de ello cuando todo esté acabado será,
seguramente, de mucho más de..., lo que constituye un capital de
más de dos millones de escudos. Por consiguiente, lo que yo
pido para mí no es ni la cincuentésima, ni quizá la centésima parte
del beneficio. Pero estas peticiones parecerán todavía más razona-
bles cuando se piense en lo que he.dicho antes sobre el provecho
más que considerable que yo podría obtener del privilegio, de la
seguridad mucho mayor que en ello habría, al realizar otros empleos

224
y aplicaciones, que este privilegio me produciría con seguridad. Esto
me proporcionaría el medio de conseguir este fondo de..., que
pido en diez o quince años, de manera que podría establecerlo
yo después, del mío propio.
Estoy seguro de que... de renta perpetua no parecerá una suma
excesiva a V.A.S., cuando considere que el señor... puede, cuando
menos, obtener otro tanto del negocio de los..., en virtud de un
contrato expreso que ha firmado con él, en el cual consta que no
rendirá cuentas de la ganancia que obtenga y que supere los... es-
cudos por año, a pesar de que su empresa no conlleva ninguna in-
vención nueva, y nada aporta de lo que el público vaya a aprove-
charse de modo especial. Sin embargo, creo que VA.S., siendo tan
entendido como es, sabrá distinguir, sin duda, entre los proyectos
de esta persona y los míos, y no me juzgará indigno de obtener,
por lo menos, tanto como él; esto, indudablemente, se logrará si
tenéis la bondad de concederme in perpetuum estas dos cosas; sobre
todo, teniendo en cuenta que a V.A.S. no le costará más que una
palabra, y los interesados se guardarán mucho de contradecirle
cuando vean la posibilidad de obtener los enormes rendimientos
que ,sin duda van a obtener.
Y, cuando esto- se logre, ¡cuánta gloria alcanzará VA.S., y qué
grande el provecho del que os hablaba antes! Jamás fundación al-
guna tuvo mejor empleo. Sería necesario que el mundo estuviera
trastornado y puesto al revés, para que no se pueda obtener ein
favor de un proyecto de esta categoría" lo que cualquier otro ha
obtenido aquí para empresas insignificantes, y que habría podido
acometer igualmente cualquiera con dinero.
Pero si lo obtenemos, no tendré en lo sucesivo otro pensa-
miento más importante que el de ocuparme de esta gran obra,, que,
por sí misma, será más digna del recuerdo de la posteridad, y de
la gloria de V.A.S., y más útil al público e incluso a la piedad,
que todo lo que alcanzo a conocer, al menos en este género de
asuntos. La Real Academia de Ciencias de París, y la Real Sociedad
de Londres, no llegarán a nada semejante, por mucho que hagan
grandes descubrimientos en el futuro. Esto es obvio, porque todos
los demás descubrimientos son particulares, y sólo éste es tan uni-
versal como la razón, a la que proporciona un instrumento u ór-
gano tan poderoso como el microscopio lo es para los ojos. Ade-
más, este proyecto tiene la ventaja de que se podrá hacer trabajar
a varias personas en él, cada una por su parte, y sin que ninguna
de ellas necesite tener una perspectiva general de esta lengua.
No será ~más que una Enciclopedia de conocimientos humanos bas-

225
tante comunes, colocados por orden, con arreglo a un cierto mé-
todo uniforme. Guando la Enciclopedia esté terminada, resultará
fácil forjar a partir de ella esta lengua; al principio no será nece-
sario que estas personas estén juntas, ni siquiera que se conozcan,
pero cuando los trabajos hayan avanzado, ya se verá.
En espera de todo esto, tengo entre manos otros hermosos des-
cubrimientos, que me ayudarán a dar credibilidad al gran proyecto;
y si V.A.S.-tuviera .la .bondad —de la que ya ha dado muestras en
otras ocasiones— de conseguirme algunos mecánico^ y la posibili-
dad de hacer experimentos, me atrevo a prometer cosas que serán
la envidia de los extranjeros, sobre todo, ahora que disponemos del
Harz para hacer descubrimientos naturales; por lo que se refiere a
las matemáticas puras, como son el análisis y la geometría, casi
me atrevo a desafiar a cualquiera, después de los descubrimientos
que he hecho en este terreno: ya se verán muestras de ello.
En lo que respecta a los descubrimientos mecánicos, creo que la
máquina de calcular, el reloj exacto y varios otros inventos que
no son inferiores a aquéllos, podrán ayudarme a convencer algún
día al mundo de que el gran proyecto de la Característica es algo
digno de tenerse en cuenta.
Pero el apoyo y, la efectiva protección de V.A.S., que se dejará
notar especialmente en la gracia que me va a conceder, tendrá un
peso muy diferente para hacer que los hombres tengan una buena
opinión del proyecto. Realmente, podemos estar tranquilos respecto
a las cosas que pasan por*vuestras manos —y hablo ahora sin
pretender adularos, pues a menudo lo he dicho a otros, que serán
testigos de ello—, porque nunca vi a nadie que juzgue los asuntos
al mismo tiempo con tanta ponderación y con tanta amplitud de
miras.

226
17. CARTA DE LEIBNIZ AL DUQUE
ERNST-AUGUSTO 1
¿1681?

La prudencia y el deber exigen que consideremos con deteni-


miento, de una vez por todas, lo que aún puede hacerse para que
no tengamos nada que reprocharnos ante la proximidad de la
epidemia, que, desde los extremos de Europa, se aproxima a nues-
tras fronteras, y, avanzando directamente hacia nuestro país, parece
querer apoderarse del Harz.
En efecto, aunque sean malas las apariencias, no hay que ren-
dirse. Dios, compadecido por nuestras súplic'as, nos dará las luces
necesarias para impedir el progreso del mal. Ya tenemos el ejem-
plo de la peste de 1666, que se detuvo de repente al pie de las
montañas Speshart y de la Selva Negra. Por otra parte, creo que
muchas personas que podrían salvarse de la peste perecen por falta
de una buena organización, de modo que el problema se reduce a
estas dos cuestiones: la prevención y la curación.
Pero, como los señores médicos aún no han encontrado medidas
preventivas seguras, hay que recurrir a medidas de tipo político para
evitar el contagio, que es lo único eficaz. Ahora bien, el contagio
se produce por el aire, y por el contacto con hombres y animales
infectados -^o bien con . cosas que éstos hayan tocado—, y final-
mente, también por el contacto con cosas que el aire infectado ha
podido penetrar, sobre todo si se trata de materias esponjosas y
1 Trabajo preparado para el duque Ernesto Augusto, hermano y sucesor,
en 1679, de Juan Federico, que se convierte en duque de Hannover. Se trata
de un texto redactado en francés y que se encuentra en AK 1-3-131.

227
viscosas, cuyas partes absorben fácilmente el aire y la humedad, re-
teniéndolas largo tiempo, como ocurre con los tejidos y las mate-
rias grasas.
Por mi parte, aun creyendo que el aire libre, fuera de las vivien-
das y las calles, rara vez está infectado, por la misma razón que no
se envenenan fácilmente los ríos y los lagos, y aunque los tejidos
que no hayan sido llevados por hombres infectados son menos pe-
ligrosos de lo que se piensa, sin embargo, no quisiera que se
atenuara en modo alguno, la precaución que es preciso tomar. De
todas formas,' como las sustancias peligrosas no vienen por sí mis-
mas, sino que habitualmente las traen personas muy sospechosas, es
hacia los hombres hacia quienes hay que dirigir principalmente la
vigilancia.
Esta vigilancia para evitar el contacto con hombres sospechosos
puede ser general o particular. La general se ejerce sobre toda la
comunidad y la región; la particular, atendiendo a algunas personas
y casas. Se necesitan dos cosas para guardar la totalidad.de la re-
gión: vigilancia de las entradas y localización de las personas que
pueden haber entrado en ella pese a la vigilancia de los guardias.
La custodia de las eneradas es de dos tipos: fija y móvil. La guardia
fija es la que hay en los puestos, es decir, que debe apostarse en
los caminos y en las puertas. Además, habrá centinelas situados
en lugares altos, para descubrir desde lejos a los que pudieran venir
del lado por donde no se quiere que venga nadie. Dejando bien
organizada la guardia de los caminos, no tengo nada más que aña-
dir, a no ser que se debe vigilar periódicamente la diligencia de
los que están encargados de ella, e- inspeccionar los lugares; digo
esto, sobre todo, porque se ha notado que el celo, que tan grande
fue el año pasado, ha disminuido en algunos enclaves, precisa-
mente ahora que el peligro es mayor que nunca.
La guardia móvil es también doble: en campo raso habrá al-
gunas unidades de caballería, que batirá el terreno; en los bosques
y .montañas será necesario que monten la guardia los cazadores, y
que reconozcan los lugares; aquí los perros podrían ser de alguna
utilidad. Todo esto servirá para cerrar completamente algunos cami-
nos. Además, será preciso que quienes vengan desde lugares no
sospechosos, pero próximos a los caminos que sí se tienen por tales,
tomen un rodeo. Por medio de jinetes y patrullas se intentará blo-
quear y vigilar, en la medida de lo posible, los lugares- sospechosos,
en caso de no poder rodearlos por completo.
Pero es más: creo que se podría prestar ayuda a nuestros veci-
nos, a aquellos que no se atrevieran a actuar con todo el rigor

228
necesario, protegiéndoles incluso a su pesar con algunas tropas que
se enviarían al efecto, ya que su peligro implica el nuestro. Si esto
se hubiera puesto en práctica en el caso de Nordhausen, esta
hermosa ciudad no estaría ahora en el peligro que también nos afec-
ta a nosotros.
Pese a todo, la debilidad humana, la negligencia, la imprudencia
e incluso la malicia de algunos que están al frente de la guardia,
ayudados por la habilidad que la necesidad presta a quienes quie-
ren escapar de un lugar peligroso; la falsa caridad de amigos y pa-
rientes que habitan entre nosotros; el estado de opinión, injusto,
pero no por ello menos peligroso y común entre . el pueblo, que
desaprueba altaneramente las precauciones tomadas contra la peste,
como si fueran atentados contra el poder soberano y la voluntad
de Dios; todo esto unido, hace que nunca sea posible llevar a
cabo las cosas con demasiada precisión.
Cuando uno se informa sobre cómo han sido infectados algunos
lugares, se encuentra con que, muy a menudo, ciertas personas,
que no tenían apariencia de viajeros, y que eran conocidos o cono-
cían el país, han atravesado todos los controles, pudiendo dar toda
clase de explicaciones cuando se les interrogaba, y siendo recibidos
sin reservas en las casas de sus amigos o parientes. Así han traído
a estas mismas casas la peste, que al instante se ha extendido a los
cuerpos de quienes eran ya muy propensos al mal, como muestran
las enfermedades epidémicas de este año y del pasado, que se pueden
considerar como precursoras de la peste, y que predisponen el
cuerpo. Esto es semejante a una materia muy inflamable, que sólo
espera una pequeña chispa para estallar.
Para obviar estos inconvenientes, no bastará con ordenar seve-
ramente a quienes están encargados de la guardia que no se permita
excepción alguna, que no se descuiden en nada, que no dejen
pasar a nadie que no esté provisto de su correspondiente pase,
a no ser que demuestre que no ha estado fuera del lugar el tiempo
suficiente como para haber pasado por algún lugar sospechoso de
estar infectado. Además, hay que dar órdenes para que los que han
escapado a todas estas precauciones no puedan encontrar ninguna
acogida en las ciudades, poblados o casas. En las ciudades amura-
lladas es más fácil cerrar las entradas. Pero los pueblos y .otros
lugares abiertos precisan de algunas diligencias y órdenes en re-
lación a todos los que están cerca de las fronteras, y próximos a
los lugares sospechosos. A este efecto, hay que dar instrucciones a
los magistrados de cada lugar para que inspeccionen, por si se

229
pueden encontrar las entradas, al menos parcialmente; en esto serán
útiles los perros, en especial de noche.
Se prohibirá rigurosamente entrar o salir, a no ser por los ca-
minos ordinarios, castigando a los infractores. Es más, cualquier
persona del lugar que haya estado ausente un espacio de tiempo
suficiente como para ir a un lugar sospechoso, tendrá que ser
examinado al volver, ya que la experiencia nos ha mostrado que
hay quienes han tenido la temeridad de ir a los lugares infectados
para conseguir alguna pequeña ganancia, y ésta les ha costado muy
cara, no sólo a ellos, sino a toda la comunidad.
Pero, en última instancia, y como guardia y garantía más infa-
lible, está la que cada padre de familia o ciudadano puede y debe
ejercer en su propia casa; en efecto, si las personas sospechosas
de padecer la infección no fueran recibidas ni alojadas por nadie,
pronto serían aisladas y descubiertas.
A la vista de cuanto vengo diciendo, lo más necesario que queda
por hacer sería, a mi entender, publicar una ordenanza lo más exac-
to, severa y rigurosa que sea posible, prohibiendo a todo hombre
—especialmente en las fronteras con los lugares sospechosos— re-
cibir ni alojar en su; casa a nadie que no tenga salvoconducto, o,
mejor, permiso expreso del magistrado del lugar o de quien esté
encargado de la inspección. Quedaría prohibido alojar en la propia
casa a nadie, ni conocido ni desconocido, hermano, padre o hijo.
Se. añadiría la orden de denunciar a todos los que se presentan
o a aquellos de quienes se tenga noticia, bajo pena de castigos
físicos.
No bastará que esta ordenanza se. haga pública en carteles, o
por medio de su lectura en las iglesias; será mejor que los ma-
gistrados convoquen a todos los habitantes de cada lugar, y les
encarezcan la necesidad de estas órdenes, haciendo uso de buenas
razones; también los predicadores se preocuparán de informar ex-
haustivamente al pueblo, y lo desengañarán con respecto a la creencia
en una predestinación absurda, o una falsa caridad. Recurrirán a moti-
vos y argumentos de conciencia para obligar a los lugareños a acatar
con exactitud las órdenes de la autoridad.
Además, será necesario que los padres de familia no dejen volver
a entrar tranquilamente en su casa a nadie que haya estado ausen-
te tanto tiempo como para ir a un lugar sospechoso de infección
y regresar; los vecinos se vigilarán entre ellos y denunciarán sin
tardanza no sólo a quien haya, infringido las órdenes, sino también
a todo aquel que les resulte sospechoso.
Se redactará, una orden especial para los posaderos, recomen-

230
dándoles a todos —especialmente en las fronteras— que eviten en
Jo posible el frecuentarse, ir de un pueblo a otro y entrar unos en
casas de otros; se abstendrán de compañías demasiado frecuentes,
y considerarán que es muy necesario un poco de paciencia en tiem-
pos tan peligrosos como éstos; que es mucho más importante ahora
tratar de conmover a Dios que divertirse.
La habilidad y prudencia de los magistrados menores, de los
predicadores, y de los alcaldes de los lugares, pueden ser muy
eficaces en esta situación. Se prometerá recompensar a aquellos
que se comporten como es debido; se castigará muy severamente
a los magistrados y a cualesquiera que de alguna manera preten-
dan abusar de las órdenes y acusar o vejar a alguien tomando
como pretexto la presente situación.
Y, en caso de que el buen Dios, siguiendo los dictados de su
justicia y su sabiduría eternas, tenga a bien castigarnos, y la epide-
mia penetre en el país burlando todas nuestras disposiciones y con-
troles, no dejará de sernos lícito, a pesar de todo, trabajar por
nuestra propia salvación, en la medida de lo posible, y tomar pre-
cauciones para el futuro. Estas precauciones consisten, en primer
lugar, en proteger la parte del país que aún esté incólume, del
mismo modo que antes se guardó al país entero; por la misma razón
se intentará aumentar aún más la vigilancia, ya que la experiencia
nos habrá mostrado para entonces los errores que se hubieran co-
metido. Se procurará que, en caso de necesidad, no falten ni el
consuelo de las almas, ni el cuidado de los cuerpos, ni la madera,
ni los medicamentos, ni los médicos, ni otras cosas necesarias. Cuan-
do la peste ya haya invadido alguna calle en una gran ciudad,
entonces se la bloqueará o cerrará separándola del resto de la ciudad
con cadenas y otros medios. Cuando una casa quede infectada, se
la cerrará inmediatamente; pero, para que no se produzcan injus-
ticias ni crueldades, se abastecerá en primer lugar la casa con una
cantidad suficiente de víveres y otras cosas necesarias, para que a
las personas que permanezcan dentro les falte lo menos posible;
después será necesario que algunas personas pasen todos los días
dos veces o más ante las casas cerradas, para informarse de lo
que necesitan, y llevárselo. Podrán comunicarse con sus moradores
de viva voz o por medio de notas escritas; recibirán y entregarán
las cosas con cestas, que harán descender desde lo alto de las
casas o sacarán por las ventanas y vidrieras. Estos encargados no
pedirán ni aceptarán nada: estarán bajo juramento y se les vigila-
rá con toda la exactitud imaginable. Otros encargados prestarán
sus servicios en casas aún incontaminadas, ya que la experiencia

231
ha enseñado que los que no han salido ni dejado salir a sus
criados se han mantenido sanos. Quienes puedan costearse los servi-
cios de estos encargados, lo harán lo mejor que puedan, pero como
no todos están en condiciones de hacerlo, habrá que atender a sus
necesidades y pagar a personas que se dediquen a servir también
a las casas de los pobres; además se ayudará a todos para que
tengan provisiones en sus casas; se darán créditos allí donde exista
alguna posibilidad de cobrarlos, y cuando tal posibilidad no exista
toda la comunidad ayudará a soportar la carga de algunos de sus
miembros, ya que es preciso que lo que a algunos sobra cubra
las necesidades de los otros. Los que tengan con qué, podrán
abastecerse con prontitud de la mayor parte 'de las cosas necesa-
rias, de suerte que apenas necesiten el socorro del exterior: con
esta finalidad, tendrán en sus casas cerveza, vino, aguardiente, vi-
nagre, sal, azúcar, especies, galleta o pan cocido dos veces como en
los barcos, carne salada y ahumada, manzanas y peras secas y carnes
en conserva, como pájaros, gansos, pollos y otros alimentos, coci-
dos primeramente, después medio asados y finalmente envasados
recubiertos de mantequilla: así, como no podrá entrar el aire, esta
carne estará tan buena como la más fresca. • Digo esto porque el
comer sólo salados y ahumados podría perjudicar a la salud. Los
alimentos se conservarán en envases pequeños, pues una vez abier-
tos, si no se pueden comer en menos de dos días, el contenido se
estropea.
Las personas que viven al día de su jornal, serán ayudadas,
procurándose la venta de sus productos, sin necesidad de que ellos
tengan que salir frecuentemente.
Los panaderos y otros hombres de oficios y profesiones de las
que todo el mundo tiene necesidad, tomarán precauciones cuando
lleven sus mercancías a los lugares públicos; por lo mismo, ciertas
personas, expresamente designadas, cuidarán de la venta. Estas per-
sonas, y las que sirvan a las otras, se reconocerán por el resto de
los ciudadanos con algún distintivo; se les vigilará atentamente,
para que, si alguno cae enfermo, sea separado en seguida de los
demás, y también para que no cometan ningún tipo de desorden.
Pienso que las ciudades, tan peligrosas en este tiempo, deberían
ser aligeradas de una parte de su población, y que todos los que
puedan hacerlo cómodamente, deberían ir al campo; se deben uti-
lizar algunas casas vacías como hospitales, en caso de necesidad.
En efecto, los que son conducidos a los estrechos lazaretos mueren
casi todos, y quizá se recuperarían sí estuvieran más esparcidos; a
menudo por una simple sospecha se lleva a los lazaretos a ciertas

232
personas que entrando en ellos sanos, no se salvan de contagiarse
allí de la enfermedad.
Cuando la infección llegue a una casa creo que los que quieran
salir de ella y todavía parezcan —en la medida en que es posible
determinarlo— estar'sanos, podrían ir a alojarse a ciertos lugares,
de los que no podrían salir libremente, pero en los que estarían
mejor que en una casa infectada. A este efecto podrían estar des-
tinadas varias casas; pero los verdaderos lazaretos a donde serán
conducidos los apestados estarán alejados de ellas y, si hubiera
medio de ponerlos cada uno aparte de los demás, en barracas
cerradas y edificadas fuera de las murallas o en otros lugares se-
parados, creo que estarían mejor que en los lazaretos, en los que
están demasiado cerca unos de otros. Todavía sería mejor si exis-
tiera algún cercado o alguna isla en la ciudad o fuera de ella. Pero
el recurso más fácil y hacedero será, quizá, el servirse de los gra-
neros de las casas para separar a los apestados de quienes no han
caído enfermos, ya que parece verosímil que los vapores pestilentes,
igual que todos, tienden más a subir que a descender; además, los
graneros están más expuestos al aire libre y, de alguna manera,
separados del resto de la casa.
Los graneros de* las casas públicas o vacías servirán de laza-
retos; los otros, para alojar en ellos a los enfermos de la casa, con
el fin de proteger a los demás de la infección. Por otra parte,
los graneros de una casa, a menudo, están comunicados con los
de las casas Vecinas, de modo que se podían abrir y de esta ma-
nera ir junto a los enfermos sin necesidad de pasar por las casas
de abajo, y, cuando haya demasiados enfermos albergados en una
misma casa, podrían pasar fácilmente a otra.
El aire, los perfumes de enebro, el agua fresca, la ropa blanca,
los lechos suficientemente ventilados, los baños y las saunas, el
jugo de limón, la música y un poco de vino para animar y recrear
los espíritus, todo ello podrá mantener sanos a algunos, y salvar
a los enfermos. No dudo de que todas estas medidas, y otras pa-
recidas, podrán frenar mucho el avance de esta epidemia, contra
la cual aún no se ha encontrado un eficaz antídoto.

233
I
18. CONSIDERACIONES ACERCA
DE LA SITUACION ACTUAL DEL IMPERIO 1
Septiembre 1681

Si ha habido algún momento en que Alemania ha tenido nece-


sidad de deliberar y de tomar decisiones, este momento es ahora
y es. preciso que las tome con rapidez. En efecto, estamos acosados
por todas partes: las fuerzas del emperador se encuentran ocupadas
en someter a los descontentos de Hungría 1 , el elector de Branden-
burgo tiene sus conflictos en Polonia 3 y debe temer constantemente
la' enemistad de Suecia; por su parte, la Casa de Brunswick, si nunca
puede reponer sus fuerzas, debe estar en guardia de Dinamarca y
Suecia, y del mismo Brandenburgo. El Rhin está ya en manos de
Francia, o poco le falta, y los príncipes vecinos casi no sé atreven ni
a moverse, por miedo a atraer sobre ellos la tormenta. Por su parte,
Francia avanza continuamente, haciendo nuevas conquistas. Bien se
ve que las razones no la detienen; el cristianísimo rey cree que la
mayor razón es el bien de su Estado, y considera a casi todas las
posesiones de los príncipes del Imperio como territorios en otro
tiempo dependientes de la corona de Francia, injustamente arreba-
tadas, por culpa de la negligencia o la debilidad de sus predeceso-

1 El presente trabajo fue preparado por Leibniz para el barón Grote


(1636-1693), representante de la Casa de Hannover en el Congreso de Frank-
furt. El original, en francés, se encuentra en AK 4-2-436, y nos han sido de
gran utilidad las observaciones ,de sus editores para preparar esta versión.
2 Desde 1670 había rebelión en Hungría en contra del emperador, dirigida
por Stephan Tokoloy y su hijo Emmeride.
3 Con motivo del matrimonio del príncipe Luis con la princesa Luisa
Carlota. -

235
res. El se cree en el derecho y se siente capaz de recuperar estos
territorios.
Es sabido que nunca los lamentos de los vencidos empañaron
la gloria de los vencedores. Y, si las paternales exhortaciones del
papa no han logrado conmoverle, ¿creeremos acaso que nuestros
alegatos le harán cambiar de actitud? 4
Por tanto, sólo tenemos dos caminos a seguir: el primero es
armarse a la desesperada y, por lo menos, hacer frente a sus agre-
siones; el segundo es firmar una especie de transacción, cediéndole
una parte de las tierras" de las que ya se ha adueñado, con el fin de
que nos devuelva el resto, o, al menos, que deje durante algunos
años, dándonos así tiempo para recuperarnos'. Nada hay tan difícil
como dar solución a este problema, y quizá lo es todavía más llevar
a la práctica la decisión que se tome.
Si el Imperio quiere enfrentarse a Francia, la cuestión es saber
si sus miembros armarán un ejército importante, o si los más pode-
rosos actuarán como en la última guerra. Si el mismo Imperio debe
armarse, según el orden y las leyes, hay que considerar si ello puede
llevarse a cabo con la suficiente prontitud y disciplina; también hay
que decidir quién tendrá el mando, cómo se podrá reunir el dinero
necesario y cómo ¿e mantendrá a las tropas. Pero en el caso de que
sea imposible armar al Imperio, o que sea muy difícil —como me
temo—, entonces habrá que recurrir a una estrecha alianza de su
jefe con los miembros más poderosos, que son: Baviera, Sajonia,
Brandenburgo y la Casa de Brunswick. En ese caso es necesario que
cada uno de estos príncipes reclute cuantos hombres sea posible, que
el emperador envíe cuarenta mil hombres, y Baviera, Sajonia, Bran-
denburgo y la Casa de Brunswick, veinte mil cada uno. Yo creo que
esto es todo lo que pueden hacer. Tendrán que decidir con el empera-
dor todo lo concerniente a la posición de los cuarteles, teniendo en
cuenta la situación de cada país, y las posibles operáciones militares.
El emperador defenderá Austria, la Suabia superior y una parte
de Franconia. Añadirá a sus tropas las de Neoburgo, Wurtenberg
y Würzburg, y actuará por la región de Alsacia y Suiza, con objeto
de entrar en Lorena y en el Franco-Condado.
Baviera tendrá a su cuidado toda la zona que le pertenece, y, por
tanto, Salzburgo, Fresinguen, Regensburg, Passau y parte de Fran-
conia —a saber, el Alto Palatinado, que ya posee, con algunos
Estados vecinos católicos— y la Suabia inferior; así podrá actuar con-
juntamente con el elector palatino por la zona de la desembocadura

4 El papa Inocencio XI había criticado a Francia su política extranjera.

236
del Necker, a fin de que el ejército francés que pretenda defender
Lorena se vea encerrado entre el ejército del emperador y el de
Baviera. Sajorna tendrá a su cargo todas sus tierras y la mayor parte
de Turingia, así como la Franconia inferior, es decir, desde Werthem
hasta la desembocadura del Main; actuará por el lado de Hundsruck
y Treves, hacia Sarre.
La Casa de Brunswick será apoyada por Mecklenburgo, Hambur-
go, Bremen, Hesse, Hildesheim, Padebon, Münster, Osnabruck;
actuarán entre Coblenza y Colonia, por el lado de Luxemburgo,
y podrán avanzar hasta las fronteras de la Champagne, en dirección
a Charleville y Sedan.
El elector de Brandenburgo, además de todas sus tierras, tendrá
a su cargo Ostfrigia, una parte de la Westfalia inferior, el electo-
rado de Colonia, el País de Julliers y la Güeldres española; actuará
entre Colonia y los países Bajos, por la zona de Lieja.
Habrá que tomar las medidas necesarias para proveer a la subsis-
tencia de todos sus ejércitos, que serán de alrededor de ciento veinte
mil hombres, de suerte que todo el resto de Alemania proporcionará
una cierta cantidad de pan, munición y otros víveres, que serán
entregados en los depósitos de Ulm, Heilbronn, Francfort, Coblenza
y Colonia.
Para ejercer el cargo de comisarios se necesitará a personas que
busquen la gloria y que tengan solvencia. Se requiere una rigurosa
exactitud y ejemplares castigos cuando se halle la menor falta.
Los ríos Neckar, Main, Lahn, Ruhr, Lippe y otros servirán para
transportar las provisiones. Se necesita también cierta cantidad de
pólvora y buenas armas.
Las ciudades abastecerán a los soldados de ropas y otras cosas,
en proporción a la parte que corresponda a cada una. Hay que
suprimir del ejército los bagajes inútiles, las mujeres, los bribones
y cuanto no sirva de nada.
Suponiendo que se pueda pasar el Rhin en Rhinfelde, Philipsburgo,
Maguncia, Coblenza y Colonia, hay que intentar forzar a los france-
ses a retirarse hasta sus fronteras y, después de haber tomado el
lugar, establecer doce plazas militares desde Suiza hasta los Países
Bajos y emplazar diez mil hombres en cada una; se buscarán lugares
apropiados estratégicamente; desde donde se pueda dominar la zona,
para tener líneas de comunicación y para fortificarse con los menos
gastos posibles; finalmente, se necesitarán las suficientes provisiones
como para que este ejército pueda subsistir en estos cuarteles duran-
te todo eL invierno. No obstante, las tropas se adentrarán en la
propia Francia y obtendrán de ella tributos.

237
Durante"el invierno no sólo ~e alistarán más reclutas, sino incluso
se formarán nuevos regimientos. El año siguiente obligaremos a Fran-
cia a retirarse aún más. En efecto, yo tengo por seguro que Holanda
y España, e incluso Inglaterra, romperán con Francia si ven el éxito
de nuestras armas. Es cierto que Francia evitará todo esto si llega
a desconfiar de nosotros, y por ello hay que sorprenderla con hechos
que no pueda esperar. También creo que, en caso de que se quiera
intentar algo de esta naturaleza, sería preciso que el elector de Bran-
denburgo se apoderara primeramente de Pomerania s , y la Casa de
Brunswick, de Bremen 6 , y también comprometer al rey de Dina-
marca para que llegue a una nueva ruptura con Suecia y le arrebate
inmediatamente la región de Schone7.
Brandenburgo y Lüneburg han de enviarle tropas, pues a menos
que lancemos a los dos reyes del Norte uno contra otro, es imposible
tener guardadas nuestras espaldas, porque podrían unirse a Francia
contra nosotros. Pero estas cosas han de hacerse con una prontitud
y un secreto extraordinarios. No es ni siquiera necesario que Baviera
y Sajonia sepan nada de la ofensiva contra Suecia. No creo que la
Pomerania sueca esté suficientemente protegida; el elector de Bran-
denburgo tendría que hacer arrasar sus plazas fuertes; y precisa-
mente ése ha sido el gran error: no haberlo hecho ya, cuando las
tenía en su poder. Tampoco creo que valiera la pena comprometer
a Brandenburgo en la guerra contra Francia sin ofrecerle un benefi-
-cio de esta naturaleza. Pero habría que estar seguro de poder lograr
esto en poco tiempo. Habría 'que aducir como pretexto que Francia
no respetará la paz o que lleva a cabo represalias contra su aliado
porque no ha accedido a la restitución de Suecia más que con vistas
a la paz del Imperio, y como ésta no es observada, la amnistía de
la paz de Nimega deja de estar en vigor y, en consecuencia, siguen
teniendo validez aún los bandos contra Suecia.
Aunque haya repartido todo el Imperio entre el emperador,
Baviera, Sajonia, Brandenburgo y Brunswick, creo, sin embargo, que
sería preciso, en alguna medida, tener en cuenta a los otros príncipes
de las casas soberanas, como Neoburgo, Hesse y Würtenberg, que
mantendrían alguna tropas y tendrían algún poder. Sin embargo, los
obispos, los condes y las ciudades no serían más que miembros se-
cundarios.

5 De acuerdo con el Tratado de Saint-Germain, Brandenburgo había cedido


Pomerania a Suecia.
6 Bremen también había sido entregada a Suecia por la Casa de Brunswick
en 1679.
7 Esta región también la adquirió Suecia en 1679, esta vez de Dinamarca.

238
Si no es posible lograr seguridad con respecto a los reyes del
Norte, será bastante más difícil aún comprometer a Brandenburgo,
y, en consecuencia, no nos atreveríamos a romper hostilidades con
Francia. Así, pues, es necesario que Brandenburgo y Lüneburg estén
sostenidas por alguna esperanza bien ftmdada y que no tengan nada
que temer.
Es preciso también que España y Holanda paguen al menos las
cantidades debidas al elector de Brandenburgo y a la Casa de Bruns-
wick. Estos deben presentarse como subsidios, para que Francia no
pueda tomarlo como una ruptura. También será preciso que Inglaterra
proporcione algunos subsidios a nuestros príncipes, pero mientras
el rey no reúna al Parlamento no habrá nada que hacer.
Si se juzga impracticable todo esto, también lo es la ruptura con
Francia, y habrá que decidirse a cederle una parte de lo que ya tiene,
como, por ejemplo, las diez ciudades y los territorios de la nobleza
en Alsacia, así como el principado de Zweibrück, ya que pertenece
a Suecia. Los otros vasallos de los obispados serán descargados o, al
menos, el vasallaje se entenderá como carente de vinculación inme-
diata y no se regirá más que por el derecho de apertura, en el caso
de que la sucesión familiar no pueda realizarse8. Si Francia renuncia
a las otras pretensiones o las somete al menos a un arbitraje, habrá
que darse por contento. Incluso podrá tener voz y voto en la Dieta
imperial en virtud de estas localidades, siempre que envíe diez mil
hombres para socorrer al Imperio contra los turcos. Entiendo, por
tanto, que el, emperador, viéndose libre- de las preocupaciones del
Rhin, debe romper con los turcos y tratar de lograr que Moscú
ataque a los tártaros de Crimea, dándole subsidios para ello. Creo que
el emperador podría así recuperar toda Hungría y doblegar por com-
pleto a los rebeldes. Esto no sería posible de otra forma, pues, por
miedo a enfrentarse a los turcos, no se atreve a perseguir a los rebel-
des dentro de país enemigo. Nunca lo podrá conseguir de otra
forma, mientras Francia les dé dinero y los turcos medios de salvación.

8 Por «carencia de vinculación inmediata» se entiende que el deber de va-


sallaje sólo tendrá vigencia para con el monarca o la autoridad superior, eli-
minándose así las dependencias intermedias características del régimen feudal.
Por «derecho de apertura» se entiende el derecho del feudatario, en este caso
el monarca francés, a disponer del feudo, en el caso de que muera el señor
que lo rige en un momento da~do.

239
19. NECESIDADES DE LA GUERRA (1681) 1

Para la guerra son necesarios en primer lugar dinero y hombres.


Con buenos sueldos es fácil conseguir a personas capaces, a artistas
y trabajadores manuales. Estos pueden indicar, fabricar y facilitar
todo tipo de armas^ armaduras, instrumentos de guerra y munición.
También hay que abastecerse de víveres en abundancia. Comprar
buenos caballos resistentes; a continuación comenzar el reclutamien-
to de los soldados. Entonces serán necesarias ropas y armas; después,
el acuartelamiento y sustentó de la soldadesca, además otrosí la
disciplina; después el entrenamiento y lá instrucción, tanto para el
vigor y la habilidad al luchar, saltar, nadar, correr, tirar, lanzar
con catapulta, como también para el conocimiento del uso de las
armas y otros accesorios y su limpieza; también el cuidado de los
caballos y otras cuestiones de organización y asimismo en el conoci-
miento de los movimientos y evoluciones y comprensión de las voces
de mando. Si se quiere romper las relaciones con un enemigo, e inva-
dir un país, o atacar una fortaleza, es conveniente tener buenos espías,
dibujos y descripciones exactas del país, de las fortalezas y de los
caminos, puertos, puentes, vados; también de cómo están equipados

1 Leibniz no sólo se preocupa por el aspecto diplomático de las relaciones


internacionales, sino que, como funcionario que ha de prever una guerra, tam-
bién se preocupa de las medidas prácticas que ésta exige. De ahí el presente
escrito, no sólo contemporáneo del anterior, sino que, redactado para hacer
frente a la misma eventualidad, la- guerra con Francia, que no tendrá lugar
hasta varios años más tarde con la formación de la Liga de Augsburgo en 1688.
El original alemán del presente escrito se encuentra en AK 4-2-598.

241
el territorio y las fortalezas del enemigo. Idem de cómo piensan los
habitantes y si no se les puede impulsar a un levantamiento contra
su señor. El territorio propio, tiene que estar bien defendido; las
plazas fuertes, especialmente en las fronteras, abastecidas con gente,
provisiones y municiones; los puertos bien cubiertos, y hay que
establecer un correo con un santo y seña determinado. Crear una
comisión, redactar unas disposiciones adecuadas para la defensa del
país, ejercitar a los ciudadanos y campesinos en el uso de las armas,
infundirles valor. Construir nuevas fortificaciones, baluartes y forta-
lezas, reparar los viejos defectos. Medir exactamente la región mil
pasos alrededor de las fortalezas, incluso mandarlo reproducir en
modelos, tanto para ver mejor los defectos como para tener una
cierta protección en caso de sitio. Y otras cosas por el estilo.
Si se llega a una ruptura y abierta hostilidad hay que procurar
llegar pronto al campo de batalla, arrebatar al enemigo un lugar ven-
tajoso antes de que éste pueda alcanzarlo y así dislocarle sus planes,
hacer una profunda incursión en territorio enemigo, quitarle así la
subsistencia y dificultarle el avance; con todas estas cosas se infunde
valor a los soldados y se atemoriza al enemigo. Después hay que
pensar todo lo que es necesario para una marcha y expedición militar.
Por ejemplo, cómo hacerles llevadera la marcha á los mozos de a pie,
cómo transportar los víveres y municiones necesarios, además de
todo tipo de carros, herramientas, puentes y cañones cómodamente,
incluso por los malos caminos; cómo mantener el bienestar y la salud
de los soldados, cómo impedir la deserción y el vagabundeo, si se
pueden encontrar en el camino todas las cosas necesarias, como pienso
para los caballos, agua, vinagre, cerveza, vino, aguardiente, bebidas,
fruta, pan, sal, ganado y carne, en el caso de que no se pueda llevar
con la prisa para concentrarse, cómo matar el ganado, ahumarlo
y salarlo, moler las frutas y hacer pan y otras cosas semejantes rápi-
damente, de modo que se pueda comer y el resto se pueda guardar.
Aquí hay que tener en cuenta también las artes de pescar y cazar
peces y caza, y.asimismo aprovechar el hierro, metal, cristal y cosas
parecidas que se encuentren. Los caballos y las personas que sean
sobre todo útiles para la guerra y que se encuentren por el camino,
hay que llevarlas consigo de buena manera, especialmente los arte-
sanos, y cuidar que les vaya bien en la expedición.
Hay que llevar consigo una moneda para poder hacer acuñar
dinero en todo momento, para dar coraje a los soldados y comprar
todo lo necesario. Dicha moneda sólo debe tener la mitad del verda-
dero valor, pero debe ser tan bonita como la mejor. Y para que
por esto no surja el menor escrúpulo, deben aceptarla irrecusable-

242
mente todos los mercaderes; pero todos los mercaderes deben depen-
der de la autoridad del maestre general de aprovisionamiento y acep-
tarla a la hora de pago; mas deben esperar el cambio de la corte.
Creo que dicho dinero bien se podría acuñar sólo en cobre blanco,
para que después no fuera necesaria la licuación; sobre todo porque
cuando es muy bonito y está pulimentado, por lo que es agradable
al hombre vulgar, y también por su comodidad, muchos lo conser-
varían con gusto. Por lo demás, habría que redactar una buena regla-
mentación de mercaderes, proteger a éstos de toda violencia, pero a su
vez ponerles precios fijos.
En semejantes expediciones pueden surgir dificultades como ma-
los caminos, pantanos, ríos, un bosque espeso incluso con obstáculos,
caminos estrechos, montes y valles. Por eso debe de haber gente
a mano que sepa mejorar los caminos; también poleas y palancas,
para si algo se queda atascado en el camino hondo sacarlo fácilmente
o subirlo monte arriba. El pantano se puede cubrir con fajinas, y para
que éstas se puedan llevar rápidamente y con frecuencia, debe haber
carros adecuados. Los puentes de los barcos pueden servir tanto
en los pantanos como en los ríos, y cuando se tienen éstos no es
necesario llevar fajinas. Las vagonetas de los carros deben estar
dispuestas de tal manera que se puedan levantar y se puedan utilizar
como barcas. Para esto nada es más práctico que una lámina de
hierro recubierta de cinc, o mejor cobre, porque no se oxida. Si se
quiere se puede formar con ellas un puente volante, de modo que
cruce cada vez medio o todo un regimiento. Hay que abrir los cami-
nos obstaculizados; con los nuevos vehículos se puede pasar bien
por montes y valles, palos y piedras. Algunas cosas se deben llevar
con bueyes, para que después se les pueda matar, y hay que estable-
cer la proporción con los caballos.
Respecto a los víveres es útil el azúcar preparada con limones,
una buena cantidad de los cuales se pueden traer a buen precio de
España. Con ello se puede hacer bien agua, cerveza y vino. Azufre
para que se puedan sulfatar los barriles y darle al agua el sabor de
aguas minerales acídulas. Otrosí comprar una buena cantidad de
pasas, también muy baratas en España, y útiles para los soldados,
y lo mismo bayas de enebro. Los guisantes y harina de castañas son
también útiles, porque son muy nutritivos; por lo demás, en lugar
de pan me gustaría aconsejar bizcochos, porque es más fácil de
transportar y se puede mezclar después con agua, con lo que se
vuelve a hinchar. También habría que estudiar si no se podría extraer
lo mejor de las hierbas, también de las raíces, cortezas, médula
y hojas de los árboles y aprovecharlo por distintos procedimientos,

243
como-triturarlas, prensarlas, tamizarlas, hacer extracto, concentrarlas,
fermentarlas y otros modos. Lo mismo que también seguramente se
podría sacar algo útil de la madera misma. Sobre todo teniendo en
cuenta que el amargor u otro sabor desagradable se puede sustituir
y corregir por medio de las especias que se le echen. También habría
que tener ciertos compuestos de alto valor nutritivo, una pequeña
cantidad de los cuales diera tanta fuerza que se pudiera mantener
uno con ello varios días. Uno de estos compuestos es el extracto de
carne, cuya composición me es conocida. Otrosí los excrementos de
los caballos. Si- con paja, hierba, cortezas y raíces, removiéndolos
y echándoles agua, se hace una pasta finísima, a la que se añade una
pequeña cantidad de aromas, o de compuestos vigorizantes, nutriti-
vos, seguramente no sólo seria el sabor bueno, sino que quizá fuera
tan bueno o incluso mejor que el pan para el sustento. Habría que
intentarlo con hierba corriente, raíces y cortezas, pero especialmente
habría que ver si se podría hacer fermentar rápidamente; entonces
cocer la masa, el pan obtenido volverlo a hacer pasta para así poderle
dar buen sabor corregido por medio de especias y aditamentos. La
carne se puede conservar adecuadamente cuando está bien cubierta
de manteca derretida, otrosí cuando se moja en azúcar derretida y se
mete bajo harin^. También habría que estudiar lo que se puede
hacer con los frutos concentrados, y especialmente con jugo con-
centrado de cerveza, del que se pudieran hacer después pasteles
refrescantes. Asimismo habría que concentrar por evaporación los
vinos malos antes de que llegaran a fermentar. Se evitaría con un
caldero doble, y llenando de agua el que estuviera inmediatamente
sobre el fuégo, que se pegaran y se quemaran. Sin embargo, yo creo
que las uvas pasas y las pasas de Corinto son mejores que todos los
zumos concentrados, porque también tienen azúcar y son muy bara-
tas. Cuando hay prisa se puede ahumar la carne con un barril volcado.
Medicinas para los soldados pueden ser una infusión de tabaco,
antimonialia, pólvora junto con aditivos que resisten a la putrefac-
ción y medicinas contra la fiebre; no hay nada más confortante para
él que vino con azúcar y canela o azúcar preparada con zumo de
limón. Como preventivo, un poco de aguardiente y los huesos de las
enebrina«. Para calmar la sed, prunas, otrosí un preparado de limones
y cidras, cuyo ácido es excelente contra las fiebres malignas. El mejor
medio para el buen mantenimiento de los soldados es que no se
aparten de la tropa cerrada y que por lo menos, cuando- se les
permita salir, deban de permanecer juntos por escuadras. 'Porque
entonces el cabo, a cuyo mando es.tá la escuadra, tiene que atenerse
estrictamente a lo ordenado, para que los soldados no se perjudiquen

244
al beber aguas corrompidas, al comer frutas .verdes, por beber excesi-
vamente vino o por otras causas. También hay que tener un cuidado
extremo, si se observa el comienzo de una disentería roja o cualquier
otra enfermedad contagiosa, que los enfermos sean inmediatamente
separados de los sanos. Otrosí que cuando uno quiera hacer sus
necesidades, como hacen los turcos, lo cubran con tierra, o que si no,
hagan un agujero en la tierra, porque estas inmundicias son tan perju-
diciales como enojosas. También será necesario hacer una ordenanza
respecto al lienzo blanco y también respecto a las camisas y calzones
limpios, para que los soldados no sean atormentados por parásitos.

245
20. MARS CHRISTIANISSIMUS (1683) 1

(O APOLOGIA DE LAS ARMAS DEL REY CRISTIANO


CONTRA LOS CRISTIANOS, POR UN AUTOR
GALO-GRIEGO.)

Puesto que la mayoría de los hombres acostumbran a mirar más


por el interés particular que por el bien público, y más por el pre-
sente que por el porvenir, no me sorprende ver que haya quienes,
percatándose de que la salvación de la Iglesia depende únicamente de
la grandeza de Francia, valoran en más el interés de sus príncipes o de
su nación que el bien general de la cristiandad, so pretexto de con-
servar la libertad de sus países, la cual (libertad), sin embargo, no
conservarán frente a las armas otomanas si Francia no les protegiera
contra la esclavitud.
Sin embargo, se les podría perdonar de algún modo el desmedido
celo que muestran por su patria, si no se permitieran hablar indigna-
mente de las buenas intenciones del rey. Por mi parte, aunque soy
alemán, no por ello dejo de ser un admirador de la virtud francesa,
y, teniendo invencibles argumentos para reducir la insolencia de esos
imprudentes, me creo en la obligación moral de despejar sus errores.
Desearía realmente que este asunto fuera tratado por alguno de los
grandes escritores de Francia, quien estaría menos expuesto a la
calumnia, que un alemán no puede evitar de ningún modo. Pero veo
1 Mars Christiatiissimus probablemente es el más conocido de los panfletos
de Leibniz, dirigido contra la política de expansión política de Luis XIV.
Leibniz burlonamente asume la posición de un alemán partidario de la pos-
tura francesa. Aquí hemos seguido la traducción francesa que Leibniz realizó
a partir de la primera versión latina, del mismo,- tal y como se encuentra en
AK 4-2-471 y ss- Nos hemos servido de las notas de esta edición, así como de
la de Riley;

247
que en lo sucesivo no hay que esperar argumentos de parte de esta
nación, la cual, de ahora en adelante, no hará valer sus derechos
más que por las armas, al saber perfectamente que la fortuna, o más
bien la justicia del rey, siempre le permitirá encontrar suficientes
plumas extranjeras.
Desde 1672 2 está decidido en Francia que el rey no tendrá
necesidad en el futuro de dar explicaciones al mundo de sus empre-
sas, como sus antepasados y otros potentados han intentado hacer
siempre, publicando superfluos manifiestos. Esta es la razón por la
que, cuando se decidió atacar a los holandeses, la declaración de guerra
sustituyó al manifiesto, y se alegó como única razón de esta acción
el libre deseo y la decisión de Su Majestad, y su disgusto por la
conducta de los Estados Generales de las Provincias Unidas. Los
murmuradores escribieron que nada había que objetar contra quienes
ofrecían toda clase de satisfacciones y sólo pedían saber lo que el rey
deseaba de ellos. Otros pensaron que al haber sido desorientado el
jurista que había sido autor de los derechos de la reina de Francia 3,
por la lectura de Isola 4 y otros escritores semejantes, parecía más
apropiado ahorrarse una confusión similar.
Pero todos se equivocaban. Tenían buenas razones en Francia,
y me consta que un entendido había redactado un manifiesto donde
ponía en evidencia la conducta de los holandeses, pero los señores
ministros a quienes presentó el manifiesto encontraron oportuno
suprimirlo, en la convicción *de que todas las razones que no fueran
las que el cardenal Richelieu llamaba «las últimas razones de los
reyes» no correspondían a la dignidad de su señor. Después, los
holandeses y sus aliados presionaron mucho a los embajadores pleni-
potenciaros del rey enviados a Colonia a negociar la paz, para que
les comunicaran las pretensiones del rey y los argumentos jurídicos
sobre los que podía fundarlas. Pero los embajadores rechazaron cate-
góricamente esta pretensión, como algo indigno de la grandeza de
su señor, diciendo abiertamente que no habían ido como abogados
a litigar, sino como ministros de un gran monarca para tratar la

2 1672 es la fecha de la segunda guerra de conquista iniciada.por Luis XIV


contra Holanda, que durará hasta 1678 y la Paz de Nimega.
3 BILAIN A . : Traité des Droits de la Reine Très Chrétienne sur Divers
États de la Monarchie d'Espagne. Dicha obra expone los argumentos jurídicos
que justificaban para Luis XIV la invasión de Flandes y Holanda, a saber,
los derechos de su esposa María Teresa.
4 L ' I S O L A , F . DE: Bouclier d'État et de Justice ( 1 6 6 7 ) , seguido de Sur les
Droits de la Reine Très Chrétienne ( 1 6 6 7 ) y Dénouement des Intrigues du
Temps ( 1 6 7 2 ) .

248
paz y para declarar su voluntad respecto a lo que se podría o no
devolver.
El mismo método dio resultado en Nimega s ; se despreció al
buen obispo de Gorck y se le trató como a un simple ingenuo cuando
se empeñaba en obtener razones de la conducta francesa, e incluso
el mariscal de Estrades y el marqués de Croissy no vacilaron en
decirle, cuando los holandeses ya habían firmado la paz, que debía
darse totalmente por satisfecho con lo que el rey quisiera darle
y aceptarlo como una pura gracia de Su Majestad.
Los embajadores franceses que se encontraban últimamente en
Francfurt no pudieron soportar que se les hablara de un párrafo del
documento de la paz de WeStfalia, y cuyo comienzo era: Teneatur
Rex Christianissimus6. No sé si sus delicados oídos encontraron el
término teneatur grosero o si el texto les ofendió en algo; en
cualquier caso, el hecho es que evitaron este desafortunado pasaje
como el diablo evitaría el agua bendita, y uno de ellos, no pudiendo
contenerse, exclamó: «Dejadme en paz con vuestra paz de Mün-
ster 7 ; no cambiará nada; no hablemos más de ello», ante una perso-
na que en ese momento le hablaba del asunto. Y no es que descon-
fiara de la justicia de su causa o que les faltaran argumentos para
responder, sino que querían mantenerse firmes en la resolución,
tomada en Francia mucho tiempo atrás, de no reconocer otro juez
que la espada. No como aquel impío que decía:

Dextra mihi deus et télutn quod missile libro 8


sino porque creían, con razón, quod victrix causa diis placuit9, y que
no hay necesidad alguna de justificar la victoria, que es una decisión
que los propios dioses han tomado.
Pero como este método de evitar las disputas inútiles nos desagra-
da a nosotros, los alemanes, acostumbrados a las controversias y polé-
micas, me he decidido a entrar en liza a fin de que un derecho legítimo
no sea traicionado por un silencio que muchos tomarían errónea-
mente como la admisión de la ilicitud de la causa. Espero sacarlos
de este error y mostrar de manera indiscutible que se podría acusar

5 Paz con la que termina la segunda guerra de Luis XIV contra los ho-
landeses.
6 «El rey cristianísimo está obligado.»
7 Tratado con que termina la Guerra de los Treinta Años.
8 De acuerdo con Riley, parece Leibniz estarse inspirando en Virgilio
(Enéada X, 773): «Que este brazo que es mi Dios, y esta lanza que sostengo
en mi mano+ me favorezcan.»
9 «La causa del vencedor place a los dioses» (LUCANO, Farsalia 1, 1 2 8 ) .

249
al rey de excesiva moderación antes que de ambición, puesto que la
insolencia de sus enemigos sólo se alimenta de que se les perdona
demasiado y que el cuidado por la cristiandad a veces detiene sus
avances cuando mas fácil le resultaría destruirlos; pero hay que
esperar que esto no ocurrirá en lo sucesivo y que acabarán con estos
cizañeros que pretenden impedir que el pueblo cristiano tenga un
jefe contra los infieles, que los herejes sean destruidos y que haya
sólo un rey, una fe y una ley. Habrá quien me diga que defiendo los
derechos del rey un poco burdamente, y con excesiva libertad, y que
estoy descubriendo el misterio antes de tiempo; pero tengo buenas
razones para creer que este trabajo no será mal visto en Francia, ya
que ahora no hay necesidad de disimular y sus señorías los franceses
ya han manifestado bastante por sus palabras y actos que no se sien-
ten afectados por los juicios del vulgo —y en el vulgo incluyen
a todos aquellos que no son de su partido—, ya que hoy día,
a menos que se tenga alma francesa, no se puede tener el ingenio
refinado 10 ni estar por encima de la gente común. Por otra parte, he
visto indicios que me hacen creer que Francia no siente ahora escrú-
pulos en manifestar abiertamente lo que hasta ahora había mantenido
oculto. He aquí algunos: hace quince o dieciocho años, aproxi-
madamente, ciertas personas, no sé cómo, habían llegado a tener noti-
cia de algunas de las diligencias que entonces se hacían para hacer
caer a Cazal bajo el poder del rey. Su Majestad, habiendo tenido
noticia de estos comentarios, que juzgaba inoportunos, ordenó al señor
de Gravelle declarar lo contrario en Alemania y asegurar a todo
el mundo, bajo la palabra del rey, que no tenía tales intenciones. No
se creía que hubiera llegado el momento de revelar el asunto.
Tal vez alguien dirá para excusar a Francia que sólo desde enton-
ces empezó a tener el rey esas intenciones y que los mismos maledi-
cientes son los culpables de ello, puesto que el rey sabía que estaría
igualmente expuesto a sus críticas hiciera o no tal cosa; de manera
que estos señores podrían haber provocado lo que temían, como esos
astrólogos cuyas predicciones han sido la causa de los males que
habían predicho. En cualquier caso, queda claro que en Francia no
parecía que existieran razones para ser tan escrupulosos.
He' aquí otro ejemplo: el difunto elector palatino envió una
persona al rey para pedirle la devolución de algunos lugares de los
que los oficiales de Su Majestad se habían apoderado; en la audien-
cia, el enviado insistió con firmeza en la justicia y buena fe de los
tratados. Su Majestad le respondió con suma moderación que no

10 L'esprit poli, dice el original.

250
pretendía nada más que lo que sabía en conciencia que era suyo y que
había nombrado a algunas personas para examinar el asunto a fondo
y para consultar con las partes interesadas. La respuesta era acorde
con la situación de entonces, ya que después los asuntos han cambia-
do de aspecto y se ha menospreciado a aqueEos que imaginaban que
los argumentos basados en el derecho común tendrían alguna fuerza
ante las Cámaras de Metz y de Brissac, y se ha puesto en ridículo
a los que tenían la ingenuidad de creer que los embajadores de
Francia, que estaban en Francfurt, les darían ocasión de disputar
y sostener tesis de una manera legal.
De todo ello puede deducirse que los franceses están comen-
zando a deshacerse de ese recato impropio o pudor rústico que
tenían en otro tiempo y que actúan con una libertad digna de perso-
nas bien nacidas, cosa que los ministros franceses que se encuentran
por doquier ya no se preocupan de disimiluar.
Así, los embajadores que estaban en Francfurt, viéndose impor-
tunados por quienes preguntaban la razón por la que Francia jamás
había reclamado Estrasburgo con anterioridad, y tampoco los otros
lugares ocupados actualmente, y por qué (Francia) no había hecho
mención alguna de su pretensión cuando las ocasiones lo requerían,
como en el tratado de Míinster, en el de Nuremberg, o al menos en el
de Nimega, estos señores, digo, no se sonrojaron al responder que en-
tonces la ocasión no había sido propicia para hablar de ello. Quizá in-
cluso sería bueno considerar los grados por los que han avanzado los
franceses antes de llegar a esta grandeza de ánimo que les permite
en el presente descubrir con sinceridad intenciones que en otro
tiempo mantenían ocultas.
El rey, que no tenía preceptor tras la muerte del cardenal Maza-
rino, no dejaba de conducirse a veces por sus máximas y consejos,
como si aún viviese, tanto como el señor de Lionne, que había
salido de esta escuela, y que seguía, por tanto, los mismos principios.
Se trataba entonces a los príncipes alemanes con suma cortesía,
se respetaba aparentemente el derecho común y se hacía la parodia
de mantener la paz de Westfalia y la libertad germánica. Pero, muerto
el señor de Lionne n, el señor de Louvois hizo ver al rey que la
alianza del Rhin había hecho más mal que bien a Francia; que en lo
sucesivo no debía preocuparse por los príncipes de "Alemania; que no
había dinero peor gastado que el que se les daba; que el Imperio era
ya un. simple nombre sin efecto, que se le podía vejar impúnemente

11 En 1671 muere el marqués de Lionne, que intervino en la Paz de los


Pirineos y gozó de la confianza del cardenal Mazarino.

251
y que no faltarían en la propia Alemania quienes aplaudirían seme-
jante conducta.
Como tales consejos fueran escuchados, el señor De Croissy, que
accedió al ministerio tras la caída del señor de Pomponne, se hizo
valer ante el rey con otra nueva doctrina de su invención, consistente
en que el fantasma de la paz de Westfalia ya había puesto límites
a los progresos del rey durante demasiado tiempo; que era hora de
dar un paso adelante y sobreponerse a los esciúpulos, que había
ahora una nueva paz de su mano que se podía alegar con tanta
plausibilidad como la de Münster, pero con mayor utilidad; que los
alemanes recurrirían equivocadamente a ésta a partir de ahora, toda
vez que la habían violado ya; que la paz de Nimega, siendo de hecho
una pura gracia de Su Majéstad, sólo a él correspondía explicar su
merced.
Pues bien: si Francia está en deuda con el señor de Louvois por
haberle hecho conocer la debilidad de los príncipes alemanes; si el
señor de Croissy ha sacado al rey del atolladero de la paz de Münster,
creo no merecer menos que estos señores, salvando al Consejo del
rey de todos los escrúpulos de conciencia que les pueden quedar
a algunos respecto a la/ ley de las naciones y de los cánones de la
Iglesia. Mostraré que tales cosas obligan efectivamente a los hombres
ordinarios, pero que existe una cierta ley, superior a todas las otras
y que, sin embargo, está conforme con la soberana justicia, la cual
dispensa al rey de tales observancias. Pues, como señalaba San Pablo,
el jüsto no tiene ley n, y aquel que se distingue por haber recibido
de Dios un poder extraordinario está exento de las obligaciones
comunes y humanas, en virtud de su misión. Me corresponde a mí
mostrar ahora que el rey posee tal carácter, y que hoy día no existe,
ni siquiera en las antípodas, ningún hombre que haya recibido del
cielo mayor poder en materias temporales que Luis XIV.
Para probar mejor esta afirmación es preciso que siente aquí los
fundamentos de una nueva jurisprudencia, con el fin de rebatir de
un solo golpe la oposición de dos clases de personas, que preveo han
de serme contrarias, a saber: los legistas alemanes y los canonistas
italianos. Y espero poder hacer esto con facilidad tanto mayor cuanto
que tenga de mi lado a los casuistas o autores de la santa doctrina
moral, y particularmente a los jesuítas, que ven con claridad —siendo
tan sutiles como son— que haya ahora más que esperar junto a la
monarquía francesa que al lado de la española.

12 I Timoteo 1, 9.

252
Parto del principio de que todo pertenece a Dios y que todas las
cosas están sometidas al derecho eminente que tiene sobre los cristia-
nos. De este derecho de Dios se deriva el que Moisés tuvo sobre las
vasijas que tomó de los egipcios13 y el que el pueblo de Israel ejerció
sobre las personas y los bienes de los cananeos 14. El papa Alejan-
dro VI, en calidad de vicario de Dios en la tierra, pretendió repartir
el nuevo mundo entre los castellanos y portugueses aunque su
poder no se extendía a los asuntos temporales. En cambio, yo mostra-
ré que su Cristianísima Majestad, que vive hoy día, es el verdadero
y único vicario de Dios en- el mundo en lo. que concierne a todos los
asuntos temporales. A este principio añado la definición de lo justo
e injusto, que Platón'mantiene y explica muy bien en labios de un tal
Trasímaco, a quien hace decir rotundamente: justum est potentiori
utile 16. Esto concuerda muy bien con lo que venimos diciendo sobre
el derecho de Dios sobre todas las cosas, ya que El es el más pode-
roso. Y el más poderoso después de El —exceptuando al diablo—
es, sin duda, Su Cristianísima Majestad. Se cuenta a este respecto
un dicho ingenioso del emperador Maximiliano I, quien dijo un día:
«Si yo fuera Dios, y tuviera que hacer testamento, daría el reino de
los cielos a mi hijo primogénito, y al segundo, el de Francia» Pues
bie'n: si esto es cierto de los tiempos de este emperador, mucho más
lo será ahora, ya que el rey Luis XIV, él solo, ha sometido a su
corona un territorio muy grande, que se extiende desde los Alpes
suizos al océano Germánico, y comprende tantas y tan bellas provin-
cias, que sólo estas conquistas podrían pasar por un reino con-
siderable.
Para probar este vicariado de Su Cristianísima Majestad no hay
necesidad de grandes e intrincados argumentos, toda vez que la mayor
parte de las razones de que se ha servido el cardenal Bellarmino18
para demostrar la legitimidad del poder indirecto del papa en materias
temporales puede servir para probar con contundencia incompara-
blemente mayor el poder directo del rey en tales asuntos. Todo lo que

13 Deuteronomio 3, 22.
14 Deuteronomio 11, 2 y ss .
15 Alejandro VI, en 1493, reconoció la propiedad de los españoles sobre
cuanto se encontraba al occidente de una línea trazada de polo a polo a de-
terminada distancia de las- Azores. En cambio, cuanto hubiera a oriente de
dicha línea correspondía a Bortugal. Posteriormente, en 1494, el Tratado de Tor-
desillas cambió la localización de dicha línea.
16 República I, 338 c.
1 7 AUBÉRY, A . : Des justes prétentions du roi sur l'Empire, Paris, 1668,
página 50.
1 8 BELLARMINO, R.: Tractatus de potes tate stimmi pontificis in rebus tem-
poralibus, Roma, 1610, pág. 8.

253
se ha profetizado sobre el Imperio de Jesucristo en la tierra debe
ser aplicado al gobierno de Su Cristianísima Majestad. Nadie debe
imaginar que la Santa Ampolla 19 ha descendido en vano del cielo,
o que el rey ha recibido el don de hacer milagros y sanar a los
enfermos también en vano; y esto, Cristo, al ascender a los cielos,
quiso que constara como uno de aquellos signos que iba a dejar para
la propagación de su reino en la tierra 20 . Ya sé que hay médicos que
se permiten poner en duda el milagro que el rey hace tan a menudo
curando la escrofulosis; pero no hay que dejarse impresionar por las
dudas dé los médicos, cuya incredulidad es tan grande, que ha llegado
a ser proverbial. Algunos han objetado que el duque de Epernon,
favorito del rey Enrique III, padecía un mal de los que, según se
dice, el rey sabe curar. Pero aun cuando esto fuera cierto, ¿acaso no
es sabido que Cristo y los Santos Apóstoles no quisieron curar a todos
los enfermos?
Es más: Jesucristo y los profetas siempre han pensado en los
reyes de Francia, a quienes destinaban a ser un día los liberadores
de la Iglesia. Y, sin hablar de otros pasajes, ¿puede haber alguno
más claro que aquel en el que Cristo dice: lilia agri non nent? 21. Esto
significa, sin duda de ninguna clase, que el reino de Francia no debe
degenerar, para que el cetro no le sea arrebatado a tan belicosa
nación y para que 'jamás sea sometido ni a extranjeros ni a mujeres,
ya que el Schilo temporal o héroe al que seguirán los pueblos debe
surgir de ella. No hay reino alguno, que yo sepa, que pueda probar
tan bien el valor de sus leyes fundamentales por la Sagrada Escritura.
Que los turcos temen su ruina sólo de Francia es algo sabido por
una antigua profecía que un tal Barthelemy Georgiewicz, que estuvo
largo tiempo prisionero de los turcos, ha traído del Levante22. Hay
una profecía, de rege quodam illustrissimi lilii en Pareo23, en su
comentario sobre el Apocalipsis, que lo confirma.

19 Cuando el rey Clodoveo I de Francia (481-511) fue bautizado, según


la leyenda, descendió del cielo una paloma trayendo óleo divino en una ampo-
lla, que sería precisamente la Santa Ampolla.
20 Marcos 16, 15 a 18.
21 Mateo 6, 28. «Los lirios del campo no hilan.» De acuerdo con Riley,
había que entender este pasaje de la siguiente manera. Los lirios —y esto sí
parece claro— han de entenderse como las flores de lis, que, a su vez, hay
que identificar con las mujeres de la familia real que más se pueden parecer
a ellas. «No hilan», quiere decir no trabajan, no deben intervenir en la vida
política moderando la ambición de Luis XIV.
2 2 GEORGIEWICZ, B.: Epitome de turcarum movibus, Lyon, 1558, cap. VI
especialmente.
2 3 PAREO, O . : In divinum Apocalypsin- S. Apostoli et Evangelistae Johannis
commenlarius. Heidelberg, 1618, pág. 930.

254
Ya sé que Grocio, en su obra De jure belli et pacis, desaprueba
que se aleguen profecías para fundamentar principios legales14. Pero
la jurisprudencia de Grocio está muy lejos de la que estamos esta-
bleciendo aquí; además, él sólo habla de profecías cuya interpreta-
ción es incierta, mientras que la nuestra es indiscutible.
Y puesto que el propio Mesías ha probado sus derechos mediante
los profetas15, ¿por qué no habría de hacerlo su vicario, que debe
hacer temporalmente lo que el Mesías espiritualmente, y que debe
establecer en la tierra el reino de Jesucristo, que los milenaristas heré-
ticos, bastante inadecuadamente, esperaban de Jesucristo en perso-
na? 26. Dios confirma todos los días, mediante señales y prodigios, el
derecho que atribuimos a Su Cristianísima Majestad: ¿acaso no es un
verdadero milagro que a un príncipe que tantas guerras tiene entre
manos no le falte el dinero? Algunas personas ridiculas imaginan que
posee esa bendita piedra que puede, ella sola, enriquecer a todos
los reyes de la tierra; otros, viendo que todo le sale bien al rey, que
está informado de cuanto ocurre entre sus enemigos, atribuyen esto
a la intervención de algún genio que le es propicio; pero no es sólo
ridículo, sino incluso impío, atribuir al diablo lo que el dedo de Dios
opera, en lo cual, además, estas personas se asemejan a los judíos,
quienes afirmaban que Jesucristo hacía los milagros por mediación
de Belcebú27. ¿Qué señal más clara de la divina voluntad se puede
esperar que la que vemos aquí abajo todos los días? Una asistencia
perpetua del cielo, que es tan grande, que parece que los hombres
y las circunstancias colaboran para aumentar la felicidad y la gloria
del rey. Pues lo que se llama fortuna na es otra cosa que una
muestra de la divina providencia. Y es contra stimulum calcitrare28
oponérsele. Además, ¿acaso no vemos que el emperador Leopoldo 29
está dotado de grandísimas virtudes, que todo el mundo admira su
piedad y su celo y que no existe ningún príncipe que esté' más entre-
gado a su trabajo, ni que escuche con más interés o examine más
atentamente memoriales y documentos, algunos de los cuales parecen
ser de tan poca importancia? Siempre se le ve en acción, ya en el
Consejo, ya en el Gabinete, ocupado en los despachos; en suma, puede
decirse que no hay ministro que trabaje más que éi: y, sin embargo,
todo le sale al revés.
24 GROCIO, H . : De Jure belli-et parís, 11-22-15, ed. 1650, pág. 388.
25 Mateo 11, 13; 13, 17; 23, 34/39. Lucas 24, 25/27.
26 Probablemente se refiere a figuras como Xomenio o Alsted.
27 Mateo 9, 34 y 12, 24.
23 «Dar coces contra el aguijón.» Hechos de los Apóstoles 26, 14.
29 El emperador Leopoldo de Austria, cabeza del Imperio Germánico
(1658-1705).

255
Y, por el contrario, el rey de Francia, que hace de sus diversiones
su ocupación, que no atiende a sus asuntos más que divirtiéndose,
y cuyo mayor interés sólo se dirige a hacer ver que es muy marcial,
no deja de triunfar en todo aquello que emprende. Pues bien, ¿qué
otra consecuencia debemos extraer de ello, sino que Dios ha desti-
nado a este rey a grandes cosas? Pues los amigos de Dios, incluso
durmiendo 30, reciben beneficios, al tiempo que los otros nada pueden
obtener aunque se afanen y aunque velen la noche entera o se levan-
ten de madrugada31.
Aún no ha llegado un Jeremías que declare a todos los poderes
del mundo que aquellos que se oponen al rey, se oponen al mismo
tiempo a la divina voluntad: en efecto, los que pretendieron defen-
derse de Nabucodonosor apoyándose en el quebrantado cetro de
Egipto32, se asemejan a los príncipes que en la actualidad ponen sus
esperanzas en la Casa de Austria.
Pero he aquí que acaba de hacer aparición ese tal Jeremías,
a fin de que los alemanes ya no tengan excusas: se trata de un cierto
cura rural de Alemania que desde hace poco se ha erigido en profeta
y que demuestra invenciblemente por el Apocalipsis que todos los
enemigos del rey perecerán33. Los acontecimientos han confirmado
sus predicciones: los italianos, envidiosos de la gloria del rey, padecen
los rigores del sol y la sequía; los holandeses, celosos de su felicidad,
son castigados por inundaciones que les hacen temer a todas horas una
definitiva ruina; la ingrata Suecia ha sufrido una horrible helada.
La Casa de Austria se deshace* con las rebeliones de sus súbditos; en
fin, los alemanes ven, de un lado, desencadenarse contra ellos el
furor otomano, y de otro, la amenaza que se cierne sobre ellos desde
Septentrión (Dinamarca), cuya fuerza ya han tenido ocasión de expe-
rimentar en sus dominios; en su perjuicio esto debería hacerles medi-
tar, para prevenir el casügo con una pronta penitencia, echándose
en los brazos del rey.
Ninguna regla de la política tiene vigencia en lo que respecta a este
gran príncipe,.y aunque parezca que él hace muchas cosas contra el
orden establecido por la prudencia, sin embargo, se le ve obtener
éxitos, porque Dios está con él, y toda la sabiduría de este mundo
no es más que locura ante Dios Los pueblos se agitan y las nacio-
nes claman ruidosamente contre el señor y su ungido.33; no es, pues,
30 Salmo 127, 2.
31 Ibid., y I Corintios, 5, 24.
32 Jeremías, cap. 43.
33 KROMAYER, H.: Commentarius in Apocalypsin Johantieam, Leipzig, 1682.
34 I Corintios 3, 19.
35 Salmo 2, 2.

256
de extrañar que el poder divino, alzándose contra ellos, los disperse
en su cólera. Así, el rey prefiere humillar a los holandeses por las
armas a ofrecerles una paz que éstos estaban dispuestos a recibir
de sus manos; los sabios de este mundo sólo esperaron de esto fuñes-
tas consecuencias, sobre todo cuando vieron a Inglaterra aislada, y a
Alemania y España unidas a Holanda. Pero Dios había ordenado las
cosas de otra manera: ciertamente el peligro no era pequeño, y se
habría hecho sentir mucho más si los suecos no hubieran salvado
a Francia, atrayendo la tormenta hacia sí mismos.
Todo esto estaba escrito en el Libro de los Destinos. Y en reali-
dad los suecos, habiendo actuado contra sus propias intenciones —ya
que fueron guiados por un poder superior—, no merecen gran agra-
decimiento. De la misma manera, el rey no merece mucha censura
por haberlos abandonado, puesto que ellos empezaron a serle inopor-
tunos y —creemos— también inútiles.
Pero volvamos a las acciones extraordinarias del rey, que a me-
nudo escandalizan a quienes se creen muy prudentes: ¿hay nada tan
aparentemente contrario a la razón como lo que ha osado hacer el año
pasado, cuando irritó y menospreció al mismo tiempo a cielos y tierra,
a Europa y Asía, al papa y a los protestantes, al emperador y al
sultán, a los reyes de'España, Suecia y Polonia, a los Estados Gene-
rales, a los príncipes de Alemania e Italia... y, en una palabra, a casi
todo el mundo? 36 Pudo ocurrir que simultáneamente el papa le
excomulgara, que el pueblo se sublevara, que el turco detuviera todas
las mercancías1 y a los comerciantes franceses, que el emperador,
junto con los príncipes alemanes, atacara lás fronteras del reino de
Francia; que los holandeses ayudaran a los españoles a recuperar las
plazas perdidas; que, en fin, los príncipes italianos, alarmados por
la conquista de Casal, tomaran firmes resoluciones para garantizar su
libertad...
Y, sin embargo, ninguna de estas cosas ocurrió, lo que no puede
ser atribuido más que a un milagro de la mano suprema del Todopo-
deroso, que ató los brazos de unos y cerró los ojos de otros, como

36 Efectivamente, como aclaran los editores de la edición de la Academia,


durante 1681 y 1682 había amagonizado Luis XIV al Papa con la declaración
del clero de marzo de 1682, por la que afirma su independencia con respecto
de Roma y a los protestantes porque ya había comenzado la política de hosti-
gamiento contra ellos, que había de culminar en la revocación del Edicto de
Nantes. Asimismo, el emperador y los príncipes alemanes vieron cómo Francia
se apoderaba de Estrasburgo. Finalmente, España, Suecia y Holanda tenían
que encontrarse molestas por las pretensiones territoriales del Rey Sol.

257
hizo cuando, a megos del profeta Elíseo, cegó a todo el ejército
sirio 37.
Creo entonces haber probado suficientemente, tanto por las pro-
fecías como por los milagros, la extraordinaria vocación o misión del
rey para la reforma de los asuntos temporales de los cristianos; voca-
ción ésta mucho mejor demostrada, indudablemente, que la de los
primeros sedicientes reformadores que se sublevaron contra la fe
católica.
De aquí se deduce que todos los príncipes y reyes están obligados
a observar una completa deferencia hacia él, a reconocerle como
árbitro de sus diferencias y a confiarle la dirección de los asuntos
generales de la cristiandad; y también deducimos que quienes se le
oponen se resistan a la voluntad de Dios. Si se le oponen temeraria-
mente y desprecian la fraternal corrección con que el rey les trata,
sus subditos quedarán libres del juramento de fidelidad ipso iure
y tendrán derecho a colocarse por sí mismos bajo la autoridad del
rey. Quizá haya algunos que teman la renovación del funesto ejemplo
de los mesinos, cuya ciudad se puso bajo la protección del rey con
gran confianza y fue abandonada de improviso, contrariamente a las
seguridades dadas, y contra el honor del rey, y. con tanta precipita-
ción, que no se dio r tiempo a las personas interesadas á poner sus
bienes y sus vidas a salvo, dejándolas a merced de los españoles,
quienes en ellos hicieron gala de su severidad38. Yo reconozco que
todo esto es completamente ciento y que este proceder podría desalen-
tar hasta a los mejor intencionados; pero hay que atribuirlo no al
rey, sino a lo desgraciado de aquellos tiempos, que por cierto han
cambiado mucho; hay que tener presente, además, que toda gran
secta debe tener sus mártires al comienzo.
En especial, los católicos de Alemania deben estar agradecidos a su
liberador, ya que está claro que las armas francesas se dedican a apo-
yar la expansión de la religión antes que la de la región.
Todo el mundo sabe que el rey no hace la guerra a los holandeses
más que para ayudar a los obispos de Colonia y Miinster a lograr
los derechos de sus iglesias. Que si después los franceses han mal-
tratado un poco a las diócesis de Colonia y Lieja, hay que creer que
todo ello se hizo a pesar del rey, o bien con el consentimiento de
elector, o, al menos, por motivo de la guerra y por el bien- público.
¿Acaso no es sabido con cuánto calor los embajadores franceses se
afanaron en Nimega por obtener el libre ejercicio de la religión cátó-
II Reyes 6, 18. .
38 En 1674, a raíz de un levantamiento de los mesinos contra España,
los franceses habían ocupado la región, para marcharse posteriormente de ella.

258
Hca en las Provincias Unidas y cuántas veces estuvieron dispuestos
a romper los tratados sólo por esto? Y el éxito ha premiado sus
esfuerzos (es decir: ellos jamás lo soñaron), pues sabían que hay
que buscar primeramente el reino del cielo y estar seguros después
de que el resto se seguirá 39 .
Que si algunos dudan todavía de la sinceridad y buenas inten-
ciones del rey, viendo que se dedica a acosar a la Casa de Austria,
que es muy católica, deben considerar que los austríacos han llegado
a convertirse en cómplices de los herejes, toda vez que creen poder
mantenerse gracias a su auxilio; de manera que hay que comenzar
por lograr la ruina de esta Casa si se quiere derribar .-esta herejía
hasta los cimientos, que fueron puestos por Carlos V, por su com-
placencia política.
Se me dirá que el rey ha prestado apoyo al conde de Teckeli
y a otros rebeldes en Hungría 40 pese a ser protestantes, y aun
sabiendo que con ello sufriría la cristiandad y los turcos sacarían
algún provecho. Se añadirá que Luis XIII no hizo menos a favor de
los herejes de Alemania, quienes en realidad sólo se mantuvieron por
su asistencia41. Pero respondo que un perjuicio pequeño y transito-
rio sufrido por la Iglesia cristiana y católica no debe ser tenido en
cuenta cuando de él resulta un bien incomparablemente mayor y más
duradero; pues siendo sometida la Casa de Austria mediante estos
artificios, y llegando el rey a constituirse en árbitro de la cristiandad,
entonces le será fácil destruir a los herejes y a los turcos de un solo
golpe, asegurando para siempre la integridad de la Iglesia. El rey
ya ha mostrado su fuerza y buena voluntad en Gigeri y Candía42, sin
hablar de lo que ha hecho en otras ocasiones, y hará aún más sin
duda, en lo sucesivo, cuando esté en disposición de dar leyes a Ale-
mania e Italia y al resto de Europa, sin que quede en pie otro poder
que pueda oponerse al suyo. No mé cabe duda de que bien pronto
todos nosotros veremos llegar este tiempo afortunado.
El bajo clero católico de Alemania, mal tratado por los protestan-
tes y abandonado por la Casa de Austria, canta ya el Hosanna, viendo
avanzar a su liberador. Cierto es que los señores obispos, al ser
príncipes del Imperio, todavía dudan un poco y temen que se les
impongan las mal llamadas libertades de la Iglesia galicana, que
pueden ser libertades respecto al papa, pero que son una verdadera
39 Mateo 6, 33.
40 A la sazón, el emperador Leopoldo tenía que hacer frente a una re-
vuelta de nobles húngaros.
41 Se refiere sin duda a la decisiva intervención francesa en la Guerra
de los Treinta-Años.
42 Se refiere a las expediciones de Luis XTV a Creta y al norte de Africa.

259
esclavitud respecto al rey. Sin embargo, los mejor intencionados, que
no tendrán mayor interés en algunos derechos temporales de sus
iglesias que en el bien público de la Iglesia católica, deben colaborar
con el rey, siguiendo el ejemplo de los dos buenos obispos de Estras-
burgo 43, cuyo celo católico ha sido tan grande, que no han tenido
dificultad en sacrificar la soberaína temporal ligada a su Iglesia. Pues
la caridad, que quiere que uno lo acepte todo de buena fe 44 , nos
impide sospechar que hayan tenido otras intenciones. El resto de los
obispos alemanes pueden seguir su ejemplo,. tanto más fácilmente
cuanto tienen razones para creer que ningún cambio se operará mien-
tras vivan y que, por el contrario, podrán enriquecer a sus parientes
con la mejor conciencia del mundo, ya que ello no es solamente
lícito, sino que además está ordenado expresamente por el apóstol,
quien dice que aquellos que dejan pasar la ocasión de hacerlo son
peores que los paganos 45.
En cuanto a los monjes alemanes, ésta es otra cuestión; pues si
hemos de ser sinceros, y no queriendo engañar a nadie,- no me
atrevo a aconsejarles que se unan a Francia, puesto que los benedic-
tinos y los de San Bernardo, los carmelitas y los dominicos, y muchas
otras órdenes, que se encuentran muy a sus anchas en Alemania, se
ven obligadas en Francia a ayunar e ir descalzos desde hace algún
tiempo y bajo pretexto de nuevas reformas.
Por lo que toca a los príncipes seculares de Alemania, les parecerá
un poco duro verse obligados, a someter a la autoridad del rey el
poder casi real que se atribuyen, y así como Jesucristo dice que los
ricos difícilmente entrarán en el reino de los cielos igualmente los
poderosos encontrarán difícil su acomodación al reino cristianísimo
de su vicario temporal, que es el rey. Pero a él llegarán tarde o tem-
prano y a pesar de todo. Y como los ríos confluyen finalmente todos
en la mar, por muchos rodeos que hagan, de la misma manera, forzo-
samente, ocurrirá que todas las potencias, y sobre todo las de Italia
y Alemania, sean finalmente como engullidas por esta quinta mo-
narquía 47.
Inglaterra, dividida contra sí misma, será devastada, como le hace
merecer su herejía; los holandeses ya sienten próxima su ruina,
viendo la disminución de su comercio y la pérdida segura de los

43 Franz Egon y Wilhelm Egon, Fürsten von Fürstenberg.


44 1 Corintios 16, 14.
45 San Pablo, I Timoteo 5, 8.
Mateo 19, 23.
47 Sería posterior a los cuatro reinos descritos en el Libro de Daniel,
apartado 7,

260
Países Bajos españoles. De esta manera, hay que esperar que este
nido de sectarios pronto será destruido. Dinamarca y Brandenburgo,
en su oposición a Suecia, Sajonia y Brunswick, acabarán con lo que
aún queda de las fuerzas protestantes. Los obispos del Rhin y West-
falia, e incluso algún día los de Franconia, no se opondrán al celo
católico del rey 48 . Austria y Baviera no podrán oponerse por más
tiempo, estando amedrentados y amenazados por la vecindad de los
turcos.
No hay que inquietarse por los italianos, prestos como están
a aceptar el yugo y habiendo degenerado de la virtud de sus antepa-
sados, pues, como es sabido, los venecianos, por ejemplo; removieron
cielo y tierra cuando la Casa de Austria emprendió no sé qué en el
País de los Grisones49; pero ahora que Francia ha establecido y asen-
tado su dominación en el bello centro de Italia, no osan decir pala-
bra. No dudo de que todo esto.viene del Señor50, que les ha cegado
para castigarlos: ciertamente, cuando Alemania se haya entregado
al rey será demasiado tarde para despertar; pues, ¿de dónde podrán
reclutar soldados, si no quedan apenas tropas aguerridas en Italia?
El dinero por sí solo no basta para hacer la guerra, cuando no ha
sido empleado a tiempo. Estoy muy dispuesto a creer que los italianos
podrán hacer algún pequeño esfuerzo antes de rendirse, y que com-
batirán un poco non pro aris et focis, sed pro lectulis51, temerosos
de los cuernos que les preparan los franceses, con los cuales saben
perfectamente que sus esposas conspiran , ya en secreto. Esto ha
empezado a ser obvio desde que el enviado tde Francia, entre otras
condiciones muy duras que ha propuesto a los de Génova, ha añadido
que, en el porvenir, sería permitido a las mujeres de este país el
gozar de la liberté française y recibir libremente a los franceses en
sus casas. Asimismo las mujeres italianas no esperan menos su próxi-
ma liberación, para emanciparse del yugo de sus maridos, que los
clérigos alemanes esperan la suya para estar a salvo de los insultos
de los protestantes.
Tal es la fortuna de Francia, que le hace encontrar poderosas
facciones a su favor entre sus mismos enemigos, como es la del clero

48 Se trata de los obispos de Bamberg y Würzburg.


49 Región de Suiza ocupada por la Casa de Austria en 1622, durante la
Guerra de los Treinta Años.
50 5 _ Exodo 28, 28.
51 Cita irónica del De Natura Deorurn de Cicerón, 3-40-94, donde uno de
los interlocutores afirma: «He de luchar contra ti en favor de los altares y
de los fuegos del hogar, de los templos y lugares de los dioses, de los muros
de la ciudad»!.. Aquí se dice que los italianos lucharán «por los lechos y no
por los altares y fuegos».

261
en Alemania y k del sexo en Italia. ¿Y quién osará resistir en el
futuro a los clérigos y a las mujeres cuando conspiren juntos?
Me parece que no estaría aquí fuera de lugar que al escribir esta
apología del rey hiciera también, de paso, la de los alemanes galo-
griegos, mis cofrades, quienes se entienden tan bien con los varios
Luises de Francia. El vulgo ignorante nos llama traidores, afirmando
que vendemos la patria y trabajamos para someterla al yugo de un
extranjero. Pero creo que la mayor parte de quienes nos lo reprochan
desearían vivamente ser culpables del mismo crimen: no se quejan
más que por envidia, pues no han tenido el acierto o la fortuna de
llevar el agua a su molino. Exceptúo de esta caracterización a algunas
personas simples que quizá serían escrupulosos en este asunto; pero,
no siendo su número muy considerable, hay que reírse de su necedad.
No estamos tan equivocados como se piensa. Los políticos más hábi-
les coinciden todos en pensar que la República de Alemania es tan
monstruosa, y está tan corrompida, que le es necesario un dueño
absoluto que restablezca en ella un buen gobierno52. ¿Qué es la
libertad germánica, sino una licencia de ranas que croan y saltan aquí
y allá, a las que hace falta una cigüeña, ya que un trozo de madera
flotando, que tanto ruido hace al caer, ya no les impone respeto?
Debemos, pues,; admitir de buen grado que trabajamos para destruir
dicha libertad. Sé que la mayor parte de mis compañeros no hablan
con tanta claridad, temiendo más ser llamados traidores que serlo
realmente; y buscan paliar su proceder con algunos textos extraídos
de los tratados de la paz de Westfalia y de Nimega, de la Capitula-
ción del Emperador, de la Bula de Oro, de la Orden de las Ejecucio-
nes Circulares, de la paz religiosa y-profana y de otras leyes del
Imperio; se fundan en la libertad de la paz, de la guerra y las alian-
zas, y también sobre el derecho natural de la defensa propia, acusando
incluso al emperador y al Imperio de haber abandonado, engañado
y maltratado a algunos príncipes a quienes estos señores pertenecen.
Mas yo, que hablo con mayor sinceridad, y que poseo razones
más válidas que todo esto, no les quiero imitar; porque sé que estos
pretextos nada tienen de sólidos, que el emperador ha tenido las
mejores intenciones del mundo para con la causa común de los
aliados, y que no hizo la paz de Nimega más que después de haber
sido abandonado por españoles y holandeses y cuando vio que la
mayor parte de los otros aliados se mostraban muy solícitos con quien
llevara mejor y más prontamente sus asuntos. Por tanto, yo no

52 En una edición posterior se enumeran varias autoridades que han pen-


sado de esta manera, como Conring, Puffendorf, entre otros.

262
encuentro más que una cosa criticable en el emperador —que otros
quizá no criticarán—, y es que se obstina demasiado en mantener
los derechos del Imperio, sin querer reconocer un poder superior
al suyo, que es el que Su Cristianísima Majestad ha recibido directa-
mente de Dios, como acabamos de demostrar.
Hay algunos otros galo-griegos de Alemania que imitan a Judas,
tomando los treinta denarios, en la esperanza de que iUemania no
dejará de salvarse por la misericordia divina; que el dinero, sin embar-
go, permanecerá con ellos y que un día tendrán ocasión de mofarse
de la credulidad de los franceses.'Pero reirá mejor quien ría el último:
tened cuidado, amigos míos, y considerad que nadie se burla impu-
nemente de Dios, ni del rey que Dios ha enviado para castigaros.
No hace mucho tiempo me encontraba yo con algunos amigos
en una asamblea cuando un anciano, apasionadamente, se puso a cla-
mar de un modo terrible contra los alemanes galo-griegos, a quienes
llamaba «la peste de la patria»-, «la ponzoña de las almas bien naci-
das» y «la desgracia del género humano», a quienes los propios
franceses, que actualmente los acogen, consideran los últimos de los
hombres. En fin, poco faltó para entregarlos a todos al diablo.
Algunos de nuestra orden, que se encontraban conmigo, y que tenían
el ánimo más impresionable, se dejaron conmover tanto por estas
palabras del buen hombre, que se estremecían al menor ruido, temien-
do que algún diablo les agarrara por detrás. Yo, que soy hombre de
carácter más firme, hice en esta ocasión lo que hizo en su día San
Pedro, es decii;: confirmavi fratres meosS3,-reprochándoles su falta
de coraje y mostrándoles cuánto importa tener una conciencia, no
dudosa ni escrupulosa, sino bien asentada sobre buenas razones. Les
hice ver que trabajamos por la causa de Dios y la Iglesia, que el
nombre de la patria es un espantapájaros para idiotas, que un hombre
de bien encuentra su patria en todas partes o, más bien, que el cielo
es la patria de los cristianos54, y que el bien particular de la nación
alemana debe dejar paso al bien general del cristianismo v a los
mandatos del cielo.
Reconozco, y lo tengo muy a menudo en cuenta, cuán miserable
será la condición de los alemanes bajo yugo francés. Ya sienten los
franceses mucho desprecio por nuestra nación, mientras aún desempe-
ñan un papel en el mundo. ¿Cuánto desprecio no sentirán cuando sea
vencida y completamente despreciable, cuando puedan reprocharnos
no sólo nuestra ingenuidad, sino también nuestra cobardía, tan indig-

53 Lucas 22, 32.


54 II Corintios 5, 1.

263
na de la antigua reputación de la nación y la gloria de nuestros ante-
pasados? Nos quitarán las armas, como a gentes indignas de llevarlas.
Ultrajarán a las familias ilustres o las enviarán a Francia; los benefi-
cios y cargos no serán más que para los franceses, o para las almas
más serviles que se encuentren entre los alemanes; los espíritus ele-
vados, y que parezcan conservar algún vestigio de la antigua virtud,
se verán afligidos de mil males, hasta que todos hayan sido acostum-
brados a la esclavitud y la nación reducida más a algo digno de com-
pasión que de temor.
Todos estos pensamientos son tentaciones del demonio que a veces
me atormentan, pues el espíritu es fuerte, pero la carne es débil55,
y siempre tenemos dificultad en despojarnos'de este tipo de senti-
mientos, que parecen nacidos con nosotros. Pero yo sabré rechazar
estos escrúpulos, elevando mi alma al cielo56. Pues considero que lo
que a veces tomamos por una miseria es una verdadera felicidad;
que los buenos sufren tribulaciones57 y que la Iglesia nunca es más
floreciente que cuando parece oprimida. Seréis, pues, venturosos ante
Dios, mis alemanes, cuando los franceses os hayan hecho miserables
ante el mundo; pues iréis más voluntariamente al cielo, dejando sin
pena alguna este valle de miserias58. Id, pues, y someteros al yugo
que Francia os offece, y apresuraros a merecer el cielo por vuestra
prontitud, dejando por fin a Su Cristianísima Majestad en situación
de combatir a los turcos y a los herejes. Si ello os cuesta vuestra
libertad, os consolareis pensando que es por el acrecentamiento del
reino de Jesucristo 59 por lo que sufrís una pérdida tan grande.
Pero retomo ahora el hilo de mi discurso para asegurar que aque-
llos que hayan comprendido bien las razones aducidas más arriba, si
son personas de buena fe, estarán de acuerdo en que el rey cristianísi-
mo ha recibido de Dios el poder pleno para hacer lo que le hemos visto
hacer y mucho más: pues hay que reconocer que él usa de ese poder
con gran moderación, habida cuenta de que tiene derecho a hacer
todo lo que se le ocurra con tal de que sirva para acrecentar su gran-
deza. El es el vicario general de Dios para ejercer soberanamente
toda la jurisdicción y el poder temporal, toda vez que Dios le ha
elegido Liberador de los cristianos y Protector de la Iglesia contra
herejes y bárbaros: su misión es heroica, las leyes ordinarias no le
obligan y su grandeza es la única medida de su justicia, ya "que cuanto

55 Mateo 26, 41.


56 Lucas 1, 46.
57 II Corintios 4, 17. Hechos de los Apóstoles 14, 22. 2 Timoteo 3, 12.
58 I Corintios 15, 19.
59 Romanos 8, 17-18.

264
contribuya a aumentarla sirve a la gloria de Dios y al bien de la
Iglesia. Si en algo se equivoca es sólo por exceso de moderación,
y todo lo que haga con intención de engrandecerse será siempre justo.
Imagino que el R. P. de la Chaise, jesuita y confesor ordinario
del rey, cuya sabiduría y prudencia son de todos reconocidas, será de
esta misma opinión. Pues, siendo hombre de conciencia, si no dispu-
siera de tal remedio general para calmar todos sus escrúpulos, ¿cómo
podría aprobar tantas cosas que se hacen en nombre del rey?
Hay quienes se jactan de poder defender las empresas de Francia
con razones extraídas de derecho ordinario, pero se equivocan gran-
demente, y cuando se ponen a discutir, muy pronto .se les ve acorra-
lados. Por esto, como antes he hecho ver, los más sabios entre los
franceses evitan siempre las disputas legales y sólo se expresan en
términos políticos, encomiando, y con mucha razón, la bondad y pru-
dencia de su monarca, que tan bien sabe hacer valer su superioridad;,
pues muchos no saben, y otros no quieren decir lo que saben sobre
el derecho absoluto que Dios ha dado a su rey. Sólo cuando es
oportuno hacen uso de esta condición secretamente.
Muestra de ello es aquel ministro francés que 60 , argumentando
sobre la paz que poco después se firmó en los Pirineos, aconsejó
abiertamente al rey firmar todas las renuncias que se pudieran exigir
a la infanta, su prometida, y refrendarlas tan claramente como se
pudiera, incluso mediante juramento; y también dijo que no dejaría
nunca de tener las manos libres cuando-el rey de España muriera.
Pues —decía— no habrá ningún buen francés que se permita acon-
sejar a su rey el descuidar los intereses de la Corona, de los que es
responsable ante Dios y la posteridad.
He aquí precisamente un rasgo de la jurisprudencia y moral, como
acabamos de establecerlas; es decir: que la grandeza del rey y de la
Corona de Francia están por encima de todos los otros derechos
y promesas, sea cual sea su naturaleza.
Pero puesto que esto es así, sería un error disimular una verdad
tan grande, que debe ser predicada para ser creída; y es tanto más
necesario publicarla cuanto que es imposible defender las empresas
francesas mediante argumentos del derecho ordinario, según acabo
de explicar. Y para hacerlo ver con más claridad no tengo inconve-
niente alguno en presentar aquí una parte de los argumentos que
los enemigos de Francia acostumbran a esgrimir contra ella, con el
fin de que se reconozca mejor que no habría medio alguno de excusar

60 Probablemente se trata del cardenal Mazarino.

265
las acciones de esta Corona si el rey no tuviera el privilegio de hacer
cuanto le parezca bien, en su calidad de vicario temporal de Dios.
Comenzaría por remontarme a lo que sucedió en tiempos de
Luis XIII. El cardenal de Richelieu, para tranquilizar la conciencia
de este escrupuloso príncipe, procuró que varios juristas franceses
aprobaran las alianzas que el rey tenía con los herejes. A ello se opuso
un autor anónimo, que se hacía llamar Alexander Patricius Armacano
(quien, se cree, era el famoso Jansenio, obispo de Iprés), en una obra
llamada Mars Gallicus. Todos los pequeños escritores franceses enca-
llaron en este escollo, y personas imparciales han juzgado que ninguno
de ellos respondió de un modo satisfactorio a sus argumentos. En
efecto, cuando Francia declaró la guerra a la Gasa de Austria, en
realidad nada le obligaba a llegar a ese extremo; pues el bando
imperial, aun cuando había quedado victorioso en Nordlingen, no
por eso dejaba de estar bastante dispuesto a firmar la paz, después
de haber conocido lo incierto de la suerte de las armas. Y si Francia
hubiera querido ser mediadora en vez de parte, hubiera podido fácil-
mente encontrar una fórmula de paz sólida y equitativa: la mayoría
de los príncipes alemanes no estaban mal dispuestos a ello. Mas no
era ése el designio de Francia: quería pescar en río revuelto, derribar
a la Casa de Austria;' va vacilante, y arruinar a Alemania, a la que
veía como el único obstáculo de su grandeza. No quiso ver, por muy
católica que pretendiera ser. que el emperador no había emprendido
la guerra más que para conservar sus dominios, y después, cuando
la ocasión le pareció favorable, para obligar a los protestantes a devol-
ver lo que había ocupado, en contra de la disposición explícita de
la transacción de Passau61. En todo caso, puesto que sólo dependía
de Francia —y sólo depende ahora de ella— el dar la paz o la guerra
a la Europa cristiana, los más apasionados la hacen responsable de la
sangre derramada en la cristiandad desde esa época hasta ahora:
«Francia sola es quien ha ido con la antorcha por -todas partes»,
dicen. Se cree que los franceses han fomentado las disensiones en
Inglaterra y - que no son del todo inocentes del infame parricidio
a que dieron lugar 62 . Las rebeliones de Portugal, de Cataluña, de
Nápoles y de Hungría son su obra, y no lo ocultan63. ¡Cuántos esfuer-
zos no' hicieron para impedir la paz que se firmó en Münster entre
holandeses y españoles! ¡Y qué diremos de la paz jurada en los

61 En virtud de la transacción de Passau en 1552, los protestantes debían


devolver bienes a la Iglesia católica.
62 La ejecución de Carlos I en 1649.
63 Se refiere a los alzamientos de 1640 y 1667 de Portugal, de 1648 de
Cataluña, 1647 de Nápoles y de Hungría.

266
Pirineos, y de la renuncia de la reina, que fue un punto esencial
de dicha paz!
Ciertamente, si hay algún medio de fiarse de las seguridades en
las negociaciones de los hombres; si el honor de los reyes tiene algún
valor, si la religión y la conciencia no son meros nombres vacíos,
inventados para engañar a los ingenuos, dicha paz debía ser firme
y segura; pero puesto que ha sido rota y pisoteada a la primera oca-
sión favorable, hay que reconocer —dicen— que aquel que, a pesar
de todo, se fíe en lo sucesivo de la palabra de Franda, es muy
simple y digno de ser engañado; por esta razón, holandeses, españo-
les, el emperador y el resto de los aliados que han intervenido en
el tratado de Nimega, son ahora o serán muy pronto castigados por
su credulidad. Pues si habían creído que los franceses la emprende-
rían contra el Imperio y los Países Bajos, más en tiempo de paz
que en plena guerra, habían estado ciegos o bien habrían preferido
combatir juntos que perecer separadamente.
Si nos remontamos a los comienzos de la última guerra, ¿hay
algo más violento que el modo en que el difunto duque de Lorena
fue despojado de sus Estados? Todo su crimen fue no querer estar
a -merced de cualquier gobernador o intendente francés y querer
garantizar su seguridad mediante alianzas defensivas, las más inocen-
tes del mundo 64. La guerra contra los holandeses ha estado tan aleja-
da de toda apariencia de razón (estoy hablando como lo hacen los
enemigos de Francia) que no se ha podido encontrar un solo pretexto;
y, sin embargo, todas las violencias que después ha cometido Francia
en Alemania, Países Bajos y otros lugares, no han podido ser excusa-
das más que como consecuencias inevitables de esa guerra. Basándose
en ese argumento, los ejércitos franceses han atravesado Alemania
(para alejar los refuerzos que pudieran llegar a los holandeses o dis-
traer a las fuerzas francesas), se ha tomado Tréveris, se han ocupado
por sorpresa y desmantelado las diez ciudades de Alsacia, de una
manera que muy poco tenía de honesta, y se han llevado a cabo
todo tipo de hostilidades en el Palatinado del Rhin: todo ello ha
sido hecho bajo los menores pretextos, que "únicamente la raison de
guerre autorizaba (pero de una guerra, la más injusta que jamás se
haya emprendido).
Se ha tenido la desfachatez de advertir al emperador que él debía
ser el primero en retirar sus tropas del Imperio, y que el rey haría
otro tanto cuando el emperador hubiera dado su palabra —de la que
responderían algunos otros príncipes— de no volver a hacerlas salir

64 La Alianza de Lüneburg de 1668 sería un caso.

267
de sus posesiones hereditarias, lo que es tanto como decir que el rey
de Francia tenía más derecho en el Imperio que el propio emperador.
El mundo entero debía callar y contentarse con la palabra de los
ministros franceses, quienes proclamaban por todas partes que el Rey
no tenía otra intención en esta guerra que la de castigar no sé qué
insolencia de los holandeses: como si no pudiera venirle en gana
humillar también a otros, y como si tuviera derecho a hacer de
maestro de escuela que, con la vara en la mano, trata a los otros
como a muchachos adolescentes. Pero se ha visto que su intención
iba mucho más allá de lo que es una simple bravata; que se aseguró
puestos avanzados en el Bajo Rhin, colocando fuertes guarniciones;
que el crimen de los holandeses consistía en haber impedido la ocu-
pación completa de los Países Bajos, en fin, que la ambición del
rey era un tanto interesada y que buscaba por lo menos tanto el
provecho como la gloria.
En cuanto a los territorios dependientes y a los territorios que
dependen de los territorios independientes, y así sucesivamente, es
indiscutible —dicen— que quien quiera que se deje deslumhrar por
este tipo de razones sea muy ingenuo. Que nada hay tan poco razo-
nable como esa Cámar^ de Justicia, establecida por el propio rey, que
siempre se pronuncia a favor del rey y que pretende que aquellos
que no se someten a sus decisiones quedan privados de sus derechos.
Que es el colmo de la insolencia que éstos pretendan hacer pasar sus
voluntades por una ley general, dictar para el Imperio un plazo de
algunos días o semanas, en el que debe decidir sobre la cesión de
la octava parte dé Alemania, y, si el Imperio se retrasa, por poco que
sea, se le imputarán todos los males - que puedan sobrevenir, cosa
ante la que el rey se lava las manos65. Por un lado se pretende forzar
a los españoles a aceptar precisamente el árbitro que Francia nombre,
y por otro se impide al Imperio entrar en un arbitraje o en una
mediación acordada por ambas partes por igual. Sostienen que la toma
de Estrasburgo fue un acto de la política más violenta y otomana que
jamás un príncipe cristiano haya osado practicar y que es el colmo
del cinismo pretender justificarlo; que este golpe se dio en pleno
tiempo de paz, sin pretexto alguno y contra la palabra recientemente
dada de que todo permanecería en su Estado después de la marcha
de los embajadores del rey a Francfurt. Que todas las personas juicio-
sas han estimado que después de esto sería inútil poner confianza
en las leyes del derecho y las de la honradez. Añaden que la con-

65 No como gesto de indiferencia o inhibición, sino más bien como afir-


mación de inocencia. Salmo 26, 6.

268
ciencia, la buena fe y el derecho de gentes son términos huecos
y sombras vanas, toda vez que ya ni siquiera se busca pretexto con
que justificar la violencia. Pues en otro tiempo, incluso aquellos
que examinaban con el mayor cuidado los menores detalles del dere-
cho de Francia, ni siquiera soñaban con Estrasburgo, por miedo a
pasar por visionarios o por sofistas sorprendidos en flagrante delito,
ya que las palabras de la paz de Münster son tan explícitas y dan tan
poco asidero a las trapacerías, que parecería que los ministros que
la hicieron ya preveían, y previnieron con espíritu profético, todas
las escapatorias de las que un sofista cínico pudiera valerse; pero si
fueron hábiles para tapar la boca a aquellos que todavía tienen algún
resto de vergüenza, no lo fueron lo bastante para atar las manos
a quienes abiertamente pisotean la razón: pues no les ha servido de
nada el haber determinado, de un modo muy preciso, que ninguna
parte de Alsacia sería cedida a Francia más que aquella que la Casa
de Austria tiene allí, ni tampoco les sirvió de nada haber nombrado
las plazas cedidas por sus nombres y sobrenombres y haber excep-
tuado con toda claridad esos mismos principados y Estados del
Imperio, de los que Francia ahora quiere apoderarse, es decir: las
posesiones del obispado y ciudad de Estrasburgo, los principados de
Petite-Pierre, los condados de Hanau y los de la nobleza libre de
Alsacia.
Algunos abogados franceses66, viéndose arrojados del resguardo
de la paz de Westfalia, se retiraron a otra línea defensiva, y, no
encontrando nada en nuestra época en que' apoyarse, buscan ima-
ginarios derechos en Dagoberto y Carlomagno. A mí me sorprende
que no pidan también al sultán las conquistas que los galos hicie-
ron en otro tiempo en Grecia y Galacia67, y que no demanden a
los actuales romanos el dinero que sus antepasados prometieron a
los galos por salvar su Capitolio, y cuyo pago fue interrumpido
por Camilo. De hecho, hay entre ellos autores serios, que se aver-
güenzan de estas ridiculas impertinencias. Pues, si fueran válidas, en
lo sucesivo sería inútil recurrir a los tratados de la paz de Münster
o Nimega, así como tampoco serviría de nada negar ninguna plaza
o territorio a un emperador, rey o príncipe, que en realidad, debe-
ría ser aniquilado o totalmente despojado como simple usurpador,
ya que toda Alemania, junto con los Países Bajos e Italia entera,

6 5 CASSAN, J . DE La Recherche des Droits du Roy et de la Couronne de


France sur les Royaumes, duchés, comtés, villes, et puis occupés par les
princes étrangers, Paris, 1632; AUBÉRY, A . : Des justes prétentions du Roy
sur l'Empire, Paris, 1667.
•67 Recuérdese que el poder turco llegará hasta las puertas de Viena en 1681.

269
estarían comprendidas en la pretensión general del Imperio de Car-
lomagno, si se tratara de resucitarlo hoy día.
Hay, sin embargo, personas que suponen que Su Cristianísima
Majestad asume estas pretensiones, vastas y vagas, cuando ofrece
al Imperio, en caso de abandonar y cederle lo que recientemente
le ha arrebatado, la renuncia a todos sus otros derechos que, sin
embargo, no explica, en lo que actúa sabiamente, pues siempre se
tiene mejor opinión de las cosas desconocidas, y, a menudo, los
secretos se exponen a la burla cuando se publican.
He querido presentar inocentemente las cosas que se dicen contra
las pretensiones del rey, con la finalidad de que se vea claramente que
él no tiene ningún medio de contestarlas, si no es por el rodeo que
he tomado, que exime al rey de la obligación de responder a las
razones legales, por mucha fuerza que puedan tener. Pero como,
sin embargo, el vulgo ignora esta bella invención, no hay que sor-
prenderse de que aquellos que han sido recientemente despojados,
se atormenten y remuevan cielo y tierra con palabras trágicas, mos-
trándonos los campos inundados de sangre cristiana para satisfacer
la ambición de una sola nación, única perturbadora de la paz pú-
blica, y haciéndonos ver los millares de personas inmoladas por la
espada, por el hambre y las miserias, con el único fin de grabar
en las puertas de París el nombre de Luis el Grande con letras
de oro: «Sólo depende de Francia —dicen— el hacer a Europa
pacífica y feliz». ¿Puede concebirse algún crimen mayor que el
ser responsable de todos los 'males de la cristiandad, de tanta san-
gre inocente, de tantos crímenes, de las imprecaciones de los des-
graciados, los gemidos de los moribundos, y, en fin, las lágrimas de
viudas y huérfanos, que llegan a conmover al cielo, y que, tarde o
temprano, moverán a Dios a la venganza? Ese gran Dios, cuyos
juicios son tan implacables, que las caras de los Tartufos68 y las
palabras de los sofistas no engañarán, que no distinguirá al rey del
villano más que para aumentar las penas en proporción a la impor-
tancia de los pecados, así como a la naturaleza y consecuencias de
los crímenes.
En este bello campo, los enemigos de Francia lanzan su decla-
mación tan lejos como los ojos alcanzan a ver; pero incluso se
superan a sí mismos, ahora que el turco va a caer sobre la cris-
tiandad: Doscientos mil cristianos pasados por el filo de la cimi-
tarra de los bárbaros, o caídos en una esclavitud peor que la muerte,

68 Referencia al protagonista de la comedia de Moliere Tartufo, estrenada


en 1669.

270
o en un estado mortal para las almas: esto —dicen— clama la
venganza del cielo contra quienes han ayudado y animado a los
rebeldes de Hungría con dinero, armas y consejos, aún conociendo
los males espantosos que esta conducta ocasionaría a los pueblos
cristianos expuestos a este peligro. Y, finalmente —dicen—, nadie
debe imaginar que los autores de estos bellos proyectos se arre-
pienten de ellos; se ve, ahora que el peligro ha aumentado al más
alto grado, que Viena ha estado a punto de ser tomada, que la
Iglesia se ahoga en lágrimas y se arrastra en las cenizas para con-
seguir alguna ayuda de Dios, se ve —digo— a esos insensatos em-
pujar al rey a dispersar, usando a sus aliados, las fuerzas alemanas
necesarias para rechazar al enemigo común, y, lo que es más, hos-
tigar abiertamente a la Casa de Austria, en el momento en que es
prácticamente aplastada por el peso del poder otomano, con gran
escándalo de toda la cristiandad: todo ello sin razón aparente, bajo
frivolos pretextos de algunos nimios derechos, cuya justificación ju-
rídica, sin embargo, ni siquiera osan desarrollar. El resultado no
puede ser otro que, o bien Viena caiga, o que el emperador se vea
forzado a firmar una paz tan ignominiosa como perjudicial para
el cristianismo, que hará a este príncipe despreciable en lo sucesivo
ante toda la tierra; o; en fin, que el odio alemán a Francia se haga
inmortal, en el caso de que los turcos sean felizmente rechazados,
ya "que el emperador debe juzgar que no podrá salvarse de las
trampas que Francia le ha tendido, si no es por una guerra sin
tregua ni cuartel, y que no cesaría más -que con el agotamiento
tptal de uno u otro bando, que quedaría en la imposibilidad total
de cometer afrentas o de reaccionar ante ellas. Y esto no podrá
conseguirse sin haber hecho correr ríos de sangre.
Pero si hubiera agradado al rey —dicen—, en un tiempo tan
peligroso para la cristiandad, mostrar su grandeza de alma, sacri-
ficando en aras del bien público las, por otra parte mal fundamen-
tadas pretensiones/ con respecto a algunas pulgadas de tierra en
los Países Bajos, y comportándose con los alemanes de una manera
que no forzara a una nación, hasta ahora tenida por generosa, a
hacer desesperados movimientos para salvar su honor y su integri-
dad; si hubiera agradado al rey acceder a la muy justa pretensión
del emperador, quien quería poner fin, al mismo tiempo, a las
pendencias que Francia tenía con el Imperio y con los Países Bajos
—que son parte de él— sin querer separar, por una astucia "sos-
pechosa, o por una insoportable arrogancia, a aliados tan unidos por
la sangre, por el derecho y por los intereses, para arruinar a cada
uno por separado; en fin, que si le hubiera agradado actuar de

271
tal manera después de la paz de Nimega, se habría podido esperar
razonablemente alguna paz. Si —digo— Su Cristianísima Majestad
hubiera querido conceder estas cosas a las súplicas del Santo Padre
Pedro y a las lágrimas de toda la Iglesia postrada a sus pies, habría
podido conservar tranquilamente la mayor parte de lo que ha to-
mado, echar los cimientos de una paz sólida en Europa, paz de
la que habría sido autor y árbitro, además que habría podido ganarse
los corazones y atraerse las aclamaciones públicas, y en fin, empren-
der expediciones infinitamente más gloriosas y quizá más impor-
tantes que todo lo que podría hacer en Europa.
Pero Francia, habiendo observado una conducta completamente
opuesta a los buenos consejos, fuerza a los defnás a tomar resolu-
ciones desesperadas y actúa de suerte que en lo sucesivo será im-
perdonable .locura fiarse de su palabra y esperar una paz real, ya
que ni la renuncia jurada ha podido garantizar la paz de los Pirineos,
ni la palabra que el rey había dado de no tomar ninguna iniciativa
tras la partida de sus embajadores para Francfurt, ha podido impedir
la toma de Estrasburgo; y la declaración que hizo este príncipe el
año pasado, de levantar el bloqueo de Luxemburgo69, a la vista de
la fuerza con que los turcos estaban amenazando la cristiandad,
resultó ilusoria, ya que ahora que el turco ha pasado de las amenazas
a la acción, y de una forma atroz, ni siquiera esto ha impedido a los
franceses aprovechar este momento de consternación general —mien-
tras Alemania tiembla y el resto de Europa se encuentra en ton
estado de estupor— para llevar a buen término los asuntos de su
señor, y rematar a los pobres Países Bajos y, en su inconsciencia,
dar pie a una nueva guerra. Esta acción no se podría intentar ex-
cusar sin caer en un cinismo o una ingenuidad extremos.
Hay quienes esperan que Francia no hará estas cosas impune-
mente, y que la venganza del cielo seguirá sin demora a una ac-
ción tan perversa; que el odio público, el desengaño de las gentes
de bien (que hasta ahora han podido conservar alguna buena opinión
de la conducta francesa) y una mala fama, que pasará a la poste-
ridad, pueden constituir un castigo muy grande; y que entre los
franceses mismos, las personas cuya conciencia todavía no se ha
embotado con tantos crímenes, temblarán ante la magnitud de esta
impiedad. Asimismo piensan que la conciencia de la maldad de una
causa no siempre queda sin secuelas, incluso entre los soldados

69 Efectivamente, en febrero de 1682, el representante francés en Ingla-


terra había anunciado el final del sitio ¿e Luxemburgo.

272
y el pueblo, a quien el menor revés de la fortuna puede abatir o
animar a peligrosas intrigas que se alimentan en los espíritus de
muchos descontentos, a quienes una larga serie de éxitos ha podido
contentar de momento, pero no para siempre.
Por tanto, la gente se engaña pensando que Francia llegará
pronto a arrepentirse de su conducta, y los males caerán sobre la
cabeza de sus autores. Pues —dicen— debe Francia hacer una de
estas dos cosas: o aprovechar una buena oportunidad de mostrar
su generosidad, concediendo al Imperio y a España una paz acep-
table, o bien, por el contrario, caer sobre Alemania con todas sus
fuerzas para obligarle a elegir entre Mahoma IV y Luis XIV, pi-
soteando todo respeto y todo pudor70. Ahora que Francia, no que-
riendo tener en cuenta para nada la piedad, y no osando hacer
profesión pública de una completa impiedad, está perdiendo esta
coyuntura favorable, en virtud de la componenda y la voluntad de
encontrar el término medio —que Maquiavelo señala que siempre ha
perjudicado a las grandes empresas71—, esperan que, cuando el turco
sea repelido, Francia podrá arrepentirse, bien de la piedad que ha
mostrado o bien de no haber sido bastante impía. He aquí una parte
de ío que se dice públicamente contra Francia, pues la veneración
que se debe a los grandes príncipes me ha hecho suprimir las ex-
presiones más agrias y exaltadas, que aparecen en muchos libros y
conversaciones.
A todo esto no podrán dar respuesta quienes acuden al derecho
común para defender la causa francesa. Pero nuestros principios les
sacarán del atolladero y les darán el medio de suscitar a su vez la
confusión entre estos acusadores temerarios, que han emprendido la
tarea de criticar las acciones del mejor y más grande de los reyes,
cuyas muy santas intenciones ignoran. Pues, si pudieran mirar en
el interior de su alma, o si le oyeran hablar con su confesor, creo
que pondrían freno a su lengua maledicente. Este gran príncipe
todo lo ha previsto, conoce los males que hace o permite, y él
mismo se lamenta ante la pérdida de tantas miles de almas. Pero
¿qué os habéis creído?, ¿cómo no va a seguir la vocación que des-
de lo alto le obliga? Sabe que otra manera de curar los males de
la Cristiandad, que no sea la que él ha emprendido, a saber, el empleo
de la espada y del fuego, no será más un paliativo, pues la gangrena
no se evita más que mediante remedios crueles; hay que arrancar
70 Nueva alusión al peligro turco. Mahoma IV fue sultán entre 1648
y 1687.
7 1 MAQUIAVELO: Discursos I , X X V I I .
72 «Todo gran ejemplo contiene algo de injusto, una injusticia que se

273
Duestrasmiserias de raíz. Habet aliquid ex iniquo omne magnum
exemplum quod utilitate publica repensatur 71.
El propio Jesucristo dijo que venía para traer la espada y no
la paz, para así establecer una paz verdadera73. Por tanto, como
no sólo la luz de una vocación interior (que podría satisfacer a los
pretendidos reformados), sino también los signos exteriores de una
tarea extraordinaria, a saber los milagros y la asistencia perpetua del
cielo, aseguran la justicia de su causa, e incluso le obligan a estar
en la vanguardia, es necesario que siga a Dios que le llama para
restaurar un cristianismo corrompido, que busque su propia gran-
deza como imprescindible para la ejecución de tan elevada empresa,
que arruine a los austríacos que, a ello se oponen, ya que mientras
subsista esta dinastía, la unión de los cristianos bajo un jefe y la
reducción .de los herejes son irrealizables.
Habrá quienes imaginen que Su Cristianísima Majestad haría
mejor en comenzar la realización de sus bellos proyectos con la
derrota de los turcos, antes que afligiendo a los pobres cristianos;
pero estas gentes no tienen en cuenta que son los alemanes y los
flamencos quienes se encuentran en las fronteras de Francia, y no
los turcos; y que hay que ir de los vecinos a los alejados y avanzar
en los grandes asuntos con paso firme, y no dando saltos vanos y
peligrosos.
Pero, al margen de razones políticas, he aquí una de conciencia:
el rey pretende seguir el ejemplo del propio Jesucristo, quien co-
menzó por los judíos y después ordenó a los apóstoles ir ad gen-
tes74; el rey para imitarles, al reducir a los cristianos, se prepara
un paso seguro para poder enfrentarse algún día a los infieles.

compensa por el bien publico.» Riley indica que se trata de una cita impre-
cisa de los Annales XIV, 44 de Tâcito.
73 Mateo 10, 34; Juan 14, 27.
74 Mateo 28, 19; Marcos 16, 15.

274
21. CARTA A LA DUQUESA SOFIA 1
Hannover, febrero 1692

Como V.A.S. ha mostrado tanta bondad hacia mí, más propor-


cionada, por cierto, a su generosidad que a mi escaso mérito, me
tomo la libertad de recurrir a vuestra intercesión ante el señor duque.
-Tiene este gran príncipe tantos asuntos importantes a su cargo,
que temo importunarle. Creería también faltar al respeto que le
debo, si me dirijo a él directamente para hablarle de un asunto de
mi interés, como podría yo hacerlo, en caso de que se tratara prin-
cipalmente del suyo. Este mismo respeto es la causa de que aún
no haya podido decidirme a proponerle mi deseo siguiendo la vía
ordinaria del ministerio, porque he querido saber antes si Su Alteza
Serenísima desaprueba mi solicitud, ya que me incomodaría mucho
disgustarle, cosa que podría suceder, si mis deseos le fueran ex-
puestos inoportunamente, o se manifestaran contrarios a sus inten-
ciones. Pero si VA.S. me concede la gracia de interceder, espero
que las cosas irían bien, y, en adelante, sabría a qué atenerme, para
hacer el resto según el modo acostumbrado.
Es cierto que mi propósito era aplazar todo tipo de peticiones
hasta que mi obra histórica estuviera completamente acabada2; pero
1 La carta va dirigida a la duquesa Sofía, esposa de Ernesto Augusto." Re-
dactada en francés, se encuentra en AK 1-7-91.
2 Se refiere Leibniz a la historia de la Casa de Brunswick, en tanto que
le ha sido encomendado, por razones primordialmente políticas, tener argu-
mentos para lograr que el ducado de Hannover se convierta en un electorado.
Estas investigaciones históricas llevan a Leibniz a realizar un viaje a Italia
en 1687.

275
esta obra, aunque espero acabarla muy pronto3, pensando sobre
todo en lo que ya he hecho esperar, sigue exigiendo tanta exactitud,
investigación y cuidado, y, por otra parte, mi salud empieza a ser
tan vacilante (tanto en lo que se refiere al debilitamiento de mis
ojos, como a los dolores de cabeza y pecho) que me encuentro
obligado a pensar un poco en mí, y a no aplazar demasiado la
petición, por miedo a que, si S.A.S. quisiera un día manifestar su
asentimiento a lo que le pido, fuera ya un poco tarde para mí.
Por otra parte, el aumento que deseo no es una nueva gracia,
sino justamente la misma que ya tuve en tiempos del difunto prín-
cipe; cualquier otro, quizá no hubiera tardado tanto tiempo en
solicitarla. Pero he querido seros un poco útil, a pesar de esta larga
privación de algo que ya antes he tenido, y no me lamento, pues
el solo respeto que siento por S.A.S. me hace esperar, al menos,
una reparación, unida a un beneficio honorífico4.
En mi primera juventud, tuve la fortuna de estar al servicio de
grandes príncipes y ministros. Aún no tenía veinticinco años, cuan-
do Juan Felipe, elector de Maguncia, me dio un encargo en su Con-
sejo de Revisión, que es un tribunal de última instancia, que sus-
tituía al Tribunal de Apelaciones que existía entre los electores del
Imperio. Y se me hizo esta gracia a pesar de mi religión, que
nunca oculté. Incluso se me ordenó redactar informes sobre asuntos
políticos. El difunto duque de Niebourg, después elector, y el can-
ciller Hocher, me hicieron el mismo honor, por no hablar de otros.
Después de la muerte del elector de Maguncia, viajé un poco; se
me quiso retener en Francia, cuando el difunto señor duque, Juan
Federico, me llamó. Por encargo suyo redacté unos escritos sobre
los derechos de los más importantes príncipes de Alemania, y, du-
rante mucho tiempo, todo el mundo atribuyó estos escritos a per-
sonas mucho más hábiles que yo; por su parte, los propios elec-
tores los han encontrado de su gusto, al ver que su gloria quedaba
en ellos protegida, ya que les atribuyen el rango de las cabezas co-
ronadas, como en Venecia, y otorgan a nuestros príncipes todo lo
que puedan haber conseguido Saboya, Toscana y otros; de todo
esto tampoco me arrepiento, y espero que la misma Serenísima Casa
se beneficie de tal distinción.
Y, sin embargo, llevando ya quince años al servicio de esta Sere-
nísima Casa, ignoro por qué mala estrella me encuentro en una
3 De hecho, Leibniz no la terminó.
4 En 1696, Leibniz obtendrá el reconocimiento y el aumento de sueldo
que reclama, aunque parece ser que dicho aumento, posteriormente, no se
hizo efectivo. DAVILLÉ, L.: Leibniz historien, Paris, 1 9 0 9 , pág. 1 4 8 .

276
situación desgraciada, donde, me parece, menos me lo merezco. En
efecto, con la muerte del difunto duque, perdí una considerable
parte de mis emolumentos —por no hablar de la baja de la moneda y
el alza de los precios— y, en lugar de beneficiarme y prosperar
por haber prestado tan largo servicio, he ido retrocediendo, y tam-
poco he avanzado en lo que se refiere a la obtención de honores.
En cambio, ¡ábn tantos en otras partes los jóvenes que empezaron
después, y que se abren camino mucho más rápidamente que yo!;
e incluso aquí, ¡tantas son las personas que, habiendo entrado en el
servicio posteriormente, han 'alcanzado por sus méritos gracias y
prerrogativas que no he obtenido! No les envidio, pero ello me hace
temer que, si permanezco en silencio, se me podrá tildar de negli-
gente o incapaz. Esta situación me perjudica ante la sociedad, en
la que había conquistado un cierto prestigio entre personas muy
capacitadas y de valía con mis escritos y correspondencias, cosa que
no deseo perder. Por otra parte, en la actualidad soy uno de los
más antiguos consejeros de la corte, y no es nuevo que quien se
ocupa de hacer la historia de una gran Casa reinante, obtenga una
categoría que le distinga con algún beneficio, ya que es casi impo-
sible dedicarse a este trabajo sin adquirir ciertos importantes co-
nocimientos sobre el. Estado.
Sin mencionar lo que he logrado saber por los testimonios es-
critos en este país, mi viaje me ha permitido hacer descubrimientos
de cierta importancia, y que, fácilmente, se perderían sin mí. Algunos
hombres sabips de nuestro tiempo, tanto de Alemania como de
Francia, han vuelto a poner en duda la copexión existente entre las
dinastías de Brunswick y Este, porque los historiadores, carentes de
pruebas, han contado cosas que no son ciertas; yo, por el contrario,
he logrado encontrar pruebas sólidas, y he despejado los errores.
He descubierto monumentos, y he hallado el antiguo lugar de la
sepultura de los antepasados comunes, ignorado aún en la misma
Módena. Pero, además, he hecho un hallazgo que merece la pena ser
conservado, y es que la rama italiana ha tenido a todo su país
en feudo de la alemana, como también Enrique el León tuvo los
Estados de Este, en sus días de grandeza5; también he sabido que
esta Casa tuvo marquesados en el Milanesado y en las cercanías de
Génova, además de las propiedades del Po y de Adigio.
Descubrimientos de esta clase merecen ser transmitidos a la

5 Enrique el León (1139-1189), primo del emperador Federico Barbarroja,


de quien fue aliado. Tomó Roma en 1155. Funda Munich y se preocupa por
la extensión- del cristianismo en regiones eslavas.

277
posteridad, para que, si algún día cambian las cosas, se sepa el
modo de sacar provecho de ellos.
Ahora bien: este viaje, sin el cual yo no estaría ahora en con-
diciones de escribir una historia fidedigna, me ha hecho gastar,
además del dinero que se me dio, todo lo que llevaba yo de mis
emolumentos, e incluso gran parte de mis ahorros; casi me aver-
güenza decir esto, pero no lo he hecho hasta que el señor duque
ha decidido.
He estado varias semanas en Módena, y he leído infinidad de
papeles, en su mayoría inútiles, para conseguir por fin algo impor-
tante. Como trabajaba yo casi todo el día, sin interrupción, algunas
personas se extrañaron ante un celo tan poco' corriente; por mi
parte, dije a quienes me hablaron de ello que es así como yo sirvo
a la Casa de Brunswick.
Pero mis ojos se han resentido con el esfuerzo; eran escrituras
mal hechas y antiguas, muchas veces difíciles de leer para las mis-
mas gentes del país. Desde entonces he sentido pequeños" temblores
en los ojos, y una sequedad extrema. Cierto personaje importante
me reprochaba incluso por escrito que soy un idólatra de los inte-
reses de la Casa de Brunswick, al hablarle yo con mucho entusiasmo
sobre ciertos derechos y pretensiones de esta Serenísima Casa. Por
mi parte, no creo haber prestado mi adhesión más que a cosas jus-
tas, y me enorgullezco de una fidelidad que ha llegado hasta el es-
crúpulo.
Espero que la generosidad del señor duque me permitirá, no
ya mantener estos buenos sentimientos —pues no los abandonaré
jamás— sino mantenerlos honrosamente; y, aunque las gracias que
me pudiera hacer Su Alteza Serenísima no podrían casi hacer que
creciera mi buena voluntad —que espera mostrar acabando mi tra-
bajo tan pronto como he dicho, y tan bien como pueda— sin em-
bargo me parece que se trabaja mejor cuando se está satisfecho, y
que uno siente aumentar sus fuerzas cuando tiene el honor de re-
cibir ánimos.
Si V.A.S. quiere añadir a tantos favores como ya me ha hecho,
el de insinuar al señor duque las razones de mis deseos, podré es-
perar ün resultado favorable. Pero ni siquiera así podría teneros
más devoción de la que ya os tengo.
Soy, señora, de Vuestra Alteza Serenísima, el muy obediente y
fiel servidor.

278
22. CARTA A OTTO GROTE 1
Junio 1692

No dudo de que se habrá pensado ya en hacer unas medallas


para celebrar dignamente el glorioso homenaje al señor duque, nues-
tro amo, con el cual el Imperio va a dar un testimonio imperece-
dero de sus méritos 2 . Pero aunque ya se hayan hecho medallas
sobre este tema, no estará de más un poco de variedad: he aquí
una que yo mismo he diseñado. Podemos considerar al nuevo elec-
torado del que estamos tratando, como una especie de Postliminium
ilustre. Es cierto que los territorios que Enrique el León gobernó, es
decir, los de Baviera y Sajonia 3, no llevaban el nombre de electorado,
pero a partir de sus territorios se constituyeron posteriormente dichos
electorados. Es decir, estos duques, y algunos otros cuyo número era
entonces muy pequeño, eran los primeros príncipes del Imperio, y
su autoridad se extendía a todas las cuestiones. Siendo esto así, este
Postliminium illustre, obtenido finalmente por uno de sus descendien-
tes, no puede ser distinguido con más nobleza, a mi entender, que
con el Fénix Se podría inscribir esta frase, que es un verso faleuco:

1 El original francés de esta carta se encuentra en AK 1-8-11. De Otto


Grote se ha hablado ya en la nota 1 del escrito 18.
2 Se trata de que el duque Ernesto Augusto había obtenido la condición
de elector.
3 Para Enrique el León, cfr. nota 5 del escrito 21.
4 Efectivamente, el Ave Fénix renace de sus propias cenizas de la misma
manera que el descendiente de Enrique el León accede a la condición de
elector del Sacro Imperio Germánico. De ahí también la expresión 'Postliminium
illustre. Con Ernesto Augusto se daría una vuelta al lugar apropiado.

279
Redditur tenis ciñere ex eodem. O bien este anapesto: Ciñere ex
propio redditur Orbi5.
Hace poco que he recibido de Italia la semblanza de Enrique
el León, escrita en pocas palabras por un autor que lo vio cuando
llegó a aquel país con un contingente de tropas casi igual al del
emperador, como dice este mismo autor, que tomó una parte im-
portante en estos asuntos, y que era Otto Morena, magistrado de la
ciudad de Lodi.
Tengo también cierto número de piezas raras y curiosas, que
embellecerán nuestra historia, cuyo mejor adorno será, sin duda,
el que ahora le da el señor duque. Pero esto mismo me obliga a
mostrar, si es posible, cosas que de ningún modo sean indignas de
él, que sean aprobadas por el siglo, y que incluso puedan esperar
el beneplácito de la posteridad. Esto sería más fácil para Aventino,
y otros que escribieron antes; actualmente, el gran número de buenos
autores hace que sea muy difícil distinguirse. No obstante, trataré
de hacerlo por medio del estilo, de la exactitud de las relaciones,
e introduciendo algunos descubrimientos históricos poco comunes,
que tendrán resonancia universal, aunque se hayan originado en
nuestra historia particular. En cuanto al estilo, querría conseguir
algo parecido a los 'antiguos, pero este estilo se resiste un poco, y
frecuentemente hay que volver a pulir lo que ya se ha hecho.
Espero que la exactitud con que explico los orígenes y la ge-
nealogía de la Serenísima Casa, apoyándome en códices y en el relato
de autores de la época, servirá de ejemplo, no sólo en Alemania,
sino también en Italia, a la que esta Casa pertenece también. En
efecto, apenas existe ninguna Casa ilustre en ninguna nación de la
que hasta ahora se haya publicado su genealogía con la exactitud
necesaria; en cambio, en Francia y los Países Bajos se han dado
muestras de superioridad en este terreno.
Yo he demostrado de forma concluyente el origen común de
Brunswick y de Este, acerca del cual, algunos eruditos de nuestra
época, en Alemania y en Francia, manifiestan dudas, no sin cierto
fundamento aparente. A menudo hago mención de ciertos hechos
relevantes para el esclarecimiento de nuestros derechos antiguos o
modernos, pero sin hacer hincapié ni tomar partido. Pero, sobre
todo, intentaré que la obra se distinga con algunos descubrimien-
tos históricos que provocarán curiosidad entre los extranjeros, sin
perderme en detalles de interés exclusivamente local. Es esto lo
que me ha llevado a empezar el trabajo con algunos rasgos de historia

5 «De sus propias ruinas volvió al mundo.»

280
natural y vestigios antiquísimos de estas regiones, cuya naturaleza
nos ha dejado rastros que suplen la falta de memoria de los hombres,
quienes quizá aún no las habitaban en esa época. Esto es porque
la historia de la Casa de Brunswick debe comprender tanto la del
país como la de los príncipes que reinaron en ella.
He mostrado que según las apariencias buena parte de este país
ha estado cubierto por el océano, lo que me hace hablar de los
restos de animales marinos que se encuentran en él; del cárabo
(succinum), de las conchas marinas, de los glosópteros6, parecidos a
los de Malta, vulgarmente llamados «lenguas de serpiente» y que
no son más que dientes de algunos animales marinos.
Hablo también de restos de animales desconocidos, encontrados
en las cuevas de Harz, y de lo que yo mismo he observado sobre
esta materia; del verdadero origen de los peces de metal dibujados
por la naturaleza sobre pizarra, encontrados en nuestras minas, y
sobre este tema hago algunas observaciones, así como sobre la
correspondencia que existe entre los productos de las minas y los
de laboratorios químicos, que arrojarán alguna luz sobre el tema y
ayudarán a quienes investiguen la naturaleza.
Después de esto hablo del origen de los habitantes, de las mi-
graciones de los pueblos, de si hay pruebas sobre los gigantes, que
algunos entendidos han creído que hubo aquí; de si nuestros pueblos
provienen de Escandinavia o de Escitia 7 , a propósito de lo cual
diré cosas notables sobre la concordancia de las lenguas, y sobre la
lengua sajona'de estas regiones, que es una de las más extendidas
y la más rica en libros antiguos después He las tres lenguas capi-
tales de los sabios 8, y después de la lengua china y la árabe; en
efecto, hay un considerable número de libros sajones que son más
antiguos que los de los francos y (a excepción del Código de Plata
de los godos del Puente Euxino) más antiguos que todos los libros
del Septentrión. También diré algo sobre antiguas urnas y cenizas
que se descubren a veces bajo pequeñas elevaciones del terreno en
nuestro país.
Al descender la Serenísima Casa de los Príncipes que fueron
señores de Este o Ateste (sic), colonia romana pero que había sido
una ciudad incluso más antigua que Roma, y, habiendo venido del
Asia, con Antenor, parte de los habitantes de aquella región a los

6 A partir de Linneo, que trabaja en el siglo siguiente a Leibniz, se en-


tiende por glosópteros un género de heledlos, cuyos restos pueden dar lugar
a fósiles que den pie a pensar en los dientes de los animales marinos.
7 Región_ antigua de Asia.
8 Probablemente el judío, el griego y el latín.

281
alrededores dé Este —como lo menciona ya Tito Livio 9 , esto me
lleva a hacer sobre el tema algunas revelaciones interesantes, que
se refieren a la vida antigua de Asia, Grecia e Italia, fundadas en
inscripciones y antiguos monumentos; pero no me detengo en esto
demasiado.
Llego entonces a los que griegos y romanos han llamado pue-
blos de nuestras provincias, caucos, queruscos, y otros; también
hablo del descubrimiento que creo haber hecho del verdadero lugar
donde habitaban los antiguos francos antes de acercarse al Rhin para
pasar hacia la Galia, descubrimiento éste que merecerá quizá alguna
atención. Puesto que interesan mucho las ruinas del Imperio Ro-
mano, tanto el territorio de los alrededores del Este, como nuestros
sajones y sus expediciones por mar y tierra, estoy obligado a tratar
de ello.
Nuestros sajones han sido los primeros maestros de navegación
en el océano atravesando el cual han ocupado Inglaterra y hostigado
a toda la costa opuesta a este país, que, por esta razón, se llamaba
entonces litus Saxonicum 10; estuvieron unidos con los longobardos,
llegados del Elba entre Danneberg y Magdeburgo, hasta Panonia o
Hungría, y hasta Italia.
Hablo también del rorigen de los sajones de Transilvania y de
otras muchas cosas curiosas; de la primera mención del río Leine,
de un antiguo geógrafo, en un texto publicado hace poco en Francia.
Me refiero también a los (primeros apóstoles de los sajones, an-
teriores incluso a Bonifacio; también del estado del antiguo gobierno
de estos pueblos, de la vida de San Suiberto de la que se deduce
que Brunswick habría sido un gran poblado (entonces no había ciu-
dades en este país) antes de la existencia de aquel Brunon, al cual
vulgarmente se atribuye su origen.
A continuación, no puedo dejar de narrar las guerras de Carlo-
magno en este país, y de hablar de los obispos, de los Missi Domi-
niciu, de los marqueses y condes que estableció aquí y de los señores
que encontró en el lugar.
Adelanto algunas hipótesis dignas de consideración y novedosas
sobre el origen de los emperadores otoñes, antiguos señores de
Brunswick. Muestro cómo los duques que Carlomagno quiso aniqui-
lar fueron restablecidos por los Missi Dominici, que eran los princi-
pales condes. Hablo de los apóstoles del Norte, que salieron de

9 TITOL I V I O : Ab urbe condita, I , 1.


10 El litoral sajón.
11 Funcionarios especiales nombrados por Carlomagno (768-814) que vigi-
lan el cumplimiento de las capitulaciones y ordenanzas municipales.

282
nuestra Corbie, y del origen de los antiguos Güelfos, que probable-
mente provienen de la raza real de Baviera; de los señores de Bruns-
wick y Northeim, a quienes se relaciona con una estirpe próxima
a la de los Otones, y que después estuvieron implicados en las
guerras de los emperadores y los papas.
A continuación de todo esto, me refiero al origen y a la familia
de Azon el Grande, que fue el más poderoso marqués de su época,
y el hombre más importante de Italia, después de Matilde n; de su
hijo Güelfo, y de sus hermanos, los fundadores de la rama italiana,
respecto a la cual he logrado descubrir datos desconocidos para
los historiadores de Este, por ejemplo, que uno de los hermanos
de Güelfo tuvo grandes dominios en Francia u.
Cuento también el enfrenta miento de los Güelfos con los empe-
radores de la estirpe de Wiblingen y Stauffen, y cosas acerca de las
facciones de Güelfos y Gibelinos que se quedaron en Italia; hablo del
patrimonio dé Matilde llegado a nuestros Güelfos, de su poder en
Italia, Baviera, Suabia y de su traslado a Sajonia.
Asimismo, menciono al emperador Lotario el Sajón14, protago-
nista en parte de este traslado, y narro sus grandes hazañas, llevadas
a cabo -con la ayuda de Enrique el Magnánimo. Cuento los éxitos
de este gran príncipe'y su hijo el León, sus enfrentamientos con
los emperadores suabos y con los señores de la Casa de Ballenstat.
Me refiero a la autoridad de Enrique el León, que se extendió a
Dinamarca e Italia; a cómo se le rindió Baviera, después de do-
minar la alta Austria, unida al Marquesado" Oriental (es decir, O es-
te rreicb) y cómo hizo de-ella un nuevo ducado; hablo de cómo,
finalmente, venció y sometió a los eslavos al imperio de la fe; de las
leyes que promulgó, de los principados, ciudades y obispados que
fundó, de su viaje a Palestina; de su desgracia y su parcial resta-
blecimiento; de cómo su caída originó, en gran parte, la decadencia
del Imperio; de cómo sus hijos fueron hechos prisioneros por el
rey Ricardo de Inglaterra, su tío materno, cuando fue liberado de
la prisión en la que el emperador le tenía. También hago la refuta-
ción de varias falsas narraciones que se refieren a aquellos tiempos.
Hablo de Otón, hijo del gran duque Enrique, que fue conde del
Poitou, príncipe de York, prometido en matrimonio a la heredera
de Escocia15 y después emperador y que, a pesar de ser el cuarto
de su nombre, fue desgraciado. Doy noticia también de su hermano
n La marquesa Matilde de Toscania, que murió en 1098.
13 Fulco I von Este y Hugo von Maine.
14 Lotario II, emperador entre 1125 y 1137.
15 Se trata de Margarita, la hija de Guillermo de Escocia.

283
Enrique, duque de Sajonia, conde palatino del Rhin, cuyas tierras
sobre dicho río, habiendo pasado a manos de sus hijos, sirvieron al
engrandecimiento, no sólo de la Casa de Badén, sino también de la
de Witelsbach, de la que han salido los electores de Baviera, pala-
tinos actuales.
Refiero cómo finalmente Otón16, hijo de Guillermo, hijo a su
vez de Enrique el León, y nombrado por el emperador duque de
Brunswick, recogió los restos del naufragio, y, rechazando el poco
seguro imperio que le ofrecía el papa, prefirió poner los pequeños,
pero sólidos cimientos, sobre los cuales su descendencia, pese a la-
mentables divisiones, adquiriendo varios condados y dinastías, acu-
mulados poco a poco, ha erigido un bastión, cuya cima, digna de las
antiguas glorias, se debe .al genio heroico de un príncipe que nuestro
siglo puede comparar a los grandes nombres de la antigüedad.
Todas estas cosas quedarán demostradas, aclaradas y embelle-
cidas por gran número de documentos, dibujos, inscripciones, me-
dallas, sellos, documentos y diplomas, y manuscritos, salvados del
olvido. Como algunas medallas de la Casa, del siglo pasado y de
éste no son de muy buen gusto, he pensado diseñar yo algunas, en
vista de que hay pocos países que tengan más facilidad que nosotros
para cincelarlas; y la verdad es que me parece muy conveniente no
descuidar este modo de inmortalizarse, tan caro a griegos y ro-
manos.
Y buscando la perfección de la obra histórica, tengo la inten-
ción de publicar algunos textos manuscritos, o basados en manus-
critos, poco conocidos, pero todos ellos acabados, que también'
servirán de pruebas. El conjunto llenará varios volúmenes, y serán
colecciones que, de hecho, no serán indignas de colocarse junto a
las de Goldhaste, Freher, Canisius, Schardius y otros 11. Tengo ma-
terial para llenar varios tomos. Con esto será como matar dos

16 Otón IV de Brunswick (1209-1218).


17 autor de recolecciones de textos históri-
M E L C H O R GOLDART ( 1 5 7 6 - 1 6 3 5 ) ,
cos como Constitutionarum imperalium collectio, Frankfurt, 1713; Commen-
tarli de regni Bohemiae incorporalarumque provinciarum juribus ac privilegiis,
Frankfurt, 1627; Alamanicorum rerum scriptores aliquot vetusta, collecti et
gloriis illustrala, Frankfurt, 1606.
MARGUARD F R E H E R ( 1 5 6 5 - 1 6 1 4 ) : Origines Palatinae, Heidelberg, 1 5 9 9 ; Ger-
manicarum rerum scriptores aliquot insignes, Frankfurt/Hanau, 1600, 1602
y 1611.
HENRI CANISIUS falleció en 1 6 1 0 ; es autor dé Thesaurus monumentorum
ecclesiasticorum y Lectiones antiquae. Editor de . textos medievales.
SCHARDIÓ (1535-1573): Germanicorum rerum quattuor vetustiores chro-
nographi, Frankfurt, 1556; Opus historicum de rerum germanicis, Basilea, 1574.

284
pájaros de un tiro: proporcionar pruebas para nosotros, y, al mismo
tiempo, publicar una colección de autores y escritos que serán útiles
a todos los demás. Puesto que sería necesario un tomo aparte con
las pruebas, será lo mejor publicarlo aparte de la obra principal,
para que no sea demasiado voluminosa.
Los trabajos en pro de la gloria de la Casa serán tanto mejor
recibidos, cuanto más eficazmente sirvan a los sabios y contribuyan
al conocimiento, tanto de la historia general, como de otras ma-
terias.

285
23. CARTA A CRISTOBAL BROSSEAÜ 1
29 de junio de 1693

La supuesta adhesión de mi señor a la Casa de Austria nunca


será lo bastante grande como para impedirle oponerse a las empresas
de esta Casa, si con ellas se pone en peligro la libertad germánica.
Por consiguiente, si los proyectos del rey sólo pretenden conseguir
una paz razonable, y la conservación de esa libertad, siempre serán
aceptados.
Pero, como parece que el Consejo del rey cristianísimo pretende
'separar del Imperio todos los territorios situados al oeste del Rhin,
y arruinar y dejar indefensos a muchos de los territorios que se
encuentran al otro lado de este río, es imposible que un alemán,
que sea además un hombre honrado, y, sobre todo, un gran príncipe,
pueda permanecer indiferente. Por su parte, los ministros del rey
nunca han querido hacernos la menor proposición tendente a disipar
en nosotros estos justos temores, que están fundados en aconteci-
mientos que demasiado hablan por sí mismos, pese a que el mismo
emperador ha apremiado a nuestros enviados en la corte francesa
para que hablen sobre estas proposiciones.
He dicho que Francia actúa sabiamente al hablar siempre de
paz, al tiempo que, no obstante, hace la guerra con todas sus fuer-
zas; mientras tanto, los aliados no hacen ni lo uno ni lo otro;- res-
1 C. Brosseau, diplomático francés que, entre 1673 y 1698, vivió en Han-
nover. Falleció en 1717. El original es un borrador en francés que se en-
cuentra en AK 1-9-490. Puede apreciarse que Leibniz asume la posición de
su señor, a la sazón, Ernesto Augusto, primer elector de Hannover.

287
ponderéis, señor, que si yo conociera el corazón del rey, no diría
que él habla a menudo de la paz, sino que realmente tiene el pro-
yecto de lograrla. Por mi parte, tengo la mejor disposición del
mundo para creer que las intenciones de Su Majestad son buenas,
y no retiro nada de lo que escribí en otra ocasión al difunto señor
Pellison 2 sobre este gran príncipe, y que él hizo imprimir como
elogio. Estoy de acuerdo en que el rey es grande, más de lo que
puede decirse, tanto en lo que se refiere al poder, como en lo que
concierne al mérito y elevación de espíritu; y, como creo que tiene
buen corazón, imagino que está dispuesto a lograr una paz en la que
encuentre totalmente protegida su seguridad, y que no permite ni
ordena los grandes males que causan sus tropas, más que a pesar
suyo, y porque los cree necesarios para la protección de su reino.
Esta- es la única manera de excusarlo, como he insinuado en
el mismo lugar. Pero añadía también, con bastante claridad, que
en casi lo único que se equivoca es en no creerse tan grande como
en realidad es, error éste que proviene de un exceso de discreción,
cuyo principio es bueno, pero mala'su aplicación. Para destruir o
debilitar a todos aquellos de los que podemos temer algo, tendría-
mos que cambiar al género humano en su totalidad; por esto, cuan-
do la cuestión es si debemos perjudicar a los demás para lograr con
ello nuestra seguridad, la modestia nos está prohibida, y es obligada
la confianza o buena opinión sobre nosotros mismos; así, cuanto
más grande es el rey, tanto más injustos son sus temores y todas
las cosas que se fundan en ellos. Si Su Majestad reflexionara lo
suficiente sobre su propia grandeza, vería que los males que ordena
o permite no son en absoluto necesarios, y, en consecuencia, que
sus acciones —si me está permitido decirlo— no siempre son tan
justas como grandes.
Es su propia grandeza lo que se opone a su justicia, y parece
que todos los que se dedican a alabar al rey, se ocupan al mismo
tiempo de acusarlo, ya que ponen de manifiesto que su poder y
sabiduría le . sitúan fuera del alcance del insulto y del temor de ser
sorprendido por aquellos contra quienes él, no obstante, se ha creído
obligado, al no ser lo suficientemente consciente de su fuerza y
grandeza. En esto, parece que el rey falta al agradecimiento por
las dotes que Dios le ha dado. El exceso de discreción y de modestia
es un defecto propio sólo de los más sabios, pero es, con todo, un
defecto, y tanto más grande si quien lo tiene es un rey, que con

2 Ver AK 1-6-170 y ' 1-7-160. Pellison era un importante interlocutor en


las negociaciones para la reconciliación de protestantes y católicos.

288
ello causa tantos males al mundo; porque, en efecto, una buena
parte de las calamidades que la cristiandad viene soportando desde
hace veinte años, procede de aquí.
La desgracia de los panegiristas del rey, así como la nuestra,
radica en que él no cree lo que dicen, pues, si lo creyera, siendo
tan escrupuloso como es, daría la paz a Europa desde hoy mismo,
al ver que puede hacerlo con toda tranquilidad. Esta es, al menos,
mi opinión, y el gran concepto que tengo de la rectitud de su co-
razón hace que crea que él no continúa la guerra por ambición, o
para engrandecerse, sino porque está persuadido de que le es nece-
saria para su seguridad. Esta convicción desaparecería de su ánimo
si diera crédito a lo que, con razón, se dice de su eminente gran-
deza.
Ello fue lo que me indujo a aconsejar al difunto señor Pellison
el intentar un nuevo tipo de panegírico del rey, que fuera capaz de
persuadir al propio monarca. Parece que esto se consideró un cum-
plido, o se vio como una expresión retórica, pero yo lo dije de
veras. Y permitidme decir, señor, que desearía de todo corazón, por
la veneración que debemos a las incomparables cualidades del rey,
que, cuando se haga 'su elogio, se pueda decir algún día de su jus-
ticia que llegó a ser proporcionalmente tan grande como sus demás
cualidades, que le hacen emular las perfecciones divinas. El menor
defecto en la justicia, por pequeña que parezca a los hombres, que
se dejan deslumhrar por "sus otras virtudes, es demasiado grande ante
Dios, porque esta falta es capaz de destruir el fruto de todas las
demás cualidades. Por muy buenas intenciones que pueda tener un
príncipe, no está excusado ante Dios. Un hombre santo ha dicho,
muy acertadamente, que el infierno está lleno de buenas intencio-
nes. Es suficiente que el rey pueda, y deba salir de su error, en
vista de la magnitud de los males que de ello resultan, y no basta
en este caso que la causa del error haya sido la modestia o la dis-
creción, puesto que han sido muy mal entendidas.
Me diréis, señor, que el manifiesto del rey ha hecho ver la
obligación en que se encuentra, de llevar sus tropas al Imperio.
No dudo, en absoluto, de que el rey está completamente convencido
de tener esta obligación. Pero si hubiera tenido la oportunidad de
presenciar los horribles males a que esto ha dado lugar, sin dud# se
habría impresionado de tal modo que habría reconsiderado las razones
de esta pretendida obligación, y hubiera reconocido su inconsistencia.
Podría dar alguna satisfacción conveniente a su señora cuñada 3 ,

3 Probablemente la infanta Margarita Teresa, esposa del emperador Leopoldo.

289
mantener a un rey, aliado suyo, en Inglaterra, y a un carde-
nal, también amigo, en Colonia, sin extender la guerra a Suabia y
Franconia, sin destruir tantas y tan bellas ciudades situadas a ori-
llas del Rhin, e incluso sin romper con el Imperio. Todavía se
puede decir más: que mantenía a estos príncipes sin romper con
ellos, y que su desgracia ha sido causada por esa ruptura. Decir
que Francia ha querido romper de verdad y penetrar en el Imperio
para expulsar a los otomanos en detrimento de sus otros amigos, y
para impedir los progresos del emperador por aquella zona, es algo
a lo que yo no me atrevería.
Por consiguiente, es preciso que el rey haya creído, según dice
su manifiesto, que el emperador estaba a punto de firmar la paz
con los turcos, con la intención de atacarle, y que, siendo así, Fran-
cia se encontraba en peligro. Pero creo que el propio rey se ha
convencido ya de que el emperador está muy lejos de la paz con
la Puerta 4 , y de que, aun en el caso de que la hubiera firmado,
Francia no tenía ya nada que temer.
Puesto que el rey ha tenido ahora una prueba de su grandeza,
que le pone por encima de esos temores, sólo queda esperar que
otorgue la paz a Europa, pero una paz en la que ambas partes
puedan tener garantías, mediante condiciones que pongan a la gente
en situación de no temer ser ultrajados y arruinados en cualquier
momento.
Por consiguiente, sería justo que Su Majestad acordara con el
Imperio y con los holandeses el establecimiento de una frontera, y
esta frontera con el Imperio sería completamente razonable, porque
sólo estaría en dominios que ya pertenecen al Imperio, del otro lado
del Rhin. Frecuentemente ha manifestado Su Majestad, no querer,
en modo alguno, agrandar sus dominios a costa del Imperio, y re-
petidas veces se ha quejado de que se le hayan atribuido proyectos
de este tipo, concernientes a Estrasburgo y Casal.

4 El poder turco.

290
24. MANIFIESTO EN DEFENSA DE LOS DERECHOS
DE CARLOS III, REY DE ESPAÑA, Y DE LOS JUSTOS
MOTIVOS DE SU EXPEDICION1
1703

Carlos III, rey de España y archiduque de Austria, se presenta


personalmente en las Esjpañas con objeto de tomar posesión de toda
la monarquía, tal como perteneció a Carlos II, su predecesor. La
declaración de los derechos de Su Majestad católica está fundada,
en primer lugar, en el derecho indiscutible que el emperador, su
padre, y el rey de los romanos, su hermano, mayor, le han cedido
legalmente; en segundo lugar, se funda en él bien público y en la
seguridad tanto de los grandes como del pueblo, a quienes la con-
ciencia, y el propio interés deberían mover a tomar el partido de
Su Majestad. Este manifiesto hará ver uno y otro punto tan claros
como la luz del día, y tan sucintamente como sea posible.
En lo que se refiere al derecho, es notorio que el emperador
Leopoldo es hijo de Fernando III, emperador de los romanos, y
de Mariana, infanta de España, hija de Felipe III y hermana de
Felipe IV, reyes de España. También es claro que ha sido el único

1 De este texto del que Ravier cita cuatro edifickmes francesas y una
holandesa en la vida de Leibniz, no hay aún versión definitiva en la colec-
ción de la Academia. Por ello, seguimos la versión de Foucher de Careil,
voi. 3, págs. 377 y ss.
El texto se redactó ya iniciada la Guerra de Sucesión española (1701-1713-).
Leibniz, una vez más, se encuentra en contra de Francia y a favor del Imperio,
al apoyar la postura del archiduque Carlos como sucesor de Carlos II. Recor-
dará el lector que, al morir Carlos II sin hijos, cabía entender que el derecho
a la Corona española pasaba bien al archiduque Carlos, bien a Felipe, nieto
de Luis XTV, duque de Anjou. Un tercer candidato, José Fernando, príncipe
elector de Baviera, falleció en 1699.

291
heredero de los derechos de su madre, la infanta, a causa de la muer-
te prematura de su hermano mayor, Fernando IV, rey de los ro-
manos. Ahora bien, la descendencia de la infanta Mariana, reducida
exclusivamente al emperador y a sus dos hijos y descendientes,
hereda todos los derechos de la monarquía española, tras la muerte
del difunto rey Carlos II, hijo de Felipe IV. En efecto, aun siendo
verdad que Felipe III dio a su hija mayor, Ana de Austria, a
Luis XIII, rey de Francia, quien tuvo de ella a Luis XIV y al difunto
duque de Orleáns, y pese a que Felipe IV ha tenido dos hijas, de las
cuales la mayor, María Teresa, ha sido dada a Luis XIV, rey de
Francia, y la segunda, Margarita Teresa, a Leopoldo, emperador
de los romanos, cuya hija, María Antonia, nacida de esa unión,
había casado con Maximiliano, elector de Baviera; pese a todo esto,
digo, los posibles derechos de todas estas personas, que podrían
haber constituido un obstáculo para el hijo del emperador Leopoldo
(me refiero a los derechos de Ana y de María Teresa, reinas de
Francia, y de María Antonia, electriz de Baviera), han dejado de
tener validez, siendo anulados por sus respectivas renuncias, que
fueron aprobadas por sus esposos antes de contraer matrimonio2.
Es más, el príncipe elector de Baviera, hijo de María Antonia,
ha seguido a su madre en edad temprana3, de modo que no existe
otra descendencia que la de las dos reinas de Francia, Ana y María
Teresa, que quedaron excluidas junto con sus descendientes, en
virtud de los documentos más solemnes que la prudencia humana sea
capaz de inventar, la renuncia jurada sobre los Evangelios, confir-
mada después con los juramentos de sus esposos, y con los tratados
públicos más firmes. Precisamente el tratado de los Pirineos, que ha
sido el acuerdo de paz entre las dos Coronas, que ha traído la paz
a Europa, y puesto fin a una guerra larga y cruel, sirve, de un
modo especial, como ley fundamental para ambas partes.
Ahora bien, sin la renuncia hecha por la infanta (me refiero a
la renuncia de los derechos a la Corona de España) en el momento de
su matrimonio con Luis XIV, este matrimonio no habría tenido
lugar. Por lo tanto, tal renuncia sigue siendo válida, a menos que
quienes se oponen a ello declaren abiertamente que sólo firman los
tratados para traicionarlos después, que los juramentos sólo les sir-

2 De hecho, el bando francés se hacía fuerte en el hecho de que nunca


la Corona española llegó a pagar la dote de María Teresa que también se
convino en la Paz de los Pirineos. A esto se alude posteriormente en la pági-
na 294. El otro argumento importante del bando francés, el testamento de
Carlos II, también es rechazado en la página
3 Ver nota 1.

292
ven como trampas, y que la justicia y la religión no son para ellos
más que palabras sin sentido.
Y, pese a todo esto, fijaos bien qué cosa tan extraña, y qué
mal ejemplo es para toda la cristiandad: las tropas francesas inva-
den los Países Bajos españoles, tras la muerte de Felipe IV, con
el frivolo y trivial pretexto de defender cierto derecho de devo-
lución, que está vigente entre particulares en esta provincia según
las leyes civiles 4, y según el cual la hija del primer matrimonio tiene
preferencia sobre el hijo nacido del segundo: a la vista de esto, se
ve a escritores franceses, dotados de pública autoridad, establecer
y justificar los pretendidos derechos de su reina, llegando a poner
en duda la validez de la renuncia de esta princesa.
Pero sus sofismas fueron aniquilados por escritos del partido del
emperador y de España, de una manera tan contundente, que ob-
tuvo la aprobación de todos los europeos imparciaies, quienes con-
denaron tajantemente la injusticia flagrante e intolerable del proceder
de Francia. Esto viene ocurriendo desde que fueron advertidos los
planes de la Corona francesa, que tendían al establecimiento de la
monarquía universal, y a la opresión de la libertad pública, y desde
que las potencias más directamente afectadas se vieran forzadas a to-
mar medidas con presteza, para oponerse a tales ambiciones.
Estos escritores del partido francés buscaron cuantas triquiñue-
las pudieron encontrar en los textos del derecho civil, alegando en
especial que las renuncias hechas por las hijas que pierden así sus
deréchos sobre la herencia paterna son algo odioso, y, en muchos
sentidos, de una validez muy limitada: como si no fuera cosa sabida
que las leyes civiles, que conciernen a los particulares, no afectan
al derecho de gentes ni al derecho público, que son los que regulan
la sucesión de los reinos y el cumplimiento de los tratados firmados
entre ellos, y como si no supiéramos de sobra que el fin de esas
leyes civiles en este punto, no es otro que impedir que las hijas
se arruinen a causa de su debilidad. En cambio, en este caso, un
rey no podría favorecer mejor a su hija que proporcionándole un
matrimonio con otro gran rey. Y la seguridad del Estado, que
exige que se evite el traspaso de una monarquía a una nación —cosa
que tenemos tantas razones para temer— es infinitamente más im-
portante que los intereses de una sola persona, cuya felicidad, ade-
más, está asegurada, y que, por consiguiente, renuncia con pleno

4_ Guerra de devolución entre 1667 y 1668, que terminó con la paz de


Aquisgrán (-1668), por la que la Corona española perdió varias plazas fuertes.

293
conocimiento de causa y del modo más racional y válido del mundo
a cosas que no debe obtener con ese matrimonio.
Estos mismos escritores fueron más lejos, poniendo la más absur-
da de las objeciones, a saber, que como los cincuenta mil doblones
de dote no habían sido pagados a su reina, su renuncia no tenía
vigencia. Tenían en su contra que los propios franceses habían im-
pedido este pago, porque se les había pedido, en reciprocidad, por
parte española, que el tratado de los Pirineos y el contrato de matri-
monio fueran registrados en los Parlamentos de Francia, como se
había estipulado en el tratado, cosa que Francia no ha cumplido to-
davía. Además, el simple sentido común enseña, a cualquiera que no
hay proporción ninguna entre esa suma de dinero y toda la monar-
quía española, y que, como mucho, la reina y el rey, su esposo —si
es que la falta no hubiera sido suya—, hubieran podido exigir los
intereses, pero nada más. Además, simplemente por la falta de este
pago no podía ser cambiada una cláusula esencial del tratado, funda-
mento del propio matrimonio, que habría perdido también sus efec-
tos, por la misma razón. A esto hay que añadir que la dote no se le
daba a la infanta como algo equivalente a Reinos y Estados, sino
a joyas, muebles y otros bienes diversos, como está suficientemente
claro en el contrato de matrimonio. Por lo tanto, su protesta, en
este caso, sólo hubiera podido afectar a este tipo de bienes en la su-
cesión de sus padres.
Algunos seguidores del partido borbónico, sin duda poco versa-
dos en el derecho, han alegado algunas otras razones, poco relevan-
tes ante el documento de renuncia: partiendo de la base de que nadie
puede actuar en detrimento de los derechos de otra persona, sos-
tienen que la renuncia de un padre o una madre no puede anular
los derechos que pertenecen a los hijos, y que, por lo tanto, lo que
la reina María Teresa y el rey, su esposo, se comprometieron a hacer,
no puede perjudicar al delfín y a sus hijos. Ahora bien, el rey cris-
tianísimo no puede apoyar las pretensiones del delfín y sus descen-
dientes, ya que está comprometido por un juramento. Por otra parte,
reconozco que es verdadero el principio de que no se puede derogar
un derecho que pertenece a otro, y, también, que un padre no puede
anular o mermar el derecho de sus hijos ya nacidos, pero, en lo que
se refiere al de sus hijos futuros, toda la jurisprudencia (en lo rela-
tivo a las disposiciones que pueden hacerse en prejuicio de ellos, al
consentimiento de otros interesados, y con la confirmación del prín-
cipe, si es preciso) considera tal principio tan inexistente como inexis-
tentes son quienes aún carecen de personalidad jurídica y, por con-
siguiente, todavía no tienen ningún derecho adquirido. Si esto no

294
fuera así, sería imposible hacer leyes o firmar pactos, enajenaciones
o transacciones estables, ya que aquellos que todavía no existen, mal
pueden ser inducidos a dar su conformidad, y siempre les quedaría la
posibilidad de oponerse a lo que se hizo sin su aprobación Esto
ocurriría con frecuencia, sobre todo entre príncipes y repúblicas, toda
vez que no habría nunca modo alguno de obligar firmemente a los
descendientes, y los tratados, cesiones y transacciones entre las dis-
tintas potencias sólo serían personales, persistiendo siempre el peligro
de ser subvertidos. Por lo mismo, los hombres quedarían privados
del medio de terminar con las guerras recurriendo a armisticios du-
raderos, lo que sería absolutamente contrario al derecho natural, al
derecho divino y al derecho de gentes.
Por todo ello, la corte francesa, cuando hubo visto que todo
el mundo se escandalizaba al conocer sus tesis, que tendían a la vio-
lación de los más solemnes juramentos, y a la subversión de cuanto
hay de más sagrado entre los hombres, se decidió a tomar otro par-
tido, reconociendo como buena y válida la renuncia, a fin de salvar
—si es que se podía— las apariencias. Pero sólo se decidió a ello
tras haber urdido otra añagaza, que le pareció indicada para eludir
el efecto de la renuncia, deslumhrando al mismo tiempo a quienes se
contentan con meras palabras. Con este propósito, los partidarios de
Francia en la corte de Madrid redactaron un testamento con el nom-
bre del difunto rey, cuando ya estaba próximo a su fin, en el que, en
el artículo XVII, se interpretaba el tratado de los Pirineos y el con-
trato de matrimonio de la reina María Teresa, con la renuncia que
en él se incluye, de un modo completamente distinto a como hasta
entonces se había entendido: como si el fin de la renuncia no hubiera
sido otro que el impedir la unión de las dos Coronas en una misma
persona, cosa que podía ser evitada —decían ellos— llamando al du-
que de Anjou, segundo hijo del delfín, a la Corona de España, con
la condición de que, si el duque de Borgoña llegaba a morir sin dejar
sucesores en Francia, el duque de Anjou quedaría obligado a elegir
entre una u otra, y que, caso de preferir la Corona de Francia, el
duque de Berry, su hijo menor, sería el rey de España en las mismas
condiciones, debiéndose extender esta norma a todos sus sucesores.
El rey cristianísimo, aceptando el pretendido testamento, quiso in-
vocar esta interpretación, sirviéndose de ella en un escrito que.ha
sido entregado al ministro de los Estados Generales de los Países
Bajos en su corte. En este escrito se quejaba de la conducta de las
grandes potencias, por la violación del tratado firmado entre los re-
yes de Francia e Inglaterra, y los mismos Estados Generales. Por si
fuera poco, los ministros de Francia han hecho correr por toda Ho-

295
landa y por otros lugares, una serie de panfletos, que también se apo-
yan sobre esta misma interpretación de la renuncia de la reina María
Teresa.
No es preciso que examinemos ahora la cuestión de si el testa-
mento en el que figura esta extraña explicación debe ser atribuido al
difunto rey, y si es válido. Es sabido que Carlos II, pocas semanas
antes de su muerte, como siempre había hecho previamente, en mu-
chas ocasiones, se había comprometido con el emperador, de la
manera más clara y explícita del mundo, a mantener sus derechos de
sucesión y los de sus descendientes, reconociendo que ello estaba ente-
ramente de acuerdo con el derecho. Se sabe también que el monarca,
siempre fue constante en estos sentimientos, pese a todos los ruegos e
invitaciones contrarias, porque creía estar obligado a ello en concien-
cia, y que-no podía dejar de prestar su apoyo a la sucesión austríaca
sin causar al emperador y a los suyos el mayor perjuicio que quepa
imaginar, y sin exponer a España y a la monarquía a las mayores des-
dichas. Recíprocamente, el emperador, a su vez, siempre había cumpli-
do religiosamente su palabra, y jamás escuchó ninguna de las falaces
ofertas que se le hicieron para que desistiera. En suma, no es creíble
que el difunto rey, en el último momento de su vida, haya olvidado
algo que siempre deseó, por encima de tantas y tan fuertes razones,
a no ser que perdiera el juicio, o que se hayan empleado malas artes
para obligarle a firmar algo en contra de lo que siempre fue su firme
voluntad. Harían falta pruebas tan claras como la luz del día para
convencernos de que acción tan extraña se realizó como es debido.
Las leyes civiles no hacen más que seguir a la razón natural, cuan-
do quieren que los testamentos estén acompañados de buen número
de irreprochables declaraciones de testigos y otras formalidades para
evitar las supercherías. Si todo esto debe ser observado en el testa-
mento de un particular, ¡con cuánta mayor razón se deberá cumplir
cuando se trate de la sucesión de un rey, que lo es de una de las
mayores monarquías del mundo, y cuando existen tantos motivos de
desconfianza! Sería preciso que no se hubiera omitido nada de cuanto
puede inducir a sospechas. Hubiera hecho falta no haber encerrado al
rey, ni impedido la presencia de la reina, del embajador imperial,
y de'los grandes nobles contrarios al partido francés.. Hubiera sido
necesario que acción tan extraordinaria se hubiera realizado casi en
público, y que el rey, por propia voluntad, hubiera ordenado la re-
dacción de tal testamento, y no que se le trajera ya escrito comple-
tamente, y que se le intentara forzar a firmarlo. En fin, hubiera sido
preciso que no se abusara del nombre de Dios y de los derechos de
la conciencia, y que no se urdiera una sedición popular para sembrar

296
falsos terrores en el ánimo de un monarca exhausto y agonizante, del
que se habían adueñado, y al que amenazaban cruelmente con la con-
denación eterna y con la posibilidad, más próxima, pero .imaginaria,
de caer en la violencia de una brutal canalla, todo ello para forzarlo
a firmar lo que ellos querían, por no hablar de otras muchas cosas
que hacen este testamento insostenible.
Pero es más: aun cuando Carlos II, por propia voluntad y del
modo menos sospechoso del mundo, hubiera redactado el testamen-
to, éste no serviría de nada, y no hubiera podido cambiar la ley fun-
damental del Estado y la paz de los Pirineos con una interpretación
contraria al texto, a la razón y a toda jurisprudencia, y que hubiera
ido en detrimento de compromisos ya aceptados, y de derechos ad-
quiridos de otras partes.
Todo el mundo está de acuerdo en que no está en poder del rey
el disponer libremente de sus reinos en su testamento, ya sea direc-
tamente ya pretenda hacerlo como intérprete de leyes y pactos, si la
interpretación no puede mantenerse de otra manera. Los franceses
han demostrado creer en ello, cuando aún no. esperaban que el testa-
mento del rey de España pudiera serles favorable.
Así pues, se trata exactamente de examinar la interpretación en
sí misma, a saber, si es verdad que un príncipe de la Casa de Borbón,
descendiente de la reina María Teresa, puede heredar la Corona es-
pañola, pese a la renuncia de dicha princesa, y con tal de que no sea
simultáneamente presunto heredero de la. Corona de Francia, y si
tal excepción puede ser mantenida so pretexto de que el motivo de la
renuncia no fue otro que el de impedir la unión de ambas coronas
bajo un mismo rey, por lo que tal renuncia no le afectaría.
Para combatir esta pretendida excepción desde sus fundamentos y
hacer ver que no ha habido nunca una patraña más burda y menos
apropiada para excusar la violación de los tratados y juramentos más
solemnes, nos será suficiente demostrar:
1. Que hace mucho tiempo que la excepción por haber cesado
un motivo fundamental está condenada por los jurisconsultos.
2. Que Francia ha hecho un uso indebido de ella.
3.. Que si la excepción hubiera sido conforme al sentir de los
que firmaron el contrato de matrimonio, dicho contrato hubiera de-
bido redactarse de un modo completamente distinto.
4. Que el propio motivo fundamental que se pretende ha resa-
do, en realidad sigue teniendo lugar.
5. Que el acta de renuncia indica precisamente esto.
6. Que, al parecer, debe haber también otros motivos.
7. Que el acta misma da indicios de ello.

297
8. Que esto está expresamente dicho.
9. Que también se detalla explícitamente otro motivo, que es
relevante aquí, entre aquellos que se pueden subentender.
10. Que, finalmente, si cesaran en realidad todos los motivos
expresados, la excepción por haber cesado un motivo fundamental es-
tá rechazada formalmente en el acta misma.
Uno tras otro, iremos verificando todos estos puntos.

La excepción por haber cesado un motivo fundamental, que se


pone sobre el tapete en él pretendido testamento, es tan poco aplica-
ble aquí, que ningún verdadero jurisconsulto se atrevería a usarla
como argumento, por miedo a la acusación de haberse prostituido. En
efecto, haría falta no tener más que lo que se llama vulgarmente una
jurisprudencia cérébrine, es decir, lo que las personas sin instrucción
suelen formarse en la cabeza sin fundamento alguno, para ser capaz
de confundir la condición con la causa expresada en una disposición.
Los verdaderos jurisconsultos, ya hace mucho tiempo que previnie-
ron esto, rechazando la excepción en casos de este tipo. Cayo, anti-
guo jurisconsulto romano, en la decimoséptima ley del título del Di-
gesto, que trata de las condiciones y designaciones, afirma que, si
quien otorga testamento dice: «yo doy mi tierra a Tito, porque él ha
cuidado de mis asuntos», esta herencia es legal, aun cuando la razón
se encontrara fálsa. Ahora bien, si la razón se hubiera alegado condi-
cionalmente, es decir, si quien hizo eLtestamento hubiera dicho: «yo
doy mi tierra si se comprueba que él ha cuidado de mis asuntos»,
nada le será entregado en caso de no ser cierto que tuvo ese cuidado.
Esta distinción es muy juiciosa: hay mucha diferencia entre el si y el
porque. La enunciación modificada por un si está en suspenso, pero
la enunciación de la cual se da la razón, es pura y absoluta, y puede
subsistir, aun en el caso de que esta razón no haya tenido lugar.
A menudo los hombres no quieren expresar todos sus motivos, o se
sirven de pretextos para encubrir sus verdaderas razones, y con esto
basta, sin que por ello se anule su voluntad y los efectos.de ésta,
sobre todo en los casos en los que su disposición sería suficiente aun
cuando no diera de ella razón alguna.

298
III
También en los contratos —por no decir que no se trata tanto
de las razones indicadas, cuanto de las que son las verdaderas—
está prohibido interpretar los motivos como se quiera, si ello perjudi-
ca a otra persona. En efecto, de no ser así, fácil sería trastocar todos
los acuerdos, siguiendo el nuevo método que Francia pretendió in-
troducir para sustraerse a las obligaciones contraídas en el último tra-
tado que había hecho con el "fallecido rey de Inglaterra (Guiller-
mo III) y con los Estados Generales acerca-de la sucesión de Es-
paña 5. Aquí quiso ella emplear la misma trivial excepción por haber
cesado un motivo fundamental, arguyendo tal motivo, siempre que le
parecía bueno, y haciéndolo pasar después por cesante cuando le ve-
nía en gana. De hecho, Francia pretendía que el motivo público del
tratado había sido el impedir la guerra, cosa que no era cierta, ya que
había que tener en cuenta, no sólo la paz, sino también la justicia, y
si por la conservación de la paz se está dispuesto a soportarlo todo,
serán los peores los que prevalezcan por doquier.
La misma corona pretendía también que este motivo dejaba de
existir,'y que la paz .sería mejor conservada si todos aceptaban el
pretendido testamento, suponiendo, contra toda verosimilitud, que
nadie osaría moverse después de un golpe así; de este modo, la ex-
cepción es un buen medio para justificar todas las violencias. En efec-
to, cabe decir que la finalidad de todos los. tratados es la paz, pero
violándolos y adueñándose de las fuerzas de los demás, se ha encon-
trado el medio más seguro de conservar la misma paz, toda vez que
nadie quedaría en situación de ofrecer resistencia: éste, y no otro, es
el elevado uso que hace Francia de la excepción por haber cesado un
motivo fundamental.
Nosotros mostraremos en el último apartado que el contrato de
matrimonio lo rechaza expresamente.

5 El fenecido rey de Inglaterra es Guillermo III. De hecho, hubo.dos


tentativas de partición. Una en 1698, en virtud de la cual el archiduque José
Fernando sería el futuro rey de España y de las Indias, mientras que Francia
y Austria recibirían como compensación territorios de la Corona española en
Italia. La muerte del archiduque, en 1689, exigió un nuevo tratado que be-
neficiaría fundamentalmente al Imperio, si bien Francia recibiría Sicilia, Ná-
poles y Loiena en compensación. Ver, más adelante, escrito 39.

299
III

Aunque con lo dicho haya ya más que suficiente, sin embargo,


todavía quedan bastantes cosas que decir, que anulan la burda trampa
de los franceses. En especial, es evidente que si la intención de quie-
nes intervinieron en la renuncia hubiera sido únicamente el impedir
la fusión de las dos monarquías en la persona de un mismo rey, limi-
tando así su alcance a un solo caso, hubieran podido y debido hablar
como es costumbre hacerlo en situaciones de tanta trascendencia,
para obviar dudas y prevenir dificultades; en otros términos, hubie-
ran debido expresar con claridad que, en el caso de que el rey
Luis XIV tuviera dos hijos varones de la reina María Teresa, el se-
gundo podría acceder al trono de España; o bien, que si tenía un
único varón con varias hijas, o solamente hijas, la mayor de ellas
podría acceder a ese trono, etc... Ahora bien, en vez de esto, se dice
justamente lo contrario, como muy pronto demostraremos. ¿Es acaso
creíble que un negociador tan hábil como el cardenal Mazarino, y todo
el ministerio de Francia (que, por cierto, pensaba ya desde entonces
en los medios de eludir la renuncia, como las cartas del cardenal y los
discursos publicados inmediatamente después del matrimonio han
evidenciado) haya olvidado señalar claramente una disposición de
tanta trascendencia en favor de la Casa de Borbón? ¿Lo habría omi-
tido si hubiera visto algún modo de hacerlo, si hubiera sabido que
éste era el sentido del acta, y_ si hubiera osado hacer de ello la menor
mención? Realmente, hubiéramos tenido que haber perdido el juicio
para convencernos de una cosa así, y ello sólo sería suficiente para
demostrar con claridad que la interpretación que se forjó, demasiado
tarde, es ridicula e insostenible. En efecto, jamás se deben admitir
interpretaciones que obliguen a aquél que se funda en ellas a con-
fesar que son estúpidos en grado sumo quienes han tomado parte en
la redacción del acta, o, lo que es más, él mismo y sus predecesores
y los ministros que han sido empleados por su bando; o que tenga
que admitir que han sido maliciosos en grado sumo y deseosos de
inducir a engaño, siendo injusto que los culpables del mismo y sus
señores y, los sucesores de éstos se beneficien del mismo. Ahora bien,
la interpretación que se acaba de inventar es de este tipo, pues si
la corte francesa ha ignorado o dejado de expresar un sentido tan
manifiesto, si éste fuera el verdadero, quienes tomaron parte en el
asunto eran los más estúpidos de todos los hombres; pero, como no
se atrevieron a ponerlo sobre el tapete, comprendiendo que sería re-
chazado de entrada, como contrario a la naturaleza del acta, la cual
no podía ser compatible con esta declaración —cosa que es la pura y

300
simple verdad— pensaron recurrir a la malicia y el fraude, sí es que
tuvieron esta intención oculta y proyectaban actuar de acuerdo con
ella. Esto sería suficiente para rechazar esta tesis —si es que no
fuera inaceptable de por sí— y para hacer una interpretación contra-
ria a la de quienes observaron tal conducta, pero si ellos no han
indicado esta tesis y tampoco han pensado en ella, teniendo en esto
el mayor de los intereses, es completamente evidente que no era el
espíritu del contrato ni el sentir de los contratantes. Para colmo, lo
contrario de esta tesis se expresa allí muy claramente, cosa que ellos
no debieron permitir en caso de no estar de acuerdo, ya que, de lo
contrario, habrían sido necios hasta un punto más allá de todo lo
imaginable.

IV

Pero es más, la excepción por haber cesado un motivo fundamen-


tal no ha lugar en absoluto, ya que el pretendido motivo de impedir
la unión de las dos coronas, que se alega como única causa de la
renuncia, no cesa. Es verdad que, de momento, se evita unirlas, pero
se les pone desde ahora en situación de poder unirlas un día, cuando
se presente la ocasión. Aunque se hacen promesas de evitar esto en
el futuro, no hay garantías de ello, pues, además de que las distin-
ciones y reservas son muy peligrosas y son poco seguras por lo gene-
ral —máxime tratándose de asunto de tanta" trascendencia—, los mo-
tivos para recelar no pueden ser mayores. En efecto, no tendríamos
otra seguridad contra lo que se teme, que la palabra y buena fe de
los Borbones, quienes declaran abiertamente en discursos, y, más
todavía, con los hechos, que no son esclavos de su palabra. ¿Acaso
no puede ocurrir con facilidad que al faltar en Francia el hijo pri-
mogénito del delfín junto con su descendencia, sea sucedido en el
trono francés por el segundo o alguno de sus descendientes, ya rey
de España? Téngase en cuenta que para entonces será todavía más
difícil que ahora hacer entrar en razón a la Corona francesa y hacerle
soltar la presa del trono español. Se trata de uno de los peligros más
evidentes, y al que sería imperdonable exponerse, sobre todo tratán-
dose de gentes en quienes las promesas, los tratados y los juramen-
tos tienen una fuerza tan pequeña.
Por si fuera poco, para que nadie pueda hablar de ignorancia en
el futuro, Francia acaba de dárnoslo a entender tácitamente, por no
decir de un modo muy claro, desde el momento en que el duque
de Anjou, al partir para España, se ha reservado sus derechos a la

301
Corona francesa, en un acto solemne, puesto por escrito, y que se ha
hecho público. En este documento se ha omitido expresamente la
cláusula de limitación puesta en el testamento atribuido a Carlos II,
sobre el que se basaba toda la pretendida realeza del duque de Anjou
a saber, que si un rey de España debía acceder a la Corona francesa,
tenía que abandonar antes la monarquía española. Y, puesto que se
ha omitido esta cláusula, estando todavía fresca la memoria de ella,
y en un lugar donde debía figurar de un modo natural, es completa-
mente evidente que ha sido omitida a propósito y deliberadamente,
y debemos esperar que, si tal cláusula ha sido omitida cuando sólo se
trataba de palabras, con mucha mayor razón se olvidará cuando se
trate de cumplirla en los hechos, y renunciar voluntariamente a la
posesión de una gran monarquía, cosa, además, muy difícil de digerir.
¡Quién pondrá en duda que no se respetará en esas circunstancias
el pretendido testamento que, por otra parte, tiene tan escasa vali-
dez! Esto es mucho más verdad tratándose, antes y ahora, de la ma-
yor renuncia que jamás se hizo, bien abiertamente, bien con ardides,
tras los cuales es evidente la mala fe.

V
Así, la evidente necesidad, y la seguridad de España, para que no
se vea un día reducida a la categoría de provincia, exige que no se
le exponga a ello, en vista dé que existen tantos motivos de temor.
Y el medio más seguro de evitar esta fatal unión es el que por sí
misma sugiere el acta de renuncia, a saber, prevenir desde ahora (son
los términos formales) la misma posibilidad de una tal unión y cortar
así completamente el hilo de la sucesión de los príncipes franceses
en España, para terminar con la esperanza de los mismos franceses
y el temor de los españoles. Tan es así que, aparte de la innegable
razón que existe, los propios términos del acta señalan que no cesa
a causa del impedimento de la unión de las dos Coronas, en tanto
no se hayan previsto incluso las posibilidades; sobre todo, cuando
no se evita una ocasión tan llena de peligro y tan poco susceptible
de ser corregida, como la de poner un príncipe casi presunto here-
dero de la Corona de Francia en el trono de las Españas.

VI
Pero aun cuando se quisiera imaginar o suponer contra las ma-
yores evidencias del mundo, que ya no ha lugar el motivo de esta

302
renuncia —que consiste en prevenir el peligro de la unión de dos
Coronas sobre una misma persona—, y aun cuando se supiera, por
una indefectible y divina profecía, que la rama del primogénito del
delfín nunca se extinguirá en Francia dando paso con ello a la que
quiere establecerse en España, hay que saber que subsisten aún otros
motivos para la renuncia. Pues se ha creído, sin duda, al hacer el
tratado de los Pirineos y el contrato de matrimonio, que el peligro
para España y para toda la cristiandad no sería apenas menor, si estas
dos grandes Coronas estaban .unidas en la Casa de Borbón, ya tan
poderosa en la actualidad, y si dos reyes, tan estrechamente unidos,
y cuyos grandes países están inmediatamente unidos y al mismo nivel,
se encontraban en situación de ayudarse entre sí para amenazar a los
grandes y a los pueblos de los reinos y provincias de la monarquía
española, poniendo en peligro incluso la libertad de Europa. Este pe-
ligro nunca ha sido mayor que ahora, cuando el rey de Francia go-
bierna de un modo tan absoluto la monarquía de España, usurpada
con el nombre de su nieto, como la de la misma Francia.

VII

Aparte de que la razón enseña que se ha querido excluir por


todos los medios a la familia de los Borbones, la misma acta de
renuncia lo dice claramente, y da pruebas indiscutibles de ello, ya que
dicha acta not permite tampoco que las hijas de los príncipes de la
Casa de Borbón sucedan en la Corona española, y las excluye tanto
como a los varones: en efecto, hace renunciar a la infanta María Te-
resa y a toda su descendencia masculina y femenina, del grado que
sea. Por tanto, es evidente que en España no se ha querido de nin-
gún modo estar sometido a ningún miembro de la Casa de Borbón,
independientemente de que se tratara del rey de Francia o no, puesto
que se ha declarado que esta renuncia debía extenderse hasta a las
hijas descendientes de la infanta casada en Francia, aunque ellas tam-
poco pudieran acceder al trono, teniendo en cuenta la vigencia de la
Ley sálica. Es preciso, pues, que haya aún otros motivos aparte del
impedimento de la unión de las dos Coronas, y que el sentimiento
del acta sea más amplio.

VIII

Pero, para que no haya lugar a dudas, la misma acta lo dice


formalmente, y habla de otros motivos, después de lo cual, es un

303
abuso intolerable y una desfachatez sin precedentes, pretender, con
los partidarios de los Borbones, que el motivo de la renuncia no era
otro que el temor a ver las dos monarquías unidas. En efecto, en el
mencionado texto del contrato de matrimonio de la difunta reina de
Francia, o en el acta de renuncia, se dice expresamente, atendiendo
al rango de las susodichas y otras justas razones, y, principalmente,
la de la igualdad que se debe conservar. Por tanto, ha habido más
de un motivo, y este temor a la unión de las dos Coronas no es el
único.

IX

Es evidente, por lo demás, que incluso se nombra aquí uno de


-estos otros motivos, a saber, la igualdad que debe conservarse, es de-
cir, la igualdad entre las dos Coronas, y esta igualdad no puede signi-
ficar sin duda más que la represalia o talión contra los franceses, que
no permiten que otros, y particularmente los que son descendientes
de hijas de Francia casadas en España, les sucedan en su Casa. Lo han
demostrado cuando ría infanta Isabel, hija de Felipe II, rey de Es-
paña, y de la reina Isabel, de la rama de la Casa de Valois, aspiraba
a la sucesión de Francia, después de la extinción de esta rama. No
hay necesidad de hacer hincapié en lo que concierne a las pretensio-
nes de Eduardo III, rey de Inglaterra, y otros descendientes de hijas
de Francia, que han sido excluidos, lo cual obliga a los otros Estados
a pagar con la misma moneda a los franceses. Este derecho de redar-
gución está fundado en la equidad natxiral practicada entre los dife-
rentes Estados, pues de ningún modo se permite, por ejemplo, en
un país, que los naturales de un estado vecino hereden en él, si este
mismo Estado no concede otro tanto a su vez. Este principio tiene
vigencia sobre todo en la sucesión de los Estados y reinos, porque,,
de lo contrario, pudiendo el rey de Francia adquirir otros estados
mediante matrimonios, sin que otros reyes puedan esperar otro tanto
en el reino de Francia, los franceses, por esa única razón, llegarían
finalmente a absorber la mayor parte de Europa, como comienzan a
querer hacer ya desde ahora.
Así, aun cuando cesara el motivo del temor a la unión de las dos
Coronas, quedan otros muchos; también es fácil advertir que no se
han querido expresar claramente algunos de ellos en el acta, como,
por ejemplo, la aprensión a que la libertad de los reinos y provincias
de España pudiera ser atacada por los Borbones, acostumbrados al
gobierno despótico, y lo suficientemente poderosos como para intro-

304
ducirlo en todas partes donde logran imponer su dominio; también,
la gran repugnancia que los verdaderos españoles han tenido y deben
tener aún a recibir el yugo de sus enemigos, y a someterse a un
príncipe francés, después de tantos males como Francia les ha hecho
o intentado hacer. Igualmente, el proyecto de conservar la monar-
quía de la Casa de Austria, cuyo gobierno es tan suave y tan con-
forme a los derechos y al carácter de los españoles; asimismo, el ejem-
plo de la renuncia de Ana de Austria, casada con Luis XIII, y otras
muchas razones que es superfluo detallar aquí.

Por todo ello, puesto que no podían ser expresadas con claridad
todas las razones de la renuncia, y tampoco era necesario exponerlas
en el acta del que tratamos, se establececió una cláusula que lo re-
suelve todo, y destruye así la triquiñuela del motivo cesante, de la
que se han querido servir para ganarse a la gente, con lo que, des-
pués de esto, no es posible utilizar el acta sin cometer una grave im-
prudencia. El contrato de matrimonio y el acta de renuncia dicen en
términos formales: que la mencionada señora María Teresa se dice y
declara ser y permanecer completa y debidamente excluida, junto
con todos sus hijos o descendientes varones o hembras, aún cuando
ellos quisieran o pudieran decir y pretender que no se alude a sus
personas en ella ni se pueden ni deben considerar las susodichas ra-
zones de cuestión pública ni otras en las que la mencionada exclusión
pudiera fundarse..., porque, como se ha dicho, en ningún caso ni en
ninguna época, ni en ninguna circunstancia que pudiera darse', ni ella
ni ellos, sus herederos y sucesores, pueden suceder ni pretender su-
ceder, etc.
¿Es acaso posible encontrar palabras más claras y más contun-
dentes para destruir la trivial «excepción por haber cesado un motivo
fundamental», colocado prioritariamente en -el pretendido testamento
del que los Borbones se sirven? ¿Y no es preciso reconocer, si se
pretende que declaraciones tan solemnes, reforzadas por juramentos,
no sirvan de nada, que efectivamente esto es desacreditar todos los
tratados, pisotear el derecho de gentes, renunciar a toda justicia entre
los hombres, y mofarse de Dios mismo, vengador de fraudes y per-
jurios?
Así, subsistiendo con pleno vigor la pura y absoluta renuncia de
la difunta María Teresa en lo que a ella respecta, y a toda su des-
cendencia, ya no hay lugar para dudar más de que sólo el emperador

305
y su familia tienen derecho a la ucesión del trono de España, con
preferencia a cualquier otro, y que, habiendo cedido Su Majestad Im-
perial, tanto como el rey de los Romanos, sus derechos al archidu-
que, segundo hijo del emperador, ahora, Su Majestad Católica Car-
los III, rey de España, debe ser reconocido en todas partes como
el verdadero y único sucesor y monarca de todas las posesiones de la
monarquía española. Puede decirse incluso que Francia acaba de
reconocer que la familia del emperador tiene preferencia en lo que
al derecho respecta, ya que, muy recientemente, al redactar el tratado
sobre el pretendido reparto testamentario, habría consentido en que
el archiduque tuviera el núcleo de la monarquía española, de la que
no se quiso separar más que los Estados italianos, que debían ser
repartidos entre el delfín y el duque de Lorena, aparte de algunos
otros cambios de menor importancia.
Por esto, los partidarios de los Borbones, derrotados en cuanto
al derecho de sucesión, han recurrido recientemente a una pretendida
posesión legítima, como si los pueblos de la monarquía española hu-
bieran recibido voluntariamente al duque de Anjou como a su rey.
Mas no debemos atribuir a todas estas naciones, sin una prueba ma-
nifiesta, el que hayan tenido la intención de cometer una flagrante
injusticia y derogar el derecho del legítimo sucesor. Uno de los ma-
yores principios de la justicia, exceptuando el caso de una extrema
e insoslayable necesidad, sin valoración legal, es que no se puede
privar a nadie de lo que le pertenece sin incurrir en culpabilidad.
Luego, ¿qué puede imputarse'al emperador, que ha rechazado por el
solo motivo de un gran principio de rectitud las muy ventajosas ofer-
tas de Francia y otras potencias que habían hecho el tratado de re-
parto, siendo la postura de Su Majestad Imperial el no hacer nada
que no se ajustara al derecho, y de lo que el rey y el pueblo de Es-
paña pudieran lamentarse con justicia? También el difunto rey estaba
firmemente decidido a mantener la palabra dada a Su Majestad Im-
perial, y lo que se ha hecho como ordenado por su última voluntad
no debe tenerse en cuenta, como se ha demostrado de forma sufi-
ciente. Se sabe, por otra parte, que, incluso cuando ocurre que una
fuerza,mayor obliga a los individuos y a todo un país a rendir home-
naje a un usurpador, o a abjurar de su señor, como sucede a menudo
en la guerra cuando una plaza es tomada por los enemigos, el verda-
dero señor siempre mantiene a salvo y por entero sus derechos, hasta
que renuncie a ellos con un tratado de paz o de cualquier forma.
Luego, si esta fuerza, o incluso necesidad, no merma en nada el
derecho del señor legítimo, ¡cuánto menos se destruirá aquí, en que
no existe en absoluto esta necesidad! En efecto, el cristianísimo rey

306
se guardaba muy mucho de adueñarse de la monarquía española, que
podía contar con la ayuda del resto de Europa; por otra parte, los
feudos y tierras de la Iglesia de Roma y del Imperio Romano no
pueden, en modo alguno, darse a quien no tiene ningún derecho, sin
el consentimiento del señor del feudo.
Se dirá quizá que los españoles han sido forzados a entregarse a
un príncipe francés para evitar el desmembramiento de algunas partes
de la monarquía, que estaban, amenazadas, y que han preferido hacer
este desesperado gesto antes que resolverse aquello, de acuerdo con
lo que el embajador español había previsto en su memoria, presen-
tada en La Haya. A menudo se ha respondido a esto que, aun cuando
este desmembramiento hubiera sido inevitable, sería sin duda una
acción extremadamente desesperada y digna sólo de un demente el
perderse y'perder todo por no perder una parte; y someterse a la es-
clavitud de un antiguo enemigo antes que seguir dominando al menos
alguna provincia. No hay ninguna posibilidad de que se pueda atri-
buir a una nación tan mesurada y sabia como la española, sentimien-
tos tan irracionales y cercanos a la locura; pero, además de que el
emperador no tenía parte alguna en este desmembramiento, y en
modo alguno podía sfer responsable de él, y, en consecuencia, no debía
ser perjudicado por ello, y además de que nada había más indigno de
la "generosidad española que recompensar con todos sus territorios a
quien hacía todo el mal, y era el autor de este desmembramiento, el
cual había sido sugerido quizá para tenderles esta trampa; y aparte
-de que, además, los españoles, dándose a ün príncipe de la Casa de
Borbón, y no queriendo reconocer en absoluto al legítimo sucesor,
causaban ellos mismos el desmembramiento que aborrecen, ya que se-
paraban voluntariamente de su cuerpo los feudos del Imperio y de la
Iglesia, sobre los que no tienen ningún derecho, en perjuicio de quien
haya de suceder en ellos, en virtud de las leyes de los feudos; además
de todo esto, digo, haría falta mucho para que el desmembramiento,
que Francia había proyectado, fuera un asunto tan cierto e inevitable
que debiera abocar a una decisión desesperada.
En efecto, se trataba, en el pretendido reparto, de dar al delfín
los reinos de Nápoles y Sicilia, con las plazas españolas de Toscana.
Pero no solamente el emperador y los pueblos de estos reinos, sino
también el papa, y casi todos los príncipes y Estados católicos.eran
contrarios a ello; tampoco los príncipes protestantes ni los reyes del
Norte, a quienes se había invitado a dar su conformidad con el tra-
tado, quisieron tomar parte en él; y todo el Imperio se opuso abierta-
mente a un tratado en el que se disponía del Milanesado y de otros
feudos imperiales. Por tanto, uniéndose a este bando las fuerzas de

307
la monarquía española, no hubiera sido demasiado fácil para Francia
apoderarse de los reinos de Nápoles, Sicilia y Toscana, a los que no
podía fácilmente acceder sino por mar, y a donde el emperador podía
llegar con mayor facilidad por tierra, ya que le pertenece el Milane-
sado, y, al parecer, también la república de Venecia, el ducado de
Saboya y todo el resto de Italia.
Ingleses y holandeses no hubieran ayudado a Francia sino con
una ayuda que no necesitaba, es decir, con sus flotas, ya que no hay
que creer que para mantener el reparto hubiesen estado dispuestos
a atacar a España, los Países Bajos o el Imperio. Por otra parte, tam-
poco el tratado les obligaba a ello. El Parlamento de Inglaterra no
habría contribuido a la ejecución de este tratado, ni siquiera si el
rey hubiera, vivido, pareciéndoles a los ingleses contrario a sus ver-
daderos intereses, cosa que manifestaron tan pronto como tuvieron
noticia de él. Por su parte, Francia, emprendedora como es, y preocu-
pándose tan poco por los tratados y por sus amigos, sin duda hubiera
hecho rápidamente gestiones que habrían dispensado tanto a Inglate-
rra como a Holanda de cumplir con su palabra, y hubiera también
autorizado a estas potencias a tomar el partido opuesto. La misma
interpretación del trátado les habría proporcionado algún motivo,
pues los franceses pretenden mantener este inusual principio: que lo
que pertenece a su rey está unido e incorporado a la Corona. Mas
había una cláusula en el tratado que era contraria a esta incorpora-
ción, ya que los reinos de Nápoles y Sicilia fueron otorgados al delfín
y a su descendencia masculina y femenina, lo que no podría ocurrir
considerando que en los países incorporados a la Corona de Francia
se pretende que las mujeres no accedan al trono. Pero, al parecer,
aun cuando nunca se ha dado el caso de que una hija haya debido
heredar los reinos de Nápoles o de Sicilia en detrimento de un rey de
Francia, habrían pasado por alto esta cláusula del tratado, y habría
acudido a la pretendida máxima de la incorporación. Por tanto, estas
potencias, antes de llevar a cabo la ejecución del tratado de reparto,
tenían derecho a pedir a Francia las suficientes garantías contra esta
pretensión de incorporación, que tenían derecho a temer, y que no
podían ignorar, ya que los franceses han dado bastante publicidad a su
máxima. No hace falta hablar de otras muchas causas que podrían
enemistar esta triple alianza, cuya unión era tan poco natural.
No había, pues, ni sombra de necesidad que pudiera llevar a los
reinos 6 y a las provincias de la monarquía española a entregarse a
un príncipe Borbón en contra del derecho indiscutible del emperador.

6 Como indica Riley, se trata de los reinos de Castilla y León.

308
Pero tampoco parece que la recepción voluntaria del duque de An-
jou como señor o rey, que los partidarios de los Borbones atribuyen
a estos pueblos, esté comprobada. La voluntad de las naciones no se
expresa por los magistrados o regentes, sino por las Asambleas de
Estado de los reinos y provincias. Sería preciso, pues, que quienes
se habían erigido en regentes convocaran las llamadas Cortes7 o
Estados, tanto en Castilla como en Aragón, antes de tomar el más
mínimo acuerdo acerca de la sucesión. Efectivamente, es bien sabido
que un rey no tiene derecho a dar su reino en testamento, y, además,
el atribuido a Carlos II no respeta todas las formalidades; en cuanto
los gobernadores o virreyes de los Países Bajos, Milanesado, Nápoles
y Sicilia, que el difunto rey había mantenido hasta, nueva orden del
sucesor (aunque no tuvieran necesidad de ello) poseían el derecho
y la obligación, no sólo de convocar los Estados de los reinos o go-
biernos para resolver lo que debía hacerse en el interim, y recurrir al
consejo de los señores de los. feudos en su caso, sino también de in-
formar a las Asambleas de los reinos de España y comunicarse con
ellos para conservar los dominios que les habían sido encomendados
para el legítimo sucesor. Está muy claro que, si se hubieran observa-
do estas formalidades requeridas normalmente, y se hubieran ajus-
tado a la voluntad de los Estados y pueblos y a la opinión de los
señores de los feudos, acabando con todo temor a los ejércitos ex-
tranjeros, así como con todas las intrigas e irregularidades, habría
prevalecido sin dificultad el derecho de la Casa de Austria, que con-
servaba todo su antiguo estado y en su unidad. Pero, con gran sor-
presa de todo el mundo, quienes tenían en su mano el timón del
gobierno, no han hecho nada por averiguar el verdadero sentido de
los pueblos y de los interesados: muy al contrario, algunos intrigan-
tes de la corte de España se han hecho nombrar regentes en el pre-
tendido testamento atribuido al difunto rey; ellos han proclamado al
duque de Anjou y nadie se ha atrevido a oponerse por miedo a la
facción francesa, y por temor a ser maltratados. La propia seguridad,
el amor a la tranquilidad, y el temor al bando dominante, han tenido
el mismo efecto en todas las provincias de España, y los gobiernos
del exterior han seguido la corriente y han sido ganados. Mas todas
estas irregularidades y violencias no son suficientes para dar ningún
derecho, a nadie, ni para quitárselo a otro, ni pueden pasar por ser
la voluntad de un pueblo
No hay más que hacer la prueba para asegurarse de ello: que los
Borbones, si se atreven, devuelvan la libertad a los pueblos de la

7 En español en el original.

309
monarquía y les dejen escoger voluntariamente y a su gusto, un rey
para gobernarlos; que hagan cesar el terror impuesto por los ejérci-
tos, y que los franceses recientemente llegados salgan de Madrid y
de toda España, pero, sobre todo, de los Países Bajos y del Mila-
nesado. El rey Carlos III y sus aliados harían otro tanto, retirando
también sus tropas: entonces se vería de qué lado recaería la elección.

Estando ya plenamente demostrado el derecho de la Casa de


Austria en la persona del rey Carlos III, no es necesario probar con
amplitud el segundo punto de esta argumentación: que la conciencia
y la consideración del bien público y de la salvación de la monarquía
debe llevar a los grandes y al pueblo a ponerse al lado de su ver-
dadero y legítimo rey. Pues, en lo que respecta a la conciencia, estan-
do claro el derecho del príncipe, según se acaba de mostrar, no se
puede alegar ignorancia. Rehusando los Borbones todo juicio o arbi-
traje, y no apoyándose más que en las armas y las usurpaciones, se
condenan a sí mismos, y reconocen el derecho del rey, como ya en
efecto habían hecho én su pretendido reparto. Para que todo el mun-
do lo reconozca, no hace falta sino saber leer lo que se ha querido
dejar para el final, es decir, el resumen del contrato de matrimonio
de Luis XIV y la infanta María Teresa, o del Acta de renuncia, que
es el texto más concluyente de todos; y como no se trata solamente
del derecho del rey, sino también de la salvación de la monarquía,
que está a punto de ser irremediablemente lanzada a un abismo de
desgracias, la conciencia de quienes están en disposición de contribuir
en cualquier manera a enderezar las cosas, queda en la ineludible
obligación de hacerlo, y serán responsables ante Dios y ante los hom-
bres de los horribles males que habrán causado o que podrían impe-
dir. Pues, quienes quizá hubieran podido jactarse al comienzo de esta
revolución, contra todo tipo de razón, de que la monarquía perma-
necía en paz, y de que se podría recibir a un príncipe de la Casa de
Borbón, nieto del rey cristianísimo, sin al mismo tiempo sufrir el des-
pótico yugo del dominio francés, habrán sido desengañados de sus
infundadas esperanzas por los acontecimientos y las iniciativas que ya
han tomado los franceses, quienes ya los gobiernan baqueta en mano.
De este modo, es la cosa más evidente del mundo el que la sal-
vación de la monarquía y de la nación española nunca ha estado en
mayor peligro desde la invasión de los sarracenos. Es imposible, por
tanto, dejar de comentar algo de ello, sin extenderse en un campo
tan vasto, para hacer ver que deben esperarse grandes desgracias de

310
un príncipe de la Casa de Borbón, y que nada hay que temer de uno
perteneciente a la dinastía austríaca. Hay que considerar que las des-
gracias que pueden ocurrir por voluntad de un rey Borbón, o in-
cluso a su pesar, por h fuerza misma de las cosas, por sus deseos,
fundados ya en la inclinación, ya en su interés, serían muy contrarios
al bien del Estado y al espíritu de los pueblos. Un rey puede tener
inclinaciones distintas de sus intereses, y las unas podrían ser tan
peligrosas como los otros. Las inclinaciones de los Borbones son co-
nocidas cuando son las propias de su estirpe; al menos debe presu-
mirse en ellos lo que caracteriza a las costumbres de su nación: en
efecto, aunque ellos no las quisieran completamente, siempre tendrían
tendencia a tolerarlas, por no decir a favorecerlas. ¿No sería el
interés de un rey así dar su confianza a aquellos de su nación que
considera más fieles y apegados a su persona, y más adecuados para
servirle en sus proyectos?
Las costumbres de los franceses son completamente distintas a
las maneras o costumbres de España. En Francia hay una gran liber-
tad, sobre todo en relación al sexo, y es de temer que la introdu-
jeran con ellos en perjuicio de las buenas costumbres. También .es
sabido lo que dio lugar a las Vísperas Sicilianas, pero no queremos
detenernos en materia tan odiosa 8 . Hay, en otros aspectos, una infi-
nita oposición entre los usos de España y los de Francia, y existen
libros escritos precisamente sobre este tema. De un lado son graves,
serios, moderados, exactos observadores de das leyes y las costum-
bres, contentos con respetarlas y deseando que los demás también
las respeten; allí donde la ley no ha sido establecida, la sabiduría
de la nación ha ocupado su lugar, dictando costumbres que la suplen.
En la conversación y el trato cotidiano, del mismo modo que no
quieren incomodar a los demás, tampoco toleran ser moléstados; la
juventud misma tiene ese modo de ser grave, propio de la nación.
Del otro lado, es decir, de parte de los franceses, sucede todo lo
contrario: no se dan reposo, ni se lo dejan a los demás: el grave
y serio pasa por ridículo, y la moderación y la razonabilidad, por
pedantería; el capricho se considera galante; la desigualdad en el
trato con las gentes, destreza; se meten en las casas, persiguen a la
gente hasta el propio hogar, se querellan sin motivo. Sobre todo, la
juventud se vanagloria de su locura y de sus desórdenes, que suelen

8 Por las «Vísperas Sicilianas» se conoce la revuelta popular que se inició


a la hora de las vísperas, el 29 de marzo de 1282 en Mesina. Un grupo de
soldados franceses del ejército con que Carlos I se disponía a tomar Constan-
tinopla, fue atacado por el populacho furioso porque habían abusado de va-
rias mujeres locales.

311
ir muy lejos, como si de una señal de un bello espirita se tratara;
no respeta el sexo, ni la edad, ni el mérito.
¿Es acaso posible imaginar que, cuando se llene la corte y se
inunden las provincias de este tipo de gente, que obtendrán también
los empleos, y gozarán del favor real, la nación española pueda aco-
modarse finalmente a ellos sin contagiarse por sus malos ejemplos?
¡Dios quiera que esto no llegue a suceder! Se dirá quizá que esto
son bagatelas, pero nada está más lejos de serlo, pues, además de que
la piedad, la virtud, la razón, están por encima de todas las cosas,
la dulzura de la vida consiste en buena parte en no ser incomodado
en la propia casa por peligrosos inoportunos; es incomparablemente
mucho más duro ser perturbado, burlado, afrentado y maltratado en
la propia servidumbre, en la propia persona, entre los allegados, y
arrastrar una vida pesarosa a causa del desprecio y las insolencias
de aquellos con quienes se tiene que vivir, y a quienes es está obliga-
do a soportar a pesar de uno mismo, e incluso a temer, esto, digo,
es insoportablemente más duro que estar sometido al yugo de un
conquistador, o ser oprimido por un tirano que no se ocupa más
que-de los asuntos generales o de la bolsa.
Tampoco debe ¡"tenerse en poco la consideración de la religión,
sobre todo en un país tan católico. Se sabe que en Francia no son
católicos más que a medias, y ¡plugiera a Dios que fueran cristia-
nos! La autoridad del papa, incluso en materias eclesiásticas, no es
tomada en consideración más que cuando se le quiere halagar para
atraerlo para oprimirlo algún "día junto con todos los demás. Se han
hecho mil afrentas a un santo pontífice (Inocencio XI) porque era
guardián de la justicia y desaprobaba los ambiciosos proyectos de
Francia. Se atacaba abiertamente entonces la autoridad de la Santa
Sede, y se perseguía a quienes la defendían, como si fueran herejes.
Se oprimían las libertades de las Iglesias en virtud de las mal fun-
dadas pretensiones de la regalía, contraviniendo la expresa doctrina de
un Concilio General de Lyon; obispos ejemplares, que no eran escla-
vos de la corte en detrimento de su conciencia, eran tratados con
la peor falta de humanidad. Además, se ha formado, hace ya mucho
tiempo, un gran partido en la Iglesia de Francia, que intenta destruir
por completo la autoridad del papa y reformar varios' dogmas de la
Iglesia católica, apostólica y romana como si se tratara de absurdos.
Este partido triunfa actualmente entre el clero secular de Francia,
y sus efectos se verán algún día, si Dios llega a permitir que la Casa
de Borbón obtenga la grata posesión-de dos monarquías, y que, en
consecuencia, el papa, junto con Roma, estuviese bajo su poder.
La ambición de Francia también ha mantenido en Europa a los

312
musulmanes, que el emperador estuvo a punto de expulsar. Que
no se diga que esta Corona temía el engrandecimiento de la Casa de
Austria, porque no tenía más que tomar parte en el botín; Grecia y
Tracia (por no mencionar Asia) le esperaban y las tenía aseguradas.
Pero ha preferido reservarse para la injusta invasión de la monarquía
de España; y aún ahora hace esfuerzos para empujar al turco a atacar
de nuevo a la cristiandad. Dicha Corona, con su avidez, ha causado
un horrible derramamiento de sangre cristiana desde hace treinta
años, por ser ella quien ataca siempre a los demás; y deben serle
imputados casi todos los males que Europa ha padecido desde enton-
ces. Estos son los méritos que la Casa de Borbón puéde alegar para
llevarse tan gran premio como el de la monarquía de España, y
para quitárselo al emperador, siempre fiel a su Dios y a sus aliados.
Pero lo peor de todo es que el ateísmo camina ya en Francia
con la cabeza erguida, que los sedicentes «espíritus fuertes» están
allí de moda, y que la piedad se ha vuelto ridicula. Este veneno se
extiende con el espíritu francés, y en dondequiera que echa raíces
y se impone, lo difunde. Someterse a la dominación francesa, es abrir
la puerta a la disolución y al libertinaje; también se puede estar
bien seguro de que la piedad no podría reinar en donde la justicia
es humillada, como tantas veces y con tanta altivez lo ha hecho
Francia; y si el espíritu insolente de los franceses, desde que son
los amos, debe obligar a personas honestas a no dejarles obtener el
dominio en su país, sus sentimientos e- impías acciones debían es-
pantar a las personas de bien y a los buenos prelados, como á todos
aquellos miembros del clero que sientan devoción por la Casa de
Dios. Es necesario tener una opinión demasiado buena de los prín-
cipes Borbones para creer que los malos suceden y sucederán a
pesar de ellos, y que no favorecerán el desorden y la impiedad; pero
la mala costumbre, cuando los espíritus se han hecho a ellas, es
más fuerte que los mandamientos. Lo estamos viendo ahora en la
misma Francia, donde, bajo un rey devoto, severo y absoluto, el
desorden y la irreligiosidad han ido más allá de todo lo que jamás
se ha visto en el mundo cristiano. ¡Quiera Dios que no haya nece-
sidad de precaverse. contra este mal francés, y que la grandeza de
esta nación, que siempre va en aumento, si nadie se opone a ella,
no sea un nuevo azote contra la religión! España se resentirá de él,
las iglesias sobre todo; y ios españoles serán los más culpables, si
se someten a esta peligrosa nación, poniéndola así en condiciones
de domeñar el resto de Europa.
El interés, tanto como la inclinación de un rey Borbón y de
los franceses, será hacerse absoluto para poder ejercer un poder

313
despótico. Es sabido que ésta es la forma de gobierno establecida
en Francia, que allí es exaltada por los aduladores, y que un nieto
de un rey de Francia no puede dejar de estar imbuido de estos
principios. Allí se han reducido a la nada las libertades de los gran-
des y del pueblo; el capricho del rey lo domina todo; incluso los
príncipes de sangre real carecen totalmente de autoridad; los gran-
des no lo son más que por el título y se arruinan progresivamente,
mientras que personas de poca consideración son elevadas para servir
de instrumento a la opresión de los otros. En los países con Es-
tados, no se reúnen éstos más que para cubrir el expediente, y
estas asambleas sólo sirven para ejecutar las órdenes de la corte,
sin que se tengan en consideración sus quejas. La nobleza se em-
pobrece al extremo, irritada por trapacerías y requisitorias, obli-
gada a agotarse en el servicio del rey y a sacrificar su bien y su
sangre a la ambición de un conquistador, mientras que no se ali-
menta sino de esperanzas de una quimérica fortuna y de promesas
que no se cumplen más que en muy reducido número. Quienes
están en empleos civiles, sobre todo en los lucrativos, se están en-
riqueciendo a expensas del bien común porque se les suelta las
riendas, pero son inmediatamente exprimidos como esponjas por
las revisiones de sus cuentas y sus negocios, por la venalidad de los
funcionarios, por la creación de nuevas cargas, y por las grandes
sumas que se les pide sin ningún objeto, y que están obligados a
pagar para librarse de la vejación. El pueblo es pisoteado sin miseri-
cordia, y reducido a pan y agua por las tallas, tasas, impuestos,
capitaciones, acuartelamientos de invierno y el continuo paso de tro-
pas, por monopolios, cambios de moneda que repentinamente des-
pojan a todo el mundo de buena parte de sus bienes, y por otros
mil inventos; y todo esto sólo para servir a la insaciabilidad de una
corte que no se ocupa de los súbditos que ya tiene, y que no busca
sino aumentar el número de miserables extendiendo sus estados.
Ahora, cuando están todos los pueblos de la monarquía española
a punto de probar la misma suerte, ¿no se sentirán conmovidos
los verdaderos españoles que aman su patria y el honor de su
nación?
No hay más que imaginarse todo lo que el revoltoso y liante
espíritu de los franceses es capaz de emprender en España para en-
riquecer al rey, y aumentar su poder a expensas de los súbditos.
Francia abunda en dadores de consejos y en partidarios profesio-
nales, ávidos del oro y la plata de las Indias y de las riquezas de
España, que ya devoran con los ojos. El rey se hará dueño del
comercio con América, y dispondrá a placer de las minas del Perú,

14
introduciendo en ellas administradores franceses; los particulares no
obtendrán más que aquellas cosas que a él le parezca preciso de-
jarles para trabajar en empresas de las que no sería adecuado que
un príncipe se encargara. Se verán en España contratistas de im-
puestos, al modo francés, y gentes de negocios que exprimirán al
pueblo hasta el tuétano, para obligarle —dirán— a ser más indus-
trioso y a trabajar más, aunque apenas gozarán de su trabajo, cuyo
provecho estará reservado a la-corte y a los extranjeros.
Los funcionarios de la justicia, de la policía y de las finanzas
sufrirán drásticas reformas: se cambiará a unos, se- mantendrá a
otros, pero dándoles los colegas que se juzguen más apropiados:
y esto no se hará sin dinero, aunque la venalidad de los cargos
no se practicará al principio de una forma abierta. Se obligará a
muchos dignatarios a volver a comprar sus cargos, para poder
librarse de vejaciones e investigaciones por pretendidas irregulari-
dades. Se les enviará generalmente a escuelas francesas, so pre-
texto de que todo en Francia está mejor organizado; pero en el
fondo, ello se hará para que los franceses, convertidos en sus pre-
ceptores, entren en el secreto de toda la economía española, y tengan
acceso a todo tipo de empleos. Si hacen algunas mejoras, no será
para bien del pueblo, sino para el de su rey, cuyo tesoro o fisco,
como es sabido, se asemeja al bazo en el cuerpo humano, cuya
enorme magnitud se debe a la disminución de otros miembros o
visceras. Por otra parte, la disponibilidad de estas excesivas rique-
zas ponen a los reyes en situación de proyectar conquistas y em-
prender guerras, que acaban de expoliar a los particulares, aumen-
tando los desórdenes y miserias del género humano.
Los grandes y los nobles no estarán a salvo de las vejaciones;
por el contrario, aquellos cuyo poder haga sombra, aunque sólo
sea un poco, serán en seguida humillados: se les involucrará en
investigaciones acerca de las propiedades enajenadas de la Corona,
y se les obligará a renunciar a ellas con distintos pretextos. Se les
proporcionará cargos halagadores, pero excesivamente gravosos, y
que los llevarán a la ruina; se comprometerá a los nobles en los
pleitos y en gastos lujosos; se les obligará a presentarse en la
corte, en los llamamientos a la guerra, en los ejércitos, so pena
de ser despreciados e incluso molestados. Los empleos lucrativos
y de confianza serán, o bien para los extranjeros, o bien para sus
compinches en el país, dóciles y dispuestos a cualquier cosa, y a
pasar por todo, sin preocuparse del honor y del bien de la patria.
Apenas serán mejor tratados los miembros de la Iglesia, y el ejem-
plo de Francia les servirá de norma. El rey, ayudado por el de

315
Francia, forzará al papa a firmar el concordato que a él le parezca;
la corte se apoderará de la colación de casi todos los beneficios,
y repartirá las pensiones, introduciendo la regalía, con todas sus
consecuencias; jueces seglares modificarán las sentencias eclesiásti-
cas so pretexto de que se cometían abusos; se recortarán las alas
a los prelados a quienes se considere demasiado ricos, y se les exi-
girán tantos donativos, que la condición del clero no será mejor
que la de los laicos, ya que acabarán por estar obligados a soportar
la miseria.
En lo que respecta .a los asuntos públicos, puede ocurrir muy
fácilmente que el duque de Anjou se vea obligado, con tal de ser
apoyado por su abuelo o por su padre, a sacrificar en favor de
Francia, o de los intereses de los Borbones, una parte de las po-
sesiones o de los derechos de la monarquía española. Se ha resaltado
en voz muy alta en el partido la disposición del pretendido testamento
del difunto rey, que prohibe hacer ningún tipo de separación o
enajenación en la monarquía, y Francia manifestó que no permi-
tiría el desmembramiento de una sola pulgada de tierra. Pero sus
intenciones, y sus palabras, son muy distintas: se sabe que halaga
al elector de Baviera con la esperanza de llegar un día a conseguir
los Países Bajos, al tiempo que ella misma se apodera de todas las
fortalezas de ese país, así como también se adueña de las del Mi-
lanesado, y manifiesta claramente su exigencia de ser resarcida de
sus gastos. ¿Acaso estamos seguros de que los franceses no se
apropiarán de Cataluña, de los castillos de la ciudad de Nápoles,
algún puerto en Sicilia, para tener a su merced la monarquía entera,
a fin de que el rey Borbón esté siempre bajo la tutela del de Fran-
cia, como el duque de Anjou estaba bajo la de su abuelo? Y este
joven príncipe, que se considera más feliz reinando en Madrid que
en el castillo de Meudon, que hubiera constituido todo su patri-
monio, se presta a todo, aparte de que puede esperar reinar él
mismo algún día en Francia. Por otra parte, parece muy verosímil
el que Francia tome sus medidas para impedir que algún día los
españoles, si quisieran, pudieran cambiar de partido, pues no hay
ninguna posibilidad de que quiera fortalecer a un rival, con el
peligro de ser importunada por él algún día. Es posible juzgar
acerca de lo que esta Corona, o al menos, un rey -francés, puede
hacer y hará después, con el tiempo, y cuando pueda actuar im-
punemente dentro y fuera del país, recordando cuanto los -fran-
ceses vienen haciendo desde hace dos o tres años, aun teniendo
grandes enemigos frente a ellos, y estando todavía obligados a en-
frentarse a los españoles con cierto miramiento. Hay que reconocer

316
que, si juzgamos el futuro por este patrón, y si los franceses pro-
ceden del mismo modo que hasta ahora, bien pronto tendrán a
España completamente encadenada, pues ya son casi los dueños
de los Países Bajos y del Milanesado, únicas provincias de la mo-
narquía provistas de fortalezas en cierta cantidad; y, a la menor
sospecha, intentarán desarmar a los españoles, como han desarmado
a las tropas del duque de Saboya. Ahora envían de nuevo a España
a la mayor parte de españoles e italianos que están en los Países
Bajos, con los señores valones que les resultan sospechosos; toman
medidas para seguir siendo dueños de Pamplona, Barcelona y los
puertos de Vizcaya, con objeto de tener las llaves de España en
su poder. Trabajaban para introducirse en México y Perú, y, de hecho,
han empezado a hacerlo con éxito. Poco faltó para que condujeran la
flota de la plata a algún puerto de Francia, y si han hecho la primera
vez, no dejarán de hacerlo la segunda, cuando tengan la oportunidad.
Se aseguran el comercio de negros excluyendo a otras naciones,
lo que coloca las minas del Perú bajo su dependencia. Ya molestan
a los españoles, y les enseñan a obedecer a la francesa; se burlan
de los privilegios de regiones y ciudades; exigen el dinero que
quieren, y, por toda respuesta a las quejas que se les formulan,
se limitan a decir: «El rey lo quiere.»
Para decirlo todo en una palabra, el rey cristianísimo es tan
absoluto en Madrid como en París, y gobierna la monarquía espa-
ñola como la de Francia. Los mariscales de yilleroy y Boufflers han
ejercido el mando sin tener consideración alguna con el marqués
de Bedmar, en las regiones en que éste debía cumplir las funciones
de capitán y gobernador general. Al duque de Borgoña se le dio
la representación del duque de Anjou, su hermano, para obtener
un poder sin límites. Esto equivalía a poner las mejores plazas
de las provincias de España en poder del presunto heredero de la
Corona de Francia; ¿es posible actuar de un modo más despótico,
y de una manera más contraria a los intereses de los españoles?
Los ministros de España en las cortes extranjeras parece que están
situados tras los de Francia, o, al menos, en un plano secundario;
el secreto y la solución de los asuntos siempre está en manos de
los franceses; don Quirós lo comprobó desde el comienzo de esta
revolución, cuando se encontró en Holanda con el conde de Avaüx.
Del mismo modo, los españoles están obligados a ceder en todo
ante los ministros de Francia, y a reconocer siempre la procedencia
de esta Corona, cosa que nunca se hizo antes.
La Casa de Borbón actúa casi con la misma altivez en la propia
España. Los franceses visitan los puertos de España y se informan

317
de los recursos y rentas de la monarquía. Ya se ha puesto al
mismo nivel a los grandes de España con los duques y pares de
Francia, quienes, sin embargo, sólo se cubren ante sus reyes en
algunas ocasiones. Cuando algún grande de España ha expresado
su queja por ello, se le ha enviado al exilio, o perjudicado de al-
guna manera.
Apenas el duque de Anjou estuvo en condiciones de hacerse obe-
decer, persiguió y encarceló a un distinguido eclesiástico sin motivo
real de ninguna clase, y sin guardar la más mínima apariencia de
justicia. Desde entonces se han burlado de la regencia establecida
en el pretendido testamento, y han llegado incluso a poner al car-
denal Porto-Carrero un vigilante, en la persona del conde de Estrées;
en efecto, es evidente que, si el cardenal francés ha sido llamado
ahora nuevamente, sólo es con la intención de apaciguar los áni-
mos contrariados.
Siendo el pretendido testamento el único sostén de las gestio-
nes de los gobernantes y de Francia, esta Corona debería al menos
simular tener con él alguna consideración, si es que se preocupara
por tratar a la gente de un modo acertado. Pero ya desde el prin-
cipio se ha abierto runa brecha muy grande, y muy pocos se preocu-
paron de respetar la gloria y la voluntad del difunto rey, trataron
de un modo indigno a la reina viuda, su ilustre esposa, nombrada
regente en el testamento, cosa que quizá era la única realmente
conforme a las verdaderas intenciones del príncipe. Pues bien, antes
de que el duque de Anjou hubiera llegado a Madrid, ya se le había
desposeído del cargo de regente, se le alejó de la corte por medio
de una carta escrita en términos durísimos en nombre del duque,
y, en suma, no se tuvo el menor respeto al derecho que el testa-
mento otorgaba a esta gran princesa.
Llegaron a reservarse expresamente los medios de aniquilar un
día toda la validez del testamento, en lo que concierne a la suce-
sión y en los puntos que podían ser contrarios al interés de los
Borbones, por las protestas que se recibieron de parte de los duques
de Anjou y Orleáns, como se ha dicho más arriba.
El duque de Anjou. antes de su salida para España, firmó un
acta en el que se reservó la posibilidad de su regreso a la Corona
de Francia, en caso de que la sucesión masculina de su primogé-
nito llegara a faltar; pero no hizo en este documento la menor
mención de abandonar España en el caso aludido en el testamento,
a pesar de que éste era el lugar para hablar del tema, y dé que era
preciso hacerlo si se quería evitar sospechas, pues, al no hacerlo,
se ponía de manifiesto que no se preocupaban prácticamente de esa

318
condición, ni del testamento, ni siquiera de los juicios que pudieran
hacer los españoles, y otros pueblos y potencias que tanto interés
tienen en que no se unan las dos monarquías.
Incluso se afirmó que no observaban el pretendido testamento
más que en lo que era útil, al admitir la protesta del duque de Or-
leáns contra el mismo testamento, quien pretendía, en su calidad de
descendiente de la reina de Francia, Ana —hermana primogénita de
Felipe IV— ser preferido a la^ descendencia de la hermana pequeña,
Ana María —madre del emperador— y a la de Catalina —her-
mana de Felipe III, del cual descendía el duque de Saboya, a
pesar de la renuncia de la mencionada reina Ana. Ello hace ver
que los Borbones pretenden retener en su poder toda la monarquía
de España, aún en el caso de que llegara a faltar toda la descen-
dencia del delfín. Efectivamente, si el rey cristianísimo tuviera ver-
daderamente la intención de hacer cumplir el testamento, y hubiera
creído, al menos entonces, que le sería útil tener consideraciones
para con los españoles, el duque de Orleáns no se hubiera atrevido a
protestar públicamente, igual que no se ha atrevido a hacerlo contra
el tratado de partición, ni en otras muchas ocasiones.
No hay que dudar de que los franceses, si dominaran la situa-
ción, proyectarían mantener la monarquía española en poder de la
Casa de Borbón, contraviniendo las cláusulas del testamento, y en
perjuicio de las personas preteridas; tampoco cabe duda de que no
dejarán de unir esa monarquía a la Corona de Francia cuando llegue
d caso, ni de reducir España a la categoría de provincia; tampoco
será de extrañar que los cargos de confianza, los principales em-
pleos, o al menos los más lucrativos, el comercio sobre todo, el de
América, el mando de las tropas, las plazas fuertes más impor-
tantes, y, en general, las llaves del gobierno del Estado serán para
los franceses o para quienes dependan de ellos y se mantengan
afectos a la corte. Se gobernará según el modelo francés, se humi-
llará a los grandes, se oprimirá a los pequeños sin consideración
alguna para con los derechos y privilegios; se empobrecerá a unos
y otros con impuestos, extorsiones y exigencias tendentes a poner
al rey en. situación de contribuir grandemente a la monarquía uni-
versal de los Borbones; en~fin, se afrentará a los españoles en su
propia casa, y se les rebajará incluso en su servidumbre, con "los
insolentes y libertinos modales de los franceses: una nación que
siempre ha pasado por ser una de las más generosas, capaz de do-
minar a tantas otras, será el juguete de su enemigo, y sufrirá la
vergüenza ante toda la tierra, tanto más cuanto, al someterse a

319
Francia, será sin quererlo causa de desgracias y opresión de muchos
otros.
Hay quienes dicen que todos estos temores se refieren a un
futuro incierto, y que, en realidad, no hay que atormentarse por
cosas que tan sólo son posibles en el futuro. Pero es que, en buena
medida, el mal ya está presente y a punto de realizarse. España
ya casi está encadenada, y si no se despierta a tiempo, ya no podrá
librarse de la esclavitud, ni por sus propias fuerzas, ni recurriendo
a las de sus amigos. Y, aunque todo el mal sólo fuera futuro, ¿acaso
no sabemos que toda la prudencia humana no tiene otro objeto
que el porvenir? Se deben tomar precauciones; mientras sea posi-
ble, contra grandes males que pueden sobrevenir fácilmente, o, mejor,
que difícilmente dejarán de hacerse reales, tal como están las cosas.
Es precisamente esta fatal indolencia, a la que los hombres
están demasiado inclinados, al vivir exclusivamente apegados al pre-
sente, la que ha causado la mayor parte de las malas decisiones,
cuyas funestas decisiones estamos viendo. Ella es la que origina la
relajación de los unos, que se despreocupan por la suerte de la
patria y no piensan sino en vivir apaciblemente el resto de sus días
(aunque en esto se 'equivocan, ya que las desgracias están dema-
siado cerca) y la corrupción de los otros, que intentan aprovecharse
de las circunstancias presentes, contribuyendo incluso a los males
de la patria para obtener alguna ventaja de ellos. Estos principios
son indignos de gentes que hacen profesión de sabiduría, honor y
probidad; hay que haber renunciado a los sentimientos de hones-
tidad y a la propia conciencia, para llegar a sostenerlos.
Existen hombres de esta clase, ganados para los Borbones o
caídos en una molicie afeminada, que se halagan a sí mismos, y
arrojan polvo a los ojos de los demás, intentando mitigar los ma-
yores y más justos temores. Cuando sostienen que las dos ramas
de la Casa de Borbón podrían con facilidad llegar a enemistarse,
añaden que los asuntos de Europa volverían a estar nuevamente como
estaban antes de la muerte del difunto rey. Pero, aparte de que el
duque de Anjou no podría aunque quisiera separarse de los inte-
reses del rey de Francia (que, en calidad de tutor de su nieto, es
monarca común de ambos estados, y toma medidas para no dejar
de serlo y para dejar estas insólitas ventajas al delfín, y que tendrá
aún la autoridad de un padre, y contará con el afecto y el respeto de
un hijo, y con el poder para hacerse obedecer), además de esto,
digo, el verdadero interés de las dos ramas de la Casa de Borbón
consiste en permanecer unidas. Además, así estarán en mejor si-
tuación que la Casa de Austria para ayudarse mutuamente, a causa

320
de la contigüidad de sus territorios. El duque de Anjou, bajo su
abuelo o bajo su padre, será rey absoluto de toda la monarquía,
y estará en situación de emplear sus grandes fuerzas en proyectos
comunes, de los que siempre será Francia el alma y primer motor:
cuando el duque de Borgoña herede la Corona de Francia, no de-
jará de reproducirse la misma situación entre los dos hermanos.
¿Creeremos acaso que estarán dispuestos a ponerse límite, y a de-
tenerse en la más brillante carrera'que se ha visto desde que tuvo
-lugar la decadencia de los romanos? El mundo es lo suficientemente
grande como para que los dos reyes puedan darse la mano y ayu-
darse en sus conquistas sin obstaculizarse ni causarse perjuicio:
sería preciso que hubieran perdido la razón para actuar de otro
modo y enemistarse uno con otro. Ahora bien, si la salvación y la
seguridad de. España, e incluso la de toda Europa no dependen
más que de que los Borbones cometan un error tan grande, en-
tonces no es posible que llegue a estar nunca peor asegurada.
Es por tanto imposible pensar en eso sin cegarse voluntaria-
mente, y es claro como la luz del día que. si España sigue perte-
neciendo al'duque de Anjou, estará a merced dé los Borbones: ¿qué
fuerzas podrá oponerle cuando esté en el poder? Los inútiles es-
fuerzos .que hará para liberarse sólo servirán para hacer más pe-
sadas las cadenas. Todavía hay grandes potencias preparadas para
sacar a España del evidente peligro en que está de caer en la es-
clavitud. El emperador, el Imperio, Inglaterra y Holanda le envían
un réy verdaderamente legítimo; Portugal lo acepta y le presta
todas sus fuerzas. Algunos Estados italianos comienzan a decidirse,
y cualquier éxito, por pequeño que sea, hará que se decidan quienes
aún dudan por temor. Si los españoles mismos se unen, el asunto
estará resuelto. Pero hay que aprovechar las coyunturas favorables,
y tomar partido, ahora o nunca; si dejamos pasar este momento,
todo está perdido, al menos en lo que puede apreciar la mente
humana.
La gran alianza, si las cosas comienzan a prolongarse, no podrá
subsistir mucho tiempo; los Borbones serán capaces, si se adueñan
de la monarquía española y la conservan, de provocar en Inglaterra
y Escocia las más trágicas revoluciones9. Holanda no podrá seguir
manteniendo los inmensos gastos de una guerra larga, y no estará
dispuesta a arruinarse sin esperar fruto alguno. Al emperador le
resultará imposible sostener el peso de la propia guerra; hay que
9 Efectivamente, Luis XIV y Luis XV apoyarán a los Estuardos y harán
varios intentos de recuperar el trono. El más importante fue el que tuvo
lugar en 1745.

321
tener en cuenta que, ocupándose en ella, desatiende los problemas
que los turcos y los rebeldes, que le acechan y acosan en su propio
Imperio, le causan sin cesar, y que pueden colocarlo al borde de
una catástrofe. Estamos, pues, en vísperas de una revolución gene-
ral, ya que la monarquía universal que los Borbones preconizan
sólo podría ser evitada por una intervención del cielo, y aventurar
cosas sobre ello es tentar a Dios, y engañarse uno mismo.
Los grandes cambios que .exige el establecimiento de una mo-
narquía universal sólo llegarán precedidos de un diluvio de sangre
y de horribles miserias de los pueblos, tanto de parte de los con-
quistadores como de los que se les resisten; España sufrirá gran-
des males, y su esclavitud servirá de modelo a la opresión de todos
los demás.
Ahora bien, si se acata la autoridad del legítimo rey, los temo-
res cesan. Es sabido que los príncipes de la Casa de Austria go-
biernan de forma equitativa y de acuerdo con las leyes; por otra
parte, aún cuando quisieran oprimir la libertad y los privilegios del
pueblo, no podrían hacerlo, ya que no pueden, esperar apoyo al-
guno de la rama alemana, que se encuentra muy lejos, y deben temer
a Francia, que está tan próxima. De ese modo, tanto España como
toda Europa permanecerán en su primitivo estado, y el único pro-
blema será el cómo expulsar a los franceses de los puestos que ya
han ocupado, so pretexto de asistirnos. Como tenemos de nuestro
lado a casi toda Europa, tan interesada en ello como nosotros mis-
mos, el éxito está asegurado, contando con la ayuda de Dios, pro-
tector de la justicia y vengador de las malas acciones.
Para concluir, imaginemos a España y a todos sus territorios
bajo el yugo francés, corrompidas las costumbres, despreciadas la
religión y la piedad,, insultadas las gentes honestas, reducidos los
pueblos a la miseria, humillados los grandes, y dueños los extran-
jeros de las fuerzas y riquezas del país, gobernando el rey a la turca,
y cumpliendo con rigor sus favoritos, oficiales, soldados y minis-
tros lo que Samuel10 predijo al pueblo de Israel, deshonrando las
familias, apoderándose de cuanto encuentren de su agrado, y no
respondiendo a las quejas más que con burlas y nuevas, afrentas,
sin dejar ninguna esperanza de liberación, ya que los franceses, sin
duda, no dejarán de prevenirse contra las Vísperas parecidas a las
de Sicilia, y el resto de Europa estará, en su mayor parte, bajo
la misma presión y muy lejos de una situación en la que podría
prestar socorro a los que han caído en ía esclavitud. Además, las

10 I Samuel 10.

322
otras naciones odiarán y despreciarán a aquellos a quienes creerán
causa de las desgracias de todos, por su imprudencia y falta de
valor, cuando los vea aplaudir a ávidos miserables, que vienen a
trabajar y a buscar el pan en ella.
Quienes no son capaces de conmoverse con las imágenes de estas
horribles e inevitables desgracias, son dignos de sufrir males aún
mayores, y no merecen llevar el glorioso nombre de españoles.
¿Reconocerían, si volvieran ageste mundo, los Gonzalo, Jimé-
nez, Toledo, Pizarro, y tantos otros antiguos españoles, fundadores
de una gran monarquía, dominadores de tantas-.naciones, como de su
propia sangre a quienes vieran dispuestos a padecer el yugo de sus
enemigos por una cobardía indigna, estando en condiciones de defen-
derse, y contando con Europa, que les tiende los brazos?
Pero tenemos que creer que el número de estos españoles es
muy pequeño, y que, incluso quienes han aceptado un príncipe
francés, al ver cuánto se les ha engañado, más se empeñarán en
reparar el error cometido; la conciencia, el deber, el honor, la sal-
vación de la patria, y la felicidad o desgracia de cada uno en par-
ticular, impresionarán vivamente a un pueblo al que nadie pudo
acusar nunca de bajeza ni de tener mal corazón. Toda ?sta nación,
haciendo justicia a su legítimo rey, y a sí misma, mostrará „a toda
la tierra que no ha degenerado el valor de sus antepasados.

323
Ili

LEIBNIZ,
FUNDADOR DE ACADEMIAS
La preocupación de Leibniz por la fundación de academias cons-
tituye una constante de su labor científica. Los primeros textos datan
de 1660, cuando Leibniz concibe la edición de las Semestria Literaria,
es decir, una revista semestral dedicada a las novedades aparecidas
en el mundo editorial. La edición de dicha revista estaría encomen-
dada a una sociedad constituida y .protegida por el arzobispo elector
de Maguncia Juan Felipe de Schónborn. LQS miembros de dicha
sociedad, a la vez de preparar extractos sobre cada una de las obras
que se estudiarían, también llevarían a cabo una labor de censura
y selección. Lograrían, además, informes de novedades de academias
de otros países \ Este interés por la formación de academias con-
tinuará hasta el final de la vida de Leibniz. Sus últimos años trans-
currieron en parte importante en Viena en gestiones dedicadas a la
fundación de una academia imperial2, mientras mantenía contactos
con el zar Pedro el Grande, de los que surgirán los primeros pro-
yectos para la posterior Academia de San Petersburgo, que será fun-
dada en 1724. Además de estos dos proyectos, son notables los que
dieron pie a la constitución de la Academia de Ciencias de Berlín
en 1700 —que tuvo en. el propio Leibniz su primer presidente—
y a la de Sajonia, en Dresde, a la que consagró buena parte de fus

1 Cfr. FC 7-1 y ss. Asimismo sobre este tema en general puede consultar-
se con provecho COUTURAT, L . : La logique de Leibniz, apéndice I V , pági-
nas 501-528.
2 FC 7-XXIV.

327
actividades en 1704. Serían estos proyectos de academia los que
quizá más ocuparon sus últimos años, pero la preocupación por las
academias constituye una constante de su actividad política, como
lo muestran los textos que se presentan a continuación.
Este es uno de los puntos que permiten apreciar a Leibniz como
un hombre plenamente integrado en una de las tareas más innova-
doras de su momento, la creación y consolidación de un nuevo tipo
de institución intelectual que ocuparía el lugar de las universidades
tradicionales. Efectivamente, es bien sabido que, en términos genera-
les, la revolución cultural del siglo xvn se realiza al margen de las
universidades y, en cierta manera, en respuesta de una concepción
de saber que se juzgaba limitada y anquilosada3. El intelectual del
siglo xvn tendió a ser un hombre en contacto con la nueva ciencia
postgalileana, pero que no se dedicaba ni sola ni principalmente a la
enseñanza. Si pensamos en las vidas de los grandes filósofos del
siglo, las de Leibniz, Descartes, Spinoza, Locke, Hobbes, Malebran-
che (quedando como egregia y tardía excepción Berkeley), podemos
apreciar que se mantuvieron al margen de la docencia y de las insti-
tuciones que normalmente la habían asumido. Sin embargo, una de-
terminada vida institucional es necesaria o, al menos, muy conve-
niente para la vida 'intelectual4, pues vive de la comunicación de
quienes se dedican a ella. Este sería uno de los principales cometi-
dos de las academias científicas. Sirvieron para poner a sus miembros
al día de los problemas y métodos vigentes en la ciencia de un
momento determinado, permitieron la discusión de resultados y final-
mente contribuyeron a la difusión de los resultados de investigacio-
nes5 antes que a la realización efectiva de nuevos descubrimientos.
Esta labor de difusión se potencia con la labor de edición de publica-
ciones y concretamente de revistas. Desde el punto de vista de la
difusión de la ciencia, la revista más notable fue las Philosophica1
Transactions de la Royal Society, iniciada en 1665 por Oldenburg,
el secretario de la misma y uno de los interlocutores de Leibniz. Se
trataría, según Hall, del antecedente del moderno paper6. La Acade-
mia de Ciencias de París comenzará a publicar escritos análogos en
1699, y las Miscellanea Berolinensía, con aportaciones importantes
del propio Leibniz, aparecerán en 1710. Contribuirán a la difusión
de la vida académica, tareà a la que Leibniz no se sintió ajeno y que
3 HALL, A. R.: The Scientific Révolution 1500-1800, Londres (2), pá-
gina 187.
4 CFR. MANDROU, R . : Des humanistes aux hommes de science. XVI et
XVII siècles, Paris, 1973, pág. 230.
5 H A L L , A. R.: From Galilea to Newton, Londres, 1970, pág. 154.
6 HALL, A . R . : The Scientific Révolution, ed. cit., pág. 2 0 3 .

328
no duda en valorar en uno de sus primeros escritos sobre el tema1.
El momento de Leibniz es el momento en que las academias que
han comenzado a aparecer en la primera mitad del siglo 8 vienen a sus-
tituir y, en ocasiones, sin transformaciones de grupos intelectuales
que previamente existían, como el constituido en torno a Mersena,
la Academia Montmor, o el gabinete de los hermanos Dupuy. Con el
paso a una formalización institucional mayor, por una parte, se
logra una mayor precisión y unificación de intereses, y a lo largo
de la segunda mitad del siglo* sobre todo en el caso de la Royal
Society, se va realizando el ideal ilustrado de un saber práctico y em-
pírico 9. De hecho, Alemania sólo cuenta con el Collegium Naturae
Curiosorum 10. Pero Leibniz ve este desarrollo de academias como un
proceso al que el Imperio en general no puede quedar ajeno. Llega,
siguiendo el ejemplo francés paradójicamente, a entender que la
academia podía constituir un cauce para la renovación de la cultura
científica alemana, y también para el idioma alemán n, y afirmar y
potenciar la patria frente al peligro francés. También es consciente de
la importancia de las academias en la discusión sobre el sentido del
valor de la imagen cartesiana de la realidadn. Sin embargo, las
academias en sus actividades corporativas no llegarán a realizar
grandes descubrimientos por cuenta propia, sino más bien se apoya-
rán en el prestigio de sus miembros13. No tendrán, de hecho, la im-
portancia que pudo esperarse para ellas inicialmente.
Aunque en este tema Leibniz. muestra su sensibilidad por la vida
cultural contemporánea y su voluntad por lograr que un país insti-
túcionalmente retrasado como Alemania esté al corriente de las inno-
vaciones que estaban teniendo lugar en Europa, los distintos pro-
yectos leibnizianos muestran un conocimiento profundo y crítico de

7 FC 7-28. El Journal des Savants, fundado en 1665, donde publicó Leibniz,


no respondía a la misma concepción de revista que los Philosophical Transac-
tions, pues en lugar de reproducir textos directamente, comportaba resúmenes
y comentarios de obras, además de no ser propiamente el órgano de expresión
de ningún organismo.
8 La Academia dei Lincei funcionó entre 1609-1630. En 1635 Richelieu
funda l'Académie Française. En 1657 se inicia la corta vida de la Academia
del Cimento de Florencia; en 1662, la Royal Society of London for the pro-
motion of natural knowledge comienza su funcionamiento; en 1666 funda
Colbert l'Académie des Sciences'
9 HALL, A. R.: From Galileo to Newton, ed. cit., pág. 200.
10 HALL, A. R . : O. c., p á g . 151.
11 Cfr. escritos 25, pág. 338, y 27, págs. 356 y 360. Cfr. asimismo Ermahnung
and die Deutsche, ihre Verstand und Sprache besser üben, samt beigefiiten
Verschlag einer deutschgessinten Gesselschaft, K 6-187.
12 G 4-297.
13 HAL, A. R.: From Galileo to Newton, ed. cit., pág. 154.

329
la realidad de la vida académica del momento. Por ello tiene el propó-
sito de que la academia proyectada superara estas limitaciones. Asimis-
mo entiende Leibniz que, en el caso de las academias, debe existir una
vinculación permanente entre sus miembros. A su juicio, las academias
existentes carecen de una unidad institucional que les permita reali-
zar una tarea común. Esta unidad implicaría que los miembros
de las mismas estarían guiados por la voluntad de realizar una
tarea benefactora para la humanidad antes que satisfacer la mera
curiosidad 14. Lamenta Leibniz la ausencia de dicha unidad en las
grandes academias del momento 15 e incluso las discusiones y rivali-
dades que se establecen entre las mismas academias16. Su conciencia
de la necesidad de una vinculación moral libremente asumida de
intelectuales le lleva a admirar a los jesuítas 11, si bien se trata de una
admiración matizada, pues encuentra Leibniz que no han sabido evo-
lucionar suficientemente en algunas cuestiones 1S.
Uno de los problemas fundamentales de las academias es su finan-
ciación, que, como se puede apreciar por los textos de Leibniz, está
claramente vinculada con el problema de su autonomía institucional.
La mayoría de los proyectos leibnizianos están dirigidos a personas
poderosas, pues su auíor es consciente de que éstas son imprescindi-
bles para que el proyecto en cuestión se realice®. Leibniz conocía
la diferencia entre la Royal Society, que era autónoma, y la Société
des Sciences, que estaba subvencionada por la Corona francesa. El
precio de esta subvención fue el tener las líneas de investigación
determinadas por el Gobierno. Aunque, en determinados textos,
Leibniz subraya la importancia de que las academias conserven la
independencia20, por lo general, su perspectiva es más cercana a la
de Colbert y su afán por realizar una política científica, precisa-
mente porque entiende que una determinada unidad de investiga-
ción es imprescindible. En ese sentido, el ideal baconiano de un tra-
bajo coordinado, se une a la conciencia de que en la Alemania de la
segunda mitad del siglo X V I I las condiciones sociales del momento
difícilmente permiten una sociedad como la Royal Society, sostenida
por sus propios miembros. Era necesario el apoyo estatal. Además,
14 F C 7-599. Cfr. asimismo COUTURAT, L.: O. c., pág. 513.
15 HOSPERS: O. C., p á g . 7 6 .
16 MEYER, R. W.: Leibniz and the seventeenth Century Revolution. Cam-
bridge, 1952, pág. 94.
17 C£R. COUTURAT, L . : O. c., p á g . 5 0 6 , y BARUZI: O. c., c a p . 2.
18 Escrito 41, págs. 460 y ss.
19 Cfr. escrito 29, págs. 393 y ss. También 16, pág. 225, donde Leibniz hace
ver a Juan Federico la necesidad de una colaboración de varios hombres para
llevar a cabo sus proyectos de enciclopedia.
20 COUTURAT, L . : O. c., p á g . 515.

330
dicho apoyo es oportuno en la medida en que los fines de la socie-
dad, en última instancia, coinciden con los fines del Estado. De esa
manera, la academia se presenta en muchos proyectos como el modo
de lograr una mayor difusión del saber y de la ilustración a lo largo
del país entero 21. No sería sólo ni primordialmente una institución
de investigación, sino también vigilaría la economía y la educación del
país n. Mas, incluso en el caso de que Leibniz apele a las autoridades
para su apoyo, tiende a pedir unos ingresos independientes para Id
sociedad, en parte porque sabía que era el mayor problema que
podría ocasionar la fundación de dicha sociedad científica. Así, la
fértil inteligencia de Leibniz hace toda suerte de propuestas, desde el
mejor empleo de las minas del Harz —cuando se dirige al soberano
de Hannover—, a la obtención y administración de privilegios como
fabricación de calendarios, censura de libros, lotería, edición de libros
de texto,, o bien impuestos sobre el papel, sobre viajes al extranjero,
sobre libros extranjeros, etc. Incluso, apoyándose en su concepción de.
la religión natural, al atribuir a la labor de las academias un valor
religioso73, piensa en la posibilidad de utilizar los bienes de las órde-
nes religiosas.
Si bien es verdad que el auge de las academias científicas es carac-
terístico de la segunda mitad del siglo xvn, también lo es que exis-
tían una serie de antecedentes literarios para ellas que conviene tener
en cuenta. En Alemania se podrían citar los nombres de Becher,
Weigel y Alsted24. Sin embargo, el autor, que mayor peso debió
de tener sobre Leibniz en este punto fue F. Bacon. El influjo fun-
damental de Bacon estaría, por una parte, en su conciencia de que
el saber equivale a poder, es decir, capacidad de dominio de la natu-
raleza. Ello conduce a la conciencia de que los resultados, las con-
secuencias, son, en definitiva, lo que puede dar valor al conocimien-
toBacon, de hecho, entendió que el saber científico redimía al
hombre y le ayudaba a volver a una situación edénica donde no
había tenido que trabajar con el sudor de su frente. Pero, precisamen-
te por defender una distinción entre ciencia y teología, se mantenía
alejado de la sensibilidad platónica que caracteriza el pensamiento
leibniziano. Se trata de la concepción del saber como contemplación
del absoluto, al que ya hemos hecho alusión en nuestro prólogo. En
21 D I L T H E Y , W . : O . C., págs. 18 y ss.
22 COUTURAT, L . : O . c., p á g . 5 2 6 .
23 Cfr. escrito 27, pág. 355.
24 MEYER, R. W.: O. C„ pág. 91. Rossi, P.: Los filósofos y las máquinas.
Barcelona, 1966, pág. 124.
25 Cfr. H I L L , C.: Intellectual Origins of the English Revolution. Londres,
1966, pág. 94.

331
virtud de ella, la justificación del conocimiento estaría en el hecho
de que nos permite acceder a la verdad. Mas la superioridad de
Leibniz está en que es capaz de asumir plenamente, dentro de los
presupuestos que hemos expuesto, la convicción de que el saber
es saber para la práctica y de que hay una continuidad entre práctica
y conocimiento26. En última instancia, como para Bacon, es necesario
medir al menos determinados conocimientos con los hechos y no
con la palabra21. Pero la proximidad con Bacon no se limita a la con-
ciencia del valor práctico de la ciencia. Por el contrario, la adscripción
a posiciones baconianas es mucho más extendida, como el propio
Leibniz no dejó de reconocer28. En ello se inserta Leibniz dentro de
una de las tendencias características de la cultura del siglo xvn 29.
Dicha inserción no sólo consiste en el reconocimiento del valor prác-
tico del saber, sino también en el convencimiento de que el progreso
del saber coincide con el bien de la humanidadjustificándose así
la necesidad de un trabajo colectivo de recogida de datos previa a su
clarificación3I, Esta actividad había de realizarse en la casa de Solón
descrita en la Nueva Atlántida.
La valoración de las academias científicas aleja a Leibniz de Des-
cartes32. Mientras que, en el caso del pensador francés, el criterio
de certeza significa en la práctica una voluntad de lograr una siste-
matización del saber por cuenta individual, lo característico de Leib-
niz, al afirmar la necesidad de la colaboración entre los hombres,
no es tanto la conciencia del valor práctico de dicha colaboración, sino
más bien la del. valor de cadá perspectiva individual y de la conve-
niencia de tratar de fundirlas con motivo de una obra común.

26 G 7-69, dt. P. Rossi, o. c., pág. 124: «Si Galileo no hubiese hablado
con los constructores de conducciones de agua, ni hubiese aprendido de los
artesanos que una bomba aspirante de agua no puede ser elevada más que
30 pies, aún no conoceríamos el secreto del peso del aire, la máquina para
hacer el vacío y el barómetro. Observando Harvey, por su lado, las ligaduras
hechas por los cirujanos al cortar las venas, tuvo la sospecha del movimiento
circulatorio de la sangre.»
27 G 7-69 y 70.
28 Rossi, P.: O. c., pág. 124, n. 61.
2 9 HALL, A. R.: From Galileo to Newton, ed. dt., pág. 120.
3<> H A L L , A. R . : O. c., p á g . 1 5 3 .
31 HALL, A . R . : O. c., pág. 1 8 9 . Se trata del primer paso de la enddo-
pedia. Cfr. escrito 16, pág. 225. Para el proceso de organizadón de la experien-
cia en Bacon, cfr. RABADE, S.: Método y pensamiento en la modernidad. Ma-
drid, - 1 9 8 1 , pág. 1 1 5 .
32 Rossi, P.: Oc. c., p. 126.
33 G 7-128.

332
25. CONSIDERACIONES SOBRE LA CREACION
DE UNA ACADEMIA O SOCIEDAD
EN ALEMANIA PARA HACERSE CARGO
DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 1

1. En absoluto es honroso para nosotros,, los alemanes, que ya


que hemos sido los primeros en la invención de gran parte de las artes
y las ciencias mecánicas, naturales y de otros tipos, seamos ahora
los últimos en su aumento y perfeccionamiento. Como si la fama de
nuestros antepasados fuera suficiente para mantener la nuestra.
2. No quiero hablar de la imprenta ni de la pólvora fina; con
seguridad me reconocerá cualquiera que tanto la química como la
mecánica han sido elevadas por los alemanes a la altura en la que
se encuentran hoy. Pues ya que ninguna nación puede igualarse a la
alemana en asuntos de minería, tampoco es un milagro que Alemania
haya sido la madre de la química. Los viajeros atestiguan que los
límites de las excavaciones mineras en Asia y Tracia todavía hasta
la fecha son casi totalmente alemanes, lo que es un signo suficiente
de que se hizo venir a mineros de Alemania.
3. Basilio Valentín 2 , Isaac el Holandés3, Theoph Paracelso4,
1 Texto fechado entre 1669 y 1672. Dicha fecha del texto hace que refle-
je posiciones que Leibniz, desde el principio de su carrera intelectual, había
asumido con respecto a la necesidad de organizar la investigación del conoci-
miento. El original en latín se encuentra en AK 4-1-543.
2 Basilio Valentín, célebre alquimista. Las noticias que de él se tienen son
contradictorias, pues se le sitúa bien en el siglo XII, bien a finales del si-
glo xiv y comienzos del xv. También se dijo de él que había sido benedicti-
no. Escribió en alemán, y varias de sus ohras fueron editadas en la primera
mitad del siglo xvn. Parece ser que escribió en alemán, quedando en latín
sólo una parte pequeña de su obra: Microcosmos deque magno mundi Myste-
rio et Medicina hominis, Marburgo, 1609; Practica, una cum duodecim claribus
et appendice, Frankfurt, 1618; Carrus triomphalis antinomii, Leipzig, 1624;

333
han obtenido su experiencia de las minas alemanas, y cuando unieron
a la praxis de los trabajadores alemanes la teoría más útil que prác-
tica de los alquimistas Villanueva 5 , Lulio 6 , Bacon7, Alberto Magno 8 ,
que se basaba en la árabe o de los árabes Gebro9, Morieno 10 y Avi-
cena u, surgió la verdadera química, que después ha alcanzado tal
perfección, que todo el mundo sabe que casi la mayor parte de las
operaciones internas de la naturaleza, y especialmente las del cuerpo
humano, tienen lugar, por decirlo así, por medio de destilaciones,
volatizaciones, disoluciones, precipitaciones, fermentaciones, reaccio-
nes y que ningún médico puede llevar a buen término el verdadero
método de curación sin una comprensión profunda' de esta química
filosófica.
4. Hasta qué punto Ausburgo y Nuremberg han sido la escue-
la de todos los saberes mecánicos y han dado impulso a los relojes,
máquinas hidráulicas, trabajos de tornero y de orfebre... y numerosas
obras útiles y agradables para la vida humana, podría ser expuesto
aquí en toda su extensión si éste fuera el lugar adecuado para ello.
Y sería de desear que hubiéramos escrito la vida, obra e inventos de
todos los artistas mecánicos alemanes relevantes, lo mismo que los
italianos ensalzan las obfas de sus pintores, tallistas y escultores en
tantas obras escritas. Pero siempre hemos sido indolentes a la hora
de recoger por escrito los gestos de nuestros mayores, de modo que
incluso los rincones nórdicos en Escocia, Suecia y Dinamarca pueden
remontarse en su historia más que nosotros.
5. La obra de los artistas mecánicos italianos ha consistido
casi única y exclusivamente en la creación de objetos inertes, está-
ticos y sólo agradables a la vista. Los alemanes, por el contrario,
Tractatus chimico-philosophicus de rebus naturalibus et praeternatura libus
natullorum et mineralium, Frankfurt, 1676.
3 Autor de comienzos del siglo XVII de trabajos sobre minerales.
4 P. T. Paracelso, famoso alquimista suizo, vivió entre 1493 y murió en
1541. Entre 1575 y 1610 aparecieron, ediciones alemanas y latinas de sus
obras completas.
5 Puede que se refiera al científico español Miguel Servet (1509-1553), eje-
cutado por Calvino en Ginebra, y descubridor de la circulación de la sangre.
Servet usó el seudónico Michel Villanovanus para varias de sus obras.
6 Célebre lógico (1235-1310), autor de Ars generalis.
7 Francis Bacon nació en 1521 y murió en 1626. Autor que influyó .gran-
demente en Leibniz con su Novum Organon, De dignitate et aumentis scien-
tiarum y Nova Atlantis.
8 Alberto Magno, dominico (1193-1280), además de sus conocimientos fi-
losóficos, también se destacó por sus intereses científicos.
9 Abou Moussah Djafar al Sofi, célebre alquimista árabe, vivió en el si-
glo XVIII.
10 Movien
o Movienus, nacido en Roma, en el siglo XII, vivió en Egipto,
donde aprendió química y física, y murió como ermitaño en Jerusalén.
11 Autor de un importante Canon de Medicina, vivió entre 980-1037.

334
siempre se han esforzado en construir obras móviles, que no sólo
satisfacieran a la vista y saciaran la curiosidad de los grandes señores,
sino que también pudieran realizar algo, someter la naturaleza a las
artes mecánicas y facilitar- el trabajo humano. Y es de admirar que
una nación tan ingeniosa deje la fama de las artes vivas a otra, en su
opinión más retrasada, y se conforme con la arquitectura y leyes de
la proporción inertes de esta última. En razón de la verdad, por
tanto, puedo decir que Alemania, y especialmente Ausburgo y
Nuremberg, es la madre de los relojes mecánicos, tanto de pesas como
de cuerda; de los fuegos de artificio tan potentes y dignos de admi-
ración y de la aeromecánica y la hidráulica.
6. Pues puesto que todos los movimientos de los artificios me-
cánicos provienen o bien de la gravedad de la tierra, o bien de la indi-
solubilidad interdependiente de las partes del agua, o bien de la
fuerza del aire comprimido o dividido (de la que recibe su fuerza
un muelle tenso o un arco), o bien del ansia insaciable del fuego,
así bien se puede decir que los artistas mecánicos alemanes se han
convertido en maestros de estos cuatro elementos y han demostrado
al mundo cómo se les puede someter al yugo humano. Lo que. otras
naciones han hecho es urt juego de muñecas frente a esto y el que
lo compara en cuanto a grandeza deberá reconocer que lo realizado
en este'género por los alemanes ha sido puro sentido práctico, pura
eficacia y luz.
7. Incluso es indiscutible que las mismas' proporciones inertes
deben a Alberto Durero una gran parte de su perfección actual. Pues
en la medida en que el dibujo es una base de todas las artes técnicas
que se esfuerzan por dar una forma en cierto modo agradable a su
trabajo, y Alberto Durero 12 ha sido sin duda el primero entre todos
los pintores que ha expuesto esto, no sólo sistemáticamente a partir
de la geometría, sino también de un modo práctico y claro para el
uso diario de los artesanos, hay que reconocer que también en este
tema no tiene Italia mucho de lo que enorgullecerse. El grabado en
cobre, según lo que sé, se atribuye a un inventor alemánI3, y sus
últimos progresos, que es extienden a partir de Maguncia, son también
obra de un alemán M.
8. El comercio y la navegación los ha recibido toda Europa de
los bajo-alemanes. Pues después de que por la invasión de los bárba-
ros y sarracenos- les fueran arrebatadas sus respectivas coronas no
12 Alberto Durero (1471-1508), autor además de un Tratado sobre las pro-
porciones del cuerpo humano.
13 Israel von Meckenem.
14 Ludwig von Siegen (1609-1676).

335
sólo a Asia, sino también a Grecia, Italia y Francia, y en estos países
apenas sí se sabía lo que es la navegación, despertó Dios a los alema-
nes del Norte, a los que se denominó normandos y que eran un
aluvión de godos, sajones, daneses y noruegos, que devastaron con
su piratería las costas de Europa, se apoderaron de Inglaterra, se
adueñaron de una parte de Italia y Francia y finalmente, dejando de
lado sus costumbres belicosas, se convirtieron en comerciantes que se
asentaron en las ciudades marítimas, especialmente de las costas ale-
manas y flamencas, porque allí hay más libertad, formaron la Liga
de la Hansa y durante largo tiempo dirigieron el comercio marítimo,
hasta que a otras naciones se les abrieron también los ojos.
9. La astronomía debe sin duda atribuir su surgimiento, a ex-
cepción de lo que han hecho los árabes, a Regiomontano 15 y Copér-
nico 16, el primero de los cuales fue un franco y el segundo un
prusiano. Y no tengo reparo en añadir a Tycho Brahe 17, aunque era
danés. Su sucesor y heredero de su gloria, Kepler 1S, en cierto modo
ha dominado en esta ciencia, hasta que finalmente Dios dispuso
que por medio de un bajo alemán de Alcmaar o Middelburgo, pues
aún se discute sobre ello, el anteojo de larga vista nos elevara casi
hasta el cielo. Por ello 'se han equivocado los que atribuyen esta
invención a Galileo I9, aun cuando él o Scheiner20 bien pueden haber
sido los primeros que han descubierto algo nuevo en el cielo con
ayuda de aquél.
10. Por esto les quiero conceder de buena gana a los italianos
y franceses, León X 2 1 y Francisco 1 22 , la restauración de las huma-
nidades, sólo con que se reconozca que las ciencias más reales e im-
prescindibles, con pocas excepciones, han partido de los alemanes.

15 Juan Miiller, más conocido como Regiomontano, nació en 1436 y murió


en 1476. Es el fundador de la trigonometría moderna.
1,5 Juan Copernico (1473-1543), autor de De Orbium Caelestium Revolu-
tionibus, que mantuvo que el Sol se encontraba en el centro del sistema pla-
netario.
17 Tycho Brahe (1546-1601), importante por su estudio del movimiento de
la Luna, de la influencia de la refracción en los movimientos lunares y por
su modo revolucionario de interpretar el movimiento de los cometas, que
hace que la vieja concepción de • las esferas fuera revisada.
18 Johannes Kepler (1571-1630) continúa efectivamente el camino iniciado
por Tycho Brahe. Enuncia sus célebres tres leyes en su Astronomia Nova.
19 Galileo (1564-1642), autor de Siderius Nuntius, Dialogo sopra i Due
massini Sistemi del Mundo y Discorsi e Dimostrazioni matematice intorno a due
nuove Scienze.
20 Cristóbal Scheiner (1575-1650), astrònomo jesuíta.
21 El Papa León X (1475-1521) pertenecía a la familia de los Médicis y
fue él quien emprendió la construcción de San Pedro.
22 Francisco I, rey de Francia (1494-1547).

336
Pues, como reconoce Thomas Sprat 23 , historiador del rey de Inglate-
rra, puesto que tiene bien merecido, tras haber descrito tan bien la
historia de la Sociedad Real, los ingleses y neerlandeses han apren-
dido tal sentido práctico en el comercio y las manufacturas de los
alemanes como el hijo de la madre. Nadie puede negar que la tan
larga guerra holandesa y alemana, en la lucha defensiva u ofensiva,
en el asedio como en las batallas, ha servido de escuela a toda
Europa. Y ahí se ha visto cómo ni la sagacidad italiana ni la rapidez
francesa han servido para nada.
11. Incluso en la medicina hay que reconocer que, aun cuando
Asellio24, Aguapendente25, Pecqueto26, Bartholino 27,' Rudbeckio28,
Harveo29, Lowero30, Dionysio31 y otros han realizado grandes descu-
brimientos sin embargo, la medicina práctica en ningún sitio es supe-
rior ni tiené mayor auge que en Alemania, como muy bien pueden
decir todos aquellos que caen en manos de médicos, farmacéuticos
y cirujanos extranjeros. Los mejores medicamentos, composiciones
y recetas, de los cuales se sirve toda Europa, son de médicos, quí-
micos y farmacéuticos alemanes. Ya desde la antigüedad ha provisto
Alemania a todos los países de alquimistas y practicantes. Incluso
hasta la fecha tienen los entendidos a los alemanes por practicantes,
no menos que los grandes señores consideran a los suizos los mejores
pará la guardia de corps. Los herbolarios alemanes, y sobre todo los
suizos, han informado a los dos Bauhinos32, y éstos a todo el mundo,
en lo que respecta a la botánica. Respectó a las transfusiones de
sangre, aunque se discuta sobre ello todo lt> que se quiera, ha sido
un alemán, Libuvio, el que primero las ha visto, aunque se haya
23 Uno de los fundadores de la Royal Society. Asimismo Thomas Sprat
(1635-1713) fue autor de una historia de la misma (1667) muy leída en la
Europa de entonces.
24 Gaspar Asclio, médico italiano del siglo xvi. Describió el sistema lác-
teo en el hombre.
25 Fabricio de Aquapedente (1537-1619), famoso por sus descubrimientos
anatómicos y al mismo tiempo por haber contribuido al perfeccionamiento de
la cirugía.
26 Célebre anatomista francés que murió en 1674, estudió el sistema lin-
fático e hizo importantes contribuciones a la óptica del momento.
27 Por las fechas del trabajo, probablemente se refiere Leibniz a Gaspar
Bartolino (1585-1630), profesor de Medicina en Padua y en Copenhague, pero
también podría tratarse de su -hijo Tomás, el más conocido de la familia
(1619-1680).
28 O. Rudbeck (1630-1702) también estudió el sistema linfático.
29 Richard Harvey (1578-1657), junto con Servet, fue el descubridor del
proceso circulatorio.
30 Richard Lower (1631-1691) fue el primero en realizar una transfusión;
31 Se refiere posiblemente a Pedro Dionisio, el más importante cirujano
del momento en París.
32 Juan (1541-1613) y Gaspar (1560-1624) Bauhino.

337
burlado de ellas 33. Y de tal modo hemos sido los alemanes indolentes
en la anotación de esta fama nuestra, que ha tenido que venir
un italiano y dedicarnos la alabanza que nos corresponde34.
12. Pero desgraciadamente nos va de mal en peor en lo que se
refiere a las manufacturas, comercio, recursos, milicia, justicia y
forma de gobierno, por lo que no es de extrañar que también las
ciencias y las artes mecánicas vayan en declive, que los mejores
ingenios o bien se echan a perder o bien buscan la protección de
otros gobernantes, que saben muy bien lo que esta adquisición les
interesa, de modo que se atraen a los mejores vasallos de todas partes
y se comercia con personas, cada una de las cuales vale más que
mil negros de Angola. Ahora no quiero hablar sobre la reforma de
nuestro comercio y justicia ni sobre el mantenimiento de nuestra
seguridad, libertad y forma de gobierno, porque, por un lado otros
y por otro yo, hemos tratado esto, en parte, de manera detallada.
Ahora quiero tratar la recuperación, creación y mejora de las cien-
cias y las artes (aunque, por supuesto, de aquellas que pueden sentar
la base de la reforma del comercio, las manufacturas, la educación, la
justicia, etc.), sobre lo cual quiero anotar pensamientos que he tenido
a menudo, según se me ocurran ahora al correr de lá pluma, tal como
vienen, sin elucubraciones ni justificaciones previas, sin método, sin
adorno del lenguaje, como si fueran ellos mismos los que escriben
antes de que desaparezcan. Y ningún socio alemán de la Academia
Fructífera35 me censurará que haya utilizado sin más término alemanes,
latinos y extranjeros o cultísimos como primero se me hayan ofrecido,
«jure primogenituráe» y que me haya bastado para ser entendido.
13. Ya antes de mí se ha dicho en qué grado se deterioran, se
perturban, se descomponen en Alemania las escuelas, academias, edu-
cación, el intercambio, los gremios, las artes y las ciencias; también
ha habido muchos que han hecho algunas sugerencias con las cuales
se podría evitar este mal, pero en parte eran demasiado teóricas
y tomadas de la República de Platón y de la Nueva Atlántida de
Bacon, en parte eran demasiado incomprensibles, lullianas o metafí-
sicas, en parte demasiado complicadas y peligrosas para el orden
público. No tenemos nada que ver con dichas referencias, sino que

3 3 LIBAU, A.: «Defensio Syntagmatis Chymici contra Reprehensiones Henin-

gi Paracelsistae», en Appendix necessaria syntagmatis Arcanorum Chymicorum,


cap. 4, Frankfurt, 1615.
34 Se refiere probablemente a un escrito anónimo, que pudiera ser de
Padrini y que fue reseñado en el Journal des Savants, 2 de julio de 1668,
titulado «Rellatíone dell'esperienze in Inghilterre, Francia, ed Italia in torno
la celebre e famosa trasfusione del sangre».
35 Cfr. pág. 383.

338
queremos encontrar si cabe un medio que sea practicable y a ningún
hombre sensato le pueda parecer fundamentadamente sospechoso.
Nadie promete infundir las ciencias con términos de Lulio, las ilumi-
naciones de Rosacruz, el Elias 36 filosófico y otras cosas semejantes
que son consideradas con justicia bufonadas.
14. Nosotros, los alemanes, hemos tenido siempre el defecto,
a modo de los nórdicos, que hemos dado a nuestros vecinos las
artes corporales y a su vez hemos recibido de ellas las artes del
espíritu (ars mentális). Incluso a los italianos les sucedió así con
Grecia: «La Grecia vencida doblegó a su fiero vencedor e introdujo
las artes en la agreste Lacio» 37 . Si bien nosotros hemos dado a los
italianos y otros europeos las artes militares, mecánicas y otras seme-
jantes, a cambio ellos nos han traído religión, buen ordenamiento
y leyes, formas de gobierno y otros ejercicios del espíritu seme-
jantes, y de este modo se ha llegado a un intercambio natural, acep-
table para ambas partes. De esta situación ha surgido que, cuando
nosotros hemos descubierto algo, otras naciones han sabido adornarlo,
aplicarlo, extenderlo y perfeccionarlo en seguida, y nos lo han devuel-
to de tal modo recompuesto, que no lo hemos reconocido como
nuestro; por tanto, que en este intercambio de las ciencias nos ha
ocurrido lo mismo que nos ocurre con nuestro comercio: que entre-
gamos a los extranjeros materias primas y dejamos que nos las son-
saquen por una miseria, aun cuando nuestras manos las han sacado
de la tierra con gran esfuerzo, y después permitimos que las mismas,
refinadas, pulidas y adornadas, de forma que no las podemos ni reco-
nocer, nos las vendan e impongan harto caras y de nuevo a cambio
de materias primas, en un perpetuo círculo maldito. (Lo que me
parece como aquel ladrón que vende el caballo robado a su dueño,
el cual, aunque reconoce el parecido total con el suyo desaparecido,
lo paga sólo porque éste no tiene cola, mientras que el suyo sí
tenía.) Sobre todo, teniendo en cuenta que todo pulir y refinar de las
cosas que la naturaleza nos da en estado bruto consiste, como bien
se sabe, más en quitar que en añadir: «Quien quita lo superfluo,
produce la forma debida» 38 .
15., Anteriormente hemos expuesto el estado en que se encuen-
tran las ciencias; en casi todas hemos sentado las bases, pero la con-
tinuación, prosecución, puesta en funcionamiento, la carpintería, pin-
tura y estucado de este edificio filosófico, y con ello al mismo tiempo
la fama, lo hemos dejado en manos de los otros. Lo mismo que
36 Los seguidores de la Rosacruz lo esperaban.
37 HORACIO: Epístolas 2 , 1 , 1 5 6 .
38 ALBERTI, L. A . : De Componenda statua, París, 1651.

339
comúnmente el último médico es el mejor, el que viene con la
enfermedad vencida y si ayuda un poco a la naturaleza y cura al
enfermo, puede decir con toda razón, aunque burlonamente, a su
predecesor: «lo que habéis sembrado, yo lo he recogido.» Ahora, una
vez que se ha encendido la llama y las artes están extendidas, y tam-
bién todas las naciones tienen un vivo interés, somos nosotros los
que en esto estamos dormidos o los últimos en despertar. Vemos que
Inglaterra, para apartar a sus ingenios tan ociosos como excelentes
de las intrigas de Estado y. ponerlos a trabajar, ha creado, bajo el
nombre del rey, una sociedad de caballeros distinguidos dotados de
inteligencia y medios; que Francia, ya antes de la época del cardenal
Richelieu, había tenido pensamientos semejantes, como dieron a cono-
cer la Académie Française y las reuniones del Bureau d'Adresse.
Los cuales dàn lugar tanto a las reuniones privadas del canciller
Séguier, del P. Mersenna, de Mr. de Montmor y las de autores del
«Journal de Sçavans», como a el permiso, ahora por concesión
real 39 , a los privilegiados en física, medicina y matemática a reunir
la Academia de la Biblioteca real 40 . No dudo que Dinamarca, por
un interés semejante del rey, por ocupar a la nobleza con otros temas
que los asuntos de Estado, seguirá el ejemplo de Inglaterra, y que
Suecia haría lo mismo en cuanto que de esta forma el rey sería señor
de los nobles y del gobierno. No hay que dudar que el señor padre
del actual gran duque de Florencia ha tenido la misma concepción,
a juzgar por su interés y conocimiento de estos asuntos. Los expe-
rimentos tuvieron lugar todoá con la protección y apoyo económico
del cardenal Leopoldo de Médicis, aun cuando tras la muerte del gran
Duque una empresa tan provechosa ha quedado algo detenida.
16. Nosotros no podemos mostrar nada semejante. La Sociedad
Fructífera y la Orden del Cisne del Elba, también el por varios Mé-
dicis intentado Colegio de personas interesadas por la naturaleza,
son un signo de nuestra voluntad de, como los pajarillos, empezar
pronto a aletear, pero también de nuestra incapacidad y de que no se
ayuda a los que quieren; además, la Sociedad Fructífera y la Orden
del Cisne estaban concebidas realmente sólo para el perfecciona-
miento de la lengua alemana, según el ejemplo de la italiana della
Crusca y de la Académie Française, cuya historia ha descrito el señor
Pelisson41. El Colegio de médicos interesados por la naturaleza estaba

39 Cfr. nuestra introducción a los escritos relativos a la fundación de aca-


demias.
40 Nota de Leibniz: «Wormo fundó un colegio con laboratorio.»
41 Paul Pellison Fontanier (1624-1693) escribió- una Histoire de l'Académie
Française jusqu'en 1652, Paris, 1653.

340
de tal modo constituido que cada uno de sus miembros debía estu-
diar y elaborar una cierta materia físico-médica; pero esta institución,
aun cuando en sí misma es buena y no de despreciar, no es, sin
embargo, suficiente desde un punto de vista práctico, pues por medio
suyo sólo se han reunido cosas ya existentes de otros libros, pero no
se han descubierto nuevas por experimentación propia42. Por lo cual
no sólo los extranjeros hasta ahora no le han dado mucha importan-
cia a este Colegio, sino que tampoco ha tenido allí lugar nada espe-
cial, hasta que últimamente han cambiado la institución y de cuando
en cuando publican nuevas observaciones médicas, cuyo comienzo
han realizado a lo largo de un año, para al menos seguir en algo a las
«Transacciones filosóficas» de los ingleses, al «Journal de Sgavans»
francés y al «Giornale di Letterati» italiano. Pero todavía le falta
mucho para constituir una corporación bien formada, de la que se
pudiera esperar algo efectivo, fondos propios, unidad, reputación,
sede y carácter institucional. •
17. Para lograr algo así debemos tomar como ejemplo la Real
Sociedad inglesa, cuya naturaleza, constitución jurídica, derechos,
forma y hechos están descritos detalladamente en un libro, reciente-
mente traducido del inglés al francés con el siguiente título: Histoire
de la Société Royale43. En esta Sociedad aportan su parte el rey, el
duqué de York, el príncipe Roberto y muchos señores nobles. No es
que estén obligados por sus estatutos a comparecer personalmente
y otras cosas onerosas e inadecuadas para "tan altas personalidades,
sino que contribuyen a pagar los gastos a sufc expensas; por medio
de ministros hacen mantener correspondencia tanto con Estados
como con particulares para que todo lo nuevo, raro e importante de
que se tenga conocimiento lo comuniquen a la Sociedad; ordenan y
exhortan a los gobernadores de las colonias, a los capitanes de barco,
a marineros y patrones de barco inteligentes, incluso a los comercian-
tes y a sus representantes y factores, que no desaprovechen ninguna
oportunidad por la que algo nuevo y curioso pudiera ser investigado
e incluido en este erario público de la sólida erudición. Incluso hacen
que la Sociedad redacte cuestionarios, instrucciones y consignas para
viajeros, representantes, mineros, médicos, artesanos y. artistas, para
así penetrar cada vez más profundamente en esta inagotable mina
de la naturaleza para el bien común.
18. Y qué es Inglaterra frente a Alemania, en la que se hallan

42 Miscellanea curiosa medico-physica academia naturae curiosorum, sive


Ephemeridam medico-physicarum Germanicorum curiosarum, Leipzig, 1670.
43 Cfr. nota 23. Se trata de l'Histoire de la Société Royale de Londres,
Ginebra, 1669.

341
príncipes que pueden disputar, incluso a más de un rey, el poder
y la autoridad, en la que se encuentran tantas famosas universidades
repletas de gente excelente (a las que sólo les falta empleo), mien-
tras que en Inglaterra, unida a Escocia, sólo hay dos. Alemania
por sí misma es un gran país con una amplia extensión, colmado de
minas, cuajado de variedad y maravillas de la naturaleza; sin duda
alguna, más que un país tan estrecho y angosto como Inglaterra. Por
todas partes se encuentran excelentes especialistas en saberes mecá-
nicos, artistas y practicantes, los cuales, sin embargo, porque aquí
el arte busca el pan y los Estados se ocupan tan poco de estas cosas,
o bien .entierran su talento y, como quieren vivir-, tienen que batirse
con vulgares minucias, o bien si, sin embargo, siguen su genio, se
empobrecen y, despreciados, desamparados, abandonados, son tenidos
por alquimistas o incluso por estafadores o locos. Los que son listos
se van y dejan plantados a Alemania junto con la mendicidad. Bien
puede juzgar un político prudente hasta qué punto esto constituye
una pérdida irreparable.
Pues a los hombres de ingenio hay que considerarlos más mer-
cancía de contrabando que el oro, hierro, armas y otras cosas; por
tanto, debe estar prohibido llevarlos a ciertos lugares fuera del país,
o por lo menos, al enemigo.
19. Tantas buenas cabezas podrían ser conservadas en el país
y utilizadas, tanta gente podría ser salvada de la pobreza, tantas
familias de la ruina, tantas hermosas ideas, invenciones, propuestas,
experiencias, observaciones füera de lo común, obras inéditas de per-
sonas excelentes podrían ser preservados de pérdida y olvido si el
Estado se hiciera cargo de estos asuntos. Los practicantes, sacamue-
las, charlatanes de feria, alquimistas y otros entrometidos, estudian-
tes y visionarios son comúnmente gente de gran ingenio, a veces
también de experiencia, sólo que la proporción entre el ingenio y. el
juicio, o incluso en ocasiones el placer que tiene en entretenerse en
sus vanas esperanzas, les arruina y lleva a la perdición y el menos-
precio. Ciertamente, a veces sabe más un hombre de éstos, a partir
de las experiencias y las realidades aprendidas directamente de la
naturaleza, que algunos sabios muy considerados en el mundo, que
saben adornar y lanzar al mercado con elocuencia, habilidad y otras
jugadas políticas la ciencia que han recogido de los libros; mientras
que el otro, por el contrario, se hace odiado y despreciado por su
extravagancia. Los soberanos prudentes en una república bien provis-
ta no deben de tener en cuenta esto último, sino que deben servirse
de tales hombres, darles cierto empleo y trabajo regular y así poder
evitar tanto su perdición como la de su talento.

342
20. El famoso Cardano44 puede ser un verdadero ejemplo de
una de estas cabezas obstinadas, fantásticas, extravagantes y, sin
embargo, dotadas de ingenio, memoria y experiencia incomparables,
al que no le faltaba-nada más que juicio o, más exactamente, la
voluntad y la paciencia de adaptarse al mundo y lanzar al mercado
sus obras de forma juiciosa. Difícilmente se puede encontrar a uno
que le haya igualado en su época en ciencia, y difícilmente se puede
encontrar a alguien a quien le haya ido peor. Se le puede poner en
primer lugar en el libro de Piero Valeriano De infelicitate literatorum.
Cuando se lee su vida 45 , como él mismo la ha escrito, se queda uno,
por así decirlo, sorprendido con tantos singulares sentimientos, a la
vez que no se puede uno contener la risa, la cólera, la admiración
y la compasión de modo alternativo. Dos hijos se le murieron a manos
del verdugo", él mismo padeció bajo la Inquisición y permaneció largo
tiempo en la cárcel, todo lo cual, junto a innumerables disgustos
y persecuciones, le atribularon tan poco que murió de edad avanzada
tranquilo y satisfecho y, según su propia opinión, feliz. Su mejor
ciencia la ha recogido de vagabundos, viejas, practicantes y gente
semejante, de lo cual él mismo se enorgullecía; y yo soy de la opinión
de que por ello le debemos estar agradecidos, por haber recogido
muchas cosas y haberlas conservado para el bien común, cuando, de
lo contrario, se habrían perdido. Y Scalinger46, que le quiere tomar
esto a mal, quizá habría hecho mejor si, cuando escribió sobre el De
plantis de Teofrasto, hubiera tratado más con herbolarios y jardi-
neros que con Aristóteles y Platón.
21. Cardano es comparable a Campanella en muchos aspectos,
y tenemos más de estos casos ejemplares si fuera necesario contarlos.
¡Cuántos otros cientos hay, y lo puedo decir sin temor, que en
muchos aspectos semejantes se acercan a Cardano, si es que no se le
pueden comparar, sobre los cuales nunca se ha escrito nada y cuyos
escritos se han perdido! El mismo Cardano encuentra uno en
Roma que podía ahuyentar la piedra de la vejiga con simples hierbas
y cosas sencillas, pero que el secreto ha muerto con él, y añade de
su cosecha que cree que este hombre había sido condenado sólo por
eso. Pero, ciertamente, es culpa de la autoridad, que tan poco aprecia
a estas gentes y no sabe tratar con ellas, cuando, sin embargo, su
propio interés personal también está en juego en ello. Ante la enfer-
44 Jerónimo Cardano, médico y matemático italiano (1501-1576), autor de
De Subtilitate, Nuremberg, 1550, y De Rerum Varié tale, Basilea, 1557.
45 De vita propria líber, Lyon, 1663.
46 Julio César Scalinger (1484-1558), humanista italiano, es autor, entre
otras obras, de Exotericorum exercitationum líber quintus decimus de sub-
tilitate ad Hieronymum Cardanum, Frankfurt, 1665.

343
medad y la muerte no están privilegiados como ante la guerra y el
hambre, sino que más bien prueban plenamente en sí mismos lo
imperfecta y limitada que es la medicina cuando está basada en
métodos convencionales, por no hablar de otras ciencias. Poco pien-
san en su perfeccionamiento real, que, sin embargo, lo tienen en
su mano, ignoro si por fatalidad o ira de Dios contra el género
humano. A no ser que quizá Dios haya reservado esto, como tantas
otras cosas, también para nuestros propios tiempos.
22. Cuanto más sensato es un médico, tanto menos atribuye
a su ciencia y tanto más, por el contrario, a la naturaleza y a la
opinión del paciente, además de a la misericordia divina. Se sabe
a cuántos ha sanado la imaginación. El famoso Porta 47 cuenta incluso
que ayudó a una distinguida dama que estaba con dolores de parto
con un poco de arena recogida de la tierra, que le había dado
como un secreto valiosísimo. Carecemos de los conocimientos médicos
suficientes para ver la constitución interna de este intrincado meca-
nismo de relojería y, por tanto, sus manifestaciones y enfermedades
nos son en gran parte más conocidas por sus efectos que por una
definición causal. El método de curación empleado hasta ahora es
sólo una hipótesis, dg la que hay que servirse hasta que aquí y allá
vayan perfeccionándose uno a uno. Por tanto, aquellos que despre-
cian los experimentos, que creen encontrar con su método medici-
nas específicas, que se apartan de las cosas simples, que incluso gene-
ralmente en parte ni las conocen, sino que dejan tal ciencia en
manos del farmacéutico y se contentan con curar basándose en libros
y cualidades primarias o secundarias y según las medicinas distribui-
das en grados imaginarios por clases y tablas, se encuentran desagra-
dablemente engañados y a menudo son aventajados, no quiero decir
por los charlatanes, pero sí por las viejas.
23. El famoso Fioravante cuenta un notable ejemplo de esto:
todo un Colegio de 12 médicos estaba junto a un paciente y no
sabían qué hacer. Desesperados, querían marcharse; entonces llegó
una vieja caminando lentamente, se acercó al paciente sin saludar a los
allí reunidos, le preguntó por su estado y entonces acordó lo que
recibiría de él si se curaba; a continuación le prescribió una medi-
cina simple y pulverizada, y el paciente, tomándola varias veces, se
curó completamente. Los médicos se burlaron primero de la mujer,
pero después la tomaron por una bruja a modo de vulgares murmura-
dores, mientras que él, Fioravante, que estaba allí presente, entre

47 Juan Bautista Porta (1550-1615), famoso médico y erudito italiano.

344
otros, desde el principio, se acercó a la mujer, habló amablemente
con ella y consiguió que, a cambio de una recompensa, le comuni-
cara su secreto, que consistía en una simple hierba en estado natural
no preparada, sólo machacada y tomada con vino y que él después
encontró que era un remedio extraordinario e incomparable para esta
enfermedad4®. Por tanto, no deberíamos fiarnos demasiado de nues-
tros imaginados métodos de curación y de las composiciones y rece-
tas basadas en ellos, sino consultar con más diligencia a la naturaleza
y a aquellos —sin tener en qienta que son gente vulgar, por lo
demás despreciable, e incluso locos extravagantes— que tienen más
contacto con la naturaleza que nosotros.
24. Sin duda alguna la antiquísima forma de curar consistió en
simples, y nuestros antepasados, especialmente los árabes y otros
orientales, han tenido un conocimiento incomparablemente mejor que
nosotros de los simples. «Mucha gente vive sin médicos —dice
Plinio—, pero no, sin embargo, sin medicina»49. Mientras viejas
madres y padres han buscado en sus viejos almanaques y libros de
apuntes, pero también en su memoria, sus remedios domésticos y
han ayudado con ellos a sus hijos, criados y vecinos, ha sido la medi-
cina más simple pero más real. Pero después que ésta se ha con-
vertido en arte y ciertas personas han hecho de ella profesión para
alimentarse, pero también para hacerse ricos y poderosos, se han
propagado engaños, fraudes, extorsiones, imitaciones, odios, apasio-
namientos y otras innumerables malas artes, no menos que en
otros oficios, cuando, sin embargo, la vidá humana debería ser algo
santo y no sujeto a comercio alguno. Sin eiribargo, grandes y peque-
ños, príncipes y campesinos, tienen que vivir mientras tanto por la
gracia de algún mercader y estar sometidos a innumerables tiranos
que disputan entre sí, que comercian con sus vidas y que nos conside-
ran del mismo modo que los españoles a los negros de Angola en el
monte Potosí, que sólo les sirven de instrumento para sacar oro
y plata de las minas, incluso con su muerte. Sé que no hay príncipe,
ni gran señor, ni hombre rico que no haya experimentado en sí
mismo o en los suyos más cosas de este tipo de las que le gustaría,
y, sin embargo, somos tan ciegos o tan indecisos que no tenemos el
valor de sacudirnos este yugo, lo mismo que un caballo, que no cono-
ce su fuerza para tirar al jinete.
25. A pesar de lo desatinado y paradójico que parece el regla-
mento «in re medica» de los chinos, es, sin embargo, mucho mejor
que el nuestro.
48 FIORAVANTE, L.: Capricci medicinali, 1. II, cap. 15, Venecia, 1561.
49 Plinio el Viejo, Libro 29, 5.

345
26. PROYECTO DE UNA SOCIEDAD CIENTIFICA 1

Debe fundarse la Sociedad u Orden de la Caridad. Estará com-


puesta por «contemplativos» y «activos». Los «contemplativos» pon-
drán todo su empeño en entonar hermosos himnos en loor de Dios,
se dédicarán a buscar por doquier motivos para alabarlo y harán que
los secretos de la naturaleza, de las artes y de las ciencias contribu-
yan al cooncimiento de la perfección de su autor. También elabora-
rán rigurosas demostraciones acerca de materias tales como las que
conciernen a Dios y el alma, así como a la verdad, la justicia y la
moral. Recopilarán el tesoro de todos los conocimientos humanos.
Trabajarán en la constitución de una lengua admirable, apta para
que, valiéndose de ella, los misioneros puedan convertir a los pueblos
y para que, a partir de la sola consideración de las palabras, mediante
el cálculo, en todas las materias se alcance la verdad. Cultivarán
también los huertos, criarán animales y elaborarán medicinas.
A su vez, los «activos» estarán dedicados a ejercer la caridad
entre los hombres: su cometido será socorrer a los desgraciados en la
medida de lo debido, de tal modo que si alguien padece la pobreza
o la tristeza de ánimo, o la enfermedad, la Sociedad será para él
un refugio, y no sólo le prestará auxilio, sino también consuelo. Ante
todo, estos hombres socorrerán a los enfermos, ya que en su mayoría
padecen por la incuria o la ignorancia, y cada enfermo tiene necesidad
de una atención cuidadosa y, por tanto, necesita de la comunidad.
1 Ponemos dicho título a un texto en latín incluido en los Opuscules et
fragments inédits editados por Louis Couturat, Paris, 1903, pág. 3.

347
Imposible es ahora, tal como están las cosas, que sean asistidos por
los médicos, ya que no sólo escasean los médicos buenos, sino que,
además, un solo enfermo no puede mantener a un médico para sí,
y si pudiera, cometería con ello una injusticia para con los demás
enfermos. Como consecuencia de esta situación, la mayor parte de
los médicos, apresurados como están, juzgan a partir de síntomas
e indicios insuficientes, y prescriben así medicamentos aunque muchas
veces el enfermo necesite cuidados y una dieta sana más que me-
dicinas.
Por esto, los Hermanos de la Caridad acompañarán a los enfer-
mos, siempre que las enfermedades no sean contagiosas, y les asis-
tirán desinteresadamente. Atenderán ante todo a la tranquilidad del
enfermo, para que no sufra la negligencia y la dureza de quienes le
rodean; en segundo lugar, observarán con sumo cuidado todos los
detalles y los registrarán por escrito, con objeto de que poco a poco
lleguemos a tener una historia de las enfermedades. No obstante,
ellos mismos no prescribirán medicamentos, sino que dejarán este
asunto al cuidado del médico.
Se enviarán misioneros de esta Sociedad a los infieles y herejes,
con quienes, en lugar^de disputar, dialogarán indulgentemente, ya
que, en efecto, los hombres se dejan convencer más con el ejemplo
y la virtud que con los razonamientos. Prestarán su asistencia al
hereje y al infiel en la misma medida que al católico y jamás se inmis-
cuirán en asuntos políticos o relativos a la gobernación.
Esta Sociedad podría llamarse «Pacidiana», es decir, portadora de
la paz de Dios.
No acumularán riquezas y todo lo gastarán en auxilio de los
pobres o en realizar experimentos científicos. Sólo al efecto de hacer
estos experimentos poseerán bienes raíces.
Yo no creo que haya nada más provechoso que, como hicieron
antes las dos órdenes, la de los benedictinos y la de San Bernardo,
incorporar toda Europa a esta Sociedad. Colaborarían así a que
hubiera en ella hombres célebres por su reputación de santidad.
Habría que dejar aparte, dé momento, a los principados alemanes,
pues la Drden contribuirá a que el pontífice los reincorpore a la
jerarquía. Sin expulsar a los priores, antes bien, nombrando- otros
nuevos, se pondrán bajo la nueva regla sólo quienes lo deseen. Por
otra parte, sólo se aceptará a quienes sean realmente aptos para for-
mar parte de esta Sociedad. Las reglas de las órdenes de Benito
y Bernardo se mantendrán, pero serán completadas. Habrá un gene-
ral perpetuo y visitadores.
Los miembros de esta Orden se apartarán del esplendor externo

348
y del lujo de los edificios. Cultivarán entre- ellos, ante todo, las
virtudes morales y harán esfuerzos por erradicar la envidia, la vana-
gloria y los sentimientos de rivalidad, así como la burla y el insulto,
la calumnia, la maledicencia y la mordacidad. Siempre dispuestos
a admitir los razonamientos bien fundados, procurarán hacer acopio
de ellos en todo momento, añadiendo sus propios argumentos. Cuando
se trate de deliberaciones difíciles reunirán por escrito razones de uno
y otro bando, siguiendo un cierto orden preestablecido, del que nece-
sariamente deberá surgir la verdad.
Si se organiza como es debido el conjunto de la jerarquía ecle-
siástica, convendría que todos los generales de las órdenes —y sólo
ellos— sean al mismo tiempo cardenales. Todos los eclesiásticos
llamados «seculares» deberían estar sujetos a la regla de alguna
orden. El pontífice sería el general de los generales y todos éstos
deberían depender de él. La Orden debería nombrar a los más
aptos para el generalato y elegir de entre ellos al pontífice.
El pontífice es además algo así como el general de los clérigos
seculares y debería tener sobre ellos el poder que tienen los genera-
les sobre los hombres de su Orden. Mediante las congregaciones
o seminarios, poco a poco el clero secular se someterá a la regla.
En los capítulos debe hacerse de modo que no se acepten más que
a hombres cuya virtud sea eminente, y no a niños o a jóvenes que
puedan recibir bienes del papa, el emperador o los reyes, o prendas
que las iglesias poseen en feudo. Por el conttario, se procurará que
puedan dirigir además rectamente a los obispos y al clero. Tal fue
la sentencia del papa Pascual.

349
27. CONSULTA SOBRE LA PROMOCION DEL
CONOCIMIENTO DE LA NATURALEZA PARA
SU EMPLEO EN LA VIDA CORRIENTE Y SOBRE
LA FUNDACION DE UNA SOCIEDAD
CON ESTE FIN 1

1. La auténtica política consiste en conocer lo más útil para uno


mismo.
2. Lo más útil para cada uno es lo que a Dios le es más grato; como
Dios es un ser sumamente poderoso, es cosa muy arriesgada no
obedecer y contrariar la voluntad de quien tiene tan gran poder.
Y, en cambio, el obedecerle va unido a la esperanza de un gran pre-
mio, y en nuestro caso, dado que Dios es también el mayor de los
sabios, esa esperanza se convierte en certeza.
3. A Dios le es muy grato todo lo que contribuye a la perfección
del universo.
4. Contribuye a la perfección del universo cualquier cosa que aumen-
te la perfección del género humano.
5. La perfección del género humano consiste en que llegue a ser,
en la medida de lo posible, no sólo sabio, sino también poderoso.
6. La sabiduría y el poder de la humanidad aumenta de dos mane-
ras: por un lado, con el descubrimiento de nuevos conocimientos
y de nuevas técnicas, y por otro, con la práctica habitual de las ya
conocidas.
7. Se acostumbrarán los hombres a los conocimientos y técnicas ya
adquiridas (esto es: a las prácticas y a las normas útiles) si ya desde
la juventud son educados en el respeto a Dios, a sus padres, familia-
res y amigos y, finalmente, a su patria; si son acostumbrados a la

1 El original en latín, fechado por su editor en 1676, aparece en K 307 y ss.

351
sobriedad, al cuidado de la salud, a la disciplina, al trabajo y absolu-
tamente a todas las virtudes; si se les quitan las ocasiones de obrar
mal; si las malas acciones, e igualmente las buenas, no pueden fácil-
mente quedar ocultas y si se ciernen sobre los buenos el premio
y sobre los malos el castigo; si se quita a los hombres el poder de
estar en desacuerdo los unos con los otros y si se van acostumbrando
a la necesidad de la caridad (Charitas).
8. Aumentarán las técnicas y los conocimientos, hasta donde sea
posible, con la colaboración universal y, sobre todo, con la cuidadosa
investigación de la naturaleza de las cosas.
9. Tanto la investigación como la divulgación de lo investigado se
pueden hacer, bien por parte de personas individuales, bien por
medio del trabajo en común de los miembros de una asociación am-
pliamente difundida.
10. Es evidente que una asociación puede obtener en este cometido
un fruto infinitamente mayor que el trabajo de personas individuales,
desconectadas entre sí, y que se desmorona como la arena sin cal.

II

Sobre la necesidad de crear una fundación para promover la ciencia


(Mayo 1676)
Entre los proyectos que, se hacen para mejorar las cosas, estimo
sobre todo a aquellos cuyos frutos tenemos la esperanza de recoger
en vida. Aunque es verdad que un espíritu generoso siempre tiene
en cuenta la gloria y su fama ante la posteridad, sin embargo, resulta
profundamente grato disfrutar en vida, y en plenitud de facultades,
del premio del esfuerzo realizado por uno mismo.
Es evidente que un solo hombre no puede tener suficiente tiempo
para investigar todo lo accesible a la razón y que puede ser estu-
diado mediante un método riguroso; tampoco tiene ocasión de traba-
jar en lo que hay que aprender por azar y por experimentos no
siempre realizables.
Es-indudable que si pudiésemos recoger en un solo lugar todas
las cosas útiles que las gentes de un solo pueblo —no digamos ya
de una provincia— saben o han intentado realizar, y lo presentáse-
mos con brevedad y concisión, contaríamos con un Tesauro incom-
parable.
¿Cómo sería ese Tesauro si varias- naciones colaboraran en su
realización? Mejor aún, ¿cómo sería si pudiéramos recoger en él
la ciencia de muchos siglos?

352
Si todas las cosas importantes que la humanidad sabe y ha sabido
fuesen conocidas y estuvieran registradas, creo que alcanzaríamos la
felicidad y habríamos superado la mayor parte de las desgracias y de
las incomodidades que hoy afligen a la humanidad.
Efectivamente, apenas si hay alguna enfermedad para la que
el pueblo no conozca remedio cierto y comprobado. Esto evidencia
que los hombres deben su infelicidad sólo a su propia desidia.
Si por lo menos estoviese compilado todo lo verdaderamente
útil y objetivo que encierran tantos libros, y lo tuviésemos al alcance
de la mano en una buena colección de índices generales, tendríamos
un Tesauro extraordinario.
He observado a menudo que inventos notables, considerados
entre nosotros como novedades, después han sido encontrados en
viejos libros que no eran apreciados o que incluso estaban olvidados.
Si se conociese la naturaleza por el aspecto similar que tienen
unos pocos cuerpos, como son: la sal común, el nitrato de potasa,
el alumbre, el azufre, el hollín, el aceite, el vino, la leche, la sangre
y algunos otros, se deduciría de ello- el conocimiento de la naturaleza
de la mayor parte de los otros cuerpos, ya que o bien se originan
en éstos o están compues'tos por ellos.
Podemos creer que la naturaleza de los cuerpos de aspecto simi-
lar, como la sal común, el nitrato de potasa, etc., es tan simple que
muy fácilmente entenderíamos cómo es su estructura íntima si algún
ángel desease revelarnos dicha naturaleza.
También podemos pensar que si conociéserhos la naturaleza de
cuerpos semejantes entre sí en algunos aspectos, daríamos razón sin
dificultad de todo lo que en ellos ocurre; más aún: podríamos prede-
cir todos sus efectos, bien sean los de cada cuerpo en particular,
bien sean los de su mezcla con otros cuerpos. Exactamente de la
misma forma que nos es fácil predecir los efectos que produce una
máquina cuya estructura conocemos, tendríamos ese conocimiento.
De todo esto se sigue que nos resultaría fácil deducir la natura-
leza íntima de tales cuerpos a partir de experimentos no excesiva-
mente numerosos. En efecto, si esta naturaleza es simple, de ella
deben seguirse experimentos con facilidad; si se siguen de ella expe-
rimentos con facilidad, también a su vez debe seguirse esta misma
naturaleza por regresión a partir de un número suficiente de expe-
rimentos. Tal regreso se da en el álgebra, y se daría también en
otras muchas cosas en el caso de que tuviéramos alguna clase de
cálculo matemático y si al menos los hombres dominasen una acertada
técnica de razonar. Es el álgebra el método de deducir lo conocido
de lo desconocido, de forma que, con una igualación de datos extrai-

353
dos de cosas desconocidas con datos conocidos, se consigue que tam-
bién los hechos desconocidos lleguen a conocerse.
Esperaremos en vano una verdadera técnica del razonamiento en
problemas difíciles, pero en absoluto insolubles, como son los que
plantea la física, mientras no se aprecie el ars characteristica o «len-
gua racional», que de un modo admirable abreviará, economizándolas,
las operaciones de la mente; y solamente ella puede aportar a la
física lo que el álgebra aporta a las matemáticas.
El ars characteristica muestra no sólo cómo hay que servirse de
los experimentos, sino cuáles son los apropiados para determinar la
naturaleza de lo experimentado. En resumen: de la misma manera
que hay vulgares trucos ingeniosos para adivinar un número que
alguien ha pensado para sí secretamente, así también quien tiene
conocimientos de álgebra puede juzgar con facilidad si lo que le
ha dicho otro sobre ese número oculto es suficiente para descubrirlo.
Existe un solo procedimiento mediante el cual unos cuantos
hombres seleccionados pueden prestar un gran servicio al progreso
de los conocimientos útiles para la vida en poco tiempo y con pocos
gastos: en caso de'que haya algunos hombres capaces de razonar con
total exactitud (accuratissime), deben proporcionar materia abundante
para este tipo de saber no sólo si hacen experimentos aisladamente,
sino también si recogen y ordenan por doquier todo tipo de datos
interesantes, ya de los libros, ya aportados por eruditos.
Pero es necesario que cfuienes se ocupan en esta tarea estén
libres de cualquier otra preocupación, que se dediquen con entusias-
mo a su trabajo y sean dirigidos por pocas personas, y estén bien
instruidos en el uso del laboratorio, de la biblioteca y de las demás
cosas necesarias para los experimentos. Al mismo tiempo deben saber
cómo hacer los gastos necesarios para pagar a algunos asalariados;
también es preciso que estén protegidos desde instancias superiores.
Dado que existen muchas órdenes y fundaciones famosas, es
extraño que nunca nadie haya fundado una como la que yo propongo,
una institución en la que se procure fomentar, junto con la religión,
también la felicidad de la humanidad'. Aquel que .llegara un día
a fundar una institución semejante se ganaría el reconocimiento de
la posteridad mucho más de lo que se pueda imaginar y ganaría, para
su nombre la verdadera inmortalidad.
Una orden así, sin lugar a dudas, en una época tan próspera
e ilustrada, no sólo sería celebrada con grandes muestras de aproba-
ción, sino que también, rápidamente, prosperaría gracias a las ayudas
que le vendrían de todas partes, de los delegados y de las fundacio-

354
nes, y se extendería con facilidad a todas las naciones y sociedades,
y propagaría, junto con el saber, la piedad.
Dado que algunas órdenes tienen muchas riquezas, habría que
procurar que lo que les sobrara, una vez atendidas sus necesidades,
se dedicara al incremento de las verdaderas ciencias, con las que
se celebraría del mejor modo posible la gloria de Dios.
Todo descubrimiento de la máquina de la naturaleza, ya sea me-
diante la experimentación, ya por medio de demostraciones, es real-
mente un verdadero himno de alabanza cantado a Dios y aumenta en
nosotros la admiración por El.
Aunque no dudo de que una fundación como la descrita tendría
en el futuro éxitos increíbles, y que tiempos vendrán en los que
hombres más sabios que los de ahora gastarán sus recursos no
imprescindibles en acrecentar la auténtica felicidad, dado que al
comienzo he advertido que yo solamente me referiré a aquellos cuyos
frutos podemos disfrutar en vida, por ello será suficiente añadir esta
única conclusión: si a este negocio se aplican unos cuantos hombres,
pocos pero elegidos, y caracterizados los unos por el rigor en el
razonamiento, los otros por su aplicación a la investigación y el resto
por su diligencia en la. experimentación; y si estos hombres ponen
de su parte todo el esfuerzo necesario para conseguir el objetivo
propuesto, y para ello se unen entre sí con verdadero interés, me
atrevería a decir que ellos, en un solo decenio, conseguirán más que
lo que en ese mismo campo ha podido conseguir toda la humanidad
con el trabajo disperso y desorganizado de machos siglos. Por lo que
fácilmente se puede colegir qué fruto nos aguarda a todos y qué
gloria al protector y fundador de una asociación así.

III

Consulta sobre la necesidad de promover el conocimiento de la natu-


raleza para que sea útil para la vida, y sobre la necesidad de fundar
para ello la Sociedad Germana, que tendrá como objetivo exponer en
nuestro lengua no sólo los conocimientos teóricos, sino también las
técnicas más útiles para la vida, y reivindicar el honor de la patria.
El autor de esta consulta ha perseguido siempre con ánimo entu-
siasta cuanto puede contribuir a la mayor gloria de Dios y a la
pública utilidad.
Pensó que la mejor manera de dejar claro, ya desde el principio,
que la afirmación es sincera era suprimir su nombre para que conste

355
que él personalmente no busca ni una gloria vana ni su particular
provecho.
Más aún, se mantendrá en la decisión de permanecer en el anoni-
mato y de servirse de un amigo, hombre sabio y honrado, como per-
sona que le represente hasta que al desarrollarse por sí misma la
iniciativa, su propio éxito lo libre de toda sospecha de vanidad o de
buscar el propio provecho.
Además, le indujo a redactar esta consulta no sólo su propio
celo, sino también la voluntad de hombres ñus tres que tienen deseos
y posibilidad de colaborar más que con buenas palabras en estas
iniciativas y en el cultivo de la lengua materna.
Como no ignoran que para componer un corpus de auténtica
física hay necesidad de experimentos y de redactar y publicar traba-
jos científicos al respecto, o lo que es -lo mismo, como saben que
son necesarios medios económicos, seguramente no tendrán otro deseo
que el de colaborar en esta tarea, con tal de que comprueben que hay
esperanzas de poder hacer algo muy grande, de cuyo fruto, con la
ayuda de Dios, se beneficiarán no solamente los que vengan detrás,
sino incluso nosotros mismos dentro de no muchos años.
Considero ahora el amor a la patria, que, teniendo muy aprecia-
dos talentos y bellísimos inventos, no sé por qué especie de indolen-
cia no protege de forma suficiente su gloria, al tiempo que los
extranjeros, presentándonos nuestros propios productos con. un nuevo
disfraz, nos los imponen a nosotros mismos y sacan así hábilmente
provecho del trabajo ajeno.
En cambio nosotros, por nuestra parte, solamente los menciona-
mos y alabamos a ellos, desconocedores de nuestras propias virtudes
y ocultando frecuentemente con no sé qué rapsodias nuestras mejores
investigaciones, que otros han sabido ofrecernos adornadas de falsos
razonamientos. Diré más: los alemanes somos los únicos que desco-
nocemos nuestra lengua, cuya admirable eficacia para transmitir
conocimientos sólidos, y en absoluto quiméricos, ha sido comprobada
en tantas ocasiones.
Mas, bien está que los extranjeros, a pesar de su gran talento
y excelente instrucción en todos los campos, nos hayan dejado, cosa
importantísima, una especie de vacío que debemos llenar en nues-
tra lengua.
Efectivamente, aunque no podemos negar sin ingratitud por nues-
tra parte que les debemos multitud de agudas observaciones y refle-
xiones acertadas, sin embargo, parece que algunos de ellos más
parecen dejarse llevar por la curiosidad que por la utilidad y en sus

356
producciones literarias, como en las políticas, ocurre que antes agra-
dan que ayudan.
Por todo esto hay que decir que, a pesar de sus escritos tan nume-
rosos y llenos de ingenio, de sus irreprochables teorías y agudísimas
observaciones, los propios extranjeros no pueden negar que los mejo-
res médicos en ejercicio en Europa, los mejores químicos, los mejores
ingenieros, están en Alemania, y que los mejores instrumentos con
los que llegan a sus conclusiones han salido de Alemania.
Así, pues, no queda sino que, por fin, alguna vez despertemos,
reconozcamos y honremos nuestras cosas buenas. Esta consulta se
dirige sobre todo a este fin: ser la llamada, la antorcha encendida,
que ponga en movimiento a los compatriotas con talento y con
amor al bien público hacia una unión de los espíritus próspera, glorio-
sa y digna de la época en que vivimos.
Dado que en la ciencia de la naturaleza, tan extensa como es,
apenas puede hacerse nada digno de mención, si no es trabajando en
equipo, se necesita un acuerdo y un proyecto concreto para estable-
cerlo. Pensando que lo que todos hacemos mejor es aquello que
hacemos por nuestra propia voluntad, decidí solicitar el mayor núme-
ro de opiniones posible para que, una vez debatidas, se lleve a la
práctica finalmente la que se apruebe.
Puesto que en toda consulta es necesaria una propuesta sobre la
que deliberar y que sea la base de todo el proyecto, me he creído en
la obligación de exponer brevemente el tema_ sobre el que considero
que se debe reflexionar. Pero si hay alguien que haga otras sugeren-
cias y muestra deseos de que se tomen en consideración, le compla-
ceré gustosamente.
Sean, ante todo, la gloria de Dios, el amor a la patria y la utilidad
pública las cuestiones fundamentales de esta consulta; y. porque a
Dios no se le puede cantar un himno más hermoso que el de revelar las
maravillas de la naturaleza; ni la patria abatida rejuvenecerá mejor
que si los oficios y el comercio, las técnicas civiles y militares empie-
zan a cultivarse y progresan; ni a la humanidad le debe ser nada
más querido que el cuidado de su salud, aparte de las virtudes del
espíritu, de todo ello se sigue que a Dios, a la patria, y finalmente
a la humanidad entera, nada puede beneficiar más (exceptuadas la
piedad y la justicia) que el disponer en un registro de las propiedades
y rendimientos de la naturaleza, contenidos en las ciencias y en ks
artes; por consiguiente, hacen falta informes dignos de confianza
sobre las operaciones de la naturaleza y los productos del arte que
o bien sean útiles o bien sean, al menos, absolutamente únicos.
Ahora bien, la consideración de útiles no tendrá en cuenta el que

357
sean accesibles sólo a los especialistas o al público en general: no se
tendrá en cuenta únicamente a los que para cualquier no especialista
estén claramente realizados a la buena de Dios y sin talento.
Por lo demás, no todo lo ordinario es sencillo, y tanto el hacha
del leñador como la lima del herrero tienen muchas cosas que obser-
var y que no se les ocurrirán fácilmente a cualquiera que no esté
iniciado en su uso, por un maestro, por la agudeza de su talento
o por la propia experiencia.
Así que nuestras relaciones deberán ser recogidas no tanto de
obras escritas cuanto del propio libro de la naturaleza y del tesoro
de las inteligencias. Pero esto es muy difícil: por" ejemplo, incluso en
pintura, es preferible el hacer el dibujo de un objeto a partir de su
aspecto y naturaleza en vez de tomar prestada una imagen de ese
objeto ya existente en otra parte.-Por ello recurriremos a la ayuda que
nos presta la abundancia de nuestro tiempo. Esto es, como por todas
partes hay muchos excelentes artesanos, cuya dedicación al oficio
y laboriosidad son notorias, reunámoslos y extraigamos, no tanto de
sus palabras cuanto de sus demostraciones, instrumentos y obras,
algunas descripciones, precisas que sean suficientes para la enseñanza
pública, de forma qué lo que uno haga en un determinado momento
valga para todos, y cada uno en particular no se vea obligado a repe-
tir, cuantas veces haga falta, las equivocaciones que otros subsanaron
antes, y que tenga que aprender así, por su cuenta, con perjuicio
y pérdida de tiempo, lo que otros quizá saben hace tiempo.
Considero que el camino más breve y seguro para avanzar en
poco tiempo hasta el progreso consiste en reunir por el método indi-
cado los conocimientos ya vigentes entre los hombres. Inútilmente
buscamos novedades, mientras ignoramos lo que tenemos al alcance
de la mano; además, los más preparados para descubrir cosas nuevas
son aquellos que le sacan todo el partido posible a lo ya descubierto.
Puesto que existe una cantidad de libros tan grande como la de
las cosas naturales, y puesto que tanto los libros como la naturaleza
son mudos, y además los libros —tal como se escriben la mayor parte
de las^ veces— no suelen proporcionar ideas acertadas sobre las cosas
que describen, por ello no veo ninguna manera de aprender que sea
más segura, y al mismo tiempo menos costosa en medios y én esfuer-
zos, que el recurrir a los autores; pero a los autores vivos, es decir,
a los autores especializados en observaciones, en experimentos, obras
y técnicas relacionadas con la naturaleza. Y no tiene importancia algu-
na el que estos autores sean plebeyos o sabios reconocidos; lo impor-
tante es que los acosemos con preguntas, les pidamos observaciones,
dibujos, diversas pruebas, etc., de tal manera que les arranquemos

358
el exacto conocimiento de lo que saben y podamos hacer con él una
descripción tal que pueda ser suficiente, por sí sola, para satisfacer
completamente a quien quiera adquirir esos conocimientos.
De esta manera serán obligados a penetrar en el estrecho espacio
de la ciencia todos aquellos conocimientos que o hay que ir a buscar-
ai inmenso campo de la naturaleza o que buscaríamos inútilmente
en un inacabable número de volúmenes. Además, se nos ofrecerán
con facilidad y ordenadamente^ con tal de que se consulten los
hombres dedicados a las diversas técnicas útiles para controlar la
naturaleza, y estos hombres, en realidad, no son demasiado nu-
merosos.
Y como no hay ciudad pequeña, ni siquiera ninguna aldea, que
no tenga al menos algún artesano o algún campesino de quien no
podamos aprénder, está claro que a nadie deseoso de saber le va
a faltar máteria de la que obtener provecho.
Nadie piense que esto está ya hecho. Hay que hacer notar que
apenas una parte de las técnicas que tratan de lo material, y están
cerca de la naturaleza de las cosas, está descrita en los libros de una
manera objetiva, con precisión, de modo exhaustivo y, para decirlo
de una vez, como es necesario para que sirva a la instrucción de las
gentes y de manera que podamos fiarnos de sus descripciones sin
necesidad de maestro, y sin pérdida de tiempo y dinero, sin cometer
errores, podamos alcanzar el conocimiento deseado, según lo exigen
los cánones.
El motivo de por qué los libros son así radica en que sus autores o
han sido hombres ignorantes y desconocedores de las técnicas de la
enseñanza, esto es, de los modos de transmitir conocimientos con cla-
ridad y en su totalidad, o han sido hombres demasiado pagados de su
ciencia, o sea, demasiado confiados en sus propias reflexiones, y que
han olvidado las cosas pequeñas, pero valiosas, mientras perdían el
tiempo en darle vueltas solamente a las grandes y ficticiamente
valoradas.
Además, la mayor parte de los autores que tratan sobre cuestio-
nes prácticas se imaginan que escriben para un lector que está al
tanto de las técnicas, o bien piensan que otros pueden conseguir a
base de imaginación lo que es claro para quienes se dedican a un
determinado tema, cosa que dista tanto de la verdad que, con el pa^o
del tiempo, lo que sucede es que ellos mismos, a menudo, llegan a no
ser capaces de entender sus propias descripciones.
Por otra parte, la mayoría de los que aprendieron su profesión
más con la práctica que con una enseñanza racional, tienen esta
desventaja: no pueden enseñar a otros porque son incapaces de orde-

359
nar la confusión teórica que no pueden evitar tener en la cabeza.
Pero nada existe, de lo que podemos observar en cualquier momento,
que no pueda ser comprendido dentro de una regla explicable con
palabras o ser aclarado con figuras o de cualquier otra manera. Quie-
nes opinan lo contrario ignoran completamente el arte de enseñar.
Así que todo aquel que tiene deseos de saber necesita de técnicas
variadas y de una no menor paciencia para sacar descripciones sufi-
cientemente completas y precisas de las palabras y de las acciones
(ambas deben ir siempre unidas) del vulgo. Debe poner todo su
interés, en la medida de lo posible, en empezar a trabajar e inten-
tar seguir las indicaciones de algún maestro ocasional, de forma que
vaya tomando sus propias decisiones de acuerdo con sus consejos.
También deberá tener a mano las herramientas de trabajo que
quiera describir; en caso contrario, en lo posible, se hará al menos
con sus medidas. Además, consultará a diversos maestros de un mismo
oficio, y en ocasiones obtendrá mejores resultados del aprendiz del
artesano que del maestro mismo. Y conseguirá un puesto de obser-
vación excepcional si reúne a maestros de distintos oficios próximos
entre sí, como carpinteros y ebanistas, herreros o mecánicos; a menu-
do hay entre ellos discusiones • y pugnas acerca de quién sabe más,
y de la contrastacióii de opiniones, para un espectador inteligente
y sagaz, fácilmente brotará la luz de la verdad.
A la hora de describir un método así hay que tener en cuenta
estas cosas:
En primer lugar, confecciónese un nomenclátor de las palabras,
frases, fórmulas habituales y expresiones propias del oficio que entre
los artesanos, en cierto modo, han llegado a ser proverbiales. Ellos se
apoyan en estos principios tanto como el jurista en las reglas del
derecho o el médico en sus aforismos.
Pero el orden a seguir en la disposición de estas definiciones,
frases y axiomas, no es el alfabético, sino el natural, el que precisa-
mente presenta la propia interconexión de las cosas, yendo nosotros
de lo más simple a lo más complejo y poniendo en cabeza lo que es
necesario para la comprensión de las demás verdades.
Hay que añadir explicaciones hechas con palabras comprensibles
para todos, y preferiría que se escribieran en alemán,, tal como se
usan normalmente. En efecto, la mayor parte de estas cosas presen-
tan dificultades para ser expresadas en latín satisfactoriamente, con
naturalidad y propiedad. Para hacerlo habría que despojarlas de su
vocabulario tradicional y de sus expresiones más acertadas. Por lo
demás, no hay ningún motivo por el que no reivindiquemos para
nuestra lengua el mismo honor que otros exigen para la suya.

360
Ante todo se debe procurar añadir a las descripciones dibujos lo
más exactos posibles; cuando lo descrito tenga gran complejidad, los
dibujos mostrarán el asunto por partes, primero desmenuzando el
objeto en partes o piezas y luego, paulatinamente, recompuesto.
Deben mostrarse todos sus ángulos y caras, sus usos y estados, con-
servando siempre los distintos grabados, las mismas letras para las
mismas partes.
A las definiciones explicadas hay que añadir algunos aforismos
y consejos y observaciones más generales; igualmente se añadirán algu-
nas propiedades singulares y curiosas de los fenómenos de la natu-
raleza sobre los que versa un oficio determinado, tal como han sido
observados por los artesanos, aun en los casos en que su utilidad prác-
tica no sea grande.
Una vez_ hechas todas estas cosas, se llega a lo que realmente
es el trabajo del oficio, a lo que generalmente se llaman lecciones,
y en matemáticas se llaman problemas.
Dado que los problemas suelen ser bastante difíciles, y general-
mente se basan en cosas más fáciles de entender, o más conocidas,
habrá que esforzarse —imitando en esto a los matemáticos, que
condensan las demostraciones demasiado complejas, y que, por otra
parte, se explican más adelante, sirviéndose de proposiciones condi-
cionales —en redactar la ordenación de un problema, o un pro-
ceso, o una formulación, con brevedad, quitando y poniendo aparte
lo que constituye un problema especial, aun en los casos en que
sean de utilidad para otros procesos.
Si se tienen en cuenta estas pocas reglas fundamentales de la
descripción de los oficios, inmediatamente, con una fuerza extraor-
dinaria, se hará la luz.
A continuación, diremos que hay que añadir siempre las razo-
nes de las operaciones, razones que deben ser, en la medida de lo
posible, sólidas y universales, y que, para arrancárselas a los maes-
tros del oficio, hombres no instruidos, o no suficientemente riguro-
sos, no solamente debemos preguntar por qué hacen cada cosa, sino
que hay que ponerles objeciones que les obliguen a pensar y so-
pesar detenidamente lo que dicen.
También será útil anotar en pocas palabras cuál es la utilidad
de un problema para lo que viene después.
Finalmente, no hay que ser demasiado escrupuloso ni en el. or-
den ni en la disposición de lo escrito, a condición de que nada se
eche en falta de lo concerniente a las propiedades más importan-
tes que deben anotarse, así como en los dibujos, y, por último, en
la fiel y completa descripción de las operaciones.

361
Teniendo en cuenta que los maestros de los oficios suelen tener
ciertas cautelas y sutilezas, y como recónditos misterios del oficio,
raras especialidades y recursos propios de maestro (Meisterstiiete),
con los cuales ponen a prueba a sus aspirantes; o, puesto que entre
ellos discuten a veces sobre la excelencia de su técnica, bien en el
taller, bien en la taberna, y tienen conocimientos con los que tam-
bién engañan hábilmente a otros hombres, no hay que ahorrarse
trabajo alguno hasta conseguir„:que ninguna de esas cosas nos fal-
ten. Pues quien es inteligente, con facilidad puede disponer las
preguntas de forma que esta clase de hombres ni siquiera se den
cuenta de que se les está sonsacando algo.
También es necesario referirse al precio de los objetos, no sólo
tomando como punto de referencia un lugar del cual se parte, sino
también añadiendo los motivos que ayuden a comprender la razón
de ese precio; además debe quedar clara la causa por la que en otros
lugares sea o pueda ser de mayor o menor valor.
Será útil reseñar también los libros que, o tratan del mismo
saber qué es lo que más precisa de una explicación, o qué queda
tema, o hablan de objetos a los que nos referimos, bien para dejar
de ser ignorantes del asunto en un primer momento, bien para
por investigar, de forma que todo quede descrito de una manera lo
más completa posible, y quien intente seguirla no encuentre nin-
guna clase de obstáculo por nuestra culpa.
Además, cuando afirmo que es necesario explicar una a una
las formas de vida, o, según se llaman normalmente, las profesiones
(que algunos denominan artes 2 ) no me refiero solamente a las artes
y oficios, sino a cualquier tipo de conocimiento o técnica ideada
por los hombres, que trate de la medida, la cantidad, la fuerza
motriz, la consistencia, los colores, los olores, sonidos, sabores y
todas las demás cualidades sensibles de los cuerpos, de acuerdo
con el orden establecido, bien en serio, bien como mero ejercicio,
precisamente partiendo del propio cuerpo o de la experiencia física.
También aquellas diversiones que caracterizan una clase especial de
hombres, como la música y el teatro. Las que se practican según
el gusto, y la elección de cada cual, como los juegos para los que
no hay maestros seguros y reconocidos; pues dependen simplemen-
te de la casualidad, y carece de relevancia el que unos juegos ten-
gan maestros reconocidos, al tiempo que otros no.
2 De acuerdo con el uso clásico del término, las artes eran los saberes que
permiten la transformación de las cosas externas. El origen de esta acepción
se puede encontrar en el concepto aristotélico de tekne en Etica VI, 3, 1139b
14 a 4, 1140a 20.

362
Hay implícitas en los juegos cosas notables que impulsan al es-
píritu a investigar y, a veces, esconden numerosos arcanos de la na-
turaleza. Además entiendo que no hay que olvidar a los charla-
tanes, ya que es evidente que saben muchas cosas que serían de
gran utilidad si estuvieran en manos de personas de más categoría.
No es necesario hacer la distinción ahora entre las artes que
dejan una obra hecha, como la pintura, la artesanía, y aquellas cuyo
resultado se desvanece simultáneamente con su producción, como
son la música, la equitación, el salto, la acrobacia, la náutica.
Y, de entre aquellas que arrojan algún resultado, bien sea del
tipo de las que dan lugar a una exhibición (como la pesca, la caza,
la búsqueda de metales y piedras preciosas) en las que nada se
produce, sino que sólo se captura o se descubre, o sea, las que
actúan al modo de las comadronas (que por sí mismas no actúan,
sino que, o se limitan a unirse con los cuerpos naturales en su mu-
tua interacción) y, a veces, cuando es necesario, auxilian a las ma-
nos de comadrona de la propia naturaleza, con lo cual esta misma
produce más y mejor. Estas no producen nada independientemente.
Este es el cometido de la agricultura, la ganadería, la horticultura
y jardinería y la medicina que, sin embargo, por la grandeza de su
fin y por lo sublime de su ciencia, debe ser separada netamente
de las restantes.
Otra clase la constituyen las artes sofisticadas, en las que es
necesario el continuo cuidado del artesano, aunque aquí también,
solamente, actúe la naturaleza, como ocurre con la química, la far-
macia, la elaboración de la sal, del nitrato de potasa, del alumbre,
del vitriolo, la docimasía, la gastronomía, el arte de colorar, una de
cuyas variedades es el teñido.
Y otro grupo, por último, lo constituyen las artes fabriles, como
la mecánica, el grabado en piedra, la escritura, la imprenta, y toda
clase de oficios relacionados con el arte de tejer, y la cirugía.
No es nuestro propósito en este momento enumerar toda la
variedad de oficios y ocupaciones que pueden clasificarse, bien por
el sujeto que los profesa o en razón de su utilidad o finalidad, o
también de muchos otros modos. Basta con dejar indicado que no
debe ser tampoco olvidado nada de lo que sirve para alejar al hom-
bre de sus ocupaciones o cuidados.
Concedamos, si os parece bien, que sean alrededor de cien las
clases de profesiones a describir (comprendidas también las más
extensas, la medicina y la química, que cada una por sí mismas
constituyen un corpus que hay que distribuir entre varias).
Supongamos ahora que se distribuyen esas cien profesiones entre

363
cincuenta o incluso bastantes menos hombres, verdaderamente sa-
bios, y ansiosos de aprender, para que elaboren tantos libros como
profesiones hay.
¿Quién no admitirá que dentro de unos pocos años se pueda
terminar con total perfección todo lo que nos proponemos por poco
cuidado que se ponga en ello? Incluso pueden ocuparse de ello
hombres dedicados enteramente a una clase totalmente distinta de
trabajo, si quieren emplear en esta labor (que es mucho más dura-
dera y gratificante en lo referente a fama y gloria), al menos la
parte de tiempo aproximada que solemos dedicar quizás a cons-
truir un edificio, o un jardín, una casa de campo o al meticuloso
cuidado de la hacienda familiar.
Así tendríamos un tesoro de ciencia como no vio época alguna
y en pocos volúmenes, una biblioteca más rica que otras muchísimo
más grande por la verdadera abundancia de cosas dignas de sa-
berse.
Efectivamente, los conocimientos más importantes de los hom-
bres estarán a disposición de cualquiera, como en el erario público,
expuestos de una forma sistemática, y tendremos a la vista por qué
toda la superficie de nuestro globo terrestre tiene vida; en qué se
transforma, en cierto Sentido, la propia naturaleza de las cosas; por
qué prosperan los pueblos; de dónde surge, como del cuerno de la
abundancia, tan grande fuerza de las cosas; y, finalmente, para qué
tantos millares de seres se alimentan, se adornan, se mueren, lu-
chan, tienen ocupaciones, gozan.
Así, pues, si unos sabios, estudiosos de la naturaleza, com-
patriotas nuestros se distribuyeron en otro tiempo los sujetos o
cuerpos naturales para tratarlos entre ellos, y, mientras uno tomó
el ajenjo, otro el bórax, otro tercero, el cangrejo o el vino; un
cuarto el azafrán y así, sucesivamente, propósito que en efecto es
digno de alabanza, ¿quién nos puede impedir que busquemos las es-
pecies de los cuerpos, no tanto mudos como vivos y capaces de
responder si se les pregunta, esto es, repartirnos entre nosotros las
clases de oficios, artes, profesiones, y preguntando, aprender de
ellos cosas (que no se apoyan en conjeturas o en el falaz testimo-
nio de 'tina única observación, o en la relación de un autor que
quizás se limitó a escribir tan sólo de oídas), sino cosas tales que
los artesanos de hoy y sus antepasados las han experimentado desde
hace muchos años, que, tras incontables pruebas, su propio éxito
ha consolidado, y que la propia necesidad de vivir siempre más pre-
cisa que la necesidad de saber descubrió y propagó?
Así, si el poder de los hombres se basa en las técnicas con las

364
que sometemos a la naturaleza, se sigue de ello que el patrimonio
de la humanidad, y por decirlo así, la herencia que nos legaron
nuestros mayores se contiene en esta descripción de nuestro patri-
monio, en este inventario de nuestro poder en relación con las de-
más cosas.
Ilustres germanos, en cuyo número incluyo a quienes, o bien
habitaron entre nosotros, o bien a quienes nos unió el parentesco
de raza y lengua; reflexionad conmigo, si os place, qué grandes cosas
podéis llevar a cabo, con qué poco trabajo, y cuán fácil sería para
vosotros, de un solo golpe, superar todo el celo de los extranjeros.
Mientras otros muchos exponen cosas curiosas para los ojos,
vosotros inculcad conocimientos útiles en los espíritus; mientras
otros se ocupan de la ostentación, vosotros preocupaos por el fruto
que la patria recibirá un día por vuestro trabajo.
Una vez que tengamos el verdadero inventario de las artes y
las ciencias, es cosa segura que con el mismo trabajo resultará evi-
dente qué artes son aún necesarias y quedará abierto el camino para
ir a innumerables cosas que ahora, dispersas se nos ocultan, pero
entonces, colocadas bajo una sola mirada,' fácilmente serán reuni-
das por los entendidos para nuevos y muy importantes usos.
Todo debe ser escrito en alemán, bien para que demostremos
a los extranjeros que también nosotros podemos escribir cosas que
ellos no lamentarán saber, bien para favorecer las investigaciones
de nuestros conciudadanos. No se puede negar que entre los ex-
tranjeros, de forma admirable se aguza el 'ingenio y se excita el
deseo de saber, cuando las mujeres, incluso, los niños y los hombres
a los que las necesidades de la vida o las desgracias de la juventud
impidieron frecuentar las escuelas, no por ello dejan de encontrar
franco el acceso al conocimiento de todas las ciencias y artes.
Sin embargo, nuestros hombres, también ávidos de aprender, no
son admitidos al conocimiento de las cosas, a no ser a costa de her-
cúleos trabajos para dominar las lenguas, trabajos en los que a me-
nudo se embota la agudeza de espíritu. Bien sea por impacien-
cia, bien sea por cortedad suya, son repelidos por la dificultad de
la lengua latina, como si estuvieran condenados a la ignorancia,
con gran perjuicio del bien público.
Efectivamente, la ciencia es semejante a la luz: interesa a todos
que sea difundida en cada uno de los individuos. No hay que temer
que con ello sufran algún detrimento la literatura latina o la griega,
pues vemos que en Francia y en Inglaterra no faltan, más aún, que
abundan hombres de sólidos principios.
En verdad, para los teólogos siempre serán necesarias las len-

365
guas hebrea y griega; para los juristas la latina (aunque a veces
también la griega); para los médicos la griega y la latina. Tampoco
los amantes de la historia soportarán nunca que se les cieguen sus
fuentes.
Por ello, alejado este temor, os exhorto a vosotros, los que
hicisteis patente en estos mismos asuntos que os preocupa la gloria
de la patria, eminencias fecundísimas e imitadores de los de Cyneas,
cualesquiera que. seáis los que quedáis de aquella edad de oro, o
que crecisteis después con parecidos ánimos. También a vosotros os
animo famosos conocedores de la naturaleza. Reunid planes dignos
del espíritu de los alemanes, y poneos de acuerdo conmigo, al mis-
mo tiempo que con aquellos para los que se aprobará este regla-
mento, para crear la Sociedad Imperial.
Vosotros, que estáis ávidos de saber, ya hace tiempo que ele-
gisteis sabiamente a tan gran protector; vosotros, que dedicasteis
vuestro trabajo a fomentar el honor de la lengua paterna bajo el
signo del águila reuniréis con plena seguridad vuestras no peque-
ñas filas.
Y creo que otros grandes príncipes, también,se preocuparán por
vosotros, imitando en'esto a vuestro emperador. Sin embargo, estas
páginas han sido escritas, más en pro del conocimiento de la natura-
leza de las cosas, que para cultivar la lengua.
Y voy a terminar, en la convicción de que a las personas sabias
y.juiciosas, a los hombres nobles ya los habré animado suficiente-
mente, con mi propósito de acrecentar la ciencia práctica, de adorar
a Dios en sus obras, de ayudar al Estado con amor verdadero, que
venga en auxilio de los que lo necesitan, con un compendio de las
artes, y finalmente, defender la patria de la afrenta extranjera. Por
otra parte, a las personas vulgares y animadas por bajos sentimien-
tos, no las habré convencido, y nunca se dejarán convencer, por
muchas cosas que se les digan.
Hay que empezar escribiendo a todos estos señores y a sus
amigos:

Helmont M. Elemigg
Rosenroth Reiselio
Crane Schaeffer
Weigel Kornmann
Dórfel Eckard
Hevelio Lomeier
Médico Dantíscano, sobre el cual Sivero
escribió el señor Gen. Vagetio

366
Feldeno Tschirnhaus
Ottius P. Lana
Screta P. Fabri
Stenon Bohne
Swammerdam Ettmüller
Boccone Langelot
Vinhold Major
Gericke Casp. Bartolino
E. Homberg Oligio Jacobeo
Wedel, de Jena And. Müeller
Pratís Giseberto
Reinero Piaccio
Moore Rolam, en Suecia
Elsholz Rudbeck
P. Kochnanski, y algún otro capu- Zimmermann, autor de la hipóte-
chino que esté interesado en te- sis Cono Elíptica, pastor en el
mas intelectuales. Ducado de Würtemberg.
El señor de Dresde, cuyo nombre Reichelt, Argentorati
no" me viene ahora a la memo- Gudio
ria. Mengolo, de Bolonia 3
Leewenhoeck

3 De esta lista hemos podido identificar a tan sólo la mayoría de los que
están presentes en ella. Por ordenación alfabética son:
ANSLO, Reiner (1622-1669), escritor holandés.1
BARTHOLINO, Caspar ( t i 6 8 0 ) , profesor de Medicina.
BOCCONE, P. S. (1633-1704), botánico italiano.
BOHNE,-Juan (1640-1718), médico.
CRANE, H. A., doctor y profesor de Derecho en Helmstadt.
El barón Christian KNORR DE R O S E R O T H ( 1 6 3 6 - 1 6 8 9 ) , consejero del conde
de Salzbach, de grandes conocimientos en materia religiosa.
DOERFEL, G. S., pastor luterano, que se dedicó a la astronomía.
ECKARD, J . H . , teólogo protestante de la época.
E L S H O L Z , Juan Segismundo, médico, botánico y químico alemán (1623-1688).
ETTMÜLLER, M . ( 1 6 4 4 - 1 6 8 3 ) , médico alemán.
FABRI, Honorato ( 1 6 0 7 - 1 6 7 6 ) , matemático.
FELDENO, Juan (t 1768), jurisconsulto y filósofo.
GUDE, Margaard (1635-1689), historiador y humanista.
GUERICKE, Otto von ( 1 6 0 2 - Í 6 8 6 ) , físico alemán.
HELMONT, F . M . van ( 1 6 1 8 - 1 6 9 9 ) , el padre del mismo ocupa un lugar de
mayor importancia en la "historia, pero, en la fecha de redacción del tra-
bajo llevaba ya veinticinco años muerto. Se dedicó fundamentalmente a la
química, aunque también tenía conocimientos de química y ciencias ocultas.
HEVELIO, Juan ( 1 6 1 1 - 1 6 8 7 ) , astrónomo holandés.
JACOBEO, Oliger ( 1 6 5 0 - 1 7 0 1 ) , erudito y médico.
KOCHNANSKI, Adam (t 1 6 9 5 ) , matemático.
KORNMANN, J. H . (1624-1673), jurisconsulto y tratadista político de Marburgo.
LANA, Francisco (1631-1687), físico.
LANGELLOT, J. (1617-1680), médico.

367
Hay que manifestar que la ciencia física debe ser sometida a re-
visión, debiéndose añadir una serie de razones en las que todos pue-
dan estar de acuerdo.
Los teólogos considerarán que Dios nos creó, y lo mismo que
a nosotros, a todo el resto de sus criaturas, para manifestar su sabi-
duría y su poder, y que es piadoso aquel que sigue el plan trazado
por el Autor de todas las cosas. Por su parte, los filósofos, explica-
rán que se perfecciona el espíritu con la contemplación de las obras
de la naturaleza, que son dignas de admiración, y que la verdad es
el alimento del alma. A su vez, los médicos afirmarán que, como
nada es más importante que la salud, exceptuadas las virtudes del
alma, hay que averiguar qué cosas favorecen la salud y cuáles la
perjudican, o, lo que es lo mismo: hay que investigar cuál es la
naturaleza de las cosas; y que esto no es sólo un problema que atañe
a la prudencia con la que cuidamos de nosotros y de nuestras cosas,
sino también a la piedad, porque se trata de que sean socorridos
muchos desgraciados.
Por doquier, los más famosos príncipes, las más ilustres señoras,
los varones más piadosos, se entregarán al estudio de los secre-
tos de la naturaleza, no solo movidos por una curiosidad sana y nor-
mal, sino también por la caridad.

LEEWENHOEK, Antonio ( 1 6 3 2 - 1 7 2 3 ) , biólogo holandés.


LOMEIER, Juan (1636-1699), filólogo holandés.
M A J O R , J. D. (1634-1693), médico.
MENGOLI, Pedro (fechas desconocidas), matemático italiano.
MOORE, Henry ( 1 6 1 4 - 1 6 8 7 ) , famoso como uno de los platónicos de Cambridge.
Autor de la Enchiridion etbice.
MÜLLER, And. (1630-1694), filólogo.
R E I C H E R T , Julius ( 1 6 3 7 - 1 7 1 9 ) , matemático.
PLACCIO, V . ( 1 6 4 2 - 1 6 9 9 ) , historiador, filósofo.
REISER, Antonio ( 1 6 2 8 - 1 6 8 6 ) , teólogo protestante que pretende mostrar la con-
formidad de los sistemas de Platón y Aristóteles y Santo Tomás con Lu-
tero. De Origine, progresu et incremento antitheismi seu Aíheismi. Augsbur-
go, 1 6 6 9 .
RODBECK, O . ( 1 6 3 0 - 1 7 0 2 ) , médico anatómico y especialista en antigüedades
y botánica. Disertación sobre la circulación de la sangre.
S C H E F F E R , Carlos, botánico que trabajó en Halle y murió en 1 6 7 5 .
SCHWAMME'RDAM ( 1 6 3 7 - 1 6 8 0 ) , científico holandés.
SCRETA, Enrique, médico.
STENON, Nicolás (1638-1686), médico y teólogo católico.
SIVER, Enrique ( 1 6 2 6 - 1 6 9 1 ) , matemático.
TSCHIRNAUS, E. W. (1651-1708), físico.
VAGET, Juan (1633-1691), lógico y metafísico.
V I N H O L D , C. A. (1645-1708), matemático alemán.
WEDEL, G. W. (1645-1721), médico alemán.
WEIGEL, E. (1625-1699), astrónomo y matemático. Autor de un Espejo del
Cielo.
ZIMMERMANN, J . J . ( 1 6 4 4 - 1 6 9 3 ) , teólogo, matemático.

368
Saben los políticos que la base del Estado son las artes, los
oficios, y los restantes trabajos mediante los cuales los hombres
obtienen materias primas de la naturaleza, extrayéndolas primero y
elaborándolas después, con vistas a satisfacer las diferentes necesi-
dades de la vida, y también pensando en las exigencias del comercio.
Saben también que, a menudo, el desarrollo de las poblaciones se
apoya en inventos tan aparentemente insignificantes como el guiso del
garó. Y, siendo tan grande la utilidad de la verdadera física, aún es
mayor la sorpresa que debe tausar su actual imperfección. Unos
estudian de modo excesivamente abstracto, las formas y cualidades,
que, ni comprenden suficientemente, ni pueden demostrar que existan
en la naturaleza, ni, por tanto, pueden sacar de ellas utilidad alguna.
Otros, mejores conocedores de la naturaleza, conceden una gran im-
portancia al- parecido de una cualidad sensible con otra: al magne-
tismo, a los principios de la actuación, a las radiaciones, a los ácidos,
a los fermentos; todo esto es la causa de una gran inseguridad en
los juicios, y de una grave ambigüedad en las explicaciones.
Hay otros que plantean hipótesis inteligibles o racionales, pero
demasiado alejadas de lo sensible, y, por 'ello, inútiles para este
tipo de investigación.. Algunos otros hacen experimentos, pero de
ellos no extraen ninguna conclusión, ni se plantean el profundizar en
el misterio de las leyes universales de la naturaleza; casi ninguno pue-
de hacer ni predecir nada notable en física, de no ser por pura ca-
sualidad, cosa que, evidentemente, es señal de la imperfección que
aqueja a un arte.
Por estas razones, hay que hacer una consulta a los entendidos y
amantes del bienestar público y de la naturaleza, acerca de qué reme-
dio se puede, con la mayor rapidez posible, enfrentar a este mal, de
forma que, poniéndolo en práctica, no sólo la posteridad, sino tam-
bién nosotros mismos dentro de unos años, ya podamos percibir algún
fruto de nuestro trabajo.
Es preferible solucionar algo por pasos, a poner todo el esfuerzo
en cosas excesivamente grandes, y cuya utilidad solamente los siglos
venideros podrán disfrutar.
El parecer de quien propone esta consulta es el siguiente:
I. Es necesario fundar una asociación de hombres cultos, de-
seosos de saber, y animados-por sentimientos honestos.
II. Hay que repartir el trabajo entre ellos.
III. Debe haber intercomunicación de planes y de realizaciones.
IV. Hay que organizar el asunto de forma que cada uno haga
lo que más_le apetezca, pero dentro siempre de los márgenes estable-
cidos de acuerdo con el fin de la sociedad.

369
V. El fin primordial debe ser el descubrir las verdaderas causas
de los fenómenos físicos, y que esas causas sean tales que puedan
comprobarse mediante los hechos y previsiones oportunos.
VI. Son necesarios dos medios para conseguir este fin: experi-
mentos verdaderos, y una coordinación de esos experimentos que
permita descubrir las' causas de las que hablamos.
VII. Por eso, hay que, o bien anotar los experimentos más in-
teresantes (cuáles sean estos, lo diremos en otro lugar), o bien los
que están ya señalados en los libros, pero de una manera que se
distingan los unos de los otros en razón de su grado de certeza (Ha-
bilidad).
VIII. Hay que anotarlos por medio de proposiciones o aforis-
mos, después de citar como prueba algún testigo ocular u otro, si
se tiene.
Lo más importante de todo este plan consiste en esto: que todo
conocimiento humano se ordene a la práctica.
La práctica, o sea, el fin de la investigación, se asienta en la praxis
útil para la vida, o sea, en la solución de los problemas, cosas ambas
de las que estamos necesitados. Necesitamos la felicidad, o, lo que es
lo mismo: tener el espíritu satisfecho; necesitamos de la virtud, de
la salud, de los amigos,,de los recursos de todo tipo; todas estas cosas
dependen de nuestro conocimiento de Dios, del alma, del cuerpo,
y de la aplicación de esta ciencia.
Así, pues, esta ciencia, debe convertirse en pública, y estar siem-
pre en condiciones de ser utilizada. Pública, para que lo que le falte
a uno, se lo proporcionen los otros. De esto se deduce que la justicia
y la caridad están unidas a la prudencia, y que, si cada uno quisiera
ayudar a los demás, las cosas nos irían bien a todos.
Esta ciencia debe estar a punto, para que todo, al momento, lo
tengamos a la vista; para que no se nos escapen las cosas, justamente
en el momento en el que las necesitamos.
Hasta aquí el fin.
La materia,de lo que se debe organizar consta de: los conocimien-
tos humanos que tienen utilidad y ya han sido suficientemente in-
vestigados. Aunque es imposible que exista una cosa verdadera que
por algún motivo no sea útil, de todas formas, ahora lo que nos
interesa investigar ante todo es aquello cuya utilidad es mayor y
más conocida. La forma o el orden mismo consiste en la unión de
las dos mayores técnicas de investigación: la analítica y la combina-
toria. Pero esto lo vamos a exponer de forma más clara mediante
cánones:

370
Canon I. Redáctese la Enciclopedia de las Ciencias Humanas.
Efectivamente, hay una relación tan grande entre las
cosas que es imposible perfeccionar una ciencia sin la
ayuda de las otras.
Canon II. Divídase .el trabajo entre los componentes del equipo
investigador, de acuerdo con el gusto y la comodidad
de cada uno.
Canon III. Cada uno realice el trabajo que le ha sido previamente
fijado dentro del plazo señalado.
Canon IV. La sociedad, agradecida, reconocerá, tanto en privado
como en público, los bienes que cada uno le presta.
Canon V. Si alguno hace más trabajo de lo que sé le ha asig-
nado, nos serviremos de ello con gusto, alabando por
ello al autor.
Canon VI. Cada uno debe establecer definiciones breves y claras
de las cosas que investiga.
Canon VII. Cada cual debe reunir los experimentos ya hechos que
estén en relación con la materia de su investigación.
Canon VIII. Las comunicaciones de lo investigado no se harán en
forma de disertaciones o de narraciones, sino por tesis.
Canon IX. En las observaciones añadidas a la proposición (caso
de considerarse oportuno) habrá libertad para exten-
derse más.
Canon X. Cada uno debe clasificar los experimentos de manera
que se distingan, hasta donde sea posible, todos los
grados y diferencias de alguna* cualidad.
Canon XI. Igualmente, se hará con todas las especies de un tema.
Canon XII. Añádase al catálogo de los sujetos a quienes correspon-
de esta variedad de la cualidad o este grado.
Canon XIII. Por fin, hágase, del mismo modo, el catálogo de las
cualidades correspondientes a un sujeto dado.
Canon XIV. No se debe anotar un experimento del que no conste
a ciencia cierta, o bien que fue hecho por quien lo
anota, o que le fue comunicado a éste por un escritor
o amigo absolutamente merecedores de toda confianza.
Siempre se debe anotar el nombre de quien nos pro-
porcionó la noticia (a no ser que él no quiera), ya que
cada uno de los testigos debe dar razón de sus cono-
cimientos en las cosas que ha hecho.

La parte principal del plan es la organización de los conocimientos


humanos más importantes para su uso en la vida, o sea, la auténtica

371
Enciclopedia. Pues ya tiene el hombre en su poder muchas informa-
ciones importantes que no utiliza, porque, o no son del conocimiento
público, o no están organizadas de forma que, en poco tiempo, poda-
mos encontrarlas.
Organícese una asociación entre varios que se distribuyan la tarea
según el gusto y la comodidad de cada uno, de forma que cada cual,
en la medida de lo posible, realice un trabajo determinado dentro
de un plazo fijado de antemano. Si alguien realiza un trabajo mayor
se lo reconocerá con agradecimiento la asociación.
Posteriormente organícese todo, pero de forma que quede sal-
vaguardada para cada uno la gloria que por su trabajo haya mere-
cido.
Trátense todos los temas, no en forma de discurso, sino de
aforismos o tesis planteadas con rigor, prudencia y vigor y, hasta
donde sea posible, que sean universales y recíprocas; en las observa-
ciones que se añadan a las proposiciones, algunas veces estará permi-
tido extenderse más.
Toda tesis debe, o probarse, o postularse cuando no' pueda ser
probada fácilmente.^ Todo lo postulado, o lo aceptado sin prueba,
póngase al principio. La palabra postulado la he tomado aquí, no en
el sentido en el que lá utiliza Euclides, sino como la usan Arquí-
medes y otros 4 .
Los postulados constarán de definiciones, axiomas e hipótesis.
Las definiciones no pueden demostrarse; los axiomas no es ne-
cesario demostrarlos; las hipótesis, en cierto modo, quedan demos-
tradas por el propio éxito de las conclusiones.
Añádase a estos postulados los experimentos y las observacio-
nes deducidas de ellos. Póngase, pues, el modo de hacer el experi-
mento y consígnese el nombre de quién lo hizo o describió el ex-
perimento. No deben anotarse los experimentos dudosos, a no ser que
sean de gran importancia. Catalóguense, según un método seguro, los
experimentos.
Sobre estos fundamentos se pueden ahora asentar las conclusiones
que deben organizarse de forma que, a través de teoremas, lleguemos
a los problemas, o lo que es lo mismo; de forma que de la teoría
pasemos -a la práctica.
No se debe sentar ninguna proposición sin demostración, bien de

4 Por oposición a Arquímedes, Euclides entiende por axioma una verdad


autoevidente de aplicación universal como «el todo es mayor que las partes». En
cambio, los postulados, aun siendo ^ evidentes, sólo tendrían aplicación en un
ámbito determinado del saber. Arquímedes, como confirma el texto de Leibniz,
incluye los axiomas entre los postulados.

372
su verdad, bien (si el asunto no puede saberse de otra manera) al
menos de su probabilidad, pues también ésta puede demostrarse. Pero
hágase esto solamente en aquellas cosas probables que tienen alguna
importancia.
Comuniqúense las definiciones a los socios para que se establezcan
mediante común deliberación, con el fin de evitar la confusión, no
sea que, en el mismo contexto, la misma palabra se utilice con diversos
significados.
Para que no haya el riesgo de pasar por alto lo presente, mien-
tras le damos vueltas a lo excesivamente elevado, estableceremos en
primer lugar el trabajo de forma tal que en un año se tenga la base
de toda esta Enciclopedia. Luego se irá ampliando poco a poco.

373
28. MEMORIA PARA PERSONAS ILUSTRADAS
DE BUENA INTENCION1

1. Aunque no es frecuente encontrar personas para quienes esta


memoria sea indicada, sin embargo existen y, quizá, más de las que
se piensa, bien que no siempre haya ocasión de conocerlas; y pensan-
do precisamente en estas personas he redactado el presente escrito.
2. Tengo el convencimiento de que, incluso los hombres ilus-
trados y bienintencionados, las más de las veces, se dejan llevar por
la,corriente de la corrupción general, y no piensan suficientemente
en los medios de sustraerse a ella y hacer el bien.
3. Esto ocurre por dos razones: la falta de atención o de de-
dicación, y la ausencia de entendimiento o comunicación. Absortos en
los cuidados cotidianos, aun teniendo suficiente capacidad de espíritu
para lo que es preciso hacer, muy raramente encontramos personas a
quienes confiar nuestras intenciones.
Ordinariamente, los hombres sólo piensan en bagatelas, y resulta
tan desusado pensar en cosas más sólidas, que hasta resulta ridículo.
4. La presente memoria se ha escrito para mostrar cómo se
podría remediar esta falta de aplicación y comunicación; incluso creo
que podríamos esperar su éxito, si tuviera la fortuna de encontrar
personas que tomen en .serio las cosas importantes y sólidas.

1 Podemos fechar el presente trabajo a mediados de 1692. El original en


francés se encuentra en K X, págs. 7 a 36. El texto parece formar parte de
los trabajos preparativos para la fundación de la Academia de Berlín. De esta
obra se ha realizado ya una traducción por parte de Patricio de Azcárate,
Obras de Leibniz, vol. 5, Madrid, s. f., págs. 404 a 418.

375
5. Yo sostengo, por tanto, que los hombres podrían ser incom-
parablemente más felices de lo que son, y que en poco tiempo podrían
hacer grandes progresos para aumentar tal felicidad, si se lo plan-
tearan como es debido. Disponemos de medios para conseguir en
sólo diez años más de lo que, sin ellos, podríamos hacer en siglos
enteros, si nos aplicáramos debidamente a hacerlos valer, y no hicié-
ramos todo lo contrario.
6. En efecto, nada hay tan sencillo como contribuir al bien
permanente de los hombres; sin ser necesario esperar la paz general
o a la asistencia de los príncipes y de los Estados, los propios par-
ticulares están en condiciones de contribuir a - este bienestar. Sólo
hace falta querer y, lo que se dice comúnmente: «en las cosas grandes
también es suficiente querer» 2 es verdadero, pero de otra manera
de lo que se entiende vulgarmente, ya que la buena voluntad, sincera
y ardiente, es suficiente, no sólo para cumplir con el deber —y, cuan-
do no se tiene éxito, quedar libre de culpa—, sino también para
tenerlo efectivamente. Es verdad que para ello lo mejor sería que esta
buena voluntad se encontrara entre varias personas que están en
comunicación entre sí, pues nada es más fuerte que la asociación de
los hombres.
7. Reconozco que se habla muy a menudo de nuestros males y
nuestras limitaciones, y de sus remedios, pero ordinariamente esto
se hace por distracción, o por costumbre, y sin la menor intención
de tomar las medidas efectivas para ponerles remedio. Y, sin em-
bargo, esto es lo que debería ser el objeto de todos nuestros cuida-
dos. Así no perderíamos un tiempo precioso de nuestras vidas en
anhelos imposibles y quejas inútiles.
8. Creo que la causa principal de esta negligencia, además de la
ligereza natural y la inconstancia del espíritu humano, consiste en la
falta de confianza en el éxito y en el consecuente escepticismo. Como
el interés en remediar nuestros males y contribuir al bien común
sólo se encuentran en espíritus selectos y superiores al vulgo, ocurre
que, por desgracia, la mayor parte de estas personas, a fuerza de
pensar en las dificultades y en la vanidad de las cosas humanas, co-
mienzan a desesperar del descubrimiento de la verdad, y de la adqui-
sición de una felicidad permanente y auténtica. Contentándose con
llevar una vida fácil, desprecian todo y se desentienden de las cosas.
Esto ocurre porque tales personas tienen el suficiente espíritu y pe-

2 Itt magtiis et voluisse sat est. Se cita en el original en latín este pasaje
de Propercio, Elegiarum II, 10.

376
netración para percatarse de los defectos y dificultades, pero no tienen
la suficiente aplicación para hallar los medios de superarlas.
9. Por mi parte, afirmo este gran principio, tanto de la metafí-
sica como de la moral: que el mundo está gobernado por la más
perfecta Inteligencia que se puede pensar, y por ello hay que consi-
derarlo como una monarquía universal, cuyo señor es omnipotente
y soberanamente sabio, y cuyos subditos son todos los espíritus, es
decir, todas las sustancias capaces de inteligencia o de sociedad con
Dios; y que todo lo demás no es sino el instrumento de la gloria
de Dios y de la felicidad de los espíritus, y por consiguiente, todo el
universo está hecho para los espíritus, de modo que puede contri-
buir a su felicidad lo más posible.
10. Del anterior se sigue otro principio que es puramente prác-
tico: que cuanta más buena voluntad tengan los espíritus, y más in-
clinados se sientan a contribuir a la gloria de Dios o —lo que es lo
mismo— a la felicidad común, más participarán ellos mismos en esta
felicidad; de lo contrario, serán indudablemente castigados. Pues en
una monarquía o ciudad perfectamente gobernada, es necesario que
toda buena acción, interna o externa, tenga su recompensa propor-
cionada, y toda acción mala reciba su castigo. No podemos explicar
el detalle de todo esto con el auxilio de la sola razón, ni tampoco
cómo estas cosas se cumplen, sobre todo en la otra vida. Pero nos
debe bastar en general que ello sea así, de un modo seguro e in-
dudable.
11. Una vez establecido esto, toda persona ilustrada debe juzgar
que el verdadero medio de asegurarse para siempre la propia felicidad
particular, consiste en buscar su satisfacción en las ocupaciones que
tienden al bien general: el amor de Dios sobre todas las cosas y la
luz necesaria no han de faltar jamás a un espíritu impulsado por estos
motivos, ya que Dios no niega su gracia a quienes le buscan con buen
corazón.
Mas este bien general, en la medida en que podemos contribuir
a él, es el encaminamiento a la perfección de los hombres, tanto
iluminándolos para que conozcan las maravillas de la soberana sus-
tancia, como ayudándoles a superar los obstáculos que impiden el
progreso de nuestras luces. Es verdad que Dios no tiene ninguna
necesidad de nosotros, y que aun cuando rehusemos cumplir nuestro
deber, las cosas no dejarán de realizarse perfectamente. Pero en este
caso las cosas tendrán lugar sin que nosotros mismos tomemos parte
en tan gran medida en ellas, con lo que la perfección general con-
sistirá en parte, en la justicia de nuestro castigo, que, en caso con-

377
trario, (es decir, si ponemos todo de nuestra parte) consistiría en
nuestra felicidad particular.
12. Para contribuir verdaderamente a la felicidad de los hombres
hay que iluminar su entendimiento; hay que fortalecer su voluntad en
el ejercicio de las virtudes, es decir, en el hábito de actuar según la
razón; y, finalmente, hay que intentar suprimir los obstáculos que
les impiden encontrar la verdad y perseguir los verdaderos bienes.
13. Para esclarecer el entendimiento hay que perfeccionar el
arte de razonar, es decir, el método de juzgar e inventar, que es la
auténtica lógica y la fuente de todos los conocimientos. Además, hay
que registrar en una especie de inventario general las verdades im-
portantes que ya han sido encontradas, y que se hallan no sólo en
los libros, sino también entre los hombres de toda clase de profe-
siones. En fin, hay que tomar las medidas precisas para hacer in-
vestigaciones y experiencias que permitan hacer todos los progresos
posibles.
Cada uno de estos puntos merece un estudio particular,, y yo he
meditado lo suficiente para poder tratarlos con cierto detalle, si fuera
éste el lugar de hacerlo.
14. Para mejorar la voluntad de los hombres se pueden dar
buenos preceptos, pero sólo bajo la autoridad pública se puede po-
nerlos en práctica. El gran asunto es la reforma de la educación, que
debe consistir en hacer agradable la virtud y en convertirla en una
especie de naturaleza; cuando ello ha faltado en la juventud, hay
que recurrir a las buenas compañías y buenos ejemplos, a una repre-
sentación viva del bien y el mal para hacer amar al uno y odiar al
otro; es preciso el examen de conciencia y las reflexiones frecuentes,
y decirse a menudo: dic cur hic; hoc age; respice jinem 3. Asimismo,
hay que acudir a determinados reglamentos que uno mismo se da, o
que admite en compañía de otros.
En fin, hay que recurrir al castigo y a la recompensa, que son
los últimos remedios, y también los menos propios para la consecu-
ción de una virtud sólida, aunque sean necesarios para disponer el
ánimo.
15.. Los obstáculos para nuestra felicidad (es decir, para la razón
y la virtud) que proceden del propio espíritu, desaparecen mediante
los remedios que se han señalado. Pero los impedimentos que están
fuera de nuestro espíritu pueden provenir de nuestro cuerpo o de la
fortuna; y para hacer a los hombres lo más felices que sea posible,
hay que buscar los medios de conservar-su salud y darles las como-

3 PLUTARCO: Vida de Solon, cap. 28.

378
didades para poder vivir holgadamente. Así, hay que examinar la natu-
raleza de los cuerpos del universo, tanto para reconocer en ellos la
marca maravillosa de la sabiduría divina, como para mostrar en qué
pueden ser útiles a nuestra conservación, e incluso en qué pueden
contribuir a nuestra mayor perfección.
Así, el progreso de la ciencia natural y de las bellas artes es de
una gran importancia.
16. Además de la historia de la naturaleza corpórea, es impor-
tante conocer la historia humana y las artes y ciencias que de ella
dependen. Comprende la historia universal de j o s tiempos, la geo-
grafía de los lugares, la investigación de las antigüedades y antiguos
monumentos, como medallas, inscripciones, manuscritos,'etc.; el co-
nocimiento de las lenguas y lo que se llama la filología, que com-
prende también los orígenes etimológicos; añado por último la his-
toria literaria, que nos enseña los progresos de nuestros conocimientos,
y todo lo que debemos a los estudios de otros, además de los me-
dios para encontrar en los autores las noticias y datos de que tenemos
necesidad en nuestras propias investigaciones.
17. Sostengo también que la historia humana comprende la de
las costumbres y la de las leyes positivas, en especial las leyes ro-
manas, que sirven de fundamento a la jurisprudencia privada y pú-
blica vigentes hoy día, además de las leyes fundamentales de los
Estados. También hay que añadir los blasones, genealogías y contro-
versias célebres o reivindicaciones de los príncipes, de las cuales es
bueno estar informado, no tanto porque tales cosas son buenas en sí
mismas, cuanto porque ocasionan grandes revoluciones que nos afec-
tan, y conciernen a las sociedades de las que formamos parte.
18. Finalmente, mantengo que la historia humana comprende
la historia de las religiones, y sobre todo, la de la verdadera religión
revelada, junto con la historia eclesiástica. Como esta historia de
la religión es la más importante para nuestra salvación, ya que es
la que enseña lo que Dios ha revelado, puede decirse con fundamento
que el mayor provecho del conocimiento de las antigüedades y len-
guas muertas, es el que se extrae de él para la teología, tanto en lo
que concierne a la verdad de la religión cristiana y la autoridad de los
Libros Sagrados, como en lo que se refiere a la explicación de estos
mismos libros y a la solución de mil dificultades; y por último, sirven
para conocer la doctrina y la práctica de la Iglesia de Dios, y las
leyes o cánones de la jurisprudencia divina.
19. El modo mejor y más eficaz de conseguir todas estas cosas y
aumentar la felicidad de los hombres, al ilustrarlos, encaminarlos
hacia el bien, y al ahorrarles en lo posible dificultades enojosas,

379
sería persuadir a los grandes príncipes y a sus principales ministros
de que hagan esfuerzos extraordinarios para lograr bienes tan grandes.
Sólo así conseguiremos que nuestra época disfrute de progresos, que,
de lo contrario, quedarían reservados a una muy lejana posteridad. Y
es evidente que con su contribución, los príncipes conseguirían, ade-
más de la gloria inmortal, un enorme provecho, y trabajarían tam-
bién para su propia perfección y satisfacción: en efecto, nada es más
digno de las grandes almas que . el conocimiento y la ejecución de
cuanto contribuye a la felicidad de los hombres y descubre las gran-
dezas de Dios, causándonos admiración y amor por El. Los poderosos,
además, de este modo, tendrían subditos más virtuosos y capacitados
para servirles bien. Las personas con medios y sin ocupaciones, en
lugar de dedicarse a bagatelas, a los placeres criminales o ruinosos y
a los cabildeos, encontrarían su satisfacción en ser curiosos, y lo que
se llama «virtuosi». Los Grandes o sus hijos y allegados se salvarían
de peligrosas enfermedades y muchos otros males que ahora nos pa-
recen invencibles a causa de la poca aplicación que mostramos to-
davía por el avance de la medicina y de la física (aplicada).
Por último, si los poderosos contribuyeran, en la medida de sus
posibilidades, al aumento de los conocimientos y los verdaderos bie-
nes del género humano, florecerían maravillosamente las artes de la
paz y de la guerra en sus Estados, tanto en lo que se refiere a la
mejor defensa de los enemigos por mar y tierra, como en lo que
concierne al cultivo y población del país por la navegación y el co-
mercio, sin contar con las misiones y colonias encaminadas a exten-
der la piedad, la razón y la virtud entre bárbaros e infieles.
20. Mas, en espera de una coyuntura favorable para interesar al
público en estos buenos proyectos, los particulares no deben dejar de
hacer su parte, y cada uno debe cumplir con su deber sin descargar
su responsabilidad sobre otros, ya que estamos obligados en con-
ciencia a actuar de modo que podamos rendir cuentas a Dios del
tiempo y las fuerzas que nos ha prestado. Por consiguiente, el tiempo
que nos queda, aparte del necesario para los asuntos cotidianos y del
descanso que la salud exige, debe emplearse en ocupaciones útiles, no
sólo para nosotros, sino también para los demás; aquellos que pueden
hacer gastos considerables, no deben limitarse al solo interés por el
placer, el honor y el interés, sino que deben también dedicar una
parte de su fortuna a procurar beneficios sólidos para el bien público:
en efecto, es un acto de caridad que vale tanto y, frecuentemente,
más que las limosnas, que sólo llegan a un pequeño número de par-
ticulares.
21. Y por lo que se refiere a los sabios, capaces de contribuir

380
al acrecentamiento de nuestros conocimientos, deben pensar en tra-
bajos que no sólo sirvan a hacerlos conocidos y aplaudidos, sino que
sirvan efectivamente al progreso. Estos trabajos pueden consistir en
investigaciones para nosotros y en enseñanzas para los demás. Las
investigaciones pueden ser de varios tipos: meditaciones por un lado,
y, por otro, experimentos y observaciones. Las enseñanzas pueden
ser orales y escritas, comunicadas particularmente o difundidas en
público. Pero en todos estos casos hemos de atender al fruto real
que se pueda extraer de ellos. Pues escribir por escribir es sólo una
mala costumbre, y escribir solamente para hacer que hablen de nos-
otros es vanidad que puede perjudicar a los demás, ya que les hace
perder el tiempo en inútiles lecturas.
22. No es que yo desprecie las compilaciones, cuando tratan te-
mas de interés y merece la pena consultarlas: he dicho antes que
desearía que hubiera buenos inventarios de nuestros conocimientos.
Apruebo incluso los libros de entretenimiento, como las novelas, las
poesías, los sermones, elogios, sátiras y obras galantes. Si personas
virtuosas y valiosas se dedican a ello, se podría llegar a utilizar estas
obras para hacer estimar la virtud y presentar el vicio como ridículo
y odioso,- para premiar el mérito, inmortalizar algún bello pensa-
miento, e incluso enseñár las artes y las ciencias de un modo agra-
dable. Recordemos que los antiguos hacían recordar los preceptos
importantes en canciones y versos. No me opongo a que se rebusque
en las antigüedades romanas, griegas, hebreas, egipcias, árabes, celtas,
indias... Por el contrario, creo qué es de interés público que haya
personas dedicadas a estas cosas. Así, es bueno que existan poetas,
anticuarios, medallistas, gramáticos, etimólogos, lexicógrafos, compi-
ladores, personas que hagan repertorios, y otros que en publicaciones
periódicas sirvan de secretarios de la República de las Letras. Todo
tiene su utilidad, y necesitamos, por ejemplo, de los especialistas en
la Antigüedad como los jueces tienen necesidad de notarios expertos,
que se ocupan de reconocer las escrituras falsificadas.
En definitiva, nada desprecio de lo que se pueda obtener alguna
enseñanza. Pero querría que todo esto se hiciera de un modo que
nos permitiera sacar provechos sin hacernos perder tiempo, y sin
agobiarnos con infinidad de malos libros que acaben por ocultarnos
los buenos y que nos harán volver a la barbarie.
23. Aunque es cierto que los particulares ilustrados y de buena
intención pueden proporcionarnos cosas muy útiles y bellas, sin em-
bargo, es también verdad que ellos harían infinitamente más, e in-
cluso antes, si entre ellos establecieran una buena comunicación. Ahora,
que cada uno piensa y actúa por su cuenta, ocurre que diferentes

381
personas están haciendo lo mismo, con la consecuente pérdida de
tiempo; también ocurre que quienes emprenden algún trabajo care-
cen muchas veces de orientaciones, y otras ayudas que personas ins-
truidas podrían proporcionarles. Y, lo que es más importante, mil
cosas se pueden hacer entre dos o tres, o entre muchos en colabora-
ción, que no serán hechas jamás, o que nunca se harán bien, si tra-
bajan individualmente.
24. Se cuenta que el famoso Drebel 4 tenía tan buena imagina-
ción que, encontrando un trozo de piedra en la calle, se acordaba al
momento de un agujero que había visto en otro lugar y que este pe-
dazo podía llenar justamente. Quiero decir con este ejemplo que las
combinaciones de cosas que parecen muy alejadas, a menudo produ-
cen singulares efectos. Y ésta es también la razón por la que quienes
se limitan a una sola investigación, a menudo dejan de hacer descu-
brimientos que un espíritu de mayor amplitud, que pudiera reunir
conocimientos de distintos tipos, haría sin grandes esfuerzos. Pero,
como una sola inteligencia no podría nunca trabajar en todos los
campos, se hace necesaria una profunda colaboración. Ocurre a me-
nudo que los sabios se encuentran limitados porque no conocen las
habilidades de los obreros; éstos, a su vez, continúan con sus viejas
prácticas, por no consultar a los sabios.
Normalmente, un hombre corriente hace un descubrimiento, y éste
perecerá con él; si, por el contrario, se diera a conocer en los lugares
convenientes, el descubrimiento en cuestión daría origen a nuevos
descubrimientos... También ocurre que un hombre muy ilustrado pue-
de tener una idea que dejará pasar, al no estar en situación de lle-
varla a cabo por sí solo. Si es geómetra, por ejemplo, se desanimará
ante el gran número de cálculos y operaciones matemáticas necesa-
rias: entretanto, un hábil calculador, a falta de cuestiones importantes
en las que emplear su capacidad de cálculo y el de sus alumnos, pierde
el tiempo en ejemplos inútiles, tan difíciles como los que son nece-
sarios. Ahora bien, si ambos se pusieran de acuerdo, ¿no creéis que
uno y otro trabajarían mejor?
Hay cálculos y trabajos que se pueden hacer de una vez por todas,
pero al no haber comunicación entre quienes los necesitan, cada uno
tiene que hacerlos por su cuenta. Todo esto, sin hablar de las polé-
micas que se originan entre personas ilustradas por nb establecer
entre ellas comunicación. En fin, no hay que admirarse de que los
hombres seamos tan poco efectivos. Es como si los diferentes inge-
nieros de una misma fortificación se estorban y desacreditan mutua-

4 Cornelio Drebel (1572-1634), óptico holandés.

382
mente; como si uno derriba los trabajos del otro por el mero hecho
de que no son los suyos, y así, si es que las obras de uno y otro
subsisten, no se apoyarán mutuamente lo suficiente. Pero si todos
estos hombres hubieran trabajado siguiendo un mismo plan, al ha-
berse repartido los trábajos, se habría ganado mucho tiempo, se ha-
brían ahorrado gastos, y el resultado sería mucho mejor.
25. El individualismo es también causa de algo muy pernicioso,
ya que da origen a la formación de sectas y rivalidades, que obsta-
culizan el progreso. Así, un sabio que tiene algunas ideas que él
encuentra grandes y bellas, se querrá constituir en jefe de una secta:
no tardará en trabajar para arruinar la reputación de otros; escribirá
un libro al que sus discípulos se acostumbrarán hasta el punto de
no ser capaces de razonar más allá de sus enseñanzas. Para este sabio
será fácil obnubilarlos y tener así la gloria de ser su único conduc-
tor. Pero el público pierde con ello todos los frutos que habrían po-
dido dar esas inteligencias si hubieran conservado una libertad de
pensamiento, de la que carecen por haberse convencido de que las
enseñanzas de su maestro son suficientes. El buen entendimiento y
la colaboración intelectual acabarían con estas actitudes. Es fácil re-
conocer que uno no debe limitarse jamás a un solo maestro, ya que
un hombre solo es'poca cosa comparado con la unión de muchos en
colaboración. De este modo, cada uno recibirá lo que merece en jus-
ticia y en proporción a su contribución .al bien común.
26. Nuestro tiempo ha visto nacer bellas sociedades de las
que ha recibido cosas muy útiles y grandes. Pero podemos ir mu-
cho más adelánte. Había en Alemania una sociedad importante, va-
rios de cuyos miembros eran príncipes del Imperio, grandes señores
y hombres distinguidos por su dignidad y mérito. Esta asociación se
llamaba societas frugífera. Pero sus miembros se limitaron a depurar
la lengua, y por eso no nos dieron todos los frutos que podían y
prometían.
La Academia Francesa, en cierta medida, ha seguido su ejemplo,
por no decir nada de la della Crusca de Florencia, que es más antigua.
La Sociedad Real de Inglaterra ha tenido ideas más grandes y bellas, y
nosotros tenemos con ellas una deuda enorme. Quizá la afición un
poco excesiva a experiencias poco relevantes ha hecho que se des-
acredite algo en la opinión del vulgo, incapaz de captar su impor-
tancia, e incluso ha hecho que el fruto haya sido menor que el- que
hubiera podido ser; y esto es todavía más cierto de la Academia del
Cimento de Florencia.
La Real Academia de las Ciencias de París es una corporación
establecida y mantenida por su rey. De ella han salido cosas muy

383
importantes, pero su trabajo se ha visto obstaculizado por las guerras,
por no hablar de otras cosas.
Una sociedad en la que hay muchos médicos de Alemania ha to-
mado el nombre de Curiosos de la Naturaleza, y es más antigua
que las otras que trabajan en las ciencias. Su primer objetivo fue dar
lugar a una serie de libros que cada miembro se encargaba de pu-
blicar, y que trataban sobre aspectos naturales diversos, pero esto lo
hacían, sobre todo, atendiendo más a la curiosidad que a la aplicación
práctica, y siguiendo un método más apropiado para repertorios o
inventarios, que para dar lugar a nuevos puntos de partida de la
investigación. Han progresado en esta tarea y han llegado a reunir
buen número de observaciones en recuentos anuales, entre los cuales
los hay muy útiles. Pero la comunicación que hay entre ellos es muy
reservada,, así como lo son también las medidas necesarias para hacer
auténticos progresos.
Todas estas sociedades, limitándose a materias determinadas no
pueden llegar a ser tan útiles como si resultaran de la combinación
de ciencias distintas y de perspectivas generales acerca de la perfec-
ción humana.
27. Hay algo importante que falta a todas estas sociedades (a
excepción de la Real Academia de las Ciencias de París), y es que
carecen de medios para afrontar gastos considerables, de manera
que no pueden intentar empresas muy ambiciosas, que produzcan
grandes efectos en poco tiempo. Y, sin embargo, éste debe ser el
principal empeño, pues el tiempo es la más preciosa de todas nues-
tras cosas: es da vida misma; si caminamos lentamente casi no per-
cibiremos nuestro progreso, y sólo mucho más adelante empezarán
los hombres a sacar provecho de nuestros trabajos.
Sostengo que debemos trabajar por la posterioridad. A menudo
comenzamos la construcción de edificios en los que no viviremos, y
plantamos árboles cuyos frutos no comeremos. Pero en los casos
en que uno mismo puede disfrutar del resultado de su esfuerzo, me
parece que desperdiciar la ocasión es una gran imprudencia.
28. Estoy convencido de que existe el medio de encontrar los
fondos necesarios sin que el Estado ni los particulares sean obligados
a hader gastos. En este sentido me parece muy importante el ejemplo
de Inglaterra, por muchas razones; pero es éste un asunto que mere-
cería un discurso aparte. Si hubiera modo de hacer considerar estos
proyectos a las personas ilustradas o importantes a quienes me dirijo,
podríamos esperar progresos que quizá sobrepasen a nuestras actuales
esperanzas.

384
II

Todas las personas ilustradas y suficientemente informadas al


respecto están de acuerdo en que los países florecen cuando además
de las producciones de la naturaleza se dan el trabajo y la industria,
sostenidos por un consumo suficiente para hacerlos prosperar. Esto
es lo que hace que el pueblo progrese y crezca, que el país se cultive
y que el dinero circule abundantemente.
También es sabido que Alemania-ha abierto los ojos a esta realidad
muy tarde. Esta negligencia era más soportable cuando nuestros veci-
nos también la padecían. Pero, ahora que los franceses y los.-habitan-
tes de los Países Bajos se han afanado tanto en materia de comercio
y manufacturas, la diferencia entre la laboriosidad e industria de
unos con el adormecimiento de otros ha llegado a ser demasiado
evidente. Y los efectos se hacen excesivamente sensibles para nosotros
por la salida del dinero del Imperio, de forma que bastantes predi-
cadores políticos han escrito sobre este asunto, y muchos príncipes
ilustrados se han empeñado en que se conserve para sus subditos
lo que hasta ahora los extranjeros ganan a su costa.
De todos estos príncipes puede decirse que el difunto elector de
Brandeburgo5 ha sido quien más empeño ha puesto en este asunto,
sin duda.por el gusto que tenía por las cosas bellas y por las medi-
das efectivas que tomaba. Así, embelleció maravillosamente su capi-
tal y, con su protección y favores, atrajo a su.país muchos miles
de extranjeros, quienes introdujeron en él fábricas e ingenios, por no
decir nada de la marina, los canales entre ríos y mil otras empresas
útiles e importantes que Su Serenidad Electoral llevó a cabo o al
menos proyectó.
Se puede decir que estas cosas no solamente son útiles y glorio-
sas, sino también verdaderamente conformes a lo que la piedad y la
caridad exigen: todo el mundo incluye los hospitales y otras casas
parecidas entre las causas piadosas, y con razón, ya que Jesucristo
dijo que tomaría lo que se hace por los pobres como si se hiciera
por El. Ahora bien, vale más prevenir la pobreza y la miseria, que
son la madre de todos los crímenes, que aliviarlas cuando ya han
nacido. Por mucho que valgan las fundaciones de iglesias e incluso
hospitales, más vale el establecimiento del trabajo bien organizado,
mediante el cual los hombres se hacen más virtuosos en sí mismos
y más útiles para los demás. Y esto se consigue haciéndolos labo-

3 Federico Guillermo, el gran elector (1640-1688), suegro de la princesa


Sofía Carlota y padre de Federico III.

385
riosos, diligentes y, sin embargo, satisfechos al mismo tiempo por
causa del éxito y buen rendimiento de su trabajo. También la
juventud se incorporaría así al mismo camino del orden, aportando
a la república sus grandes energías, con lo que las cosas irían cada
vez mejor.
Parece que Dios ha reservado la ejecución de esta obra para el
presente elector, de la misma manera que Salomón acabó la casa
de Dios, que David sólo había, proyectado. Las guerras anteriores
se oponían a estos proyectos, pero ahora Su Alteza encuentra la
coyuntura favorable en extremo. Aún se puede añadir que la guerra
actual, de la que depende el destino de Europa, se agrava más
y más y puede durar más de lo que se piensa. Comó el éxito de esta
guerra será del partido que haya podido durar más, la sabiduría
aconseja pensar en los medios de soportar este gran peso. E incluso
si se llegara a una paz razonable no podemos esperar que ésta sea
duradera, por causa de las dificultades sobre la sucesión de la Corona
de España y de la de Inglaterra, y sobre todo, a causa de la codicia
insaciable de Francia, que no desistirá de su empeño y ambición
de tener bajo su yugo a los Países Bajos y el Rhin, hasta que se
rebaje el orgullo francés y se ponga a este país en una situación en
la cual ya no pueda ni siquiera pensar en ello.
Como consecuencia, Alemania debe contar todavía durante mu-
cho tiempo con una guerra difícil y peligrosa, tanto por parte de
Oriente como del lado de Occidente. Y nada nos promete que siem-
pre estemos en tan buena compañía como ahora para hacer frente
a los enemigos.
Me atrevo a decir que si hay algún medio de hacer factibles
estos proyectos de los que acabo de hablar, se podrán aumentar los
ingresos del Príncipe en una medida mayor de la que nos atreve-
ríamos a pensar sin necesidad de cargar más al pueblo, e incluso
de manera que lo sea menos. Con ello se tendrán medios de hacer
cosas mucho mayores que lo que es posible hacer ahora, en caso de
necesidad o peligro. Pues no sólo la extensión de los territorios es
lo que hace a un príncipe rico, sino también la cultura e industria
de sus habitantes. Se sabe, por ejemplo, que Holanda, siendo tan
pequeña, 'sin embargo es tan rica. También es evidente en el caso
de Francia, que tanto tiempo resiste a la mayor parte de Europa,
porque la industria, así como el número de sus habitantes, le ha dado
unas fuerzas de las que no es nada fácil despojarla.
Lo que en general se puede proponer para llegar mejor a este
fin sería establecer una especie de Consejo o. Asamblea que se ocupe
de estos asuntos. Es evidente que un primer ministro, o aquellos

386
que se ocupan de los asuntos de Estado, de la Justicia, de las Finan-
zas, de la Guerra, etc., no pueden entrar en estos detalles, que exigen
disposiciones y tienen necesidad de una dedicación e interés total-
mente particular.
Harían falta no sólo personas elegidas con inteligencia y empeño,
sino también muy desinteresadas, c