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Nuevas formas de ciudadanía

surgidas del proceso de reconstrucción del tejido urbano


en las ciudades globales1

Concepción Delgado Parra


Resumen
En este artículo rastrearemos la emergencia de nuevas formas de ciudadanía que, sin renunciar a la noción
de los derechos civiles, políticos y sociales, ofrecen alternativas de actualización a partir de la apropiación del
espacio público y el proceso de reconstrucción del tejido urbano desde una dimensión política que permite
imaginar la ciudadanía de otra manera que como simple posesión de derechos universales. En el actual
contexto de las ciudades globales, las desigualdades tienden a universalizarse y estratificar el ejercicio de los
derechos jurídicos al punto de generar, en el límite, “exclusiones” de la ciudadanía o ciudadanías
diferenciadas. Sin embargo, a pesar de que esta nueva condición de mundialización económica remite al
desarrollo de complejas capacidades para el funcionamiento, la coordinación y el control mundiales,
sintetizadas en las nuevas tecnologías de la información y el poder de las empresas trasnacionales, también
es objeto de apropiación y localización por parte de los actores en desventaja. Por ello, es preciso desarrollar
herramientas teóricas y analizar experiencias empíricas que reconozcan que el igualitarismo y el
universalismo no son inherentes a la ciudadanía y que, por lo tanto, no sobrevendrán mecánicamente por el
propio movimiento teológico de los sistemas sociopolíticos contemporáneos, sino a partir de la puesta en
marcha de los valores democráticos instrumentados por las ciudadanías emergentes.

Palabras clave
Ciudad global, nuevas formas de ciudadanía, apropiación del espacio, acción política, espacio público.

Abstract
In this article, we will trace the emergence of new forms of citizenship, without renouncing the notion of civil,
political and social rights provide alternatives for updating from the appropriation of public space and the re-
construction of the urban tissue from a political dimension to imagine the citizenship other than as simple pos-
session of universal rights. In the current context of global cities, inequalities tend to universalize and stratify
the exercise of legal rights to generate on the border, "exclusion" of citizenship or differentiated citizenship.
However, despite that this new condition of economic globalization refers to the development of complex skills
for the operation, coordination and global control, synthesized in the new information technologies and the
power of transnational corporations, is also object of appropriation and localization of the actors disadvan-
taged. It is therefore necessary to develop theoretical tools, and analyze empirical experiences to recognize
that the egalitarianism and universalism are not inherent to citizenship and, therefore, they not befall mechani-
cally by the theological movement of contemporary socio-political systems, but since of democratic values im-
plemented by the emerging citizenships.

Keywords
Global city, new forms of citizenship, ownership of space, political action, public space.

Debatir sobre la cuestión de la ciudadanía en la actualidad demanda la


comprensión de formaciones sociopolíticas en tensión, cuya dinámica obliga a las
sociedades actuales, cada vez más, a imaginar la reconfiguración de ciudadanías
que armonicen la idea de la pertenencia con la justicia (Brubaker, 1989, 1992;

1
Este texto forma parte de la compilación del X Congreso Nacional de Ciencia Política.
Democracia, integración y crisis en el nuevo orden global, Sociedad Argentina de Análisis
Político, Córdoba, Argentina. CD. ISBN: 978-987-26929-2-6.

1

Cortina, 1997; Moderne, 1998; Colom, 1998; Heater, 1999; Mouffe, 1999; Rubio
Carracedo, 2000; Benhabib, 2005; Oraison, 2005). En este trayecto, inaugurado
con la propuesta de T.H. Marshall hace ya más de medio siglo (Marshall, 1992), la
discusión continúa desarrollándose sobre la base de los derechos civiles, políticos
y sociales. Sin embargo, en esta controversia la noción ha experimentado un
permanente proceso de complementación y enmienda bajo el cobijo de la lógica
liberal y de las demandas de minorías discriminadas, particularmente manifiesta
en el debate producido con la publicación de Jonh Rawls, A Theory of Justice
(Rawls, 1971), que inaugura el nuevo paradigma deontólógico, basado en
derechos, y puesto en cuestión por los críticos del individualismo liberal que
sostienen que tal concepción constituye un real empobrecimiento en relación con
la noción aristotélica del hombre como animal fundamentalmente político que sólo
en el seno de una sociedad puede aprehender su naturaleza humana (Taylor,
1985); refutan la tesis de la prioridad del derecho sobre el bien y la definición de
sujeto que esto implica (Sandel, 1982); y, reprochan que la concepción de justicia
propuesta no deje espacio a la noción de virtud, cuyo vínculo original es una
comprensión compartida tanto de lo bueno para el hombre como para la
comunidad (McIntyre, 1984). Este debate pone de relieve los límites de una
ciudadanía basada en los derechos y vislumbra alternativas para imaginar la
ciudadanía más allá –o más acá– del ámbito jurídico-legal.

En el contexto actual, las desigualdades tienden a universalizarse y a estratificar el


ejercicio de los derechos jurídicos al punto de generar, en el límite, “exclusiones”
de la ciudadanía o ciudadanías diferenciadas. Por ello, es preciso indagar expe-
riencias empíricas que reconozcan que el igualitarismo y el universalismo sinteti-
zados en una fuerza de ley, no son inherentes a la ciudadanía y que, por lo tanto,
no sobrevendrán mecánicamente a partir del propio movimiento teológico de los
sistemas sociopolíticos contemporáneos, sino derivados de la puesta en marcha
de una esfera pública en la que se articulen ciudad y ciudadanía a través de ac-
ciones políticas que abran paso a la apropiación del espacio urbano como vía para
instrumentar los valores democráticos. En este marco, la reflexión que a continua-

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ción se presenta, propone rastrear la emergencia de nuevas formas de ciudadanía
en las ciudades globales que, sin renunciar a la noción los derechos civiles, políti-
cos y sociales, ofrecen alternativas de actualización mediante la apropiación del
espacio público vinculado al proceso de reconstrucción del tejido urbano, desde
una dimensión política que permita imaginar la ciudadanía de otra manera que
como simple posesión de derechos universales. Para ello, se analizará la ciudad
global como territorio de acción política con el fin de observar el papel que juegan
los ciudadanos en esta nueva era mundial y los modos en que aprovechan esta
circunstancia para apropiarse del lugar, mediante formas de acción política que les
permiten utilizar la ciudad como espacio público de reivindicación democrática. A
continuación, se abordará la construcción de los lugares (tejido urbano) y su ex-
presión en el espacio público para interrogar los modos en que los espacios de-
vienen en lugares de vínculo entre las personas, derivando en dinámicas que
permiten la creación de espacios públicos y de uso social colectivo que rebasan el
estatuto de lo meramente jurídico. A modo de postfacio y sin proponer una defini-
ción sobre la emergencia de las nuevas ciudadanías en un mundo global –cada
vez que se intenta asignar un significado a la ciudadanía se acaba con ella– se
esboza el “contorno” de esta experiencia puesta en marcha a partir de la acción
colectiva que rechaza toda forma de asociatividad formal y busca mecanismos más
flexibles y espontáneos para construir una “comunidad de la existencia”.

La ciudad global como territorio de acción política



Saskia Sassen introdujo el término de “ciudades globales” para referirse al intenso
proceso de concentración de poder económico adquirido por unas cuantas áreas
metropolitanas, desde las que se ejerce el control y la dirección de la economía
mundial y en las que convergen los nodos de las principales redes de telecomuni-
caciones donde se genera una información privilegiada vital para la toma de deci-
siones de alto nivel (Sassen, 1999). Sin embargo, a pesar de que esta nueva con-
dición de mundialización económica remite al desarrollo de complejas capacida-

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des para el funcionamiento, la coordinación y el control mundiales sintetizadas en
las nuevas tecnologías de la información y el poder de las empresas trasnaciona-
les, también es objeto de apropiación y localización por parte de los actores en
desventaja. Esta situación antagónica abre un intersticio para analizar una dimen-
sión desatendida de la consabida cuestión del papel que juegan los ciudadanos en
esta nueva era mundial y los modos en que aprovechan esta circunstancia para
apropiarse del lugar mediante formas de acción política que les permiten, cada vez
más, hacer uso de la ciudad como espacio público de reivindicación democrática.

Este nuevo contexto, en el que se inscriben las grandes ciudades, tiene caracterís-
ticas que motivan, sin proponérselo, la convergencia de tendencias y nuevas alie-
naciones políticas por parte de los actores tradicionalmente desfavorecidos, debi-
do a la concentración de población, cuestión que no se reduce al tamaño y la den-
sidad, sino también a la diversidad, heterogeneidad, relación entre individuos y co-
lectivos diferentes (Sennett, 1975). La existencia de diferentes culturas, resultado
de la creciente movilidad de las personas en el mundo, cuya existencia motiva la
multiplicación de comunidades de pertenencia en las que convergen diferentes
historias, memorias y experiencias, conforman el clivaje de las nuevas
marcaciones del poder y la contestación, de la centralidad y la dispersión (Clifford,
1989: 179). La cohesión social, testificada por la acción y condicionada por el
hecho de que depende por entero de la necesaria presencia de los demás (Arendt,
2005: 51), constituye otro de los atributos de la ciudad global; es lugar del poder y
de la política entendida como organización y representación de la sociedad, donde
se expresan los grupos de poder, los dominados, los marginados y los conflictos
(Borja, 2003: 82). Se trata de un espacio en el que la presencia de otros que ven
lo que vemos y oyen lo que oímos, nos asegura la realidad del mundo, de noso-
tros mismos. Remite al propio mundo, en cuanto es común a todos y diferenciado
del lugar poseído privadamente en él. Un mundo relacionado con los objetos pro-
ducidos por el hombre, así como de los asuntos de quienes habitan juntos en el
mundo hecho por el hombre (Arendt, 2005: 71-73). Desde esta perspectiva, la ciu-
dad global se constituye en urbs, civitas y polis, toda vez que convergen la sociabi-

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lidad y el conflicto en un espacio urbano en el que los ciudadanos demandan el
reconocimiento de múltiples formas de la vida pública que impriman sentido y dig-
nidad a su existencia.

Por ello, introducir la ciudad global para observar la emergencia de nuevas
ciudadanías, sugiere vislumbrarla como territorio de acción política donde
coinciden la centralización del poder, con la aparición de voces que demandan el
respeto por los derechos a un lugar (Sassen, 2006: 16). La ciudad se articula
como espacio físico, urbanizado, en el que la vida es organizada
institucionalmente como unidad local de gobierno de carácter municipal o
metropolitano y, simultáneamente, como espacio político en el que intervienen un
conjunto de actores e instituciones, incluyendo la comunidad en general, en la
constitución de un espacio público conformado por la intensidad y la calidad de las
relaciones sociales que facilita, precisamente porque los vínculos sociales se
fortalecen en la medida en que las personas dispongan de lugares de
comunicación y de encuentro, de más zonas de contacto, y de experiencias
compartidas (Holston y Appardurai, 1996: 187-204).

Después de la Segunda Guerra Mundial, el urbanismo se enfocó a la


reconstrucción de las ciudades a partir de un funcionalismo eficientista dotado de
un instrumental fragmentador más que integrador, justificado por las urgencias
sociales de vivienda y equipamientos básicos, acentuado por la
compartimentación de las administraciones públicas y de los cuerpos
profesionales sin otras visiones del funcionamiento urbano (Borja, 1998: 68). En
esta lógica, la ciudad dejó de pensarse como producto integral e integrador, y con
ella quedó olvidado el espacio público, o por lo menos, relegado a un papel
secundario. Sin embargo, en los años sesenta y setenta, la conflictividad urbana
irrumpió con fuerza en la vida política y social de la mayoría de los países de
América y Europa (Borja, 1998: 69). Surgieron movimientos ciudadanos que
luchaban por la vivienda, el precio de los transportes, los servicios urbanos
básicos, plazas, jardines, centros culturales, equipamientos sociales y deportivos,

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así como contra las expropiaciones, la corrupción, el autoritarismo y la opacidad
de la política urbana (Borja, 1998: 70). A estas reacciones de carácter social se
sumaron otras de carácter cultural y político. En unos casos prevaleció la
revalorización formal de la ciudad existente, en otros se defendía la mitificación de
la ciudad histórica. La reivindicación y la lucha en la calle por los derechos
ciudadanos fueron transformando el espacio urbano en un espacio público de
verdadera representación de todos los ciudadanos. Esta experiencia muestra que
el espacio público de la calle nunca es preotorgado a la población, sino que
siempre es resultado de una demanda social, negociación y conquista (Lees,
1998); es el espacio público donde el poder se hace visible, la sociedad se
fotografía y el simbolismo colectivo se materializa (Habermas, 1993).

Sin duda muchos de los cambios producidos en las ciudades están relacionados
con transformaciones y crisis de carácter general. Hay quienes se refieren al
cambio del fordismo al posfordismo, de la ciudad industrial a la postindustrial, de la
modernidad a la posmodernidad, sólo por mencionar algunas. Sin embargo, lo que
cabe destacar del momento presente es el impacto que tales transformaciones
están teniendo en la articulación y ejercicio de las nuevas ciudadanías.
Actualmente, con el predominio cada vez mayor de las industrias de la información
y el crecimiento de una economía mundializada, se constituye una geografía
diferente de la centralidad y la marginalidad. Las ciudades globales devienen en
espacios destinados a organizar la vida colectiva alrededor del mercado,
articulando un fenómeno de urbanización en el que se concentran localizaciones
múltiples de dinámicas “no-legibles” que están modificando las formas
tradicionales de ejercer la ciudadanía. No se trata de movimientos sociales
creados para resistir la supresión, ni de principios clásicos de la democracia
representativa como la división de poderes, la alternancia en el poder, las
consultas periódicas a través de elecciones, sino de grupos e individuos que
intervienen los espacios urbanos a partir de la incorporación de prácticas
cotidianas colectivas que modifican la escenografía del lugar, las relaciones de
interacción, los valores y, en el trayecto, impactan sobre el estatus ciudadano.

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Cuando se piensa a la ciudadanía como estatus se parte del supuesto de que los
derechos tienen efectos materiales de intensidad variable y, por consecuencia, la
desigualdad, los procesos discriminatorios y excluyentes, son parte de la propia
lógica de la ciudadanía. Por esta razón, la apropiación del lugar mediante
prácticas cotidianas colectivas provoca el redimensionamiento para quienes el
espacio ha significado el estigma de la desigualdad, la opresión y la marginación,
toda vez que introduce cambios en las formas de vida y de interacción social. En
este sentido, la ciudad global se hace cosmopolita, multiétnica, multicultural,
flexible, simulada (Soja, 2000); se constituye en espacio público al ser espacio de
lugares, sedes de formas diversas de relación, de acción, de expresión y de
participación en asuntos de interés ciudadano (Borja, 1998); se convierte en sitio
estratégico para los actores en desventaja porque les permite ganar presencia y
desarrollar nuevos mecanismos de participación política; y, aún cuando no ganen
poder de manera directa, van construyendo nuevas formalizaciones de
pertenencia política. Esto implica que las personas utilizan los intersticios abiertos
por la ciudad global para actuar política, económica, cultural y socialmente.

Desde esta perspectiva, la ciudadanía se acuerpa a través de las acciones que


realizan los individuos al reconstruir el tejido urbano mediante dispositivos
simbólicos y materiales que sirven para dar continuidad a la vida colectiva. En
Nueva York, por ejemplo, la presencia de inmigrantes asiáticos prestando
servicios extraordinarios a la ciudad con sus grocery stores y deli stores, las 24
horas del día, no sólo garantiza el abastecimiento de productos a la comunidad,
también revitaliza cualquier parte de la ciudad al proporcionar un espacio de
congregación e interacción. Paradójicamente, estos grupos abren un espacio de
oportunidad laboral para los venidos de fuera, al mismo tiempo que contribuyen a
crear una percepción de seguridad en la zona, más allá de la instrumentada por
los aparatos estatales, al motivar la continuidad de la vida. La relación que
establecen estos actores en el espacio urbano, no está anclada a la competencia,
ni al odio ni a la envidia, sino a un modelo asociativo (Benhabib, 1993, 21-36). La
diversidad de las grandes urbes posibilita el intercambio, cuya condición es la

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existencia de un mínimo de pautas comunes –de civismo– necesario para la
convivencia.

Uno de los rasgos fundamentales de los espacios urbanos es la heterogeneidad


de actitudes y comportamientos de sus habitantes. Son espacios que están
creciendo y modificándose con la llegada de poblaciones que vienen de fuera, lo
que se acentúa hoy, aún más, con las migraciones internacionales. Esta
situación obliga a imaginar mecanismos para crear un consenso social sobre el
tipo de sociedad que se desea construir. Las ciudades seguirán creciendo en
todo el mundo porque las cifras de poblaciones campesinas son todavía muy
elevadas. Pero, no se trata de construir más ciudad, sino un mejor espacio para
los ciudadanos. Cuando el énfasis se coloca en la ciudad como lugar donde se
concentran y conviven las diferencias de origen, aptitudes y actividades,
combinado con el alero de los nuevos sistemas de comunicación, es posible
plantear la emergencia de un nuevo poder transformador del mundo. Ejemplo de
lo anterior, es el planteamiento que hizo Huck Devenzio en el Encuentro
Internacional Arquitectura, Tecnología y Preservación de la Madera, Normativa y
Avances de experimentación, realizado por el Colegio de Arquitectos de Chile en
abril de 2002, donde haciendo mención al desarrollo de las nuevas tecnologías
para permitir la conservación de la madera sin provocar daño al medio ambiente,
explicaba que el desarrollo de estas tecnologías no se realizaban por considerar
que los adelantos produjeran mejores resultados que los anteriores, sino porque
diferentes grupos ambientalistas estadounidenses habían logrado posicionar en
el imaginario de la población la idea de que modificar el tipo de explotación
modificaría positivamente las condiciones de vida de la población en su relación
con el medio ambiente de la ciudad (Torres, 2011: 8). Podría suponerse,
entonces, que un conjunto de personas informadas podrían desplazar el tipo de
producción de servicios creado por empresas nacionales o supranacionales con
fines de lucro, hacia la generación de productos compatibles con el mejoramiento
integral de la calidad de vida de las personas en el espacio urbano. En esta
misma dirección, se pueden rastrear diversas experiencias como la demanda

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que instrumentó la NAACP en 1999 –organización para los derechos de los
negros–, que obligó a una empresa de transportes en Los Ángeles, California, a
cambiar el uso de autobuses propulsados por gas como modo para
descontaminar la ciudad y resolver los problemas de transporte urbano (Torres,
2011: 9-10).

Estas experiencias muestran que la acción desarrollada por la gente no depende


del agente político sino de estar entre otros. A través de estas historias los
protagonistas de las acciones se identifican, se reconocen y reciben lo que se
denomina adecuadamente identidad ciudadana. Precisamente porque las
propuestas surgen a partir de la relación que establecen con los otros, con los
demás. La acción política sólo existe cuando el orden natural de la dominación es
interrumpido por la parte de los que no tienen parte, toda vez que rechazan el
desarraigo con respecto a su mundo y cuestionan la anulación de su sentido de
pertenencia al espacio. En este proceso, los ciudadanos obligan a retroceder al
individualismo gregario, que no tiene otro propósito más que mantenernos
comprimidos unos contra los otros y provocar que cada uno permanezca
absolutamente aislado de los demás; se oponen a ser un puro número, mera
agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada
en el interés común; y, se resisten al aislamiento que deriva en la incapacidad de
actuar (se actúa entre y con los demás). Y esto es precisamente lo que logran el
grupo de inmigrantes asiáticos, los ambientalistas y la organización de los
derechos de los negros relatada líneas arriba. La presencia de los comerciantes
asiáticos, observada desde un contexto de política exterior que limita el flujo de las
personas, deja de ser una amenaza para los residentes y se convierte en una
existencia que acoge y protege a la comunidad; los ambientalistas, mediante la
puesta en marcha de la comunicación ciudadana sobre las oportunidades que
abre el desarrollo de la tecnología, instrumentan mecanismos para que la
población se exprese en el espacio público y sea escuchada y mirada en sus
demandas por construir un territorio urbano que genere mejores condiciones de
existencia; y, del mismo modo, la NAACAP contribuye al mejoramiento del

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transporte público de la ciudad para todos, al mismo tiempo que reivindica el
derecho al lugar de los ciudadanos negros.

La pluralidad humana, básica condición de la acción política, tiene el doble


carácter de igualdad y distinción (Arendt, 2009: 205). De ahí, la afirmación de que
la subjetivación política se constituye en el “entremedio”. Esta característica
permite la formación de una comunidad (política) de diferentes, vinculados por el
planteamiento de la igualdad (Delgado, 2008: 30-35). La cualidad humana de ser
distinto nos permite expresar esa distinción y distinguirnos, podemos comunicar
nuestro propio yo, y no simplemente algo: sed o hambre, afecto, hostilidad o
temor. La distinción, que compartimos con todo lo vivo, se convierte en unicidad, y
la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos (Arendt, 2009:
206). Alrededor de este principio se organiza el actuar colectivo. En su sentido
más general, actuar significa tomar una iniciativa, comenzar (como lo indica la
palabra griega archein: comenzar, conducir y, finalmente, gobernar), poner algo en
movimiento (referido al significado original del agere latino) (Arendt, 2009: 207).
Por ello, en el momento en que la población toma la iniciativa y actúa, pone en
movimiento el espacio público de la ciudad. Este comienzo no es el comienzo de
algo sino de alguien en el ejercicio de su libertad, de su estar entre otros, de su ser
con los demás. Con esta acción se inicia algo nuevo que no puede esperarse de
cualquier cosa que haya sucedido antes. Por ello, la ciudad global como territorio
de acción política deviene en oportunidad para actuar por primera vez. El hecho
de que las personas sean capaces de acción, significa que cabe esperar de ellas
lo inesperado, que son capaces de realizar lo que es infinitamente improbable, en
este caso, la emergencia de nuevas ciudadanías.

El espacio construido (edificios, calles, densidad de equipamientos e


infraestructuras) y la concentración de población; la realidad social articulada por
la cultura, comunidad y la cohesión de quienes viven en la ciudad; y, el lugar de
poder, de la política como organización y representación de la sociedad,
constituyen el escenario de la nueva ciudad global. Urbs, civitas y polis, convergen

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hoy, en el mismo lugar, para impulsar el surgimiento de distintos tipos de
ciudadanos, nuevas formas de tomar parte en la vida pública y participar en los
procesos de toma de decisiones.

La construcción de los lugares (tejido urbano) y su expresión en el espacio


público

Construir un lugar presupone la apropiación de un espacio. Los vínculos que las


personas mantienen con los espacios tienen su referente en prácticas compartidas
por diferentes grupos sociales (Vidal y Pol, 2005: 284). Por ello, interrogarse sobre
los modos en que los espacios devienen en lugares implica abordar las relaciones
y los vínculos que se establecen entre las personas y los espacios. En este
sentido, al tejer la noción de acción política referida líneas atrás con la apropiación
del espacio, nos da como resultado que cuando los individuos y los grupos actúan,
imprimen sus huellas sobre el espacio dotándolo de significado individual y social
a través de los procesos de interacción (Pol, 1996, 2002). Mediante esta dinámica
la gente comienza a crear espacios públicos de dominio público, de uso social
colectivo que rebasan el estatuto de lo meramente jurídico. Si bien, el espacio
público es un concepto jurídico sometido a la regulación específica por parte de la
administración pública –ya sea propietaria o posea la facultad de dominio sobre el
suelo–, el espacio público moderno es resultado de la separación formal (legal)
entre la propiedad privada urbana (expresada en el catastro y vinculada, casi
siempre, con el derecho de edificación), la propiedad pública (Borja, 1998: 65-66)
y, la dimensión sociocultural que se manifiesta en la acción política. Diversas
experiencias muestran a lo largo de la historia que cuando surge una demanda
sociocultural, le continúa una acción política. Del mismo modo, las nuevas
dinámicas urbanas se manifiestan a través de diversas formas de apropiación
colectiva de la ciudad (simbólicas, territoriales, virtuales) y de la pluralidad de
expresión ciudadana, otorgando al espacio público un lugar protagónico para el
fortalecimiento del tejido social y la garantía del ejercicio de derechos ciudadanos.

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Mediante la intervención del mejor urbanismo, la ciudad en el mundo actual, se
perfila como el lugar para crear ámbitos de seguridad; la proximidad de las
relaciones entre la gente; y, el ambiente ciudadano. Constituye la vía para el
desarrollo de un espacio público de calidad, aunque no lo garantiza. Para que esto
suceda, los habitantes ensayan con favorecer un proceso de apropiación social
democrática por encima de las dinámicas que constantemente las niegan. El
desafío del ciudadano es generar y hacer uso de un espacio público que le
permita no sólo garantizar sus derechos civiles, políticos y sociales, sino su
posibilidad de ejercerlos en el lugar. En la ciudad, la movilidad y visibilidad son
condición necesaria para la articulación del espacio público, todo lo que aparece
en público puede verlo y oírlo todo el mundo, significa el propio mundo, en cuanto
que es común a todos (Arendt, 2005: 71). Este mundo está relacionado con los
objetos realizados por el hombre y sintetizados en el tejido urbano –la ciudad es el
espacio que contiene el tiempo, patrimonio, tramas y edificios, vacíos y recorridos,
monumentos y signos– así como con los asuntos de quienes habitan juntos en el
mismo sitio –la reivindicación democrática y la justicia social–, hechos también por
el hombre. La esfera pública, al igual que el mundo en común, nos junta e integra
y, no obstante, impide que “caigamos uno sobre otro” (Arendt, 2005: 73). Sin
embargo, la ciudad global al producir, cada vez más, sociedades de masas,
genera una experiencia paradójica que se convierte en un peligro, pero también,
en oportunidad para la emergencia de nuevas ciudadanías. Por un lado, el mundo
que había entre los individuos ha perdido su poder para agruparlos, relacionarlos y
separarlos. Y, por otro, optimiza la movilidad, visibilidad y accesibilidad de la gente
creando las condiciones para una democracia más real. Las ciudades globales
concentran espacios para el desarrollo de la cultura económica dominante, pero,
simultáneamente, albergan localizaciones múltiples donde los excluidos se
movilizan y reclaman entidad y membresía política. Abren múltiples significados
del “derecho a tener derechos” (Arendt, 1978), haciendo explícitas sus demandas
a la luz de un lugar frágil, cuya supervivencia se basa en su capacidad para
adaptarse a una economía de alta productividad, de tecnologías avanzadas y de
intercambios intensificados (Sassen, 2003, p 31) y en su habilidad para adquirir

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presencia a través de las nuevas políticas de igualdad y diversidad (Benhabib,
2005, p. 17). Por ello, la ciudad global deviene en lugar clave para analizar la
apropiación del espacio como expresión del trabajo político pronunciado desde los
espacios más soterrados, debido a la producción inevitable de dislocaciones y
desestabilizaciones de los órdenes institucionales y los marcos jurídicos,
regulatorios y narrativos, creados para producir nuevas formas de legalidad global
en una geografía centralizada que, cada vez más, da paso del derecho a la
movilidad al derecho a la visibilidad.

Pasqual Maragall, Alcalde de Barcelona, al inicio de su mandato en 1993, enunció


una frase muy significativa para comprender la apropiación del lugar y su
expresión en el espacio público contemporáneo: “En la ciudad hay zonas
iluminadas y zonas oscuras. Un gobierno democrático de la ciudad se ha de
comprometer a encender algunas luces en todas las zonas oscuras”. Si bien, esta
propuesta aceptaba un compromiso del gobierno con la población, implicaba la
afirmación de que todos tenemos derecho a la ciudad, a la movilidad y al
reconocimiento de los otros (Borja y Muxí, 2001: 119). La movilidad y la
accesibilidad no sólo suponen un sistema de transporte adecuado a la
heterogeneidad, seguridad y sostenibilidad urbana, también exige condiciones que
hagan posible la visibilización de las personas. Múltiples y diversas son las
experiencias de ciudadanos que actualmente deciden actuar para “encender
algunas luces en las zonas oscuras”. Recientemente, el movimiento 15-M llenó las
plazas en varias ciudades españolas con el objetivo de defender un cambio en el
sistema político y económico que dé paso a la democracia real. El movimiento
conjugó el uso de los símbolos del espacio público, las redes sociales, el derecho
a la ciudad y la participación activa, tomando como referencia las acciones
ciudadanas que han tenido lugar en Egipto, Siria, Túnez y Libia. La materialización
de este movimiento se realizó a partir de la elección de espacios centrales –
símbolos del poder– y plazas vinculadas a los acontecimientos culturales,
políticos, históricos, más representativos de las ciudades (Puerta del Sol en
Madrid, Plaza del Carmen en Granada, Plaza Catalunya en Barcelona). Aunque el

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movimiento surgió para expresar la indignación de los jóvenes sobre la situación
de crisis que se vive a escala mundial a causa de los bancos y el sistema
financiero que mantiene sus derechos y niveles de poder y riqueza a costa del
empobrecimiento y la pérdida del poder adquisitivo y la conculcación de los
derechos sociales de los ciudadanos de un gran sector de la población, manifestó
otro tipo de demandas como la necesidad de contar con espacios públicos
destinados al uso de niños y personas mayores; criticó la utilización agresiva de
publicidad en los espacios emblemáticos, mientras que al mismo tiempo, no
pudieron escapar a la represión del poder público por reunirse y utilizar la plaza
como lugar de encuentro y debate. En esta experiencia se pueden observar las
estrategias que la gente utiliza para revitalizar la calle, estimular la heterogeneidad
de los puntos de vista y promover la mezcla democrática, actuando entre y con los
demás. Construyen un lugar sobre la ciudad apropiándose de las calles, toda vez
que le dan un sentido distinto al tradicional diseño urbano que se reduce a
asegurar un perfecto continuo de trabajo, consumo y recreación de la clase media
(Davis, 1992). La comunidad se apropia del espacio al transformar el significado
político inicial de las plazas, sede del poder estatal, hacia uno que les es “propio”,
alrededor del cual el grupo se identifica percibiéndose como “parte de”. Capturan
un significado que les es común a partir del contexto ambiental que experimentan,
lo que les permite aprehender un determinado sentido de uso y apoderarse de la
oportunidad de oír y ser escuchados por otros en un espacio público.

Sin duda, esta forma de construir y apropiarse del espacio público difiere de las
concepciones que se han tenido en otros momentos de la historia.2 Para los
griegos la esfera pública se vinculaba al campo de lo político, al mundo común, de
la libertad, al espacio de los “iguales”.3 Ser libre significaba no estar sometido a la
necesidad de la vida, a diferencia del espacio privado, cuyo distintivo era que los


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Para rastrear los cambios y modificaciones que ha tenido históricamente la esfera pública
se retomó la propuesta desarrollada por Hannah Arendt (2005).
3
Esta igualdad tiene muy poco en común con el concepto de igualdad que conocemos hoy,
significaba vivir y tratar sólo entre pares lo que presuponía la existencia de desiguales que,
naturalmente, siempre constituían la mayoría de la población en la ciudad-estado.

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hombres vivían juntos llevados por necesidades y exigencias, por esta razón el
trabajo formaba parte del ámbito privado. En este contexto, la necesidad era
considerada un fenómeno prepolítico, característico de la organización privada y
de la vida social. Dentro de la esfera doméstica la libertad no existía, sólo la
cabeza de familia tenía la posibilidad de ser libre en cuanto que tenía la facultad
de abandonar el hogar y entrar en la esfera pública donde todos eran iguales. En
el mundo moderno la vida privada está tan alejada de la esfera social de los
antiguos como de la esfera pública: no resuelve necesidades, ni tampoco deviene
en lugar de libertad, ni de ejercicio político. Las personas se comportan, en lugar
de actuar con los demás. La nueva esfera social transformó a las comunidades
modernas en sociedades de trabajadores y empleados, en otras palabras,
quedaron centradas en una actividad para mantener la vida. Bajo esa perspectiva,
la sociedad se convirtió en la mutua dependencia en beneficio de la vida y sólo las
actividades relacionadas con la pura supervivencia aparecen en el espacio
público. Sin embargo, a pesar de que esta tendencia pareciera marcar la
estructura del espacio público contemporáneo, múltiples voces ponen en juego
otras formas de apropiación del lugar. Rechazan la idea de que el trabajo –y el
consumo– sea lo único que tiene poder para agruparlas, relacionarlas y
separarlas. El trabajo es condición sine qua non para satisfacer las necesidades
del hombre, pero la libertad no se reduce a eso. Por ello, reivindican el espacio
público como lugar donde se condensan experiencias, memorias y significados
junto con otros. Vivir juntos significa que un mundo de cosas está entre quienes lo
tienen en común. En el espacio público se conjugan la complejidad del tejido y las
prácticas urbanas con la potencialidad de recrear con el otro, procesos más
democráticos y de participación ciudadana (Kuri y Aguilar, 2006).

La construcción de los lugares se desenvuelve mediante la creación de estrategias


de personas sometidas a condiciones de exclusión. Más allá de las políticas
urbanas que “olvidan” que el derecho a la ciudad pertenece a todos, surgen
relatos y trayectorias que marcan otros modos de hacer ciudad sobre la ciudad. En
un contexto en el que los gobiernos han abandonado su papel de rectores de la

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sociedad y proveedores de bienes públicos, la acción ciudadana toma un papel
preponderante en el redibujamiento del tejido urbano de las grandes ciudades. Un
ejemplo en la Ciudad de México es el caso del colectivo “Camina haz ciudad” que
frente al proyecto de construcción del desarrollo Santa Fe, enfocado a los estratos
más altos de la sociedad del país y al posicionamiento de las grandes empresas
transnacionales en el sistema mundial, reconfigura espacios que dejaron fuera a la
ciudadanía local. Este desarrollo, impulsado por las empresas que dejan de lado la
planeación integral y la reemplazan por proyectos cuasi-urbanos de menor escala
Swyngedouw, Moulaert y Rodríguez (2002), está dirigido al mercado internacional
en el que la competitividad, flexibilidad y eficiencia son los objetivos a alcanzar. En
este contexto, el extranjero (inversor, turista, empresas trasnacionales) toma un
lugar protagónico desplazando a un segundo plano a los habitantes locales que
quedan marginados de dicho proyecto. En Santa Fe es posible observar la
diferencia radical entre la forma de utilizar el lugar entre los habitantes de los
complejos de lujo y los empleados domésticos y de la construcción. Mientras los
primeros tienen acceso a las máximas comodidades y se desplazan en
automóviles de lujo, los segundos se desplazan a pie sobre avenidas rápidas sin
aceras. El proyecto privilegió el transporte privado automotor, mediante la
construcción de autopistas urbanas (Supervía Poniente) que pasan sobre parques,
áreas naturales de conservación y zonas habitacionales populares, con el
propósito de ofrecer a determinados estratos de la población una mayor
accesibilidad al desarrollo.

Ante esta situación, el colectivo “Camina, haz ciudad”, decidió actuar junto con
otros ciudadanos para construir un lugar para el peatón que ni el gobierno ni las
empresas están interesados en resolver. El ejercicio fue simple, mediante una
línea en el pavimento y señalamientos que advierten a los automovilistas de la
presencia de peatones. La intervención espacial en el espacio público fue
fundamental para promover que los automovilistas se desplazaran hacia un lugar
específico de la avenida respetando una zona para los peatones. Aunque esta
experiencia tuvo una vida muy corta –las empresas que administran el desarrollo

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Santa Fe ordenaron borrar las líneas y quitar los señalamientos–, promovió que
las autoridades de la Delegación construyeran aceras adecuadas para los
peatones. Estos ejercicios de construcción y apropiación del lugar dinamiza la
presencia de la población excluida en el espacio público creando contrapesos al
poder económico y político. La ciudad es un lugar siempre por hacerse que cuenta
con las potencialidades de sus hacedores quienes crean territorialidades
colectivas que se tallan a la sombra del vacío, haciendo surgir pequeños tejidos
urbanos e incipientes espacios públicos que, al igual que la acupuntura, toca
algunas áreas y articula las condiciones necesarias para transformar el mundo en
una comunidad de cosas que agrupa y relaciona a los hombres entre sí. La ciudad
es un escenario, un tejido urbano, un espacio público, que cuanto más abierto esté
para todos, más expresará la democratización política y social.

A modo de postfacio:
La emergencia de nuevas ciudadanías en un mundo global

El nuevo siglo muestra fuertes síntomas del cambio de una época. Ni la ciudad, ni el
espacio público, ni la ciudadanía son lo que fueron. La nueva ciudad plantea
desafíos que escapan a las formas tradicionales de analizar las dinámicas urbanas
desde la perspectiva del espacio público y la relación entre su configuración y el
ejercicio de la ciudadanía. La política pierde la centralidad de antaño en la regulación
y conducción de la vida social, no representa más el vértice ordenador de la vida
colectiva y dispone de menos capacidad de intervención que antes (Lechner, 2000:
25). Y, la existencia de la ciudadanía es limitada, cada vez más, por un corsé jurídico
que le impone obligaciones e invisibiliza sus derechos. En este contexto es posible
observar cierto tipo de desplazamiento de la ciudadanía tradicional fundada bajo la
égida del Estado y en la nomenclatura de los principios del sistema jurídico y político,
hacia otra encaminada a establecer vínculos sociales, más ágiles y flexibles, que
respondan a la complejidad de las problemáticas actuales. Las personas
comenzaron estructurar acciones como respuesta a una política que neutraliza los

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conflictos con el propósito de mantener vigentes los códigos interpretativos y los
signos de identidad que le daban sentido al ser colectivo. Frente a un Estado que
minimiza su responsabilidad para resolver los asuntos vinculados a la educación,
salud, empleo, vivienda, información, movilidad y medio ambiente confortable, la
subjetividad política huérfana articula mecanismos para dar voz y visibilidad a sus
demandas de reconocimiento, seguridad y pertenencia. Esta experiencia desborda
los límites del sistema político-estatal y cambia el papel del ciudadano motivándolo a
resignificar su relación con la ciudadanía. No se tratará, solamente, de una
ciudadanía instrumental que considera a la política como algo ajeno o reducida a la
administración “municipal” que reclama una gestión eficiente a favor de la gente
(Lechner, 2000: 27), sino de una ciudadanía política –no institucionalizada– puesta
en marcha a partir de la acción colectiva de los propios ciudadanos.

La configuración de un mundo que combina la heterogeneidad y la homogenización


del orden colectivo, tiende a descolocar los esquemas clasificatorios que subyacen a
las relaciones sociales. La multiplicación de los espacios difumina las distinciones
entre adentro y afuera, propio y ajeno, público y privado, e introduce incertidumbre
en la sociabilidad cotidiana. Este desasimiento abre un intersticio al ciudadano para
aprehender nuevos espacios de aparición que cobran existencia siempre que las
personas se agrupen por el discurso y la acción –forma que precede a toda
constitución formal de las varias formas de gobierno (Arendt, 2005: 225)–, su
peculiaridad consiste en que las acciones sobreviven a la actualidad del movimiento
que le dio existencia –por ello, aunque hoy la policía reprima a los “indignados” en
España, sus planeamientos y demandas ya están presentes en el espacio público;
aunque las empresas borren las señalizaciones del desarrollo Santa Fe en el Distrito
Federal, las huellas de los desplazados permanecerán visibles en las auto rutas y en
las grandes avenidas, impactando en la memoria colectiva de la gente; e incluso, a
pesar de la promoción de políticas anti-inmigratorias, continuarán los flujos de
personas que arriban a los países en desarrollo para apropiarse del lugar, al igual
que los coreanos en Nueva York y los mexicanos en Los Ángeles, integrándose a la
vida cotidiana de la ciudad.

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Las nuevas ciudadanías se configuran en la “informalidad” toda vez que se rehúsan
a la asociatividad formal, basada en organizaciones burocráticas, y buscan formas
más flexibles y espontáneas de asociarse. Este mecanismo intenta hacer frente a los
efectos disgregadores de la vida social que tienen su umbral en las múltiples
desigualdades que anidan en la estructura y que motivan la ruptura de los lazos
solidarios. La ciudadanía informal parte del principio del fortalecimiento del vínculo
social como vía para impulsar la democratización: no cambian los derechos
ciudadanos, lo que cambia es la forma de ser ciudadano. Las personas comienzan a
hacer política a partir de su socialidad cotidiana, el quehacer diario adquiere una
dimensión que desborda el marco institucional de la política. Las prácticas de
ciudadanía informal abren zonas de indagación para imaginar el papel que encierra
lo público para la ciudad, en tanto articulador para tejer una sociedad urbana
sustentada en prácticas colectivas y diversas.

Quizás, en eso radica la revalorización actual de la ciudad: emerge como el lugar de


las oportunidades, de las iniciativas y de las libertades individuales y colectivas. Y,
simultáneamente, se muestra como territorio de intimidad, de participación política,
de revuelta y autogobierno, de innovación y de cambio (Borja, 2003: 80). La ciudad
global se perfila, hoy más que nunca, como espacio público de acción política y
existencia ciudadana donde, “La rebelión popular contra gobernantes materialmente
fuertes puede engendrar un poder casi irresistible incluso si renuncia al uso de la
violencia frente a fuerzas muy superiores en medios materiales. Llamar a esto
‘resistencia pasiva’ es una idea irónica, ya que se trata de una de las más activas y
eficaces formas de acción que se hayan proyectado, debido a que no se le puede
hacer frente con la lucha, de la que resulta la derrota o la victoria, sino únicamente
con la matanza masiva en la que incluso el vencedor sale derrotado, ya que nadie
puede gobernar sobre los muertos” (Arendt, 2005: 227).

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