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Nacionalismo Revolucionario antes de la Revolución Cubana1

Mario Miguel Meza Bazán - Historiador


La revolución cubana de 1959 fue el evento que marcó a toda una generación política en
América Latina, generación que se caracterizaba por ser joven, disconforme con el estatus
quo en sus países, disconforme con los regímenes políticos a los que consideraban
corruptos y antinacionales. Más aún, era disconforme con sus propios partidos
revolucionarios a los que consideraban claudicantes con sus principios de transformación
y de justicia social. En todo caso, el impacto que tuvo la revolución cubana entre los
jóvenes revolucionarios de la época implicó el paso de la conciencia de la revolución
como necesidad histórica a la convicción de que para ser realmente revolucionario, se
necesitaba una voluntad personal y moral que los empujara más allá de la necesidad de
su propia historia.
El nacionalismo revolucionario es una corriente de lucha contra la opresión de una entidad
o potencia extranjera a la nación propia. Su adversario principal puede ser en realidad
otra nación o un poder externo supra nacional organizado, por ejemplo un imperio. Al
mismo tiempo, el nacionalismo reclama luchar contra la opresión interna, que sería un
rasgo distintivo del colonialismo, donde lo extranjero o externo encuentra aliados entre
sus propios dominados para aprovechar o perpetuar su explotación. En ese escenario, los
aliados internos pueden conservar su situación de privilegio, lo que los pone en una
posición de extrañamiento o traición a la nación por esa alianza “contra natura”. En esa
asociación surge el fenómeno colonial o neocolonial, donde la nación tiene un doble
desafío: luchar contra la opresión externa para afirmar su liberación y confrontar la
injusticia y la desigualdad de la nación dominada y colonizada por sus propios miembros
privilegiados, para lograr su liberación completa. La reivindicación de la igualdad en el
nacionalismo revolucionario como en el socialismo revolucionario es la expresión de
libertad, solo que para estos últimos se reivindica la libertad social como abolición de
clases sociales, mientras que para los nacionalistas revolucionarios esta se logra como
supresión de las desigualdades nacionales internas.
El carácter voluntarista de las revoluciones en la historia de los países latinoamericanos,
especialmente entre los que provienen de esa gran porción del continente que produjo las
guerras de independencia con la vieja Europa, está presente desde el ejemplo del
levantamiento de las 13 colonias inglesas pasando por la revolución haitiana y las guerras
de independencias en Hispanoamérica entre los años 1776 hasta 1826. La convicción de
los líderes revolucionarios por construir sociedades nuevas y diferentes a las que las
habían precedido como más justas en su redistribución de bienes y valores jurídicos,
sociales y políticos, marcaron un proceso histórico social de liberación de un continente
que dejó su etapa clásica de colonialismo y abrió sus puertas a la modernidad llegada muy
tempranamente de occidente. América en general y América Latina en particular, se
convirtieron desde finales del siglo XVIII hasta la segunda década del siglo XX, en
receptora de diversas utopías sociales modernizadoras que hicieron del continente un

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Ponencia sustentada en el Simposio "Cuba en la historia" celebrado en Lima entre el 4 y el 6
de febrero del 2016. Fuente: https://nuestrabandera.lamula.pe/2016/02/10/nacionalismo-
revolucionario-antes-de-la-revolucion-cubana/nuestrabandera/
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laboratorio de experimentación con diversos resultados en cada una de ellas y ha
continuado siendo así hasta el día de hoy.
¿Cómo entender sino la experiencia republicana de los Estados Unidos de Norteamérica
o la persistencia de las repúblicas latinoamericanas por alcanzar la libertad dentro del
orden deseado o en medio de cruentas guerras internas y externas? ¿Cómo entender
también la germinación del liberalismo o el republicanismo más allá de sus elites y,
específicamente, su afincamiento entre los movimientos populares? ¿Cómo entender la
construcción de los nuevos estados nacionales con la ausencia de un monarca emperador,
bajo modelos políticos institucionalizados tan completamente extraños y precarios a las
tradiciones monárquicas americanas como el federalismo y el centralismo tras la debacle
imperial inglesa, hispánica o portuguesa? Y, sobre todo, ¿Cómo entender el enérgico y
profundo enraizamiento de la idea de la nación y el sentimiento nacionalista en la era de
la I y la II globalización?
Benedict Anderson estableció que el nacionalismo se identifica con algo más que un
grupo específico de personas dentro de un territorio o con valores heredados y
compartidos por diferentes y sucesivas generaciones. Para él la nación era una comunidad
imaginada que podía suscitar entre una o varias colectividades, sentimientos capaces de
converger en la construcción de lazos que estaban más allá de los estrechos marcos
físicos, culturales y temporales de las sociedades. La existencia de que, probable o
seguramente, cada uno de sus miembros nunca tomarían un contacto físico entre sí, no
impedía que podían tener una identidad compartida de pertenencia y de destino común.
Lo más importante de esta definición es que produjo un terreno fértil para la construcción
en América Latina de proyectos de auténticas comunidades ilustradas de bienestar y
solidaridad con justicia social.
La historia de ese largo recorrido por la afirmación de lo nacional es sin embargo un dato
casi ausente o de poca referencia en la comprensión de las revoluciones que atravesaron
América Latina entre las décadas de 1960 a 1990. Paradójicamente, en la toma del cuartel
Moncada, y en el juicio que se le siguió a Fidel Castro, antes de 1959, el dato más
relevante de su proceso, estableció que su inspirador, un nacionalista y revolucionario
contra el colonialismo del imperio español, era también y por vocación, un
antiimperialista contra el neocolonialismo que suponía la potencia económica y militar
de los Estados Unidos (José Martí). Sin embargo, quisiera enfatizar otros aspectos que
dieron sentido a este arraigado corte nacionalista de las revoluciones que se inician al
finalizar el siglo XIX y, vincularlo, al periodo que cierra con la revolución cubana de
1959.
José Martí, al igual que José Ingenieros o José Rodó, representaban parte de una
constelación de pensadores, periodistas, educadores y políticos que desfilaron al finalizar
el siglo XIX, en la marejada de la alta modernidad occidental europea producida por la
expansión tecnológica de la II revolución industrial y la I globalización económica y
financiera del mundo. En esa oleada estos escritores lograron captar las contradicciones
de vastos sectores del mundo redefinido por el dominio colonial imperialista euro
norteamericano. Resulta clave entender en todo caso como la persistencia del antiguo
imperio español en este periodo, aparecía remozado en el Caribe, gracias a las ventajas
económicas y recursos tecnológicos que ese mundo occidental le proveía a cambio de

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satisfacer sus demandas de materias primas y mano de obra barata, sin embargo tuvo que
afrontar también las primeras contradicciones de esa modernidad globalizadora en
América Latina, con nuevas guerras de independencia en Cuba, Puerto Rico y en Asia
con las Filipinas. Las colonias, animadas por los conflictos sociales propios de una
nacionalidad emergente pero periférica y oprimida, explotada y colonizada, identificaron
su causa independentista con una revolución enteramente política y cultural en un sentido
tanto nacional e internacional, tal como lo habían entendido sus hermanas predecesoras a
principios del siglo XIX.
La revolución política resultaba en este sentido obvio: al dominio imperial que convertía
a la nación en colonia del extranjero había que liberarla y darle una soberanía propia. La
más grave dominación del que había que liberarla era sin embargo el dominio cultural,
que convence a los colonizados de que la dominación externa, era lo mejor que les podía
pasar en esta vida, legitimando el colonialismo en términos subjetivos e internos.
La principal batalla en todo caso se situaba en este campo cultural, como el desafío más
importante y profundo en la disputa de los significados por la libertad frente al
colonialismo blanco enmascarado de empresa civilizadora. El terreno cultural se
convertía, en este sentido, en el escenario privilegiado de las disputas ideológicas,
políticas y militares contra el imperio español y luego contra la amenaza de la fuerza
imperial norteamericana. El espíritu anticolonial se alimentó del terreno de la cultura local
que para calificarse a sí misma de nacional y debía autoafirmase como revolucionaria o,
por lo menos, nacionalmente beligerante contra el estatus quo colonizador. Los cimientos
de la cultura nacional se convierten en este sentido en cultura revolucionaria en el periodo
final del siglo XIX e inicial del siglo XX. Varios escritores nacionalistas se reclaman a sí
mismos antiimperialistas y revolucionarios afirmando valores étnicos tales como el
antillanismo Ramón Emeterio Betancés, político- educador y mulato de Puerto Rico; la
afirmación cultural católica, latina - hispanista e idealista de Rodó; y la protestas de
Ingenieros frente al materialismo anglosajón o yanqui y, por ende, capitalista, que
amenazaban al continente latinoamericana. En el sustrato de la oposición irreductible
cultural de Eugenio María Hostos (Puerto Rico) entre el hombre burgués e individualista
o lógico frente al hombre romántico completo integrado a su medio ambiente y, en cierto
modo incivilizado, aparece el sentido roussouniano del ser humano no imbuido de
pecado.

La principal línea de defensa de lo propio, lo local, lo nacional raya con la apología de lo


telúrico o lo profundamente natural e incontaminado de la sociedad latinoamericana,
donde el carácter no moderno de la misma, garantizada por su transparencia ecológica o
territorial libre de capitalismo e industrialismo, confiere personalidad e identidad propia
a un pueblo como nación. Estos escritores y pensadores agrupan los ingredientes básicos
de un nacionalismo apto para movilizar los sentimientos voluntaristas conducentes a una
revolución nacional y antiimperialista. La idea de que la libertad como esencia de la
sociedad se identificaba con el aspecto menos racional del pueblo pero por eso mismo
más real y afín a su voluntad, afirma la coherencia de las revoluciones nacionalistas frente
a la fría racionalidad económica y científica occidental aplicada a su avanzado aparataje
de dominación sobre los pueblos menos desarrollados (o civilizados). Desde allí
entendemos como una clave en la construcción de lo nacional lo constituye la
reivindicación por lo local y lo folklórico o lo bárbaro que afirma virtudes capaces de

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crear cánones nacionales de identidad frente a lo impostado y adquirido por la alienación
moral, científica y cultural de lo extranjero.
José Martí, uno de los principales abanderados teóricos y prácticos del nacionalismo
incorporó en sus reflexiones este aspecto romántico de lo nacional en su práctica
revolucionaria, porque tejió en su planteamiento político, opuesto al colonialismo
español, un puente para afirmar su antiimperialismo norteamericano con la idea de una
independencia económica y cultural plena basada en autonomía monetaria y economía
centrada en sus propias posibilidades industriales y de explotación de materias primas,
además de la firma de un tratado con naciones que se reconocieran como iguales en el
contexto latinoamericano.
Un paso más adelante, en esta dirección nacionalista y revolucionaria, lo esbozaría la
Revolución Mexicana en 1910 y su constitución promulgada en 1917, que partía de la
constatación de la desigualdad étnica y de clase de la sociedad; y, del carácter poco
nacional del Estado para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y de
las mayorías excluidas del ejercicio ciudadano de la nación política, con ello se afirmó el
derecho a la propiedad nacional de los recursos naturales bajo control del Estado y el
interés del trabajo sobre el capital. Estas premisas, mencionadas también en Martí,
Betancés y Hostos, se recuperarían a través de políticas tendientes a integrar al
campesinado indígena, el principal factor de movilización rural en las guerras
revolucionarias de esa década, para impulsar reformas agrarias y una educación que
nacionalizara a las masas bajo el principio de la igualdad. Desde ese ámbito, el
nacionalismo revolucionario incorporaba ya una potencialidad movilizadora en la
expectativa de los pueblos, que bajo diferentes circunstancias se encuadraría en
movimientos agraristas en Colombia y Perú entre las décadas de 1920 y 1940’s, de los
sin tierra en Brasil y de revoluciones como la boliviana en las décadas de 1950. A la larga,
se impulsaría en América Latina políticas proteccionistas de industrialización con miras
a ampliar los mercados internos y de conformar una estructura de clases moderna, que
integrara más y mejor a esa población a la nación y la liberara de la dependencia externa.
La construcción de la dimensión popular de lo nacional adquiere por otro lado un
poderoso matiz revolucionario, porque es expresión de liberación de la opresión y de
proyecto nacional de autenticación y afirmación de un mundo que se ha globalizado desde
el final del siglo XIX. Lo local pasa a ser antisajón, anti europeo o anti yanki y lo popular
pasa a ser oposición al mundo moderno, aunque sin renegar de su potencial liberador
basado en la modernidad occidental, enlazará en el menor de los casos con el intento por
construir un republicanismo democrático nacional; y en el mayor de los casos con mejor
éxito, en la formación de partidos populistas que encausaran enormes movimientos de
masas que apoyaran proyectos de transformación en México, Brasil y Argentina y que
concluirán con la revolución cubana de 1959. En ese contexto observar el carácter
nacionalista de revoluciones y luchas desde fines del siglo XIX con las guerras de
independencia en Cuba y Puerto Rico, de la Revolución Mexicana en 1910 o la revolución
de Farabundo Martí en el Salvador en 1930, la resistencia de Augusto Cesar Sandino en
Nicaragua, las luchas germinales de los sindicatos obreros en Perú, Argentina, Chile entre
las décadas de 1920 y 1930, más la formación de movimientos y partidos populistas entre
1930 a 1950, incluida la revolución nacionalista boliviana del MNR, darán sentido a

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bloques nacionalistas de corte antiimperialistas para construir desde diferentes vertientes,
lo que bien podríamos llamar de izquierda una alternativa anti oligárquica y anticolonial.
Desde este contexto, podemos afirmar que la temprana experiencia independentista de
América Latina, permitió a las nacientes naciones latinoamericanas darle un rostro a la
voluntad revolucionaria que legitimará y justificará la existencia de movimientos
nacionalistas bajo principios revolucionarios nacionales, liberales y/o republicanos o de
izquierdistas nacionalistas, populistas y socialistas. América Latina se convirtió de este
modo en un laboratorio de proyectos utópicos revolucionarios gestados en el corazón de
la modernidad europea y adaptada a la realidad latinoamericana, merced a su apuesta en
diferentes momentos, al propósito de implementar la promesa ilustrada de la modernidad
y el progreso, aunque en unos casos con más fortuna que en otros.

Bibliografía
Anderson, Benedict
2008 Bajo tres banderas. Anarquismo e imaginación anticolonial. Madrid. Ediciones
AKAL.

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1990 “La cultura política del nacionalismo revolucionario y la cultura como política en
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Nieto Montesinos, Jorge (compilador)
2000 Haya de la Torre o la política como obra civilizatoria. México. FCE.
Zapata, Francisco
2001 (1990) Ideología y política en América Latina. México DF. El Colegio de México.