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Oscar Liera, presentación a sus obras completas

Por Luis Mario Moncada

Hacia mediados o fines del aciago 1994 me tocó pasar por unos papeles, no me acuerdo de
qué, a la casa de Armando Partida, quien a la sazón estaba acompañado por Sergio López
y no me acuerdo quién más. Apenas me acomodé en la sala, no sé quien sacó una botella
tampoco me acuerdo de qué, y dijo que debíamos brindar, por supuesto sin que me dijeran
por qué. Así pasaron algunos minutos en que trataron de mantener el misterio hasta que,
por fin, Sergio me anunció que acababan de dar el último enter al trabajo de edición de las
obras completas de Oscar Liera. Efectivamente, al fondo se escuchaba el febril tiqueteo de
la impresora (de punto) que expulsaba la última versión del estudio introductorio y las notas
que acompañarían a las más de 30 obras teatrales del autor sinaloense, así como a sus
textos ensayísticos y guiones diversos. Esa era una razón suficiente para brindar y
desvelarse, pero tampoco fue así la cosa porque, súbitamente, Sergio se levantó y se
despidió; al día siguiente viajaría a Culiacán para hacer los últimos arreglos en torno a la
publicación. Así, entre brindis y despedidas, todos pensamos que solo era cuestión de
esperar un poco para tener en las manos el libro prometido.
Pero pasaron cuatro años, y en ese tiempo pasaron muchas cosas. El país cambió
extraordianariamente; no es un país mejor, y quizás tampoco lo sea peor -¿quién lo puede
saber?-, pero lo cierto es que ya no es el mismo. Podríamos decir también que en 1994 el
país era otro con respecto al de enero de 1990, cuando Liera dejó este mundo. Entre
aquellos cuatro años y estos cuatro años -brillante deducción-, han pasado demasiadas
cosas; el país, y nosotros con él, ha crecido y se ha encogido a ritmos un tanto frenéticos, lo
cual tal vez no vendría a cuento si no fuera también porque en estos tiempos, tan iracundos
como alentadores, han escaseado las voces que, como la suya, pudieran ofrecernos un
bálsamo espiritual contra el dolor.
Sí, es la hora de las confesiones personales, y la mía es que, sólo comparable con la
de Julio Castillo o Rockdrigo González, profeta del nopal que cantó al horror y al placer del
caos urbano, pocas muertes he lamentado tanto como la de Liera, el dramaturgo. Unos y
otro se expresaron a través de sus historias como si hablaran con gente muy cercana, como
si el desorden que describían fuera sólo el acento de una frase armónica. Sus voces siguen
siendo polémicas, no son voces empolvadas que hayan perdido contundencia, aunque
acaso sufran en el ánimo colectivo la sensación de lo cercano que dialécticamente se
percibe lejano. Con todo, yo me sigo preguntando cómo traducirían ellos esto que ahora
estamos viviendo; con qué acordes y en qué contexto dramático expresarían ésta guerra
que nadie nos ha contado; me pregunto cómo reaccionarían frente a los discursos de la
nueva generación y a su peculiar forma de comunicación; y por supuesto, me pregunto qué
dirían del narcotráfico, del bendito individualismo y de la llegada de la oposición al poder,
por citar algunos ejemplos.
Por lo menos en el caso de Liera, me interesa suponer que mantendría sus dudas y
hasta su desconfianza respecto de los procesos de apertura y globalización tan publicitados
hoy en día. Paradoja al fin, no era Liera un artista que se anduviera quieto en las
indagaciones formales, pero el término transición no parecía formar parte de su vocabulario.
Sus personajes tratan afanosamente de romper con el orden establecido -un orden que se
muestra descompuesto y sin alternativas-, pero siempre fracasan, por lo menos en lo que se
refiere a la transformación real y práctica del entorno. Las estructuras de organización social
que aparecen en sus obras son inamovibles, aunque se reconozca su ineficacia absurda.
En todo caso, el único triunfo posible para él es el de la libertad indomable de sus
personajes y del pueblo que prefiere mantener sus símbolos secretos a costa incluso de la
opresión. Allí, apoyado en los planteamientos que Esther Seligson formula con respecto al
Servando de Las fábulas perversas (un artículo notable que, al igual que otro de la misma
autora, parece extraviado en las páginas del libro), allí, decía, encuentro la columna
vertebral de su discurso, en la irreprimible manifestación de su libertad de pensamiento y en
el cultivo casi clandestino de los valores colectivos, en conclusión, en el desarrollo de una
especie de cultura subterránea.
Ahora bien, ¿podríamos considerar tal manifestación como un paso a la
emancipación o sólo como un medio de venganza contra toda forma de autoridad? Al
contrario de Brecht, para quien las estructuras sociales son obra de los hombres quienes de
común acuerdo están en posibilidad de transformarlas, Liera reitera que el orden social es
malo e inamovible y, ante ello, los hombres no pueden más que combatirlo con la fuerza de
su espíritu. Mientras Brecht muestra paso a paso los caminos posibles para el cambio
social, Liera nos hace topar una y otra vez contra el muro de la intolerancia, muro que no
cae por más que se le golpea y se le escupe. Ante esa situación, el autor opta mejor por la
rebeldía, pero es una rebeldía que, aunque consiga pequeños triunfos, posee una lúcida
conciencia de la derrota. Así se corrobora en numerosos ejemplos, como en la escena final
de El oro de la Revolución Mexicana, cuando el Síndico interrumpe la representación antes
de que se mencionen las supuestas desviaciones de la lucha armada, y su discurso choca
con el canto de los actores, quienes, no pudiendo impedir la cancelación de su obra se
conforman con sabotear el lucimiento del político. De la misma forma, en El jinete de la
divina providencia, el pueblo no puede impedir que el gobierno termine asesinando al
bandolero redentor, pero en venganza lo adopta como santo ante la indignación de la propia
Iglesia. Un hecho similar ocurre en Los caminos solos, en esta ocasión recreando la historia
de Heraclio Bernal, protegido por el pueblo y perseguido por las autoridades, quienes
finalmente logran eliminarlo gracias a la cooptación de alguno de sus colegas.
Al respecto de esta obra, la última dirigida por Liera, en 1989, me parece oportuno
resaltar un hecho coyuntural que le dio un carácter simbólico durante sus presentaciones
hace casi una década. La acción principal ocurre el año de 1888, cuando el gobierno realiza
una cruzada para atrapar al ladrón que está poniendo en jaque a los grandes terratenientes.
El pueblo ve en Bernal una posibilidad de enfrentar las difíciles condiciones de vida, pero,
finalmente, vuelve a imponerse el desencanto y la derrota. Entonces, uno de los personajes
se dirige hacia el público y concluye la representación con estas palabras:

Ahora Bernal está muerto; acaban de traer su cadáver, lo mató Crispín


García por 10 mil pesos que le pagaron. Por allí a la vuelta lo están
velando nomás un rato, porque se lo van a llevar para que lo vean en
todas partes. Las mujeres lo están llorando, y también los hombres lo
lloramos. Ahora ya no tiene sentido la vida en estos pueblos. ya no hay
nada qué esperar, nada. Seguirán las injusticias. Ya están los caminos
solos, no tendrán nada qué temer, pueden repartirse la patria, hijos de su
perra madre.

En aquella ocasión, todavía fresco el recuerdo del fraude electoral de 1988, el público se
enardeció con estas palabras y, al menos en la función que me tocó en el teatro Jiménez
Rueda, permaneció en el teatro mucho tiempo después de caído el telón. El recuerdo de la
derrota fraudulenta, acompañada por la mentada de madre a las autoridades, se convirtió en
una manifestación liberadora de la conciencia colectiva, aunque después saliéramos a la
calle y todo siguiera exactamente igual.
¿Era Oscar Liera un rebelde o un nihilista? Ambas acepciones parecen aplicarse:
por un lado, fue un crítico devastador de las torpezas y corruptelas del poder, pero no sólo
se quedó en eso: planteó alternativas de acción, la más importante de las cuales puede
haber sido abandonar la Ciudad de México, donde tenía garantizado el reconocimiento y las
condiciones de trabajo, para marchar a su tierra en la que enfrentaría todos los
inconvenientes antes de consolidar el colectivo teatral más influyente del norte del país. En
sentido opuesto, sus obras reiteran con múltiples ejemplos la imposibilidad de
transformación y aluden a cierto espíritu trágico en el que los personajes heroicos deben
sucumbir ante un orden establecido que, pese a todo, no logra recomponerse. A diferencia
de la tragedia clásica, en donde el cosmos trastocado vuelve al orden una vez que el héroe
ha pagado su error, en el mundo de Liera el orden está trastocado de origen porque el poder
está separado del concepto de bien colectivo, la corrupción está más allá de los hombres y
forma parte de la propia estructura organizativa. En ese contexto de valores subvertidos, los
héroes suelen ser ladrones, suicidas y locos fantasiosos. Así pues, Liera denuncia pero no
ve soluciones a la vista, a no ser la creación de una conciencia subterránea que cultive
valores colectivos opuestos a aquellos que representan a las instituciones oficiales,
llámense iglesia, estado o cualquier otra. Supongo que Liera su hubiese opuesto al
calificativo de nihilista, y supongo que no lo fue en cuanto a su actitud propositiva, pero su
teatro corrobora una y otra vez su visión desencantada de la realidad.
En todo caso, realice cada quien el juego especulativo a través de su propia lectura
de este Liera total que hoy se presenta, con algunos años de retraso y, paradójicamente,
patrocinado por el gobierno al que hasta sus últimos días se enfrentó. Cabe decir en
descargo que el gobierno sinaloense que propició esta publicación fue el primero con el que
el aguerrido dramaturgo ya no pudo pelearse, aunque me parece también que su intento por
redimirse está aún incompleto. Falta por lo menos un tomo con sus ensayos y guiones que
esperamos vean pronto la luz, y también esperamos que vean esa luz en un tiraje mayor al
de estos mil ejemplares que, como siempre pasa con las ediciones estatales, corren el
riesgo de quedarse embodegados. Ojalá los responsables de la edición decidan trabajar con
algún buen distribuidor que reparta los libros por todo el país. Los lectores lo agradecerán.
He dejado para el último el comentario a la investigación y estudio introductorio que,
según aprecio, no fue atribuido correctamente a su responsable, el maestro Armando
Partida, quien contó, eso sí, con la estrecha y valiosa colaboración de Sergio López.
Constituye el trabajo de ambos un notable aporte que allana el camino para todo aquel
interesado en la obra de este importante autor. Todo está consignado, desde los
comentarios a las distintas versiones que el propio Liera escribió de cada obra hasta la ficha
editorial de sus publicaciones anteriores y la mención del estreno, por no hablar del análisis
concienzudo que concatena y articula generosamente el discurso dramático de Oscar Liera.
Vaya para ellos mi felicitación y orgullo, y, con la suma de todos los presentes,
cerremos el círculo de cuatro años de espera brindando por la gloria eterna de estas obras
completas. salud.

25/02/1998