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sindrome globa.

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e l s í n d ro m e d e l a e l s í n d ro m e d e

J a m e s H . M i t te l m a n
la globalización la globalización
t ra n s fo r m a c i ó n y re s i s t e n c i a t ra n s fo r m a c i ó n y re s i s t e n c i a

J a m e s H . M i t te l m a n J a m e s H . M i t te l m a n
En este libro, James Mittelman explica la dinámica sistémica y las

la globalización
innumerables consecuencias de la globalización, concentrándo-
se en la interacción existente entre las fuerzas de mercado —
orientadas en algunos casos por el estado— y las necesidades de
la sociedad. Mittelman revela que la globalización dista mucho de
ser un fenómeno unificado; más bien, es un síndrome de proce-
sos y actividades: una serie de ideas y un marco político. Más es-
pecíficamente, la globalización está motivada por una división SÍNDROME: n. m. (gr. syndrome,
cambiante del trabajo y el poder, manifestada en un nuevo regio-
nalismo e impugnada por movimientos de resistencia incipientes. concurso). Conjunto de síntomas
El autor argumenta que la comprensión profunda de la globaliza-
que caracterizan una enferme-
ción requiere entender sus dimensiones culturales. Desde esta
perspectiva, Mittelman tiene en cuenta la voz de los que resultan
dad o una afección. 2 Conjunto de
afectados por esta tendencia: los que le oponen resistencia y los
que resultan perjudicados. fenómenos que caracterizan una

El síndrome de la globalización es uno de los primeros libros en situación determinada.


presentar un análisis holístico y pluriestratificado que vincula lo
económico con lo político y lo cultural, que une agentes y múlti- GLOBALIZACIÓN: f. Tendencia de
ples estructuras, y que interrelaciona diferentes escenarios loca- e l s í n d ro m e d e los mercados y de las empresas a
les, regionales y globales. Los descubrimientos de Mittelman se
derivan principalmente de los mundos no occidentales. Propor-
extenderse, alcanzando una di-
ciona un análisis multirregional de Asia oriental, epicentro de la
globalización, y África meridional, nodo clave dentro del continen- mensión mundial que sobrepasa
te más marginado. La evidencia revela que, no obstante los nu-
merosos beneficios que ofrece a algunos, la globalización se ha las fronteras nacionales. DRAE
convertido en una preocupante correlación de profundas tensio-
nes que han generado toda una serie de escenarios alternativos.

James H. Mittelman es profesor de relaciones internacionales en ISBN 968-23-2384-3


la School of International Service de la American University en
Washington, D.C. Es autor o compilador de varios libros, incluido
Globalization: Critical Reflections.
9 789682 323843
2 ÍNDICE
ÍNDICE 3

sociología
y
política
2 ÍNDICE
4 ÍNDICE

traducción de
SUSANA GUARDADO DEL CASTRO
2 ÍNDICE
ÍNDICE 5

EL SÍNDROME
DE LA GLOBALIZACIÓN
Transformación y resistencia

por
JAMES H. MITTELMAN

siglo
veintiuno
editores
6 ÍNDICE

siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.


CERRO DEL AGUA 248, DELEGACIÓN COYOACÁN, 04310, MÉXICO, D.F.

siglo xxi editores argentina, s.a.


LAVALLE 1634, 11 A, C1048AAN, BUENOS AIRES, ARGENTINA

portada de marina garone

primera edición en español, 2002


© siglo xxi editores, s.a. de c.v.
isbn 968-23-2384-3

primera edición en inglés, 2000


© princeton university press, princeton, n.j.
título original: the globalization syndrome. transformation and resistance

derechos reservados conforme a la ley


impreso y hecho en méxico / printed and made in mexico

queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio


mecánico o electrónico, incluyendo fotocopias y grabaciones,
sin permiso escrito de la casa editorial
ÍNDICE 7

Para Linda,
Alexandra,
Jordan y Alicia
PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

Durante mis estudios, me he preguntado por qué tantos millones de


personas se encuentran marginadas de la economía política global,
o incluso son desplazadas hacia niveles inferiores, mientras que otras
tienen la buena suerte de experimentar una movilidad ascendente.
Por supuesto, una buena trayectoria no depende de la suerte per se,
sea ésta buena o mala, sino de una combinación de condiciones ma-
teriales e históricas, acciones y estrategias, relaciones de poder, esti-
los de vida y estructuras evolutivas. Este libro aborda el problema no
tanto desde la perspectiva de experiencias nacionales diferentes, sino
en un intento por crear un marco a la globalización. Todo comenzó
con una pregunta amplia y mal enfocada que traté de afinar una y otra
vez: ¿por qué la globalización mejora la vida de algunas personas y
empeora la de otras? El intento de enfrentarme a esta cuestión no sólo
se basa en la labor emprendida específicamente para este libro, sino
también se fundamenta en casi tres decenios de investigaciones pre-
vias realizadas principalmente en África y Asia.
Mientras realizaba el trabajo de campo para este libro, ocupé di-
ferentes cargos en el Instituto de Estudios del Sudeste Asiático en
Singapur (1991), el Departamento de Sociología de la Universidad de
Witwatersrand en Johanesburgo, Sudáfrica (1996), y en el Instituto de
Estudios Malayos e Internacionales, Universiti Kebangsaan Malaysia
(Universidad Nacional de Malasia, 1997-1998), a donde regresé en
1999. Desde estas bases, pude dirigirme a otras partes de Asia sud-
oriental y el sur de África. En la Universidad de Witwatersrand y en
la Universidad Nacional de Malasia tuve la oportunidad de impartir,
al cuerpo docente, seminarios regulares sobre globalización, de ma-
nera que a través de mis colegas pude conocer los distintos procesos
de la globalización y las distintas maneras de interpretarlos. Duran-
te la etapa de redacción de este estudio (de 1998 a 1999), fue un pla-
cer y un honor ser residente en la Facultad de Ciencias Políticas del
Instituto de Estudios Avanzados en Princeton, donde encontré un
ambiente ideal para reflexionar e intercambiar puntos de vista con
un grupo de eruditos agradables.
Tengo una deuda de gratitud con varias personas e instituciones.

[9]
10 PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

Por su apoyo financiero, agradezco al Congreso de Personal Profe-


sional de la City University of New York, a la World Society Founda-
tion, a la Pok Rafeah Foundation y al Instituto de Estudios Avanza-
dos. Los institutos que fueron mis anfitriones en África y Asia, así
como mi hogar base, la Facultad de Servicios Internacionales en la
Universidad Americana de Washington, D.C., desempeñaron un
papel preponderante al posibilitar la investigación para este libro.
Si bien es difícil señalar individuos en un mar de gente útil, este li-
bro no habría sido finalizado sin la participación de cuatro colegas
que participaron con su coautoría en cuatro capítulos: Richard Falk,
de Albert G. Milbank profesor de Derecho Internacional y Práctica,
Universidad de Princeton, y tres antiguos estudiantes de mi curso de
doctorado “Teoría social desde una perspectiva comparativa e inter-
nacional”: Christine B.N. Chin (ahora profesora adjunta en la Facul-
tad de Servicio Internacional, Universidad Americana), Robert
Johnston, y Ashwini Tamble. Los alumnos en mis cursos de licencia-
tura y posgrado hicieron aportaciones notables a este libro al compli-
car teorías y conceptos, al desafiarme y al presentarme nuevas ideas
y puntos de vista contradictorios. Además, este libro lleva la marca de
la investigación meticulosa proporcionada por los egresados con quie-
nes he disfrutado trabajar: Lucien van der Walt, del Departamento de
Sociología, Universidad de Witwatersrand, y Megan Thomas, de la
Facultad de Servicios Internacionales, Universidad Americana. Tam-
bién de la Universidad Americana, agradezco la ayuda del vicedecano
Joseph Clapper, quien me proporcionó mucha ayuda en varios aspec-
tos de este estudio.
Estoy en deuda con otras personas que facilitaron el trabajo de
campo para este libro y que aportaron sugerencias importantes: Glen
Adler, Leonor Magtolis-Briones, Jacklyn Cock, Jorge Emmanuel,
Heng Pek Koon, Akihiko Kimijima, Francisco Magno y Yash Tandon.
Además de los ya mencionados, mis anfitriones en el Departamento
de Sociología de la Universidad de Witwatersrand hicieron progresar
mis ideas sobre globalización, por lo cual estoy muy agradecido con
Belinda Bozzoli, Deborah Posel y Eddie Webster. Asimismo, deseo
agradecer particularmente a Ishak Shari, director del Instituto de
Estudios Malayos e Internacionales de la Universiti Kebangsaan
Malaysia, y a mis colegas en esa institución, quienes conocen bien el
significado de la hospitalidad, particularmente a Abdul Embong
Rahman, Abdul Halim Ali, Clive Kessler, Masrur Karsan Mohd, Yusof
Kassim, Norani Othman, Osman Rani-Hassan, Rajah Rasiah, Sabihah
PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS 11
Osman, Sumit Mandel y Roslina Rosi. En el Instituto de Estudios
Avanzados, varios investigadores me proporcionaron buenas sugeren-
cias y su amistad, y tengo una deuda de gratitud con varias personas:
Kamran Ali, Rainer Bauböck, Steven Caton, Thomas Flynn, Clifford
Geertz, Mauro F. Guillén, Evelyne Huber, Nancy Hirschmann,
Michael Mosher, Gordon Schochet, John D. Stephens y Dana Villa,
entre otras.
Varios colegas hicieron comentarios sobre los borradores de todo
el libro o de algunos de sus capítulos, y reconozco la importancia de
su trabajo. Destaca entre todos ellos Robert W. Cox, quien hizo críti-
cas duras y detalladas a uno de los borradores, corrigió numerosos
errores de objetividad y de juicio, y me señaló el camino a seguir. Por
su crítica implacable, comprensión y aliento le estoy especialmente
agradecido. James N. Rosenau ha sido otra fuente de apoyo y conse-
jo. Muchas personas hicieron críticas constructivas de capítulos o
pasajes de este libro, por lo que quiero agradecer, entre otros, a Lin-
da Yarr, Glenn Adler, Björn Hettne, Yoshikazu Sakamoto, Timothy
Shaw, Carol Thompson y Paul Wapner, así como al espléndido equi-
po de investigadores en la Universidad Nacional de Singapur: Kris
Olds, Peter Dicken, Philip Kelly, Lily Kong y Henry Wai-Chung Yeung.
Estoy en deuda con los revisores anónimos de Princeton University
Press, quienes hicieron críticas incisivas, así como con Malcolm
Litchfield, editor de ciencias políticas y derecho, y a su subeditora,
Elizabeth P. Swayze, quien fortaleció mi trabajo. Tuve la fortuna de
trabajar con Deborah C.K. Wenger, cuyas correcciones cuidadosas
contribuyeron enormemente a fraguar el resultado final. Asimismo,
con los años, me he beneficiado de muchas conversaciones valiosas
con mi antiguo profesor y amigo, Kenneth W. Grundy, y con dos
eminentes investigadores que fueron víctimas de las tragedias
sistémicas en África: Aquino de Bragança y Claude Ake.
Dedico este libro a mi esposa Linda y a nuestros tres hijos:
Alexandra, Jordan y Alicia. Sin su amor, compañerismo y paciencia
inquebrantable, me habría sido difícil –si no imposible– realizar este
trabajo.
Ninguna de las personas ya mencionadas está implicada en el
producto final, del cual soy enteramente responsable.
La elaboración de este libro tomó varios años, aunque original-
mente había publicado parte de los argumentos aquí señalados en
otros medios. Algunos capítulos o pasajes selectos se basan en ensa-
yos publicados anteriormente, pero gran parte del esfuerzo dedica-
12 PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

do a estas páginas se concentró en sacar a la luz evidencias, presen-


tar ideas nuevas y ahondar análisis. He tratado de modificar, actua-
lizar y entrelazar sustancialmente todos los materiales en un solo
entramado. Añadí secciones a mis anteriores trabajos, volví a escribir
las secciones existentes y presenté nuevos capítulos.
Agradezco a la editorial por haberme permitido recurrir a mis
anteriores ensayos, publicados por primera vez en African Studies
Review en diciembre de 1991; Third World Quarterly en septiembre
de 1994, junio de 1995 y diciembre de 1998; Global Transformations:
Challenges to the State System (editado por Yoshikazu Sakamoto,
United Nations University Press, 1994); The European Journal of
Development Research (en coautoría con Mustapha Kamal Pasha;
Frank Cass & Co. Ltd.) en diciembre de 1995; Global Governance: A
Review of Multilateralism and International Organizations (Lynne Rienner
Publishers) en mayo-agosto de 1996 y (en coautoría con Robert
Johnston) enero-marzo de 1999; New Political Economy (en coautoría
con Christine B.N. Chin) en marzo de 1997, y mi Globalization, Peace
and Conflict (Penerbit Universiti Kebangsaan Malaysia [imprenta de la
Universidad Nacional de Malasia], 1997). Asimismo, la Universidad
de las Naciones Unidas-Instituto Mundial para la Investigación de la
Economía de Fomento comisionó mi investigación sobre regionalis-
mo para una serie de libros editados por Björn Hettne, András Inotai
y Osvaldo Sunkel, y coeditados por Macmillan, en Londres, y St.
Martin’s Press, en Nueva York.
Por último, el Banco Mundial y el Foro Económico Mundial gene-
rosamente me dieron permiso de utilizar material de obras con de-
rechos de autor, a saber: “ GDP Comparisons for Four Economies:
Market Price and Standard International Price Estimates”, Global
Economic Prospects and the Developing World (Nueva York, Oxford
University Press, 1993, p. 67) y “Global Competitiveness Index”, Glo-
bal Competitiveness Report (Ginebra, WEF, 1998, <http://www.weforum.
org/publications/gcr/98rankings.asp>.

JAMES H . MITTELMAN
Princeton, marzo de 1999
EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN
INTRODUCCIÓN

El interés principal de este libro es la interacción entre la poderosa


ofensiva de las fuerzas de mercado globalizantes, a veces motivadas
por el estado, y la contraofensiva alimentada por las necesidades de
la sociedad. Sobre todo, el principal reto planteado en este libro es
discernir el contenido de la globalización –es decir, las transformacio-
nes históricas en el orden mundial– y el descontento resultante. Por
otra parte, en los distintos capítulos también se plantean interrogantes
específicos en torno a estas cuestiones básicas.
En contraste con muchas de mis anteriores interpretaciones de la
globalización, este libro es un intento por presentar un análisis
holístico pluriestratificado, donde se conecte lo económico con lo
político y lo cultural, donde se unan agentes y estructuras múltiples,
donde se interrelacionen distintos escenarios locales, regionales y
globales. Por el amplio alcance de este tema, es evidente que ningún
estudio por sí solo podría abarcarlo todo, pero este volumen es un
paso en esa dirección. Hasta ahora, se han hecho diversos tipos de es-
tudios acerca de la globalización. Como veremos, hay una tendencia
hacia el economismo (un aspecto unilateral prominente de los facto-
res materiales, al grado de mostrar indiferencia hacia la política y la
cultura, en cuyo análisis pueden estar implícitos los compromisos po-
líticos y los valores culturales). Otra tendencia la constituyen los en-
foques centrados en el estado, evidente también en buena cantidad
de las investigaciones transnacionales, que plantean que las políticas
públicas guían la dinámica de la globalización. Por último, ciertas
formas perseverantes de estudios regionales interdisciplinarios insis-
ten en particularidades y descripciones detalladas de las transforma-
ciones en un determinado lugar, sin entender del todo los vínculos
con las estructuras globales evolutivas. Estos tres géneros no abarcan
todo el espectro discursivo de la globalización, pero ciertamente lo do-
minan.
Mientras que gran parte de lo que se ha escrito sobre la globali-
zación se basa en las experiencias de Occidente, mis descubrimientos
se han extraído principalmente del mundo no occidental. A diferen-
cia de otros libros sobre globalización, éste considera, sin romanticis-

[15]
16 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

mo, las voces de los súbditos de la globalización, incluidos aquellos


que se le oponen. Sin pretender hablar en su nombre, lo cual sería un
intento de arrogancia sin licencia, exploro los procesos de globa-
lización desde el punto de vista de aquellos a quienes perjudica:
movimientos sindicales, personas en los linderos de la sociedad (en
algunos casos, una base para los políticos populistas), los desem-
pleados y los subempleados en diversas partes del mundo, así como
los marginados, especialmente las mujeres y los niños, en los países
en vías de desarrollo. Directa o, con más frecuencia, indirectamente,
estas personas se topan con los agentes globalizantes: capital interna-
cional móvil y sus aliados en los estados, exportadores que se resisten
a las prácticas comerciales restrictivas, industriales locales (en la me-
dida en que compiten con empresas en el exterior) y financieros na-
cionales, cuya posición les permite ganar con la liberalización y tener
un mayor acceso a los mercados extranjeros. Estos grupos, a su vez,
rivalizan con los políticos nacionalistas, los burócratas orientados al
nacionalismo y otros proteccionistas prominentes, algunos de los
cuales defienden los negocios nacionales que resultan afectados ne-
gativamente por los flujos transnacionales. En esta contienda no hay
villanos ni héroes, sino una constelación de actores con intereses con-
cretos y contrarios en la transformación intrusiva que está efectuán-
dose globalmente, intereses que en algunos casos provocan diferen-
tes formas de resistencia.
El argumento central de este libro es que la globalización no es un
fenómeno único y unificado, sino un síndrome de procesos y activida-
des. El término “síndrome”, como se usa aquí, designa un patrón de
características de la condición humana relacionadas o, más específi-
camente, que se encuentran dentro de la economía política global. Si
bien algunos críticos de izquierda y derecha sí consideran a la
globalización como una patología, en nuestro contexto “síndrome” no
pretende transmitir el sentido médico de síntomas de una enferme-
dad, puesto que la globalización de ninguna manera es una anorma-
lidad. Más bien, la globalización se ha normalizado como una serie
de ideas dominantes y un marco de políticas, mientras que, como
mostraré, también está siendo impugnada como falso universalismo.
Parte integral del síndrome de la globalización son las interacciones
entre la división global del trabajo y el poder, el nuevo regionalismo
y las políticas de resistencia. Aunque, por supuesto, éstos no son los
únicos factores, destacan por su papel clave en las transformaciones
del orden mundial.
INTRODUCCIÓN 17
La división global del trabajo y el poder es la anatomía de la eco-
nomía política global. Sus partes son una reorganización espacial de
la producción entre las regiones del mundo, flujos migratorios de
gran escala entre y dentro de ellas, complejos entramados de redes
que conectan procesos de producción, compradores y vendedores, y
el surgimiento de estructuras culturales transnacionales que median
entre esos procesos. Asimismo, la globalización actúa a través del
macrorregionalismo patrocinado por los estados y las fuerzas econó-
micas que buscan abrir mayores mercados para ser más competitivos,
lograr acuerdos subregionales transfronterizos –incluidos los “trián-
gulos de crecimiento” asiáticos (un término acuñado por Goh Chok
Tong, primer ministro de Singapur, en 1989) y los “polígonos de cre-
cimiento”– y proyectos microrregionales, como son las zonas procesa-
doras de exportaciones. El elemento de poder en la división global
del trabajo y el poder y en el nuevo regionalismo tiene un contrapun-
to, pues genera políticas de resistencia. Más específicamente, una
configuración específica del poder, que será delimitada, engendra
movimientos de resistencia en respuesta a la globalización, si bien en
forma incipiente. Esta configuración también precipita la búsqueda
de alternativas que pudieran hacer que el potencial productivo de la
globalización sirviera al objetivo de equidad, en vez de sujetar a la
sociedad a las exigencias de la hipercompetencia, que genera una
brecha cada vez más ancha entre ricos y pobres, y al deterioro de la
política social pública que ha traído consigo el neoliberalismo (una
mayor integración en la economía política global).
De ahí la naturaleza contradictoria de la globalización: ofrece
grandes beneficios, como los incrementos en la productividad, los
avances tecnológicos, mejor nivel de vida, más empleos, mayor acceso
a los productos de consumo a menor costo, diseminación de la infor-
mación y el conocimiento, disminución de la pobreza en algunas
partes del mundo y liberación de jerarquías sociales añejas en muchos
países. Empero, hay un precio a pagar por integrarse a este marco
global y adoptar sus prácticas. La aceptación expresa o tácita de es-
tar dentro de la globalización implica menguar o, en algunos casos,
negar la parte de control político que ejercen los que la misma abar-
ca, especialmente en las zonas menos poderosas y más pobres de la
economía política global. Asimismo, la penetración de los mercados
mundiales y la polarización progresiva mundial erosionan las tradi-
ciones culturales, dando origen a nuevas formas híbridas.
18 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

GLOBALIZACIÓN: SU CONCEPTO

Una vez prefigurado el tema de este libro, permítanme plantear un


concepto de globalización, por lo menos de manera preliminar, para
ir completándolo en los capítulos siguientes. La literatura proporcio-
na muchas definiciones de globalización, pero hay dos categorías
principales.1 La primera de ellas es apuntar hacia un incremento en
las interconexiones o interdependencias, un aumento en los flujos
transnacionales y una intensificación de los procesos, de manera que
el mundo se convierte, en algunos aspectos, en un solo lugar. Es ca-
racterístico en este género plantear lo siguiente: “La globalización se
refiere al proceso de reducir barreras entre países y fomentar una
interacción económica, política y social más estrecha” (Tabb, 1999,
p. 1). Una formulación básicamente similar, aunque más amplia, la ex-
presa el presidente de la Fundación Ford:

El término [globalización] refleja un grado más exhaustivo de interacción


nunca antes visto, lo cual sugiere algo diferente con respecto a la palabra
“internacional”. Ésta implica una menor importancia de las fronteras nacio-
nales y el fortalecimiento de identidades que van más allá de las arraigadas
en una región o país determinados (Berresford, 1997, p. 1).

La primera definición es particularmente útil, puesto que capta


características clave de la globalización –flujos transfronterizos, iden-
tidades y relaciones sociales–, pero resulta ambigua con respecto a la
naturaleza de las relaciones sociales, y totalmente oscura en lo refe-
rente a las jerarquías del poder.
La segunda definición es más teórica y hace énfasis en la compre-
sión del tiempo y el espacio. Tres autores en particular han contribui-
do enormemente a esta conceptualización, aunque también podrían
nombrarse otros más. La diferencia entre lugar y espacio, según
Anthony Giddens, es que el primero es la idea de lugar o ambiente
geográfico (entendiendo esta palabra en el sentido “físico”) de la ac-
tividad social, mientras que en la globalización el espacio está estruc-
turado por influencias sociales fuera de la escena. El espacio está cada
vez más desconectado del lugar, y vinculado mediante redes a otros

1
Para una lista de definiciones, véase Scholte (1997, p. 15). Otras fuentes útiles
son Albrow (1996); Guillén (en prensa); Held (1995); Held, McGrew, Goldblatt y
Perraton (1999); Koffman y Youngs (1996); McGrew (1992); McMichael (1996);
Rosenau (1997, pp. 78-98) y Waters (1995).
INTRODUCCIÓN 19
contextos sociales alrededor del mundo. Y las antiguas modalidades
del tiempo (por ejemplo, las estaciones, el amanecer y el atardecer en
las sociedades agrícolas) también se separan del espacio, con lo cual
se abren a posibilidades diversas de recombinación (Giddens, 1990,
pp. 18-19). “La globalización, por ende, puede definirse como la in-
tensificación de las relaciones sociales a nivel mundial que enlaza los
lugares distantes de manera tal que los acontecimientos locales son
moldeados por sucesos que ocurren a muchos kilómetros de distan-
cia y viceversa” (Giddens, 1990, p. 64).
David Harvey (1990, p. 299), quien mantiene una postura similar
y señala que los horizontes del tiempo se acortan y resulta difícil de-
cir qué espacio ocupamos cuando se trata de determinar causas y efec-
tos, plantea la “aniquilación del espacio a través del tiempo”. Los
espacios de lo que hasta ahora eran mundos remotos forman un
collage y no únicamente cambian las representaciones culturales, como
en las exposiciones de arte, sino también la mezcla de mercancías en
nuestra vida diaria. El mercado de los alimentos, por ejemplo, es muy
distinto al de decenios atrás, pues los productos locales están siendo
remplazados por los nacionales y, después, por los globales, con lo
cual se transforman los patrones de consumo y las estructuras de pre-
cios, integrándose al comercio internacional. Roland Roberson, si-
guiendo este mismo camino amplio de investigación, destaca las prác-
ticas culturales y, en los asuntos ligados a la globalización, un alto
grado de variación. Según él, la conciencia global impulsa los proce-
sos culturales, pero hace menos hincapié en la tecnología que la teo-
ría de Giddens (Robertson, 1992, pp. 142-145, 183; Albrow, 1996, p.
98). Las tres descripciones giran en torno al concepto de las relacio-
nes temporales-espaciales y relacionan la globalización con la moder-
nidad –para Giddens, la globalización es consecuencia de la mo-
dernidad– y la posmodernidad. El análisis que hace Giddens de la
compresión temporal-espacial está unido fundamentalmente a la tec-
nología social; el de Harvey, por su parte, a la acumulación de capi-
tal; el de Robertson, al ámbito cultural.
Si bien no rechazo de plano todas estas teorías, en un intento de
llegar más allá propongo un concepto algo diferente. Cuando se expe-
rimenta desde abajo, la modalidad de globalización dominante implica una
transformación histórica de la economía, del estilo de vida y de los modos de
existencia; en la política, significa una pérdida del grado de control que se
ejerce localmente –poco, sin embargo, en el caso de algunos–, de manera que
la situación del poder cambia en proporciones variables por encima y por de-
20 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

bajo del estado territorial; en la cultura, significa una devaluación de los


logros de una colectividad y de la manera en que ésta se percibe a sí misma.
Esta estructura, a su vez, puede engendrar adaptación o resistencia. La
mayoría de los agentes se conforman, pero otros tratan de escribir un
guión que acoja los procesos del crecimiento macroeconómico y las
nuevas tecnologías, vinculándonos a la vez a la equidad social y a
programas reformistas. En este escenario, la transformación comienza
con las fuerzas de mercado, pero las respuestas políticas son de suma
importancia. Mientras resulta evidente que el mercado sigue siendo
el motor de la globalización, hay una gran diferencia entre la interac-
ción al iniciar o mantener esta tendencia, y la interacción al tratar de
socavarla. Si bien la política y las relaciones de mercado siempre han
estado íntimamente relacionadas, la globalización está surgiendo
como una respuesta política a la expansión del poder de mercado, como
forma de dominio y como posibilidad de emancipación.
Por otra parte, la globalización es un campo del conocimiento, no un
paradigma hecho, sino un enfoque crítico que ayuda a explicar la
complejidad y variabilidad de las maneras como está estructurado el
mundo y, por extensión, a evaluar reflexivamente las categorías uti-
lizadas por los científicos sociales para estudiar esta correlación dis-
tintiva de los procesos de integración y de desintegración. El marco
de la globalización, rúbrica para un sinfín de fenómenos, interrelaciona
múltiples objetos de análisis: economía, política, sociedad y cultura. Este
marco, por lo tanto, pone en claro una fusión de diversas estructuras
transnacionales y nacionales, lo cual permite a la economía, la política,
la sociedad y la cultura de un lugar penetrar en otro.
En esta relación, merece la pena acentuar que tanto los defenso-
res de la globalización como algunos de sus detractores participan en
el economismo. Irónicamente, ha resurgido la idea compleja de la
superestructura de base, y esta vez ha sido promovida por los divul-
gadores de la globalización que ovacionan sin criticar la reestructu-
ración neoliberal. Quienes popularizan la noción de tendencias
globales –por ejemplo, Ohmae (1990) y Naisbitt (1996)– tienden a
postular una causalidad unívoca y a creer que, ayudada por los avan-
ces tecnológicos, la comercialización por sí misma está transforman-
do el mundo que nos rodea. Más que abusar del concepto de globali-
zación al participar en un análisis economicista –o, en cualquier caso,
en el determinismo político, como hacen algunos realistas y neorrea-
listas que argumentan que los estados, y no los mercados, están guian-
do la globalización– y oscurecer los vínculos, es necesario identificar
INTRODUCCIÓN 21
interacciones específicas entre sus dimensiones económica, política y
cultural. En realidad, la globalización es una serie de procesos en
múltiples estratos con estructuras integradas a su poder y potencial,
pues produce resistencia contra sí misma. En otras palabras, la
globalización crea descontentos que no son meramente resistencias
latentes y tácitas, sino que a veces se cristalizan en contramovimientos
flagrantes.2

ENFOQUE

Desde un punto de vista teórico, la obra original e influyente de Karl


Polanyi es un útil punto de partida para explorar los puntales de la
globalización; además, sirve para unir datos empíricos de manera que
los materiales complejos no se salgan de control. No es necesario
adentrarse mucho en la lectura de sus escritos para notar que no sólo
sugieren un enfoque holístico a la reestructuración social, sino re-
presentan también la base de una reformulación conceptual. Si bien
yo recurro a otros grandes escritores como Fernand Braudel y Anto-
nio Gramsci, y no me baso exclusiva o fundamentalmente en un marco
polanyiano, éste resulta clave para mis investigaciones, pues es un
criterio conforme al cual ordenar conceptos que retomo, critico e in-
tento ampliar en varias coyunturas.
En The Great Transformation (1957, publicado originalmente en
1944), Polanyi exploró las tendencias polarizantes y socialmente
desorganizantes de la economía mundial, que están motivadas por lo
que él denominaba el mercado autorregulador: un acontecimiento no
espontáneo que es el resultado del poder coercitivo al servicio de una
idea utópica. Polanyi rastreó las tendencias de la economía política
global que generaron la coyuntura en el decenio de 1930 a 1940 y pro-
dujeron –a partir de un desmembramiento de las estructurales eco-
nómico-liberales– fenómenos como la depresión, el fascismo, el des-
empleo, un nacionalismo renaciente y, colectivamente, una negación
de la globalización que condujo a una guerra mundial. Su noción de

2
Sin saberlo, mientras escribía y daba conferencias sobre los “descontentos” de
la globalización, dos libros también tomaban este tema, aunque de manera bastante
distinta a como se hizo aquí. Véanse Burbach, Nunez y Kagarlitsky (1997) y Sassen
(1998).
22 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

“doble movimiento” encapsuló una expansión del mercado sin pre-


cedentes, que implicó un desarreglo social masivo y una marcada
reacción política en forma de demandas sociales al estado para que
éste contrarrestara los efectos perjudiciales del mercado. De manera
tal vez similar a la economía global en el decenio de los treinta, la glo-
balización contemporánea parece estar acercándose a una coyuntu-
ra en donde las estructuras económico-liberales renovadas generarán
desarreglos políticos, sociales y económicos en gran escala, así como
presión constante en favor de la autoprotección. Los procesos conti-
nuos analizados en cada uno de los capítulos siguientes son parte
integral de esta contradicción. Al analizarlos, resulta útil ir más allá
del renombrado libro de Polanyi de 1944, escoger algunos de sus
escritos poco conocidos y descubrir las implicaciones para la coyun-
tura entre la expansión del mercado y las cuestiones específicas rela-
cionadas básicamente con la división global del trabajo y el poder, el
nuevo regionalismo y la política de resistencia.
Para enfocar el análisis, hay razones apremiantes por las que debe
delimitarse la ontología de la globalización. Es difícil continuar sin in-
dicar primero las unidades básicas que comprenden un orden existen-
te. El equilibrio de las fuerzas sociales a ras de tierra está cambiando
rápidamente y, por lo tanto, se vuelve importante sacar a la luz los
agentes potenciales de transformación en diversos contextos. El tér-
mino “ontología” se deriva de la filosofía y se refiere a la rama de la
metafísica que estudia la naturaleza de la existencia y del ser, pero ha
llegado a significar los objetos específicos de investigación. Éstas son
las partes del orden mundial que interactúan entre sí, y las interac-
ciones se tratarán más ampliamente en el capítulo 1 bajo la rúbrica
de las estructuras sociales evolutivas. Como denota la palabra “evo-
lutivas”, las ontologías no son una vez y para siempre, sino que se
encuentran en movimiento histórico constante. En esta relación,
merece la pena recordar que Braudel el historiador francés de econo-
mía, sugirió que se identificara una serie de “puntos de observación”
para ver la historia. Específicamente, postuló que se establecieran ejes
que correspondieran a los “órdenes sociales”, la jerarquía, el tiempo
y el espacio. A lo largo de estos ejes, Braudel propuso imaginar posi-
ciones divergentes, como las pertenecientes a regiones distintas y je-
rarquías espaciales (Braudel, 1980, p. 55; Helleiner, 1990, p. 74).
Siguiendo las líneas de Braudel, se podría intentar captar el nacimien-
to de la ontología de la globalización, sin fijarla de modo alguno como
un marco estático:
INTRODUCCIÓN 23
1] La economía política global puede concebirse de manera braude-
liana como un sistema de interacciones a escala mundial. Braudel no
hizo de la economía mundial el único factor dominante en su análi-
sis, pero subrayó las entidades que interactúan con ella y, por lo tan-
to, estableció estructuras sociales. Si bien hay varias entidades polí-
ticas y económicas que estimulan la globalización, es el nacimiento de
las corporaciones transnacionales en particular lo que da forma a los
procesos globalizantes, pues son las corporaciones transnacionales las
que coordinan la producción y controlan las operaciones en varios
países, incluso si no son sus dueñas (Dicken, 1998, p. 8). Sin embar-
go, las grandes corporaciones no son de ninguna manera la única
fuerza tras la globalización. A pesar de sus muy diferentes posiciones
en la economía política global, los estados también se han converti-
do en agentes de la globalización, particularmente mediante el mar-
co neoliberal de la desregulación, la liberalización y la privatización.
2] En el sentido que le da Braudel, los estados se indican en los
mapas con fronteras punteadas, parcialmente permeables y capaces
de reglamentar los flujos transfronterizos –una plantilla superpues-
ta en la economía global. En una era de globalización, los estados –
y, más propiamente, el sistema interestatal– no son de ningún modo
epifenómenos, como a veces se argumenta, pues las políticas en ma-
teria, por ejemplo, de inmigración, fijan las condiciones de entrada
y salida, aunque de manera imperfecta. La producción se organiza
parcialmente dentro de las fronteras y parcialmente a través de éstas
mediante flujos transnacionales. De igual modo, los movimientos
migratorios se dan en parte dentro de las fronteras y en parte a tra-
vés de las fronteras nacionales.
3] Las macrorregiones –la Unión Europea (UE), el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN) y el Foro de Cooperación
Económica de Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés)– coordi-
nan los flujos de capital dentro de una unidad espacial, pero también
proporcionan acceso al proceso de globalización. La formación de
macrorregiones implica un gran aumento en la dimensión del mer-
cado, una reestructuración de las unidades políticas existentes y una
reorientación del significado pleno de lo que es la ciudadanía. La ciu-
dadanía nacional, parte integral del estado, tiene menos validez de-
bido a la separación entre ciudadanía y trabajo. Entre los trabajado-
res que viven en su país natal y trabajan en otro están aquellos que
cruzan fronteras (por ejemplo, residentes en Francia con empleo en
Suiza) y los que trabajan en casa con una computadora y están vincu-
24 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

lados a los procesos transnacionales de producción por medios elec-


trónicos. Las macrorregiones, por ende, pueden verse como unida-
des geográficas sueltas, más grandes que un estado, con ciertos vín-
culos políticos y culturales variados, tenues y a veces contenciosos. Si
bien la globalización de la producción es una fuerza homogeneizante,
las culturas locales aún proporcionan puntos focales de identidad, así
como inspiración y fuentes de creatividad (por ejemplo, en los esti-
los de vestir, la comida y los juguetes) a la línea de ensamblado. Las
fronteras culturales también refuerzan la cualidad distintiva de las
agrupaciones políticas y económicas.
4] Los patrones subregionales unen nodos, intersecan estados y am-
plían el concepto de proximidad para abarcar factores distintos de
la distancia geográfica. Incluso, los legados históricos y las fuerzas
económicas pueden propulsar la migración de industrias, la creación
de empleos, las desviaciones de recursos hacia otras áreas y los efec-
tos de demostración. Un ejemplo de los modos que hay de incorpo-
rar las entidades subregionales a una red más apretada de globali-
zación es la sinergia que está dándose en el triángulo transnacional
conocido como el “diamante alpino”, que une las industrias textiles
y químicas de Lyon, los servicios financieros de Ginebra y la base au-
tomotriz de Turín. Tras haber unido sus computadoras y sus negocios,
estas ciudades están planeando crear vías férreas de alta velocidad
para reducir el tiempo de viaje entre ellas a menos de 70 minutos.
Junto con Stuttgart, Barcelona y Milán, Lyon también es parte de una
próspera subregión denominada “los cuatro motores” porque impul-
san gran parte del crecimiento económico de Europa (Drozdiak,
1995).
5] Las microrregiones son evidentes dentro del acotamiento de los
estados soberanos. Por ejemplo, Cataluña, Lombardía y Quebec son
entidades relativamente autónomas con respecto a la jurisdicción
política de los estados. Asimismo, los distritos industriales forman un
mosaico de fuerzas económicas y tecnológicas altamente interdepen-
dientes, integradas a una red más envolvente de transacciones. El
Consejo Estatal de China, por ejemplo, decidió que las microrre-
giones (es decir, las zonas procesadoras de exportaciones) fueran
indicadores nacionales del ritmo de la reforma y, por ende, fungieran
como motores para impulsar el crecimiento económico. Se conside-
ró necesario hacer avances microrregionales para que las estructuras
económicas formaran un “patrón escalonado”. En la provincia de
Guangdong, Shenzen tiene fama de ser la ciudad con más rápido
INTRODUCCIÓN 25
crecimiento de China y la mayor de sus cuatro zonas económicas es-
peciales, ambientes designados que están guiados por el capital forá-
neo y la participación en la división global del trabajo y el poder. La
mano de obra barata –y, por ende, la migración interna en gran es-
cala– es un factor esencial de producción en el creciente comercio
importador y exportador de Shenzen (Mittelman,1990, p. 66).
6] Con el incremento de la demanda de empleos en el sector ser-
vicios, las principales ciudades globales ofrecen nuevas oportunida-
des, particularmente en “puestos relacionados con la información” y
en empleos de bajo salario. La demanda de empleos en el sector ser-
vicios dentro de las ciudades globales estratégicas atrae grandes concen-
traciones de minorías étnicas indígenas, así como a trabajadores de
otras regiones. Las ciudades globales se han convertido en actores
importantes por derecho propio, que negocian directamente con
otros participantes en la economía global y que, con frecuencia, par-
ticipan en transacciones sin tomar en cuenta a las autoridades na-
cionales.
7] Las sociedades civiles también están emergiendo como actores
clave en la división global del trabajo y el poder. Sus actividades a
veces se materializan en movimientos sociales o se institucionalizan
en organizaciones no gubernamentales (ONG);3 en otros casos sus
expresiones se encuentran latentes y no están formalmente organi-
zadas. La respuesta de las sociedades civiles a las estructuras globali-
zantes puede emanar del nivel local o del nacional, pero también
puede ser una iniciativa transnacional. En diferentes condiciones,
cada sociedad civil reacciona unilateral o colectivamente a las fuerzas
globalizantes. Una tendencia importante es el crecimiento de las redes
a través de fronteras. Mientras que algunos analistas describen las
redes como organizaciones de voluntarios vinculadas recíproca y hori-
zontalmente (Keck y Sikkink, 1998, p. 8), aquí se entienden como en-
tidades que no necesariamente adoptan forma de organización sino
que, en esencia, son agrupaciones relacionadas, cuyos miembros o

3
Me apego a la práctica convencional y utilizo la sigla ONG, aunque con ciertas
reservas. La expresión ONG es una idea compleja desafortunada, ya que, por defini-
ción, se trata de una negación y el marco de referencia es únicamente el estado. En
realidad, con la globalización y las presiones neoliberales para disminuir el alcance
del estado, la labor de muchas ONG ahora sustituye las actividades que aquél realizaba
anteriormente. Asimismo, algunas ONG reciben financiamiento del estado y de orga-
nizaciones (o corporaciones) interestatales. En pocas palabras, la globalización oscu-
rece las líneas que dividen al gobierno de las “organizaciones no gubernamentales”.
26 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

componentes se encuentran interconectados, de manera estrecha o


suelta, y que se materializan en coyunturas temporales y espaciales
específicas. Sin importar su constitución, las respuestas de la sociedad
civil a la globalización pueden ser elitistas o populistas, atávicas y
divisivas, constructivas y cohesivas –elementos todos que proyectan
una visión de un orden alternativo. Las preguntas sobre el modo y
grado apropiados para ajustarse a la globalización o contrarrestarla,
así como la relación entre la resistencia abierta y la resistencia laten-
te, son cuestiones que volveremos a tratar más adelante.
A partir de la noción de Braudel de escudriñar simultáneamente
desde varios “puntos de observación”, cada uno de los cuales propor-
ciona fragmentos diversos del cuadro completo, es posible desglosar
el proceso multinivel –o, más bien, la serie de cambios estructurales–
de la globalización en vínculos discretos. La frase “la globalización
y…” es un lugar común en este libro. Sin descuidar los intereses tra-
dicionales de las ciencias sociales como la “sociedad” (pieza central en
la sociología) y el “estado” (término eje en las ciencias políticas y en
las relaciones internacionales), la atención se centra en lo que podría
denominarse globalización a nivel del pueblo: flujos que eluden par-
cialmente el ámbito de las reglamentaciones estatales y que se en-
cuentran arraigados en la economía y la cultura, tales como algunas
creencias y prácticas compartidas, migración, remesas, diásporas y
economía paralela.
Empíricamente, es importante fundamentar un análisis de las
estructuras globales cambiantes, pues no se han dado de manera
uniforme entre una región y otra, y las reacciones a ellas varían enor-
memente. No hay ningún sustituto a la comprensión de los muchos
estratos que forman un sentido particular del tiempo y el espacio. La
teoría proporciona un camino indispensable hacia esta comprensión,
pero las explicaciones estructurales también tienen límites contex-
tuales.
En términos de método, este libro intenta destacar la variación que
ocurre cuando las estructuras globalizantes se encuentran con las con-
diciones locales. Es claro que la globalización no encajona todo den-
tro de un mismo molde. Mi estrategia de investigación consiste bási-
camente en ubicar las tendencias globalizantes en dos sugregiones
distintas: Asia oriental (es decir, el Este y Sudeste asiáticos) es un epi-
centro de globalización, mientras que el sur de África representa un
nodo clave en el continente más marginado. Asia oriental ha experi-
mentado un dinamismo notable, pues abarca varios países con eco-
INTRODUCCIÓN 27
nomía acelerada, cuyo ritmo de crecimiento fue superior a 8% anual
durante todo un decenio (hasta el principio de la crisis económica en
1997). Esta subregión incluye a Japón y China, segunda y tercera eco-
nomías mundiales, respectivamente. Según los cálculos del Banco
Mundial, China se convertirá en la mayor economía del mundo, su-
perando a Estados Unidos, a principios del siglo XXI. En contraste,
los 12 países del sur de África tienen un producto interno bruto (PIB)
combinado de poco más de medio punto porcentual del 1% del PIB
mundial –más o menos lo mismo que Finlandia– y los esfuerzos por
salir de esta condición se topan con las desventajas estructuradas de
una economía mundial globalizante (Davies, 1996, p. 26).
Aunque, por supuesto, fue imposible realizar investigaciones en
todos los países de las dos subregiones, este libro ha sido elaborado
con base en las exploraciones empíricas de duración e intensidad va-
riadas en Japón, Malasia, las Filipinas, Singapur y Vietnam, así como
en Botswana, Mozambique, Sudáfrica y Zimbabwe en 1991, 1993,
1996, 1997 y 1998. Elegí Japón y Sudáfrica porque son países que pre-
dominan subregionalmente; las otras naciones presentan variaciones
en cuanto a estar o no incluidas en los procesos de crecimiento y en
los mecanismos de poder de la globalización, y en términos del vigor
de su sociedad civil. El trabajo de campo en cada país implicó varias
visitas que duraron de dos semanas a un año. Tras la investigación afín
que me llevó a la República Popular de China en dos ocasiones a fi-
nales de los ochenta, reuní material documental y realicé una inves-
tigación en situ a finales de los noventa. Asistí a reuniones de varios
grupos de resistencia, los acompañé en sus campañas –entre ellas, una
a un tiradero de residuos tóxicos (Holfontein, Sudáfrica, 20 de julio
de 1996)–, visité tierras en disputa por ser “territorios ancestrales” (un
término utilizado para acentuar la relación entre las disputas por tie-
rras y la justicia social) e interrogué a miembros de asociaciones civi-
les, banqueros, abogados, empresarios, burócratas, ministros, miem-
bros del parlamento, un magistrado, periodistas, expertos locales y
estudiantes.
Realicé más de 100 entrevistas separadas en los países asiáticos y
africanos ya mencionados. Y digo “separadas” porque en algunos
casos, y para mi agradable sorpresa, más de un miembro de una or-
ganización se apareció de improviso para una cita con un solo entre-
vistado y participó en lo que se convirtió en una entrevista grupal.
Bien estructuradas al principio y, posteriormente, más espontáneas,
las entrevistas por lo general duraban de dos a tres horas. En el caso
28 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

de la mayoría de los entrevistados, fue evidente de inmediato que la


arquitectura de la globalización es demasiado grande para percibirse
como un todo, pero que si pasamos a una escala más detallada –a
cuestiones más mensurables– es posible discernir las estructuras. Los
entrevistados compartieron amablemente sus experiencias y observa-
ciones conmigo, en algunos casos abiertamente y, en otros, con la
condición de permanecer en el anonimato. La selección de estas per-
sonas fue acorde con las categorías que teóricamente se consideraron
clave para este libro, según señalé en el capítulo 1 (y que posterior-
mente ampliaré en el capítulo 9 al reconceptualizar la política de re-
sistencia). Busqué, entre otras personas, a activistas que directa o in-
directamente desafiaran las estructuras globales y, en especial –pero
no únicamente–, a aquellas que buscaran objetivos ambientales (por
razones explicadas más a fondo en el análisis que se presenta más
adelante) y que también se movilizaran en torno a otras causas den-
tro del ámbito de la justicia social. Por supuesto, los asuntos de inte-
rés variaban de caso en caso, pero todos implicaban problemas
transfronterizos. En la lista de referencias al final de este libro se en-
cuentra el nombre de los entrevistados no anónimos, su cargo, el lu-
gar y la fecha de las reuniones. El cuestionario aplicado se encuentra
en el apéndice.
Además de entrevistas formales, hubo muchas oportunidades para
hablar informalmente con varios miembros de ONG internacionales
e indígenas, entre ellas, organizaciones populares en las Filipinas y
organizaciones comunitarias en Sudáfrica, así como de empresas,
gobiernos, organizaciones internacionales, medios de comunicación
y universidades. Aunque gran parte de mi carrera permanecí en la
ciudad de Nueva York y en Washington, D.C., también aproveché la
oportunidad de realizar pesquisas profundas acerca de los principa-
les mecanismos de crecimiento de la globalización, las instituciones
clave internacionales y la política exterior de Estados Unidos.
El método utilizado aquí no entraña una comparación subregional
sistemática ni un recuento particularista –o descripción densa– de
muchas experiencias nacionales diferentes. Ésos no son los objetivos
de este libro; el propósito, más bien, fue examinar los casos no úni-
camente para proporcionar evidencia que sustente o modifique mis
argumentos, sino para formular preguntas fundamentales sobre los
motores de la globalización y sus posibles consecuencias. Por último,
algunos capítulos son más teóricos que otros, y tienen por objeto fun-
damental ofrecer material ilustrativo para analizar las propuestas
INTRODUCCIÓN 29
analíticas. En aquellos casos en los que no fue posible obtener infor-
mación o pruebas sistemáticas o comparables, traté de no forzar un
análisis transregional. Si hay una ilustración imperiosa o un ejemplo
fuera de la norma tomado de un lugar distinto de Asia oriental y el
sur de África, van antecedidos de cierto grado de simetría que no
dudo en invocar.
Todas las cuestiones tratadas entre los extremos del libro –el capí-
tulo introductorio denominado “La dinámica de la globalización” y
una conclusión que amplía puntos importantes y considera alterna-
tivas– caen dentro de tres categorías amplias que corresponden a las
dimensiones señaladas anteriormente. Los cuatro capítulos de la pri-
mera parte analizan la división cambiante del trabajo y el poder: las
teorías de la división del trabajo, seguidas de un análisis de los aspec-
tos clave de la división global del trabajo y el poder, a saber, la migra-
ción, la pobreza y el género, y la marginación. Este último aspecto
incluye un estudio del caso de Mozambique, país que se encuentra en
el extremo inferior de la división global del trabajo y el poder y que,
a la fecha de irse este libro a imprenta, ha logrado la tasa de crecimien-
to económico más elevada de África en los últimos cinco años por
haber seguido una estrategia globalizante neoliberal –una actuación
que garantiza un profundo escrutinio debido a las lecciones que de
su ejemplo pueden aprenderse. La segunda parte, relacionada con el
nuevo regionalismo, se conforma de capítulos en los que reconsidero
el concepto de regionalismo y hegemonía (una investigación realizada
con el propósito de complementar la geoeconomía en los estudios
sobre globalización, al enfocarme también en la geopolítica) y las
respuestas subregionales a la globalización. La tercera parte aborda
el rechazo a la globalización y se divide en capítulos que tratan sobre
el significado de la resistencia, los contramovimientos ambientales y
los grupos dentro del crimen organizado (que no sólo menoscaban los
canales lícitos de la globalización, sino que desempeñan también un
papel clave en la fijación de nuevas reglas).
Con un tema tan amplio como el escenario de la globalización hay,
por supuesto, muchas otras cuestiones vitales que podrían analizar-
se. He contemplado algunas de ellas más ampliamente en otros me-
dios –por ejemplo, el financiamiento (Mittelman, 1996; Mittelman y
Pasha, 1997, particularmente el cap. 3) y los aspectos estratégico-
militares de la seguridad (Mittelman, 1994, 1997a)–, pero hay otros
temas que merecen consideración. Sin embargo, estoy muy consciente
de mis propias limitaciones y me doy cuenta de que los temas que me
30 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

vienen a la mente se encuentran fuera de mi campo de experiencia


o más allá del alcance que pudiera tener este proyecto.
Un resumen muy conciso de este libro sería que es un intento por
explicar la influencia de la globalización en los principales problemas
de nuestro tiempo. Este libro subraya la interacción entre estructuras
globalizantes que entrecruzan distintos niveles de análisis en partes
del mundo totalmente diferentes en cuanto a la continuidad de su
dinamismo económico y la marginación. Los altibajos (como es el caso
de la crisis económica asiática de finales de los noventa) y la reversi-
bilidad son parte integral de la movilidad ascendente y descendente
de la economía política global. El objetivo es explicar la dinámica sis-
temática de la globalización, sus múltiples consecuencias y la diver-
sidad de respuestas que genera.
1. LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN

Entre las manifestaciones de la globalización están la reorganiza-


ción espacial de la producción, la interpenetración de industrias
a través de las fronteras, la diseminación de los mercados financie-
ros, la difusión de bienes de consumo idénticos a países distantes,
las transferencias masivas de producción –principalmente dentro
del Sur1 y también desde el Sur y el Oriente hacia Occidente–, los
conflictos entre los inmigrantes y las comunidades establecidas en
vecindarios anteriormente herméticos, y una preferencia mundial
(mas no universal) emergente por la democracia. Pero, ¿qué expli-
ca la globalización? ¿Cuáles son sus causas? ¿Dónde se originó?
¿Cuáles son sus mecanismos? También, ¿dónde debería concen-
trarse el análisis y cuáles elementos constructivos conceptuales se
requieren? Estas preguntas orientan los comentarios que se presen-
tarán a continuación y prefiguran los conceptos clave utilizados en
este libro.

1
La palabra “Sur” es un término amplio que denota a los países en vías de de-
sarrollo, cuya gran mayoría (aunque no todos) se localizan en el hemisferio sur. En
términos de uso convencional, por ende, la palabra “Sur” funge como expresión
descriptiva y referencia aproximada, no como categoría analítica. No obstante, esta
palabra, que es más que una idea geográfica compleja, suele utilizarse metafórica-
mente para identificar a aquellas partes del mundo estratificadas, donde, salvo
contadas excepciones, la pobreza y la ausencia de poder son más acuciantes. Los
problemas en el Sur también se han incorporado al Norte “desarrollado” que, a
todas luces, tiene sus propios núcleos de pobreza y grupos marginados –un patrón
que se acentúa con los flujos globales crecientes, como algunas corrientes de migra-
ción (cap. 3). Con el fin de acentuar que el Sur se ha convertido en una relación
social con implicaciones mundiales –por ser tanto causa como efecto de la reorga-
nización espacial–, algunos autores prefieren la expresión “sur global”. Conscien-
te de estas consideraciones, pero sin olvidar la brevedad, en este libro me referiré
simplemente al Sur y, de vez en cuando, con fines estilísticos, utilizaré como sinó-
nimos las expresiones “países en vías de desarrollo” y “mundo en vías de desarro-
llo” (términos con sus propias ambigüedades).

[31]
32 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

¿CUÁL ES LA CAUSA PRINCIPAL?

Para analizar el patrón de la globalización resulta fundamental ele-


gir una ruta de investigación que fije nuestros objetivos en las pregun-
tas de la investigación y proporcione una perspectiva sobre la infor-
mación. Creo que un punto de partida apropiado es la naturaleza del
proceso laboral y sus productos a nivel global, puesto que los conflic-
tos entre el capital y el trabajo, el comercio y los gustos del consumi-
dor reflejan qué se está produciendo y cómo se está produciendo. Por
lo tanto, debe centrarse la atención en cómo sociedades completas y
los grupos que las conforman tratan de influir en los cambios de or-
ganización de la producción y de ajustarse a ellos.
En primer lugar, la cuestión de la cadena de causalidad requiere
cuidadosa atención. Por un lado, puede argumentarse que las dimen-
siones de la globalización son equivalentes. Sin embargo, este enfo-
que eludiría la difícil cuestión de la causalidad, y sería simplemente
una especie de lógica circular: todo influye en todo lo demás. Otra
opción sería argumentar diplomáticamente la causalidad múltiple.
Esta táctica también esquivaría el problema. Sin pretender discutir el
reduccionismo, considero que para ir más allá de las apariencias hay
que determinar algunas relaciones de causa y efecto.
La aceleración del cambio estructural en el mundo implica que la
competencia ha cambiado radicalmente con respecto a la época en
que los sistemas de transporte y de comunicación delimitaban la tie-
rra de manera más restrictiva. La competencia en la esfera económi-
ca –“el estado de guerra de todos contra todos”, que Thomas Hobbes
atribuyó al ámbito político– acerca al capital a una confrontación con
otras unidades de capital. La competencia global evidencia una nueva
intensidad en las respuestas de las corporaciones a la ecuación cam-
biante de oportunidad y pérdida. Las estructuras competitivas son
globales, puesto que las decisiones tomadas en una parte del mundo
repercuten directamente en las decisiones tomadas en cualquier otro
lugar. Las empresas que buscan incrementar su participación en el
mercado y ahorrar costos han ido en pos de la innovación tecnológi-
ca. La competencia es el motor del cambio tecnológico, y no al revés
–un punto sostenido vigorosamente por John Stopford y Susan
Strange (1991, pp. 65 y 71), quienes proporcionan muchas evidencias.
De hecho, para modificar un antiguo aforismo a la luz de las tenden-
cias globalizantes contemporáneas, podría decirse que la competen-
cia se ha convertido en la madre de los inventos. Actualmente, la com-
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 33
petencia, o la competencia en el libre mercado, ha sido elevada al
rango de ideología, un icono que representa un importante elemen-
to en la matriz de la globalización.
El manejo del tiempo es un factor clave de los cambios estructu-
rales en la competencia. Otro es el paso de un modelo fordista anti-
cuado de producción y consumo masivos al posfordismo y la introduc-
ción de un sistema mucho más rápido. Este método “justo a tiempo”
atiende la mercadotecnia enfocada en nichos y proporciona más fle-
xibilidad a la gerencia e inseguridad a los trabajadores. De esta ma-
nera, también la escala espacial de competencia se transforma, debi-
do a su unión con la transmisión de información por cable, fibra y
satélite. Es claro que la competencia mundial ha acelerado el ritmo
de la innovación tecnológica y ha alterado la configuración de gana-
dores y perdedores.
La investigación social ha ayudado a sacar a la luz distintos aspec-
tos de la dinámica cambiante de la competencia. Ahora que los capi-
talistas están enfrentándose de manera más directa a otros capitalis-
tas, la psicología de los participantes del mercado y de las estrategias
empresariales forzosamente ha cambiado. Richard D’Aveni (1994)
denomina “hipercompetencia” a esta condición: un esfuerzo concer-
tado para incrementar la inestabilidad del mercado y arraigar la in-
certidumbre de las operaciones, o lo que a mí me parece que es un tipo
de darwinismo social. Políticamente, este clima es mantenido por el
“estado competitivo”, cuyas principales funciones son desempeñar
un papel de permisividad e impedir el fracaso del mercado (Cerny,
1990). Al mismo tiempo, el capital reduce, limita y disciplina la au-
tonomía del estado. La capacidad de proporcionar protección social
contra los choques del mercado también disminuye, como lo evidencia
la mengua del estado de bienestar en diversos contextos. De hecho,
el propio estado adopta una lógica corporativa al acoger variantes de
la ideología neoliberal para justificar las consecuencias socialmente
destructivas y polarizantes de sus políticas y al sujetar sus propias
dependencias a medidas para reducir costos.
De acuerdo con los economistas Robert Frank y Philip Cook
(1995), la luchas darwinianas entre empresas han engendrado la psi-
cología del “ganador toma todo”, según la cual una diferencia minús-
cula en el grado de talento ocasiona grandes diferencias en el ingre-
so. Las recompensas se concentran en unas cuantas manos, como las
de los capitanes de la industria del software. Con sus productos inter-
dependientes y sus aplicaciones populares, Microsoft Corporation
34 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

controla 85% del mercado mundial de las computadoras personales,


a pesar de las reseñas en revistas especializadas que suelen dar una
mejor calificación a otros productos. En Estados Unidos, aunque un
supercirujano, un superatleta o un superdirector general sea única-
mente un ápice mejor que sus rivales más cercanos, son las superes-
trellas quienes reciben ingresos mucho más altos que los demás par-
ticipantes. Toda la economía nacional puede relacionarse con la
National Basketball Association, una cultura corporativa estaduni-
dense que no sólo embellece los valores del materialismo y la egola-
tría, sino que los difunde a muchas partes del mundo. Trátese de ac-
tores, modelos, diseñadores o profesionales de otro tipo, los mejores
de su ramo obtienen una remuneración mucho mayor que quienes
ocupan el segundo lugar, debido a que esas pequeñas diferencias de
especialización se magnifican en la abundancia que generan las uti-
lidades. Los mercados donde el ganador toma todo se han incremen-
tado debido a que la liberalización de las normas a capa y espada eli-
mina barreras, la tecnología de la información aumenta el volumen
de transacciones y los mercados se han vuelto más especializados. En
este ambiente hipercompetitivo, los nuevos ricos disfrutan de ingre-
sos galopantes, la clase media es llevada cada vez más a los límites y
gran cantidad de personas son sumidas más profundamente en la
pobreza. La expansión de los mercados donde el ganador toma todo
se ha vuelto deficiente, puesto que la incorporación de más partici-
pantes al mercado ya no aumenta el grado de competencia o mejora
el producto. Los participantes adicionales no obtienen recompensas
proporcionales, y la sociedad pierde lo que podría haber ganado en
empleos adicionales. Merecería la pena investigar si esta estructura
de desigualdad está volviéndose universal. Si el resultado fuera afir-
mativo, tal desigualdad sólo alimentaría el potencial de conflictos y
sería de mal agüero para el orden mundial futuro.
En términos de la jerarquía de los factores que dan cuenta de la
globalización, por lo tanto, las condiciones cambiantes del capitalis-
mo, particularmente la hipercompetencia como fuerza motriz, han
creado un ambiente modificado. La hipercompetencia está acompa-
ñada de una reestructuración de la producción que afecta incluso su
reorganización espacial y que, a su vez, es facilitada por los avances
tecnológicos y las políticas del estado. Debido a ello se aceleran los
flujos globales –mano de obra, información y conocimientos, así como
financieros y comerciales, bienes de consumo y otros productos cul-
turales.
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 35
¿Son estadunidenses estos productos culturales? ¿Implica la glo-
balización una “norteamericanización”? No del todo. Es cierto que,
como parece sugerir el largo alcance de la CNN, McDonald’s y Coca-
Cola, la globalización es preponderantemente un fenómeno estadu-
nidense, pero también se da en otras formas, como el croissant y la
música reggae. Cabe agregar que, al igual que otros países, Estados
Unidos ha experimentado los trastornos que causan las estructuras
globales en evolución. Aunque se encuentra en una posición estruc-
tural diferente de la de otras partes del mundo, el centro de Estados
Unidos también resulta afectado por las presiones de la hipercom-
petencia, las nuevas tecnologías y un mercado laboral cambiante.
Como resultado, el carácter y la complexión de las ciudades estadu-
nidenses, así como el modo de vivir de sus habitantes, han cambiado
de manera perceptible.

LOS ORÍGENES DE LA GLOBALIZACIÓN

¿Cuándo surgió este patrón de globalización? Hay tres respuestas


posibles. Pudiéramos decir que la globalización existe desde los
orígenes de la propia civilización y que, por ende, tiene por lo me-
nos cinco mil años de vida. El orbe empezó a encogerse cuando los
grupos de personas entraron en contacto por primera vez median-
te la conquista, el comercio y la migración. La urbanización puede
considerarse parte integral de este proceso de intercambios, cada vez
más intensos, en el ámbito de la comunicación y la economía. La
religión es otro aspecto importante de este planteamiento. Por ejem-
plo, se dice que la globalización islámica inició muchos siglos antes
de que se construyera el idioma actual de la globalización (Habilul,
1997, p. 111).
Si nos salimos de la teoría de los sistemas mundiales, hay otra
perspectiva que señala que la globalización nació con el surgimiento
del capitalismo en Europa occidental en el siglo XVI. De acuerdo con
esta opinión, los cambios decisivos en la relación entre capital y tra-
bajo que estuvieron acompañados de notables innovaciones tecnoló-
gicas hicieron posible que el capitalismo abarcara todo el globo. Con
ello, un nuevo tipo de economía y de relaciones sociales recorrió el
mundo, descomponiendo las formaciones precapitalistas e incorpo-
rando sus restos a un sistema muy distinto, cuya principal caracterís-
36 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

tica es la combinación de mercados competitivos orientados hacia la


obtención del mayor grado de utilidades, de la mano de obra asala-
riada y de la propiedad exclusiva de los principales medios de pro-
ducción.
Una tercera interpretación es que el propio capitalismo ha cam-
biado de modo fundamental desde su nacimiento. El decenio de 1970
señaló un cambio radical muy importante que se originó con la pro-
funda recesión experimentada en los países occidentales. Este cam-
bio tuvo muchas ramificaciones, particularmente en los países en vías
de desarrollo. Hacia finales de ese decenio se habían desvanecido las
esperanzas de que surgiera un nuevo orden económico internacional
–un paquete de reformas propuesto por los líderes del mundo en vías
de desarrollo– y los países socialistas experimentaron trastornos eco-
nómicos. El sistema Bretton Woods de tipos de cambio fijos se vino
abajo. Muchos países en vías de desarrollo renunciaron a la sustitu-
ción de importaciones a favor de la promoción de las exportaciones
en un intento por asegurarse una entrada de divisas. El monto de su
deuda se disparó y varios países sintieron el látigo de la disciplina fi-
nanciera, entre otras medidas correctivas, aplicada por el mercado.
Las nuevas estrategias aceleraron una reestructuración de la produc-
ción que no tenía nada que ver con las antiguas industrias fordistas y
que se inclinaba a las operaciones flexibles, intensivas en capital y tec-
nología. Con los avances tecnológicos, la intensificación de esta ten-
dencia dio por resultado un debilitamiento del poder sindical, reduc-
ciones en el gasto social, desregulaciones, privatización y un énfasis
en mejorar la competitividad: en pocas palabras, un equilibrio de
fuerzas distintivo (Cox, 1996c, pp. 21-23).
¿Cuál de estas interpretaciones es correcta? ¿Realmente la globa-
lización surgió hace mil años, hace cuatro siglos o unos cuantos de-
cenios atrás? ¿Se reduce el debate acerca de esta trayectoria histórica
a una constelación de estructuras antiguas, frente a otras medio an-
tiguas y otras más recientes? Creo que no. Desde una perspectiva his-
tórica, la globalización puede entenderse mejor en términos de sus
continuidades y discontinuidades con respecto al pasado. Un aspec-
to muy importante es que la reorganización temporal y espacial de la
producción sí ha intensificado la competencia –un rasgo del capita-
lismo que nació de los sistemas sociales anteriores– hasta llevarla a un
nuevo nivel conocido como hipercompetencia. En este sentido, la
globalización neoliberal podría considerarse como la fase contempo-
ránea del capitalismo. Es decir, el periodo previo al siglo XVI puede
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 37
interpretarse como una globalización incipiente. Un segundo periodo,
que abarca desde el nacimiento del capitalismo en Occidente hasta
principios de los años setenta, representa la era de la globalización
vinculatoria. Y por último, el periodo iniciado a principios de los años
setenta comprende la globalización acelerada, una serie de vínculos que
se analizarán a continuación.

LA TEORÍA DEL “MITO DE LA GLOBALIZACIÓN”

En este análisis está implícito el argumento de que la globalización


constituye un cambio histórico, una transformación que marcó toda
una época en el acontecer mundial. Esta afirmación de ninguna ma-
nera es popular, puesto que algunos observadores niegan la existen-
cia misma de la globalización. Si su opinión fuera válida, no merece-
ría la pena escribir este libro. De ahí que sea necesario dar una
respuesta a quienes ven la globalización como un mito, para luego
delimitar una serie de estructuras globales evolutivas.2
Si el realismo –el enfoque dominante en las relaciones internacio-
nales– tiene razón en que los estados son actores decisivos en el esce-
nario mundial, no hay necesidad de ver más allá de sus propias accio-
nes e interacciones. En esta perspectiva de orientación estatatista está
implícita la idea de que la ontología no cambia. Si los objetos de es-
tudio fueran fijos e inmutables, no habría razón alguna para conside-
rar las tendencias globalizantes, particularmente en el ámbito de la
política no estatal. Otras personas que forman parte de esta corrien-
te principal consideran que la globalización se adapta al enfoque
centrado en los estados al convertir esta serie de procesos en una pre-
gunta política: ¿Cómo se ajustan los estados? Así, dejan de lado la po-
sibilidad y las implicaciones de la transformación estructural. Esta
negación cuenta con el apoyo de estudiosos más inclinados a los
aspectos históricos, tales como Paul Hirst y Grahame Thompson

2
He analizado en otros medios (1997a) las críticas al marco de la globalización
y, más específicamente, a la teoría social deconstructiva y a varias perspectivas de
derecha. El surgimiento reciente de movimientos populistas de derecha plantea in-
terpretaciones que no deberíamos pasar por alto, pues suscitan interrogantes perti-
nentes sobre la política alternativa a la luz de la repercusión de la globalización en las
sociedades de la actualidad.
38 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

(1996), quienes afirman que la economía global no es verdaderamen-


te global, sino que se centra en la tríada conformada por Europa,
Japón y América del Norte, conocida también como el Grupo de los
Tres (G-3). Hirst y Thompson regañan a quienes proponen una ver-
sión sólida de la teoría de la globalización y presentan datos sobre
comercio, inversión extranjera directa (IED) y flujos financieros para
demostrar que las actividades globalizantes se concentran en los paí-
ses desarrollados. Asimismo argumentan que el nivel actual de acti-
vidades internacionalizadas tiene precedentes, que la economía mun-
dial no es tan abierta e integrada como la del periodo 1870-1914 y
que, hoy en día, las principales potencias económicas siguen armo-
nizando las políticas como lo hacían antes o, por lo menos, que toda-
vía moldean el flujo financiero y el ejercicio del poder económico en
general.
Sus datos son útiles si se consideran como evidencia de que el
optimismo en torno a la globalización podría carecer de fundamen-
to para los segmentos no privilegiados de la economía política glo-
bal. Asimismo, esta línea de ataque al concepto de globalización ad-
vierte adecuadamente que sería un error exagerar las tendencias
globalizantes. Sin embargo, empíricamente el análisis se debilita de-
bido a que los autores no señalan la fuerte tendencia alcista en la IED
en los países en vías de desarrollo durante mediados de los años no-
venta. Tras las condiciones económicas desfavorables registradas a
principios de ese decenio, que generaron una recesión de IED que ter-
minó en 1993, se suscitó un incremento en el flujo hacia los países en
vías de desarrollo y en la IED proveniente de los países en vías de de-
sarrollo y dirigida hacia, incluso, otros países en vías de desarrollo,
que fue mitigada por la crisis económica asiática de finales de los
noventa.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarro-
llo (UNCTAD) informa que los flujos hacia los países en vías de desa-
rrollo alcanzaron un nivel sin precedentes, de 39%, como porcenta-
je de las entradas totales en 1993. Ochenta por ciento de las entradas
se dirigieron a 10 países en vías de desarrollo, particularmente Chi-
na, seguida, en orden de importancia, por Singapur, Argentina, Méxi-
co y Malasia (UNCTAD, 1995, pp. 7 y 9). Por supuesto, existen grandes
diferencias entre los países en vías de desarrollo. Por ejemplo, los flu-
jos de IED hacia África fueron prácticamente nulos en 1993, lo que
causó que la participación del continente africano en las entradas
totales de IED en los países en vías de desarrollo disminuyera 5% en
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 39
1993. La participación de África se desplomó a 3.8% en 1996, la ci-
fra más baja desde principios de los ochenta y una disminución no-
table con respecto a la registrada en el periodo 1986-1990 (UNCTAD,
1997, p. 56). Además, los países africanos productores de petróleo
representaron más de 70% de las entradas de IED en el continente. No
obstante, la tendencia global, al menos hasta finales de los noventa,
fue un auge de la IED dirigida a los países en vías de desarrollo, la cual
sumó 100 000 millones de dólares en 1995 (UNCTAD, 1996, p. xvii).
Los flujos de IED hacia los países en vías de desarrollo se incremen-
taron 34% en 1996 con respecto a 1995 y sumaron 129 000 millones
de dólares. El grueso de la inversión global se dirigió a los países
industrializados y Asia (UNCTAD, 1997, p. xx). El sur, este y sudeste de
Asia recibieron dos tercios del total captado por los países en vías de
desarrollo ese año. Sin embargo, las economías de la Asociación de
Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) experimentaron una baja sus-
tancial en las entradas de inversión en la región: de 61% en 1990-
1991, disminuyeron a 30% durante 1994-1996, debido en parte a la
competencia encarnizada de otras partes de Asia (UNCTAD 1997, pp.
78 y 81).
Con respecto a los países más pobres, un indicador clave de su
incorporación a la división global del trabajo y el poder es el flujo de
financiamiento no sólo hacia prestamistas privados, sino también
hacia aquellos relacionados con los programas de ajuste estructural
que exigen las instituciones financieras internacionales –lo que, a fi-
nal de cuentas, es una manera de disciplinar a las naciones. Estas tran-
sacciones son parte de los imponentes 1.5 billones de dólares en flu-
jos de capital que ahora dan vuelta al orbe diariamente. (Los flujos de
capital global no forman parte de la economía real –a saber, los bie-
nes y servicios– que también representa transferencias entre fronte-
ras.) Aunque se hace referencia a la integración financiera, estos
indicadores no reciben suficiente atención dentro del argumento
negativo de que la globalización es un mito. Debido a ello, el ataque
de Hirst y Thomson tampoco aborda sistemáticamente la cambiante
división global del trabajo. El fin del fordismo, un sistema de produc-
ción y consumo que se iniciara en la industria automotriz estaduniden-
se, y el paso a la necesidad de una fuerza laboral más flexible durante
el posfordismo, repercuten directamente en la reorganización del modo
de vivir de los pueblos y, por lo tanto, en su modo de existencia.
También podría analizarse el turismo mundial, que genera em-
pleos, es portador de divisas y moldea la imagen mental de pueblos
40 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

y lugares, todo profundamente afectado por las tarifas bajas, la abun-


dancia de rutas y los avances tecnológicos. Hace dos decenios, cuan-
do la población mundial sumaba 4 400 millones de habitantes, 287
millones de personas viajaron al extranjero. En 1996, cuando el mun-
do contaba con una población de 5 700 millones de personas, se des-
plazaron 595 millones de turistas. Se estima que para 2020, 1 600 mi-
llones de los 7 800 millones de habitantes del planeta viajarán al
extranjero (Crossette, 1998, con base en las estadísticas compiladas
por la Organización Mundial de Turismo). Un segundo indicador son
las fusiones y adquisiciones transfronterizas. El valor de dichas tran-
sacciones se duplicó entre 1998 y 1995, al llegar a 229 000 millones
de dólares (UNCTAD, 1996, p. xiv). Merece la pena destacar que du-
rante los últimos dos decenios, el volumen del comercio mundial au-
mentó dos veces más rápido que la producción mundial. En dólares
estadunidenses, las transacciones mundiales en divisas pasaron de
15 000 millones diarios a principios de los años setenta a 900 000 al
día 20 años después (Gobierno de Dinamarca, 1997, p. 14).
Además de recurrir a indicadores empíricos adicionales para con-
trarrestar aquellos que utilizan los analistas que niegan la globali-
zación, lo más importante de este análisis es que ciertamente hay algo
nuevo: se han dado cambios impresionantes. Por ejemplo, se ha re-
lajado el marco reglamentario, un componente esencial de la reestruc-
turación tecnológica. Junto con los hitos tecnológicos en los sistemas
de producción, las comunicaciones y el transporte –aviones comercia-
les, supercargeros, megacontenedores y telemática–, la caída de las
barreras ha acelerado notablemente el movimiento de bienes, servi-
cios, capital, mano de obra y conocimiento. No sólo ha aumentado
enormemente la velocidad de las transacciones, sino también se ha
desplomado el costo de varios tipos de transporte, de las llamadas
telefónicas y de las computadoras. Por ejemplo, debido a la tecnolo-
gía satelital, el precio de una llamada telefónica de tres minutos de
Nueva York a Londres disminuyó de 244.65 dólares en 1930 a 31.58
en 1970 y a 3.32 en 1990 (Fondo Monetario Internacional [FMI], 1997,
p. 45). Asimismo, a principios de los ochenta sólo unas cuantas com-
pañías internacionales habían invertido en un fax debido a que este
aparato era demasiado costoso. Para principios de los noventa, el
costo de un fax había disminuido a una cuarta parte de su precio
en1980. Hoy en día, ¿qué organización importante no cuenta con
aparatos de fax para comunicarse alrededor del mundo?
De igual modo, en el mundo entero sólo había dos millones de
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 41
computadoras –el epítome del producto global– en 1980, y práctica-
mente todas eran sistemas informáticos grandes. Actualmente se uti-
lizan más de 150 millones de computadoras y, de éstas, 90% son
computadoras personales mucho más potentes que sus antecesoras,
que ponen a los ciudadanos de una parte del mundo en contacto di-
recto con los de otras regiones (López, Smith y Pagnucco, 1995, p. 35).
Ante tal evidencia de innovaciones tecnológicas acompañadas de
un aumento notable en los flujos transfronterizos, a veces se argumen-
ta que la globalización se basa en un solo mercado global. Ohmae, por
ejemplo, sostiene lo siguiente: “En un mapa político, las fronteras
entre países son más claras que nunca. Pero en un mapa de compe-
tencia, mostrando los flujos reales de actividad financiera e industrial,
esas fronteras han casi desaparecido” (1990, p. 18). Algunos especia-
listas en materia de desarrollo agregan que la globalización de la
política macroeconómica convierte a los países en zonas económicas
abiertas, donde las industrias del mercado interno no son competi-
tivas y los países en vías de desarrollo ya no pueden ser constructo-
res, a título individual, de su economía nacional (Chossudovsky,
1998). La posición contraria es que las fronteras, incluso la existente
entre Estados Unidos y Canadá (supuestamente dos de las economías
más integradas del mundo), actúan como fuertes barreras para la
creación de un mercado único. Según este punto de vista, las fronte-
ras no se disuelven y los mercados nacionales distintivos prevalecen
(McCallum, 1995; Engel y Rogers, 1996). Varios colaboradores en
National Diversity and Global Capitalism (1996), de Suzanne Berger y
Ronald Dore, sostienen que la economía mundial incluso se encuen-
tra menos integrada de lo que señalan los autores inclinados hacia la
globalización, como Ohmae, y que hay mucho espacio para manio-
brar en los niveles nacional y sectorial. De igual modo, Dani Rodrik
sostiene lo siguiente: “Nunca hemos tenido realmente un sistema
capitalista global, y es poco probable que lo tengamos en el corto
plazo. El capitalismo es y seguirá siendo un fenómeno nacional.”
(1998, p. 17; véase también Rodrik, 1997.)
Pero, ¿realmente tiene sentido la dicotomía economía global-es-
fera nacional? ¿Sólo hay dos opciones? En el caso de la globalización,
seguramente lo grande es hermoso, pero grande no significa global;
implica también procesos regionales en varios niveles y, con el na-
cimiento del pasaporte europeo y las disposiciones para el libre
movimiento de personas dentro de Europa, los mercados laborales
nacionales han cambiado notablemente. Por otra parte, aunque la
42 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

globalización entraña una poderosa dinámica centralizante y concen-


tra la riqueza, también desconcentra las actividades y fragmenta las
identidades. Una serie compleja de identidades ha dividido o
remplazado a las identidades dominantes del siglo XX: el trabajo y la
nación. Esta serie de identidades –por ejemplo, la raza y la etnicidad,
la religión y el género– relaciona subjetivamente y de muy distintas
formas a las personas con el gobierno y la economía. Cuando los
observadores postulan una economía “canadiense” o “estadunidense”
territorialmente unida, señalan supuestos implícitos acerca del signi-
ficado de las fronteras y pasan por alto las estructuras globales evo-
lutivas que trascienden fronteras e interactúan directamente, y no a
través de los canales de la política nacional o de organismos interna-
cionales, con personas, hogares y comunidades otrora alejadas total-
mente de una participación significativa en los flujos transfronterizos.
De hecho, los sueños de modernización están volviéndose realidad
para cientos de millones de personas hoy en día, incluso en las áreas
remotas de los países en vías de desarrollo, pero, irónicamente, no
como los científicos sociales lo habían previsto y ciertamente no me-
diante las instituciones nacionales, bilaterales y multinacionales que
algunos de ellos ayudaron a construir. A pesar de los procesos mane-
jados oficialmente, las transformaciones masivas están comprimién-
dose en un lapso breve de unos pocos años, en vez de muchas gene-
raciones. La velocidad y el rumbo del cambio en la economía rural y
las relaciones sociales en Paquistán ejemplifican esta transformación.
Al igual que muchos otros países exportadores de mano de obra, en
pocos años Paquistán ha recibido más capital por remesas de emigran-
tes que el destinado por el estado al desarrollo nacional federal y lo-
calmente. De 1971 a 1988, los trabajadores paquistaníes en Medio
Oriente generaron 20 000 millones de dólares en divisas mediante los
canales oficiales, una suma que superó al producto nacional bruto
(PNB) de todo el país en un solo año. En su año pico (1982), las reme-
sas contabilizadas oficialmente superaron con mucho los ingresos por
exportaciones y representaron más de la mitad del costo de las impor-
taciones en divisas (Addleton, 1992, pp. 117 y 120).
Las remesas registradas no incluyen remesas en especie (bienes
adquiridos en el extranjero y vendidos en la economía informal) o
remesas realizadas dentro del mercado negro, una categoría de recur-
sos que podría considerarse como una forma de resistencia a los es-
fuerzos del estado por captar los ingresos que fluyen a las áreas rura-
les. A diferencia de la ayuda proveniente del exterior, estos flujos
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 43
llegan sin ataduras y no están dirigidos por las clases dominantes. Al
fortalecer la economía subterránea, las remesas pueden socavar los
modos de desarrollo preferidos por la autoridad y contribuir a que el
estado pierda el control dentro de lo que ha sido retratado como una
unidad interna o nacional (Addleton, 1992). Las familias incorpora-
das a los flujos transnacionales experimentan muchos cambios en los
patrones de consumo, exposición a una economía más diversificada
gracias a la expansión de sectores como el de la construcción y servi-
cios minoristas y nuevas tensiones en las estructuras sociales transfor-
madas, especialmente marcadas en Paquistán por una disminución
general de la pobreza y mayores medidas de desigualdad. Esta cade-
na de sucesos trascendentales representa sólo un aspecto de las estruc-
turas globales evolutivas.

LAS ESTRUCTURAS GLOBALES EVOLUTIVAS

Puesto que no es un fenómeno totalmente incluyente, la globalización


excluye cualquier comportamiento que no implique vínculos con las
estructuras globales. Sus efectos indirectos podrían debatirse e incluso
podrían conceptualizarse las repercusiones de las estructuras globales
evolutivas como una serie de relaciones: la globalización económica
y el estado, las presiones sobre el estado, la globalización y la demo-
cratización, la democratización y la sociedad civil. Al introducir estos
temas, aclararé brevemente los conceptos clave, aunque únicamente
para tomarlos como punto de partida para su posterior desarrollo en
los siguientes capítulos.

La globalización económica y el estado

En los últimos decenios, varios estados han tratado de proteger la eco-


nomía interna de las fuerzas externas y de limitar el flujo neto de ex-
cedentes adoptando medidas económicas nacionalistas: nacionaliza-
ción de industrias clave, decretos de indigenización, requisitos para
la inversión con capital extranjero, y así por el estilo. Algunos estados
(por ejemplo, la China de Mao, Myanmar y Tanzania) también ma-
nifestaron una línea más radical de independencia como medio de
aislarse del sistema mundial. En la actualidad, sin embargo, pueden
44 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

recomendarse pocas estrategias de nacionalismo económico o desvin-


culación, ya que los flujos transfronterizos (migración, comunicacio-
nes, conocimiento, tecnologías y otras semejantes) han dado la vuel-
ta al globo y, como se señaló, permean el estado.
El alcance de la autonomía del estado, un concepto que llamó
mucho la atención de los estudiosos entre 1970 y 1980, está limitado
por la globalización económica. Por otra parte, la ofensiva para vol-
ver a colocar al estado nuevamente en el primer plano de la teoría
social (Evans, Rueschemeyer y Skocpol, 1985), requiere de un análi-
sis fresco a la luz de la globalización. En la división globalizada del
trabajo y el poder, algunos estados pueden tomar medidas como parte
de las fuerzas económicas mundiales, pero la mayoría reaccionan a
dichas fuerzas. Para derivar una ganancia material de la globalización,
el estado facilita cada vez más este proceso al actuar como su agente
(Cox, 1987, pp. 253-265; compárese con Palan y Abbott, 1996). La
capacidad de los líderes para ser líderes disminuye al verse rodeados
de fuerzas impersonales e inexplicables que, con frecuencia, no pue-
den controlar (Hughes, 1990). Los líderes se ven limitados a concen-
trarse en mejorar las condiciones nacionales para las distintas formas
de capitalismo en pugna cuando se enfrentan al poder de la produc-
ción globalizada y al financiamiento internacional, así como a las es-
tructuras de la deuda. La habilidad política, sometida a prueba como
lo está por los actores no estatales, ve menguada su eficacia con res-
pecto a las fuerzas transnacionales. Las políticas de la decepción son
lugar común entre los ciudadanos de diferentes zonas de la economía
mundial.
El estado está reestructurándose en parte debido a los desafíos a
la soberanía derivados de la guerra fría. Con la desintegración de los
regímenes socialistas, irrumpieron tensiones subyacentes que ante-
riormente eran contenidas por el estado. Ahora, las fronteras del es-
tado están reconsiderándose (Halliday, 1990). Alemania Oriental ha
desaparecido, Checoslovaquia se ha dividido en dos, las 15 repúbli-
cas de la antigua Unión Soviética han alcanzado su independencia,
y Yugoslavia, ahora desmembrada, está desgarrada por los conflictos
étnicos. Los movimientos separatistas en Quebec, Irlanda del Norte,
el País Vasco y Córcega, anteriores al final de la guerra fría, están
desafiando el statu quo. Mientras que Corea del Norte podría ser ab-
sorbida por Corea del Sur, la balcanización siempre es un peligro en
África, donde los colonizadores trazaron fronteras de manera arbitra-
ria, sin tomar en cuenta la distribución étnica y las fronteras natura-
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 45
les, como ríos y montañas. Además, existen varios países que son
entidades unificadas discutibles.
Si bien ningún estado ha permanecido incólume a la globalización,
la mayoría de ellos desempeña un papel de cortesana. Por definición,
la cortesana se entrega a sus clientes, particularmente a los ricos o a
los de la clase alta. Algunos países literalmente quedan encasillados
en este papel, ofreciendo o promoviendo una industria del sexo, como
la organizada transanacionalmente en Asia sudoriental, donde el es-
tado no proporciona protección social a sus jóvenes (o niños), sino que
tácitamente sacrifica el resguardo de la cultura local en favor de las
fuerzas globales de mercado. En otros países, la postura cortesana es
menos evidente y más figurativa, pero aun así emblemática del papel
de un estado al servicio de los intereses dominantes personificados
por la economía política global neoliberal. En todos los casos, la cor-
tesanía no es una forma distintiva del estado como lo es, por ejemplo,
el estado “benefactor” o “propulsor”, sino una orientación política ca-
racterística de muchas formas distintas de estado.
En un sentido amplio, el estado en su capacidad de cortesana está
muy agradecido con los intereses más poderosos en la economía po-
lítica global, es sumiso ante sus políticas, mas no en las ostentaciones
retóricas –su capacidad de elección es limitada– y participa en rela-
ciones ilícitas (aunque el límite entre lo lícito y lo ilícito es cada vez
más ambiguo). Más específicamente, la cortesanía es una configura-
ción sincrética, una amalgama de características distintas. Refleja, en
grados distintos dependiendo del escenario, una posición subordina-
da en la geopolítica de la globalización. Por otra parte, una caracte-
rística de la cortesanía es su pérdida de control sobre la geoeconomía,
una situación evidente en los países menos desarrollados del sur de
África y hasta en los países de industrialización reciente en Asia orien-
tal. Sin importar las ayudas a las economías no reglamentadas, los
cortesanos aprueban las burocracias pesadas que son parte vestigio de
un colonialismo estatal que en los últimos decenios se ha convertido
en independencia política, y parte reliquia de los planes de desarro-
llo nacionales de los años sesenta y setenta e, indudablemente, colu-
sorias en el sentido de que el poder político es un camino, a veces el
único camino, hacia la riqueza.
Por otro lado, algunos estados disfrazados de cortesanas también
están fortaleciendo su cociente coercitivo mezclándolo con procedi-
mientos electorales y democráticos. Las facultades de la policía se han
ampliado; en muchos casos, su presupuesto ha aumentado a pesar de
46 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

los recortes generales a nivel gobierno, mientras que el encarcela-


miento representa un sector importante en crecimiento. Por último,
en algunos países donde al parecer no hay un enemigo externo, es-
pecialmente después de la guerra fría, el estado, en su capacidad de
cortesanía está proporcionando seguridad a los detentadores del
poder estatal y a sus beneficiarios, no a la ciudadanía en general. La
cortesanía en complicidad con la ideología de la globalización no es
sólo un fenómeno nacional, está convirtiéndose rápidamente en una
estructura transestatal por derecho propio, en una entidad multidi-
mensional arraigada en una coalición de patrocinadores de distinta
clase y sostenida por quienes se dejan llevar en un proceso de parti-
cipación consensual, un eje de flujos transfronterizos alimentados por
la reducción de barreras y un elemento central en el marco político
global del neoliberalismo.

Presiones sobre el estado

Las estructuras transestatales, algunas de ellas incipientes, son parte


integral de la dialéctica del supranacionalismo y el subnacionalismo.
El estado está siendo reconstituido desde arriba por los tirones de la
globalización y, desde abajo, por los jalones del subnacionalismo. Por
una parte, muchos gobiernos buscan sacar ventaja de la competencia
global mediante el regionalismo; a pesar de los fracasos de las agru-
paciones regionales, en general se considera que la cooperación re-
gional es un medio de lograr movilidad en la cambiante división glo-
bal del trabajo y el poder. Por la otra, los actores subestatales suelen
desorganizar a los estados.
Con la globalización, la explosión de pluralismo implica una re-
novación de fuerzas históricas: un laberinto de lealtades religiosas,
identidades étnicas, diferencias lingüísticas y otras formas de expre-
sión cultural. Mientras la globalización constriñe el poder estatal, las
fuerzas históricas se reafirman. Tal como la globalización impulsa la
homogeneización cultural (por ejemplo, la difusión de bienes de con-
sumo estándar en todo el mundo), el impulso global socava las estruc-
turas de la comunidad y libera un pluralismo cultural subterráneo.
La cultura es un concepto elusivo que se resiste a ser definido,
particularmente porque dependiendo de las condiciones, se la repre-
senta de maneras diferentes: como estereotipo fijo (por ejemplo, los
“valores asiáticos”), como un factor que moldea y es moldeado por la
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 47
resistencia, y como orientaciones que tienen una base transformadora.
El acento en el modo de construir la cultura pudiera contrastarse con
las nociones básicas de cultura, que le atribuyen rasgos inherentes,
como la obediencia y la lealtad a las sociedades, negando así el papel
cambiante e histórico de las fuerzas culturales. Desde el punto de vista
del construccionismo social, la cultura no es estática ni homogénea.
De hecho, las culturas del Este asiático están mezcladas; son un po-
purrí de grupos étnicos, idiomas y religiones: confucianismo, budis-
mo, taoísmo, hinduismo, islamismo y cristianismo, entre otras. Las
culturas sudafricanas también son variadas y abarcan razas y grupos
étnicos distintos, muchas lenguas y religiones diversas. La utilización
más plausible de la cultura como elemento de una explicación es la
apreciación de posiciones subjetivas y selectivas en términos contin-
gentes, incluyendo la capacidad tanto del estado como de los movi-
mientos de resistencia de movilizar estos recursos en ciertas condicio-
nes dadas.
Si bien el estudio de la cultura ha atravesado distintas etapas que
han sido atacadas una tras otra, las preguntas de carácter social per-
sisten frente a cuestiones estructurales de más peso. Entre las prime-
ras están: ¿cómo vemos la vida, cómo la imaginamos y cómo repre-
sentamos el dolor, la recompensa y las aspiraciones (Geertz, 1995, pp.
43-44)? En vez de proponer un concepto estricto, es mejor darle una
estacada a esta cuestión, dándole la vuelta al sugerir un punto de
partida. La cultura entonces podría abordarse en términos de proce-
sos sociales basados en intereses que forman o socavan la suma total
de los modos de vida, de los cuales forma parte la vida material
(Williams, 1997). En el análisis que sigue, la cultura es vista como un
vehículo en la búsqueda de nuevos temas y en la clasificación de pro-
puestas.

Globalización y democratización

Presionado por los actores no estatales, el estado busca fortalecerse


adoptando medidas como vigilancia computarizada de las finanzas y
creando fuerzas policiacas transnacionales (Europol, por ejemplo). No
obstante, el estado debe dar cabida al nuevo pluralismo y permitir las
demandas de reforma política. El avance hacia la democratización
obtuvo legitimidad con la revolución en Europa oriental, la liberación
de Nelson Mandela y la ofensiva del movimiento en favor de los de-
48 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

rechos humanos. Igualmente importante es que las fuerzas en favor


de la democracia han ganado confianza. Pero, ¿qué tipo de democra-
cia es apropiada para el siglo XXI? Si bien la democracia es un con-
cepto universal, existen versiones muy diferentes de la teoría demo-
crática.
Desde una perspectiva liberal, la democracia se centra en el prin-
cipio de que el derecho a gobernar debe basarse en el consentimien-
to de los gobernados. La democracia liberal demanda la influencia
ciudadana en el gobierno mediante instituciones como los partidos
políticos, las elecciones regulares y la alternancia en el poder. A par-
tir de la obra de Robert Dahl (1971), los académicos estadunidenses
crearon un concepto institucionalista de democracia conocido como
poliarquía: un sistema de participación de las masas en la toma de
decisiones, que se enfoca en la elección periódica de líderes, un pro-
ceso manejado por las élites en competencia. Se da por sentado que
las élites serán sensibles a los intereses de la mayoría, pero los críti-
cos señalan que esta definición se encuentra limitada al ámbito polí-
tico. La definición institucionalista de democracia no aborda la cues-
tión del acceso a la riqueza ni de la igualdad social (Moreira Alves,
1988, pp. 9-13). A la vez que toleran grandes desigualdades en los
recursos materiales y culturales, los legisladores estadunidenses ac-
tualmente promueven la poliarquía en el ámbito internacional y la
consideran como un complemento de la promoción del neolibera-
lismo. La consolidación de sistemas políticos poliárquicos o liberal-
democráticos y la construcción de economías orientadas al mercado
o neoliberales están hechas para ir de la mano (Robinson, 1996, pp.
55 y 319).
La democracia directa es otro concepto de democracia que tiene
sus raíces en la teoría clásica griega del gobierno del pueblo. En re-
cuerdo de este legado, los movimientos populares contemporáneos
han propuesto un modelo de democracia populista entendido como
el gobierno de las mayorías populares, no de las minorías dominan-
tes o de las élites en competencia. En este modelo existen varios ca-
nales que permiten a los sectores populares utilizar al estado para sus
propios fines, siendo la movilización de la sociedad civil un fuerte
aliciente en el proceso (Robinson, 1996, pp. 58-60). En la práctica,
este ideal con frecuencia es remplazado por formas de gobierno au-
toritarias cuando resulta rebasado por el neoliberalismo. Algunos
países latinoamericanos, principalmente Brasil y Argentina, han atra-
vesado por fases de “democracia autoritaria” –conocida también como
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 49
democracia “limitada”, “guiada” y “protegida”–, que se justifican
como un sistema más flexible de representación política y un camino
a la liberalización gradual. Sin embargo, el estado, armado con el
poder para imponer el orden, a la vez que intenta lograr la acepta-
ción puede empuñar medios coercitivos para proteger a la nación del
“caos”. Esta dominación y sus ramificaciones sociales suelen engen-
drar conflictos cada vez mayores: protestas contra el abuso de los
derechos humanos y demandas por que se busque una justicia real
(Mittelman, 1990, p. 67; Moreira Alves, 1988, pp. 9-13).
El desafío a la democracia como ideología de dominación nace del
activismo de los movimientos sociales que buscan un tercer modelo:
la “democracia participativa”. El individualismo autoengrandecido
característico de la democracia poliárquica y autoritaria, coinciden-
te con la globalización económica, es rechazado en favor de la creencia
de que el individuo depende de la sociedad para desarrollarse. La
conceptualización liberal-económica de la globalización permite to-
lerar la desigualdad social, considerada intolerable por los partida-
rios de la democracia participativa. La “democracia participativa”,
hoy por hoy una posibilidad más que una realidad, no sólo es una
estructura nacional; implica también una presión constante de las
fuerzas sociales en la base de la sociedad conforme al modo transfor-
mador del regionalismo y la globalización desde abajo, temas que se
abordarán en capítulos posteriores (particularmente en los capítulos
6, 10 y 12). La alternativa democrática participativa se relaciona por
ende con el máximo desafío: cómo manejar los costos socialmente
disgregantes de la reforma económica y democratizar al mismo tiem-
po. Dicho de otro modo, el principal problema radica en cómo hacer
que la revitalización económica sea compatible con la democratiza-
ción. La cuestión de la democratización también se centra en formas
de responsabilidad contradictorias. ¿Ante quién son responsables los
funcionarios electos? Mientras que, en teoría, la democracia signifi-
ca responsabilidad ante los gobernados, en la práctica, los líderes son
responsables ante las diversas fuerzas de mercado: las estructuras de
la deuda, los programas de ajuste estructural y las agencias califica-
doras de créditos. De allí la búsqueda de una alternativa. Aunque
nadie puede argumentar de manera convincente que la democracia
se haya concretado en alguna parte, no hay duda de que dichos ideales
movilizadores han sido fuerzas históricas poderosas.
50 EL SÍNDROME DE LA GLOBALIZACIÓN

Democratización y sociedad civil

La política está redefiniéndose con la globalización. La política elec-


toral representa el escenario convencional, mas no el único, por su-
puesto. La política, cuando se encuentra más allá de los parámetros
del estado, es más fluida. La sociedad civil que trasciende al estado,
aunque sea de manera incipiente, está surgiendo como un sitio de
impugnación importante, donde diversos grupos buscan rehacer la
política abarcando incluso sus dimensiones temporales y espaciales
(Lipschutz, 1992). En un sentido braudeliano del tiempo, los marcos
mentales compartidos, entre ellos los paradigmas, cambian, y las fron-
teras vuelven a delimitarse no sólo de modo formal, sino también en
términos de flujos reales de capital, población, información, conoci-
miento, tecnología y productos de consumo.
El concepto de sociedad civil tiene sus raíces en la tradición inte-
lectual europea, particularmente en la Ilustración escocesa de los si-
glos XVII y XVIII y en la cultura política occidental. El planteamiento
utilizado con más frecuencia en Occidente es que la sociedad civil tie-
ne matices hegelianos. De este modo, se la considera como el ámbi-
to de la vida asociativa por encima del individuo –o, como dirían al-
gunos, la familia– y debajo del estado (Wapner, 1996). Sin embargo,
muchos activistas que buscan forjar un orden alternativo ponen en tela
de juicio y limitan esta interpretación. Su concepto tal vez va más de
acuerdo con la idea de Gramsci de que “la sociedad civil se encuen-
tra entre la estructura económica y el estado con su legislación y coer-
ción” (1971, p. 208). Gramsci pensaba que la hegemonía no sólo ejer-
cía por medio del estado, sino también de la sociedad civil, cuyas
instituciones –diversas asociaciones de voluntarios, instituciones re-
ligiosas y así por el estilo– son vitales para lograr consentimiento. En
otras palabras, para Gramsci, la sociedad civil –las formas en que los
grupos se representan a sí mismos– se encuentra tanto dentro como
fuera del estado. El propio estado, especialmente en sus interacciones
con la sociedad civil, se convierte en un terreno de lucha. Hoy en día
incluso hay algunos líderes de la sociedad civil que ocupan puestos
importantes en organismos del estado. Esto plantea un dilema ético
para los órganos “independientes” de la sociedad civil.
Es claro que la sociedad civil tiene su propio carácter, sin impor-
tar si sus fronteras son difusas y deben negociarse. A mi entender, la
sociedad civil es un espacio político disputado, establecido y exten-
dido mediante una acción colectiva conformada de asociaciones de
LA DINÁMICA DE LA GLOBALIZACIÓN 51
voluntarios distintas de la economía que, aunque no se encuentra
completamente desvinculada del estado, es ajena al control directo de
éste.
La noción de sociedad civil ha sido importada por la política de
la globalización en parte porque el neoliberalismo carece de una di-
mensión filosófica y en parte debido a las múltiples señales de des-
integración del orden social. Las cicatrices ambientales que marcan
el fin del siglo XX son emblemáticas de esta degeneración. En respues-
ta a la renuencia o incapacidad del estado para responder eficazmente
a estas señales, la sociedad civil actúa como vigía, como medio de
información, como matraz para probar ideas y como voz de los ciu-
dadanos. Al contrarrestar al estado, la sociedad civil también se
reinventa y rehace, y aunque asolada por las tensiones, prospera con
la diversidad (Serrano, 1994, p. 309). Aunque, como veremos más
adelante (caps. 5, 10 y 11), la sociedad civil ejerce presión sobre el
estado y es un estímulo potencial de la democratización, la idea y
práctica de la sociedad civil también puede corromperse, contamina-
da por el estado, o por contaminar al estado, con actividades ilícitas.
Por último, el complejo sociedad estatal-civil varía notablemente
de un contexto a otro, y hay distintos tipos de sociedad civil. En algu-
nos casos, el estado monopoliza los recursos, pero también hay otras
permutaciones. En muchas partes del mundo no occidental, las recla-
maciones surgidas de la sociedad civil no fueron una característica de
la vida política sino hasta decenios recientes; la propia idea fue trans-
portada desde occidente y ahora es un rasgo –de hecho, un campo cla-
ve– de la política de resistencia. Dirijámonos ahora a la resistencia, el
contrapeso de la globalización, al explorar el contexto de donde
emerge: la división global del trabajo y el poder y sus refracciones
mediante los procesos regionales observados en Asia oriental y Áfri-
ca meridional.
PRIMERA PARTE

LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER


2. LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO:
SU REFORMULACIÓN

Hoy en día resulta imposible aplicar lo que comúnmente imaginamos


como núcleo, semiperiferia y periferia a una nueva estructura que
abarca tanto las divisiones regionales del trabajo integradas vertical-
mente y basadas en las ventajas comparativas distintivas de lugares
diferentes, como las redes diversificadas horizontalmente que extien-
den sus actividades a los países vecinos como parte de una estrategia
corporativa de diversificación y globalización. Las categorías de an-
taño no captan lo intrincado de la integración económica mundial ni
su manera de limitar a las regiones y los estados para que se ajusten
al capital transnacional. La transformación global en marcha no sólo
penetra las antiguas divisiones del trabajo y reorganiza geográfica-
mente las actividades económicas, sino que limita la autonomía del
estado y usurpa la soberanía.
Sin importar su intensificación a nivel mundial, la globalización
debe considerarse problemática, incompleta y contradictoria –adje-
tivos que trataremos más adelante. La globalización es un sistema
híbrido que no sólo intensifica la interacción entre las naciones-estado
sino, en ciertos aspectos, las socava. Aunque suele ser descrita como
una fuerza homogeneizante, la globalización también se fusiona de
distintas maneras con las condiciones locales y genera –en vez de
amortiguar – notables diferencias entre las formaciones sociales. Esta
estructura que en esencia es un retoño del tronco de la acumulación
del capital, apoya y a la vez difiere notablemente de las tendencias
propuestas por los teóricos de la división internacional del trabajo y
de la nueva división internacional del trabajo: dos teorías que propor-
cionan tanto un punto de partida para analizar la reestructuración
social como una oportunidad para crear una propuesta alternativa.
Para analizar las facetas más importantes de la reestructuración social,
la investigación debe retomar (aunque sólo sea superficialmente) los
intentos previos por abordar los sistemas novedosos de producción,
la distribución de recompensas y las consecuencias políticas y sociales.
Repasar brevemente las teorías clásicas de la división internacional del
trabajo es una manera fructífera de plantear preguntas teóricas re-

[55]
56 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

levantes para discutirlas más adelante. Evidentemente, será impor-


tante entender cómo y por qué los autores clásicos entendían y de-
finían la división internacional del trabajo. Incluso en una sinopsis
breve salta a la vista que existen grandes desacuerdos en cuanto a
qué genera la división del trabajo y cuáles son sus características fun-
damentales. La interpretación de la división internacional del tra-
bajo debe complementarse con la idea de una nueva división inter-
nacional del trabajo. Ésta busca explicar cómo la fabricación pasó de
los países capitalistas avanzados a aquellos en vías de desarrollo,
generándose así una reorganización espacial de la producción en la
segunda mitad del siglo XX. Después de someter la teoría de la nue-
va división internacional del trabajo a un escrutinio crítico, propon-
dré una perspectiva distinta que he denominado división global del
trabajo y el poder.
Mi principal argumento es que la división global del trabajo y el
poder añade más complejidad a la “división del trabajo” y proporcio-
na profundidad estructural a las teorías clásicas y contemporáneas. En
resumen, la división global del trabajo y el poder implica una reestruc-
turación de las regiones del mundo y sus unidades constituyentes,
principalmente los estados, ciudades y redes de enlace. Otro elemento
de este reordenamiento son las transferencias masivas de personas
que viajan de los países en vías de desarrollo, de Europa oriental y de
la antigua Unión Soviética hacia Occidente, aunque allí también se
dan grandes flujos internos hacia esas regiones y dentro del Sur. Las
cadenas mercantiles globales, como imanes que atraen la importación
de mano de obra, forman redes que entrelazan múltiples procesos de
producción, así como a compradores y vendedores. Entre esas macro-
estructuras políticas y económicas se encuentran micropatrones arrai-
gados en la cultura que actúan como mediadores: los vínculos fami-
liares, comunales y étnicos. La cultura se vuelve una desviación en los
rieles de la reglamentación y la segmentación del mercado laboral.
Puesto que mi razonamiento sobre la división global del trabajo y
el poder se basa en significados previamente asignados al término “di-
visión del trabajo”, en la primera sección de este capítulo se analiza el
concepto de división internacional del trabajo dentro de la economía
política clásica, mientras que en la segunda se abordará la hipótesis de
la nueva división internacional del trabajo. Después, intentaré plantear
una explicación alternativa a la reestructuración: me enfocaré en la
interacción entre los distintos niveles de análisis –regionalismo, migra-
ción, cadenas de mercancía y fuerzas culturales– dentro de una división
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 57
del trabajo globalizante. Por lo tanto, un objetivo clave de este capí-
tulo es presentar estas categorías de análisis con el fin de detallarlas
más adelante y analizar más a fondo la sinergia entre ellas. Por últi-
mo, a partir de la yuxtaposición de estas tres formulaciones –división
internacional del trabajo, nueva división internacional del trabajo y
división global del trabajo y el poder–, en la conclusión se identifican
tendencias y se señalan los aspectos principales de un orden mundial
jerárquico que está cambiando rápidamente y que actualmente se
distingue por la persistencia del sistema interestatal y por el desafío
que plantean los distintos actores no estatales.

ANTIGUA DIVISIÓN DEL TRABAJO

Economía política clásica

La división del trabajo, objeto de estudio de Adam Smith, David Ri-


cardo y Karl Marx, se refiere a formas novedosas de especialización
que dividen el proceso de producción en compartimentos que reali-
zan tareas distintas, con diferentes índices de utilidad y con reper-
cusiones en las ventajas comparativas del comercio. El tratado que
escribió Smith en 1776 sobre la división del trabajo versaba sobre la
riqueza de todas las naciones y se convirtió en semillero de las teorías
modernas. Al plantear una “tendencia al trueque y al intercambio”
innata en la humanidad, Smith (1970) hizo el primer intento im-
portante de examinar la posibilidad de que surgiera una división com-
pleja del trabajo, como la que posteriormente emergió durante la
revolución industrial en el continente europeo.
Smith sostenía que el naciente modo de producción industrial
entrañaba tanto la erosión de las habilidades artesanales como su
remplazo, para ser sustituidas no por la colaboración de varios arte-
sanos, sino por la coordinación de muchas personas que realizaran
actividades asignadas específicas; así, una sola persona podría hacer
el trabajo de muchas. El trabajo conjunto de una fuerza laboral en un
solo establecimiento superaba con creces el esfuerzo total de los tra-
bajadores individuales en el antiguo sistema. Los aumentos de pro-
ductividad se atribuían a una mayor habilidad lograda gracias una
simplificación de las tareas (al quedar reducidas a operaciones discre-
tas), al ahorro de tiempo perdido al pasar de una actividad a otra y a
58 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

la inventiva derivada de familiarizarse con una sola función y de la


atención prestada a ella. Esta especialización era comparable a la di-
ferenciación en otras esferas –la política y la sociedad–, conforme lo
señala Smith en su primer libro, Teoría de los sentimientos morales, ori-
ginalmente publicado en 1759 (Smith, 1976). Aunque suele describir-
se a los economistas políticos clásicos como propositores de que el
interés propio es lo que rige a gran parte de la sociedad, Smith en
realidad también subrayó que, en la sociedad civil, las inclinaciones
sociales limitan el egoísmo y ayudan a alejar las discordias. Teoría de
los sentimientos morales incluye amplias disertaciones en torno al “sen-
timiento hacia el prójimo”, la conducta personal, las reglas de la jus-
ticia y la moral.
Smith pensaba con optimismo que la división evolutiva del trabajo
mejoraría el nivel de vida y, por lo tanto, ofrecería enormes benefi-
cios. Sin embargo, no estaba consciente de las consecuencias pertur-
badoras y perjudiciales de la repetición y la especialización excesivas.
A pesar de la deshumanización del trabajo en las fábricas, Smith veía
a la sociedad económica con optimismo, puesto que el estado propor-
cionaba bienes públicos (particularmente en el ámbito de la cultura
y la educación) para facilitar el comercio, justicia suficiente para pro-
tegerse de la opresión y garantizar los derechos sobre la propiedad,
y seguridad contra la invasión. Aunque la sociedad de mercado nece-
sita un estado relativamente autónomo que sostenga el laissez-faire y
la división del trabajo, el alcance del mercado interno es una limita-
ción inherente. Mientras que los individuos conservan la necesidad
de poder realizar muchos tipos de trabajo en áreas aisladas, remotas,
dispersas o poco pobladas, es el comercio lo que incrementa el alcance
del mercado.
Ricardo ingresa en el debate en este punto para argumentar que
el valor de la mercancía depende de la cantidad de mano de obra
requerida en su producción y que las mercancías pueden mejorarse
mediante el comercio exterior, ya que las reglas que gobiernan su
valor relativo en un país no regulan el valor relativo de las mercan-
cías intercambiadas entre países. Mediante el uso eficaz de “las facul-
tades peculiares dotadas por la naturaleza”, cada país “distribuye la
mano de obra de la manera más eficaz y económica posible: a la vez
que incrementa la masa general de producción, difunde el beneficio
general y une a la sociedad de naciones universal del mundo civilizado
en un vínculo común de interés e intercambio” (Ricardo, 1932, p.
114). Por lo tanto, la ley fundamental de la ventaja comparativa plan-
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 59
teada por Ricardo, que sustenta buena parte de la teoría contempo-
ránea, puede resumirse de la siguiente manera: el patrón del comercio
internacional depende del principio de costos laborales comparati-
vos. Dicho principio plantea que si dos países que producen las mis-
mas mercancías participan en relaciones comerciales, un país venderá
la mercancía cuyo costo relativo (más que absoluto) fue menor y, de
igual modo, el otro país venderá la mercancía cuyo propio costo fue
menor. Al igual que el concepto de división del trabajo de Smith, la
teoría de la ventaja comparativa de Ricardo presupone separar la
política y la economía del concepto de sociedad burguesa, un térmi-
no utilizado por los economistas políticos clásicos para referirse a la
sociedad civil y no a organizaciones autónomas que pueden incluso
ser movimientos populares (un concepto contemporáneo).
Marx pensaba que la división del trabajo era la “característica pre-
valeciente del capitalismo” y no compartía la fe de Smith y Ricardo
en las consecuencias benéficas de la división del trabajo tanto en las
fábricas, donde las tareas se dividen y vuelven a dividirse, como en la
sociedad en general. Marx sostenía que la división del trabajo en la
fabricación enfrenta al trabajador con el poder material del proceso
de producción, convirtiéndolo en un mero obrero detallista. El cono-
cimiento, el criterio y la voluntad se ejercen formalmente sólo para
la fábrica como un todo, lo cual suele lisiar el cuerpo y la mente del
trabajador. La división detallada del trabajo –la subdivisión de tareas
dentro de las industrias– se distingue así de la división social del tra-
bajo, que contrasta grupos enteros en una sociedad. Al criticar y to-
mar como base los cimientos teóricos implantados por Smith y Ricar-
do, Marx buscaba rehacer los argumentos de ambos y dejar en claro
la dimensión política de la teoría de la división del trabajo.

Teoría sociológica

A pesar de que los economistas políticos clásicos intentaron relacio-


nar la teoría económica con lo que ahora es la sociología industrial,
sólo se lograron avances pequeños en la teoría de la división del tra-
bajo durante el siglo XIX y la segunda mitad del siglo XX, con excep-
ción de las intervenciones de Max Weber y Emile Durkheim. Los so-
ciólogos han dado un significado específico al concepto de división
del trabajo al plantear distintos interrogantes a partir del debate so-
bre los costos y los beneficios de incrementar la productividad me-
60 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

diante la división internacional del trabajo. Weber hizo hincapié en


la “especialización de la función” como fuerza motriz en la historia y
sostuvo que “es posible diferenciar las funciones a partir del tipo de
trabajo, de manera que el producto queda terminado sólo cuando
combina, simultánea o sucesivamente, el trabajo de un gran número
de personas” (Weber, 1947, p. 225). Para hacer esta propuesta funda-
mental, Weber se concentró en aquellos aspectos de las relaciones
sociales que se derivan de la división del trabajo, y estableció una
tipología sociológica con base en casos históricos y no en la división
del trabajo o en la economía en general. No obstante, Weber vislum-
bró el avance de la división del trabajo como un fenómeno paralelo
a la centralización de los medios de administración, es decir, como una
tendencia general hacia la especialización burocrática en todos los
ámbitos de la vida social.
Para Durkheim, la cuestión principal eran las tendencias estruc-
turalmente cohesivas y fragmentarias de la división del trabajo que,
en última instancia, favorecen la integración social o “solidaridad
orgánica”, como él la llamaba. A diferencia de los órdenes sociales
rutinarios que se mantienen juntos gracias a creencias y valores comu-
nes, las sociedades orgánicas modernas se basan en la complemen-
tariedad de las distintas funciones especializadas. En aquellas transi-
ciones donde la división del trabajo remplaza la solidaridad rutinaria
sin que se haya desarrollado aún la moral (es decir, la solidaridad
social) necesaria para mitigar las tensiones sociales, el incremento y
la densidad de las interacciones implican el predominio de la de-
lincuencia, las crisis económicas, los conflictos entre la mano de obra
y el capital, y la emigración. Sin embargo, estas formas de destrucción
de las estructuras sociales disminuirían si la flexibilidad y la libertad
individual acompañaran la especialización creciente de la división
del trabajo, lo cual a su vez promovería la integración de la sociedad
(Durkheim, 1984, pp. 291-341).

Viejas teorías, nuevas realidades

A partir de este breve repaso de los escritores clásicos, resulta evidente


que la teoría de la división internacional del trabajo sirve de trampolín
para entender la acumulación de capital en la época moderna, la
expansión evidente del mercado en la globalización económica actual
y las consecuencias sociales de estos procesos. Sin embargo, lo que
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 61
falta en la teoría refleja los límites generales de la tradición clásica y
tiene implicaciones de peso en el periodo contemporáneo. Si bien la
escuela clásica permitía al estado ser garante de la división del trabajo
en una economía liberal, las formas de estado democráticas o libera-
les no se consideraban necesarias. (Utilitaristas como Jeremy Bentham
y, más adelante, liberales como John Stuart Mill, estuvieron interesa-
dos en otras formas de estado. Los reformistas conservadores como
Bismarck y los mercantilistas, principalmente Friedrich List, conside-
raban que el estado era clave para la acumulación de capital.)
El riesgo de resaltar la lógica del capital y de los costos laborales
mientras se subestima el papel del estado radica en invocar el
economismo vinculado al poder creciente del capitalismo. Esta ten-
dencia de algún modo fue corregida por los seguidores de Weber,
quienes subrayaron las divisiones del trabajo por edad, raza, etnia y
género (Cohen, 1987, pp. 231-232). Aunque no guardaron silencio en
cuanto al papel de la cultura, los autores clásicos dijeron relativamente
poco acerca de las actitudes, las creencias y los hábitos de los distin-
tos estratos en la división internacional del trabajo. En ningún lado
analizaron, por poner un caso, las limitaciones que algunas culturas
imponen a la movilidad de la mano de obra (como sucede, por ejem-
plo, en las comunidades islámicas contemporáneas de las áreas rura-
les en ciertos países en vías de desarrollo). De hecho, la economía
política clásica no es explícita en cuanto a las dimensiones espaciales
de la división del trabajo –una curiosa deficiencia que se aborda en la
teoría de la nueva división internacional del trabajo.

LA NUEVA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO

Además de las aportaciones de Weber y Durkheim, el concepto de


división del trabajo permaneció latente hasta iniciarse la reorganiza-
ción espacial de la producción que implicó la formación y el creci-
miento de un mercado mundial para el trabajo y los sitios de produc-
ción en el decenio de 1960 a 1970. Los teóricos de la nueva división
internacional del trabajo, haciendo hincapié primeramente en un
enfoque neosmithiano de los cambios en el mercado mundial, para
pasar a uno neoricardiano de las exportaciones de capital, buscaron
explicar cómo es que la fabricación había pasado de los países capi-
talistas avanzados a los países en vías de desarrollo, con la consecuente
62 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

fragmentación de la producción y la transferencia de empleos que


requieren pocas habilidades, mientras que el grueso de las activida-
des de investigación y desarrollo se mantenía en la zona de importan-
cia decisiva del capitalismo mundial. Fröbel, Heinrichs y Kreye sos-
tienen que la división internacional tradicional del trabajo, donde el
mundo en vías de desarrollo quedaba relegado a la producción de
materias primas, ha cambiado notablemente (Fröbel, Heinrichs y
Kreye, 1980; Lipietz, 1985). Las corporaciones transnacionales han
creado un sistema de fabricación global con base en plataformas
exportadoras intensivas en mano de obra que se localizan en áreas de
bajos salarios. Este paso hacia la industrialización en los países en vías
de desarrollo, así como la disminución en la fabricación con respec-
to al PIB en Occidente y Japón, se debe a que la prioridad estructural
capitalista es maximizar las utilidades en condiciones de competen-
cia global intensa.
Gracias a las nuevas tecnologías, y en particular a los sistemas de
transporte y comunicaciones que acortan distancias, los sitios de fa-
bricación cada vez dependen menos de la distancia geográfica. El
capital ahora no sólo busca mercados nuevos, sino incorporar nuevos
grupos a la fuerza laboral. Muchas mujeres de los países en vías de
desarrollo se han vuelto parte de la clase trabajadora internacional,
inicialmente a través de la “línea de ensamblado global” de los texti-
les, y fue la industria de los aparatos electrónicos la que creó la pri-
mera línea de ensamblado mundial verdaderamente integrada.
Los fröbelianos hicieron grandes aportaciones a la comprensión
de los cambios dramáticos en la división del trabajo y claramente iden-
tificaron el poder y la complejidad progresivos del capital transna-
cional, así como su habilidad para perfeccionar las distintas oportu-
nidades de enriquecimiento mediante la descentralización de la
producción en todo el orbe (véase Gordon, 1988, para conocer las
condiciones del razonamiento de la nueva división internacional del
trabajo). Este enfoque también proporciona un buen ángulo para
estudiar las relaciones Norte-Sur, especialmente la migración masi-
va de capital hacia el mundo en vías de desarrollo y los vínculos es-
pecíficos que diferencian cada vez más a los países con diversos gra-
dos de desarrollo.
Sin embargo, la teoría de la nueva división internacional del tra-
bajo exagera la importancia de la mano de obra barata como propul-
sor del capital alrededor del mundo. Es claro que los salarios bajos no
explican las decisiones de las corporaciones transnacionales de asen-
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 63
tarse donde la mano de obra es relativamente costosa (Fernández
Kelly, 1989, pp. 150-151). Las decisiones sobre ubicación represen-
tan una mezcla de consideraciones y con frecuencia favorecen a los
países donde los costos laborales rebasan los de los países vecinos. De
allí que la calificación de 53 países realizada en 1998 por el Foro Eco-
nómico Mundial (WEF), fundación privada sin fines de lucro con ofi-
cinas principales en Ginebra, Suiza, y financiada por más de mil
empresas miembro, utilice un índice compuesto ponderado. Las
medidas son los mercados abiertos, un gasto gubernamental eficien-
te, tasas fiscales bajas, mercados laborales flexibles, un sistema polí-
tico estable y un sistema judicial eficaz. A partir de esta base, en 1998
Singapur calificó como el mejor país del mundo en cuanto a competi-
tividad, superando a otros subcampeones como Hong Kong, Estados
Unidos, Reino Unido y Canadá. En el cuadro 2.1 se presenta el pro-
medio ponderado de competitividad por país, de acuerdo con los
índices ya señalados.

CUADRO 2.1
ÍNDICE GLOBAL DE COMPETITIVIDAD, 1998

Índice de Posición
competitividad
País 1998 1998 (1997) (1996)

Singapur 2.16 1 (1) (1)


Hong Kong 1.91 2 (2) (2)
Estados Unidos 1.41 3 (3) (4)
Reino Unido 1.29 4 (7) (15)
Canadá 1.27 5 (4) (8)
Taiwán 1.19 6 (8) (9)
Países Bajos 1.13 7 (12) (17)
Suiza 1.10 8 (6) (6)
Noruega 1.09 9 (10) (7)
Luxemburgo 1.05 10 (11) (5)
Irlanda 1.05 11 (16) (26)
Japón 0.97 12 (14) (13)
Nueva Zelanda 0.84 13 (5) (3)
Australia 0.79 14 (17) (12)
Finlandia 0.70 15 (19) (16)
Dinamarca 0.61 16 (20) (11)
Malasia 0.59 17 (9) (10)

(continúa)
64 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

CUADRO 2.1 (continuación)

Índice de Posición
competitividad
País 1998 1998 (1997) (1996)
Chile 0.57 18 (13) (18)
Corea 0.39 19 (21) (20)
Austria 0.37 20 (27) (19)
Tailandia 0.27 21 (18) (14)
Francia 0.25 22 (23) (23)
Suecia 0.25 23 (22) (21)
Alemania 0.15 24 (25) (22)
España 0.02 25 (26) (32)
Portugal –0.02 26 (30) (34)
Bélgica –0.03 27 (31) (25)
China –0.15 28 (29) (36)
Israel –0.17 29 (24) (24)
Islandia –0.18 30 (38) (27)
Indonesia –0.19 31 (15) (30)
México –0.23 32 (33) (33)
Filipinas –0.31 33 (34) (31)
Jordania –0.42 34 (43) (28)
República Checa –0.47 35 (32) (35)
Argentina –0.48 36 (37) (37)
Perú –0.50 37 (40) (38)
Egipto –0.52 38 (28) (29)
Vietnam –0.53 39 (49) (nd)
Turquía –0.57 40 (36) (42)
Italia –0.69 41 (39) (41)
Sudáfrica –0.84 42 (44) (43)
Hungría –0.85 43 (46) (46)
Grecia –0.87 44 (48) (39)
Venezuela –0.98 45 (47) (47)
Brasil –1.10 46 (42) (48)
Colombia –1.12 47 (41) (40)
Eslovaquia –1.17 48 (35) (nd)
Polonia –1.18 49 (50) (44)
India –1.61 50 (45) (45)
Zimbabwe –1.70 51 (51) (nd)
Rusia –2.02 52 (53) (49)
Ucrania –2.51 53 (52) (nd)
FUENTE: Foro Económico Mundial, Informe sobre competitividad global (Ginebra, WEF,
1998), http://www.weforum.org/publications/gcr/98rankings.asp
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 65
En la matriz de la competitividad y en los cálculos de las empre-
sas globales, es evidente que el costo de la mano de obra es sólo uno
de los factores que influyen directamente en la pérdida o recupera-
ción de empleos. Otra dificultad de la teoría de la nueva división in-
ternacional del trabajo es que la antigua división internacional del
trabajo (en la agricultura, por ejemplo) no ha desaparecido, sino que
coexiste con la nueva división y forma lo que podría considerarse
como una articulación de lo viejo y lo nuevo, o una redivisión del tra-
bajo. Si en realidad el quid del asunto consiste en identificar continui-
dades y discontinuidades, es pertinente preguntar: ¿exactamente qué
hay de nuevo en la nueva división internacional del trabajo? La ase-
veración de que la industrialización en el mundo en vías de desarro-
llo es algo nuevo pasa por alto el establecimiento de industrias para
la sustitución de importaciones en Argentina, Brasil y México en los
años treinta y cuarenta. De hecho, el crecimiento industrial en algu-
nas partes de América Latina data del periodo entre las dos guerras
mundiales (Gereffi, 1990, p. 3). La lógica estructuralista abarcada en
la perspectiva de la nueva división internacional del trabajo lleva a
muchos analistas a ignorar las condiciones históricas específicas que
prevalecieron en cada país, región, industria y sector, que forman un
patrón de incorporación al mosaico global.
Más allá del economismo, las preguntas clave son: ¿qué condicio-
nes en las respectivas zonas de la economía mundial son adecuadas
para ingresar en esta división del trabajo, y en qué términos y de quién?
En otras palabras, ¿cuál es la dinámica política que une y separa los
vínculos globales de producción, intercambio y consumo?

LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Regionalismo y globalización

Lo novedoso acerca del periodo contemporáneo es la manera y gra-


do en que los fenómenos globales penetran en las economías políti-
cas nacionales. No se trata sólo una oleada de globalización que está
deslavando o borrando las diversas divisiones del trabajo tanto en
regiones como en ramas industriales (Henderson, 1989); más bien,
se trata del surgimiento de diversas divisiones regionales del traba-
jo, atadas de distintos modos a las estructuras globales, cada una de
66 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

las cuales participa en transacciones diferentes con los centros mun-


diales de producción y finanzas, y presenta posibilidades de desarrollo
distintivas. Dentro de cada región se han formado jerarquías subglo-
bales con polos de crecimiento económico, centros administrativos y
tecnológicos, y sistemas de seguridad.
No tendría sentido tratar de definir un patrón único de integra-
ción regional, particularmente en un modelo eurocéntrico que hace
hincapié en principios jurídicos, declaraciones formales, burocracias
rutinarias e intercambios institucionalizados. Dicho patrón no sería
una guía apropiada para conocer las tendencias infraestructurales
basadas en la producción –que en parte son una realidad y, sin duda,
un objetivo de los miembros de ASEAN y de la Comunidad para el
Desarrollo de África Meridional (SADC). Por supuesto, las divisiones
regionales del trabajo no son estáticas; cambian rápidamente como
reflejo del aumento y disminución de la producción en diferentes si-
tios, del movimiento instantáneo del financiamiento, de la fusión de
la producción y las redes comerciales, así como de la consolidación de
los sistemas de producción y distribución.
El estado, un actor que ha cambiado de opinión respecto de las
fuerzas globales, facilita la reorganización de la producción, mientras
que el sistema interestatal sigue siendo un punto de referencia impor-
tante en una sociedad mundial cada vez más integrada. Las interven-
ciones del estado, muy oportunas cuando la economía mundial era
fuerte, promovieron un crecimiento económico notable en los países
de industrialización reciente en Asia oriental, que se distinguió en
diverso grado por las clases indígenas fragmentadas y débiles que
permitieron gobiernos dirigidos por coaliciones donde milicia y bu-
rocracia casi siempre controlaban los aparatos estatales. Mediante
actividades como engatusar a los inversionistas extranjeros, asegurar
cantidades suficientes de científicos e ingenieros y ofrecer una polí-
tica fiscal generosa, el estado de Singapur ha desempeñado un papel
clave en su economía de país de “libre mercado”. Con el fin de indus-
trializar y lograr una movilidad ascendente que empezó con la divi-
sión internacional del trabajo y continuó durante la nueva división
internacional del trabajo, y administrando la división global del tra-
bajo y del poder, este estado en Asia oriental deliberadamente ha
sacado “mal” los precios mediante incentivos y subsidios a los nego-
cios locales (Amsden, 1989; Gereffi y Fonda, 1992).
Para ajustarse a la globalización, algunos estados han adoptado
estrategias que se centran en las zonas procesadoras de exportacio-
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 67
nes o en las maquiladoras1 (plantas ensambladoras que son subsidia-
rias o empresas subcontratadas para la fabricación de exportaciones)
con el fin de tener acceso al capital externo y generar empleos. Esta
tendencia globalizante –un aspecto importante del regionalismo
neoliberal– va en aumento. Los datos reunidos por Jeffrey Hart (1995)
indican que, en 1984, 79 zonas procesadoras de exportaciones ope-
raban en 35 países; en 1989, su número había aumentado a 200, que
daban empleo a más de 1.5 millones de trabajadores, y otras 100 es-
taban en proceso de construcción. En 1990, tan sólo en México ha-
bía 1 938 maquiladoras en operación; 68% de su fuerza de trabajo
eran mujeres, lo cual representa un cambio total en la relación hom-
bre/mujer dentro del sector manufacturero nacional. Como conse-
cuencia del crecimiento rápido y no reglamentado de estas industrias,
se generaron problemas ambientales, como la contaminación de ríos,
la saturación de las ciudades fronterizas y la demanda no satisfecha
de servicios, como el de suministro de agua potable. No obstante, las
estrategias para manejar la globalización basadas en las zonas proce-
sadoras de exportaciones están popularizándose, si bien de modo
diferente en cada región.
El estado también ha intervenido en la reconfiguración de los pro-
cesos laborales, a veces mediante la represión, en parte para mantener
bajo el costo de la mano de obra y en parte, como sucedió en Japón,
para alentar la experimentación con el sistema manufacturero “justo a
tiempo”. Este método, que propone el abastecimiento continuo y
sincronizado para reducir los costos generales y de almacenamiento,
puede reducir la fuerza laboral que de otro modo sería necesaria para
mantener los niveles de producción. Japón, la principal potencia eco-
nómica en la región de Asia-Pacífico, ha exportado su sistema “justo a
tiempo” a los países vecinos, demostrando que las jerarquías regiona-
les pueden moldear los patrones de suministro de mano de obra den-
tro de las diversas zonas de la economía global e influir transna-
cionalmente en el poder de negociación de los trabajadores.
Las jerarquías regionales forman patrones de globalización interna
y globalización externa. La fórmula para crear zonas de globalización
interna consiste en negociar de manera descentralizada y en peque-
ña escala con el menor número de partes comprometidas mediante
arreglos locales y relativamente informales, más que involucrar a las
burocracias lentas y pesadas de las agrupaciones macrorregionales

1
En español en el original.
68 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

(Lim, 1995). En Asia se ha intentado emplear las estrategias interna


y externa y, también, combinarlas. Mientras que la globalización re-
duce el número de opciones, en gran medida al limitar las alternati-
vas políticas del estado y las respuestas de la mano de obra, la variante
interna es introspectiva y hace más hincapié en el mercado regional;
el enfoque hacia el exterior de la otra configuración busca obtener el
máximo beneficio del mercado mundial. La globalización interna
aumenta las interacciones dentro de la región y puede desviar las tran-
sacciones sin limitar el regionalismo, algo que sí podría suceder con
una política globalizante abierta.
La división regional del trabajo en Asia varía dependiendo de la
industria y el sector dentro de una jerarquía muy estratificada: Japón,
China y las otras áreas que comprenden la “Zona Económica de la
Gran China” (la cual se basa en las amplias redes de afinidad que unen
las provincias sureñas de Guangdong y Fujian a los inversionistas en
Hong Kong, Macao y Taiwán, y a los vínculos de éstos con otras po-
derosas comunidades empresariales chinas en el exterior), el resto de
las naciones del Sudeste asiático y Corea del Sur. El crecimiento
económico relacionado con el modo de integración regional tipo
“gansos en vuelo”, que encabeza Japón y que involucra a países con
grados de desarrollo bastante distintos, sugiere una jerarquía y volú-
menes de producción estratificados que penetran en las diversas ra-
mas industriales de los mercados globales (véase Henderson, 1989,
para un análisis de la industria de los semiconductores; Doner, 1991,
sobre el sector automotriz; Dixon, 1991, y Machado, 1997).2 Mientras
que la división regional del trabajo en Asia surgió en parte como res-

2
La expresión “gansos en vuelo” fue introducida y utilizada como modelo por
Kaname Akamatsu (traducción al inglés de 1962) para explicar los ciclos de produc-
ción de las industrias como parte del desarrollo económico. Dichos ciclos pasan, por
poner un caso, de los textiles a las sustancias químicas y, después, al acero y los auto-
móviles. Esta metáfora se utiliza para describir una curva en forma de V, con un líder
al frente, seguido en forma ordenada por otros, como sucedió cuando la producción
de artículos electrónicos pasó de Japón a los cuatro tigres (Hong Kong, Singapur,
Corea del Sur y Taiwán) y, posteriormente, además de Singapur, a otros países de la
ASEAN y a China. Sin importar el atractivo de esta imagen, la idea de que los países
atraviesan secuencialmente etapas con productos y características tecnológicas espe-
cíficos no capta del todo la dinámica cambiante dentro de Asia oriental. En realidad,
esta formación no se distingue, en sentido espacial y organizativo, por un modo
secuencial de producción, sino por una jerarquía cambiante de producción que tie-
ne distintos vínculos con los mercados japoneses y con la innovación estadunidense
(véase Bernard y Ravenhill, 1995). Esta observación se la debo a Rajah Rasiah.
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 69
puesta a diferentes costos de la mano de obra, las subregiones actual-
mente desempeñan un papel importante como intermediarias entre
las corporaciones transnacionales y el suministro de mano de obra
barata. Singapur y Hong Kong, dos “ciudades globales” en la división
regional del trabajo en Asia, son ejes regionales en la concentración
de la inversión extranjera directa. En un intento por superar las limi-
taciones que se derivaban de las economías de escala antes de que
Hong Kong se incorporara a China en 1997, estos centros regiona-
les o ciudades-estado adoptaron la estrategia de “hermanamiento”,
un tipo de coordinación que es una forma de vínculo. Otra mezcla de
iniciativa estatal y espíritu empresarial, mencionado anteriormente,
es el concepto de triángulo o polígono de crecimiento, conformado
de nodos en distintos países en Asia oriental (detallados en el capí-
tulo 8).
En cuanto a la globalización externa, la formación de bloques
comerciales excluyentes está sujeta actualmente a mucha hostilidad.
Debido a un compromiso con el multilateralismo liberal, Japón se mues-
tra renuente a apoyar cualquier medida que fomente las alianzas
económicas regionales y favorece una política de integración econó-
mica de facto con poca formalización (como, por ejemplo, en el caso
del Cónclave Económico del Este de Asia, EAEC). Desde una perspec-
tiva liberal, el multilateralismo puede definirse como una “forma
institucionalizada que coordina las relaciones entre tres o más estados
a partir de principios de conducta ‘generalizados’” (Ruggie, 1992, p.
571, con base en Keohane, 1990). Aun si se incluye a académicos como
Ruggie (1993), que rechazan la interpretación realista ortodoxa y dan
crédito a un “ámbito extranacional”, el paradigma que prevalece en
las publicaciones académicas sobre relaciones internacionales admite,
mas no teoriza, el papel de las sociedades civiles y de los movimien-
tos sociales en el multilateralismo, Por lo tanto, es de poca utilidad
para explicar en qué grado la globalización económica refuerza o
socava el orden neoliberal. Resulta bastante claro que la globali-
zación sugiere la necesidad de una administración económica glo-
bal; no obstante, las instituciones internacionales existentes fueron
diseñadas para coordinar un sistema de naciones-estado en el que
se suponía que cada estado iba a tener soberanía sobre su propia
economía interna (Emmerij, 1992, p. 8). En consecuencia, la sepa-
ración inherente entre la globalización económica y las instituciones
internacionales es terreno fértil para una transformación del ejer-
cicio global del poder.
70 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Otro concepto de multilateralismo se deriva tanto de la noción de


que, tal y como esta dándose actualmente el proceso de globalización,
nadie es responsable del rumbo de los acontecimientos en la econo-
mía mundial, como de una preferencia normativa para la inclusión o
potenciación de los grupos menos privilegiados en la reestructuración
de las instituciones globales. Por lo tanto, el multilateralismo transfor-
mador implica la articulación de fuerzas no estatales en el proceso
organizativo internacional. En este sentido, Robert Cox considera el
multilateralismo como “la promesa de participar al máximo en un
diálogo entre fuerzas políticas, sociales, económicas y culturales como
medio para resolver conflictos y diseñar procesos institucionales”
(Cox, 1991, p. 4). Este enfoque resulta ser un proyecto emancipatorio
que demanda una gran apertura a los movimientos populares durante
un periodo de reestructuración global. A la fecha, sin embargo, no hay
suficiente evidencia que sugiera que los canales participativos estén
volviéndose accesibles y representen verdaderamente a los distintos
elementos en la división global del trabajo y el poder.
Lo que parece estar surgiendo en el corto plazo es un multilate-
ralismo truncado: no un mundo de bloques comerciales competitivos,
sino de estados que se encuentran atrapados de distintas maneras en
las regiones globales y que tratan de optimizar su postura y enfren-
tar la resistencia de los grupos sociales y movimientos negativamen-
te afectados por la globalización. Tres regiones –América del Norte,
Europa y Asia occidental– forman “megamercados” que dominan la
producción y el comercio mundial. En 1994, sus manufacturas repre-
sentaron 87% de la producción mundial total y generaron 80% de las
exportaciones mundiales de mercancía, un incremento de 76% y 71%,
respectivamente, con respecto a las cifras de 1980 (Dicken, 1998, p.
60). Uno de los principales problemas recientes de esta forma de
multilateralismo es el desplazamiento masivo de mano de obra, un
aspecto de la reestructuración global que acentúa las diferencias en-
tre los países emisores y los receptores.

Migración interregional e intrarregional

Dada la reestructuración simultánea de la producción y las relaciones


de poder globales, los polos de crecimiento con participación compe-
titiva en la división global del trabajo y el poder suscitan la importa-
ción creciente de mano de obra cada vez más diversa. En un anhelo
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 71
por escapar de su existencia marginal y de la represión, la transferen-
cia de población dentro de una división estratificada del trabajo re-
fleja una jerarquía entre regiones y países, y diferentes ritmos de in-
dustrialización.
Si bien los flujos migratorios son tan antiguos como la historia, las
dimensiones del incremento en la época contemporánea resultan
asombrosas. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (1993)
estima que por lo menos 100 millones de migrantes viven fuera de su
país natal. Sus remesas constantes a la familia suman 66 000 millones
de dólares, más que toda la ayuda exterior al desarrollo proporciona-
da por los gobiernos. En 1987, tan sólo la ciudad de Nueva York con-
taba con 2.6 millones de residentes nacidos en el extranjero, es decir,
35% de la población total de la ciudad. Según un pronóstico realiza-
do en 1991, la población de inmigrantes (los nacidos en el extranje-
ro y la segunda generación) para el año 2000 representaría más de
50% de la población de esa ciudad (Sassen, 1991, p. 316). Europa es
una de las regiones particularmente afectada por la abundancia de
nuevos flujos migratorios y de un sinfín de personas que buscan asi-
lo. De acuerdo con la Comisión Económica para África de las Nacio-
nes Unidas, 30% de la fuerza laboral calificada de África radicaba en
Europa en 1987. Se estima que en la actualidad, uno de cada 18 afri-
canos vive fuera de su país de origen (Keller, 1993). Entre los países
europeos, Alemania es el que alberga mayor número de extranjeros
(5.2 millones), seguido por Francia (3.6 millones), Gran Bretaña (1.8
millones) y Suiza (1.1 millones, o 16.3% de la población) (Kamm,
1993). Aunque ahondaré en este tema en el siguiente capítulo, en este
contexto es importante señalar que lo novedoso acerca de este flujo
de emigrados es su dirección –los países emisores y los receptores– y
la dispersión espacial de los polos de crecimiento, los cuales forman
una división territorial distintiva del trabajo.
Aunque el poder del mercado es la fuerza galvanizante en el ex-
tenso movimiento de personas de su tierra natal hacia otras áreas
donde trabajar y asentarse, este incentivo no es simplemente un
subproducto de la tensión estructural entre el capital y el trabajo. No
cabe duda de que el capital está formando grandes mercados no re-
glamentados, y de que la mano de obra cada vez es menos capaz de
reorganizarse transnacionalmente. El capital se globaliza cada vez
más, pero los sindicatos aún visualizan su identidad básicamente en
términos nacionales. Gracias a los llamados en favor de una “solida-
ridad sin fronteras” y a la creación de estructuras sindicales regiona-
72 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

les en el largo plazo (Lambert, 1992), la solidaridad internacional es


un motivo importante, aunque la nación-estado sigue siendo un pun-
to de referencia clave.
Sin embargo, un efecto de la reestructuración global de la división
del trabajo y el poder es la fragmentación del trabajo en distintas
identidades. Por ende, la prominencia de clases radica en su integra-
ción con las categorías no clasistas. Están en juego las interacciones
de la producción y la formación de múltiples identidades. Dado que
los patrones ejercen amplio control sobre las condiciones del traba-
jo, las identidades se construyen en gran medida en el ámbito del ocio
–es decir, en la comunidad o en el hogar–, donde se da significado a
las experiencias laborales. Con frecuencia, actividades como los de-
portes, las asociaciones vecinales o los festivales proporcionan el
medio para la formación de identidades. En este sentido, una división
global cambiante del trabajo y el poder se sitúa en la encrucijada entre
las clases y las diferencias culturales. La regulación de la mano de obra
migratoria no sólo es efectuada por el estado y los procesos multila-
terales formales, sino también por mecanismos monoculturales y
multiculturales informales.
La presencia de culturas inmigrantes distintivas ha presentado
problemas de identidad a varios países receptores. En Francia, el pro-
blema de la inmigración se politizó enormemente en los años sesen-
ta y setenta, cuando se volvió evidente que un mar de trabajadores
tenía un origen distinto que el de sus predecesores. No sólo perma-
necían por más tiempo, los trabajadores también llevaban consigo su
familia, se asentaban y producían inmigrantes de segunda genera-
ción, muchos de los cuales no se apegaban a la identidad nacional
imaginada como una cultura francesa unitaria que es insensible a la
raza y la etnicidad. De hecho, los nuevos elementos de la población
francesa que conservan su propio idioma, tradiciones religiosas, có-
digo de vestido y costumbres alimenticias no reciben las mismas opor-
tunidades laborales que las personas de la cultura indígena o aque-
llas que han asimilado la cultura local (Zinniker, 1993).
La inmigración también es un aspecto central en la cuestión de la
identidad en Alemania. Después de 1945, los alemanes inventaron un
mito de “cohesión cultural” para sustituir la “cohesión racial” como
identidad definitoria. Esta imaginería no fue un problema mientras
el sistema original de trabajadores huéspedes atrajera un número
modesto de extranjeros provenientes de Europa meridional que pro-
porcionaran mano de obra barata para el milagro económico alemán.
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 73
La idea de “germanidad” –homogeneidad étnica y cultural– es un
mito que, si bien es debatido y no pasa la prueba de la historia, aún
goza de mucha popularidad. En realidad, la cultura alemana es la
unión de influencias políglotas europeas. Por ejemplo, muchos resi-
dentes de la zona de Ruhr, aunque asimilados, descienden directa-
mente de los polacos que llegaron a trabajar en las minas durante el
siglo XIX (Wettern, 1993).
Dejando de lado la cuestión de la veracidad de la identidad, una
serie de huelgas salvajes de trabajadores extranjeros en 1973 dejaron
en claro que Alemania tendría que invertir mucho dinero en vivien-
da y educación para los trabajadores inmigrantes y sus familias. De los
residentes de larga estancia surgió una reserva de mano de obra su-
puestamente disponible. Como dijo el escritor y autor de teatro sui-
zo Max Frisch acerca de los países receptores, “pedimos trabajadores,
pero llegaron seres humanos” (citado en George, 1992, p. 123).
Un programa de naturalización requeriría redefinir la ciudadanía
alemana, que se hereda de los padres (jus sanguinis) y no se basa en
el lugar de nacimiento (jus soli). Por lo tanto, los hijos de al menos un
solo progenitor alemán legalmente tienen derecho a la ciudadanía
alemana. Quedan excluidos de esta regla los descendientes de “ale-
manes étnicos”, que se asentaron en Europa oriental durante el siglo
XVIII, un grupo perseguido después de la segunda guerra mundial,
y, desde 1980, algunos miembros de la segunda generación (hijos e
hijas de inmigrantes). Muchos recién llegados del Este tienen pocos
o ningún vínculo con Alemania, pero así pueden evitar las estrictas
reglamentaciones que se aplican a otros inmigrantes, incluidos los
hijos de trabajadores huéspedes nacidos en Alemania. La máxima de
que “Alemania no es un país de inmigración” significa que algunos
alemanes aún consideran a los inmigrantes naturalizados como ita-
lianos, griegos o turcos; tal vez hayan vivido en Alemania toda su vida,
hablen sólo alemán, pero aun así se les considera forasteros (Wettern,
1993).
A pesar de la fuerza laboral multicultural, el monoculturalismo
sigue siendo la identidad dominante entre los alemanes. Claro que se
han dado debates públicos sobre el multiculturalismo, particularmen-
te en los años ochenta, y el nuevo gobierno (una coalición de social-
demócratas y ecologistas) que ascendió al poder en 1998 ha prepara-
do una propuesta de largo alcance para reformar la migración. Pero
a pesar de este énfasis en facilitar la obtención de la ciudadanía, la
asimilación completa es un camino posible al empleo, pero no una
74 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

garantía de acceso igualitario a un trabajo, ya que el multiculturalismo


requeriría reinventar la identidad alemana.
Lo que afecta directamente la vida de los inmigrantes es la infor-
malización de la oferta de mano de obra y el surgimiento de nuevos
vínculos entre el Norte y el Sur. Las redes de traficantes de personas
y las bandas internacionales se han convertido en conductos impor-
tantes que en gran medida se encuentran fuera del alcance de los
regímenes multilaterales. En las cadenas que conectan Estados Uni-
dos y México, un coyote3 escolta los ingresos clandestinos hasta el otro
lado de la frontera. Los sistemas ilegales altamente sofisticados que
suministran mano de obra reclutan activamente a inmigrantes poten-
ciales, algunos de los cuales logran entrar en Estados Unidos mien-
tras que otros permanecen esclavizados en México, con frecuencia en
burdeles donde se obliga a las mujeres centroamericanas a trabajar
para saldar su deuda con los coyotes.
Los inmigrantes ilegales trabajan en la clandestinidad, espe-
cialmente si no hablan el idioma del país receptor o si carecen de ha-
bilidades especializadas, casi siempre en la economía informal (en fá-
bricas donde se explota al obrero, como vendedores o taxistas, o
haciendo trabajos industriales en casa). Un floreciente mercado ile-
gal de mano de obra barata proporciona empleos de aprendiz me-
diante redes familiares y comunales. Mientras tanto, en los poblados
y villorios del país de origen, la migración tiene un profundo impac-
to. En un sentido polanyano, la extensión del mercado laboral des-
garra la urdimbre social e inserta nuevas polaridades entre quienes
reciben las remesas y ahora pueden adquirir diversos bienes de con-
sumo, y aquellos que no cuentan con esa dádiva. En los países don-
de gran parte de la población masculina tiene empleo en el extran-
jero, la escasez nacional de trabajadores dispara los salarios pero
también llena la vida de muchísimas personas de desesperación y
privaciones. La separación de la familia, una generación de huérfa-
nos y la introducción del sida en las áreas rurales por parte de los
inmigrantes que vuelven son algunas de las consecuencias tangibles
de la división cambiante del trabajo. Los trabajadores inmigrantes y
su familia, enredados en una estructura compleja de dependencia, son
mercancías como muchas otras que se venden en un mercado global
y, por lo tanto, son un eslabón en la cadena de mercantilización del
capitalismo moderno.

3
En español en el original.
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 75
Cadenas mercantiles globales

Los flujos de mano de obra son eslabones integrales de las cadenas


mercantiles globales, y sirven como indicadores burdos de la posición
en las estructuras geoeconómicas. Conforme a la definición original de
Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein (1986, p. 159), una cadena
mercantil global es “una red de procesos laborales y productivos cuyo
resultado final es una mercancía terminada”. Al rastrear estas cadenas,
es posible delimitar la división del trabajo y la transformación de los
sistemas de producción. La perspectiva de cada mercancía se da des-
de diferentes nodos: desde la distribución y la mercadotecnia, hasta la
producción y el suministro de materias primas. Estas cadenas no sólo
unen múltiples procesos productivos, sino que reflejan todas las rela-
ciones de producción en una división social extendida del trabajo.
En este momento tengo poco que decir acerca de las cadenas
mercantiles, un tema que atañe a los capítulos posteriores, no porque
sean poco importantes sino porque ya han sido suficientemente ex-
ploradas en otras publicaciones. Otros autores ya han proporciona-
do análisis detallados de la organización y geografía de las cadenas
mercantiles en diversos ramos (construcción naval, ropa y prendas de
vestir, calzado, automóviles y otros), y no enumeraré su obra aquí (véa-
se principalmente Gereffi y Korzeniewicz, 1990 y 1994; las pregun-
tas formuladas por Whitley, 1996, y, para una evaluación crítica,
Dicken, Kelly, Olds y Yeung, 1999). No es necesario extenderse en el
punto de que, desde la producción hasta el consumo, la vinculación
de mercancías es un aspecto cada vez más importante de la globali-
zación. La investigación empírica muestra las diversas maneras en que
la evolución de las redes con vínculos industriales, comerciales y finan-
cieros complejos ha creado nodos distintivos que vinculan el suminis-
tro de materias primas, las operaciones manufactureras y los flujos
comerciales a cadenas mercantiles con una economía global cada vez
más integrada. Estas cadenas cruzan las fronteras geográficas y polí-
ticas de las naciones-estado y se explican parcialmente mediante pa-
trones sociales y culturales.

Redes culturales

En esencia, los eslabonamientos transnacionales carecen de estado y


se mantienen unidos no sólo gracias al flujo de mercancías, sino tam-
76 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

bién mediante matrimonios, clanes y dialectos, es decir, a través de


una cultura común. La repercusión de la cultura es, tal vez, el factor
más descuidado en la teoría sobre la división del trabajo (Munck,
1988, p. 101). Lo que suele pasarse por alto es que los vínculos de
clase se componen tanto de fuerzas económicas impersonales como
de creencias y valores compartidos; las vidas se moldean y los signi-
ficados se forman en contextos culturales distintivos. Por lo tanto,
sobre la clase se superponen las divisiones sexuales, étnicas y racia-
les del trabajo. Con el ímpetu hacia la globalización, las respuestas
culturales a la expansión del mercado proporcionan significados
intersubjetivos y desigualdades intermedias derivados de una división
cambiante del trabajo, como se ejemplifica a continuación.
Existen manifestaciones diversas de redes regionales y globales en
las que la cultura y la división del trabajo se entrelazan. Un ejemplo
notable es la división transnacional del trabajo en China, una fuerza
revitalizante en las sorprendentes tasas de crecimiento de las econo-
mías de Asia oriental en los últimos decenios. Esta poderosa red re-
gional –una agrupación informal, aunque penetrante– abarca el pa-
trimonio global de 40 millones de chinos en Asia sudoriental (calculado
en 200 000 millones de dólares), siete millones de residentes en Hong
Kong (otros 50 000 millones de dólares), Taiwán y la República Popu-
lar de China (Sender, 1991). Se calcula que los sinocapitalistas, quie-
nes constituyen sólo 6% de la población de las naciones del Sudeste
asiático (salvo Brunei), poseen alrededor de 70% del capital accio-
nario de las compañías que cotizan en bolsa y no son controladas por
el gobierno o por extranjeros (Heng, 1994, p. 24). Taiwán actualmen-
te representa la décima cuarta economía más importante del mundo
y dirige una de las mayores acumulaciones de reservas en metálico
–actualmente de más de 80 000 millones de dólares– del mundo. Lo
que el Banco Mundial denomina Área Económica China (CEA, o Chi-
na, incluyendo Hong Kong y Taiwán) ha registrado una tasa de cre-
cimiento promedio mayor a 7% anual desde 1962. Para el año 2002,
su PIB será superior al de Francia, Italia y Gran Bretaña, y su produc-
ción se acercará mucho a la de Estados Unidos (Banco Mundial, 1993,
pp. 66-67). Dado que el PNB de la República Popular de China ha sido
superior a 15% en algunos semestres, ha surgido el temor de que las
reformas de mercado hayan echado a andar un tren desenfrenado:
una economía sobrecalentada que el estado no puede enfriar sin des-
encadenar mucha agitación política (Walker, 1993). En el cuadro 2.2
se comparan las dimensiones económicas de la CEA –el “cuarto polo
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 77
CUADRO 2.2
COMPARATIVO DEL PIB DE CUATRO ECONOMÍAS: EN PRECIO
DE MERCADO Y EN PRECIO INTERNACIONAL ESTÁNDAR CALCULADO
(billones de dólares estadunidenses)
En precios según
el estándar internacional
En precios Ingreso
de mercado per cápita
País 1991 2002 1990 ª 2002b (dólares)

Zona Económica China 0.6 2.5 2.5 9.8 7 300


Estados Unidos 5.5 9.9 5.4 9.7 36 000
Japón 3.4 7.0 2.1 4.9 37 900
Alemania 1.7 3.4 1.3 3.1 39 100
FUENTE : Banco Mundial, Global Economic Prospects and the Developing World (Nueva
York, Oxford University Press, 1993), p. 67.
a
La fuente de estos cálculos es Banco Mundial, Informe de Desarrollo del Banco Mun-
dial 1992 (salvo Taiwán, China). Los cálculos, sin embargo, varían enormemente. El
cálculo del Programa de Comparación Internacional (ICP) en el caso de China para
1990 puede ser conservador. Por ejemplo, el cálculo del ICP para 1985 consideran-
do sólo a China fue de 2.6 billones de dólares.
b
Las cifras per cápita aparecen en paréntesis y se expresan en dólares estadunidenses.
En las proyecciones del ICP, simplemente se da por supuesto que el PIB a estimacio-
nes del ICP se incrementará a la misma tasa porcentual que el PIB a precios de mer-
cado. Este índice de crecimiento es una cota superior en el caso de la Zona Económica
China debido a que las estimaciones del ICP tienden a aumentar más lentamente que
los precios de mercado a tipos de cambio oficiales cuando aumenta el ingreso per
cápita relativo (lo cual refleja el precio relativo más elevado de los servicios en las
economías donde el ingreso es alto).

de crecimiento” de la economía global– con las de otras economías


líderes.
Esta estructura, alimentada por la división transnacional china del
trabajo, generó varias oleadas migratorias de China continental ha-
cia los territorios vecinos y hacia Asia sudoriental. Una de las funcio-
nes importantes desempeñadas por Hong Kong consistía en reunir
inmigrantes chinos para enviarlos a otras áreas como trabajadores por
contrato. Singapur servía como punto de transbordo para la mayoría
de los trabajadores con rumbo a las plantaciones y minas de estaño
en Asia sudoriental. Cuando los pobladores chinos se establecían en
78 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

los países receptores, llenaban el vacío de puestos laborales en el co-


mercio, la mercadotecnia y los servicios. La población indígena tenía
acceso a las tierras, pero no al capital ni a los mercados internacionales
en crecimiento. A pesar de la opinión de que existe una relación en-
tre la etnicidad y los distintos tipos de actividad económica (a saber,
estereotipos de intermediarios), la minoría china logró un mejor ac-
ceso al capital y al crédito mediante asociaciones familiares, grupos
dialectales, clanes y lugares de origen en China. A lo largo y ancho de
Asia sudoriental, los grandes negocios chinos han dominado las eco-
nomías nacionales, a pesar de que el estado proporciona asistencia a
los empresarios indígenas, y han constituido empresas familiares que
tradicionalmente son controladas por un varón o una familia. Su for-
mación y su papel económico reflejan la condición de los chinos como
minoría inmigrante en los países receptores, ya que estos grupos y
asociaciones en China se dan principalmente en los centros de co-
mercio con la población rural que emigra a las ciudades (Lim, 1983,
pp. 2-3).
Una vez asentados, los “chinos étnicos” en Asia sudoriental envían
recursos a casa por conducto de agentes para el envío de remesas.
Típicamente, los agentes agrupan este dinero y lo transfieren a tra-
vés de Singapur y Hong Kong, las únicas ciudades que tenían mercado
libre para intercambio de remesas después de la segunda guerra
mundial. Quienes formaban parte del negocio de las remesas diver-
sificaron sus haberes valiéndose de los recursos que recaudaban para
adquirir productos y exportarlos a China, canalizando el producto de
la venta al pago de las remesas (Wu y Wu, 1980, pp. 91-92). Los vín-
culos de clan y, particularmente, los lingüísticos proporcionaban los
canales para conducir los fondos, de manera que el capital se movía
por la red como si fuera un circuito.
Las transformaciones en los circuitos del capital reflejan cambios
estructurales en las economías asiáticas relacionados con la disminu-
ción relativa del comercio de reexportación y con el aumento de la
fabricación nacional. La disminución del comercio de reexportación
ocasionó que los agentes importadores-exportadores que actúan
como intermediarios entre China continental y Asia sudoriental re-
dujeran sus actividades. A esta situación le siguió el surgimiento de
los centros financieros internacionales en Hong Kong y Singapur, los
cuales se convirtieron en conducto de recursos para la inversión ex-
tranjera y en fuentes de capital para otros países en vías de desarro-
llo. En Asia sudoriental y Hong Kong, los “chinos étnicos” poseen y
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 79
administran muchos bancos, así como subsidiarias en Japón, Estados
Unidos y otros países. Llenos del capital de refugiados y recursos de
corto plazo ociosos mientras se les asigna un destino, estos bancos
pueden prestar servicios vitales a sus clientes chinos y convertirlos en
socios atractivos para instituciones financieras y comerciales en Esta-
dos Unidos, Japón y Europa (Wu y Wu, 1980, pp. 90-107; Redding,
1990; Hamilton, 1991).
Los comerciantes chinos de gran escala, ante el desafío político del
nacionalismo político planteado por las clases gobernantes locales,
dispersaron el control de sus negocios entre parientes, fideicomisos
y compañías inútiles en lugares como Panamá, Vanuatu y Liberia.
Surgió una complejidad laberíntica de intereses familiares y numero-
sas tenencias accionarias cruzadas (para una ilustración detallada de
las extensas tenencias de la familia Kuok, por ejemplo, véase Cottrell,
1986; Heng, 1997; y Tanzer, 1997). Los magnates chinos, como se les
conoce, también han forjado un sinfín de coinversiones con intereses
extranjeros, muchos de ellos “chinos étnicos” en otros países. Los
vínculos empresariales de la familia Kuok, por ejemplo, emanan de
las oficinas del grupo constituidas en Singapur y Hong Kong hacia
todo el sudeste asiático, Fiji, China y Australia (Heng, 1992, p. 131).
Otra estrategia para contener el desafío del nacionalismo económi-
co ha consistido en formar alianzas con capitales de origen distinto
del chino en modos aceptables para los traficantes locales de influen-
cias. De esta manera, una nueva generación de líderes empresariales
chinos ha buscado el patronazgo político en países como Malasia sin
perder los lazos empresariales comunales en casa. Esta nueva cepa se
identifica estrechamente con los intereses y las necesidades de la cla-
se capitalista malaya y los apremios de un estado dominado por
malayos. Esta doble estrategia de forjar vínculos con capital de origen
malayo y no malayo no se basa exclusivamente en la comprensión de
que no sólo las alianzas políticas son esenciales para la acumulación
de capital, sino también de que las corrientes políticas cambiantes
pueden hundir a los patrocinadores de los clientes chinos (Heng,
1992, p. 142).
De igual modo, en Indonesia, después de una serie de revueltas
antisinoístas, los empresarios chinos han buscado la protección de las
autoridades y han puesto su fortuna del lado de la clase gobernante
local (Robinson, 1986, p. 317). Para reducir sus riesgos como una
minoría políticamente vulnerable en casa, muchas familias chinas en
el exterior también envían capital de inversión a su provincia de ori-
80 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

gen en la “madre patria”, no sólo por razones sentimentales, sino


también debido al ritmo de la economía nacional.
Con un PIB combinado de casi 400 000 millones de dólares, la gran
China surgió durante los años ochenta cuando Hong Kong y Taiwán,
impulsados por las inversiones de los “chinos étnicos” alrededor de
la Cuenca del Pacífico, trasladaron sus bases manufactureras a la Re-
pública Popular de China con el fin de aprovechar la mano de obra
barata, las bajas rentas y un mercado con un potencial enorme. Al
abrirse al capital externo, la provincia de Guangdong integró su eco-
nomía a la de Hong Kong, cuya gran mayoría de residentes o los
antepasados de éstos provienen de allí y hablan cantonés, el dialecto
regional. En la capital provincial de Guangzhou se están tomando
medidas para establecer contactos entre los 20 millones de cantoneses
en el extranjero (casi 40% de los 55 millones de chinos que se calcu-
la viven fuera de China). Con una población de 63 millones, la pro-
pia Guangdong está más poblada que cualquier país europeo salvo
Alemania, y funciona cada vez más como una entidad única con los
seis millones de habitantes de Hong Kong, aun antes de que ésta ofi-
cialmente fuera parte de China en 1997. Guangdong también recu-
rre a las provincias vecinas de Guangxi, Hunan y Sichuan para tener
acceso a gran parte de su mano de obra, materias primas y mercados.
Las áreas urbanas en Guangdong atraen grandes cantidades de
trabajadores chinos que buscan empleo y mejores sueldos, los cuales
son bajos en comparación con la paga en Hong Kong y Taiwán, pero
más altos que los salarios en las granjas y fábricas del estado (Sun,
1992).
En una de las fábricas de artículos electrónicos de consumo en
Guangdong, por ejemplo, el sueldo promedio neto de sus 4 000 tra-
bajadores es de 4 000 yuanes al mes (alrededor de 72 dólares), el
doble del salario promedio de un trabajador en una fábrica operada
por el estado. Productora de coches de juguete a control remoto para
Hasbro, de teléfonos para Radio Shack y de secadoras de pelo para
Conair, esta fábrica es una de las 30 000 empresas de Guangdong
administradas por hombres de negocios de Hong Kong que, en con-
junto, dan empleo a más de cuatro millones de trabajadores. La fábri-
ca señalada es parte de Grande Group, un microcosmos de la gran
China. La mayoría de la producción se realiza en China, la investi-
gación y el desarrollo se llevan a cabo en Taiwán y los gerentes y ofi-
cinas corporativas del grupo se encuentran en Hong Kong (Sun,
1992).
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 81
La expansión del mercado sigue un patrón polanyiano clásico, que
constituye una fuerza perturbadora y polarizante en China, un país
de 1 500 millones de habitantes que tiene el mayor superávit laboral
del mundo y carece de un marco eficaz para reglamentar la migración
masiva hacia las microrregiones en auge a lo largo de la costa. Debi-
do a que la inversión extranjera directa se concentra en la región cos-
tera, cada vez son más marcadas las diferencias socioeconómicas con
respecto al vasto interior. De 1981 a 1988, la brecha entre la produc-
ción industrial bruta en las provincias costeras y la registrada en las
nueve provincias occidentales aumentó 2.7 veces. Jovencitas de todas
partes de China acuden en desbandada hacia el sur para trabajar en
actividades predominantemente femeninas, como la prostitución;
algunas se vuelven amantes de empresarios extranjeros o de millona-
rios locales que resultan fáciles de identificar por sus automóviles de
lujo y su trato con criminales que cruzan la frontera hacia Hong Kong.
La diferencia de ingresos, las actividades ilícitas, la degradación am-
biental, la incidencia de enfermedades venéreas y el temor al sida van
el aumento. A pesar de todo, en el sur de China existe una añeja tra-
dición de venganzas, revueltas campesinas y rebeliones cuando las
diferencias aumentan demasiado con respecto a lo que políticamen-
te es tolerable. Esta fuente de poder evolutiva y compensatoria que
tal vez se acerca a la segunda fase de un doble movimiento polanyiano
representa un problema potencial para Beijing.
Mientras Guangdong atrae inmigrantes, Taiwán enfrenta una gra-
ve escasez de mano de obra y más belicosidad laboral, lo cual anima-
rá al capital nacional a invertir más rápidamente en la República Po-
pular de China y, a la manera de Singapur, importar trabajadores
extranjeros. Más allá de las microrregiones y las subregiones, las cor-
poraciones propiedad de chinos o bajo su control incluyen consorcios
y coinversiones con capitales japonés y occidental. Mientras que los
clanes y, particularmente, los vínculos lingüísticos continúan reforzan-
do los intereses de negocios entre los “chinos étnicos”, los vínculos
familiares tradicionales cada vez se encuentran más integrados a las
prácticas administrativas profesionales. La divergencia generacional
dentro de las redes chinas ha desafiado el estilo intuitivo, basado en
costumbres, de los patriarcas entrados en años. Los gerentes moder-
nos, angloparlantes y con maestría en administración –muchos de
ellos tecnócratas financieros– reflejan los dogmas de la globalización
económica liberal transmitidos por las facultades de administración
y derecho que no se localizan en sus poblados ancestrales, sino en los
82 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

países occidentales donde ahora invierten, comercian y solicitan prés-


tamos.
Resulta claro que la cultura china es mediadora de los arreglos
institucionales en las divisiones regionales y globales del trabajo. En
términos generales, se trata de una cultura adaptable, flexible y diná-
mica que responde a las fuerzas de mercado, a los requisitos para lo-
grar buenos negocios, a las interacciones necesarias con la población
local y a las oportunidades transnacionales. La cultura china también
es utilizada de manera selectiva como una estrategia de negocios en
la que resulta ventajoso demostrar las características minoritarias para
movilizar un superávit convertible y participar en el comercio. Sin
embargo, la identidad cultural no se limita a la comunidad minori-
taria. En el caso de la población general, los significados inter-
subjetivos vinculados a las interacciones entre la cultura y las activi-
dades económicas suplantan o enmascaran su importancia objetiva,
promoviendo conflictos dentro de las divisiones étnicas y raciales del
trabajo –en gran medida un fenómeno transnacional en Asia orien-
tal– y conduciendo a políticas estatales que no hacen más que contra-
decir los objetivos enunciados por el gobierno y acentuar las tensio-
nes sociales (Lim, 1983, pp. 20-23).

CONCLUSIÓN

El marco teórico sentado aquí es una secuencia histórica de tres eta-


pas en la teoría y la práctica: la división internacional del trabajo
smithiana-ricardiana clásica, que identifica la importancia de especia-
lizar la función y la ventaja comparativa de comerciar productos cuyo
costo sea relativamente bajo; la nueva división internacional del tra-
bajo, que da cuenta de la propagación de la fabricación en los países
en vías de desarrollo, y la división global del trabajo y el poder, que
muestra la complejidad de los procesos regionales distintivos a par-
tir de sus aspectos institucionales e informales, los flujos migratorios
intrarregionales e interregionales, la compleja red de cadenas mer-
cantiles entre los productores globales y los compradores y vendedo-
res a través de diversas jurisdicciones territoriales y las formas en que
las redes culturales lubrican esas cadenas para facilitar los flujos de
capital y mano de obra y para suavizar (o a veces incrementar) las
tensiones.
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 83
Estas teorías sobre la división del trabajo son una herramienta
valiosa para analizar la reestructuración global, particularmente por-
que delimitan las tendencias principales que constituyen la cambiante
geografía social del capitalismo. Sin embargo, la teoría clásica (a pe-
sar del interés de Marx por la división del trabajo) y sus nuevas varian-
tes son economicistas, devalúan el papel de la cultura y no permiten
la posible reversión o interrupción de la reestructuración contempo-
ránea. Las interpretaciones de la división internacional del trabajo y
la nueva división internacional del trabajo no ofrecen una teoría de
la transformación. La mejor manera de entender el futuro no es como
parte del presente –proyecciones en línea recta–, pues el cambio en
el mundo después de la guerra fría es un proceso espasmódico. Ni el
economismo de la división internacional del trabajo y las teorías de
la nueva división internacional del trabajo, ni el argumento de la su-
premacía política arraigado en los enfoques realistas y neorrealistas
del multilateralismo liberal son una guía precisa del orden mundial
emergente. El problema con los argumentos basados en la suprema-
cía es que dan por sentado una separación entre el sistema interestatal
fundado en una división territorial de poderes soberanos, y el esce-
nario económico donde las divisiones son mediadas por el mercado.
Al delimitar la política y la economía en ámbitos independientes, la
conceptualización dominante de la globalización que se encuentra
arraigada en la teoría económica liberal sirve a los intereses de quie-
nes se benefician de un mercado expandido. Conforme al modo de
pensar convencional, los efectos perturbadores y socialmente polari-
zantes de la globalización se oscurecen. El desafío radica en propor-
cionar una alternativa a los términos de referencia utilizados por los
abanderados de la globalización económica.
En la búsqueda de alternativas, y más allá de otras teorías, la di-
visión global del trabajo incorpora el concepto de poder. Si bien el
poder es una idea compleja con gran variedad de significados, el ele-
mento de poder en la división global del trabajo y el poder implica
tanto elementos físicos –tales como, los cúmulos de recursos, que son
mensurables (el PIB, por ejemplo)– como dimensiones más sutiles: la
legitimidad, la confianza y la comunidad, entre otras. En otras pala-
bras, como característica de la división global del trabajo y el poder,
el poder es una combinación de factores objetivos y subjetivos, y la
eficacia y potencial de dichos factores no debería subestimarse, par-
ticularmente ahora que la ideología de la globalización se ha conver-
tido en una fuerza ascendente en el orden mundial. Así, la división
84 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

global del trabajo y el poder se incorpora a un concepto de poder


estructural –pero no del tipo de estructuralismo que pudiera suscitar
la idea de que el poder se encuentra en cualquier ámbito de la vida
social y más allá de la evasión (la utilización indiscriminada de este
concepto ocasionalmente se encuentra, por ejemplo, en Foucault,
1980)– y a una visión institucional de las relaciones de poder, mostra-
da aquí en los riesgos negativos de la globalización para quienes re-
sultan perjudicados y en las voces de quienes participan en la políti-
ca de resistencia.
Políticamente, la globalización no inutiliza al estado sino, más
bien, lo conduce hacia políticas nacionales que se acomodan a las
presiones generadas por el capital transnacional. Las iniciativas del
estado representan intentos por maniobrar y lograr movilidad nacio-
nal dentro de la división global del trabajo y el poder, con frecuencia
al tratar de forjar una capacidad productiva y de lograr una ventaja
tecnológica. En Asia oriental, la economía subregional de más rápi-
do crecimiento durante los años ochenta y bien entrados los noven-
ta, las políticas del estado fueron adaptadas para crear un ambiente
habilitante (que incluye centros para la investigación y el desarrollo,
parques industriales, nodos para la tecnología de la información y
cosas semejantes) con el fin de avanzar hacia actividades con mayor
valor agregado. No obstante, existe una separación entre el estado y
las fuerzas económicas transnacionales, pues el estado suma las ener-
gías y sinergias de la actividad humana en un nivel político y territo-
rial que no corresponde a los flujos evolutivos de mano de obra, ca-
pital y tecnología. Cada vez se dan más vínculos entre las subregiones
promovidas por el estado y la economía global. Las subregiones fo-
mentadas por el estado –y constituidas por partes del estado, como
en el caso de “la tercera Italia” (las dinámicas provincias en el nores-
te del país, estimuladas por sus empresas flexibles, su capacidad de
innovar y, sobre todo, la participación del gobierno local) y de Baden-
Württemberg– o por patrones económicos que se traslapan con las
fronteras del estado –como en el caso de la zona transfronteriza que
se extiende a través del estrecho de Malaca– se acoplan a la expansión
del mercado en la división global del trabajo y el poder y buscan sa-
car ventaja de ella. Sin embargo, los líderes que rebaten la realidad de
la globalización e intentan inflamar el nacionalismo económico o
forjar bloques comerciales competitivos siembran las semillas de con-
flicto en esta configuración (Mittelman, 1994). Otra respuesta es acep-
tar el hecho brutal de que ningún país o región puede escapar a los
LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO: SU REFORMULACIÓN 85
efectos de la globalización, y que se adoptan distintas estrategias para
manejar esos procesos y ajustarse a un sistema pluriestratificado don-
de el estado no necesariamente se debilita sino que se convierte en
uno más entre varios participantes (como se sugiere en la sección
sobre ontología de la globalización, pp. 21-26). Por lo tanto, es nece-
sario definir los intereses en términos distintos de la “nación” imagi-
nada y evitar sobre todo las respuestas defensivas. Puede que enton-
ces las regiones globales intenten navegar las corrientes y subirse a la ola
de la expansión del mercado en una división global del trabajo y el
poder (Sadler, 1992).
El papel de cada región y estado varía en la medida que cambia la
propia división global del trabajo y el poder. Resulta evidente que la
globalización es un proceso heterogéneo y forma lo que Durkheim
habría denominado solidaridad supraorgánica. Mundialmente existen
múltiples estructuras de especialización unificadoras que, no obstante,
actúan como espaciadoras de las zonas de la economía global. Los dis-
tintos escenarios de globalización se deben a la disparidad existente
entre las regiones globales y las regiones marginadas. Mientras las
primeras montan la ola de la globalización, las segundas son jaladas
por sus corrientes y han perdido o pierden el control. Por no dejar de
estar enraizadas en la economía política nacional, las fuerzas de mer-
cado resultan cada vez más inexplicables y desenraizadas, menos
dependientes de las estructuras sociales que les dieron origen.
Si bien Polanyi (1945) concibió la expansión del mercado como un
fenómeno global, también creía que el regionalismo era una alterna-
tiva al intento universalista de “hacer seguro el mundo para el patrón
oro”. A diferencia del concepto universalista de un capitalismo basa-
do en los principios de la economía liberal, las características regio-
nales de la globalización sugieren otra estrategia para las sociedades
de mercado. El regionalismo, aunque no es una panacea, pudiera ser
un remedio para los subproductos del concepto utópico del mercado.
Dentro de la megaestructura de la globalización, la adopción de nue-
vos instrumentos regionales para manejar los flujos de mano de obra
en gran escala, la no cooperación económica y el nacionalismo into-
lerante pudiera ser un camino hacia la justicia social. Al ir más allá de
las formas de integración motivadas por el mercado y orientadas por
el sector privado, quienes abogan por el mercado social argumentan
que pueden crearse programas regionalizantes para contener las ten-
dencias antisociales del capital transnacional. Estos defensores con-
jeturan que el regionalismo potencialmente puede dar cabida al sur-
86 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

gimiento de nuevas fuerzas que converjan y miren más hacia un fu-


turo después de la globalización.
A final de cuentas, ¿acaso esta posibilidad emancipatoria no es una
visión utópica? A diferencia de la economía mundial de los años trein-
ta, que fue la materia prima del análisis de Polanyi, es claro que su
ideal de reenraizar la economía en la sociedad es puesto en tela de
juicio por la globalización desenraizada contemporánea, a pesar de
que el futuro sigue abierto a toda posibilidad. En la medida en que
la globalización económica anquilosa el poder material del capitalis-
mo a escala mundial, el reenraizamiento de la sociedad hoy en día
implica un reordenamiento profundo de la economía mundial (cuyas
características más importantes se analizan en capítulos posteriores).
En la división global actual del trabajo y el poder, la asimetría entre
el capital y la mano de obra no se resolverá con la inminente unidad
de una clase trabajadora global. No sólo la burguesía mundial está
uniéndose más rápidamente y mejor que el proletariado, sino que la
mano de obra es predominantemente particularista y local. La iden-
tidad de la clase trabajadora no sólo es primordial, sino una de varias
identidades móviles que se derivan de la división racial, étnica, reli-
giosa y sexual del trabajo. La formación de una cultura política de
resistencia –una contrahegemonía– y la organización de un contramo-
vimiento se derivan de la prominencia de las clases y tiene por obje-
to reinventar las interacciones entre producción e identidad.
Hasta ahora, he sugerido que la región proporciona un punto de
partida para analizar una división global cambiante del trabajo y el
poder, pues es el lugar donde se dan las divisiones distintivas del tra-
bajo y escenario importante de las transferencias de población a gran
escala. Aunque en otro contexto –el análisis detallará el nuevo regio-
nalismo– primeramente abordaremos la relación entre globalización
y migración, lo cual nos permite enfocarnos en los flujos regionales.
3. GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN

Las transferencias masivas de población han sido un largo proceso


histórico común a todas las regiones del mundo. Durante los últimos
decenios, sin embargo, la reestructuración global de la producción ha
acentuado las diferencias entre los países receptores y los emisores,
ocasionando importaciones masivas de mano de obra principalmente
de África, Asia y América Latina hacia las áreas capitalistas avanzadas.
Los flujos migratorios desde el Sur cada vez son más variados, pues
incluyen nuevas “aves de paso”: los integrantes del estrato medio en
el norte de África, que temen el resurgimiento islámico, y los refugia-
dos ambientales movidos por los desastres naturales. Al mismo tiem-
po, la reestructuración global del poder ha ocasionado un flujo de
inmigrantes provenientes de Europa oriental y la antigua Unión So-
viética hacia Europa occidental, el norte de África, Israel, Australia y
otros países. La competencia entre los inmigrantes del Sur y los del
Este refleja el vínculo entre la reestructuración de la producción glo-
bal y las relaciones de poder globales.
Los cambios en los patrones migratorios no sólo son un asunto de
elección individual, también revelan factores estructurales ajenos al
control de las personas. El desplazamiento de la mano de obra se
entiende mejor como un movimiento que moldea y constituye la re-
estructuración de la economía política global.
Los flujos de capital humano están vinculados a un sistema jerár-
quico de producción y poder. La especialización y la dispersión espa-
cial, cada vez mayores, son parte de un cambio hacia una tendencia
globalizante cuya consecuencia es la redistribución del capital huma-
no. La ubicación de un área en la división global del trabajo y del
poder, así como sus formas de especialización, determinan las condi-
ciones para la salida e ingreso de mano de obra migratoria. Impul-
sadas por el cambio tecnológico, las economías más dinámicas actúan
como imanes que atraen recursos móviles desde su punto de origen
(Griffin y Khan, 1992, pp. 43 y 47). Por supuesto, estas interacciones
tienen profundas implicaciones en la distribución, desigualdad y jus-
ticia social a escala mundial.
Los objetivos de este capítulo son analizar el vínculo entre la re-

[87]
88 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

estructuración global y la migración, así como proponer un marco


para su explicación. Con el fin de aplicar el concepto de división glo-
bal del trabajo y el poder a la migración global, sugeriré la relación
entre factores estructurales y señalaré las principales tendencias. Pos-
teriormente analizaré si los regímenes internacionales reglamentan
la migración, y en la conclusión, apuntaré hacia la reformulación de
la teoría económica liberal.

DIVISIONES Y NUEVAS DIVISIONES DEL PODER

Si bien los grandes movimientos demográficos desde la tierra natal


hacia otras áreas de trabajo y asentamiento han sido una caracterís-
tica perenne de la historia mundial desde el siglo XVI, los patrones y
el alcance de la migración han cambiado notablemente. Con la expan-
sión del capital europeo de 1500 a 1815, los pueblos de las zonas
desarrolladas de Europa septentrional y occidental emigraron a
América y parte de África y Asia. A la par de la migración coloniza-
dora se dio la expulsión de los esclavos, los trabajadores a largo pla-
zo con contrato no rescindible, los convictos y los disidentes. Estos
flujos afectaron a las comunidades indígenas, fomentaron nuevas
sociedades multirraciales y multiculturales, y formaron la base para
atar distintas sociedades a la división internacional del trabajo.
La Revolución industrial diseminó el capital en el extranjero, al-
terando así la oferta y la demanda de recursos, entre ellos la mano de
obra. Los principales movimientos demográficos entre 1815 y 1940
incluyeron a 60 millones de europeos que se desplazaron rumbo a
América, Oceanía, África oriental y meridional; alrededor de 10 mi-
llones de rusos asentados en Siberia y Asia central; un millón de eu-
ropeos meridionales que viajaron al norte de África; 12 millones de
chinos que se movilizaron hacia Asia oriental y meridional, y 1.5 mi-
llones de indios que encontraron su hogar en el Sudeste asiático y
África oriental y meridional. En el periodo entre las dos grandes
guerras, la depresión y las políticas inmigratorias restrictivas reduje-
ron sustancialmente las transferencias de población. Sin embargo, el
número de inmigrantes internacionales se incrementó rápidamente
después de 1945. De 50 millones de inmigrantes en 1989, el total
mundial se duplicó en 1992 y representa 2% de la población del orbe.
Los inmigrantes se extienden heterogéneamente por el globo; la
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 89
mayor cantidad, unos 35 millones, se encuentran en el África subsa-
hariana, y otros 15 millones en Asia y Medio Oriente. Resulta sorpren-
dente el que gran parte de estas personas permanecen dentro de su
región de origen. Alrededor de 23 millones son personas “desplaza-
das internamente”, y el grueso de los 17 millones registrados oficial-
mente como refugiados y asilados permanecen en su región natal
(Fondo de Población de las Naciones Unidas, 1993, pp. 7, 8 y 15). Si
se toman en cuenta otras corrientes migratorias hoy en día, la migra-
ción se da internacionalmente dentro de las regiones – y no entre ellas
(Keely, 1992, p. 1).
De los flujos interregionales, las transferencias se dan especialmen-
te de Sur a Norte, aunque los movimientos dentro del Sur y dentro
del Norte son sobresalientes (Segal y Marston, 1989, pp. 36-41). Tam-
bién, gran parte de la migración de Sur a Sur se convierte en flujos
de Sur a Norte. Dadas las presiones políticas y económicas, los mi-
grantes (los salvadoreños, por ejemplo) dejan su hogar por temor a
la violencia y, en busca de su bienestar económico, llegan a un segun-
do país (por decir, México) donde hay empleos temporales, y ahí
perciben que hay mejores oportunidades en otra parte (Estados Uni-
dos). En el caso de los migrantes provenientes de países como Guyana
o las islas Leeward, los lugares en el Sur (por ejemplo, las Islas Vír-
genes) son simplemente escalas en su camino de isla en isla por todo
el archipiélago del Caribe rumbo hacia el Norte.1 También hay paí-
ses en el Norte (Italia y Austria) que fungen como estaciones para los
inmigrantes del Sur y del Este. Con el desarrollo de Europa meridio-
nal, Italia, España y Grecia se han convertido tanto en áreas de trán-
sito como en países receptores.
Asimismo, el volumen de los flujos intrarregionales no tiene pa-
rangón. 2 El gran número de ilegales dificulta proporcionar datos

1
Además de los elementos clásicos de promesa económica y cercanía, las comu-
nidades antillanas e hispanas establecidas hace tiempo en las ciudades estadunidenses
sirven de imán y fungen como facilitadoras, pues proporcionan vínculos familiares,
asistencia jurídica y lugares donde ocultarse. Debido a su economía deprimida y a la
influencia del turismo y la televisión vía satélite estadunidense, el Caribe exporta más
personas en términos porcentuales que cualquier otra región. Estados miniatura como
St. Kitts y Nevis, Granada y Belice remiten 1 o 2% de sus nacionales a Estados Uni-
dos cada año, con lo cual transfieren todo su crecimiento demográfico a las ciudades
estadunidenses (Sassen, 1991; French, 1992).
2
Mientras que a veces se sostiene que los niveles contemporáneos de migración
internacional no superan los porcentajes demográficos en años anteriores –principal-
mente a principios del siglo XX en Estados Unidos– , debemos tener en mente que
90 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

confiables, pero los análisis realizados por demógrafos y economis-


tas a mediados de los noventa calculan la cifra de inmigrantes inter-
nacionales en Asia oriental en 2.6 millones (Silverman, 1996, p. 61).
Esta cifra, sin embargo, se empequeñece al añadirle la migración in-
terna, particularmente la que se ha registrado en la República Popu-
lar de China desde la desintegración del sistema de comunas a fina-
les de los años setenta y la puesta en marcha de zonas económicas
especiales un decenio después. Sin tomar en cuenta el movimiento
dentro de los distritos natales, un cálculo de las tendencias realizado
en 1996 indicaba que el número de inmigrantes internos en China po-
dría dispararse a 110 millones para el año 2000 (Gilley, 1996, p. 18).
No sólo esta escala carece de paralelo en la región, también cuenta con
una particularidad nueva: el rápido movimiento de las inversiones y
la necesidad de mano de obra flexible.

PRODUCCIÓN E IDENTIDAD

Esta necesidad puede observarse globalmente y tiene su explicación


en el cambio hacia el posfordismo que, como ya se señaló, entraña un
sistema de producción más flexible, fragmentado y descentralizado,
que utiliza una fuerza laboral segmentada y, con frecuencia, geográ-
ficamente dispersa. El nuevo modelo se basa en una mayor especia-
lización: producción por lotes en microempresas relacionadas por
medio de intrincadas redes y una mercadotecnia enfocada a nichos.
Junto con este paso del fordismo al posfordismo hay un cambio de la
integración vertical de la producción a la desintegración vertical, es-
pecialmente a medida que las empresas tratan de establecer nichos
distintivos. El fordismo no ha muerto; más bien, se basa en diferen-
tes sectores de producción (como el de servicios) que requieren pocas
habilidades –el de comida rápida es un ejemplo– y en varios tipos de
procesos intensivos en mano de obra que ocasionalmente se encuen-
tran en las zonas periféricas (o de exportación) de los sistemas indus-
triales. Si bien las formas de organización son diversas y no existe un
modelo posfordista único, estas dos modalidades preponderantes

el total mundial de 50 millones de inmigrantes internacionales registrado en 1989


se había duplicado en 1992, que sus destinos han cambiado y que el desplazamiento
interno también debe tomarse en cuenta.
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 91
atraen grupos variados de inmigrantes, principalmente trabajadores
poco o nada especializados hacia los sectores dominados por el
fordismo y trabajadores con especializaciones más definidas hacia los
sectores posfordistas.
La innovación tecnológica, un proceso social que vincula el cono-
cimiento con la producción, está estrechamente relacionada con lo
anterior. La tecnología se encuentra unida inexorablemente a todas
las fases de movimiento en la cadena de valor, desde los procesos in-
tensivos en mano de obra, hasta los intensivos en capital y energéti-
cos, pasando por los procesos intensivos en tecnología en los países
avanzados; también es parte integral del retorno de las operaciones
contaminantes, intensivas en mano de obra y energéticos a las áreas
subdesarrolladas. Cada fase de innovación implica la creación y pér-
dida de empleos, la solicitud de especializaciones diversas, la incor-
poración de nuevos trabajadores a la fuerza laboral y el envío de otros
a buscar fuentes distintas de empleo.
Parte integral de este proceso de reestructuración es el debilita-
miento de los sindicatos basados en las antiguas industrias fordistas.
La fuerza de la mano de obra organizada ha disminuido claramente
en Occidente, y los trabajadores son dóciles en otras regiones, prin-
cipalmente en algunos países de Asia oriental. Sin embargo, esta ten-
dencia no es universal, como lo demuestra la belicosidad de los sin-
dicatos en Sudáfrica. Si bien el capital está formando grandes
mercados no reglamentados, la mano de obra es menos capaz de re-
organizarse transnacionalmente. El capital se globaliza cada vez más,
pero los sindicatos y los derechos colectivos de los trabajadores aún
delimitan su identidad principalmente en términos de la nación-es-
tado. Otras fuentes de identidad –por ejemplo, el género, la raza, la
etnia y la religión– tienen más prominencia entre los elementos más
nuevos y segmentados de la fuerza laboral. Por otra parte, el empleo
segmentado de baja paga ha surgido en zonas otrora consideradas
economías medulares. Puesto que el núcleo está donde se concentran
espacialmente las actividades medulares –operaciones con alto valor
agregado–, la “periferización del núcleo” es evidente al proporcionar
trabajo fuera del local en Manhattan y otros lugares. La mano de obra
migratoria impera en los sectores fordistas de los nuevos sistemas de
producción. El concepto de periferia del núcleo, anteriormente uti-
lizado en un sentido geográfico, ahora demanda ser reconsiderado en
términos de las relaciones sociales existentes entre los grupos parti-
cipantes en el proceso de producción.
92 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

INTERACCIONES

En este marco analítico se dan intercambios entre los distintos ele-


mentos que reflejan las categorías jerárquicas del poder. Algunas
modalidades del flujo tecnológico se dan en el espacio corporativo,
no en el espacio geográfico; las tecnologías pueden transferirse den-
tro de una corporación y no son propiedad de un país “receptor”. El
capital fluye hacia las zonas con abundancia de capital dentro de la
economía global, y la mano de obra sigue al flujo de capital. ¿Qué
efectos tiene este flujo laboral?
El Banco Mundial y algunos economistas liberales sostienen que
la movilidad laboral es una manera de reducir la diferencia de ingre-
sos en el mundo. El banco argumenta que la emigración ayuda a li-
berar presiones demográficas, mitiga el desempleo, encauza las
remesas al país de origen y puede ayudar a difundir nuevas ideas y
tecnologías cuando los trabajadores especializados vuelven a casa o
mediante el intercambio de información (Banco Mundial, 1990b, pp.
93-94). Sin embargo, los beneficios de la migración se han distribui-
do desigualmente, para ventaja de los ya más afortunados beneficia-
rios. La migración de personal especializado hacia países donde abun-
da la mano de obra especializada y los ingresos son elevados aumenta
la desigualdad internacional. El flujo negativo de capital humano
desde los países emisores le ahorra a los países receptores el costo de
reproducir un sector de su fuerza laboral (Griffin y Khan, 1992, pp.
57 y 65-67).
Si bien el Banco Mundial brinda un servicio valioso al proporcio-
nar información sobre las “remesas netas de los trabajadores” en el
país de origen de los inmigrantes (Banco Mundial, 1990b, pp. 212-
213), las remesas no son sustitutos del desarrollo. Dado que atrás se
quedan los grupos más vulnerables –niños y ancianos–, y gran parte
de la fuerza laboral productiva se encuentra en el extranjero, el sis-
tema de pago de remesas agudiza la dependencia de algunas socie-
dades (Segal, 1992, pp. 11-12). La cuestión del uso de las remesas no
sólo influye en la balanza de pagos, como diría el Banco Mundial, sino
también en si dichos recursos se invierten en actividades directamente
productivas. Las investigaciones realizadas en diversas regiones sobre
el uso real de las remesas muestran ahorros e inversiones sustancia-
les en vivienda, terrenos, bienes de consumo y pago de deudas per-
sonales. La información indica que el grueso del gasto se concentra
en artículos de consumo e importaciones de lujo, lo cual genera pre-
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 93
siones inflacionarias. Sólo una pequeña parte se dirige hacia activi-
dades productivas (Papademetriou, 1988, pp. 249-250).
Resulta claro que la constante fuga de cerebros de las zonas con
poco capital las despoja de gran parte de su inversión en la reproduc-
ción social del trabajo. Esto implica la extracción de servicios educa-
tivos, como en el movimiento de enfermeras jamaiquinas y filipinas
hacia los hospitales estadunidenses y canadienses. Al estrato instrui-
do de las zonas en desventaja le resulta más fácil emigrar, pero con
frecuencia estos trabajadores sólo encuentran empleos serviles en las
zonas más avanzadas. Estos estratos pueden encontrarse mejor cali-
ficados, por su educación y actitud, para los empleos especializados
en la industria moderna que algunos de los trabajadores indígenas
semiespecializados, y, debido a ello, pueden surgir brotes de tensión
en las zonas donde se registra inmigración. Sin embargo, cuando los
países receptores cambian sus políticas y dejan de favorecer a grupos
étnicos particulares para dar prioridad a los inmigrantes muy espe-
cializados, como sucedió en Estados Unidos y Canadá, el resultado no
sólo es un marcado aumento en la fuga de cerebros, sino el consecuen-
te incremento de la migración ilegal que trae consigo trabajadores
semiespecializados y no especializados. En este sentido, un análisis de
clase de los inmigrantes y las políticas de inmigración de los distin-
tos estados ayuda a explicar la dirección de los flujos demográficos.
Típicamente, las políticas en materia de inmigración incluyen un sis-
tema para reconocer las cualificaciones profesionales que facilita el
acceso de grupos como médicos e ingenieros, y alza barreras al libre
flujo de mano de obra no especializada.
Además de la pérdida de mano de obra especializada y semiespe-
cializada, los países emisores desde hace tiempo se han sostenido con
la mano de obra barata de los ciudadanos que son residentes tempo-
rales en los países receptores. No obstante, la migración puede dañar
una fuerza laboral saludable, un ingrediente esencial del desarrollo,
al producir cambios en el comportamiento sexual que suelen eviden-
ciarse por primera vez en las grandes ciudades y penitenciarías. Le-
jos de su familia y sin la compañía femenina, los jóvenes están expues-
tos a las prácticas homosexuales y tienen fácil acceso a prostitutas y
drogas. Los inmigrantes que contraen sida vuelven a sus comunida-
des y poblados rurales y contribuyen a las altas tasas de infección en
áreas donde este virus era desconocido hasta hace poco. La relación
entre la migración y el sida, aunque evidente, queda oculta por el
estigma y la negación.
94 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Con todo, la migración acentúa la marginación en zonas que se


localizan principalmente en el Sur: el África subsahariana, gran par-
te del Caribe y enclaves en otras regiones. Con una población de más
de 400 millones de personas y un PIB comparable al de Bélgica (un
país con ocho millones de habitantes), el África subsahariana se ve
menoscabada por sus costos de producción, demasiado elevados en
comparación con los de otras regiones. Los costos del transporte en
el África subsahariana son exorbitantes, y la fuerza laboral especiali-
zada y con un nivel medio de educación resulta relativamente esca-
sa. Aunque el continente está integrado a los mercados financieros
globales mediante estructuras de deuda, y cuenta con gran participa-
ción de los organismos de asistencia, África no ha participado de lle-
no en el sistema manufacturero global surgido en los últimos decenios
ni en el incremento de las actividades exportadoras que de él se de-
rivan. Los inmigrantes, en su afán por escapar de una existencia mar-
ginada, son atraídos por los polos de crecimiento que participan
competitivamente en la división global del trabajo y el poder. Los
empleos asalariados en los sectores manufactureros o de servicios en
otras partes del mundo son una mejor opción que la lucha por la
supervivencia, las revueltas civiles o las guerras internas.
Además de lo anterior, la ayuda militar, la venta de armas y los
préstamos de instituciones financieras internacionales y bancos
transnacionales a los países pobres los atan a los mecanismos econó-
micos y a las estructuras de control de los sistemas financieros y pro-
ductivos globales. La obligación del servicio de la deuda exige a es-
tos países imponer medidas de austeridad que se hacen sentir más
intensamente en los estratos socialmente vulnerables. Las políticas de
un desarrollo orientado a las exportaciones y de ajuste estructural
intensifican este patrón. La aplicación de dichas políticas suele aca-
rrear represión, lo que a su vez produce un flujo de refugiados polí-
ticos. La distinción entre el refugiado político y el económico, utili-
zada por los países receptores como un mecanismo de selección,
oscurece el hecho de que ambas categorías de inmigrantes tienen un
mismo origen: la globalización de las relaciones de producción.
Aunque hay muchos tipos de inmigrantes voluntarios e involun-
tarios (refugiados políticos y asilados, refugiados ambientales, pro-
fesionistas, trabajadores con permiso, ilegales, etc.), la línea entre ellos
es cada vez más difusa. Las causas próximas de la migración –revueltas
civiles, trifulcas étnicas y raciales, y conflictos económicos acompaña-
dos de una desigualdad notable– suelen combinarse. Determinar su
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 95
origen requiere un largo análisis tanto de la historia como del papel
político y económico de la zona en cuestión dentro de la división glo-
bal del trabajo y el poder. La pregunta es: ¿cómo se fusionan y com-
penetran la dinámica global y la producción globalizada para moldear
los patrones migratorios?
Mientras que la respuesta a esta pregunta es históricamente
aleatoria, un ejemplo pertinente de cómo interactúa la dinámica lo-
cal y la producción globalizada es la expulsión de trabajadores extran-
jeros ocurrida en Nigeria en 1983. La historia de África está llena de
movimientos demográficos motivados por el comercio, la conquista,
la esclavitud, los desastres naturales y la evangelización. La dispersión
de los pueblos hablantes de fulani por toda la cuenca norte de África
occidental se ha documentado ampliamente, así como el deambular
estacional de los pastores (Arthur, 1991, p. 65). Después de la colo-
nia, los centros de producción industrial atrajeron gran número de
inmigrantes, particularmente hacia los campos petroleros y lugares
de construcción nigerianos en los años setenta. Gracias a la entrada
de cuantiosas divisas derivadas del auge mundial de los precios del
petróleo, Nigeria trató de unirse al sistema manufacturero global
convirtiendo sus nuevos superávit en una industrialización orienta-
da a las exportaciones. Además de las oportunidades de empleo en
los ramos manufacturero y petrolero, la construcción de Abuja, la ciu-
dad capital, y de la presa de Kainji fue un imán para los trabajadores
especializados y no especializados. Asimismo, la creación de univer-
sidades y politécnicos en cada estado de Nigeria precipitó la fuga de
cerebros de maestros ghaneses ansiosos por participar en la prospe-
ridad de Nigeria.
Cuando la producción de petróleo se desplomó a 400 000 barri-
les en 1982, en comparación con los 2.3 millones en 1979, los
nigerianos sintieron el rigor del desempleo. Lagos empezó a consi-
derar a los extranjeros como competidores por el empleo y como una
presión sobre la economía, por lo que decidió vengarse de la expul-
sión de nigerianos de Ghana en 1969. En 1983, Nigeria ordenó que
unos dos millones de africanos occidentales dejaran el país antes de
14 días. La repatriación de trabajadores extranjeros en Ghana, Togo,
Burkina Faso y Chad implicó un desplazamiento masivo de mano de
obra, debido la inspección de viviendas en busca de extranjeros con-
tumaces, y el surgimiento centros de recepción de emergencia para
mitigar el sufrimiento humano (Arthur, 1991, pp. 72-77).
Como resulta evidente en África occidental y otras partes del
96 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

mundo, el regionalismo hoy en día significa agregados de poder


político y económico que compiten en la economía política global y
que ostentan numerosos flujos demográficos interregionales e in-
trarregionales. La competencia agudizada entre las regiones y den-
tro de ellas, mediada por micropatrones como son las redes étnicas y
familiares, acelera el flujo cruzado de inmigrantes, como se observa
una vez más, en el caso de África occidental.
No sólo en Europa y América del Norte buscan empleo los profe-
sionales, comerciantes y trabajadores no especializados de África oc-
cidental; las transferencias de población dentro de una división regio-
nal estratificada del trabajo también reflejan una jerarquía entre
países y diferentes ritmos de industrialización. Los principales países
emisores de inmigrantes en África occidental son Malí, Níger, Chad
y Burkina Faso, todos ellos localizados en el Sahel y caracterizados por
bajos niveles de producción industrial, un elevado analfabetismo y
poca infraestructura. Estos países han experimentado deforestación,
sequías recurrentes, presiones sustanciales de población en las tierras
cultivadas y un estancamiento agrícola que se agrava a raíz de las
desigualdades en los sistemas de tenencia de la tierra y por la falta de
oportunidades de empleo en el sector industrial.
El principal flujo de migración laboral intrarregional proviene del
África occidental saheliana y costera, y se dirige principalmente a
países más prósperos, como Costa de Marfil, Ghana y Nigeria. Otro
flujo migratorio está dándose dentro del África occidental costera,
donde los trabajadores agrícolas y los asalariados industriales de paí-
ses asolados por la guerra, como Liberia, Sierra Leona y Ghana, se
dirigen hacia los centros de producción orientada a las exportaciones,
particularmente Côte d’Ivoire y Nigeria (Arthur, 1991, pp. 75-77). El
caso de Ghana muestra que algunos países sirven de área tanto de
origen como de destino, con lo cual la distinción entre país emisor y
receptor se vuelve artificial en el contexto de la producción globa-
lizada.
Por un lado, tanto la globalización como el regionalismo debilitan
la habilidad del estado para reglamentar el flujo de mano de obra a
través de las fronteras. El movimiento de indocumentados entre Es-
tados Unidos y México, por ejemplo, casi no tiene obstáculo. Por el
otro, no debería subestimarse la variación entre una política de mi-
gración y otra, así como sus consecuencias. La facultad, exclusiva del
estado, de otorgar la ciudadanía, ordenar repatriaciones y delimitar
los derechos sociales y políticos de los extranjeros en su territorio
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 97
puede causar (o impedir) una crisis internacional. Existe una gran
diferencia entre la política estatal hacia los asilados, la reunificación
familiar y la obtención de la nacionalización. La interacción entre las
políticas de inmigración y los flujos migratorios demuestran tanto la
disminución como la importancia constante de la capacidad del es-
tado.
Entre los diversos efectos revolventes de la globalización en el
contexto de la migración y de la reestructuración de la producción
están las estructuras sociales cambiantes y los patrones de conflicto,
la inestabilidad política, los logros o abusos en materia de derechos
humanos y el impacto ambiental. Una consecuencia notable de la
producción globalizada es la feminización del trabajo, tanto en las
antiguas zonas de desarrollo y como en las nuevas. Desde las zonas
procesadoras de exportaciones en Asia hasta el programa de maqui-
ladoras en México que trabajan para fábricas estadunidenses, los
empleos adoptan cada vez más las características que tradicionalmen-
te se utilizaban para definir y justificar el empleo femenino: opera-
ciones precisas y fáciles, ejecutadas por trabajadores dóciles. Sin im-
portar su grado de especialización, la mujer en la fuerza laboral se
enfrenta a salarios más bajos que los de su homólogo masculino y a
posibilidades de ascenso limitadas. El crecimiento del empleo preca-
rio se traduce en tareas repetitivas, empleos temporales, seguridad
por debajo de la norma y cuidado inadecuado de la salud. Particular-
mente en las zonas surgidas más recientemente, la feminización del
trabajo implica trastornos sociales que pudieran considerarse como
liberadores del fuerte contexto patriarcal, pero que a la vez invitan a
la explotación y dejan a la mujer marginada en su propia comunidad.
Dado que se les considera fuentes importantes de mano de obra
flexible, las mujeres se convierten en inmigrantes internacionales con
la misma frecuencia que los hombres. Si bien la migración ofrece a la
mujer el potencial de movilidad, no necesariamente le proporciona
un escape de la subordinación. Las investigaciones muestran que en
los enclaves de inmigrantes se replican los controles sociales. La ge-
neración antecesora de las mujeres inmigrantes –que frecuentemen-
te reciben el trato de “extranjeras de segunda generación”, aunque
muchas de ellas son ciudadanas del país receptor de sus padres por
haber nacido ahí– realiza la difícil tarea de lidiar con la interacción de
valores culturales y actitudes diferentes. La descendencia también se
topa con barreras para obtener educación y capacitación. Sólo 21% de
la segunda generación de mujeres turcas en Alemania, por ejemplo,
98 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

cuentan con suficiente educación y capacitación para obtener un


empleo especializado. La mayoría siguen el mismo destino que su
madre y se incorporan el estrato más bajo de la fuerza laboral
(Wilpert, 1998, pp. 168-186).
Otras mujeres permanecen en el país de origen. Muchas se vuel-
ven dependientes de su familia política o de un pariente varón, lo cual
genera aislamiento para protegerse de conductas indeseables y oca-
siona una serie de problemas psicológicos que en la India reciben el
nombre de “síndrome Dubai”: dolor de cabeza, somnolencia, pérdi-
da del apetito, dolor en el pecho, desmayos o apoplejías fingidas
(Kurien, 1992, pp. 43-61). En Asia oriental, las mujeres, muchas de
ellas tailandesas y filipinas, han sido incorporadas a la industria
sexual, con frecuencia en otros países y en contra de su voluntad. Los
principales clientes de este sector son hombres de negocios y milita-
res extranjeros. Los estados han tenido una participación activa en la
promoción de la industria sexual mediante el turismo, la concesión
de licencias y la publicidad internacional.
El papel de los estados resulta crítico en la acción de estos proce-
sos al acelerarlos o retardarlos. Los estados responden a las presiones
de las fuerzas sociales internas. También deben tomar en cuenta las
políticas de otros estados que reglamentan los flujos migratorios.
Dado que las fronteras son porosas, pueden existir y tolerarse los
inmigrantes “ilegales” dentro de la jurisdicción política de un estado,
pues ellos realizan trabajos que algunos nacionales se niegan a hacer.
Estos inmigrantes “ilegales” están sujetos a un riguroso control de las
fuerzas policiacas nacionales y viven bajo la amenaza constante de ser
expulsados. Por este motivo, los países de la Unión Europea crearon
un centro de información computarizado en Estrasburgo, Francia,
para verificar si un visitante extranjero es “prófugo de la justicia” o
si ha sido considerado “indeseable” en otro país. Los miembros de la
Unión Europea han aprobado la creación de un organismo de
procuración de justicia, la Europol, para coordinar las acciones de las
distintas fuerzas policiacas. El mecanismo de control político y de
vigilancia de los segmentos vulnerables de la fuerza laboral resulta
cada vez más preocupante en términos de los derechos humanos.
La fuerza laboral desechable incluye a trabajadores contratados
temporalmente que pueden ser repatriados cuando ya no se los ne-
cesita. De este modo, se mantiene un alto nivel de empleo para la
mano de obra nacional, la cual resulta beneficiaria del carácter
expansible-contráctil de una reserva laboral desechable. Suiza y los
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 99
estados del Golfo Pérsico han ejercido una política laboral desecha-
ble. En la región del Golfo, la razón entre la población extranjera y
la población total ha sido la más alta del mundo, y en 1980 oscilaba
entre el 23% en Arabia Saudita y el 76% en los Emiratos Árabes Uni-
dos. Como porcentaje de la fuerza laboral total, no de la población,
la proporción de trabajadores extranjeros (es decir, temporales) ha
sido aún mayor, de alrededor de 90% en Qatar y los Emiratos Árabes
Unidos ese mismo año (Tabbarah, 1988, p. 256ss). En varias regiones,
los países están optando cada vez más por los proyectos “llave en
mano”: un contratista, a veces el propio estado (como en el caso de
la República Popular de China), contrata trabajadores, los envía a
enclaves en lugares como Botswana y los repatria una vez concluido
el trabajo. Un tipo de ejemplo diferente es el de Sudáfrica, donde
tanto los migrantes externos como los internos constituyen la mano
de obra desechable. Este estado otrora segregacionista utilizó la
migración para promover el apartheid racial y étnico así como la se-
gregación laboral. Estos flujos persisten y han adoptado nuevas for-
mas –algunos se han acelerado, mientras que otros han disminuido–
ahora que el apartheid ha terminado.

“REGÍMENES” REGULADORES VS. ESTRUCTURAS BRAUDELIANAS

El papel del estado incluye la regulación formal e informal de la


mano de obra migratoria dentro de sus fronteras nacionales, así
como la regulación macrorregional e internacional. El planteamien-
to de la cuestión de la regulación concentra nuestra atención en
asuntos importantes, mas poco estudiados, acerca de los “regíme-
nes”: ¿Existen “regímenes” regionales o interregionales manifiestos
o latentes? De ser así, ¿qué tipo de normas o regulaciones adoptan
dichos regímenes?
Si se entiende como regímenes internacionales a una serie de
interacciones, resulta útil identificarlas. Sin embargo, no hay razón
para suponer que existen en cada ámbito. Asimismo, los principios,
las normas, las expectativas y las reglas de operación frecuentemen-
te son más sutiles de lo que se conoce públicamente o difieren de lo
que la ciudadanía sabe. Los pronunciamientos públicos, por supues-
to, no revelan cómo se crearon los regímenes, ni las interpretaciones
tácitas, ni si los significados transburocráticos son un factor común o
100 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

cuál interpretación de esos significados es la que realmente cuenta. Lo


más importante es determinar para quién trabaja un régimen, en qué
grado agudiza o soluciona las desigualdades sociales y cómo puede
ser transformado (Puchala, 1992).
Un vehículo explicativo para analizar los regímenes reguladores
consiste en estudiar los conflictos motivados por la migración: des-
acuerdos debido a los refugiados (Vietnam y Hong Kong), expulsión
de nacionales (Senegal y Mauritania) y trabajadores indocumentados
(México y Estados Unidos) (Segal, 1992, pp. 11-12). En todas estas
categorías, las preferencias migratorias reflejan en gran medida la
tendencia a la globalización, mientras que las barreras al ingreso –in-
cluso la repatriación forzosa y los incentivos financieros ofrecidos por
el país receptor para que los inmigrantes vuelvan a casa– son expre-
siones del principio territorial westfaliano. Al condensar los aspectos
témporo-espaciales de las relaciones sociales, el proceso de globali-
zación trasciende los estados territoriales y redistribuye la mano de
obra mundial. No obstante, las diversas políticas de los estados sobre
inmigración representan un intento por parte de las unidades sobe-
ranas por controlar los flujos de población, con lo cual se afirma la
lógica del sistema interestatal.
Un punto de partida para discernir los estándares interestatales es
el ímpetu ideológico tras la fundación de la Organización Internacio-
nal del Trabajo (OIT). El mandato de la OIT, señalado en el Tratado
de Versalles, refleja la presión de los sindicatos y el impacto de la
Revolución de Octubre, que impulsaron a los gobiernos de la posgue-
rra a crear una entidad internacional para reglamentar las condicio-
nes laborales. En la primera sesión de la Conferencia Internacional
del Trabajo, celebrada en Washington, D.C., en 1919, el delegado
francés, Arthur Fontaine, fue el principal promotor de que se inclu-
yeran en la agenda las regulaciones relativas a la migración de traba-
jadores: igualdad de salarios y de condiciones de empleo para los
trabajadores nacionales y los inmigrantes. Francia enfrentaba una
escasez de mano de obra nacional, y un gran número de países emi-
sores buscaban proteger a sus trabajadores en el extranjero. Los paí-
ses que favorecían las políticas de inmigración restrictivas (por ejem-
plo, Canadá y Gran Bretaña) temían la adopción y elaboración de
estándares laborales internacionales, y argumentaban que dichas
normas socavarían la soberanía del estado. Este atolladero auguraba
un terreno común limitado a principios ambiguos, sin un significa-
do concreto.
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 101
En 1934, el ingreso de Estados Unidos a la OIT y su condición
como país receptor importante, prometía de impulsar la fijación de
estándares. Sin embargo, cuando David A. Morse, poco después de ser
elegido director general en 1948, propuso como proyecto de la OIT
manejar la transferencia de inmigrantes europeos a América Latina,
Estados Unidos se opuso a la iniciativa y patrocinó la creación de otra
organización, el Comité Internacional para la Migración Europea
(ICEM), para que hiciera ese trabajo. Estados Unidos se mostraba re-
nuente a confiar esta tarea a la OIT debido a que ésta incluía a Polo-
nia y Checoslovaquia entre sus miembros, países que en ese entonces
formaban parte de la esfera soviética, mientras que el ICEM estaba bajo
la influencia de organismos estadunidenses (Cox, 1998, pp. 4-5;
Hasenau, 1991, pp. 687-697). Durante los decenios siguientes se ob-
servó un incremento en la importación de mano de obra, particular-
mente de trabajadores temporales; en la migración clandestina; en el
tráfico internacional de trabajadores, a veces a cargo del crimen or-
ganizado, y en la discriminación y la xenofobia contra los inmigrantes,
todo lo cual condujo a la adopción, en 1990, de la Convención de las
Naciones Unidas para la Protección de los Derechos de Todos los
Trabajadores Inmigrantes y sus Familiares.
Comisiones como ésta se apoyan en las actividades del Alto Comi-
sionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), grupos
nacionales como el Comité para Refugiados de Estados Unidos y una
serie de centros de investigación que reúnen datos y analizan las po-
líticas nacionales y multilaterales (Segal, 1992, p. 9). En general, sin
embargo, no se ha consolidado un régimen internacional para la
migración, y sus pronunciamientos son en gran medida exhortatorios
y carecen de mecanismos para su cumplimiento.
Dos macrorregiones –América del Norte y Europa– hacen hinca-
pié en las soluciones regionales y coordinan sus esfuerzos, pero nin-
guna ha adoptado políticas comunes. Después de una serie de
enfrentamientos violentos en el área de Tijuana-San Diego, las patru-
llas fronterizas de Estados Unidos y México empezaron a trabajar
juntas en 1990. Las dependencias de procuración a ambos lados de
la frontera intentan en forma conjunta manejar los problemas a lo
largo de una frontera de 2 000 millas, donde los indocumentados son
víctimas constantes de asaltos, ataques y violaciones por parte de
polleros, bandidos y traficantes que suelen estar en colusión con po-
licías pagados que integran una red de extorsión. Los funcionarios de
ambos gobiernos, ahora vigilados por grupos defensores de los dere-
102 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

chos humanos, ponen a disposición de los inmigrantes legales e ile-


gales información sobre sus derechos y persiguen con mucho rigor a
los agentes fronterizos abusivos.
En Europa, cada vez hay más presión en favor de una política
migratoria común, pero la UE carece de autoridad judicial en esta área,
y los estados miembro protegen sus prerrogativas debido a lo delica-
do del tema y la tradición, profundamente arraigada, de tratar
bilateralmente con el país de origen de los inmigrantes. El Tratado
de la Unión Europea considera que la política de inmigración es un
“asunto de interés común”. Aunque la UE aprueba el principio del
libre movimiento de personas, la inmigración permanente y el dere-
cho al asilo han quedado en manos de los gobiernos nacionales. Al-
gunos países conservan sus patrullas fronterizas, pero 13 de ellos –y
no todos los miembros de la UE, por ejemplo el Reino Unido e Irlan-
da– han firmado los acuerdos Schengen, que ponen fin a la revisión
de pasaportes dentro de la UE. En 1995 se decidió que debería per-
mitirse a dos estados no firmantes de los acuerdos Schengen – Norue-
ga e Islandia, miembros desde hace 40 años en una unión de pasapor-
tes nórdica– participar en ellos como “partes de la Convención”.
Cualquier persona que legalmente radique en un país firmante de los
acuerdos Schengen puede viajar a los demás, pero sólo los ciudada-
nos de esos países tienen derecho a trabajar y asentarse en los demás.
Actualmente existen disposiciones que permiten a los extranjeros
dentro de la UE disfrutar de privilegios Schengen por un máximo de
tres meses, pero sólo en ciertas condiciones y siempre y cuando se
ratifique el tratado. Por lo tanto, conforme al acuerdo actual, un ale-
mán o un italiano, pero no un ciudadano angoleño residente en Por-
tugal o un argelino en Francia, puede emigrar a Bélgica para vivir y
trabajar ahí.
Una gran paradoja caracteriza a la migración en Europa: después
de depender enormemente de la inmigración laboral en los cincuenta
y los sesenta, la mayoría de los estados miembros de la Comunidad
Europea trataron de detener la migración legal permanente a partir
de 1970. Sin embargo, esta situación continúa a pesar de que el ín-
dice de desempleo en la Comunidad (ahora Unión) ha sido de más
de 8% durante un decenio (con el fin de mantener bajos los salarios,
agregarían algunos observadores). El flujo persistente de trabajado-
res no sólo contradice lo señalado en la política, al parecer, también
hay una pérdida de control en el área de la inmigración. Tras haber
cerrado sus puertas, a los países del Norte les preocupa, por ejemplo,
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 103
que los inmigrantes ilegales puedan introducirse en España o Portu-
gal, por poner un caso, y, dada la permeabilidad de las fronteras, via-
jar sin ser revisados hasta el Mar del Norte, donde podrían encontrar
modos de quedarse (“Europe’s Inmigrants’: Strangers Inside the
Gates”, 1992, p. 154). Mientras que las iniciativas de la UE son con-
centradas por su autoridad para reglamentar el mercado laboral, la
inmigración ilegal demuestra los límites del enfoque actual.
Una gran limitación es que los regímenes reglamentadores actua-
les se conciben en términos de exclusividad. En algunos países recep-
tores, el acceso a un trabajo depende de la incorporación a la cultura
local o nacional mediante mecanismos formales o informales. El con-
cepto de nación suele basarse en algo más que el dominio del idioma
predominante o la adopción de ciertas prácticas culturales, y puede
designarse en términos de ancestros o de un mito común sobre el li-
naje. De ahí el vínculo entre nación y raza. Un excelente ejemplo del
concepto racializado de identidad nacional, tratado superficialmen-
te en el capítulo 2, es el derecho automático a la ciudadanía alemana
que se confiere a los “alemanes étnicos”, muchos de los cuales no
hablan alemán y cuyos antepasados migraron a Europa oriental va-
rias generaciones atrás (Glick Schiller, en prensa). La ciudadanía, sin
embargo, es una prerrogativa que le ha sido negada a muchos turcos
y otros inmigrantes nacidos en Alemania, para quienes el alemán es
su lengua materna. En pocas palabras, la cultura es uno de los instru-
mentos reguladores de la migración internacional y obliga a un en-
cuentro entre pueblos que hablan dos idiomas diferentes, practican
religiones diferentes y tienen hábitos diferentes. Podría plantearse la
hipótesis de que los regímenes reguladores están evolucionando ha-
cia el multiculturalismo en la fuerza de trabajo, una evolución en la
cual la cultura desempeña un papel preponderante en la segmenta-
ción del mercado laboral.
La migración internacional está forjando sociedades multirraciales
acosadas por graves problemas socioeconómicos. Muchos inmigrantes
y su descendencia mantienen enclaves residenciales y culturales en
Europa, y no se integran al sistema de asistencia social (el cual está
sujeto a las presiones de los liberales en favor de su reducción). Una
cuestión particularmente irritante se deriva de la conversión de facto
de la migración para trabajar en migración para establecerse, lo cual
es muy evidente en la crisis de los jóvenes. Ahora hay una generación
sucesora de jóvenes nacidos en el país receptor, algunos de los cua-
les son ciudadanos del mismo y carecen de la sumisión de sus padres.
104 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Muchas de estas personas se encuentran marginadas del sistema edu-


cativo y del acceso al empleo. Por este motivo, los jóvenes británicos
negros y los árabes franceses sienten que se les trata como a extraños,
incluso si son nacionales del país donde residen. (Una situación muy
diferente sucede con las poblaciones multiétnicas en el Medio Orien-
te, donde los gobiernos temen una “aculturación inversa”: una pér-
dida gradual de la identidad nacional árabe. No obstante, un gran
número de inmigrantes árabes es percibido como un riesgo político.)
Los musulmanes representan un tercio del total de los inmigrantes
en Europa occidental y, si se consideran los flujos intrarregionales,
constituyen dos tercios de los no nacionales de la UE. De hecho, la
posibilidad de un resurgimiento islámico en los países sureños es
causa de gran preocupación. Un problema complicado es estructurar
la participación política entre los musulmanes en esos países, debido
a que la tradición islámica difiere de la sociedad democrática secular
y sus entidades representativas. Asimismo, los cinco millones de
musulmanes en la UE incluyen grupos diferentes del Islam (chiítas,
sunnitas y otros) y varias nacionalidades (por ejemplo, argelinos,
bengalíes, marroquíes, paquistaníes, tunecinos y turcos) (Comisión de
las Comunidades Europeas, 1990, p. 34; 1991, p. 25).
Los ataques contra inmigrantes en los países de la UE son cada vez
más frecuentes y están acompañados de un incremento de la xenofo-
bia. Los políticos de extrema derecha, como el líder del Frente Nacio-
nal francés, Jean-Marie Le Pen, y sus homólogos, apelan a un senti-
miento nacionalista, a inseguridades económicas y a la desconfianza
hacia Bruselas como una amenaza a su identidad nacional. Incluso,
cuando Francia ganó el mundial de fútbol en 1998, su principal ju-
gador, Zinedine Zidane, originario de las barriadas argelinas de Mar-
sella, se convirtió en héroe nacional, a pesar de que anteriormente el
Frente Nacional había criticado la estructura del equipo por incluir
a jugadores que no eran “verdaderos franceses”. Quienes ven con
alarma la “invasión” de inmigrantes sostienen que la UE se encuen-
tra en medio de dos áreas de pobreza: los necesitados países antes
socialistas al Este y los países menos desarrollados del otro lado del
Mediterráneo. En esta coyuntura, la interacción entre cultura, patro-
nes económicos y presiones demográficas es total. Se calcula que la
población del norte de África se duplicará en los próximos 30 a 35
años, y que actualmente 40% de los magrebíes tienen menos de 15
años de edad. Puesto que su nivel de ingresos es de sólo una sexta par-
te del europeo, tal vez busquen trasladarse más allá del Mediterráneo
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 105
(“Europe’s Inmigrants: Strangers inside the Gates”, 1992, p. 153). Las
políticas europeas en materia de inmigración claramente reflejan
miedo a que el arribo al poder de un gobierno islámico en Argelia u
otros países del norte de África desencadene flujos masivos de pobla-
ción a través del Mediterráneo.

HACIA UNA CONCEPTUALIZACIÓN ALTERNATIVA

Todas estas interacciones influyen en cómo el multilateralismo pue-


de confrontar la cuestión de reestructurar la producción y la migra-
ción. Formular el problema de esta manera dirige la atención hacia
el acceso a los procesos multilaterales. ¿Son los regímenes regulado-
res prerrogativa exclusiva de los estados y de las organizaciones
interestatales, o se abrirán más a los grupos que resultan más afecta-
dos por esos procesos? ¿Actúan los inmigrantes como agentes que
desafían las estructuras multilaterales, y, de ser así, qué formas de
resistencia adoptan y en qué condiciones?
Con la creación de un solo mercado europeo, un reto clave del
proyecto multilateral de la UE son los patrones políticos y culturales
de los 13 millones de inmigrantes de Europa oriental, tanto los tra-
bajadores como sus familias. Como ya se señaló, el islam es un vector
de movilización entre los inmigrantes, aunque algunas de las herman-
dades, organizaciones discordantes e instituciones religiosas represen-
tan los intereses de estados que no pertenecen a la UE, más que a gru-
pos autónomos que participan transnacionalmente en sociedades
huésped. En otros casos, las identidades ya no se basan en el estado;
más bien, en el contexto de los procesos de producción globalizados,
se reimaginan como construcciones transnacionales que incluyen
poblaciones dispersas. Por lo tanto, los funcionarios gubernamenta-
les en los países emisores de inmigrantes, como República Domini-
cana, trabajan muy estrechamente con los líderes políticos en Wash-
ington Heights, Nueva York y otros lugares en el extranjero. A la luz
de la importancia de las remesas, la tecnología de comunicación
moderna, que proporciona contacto frecuente y, en algunos casos, el
derecho de los emigrantes a votar en su país, estos funcionarios en
realidad perciben a sus comunidades dispersas como parte de sus
grupos de votantes nacionales. El estado transnacional (o estado des-
territorializado, como también se le conoce), un aspecto importante
106 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

de la reestructuración global, niega la exclusividad de membresía en


un solo estado, lo cual tiene grandes implicaciones en el cambio del
concepto de ciudadanía (Glick Schiller, 1999, en prensa).
La identidad y los vínculos políticos no sólo se forman mediante
linajes ancestrales en la tierra natal; también es evidente otro patrón
de formación de identidad. Diversas asociaciones de inmigrantes
ocasionalmente fusionan sus intereses competitivos y se unen en los
países huésped para forjar una contraofensiva transnacional incipien-
te. En 1984, diversos grupos de inmigrantes formaron el Consejo de
Asociaciones de Inmigrantes en Francia, y acordaron una serie de
demandas comunes dirigidas a los países receptores de Europa occi-
dental. Después de adoptarse el Acta Única Europea en 1985, más de
2 500 asociaciones de inmigrantes en 14 países huésped crearon el
Consejo de Asociaciones de Inmigrantes en Europa. Con sede en
Bruselas, el consejo tiene como principal interés el papel de los no
nacionales de la UE en la integración europea y los derechos políticos
de los inmigrantes. No sorprende que uno de los problemas a tratar
haya sido el incremento del racismo y el sentir nacionalista (Ireland,
1991).
El multilateralismo, sujeto como está a las presiones contradicto-
rias de los movimientos en favor y en contra de los inmigrantes, ha
llegado a ser paradigma de algunos dilemas fundamentales de la
humanidad que la producción globalizada y la migración han pues-
to en relieve. Como ya se indicó, los estándares internacionales, aun-
que deseables, casi nunca se cumplen, y los países receptores no cuen-
tan con una política común sobre inmigración. Son los acuerdos
tácitos, los patrones culturales y la ideología económica neoliberal los
que apuntalan un régimen reglamentador débil en el rubro de la
migración internacional, lo cual es un tema potencialmente explosi-
vo debido al aumento de la desigualdad. Las convenciones interna-
cionales no pueden erradicar las desigualdades globales que alimen-
tan la migración, ni tampoco pueden violar las normas y estructuras
de un estado soberano. Mientras la globalización económica promue-
ve la movilidad laboral mundial a principios del nuevo milenio, las
unidades políticas se aferran a la doctrina de soberanía del siglo XVII,
con lo cual han renunciado a sus pocos derechos de tener organiza-
ciones interestatales que, en cualquier caso, preservan el estado.
Una alternativa a la conceptualización predominante es enfocar-
se en la interpenetración de la dinámica interna de las sociedades y
de los procesos globales y transnacionales. La reestructuración debe
GLOBALIZACIÓN Y MIGRACIÓN 107
sumarse a la acción incorporando las perspectivas de los propios
inmigrantes y poniendo en tela de juicio las perspectivas prevalecien-
tes de la globalización económica, de manera que se realce tanto la
eficiencia como la igualdad. El objetivo de esta nueva conceptualiza-
ción no es volver a las condiciones anteriores a la globalización, sino
transcender el síndrome de globalización actual, reenraizar en la so-
ciedad global las capacidades productivas sin paralelo de la globali-
zación económica para contribuir a lograr la justicia social. Con el fin
de llevar un paso más allá esta conceptualización heterodoxa, en el
siguiente capítulo se analiza otra faceta de la división global del tra-
bajo y el poder: la pobreza y el género.
4. POBREZA GLOBAL Y GÉNERO

EN COAUTORÍA CON ASHWINI TAMBE

En la era posterior a la guerra fría, dentro de la globalización neo-


liberal se encuentra encapsulado un importante compromiso de crear
normas en la política mundial. En el altar de un mercado benévolo
yace la promesa de que la ganancia económica puede beneficiar a
todo aquel que tiene fe en sus principios. El atractivo de la creación
de normas dentro de la globalización neoliberal radica en su perspec-
tiva: la oportunidad de ascender en la jerarquía global del poder y la
producción. Este modelo de orden mundial no es sólo un conjunto de
políticas sobre el bienestar económico, sino también una afirmación
ética con verdaderas implicaciones para la justicia distributiva. En este
sistema de valores se encuentra implícita la garantía específica de que
el neoliberalismo sacará a millones de personas de la pobreza para
incluirlas en una situación donde todos ganan, más que en una diná-
mica donde el ganador toma todo.
Desde una perspectiva neoliberal, se argumenta que la pobreza
está disminuyendo como porcentaje de la población mundial; por lo
tanto, el patrón existente de mitigación de la pobreza se apega a la
promesa neoliberal. Esta afirmación, sin embargo, invita a debatir
cuáles son las estimaciones más apropiadas de pobreza, un campo
minado en el cual no queremos entrar. Baste decir que no hay consen-
so en este sentido entre los analistas.1 Mary Durfee y James Rosenau
(1996, p. 523), por ejemplo, reconocen que los científicos sociales no
favorecen la definición común de pobreza y escogen la expresión “rea-
lidades y temores en condiciones de vida inferiores al nivel medio”,
lo cual incluye ingresos, vivienda, vestido y empleo inadecuados. Esta
expresión resulta particularmente útil, puesto que asocia tanto la di-
mensión objetiva como la subjetiva de la pobreza. Incluso sin meter-
se en cuestiones metodológicas, la conclusión es que puede entonces

1
Para confrontar las citas tomadas de un gran número de publicaciones sobre la
pobreza, así como para un análisis más extenso de las diferentes tradiciones acadé-
micas, véase Mittelman y Pasha (1997).

[108]
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 109
utilizarse un amplio rango de indicadores empíricos para medir la
incidencia cambiante de la pobreza.
Hay evidencias que contradicen las afirmaciones del neolibe-
ralismo y que llevan a opinar que un mayor grado de globalización
se traduce en más pobreza. Si bien el ingreso promedio se ha incre-
mentado en el mundo, el número total de pobres (definidos como
aquellas personas que ganan menos de un dólar al día) aumentó de
1 230 millones en 1987 a 1 310 millones en 1993. No obstante, las va-
riaciones interregionales e intrarregionales son enormes. El índice de
pobreza ha disminuido en Asia oriental (un patrón que ahora está
cambiando debido a que se sintieron más a fondo las turbulencias del
mercado a finales de los noventa), pero permanece estable en 39% en
el África subsahariana, donde se ha dado un aumento en el número
total de pobres (Banco Mundial, 1996, pp. 7-9). ¿Cómo es posible
esto? ¿Cómo es que la globalización, que contribuye a mitigar la po-
breza en algunas partes del mundo, es antitética a la reducción de la
pobreza en una escala mundial? La globalización parece ser la antí-
tesis de la reducción de la pobreza debido a la incidencia cambiante
de la pobreza, a la polarización creciente entre y dentro de regiones
y a la reconcentración de la riqueza. En otras palabras, la pobreza
global abarca una espiral descendente de condiciones económicas en
algunos países y otros lugares, un sentido de disyunción entre el cre-
cimiento macroeconómico y las privaciones materiales persistentes
para mucha gente.
Contra este trasfondo, las preguntas clave que redondean este
capítulo son: ¿cuáles son los vínculos evolutivos entre la globalización
y la pobreza? y ¿a la luz de las estructuras globales cambiantes, cuál
es la clave analítica para entender la pobreza?
Por ende, la finalidad de este capítulo es confrontar las afirmacio-
nes neoliberales acerca de la pobreza y ofrecer una conceptualización
alternativa, si bien de modo preliminar. El tema de la tercera parte de
este libro es cómo se genera la pobreza, y no la resistencia política y
cultural a las estructuras globalizantes que la apuntalan. Nuestra hi-
pótesis medular es que si bien la pobreza es un fenómeno ancestral,
actualmente se entiende como un resultado de las interacciones entre
globalización, marginación y género. Intentaremos delinear los vínculos
en este proceso multifacético. Un aspecto central en la cadena de re-
laciones son las distintas modalidades de marginación de la globa-
lización económica al reducir el gasto público en servicios sociales y
desvincular la reforma económica de la política social. Este tipo de
110 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

marginación manifiesta una dimensión genérica, puesto que la mu-


jer constituye el sector más afectado por ella.
Debido a la reestructuración económica, son las mujeres quienes,
además de trabajar en el hogar, asumen la mayoría de las responsa-
bilidades que el estado desecha en su respuesta a la globalización. A
pesar de las nuevas fuentes de ingreso para algunas mujeres, las ta-
reas tradicionales se vuelven más arduas debido a que los procesos
globalizantes, como la incorporación de la mujer a la fuerza laboral
formal mediante la reorganización espacial de la producción, reper-
cuten de manera inequitativa y disgregadora en el modo de vida. Al
delimitar las maneras en que la vida cotidiana es transformada por los
procesos concomitantes de la globalización neoliberal y la margi-
nación, y las formas en que el género queda implicado en la margina-
ción, este capítulo no sólo cuestiona la promesa fundamental del neo-
liberalismo; también muestra sus límites.
Sin tener bases, empero, las explicaciones estructurales de este tipo
también tienen sus inconvenientes. Por lo tanto, resulta ventajoso
analizar la marginación de género mediante estudios de casos prác-
ticos que proporcionan evidencias afinadas de una pobreza in crescendo
en medio de la globalización neoliberal. Un argumento teórico cla-
ve en este sentido es que el aumento de la población pobre se atribu-
ye a la desvinculación entre sociedad y economía: un desenraizamiento
de la economía en la sociedad.
En términos de la dinámica que tratamos de explicar, a mayor
globalización más se acentúa la marginación dentro de unidades te-
rritoriales y entre ellas. Con el fin de entender la marginación, es po-
sible combinar el sentido visual del término “margen” –la orilla vista
desde el centro– con su uso dentro de la economía: el punto en el cual
los ingresos derivados de una actividad apenas cubren su costo. De
particular importancia para nuestro argumento es la división del tra-
bajo en géneros, un sistema de estratificación social clave que coloca a
la mayoría de las mujeres en posiciones subordinadas. El género es,
en esencia, una relación de poder.
La ideología de género se conforma de creencias arraigadas que
ordenan las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Al igual que
otras ideologías, las estructuras de dominación se mantienen de
manera casi siempre inconsciente mediante supuestos basados en el
sentido común. En el caso de la ideología de género, algunos supues-
tos comunes son que las tareas del hogar constituyen el dominio na-
tural de la mujer y que las mujeres son actores sociales no producti-
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 111
vos. Una propuesta que puede hacerse en este sentido es que la ideo-
logía de géneros no sólo estructura el poder dentro de las relaciones
sociales, sino que se articula –se conecta de maneras distintivas– a la
ideología de la globalización. La ideología de la globalización legitima
el ceder a la mujer las funciones, a cargo del estado, en el ámbito de
los servicios sociales, a interferir en los mercados abiertos, a liberalizar
el comercio y a reducir la intervención del estado en la economía. En
las economías que estructuralmente restringen la participación eco-
nómica de la mujer a actividades de subsistencia, el recorte del estado,
que a veces se teoriza como la institucionalización del poder patriar-
cal, en realidad contrarresta el aumento de esta participación. Incluso
en las economías donde se ha incrementado la participación eco-
nómica de la mujer bajo presiones derivadas de la liberalización del
comercio y la industria, los términos de esa participación suelen ser
de gran explotación. Por lo tanto, aunque no parece haber nada evi-
dentemente machista en la ideología de la globalización, su arti-
culación específica con la ideología de género sustenta la marginación
de la mujer. La división del trabajo en géneros en realidad es uno de
los factores que hacen posible la globalización.
Nuestros estudios de casos prácticos ejemplificarán las caracterís-
ticas ya señaladas de esta articulación en dos contextos: el sector
agropecuario informal y las zonas procesadoras de exportaciones. En
este capítulo se ofrece un análisis entre regiones de países donde es-
tos sectores son elementos importantes de la economía nacional. En
ambos casos se analiza cómo el desarrollo de la economía de merca-
do repercute en la pobreza de la mujer. Nos enfocamos en la mujer
dentro del sector agropecuario informal en Mozambique, país que
suele citarse como el más pobre del mundo (Banco Mundial, 1990b
a 1997b),2 donde el trabajo de la mujer en los campos proporciona
gran parte del sustento de la familia (Marshall, 1990, p. 33). En el caso
de las industrias procesadoras de exportaciones, nuestros conceptos
están anclados en la situación de las Filipinas, donde la industrializa-

2
De acuerdo con informes del Banco Mundial (de 1990 a 1995), Mozambique
tenía el PNB per cápita más bajo del mundo a finales de los ochenta y principios de
los noventa. Si bien el ingreso per cápita promedio en Ruanda durante 1994 (80
dólares) era menor que los 90 dólares de Mozambique (Banco Mundial, 1996b, p.
188), Mozambique con 80 dólares remplazó a Ruanda, que ascendió del último al
séptimo lugar con 180 dólares en la clasificación de 1995 (Banco Mundial, 1997b, p.
214). De igual modo, las cifras correspondientes a 1997 ubican a Mozambique, con
90 dólares per cápita, en último lugar (Banco Mundial, 1999b, p. 191).
112 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

ción femenina orientada a las exportaciones (es decir, aquella cuyo


principal elemento es la mano de obra femenina mal pagada) fue el
motor del crecimiento económico en los años noventa. A pesar de sus
muchas diferencias, ambos países se encontraban rezagados en la
región hasta el repunte de su crecimiento en el decenio iniciado en
1990 (cap. 5). Aunque no es clave para nuestro argumento, merece la
pena señalar que tanto las Filipinas como Mozambique son antiguas
colonias que comparten la marca de la herencia ibérica y católica.
Asimismo, ambos países aplican programas de ajuste estructural. Di-
chos programas globalizantes tienen por objeto mitigar la pobreza,
pero su creación y sus efectos no son neutros en cuanto a género se
refiere.
En ambos casos, el ajuste estructural es sólo un aspecto de las
políticas neoliberales encaminadas a desnacionalizar las economías
y extender y desarrollar el mercado. No sólo la evidencia pone en tela
de juicio la promesa neoliberal, la perspectiva teórica de Polanyi res-
pecto de las economías de mercado también puede incluirse para
explicar esta disyunción. Mientras que Polanyi se enfocó en el creci-
miento de los mercados en la Inglaterra decimonónica (así como en
las sociedades premercantilistas), su idea de “la gran transformación”
puede ampliarse para entender la dinámica de la pobreza global a
principios del milenio. Antes del nacimiento de las sociedades de
mercado, la producción, según sostenía Aristóteles, tenía como fin
principal su utilización –un principio que los griegos denominaban
unidad doméstica– y no la obtención de una ganancia. Hombres y mu-
jeres, unidos en familias, consideraban los mercados y el dinero como
“meros accesorios de un hogar autosuficiente” (Polanyi, 1968, pp. 16-
17). En otras palabras, el concepto polanyiano de enraizamiento de
los sistemas económicos en la sociedad –y el subsecuente desen-
raizamiento de ella– anticipa una forma de análisis de género e inclu-
so ofrece un modo de investigación para examinar de qué maneras
la globalización ha disgregado y cambiado el rumbo de los órdenes
socioeconómicos existentes. Para desarrollar esta conceptualización,
primeramente presentamos una crítica al marco neoliberal de erra-
dicación de la pobreza y después, desde un punto de partida diferen-
te, ampliamos nuestro propio planteamiento.
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 113
RECONCEPTUALIZACIÓN DE LA POBREZA

La perspectiva neoliberal

El neoliberalismo proporciona la razón de ser de las medidas que


impulsan la globalización, como son las políticas de ajuste estructu-
ral. Desde esta perspectiva, un compromiso para reducir la pobreza
sólo puede mostrarse mediante su integración a la economía capita-
lista internacional. Por ende, la globalización neoliberal se presenta
como antídoto contra el problema de la pobreza, y no como su gene-
rador. Asimismo, la ideología neoliberal promueve la expansión de
los mercados como algo natural e inevitable, mientras que los arre-
glos sociales existentes, contexto parcial de las economías, son trata-
dos como cadenas que es necesario romper. Polanyi consideraría que
dicha perspectiva es ahistórica, como lo sugiere el siguiente pasaje:

La historia económica revela que el nacimiento de los mercados nacionales


de ninguna manera se debió a que la esfera económica se emancipara espon-
táneamente del control gubernamental. Por el contrario, el mercado ha sido
el resultado de una intervención consciente y frecuentemente violenta por
parte de los gobiernos, quienes impusieron la organización del mercado
sobre la sociedad con fines no económicos. Y el mercado autorregulado del
siglo XIX, después de una inspección más de cerca, resulta ser radicalmente
diferente incluso de su predecesor inmediato en el sentido de que dependía
de intereses económicos propios para su regulación (Polanyi, 1957, p. 250).

La noción de un mercado autorregulado se aplica mal, sobre todo


al trabajo, cuando se da por sentado que éste es una mercancía de oferta
abundante y variable que responde sobre todo a las señales del merca-
do. La pobreza, por ende, se explica como una preponderancia del
trabajo poco utilizado, cuya solución consiste en incrementar el empleo
mediante el crecimiento macroeconómico. Se pide a los pobres que no
se desanimen, pues cuentan con un activo en la economía global: su
potencial laboral. No obstante, la erosión actual de gran parte del
empleo seguro, en el contexto de los programas de ajuste estructural,
saca a la luz una nueva demanda contradictoria. El trabajo ahora debe
“diversificarse” y “ajustarse”. La velocidad y flexibilidad del capital en
el contexto de la globalización se proyectan en el trabajo, pues se espera
que también el trabajo sea flexible y móvil. El resultado da nuevos ga-
nadores y nuevos perdedores, así como algunos segmentos de la fuer-
za laboral que se incorporan rápidamente a la pobreza.
114 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

La pobreza y las relaciones sociales de producción

Una trampa común es considerar que la pobreza es una categoría es-


tática, debido a su preponderancia en regiones específicas o en estra-
tos sociales particulares. Si bien es verdad que diversos procesos la arrai-
gan en ciertas regiones, países y enclaves, ello debe entenderse como
parte de un problema global consistente en una generación paupérri-
ma. En gran parte del análisis científico social, los pobres se encuen-
tran contenidos en unidades identificables y fijas de la sociedad me-
diante el trazado de líneas de pobreza. Dichas líneas resultan útiles al
principio, pero presentan la pobreza con una claridad falsa que ofus-
ca las relaciones que la generan. La base a partir de la cual se trazan esas
líneas refleja los marcos intelectuales imperantes. El paradigma predo-
minante en el análisis de la pobreza, que abarcaba primero la escuela
de la modernización y la economía neoclásica y que ahora se ha exten-
dido mediante el neoliberalismo, tiende a explicar la pobreza a partir
de los niveles de consumo. Se hace énfasis unilateralmente en un me-
nor consumo, no en un consumo excesivo. El enfoque en el ámbito del
consumo genera políticas encaminadas principalmente a aumentar los
niveles de consumo. Típicamente, estas políticas son instrumentos que
tienen por objeto lograr una mayor integración del mercado, lo cual en
realidad puede acentuar la marginación, empeorar la desigualdad y
elevar los conflictos políticos.
Un ejemplo de este modo de abordar la pobreza es el análisis del
Banco Mundial. Este organismo define la pobreza como la incapacidad
de lograr un nivel de vida mínimo, medido en términos del gasto ne-
cesario para la nutrición y las necesidades básicas y, en el caso especí-
fico de los países, como el costo de participar en la vida diaria. El tema
señalado en el Informe de Desarrollo del Banco Mundial sobre la Po-
breza (1990b, p. 6), es cómo obtienen y gastan sus ingresos los pobres.
El informe de seguimiento sobre disminución de la pobreza (Banco
Mundial, 1996, p. 2) también se centra en el ingreso y el consumo. En
ambos documentos, la utilización del gasto como punto de partida para
medir la pobreza traiciona el propio interés del banco en la integración
internacional del mercado y la generación de una demanda “eficaz” de
productos en los mercados para las mercancías globales.
Considerar un punto de partida diferente que se base en las rela-
ciones de producción puede estimular acusaciones fáciles de reduc-
cionismo económico en el clima intelectual posterior a la guerra fría.
Sin embargo, sostenemos que el tratamiento preponderante que se da
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 115
a la pobreza dentro del ámbito analítico del consumo la fija como una
medida estadística o gradacional, mientras que las relaciones socia-
les que la preservan y, en algunos casos, extienden son, por lo tanto,
pasadas por alto. Es necesario reconceptualizar la pobreza como el
resultado de la interacción entre globalización, marginación en el
proceso productivo y relaciones sociales de género.
En el contexto de la globalización, ser marginado es ser llevado a
los límites de la economía donde el producto del trabajo es menor al
esfuerzo invertido. La pobreza, entonces, es la experiencia y percep-
ción de marginación que han sido engranados mediante presión es-
tructural. Cuando las personas viven en la pobreza, su trabajo, recu-
rrentemente, genera un costo más elevado que su producto. Aquí está
implícito todo el trabajo, sea asalariado o no, así como todos los cos-
tos, particularmente el costo de la salud y de la supervivencia. Los
trabajadores del sector formal e informal, así como los desempleados,
bien podrían vivir en diversos grados de pobreza.
Esta conceptualización de pobreza se aleja de la tendencia general
a describir el tema de dos maneras diferentes. En primer lugar, se en-
foca en la producción para retratar la pobreza como un producto ge-
nerado dentro de las relaciones laborales, sin importar cuán forzadas
sean, y no sólo como algo que ocurre a la par del desempleo y el
subempleo. En segundo, relaciona a la pobreza con el proceso de
marginación, en vez de limitarla a una categoría de personas. Para
concebir la pobreza en términos relacionales, primero se requiere di-
sociarla de categorías geográficas y culturales estáticas. Dicho aleja-
miento es necesario para ubicar a la pobreza en el mismo marco que se
utiliza para entender la globalización y en el lenguaje de las relaciones
témporo-espaciales modificadas. La pobreza también es transnacional;
sus márgenes atraviesan los estados y las regiones del mundo.
La impotencia de los pobres puede entonces explicarse en parte
mediante el desenraizamiento de los mercados en la sociedad. Los
mercados son excluidos de los procesos que determinan lo que va a
producirse. La rigidez de las estructuras de autoridad en las relacio-
nes laborales es importante, debido a que dichas estructuras sostie-
nen la marginación. Si nos remitimos a la anterior conceptualización
de marginación, pudiera definirse a los pobres como aquellos para
quienes los beneficios derivados del trabajo son menores que el es-
fuerzo dedicado. Lo que diferencia a las relaciones de la pobreza de
los otros tipos de relaciones de producción de arriba hacia abajo es
precisamente el gran número de obstáculos sociales que hay que li-
116 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

brar para escapar de dichas estructuras. En el caso de los pobres, los


recursos individuales no son suficientes para superar las fuerzas so-
ciales que mantienen sus relaciones de producción marginadas.
Las ideologías de género saturan las relaciones sociales de produc-
ción. Las mujeres por lo general tienen menos acceso a los medios de
producción y menos control sobre ellos que los hombres. La infra-
valoración del trabajo socialmente productivo de las mujeres ocasiona
que trabajen más arduamente y más horas. La marginación de la mu-
jer se deriva de las fuerzas sociales que organizan y segmentan la
producción. Las distintas modalidades de los supuestos mercados
autorregulados acentúan el empobrecimiento económico de la mu-
jer. Esta articulación entre ideología de género e ideología de la
globalización crea y mantiene la pobreza persistente, como lo demues-
tran los siguientes casos prácticos.

LA POBREZA EN MOZAMBIQUE

Si bien Mozambique ejemplifica el “desvinculamiento involuntario”


del sistema manufacturero global, este país no se encuentra nada
desvinculado del sistema financiero global. La deuda de Mozambique
sumaba 5 400 millones de dólares en 1994, lo cual equivale a 4.5 ve-
ces su PNB (Banco Mundial, 1996b, p. 220). Gran parte de la ayuda
externa que recibe vuelve al bolsillo de los donadores mediante el
pago de la deuda (cap. 5).
Dos sucesos de la historia reciente de Mozambique ejemplifican las
condiciones que refuerzan la pobreza en ese país. En marzo de 1993,
se vendieron como comida para animales 12 000 toneladas de alimento
donado que se habían apilado para su venta, debido a que se pudrió
mientras esperaba en una bodega portuaria en Maputo. Las justifica-
ciones de lo sucedido por parte del ministro de comercio Daniel Gabriel
fueron la “saturación del mercado” en el sur de Mozambique y la inca-
pacidad de las empresas para vender sus inventarios de maíz (Mo-
zambiquefile, 1993a, p. 21). La ayuda en alimentos era parte de una
donación de 200 000 toneladas para distribuirse gratuitamente y de
100 000 toneladas para venderse. Mientras que se dio salida fácilmente
a las 200 000 toneladas de maíz gratuito, se permitió que el resto se
deteriorara. La llamada saturación en el mercado evidentemente con-
tradecía la hambruna causada por la sequía y la guerra civil entre el
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 117
Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo) y el grupo “contra”
conocido como Movimiento Nacional de Resistencia de Mozambique
(MNRM). El robo de otros alimentos proporcionados como asistencia son
evidencia de este problema (Mozambiquefile, 1993b, p. 21).
En otro incidente ocurrido en octubre de 1995, multitudes deses-
peradas por conseguir alimento sacudieron Maputo, la ciudad capi-
tal. Cientos de personas bloquearon caminos, apedrearon automóviles
y saquearon mercados en respuesta al aumento de precios de la comi-
da. En un súbito incremento derivado de la necesidad de ajustar los
precios nacionales a los internacionales, el costo de una bolsa de arroz
de 50 kg subió de 15 dólares a 50 (“Disquieting Signs in Mozambique
One Year On”, 1995, p. 11). El poder adquisitivo anual por persona
apenas llegaba a los 90 dólares en ese entonces, por lo que un aumen-
to de precios de esa magnitud se tradujo en una hambruna masiva.
Ambos sucesos ejemplifican la dañina disonancia entre las maniobras
del mercado y las difíciles condiciones reales, y apuntan a cómo el
mercado se ha desenraizado del control social.
Es bien sabido que las mujeres agricultoras se encuentran entre las
personas más pobres de África. Actualmente, esta pobreza está arrai-
gándose como una relación estructural que se da por medio de las
fuerzas globalizantes. La participación de la mujer en la fuerza labo-
ral de Mozambique es una de las más elevadas de África, con una
proporción de 49% en 1990 (Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo [PNUD], 1996, p. 169). Debido a la migración de varo-
nes a la ciudad y a los estados vecinos, las mujeres se encuentran al
frente de 60% de los hogares mozambiqueños, una cifra muy por
encima del 43% promedio en el resto del África subsahariana (James,
1995, pp. 6-7). No obstante, el acceso de la mujer a tierras y créditos
es limitado, y gran parte de su trabajo no es más que de subsistencia.
Pasemos ahora a cómo opera el ajuste estructural con respecto a es-
tas relaciones sociales.

Los mecanismos para la fijación de precios y la persistente inseguridad


por los alimentos

El hambre es el problema social más urgente en Mozambique. No sólo


el acceso a la tierra cultivable para producir alimentos es restringido,
sino que los métodos de cultivo existentes producen poco. Esta situa-
ción hace necesario un mercado donde obtener alimentos de otras
118 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

fuentes. En términos económicos modernos, la existencia de un mer-


cado alimentario depende de que haya ingresos monetarios para crear
una demanda efectiva. El ingreso monetario puede generarse me-
diante la venta de cultivos comerciales o trabajando fuera del campo,
pero cada una de estas actividades disminuye la base de subsistencia
de los hogares. El trabajo fuera del campo reduce la producción de
alimento y la posibilidad de que se generen excedentes que puedan
venderse en el mercado.
La presión sobre el campo se ha incrementado debido a dos aspec-
tos del ajuste estructural: la promoción de los cultivos comerciales y
de los exportables, tales como el anacardo y el algodón, y la campa-
ña para privatizar las tierras. El problema se encuentra arraigado en
la economía política colonial debido a que Portugal, la metrópoli, de-
signó áreas exclusivas para cultivos comerciales y proporcionó incen-
tivos para su producción. Si bien la mayoría de las tierras dedicadas
a este tipo de cultivo quedaron bajo el control agropecuario del esta-
do después de que Mozambique obtuvo su independencia política en
1975, muchas se han privatizado (cap. 5). Las tierras que iban a re-
distribuirse están siendo vendidas, con frecuencia a productores de
cultivos comerciales en gran escala. Recientemente se negociaron
proyectos de venta de tierras a grupos de agricultores sudafricanos
blancos en las provincias norteñas (Economist Intelligence Unit [EIU],
1996, p. 10). En las zonas irrigadas, algunas familias campesinas
pobres, particularmente aquellas encabezadas por mujeres, han per-
dido o subarrendado sus tierras (O’Laughlin, 1995, p. 105).
Como consecuencia de los bajos salarios y el alto precio de los ali-
mentos, incluso las familias urbanas dependen de que las esposas se
dediquen a la agricultura para obtener un suministro alimentario
adecuado. Las mujeres de muchas familias urbanas trabajan en ma-
chambas (pequeñas granjas) cercanas a Maputo. Este tipo de trabajo
se considera obligatorio para la mujer. En realidad, según revelan las
entrevistas de Marshall (1990, p. 33) con los trabajadores varones en
Maputo, se considera que las esposas agricultoras no trabajan “ni
hacen nada” . La presión sobre las tierras en la periferia urbana está
aumentando notablemente debido al alto precio de los alimentos y a
los incentivos para la siembra de cultivos comerciales. Se calcula que
sólo 30% de las familias tienen acceso a terrenos agrícolas en Maputo
(O’Laughlin, 1995, p. 105).
Con respecto al asunto de una mayor producción de alimentos,
Diane Elson señala que existen dos modos contrastantes de atacar la
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 119
pobreza: “Uno busca reducir el poder del dinero al ampliar los bene-
ficios sociales; el otro trata de aumentar el poder del dinero mediante
la introducción de criterios financieros en la operación de todos los
servicios públicos y la desregulación de los mercados laborales”
(Elson, 1994, p. 517). La puesta en marcha de un programa de refor-
ma neoliberal en Mozambique hace evidente la aplicación del segun-
do modo de atacar la pobreza. En 1988, en virtud del Programa Eco-
nómico y de Rehabilitación (PRE)-2 patrocinado por el FMI-Banco
Mundial, la eliminación de subsidios al precio de los alimentos re-
presentó un ataque a un beneficio social vital para los habitantes ur-
banos. La lógica tras el aumento en el precio de los alimentos para es-
timular la producción agrícola fue controvertida, puesto que la
agricultura es principalmente de subsistencia. Debido a que los mer-
cados alimentarios no garantizan la seguridad alimentaria de las fami-
lias rurales, el aumento de los precios precipitó más problemas, tanto
en las áreas rurales como en las urbanas (Tschirley y Weber, 1994, pp.
159-173).0

El género y la seguridad alimentaria

Al igual que en muchas otras partes del mundo, las mujeres en Mo-
zambique tienen acceso a las tierras sólo por conducto de su esposo
o de familiares varones. Los cultivos alimentarios tradicionalmente
son dominio de la mujer; la ideología de géneros obstaculiza el cul-
tivo de alimentos por parte de los varones, para quienes resulta apre-
miante el llamado a sembrar cultivos comerciales. Recientemente, los
hombres se apropiaron de las tierras que las mujeres utilizaban para
cultivar alimento, y ahora allí se siembran cultivos comerciales. Esto
ha incrementado la presión sobre el trabajo de la mujer en las tierras
marginales dedicadas a la producción de alimento. La privatización
de tierras suele cerrar la puerta a las mujeres que son cabeza de fami-
lia; las iniciativas en favor de comercializar la tierra suelen expulsar
a la mujer rural de las tierras. La fluctuación de los precios en el mer-
cado alimentario no genera la respuesta esperada con la política eco-
nómica monetarista, ya que ésta no llega a la agricultura de subsisten-
cia a cargo de la mujer. Por lo tanto, la doble presión de privatizar la
tierra y cosechar cultivos comerciales opera en contra de los intere-
ses de la mujer agricultora. Mientras siga despojándose a la mujer de
los recursos para producir alimentos a la vez que prevalece la necesi-
120 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

dad de proporcionar sustento, cabe esperar que la inseguridad ali-


mentaria continúe.

La pobreza y la reducción del gasto estatal

El tiempo que la mujer dedica a criar a los hijos, preparar la comida


y cuidar de los ancianos no ha disminuido dentro del hogar. Incluso
su necesidad de alimentarse queda en segundo plano con respecto a
la de otros parientes en la jerarquía de la familia. Los beneficios so-
ciales en Mozambique actualmente no corrigen el alto precio que la
mujer paga con su salud debido a esta mezcla de trabajo excesivo y
poca comida. Más bien, al aplicarse el PRE-2, la privatización del sis-
tema de salud incrementó el costo de los servicios médicos y, en con-
secuencia, el número de personas, sobre todo mujeres, que acuden a
las clínicas y hospitales locales se redujo de 50 a 80% (Marshall, 1990,
p. 36). El ajuste estructural ha acelerado la espiral descendente de
nutrición inadecuada y falta de atención médica para la mujer.
Es urgente que la infraestructura rural se recupere después de 70
años de guerra civil, pero el ajuste estructural se ha traducido en un
constreñimiento del gasto por parte de los gobiernos provinciales. La
reducción del gasto en transporte rural tiene graves consecuencias
para la mujer, cuyos quehaceres incluyen reunir combustible y agua.
De acuerdo con el Ministerio de Agricultura, las mujeres dedican un
promedio de 4.5 horas diarias tan sólo a transportarse (Berman, 1996,
p. 9). Pero no todo ha sido recorte en el gasto de transporte. Para los
países vecinos que no tienen acceso al mar, la ubicación de Mo-
zambique es estratégica si les proporciona transporte por tren hacia
la costa. Las iniciativas recientes de obras públicas se han concentra-
do en reconstruir las vías férreas locales, aunque no en conectar las
áreas fronterizas con las ciudades y los puertos principales. La crea-
ción de empleos asalariados mediante la reconstrucción del campo,
incluido el transporte, se hace necesaria para mejorar las condiciones
de los soldados desmovilizados. Sin embargo, un mayor gasto en la
infraestructura regional para facilitar el comercio implica menos gasto
en el transporte público, el cual es necesario para las mujeres. A pe-
sar de todo, las prioridades del ajuste estructural operan activamen-
te en contra de la orientación de dichos beneficios sociales.
El impacto de las reducciones frente a las carencias sociales también
es evidente en el ámbito de la educación. Actualmente se observa una
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 121
escasez de maestros, y la situación sin duda empeorará debido a la eli-
minación, desde finales de los ochenta, de los programas de capacita-
ción en servicio para los maestros (Marshall, 1990, p. 36). Un menor
gasto en educación arraiga la posición económica marginal de la mu-
jer de dos maneras: las mujeres tienen que dedicar más tiempo a la res-
ponsabilidad de criar hijos, y su propio acceso a la educación como me-
dio para abrir nuevas oportunidades productivas es limitado.
El argumento en este sentido es que la conceptualización y el efec-
to de las estructuras globales –principalmente la desregulación, la libe-
ralización y la privatización– se fundan en los géneros. En cuanto a la
conceptualización, dichas estructuras dan por sentado la habilidad de
la mujer para soportar demandas cada vez mayores en cuanto al traba-
jo, el suministro de alimento en el hogar, la crianza y educación de los
hijos, y el cuidado de los ancianos. En cuanto a sus efectos, las estruc-
turas globales también tienen que ver con el género en la medida en
que los mercados “autorregulados” y la privatización de la tierra res-
tringen el acceso de la mujer a los recursos productivos. En un país de
por sí empobrecido como Mozambique, esas tendencias confinan a la
mujer a relaciones de pobreza dentro de una sociedad altamente jerár-
quica.
En un sentido polanyiano, las mujeres están experimentando la
fundación de un mercado mediante el desenraizamiento de sus de-
rechos al bienestar en términos de salud, tierra y educación. Las
mujeres agricultoras han sido marginadas, obligadas a trabajar en
condiciones en las que el producto de su trabajo no cubre, o difícil-
mente lo logra, el costo de su bienestar. De acuerdo con la ideología
de los deberes domésticos de la mujer, el suministro de alimentos y
el cuidado de la familia son actividades cuyas “recompensas” provie-
nen, subjetivamente, del amor y la gratitud de los familiares. Sin em-
bargo, no hay amor o gratitud que sustituya la comida y las medici-
nas en grado adecuado para contrarrestar el hambre y la mala salud
de la mujer, y esto es cierto sin importar de cuál región se trate.

LA POBREZA EN LAS FILIPINAS

Desde hace tiempo se han seguido en las Filipinas los preceptos para
una economía globalizada, este país ha experimentado 20 programas
de ajuste. Cuarenta por ciento de su presupuesto anual se dedica al
122 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

pago de la deuda externa, que sumaba 39 000 millones de dólares en


1994 (Banco Mundial, 1996b, p. 220). Durante mediados de los no-
venta, las cifras correspondientes al crecimiento anual eran de alre-
dedor de 5%, por lo que generalmente se creía que las Filipinas se en-
contraban en auge. Sin embargo, la pobreza persistente era y es la
experiencia real de gran parte de la población. Sólo 9% de quienes
respondieron a una encuesta nacional en 1994 sentía que “no era
pobre”, un porcentaje aún menor que el de 1992, cuando 19% hizo
esa misma afirmación (Social Weather Station, 1994). El escaso gas-
to en la política social y el crecimiento del país, basado principalmente
en enclaves, explica esta contradicción entre las ganancias macro-
económicas y el aumento de la pobreza. En términos de la “propor-
ción de la asignación social” (el gasto público en salud y educación
como porcentaje del gasto total del gobierno central), las Filipinas,
con 20%, se ubica muy por debajo de la isla Mauricio (casi 60%),
Zimbabwe (40%), Paquistán (más de 50%) y Trinidad y Tobago (33%)
(PNUD, 1996, p. 71). Asimismo, la noción de que el crecimiento ca-
nalizado por medio de las instituciones financieras internacionales se
filtra a los niveles inferiores es una premisa bien aceptada por los su-
cesivos regímenes, cuyos apoyos se han dirigido a sectores específicos,
como artículos electrónicos, vestido y finanzas, los cuales tienen pocos
vínculos nacionales y casi siempre se localizan en enclaves geográ-
ficamente diferentes, basados en las exportaciones.
La primera zona procesadora de exportaciones en las Filipinas
se creó a principios de los años setenta en la provincia de Bataan.
Entre los incentivos que ofreció el estado filipino a las empresas ex-
tranjeras estaba la tenencia total del negocio y el derecho a solici-
tar préstamos en el país, además de que el gobierno garantizaría los
préstamos del exterior. No se fijaron impuestos a las importaciones
o las exportaciones, y no se requería de una inversión mínima. Las
zonas procesadoras de exportaciones atrajeron “refugiados con cu-
pos” –inversionistas de países como Japón, Corea del Sur, Hong Kong
y Taiwán, con límites para exportar a Estados Unidos. Al establecer-
se en las Filipinas, las empresas extranjeras pudieron tener acceso a
los mercados estadunidenses mediante los cupos de exportación
filipinos. Las principales actividades de estas empresas son de manu-
factura ligera, artículos electrónicos y prendas de vestir, y la fabrica-
ción intensiva; la producción de artículos electrónicos va en aumen-
to, mientras que la de prendas de vestir está disminuyendo. De todas
las iniciativas económicas del país, la zona procesadora de exporta-
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 123
ciones en Bataan es la que más se orienta a las exportaciones y la que
más depende del mercado mundial. Representa el clásico enclave
desenraizado y alejado del contexto que lo rodea debido a la lógica
económica neoliberal que lo sustenta.

Crecimiento a manos de la mujer y pobreza femenina

Las mujeres trabajadoras son quienes alimentan el crecimiento eco-


nómico en las Filipinas. Entre 85 y 90% de la fuerza laboral emplea-
da en las zonas procesadoras de exportaciones es femenina, y gran
parte de la economía se sostiene de las remesas que envían los traba-
jadores con contrato en el extranjero, y más de la mitad de ellos son
mujeres. La fuerza laboral en las zonas procesadoras de exportacio-
nes generalmente proviene de las áreas rurales vecinas, y la mayoría
de los trabajadores tienen entre 17 y 29 años de edad. El sustento de
la familia es una razón importante para aceptar un empleo en la zona
de Battan, debido a que el desempleo es un rasgo característico de las
áreas adyacentes (Rosa, 1994, p. 77).
Podría pensarse que las zonas procesadoras de exportaciones con-
tribuyen a erradicar la pobreza debido a que ofrecen empleos. Sin
embargo, en esas zonas los salarios son bajos en comparación con otras
áreas industriales como, por ejemplo, las que rodean Manila, la capi-
tal. Asimismo, la diferenciación por género segmenta la fuerza laboral,
de manera que 40% de las mujeres empleadas en zonas procesadoras
de exportaciones reciben menos del salario mínimo legal, en compa-
ración con 17% de los hombres. Como lo señaló un gerente de la zona
de Bataan, se contrata a las mujeres debido a que “sobrellevan bien la
pobreza” (Eviota, 1992, p. 121). Si el criterio para su contratación es la
pobreza y la “escasa especialización”, el resultado es una presión de
arriba hacia abajo sobre las mujeres para que sigan siendo pobres y poco
especializadas. Según se informa, las condiciones de vida en las zonas
procesadoras de exportaciones también son austeras; el precio de la
comida es más elevado que en otras áreas cercanas, y las casas de hués-
pedes para mujeres suelen encontrarse sobrepobladas y ser costosas.
Por otro lado, la inseguridad en el trabajo amenaza el futuro de la mujer.
En la industria de la microelectrónica, por ejemplo, la visión borrosa
es un padecimiento común entre las mujeres. Estas presiones, junto con
el hecho de que suelen remitir parte de su salario a la familia, hacen que
las mujeres vivan en una pobreza continua a pesar de ser asalariadas.
124 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Las relaciones de género merecen una consideración cuidadosa,


debido a que de ellas se sirven los gerentes y supervisores varones para
someter la mano de obra a su autoridad. En las fábricas se reprodu-
ce un régimen de disciplina patriarcal, en el cual los gerentes se pre-
sentan como figuras paternas ante sus jóvenes empleadas. Se ejerce
un estricto control del tiempo de las trabajadoras, e incluso hay reglas
con respecto al uso del sanitario. En algunos casos, encima de este pa-
trón disciplinario, se cierne también la amenaza de coerción sexual;
la seguridad en el trabajo suele depender de la aceptación de relacio-
nes sexuales (Eviota, 1992, p. 123). Las actividades recreativas que
promueven las compañías mantienen o inculcan estereotipos sexua-
les (por ejemplo, mediante rebajas para la adquisición de cosméticos
y el patrocinio de concursos de belleza). Dichos certámenes son par-
ticularmente comunes en la industria de la microelectrónica, donde
se ha realizado un esfuerzo explícito por asociar el ensamblado de
semiconductores a un “trabajo de mujeres” (Eviota, 1992, p. 120).
Es la ideología de género, y no la calidad intrínseca del trabajo, lo
que estructura las políticas de contratación. Es quién hace el trabajo,
y no el trabajo en sí, lo que conduce a su identificación como trabajo
“muy” o “poco” especializado. La dinámica consiste en mantener la
categoría de trabajo poco remunerado como trabajo de mujeres. El
trato a la mujer como empleada de segunda se origina en el concep-
to de la mujer como trabajadora temporal, para quien el trabajo asa-
lariado es una fuente de ingresos adicional a un sustento dependiente
ya asegurado. Si bien ocasionalmente se argumenta que las zonas
procesadoras de exportaciones permiten a la mujer trabajadora esca-
par de la vida rural patriarcal, ello no la libera de la disciplina asala-
riada. Como resultado del alto costo de vida tras el ajuste estructural,
las mujeres no tratan de asegurarse un ingreso complementario sino
el sustento fundamental. El matrimonio no necesariamente es una
salida, pues muchas mujeres continúan con la obligación de ganar un
salario y, con frecuencia, trabajan más después de casarse.
Aunque es muy común la justificación de que se contrata a muje-
res para hacer trabajo femenino debido a su naturaleza –es decir, por
las supuestas cualidades naturales de la mujer–, el traspié se da cuan-
do este supuesto también lo aceptan los observadores de la globali-
zación. La misma ideología que amenaza a la mujer en el centro de
trabajo preserva las demandas de que trabajen en el hogar. La expec-
tativa de que realicen múltiples tareas, así como el costo cada vez más
alto de la comida y la atención médica, llevan a las mujeres a buscar
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 125
trabajos remunerados. Las solteras buscan trabajo como un medio
para conseguir cierto grado de independencia de las condiciones
restrictivas del hogar. Aunque la experiencia de las mujeres en las zo-
nas procesadoras de exportaciones suele ser alienante y cambia for-
zosamente las relaciones de las trabajadoras con la sociedad, su lucha
tiene por objeto mejorar las relaciones de producción y no volver a su
antigua condición de dependencia. Por ende, cualquier escape de sus
relaciones de producción, socialmente marginadas, y cualquier reen-
raizamiento de la economía local en la sociedad –lo que implica un
reordenamiento de la economía mundial– necesariamente lleva a po-
ner en tela de juicio las normas imperantes, inculcadas mediante la
ideología de género.

LA MATRIZ DE LA GLOBALIZACIÓN, LA MARGINACIÓN Y EL GÉNERO

Hemos sostenido que el neoliberalismo se concentra en la clasifica-


ción de la pobreza de acuerdo con el crecimiento agregado, el gasto
individual y otros indicadores sintomáticos, más que en la considera-
ción de factores relacionales y fundamentalmente estructurales, con
lo cual no se logra llegar a las raíces más profundas de la pobreza.
Mientras que la globalización ofrece oportunidades económicas sin
parangón para algunos, también reconfigura la incidencia de la po-
breza dentro de los países y entre ellos. Lo anterior significa que la
globalización y la marginación son procesos interconectados, y la
primera conduce a la segunda. Impulsada por la hipercompetencia,
la globalización empuja hacia los márgenes a algunos grupos, típi-
camente al de mujeres, lo cual arraiga aún más la pobreza. Puesto
que la ideología de género ayuda a segmentar a las mujeres en pues-
tos particulares dentro del proceso de producción, es importante
que los analistas superen la separación entre las estructuras de cla-
se y de género, y analicen las distintas maneras en que se relacionan.
Nuestra teoría, por lo tanto, es que la interacción de esos procesos
–globalización, marginación y fuerzas sociales– moldea tanto los pa-
trones de la pobreza y como otros resultados de índole distributiva.
En este contexto, es importante conceptualizar la pobreza en térmi-
nos de las relaciones sociales de producción.
Pasando a la cuestión de las soluciones, aunque sería equivocado
trivializar el dolor de la pobreza, algunos intentos por amortiguarla
126 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

encierran un peligro. El supuesto amortiguador del neoliberalismo


no hace más que perpetuar la pobreza al reconcentrarla. Aunque las
políticas neoliberales sacan a mucha gente de la pobreza en algunas
regiones, también coloca a la mujer dentro de sus mecanismos. El
neoliberalismo no sólo empeora la desigualdad, además alimenta
también el consumismo. La estrategia neoliberal combina una posi-
ble solución a la pobreza y una causa subyacente de la misma. Pero,
¿existe otra alternativa para amortiguar la pobreza? Si nuestro enfo-
que de la estructuración de la pobreza es correcto, el problema de
amortiguarla se traslada a la pregunta de desafiar las estructuras sub-
yacentes. Para responderla, resulta muy aleccionador remitirse a los
casos prácticos. Mozambique, el país más pobre del continente más
pobre, y las Filipinas, por mucho tiempo el país más asolado por la
pobreza y, hasta hace poco, el más marginado en una subregión que
experimentó un crecimiento explosivo, parecen diferentes en térmi-
nos de su dotación de recursos, trayectoria histórica, estructura social
y mosaicos culturales. Sin embargo, considerándolos juntos, se ven di-
námicas similares que nos ilustran sobre la estructuración de la pobre-
za; a saber, que es una condición económica que se integra de otras
formas de discriminación social –frecuente, pero no exclusivamente,
de géneros– y que las rígidas jerarquías patriarcales favorecen el em-
pobrecimiento de la mujer. En otras palabras, las estructuras de la po-
breza abarcan procesos paralelos que se refuerzan mutuamente.
Debido a la globalización neoliberal, cada vez es más difícil de-
salojar a esta estructura. La capacidad técnica de la producción –or-
ganizada ahora en una escala principalmente mundial, y no nacional–
parece rebasar la capacidad de control social. En este sentido, la
globalización neoliberal es un suceso previsto (pero, por supuesto, no
delimitado) en el análisis original de Polanyi sobre el desenrai-
zamiento de las fuerzas de mercado en la sociedad. En la era de la glo-
balización, la pobreza no sólo se ubica en una constelación de fuer-
zas de mercado algo diferentes de las analizadas en los estudios de
Polanyi, sino que debe interpretarse como una condición política. En
términos más gráficos, la pobreza se vuelve un crisol donde la discri-
minación social –que incluye la degradación de instituciones como las
de salud y educación– y la arbitrariedad del poder se nutren y
autosustentan. El “crecimiento”, con frecuencia planteado como una
panacea en las políticas dominantes para mitigar la pobreza, parece
una solución débil a esta profunda condición política.
Si el reto consiste en mitigar la pobreza, el primer paso es crear
POBREZA GLOBAL Y GÉNERO 127
nuevos conocimientos y normas sobre el problema en contextos espe-
cíficos, y también ubicarlos dentro del proceso de globalización. Dado
que la globalización neoliberal disminuye el papel del estado en el
combate a las estructuras de marginación por género, la pobreza se
atrinchera y al mismo tiempo el mercado se abre más. Los mercados
presentan una pobreza arraigada en el género debido en parte al poco
control del pueblo sobre ellos. Para mitigar la pobreza, las interven-
ciones políticas deben atacar de raíz el problema de cómo reenraizar
la economía en la sociedad. Actualmente, la sociedad aún toma el
marco nacional como su principal punto de referencia y ella misma
está marcada por el género y otras formas de desigualdad. En ausen-
cia de un cambio fundamental dentro de la sociedad, el reenrai-
zamiento de los mercados globalizados no resolverá, ipso facto, el pro-
blema de la generación de pobreza. Como precaución ante el riesgo
de un precepto polanyiano de reenraizamiento, debe hacerse hinca-
pié en que cada sociedad tiene sus propias formas de patriarcado y su
dinámica de pobreza distintiva. La interacción entre la globalización
neoliberal y las estructuras históricas locales produce diversas per-
mutaciones, como lo demuestran nuestros casos prácticos. No obstan-
te, a final de cuentas, la solución a la pobreza radica en crear un mer-
cado social, es decir, volver a subordinar la economía a la sociedad,
pero sin conservar las ideologías de género que contribuyeron a dar
vida a estas estructuras sociales jerárquicas e inequivativas.
Con el fin de discutir más a fondo la marginación y considerar
otras facetas de esta estructura, en el siguiente capítulo se pone el caso
de Mozambique en el contexto de subordinación en la economía
política global y del paso de un desarrollo autocéntrico tentativo a una
estrategia neoliberal. Se abordan también las consecuencias de aco-
ger la globalización neoliberal en el desarrollo económico, el control
político y el bienestar social. Es cierto que Mozambique constituye un
ejemplo extremo de vulnerabilidad, pero los casos extremos tienen la
ventaja de iluminar los posibles efectos –que, por supuesto, varían de
caso en caso– de las estructuras globalizantes en un país en vías de
desarrollo, que busca ascender en la división global del trabajo y el po-
der siguiendo un camino neoliberal.
5. MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO
EN MOZAMBIQUE

Mozambique es un país que se presta a metáforas de altos ideales, de


desafío al sistema mundial y de aspiraciones insatisfechas. Allí se han
articulado como asuntos de política pública las cuestiones planteadas
en los foros académicos de otros lugares: interrogantes sobre las es-
tructuras que perpetúan la desigualdad, la capacidad de los movi-
mientos masivos para erosionar la base de la dominación mundial y
la lucha por la democracia en medio de una pobreza penetrante. De
modo extremo, es claro que Mozambique ha sufrido el mismo desti-
no que el continente, al pasar de grandes expectativas a una posición
cada vez más marginal en la división global del trabajo y el poder. La
globalización implica una integración cada vez mayor de los merca-
dos, pero África no le ha seguido el paso a la reorganización espacial
del sistema manufacturero mundial y al incremento subsecuente de
las actividades de exportación. Si bien la industrialización no es un
remedio mágico a los problemas del subdesarrollo, mejorar el papel
desempeñado por la fabricación y la tecnología es un elemento cla-
ve del crecimiento económico productivo. Sin embargo, las reformas
basadas en el mercado limitan los esfuerzos por promover la fabrica-
ción, debido a que son antiigualitarias y pueden erosionar la base de
la democracia en el momento mismo en que las fuerzas nacionales e
internacionales favorecen la democratización.
A partir de la conceptualización ya planteada en este libro, este
capítulo analiza las diversas interacciones entre los elementos de la
división global del trabajo y el poder: procesos regionales, migración,
redes mercantiles y cultura. Al demostrar que deben ampliarse los
antiguos constructos para dar cuenta más plenamente de la regio-
nalización de problemas y soluciones, este análisis proporciona un
enlace con la segunda parte, la cual tiene que ver con la globalización
y el regionalismo. Empíricamente, el análisis indicará la variedad de
vínculos existentes entre la globalización y la marginación, utilizan-
do como caso práctico a Mozambique, y sujetándonos, por supuesto,
a la advertencia usual con respecto a lo difícil que es generalizar a
partir de un solo caso.

[128]
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 129
El análisis siguiente identificará primero las estructuras históricas
que constituyen la división global del trabajo y el poder en África. En
las secciones empíricas de este capítulo se considera de qué modo
Mozambique está atado a la división global del trabajo y el poder, se
analiza su programa de reforma basado en el mercado y su pérdida
de control, y se evalúan diversas políticas de ajuste en las relaciones
transnacionales. La conclusión se centra en el dilema de cómo recon-
ciliar democratización y revitalización económica, un problema endé-
mico en África y en otras regiones del mundo.

ÁFRICA EN LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Para finales de los años setenta, los países en vías de desarrollo se


habían convertido en un grupo extremadamente heterogéneo. Unos
cuantos disfrutaban de una notable movilidad ascendente en la divi-
sión global del trabajo y el poder, otros más experimentaban una
movilidad descendente y algunos permanecieron al final de la fila,
pero no en posición estática. A pesar de los momentos de crecimien-
to económico y los indicios de democratización, los casos de rápida
movilidad ascendente casi nunca se han dado en África, donde la
industrialización frecuentemente ha acentuado el dualismo en la eco-
nomía. La inclusión en los niveles más bajos del sistema manufactu-
rero global podría acentuar aún más la marginación al reforzar la
dependencia de importaciones selectas, particularmente de bienes de
capital, y requerir la aceptación de los límites de participación en los
mercados globales altamente competitivos. Dada la rivalidad de las
corporaciones transnacionales, esta competencia contrapone los sala-
rios y las condiciones laborales en los niveles más altos de la división
global del trabajo y el poder con aquellos del extremo inferior. El
resultado es la fragmentación permanente de la fuerza laboral global
y la existencia de focos de pobreza a la par de un sector de servicios
en expansión en las economías avanzadas y de reservas de mano de
obra cada vez mayores en África.
La tasa de crecimiento de muchas de las economías nacionales en
África rondaba el cero por ciento en los años ochenta, cuando varios
países asiáticos experimentaron un incremento anual del PNB de al-
rededor del 10%. Dado que la población aumentó más que en cual-
quier otra región, el ingreso real en el África subsahariana se estan-
130 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

có. Esta región también tiene la deuda de largo plazo más elevada del
mundo como porcentaje del PNB: 81.3% en 1995, comparado con el
41% de América Latina y el Caribe ese mismo año (Banco Mundial,
1997b, pp. 246-247). Llama la atención que la proporción de la deuda
respecto del PNB en el África subsahariana en 1980 –30.6%– fuera
inferior al 36.0% registrado en América Latina y el Caribe (Banco
Mundial, 1989b, pp. 2, 6, 15 y 18).
Tal vez el indicio más revelador de la participación en la división
global del trabajo y el poder es la estructura cambiante de la produc-
ción, vista en términos de la tasa de crecimiento de los sectores en el
periodo 1990-1995. La industria en el África subsahariana reflejó un
incremento de apenas 0.2% entre 1990 y 1995, en comparación con
el aumento de 15% registrado en Asia oriental (Banco Mundial,
1997b, pp. 238-239). Los productos manufacturados como porcen-
taje del volumen de exportaciones en el África subsahariana pasaron
de 13% en 1970 a 16% en 1993, mientras que la cifra correspondiente
a Asia oriental y la zona del Pacífico aumentó de 24 a 30% en el mis-
mo periodo (Banco Mundial, 1995b, p. 167). El consumo, la inversión
y el ahorro como porcentajes del PIB en ambas subregiones son igual-
mente reveladores. En 1995, el año más reciente del cual se tienen
cifras disponibles, el consumo del sector privado en el África subsa-
hariana representó 67% del PIB, en comparación con el 51% de Asia
oriental y la zona del Pacífico; la inversión interna bruta fue de 19
contra 39%, y el ahorro interno bruto, de 16 frente al 38% (Banco
Mundial, 1997b, pp. 238-239). Estas pocas estadísticas ilustran el
notable contraste entre ambas regiones dentro de la economía polí-
tica global.
Las diferencias intrarregionales son tan útiles para nuestro análisis
como las comparaciones transregionales. En 1995, la deuda externa
de Mozambique como porcentaje del PIB era de 443.6%, cinco veces
mayor que la del África subsahariana en conjunto (de 81.3%) (Banco
Mundial, 1997b, pp. 246-247). De 1990 a 1995, la tasa de crecimiento
anual promedio del sector industrial fue de –2.4%, en comparación
con el 0.15% del África subsahariana. En 1995, el consumo del sec-
tor privado en Mozambique como porcentaje del PIB fue de 75%,
mientras que el del África subsahariana fue de 67%; la inversión in-
terna bruta sumó un vigoroso 60% en comparación con un 19%, mien-
tras que el ahorro interno bruto fue de 5 frente al 16% del África
subsahariana (Banco Mundial, 1997b, pp. 234-235, 238-239).
Resulta evidente que Mozambique, país moldeado por el colonia-
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 131
lismo para que fuera una economía de servicios vinculada al interior,
ocupa el último escalón en la escalera global. La experiencia de este
país asolado por la pobreza y desgarrado por la guerra ayuda a inva-
lidar los razonamientos, excesivamente voluntaristas y optimistas,
acerca de la movilidad dentro de la economía política global deriva-
da de las condiciones especiales en las que los países de industriali-
zación reciente en Asia oriental experimentaron por primera vez un
rápido crecimiento económico (véase Mittelman y Pasha, 1997, pp.
130-153), lo que, en algunos casos, se disipó súbitamente a finales de
los años noventa.
Mozambique es un caso importante que conviene considerar de-
bido a que en él se combinan potencial económico y ubicación estra-
tégica en el sur de África. Olusegun Obasanjo, jefe de estado de
Nigeria, señalando la importancia de los puertos, muelles y líneas
férreas de Mozambique para sus países vecinos sin salida al mar, apun-
tó: “Literal y metafóricamente, todos los caminos del África meridio-
nal independiente conducen a Mozambique” (Obasanjo, 1988, p. 14).
Sumando la vulnerabilidad estratégica de esos países vecinos, que va
de la mano de su vulnerabilidad económica, Obasanjo concluyó su
informe a la Comunidad de Naciones haciendo hincapié en lo si-
guiente: “Todos los líderes [de la SADCC, ahora SADC] a quienes con-
sulté afirmaron ver en Mozambique la clave para la seguridad de la
región en el contexto geopolítico imperante. Se considera a Mozam-
bique el eslabón más vital, y a la vez más débil, de la cadena” (ibid.,
p. 20). Como sugieren estas observaciones, Mozambique es esencial
para la movilidad de los países en el sur de África. Para entender las
alternativas de Mozambique –y, por extensión, las de África meridio-
nal– dentro de la división global del trabajo y el poder, veamos pri-
mero el origen de los patrones actuales.

LA GÉNESIS DE LA MARGINACIÓN

Mozambique se ha unido a la división global del trabajo y el poder de


diversas maneras. Mucho antes del gobierno colonial, los puertos
mozambiqueños eran punto de paso hacia el corazón de África para
mercaderes provenientes de sitios tan lejanos como China. Durante
la colonia, Portugal construyó la infraestructura económica en Mo-
zambique, pero hizo poco por aumentar la capacidad productiva. El
132 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

colonialismo asignó a Mozambique el papel de economía subordinada


al servicio de Sudáfrica y Rhodesia del Sur (ahora, Zimbabwe), la es-
fera de influencia de los colonizadores.
Durante la colonia, Mozambique producía materias primas funda-
mentales (obtenidas principalmente mediante sistemas agrícolas ba-
sados en la mano de obra intensiva y forzosa) para el poder metropo-
litano. El Mozambique colonial también fungía como mercado de los
bienes manufacturados de Portugal. La economía de Mozambique
dependía de los ingresos obtenidos de sus puertos, de sus ferrocarriles
–que corren entre Este y Oeste en un país alargado y estrecho que se
extiende de Norte a Sur– y de las remesas de los trabajadores. En
esencia, Portugal vendía mano de obra africana a cambio del oro
sudafricano. Mozambique actuaba como una reserva de mano de obra
para las minas y granjas en Sudáfrica, y parte de los salarios se paga-
ban en oro al Banco Nacional Ultramarino de Lisboa.
Aunque esta economía colonial entró en profunda recesión a prin-
cipios de los años setenta, el turismo de los colonizadores y la ener-
gía obtenida de la presa Cabora Bassa ayudaron a sostener una estruc-
tura vacilante. Durante los años de decadencia del colonialismo,
Mozambique obtenía 42% de su PIB y entre 50 y 60% de sus entradas
en divisas de la zona del rand (Mittelman, 1981, pp. 23-63). Hacien-
do alusión a este legado, el Banco Mundial adecuadamente señaló:
“Estas distorsiones estructurales implicaron que Mozambique fuera
muy vulnerable a una serie de choques exógenos que han afectado la
economía desde de la independencia del país” (Banco Mundial,
1989a, p. 306).
Cuando se independizó en 1975, Mozambique heredó una econo-
mía inviable, cuyas exportaciones cubrían menos de la mitad de las
importaciones. Quinientos años de colonialismo portugués dejaron
un índice de analfabetismo de 93% y menos de 50 mozambiqueños
con educación universitaria. El éxodo de 90% de los colonizadores
portugueses causó grandes problemas en la economía. La escasez de
personal capacitado menoscabó las actividades económicas clave. Para
empeorar las cosas, Pretoria redujo notablemente el número de
inmigrantes mozambiqueños que podían trabajar en las minas
sudafricanas, puso fin al pago de salarios en oro a los mineros, eliminó
el turismo a Mozambique y asignó nuevas rutas al transporte de car-
ga. A esta carga económica se sumó la decisión que tomó el gobier-
no de Maputo en 1976 de aplicar sanciones patrocinadas por la ONU
contra Rhodesia del Sur, a un costo estimado para Mozambique de
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 133
150 millones de dólares al año. A pesar de la abundancia de recursos,
la economía de Mozambique se encontraba en una crisis crónica de
divisas.
Contra este trasfondo, el gobierno del Frelimo trató de recuperar
el control de la economía nacional. El estado se vio obligado a hacerse
cargo de las empresas abandonadas para garantizar el funcionamien-
to básico de la producción y la distribución. En el sector agrícola, el
Frelimo creó granjas estatales y paraestatales para encargarse de co-
mercializar los productos agrícolas. De igual modo, se formaron com-
pañías comerciales estatales en la industria. Con el nacimiento de la
Comisión de Planeación Nacional en 1978, el papel de la asignación
administrativa aumentó en todos los sectores de la economía, y el
Frelimo al principio consideró a la industria pesada como fuerza
motriz de la economía. La prioridad inmediata fue fortalecer las in-
dustrias generadoras de productos de consumo y armar actividades
para el procesamiento de productos agrícolas. En el largo plazo, el
Frelimo buscaba desarrollar industrias de transformación con el fin
de no ser tan dependientes de las importaciones extranjeras y aumen-
tar las exportaciones. Los planeadores contemplaban el inicio de
muchos proyectos en el norte de Mozambique, cerca de la mayoría de
las materias primas del país y lejos del eje sureño que había sido di-
señado por el colonialismo y eclipsado por Johannesburgo, la
submetrópoli.
En el campo de las relaciones económicas internacionales, el
Frelimo tomó un curso intermedio entre aceptar la situación que he-
redó del nacionalismo y rechazar los vínculos establecidos. Tras expre-
sar su deseo de incrementar las negociaciones con países de diversa
orientación, Mozambique primero tenía que decidir cómo tratar con
Sudáfrica. El Frelimo expresó en repetidas ocasiones su determina-
ción a poner fin a su dependencia de Pretoria, pero tenía claro que
sería contraproducente intentar un divorcio de la noche a la mañana.
La estrategia para separarse de Sudáfrica en el largo plazo consistía
en forjar una economía interna independiente y diversificar las rela-
ciones económicas internacionales.
Las principales limitaciones en esta estrategia para escapar del
subdesarrollo fueron los desastres naturales, los propios errores del
Frelimo y la intensificación de la política desestabilizadora de Sud-
áfrica. A principios de 1977, Mozambique enfrentó una serie de ca-
lamidades naturales: las peores inundaciones del siglo XX en el país,
y, posteriormente, ciclones y sequías. Ante estas dificultades, y dada
134 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

la presión por alcanzar los objetivos del Plan de Diez Años, promul-
gado en 1980, los funcionarios locales se mostraron cada vez más en
desacuerdo con los procedimientos de consulta y consenso del
Frelimo, y recurrieron a un cambio por decreto. En la provincia de
Nampula, por ejemplo, los funcionarios repetidamente justificaron
dichas medidas tomando como excusa la seguridad (Roesch, 1989, p.
10).
Sudáfrica no sólo siguió contribuyendo a la desestabilización de
Mozambique, sino que incrementó la guerra de baja intensidad con-
tra su vecino. Las Fuerzas de Defensa Sudafricanas emprendieron una
campaña encubierta mediante un sustituto. Un ejército rebelde, el
MNRM (Movimiento Nacional de Resistencia de Mozambique), fue
formado por el servicio de inteligencia de Rhodesia del Sur después
de la independencia de Mozambique en 1975 y se trasladó a Sudáfrica
en 1980, cuando Zimbabwe se independizó. Sin una ideología mani-
fiesta además de su oposición encarnizada al gobierno del Frelimo,
el MNRM inició una destrucción desenfrenada, matando primero al
escaso personal capacitado y acabando con escuelas, hospitales y clí-
nicas, estaciones de comunicación, líneas de transmisión eléctrica, el
gasoducto y las zonas agropecuarias.1
En enero de 1984, el gobierno calculó sus pérdidas durante 1975
en 556 millones de dólares por destrucción y sanciones durante la
guerra contra Rhodesia; 3 460 millones de dólares debidos a que
Sudáfrica disminuyó el tráfico ferrocarrilero y portuario, así como la
contratación de trabajadores en el sector minero, y 333 millones de
dólares por las agresiones militares directas por parte de Sudáfrica y
del MNRM. Si se compara con un PNB de 2 050 millones de dólares en
1982, las pérdidas por 4 020 millones de dólares en siete años cons-
tituyen una cantidad impresionante (Comisión Nacional de Planea-
ción del Gobierno de Mozambique, 1984, p. 41). En un estudio co-
misionado por la SADCC (ahora SADC) se estimó que los costos directo
e indirecto de la desestabilización en Mozambique fueron de 6 000

1
Las dimensiones de la tragedia humana fueron monstruosas. Debido a la inte-
rrupción de los servicios médicos, la tasa de mortandad infantil aumentó a 173 por
cada 1 000 niños nacidos vivos en el país, mientras que la mortandad en niños de
cinco años o menos llegó a ser de 297 por 1 000 en 1988 (Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia, 1990, p. 19). En un informe realizado por un asesor inde-
pendiente para el Departamento de Estado de Estados Unidos (Gersony, 1988) se
documentan las atrocidades cometidas por el MNRM: ejecuciones sumarias, secuestros
en masa, trabajos forzados, violaciones, robos, asesinatos, mutilaciones y torturas.
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 135
millones de dólares. Esta cifra fue de casi el doble de la deuda exter-
na del país y 60 veces el valor de las exportaciones mozambiqueñas
durante el año en que se realizó el estudio (Comisión Ejecutiva Na-
cional para Emergencias del Gobierno de Mozambique y Departa-
mento para la Prevención y el Combate de Desastres Nacionales,
1988, pp. 5-6). Cuando la guerra de 12 años terminó, habían muer-
to un millón de personas y el daño a la economía de Mozambique
sumaba alrededor de 30 000 millones de dólares (Hanlon, 1997a).

POLÍTICAS DE REFORMA DEL MERCADO

Para detener la caída de la producción, el Cuarto Congreso Partidis-


ta de 1983 volvió a evaluar la estrategia general del Frelimo. El con-
greso decidió que la prioridad ya no serían las granjas estatales y co-
lectivas, sino las granjas familiares y la agricultura comercial privada.
Ya no se hizo hincapié en las nuevas inversiones, sino en la rehabili-
tación de las instalaciones existentes y en una mayor eficiencia. El
congreso prometió ampliar el papel del sector privado en el desarro-
llo económico del país. A cambio de esta gran variedad de reformas,
Mozambique obtuvo el apoyo del FMI y del Banco Mundial, al cual se
incorporó en 1984.
Debido a los ataques militares directos de Sudáfrica y del grupo
insurgente MNRM, el Frelimo destinó a mediados de los años ochen-
ta hasta 46% del presupuesto nacional a la defensa (Departamento de
Comercio de Estados Unidos, 1989, pp. 6-7). Resulta evidente que
solucionar el problema de seguridad era el factor clave para la re-
vitalización económica. Por lo tanto, el Frelimo negoció el Acuerdo
Nkomati, un pacto de no agresión con Sudáfrica, en 1984. Sin embar-
go, en violación de este tratado, el régimen segregacionista continuó
apoyando al MNRM y, además, redujo sistemáticamente los ingresos en
divisas de Mozambique.
Mientras se deterioraba la situación económica, el gobierno adop-
tó un Plan de Acción Económica para el periodo 1984-1986. Este
programa incluyó un sistema de detracciones que permitía a las em-
presas exportadoras utilizar parte de sus entradas en divisas para
importar insumos. El programa también implicó un nuevo código
para facilitar la inversión extranjera directa (IED). Otras medidas fue-
ron la aprobación de leyes para que algunas empresas comerciaran
136 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

directamente en el exterior, y una nueva ley del trabajo que permitió


a los gerentes despedir a los trabajadores y recompensar la produc-
tividad. Las políticas agrícolas se concentraron en aumentar la pro-
ducción dentro del sector familiar otorgando herramientas para el
campo e incentivos a la producción. En la industria, la rehabilitación
se centró en la fabricación de textiles, calzado y otros bienes de con-
sumo.
El Programa de Acción Económica sentó las bases de la reestruc-
turación de la deuda con el auspicio del Club de París en 1984. El FMI
y el Banco Mundial consideraron el programa de reformas de
Mozambique como un mejoramiento en la administración, pero in-
suficiente para fraguar un cambio económico radical. Como lo expuso
el banco:

El sistema fundamental de administración centralizada y control constante


continuó, y el aislamiento de la economía de las fuerzas de mercado inter-
nacionales y nacionales se agudizó. No se abordaron los problemas funda-
mentales, sobre todo aquellos relacionados con la sobrevaluación del tipo de
cambio; la distribución de los escasos recursos –incluidas las divisas–; la
entrega de incentivos a los productores agrícolas, y la permanencia de los
rígidos controles sobre la distribución y los precios en toda la economía (Ban-
co Mundial, 1989a, p. 307).

Sin duda, el Fondo y el Banco comunicaron sus observaciones


durante las pláticas sostenidas con el gobierno de Mozambique en
1985 y 1985, con lo cual se abrió el camino para los acuerdos con los
bancos del Club de Londres y los acreedores del Club de París en
1987. Esos acuerdos permitieron reestructurar la deuda y lograr nue-
vos créditos a tasas de interés favorables.
Con el fin de generar las condiciones estructurales necesarias para
revitalizar la economía, el gobierno introdujo el PRE 1987-1988, que
se concentró en revertir el ciclo de baja económica y restaurar la pro-
ducción de 1990 a un nivel más o menos equivalente al de 1981. El
PRE trató de alcanzar este objetivo a la vez que impulsó la producción
y corrigió los desequilibrios financieros. La idea era cambiar los tér-
minos del comercio urbano-rural en favor de los habitantes rurales y
ofrecer incentivos materiales rejuveneciendo las industrias que pro-
dujeran insumos y bienes comerciales para el sector agrícola. Al mis-
mo tiempo, el programa contribuía a cerrar la brecha entre el tipo de
cambio oficial y el del mercado paralelo. Con el fin de socavar el
mercado paralelo, las devaluaciones estuvieron acompañadas de
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 137
medidas para mejorar la eficiencia e incentivos para lograr un manejo
rentable de las empresas productivas. En consecuencia, en 1987 el
metical se devaluó de 40 a 200 por dólar estadunidense en enero, y
a 400 en junio. Para octubre de 1988, el metical se cotizaba en 620 por
dólar y, para 1991, en 1 050 por dólar.
A pesar de las constantes medidas desestabilizadoras patrocinadas
por Sudáfrica, la aplicación de estas estrategias neoliberales repercu-
tió claramente en la economía. En 1987, la economía experimentó
una recuperación de la producción interna bruta de alrededor de 5%,
así como un incremento sustancial en la producción del sector comer-
cial privado y familiar. En 1988, el PIB se incrementó nuevamente en
4%, aproximadamente (“Chissano Says Stop”, 1989, p. 45; EIU, 1989,
pp. 26 y 31). Es importante recordar el contexto de esta alza de 4%:
una estratificación social en aumento y una inyección sustancial de
ayuda externa. Resulta notable que la economía mostrara señales de
recuperación en 1986, incluso antes de anunciarse el PRE. Durante ese
año las cifras del gobierno reflejaron un incremento de 1.5% en el PIB
real.
Dado el vasto alcance de los trastornos económicos, el programa
de reformas se prolongó varios años e incluyó una segunda fase, que
abarcó de 1989 a 1991. Los objetivos generales del PRE fueron los
mismos que los de la primera etapa y se enfocaron en los problemas
principales de las políticas. Se dio prioridad a la continuidad de la
liberación de precios y a ampliar el espacio para que las fuerzas de
mercado rigieran la aplicación de precios. La política tributaria se
concentró en aplicar la disciplina fiscal y en devolver rentabilidad a
las empresas. El mejoramiento de la coordinación y de la utilización
de la ayuda externa fue de gran importancia. La política monetaria
siguió siendo restrictiva, pues se controló el crédito bancario y se hizo
hincapié en el otorgamiento de préstamos a empresas. En la agricul-
tura, las reformas a la comercialización y la fijación de precios tuvie-
ron por objeto incrementar la producción y mejorar el ingreso de los
habitantes rurales.
Además del modesto crecimiento económico, a finales de los años
ochenta surgieron graves problemas sociales derivados de los progra-
mas de ajuste estructural. Las devaluaciones en 1987 desencadenaron
subidas masivas de precios. Aunque los salarios aumentaron 70%, el
precio promedio se disparó 200%. Los recortes presupuestales se tra-
dujeron en menos apoyo a los programas de salud y educación. El
gasto per cápita en salud disminuyó de 4.70 dólares en 1982 a 1.40
138 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

dólares en 1987, y a 0.90 durante la aplicación del PRE en 1989. El


gasto en educación durante 1988 fue de sólo un tercio del monto
presupuestado para las escuelas en 1982. Aunque la desregulación
aumentó la cantidad de comida disponible en el mercado y en las tien-
das, en 1988 el precio del arroz, el maíz y el azúcar se incrementó de
300 a 500 por ciento.
Los problemas que acompañaron el ajuste estructural se intensi-
ficaron durante los años noventa. Las importaciones de Mozambique
se encarecieron con respecto al precio de sus exportaciones, las cua-
les cubrían sólo 15% de las importaciones del país. La deuda exter-
na llegó a ser de 5␣ 300 millones de dólares en 1993, casi cuatro ve-
ces el PNB de Mozambique.
Las repercusiones del marco del FMI fueron evidentes en la edu-
cación, ahora de menor calidad, y en el limitado acceso a ella. Se ha
registrado una notable escasez de maestros certificados y no hay pre-
supuesto para capacitarlos durante el servicio. De igual modo, los
servicios de salud han seguido deteriorándose, y el gasto per cápita
ha menguado a tan sólo 0.10 dólares aproximadamente. La priva-
tización del sistema de salud ha causado un notable aumento en el
precio de los análisis, gastos de hospitalización y medicamentos. Es-
tos altos costos ocasionan que menos personas se atiendan en clíni-
cas y hospitales. Las mujeres asimilan las tareas que ya no son respon-
sabilidad de las instituciones públicas, debido a que ellas llevan la
carga de cuidar de los familiares enfermos y de los niños, sin recibir
paga alguna (cap. 4).
Ante el súbito aumento en el precio de los alimentos en los años
noventa, los pobres urbanos se amotinaron en Maputo y bloquearon
carreteras, apedrearon vehículos y asaltaron mercados. De igual
modo, los furibundos residentes urbanos, ayudándose sólo de unos
cuantos autobuses, colocaron barricadas en las calles y se manifesta-
ron contra el aumento, al doble, de las tarifas de los microbuses pri-
vados. Impulsados también por las difíciles condiciones económicas
internas, grandes cantidades de inmigrantes mozambiqueños que
buscaron empleo en Sudáfrica fueron objeto de ataques en municipios
y minas alrededor de Johannesburgo, lo cual los obligó regresar y
unirse a las multitudes de ex soldados en busca de empleo.
Dentro de este marco, la sociedad civil en Mozambique no se ha
desarrollado conforme al modelo occidental de organización espon-
tánea de voluntariados. Más bien, en ausencia de financiamiento lo-
cal, las ONG mozambiqueñas, localizadas principalmente en la capi-
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 139
tal y no en las áreas rurales, donde vive más de 70% de la población,
se asemejan más a agencias de donaciones que a la base social que
supuestamente representan. Normalmente se asocian con donantes
internacionales, y no con las comunidades mozambiqueñas o con las
asociaciones civiles en África meridional. Los vínculos desde los es-
tratos superiores hacia los inferiores por lo general reciben más prio-
ridad que el impulso de abajo hacia arriba de la sociedad civil (Costy,
1995). Resulta importante recordar el contexto de este “déficit de re-
presentación”: a principios de los noventa, la ayuda oficial al desarro-
llo constituía 98% del PIB. Esta inyección de financiamiento exterior
tuvo como condición tanto la liberalización económica como la refor-
ma política.
El gobierno transfirió la facultad para elegir presidente del comité
central del partido a la Asamblea Popular (rebautizada Asamblea del
Pueblo en 1990), en la cual hay miembros que no son parte del
Frelimo. En el Quinto Congreso Partidista del Frelimo organizado en
1989, se descartaron las referencias al marxismo-leninismo de los
estatutos y programas del partido. El congreso decidió redifinir el
partido como un “partido vanguardista del pueblo mozambiqueño”,
más que como la vanguardia de una alianza de trabajadores y campe-
sinos. El cuerpo legislativo de Mozambique aprobó una nueva Consti-
tución en 1990, con lo cual abrió camino al sistema multipartidista, al
sufragio universal y al voto secreto. La Constitución, de 206 artículos,
hacía un llamado a la separación de los poderes ejecutivo, legislativo
y judicial.
En 1990, el Frelimo y el MNRM reiniciaron el diálogo y éste culminó
en el Acuerdo General de Paz para Mozambique, firmado en Roma
por el presidente Joaquim Chissano y por Alfonso Dhlakama, de la
oposición. En Consejo de Seguridad de la ONU desplegó 7 500 solda-
dos, policías y observadores civiles para supervisar tanto el proceso de
desmovilización como las elecciones nacionales. En 1994, casi 88% de
los 6.1 millones de votantes registrados acudieron a las urnas. En esta
contienda electoral, donde hubo 12 postulantes a la presidencia,
Chissano y el Frelimo obtuvieron más de 53% de los votos, muy por
delante del candidato que ocupó el segundo lugar, Dhlakama, con
34% de los votos. De los 14 partidos, para la Asamblea de 250 miem-
bros el Frelimo obtuvo la mayoría por un estrecho margen (129 esca-
ños), seguido muy de cerca por el MNRM, con 112 escaños. Estos dos
partidos principales resultaron ganadores en cinco de las 10 provin-
cias del país.
140 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Los protagonistas en ambas facciones bélicas cooperaron con las


fuerzas internacionales. La paz no se habría logrado sin la voluntad
política de los mozambiqueños, pero tuvo un costo. El país cedió otra
porción de soberanía, esta vez a una presencia militar multilateral.
Además, las filiales de la ONU –las agencias donantes– afirmaron su
posición dentro de la débil economía mozambiqueña. En parte con
el fin de abrir aún más la llave de la ayuda externa, Mozambique tam-
bién se unió en 1995 a la Commonwealth, convirtiéndose así en el
primer país no angloparlante en ser admitido en esa organización.
Debido a su economía en crisis, Mozambique distaba de ser un
agente libre. No tenía otra opción más que ceder a las demandas de
estados e instituciones internacionales más poderosos. Una respuesta
a la globalización inducida por un benefactor significa que el país se in-
tegra a la economía política mundial en los términos de otros. En
contraste con el intento de Mozambique de asegurar su autonomía en
los años setenta, el lugar de la toma de decisiones se trasladó hacia
afuera. Puesto que la deuda externa es más de mil veces mayor que
sus exportaciones, Mozambique ha perdido cualquier grado de con-
trol que tenía sobre el proceso de desarrollo. Una red cada vez más
apretada de condiciones limita las opciones económicas y políticas de
Mozambique. Esta vulnerabilidad reduce severamente la habilidad
del estado para formular políticas apropiadas a las necesidades nacio-
nales. (De ahí que las autoridades locales no pudieran creer que fun-
cionarios del FMI y el Banco Mundial viajaran a Maputo y les dijeran
que se apretaran el cinturón. A sabiendas de que muchos de sus com-
patriotas se visten con harapos e incluso con sacos para las papas, el
equipo negociador del gobierno les respondió que la gente no tiene
cinturones para apretarse.)
Evidentemente, el gobierno de Mozambique y el Banco Mundial
no sólo han desmantelado el mecanismo de planeación del país, sino
que han instalado también una “unidad técnica” en el Ministerio de
Hacienda. De acuerdo con el documento Marco de Políticas para
Mozambique, elaborado conjuntamente por el gobierno mozam-
biqueño y personal del FMI y el Banco Mundial, la tarea de esta uni-
dad consiste en “brindar asistencia técnica a las empresas en las áreas
de administración y finanzas, con el fin de garantizar la aplicación de
criterios económicos eficientes al evaluar las propuestas de rehabili-
tación y nuevas inversiones, y […] elaborar planes para la reestructu-
ración, desincorporación o cierre de empresas específicas” (Gobier-
no de Mozambique y Banco Mundial, 1998, p. 7).
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 141
Así, con su propia supervivencia en juego, y ante el sufrimiento del
pueblo por la guerra y el hambre, el estado tomó medidas drásticas
para cambiar su estrategia de desarrollo. El estado, encabezado por
el Frelimo, recurrió una vez más a diversos países y organismos inter-
nacionales en un intento por cumplir con sus planes revisados para
ajustarse a los procesos globalizantes.

PÉRDIDA DE CONTROL

Si bien 80% de los 16.2 millones de mozambiqueños trabajan en el


sector agrícola, muchos de ellos dependen de la ayuda alimentaria.
A estos segmentos vulnerables de la población les resulta difícil conse-
guir alimento, en buena parte debido a que la pésima infraestructura,
sobre todo la de caminos rurales, limita el acceso a los mercados. Del
exterior se importa 80% del alimento que se consume en Mozam-
bique. Casi todo organismo de ayuda que pueda imaginarse ha con-
tribuido a mejorar la situación en ese país. El desembolso neto de
ayuda al desarrollo proporcionada por la totalidad de donantes a
Mozambique aumentó de 144 millones de dólares en 1981 a 649
millones en 1987, es decir, 40.9% del PNB (Banco Mundial, 1989b, p.
202). En 1994, este porcentaje se había incrementado 2.5 veces.
La asistencia a Mozambique se considera, por lo general, como
ayuda a todo un subcontinente, y no a un solo país (Obasanjo, 1988,
p. 17). El papel de Mozambique en la SADC como líder de la Comisión
de Comunicaciones y Transporte de África Meridional, con sede en
Maputo, lo convierte en eje de los proyectos regionales para rehabi-
litar las vías férreas y desarrollar las telecomunicaciones. Los planes
a 10 y 20 años que forman parte de proyectos de la SADC para los tres
corredores férreos que atraviesan Mozambique ya están muy avanza-
dos. Otro de sus proyectos, es el importante plan a 10 años, apoyado
por Estados Unidos, para rehabilitar el puerto de Beira y mejorar el
transporte hacia Zimbabwe, Malawi y Zambia. Este plan cuenta con
el respaldo de otros 15 países, de los cuales Italia es el donador más
importante a título individual, y los países nórdicos, los principales
donantes regionales mancomunados. La SADC hizo una solicitud de
fondos para diversas fases de este proyecto, conocido como el progra-
ma del corredor de Beira. Los corredores de Maputo y Nacala tam-
bién tienen por objeto impulsar las comunicaciones y el transporte en
142 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

la subregión. En el caso del corredor de Maputo que promueve el


Banco Mundial, las empresas sudafricanas, a veces asociadas con cor-
poraciones transnacionales, han obtenido la mayoría de las licita-
ciones para la construcción y rehabilitación de carreteras. En estos
concursos, así como en la privatización, al capital local le resulta muy
difícil competir; las grandes paraestatales se están vendiendo a em-
presas extranjeras, y los mozambiqueños a veces participan como
asociados secundarios (Hanlon, 1997b).
En términos del comercio exterior, las exportaciones se desploma-
ron entre 1981 y 1984, y más adelante oscilaron alrededor del volu-
men registrado en 1984. Las exportaciones, principalmente de pro-
ductos agrícolas, sumaron 79 millones de dólares en 1986. Las
importaciones, sobre todo de alimento y otros bienes de consumo, pe-
tróleo y sus derivados, así como de maquinaria y equipo de transpor-
te, representaron 543 millones de dólares ese mismo año. Ello se tra-
dujo en un considerable déficit comercial (EIU, 1989, apéndices 4 y 5).
No sólo menguaron los sectores de industria ligera y procesamien-
to de alimentos de 1980 a 1986, sino que también la industria alcan-
zó apenas 12% del PIB en 1986. Las actividades manufactureras se
encuentran concentradas en Maputo, donde se lleva a cabo 47% de
la producción industrial. Los subsectores más importantes son: pro-
cesamiento de alimentos, bebidas, textiles, sustancias químicas y en-
samblado de bicicletas y automóviles (Agencia Canadiense de Desa-
rrollo Internacional [CIDA], 1989).
Para fomentar el comercio y la inversión de Occidente, Mozam-
bique adoptó una política flexible de repatriación de utilidades, lo que
permitió a algunos nuevos inversionistas sacar del país hasta 80% de
sus ganancias en monedas fuertes. Sin embargo, a raíz de la insegu-
ridad que históricamente ha asediado a Mozambique, los incentivos
económicos no han sido suficientes para atraer una cantidad aprecia-
ble de capital foráneo. En compensación, el gobierno dio a las empre-
sas extranjeras prácticamente rienda suelta para constituir lo que en
realidad eran milicias semiprivadas. La seguridad es parte del costo
de invertir en Mozambique.
El financiamiento externo para Mozambique ha incluido un mar-
cado incremento en el número de créditos del exterior. En el periodo
1982-1987, la deuda externa total del país aumentó de 1 130 millo-
nes de dólares a 2 000 millones de dólares (Organización de Coo-
peración y Desarrollo Económicos [OCDE], 1989, p. 162). Después se
disparó a 4 300 millones de dólares en 1989 y llegó a 5 800 millones
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 143
de dólares en 1995. Como se señaló anteriormente, la deuda re-
presentaba 443.6% del PNB, lo cual impulsó a los acreedores a ordenar
que Mozambique redujera sus inversiones en el desarrollo de recursos
humanos (EIU, 1989, p. 35; Africa Research Bulletin, 1996, p. 12557).
Debido a que su razón de pago de la deuda oscila entre 150 y 250%
(CIDA, 1989; “Siege Survival Tactics”, 1987, p. 28), a Mozambique le ha
resultado prácticamente imposible pagar a sus acreedores.
En estas condiciones, las dificultades impuestas a las personas más
afectadas por el ajuste estructural las dejaron con pocas opciones. De
hecho, quienes llevan esa dolorosa carga fueron consultados sólo
después de que se alcanzó un acuerdo con el FMI. Esta tendencia ha-
cia la toma de decisiones tecnocráticas desde los niveles superiores a
los inferiores se refleja en la siguiente declaración del Primer Minis-
tro de Mozambique:

Explicamos las medidas [de ajuste] después de haberse tomado. Deben en-
tender que, dada su naturaleza, estos asuntos no pueden anunciarse antes
de entrar en vigor, ya que el pueblo actuaría para anular su efecto. Explica-
mos francamente a los ciudadanos por qué se han tomado las medidas y ellos
entienden que es necesario hacer sacrificios adicionales y que estamos reha-
bilitando nuestra economía en tiempos de guerra. El pueblo también entien-
de que, antes que nada, debemos ser libres (Machungo, 1988, pp. 25-26).

Este enfoque es un cambio radical con respecto a los primeros días


después de la colonia, cuando el Frelimo formaba brigadas para ir al
campo a reunir opiniones y sugerencias, en vez de a explicar el por-
qué de sus directivas post facto. En parte debido a la dinámica de la
política interior y en parte debido a las presiones globalizantes, se han
dejado de lado las estructuras participativas y ahora se subraya el cre-
cimiento económico estricto –y, añadirían los críticos, antes de lo-
grarse la equidad, o sin ella.
La globalización de la economía ofrece a Mozambique y a otros
países en vías de desarrollo un mejor acceso al capital, a la tecnolo-
gía y a los mercados en el extranjero. Sin embargo, fusionar el capi-
tal foráneo con el nacional también tiene sus inconvenientes. Como
lo explica la cita mencionada arriba, dar vía libre a las instituciones
del exterior puede conducir al abandono de los aspectos valiosos de
la cultura política que, en el caso del Frelimo, era la amplia partici-
pación popular en la toma de decisiones. La globalización requiere
también sacrificar en gran medida la autonomía en el diseño de po-
líticas. El aumento en el número de créditos del exterior significa que
144 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

los organismos prestamistas extranjeros, que supuestamente promue-


ven la competencia y la eficacia, en realidad captan las rentas locales:
superávit que no se invertirán en la economía nacional, sino que se
utilizarán para pagar los intereses de los préstamos del exterior. Cier-
to grado de participación extranjera en la economía nacional puede
ser benéfica, pero sin mecanismos eficaces de control local, representa
una manera costosa de solucionar los problemas arraigados del sub-
desarrollo.

OPCIONES DE AJUSTE

Para concluir, podríamos evaluar las opciones de Mozambique fijan-


do nuestra mirada en dos puntos de partida esenciales para nuestro
análisis: la heredada vulnerabilidad económica del país y su integra-
ción a una red regional y global. Es importante tener en mente que
Mozambique siempre ha sido un centro comercial de importación y
distribución desde la época en que los árabes en Sofala comerciaban
oro con el interior. La ubicación de Mozambique como una salida
natural ha destacado gracias a su papel en la SADC, cuya mira ha sido
utilizar los puertos y ferrocarriles de Mozambique.
No obstante, Mozambique no se ha convertido en el Singapur de
África, ni en el continente hay países de industrialización reciente. En
vez de desvincularse por cuenta propia, África ha sido desvinculada
de la economía mundial. Mozambique, un país cada vez más margi-
nado de una división global del trabajo y el poder que cambia rápi-
damente, y obligado a seguir siendo una economía de servicios,
ejemplifica una forma involuntaria de desvinculación.
Por un lado, Mozambique se encuentra integrado a los mercados
financieros globales. Varios bancos y entidades internacionales tienen
una participación de peso en este país sudafricano. Por el otro,
Mozambique, tal como el resto de África, no ha participado plena-
mente en el sistema manufacturero global surgido en los últimos de-
cenios ni en el subsecuente incremento de las actividades en los paí-
ses de industrialización reciente. Mozambique, al igual que otros
países africanos (salvo Sudáfrica, un caso especial), no ha logrado
registrar altos niveles de superávit mediante una producción integra-
da y estrategias de comercialización globales. No ha sido por falta de
voluntad política o de pensamientos claros por lo que Mozambique
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 145
no ha podido mejorar su mezcla de actividades económicas con mi-
ras a productos intensivos en capital y tecnología (Gereffi, 1989, p.
518).
Un elemento crítico en la habilidad de los países de industrializa-
ción reciente para generar un crecimiento económico espectacular fue
la prioridad dada a los sectores manufactureros. Como ya se señaló,
las aportaciones de los sectores al PIB en Mozambique, y en todo el
África subsahariana en general, no se acercan a los de los países de
industrialización reciente en Asia. La industrialización basada en las
exportaciones no está exenta de problemas, como la acentuación de
la desigualdad de ingresos y las tensiones sociales. Las nuevas tecno-
logías –por ejemplo, en el embotellado, la molienda y las operacio-
nes cementeras (Vann, 1997)– están disminuyendo la participación de
la mano de obra en la producción total, pero Mozambique es un país
con exceso de mano de obra. Obviamente, la industrialización no es
sinónimo de desarrollo. A medida que las actividades del sector de
servicios se incrementen en las zonas de importancia decisiva de la
globalización, las contribuciones de los sectores al PIB disminuirán por
debajo del de los países de industrialización reciente. De igual modo,
la composición de los sectores manufactureros cambia y se hace más
énfasis en la nueva tecnología (Gereffi, 1989).
Hoy en día, Mozambique tiene poco control sobre el proceso del
desarrollo. En FMI y el Banco Mundial no sólo condicionan la macro-
economía, sino que intervienen también en todos los sectores: en cada
ministerio se han instalado Unidades de Proyectos, es decir, supervi-
sores. Si bien el programa de reformas patrocinado por el FMI en
Mozambique ha estimulado el crecimiento económico, el alza de pre-
cios ha rebasado los incrementos salariales. El precio de la comida, la
vivienda y otros aspectos básicos se ha disparado, mientras que los
salarios han quedado en el rezago. El programa de reformas ha con-
tribuido enormemente a la notable reducción del consumo. En este
sentido, pueden tomarse como base los informes de que Mozambique
la logrado “tasas de crecimiento económico más altas que cualquier
otro país africano en los últimos cinco años, de alrededor de 8.4%,
de acuerdo con un análisis del Harvard Institute for International
Development” (Duke, 1996).
Ciertamente se han alcanzado logros reales dentro de la reforma
económica, éstos han sido verdaderos esfuerzos en algunas partes de
África por salir del subdesarrollo y tornar favorables los vientos de
globalización. Sin embargo, la información debe evaluarse junto con
146 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

el poder adquisitivo y la dependencia, e inclusive la factibilidad del


pago de la deuda. Debido a que la cifra base de la tasa de crecimien-
to en los años noventa se encontraba extremadamente deprimida a
raíz de las caídas en los años setenta y ochenta, los incrementos por-
centuales serían sustanciales incluso sin tomar en cuenta la base an-
tes de la independencia política en 1975. Asimismo, debe recordarse
que el crecimiento macroeconómico es totalmente compatible con la
ausencia de mejoría o con una baja en el nivel de vida de la mayoría.
De hecho, el intento que se hizo por alinear los ingresos en Mozam-
bique con el crecimiento económico –por ejemplo, con la fijación de
un salario mínimo de menos de un dólar diario, lo cual representa
menos de la mitad de la tasa de inflación– fue catalogado como “ex-
cesivo” por el FMI, el cual advirtió que podría declarar “mal encami-
nado” al país y detener la negociación de la deuda. Ante esta presión,
el gobierno de Mozambique invirtió el doble del presupuesto para
educación y el cuádruple de su presupuesto para salud en el pago de
la deuda durante 1996, de acuerdo con Oxfam International (Minter,
1998; Hanlon, 1998). Mientras tanto, uno de cada cuatro niños en
Mozambique muere de enfermedades infecciosas antes de cumplir
cinco años. La comunidad financiera internacional ha prometido
reducir la carga de la deuda de los “países pobres extremadamente
endeudados”, incluido Mozambique, aunque no al grado o al ritmo
deseado. A la fecha de escribirse este libro, el componente exterior en
el presupuesto para el gasto de capital pasó de 50% del total en 1997
a 77% en 1998 (Gumende, 1998). Un factor crítico es el hecho de que,
junto con el crecimiento macroeconómico, la asistencia a Mozambique
como porcentaje de su PIB haya llegado a ser de 101% en 1994, el año
más reciente del cual se tienen estadísticas, en comparación con 8.4%
en 1990. La cifra correspondiente al África subsahariana en conjun-
to fue de 16.3% en 1994 (Banco Mundial, 1997b, p. 218). (De igual
modo, hay que ser cautelosos con los informes optimistas de que el
PIB de algunos otros países africanos aumentó sustancialmente a
mediados de los noventa, pues, entre otras consideraciones, cabe
preguntarse si este desempeño efímero puede sostenerse. Asimismo,
las estadísticas agregadas que apuntan hacia la desmarginación de la
región ocultan una marcada diferencia entre los países que exportan
petróleo y los que no. Con todo, la caída en los ingresos petroleros a
finales de los noventa acentuó la vulnerabilidad de África a los cam-
bios en el precio mundial de los productos básicos.)
Mientras tanto, cada vez llegan más personas del campo a las ciu-
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 147
dades de Mozambique, y el impacto de los recortes a los subsidios se
resiente más entre los pobres urbanos. De 1993 a 1995, tres millones
de mozambiqueños desplazados volvieron a sus comunidades de ori-
gen. Mientras que sólo 13% de los habitantes vivían en las áreas urba-
nas en 1980, la cifra se disparó a 38% en 1995, y en gran número in-
migrantes del exterior (Banco Mundial, 1997b, p. 230). En la mayor
repatriación jamás emprendida por el ACNUR, 1.7 millones de
mozambiqueños refugiados de los países vecinos se restablecieron de
1993 a 1995 (ACNUR, 1997). El Mozambique de la posguerra es un país
tanto receptor, principalmente de sus propios ciudadanos, como emi-
sor de trabajadores que emigran hacia Europa y Sudáfrica. Lo que im-
pulsa esos flujos no es el fin de la guerra, sino el efecto desigual y dife-
rente que han tenido las reformas basadas en el mercado en la sociedad
posrevolucionaria que luchó en una guerra de liberación en favor de
un ideal de igualdad. Como hemos visto, las reformas se dejan sentir
más intensamente en el nivel del ingreso y la distribución de los servi-
cios. Algunos empresarios del sector privado, así como funcionarios
estatales y del partido, disfrutan de un estilo de vida cada vez más di-
ferente y de un acceso privilegiado a servicios (por ejemplo, escue-
las patriculares e instalaciones para la atención médica) anteriormen-
te limitados por el Frelimo. Los observadores cuidadosos documentan
una corrupción desenfrenada –tanto por necesidad, cuando los salarios
reales disminuyen, como por avaricia– y el incremento de otros males
sociales: el desempleo, la criminalidad nacional y transnacional, la
prostitución, la orfandad y la delincuencia juvenil (Marshall, 1989, pp.
7-8; Egerö, 1987, especialmente p. 193).
Estos asuntos han podido debatirse en los diversos congresos par-
tidistas del Frelimo. Los delegados han cuestionado abiertamente al
partido y su manejo de la economía y la guerra. Los debates han to-
cado diversos puntos sensibles: la exención del servicio militar para
ciertos grupos privilegiados, la conservación del portugués como la
única lengua oficial, la incompetencia en el manejo de la ayuda para
emergencias, la expropiación de recursos y propiedades por parte de
quienes llevan más tiempo en el partido y la incapacidad del gobier-
no para proteger a los pobres de los programas de austeridad (South-
ern Africa Online, 1989, pp. 2 y 6).
No cabe duda de que el gobierno de Mozambique y las institucio-
nes monetarias internacionales están conscientes de las consecuencias
sociales del programa de ajuste. En un informe del Banco Mundial,
se señaló expresamente lo siguiente:
148 LA DIVISIÓN GLOBAL DEL TRABAJO Y EL PODER

Para proteger a esos sectores de la sociedad que resultan más afectados por
las medidas de ajuste, el gobierno ya ha introducido una red de seguridad
en el caso de los productos básicos y otros artículos en Maputo y Beira. Asi-
mismo, están preparándose otras medidas para mitigar el impacto del pro-
ceso de ajuste en los grupos vulnerables (Banco Mundial, 1989a, p. 310).

El estado sí ha adoptado algunas políticas para amortiguar los


efectos sociales negativos del programa de reforma: incrementos sa-
lariales para compensar el efecto de las devaluaciones, subsidios con-
tinuos en áreas sensibles y la formación de fondos especiales para
educación, salud, seguridad social y energía, entre otras. Sin embar-
go, ¿son suficientes estas medidas para saciar a los desempleados y sus
familias, a jubilados, huérfanos, víctimas de las sequías y la guerra,
repatriados y trabajadores urbanos y rurales cuyos salarios no cubren
sus necesidades básicas?
Para cambiar de curso y lograr cierto grado de control, los mozam-
biqueños primeramente deben resolver el complejo rompecabezas de
cómo hacer que la democratización sea compatible con la revitali-
zación económica. Saltan a la vista los grandes obstáculos en el camino
de entrelazar la democracia y la rehabilitación económica. El Mozam-
bique posrevolucionario es heredero del pluralismo de la sociedad
precolonial y de la burocracia laberíntica implantada por el poder
colonial. La ausencia de conocimientos técnicos básicos ha sido otro
grave problema heredado por el estado colonial. Asimismo, en el
periodo poscolonial, el modelo de planeación central y autoridad
estatal de Europa oriental contravenía los procedimientos de creati-
vidad del Frelimo y el debate surgido durante la lucha por la libera-
ción (Egerö, 1987, p. 185).
En general, las democracias no se establecen con medios democrá-
ticos. Más bien, los procesos democráticos, como los comicios, suelen
adoptarse después de que se obtiene la independencia, se logra un
consenso y alguna entidad con autoridad declara que se efectuarán las
elecciones. Los procesos democráticos entonces se convierten en un
método institucional para llegar a decisiones políticas. En Mozam-
bique se logró un consenso –aunque incierto y con un grado variable
de disensión– en medio de las angustias de la guerra de liberación,
lo cual proporcionó la posibilidad de cierta democracia rudimenta-
ria. Sin embargo, los ajustes necesarios para lidiar con una seguridad
cada vez más deteriorada y una economía en crisis incrementaron la
marginación. Las reformas basadas en el mercado han demostrado ser
MARGINACIÓN: LA APERTURA DEL MERCADO EN MOZAMBIQUE 149
inequitativas. Los costos sociales de la reforma impiden la democra-
tización debido a que el consenso resulta socavado cuando el gobierno
debe infligir un gran dolor a millones de personas financieramente
atribuladas, algunas de las cuales constituyen la base misma de apo-
yo del estado dirigido por el Frelimo. Para sobrevivir, el estado debe
cumplir con el ajuste estructural; sin embargo, la aplicación de esas
medidas requiere de medidas cada vez más autoritarias. Para compli-
car las cosas, un ajuste estructural en marcha, como sucede en otros
países, está sujeto a las presiones de los grupos internacionales defen-
sores de los derechos humanos para que se respeten las libertades
fundamentales. Sin duda, democratizar, adoptar los señalamientos del
FMI y promover los derechos humanos, todo al mismo tiempo, resul-
ta un mandato prácticamente imposible de cumplir.
Las naciones ocupan diferentes posiciones estructurales en la di-
visión global del trabajo y el poder. La habilidad del estado para
moldear la economía interna resulta bastante limitada cuando la
posición que se ocupa es la del extremo inferior. La vieja idea de eco-
nomías políticas nacionales independientes, como se conocía antes de
los últimos decenios, resulta incompatible con el actual flujo trans-
nacional de mercancías, mano de obra, capital, tecnología, finanzas
e información. Para beneficiarse de este orden transformado, Maputo
debe mejorar su producción fabricando bienes con más valor agrega-
do. Sin embargo, Mozambique no puede incrementar exportaciones
manufacturadas que no existen ni fundar su propio nicho en un pro-
ceso global de industrialización cada vez más especializado sin man-
tener la paz y el buen gobierno. Y las medidas de ajuste estructural
que implican la aplicación de políticas impopulares están erosionando
la democratización. El reloj político está corriendo tan rápido que
pronto sabremos si es posible la coexistencia de esas dos tendencias:
democratización y ajuste estructural. Para resolver esta tensión,
Mozambique, con su pequeño mercado interno y un sector manufac-
turero que carece de capacidad tecnológica, debe coordinar mejor su
apertura a un orden mundial transformado por el el nuevo regiona-
lismo.
SEGUNDA PARTE

REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN
6. EL “NUEVO REGIONALISMO”

Los interrogantes principales de este capítulo son: ¿Es el regionalismo


simplemente una estación de paso hacia la globalización neoliberal,
o es un medio hacia un mundo más plural, donde distintos patrones
de organización socioeconómica coexistan y compitan por el apoyo
popular? ¿Cuál es la clave analítica para entender los vínculos evolu-
tivos entre estos procesos plurifacéticos?
Después de su declive teórico y práctico en los años setenta, el
regionalismo revivió y cambio dramáticamente en los ochenta, se
fortaleció en los noventa y actualmente está surgiendo como una fuer-
za poderosa de los procesos globalizantes. El regionalismo puede
considerarse como un elemento de la globalización –un capítulo de
la globalización– y una reacción o desafío a ella. Por otra parte, los
procesos regionalistas pueden entenderse como ámbitos de compe-
tencia entre fuerzas rivales de arriba y abajo, que ganan y pierden
terreno en diferentes partes del mundo cuando aumenta la intensi-
dad. En la configuración marcada por las tendencias globalizantes que
surgió después de la guerra fría, hay múltiples proyectos regionales
(que a veces se traslapan), como los detallados más adelante, que son
formas autocéntricas, de desarrollo, neoliberales, degeneradas y
transformadoras.
El punto de partida de la distinción que va de lo general a lo par-
ticular, y que resulta clave para deducir esas formas, es el enfoque del
“nuevo regionalismo”, un avance importante con respecto a las dife-
rentes versiones de la teoría de la integración (integración del comer-
cio o de mercados, funcionalismo, neofuncionalismo, instituciona-
lismo, neoinstitucionalismo, etc.). Si bien éste no es el lugar para hacer
una crítica de cada variante, todas resultan deficientes en la medida
en que exponen inadecuadamente las relaciones de poder, abordan
de manera inapropiada la producción –si es que tratan el tema– y no
explican la transformación estructural. El enfoque del nuevo nacio-
nalismo, que en muchos sentidos es un alejamiento de esta tradición,
explora las formas contemporáneas de cooperación transnacional y
los flujos transfronterizos desde perspectivas comparativas, históricas
y pluriestratificadas.

[153]
154 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

A partir de esa base, trataré de proporcionar las herramientas


conceptuales para abordar las nuevas realidades regionales. Este ca-
pítulo delimita los postulados que constituyen el nuevo regionalismo,
evalúa de manera crítica lo que se ha publicado a la fecha y amplía el
marco teórico para incluir dimensiones no consideradas. La arquitec-
tura del nuevo regionalismo está incompleta sin un análisis de las
interacciones entre 1] las ideas y sus vínculos con las instituciones; 2]
los sistemas de producción; 3] el suministro de mano de obra; 4] las
instituciones socioculturales, y 5] las relaciones de poder, que
enmarcan los cuatro puntos anteriores.
La discusión aquí se da principalmente a nivel conceptual, pero se
sustenta en ejemplos tomados de mi trabajo de campo. Al tomar las
experiencias del este de Asia y el sur de África en la economía políti-
ca global, este capítulo deja ver algunos vínculos entre los distintos
grados de regionalismo –es decir, macrorregionalismo, subregio-
nalismo y microrregionalismo– y el sistema interestatal westfaliano.
Primeramente analizaré el concepto de nuevo regionalismo y, des-
pués, pondré en tela de juicio el escenario eurocéntrico. En la tercera
sección, identificaré los actores clave y los patrones de instituciona-
lización en condiciones divergentes. Después presentaré un análisis de
la relación entre los elementos mencionados que no forman parte del
marco teórico existente. Si bien este capítulo no puede proporcionar
una conceptualización alternativa completamente elaborada, apuntará
hacia una reformulación de la teoría del nuevo regionalismo.

EL ENFOQUE DEL NUEVO REGIONALISMO

A principios del nuevo milenio, el regionalismo no se considera un


movimiento hacia la territorialidad basada en autarquías, como lo fue
durante los años treinta. Más bien, representa concentraciones de
poder político y económico que compiten en la economía global
mediante múltiples flujos interregionales e intrarregionales. Durante
los años treinta, un periodo marcado por el regionalismo autocéntrico,
el comercio mundial disminuyó notablemente y el proteccionismo se
encontraba en auge. Por otra parte, una región de comercio era sinó-
nimo de una región de moneda. Los bloques comerciales incluso re-
cibían el nombre de la moneda principal: el bloque de la libra, el blo-
que del yen, y así por el estilo. Hoy en día, en comparación con el
EL “NUEVO REGIONALISMO” 155
decenio de 1930 a 1940, hay más bloques de moneda y algunos de
ellos no corresponden a la zona de comercio: por ejemplo, el marco
alemán en Europa oriental, o el dólar americano en China y, cada vez
más, en los países bálticos y en otras partes de la otrora Unión Sovié-
tica. En el mundo en vías de desarrollo, el regionalismo autocéntrico
ha implicado llamados a la desvinculación y a la autodependencia co-
lectiva: el objetivo del Plan de Acción de Lagos, de 1980, inscrito en
la Comunidad Económica Africana del Acta Definitiva de Lagos. Ac-
tualmente, la posibilidad de un regionalismo introspectivo –el fantas-
ma de una “Europa fortificada”– implica crear entidades autónomas
y cerrar la puerta a proveedores externos.
Sin embargo, con la diseminación de la desregulación y la priva-
tización, la orientación extrínseca del regionalismo neoliberal implica
que los estados y las organizaciones interestatales cada vez tienen
menos capacidad para controlar ciertos aspectos del comercio y de las
relaciones monetarias (Hessler, 1994). A diferencia del regionalismo
autocéntrico, la variedad neoliberal es extrovertida, entraña una aper-
tura a las fuerzas de mercado externas. Desde la perspectiva neoli-
beral, las agrupaciones regionales no necesariamente tienen que ser
piedras angulares, u obstáculos, del orden mundial. Más bien, englo-
ban grandes regiones, sus subdivisiones y economías más pequeñas
en diversas configuraciones institucionales, que incluyen desde pac-
tos de iure –como la UE– hasta formaciones de facto, llevadas con firme-
za, en el Asia oriental. La tendencia actual consiste en establecer un
regionalismo más amplio.
Dentro de esta variedad, está dándose una estratificación en los
tres grados de regionalismo (señalados antes), los cuales interactúan
con otros elementos de una economía política globalizada. Por ejem-
plo, dentro de la macrorregión Asia-Pacífico, actualmente se está tra-
tando de unir nodos de estados. Las zonas económicas subregionales
trascienden las fronteras políticas, pero no necesariamente implican
economías nacionales completas. Más bien, intersecan únicamente
con las áreas fronterizas de las economías nacionales (Chia y Lee,
1993, p. 226). Una zona económica subregional ya se ha mencionado
en otro contexto (en el cap. 2): la Zona Económica de la Gran China,
que une en una agrupación informal a Hong Kong, Macao, Taiwán,
y las provincias de Guangdong y Fujián en el sur de China. Y microrre-
gionalmente, las provincias principales, las zonas procesadoras de
exportaciones y los distritos industriales son otra dimensión de este
proceso pluriestratificado.
156 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Estos estratos se intersecan de diversas maneras, constituyendo así


el nuevo regionalismo. A pesar de acentuar sus distintos puntos de
vista, los expertos generalmente concuerdan en que el nuevo regio-
nalismo difiere de la oleada anterior de cooperación regional en va-
rios aspectos. Éste es un tema que cada vez recibe más atención de los
entendidos (por ejemplo, Hurrell, 1995; Marchand, 1994; Morales y
Quandt, 1992; Robson, 1993; Gamble y Payne, 1996; Sum, 1996;
Mansfield y Milner, 1997), y sus características se resumen en el si-
guiente párrafo.
Los rasgos preponderantes del nuevo regionalismo son su alcance
verdaderamente mundial, que se extiende a más regiones y con más
vínculos externos (De Melo y Panagariya, 1992, p. 37; Palmer, 1991, p.
2). En comparación con los objetivos específicos del regionalismo clá-
sico, el nuevo regionalismo es plurifacético, más abarcador que el an-
tiguo paradigma. A diferencia del patrón existente durante la guerra
fría, el nuevo regionalismo está gestándose en un contexto multipolar.
Las superpotencias no están dirigiendo este movimiento externamente
y desde una posición superior (como el Tratado Australia-Nueva
Zelanda-Estados Unidos [ANZUS], la Organización del Tratado Central
[CENTO] o la Organización del Tratado del Sudeste Asiático [SEATO], por
ejemplo); sino que está siendo más espontáneo, y surge desde el inte-
rior para ocupar una posición inferior (Hettne, 1994, p. 2). En esta for-
mulación se considera que los “estados constituyentes” son los actores
principales, si bien el incentivo proviene del crecimiento de la sociedad
civil regional y de sus redes sociales y culturales. A diferencia de Palmer
(1991, p. 185), quien sostiene que los hitos –por lo menos en la región
Asia-Pacífico– ocurren principalmente en el ámbito económico, Hettne
(1994, p. 2) sostiene que las dimensiones políticas del nuevo regiona-
lismo garantizan una mayor intensidad.
Hettne ahonda en estos puntos y propone un marco para compa-
rar regiones como unidades geográficas y ecológicas circunscritas por
barreras físicas y naturales; como sistemas sociales, lo que implica
relaciones translocales que en algunos casos incluyen un “complejo
de seguridad” (Buzan, 1991); como miembros dentro de organizacio-
nes; como sociedades civiles con tradiciones culturales compartidas,
y como sujetos actores con identidad, capacidad, legitimidad y meca-
nismos propios para hacer política. Se dice que el movimiento hacia
los niveles superiores de la “regionalidad” –es decir, el último crite-
rio– en esta conceptualización multiestratificada delimita el nuevo
regionalismo (Hettne, 1994, pp. 7-8).
EL “NUEVO REGIONALISMO” 157
Aún no se sabe qué modalidad precisa adoptará el nuevo proyecto
regional. El incremento de las presiones proteccionistas y los conflic-
tos comerciales hacen posible que la producción industrial y el comer-
cio se organicen cada vez más en bloques regionales. En este sentido,
de la noción liberal se desprende una escuela de pensamiento que sos-
tiene que al ayudar a las economías nacionales a volverse competitivas
en el mercado mundial, la integración regional conducirá a una coope-
ración multilateral de escala global y, por lo tanto, disminuirá el número
de conflictos. Otra escuela considera que el nuevo regionalismo es
desintegrador, pues divide a la economía mundial en bloques comer-
ciales y, en última instancia, promueve conflictos entre grupos
excluyentes que están centrados en las economías preponderantes.
Aunque este debate, tal vez más bien teórico que real, ha captado la
atención del público, la tensión entre las macrorregiones no es el aspec-
to más interesante o con más consecuencias potenciales del conflicto
incitado por las tendencias regionalizantes –un tema que retomaremos
más adelante. No obstante, sí identifica la naturaleza contradictoria del
regionalismo –un proceso integrador y desintegrador a la vez–, que se
debe en parte a la interacción de las variantes de este fenómeno en las
diferentes zonas de la economía política global.

EL MODELO EUROPEO FRENTE A LOS MODELOS AFRICANO Y ASIÁTICO

Se describe al nuevo regionalismo como el modelo de un nuevo tipo


de organización política y económica. En lo que tal vez es la versión
más elegante de este prototipo, Hettne indica:

El marco comparativo se […] derivó de estudiar el proceso de europeización,


el desarrollo de una identidad regional en Europa, […] y se aplicó al caso de
otras regiones […], bajo el supuesto de que a pesar de sus enormes diferen-
cias históricas, estructurales y contextuales, hay una lógica detrás de los
procesos contemporáneos de regionalización (Hettne, 1994, p. 2).

Al afirmar que Europa es una agrupación regional “más avanza-


da” que las configuraciones en otros continentes, Hettne utiliza este
caso como “paradigma del nuevo regionalismo en el sentido de que
su conceptualización se basa a pie juntillas en la observación del pro-
ceso europeo” (Hettne, 1994, p. 12).
158 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

En 1958, el Tratado de Roma sentó las bases de lo que ahora de-


nominamos Unión Europea. Originalmente con seis miembros fun-
dadores, esta unidad ha experimentado tres expansiones y cuenta con
varias solicitudes de ingreso pendientes. El Tratado de Roma estable-
ció un sistema institucional que permitió a la Comunidad Económica
Europea aprobar leyes que obligan por igual a todos sus miembros.
De ahí que el caso paradigmático se convirtiera en un escenario ins-
titucionalizado, con firmes propósitos. Su mandato se centra en el
estado y ha sido ampliado conforme a un marco fijado legalmente y
a una serie de plazos.
Los países africanos y asiáticos no comparten las aspiraciones se-
ñaladas en el Tratado de Roma que inspiran a la UE. Los instrumentos
legalmente obligatorios no son característicos de la SADC o la ASEAN,
y es improbable que impulsen su experiencia. De hecho, la integra-
ción al estilo europeo nunca ha sido el objetivo de desarrollo en la
región de Asia-Pacífico o África porque, dicho sin rodeos, ambas re-
giones carecen del compromiso político para integrarse más plena-
mente.
La única iniciativa para institucionalizar la cooperación política en
la región de Asia-Pacífico fue la idea del primer ministro malayo
Mahathir Mohamad, propuesta en 1990, de formar un Grupo Econó-
mico del Este Asiático (EAEG), que uniera a Japón, China, Corea del
Sur, Taiwán, Hong Kong y los miembros de la ASEAN. Mohamad bus-
caba crear una alternativa exclusivamente “asiática” al APEC. Estados
Unidos consideró inaceptable la idea, y los japoneses manifestaron sus
reservas. Por lo tanto, la idea se convirtió en el modesto EAEC, un foro
de discusión que en 1993 se incorporó al APEC (Stubbs, 1994, p. 374;
Mahathir, 1989), el cual se estableció a nivel ministerial en 1989. (El
APEC claramente tiene más peso económico que cualquier otra
macrorregión, gracias a que entre sus miembros están las tres econo-
mías más importantes del mundo: Estados Unidos, con 22% del PIB
mundial; Japón, con 7.6%; y China, con 6% [FMI, 1993, anexo IV, pp.
116-119].)
Otro contraste es que, a diferencia de la UE, salvaguardada desde el
nacimiento de su antecesora por la Organización del Tratado del Atlán-
tico Norte (OTAN), la seguridad fue el principal motivo tras la forma-
ción de la SADC y la ASEAN. Una buscaba desvincularse del apartheid
sudafricano y protegerse de las campañas desestabilizadoras de
Pretoria, y la otra buscaba protegerse de cualquier intriga de los mo-
vimientos revolucionarios chinos e indochinos. En otras palabras, cuan-
EL “NUEVO REGIONALISMO” 159
do estas agrupaciones vieron la luz, las cuestiones de seguridad tradi-
cionales –preocupación por las amenazas estratégico-militares y, en el
caso de gran parte del sur de África, las economías estancadas o en
crisis– constituyeron la agenda regional. Mientras que el comercio
intrarregional dentro de la SADC (con la excepción de Sudáfrica actual-
mente) y la ASEAN es escaso, a los europeos les une un comercio de gran
escala. Además, en términos económicos, el comercio dentro del APEC
aumentó de 56% del total registrado en la región de Asia-Pacífico en
1970 a 65% en 1990 (Drysdale y Garnaut, 1993, pp. 183-186). En 1992,
las economías del APEC representaban 75% del comercio de sus
homólogos y 44% del comercio mundial (Garnaut, 1993, p. 17). En
contraste, el comercio dentro de la SADC (y, antes de 1992, dentro de la
SADCC) nunca ha sido mayor a 5% del comercio internacional total de
sus miembros, mientras que el comercio dentro de la ASEAN represen-
ta menos de 20% del comercio mundial de sus estados miembro.
Debido a la diferencia de contextos, el modelo eurocéntrico difiere
en aspectos esenciales del regionalismo asiático y el africano. La SADC
y la ASEAN han rechazado un secretariado, optando por apoyarse en
mecanismos burocráticos. Más importante aún es que la SADC y la
ASEAN, antes que centrarse en el comercio, se enfocan en arreglos
guiados por la producción y orientados hacia la infraestructura. Mien-
tras que ambas entidades han tenido cierto grado de éxito al mejo-
rar su infraestructura (particularmente en el área del transporte en el
sur de África), es innegable que los proyectos de expansión industrial
en ambas subregiones no han despegado del todo y no han genera-
do una formación sustancial de capital (Curry, 1991; Østergaard,
1993, p. 44).
Es claro que tanto la ASEAN como la macrorregión en la que se
encuentra incorporada son constelaciones producidas por el merca-
do y orientadas por el sector privado. De hecho, Drysdale y Garnaut
(1993, pp. 186-188, 212) sugieren que “el modelo de Asia-Pacífico”,
también denominado “modelo de integración del Pacífico”, compren-
de una combinación de tres elementos: la liberalización del comercio,
que incrementa el desempeño económico y minimiza las percepcio-
nes políticas de cualquier desventaja en la distribución del ingreso; la
expansión del comercio, sin barreras oficiales que marquen una dife-
rencia entre las transacciones intrarregionales y las extrarregionales, y
la reducción de la discriminación no oficial (por ejemplo, las barre-
ras culturales) al comercio, que contribuye en gran medida al desa-
rrollo económico.
160 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Este modelo podría refinarse analizando los distintos subcon-


juntos en las subregiones del Asia-Pacífico, pero eso nos alejaría de-
masiado de nuestro propósito principal. En el Sureste asiático, lo
importante es que las inversiones del sector privado japonés y, más
adelante, del coreano y el taiwanés, han alimentado la maquinaria de
crecimiento de la ASEAN. Sin embargo, más importante aún es que, a
diferencia de la descripción tan vívida del regionalismo neoliberal por
parte de Drysdale y Garnaut, los 14 miembros de la SADC (tras la in-
corporación de Sudáfrica en 1994, seguida de la República del Con-
go y las islas Seychelles en 1997) han tratado de responder a los in-
convenientes de la teoría sobre la integración de mercados, y en
particular a su silencio en cuanto a la equidad y los llamados a la
redistribución.
El modelo de integración para el desarrollo se introdujo como una
alternativa al énfasis unilateral en maximizar eficazmente la capaci-
dad existente –en un contexto de bajo nivel de capacidad producti-
va, por supuesto. Este enfoque subraya la necesidad de una coopera-
ción política estrecha al iniciarse el proceso de integración. No sólo
da prioridad a la coordinación de la producción y el mejoramiento de
la infraestructura, sino que pregona también un grado más elevado
de intervención estatal del que tiene el mercado modelo, y medidas
redistributivas, como los impuestos sobre transferencias de propiedad
o los planes compensatorios administrados por fondos regionales o
bancos especializados. La integración comercial debe ir acompañada
de un intento por promover el desarrollo industrial coordinado de la
región. Como contrapeso del liberalismo económico, este enfoque
busca corregir la dependencia externa, particularmente mediante la
reglamentación de la inversión extranjera. Por lo tanto, la integración
para el desarrollo es un enfoque pluriestratificado que abarca la pro-
ducción, la infraestructura, el financiamiento y el comercio.
En la práctica, el modelo de integración para el desarrollo no ha
alcanzado los objetivos declarados por sus arquitectos en África me-
ridional. En el primer decenio de vida de la SADCC, su personal y los
representantes de los estados miembro han consultado muy poco al
sector privado y no han logrado involucrar al capital en la planeación
del desarrollo industrial de la región. Como resultado de lo anterior,
su estrategia industrial para la región, aunque ambiciosa, es ambigua
y no se ha aplicado al cien por cien. Además, sobre el comercio
intrarregional se cierne una crisis distributiva, ya que Zimbabwe re-
gistra grandes superávit entre todos sus asociados en la SADC salvo
EL “NUEVO REGIONALISMO” 161
Sudáfrica –y éste es precisamente el tipo de desequilibrio que mag-
nifica Pretoria. Sin embargo, la cuestión más molesta es el conflicto
entre el incipiente modelo de integración para el desarrollo, tan dé-
bilmente acogido por las fuerzas sociales en el subcontinente, y la
institucionalización del concepto neoliberal, que ha predominado en
el mundo después de la guerra fría. Esta cuestión es clave para cons-
truir un marco de opinión adecuado respecto del regionalismo.

PARTICIPANTES, INSTITUCIONES Y GOBERNACIÓN GLOBAL

Para ajustar el enfoque de este marco, resulta muy útil repasar la con-
ceptualización del nuevo regionalismo y, en particular, la diferencia
entre “región formal” y “región real” (Hettne, 1994, p. 7). Este pun-
to merece particular atención porque cada vez es más común que la
pertenencia a instituciones internacionales equivalga de manera im-
perfecta a procesos transnacionales, muchos de los cuales son movi-
mientos bajo la superficie. Como ya se señaló, las zonas de produc-
ción pueden surgir espontáneamente, sin que el gobierno intervenga
(o que lo haga en mínima medida) y sin nexos de límites territoria-
les. Además, la cultura se construye y reconstruye a ritmos muy dis-
tintos, generalmente más lentos que los de las instituciones interna-
cionales que, en ocasiones, forman una sociedad civil regionalizada
(la comunidad nórdica tal vez es el ejemplo más sobresaliente).
Con tal multiplicidad de participantes interestatales y no estata-
les, la fragmentación de las instituciones es una tendencia evidente.
El panorama en la región de Asia-Pacífico está salpicado de todo un
universo de instituciones internacionales: el APEC, el Área de Libre
Comercio de la ASEAN (AFTA), el EAEC, la Conferencia para el Desarro-
llo y el Comercio del Pacífico, la Comunidad Económica de la Cuen-
ca del Pacífico, el Consejo de Cooperación Económica del Pacífico y
la Asociación del Sur de Asia para la Cooperación Regional, entre
otras. En África, un continente de tan escasos recursos, también abun-
dan los organismos burocráticos, demasiado numerosos para señalar-
los aquí, pero entre los cuales se encuentran la Comisión para la
Cooperación del Este de África (un esfuerzo por revivir la Comuni-
dad del Este de África), la Comisión Económica para África (una de-
pendencia de la ONU), la Comunidad Económica de Estados Africa-
nos Occidentales, la Unión del Magreb, la Organización para la
162 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Unidad Africana, el Área de Comercio Preferencial para África Orien-


tal y Meridional, y la Unión Aduanera del Sur de África. Y la lista con-
tinúa. Además de la falta de coherencia entre dichas instituciones
intergubernamentales, sólo ocasionalmente se coordinan con los ges-
tores del cambio dentro de la sociedad civil: movimientos en favor de
la mujer, organizaciones campesinas, grupos ecologistas, defensores
de la democracia y otros similares. Estos movimientos expresan in-
quietudes o demandas, se movilizan y ejercen presión en favor de los
“nuevos” aspectos de la seguridad, como el alimento, la ecología, los
derechos humanos, etc. Sin embargo, estos grupos se relacionan de
manera diferente a nivel regional y global.
La globalización no está nivelando las sociedades civiles alrededor
del mundo; más bien, está combinándose con las condiciones locales
de manera distintiva, acentuando las diferencias y suscitando mo-
vimientos sociales de diversa índole, que buscan protegerse de los
efectos perniciosos y polarizantes del liberalismo económico. Eviden-
temente, el estado se encuentra limitado por un problema de supra-
nacionalismo y subnacionalismo, y enfrenta presiones desde arriba y
desde abajo.
Esta dialéctica genera grandes dificultades en algunas zonas del
mundo en vías de desarrollo, particularmente en África, donde los
occidentales trataron de injertar un constructo occidental –el estado
westfaliano– en una realidad social diferente. El resultado fue que el
organismo, la sociedad, rechazó un trasplante en serie. África adop-
tó los arreos del sistema estatal, pero éste nunca se afianzó realmen-
te en los múltiples estratos de la sociedad. Resulta importante recor-
dar que el interludio colonial sólo fue un breve periodo en la vastedad
–la larga duración– histórica de África. La combinación de formas
precoloniales, coloniales y poscoloniales ha dado por resultado un
gobierno depredador, que depende más de la coerción bruta que de
las sutilezas del consenso. Paradójicamente, las realidades regionales
–la debilidad del estado poscolonial, sumada a los flujos transfron-
terizos que verdaderamente se dan de abajo hacia arriba (la comuni-
cación dentro de los grupos étnicos que trasciende fronteras interna-
cionales, los movimientos migratorios, el comercio en el mercado
paralelo, entre otros)– pueden, en algunos aspectos, dar una ventaja
a África en el avance hacia la gestión poswestfaliana, un sistema
pluriestratificado que se distingue por un estado menos autónomo en
medio de una serie de participantes diferentes. En África, donde re-
sulta dolorosamente evidente que los estados colapsados no pueden
EL “NUEVO REGIONALISMO” 163
proporcionar los rudimentos políticos y económicos necesarios para
la vida civil, la pérdida inicial de autonomía a la larga podría abrir el
camino a una reagrupación y a la decisión de lograr más autonomía.
Existe una oportunidad de reconstituir al estado, pero no con el
apuntalamiento de su forma poscolonial actual, sino abriendo los
canales de participación política a las fuerzas sociales, en la base de
la sociedad nacional, que trabajan en coordinación con los movimien-
tos democráticos más allá de las fronteras.
En esta transición hacia una forma de gobierno diferente, será muy
importante el papel de las instituciones internacionales. A pesar de
lo mucho que se esperaba a principios de los noventa del supuesto
revivir de las Naciones Unidas –sobre todo, su papel de guardián de
la paz– tras la guerra fría, las instituciones internacionales actuales
corren el riesgo de volverse cada vez más deficientes y obsoletas, en
parte por la escasez de recursos. En la naciente división internacio-
nal del poder, el sistema de las Naciones Unidas se ocupa de las cri-
sis políticas al fungir como foro para dirimir controversias pero, so-
bre todo, para tratar de armonizar, racionalizar y estabilizar los
patrones de la hegemonía. Mientras tanto, las democracias del Gru-
po de los Siete (G-7) tratan de coordinar la economía internacional,
pero a los funcionarios les resulta muy difícil sujetar a las fuerzas
globales de mercado, que no rinden cuentas.1 En vista del obstáculo
que representa la globalización económica para el gobierno, dentro
de la agenda política inevitablemente estará la reestructuración de las
instituciones internacionales. Ésta es una labor evasiva, sobre todo
porque algunos movimientos regionales o subregionales (como la CEA,
con más de 200 millones de personas) carecen de base institucional
y desaprueban las trabas institucionales (Stewart, Cheung y Yeung,
1992).
¿Qué significa institucionalizarse? Puesto que las organizaciones
internacionales son producto del cambio dentro de la economía po-
lítica global, su labor consiste en proyectar la imagen de una sociedad
concebida globalmente, una visión universal, y conservar el orden
mundial dominante. En ese caso, normalmente fijan una serie de
reglas de comportamiento generales y facilitan la hegemonía regio-

1
Los miembros del G-7 son todos países capitalistas de Occidente, además de
Japón. A veces se le denomina Grupo de los Ocho, por incluir a Rusia, país que se
encuentra en una etapa de transición y que fue invitado a sumarse a las conferencias
de alto nivel sólo por los aspectos políticos que en ellas se tratan.
164 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

nal y global (Cox, 1982, 1996a). No obstante, las instituciones inter-


nacionales son una espada de dos filos. En algunos casos –por ejem-
plo, la descolonización y el movimiento antisegregacionista– pueden
promover incluso la contrahegemonía. Son agentes del cambio y tie-
nen potencial para la innovación, particularmente en el ámbito de las
ideas, aunque la tendencia actual sea institucionalizar los conceptos
y las prácticas neoliberales.

LA IDEA DEL NEOLIBERALISMO

Las ideas predominantes acerca del orden mundial desde los años
ochenta han sido de índole neoliberal –en parte son una reacción a
la influencia del estructuralismo de los sesenta y setenta–, y actual-
mente es muy común verlas traducidas en preceptos políticos. Por
ideas me refiero a los significados comunes materializados en la cul-
tura. Cuando se transmiten transnacionalmente, ayudan a preservar
y reproducir el orden social, específicamente al obtener consenso de
los grupos dominantes y de los subordinados. Los significados com-
partidos no sólo afianzan la permanencia de un orden dado, puesto
que tienen la capacidad de crear e inventar nuevos modos de vida, los
valores universalizantes tienen el potencial de ser agentes transforma-
dores.
En cuanto al aspecto político de la ecuación, al parecer está dán-
dose un resurgimiento de los proyectos de integración en el Sur. El
estrato dominante en los países en vías de desarrollo, inquieto por
cómo estar a la par de las enormes concentraciones de poder y riqueza
en las tres macrorregiones, procura crear nuevas economías de esca-
la. Aunque la integración económica cayó en desuso como estrategia
para el desarrollo en los años setenta y principios de los ochenta, los
organismos internacionales ahora están inyectando dinero a los pro-
yectos regionales. El efecto de amplificación atrajo a organismos bi-
laterales y al Banco Mundial (Davies, 1992; Seidman y Anang, 1992;
Thompson, 1991; Mandaza, 1990; Shaw, 1992). De esta manera, el
neorregionalismo puede convertirse en receptor del neoliberalismo,
aunque ambos sean incompatibles en otras condiciones (analizadas
más adelante).
A diferencia de las estrategias de autosuficiencia colectiva, la idea
del neoliberalismo se centra en participar cada vez más en la eco-
EL “NUEVO REGIONALISMO” 165
nomía global. Mientras que la autosuficiencia generalmente con-
duce a políticas de industrialización mediante la sustitución de
importaciones (es decir, los productos que antes se importaban aho-
ra se producen localmente), participar en la economía mundial im-
plica concentrarse en la industrialización orientada a las exportacio-
nes. Los neoliberales afirman que las exportaciones pueden competir
con los precios del mercado internacional sólo si la producción se li-
bera de los controles de precios (los aranceles, por ejemplo). La pre-
misa señala que, si se lo deja libre, el mercado es un árbitro mucho más
eficiente del crecimiento económico y del desarrollo que el estado. En
un mundo globalizante, se da primacía a los mercados extrarregio-
nales más que a los vínculos intrarregionales.
Por supuesto, el proyecto neoliberal tiene sus ventajas. La desre-
gulación, la liberalización y la privatización –todos los ingredientes
de los programas de ajuste estructural en un solo paquete– implican
pérdidas de índole social y tienen efectos distributivos, pues su costo
no se reparte por igual. Si no se coordinan los elementos de las refor-
mas de mercado, el neoliberalismo puede fragmentarse en regionalis-
mo degenerativo, es decir, degenerarse al pasar de un tipo de regiona-
lismo altamente organizado a uno más sencillo. Al igual que el
proyecto neoliberal, esta modalidad de regionalismo busca optimizar
la posición colectiva en la matriz de la globalización. No obstante, el
regionalismo degenerativo es una medida defensiva contra una ma-
yor desintegración social –entre cuyos síntomas están la corrupción
en todos los niveles y el gangsterismo, con frecuencia en colusión con
los estratos superiores de la burocracia estatal–, es un intento regio-
nal por contener las consecuencias de depositar la carga sobre los
estratos más desprotegidos de la población en más de un país.
Por lo anterior, los 12 miembros de la Comunidad de Estados In-
dependientes (CEI), una confederación que no incluye a las tres nacio-
nes bálticas y que se creó en 1991 para armonizar las políticas entre
repúblicas después de la caída de la Unión Soviética, han adoptado
diversas estrategias de reforma y actuaron a distintos ritmos. Rusia ha
avanzado rápidamente en la reestructuración del mercado; Ucrania,
Belarús, Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán han evitado una libe-
ralización de choque y han mantenido un alto grado de control esta-
tal sobre la producción y los precios; y Azerbaiyán, Armenia, Georgia,
Moldova y Tayikistán han postergado las reformas económicas hasta
que se solucionen las rivalidades étnicas y los conflictos armados
(Grinberg, Shmelev y Vardomsky, 1994).
166 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Asimismo, la expansión del mercado ha fomentado dos polos


dentro de la CEI: uno europeo y otro centroasiático. Rusia es tan gran-
de y poderosa en relación con los otros miembros, que algunos de esos
estados recién independizados temen la influencia de Moscú y su
control sobre los recursos energéticos y minerales. Con excepción de
Turkmenistán, rica en gas, las repúblicas de la CEI dependen econó-
micamente de Rusia. Por lo tanto, su búsqueda de la soberanía y se-
guridad colectiva resulta muy problemática.
El estallido de guerras civiles (Georgia, Moldova y Tayikistán), los
conflictos internacionales (Azerbaiyán y Armenia), las operaciones
militares rusas en la disidente región de Chechenia, 25 millones de
“rusos étnicos” dispersos precariamente en varias repúblicas y el ex-
tendido abuso hacia las minorías –que en algunos casos desencade-
nan las migraciones– contradicen la relación entre la economía regio-
nal neoliberal y las políticas liberales. La Eurasia postsoviética se
distingue no sólo por la violencia crónica y un alejamiento de los
valores democráticos, sino también por la permanencia del liderazgo
político de la era soviética, cuya burocracia o nomenklatura está respal-
dada por la policía de seguridad, muy poco desmovilizada.
Sin embargo, en condiciones políticas más propicias, el neolibe-
ralismo aún guarda la promesa de crecimiento económico y, en cuanto
a iniciativas políticas, ofrece flexibilidad en una economía mundial
dinámica y cada vez más integrada. La visión neoliberal depende de
respuestas flexibles a las señales de los precios y del logro de un alto
grado de división del trabajo que se adapte a los nuevos métodos de
producción.

NEOLIBERALISMO Y PRODUCCIÓN FLEXIBLE

El planteamiento del nuevo regionalismo pasa por alto el asunto de


qué producir y para quién, y tampoco explica los cambios en la geo-
grafía del capitalismo mundial. De hacerlo, su explicación no sería
más que una visión parcial y limitada del variado desarrollo regional.
Paralelamente al ascenso del neoliberalismo han surgido sistemas de
producción regional especializados que cuentan con sus propias di-
visiones intrarregionales del trabajo entre países y dentro de ramos.
La introducción de sistemas de especialización flexibles proporcio-
na más importancia a las redes de producción regionales, debido al
EL “NUEVO REGIONALISMO” 167
beneficio inherente de concentrar los proveedores alrededor de las
plantas, en parte para garantizar las entregas oportunas. A pesar de
las nuevas tecnologías que reducen los tiempos, la proximidad en
ciertos sectores aún se traduce en menores costos y más oportunida-
des para conjuntar necesidades y capacidades. La cercanía de provee-
dores y trabajadores cuya cultura de producción alienta las innovacio-
nes fabriles, da cabida a fluctuaciones en la demanda del mercado.
Existen varios tipos de subregiones o microrregiones productoras
flexibles. Los centros de producción flexible han proliferado en mu-
chos países de industrialización reciente o próxima en Asia y Améri-
ca Latina (una experiencia que se aborda en Mittelman y Pasha, 1997,
cap. 6). En el regionalismo del Asia-Pacífico, las corporaciones
transnacionales japonesas han crecido y dependido de la flexibilidad
que ofrecen múltiples contratistas pequeños y medianos. Están sur-
giendo complejos industriales regionales en ramos como el de la elec-
trónica y la computación. Está surgiendo una zona de producción
integrada regionalmente que no sólo se basa en las empresas familia-
res y redes de negocios chinas, sino que suele estar alimentada por
capital japonés, que carece de tales vínculos familiares (Stubbs, 1994,
pp. 372-373). Como la economía japonesa se incorporó de lleno a la
economía de la región de Asia-Pacífico, pudo utilizar una red de es-
tructuras socioculturales para conducir los flujos de capital. Los fuer-
tes vínculos de parentesco y cultura en áreas geográficamente cerca-
nas pueden reducir los costos de transacción y proporcionar un grado
de confianza personal que facilita los negocios regionales.

FLEXIBILIDAD MEDIANTE REDES SOCIOCULTURALES

La aplicación de la especialización flexible no sólo depende de una


estructura tecnoeconómica arraigada en un sistema de producción
concentrado territorialmente, sino de los aspectos cualitativos del
medio social. Los factores culturales fundados en la sociedad tienen
mucha importancia, incluso el grado de confianza y consenso que
sustenta el mercado y el ambiente industrial para favorecer el desa-
rrollo de habilidades en el centro de trabajo. En otras palabras, la
comunicación informal de ideas relacionadas con el fortalecimiento
del regionalismo en un distinto nivel, se da dentro de instituciones
sociales diversas, como grupos étnicos, familias, clubes, etc., algunas
168 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

de las cuales se originaron en la sociedad precapitalista (Asheim,


1992; Goodman y Bamford, 1989). En tanto que el modelo de espe-
cialización flexible como sistema productivo requiere de sólidas rela-
ciones dentro de la sociedad civil, las instituciones socioculturales
pueden constituir un factor limitante o potencialmente favorecedor
del desarrollo regional.
A lo ya señalado sobre el papel de las familias chinas como víncu-
los transnacionales en el crecimiento económico explosivo en la región
de Asia-Pacífico (cap. 2) cabe agregar la manera en que la inversión y
ayuda japonesa desencadenó dicho auge súbito, particularmente en
la subregión de Asia sudoriental. De hecho, el crecimiento de las eco-
nomías de la ASEAN no puede entenderse sin tomar en cuenta la
geopolítica del Sudeste asiático y la conjunción de intereses hegemó-
nicos estadunidenses y japoneses.
Después de que Estados Unidos bombeara capital para Asia orien-
tal y sudoriental durante las guerras de Corea y Vietnam, Japón poco
a poco incrementó sus flujos de capital en toda la región; sin embar-
go, es a Estados Unidos, y no a Japón, donde los países del Sudeste
asiático exportan gran parte de sus bienes manufactuados. En la di-
visión triangular evolutiva del trabajo en el regionalismo de Asia-
Pacífico, Japón y, en menor medida, Estados Unidos proporcionan
capital para inversiones, mientras que Asia sudoriental proporciona
materia prima a Japón y mano de obra barata para fabricar bienes
manufacturados que en gran parte van dirigidos al mercado esta-
dunidense. El capital japonés ha influido de distintas maneras en las
economías del Sudeste asiático, y Singapur ha sido el país que ha atraí-
do mayor inversión directa per cápita. Resulta claro que este país ha
sido el principal beneficiario de los flujos de capital y de la geopolítica
de la subregión (Stubbs, 1989, 1991).
Puesto que los patrones comerciales de Japón revelan una tenden-
cia a la economía con base en regiones, Tokio ha ayudado a las eco-
nomías que forman parte de la ASEAN a incrementar el número de
sectores generadores de exportaciones y la eficiencia de los fabricantes
japoneses que se reubican en Asia sudoriental. La regionalización de
la industria japonesa ha creado una incongruencia prácticamente
inadvertida en la economía de Singapur y, tal vez, en la de otros paí-
ses. Singapur, una de las pocas naciones que ha identificado el gra-
do de PIB que se genera mediante factores de producción extranjeros
o controlados desde el extranjero, ha dado a conocer información que
revela que una parte cada vez mayor de su producción se debe a los
EL “NUEVO REGIONALISMO” 169
extranjeros. De 1980 a 1991, el PIB generado externamente aumen-
tó 250%, en comparación con el PIB de procedencia indígena
(147.5%). Resulta una paradoja que el sector controlado por los ex-
tranjeros pueda encontrar gran variedad de oportunidades rentables
para crecer e invertir en Singapur, mientras que el capital nacional
está prestando gran parte de su cartera al exterior. Sin duda, parte de
la explicación se encuentra en la desventaja competitiva de los secto-
res controlados localmente en lo que se refiere a tecnología, esto hace
evidente la dificultad, aun en una de las economías más dinámicas del
mundo en vías de desarrollo, para librar el último obstáculo que le
impide alcanzar la condición de una economía avanzada (Kant, 1992;
Bernard y Ravenhill, 1995).
La explicación también se encuentra en las complejas divisiones
del trabajo y el poder en la región. Mientras que la inversión extran-
jera directa de Japón en Asia se disparó de 2␣ 000 millones de dóla-
res en 1987 a 8␣ 000 millones en 1990 (entre dos y tres veces el total
de la inversión estadunidense), resulta contundente que el grueso del
valor agregado se queda con los japoneses, mientras que las porcio-
nes menores quedan en manos de socios secundarios en este bloque
manufacturero flexible pero estructurado. Gracias a su evidente ven-
taja tecnológica, Tokio coordina las decisiones sobre ubicación en una
división del trabajo articulada regionalmente al ofrecer inversión,
asistencia y conocimientos técnicos. Aunque aún quedan conglome-
rados chinos independientes, en el Sudeste asiático los “chinos
étnicos” suelen asociarse con los japoneses en coinversiones. En un
sistema regional que acostumbra adoptar los métodos japoneses de
producción flexible, los consorcios chinos –el grupo Liem y Astra, por
ejemplo– son vehículos del capital japonés, a veces a modo de plan-
tas ensambladoras o de distribuidores de empresas, como Fuji o
Komatsu (Tabb, 1994; Heng, 1994).
Más allá de la interacción entre los negocios familiares chinos y las
empresas japonesas, decir llanamente que la cultura facilita los flujos
de capital en el desarrollo regional es carecer de visión. El énfasis en
las estructuras de poder no debería desviar la atención de las lagunas
culturales y su origen. En la segunda fase de un doble movimiento
polanyiano –una reacción a las condiciones materiales cambiantes en
una escala global y regional–, los individuos no son ocupantes pasi-
vos, sino agentes activos que negocian los papeles prescritos por la
sociedad. Ellos participan e influyen en la toma de decisiones en el
ámbito nacional y multilateral al reconstituir la cultura a partir de las
170 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

microprácticas. Las estrategias para contrarrestar el control social en


el centro de trabajo o para reorganizar el proceso de producción im-
plican renegociar significados, redefinir costumbres y ejercer presión
contra los límites de las viejas estructuras sociales de modos más efec-
tivos (Kabeer, 1991). Mientras que otros autores han proporcionado
estudios gráficos sobre el vínculo entre producción y cultura en el nivel
local, mi interés aquí se centra en las interacciones regionales y en
cómo las instituciones socioculturales son mediadoras del proceso de
producción y del suministro de mano de obra.

PRODUCCIÓN FLEXIBLE Y MERCADOS LABORALES FLEXIBLES

Con el advenimiento de las macrorregiones, el nuevo regionalismo


asimila el multiculturalismo como si fuera un problema entre Norte
y Sur. De maneras completamente distintas, el APEC, la UE y el TLCAN
facilitan la movilidad de capital y mano de obra. Para mejorar la
competitividad de las economías abiertas y dotar de flexibilidad al
mercado laboral, algunos países con diverso grado de desarrollo eco-
nómico se han unido en un proceso que podría ir aún más lejos con
la admisión de los países de Europa oriental en la UE (Yamamoto,
1993).
En los países de industrialización reciente en Asia oriental y en los
países cercanos a ésta, los elevados índices de crecimiento económi-
co durante más de un decenio, sumados a la rápida transición demo-
gráfica, han dado por resultado sueldos elevados y escasez de mano
de obra. Singapur, por ejemplo, ha dependido de los trabajadores
extranjeros para reducir sus problemas de abastecimiento de mano de
obra. Malasia, país exportador de mano de obra especializada a Ja-
pón, era receptor de alrededor de un millón de inmigrantes ilegales
provenientes de Indonesia, Tailandia y otros lugares, hasta su traspié
económico en 1997, que provocó la repatriación de trabajadores ex-
tranjeros. A diferencia de los otros países receptores en la subregión,
las Filipinas es el principal proveedor de mano de obra por contrato
y también un gran exportador de trabajadores especializados y de ser-
vicio. Los inmigrantes de Indochina están ejerciendo más presión en
los mercados laborales en otras partes de Asia oriental.
En el sur de África, el patrón histórico de subregionalismo fue
moldeado por una necesidad de mano de obra y servicios baratos en
EL “NUEVO REGIONALISMO” 171
Sudáfrica, cubierta con los inmigrantes provenientes de países veci-
nos, los cuales se convirtieron en participantes de una relación des-
igual. De hecho, la mano de obra migratoria ha dado vida a la maqui-
naria de la industria minera sudafricana desde que se descubrió oro
en el Transvaal. Para los capitalistas sudafricanos, el sistema laboral
migratorio ofrecía varias ventajas. Mientras Sudáfrica pagara salarios
más elevados que los países del interior, era seguro que contaría con
una reserva de mano de obra. Al contratar trabajadores del exterior,
Sudáfrica podría mantener depreciados los salarios en las minas, ase-
gurándose así de que los trabajadores locales no tuvieran que aban-
donar las industrias y granjas nacionales.
Después de 1975, cuando Mozambique obtuvo su independencia
política, Sudáfrica trató de diversificar sus fuentes de mano de obra
migratoria y de reducir su importancia, en parte debido a su campa-
ña desestabilizadora contra los países del interior. Así, cuando el
empleo en las minas de la Cámara de Minas de Sudáfrica se redujo
31% de 1984 a 1994, en el mismo periodo el número de mineros
extranjeros bajó de 204␣ 104 a 165␣ 808 (calculado a partir de South
African Institute of Race Relations, 1996, p. 258). No obstante, la
mano de obra migratoria aún es un elemento esencial de las econo-
mías subregionales del periodo postsegregacionista. El gran núme-
ro de inmigrantes rurales y urbanos proporciona a las industrias una
reserva laboral común. Trabajadores semiespecializados, especializa-
dos y profesionistas privan a los países emisores de recursos humanos
y contribuyen enormemente a la economía de Sudáfrica, a pesar de
su elevado índice de desempleo. Así como Sudáfrica trata de transfor-
mar su economía a partir de las antiguas industrias y de un sinfín de
leyes diseñadas para reglamentar el abastecimiento de mano de obra,
la nueva estructura de poder también trata de crear una ventaja com-
petitiva, lo cual implica una especialización flexible y un mercado
laboral reconstituido.

RELACIONES DE PODER

Si se analiza el regionalismo desde la perspectiva de las relaciones de


poder, es evidente que el enfoque neoliberal predomina. Incluso, hay
pocos indicios de que otros proyectos, a pesar de sus grandes apor-
taciones teóricas, se hayan aplicado con cierto grado de apego. El
172 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

regionalismo autocéntrico y los esquemas de integración para el de-


sarrollo en los países miembros de la ASEAN y la SADC no han logrado
coordinar la producción subregionalmente y rara vez se articulan con
los movimientos burgueses industriales o los populares. En realidad,
podrían haberse instituido varias agendas nacionales promovidas por
organizaciones subregionales sin necesidad de intervención interna-
cional. Por lo tanto, el análisis de las formas de regionalismo existen-
tes necesariamente se enfoca en la variante neoliberal y en los inte-
reses a los que sirve.
La teoría neoliberal, relacionada como está con las supuestas le-
yes universales del desarrollo, señala que, en principio, pueden apli-
carse las mismas reglas de desarrollo económico a todos los países:
desde el más desarrollado hasta el menos desarrollado. En sí, esta
teoría es exageradamente mecánica y representa una perspectiva tri-
llada del regionalismo. Por adoptar un enfoque individualista, guar-
da silencio con respecto a las desigualdades estructurales profundas,
especialmente respecto de los aspectos cualitativos del subdesarrollo
inherentes a las trabas de los sistemas sociales muy inequitativos.
Asimismo, suele pasar inadvertida la contradicción entre la apertura
del regionalismo neoliberal y su potencial reacción antirregional. En
la medida en que el regionalismo abierto luche por un mercado mun-
dial y se enganche directamente a la economía global, podrá omitir
la integración regional. La explicación que a veces se escucha en los
círculos de negocios es que las ganancias del comercio se maximizarán
mediante una división internacional, no regional, del trabajo.
Además, la visión que tienen los neoliberales de las relaciones de
mercado como un mundo de significados comunes sin fricciones –la
acogida sin oposición de la ideología del capitalismo– estructural-
mente está ciega a los patrones de dominación y hegemonía. Guiada
por una agenda neoliberal altamente desarrollada, la hegemonía
regional es un asunto recurrente en el nuevo regionalismo y, notable-
mente, en las macrorregiones: Alemania en la UE, Estados Unidos en
el TLCAN y, en ocasiones, la tensa relación entre Estados Unidos y
Japón en el grupo de Asia-Pacífico.
Los vínculos dentro de las relaciones Japón-ASEAN ilustran adecua-
damente este patrón de asimetría. Si se incluyen todas las importa-
ciones y exportaciones, Japón es el mayor socio comercial de la ASEAN,
su principal inversionista directo y la fuente más importante de ayu-
da oficial para el desarrollo (Naya y Plummer, 1991, pp. 266-267).
Aunque Estados Unidos se ha convertido en el principal receptor de
EL “NUEVO REGIONALISMO” 173
exportaciones provenientes de la ASEAN, los países miembro se en-
cuentran muy enredados en el vector japonés del proceso de globa-
lización: la ASEAN es la base de producción, y Japón, su núcleo. Como
parte del esquema de integración encabezado por Japón, muchas
industrias japonesas se reubicaron en Asia sudoriental, lo cual implicó
una mayor coordinación entre las empresas con sede en Japón y sus
filiales en el extranjero. Las naciones del Sudeste asiático se convir-
tieron en productoras de exportaciones dirigidas a Estados Unidos,
Europa y su propio mercado subregional. Esta división regional del
trabajo en industrias como la automotriz ha implicado la coproduc-
ción de partes. Dentro de Toyota, por ejemplo, Indonesia y Tailandia
se concentran en motores de diesel, partes forjadas y equipo eléctri-
co; las Filipinas, en transmisiones, y Malasia, en conectores de direc-
ción y equipo eléctrico. Singapur coordina y dirige varias transaccio-
nes. Mientras que los países de la ASEAN y Japón pueden obtener
ventajas de dichos vínculos, las economías de la ASEAN quedan al mar-
gen de la toma de decisiones y son vulnerables a la manipulación po-
lítica y económica desde Tokio (Hamzah, 1991).
El espectro de la hegemonía regional también se alza en otras re-
giones; a saber: el PIB de Sudáfrica en 1995 fue de 136 000 millones
de dólares, aproximadamente cuatro veces el total de los otros 11
(después 13) miembros de la SADC, de acuerdo con las más recientes
cifras disponibles (Banco Mundial, 1997b, pp. 236-237). Asimismo,
por donde quiera que se vea, el desequilibrio militar empequeñece
cualesquiera disparidades económicas, entretejidas como están en
una compleja red de relaciones históricas. Gran parte de la inversión
extranjera en la subregión también se destina a Sudáfrica. Su infra-
estructura y sus sectores bancario, manufacturero, comercial y de ser-
vicios lo convierten en la sede económica de la región.
Por supuesto, la teoría neoliberal se ha aplicado como políticas de
ajuste esbozadas por el Banco Mundial y el FMI. Los principales be-
neficiarios de esos proyectos neoliberales son el capital, que rápida-
mente puede atravesar fronteras; los exportadores liberados de las
políticas comerciales restrictivas, los industrialistas nacionales, cuya
productividad y precios resultan competitivos frente a las empresas
extranjeras, y los bancos locales que se benefician del marco de la
desregulación, la liberalización y la privatización (Hewitt, Johnson y
Wield, 1992, p. 195). La cúpula neoliberal, sin embargo, no protege
los intereses de otras fuerzas sociales, que deben buscar vías alterna-
tivas.
174 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

LA PERSPECTIVA DEL NUEVO REGIONALISMO: SU ARQUITECTURA

Tras haber identificado cuatro respuestas a las presiones de la rees-


tructuración global –el regionalismo autocéntrico, la integración para
el desarrollo, el regionalismo neoliberal y el regionalismo degenerado
(todas tendencias que pueden coexistir)–, es importante buscar indi-
cios de otra conceptualización que complemente el nuevo enfoque del
regionalismo. Los orígenes de una arquitectura alternativa pueden
encontrarse en la naturaleza contradictoria de la globalización. Sus
aspectos integradores y desintegradores crean una nueva polaridad,
que otorga espacios para la experimentación regional.
Por una parte, la tendencia centralizadora de la globalización
puede proporcionar una hegemonía encabezada por Estados Unidos,
o una cohegemonía, es decir, una modalidad de gobierno multilateral
dirigido por la triada conformada por Europa, Estados Unidos y Ja-
pón, fungiendo este último como guardián subalterno de Estados
Unidos (Mushakoji, 1994, p. 25). La globalización centralizadora
busca justificarse mediante valores universalizantes. Ayuda a moldear
el orden jerárquico regional y el capital transnacional que incorpora
el regionalismo. Sin embargo, la reestructuración global del poder
regionaliza el conflicto. Por ejemplo, las microrregiones (zonas
procesadoras de exportaciones) en China compiten por las inversio-
nes con un organismo subregional, la ASEAN. A su vez, la ASEAN está
perdiendo inversiones frente a una unidad nacional y ahora estado
miembro, Vietnam, debido a su base manufacturera de bajo costo. En
una relación contradictoria motivada por el neoliberalismo, varios
inversionistas de la ASEAN se han concentrado en Vietnam y contribui-
do con sus sectores de infraestructura, servicios y manufacturas
(Kumar, 1993, pp. 36-37).
Aunque no trato de proporcionar un inventario completo de di-
chas agrupaciones regionales, es claro que enfocarse demasiado en los
aspectos macro resta importancia a las cuestiones micro. Las micro-
dimensiones tienen particular importancia precisamente porque los
nuevos métodos de producción y las condiciones tecnológicas alien-
tan la especialización y la diversificación. La introducción de tecno-
logías de vanguardia implica iniciativas que requieren poco capital,
y no las gigantescas empresas transnacionales de investigación y de-
sarrollo (Mushakoji, 1994, p. 21). Asimismo, hay oposición al surgi-
miento de ciertos procesos regionales. Los opositores plantean la
intrincada cuestión de la distribución de beneficios no sólo en térmi-
EL “NUEVO REGIONALISMO” 175
nos de nación, sino a la luz del acceso étnico y racial (por ejemplo, si
los malayos chinos en el Sudeste asiático se benefician desproporcio-
nadamente de su relación con los singapurenses chinos (Akrasanee,
1993, p. 14).
Si bien la hegemonía contiene los conflictos sociales, no los elimina
del todo. Los intereses dominantes fijan límites a la oposición, pero
los problemas fundamentales pueden incrementarse en las coyuntu-
ras transitorias creadas por las transformaciones estructurales. En
otras palabras, la hegemonía no es una condición estable, pues se le
socava y recrea constantemente.
Actualmente está dándose una reacción contraria a la reestructu-
ración neoliberal en lo que podría denominarse las inquietudes del
regionalismo transformativo, es decir, un regionalismo basado en la so-
ciedad civil como una posibilidad a futuro, más que como un fenóme-
no actual. En su forma incipiente, el regionalismo transformativo es
en parte una reacción defensiva generada por quienes quedaron ex-
cluidos de la globalización, particularmente en aquellas zonas fuera
de las macrorregiones. Su programa político y económico no difiere
mucho del modelo de integración para el desarrollo: cooperación
política estrecha al principio, y no al final, del proyecto; equidad y
equilibrio en las relaciones entre los estados miembro, que incluye
fórmulas de redistribución, y un mayor comercio basado en la
planeación industrial regional. En la reestructuración, el estado
debe ser un agente activo en la integración transformativa; sus prin-
cipales papeles son racionalizar la producción, construir infraestruc-
tura y promover los intercambios. La formulación alternativa hace
hincapié en la autoorganización y demanda un regionalismo que
fluya de abajo hacia arriba y que esté vinculado a las nuevas formas
de identidad cultural generadas por el movimiento en favor de la
mujer, los ecologistas, las fuerzas prodemocracia, los grupos defen-
sores de los derechos humanos, etc. A final de cuentas, las posibili-
dades y limitaciones del regionalismo transformativo dependen de
la fuerza de sus vínculos con la sociedad civil. El potencial creativo
para generar el crecimiento sostenido y la democracia radica en el
apoyo popular y el sentido de participación de los diversos estratos
de la población.
Aunque tal vez los profesionales no utilicen el término, el regio-
nalismo transformativo claramente es la expresión de una dialéctica.
Las fuerzas de arriba buscan afianzar el marco neoliberal, pero se
topan con la resistencia de las fuerzas sociales de abajo. Están en juego
176 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

el control local y otros rumbos de desarrollo, los cuales también com-


prenden una lucha por las diferentes visiones del proceso regiona-
lizante. El frágil equilibrio entre la acción desde arriba y la reacción
desde abajo varía no sólo entre regiones, sino dentro de ellas. Al mis-
mo tiempo que se libran luchas en Asia oriental y África meridional,
se debate la Europa tatcheriana frente a la “Europa social”.
¿Es el regionalismo transformativo un sueño de opio o un proce-
so con expresión concreta? En 1989 en Japón, y en 1992 en Tailandia,
diversos movimientos y redes solicitaron un Plan Popular para el si-
glo XXI (PP21). El PP21 es un esfuerzo por promover un movimien-
to popular y democrático de transformación social. Los problemas
transfronterizos –el papel de las inmigrantes en la próspera industria
del sexo en Asia, la lucha contra la degradación ambiental acarreada
por la construcción de campos de golf y de otras instalaciones turís-
ticas en terrenos agrícolas, el papel de los trabajadores coreanos en
las empresas japonesas que operan en Corea, y así por el estilo– son
aspectos centrales de la agenda. Ahora se está reconociendo que es
mejor llevar a la práctica esta nueva visión mediante acciones regio-
nales coordinadas (Hart-Landsberg, 1994).
De igual modo, el Foro de São Paulo, fundado en 1990, se reúne
anualmente y convoca a partidos y movimientos sociales de todo el
continente americano para discutir la manera de construir una mo-
dalidad equitativa de unidad regional. La magnitud y las consecuen-
cias de la reestructuración neoliberal en América Latina motivan el
foro. La globalización neoliberal –junto con el macrorregionalismo en
México– ha desplazado grandes cantidades de trabajadores y campe-
sinos, empujándolos hacia el sector informal, donde adoptan estra-
tegias de supervivencia mediante todo tipo de actividades legales e
ilegales. La reestructuración está despojando al estado de su capaci-
dad para regular la vida económica, y ello aumenta la salida y la con-
centración interna de la riqueza. Las consecuencias sociales son gra-
ves, pues a una subclase rebosante se le impide participar productiva
o significativamente en la sociedad. Si bien el foro no ha detallado del
todo un proyecto alternativo, está haciendo hincapié en alejar la in-
tegración hemisférica de la hegemonía estadunidense y acercarla a la
integración latinoamericana “con un enfoque nacionalista y una pers-
pectiva continental que aborde las desigualdades entre el Norte y el
Sur”. Dada la reestructuración del capitalismo mundial, la solución
no se considera como un alejamiento de la economía global o como
una interacción exclusiva entre latinoamericanos. Más bien, se está
EL “NUEVO REGIONALISMO” 177
acentuando la cooperación regional y la acción colectiva (Robinson,
1992).
Si bien la experiencia latinoamericana difiere en muchos sentidos
del proceso de integración en África meridional, un punto común en
la agenda de ambas regiones es la inclusión de estatutos sociales en
los acuerdos de integración. Un asunto incluido en esos estatutos es
la integración habilitante que sirva como mecanismo para mejorar los
derechos y las normas laborales en toda una región. Otros asuntos
son: medidas correctivas para que el dolor del ajuste, que es parte de
la integración, no sea experimentado en grado desmedido por los
pobres, una solución a la deuda, reformas a las leyes sobre inmigra-
ción, protección ambiental, cierto control del comercio, el arraigo de
las prácticas democráticas y la creación de instituciones regionales
democráticas. En el “Anteproyecto de Estatutos Sociales” de la Con-
ferencia Coordinadora de Sindicatos Sudafricanos-Congreso de Sin-
dicatos Sudafricanos-Consejo Nacional de Sindicatos, el movimien-
to sindical en el sur de África ha tratado algunos de los puntos
mencionados (Davies, 1992). Si tuviera que dárseles prioridad, el
último punto sería el más revelador: cómo promover una sociedad
civil regional fuerte que involucre democráticamente al pueblo en
todas las etapas de la toma de decisiones. Dichas iniciativas centradas
en la sociedad civil deberían considerarse junto con la estructura para
la cual fueron creadas: la hegemonía global, un tema que trataremos
en el siguiente capítulo.
7. HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO

EN COAUTORÍA CON RICHARD FALK

La hegemonía es una característica recurrente del regionalismo que


contribuye a la polarización y al desequilibrio de los recursos. El con-
cepto de hegemonía que se utilizará aquí –y que no debe confundirse
con su significado no gramsciano de “preponderancia de poder”–, es
en el sentido gramsciano de una mezcla de coerción y consentimien-
to, donde el consentimiento es el elemento dominante. Desde esta
perspectiva la hegemonía neoliberal es instituida bajo el liderazgo
global para mediar entre el mercado oligopólico y las fuerzas socio-
políticas internas. Desde el fin de la guerra fría, Estados Unidos ha
desempeñado este papel principal –como lo sugiere la frase “el con-
senso de Washington”– junto con sus aliados en distintas regiones.
Cuando la hegemonía ideológica resulta ser frágil o es puesta en tela
de juicio, el estado preponderante puede utilizar gran variedad de
instrumentos, tales como la diplomacia, para mantener la armonía,
o los métodos militares, para coercionar.
Este capítulo, entonces, analiza la política. Explora la geopolítica
de la globalización y analiza el vínculo entre la economía y la seguri-
dad militar en el contexto de los procesos globalizantes. Específi-
camente, en este capítulo se considera lo siguiente: ¿Puede utilizar-
se el nuevo regionalismo para promover la hegemonía estadunidense
en un orden mundial globalizante? ¿Cuáles son los dilemas relacio-
nados con un enfoque regional al manejo de las presiones globali-
zantes en la era posterior a la guerra fría?
Nuestro argumento medular es que, en general, el enfoque que ha
utilizado Estados Unidos para mantener su hegemonía –arraigando
la idea y práctica del neoliberalismo– incorpora cierta mezcla de
políticas regionales libres que forman un mosaico. La conclusión de
los legisladores estadunidenses es, por lo tanto, que el regionalismo
ha surgido como una característica clave, temporal e incluso incon-
sistente de un orden multilateral neoliberal, un pegamento que sue-
le utilizarse para unir las dimensiones políticas y económicas de la
reestructuración global.
Empezaremos por delimitar el contexto y, después, analizaremos
los desafíos a los intereses estadunidenses relacionados con el nuevo

[178]
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 179
regionalismo. Puesto que Estados Unidos integra varias regiones, es
necesario analizar los tres pilares sobre los que descansa la política
estadunidense: el TLCAN, el APEC y la Comunidad del Atlántico. Los
demás proyectos regionales en zonas distantes, y a veces marginadas,
del mundo, aunque son de interés para Washington, no son impor-
tantes para este análisis. Ello se debe a que, desde finales de los años
ochenta, estas regiones por lo general han tomado la vía de la libe-
ralización competitiva para atraer inversión extranjera y aumentar el
comercio internacional.

DESPUÉS DE LA GUERRA FRÍA

Es evidente que la caída de la Unión Soviética puso fin, al menos tem-


poralmente, al debate sobre el declive de Estados Unidos, que había
ocupado el primer plano durante el decenio iniciado en 1980. El
ambiente triunfalista incluso puso de relieve el papel de Estados
Unidos como única superpotencia sobreviviente. La diplomacia y el
poderío militar hegemónico de Estados Unidos quedaron confirma-
dos por el modo en que se resolvió la crisis del Golfo Pérsico en 1990
y 1991, iniciada por la invasión iraquí a Kuwait. Parecería que en esta
nueva era, bautizada por el presidente George Bush como “el nuevo
orden mundial”, Estados Unidos tuviera vía libre para utilizar a la
ONU como un apoyo legitimador en todo lo relacionado con la segu-
ridad hegemónica.
Sin embargo, esos acontecimientos relacionados con el fin de la
guerra fría oscurecieron la debilidad de Estados Unidos como esta-
do preponderante en la hegemonía mundial. Incluso en la guerra del
Golfo, Estados Unidos insistió en que fueran terceros los que llevaran
la carga financiera de las medidas militares, lo cual ocasionó que Ja-
pón se quejara de una tributación sin representación. Además de lo
anterior, la debilidad del dólar, reflejo del comercio desmedido y los
déficit presupuestales a principios de los noventa, implicaban que
mantener la posición hegemónica estadunidense requeriría de nue-
vos métodos que no generaran reacciones internas en Estados Uni-
dos. La lluvia de críticas contra este país en 1993, después de que 18
estadunidenses murieron durante un incidente ocurrido en Somalia,
dejó ver que el marco multilateral de la guerra del Golfo era una
anomalía, y no un patrón geopolítico emergente, y que el pueblo
180 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

estadunidense estaba de acuerdo con la hegemonía siempre y cuan-


do no repercutiera mucho en su vida ni en sus bolsillos. El acuerdo de
paz en Bosnia en 1995, fraguado en una zona de importancia decisi-
va para Estados Unidos (Dayton, Ohio), representó una nueva fase en
la dinámica de prueba y error aplicada a la conformación del papel
hegemónico en el escenario general de los noventa. El liderazgo di-
plomático de Estados Unidos ahora parece firme e irrebatible. Sin
embargo, la voluntad y los recursos no están garantizados y, por lo
tanto, la estatura hegemónica de Estados Unidos parece ambigua y
tenue.
En contraste, el regionalismo en sus diversas modalidades es un
rasgo preponderante de la geopolítica hegemónica. A diferencia de la
respuesta globalista a la crisis del Golfo Pérsico, el quid real de la ini-
ciativa diplomática y militar fue la dependencia, principalmente de
Estados Unidos, de la OTAN y, en menor grado, del grupo de contac-
to europeo. Actualmente no es evidente si esta regionalización de la
respuesta pueda proporcionar un momento fundamental a la geopo-
lítica de globalización. Asimismo, la búsqueda del papel hegemónico de
Estados Unidos en diversos contextos económicos aún no ha conclui-
do, ni tampoco queda claro el equilibrio entre los enfoques unilate-
rales y los regionalistas.
Nosotros sostenemos que la relación entre el regionalismo y la
política exterior estadunidense es ecléctica y desigual. A pesar de los
bombardeos de la OTAN en 1990 contra la Yugoslavia de Slobodan
Milosevic, el regionalismo asociado con objetivos militarmente estra-
tégicos suele tener una importancia cuestionable como instrumento
en manos de los forjadores de la política exterior estadunidense,
mientras que el regionalismo económico cada vez tiene más peso. En
parte, este doble patrón hace evidente el paso fundamental de una era
geopolítica a una geoeconómica, moldeada por la lógica de la globali-
zación. En el caso de la seguridad estratégico militar, el regionalismo
depende de la existencia de enemigos comunes, externos o internos.
Cuando éstos no existen, es improbable que el regionalismo tenga
prioridad sobre la tendencia de los estados a depender de sus propias
capacidades para conservar la seguridad o, en caso de amenazas par-
ticulares, a buscar el apoyo bilateral, como sucedió con los ataques
aéreos contra Irak en 1998 y 1999, que contaron con la participación
de Gran Bretaña.
En contraste, el regionalismo con fines económicos depende de la
lógica del capital global, que da a los estados incentivos para unirse
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 181
con el fin de participar en el mercado e incrementar las oportunida-
des de comercio e inversión. Además, las economías florecientes re-
presentan una amenaza para los sistemas estatales más débiles que
sirve de estímulo para que las regiones y subregiones se integren eco-
nómicamente y compensen la amenaza.
Desde 1989, la política exterior estadunidense ha buscado una
serie de instrumentos políticos para mantener su papel hegemónico
en el mundo de manera de minimizar las tensiones fiscales y políti-
cas. Si bien aún no hemos definido claramente la relevancia general
del regionalismo para el papel global de Estados Unidos, en este ca-
pítulo se afirma que, actualmente, la política exterior estadunidense
sólo ocasionalmente depende de arreglos regionales militarmente
estratégicos, pero depende cada vez más del regionalismo económico.
El regionalismo incluso se ha convertido en un tema recurrente
dentro de la política exterior estadunidense. Las publicaciones espe-
cializadas y los discursos públicos sobre este asunto se centran en los
convenios de seguridad regionales y en los bloques comerciales. Casi
siempre, estos dos tipos de intereses se abordan por separado, aun-
que existe cierto grado de traslape, especialmente en relación con
Europa.
Con respecto a la seguridad militar estratégica en el actual esce-
nario global, la política exterior estadunidense consiste principalmen-
te en alejarse del regionalismo, con la excepción parcial de Europa.
En otras regiones, las alianzas regionales de la guerra fría –como
CENTO, SEATO y ANZUS, sobreviven simplemente como reliquias de un
pasado desbancado. Durante la guerra fría, la política exterior de
Estados Unidos, particularmente durante los años cincuenta con la
influencia de John Foster Dulles, promovió los acuerdos de seguridad
regionales y se basó en ellos como elemento integral de su política
global general para contener el aumento de la influencia soviética. Sin
embargo, en la fase contemporánea de la globalización, Estados
Unidos casi no necesita esos arreglos regionales de seguridad. Ade-
más, muchos países tratan de ejercer sus derechos soberanos como
estados independientes, y no se consideran amenazados por un “co-
munismo mundial en expansión” ni por ninguna otra “amenaza”
sistémica. No obstante, es necesario considerar otras fuerzas y valo-
res sociales.
182 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

LOS RETOS DE LA POLÍTICA EXTERIOR Y LOS INTERESES


DE ESTADOS UNIDOS

Los factores internos influyen enormemente en la tendencia de los


legisladores hacia el regionalismo. Durante los años noventa, la po-
lítica del descontento en Estados Unidos adoptó distintas modalida-
des: la solicitud de que hubiera un candidato más de otro partido en
las elecciones presidenciales, una menor concurrencia de electores
(37%) para permitir al Partido Republicano constituir una mayoría en
el Congreso en 1994 (por primera vez en 40 años) y las encuestas que
revelaron que incluso quienes habían votado por esos republicanos no
esperaban cambios importantes. Parece que existe una noción –más
que subyacente, de comprensión profunda de los ciudadanos– de que
la política electoral no produce líderes con soluciones verosímiles a
los problemas del país. Incluso, desde la perspectiva de quienes cri-
tican la democracia liberal “orientada a los procesos” en Estados
Unidos, la facultad de elegir líderes de entre un pequeño grupo ape-
gado a las libertades formales no soluciona lo fundamental: el poder
económico y la desigualdad (Robinson, 1996). Esta insatisfacción
puede estar íntimamente relacionada con las presiones causadas por
la globalización económica y, en particular, con la polarización de
ingresos y beneficios. A pesar de las notables subidas del mercado de
valores a mediados y finales de los noventa, las circunstancias econó-
micas para muchos –la reducción de los beneficios sociales, la nece-
sidad de tener más de una ocupación y la disminución de la seguri-
dad en el empleo– se tornaron más difíciles y miserables.
Mientras los académicos explican el conjunto particular de cam-
bios estructurales que abarca el reajuste conocido como globalización,
el propio estado está buscando estrategias de adaptación para mane-
jar esta tendencia. Por otra parte, los políticos –por ejemplo, los con-
gresistas– están reaccionando a estas nuevas realidades de diversas
maneras, por ejemplo, mediante un paquete de prestaciones para las
empresas y pesadas cargas para los trabajadores, particularmente
dentro de los segmentos más desfavorecidos. Una expresión de esta
adaptación ha sido la contracción de los recursos y funciones del go-
bierno, particularmente en relación con el gasto social y, en algunos
casos, con el ambiente.
Esta tendencia se está reforzando con el debilitamiento de los sin-
dicatos, el predominio público de los negocios y las finanzas, y el
consenso ideológico preponderante de índole neoliberal. A pesar de
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 183
haber resultado electo con la consigna de dar prioridad a la econo-
mía nacional, el presidente demócrata Bill Clinton (1992-2000) incli-
nó la política económica exterior hacia las fuerzas globales de mer-
cado, haciendo caso omiso de las objeciones planteadas por los grupos
de votantes tradicionales del Partido Demócrata. Esto fue evidente
durante la lucha por obtener la ratificación del TLCAN y en la promo-
ción de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Este patrón de
ajuste que han seguido los líderes demócratas pseudoliberales (y, en
cierto grado, sociales) se ha repetido en todo el mundo, lo cual pone
de manifiesto el impacto estructural de la globalización. Por diversos
motivos, que tienen que ver sobre todo con las tradiciones en torno
a la asistencia social y el empleo, el carácter específico del ajuste ha
sido mucho más doloroso en algunos países que en otros.
Este conjunto de circunstancias derivadas de la globalización ha
generado una serie de problemas de política exterior, cuyas caracte-
rísticas son resultado de las interacciones entre una unipolaridad
excesiva en la diplomacia global y la capacidad militar, y un carácter
generalmente tripolar o multipolar (el G-7) cuando se trata de los
asuntos económicos.
En primer lugar, quienes tienen a su cargo la elaboración de la
política exterior estadunidense están debatiéndose por el asunto de
cómo lidiar con las fuerzas económicas transnacionales para las cua-
les no tienen mecanismos reguladores eficaces. A raíz de la quiebra
en 1995 del Barings Bank debido a las prácticas bursátiles fraudulen-
tas de un solo empleado en su sucursal de Singapur, es evidente que
el mercado de derivados dentro de las finanzas internacionales tiene
un alcance global, pero su reglamentación depende de los marcos
nacionales. De igual modo, la movilidad cada vez mayor del capital,
su capacidad de desplazarse, incrementa la dificultad de los estados
para utilizar sus políticas de control sobre la conducta corporativista
contaminante y destructora del entorno. Es más, en la medida en que
la globalización –y el regionalismo, por ser uno de sus elementos–
extienda los límites de la acumulación de capital desregulado o no
regulado, disminuirá la capacidad del gobierno para responder a las
presiones democráticas y, por lo tanto, limitará el poder de la ciuda-
danía para controlar su vida económica. Algunos países en vías de
desarrollo, sujetos como están al impacto limitante del ajuste estruc-
tural y la condicionalidad, experimentan esta pérdida de control en
mayor grado y de maneras más patentes que los países desarrollados.
Sin embargo, incluso un país rico y poderoso como Estados Unidos
184 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

resulta ser una víctima cada vez más frecuente de la globalización, al


menos en lo concerniente a la política gubernamental sobre bienes
públicos.
En segundo lugar, quienes fraguan la política exterior en Washing-
ton, al igual que sus homólogos en otros lados, en la práctica se en-
cuentran con una matriz de zonas altamente integradas a la globa-
lización y de zonas totalmente marginadas de ella. Una característica
fundamental de un mundo globalizante es que esta aguda polariza-
ción amenaza con producir inestabilidad y brotes recurrentes de con-
flictos regionales.
El tercer problema es la contradicción entre la globalización de los
mercados y la reivindicación de una serie de valores que no se senta-
ron como premisa del neoliberalismo. Dicho de otra manera, la cues-
tión es de orden moral: más allá de medir el valor del hombre basán-
dose en los criterios del mercado y en el número de bienes de
consumo que se posee, ¿cuál es el elemento moral de la globalización?
A final de cuentas, éste es el desafío de un proyecto de globalización
alternativo: un Islam renaciente, con una imagen empañada en los
medios occidentales, pero con una dimensión que pone en tela de
juicio poderosamente la ausencia de una dimensión ética en la
globalización neoliberal y condena las consecuencias culturales del
ethos consumista (Pasha y Samatar, 1996).
Por último, ante las fuerzas globalizantes que no puede comandar,
el estado cede una fracción de su soberanía como medida defensiva
y para reflejar una imagen globalizada del estrato gobernante. Tras
adoptar la modalidad más institucionalizada de regionalismo, la UE
no es la “Estados Unidos de Europa” concebida por sus fundadores;
más bien, se la suele percibir como una nueva estructura de autoridad
externalizada que determina cuánto pueden cultivar los agricultores,
que especifica las condiciones de equidad en las jubilaciones, que asig-
na fondos para el fomento económico en las regiones pobres, que
pone un alto a algunos subsidios nacionales considerados anticom-
petitivos y que exige a los países que admitan productos que no de-
sean. La UE está facultada para aplicar reglas sobre el ambiente, so-
bre fusiones y adquisiciones y sobre las normas en los centros de
trabajo. Incluso, las decisiones de la UE pueden remplazar la legisla-
ción nacional, como en el caso de los 18 000 burócratas que actual-
mente están empleados en Bruselas. Por lo tanto, el estado no es una
víctima del regionalismo, ya que está dispuesto, incluso con entusias-
mo, a ser partícipe de este proceso. A la vez que el estado externamen-
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 185
te ejerce presión para adaptarse, debido a su actitud también enfrenta
los jalones perturbadores del subnacionalismo, interno y externo: un
segundo proceso compensatorio que puede entenderse en parte como
una reacción violenta a la globalización.
Al formular una respuesta a estos problemas, Washington puede
recurrir a su superioridad militar, a su enorme influencia diplomáti-
ca, a su condición de economía nacional más grande del mundo, a sus
vastos recursos en la innovación tecnológica y el saber, y a la cultura
magnética del país, tan atractiva para los jóvenes del mundo. Estados
Unidos es el principal comerciante del mundo, y su PNB, de acuerdo
con las cifras disponibles más recientes, es 1.5 veces el de Japón, país
que ocupa el segundo lugar (Banco Mundial, 1997b, pp. 214-215). Sin
embargo, como es bien sabido, Estados Unidos pasó de ser el mayor
acreedor del mundo a ser el mayor deudor, y su participación en la
producción mundial bajó de una tercera parte en los años cincuenta
y sesenta, a una quinta parte a principios de los noventa (Bach, 1993;
pp. 11-12; Nye, 1990). No obstante, puesto que la hegemonía no
puede medirse totalmente con los aditamentos manifiestos del poder
y la riqueza, también está el asunto de los valores compartidos, los
significados intersubjetivos y un papel de líder con grandes activos
diplomáticos. La hegemonía tiene que ver con la manera como se
genera el consentimiento. El sabio consejo de Maquiavelo de que el
gobernante no puede gobernar sólo con la fuerza bruta es aplicable
al mundo después de la guerra fría. Y la opinión de su compatriota
Antonio Gramsci con respecto a que las estructuras hegemónicas no
sólo acogen intereses, sino también racionalidad bajo la forma de con-
sentimiento, pudiera aplicarse al señalar que la amalgama de coerción
y consentimiento siempre está cambiando; es heterogénea y constan-
temente necesita ajustarse en respuesta a los desafíos.
Para restaurar la hegemonía después de la guerra fría y superar los
problemas de la globalización, Estados Unidos busca sobre todo
institucionalizar la idea neoliberal de que los cimientos fundamenta-
les del orden son los individuos, más que las estructuras económicas
o sociales. Y vinculada al postulado de que, si se los deja a su albedrío,
los mercados conducirán a una distribución eficiente de los recursos
está la noción de flexibilidad, de manera que tanto productores como
consumidores pueden responder con presteza a las señales de los
precios. Por supuesto, el neoliberalismo no es meramente un mode-
lo económico que anuncie la primacía de los mercados, sino también
un medio de actuar que se traduce en políticas para la apertura de
186 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

mercados. El impacto no es neutral hacia distintos grupos, sino que


favorece ciertas fuerzas: las grandes firmas, los grandes inversionistas
y los principales países capitalistas. La ideología del neoliberalismo
también se relaciona con el declive de la soberanía económica de los
estados, las reducciones en los beneficios sociales y la transformación
del capitalismo estatal en un capitalismo de libre mercado.
Al adoptar el neoliberalismo como piedra angular de la política
exterior, Washington ha cobijado la flexibilidad como sello distinti-
vo de la estrategia utilizada tras la guerra fría. Al “reinventar el go-
bierno”, frase que fue la rúbrica de las propuestas del vicepresidente
Al Gore para reducir la burocracia y volver más eficiente el gobierno,
los legisladores utilizaron un principio, la flexibilidad, tomado direc-
tamente de la economía de mercado: la “producción flexible”, un sis-
tema de organización diseñado para tener fortaleza competitiva en la
economía mundial globalizada. Como enfoque hacia el regionalismo,
la flexibilidad significa una serie de relaciones axiales entre Estados
Unidos y sus socios que unas veces refleja una forma superficial de
asociación entre estados y, otras, interacciones más profundas que
implican la protección de los derechos de los trabajadores y de la
sociedad civil, pero que en todos los casos está determinada por la
prueba y el error en distintas zonas de la economía política global,
desde Europa y América hasta el Pacífico. Estados Unidos, que no es
un miembro de la UE aunque mantiene vínculos diplomáticos y cul-
turales con ella, así como una enorme presencia económica, ha tra-
tado de valerse del regionalismo en América del Norte y la Cuenca del
Pacífico. El TLCAN es la medida más vigorosa por encontrar un patrón
que integre diversos arreglos regionales a una respuesta general a la
globalización.

LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HEGEMONÍA HEMISFÉRICA

Históricamente, Estados Unidos ha aplicado diversas iniciativas para


establecer su hegemonía en América Latina que se remontan a la
Doctrina Monroe en el siglo XIX, forjando al mismo tiempo fuertes
vínculos históricos, militares, comerciales y culturales. Si bien no com-
pete a este capítulo detallar las disposiciones de los antecesores del
TLCAN, sería un descuido no señalar la importancia de los anteriores
acuerdos hemisféricos bilaterales y multilaterales encabezados por
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 187
Washington. En muchos sentidos, el TLCAN y los planes de una libe-
ralización futura en el hemisferio occidental se derivan de patrones
históricos que cristalizaron en los años ochenta y noventa.
La Iniciativa para la Cuenta del Caribe, creada durante el gobier-
no del presidente Ronald Reagan en 1982, se debió principalmente al
deseo de su gobierno de apoyar los regímenes de derecha en Centro-
américa, aislar y socavar el gobierno sandinista en Nicaragua y ejercer
más presión sobre la Cuba castrista. Lejos de constituir un interés es-
trecho de seguridad o geopolítico, el apoyo a los contras en realidad se
dio como parte de un movimiento sostenido para erradicar la intención
de los sandinistas de ofrecer una segunda alternativa regional al pro-
yecto neoliberal. Al mismo tiempo, el equipo de Reagan ofrecía más
ayuda, incentivos a la inversión y acceso exento de aranceles al merca-
do estadunidense a cambio del consentimiento político de los países
centroamericanos y las naciones caribeñas. Aunque hubo muchos com-
promisos en esta legislación y en su aplicación, el vínculo entre las ex-
pectativas y las recompensas de Estados Unidos fue evidente, aunque
tampoco faltaron consideraciones de diversa índole sobre la guerra fría
en el intento por regionalizar la actividad económica.
La política de la zanahoria y el garrote para lograr el consenti-
miento también se aplicó en otros casos, aunque no tan descarada-
mente, y fue continuada por los sucesores de Reagan. Aunque Cana-
dá difiere mucho de los países en vías de desarrollo en el hemisferio
occidental, es de igual manera muy dependiente del mercado estadu-
nidense y de sus inversionistas. También ahí el poder estadunidense
–y, por lo tanto, las disposiciones del Tratado de Libre Comercio en-
tre Estados Unidos y Canadá firmado en 1988– se utilizó para impul-
sar la liberalización de la inversión extranjera. Desde el punto de vista
de los intereses empresariales, el objetivo del tratado era facilitar la
movilidad del capital. En Canadá, el regionalismo era planteado
como un medio necesario para proteger e incrementar el acceso al
mercado estadunidense (Fishlow y Haggard, 1992, p. 21). Hacia el Sur,
Estados Unidos trataba de mantener la estabilidad política, reducir
la inmigración de ilegales y cimentar una economía neoliberal. Por
lo tanto, el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Méxi-
co, que presentó el presidente George Bush al Congreso en 1990,
garantizaba a México el acceso al mercado norteamericano, enfras-
cado en sus reformas neoliberales internas, y garantizaba a los inver-
sionistas privados la llegada de nuevos flujos de capital foráneo. Por
último, la Empresa para Iniciativa de las Américas (1991), del presi-
188 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

dente Bush, abrió canales para un acuerdo de libre comercio hemis-


férico. La liberalización incluía la promoción de la inversión, la
privatización, la reducción de la deuda y la eliminación de barreras
comerciales (Fishlow y Haggard, 1991, pp. 22-25).
Con estos ejes iradiados desde el núcleo, el patrón del TLCAN se
puso en movimiento. Sólo faltaba sistematizar una serie de políticas
bilaterales y multilaterales que se habían puesto en práctica durante
el decenio anterior. El regionalismo hegemónico para los negocios
estadunidenses, representados por el presidente demócrata Bill
Clinton, quien defendió una postura republicana en cuanto al regio-
nalismo económico a pesar de la oposición de los sindicatos que vota-
ron por su partido, implicó tener confianza en el modelo neoliberal.
El TLCAN, más que una serie de disposiciones comerciales, se convirtió
en emblema del neoliberalismo, un medio de actuar, un método para
forjar el consentimiento transnacional y lograr la confianza de los
inversionistas en la irrevocabilidad de los acuerdos. Al igual que el
capital en Estados Unidos, las empresas y el estado en Canadá y Mé-
xico llegaron a aceptar que el TLCAN era un instrumento para abrir
la economía estadunidense, pero con efectos preocupantes en las
condiciones laborales y ambientales.
Desde un punto de vista práctico, resulta inapropiado calificar de
triángulo a la relación en América del Norte. Puesto que la economía
estadunidense empequeñece a la de sus vecinos, no hay igualdad en
dos de los lados de ese triángulo. Un tercer lado, aquel entre Cana-
dá y México, en realidad no existe. Al internalizar el problema Nor-
te-Sur, el TLCAN añade muchas discrepancias en la distribución del
ingreso y en la congruencia política. La asimetría es tan marcada que
el TLCAN no sólo es una zona de libre comercio, sino inevitablemen-
te funciona como una esfera de influencia política e ideológica para
Estados Unidos (Poitras, 1995, p. 9). Menos evidente para la mayo-
ría de los legisladores, pero anticipado por algunos comentaristas, fue
el grado en que el TLCAN creó un área de peligro para Estados Uni-
dos al imponerse la responsabilidad de rescatar al miembro débil
(Castañeda, 1995). Antes del TLCAN, habría sido inconcebible que Es-
tados Unidos armara un paquete de rescate para devolver la confianza
en la economía mexicana a los inversionistas. Después del TLCAN,
simplemente era inconcebible no intentarlo.
Si bien los sectores financiero y empresarial en ambos lados de la
frontera apoyaron el acuerdo, la oposición provino principalmente de
los sindicatos estadunidenses, temerosos de que las empresas se tras-
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 189
ladaran a México; de los ambientalistas, conscientes de la débil nor-
matividad en México, y también de los ultranacionalistas de derecha,
como Ross Perot y Pat Buchanan. Los grupos defensores de los dere-
chos humanos apuntaron hacia los abusos generalizados en México
y acusaron al gobierno de Clinton de desvincular la ganancia econó-
mica del elemento moral de la política exterior. Cuando se acordó en
1994 admitir a Chile como miembro del TLCAN, los países del Cari-
be se quejaron de que sus pequeñas economías podrían resultar da-
ñadas por las rápidas liberalizaciones del mercado. Asimismo, en
América Latina se han tomado medidas para encontrar alternativas
al TLCAN, algunas de las cuales representan versiones sureñas del
neoliberalismo: un Mercado Común del Cono Sur, firmado en 1991
entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, así como el resurgimien-
to del Mercado Común Andino.
Con el fin de preparar a México para el TLCAN, el gobierno de
Carlos Salinas de Gortari acogió las reformas neoliberales para divi-
dir los ejidos y facilitar la venta de sus tierras a los terratenientes,
quienes estarían mejor equipados para competir con los productores
estadunidenses y canadienses. Este proceso desplazó a muchos cam-
pesinos pobres y contribuyó al levantamiento zapatista en el estado
de Chiapas, el que, simbólicamente, coincidió con el día de entrada
en vigor del TLCAN, el 1 de enero de 1994. Las repercusiones reales
de las políticas del TLCAN incluyen la pérdida de 41 201 empleos
manufactureros en Estados Unidos, documentados por el Departa-
mento del Trabajo estadunidense, una cifra muy inferior al número
de mexicanos que se quedaron sin empleo. Este recorte de personal
se atribuye principalmente a la liberalización comercial y a una baja
persistente en el número de empleos manufactureros en la economía
mexicana desde septiembre de 1990 (DePalma, 1995; Cornelius,
1995). La liberalización, la desregulación y la integración de los mer-
cados de capital se tradujo en una mayor inseguridad económica para
los negros y las personas con bajos ingresos. Así como existe cada vez
más desigualdad en los ingresos entre México y Estados Unidos, la
polarización económica dentro de México también está aumentando,
situación notable ante las ya enormes diferencias en el ingreso y la
riqueza. El desplazamiento de trabajadores y agricultores en los tres
países ha acelerado la migración. Sin embargo, la válvula de escape
que representaba la migración a Estados Unidos es ahora una salida
menos eficaz, dada la resistencia cada vez más violenta a los recién
llegados en California y otros estados.
190 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Quince meses después de la firma del TLCAN, Washington respon-


dió por los caóticos mercados financieros en México al proporcionar
un programa de garantía por 52 000 millones de dólares. A pesar de
estar aplicando recortes al sistema de seguridad, el gobierno de Es-
tados Unidos salió al rescate de los inversionistas privados estadu-
nidenses y mexicanos que con conocimiento de causa habían corrido
el riesgo de invertir en un “mercado emergente” –los valores mexi-
canos–, y así fueron salvados de sufrir las consecuencias de hacer una
mala apuesta. Para fines prácticos, el gobierno de Estados Unidos y
el FMI se convirtieron en el banco central de México, un indicio de la
carga que representa el regionalismo como instrumento hegemóni-
co para Estados Unidos. Asimismo, la conveniencia, como cabía es-
perar en este momento decisivo, desbancó a la ideología neoliberal.
En un movimiento polanyiano clásico, la utopía del libre mercado
autorregulado se sacrificó en silencio en el altar de la intervención
estatal masiva.
A pesar de este desastre, el objetivo en el largo plazo es liberali-
zar e integrar los mercados de capital desde el Ártico canadiense hasta
Cabo de Hornos. El objetivo es ampliar y remplazar el TLCAN con una
Zona de Libre Comercio del Hemisferio Occidental, en la que Esta-
dos Unidos desempeñaría el principal papel hegemónico. En contras-
te, Estados Unidos encuentra en Asia una región muy diversa y con
estados mucho más fuertes, que tienen su propia agenda para el re-
gionalismo. El regionalismo asiático depende menos de los acuerdos
formales y de las instituciones intergubernamentales, y confía más en
una red de relaciones económicas bilaterales con un toque regional.

RECONSIDERACIONES SOBRE EL REGIONALISMO HEGEMÓNICO


EN EL ESCENARIO DE ASIA-PACÍFICO

Las ideas divergentes planteadas por los intelectuales de la política


estadunidense son importantes para reconfigurar la hegemonía de
acuerdo con las condiciones de la globalización neoliberal posterio-
res a la guerra fría. Sus propuestas y explicaciones tienen influencia
y son una aportación clave a la configuración de la agenda política.
Una teoría que durante un tiempo atrajo mucha atención fue pro-
puesta por Francis Fukuyama (1989), antiguo funcionario del Depar-
tamento de Estado, quien sostuvo que, con la caída del comunismo,
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 191
la dialéctica de la historia había llegado a un final marcado por el
triunfo permanente del capitalismo, las políticas pluralistas y el
constitucionalismo. Tras haber llegado a la última síntesis, los líderes
políticos deberían concentrarse en expandir su prosperidad y ayudar
a algunas sociedades atrasadas a integrarse al sistema económico li-
beral. Otra faceta, tal vez más duradera del discurso hegemónico, la
planteó Samuel Huntington (1993), cuyo artículo, “The Clash of Ci-
vilizations?”, plantea que las rivalidades de la guerra fría fueron sus-
tituidas por las “líneas imperfectas de las civilizaciones”: las identida-
des de religión y cultura y, en particular, los lastimeros elementos
islámicos y confucianos contra Occidente. Para Huntington, los con-
flictos y la competencia después de la guerra fría se reducen a dos
polos: “Occidente y el resto”. Estas representaciones no sólo revelan
la idea que tienen los principales intelectuales sistemáticos respecto
de la hegemonía estadunidense, sino también dan por sentado que
sólo hay un proyecto neoliberal. Sin embargo, esto no es así en la re-
gión de Asia-Pacífico.
Ahí existe un escenario neoliberal dominante que es tanto una
versión incluyente como una segunda opción neoliberal, más exclu-
yente. El APEC, la agrupación incluyente, engloba a todas las entida-
des subregionales (por ejemplo, la ASEAN) y todos los experimentos
microrregionales (por ejemplo, las zonas procesadoras de exportacio-
nes) en la Cuenca del Pacífico. Su flanco en Asia incluye a dos de las
tres economías más importantes del mundo (China y Japón), a cua-
tro naciones consideradas como países de industrialización reciente,
a otras dos de industrialización próxima (Malasia y Tailandia, segui-
das muy de cerca por las Filipinas e Indonesia) y países tan disímiles
como Canadá, Chile y Papúa Nueva Guinea. Así como debe lidiar con
el miedo de la ASEAN a ser dominado por Japón y Estados Unidos, el
APEC también debe tratar de encapsular a China y Taiwán en una sola
estructura organizativa. Esta estructura, por supuesto, es sólo un foro
consultivo, sin ningun órgano regidor, a pesar de que en 1994 se
decidió que en 2003 se crearía una zona de libre comercio (la AFTA)
para los seis miembros de la ASEAN. Sin embargo, aún no queda cla-
ro si este horizonte temporal fue tomado como un compromiso literal.
La lógica para la intensificación regional se deriva de una serie de
circunstancias ocurridas en un breve lapso: el dinamismo de algunas
economías asiáticas hasta 1997, el poderoso empuje de la globali-
zación y el fin de la guerra fría. En muchos sentidos, la crisis econó-
mica de finales de los noventa se sumó a esa lógica. Tras el ataque de
192 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

ciertos especuladores con divisas y el comportamiento en masa de los


inversionistas extranjeros, el contagio afectó a Tailandia, Corea,
Indonesia, Malasia y, en menor grado, a otros países asiáticos. Cuando
la agenda de las políticas se concentró en la recuperación económi-
ca, resultó cada vez más evidente que, en ese momento, gran parte del
capitalismo asiático, independientemente de su variedad y de si el
programa del FMI era adoptado de iure o de facto, debería sujetarse
estrictamente al modelo de desarrollo guiado por Estados Unidos.
Tras esta aceptación hubo muchas propuestas e iniciativas modernas
de nuevas modalidades de unidad subregional.
Para el ala asiática y americana del APEC, un incentivo para inten-
sificar la estructura regional es la ganancia potencial que se derivaría
del aumento del comercio y la inversión. Asia es ahora el principal
mercado de América del Norte, y el comercio del Pacífico supera al
comercio del Atlántico. Los 18 miembros del APEC tienen una parti-
cipación cada vez mayor en la producción y el comercio mundiales:
casi 60% del PIB global y 46% de todas las exportaciones en 1993, en
comparación con 38% en 1983 (Higgott y Stubbs, 1995; “APEC: The
Opening of Asia”, 1994). ¿Pero, cuál agenda de intensificación pre-
valecerá? ¿Cuáles son los puntos delicados de la integración?
Al ala asiática del APEC le preocupa que la intensificación sea un
medio para que Estados Unidos imponga su concepto de libre comer-
cio. Los países pequeños, en vías de desarrollo, temen que Estados
Unidos trate de dar nueva forma a políticas económicas internas pro-
badas y comprobadas que se basan en la intervención estatal en gran
escala, e insisten en cuestiones sociales como los derechos humanos
y las normas laborales y ambientales (aunque no como las demanda-
das por algunas ONG). Asimismo, el esfuerzo para imaginar o cons-
truir una identidad asiática plantea interrogantes amplios e irritantes
sobre los conflictos entre distintos sistemas de valores, no en el sen-
tido huntingtoniano de tensiones entre civilizaciones, sino en térmi-
nos del contenido moral del proyecto regional neoliberal. En cuan-
to a esto, dos observadores tocan un acorde que reverbera en algunas
zonas de Asia: “La APEC […] es a todas luces el hijo de los economis-
tas del comercio internacional educados en Occidente y versados en
la metodología del positivismo y en el racionalismo de la maxi-
mización de la utilidad” (Higgott y Stubbs, 1995, p. 531). Implícita-
mente, el punto es que si el neoliberalismo es una copia de la econo-
mía neoclásica, ¿responde a los profundos anhelos de las antiguas
civilizaciones asiáticas que quedaron atrapadas en el vórtice de la
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 193
rápida globalización? Y también, ¿es compatible con las diversas es-
tructuras y estilos políticos coercitivos?
Una alternativa, mencionada en el capítulo 6, es la asianización del
APEC. Propuesto por el primer ministro de Malasia en 1990, el EAEG
estaría conformado por Japón, China, los países de industrialización
reciente en Asia oriental y el resto de la ASEAN, y sería un fuerte con-
trapeso al regionalismo centralista de la UE y Estados Unidos. Austra-
lia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos quedarían excluidos. En
otras palabras, si se compara con el escenario del Pacífico, el escena-
rio asiático demanda una membresía más exclusiva y hace hincapié en
la dimensión cultural –la identidad– del regionalismo como caracte-
rística principal de la intensificación. Si bien las modalidades de este
arreglo nunca se detallaron, no sorprende que Estados Unidos se
opusiera a él desde el principio. Estados Unidos quería conservar su
papel de líder en la región, y podría sacar sus cartas de triunfo –ga-
rante de la seguridad nacional, contenedor de China y un mercado
de grandes dimensiones– para desviar la expresión de frustración de
Malasia ante la agenda neoliberal dominante. La franca oposición de
Estados Unidos a la idea de Mahathir ocasionó la disolución del EAEG,
el cual se convirtió en un débil cónclave asiático dentro del conglome-
rado de países del Pacífico, al menos por ahora. Existe, sin embargo,
otro sistema tripartito por considerar, en el cual Europa es la tercera
esfera de influencia.

LA REVITALIZACIÓN DEL REGIONALISMO HEGEMÓNICO


EN LA COMUNIDAD DEL ATLÁNTICO

Hasta la fecha, las relaciones en el Atlántico Norte se han basado en


la abundancia de vínculos históricos y culturales, en un alto grado de
interpenetración de mercados, en una alianza militar central (la OTAN)
y en una serie de relaciones bilaterales. No obstante, después de la
guerra fría, todas las partes necesitaron tomar en cuenta las nuevas
condiciones. Además, ahora Estados Unidos está siendo confrontado
por una organización regional fuerte a la cual no pertenece, aunque
tampoco puede descartarse del todo cierto tipo de participación.
Mientras que los europeos con un sinfín de proyectos debaten una
agenda de integración más profunda, es necesario inventar estrate-
gias más flexibles para lidiar con las necesidades de una comunidad
194 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

de 30 a 35 miembros en el nuevo milenio y las implicaciones socia-


les de un mercado único: la asimilación de los inmigrantes, las eleva-
das tasas de desempleo, las profundas divisiones étnicas y la polari-
zación entre ricos y pobres, entre otras. Dentro de Europa existen
diferencias de opiniones con respecto a si debería haber: 1] una guar-
dia de avanzada de estados miembro para intensificar el regionalis-
mo, con la condición de que otros países les siguieran después; 2] el
requisito previo de que todos los países dispuestos suscribieran pri-
mero objetivos comunes; 3] un sistema de doble vía tanto para los que
prefieran y puedan adaptarse a una integración estricta y como para
aquellos que favorezcan un marco más flexible, todo ello dentro de un
marco de cooperación; o 4] un menú de opciones de integración a la
carta (Barber, 1995). Para cambiar la metáfora, algunas opciones
podrían tener un efecto facilitador del regionalismo en general. Asi-
mismo, podrían darse, por supuesto, acuerdos transitorios entre gra-
dos de intensificación.
En respuesta a este impulso para lograr un mayor regionalismo en
Europa, los funcionarios estadunidenses han subrayado que Estados
Unidos es una potencia europea, por cuanto ha demostrado ser ga-
rante de la libertad y estabilidad de Europa (Holbrooke, 1995). El
esfuerzo de Estados Unidos por amoldar el regionalismo hegemóni-
co en este ámbito depende entonces de la premisa de que Europa aún
no tiene la capacidad de satisfacer sus necesidades de seguridad, de
que el vínculo estadunidense se basa en los sólidos cimientos de in-
tereses y valores comunes que sobrevivieron la prolongada prueba de
la guerra fría, de que sin Estados Unidos podría surgir una hegemo-
nía alemana –más objetable– y de que Rusia pronto podría represen-
tar un problema imposible de solucionar de manera confiable si Es-
tados Unidos no permanece en el entramado europeo. El quid es éste:
Puesto que Europa no logró responder a la agresión y al genocidio en
Bosnia, Estados Unidos, que se rehusó a enviar sus propias tropas
durante la difícil prueba de la “limpieza étnica”, no obstante ha cues-
tionado si los europeos tienen una capacidad bona fide para unir a los
pueblos. Más allá de los giros retóricos, ¿realmente existe una genuina
disposición a sacrificar lo que haga falta para conservar una comuni-
dad cuando sus valores fundamentales sean atacados? La jugada di-
plomática final en Bosnia, así como la continuación en Kosovo,
reconfirmaron el papel hegemónico de Estados Unidos en relación
con la seguridad europea. Asimismo, el paso de la ONU a la OTAN como
la entidad responsable de mantener la paz en Bosnia y de salvaguar-
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 195
dar Kosovo reforzó la nueva marginación de la ONU en relación con
la seguridad global y la percepción de una reafirmación del liderazgo
estadunidense en Europa. Si bien la OTAN tiene a Europa como su
lugar de operaciones, sigue siendo un arreglo regional dominado por
Estados Unidos. Este aspecto se acentúa por la manera en que Wash-
ington insistió en tener la última palabra en la elección del nuevo
secretario general de la OTAN después del descrédito de Willy Claes
en 1995. A pesar de todo, aún puede cuestionarse si el papel es-
tratégico-militar de Estados Unidos en Europa puede transformarse
en un papel similar con respecto a los asuntos económicos de Euro-
pa. Al parecer, esto es imposible, por lo menos dentro de la coyuntu-
ra actual.
Así como hay límites a la protección de los ideales manifestados,
también hay límites palpables al regionalismo formal. Tanto las fuer-
zas contrahegemónicas como los actores hegemónicos sacarán partido
del regionalismo informal o no oficial. Paradójicamente, el regio-
nalismo informal suele ejercerse mediante foros extrarregionales –el
G-7, el Club de París y el de Londres en el caso de los asuntos finan-
cieros internacionales, el WEF, la Comisión Trilateral y otros– que pue-
den ser más eficaces para lograr el ajuste hegemónico. Es claro que
estos foros pueden ser asociaciones públicas o privadas expertas en
el manejo flexible del consentimiento y las formas de coerción estruc-
turales. Los vehículos regionales y extrarregionales son compatibles
con la reconstrucción de la hegemonía estadunidense siempre y cuan-
do estén a tono con un orden mundial multilateral, a pesar de encon-
trar grandes barreras en el camino hacia los fines neoliberalizantes.

HACIA UNA ESTRATEGIA GLOBAL DE REGIONALISMO

En suma, en un esfuerzo por mantener la hegemonía, Estados Uni-


dos, como potencia central, ha tratado de extender una serie de ejes
regionales dentro de la rueda del neoliberalismo. ¿Qué tan bien gira
esta rueda cuando se trata de manejar con éxito los problemas de
política exterior ya señalados? Creemos que no muy bien. Aunque el
regionalismo puede ser un poderoso instrumento selectivo para
controlar agendas, arrinconar mercados y vigilar ciertas áreas y acti-
vidades, Estados Unidos no siempre lo ha utilizado con prudencia o
sabiduría, en parte debido a los grandes contrastes y tensiones exis-
196 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

tentes entre las diferentes esferas. La cooperación alcanza su grado


más profundo entre Estados Unidos y sus socios dentro del TLCAN,
pero también ha resultado más problemática de lo esperado a raíz de
los problemas económicos que el tratado le ha causado a México y
Canadá; es más superficial y débil, así como menos institucionalizada
en el Pacífico; y más incierta en el Atlántico Norte debido a la promi-
nencia progresiva de las otras dos zonas (Haggard, 1994).
Por lo tanto, Estados Unidos ha seguido un enfoque diferenciado
hacia el regionalismo al renunciar al neoliberalismo cuando quienes
toman las decisiones han considerado que resulta más eficaz una acción
intervencionista. El rescate estadunidense de la economía mexicana es
un recordatorio espectacular de esa presta disposición a rescatar a las
fuerzas del mercado, y lo mismo sucede con el apoyo de Estados Uni-
dos a rescates similares en países como Indonesia y Brasil.
Resulta claro que el ritmo de evolución de los mercados globales
durante los últimos 30 años ha sido mucho más veloz que la capaci-
dad de los estados y las organizaciones regionales para manejar los
efectos, e incluso los rumbos, del cambio. El impacto estructural de
la globalización ha disminuido la gama de políticas a disposición del
estado. Debido a esta realidad generalizada, es urgente que los legis-
ladores reconcilien globalización y regionalismo en la medida de lo
posible.
El regionalismo dista mucho de ser monolítico, pues dirige su
atención hacia las fuerzas políticas dentro de las agrupaciones for-
males o los movimientos transnacionales que consideran posible
convertir el regionalismo en un escudo contra la hegemonía. Así
como el regionalismo funge como estrategia hegemónica para Es-
tados Unidos, también puede dar cabida a diversos proyectos con-
trahegemónicos. Por ende, el regionalismo no es sólo elemento y
reflejo de la globalización, sino que actúa como una respuesta modi-
ficatoria.
Sin importar cuál sea el enfoque de Estados Unidos hacia el regio-
nalismo en un momento y lugar dados, hay fuerzas poderosas –como
el nacionalismo, la religión, la etnicidad y el idioma– que no sólo unen
a las comunidades, sino que continúan separando pueblos e incluso
liberan una destructiva reacción en cadena. La estrategia de Estados
Unidos para contrarrestarlas ha generado conflictos globales, muchos
de ellos violentos. La expansión del regionalismo tal vez no sea tan
poderosa como para neutralizar otras diferencias, muchas de ellas
obstaculizadas y disfrazadas por estados represivos y políticas de blo-
HEGEMONÍA GLOBAL Y REGIONALISMO 197
que durante la guerra fría, pero liberadas sustancialmente desde 1989
de la disciplina geopolítica de la bipolaridad.
Dados estos problemas al forjar una política coherente y eficaz en
materia de regionalismo, ¿por qué Estados Unidos persiste? ¿Por qué
no descartar este enfoque y apegarse a tácticas estatistas, orientadas
al poder? ¿Por qué no relacionarse directamente con la economía
global y saltarse el regionalismo, el grado intermedio? Un motivo es,
por supuesto, que Estados Unidos sigue ambas estrategias, la estatista
y la regionalista, si bien sus recursos finitos limitan la capacidad para
invertir en ambos proyectos para los mismos fines. Asimismo, dado
el cambio en la configuración del poder y la reorganización de la
economía global siguiendo líneas regionales, los nuevos modos de
competencia motivan a estados, empresas y bancos a utilizar el regio-
nalismo como un medio clave para reubicarse cara a cara con sus com-
petidores. Si la globalización implica un menor control regional, en-
tonces la mejor opción para muchos estados, incluido Estados Unidos,
pudiera ser una retirada regional (Crone, 1993). Sin embargo, como
ya se señaló, el panorama actual es oscuro, especialmente debido a
que los escenarios regionales en Europa y el Pacífico siguen siendo
susceptibles de cambios y contradictorios respecto del papel de Esta-
dos Unidos como elemento interno o ajeno. Es probable que las am-
biciones hegemónicas de Estados Unidos se cumplan mientras las
aportaciones de Washington a la seguridad de estas regiones sigan
siendo importantes y, a ojos de los principales estados miembro, in-
dispensables. Si las macrorregiones de Europa y Asia-Pacífico pueden
reducir, o eliminar, su dependencia estratégico-militar de Estados
Unidos, es probable que su participación económica fuera objeto de
más escrutinio, e incluso limitaciones, lo cual erosionaría su capaci-
dad hegemónica. Por el momento, hay dos consideraciones funda-
mentales, aún por resolver, que influyen en la dependencia del regio-
nalismo como medio para mantener la hegemonía: ¿pueden los
factores de seguridad tradicionales convertirse en una influencia den-
tro de los dominios económicos? ¿Pueden las presiones globalizantes
y las alteraciones y desigualdad intrarregionales neutralizar las ten-
dencias regionales? En el siguiente capítulo se analizan algunos de
estos patrones intrarregionales de desigualdad manifestados como
respuestas subregionales distintivas a la globalización.
8. RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN

Tras percatarse del surgimiento del nuevo regionalismo, los observa-


dores se han concentrado principalmente en la evidencia más cons-
picua de esta tendencia: el ascenso de tres macrorregiones –Asia-Pa-
cífico, la UE y el TLCAN – y sus interrelaciones. Sin embargo, este
capítulo se centrará en una cuestión distinta y desatendida: ¿cuáles
son las principales interacciones que constituyen la dialéctica de la
globalización y el subregionalismo? En general, tal interrelación es
configurada por y constituyente de la ofensiva neoliberalizadora en-
caminada a abrir las economías y las sociedades a los mercados
globales. En otras palabras, la respuesta subregional a la globalización
que ha predominado consiste en dar cabida a esta serie de procesos,
aceptarlos e incluso convertirse en parte de ellos. Una tendencia me-
nos pronunciada y aún incipiente es la resistencia a la globalización
(que se analizará en la tercera parte de este libro).
Dentro de la globalización se forman patrones subregionales que
constituyen un subconjunto diferenciado de relaciones de poder in-
trínsecas de una macrorregión. Dichos patrones también intensifican
las interacciones entre nodos (estados o partes de estados) que tras-
cienden las fronteras nacionales dentro de una macrorregión y fuera
de ella. A pesar de la globalización, actualmente se da una serie de
procesos subregionales distintivos. El más conocido es la constelación
de países de industrialización reciente en Asia oriental, que fueron los
primeros en aprovechar las ventajas de una economía fuerte y
globalizante en los años sesenta, y que forman parte de una red re-
gional de organización de la producción, de inversión y de comercio.
Esta formación puede dividirse en: 1] la República de Corea y Taiwán,
los súper países de industrialización reciente; 2] Singapur y Hong
Kong, ciudades-estado y centros comerciales de importación y distri-
bución (absorbidos políticamente por China en 1997, país que per-
manece por su cuenta dentro de la economía global), y 3] los países
de industrialización próxima, una segunda generación de rivales asiá-
ticos supuestamente más vivaces (que en diferentes momentos inclu-
yen a Malasia, Tailandia, Indonesia y las Filipinas, y algunos de sus
vecinos). Otras reacciones subregionales importantes a la globali-

[198]
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 199
zación, y también elementos de la misma, son: 4] los triángulos o
polígonos de crecimiento, y 5] las áreas de recursos transfronterizas.
Estas respuestas posibles –en grado diverso guiadas por el mer-
cado, patrocinadas por el estado o motivadas por la sociedad– han
surgido en un periodo de mucha experimentación con el subregio-
nalismo. Sus múltiples cambios y combinaciones suscitan la pregun-
ta: ¿en cuáles aspectos son los procesos subregionales vehículos de la
globalización neoliberal? Dicho de otra manera, ¿se encuentran
enraizados o desenraizados de las fuerzas sociales comprometidas? En
esta pregunta se encuentra implícita la importancia de las organiza-
ciones formales y de diversos factores latentes, como son la organiza-
ción de la producción, la política y la cultura. En otras palabras, las
actividades subregionalistas incluyen iniciativas tanto de los estratos
superiores hacia abajo, como de los estratos inferiores hacia arriba,
donde distintas fuerzas desde arriba y desde abajo impugnan el rum-
bo de las reacciones a la globalización.
Como hemos visto, en otros estudios se suele tomar a la UE como
ejemplo del nuevo regionalismo. Sin embargo, este capítulo construye
su marco a partir de distintas experiencias en Asia oriental y África
meridional. Aun con el riesgo de un desequilibrio, aquí prestaré más
atención a Asia oriental, únicamente debido a que las ideas sobre
cómo organizarse en respuesta a la globalización parecen viajar más
eficazmente de ahí a África meridional, y el transporte de esos con-
ceptos no parece darse en la dirección contraria, aunque, por supues-
to, ambos tienen raíces indígenas. El objetivo de este capítulo, por lo
tanto, no es comparar sistemáticamente ambas subregiones, sino ex-
traer ejemplos de sus experiencias. En dichas ejemplificaciones, África
meridional fungirá sobre todo como un saludable control o renuncia
a los intentos por sacar ventajosamente lecciones del contexto asiá-
tico. Por ejemplo, después de analizar los logros y problemas del
subregionalismo en Asia oriental, es fácil predisponerse tanto a los
factores específicos que moldean esta configuración como a sus con-
secuencias. Haciendo a un lado los prolongados procesos históricos
(los flujos de población, la distribución étnica a lo largo de las fron-
teras y la economía informal), el impulso hacia el subregionalismo en
la fase globalizante reciente del capitalismo ha sido más débil en Áfri-
ca meridional. Debido a ello, resulta extremadamente útil tratar de
entender la experiencia asiática.
En vez de organizar este capítulo de la manera más obvia –en sec-
ciones que se concentren en los aspectos evidentes del subregio-
200 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

nalismo (las propias modalidades, a saber, las distintas generaciones


de países de industrialización reciente, las áreas de crecimiento y los
parques transfronterizos)–, se puede aprovechar mejor si nos concen-
tramos en explicar lo que salta a la vista, para luego pasar a las mani-
festaciones. Por lo tanto, las tres primeras secciones de este capítulo
abordan las distintas interpretaciones del modelo de país de indus-
trialización reciente: el neoliberal, el culturalista y el estatista. Después
se analiza el cambio de paradigma tras la creación de redes transfron-
terizas, y, posteriormente, se comentan sus impulsos ascendente,
descendente y lateral. La conclusión vuelve a retomar el tema de las
interacciones entre el subregionalismo y las estructuras globales cam-
biantes, y explica esos vínculos a partir del concepto de enraizamiento.

RELATOS NEOLIBERALES DEL “MILAGRO”

Después de que Japón, una potencia asiática, construyó la segunda


economía más importante del mundo, se prestó mucha atención al
“milagro” logrado por los cuatro tigres como estrategia paradigmática
para ascender por la escalera del valor agregado. Ya no simples pro-
veedores de mercancías básicas y mano de obra barata, unos cuantos
países en vías de desarrollo se habían vuelto muy competitivos en el
mercado global. Animados por la desindustrialización del Norte y la
reubicación de las instalaciones manufactureras en el Sur, los países
de industrialización reciente ahora son productores de mercancía
intensiva en capital y, en algunos casos, intensiva en tecnología.
Existen diferencias entre las estimaciones neoliberales sobre el
surgimiento de estas economías “milagrosas”, pero comparten una
perspectiva común. Dentro del marco neoclásico hay varias formu-
laciones elegantes. Partiendo de las características específicas de Ja-
pón y de los países de industrialización reciente en Asia, Paul Kuznets
(1988) delimitó “un modelo de desarrollo para Asia oriental” carac-
terizado por altas proporciones de inversión, sectores públicos peque-
ños, mercados laborales competitivos, incremento de las exportacio-
nes e intervención gubernamental en la economía. Para los autores
neoclásicos, el éxito de los países asiáticos de industrialización recien-
te reflejó plenamente cómo obra la ley de la ventaja competitiva.
Haciendo hincapié en los dones nacionales o en las virtudes de una
economía internacional abierta, o en ambos, afirman que los países
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 201
asiáticos recientemente industrializados relacionaron el crecimiento
económico con la lógica del mercado (Lim, 1994; Lal, 1983).
Este argumento añade que la clave para el éxito fue una extrategia
promotora de las exportaciones y diseñada para maximizar las ven-
tajas de los bienes manufacturados baratos y los pocos controles exis-
tentes sobre el movimiento de capital y productos: las economías con
orientación externa tienen un mejor desempeño que las de orienta-
ción interna (Greenaway y Chong, 1988). La extrategia de crecimiento
basada en las exportaciones no sólo incrementó los ingresos naciona-
les, también condujo a una transformación estructural de la economía
de los tigres (Chow, 1987). Al mantener su economía entreabierta,
mezclar en cantidades óptimas la relación trabajo-capital, seguir los
dictados del sistema de precios y demostrar un grado notable de ini-
ciativa, riesgo y administración, los países de industrialización recien-
te se han comportado como empresas schumpeterianas deseosas y
capaces de maximizar las oportunidades que les presenta una econo-
mía globalizante.
Apostarle a la superpotencia correcta durante la guerra fría tam-
bién garantizaba el acceso a la inversión, la tecnología y los merca-
dos occidentales. Como ya se señaló, la desindustrialización en los
países avanzados y la reubicación de la industria manufacturera en
el Sur también desempeñaron un papel importante. Sin embargo,
desde una perspectiva liberal, fue sobre todo el ingenio y la fuerza
dentro de su contexto nacional lo que permitió la abundancia de
riquezas.
El fracaso de la sustitución de importaciones en América Latina
en decenios anteriores también reforzó la lógica de las estrategias
orientadas a las exportaciones como un buen camino a seguir. A
pesar de lo anterior, las condiciones históricas y las estructuras so-
ciales que distinguen a Latinoamérica contrastan notablemente con
las de Asia oriental. La comparación se complica debido a factores
como el momento oportuno y las distintas maneras de instituir po-
líticas específicas. Sin tomar en cuenta estas consideraciones, sería
equivocado extraer lecciones sobre los escollos de la sustitución de
importaciones o las virtudes de una industrialización basada en las
exportaciones.
Asimismo, es pertinente analizar la lógica de seguir una estrate-
gia orientada a las exportaciones en condiciones de endeudamiento
severo y ajuste estructural. Si no genera demanda interna, el enfoque
de los países recientemente industrializados no logra abordar el prin-
202 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

cipal problema en algunas subregiones, incluido el sur de África: la


viabilidad de una industrialización basada en las exportaciones que
depende básica o totalmente de la expansión de la economía global
y de los caprichos del mercado (Broad y Cavanagh, 1988). Asimismo,
está la cuestión de la cultura, una explicación del crecimiento en el
largo plazo que los economistas neoclásicos dejaron en el olvido teó-
rico, pero que, no obstante, algunos analistas vinculan con los países
de industrialización reciente.

EL CASO CULTURALISTA

Incorporado a veces a la teoría neoliberal sobre el privilegio de los


mercados está el argumento culturalista: el auge de los países asiáti-
cos de industrialización reciente puede atribuirse en parte a sus recur-
sos culturales excepcionales. De acuerdo con esta perspectiva, los
valores confucianos: templanza, propósito colectivo y sacrificio se
consideran rasgos característicos que cimientan el desarrollo de Asia
oriental. La ética y la obeciencia a la autoridad son señaladas como
la marca distintiva de las sociedades dotadas con valores confucianos
(Baum, 1982). Estas sociedades se distinguen por la piedad filial, el
genio colectivista y el respeto a la jerarquía, piedras angulares del
espíritu de empresa (Berger y Hsin-Huang, 1988). A diferencia de sus
homólogos en otros lugares del Sur, se dice que los tigres personifi-
can los conceptos correlativos weberianos del alcance capitalista (Ha-
milton y Cheung-Shu, 1987).
Para ser breve, no ahondaré en este tema porque sus lagunas con-
ceptuales saltan a la vista. Así como el crecimiento económico de los
países de industrialización reciente ahora se atribuye a la herencia
confuciana, debe recordarse que antes de los años sesenta, la ausen-
cia de progreso económico en países como Taiwán, Corea del Sur y
China también se explicaba en términos de los valores confucianos.
Se argumentaba entonces que el confucianismo obstaculizaba el na-
cimiento de una economía moderna. Sin embargo, la cultura no es
estática ni homogénea. Incluso, las culturas de Asia oriental son va-
riadas, con frecuencia sincréticas e, históricamente, contingentes.
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 203
LA INTERPRETACIÓN ESTATISTA

Una alternativa a los enfoques neoliberal y culturalista es dotar al


estado de una condición especial como dilucidador del notable cre-
cimiento económico de Asia oriental (Appelbaum y Henderson,
1992; Johnson, 1982; Deyo, 1987; Bienefeld, 1988; Stein, 1995;
White, 1988; Haggard, 1990). Si bien existen diversas variantes de
este tema, aquí pondremos el acento en un estado fomentador al
estilo japonés, dotado de propósito y capacidad de convertir la adver-
sidad del subdesarrollo en una ventaja. Al proporcionar estabilidad,
guía, inversión en infraestructura –particularmente en educación– e
intervención gubernamental en sectores estratégicos (Johnson, 1986,
p. 565), el estado fomentador, según se afirma, fue el autor del cre-
cimiento económico sin precedentes. Fijando “equivocadamente” los
precios más que confiando en el sistema de fijación de los mismos, el
estado fomentador le dio prioridad a “aprender” de los países capi-
talistas avanzados, particularmente de Japón, cómo impulsar la indus-
trialización (Amsden, 1989). Los aspectos fundamentales de esta es-
trategia fueron el control laboral, la exclusión política y la represión
franca (Deyo, 1987). En ausencia de una amenaza creíble de algún sin-
dicato, los tigres pudieron colocar su economía en la vía rápida. Tal
vez la economía global en expansión proporcionó un ambiente pro-
picio, pero, desde esta perspectiva, la clave del éxito fue el papel del
estado.
Algunos académicos que se concentran en el caso de Corea del Sur
y Taiwán proponen la perspectiva estatalista como contrapropuesta
del argumento neoclásico. Señalan que el desarrollo generado por el
estado afectó a todos los sectores de la economía, particularmente al
agrícola: la agricultura “basada en pequeños propietarios” se fomentó
“mediante una gran participación del estado, el cual integró el sec-
tor rural a la economía nacional y permitió que el precio de oferta de
la mano de obra rural aumentara gradualmente” (Bienefeld, 1988, p.
20). Al destacar el papel de una “estrategia de desarrollo nacional
coherente que creara un clima interno relativamente estable para la
inversión”, Bienefeld (1988, pp. 19-20) sostenía: “un proceso de acu-
mulación dinámico, encauzado principalmente por el estado, podría
convertirse en la base de un proceso de industrialización y cambio
técnico ambicioso y enfocado al largo plazo”. Al invertir el punto de
vista neoclásico que considera que la liberalización es la base del cre-
cimiento, Bienefeld (1988, p. 20) sostiene que los vínculos, buscados
204 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

por el estado, con la economía global fueron el principal factor tras


el auge de los países de industrialización reciente. El papel del estado
también es clave para generar o facilitar las condiciones que atraen
a las corporaciones transnacionales y a la inversión extranjera (Car-
noy, 1993; Nolan, 1990).
A pesar de que captan una faceta importante de la experiencia en
Asia oriental, los estatistas no dan suficiente crédito a las formas en
que el mundo ha cambiado desde los años sesenta, cuando los países
de industrialización reciente iniciaron su ascenso en la división glo-
bal del trabajo y el poder. Los estatistas restan importancia a las difi-
cultades que los “milagros” y “cuasimilagros” han encontrado al librar
el último obstáculo: dejar de ser economías intensivas en capital para
convertirse en economías intensivas en tecnología. Por otra parte, los
poderosos dentro de la economía global, incluido el FMI, esperan que
la crisis económica que sacudió Asia a finales de los noventa denote
el fin del modelo de desarrollo encabezado por el estado. No puede
negarse que, en este nexo, el estado sintió lo más recio de la discipli-
na del mercado. Sin embargo, a la luz de los controles sobre el capi-
tal aplicados en Malasia, Taiwán y otros países, es factible que los asiá-
ticos y algunos de sus gobiernos vean en el mercantilismo un medio
para defenderse del saqueo de recursos y del debilitamiento de sus
instituciones a manos de las finanzas globales y transnacionales.
Aquello que pudiera haber sido relevante para el papel de Asia
oriental en la economía política global, particularmente en su fase in-
cipiente, es menos plausible en África meridional y otros lugares hoy
en día. Ciertamente, las innovaciones en el transporte y las comunica-
ciones, la globalización de la producción y las finanzas, así como los
numerosos flujos transfronterizos proporcionan oportunidades sin
paralelo, que vienen acompañadas de riesgos y cargas formidables. Al
mismo tiempo, no permiten las mismas opciones que estaban al alcance
de los países de industrialización reciente. En cierto modo, debido a las
nuevas tecnologías que fácilmente trascienden los límites territoriales,
la capacidad de las intervenciones estatistas para proteger a la sociedad
y a la economía internas del mundo exterior se ve muy limitada. Incluso
a los estados más poderosos les resulta imposible poner riendas a las
fuerzas globales. Y esta pérdida de control se siente más intensamente
en los países con menor desarrollo económico.
La opción estatista ha retrocedido debido a que el propio estado
está globalizándose y su desempeño, se mide en buena parte, en tér-
minos de “qué tan bien” promueve el acceso al capital móvil. Sin
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 205
embargo, los países empobrecidos y asolados por la deuda en subre-
giones como el sur de África se enfrentan a límites estructurales que
les impiden generar las condiciones adecuadas para explotar el mer-
cado global y elegir estrategias de orientación nacional para un de-
sarrollo sustentable. La globalización condiciona pero no elimina las
posibilidades de desarrollo nacional. Dicho de otra manera, política
y económicamente es sabio participar en la planeación global y no en
la planeación tradicional para el desarrollo nacional.
Por otra parte, el contexto cambiante para las intervenciones es-
tatales incluye un alejamiento del ambiente geopolítico caracteriza-
do por rivalidades entre superpotencias, alianzas militares y guerras
simuladas. En una época, este sistema dio un respiro a los gobernantes
no democráticos en Corea del Sur y Taiwán al anular los derechos
humanos. Se tomaron medidas brutales para silenciar el desconten-
to y se siguió un camino de desarrollo económico racionalizado en
términos de la seguridad frente a la percepción de una amenaza co-
munista. Sin embargo, después de la guerra fría, a los líderes auto-
cráticos les resultó difícil encontrar patrocinio, y las presiones socia-
les internas persistentes, o crecientes (en casos como el de Indonesia),
restringieron el gobierno autoritario. Dentro de los límites de una
economía política global cambiante, muchos países en vías de desa-
rrollo son escenario de tensiones internas arraigadas en sus diversos
escenarios históricos.

EL NUEVO PARADIGMA DE LA RED TRANSFRONTERIZA: TRIÁNGULOS


Y POLÍGONOS

Estas transformaciones políticas y económicas abrieron paso a las


iniciativas subregionales. La evolutiva división global del trabajo y el
poder abarca varias actividades integradas subregionalmente en un
régimen de libre comercio de facto. Tras el ingreso de Vietnam, Laos,
Myanmar y Camboya como nuevos miembros, la ASEAN representa un
mercado de más de 450 millones de consumidores. Su modalidad de
iure, el AFTA, forma parte de la agenda para intensificar el proceso del
subregionalismo, cuya fecha meta de aplicación total es el año 2008
en el caso de los seis miembros de la ASEAN, Vietnam, Laos y Myan-
mar (y posiblemente Camboya, admitida en 1999). Sin embargo, los
patrones subregionales moldeados por el capital privado y las prác-
206 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

ticas culturales no dependen de esta forma de apoyo político (Rasiah


y Haflah, 1998, p. 4; Lim, 1996).
La dinámica economía de los cuatro trigres registró índices de
crecimiento espectaculares desde los años sesenta, hasta que se topó
con las turbulencias del mercado en 1997 y, después de 1985, se en-
riqueció al invertir en sus vecinos asiáticos, que a su vez recibieron
inversiones, tecnología y empleos. En los años noventa, los tigres
invirtieron en los países de la ASEAN más que Japón o Estados Unidos.
Asimismo, adquirieron la mayor parte de sus exportaciones y consti-
tuyeron el mayor mercado para los productos chinos (Legler, 1995).
Por la inversión y la industrialización transfronterizas integradas,
tanto los mercados de capital como los laborales reflejaron el auge
regional en el ámbito de la globalización económica. El ambicioso
concepto de globalización exterior, conocido como “la media luna de
prosperidad”, es un plan subregional para la utilización conjunta de
recursos. La media luna, una versión más amplia que el triángulo de
crecimiento, abarcaría Corea, Japón, China, Taiwán y los países de la
ASEAN (Vatikiotis et al., 1991). Con el surgimiento de la producción
regional integrada y las redes de comercio, el patrón triangular ha
implicado la reubicación de la industria japonesa y los países de in-
dustrialización reciente hacia los países de la ASEAN. Éstos importan
maquinaria, equipo, piezas y suministros desde el país de origen de
los inversionistas extranjeros asiáticos y los utilizan para fabricar bie-
nes que son exportados a los mercados occidentales. Además de esta
modalidad de comercio triangular, están generándose otros tipos de
triángulos de crecimiento.
Lo que surgió fue un mosaico de subagrupaciones subregionales
más pequeñas, en conjunto conocidas como triángulos o polígonos de
crecimiento: zonas económicas transnacionales, ubicadas en áreas
geográficas definidas que involucran a tres países o más (Sato, 1996).
Diseñadas como una manera de moldear la hipercompetitividad, estas
estructuras geométricas son tanto conducto como respuesta de la
globalización. El triángulo y el polígono de crecimiento, motores del
crecimiento económico, amplían la base manufacturera con distintas
dotaciones de factores en cada nodo, para ofrecer incentivos a las
transnacionales con el fin de que consideren la subregión como un
todo a la hora de invertir. Si bien se comentó brevemente el primer
triángulo de crecimiento en los capítulos 2 y 6, aquí resulta útil tra-
zar sus distintas modalidades y explicarlas más detalladamente para
señalar la conjunción entre globalización y subregionalismo.
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 207
El más conocido es el Triángulo de Crecimiento del Sur de Chi-
na, también conocido como Zona Económica de la Gran China, una
extensión subregional delimitada principalmente por los flujos de
capital privado, cuyos estados actúan como facilitadores. Con el ini-
cio de la “política de puertas abiertas” de China en 1979 y la creación
de las zonas económicas especiales, el nuevo subregionalismo se ha
basado en el desarrollo de las industrias en el delta del río Pearl. De
esta manera le ha resultado más fácil a las industrias de Hong Kong
aprovechar las afinidades culturales: una lengua común, el cantonés,
y vínculos familiares a través de la frontera. A principios de los años
noventa, la provincia sureña de Guangdong realizaba 90% de su co-
mercio exterior con Hong Kong, y las empresas extranjeras en
Guangdong representaban más de 37% de la producción industrial
de todas las empresas propiedad de extranjeros en China. Algo muy
parecido ha sucedido con las inversiones taiwanesas en la provincia
de Fujian (Goodman, 1994, pp. 32-33).
Posteriormente surgió el Triángulo de Crecimiento de Indonesia-
Malasia-Singapur, antes conocido como Singapur-Johor-Riau (SIJORI).
Este triángulo representa una mezcla distintiva de IED, participación
del sector privado en la toma de decisiones sobre rumbo y ubicación,
y participación del estado como generador de infraestructura y faci-
litador de los flujos de capital. Este triángulo se inició en 1990 y hay
indicios de que está atrayendo inversión foránea y causando la migra-
ción de industrias en busca de factores específicos. Sin embargo, entre
los problemas relacionados con la migración están el posible ensancha-
miento de la brecha en el ingreso y el surgimiento de una economía
marginal en los límites de las ciudades industriales, particularmente
debido a la llegada de trabajadores con distintos antecedentes étnicos
a (y de) Indonesia y de trabajadores jóvenes para dotar de mano de obra
a las operaciones de ensamblado. Asimismo, el SIJORI parece descan-
sar en dos costados, Singapur-Johor y Singapur-Riau, sin que aparen-
temente haya un vínculo viable entre Johor y Riau, prestadoras ambas
de mano de obra barata y tierra. Mientras Singapur padezca un va-
ciado industrial debido a que el éxodo de inversiones en la industria
supera las inversiones entrantes, cada vez habrá más necesidad de
remplazar la población entrada en años con trabajadores extranjeros
(Kumar y Lee, 1991).
Una tercera área de crecimiento es el delta del río Tumen, en el
noreste de Asia, punto donde convergen la frontera de la provincia
china de Jilin, Siberia y la República Popular Democrática de Corea
208 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

(RPDC). Este concepto, respaldado por la ONU, consiste en unir los


abundantes recursos naturales de Siberia y Mongolia a las instalacio-
nes de procesamiento en China y la RPDC, junto con el capital y la
tecnología de Corea del Sur y Japón. Asimismo, se han hecho llama-
dos cada vez más frecuentes en favor de una cooperación subregional
acelerada en las áreas del Mar del Japón y el Mar Amarillo.
La proliferación de estos triángulos ha incitado otros experimen-
tos por toda Asia. Apoyados por el Banco de Desarrollo Asiático (ADB),
los nuevos polígonos de crecimiento incluyen a los seis países que
conforman la Gran Subregión de Mekong –Camboya, Laos, Myanmar,
Tailandia, Vietnam y la provincia china de Yunnan–, los cuales parti-
cipan en la construcción de infraestructura y la promoción del creci-
miento económico. Contrapartida de las otras áreas de crecimiento,
el Área de Crecimiento de Brunei-Indonesia-Malasia-Filipinas se con-
forma de Kalimatan occidental y oriental y el norte de Sulawesi en
Indonesia; Sabah, Sarawak y Labuan en Malasia; Brunei Darussalam,
y Mindanao y Palawan en las Filipinas. Esta Área de Crecimiento de
la ASEAN Oriental se formó para incrementar el comercio transfron-
terizo, ayudar a garantizar la apertura de la economía al eliminar
barreras al flujo de insumos y capital, y facilitar el movimiento de
personas y de servicios. Por último, otra iniciativa subregional es el
Triángulo de Crecimiento de Indonesia-Malasia-Tailandia, o Área de
Crecimiento de la ASEAN Septentrional, que abarca el norte de
Sumatra y Aceh en Indonesia; los estados norteños de Kedah, Perak,
Penang (conocida como la “isla del silicio” debido al gran número de
fabricantes de semiconductores) y Perlis en la península de Malasia,
y las provincia sureñas de Satun, Songkhla, Yala, Narathiwat y Pattani
en Tailandia. La idea es optimizar las características complementarias
de estas provincias para impulsar ciertas industrias y actividades eco-
nómicas, como la creación de dos zonas económicas especiales.
A pesar de que ya hay evidencias del desempeño de estas áreas de
crecimiento (por ejemplo, en Lee, 1991), es demasiado pronto para
evaluar los resultados. Sin embargo, sí se pueden hacer algunas ob-
servaciones generales. En conjunto, se caracterizan por incluir empre-
sas del sector privado, guiarse por el mercado, recibir ayuda estatal
y ser informales, con poca institucionalización. Si se las compara con
las formas regionales de integración, estas respuestas subregionales
a la globalización son descentralizadas, cuentan con pocos socios,
gozan de más independencia y flexibilidad, y ofrecen una mayor
posibilidad para experimentar y más velocidad para cambiar las ope-
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 209
raciones. Sin embargo, podrían complicar las formas de regionalis-
mo más amplias o intensas, acentuar las disparidades dentro de una
región, competir económicamente entre sí y suscitar conflictos polí-
ticos entre los distintos niveles de jurisdicción, pues no existe ningún
mecanismo prescrito para su coordinación o para la solución de con-
troversias. De hecho, esta delgada red ya se está volviendo a tejer.
El énfasis ha pasado de las economías de escala a las economías de
red, desplegando diversas etapas de actividades de la cadena de va-
lor, por lo general en el proceso de producción, no centralizándolas
dentro de los países, sino extendiéndolas a través de las regiones o los
países (Kondo, 1996). El paradigma cambia de un marco “centro-
periferia” a un modo de análisis que elimina la distinción entre “cen-
tro” y “periferia”. Nippon Denso-Tailandia es tan importante como
Nippon Denso-Australia o incluso Nippon Denso en Japón. No es el
centro, sino toda la red la que depende completamente de cada uni-
dad y la que genera valor agregado para el mercado global. Las pe-
queñas y medianas empresas en una subregión, que anteriormente
eran subcontratistas de firmas como Toyota, ahora participan más
directamente en un mercado globalizado (Kondo, 1996).

EL EMPUJE ASCENDENTE, DESCENDENTE Y LATERAL


DE LA PRODUCCIÓN TRANSFRONTERIZA

Trazar estas redes subregionales es un ejercicio difícil, pues algunas


se encuentran sumergidas en las normas y entendimientos tácitos de
las prácticas corporativas y culturales. Sin embargo, parece que los
triángulos o polígonos de crecimiento, que se intersecan con ciertos
segmentos de las redes del sector privado y familiares, llegando in-
cluso a materializarlas, están reconstituyéndose en “corredores de cre-
cimiento”. Las compañías forjan vínculos dentro de un área de
crecimiento y después se fusionan con otras para crear un corredor.
En el futuro, estos corredores podrían coordinar sus actividades e in-
cluso integrarse (Kondo, 1996).
No tan incierto es el empuje descendente del subregionalismo
sobre el nivel local, debido a que éste, como ya se señaló, acoge las
zonas económicas especiales, también conocidas como zonas proce-
sadoras de exportaciones. Dichas zonas fueron introducidas en
Shannon, Irlanda, en 1959, y se extendieron a Taiwán, México, Bra-
210 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

sil, las Filipinas y la India hacia finales de los años sesenta (Crane,
1990, pp. 8-9). Aunque suele considerárselas como actividades
microrregionales (es decir, enclaves industriales dentro de las nacio-
nes-estado, física y jurídicamente aisladas del resto del país huésped),
estas zonas parecen ser una más de las estrategias plurifacéticas
transfronterizas. De hecho, ciertas estrategias subregionales de desa-
rrollo zonal explícitamente incluyen zonas procesadoras de exporta-
ciones.
En algunos países de Asia oriental, las zonas económicas especia-
les, o zonas procesadoras de exportaciones, atrajeron la inversión
extranjera, pero ahora resultan menos interesantes. China, por ejem-
plo, ha empezado a reducir sus zonas económicas especiales. A pesar
de que este país está abandonando la planeación central para acoger
una economía de mercado, el sector estatal en las zonas económicas
especiales está floreciendo e impone muchas reglas que han disminui-
do la inversión desde mediados de los noventa. Por otra parte, exis-
te cierto repudio a la industria en las ciudades costeras y un acerca-
miento a la creación de zonas económicas especiales de facto, como en
el Pudong de Shanghai, así como una apertura, en ciudades prede-
terminadas, a las aseguradoras, los despachos contables y los bufetes
jurídicos extranjeros, todas empresas que están sujetas a las reformas
financieras.
En el estudio etnográfico comparativo que hizo Ching Kwan Lee
(1995) de la producción manufacturera en dos fábricas del sur de
China se detallan las jerarquías de género en las plantas ubicadas en
Shenzen y Hong Kong. La principal diferencia entre ambas fuerzas
laborales es que la mayoría de la fuerza laboral en la empresa de Hong
Kong la constituyen mujeres de mediana edad, mientras que la de las
instalaciones en Shenzen tienden a estar formadas por jóvenes solte-
ras que recientemente se mudaron de la ciudad a las áreas rurales, es
decir, una “población flotante” de migrantes. El índice salarial de un
ensamblador en Shenzen en 1993 era inferior a un dólar estadu-
nidense diario, y de 1/16 del salario en Hong Kong (Ching, 1995, p.
382). La investigación de Ching (1995, pp. 383, 385-386) revela que
el control en la fábrica de Shenzen es “abierto, visible, y con castigos
que se efectúan públicamente”, mientras que los gerentes en Hong
Kong tienden más a utilizar los aspectos “ocultos y no conspicuos” de
la jerarquía de géneros enraizadas en las estructuras de autoridad
familiares y locales.
En vista de dicha experiencia, los efectos sociales y políticos de las
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 211
zonas procesadoras de exportaciones están siendo analizados en otras
subregiones, entre ellas el sur de África, donde la SADC tiene la respon-
sabilidad de coordinar los proyectos industriales transfronterizos y de
darles asistencia. Algunos miembros de la SADC ya han puesto en
marcha sus zonas procesadoras de exportaciones. Influida por la ex-
periencia en países como Singapur y Taiwán, la isla Mauricio ya en
1970 (antes de formarse la SADC) había aprobado una ley sobre zonas
procesadoras de exportaciones que abrió el camino a los inversionistas
extranjeros y a nuevas empresas. Zimbabwe la siguió en 1994 al adop-
tar una zona procesadora de exportaciones y crear la Autoridad para
la Zona Procesadora de Exportaciones de Zimbabwe. Después llegó la
ley para zonas procesadoras de exportaciones en 1995 en Namibia y
las “Zonas Libres Industriales” de Mozambique. Los debates en
Sudáfrica, después del apartheid, se centran en si deben crearse o no
zonas procesadoras de exportaciones plenas y formales, dada la his-
toria particular de este país. Las condiciones en las áreas industria-
les descentralizadas que constituían apartheid homelands (países su-
puestamente “soberanos” antes de 1994) son vitales para las zonas
procesadoras de exportaciones disfrazadas (Jauch, Keet y Pretorius,
1996, p. 35).
De un lado de la balanza están los atractivos usuales de toda zona
procesadora de exportaciones: creación de empleos, tecnología y
capital. Del otro, las preocupaciones por las consecuencias potencia-
les en el ambiente (principalmente en los centros de trabajo), viola-
ciones a los derechos sindicales y las repercusiones en el trabajo en
general: ¿qué tipo de empleo generarían los “monocultivos industria-
les”, dominados por unos pocos, y en las industrias intensivas en
mano de obra específica? ¿Se protegerían los derechos de los traba-
jadores? Debido a la calidad general del empleo en las zonas proce-
sadoras de exportaciones, ¿cuáles son los efectos de los empleos
zonales en la condición social y el poder económico de la mujer?
¿Aumentarían estos monocultivos industriales la vulnerabilidad a las
fuerzas de mercado globales? ¿Se crearían vínculos regresivos con la
economía huésped? ¿Podrían las zonas procesadoras de exportacio-
nes subordinarse a los intentos sociales por transformar los proyec-
tos nacionales y subregionales? (Jauch, Keet y Pretorius, 1996).
A final de cuentas, el debate sobre los costos y beneficios de las zo-
nas procesadoras de exportaciones se reduce a las oportunidades y los
riesgos de la propia globalización. La diversidad de reacciones sub-
regionales a la globalización refleja la variedad de condiciones geo-
212 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

gráficas y socioeconómicas en las que se dan, las cuales resultan par-


ticularmente sorprendentes en una región donde el PIB combinado de
los 12 miembros de la SADC, excluyendo a los dos que se incorpora-
ron en 1997, equivale aproximadamente al de Finlandia (véase la
introducción de este libro). En el sur de África, la búsqueda de gene-
radores de desarrollo ha destacado los corredores, entendidos éstos
como vínculos geográficos creados para estimular el crecimiento eco-
nómico dentro de los países y a través de las fronteras. Al igual en que
Asia oriental, los mercados inter e intrarregionales han llevado a pri-
mer plano el fomento de los corredores. Dado que las corporaciones,
los gobiernos y los organismos internacionales actúan como vendedores
del concepto, han surgido proyectos como el Corredor para el Desa-
rrollo de Maputo, cuya aspiración es construir una red de infraestruc-
tura integrada y mejorar el puerto de Maputo para convertirlo en un
punto de acceso multimodal que tenga el gran potencial multisec-
torial de relacionar los mercados de África meridional con la econo-
mía global, de mejorar los vínculos transfronterizos y acelerar la ges-
tión de los recursos ambientales (Comité Coordinador Provisional del
Corredor para el Desarrollo de Maputo, 1996).
Debido a la falta generalizada de conocimientos prácticos, infra-
estructura y recursos, los países de la SADC han realizado un cambio
conceptual importante para crear áreas de recursos transfronterizas.
La idea consiste en unir los parques nacionales y las reservas natura-
les en una extensa zona de conservación. A lo largo de las fronteras
se han identificado áreas medulares en cuatro países: Mozambique,
Sudáfrica, Swazilandia y Zimbabwe. Por ejemplo, las áreas en los lí-
mites de Mozambique y Natal (Sudáfrica) podrían unirse a parques
nacionales y a reservas nacionales como las de Ndumu, la Reserva de
Elefantes de Tembe, la Reserva Forestal Costera, la Reserva de Elefan-
tes de Maputo y, posiblemente, a las áreas forestales al noroeste del
río Maputo y las zonas arenosas entre los ríos Mozi y Maputo. Otras
áreas que trascienden las fronteras nacionales han sido seleccionadas
para fungir como amortiguadores entre los centros de conservación
y los núcleos de desarrollo (Tinley y Van Riet, 1991). Sin embargo, no
sólo se pretende que sean simples defensas, sino que brinden acceso
al capital global y que representen una forma de ajuste subregio-
nalmente diferente a la tendencia globalizante.
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 213
ENRAIZAMIENTO SUBREGIONAL EN LA GLOBALIZACIÓN

Debido al amplio rango de respuestas a la globalización, no basta con


dicotomizarlas como “desde arriba” o “desde abajo”. La globalización
no ha producido estos tipos ideales, sino una mezcla de proyectos
subregionales en competencia: estrategias, espontáneas o deliberadas
en diversos grados, originadas internamente o por imitación. Entre
éstas están distintas generaciones o repeticiones del modelo de país
de industrialización reciente, triángulos o polígonos de crecimiento
que suelen incluir zonas procesadoras de exportaciones, corredores
de desarrollo y áreas de crecimiento transfronterizas.
Principalmente en respuesta a la formación de la UE, que en sí es
un aspecto de la reestructuración global, los asiáticos y los africanos
han intentado tomar medidas apropiadas según sus condiciones par-
ticulares. En su búsqueda del desarrollo, el patrón dominante en
ambas subregiones –Asia oriental y África meridional– ha sido acoger
la globalización neoliberal. No obstante, las respuestas subregionales
a las condiciones económicamente propicias difieren de las que se dan
en una zona marginada. Los asiáticos lograron ascender en la división
global del trabajo y el poder cuando la economía mundial era vigo-
rosa y durante las guerras de Corea y Vietnam, de manera que la geo-
política favoreció a este subconjunto de países.
A pesar del súbito traspié económico a finales de los noventa, la
fórmula de los países de industrialización reciente aún se conside-
ra como una norma que deben adoptar los países en vías de desa-
rrollo. Sin embargo, el constructo de un país de industrialización
reciente –en general un agrupamiento en una escala en etapas de
índices estadísticos– debe considerarse como una categoría descrip-
tiva. Un hecho que no han tomado en cuenta los proveedores de este
modelo ni los entusiastas que proponen la explicación culturalista,
es que las estrategias subregionales están unidas a estructuras his-
tóricas y sociales con dinámica propia. Hoy en día, los países en vías
de desarrollo que quieren ocupar una posición más elevada en la
división global del trabajo y el poder se encuentran enraizados en
una serie de poderosas estructuras que colectivamente constituyen
la globalización. Decir lo contrario es no entender las transiciones
fundamentales que están subyacentes en la economía política glo-
bal. La historia en realidad es un proceso espasmódico no lineal,
lleno de fricciones y tensiones, que está pasando de lo que extraña-
mente se denominó como relaciones internacionales a un sistema
214 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

poswestfaliano conformado por varios estratos y múltiples parti-


cipantes.
El concentrarse en las estrategias para promover las exportaciones
que han aplicado los países de industrialización reciente tal vez ofrez-
ca consuelo –ilusiones de obtener riquezas para todos– a las pocas eco-
nomías del Sur posicionadas para ascender en la división global del tra-
bajo y el poder. Sin embargo, esta visión es estructuralmente ciega a los
costos de dichos procesos (abusos ambientales, deterioro del campo y,
en algunos casos, autoritarianismo político) y al enraizamiento histó-
rico y social de dicha experiencia. Las capacidades y limitaciones de una
estrategia determinada en una zona dada de la economía política glo-
bal no pueden reducirse a las características internas de cada país ni a
técnicas en las que los factores temporales ocupan un segundo plano.
Sugerir lo contrario es despojarse de posibilidades y elecciones al de-
venir histórico, sin detectar realmente las corrientes implacables que
dan forma al paisaje de la globalización.
Si bien el relato culturalista sobre el ascenso de los países de indus-
trialización reciente es reduccionista, es posible modificar esta expli-
cación en términos del enraizamiento cultural. Evidentemente, con
el aumento de la fuerza laboral multicultural en muchos países, la vida
y la identidad son remodeladas de diferentes maneras. Cada vez es
más común que la clase se traslape con las divisiones del trabajo ba-
sadas en la etnicidad, la raza, la religión y el género. En el contexto
de la globalización, las adaptaciones culturales al crecimiento econó-
mico proporcionan significados intersubjetivos y sirven de mediado-
ras en las desigualdades que se derivan de una división cambiante del
trabajo y el poder.
Mirándolo bien, el modelo de país de industrialización reciente es
demasiado estático, ya sea como representación de la naturaleza cam-
biante de un apéndice de la economía política global o como un pro-
totipo para otras economías. Tal vez el ingrediente más importante de
la experiencia de los países de industrialización reciente es el esfuerzo
de un puñado de éstos por enganchar su economía al mercado mun-
dial con fines ventajosos localmente, teniendo al estado como espacio
entre la esfera nacional y la internacional. Sin embargo, en plena
globalización, el estado ya no puede mantener el mismo tipo de barre-
ras. No tiene sentido tratar de contrarrestar las fuerzas estructurales
sobre las cuales se tiene poco control. Al disminuir el estado, las auto-
ridades políticas en realidad están saliéndose de la lógica de la glo-
balización, al tratar de convertir una fuerza estructural en moral.
RESPUESTAS SUBREGIONALES A LA GLOBALIZACIÓN 215
El modelo de país de industrialización reciente es más probable
que funja como herramienta ideológica y política que como ayuda
para lograr el poder económico. El alcance de la globalización ya
demuestra graves inconvenientes en las economías “milagrosas”. Los
viejos acuerdos sociales están viniéndose abajo. Los costos laborales
cada vez más elevados y el nacimiento de nuevos movimientos so-
ciales ponen en tela de juicio los cimientos de los súper países de
industrialización reciente (Mittelman y Pasha, 1997). El problema que
sacudió a las economías de Asia oriental a finales de los años noven-
ta, y que fue desencadenado por la especulación financiera, el com-
portamiento de masa y el efecto de contagio, así como por el amiguis-
mo y las políticas internas mal orientadas, mostró su grado de
vulnerabilidad. Lo anterior no tiene por objeto exagerar sus incon-
venientes, sino destacar los factores compensatorios que hacen de este
modelo un candidato menos probable en ser imitado. Sobre todo, los
sucesos señalados acentúan la naturaleza contingente de la experien-
cia de los países de industrialización reciente.
En plena transición histórica, ahora más que en otras ocasiones,
las ideas acerca del subregionalismo son impugnadas y acogidas des-
igualmente. Dichas ideas se encuentran menos institucionalizadas en
Asia oriental y África meridional que en Europa. El subregionalismo
está experimentando un cambio de paradigma –expresado en la prác-
tica por medio de innovaciones, como son los corredores de desarrollo
transfronterizos, los triángulos y polígonos de crecimiento, las zonas
procesadoras de exportaciones y los parques transfronterizos– que no
sólo reflejan intereses, sino también, como ya se recalcó, culturas y
valores. A pesar de la defensa que hacen el ministro de Singapur Lee
Kuan Yew y otros líderes de los “valores asiáticos”, entre los cuales está
la colectividad, y no el individuo –unidad de orden en la sociedad–,
lo cierto es que los países de industrialización reciente en Asia ofre-
cen un menor grado de protección social, como jubilaciones, seguro
contra el desempleo y atención médica a los ciudadanos (Zakaria,
1994). En comparación con Occidente, los gobiernos asiáticos trans-
fieren poco gasto de una clase de contribuyentes a otra. Cuando las
instituciones públicas en los países de industrialización reciente no
absorben los choques del mercado, la familia debe desempeñar este
papel; sin embargo, con la globalización, esta forma de solidaridad,
al igual que otros aspectos de la comunidad, se atomizan cada vez más
y, por lo tanto, se erosionan.
En pocas palabras, el desenlace en cada región depende de cómo
216 REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

el mercado, el estado y la sociedad civil interactúan y reaccionan ante


los desafíos de la globalización. En condiciones muy diferentes, se
darán diversas configuraciones. No obstante, el subregionalismo es,
en todos los casos, un fenómeno históricamente contingente en la
encrucijada de la globalización y la necesidad de enfrentar este
megaproceso de una manera u otra. Si bien se puede dar cabida a la
globalización de diversas maneras, a veces la resistencia es la única
opción, o la preferida.
TERCERA PARTE

RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN
9. EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

EN COAUTORÍA CON CHRISTINE B. N. CHIN

Las evaluaciones de la resistencia a la globalización están forzosa-


mente influidas por nuestro modo de conceptualizar la resistencia.
Con demasiada frecuencia se abusa de este término, utilizándolo a
veces como sinónimo de problemas, protestas, intransigencia e, in-
cluso, evasión. Por lo anterior, tratamos de yuxtaponer otras expli-
caciones de la resistencia y subrayar las complejidades de su teori-
zación. Así, la finalidad de este capítulo es analizar la siguiente
pregunta: ¿cuál es el significado de la resistencia en el contexto de
la globalización?
Una manera de abordar esta cuestión es plantear que en la tenden-
cia a la globalización se da una importante asimetría entre lo econó-
mico y lo político. Aunque sería erróneo admitir la premisa neoclásica
de que la economía y la política son ámbitos separables, es evidente,
al menos en términos analíticos, que el proyecto hegemónico de la
globalización es el neoliberalismo, y que la democracia liberal no ha
podido ir al ritmo de su expansión. En el espacio que abrió esta
disyunción, la resistencia a la globalización va en aumento. Sin em-
bargo, no puede entenderse exclusivamente como una reacción de
tipo político. Más bien, en plena tendencia globalizante, los movi-
mientos de resistencia moldean, y son parte constitutiva de, los pro-
cesos culturales. Ésa es la teoría principal que desarrollaremos en este
capítulo.
Abundan las manifestaciones de resistencia a la globalización con
carga cultural. Uno de los ejemplos más notables de movilización
contra la globalización desde arriba fue el movimiento mundial anti
apartheid contra el monopolio racial de los medios de producción, el
cual culminó con la elección de un gobierno de unidad nacional,
encabezado por el Congreso Nacional Africano (CNA) en 1994. Éste
fue un movimiento desde abajo contra la globalización desde arriba en el
sentido de que Sudáfrica era y es sede de mucha inversión extranje-
ra y el lugar donde muchas transnacionales han tocado tierra. Su
participación en la preservación del reducto blanco fue rechazada

[219]
220 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

exitosamente por acciones colectivas en gran escala en el país, entre


ellas la lucha armada, junto con una red transnacional de grupos de
apoyo. El fin del apartheid también puede entenderse como un movi-
miento desde arriba contra la globalización desde abajo, puesto que fue
facilitado por una fractura en el capitalismo sudafricano, en la cual los
modernizadores y los globalizadores renunciaron al capitalismo
obsolescente basándose en una modalidad cada vez menos rentable
de segregación racial. Por todo lo anterior, Gavin W. H. Relly, presi-
dente retirado de la Anglo American Corporation, el mayor conglo-
merado en Sudáfrica, desafió en 1985 la política oficial del gobierno
y convocó a una reunión privada de líderes empresariales con el pro-
hibido CNA en Lusaka, Zambia, donde discutieron la transición a un
nuevo orden. Asimismo, hay numerosos ejemplos de resistencia más
localizada, como el levantamiento armado zapatista de indígenas
mayas contra las reformas neoliberales del gobierno mexicano, una
lucha en la que los rebeldes rápidamente recurrieron a tecnologías
modernas –como Internet– para obtener apoyo transnacional. Sin
embargo, sería demasiado fácil conceptualizar la resistencia única-
mente como una oposición organizada franca contra el poder militar
y económico institucionalizado. Es necesario ir más al fondo para
sacar a la luz las actividades colectivas e individuales cotidianas que
no llegan a considerarse como oposición franca. Para entender la
resistencia a la globalización es necesario analizar los microcosmos de
la vida política y cultural, así como las posibilidades y el potencial de
una transformación estructural.
Empezamos por ahondar en la función del poder como modela-
dor de las críticas culturales hacia la globalización económica y de los
patrones de lucha al retomar las obras de tres maestros teóricos de la
resistencia, a pesar de que sus escritos no versaron explícitamente
sobre la fase contemporánea de la globalización: el concepto de
contrahegemonía de Antonio Gramsci, la noción de contramo-
vimiento de Karl Polanyi y la idea de infrapolítica de James C. Scott.
Con el fin de ser breves, nuestro campo se limitará a estos tres auto-
res, pues cualquier otra conceptualización nos alejaría demasiado del
tema. (Véanse las referencias empíricas proporcionadas en los capí-
tulos 10 y 11.) Sostenemos que la trilogía Gramsci-Polanyi-Scott, pre-
sentada mediante una evaluación crítica de la obra de cada autor en
las siguientes tres secciones de este capítulo, ofrece una base sólida
para reconceptualizar la resistencia. Posteriormente, la conclusión
explora la convergencia y los principales aspectos contrastantes den-
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 221
tro de esta tríada, y sugiere también rumbos para realizar más estu-
dios e investigación analítica.

LA RESISTENCIA COMO CONTRAHEGEMONÍA

Aparentemente, el análisis que hace Gramsci del cambio social según


se explica en Selections from the Prison Notebooks (1971) no podría ha-
ber previsto ni explicado la globalización. Estos escritos se hicieron
entre 1929 y 1935, mientras Gramsci, miembro del parlamento y se-
cretario general del Partido Comunista, se encontraba encarcelado
por el régimen fascista en Italia. En sus análisis de la relación entre
estado y sociedad, a Gramsci le interesaban particularmente los mar-
cos teóricos de la burguesía liberal y los marxistas ortodoxos que pri-
vilegiaban el comunismo al reducir a factores económicos determi-
nantes las transformaciones en todos los aspectos de la vida social. Sus
esfuerzos teóricos por ir más allá del economismo son aplicables a la
conceptualización de la resistencia a principios del milenio. Para
remplazar el economismo, Gramsci creó el concepto de hegemonía,
el cual abarca estilos completos de vida. Para Gramsci, la hegemonía
es un proceso dinámico vivo en el cual las clases dominantes consti-
tuyen identidades, relaciones, organizaciones y estructuras sociales
basadas en la distribución asimétrica del poder y la influencia. La
hegemonía, en lo concerniente a la conformación de las relaciones de
dominio y subordinación, es tanto económica como ético-política.
Las instituciones de la sociedad civil –la iglesia, la familia, las es-
cuelas, los medios y los sindicatos– dotan de significado y organiza-
ción a la vida diaria, de manera que ya no es tan necesario aplicar la
fuerza. La hegemonía se instituye cuando se percibe que el poder y
el control sobre la vida social provienen del “autogobierno” (es decir,
el autogobierno por parte de individuos enraizados en las comunida-
des) en oposición a una o varias fuerzas externas, como el estado o el
estrato dominante (Gramsci, 1971, p. 268). Puesto que la hegemonía
es un proceso vivo, diferentes contextos históricos producirán diferen-
tes foros de hegemonía con distintos participantes. Ejemplos de lo
anterior son la “revolución pasiva” del Resurgimiento en el siglo XIX,
cuando la burguesía en Italia obtuvo poder sin una reestructuración
fundamental iniciada desde abajo, y el liderazgo revolucionario del
proletariado en Rusia a principios del siglo XX.
222 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

Sin embargo, los procesos para establecer la hegemonía nunca lle-


gan a su fin debido a que el proyecto hegemónico supone y requiere
la participación de grupos subordinados. A la vez que se aplica, sos-
tiene y defiende, la hegemonía puede ser puesta en tela de juicio y
resistida en los ámbitos interconectados de la sociedad civil, la socie-
dad política y el estado. Bajo la rúbrica de la contrahegemonía se
reúnen distintas modalidades y dimensiones de la resistencia a la he-
gemonía. En el proyecto contrahegemónico están implícitas las “gue-
rras de movimiento” y las “guerras de posición”, durante las cuales el
pueblo participa en acciones colectivas francas contra el estado. Las
guerras de movimiento son ataques frontales contra el estado (por
ejemplo, las huelgas o incluso las acciones militares), mientras que las
guerras de posición pueden interpretarse como resistencia no violen-
ta. Un ejemplo de esto son los boicoteos con miras a impedir las fun-
ciones cotidianas del estado (Gramsci, 1971, pp. 229-230).1 El ob-
jetivo de ambos tipos de guerra es tomar el control del estado. Las
guerras de movimiento y de posición son expresiones de la concien-
cia contrahegemónica a nivel colectivo. Representan momentos his-
tóricos en los que el pueblo se une para confrontar con o sin violen-
cia al estado. La pregunta, no obstante, permanece: ¿por qué y cómo
surge la conciencia contrahegemónica en la vida diaria, que condu-
ce a una acción colectiva franca?
El análisis que hace Gramsci sobre el sentido común en el surgi-
miento de la conciencia contrahegemónica es esencial para explicar
las formas de resistencia históricas y/o contemporáneas. El sentido
común que se mantiene y aplica en la vida diaria no es lineal ni uni-
tario, sino el producto de la relación y posición de un individuo den-
tro de diversos grupos sociales:

Cuando conceptualizamos el mundo, siempre pertenecemos a un grupo


determinado: el de todos los elementos sociales que comparten el mismo
modo de pensar y de actuar. Todos nos adaptamos a un tipo de conformis-
mo u otro… Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino des-
articulada y episódica, se pertenece simultáneamente a diversos grupos humanos
masivos… El punto de partida de la explicación crítica es la conciencia de lo
que uno realmente es, y es “conocerse a sí mismo” como un producto del

1
Gramsci (1971, pp. 106-120) también relacionó las guerras de posición con la
“revolución pasiva” de las clases dominantes –es decir, la revolución desde arriba– que
evita la necesidad de una reestructuración fundamental desde abajo.
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 223
proceso histórico vigente que ha depositado en nosotros infinidad de ras-
tros, sin dejar un inventario (Gramsci, 1971, p. 324; cursivas nuestras).

Es importante señalar que la coexistencia en el sentido común de


la conformidad y la resistencia puede causar incongruencias entre
pensamiento y acción, lo cual ayuda a explicar el comportamiento
contradictorio de un grupo subalterno que pudiera acoger su “pro-
pia idea del mundo” y al mismo tiempo adoptar ideas de las clases
dominantes (Gramsci, 1971, pp. 326-327). Al argumentar que indi-
viduos y grupos poseen una conciencia crítica –aunque “en destellos”–
de su posición subordinada en la sociedad, Gramsci reconoció la
ambigüedad de la resistencia y descartó la explicación unidimensional
y abiertamente determinística acerca de la falsa conciencia.
No obstante, al discutir pensamiento y acción, Gramsci tuvo cui-
dado de no sugerir que la sumisión ante la dominación simplemen-
te es el producto del cálculo racional de beneficios y costos que hace
un subalterno (en el sentido de que, en el mejor de los casos, la resis-
tencia sería fútil y, en el peor, suscitaría revanchas). La fragmentación
de la identidad social que caracteriza la pertenencia simultánea a
diferentes grupos significa que es posible, aunque no probable, que
el subalterno pueda ser al mismo tiempo progresista en ciertos aspec-
tos y reaccionario en otros.
Una interpretación gramsciana de la resistencia tendría que expli-
car el surgimiento de la conciencia contrahegemónica que inspira las
guerras de movimiento y posición, así como las acciones nacionales-
populares dirigidas por intelectuales orgánicos de todo tipo que pue-
den fusionar teoría y práctica para construir e incorporar un nuevo
sentido común que una las voces y conciencias dispares dentro de un
programa coherente de cambio. En su época, Gramsci pidió a los
intelectuales orgánicos que dotaran al sentido común de una filoso-
fía de práctica que incitara a los grupos subalternos a comprender su
subordinación en la sociedad. El objetivo es un movimiento “nacio-
nal-popular” constituido de alianzas entre los líderes (coligados con
sus intelectuales orgánicos) y los liderados (los subalternos). Mientras
que las guerras de movimiento y de posición tienen por objeto con-
quistar el estado, el movimiento nacional-popular proporciona bases
nuevas para todo un estilo de vida.
Gramsci no planteó formas programáticas para que una filosofía
de la práctica trascendiera la fragmentación de la identidad y los in-
tereses. Con la globalización contemporánea, la interpenetración de
224 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

fuerzas local, nacional, regional y mundialmente implica que di-


ferentes pueblos forman alianzas que son más contradictorias que
nunca: una muestra son las obreras con bajos salarios en las zonas pro-
cesadoras de exportaciones, quienes también son miembros o parti-
darias de los movimientos islámicos en el Sudeste asiático. Un nue-
vo sentido común tiene que solucionar o comprender, desde la
perspectiva crítica femenina, las tensiones, limitaciones y oportuni-
dades inherentes a su identidad como hijas o esposas en el hogar,
como obreras mal pagadas en las fábricas, como ciudadanas y como
musulmanas en las comunidades islámicas locales, nacionales y
transnacionales.
Asimismo, la globalización engendra formas de resistencia fran-
cas que pueden o no tener por blanco al estado. Alternar a los que
detentan el poder estatal tal vez no mitigue los problemas que ini-
ciaron la resistencia. En un contexto donde estados liberales, auto-
ritarios y ex comunistas por igual suelen convertirse en facilitadores
del capital transnacional, la(s) fuerza(s) motora(s) de la resistencia
franca contra el estado –si esto ocurre y en el momento en que ocu-
rre– debe(n) analizarse dentro de un marco más amplio. La cuestión
son los modos contradictorios en que las estructuras y políticas es-
tatales asumen las funciones “educativas” que nutren una nueva
especie de ciudadanía y civilización adecuada a los requisitos del
capital transnacional, a la vez que tratan de mantener la legitimidad
con la que gobiernan (Chin, 1998). En esta relación, pueden recor-
darse provechosamente las ideas de Gramsci acerca de la sociedad
civil y la resistencia, sobre las cuales él dio muchas indicaciones que
no siempre fueron congruentes entre sí. Además, los conceptos de
Gramsci pueden llevarse más allá del ámbito interno, hasta el orden
mundial, y los académicos han empezado a ampliar el marco de esta
manera (especialmente Cox, 1986, 1987, 1999; y Augelli y Murphy,
1988, 1997).
Si bien las guerras de movimiento y de posición aún pueden dis-
cernirse, a veces en forma incipiente, la compresión del tiempo y el
espacio ha creado nuevos sitios de y para la resistencia colectiva, que
trascienden las fronteras nacionales. Los movimientos sociales contem-
poráneos ocupan al mismo tiempo un espacio local, nacional, trans-
nacional y global, gracias a las innovaciones y aplicaciones de tecno-
logías como Internet, los faxes, los teléfonos celulares y los medios
globalizados, que producen una comunicación instantánea a través de
las fronteras tradicionales. Por ende, el marco de resistencia grams-
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 225
ciano debe estirarse para abarcar nuevos actores y espacios que expre-
sen la conciencia contrahegemónica. En la siguiente sección tratare-
mos la posibilidad de considerar más a fondo los movimientos sociales
como una forma de resistencia.

LA RESISTENCIA COMO CONTRAMOVIMIENTOS

Puede encontrarse un aspecto diferente de la resistencia en la noción


polanyiana de doble movimiento. Además de lo dicho en capítulos
anteriores respecto de su idea de cómo, durante los siglos XVIII y XIX,
la ofensiva apoyada por el estado para arraigar e incrementar el
mercado “autorregulado” desencadenó medidas protectoras o con-
tramovimientos para recuperar el control social sobre el mercado, es
importante recordar que Polanyi entendía la resistencia como contra-
movimientos derivados y modificadores de los distintos estilos de
vida. Proteger a los trabajadores del proceso de mercantilización
implica defender las relaciones sociales e instituciones a las cuales
pertenecen:

Al utilizar el poder laboral del hombre, el sistema casualmente utilizaría la entidad


moral, psicológica y física “hombre” vinculada a ese término. Despojado de la protec-
ción de las instituciones culturales, los seres humanos perecerían por los efectos de la
exposición social; morirían, víctimas de trastornos sociales como el vicio, la
perversidad, la delincuencia y la inanición… Ninguna sociedad puede so-
portar los efectos de tal sistema de crudas ficciones, ni por poco tiempo, a
menos que se proteja tanto su sustancia humana y natural, como su organi-
zación empresarial, de los estragos de esta satánica demoledora (Polanyi,
1957, p. 73; cursivas nuestras).

El marco del movimiento-contramovimiento nos permite así


conceptualizar los movimientos sociales contemporáneos como un
tipo de resistencia, pues se definen como “una forma de acción colec-
tiva que a] se basa en la solidaridad, b] implica un conflicto, y c] rebasa
los límites del sistema donde ocurre la acción” (Melucci, 1985, p. 795).
El grado de análisis debería ampliarse de lo nacional a lo transna-
cional y/o global, ya que algunos movimientos sociales –por ejemplo,
los relacionados con la destrucción ambiental, los derechos de la
mujer, los derechos de los pueblos indígenas– parecen ir más allá del
estado en busca de soluciones transnacionales o globales.
226 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

En el marco del movimiento-contramovimiento social hay dos


problemas implícitos. La colectividad está sumida en la noción de
“movimiento”, y esto hace que los movimientos-contramovimientos
sociales se construyan como frentes unidos en y por sí mismos. Du-
rante el último decenio, aproximadamente, la naturaleza fragmenta-
da del movimiento feminista se evidencia en el conflicto interno y la
dominación originados en las diferencias de raza, religión, clase y
nacionalidad a pesar, o a causa, de los intentos que se han hecho por
abordar el patriarcado nacional y global (Hooks, 1981, 1984; Mohan-
ty, Russo y Torres, 1991).
En los movimientos-contramovimientos sociales también se seña-
la la presencia de una estructura organizativa. Éste pudiera ser el caso
de algunos movimientos sociales (por ejemplo, Greenpeace y Amigos
de la Tierra en el terreno ambiental), pero en la era de la globalización
también se han formado “redes sumergidas” sin una estructura or-
ganizativa claramente definida. Los elementos de las redes sumergidas
viven su vida diaria casi sin participar en disputas francas: “Cuestionan
la definición de códigos, la nominación de la realidad. No preguntan,
ofrecen. Con su propia existencia plantean otras maneras de definir el
significado de acción individual y acción colectiva. Actúan como nue-
vos medios: informan lo que ningún sistema dice de sí mismo, el gra-
do de silencio, violencia e irracionalidad que siempre está oculto en los
códigos dominantes” (Melucci, 1985, p. 812).
La presencia de redes sumergidas da nuevo significado a la resis-
tencia. A pesar de que los participantes pueden movilizarse para pro-
testar contra las políticas del estado, su objetivo inmediato, ni siquiera
final, no es comprometerse abiertamente o confrontar al estado o a
las compañías transnacionales. En ausencia de una acción colectiva
declarada abiertamente, la resistencia tiene que interpretarse como
la manera en que los pueblos viven su vida cotidiana. Las redes sumer-
gidas afirman que la resistencia moldea y es moldeada por el estilo
de vida, a pesar de que puede ser manifestada política y económi-
camente. En las sociedades industrialmente avanzadas, las redes su-
mergidas consisten de familias que, junto con sus amigos, deciden
modificar sus hábitos de consumo al negarse a comprar atún captu-
rado utilizando métodos que destruyen poblaciones enteras de del-
fines, o adquirir productos de consumo sólo de compañías que prac-
tican activamente el conservacionismo ambiental. Dichas acciones
tienen consecuencias económicas en el mundo corporativo, y con-
secuencias políticas para los legisladores. Preponderantemente, las
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 227
redes sumergidas son espacios en donde surgen los otros valores y
estilos de vida.
En Egipto, por ejemplo, hay redes sumergidas en los barrios po-
pulares y entre la gente común conocidas como sha’b.2 Las redes se
originan en la familia –la unidad básica de organización social en el
sha’b– e incluyen vínculos que van más allá de la clase, la ocupación y
el parentesco. El “genio familiar” rige la asignación y distribución de
recursos materiales y simbólicos en el sha’b. En el actual pacto tácito
entre el estado egipcio y el sha’b, la legitimidad del estado se mantie-
ne mediante la distribución de productos básicos y servicios para el
sha’b a cambio del consentimiento político. Los participantes del sha’b
consienten y participan en la misma medida en la resistencia contra
el estado. Se sabe que los miembros del movimiento islámico, elemen-
tos también del sha’b, recurren a sus vínculos con las redes sumergi-
das para traficar armas y, a veces, para movilizar y organizar protes-
tas en masa contra el estado.
El concepto de doble movimiento de Polanyi, entonces, tiene la
ventaja distintiva de encapsular perfectamente las demandas francas
a nivel nacional, transnacional y global de que se tomen medidas
protectoras contra las diversas dimensiones de aplicación y crecimien-
to del mercado autorregulado. Sin embargo, como ya se señaló, el
marco del movimiento-contramovimiento no propone un análisis de
las diferencias dentro de los contramovimientos, ni prevé adecuada-
mente las formas no declaradas de resistencia, a pesar de que ambos
aspectos se han dado y deben abordarse para conceptualizar la resis-
tencia colectiva a la globalización.

RESISTENCIA COMO INFRAPOLÍTICA

En 1990, James C. Scott introdujo la idea de “infrapolítica” con el


sentido de formas de resistencia cotidiana a título individual y colec-
tivo pero que no llegan a ser disputas francas. Lo que inició como un
intento por entender las condiciones de las rebeliones campesinas en

2
La palabra sha’b, como sustantivo, se refiere al pueblo o vulgo y tiene una con-
notación colectiva implícita; en contraste, el adjetivo sha’bi denota una gran varie-
dad de prácticas, gustos y patrones indígenas de la vida cotidiana” (Singerman,
1995, pp. 10-11).
228 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

el Sudeste asiático y la ausencia de resistencia franca en una población


de Malasia, país que estaba industrializándose rápidamente, poco a
poco llevó al concepto de infrapolítica: una manera de explicar el sig-
nificado cambiante de la política y la resistencia en la mayoría de las
relaciones diarias entre dominador y subordinado (Scott, 1976, 1985,
1990). Scott advirtió que, en el contexto de las sociedades cada vez
más complejas, la ausencia de disputas francas no debería malinter-
pretarse como consentimiento. Es en el ámbito de los conjuntos in-
formales –tales como el mercado paralelo, el centro de trabajo, la fa-
milia y la comunidad local, cuando la gente negocia recursos y valores
cotidianamente–, donde “se forja la conciencia contrahegemónica”
(Scott, 1990, p. 200). Aquéllas son las sedes de actividades políticas
que van desde la reticencia, la ocupación ilegal de terrenos y el chis-
morreo, hasta el desarrollo de subculturas disidentes.
Si se creen a pie juntillas, tales actividades no nos dicen nada so-
bre el discurso contrahegemónico, hasta que consideramos las con-
diciones de las cuales se derivan. La infrapolítica se identifica al yux-
taponer lo que Scott denomina “discursos públicos y ocultos”. Los
discursos públicos son actos verbales y tácitos realizados por la parte
dominante o, “diciéndolo sin rodeos, son el autorretrato de las élites
dominantes como ellas mismas se habrían visto” (Scott, 1990; cursi-
vas del original). Los discursos públicos son el registro público de las
relaciones entre superior y subordinado, en las cuales éste parece
consentir voluntariamente en las expectativas declaradas y no decla-
radas de aquél. Los discursos ocultos, por otra parte, constituyen lo
que las partes subordinadas dicen y hacen más allá del ámbito del
discurso público o de la observación del dominador. En el contexto
de las estructuras de vigilancia establecidas por la(s) clase(s) domi-
nante(s) o el estado, los discursos ocultos registran las actividades
infrapolíticas que subrepticiamente ponen en tela de juicio las prác-
ticas de dominación económica, de estatus e ideológica.
En nuestra opinión, el estudio de la infrapolítica se basa en lo que
los sociólogos denominan narrativas ontológicas (Somers, 1994). La
narrativa ontológica no se refiere al modo de representación ni a la
manera “de relatar” de los historiadores (es decir, el método de pre-
sentar el conocimiento sobre la historia), considerado como no expli-
cativo y carente de teoría por parte de los científicos sociales de la
corriente principal. Más bien, las narrativas ontológicas son las his-
torias que refieren los actores sociales; ellos, en este proceso, llegan
a definirse o a construir su identidad y a percibir las condiciones que
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 229
promueven o retardan la posibilidad de un cambio (véanse en parti-
cular, Butler y Scott, 1992; Geerts, 1983; Taylor, 1989).
A pesar de que los discursos ocultos registran disputas por los
recursos y valores simbólicos y materiales en la vida cotidiana, no se
presentan en un vacío localizado. Las actividades infrapolíticas son
el producto de la interacción entre estructura y acción: las maneras
en que las limitaciones y oportunidades reales y percibidas afectan el
comportamiento de los grupos subordinados. El análisis que hace
Scott sobre las actividades infrapolíticas no logra captar, entonces, las
complejidades inherentes a las formas no declaradas de resistencia
cotidiana. En su estudio de las relaciones entre terrateniente y cam-
pesino en un poblado rural malayo, Scott aseveró que los análisis de
las estructuras y políticas del estado eran importantes únicamente en
la medida en que chocaban contra las relaciones de clase locales
(1985, p. xix). Particularmente durante los años ochenta y en el con-
texto de las políticas nacionales de fomento agrícola y de los voláti-
les precios de las mercancías, las relaciones entre terrateniente y cam-
pesino estuvieron moldeadas por los choques e interacciones entre la
comunidad rural, las estructuras y políticas estatales, y las transforma-
ciones que marcaron el sistema económico globalizante.
Las relaciones entre superior y subordinado, al igual que las rela-
ciones entre terrateniente y campesino, gerente y empleado, marido
y mujer, funcionario estatal y ocupante ilegal de tierras, se encuentran
enraizadas en los estilos de vida, los cuales resultan afectados por las
estructuras y políticas del estado. Tomemos, por ejemplo, las políti-
cas diseñadas para normalizar la familia nuclear patriarcal como lo
más natural para incrementar y conservar los mercados libres capita-
listas, y/o las que privilegian la educación científica y técnica frente a
las humanidades. Dichas políticas enmarcan las visiones del mundo
en la medida en que afectan directa e indirectamente todos los aspec-
tos de la vida social: desde el ritmo de la urbanización, la construc-
ción de viviendas y las oportunidades de empleo, hasta el control y la
distribución de los recursos en el hogar. En los contextos sociales cada
vez más complejos, los subalternos no tienen una identidad unitaria
carente de problemas. Tampoco se puede explicar su comportamiento
mediante una referencia implícita al modelo económico egoísta de
maximizar las utilidades. Dicho llanamente, las actividades infrapo-
líticas no se deben sólo a la decisión de los subalternos de emprender
una resistencia no declarada en vista de las estructuras de vigilancia
establecidas por el estrato dominante.
230 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

La clase es una modalidad importante de la identidad en las re-


laciones entre terrateniente y campesino, o cualquier otra relación
entre dominador y subordinado. Las distintas, y posiblemente conflic-
tivas, modalidades de identidad subalterna pueden ser tan reales y,
en ciertas condiciones, tan limitantes de la conducta como la futilidad
real o percibida y el miedo a una resistencia franca ante la domina-
ción. Al poner un rostro unidimensional a la resistencia, Scott, inad-
vertidamente, dio un semblante también unidimensional a la domi-
nación, a pesar de haber distinguido analíticamente entre dominación
económica, de estatus e ideológica. En esta relación, Gramsci nos
recuerda que las identidades subalternas se encuentran enraizadas en
complejas redes sociales traslapadas en las que los individuos asumen
simultáneamente posiciones de dominación y de subordinación (tal
vez como un esposo y una esposa, un anciano y un joven, un gerente
y un asistente, un benefactor y un beneficiario). Los análisis acerca de
la manera como se expresan las distintas combinaciones de identidad
en el contexto de las limitaciones estructurales puede ayudar a expli-
car por qué, dados los sistemas de vigilancia (en los cuales tienen in-
jerencia las recompensas y los castigos), algunos se someten, mientras
que otros participan en distintos tipos de actividades infrapolíticas.
Y a la inversa, este enfoque también ahonda el análisis de la natura-
leza cambiante de la dominación.
Los discursos ocultos tienen el potencial de facilitar la compren-
sión de las políticas internas de los grupos subalternos. Este fenómeno
de “dominación dentro de la dominación” se da cuando se forman
alianzas contradictorias entre el dominador y el subordinado que, a
su vez, domina a otros. Si bien Scott reconoce este punto, al hacer
énfasis en la clase sin analizar suficientemente las interacciones en-
tre las fuerzas que son de clase y las que no, socava la eficacia del
marco infrapolítico. El enfoque directo en la clase presupone que el
surgimiento de la conciencia de clase se diferencia y excluye el de otras
modalidades de identidad. Es posible sostener incluso que las contro-
versias sobre la clase en el contexto de la vigilancia pueden conducir,
y de hecho conducen, a actividades infrapolíticas basadas en la vida
material. Este argumento es admisible sólo después de haber conside-
rado cómo y por qué la dimensión de clase se torna privilegiada y
manifestada sobre otras modalidades de identidad. De otra manera,
se reafirmaría lo que Gramsci denominó economismo y, subsecuen-
temente, se relegarían las consideraciones no económicas al ámbito
de la superestructura.
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 231
La infrapolítica se encuentra enraizada en todo un estilo de vida,
constituido en parte por la dimensión material. Implica controversias
por los procesos de construcción, conservación y transformación de
identidades arraigadas, en las cuales las dimensiones simbólicas y
materiales de clase se entrelazan con otras modalidades de identidad,
tales como la edad, el género, la etnicidad-raza, la religión y la nacio-
nalidad. La identificación, yuxtaposición y análisis de los discursos
públicos y ocultos pueden iluminar las condiciones en que surgen
ciertas dimensiones de la conciencia contrahegemónica, y cómo se
resuelven y/o negocian (o no) las perspectivas diferentes o incluso
conflictivas en la vida diaria.
La resistencia conceptualizada como actividades infrapolíticas
plantea una posible vía para generar estudios teóricos sobre la res-
puesta cotidiana a las estructuras y procesos globalizantes. Si toma en
cuenta la compleja interacción entre múltiples identidades en el con-
texto de las limitaciones estructurales, el estudio de los discursos
públicos y ocultos podría revelar nociones y prácticas cambiantes en
el trabajo, la familia y la política, por ejemplo, a medida que los pue-
blos buscan negociar un aparente control social sobre la expansión de
las fuerzas de mercado en diversos ámbitos de su vida cotidiana. Al
mismo tiempo, no se debe abusar de la amplia categoría de la infra-
política al imaginar que todo tipo de reacción a las estructuras glo-
balizantes es resistencia. Si bien Scott argumenta cuidadosamente que
los distintos tipos de resistencia pueden o no fusionarse con la opo-
sición a las estructuras de autoridad, es importante no considerar la
resistencia como una categoría que contiene todo.

UN MARCO EMERGENTE

La conducta y el significado de la resistencia se encuentran enraizados


en lo cultural. Esta propuesta fundamental no tiene menos aplicación
o relevancia para conceptualizar la resistencia contemporánea a la
globalización que la que tuvo para los análisis de Gramsci, Polanyi y
Scott sobre el cambio social en distintos periodos de la historia. Es-
tos tres maestros teóricos reconocieron, implícita o explícitamente,
que la resistencia es tanto derivado como constituyente de los estilos
específicos de vida. Sin embargo, los teóricos se desviaron de esta
propuesta elemental al analizar las formas y dimensiones de la resis-
232 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

tencia. Gramsci y Polanyi se enfocaron en la colectividad, mientras que


Scott se concentró más en el individuo, así como en las clases y la vida
cotidiana. Como se describe en el cuadro 9.1, los objetivos y las mo-
dalidades de la resistencia difieren entre un teórico y otro: las guerras
de movimiento y posición gramscianas contra el estado (aunque no
al punto de pasar por alto el cambio dentro de la sociedad civil que
desbanca al estado); los contramovimientos polanyianos contra las
fuerzas de mercado, y las actividades infrapolíticas de Scott ante la
dominación cotidiana.

CUADRO 9.1
TRES ANÁLISIS DE LA RESISTENCIA

Objetivo principal Modalidad de resistencia

Gramsci Los aparatos del estado Las guerras de movimiento


(entendidos como un y de posición.
instrumento de educación).

Polanyi Las fuerzas de mercado Los contramovimientos


(y su legitimación). enfocados en la autoprotección.

Scott Las ideologías Los contradiscursos.


(discursos públicos).

Las diferencias en el grado de análisis, los objetivos principales y


los modos de resistencia no deberían considerarse sólo como meras
tendencias intelectuales de cada teórico. Más bien, las tensiones con-
ceptuales entre estos teóricos son equivalencia y reflejo de las condi-
ciones cambiantes de la vida social: desde los días de Gramsci hasta
los de Scott, pasando por los de Polanyi, los objetivos y las modalida-
des de la resistencia se han vuelto más complejos, ya que las socieda-
des se han tornado más complejas. Las transformaciones contempo-
ráneas de la vida social en general y de las relaciones entre estado y
sociedad en particular, implican que los tres objetivos y modalidades
principales de la resistencia coexisten y son modificados en los pro-
cesos globalizantes.
Esta importante conversación entre teóricos forma una red que
podría relacionarse ventajosamente con la globalización neoliberal.
El marco emergente ayuda a identificar las posibilidades de impug-
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 233
nar las formas de dominación, incrementar el espacio político y abrir
nuevas vías –de aquí las redefiniciones de la política. Vista desde el
punto de observación de esta tríada, la conceptualización de la resis-
tencia contemporánea a la globalización prepara el terreno para el
cambio ontológico que se sugiere a continuación.

Modalidades de la resistencia

Ciertas dimensiones del poder político y económico pierden claridad


e institucionalización, y lo mismo está sucediendo con las modalida-
des de la resistencia. Las modalidades de resistencia no declarada que
se efectúan individual o colectivamente en las redes sumergidas son
comparables con las modalidades de resistencia franca expresadas en
las guerras de movimiento y de posición, y en los contramovimientos.
Dependiendo del contexto, ciertas actividades cotidianas, como lo que
uno viste (por ejemplo, el velo de las sociedades musulmanas o el
dashiki en la comunidad afroamericana), compra o consume, pudie-
ran calificarse como resistencia en la misma medida que se califican
las actividades de los huelguistas, los boicoteadores o incluso los in-
surgentes armados contra los estados y las compañías transnacionales
alrededor del mundo. Uno de los principales retos en este sentido
consiste en cuestionar la ausencia de modalidades de resistencia fran-
ca. Haciéndolo, se puede explicar el significado cambiante de la po-
lítica como resultado de las interacciones entre las fuerzas de cambio
locales, nacionales, regionales y globales.

Agentes de la resistencia

Anteriormente, el término agente de la resistencia era sinónimo prin-


cipalmente de sindicatos, rebeldes armados (muchos de ellos campe-
sinos) y disidentes políticos –incluso estudiantes y ciertos intelectua-
les–, puesto que las impugnaciones de clase asumían una dimensión
política, y ocasionalmente militar, franca. Actualmente, los agentes de
la resistencia no se limitan a tales participantes. Incluyen desde obre-
ros y oficinistas hasta clérigos, especialistas en economía doméstica y
gerentes de niveles medios. Es importante señalar que también los
burócratas pueden oponerse a la aplicación indiscriminada de vías de
desarrollo neoliberales (particularmente a una política liberal demo-
234 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

crática aparente), como las que insisten en una “democracia al estilo


asiático” cuando se está en plena creación de mercados abiertos y li-
bre comercio. La forma compleja en que se articulan los recursos y
valores simbólicos con las condiciones de vida materiales en las dis-
tintas sociedades es la que genera diversos intelectuales orgánicos, un
grupo cúpula en la fase actual de globalización. Las impugnaciones
de clase representan sólo una parte de las bases de la resistencia. Los
agentes de la resistencia ahora surgen de las interacciones entre es-
tructura y acción, que conducen al privilegio contextual de determi-
nadas intersecciones entre modos distintos de identidad: clase-nacio-
nalidad-género-raza/etnicidad-religión-orientación sexual. En la
alusión a diversos pueblos como agentes de la resistencia se encuen-
tra implícita una ampliación de los límites relacionados con las sedes
tradicionales de la vida política.

Sedes de la resistencia

Mientras que la globalización económica se desliza a través de las


fronteras geopolíticas, la resistencia es localizada, regionalizada y
globalizada. En parte, esto significa que la dicotomía “público-pri-
vado” ya no es válida para la mayoría de las dimensiones de la vida
social que resultan afectadas en distinta medida por las fuerzas
globalizantes. La vida cotidiana en el hogar y el mercado informal
puede facilitar, tanto como resistir, dichas fuerzas de maneras carac-
terísticas, materiales y simbólicas. Otro fenómeno muy relacionado
es el surgimiento del ciberespacio, lugar donde la resistencia en-
cuentra un auditorio instantáneo mediante Internet o la World Wide
Web. El contradiscurso es otro modo de resistencia globalizada en
el ciberespacio. Sin embargo, debe tenerse en mente que aunque, en
general, los estados no pueda vigilar o censurar eficazmente el
contradiscurso ciberespacial, este medio de resistencia particular
sólo es accesible para quienes tienen computadora, módem e In-
ternet.

Estrategias de la resistencia

Por estrategias nos referimos a las maneras en que la gente, cuyo es-
tilo de vida se encuentra amenazado por la globalización (mediante
EL CONCEPTO DE RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN 235
la pérdida de empleos, la invasión de tierras comunitarias o el soca-
vamiento de la integridad cultural), responde de modo sostenido para
alcanzar objetivos particulares. Si bien las modalidades de lucha di-
fieren, los grupos pueden utilizar medios diversos para su contienda
y relacionarse objetiva y subjetivamente con sus homólogos en otros
países o regiones. Los movimientos locales se vuelven transnacionales
o globales cuando tienen acceso constante a las tecnologías de la co-
municación, que construyen y mantienen comunidades de individuos
con ideas similares. Por ejemplo, los activistas comunitarios y los aca-
démicos se reúnen en distintos foros para intercambiar información
y planes. Una estrategia emergente de “solidaridad sin fronteras” es
eslabonar temas como la degradación del ambiente, los derechos de
la mujer y el racismo y subrayar la interconexión de las distintas di-
mensiones de la vida social. Un análisis de este tipo podría aportar
condiciones y métodos para lograr una mancomunidad, no obstante
–y debido a– la fragmentación de identidades e intereses mientras es
globalizada la vida económica y política. A pesar de lo anterior, las es-
trategias globales evolutivas de resistencia no necesariamente dejan
de lado al estado. En ciertas circunstancias, las estrategias de resisten-
cia pueden, y de hecho logran, poner una dependencia estatal con-
tra otra (por ejemplo, en el caso del envío de residuos tóxicos al
mundo en vías de desarrollo, las dependencias a cargo de la protec-
ción ambiental pueden unirse a las protestas, mientras que sus
homólogos a cargo del desarrollo industrial fomentan los métodos de
industrialización que causan daño ambiental). Por lo tanto, los aná-
lisis de la resistencia global, transnacional y local deben tomar en
cuenta las transformaciones dentro de las estructuras estatales, ya sea
que las estrategias de resistencia impliquen o no de modo manifies-
to, al estado.
Resulta evidente que una ontología de la resistencia a la globali-
zación demanda bases. Al contextualizarse, las modalidades, los agen-
tes, las sedes y las estrategias pueden analizarse en términos de sus
interacciones para delimitar patrones duraderos y el potencial de
transformación estructural. La tríada Gramsci-Polanyi-Scott demanda
marcos conceptuales que vinculen diferentes tipos de análisis. La inte-
gración de lo local y lo global puede colocar en primer plano a las con-
diciones en las que distintas modalidades, agentes, sedes y estrategias
de la resistencia nacen de las coyunturas y disyunciones de la econo-
mía política global, como se muestra en los siguientes capítulos, cuyo
propósito es ejemplificar la complejidad y la variabilidad de las combi-
236 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

naciones de resistencias desde arriba y desde abajo. El siguiente capí-


tulo entrelaza las categorías y propuestas sugeridas aquí con el ám-
bito ambiental, mientras que el penúltimo capítulo complica el aná-
lisis al sacar a la luz un tipo de resistencia muy distinto que emula
al mercado al adoptar su lógica y, sin embargo, interfiere con las
reglas neoliberales y afecta profundamente la naturaleza de la vida
política.
10. LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA

No todos los tipos de degradación ambiental se originaron reciente-


mente o tienen un alcance global; algunos son antiguos y localizados.
A pesar de lo anterior, la transformación insostenible del ambiente
durante la globalización difiere del daño ambiental en épocas prece-
dentes. Aunque los abusos contemporáneos contra el ambiente tienen
antecedentes en periodos anteriores de la historia, la globalización
coincide con problemas ambientales nuevos, como el calentamiento
global, el desgaste de la capa de ozono, la cuantiosa pérdida de
biodiversidad y los diversos tipos de contaminación transfronteriza (la
lluvia ácida, por ejemplo). Estos problemas se han dado al unísono,
y no uno por uno. Además, algunos problemas ecológicos son eviden-
temente el resultado de los flujos transfronterizos globales, como cier-
tos tipos de contaminación freática, lixiviación y amenazas a la salud
en el largo plazo, que pueden ubicarse en la importación de residuos
peligrosos.
El incremento en gran escala de la producción económica mundial
desde los años setenta no sólo ha acelerado el derrumbamiento de la
base global de recursos, sino también ha trastornado el sistema
regenerativo del planeta e incluso su equilibrio entre las distintas
formas de vida y sus estructuras de sostén. Parte de la explicación
radica en que la desregulación y la liberalización se traducen en más
presión global para reducir las normas ambientales, aunque, por su-
puesto, también hay presiones contrarias para cambiar las activida-
des destructivas del ambiente en favor de tecnologías más limpias. En
ausencia de regulaciones estrictas y mecanismos eficaces para aplicar-
las, el miedo y la incertidumbre con respecto al futuro de nuestro
planeta seguirán aumentando.
El mercado está invadiendo los límites de la naturaleza debido a
la hipercompetencia por las utilidades (Shiva, 1991, pp. 211, 216). Y
sin embargo, las protestas de la naturaleza, los indicios de que se está
viniendo abajo, proporcionan una oportunidad. En vez de objetivar
el entorno, es importante resistirse a la distinción ontológica entre
seres humanos y naturaleza, un dualismo arraigado en el pensamien-
to moderno desde los días de Descartes. Así, la humanidad y la natu-

[237]
238 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

raleza pueden considerarse interactivamente como un “solo flujo


causal” (Rosenau, 1997, pp. 190-191; también Goldblatt, 1996). El
ambiente puede entonces entenderse como un espacio político, un
lugar donde la sociedad civil expresa sus preocupaciones. Como tal,
el entorno representa un mojón donde se manifiesta en diversos gra-
dos, la resistencia popular a la globalización. Las políticas ambien-
tales, al involucrar partidos, clases, religiones, géneros, razas y
etnicidades, son un buen punto de partida para evaluar la contraglo-
balización.
Por lo tanto, los interrogantes que enmarcan este capítulo son:
¿Cuáles son las sedes específicas de resistencia ecologista a la globali-
zación? ¿Quiénes son los agentes de la resistencia? ¿Cuáles estrategias
se adoptan? ¿En qué grado se encuentran éstas localizadas o regiona-
lizadas y globalizadas? En otras palabras, ¿hay indicios que demues-
tren los primeros pasos de la contraglobalización?
Al tratar de responder estos interrogantes, mostraré la compleja
estratificación de las modalidades de la política de resistencia. Mi
interés principal son las respuestas ambientales organizadas a la
globalización, aunque no al grado de excluir otros tipos de resisten-
cia. Por motivos que explicaré en la siguiente sección, en lo particu-
lar me interesan las iniciativas ambientales directas –patrones sólidos
y acción acumulativa–, pero también las modalidades de protesta
suaves o latentes, que tal vez cuajen, o no, lo suficiente como para
desafiar a la larga las estructuras sociales. Prestaré atención a las for-
mas sumergidas de resistencia, por cuanto están constituyéndose en
redes. Las redes son importantes en este sentido debido a que sirven
como lugares para la resistencia y también porque el capitalismo glo-
bal no es un fenómeno singular (Yearley, 1996; Heng, 1997; Hefner,
1998), sino que se organiza de múltiples maneras. Por ejemplo, el
“capitalismo en red” es ampliamente reconocido en los distintos vín-
culos entre Japón y la China transnacional, que emanan de las uni-
versidades y se extienden a los círculos profesionales, el intercambio
de información y la colaboración entre gobierno y empresas.
Un objetivo principal de este capítulo es, por lo tanto, presentar
evidencia para analizar las políticas de resistencia a la luz de las pro-
puestas teóricas ya señaladas sobre las modalidades de aquélla (cap.
9) y mostrar la diversidad de políticas ambientales frente a los proce-
sos globalizantes. La evidencia material proporcionada aquí se cen-
tra en los problemas transfronterizos, ilustra la infinidad de modus
operandi de los grupos ambientales y ofrece ejemplos nuevos y origi-
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 239
nales sobre la naciente y variada conciencia de la resistencia.1 Con
miras a la investigación académica, sería recomendable separar el
dominio de la resistencia a la globalización del de la resistencia a otros
tipos de relaciones jerárquicas de poder. Sin embargo, una división así
no puede hacerse limpiamente. Más bien, los ámbitos de la resisten-
cia en torno al ambiente, las normas laborales, los derechos de la
mujer y de la humanidad, entre otros, se fusionan y compenetran. Sin
embargo, es posible tomar ciertos aspectos prominentes de la concien-
cia y la acción como base para analizar las transformaciones poten-
ciales del orden mundial (Mittelman, 1997b).
Para ingresar en el crisol de la política de la resistencia, primera-
mente analizaré las características de la política ambiental de resisten-
cia. La siguiente sección gira en torno de las modalidades y fuentes
de la resistencia popular y, posteriormente, se comentan los agentes
que desafían las macroestructuras. Más adelante, la investigación se
enfoca sobre las sedes de la resistencia y, por último, pondera la efi-
cacia de las estrategias pluriestratificadas.

1
Lo irónico de la investigación empírica para este capítulo y mis descubrimien-
tos fue que se llevaron a cabo en Hanoi, donde temporalmente me convertí en un
refugiado ambiental que escapó de los efectos de la asfixiante neblina que cubrió a
seis países y alcanzó niveles “peligrosos” en el índice oficial de contaminación del aire
en 1997. Este problema aparentemente se debió a los incendios forestales fuera de
control en Indonesia, la sequía causada por los cambios oceánicos de El Niño y los
vientos que extendieron la humareda hacia los países vecinos –entre ellos Malasia,
donde yo radicaba–, pero es evidente que tuvo otras causas: las técnicas de corte y
quema practicadas por las agroempresas transnacionales, la falta de voluntad política
para enfrentar algunas fuentes internas de contaminación en los países partícipes del
acelerado crecimiento económico y la manera en que los intereses especiales fuera y
dentro del estado obstaculizan las medidas correctivas vigorosas. Los efectos inme-
diatos de la crisis ambiental fueron las muertes derivadas de enfermedades del sis-
tema respiratorio, una serie de problemas de salud relacionados que abarrotaron los
hospitales, accidentes atribuibles a la mala visibilidad y grandes costos económicos
directos, particularmente en el turismo, la agricultura, la educación y las industrias,
que se vieron obligadas a reducir su producción. Evidentemente, la magnitud de esta
crisis alcanzó grandes proporciones regionales y globales. Un efecto benéfico de la
neblina fue que alertó a la ciudadanía sobre las consecuencias sistémicas del creci-
miento económico desenfrenado y de recurrir únicamente al gobierno para la bús-
queda de soluciones.
240 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

CARACTERÍSTICAS DE LA POLÍTICA AMBIENTAL DE RESISTENCIA

El ambiente no es un fenómeno único y, como ya se dio a entender,


puede observarse a través de distintos cristales: por la serie de
interacciones entre los mundos físico y humano, por el locus de la
resistencia y mediante la construcción social objeto de impugnación.
En términos de este último enfoque, las actitudes hacia la naturaleza
siempre están cambiando, se encuentran vinculadas al tiempo y el
lugar e inicialmente reflejan la cultura dominante. En realidad, la
relación entre naturaleza y cultura se ha transformado rápida y ver-
sátilmente en todo el mundo. Esto no es nuevo, pero las innovacio-
nes tecnológicas y la hipercompetencia aceleran la tendencia. Asimis-
mo, la globalización se distingue por la explosión de pluralismo
cultural; algunos conflictos culturales relacionados con los desequi-
librios en las relaciones de poder encuentran su expresión en las ideo-
logías ambientales, entendidas éstas como sistemas de representación
de un grupo o una clase definidos.
Un ejemplo gráfico de la construcción social del ambiente es la
ideología de conservación eurocéntrica surgida en África meridional.
A mediados del siglo XX, allí surgió una prórroga del paradigma co-
lonial, una ideología de conservación basada en un enfoque preser-
vacionista, centrado en la vida silvestre, que cimentó el privilegio y el
poder de los blancos en el subcontinente (Khan, 1994). La historia de
las reservas naturales y de la cacería en África meridional se encuen-
tra enraizada en la mitología que rodea al Parque Nacional Kruger y
que está simbolizada en el retrato de Paul Kruger como un visiona-
rio que lideró la protección de la vida silvestre. Los historiadores
ambientales han derribado este mito romántico al mostrar que Kruger
en realidad se oponía a las leyes más estrictas de protección contra la
caza y apoyaba el derecho legal de los blancos a seguir cazando. Sin
embargo, los proveedores del nacionalismo afrikánder emergente se
apropiaron del icono del “sueño de Paul Kruger” y lo manipularon
para obtener el apoyo de los blancos pobres. Así, ayudó a unir faccio-
nes y clases contrarias en la sociedad afrikánder del periodo posterior
a la primera guerra mundial. Después de 1948, el régimen segrega-
cionista revivió el mito proteccionista de la vida silvestre de Kruger
en un intento por elevar el patriotismo, pero también para que este
estado paria lograra respetabilidad internacional entre sus críticos del
exterior (Carruthers, 1995; Khan, 1990).
La discriminación racial en la aplicación de políticas conserva-
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 241
cionistas, tales como la matanza sistemática de animales, impulsó ac-
titudes anticonservacionistas. La marginación de los negros generó una
actitud negativa hacia las decisiones gubernamentales relacionadas con
el entorno, las cuales fueron vistas como una imposición por parte de
un sistema injusto que le negaba representación o participación signi-
ficativas a un pueblo convencido de tener un reclamo justo sobre la tie-
rra. Los africanos participaron en la caza furtiva, se negaron a propor-
cionar servicios y vivieron clandestinamente en los cotos de caza
–expresiones todas de libertad de acción. La resistencia popular dio
origen a iniciativas como la Asociación de Agricultores Nativos (NFA),
la primera organización de negros en Sudáfrica que asentó una ética
ambiental formal y contribuyó así a una contraideología, en oposición
a la cultura del parque como algo blanco, prístino y científico. La NFA
incluso demandó un cambio paradigmático para acoger políticas social-
mente más sensibles (Khan, 1994). Lo que muchos sudafricanos y oc-
cidentales llegaron a considerar como ciencia –conservación y parques
o, más ampliamente, gestión ambiental– fue interpretado por otros
como una forma disfrazada de control de recursos.
Este ejemplo indica que el ambiente puede interpretarse como una
serie de fuerzas morales alternativas que forman representaciones
ideológicas. Demuestra que las respuestas ocultas al uso (o abuso) del
ambiente pueden a su vez transformarse en una resistencia política
organizada que apuntala contraideologías. También implica las cate-
gorías de análisis fundamentales que utilizaron los maestros teóricos
de la resistencia –Gramsci, Polanyi y Scott– y que se abordaron en el
capítulo 9. En este punto no volveré a tratar lo que se dijo allí, pero
sí deseo permanecer dentro de esta tríada para relacionarla con la
política ambiental de resistencia.
Sobra decir que los tres marcos propuestos por estos autores tie-
nen un gran poder explicativo. No es necesario ahondar aquí en sus
méritos, pero sí son pertinentes algunos comentarios críticos. Grams-
ci, marxista que apoyaba la idea de que el conflicto de clases es el
motor de la historia, difería de Marx al permitir mucha autonomía a
la conciencia, la cual ayuda a entender las dimensiones culturales de
la resistencia. No obstante, la doble conceptualización de Gramsci en
cuanto a las guerras de movimiento y de posición debe ampliarse para
incluir otros actores y espacios en los cuales se desarrolla la concien-
cia en el nuevo milenio.
Al igual que Gramsci, Scott se enfoca en la cultura de la resisten-
cia. Su énfasis en las actividades “infrapolíticas” ofrece una manera
242 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

sutil de explorar las respuestas cotidianas a los procesos globalizantes.


De hecho, existen valiosos estudios empíricos que documentan la
microrrelación de encuentros entre las condiciones locales y las
globales. Por ejemplo, Aihwa Ong (1987) detalla episodios de pose-
sión espiritista cuando las mujeres obreras malayas se vuelven violen-
tas y gritan los abusos como un síntoma de su pérdida de autonomía
en el trabajo. No obstante, en el análisis que hace Scott de las accio-
nes encubiertas hay limitaciones: la amplia gama de modalidades de
la resistencia que él sugiere abarca infinidad de cosas. No sólo dichas
acciones son extremadamente difusas, sino que en general tienen
poco impacto en las relaciones de poder. Este problema en el marco
de Scott salta a la vista en la primera línea de su libro de 1990. El afo-
rismo que utiliza para iniciarlo es un proverbio etíope: “Cuando el
gran señor pasa frente al campesino sabio, éste hace una gran reve-
rencia y se pedorrea.” Sin embargo, ¿qué tanto impacto político tie-
ne, en realidad, pedorrearse? ¿Qué tanto efecto realmente tienen la
reticencia, la ocupación ilegal de terrenos, el chismorreo y otras for-
mas de resistencia no coordinada en problemas ambientales como el
calentamiento global y el deterioro de la capa de ozono? ¿Dónde está
la evidencia que demuestre que un sinfín de actividades microscópi-
cas en última instancia logran un cambio en las macroestructuras?2
Aunque, tal como advierte Scott, estas acciones, incluso cuando se
multiplican, no pueden derrocar regímenes; suelen indicar debilida-
des en su legitimidad y contribuir a socavar la fe en la autoridad.
Pudiera argumentarse incluso que muchas medidas subversivas se
suman, pues son acumulativas. Pero parece justo preguntar, ¿si las
consecuencias se sienten plenamente sólo en el largo plazo, cuánto
dura eso? Como lo demuestra el brote de múltiples crisis ambienta-
les, la naturaleza ya está vetando su subordinación a la economía de
mercado (Harries-Jones, Rotstein y Timmerman, 1992).3 Todo parece
indicar que no va a esperar que la largo plazo resuelva el asunto. Si bien
es correcto estar alerta a los subtextos de la resistencia, pues ello cons-

2
En este sentido, Adas concluye los resultados de su investigación sobre la resis-
tencia del campesinado con una formulación útil: “La protesta de abstinencia en sus
muchas modalidades puede proteger, obtener concesiones específicas o una venganza
precisa, pero no puede lograr grandes reformas ni transformar los sistemas sociopo-
líticos injustos. Esto último sólo puede lograrse mediante la protesta de confronta-
ción” (1986, p. 83).
3
Esta oración implica un alejamiento del dualismo existente en la distinción entre
humanidad y la naturaleza.
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 243
tituye la semilla de una transformación potencial, cabe preguntarse:
¿cómo y en qué condiciones se fusionan las modalidades sumergidas
de resistencia e impugnan genuinamente las estructuras globali-
zantes? Y a la inversa, es importante especificar las condiciones que
impiden la cristalización de las políticas de resistencia.
Pocos académicos contemporáneos (salvo notables excepciones:
Walker, 1994; Shaw, 1994; Murphy, 1994; Sklair, 1994 y 1997; Smith,
Chatfield y Pagnucco, 1997; Keck y Sikkink, 1998) han tratado de
teorizar la relación entre los movimientos sociales y la política mun-
dial. Debe recordarse que grandes pensadores como Gramsci y
Polanyi plantearon indicios de un análisis meticuloso del nacimien-
to de los movimientos sociales dentro de la economía política global
de su tiempo. Al concentrarse en los owenitas y cartistas de su época,
Polanyi hizo hincapié en que “ambos movimientos abarcaban cientos
de miles de artesanos, jornaleros y obreros, y debido a su amplio
número de seguidores se encontraban entre los mayores movimientos
sociales de la historia moderna (1957, p. 167; cursivas añadidas).
Polanyi pensaba que la dialéctica del movimiento y el contramovi-
miento incrementa la comprensión de la resistencia, pero sólo si las
instituciones políticas, económicas y sociales se incorporan al análi-
sis de la transformación histórica. A Polanyi le interesaban principal-
mente los arreglos institucionales específicos mediante los cuales una
sociedad en particular se asegura su subsistencia. A partir de la apor-
tación de Polanyi, es necesario ampliar la siguiente área de investiga-
ción: A medida que las sociedades tratan de protegerse de los efectos
traumáticos del mercado, incluido lo que él consideró como “la des-
integración del ambiente cultural” (1957, p. 157), ¿cómo cuajan y
cobran forma las expresiones sumergidas de resistencia como contra-
movimientos? En este sentido, el marco polanyiano puede aplicarse
fácilmente a la relación entre la economía política y la ecología
(Bernard, 1997). Incluso, a pesar de que sus escritos datan de hace
medio siglo, el propio Polanyi ([1944], 1957) expresó una gran pre-
ocupación por el desenraizamiento de los mercados no sólo de la
sociedad sino también de la naturaleza.
La interpretación ecológica de Polanyi requiere entender su crítica
de la economía política clásica y del liberalismo. En contraste con el
énfasis de Adam Smith en las ganancias económicas individuales fren-
te al aprecio por el enraizamiento en las relaciones sociales, y en con-
traste con su respuesta a la inclinación de los fisiócratas por la agri-
cultura, Polanyi sostenía que es un error excluir a la naturaleza de la
244 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

economía política. De igual modo, dijo que Ricardo era culpable de


la ficción mercantilista de considerar a la tierra como el único factor
de producción y de desvincularla de las instituciones sociales. Marx
también fue criticado por juzgar parcialmente el carácter de la eco-
nomía en términos del proceso laboral. De acuerdo con Polanyi, siem-
pre historiador de la economía y antropólogo, la sociedad decimo-
nónica se diferenciaba de sus antecesoras por cómo la ganancia
económica se volvió prioritaria en la organización o reorganización
de la vida del hombre. Para Polanyi, tanto el marxismo como el libe-
ralismo erróneamente planteaban que el patrón predominante en sus
sociedades predominó también a lo largo de la historia (Block y
Somers, 1984, p. 63). Al adoptar un marco histórico más amplio,
Polanyi delimitó los modos de integración del hombre y la naturale-
za en la sociedad previa al mercado, y mostró que las instituciones
fundamentales de la sociedad habían dirigido la economía, y no a la
inversa. Los mecanismos institucionales habían incluido reciprocidad,
redistribución y relaciones dentro del hogar (Polanyi, 1968).
Conjeturando a partir de lo dicho por Polanyi, el error del
racionalismo económico consiste en dotar a la cultura economista de
una lógica economista. La ciencia de la economía subordina a la cien-
cia de la naturaleza. Esta relación se vuelve en contra de lo que uno
entiende por “económico”, lo cual no puede darse por sentado. La
definición que se utiliza más comúnmente es formal y se centra en la
escasez. Debe distinguirse de un segundo sentido, más real, que im-
plica “el hecho fundamental de que los seres humanos, como todo lo
vivo, no pueden existir tiempo alguno sin un ambiente físico que los
sostengan; éste es el origen de la definición actual de económico”
(Polanyi, 1977, p. 19; cursivas en el original). Las interacciones entre
los seres humanos y su entorno natural implican entonces “significa-
dos”, y pudiera haber fuerzas contrarrestantes en acción.
El reenraizamiento es el antídoto para una condición en la cual la
economía subordina tanto a la naturaleza como a la sociedad para
crear una sociedad de mercado. Sin embargo, en la práctica, ¿qué sig-
nifica realmente reincrustar la economía en la naturaleza y las rela-
ciones sociales? Plantear esta pregunta acentúa el dilema fundamental
en la política de la resistencia hoy en día. El desafío es aún mayor que
en la época de Polanyi –y requiere una ampliación de su marco– de-
bido a la integración progresiva de las economías nacionales. La bús-
queda de una fórmula para el reenraizamiento evidentemente ha
originado diferentes proyectos políticos, pues se trata de un asunto
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 245
debatido. Para analizar estos proyectos, identifiquemos primeramente
las modalidades y las fuentes de resistencia popular ecologista, para que
así podamos esbozar la labor de los agentes del cambio, en particular
las alas de la sociedad civil organizadas políticamente, las sedes don-
de operan y las principales estrategias de resistencia. Posteriormente,
deberemos tomar en cuenta si esas alas de resistencia entran en algún
tipo de categoría.

MODALIDADES Y FUENTES DE LA RESISTENCIA POPULAR ECOLOGISTA

Son muchos los tipos de degradación ambiental y múltiples las cau-


sas que los originan. Los principales problemas se relacionan con el
ambiente doméstico, el centro de trabajo y la naturaleza, y se encuen-
tran en diferentes sectores de la economía, particularmente energía,
agricultura, minería y manufacturas. Las fuentes pueden tener una
dimensión objetiva y subjetiva, y pueden organizarse como una com-
binación de factores:
• hipercompetencia;
• desigualdad social y pobreza;
• grados insostenibles de explotación de recursos;
• ocupación de tierras y su transformación en proyectos
comerciales e industriales;
• migración y sobrepoblación;
• miedo al desplazamiento;
• estructuras de la deuda, que acentúan la explotación de
los recursos, y
• penalización del uso acostumbrado de los recursos (o lo que
se considera como tal) y una falta de responsabilidad.
En vez de hablar sólo de una lista de fuentes sueltas, deben ras-
trearse también las trayectorias históricas distintivas que culminan en
el abuso ambiental y que constituyen redes interactivas de relaciones
sociales. Algunas de las fuentes señaladas arriba se originaron durante
los periodos anteriores a la globalización, pero ésta las ha intensifi-
cado. También existen nuevas modalidades de problemas viejos, como
la deuda externa. Considérese, por ejemplo, el impacto ambiental de
los programas de ajuste estructural. Una mayor austeridad interna,
sumada a la necesidad de cumplir con el pago de intereses a institu-
ciones financieras internacionales, suele dar por resultado un mayor
246 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

énfasis en la exportación de recursos naturales para la obtención de


divisas. La explotación de recursos y los grandes proyectos, como la
construcción de presas, desplazan a la gente. La mayoría de las veces,
son las personas pobres quienes se convierten en migrantes internos
(Freedom from Debt Coalition, 1996). En Mindanao, la isla más me-
ridional de las Filipinas, las transnacionales –por ejemplo, procesa-
doras de piñas, como Dole– se han adueñado de las tierras bajas,
ocasionando la erosión del suelo y desplazando a los agricultores a las
tierras altas. En medio de un conflicto encarnizado entre los habitan-
tes de las tierras bajas y las altas, los pueblos indígenas –“grupos
tribales”– se enfrascan en disputas para proteger su integridad cul-
tural y sus “terrenos ancestrales”.
Aunque la zona no es montañosa, el paisaje de Zimbabwe orien-
tal junto a la frontera mozambiqueña es escenario de conflictos si-
milares. La migración interna está aumentando debido a que Cargill
–conglomerado transnacional dedicado al procesamiento de alimen-
tos– controla gran parte de la tierra, y a que el suelo se ha erosionado.
Los grupos étnicos, o sus subdivisiones, compiten por los recursos y
entran en conflicto. En este caso, es difícil distinguir la migración
interna de la internacional, pues los pueblos locales suelen cruzar la
frontera con impunidad. En parte, lo hacen para evadir las leyes –por
ejemplo, los habitantes rurales de Zimbabwe conducen a los elefan-
tes, que destruyen sus cosechas, a través de la frontera con Mozam-
bique y los matan allí. Estos campesinos piensan que las fronteras son
una molestia que interfiere con su vida y con sus relaciones de paren-
tesco, redundando en beneficios para la clase acomodada, y que son
otro medio para que las autoridades políticas los controlen. En este
caso, se considera que el estado limita los flujos transfronterizos –de
pescado, marfil, carne, marihuana y licores– arraigados en la cultu-
ra y la economía. Desde esta perspectiva, las fronteras son instrumen-
tos de coerción y sitios de conflicto. Dichas percepciones se encuen-
tran sustentadas en las divisiones del trabajo y el poder a nivel
nacional, regional y global. Tanto en las Filipinas como en Zimbabwe,
los pobres no sólo se ven presionados para convertirse en migrantes,
sino que, para sobrevivir, también deben destruir los recursos.
Por lo tanto, los objetivos de la resistencia ecologista pueden ser
directos y tangibles, o indirectos e intangibles. El punto, a final de
cuentas, es tener el control: controlar la tierra, las especies, los bos-
ques, la vida marina, el trabajo y la ideología. Estos aspectos del con-
trol pueden legislarse y ser aplicados por el estado. Los que resisten,
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 247
en última instancia, están motivados por el deseo de tener acceso a los
estratos del poder estructural y, en grado diverso, de reaccionar contra
ellos. Un aspecto de dicha oposición, cada vez más evidente en los
distintos niveles del poder, es la brecha entre ideologías ambientales
(Nazarea-Sandoval, 1995). El choque entre un engañoso enfoque
moderno, el cual sostiene que lo primero es lograr que la economía
crezca sin prestar atención simultáneamente a la distribución y la
equidad, y el vínculo entre la reforma económica y la política social
(por ejemplo, la “plantación de bosques comunitarios) es evidente
bajo sus diversos disfraces en Asia oriental y África meridional. En
otras palabras, las distintas ideologías refuerzan o desafían el acceso
a los recursos; pero la dominante es la reforma entendida como cre-
cimiento antes de la equidad. Aunque la terminología utilizada por
mis entrevistados fue diferente en cada caso, se acentuó el mismo
punto una y otra vez. En una entrevista conjunta que se centró en la
silvicultura, un entrevistado recalcó sus comentarios al proclamar: “La
raíz [del abuso ambiental] se encuentra en las estructuras sociales
reforzadas por el paradigma del desarrollo. El paradigma es el villa-
no” (Del Castillo, 1996; Rebugio, 1996).
Los que resisten adoptan perspectivas temporales y espaciales
acordes con su propio sentido de dignidad y con sus intereses, que,
actualmente, son asuntos de supervivencia para muchos. Las formas
específicas que adoptan las reacciones varían según el tipo y grado de
abuso ambiental, así como las estrategias al alcance de los desconfor-
mes (Peluso, 1992, p. 13; Scott, 1985). Este recurso podría ser extrín-
seco en el sentido de afectar un fenómeno externo, e intrínseco al
adoptar formas locales de control, o ambos, puesto que los distintos
niveles de miembros internos y externos se entrelazan de forma tal
que las estructuras de resistencia buscan acabar con ambas simultánea
o secuencialmente (Peluso, 1992, pp. 13, 16-17; Scott, 1985). Esto,
entonces, suscita la pregunta: ¿cuáles son las sedes donde los agen-
tes se resisten a las estructuras globalizantes y fraguan estrategias al-
ternativas?

SEDES DE LA RESISTENCIA

Salvo las sociedades de autoayuda y los centros de caridad locales, la


densa red de instituciones y asociaciones privadas no fueron sede de
248 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

la resistencia –no existían en Japón ni en casi ningún lugar del mun-


do fuera de Occidente– hasta los años sesenta y setenta. Incluso su
presencia es prácticamente mínima hoy en día en Vietnam, donde los
ambientalistas colaboran con un ministerio, pero no encuentran via-
bilidad para las iniciativas privadas fuera del estado. Sólo hay unas
cuantas ONG ambientales vietnamitas, muy pequeñas, en Hanoi, y
carecen de autonomía. Los grupos ecologistas también se enfrentan
a graves limitaciones en Singapur y Malasia, pero sus condiciones
difieren y engendran una mezcla distintiva de estrategias.
Los ambientalistas singapurenses –un grupo heterogéneo, confor-
mado principalmente por profesionales, administradores y gerentes–
han hecho intentos vacilantes por crear un espacio político y poner
a prueba la retórica estatal sobre la tolerancia. La Nature Society of
Singapore (NSS), fundada hace más de 30 años como la rama en Sin-
gapur de la Malayan Nature Societe, ha impugnado la política guber-
namental con parámetros estrictos. Debido a que las ONG en Singapur
están sujetas a procesos jurídicos y a una legislación restrictiva, como
la Ley de Sociedades y Pérdida de Registro, que prohíbe sus opera-
ciones, la NSS ha presentado sus acciones como un “diálogo construc-
tivo”. La NSS, conformada por unos dos mil miembros, ha participa-
do en campañas epistolares, ideó un plan maestro de conservación y
encargó sus propias evaluaciones de impacto ambiental (Ho, 1997b).
La NSS también toma la iniciativa y hace propuestas al gobierno, a
pesar de que la mayoría –99% de ellas– son rechazadas. La medida
más extrema implicó reunir 25 000 firmas para una solicitud y presen-
tarla ante la autoridad competente. La principal limitación es que la
NSS y los otros grupos ambientalistas en Singapur, que principalmente
participan en actividades escolares, se arriesgan a perder credibilidad
ante el estado –y ser objeto de sanciones– si cooperan con las ONG en
otros países. Con excepción de compartir información, la colabora-
ción transnacional es escasa. No obstante, las luchas por los proyec-
tos ecologistas han logrado cambios importantes en el uso de la tie-
rra: la conversión de 87 hectáreas zonificadas para un parque
agrotecnológico en un santuario para aves en Sungei Buloh, la renun-
cia a construir un campo de golf en la zona de captación de la reser-
va en el bajo Pierce, y el desvío de una vía rápida para que no pertur-
bara el hábitat natural de las aves en Senoko (Ho, 1997a; Rodan,
1996, pp. 106-107; Kong, 1994). A pesar del gobierno coercitivo y las
captaciones derivadas de pasar de la pobreza al bienestar económi-
co tras el periodo colonial, así como de una cultura que valora el “con-
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 249
senso” y no la disidencia, son evidentes los primeros intentos por
ampliar la sociedad civil y, aunque tenues, por fomentar la resistencia.
Al igual que en Singapur, la sociedad civil en Malasia se ve limi-
tada por la persuasión económica, por legislaciones draconianas
como la Ley de Seguridad Interna (una reliquia del colonialismo que
permite realizar detenciones sin juicio) y por la intimidación contra
el activismo ecologista, incluida la retórica del primer ministro
Mahathir Mohamad sobre el “imperialismo verde”. Aquí, el estado
también exige el registro de las ONG, controla el acceso a los medios
de información y está dominado por un solo partido que, no sólo
penetra profundamente en la sociedad, sino que es extremadamen-
te hábil al combinar coerción con consentimiento (los cuales, como ya
se señaló, son los ingredientes de la hegemonía si el segundo es el
elemento principal). Quienes ostentan el poder estatal han estado
eliminando los factores de freno y equilibrio, al erosionar, por ejem-
plo, las prerrogativas de las asociaciones agrícolas y de otras es-
tructuras semiautónomas en las áreas rurales. Las protestas ideoló-
gicas –cuestiones como la raza, el idioma y la religión– han desviado
la atención de los problemas críticos, como la degradación ambiental,
entre otros. No obstante, los ambientalistas han realizado aciones de
abajo hacia arriba: movilización en los kampung (poblados) para
protestar por la contaminación ácida, manifestaciones en contra de
los residuos radiactivos, problemas de permanencia relacionados
con unos árboles en Cheras y bloqueos contra la explotación fores-
tal en Sarawak (Singh, 1997). Unas cuantas organizaciones ecolo-
gistas –Environmental Protection Society; Malayan Nature Society;
Sahabat Alam Malaysia; Centre for Environment, Technology, and
Development, Malasia; así como diversas asociaciones de consumido-
res– han creado un espacio para campañas de baja intensidad y “co-
laboración crítica” con el gobierno.
En contraste, en países como las Filipinas y Sudáfrica se ha desa-
rrollado una sociedad civil fuerte, y también se ha generado mucho
dinamismo en otros lugares como Tailandia y Corea del Sur, por ejem-
plo. La altamente politizada sociedad civil en las Filipinas y Sudáfrica
surgió en el contexto de la movilización: en un caso, mediante luchas
armadas contra el colonialismo español, la dominación estadunidense
y el gobierno marcial; en el otro, para combatir el régimen segrega-
cionista. Países como Zimbabwe ocupan una posición intermedia en
los distintos tipos de actividades de la sociedad civil que se ejemplifi-
caron: los ecologistas y otros activistas llegan a los límites sin medir
250 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

las consecuencias de no respetarlos. En todos los casos, las institucio-


nes concretas de la sociedad, propias de cada país y región, son esen-
ciales.

LOS AGENTES

La gama de instituciones ambientales no forma una línea continua


que corre de derecha a izquierda. Más bien, el movimiento ecologista
se asemeja a un amplio árbol con muchas ramas y brotes en distintos
niveles de maduración. Su grosor varía desde la raíz a la copa. Con
el engrosamiento de la sociedad civil, su crecimiento, como el de un
árbol, tal vez aún consista de ramitas en vez de ramas madre.
En la práctica, esta estructura está conformado por varias institu-
ciones –iglesias, sindicatos, empresas, asociaciones campesinas y gru-
pos estudiantiles– que han participado o se han unido en protesta por
los problemas ambientales. Todas estas instituciones forman parte de
la sociedad civil. Es la sociedad civil la que se encuentra en el vector
principal de la resistencia ecologista. Dentro de la sociedad civil pa-
rece haber cinco estratos de resistencia ecologista a la globalización.
Sin restar importancia a la lucha silenciosa contra la caza furtiva, la
matanza de animales, los alambrados y la quema de terrenos, es la
acción directa y organizada en esos cinco niveles lo que parece tener
más impacto y el potencial para impulsar la acción.
El primer nivel lo ocupa una serie de organizaciones ecologistas
internacionales –como Greenpeace, Amigos de la Tierra y el World
Wildlife Fund– que colaboran estrechamente con los grupos indíge-
nas o tienen bajo su auspicio filiales locales (veáse Wapner, 1996). Las
primeras tienen su sede principalmente en Occidente, y pueden te-
ner o no la misma agenda que sus asociados en el mundo en vías de
desarrollo (Brosius, 1997; Eccleston, 1996; Eccleston y Potter, 1996).
En algunos casos, las de mayor participación se muestran reservadas
en cuanto a la discrepancia en prioridades de las entidades externas
y, a veces, tratan de fusionar los valores indígenas con los intereses
ambientales occidentales (Lee y So, 1999, p. 291). En el segundo ni-
vel se encuentran las coaliciones o redes nacionales, como el Caucus
of Development NGO Networks, una organización cúpula conforma-
da por 14 redes de ONG importantes en las Filipinas. Su objetivo es
fungir como una red de redes (Songco, 1996). Juntas, estas coalicio-
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 251
nes engloban casi 3 000 organizaciones individuales, por lo que es
necesario rastrear a fondo sus estructuras. En esencia, se trata de un
ámbito semejante a una telaraña de organizaciones funcionalmente
especializadas que vinculan muchas ONG, asociaciones, sociedades y
semejantes, y comparten una agenda común y una serie de priori-
dades.
En tercer lugar están las ONG individuales, que desempeñan múl-
tiples funciones en el ámbito nacional. Son catalizadores que buscan
facilitar la acción mediante la defensa, la movilización de recursos y
su experiencia: proporcionan capacitación como administradores,
contadores y asesores legales, y realizan investigaciones sobre temas
específicos. Los líderes de la sociedad civil, arrastrados por las trans-
formaciones de sus modos de vida y de sustento, están buscando un
entendimiento sobre esas condiciones. Al precisar su misión y reali-
zar investigaciones, las ONG requieren, y buscan, paradigmas analíti-
cos. Conceptos como el de economía de filtración, desarrollo partici-
pativo y organización comunitaria emanaron de paradigmas. No
obstante, con la globalización se necesitan explicaciones más sólidas
que contribuyan sobre todo a generar medios de acción.
Por otro lado, a pesar de la existencia de distintos idiomas en re-
giones y países, están las organizaciones locales que participan en la
aplicación de proyectos. Las organizaciones populares y las comuni-
tarias son entidades populares que participan en la acción colectiva
y que pueden buscar o no la ayuda de ONG. Por último, la sociedad
civil también incluye una larga fila de masas desoídas que no están
organizadas, pero que están conformadas por ciudadanos preocupa-
dos que también son participativos. Puede movilizárseles para protes-
tar por problemas que causan una degradación ambiental severa, y se
les ha animado a unirse a las campañas para obstaculizar actividades
tales como la tala ilegal y el depósito de residuos tóxicos. Hasta los
líderes religiosos –desde obispos católicos hasta muftis– han suplicado
a sus seguidores que detengan la destrucción del entorno. La influen-
cia del budismo, el cristianismo, el confucianismo, el islamismo, el
judaísmo y otras religiones es profunda en la política de la resisten-
cia ecologista, pero llega aún más lejos en algunos contextos.
La iglesia católica, por ejemplo, a veces funge como una estructura
de poder alternativa o contribuye a constituir una. En 1988, por ejem-
plo, la Catholic Bishops Conference of the Philippines emitió una
carta pastoral firmada en la que lamentaba el daño causado a bosques,
ríos y corales debido a “la avaricia del hombre y al empuje incansa-
252 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

ble de nuestra economía de saqueo”. Los obispos también elogiaron


los esfuerzos de las poblaciones locales de Bukidnon y Zamboanga del
Sur, que “defendieron lo que queda de sus bosques con su propio
cuerpo”, e incitaron al pueblo a “organizarse para defender las cues-
tiones ecológicas locales” (según se cita en Magno, 1993, p. 15). Me-
diante sus sermones, los sacerdotes han incitado a las masas a orga-
nizarse y actuar, como ocurrió en el caso del bloqueo a la explotación
forestal ilegal en el campo filipino. También han hecho llamados
morales y prácticos, explicando que “Dios creó a los árboles y que
éstos están siendo derribados”. Un sacerdote incluso pidió a sus feli-
greses que revivieran la tradición de cazar cabezas, y esta amenaza se
utilizó contra los taladores y sus colaboradores en el gobierno local
(De Guzmán, 1996; Dacumos, 1996). De igual modo, los ambienta-
listas zimbabwenses hacen alusión a los derechos ancestrales y dicen
a los feligreses que cortar un árbol es cortar el cuerpo de Jesucristo,
y que plantar un árbol es curar el cuerpo de Jesucristo (Matowanyika,
1996).
En Sudáfrica, Earthlife Africa ha catalizado las protestas de desem-
pleados y obreros contra la construcción de tiraderos para residuos
peligrosos junto a los municipios de negros, haciendo que sus residen-
tes, muchos de ellos desempleados y con poca educación formal, vi-
siten a los residentes de otros municipios cercanos a depósitos de re-
siduos tóxicos (Earthlife Africa, Grupo de Tóxicos, 1996). Debido a
que no se encuentran limitadas a los casos de racismo ambiental, en
los que se asigna una carga desproporcionada al sector más margina-
do de la población, estas visitas cruzadas se utilizan en vista de los
diversos abusos ambientales que también se cometen en otras comu-
nidades asoladas por la pobreza.
Al recurrir a distintas bases de apoyo conformadas tanto por ele-
mentos privilegiados como por desvalidos, la sociedad civil atravie-
sa las estructuras de clase. Sin embargo, las raíces del movimiento
ambiental contemporáneo, al menos en las áreas económicamente
más avanzadas, se encuentran implantadas en el sector privilegiado.
Una vez más, es importante destacar la gran diferencia entre un con-
texto y otro. En Japón, por ejemplo, los abogados –algunos de los
cuales hacen obra social en otros países de Asia– e intelectuales han
desempeñado un papel protagónico en el movimiento ambiental,
pero las clases medias y muchos trabajadores también se han movili-
zado en torno a cuestiones sobre el consumo. En algunos países de
Asia oriental y en todo el sur de África, muchos consideran que la
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 253
política ambiental está relacionada con el sustento y, por ende, con la
justicia social, y no tanto con causas centradas en la ecología –como
son conservar la naturaleza per se– como en otras partes de lo que se
conoce como el mundo desarrollado (la excepción pudiera ser el eco-
dhamma, o budismo verde, en Tailandia).
En ningún momento de mi investigación fue tan evidente el vín-
culo, o los obstáculos a la vinculación, entre el movimiento ambien-
tal y la estructura de clases como durante mis entrevistas con los ne-
gros de la clase trabajadora en Sudáfrica. Pelelo Magane (1996),
organizador de sindicatos obreros, señaló que si bien la comunidad
negra se enfrenta a múltiples problemas, como la basura, los tóxicos,
la contaminación y la inseguridad, la organización en torno a los te-
mas ambientales se ha estigmatizado: “El ambiente se considera como
un fenómeno liberal que no interesa a la clase trabajadora.” Después
de las movilizaciones antisegregacionistas en torno a la raza, una de
las implicaciones de esta declaración es que el ambiente sólo es pre-
ocupación de quienes pueden darse ese lujo. De igual modo, en los
municipios negros aledaños a Ciudad del Cabo, los encuestados hi-
cieron hincapié en las barreras de clase para organizarse en la defensa
del ambiente ante la necesidad urgente de empleo, vivienda, atención
médica y protección contra la delincuencia. En el municipio de Langa,
poblado de migrantes que llegaron debido a los traslados forzosos (un
rasgo de la Ley de Zonas Grupales), Tsoga, un movimiento ecologista,
ha descubierto la percepción de que el ambiente es “cosa de blancos”.
Su director, por ende, opina que los residentes sólo ven dos mundos:
“el de los favorecidos y el de los marginados” (Dilima, 1996).
Dentro del movimiento ambiental ha surgido una estructura de
poder. Los grupos se forman según el número de empleados y pro-
yectos emprendidos, el alcance y tipo de actividad, y los recursos
humanos y financieros. En términos del acceso a los recursos en Asia
oriental y África meridional, las entidades de la sociedad civil tienen
poca relación con los organismos internacionales regionales. Una
excepción tal vez es la organización de talleres sobre temas de inte-
rés ambiental y la formación de un colegio para la vida silvestre (evi-
dentemente, no se trata de una actividad popular, sino de un proyecto
registrado de la SADC, financiado por Alemania y un consorcio de
donadores locales). Estas formas de regionalismo, algunas de las cua-
les son parte de la unidad de la SADC denominada Environment and
Land Management Systems (ELMS), apenas están iniciando. Dicha
unidad se encuentra dirigida principalmente por donadores, y ha
254 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

creado algunas ONG locales en diversos países. Formada como una de-
fensa contra el apartheid, la SADC sigue siendo una organización inde-
pendiente con pocas facultades. En general, la infraestructura regio-
nal formal para apoyar los proyectos de la sociedad civil es débil.
Tanto la SADC como la ASEAN se encuentran muy ajenas a las acti-
vidades cotidianas de la sociedad civil. Esto explica por qué cada país
cuenta con coaliciones políticas diferentes que acogen paradigmas
diferentes, algunos de los cuales desalientan el desarrollo de la socie-
dad civil. Otro factor es la relación de poder entre Norte y Sur. Den-
tro de la sociedad civil en Asia oriental y África meridional, los vín-
culos con las instituciones gubernamentales y no gubernamentales del
Norte son más fuertes que los vínculos en las propias subregiones.
Salta a la vista que las organizaciones internacionales de tipo regio-
nal y subregional no han formulado políticas ambientales claras, y que
el Programa Ambiental de las Naciones Unidas tiene poca capacidad
para relacionarse con la sociedad civil.
Por otra parte, el ejercicio de la política de resistencia ecologista
no ha estado exento de problemas. En general, la burocracia impera
dentro de las ONG, donde se gesta un sentido de territorialidad. No
hay un código de ética formal que rija o mitigue la competencia en-
tre ONG. Es bueno que haya más diálogo entre las distintas institucio-
nes de la sociedad civil, ¿pero puede haber demasiada diversidad? A
veces surgen cismas –por ejemplo, entre los conservacionistas y quie-
nes subrayan la relación entre ambiente y desarrollo– por recursos u
objetivos fundamentales. Los donadores bilaterales y multilaterales
generalmente ofrecen un paquete ambiental. La aplicación de sus
proyectos en la práctica produce un efecto islote: iniciativas aisladas
que no se relacionan eficazmente. Es común la ausencia de enraiza-
miento en la estructura social local. Las ONG nacionales pueden fungir
como representantes de los organismos internacionales, pero no ne-
cesariamente estar vinculadas orgánicamente con las raíces de la so-
ciedad. También es común que se presente un efecto “pizza”: progra-
mas ambientales extendidos uno sobre otro sin ningún diseño general
(Braganza, 1996). Algunas instituciones de la sociedad civil incluso no
están orientadas por la sociedad civil, sino por las corporaciones o el
estado, debido a que tienen que rendir cuentas a sus patrocinadores
y prácticamente carecen de autonomía.
El asunto de la cooptación está muy relacionado con lo señalado
anteriormente. ¿En qué condiciones los movimientos populares acep-
tan o rechazan el financiamiento, y quién elabora la agenda? Algunos
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 255
órganos de la sociedad civil, en un intento por revertir el síndrome de
dependencia clásico inherente a los paquetes de ayuda y los progra-
mas de ajuste estructural, han propuesto supervisar sistemáticamente
a los organismos internacionales y otros donadores. También está el
dilema de la ética, previsto por Gramsci hace más de medio siglo, so-
bre si se debe contender por puestos gubernamentales y hacerse par-
te del estado, o si es mejor servir como fuente de presión compensatoria
y tal vez como conciencia social reveladora de asuntos éticos. Incluso
si los líderes de la sociedad civil no ocupan cargos gubernamentales, se
corre el peligro de sustitución y paralelismo con el estado. Las depen-
dencias gubernamentales y las organizaciones interestatales básicamen-
te están cediendo parte de su trabajo a las ONG para que éstas lo lleven
a cabo. Así, las instituciones de la sociedad civil realizan ciertas funcio-
nes que normalmente desempeña el estado, y a veces las realizan de
modo más eficiente que los políticos y los burócratas.
Para mitigar estas tensiones, dentro de la sociedad civil se utilizan
técnicas de negociación para solucionar los problemas. El gobierno
post apartheid en colaboración con múltiples instituciones de la socie-
dad civil pusieron en marcha foros como el Environment Liaison
Forum, iniciado formalmente en Zimbabwe en 1996, y el Consultative
National Environmental Policy Process en Sudáfrica, que vinculan a
múltiples participantes en un intento constante por encontrar terre-
nos comunes. No obstante, existen graves diferencias en cuanto a las
estrategias apropiadas para impugnar la globalización, muchas de las
cuales ya se han aplicado.

ESTRATEGIAS MEDULARES DE LA RESISTENCIA

La resistencia utiliza estrategias nuevas y viejas. No hay nada nuevo


en contrarrestar el poder del estado; mostrar símbolos como pan-
cartas, carteles y panfletos; utilizar el poder residual para negarse;
forjar contactos para galvanizar los esfuerzos de distintos grupos con-
tra formas diversas de degradación ambiental, como ocurrió en 1992
durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ambiente y
Desarrollo en Río de Janeiro. Estas estrategias probadas siguen vigen-
tes y, como señala Robin Broad: “Aún no hay una estrategia unifica-
da sobre cómo forjar una alternativa sustentable” (1993, p. 146). No
hay un modelo único de resistencia.
256 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

Sin embargo, la globalización está transformando parámetros,


redefiniendo limitaciones y aumentando el costo, especialmente para
las generaciones futuras. Las estrategias innovadoras ideadas espe-
cialmente para resistirse a la globalización no son meros golpes a cie-
gas contra un fenómeno amorfo. Algunos de los grupos que están
organizándose por su cuenta, pero de ninguna manera todos, han
ayudado a elaborar estrategias de gran conciencia para contrarrestar
la globalización. Estos luchadores han expresado la pregunta de qué
tipo de intervenciones políticas pueden emplearse para sujetar la
globalización neoliberal, mediada por programas nacionales y loca-
les, al control social. Cinco estrategias medulares preponderantes se
están utilizando juntas o individualmente.
Primeramente está el pacto social diseñado para impedir abusos
tales como la destrucción y erosión de cuencas mediante actividades
ilegales o “legales” a cargo de corporaciones transnacionales, como
sucede en el centro-norte de Mindanao, que incluye la Región Autó-
noma del Mindanao Musulmán, así como el Corredor de Crecimiento
Cagayán de Oro-Iligán. Un pacto social es un entendimiento formal
sobre objetivos y métodos entre todas las partes interesadas. Entraña
una promesa pública y el compromiso de los firmantes para lograr un
bien social común. Se basa en soluciones consensuales y en la coope-
ración entre personas de distinta fe (Albaran, 1996). En otras pala-
bras, en plena globalización de arriba abajo, el concepto de pacto
social está diseñado para promover el control democrático desde las
bases en los municipios. Esto demanda capacidad técnica en la for-
ma de una entidad supervisora que garantice que todas las partes se
apeguen al acuerdo.
Puesto que la globalización acoge los avances tecnológicos y es
facilitada por éstos, la resistencia implica desarrollar nuevas estruc-
turas de conocimiento. Dicho llanamente, una condición previa para
resistirse a la globalización es entenderla. De ahí la importancia de la
cadena educación-investigación-información. En la opinión de
Zukiswa Shibane, un activista zimbabwense: “La gente desesperada no
luchará contra la globalización a menos que esté educada” (Environ-
mental Justice Networking Forum [EJNF], 1996, p. 17). Algunos edu-
cadores están luchando por recuperar y transmitir el conocimiento
indígena y tradicional sobre el entorno, considerado como una par-
te más de la capacidad de investigar en red en un esfuerzo por enten-
der la dinámica de la globalización. El objetivo de la educación en
materia ambiental es generar información para actuar, compartirla
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 257
con los ciudadanos y canalizarla a los medios de información para
desafiar a las fuerzas globalizantes que ponen en peligro los intere-
ses públicos. Esta aspiración tiene, además, extensas repercusiones:
el proporcionar acceso a información sobre la zonificación municipal
y los riesgos de los materiales tóxicos influyó claramente en la movi-
lización de muchas comunidades alrededor de Chloorkop, Sudáfrica.
En un profundo estudio de caso sobre Chloorkop, un investigador se-
ñaló: “Es importante el hecho de que el desarrollo de una conciencia
ambiental, precursora de la movilización ambiental, se derive de la
actividad organizativa y del acceso a la información” (Buchler, 1995, p.
72). En pocas palabras, no tiene nada de nuevo apreciar la estratégica
importancia de generar conocimiento; lo novedoso son las relaciones
sugeridas en la generación del conocimiento y su difusión, y quizás
también el método para señalar un paradigma alternativo. Únicamente
de modo preliminar, pudiera ser posible armar un método de genera-
ción de conocimiento para la política de resistencia: descifrar los códi-
gos de dominación, exponer las fallas en las estructuras de poder,
indentificar los puntos de presión para la acción e idear imágenes para
la contraidentificación (Zawiah, 1994, pp. 16-18).
La tercera estrategia medular consiste en multiplicar el alcance de
las operaciones. Más específicamente, éste es un proceso mediante el
cual los grupos dentro de la sociedad civil incrementan su impacto al
relacionarse con otros sectores y extender su alcance más allá de la
localidad. Al preguntarles qué significa, en la práctica, multiplicar, dos
líderes de la sociedad civil que entrevisté juntos indicaron que signi-
fica “extender el grado de operaciones en el campo” y “tener una voz
fuerte a nivel político para influir en el gobierno” (Morales, 1996;
Serrano, 1996). Otro activista explicó la resistencia multiplicada en
términos de los distintos horizontes temporales de la globalización.
A diferencia de la resistencia, que busca atacar de inmediato las ma-
nifestaciones concretas de la globalización, la multiplicación requie-
re más tiempo. Implica sinergizar distintas habilidades y capacidades,
y abrir espacios para impugnar la globalización (Dela Torre, 1996;
para ejemplos y análisis concretos, véase Kelly, 1997).
En la práctica, la multiplicación puede implicar crear foros multi-
sectoriales más allá del barangay, la unidad básica en las Filipinas, o
coordinar diversos sectores para paralizar una ciudad o detener los
planes, por ejemplo, para abrir casinos. Operativamente, sin embar-
go, parece que cuando los opositores tratan de aplicar la multiplica-
ción, la transformación de parámetros acarreada por la globalización
258 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

y, particularmente, la ideología del neoliberalismo, ofusca su dinámi-


ca. La arquitectura de la globalización causa desorientación debido a
que se la percibe como demasiado grande para la vida local. En algu-
nos casos, la ambigüedad que causan las estructuras globalizantes
precipita una reacción paradójica: no la multiplicación, sino la
desmultiplicación. Esta reacción es un intento por fortificar una co-
munidad, localizar –y no tanto entablar– un combate contra las fuer-
zas de la globalización. De hecho, hay una buena razón para tratar de
obtener el control local, particularmente en lugares y centros de ac-
tividad donde la globalización implica las formas más agudas de pér-
dida de control. Es claro que cuanto más se extienden los grupos lo-
cales hacia el escenario global, mayor es la tentación de apegarse a las
normas globales. No obstante, la rapidez con que se degrada el am-
biente, su irreversibilidad en algunos casos y su alcance transnacional
sugieren que, por sí misma, la multiplicación no es un medio suficien-
te para proteger los dones de la naturaleza.
En cuarto lugar, los que están en la resistencia tratan de externa-
lizarse con el fin de hacerse de más libertad para la acción volunta-
ria directa. Anteriormente se hizo referencia a las modalidades de
regionalismo de arriba abajo basadas en el mercado y orientadas por
el estado. En respuesta, el regionalismo en la base puede ser bilate-
ral o multilateral entre organizaciones y movimientos, y externalizarse
globalmente para relacionarse también con las sociedades civiles en
otras regiones. Las ONG del Sur cada vez están más conscientes de las
ventajas potenciales de la colaboración transnacional, a pesar de su
cautela con respecto a “regionalizarse” o “mundializarse”, por mie-
do a ser opacadas o perder control particularmente frente a socios
importantes del Norte (Eccleston, 1996, p. 82). Earthlife Africa, por
ejemplo, ahora no sólo tiene sucursales en Sudáfrica, sino también en
Namibia y Uganda. Y los sindicatos de la región comparten informa-
ción y realizan conjuntamente talleres educativos para brindar capa-
citación. En Asia oriental, la estrategia de externalizarse imita en gran
medida la experiencia de las Filipinas, debido a la densidad y relati-
va madurez de la sociedad civil en ese país. Su sector de ONG ha sido
invitado a compartir experiencias con sus homólogos en otros países.
Mediante sus diálogos con los representantes de la sociedad civil de
otros lugares, las ONG filipinas han participado en el monitoreo de
instituciones financieras internacionales, como el ADB y el Banco
Mundial, con miras a lograr políticas sustentables y alternativas.
Al analizar las otras alternativas al regionalismo neoliberal en el
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 259
capítulo 6, se mencionó brevemente el PP21, un proceso que inició
en Japón en 1989. Una coalición de movimientos populares y grupos
activistas reunió a 360 activistas de diversos países con miles de miem-
bros de la sociedad civil japonesa. Trataron de fijar objetivos y estra-
tegias basadas en la creación de relaciones sociales alternativas, y no
en la lucha directa contra las estructuras estatales. Tras la reunión
sostenida con representantes de seis países centroamericanos, se ce-
lebró un segundo foro del PP21 en Tailandia en 1992, lográndose ahí
los conceptos fundamentales. Actualmente hay iniciativas para con-
cretar la idea de “una democracia participativa transfronteriza”, y se
están considerando las repercusiones de vivir conforme a las censu-
ras de una “división global del trabajo única”, una jerarquía que causa
“conflictos y antagonismo entre los pueblos”. Además de conferencias,
talleres y comunicación por medios electrónicos, el proceso del PP21
incluye un secretariado con sede en Tokio, y una revista trimestral,
AMPO (Muto, 1994, 1996; Inoue, 1996).
Los movimientos populares en Asia oriental han tratado de abrirse
un espacio de participación en los procesos regionales. Por ejemplo,
las organizaciones ecologistas en Indonesia, Malasia y las Filipinas han
creado la Climate Action Network, con un secretariado propio. En el
periodo 1995-1996, las ONG ambientalistas solicitaron la condición de
observador en la ASEAN, la que les fue rechazada con la justificación
de que no existía tal figura. Cuando esta oferta fue frustrada, las ONG
argumentaron que la ASEAN debería brindar acceso a las organizacio-
nes populares, tal y como lo hacen otras instituciones internaciona-
les, por ejemplo, la ONU. En 1997, los miembros de la Climate Action
Network dirigieron misivas a los ministros de medio ambiente de sus
países respectivos, pidiendo la oportunidad de entrevistarse con ellos,
pero les respondieron que los funcionarios no tenían tiempo para una
audiencia (Singh, 1997).
Los movimientos populares en Asia oriental también se han con-
centrado en la organización de conferencias de alto nivel del APEC y
en su agenda para arraigar y ampliar las políticas de liberalización.
Mediante la colaboración transfronteriza, los movimientos populares
se enfocaron en la cumbre de 1996 del APEC en Manila. Primeramen-
te, sostuvieron un encuentro preparatorio en Kioto, y organizaron
foros paralelos de ONG en varios países, que dieron por resultado
resoluciones específicas y medidas encaminadas a oponerse al comer-
cio entre los gobiernos miembro y a los planes de inversión que da-
ñan el ambiente y transgreden los derechos del pueblo. Los prepara-
260 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

tivos antes de la cumbre implicaron misiones de búsqueda de infor-


mación en diversos lugares, para que los propios delegados pudieran
analizar con precisión cómo afectan las formas de integración a las co-
munidades y su subsistencia. Entre los documentos estuvieron una crí-
tica a la “velocidad suicida y el carácter unilateral” de la liberalización
general, particularmente por su repercusión en los sectores más vul-
nerables y en el ambiente, y al modo en que las disposiciones del APEC
“desvinculan las cuestiones económicas de sus implicaciones y efec-
tos sociales” (“Proposed Philippine PO - NGO Position”, 1996). Las
mujeres han rebatido “las oportunidades del APEC para poner en la
vía rápida nuestro entorno económico tan cambiante” (National
Council of Women of the Philippines, 1996). Ante un mercado labo-
ral estructurado conforme a lineamientos de género y sus consecuen-
cias en las mujeres y los niños, los delegados demandaron, entre otras
cosas, financiamiento del gobierno para “una agenda de bienestar
social que suavice los efectos adversos de la globalización” (Women’s
Forum, 1996). Aunque probablemente no fue intencional, el mensa-
je de los foros previos a la cumbre pareció contener –aunque en for-
ma estridente y poco modulada– sugerencias de un análisis polan-
yiano; acometió contra el APEC por sus prácticas de libre comercio,
“antidemocráticas, carentes de responsabilidad y transparencia”, y
acentuó la necesidad de proteger al pueblo de “los estragos de las
fuerzas de mercado” (Manila People’s Forum on APEC, 1996).
Sin exagerar la importancia del caso anterior –amplificada en un
foro de ONG conocido como la Asia Pacific Peoples’ Assembly, en la
reunión del APEC de 1998 celebrada en Kuala Lumpur–, de él pueden
extraerse lecciones importantes. El APEC, un proceso orientado al
mercado y guiado por el estado, ha catalizado relaciones entre movi-
mientos de resistencia en distintos países, y las organizaciones popu-
lares han fijado una agenda regional muy distinta de la de quienes
ostentan el poder estatal. En contraste con esta última, por ejemplo,
los grupos populares hacen hincapié en la necesidad de relacionar
comercio e inversión por un lado, y política social por el otro. Asimis-
mo, este proceso de resistencia no sólo vincula el estrato subestatal con
el estatal, sino que dilucida relaciones clave entre regionalismo y
globalización.
En África meridional, el ímpetu por externalizarse regionalmente,
y más allá, proviene de distintos puntos de presión. Sin embargo,
destaca el programa de un movimiento ambiental por la envergadu-
ra de sus actividades de resistencia, particularmente las que acentúan
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 261
las contradicciones entre las políticas manifestadas y su falta de apli-
cación. Su postura ecologista también rebate implícitamente la polí-
tica económica. El Environmental Justice Networking Forum (EJNF)
incluye a más de 550 organizaciones que profesan valores comunes y
representan en gran medida el sector desfavorecido de la sociedad.
Busca identificar los estímulos para la regionalización y participa en
la formación de vínculos con otros movimientos (Albertyn y otros,
1996).
Sus actividades de resistencia más notables se han centrado en las
sustancias químicas. El caso de Thor Chemicals, corporación con sede
en Gran Bretaña que importa residuos de la empresa estadunidense
American Cyanamid, ocupó el primer plano en 1990, cuando se en-
contraron elevadas concentraciones de mercurio muy tóxico en el río
Umgeweni, cercano a su planta en Cato Ridge, cerca de Durban.
Earthlife Africa (miembro del EJNF), el Sindicato de Trabajadores de
la Industria Química, los residentes locales y su dirigente, así como
los agricultores comerciales blancos indagaron las razones por las
cuales Thor construyó la planta recicladora de mercurio tóxico más
importante del mundo en un lugar remoto de Sudáfrica. Una alian-
za de sindicatos, campesinos y grupos ecologistas de diversos países
se manifestaron en Thor y en la planta de Cyanamid en Estados
Unidos. Esta acción conjunta de la sociedad civil ejerció presión en el
Departamento de Asuntos del Agua, que le ordenó a Thor Chemical
suspender sus operaciones (Crompton y Erwin, 1991).
Sin embargo, el problema de los residuos tóxicos no se solucionó.
Al contrario; el Departamento de Comercio e Industria de Sudáfrica
se mostró renuente a apoyar la prohibición del traslado de residuos
tóxicos entre los países de África, el Caribe y el Pacífico. Fue eviden-
te que existe un comercio regional, un próspero sector, basado en los
residuos tóxicos. El EJNF expresó indignación al descubrirse que la
Sudáfrica del post apartheid importaba residuos para reciclar prove-
nientes de varios países africanos, y que Pretoria temía perder esos
ingresos si firmaba el Artículo 39 de la Convención de Lomé, que
estipula que los “estados de África, el Caribe y el Pacífico prohibirán
la importación directa o indirecta a su territorio de este tipo de resi-
duos provenientes de la Comunidad o de cualquier otro país” (Cuarta
Convención de ACP-EEC, 1990, p. 1). El gobierno acordó firmar la
Convención de Basilea sobre el Movimiento Transfronterizo de Re-
siduos Peligrosos y su Eliminación, adoptada por 65 países en 1989
y aplicada en 1992. Este acuerdo internacional prohíbe todo trasla-
262 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

do de residuos peligrosos de un país industrializado a los países en


vías de desarrollo a partir de 1998, pero no tiene aplicación en el trá-
fico de tóxicos dentro de África meridional. Y el EJNF sacó a la luz una
posible puerta trasera para introducir materiales lucrativos a través
de los países vecinos (Koch, 1996a, 1996b, 1996c). Es obvio que los
funcionarios estatales estaban cambiando la agenda progresista del
régimen por las presiones económicas neoliberales. La oposición a la
política original del gobierno contribuyó a que se decidiera a dar
marcha atrás e incluyera el Artículo 39 de la Convención de Lomé en
su acuerdo definitivo de comercio y desarrollo con la UE. La recopi-
lación de información y el acceso a los medios fueron aspectos impor-
tantes de la estrategia de resistencia. La estrategia de externalización
implicó relacionarse con el movimiento ecologista transnacional para
que la información vital pudiera fluir de vuelta a Sudáfrica. Una vez
más resultó esencial aclarar los vínculos entre el problema regional y
la globalización.
Otra estrategia de resistencia construye relaciones innovadoras
entre movimientos sociales para atacar directamente al mercado y
crear un sistema ecológico alternativo sustentable. En 1986, los agri-
cultores de la isla Negros, en las Filipinas, y las cooperativas de con-
sumo japonesas, grandes organizaciones cuyos miembros buscaban un
sustituto de los productos cargados de sustancias químicas que se
vendían en el mercado, empezaron a comerciar. Las comunidades
populares de Negros buscaron la manera de transformar la economía
de la isla, basada en el monocultivo de caña, en un sistema integra-
do de agricultura, industria y finanzas. En esencia, han tratado de
rehacer la economía mediante el intercambio cíclico de productos y
servicios. Este proyecto incluye un sistema de comercio transfron-
terizo Norte-Sur mediante el cual una asociación autónoma de peque-
ños agricultores entrega plátanos sin sustancias químicas a las asocia-
ciones de consumo japonesas conformadas por casi un millón de
personas. Los campesinos de Negros crearon métodos de cultivo or-
gánicos y fijaron un precio para sus plátanos tres veces mayor que el
precio de mercado de los plátanos producidos por las transnacionales
en la isla Mindanao. El precio elevado, que los consumidores pagan
con gusto a cambio de productos sin químicos, equivale a una trans-
ferencia de valor inversa del Norte hacia el Sur (Hotta, 1996; Muto y
Kothari, s/f).
En la reunión de representantes de ambas organizaciones, celebra-
da en Tokio, me sorprendió ver miembros de distinta clase: pequeños
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 263
agricultores de la isla Negros, trabajadores japoneses (muchos del
sector de servicios) y los estratos inferiores de la clase media. Juntos,
estos grupos han tratado de oponer resistencia no a la economía de
mercado, sino a la sociedad de mercado. Han creado un circuito de
capital alternativo controlado por la sociedad, en otras palabras, lo
que Polanyi consideraba como el reenraizamiento del mercado en la
sociedad y la naturaleza. Este proyecto incluye visitas cruzadas entre
ambas comunidades para que los vínculos sociales y políticos vayan
más allá de las relaciones comerciales. La estrategia es una iniciativa
transfronteriza que rompe los barrotes de la nación-estado, como
otras iniciativas de intrépidos que luchan por crear el capital social.
La silvicultura comunitaria es otro ejemplo de relaciones entre
movimientos cuyo objeto es ofrecer una alternativa sustentable al sis-
tema de mercado convencional. Al sustituir por madera productos no
madereros como el rattan, las enredaderas y otros recursos fluviales,
se están estableciendo vínculos entre corporaciones, ONG y asociacio-
nes de productores directos (Tengco, 1996). Sin entrar en más deta-
lles, es evidente que la resistencia colectiva está intensificándose y
generando estrategias pluriestratificadas que se utilizan dependien-
do del modo en que las tendencias globalizantes afectan a cada país
y región. Dichas iniciativas pudieran ser indicios de otro modo de
dirigir el ambiente.

TENDENCIAS INCIPIENTES

Los resultados de mi investigación revelan que, de maneras no pre-


vistas por mí antes de iniciar este trabajo de campo, los tres marcos
analíticos – de Gramsci, Polanyi y Scott– se traslapan, profundizan la
comprensión de la política de resistencia ecologista y pudieran estar
integrados. Sí, Polanyi proporciona el impulso teórico general para
analizar la resistencia a la globalización en el ámbito ambiental. Re-
sulta extremadamente valioso abordar la resistencia a la manera de
Polanyi como un intento por reenraizar la economía en la sociedad y
la naturaleza, mientras que los análisis de Gramsci y Scott mejoran
esta investigación. Por ejemplo, el trabajo de campo sobre las estra-
tegias de resistencia condujo al concepto de “códigos descifradores de
la dominación” y, en este sentido, el concepto de infrapolítica de Scott
es el más explicativo. Las opiniones de Gramsci sobre la ideología
264 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

ambiental como medio de lograr consentimiento para depender


menos de formas de coerción más costosas, también son una buena
herramienta para entender la política de resistencia. La evidencia
concreta extraída de Asia oriental y África meridional demuestra
cómo estos tres marcos son necesarios para comprender la resisten-
cia ecologista, y esto a su vez nos ayuda a agudizar la perspectiva teó-
rica.
La información parece sugerir una la resistencia más amplia a la
globalización neoliberal pero, hasta ahora, la resistencia a la política
no estatal ha tenido repercusiones limitadas. Dentro de la sociedad
civil, una de las razones para formar coaliciones y redes es el fomen-
to de políticas más democráticas. Sin embargo, acrecentar y relacio-
nar esas asociaciones no soluciona el problema de las relaciones jerár-
quicas de poder, que son parte integral de la globalización de arriba
abajo. Como vehículo político contra la globalización, tras los movi-
mientos de la resistencia ecologista hay muchos motores que pueden
tanto seguir al estado como dirigirlo.
A partir de los resultados de mi investigación, es posible identifi-
car cinco tendencias, todas ellas microcontraglobalizantes: 1] Dada la
diversidad de experiencias y contextos, muchas iniciativas ambienta-
les se orientan a problemas y cuestiones específicas. Actualmente, la
mayoría de las contiendas ambientales son de índole localizada. 2] No
obstante, se está dando una modesta unión de actividades de resisten-
cia gracias al traslape de alianzas y redes en y entre regiones. 3] Los
movimientos ambientales implícitamente han acogido una política de
paralelismo, replicando en un contexto las estrategias de resistencia
que tuvieron éxito en otras partes. 4] Las estrategias medulares son
positivas, no negativas, en cuanto al compromiso; no evaden al mer-
cado o al estado, ni se desvinculan de ellos. 5] La resistencia está acu-
mulando puntos clave de coincidencia, como la integridad cultural y
el ámbito ancestral, y encontrando más oportunidades.
Salta a la vista que sería equivocado alabar estas contrafuerzas
polanyianas. Incluso podrían calificarse como lo que Polanyi denomi-
naba “maniobra” –y no tanto como movimientos– para indicar
protoformas mediante las cuales “crecen y menguan” las fuerzas so-
ciales antes de finalmente dar a luz organizaciones políticas procrea-
doras de una transformación determinada (Polanyi, 1957, p. 239). Si
bien algunas están aliándose, las contrafuerzas ambientales de hoy día
no son nada coherentes. Tal vez un alto grado de coherencia sea un
desiderátum que debiera equilibrarse con otra consideración: que la
LAS POLÍTICAS AMBIENTALES DE RESISTENCIA 265
sociedad civil se alimenta de la diversidad. También, debido a los im-
pedimentos para organizarse, la solidaridad regional e interregional
desde abajo dista mucho de concretarse. En el mejor de los casos, la
sociedad civil regional y global es incipiente y muy desigual.
En el fondo, los ímpetus por lograr una política de resistencia no
son sólo de índole material o tecnológica; se relacionan estrechamente
con la ética ambiental de proteger al mundo y sus diversos estilos de
vida de las fuerzas de mercado aceleradoras. Las palabras de un sa-
cerdote jesuita participante en las luchas ambientales en las Filipinas
nos dan un respiro: “La espiritualidad se relaciona con el sufrimien-
to. Este paisaje sangra. Es un paisaje que sufre” (Walpole, 1996). La
fuerza de este mensaje coloca una poderosa pregunta espiritual en el
camino de la globalización: ¿debe experimentarse el ambiente de
modo negativo, como una limitante, en términos de destrucción, más
que como una belleza que debe cuidarse y preservarse? Plantear el
dilema de este modo suscita la cuestión política de a quién debe
confiársele o permitírsele el cuidado de este bien público. Determi-
nar qué extremo de este dilema se doblará o debería doblarse tiene
que ver de modo fundamental con la naturaleza y el impacto de las
intervenciones en las estructuras globales evolutivas. Ahora pasaremos
a la intervención en otro ámbito: el crimen organizado.
11. EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL

EN COAUTORÍA CON ROBERT JOHNSTON

Los grupos del crimen organizado pueden entenderse como la encar-


nación de algunas características de la globalización neoliberal y, al
mismo tiempo, como movimientos de resistencia, puesto que operan
fuera de las estructuras neoliberales de autoridad y poder legítimos
y socavan lo que suele considerarse como los canales lícitos del mer-
cado. Es evidente que el crimen organizado se ha convertido rápida-
mente en un fenómeno transnacional in crescendo; se ha extendido
exponencial y desigualmente en todas las regiones del mundo, llegan-
do incluso a las raíces de la sociedad civil. La magnitud de este pro-
blema ha alcanzado grandes proporciones, pues los ingresos anuales
globales del crimen organizado al año sumaron 1 billón de dólares en
1996 (Boland, 1997). Cómo se ha dado este movimiento es una his-
toria muy interesante, y la están documentando académicos y perio-
distas, y también están apareciendo estudios cada vez más sofisticados
sobre esta tendencia (por ejemplo, Williams, 1994; Shelley, 1995;
Fiorentini y Peltzman, 1995; Friman y Andreas, 1999).1
Sin tomar en cuenta los libros y artículos populares, gran parte de
la literatura sobre la diseminación del crimen organizado refleja los
intereses de la criminología; de los estudios regionales interdisci-
plinarios; de, en cierta medida, los cuadrantes estadunidense y com-
parativo de las ciencias políticas; y, sobre todo, de la investigación
aplicada que la policía, los organismos de inteligencia gubernamen-
tales, las organizaciones internacionales y los centros de estudio con-
servadores utilizaron para combatir el terrorismo y otras formas de
conducta ilícita. En términos de la globalización y la gobernación
global, sin embargo, el crimen organizado es un asunto poco estudia-
do. Esto no es para sorprenderse, puesto que el análisis académico de

1
Fiorentini y Peltzman analizan principalmente problemas nacionales. Otros libros
y artículos se concentran en aspectos del crimen organizado global, tales como el trá-
fico de drogas, la mafia o la delincuencia organizada en Rusia, pero es difícil encontrar
un libro que trate con rigor académico el tema del crimen organizado global.

[266]
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 267
estos temas es reciente, por lo menos en cuanto a formulaciones que
tomen en cuenta las transformaciones históricas distintivas –documen-
tadas ya en otros capítulos de este libro– de estos últimos decenios,
que constituyen una serie de megaprocesos analizados en la literatura
sobre relaciones internacionales y economía política internacional
(por ejemplo, Rosenau y Czempiel, 1992; Cox, 1996a; Rosenau,
1997). Resulta claro que la relación entre economía política y crimen
organizado no ha sido un interés central de las ciencias sociales, par-
ticularmente en cuanto a la creación de un marco teórico. La econo-
mía política del crimen organizado global es una cuestión que justi-
fica un escrutinio crítico.
Por ende, este capítulo es un intento de cambiar y agudizar el
enfoque intelectual para dilucidar las implicaciones teóricas de la
globalización del crimen organizado. Al hacerlo, utilizaremos tanto
materiales históricos como evidencia documental contemporánea
para identificar las continuidades –y las marcadas discontinuidades–
en la formación del crimen organizado al inicio del nuevo milenio. Si
bien este análisis toca temas como la seguridad nacional y el comba-
te a la delincuencia, el objetivo de nuestro trabajo no son los precep-
tos policiacos. Más bien, la finalidad de este capítulo es analizar la
relación específica entre la dinámica de la globalización y el crimen
organizado.
Primeramente exploraremos los fundamentos teóricos, para en-
tender el crimen organizado global. Se argumentará que si bien el
doble movimiento polanyiano plantea un enfoque provechoso de los
vínculos entre globalización y crimen organizado, categorías binarias
como la jurídica y la criminal también pueden ser analíticamente res-
trictivas. En la siguiente sección se identifican las características de los
grupos que constituyen el crimen organizado transnacional y, más
adelante, se discuten de qué manera dichos grupos están enraizán-
dose en la globalización neoliberal. Posteriormente, examinaremos
los nexos entre las organizaciones delictivas globalizantes y las estruc-
turas estatales cambiantes, particularmente el papel de cortesana. Esta
orientación política se relaciona estrechamente con otro aspecto de la
globalización: la corrupción de la sociedad civil debida en parte a que
el estado no puede desempeñar algunas de sus funciones clave. Para
concluir, se considerarán las consecuencias en la transformación de
la sociedad civil y, en particular, los cambios dentro de las relaciones
de poder y los conflictos que ello genera.
268 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

POLANYI Y EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL

En su importantísimo análisis de por qué el siglo XX se vio asolado por


la violencia organizada, Polanyi (1957) descubrió que la respuesta no
se encontraba en culpar a las naciones agresoras o a la Gran Depresión
(que brindó el clima propicio para las acciones militares expansio-
nistas), sino en la historia de la Revolución industrial y de los acon-
tecimientos subsecuentes que se iniciaron en la Gran Bretaña decimo-
nónica, pero que también abarcaron otros países. Si bien la acción
coordinada de Europa logró un equilibrio de poderes después de
1815, no pudo impedir la respuesta interna a la relación cambiante
entre economía y sociedad, y particularmente la subordinación de la
segunda a la primera. Las clases trabajadoras buscaron protegerse de
las fuerzas de mercado mediante los primeros sindicatos, mientras que
las clases medias buscaron una participación política. El nacionalis-
mo y la tendencia a crear un estado de bienestar surgieron de esta
crisis como intervenciones políticas para evitar la desintegración so-
cial, precipitada por el nacimiento del sistema de mercados autorre-
gulados. Sin embargo, Polanyi sostuvo que esta tentativa de un modus
vivendi en realidad creó las condiciones para el inicio de la primera
guerra mundial. El nacionalismo no sólo puso a pelear a los estados,
sino que se combinó también con conceptos del darwinismo social, lo
que puso la idea de la selección natural al alcance de las naciones. En
pocas palabras, la reorganización masiva del capital, el estado y las
relaciones sociales que Polanyi estudió se convirtieron en una mayor
competencia, carreras armamentistas, hostilidad y, a la larga, en no
una, sino dos guerras mundiales (Lipschutz, 1997, p. 302).
La publicación del libro de Polanyi, La gran transformación, en
1944, coincidió con el nacimiento del acuerdo de Bretton Woods, que
puso en marcha el plan de los Aliados para reorganizar la economía
mundial. Sin embargo, en el orden posbélico que John Maynard
Keynes y otros diseñaron no se tomó a pecho el mensaje de Polanyi.
En el último capítulo de La gran transformación, Polanyi argumentó
que la destrucción de la sociedad no sería desencadenada por la de-
vastación de la guerra, la revuelta del proletariado ni la clase media-
baja fascista. Más bien, “el conflicto entre el mercado y las necesida-
des fundamentales de una vida social organizada” a la larga destruiría
ese sistema (Polanyi, 1957, p. 249). Las guerras externas simplemente
aceleraron el proceso.
En este punto, merece la pena señalar varias razones por las que
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 269
el doble movimiento de Polanyi explica el crimen organizado global.
Sin descuidar el papel del estado, Polanyi se concentra en los parti-
cipantes no estatales, particularmente en las fuerzas de mercado. En
el contexto de la globalización, los grupos criminales organizados
transnacionales también responden a los incentivos del mercado, pero
reaccionan fuera de las estructuras legítimas de autoridad y poder.
Asimismo, el énfasis de Polanyi tanto en el comportamiento de arri-
ba-abajo guiado por el mercado e incitado por el estado como en la
política de resistencia de abajo hacia arriba, resuena en la literatura
sobre relaciones internacionales. Conforme a esta interpretación,
Richard Falk (1993, 1997), tal vez fue el primer académico que hizo
la misma distinción adoptada aquí, por ejemplo: en la globalización
desde arriba, las actividades relacionadas con la colaboración entre
estados preponderantes y los agentes del liberalismo económico de
libre mercado, y la globalización desde abajo, que representa el inten-
to de las comunidades por recuperar los recursos necesarios, por
nutrir su entorno y por democratizar los procesos para la toma de
decisiones. Al ir un paso más allá, Robert Cox (1999) muestra que
estas tendencias están volviéndose más difusas, e incluso proble-
matizan el límite entre lo “lícito” y lo “ilícito”, al colocar un espacio
entre el estado y la incipiente sociedad civil ocupada por el “mundo
encubierto”: los servicios de inteligencia, el crimen organizado, los
grupos terroristas, el comercio de armas, los bancos para el lavado de
dinero, los cultos herméticos y las sociedades secretas. Estos diversos
elementos, que incluyen desde dependencias gubernamentales has-
ta los subestratos de la sociedad, constituyen una esfera política y
sustituyen a la autoridad legítima en el contexto de una economía
desregulada. Es evidente que el ámbito de las relaciones de coopera-
ción y conflicto oscurece el límite entre lo lícito y lo ilícito. Por ejem-
plo, con el fin de recopilar información “procesable” que conduzca a
arrestos e interdictos, los servicios de inteligencia deben cooperar con
los desertores de los grupos delictivos organizados y las organizacio-
nes terroristas y tratar de reclutarlos. Este proceso casi siempre impli-
ca cerrar los ojos a las actividades anteriores y actuales de los infrac-
tores, debido a que ellos son los únicos con experiencia de primera
mano y una idea del opaco mundo de los grupos terroristas, las ban-
das de delincuentes organizados y otras asociaciones ilícitas con las
que están relacionados.
Esto nos lleva a la cuestión de la guerra, con frecuencia desvincu-
lada de las consideraciones unidimensionales sobre la globalización
270 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

que se centran en los mercados y las estrategias de negocios, tal y


como lo hacen los promotores y defensores intelectuales de esta ten-
dencia, quienes pasan por alto las luchas políticas, la estructura social
y la cultura (por ejemplo, Ohmae, 1990; Porter, 1990). La obra de
Polanyi nos sensibiliza a las interacciones entre la reorganización de
los mercados y el estallido de la guerra. En este sentido, podría afir-
marse, como hace Pino Arlacchi (1986, p. 216) que verdaderamente
ha estallado una forma de guerra subterránea y tácita –en la que de
vez en cuando participan los estados– entre los grupos de la delin-
cuencia organizada por obtener el control de los mercados ilegales del
mundo.
Los grupos transnacionales del crimen organizado no pueden
operar sin algún tipo de relación cooperativa en cuestiones como el
transporte y la distribución, pero continúan reñidos debido a diferen-
cias étnicas, desconfianza y estilos diferentes de hacer negocio
(Fiorentini y Peltzman, 1995). No obstante, estas diferencias rara vez
afectan las actividades del mercado ilegal, demasiado rentables como
para correr peligro (Nicaso y Lamothe, 1995). De darse una guerra
entre los grupos de delincuentes, ésta normalmente ocurre dentro de
un país o entre un grupo del crimen organizado y el estado (como
sucede en Colombia). Sin embargo, la globalización difumina la di-
visión entre los ámbitos interno y externo. Dada la aceleración de la
venta global de armas, la comercialización de materiales nucleares y
la posibilidad de un chantaje nuclear, no es exagerado decir que este
grado de violencia estructural hoy en día es un tipo de guerra. Incluso,
si las relaciones internacionales son un sistema anárquico, entonces
la coexistencia pacífica y estable con el poder criminal, otro tipo de
anarquía, es una fuente probable de conflicto estructural. Al subrayar
esta tensión, Susan Strange sostiene que el surgimiento del crimen
organizado transnacional es “tal vez la mayor amenaza para el siste-
ma mundial en los noventa y los años venideros” (Strange, 1996, p.
121; cursivas en el original).
Por lo tanto, nuestro enfoque hacia la pregunta de “por qué” –que
explica estos cambios masivos y los retos planteados al gobierno glo-
bal– se deriva de las ideas de Polanyi, orientadas sobre todo (aunque
no exclusivamente) a la unidad nacional, y lleva su modo de análisis
a las muy diferentes relaciones de mercado que ahora están formán-
dose a nivel global. La suma de las aportaciones hechas por econo-
mistas políticos contemporáneos y teóricos de las relaciones interna-
cionales, como Falk, Cox y Strange, nos permite explicar, si bien de
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 271
modo preliminar, el cambio cuántico en las situaciones, la escala e
incluso la dinámica del crimen organizado global. Desde estas diver-
sas perspectivas, apuntalando la diseminación y la intensificación del
mercado está la reforma de las relaciones sociales de poder, con nue-
vos beneficiarios y víctimas, principalmente en las zonas marginadas
de la economía política global.2 En este escenario –calificado por
Yoshikazu Sakamoto (1994), a la manera de Polanyi, como de “trans-
formación global”–, la autonomía del estado disminuye debido a la
abundancia de flujos transfronterizos: inmigrantes legales e ilegales,
formas de comercio lícitas e ilícitas, persecución de la información y
el conocimiento, violaciones a los derechos de autor y pornografía. El
consenso neoliberal global en favor de la desregulación ha disminuido
aún más la autonomía del estado. A la par de estas presiones, el mer-
cado ejerce sobre el estado un poder disciplinario aplicado median-
te los programas de ajuste estructural, las agencias calificadoras de
créditos, como Moody’s y Standard and Poor’s, y las acciones de los
especuladores con divisas, como sucedió en plena crisis financiera en
Asia oriental a finales de los años noventa.
En consecuencia, hay extensas áreas de actividad que se encuen-
tran en los resquicios de los ámbitos tradicionales de la jurisdicción
del derecho nacional e internacional. Hay toda una gama de nuevos
delitos; algunos se cometen en el hiperespacio donde, debido a la
velocidad instantánea de las operaciones, las instituciones estatales
con alcance territorial, como los bancos centrales, son incapaces de con-
trolar extraterritorialmente –por poner un caso– el mercado de divi-
sas (que actualmente genera 1.5 billones de dólares al día). Las enti-
dades autorizadas que supuestamente ejercen un monopolio legítimo
para exigir la procuración dentro de sus dominios están avanzando
atropelladamente en el diseño de nuevas formas de cooperación con
sus homólogos en otros países, pero parecen verse obstaculizadas por
una desterritorialización reciente en materia de gobierno económi-
co. En el terreno internacional, no faltan propuestas en favor de una
institucionalización fuerte: una “nueva arquitectura financiera”, por
ejemplo. Las organizaciones internacionales, como las instituciones
de Bretton Woods, son, por supuesto, elementos del sistema interes-
tatal y, a pesar de su gran alcance, en realidad no están facultadas para

2
Las publicaciones sobre negocios, en especial sobre el tema de administración
estratégica (por ejemplo, D’Aveni, 1994), resultan particularmente útiles para deli-
near los cambios ocurridos en la dinámica del mercado desde los días de Polanyi.
272 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

violar la soberanía al ocupar legítimamente el vacío existente en lo


que Rosenau (1997, pp. 39-41) adecuadamente llama “esferas de
autoridad”, las cuales pueden corresponder o no con los dominios
territoriales, y tal vez emplear mecanismos informales más que for-
males. En esta laguna, la rapidez de la globalización oscurece los lí-
mites de lo permisible y lo no permisible –un problema que pertenece
a la dimensión jurídica y ética de la economía política global, sobre
todo en el caso de la especulación financiera. La cuestión de si George
Soros y otros operadores con divisas actúan conforme a las reglas o no
causó gran controversia durante la crisis económica de Asia oriental,
y denota una disfunción en los controles putativos de la gobernación
global. Pero, en general, la globalización otorga muchas más oportu-
nidades para realizar actos ilícitos. La tendencia predominante es que
las organizaciones de criminales aprovechen la brecha causada por las
tendencias globalizantes, y ofrezcan seguridad cuando la policía y
otras autoridades se encuentran implicadas en el delito, y también
cuando el estado no logra garantizar la tranquilidad, justicia o equi-
dad más elementales. Éstas son las condiciones mismas en las que
puede corromperse la sociedad civil.
Como lo demuestra la evidencia de Asia oriental y África meridio-
nal, el empuje del mercado en una economía globalizante está cau-
sando que no sólo las economías locales, sino también las actividades
económicas ilícitas del crimen organizado, se desarraiguen de su con-
texto sociocultural. Reproducidos fuera de su ambiente original, los
grupos de delincuentes transnacionales derivados de esta situación no
sólo invaden el estado: se albergan dentro de él y pueden obstaculi-
zar el crecimiento de las sociedades civiles, sembrando, en algunos
casos, el caos en su camino.

LA NUEVA DELINCUENCIA

Evidentemente, el crimen organizado que trasciende las fronteras


nacionales no es nada nuevo; sin embargo, los patrones tradiciona-
les no explican del todo el repunte actual de las actividades ilegales.
Las tendencias globalizantes observadas desde los años setenta están
transformando el crimen organizado. Ahora hay nuevas modalidades
de ilegalidad: delitos por computadora, lavado de dinero, robo de
materiales nucleares –principalmente de la otrora Unión Soviética–
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 273
y el “fraude sofisticado” (complejidad tecnológica entre varias partes
que utilizan instrumentos bancarios, tarjetas de crédito y cartas de
crédito falsos, y se introducen sin autorización en las computadoras
por medios ingeniosos para realizar, por ejemplo, los sistemas
piramidales y las estratagemas de “inundar y descartar” valores bur-
sátiles), que surgen entre los códigos establecidos del derecho inter-
nacional, desafían las normas existentes, infiltran los negocios ilícitos
y se extienden hasta las finanzas internacionales. Si bien algunos ti-
pos de delito permanecen localizados, las bandas de criminales orga-
nizados dedican cada vez más esfuerzos a explotar los mecanismos de
crecimiento de la globalización.
Consideremos un ejemplo de esta dinámica en acción: la emigra-
ción de chinos hacia Estados Unidos. Las tríadas (redes delictivas chi-
nas) han introducido gente ilegalmente en Estados Unidos desde la
Fiebre del Oro californiana en el decenio de 1840. Además, entre los
chinos de la provincia costera de Fujian, al otro lado de Taiwán, se
acostumbra recurrir a sus familias extensas en California y en otros
estados para mudarse a Estados Unidos. Hasta 90% de los refugiados
del mar chinos provienen de Fujian y de la provincia de Guangdong,
justo al sur, donde se concentran los principales grupos de trafican-
tes de personas.
El problema de los refugiados del mar –que captó la atención
pública en 1993, cuando probables inmigrantes chinos murieron a
bordo del buque panameño Golden Venture, un herrumboso y viejo
carguero que encalló en una barra de arena visible desde la Ciudad
de Nueva York– se debe sobre todo al explosivo crecimiento econó-
mico de China en los últimos años. La transición a una economía de
mercado, comparable a un caballo desbocado en el caso de China, ha
desencadenado inequitativas ganancias y pérdidas en los ingresos. Las
zonas rurales, particularmente las del interior, se han quedado muy
rezagadas con respecto a los centros urbanos y las regiones costeras.
En la primera fase de un doble movimiento polanyiano clásico, mi-
llones de trabajadores agrícolas con bajo salario han sido sacados de
sus tierras para dar cabida a proyectos industriales y comerciales de
gran escala; esto ha desencadenado una migración interna masiva que
los municipios costeros, rodeados ahora de florecientes barriadas, no
pueden absorber. La oferta de mano de obra en China alcanza enor-
mes proporciones: 452 millones de trabajadores “excedentes”, de
acuerdo con el Ministerio del Trabajo chino (“Pointers”, 1997, p. 10).
Esta crisis ha alimentado el resentimiento del campo y ha causado
274 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

levantamientos campesinos en algunas regiones de China, en lo que


podría ser la primera etapa de una reacción polanyiana.
Una respuesta a la trampa de pobreza de la disminución relativa
de los ingresos en el campo y las pocas oportunidades para encontrar
un empleo legal en las ciudades es romper el ciclo mediante “servi-
cios” migratorios que satisfagan la demanda de un sector desespera-
do y empobrecido de la economía. Las bandas de delincuentes flore-
cen ahí donde la pobreza es aguda. En la China actual, los traficantes
de personas se benefician de los estratos marginados, víctimas de una
economía de mercado sobrecalentada, y están globalizando sus domi-
nios espaciales (Canadian Security Intelligence Service, 1994).
Sin embargo, el tráfico de personas sería imposible sin la partici-
pación de delincuentes ricos y poderosos con los recursos para co-
rromper a los funcionarios. La corrupción de las autoridades políti-
cas es el crisol donde los funcionarios de aduanas, los policías y los
inspectores fiscales colaboran con las operaciones delictivas o simple-
mente se hacen de la vista gorda. Esto no sólo sucede con el tráfico
de personas, sino con el narcotráfico, la falsificación de la propiedad
intelectual, las operaciones ilegales con divisas y otras actividades del
mercado negro y gris. En esta red de delincuentes, los ricos y los po-
líticos, quienes ocupan cargos públicos, otorgan protección “legal” a
sus compinches, tal y como sucedió durante la guerra fría en el Trián-
gulo Dorado, punto donde confluyen las fronteras de Laos, Tailandia
y Myanmar (un ejemplo de lo que Cox califica como maquinaciones
del “mundo encubierto”). Los grandes riesgos y la elevada demanda
de estas operaciones y sus enormes ganancias potenciales son estímu-
los para las organizaciones criminales más astutas y despiadadas.
Estas tendencias pueden explicarse por los nexos entre el crimen
organizado y la globalización. El auge de las bandas transnacionales
del crimen organizado se debe a las innovaciones tecnológicas y par-
ticularmente a los avances en el transporte, a las comunicaciones y a
la utilización de computadoras en las empresas, todo lo cual permi-
te una mayor movilidad de personas –algunas de las cuales son por-
tadoras de contrabando– y el flujo de mercancía ilegal. En este pro-
ceso son muy importantes las innovaciones en la tecnología satelital,
la fibra óptica y las minicomputadoras, que facilitan las operaciones
transfronterizas (Shelley, 1995, p. 465). La hipercompetencia está
acelerando estos flujos a través de las fronteras. A su vez, la desre-
gulación arraiga la tendencia al reducir las barreras estatales al libre
flujo de capitales, productos, servicios y mano de obra.
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 275
Al igual que las empresas globales, las bandas organizadas trans-
nacionales operan por encima y por debajo del estado. Por encima
del estado, aprovechan las tendencias globalizantes de las fronteras
permeables y la desregulación. Al acoger los procesos de la globa-
lización, estos grupos generan demanda para sus servicios. Se con-
vierten en participantes por derecho propio en la división global del
trabajo y el poder, organizados conforme a parámetros zonales, re-
gionales o subregionales, como el Triángulo Dorado, importante
centro productor y distribuidor de morfina y heroína.
Al mismo tiempo, las bandas transnacionales organizadas operan
también por debajo y al lado del estado al ofrecer incentivos a los
segmentos marginados de la población que tratan de hacer frente al
costo de ajustarse a la globalización. Estos grupos llegan hasta los
niveles más bajos de las estructuras sociales: los pobres, un estrato que
no se presta a las estrategias fáciles prescritas por el estado y las ins-
tituciones interestatales. Estas estrategias suelen ocultarse dentro del
proyecto nacional de desarrollo, pero actualmente se ven rebasadas
por el proceso de globalización (McMichael, 1996a). Los marginados
representan suministro de mano de obra en forma de fuerzas socia-
les que participan en la economía paralela del crimen organizado (y
no organizado) y que menoscaban los canales lícitos del neoliberalismo. La
oferta, entonces, pudiera considerarse como una forma disfrazada de
resistencia a la dominante globalización. Las tríadas, un fenómeno
comentado anteriormente, pone esta dinámica en relieve. Su origen
fueron los movimientos de resistencia que lucharon por derrocar a los
invasores extranjeros que dominaron a la dinastía Qing manchú du-
rante el siglo XVII. Al concluir el gobierno Qing en 1911, estos gru-
pos no se disolvieron; más bien, se convirtieron en sociedades delic-
tivas que responden, particularmente las más recientes y poderosas, a
la recurrente ausencia de orden en China y a sus problemas sociales
(Bolz, 1995, p. 148; Deron y Pons, 1997). Desde su sede principal en
Hong Kong, las tríadas actualmente implican a varios grupos de “chi-
nos étnicos” y tailandeses relacionados con los productores de opio
en Myanmar y con sus bandas asociadas en ciudades de Estados Uni-
dos, Europa occidental y en toda la Cuenca del Pacífico.
Puesto que la finalidad del crimen organizado es hacer dinero,
normalmente se considera a estos grupos como actores económicos
importantes. Sus ganancias no sólo se derivan del robo, sino también
de imitar los mecanismos del mercado –formar alianzas estratégicas,
invertir (y lavar) su capital y destinarlo a nuevas áreas de crecimien-
276 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

to (por ejemplo, vertederos de residuos tóxicos que dañan el ambiente


en los países en vías de desarrollo, para luego negociar contratos lu-
crativos con la industria del saneamiento), encauzar parte de sus ga-
nancias a la investigación y el desarrollo, emplear sistemas contables
modernos, utilizar redes de información globales, que no tienen fron-
teras, y asegurarse (protegerse) contra los riesgos o amenazas de sus
organizaciones. Si bien estos grupos del crimen organizado transna-
cional tienen objetivos económicos evidentes, son tanto un elemento
político de la globalización como una reacción a ella, puesto que me-
noscaban a los principales actores en el proceso de la globalización: las
empresas transfronterizas y los estados dominantes que lo consienten.
Las bandas de criminales se asemejan a los negocios legítimos al
aceptar la lógica del mercado, tener iniciativas muy flexibles y orga-
nizarse jerárquicamente. Por ejemplo, las tríadas de Hong Kong cons-
tituyen el liderazgo, mientras que los tongs comerciales (los gremios
de comerciantes), muchos de ellos en barrios chinos del exterior, ac-
túan como subsidiarias locales (Williams, 1994, pp. 103-104). Esta
fluidez, acentuada por las guanxi (conexiones) en Asia oriental, y sus
homólogos en otras culturas, sugiere que el crimen organizado tam-
bién puede ser desorganizado.
Aunque algunas agrupaciones delictivas, como los cárteles de Cali
en Colombia, se encuentran muy centralizadas, por lo general recu-
rren a redes sueltas de relaciones familiares y étnicas. Estas redes re-
ducen los costos de operación derivados de la adquisición de infor-
mación sobre las actividades ilícitas y proporcionan un marco de
confianza. Por lo tanto, el número de participantes nuevos –como las
organizaciones nigerianas, que se sumaron a las filas de los principales
grupos delictivos transnacionales en los años ochenta– aumenta al
operar donde no hay reglas ni leyes claras. En su diáspora, se han
valido de las relaciones familiares y étnicas para vincularse con las
bases nacionales y los compatriotas en el extranjero. La caída de los
precios del petróleo durante ese decenio, así como los recortes al gasto
público, precipitaron una ola de delincuencia en Nigeria y causaron
que muchos estudiantes nigerianos, al quedar varados en el exterior
cuando se acabó el financiamiento, tuvieran que recurrir a activida-
des fraudulentas (Stares, 1996, p. 42).
Los grupos del crimen organizado transnacionales también in-
crementan la incertidumbre; de esta manera, contribuyen en gran
medida con lo que James Rosenau (1990) conceptualiza como turbu-
lencia en la economía política global. Los nuevos centros del crimen
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 277
organizado global –como Johannesburgo y Ciudad del Cabo, que
gracias a sus vínculos con la cadena nigeriana están convirtiéndose
rápidamente en centros regionales– son nodos clave de esas redes. Los
nigerianos –que ya no son nuevos en su profesión– han penetrado en
toda la subregión de África meridional y participan en el tráfico de he-
roína y cocaína, diversos tipos de fraude, robo de autos, tráfico de
indocumentados (con la ayuda de ilegales que sirven de guía) y pan-
dillerismo. Esto motivó que los funcionarios estadunidenses se nega-
ran a capacitar a la policía nigeriana y a los banqueros principales,
pues consideran que la enseñanza de métodos para combatir el fraude
no haría más que incrementar el refinamiento de los delincuentes
nigerianos (Barber, 1997). Actualmente, los grupos de traficantes
nigerianos se extienden más allá de África y son actores principales
en el narcotráfico dentro del sudeste y suroeste de Asia; además, se
está intensificando su participación en América Latina.
Las ciudades globales, más que los estados, constituyen la princi-
pal ubicación de las organizaciones criminales transnacionales. Algu-
nas ciudades, como Hong Kong y Estambul, han formado un segun-
do nivel y sirven de puntos de transbordo. Sin embargo, es en las
ciudades globales –particularmente Nueva York, Londres y Tokio–
donde se aglutinan los servicios financieros (que proporcionan mu-
chas oportunidades para disfrazar el uso y flujo del dinero), las fuentes
de innovación tecnológica y los sistemas de comunicación y transporte
avanzados (Sassen, 1991, 1996). En estos y otros lugares, nuevas ce-
pas de ciberdelincuentes puede explotar los puntos vulnerables inhe-
rentes a la infraestructura electrónica de las finanzas globales me-
diante el espionaje electrónico para robar, chantajear y extorsionar.
Debido al extenso alcance de Internet, las ciberbandas pueden atacar
una ciudad global virtualmente desde cualquier lugar sin ser descu-
bierta, incapacitando así al estado para arrestar y enjuiciar a los de-
lincuentes. Y sin embargo, estas ciudades son epicentros de la globa-
lización.
Las ciudades globales, albergue de poblaciones numerosas y diver-
sas, permiten a los delincuentes y las organizaciones delictivas mez-
clarse entre las instituciones legítimas dentro de los barrios étnicos.
Estos refugios representan un problema para la policía, que desconoce
los muchos idiomas y las culturas dispersas que albergan a los delin-
cuentes, y no tienen la confianza de los segmentos marginales de la
sociedad. Las bandas nigerianas en Londres y las asiáticas en Nueva
York aprovechan esas ventajas, una prueba del enraizamiento del
278 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

crimen organizado transnacional en la globalización económica


neoliberal.

CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL Y NEOLIBERALISMO

Hasta ahora, hemos afirmado que los grupos transnacionales del cri-
men organizado actúan como compañías transnacionales: participan
en la maximización de utilidades, la toma racional de decisiones, la
innovación en los productos, la reducción de riesgos, la investigación
y el desarrollo, y el fomento tecnológico. (Incluso algunas formas de
soborno son comunes a las asociaciones del crimen organizado y a
muchas empresas. Hasta la reciente entrada vigor de un tratado de la
OCDE, los “pagos complementarios” eran deducibles de impuestos en
varios países europeos.) Además de estas características, es importante
señalar que estos dos tipos de participantes transnacionales –grupos
criminales y corporaciones– siguen la lógica del neoliberalismo y di-
señan estrategias innovadoras para hacerlo. Están envueltos en una
competencia frontal con otros participantes. Contrariamente a la
descripción que hace Claire Sterling (1994) del importante cambio
ocurrido en los noventa en favor de un consorcio global conformado
por los principales sindicatos criminales del mundo, que han unido
fuerzas para formar una “pax mafiosa”, Louise Shelley (1995, p. 467)
sostiene que la hegemonía del crimen organizado global de ningún
modo se ha consolidado, y es disputada constantemente por rivales
que buscan hacerse del control. Si bien participan en una feroz com-
petencia recíproca, los grupos criminales organizados, al igual que los
negocios legítimos, cooperan mediante la formación de alianzas es-
tratégicas o la subcontratación, pero sólo cuando hacerlo les resulta
ventajoso.
Este debate entre criminalistas respecto de la colusión frente a la
competencia tiene por objeto subrayar que el avance hacia la apertura
de mercados, la liberalización comercial, la eliminación de regulacio-
nes y la privatización de empresas otrora públicas han ofrecido a los
grupos criminales oportunidades sin precedentes. Ahora hay más
espacios para actividades ilegales como las que implican capital e
instrumentos financieros; los estados responden utilizando nuevas
tecnologías de cómputo para incrementar la vigilancia y provocan
tanto las contraactividades de los libertarios civiles como de los gru-
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 279
pos criminales organizados. De este modo, la nueva permeabilidad
brinda las condiciones para la globalización de la delincuencia orga-
nizada. Así como el neoliberalismo implica fusiones entre grandes
consorcios, así surgen alianzas transfronterizas entre las bandas del
crimen organizado. Su cooperación es muy evidente en la división
global del trabajo y el poder: los rusos se especializan en fiascos em-
presariales y fraudes; las tríadas chinas, en la falsificación de tarjetas
de crédito y el tráfico de personas; los colombianos, en narcóticos y
lavado de dinero; los nigerianos, en el fraude con tarjetas bancarias
y de crédito (Lupsha, 1996, p. 28). Los cárteles colombianos colabo-
ran con los grupos del crimen organizado rusos en la apertura de
mercados para la heroína y la cocaína en Europa oriental: los colom-
bianos suministran el producto y los rusos lo distribuyen. Pero la
colusión llega aún más lejos: los grupos rusos en Nueva Jersey inclu-
so pagan cuotas a la Cosa Nostra por su permiso para hacer negocios
ilegales con el impuesto sobre combustible en su territorio (Burke y
Cilluffo, 1997).
También son evidentes otras formas de hipercompetencia. Por
ejemplo, para reducir gastos generales, los snakeheads (o “polleros”)
tratan de maximizar sus dividendos al utilizar buques de carga en mal
estado y someter al hacinamiento y la suciedad a los pasajeros, que
pagan cada uno entre 15 000 y 35 000 dólares por un viaje de China
a Estados Unidos. Si se desea competir más eficazmente es necesario
buscar opciones estratégicas. Una de éstas es buscar lugares y asen-
tarse donde haya más oportunidades para la delincuencia. Al igual
que otras organizaciones transnacionales, los grupos delictivos toman
decisiones respecto de su ubicación a partir de una serie de conside-
raciones como, por ejemplo, la permisividad legislativa. Con frecuen-
cia, las condiciones más propicias se encuentran en las regiones vul-
nerables del mundo en vías de desarrollo. De ahí la relación entre
criminalidad y marginación.
Los países exportadores de delincuencia –como Rusia, China y
México– barren parte de su población marginada. Además, los esta-
dos que adoptan políticas neoliberales orillan a su población margi-
nada aún más hacia la economía subterránea. Por lo tanto, lo que
asegura más atención de la recibida hasta ahora es la criminalización
del estado.
280 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

LA CRIMINALIZACIÓN Y EL SURGIMIENTO DEL ESTADO


COMO CORTESANA

En un sentido weberiano, el estado suele entenderse como el ejerci-


cio de un monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza. A partir de esta
idea, los pluralistas han considerado al estado como un árbitro, un
juez de campo neutral de los diferentes intereses en la sociedad. En
esta tradición, los pluralistas se remiten a El Federalista, cuyos autores
–John Jay, Alexander Hamilton y James Madison– formularon la idea
de que la función del estado es equilibrar y frenar las pasiones de sus
ciudadanos. Más recientemente, toda una gama de científicos políti-
cos desde David Easton (1965) construyeron un concepto de estado
basado en la idea de que su principal función es la distribución de
valores. El papel del ámbito público como distribuidor de valores
materiales es un tema explorado por los científicos sociales tanto
convencionales como críticos.
Si bien el comentario anterior sobre una literatura compleja es sólo
un punto de referencia conceptual, no es necesario analizar más de
lleno las sutilezas de las teorías sobre el estado para demostrar que la
globalización del crimen organizado debilita los cimientos mismos del
gobierno y limita su capacidad. Por un lado, los elementos crimina-
les no buscan apropiarse del estado; obviamente, no son movimien-
tos revolucionarios que quieran tomar los aparatos estatales. Por el
otro, los grupos criminales transnacionales y subnacionales impugnan
la lógica del estado, particularmente en términos de su control legí-
timo de la violencia y la preservación de la justicia. Estos grupos son
clave para el problema recurrente de lo que Joel Migdal (1988, p. 22)
denomina preservación del “control social estatal: la subordinación
de las propias tendencias de conducta social del pueblo o de la con-
ducta buscada por otras organizaciones sociales en favor de la conduc-
ta prescrita por las reglas del estado”. Sin duda, los grupos delictivos
son organizaciones sociales alternativas que, en cierto sentido, desa-
fían el poder y la facultad del estado para imponer sus normas codi-
ficadas a manera de leyes. Estos grupos constituyen un segundo sis-
tema al ofrecer comercio y banca en los mercados negros y grises que
operan fuera del marco regulatorio del estado; al comprar, vender y
distribuir mercancía controlada o prohibida, como la droga; al pro-
porcionar una manera rápida y generalmente discreta de solucionar
disputas y cobrar deudas sin recurrir a los tribunales; al crear y man-
tener cárteles cuando las leyes del estado los prohíben, y al propor-
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 281
cionar seguridad a los negocios y protegerlos de los competidores, del
estado y de los delincuentes rivales (Gambetta, 1994).
Además de concentrar poder sin responsabilidades gracias a la
globalización económica, los grupos del crimen organizado explotan
el sistema global de comercio armamentista y le invierten grandes can-
tidades de dinero. Cada vez es más común que los insurgentes en dis-
tintas regiones acudan a los grupos del crimen organizado para obte-
ner armamento, y sus fuerzas armadas ahora se mezclan con serbios,
croatas y otros mercenarios desmovilizados en su país, quienes buscan
nuevas oportunidades de empleo. En un lance imprevisto, estados
parasitarios como Zaire durante el gobierno de Mobutu (y hoy en día
la República Democrática de Congo, gobernada por Kabila y asolada
por las fuerzas rebeldes), al igual que sus opositores, han recurrido a
antiguos oficiales de policía y a un próspero negocio de mercenarios
con sus propias organizaciones corporativas, redes de reclutamiento
y publicaciones periódicas. (Entre las compañías que venden armas y
otros tipos de asistencia militar están Sandline International en el Reino
Unido; Military Professional Resources Inc. de Alexandria, Virginia; y
Executive Outcomes of South Africa, que tenía 2 000 soldados dispo-
nibles por contrato y su propia flota de aviones hasta que el gobierno
no segregacionista aprobó leyes antimercenarias en 1998.) Al contra-
tar a estas personas para recibir protección, algunos estados están pri-
vatizando parte de la procuración y la defensa. Aunque los ex policías
y los mercenarios en sí tal vez no sean criminales, su participación en
los conflictos regionales acentúa la tendencia a que las relaciones cada
vez más estrechas entre el crimen organizado y el estado causen más
violencia sancionada por éste.
Muchas guerras y conflictos enmascaran el crimen organizado
transnacional. Aunque los medios en gran medida han descrito con
parcialidad el conflicto en Somalia como una guerra entre clanes que
causó la caída del estado, no cabe duda de que el tráfico de khat (ho-
jas de un arbusto, que producen un efecto narcótico al masticarse)
influye en la competencia mortal por los recursos en este país asola-
do por la pobreza. De igual modo, en Líbano, Sri Lanka, Paquistán
y otros lugares, gran parte de la lucha ostensiblemente causada por
diferencias religiosas y lealtades étnicas también se relaciona con el
narcotráfico, fuente de elevados ingresos. Dicho de otro modo, la vio-
lencia y la anarquía urbana en estos países suelen involucrar el tráfi-
co organizado de armas y drogas, así como las divisiones religiosas y
étnicas (Lupsha, 1996, pp. 27-28).
282 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

Debido a la carga que le significan los arreos de la fuerza, el esta-


do, que conserva su poder, pero con limitaciones, ha perdido autono-
mía y es menos capaz de controlar sus fronteras. El estado no sólo es
poroso en cuanto al flujo de conocimiento e información, sino a la
afluencia cada vez mayor de elementos criminales transnacionales.
Ante tales flujos transfronterizos, la noción tradicional de jurisdicción
basada en la territorialidad es puesta en tela de juicio. Nuevas moda-
lidades de criminalidad violan el principio de soberanía, pieza cen-
tral del sistema interestatal westfaliano.
La relación entre la reestructuración del estado y el desarrollo es
evidente: para combatir el crimen, el estado debe desviar fondos que
había destinado al desarrollo. El crecimiento económico puede resul-
tar afectado debido a que los grupos transnacionales del crimen or-
ganizado transfieren el ingreso proveniente de inversiones de calidad
a otras más riesgosas. La evasión fiscal inherente a las actividades
delictivas, como el lavado de dinero, se traducen en menos entradas
para el presupuesto de desarrollo. Asimismo, existe una clara relación
entre un estado débil, el desarrollo y la democratización. Los grupos
transnacionales del crimen organizado suelen corromper a las auto-
ridades estatales, quienes desvían fondos de las arcas públicas y soca-
van las instituciones democráticas. Esta infiltración en las oficinas
estatales limita la capacidad de los estados para combatir el crimen
dentro de sus fronteras, con lo cual se mina la legitimidad de las ini-
ciativas democráticas. (Y si la corrupción no surte efecto, otras op-
ciones son la intimidación y el asesinato de los periodistas, quienes
informan de las violaciones a los derechos humanos, y de los funcio-
narios, como los jueces, por ejemplo, cuyos cargos permanecen sin
ocuparse en algunos países asolados por la delincuencia.) Una pre-
sión adicional para los países en vías de desarrollo que se enfrentan
al repunte del crimen organizado transnacional es la “descertifi-
cación”: la determinación por parte de Estados Unidos de que un país
fuente (es decir, un exportador de criminalidad) no está cumpliendo
con las normas estadunidenses de cooperación para acabar con las
actividades delictivas de narcotráfico y lavado de dinero principal-
mente. Así, Washington ha cancelado la ayuda a países como Myan-
mar y Nigeria hasta que adopten políticas más estrictas para comba-
tir la delincuencia.
Las circunstancias varían, y el contexto es importante para com-
prender estas dinámicas. Un caso revelador que ha captado la aten-
ción pública en todo el mundo es el crimen y la violencia sin prece-
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 283
dentes en Sudáfrica desde 1990. Este incremento se relaciona estre-
chamente con el fin de las añejas estructuras autoritarias del estado
–pilares del apartheid– y la búsqueda de formas de gobierno más de-
mocráticas que las remplacen. Contra este trasfondo de desintegra-
ción social (una característica crónica de la fase contemporánea de la
globalización), urbanización acelerada, grave escasez de vivienda, una
tasa de desempleo calculada en 40% de la población económicamente
activa y un sistema de seguridad social ínfimo (Nedcor, 1996), desta-
ca la preocupación cada vez mayor por una cultura del crimen
desenraizada de las estructuras de la sociedad y resistente a todo in-
tento por erradicarla. Como parte de las campañas contra el apartheid,
se creó una cultura de la violencia para incapacitar a las estructuras
estatales. Sin embargo, hoy es la cultura paralela a todo lo ancho del
subcontinente y su flujo desenfrenado de mercancía ilícita –incluido
el gran suministro de armas baratas proveniente de los soldados
desmovilizados en Mozambique después de la guerra civil–, así como
el movimiento de delincuentes a través de la frontera, lo que ha ele-
vado el reto tanto para Sudáfrica, estado encabezado por el CNA y
considerado ahora democrático, como para los regímenes aledaños.
Frente a tales presiones, todos los estados son reclutados como
socios tácitos en las relaciones de mercado, aunque de distinto modo,
debido a que su ubicación dentro de la división global del trabajo y
el poder es diferente. Hoy en día, a pesar de los programas para pre-
venir la delincuencia, el papel de cortesana que desempeña el esta-
do es una tendencia globalizante in crescendo. Algunos cortesanos tra-
tan de ascender en la división global del trabajo y el poder dejando
su posición subalterna para alcanzar una que sea dominante. En la
reestructuración, el estado promueve directamente el espíritu empre-
sarial, deja las funciones clave en manos de los tecnócratas, desregula
a niveles micro, pero no macro, privatiza las actividades de diversas
dependencias y adopta mecanismos legalistas para definir las relacio-
nes entre los participantes del mercado (Howell, 1993, p. 181). Al
intentar que la economía nacional alcance un mayor grado de com-
petitividad, el cortesano reduce el gasto en el sector social. A pesar de
las protestas políticas, desvincula la reforma económica de la políti-
ca social. Y en este vacío es donde anida el crimen organizado global.
Debido a la reducción de las barreras para los flujos económicos
transfronterizos y a los problemas internos de anarquía, muchos esta-
dos en calidad de cortesanía se convierten en refugio seguro para el
crimen organizado global. En la cambiante división global del trabajo
284 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

y el poder, algunos evolucionan y se convierten en estados exportadores


de delincuencia. Su comercio de drogas y otras mercancías de contra-
bando hace frente a los intereses de seguridad de los estados exporta-
dores de procuración de justicia.
Esta situación moldea la política exterior para ofrecer entrena-
miento, apoyo financiero y asistencia técnica a las dependencias de
procuración de justicia en los estados exportadores de delincuencia.
Sin embargo, esta cuestión genera conflictos dentro de los estados
exportadores de procuración. Los multilateralistas subrayan la nece-
sidad de sumar recursos dentro de organizaciones como la UE y la
OCDE. Otras coaliciones políticas hacen hincapié en que los subpro-
ductos delictivos de la globalización ponen en riesgo la seguridad
nacional. De allí que Ross Perot relacionara el TLCAN con el auge en
los envíos de heroína desde México hacia Estados Unidos, y que la
derecha francesa, particularmente el partido Frente Nacional, de
Jean-Marie Le Pen, se opusiera a los acuerdos Schengen de la UE, que
permiten el libre movimiento de ciudadanos de los estados miembro
gracias a las inspecciones aduaneras menos rigurosas y a las fronte-
ras nacionales desvalorizadas. Por supuesto, estos distintos criterios
para detener la delincuencia podrían combinarse; sin embargo, la
segunda corriente es expresión fundamental de una resistencia a las
tendencias globalizantes basada en la seguridad nacional.
El estado resistente elude las principales características del papel de
cortesana, pero no rechaza el mercado. Es claro que sólo unos cuan-
tos estados son tan recalcitrantes como para resistir porfiadamente la
tendencia de la globalización y mantener el curso de los programas
estatales para intentar abordar internamente y de raíz el problema del
crimen mediante políticas sociales. Pero incluso los actuales estados
discrepantes –como Francia, país con una economía muy reglamen-
tada, un gran sector estatal y un énfasis en la identidad cultural dis-
tintiva– son en cierto grado cortesanos de las fuerzas de mercado
globales. Los cortesanos renuentes se enfrentan a impugnaciones en
el frente interno y desde el exterior.
Sólo los estados más poderosos están en posición de intentar
manipular el proceso de la globalización, como lo hizo Estados Uni-
dos al fraguar el TLCAN, a pesar de las objeciones de múltiples elemen-
tos de la sociedad civil, tales como sindicatos, ecologistas y defenso-
res de los derechos humanos. Pero incluso entonces, el estado era, y
es, menos autónomo debido a la criminalización y a la reestructura-
ción por parte de políticos que, a la usanza de la ideología neoliberal,
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 285
tratan de reducir sus alcances. A pesar de que se ha intentado racio-
nalizar ideológicamente la necesidad de un gobierno más pequeño,
la criminalización del estado está relacionada con la corrupción de la
sociedad civil de varias maneras.

LA CORRUPCIÓN DE LA SOCIEDAD CIVIL

Se ha hecho mucho con respecto a la corrupción de los funcionarios


públicos, pero se ha prestado poca atención a la corrupción de la
propia sociedad civil.3 Muchos teóricos de la sociedad civil, desde los
filósofos de la Ilustración europea hasta sus divulgadores actuales, han
planteado una esfera de actividad donde las personas de distinta clase
–la burguesía para unos, el proletariado para otros– podrían unirse
para buscar fines privados o voluntarios ajenos al estado. Sin embar-
go, aunque la sociedad civil en principio funge como fuerza compen-
sadora del poder, lo cierto es que la idea misma de una sociedad ci-
vil está corrompiéndose, desvinculada como está de las teorías que la
originaron. Hoy en día, las fundaciones privadas, los estados y los
organismos multilaterales (entidades interestatales) tratan de fomen-
tar la sociedad civil, de apropiarse no sólo del concepto, sino también
de las actividades reales yuxtapuestas con el ámbito público.
Si bien teóricamente las instituciones independientes dentro de la
sociedad civil ayudan a vigilar al estado y a moldear las políticas pú-
blicas, suelen convertirse en fuentes de corrupción relacionadas
simbióticamente con el estado, tanto en el ámbito nacional como en
el global. En el mejor de los casos, la sociedad civil global es una
fuerza normativa incipiente, aunque importante, para el orden
mundial futuro (Cox, 1996b, p. 14). De ser así, los nuevos movimien-
tos sociales (ecologistas, defensores de los derechos humanos y fe-
ministas) son aseveraciones locales y transnacionales del control
popular, que constituyen una reacción polanyiana a los aspectos
negativos de la globalización y, por ende, una fuente de contraglo-
balización. Sin embargo, el lado oscuro de la globalización implica
la corrupción transfronteriza relacionada con los delitos organizados,
como el tráfico de drogas, prostitutas y niños. Estos dos vectores apa-

3
Estamos en deuda con Serif Mardin por sugerir la idea de “corrupción de la
sociedad civil”.
286 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

rentemente diferentes –la sociedad civil global embriónica y las fuer-


zas transnacionales que la corrompen–, no están del todo reñidos
entre sí. Ambos motivan la reconstitución del estado.
En plena globalización, la reestructuración del estado y la recom-
posición de la sociedad civil son procesos concomitantes. Al interac-
tuar dialécticamente, un estado que desempeña su papel de cortesa-
no invita al crimen organizado global. Cuanto más incapacitado se
encuentra el estado, más susceptible es a la delincuencia global. Los
grupos transnacionales del crimen organizado menoscaban la socie-
dad civil. Ante el derrumbe del sistema inmunitario de los estados, la
resistencia contra el virus de la corrupción que infecta la sociedad civil
se ha debilitado; cabalmente, es contagioso. No se trata sólo de que
las presiones sobre el sistema interestatal permiten que la delincuen-
cia global prospere, también el desprecio por la ley cataliza las acti-
tudes y las actividades; violar una ley hace más fácil violar otras.
África meridional es un ejemplo gráfico de la transformación del
estado y de los conflictos en marcha dentro de la sociedad civil. Más
que un ejemplo, podría resultar ser un presagio global. Desde el as-
censo al poder del gobierno de Unidad Nacional electo en 1994 en
Sudáfrica, la policía no ha podido detener a los narcotraficantes.
Debido a la frustración causada por el pandillerismo, la falta de re-
cursos contra la violación de mujeres y niños, y las amenazas a mez-
quitas y negocios musulmanes, en 1996 un grupo de vigilantes cono-
cidos como el Pueblo contra el Gangsterismo y las Drogas (PAGAD)
realizó visitas nocturnas a supuestos narcotraficantes y atacó sus ca-
sas. El PAGAD disparó y prendió fuego a Rashaad Staggie, un promi-
nente lord de las drogas, causándole la muerte en Cape Flats, cerca
de Ciudad del Cabo. Acusado por el PAGAD de ser incapaz de detener
el gangsterismo, el ministro de justicia Dullah Omar abandonó su
hogar en Cape Flats. En un giro irónico, las bandas se manifestaron
públicamente para demandar sus derechos humanos e insistieron en
que habían votado por el Congreso Nacional Africano, de Mandela
y que tenían derecho a protección de la policía. Así, dejaron súbita-
mente de lado sus añejas enemistades intramuros.
Este suceso ha tenido amplias repercusiones, debido a que el PA-
GAD no es simplemente un fenómeno local, sino una alternativa a
estructuras formales tales como los foros de vigilancia comunitaria y
los vigías vecinales. Los medios de comunicación sudafricanos in-
formaron que el PAGAD tiene células en Durban y otras ciudades, y que
ha recibido entrenamiento de elementos islámicos extranjeros que su-
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 287
puestamente forman parte de una tendencia global hacia la militancia
y el extremismo. Si bien es difícil evaluar tales declaraciones, resulta
evidente que, arraigado en la religión, la raza, la etnicidad y la pobre-
za, el PAGAD, predominantemente musulmán, y los narcotraficantes
son elementos armados de la sociedad civil que se encuentran atra-
pados en un conflicto violento y que se enfrentan a un estado incapaz
proporcionar la seguridad más elemental a sus ciudadanos. En estas
situaciones, los grupos raciales y étnicos marginados forjan mecanis-
mos de autodefensa adaptados a su propio entorno político.
En Sudáfrica y en otros países, la seguridad está privatizándose
cada vez más, ya sea mediante empresas particulares para los ricos que
pueden costearlas o mediante grupos informales de combate a la
delincuencia. Los grupos de seguridad privados –a veces constituidos
también por delincuentes– se están convirtiendo en una próspera
industria que cumple el papel abandonado por los funcionarios
corruptos que no protegen a los ciudadanos. Cada vez es más común
que los beneficiarios vivan en condiciones que requieren de milicias
públicas y privadas para preservar sus medios de acumulación y su
vida (cercados dentro de enclaves a manera de comunidades amura-
lladas, desenraizados de su entorno). Sin embargo, en las zonas po-
bres, la justicia de los vigilantes está a la orden del día. Es claro que
el estado no monopoliza la violencia legítima ni de otro tipo. Por otra
parte, debido a que los guiones han cambiado, el bandido ya no es el
opositor romántico del poder estatal hegemónico y de la imagen clá-
sica de la autoridad legítima. En un mundo globalizante, la facultad
del estado como cortesana para controlar su ambiente social y natu-
ral disminuye enormemente, y se pone en tela de juicio su legitimi-
dad, sobre todo cuando está implicado en prácticas corruptas y
delictivas sistemáticas. Por lo tanto, en Sudáfrica se impugna cada vez
más la capacidad y legitimidad de las instituciones –entre otras, una
fuerza policiaca entrenada para reprimir las iniciativas de base popu-
lar–, a pesar del aura que rodea al estado no segregacionista. En el
fondo, ha surgido una forma de autoprotección (muy diferente de la
que Polanyi tenía en mente) mediante vigilantes en reacción al crimen
organizado transnacional.
Este fenómeno refleja el proceso dialéctico de desdiferenciación, en
el cual los papeles e instituciones característicos que definían al estado
segregacionista (como la policía y las bandas en los municipios trans-
formados en guetos) han perdido sus rasgos distintivos debido a la
caída del régimen minoritario (en cuanto al concepto de “desdife-
288 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

renciación”, véanse Crook, Pakulski y Waters, 1992, p. 229). Sin la


jerarquía estructural del apartheid y su panoplia de leyes, se bajan las
antiguas barreras, en cierta medida aumenta al acceso a múltiples
funciones, o se redefinen algunos papeles, todo lo cual perturba los
patrones históricos de la economía, el gobierno y la sociedad en
Sudáfrica. El resultado, conforme a nuestro esbozo de la tendencia
global, es que en la Sudáfrica no segregacionista las bandas brindan
seguridad y la policía participa en la delincuencia.
Otra respuesta de la sociedad ha sido amenazar con paralizar el
sector empresarial hasta que el estado no tome las medidas necesa-
rias para detener a los grupos criminales globalizantes. En Mozam-
bique, la asociación que representaba al sector empresarial indicó en
1996 que se pondrían en huelga por la falta de medidas eficaces para
detener la violencia (“Mozambique: Businesses Threaten Strike over
Failure to Curb Crime”, 1996). A nivel transnacional, otra cuestión
muy preocupante en África meridional es el señalamiento de que
funcionarios corruptos de aduanas e inmigración han ayudado a ban-
das locales a ampliar sus canales para traficar a través de las fronte-
ras con el fin de que los grupos islámicos con entrenamiento militar
puedan apuntalar a las organizaciones criminales (“South Africa:
‘Showdown’ Looming between Cape Vigilantes, Drug Dealers”, 1996).
En estos contextos, y en ausencia de un régimen de migración regio-
nal o subregional viable, el sentimiento antiinmigrante va en aumen-
to. Al igual que sus homólogos en Occidente, los inmigrantes son
víctimas de ataques y estereotipos: que le quitan su empleo a los ciu-
dadanos, deprimen los salarios, consumen recursos públicos, propa-
gan el sida y trafican armas y drogas. Los inmigrantes cada vez se
encuentran más marginados debido al temor.
Aunque uno podría titubear al sacar conclusiones a partir del caso
específico de África meridional, su situación sí muestra la diversidad
dinámica dentro de la sociedad civil, algunos impedimentos para su
desarrollo y una nota aleccionadora ante cualquier tendencia a dotarla
de romanticismo. El peligro es que la descomposición de la sociedad
civil proporciona a los demagogos una oportunidad para reunir a las
masas descontentas, incluido un gran segmento de la población que
no participa en la sociedad civil. En este punto se vislumbra una se-
ñal de peligro para la libertad, una gran preocupación registrada por
Polanyi, quien escribió su obra maestra a partir de las anotaciones
catedráticas que elaboró en las universidades de Oxford y Londres a
finales de los años treinta y principios de los cuarenta, cuando las
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 289
grandes potencias se encontraban enfrascadas en conflictos violentos.
Actualmente, parece haber indicios de potencialidad. Con base en
una larga historia de resistencia, la gente común está empezando a
corregir los daños, a organizarse para hacerlo y a gestar ideas nuevas
que combatan adecuadamente las barreras en el camino. Una fuerza
motivadora es la búsqueda de civilidad y dignidad cultural. Por un
lado, no se ha malinterpretado el fracaso de la política, particularmen-
te a nivel estatal, dada su asociación con los grupos transnacionales
del crimen organizado y su papel de cortesano con las fuerzas de la
globalización económica. Por el otro, sería un grave error anular o
subestimar las respuestas incipientes desde arriba, abajo y los lados,
todas ellas esencialmente de tipo político, a los procesos de implan-
tación del mercado, que están transformando a todas y cada una de
las sociedades.
Una vez que hemos ahondado en las reacciones de la sociedad civil
a la criminalización, es importante señalar que, desde la perspectiva
de los negocios, la confianza disminuye debido a que los alcances del
fraude y la malversación reducen la eficiencia. El miedo a la extorsión
impide la inversión. De este modo, la criminalización tiene un efec-
to corrosivo en la democracia, pero también refrena la apertura de los
mercados. Los efectos distributivos de la delincuencia consisten en el
desvío de gran parte del ingreso a los pequeños ahorradores y a los
marginados, agravando la pérdida de confianza. No es de sorprender
que el capital presione al estado para que detenga el crimen organi-
zado transnacional; sin embargo, como ya se señaló, el estado se en-
cuentra invadido por los elementos criminales y, además, las leyes
contra la delincuencia socavan los esfuerzos por liberalizar los mer-
cados.

REPERCUSIONES

Nuestro análisis del crimen organizado global muestra la necesidad


de promover las categorías polanyianas: mercado y no mercado; pri-
mera y segunda fases del doble movimiento; enraizado y desenrai-
zado; etc. Estas polaridades tienen paralelos en modos de investiga-
ción más convencionales –oferta y demanda–, a partir de los cuales
también hemos llegado a conclusiones. El problema es que los con-
ceptos son demasiado binarios. Es claro que la dinámica de la globali-
290 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

zación y del crimen organizado transnacional muestra formas concre-


tas de fusión y penetración que no se reflejan del todo en dichos
dualismos. El crimen organizado transnacional encapsula tanto la
globalización como la contraglobalización.
Desde una perspectiva teórica, no hay ningún motivo por el cual
las interacciones deban ser dobles en vez de múltiples. Empíricamen-
te, el crimen organizado global proporciona un intervalo de tiempo
y espacio para los fenómenos globalizantes multidimensionales. Los
empujes globalizantes no provienen ni “de arriba” ni de abajo; abar-
can ambas direcciones, casi siempre de manera desproporcionada, o
también pueden representar movimientos laterales entre dos grandes
opciones. Si bien distinguir la dicotomía resulta útil como mecanis-
mo heurístico, en realidad hay varios proyectos de globalización, in-
cluidos los elementos criminales de arriba abajo y de abajo arriba en
combinaciones diversas. Asimismo, el análisis que hicimos de los gru-
pos criminales transnacionales indica que el concepto fundamental
de reenraizamiento acuñado por Polanyi sugiere someter las estruc-
turas globalizantes liberadas al control social, pero esta sugerencia
debe tomarse con reservas. Como ya se argumentó, el estado actual-
mente está perdiendo el monopolio sobre el ejercicio de la coerción
legítima que antes se encontraba bajo su tutela. Asimismo, dada la
nueva conjunción de una desregulación que elimina fronteras estata-
les y los notables avances tecnológicos que estimulan los flujos
transnacionales, es evidente que las fuerzas de mercado rinden cada
vez menos cuentas políticamente. Esto lleva a un primer plano la
cuestión del gobierno democrático global y acentúa la importante
función que pudiera desempeñar la sociedad civil como punto de
presión para una mayor rendición de cuentas. Sin embargo, un gran
segmento de la sociedad civil no es democrático sino, en algunos ca-
sos, abiertamente represivo. En este caso, el reenraizamiento del
mercado en una estructura social explotadora en ausencia de otras
condiciones no sería suficiente para garantizar una globalización
democrática. Por lo tanto, una pregunta clave de las investigaciones
sería: ¿qué tipo de reenraizamiento y en qué condiciones? La respues-
ta depende en parte de determinar el grado apropiado de organiza-
ción o reorganización de la vida humana.
El principal punto en la agenda para estudiar la globalización es
superar las categorías existentes. Esta meta difícil de alcanzar reque-
riría de distintos géneros de investigación y de indagaciones más
profundas. Como se demostró aquí, un principio modesto sería pa-
EL CRIMEN ORGANIZADO GLOBAL 291
sar de las interacciones sencillas de tipo dual a las triples: la globaliza-
ción del crimen organizado, la preponderancia del papel de cortesano
del estado y la corrupción de la sociedad civil. Esta serie tripartita
podría ser entonces remplazada por formas de análisis más comple-
jas y matizadas que mostraran limitaciones y posibilidades. Sin em-
bargo, es en las limitaciones estructurales donde se conciben las po-
sibilidades de una intervención política. Calculemos ahora el impacto
global de tales intervenciones mediante el análisis del equilibrio ge-
neral entre los elementos y los descontentos de la globalización.
12. CONCLUSIÓN: ELEMENTOS Y DESCONTENTOS

Al parecer, los patrocinadores de la globalización buscan crear un


mercado global en el cual los pueblos del mundo se relacionen cada
vez más sólo como individuos. En este proceso, se está socavando y
subordinando la sociedad al mercado. Margaret Thatcher hizo una
declaración franca en este sentido: “No existe tal cosa como una so-
ciedad, sólo hombres y mujeres individuales y su familia.” Desde esta
perspectiva, la globalización es un intento por lograr la utopía de li-
berar al mercado del control social y político. Y es una utopía en el
sentido de que esta condición nunca ha existido.
Además de la utopía de un libre mercado compuesto de partici-
pantes ahistóricos individuales, está también, como señaló Polanyi en
una frase memorable, que “el liberalismo fue planeado; la planeación,
no” (Polanyi, 1957, p. 141). Un siglo antes, la acción concertada de
un estado liberal en Gran Bretaña originó una economía supuesta-
mente autónoma, pero la presión que se inició a partir de 1860 para
que se aprobaran leyes en contra del liberalismo se dio espontánea-
mente y aumentó poco a poco. A pesar de diversas promulgaciones
de este tipo, la apertura del llamado libre mercado fomentó un “te-
rremoto económico” que causó estragos sociales en medio de una
aparente mejoría económica. Sin embargo, las consecuencias de la
economía liberal fueron “sobre todo un fenómeno cultural, no uno
económico”. Aunque el proceso económico puede ser un vehículo de
destrucción, no es el verdadero motor de la degradación. Más bien,
el contacto cultural entre sociedades en distintas regiones “puede
tener un efecto devastador en la parte más débil” y causar la desin-
tegración cultural y un “daño letal a las instituciones que […] perso-
nifican la existencia social” (Polanyi, 1957, p. 157). La disputa por la
alteración cultural caracterizada por sucesos simbólicos –por ejemplo,
resistencia a la pérdida de los terrenos ancestrales–, ya comentada en
capítulos anteriores de este libro parece encajar en este patrón y apun-
tar hacia la lógica de volver a analizar la utilidad de un marco polan-
yiano para entender los procesos globalizantes contemporáneos.

[292]
CONCLUSIÓN: ELEMENTOS Y DESCONTENTOS 293
LOS ELEMENTOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Polanyi y el paradigma del mercado

La perspectiva polanyiana no sólo proporcionó un punto de partida,


sino también un patrón para analizar los elementos de la globali-
zación: una serie de cambios sistémicos que generan descontento,
algo más que un malestar, y que pudieran causar una resistencia ac-
tiva a esos procesos interactivos. Un tema recurrente en este libro es
que la investigación de la globalización puede avanzar si se hace uso
crítico del método histórico de Polanyi y su concepto de doble movi-
miento: la expansión del mercado y un retroceso en forma de grupos
que buscan autoprotegerse de sus drásticos efectos. Asimismo, he tra-
tado de retomar las ideas de Polanyi sobre el género y el ambiente, y
utilizarlas como trampolín para llegar a nuevos terrenos donde él no
se aventuró (por ejemplo, el crimen organizado global). Y al hacer-
lo, también he identificado los límites de su enfoque.
Si estoy en lo correcto al subrayar que la globalización es un fenó-
meno causado –y no determinado– por el mercado, entonces resulta
provechoso iniciar con el análisis generativo de Polanyi sobre cómo
el paso del precapitalismo al capitalismo implica la diseminación de
los mercados como dinámica subyacente de la configuración del or-
den moderno. Polanyi vio que dicha transición va del control social
sobre el mercado a una remoción de las actividades del mercado. El
mercado obtuvo autonomía, con la subsecuente subordinación de la
sociedad a las fuerzas de mercado. Polanyi mostró así el camino por
venir al indicar también la aparición de un contramovimiento protec-
cionista.
Al poner en tela de juicio el concepto de un mercado autónomo –
que, como ya se subrayó, era un mito debido a que desde sus inicios
estuvo acompañado de la intervención estatal–, Polanyi deja en cla-
ro que el mercado internacional no se encontraba regulado por una
autoridad política amplia. En caso contrario, el mercado internacio-
nal no habría podido aprovechar la legitimidad del mercado interno
en el ámbito político y estaría lleno de tensión. Dados los factores
globalizantes actuales, es importante tener en mente la naturaleza
discontinua del desarrollo del mercado. Tanto el crecimiento como la
integración de los mercados son procesos irregulares. Después de
todo, el mercado es una institución social que se conforma de
interacciones entre compradores y vendedores, y que implica jerar-
294 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

quías de distintos tipos. Es importante desmaterializar el mercado y


poner al descubierto las relaciones de poder tras esta abstracción. Para
que las fuerzas de mercado sean elemento integral de una economía
moderna, debe haber una sociedad moderna y, por ende, una políti-
ca moderna.
La política de Polanyi se centró en su crítica del liberalismo eco-
nómico –una explicación sobre la creación de la distopia de la socie-
dad de mercado– y en la necesidad de reenraizar las fuerzas de mer-
cado en la sociedad. Sin embargo, es necesario explicar el significado
y las estrategias del reenraizamiento. La atención necesariamente se
dirige a la sociedad civil, que promete ser fuente de democratización,
punto de presión sobre el estado y semillero de nuevas ideas. No
obstante, en distinto grado, dependiendo de la región y el país, estas
funciones son más bien un potencial y no una realidad. Una sociedad
civil puede incluir fuerzas en favor de la democracia, asociaciones de
mujeres y jóvenes, defensores de los derechos humanos y ecologistas,
pero también nacionalistas religiosos, milicias derechistas y neofas-
cistas. Además, una sociedad civil puede ser fuente del patriarcado y
de otras formas de desigualdad. Otro motivo para no rodear de gla-
mour el nacimiento de los movimientos sociales es el problema de la
rendición de cuentas: ¿ante quién son responsables, a quién represen-
tan, y quiénes son sus líderes? Si bien la sociedad civil es defensiva y
fragmentada en algunas partes del mundo, en otras tal vez ni siquie-
ra existe –¿acaso Singapur y Vietnam realmente tienen una sociedad
civil?–, o quizás representa un concepto occidental que ha viajado a
otras regiones cuya historia y estructura sociocultural son muy dife-
rentes. El concepto de sociedad civil, patrocinado por los intereses
poderosos como una forma de cooptación, puede promoverse como
un aspecto de la ideología neoliberal que limita al estado. De hecho,
la corrupción de la sociedad civil lo impregna todo, como ya vimos
al analizar la globalización del crimen organizado. No obstante, de la
sociedad civil también surgen fuerzas compensatorias. Para entender
esta dinámica, es necesario ir más allá de las ideas de Polanyi y cons-
truir una noción de acción política en el contexto de la globalización
(Bernard, 1997, pp. 80-82).
Al explorar la política de la globalización, es importante identifi-
car y luego escuchar –pero sin darles un carácter romántico– las vo-
ces de los agentes de transformación. Al hacerlo, es posible descubrir
más de un doble movimiento. En teoría, no hay ningún motivo por
el que una “gran transformación” sea impulsada sólo por dos fases:
CONCLUSIÓN: ELEMENTOS Y DESCONTENTOS 295
fuerza y contrafuerza. Pudiera proponerse una serie de dobles movi-
mientos o un triple movimiento. En la tercera fase, el estado es un
agente que responde en parte a nivel regional a los procesos globali-
zantes: los flujos transnacionales de capital y la escalada y el empuje
de los movimientos populares. Estos grupos son indudablemente
versátiles al enfrentarse a la integración de las fuerzas de mercado.
Están emergiendo múltiples fases que no se encuentran limitadas al
empuje y contraempuje, sino que son una sinergia continua que se-
ñala la transformación histórica conocida como globalización.

El síndrome de la globalización

En este libro he tratado de desarrollar cuatro argumentos medulares


que retomaré brevemente a continuación. Primeramente, el punto de
partida fue que detrás de la jerarquía de riqueza y poder, la fuerza
dominante de globalización se vive como una transformación histó-
rica de la vida y de los estilos de vida de una colectividad, como una
reducción del control político y como una devaluación de sus logros
culturales y de la percepción que tiene de sí misma. En este sentido,
la globalización no es un solo fenómeno sino un síndrome de procesos y
actividades. Contrariamente a los observadores que afirman que la
globalización es una ficción, aquí se ha expresado la opinión de que
el alcance y la naturaleza de los cambios involucrados son sistémicos;
no se dan al azar ni por partes, sino que se encuentran interconec-
tados. Estos cambios son tanto un mayor grado de interconexiones
familiares como nuevas relaciones entre los actores políticos, econó-
micos y sociales. Antes de citarlos, parece justo preguntar qué se es-
capa a la globalización. Merece la pena repetir que la globalización es
un proceso parcial inherente únicamente a los individuos o corporacio-
nes que interactúan con las estructuras globales. Muchos procesos,
particularmente de nivel local, se encuentran fuera de la globalización
o se relacionan sólo indirectamente con los procesos globales.
En segundo lugar, la globalización es una estructura triangular,
cuyos lados fueron objeto de estudio en este libro. Por supuesto, hay
otros aspectos de la globalización (como la venta global de armas)
poco explorados, pero se encuentran fuera del campo de este análi-
sis. El primer eje es la división global del trabajo y el poder. Este constructo
se deriva de la división del trabajo smithiana-ricardiana convencio-
nal, que se centra en el concepto fundamental de especialización en
296 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

el proceso de producción y en el comercio. Sin embargo, la interpre-


tación de la división global del trabajo y el poder propuesta aquí re-
chaza el economismo en las teorías clásicas sobre la división del tra-
bajo, con el fin de dar cuenta de los múltiples flujos transfronterizos
y del sinfín de nuevas divisiones explicables en términos de las rela-
ciones sociales de poder y de las prácticas culturales. El concepto de
división global del trabajo y el poder también se fundamenta en la
nueva división internacional del trabajo planteada por Fröbel y sus
asociados en 1977 (en alemán, y en 1980 en inglés), y ampliada pos-
teriormente por otros investigadores, para explicar la reorganización
espacial de la producción, es decir, la fabricación deja de realizarse en
los países capitalistas avanzados y ahora se lleva a cabo en los países
en vías de desarrollo. Sin embargo, más allá de lo anterior, el
constructo de la división global del trabajo y el poder subraya que el
poder hegemónico –una combinación de fuerza física concentrada y
elementos subjetivos que conjuntamente comprenden el dominio
consensual– es una característica clave de la división evolutiva del
trabajo y genera formas de descontento descritas en los capítulos
anteriores. Tras añadir el elemento poder y la complejidad y profun-
didad estructural de las teorías sobre la división del trabajo, la divi-
sión global del trabajo y el poder puede entenderse entonces como
una serie de procesos interrelacionados: una reestructuración de las
regiones del mundo; transferencias de población en gran escala den-
tro y entre ellas; cadenas que entrelazan múltiples procesos de pro-
ducción, compradores y vendedores de formas diversas; y redes cul-
turales transnacionales y emergentes que moldean y facilitan tales
flujos.
Las innovaciones tecnológicas son parte integral de estos proce-
sos evolutivos, particularmente en los sectores del transporte y la
comunicación, así como en la nueva tecnología de la información. A
pesar de su mundialización, su alcance no es simétrico entre una re-
gión y otra, y las nuevas características de la desigualdad global son
muy comunes. Por ejemplo, un sondeo reciente de los aproximada-
mente 112.75 millones de usuarios de Internet en el mundo revela la
siguiente distribución por región: Medio Oriente, 0.525 millones;
África, 1 millón; Sudamérica, 7 millones; Asia-Pacífico, incluidas
Australia y Nueva Zelanda, 14 millones; Europa, 20 millones; y Ca-
nadá y Estados Unidos, 70 millones (Nua Internet Surveys, 1988). No
se tiene información completa sobre el porcentaje de usuarios por
raza y género, pero la disparidad racial en el acceso a Internet en
CONCLUSIÓN: ELEMENTOS Y DESCONTENTOS 297
Estados Unidos sugiere una asimetría global: los blancos tienen seis
veces más probabilidades de conectarse a Internet que los afroame-
ricanos (Nua Internet Surveys, 1998, informe de sondeos telefónicos
por Nielsen Media Research). Las magnitudes son sorprendentes y
muestran que la globalización no es verdaderamente global. La asimétrica
distribución de la tecnología mostrada en el sondeo de usuarios de
Internet dirige la atención al vínculo entre la globalización y las re-
giones del mundo.
El nuevo regionalismo –la segunda dimensión– es tanto elemento de,
como respuesta a, la globalización. El regionalismo hoy en día es
nuevo, puesto que es más plurifacético que las alianzas regionales
durante el periodo entre las dos grandes guerras; se implantó en un
contexto geopolítico multipolar más fluido después de la guerra fría,
e incluye cierto grado de impulso de abajo hacia arriba. La potencia
dominante, Estados Unidos, utiliza el regionalismo como un instru-
mento para tratar de mantener la hegemonía. En ciertas regiones en
desarrollo, los procesos regionales también son un medio para bus-
car más acceso al capital global. Estos procesos a veces adoptan la
forma de proyectos subregionales que implican el diseño de nuevas
formas geométricas y la invención de metáforas o nuevas categorías,
como “triángulos y polígonos de crecimiento” en Asia oriental, y “par-
ques transfronterizos” en África meridional. Tales iniciativas trascien-
den las fronteras nacionales y violan la soberanía, a pesar de haber
sido desencadenadas por el estado, en su pugna por facilitar la acu-
mulación de capital.
Estas fuerzas –división global del trabajo y el poder, y nuevo regio-
nalismo– engendran resistencia a la globalización, la dimensión final,
que se da en modalidades diferentes: latente y cultural, o más abier-
ta, declarada y constituida formalmente. No puede negarse la apari-
ción de impulsos globalizantes en el terreno: esfuerzos incipientes
pero, en muchos casos, organizados y en cierta medida transna-
cionales, que están generando oportunidades para la experimenta-
ción creativa y estrategias para reenraizar la economía en la sociedad.
Sin embargo, debido a las variedades de capitalismo, a las divisiones
entre capitalistas o dentro del estado, y a las diferencias estratégicas,
la resistencia a la globalización desde arriba puede surgir no sólo
desde abajo, sino también desde arriba. Y no es de sorprender que la
globalización desde abajo normalmente encuentre resistencia desde
arriba. Debido a la extensa fragmentación, a la variedad de condicio-
nes y a los intentos por localizarse en vista de las estructuras globali-
298 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

zantes, otra posibilidad es la resistencia desde abajo a la globalización


desde abajo, ejemplificada en los frecuentemente conflictos violentos
dentro de la sociedad civil en Sudáfrica, los cuales están relacionados
con los movimientos nacional-religiosos transfronterizos y las orga-
nizaciones criminales transnacionales (cap. 11). A pesar de que estas
estrategias y movimientos son variados e incipientes, sería un error
malinterpretar los cambios en marcha, al ignorarlos o al exagerar sus
consecuencias potenciales para el orden mundial.
Pasando al tercer razonamiento planteado en este libro, si la
globalización es un proceso multidimensional, entonces se requiere
un enfoque de múltiples vías. Sin embargo, suele escucharse que la
globalización es un fenómeno con base en el mercado, en el estado o
en la sociedad y la cultura. Los señalamientos de que la economía, la
política o la cultura son factores clave, implícitamente sostienen que
es posible separar estos ámbitos. No obstante, los argumentos que
plantean una división entre, por ejemplo, política y economía son
equivocados debido a que las relaciones entre ambas son fundamen-
tales. En el paso a la globalización, hay una relación recíproca entre
los procesos económicos, el estado y la sociedad. Esto no quiere de-
cir que todo sea interdependiente. Por supuesto, se requieren estudios
empíricos y contextuales para explicar estos vínculos y su variación.
Tomando como base la literatura sobre administración de empresas,
en este libro se ha afirmado que la hipercompetencia es una causa
primordial de la globalización. Las condiciones cambiantes para la
acumulación de capital implican una intensificación en su funciona-
miento interno, y los mecanismos para el crecimiento de las econo-
mías capitalistas se dirigen más hacia los mercados externos y menos
hacia las necesidades de los mercados internos. Dada la naturaleza
paramétrica de los cambios implicados, parece reduccionista argu-
mentar que la globalización está determinada por el mercado o, para
el caso, orientada por el mercado o motivada por la sociedad y la
cultura. A partir del análisis teórico y empírico, mi opinión es que la
globalización es producto de los cambios en las relaciones de merca-
do y que sus efectos son decididamente manifiestos en la integración
y desintegración cultural y en la degradación ambiental.
Si el mercado es una institución social, entonces la globalización
es producto de los hombres, y son ellos quienes la mantienen o soca-
van. La humanidad puede acelerar o desacelerar este fenómeno, así
como rehacerlo en una escala espacial y temporal diferente, o inclu-
so deshacerlo. A pesar de las limitaciones estructurales, deben hacerse
CONCLUSIÓN: ELEMENTOS Y DESCONTENTOS 299
elecciones muy reales sobre las dimensiones temporal y espacial de los
proyectos globalizantes. Si de verdad existen esas opciones, la
globalización es un proceso político: su política es de gran importan-
cia. No obstante, en comparación con la globalización económica y
cultural, muchos aspectos de la globalización –como sus múltiples
procesos políticos– no se han estudiado lo suficiente. Indudablemente
se ha establecido cierta despolitización, debido al impulso hacia la
integración de los mercados y la convergencia cultural (acompañada
dialécticamente de una divergencia). Políticamente, la globalización
puede ser deshabilitante, si se la considera como una fuerza inevita-
ble que rige la historia. La sublimación de la política es evidente en
muchos modos concretos, como, por ejemplo, la preocupación por el
crecimiento económico más que por el desarrollo o la igualdad equi-
librados en ciertas regiones de Asia oriental, el adormecimiento de las
mentes jóvenes en los sistemas de enseñanza, en los cuales no se ad-
mite o se fomenta el razonamiento crítico, y el sentir general de de-
cepción hacia gobernantes que no pueden gobernar debido a que la
globalización comprime el tiempo y el espacio donde tratan de ma-
niobrar (un hecho muy evidente en la crisis económica de Asia orien-
tal a finales de los años noventa).
El cuarto punto ha sido demostrar que si bien la arquitectura de
la globalización contemporánea se encuentra dentro de un marco
neoliberal, hay distintas estrategias políticas para rediseñarla. De
hecho, existe un sinfín de proyectos de globalización. El neolibera-
lismo, la modalidad de globalización más prominente, que no es única
sino tiene sus propias variantes, es una ideología que justifica la libe-
ralización de los mercados. Utilizado por gobiernos e instituciones
internacionales como el FMI, el Banco Mundial y la OMC, el neolibe-
ralismo también es un conjunto de políticas centradas en la desregu-
lación, la liberalización y la privatización. El neoliberalismo lo pro-
ponen los estados y las entidades internacionales en paquetes de
reformas económicas para introducirlo hasta el nivel popular. Por
ejemplo, en las negociaciones que iniciaron en 1995 bajo los auspi-
cios de la OCDE, las naciones industrializadas trataron de convencer
a los ministros de comercio de más de 100 países de la OMC de crear
un Acuerdo Multilateral sobre Inversión (AMI) que garantizara un “tra-
to nacional” a las corporaciones globales y que prohibiera a los go-
biernos otorgar incentivos a las empresas locales y discriminar a las
extranjeras. Globalmente, las restricciones a las corporaciones extran-
jeras en los países huésped se eliminarían con el fin de mejorar la
300 RESISTENCIA A LA GLOBALIZACIÓN

“competitividad”. El AMI habría proscrito la opción –muy importan-


te para los países en vías de desarrollo– de limitar la tenencia extran-
jera de tierras y propiedades con miras a fortalecer la economía na-
cional, y habría cambiado drásticamente el marco legal (consignado,
por ejemplo, en el TLCAN) por medio del cual las comunidades nacio-
nales y locales ejercen algo de control sobre el comportamiento de los
inversionistas extranjeros. Sin embargo, en la OCDE en París en 1998,
mediante una acción de la sociedad civil coordinada transnacio-
nalmente y dirigida por grupos ambientalistas y sindicatos, se presio-
nó a los estados y se bloqueó el AMI –aunque podría resurgir nueva-
mente– una medida que representó un efecto indirecto de la (fallida)
movilización para detener el TLCAN.
Como lo ejemplifica la resistencia al AMI, y a pesar de las limitantes
sobre las respuestas políticas a la globalización, cada vez se plantean
más desafíos a la fórmula neoliberal. No todos los estados se en-
cuentran en la misma posición, y una tendencia notable es la resisten-
cia –precipitada por la sociedad civil y promulgada por el estado– al
“consenso de Washington”: la oleada de desregulación gubernamen-
tal que se inició en Estados Unidos en los setenta, la reducción del
gasto en salud y educación, la desnacionalización de la propiedad de
empresas, las medidas directas e indirectas para dominar el poder de
los sindicatos y la frecuente devaluación de las monedas. El acceso a
financiamientos del FMI es lo que incita a muchos países a apoyar este
consenso; sin embargo, hay otras instituciones multilaterales que aco-
gen la misma lógica y ofrecen incentivos. Estas organizaciones inter-
nacionales son espadas de doble filo que inculcan programas neolibe-
rales pero, en otros casos, crean sedes para organizaciones dentro de
la sociedad civil y delimitan el espacio político para los agentes de la
contraglobalización. Pocos de dichos grupos dentro de la sociedad
civil rechazan del todo un proceso tan amplio y multidimensional
como la globalización, pero muchos buscan reconstituir algunos de
sus aspectos, unos de modo más radical que otros. Algunos capítulos
de este libro documentan indicios concretos de esta tendencia
transnacional: el modelo de integración para el desarrollo del regio-
nalismo, el regionalismo transformativo y sus expresiones institucio-
nales (el PP21, el Foro de São Paulo y demás), y una forma de comer-
cio alternativa que vincula directamente a consumidores en Japón con
productores en las Filipinas.
Parte integral de todas esas experiencias es la noción implícita de
que sin i