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Antología de

Cuentos
Tradicionales
Índice de Cuentos

Cenicienta (Perrault)……………………… ……3


Los tres pelos dorados del diablo (Grimm)…… …7
Caperucita Roja (Grimm)…………………… ….11
Caperucita Roja (Perrault)…………………... …13
Blancanieves (Grimm)……………………..……15
El lobo y los siete cabritos (Grimm)………….….21
El sastrecillo valiente (Grimm)…………… ……23

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Cenicienta

H
De Charles Perrault

abía una vez un gentilhombre que se casó en segundas


nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás
se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en
todo.

El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad
sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del
mundo.

Junto con realizarse la boda, la madrasta dio libre curso a su mal


carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían
aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a
las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba
los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la
señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más
alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera
pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones
con parquet, donde tenían camas a la última moda y
espejos en que podían mirarse de cuerpo entero.

La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a


quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer lo
dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se
instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas,
lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no
era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo
Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más
hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.

Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las
personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron
invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy
satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor
les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien

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planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus
vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.

-Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis


adornos de Inglaterra.

-Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me


pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que
no pasarán desapercibidos.

Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos y


se compraron lunares postizos.

Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto.


Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para
arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le
decían:

- Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?

-Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.

-Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al


baile.

Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero ella
era buena y las peinó con toda perfección.

Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer.
Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el
talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.

Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los
ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la
vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.

-Me gustaría... me gustaría...

Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le


dijo:

-¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?

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-¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.

-¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.

La llevó a su cuarto y le dijo:

-Ve al jardín y tráeme un zapallo.

Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que


encontró y lo llevó a su madrina, sin poder
adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al
baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente
la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo
se convirtió en un bello carruaje todo dorado.

En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas


vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la
trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la
rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo
que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón.
Como no encontraba con qué hacer un cochero:

-Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa, para


hacer un cochero.

-Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.

Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El


hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó
convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida,
ella le dijo:

-Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera;


tráemelos.

Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se
subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes
galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra
cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:

-Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?

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-Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?

Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus


ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata,
todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de
cristal, las más preciosas del mundo.

Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su


madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la
medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto
más, su carroza volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en
ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían
su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile
antes de la medianoche.

Partió, loca de felicidad.

El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran
princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar
del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales.
Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron
de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de
esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor: -¡Ah, qué hermosa
es!

El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo


a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona tan
bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su
peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes,
siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras
para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en
seguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia
que fue un motivo más de admiración. Trajeron exquisitos manjares
que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella
fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones;
compartió con ellas los limones y naranjas que el príncipe le había
obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían.
Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once tres
cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue
a toda prisa.

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Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle
las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente
porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a
su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas
golpearon a su puerta; Cenicienta fue a abrir.

-¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose los


ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no
había tenido ganas de dormir desde que se separaron.

-Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te habrías


aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se ha
visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.

Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de


esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del
rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién
era. Cenicienta sonrió y les dijo:

-¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría
verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que
usáis todos los días.

-Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle


mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.

Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se


habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese
querido prestarle el vestido.

Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta


también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo
del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas
agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la
recomendación de su madrina; de modo que oyó tocar la primera
campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se
levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la
siguió, pero no pudo alcanzarla; ella había dejado caer una de sus
zapatillas de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.
Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus

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viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia
sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.
Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una
princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una
muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de
señorita.

Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les


preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la
hermosa dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar
las doce, y tan rápidamente que había dejado caer una de sus
zapatillas de cristal, la más bonita del mundo; que el hijo del rey la
había recogido dedicándose a contemplarla durante todo el resto del
baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita
dueña de la zapatilla. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del
rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona
cuyo pie se ajustara a la zapatilla.

Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas, y


a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas,
las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla,
pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que
reconoció su zapatilla, dijo riendo: -¿Puedo probar si a mí me
calza?

Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre


que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y
encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de
probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando
la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era
hecha a su medida.

Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún
cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En
esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos
de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.

Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que


habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón
por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo

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levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo
corazón y les rogó que siempre la quisieran.

Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la


encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron.
Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus
hermanas a morar en el palacio y las casó en seguida con dos
grandes señores de la corte.

MORALEJA que como virtudes os


En la mujer rico tesoro es la concedan las hadas
belleza, bondad y gentileza, los más
el placer de admirarla no se preciados dones.
acaba jamás;
pero la bondad, la gentileza OTRA MORALEJA
la superan y valen mucho más. Sin duda es de gran
Es lo que a Cenicienta el hada conveniencia
concedió nacer con mucha inteligencia,
a través de enseñanzas y coraje, alcurnia, buen sentido
lecciones y otros talentos parecidos,
tanto que al final a ser reina Que el cielo da con
llegó indulgencia;
(Según dice este cuento con pero con ellos nada ha de
sus moralizaciones). sacar
Bellas, ya lo sabéis: más que en su avance por las rutas del
andar bien peinadas destino
os vale, en el afán de ganar quien, para hacerlos destacar,
corazones no tenga una madrina o un
padrino.

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Hermanos Grimm

Los tres pelos de oro del diablo

É rase una vez una mujer muy pobre que dio a luz un niño.
Como el pequeño vino al mundo envuelto en la tela de la
suerte, le predijeron que al cumplir los catorce años se casaría
con la hija del Rey. Ocurrió que unos días después el Rey pasó por
el pueblo, sin darse a conocer, y al preguntar qué novedades
había, le respondieron:

- Uno de estos días ha nacido un niño con una tela de la suerte. A


quien esto sucede, la fortuna lo protege. También le han
pronosticado que a los catorce años se casará con la hija del Rey.

El Rey, que era hombre de corazón malvado, se irritó al oír


aquella profecía, y, yendo a encontrar a los padres, les dijo con
tono muy amable:

- Vosotros sois muy pobres; dejadme, pues, a vuestro hijo, que


yo lo cuidaré.

Al principio, el matrimonio se negaba, pero al ofrecerles el


forastero un buen bolso de oro, pensaron: «Ha nacido con buena
estrella; será, pues, por su bien» y, al fin, aceptaron y le
entregaron el niño.

El Rey lo metió en una cajita y prosiguió con él su camino, hasta


que llegó al borde de un profundo río. Arrojó al agua la caja, y
pensó: «Así he librado a mi hija de un pretendiente bien
inesperado». Pero la caja, en lugar de irse al fondo,
se puso a flotar como un barquito, sin que entrara en
ella ni una gota de agua. Y así continuó, corriente
abajo, hasta cosa de dos millas de la capital del
reino, donde quedó detenida en la presa de un
molino. Uno de los mozos, que por fortuna se

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encontraba presente y la vio, sacó la caja con un gancho,
creyendo encontrar en ella algún tesoro. Al abrirla ofrecióse a su
vista un hermoso chiquillo, alegre y vivaracho.

Lo llevó el mozo al molinero y su mujer, que, como no tenían


hijos, exclamaron:

- ¡Es Dios que nos lo envía!

Y cuidaron con todo cariño al niño abandonado, el cual creció en


edad, salud y buenas cualidades.

He aquí que un día el Rey, sorprendido por una tempestad, entró


a guarecerse en el molino y preguntó a los molineros si aquel
guapo muchacho era hijo suyo.

- No -respondieron ellos-, es un niño expósito; hace catorce años


que lo encontramos en una caja, en la presa del molino.

Comprendió el Rey que no podía ser otro sino aquel niño de la


suerte que había arrojado al río, y dijo:

- Buena gente, ¿dejaríais que el chico llevara una carta mía a la


Señora Reina? Le daré en pago dos monedas de oro.

- ¡Como mande el Señor Rey! -respondieron los dos viejos, y


mandaron al mozo que se preparase. El Rey escribió entonces una
carta a la Reina, en los siguientes términos: «En cuanto se
presente el muchacho con esta carta, lo mandarás matar y
enterrar, y esta orden debe cumplirse antes de mi regreso».

Se puso el muchacho en camino con la carta, pero se extravió, y


al anochecer llegó a un gran bosque. Vio una lucecita en la
oscuridad y se dirigió allí, resultando ser una casita muy pequeña.
Al entrar sólo había una anciana sentada junto al fuego, la cual se
asustó al ver al mozo y le dijo: - ¿De dónde vienes y adónde vas?

- Vengo del molino -respondió él- y voy a llevar una carta a la


Señora Reina. Pero como me extravié, me gustaría pasar aquí la
noche.

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- ¡Pobre chico! -replicó la mujer-. Has venido a dar en una
guarida de bandidos, y si vienen te matarán.

- Venga quien venga, no tengo miedo -contestó el muchacho-.


Estoy tan cansado que no puedo dar un paso más - y,
tendiéndose sobre un banco, se quedó dormido en el acto.

A poco llegaron los bandidos y preguntaron, enfurecidos, quién


era el forastero que allí dormía.

- ¡Ay! -dijo la anciana-, es un chiquillo inocente que se extravió


en el bosque; lo he acogido por compasión. Parece que lleva una
carta para la Reina.

Los bandoleros abrieron el sobre y leyeron el contenido de la


carta, es decir, la orden de que se diera muerte al mozo en
cuanto llegara. A pesar de su endurecido corazón, los
ladrones se apiadaron, y el capitán rompió la carta y la
cambió por otra en la que ordenaba que al llegar el
muchacho lo casasen con la hija del Rey.

Lo dejaron luego descansar tranquilamente en su banco hasta la


mañana, y, cuando se despertó, le dieron la carta y le mostraron
el camino. La Reina, al recibir y leer la misiva, se apresuró a
cumplir lo que en ella se le mandaba: Organizó una boda
magnífica, y la princesa fue unida en matrimonio al favorito de la
fortuna. Y como el muchacho era guapo y apuesto, su esposa
vivía feliz y satisfecha con él. Transcurrido algún tiempo, regresó
el Rey a palacio y vio que se había cumplido el vaticinio: el niño
de la suerte se había casado con su hija.

- ¿Cómo pudo ser eso? -preguntó-. En mi carta daba yo una


orden muy distinta.

Entonces la Reina le presentó el escrito, para que leyera él mismo


lo que allí decía. Leyó el Rey la carta y se dio cuenta de que había
sido cambiada por otra. Preguntó entonces al joven qué había
sucedido con el mensaje que le confiara, y por qué lo había
sustituido por otro.

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- No sé nada -respondió el muchacho-. Debieron cambiármela
durante la noche, mientras dormía en la casa del bosque.

- Esto no puede quedar así -dijo el Rey encolerizado-. Quien


quiera conseguir a mi hija debe ir antes al infierno y traerme tres
pelos de oro de la cabeza del diablo. Si lo haces, conservarás a mi
hija.

Esperaba el Rey librarse de él para siempre con aquel encargo;


pero el afortunado muchacho respondió:

- Traeré los tres cabellos de oro. El diablo no me da miedo-. Se


despidió de su esposa y emprendió su peregrinación.

Lo condujo su camino a una gran ciudad; el centinela de la puerta


le preguntó cuál era su oficio y qué cosas sabía.

- Yo lo sé todo -contestó el muchacho.

- En este caso podrás prestarnos un servicio -dijo el guarda-.


Explícanos por qué la fuente del mercado, de la que antes
manaba vino, se ha secado y ahora ni siquiera da agua.

- Lo sabréis -afirmó el mozo-, pero os lo diré cuando vuelva.

Siguió adelante y llegó a una segunda ciudad, donde el guarda de


la muralla le preguntó, a su vez, cuál era su oficio y qué cosas
sabía.

- Yo lo sé todo -repitió el muchacho.

- Entonces puedes hacernos un favor. Dinos por qué un árbol que


tenemos en la ciudad, que antes daba manzanas de oro, ahora no
tiene ni hojas siquiera.

- Lo sabréis -respondió él-, pero os lo diré cuando vuelva.

Prosiguiendo su ruta, llegó a la orilla de un ancho y profundo río


que había de cruzar. Preguntóle el barquero qué oficio tenía y
cuáles eran sus conocimientos.

- Lo sé todo -respondió él.

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- Siendo así, puedes hacerme un favor -prosiguió el barquero-.
Dime por qué tengo que estar bogando eternamente de una a
otra orilla, sin que nadie venga a relevarme.

- Lo sabrás -replicó el joven-, pero te lo diré cuando vuelva.

Cuando hubo cruzado el río, encontró la entrada del infierno. Todo


estaba lleno de hollín; el diablo había salido, pero su abuela se
hallaba sentada en un ancho sillón.

- ¿Qué quieres? -preguntó al mozo; y no parecía enfadada.

- Quisiera tres cabellos de oro de la cabeza del diablo -respondióle


él-, pues sin ellos no podré conservar a mi esposa.

- Mucho pides -respondió la mujer-. Si viene el diablo y te


encuentra aquí, mal lo vas a pasar. Pero me das lástima; veré de
ayudarte.

Y, transformándolo en hormiga, le dijo:

- Disimúlate entre los pliegues de mi falda; aquí estarás seguro.

- Bueno -respondió él-, no está mal para empezar; pero es que,


además, quisiera saber tres cosas: por qué una fuente que antes
manaba vino se ha secado y no da ni siquiera agua; por qué un
árbol que daba manzanas de oro no tiene ahora ni hojas, y por
qué un barquero ha de estar bogando sin parar de una a otra
orilla, sin que nunca lo releven.

- Son preguntas muy difíciles de contestar -dijo la vieja-, pero tú


quédate aquí tranquilo y callado y presta atento oído a lo que diga
el diablo cuando yo le arranque los tres cabellos de oro.

Al anochecer llegó el diablo a casa, y ya al entrar notó que el aire


no era puro:

- ¡Huelo, huelo a carne humana! -dijo-; aquí pasa algo extraño.

Y registró todos los rincones, buscando y rebuscando, pero no


encontró nada. El ama le increpó:

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- Yo venga barrer y arreglar; pero apenas llegas tú, lo revuelves
todo. Siempre tienes la carne humana pegada en las narices.
¡Siéntate y cena, vamos!

Comió y bebió, y, como estaba cansado, puso la cabeza en el


regazo del ama, pidiéndole que lo despiojara un poco. Al poco
tiempo, se quedó dormido, resoplando y roncando; entonces, la
vieja le cogió un pelo dorado, tiró de él y lo dejó a su lado.

- ¡Uy! – gritó el diablo- ¿Qué haces?

- He tenido una pesadilla – respondió la abuela


– y entonces te agarré por el pelo.

- ¿Con qué soñabas? – preguntó el diablo.

- Soñaba con una fuente en la plaza del mercado.


Antes manaba vino, pero ahora estaba seca y ni
siquiera el agua quería brotar de ella. ¿Qué habrá pasado?

- ¡Ja, si lo supieran! – exclamó el diablo-. En la fuente, debajo de


una piedra, hay un sapo; si lo matan, el vino volverá a correr.

La abuela se puso a despiojarlo de nuevo hasta que él se durmió,


haciendo temblar las ventanas con sus ronquidos. Entonces, ella
le tiró del segundo pelo.

- ¡Uy! ¿Qué haces?– gritó el diablo, iracundo.

- No te enojes – respondió ella – lo hice mientras soñaba.

- ¿Y con qué soñabas esta vez? – preguntó.

- Soñaba que en un reino había un árbol que antes daba


manzanas de oro y que ahora ni siquiera quería echar hojas.
¿Cuál será la razón?

- ¡Ja, si lo supieran! – exclamó el diablo-. Hay un ratón que roe la


raíz; si lo matan, el árbol volverá a dar manzanas de oro, pero si
continúa royendo, el árbol se secará del todo. Pero déjame en
paz con tus sueños; si me despiertas otra vez, te daré una
bofetada.
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La abuela lo apaciguó y siguió despiojándolo hasta que se durmió
de nuevo y empezó a roncar. Entonces, cogió el tercer pelo
dorado y lo arrancó. Gritando, el diablo se levantó de un salto y
quiso maltratarla, pero ella lo tranquilizó de nuevo, diciendo:

- ¿Qué culpa tiene una de mis pesadillas?

- ¿Y con qué soñabas?- preguntó él, pues era muy curioso.

- Soñaba con un barquero que se quejaba de tener que ir y venir


todo el tiempo, sin que nadie viniera a relevarlo. ¿Cuál será la
razón?

- ¡Ah, el tonto! – exclamó el diablo-. Cuando venga alguien y


quiera atravesar el río, él deberá pasarle el remo; así será el otro
quien impulse el bote, y él se quedará libre.

Puesto que ya le había arrancado los tres pelos dorados y las tres
preguntas tenían su respuesta, la abuela dejó en paz al viejo
dragón, que siguió durmiendo hasta el amanecer.

Cuando el diablo volvió a marcharse, la vieja sacó la hormiga de


los pliegues de su falda y devolvió al muchacho su figura humana.

- Aquí tienes los tres pelos dorados- dijo-; lo que el diablo


respondió a tus tres preguntas, ya lo habrás oído.

- Sí –dijo él-, lo he oído y lo guardaré en la memoria.

- Así pues, no te ha faltado nada. Ahora puedes marcharte.

Agradeció a la vieja su oportuna ayuda y, contento de que todo


hubiera salido bien, abandonó el infierno. Al llegar a la orilla, el
barquero le exigió la respuesta prometida.

- Pásame primero al otro lado –dijo el muchacho afortunado-, y


luego te explicaré cómo arreglar tu asunto.

Cuando llegó a la otra orilla, le dio el consejo del diablo:

- Cuando alguien venga y quiera pasar, dale el remo.

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Siguió caminando y llegó a la ciudad donde crecía el árbol
infecundo y donde le centinela esperaba también la respuesta. Le
contó, pues, lo que había oído decir al diablo:

- Debéis matar al ratón que roe su raíz; entonces el árbol volverá


a dar manzanas de oro.

El centinela le dio las gracias y, como recompensa, le regaló dos


burros que, cargados de oro, debían seguirle. Al final, llegó a la
ciudad cuya fuente se había secado y allí repitió al centinela lo
mismo que había dicho al diablo:

- Hay un sapo bajo una piedra dentro de la fuente; debéis


buscarlo y matarlo, y entonces volverá a manar vino en
abundancia.

El centinela le dio las gracias y también dos burros cargados de


oro.

Por último, el muchacho afortunado llegó a casas, y su mujer se


regocijó mucho al verle y oír lo bien que todo había resultado.
Entonces, llevó al rey los tres cabellos dorados que le había
exigido. Cuando éste vio los cuatro burros cargados de oro,
poniéndose muy contento, dijo:

- De este modo, se han cumplido todas las condiciones y puedes


quedarte con mi hija. Pero, dime, querido yerno, ¿de dónde has
sacado tanto oro? ¡Es un tesoro inmenso!

- Una vez crucé un río –respondió-. Hay un barquero junto al río;


pedidle que os pase y, entonces, podréis llenar vuestros sacos en
la otra orilla.

- Ávido, el rey partió a toda prisa y al llegar al río hizo


señales al barquero para que lo pasara al otro lado.
Vino el barquero, lo hizo subir y, cuando llegaron
a la orilla opuesta, dejó el remo en sus manos y
salió corriendo. Desde entonces, el rey ha tenido que remar
incesantemente de un lado a otro del río, como castigo a su
maldad.

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- ¿Está bogando todavía?

- Sin duda. Nadie le habrá quitado el remo.

18
Caperucita Roja
Hermanos Grimm

É
**************

rase una vez una niña tan dulce y cariñosa, que robaba
los corazones de cuantos la veían; pero quien más la
quería era su abuelita, a la que todo le parecía poco cuando
se trataba de obsequiarla. Un día le regaló una caperucita de
terciopelo colorado, y como le sentaba tan bien y la pequeña
no quería llevar otra cosa, todo el mundo dio en llamarla
«Caperucita Roja». Un día, su madre le dijo:

- Mira, Caperucita: ahí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino; los
llevarás a la abuelita, que está enferma y delicada; le sentarán bien. Ponte
en camino antes de que apriete el calor, y ve muy formalita, sin apartarte
del sendero, no fueras a caerte y romper la botella; entonces la abuelita se
quedaría sin nada. Y cuando entres en su cuarto no te olvides de decir
«Buenos días», y no te entretengas en curiosear por los rincones.

- Lo haré todo como dices - contestó Caperucita, dando la mano a su


madre.

Pero es el caso que la abuelita vivía lejos, a media hora del pueblo, en
medio del bosque, y cuando la niña entró en él se encontró con el lobo.
Caperucita no se asustó al verlo, pues no sabía lo malo que era aquel
animal.

- ¡Buenos días, Caperucita Roja!

- ¡Buenos días, lobo!

- ¿Adónde vas tan temprano, Caperucita?

- A casa de mi abuelita.

- ¿Y qué llevas en el delantal?

- Pastel y vino. Ayer amasamos, y le llevo a mi abuelita algo para que se


reponga, pues está enferma y delicada.

- ¿Dónde vive tu abuelita?

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- Bosque adentro, a un buen cuarto de hora todavía; su casa está junto a
tres grandes robles, más arriba del seto de avellanos; de seguro que la
conoces – le explicó Caperucita.

El lobo pensó: «Esta rapazuela está gordita, es tierna y delicada y será un


bocado sabroso, mejor que la vieja. Tendré que ingeniármelas para
pescarlas a las dos». Y, después de continuar un rato al lado de la niña, le
dijo:

- Caperucita, fíjate en las lindas flores que hay por aquí. ¿No te paras a
mirarlas? ¿Y tampoco oyes cómo cantan los pajarillos? Andas distraída,
como si fueses a la escuela, cuando es tan divertido pasearse por el
bosque.

Levantó Caperucita Roja los ojos, y, al ver bailotear los rayos del sol entre
los árboles y todo el suelo cubierto de bellísimas flores, pensó: «Si le llevo
a la abuelita un buen ramillete, le daré una alegría; es muy temprano aún, y
tendré tiempo de llegar a la hora». Se apartó del camino para adentrarse
en el bosque y se puso a recoger flores. Y en cuanto cortaba una, ya le
parecía que un poco más lejos asomaba otra más bonita aún, y, de esta
manera penetraba cada vez más en la espesura, corriendo de un lado a
otro.

Mientras tanto, el lobo se encaminó directamente a casa de la abuelita, y,


al llegar, llamó a la puerta.

- ¿Quién está ahí?

- Soy Caperucita Roja, que te trae pastel y vino. ¡Abre!

- ¡Descorre el cerrojo! - gritó la abuelita -; estoy muy débil y no puedo


levantarme.

Descorrió el lobo el cerrojo, se abrió la puerta, y la fiera, sin pronunciar una


palabra, se encaminó al lecho de la abuela y la devoró de un bocado. Se
puso luego sus vestidos, se encasquetó su cofia, se metió en la cama y
corrió las cortinas.

Mientras tanto, Caperucita había estado cogiendo flores, y cuando tuvo un


ramillete tan grande que ya no podía añadirle una flor más, se acordó de su
abuelita y reemprendió presurosa el camino de su casa.

20
Le extrañó ver la puerta abierta; cuando entró en la habitación experimentó
una sensación rara, y pensó: «¡Dios mío, qué angustia siento! Y con lo bien
que me encuentro siempre en casa de mi abuelita».

Gritó: - ¡Buenos días! - pero no obtuvo respuesta. Se acercó a la cama,


descorrió las cortinas y vio a la abuela, hundida la cofia de modo que le
tapaba casi toda la cara y con un aspecto muy extraño.

- ¡Ay, abuelita! ¡Qué orejas más grandes tienes!

- Para oírte mejor.

- ¡Ay, abuelita! ¡Qué ojos tan grandes tienes!

- Para verte mejor.

- ¡Ay, abuelita, vaya manos tan grandes que tienes!

- Son para agarrarte mejor.

- ¡Pero, abuelita! ¡Qué boca más terriblemente grande!

- ¡Es para tragarte mejor!

Y, diciendo esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la


pobre Caperucita Roja. Cuando el mal bicho estuvo harto, se
metió nuevamente en la cama y se quedó dormido, roncando
ruidosamente. He aquí que acertó a pasar por allí el cazador,
el cual pensó. «¡Caramba, cómo ronca la anciana! ¡Voy a entrar, no fuera
que le

ocurriese algo!». Entró en el cuarto y, al acercarse a la cama, vio al lobo


que dormía en ella.

- ¡Ajá! ¡Por fin te encuentro, viejo bribón! - exclamó -. ¡Hace mucho tiempo
que te andaba buscando!

Y se disponía ya a dispararle un tiro, cuando se le ocurrió que tal vez la


fiera habría devorado a la abuelita y que quizás estuviese aún a tiempo de
salvarla. Dejó, pues, la escopeta, y, con unas tijeras, se puso a abrir la
barriga de la fiera dormida. A los primeros tijerazos, vio brillar la caperucita
roja, y poco después saltó fuera la niña, exclamando:

- ¡Ay, qué susto he pasado! ¡Y qué oscuridad en el vientre del lobo!

21
A continuación salió también la abuelita, viva aún, aunque casi ahogada.
Caperucita Roja corrió a buscar gruesas piedras, y con ellas llenaron la
barriga del lobo. Éste, al despertarse, trató de escapar; pero las piedras
pesaban tanto, que cayó al suelo muerto.

Los tres estaban la mar de contentos. El cazador despellejó al lobo y se


marchó con la piel; la abuelita se comió el pastel, se bebió el vino que
Caperucita le había traído y se sintió muy restablecida. Y, entretanto, la
niña pensaba: «Nunca más, cuando vaya sola, me apartaré del camino
desobedeciendo a mi madre».

22
Charles Perrault

Caperucita Roja
H abía una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se

hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela

mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una

caperucita roja y le sentaba tan bien que todos la llamaban Caperucita

Roja.

Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma;

llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro

pueblo.

Al pasar por un bosque, se encontró con el

compadre lobo, que tuvo muchas ganas de

comérsela, pero no se atrevió porque unos

leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó

a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que

era peligroso

detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que

mi madre le envía.

-¿Vive muy lejos?, -le dijo el lobo.


23
-¡Oh, sí!, -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en

la primera casita del pueblo.

-Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino,

y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y

la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en

correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que

encontraba.

Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela.

Golpeó: Toc, toc.

-¿Quién es?

-Soy su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz- le traigo

una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

-Tira de la clavija y el cerrojo caerá.

El lobo tiró de la clavija, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena

mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no

comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la

abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a

golpear la puerta: Toc, toc.

-¿Quién es?

24
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero

creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

-Soy su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de

mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

- Tira de la clavija y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró de la clavija y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el

lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte

conmigo.

Caperucita Roja se desvistió y se metió a la cama y quedó muy asombrada

al ver la forma de su abuela en camisón. Ella le

dijo:

-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

-Es para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

-Es para correr mejor, hija mía.

Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

-Es para oír mejor, hija mía.

-Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!

25
-Es para ver mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

-¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita

Roja y se la comió.

MORALEJA
Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas,
bien hechas, amables y bonitas
no deben a cualquiera oír con complacencia,
y no resulta causa de extrañeza
ver que muchas del lobo son la presa.
Y digo el lobo, pues bajo su envoltura
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña,
silenciosos, sin odio ni amargura,
que en secreto, pacientes, con dulzura
van a la siga de las damiselas
hasta las casas y en las callejuelas;
más, bien sabemos que los zalameros
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros

26
Blancanieves
de Wilhelm y Jacob Grimm

Un día, en la mitad del invierno, cuando los copos caían del


cielo como plumas, una reina estaba cosiendo junto a la ventana
cuyo marco era de ébano. Mientras miraba distraídamente hacia
afuera se picó un dedo con la aguja: tres gotas de sangre cayeron
en la nieve. El rojo se veía tan bello sobre la nieve blanca que la
reina pensó para sí: "Si yo tuviera una criatura tan blanca como
la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de
ébano de la ventana".

Poco tiempo después tuvo una niña tan blanca como la nieve, con los labios
tan rojos como la sangre y con el cabello tan negro como el ébano. Fue llamada
Blancanieves, pero al dar a luz a la niña, la reina murió.

Al cabo de un año, el rey volvió a casarse. La nueva reina era muy hermosa,
pero altanera y orgullosa y no podía soportar que nadie la aventajara en
belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se miraba en él, le preguntaba:

Espejo, espejito encantado,

dime por gentileza,


¿acaso hay alguien

que me gane en belleza?

Y entonces el espejo respondía:

Nadie, majestad, te aventaja en belleza

Y la reina quedaba contenta pues sabía que el espejito decía siempre la verdad.
Pero Blancanieves iba creciendo y se hacía cada vez más bonita y cuando
cumplió los siete años era tan hermosa como un día lleno de luz y más que la
propia reina.

Cierta vez la reina volvió a preguntarle al espejo:

27
Espejo, espejito encantado,
dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

El espejo respondió:

Lo dije de ti, y lo digo de ella,


ahora es Blancanieves
mil veces más bella.

La reina quedó horrorizada y se puso verde de envidia. Cada vez que miraba a
Blancanieves se le revolvía el corazón, la rabia y la envidia se le iban
enredando y creciendo dentro como malas hierbas y no la dejaban vivir en paz.

Hasta que un día llamó a un cazador y le dijo:

-Llévate a esta niña al bosque. Llévatela que no la vuelva a ver. Mátala y


tráeme su hígado y sus pulmones como prueba de que me has obedecido.

El cazador obedeció y se llevó a la niña al bosque y cuando iba a traspasar con


su puñal el inocente corazón de Blancanieves, la niña se echó a llorar y dijo:

-¡Oh, buen cazador! ¡Déjame vivir! ¡Yo me iré a lo más profundo del bosque y
no volveré al palacio jamás!

Y como la niña era tan hermosa, el cazador sintió lástima y le dijo:

-¡Pobrecita niña! ¡Vete, pues!

"No tardarán las fieras en devorarla", pensó el cazador. Pero al dejarla vivir
sintió como si le hubieran quitado una piedra de su corazón; y como en ese
momento pasara un joven jabalí, el cazador lo mató, le quitó el hígado y los
pulmones y se los llevó a la reina. El cocinero tuvo que prepararlos con sal y la
perversa mujer se los comió creyendo que eran los de Blancanieves.

La pobre niña se vio sola en el bosque. El bosque era inmenso y Blancanieves


estaba tan asustada que miraba los árboles y las hojas sin saber qué hacer. Echó
a correr entre las piedras y las zarzas y las fieras pasaban a su lado sin hacerle

28
daño y corrió y corrió hasta que sus pies no podían ya sostenerla. Al oscurecer
vio una casita y como estaba tan cansada entró en la casa para dormir.

Todo allí era pequeñito pero limpio y ordenado. Daba gusto verlo: había una
mesita con un mantel blanco y siete platitos, siete tenedores y cuchillitos y siete
copitas. Junto a la pared había siete camas pequeñas, puestas en fila, con las
sábanas muy blancas. Blancanieves tenía tanta hambre y sed que tomó un poco
de verdura y pan de cada uno de los platos y bebió una gota de vino de cada
copita porque no quería dejar a nadie sin su parte.

Como estaba tan cansada, quiso recostarse en alguna de las camas, pero la
primera era demasiado estrecha, la segunda demasiado corta y así las fue
probando todas hasta que la última fue de su medida y Blancanieves pudo
acostarse y luego de decir sus oraciones quedó profundamente dormida.

Al llegar la noche entraron a la casa sus moradores que eran siete enanos.
Venían de trabajar en una mina de oro y plata que explotaban ellos solos. Al
encender sus lamparitas se dieron cuenta de que alguien había entrado porque
había muchas cosas cambiadas de lugar.

Dijo el primer enano:

-¿Quién se ha sentado en mi silla?

Añadió el segundo:

-¿Quién ha comido de mi plato?

Y dijo el tercero:

-¿Quién comió de mi pan?

Y añadió el cuarto:

-¿Quién probó mis verduras?

Y dijo el quinto:

-¿Quién estuvo usando mi tenedor?

Añadió el sexto:

-¿Quién cogió mi cuchillito?

Y finalmente dijo el séptimo:


29
-¿Quién ha bebido mi vino?

Entonces el primero echó un vistazo y vio su cama un poco deshecha, así que
dijo:

-¿Quién se acostó en mi camita?

Los demás llegaron corriendo y exclamaron:

-¡Alguien ha estado en la mía también!

Pero cuando el séptimo llegó a su camita, vio en ella a


Blancanieves completamente dormida. Llamó a los
demás que se aproximaron, alzaron sus lamparitas para
ver bien y gritaron:

-¡Qué niña tan preciosa!

Estaban encantados y no quisieron despertarla. El séptimo enano tuvo que


dormir con sus compañeros, una hora con cada uno de ellos hasta que
amaneció.

A la mañana siguiente Blancanieves despertó y se sobresaltó al ver a los


enanos. Pero ellos se mostraron muy amables y le preguntaron:

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Blancanieves -respondió.

-¿Cómo llegaste a nuestra casa?

Entonces Blancanieves contó cómo la cruel madrastra había ordenado su


muerte y cómo el cazador había tenido compasión y que ella había corrido
durante todo el día hasta que encontró la casita de los enanos.

Los enanos le dijeron:

-Si cuidas la casa, nos preparas la comida, lavas la ropa, la zurces... si lo


mantienes todo limpio y ordenado, puedes quedarte con nosotros y nada te
faltará.

-¡Sí! -dijo Blancanieves-. Yo me encargaré de todo.

Se quedó Blancanieves con los enanitos del bosque. Por las mañanas los
enanos se marchaban a las montañas a buscar oro. Regresaban por la noche y
30
encontraban la cena preparada y todo muy bien arreglado. Como la niña se
quedaba sola, le advirtieron desde el primer día:

-Cuídate de tu madrastra. No tardará en saber que estás aquí, así que no dejes
entrar a nadie.

Como la reina creía que Blancanieves había muerto, estaba segura de que era la
más hermosa del reino. Un día llegó frente al espejo y le preguntó:

Espejo, espejito encantado,


dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

Entonces el espejo contestó:

Tú eres, majestad, en palacio la más hermosa,


pero en la casa de los enanos
brilla Blancanieves como una diosa.

La reina enfureció porque bien sabía que su espejo siempre


decía la verdad. Se dio cuenta de que el cazador la había
engañado, que Blancanieves vivía todavía y volvió a pensar
en matarla. No podía soportar la idea de que hubiera en toda la tierra alguien
más bella que ella.

Al fin se le ocurrió una idea: se pintó la cara, se vistió como una pobre anciana
de las que venden chucherías por los caminos y se fue a las siete montañas
donde vivían los siete enanitos. Llegó a la casita y llamó a la puerta:

- ¡Vendo baratijas! ¿Quién compra mi mercancía?

Blancanieves se asomó a la ventana y llamó a la mujer:

-¡Buenos días, señora! ¿qué vende usted?

-¡Vestidos y lazos de todos los colores!

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Pensó la niña: "esta mujer tiene aspecto de buena persona, no hay ningún
peligro en dejarla entrar". La anciana sacó el lazo que antes le había mostrado
y le dijo:

-¡Ya verás qué bien te sienta!

Blancanieves no sospechaba nada malo y la malvada madrastra se apresuró a


atarle el lazo tan estrechamente que cortó la respiración de la niña.

Cayó al suelo como muerta. La reina exclamó satisfecha:

-¡Ahora yo volveré a ser la más bella!

Por fortuna era ya muy tarde y llegaron los siete enanitos. Vieron espantados a
su querida niña tendida en el suelo sin sentido. Observaron entonces que
llevaba un lazo muy apretado al cuello. Al desatarlo comenzó a respirar. Contó
a los enanitos lo que había pasado y éstos dijeron:

-La vendedora era tu madrastra, ¡Ten cuidado de dejar entrar a nadie!

Mientras tanto, la madrastra había llegado al palacio. Cogió su espejo mágico y


le preguntó:

Espejo, espejito encantado,


dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

Y el espejo contestó:

Reina, aquí eres la más hermosa


pero en la casa de los enanos
es Blancanieves como una diosa.

Al escuchar aquello la reina se llenó de rabia. Comprendió que Blancanieves


no había muerto y pensó en inventar una cosa que la matara para siempre.

Y como era bruja, hizo un peine envenenado, se vistió otra vez como una
vendedora y se fue a la casa de los siete enanos.

En cuanto llegó, llamó a la puerta:


32
-¡Vendo peines! ¡peines de moda!

Blancanieves se asomó a la ventana y dijo:

-No voy a comprar nada. No puedo abrirle a nadie.

-Por mirar no pasa nada, -dijo la mujer y le enseñó el peine envenenado. Y a


Blancanieves le gustó tanto aquel peine que se olvidó de seguir los consejos de
los enanos y abrió la puerta; preguntó cuánto costaba y la mujer le dijo:

-Verás qué bueno es; te voy a peinar con él.

Blancanieves se dejó peinar. Y la madrastra le clavó el peine en el pelo, y la


niña cayó al suelo como muerta.

-¡Ahora sí que estás muerta!

Y la madrastra se echó a reír y se marchó corriendo. Menos mal que ya era


tarde y que los enanitos volvieron enseguida a casa.

Al ver a Blancanieves en el suelo, pensaron enseguida que la madrastra había


estado ahí, buscaron bien y encontraron el peine clavado en el cabello de la
muchacha. Se lo quitaron, Blancanieves revivió y les contó lo que había
pasado.

Los enanos dijeron preocupados:

-¡Que no abras la puerta a nadie! ¿No ves que tu madrastra no parará hasta
matarte?

Y la madrastra, mientras tanto, había llegado a su palacio y le preguntó al


espejo maravilloso:

Espejo, espejito encantado,


dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

Y entonces el espejito respondió otra vez:

33
Reina, aquí eres la más hermosa
pero en la casa de los enanos
es Blancanieves como una diosa.

La reina se puso a temblar de indignación.

-¿Cómo? ¿Todavía Blancanieves vive? ¡No es posible!

Se metió en su cuarto secreto y con muchos venenos que tenía, envenenó una
manzana. Por fuera parecía muy buena, pero por la parte más colorada estaba
llena de veneno. La reina volvió a vestirse como una pobre vendedora, llevó la
manzana a la casa de los enanos y llegando llamó a la puerta:

-¡Vendo manzanas! ¡Ricas manzanas maduras!

Blancanieves se asomó a la ventana:

-¡No puedo comprar nada! ¡Los enanos me han


prohibido que abra la puerta a nadie!

-¡Que le vamos a hacer! -dijo la bruja-. Pero como no


voy a regresar con las manzanas, las voy a tirar.
¿Quieres una?

-¡No, no, muchas gracias! ¡No puedo dejar que me regalen nada!

-¿Tienes miedo de que te envenene? ¡Tonta! Mira: partiré la manzana en dos y


yo me como una parte y tú la otra.

La madrastra se comió la media manzana que no tenía veneno y le dio a


Blancanieves la otra parte envenenada.

La niña dio un mordisco a la manzana y en ese mismo momento cayó muerta


al suelo. La vieja se echó a reír como un demonio.

-¡Anda, belleza! ¡Ahora sí no podrás revivir!

Se marchó corriendo, llegó muy alegre a palacio y preguntó a su espejo


maravilloso:

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Espejo, espejito encantado,
dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

Y aquella vez el espejo respondió:

No, alteza, no hay nadie que te gane en belleza.

¡Qué tranquila se quedó la reina al fin! Ya era ella la más hermosa y


Blancanieves estaba muerta.

Cuando los enanitos llegaron a la casa encontraron a Blancanieves en el suelo


pero por más que buscaron algún objeto emponzoñado, no encontraron nada.
Blancanieves estaba muerta.

Los enanos la pusieron en un ataúd y se sentaron a su alrededor a llorar. A los


tres días quisieron enterrarla, pero Blancanieves estaba tan hermosa y con tan
buen color que los enanos dijeron:

-No queremos meter a una niña tan bonita dentro de la tierra. Vamos a hacerle
un ataúd de cristal para verla siempre.

Así que metieron a Blancanieves en un ataúd que tenía todos los lados de
cristal y encima de la tapa unas letras de oro que decían: Princesa
Blancanieves. Llevaron el ataúd a lo alto de una montaña y uno de los enanos
se quedaba siempre de guardia, cuidándolo.

Y los animales del bosque iban a ver a Blancanieves: primero fue una lechuza,
luego un cuervo y después una paloma.

Pasó mucho tiempo. Blancanieves seguía dentro de su ataúd de cristal, tan


hermosa como siempre: su tez blanca como la nieve, sus labios rojos como la
sangre y su cabello negro como el ébano.

Y un buen día, un príncipe pasó por el bosque, vio a Blancanieves dentro del
ataúd y dijo a los enanos:

35
-Dénme ese ataúd. Les pagaré lo que quieran por él.

Los enanos se negaron al principio, pero el príncipe les suplicó:

-Sin ver a esta niña, ya no podré vivir. Yo les prometo guardarla bien toda mi
vida.

A los enanos les dio pena aquel príncipe tan bueno, y le regalaron el ataúd con
Blancanieves. El príncipe llamó a sus ayudantes para que llevaran el ataúd con
mucho cuidado. Pero al ir por el bosque, tropezaron con unas raíces y con el
golpe a Blancanieves se le salió de la boca el pedazo de manzana envenenada.
¡Qué maravilla! En cuanto escupió la manzana, Blancanieves abrió los ojos,
levantó la tapa del ataúd y se levantó.

-¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?

-Estás conmigo -dijo el príncipe-. No tengas miedo. Ven al palacio de mi padre


y me casaré contigo. ¡Te quiero más que a nadie en el mundo!

Blancanieves se marchó con el príncipe, y su padre, el rey, preparó para ellos


una boda magnífica. Pero invitaron también a la reina mala, a la madrastra de
Blancanieves.

Cuando la malvada mujer se estaba poniendo el vestido para ir a la boda,


preguntó a su espejito:

Espejo, espejito encantado,


dime por gentileza
¿acaso hay alguien
que me gane en belleza?

El espejo contesto:

Reina, aquí eres la más hermosa,


pero la novia del príncipe
es en palacio, como una rosa.

Y la reina se sintió enferma de rabia. No conocía a la novia del príncipe, pero


no creía que pudiera haber alguien más hermosa que ella. Corrió hacia donde
se celebraba la boda y al entrar, reconoció a Blancanieves. Se quedó
completamente aturdida con la sorpresa, pero los criados del rey tenían

36
preparadas para ella unas zapatillas de hierro ardiendo y se las pusieron y tuvo
que empezar a bailar de dolor y tanto bailó de dolor hasta que se murió.

37
Hermanos Grimm

El lobo y los siete cabritos


É rase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritos,
a los que quería tan tiernamente como una madre
puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a
buscar comida y llamó a sus pequeñuelos.

- Hijos míos -les dijo-, me voy al bosque; mucho ojo con el


lobo, pues si entra en la casa os devorará a todos sin dejar ni
un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis
enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Los cabritos respondieron:

-Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.

Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino. No


había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz
dijo:

- Abrid, hijitos. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para
cada uno.

Pero los cabritos comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo.

- No te abriremos -exclamaron-. No eres nuestra madre. Ella tiene una voz


suave y cariñosa, y la tuya es ronca: eres el lobo.

Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de tiza. Se la comió para


suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta:

- Abrid hijitos -dijo-. Vuestra madre os trae algo a cada uno.

Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla los
cabritos, exclamaron:

- No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú.
¡Eres el lobo!

Corrió entonces el muy bribón a un panadero y le dijo:

- Mira, me he lastimado un pie; cúbremelo con un poco de masa.


38
Y cuando el panadero se la hubo cubierto, fue al encuentro del molinero:

- Échame harina blanca en el pie – le dijo. El molinero, comprendiendo que


el lobo tramaba alguna tropelía, se negó al principio, pero la fiera lo
amenazó: -Si no lo haces, te devoro-. El hombre, asustado, le blanqueó la
pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: -Abrid,


pequeños; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae
buenas cosas del bosque-. Los cabritos replicaron:

- Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellos que era blanca, creyeron
que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo
quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse
todos! Se metió uno debajo de la mesa; otro, en la cama; el tercero, en el
horno; el cuarto, en la cocina; el quinto, en el armario; el sexto, debajo de la
fregadera, y el más pequeño, en la caja del reloj. Pero el lobo fue
descubriéndolos uno tras otro y, sin gastar cumplidos, se los engulló a
todos menos al más pequeñito que, oculto en la caja del reloj, pudo
escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote
ligero y, llegado a un verde prado, se tumbó a dormir a la sombra de un
árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La
puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y
revuelto; la palangana, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el
suelo. Buscó a sus hijitos, pero no aparecieron por ninguna parte; los llamó
a todos por sus nombres, pero ninguno contestó. Hasta que al fin, cuando
le llegó la vez al último, el cual, con vocecita queda, dijo:- Madre querida,
estoy en la caja del reloj.

Ella lo sacó de allí, y entonces el pequeño le explicó que había venido el


lobo y se había comido a los demás.

¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitos!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de


su pequeño, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol,
roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de
cerca, le pareció que algo se movía y agitaba en su abultada barriga.

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¡Válgame Dios! -pensó-. - ¿Si serán mis pobres hijitos, que se los ha
merendado y que están vivos aún?

Y envió al pequeño a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.


Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando uno
de los cabritos asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron los seis
afuera, uno tras otro, todos vivitos y sin daño alguno, pues la bestia, en su
glotonería, los había engullido enteros. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con
cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas!
Pero la cabra dijo:

-Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada


bestia, aprovechando que duerme.

Los siete cabritos corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la


barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta
presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor
movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le


llenaban el estómago le dieron mucha sed, se encaminó a un pozo para
beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su
panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

- ¿Qué suena y resuena

en mi barriga?

Estos cabritos fueron seis engaños:

resulta que comí puros guijarros.

Al llegar al pozo e inclinarse para beber, el peso de las piedras lo arrastró y


lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo los
cabritos, acudieron corriendo y gritando jubilosos:

- ¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!

Y, con su madre, se pusieron a bailar en ronda en torno al pozo.

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41
El sastrecillo valiente
de Wilhelm y Jacob Grimm

N o hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba


la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa,
junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a
todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba:

—¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.

Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina


cabeza por la ventana, llamó:

—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!

Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a


cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los
inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo:

—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro


onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a
pelearnos por eso.

La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó


malhumorada y refunfuñando:

—¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me


bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza!

Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su


gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla,
terminaré esta chaqueta.»

Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que
las puntadas le salían cada vez mas largas.

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Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta
donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose
atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones.

—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar


a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su
idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez
más numerosas.

Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco
que había bajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a
servirles!», descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y
otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a
veinte.

«¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia.


«La ciudad entera tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y
corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le
bordó en grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE.

«¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!»

Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.

Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de


que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de
marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo
que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que se
guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había
enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que
acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como
era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca.

El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se
encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el
paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo:

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—¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él
me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?

El gigante lo miró con desprecio y dijo:

—¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura!

—¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le


enseñó el cinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!

El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de


hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto.
De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió
hasta sacarle unas gotas de agua.

—¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte!

—¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños!

Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle


todo el jugo.

—¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?

El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa
aquel hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la
vista apenas podía seguirla.

—Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.

—Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra.
Ahora verás —y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro,
encantado con su libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.

—¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito.

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—Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar
alguna carga digna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un
inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das
de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque.

—Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y


yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado.

En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre


una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar
también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo
más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: «A caballo
salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar árboles fuese un juego
de niños.

El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo


más y gritó:

—¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!

El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos,
como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo:

—¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un


árbol!

Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano


a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y
lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el
hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el
gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al
sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:

—¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?

—No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que


semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es
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que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo
disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes!

El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo


que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el
gigante:

—Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche
con nosotros.

El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna,


encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la
mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su
alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller.»

El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama,


sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de
acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el
gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y,
empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe
sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había
despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los
gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al
bosque cuando, de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de
costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar, y pensando que iba
a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado.

El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por


delante. Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se
sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así
durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas
partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE.

—¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra,


ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.

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Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un
hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en
modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo a su
servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de sus
nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El
emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando
vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la
proposición del rey.

—Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—.


Estoy dispuesto a servir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le
prepararon toda una residencia para él solo.

Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad,
deseaban tenerlo a mil millas de distancia.

—¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos
con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay
aquí quien pueda enfrentársele.

Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los


licenciase del ejército.

—No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre


capaz de matar a siete de un golpe.

El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan
fieles servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de
muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a
despedirlo, por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y luego se
instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin,
encontró una solución.

Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como
era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos
gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos,
incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro
de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes,
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recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa.
Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.

«¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno
le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no
sucede todos los días.» Así que contestó:

—Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me
hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por
qué asustarse con dos.

Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes.


Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores:

—Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.

Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y


siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban
durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se
balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió
especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos y trepó al
árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima
de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no
podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido.

Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron
echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su
compañero y le dijo:

—¿Por qué me pegas?

—Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado.

Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una


piedra al segundo.

—¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras?


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—Yo no te he tirado nada —gruñó el primero.

Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron
las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a
las andadas. Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su
fuerza al pecho del primer gigante.

—¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco,


arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol,
que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la
misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo
dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta que los
dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito.

«Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues


habría tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros
los sastres somos livianos.»

Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho.


Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo:

—Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura.
Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a
un hombre como yo, que mata a siete de un golpe!

—¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes.

—No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado.

Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí


encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su
alrededor, los árboles arrancados de cuajo.

El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el


rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
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—Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—
, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un
unicornio que hace grandes destrozos, y debes capturarlo primero.

—Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió


el sastrecito—-Siete de un golpe: ésa es mi especialidad.

Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber


rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera.

No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió


ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.

—Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito.

Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio


estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el
unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan
profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero.

«¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la
cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su
presa al rey.

Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer


trabajo. Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar
un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para
ello contaría con la ayuda de los cazadores.

—¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños!

Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos,
pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que
no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo.

Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos
de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe
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huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por
aquellas cercanías. Subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro
salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla;
pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un
golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era
demasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito
se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con sus
propios ojos.

El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la


mitad del reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono».

Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo
un rey el sastrecito valiente.

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