La tormenta

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Uno.

Te levantás temprano, a las seis. Tus cosas están listas desde el miércoles: Celular, música, documento, pasaje. Anteojos

negros. Te vas a duchar sin apuro. Te lavás los pelos colorados con cuidado, dos veces shampoo y una vez crema enjuague. Mirás el reloj mientras te enjuagás la espalda. Tenés tiempo. Te gusta la toalla azul, es grande y suave. Te gusta el contacto con la toalla azul, te envolvés con ella y abrís la puerta del baño, te gusta ese frío de airecontrapielmojada. ¿Cómo no te vas a afeitar antes de salir? diría tu mamá. ¿Ropa interior? ¿Cepillo de dientes? te preguntaría. Pero tu mamá no está más y vos no te afeitás. Te encanta tu barba roja de tres días. Te vestís con ropa

cómoda, el viaje va a ser largo. Llevás un buzo atado a la mochila para usar de almohada y poder dormir un poco.

Desayunás un té con leche, nada más. No tenés hambre. Llamás un taxi, cerrás las ventanas y la llave del gas. Dejás todo preparado, apagás las luces, y bajás. Ocho pisos, el taxi espera en la puerta: te sonreís. A la Terminal de Ómnibus, por favor le decís al taxista. Es muy gordo y parece recién afeitado. Mirás por la ventanilla pero no hay nada para ver, hace mucho calor. Si te olvidaste el cepillo te comprás otro cuando llegás, diría tu mamá.

La última vez que estuviste en la Terminal de Ómnibus fue para irte de vacaciones a la playa, en enero del año pasado. No hay nadie, si comparás con ese día. El pasaje

está en la billetera, doblado en cuatro. Lo sacás y forzás la vista: plataforma ocho. Transportes Automotores Comandante

Ernesto Guevara anuncia que su servicio de las nueve horas con destino Chos Malal partirá en horario por plataforma ocho”. Nombres mapuches, susurrás. Plataforma ocho. Tu paso es lento como el de un colimba que deja a su novia sola en casa. En el camino un pibe te pide dos monedas, le das una. El maletero te habla. No, gracias. La llevo arriba le contestás sin mirarlo. Hay otro hombre que te habla, el que corta los boletos. Es alto, debe medir más de un metro ochenta, un metro ochenta y seis tal vez. El hombre mira tu tatuaje, se da cuenta que no debe y se apura a mirarte a los ojos. Buen viaje.

Siempre igual: desde la primera vez que viajaste solo, a los catorce. Ese sueño recurrente de la chica que te pregunta si ese asiento al lado tuyo es el mismo que está escrito en su boleto. Tantos años para que llegue este día y le preguntes a la muchacha si ese asiento es el tuyo. Sí dice. Se sonríen y ella vuelve a concentrarse en un cuaderno de anotaciones. Está estudiando, pensás. Qué raro. El micro sale en horario, te gusta la puntualidad. Mirás por la ventanilla y ves un campo de refugiados. Ves el puerto y tampoco entendés, pero no importa. Pasan por una de las “zonas incendiadas”. Dedicás un momento a mirar a tu compañera. Es chica, pensás. El paisaje muta, la vegetación desaparece paulatinamente. ¿Van a tomar algo antes del almuerzo? Dice la azafata. ¿Agua, gaseosa, vino? ¿Whisky? Te

pregunta.

Un whisky,

por

favor.

La

empleada mira a tu compañera. Que sean dos dice mientras se levanta para ir al baño, le susurra algo en el oído a la chica de los tragos que asiente con la cabeza y se retira. La azafata sigue su camino. Te asomás por el pasillo del colectivo de alta velocidad, atrás de la chica de los tragos ves a tu compañera de asiento y te perdés en el movimiento hipnótico de su trasero. Una actitud saludable reflexionás. Salud, dice ella sentada del lado de la ventanilla, whisky en mano. Salud, le sonreís.

El celular suena, y te despierta. Reconocés el número que llama en la pantalla holográfica y lo apagás. Lo guardás de vuelta en el bolsillo del pantalón. Te

refregás los ojos y la mirás. ¿Dónde estamos?, preguntás. General Hacha, La Pampa. Paramos a cenar, dice mientras saca un paquete de su bolso. Un sándwich, pensás. Salís de un baño demasiado lujoso y ves a mucha gente haciendo cola para comprar comida. Un contingente de jubilados, si no dos. Un promedio de edad cercano a los cien años. La buscás en el lugar pero no está; salís a caminar. La ves sentada al lado de un árbol, ella te mira y vos crees que hay un pacto, una invitación. ¿No cenás? menos mal que bajaste los anteojos. ¿Querés una porción de tarta? Es de zapallitos, de mi propia huerta. No tenés hambre. El rato pasa, vos estás sentado en silencio. ¿Fumás? Te muestra. Puedo acompañar, le decís. La droga es áspera y vos ya no estás

acostumbrado. El rato pasa. Ella fuma con naturalidad, lo disfruta. ¿Para qué vas a un pueblo perdido en el medio de la nada? Si te puedo preguntar, ¿no? No sos neuquino. Tenés razón, le contestás, no soy neuquino ¿vos a qué vas? El efecto es leve, fumaste poco. Para visitar a mi familia. Te mira y duda. Es una excusa para ir a la fiesta del chivo. ¿Vos vas para la fiesta? Te gustan sus piernas ¿Para qué más?, le mentís.

El micro te queda grande y sólo alcanzás a tocarle las piernas: un poco. Subestimaste el efecto de la droga y ahora estás muy dormido. Soñás con una bombacha rosa como las de antes. Cuando abrís los ojos ya no se mueven y todo el mundo se está bajando. Ella desapareció.

Dos.

Un pueblo chico, pobre y vacío. Ni más ni menos. Sobre la frontera del nuevo “Gran Desierto”. Un paseo por la mañana,

almuerzo vegetariano y una buena siesta por la tarde. Toda la tarde. Te despiertan los festejos. Es de noche. Es hora de salir. Te vestís con tu ropa cómoda, ésta vez para no llamar la atención. También porque es la única que trajiste. Te duele la espalda, la mochila estaba muy pesada. Cuesta creerlo. Hay miles de personas en las calles, por todos lados. Hay marionetas gigantes, gente disfrazada. Chivos sueltos, chivos de madera, chivito al asador para probar en las esquinas. Animales

modificados genéticamente para la mejor adaptación a las nuevas condiciones. Los fuegos artificiales hacen alternar períodos de luz y sombra. Las explosiones son ensordecedoras. Ves una caravana de

mapuches vestidos para la ocasión y no lo podés creer. Deben ser algunos de los últimos que quedan en la región. Es carnaval en noviembre, pensás. Verano todo el año. Te comprás una botella de vino, la más cara que conseguís en el kiosco que está justo frente a tu hotel y salís. A caminar un rato. ¿Qué hora será? Las once y media, te contesta alguien que pasa por ahí, borracho. Te dejás llevar por la marea de gente, van a la plaza principal. Cuando estás a dos cuadras ya ves la gigantesca llamarada. De cerca se ve mejor: es un inmenso chivo de

madera y alambres, con partes de chapa, de dónde salen disparados todo tipo de fuegos artificiales y bengalas de colores. Pedro. Alguien que sabe tu nombre o alguien que se llama igual que vos. No le prestás atención, querés ver de cerca el chivo gigante. Te conmueve lo artesanal del momento. Te pasa por al lado la caravana de mapuches, enfurecidos. Son unos doce y casi corren hacia el centro de la plaza, hacia la fogata colgante. Ves a otros dos grupos que también vienen corriendo. Todos ellos rodean al objeto del multitudinario culto, y bailan. Forman un círculo muy cerca del fuego, que a su vez está rodeado por otro círculo más alejado de vecinos, turistas y jubilados centenarios. Creés reconocer

alguno de los que viste anoche. No importa.

Ella está ahí, a unos diez metros, bien cerca del baile. Pedro, acá. Te apurás a llegar. No te escucho nada. Ella también está un poco borracha, comparten el vino que se acaba rápido. Caminan un poco para alejarse del festejo más violento. Se sientan al lado de un árbol, en la misma plaza. Ella habla de lo fantástica que es esta fiesta, de cuanto le gusta. Te pregunta si la pasás bien, vos asentís sin saber lo que te dice. No se escucha. Hace el gesto del cigarrillo. Vos hacés el gesto de dale. Te pica la garganta. Es el año nuevo mapuche, explica. Vos ya no entendés nada. Una mujer vestida de fiesta te viene a buscar, para que bailes. Estás en el medio de una ronda de indígenas extasiados y no entendés nada, te divertís mucho. Mirás para el lado del árbol y no la ves. Te salís de la ronda y vas a buscarla. Ni

le preguntaste el nombre. Tus movimientos son lentos, no te sentís bien. Vomitás en el mismo árbol, atrás. ¿Estás bien, che? te preguntan. Todo bien.

La ves a lo lejos. Corrés para alcanzarla, pero cuando llegás no sabés qué decir. Das la vuelta, te ponés frente a ella y le das un beso largo y silencioso. Te volvés a sentir muy mal y te vas corriendo a otro árbol. Esta vez no vomitás, pero volvés a perderla. Todo da vueltas fuera de control.

Vas y volvés por las mismas calles infestadas de gente. Pasás más de una hora buscándola, estás cansado y cada vez más sobrio. En una de las mil vueltas por la plaza te das cuenta que los mapuches siguen bailando: hay música pero no hay músicos,

ni parlantes, ni nada. No sabés si estás paranoico por lo que te convidaron o qué, pero decidís que la fiesta del chivo se terminó y volvés al hotel. Necesitás descansar bien.

Tres.

Dormís doce horas sin interrupción. Pedís tu caja de seguridad, la abrís y sacás la mochila. Le pedís a la recepcionista que consiga un taxi y le pagás todo, más una generosa propina.

Te ponés los anteojos negros, sos rock. A Chorriaca, por favor, decís mientras te acomodás en el asiento. Es un bio-diesel como no se construyen hace cinco años, por

lo menos. Me tenés que pagar la vuelta también, pibe, dice el hombre mientras te mira por el espejo retrovisor. Ya sé. Estoy llegando tarde, amigo. Vos no lo mirás. A Chorriaca, dice el tipo mientras arranca con violencia. Una maravilla de la tecnología, el silencio absoluto. Más de treinta kilómetros de desierto. Montaña y desierto. Y calor. El chofer lleva una camisa de mangas cortas desabrochada que el viento hace flamear como una bandera de la transpiración. Lleva todas las ventanillas abiertas y a vos te parece que ese auto puede remontar vuelo en cualquier momento. ¿Ves ese cisterna, pibe? El camión es gigante. Se llevan el agua para los puertos de Chile, la

compraron toda. Vos contás unos veinte camiones durante todo el viaje. Llevás un libro viejo, a mano, por si no querés hablar

con el hombre. Derriten los glaciares y la sacan por el Pacífico. El paisaje, tan imponente como deprimente, te consume. Todo va para Asia, la compraron toda. Vuelve a sonar el celular. Otra vez el mismo número bailando en la misma pantalla holográfica con demasiados colores. Tirás el aparato por la ventanilla abierta y no mirás donde cae.

Después de varias curvas y contracurvas que se te hacen bastante peligrosas el auto se baja de la ruta nacional y toma un camino de tierra. No hay gendarmería que proteja a los que lo eligen. Ves a un hombre parado al lado de un Citröen gris claro totalmente destruido. Acá está bien, le decís a tu chofer. El pueblo es allá adelante, acá es la escuela de los indios,

te contesta. No se preocupe, me bajo acá. Le pagás y le das mil dólares de propina. Caminás hacia donde está el hombre, a unos cien metros. Son los cien metros más largos de tu vida, el calor es insoportable. Cuando llegás al auto destartalado te das cuenta de por qué siempre hubo sauces en estos puestos de montaña.

_ ¿Vos sos el brasileño? _ Pedro. Mucho gusto. – Hacés una pausa para recuperar el aliento – ¿Usted es el jefe? _ No parecés brasileño. _ Eso me dicen. _ Yo soy Sandro Kilapí, de la comunidad Kilapí. Es tu hombre, le das la mochila en silencio; él la abre y mira en su interior. Te dedica un

gesto de asentimiento y la guarda en el baúl del auto. Ves una cría de chivo en un corral y te dan ganas de vomitar. _ ¿Ustedes viven de estos animales? _ Tratamos. ¿Ves este camino? Tratá de mirar dónde termina – Tratás – ¿No te parece que es muy derecho? Son kilómetros y kilómetros de camino derecho, cruza montañas, valles, todo. Eso no es un camino. Es una línea sísmica. Es lo primero que hicieron, hace treinta años. Vinieron con topadoras y marcaron la línea. Una recta perfecta. Después vinieron con

vehículos, operarios y científicos. Es un estudio del subsuelo, martillan el piso con un camión especial y así saben donde está el petróleo. – Sandro Kilapí no te mira. – Ese es el primer problema. La vegetación puede

tardar sesenta años en recuperarse sobre la línea sísmica, decían. Después vinieron los pozos, los chivos muertos, los nenes enfermos. Todo lo que debés conocer. Cuando se acabó el petróleo estuvieron a punto de devolvernos las tierras. Se hace un largo silencio. Te llevarías al chivo bebé para que te acompañe en tu viaje, pero no podés. _ Ahora están usando los mismos ductos para el agua y hasta la quieren bombear de los pozos abandonados. – Hace una pausa y te escruta de arriba abajo, intrigado. – ¿Es verdad que tenés sangre Kaiowá? _ Sí. _ No se nota. _ Ya lo sé. – Ahora sonríen juntos. – Mi bisabuela era Kaiowá y yo viví con ellos hasta los cinco años. Mi familia se tuvo que

venir a la Argentina por problemas con el gobierno. Después de los suicidios masivos _ Claro. – Una ráfaga de viento furioso los llama a silencio por unos segundos – ¿Ahora volvés a Buenos Aires? _ No. Tengo que desaparecer por un tiempo. _ Me parece bien. – Te ofrece su mano, vos se la estrechás con fuerza. _ Cuídense mucho. – Le decís. _ Vos también cuidate, pibe. Que tengas suerte.

Hacés auto stop un rato largo hasta que pasa una cuatro por cuatro y te levanta. Cazadores de fortunas, pensás. Van para el sur, el viaje va a ser largo. Te dormís.

©2010 Ernesto Gallegos ernestogallegos@gmail.com

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