edicionesdel~ ~

INFINITA COI.ECCIÓN
Rosario Sanmiguel

,
AR.BOLES
ÁR.BOLf.5

©Rosario Sanmiguel,2011.
«.•.el soñador amarra un corazón indeciso al
©Rosario Sanmiguel,2007.
corazón del árbol, mas el árbol lo arrastra en el
© RosarioSanmiguel,2006.
lento y seguro movimiento de su propia vida.»

Gastón Bachelard
Dibujode la portada: FelipeAlcántar

Diseñode la portada: LuisCarlosSalcido

ISBN: 978-607-7788-70-6

Produccióneditorialintegral:
Ediciones del Azar A.C.
Calle 17número 117
Chihuahua, México,31000.
Tels.: (614) 4-100-584, 157-1159
Fax: 415-9283

E-mail: golpededados@hotmail.com

Impreso y hecho en México
Del Big Bend a tierras ejidales, en una barca agujereada al mando

de un niño, por un cuarto de dólar crucé el río Bravo. En la margen

los barqueros descansaban bajo la sombra de una manta anudada

a cuatro palos enterrados en la arena. Antes de seguir el camino,

en un intento por guarecerme unos segundos bajo el palio, me

aproximé a ellos. Ahí permanecí cerca de una hora, como si tuviera

todo el tiempo en las manos, al lado de los niños barqueros. Para

ellos menguaba el trajín del cruce a esa hora del día. Yo no sabía

qué me esperaba al final del trayecto, por eso la demora: una tre-

gua, unos momentos de evasión. Los niños, visiblemente acostum-

brados al paso de los migrantes, poca atención prestaron a mi pre-

sencia; actitud que agradecí, pues me permitió contemplar a mis

anchas la intensa claridad que envolvía los objetos a un lado y otro

del cauce oscuro del río. Más tarde, paliada la fatiga, los niños me

indicaron cómo llegar a la casa de un hombre llamado Tavera. Siga

la vereda, no tiene pierde, hasta llegar a una casa con barrotitos de

madera en las ventanas, ahí dobla a la derecha y al fondo está el

alambrado del solar de Tavera. Escuché las instrucciones y eché a

andar segura de que me perdería, como me ocurría siempre, ca-

rente del mínimo sentido de orientación, que trataba de llegar a

algún sitio por vez primera. Sin embargo, antes de lo esperado

encontré el punto donde debía torcer el rumbo. Caminaba por la

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vereda de tierra repegada a los muros; buscaba la angostura de la parecían el contorno de un mapamundi extraño. Caminamos un
sombra que arrojaban los aleros del pobre caserío de adobe. El eji- poco más, dimos vuelta hacia la parte trasera de la casa, ahuyenta-
do era una resolana implacable. mos con nuestra presencia a media docena de gallinas que pico-
Llegué al cerco. Mientras me sacaba la tierra de los zapatos teaban en la tierra bajo un cobertizo de lámina. Esa era la fachada.
apoyada en el alambrado, escuché una musiquilla que venía de Por alguna razón sólo comprensible para él, Tavera dio vuelta a
atrás de la casa, luego vi aproximarse a un hombre. Buenas tardes, toda la casa para conducirme a una mesa a la que hubiéramos po-
me dijeron que aquí podía comer algo, le dije cuando lo tuve frente dido llegar directamente. Ahí, delante del techo de lámina, el cas-
a mí. Buenas, sígame, respondió el que supuse era Tavera. Tenía la
cajo de una camioneta reunía a tres muchachos risueños. Supuse
dentadura manchada de sarro, el pelo canoso, largo y ensortijado;
que eran los hijos de Tavera, los escuchas de la música.
llevaba la barba sin afeitar y una camiseta vieja ceñida al cuerpo
iBájenle güevones, que no estamos sordos!
con rastros de saín en el cuello. Abrió el cerco y lo seguí a través de
Tavera les gritó sin voltear a verlos al tiempo que me indica-
un patio extenso en dirección a la casa. Tavera dejaba las huellas
ba una silla con la mano. Cuando entró al cuarto que teníamos
de sus gastadas botas vaqueras claramente señaladas en la tierra.
justo enfrente, uno con la puerta abierta, los hijos de Tavera se
Tras nosotros iba un perro famélico que no supe cuándo se agre-
miraron entre sí, soltaron risillas, se encogieron de hombros y obe-
gó y que husmeaba el rastro que dejábamos en la superficie.
decieron. Me acomodé donde me había indicado, en la única silla
Unos cincuenta pasos más allá llegamos a la casa; era una cons-
que había en ese porche formado por las ardientes láminas. Bajo el
trucción angosta con una ventana orientada hacia la puerta del
cobertizo el calor era casi insoportable.
cerco. Detrás de la mampara presentí una sombra. Avanzamos por

una terraza de cemento cuarteado en cuyo centro una mecedora Disculpe, étray cigarros? Indagó llegando hasta mí el mu-

desvencijada miraba a los cerros. Ahí me detuve, apenas tinos se- chacho que parecía ser el mayor. Saqué una cajetilla de la mochila

gundos, pues Tavera sintió que me atrasaba y me urgió a seguirlo. y los otros se acercaron a tomar uno. ¿viene de Lajitas? ¿Encontró

Seguimos caminando los tres. Pasamos delante de cuatro puertas trabajo? insistió el muchacho sin conseguir que yo verbalizara una

cerradas y de una pieza abierta ocupada por varios catres con los respuesta inmediatamente. Asentí y negué con la cabeza porque

colchones descubiertos, donde las ostensibles manchas del forro mucho sus preguntas me habían sorprendido, puesto que yo me

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pensaba ajena a ese mundo que empezaba a conocer más a causa pensé que la mecedora de la terraza era de ella, par~ contemplar

de otra voluntad que a la mía. los cerros, para abatir la nostalgia que hablaba por ella en los ojos.

¿ne qué trabajo hablas? Cuestioné yo al muchacho, pero en- De un golpe vacié el vaso, luego les ofrecí a los ociosos otra
tonces fue él quien no respondió; el padre estaba de vuelta y ellos ronda de tabaco. También Tavera tomó un cigarrillo. Después de
regresaron a su lugar en la traca deshuesada. Tavera colocó frente encenderlos de nuevo subieron el volumen a la música y, como si
a mí un vaso de agua y un plato con tres tamales. Los deshojé ante así nos hubieran exigido silencio, nos quedamos callados: Tavera
el acecho de las moscas, que de inmediato se aposentaron sobre pensativo, yo agradecida por la sombra y el agua.
las hojas coloradas que yo dejaba en el peltre. iAlláviene Isidoro! De pronto gritó la mujer, que aún mira-
iEl trabajo está más adentro! Espetó el padre mientras jalaba ba por la ventana. Los muchachos, el padre y el perro corrieron en
un banco del interior del cuarto para acompañarme. ¿ne dónde dirección al cerco. Llevadapor la curiosidad abandoné la mesa para
viene? Preguntó enseguida en voz baja. ir tras ellos. Isidoro también corrió a encontrarlos. Cuando estu-
El Paso. Respondí a secas porque trataba de comerme los vieron juntos los tres mayores lanzaron una rechifla ruidosa y sos-
tamales antes que la miríada de insectos acabara con ellos. Tavera tenida para celebrar al menor de los Tavera.
asintió con la cabeza y agregó que hacía mucho tiempo que no ¿Hasta dónde llegaste hijo? Indagó la mujer, última en lle-
daba una vuelta por aquellos rumbos. Le pedí más agua. El no se gar al cetco.
levantó, a gritos ordenó que la trajeran, varias veces, hasta que
Adelante de Lajitas, allí me levantaron. Contestó el jovenci-
apareció una mujer enjuta con una jarra de plástico. A pesar de la
to en actitud suficiente.
lentitud de sus pasos el agua venía derramándose. Por un momen-
¿Trais dinero? Volvióa interrogarlo la madre al pasarle cari-
to me pareció ver a la mujer caminar en puntas, supuse que ella
ñosamente la mano por la frente.
era la sombra detrás de la mampara. Llenó el vaso sin pronunciar
Ni cinco, pero mañana regreso a cobrar.
palabra, ni siquiera contestó cuando le di las buenas tardes, sólo

me miró y regresó al cuarto del que salió, puso la jarra en una Orgullosos del niño los hermanos le brindaron otra silbatina,

mesa y sesentó frente a la ventana a mirar el camino, a abanicarse luego todos enfilamos de regreso a la casa. Los muchachos se aven-

con un cartón que le espantaba las moscas y el calor. Entonces taban a Isidoro entre ellos como a un juguete. La mujer trajo la

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jarra rebosante de agua y otro vaso para el menor de sus hijos, lPor qué razón creía él que yo debía saber cómo era la vida

pero Isidoro vació el líquido del pico a la boca. Resultaba obvia la en el ejido? Mientras avanzábamos recogía piedras, corcholatas,

admiración y el cariño de los mayores hacia el niño. Él por su parte tuercas mohosas y cuanto objeto llamaba su atención. Algunos se

gozaba con las fiestas· de sus hermanos y la atención de la madre. los guardaba en los bolsillos, otros le servían para ejercitar la pun-

Tavera, que hasta ese momento no había dicho nada, exclamó, tería. Decidí no preguntar más. Casi al llegar a la orilla apuntó ha-

iNomás hasta Lajitas nos dejan llegar, allí es donde nos necesitan! cia el norte y me dijo, allá hay muchos teléfonos y muchas televi-

iCabrones!, remoliendo las palabras en la boca. Fue lo último que siones y las casas están siempre frescas y es muy fácil comprar una

le oí decir antes de que se perdiera en el interior de la vivienda. troca. Al oír sus palabras advertí mi torpeza, Isidoro en una frase

Tras él la mujer desapareció también. Los hermanos, indiferentes resumió su experiencia con el mundo del que yo venía. Mejor hu-

ante el disgusto de su padre, escuchaban con alegría la música biera sido preguntarle sobre Malavid, a donde yo me dirigía esa
mientras Isidoro, sentado en el banco que recién había desocupa- tarde, seguramente me hubiera dado una respuesta acertada.
do Tavera, se entretenía con un juguete electrónico que sacó de la Llegamos a la playa de los barqueros. Ahí una troca vieja
bolsa raída del pantalón. estaba lista para salir. Los trabajadores que acababan de cruzar se
Pasaban de las dos de la tarde y yo debía seguir el viaje. arracimaban en la caja. Entre hombres y mujeres había poco más
Cuando me despedí de los hermanos les dejé la cajetilla de Marl- de una docena y otros tantos que esperaban su turno en la rivera
boro Lights. El niño me encaminó al cerco y me ofreció su ayuda del otro lado. Me despedí de él deseándole suerte en su viaje del
para buscar transporte a Malavid. Acepté y seguimos en dirección siguiente día. Me sonrió de cierta manera que interpreté como una
al río. burla. Tenía razón, quién necesitaba la suerte era yo. Enseguida
lCómo te vas a ir mañana? Lo interrogué con verdadera hablé con el chofer de la troca y éste le pidió a uno que me cediera
curiosidad. su lugar en la cabina. Minutos más tarde el vehículo estaba lleno y

De rait. listo para ponerse en marcha. A medida que salíamos del ejido, el

lEs muy lejos? lCómo es el lugar a dónde vas a cobrar? caserío se difuminaba tras un nubarrón de polvo. Allá quedaban

Isidoro no respondió, en cambio me miró como si no creyera posi- los Tavera, aunque no por mucho tiempo, pues antes de lo que

ble mi ignorancia. pensaba volvería a encontrarme con ellos. Hacia adelante, entre

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las pitas del breñal, la troca se abría paso por un intrincado cami- insolentes, molestas, pero pasajeras al fin. Palabras que no alteran

no de tierra, un rayón reseco trazado en la llanura. Esa ardiente la conciencia ni los hábitos de los oyentes ni del autor de ese dis-

tarde de julio, mientras la troca daba tumbos en el camino de curso, el cura Manríquez, quien acostumbra desayunar en la casa

terracería que iba a Malavid, las escenas y situaciones que había de los feligreses que con tanta paciencia esta mañana lo escuchan.

imaginado en el hospital se avivaban ante la inmediatez del en- Jacinta lo atenderá los jueves, tal vez. Lo recibirá amable,

cuentro con los Galindo. gustosa de servirlo, aunque en el fondo la inquietará el leve aleteo

de la culpa, ese tenue sobresalto que en ocasiones la obliga a bajar

la mirada. El desayuno transcurrirá plácidamente, la conversación

abordará los temas piadosos de siempre hasta escasos minutos

antes que la sotana abandone el comedor, porque entonces el cura
Iluminada .por la llama cintilante de los cirios, frente al sobrio al-
le recordará a Jacinta que los viernes por la tarde hay confesión.
tar de la iglesia cuyos blancos muros ofrecen la soledad de los san- Mi tía abuela asentirá, jugará a ser sumisa;· sin embargo, al día
tos a la más fina y persistente película de polvo, apenas tocada por siguiente, justo a la hora que debe presentarse en el confesionario
la fervorosa oración de Jacinta, imagino a la niña comulgar por vez encontrará alguna ocupación, cualquier cosa que le sirva de pre-
primera. Veo a la familia Galindo acompañada por los notables de texto para no asistir. El cura sabe que su labor es inútil, mas en-
Malavid: el presidente municipal, el recaudador de rentas, el ad- tiende que su deber es pastoreada, acercarla al cumplimiento de

ministrador de la mina y el maestro de la niña. A ellos van dirigi- sus deberes con la Iglesia, por eso después de intentarlo una vez

das las inofensivas palabras del cura. "Unos y otros, acabemos con más, resignado fumará un cigarrillo y beberá otra taza de café mez-

la costumbre de no dar y también con la costumbre de pedir; no dado con chocolate.

nos hagamos los desentendidos, que ante los ojos de Dios ni la Es el primer sábado de mayo de 1940. Los Galindo y sus in-

codicia ni la pereza permanecen ocultas. Reconozcamos nuestros vitados se reflejan en el pulido encino de los pisos, en la plata de

pecados ante el Señor..." Son las frases introductorias de un ser- los cubiertos resplandecientes, en el amplio espejo oval que traje-

món que zumba en las orejas como una de esas moscas verdinegras, ra Galindo desde San Antonio por capricho de doña Andrea

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Carrasco. Uno más de los muchos que tuvo y vio cumplidos su su fino oído musical le permite jugar con los instrumentos: ahora

difunta esposa. el contrabajo, en la otra pieza el violín.

En la espaciosa cocina la estufa de leña permanecerá encen- Al paso de las horas los comensales satisfechos se despedi-

dida desde el amanecer hasta entrada la noche. Las cocineras no rán, las cocineras apagarán el fogón y la fiesta gradualmente se

cesarán de echar tortillas de harina y de maíz, de servir el asado de agotará en el silencio de la noche. Jacinta, exhausta, también aban-

puerco en chile colorado a los invitados al convite. Para las seño- donará el escenario. En su alba cama de latón, Amandita ya dor-

mirá profundamente. Sólo Galindo dará vueltas en su cama una y
ras Jacinta abrirá las conservas dulces guardadas en la alacena, y
otra vez. Dominado por el deseo luchará, se resistirá inútilmente,
para los hombres sotol y whiskey, todo el que sean capaces de be-
pues sabe que terminará entregándose. Se pondrá de pie, cruzará
ber. La comida que ofrecerá Galindo en honor de Amandita, su
·li el pasillo, abrirá la recámara de la niña para asegurarse que duer-
única hija, no terminará con los postres, se prolongará muchas
me y en seguida se dirigirá a la pieza de Jacinta. Ahí se detendrá
horas después que la niña, con su vestido de encajes blancos y
unos instantes a descifrar el murmullo de su rezo, antes de regre-
organdí, caiga rendida de tanto llamar la atención. Imagino (lo es
sar al salón a encender esa pipa que deberá paliar la ansiedad, ate-
que Amanda me lo contó?) que dos veces al año Galindo iba en
nuar la culpa.
viaje de negocios a San Antonio; antes de Navidad y en el verano.
Termina de fumar. A su regreso acerca la oreja a la puerta
De allá llegaron los encajes, el libro de oración de pastas nacaradas,
para escuchar el susurro de la devota. Es entonces cuando con el
el rosario de cuentas cristalinas y la alta vela blanca con la cinta
corazón tremolante, siempre como la primera vez, da vuelta al pi-
dorada que baja en caracol.
caporte para encontrar aún con el diostesalvemaría en los labios a
El alma de la fiesta es Galindo. Cuando no cuenta fantasiosas
su hermana aquiescente: Jacinta maciza y esbelta como la vara de
historias de apaches en las que él resulta triunfador, tañe una gui-
un peral.
tarra de doce cuerdas. Galindo es un narrador nato y Jacinta lo

escucha con admiración, confirma en silencio que lo que en los

otros es pedantería, en él resulta gracia y donaire. Los músicos son

de Ojinaga, los mejores de la región. Ese día Galindo toca con ellos,

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Desperté al filo de las doce. Emergía de un largo sueño del cual no lo largo de la acequia hasta el fondo de la calle, el sitio de la arbole-
recordaba nada o casi nada, salvo el rostro enjuto de Amanda, ima- da luminosa que había visto al llegar. Caminé sin rumbo fijo. Eran
gen que venía a mi mente en cualquier momento, ya fuera el mis pasos, no yo, los que se empeñaban en llevarme a algún lugar
sueño o la vigilia, como una obsesión, como una enfermedad que apartado de la casa de Galindo, del gélido recibimiento de Jacinta,
había que sanar, si es que la memoria tenía remedio. Después de de la indiferencia del viejo. Actitudes que no sólo me hacían incó-
haber dormido tantas horas una pesadumbre en el cuerpo me man-
moda la estadía en su casa, sino que además habían empezado a
tuvo aún largo rato en la cama. Cuando finalmente salí de la penum-
sembrarme dudas sobre el sentido del viaje.
brasa habitación que me había asignado Jacinta, no me atreví a
Apenas caminé unas cuadras cuando oí una voz que me
recorrer la casa, algo que deseaba intensamente.
llamaba por mi nombre; parecía venir de atrás de un mosquitero.
Fui derecho a la cocina, al lugar donde el día anterior me
El hombre que abrió la puerta me mostró en esa hora vacilante la
•·11·1 había recibido Jacinta, el único donde al parecer me era permitido
desarmonía de su figura, la generosa papada y la esbeltez de su
estar. Allíla anciana había dejado un plato cubierto con una servi-
cuerpo. Busco a Galindo. Respondí desconcertada, sorprendida al
lleta de lino blanco, esquinas bordadas en punto de cruz con flore-
escuchar mis propias palabras, pues seguramente sin yo saberlo
cillas en amarillos y violetas, que me llevó a las tediosas horas ves-
había salido a buscarlo.
pertinas de Amanda en compañía de Jacinta, su celosa custodia.
Por ahí debe andar, comentó amablemente el hombre,
Tomé la servilleta y aspiré profundamente ese olor a pan, a género
entre, tal vez pase por aquí más tarde.
limpio, a nada especial. Me la llevé de regreso a la habitación; do-
blada la guardé en la mochila y de paso tomé el cuaderno. Me eché Así lo hice. El hombre me tendió la mano y se presentó

en la cama y traté de escuchar la voz de Amanda. Cerré los ojos como pariente lejano de los Galindo. Se llamaba Tomás y era el

para invocarla, para que nada me distrajera del relato que vivía propietario del establecimiento. Me llevó a una mesa apartada,

dentro de mí. lEra su voz la que escuchaba o era la mía? Abrí el donde un rato más tarde supe que su amabilidad era el preámbulo

cuaderno y empecé a escribir las primeras frases. a una confesión. Usted conoció a Amanda lverdad? Le pregunté

Horas después, cuando salí de la casa vi un sol en declive abiertamente porque tuve la clara intuición de que él deseaba ha-

que inmovilizaba la tarde. El viejo caserío de adobes se alineaba a blarme de ella. Tomás no parecía ser un hombre movido por la

18 19
curiosidad, en todo caso era un memorioso como Galindo, como la Era fácil suponer que Greiner y Amanda se habían conoci-
misma Amanda. do en el cine del campamento minero. A pesar del trazo tan am-
Sí. Fue una mujer consumida por la tristeza. No hay en- plio con el que Tomás dibujó al alemán, resultaba obvio que entre
fermedad que acabe tanto como un mal recuerdo. Hablaba con la esos tres hombres mi padre era el gañán, el malo de la película; el
mirada fija en un punto lejano, más allá de la puerta situada al bueno y el feo también saltaban a la vista. ¿Ese alemán aún vive
otro lado de la pieza, como si esperara verla cruzar el umbral en aquí?
cualquier momento. Después lanzó un ruidoso suspiro y agregó:
Antes de hablar sonrió con una mueca sarcástica. ¿Pensó
siempre estuve enamorado de ella. No fui yo el único, Wolfgang ',,.111

acaso que yo era capaz de ir a buscarlo? Sí, tenía razón, de haber
Greiner fue novio formal de Amanda, pero como usted sabe de
sido afirmativa la respuesta me hubiera presentado ante él. No,
.11:1 sobra, a quien ella amó perdidamente fue al candelillero. Esa fue
'11
1\ respondió Tomás enfático. Cuando Amanda lo dejó por el can-

,,,,¡ su desgracia.
delillero, él se consoló con Idalia, una mujer que al parecer cono-
,,,,,¡ Lo dijo en tono monocorde, como si su único interés hu-
111!,.1

¡11:~;
ció en las minas del sur del país. Años después llegó aquí la noticia
hiera sido dejar por sentado un dato importante. Después de oírlo
de que se habían establecido en un pueblo cercano y que vendían
intuí que él sería un buen informador, alguien que por despecho
paletas de hielo hechas con una fórmula que Greiner inventó.
no consentiría equívocos, de manera que me aventuré a iniciar
una ringlera de preguntas relacionadas con ese personaje llamado La respuesta de Tomás explicaba en parte su sonrisa. Lue-

Greiner; un nombre que entre fragmentos había escuchado de la- Kº permaneció callado. La conversación se estancó antes de lo pre-

bios de Amanda. visto; sólo logramos reanudarla después de que llegó un cliente a

Wolfgangllegó aquí a trabajar en la mina, me explicóTo- sacarnos del mutismo, pero antes Tomás se levantó a atenderlo.

más, con la American Smelting, era el encargado de la maquinaria Desde la mesa veía todo el lugar, la puerta principal, cada una de

diesel, un tipo inquieto que un buen día se fue de viaje y regresó las ventanas, las mesas de lámina, la de billar y una larga barra de

con un proyector. Después iba a Ojinaga una vez a la semana a madera, en uno de cuyos extremos se encontraba la caja registra-

traer películas, las pasaba los sábados y domingos a las siete de la dora, en el otro, un viejo ventilador de aspas sucias que rotaba

tarde, en un local que él mismo levantó con ese propósito. lentamente. El aparato en lugar de refrescar, con el sordo zumbi-

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do del motor, adormecía. Atrás de nosotros un marco con una cor- Me di cuenta que Tomás hablaba como si me hubiera es-
tina corrida delimitaba el espacio entre la vivienda y el negocio. perado desde hacía tiempo para informarme no sólo sobre Amanda,

El recién llegado era el único cliente. Tomás fue a sentarse sino de la vida en aquellos pueblos entristecidos por la memoria y

a su lado mientras aquel bebía en sorbitos pausados un refresco. Ja pobreza. No le quise decir que yo había llegado a Malavid por ese

El hombre nunca se quitó el sombrero, lo llevaba calado hasta las camino. Tampoco quise comentar la desagradable impresión que

cejas. Yo agucé el oído p~.raescuchar lo que hablaban, pero no lo me causaron la desnudez del ejido y su miseria. Las palabras de

conseguí. Tal vez no dijeron nada. Cuando el hombre salió vi des- Tomás, aunadas a esa imagen, me hicieron sentir la desolación que

aparecer su menuda figura en la calle calcinada. A su regreso To- vi en los ojos de la mujer de Tavera.

más se sentó frente a mí y de golpe me preguntó de dónde venía y Después de la sugerencia de nuevo abandonó la mesa .
.,¡;¡¡
1ir
11, qué buscaba en Malavid. Sus preguntas me sorprendieron, pues Desapareció de mi vista por mucho tiempo, el suficiente para que
·ti.in
,, yo estaba segura que él sabía las respuestas. Aún así respondí: de yo me perdiera en toda clase de conjeturas. No se equivocaba To-
,,,,11
,11.11

,:::,;
~I
la frontera. más si me creía capaz de buscar a Greiner. Pero, ¿por qué iba a
¿cuál? Hay muchas fronteras. hacerlo? Mi estancia en Malavid obedecía a una razón concreta.

Las palabras de Tomás surgieron de una sonrisa a medio Sin embargo, estaba por demás engañarme, la breve conversación

trazar. Sí, ya lo creo, pensé. Ahí estaba el muro erigido por Jacinta con Tomás fue para mí como el soplo del fuelle sobre la paja en-

para mantenerme apartada de ellos. También el mutismo empeci- cendida. Esa tarde, mientras uno a uno llegaban los clientes, me

nado que había encontrado en Galindo, su colindancia con el mun- convencí de que lo primero era ir al encuentro de los árboles

do y su insalvable frontera. fulgurantes que había visto al final del camino el día anterior. Era

Malavid con Lajitas es una de ellas, prosiguió como si me importante que yo escuchara el rumor de los árboles que acampa-

hubiera leído el pensamiento, un pueblo gringo a treinta y cinco ñaron en su juventud a Amanda.

kilómetros al noroeste. De este lado del río hay un ejido, se llama El dueño de uno de los muebles que transporta a la gente

Nuevo Lajitas. A las cinco de la mañana salen tracas para ese rum- se llama Guadalupe Olivas; el que acaba de entrar. Con ese comen-

bo, sospecho que le interesaría echarle un vistazo. tario reapareció Tomás sacándome de mi pienso, cuando el calor

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Bibliotecaa
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sofocante exacerbaba el tufo a cerveza y obligaba a los hombres a Andrea, escucha, déjame explicarte, la ~ina no siempre estuvo
buscar alivio cerca de las aspas del abanico. Luego se retiró a ha- ahí. Valentín Chávez descubrió el mineral, andaba en su burrito
blar con Olivas, posiblemente le explicó quién era yo. Aquél ni si- pastoreando las chivas cuando vio que algo brillaba intensamente
quiera volteó a mirarme, en cambio solicitó una bolsita de cuero y en el cerro, se acercó a recoger unas piedras y se las llevó a Malavid
los dados. Agitó el morralito y dejó caer los cubos sobre el fieltro para mostrarlas. La gente estaba maravillada, pensaba que encon-
gastado de la mesa; supuse que la combinación de los puntos ne- traría oro. No fueron pocos los que organizaron una expedición a
gros determinaba la bola a golpear. A ritmo de palafrén Olivas se los cerros, pero por alguna razón no hallaron la veta de la que ha-
preparó para iniciar el juego. Sacó su pañuelo y se enjugó la cara, blaba don Valentín. Al pobre chivero lo hizo tarugo su cuñado, Cruz
enseguida adoptó posición de ataque. Un disparo tras otro y en un Pando. Éste, nada tonto, de inmediato buscó quien ensayara las
santiamén despejó la mesa. No soy retador para usted Olivas, acla- piedras, quería saber de qué metal se trataba. Cruz llevó las pie-
ró Tomás con voz redomada cuando el otro le entregó el saquito de dras al Chapo, a un señor que vivía ahí, don Pepe Caballero, pro-
los dados. Pruebe, le replicó Olivas enjugándose nuevamente la pietario de una tienda de abarrotes muy próspera, enseguida de la
cara. Era hombre de maneras suaves, de actitud concentrada. estación, Dos caballeros, recuerdo que se llamaba, nada original.
Tomás y Olivas jugaron hasta altas horas de la noche. Olivas y yo Don Pepe tenía un hermano en Chihuahua, él era el ensayador, a
fuimos los últimos en salir. En el salón sólo se escuchaban las as- él se dirigieron con las piedras de don Valentín. Resulta que salie-
pas del abanico, el zumbido circular que desgajaba el aire caliente. ron muy ricas, de manera que quienes empezaron a trabajar el mi-
Una vez afuera Olivas se hundió en la negrura de las calles. neral y se enriquecieron fueron otros, mientras don Valentín si-
Yo, gobernada por las imágenes que había sembrado Amanda en guió de chivero. Era un viejito sin capital y sin grandes ambiciones

mí, caminé hacia la casa de Galindo; batallaba con la oscuridad de que vivía en la orilla de Malavid con su esposa, doña Locadia. A mí

una noche sin luna. me mandaba Jacinta cuando estaba chica a comprarle queso y suero

de sal. De eso vivíanValentín y su esposa, de vender leche, asaderos
y cabritos cuando era el tiempo de parir.

Me gustaba ver a doña Locadia trabajar. En el patio de su
casa crecían las matas de trompillo, un arbusto silvestre que echa
24 25
una florecilla violeta, después una bolita amarilla del tamaño de Pero Severita le contó a Élfida la lavandera, que doña Lupita soña-
una lila, ese frutito se lo agregaba a la leche para cuajarla, hasta ba con frecuencia que un perro le mordía las manos y despertaba
que hacía hebras estaba lista. Doña Locadia no tenía hijas, por eso justo cuando sentía los colmillos del can entrar en su carne. A eso
le gustaba que yo la visitara y que la ayudara. Para mí, arrancar las se debía el llanto de la mañana.
bolitas de trompillo y vigilar la leche era un juego. Jacinta me man-
A la casa de los Aziz me gustaba ir porque los hermanos
daba con doña Locadia muy tempranito a hacer la compra, pero si
eran muy alegres y hablaban todos al mismo tiempo. Jorge, el
me tardaba en regresar sabía que estaba con ella, acompañándola
mayor, se quería casar con Reyes, la menor de las Carrasco, her-
en su cocina, un cuarto con el olor amable de la leche hervida y el
mana de tu abuela Andrea, pero ella no lo quiso a pesar de ser muy
pan recién hecho. A estufa de leña.
guapo, moreno, con ojos de árabe y pelo chino. Además, rico. Él
De niña mi mejor amiga era Rita, ella vivía en contra- pasaba mucho tiempo en la tienda y nos pedía a nosotras que le
esquina de la casa, con sus padres, don Fernando y Lupita Aziz, lleváramos regalos a mi tía. Le mandaba cortes de telas finas y dul-
tenían un comercio en su casa donde vendían telas, quinqués, za- ces muy dulces. El paquete de las golosinas lo entregábamos a
patos, muebles y muchas otras cosas. La casa era muy grande, la medias, pero a Reyes no le importaba, decía que nos quedáramos
mitad la ocupaba la tienda y en la parte de atrás vivía la familia. con él. Un buen día Jorge se cansó de mandar regalos y se fue de-
Tenía un tejabán y un cerco de tablones pintados de verde que cepcionado a abrir su propia tienda en Ojinaga. Después supimos
circundaba la propiedad. Cuando pasaba por ella para ir a la escue- que se había casado con una de las muchas primas que tenía. Cuan-
la, Severita la cocinera siempre estaba preparando la cuajada en do mi tía Reyes lo supo comentó que seguramente le habían lleva-
un lienzo blanco que colgaba del alero de la puerta del patio. Era do la novia hasta el mostrador de la tienda.
una familia de cuatro hermanos, todos mayores que Rita, por eso
Mi tía Reyes se casó con José Marín, un pasante de medi-
en la mañana había mucha bulla. Severita los atendía a todos, tam-
cina que llegó de Chihuahua, y tenía una hermana en Malavid ca-
bién a don Fernando porque Lupita se levantaba tarde. Rita me
sada con Saúl Villanueva, el fotógrafo del pueblo. Bueno, pues el
contaba que su mamá tenía jaqueca a causa de unos recuerdos que
pasante también aprendió a tomar fotos para retratar a Reyes. Era
sólo al padre le contaba. Años después supe por Jacinta que Lupita
una muchacha bon!ta, decían que era de las más bonitas de su
Aziz estaba en el cambio de vida y por eso despertaba llorando.
época. Tenía los ojos castaños y las pestañas chinas, el pelo largo y
26 z¡
ondulado. Cuando vayas a la casa de tu abuelo pídele a Jacinta el de que había, el piso era de machimbre, muy bonito. A la siguiente
álbum, ahí verás las fotos que nos tomaba en los jardines. A mí mañana se fueron de Malavid y nunca volví a ver a mi tía. LosAziz
también, porque a pesar de que Reyes era mayor que nosotras diez cerraron la tienda y dejaron Malavid cuando se acabó la mina. De
años, le gustaba acompañarse con Rita y conmigo. Dile a Jacinta
Rita no supe más. El mundo que conocí ya no existe, todo lo que
que te muestre ese álbum, ahí verás mucho de lo que te he conta-
viví en mi infancia se acabó. Malavid es para mí un sueño.
do. Yo era su sobrina favorita, decía y Rita una niña muy graciosa

porque platicaba todo lo que ocurría en su casa. Así conquistó a

Reyes el pasante, tomándole fotos, enfrente de la iglesia, en el jar-

dín de su casa, en un día de campo en el piélago, en la tardeada del

Sábado de Gloria, en el baile del primero de mayo, el día del Patrón Temía despertar a los durmientes. A oscuras aligeré el paso para
San Carlos, y así, todo el año encontró la ocasión para halagarla. buscar la salida. Crucé el pasillo en dirección a la cocina, donde vi
Busca una en la que estamos Reyes, Rita y yo en el solar de nuestra una brasa moverse por encima de la mesa. Cuando me acerqué oí
casa, sentadas en el borde de la pileta, verás unas dalias altísimas
claramente el crepitar del tabaco. Galindo fumaba con fruición en
en el fondo. Las cultivaba Jacinta, de todos colores. La jardinería
tanto sobrevivía la noche. Voy a Lajitas, hoy mismo regreso, le co-
era su pasión, ella misma vigilaba el agua que llegaba de la acequia
menté a pesar de que yo sabía que era inútil. Me lleva Guadalupe
y se encauzaba por los angostos canales que irrigaban el solar. Tam-
Olivas, usted lo conoce. En respuesta Galindo soltó una bocanada
bién cuidaba que los árboles no se plagaran y en tiempo de poda
de humo. No obstante, esperé unos segundos indefensa ante el
ayudaba a ramonearlos. Limpiaba las hojas de las aralias y las
silencio del abuelo. No veía su rostro, pero podía escuchar sus
piñononas con leche, para sacarles brillo.
movimientos, adivinarlos, seguirlos por medio de la brasa: el tallón
Las fotografías eran azuladas, recuerdo que la camarita de
de la colilla en el cenicero e inmediatamente después el clic del
José Marín descansaba en un tripié, seguramente no era buena,
encendedor.
pero consiguió lo que buscaba. Él y Reyes se casaron en el 43, tenía

yo doce años. El baile fue en el salón de actos de la escuela porque Salí a la calle. Respiré aliviada el aire fresco de la madruga-

llegó mucha gente de Ojinaga y Chihuahua, era el salón más gran- da. Caminé de prisa al lugar de la cita para alejarme de la indife-
'

28 29
rencia del viejo lo antes posible. En el restorán ya estaban los tra- Salimos por un angosto camino de tierra apisonada. Hacia
bajadores que esperaban el arribo de las trocas. Bebían café negro el oeste se desplegaba en una vasta superficie arenosa poblada por
y comían las tortillas de trigo que una muchacha sudorosa aplana- arbustos y flores silvestres hasta la lejana línea del horizonte, don-
ba en el comal. Olivas llegó algunos minutos después que yo. A él de una llamarada emergía del desierto. Hacia el este, a medida que
la muchacha le tenía preparada una bolsa y un termo. Mientras avanzábamos, el camino se replegaba en dirección a los cerros
Olivas y la joven platicaban, algunos se acomodaron en la caja del
parduscos. Más adelante, por un lado se precipitaban los voladeros;
vehículo. Cuando él estuvo listo me hizo una señal para que lo si-
por el otro la mirada se estrellaba en un muro pedregoso. En esta
guiera. En el trayecto a Lajitas la luz del amanecer develó el cami-
parte del viaje Olivas encendió un cigarrillo que lo reconcentró en
no agreste por donde yo había llegado a Malavid.
sí mismo. Avanzamos el último tramo de lleno entre los cerros, en
Aquí todos hacen chilar y huerta; ni los voladeros los de-
el momento que la luz del día los aclaró totalmente, en la cima los
tienen, juegan carreras desde el río hasta Malavid, me explicó Oli-
rebaños de cabras mordisqueaban la flor de las palmas, luego en-
vas cuando la luz de la mañana hizo visibles las cruces a la orilla
tramos a terreno plano y una inmensa nube de polvo nos siguió
del camino.
hasta la vera del río.
¿Quiénes son todos? Discúlpeme si lo contradigo, pero yo
Respeté el silencio de Olivas, pero cuando advertí que fal-
veo muy tranquilo el pueblo. Casi no hay gente.
taba poco para llegar traté de volver a nuestra conversación.
Todos los que regresan.
¿A quién se refería? Insistí sin esperar respuesta. Hasta
¿1os que regresan? ¿ne dónde?
creí que diría que no sabía de qué le hablaba.
Olivas no respondió; así que decidí dejar el asunto mo-
La gente trabaja en los pueblos cercanos, Presidio, Fort
mentáneamente. Días atrás, cuando viajaba de El Paso a Malavid,
Stockton, Midland, Alpine y algunas rancherías de por aquí cer-
no pensaba que haría ningún recorrido turístico. Mi misión era
cas, los más arrojados llegan a Colorado o a Florida a pizcar
otra y quería cumplirla al pie de la letra, sin embargo, al encon-
naranja.
trarme con la actitud reservada de Galindo y Jacinta traté de pasar
Lo dice con disgusto, sin embargo veo que usted hace lo
las horas fuera de la casa, por eso acepté el paseo que me propuso
mismo y más, lleva hombres a trabajar.
Tomás.

30 31
No significa que me gusta lo que hago. rano desorden, trajinan toda la noche por las calles con los estéreos

No entiendo cuál es el problema. Lo importante es ganar a todo volumen.

el sustento. Yo también trabajo allá, en el otro lado. También regresan con dinero en la bolsa, éeso no cuenta?

Lo suyo es otra cosa. Usted es de allá, usted no ha abando- ¿usted sabe lo que cuesta ganar ese dinero? Imagino que

nado su tierra ni su manera de vivir. Ahora ya no les entiende uno no. Mire, ya llegamos.

ni a sus propios nietos, cuando vienen de visita los oigo hablar en La voz de Olivasya no se oía igual. Gradualmente se cargó
inglés entre ellos, y con los hijos de otros. de coraje y varias veces desprendió los ojos del camino para mirar-
Todo va y viene, también nosotros. En cualquier sitio se me encabronado. Pero el ejido estaba frente a nosotros y Olivas
puede hacer una vida. La lengua y las costumbres cambian, se calló. Resguardó su troca bajo un largo alero de palos que segura-

aprenden. Nada permanece. mente albergaría otros vehículos durante el transcurso de la ma-
I,
Se equivoca. Uno es de donde tiene a sus muertos, de don- ñana. El grupo descendió y cruzó en varias barquillas. El agua os-

de nacen sus hijos, ellos son la raíz y lo verdadero. Lo demás es un cura fluía a los pies de aquel puñado de hombres. Olivas y yo fui-

espejismo. mos los últimos en cruzar. Echamos la paga en un bote de lámina

Ese es sólo un lugar común; no niego que haya cierta ra- y ya del otro lado seguimos el viaje a pie.

zón en lo que dice, pero también sé que el mundo está en movi- A las cinco nos vemos allá, en la posta, dijo Olivasal tiem-

miento continuo. No podemos aferrarnos a lo que usted llama las po que señalaba una vieja construcción de madera. Tal vez regrese

raíces verdaderas. antes, respondí. Como quiera, agregó secamente. Olivas subió la

No estoy de acuerdo, todo ha cambiado muy rápido. Ape- ladera que llevaba a Lajitas, ese pueblo olvidado que los habitan-

nas hace algunos años eran muy pocos los que tenían mueble, ahora tes de Malavid resucitaban para transformarlo en un sitio turísti-

los muchachos que regresan vienen en el suyo, trabajan nomás co. Allí los hombres trabajaban de albañiles y las mujeres en los

para comprarse uno, el mejor que pueden cada año. No tienen hoteles limpiaban cuartos y cocinaban. A cierta distancia, sobre la

otra ilusión, regresan en noviembre para las fiestas del Santo Pa- orilla del río se extendía una columna de casas cámper. Por el as-

trón y los días que duran aquí se vuelven insoportables, un sobe- pecto supuse que pertenecían a los que no cruzaban a diario: sillas

32 33
de jardín herrumbrosas, carros de modelo atrasado y ropa tendida tividades turísticas que ofrecía Lajitas: paseos a caballo por el de-

en el frente. Cuando yo subí el sendero ya había perdido de vista a sierto y lanchas rápidas por el río hasta el Cañón Santa Elena. Tam-

Olivas. Caminé sin rumbo fijo. Me dediqué a merodear por las ca- bién una visita al restaurante mexicano del ejido, donde servían

lles. Los hombres y las mujeres de Malavid literalmente recons- caldillo de carne seca y algunos otros platillos regionales. lPor qué

truían un pueblo. Por doquier proliferaban construcciones, hote- a mí los niños barqueros me mandaron a la casa de Tavera y no a

les, casas, campos de golf a medio hacer. ese lugar?

Entré en uno de esos hoteles de fachada Old West (como Seguí mi camino por las calles anchas y limpias. Tenía ra-

si se tratara del set de una película de Hollywood) a desayunar. zón Isidoro, abundaban los teléfonos. El pueblo era muy chico,

aún así anduve en círculos un par de horas; no tenía prisa por lle-
Good morning. Coffee?
gar a ningún lado. El sol de la mañana empezó a calarme, por lo
Buenos días. Sí, por favor y también scrambled eggs,
que entré a refrescarme en una drug store al estilo de los años
canadian bacon y muffins con blueberry jelly. La mesera se retiró.
cincuenta. Ordené una cocacola. Un hombre de bigote rubio, con
Me quedé bebiendo café mientras pasaba revista a la carta. Los
las puntas retorcidas hacia arriba, puso en la barra un vaso estili-
precios eran altos, pero servían todo a pesar de que nos encontrá-
zado lleno de cubitos de hielo. Cuando abandoné el lugar, sin pro-
bamos en la punta del diablo. Era evidente que hasta ahí llegaban
ponérmelo llegué a la carretera, que se extendía solitaria hasta el
los camiones refrigerados con diversas clases de legumbres y fru-
punto más lejano que mi vista era capaz de percibir. En ambos
tas; seguramente alimentos que los del ejido nunca probaban. Si
lados se abría el llano curtido por el sol. De pronto me encontré
miraban al norte, los ejidatarios podían ver el resultado de su tra-
completamente sola, en medio de la carretera, frente a un perro
bajo. No disfrutarlo.
que caminaba en sentido contrario al mío. Pasó lento, sin siquiera
Al tiempo que regresó la mesera con el desayuno entró un mirarme. Yollevaba la vista clavada en la raya blanca que marcaba
nutrido grupo de turistas alemanes que se distribuyó en varias me- los dos carriles de la carretera, el rostro bañado en sudor y la ropa
sas. Hablaban animadamente y leían diferentes panfletos. Orde- y los tenis blanqueados por la arena. Ciertamente, no iba a ningún
naron la comida, terminaron rápido y se fueron. En las mesas de- sitio, pero a pesar de la agobiante temperatura sentí que debía con-
jaron algunos de los papeles que leían, era la publicidad de las ac- tinuar, que nada me proporcionaría tanto alivio como adentrarme

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en aquel espacio solitario. Nada que no fuera el deseo de perder- me dejara en algún hotel cercano. Me llevó a uno en la entrada del

me en esa claridad ocupaba mi pensamiento; a medida que avan- pueblo, por el lado de la carretera. El buen hombre que me ayudó

zaba, más se abría hacia el frente, hacia los lados. De lo que dejaba también recogió mi back pack. En parte porque necesitaba una

tras de mí ya no lograba distinguir nada. No sé cuánto tiempo ca- identificación y en parte por curiosidad, revisé lo que llevaba den-

miné, pero la sensación de no moverme del mismo punto se apo- tro: el mantelito que yo suponía bordado por las manos de Amanda,

deró de mí, entonces aceleré la marcha. Lo último que vi fue un el cuaderno, un ejemplar de El hermoso verano, algo de dinero, el

resplandor que se aproximaba rápidamente. pasaporte y una tarjeta de crédito. Por ese día la situación estaba

Desperté en un lugar desconocido, después supe que era arreglada. En cuanto entré a la penumbra fresca del cuarto recor-

la parte trasera de una oficina refrigerada. Estaba cubierta hasta la dé a Jacinta y creí necesario avisarle que no volvería esa noche.

cintura con una manta y tenía una toalla húmeda en la frente. Llamé a la caseta telefónica de Malavid. La telefonista me pidió

Traté de levantarme pero me sentí mareada; tenía el estómago que volviera a llamar en media hora, tiempo suficiente para que el

indispuesto. Al escuchar mis. movimientos una señora norteame- mensajero le llevara el recado a Jacinta y ella acudiera al teléfono.

ricana amablemente me pidió que permaneciera recostada. Me
Así lo hice. Cuando Jacinta se enteró de que no regresaría esa no-

había desmayado, thank God, dijo, muy cerca de allí, de lo contra-
che no·se interesó por mí ni por la causa de mi ausencia, única-

rio no quería pensar lo que me hubiera ocurrido con la temperatu- mente respondió que estaba bien y colgó. Sentí que me ardían las

ra tan alta y yo tirada en la carretera. Uno de los empleados, me
mejillas. Para olvidar el incidente encendí el televisor.

explicó, al ir rumbo a su casa me había visto, recogido y llevado en Al siguiente día pasé la mañana releyendo las páginas de

su carro al museo, donde me habían dado los primeros auxilios la novela mientras bajaba el sol. En ratos dormitaba y en ratos leía.

para la insolación. Después de oirla cerré los ojos disgustada con Al atardecer, cuando me sentí con fuerzas suficientes para regre-

mi suerte. Comprendí que lo último que había visto era el brillo sar al museo, pedí en la recepción que alguien me llevara. Me dije-

del vehículo. Me volví a dormir. Más tarde la misma mujer me ron que las visitas guiadas eran temprano, pero si quería ir en ese

despertó; debía cerrar el museo y yo no podía quedarme ahí. Por la momento alguien me llevaría por una tarifa más elevada. El chofer

hora y el estado de debilidad en el que me encontraba ya no me me condujo en una camioneta que me dejó en la entrada e hice el

era posible acudir al encuentro con Olivas. Le pedí a la mujer que recorrido sola. Primero una exhibición de muebles del siglo dieci-

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nueve y efectos personales de la época. En la soledad de las salas desconchados, vigas de gruesos troncos de álamo, pisos de made-

avancé de un tema a otro, cada vez más interesada en lo que tenía ra, rústico mobiliario del diecinueve. Todos los ingredientes para

frente a mis ojos. No sospechaba que un museo de pueblo me ob- crear la ilusión del viejo oeste americano.
sequiaría una sorpresa conmovedora: cerotes de candelilla y ma-
Desde ahí columbré el ejido. Un manto de nubes ligeras lo
quetas explicativas sobre el proceso de su elaboración. Ver gráfi-
cubría. Abajo las barcas flotaban en un vaivén acompasado, los
camente el desarrollo del oficio al que se había dedicado mi padre
capitancillos descansaban indiferentes envueltos en la calidez del
en su lueñe juventud me alteró el ánimo. En apariencia no había
aire. El caserío se extendía pardusco a lo largo de las aguas calmas
relación alguna entre las maquetas y mis emociones, sin embargo,
del Bravo; dormía la siesta, era un lebrel viejo echado a un lado de
aquellos artefactos lograron que empezara a descifrar, no sin do-
la playa arcillosa. La iglesia, la escuela y la fonda de los turistas
lor, las causas de la malograda relación entre el candelillero y
mostraban sus muros albeantes de cal. El polvo del camino reful-
Amanda Galindo. Luego, como si alguien me hubiera tendido una
gía como diamantina cenicienta entre los chaparrones.
trampa o se empeñara en encender el pesar de la sorpresa, caí ante
Mientras esperaba el pequeño navío en el que iba a cruzar,
una colección de retratos de los antiguos pobladores de la región.
la mansedumbre del agua trajo a mi memoria los árboles del piéla-
Era absurdo, pero mientras pasaba la vista de una imagen a otra
go, que busqué a lo lejos como si fuera posible divisarlos. Los ima-
llegué a pensar que en cualquier momento vería, una vez más el
giné en llamas. Los vi arder en las horas más calientes de un lejano
rostro deseado, la mirada clara de Amanda.
Domingo de Ramos.
Salí del museo cuando el sol aún reverberaba en el azogue

de la carretera, entonces recordé las parcas palabras de Olivas: ju-

lío es un mes duro, por el calor, no por otra cosa. Caminé directa-

mente a la margen del río, pues en unas cuantas horas había ago-

tado el interés por Lajitas. Me dirigí a la orilla. Empezaba a sentir A Jacinta le encantaban los manteles blancos de lino con la orilla

el calor y la fatiga intensamente. Ahí estaba el Trading Post, la bordada en punto de cruz. Los del diario los bordábamos en las

única construcción que los habitantes de Lajitas habían conserva- tardes, después de la siesta. Tu abuelo salía a conversar con los

do intacta. En verdad era una reliquia, altísimos muros de adobe amigos en tanto Jacinta y yo nos sentábamos en el salón con una

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cesta de hilazas, aros y agujas. En realidad yo era la que bordaba la hora. Jacinta, malhumorada, se levantó a ver de qué se trataba y
mientras Jacinta leía las novelas que compraba en sus viajes a cuando lo supo, más molesta aún respondió que el señor no lo po-
Chihuahua. De vez en cuando dejaba el libro que leía para asegu- día recibir en ese momento, que regresara después. Tu padre insis-
rarse que yo lo hacía bien; yo me esmeraba en seguir sus indicacio- tió, le pidió a Jacinta que le permitiera pasar, a lo que ella se negó,
nes, a pesar de que a mí no me gustaba bordar. Era muy estricta pero entonces tu abuelo despertó con la discusión y lo dejó entrar
conmigo, pero lo hacía por mi bien, me cuidaba como si fuera mi en contra de la voluntad de Jacinta, que a partir de ese momento
verdadera madre, por eso la obedecía y trataba de no causarle dis- lo rechazó. A tu abuelo en cambio le agradaron su personalidad
gustos, aunque hubo un tiempo que sólo le di amarguras, a ella y a desenvuelta y sus ganas de trabajar, en realidad tu padre trataba
tu abuelo. Los manteles de Navidad los ordenaba a doña Panchita, de ganarse la confianza del mío para facilitar las cosas. Jacinta ig-
una hilandera de manos prodigiosas que bordaba en los pañuelos noraba que ya nos conocíamos, también que yo estaba dispuesta a
de tu abuelo un monograma con su inicial. Jacinta le llevaba enca- dejar a Greiner por un extraño. Por un gazapo, como lo llamaba
jes y listones, telas de rizo y de holanda para que confeccionara ella.
toallas y sábanas, todas blancas, su color favorito. También las no-
Luego vendría el episodio de la pulmonía que lo retuvo en
chebuenas debían bordarse con hilaza blanca sobre lino blanco, en
la casa de Tavera y posteriores meses de ausencia. Recuerdo ése
el centro y en la falda del mantel. Así mataba yo el tedio de las
como un año especial porque nevó como nunca, fue el cuarenta y
primeras horas de la tarde. Esperaba que refrescara el día para sa-
ocho, el campo nival y el cielo nuboso hacían de Malavid una bella
lir a pasear. Llevo en la memoria el aroma a verdura que el sereno
postal de invierno. De cualquier manera reconozco que la única
arrancaba de los arriates de albahaca, romero y yerbabuena que
capaz de ver en tu padre su naturaleza baladí fue Jacinta. La prí-
crecían en los corredores de la plaza.
mavera siguiente bordaba yo en silencio, con el alma en un hilo
Una tarde, aún dormíamos la siesta cuando se presentó tu porque el candelillero se había ido. Me escribía contándome que
padre en mi casa, quería rentar las tierras candelilleras de tu abue- tenía asuntos pendientes en algún lugar, pero luego alguien me
lo. Él tomaba la siesta en el confidente del salón porque se queda- decía que lo había visto en otro sitio. iCuánta angustia siembra la
ba dormido leyendo los periódicos, sentado, con la cabeza echada desconfianza! Por fin el Domingo de Ramos, una tarde soporífera,
hacia atrás. Tu padre tocó el portón con toda su alma, sin respetar de nuevo irrumpió tu padre en la casa. Dijo sin mediar preparativo
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alguno que iba a pedir mi mano. A mí el alma me volvió al cuerpo, hay lugar para los Galindo, que por cierto, hace tiempo que no los
pero Jacinta, que esperaba la hora para salir, abandonó abrup- visito, cuénteme.
tamente la poltrona de la lectura para ver desde el zaguán la pro- Tavera me abrió la puerta del cerco y echó a andar hacia la
cesión cuaresmal. En lugar de unirse a ella como era su costum- casa. Lo seguí. No quería perder una palabra de lo que decía el
bre, se quejó del relajo que armaban el Jesús en el burro y los dueño de aquel basural recién adquirido. No era difícil adivinar
fieles que lo seguían con palmas en las manos. que se trataba de todo lo que desechaban los gringos de Lajitas.

Del cerco al cobertizo hicimos el mismo recorrido que la vez pri-

mera, sólo que sin el perro pulguiento. No quise comer nada, en

cambio le pedí a Tavera que me acomodara en algún sitio, pues

tenía sueño y pocas ganas de hablar. Me condujo a un cuarto y se
Más tarde, cuando de nuevo estuve frente al cerco vi a Tavera en
retiró inmediatamente. Comentó que mañana tendríamos tiempo
cuclillas, la voluminosa barriga entre las piernas y los ojos clavados
sobrado para platicar. Después de sacarme los tenis y sacudir los
en la tierra. Una mano sobre la rodilla y la otra a manera de trípo-
calcatines, me eché en la cama. Al otro día me di cuenta que me
de, en el suelo. Parecía buscar algo entre los fierros viejos y apara-
había dormido con la ropa puesta. También que en el cuarto había
tos en ruinas que hacían del patio un muladar. Lo llamé por su
una silla vieja y una mesa astillada. El piso era de tierra y desde la
nombre de pila. Don Ambrosio, al verme, se sorprendió tanto que
ventana, orientada hacia el sur, sólo se veía el desierto. Eran las
perdió ligeramente el equilibrio. Empezaba a oscurecer, Olivas se
siete de la mañana, había dormido casi doce horas.
había ido y yo necesitaba pasar la noche en algún lugar.
La puerta del cuarto se abría a una habitación vacía y ésta,
Lo asusté, discúlpeme. Vine a pedir posada y a traerle sa-
por un ancho vano al cobertizo. Tavera andaba en el corral de un
ludos de Jacinta Galindo. Ambrosio Tavera se puso de pie con difi-
lado para otro. La mujer regaba con la jarra de plástico los botes de
cultad y se acercó mirándome con extrañeza. lLa conoce? Sí, es
lámina de los geranios. Alineados por la orilla de la casa seguían el
hermana de mi abuelo.
contorno del muro hasta la esquina; ahí doblaba también la hilera
Pásele. Apenas hace unos días aquí estuvo y ahora me dice
de tiestos. Buenos días, dije en voz alta, pero la única respuesta
que es la nieta de Galindo, lcómo están por su casa? aquí siempre
llegó de Tavera. La mujer no volteó a verme. Siéntese, espero que
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haya dormido tan bien como en la casa misma de Galindo. iMagali! pasaban en un mueble cargado de cerotes, esperaban que oscure-
iMagali, tráinos el café!
ciera para cruzar el cargamento y llevarlo ajdaJ:fa. Una noche, cuan-
Magali se llamaba la mujer de Tavera; era un lindo nom- do pensó que la patrulla había ya pasado, cargó una balsa y se echó
bre, de artista, pensé. Ella acudió con dos tazas humeantes, torti- al agua, pero la traca que lo esperaba del otro lado arrancó sin pren-
llas de harina, mantequilla y frijoles. La comida estaba recién he- der las luces, era señal de que había peligro. Su padre se sumergió
cha y olía muy bien. Tavera me explicó que sus hijos habían salido en el agua y allí se estuvo aguantando el frío hasta que estuvo se-
de madrugada a un trabajo en las afueras de Lajitas. Todos menos guro de que la patrulla se había alejado, lo malo fue que el mueble
el mayor, que andaba en otros asuntos por ahí cerca. Luego habló que lo había traído a la orilla del río también se había ido, y no tuvo
sin cesar de una diversidad de cosas triviales como el duro golpe más remedio que devolverse a pie. Esa noche se puso muy malo,
del sol y la venta de cacharros viejos. Pero repentinamente soltó los compañeros vinieron a traérmelo, según ellos yo tenía más po-
una frase que, por el tono y su actitud sentí maliciosa: yo conocí a sibilidades de ayudarlo; mandamos por el médico de la mina y aquí
su padre. Después de oída la declaración no quise decirle que ha- lo tuve hasta que se recuperó completamente lve aquella pieza?
cía algunos años había muerto; preferí callarlo disgustada por el allí mismo, donde durmió usted anoche, pasó muchos días con
acento en sus palabras. Mejor si creía que el candelillero aún esta- pulmonía. Le pregunté si quería que le avisáramos a alguien que
ba vivo, si conservaba la imagen de un hombre joven y fuerte, tal estaba enfermo. Me dijo que le avisara a Amanda Galindo que pa-
como lo había conocido décadas atrás. De Amanda dijo alguna cosa sados unos días iría a visitarla. Lo oí, pero no le hice caso de lo que
vaga que no me ayudaba en nada. Luego reacomodó su gordura en me dijo; discúlpeme, pero Galindo no me iba a tomar a bien que yo
la silla para dar principio a un relato. Magali regresó a otear el ca- le pasara el recado a su hija. Nunca volví a saber nada de él, tan
mino desde la ventana del cuarto vacío. Tavera la miró un rato, pronto como se alivió se fue, después supe que se robó a Amandita,
meneó la cabeza y dijo, así la verá día y noche, de nosotros hace pero nomás. A su mamá sí la ví, cuando regresó, una mañana que
muy poco caso lqué ve? la quién espera? Nomás ella sabe. Ense- fui a comprar herramientas a Malavid y pasé a visitar a Galindo,
guida volvió al asunto que había interrumpid~:~u padre m~chas siempre nos hemos procurado, desde chamacos, además somos
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veces acampó aquí cercas, en los terrenos candelilleros de Galindo. parientes lejanos, le decía, aquella mañana Jacinta y Amanda es- 111
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Eran él y muchos otros que le ayudaban. Aquí, frente a mi casa, taban en el solar, hace ya mucho tiempo de esta historia que le
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cuento, a Galindo lo encontré muy serio, todo se estaba poniendo te pasaría -Olivas.Era uno cargado de granadas maduras que colo-

muy triste en aquella casa, a decir verdad nunca supe qué fue lo reaba el frente deslucido de una vivienda. Así, mientras desgrana-

que pasó con Amanda, pero las cosas no volvieron a ser las mismas ba una ciñuela, la imagen de Magali en otro mundo emergió ante

ni para ella ni para Galindo. La única que nunca cambió, que siem- mí. Después de varias horas que maté trazando un apunte de la

pre fue la misma vieja cabrona, fue Jacinta. mujer en mi cuaderno pasó Olivas con su cargamento. Una vez

más me cedió un lugar en la cabina, enseguida de él. Olivas, siem-
Escuché a Tavera atenta a cualquier inflexión de voz o ges-
pre atento a los requiebros del camino, callaba. También yo iba en
to que me dijera algo más de lo que decían sus palabras. Creo que
silencio. Había caminado dos días, visto cosas y oído relatos que
de no haber llegado el hijo mayor, Tavera me hubiera aclarado al-
poco me aclaraban, en cambio me causaban desazón. A Malavid
gunas cosas, pero el muchacho siempre risueño, impertinente, se
entramos por la misma calle flanqueada por una larga hilera de
sentó con nosotros. Fumó de mis cigarrillos y parloteó con su pa-
álamos. A medida que nos adentrábamos en las calles, uno a uno
dre, luego empezó a golpear la mesa para llevar el ritmo de una
fueron bajando los trabajadores; se internaban en casitas sombrías
tonadilla que tarareaba. Entendí que era el momento de despedir-
que a esa hora de la tarde despedían un cargado olor a comida. Yo
me. Busqué con la mirada a la mujer de la ventana. Ahí estaba,
me bajé en el restaurante donde me había reunido con Olivas ha-
abanicándose lentamente. Tavera me acompañó hasta el cerco.
cía un par de días. No quise llegar a la casa de Galindo, preferí
Antes de despedirme traté de pagarle por el techo y la comida, pero
caminar un poco más antes de ver a Jacinta y al abuelo.
no aceptó. Me estrechó la mano efusivamente, como si me hubiera
Supongo que no regresará. Comentó Olivas cuando me
conocido desde tiempo atrás, como si yo siempre hubiera sido la
despedí. Se equivoca, creo que debo ir una vez más. Yo lo busco.
nieta de Galindo, la hija de Amanda.
Luego eché a andar en dirección contraria a la casa de Amanda.
De nuevo me encontré dando vueltas por las calles. Otra

vez caminé sin rumbo fijo mientras esperaba que llegara la hora en

que Olivas cruzara el río y me llevara de regreso a Malavid. Final-

mente me instalé bajo uno de los escasos árboles que se podían

encontrar en el ejido, a la orilla del camino, por donde forzosamen-

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Por encima de las olillas de polvo que el viento empuja, se alza la Veoa Magaliiniciar su rutina, abrir las piernas paralelamente

carpa del circo. Azotada por los terregales su falda golpea conti- a la barra y en seguida amarrar un pañuelo justo a la mitad; la

nuamente contra el armazón metálico. La rodean charcos pes- trapecista cierra las piernas con lentitud, .se pone de pie, dobla el
tilentes, puestos de comida que proliferan como lirios en la ciéna- cuerpo por la cintura sin flexionar las piernas y con la boca desata
ga; ronda un penetrante olor a estiércol, sudor y grasa. '
el pañuelo. Luego acomoda la cabeza en el centro de la barra, le-
Una larga fila de domingueros aguanta el intenso calor del
vanta las piernas, busca el equilibrio aún sujeta a las cuerdas. Fi-
atardecer. Esperan el momento de pasar a la sombra asfixiante de
nalmente abre brazos y piernas. Por unos segundos es una estrella
las lonas, donde los alientos tibios subirán la temperatura en el
prendida a un columpio. De un extremo de la arena aparece el se-
interior de la carpa. Risillas rápidas, compulsivas, se amontonarán
111

gundo trapecio. La artista va de uno a otro; describe círculos en el
"'li:~,
n.:'
en las gradas. Las miradas dispersas se unirán en la esbelta figura 11

1,11''1
1: 1111~
del anunciador. En la penumbra de la carpa los reflectores lo ilu- aire con la natural soltura que evolucionan los peces en el agua, 11

'"~1:1~~ 1¡11
' ~;,~11:~::
1 ,,;¡~;:;, minan porque damas y caballeros, el circo de Paco D'Zaide agrade- con la belleza de la luz solar cuando juega en lo alto de los árboles.
'• ~"'''•·llJ

,,,,¡,1c::::
ce su compañía y tiene el orgullo de presentar ante ustedes a la Magali es en el trapecio, en el viaje por la bóveda del circo. Vaivén IJI!
~~...,
única, la espectacular, a la internacionalmente conocida~ de columpios, lúdico ritmo. Aerolito en el domo celeste. Quince 11

la «Dama del Trapecio». Un fuerte aplauso para recibirla. iComen-
-·-----·" ,_..,,_-,,,_
..•.•..
,~--4'-~"·-··
.., minutos después el vuelo del trapecio agoniza. La trapecista sus- 1

zamos!
pendida, sujeta a la barra con el doblez de las rodillas, es el péndu- 111

Las cortinas del fondo se abren. Una mujer camina grácil 11111
lo de un reloj cuya cuerda acaba paulatina, inexorablemente.
hacia el público bajo un haz de luz; la envuelve una capa vaporosa 1

color malva salpicada de lentejuelas. Dos hombres de smoking la Las luces se encienden; Magali se dispone a salir de la arena. 11

111,

flanquean hasta el lugar donde desciende el trapecio. Los elegan- Antes de llegar a las cortinas los tipos de smoking le devuelven su

tes toman de los hombros de Magali la capa y desaparecen. La tra- capa color malva. Ella gira el cuerpo, ofrece una larga reverencia y
pecista de un salto monta al columpio y permanece estática unos siente que la carpa se eleva. La «Dama del Trapecio» abandona el
segundos. Imagino su rutilante sonrisa en los labios dibujados con escenario. 1

hilé, su artificioso arreglo de rubia. Sola en la arena, como una ,¡
De regreso al remolque se cruza con Miriam. A esa hora la
moneda de plata, lanza destellos en la oscuridad.
48 49

11ll
tarde ya ha perdido sus tintes de fuego para tomar el pálido color ya te voy a bajar, con eso es suficiente, le decía, después de casi
de la capa de Magali. Necesito hablar contigo, le dice a la otra. una hora de mantenerse aferrada a las cuerdas del columpio, con
Luego, ahora no tengo tiempo. Dado comió algo que le hizo un vacío en el estómago, pero pidiendo seguir ahí, sentada en las
daño lsabes? Desapareció toda la mañana, alguien dejó abierto el alturas. No. Sería de mala suerte para ti si te cayeras ahora, y si te
cerrojo de la jaula cuando le llevaron comida, después lo encontra- llegaras a morir le echarías la sal a este pueblo inocente, la sangre
1

ron echado a un lado del corral. Estaba vomitando. de una cirquera no debe mojar la tierra, es de mal agüerofla,~~le- /11

c...--
El remolque es muy pequeño. Nadie salvo ellas dos puede dad entraría en el cuerpo de estas gentes y nomás dejándolo se f11!.I

entrar allí. Así quiere Magali y Miriam acepta sin replicar, pues la curarían. lNo sabes que por soledad desparecen los pueblo~
¡11

¡11

otra es como su hermana mayor. Magali.. cree que fue enH~chÍ~
,_,,-··· -·--~~-,-~~-~
.__
1

Seguramente a Magali no le importan los cuentos de Oiga.
•·· .,

1111

~'I
~:'~11
'· ,:¡,
¡:
ros, pero Miriam lo niega, fue en1~olig,oidonde conociste a la vie-
La primera vez que vea el trapecio sabrá que su verdadera estancia
11111

1:(,1,11 '11¡
"·,1:::::.1 ja condenada de mi madrina, ya se le hacía mucho el gasto conmi- 1
111
:;~~:::::l
,. ·1""~1:111:~
en el mundo ocurrirá en las carpas y desde la altura de un trapecio. i

,,.,i:·;:;,¡ go. No es así; recuerdo que pasamos ese pueblo de largo y en 111
1>111,,n11·1111

1:•• ~::::~:¡ Pero lo que ella aprendió con Oiga no servirá con Miriam. Un j¡
Hechiceros paramos dos días a descansar, íbamos de camino a la
numerito fácil ideará Magali para su ayudante, para que siempre 1

frontera, alguien trajo a tu madrina para encargarle unos remien-
sienta el suelo bajo sus pies. 11111

dos y cuando regresó con la ropa tú venías con ella, dijo que eras
muy obediente y que me serías de mucha utilidad. Resultó cierto, Mientras Miriam con una varita luminosa dirige las piruetas

por eso ahora andas de cirquera, tenías entre once y trece años, si del par de pekineses, Magali frente a un gran espejo limpiará meti-

no lo recuerdas es porque has preferido olvidar. culosamente el maquillaje de su cara. Sus ojos se tornarán más

En un principio Magali tomará a la chamaca como su ayu- azules ya desprovistos de la sombra violeta de los párpados. Más

dante, limpiará el remolque y le arreglará la ropa. Más tarde que- desolados. Es difícil calcular su edad bajo la espesa capa de maqui-

rrá enseñarle su arte. Empezará por subirla al trapecio, donde de- llaje y aún cuando no lo lleva, en ella las aguas del tiempo fluyen

berá permanecer largo tiempo, pensar en cualquier cosa menos en por dentro sin dejar rastro aparente. La Dama del Trapecio se qui-
la altura para perder el miedo que despierta el columpio en los tará el leotardo y las mallas, doblará las prendas y las guardará en
aprendices. Supongo que eso hizo Oiga con ella muchos años atrás, el cajón de Miriam. Apagará la luz.

50
51
~

A su regreso, Miriam se limpiará la cara con una toalla sin
Entonces no te entiendo.

encender la luz, luego oirá sorprendida las palabras de Magali. lTe acuerdas de Oiga? Pienso mucho en ella.
1

Dejo el circo, Miriam. iAh! Eso es, le temes al paso del tiempo, admítelo.
:11

lEstás ahí? lQué dices? Puede ser. No quiero terminar mirando desde abajo a mi 1:1

,l;
Eso. Dejo el circo.
sustituta, cuidando las cuerdas, las poleas, gorda y vieja, con las
111

mallas zurcidas porque ya no tiene caso que te compres unas nue-
lEs una broma? 1

vas. No quiero permanecer en la oscuridad, fuera del círculo lumi- 11

-Hablo en serio, Miriam.
noso del reflector. 1¡\
No es verdad; no te creo. lQué razones tienes para algo tan
Creo que exageras, Magali. 1111

descabellado? 11¡

Recuerdo perfectamente bien a Oiga «La zarina del trape- 1
La incrédula se pasará bruscamente la toalla por la cara como
cio», después Oiga «La gitana», repitiendo sus cuentos con un mazo
si así también alcanzara a borrar las palabras de Magali.
111
de cartas mugroso. Luego, Oiga «La borracha», y por último, Oiga
lYqué razones hay para quedarse?
atropellada por un camión en un pueblo inmundo. 1

El tiempo; el que llevas aquí, por ejemplo. iVamos Magali,
lMe quieres decir que en tu vida es el trapecio o nada? 1

deja de bromear!
Sólo recuerdo a Oiga.
Magali sale y se sienta en la escalerilla del remolque. Bajola

!
Ella tenía familia, no se fue con ellos porque no quiso.
carpa un alma no queda. ~a algarabía del circo es un recuerdo.
Magali regresará al interior del remolque y se recostará en la
Desde lejos, apenas audibles, llegan los ladridos de los perros; más
cama. Miriam la seguirá y se sentará a un lado de ella. Las mujeres
cercano es el zumbido de los insectos que pululan en la noche.
se tomarán de las manos en un gesto amoroso.
El tiempo sólo ata a los débiles, contesta finalmente la tra-
De eso se trata, de irse a tiempo.
pecisti
lA tiempo para qué? 11

\Nome refiero al paso de los días, sino a cómo los has vivido.
~--·--·----------~-----·-·--~~----~-.o"•----·-··--·--
--------------···
..-------------
~---··-·------------------·--""-------'~
No sé. 111
lCómo los he vivido? Igual que tú Miriam, que los demás.
No te entiendo. De verdad no te entiendo. lA dónde vas a ir?
He llenado mis días como he podido.
1:1111

52 53
1111111
Tampoco lo sé. prisa. Es el cansancio, agregará, que me llegó antes que todo lo

Miriam se soltará de las manos de Magali y se cruzará de demás.

brazos para dar mayor peso a sus palabras. ¿ne verdad te vas,

Magali?

Sí, en cualquier momento. Ahora mismo, en el siguiente

pueblo.
Miraba por la ventana transcurrir las primeras horas del día, la
¿ya le dijiste al viejo?
soledad de las higueras que crecían al pie de la acequia. El agua
No, me ofrecería más dinero, hasta sería capaz de mandar- arrastraba las hojas que se desprendían de los árboles, componían
me por separado en los viajes para que no me agote. Algo inventa- un rumor vivo en la calle solitaria. Pero Jacinta, infatigable, iba de
R
l .
I

·(1':
ría, qué sé yo. Pero nada importa, pronto encontrará quien me sus-
un lado a otro y Galindo, sentado en la mesa fumaba pensativo.
~.,:
C'' tituya. Después de todo, équíén es Magali, la mundialmente cono-
1L1 Me han dicho que en el museo de Lajitas hay cosas que
cida «Dama del Trapecio»? Una mujer que rueda de un pueblo a
pertenecen a la familia. Puntualizó Jacinta una de las veces que
otro en el desierto, encaramada en un columpio, que cuida a morir
entró a la cocina a atender a Galindo. Las vendió Tomás, el del
el ntuendo porque no hay cosa más triste que ver a una cirquera
billar; un pariente lejano que fue caporal en el rancho de tu abuelo
con el leotardo roto.
por algún tiempo, en realidad trp.}.}ajó
poco porque odiaba el traba-
Como si de esa manera pudiera retenerla a su lado, Miriam ¡t···-~•.\\
¡.,

jo del campo. Cuando dejó ~~:/~)daba lástimas en las casas,
volverá a las manos de Magali con más fuerza. Llévame, no quiero '111¡
dondequiera le daban algo de comer. A Tomás nunca le gustó tra- l 1,I
quedarme sola. Me voy contigo, Magali. Vámonos a otra campa- j
!
bajar realmente, aguantó en el rancho porque estaba enamorado
ñía, a dónde sea. En cualquier lado te aceptarán, tú eres la mejor,
de Amandita, pero cuando mi niña se casó perdió las esperanzas. 111:,,,,
ya lo verás. Yovolveré a ser tu ayudante.
En ese tiempo llegaron unos hombres buscando antigüedades, eran
¿Miriam, no te das cuenta? ¡¡i
gríngos, quién más se interesaría por cosas así. Tomás fue el único
Imagino que la trapecista irá al armario. Sacará su ropa y
que supo sacar provecho, los llevó a todos los lugares que quisie-
una valija. Recogerá algunas cosas del tocador y empacará sin

55
54
(
11111, ~I 111l1mio compró cosas valiosas a precio de regalo. Para la
que se vivía en la ciudad. Desafortunadamente fue allf donde •11

gente de aquí todo eso carecía de valor, veían las cosas como tras· corazón, tan amante de las emociones fuertes, empezó a mostrar
tos viejos,pero Tomás sabía lo que hacía, un negocio redondo. Pasó su poca resistencia. Meses después, por el tiempo en que nos llegó
el tiempo y una mañana llegó un camión con las mesas de billar. la noticia que Villa tenía tomada la ciudad, Andrea sufrió una re-
Eran de Tomás, las había comprado con el dinero de las antigüeda- caída que la postró en cama por más de siete meses. El caso es que

des. Algunos le reclamaron porque no compartió el dinero, pero pasaban los años y ella no se embarazaba, llegamos a creer que no

pronto lo olvidaron. Como te digo, los cacharros viejos aquí no tendría hijos, ya te puedes imaginar la desilusión de tu abuelo. Fue

importaban, luego le agarraron cariño al juego y hasta le agrade- hasta mucho después cuando recibimos la sorpresa de su embara-
zo. Andrea tenía poco más de treinta años y por desgracia, el naci-
cieron lo que había hecho. Algunos de esos objetos vendidos los
miento de Amanda le costó la vida.
trajo tu abuela de San Antonio en el is, cuando se casó con tu
lNo te parece extraño que si a Andrea, como dices, no le
abuelo. Por cierto, no te lo había dicho, pero hay algo en ti que me
importaba el matrimonio, decidiera casarse mientras el país vivía
recuerda a Andrea, te puedo asegurar que es algo más que un aire
en plena inestabilidad política?
de familia. En fin..., durante su corta vida siempre recordó ese via-
¿y la política qué tenía que ver con nosotros? preguntó
je, no por ser el de bodas, yo creo que el matrimonio nunca le im-
Jacinta extrañada por mis palabras.
portó, sino porque al regreso, en Chihuahua, donde ellos perma-
Supongo que mucho, particularmente con una familia
necieron una semana antes.de.venír a Malavid, pudo oír la descar-
como ésta, acaparadora de tierras, comenté ganándome una mira-
ga de balas sobre Felipe Ángelés. Me contó que la madrugada del
,,,"
da despectiva por parte de Jacinta, una reacción que me agradó,
fusilamiento una multitud esperaba ansiosa afuera del cuartel,
pues yo buscaba una respuesta abierta. Quería iniciar una discu-
supongo que algunos por morbo y otros por pesar. Como era un
sión que nos ayudara, no sé cómo, pero que me dijera algo desde el
militar muy respetado, muy querido, bdrea Carrasco de Galindol
fondo de ella y me permitiera conocerla más. No ocurrió así. Jacinta
no iba a perderse ese espectáculo por nada del mundo, aún en con-
sólo me dio una fria explicación.
tra de la voluntad de su esposo. Hubiera sido capaz de permanecer
Cuando los alzados llegaron hasta aquí nosotros nos fui-
en Chihuahua durante todo el año nomás para sentir la excitación mos a Presidio, allá pasamos año y medio, yo quería ir más al nor-
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57
I•, I'"''" 111 nh11rl11 Hr negó, no quería alejarse, pensaba que el or- día sobre lo que hablábamos. Además era preferible cambiar el 111111111

1hs11 •u 1·r11lnhlrcei·f11 en cualquier momento. Al regreso encontra- rumbo de la plática a entrar en el silencio. ¿Tú las has visto?

1111111mermas en las labores; sobre todo en el ganado, no dejaron Aquí, hace muchos años que no visito Lajitas.
111111sola cabeza viva. Era de esperarse, afortunadamente ocurrió
¿por qué, si está tan cerca?
en El Fresnal, esta casa permaneció cerrada todo el tiempo, los
Nomás los que andan con la vida perdida cruzan por ahí. Los
únicos que se quedaron aquí fueron los padres de Tomás, un ma-
de;h~r~()§, ~9,,,últim&"nre-lo;;dijocon un mohín de burla en la
trimonio de viejos que vivían en los cuartos de afuera, ellos se hi- ,,,/~ '·""
cap~radores y desheredados.) Un epíteto por otro. Estába-
~--...-·_,,
cieron cargo de la casa durante nuestra ausencia. ,~~---.
mos a mano.-------------"·---
¿y qué pasó con Andrea Carrasco y su familia?
El sonido de unos arañazos tenues nos interrumpió. El abue-
Ellos regresaron un año después que nosotros, pero ya sin lo, que había permanecido indiferente a nuestra conversación, se
el padre de Andrea, que había muerto en Estados Unidos, en parte
levantó a abrir la puerta. Le franqueó el paso a un enorme gato
a causa de una enfermedad crónica, pero también de tristeza. El ambarino que entró decidido a restregarse en las piernas de Jacinta,
padre de Andrea creyó que nunca volvería a ver su casa, y así fue, cubiertas con gruesas medias de algodón. Se oyeron los chispazos.
mas no por los desmanes de la bola, como él supuso, sino de una
lTiene hambre mi gatito? Mimosa, Jacinta le sirvió leche en un
dolencia de riñones; total, como Andrea y tu abuelo llevaban años plato que acomodó en un rincón, luego recogió, sin dejar de hacer-
de novios, en cuanto ella regresó decidieron casarse. Fue lo mejor le arrumacos al minino, la taza y el cenicero de Galindo. El abuelo
para todos. La boda fue muy sencilla, en la casa de los Carrasco, no
salió cuando el felino entró. La conversación terminó y yo, sin
era momento para celebrar con fastuosidad.
saber qué otra cosa hacer, seguí a Galindo. Estaba sentado en la
¿y las fotografías? pileta, miraba hacia las tapias ruinosas, me aplicaba su acostum-

Son los muertos de Malavid, dijo secamente mi tía abuela. brada indiferencia. Tal vez por eso sentí un deseo incontenible de

Obviamente yo no me refería a las fotos del museo, sino a las de la cruzar el solar, ir al punto donde creí que él tenía puestos los ojos y

boda, pero Jacinta respondió astutamente para cambiar el tema descansar la frente y las palmas de las manos en la tibieza del ado-

de la conversación. No chisté porque era ella quien siempre deci- be desnudo. Cerré los ojos y la voz del candelillero se materializó

58 59
en mis oídos. Oí sus palabras no sé por cuanto tiempo, pero cuan-
un grito de dolor. Allí estuve hasta el amanecer, no sabía si cruzar
do abrí los ojos vi a Galindo en la terraza, ahora sentado en un viejo
otra vez palado del ejido o esperar. Esperar ¿a qué?, pensaba, pero
escaño. Tenía la cabeza echada hacia atrás y el rostro enjabonado.
allí me estuve, viendo pasar las horas sin que llegara nadie, ya me
Jacinta deslizaba con mano ligera una antigua navaja, destellante
estaba entrando miedo; empecé a sentirme muy infeliz. A media
bajo el sol de la mañana, por la plisada piel. A un lado de la pareja noche, por fin, llegó una troca que venía delado mexicano cargada
el félido acechaba a una palomita que volaba en círculos sobre su con candelilla de contrabando. El chofer y su acompañante se pu-
cabeza ámbar.
sieron a contar los cerotes que iban a entregar, pero al rato divisa-

ron una patrulla, rápidamentente se subieron al mueble y se re-

gresaron por donde habían llegado a esperar el momento de vol-
;;,
(~11
ver a cruzar. Allí me quedé parado viendo cómo desaparecían en la
,,~:';
.•.¡:¡,~, Crucé el río de noche, tanteando lo más bajo, pasé de largo el pue-
oscuridad. La patrulla me levantó a mí y esa noche la pasé con dos
IC
,',,,,111,lt
,,JQ, aspirinas en la panza. Era la primera vez que pisaba el penal. Al
blo de Lajitas, sin parar, hasta llegar al campo de candelilla. En
otro día tempranito me soltaron, hicimos una hora de carretera
cuanto llegué me puse a arrancar la yerba, como se hacía, con todo
desde la cárcel hasta el río, allí divisé a los compañeros que des-
y raíz, a mano limpia. Alfinalizar el día acabé rendido, con los pan-
cansaban delado mexicano, ya habían cumplido su tarea y prepa-
talones desgarrados por el roce de los chaparrales, porque prensa-
raban el regreso. Esa fue mi salvación. Los patrulleros que me lle-
ba los tercios de yerba con las rodillas. Algunos candelilleros ya los
varon no se fueron hasta que vieron que crucé el río de regreso al
traían con la bragueta patrás, para seguir usándolos del lado bue-
ejido. Los candelilleros cuando me vieron sudoroso y titiritando se
no. Ese primer día até quince tercios y hubiera hecho más, pero
pararon en la orilla pa recogerme. Mellevaron a la casa de Ambrosio
me pegó un dolor en la espalda que ya no me dejó, los candelilleros
Tavera. Él les pidió que le llevaran al doctor de la mina. Tardaron
me cocieron raíces de nopal y cáscaras de mezquite, y eso fue to-
casi todo el día en volver con él, pero esa fue mi salvación.
mar mil remedios y nada, luego hasta se les ocurrió que estaba
Los doctores y el hospital fueron las cosas buenas que lle-
empachado. El segundo día no trabajé; cuando llegó la troca que
vó la compañía minera. Cuando llegó a Malavid muchos se contra-
nos acarreaba agua le pedí al chofer un aventón a Lajitas, ya iba en
taron para sacar el metal de la tierra. La verdad, a mí nunca me
6o
61
1111111
gustó ese trabajo, tuve miedo de morir de sílica o aplastado. Unos
el pelo tostado por el sol. A mí en la noche se lllC1 lhn en a111m 1111' •I

tenían hasta trasparentes las orejas de lo sombrío de la mina. Te-
radio y recordar a Amanda, que era lo único valedero 1¡1111 hnhln

nían los metales fundidos en la pie~J>ero como sea, todos abando- dejado atrás.
r
namos las tierras, unos por la mina y otros como yo, por ir a las Después de varias semanas en Espadas el troquero nos lle-
i
pizca1' No hay duda, la mina llevó trabajo, progreso y bullicio. El vó a~ Todos hechos bola en el mismo mueble.
>'I

trabajo pa nosotros, el progreso pa ellos y la fiesta pa todos. Algu- Hombres, mujeres y niños como borregos, parados, sin descanso.

nos gringos llegaron con sus mujeres y sus hijos, otros llegaron Allí seguí la misma rutina, nomás que en lugar de algodón levanté

solos. El caso es que éramos tantos los fuereños que una casa mala espiga de escoba. Luego de varios meses nos llevaron al norte de

prosperó en Malavid. Los sábados se organizaban bailes que dura- (-~~bbock; donde aguantábamos las heladas a punta de fogatas de
-- _/
ban hasta el amanecer, los desvelados le soplaban a la llamita de leña. Cargaba un costal colgado del pescuezo, y esto era llenarlo

los quinqués y seguían la fiesta con la luz del nuevo día. con puños de algodón y puños de tierra. De lo que se trataba era de

Casi tres semanas tardé pa reponerme de la pulmonía, pesar. Cuando llenaba el costal iba a la treila y allí estaba un tipo

pero en cuanto dejé la cama busqué la forma de cruzar otra vez. que lo pesaba, anotaba todo lo que se levantaba en el día y el fin de

Junto a la necesidad me llevaba la aventura. Esa es la verdad. semana era la paga. Por cada cien libras pagaban dos dólares. Re-

Alguien me informó que llegaría una troca a Lajitas a recoger gen- cibía a la semana de veinte a treinta.

te pa la pizca. Allí estaban esperando familias completas, mujeres A Malavid regresé para pasar el fin de año, iba con la ropita

que se desesperaban con el llanto y lambre de los hijos. Fuimos a que había comprado, lo único que me alcanzó con el dinero gana-

un lugar llamado Espadas, en Tejas, una ranchería donde estuvi- do, unos zapatos, una chamarra, un sombrero y un cinto; también
..·----..--·-·--:::::.-.
-·-·~··"'·-···-

mos hasta que se terminaroñl~J~s. Nos levantábamos de un pantalón. Llevaba poco dinero en la bolsa, casi nada. ¿cuánto

madrugada a hacer el lanche, todo el día en el campo y al oscure- me podían rendir los cuatro dólares diarios que ganaba? Esa Navi-

cer, de regreso, a hacer las tortillas que nos íbamos a comer al otro dad regresé decidido a casarme con Amanda, con o sin el permiso

día. Los domingos eran nomás pa comprar comida y lavar ropa. de Galindo. Me acuerdo que cayó la nevada más intensa que he

También pa bañamos, porque entre semana no había tiempo, era visto en mi vida. Malavid cegaba de tan blanca y los árboles se

puro trabajo, desde el amanecer hasta rendir el día. Siempre con doblaban con el peso de la nieve.
63
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11
il1
li
,I

Por favor, Andrea, te voy a pedir que no la distraigas. Los

preparativos del viaje toman mucho tiempo y no quiero que a esta
niña se le haga tarde, vive muy lejos para andar sola de noche.

Yo la acompañaré a su casa, Jacinta.
Ja cinta recogió en la puerta la ropa limpia. Llevó la canasta a uno
No es necesario; mejor déjanos terminar, anda, ve a leer tu
de los cuartos traseros de la casa. La lavandera y la niña esperaron
periódico.
afuera pacientemente hasta que Jacinta revisó cada una de las pren-
Regresé a la cocina molesta. No soportaba la actitud auto-
das y salió a pagar el servicio. Todavía la esperaron otro rato mien-
ritaria de Jacinta, pero entendí desde la primera vez que tuve trato
tras ella llenaba con comida algunos recipientes de plástico que
con ella que si quería llevar la fiesta en paz no debía contrariarla.
también le entregó a la mujer. Hablaron unos minutos en la puer-
Me conformé con verlas ir y venir. La niña de piernas largas y cho-
ta y la lavandera se despidió de Jacinta con un abrazo. La niña
rreadas siempre a la zaga de Jacinta. Después de un rato me aburrí
entró y siguió a Jacinta por la casa. Yo dejé a un lado el periódico
y sin nada qué hacer, pese a la hora temprana, fui al local de
que hojeaba para ir tras ellas. A pesar de que llegaba de Chihuahua
Tomás. Lo encontré acomodando el mobiliario y los enseres del
con varios días de atraso me servía para pasar las horas muertas,
billar.
pues en la casa de Galindo no había televisor y el radio estaba en la
Sólo vine a despedirme, le dije después de saludarlo. lTan
alcoba de Jacinta. La anciana no cesaba de dar instrucciones, las
pronto se va? Reconocí en la pregunta un tono de decepción. Ape-
camisas aquí, las sábanas ya sabes dónde, la ropa interior allá y la ¡,
nas empezamos a conocernos, agregó, ¿pasó algo?
niña ejecutaba las órdenes al gusto de la patrona.
Tal vez esperaba que le dijera que Jacinta y yo habíamos ~
1111
¿cómo te llamas? I'111
reñido, o que mi abuelo me había corrido. De esa manera confir- 1

1

Fátima. Me respondió apenas mirándome sin interrumpir maba la animadversión que sentía hacia ellos. Nos vamos todos,
¡1111

su actividad. Era una niña seria y tal vez era mayor de lo que su Galindo también, enfaticé para decepcionarlo aún más. Pero lo que
cuerpo larguirucho aparentaba. el rostro de Tomás mostró fue sorpresa.
¿cuántos años tienes? Lo creo sólo porque usted me lo dice. lCómo consiguió sa-

Cumplí nueve para entrar en diez. carlo de aquí? Preguntó con una risilla nerviosa.

6S
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que yo era un holgazán sin futuro nomás porque no me gustaba el
No fui yo, así lo dispuso Amanda, se lo pidió a Jacinta an-
h's de ingresar al hospital. trabajo del campo; a pesar de eso trabajé varios años en El Fresnal,

las tierras de Galindo. No había otra cosa para mí en este pueblo.
A mí Amanda también me planteó esa situación a todas
luces incomprensible. Cuando me lo pidió no lo tomé en serio, no Si no había nada lqué lo detuvo aquí?

quise comprometerme, pues su deseo me pareció descabellado. En Trataba de granjearme a Galindo, esperar el mejor momen-

un principio combatí la idea de viajar a un lugar desconocido don- to para pedir la mano de Amanda, y como era de suponerse en la

de no sabía cómo sería recibida, pero después entendí que si en tardanza estuvo lo malo. Lo que vino después usted ya lo sabe.

realidad quería sacudirme ese asunto en definitiva, lo mejor era Bueno, me marcho. Ojalá nos volvamos a ver, le dije ten-

enfrentarlo. Así que algunas semanas después de la muerte de diéndole la mano.
Amanda le envié un telegrama a Jacinta anunciándole mi viaje para De eso estoy seguro, Galindo es un buen viejo, pero muy
el mes de julio.
pronto va a tener que regresar con él.
Algo muy extraño, fuera de lugar, respondió Tomás arru- Sí, también yo lo creo, pero debo cumplir con lo prometi-
gando el ceño, y de tiempo. do. Lo que venga después ya será otra historia.
J
Sí, comenté, muy fuera de tiempo. No creo que los Galindo Como le digo,1Galindoes un melancólico que no encontró
resistan el cambio, aún así voy a intentarlo hasta donde sea "
ff

mejor refugio que el silencio, un hombre débil que no supo acep-
posible. ll\11:
tar su destino. ~a ve, perdió parte de sus tierras con todos los ajus-
1

I'
111

I'

Pues a decir verdad, no sabe en lo que se mete, apuntó tes que hizo el gobierno; en lugar de un varón, doña Andrea le dio 11

11

1'

Tomás, aguantar a un viejo taciturno y a una mujer como Jacinta una hija; luego la llegada del candelillero, bueno, el resto ya lo 1¡1 1

11

no es cosa fácil. Le deseo mucha suerte. conoce. 111,

lPor qué no los quiere Tomás? Pregunté de manera ocio- No lo sabía con precisión, pero tampoco me interesaba oír
sa, pues era fácil adivinar la razón de su animosidad hacia el par de más su punto de vista. La versión de Tomás sería siempre diferen-
ancianos. te a la de Jacinta o Tavera. Para mí lo único cierto era que nuestras
11 1

Mire Andrea, Jacinta siempre estuvo en mi contra, decía vidas habían tomado cursos diferentes y ya no valía la pena buscar 1¡11111

&¡ \111
66
1111

111 11
11 11
111111111•1111 lnl o cunl suceso. Finalmente, cada uno tenía su propia despertar compasión, ya no sabía lo que hablaba. Como esa menti-
v1•111lú11. l.o único claro era que la verdad de unos, los más fuertes o ra debió contarte muchas otras que debes olvidar.
l11tt 1111\s audaces, se imponía sobre la verdad de los otros. No había
lSí? lQué mentiras?
mós que hablar y nos despedimos cordialmente.
Todas.
En la casa encontré a Jacinta en su habitación. Distribuía
Debo entender que aquí la dueña de la verdad eres tú.
.l!I
la ropa de ella y la de Galindo en varias maletas y bolsas de viaje.

Fátima ya no estaba con ella, por eso me acerqué a pedirle, una vez
Ahórrate el sarcasmo. l
¡1,

;

¿y bien? ,ll
11
más, que me permitiera ver algunas fotografías.

lCuáles fotografías? replicó molesta. Amandita entró en una depresión muy profunda cuando tú

naciste. Realmente estaba imposibilitada para atenderte. Su salud
Supongo que las hay y me gustaría verlas, tal vez conser-
siempre fue endeble, como la de Andrea, tu abuela.
var alguna de Amanda. lTienes algún inconveniente?
Escuché a Jacinta como lo hacía siempre, sopesando las pa-
En respuesta Jacinta sacó un aro repleto de llaves de la
labras. No le tenía confianza, era manipuladora, autoritaria, y aun-
bolsa del vestido. De mala gana me lo extendió y me señaló cuál

era la correcta. Era posible que Jacinta ya hubiera sacado las cosas que tomaba sus comentarios con un grano de sal, mi tía abuela no

del bargueño, como si temiera que yo la despojara de sus derechos me desagradaba. Por el contrario, admiraba su fortaleza y creía que

sobre el mundito que ella controlaba. La actitud de Jacinta me con un poco de tacto y paciencia podríamos llegar a entendernos. 11'1

molestó y me hizo cambiar de opinión. En lugar de ir a buscar en el Sí, ya veo. Supongo que por ese motivo fuiste por ella, por
l1r
mueble creí que era el momento de puntualizar algunas cosas con eso la apartaste de nosotros. Lo que no comprendo es por qué no
11111
ella. regresó. lQué acaso nunca se repuso? Tú se lo impediste, lverdad? 1¡1\\I

Me gustaría saber por qué eres tan hostil conmigo, le dije Amandita no estaba acostumbrada a batallar y con tu padre 11.I
con energía. No sé de qué me culpas Jacinta, si tú misma me sepa- sufría muchas carencias, además la dejaba sola por meses, según 11\11

raste de Amanda. él se iba a buscar trabajo. Los nervios de Amandita en aquella sole- 1111

111

Pobre mi Amandita, dijo en un tono de voz que pretendía dad se debilitaron al extremo de pasar días en cama. 1

¡:
68 69
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1,l1
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11

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,1111\1111
hacer las cosas que a mí me gustaban, jugar a los encantados hasta ,11

Ese era sólo un fragmento del relato. Era cierto que mi pa-
la media noche o escuchar al violinista. El muchacho vivía con sus
dre se ausentaba largas temporadas, pero también era cierto que
dos hermanos mayores y en el pueblo lo acusaban de loco o sinver-
Jacinta necesitaba a Amanda para restablecer el orden del mundito
güenza, aunque él era ajeno a los rumores del mundo. Todos sa-
que regía en la casa de su hermano. Uno interrumpido cuando el
bían que tocaba el violín, pero pocos lo habían escuchado. Sus her-
candelillero llegó para llevarse a la hija de Galindo. En eso pensaba
manos elevaron las tapias para frenar a los curiosos, pues en las
cuando el abuelo entró .en la pieza donde estábamos, seguramente
tardes, al declinar el sol, el muchacho se trepaba en una vieja ca-
porque había percibido la crispación en la voz de Jacinta. Carecía
rreta abandonada a mitad del patio a tocar el violín. Siempre la
de sentido seguir con la discusión estando él presente. Le regresé

las llaves a Jacinta y salí del cuarto con el rostro de Amandita en el
misma melodía, una que no se apartaba de mi mente, que no me

pensamiento, con el azul intenso de sus ojos niños que descubrían atrevía a canturrear porque era el puente secreto entre los dos.

las cosas del mundo. Nunca antes la había escuchado. Me gustaba porque me hacía sentir

triste y contenta a la vez: pensaba que en eso consistía ser feliz.

Después de la escuela jugaba con otros niños, pero luego encon-

traba la forma de escabullirme para estar sola y escuchar. Cuando

Jacinta se descuidaba, salía rápidamente y me trepaba en un tabu-
Caminaban de prisa, a zancadas, enterraban con sus botas las pie-
rete que tenía listo junto a la tapia para verlo con su barba rubia y
dras en la tierra. El viento soplaba con fuerza, nos empujaba, abría
espesa, salpicada con hilos rojos, encendida como las flores del
los tablones de mi falda como una sombrilla, me untaba el pelo en
acotillo que el viento deshojaba la tarde que salí tras los hermanos.
la cara. Hasta mí llegaban las frases entrecortadas cuando se cul-
Ellos en su carrera se detenían a tomar informes; algunos negaban
paban el uno al otro, cuando se aventaban y hacían aspavientos.
haberlo visto, otros daban señales como la hora y el rumbo que
Sentí temor, qué si me obligaban a regresar sola, nadie me pidió
llevaba. Los hermanos ya andaban en las casas de la orilla. Las mu-
que los siguiera, yo corrí tras ellos cuando los vi salir, ni siquiera
jeres interrogadas habían salido a llamar a sus hijos o a recoger los 1

1·11¡
pedí permiso porque sabía que Jacinta no me lo concedería. Ella
1111\11
objetos olvidados en las banquetas. Al verme seguir a los herma- 111¡11

me negaba casi todo, pensaba que una niña de doce años no debía
11\¡\
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nos del violinista me lanzaban miradas reprobatorias. El celaje em- 11¡1111
1111111

pezaba a oscurecerse. ¿Qué hacía una niña a esas horas lejos de su !¡
11
1111

1!111

1111

casa? parecían preguntarme con los ojos. Aquellas mujeres no hu-
1¡ 1

hieran entendido mis razones, las hubiera disgustado mi respues- Un haz de luz se filtraba por la juntura de las cortinas. numinaba
11

ta. Cuando vi bajar el sol y colocarse en medio de las torres de la la mano exangüe de Amanda. Una paloma blanca con las alas reco- 11

iglesia, abandoné el juego de las niñas con el buen pretexto de ayu- gidas que reposaba sobre el cobertor; un solo manchón resplande-
ciente en un extremo de la cama. Todo lo demás, cada uno de los
dar en alguna labor doméstica. Crucé sigilosa el zagüán y la cocina
objetos que componían el escenario de aquel cuarto de hospital, el
cuidándome de no alertar a Jacinta. Para aplacar el chirrido de los
aire que ahí se respiraba, yo misma, estaba envuelto en sombras.
goznes abrí la puerta trasera lentamente y fui a treparme en el ta-
Sobre la almohada su oscuro perfil: el ojo cerrado, el pómulo ele-
burete. Quería verlo. Pero aquélla tarde él no estaba. Lo esperé los
vándose como promontorio por encima de la vasta hondonada; los
primeros minutos en calma, después, cuando vi que las torres de
labios apenas separados, el breve mentón. El resto era un bulto
la iglesia se tragaban el sol, me alarmé. Primero oí a los hermanos
casi imperceptible bajo la manta, y sobre ésta un claro luminoso.
llamándolo, luego los vi cruzar veloces el patio y también yo salí a
La miré por unos segundos antes de que orientara su rostro hacia
buscarlo. Al principio no supe qué dirección llevaban, tal vez ellos mí, que me ofreciera el filo de su nariz como un alfanje abriéndo-
tampoco sabían hacia dónde orientar sus pasos. Se me ocurrió que me una herida. La paloma agitó levemente la cabeza entre lns alas
podía estar más allá del piélago, ahí donde el agua llegaba a una cerradas. Me acerqué al rodapié. Con su mirada y mi silencio pre-
caída profunda. Después de correr de aquí para allá los hermanos tendíamos acortar la distancia entre nosotras, tal como ocura·l6ln

se encaminaron hacia la cañada. Rápidamente descendieron cuan- tarde que nos despedimos, mientras le aplicaban la (1ltlmlldn•l•

do llegaron al voladero. En seguida llegué yo. Vi los jirones de su de morfina.
ropa enganchados en las jaras. Desde la orilla descubrí su cara y su El recuerdo que de ella tenía era vago, casi incxi1trntt'. A

pecho manchados de tierra y sangre. Se había despeñado y el vio- pesar de todo cuando la vi por vez primera, postrada, una vuhnrndn

lín estaba hecho trizas. El violinista era un animal palpitante; un de compasión me abrazó el cuerpo. Empecé a visitarla a dlnrlo,

desde la salida del colegiohasta agotar elhorario de visitas, tal como
Blgal herido de muerte.
73
72
1•1111 111r lo pidió. No sin preguntarme en qué momento imaginó Salvolos días en que los dolores se acentuaban, ella habla-

1\1111111<111que a mí me interesaba escuchar sus historias. Por qué ba y yo escuchaba. Suponía que como cualquier enfermo termi-

11p11rc•d11 un buen día, así nomás, para imponerse en mi vida justo nal, Amanda solicitaba con mayor frecuencia la inyección. Sintién-

cuundo la de ella estaba a un paso de terminar. Sólo eran dome inútil frente a su urgencia le suplicaba a la enfermera le apli-

cuestionamientos débiles, pues siempre terminaba por escuchar cara otra dosis. El riesgo era mucho, explicaba, puede provocarle

el relato fragmentado de Amanda; en ocasiones serena y compasi- un paro cardíaco o hacerla entrar en coma. Amanda también escu-

va, en otras rencorosa. Llegué a pensar que era demasiado tarde chaba la objeción de la enfermera, aún así, en ocasiones insistía

para cualquier intento de acercamiento, pero mientras yo luchaba tanto que llegué a pensar que quería acelerar el fin. ¿Qué propósi-

entre el impulso de abandonarla y el de agradecerle que me hubie- to había logrado para considerar que era el tiempo de marcharse?

ra buscado, ella trataba de establecer un orden, de encontrar un ¿Acaso creía tener derecho a buscarme, contarme sus historias y

poco de paz en el turbión de recuerdos que la agobiaba. luego partir definitivamente? Su actitud me daba rabia pero tam-

bién sentía compasión. Una de esas tardes de insistencia me las
/Amanda me expulsó de su lado demasiado temprano.
arreglé para que la enfermera de turno le aplicara una dosis ma-
Jacinta se encargó de regresarla a la casa de su padre, sólo a ella,
yor. Minutos de~ués entró en e~sueño~~UlLI}O re_gresó.
de manera que nunca volví a oír o saber nada de los Galindo, hasta

el momento que Amanda me buscó para pedirme que fuera al hos- Durante las siguientes cuarenta y ocho horas no me sepa-

pital, semanas antes de morir/Lo poco que sabía de ella lo perdí ré de su lado, sabía que en cualquier momento moriría. Con esa

voluntariamente en los meandros de la memoria. Muy pocas veces certeza en mente traté de manejarme con toda frialdad. Era inútil.

mi padre me habló de ella y cuando lo hizo sus comentarios iban Me engañaba con esos desplantes de invulnerabilidad, en el fondo

cargados de rencor. Sus palabras se centraban en Amanda; nunca no podía aceptar que las cosas terminaran así de fácil para ella. Me

mencionó a Galindo ni a Jacinta. Puedo asegurar que en veinticin- atormentaba pensar que nunca sabría quién era Amanda Galindo

co años no necesité saber de ella. Tampoco extrañé lo que no había y que tampoco tendría la voluntad para odiarla. Haciéndome la

tenido, sin embargo, sentirla cerca, escuchar sus relatos, contra- fuerte abandoné el hospital, decidí ir a casa a descansar, a olvidarla

riamente a lo que imaginé, fue como una azada que clavó en mí. por completo. Pero no pude conciliar el sueño.

74 75
En la casa fui derecho a la cama, me acosté vestida, Quince minutos o quizá transcurrió una hora. A pesar de
11·

bocabajo y cerré los ojos con fuerza. Pasaron quince, treinta, se- que siempre tuve la conciencia de que en cualquier momento ocu- 1ill

senta minutos y nada. Encendí un cigarrillo y el televisor, pero mi rriría, cuando el hecho se presentó me resultó extraño, inespera-
atención estaba lejos de ahí, en el sombrío cuarto del hospital. Para do. Me fue muy difícil aceptar que estaba al lado del cadáver de la
distraerme empecé a ordenar la recámara, que estaba más desor- mujer que había sido mi madre. Una mujer que al final de su vida
denada que lo habitual, la ropa tirada en la alfombra, tazas con decidió acercarse a mí con un propósito que iba más allá del hecho ,111

1111:'
residuos de café encima del tocador, los tarros de crema abiertos, de reencontrar a su hija. Pero en ese momento nada me conmovió: I'.

111111

ceniceros repletos de colillas, libros y revistas viejas apiladas sobre ni el desolador jardincillo, que dominaba desde mi posición a un
1:11 11

el buró. Todo cubierto de polvo. Encendí otro cigarrillo y el radio;
lado de la cama, de árboles desnudos que sacudía el viento frío de
quería que el ruido me aturdiera. En ese estado permanecí no sé
febrero; ni el zureo de las palomas brunas, ni las bermejas que se
cuánto tiempo, sin ver ni oír nada. Apagué los aparatos y después
arrebujaban en el alféizar; ni la luz opaca de la tarde que entraba
de mucho dar vueltas sobre las sábanas revueltas, decidí regresar
por la ventana a confirmar la quietud que se anegaba en el cuarto;
al hospital.
tampoco las miasmas azulosas que flotaban sobre un cuerpo de-
Cuando llegué Amanda respiraba con gran dificultad. Tra-
vastado por la memoria.
taba desesperadamente de jalar aire; su pecho emitía ruidos es-
Si no hubiera llegado un enfermero a la visita de rutina yo
tremecedores. La tomé de la mano y besé la punta de sus dedos
hubiera permanecido largamente inmóvil, como uno más de los
fríos de muerte. En el último momento una lágrima rodó por su
'objetos alrededor del cuerpo de Amanda. Aquél, alarmado por el
rostro huesudo, acto que interpreté como una mera función orgá-
cuadro, salió a buscar refuerzos. En el pasillo esperé su llamado
nica, pues carecía de fortaleza para acogerlo en la esfera de los sen-
para que me dijera en el tono más profesional, "la señora acaba de
timientos. Observé la mancha diminuta que la gota dejó en la fun-
morir". Oí la noticia con indiferencia. Supuse que lo procedente
da. Frente al cuerpo disminuido de Amanda y la marca insig-
era llamar a Jacinta, que por petición de Amanda se ausentó du-
nificante y perecedera que dejaba a su paso por esa habitación, lo 11

rante el tiempo que yo la visité, pero preferí esperar, no sabía para 11\111!1

único que fui capaz de sentir fue la frialdad de su mano yerta entre
11

la mía. qué o por qué, pero así lo hice. Me abatían toda clase de pensa-
11

76 77
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'.íl"·!
1111

~
Felícitas guardará silencio. 111\I
111

mientos mezclados con los rostros y sucesos que Amanda enferma 111

Reyes Carrasco acercó su silla a la de su hermana. La aco- 11\11\

me había contado. Empecé por pretender que nada de lo ocurrido 1

modó de espaldas a la tapia. 1

tenía importancia. Después de todo quién era esa mujer que había 111¡1
Así es más fácil la espera. Dijo con gesto infantil buscando
llegado a mi vida con una historia deshilvanada y una ristra de 1111

la aprobación de su hermana.
imágenes. Regresé a mi plan de alejarme de ahí cuanto antes y 1
Es lo mismo. )
dormir varios días seguidos. (Pero esa noche ni las siguientes me ~
1

Reyes se levantará presurosa a espantar los pájaros que i
sería posible aprehender el sueño. Lo único que me aliviaba era 1 ¡11

buscan la fruta de los árboles. Antes de regresar a su asiento pasa- 1~
~ imaginar a Amanda en su infancia, con el candelillero, con Galindo, 1

1
\,
,, rá por la noria. Durante unos segundos, imagino, sus ojos busca- 1

al lado de Jacinta). Cuando menos lo esperaba vi a dos personas 1

rán algo adentro. Desde el fondo el agua le regresará la mirada dulce 1

sacar el cuerpo de Amanda cubierto con una sábana. No fue sino
'· en su rostro de mujer añosa, como si la hubiera guardado en la ~11~
hasta ese momento que sentí un golpe rotundo en la garganta. Más I''
humedad durante su tiempo de niña para recogerla ese día.
tarde, cuando me pidieron los datos para el acta de defunción, en- 1
~· 1

frenté la realidad: casi nada sabía de Amanda. Ysin darle más vuel-
Felícitas Carrasco también se asomó a su regreso, pero a
i
ella el hueco oscuro sólo le devolvió la imagen de la fatiga puesta 1

tas al asunto llamé a Jacinta. 1

1

en los ojos.
Varias semanas antes Felcítas cerró con gesto definitivo la r
'
~1·.
puerta de su casa. Dejaba para siempre Tucson. Cuando llegó a la

frontera, mientras cruzaba el puente de Ojinaga, recordó el día que
~
Tengo miedo Felícitas, el mismo miedo que sentí cuando me casé. salió de Malavid,veinticinco años atrás, para irse de bracera al lado 1

1

lTe acuerdas? Jacinta Galindo me asustó con sus cuentos, que si de su esposo. Primero los ranchos de Tejas, después los naranjales 1

1 111

esto o lo otro, pero a los pocos días el susto se me pasó. lTe acuer- de California y, por último, Arizona con sus enlatadoras.
das que te pregunté si era cierto? Tú no me dijiste nada, como si lo ~
En Ojinaga terminó el viaje en carretera. Ahí un camión ~
1

hubieras ignorado; ni modo que le hubiera peguntado a Librada. 1 1

destartalado la llevó dando tumbos hasta Malavid. Ochenta kiló- i 1

lPor qué no me dijiste nada Felícitas?
( ~'' ) o, ,OC<.¡:;:¡. 79
r-.?l(i \o" , e\ ei ~h' cla. ' :

78
metros de recorrido a través de un camino de piedras vivas de sol. Reyesen cambio, desde el zaguán llamó a grltos 11Ft1lkll11M,

El camión se detuvo frente a una casa de adobe. Sobre la puerta un como si necesitara cerciorarse de algo. Su voz de niña cru:r.6loM

anuncio de lámina mostraba a una rubia sonrriéndole a una cerve- cuartos, se impregnó de olor a encierro. En la última pieza, dond«
za. Más arriba un letrero decía "El Puerto". Algunos pasajeros ba- se guardaban los pájaros y los helechos del corredor para protcjcrlos
jaron a beber algo. En total no llegaban a cinco. La dueña del lugar, de las heladas invernales, Reyes alcanzó su propia voz. Era el único
una mujer muy gorda, se refrescaba bajo una higuera, descansaba lugar iluminado de la casa. La luz que entraba del solar alimentaba
la redondez de sus nalgas en el bejuco desfondado de una mecedo- la claridad de los muros, sólo manchada en ese momento por la
ra. Entre las manos sostenía un vaso de agua que continuamente sombra de Felícitas.
'
\,,
se llevaba a la boca, no para beber el líquido, sino para humedecer-
...
No te anticipes. Le dijo Felícitas sin verla. Tenía la mirada
se los labios resecos por la tierra del camino.
puesta en otro lugar, sólo Dios sabía donde.
Después de un rato el camión retomó el viaje. Más adelan-
Reyes llegaba de Chihuahua, traía una pequeña valija con
te Felícitas vio la silueta de un hombre acostado formada por va-
ropa para tres días. Aquel viaje le resultaba incómodo. Se había
rios cerros aglutinados. Sabía que al darle la vuelta a los pies, des-
casado con un pasante de medicina que tan pronto terminó su ser-
pués de cruzar el arroyo, entraba en la mancha verdusca y ocre del
vicio social se la llevó a la ciudad. Ahí él se convirtió al paso del
caserío.
tiempo y con la ayuda de Reyes, en un respetable médico familiar,
Cuando en Ojinaga abordó el camión sintió que se desliza- 1

a quien ella asistió como recepcionista, enfermera o lo que fue po-
ba por una espiral donde las horas caminaban hacia atrás, al día 1111

sible con tal de nunca volver, de no sentir el polvo tenaz que todo
que se despidió de Librada, al instante preciso que abrió el portón
lo cubría, lo vivo y lo muerto.
de la casa familiar. A su regreso lo abrió porque iba a despedirse de
Las hermanas se encontrarán para asistir a Librada, la ma-
ella. Cruzó el umbral y la espiral se detuvo. Felícitas reconoció aque-
yor de las Carrasco, durante los días anteriores a su muerte. Cada
lla casa cuyas puertas se abrían a un jardín central, corazón arbola-
una la tendrá tomada de una mano. Minutos antes de expirar,
do. Avanzó por el corredor con paso resuelto a su antigua habita-
Felícitas entenderá la intención de Librada, se inclinará hasta po-
ción y acomodó su equipaje con la aplicación de quien se instala
para siempre. ner una oreja sobre los labios de la anciana, después se incorpora-

8o 81
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11111

1¡\11'

1,1

esa casa. Fue Jacinta quien estableció el día y la hora para salir de
rá y asentirá con la cabeza. Librada morirá en su cama de virgen · 11\1

Malavid. Pero dentro de mí se daban sentimientos encontrados que ,11

donde durmió durante ochenta años. 111

me impulsaban a salir de ahí cuanto antes, y a la vez quedarme a
Después del entierro se fue Reyes con la promesa de vol-
formar parte del silencio de Galindo, del precioso coto gobernado
ver. Felícitas permaneció seis días encerrada en la casa para guar-
por Jacinta. Dormir en la cama de Amanda, antes de Andrea, me
dar luto a su hermana. Era la segunda de las Carrasco que moría.
llevó a considerar como nunca antes la muerte. Me preguntaba
La primera, Andrea, hacía cincuenta años que había muerto.
cómo sería morir ahí, en ese breve espacio donde ellas se habían
Al séptimo día Felícitas continuará con la rutina de su her-
entregado al sueño, al gozo y la agonía.
,,
\,,
mana muerta. Tenderá las sábanas de las cuatro camas de la casa
\,
Esa noche repasé pacientemente lo que había visto y escu-
al sol. Sola. En el solar.
chado desde mi arribo a Malavid. Tomé conciencia de los repetidos
momentos que olvidé el propósito del viaje por atender las voces
que cargaba conmigo y que pensaba me ayudarían a reconstruir el
mundo de Amanda. Propósito absurdo. Ni siquiera lograba preci-

La noche que regresé de Lajitas sentí más densa la oscuridad, más sar cuándo y cómo enfermó de pulmonía mi padre, pues la versión

profundo el silencio de la casa. En el largo pasillo de puertas cerra- de Tavera y la del candelillero no coincidían. lPor qué Amanda

das sólo el cuarto de Jacinta tenía la luz encendida. No pude evitar consintió que Jacinta gobernara en su vida? ¿Quién fue realmente

la tentación de acercarme a la puerta para seguir con el oído sus Amanda?

movimientos. Sabía que después de acostar al abuelo en su cama El impenetrable mutismo de Galindo y la actitud autorita-

de caoba regresaba a su cuarto, se arrellanaba en el terciopelo raí- ria de Jacinta espoleaban mi necesidad de saber, pero al mismo

do de la vieja poltrona y rezaba el rosario. Regresé a la pieza de tiempo me dejaban en un mar de suposiciones/Sólo me quedaba

Amanda. En la penumbra observé los objetos que me rodeaban, buscar a Amanda en los objetos de la casa, en las voces, en las na-

los muebles de maderas chirriantes, el crucifijo de bronce, el mar- rraciones fragmentadas. Así, esa larga noche, al igual que todas las

co ovalado con la imagen arrogante de Galindo y Andrea Carrasco. que pasé en la casa de Galindo, cerré los ojos para dejarla avanzar a
~h
Aliviadame dije que después de mi partida nunca más regresaría a pausas. \,\
1

83 1

82

11111
1¡11" '

oigo decir en voz alta con la esperanza de que Idalia, tan joven t:1
11

como llamativa, baje ahí mismo y las deje continuar el resto del 111

11

viaje solas, en un vagón apartado del de los metales, los mineros y 11

los extraños. Idalia la escucha desde lejos, llega a creer que es su
Una calurosa tarde de mil novecientos cuarenta y ocho, con casi conciencia la que le habla, por esa razón mira desatenta la ciudad y
siete horas de retraso, espantando las gallinas de la vía, en la bulli- murmura: una mierda de pueblo. Nada más se oirá decir durante
ciosa Estación El Chapo, veo arribar lento y fatigado el tren. De
las horas que restan de viaje.
mal humor, con la cabeza apoyada en la ventanilla, Idalia se de-
Jacinta y Amanda regresan de Chihuahua, lugar donde
fiende del calor con el abanico español que Wolfgang Greiner le
acostumbran hacer las compras invernales. Amanda siempre pen-
regaló dos años atrás, la misma noche que se despidió de ella para
sativa, lleva la mente puesta en el candelillero. Algo dentro de ella
partir a Malavid. En un principio no lo quiso creer, pero al paso de
había cambiado; una manera de sentir que trastocó el amable or-
los días, las semanas y los meses sin que el ingeniero barbirrojo
den de sus días: la angustia y el deseo han empezado a merodear
diera señales de vida, se propuso investigar la ruta para llegar a él.
en su corazón de adolescente. Jacinta percibe el cambio en su niña
Con ese propósito en mente, la mañana del siete de agosto empaca
y cree que es el momento de casarla con el ingeniero Greiner. De
sus pertenencias y toma el tren que la lleva de sur a norte; de su
ahí su indiferencia ante la distracción de la joven. Hoy más llama
colonial ciudad minera a Chihuahua; ahí transborda al Kansas City, su atención la mujer que viaja con ellas. ¿Quién es y a dónde se
que al sur del río Bravo cruza el desierto hasta las barrancas de la dirige? Se pregunta Jacinta, sentada muy erguida. Observa a Idalia
sierra, donde encuentra freno su ambición de llegar al Pacífico. abiertamente, cómo 'mira todo lo que cae en su campo visual, no
Idalta·NrarucParti.da.,._consus veinte años recién cumpli- por atrevimiento sino por un sentido de autoridad natural en ella.
dos, viaja una noche completa en el estrecho compartimento del A pesar de los afeites que cubren el rostro de Idalia, Jacinta logra
Kansas City acompañada por dos mujeres. El tren llega a Ojinaga percibir la lozanía de la piel; si acaso, presume, será un par de años
en el momento que el mundo emerge del sueño. Ysi el espectáculo mayor que Amanda.
que ofrece la luz matinal cuando despunta no consigue sacar a Idalia La mirada de Jacinta saca a Idalia del letargo en que se
de sus pensamientos, sí la voz de Jacinta: llegamos a Ojinaga. La encuentra. Idalia siente la actitud de Jacinta, sabe qué piensa de
85
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11111
~ ;cr
Ninguna de las tres mujeres podría sospechar que en muy
las mujeres como ella, las que se atreven a amar
,-----. a la ·---.,,,,.,,_.,.,
luz del día. _.,..,.,,.

poco tiempo la fortuna les cambiará. En Malavid ya circula el ru-
(Imagino que el atrevimiento de Idalia fue mayor al haber abando-
mor del cierre de la compañía minera, suceso que no ocurrirá an-
nado las faenas de madrugada, en la pequeña panadería del padre,
tes del cincuenta y cuatro, cuando Malavid empieza a convertirse
para vivir en amor libre con el ingeniero alemán). También ella
en un lugar desolado y nostálgico; cinco años después de que
tiene una opinión acerca de las respetables señoras como Jacinta,
Amanda se fuga con el candelillero; uno antes de su regreso defini-
que siempre ocultan algo, que temen ser confundidas, que evitan
tivo a la casa de Galindo; tres años más tarde de cuando Idalia y
respirar el mismo aire que respiran las otras mujeres, las liberti-
l
111

,, Greiner dejan el campamento minero; cuatro después de mi naci- 111

,; nas. Haciéndose justicia, Idalia de inmediato la olvida, pues su 1\'
\; ¡¡11
miento, dieciséis antes de la muerte del candelillero y veintiséis
< mente vuelve a Wolfgang, en el descuido en que se encontrará sin

ella que esmeradamente lo cuidaba. Los sábados por la noche aseo del fallecimiento de Amanda.

completo, baño de tina caliente con hojas de eucalipto, masaje en En el último tramo del viaje las dos jóvenes se quedan dor-

todo el cuerpo y recorte de barba. Todos los campamentos mineros midas. Idalia apoya la cabeza en el vidrio de la ventanilla; en lo

serán iguales, se dice y más resueltamente dispone su ánimo para profundo de la respiración abre apenas los labios coronados por
" el encuentro con su alemán. tenues gotas de sudor. Amanda descansa la cabeza en el hombro
de Jacinta, que sigue alerta, con los ojos cerrados, pero sin ceder al
Esa mañana, después de que el tren sale de la estación de
sueño. A punto de llegar, el tren disminuye la velocidad, permite
Ojinaga, Amanda cruza la mirada por única vez con Idalia. La ve
que Idalia al abrir los ojos se sorprenda y fije su atención en lo que
sin curiosidad. Idalia en cambio, cuando siente los ojos azules de
tiene a la vista, un animado pueblo de casas bajas de adobe,
la joven, le regresa una mirada honesta que Amanda recibe sólo
granados en el frente, en las aceras de tierra. Un lindo paisaje, su-
un instante antes de cambiar el foco de su atención. Ahora es Idalia
pongo que piensa y observa el límpido manchón azul, más arriba
quien recorre a la otra con la vista; en la palidez del rostro descu-
el amarillo luminoso y una pincelada ocre y rojo en la franja infe-
bre el destello de los ojos; un fulgor en la mirada que ella conoce ,1

rior del cuadro. Finalmente el tren se detiene y las mujeres des- 1

bien y que en su propio lenguaje identifica como la luz de la ilu-
cienden. Es necesario que entre dos hombres bajen el inmenso 111i1

sión. Examina la frescura de la piel, el vestido elegante y discreto, 11

baúl de Idalia, además de una petaquilla de piel marrón y un gran
claro como el color de los ojos.

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l 87
~

bolso neceser de tela estampada. La estación es un salón espacioso de la carretera se bifurca. Los Gallndo •lamm un t11tmlno ""''" 11u1
con bancos de madera. Un reloj inmenso de carátula blanca marca a lo lejos ofrece una arboleda, en cambio ldalla lUCll'ClCI ttn dl111Nlht1

las nueve en punto encima de la taquilla. Hay mucho movimiento, al oriente, donde la aridez del paisaje se aeentúe,

pasajeros, mujeres con canastas repletas de burros de chile pasado Imagino ingresar el taxi al campamento minero sobre un
y quesadillas; hombres que platican, niños que corren por aquí y camino de grava. Las casas de los extranjeros son de madera, blan-
por allá. cas, muy blancas, porche al frente con columpio y un jardincillo

A un lado de la estación, los carros esperan a quienes se agobiado por las flores de cultivo. Al fondo se ubican las barracas
J dirigen al campo minero. Idalia de inmediato encuentra un lugar. de los mineros y una cancha de básquetbol. Una sólida construc-

El chofer, por lo pesado del equipaje, piensa que la joven mujer ción central, la única de dos pisos, ostenta un letrero que simple-

que solicita sus servicios quiere envejecer en Malavid. Se equivo- mente dice "Hotel".
ca, pues el alemán, despreciado por Amanda, reanudará su rela-

ción con ella, que vivirá en el hotel diez meses exactos antes de
mudarse a la casa de Greiner, no sin antes convertirse en el tema
favorito de hombres y mujeres: la fina ropa interior, su afición al
Jacinta no se cansaba de ir de un lado a otro. Según ella, aún había
whiskey y a permanecer de pie hasta la madrugada, los alocados
detalles pendientes que Manuela, la mujer que se quedaría a cargo
paseos en motoneta abrazada a la espalda de Wolfgang o su gusto
de la casa, no sabría cómo resolver en su ausencia. Galindo espera-
por los naipes y la marihuana. Sin embargo, por esas cosas absur-
ba desde hacía horas en el solar. Fumaba un cigarrillo tras otro. Yo
das que respeta la gente decente, ya instalada bajo el mismo techo
también esperaba nerviosa el momento de partir; de vez en cuan-
que Wolfgang, dejará de ser la comidilla diaria y aunque nunca
do salía con cualquier pretexto; tenía la esperanza de que en los
claudicará a sus hábitos excéntricos, será respetada como la seño-
últimos momentos el viejo quisiera decirme algo. No lo hizo. A las
ra Greiner a lo largo de los tres veranos que vivirá en Malavid.
diez de la mañana los tres abordamos el camión. Galindo y Jacinta
Jacinta y Amanda abordan el Packard crema que conduce
se sentaron juntos. Yo atrás de ellos. Abandonamos las calles de 1111

Galindo. Ambos carros avanzan por el camino de terracería cerca
Malaviden unos cuantos minutos. En la última, en la esquina donde 111

de veinte kilómetros, el taxi detrás del Packard, hasta el cipo don-
88 89

~
-----.--
el camión viró para tomar la carretera descubrí a Fátima con el su calva cabeza. Lentamente el camión avanzaba. Jacinta y yo Ihn- ""
gato amarillo en los brazos, delgada y grave, con los zapatos talla- mos en resignada quietud, oíamos el zumbido adormecedor de ln11

dos de las puntas. Estaba atenta, como si el momento justo en que moscas que revoloteaban encima de la cabeza del abuelo. Pero de

el camión entrara al camino de terracería, con Galindo y Jacinta en pronto, cuando ya me había resignado al vuelo zumbón de los 1 11

él, fuera un acontecimiento. insectos, Galindo dio un leve quejido que supuse venía del sueño
111\!

El zumbido de las moscas, que había iniciado cuando el y que finalmente alejó las moscas del dormido. Antes que deci-

camión emprendió el viaje, se intensificó. Volaban en círculos por dieran volver Jacinta le cubrió la cabeza con un pañuelo. Así lo

encima de la cabeza de Galindo, luego se posaban en su tonsura guarecía también de los rayos del sol.
húmeda y brillante. En medio del molesto ruidillo de los insectos y Jacinta viajaba tranquila, miraba siempre hacia el frente;
el traqueteo de los fierros del camión nosotras abrimos un claro de en cambio yo me sentía descorazonada. Estaba claro que el par de
silencio. Más tarde Galindo murmuró algo al oído de Jacinta, que ancianos no necesitaban a nadie y menos a mí. ¿por qué entonces
se levantó para comunicárselo al chofer. Éste enseguida orilló el Jacinta y yo acatamos el descabellado deseo de Amanda?
1
\ camión. El abuelo bajó y caminó unos pasos hacia los cuartos en
\
¿Faltará mucho para llegar? Pregunté en voz alta, sin diri-
ruinas de lo que antaño fuera la animada Estación El Chapo. Con-
girme a nadie en particular. Era una pregunta más que llevaba en
tra una de las tapias vi el golpe del chorro ambarino que soltó
el pensamiento.
Galindo. No soplaba viento. El sol calcinaba la blancura de las nu-
¿A dónde? Respondió Jacinta secamente.
bes, los cerros y las casitas desperdigadas en el llano. El chofer,
¿A dónde ha de ser? Le devolví la pregunta con otra en
Jacinta y yo permanecimos inmóviles. Por un momento los cuatro
tono de pocos amigos. Ya no estaba en su casa, ya no consentiría
quedamos fijos en el tiempo.
sus desplantes.
Galindo subió al camión y le cambió el lugar a Jacinta; que-
El camión siguió su camino lerdo, arrojaba una sombra de
ría ver por la ventanilla. Las voladoras no lo dejaban en paz. Una y
vehículo destartalado sobre la tierra amarillenta. La sombra de las
otra vez se las espantó llevándose las manos a la coronilla, pero las
cuatro cabezas oscilaba como si éstas estuvieran apenas prendidas
moscas volvían siempre. Más tarde se durmió con la cabeza recli-

nada sobre la ventana, entonces se instalaron a sus anchas sobre al cuerpo. lTe refieres a Ojinaga? Insistió Jacinta.

90 91

&...
~

Al pueblo más cercano sobre la carretera asfaltada. gia, olvidé que quería evitar discusiones. ¿Qué me quieres decir?

Es ése, tú debiste pasar por ahí. ¿por qué me dices eso, Jacinta?

Porque es la verdad. Siempre detesté Lajitas y su gente.
No, yo seguí el camino a lo largo del río, hasta llegar a

Lajitas. No, háblame claro, Jacinta. Tú realmente me quieres de-

cir que nunca viste con buenos ojos al candelillero. Mis palabras
Ahora vas a recorrer una ruta más civilizada. Cruzaremos
eran una interpretación falsa, consecuencia del coraje. Mi padre
el puente en un taxi y del otro lado vamos a tomar un camión a El
1 no era de Lajitas, y el tiempo que vivió en esa región no era sufi-
Paso. No sé por qué tuviste que ir hasta ese lugar. ¿Quién te dijo a
,,1
1:'
ti que hicieras eso? ciente como para considerarlo de ahí.
1;
'I
\ Jacinta no respondió inmediatamente. También ella se dio
"~ Tú sabes quién. Respondí lacónica porque me desagrada-
\, cuenta que estábamos ya en Ojinaga. Sin embargo, ya para mí fue
ba el aire de superioridad de Jacinta. No sentía deseos de entablar

conversación con ella, además, no dejaba de pensar en el viaje y · difícil hacerme la desentendida. ¿No es así, Jacinta? Contéstame.

sus consecuencias, en lo que íbamos a hacer los tres allá, juntos. Sí, es verdad. Nunca acepté a tu padre porque él no tenía
-
l.

nada que ofrecerle a Amanda.
l. No tenía la menor idea. Desafortunadamente Jacinta sí tenía ga-

nas de hablar conmigo, así que me espetó una frase que yo no pude Eso ya me lo habías dicho, pero debes reconocer que ésa

menos que interpretar como una provocación: Odio Lajitas. no es la verdad; si Amanda se hubiera casado con otro hombre

En lugar de responder contemplé el desierto. A la vera del tampoco lo hubieras querido. Admítelo. Tú, el abuelo y Amanda

camino crecían espuelas de caballero moradas, azules y rosas. Eran eran la familia perfecta. Ni uno más, ni uno menos.

las florecillas silvestres que Amanda pintaba con hilazas sobre el iTú no sabes nada! Me respondió alzando la voz, enérgica-

lino. A lo lejos, también distinguí el tráfico de la carretera pavi- mente. Jacinta acompañó sus palabras con una mirada desafiante.
mentada. Su proximidad me hizo pensar que podía ignorar las pa- Era obvio que en ese momento, y desde el inicio de esta historia,
labras de Jacinta. Sin embargo, había ya decidido no responder cada una ocupaba un escaque de color contrario en el tablero. El
cuando dijo algo más: Y todo lo que se relaciona con Lajitas. sol aún no estaba en lo más alto, pero la temperatura subía rápida-

Sentí sus palabras como un ataque y, como por arte de ma- mente. Las ventanillas que no estaban atascadas por la herrumbre

92 93

l
11'

permanecían abiertas, pero no soplaba viento. La figurilla metáli-

ca del cofre del camión destellaba. Afuera el mundo, nuestro mun-

do, a fuerza de sol adquiría una claridad cegadora. lPor qué acep-
'
~¡ Dejé transcurrir unos minutos para acercarme de nuevo a Jacinta.
Le pasé el brazo por los hombros sin pronunciar palabra. Ella, so-

breponiéndose al dolor, reanudó la conversación con la respuesta

que había dejado pendiente:
taste venir conmigo si tenías tanto rencor contra mi padre y contra
Tampoco Eugenio. Sólo quedamos tú y yo.
mí?
Jacinta habló con una voz llorosa que yo no le conocía. I'
1'
No lo hice por ti, sino por Amanda. 1'
11
Sólo quedamos tú y yo, confirmé. Aliviada oí la sirena acercarse. I'
¡11
Ella ya no está con nosotras, Jacinta. Tal vez hubiera sido 111

Los camilleros acomodaron el cuerpo de Galindo en la ambulan- 1

mejor dejar las cosas como estaban. Ustedes en Malavid y yo en El
cia. Después subió Jacinta. Yo los alcanzaría más tarde.
Paso.
Una vez que el vehículo desapareció en la calle columbré
En ese momento el camión ingresó a la-carretera asfaltada
un paisaje luminoso. Busqué a lo lejos los árboles de Malavid. Pen- 1

y dio un tumbo. El cuerpo laxo de Galindo se proyectó hacia ade- 1

sé en la corteza de Galindo, en la altiva espesura de Jacinta, en la 1

lante. Instintivamente las dos tratamos de sujetarlo, sin embargo,
suave fronda de Amanda. Recordé la arboleda perdida en la me-
lo que teníamos en las manos era un cuerpo exánime. La reacción
moria de Amanda, que yo guardaba en mi memoria.
de Jacinta me estremeció, pues lanzó un grito doloroso que yo no

esperaba de ella. Ni cuando murió Amanda el dolor marcó su ros-

tro de la manera que la muerte de su hermano lo hizo. Al darse

cuenta de le que ocurría, el chofer detuvo el camión y salió a pedir
Del brocal a la terraza Amanda carga la jofaina con el agua que
ayuda. Traté de calmar a Jacinta aun sabiendo que cualquier cosa
vacía en la palangana. Los rayos del sol templan el agua. Amanda
proveniente de mi nada significaba para ella. Así fue, siguió en-
1

busca vigor, serenidad, pero en lugar de refrescarse la cara y los I' 1

fraseada en su pena mientras yo, sin más qué hacer o decir, me 1,
¡,,
1
1

brazos, fija la atención en la superficie del líquido, cuya quietud le 111', 1

apartaba. Ahí estaba Galindo, el hombre que no quiso obsequiar-
111
11 1

me una sola palabra. Mudo para siempre. Enseguida de él Jacinta
ofrece el rostro del candelillero. 11

\1

1
Pasada la cuaresma el circo llegará a Malavid. Los búnga- 11
sollozante. Y yo, sola, a unos cuantos pasos, excluida del cuadro. 11

95
t¡.
F1
94
~

ros hablarán con Galindo para acampar en la parte lejana de la el litoral a Malavid. Aún resuena en mi memoria la comparsa de

casa, más allá del solar. Los mejores terrenos le pertenecen y él,
chatarra que anunciaba nuestro paso a lo largo del camino. Posi-

generoso, no cobrará un cinco por los quince días de función. La
blemente Galindo la escuchó desde que estábamos a cuadras de

pareja caminará entre el remolino de gente que los arrastra en la
distancia. Poco le importó, como pude advertir en cuanto estuve
con él. Muy erguido, bajo la fronda de una lila que perfumaba el
desolada alegría del circo. Ninguno de los dos sentirá a la gitana
aire caliente de la calle, el abuelo me miró desde el frío azul de sus
acercarse, pero ya está ahí, a un lado de ellos. Insistirá en leerles la 11

¡I
ojos. Rozó apenas con la suya la mano que yo le tendí, misma que
1

mano. Amanda se negará por superstición, mas dirá no creer en la
de inmediato se llevó al sombrero para reajustarlo en su cabeza
cartomancia. Ante la tenacidad de la mujer el candelillero la des-
calva. El anciano permaneció mudo; me miró sin mirarme. Para
pedirá de mal talante. Ella responderá frases de húngara y de pronto
aligerar la situación sugerí que entráramos a la casa. Él asintió,
soltará una en cristiano: sería mejor conocer de una vez vuestra
pero antes de dar un paso buscó el ronco sonido de la troca, que
mala fortuna.
había desaparecido llevándose la carga restante de hombres. Cu-
Flota el rostro del muchacho en la sosegada superficie del
.
1 riosa seguí el curso de su mirada, sólo para descubrir en lo profun-
agua. Amanda lo bate con la mano, distorsionada la imagen persis-
do de la calle el vibrante manchón verde bajo la luz madura de la
te, cree ver al joven mirarla, abrir los labios, pero ella rehusa leer
tarde. Unos graznidos y el sonoro batir de alas me apartaron de
las palabras y otra vez agita el agua. De pronto escucha la voz
aquella amable visión que por segundos atenuó el gélido recibi-
salvadora de Jacinta llamarla, cierra los ojos y antes de alejarse 111

miento del abuelo. Son sólo pájaros, murmuré. En ese momento I¡
vuelve al agua. Ya en calma sólo encuentra de la porcelana el fondo
caí en cuenta de las circunstancias que me llevaron a Malavid.Pensé
celeste, las florecillas de intenso azul añil y centro yemal.
en el puñado de adormilados pueblos tejanos que durante la ma-

ñana recorrí; en las solitarias estaciones de autobús donde bajé

para beber limonadas; en las lentas horas que rodé por la humean-
te carretera bajo un sol que horneaba a fuego lento el paisaje. Ha-

Recuerdo que llegué a casa de Galindo llevada por el estridor y el bía salido de El Paso en dirección al oriente. Hacia la soberbia casa

rezongo de los fierros mohosos. Cuarenta minutos de viaje desde de Galindo.

e¡, .~.( 'f7

l
.•...

A Jacinta la encontré cuando preparaba la cena de su her- hasta la arboleda que había visto a mi arribo. ScgurnnumlC'l C'llHIe1rn ~

mano. Era algunos años menor que él. Más fornida. Tenía los ojos el sitio del que Amanda me hablaba, le dije, donde 1011 árbol~• en-

pequeños, muy vivos e innumerables arrugas en el rostro. Me abra- vejecían a la orilla de un vasto aguaje que los de Malavid,nostálgicos

zó, me dijo algunas palabras que no comprendí, pero que supuse de mar, llamaban piélago. Jacinta me clavó la mirada y frunció el

un saludo, luego me condujo por un largo pasillo a una pieza os- entrecejo, un instante porque de inmediato se alejó.

cura, de la cual únicamente percibí el olor a encierro. Jacinta Para tomar un respiro salí a fumar al solar solitario, al jar-
actuaba como si debiéramos despachar nuestro asunto sin con- dín que cultibaba Jacinta. Los rosales de castilla seguían dos vere-
ceder tregua alguna. Su diligencia me obligaba a actuar con rapi- das que corrían de un lado a otro, cuyo cruce al centro hacía lugar
dez y torpeza. Mientras me esperaba en el vano de la puerta solté la a una pileta de azulejos carcomidos por el tiempo. Aquí y allá ties-
mochila en un sitio cualquiera de la pieza para regresar tras ella, tos con geranios, alhelíes y nomeolvides que, a juzgar por su fres-
por el mismo pasillo, a la cocina. Ahí Jacinta me relató lo que yo ya cura, eran cuidados por una mano devota. La yerbabuena y el tré-
sabía: Amanda había muerto después de una larga agonía, de un bol verdecían los rincones; el nardo, prendido a los barrotes de
cáncer que la consumió gradualmente. Me habló como si yo no madera que resguardaban las piezas traseras, llegaba a repugnar
hubiera pasado las últimas semanas al lado de Amanda, que había de perfume tan intenso. No obstante la maleza pugnaba por brotar
muerto prácticamente en mis manos. No obstante, con más curio- al pie de las tapias, cuyas hiladas de adobes al descubierto mostra-
sidad que paciencia, escuché fragmentos de-un relato que yo mis- ban su ruinosidad. Y más allá los álamos añosos, fieles centinelas
ma le había contado meses antes, mientras velábamos el cuerpo que flanqueaban mudos el predio de Galindo.
de Amanda en la funeraria. Jacinta olvidaba o prefería no darse
Después de exhalar la última bocanada de humo entré a la
cuenta que la vida me había devuelto, veinticinco años después, a
casa a recorrer, una vez más, el largo pasillo de puertas cerradas.
una madre memoriosa y moribunda. Y a pesar de que me sentía
Volví al cuarto de Amanda a dejar transcurrir el tiempo, a poner
agotada, después de oírla, primero con oído presto, luego con irri-
en orden mis emociones. Abrí el cuaderno donde había anotado
tación, quise alejarme de ella y de su casa. Le comenté que desea-
algunas de las frases y los nombres que escuché de labios de
ba aprovechar los últimos momentos de luz y caminar, tal vez ir
Amanda. Retazos de una historia a la que trataba de dar sentido a

98 99

(,
fuerza de memoria e imaginación. Me preguntaba por qué en su tender que vivía en el pasado, inmerso en el recuerdo de los días de
relato Amanda había omitido veinte años, los últimos de su vida. esplendor, ahora opacados por el curso de la historia, por el vacío
Muertos Amanda y el candelillero me quedaba la ardua tarea de que le había dejado la pérdida de Amanda, ocurrida muchos años
llegar al centro del corazón de Jacinta y Galindo, territorio de arri- antes de su muerte física. Le tuve lástima, en su vida el candelillero
bo y a la vezverdadero punto de partida. Antes de cerrar el cuader- había dejado una marca muy amarga. Eso pensaba cuando de pron-
no escribí el primer apunte del viaje: Del BigBend a tierras ejidales, to me estremeció el golpe seco del portón de la iglesia. La noche se
en una barca agujereada al mando de un niño, por un cuarto de nos venía encima. Recordé con dolor a Amanda. Imaginé los árbo-
dólar crucé el río Bravo. les añosos del piélago, que no lejos se mecían bajo la silente carto-
Más tarde salí de la casa y para sorpresa mía, afuera encon- grafía de las estrellas.
tré -por segunda vez- al abuelo. Orinaba en la lila. Mientras el

chorro caía sobre el tronco, con los ojos entrecerrados parecía co-

lumbrar algo allá ariba, en lo azul, que a esa hora de la tarde ofrecía

la ilusión de poderse tocar con sólo elevar la mano. Cuando termi-

nó echó a andar sin percatarse de mi presencia. Decidíseguirlo por ___;_----
Las náyades hundían los pies en las aguas del piélago. Ellos cauti-

las calles desiertas que Amanda me describió prolijamente, nunca vados reían a carcajadas. Wolfgang siempre atento, ese día pensa-

tan solas ni tan derruídas como las vi esa primera tarde; mamparas ba que me amaba. El viento soplaba y las ramas se buscaban en un

rotas y muros desconchados. Galindo llegó a la plaza. Los membri- abrazo alado. Esa tarde también el violinista acudía a la memoria,

llos aún verdes soportaban serenos la carga del verano. En la igle- aquel muchacho que vi en la cañada por última vez. Nunca conocí

sia desierta, unas cuantas palomas picoteaban el polvo del atrio. un ser tan indefenso ni un cuerpo más bello. Era un Sebastián fle-

La visita diaria de las rezanderas era de madrugada, me había con- chado por los cardos y el filo de las piedras.
tado Amanda, y a media mañana los domingos y los días santos, si Tu padre vino llamado por ese viento azaroso que agitaba
es que llegaba algún cura para oficial'.misa. Me acerqué a Galindo las copas esa tarde de San Juan. Lo veo caminar vestido entre los
y permanecí a su lado sin atreverme a hablarle. No era difícil en- álamos con ropa de trabajo, camisa de broches y botas camperas,

100

·~
101
-
impropias para el lugar y la ocasión. Jugaba con un cabestro de

lechuguilla que nunca supe por qué lo llevaba. Tampoco cómo lle-

gó él ni quién lo llevó.

Lo recuerdo como si en este momento lo viera detenido en

el tiempo. El cabello como el tuyo, abundante, rizado y oscuro; con

un mechón rebelde sobre la frente. Apoyado en el tronco de un

árbol me miraba desde la otra orilla del aguaje. Siempre que pien-

so en él me sonríe desde lejos, con el cabello sobre la frente y un

cabestro en la mano.

Tú también recuerda esto. Que una tarde de San Juan, o
---~-------~------
una tarde de viento, o-·-···--·-~---~-------""~·-
una tarde
~·"- ..
cualquiera
--.-- --~--..--~---- ..
.,
amarré··----·'·'·'~--~--
•····
el corazón
. •........••. _
al

corazón de un árbol.

lMe escuchas, Andrea?
1

.I
Alpine - Ciudad Juárez, 2001.

;j
102
.~-" _ ay una metáfora central con la que inicia y cierra
:.< .~.i~esta novela, se trata del coraz~n, y las palabras que
" .~.-~~Amanda, la madre distante de la protagonista, dicta
• · a la memoria de su hija para la configuración de la
escritura:
Tú también recuerda esto. Que una tarde de San Juan, o una tarde de
viento, o una tarde cualquiera amarré el corazón al corazón de un árbol.
Esun símboloque encarna una maquinaria secreta,profun-
da y callada, cuya monotonía posibilita la continuidad de la
vida. No la luz de la razón, sino la luz que despierta en lo os-
curo del cuerpo, donde sólo habitan las certezas de la sangre.
Por esto la prosa de RosarioSanmigueles virtualmente poesía.
Viajahacia el centro de las cosasque se revelan,no a través de
la explicaciónde los acontecimientos,sino por el complejome-
canismo de desanudarlos de la naturaleza que les dio origen.
La frontera se levanta entre los mismos seres que pueblan
esta novela, entre los mismos árboles que crecen en su tierra.
Andrea, la protagonista, nunca nombrará a su madre como tal,
nunca le dirá mamá, sino su nombre de pila. Una distancia
de dos décadas se abre entre ellas debido al abandono de la
madre, que llama a su hija para edificar,a través de un proceso
de despedida, en su lecho de muerte, la transmisión de una
historia en la que arraigaron la ensoñacióny la tristeza.
A esta frontera emocional, en la que se hace un hueco de
lenguaje, suceden otras. Al candelillero,padre de la protago-
nista, le sucede a la inversa. De él no conocemos el nombre,
sólo su oficio,que detallará la voz narradora ahora sí, llamán-
dolo padre, con una precisión y una objetividad desgarrado-
ras. Aquí existe una frontera que genera otro hueco: la de la
clasesocial.Elcandelillerono tienenombre, se le conocepor su
trabajo,por ser un migrante, un árbol cuya fronda se ausenta,
aunque su raíz esté clavada en el corazón de la mujer que ama.
En este universo de imágenes el lenguaje, heredero de la
mejor literatura hispanoamericana del siglo XX:Rulfo,García
Márquez, Onetti, es orillado a sumergirse en un piélago a sim-
ple vista estrecho,pero tan hondo como sugieren el cúmulo de
historias de quienes han cruzado y'cruzan el Río Bravo.

MinervaMargaritaVillarreal