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En el Club de La Buena Estrella creemos que libros como El mito de Sísifo, más allá del valor de su

contenido y de la profundidad de sus temas, son de gran ayuda para pulir nuestra capacidad de
análisis, mejorar nuestra lectura comprensiva, enriquecer nuestro vocabulario y acrecentar nuestros
conocimientos de cultura general. Es seguro que algunos de sus argumentos harán surgir dudas e
inquietudes, y es perfectamente comprensible que la manera en que Albert Camus aborda estos
temas de naturaleza existencial nos resulte a veces confusa e intrincada. No olvidemos que sus
ensayos filosóficos y novelas existenciales "despeinaron" las ideas de toda una generación y le
valieron un Premio Nobel de Literatura en 1957.

Sin embargo, no dudo que habrán captado muy bien los temas en que Camus se centra: la
sensibilidad y la noción del absurdo, el suicidio, el sentido de la existencia y la libertad absurda. El
razonamiento absurdo es, sin dudarlo, el eje principal de su ensayo. Camus no es un existencialista
en el sentido más puro. Sin embargo, todas sus reflexiones y su filosofía del absurdo parten de
temas existenciales. No tiene reparo en indicarnos que su ensayo no es una elucubración propia.
Antes bien, menciona que la sensibilidad del absurdo está dispersa en muchos pensadores del siglo,
a los que cita permanentemente en su obra. Sin embargo, aclara que su generación no ha conocido
con propiedad una filosofía del absurdo. Es interesante que Camus aborde su ensayo con una
premisa revolucionaria: No llega al absurdo como se desprende un veredicto después del juicio. Por
el contrario, toma el absurdo como su punto de partida. Camus es, en consecuencia, el filósofo del
absurdo.

El razonamiento absurdo
Para desarrollar su análisis, Camus cuestiona fundamentalmente si vale la pena vivir la vida.
Establece que encontrar una razón para vivir es equivalente a encontrar una razón para morir.
Concluye que para la mayoría de los hombres, la verdad no es una razón de peso para sacrificar la
vida, y ejemplifica que Galileo abjuró de una verdad científica porque esa verdad no valía la
hoguera. Se desprende entonces que las cosas obtienen su importancia en función de a qué actos nos
obligan. No parece, ademas, que el suicidio será la salida que todo individuo buscará en una
situación desesperada. Según Camus, el suicidio es un mal interior antes que un mal social.

Camus pasa a mencionar que el ser humano tiene la necesidad compulsiva de racionalizar, entender
y explicar todo. En su análisis identifica dos formas de pensamiento, la de Perogrullo y la de don
Quijote. El mítico personaje de Perogrullo se va a la evidencia excesiva, casi ridícula, como cuando
uno dice “está lloviendo”. Don Quijote va al lirismo extremo, la imaginación, el sueño, la fantasía,
la utopía. Según Camus, el ejercicio de la razón oscila entre las verdades de Perogrullo y las
abstracciones quijotescas. La combinación de ambas da el equilibrio entre evidencia y fantasía,
entre conocimiento y emoción.

Hay 3 posturas que el hombre puede adoptar con respecto al absurdo:

1. El suicidio como salida. La fatal confesión de que la vida nos ha superado, que no la
entendemos, que no la podemos explicar y que concluimos que no vale la pena vivirla.
2. La evasión, ya sea por abrazar los placeres hedonistas como distracción de la realidad, o por
cifrar toda esperanza en el ejercicio de la fe en credos religiosos. En el primer caso, se
ignora o se niega el absurdo, se soslaya la muerte, se evita traer estos temas a colación. En el
segundo caso se explica el absurdo con dogmas: Donde el hombre ya no es capaz de
encontrar explicación empieza el concepto de Dios. Ese es el famoso "salto" del que hablan,
entre otros, Leon Chestov y Soren Kierkegaard, ambos pensadores citados por Camus.
3. La tercera postura es la aceptación y la vivencia del absurdo. Aceptar el absurdo, renunciar a
buscar explicación y vivir la vida con la independencia, la autodeterminación y la
significancia individual que se desprenden del supuesto de que esto es todo cuanto hay, de
que no hay Dios ni vida futura en otro tiempo y lugar, pero sin jamás perder de vista que, a
pesar de todo, la vida vale la pena vivirla.
¿Cómo llega el hombre a esa encrucijada? La sensibilidad o el sentimiento del absurdo es el proceso
gradual de toma de conciencia del paso de tiempo y sus nefastas consecuencias para nosotros:
deterioro, envejecimiento y muerte. Ese mismo proceso ocurre durante los años y años de rutina
repetitiva, mismos que anteceden a la noción del absurdo, el despertar del hombre, el momento en
que tomamos plena conciencia de la futilidad y fugacidad de la existencia, de que el mundo y la
vida superan por mucho nuestra capacidad de razonamiento, entendimiento y comprensión.

Suele suceder que las decoraciones se derrumban. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro
horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida,
el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo, es una
ruta que se sigue fácilmente la mayor parte del tiempo. Solo que un día, el “porqué” y
todo se alza y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro...
Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero
siempre llega un momento en que hay que llevarlo. Vivimos del porvenir: “mañana”,
“más tarde”, “cuando tengas una posición”, “con el tiempo comprenderás”. Estas
inconsecuencias son admirables, pues, al fin y al cabo, se trata de morir. Llega, no
obstante, un día en que el hombre hace constar o dice que tiene treinta años. Así afirma
su juventud. Pero, al mismo tiempo, se sitúa en relación con el tiempo. Ocupa en él su
lugar. Reconoce que se halla en cierto momento de una curva que confiesa que debe
recorrer. Pertenece al tiempo, y con ese horror que se apodera, reconoce en él a su
peor enemigo. El mañana, anhelaba un mañana, cuando todo él debía rechazarlo. Esa
rebelión de la carne, esto es lo absurdo.

Es evidente, entonces, que cuando Camus habla de los muros absurdos, alude al tiempo y la rutina,
a los decorados con que construimos la realidad a la que nos circunscribimos y limitamos. Cuando
llegan la lasitud y el hartazgo, la frustración y el sinsentido; el despertar del absurdo derrumba los
decorados y nos deja frente a la realidad desnuda: La vida no tiene sentido, la vida es absurda.

El suicidio filosófico
Es llamativo que Camus use la metáfora de “el salto” para identificar el momento en que dos de los
pensadores que cita, Kierkegaard y Husserl, dan paso a algo eterno e inexplicable con la razón
humana, pero a la vez, en ese acto niegan el absurdo e intentan explicarlo.

Según Kierkegaard, donde la razón se queda corta, entra el concepto de Dios. Según Camus,
Kierkegaard reemplaza la frase correcta: “Miren, he aquí el absurdo” y en su lugar dice: “Miren, he
aquí Dios”.

Husserl y los fenomenólogos, en cambio, dan a cada cosa un sentido propio y esencial, que a la vez
explica el todo. No hay nada más, no se debe buscar significado, solo se describe sin explicar. Eso
pareciera encajar en el absurdo. Sin embargo, en cuanto Husserl reconoce algo de celestial y eterno
en las cosas de este mundo material y les concede “esencias extratemporales”, una esencia
privilegiada que se nutre de la esencia de cada única cosa, pasa a conferir a la razón un alcance
mucho mayor del que le es permisivo. La razón tiene límites, pero Husserl se los remueve al
postular que esa esencia privilegiada da sentido a cada esencia menor o relativa.

En ambos casos se da el suicidio filosófico, “el salto”. Kierkegaard humilla la razón y da el salto a
Dios. Husserl hace triunfar la razón y le atribuye el poder de explicarlo todo. Ese es también un
salto por cuanto la razón no puede explicar las cosas con nada que vaya más allá de este mundo y de
esta existencia. En los dos análisis planteados el absurdo derrota al hombre y este salta a una forma
insostenible de explicación y esperanza.

La libertad absurda
Lo contrario del salto o suicidio filosófico es la libertad absurda. Si al contemplar el absurdo, en
lugar de buscar explicarlo (saltar), buscamos asumirlo, aceptarlo y vivirlo, entonces encontramos la
libertad absurda.

Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese
destino, sabiendo que es absurdo, si no se hace todo para mantener ante uno mismo ese
absurdo puesto de manifiesto por la conciencia. Negar uno de los términos de la
oposición de que vive es eludirlo. Abolir la rebelión consciente es eludir el
problema...Vivir es hacer que viva lo absurdo. Hacerlo vivir es ante todo contemplarlo.
Al contrario de Eurídice, lo absurdo no muere sino cuando se le da la espalda. Una de
las posiciones filosóficas coherente es la rebelión. Es una confrontación perpetua del
hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible. Vuele a
poner al mundo en duda en cada uno de sus segundos… No es aspiración, pues carece
de esperanza. Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la
resignación que debería acompañarla…Esta rebelión da precio a su vida… y esa
rebelión al día testimonia su única verdad, que es el desafío. Esta es la primera
consecuencia.

El hombre absurdo
El que acepta vivir el absurdo sin explicarlo ni saltar, es el hombre absurdo. Asume que esto es
todo, que no hay salida ni esperanza. Y lo asume con valentía. Esta vida en la que niega los dioses y
es dueño de sus actos es todo lo que tiene, pero vale la pena vivirla, agotarse en el afán de agotarla.

Camus ubica en esta categoría al Don Juan, al actor y al conquistador.

El donjuanismo

Es un grave error tratar de ver en Don Juan a un hombre que se alimenta con el
Eclesiastés. Pues para él no es vanidad sino la esperanza en otra vida. Lo prueba,
puesto que la juega contra el cielo mismo. No le pertenece el pesar por el deseo
perdido en el goce, ese lugar común de la impotencia. Eso está bien en Fausto, quien
cree en Dios lo bastante para venderse al diablo… Fausto reclamaba los bienes de este
mundo: el desdichado sólo tenía que tender la mano...

Don Juan no amaba a una sola mujer, aunque pudiera decirse que al momento de tenerla, la amaba
con todo su ser. No era que la anterior ya no le gustara, era más bien que ya quería otra, y eso no es
lo mismo. Don Juan se extingue en la forma menos egoísta de “amor”, más “generosa”, la que no
conlleva propiedad, exclusividad o anulación. No significa que Don Juan despreciara la devoción de
un hombre por una única mujer, aunque viera en eso una cosa de santos y no de hombres. El caso es
que Don Juan no teme castigo ni consecuencia. No aspira a otra vida por cuanto vive en esta todo
cuanto puede.

La comedia
Camus admira al actor porque recorre en tres horas su nacimiento, esplendor, ocaso y muerte: el
ciclo que le tomará al espectador toda una vida. Para cuando el actor muere en el último acto del
absurdo que representó tantas veces en las tablas, ya ha muerto mil veces. Porque el actor ha
elegido vivir muchas vidas y no una sola, incluso llegando a anular la suya propia. No hay mucha
diferencia entre él y los personajes que representa, por cuanto los vive, los siente y los cree, se
mimetiza. Eso no es más absurdo que la vida, donde él es apenas uno que también morirá.

`El espectáculo – dice Hamlet – es la trampa donde atraparé la conciencia del rey´.
Atrapar está bien dicho, pues la conciencia va rápidamente o se repliega. Hay que
cazarla al vuelo, en ese lugar apenas sensible donde echa sobre sí misma una mirada
fugitiva. Al hombre cotidiano no le gusta retrasarse. Todo lo apremia, por el contrario.
Pero, al mismo tiempo, nada le interesa más que él mismo, sobre todo lo que podría ser.
De ahí su afición al teatro, al espectáculo, donde se le proponen tantos destinos cuya
poesía percibe sin sufrir su amargura. En eso, por lo menos, se reconoce al hombre
inconsciente, que continúa apresurándose hacia no se sabe qué esperanza. El hombre
absurdo comienza donde aquél termina, donde, dejando de admirar el juego, el espíritu
quiere intervenir en él.

La conquista

Si, el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, tiene que serlo en
esta vida… Los conquistadores son solamente aquellos hombres que sienten su fuerza
lo bastante como para estar seguros de vivir constantemente a esa alturas y con la
plena conciencia de su grandeza...

El conquistador reconoce que su tumba puede ser una fosa común, que su muerte puede ocurrir
antes de tiempo, que su esfuerzo puede ser en vano si es derrotado. Pero la conquista va más allá de
lo geográfico. El hombre conquista sus temores y sus limitaciones, rompe obstáculos y barreras y,
aun en la derrota, vence. Esa aceptación de la fatalidad inminente, el riesgo asumido por la
consecución de la gloria y el honor, lo de hoy, lo único cierto, es otra característica del hombre
absurdo.

La creación absurda
Camus pasa a indicarnos que el ser más absurdo es el creador. Porque el Don Juan, el actor o
comediante y el conquistador, solo se nutren de recrear personajes, amores y logros una y otra vez.
Pero el creador capta el absurdo y lo copia en su obra. Bien sea por el arte, la imagen, la música o la
novela. El creador monta su propio mundo, lo limita para la representación, establece sus muros.
¿Qué hay más absurdo que copiar el absurdo? Por supuesto, Camus habla de buenas y malas
muestras de arte, en tanto más cercanas sean al objeto real y concreto que copian, y más se alejen de
conferirle algún elemento abstracto, superior o significante. Arte sin salto.

Filosofía y novela

Este tema del suicidio en Dostoievski, es, por lo tanto, un tema absurdo. Anotemos
solamente, antes de seguir adelante, que Kirilov rebota en otros personajes que
también plantean nuevos temas absurdos. Stravoguin e Iván Karamázov ejercitan en la
vida práctica verdades absurdas. A ellos es a quienes libera la muerte de Kirilov.
Tratan de ser zares. Stravoguin lleva una vida `irónica´, ya se sabe cuál. Despierta el
odio a su alrededor. Y, sin embargo, la palabra‐clave de este personaje se encuentra en
su carta de despedida. `No he podido detestar nada´. Es zar en la indiferencia. Iván lo
es también al negarse a abdicar los poderes reales del espíritu. A quienes como su
hermano, prueban con su vida que hay que humillarse para creer, podría responder que
la condición es indigna. Su frase‐clave es el `todo está permitido´, con el matiz de
tristeza que conviene. Claro está que, como Nietzsche, el más célebre de los asesinos de
Dios, termina en la locura. Pero es un riesgo que hay que correr y ante esos fines
trágicos el movimiento esencial del espíritu absurdo consiste en preguntar: ¿Qué
demuestra eso?

Camus considera que la novela es la manera más fiel de crear un mundo. Las demás formas de arte
se parecen más al ensayo intelectual. La novela, en cambio, contiene personas, lugares y
situaciones, y esa capacidad de darle cuerpos al arte le permite mostrar el absurdo en total plenitud.

Kirilov
Dostoievski habla en el Diario de un escritor de lo que convino en llamar “el suicidio lógico”: la
existencia humana es una perfecta absurdidad para quien no tiene fe en la inmortalidad, y la
desesperación obliga al suicidio.

Kirilov, personaje de “Los poseídos”, encarna algo de esto pero va más allá. El desea morir por una
idea. Su idea de suicidio superior es una proclama de insubordinación, de terrible libertad. Ningún
dios dirige su destino. Kirilov decide su fin y se vuelve Dios. Si Dios no existe Kirilov es Dios, y si
Dios no existe Kirilov debe matarse precisamente para ser Dios. Absurdo, pero es lo que debe ser.
Si Kirilov está loco, Dostoievski también lo está, pues el personaje es parte del mundo que el autor
ha creado.

Nótese que Kirilov toma distancia de Jesús, el Dios Hombre. Cree que Jesús muere en vano, pues
no va al paraíso y su tortura es en vano. En ese sentido, Jesús vive y muere por una mentira y eso lo
hace el hombre perfecto, pues encarna todo el drama humano, el que ha realizado la condición más
absurda. Ya no es Dios-hombre sino Hombre-dios, puesto que su divinidad se limita a este mundo
terrenal.

¿Por qué entonces alguien que ve con tal claridad el absurdo decide suicidarse? Kirilov sabe que eso
es una contradicción, pero él es la antítesis de Cristo. En lugar de disfrutar de su condición de
hombre libre de dioses y esperanzas, quiere mostrar a los demás hombres una vía real y difícil que
será el primero en recorrer, a manera de dechado. El suyo será un suicidio pedagógico. Se
sacrificará como Cristo, pero aunque se le crucifica no se le engaña. Se sabe un hombre-dios y
muere libre, sin esperanza ni porvenir.

Pero Dostoievski tiene otros planes. En las siguientes entregas del Diario concluye esto: “Si la fe en
la inmortalidad le es tan necesaria al ser humano (que sin ella llega a matarse) es porque se trata del
estado normal de la humanidad. Siendo así, la inmortalidad del alma humana existe sin duda
alguna”. Como se ve, Dostoievski da el salto, y entonces deja sin efecto el suicidio lógico, el
sacrificio pedagógico de Kirilov. “Ciertamente, resucitaremos de entre los muertos, volveremos a
vernos y nos contaremos alegremente todo lo que ha ocurrido”. Así, Dostoievski entrega la
divinidad del hombre en cambio por la felicidad. En consecuencia, el pistoletazo de Kirilov, su
sacrificio, queda lejos de la comprensión del mundo. Los hombres siguen fieles a sus esperanzas
ciegas en el otro sacrificio, el del hombre-dios que creen Dios-hombre.

La creación sin mañana


La creación del hombre absurdo no tiene mañana. El hombre crea como un acto de rebeldía, en una
batalla que está presupuesto a perder. Por eso esculpe en arcilla y trabaja para nada. El hombre
absurdo está solo, seguro de sus límites y de su fin próximo. Su obra también lo está.
El último esfuerzo de estos hombres emparentados, creador o conquistador, consiste en
saber liberarse también de sus empresas: en llegar a admitir que la obra misma, bien
sea conquista, amor o creación, puede no ser; en consumar así la profunda inutilidad
de toda su vida individual. Eso mismo le da más facilidad para la realización de la
obra, así como el hecho de que advirtieran lo absurdo de la vida les autorizaba a
hundirse en ella con todos los excesos.
Lo que queda es un destino cuya única salida es fatal. Fuera de esa única fatalidad de
la muerte, todo lo demás, goce o dicha, es libertad. Queda un mundo cuyo único amo es
el hombre. Lo que le ligaba era la ilusión de otro mundo. No es la fábula divina que
divierte y ciega, sino el rostro, el gesto y el drama terrestres en los que se resumen una
difícil sabiduría y una pasión sin mañana.

Sísifo
Sabio, prudente, astuto, pícaro, bandido, rebelde e irreverente. Sísifo es el héroe absurdo definitivo.
Se rebela contra los dioses, odia la muerte y acepta el absurdo de su existencia. Condenado a trabajo
fútil y repetitivo en el inframundo, se pudiera considerar que su destino trágico habría bastado para
que diera el perfil del suicida, pero no es el caso.

Camus reflexiona sobre la tragedia de Sísifo y concluye que su destino sólo es trágico en cuanto
toma conciencia. Su momento más lúcido es el retorno, la pausa, el instante del descenso desde la
cima hasta la base de la elevación donde deberá iniciar el esfuerzo nuevamente. Sísifo ve de frente
el absurdo y lo asume. Esa es su vida. Sin sentido, absurda, sin propósito. Pero el hombre en su
rebeldía desprecia su castigo y enfrenta su realidad sin esperanza. Su tragedia es a la vez su
victoria. Es lo que hay: Sísifo y la roca. Y el hombre niega a los dioses y empuja la piedra. Crispa
el cuerpo y pone la mejilla contra la masa rocosa hasta volverse uno con ella. En ese mundo sin
dios, Sísifo no reconoce amo. Mil veces hará el mismo recorrido y eso es lo mismo que encontrar
mil maneras de hacerlo. Y hará con empeño un trabajo inútil e intrascendente una y otra vez, el
esfuerzo por nada. Con la misma naturalidad con que Gregorio Samsa acepta su metamorfosis,
Sísifo contempla su tormento, lo entiende como algo natural y lo desprecia. La vida es absurda pero
vale la pena vivirla. Todo está bien.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Siempre vuelve a encontrar su carga. Pero Sísifo
enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también
juzga que todo está bien. Este universo por siempre sin amo no le parece estéril ni fútil.
Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de
oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre.