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0.

-Consideraciones preliminares
Se entiende por libertad negativa la ausencia de obstáculos, barreras o restricciones. De manera
que un individuo gozará de libertad negativa siempre que las acciones estén disponibles a
poderse realizar. En cambio, por libertad positiva se entiende la posibilidad de actuar, o el hecho
de actuar, de tal forma que sean los individuos quiene tomen el control de la propia vida y lleven a
cabo sus propósitos. Mientras que la libertad negativa generalmente se atribuye a agentes
individuales, la libertad positiva, a veces, se atribuye a colectividades.

La idea de distinguir entre un sentido negativo y uno positivo la noción de “libertad", se remonta,
al menos, a Kant. Aunque, como se sabe, fue Isaiah Berlin quien, en los años cincuenta y sesenta
del siglo pasado, profundizó y defendió dicha dicotomía. Los debates sobre libertad positiva y
negativa suelen producirse dentro del contexto de la filosofía política y social. Aunque a veces, a
pesar de ser distintos, se relacionan con los debates filosóficos sobre el libre albedrío. Asimismo,
suele ocurrir que los trabajos sobre la naturaleza de la libertad positiva se superponen con los
trabajos sobre la naturaleza de la autonomía.

Como ya demostró Berlín, la libertad negativa y positiva no son sólo dos tipos distintos de
libertad. Sino que se pueden concebir como interpretaciones rivales e incompatibles de un único
ideal político. Como nadie suele estar en contra de la libertad, la forma en que se interprete y
defina puede tener importantes implicaciones políticas. Así, mientras el liberalismo político tiende
a asumir una definición de libertad en sentido negativo (generalmente afirman que favorecer la
libertad individual implica poner fuertes limitaciones a las actividades del estado), los críticos del
liberalismo suelen responder argumentando que la búsqueda de la libertad entendida como
autorrealización, o como autodeterminación (sea ésta de un individuo o un colectivo), puede
requerir una intervención estatal.

1. Dos conceptos de la libertad


En la vida diaria los individuos suelen experimentar la libertad cada vez que toman una decisión.
Pero, a veces, cuando dichos individuos reflexionan sobre las causas internas que le han
conducido a tomar la elección, experimentan un alto grado de frustración porque se dan cuenta
que no son totalmente ellos quienes han decidido la actuación. Por ejemplo, cuando una persona
alcohólica entra en un bar puede plantearse si lo hace voluntariamente o no. Y es en ese preciso
momento en el que empieza a dudar de su racionalidad cuando emerge el conflicto de la idea de
libertad. Pues vemos dos formas contrastadas de pensar sobre la libertad. Por un lado, uno
puede pensar en la libertad como ausencia de obstáculos externos. Uno es libre si nadie le
impide hacer lo que sea que quiera hacer. Por otro lado, se puede pensar en la libertad como la
agencia de autocontrol. Para ser libre uno debe de autodeterminarse o autogobernarse. Lo que
quiere decir que debe ser capaz de controlar su propio destino en su propio interés.
Consecuentemente, se podría decir que, si en primer caso, la libertad se refiere simplemente a un
número de posibilidades de elección, entrar o no en el bar, en el segundo caso se trata más bien
de elegir correctamente.

En 1958 Isaiah Berlin designó respectivamente a estas dos nociones de libertad como libertad
negativa y libertad positiva (Berlín 2009). La razón para ello es que en el primer caso, la libertad
parece fundamentarse en la ausencia de obstáculos, interferencias o restricciones, mientras que
en el segundo caso, parece requerir de la presencia de control, autodeterminación o autodominio.
En este sentido, el concepto negativo de libertad es utilizado para responder a la pregunta
“¿Cómo es el espacio en el que al sujeto -una persona o un grupo de personas- se le deja o se le
ha de dejar que haga o sea lo que esté en su mano hacer o ser, sin la interferencia de otras
personas?” (2009: 208), mientras el concepto negativo de libertad ha de responder a “¿Qué o
quién es la causa de control o interferencia que puede determinar que alguien haga o sea una
cosa u otra?” (2009: 208).

Como vemos, la utilidad de pensar las dos nociones de libertad en función de factores externos y
factores internos es evidente. Así, mientras los teóricos de la libertad negativa centran su interés
en el grado en que individuos o grupos sufren interferencia externas, los teóricos de la libertad
positiva centran su atención en los factores internos que afectan el grado de actuación
autónoma. Dada las diferencias, podría surgir la duda de si los filósofos políticos deberían
ocuparse exclusivamente de la libertad negativa y los psicólogos de la libertad positiva. Pero este
planteamiento no es válido cuando observamos que algunos de los debates más enconados de
la filosofía política tienen lugar cuando se intenta responder a si el concepto positivo de libertad
un concepto político. Es decir, a si se puede alcanzar una libertad positiva a través de la acción
política. O bien, si es posible y conveniente que el Estado promueva la libertad positiva de los
ciudadanos en su nombre. En la historia del pensamiento político occidental los defensores de un
concepto negativo de libertad, es decir, los autores clásicos de la tradición liberal (Mill, Spencer,
Constant o Humboldt), responden que no. Pero sus críticos (Rousseau, Hegel, Marx y T.H.
Green), alegan que sí.

Desde una visión política nunca ha resultado extraño pensar que la libertad positiva se puede
lograr a través de una colectividad. Un claro ejemplo de ello es Rousseau. Quien según su teoría,
la libertad individual se puede alcanzar mediante la participación en un proceso por el cual la
comunidad ejerza el control colectivo sobre sus propios asuntos de acuerdo con la voluntad
general. En otras palabras, una sociedad democrática puede llegar a ser una sociedad libre,
siempre y cuando sea capaz de autodeterminarse. Lo cual implica, a su vez, que un miembro de
dicha sociedad alcanzará la libertad en la medida en que participe de su proceso democrático.
Pero no sólo eso, desde la política también se puede pensar en la necesidad de que un gobierno
sea activo en la creación de condiciones para que los individuos alcancen autosuficiencia o
logren autorrealizarse. Es sobre este principio que se defiende por igual el estado de bienestar
que el ingreso básico universal. Por otro lado, suele ser habitual que quienes asumen políticas
liberales hagan uso del concepto negativo de libertad para defender libertades constitucionales
de sociedades democráticas como la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de
reunión y asociación, la libertad de enseñanza y la libertad de movimiento, a la vez que utilizan
argumentos contrarios a la intervención paternalista o moralista del estado, esgrimiendo
asimismo el derecho a la vida y a la propiedad privada. Aunque hay filósofos que se han atrevido
a cuestionar que la propiedad privada mejore de forma inapelable la libertad negativa (Cohen
1991, 1995), mientras otros han tratado de demostrar que la libertad negativa puede fundamentar
una forma de igualitarismo (Steiner 1994).

Después de Isaiah Berlin, mientras los análisis más citados y completos sobre libertad
negativa cuentan como autores a Hayek (1960), Day (1971), Oppenheim (1981), Miller (1983)
y Steiner (1994), los dedicados a la libertad positiva Milne (1968), Gibbs (1976), C. Taylor
(1979) y Christman (1991, 2005).

2. La paradoja de la libertad positiva


Berlín, entre otros muchos liberales, afirma que el concepto positivo de libertad supone un peligro
de autoritarismo porque una minoría puede llegar a estar permanentemente oprimida, debido a
que todos sus miembros participan directamente de un proceso democrático que se caracteriza
por el gobierno de la mayoría. Así, se entiende que, si dichos miembros son libres, lo son por ser
partes de una sociedad que ejerce autocontrol sobre sus propios asuntos. Pero también puede
pensarse que, en realidad, no son libres. Además, Berlin sostiene que no es necesario que una
sociedad sea democrática para que se autodetermine. Si se adopta una concepción orgánica de
la sociedad, según la cual la colectividad se piensa como organismo vivo, ésta sólo actuará de
forma racional, es decir, tendrá control de sí misma, cuando sus diversas partes estén dispuestas
según algún plan racional pensado y proyectado por sus gobernadores. Y en este caso, inclusive
la mayoría podría llegar a ser oprimida en nombre de la libertad.

En particular, y más allá de una posición liberal, sobre alegatos a la opresión en nombre de la
libertad existen a lo largo de la historia múltiples ejemplos de apoyo por parte de líderes políticos
autoritarios. En este sentido, Berlin advierte de cómo un ideal aparentemente noble de la libertad,
como es el autodominio o la autorrealización, puede llegar a ser retorcido y distorsionado por
dictadores totalitarios. Se refiere, sobre todo, a los dictadores de la Unión Soviética. A los que se
les acusa de afirmar sobre sí mismos que son ellos, y no el Occidente liberal, los verdaderos
paladines de la libertad. Para Berlin, el inicio de esta paradoja comienza con la idea, ya
comentada, de un yo dividido. Como ejemplo, sirva el personaje alcohólico anteriormente
mencionado. Pues a la vez se muestra como un yo que desea entrar en un bar para poder beber
y un yo que desea no hacerlo. Si asumimos que el yo que no desea beber, es superior al yo que
sí desea beber, estamos asumiendo que el ser superior es un yo racional y juicioso capaz de
realizar acciones morales y responsables. Este deberá ser el verdadero yo porque la reflexión
racional y la responsabilidad moral son las características que distingue n un ser humano del
resto de animales. El ser inferior, por otro lado, será el yo de las pasiones, de los deseos
irreflexivos y de los impulsos irracionales. Por ello, sólo se considerará que uno individuo es libre
cuando el yo superior racional tenga el control de sí mismo y no sea esclavo ni de sus pasiones ni
de su yo totalmente empírico. El paso siguiente sería pensar que si existen unos individuos más
racionales que otros, los primeros pueden acabar decidiendo qué acciones racionales convienen
efectuar para el interés de los menos racionales. Lo cual permitiría decir que al obligar a las
personas menos racionales a hacer todo aquello que es racional, se estaría actuando en
beneficio del desarrollo de su verdadero yo, y que por ello, les están liberando de sus simples
deseos empíricos. Finalmente, dice Berlín, quien defiende la libertad positiva puede llegar a dar
un paso más y concebir al yo como algo más que un individuo. Es decir, como un sujeto
representado en un todo social orgánico (raza, iglesia, tribu, etc.) cuyos intereses deben de
identificarse con los intereses de ese todo. Lo cual podría implicar que dichos individuos pueden
y deben ser obligados a cumplir con los intereses de terceros puesto que no serían capaces de
resistir la coacción si fueran tan racionales como los individuos que los coaccionan. En palabras
de Berlin: ”Una vez adopto este punto de vista, estoy en situación de ignorar los deseos expresos
de hombres y sociedades, de intimidarles, de oprimirlos y la seguridad de que sea cual sea el
verdadero fin del hombre (la felicidad, el deber cumplido, la sabiduría, la sociedad justa, la
autorrealización) ha de ser idéntico a su libertad la libre elección de su yo, “verdadero”, aunque
con frecuencia, sumergido e inarticulado” (2009: 219).

Quienes se posicionan en defensa de la libertad negativa intentan frenar este tipo de


razonamientos negando que exista una relación obligada entre la libertad y los deseos de uno.
Así, dado que uno es libre siempre y cuando no haya impedimentos externos, uno puede ser libre
de hacer lo que no desea hacer. Si ser libre significa no ser consciente de poder realizar los
propios deseos, entonces uno puede, de forma paradójica, reducir su falta de libertad, al llegar a
desear menos de lo que no estaría dispuesto a hacer. Uno puede ser libre conformándose con su
situación. De ahí que un esclavo satisfecho podría sentirse perfectamente libre al realizar todos
sus deseos. Por contra, solemos pensar que la esclavitud es la antítesis a la libertad. En efecto, la
felicidad no debe confundirse con la libertad, ya que no hay nada que impida que una persona no
libre sea feliz o que una persona libre sea infeliz. Que una persona se sienta feliz no implica que lo
sea (Día, 1970). Acorde con ello, los teóricos que abogan por la libertad negativa se inclinan a
sostener que no tener libertad no significa estar impedido de hacer lo que uno desea, sino que
alguien esté impedido por otro para hacer lo que desee hacer (Steiner 1994. Cf. Van Parijs 1995;
Sugden 2006).

Algunos teóricos pro-libertad asumen que un esclavo puede ser un hombre libre. Y que para
serlo, el individuo debe aprender, no tanto a dominar cierto tipo de deseos como a deshacerse de
ellos. Debe de eliminar todos los deseos que le sea posible. Como sostiene Berlin, si “Tengo una
herida en la pierna; hay dos maneras de liberarme del dolor. Una es curarme la herida, pero si la
cura es difícil e incierta hay otro manera: puedo librarme de la herida cortándome la pierna; si me
acostumbro a no querer nada para lo que sea indispensable tener una pierna, no sentiré su
falta“ (2009: 221). Este es el tipo de estrategia de liberación practicada por budistas, ascetas y
estoicos. Lo que supone una retirada hacia una ciudadela interior, un alma o un yo nouménico,
desde donde el individuo se hace inmune a cualquier tipo de ataque externo. Un estado al que,
incluso si puede ser factible para cierto tipo de personas, los liberales no entienden como
libertad, puesto que de nuevo corre el riesgo de ocultar formas de opresión. Ciertamente, al
acabar aceptando las limitaciones que impone la sociedad, los individuos se retiran sobre sí
mismos, fingiendo que no desean los bienes mundanos o los placeres que les son negados. Por
otra parte, cabe la posibilidad de que la eliminación de los deseos sea un efecto de fuerzas
externas, como podría ser un lavado de cerebro, que difícilmente se entendería como resultado
de la libertad.

Considerando lo expuesto, y dado que el concepto de libertad negativa se asienta en la esfera


externa en la que interactúan los individuos, parece claro, al menos para Berlin y afines liberales,
que dicha libertad proporciona una mejor garantía contra los peligros del paternalismo y el
autoritarismo estatal. Fomentar y proteger la libertad negativa implica promover la existencia de
una esfera de acción dentro de la cual el individuo se siente soberano y puede perseguir sus
propios proyectos sin más sujeción que la restricción de respetar las esferas de los demás. En
este sentido, tanto Humboldt como Mill, ambos valedores de la libertad negativa, comparan el
desarrollo de los individuos con el de las plantas. Según dichos autores, los individuos, como las
plantas, deben poder crecer al máximo, en el sentido de desarrollar sus propias facultades, de
acuerdo con su propia lógica interior. Pues, en su opinión, el crecimiento personal es algo que no
puede obligarse desde afuera, sino que debe emerger del interior del individuo.

3. Dos intentos de crear una tercera vía


Sin embargo, ¿por qué hemos de pensar que la interferencia estatal impide el crecimiento del
individuo? El ideal propuesto por Humboldt y Mill ha sido criticado por su gran parecido con el
concepto positivo de libertad porque, precisamente, la libertad positiva consiste en ese
crecimiento. Para ser verdaderamente libre, un individuo ha de poder ser capaz de desarrollar,
determinar y cambiar de forma autónoma y desde adentro sus propios intereses y deseos. La
libertad positiva, una vez más, no se explicita por la mera ausencia de obstáculos, sino la
autonomía y autorrealización alcanzada por un individuo. Entonces, ¿Qué impide pensar que
pueda haber una vía intermedia entre los dos extremos desde la cual dar sentido a una libertad
positiva sin el paternalismo del estado?

3.1 Libertad positiva como contenido neutral


Efectivamente, John Christman (1991, 2005, 2009), por ejemplo, ha aseverado que la libertad
positiva está en relación con la forma de construir deseos, bien como resultado de una reflexión
racional sobre opciones, bien como resultado de la ignorancia, la presión o la manipulación. No
importa el contenido de dichos deseos. Por ello mismo, promover la libertad positiva no implica
afirmar que solo existe una forma de vivir correcta. Un ejemplo, un individuo musulmán se hace
fundamentalista. Según Christman, dicho individuo no alberga ninguna duda sobre si su
conversión fue causa de una opresión de su familia o amigos, adoctrinado, manipulado o
engañado. Es más, dicho individuo podría ser positivamente libre, si estando al tanto de otras
posibles opciones ha preferido convertirse voluntariamente. La libertad no sabe de contenidos de
deseos sino de su modo de construcción. Desde esta perspectiva, obligar a hacer unas cosas en
lugar de otras nunca puede hacer a un individuo más libre. Siendo de este modo que la paradoja
de libertad positiva de Berlín desaparece.

Pero ¿puede verdaderamente un estado intervenir en la promoción de la libertad positiva sin


invadir la esfera de libertad negativa de un individuo? La tensión entre los dos extremos parece
no quedar resuelta aunque se suavice. De hecho, aunque un estado descarte la coacción, este
puede promover la autonomía mediante la intervención en los campos informativos y educativo,
subvencionando actividades con las que fomentar una pluralidad de opciones a partir de
impuestos. Pero desde una posición liberal ello puede ser interpretado como una acción
paternalista y objetar que si se permitiera a los individuos tomar su propias decisiones, éstos
podrían invertir el dinero de otra manera. En este sentido, puede que haya liberales que vean bien
la inversión en educación con tal de que sea para educar en mentalidades abiertamente reflexivas
y racionales. Pero habrá otros que incluso piensen que la libertad negativa da derecho a que sean
sólo los progenitores quienes tomen decisiones en este ámbito.

3.2 Libertad republicana


Con el mismo propósito de encontrar una respuesta ponderada a la pregunta planteada más
arriba, otros autores, como Pettit 1997, 2001, 2014 o Skinner 1998, 2002, se han acercado al
concepto negativo de libertad con intención de ir un poco más allá, argumentando que la libertad
no es simplemente disfrutar de una no interferencia sino disfrutar de las condiciones que
permitan garantizar que dicha interferencia nunca se producirá. Dichas condiciones podrían
incluir una constitución democrática, así como unas reglas, como son la separación de poderes y
el ejercicio de las virtudes cívicas por parte de los ciudadanos, que impidan una acción arbitraria
gubernamental. Tal como afirman los liberales, desde un punto de vista negativo un individuo
puede ser libre si viviendo en una dictadura el dictador no interfiere contra él (véase también
Hayek, 1960). De ahí que que no haya una obligada conexión entre libertad negativa y forma de
gobierno. Desde una visión republicana, un individuo sólo puede ser libre si vive en una sociedad
en la que las instituciones políticas pueden garantizar su independencia respecto a prácticas de
poder arbitrario. Mientras que Quentin Skinner, apelando a la libertad de los antiguos romanos y
demás renacentistas, denomina a esta perspectiva libertad neo-romana. Philip Pettit la califica
republicana. Vocablo que cuenta con más seguidores en la literatura reciente (Weinstock y
Nadeau 2004, Larmore 2004, Laborde y Maynor 2008).
Lo que caracteriza a la libertad republicana es que puede ser concebida como una especie de
estatus. Pues, en sentido, ser libre implica disfrutar de derechos y privilegios vinculados al
estado, mientras que el individuo no libre es siempre un esclavo. De nuevo se advierte que la
libertad no es una simple cuestión de no interferencia, puesto que un esclavo podría disfrutar de
no interferencia por parte de su amo. Lo que le hace no libre es un estado permanentemente
sujeto a interferencias de cualquier tipo. E incluso si el esclavo disfruta de la no interferencia, está
dominado, porque está permanentemente sujeto al poder arbitrario de su dueño. Es por ello que
los republicanos, como Pettit, sostienen que su idea de libertad es distinta de la visión negativa
de libertad. Como hemos advertido, un individuo puede llegar a disfrutar de la no interferencia sin
disfrutar de la no dominación. Por contra, un individuo puede disfrutar de la no dominación
mientras es restrictivamente interferido por las estructuras de poder al objeto de rastrear sus
propios intereses. Por ello se puede afirmar que sólo el poder arbitrario es contrario a la libertad.
No el poder como tal. Por otra parte, la concepción republicana de libertad también es distinta de
la libertad positiva expuesta y criticada por Berlin. Pues, la libertad republicana no radica en la
participación política activa y virtuosa. Más bien, dicha participación es un instrumento vinculado
a la libertad como no dominación. Además, del concepto republicano de libertad no se puede
derivar consecuencias opresivas como las que teme Berlin porque tiene una responsabilidad
adquirida con la no dominación y con las instituciones democráticas liberales integradas en él.

Ahora bien, ¿es cierto que el concepto republicano de libertad se diferencia del concepto
negativo? o ¿sólo son buenos argumentos el que la libertad negativa se promueva mejor a través
de cierto tipo de instituciones políticas?. Al parecer, si bien no tiene por qué existir una conexión
obligada entre libertad negativa y gobierno democrático, puede que exista una correlación
empírica entre los dos. Por ejemplo, Matthew H. Kramer (2003, 2008), Ian Carter (1999, 2008),
Robert Goodin y Frank Jackson (2007) sostienen que las políticas republicanas se justifican
mejor desde una idea básica de libertad negativa que sobre la base crítica a dicho ideal. Una
proposición significativa de este argumento es que la extensión de libertad negativa de una
persona no es simplemente una función del número de acciones individuales a efectuar, sino de
cuántas diferentes acciones combinadas se preven poder hacer. A partir de este argumento, los
individuos que logren sus objetivos haciendo todo cuanto piden sus amos deben verse como
menos libres que los individuos que lo logran de forma incondicional. Otra cuestión relevante es
que el grado en que un individuo está negativamente libre, depende de la probabilidad con la que
se puede ver obligado a realizar futuros actos. En un sentido negativo, los individuos que
pudieran estar sujetos a un poder arbitrario pueden verse incluso menos libres si no sufren
interferencias porque la probabilidad de sus limitaciones de sufrimiento es siempre mayor de lo
que sería si no estuvieran sujetos a ese poder arbitrario. En respuesta, Skinner (2008) y Pettit
(2008a, 2008b) reiteran que lo que importa para la libertad es la imposibilidad de que otros
interfieran con impunidad, no la improbabilidad de hacerlo.

Las críticas al pensamiento republicano de libertad pueden hallarse en Bruin (2009),


Shnayderman (2012) y Lang (2012). Incluso Pettit ha llevado más allá su posición poniéndola en
relación con la de Berlin (Pettit 2011). Debido a que, según dicho autor, la concepción de Berlin
de libertad negativa aparece entre la visión hobbesiana más restrictiva y la visión más expansiva
de libertad como no dominación. En esta línea, Frank Lovett lleva a cabo una interpretación de la
dominación como concepto descriptivo, y de la justicia como la minimización de la dominación
(Lovett 2010).

4. Un concepto de libertad: la libertad como una relación triádica


Con lo expresado hasta aquí hemos comprobado que a partir de la dicotomía establecida por
Berlin cabe preguntarse por cual de las dos partes identificadas merece el nombre de libertad. Lo
cual implica preguntarse si ello no denota alguna tipo de pre-relación entre las dos partes. Según
Gerald MacCallum (1967) solo existe un concepto básico de libertad. Lo que ocurre es que los
teóricos negativos y positivos entran en desacuerdo sobre cómo debe interpretarse dicho
concepto. Es más, según MacCallum, pueden existir diferentes interpretaciones. Y sólo la
dicotomía establecida por Berlin nos ha abocado a pensar la libertad en la manera en la que lo
hacemos.

Por ello, MacCallum entiende que por libre debería concebirse un individuo exento de
restricciones para poder hacer o convertirse en lo que quiera. La libertad es, por tanto, una
relación triádica compuesta de: un agente; ciertas condiciones de prevención; y unos actos o
acontecimientos. De manera que, cualquier afirmación sobre libertad o la falta de libertad se
puede traducir como libertad de hacer o convertirse.

Esta definición de libertad como relación triádica fue formulada por primera vez por Felix
Oppenheim en la década de los cincuenta y sesenta. Dicho autor comprendió que cuando
filosofía política y social se habla de libertad se hace de una relación entre dos agentes y una
acción, interferida o no, particular. A diferencia de Oppenheim, MacCallum, deja abiertas cada
una de las tres variables. En resumen, la posición de MacCallum es una teoría sobre las
diferencias entre teóricos de la libertad. Por tanto es metateórica.

Para dejar constancia de la visión de MacCallum de si una persona es libre o no, podemos utilizar
el ejemplo anterior del individuo alcohólico. Si decimos que el individuo al que hemos calificado
de alcohólico es libre, lo que estamos diciendo es que es libre de obstáculos externos, sean
físicos o legales, para hacer lo que desee hacer. Si decimos que no es libre, lo que estamos
diciendo es que un individuo, que consiste en un yo superior o racional, no es capaz de liberarse
de las restricciones internas para llevar a cabo alguna acción racional, auténtica o virtuosa.
Vemos, pues, que en ambas afirmaciones hay un elemento negativo y un elemento positivo. Cada
afirmación supone que la libertad es libertad de algo (desde donde poder hacer o para poder
hacer). La dicotomía entre libertad de y libertad para es, por tanto, falsa. Como lo es el decir que
quien ve al alcohólico libre emplean un concepto negativo, y quien ven al alcohólico como no
libre, emplean uno positivo. Lo que estas dos nociones difieren es la forma en que uno debe
interpretar cada una de las tres variables en la relación de libertad triádica. Exactamente, en lo
que difieren es en la extensión a asignar a cada una de las variables.

Como decíamos, MacCallum no plantea una dicotomía entre libertad positiva y libertad negativa.
Sino una gama de posibles interpretaciones del concepto único de libertad. De hecho, como
también parece admitir implícitamente Berlin, no todos los autores pueden ubicarse en uno u otro
de los dos bandos de forma inequívoca. Por ejemplo Locke, que es considerado uno de los
padres del liberalismo clásico, y, por tanto, acérrimo defensor del concepto negativo de libertad
negativa, sostiene explícitamente que "[estar en] libertad es estar libre de la restricción y la
violencia de los demás". Pero añade que la libertad no debe confundirse con el libertinaje, y que
la ley "mal merece el nombre de confinamiento cuando nos protege de las ciénagas y
barrancos" (Segundo Tratado, cap. 6 párrafo 57). Así, mientras Locke se da cuenta de las
restricciones a la libertad que Berlin consideraría negativas, parece apoyar una explicación de la
tercera variable de la libertad de MacCallum que Berlin consideraría positiva, restringiéndola a
acciones que no son inmorales y que son de intereses para el individuo. Libertarios
contemporáneos como Nozick 1974 o Rothbard 1982 han asumido definiciones de libertad muy
semejantes. Y esto, parece confirmar el postulado de MacCallum cuando afirma que es
conceptualmente e históricamente engañoso dividir a los teóricos en dos bandos.

5. El análisis de las restricciones: sus tipos y sus orígenes

Quienes defienden las concepciones negativas de la libertad suelen distinguirse por


menospreciar aquellos obstáculos que, aun siendo restrictivos, no son ocasionados por agentes
externos. Por ello tienden a afirmar que un individuo no será libre si otro le impide hacer cierto
tipo de cosas. En este sentido, cabe asumir también que si la imposibilidad de actuar es
sobrevenida por causas naturales, bien climatológicas, un virus o enfermedad genética, uno
puede no ser capaz de hacer cierto tipo de cosas, pero no por ello, se está exento de libertad
para poderlas hacer. Por tanto, sólo si a uno le encarcelan, será incapaz de hacer las cosas que
desea hacer y además no tendrá libertad para irse. Pero si uno no puede irse porque sufre una
enfermedad que se lo impide, no soy libre para irme. Las razones por las cuales estos teóricos
suelen restringir el conjunto de condiciones preventivas es que ven la falta de libertad como
relación social entre personas (ver Oppenheim 1961, Miller 1983, Steiner 1983, Kristjánsson
1996, Kramer 2003, Morris 2012; Shnayderman 2013; Schmidt de próxima publicación).
Algunos autores sostienen que concebir la falta de libertad como mera incapacidad es propio de
ingenieros y médicos y no de filósofos políticos y sociales. De manera que, si individuo sufre una
incapacidad natural o autoinfligida, ¿deberíamos decir que sigue siendo libre o deberíamos decir
que la incapacidad le ha quitado la libertad? Kramer (2003) identifica la libertad con la capacidad
y la falta de libertad con la prevención (por parte de otros) de los resultados que, de otro modo,
un individuo podría lograr.

Tratar de distinguir entre obstáculos naturales y obstáculos sociales conduce a tener que afrontar
cierto tipo de incertidumbres. Por ejemplo, los obstáculos causados por fuerzas económicas
impersonales como la recesión, la pobreza o el desempleo, ¿incapacitan o también privan de
libertad? Tanto igualitarios como libertarios suelen dar diferentes respuestas a esta pregunta
apelando a distintas concepciones de restricciones. Una manera de responder es adoptar una
visión aún más restrictiva de lo que es una restricción, de modo que sólo un subconjunto del
conjunto de obstáculos provocados por otras personas cuente como verdadera restricción. En
este caso, los obstáculo que sean provocados intencionalmente. De ahí que sobre las fuerzas
económicas impersonales, que obviamente se entienden involuntarias, no pueda decirse que
restringen la libertad a pesar de impedir que muchas personas puedan hacer muchas cosas. Esta
perspectiva es la que sustentan libertarios como Friedrich von Hayek (1960, 1982), defensores a
ultranza del mercado, y de la libertad como ausencia de coerción por parte de otro. (Nótese la
similitud algo sorprendente entre esta concepción de libertad y la concepción republicana
discutida anteriormente, en la sección 3.2). Obviamente, los críticos del libertarismo defienden
una concepción más amplia de restricciones en la que se incluye, no sólo obstáculos aplicados
intencionalmente, sino también obstáculos de carácter involuntario por los cuales alguien podría
ser considerado responsable (para Miller y Kristjánsson y Shnayderman esto significa
moralmente responsable, para Oppenheim y Kramer significa causalmente responsable), o
incluso obstáculos creados de cualquier manera, de modo que la falta de libertad llega a
ser idéntica a la incapacidad ( ver Crocker 1980, Cohen 1988, Sen 1992, Van Parijs 1995).

Es claro que este tipo de análisis de las limitaciones es el utilizado por la izquierda, socialistas e
igualitarios, para afirmar que en una sociedad capitalista los pobres no son libres, o que son
menos libres que los ricos. Mientras los libertarios, afirman que en una sociedad capitalista los
pobres no son menos libres que los ricos. Efectivamente, los libertarios asumen una noción
menos amplia que los igualitarios de lo que cuenta como restricción a la libertad. Si bien este
punto de vista no se ajusta correctamente a lo que Berlín denomina como libertad positiva, es
cierto que los igualitarios suelen identificarla como tal para transmitir la idea de que la libertad
requiere no sólo la ausencia de cierto tipo de relaciones sociales preventivas, sino la presencia de
habilidades, o lo que Amartya Sen llama capacidades (Sen 1985, 1988, 1992). (Existen autores
como Waldron (1993) y Cohen (2011) que se resisten a la tendencia igualitaria a ampliar el
conjunto de restricciones argumentando que la pobreza relativa es empíricamente inseparable de,
y de hecho es proporcional a, la imposición de barreras físicas por parte de otros agentes).

Tal como se viene afirmando, los defensores de la concepción negativa de la libertad tienden a
considerar sólo los obstáculos que son externos al individuo. Pero, en este contexto, externo es
bastante ambiguo porque puede estar haciendo alusión a la origen causal de un obstáculo o al
obstáculo mismo. Así, los obstáculos considerados internos como puede ser la ignorancia, las
ilusiones, las fobias y los deseos irracionales, pertenecen al ámbito la psicología. Y pueden ser
causados, o bien por un origen genético, o de forma intencional por terceros (manipulación o
lavado de cerebro). Con carácter general, ahora estamos en disposición de indicar que existen
dos dimensiones distintas a lo largo de las cuales la noción de restricción puede ser más amplia o
más estrecha. Una primera dimensión es la del origen. Es decir, qué es lo que genera una
restricción a la libertad. Hemos observado que hay teóricos que incluyen como limitaciones a la
libertad los obstáculos provocados por la acción humana y los que tienen origen natural, y otros
teóricos que sólo incluyen los que son provocados por el hombre. Una segunda dimensión es la
del tipo de restricción comprometida, donde los tipos de restricción incluyen las restricciones
internas acabadas de mencionar, pero también varios tipos de restricciones externas, como
barreras físicas que hacen que una acción sea imposible, obstáculos que hacen que el
desempeño de una acción sea más o menos difícil, así como los costos asociados a la
realización de una acción. Las dos dimensiones (tipo y origen) son lógicamente independientes
entre sí. Y dada dicha independencia, debería ser teóricamente posible aunar los criterios de lo
que cuenta como un origen de restricción con una visión amplia de qué tipos de obstáculos
cuentan como restricciones generadoras de desconexión, y al contrario. De ahí que nop esté
claro que los teóricos que normalmente asumen la posición negativa de libertad nieguen la
existencia de restricciones internas (ver Kramer 2003, Garnett 2007).

Con intención de ilustrar la independencia de las dos dimensiones comentadas, las de tipo y
origen, podemos ayudarnos del libertario no ortodoxo Hillel Steiner (1974-5, 1994). El cual, si
bien tiene una visión más amplia que Hayek de los posibles orígenes de las restricciones a la
libertad, y no limita el conjunto de tales orígenes a acciones humanas intencionales sino que lo
expande englobando todo tipo de causas humanas, sean estas o no intencionadas o
conscientes, por otro lado, tiene una visión más estrecha que Hayek sobre qué tipo de
obstáculos cuentan como a restricción a la libertad. Para dicho autor, un individuo no es libre
para hacer algo si está físicamente imposibilitado para llevar a cabo la tarea propuesta. Cualquier
ampliación de la variable de restricción para incluir otros tipos de obstáculos implicaría una
referencia a los deseos del agente. Y como hemos visto en el apartado 2, para los liberales que
se sitúan en el bando negativo de la libertad no hay relación necesaria entre la libertad de un
agente y sus deseos. Por ejemplo, ante una amenaza coercitiva de vida o muerte, nada impide
optar por morir. Ello contará como restricción a la libertad porque hará físicamente imposible
llevar a cabo próximas acciones, pero no es la amenaza lo que crea falta de libertad. Es por ello
que Steiner no incluye las amenazas como restricciones. Esta perspectiva de libertad procede de
las lecciones de Hobbes (Leviathan, capítulos 14 y 21), y se le conoce entre sus defensores
como concepción negativa pura (M. Taylor 1982, Steiner 1994, Carter y Kramer 2008) para
distinguirla de las impuras.

No es raro pensar que la explicación de Steiner de la relación entre la libertad y amenazas


coercitivas es contraintuitiva incluso desde el punto de vista liberal. Pues cierto tipo de leyes que,
por lo general, se cree que restringen la libertad negativa, no impiden físicamente que la gente
haga lo que está prohibido. Sólo lo impiden con la amenaza del castigo. Por ello cabría preguntar
si este tipo de leyes no restringen la libertad negativa de quienes las obedecen. De hecho, según
Carter (1999), existe una restricción de la libertad negativa porque hay una disminución del
número total de combinaciones de actos disponibles para llevar a cabo.

6. El concepto de libertad global


Hoy en día la noción de libertad global tiene una importancia capital en los discursos de filosofía
política pero también en los discursos cotidianos. Aunque solo muy recientemente los filósofos
han dejado de centrarse en esa particular forma de libertad que implica al individuo haciendo o
convirtiéndose en esto o aquello, y han empezado a querer dar sentido a, por un lado,
afirmaciones descriptivas en las que se comparan los grados de libertad que gozan individuos y
sociedades, y por otro, a afirmaciones normativas liberales en las que se dice que la libertad
debe ser maximizada, o que las personas deben disfrutar de igual libertad, o que cada individuo
tiene derecho a un cierto nivel mínimo de libertad. Pero lo cierto, es que la significación de tales
afirmaciones sólo depende de la posibilidad de medir grados de libertad de forma comparativa o
absoluta.

Pero ¿cuál es la importancia de la noción de libertad global? Para los libertarios y liberales
igualitarios la libertad es valiosa por sí misma. Esto indica que un mayor grado de libertad es
preferible a uno menor y que la libertad es uno de esos bienes que una sociedad liberal debería
distribuir de algún modo entre los individuos. Para otros teóricos liberales como Ronald Dworkin
(1977, 2011) o Rawls (1991), la libertad no es valiosa en sí misma, y todas las afirmaciones sobre
libertad máxima o igual deben interpretarse no como referencias literales a un bien cuantitativo
sino como referencias elípticas adecuadas a cierto tipo de libertades particulares, o tipos de
libertades, seleccionadas sobre la base de valores distintos a la libertad misma. Por lo que, sólo
el primer grupo de teóricos encuentra interesante la noción de libertad global.

Querer medir la libertad global implica cierto tipo de problemas teóricos que incluyen la forma en
que las acciones disponibles de un agente deben ser individualizadas, contadas y ponderadas, y
la de comparar y ponderar diferentes tipos de restricciones como prevención física, punibilidad,
amenazas y manipulación. ¿Cómo se puede dar sentido a la afirmación de que ha aumentado el
número de opciones disponibles de libertad para una persona? ¿Deben todas las opciones
contar para lo mismo en términos de grados de libertad, o deben ponderarse según su
importancia en términos de otros valores? Y en último caso, ¿la noción de libertad global
realmente añade algo importante a la idea de que las personas deberían recibir esas libertades
específicas que son valiosas? ¿Debe el grado de variedad entre las opciones también contar? ¿Y
cómo debemos comparar la falta de libertad creada por la imposibilidad física de una acción con,
por ejemplo, la falta de libertad creada por la dificultad o el costo o la punibilidad de una acción?
Es sólo mediante la comparación de estos diferentes tipos de acciones y restricciones que se
puede comparar los grados globales de libertad de los individuos. Estos problemas han sido
abordados no solo por los filósofos políticos (Steiner 1983, Carter 1999, Kramer 2003, Garnett
2016) sino también por los teóricos de la elección social interesados en encontrar una alternativa
basada en la libertad al marco utilitario estándar o del estado de bienestar que ha tendido a
dominar su disciplina (por ejemplo, Pattanaik y Xu 1991, 1998, Hees 2000, Sen 2002, Sugden
1998, 2003, 2006, Bavetta 2004, Bavetta y Navarra 2012, 2014).

La labor de MacCallum es muy adecuada para aclarar tales problemas. Por ello, los teóricos
ocupados en la medición de la libertad suelen no referirse a la distinción entre libertad positiva y
negativa. A la mayoría les preocupa la libertad entendida como disponibilidad de opciones. Y
dicha noción de libertad es inequívocamente negativa tal como la entiende Berlin, al menos
cuando se cumplen dos condiciones: la primera, cuando el origen de las restricciones viene dada
por las acciones de terceros, de modo que los obstáculos naturales o autoinfligidos no se ven
como una disminución de la libertad de un individuo; la segunda, cuando las acciones que
implica estar o no libre se ponderan de una manera neutra en cuanto al valor, de modo que no se
ve a uno más libre simplemente porque las opciones disponibles para uno son más valiosas o
propicias para la propia realización. De los autores mencionados, sólo Steiner abarca ambas
condiciones de forma explícita. Sen los rechaza a ambos, a pesar de no respaldar nada como la
libertad positiva en el sentido de Berlín.

7. ¿Sigue siendo útil la distinción?


Hemos empezado diferenciando los dos conceptos de libertad y hemos progresado hasta
reconocer que la libertad se puede definir de distintas maneras, dependiendo de cómo se
interpreten las tres variables de agente, restricciones y propósitos. A pesar de la utilidad de la
fórmula triádica de MacCallum y su fuerte influencia en los filósofos analíticos, sin embargo, la
distinción de Berlin sigue siendo un punto de referencia importante para las discusiones sobre el
significado y el valor de la libertad política y social. ¿Son filosóficamente fundadas estas
continuas referencias a la libertad positiva y negativa?

Se podría afirmar que el marco de MacCallum no incluye por completo las diversas concepciones
posibles de la libertad. En particular, podría decirse, el concepto de autodominio o autodirección
implica una presencia de control que no es captada por la explicación de MacCallum de la
libertad como una relación triádica. La relación triádica de MacCallum indica meras posibilidades.
Si se piensa que la libertad implica autodirección, por otro lado, se tiene en mente un concepto
de ejercicio de libertad por oposición a un concepto de oportunidad (esta distinción proviene de
C. Taylor 1979). Si se interpreta como un concepto de ejercicio, la libertad consiste no sólo en la
posibilidad de hacer ciertas cosas (es decir, en la falta de restricciones al hacerlas), sino en hacer
ciertas cosas de ciertas maneras, por ejemplo, al darse cuenta de uno mismo o en actuando
sobre la base de decisiones racionales y bien informadas. La idea de la libertad como ausencia
de restricciones en la realización de determinados fines podría criticarse por no haber captado
este ejercicio de concepto de libertad, ya que este último concepto no hace referencia a la
ausencia de restricciones.

Sin embargo, esta defensa de la distinción positiva-negativa como coincidente con la distinción
entre el ejercicio y los conceptos de oportunidad de la libertad ha sido cuestionada por Eric
Nelson (2005). Como Nelson señala, la mayoría de los teóricos que tradicionalmente se ubican
en el campo positivo, como Green o Bosanquet, no distinguen entre la libertad como la ausencia
de restricciones y la libertad como el hacer o llegar a ser de ciertas cosas. Para estos teóricos, la
libertad es la ausencia de cualquier tipo de restricción en la realización del verdadero yo (adoptan
una concepción máximamente amplia de las restricciones a la libertad), y la ausencia de todos los
factores que podrían impedir la acción x es, simplemente , equivalente a la realización de x. En
otras palabras, si realmente no hay nada que me impida hacer x - si poseo todos los medios para
hacer x, y tengo un deseo de hacer x, y ningún deseo, irracional o de otro tipo, de no hacer x -
entonces lo hago X. Una forma equivalente de caracterizar la diferencia entre tales teóricos
positivos y los llamados teóricos negativos de la libertad reside en el grado de especificidad con
que describen x. Para aquellos que adoptan una concepción estrecha de las restricciones, x se
describe con un bajo grado de especificidad (x podría ejemplificarse mediante la realización de
cualquiera de una gran variedad de opciones); para aquellos que adoptan una concepción amplia
de las restricciones, x se describe con un alto grado de especificidad (x solo se puede
ejemplificar mediante la realización de una opción específica, o de uno de un pequeño grupo de
opciones).

Lo que quizás permanezca de la distinción es una clasificación aproximada de las diversas


interpretaciones de la libertad que sirve para indicar su grado de ajuste con la tradición liberal
clásica. Existe cierto parecido familiar entre las concepciones que normalmente se considera que
caen en uno u otro lado de la división de Berlín, y uno de los factores decisivos para determinar
este parecido familiar es el grado de preocupación del teórico con la noción del yo. Aquellos del
lado "positivo" consideran que las preguntas sobre la naturaleza y los orígenes de las creencias,
deseos y valores de una persona son relevantes para determinar la libertad de esa persona,
mientras que las del lado "negativo", siendo más fieles a la tradición liberal clásica, tienden a
considere plantear tales preguntas como indicando de alguna manera una propensión a violar la
dignidad o integridad del agente (Carter 2011a). Un lado tiene un interés positivo en las creencias,
los deseos y los valores del agente, mientras que el otro recomienda que evitemos hacerlo.

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