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Peri Rossi, Cristina

Habitaciones privadas
1.ª ed.: julio de 2014
120 p.; 12 x 19 cm
isbn: 978-9974-699-98-4

© 2014, Cristina Peri Rossi


© 2014, Casa editorial hum
Montevideo, Uruguay
www.casaeditorialhum.com
hum@montevideo.com.uy

Diseño de maqueta: Juan Carve / Raúl Burguez


Diseño de cubierta: Raúl Burguez
Retrato de la autora: Matías Bergara
Corrección: María Magdalena Bellini

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta y solapas, puede ser
reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea
eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo
del editor.
AFTER HOURS

En un lugar de la Mancha había una gasolinera, per-


dida en medio de la inmensidad como una mora en
el desierto. No hubiera reparado en ella (le gustaba
conducir por las carreteras de Castilla como ador-
mecido, con la grata sensación de estar todavía en el
útero materno) si no fuera porque el coche comenzó
a derrapar, como sobre una pista de hielo. “Carajo
—pensó—, los dos estamos viejos y cansados. Algún
día tenía que ocurrir. Se irá muriendo por el camino,
igual que yo”. El hombre de la gasolinera, rudo, par-
co, cetrino, le dijo que el coche no estaría arreglado
hasta el otro día. Que eligiera. O lo dejaba o llamaba
a un servicio para que lo vinieran a buscar. Hacía
varios meses que no pagaba el seguro. Problemas de
liquidez, como dicen los periodistas económicos y

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la gente en bancarrota. Curiosa palabra. La banca
está rota. A veces, jugando al bacará, entre amigos,
le había tocado la banca. Siempre se había declarado
en quiebra, al final. El sueño de ganarle a la banca
termina con el soñador pelado, arruinado, hecho
polvo. Polvo serás y al polvo volverás. A propósito,
¿cuánto hacía que no echaba un polvo? Meses. O un
año, quizás. Le preguntó al de la gasolinera —rudo,
parco, cetrino— si había algún sitio para pasar la
noche. Era el crepúsculo, ese largo crepúsculo lu-
minoso y rosado de agosto, en La Mancha, no co-
nocía el lugar, nunca se había detenido para nada,
ni siquiera para mear, había atravesado la carretera
como en sueños, mecido por las ruedas del coche
como por una nana y prefería esperar hasta maña-
na, cuando el tipo de la gasolinera —rudo, parco,
cetrino— le devolviera el coche, su cuna. “Al lado
del after hours hay un hotel” le indicó, lacónico, se-
ñalando una mota marrón a lo lejos. Divisó, perdida
entre campos llanos y amarillos, una construcción
achaparrada, cubierta por un toldo morado y una
penosa guirnalda de bombillas de colores con la A
alta y luminosa un poco torcida, como un diente
cariado. Le pareció un fotograma de Wim Wenders,
ese alemán que se había enamorado de Estados Uni-
dos (uno siempre se enamora del país y de la mujer
equivocados). “De los paisajes no se come, cabrón”,
murmuró. Siempre había tenido vagas ensoñaciones
artísticas, es decir, era un iluso. Por eso a los 50 años
no tenía ni casa propia, ni mujer (ella se había divor-

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ciado y no podía decir que no la comprendiera) ni
un buen empleo. Aunque a su edad no había buenos
empleos, salvo la política, que detestaba, o las ma-
fias, y era demasiado individualista para pertenecer
cualquiera de las dos. También había tenido un par
de hijos, pero los hijos son de criar y de tirar. Uno
estaba en Washington, le parecía, haciendo un más-
ter de algo, y el otro, el favorito de su mujer, holga-
zaneaba con techo y comida gratis, sin necesidad de
ir al burdel, porque las chicas venían a casa. Era la
diferencia fundamental entre una generación y otra.
Él había tenido que lanzarse a ganar la vida; su hijo
menor, vivía con su madre, los gastos pagados y mu-
chachas que lo visitaban.
A la puerta del After había un macizo que le cobró
la entrada y le estampó un sello en la mano, como si
fuera un preso. Dentro había poca gente, era dema-
siado temprano. Y poca luz, como siempre. Algún
camionero tomando cerveza, una cubana de buen
trasero, tres tipos jóvenes con pinta de despedida de
soltero y una rubiecita muy guapetona y pintarra-
jeada, nacionalidad imprecisa, pero indígena, un aro
de latón colgando del ombligo. Se acodó a la barra y
pidió un whisky, vaya a saber qué mierda hay dentro
de la botella, y ahora meten la música, me han visto
cara de cliente. En el techo había un par de bolas
psicodélicas que giraban como planetas borrachos. Y
la música empezaba a entrar por el cuerpo, como una
serpiente. La rubiecita sacó a bailar a dos de los jó-
venes, emparedada, como un sándwich, cómo movía

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las tetas y el culito. No le interesaba mirar. “¿Cómo
va el negocio?” fue la inoportuna pregunta que le
hizo al de la barra, que después de observarlo como
a un imbécil, le dijo: “Como la vida misma”. Se rio.
Pensó que era la primera vez que se reía en todo el
viaje, y ocurría, justamente, en un After hours perdi-
do en La Mancha. Se zambulló en el whisky como en
una piscina, justo en el momento en que se abrió una
puerta, entre el fondo y la barra y apareció una eslava
alta, flaca, con una intensa melena rubia y la piel más
blanca del mundo. “Completito, el after —pensó—,
para todos los gustos”. Él prefería a las rubias. Y la
caída del comunismo había traído, entre otras cosas,
una enorme cantidad de rubias de ojos claros, dul-
ces y dóciles, con una secreta nostalgia en la mirada.
¿De qué sería la nostalgia? Del país, de la infancia
perdida, cualquier cosa que se pierde provoca nos-
talgia. Esto se le ocurrió en el momento en que ella
se le acercó. No había elección posible: el camionero
que bebía cerveza acababa de ligar con la cubana (tal
para cual, pensó), la monina del aro en el ombligo
se las ingeniaba con los otros tres; solo quedaban él
y su whisky, al principio de una noche del mes de
agosto que no parecía muy estimulante. Se sentó a
su lado en uno de esos bancos redondos de patas de
metal y asiento rojo, él le pidió un whisky. “Así es
la vida”, comentó, sin tener la menor idea de qué
quería decir. “¿Cómo te llamas?” le preguntó. “Na-
dia”, dijo ella. ¿Dijo Nadia o dijo Nadie? Una prueba
irrefutable del triunfo del Mal sobre el Bien, que se

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había producido en los comienzos de la Historia, era
la Torre de Babel. Si se llamaba Nadia, debía de ser
rumana, como la Comaneci, que no paró de ganar
medallas durante el comunismo, pero si había dicho
Nadie, quizás era un mensaje cifrado, la confesión de
su estado existencial: sola, sin papeles, en manos de
una mafia rusa que la explotaba. Así es la vida. “Co-
maneci, Comaneci”, le dijo él, intentando establecer
un puente. Ella no dio señales de comprender, pero
dirigió rápidamente su manito blanca, de largas uñas
color lila, a su bragueta. Se ve que no tenía tiempo
que perder. A polvo cada treinta minutos, señores,
así es el negocio y la democracia. Él retiró la mano
con crispación. “Deja mi bragueta en paz”, le dijo. Si
no sabía quién era la Comaneci (de la cual él había
estado enamorado secretamente cuando era joven),
ya habría aprendido qué era una bragueta en boca
propia. Así era la vida. Un frenesí, había dicho un
santo o un poeta, con dos whiskys de pésima calidad
cualquier poeta era un santo o viceversa. No pareció
muy desconcertada. No todos los hombres empeza-
ban por el mismo lugar, aunque siempre terminaban
por el mismo. “¿Quieres bailar?” dijo la eslava, com-
placiente, con un acento turbio, que arrastraba las
erres, y él hizo un gesto negativo con la cabeza. En
realidad, tenía ganas de mirarla. Era hermosa. Una
belleza algo lánguida, sin perversión, con un toque
de elegancia natural cuyo origen debía estar en el
pasado. “¿Bucaresti?” le preguntó. Dijo que no con
la cabeza. “¿Constanza?” Sonrió, festiva y afirmativa-

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mente, aunque él tuvo la sensación de que ella había
decidido sonreír ante cualquier nombre que él dijera.
Total, ¿cuál era la diferencia? Los clientes no le paga-
ban para que supiera geografía. Nunca había estado
en Constanza, pero se prometió que iría. Necesitaba
un estímulo personal para viajar. Pidió el tercer whis-
ky con un poco de recelo. Se sentía más animado,
pero sabía que era por el alcohol. Tenía mala bebida:
al tercer whisky, quería a todo el mundo, en primer
lugar, a sus enemigos. Como a otros les daba por
la agresividad, a él, la bebida, le daba por el cariño
indiscriminado. Pero ¿qué hay de malo en un poco
de cariño que no se merece? A ver, a ver, díganme
ustedes qué tiene de malo sentir, de pronto, una in-
mensa simpatía, una gran piedad por esta rumanita
dulce, de ojos azules y cabellos rubios que nació en
Constanza, está en poder de una mafia rusa, quie-
re meterle mano en la bragueta pero él, muy digna-
mente, la rechaza, qué tiene de malo sentir simpatía
por el gordo de la barra con cara de morsa, recordar
con afecto a su querida ex esposa adicta a los hijos y
a la televisión, y sentir mucha ternura por esos tres
jóvenes desconocidos dispuestos a tirarse a la chica
del aro del ombligo por la módica suma de veinte
euros el polvo más la consumición? Cuando bebía,
se ponía más generoso que de costumbre. No solo el
mundo le parecía maravilloso, a pesar del desempleo,
de los accidentes en las carreteras, del terrorismo in-
ternacional, del fracaso del comunismo, de su matri-
monio y de la decadencia del cine europeo, sino que

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quería pagar todo: las bebidas, las comidas, el papel
higiénico, las putas, las no putas, el arreglo del auto,
dar dinero a todas las Oenegés y entregar sus ropas
a los menesterosos. Él era así, de modo que al tercer
whisky se empeñó en hacerle escuchar a la rumanita
“La Internacional”, que era la música que tenía en
el móvil. La había bajado de Internet expresamente.
Inútil. La rumanita debía haber nacido después de la
caída del muro de Berlín o carecía de oído, porque
no la reconoció. En cambio, le dijo: “Yo tengo lugar
donde ir”, lo cual le pareció una propuesta interesan-
te, siempre y cuando dejara su bragueta tranquila,
porque él era un cincuentón con principios, no uno
de esos cerdos que van a cualquier puticlub a levantar
rumanas sin papeles. El lugar no estaba lejos y era
un cuchitril inmundo y antihigiénico, pero él ya se
había tomado el cuarto whisky, con lo cual fue capaz
de encontrarlo sencillamente íntimo. Así es la vida.
Un poco de alcohol, una rayita, y lo que se siente y
se piensa se convierte en otra cosa. Se echaron sobre
la cama en el momento preciso en que él quiso pre-
guntarle por qué sus hermosos ojos azules tenían una
vaga sensación de nostalgia, cosa que no supo decir
en rumano, pero se dio cuenta de que ella lo com-
prendía. Lo comprendía porque de pronto lo empezó
a mirar con más tristeza, si cabe, como si necesitara
mucha ayuda, traficantes hijosdeputa, qué le habrán
contado, España país de sol, playa, faralaes, bailaoras
por todas partes, dinero a mantas, hombres dispues-
tos a casarse, a ponerte una casita con mueblecitos,

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lavadoritas, cocinitas y a polvo diario, solo un polvo,
ni uno más, te lo prometo, cásate conmigo, cásate
conmigo, nos iremos juntos de este maldito After
hours, de esta maldita carretera con molinos aeró-
licos y gasolineras como manchas de mora, nos ire-
mos a Constanza, allí donde naciste y escucharemos
“La Internacional” y no tendrás tristeza en la mirada,
iremos al lago, no más hombres en tu vida, no más
bájate las bragas, chúpame la polla, yo estudiaré ru-
mano y tú aprenderás inglés, te lo prometo.
Debían de tener micrófonos escondidos en el cu-
chitril, porque le dieron una paliza fenomenal y lo
depositaron, con dos costillas rotas y la cara hecha
un flan, en la gasolinera, advirtiéndole que no se le
ocurriera llamar a la policía, ni buscar a la eslavita, ni
llamar por el móvil, que se llevaron consigo. El ma-
cizo debía estar en combinación, porque cuando lo
vio, reventado, no le preguntó nada, como si fuera la
cosa más natural del mundo tener dos costillas rotas,
la cara tumefacta y el labio roto. Mientras se alejaban
y él intentaba parar la sangre de su nariz, le pareció es-
cuchar, lejanos, los compases de “La Internacional”.

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LA REDENCIÓN

Después de haber matado a cinco mujeres, había reci-


bido numerosas cartas. La correspondencia estaba di-
rigida a su nombre (que había sido publicado por los
diarios y anunciado en todos los canales de televisión)
al Penal Central, donde se hallaba recluido. Mientras
los psiquiatras del Tribunal de Justicia decidían si era
un psicópata crónico o solo padecía un brote de psi-
cosis paranoide (también podía ser una esquizofrenia
flotante, de carácter hereditaria, acentuada por el al-
coholismo: las opiniones de los psiquiatras estaban
muy divididas) él se dedicaba a contestar las cartas,
desde su celda individual, un box con retrete, cama,
repisa para libros, una mesa de madera con su silla y
un sobre de plástico para papeles. El preso guarda-
ba las fotografías de sus víctimas, no en el momento

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de morir (lo cual hubiera sido algo truculento) sino
tal como fueron publicadas por la prensa: fotos fijas,
tipo carné. Detrás de cada una había escrito, con cui-
dadosa letra de imprenta, el nombre de las víctimas,
procurando no confundirlas. María era rubia, guapa,
de cabellos ondeados y una expresión sonriente, sim-
pática, que lo sorprendía cuando contemplaba su ros-
tro. Es posible que la fotografía hubiera sido tomada
en un momento muy especial de su vida, dichoso,
porque él no encontraba ninguna razón para expresar
esa felicidad, esa confianza. Seguramente había sido
una ingenua, tal como el desenlace sangriento de su
vida lo demostraba. Marta, en cambio, era más joven
y más melancólica. De largos cabellos oscuros, tenía
cierta tristeza en la mirada que lo irritaba. Procura-
ba pasarla rápidamente. ¿Qué le había ocurrido en la
vida para estar tan triste? Y si antes no le había ocu-
rrido nada que justificara su melancolía, ahora podía
decirse, en cambio, que su tristeza tenía motivo. La
tercera se llamaba Mónica: gordita, insolente, satis-
fecha, se notaba a simple vista que le gustaban los
bombones, los peinados de peluquería muy elabo-
rados —como los pasteles con nata— y los bailes de
fin de semana. Estaba demasiado gorda, pero eso fue
algo que él solucionó drásticamente. Después, venía
Juana. Tenía un rostro andrógino, acentuado por el
cabello corto. Una cara de chico que podía inducir
al error. Detestaba las confusiones de género, así que
actuó de manera de corregir a la madre naturaleza.
La última era Yolanda, una adolescente negra. Toda-

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vía se reía del desconcierto de la policía, al incluirla
en la serie. Lo hizo para demostrar que carecía de
prejuicios raciales. No tenía escrúpulos de ese tipo.
Le daba lo mismo que fueran mujeres blancas o ne-
gras. Yolanda estudiaba en la Universidad, Derecho
Laboral o algo así. ¿A quién podían interesarle los
derechos laborales en un mundo donde el trabajo era
cada vez más escaso? En épocas de escasez, también
escaseaban los derechos. A él no le gustaban las mu-
jeres inteligentes. Eran usurpadoras: no se quedaban
quietas en su lugar, intentaban salirse de sus límites e
invadir el territorio ajeno. Por ser negra, a la policía
le costó mucho vincular a Yolanda con las otras. Si no
hubiera sido por una pista que les proporcionó, hasta
ahora no la habrían relacionado. Les envió la pista
por correo, para ayudarlos en su trabajo. Detestaba
las confusiones de género tanto como el trabajo mal
hecho.
Muchas personas le escribían. El recluso encargado
de la correspondencia lo llamaba por su nombre y le
entregaba un montón de cartas. Le agradecía que no
hiciera ningún comentario. El anterior, en cambo,
se permitía acotaciones graciosas. Le decía: “¡Cuánta
gente te quiere, eh!” o: “¡Eres un tipo muy popular!”
Hasta que una mañana él se abalanzó sobre el cuello
del repartidor y lo apretó con fuerza. Lo separaron
antes de asfixiarlo completamente. El director del
Penal comprendió muy bien sus motivos, cuando
le explicó: “Se burla de mí. Siempre tiene algo que
decir acerca de las cartas que recibo”.

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Nunca, en su vida, había recibido tanta correspon-
dencia. Las veces que tuvo domicilio fijo, en el buzón
solo encontraba publicidad, facturas o alguna multa
de tráfico. Ahora, en cambio, muchísimas personas
le escribían. Principalmente, mujeres. Nunca había
pensado que fueran tan adictas a la escritura. A la
mayoría de las mujeres no les costaba ningún esfuer-
zo sentarse ante una hoja de papel y escribirle a un
desconocido. Aunque, en términos estrictos, él no
era un desconocido. Habían leído su nombre en los
periódicos, visto su rostro en la televisión y leyeron
las crónicas de las revistas. Conocían los detalles de
sus crímenes, sabían su edad y hasta se permitían
alusiones a su físico. “Tiene unos ojos azules muy
intensos. Dan un poco de miedo, pero a mí no me
engaña —le escribió una—: esconde mucha dulzura
en su interior.” Se rio. ¿Por qué iba a esconderla, si
la tuviera? Otra, decía: “Eres un hombre muy guapo
y atractivo, aunque tú no lo creas”. Bien: él no era
un maricón de mierda. Le gustaba provocarle miedo
a las mujeres y, para eso, no necesitaba ser guapo o
atractivo. Bastaba con su altura y su sexo. Bastaba
con acercarse sigilosamente y cogerlas por la espalda,
por un hombro, por los cabellos, por donde fuera.
A veces, también le escribían hombres. Había un
periodista que pretendía hacerle una entrevista para
la televisión, muy auténtica, sin ningún tabú; lo
convertiría en un personaje popular. Consultó con
su abogado de oficio. Este le dijo: “Pídele dinero. Si
quiere hacerte una entrevista para la televisión, pí-

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dele mucho dinero. Aprovecha tu oportunidad”. Lo
estuvo pensando. El dinero nunca había sido uno de
sus objetivos, pero quizás no estaba mal, para des-
pués. Con buena conducta podía redimir su pena
en diez años y, al salir, sería espléndido disponer de
una buena pasta pero, pensándolo bien, tenía sus
inconvenientes. Si obtenía mucho dinero tendría
que indemnizar a los familiares de las víctimas, con
lo cual el dinero se esfumaría. De modo que deci-
dió contestar amablemente que por el momento, no
concedería ninguna entrevista a la televisión.
Otras cartas de hombres eran de negocios. Aunque
no de manera clara, él entendió que le proponían
matar a sus esposas, amantes o concubinas. Parecían
insinuar que era un asesino a sueldo algo así. Estas
cartas lo llenaban de indignación. Siempre había
elegido a sus víctimas por azar, sin saber nada de
ellas. Lo que supo, después, lo aprendió en los dia-
rios. No estaba dispuesto a matar a la insoportable
esposa de un representante de electrodomésticos, ni
a la antigua amante de un futbolista famoso que le
reclamaba la paternidad de un hijo.
El abogado le explicó que se trataba del efecto
dominó. Si un hombre quemaba viva a su esposa,
durante cierto tiempo otros hombres se sentían ins-
pirados a hacer lo mismo y empezaban a aparecer
cenizas de mujeres quemadas. El efecto dominó es-
taba complicando el fallo del jurado, ya que el fiscal
alegaba “alarma social” para aumentar su pena. El

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abogado le recomendó que no respondiera las cartas
de sus admiradores masculinos, sino que procurara
dar signos de contrición. No lo hizo, él no era un hi-
pócrita. Las cartas de las mujeres eran más íntimas.
Muchas lo insultaban, lo llamaban asesino, sádico,
demonio, bastardo, pero él se reía de esos insultos.
Le gustaba que las mujeres lo odiaran: eran un sín-
toma de superioridad. Solo los inferiores odian: los
superiores se limitan a despreciar. Otras le pedían
explicaciones. No iba a regalarles esa sensación de
tranquilidad. Que se imaginaran lo que temieran:
en eso residía su poder y su soledad, también.
También estaban las mujeres pertenecientes a sec-
tas o religiones. Eran muchas (Testigos de Jehová,
Las Veracruces, Las hijas de Sion, Las Iluminadas
del Último Día) y todas le ofrecían el perdón, si
abrazaba sus creencias, si se convertía. Su abogado le
aconsejó que les respondiera piadosamente, era un
elemento de prueba de su arrepentimiento.
Recibió un carta de una estudiante de Criminolo-
gía. Quería hacer una tesis de título algo complejo:
Aspectos sociopolíticos en los asesinatos de María, Mar-
ta, Mónica, Juana y Yolanda. Le adjuntaba una serie
de preguntas acerca de su familia, el barrio donde
nació, sus maestros y profesores, y los trabajos que
había desempeñado, la edad de su iniciación sexual
y sus ideas políticas. También le preguntaba a qué
partido había votado en las últimas elecciones. Le
parecieron preguntas demasiado íntimas, y en lugar

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de contestarlas, le solicitó su dirección y número de
teléfono: imaginó que, a partir de esas demandas,
las noches y los días de la estudiante no serían tan
serenos. Cuando sonara el teléfono, ella correría a
responder, con una sensación ambigua de miedo y
de curiosidad.
Otras mujeres querían redimirlo, pero no a través
de su conversión a una religión o a una secta: que-
rían redimirlo a través del amor. Inés, por ejemplo,
le había escrito una carta llena de ternura y de pie-
dad: decía que estaba dispuesta a darle todo el cariño
que le había faltado en su infancia, en su juventud y
en su edad adulta. No le importaban nada las cosas
que había hecho, porque estaba segura de que eran
fruto de la falta de afecto y de la soledad. Ella que-
ría volcar en él raudales de amor. Sería su madre,
su hermana, su esposa, su amante, su compañera.
(“Demasiadas mujeres juntas”, pensó él, y se rio.) Le
proponía ir a visitarlo todas las semanas, con regula-
ridad y trabajar para él: le tejería sus jerséis de abrigo,
calcetines de lana y gorros para dormir. Se ocuparía
de limpiar su casa, cocinaría sus platos favoritos y
lo cuidaría cuando estuviera enfermo. Estaba con-
vencida de que gracias a su amor se convertiría en
un hombre honrado y se integraría a la sociedad. Le
proponía tener encuentros privados en la cárcel y
hasta tener un hijo.
No era, sin embargo, la única dispuesta a amarlo.
Las rechazó a todas: debían de ser mujeres muy en-

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greídas, bajo su aspecto de bondad. Sólo alguien que
se valora mucho a sí mismo puede creer que su amor
tiene esas capacidades.
La carta que más le interesó fue la última. Era sen-
cilla, escueta. La mujer que le escribía confesaba estar
harta de la vida, de las enfermedades y las desdichas.
No sentía ningún interés por seguir viva. Le propo-
nía ser la próxima víctima. Le dejaba elegir el proce-
dimiento (ni siquiera era necesario que le asegurara
un procedimiento indoloro, estaba acostumbrada a
sufrir mucho, física y psicológicamente) y le ofrecía
una cantidad de dinero razonable por su tarea. Solo
quería saber si él aceptaba su propuesta y la fecha
aproximada en que podría ejecutar su trabajo.
Reflexionó sobre el asunto y, en principio, le pa-
reció interesante. Le había enviado una fotografía.
El arte de la fotografía es cruel, lo aprendió en la
biblioteca de la cárcel, donde un aficionado (reclui-
do por estafa: había falsificado billetes de curso le-
gal) donó su colección. Se trataba de una fotografía
en blanco y negro, de una mujer de unos cincuenta
años, de aspecto frágil y mirada triste. Tenía los ca-
bellos grises, los ojos pequeños, muchas arrugas en
la cara y una expresión de intensas melancolía. Podía
haber sido su madre o su tía, pensó.
No quiso responderle enseguida. Tenía que re-
flexionar. Necesitaba un trabajo, si salía pronto de
la cárcel o era absuelto por un brote psicótico (los
psiquiatras aún no habían resuelto la cuestión). Pero

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luego de examinar el asunto desde varios puntos de
vista, decidió dejar la carta sin respuesta. Matar a
alguien que deseaba la muerte le pareció algo muy
complaciente. ¿Cómo iba a gozar con ello? Él era un
artista, no un enfermero, ni un psiquiatra. No era
un trabajador, tampoco. Vivía en una época donde
cada cual tenía que ser su propio gestor, su propio
empresario, no un asalariado. Esta mujer también se
había equivocado.
Archivó la carta y abrió un bote de zumo de na-
ranja. El abogado lo había llamado por teléfono, esa
tarde, y le había dicho que su caso iba razonable-
mente bien. El tribunal estaba dispuesto a considerar
el atenuante de locura transitoria, lo cual facilitaba
mucho las cosas. Si era transitoria, no sería encerra-
do ni en la cárcel ni en un manicomio: los jueces
pensaban que cualquier ser humano puede sufrir un
acceso de locura pasajera, en virtud de los grandes
conflictos emocionales de la vida moderna. Le reco-
mendaba que entretanto, desarrollara un compor-
tamiento ejemplar, como había hecho desde que lo
recluyeron: ordenaba los libros de la biblioteca, lim-
piaba su celda, resolvía crucigramas. Su única manía
era contemplar fotografías de mujeres desconocidas,
pero no las robaba, ni las obtenía por métodos ilíci-
tos: ellas se las mandaban espontáneamente, en sus
cartas de redención.

~21~
SE BUSCA

La voz era tan sugestiva que ella creyó que la arru-


llaba; intimidada por esa suavidad sedosa de la voz,
solo podía, en contraste, balbucear quedamente,
como un bebé adormecido. Le hubiera gustado que
le siguiera hablando eternamente, que no parara, que
continuara, fuera lo que fuera lo que le estaba dicien-
do, más importante que aquello que decía, era cómo
lo decía, pensó que debía ser una cantante, quizás
era una cantante que ella no conocía, que no había
conseguido todavía el éxito, pero lo conseguiría, una
cantante de voz cálida y sensual, envolvente, como
Dalida, no, mejor, como María Bethânia, y dijera lo
que dijera quería que le siguiera hablando, aunque
ella no respondiera, porque la voz no le pregunta-
ba nada, era como escuchar una nana, una antigua

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nana medio olvidada, pero súbitamente, la voz cesó.
El robot de la compañía de móviles le informó que
en breves minutos la llamada iba a concluir porque
ella, la oyente, había superado el límite de tiempo
contratado. Había tenido que recurrir a este servicio
porque desde que Claudia le dio su número —y se lo
dio muy rápidamente, como una mujer espontánea y
confiada— la llamaba varias veces, al despertar, antes
de ir al trabajo, y luego, cuando regresaba presurosa a
su apartamento, porque ahora tenía un motivo para
volver, no como antes, ahora ansiaba abrir la puerta,
recoger los vales para las galletas o el jabón debajo de
la puerta, abrazar al gato que siempre la esperaba sen-
tado, como una estatua de gato, y lanzarse sobre el
sofá, estirar las piernas enfundadas en el pantalón ne-
gro (estaba un poco gorda, por eso prefería el negro)
y llamarla al móvil. Y eran tantos los deseos que tenía
de que le hablara, de que le insinuara cosas, tantas
las ganas de escuchar su voz, que le pedía que pro-
longara la conversación (aunque más bien se trataba
de un monólogo). Claudia se prestaba dulcemente a
sus requerimientos. Le decía que sí, que no se pre-
ocupara, que ella iba a seguir estando ahí, hablán-
dole, susurrándole, diciéndole te quiero, me gustas,
eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te besaría
entera, y tú me besarías a mí, me estoy mojando, me
estoy empapando, tengo que abrirme la blusa, me
gustaría que me lamiera el sudor, el sudor que me
corre entre los senos, pero no, todavía no, espera un
poco, déjame quitarme primero las medias, ¿siempre

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las querrás negras?, ah, sí, sé que te gusta ese color, el
negro, medias de malla, te gustan mis piernas, mis
rodillas, a mí me gustan tus caricias, pero súbita-
mente el robot le anunció que le quedaban solo tres
minutos de conferencia. No sabía por qué ese estú-
pido robot decía conferencia en lugar de conversación.
Era más solemne. Se apresuró a decirle que la llama-
ría a la noche, compraría una tarjeta para el móvil.
Implacablemente la llamada cesó. Claudia le había
dicho que ella no podía llamarla porque estaba de
guardia. Era enfermera en un hospital público en la
ciudad, y trabajaba muchas horas por día, además de
las guardias que hacía para ganar un poco de dinero
extra y a veces para sustituir a alguna compañera. Ella
también tenía una larga jornada laboral, pero menos
absorbente: era entrenadora de natación en un insti-
tuto de chicas. Las niñas se sumergían en el agua de
la piscina en un frenético parloteo, como los pájaros
en las fuentes; unas saltaban, otras nadaban, algunas
hacían el muerto y otras se deslizaban por el interior
de las aguas como delfinas. Ágiles y chispeantes del-
finas que querían jugar. Y ella tenía paciencia. Era
una mujer paciente. Le gustaba ver a las niñas con
las piernas y la espalda mojadas, le gustaba ver las go-
tas que recorrían los torsos, y los cabellos empapados
que chorreaban hacia la cintura, y los bañadores que
les moldeaban los cuerpos delgados, no había gor-
das, todas estaban muy preocupadas por su figura,
cuestión de moda. Y las niñas se dejaban guiar, se
dejaban aconsejar, le tenían confianza, quizás porque

~25~
daba las instrucciones con suavidad y firmeza. Sere-
nidad y firmeza, una autoridad que apenas se notaba,
se dejaba sentir imperceptiblemente. Al principio,
chapoteaban en el agua con sus flotadores como pe-
ces pequeños, alborotaban un poco, pero eran ágiles,
sus cuerpos respondían con facilidad a las instruccio-
nes y a poco empezaban a nadar con rapidez, pero
ella tenía que estar atenta, siempre había alguna más
audaz que otra, siempre había una que quería sobre-
salir y cometía alguna imprudencia. Las controlaba
sin que se dieran cuenta, quizás porque tenía los ojos
celestes. Es difícil mirar al fondo de los ojos celestes,
se lo diría a Claudia. Son ojos que parecen no tener
fondo, diluirse en la superficie. No es posible tener
una mirada celeste profunda, ni esperar que los ojos
celestes sean capaces de expresar muchas cosas. Pero
Claudia parecía comprenderla sin necesidad de ex-
plicaciones. Tampoco era muy conversadora. Su úl-
tima novia (habían pasado cuatro años; cuatro años
enteros, cada año con sus trescientas sesenta y cinco
noches) le había dicho que era más fácil comunicarse
con la nevera que con ella, y aunque este comentario
la hirió, la hizo sufrir, no discutió, porque su novia
(que entonces estaba sin trabajo, fue despedida de la
fábrica de automóviles en la última crisis) se pasaba
el día frente a la pantalla del televisor, luciendo sus
lindas piernas, comiendo helados y masajeándose el
cuero cabelludo porque no quería perder pelo, estaba
obsesionada con su pelo, una hermosa cabellera color
caoba que a ella le gustaba acariciar pero no podía

~26~
hacerlo muy a menudo, porque su novia pensaba que
no era bueno que otra persona le tocara el cabello,
había inducción eléctrica o algo así, algo que podía
provocar una calvicie prematura. Su última novia se
pasaba el tiempo mirando la televisión pero le dijo
que era más difícil comunicarse con ella que con la
nevera, siempre tenía algún pretexto para no salir y
quedarse mirando un programa de concursos o una
teleserie, en cambio ella detestaba la pantalla, solo
miraba algún partido de tenis y los escasos torneos de
natación que pasaban en diferido.
Le había dicho a Claudia por teléfono que ella no
era una mujer de muchas palabras pero, en cambio,
era una buena escucha, le gustaban las voces, podía
enamorarse de alguien solo por el tono de voz aun-
que, a decir verdad, lo primero que la enamoró de
Claudia fue la fotografía. La encontró en un portal
de Internet al que accedió luego de pagar una mo-
desta suma de dinero, en la sección “Chica busca
chica”. No lo había hecho nunca, y pinchó el por-
tal con mucho nerviosismo, como si estuviera ha-
ciendo alguna cosa prohibida. Detestaba las cosas
prohibidas, era demasiado sincera y auténtica como
para gozar con lo oculto. El portal ofrecía una gale-
ría de fotografías y el nombre correspondiente. Para
acceder al teléfono de alguna de las chicas había
que identificarse, volver a pagar y se consultaba a
la elegida. Ella había tenido suerte, porque eligió a
Claudia (le pareció no solo la más guapa, sino la que
tenía un rostro más dulce e inteligente, alguien que

~27~
inspiraba confianza a simple vista) y al día siguiente
obtuvo respuesta: un número en clave, al que podía
llamar para hablar con ella.
No vivían en la misma ciudad, pero eso no le pare-
ció muy importante. “Se elige a quien se ama, no las
circunstancias”, había leído en una revista. Aunque
no viajaba a menudo, había hecho cortos viajes en
tren y le gustaba la ciudad de Claudia fundamen-
talmente porque daba al mar. La suya solo tenía un
río, y no es lo mismo un río que un mar, digan lo
que digan. El mar da una sensación de espacio, de
infinito, de la que el río carece.
Claudia le dijo que no se preocupara por la dis-
tancia, que podrían hablar todos los días. También
ella le envió su foto, aunque con un poco de temor,
porque no era una mujer guapa; los deportes habían
desarrollado sus músculos, pero la afición a los dul-
ces y la herencia paterna la hicieron engordar. Era
pelirroja, tenía los cabellos cortos hacia atrás, la cara
y el cuerpo muy blancos llenos de pecas que se jun-
taban en racimos, los ojos celestes, acuosos, y un as-
pecto algo varonil que no se preocupaba por ocultar.
Claudia le dijo, riendo, la segunda vez que hablaron,
que era bisexual y le gustaban las mujeres con plu-
ma, y ella se alegró, del otro lado del móvil; siempre
le habían gustado bisexuales. En alguna parte tenía
que instalar la diferencia.
Me siento muy sola, le confesó, a poco de hablar, y
Claudia le dijo que también la gente que vive en una

~28~
gran ciudad se siente muy sola, no tienen tiempo
de relacionarse con otras personas, el trabajo y las
distancias absorben todo el día. Le dijo que su vida
era muy monótona, del trabajo a la casa, a cuidar
a la madre enferma, padecía una enfermedad dege-
nerativa y estaba postrada, era única hija, el padre
las había abandonado hacía tiempo. No ganaba lo
suficiente como para pagar a alguien que la cuida-
ra, además, era enfermera, pero estaba cansada y no
tenía tiempo libre; necesitaba un poco de cariño y
de ternura. “Te daré todo el cariño y la ternura del
mundo”, le contestó ella. Por el momento tenían
que seguir hablando por teléfono, era difícil que
Claudia pudiera desplazarse con tantas responsabi-
lidades. Era muy cariñosa, muy tierna, y no tenía
inhibiciones, le decía que estaba deseando hacer el
amor, que le gustaba pensar en el día en que iban
a encontrarse y por fin podrían tocarse, acariciarse,
besarse, ambas desnudas, ella empapada, ansiando
que su boca la recorriera por entero, la hiciera pal-
pitar, “a veces siento que tengo el sexo repartido por
todo el cuerpo, por las axilas y la boca y los brazos
y el vientre”.
A los tres meses, ella le dijo que no aguantaba
más la ausencia, que quería verla, aunque fuera solo
un fin de semana; sus ahorros habían disminuido
(seguía usando un número de móvil en clave que
costaba diez veces más que el habitual) pero iba a
alquilar una habitación de hotel, en la ciudad de
Claudia. Pasó largas noches solitarias en el Google

~29~
mirando hoteles, comparando precios, servicios, ha-
bitaciones y, al final, eligió uno pequeño, elegante y
discreto, ideal para dos personas que se encuentran
por primera vez y se aman. Pasarían juntas el fin de
semana.
Un día antes de comprar el billete de avión (no
se sentía capaz de hacer un largo viaje en tren, la
ansiedad la consumiría) Claudia le dijo que su ma-
dre había empeorado, estaba ingresada en el hospital
donde trabajaba.
Se sintió decepcionada. No era fácil superar esta
frustración; esa noche no la llamó, pero no para cas-
tigarla, sino porque se fue a un bar de ambiente don-
de se emborrachó al comprobar que ninguna mujer
le hacía ilusión; solo deseaba y necesitaba a Claudia.
La llamó a la otra mañana, balbuceante todavía por
el efecto de los gin tonic que se había tomado, y le
pidió perdón por su egoísmo, por su falta de com-
prensión. Dejó pasar un par de semanas en las que
siguieron hablando por teléfono, cautivadas por esa
sensualidad ensoñadora de las voces.
Esta vez no le dijo nada, decidió darle una sorpresa.
Dejó pasar una semana (la madre de Claudia había
regresado al hogar) y compró el billete de avión. Hizo
el viaje en vilo, esperanzada, llena de ansiedad. Mascó
cacahuetes, pidió un whisky, en el avión no se po-
día fumar, ella no había fumado nunca, pero ahora
entendía a los fumadores, leyó revistas del corazón,
devoró tres barritas de chocolate que vendían junto a

~30~
un rico helado de vainilla, le pareció que los asientos
eran muy estrechos y el viaje demasiado largo, se le-
vantó varias veces al baño, la ansiedad le daba ganas
de orinar y, al final, con un suave aterrizaje que el
pasaje aplaudió, llegó a la ciudad de Claudia.
En el hospital público no le supieron dar noticias
de Claudia, y ella no contestaba al móvil. Todo el
mundo trajinaba mucho en ese lugar, las enfermeras
iban y venían, el pasillo de urgencias estaba repleto,
parecía un hospital de campamento militar y pensó
que no era bueno enfermar ahí, que no era bueno
trabajar ahí. Sobraban enfermos o faltaba personal,
las familias de los enfermos deambulaban de un lado
a otro, mezclados con los médicos presurosos que
no se detenían para nada y de las enfermeras que
tampoco podían contestar ninguna pregunta. Ester
comprendió el cansancio y la falta de energías de la
mujer a la que amaba; un trabajo así era muy estre-
sante, y se sintió dichosa por el suyo en una piscina
climatizada donde las niñas aprendían a nadar en
medio de los juegos.
La ciudad era muy grande, más de lo que se veía
en Google, pero había alquilado una habitación de
hotel y estaba dispuesta a encontrar a Claudia como
fuera, a darle una sorpresa. En algún momento con-
testaría a su llamada; vería el número y la atendería.
Solo tenía que esperar, aunque en ese momento, es-
perar era algo que la inquietaba, le provocaba ner-
viosismo, la aturdía. Decidió esperar en el hotel, por

~31~
lo menos, allí estaría más cómoda. Le dolían los pies
y necesitaba descansar. Se adormeció mirando la te-
levisión, cosa que le recordó involuntariamente a su
novia anterior. Despertó un poco antes de mediano-
che, se acercó al gran ventanal y contempló el brillo
nocturno de la ciudad. Había hileras de luces rojas,
verdes y amarillas. Los autos circulaban lentamente,
por el atasco, y se escuchaba un rumor continuo,
como de un horno en ebullición. Una especie de
humo azulado cubría la ciudad; es la contamina-
ción, pensó, cómo pueden respirar este humo y no
morir. Pidió un bocadillo, un café y un paquete de
galletas al servicio del hotel que permanecía abier-
to. Volvió a llamar al número secreto, al número ci-
frado exclusivo que establecía el puente, el cordón
umbilical entre ellas dos. El móvil de Claudia estaba
apagado. No tenía guardia, por no menos no se lo
había advertido, de modo que lo más probable era
que su madre hubiera empeorado. Le envió un men-
saje. “Estoy en el hotel Savoy. Me gustaría verte. Te
quiero.”
Esperó. No hubo respuesta al mensaje. Llamó in-
sistentemente, como si hubiera perdido la paciencia.
Se bebió los botellines de la nevera de la habitación
de hotel, mezclados con los cacahuetes y las aceitu-
nas. A esa hora, todos los canales de televisión pasa-
ban películas porno o consultas astrológicas, basura.
Al final, se quedó dormida mirando un viejo film
norteamericano; un melodrama con Robert Mit-
chum y Eleanor Parker.

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El programa Se busca es el de mayor audiencia de la
cadena Siete, por eso está en un horario privilegiado,
de nueve a diez de la noche. El éxito del programa
se debe a su formato similar a una novela policíaca.
Alguien busca a alguien. Quien busca cuenta una
historia, la historia de su vida, los motivos por los
cuales está buscando a una hermana, a un padre, a
un amigo o a un viejo amor. El programa selecciona
a sus invitados y un equipo especializado realiza la
investigación que suele tener éxito; han conseguido
encontrar a personas que se daban por muertas, que
vivían en otro continente o que habían cambiado su
aspecto y su nombre. Mientras realizan la investiga-
ción, el programa paga la estancia del invitado en un
hotel. El reencuentro inesperado debe ocurrir en el
plató, ante el público invitado y los telespectadores;
es la condición imprescindible: el Prime Time tiene
suspense, como las películas policiales.
La citaron diez días después. Le dio tiempo para
ir y venir al pueblo, no había querido quedarse en la
ciudad, la deprimía el humo y echaba de menos al
gato. El equipo de Se busca había realizado la investi-
gación, y ahora, por fin, iba a producirse el anhelado
encuentro, en el plató, frente a los espectadores y
la teleaudiencia, para que todos pudieran compartir
su dicha y alegrarse porque no todo es malo en este
mundo, el amor y la bondad triunfan.
No cambió su indumentaria para la ocasión. Lle-
vaba una camisa blanca, un jersey negro de cuello en

~33~
V y pantalones del mismo color. Pero se había com-
prado uno calcetines blancos y un par de mocasines
italianos que parecían un poco estrechos para su al-
tura, pero le daban un aire un poco más femenino.
Estaba muy nerviosa cuando la famosa presentadora
le pidió que contara su historia ante la platea. Nun-
ca había hablado en público, y las luces, cegadoras,
el micrófono que le habían colgado en la espada le
causaban una sensación extraña, como si estuviera
en una feria. Detestaba las ferias y no había hablado
nunca en público. Resumió lacónicamente los da-
tos: Claudia trabajaba en el hospital más grande de
la ciudad, su madre estaba enferma, ella quería darle
una sorpresa; no se habían visto nunca, hasta ahora,
pero se habían prometido amor eterno. Y aunque
hablaba en voz baja (tanto que la presentadora tuvo
que pedirle dos veces que lo hiciera más alto) sus
mejillas se encendieron y la mirada adquirió brillo.
Cuando terminó y miró con gran expectativa, la
presentadora, frente a las cámaras, hizo el resumen:
—Nuestra invitada de hoy está buscando a Clau-
dia, una mujer a la que ha conocido a través de In-
ternet, en el portal “Chica busca chica”. Claudia tra-
baja en el hospital más grande de esta ciudad, pero
no han podido o no han querido darle información.
El número al que llama ha dejado de comunicar; no
sabemos si Claudia recibe o no las llamadas y su ma-
dre está muy enferma. Nuestro equipo de investiga-
dores ha hecho un gran trabajo, aunque disponía de
muy pocos elementos. Han realizado las averigua-

~34~
ciones oportunas que permitirán por fin a Ester, esta
mujer enamorada, encontrarse con Claudia en este
plató y lo verán enseguida, luego de los anuncios.
La tanda de anuncios era muy larga y la dejaron
sola, aislada en un cubículo fuera del plató donde no
había nada más que una luz blanca pastosa. De to-
dos modos no había nada para mirar. Pensó que era
un cubículo tan aséptico como un hospital. Ni si-
quiera un aparato de televisión para ver los anuncios
que pasaban mientras ella esperaba. Estaba nervio-
sa. Había visto el programa algunas veces (su novia
anterior era una adicta) y sabía que los encuentros
eran muy emotivos; a veces, los invitados se ponían
a llorar, mientras balbuceaban, y la emoción los ha-
cía trastabillar o tartamudear, pero ahora, lo que la
preocupaba eran sus ganas de orinar. Como los ca-
chorros, tenía miedo de que en el momento de ver a
Claudia sus riñones dirigieran un chorro imparable
hacia la vejiga. No había visto retretes por ningún
lado, la gente que va a la televisión no debe orinar.
Un empleado lleno de cables la vino a buscar y la
condujo otra vez hacia el plató. Recibió la luz poten-
te de los focos en el momento en que la presentado-
ra (no era demasiado guapa, tenía una belleza algo
anodina que iba a desaparecer muy pronto) repetía
que ella estaba buscando a Claudia, enfermera, con
la que mantenía un idilio virtual.
Sonó el gong. El programa tenía un gong chino
que anunciaba que por la gran puerta central del

~35~
plató, cubierta por una cortina amarilla, iba a apa-
recer la persona buscada. Claudia. Así lo anunció la
presentadora. Le pareció que el gong era demasiado
largo y además, vulgar. Ella no había soñado con un
encuentro así, sino en algo mucho más íntimo, más
romántico, y alejado del público. La cortina se abrió
en medio de un silencio que también le pareció de-
masiado largo. La banda sonora que venía después
del gong mantenía el suspense. Era la estructura del
programa. Se trataba de aumentar la expectativa, de
“crear clima”, como decían los expertos.
Y no aparecía nadie. Transcurrían los segundos, y
no aparecía nadie. Demasiado espectacular, pensó.
Todo el universo había quedado en suspenso: en
suspenso las cámaras, las luces resplandecientes del
plató, el gong, los micrófonos, el aullido de los autos
en la calle, los aplausos del público, las órdenes de
los teloneros, la salida de los niños y de las niñas del
colegio, las transacciones comerciales y el vuelo de
los aviones.
La presentadora dejó que el silencio se instalara
como un manto sobre toda la superficie. Ella se sen-
tía paralizada, inmóvil, sentada en el sofá color púr-
pura de los invitados. Solo sus ojos —sus acuosos
ojos celestes que no expresaban nada— estaban fijos
en la escalinata por donde descendían las personas
que Se busca había conseguido encontrar.
Entonces sonó otro gong. Este gong era comple-
tamente distinto al primero. El primero era de sus-

~36~
penso, de espera, de ansiedad. Este, en cambio, era
definitivo. Un gong final, de muerte, de entierro,
de ultratumba. Un gong que jamás nadie quisiera
escuchar en vida. Un gong que nunca había oído en
ningún programa de televisión.
—Lo sentimos mucho —dijo la presentadora—.
Nuestro equipo de investigadores ha realizado las
averiguaciones pertinentes y ha descubierto que
Claudia no existe. Te han engañado, Ester. Has ha-
blado con la empleada de una compañía que se de-
dica a establecer contacto a través del móvil con las
personas que buscan relaciones.
Se turbó. Hubo un silencio que podía ser dramáti-
co, si no hubiera sido tan deliberado, tan preparado.
La presentadora volvió a acercarse a ella.
—Claudia no existe, lo lamentamos mucho, re-
pitió. Todo el equipo de Se busca lo siente mucho.
Las fotografías que aparecen en el portal de “Chica
busca chica” no corresponden a los nombres, y el
número al que llamas es el de una empresa que al-
quila líneas telefónicas; las empleadas conversan con
las clientas, de modo que la factura del servicio que
pagan es muy alta, pero no llegan a conocerlas ja-
más, porque no son reales. Durante estos meses has
hablado con alguien que se ha hecho pasar por una
tal Claudia, enfermera, que vive en esta ciudad, pero
que realmente no existe.

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Otro gong sonó, este el habitual del cierre del pro-
grama. Detrás del gong se oía la ovación del público,
del presente y el aplauso de los telespectadores, este
también simulado.
La última imagen que el director de cámara orde-
nó fijar para cerrar el programa fue la de los ojos ce-
lestes de la invitada. No expresaban nada. Ni cólera,
ni dolor, ni sorpresa, ni angustia, ni desilusión. Por
culpa de los ojos celestes.

~38~
LAS TRES ESES

No creo que haya sido una buena idea que Alex nos
acompañara. El chico podía haberse ido a un cam-
pamento en el Ampurdán o de intercambio en al-
gún rancho de Arizona, para aprender inglés, pero
mi mujer insistió y él parece estar a gusto en este
piso de alquiler en la costa, más pequeño que el de
la ciudad, aunque más ruidoso, si cabe: abajo, frente
a la playa, hay una hilera de chiringuitos de comida
barata (paellas esclerosadas y rojas sangrías de vino
agrio) tiendas de souvenires, altavoces sonando toda
la noche con algo que Alex y sus amigos suelen lla-
mar inexplicablemente música.
—No lo ves todo el día enchufado al móvil o a los
auriculares porque nunca estás en casa —me recor-
dó Fanny.

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—Si está enchufado todo el día al móvil y a los au-
riculares en casa, ¿para qué quiso venir al balneario?
—le pregunté a mi mujer, olvidando que fue ella
quien insistió. Tuve que gritarle porque, aunque el
piso es pequeño, el ruido impide oírnos, igual que
en la ciudad. En la ciudad, son los autos, las am-
bulancias, los televisores; en la playa, son los autos,
los chiringos, los turistas, las motos. Me asomé al
balcón: vi a la humanidad medio en pelotas y, la
verdad, no era un espectáculo muy reconfortante.
Alguien había dicho alguna vez que el verano era
la estación más vulgar del año. Sol, sangría y sexo,
eso es lo que vendemos, pensó. Las tres eses. Si este
país tuviera que vivir de otra cosa, seríamos subde-
sarrollados, tercermundistas. Todavía no entiendo
por qué Fanny insistió tanto en que Alex viniera; el
mayor está en alguna ciudad del norte, Estrasbur-
go o Edimburgo, lo mismo da, podría haberse ido
con él. Fanny y yo nos habíamos prometido quince
días de vacaciones tranquilas, una especie de segun-
da luna de miel. Nuestro matrimonio no va muy
bien, pero ¿hay algún matrimonio que vaya bien?
Entre la hipoteca, mi trabajo, el suyo (Fanny hace
media jornada), los catarros, las hernias discales y los
chicos, tenemos la sensación de que solo comparti-
mos problemas. Me pregunto si hay alguna otra cosa
para compartir. Estoy un poco deprimido. Debe de
ser porque, antes de trasladarme al piso de la playa,
le dije a Helena que no follaríamos más. Fanny me
preguntó dos veces si había otra mujer en mi vida

~40~
y eso me mosqueó. No quería agregar problemas a
nuestro matrimonio. No fue fácil decírselo, Helena
lloriqueó un poco (la había visto lagrimear en otras
ocasiones, no siempre se correspondía con el verda-
dero sufrimiento, que es interior y solitario) y yo me
sentí culpable, pero algún día tenía que terminar.
Todas las cosas terminan, por eso terminan las rela-
ciones adúlteras, que están vivas, y no los matrimo-
nios, que están muertos.
El móvil de Alex no deja de sonar. Suena de maña-
na, al mediodía, a la tarde y a la noche, esté dormido
o despierto, solo o en compañía. Siempre son chicas.
Lo cierto es que se ha convertido, a los 17 años, en
un tipo alto, delgado, moreno, muy atractivo para
ellas, según Fanny. Yo no daría dos duros por un tipo
así; si fuera una chica, me fijaría en un cuarentón de
buen ver, con alguna cana estratégicamente coloca-
da y sentido del humor. Alex todavía no ha decidido
qué va a estudiar. Si estudia, porque dice que todo lo
que hay es basura. Tiene razón. Pero con esta basura
tengo que lidiar todos los días de mi vida, y encima,
los del verano también. Sueldos basura, comida ba-
sura, playas basura, turismo basura, música basura
y sexo basura. ¿Le llaman sexo a eso que ven en las
porno? Helena tiene 20 años; al principio, yo vacilé,
antes de hacer el amor con ella, me inhibía un poco
la diferencia de edad. Me dijo que no me preocupa-
ra, había aprendido a hacer el amor con las porno.
Igual que Alex y sus amigos. No fue difícil desemba-
razarme de ella (la palabra es graciosa, ¿no? Alguna

~41~
vez tuve miedo de dejarla embarazada; el condón era
imprescindible), solo se trataba de un poco de porno
después del horario de oficina, como las máquinas
perforadoras en la calle. Aun así, me sentía un poco
deprimido y esperaba que Fanny no se desilusionara
demasiado ante mi irritabilidad.
—Querido —me dice Fanny—: esta noche cena-
mos en casa.
En realidad, no me importa. Encontrar un lugar
agradable entre tanto turista que rezuma sangría,
sol y sexo hubiera sido difícil. Además, yo hubiera
tenido que hablar de algo, ser cortés, amable, en-
cantador, como correspondía a un tipo casado, de
mediana edad, dispuesto a salvar su matrimonio.
—Alex ha invitado a una amiga a cenar con noso-
tros —me informa mi mujer.
—¿Quién es? —pregunto.
—No sé. No la conozco. Se llama Helena y dice
que os conocisteis en algún lugar.

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CARTA BLANCA

En Carta blanca había que despejar los cuatro ases


mezclados en ocho columnas de siete cartas cada
una, subirlos a la derecha de la pantalla y comenzar
una progresión ascendente hasta la última carta de
cada palo, el rey de trébol, de diamantes, de corazo-
nes y picas. Entonces, se terminaba la partida, y una
lluvia de fuegos artificiales de brillo intenso y colores
variados, intensos, saludaba al triunfador. Lluvia de
estrellas, el título de una antigua canción romántica.
Quizás nunca dejábamos de ser niños y niñas, en
el fondo, y los fuegos artificiales desparramados en
la pantalla nos regocijaban, nos estimulaban, eran
la justa recompensa al esfuerzo de todo un día de
trabajo y sinsabores. Algo tenía que ser justo en esta
vida, pensó. Parecía sencillo, pero a veces, resulta-

~43~
ba malditamente complicado conseguir separar los
ases, rodeados de cartas que había que arrastrar has-
ta otra columna, en orden descendente; se empan-
tanaba, como si hubiera caído en un lodazal y no
encontrara la manera de salir a la superficie. Insistía.
Parecía que la complicación lo incitaba a repetir el
intento. Pensó que era una antigua ley psicológica:
la de repetir el esfuerzo, la de equivocarse y volver
a empezar, como hacen los orangutanes y las ratas.
También las moscas. Había oído decir que era el co-
mienzo de una adicción: la repetición. Los bonobos
también eran adictivos, y compartíamos el noventa
y nueve por ciento del adn.
En la soledad del pequeño cuarto que usaba como
despacho —el único lugar de la casa que le pertene-
cía, donde podía aislarse él también, como los reyes,
del ruido del televisor, de los niños, de las discusio-
nes del matrimonio vecino y del móvil de su mujer,
que sonaba a cada rato, según iban llamando los di-
ferentes miembros de la familia— el empecinamien-
to del solitario del ordenador le producía relajación,
pero, al mismo tiempo, lo irritaba: no soportaba que
uno de sus hijos viniera a interrumpirlo con alguna
pregunta estúpida o con un lloriqueo cualquiera.
Tenía derecho a un rato de soledad. No pedía más
que eso: estar en su despacho tratando de aislar a los
reyes de las cartas hostiles. Nunca se preguntó si su
mujer tenía un espacio propio en la casa, parecía una
pregunta irrelevante.

~44~
Había descubierto el juego por casualidad; no
era adicto a nada —había dejado el cigarrillo ha-
cía tiempo— y no chateaba; cuando regresaba del
trabajo, harto del horario, del metro, de la hipoteca
y del gobierno no tenía ganas de escribirle a des-
conocidos o desconocidas que posiblemente fingían
su verdadera personalidad, convencidos de que su
verdadera personalidad era algo que debían ocultar.
Posiblemente, tenían razón. A su esposa, en cambio,
le gustaba el cine. Le gustaba mirar viejas películas
en el televisor, luego de la cena, cuando había acos-
tado a los niños. Casablanca, Lo que el viento se llevó,
Gilda, Gigante.
La mayoría de las películas ya las había visto varias
veces, las cadenas las reponían con mucha frecuen-
cia, además estaban llenas de cortes para la publici-
dad, pero ella igual quería que se sentara a su lado
en el viejo sillón que los niños habían aplastado,
agujereado y llenado de manchas. Decía que era el
único momento en que podían estar solos, pero en
realidad, a él le parecía que la verdadera soledad ape-
tecible era la de su despacho, con la pantalla encen-
dida en Carta blanca, intentando aislar a los reyes
de la serie de cartas que los rodeaban, impidiéndoles
comenzar la escalera ascendente. Liberar a los reyes.
—No entiendo cómo puedes pasarte media noche
con ese juego estúpido —le reprochaba su mujer.
Eso era el matrimonio: una serie de reproches que
atacaban la intimidad, que atacaban la imagen que

~45~
uno tenía de sí mismo, pronunciados sin ninguna
piedad, en una celda sin ventanas y con puertas que
se abrían solo dos veces al día, una para salir, otra
para entrar.
Ella quería que él mirara las películas en el televisor
y que la acompañara a alquilar otras en el videoclub
de la esquina, “así las podremos ver juntos”, decía, y
los ojos le brillaban con ilusión. “Qué te cuesta ha-
cerle ese gusto a tu mujer”, se dijo a sí mismo, pero
le costaba: a poco de empezar la película él se ador-
mecía, ella le decía “una resistencia pasiva, eso es lo
que tú haces”, a veces tenía ganas de follar, también,
pero una especie de inercia lo retenía en el sofá y lo
dejaba para otra ocasión. En los últimos tiempos,
la otra ocasión nunca ocurría. Ninguno de los dos
parecía echarlo de menos. Ese era otro mito: la dis-
ponibilidad sexual. La rutina acababa con cualquier
instinto, a medida en que se cumplían años.
Ahora volvía del trabajo con una ilusión: encerrar-
se en su despacho a despejar el solitario. Cuando lo
conseguía, sentía una íntima satisfacción, una espe-
cie de alegría, una excitación que no cesaba en sí
misma: necesitaba repetir la experiencia, entonces
pulsaba el botón de “nuevo juego” e iniciaba otra
partida. Se dio cuenta de que mucho más que el
triunfo (el premio de la lluvia de estrellas luminosas,
como fuegos artificiales) lo estimulante era el proce-
so; despejar el camino de los reyes, equivocarse, rec-
tificar, volver a empezar era mucho más apasionante

~46~
que resolverlo. La alegría de la resolución duraba
sólo unos instantes (como el orgasmo) en cambio
la excitación del proceso, los intentos de rescatar a
los reyes y subirlos a su podio en la parte superior
de la pantalla era como un afrodisíaco. “Intenso y
breve como un orgasmo”, le explicó una vez a su
mujer, y ella lo miró con cierto desprecio. “Serán los
orgasmos masculinos”, le dijo. “No conozco otros”,
respondió él, fastidiado. A veces, vislumbraba que
había muchas cosas de las que no habían hablado
nunca; entonces, sentía una especie de incertidum-
bre, de temor, hasta que cobardemente, se decía que
de las cosas que nunca habían hablado era mejor se-
guir sin hablar.
Después de esas partidas quedaba agotado, y se iba
a la cama como un sonámbulo, con los hombros
doloridos y una incipiente inflamación del nervio
del codo que no presagiaba nada bueno. Su mujer
dormía. Tenía que levantarse temprano —trabaja-
ba en una sucursal bancaria— y llevar a los hijos al
colegio. Eso era el matrimonio: salir a la mañana,
volver a la noche, las llamadas telefónicas de la fami-
lia, las vacunas de los niños y la fiesta de Navidad,
cuando todos se reunían e intercambiaban regalos,
y se prometían interiormente no volver a pasar una
Navidad juntos, pero a la siguiente, volvían.
Una noche, mientras resolvía uno de los solitarios
de Carta blanca, le asaltó un temor: ¿qué número
de partidas incluía el programa? ¿Habría una noche,

~47~
una maldita noche en que ya los hubiera resuelto
todos y no quedara ningún rey nuevo que aislar de
las otras cartas y ascender al podio de la pantalla?
Esta inquietud lo trastornó y sintió un ramalazo de
angustia. Odiaba la angustia que podía aparecer de
manera inesperada, como un atracador a la puerta
del cajero automático o en un recodo del aparca-
miento. Comenzó a sudar. Se puso de pie, intentó
serenarse. La súbita sospecha de que Carta blanca
podía acabarse alguna noche le había creado zo-
zobra, un abismo de soledad, miedo y sinsentido.
Tenía que pensar alguna cosa. Imaginó noches fu-
turas, sin el solitario, y tuvo pánico. La angustia era
siempre alguna clase de miedo que no habíamos
querido confesar o enfrentar. Se sentó, ahora inse-
guro, ante la pantalla. En lugar de mirarla con la
firmeza seductora con que lo había hecho todas las
noches anteriores, la miró con suspicacia y rencor.
De modo que alguna vez la maldita pantalla podía
acabar con su goce. Podía tragárselo, como a veces
una vagina anhelante engullía el pene, y el pene se
seguía moviendo, para disimular su horror, de ma-
nera mecánica, casi, pero el resto del cuerpo que no
era el pene estaba deseando ardientemente abando-
nar ese agujero, recuperar su libertad, alejarse de ese
abismo húmedo y oscuro, como una ciénaga. Miró
la pantalla con cautela, con prudencia. Entonces
observó que cada partida tenía un número inscrito
en pequeños caracteres negros, arriba, a la izquierda.
Seguramente, con el entusiasmo, no lo había adver-

~48~
tido antes. Era el número de cada solitario, un nú-
mero de cinco cifras. Siempre le había parecido algo
irrelevante, sin importancia. Pero ahora tuvo la sen-
sación de que podía ayudarlo, darle alguna clase de
seguridad. Pinchó el número con el ratón y se abrió
una ventana. La ventana le informaba que todas las
partidas tenían solución, aun las más complicadas
y difíciles, y que el número completo de partidas
del programa era treinta mil. Sintió un súbito ali-
vio. Respiró hondo. Treinta mil. Eso significaba que
podía ir resolviendo cada solitario, desde el número
uno hasta el final, de manera progresiva, para no re-
petir ninguna partida. Si se equivocaba, podía volver
a la misma, cuantas veces quisiera. La cifra lo des-
lumbró. Treinta mil. Sintió una inmensa relajación.
Eran muchas. No estaba seguro de que dispusiera de
tantas noches en su vida; nacíamos con un tiempo
impreciso de vida, imposible de cifrar, y él ya ronda-
ba los cuarenta y cinco; eso quería decir que podría
seguir jugando todas las noches, que el juego lo iba a
acompañar el resto de la vida, si lo deseaba. Pero no
había que apresurarse. Había que jugar cada partida
con delectación, con esmero, para disfrutarla. Se en-
tusiasmó. Iba a comenzar otra vez, desde el número
uno, e iría progresando, sin saltarse el orden. Si era
capaz de resolver un solitario por noche, significa-
ba que gozaba trescientas sesenta y cinco partidas
al año. Tres mil seiscientas sesenta y cinco en diez
años. Siete mil trescientas todavía le quedarían más
de veinte mil partidas por jugar. Se sintió reconfor-

~49~
tado. El juego era casi infinito, a diferencia de la vida
y de los orgasmos, que eran intensos pero breves.
Por lo menos, los masculinos. De los femeninos,
nada sabía. La vida y los orgasmos eran finitos, te-
nían término, aunque no supiera cuándo. Pensó con
felicidad en todas esas noches que le esperaban, en
que no tendría que decidir qué hacer, ni adónde ir,
ni de qué hablar, ni qué película ver, porque Carta
blanca lo estaría esperando como una amante fiel,
que no envejece nunca. Y él iba a morir un día, un
día cualquiera, y antes de morir sabría que todavía
quedaban solitarios que resolver, quizás iría por el
2341 o por el 8430.
Esta vez, de manera excepcional, conectó el chat
del juego. Quería trasmitirle a alguien su emoción.
Enseguida encontró a otro jugador conectado. Se
llamaba José, aunque podía no ser su verdadero
nombre. Pero ¿qué importancia tenía eso?
“¿Por qué número de partida vas?” le preguntó el
otro.
“He jugado muchas partidas, pero solo esta noche
me he decidido a empezar para la número uno, así
hasta la treinta mil —le respondió—; como tengo
casi cuarenta y cinco años, es posible que no llegue a
agotar el juego. Estoy contento. Eso quiere decir que
podré jugar toda la vida.”
“Maldito sea —respondió el otro—. ¿Serás tan
cretino de disfrutar porque el juego va a seguir des-

~50~
pués de ti? Yo abandono. No quiero morirme pen-
sando que Carta blanca sigue después de mí. Me
paso al Spider. Tiene solo seiscientas partidas. Puede
ser que lo sobreviva y el maldito juego se acabe antes
que yo.”

Siempre le había parecido una tontería chatear.

~51~
HB2

El regalo final del congreso de Neumopatía y On-


cología organizado por los laboratorios Johnson y
James en un lujoso hotel de cinco estrellas en la zona
alta de la ciudad fue una sesión gratuita con prosti-
tutas de lujo, jóvenes y guapas; ninguno de los asis-
tentes lo sabía. En eso consistía parte del regalo: en
la sorpresa. El congreso, pagado por los laboratorios
Johnson y James, había sido organizado con gran
eficacia y profesionalidad por la compañía Shows
Business, dedicada desde hacía más de veinticinco
años a la organización de “eventos”, celebraciones,
festejos y animaciones, públicos o privados, a cuya
dirección se había incorporado recientemente un
nuevo ejecutivo, fichado por la compañía luego de
su brillante carrera en una fábrica de automóviles

~53~
cuyos anuncios publicitarios fueron los más vistos
durante el último año en las cadenas privadas de la
nación, según las encuestas de audiencia de Master
Dial.
El congreso había sido un éxito, como todos los
organizados por Shows y Business, que presentaba
una pormenorizada lista de gastos a sus clientes,
donde incluía una sola partida eufemística, “entre-
tenimiento”, para evitar el control de Hacienda o la
Administración; los clientes siempre se manifesta-
ban muy conformes con ese procedimiento, porque
la solidez y responsabilidad de Show y Business no
se ponía en duda. Resultaba un poco más cara que
otras compañías organizadoras de congresos, pero
tenía estos “detalles” (la contratación de un hermo-
so lote de prostitutas jóvenes y hermosas que solo
trabajaban para clientes selectos y se sometían a es-
trictos controles sanitarios con regularidad) que sor-
prendían favorablemente a los congresistas.
El objetivo del congreso era promocionar entre los
neumólogos y oncólogos de los servicios médicos un
nuevo medicamento para el tratamiento del cáncer
del pulmón, que si bien no curaba, podía prolongar
la vida de los pacientes unos meses más, y como de-
cía el folleto explicativo, “aliviar los peores síntomas
y manifestaciones de la enfermedad”. El medicamen-
to había sido probado con ratas de laboratorio cuyo
adn oscilaba entre un setenta y cinco y un noventa
por cierto de semejanza con el humano, con buenos

~54~
resultados, aunque en muchos casos (cuya propor-
ción el folleto no especificaba) sus resultados habían
sido similares a los de cualquier placebo, un terrón
de azúcar, por ejemplo. Podía; los informantes de
los laboratorios Johnson y James habían sido muy
cuidadosos en el empleo del tiempo verbal; querían
evitar posibles pleitos y demandas, cuyo coste era
altísimo, tanto el pecuniario como el de imagen.
En la sala de congresos del lujoso hotel, llamada
“Emperador” (había otra llamada “César Augusto”
y otra, “Embajador”) los asistentes, especialistas en
neumología y oncología recibieron una serie de fo-
lletos impresos a todo color sobre papel satinado de
3,5 milímetros de grosor, una lujosa carpeta en le-
gítimo cuero de vaca con un block de papel y una
estilográfica Cartier más un tubo provisto de seis
cápsulas del nuevo medicamento que “podía” pro-
longar la vida de los enfermos de cáncer de pulmón.
Las cápsulas eran bicolores: blancas y rosadas, los
colores que según los laboratorios Johnson y James
tenían mejor efecto óptico y persuasivo a nivel psi-
cológico sobre los pacientes, porque eran asociados
de manera inconsciente con emociones placenteras:
el blanco tradicional de los medicamentos antiguos,
algunos de ellos de gran eficacia (como la aspirina)
y el rosado, asociado a la natalidad, a la dulce es-
pera, a la infancia. En cuanto al formato de cápsu-
la, los laboratorios Johnson y James habían hecho
una rigurosa investigación, cuyo resultado fue que
era el formato preferido por los pacientes, ya que las

~55~
tradicionales pastillas eran más vulgares; el formato
cápsula parecía estar asociado a una mayor eficacia
del medicamento.
Hubo varias sesiones informativas sobre el nuevo
medicamento con proyección de videos, discursos
y análisis clínicos, repartidos en sesiones matuti-
nas y vespertinas, que se repitieron durante los dos
primeros días del congreso. En la última sesión se
abrió un turno de preguntas y respuestas que que-
dó vacío, porque todos los asistentes parecieron sa-
tisfechos con las informaciones y las explicaciones
recibidas.
Las sesiones eran algo pesadas, los organizadores
—los laboratorios Johnson y James— lo sabían, por
eso habían dispuesto un generoso sistema de com-
pensaciones: los invitados podían permanecer du-
rante todo el fin de semana en el hotel gratuitamen-
te, y disponer de los numerosos servicios adiciones
(spa, sauna, jacuzzi, piscinas de agua fría y caliente,
aparatos de gimnasia, masajes, baños de chocolate,
baños de barro, peluquería, manicura, servicio de fax
y de Internet) sin pagar, cargando los gastos a cuenta
de los organizadores. También estaba incluido el al-
quiler de películas porno en las habitaciones.
Los congresistas estaban muy contentos. Venían
bien estos congresos que rompían la pesada rutina
de la atención en el ambulatorio, en el consultorio
o en el hospital, limitada, siempre, por el exceso de
pacientes y la falta de tiempo y compensada por una

~56~
generosa prescripción de medicamentos la mayoría
de los cuales tenían efectos perniciosos sobre la sa-
lud, pero protegían de la inseguridad, la incertidum-
bre, la soledad y el miedo a la enfermedad y a la
muerte.
El hotel estaba estratégicamente situado muy cer-
ca de la montaña, lo cual suministraba buenas vistas
y una edificante sensación de remanso: el verde os-
curo de los pinos se asociaba, en general, con las va-
caciones de invierno y la Navidad. El silencio de las
habitaciones podía resultar intimidante para algu-
nos, por el brusco contraste, por eso, disponían de
un agradable música de fondo que podía apagarse
o encenderse con un mando. Se llamaba Música de
los océanos; Música de los bosques; Música relajan-
te; Música para agradables momentos y Música para
dormir a los ángeles.
La sesión gratuita con el servicio de prostitutas jó-
venes y guapas fue un regalo adicional, la sorpresa
que los laboratorios Johnson y James ofrecieron a
los congresistas. No fue exactamente el último día,
sino el penúltimo, para que los asistentes pudieran
desayunarse tranquilamente la mañana después y
disponer de toda la tarde libre. El servicio fue muy
bien aceptado; solo dos congresistas no hicieron uso
de él; eran jóvenes guapas y discretas, sabían que
sus cuerpos valían tanto como su silencio y querían
seguir trabajando para la compañía Show Business,
que pagaba un poco mejor que el resto.

~57~
Él se preguntó por qué todas las muchachas del
catálogo eran jóvenes, pero sintió que se trataba de
una pregunta incómoda, dado que habitualmente
los hombres las prefieren. Quizás se le ocurrió por-
que estaba un poco desganado. Ojeó el catálogo con
las jóvenes disponibles y eligió una, sin mucho en-
tusiasmo, pero una vez en la habitación, comenzó
a encontrarle defectos. Le pareció demasiado joven,
demasiado delgada, tenía los cabellos demasiado
largos, también. Pero inmediatamente recordó que
solían gustarle las mujeres jóvenes, delgadas y de
cabellos largos. No era fea ni mucho menos. Tenía
un rostro muy atractivo, de pómulos salientes, ojos
azules (no celestes, los celestes suelen ser poco ex-
presivos) y los cabellos estaban teñidos de un color
muy atractivo, rubio con reflejos rojizos. Quizás era
el cuerpo lo que no le acababa de excitar; era flaca,
pero las muchachas jóvenes solían serlo. Además, no
tenía una sola arruga y los senos parecían redondos,
con una pequeña hendidura entre los dos, que no
tardó en diagnosticar: pecho excavado, esternón
hundido. A poco de entrar en la habitación, ella
intentó desabrocharle el cinturón, de manera insi-
nuante y experta, pero él la rechazó con un gesto y
se dirigió al minibar, del cual extrajo dos botellines
de whisky. Los abrió y le ofreció uno.
Le dijo que necesitaba un poco más de tiempo,
y ella esbozó una suave sonrisa de asentimiento. Se
veía que estaba bien enseñada. Enseñada a obedecer.
Después, con un gesto, le indicó que podía comerse

~58~
la lustrosa fruta de la cesta que todos los días colo-
caban sobre la mesa de la salita, y que él no había
probado: brillantes manzanas Royal, aterciopelados
kiwis, cerezas oscuras, anaranjados caquis con su
piel perfumada. Ella dijo que no tenía hambre. Él
buscó algo de qué hablar, pero estaba espeso, no se
le ocurría nada. El tubo con las muestras del nuevo
medicamento estaba allí, en la mesilla de luz. Ella lo
miró con interés.
—¿Me das una? —le preguntó.
—No, por Dios —contestó él—. ¿Qué crees que
es?
—Éxtasis o algo así. Eres médico, ¿no? Mis ami-
gas siempre dicen que los mejores clientes son los
médicos. Te hacen recetas de anfetaminas gratis,
tienen pastillas de toda clase y si se lo pides, te re-
visan sin cobrar. A mí me gusta mucho probar sus-
tancias nuevas; se llaman así, ¿verdad? sustancias.
Pero no vayas a creer que soy una drogadicta, eh...
Yo tengo un control. Si no tuviera, me echarían de
la compañía. Son gente muy estricta y responsable.
De total confianza. Yo lo pruebo y lo dejo —dijo,
mirando con curiosidad el tubo de cápsulas blancas
y rosadas.
—No es lo que tú piensas —dijo él—. Es un me-
dicamento contra el cáncer de pulmón. Si te tomas
una, te pasarás la noche vomitando, con dolor de
cabeza, escalofríos y diarrea.
Ella lo miró escépticamente.

~59~
—¿Y a eso lo llaman un medicamento? —dijo—.
Pero no me asustas, he visto cosas peores en la vida.
Sin duda, pensó él. Todos los días se veían cosas
peores.
—¿Quieres otro whisky? —le ofreció, a cambio.
—No. El alcohol hace mucho daño a la salud
—respondió—. Tú eres médico. Deberías saberlo.
Fenomenal. El whisky daña la salud; el éxtasis, no.
Eso es lo que detestaba de la juventud: la ignorancia.
—Puedes irte cuando quieras —anunció él—.
No tengo ganas —agregó.
Ella lo miró estupefacta. Debería ser un agarrado;
seguramente había entendido mal y pensaba que te-
nía que pagar el servicio. El servicio lo pagaban los
organizadores.
—No me pagas tú —le informó—. Paga la em-
presa. Y no recibo propinas —añadió, para tranqui-
lizarlo. A veces, los ricos eran los peores. Porque si
era médico debía de ser rico, ¿no?
—Ya lo sé —respondió él—. De todos modos,
prefiero que te vayas.
—Qué raro eres —dijo ella, sin inmutarse—. Me
han pagado por adelantado por estar contigo toda la
noche si lo deseas; soy una profesional muy respon-
sable y me gusta hacer bien mi trabajo. ¿No quieres
una mamada o un tailandés? Todos dicen que mis
mamadas son de miedo. Te la hago y luego me voy.

~60~
Si quieres, vemos una porno primero. Mira, allí en
la mesita está el catálogo...
—No quiero una porno —dijo él—. Son todas
iguales.
Qué tipo más raro le había tocado. Una vez que
tenía la posibilidad de hacer un trabajo bien paga-
do y con un tío con clase, en un hotel de lujo, él le
ponía pegas.
—Todos dicen que la mamo muy bien —presu-
mió ella—. Y si quieres, me la trago.
De pronto a él le pareció infinitamente largo el
tiempo que faltaba para amanecer. Tosió.
—Estoy cansado. Prefiero que te vayas. Y llévate la
fruta; a la mañana traerán más —le dijo, abriendo la
puerta de la habitación.
A la mañana había quedado citado con media do-
cena de colegas, para tomar algo y hacer chistes. No
tenían muchas ocasiones de verse y, cuando se veían,
bromeaban mucho. Él pensaba que era una manera
de superar la angustia. La profesión médica es dema-
siado seria, se necesita tiempo de relajación.
A las diez de la mañana estaban los seis reunidos,
la mayoría con camisas ligeras, por el aire acondi-
cionado, otros, con albornoz, lo cual les daba un
aspecto de nuevos ricos que a él le pareció muy
cinematográfico.

~61~
Él bajó vestido con una camisa rosada y un pantalón
beige, de corte muy elegante, pero sin solemnidad.
Todos parecían haber disfrutado del regalo de los
laboratorios Johnson y James la noche anterior y el
efecto había sido bastante estimulante; estaban ale-
gres y bromeaban entre sí.
Fue el último en llegar y lo saludaron afectuo-
samente. Los seis se conocían por haber trabajado
alguna vez en el mismo hospital o por asistir a los
mismos congresos. Bebían zumos de naranja o de
piña; otros preferían café cortado.
Él pidió un capuchino, pero cuando el camarero
se lo sirvió, tuvo la torpeza de volcarlo encima de la
mesa. El camarero, diligente, se acercó.
—No se moleste, doctor —le dijo, mientras lim-
piaba la mesa—. Enseguida le sirvo otro.
Alguno le preguntó dónde trabajaba ahora. Dijo
que en el Hospital de San Luis, desde hacía tres
años. Todos lo conocían, las opiniones no eran muy
divergentes: se trataba de un buen centro, no estaba
lejos y los pacientes eran de clase acomodada. No
estaba expuesto a esos dolorosos dramas de los en-
fermos que no pueden pagar los tratamientos caros
o tienen que engrosar la larga lista de espera de los
servicios públicos, insuficientes. El Hospital San
Luis había puesto en marcha un plan de asistencia
preventiva que había merecido la atención de otros

~62~
centros competidores. Les informó que estaba en
fase de experimentación.
—Todo está en fase de experimentación —comen-
tó uno de los médicos, riéndose y los otros lo festeja-
ron, fuera lo que fuera que había querido decir.
—No creo que el hb2 sea muy eficaz —murmuró
uno de los médicos de mayor edad, refiriéndose al
nuevo medicamento que los laboratorios Johnson y
James querían poner a la venta. Solo la edad justi-
ficaba esa intervención: después de los sesenta, mu-
chas personas sienten que pueden por fin expresar
libremente lo que piensan.
—Yo que tú no lo recetaría, forastero —apostilló
otro. Era el único que estaba bebiendo whisky desde
temprano y eso lo desinhibía. Era un caso perdido:
nadie había conseguido que dejara de beber y le ha-
bían abierto un expediente por un fallo médico que
sólo la presión de un diputado pariente suyo pudo
evitar que concluyera con la suspensión de empleo
y sueldo.
—No parece tener más efectos secundarios que
cualquiera de los otros medicamentos que están en
el mercado —replicó otro.
—En cuanto la noticia salte a la prensa —comen-
tó uno— habrá mucha demanda. ¿Qué les parece si
compramos algunas acciones del laboratorio?
El rumor de que Johnson y James había fabricado
un nuevo medicamento contra el cáncer de pulmón
que recibió la aprobación de la Agencia Internacio-

~63~
nal de Medicamentos había disparado sus acciones
en la Bolsa.
—Yo esperaré un poco —dijo uno de los médi-
cos—. Ya me ocurrió una vez que invertí una pasta
en las acciones de Revington por una vacuna anti-
palúdica y cuando se demostró su ineficacia, bajaron
de golpe y perdí un montón de dinero.
Al final, en los congresos, a pesar de las chicas gra-
tis, siempre se acababa hablando de lo mismo: de
medicamentos y dinero.
—Estás muy callado —observó otro, que se había
fijado en cuán lentamente tomaba su capuchino.
Sonrió silenciosamente.
—He oído rumores de que a fin de año te ascien-
den a Jefe de Servicio —le gritó otro, desde el otro
extremo de la mesa.
—No es más que un rumor —respondió con cortesía.
¿Sería alguno de ellos quien no había aceptado el
servicio gratuito de las chicas de ligue? Le inspiró
curiosidad. Había dos posibilidades: el borrachín, o
el médico que estaba a punto de jubilarse, y por eso
se sentía en condiciones de decir lo que pensaba.
Salvo que el otro no perteneciera a este grupo, fuera
un médico que no estaba presente en esta pequeña
reunión de la mañana.
—Tendrás un bonito aumento de sueldo —obser-
vó uno de los presentes.

~64~
—Y más responsabilidades —afirmó él.
De pronto se le ocurrió que tenía que volver a la
habitación.
—Aprovechando que estamos reunidos —dijo, sin
elevar la voz— me gustaría que vierais algo... Quiero
enseñarle una cosa —agregó, sin dar detalles.
—Te has tirado a la puta de anoche, la estrangu-
laste sin darte cuenta y ahora no sabes qué hacer con
su cadáver —dijo el borrachín.
—¿Te has casado por fin, so soltero de oro y quie-
res enseñarnos las fotos de la boda? —bromeó otro.
—No. Es que se ha liado con una japonesa y quie-
re presentarnos a los mellizos de ojos rasgados —si-
guió un tercero
—Es algo mucho más técnico y profesional —in-
formó él, poniéndose de pie—. Un caso que me
inquieta y me preocupa; me gustaría saber vuestra
opinión.
Ahora se pusieron más serios. A veces, durante los
congresos, algún médico consultaba a otro acerca de
un caso complejo, pero no era habitual hacerlo en
medio de una reunión. Pero era un buen profesio-
nal; si tenía dudas, debían escucharlo.
—Se aceptan apuestas —gritó el que había dicho
que estaba dispuesto a comprar acciones de Johnson
y James.
Se rieron pero no le hicieron caso.

~65~
Subió rápidamente por uno de los ascensores.
Abrió su habitación con la tarjeta magnética que te-
nía una fotografía de la suite del hotel, con hermosas
vistas hacia la montaña de pinos. Buscó algo en su
maleta de cuero de cocodrilo —regalo de otro labo-
ratorio— y bajó en el mismo ascensor, ocupado por
dos jóvenes médicos, asistentes al congreso, que no
lo reconocieron.
Cuando llegó a la sala donde estaban reunidos sus
colegas, escuchó una melodía cantada por Celine
Dion que le gustaba mucho; le pareció que era la
canción del Titanic. La tenía en su Ipod, pero esta
vez, había viajado sin él.
Los colegas seguían sentados charlando; pero al
verlo dejaron de bromear.
Lentamente, extrajo de un sobre que tenía el mem-
brete del Hospital San Luis en letras verdes (tipo Bo-
okman Old Style) una radiografía.
—Me gustaría que opinaran sobre este caso —dijo,
sin aportar más información.
Exhibió a contraluz la radiografía.
Al borrachín le pareció raro que su colega les pi-
diera opinión; era un tipo muy seguro de sí mismo,
y además, lo estaban por ascender. Se aproximó a
mirar.
El médico al que le gustaba jugar en Bolsa pensó
que les había arruinado la mañana; habían venido

~66~
al hotel para asistir a un congreso, y luego, relajar-
se. Pero algunos colegas eran muy obsesivos con su
trabajo.
El sesentón observó la imagen durante unos mi-
nutos y luego dijo que no tenía dudas, que era un
cáncer, y de los peores. Otro dijo que una vez había
tenido un caso muy parecido, y que le había apli-
cado radiaciones como por un tubo, sin parar, y el
pobre tipo había terminado hecho una piltrafa, des-
hidratado y medio quemado, pero muerto al fin.
—Es un cáncer —contestó uno de los seis reuni-
dos—, ¿por qué no pruebas con el hb2? Como es un
cáncer en fase terminal, dará lo mismo si los efectos
secundarios son letales —se rio.
—Buena idea —dijo el quinto—. Un cáncer sin
remisión.
Yo le aplicaría el hb2 para probar. No se pierde
nada, está frito. Y luego nos cuentas qué tal te fue
con el hb2.
El borrachín aprovechó para brindar.
Elevó aparatosamente su vaso de whisky y dijo:
—Por el caso que nos permitirá probar el nuevo
hb2 elaborado por el laboratorio Johnson y James
que nos ha honrado con este fin de semana encanta-
dor, chicas incluidas —dijo.
—Buena idea —respondió uno—. Será nuestro
primer caso de terminal con hb2. Anotemos la fe-
cha, por favor.
~67~
Algunos sacaron sus libretas de notas, de piel de
cocodrilo, regalo del laboratorio especializado en
hepatitis A, B, y C.
—¿Estamos todos de acuerdo en que se trata de un
cáncer en fase terminal? —preguntó él, blandiendo
la radiografía como un mapa.
—Todos —gritó el borrachín.
—Pongámosle un nombre —sugirió el cuarto
médico—. Podría llamarse, por ejemplo, “El caso
del paciente del hotel Bristol” para recordarlo.
—Creí que estábamos en El Damasco —dijo el
médico al que le gustaba el alcohol y ya estaba com-
pletamente borracho. Lo conseguía por la mañana,
al tercer whisky.
—Tú no te confundas —le replicó el sesentón.
Este es el hotel Bristol y ese es un cáncer como un
camello de grande.
—Hagamos una apuesta —propuso el médico al
que le gustaba invertir en Bolsa—. ¿Cuánto durará
si le aplicamos el hb2?
—Un mes, a lo sumo —dijo el médico número
uno.
—Hijo, qué exagerado eres —le respondió el nú-
mero dos—. Yo apuesto tres meses, a la dosis pres-
crita de hb2.
—Siempre has sido un optimista, a pesar de la
profesión —le espetó el sesentón. Yo apuesto por
sesenta días —agregó y depositó un billete de cien
euros sobre la mesa.

~68~
El borrachín dijo que él no le daba más de veinte
días de vida, con o sin hb2.
—Subo a cuarenta y cinco —agregó el quinto mé-
dico—. ¿Y tú, cuánto apuestas? —le preguntó a él.
—Yo apuesto por veinticuatro horas —dijo.
Los otros se quedaron sorprendidos.
—Tienes que decirnos quién es y desde cuándo le
aplicarás el hb2 —propuso el médico número uno,
que tenía la libreta con anotaciones en tinta azul.
—No voy a aplicarle el hb2 —respondió con mu-
cha serenidad.
—Entonces, no valen de nada las apuestas —dijo
el número dos, decepcionado—. Morirá indefecti-
blemente, entre quince días y tres meses. Deberías
probar, de todos modos con el hb2. Luego, nos
cuentas. ¿Sabes el nombre del caso?
Él reflexionó. Miró por la ventana. Abajo, en la
montaña, había una especie de valle de pinos. Era
una imagen bonita. Pero él no había hecho fotogra-
fías todavía.
—Gracias, señores, por responder a mi consulta
—dijo, con firmeza y suavidad al mismo tiempo—.
Es una radiografía de mis pulmones. Tenía algunas
dudas, quería un buen diagnóstico, a veces es difícil
aceptar la realidad. En cuanto al hb2, no se lo sumi-
nistraré al paciente.

~69~
Cogió la radiografía y se dirigió al ascensor.
No estaba seguro de haber traído la cámara
fotográfica.

~70~
DORMIR DE AMOR

Se conocieron por casualidad en una convención


de la empresa. Estaban reunidos en un gran hotel
los directivos de todas las sucursales y las salas, muy
iluminadas, tenían nombres un poco cursis, como
Mediterráneo, Siboney, Embajador. “No eres nadie
en este mundo si no asistes a media docena de con-
venciones anuales”, dijo él, irónicamente, y a ella le
gustaban los hombres con sentido del humor, es-
pecialmente si tenían los ojos verdes. Debían estar
agradecidos porque se trataba de un hotel de lujo,
con buen servicio de habitaciones, y no se les había
ocurrido —como el año anterior— obligarlos a pa-
sar dos días en un lugar apartado de la civilización,
practicando deportes peligrosos —pin-ball y todo
eso— para “crear sentido de equipo”, como si fueran
adolescentes en un camping o algo por el estilo.
~71~
Ambos lucían etiquetas blancas con sus nombres
en las solapas, igual que los yogures o las galletas,
pero estaban acostumbrados, facilitaba la identifica-
ción, y hasta algunos se sentían orgullosos, el nombre
en letra impresa colgado de las solapas o del cuello
del vestido les parecía una condecoración. “Esta es
mi quinta convención en seis meses”, dijo ella, pero
no quería quejarse, era Directora del Departamen-
to de Producción, ganaba un buen sueldo, quizás
dentro de unos años podría retirarse, ir al cine, leer,
aquellas cosas que le gustaban verdaderamente. En la
vida había que hacer un montón de cosas que no se
deseaban para hacer alguna de las que se deseaban.
Hubo orden de apagar los móviles durante la sesión
de trabajo, que se prolongó hasta las once de las no-
che, porque estaban reunidos allí, en la sala Embaja-
dor de un lujoso hotel para escuchar los informes de
cada sucursal. Sin cenar, porque cada hora de trabajo
de uno de ellos le costaba mucho dinero a la multi-
nacional y no iban a repartir bocadillos, además.
Cuando entraron a la misma habitación (la de ella,
fue tácito acuerdo), se rieron, uno de los reglamentos
de la empresa prohibía mantener relaciones íntimas
entre los empleados, aunque vivieran en ciudades
distintas, como les ocurría. “Creo que nos gusta un
poco la trasgresión, el riesgo”, dijo él, aunque le gus-
taban muchas cosas más: las voluptuosas piernas cu-
biertas por medias negras, los senos bien formados
que se adivinaban a través del escote, el corte de pelo,
el color de la piel y la risa fácil, espontánea. “No sabía

~72~
que me excitaba el peligro”, confesó ella; estaba casa-
da, hasta ahora sus aventuras eran de tipo profesio-
nal: asesora de inversiones, colocaba el dinero ajeno,
se pasaba el día analizando inversiones.
La habitación era grande, tenía una amplia cama
que ocupaba mucho espacio, casi obscena en su pre-
sencia soberana. Pero al principio, hicieron como si
no la hubieran visto, un poco turbados. Él se dirigió
al bar, sirvió dos gin tonic, abrió una bolsa de caca-
huetes y otra de aceitunas, conectó el sonido ina-
lámbrico, había cuatro cadenas, música clásica, lige-
ra, jazz y retro. Eligió retro: a los 40 años era lo más
seguro. “En las dos últimas noches, solo he dormido
cuatro horas”, dijo él: el viaje, la agenda de trabajo,
un contrato que había dado marcha atrás justo en el
momento de la firma, y el cliente que pidió más in-
formes, los clientes siempre tienen razón. “Yo, seis”,
contestó ella. ¿Por qué a su hijo de 10 años se le
había ocurrido romperse el peroné el día antes de la
convención anual de todas las sucursales? “¿Tienes
éxtasis o algo así?” preguntó él, revisando inútilmen-
te en sus bolsillos. Éxtasis era lo que ella necesitaba:
ya no recordaba cuándo había follado por última vez
con su marido, quince minutos por reloj, pero eran
minutos muy caros, minutos multinacionales. “No
tengo nada por el estilo”, respondió, hasta había de-
jado de tomar las pastillas anticonceptivas, consejo
de la ginecóloga. Esperaba que él tuviera un condón.
¿Y si no lo tenía? Hacía muchos años que no follaba
con música, ya no recordaba cuándo.

~73~
Se dio cuenta de que sin una raya no iba a fun-
cionar. Era el cansancio, el maldito cansancio. Ade-
más, no tenía condones. ¿Cómo decírselo? Estaba
muy bella, echada en la cama, aunque no sabía qué
ocurriría si perdía el maquillaje. ¿El hotel no dis-
pondría de un dispensador de condones? No era
cosa de pedirlos por teléfono, como una taza de té
o una ración de tarta. Y estaba demasiado cansado.
Se echó mansamente a su lado. Intentó besarla, pero
un inoportuno bostezo lo interrumpió, tuvo que
contraer los músculos de la cara. Ella también pa-
recía ojerosa, seguramente era la fatiga. Ahora, un
dulce sopor lo invadía. Pensó que se trataba de la
música, como una nana para arrullar a un niño, a
un niño ejecutivo de una multinacional que tomaba
decisiones importantes. Ella quiso decir algo, pero
en realidad estaba agotada, y la música, relajante, la
adormecía a su pesar. En un supremo esfuerzo, él
consiguió cogerla de una mano, y ella se la entregó
blandamente, cerrando los ojos. Así estaban bien,
tomados de la mano, sin hablar, sin realizar un solo
movimiento. El tiempo podía transcurrir —era un
tiempo muy caro— pero ellos permanecían juntos,
mecidos por el sueño como por una barca.

~74~
TERAPIA

La señora Olson fue internada en el hospital psi-


quiátrico luego de varios intentos de suicidio. Todos
los intentos de suicidio habían tenido lugar entre las
seis de la tarde y las ocho de la noche, aunque a las
seis de la tarde, en invierno, ya parece noche, y a las
ocho, en verano, todavía parece día.
La señora Olson no presentaba otros desarreglos
de conducta más que esos repetidos intentos de sui-
cidio que consternaban a su familia, hacían huir a
sus amigos, alteraban la agenda de negocios de su
marido y encolerizaban a su médico, convencido de
que la señora Olson no tenía ningún motivo objeti-
vo para quitarse la vida.
No empleaba métodos violentos. Ingería frascos
de pastillas recetados por una presunta depresión,
~75~
bebía un detergente empleado por la doméstica para
limpiar los suelos o la loción de afeitar de su esposo.
Solo una vez lo intentó con gas, pero fue una ope-
ración complicada, maloliente y la descubrieron en
mitad del proceso.
En ninguno de esos intentos la señora Olson había
dejado una carta explicando los motivos, y tampoco
parecía querer vengarse de alguien. Cuando se recu-
peraba de cada intento no daba explicaciones, pero su
buen ánimo, la responsabilidad con que asumía sus
deberes y obligaciones hacían pensar que se trataba de
pequeños raptos de enajenación completamente aje-
nos a su verdadera voluntad, que era la de vivir. Hasta
que un nuevo intento disuadía a su familia, a los ami-
gos y a los médicos. Una especie de rencor disimu-
lado fue creciendo a su alrededor. El marido ya no
respondía con celeridad a los llamados angustiados de
algunos de los hijos de la señora Olson, cuando le co-
municaba que su madre había intentado nuevamente
quitarse la vida, y su médico particular, la última vez,
pretextó un súbito viaje al extranjero para derivarla
hacia un médico más joven, que no experimentó el
menor interés por el caso, sino por cobrar la factura.
Le recetó antidepresivos, aunque la señora Olson los
había vuelto a usar para su último intento y le acon-
sejó que ingresara en un hospital psiquiátrico de cali-
dad, donde podría ser atendida con mayor cuidado.
Como la señora Olson no deseaba seguir causan-
do problemas a su familia y gozaba de la pequeña

~76~
herencia que le había dejado una tía soltera aficiona-
da a comprar y vender viviendas, decidió ingresar al
hospital psiquiátrico.
No tuvo mayores dificultades para hacerlo. Fue so-
metida a un test, que con las siguientes preguntas:
1) ¿Se considera una persona optimista, poco op-
timista o pesimista?
La señora Olson contestó que no siempre era op-
timista ni siempre era pesimista, pero que nunca ha-
bía reflexionado acerca de esa cuestión. Agregó que
era optimista en cuanto a algunos temas (a los avan-
ces de la tecnología, por ejemplo), pero pesimista
en otros (el futuro del planeta), y que a veces era
optimista durante muchas horas del día, pero dejaba
de serlo al atardecer.
La señora Olson no fue informada acerca de la
valoración de sus respuestas, pero el psiquiatra que
la sometió al test le adjudicó cuatro puntos sobre
cinco en cuanto a inestabilidad emocional.
2) ¿Cree usted en Dios?
La señora Olson dudó mucho, antes de contestar
esta pregunta. Había recibido formación católica,
pero había abandonado la práctica de la mayoría
de los ritos y consideraba que si Dios existía era un
hecho irrelevante para la marcha del mundo, dado
que no intervenía en los acontecimientos humanos.
El hecho de que su marido creyera que el triunfo de
su equipo de fútbol favorito era una prueba de la

~77~
existencia de Dios, pero su hijo, que era del equi-
po rival, interpretara los triunfos también como una
prueba de la existencia de Dios convencieron a la se-
ñora Olson de que si Dios existía, debía mantenerse
al margen de los asuntos humanos. Contestó que a
veces sí y a veces no, lo cual recibió cuatro puntos
sobre cinco en inestabilidad emocional.
3) ¿Se sentía satisfecha con su vida?
La señora Olson contestó que sí, que en general
sentía satisfecha con su vida, excepto cuando no se
sentía satisfecha con su vida.
Esta respuesta recibió un cuatro sobre cinco en
inestabilidad emocional.
4) ¿Consideraba que las relaciones sexuales eran:
a) fundamentales para mantener el equilibrio y la
salud matrimonial; b) tenían importancia pero otros
elementos pesaban más, como la compañía o com-
partir la cuenta bancaria; c) eran poco frecuentes y
no muy agradables.
La señora Olson opinaba que las relaciones sexuales
en el matrimonio empezaban de una manera, seguían
de otra y generalmente terminaban, sin hablar mucho
de ello, y lo mismo opinaban sus amigas, a veces eran
poco frecuentes y poco agradables pero no era cosa de
estar destruyendo el ego de sus maridos, de modo que
optó por dejar este casillero en blanco.
5) ¿Le gustaría encontrarse en la misma situación
que ahora dentro de diez años?

~78~
Esta pregunta inquietó profundísimamente a la
señora Olson. Tenía 48, sus estrógenos habían co-
menzado a disminuir y no se sentía capaz de imagi-
nar su futuro en los próximos diez años. Pensó que
todo, en la vida, era cambiante, hasta las pequeñas
plantas del jardín, y ella no se sentía capaz de prever
el futuro. De modo que con suma honestidad, res-
pondió que no sabía.
La respuesta fue juzgada con cuatro puntos de
insatisfacción sobre cinco.
La señora Olson ingresó al hospital psiquiátrico
con un diagnóstico de bipolaridad.
La familia aceptó el diagnóstico con resignación.
“Pobre mamá”, fue el comentario de su hija mayor, y
“Allí estará mejor”, dijo el varón. En cuanto al mari-
do, corroboró la opinión de su hijo, extrañó el lecho
conyugal vacío la primera semana, pero luego, de-
cidió retomar su olvidada vida de soltero y salir por
las noches. Cuando no tenía ganas de salir, miraba
películas porno y, habiendo recuperado su antigua
afición a la masturbación, tomó conciencia de que
la vida de un hombre maduro, en estos tiempos,
era mucho más cómoda que antiguamente, habida
cuenta de los recursos tecnológicos y la pornografía
de libre circulación.
El psiquiatra que trasmitió el diagnóstico a la fa-
milia les informó que el trastorno de personalidad
que padecía la señora Olson era incurable; posi-

~79~
blemente había estado larvado desde la infancia, y
exigía un “seguimiento” pautado (al señor Olson la
expresión le sorprendió, pero le hizo recordar va-
gamente a la caza, su deporte favorito) mucho más
conveniente en un hospital. La herencia de la seño-
ra Olson aseguraba el primer período de interna-
ción, y luego, se vería, dijo el psiquiatra. “Quiero
que disponga de su propia habitación”, reclamó el
marido con firmeza.
La señora Olson dispuso de una pequeña habita-
ción sin ventana, pero con un televisor. La ropa de
cama se cambiaba una vez por semana y la alimenta-
ción era aceptable, aunque algo escasa, pero los psi-
quiatras querían evitar la obesidad de sus pacientes,
aún a riesgo de la anorexia.
Había una sala de costura (que la señora Olson
jamás visitó), otra de juegos de mesa, como el domi-
nó (que sí visitó, pero donde se aburría), una capilla,
para las más devotas y un pequeño jardín, que las
internas se encargaban de cultivar. A la señora Olson
le gustaban las flores, pero no sentía ninguna afición
por hundir las manos en la tierra.
El tratamiento con antidepresivos y anfetaminas
que le fue suministrado (los antidepresivos para au-
mentar la dopamina y la serotonina, y las anfeta-
minas para disminuirlas) no pareció causar grandes
progresos en el trastorno de la señora Olson. Ahora
pasaba la mitad del día en estado de excitación y la
otra mitad en estado de depresión, lo cual fue atri-

~80~
buido por los psiquiatras del hospital a la bipolari-
dad que la señora Olson padecía desde la juventud,
aunque entonces no se hubiera manifestado.
La familia fue disminuyendo progresivamente las
visitas; la hija mayor se había casado, ahora tenía
muchas más obligaciones; el marido consideraba
que contemplar a su querida esposa ora exaltada, ora
deprimida afectaba su equilibrio psicológico y su es-
tabilidad emocional, y el hijo varón pensaba que era
una pérdida de tiempo ir a ver a su madre, que bien
estaba en un ataque de risa o de llanto.
Los psiquiatras del hospital consideraban que la
señora Olson era una paciente colaboradora; toma-
ba sus pastillas sin resistencia, no se quejaba de la
comida, no reclamaba el alta, pagaba religiosamente
la cuota mensual y los extras (siempre había muchos
extras) y cuando estaba eufórica, la encerraban en
su habitación con el televisor apagado y atada a la
cama; al otro día, estaba deprimida, por lo cual po-
dían desatarla y permitirle salir al jardín.
La señora Olson no manifestaba ningún interés
por conocer lo que ocurría afuera de las cuatro pare-
des del hospital, y si lo hubiera manifestado, se ha-
bría sentido seguramente defraudada; a los tres años
de estar internada, sin embargo, el director del psi-
quiátrico falleció, de muerte natural, y las pacientes
asistieron a una misa en su honor. La señora Olson,
entretanto, había dejado de menstruar, aconteci-
miento que pasó inadvertido para los médicos del

~81~
centro, que continuaban suministrándole las dosis
habituales de anfetaminas y antidepresivos.
Una nueva psiquiatra fue designada en lugar del
director fallecido, y como todas las personas que
asumen una tarea nueva, en sustitución del director
anterior, estaba dispuesta a introducir modificacio-
nes y quiso conocer personalmente los casos de las
pacientes más antiguas de la institución.
La señora Olson consideró muy agradable la en-
trevista con la nueva psiquiatra. Le preguntó cómo
se sentía, y ella respondió con sinceridad, que a veces
bien y a veces mal, como le había ocurrido siempre,
antes y después del ingreso al hospital. Pero tratán-
dose de un trastorno bipolar, como le habían dicho
los médicos, comentó la señora Olson, era algo nor-
mal. La nueva psiquiatra quiso saber si había algún
período del día en que se sintiera especialmente mal.
La señora Olson no dudó en contestar: entre las seis
y las ocho de la tarde. En invierno, a las seis ya era de
noche; pero en verano, a las ocho todavía era de día.
“Así es”, confirmó la joven psiquiatra, quien al bajar
los ojos, descubrió, en la ficha de la señora Olson,
que era la hora en que siempre se habían producido
los intentos de suicidio.
—¿Qué siente a esa hora?— le preguntó.
La señora Olson estaba en su buena hora: después
del mediodía, por lo cual pudo ser explícita en su
respuesta.

~82~
—Angustia. Siento mucha angustia.
Como la psiquiatra recientemente incorporada
a la dirección del hospital se había graduado con
los nuevos planes de estudio, sabia que la angustia
no tiene objeto, por lo cual, no hay que preguntar
a nadie por qué está angustiado. Está angustiado.
Punto.
—También siento inseguridad, miedo, a veces pá-
nico —explicó la señora Olson.
Bien, ahora disponemos de una amplia farma-
copea contra los estados de pánico, reflexionó en
voz alta la nueva psiquiatra. Había recibido orden
de intentar crear plazas para nuevas pacientes; las
antiguas, acogidas a un viejo plan, pagaban menos
que las nuevas. Si pudieran desembarazarse de me-
dia docena de las antiguas, habría lugar para las que
estaban en lista de espera.
Los hombres y mujeres primitivos no disponían
de estos recursos, pensó la nueva psiquiatra. Si a las
seis de la tarde sufrían un ataque de pánico (tam-
poco tenían relojes, pero de alguna manera debían
sentir que se trataba del ocaso) no podían tomarse
una pastilla. Habíamos evolucionado muchísimo
desde entonces.
—También siento hambre, a esa hora —explicó
la señora Olson—. Pero no es un apetito cualquie-
ra —dijo—. Se trata de ganas de comer chocolate.
Específicamente chocolate o algún otro dulce. No

~83~
solía hacerlo —agregó— porque temía engordar. Mi
marido detesta a las mujeres gordas. Yo, también.
Y los hombres y las mujeres primitivos tenían pá-
nico, terror, al atardecer, porque las grandes fieras,
los felinos, abandonaban sus madrigueras para ca-
zarlos, para devorarlos, hambrientos y feroces. Cada
cual su comida.
—¿A alguna otra hora del día experimenta ese de-
seo específico de comer chocolate o dulces? —pre-
guntó la joven psiquiatra.
—No —respondió la señora Olson. Pero en vera-
no, cuando oscurece más tarde, después de las ocho,
es la hora de cenar; entonces, puedo comer postre.
¿En verano el ataque de angustia de la señora Ol-
son ocurría un par de horas después? Menos mal
que los ingleses habían descubierto la glándula pi-
neal. Bien, no habían descubierto la glándula pineal,
pero sí los efectos que la ausencia de luz provocaba
sobre la glándula pineal: una intensa melancolía. La
seguridad social de Inglaterra pagaba los tratamien-
tos con luz artificial a todas las personas afectadas
por esta depresión ambiental.
La nueva psiquiatra le dijo a la señora Olson que
pensaba suspender progresivamente el tratamiento
de anfetaminas y antidepresivos, porque no creía
que luego de diez años surtiera algún efecto y, que le
rogaba que si observaba algún cambio significativo,
se lo comunicara.

~84~
Dos semanas después, la nueva directora del psi-
quiátrico encontró a la señora Olson contemplando
atentamente las flores del jardín. Por sus informes,
no era muy adicta a la jardinería, así que le preguntó
qué estaba mirando.
La señora Olson levantó la cabeza hacia la joven
psiquiatra y le dijo:
—Miro las plantas. Ellas también son bipolares.
En invierno, desaparecen, están tristes y casi secas;
en primavera, florecen. La joven psiquiatra anotó
la observación; estaba escribiendo un ensayo sobre
la bipolaridad, para un congreso que le permitiría
viajar a Bolonia, ciudad que siempre había querido
conocer, pero sin pagar, y quizás esta observación de
la señora Olson le fuera útil para algo.
Al mes de la suspensión de los medicamentos ha-
bituales, la paciente sufrió una aguda crisis de an-
gustia. Eran las seis y diez de un desapacible día
invernal; la luz del sol no se había visto en toda la
mañana, y ahora, la noche caía lentamente sobre el
jardín, sobre el adusto edificio del hospital psiquiá-
trico y todavía no se habían encendido las luces del
interior del edificio, para ahorrar. Una enfermera le
informó a la directora que la señora Olson estaba
encerrada en su habitación, víctima de fuertes es-
tremecimientos, llorando, suplicando una dosis de
sedantes y amenazando con subir a la azotea para
lanzarse al vacío.

~85~
La nueva directora acudió rápidamente a la ha-
bitación de la señora Olson. Ofrecía un aspecto
lamentable. Se había rasgado el vestido, lloraba
amargamente y sus cabellos estaban en completo
desorden. No le cupo ninguna duda de que sufría
verdaderamente. Primero, la llamó suavemente por
su nombre, hasta que la paciente fue disminuyendo
sus sollozos y alcanzó a reconocerla.
—En un atardecer verdaderamente sombrío
—comentó en voz alta la joven psiquiatra, sacan-
do un pequeño envoltorio del bolsillo de su túnica
blanca— se siente una terrible soledad —continuó,
y le alcanzó la pastilla de chocolate—. ¿Se ha dado
cuenta, señora Olson, de que la palabra soledad está
compuesta por la raíz sol?
La señora Olson se lanzó sobre la tabla de cho-
colate y comenzó a devorarla sin tener en cuenta
ninguna norma de urbanidad: la devoraba como los
hombres y mujeres primitivos devoraban los trozos
de carne, o como las leonas y los tigres devoraban a
los hombres y mujeres que habían cazado al atarde-
cer, cuando no había luz.
La psiquiatra encendió todas las luces de la habi-
tación, aunque había una orden administrativa de
no gastar. De ahorrar.
El chocolate y la luz parecieron serenar un poco a
la señora Olson.

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—Es una maldita hora del día en que nadie nos
toca, ni nos abraza, ni nos invita a una barra de choco-
late —murmuró la psiquiatra, y acercándose a la seño-
ra Olson, le hizo una pequeña caricia en la mejilla.
—Estamos muy solos —dijo la paciente—. Pero
después, cuando entre la noche, ya no lo estaremos
—agregó. Habrá concursos de televisión, y cenare-
mos, y nos darán sedantes para dormir.
Ya había devorado la pieza de chocolate. La psi-
quiatra le ofreció una bolsa de caramelos de leche
con azúcar. La señora Olson devoró algunos con
fruición. Los pequeños tigres devoran también es-
corpiones y otros insectos que encuentran por el
suelo. Los mastican con rapidez y luego se los tra-
gan, sin que les piquen.
A los diez minutos de haber devorado el choco-
late y media docena de caramelos, la señora Olson
comenzó a sentirse mucho mejor. Mucho mejor que
nunca. Además, ya se habían encendido todas las
luces del hospital y la noche, fría, densa, ocupaba
el espacio, pero con intermitencias luminosas. Una
farola por allá, dos lámparas de pie por acá. Se po-
dían distinguir los rostros con claridad y también las
intenciones. Solo lo que quería permanecer oculto
permanecía oculto.
Esa noche, antes de retirarse a su habitación (la
joven psiquiatra no tenía pareja y prefería dormir en
el hospital para ahorrarse el alquiler, carísimo, por
lo demás, de un piso en la ciudad), anotó en su cua-

~87~
derno de apuntes: “La señora Olson ha superado su
crisis de angustia y de ansiedad ingiriendo una alta
dosis de azúcares industrializados, polinstaurados”.
Daría orden de que hubiera una dosis de chocolate
y de caramelos de leche siempre disponible, por si
volvía a reproducirse el episodio. Esto le permitiría,
además, incrementar el precio de la estancia de la
paciente en el hospital.
Era invierno y las plantas del jardín parecían ha-
ber muerto de frío.
La señora Olson no salió al jardín esa semana,
pero a las seis de la tarde, cuando su crisis de an-
gustia comenzaba, la enfermera le proporcionaba
una barra de doscientos gramos de chocolate negro
y media docena de caramelos de leche. No siempre
se los comía todos.
A los seis meses, la nueva directora del hospital
psiquiátrico anotó en su cuaderno que la señora
Olson no había vuelto a experimentar fantasías de
suicidio, ni ataques de angustia; tampoco había au-
mentado de peso. Era optimista en cuanto a sus po-
sibilidades de darle el alta.
Asistió al congreso de Psiquiatría en Bolonia, con
el viaje y el hotel pagados, donde presentó una breve
tesis con el título de: “La influencia de los glúcidos so-
bre las crisis repetitivas de angustia crepuscular” que
suscitó poca curiosidad entre sus colegas, que estaban
interesados en un nuevo medicamento muy caro, cu-

~88~
yos efectos secundarios todavía no se conocían, pero
que ya había recibido la autorización de venta en
varios países europeos. En el congreso, ligó con un
colega especializado en el tratamiento de la neurosis
obsesiva, pero el médico tuvo un gatillazo que atribu-
yó al estrés y a ella no le importó demasiado.
Cuando regresó del congreso, le propuso a la se-
ñora Olson darle el alta con un seguimiento con-
trolado, pero la paciente le contestó que prefería
quedarse, y que si se trataba de un asunto de dinero
—como todo, en esta vida, agregó— estaba dispues-
ta a pagar más por su estancia en el hospital. Se había
aficionado al jardín, aunque no le gustaba cultivar,
tenía cierto cariño por su habitación y no echaba de
menos a su familia. Además, ahora que había su-
perado las crisis de angustia crepuscular comiendo
chocolate y dulces, podía servir de ayuda quizás a
otras pacientes: a la chica anoréxica y melancólica, a
la anciana con demencia que empero tenía períodos
de lucidez en que necesitaba conversar o a la mujer
maltratada por su marido que ansiaba volver a verlo,
porque sabía que él de todos modos la quería, de lo
contrario, no le pegaría.
La joven directora consideró que, si la señora Ol-
son pagaba lo mismo que las nuevas inquilinas del
hospital podía quedarse; sería muy útil y, además,
había comenzado a angustiarse sin motivo al atarde-
cer: podrían comer las barras de chocolate al mismo
tiempo, llorando un poco juntas.

~89~
COMO LA CHISTERA DE UN MAGO

Una mañana, los transeúntes de City Light que cami-


naban por la avenida principal se sorprendieron ante
una inesperada lluvia de billetes verdes de cien dóla-
res, lanzados al aire, desde la puerta giratoria del Cha-
se Manhattan Bank por David Thomas, ex propieta-
rio de una pequeña tienda de electrodomésticos.
A los policías que enseguida lo detuvieron, David
Thomas les explicó que acababa de asaltar el banco.
En efecto: David Thomas, ex propietario de una
pequeña tienda de electrodomésticos, había asaltado
el banco con una pistola de juguete, a plena mañana
y a cara descubierta. En ningún momento intentó
huir. Luego de apoderarse de la saca que contenía
miles de dólares en billetes de cien, en lugar de huir

~91~
en un auto o en un helicóptero, como ocurre en las
películas, David Thomas se había apostado a la puer-
ta del banco y empezó a lanzar los billetes al aire,
como un mago extrae de la chistera globos de colores
que los niños intentan atrapar. Esta fue la metáfora
que el mismo David Thomas empleó ante los psi-
cólogos designados por el tribunal que lo juzgaba.
Los miembros del tribunal (cinco hombres y cinco
mujeres) no quisieron emitir su veredicto antes de
que una comisión de psicólogos examinara a David
Thomas.
El tribunal médico estaba compuesto por tres per-
sonas: un psicólogo, un psicoanalista y un psiquiatra
conductista. A pesar de la conocida rivalidad entre
estos profesionales, el tribunal pensaba que si po-
dían ponerse de acuerdo, evitarían la apelación del
psicoanalista si el fallo lo había emitido el psiquia-
tra, la apelación del psiquiatra si el fallo lo hubiera
emitido el psicólogo, y la apelación del psicólogo si
el fallo lo emitía el psiquiatra.
En cuanto el abogado defensor (de oficio: David
Thomas se había declarado insolvente, por lo cual el
juzgado de City Light había designado a un aboga-
do joven, recién licenciado y sin despacho propio)
confiaba en poder demostrar con facilidad que su
cliente había sufrido un rapto de enajenación men-
tal transitorio. El reo no tenía antecedentes, ni si-
quiera una multa por conducir a alta velocidad, sus
impuestos estaban al día y había realizado el servi-

~92~
cio militar con informes muy favorables. El joven
abogado confiaba en obtener un diagnóstico de la
comisión médica que probara fehacientemente la
pasajera alteración mental de David Thomas, con lo
cual se libraría de la cárcel: solo tendría que someter-
se esporádicamente a ciertos controles psicológicos.
Estaba seguro de que su cliente no volvería a delin-
quir (asaltar un banco y repartir el dinero robado
no era un acto fácilmente repetible: en realidad, se
trataba de uno de esos hechos que pueden realizarse
una sola vez en la vida). Además, el asalto al banco
había sido incruento: David Thomas asaltó la su-
cursal bancaria del Chase Manhattan Bank provisto
solo de una pistola de juguete —eso sí: una réplica
perfecta— adquirida en una tienda de Las Vegas.
Sin embargo, el joven abogado se encontró con
una inesperada dificultad: la obstinación de David
Thomas en describir su acción como un gesto poético
y no como un rapto de locura. ¿Ambas cosas eran
lo mismo? Aunque el abogado pensaba que sí, te-
mía que esa identificación pudiera ser discutida por
los miembros del jurado, especialmente por las tres
mujeres: el sexo femenino solía tener cierta propen-
sión a la poesía, o sea, a la ilusión. Si David Thomas
insistía en presentar sus actos como una gesta poéti-
ca, adiós al eximente jurídico de locura transitoria:
David Thomas mano armada. “Es así como termi-
nan los poetas”, reflexionó el joven abogado. ¿No
era más fácil confesar que su cliente había sufrido un
pequeño ataque de locura, breve y reversible, duran-

~93~
te el cual, enajenado, asaltó un banco y luego lanzó
el dinero al aire, sin ton ni son?
—La prueba más contundente de su locura es pre-
cisamente que no huyó, ni escondió el dinero en lu-
gar seguro, como hacen los delincuentes normales,
sino que lo lanzó inconscientemente al aire —dijo,
en alta voz, satisfecho, el abogado: le parecía una
argumentación irrebatible.
—Inconscientemente, no —lo refutó David. Lancé
los billetes al aire porque eso era exactamente lo que
quería hacer.
—Al pervertir la finalidad de una acción —dijo el
joven abogado— demuestra, precisamente, su ins-
ania. David Thomas pestañeó.
—“¿Pervertir?” —repitió, como si la palabra lo de-
jara perplejo.
—Oh, no —contestó, luego de encender un ci-
garrillo: yo quería asaltar ese banco y luego, lanzar
los billetes al aire, entre la gente. Era esa la finalidad
de mi acto. Este David Thomas era un tipo obceca-
do, reflexionó el abogado. La prueba de ello es que
acababa de encender un cigarrillo, cuando ya nadie
fumaba, ni los más antiguos en el vicio.
—Eso carece de lógica —sentenció el abogado—.
Permítame demostrar, ante el jurado, que un delin-
cuente normal, o sea, alguien que no está loco, ni
sufre un rapto de enajenación, asalta un banco para
robar el dinero y, luego huye, procura escapar lo más
rápido posible, para que no lo atrapen y conservar
el dinero.

~94~
—Eso es un delito —dijo David Thomas, irrita-
do. Jamás había engañado a nadie en el precio de
un artículo, en su tienda, ni falseado los datos de
sus impuestos. El joven abogado suspiró: por suer-
te, para probar la enajenación mental transitoria de
su cliente contaba con una causa inmediata: David
Thomas, propietario de una pequeña tienda de artí-
culos electrodomésticos, tres meses antes de asaltar
una oficina del Chase Manhattan Bank y lanzar al
aire el dinero robado, se había divorciado de Linda,
su mujer, y seguramente este episodio lo trastornó.
—En efecto —confirmó el psicólogo del tribunal
médico. La depresión es una consecuencia habitual
de separaciones, rupturas, pérdidas afectivas o pecu-
niarias. Si la depresión es profunda, puede ocurrir
un brote psicótico, de carácter reversible, la mayoría
de las veces, y que no produce daños permanentes.
—¿Qué hizo usted cuando se divorció de su mu-
jer? —preguntó el conductista.
David Thomas reflexionó unos instantes.
—Creo que di una fiesta —contestó. Enseguida
rectificó—: No al otro día, naturalmente, pero sí a
la semana o algo así.
—¿Quería festejar su divorcio? ¿Se sentía eufórico?
David Thomas pensó un momento. Luego, contestó:
—No tenía nada que celebrar. Linda y yo nos di-
vorciamos de común acuerdo, y ella se fue a vivir
con su madre, a la ciudad donde nació. No estaba

~95~
contento, pero tampoco especialmente triste. Fue
un divorcio sencillo: no teníamos nada que repro-
charnos, ni hijos que repartir. Yo vendí la tienda y
le di la mitad del dinero a Linda: creo que le corres-
pondía. No era mucho dinero, pero podíamos hacer
con él lo que queríamos. Yo trabajaba desde los 15
años y ese dinero era todo lo que tenía. Di una fiesta
porque tenía ganas de hacerlo: nunca había podido
dar una fiesta, porque había que pagar las letras de
la hipoteca, o pintar la tienda o cambiar los sofás
del salón. Como trabajaba casi todo el día, y el resto
del tiempo estaba con Linda, tampoco tenía muchos
amigos. De modo que invité a mi fiesta a la gente
que pasó por la calle.
—¿Era gente desconocida? —preguntó el psicólo-
go, aunque había escuchado perfectamente la des-
cripción de Thomas.
—Ya he dicho que no tenía amigos. Me pasaba el
día trabajando o arreglando la casa: una teja del te-
cho, una puerta que cerraba mal, el motor del auto.
Si no hubiera invitado a desconocidos, no habría
podido hacer la fiesta. ¿Qué más da? La gente en-
traba a la fiesta, bebía, comía, bailaba un poco y se
hacían relaciones nuevas. No se necesitan muchas
afinidades para beber y comer, especialmente, si es
gratis.
—El uso del dinero es un síntoma inequívoco del
estado mental de las personas —sentenció el psicó-
logo. Las dificultades con el dinero significan otra
cosa. El dinero es puro símbolo.

~96~
A Thomas esta intervención del psicólogo le gustó
mucho. Se le iluminaron los ojos y subió el tono de
la voz.
—Precisamente —confirmó Thomas—: el dinero
es un símbolo. No crea que todo el mundo lo sabe
—agregó—. Yo mismo lo ignoraba hasta que fui a
Las Vegas. ¿Han ido ustedes a Las Vegas? —pregun-
tó David, como si de pronto, la mágica ciudad pu-
diera ponerlos a todos de acuerdo.
El psicoanalista freudiano consideraba que un
profesional jamás debe responder a una pregunta de
un paciente, ni con un sí ni con un no; a lo sumo,
y si la situación lo hace imprescindible, puede hacer
un pequeño gesto con la cabeza, tan ambivalente
como para que sea interpretado de una manera u
otra. Después, se puede analizar la interpretación
del paciente. El psicólogo tenía como norma ha-
cer preguntas, y no aceptar, bajo ningún pretexto,
el cambio de roles que un paciente taimado podía
proponer con aire inocente o deprimido. En cuanto
al conductista, pensaba que las preguntas siempre
eran innecesarias, tanto como las respuestas, y que
justamente, preguntar o contestar eran síntomas
neuróticos.
David Thomas se quedó sin saber por siempre ja-
más si alguno de aquellos especialistas había conoci-
do Las Vegas; personalmente, se entiende.

~97~
Decidió no importunar, y dio por sobreentendi-
do que el nombre de la ciudad significaba algo para
ellos.
—En Las Vegas comprendí la dimensión simbólica
del dinero —prosiguió David Thomas. (El conduc-
tista hizo una anotación en su libreta: el reo comen-
zaba a hablar en jerga psicoanalítica, como había
denunciado su eminente colega Philip Andrews: la
relación psicoanalítica, por efímera que sea, produce
cambios en el habla. Es el único cambio que produ-
ce, escribió su eminente colega.)
—En las máquinas de Las Vegas (yo era novato y
no me atreví al principio con la ruleta: solo empecé
por las tragaperras) nada depende de nada: una tarde
—contó David Thomas— perdí todo el dinero de la
venta de la tienda, años de trabajo y de responsabi-
lidad pero, a la mañana siguiente gané cinco veces
más. En una sola mañana, señores, gané más que en
veinte años de trabajo. Perder, ganar: el dinero iba
y venía, se reciclaba, entraba en un lado, salía por
otro, sin que mediara ninguna causa, ningún afecto.
Era un juego, solo un juego —dijo Thomas.
Al psicólogo le pareció que la descripción del reo
demostraba claramente su propensión al delirio: ha-
bía tomado la Ciudad de Las Vegas por la realidad,
cuando todo el mundo sabía que era una fantasía.
El joven abogado (que nunca había estado en Las
Vegas ni jamás había comprado un boleto de lotería)

~98~
se sintió conmovido por la inocencia de su cliente, y
sin darse cuenta, intervino:
—David, hombre —le dijo—, Las Vegas está he-
cha para engañar a la gente. Te roban el dinero si
eres tan tonto como para arriesgarlo.
Thomas lo miró con absoluta seriedad.
—“¿Roban el dinero?” —repitió—. Eso sería un
delito —agregó— y la ciudad no podría funcionar.
Las agencias anuncian viajes a Las Vegas con entra-
da gratis a los casinos y la mayoría de las revistas y
de los libros turísticos promocionan la ciudad y sus
entretenimientos. No se trata de algo ilegal —con-
cluyó—. Si lo fuera, el ganador no podría irse con
sus ganancias; estaría sentado en un tribunal, como
yo. Y el alcalde, y las autoridades. Y los fabricantes
de las máquinas. Y los empleados del casino.
—Puedes hacer lo que quieras con tu dinero
—dijo el psicólogo, que estaba irritado—. Siempre
que sea tuyo. Pero no puedes asaltar un banco y lue-
go echar los billetes a la calle, como si fueran papel
de diario.
—¿Y se los puede recoger? —preguntó Thomas,
con aspecto inocente.
El abogado y los especialistas se miraron entre sí.
El abogado decidió que si no podía fundar la defen-
sa de su cliente en un rapto de enajenación mental,
lo fundaría en imbecilidad; David Thomas sufría el
bloqueo parcial de sus facultades intelectuales.

~99~
—Una vez, en Las Vegas —explicó Thomas— ob-
servé el intenso placer de un hombre que ganó mu-
cho dinero en una tragaperras. Era verdadero placer
—insistió—. Un placer que no se podía comparar
a ninguna otra cosa: ese hombre gozaba de un he-
cho raro en la vida: ese dinero no se debía a nada.
No hizo esfuerzos para obtenerlo; no demostraba ni
su capacidad de sacrificio, ni su inteligencia, ni su
habilidad, ni su astucia. Era un don genuino —con-
tinuó David—: algo que no se debía a nada, ni que
obligaba a nada. Ni siquiera —agregó— a una in-
tensa tarea de seducción. Algo así como la poesía
—concluyó.
“Delirio fantasioso posdepresivo”, escribió el psi-
cólogo en su libreta. “Intenta fundar lo ilusorio en
el desorden del mundo. Paranoia genialoide. Deseos
de convencer, de hacer participar a los demás en sus
ilusiones”, escribió el psicoanalista freudiano. “Se es-
capa de la frustración a través de lo ilusorio. Carece
de instrumentos de defensa reales frente a la adversi-
dad”, apuntó el psiquiatra conductista.
El abogado estaba harto y confuso. Cuando es-
taba harto y confuso, solía ponerse agresivo. Lo
mejor era no defender a este reo de ninguna mane-
ra: si hablaba ante los jueces, no sería necesario su
alegato (y ya había decidido no presentar alegato
alguno): su oratoria sería una prueba irrefutable de
enajenación mental. Ahora bien: ¿sería una enaje-
nación transitoria o permanente? Porque si el tri-

~100~
bunal consideraba que este hombre estaba loco de
remate, lo encerrarían de por vida en un psiquiá-
trico. Y seguramente entonces, él, como abogado
de oficio, tendría que presentar una apelación. No
pensaba apelar: las apelaciones eran largas y difíci-
les. ¿Por qué no le había tocado un caso común y
corriente? Un camello, un traficante de heroína, un
maltratador de mujeres, cualquier delincuente nor-
mal: un tipo que asalta a otro en una calle, le roba
su dinero y luego se lo gasta en cocaína, o mata a
su mujer de una paliza.
—Lanzar el dinero del banco al aire, dejar volar
los billetes y que los transeúntes los atraparan como
globos de colores salidos de la chistera de un mago
—dijo Thomas— era ofrecer uno de esos placeres a
mucha gente. La única vez en que obtendrían algo
sin sudor, sin dolor, sin mentiras, sin inteligencia,
sin seducción, sin leyes de oferta y demanda —in-
sistió Thomas.
—Pero ese dinero era del banco —dijo el abogado,
de malhumor. No puede repartir lo que no es suyo,
ni siquiera para proporcionar placer a los demás.
—De alguien, también, es el dinero de las traga-
perras, de la ruleta, del blackjack —dijo Thomas.
Todo dinero es de alguien, pero se mueve, circula.
En realidad, mi delito —confesó— es haber dis-
torsionado los circuitos habituales de distribución.
Algo así como un gesto revolucionario —dijo, y se
rio socarronamente.

~101~
“Delirio mesiánico”, apuntó el psicólogo en su li-
breta. Al observar que sus palabras eran anotadas, Da-
vid se alarmó.
—Era una broma, solo una broma —se disculpó.
Nunca hubiera asaltado un banco para quedarme
con el dinero —declaró—. Ni habría amenazado a
un modesto empleado con una pistola verdadera.
—Aun si lo consideran un loco pasajero —dijo el
abogado—, está el problema del dinero: no se ha po-
dido recuperar, y dudo mucho de que pueda hacerse.
—Sería absolutamente doloroso desposeer a toda
esa gente del único placer verdadero que han tenido
en sus vidas —dijo David. Si usted recibiera un pre-
mio de la lotería, ¿lo devolvería?
El abogado aporreó la mesa con su libreta de
notas.
—Una cosa no tiene nada que ver con la otra —se
defendió.
—Tiene razón —admitió Thomas. Para ganar a la
lotería, es necesario apostar. Y hay que apostar mu-
chas veces, antes de ganar, si es que gana. Otra vez,
la relación causa-efecto. Los que cogieron el dinero
que arrojé al aire —como globos salidos de la chiste-
ra de un mago— no tuvieron que apostar. Un hecho
tan simple y vulgar como caminar por la acera del
banco, para ser agraciados con el don.
—No exageremos las cosas —terció el psicólo-
go. ¿Cuántos billetes habrá podido coger aun el
transeúnte más rápido y habilidoso? ¿Cinco? ¿Seis?

~102~
¿Ocho? Aunque todos los billetes fueran de cien dó-
lares, nadie se hace rico con eso.
A Thomas la pareció que el psicólogo recreaba la
escena (el acto por el cual se le juzgaba) con un apa-
sionamiento sospechoso: como si hubiera querido
estar allí y ser uno de los beneficiados.
—El único dólar que no se obtiene ni con trabajo,
ni con astucia, ni con inteligencia. El único que pue-
de sustraerse a la diabólica relación compra-venta, es
una fortuna en sí mismo, como si multiplicara por
ene su valor.
—¿Ha dicho diabólica relación? —le preguntó el
freudiano al conductista. Por principios, no solía ha-
blar con especialistas conductistas, por una cuestión
de diferencias conceptuales, pero no estaba seguro
de haber oído bien.
—Es un desplazamiento —observó el conductis-
ta—. La relación diabólica debe de ser otra. Segura-
mente con su madre.
—No sabía que usted era freudiano —se sorpren-
dió el psicoanalista.
—No lo soy, pero yo también tuve una madre
—suspiró el conductista.
—Lo único que hay que demostrar —dijo el abo-
gado, cada vez más nervioso; era la hora de una final
de basket entre el City Light y los Rokers Boys y
tenía dos entradas, una para él y otra para su chica—
es que el reo, David Thomas, no estaba en pleno uso
de sus facultades mentales cuando cometió el acto.
Y que fue una enajenación transitoria.
~103~
—Lo volvería a hacer —declaró Thomas, convencido.
—El sujeto no distingue de manera clara entre la
realidad y la fantasía —diagnosticó el psicólogo.
—Un poeta escribió que nadie había observado
que el césped era verde en Central Park hasta que
otro poeta lo escribió —argumentó Thomas.
—Qué tontería —reflexionó el conductista. Todo
el mundo sabe que el césped es verde en cualquier
parte del mundo. No conocía al poeta citado por
Thomas, y además, desconfiaba de la literatura en
general, y de la poesía en particular. Como cualquier
psicólogo, había querido ser escritor, cuando joven,
pero desde el punto de vista económico, su especia-
lización era mucho más rentable.
—Yo aconsejo una terapia de corte psicoanalítico
—dijo el freudiano.
El conductista hizo una mueca despectiva.
—Por lo menos refuerza el sentido de la realidad
—insistió el psicoanalista.
—¿Qué realidad? —preguntó Thomas.
—La realidad —dijo el abogado. Ojalá este diá-
logo se hubiera producido ante el tribunal que de-
bía juzgar al reo: el joven profesional pensaba que la
pregunta de Thomas podía ser una prueba irrefuta-
ble de su enajenación mental transitoria.
—Su realidad —contestó el freudiano que no po-
día estar callado.
—¿Sabe una cosa? —dijo David, luego de pensar
un rato—. Cuando era un niño, mi madre me re-

~104~
galó una reproducción de La Gioconda, y me dejó
indiferente. Hasta cierto punto, me desagradó que
un retrato que me parecía tan anodino fuera tan fa-
moso. Veinte años después, se convirtió en mi cua-
dro favorito.
—Lógicamente —dijo el psicoanalista. Su percep-
ción de la realidad había cambiado.
—Quizás a ustedes les ocurra lo mismo —opinó
David. La poesía es una cuestión de estado de ánimo.
El jurado consideró que David Thomas había asal-
tado un banco y esparcido el dinero por los aires
en un rapto de enajenación mental transitoria. Los
informes psiquiátricos avalaban el fallo. Su falta de
antecedentes y el hecho de que hubiera confesado y
colaborado espontáneamente con la policía fue con-
siderado un atenuante. David Thomas no perdió la
libertad, pero fue sometido a un tratamiento psi-
quiátrico ambulante, consistente en la ingestión de
dos medicamentos —un estimulante de la serotoni-
na y de la dopamina y un inductor del sueño— que
él, meticulosamente, arrojaba al cubo de la basura.

El dinero nunca fue recuperado.

~105~
LA LECCIÓN DE ZOOLOGÍA

—En el período del celo —digo, remarcando


la palabra período— las hembras emiten un olor
particular: esparcen por el aire nocturno —se ha
comprobado que el celo alcanza un clímax con
la oscuridad— miles de partículas odoríferas que
impregnan el contorno: los puntos brillantes en el
cielo —digo, excitado—. Posiblemente —agrego,
desquiciado— esas partículas no solo tenían olor,
sino también luz: diminutas luciérnagas encendi-
das en la oscuridad de la noche para atraer al ma-
cho inseminador. Por el olor eran reconocidas. El
olor las delataba, sin que ellas lo supieran. (Me pa-
seo por el aula, rodeado de dóciles cachorros que
toman nota de manera obediente, sin elevar la ca-
beza, incapaces de mirar: limpios, domesticados,

~107~
atiborrados de conocimientos abstractos, deseosos
de cumplir las normas, de aprobar, de ser profe-
sionales, de lucrar.) Durante el celo —agrego, de
manera doctoral— las membranas que recubren el
orificio de penetración de la hembra destilan sus-
tancias humectantes (llamadas icor, por los poetas)
que lubrifican las paredes y se producen unas rít-
micas contracciones musculares (apodadas tem-
blor, por los poetas) similares a las del parto, y de
carácter espontáneo. El dulce orificio, por lo demás
—continúo— se contrae, de modo que al produ-
cirse el vacío, se escucha un sonido particular, el de
las paredes musculares al despegarse. Podría decirse
—agrego, ebrio, hiperbólico— que el sexo de las
hembras habla. Gime. Demanda. Exige.
Me paseo de manera acompasada y regular por
el aula. Elevo imperceptiblemente la cabeza: mis
narinas se dilatan y percibo el olor seco de la tiza,
del polvo, del suelo. La sequedad no es afrodisíaca.
Daría cualquier cosa por oler la humedad de una
planta, esas plantas carnosas y envenenadas de los
grandes invernaderos, que crecen y se alimentan en
la densidad de sus cámaras ocultas, protegidas por
claraboyas. El sexo de las plantas es menos conocido
que el de los animales. Pero lo tienen, ahí escondido
en sus receptáculos vegetales. Observo a las hembras
de la clase. Rostros feos, anodinos. La palidez de la
civilización: lácteos desnatados, frutos sin vitaminas,
reducción del colesterol. Hipertrofia de la mente, en
detrimento de la carne. Solo una está turbada. Tiene

~108~
los ojos azul turquesa, brillantes, y transpira de ma-
nera involuntaria.
—En niveles altos de excitación —continúo. La
determinación sexual del objeto es irrelevante. El
toro inseminador —digo, mirándola fijamente— se
excita ante la vista de otros toros y en el momen-
to de dar el salto —llamado, por los poetas, asalto
—agrego— su pene es dirigido hacia un receptá-
culo artificial en forma de vagina. De ese modo se
obtiene abundante semen, capaz de fecundar a nu-
merosas vacas, que no han tenido contacto con él.
El instinto —digo— es poco selectivo. Del mismo
modo —continúo, paseándome por el aula, y vol-
viéndome bruscamente, para descubrir la turbación
de la muchacha de ojos turquesa— una hembra hu-
mana, convenientemente excitada, en el clímax de
las contracciones vaginales espontáneas, puede re-
cibir para su placer un músculo vibrátil dotado de
numerosos vasos sanguíneos o cualquier otro objeto
sustitutivo, incluidos los mecánicos que se adquie-
ren a precios razonables en las tiendas —concluyo
irónicamente—. El comentario ha despertado unas
tímidas sonrisas alrededor. Ahora hay más alumnos
turbados. Ella tiene la piel blanca, como correspon-
de a nuestra raza occidental, pero el pelo negro. Me
entretengo pensando en las mezclas étnicas que tal
configuración oculta. ¿Un emigrante italiano, par-
tido de Génova, a bordo de un barco de carga, que
entre sacos de arpillera y gruesas maromas fecundó
a una semita que huía de los campos de concentra-

~109~
ción? ¿Una rusa blanca, violada en una calle oscura
por un teniente del ejército napoleónico?
—El destino de las especies se perfecciona con
los cruces —digo, dando grandes pasos por el aula.
(Rostros blancos, inmaculados, me observan. Doce,
trece generaciones que no han conocido la mezco-
lanza. Débiles genes que se han extendido a través
de la sangre, sin contaminar.)
—Hemos perdido la facultad de oler —agrego,
mirándola fijamente—. Los jugos genitales que se
derraman entre los pelos de los animales ya no nos
guían con su certera intuición. Nuestro instinto se
ha debilitado, atenuado por los afeites. Es en vano
—digo— que los perfumes de los frascos intenten
despertar aquello que hemos matado. Los perfumes
van dirigidos a la imaginación, no al instinto. De
pronto, me dirijo a ella deliberadamente:
—¿Conoce los nombres de los perfumes de hom-
bre? —le pregunto en tono neutro.
Se ha ruborizado. Algunas de las transformaciones
aparentes de las hembras en celo: el aumento de ta-
maño de los músculos que rodean el ano, la turgen-
cia de las mamas, el lustre de los pelos, la afluencia
de saliva. En las mujeres, el rubor.
—Andros —dice ella, con voz quebrada.
Y el quiebre de la voz. Una vez, hice el amor con
una mujer, y cuando acabamos, su voz había enron-

~110~
quecido de tal modo que era la de un hombre. Tardó
cierto tiempo en recuperar su tono natural.
—Sí —digo: una apelación el animal que fui-
mos—. Andros —repito—: pero los animales no
hablan, no por lo menos de manera articulada. El
deseo, para ellos, no pasa por la palabra. Pero gimen.
Largos lamentos de hambruna sexual. ¿Quién reco-
nocería, en medio de la noche, en la gran ciudad, el
quejido brutal, estentóreo, alerta, de un macho en
celo?
Ahora se ha ruborizado vivamente. Aprieta las
piernas. No lo puedo ver, porque la larga falda que
la cubre me lo impide, pero puedo imaginar sus
muslos apretados: la contracción instintiva para no
perder, para no admitir al intruso seductor que la
anhela.
—En cambio —digo— reconocemos otros so-
nidos. La alarma de la sirena que conduce enfer-
mos o traslada bomberos. El ronroneo del metro.
Las escalas del vecino, que toca el piano. El timbre
de la puerta. Pero los olores naturales nos asustan
—sigo—. Nos recuerdan demasiado vivamente al
animal oscuro que nace entre vísceras sanguinolen-
tas y muere en un vértigo de células destruidas.
Doy por concluida la clase. Se levantan, torpes, in-
hibidos. Los pantalones aprietan sus partes, dificul-
tan la circulación. Tienen los testículos contraídos,
el pene flácido entre la ropa. Ella oprime sus senos

~111~
en cóncavos sujetadores. A veces, hasta podrían de-
cirse que no tienen senos. Y sus clítoris se amodo-
rran, constreñidos por el nailon.
Al salir del aula, le doy un libro y le digo:
—La espero a las ocho. Aquí tiene, mi dirección.
Se sonroja y me mira sorprendida. Es alta. Camina
con elegancia: unos hábitos aprendidos generación
tras generación. Nada del confuso animal premo-
tivo. Pero de toda su figura se desprende una mez-
cla étnica revulsiva. He visto esos ojos turquesa en
las hembras de los ocelotes que se pasean inquietas
por la jaula. Los pómulos salientes corresponden sin
duda a una antepasada judía que vendía hierbas afro-
disíacas en los mercados de Gerona, cuando Gerona
era hebrea. Pero tiene los pies pequeños, demasiado
pequeños para su estatura: el estigma civilizador.
Cuando llego a casa me quito la corbata Hermes.
Es roja, con ondulaciones amarillas y verdes, como
la piel de una boa. La echo en el sofá. Sobre el tercio-
pelo negro, la corbata, enroscada, tiene la penetrante
quietud de las víboras en acecho. Me quito la camisa
blanca, de seda, con rayas color perla, y la lanzo al
suelo. Entonces aparece mi pelambre oscura. Vellos
largos y tupidos, con gotas de sudor entremezcla-
das. La pelambre brilla, sudorosa. Me desprendo
del pantalón. Mis dos piernas, libres, me exigen la
posición en cuatro patas. Me inclino sobre el sue-
lo; apoyo las manos y las piernas en el parqué. Al

~112~
principio, tengo alguna dificultad para moverme de
esa manera, pero algo, sin embargo, en mi interior,
respira hondamente y se dilata. Es el animal oscuro,
el escondido. El encerrado, el relegado. Camino en
cuatro patas con lenta torpeza, como debieron mo-
verse los antiguos saurios, oscilando entre el agua y
la tierra: demasiado pesados para el medio líquido,
torpes para erigirse sobre dos patas. Mi cuello que-
da a la altura de los muebles. Husmeo. Reconozco
el olor de la madera de las sillas, de la mesa negra
que está en el centro de la habitación. Madera del
bosque, y barniz. El olor del barniz me desagrada,
pero debo acostumbrarme. El polvo también hue-
le: descubro motas de polvo en la alfombra vellu-
da, color sangre menstrual. Tengo hambre. Sé que
tengo hambre porque mi estómago ruge. Escucho
los espasmos de mi estómago con satisfacción: son
mis vísceras que hablan. Me dirijo en cuatro patas
hacia la mesa de caoba. Husmeo, en busca de algo
comestible. No puedo comerme los libros que repo-
san sobre ella, porque el papel es áspero e indigesto.
Tampoco el juego de té de plata, diseñado por uno
de los artistas de moda. No puedo comerme la esta-
tuilla modernista, ni la caja de madera donde guar-
do el tabaco. Hay, en cambio, un recipiente con fre-
sas. Me acerco, penetrado por el olor que despiden
(no muy fuerte: han sido maduradas por el procedi-
miento de refrigeración) y consigo atrapar una entre
los labios. La aprieto contra el paladar y supura. Su
zumo, ácido y dulce, al mismo tiempo, aumenta la

~113~
secreción de saliva. Arrebato otra a la fuente y ocurre
lo mismo. Excitado, sumerjo toda la cabeza en el
recipiente, dejo que las fresas me tapen los ojos, me
inunden la nariz, me manchen la piel. Las aprieto
contra mis mejillas y estallan, menudos sexos rojos.
La comida me ha fortalecido y comienzo a sentir la
tensión de mi miembro entre las piernas. Ahora me
separo de la fuente de fresas y anhelante me paseo
por la habitación, doy tumbos, transpiro. En el reloj
de encima de la mesa veo que son las siete y media.
Estoy excitado y me arrimo a un helecho de largas
lianas que reposa cerca de la chimenea. En cuatro
patas, sumerjo mi cabeza entre sus hojas, buscando
el fresco y la humedad. El helecho se mueve, me
mece los cabellos, se me mete entre los ojos. Aspiro
profundamente la humedad de la tierra en la mace-
ta. Así huelen las mujeres entre las piernas. Nervio-
so, me retiro y me paseo por la habitación. De pron-
to, un clamor comienza a nacer en mis entrañas. Al
principio, no sé qué es. Algo bulle en mis vísceras,
en las oscuras bolsas testiculares. Algo bulle en mi
estómago. Son jugos mezclados con alimentos, re-
siduos de tabaco, líquidos biliares. Entonces gimo.
Un largo lamento, entrañado y salvaje, suplicante y
amenazador. Gimo con todos los huesos, con todas
las vísceras, y la baba chorrea de mi boca como la ra-
bia de un perro. Gimo y balbuceo. Llamo a alguien.
Demando y aterro. En la penumbra de las ocho de
la tarde me paseo sofocado entre los muebles, en
cuatro patas. Es la lascivia elemental, urgente y des-

~114~
piadada. Huelo a carne. En alguna parte, en algún
lugar de esta civilización, hay hembras vestidas con
lujo que encubren y descubren sus cuerpos, los ade-
rezan con perfumes, los adornan y lentamente los
aniquilan con drogas y fritos. Enfundan sus colas en
estuches de seda negra, tiñen sus cabellos con colo-
res brillantes y duermen solas. El lamento se repite,
denso, ebrio, ululante. Más urgente que la sirena de
los hospitales, más enervante que la electricidad que
corre por los cables, más lastimero que los cerdos
que sacrifican para el consumo. Gimo y elevo la ca-
beza: mis narinas, alzadas, descubren el olor de los
pescados que se asan en hornos microeléctricos, de
los huevos frescos batidos con alambre para las tor-
tillas, de la leche espumosa que se deshidrata en los
vasos. Aúllo. Mi miembro, entre las piernas, se erige
como un baluarte. Solo en la ciudad, escindido del
resto, aislado, y en su inmenso orgullo, miembro
destilado para nadie.
Son las ocho, avizoro en la niebla del deseo. Sobre
la mesa hay dos lámparas con globos celestes, senos
prietos y redondos que flotan en la habitación de-
solada. Son las ocho, pienso, mientras mis piernas
chorrean. En ese espasmo inmenso, generoso y soli-
tario, se va la vida. Eyaculo sobre la pared de cal con
cuadros abstractos, de pintores famosos. No hay un
movimiento en esos cuadros, no hay sangre, no hay
heces, no hay estertor, no hay semen, no hay gemido.
Fríos frutos de la mente. Pero abajo, está mi miembro
henchido que brama. Se agita solitario, en cualquier

~115~
parte. Da de sí lo que tiene, lo reparte, generoso, lo
expande sin articulación ni concierto. Es la vida de-
rramándose sin depositario, sin destino. Una exube-
rancia de la creación, como las grandes plantas del
Amazonas, como las enormes tortugas de la playa del
Caribe, como el banano repleto de frutos, inclinado
por su propio peso. Para esta exuberancia no hay, sin
embargo, ni testigos, ni partícipes.
Quedo exhausto, en el suelo, mirando el techo. La
gran eclosión ha terminado. Me siento débil, flojo.
Mis ropas están esparcidas por el cuarto. Son las ocho
y veinte y ella no ha venido. Tendría que haber sido
más civilizado: una cita en una cafetería, una amena
conversación sobre los conciertos de la temporada.
De pronto recuerdo que tengo entradas para el
teatro. Me pongo en pie. Una buena ducha, el per-
fume (uso Loewe para hombres) y el traje nuevo,
bien planchado. Zapatos de charol negro, Valentino,
y un pañuelo de seda blanco en el bolsillo. El reloj,
Cartier. En cuanto a la clase de mañana, debo reto-
mar el hilo de la disertación, en la siguiente frase:
—A determinados niveles de excitación, el sexo
del objeto es irrelevante.

~116~
Orden del libro

After hour. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
La redención. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Se busca. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
Las tres eses. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
Carta blanca. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
Hb2. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47
Dormir de amor. . . . . . . . . . . . . . . . 63
Terapia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67
Como la chistera de un mago. . . . 81
La lección de zoología. . . . . . . . . 95
Esta edición de
Habitaciones privadas
se terminó de imprimir
en el mes de julio de 2014
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Gral. Pagola 1823 - T. 2203 4760
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