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Pedro Arrupe S.J.

Textos sobre EE.

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Sumario:
EL SILENCIO
EL LLAMADO DEL REY
LA ENCARNACIÓN
BANDERAS
BINARIOS
TRES MANERAS DE HUMILDAD
Itinerario Ignaciano: Segunda Semana

EL SILENCIO *

Para entrar una dinámica de oración el silencio es imprescindible. En un

mundo lleno de ruidos, en una sociedad cuyas manifestaciones muchas veces

son estridentes, es necesario recuperar el valor del silencio. Primero el

silencio exterior para poder conseguir una actitud de escucha, pero sobre

todo el silencio interior para recuperar la paz del espíritu.

El P. Arrupe en sus últimos años estuvo reducido al silencio, y lo vivió con

una eterna sonrisa, no tanto como una limitación sino como un espacio

habitado por una Presencia.

Para irnos adentrando en un ámbito de profundidad ofrecemos unas notas

personales del P. Arrupe sobre el valor del silencio.


[1] Es todo un proceso de acallar ruidos, la propia palabra, hasta llegar a la escucha

en el hombre interior del mensaje de todos los seres y del Señor de todos los
seres. Es un vacío, no lleno de nada, lleno de presencias que están allí aunque no les
prestemos atención. No es una evasión de la realidad y de la dureza de la vida
diaria por domesticarla. Es un entrar en lo más profundo de la realidad misma. Es
un viaje al interior de las cosas, de las personas, de la vida. Un renunciar, siquiera
temporalmente, a revolotear en la superficie de las mismas.

[2] Es difícil el silencio. Hay que experimentarlo periódicamente para lograr el

reencuentro de la persona que somos: centro de decisiones.

[3] Es, ante todo, defensa necesaria de la persona y de la personalidad frente a los

ataques a los que estamos ininterrumpidamente sometidos desde fuera; mil vientos
de doctrinas, ante ellos, ni dejarse llevar ni anclarse en el pasado buscando
seguridades falsas.

[4] La libertad personal se reconquista desde el interior de uno mismo palmo a

palmo. El silencio es atmósfera imprescindible para soldar fracturas de personas


descoyuntadas entre decisiones y contradicciones. La extroversión hecha hábito,
hace que dé miedo y vértigo el vacío del silencio y se rebuscan dosis de ruido y
acción, como el drogadicto las busca de droga. Nos debe mover la voluntad de ser
libres y de experimentar esta libertad. Es necesaria la familiaridad con el silencio
de la contemplación para alcanzar amor, para ser apóstol capaz de acoger, educar y
redimir a las personas.

[5] Es distancia necesaria para quien ha de cambiar en la historia haciéndola, no a

ciegas, sino discerniéndola iluminadamente. Una experiencia no reflexionada es una


experiencia no vivida. Hace falta a la vez presencia y distancia de la realidad para
contemplarla en su contexto de relaciones con otras realidades humanas y divinas.
Hay que descubrir todas sus dimensiones y la presencia de Dios en la historia.

[6] Silencio como acogida necesaria del don de Dios que se nos hace en la vida.

Cuando damos la vida no damos nada, devolvemos. Por eso hay que darla cada día
gratuita y generosamente.
[7] Silencio que acoge para dar, como María en la Encarnación. Silencio admirativo,

admirador de todo lo que es vida, allí donde esté. La capacidad de admiración es


uno de los síntomas más claros de la juventud de espíritu.

[8] Es un reducto de desierto interior portátil, lugar de encuentro personal entre

Dios y el hombre. No es un lujo, es el derecho de ser persona. Esta dimensión


personal la purifica del peligro de convertirse en dimensión individualista.

[9] La comunidad católica se amasa a golpes de silencio convenientemente

compartidos. Es una manera de decirse mutuamente el respeto a la necesaria


intimidad del otro e invitarle a que entre en ella.

[10] El silencio es también una manera de palabra cristiana necesaria ante el

misterio, ante el dolor propio o ajeno, ante la violencia y la injusticia que se nos
inflinjen. No sólo será la voz de los que no tienen voz, sino a veces, compartir
también el silencio de los que no tienen voz, como el siervo de Yahvé.

[11] Es el silencio del que discierne sobre la acción de Dios y la suya en el mundo,

del apóstol comprometido por misión con el hombre y su historia. ¡No malgastemos
la Buena Nueva en palabras que no han nacido del silencio!.

* Suplemento de Cuadernos de Espiritualidad, Lima, Centro de Espiritualidad


Ignaciana, Enero 2001, n.93.

EL LLAMADO DEL REY

Ante el mundo de hoy

Ante el mundo de hoy, el enviado del Evangelio -el apóstol- está completamente
inerme. En el plano de los valores humanos -civilización, cultura, técnica, educación,
arte, asistencia, etc.- no lleva nada que el mundo al que es enviado no posea ya, y en
un grado mucho más elevado que el suyo, mientras que la única cosa que es
específicamente suya -el anuncio de la venida del Reino de Dios en Cristo Señor- es
para aquel mundo algo que no tiene valor.
En ninguna época, más que en la actual, el Evangelio ha debido recurrir
exclusivamente a la sola fuerza del Evangelio mismo, que es “fuerza de Dios” (Rom
1,16). El milagro de la evangelización está condicionado por la experiencia
agudamente sentida por los apóstoles de esta total desnudez e impotencia.
(Experiencia cristiana y mundo moderno - 30.12.66).

No tengo miedo al mundo nuevo que surge. Temo más bien que los jesuitas tengan
poco o nada que ofrecer a este mundo, poco que decir o hacer, que pueda justificar
nuestra existencia como jesuitas. Me espanta que podamos dar respuestas de ayer
a los problemas de mañana. No pretendemos defender nuestras equivocaciones;
pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos
cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos. (Carta a jesuitas de
Latinoamérica).

Ignacio siente por Cristo un atractivo total y busca en él la razón de ser y modelo
de su obra. Con férrea lógica cumple en sí mismo el triple paso que señala en los
Ejercicios: conocerle, para amarle y seguirle. Ignacio, en lo grande y en lo pequeño,
ha sido siempre constante en aquel amor que, en los albores de su conversión, le
hizo desear conocer -al precio de peligros y penalidades hoy difícilmente
apreciables- cuanto en la tierra queda de más cercano y evocador de la persona de
Cristo: los Santos Lugares. Su personal modo de proceder, y el modo de proceder
que quiso para su Compañía, no son más que esto: la perfecta imitación de Cristo. (El
modo nuestro de proceder - 18.01.79).
La llamada

El amor a Jesucristo: el Rey Eternal de los Ejercicios, el Hijo de Dios encarnado, al


que debemos todos un amor personal, clave de nuestra espiritualidad. Nuestra
satisfacción más honda y el origen de todas las demás satisfacciones es sentir que
Jesucristo es el centro de nuestra vida y nuestro ideal. Ese Jesucristo, que me ha
llamado y me envía, el que me da su Espíritu, el que me alimenta con su carne, el
que me espera en el tabernáculo, el que me muestra su Corazón traspasado como
centro y símbolo de su amor, el que se identifica con los que sufren hambre y
desnudez, con todos los marginados del mundo... Ese Jesucristo que me sale al
encuentro en tantas ocasiones de alegría y de dolor, como un amigo íntimo, que me
espera, me llama y conversa conmigo: “el Maestro está ahí y te llama”. Ese
Jesucristo, que dijo a San Ignacio en La Storta: “quiero que tu nos sirvas”. Sin ese
amor a Jesucristo, la Compañía no será ya la que fundó san Ignacio, la de Jesús. (En
su Jubileo de oro a la Compañía - 15.01.77).

La respuesta

Del concepto que nos hayamos hecho de Cristo depende totalmente nuestra
relación con Dios y nuestra relación cristiana con el hombre y el universo. Por eso
es de trascendental importancia la respuesta que cada uno de nosotros da en su
interior a la pregunta que él hizo un día a los que estaban para seguirle: “¿Quién
dicen los hombres que soy yo?” (Mt 16,15). Toda la historia de la Iglesia, todo el
presente de la Iglesia, todo el futuro del Reino, está pendiente de la respuesta que
demos colectiva e individualmente... Cristo es el Dios entre los hombres, y es el
Hijo del Hombre ante Dios. Es el sacramento de Dios en el mundo, y por eso es
nuestra justificación. Es el Verbo que viene del Padre y a él vuelve, y por es la
clave de toda la creación. Su encarnación y su revelación han hecho posible que
podamos tener respuesta a la pregunta quién dicen que soy yo. (El corazón de
Cristo, centro del misterio cristiano - enero, 1980).

Vocación cristiana: servir y reinar

Nuestra condición cristiana es una vocación al Reino, es una dignidad real, porque
nos hace participar de la realeza suprema de Cristo “cabeza de todo principado y
de toda potestad” (Col 2,10). Pero la historia se repite: no es un Reino como el que
los discípulos y aun nosotros imaginamos. Después de 2000 años seguimos pensando
en un reino de poder, de elementos visibles. ¿Tenemos claro el concepto? Y en
cuanto a nuestra manera de acceder al Reino no puede ser distinta de cómo
accedió Cristo.

Cristo nos sorprende estableciendo un nexo condicional entre reino y donación de


sí. En las parábolas de ‘crecimiento’ del Reino (semilla, grano de mostaza, levadura,
cizaña, pesca, grano que muere) hay un espacio entre la inauguración del reino y su
realización perfecta. Un espacio en que el sufrimiento, la donación de si mismo y el
servicio, tienen el valor de condiciones.

Ese es el sentido de la ‘violencia’ que sufre en Reino de Dios: hay que vencer el
egoísmo, hay que hacerse fuerza para renunciar a la obsesión de poder, hay que
luchar por derrocar el orden que ha pervertido la moral inicial y el sereno dominio
del hombre sobre la creación. El recto orden en el uso de las cosas y en las
relaciones de coherederos del reino escatológico será la condición para el acceso al
reino que nos está preparado “desde la creación del mundo” (Mt 25, 34) y de él
quedarán excluidos quienes hayan negado comida, bebida, refugio, vestido y calor
humano a los compañeros de herencia.

Este mismo Cristo que anuncia el reino y que acabará siendo crucificado “por
hacerse rey” (Mc 15,26) ha insistido en que sólo se reina sirviendo. Servir, en
primer lugar, a Dios. El es el prototipo del siervo de Yahvéh que acepta la voluntad
del Padre y la cumple por obediencia con sentimientos de absoluta reverencia. Y
servicio también a los hombres, entre los que se sitúa “como el que sirve” (Lc
22,27) aun siendo señor y maestro. Proclama que “no ha venido a ser servido, sino a
servir” (Mt 20,28; Flp 2,7) y hace de la propia muerte el supremo acto de servicio
(Mc 10,45).

“Servir”, en todo el Nuevo Testamento y en el ejemplo mismo de Jesús, es dar, es


darse. Es hacerse a disposición de los demás aportando el afecto, la ‘empatía’ que
hace participar en sus sentimientos y comunica los propios. Y es dar lo que se
tiene, es compartir. Es ese sentido, el servicio afecta a todo el hombre, a todo
hombre y a todo cuanto posee el hombre. (Misión de la Iglesia: al servicio del Reino
– 22.08.80).

Oblación
¡Señor, aquí nos tienes postrados a tus pies,
en el mismo lugar en que Javier, con el corazón despedazado
pero lleno de confianza, también se postrara!
¡Señor: queremos que desde hoy esta incipiente Misión
sea de un modo especial la Misión de tu Corazón!
Por eso hoy, desde lo más íntimo de nuestra alma,
te la entregamos por completo.
¡Oh Rey eterno y Señor universal!
Tú que “escoges a los débiles de este mundo para confundir a los fuertes”,
aquí tienes a los más débiles de los misioneros
tratando de conquistar para Ti esta región,
cuyas dificultades hicieron encanecer al mismo Javier.
Convencidos de la inutilidad de todos los medios humanos
y sintiendo la escasa eficacia de todos los medios humanos
en este país que Tú quieres encomendarnos,
no encontramos más recursos que Tus promesas.
Confiamos, Señor, ciegamente en tu palabra: “A los que propaguen
la devoción a mi Corazón, daré eficacia extraordinaria a sus trabajos”.
Puesto que necesitamos esa fuerza extraordinaria,
te prometemos hoy ser verdaderos apóstoles de tu Corazón,
llevando una vida perfecta de amor y reparación.
Concédenos, Señor, la gracia de que, despareciendo nosotros por completo,
esta Misión sea pronto el argumento fehaciente de la realidad
y eficacia de tus promesas.
Nosotros, en cambio, ante la Divina Majestad,
por medio de la Inmaculada Virgen María, del San Patriarca San José,
de N.P.S.Ignacio, del primer misionero de Yamaguchi San Francisco Javier,
de todos los Santos Apóstoles y Mártires del Japón,
te prometemos con tu favor y ayuda
consumir todas nuestras energías y nuestras vidas por este único ideal:
que todas las almas que Tú nos has encomendado y todo el mundo
conozcan las riquezas insondables de tu Corazón y se abrasen en tu amor.
(Consagración de la Parroquia de Yamaguchi al Corazón de Cristo – 1940)

LA ENCARNACIÓN

Contemplar el mundo con los ojos de Dios


En mi habitación tengo una fotografía de la tierra tomada durante un vuelo
espacial. Me la ha regalado el astronauta Lowell. Tiene una increíble nitidez de
contornos y me recuerda a menudo que necesitamos ambas cosas. Necesitamos una
visión clara de los problemas locales y necesitamos así mismo encuadrar estos
problemas en una visión universal. Estoy convencido de que sólo esta visión tiene
realmente futuro.
No podemos pasar por alto un hecho, y quisiera referirme a él con toda claridad:
para cientos de millones de católicos en nuestro mundo de hoy, la auténtica crisis
de fe no es el materialismo ni la reflexión teológica mal asimilada, sino la miseria
brutal de la vida. Dicho con otras palabras: al Tercer Mundo le es extremadamente
difícil tomarse en serio una Buena Nueva, que hasta hoy no ha conseguido alegrar
de algún modo la siempre penosa existencia de esta gente.
Millones de hombres se encuentran durante años bajo el terror de la guerra:
cientos de millones viven en una pobreza y una miseria inimaginables, mientras
otros sufren en una sociedad opresiva. Hay personas que se convierten en
ciudadanos de segunda clase por el color de su piel y a otras se les niega el paso a
una educación superior. Hace poco me decía un político latinoamericano: “Aquí
vivimos sobre un volcán que en cualquier momento puede explotar”.
A este mundo ha de proclamar la Iglesia de Dios su mensaje liberador. ¿Cómo
podría hacerlo de otro modo sino entrando en el problema básico de la sociedad
actual, es decir, preocupándose por el hombre? Pese a sus indiscutibles grandes
esfuerzos, a menudo heroicos, en el terreno de la caridad, su posición de partida
no es especialmente favorable.
Hace un año, durante la celebración de la Eucaristía en Latinoamérica, hablaba en
la barraca de una parroquia de suburbios y ante personas que tenían una casa aún
más pobre. Sigo manteniendo hoy todavía lo que dije entonces: “Tan cerca de
nosotros no había estado el Señor, acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan
inseguros” (El futuro de la Iglesia – 10.09.70).

Encarnación y misión
El jesuita debe mirar con amor a ese mundo, al cual es enviado; debe mirarlo con
los ojos y la luz propios de su carisma; con los ojos de aquel amor a los hombres y a
las demás creaturas, amor que ‘proviene de la divina y suma Bondad”, por la cual se
siente enviado, como compañero del Verbo, y de la cual desciende ese amor y se
extiende a todos los prójimos (cfr. Const. 671); con los ojos de un amor universal,
“que abrace todas maneras de personas” (Const. 163), “aunque entre sí sean
contrarias” (Const. 823), y sepa servir sin ofenderles, “pues es de nuestro
Instituto, sin ofensión de nadie, en cuanto se pueda, servir a todos en el Señor”
(Const. 593).
Ante la profundidad y la universalidad de este campo, en el que se realizará su
misión, el jesuita siente profundamente lo que significa aquel “más seguir e imitar
al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” [EE 109], Verbo de Dios, hecho
hombre. Misión y encarnación son inseparables . (La misión apostólica, clave del
carisma ignaciano – 07.09.74).
La total disponibilidad del jesuita, no sólo respecto al superior en una relación de
obediencia y aceptación de misión, sino también hacia los hermanos, se basa en ese
ideal trinitario por el que las personas divinas se comunican plenamente, se aceptan
plenamente, se enriquecen plenamente. Sentirme en el otro, sentir al otro en mi,
aceptarlo y ser aceptado... es un ideal de perfección, sobre todo sabiendo que el
otro es morada de Dios, que Cristo está en él, que sufre y ama en él y que me
espera en él. Un apostolado concebido en esta óptica es de una pureza sin límites,
de una generosidad absoluta. Es la plenitud de la fuerza bautismal comunicada por
la gracia que nos vinculó a la Trinidad y a la comunidad de todos los hombres,
igualmente creados y redimidos por Dios y destinados a participar de su vida
divina. (Inspiración trinitaria del carisma ignaciano – 08.02.80).

Inculturación: diálogo entre el Verbo y los hombres


El hecho histórico de la Encarnación sucedió una vez y es irrepetible. Pero la
revelación de sus inagotables riquezas, a lo largo de la historia, ha sido, es y será
incesante. El Verbo sigue siendo acogido en nuevas “encarnaciones” de la fe, bajo la
acción del Espíritu que es principio tanto de la unidad como de la diversidad en la
Iglesia.
Una fe que no se encarna en una cultura no es camino de vida. Y si se queda
encerrada en una cultura, sufre las limitaciones de ésta. Fe y cultura se emulan
mutuamente: la fe purifica a la cultura de cuanto es contrario al Espíritu, y la
enriquece. Y la cultura purifica y enriquece la expresión de la fe en el sentido que
el continuo diálogo la renueva y actualiza constantemente haciéndola trascender
los límites de una particular cultura.
El cristiano que entra en diálogo con otras culturas -y más aún si el diálogo es con
otras religiones- sabe que el mismo Espíritu a quien él debe su experiencia de Dios
en Jesucristo, ha podido obrar también las experiencias religiosas de sus
interlocutores (Aspectos y tensiones de la inculturación - 15.03.78).
En la vida de todo religioso se ha producido y continúa produciéndose un
acontecimiento semejante al de los viejos profetas: una intervención
protagonizada por Dios de modo personal, personalizada, y por lo mismo
singulizadora, posesiva, comprometedora en cuanto comunica, a escala humana, el
propio compromiso de Dios con el mundo.
La integración del religioso en el mundo no es, por tanto, secularizarse perdiendo
el buen olor de Cristo (2Cor 2, 15), antes al contrario transmitir ese aroma de
Cristo para convertir el mundo a Cristo, para cristificarlo. Como la sal se disuelve
en el agua, comunicándole su sabor, sin perder su naturaleza que es posible
recuperar haciéndola cristalizar de nuevo, así el religioso, al comunicar a Cristo al
mundo, desapareciendo en él, no debe perder su naturaleza y su identidad de
consagrado y de enviado (Nuevos desafíos de la experiencia religiosa – 12.04.77).

Coloquio con María


Tú, Madre, has sido la que influiste más en tu Hijo.
Tú fuiste la única que comunicó al Verbo su cuerpo para ser encarnado.
Tu mano, suave, llena de amor indecible, fue la que fue formando aquel
hombre que había de llevar una vida de trabajador humilde, y que después de
vivir pobremente la vida de vida de apóstol, se ofreció desnudo sobre el ara
de un leño áspero, símbolo de la ignominia. Ayúdanos, Madre, y fórmanos
como otro Jesús.
Tú eres la que puede hacerlo de un modo muy especial: la mano de madre es
insustituible:
no se ha inventado, ni el hombre podrá inventar jamás con toda su técnica,
ningún sustitutivo para la mano y el corazón de Madre.
Te lo pido, Señora: “muestra que eres Madre”. ponme con tu Hijo y mi
hermano mayor, Jesús”.

(Coloquio sobre la pobreza - noviembre, 1972)

BANDERAS

Exigencia de vivir con claridad


“El hombre mira a las apariencias, pero Dios mira en el corazón” (cfr. 1 Sam). La
condena explícita de todo cuanto es sólo apariencia y el énfasis en los valores
auténticos, del “corazón”, me recuerdan algo que tiene especiales características
ignacianas: se trata de la exigencia de una absoluta claridad, de una cristalina
lealtad que debe guiar cada actitud, cada relación con los hermanos; esto es lo que
engendra la verdadera confianza mutua, base insustituible para una vida propia de
la Compañía. (Elegidos por el Señor: una homilía a Novicios - 18.01.72).

Actitud de servir
La idea de servicio es clave en el carisma de Ignacio. Una idea cuya capacidad
motriz obtiene en la vida y espiritualidad de Ignacio -incluso en su vertiente
mística- una realización total: servicio incondicional e ilimitado, magnánimo y
humilde (...). Con la inevitabilidad con que una idea fuertemente poseía se traduce
en hechos y se comunica a los íntimos, Ignacio trasmite a sus primeros compañeros
esta mística de servicio.
(En el “servir sólo al Señor y a la Iglesia, su esposa” ), expresa Ignacio lo más
nuclear de su espíritu, el “principio y principal fundamento” de la Compañía: un
servir apostólicamente a Cristo sólo, yendo con El y bajo su bandera, por todo el
mundo, a esparcir su divina doctrina. Servicio apostólico de Cristo, que nos inserta
en la vida de la Iglesia.
Con ello Ignacio garantiza a la Compañía un perenne dinamismo -el aliento del
Espíritu que incita a continua búsqueda- sin apegarse a situación o forma concreta,
sopesando siempre lo que se hace con relación a cuanto se podría o debería hacer.
Para mantenernos en esta constante creatividad hemos de volver a ese “principio y
principal fundamento”, a la idea de servicio, de incalculable potencial, que no
solamente decidió nuestra vocación personal y dirige nuestro apostolado, sino que
estructuró fundacionalmente a la Compañía. (Servir sólo al Señor – 18.02.78).
En la escucha del Señor
Ignacio aprendió su ideal de “servicio amoroso” del mismo Cristo Jesús, el gran
“Siervo de Yahve”... Servir hasta el sacrificio de la propia vida: esta fue la actitud
de Cristo...
Para Ignacio, sin embargo, este programa (servicio total a Cristo y a los hermanos)
no es una elección o un programa personal, sino que lo hace en la obediencia a la
voluntad divina, como lo hizo Jesús, que encontraba su alimento en hacer la
voluntad del Padre, que bajó del cielo no para y hacer su voluntad, sino la del que le
envió, que oró en Getsemaní: ‘no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Ignacio se esfuerza por conocer perfectamente y seguir con fidelidad la voluntad
divina. Él, lo mismo que la Compañía, sólo emprenderán el trabajo después de haber
orado intensamente para conocer lo que Dios quiere de cada uno”. (Un hombre
para el servicio - 31.07.71).

Coloquio con El Señor


Siempre que me he acercado a Ti y he visto que no tuviste “donde reclinar tu
cabeza” y que tuviste por lecho de muerte una cruz, me siento traidor al ver que
tengo cada día más, que me siento víctima de una sociedad de consumo y que
necesito cada día más cosas. Y sin embargo, “sólo una cosa es necesaria”. Me
parece que comienzo a intuir lo que es ser “pobre como Tú”. Sé que la condición de
seguirte es dejarlo todo. “El que no deje todo lo que posee, no puede ser mi
discípulo”. Siento que me dices que me despoje de todo y que confíe en Ti. Me
pides que me lance a tu Providencia con los ojos cerrados y que todo lo demás se
me dará por añadidura, incluso la verdadera eficacia de nuestro apostolado. Que
Tú eres la gran seguridad, el gran “seguro” del “inseguro”. Ese salto en el vacío
oscuro de la fe es muy difícil y supone confianza ciega. (Coloquio sobre la pobreza
- noviembre, 1972).

BINARIOS

Tocamos aquí el corazón de nuestra identidad y de lo que debe especificar nuestra

existencia como seguidores de Jesús, “el disponible” (Heb 10,7-9). Este es

precisamente el rasgo que impresionó a Ignacio como caracterizante del HIJO y

del jesuita que cree en el Hijo, destinado a reproducir hoy su imagen (Rom 8,29).

Este es el hombre que forman los Ejercicios. (Sobre la disponibilidad - 19.10.77)


Ser señor de sí [EE 216]
 La autodisciplina es señorear la propia vida, administrándola
responsablemente, convencidos que no es nuestra ni en su origen ni en su
destino, haciéndola rentar al máximo como un pobre verdaderamente pobre
(tanto-cuanto del Principio y Fundamento, los talentos del evangelio…).
 La autodisciplina es una dimensión de la libertad personal, lo
contrario de esclavitud. Libertad del cristiano en plenitud de rendimiento y
de realización personal: “humanidad madura significa pleno uso del don de la
libertad”.
 Como toda libertad auténtica, la autodisciplina no puede ser un
absoluto, una realidad última, sino solamente penúltima. La última es la
caridad. La autodisciplina adquiere un sentido cuando sirve a la caridad, para
que la persona no sea malgastada ni derrochada, sino enteramente donada.
 Es un medio para un fin, y recordemos que para San Ignacio “los
medios que unen el instrumento con Dios” tienen primacía sobre los que unen
el instrumento con el hombre. La indiferencia y el afectarse a los criterios
de Cristo Jesús van unidos a la capacidad de decidir según el espíritu, que
conlleva la capacidad de renunciar.
 La autodisciplina es necesaria para poner orden y paz dentro y fuera
de nosotros:

o Autodisciplina y empleo del tiempo: El “no tengo tiempo” ni


para rezar, ni para estudiar, ni para la formación permanente, ni para
la comunidad, es una avería grave en el cuadro de mandos del tiempo,
causada por una desquiciada jerarquización de los valores, por haber
caído en el activismo. Es necesaria la autodisciplina para el señorío
del hombre sobre su tiempo.
o Autodisciplina como rigor intelectual: El rigor intelectual es lo
opuesto a la frivolidad, al descontrol emocional, a la chapuza
(criollada), a la demagogia, al truco. Es voluntad de penetrar los
problemas hasta el fondo, para clarificarlos plenamente. El estudio
serio es autodisciplina. Todos estamos “en formación”, no sólo los
jóvenes.
o Autodisciplina como capacidad y disposición autocrítica: El
“examen de conciencia” ignaciano debe ser la observación atenta del
obrar del hombre sobre el fondo del obrar de Dios en el hombre. Es
discernir las mociones de Dios y me habla en el corazón y por los
sucesos. Es rectificación de rumbo y el necesario crecimiento
humano y cristiano.
o Autodisciplina como capacidad de diálogo: Dialogar es un
penoso avanzar entre opiniones muy distantes y aún enfrentadas,
hasta zonas comunes de convergencia. Es auto-relativización de las
propias opiniones y dura ascesis para comprender las ajenas, para
avanzar en el espíritu.
o Autodisciplina y relaciones interpersonales: Vivir
evangélicamente los encuentros como donación y acogida, sin
acepción de personas. Es amar sin poseer, fruto de un espíritu
disciplinado enteramente libre para la caridad.
o Autodisciplina en la acción apostólica: Es mantenerse dentro
de los límites de la misión. Es conciencia de que nuestra acción
apostólica es instrumental, por eso no estorba al Espíritu. Jesús es
el único que salva. El mantiene la oración del apóstol que es un
“disponerse” a recibir el don de Dios y dejarlo hacer. Nuestra acción
debe ser discernida para hacer las obras del Padre, y no las propias
ni el propio capricho. El descontrol de la acción, de las distracciones
(televisión, espectáculos…) lleva a un frustrante conformismo, a la
esterilidad apostólica, a un progresivo deterioro de las razones
profundas de la existencia. La autodisciplina no es un proceso
meramente voluntarista, es caridad concreta, histórica.

 Para San Ignacio, la autodisciplina es abnegación, mortificación, salir


del propio amor, querer e interés (EE. 189). A todo ello le daba Ignacio más
valor que la oración misma porque son capítulos insustituibles de esos
“hombres libres” tan necesarios hoy. (Apuntes personales 1980).

TRES MANERAS DE HUMILDAD

El amor y la alegría
En el caso de Jesús, el amor lleva consigo la cruz. Solamente en este amor es
posible comprender el misterio de la redención, así como en el amor infinito de
Dios está la clave para comprender el misterio pascual; un misterio que, si bien
lleva consigo la Cruz, comprende también la resurrección y una eterna
glorificación.
También nosotros, para poder conciliar la antinomia de cruz y resurrección, de
pasión y de gloria, debemos tratar de penetrar en el misterio de Cristo, en lo más
profundo de su persona: en él descubriremos una inefable alegría; una alegría que
es su secreto, que es solamente suya: Jesús es feliz porque sabe que es amado por
su Padre.
El motivo profundo de la alegría de Cristo será también el motivo de nuestra
verdadera alegría: la participación en la vida divina por medio del Espíritu,
presente en la intimidad de nuestro ser, la participación en el amor con el que
Cristo es amado por el Padre, a la cual también nosotros hemos sido llamados (Jn
17,26).
Una cosa es cierto: la verdadera alegría de Cristo nace del amor y el camino para
conseguirla es la cruz. Doctrina difícil de comprender y que los mismos apóstoles
comprendieron bastante poco, a pesar del mucho tiempo transcurrido en la escuela
de Jesús. Pero cuando lo comprendieron, los Apóstoles experimentaron una alegría
comunicativa imposible de reprimir (Hch 2, 4 y 11).
Los que poseen el amor de un poco tan profundo y transformante lo sentirán como
una llama de amor viva, como un canto suave, como un toque delicado, que a vida
eterna sabe y que matando, muerte en vida la has trocado (S.Juan de la Cruz,
Llama de amor viva, c.II). Aquí está el secreto de la felicidad humana, escondido a
los sabios y a los inteligentes, que sólo los pequeños y humildes saben descubrir.
(Fiesta del Amor y de la Alegría – 06.06.75)

En la cruz de JesúsNota esencial del carisma ignaciano y de claro origen trinitario

es que el seguimiento de Cristo ha de hacerse en humillación y cruz. Ignacio lo ha


entendido así. Las persecuciones serán necesarias para mantener el temple
militante de la Compañía y en ese sentido Ignacio pedirá que nunca le falten. Son
también la contraprueba de la fidelidad de Cristo, y la señal de que los jesuitas “no
son del mundo” (Jn 15,18-16,14). La vida de Ignacio, sembrada de procesos y
sentencias, le había dado la experiencia de que el seguimiento de Cristo está
erizado de hostilidades. Con su habitual tendencia a la reflexión había observado
que sólo le faltaban las persecuciones cuando se apartaba del apostolado
(Ribadeneira, Dichos y hechos... 93; FN II, 381).
Pero la cruz que el Señor cargaba sobre sus hombros no significaba sólo la
persecución externa. Significaba también, y primariamente, el seguimiento en
humildad, pobreza, abnegación de sí mismo. Significaba desprenderse de todo,
incluso del honor y buena fama, dándolos por bien perdidos cuando esté en juego el
mayor servicio.
(La inspiración trinitaria... - 08.02.80)

Coloquio con Jesús

Señor, dame tu amor, que me haga perder mi “prudencia humana” y me impulse a


arriesgarme a dar el salto, como san Pedro, para ir a ti: que no me hundiré
mientras confíe en ti. No quisiera oír: “hombre de poca fe ¿por qué dudaste?
Cuántos motivos teológicos, ascéticos, de prudencia humana, se levantan en mi
espíritu y tratan de demostrarme “bajo apariencia de bien” con muchas razones
humanas, que aquello que tú me inspiras y pides, es imprudente: una locura. ¡Tú,
Señor, según eso, fuiste “el más loco de los hombres”, pues inventaste esas
insensatez de la cruz! ¡Oh, Señor!: enséñame que esa insensatez es tu prudencia, y
dame tal amor a tu Persona para que sea yo también otro loco como tú.
(Coloquio sobre la pobreza – noviembre, 1972)

“Llamados a ser compañeros de Jesús”

Ignacio siente por Cristo un atractivo total


y busca en él la razón de su ser
y el modelo de su obra.

Con férrea lógica cumple en sí mismo


el triple paso que señala en los Ejercicios:
conocerle, para amarle y seguirle.

Ignacio, en lo grande y en lo pequeño,


ha sido siempre constante en aquel amor que,
en los albores de su conversión,
le hizo desear conocer
- al precio de peligros y penalidades
hoy difícilmente apreciables -
cuanto en la tierra queda de más cercano y evocador:
los Santos Lugares.

Su personal modo de proceder no es más que esto:


la perfecta imitación de Cristo,
‘perfectus Deus’, pero también ‘perfectus homo’.
Pedro Arrupe sj

Itinerario Ignaciano: Segunda Semana

LLAMAMIENTO DEL REY ETERNAL

[58] El Rey Eternal de los Ejercicios, el hijo de Dios encarnado, al que debemos todos un
amor personal, clave de nuestra espiritualidad. Nuestra satisfacción más honda y el origen de
todas las demás satisfacciones es sentir que Jesucristo es el centro de nuestra vida y nuestro
ideal. Ese Jesucristo, que me ha llamado y me envía, el que me da su Espíritu, el que alimenta
con su carne, el que me espera en el tabernáculo, el que me muestra su Corazón traspasado
como centro y símbolo de su amor, el que se identifica con los que sufen hambre y desnudez,
con todos los marginados del mundo... Ese Jesucristo que me sale al encuentro en tantas
ocasiones de alegría y de dolor, como un amigo íntimo, que me espera, me llama y conversa
conmigo: “el Maestro está ahí y te llama”. Ese Jesucristo, que dijo a San Ignacio en la Storta:
“quiero que tu nos sirvas”.
ESTAR CON JESÚS

[59] “Estar con Jesús” es esencial para los Doce para captar la identidad de Jesús y los
secretos del Reino. Ellos serán instruidos particularmente por Jesús. Jesús muestra con ellos
un paciente esfuerzo por ser entendido. Pero la dificultad de comprender de los Doce es muy
grande. Ambos hechos, la insistencia de Jesús y la resistencia de los discípulos son una
prueba evidente de que “comprender a Jesús” pertenece esencialmente como finalidad
principal a éste “estar con Jesús”.
[60] Naturalmente no se trata de una comprensión intelectual o de un conocimiento interior. El
“estar con Jesús” se ordena definitiva y finalmente a una adhesión personal, a una opción por
él, que compromete toda la existencia de quien opta. La de aquellos Doce quedó
definitivamente marcada por esta adhesión y no podrá ya ser entendida sin ella. Como una
nueva naturaleza, una “nueva creatura”, surgió en lo más profundo de aquellos hombres, de
este estar con Jesús.
[61] Estar con Jesús, como opción personal entraña una radicalidad: la del todo que ha de ser
ofrecido. Ningún sector de nuestra vida puede eximirse legítimamente de este seguimiento.
Sólo de esta actitud de don total se está en condiciones de garantizar la perseverancia en la
opción y la coherencia de nuestra vida con la misma. Porque si nuestro seguimiento no tiende
a esta radicalidad, si de alguna manera parcelamos el Yo que debe seguir al Señor, la
tentación del compromiso, del arreglo, de la claudicación, de la pequeña o grande traición,
tiene las puertas abiertas de par en par.
[62] Nuestro “estar con Jesús” vive hoy sometido a una dura y múltiple prueba: la prueba de
los sentidos, de la experiencia sensible, de la necesidad de tocar, que amenaza ahogar o
reducir a contemplación de superficie nuestra capacidad de experiencia espiritual; la prueba de
la prisa, del vértigo de un voraz inmediatismo; la prueba de la pacificación, que hace difícil y
hasta temerosa la soledad, el entrar dentro del propio corazón; la prueba de la acción por la
acción, la acción hacia afuera, la entrega derrochadora de la persona buscándose sutilmente e
insaciablemente en ella; la prueba de la crítica proveniente de muchos tipos de hombres
aparentes dueños de nuestro mundo, el hombre técnico, el hombre del placer y del poder, el
hombre sencillamente elevado a absoluto... El resultado final de este “estar con Jesús” será el
personificarle de modo continuo en nuestra historia, anunciando el mismo mensaje, con lo que
encierra de presencia, de experiencia, de conocimiento, de opción.

CORAZÓN DE JESÚS

[63] El amor es lo más profundo y lo que da unidad a toda la personalidad y la obra de


Jesucristo. El amor es también lo más profundo de nuestra vida y actividades, ya que entre
Jesucristo y nosotros hay un mismo espíritu común y que nos hace exclamar como a Cristo:
¡Abba, Padre!
[64] El amor por tanto, entendido en toda su profundidad y amplitud es el resumen de toda la
vida de Jesucristo y debe serlo también de toda la vida del jesuita. Ahora bien, el símbolo
natural del amor es el corazón. De ahí que el corazón de Cristo sea el símbolo natural para
representar e inspirar nuestra espiritualidad, llevándonos a la fuente del amor humano-divino
de Jesucristo.
[65] Hoy que se descubren tantas energías nuevas; hoy que estamos todos admirados de
todas esas investigaciones científicas, la física atómica, la energía del átomo que parece va a
transformar el mundo, no nos damos idea que la potencia humana es nada comparada con la
potencia superatómica de este amor de Cristo que da su vida y vivifica al mundo. A pesar de
que nosotros, al fin y al cabo hombres, no podemos sino transformar la energía que existe, hay
una energía extraterrena, que aumenta la energía del mundo y la fuente de esa energía está
en el amor infinito de Cristo.
[66] Por eso hoy la devoción al Corazón de Cristo, teológicamente bien entendida, tiene una
profundidad inmensa, cada día más conocida en la Iglesia, y al mismo tiempo la energía
verdadera que puede dar eficacia a nuestro apostolado.
[67] Cristo, cuyo centro es el amor, simbolizado en ese corazón, es el mismo Jesucristo
amable que hace 2000 años, poderoso y débil, que moría en la Cruz por nosotros; es el mismo
que está aquí en el sagrario, más aún, en el fondo de nuestra alma, inspirándonos lo que
debemos hacer. En él encontramos la solución de todas las dificultades.
LA BANDERA DE CRISTO

[68] Estamos llamados a vivir hoy con mucha más sencillez como individuos, familias y
grupos sociales; a poner coto, o al menos a frenar, la espiral de consumismo y de competición
social. En vez de sentirnos obligados a poseer tantas cosas como en nuestros amigos
deberíamos prescindir de algunos de los lujos que se han convertido en necesidades en
nuestro ambiente social y de las que tienen que prescindir la mayoría de la humanidad.
Debemos darnos cuenta que “bastante es bastante”, y tener más que bastante es muy
cuestionable. Y ese “bastante” hay que medirlo no por nuestro módulo social, ni por un módulo
social más alto que el nuestro, sino por lo que nuestros ojos ven al fijarse en los
auténticamente pobres... Tenemos que renunciar aún a lo que necesitamos porque alguien
necesita de nosotros.

TERCER BINARIO

[69] En pocas palabras, la conversión consiste en desvestirse de lo que San Pablo llamaba
“hombre viejo” para revestirnos del “hombre nuevo”: el hombre en Cristo Jesús, el hombre que
ha aceptado el Evangelio sin reservas y está dispuesto a realizar cuanto le sea exigido; el
“tercer binario del hombre” de los Ejercicios de San Ignacio que ha llegado a tal grado de
desprendimiento de todos los bienes adquiridos, que ya no se inclina más a conservarlos que a
dejarlos, a usar de ellos o a no usar, guiado únicamente hacia lo que sea mejor para el mayor
servicio y alabanza de su Divina Majestad.

INVOCACION A JESUCRISTO MODELO

Señor, meditando el modo nuestro de proceder he descubierto que el ideal de nuestro modo de
proceder es el modo de proceder tuyo. Por eso fijo mis ojos en Tí, los ojos de la fe, para
contemplar tu iluminada figura tal como aparece en el Evangelio. Yo soy uno de aquellos de
quienes dice S. Pedro «A quien aman sin haber visto, en quien creen aunque de momento, no
lo vean, rebosando de alegría inefable y gloriosa.»

Señor, Tu mismo nos dijiste: «les he dado ejemplo para que me imiten» Quiero imitarte hasta el
punto que pueda decir a los demás: «Sed imitadores míos, como yo lo he sido de Cristo». Ya
que no puedo decirlo físicamente como San Juan, al menos qui-siera poder proclamar con el
ardor y sabiduría que me concedas, «lo que he visto con mis ojos, lo que he tocado con mis
manos acerca de la palabra de Vida; pues la Vida se manifestó y yo lo he visto y doy
testimonio».

Dame, sobre todo el «sensus Christi» que Pablo poseía, que yo pueda sentir con sus
sentimientos los sentimientos de tu Corazón con que amabas al Padre y a los hombres. Jamás
nadie ha tenido mayor caridad que Tú, que diste la vida por tus amigos, culmi-nando con tu
muerte en cruz en total abatimiento. «Kénosis», de tu encarnación. Quiero imitarte en esa
interna y suprema disposi-ción y también en tu vida de cada día, actuando en lo posible, como
tu procediste.

Enséñame tu modo de tratar con los discípulos, con los pecadores, con los niños, con los
fariseos o con Pilatos y Herodes; también con Juan Bautista aún antes de nacer y después en
el Jordán (Mt. 10, 2-12; Mc. 3, 16; Jn, 19, 26-27; 13, 26; Lc. 22,48). Como trataste con tus discípulos,
sobre todo los más íntimos: con Pedro, con Juan y también con el traidor Judas. Comunícame
la delicadeza con que los trataste en el lago de Tiberíades preparán-doles de comer (Jn. 21,9;
13, 1-20) o cuando les lavaste los pies.
Que aprenda de Tí, tu modo de comer y de beber; cómo tomabas parte de los banquetes;
cómo te portabas cuando tenías hambre y sed, cuando sentías cansancio tras las caminatas
apostólicas, cuando tenías que reposar y dar tiempo al sueño.
Enseñame a ser compasivo con los que sufren, con los pobres, con los paralíticos, con los
leprosos, con los ciegos; muéstra-me cómo manifestabas tus emociones profundísimas hasta
derramar lágrimas o como cuando sentiste aquella mortal angustia que te hizo sudar sangre. Y,
sobre todo (Mt.26,37-39), quiero aprender el modo cómo manifestastes aquel dolor máximo en
la Cruz, sintiéndote abandonado del Padre.

Esa es la imagen que contemplo en el Evangelio, ser noble, sublime, amable, ejemplar; que
tenía la perfecta armonía entre vida y doctrina; que hizo exclamar a tus enemigos; «eres
sincero, enseñas el camino de Dios con franqueza, no te importa de nadie, no tienes acepción
de personas», aquella manera varonil, dura para contigo mismo, con privaciones y trabajos;
pero con los demás lleno de bondad y amor y deseo de servirles.

Eres duro, cierto, para quienes tienen malas intenciones, pero también es cierto que con tu
amabilidad atraías a las multitudes hasta el punto que se olvidaban de comer; que los enfermos
estaban seguros de tu piedad para con ellos; que tu conoci-miento de la vida humana te
permitía hablar en parábolas al alcance de los humildes y pequeños; que ibas sembrando
amistad en todos, especialmente con tus amigos predilectos, como Juan o aquella familia de
Lázaro, Marta y María, que sabías llenar de serena alegría una fiesta familiar como Caná.

Tu constante contacto con el Padre en la oración antes del alba, o mientras los demás
dormían era consuelo y aliento para predicar el Reino.

Enséñame tu modo de mirar, cómo mirastes a Pedro para llamarle o para levantarle; o cómo
miraste al joven rico que no se decidió a seguirte, o cómo miraste bondadoso a las multitudes
agolpadas en torno a Tí. o con ira cuando tus ojos se fijaban en los insinceros.

Quisiera conocerte como eres; y tu imagen sobre mi bastará para cambiarme. El Bautista
quedó subyugado en su primer encuentro contigo. El Centurión de Cafarnaún se siente
abrumado por tu bondad; y un sentimiento de estupor y maravilla (Mt. 8, 27; 9, 33, Mc. 5, 15)
invade a quienes son testigos de la grandeza de tus prodigios. El mismo pasmo sobrecoge a
tus discípulos; y los esbirros del huerto caen atemorizados. Pilatos se siente inseguro y su
mujer se asusta. El centurión que te vé morir descubre tu divinidad en tu muerte.

Desearía verte como Pedro, cuando sobrecogido de asombro tras la pesca milagrosa, toma
conciencia de su condición de pecador en tu presencia. Querría oir tu voz en la sinagoga de
Cafarnaún, o en el monte o cuando te dirigías a la muche-dumbre «enseñando con autoridad»,
una autoridad que sólo del Padre te podía venir.
Haz que nosotros aprendamos de Tí en las cosas grandes y en las pequeñas, siguiendo el
ejemplo de total entrega al amor del Padre y a los hombres, hermanos nuestros, sintiéndonos
muy cerca de Tí, bajaste hasta nosotros, y al mismo tiempo tan distantes de Tí, Dios infinito.
Danos esa gracia, danos el «sensus Christi» que vivifique nuestra vida toda y nos enseñe
-incluso en las cosas exteriores- a proceder conforme a tu espíritu.
Enséñanos «tu modo» para que sea «nuestro modo» en el día de hoy y podamos realizar el
ideal que Tú has soñado para nosotros, colaboradores tuyos en la obra de la Redención.
Pedimos a María, tu Madre Santísima, de quien naciste, con quien viviste 33 años y
que tanto contribuyó a plasmar y formar tu modo de ser y de proceder que forme en nosotros,
otros tantos Jesús como Tú.

Abrirse a Cristo

“Mantengámos intacto el principio:

el que se abre a sí mismo hacia el exterior,


debe no menos abrirse hacia el interior,
esto es hacia Cristo.
El que tiene que ir más lejos para socorrer necesidades humanas,
dialogue más íntimamente con Cristo.

El que tiene que llegar a ser contemplativo en la acción


procure encontrar en la intensificación de esta acción
la urgencia para una más profunda contemplación.

Si queremos estar abiertos al mundo


debemos hacerlo como Cristo,
de tal manera que nuestro testimonio
brote como el suyo, de su vida y de su doctrina.

No temamos llegar a ser como Él


señal de contradicción y escándalo...

Por lo demás, ni siquiera Él fue comprendido por muchos.”

ARRUPE EN LOS EJERCICIOS


3ª, 4ª Semanas y Contemplación para alcanzar amor
“En las manos de Dios”

Yo me siento, más que nunca,


en las manos de Dios.

Eso es lo que he deseado toda mi vida,


desde joven.

Y eso es también lo único


que sigo queriendo ahora.

Pero con una diferencia:


hoy toda la iniciativa la tiene el Señor.

Les aseguro
que saberme y sentirme totalmente en sus manos
es una profunda experiencia.

Pedro Arrupe sj

Itinerario Ignaciano: Tercera y Cuarta Semanas

LAS SIETE PALABRAS DEL CRISTO VIVIENTE

[70] “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”


Esta es la primera palabra de Jesús. Después de oirla tantas veces, nos hemos acostumbrado
a esta palabra de perdón. Pero Él, Jesús, la decía colgado de un madero. Delante de los
fusiles, al borde de la guillotina, antes de ser ahorcado, en la celda de torturas políticas, ¿quién
tiene un corazón así, con esa fibra, para seguir queriendo?
¡Cómo en la divinidad se hace patente la fortaleza! Jesús no responde a la violencia con
violencia. Por eso, Jesús perdona. Como Él, sabremos que en esta aventura del amor lo que
parece fracaso oculta dentro un triunfo, y lo que a primera vista parece muerte es una nueva
explosión de vida.
[71] “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Era medio día y todo estaba oscuro. También dentro del corazón de Cristo había una profunda
oscuridad. Hoy día algunos tienen la sensación de que Dios está ausente del mundo. No sólo
por los terribles hechos de injusticia y de violencia, sino además por el vacío que existe en
muchos corazones humanos. Jesús, sin embargo, en esta soledad suprema de su muerte, no
se desespera de este abandono que por nosotros ha aceptado y levanta sus ojos al Padre.
También el mundo de hoy, en medio de la oscuridad, ofrece señales a los hombres de fe:
cuando asistimos a la seria preocupación por los derechos humanos, cuando un hombre al
servicio desinteresado de su hermano empieza a descubrir a Dios. Percibimos a Dios en
muchos aspectos de la vida de hoy: en la actual búsqueda de libertad, en una Iglesia joven que
no se resigna a vivir con fórmulas del pasado, en los que siguen entregando su vida a una
vocación sacerdotal o religiosa, rompiendo todas las amarras y arrancando todas las raices, en
los laicos que dejan todo para seguir a Jesús. En la belleza de nuestro mundo y detrás de
todos los ojos que anhelan un fogonazo de felicidad. La fuerza del crucificado ha incendiado la
tierra y su Espíritu realiza en lo oculto de cada uno su labor.
[72] “Hoy estarás conmigo en el paraíso”
Los hombres se endurecen en el mal porque no les damos la más mínima oportunidad de
cambiar. El buen ladrón tuvo una oportunidad. Y la aprovechó. ¿Pero a cuantos hombres les
ofrecemos esta oportunidad, este ejemplo de una vida y una muerte en la que podemos creer.
El buen ladrón descubre al hijo de Dios en la cruz, en la serenidad con que Jesús lleva su
agonía descubre algo diferente, un no sé qué de amor. Intuye el misterio de Jesús, un Cristo en
cruz desnudo y despreciado que acoge ya y libera. Nos adherimos a la fuerza maravillosa que
se hace ya presente en el Calvario y que encierra dentro resurrección.
[73] “Mujer, ese es tu hijo... hijo, esa es tu madre”
Nuestro ajusticiado, el que moría sin remedio a las puertas de Jerusalen, también tenía una
madre, un personaje silencioso, que conoce sus secretos, ese único ser que sabe comprender
y sufrir en su propia carne cuanto le está sucediendo a su hijo. María, la madre dolorosa que
ha sufrido como ninguna en el mundo, sigue estando cerca de nosotros, sigue estando al pie
de la cruz cuando un pobre inocente cae fusilado despiadadamente por la intransigencia de los
poderosos, o se muere lentamente de hambre o de lepra en las calles de Calcuta. María sigue
velando por nosotros sus hijos, prolonga así también su presencia femenina en el mundo,
desde un dolor que se convierte en ternura. Ahora mismo podemos acudir a Ella. Es el regalo
de Jesús al hombre dolorido y débil.
[74] “Tengo sed”
Desde la garganta seca del Señor, que se ha quedado sin una gota de sangre por nosotros,
sale un grito áspero. Yo diría que es una sed integral que revela el cuerpo reseco de un
hombre, terriblemente torturado, y el ansia infinita de un Dios que está misteriosamente
muriendo.
Aquel grito de moribundo se multiplica por miles de gargantas que hoy piden justicia cuando
piden pan, el respeto del color de su piel, unos mínimos cuidados médicos, cultura, libertad y
respeto.
La sed de Jesús es pues una sed integral que pide la entrega total del hombre, una salvación
que sobrepasa todos los límites para una comunión con el único Absoluto. Esta es la sed
integral con que Cristo nos llama a hacer algo y pronto.
[75] “Todo está cumplido”
Jesús muere con las manos llenas, por eso exclama: queda terminado. He cumplido, mi misión
ha llegado a su término, puede pues, inclinar la cabeza y con plena conciencia aceptar la
muerte. Es la cumbre, Jesús ha cumplido y muere en esperanza. De la plenitud de una vida,
nace la Vida.
[76] “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
Jesús muere solo, por todos los indicios como un fracasado, incluso sin el consuelo interior del
Padre, que le ha dejado momentáneamente para que cumpliera en plenitud su muerte de
hombre. Y en estos momentos para darnos una lección de fe: Jesús acepta conscientemente la
muerte y se abandona en lo único que verdaderamente sabe que le queda, los brazos del
Padre.
Moriremos pues también completamente solos, aunque estemos por fuera muy acompañados.
Alguna pálida experiencia hemos tenido cuando se nos ha muerto un ser querido y se nos
estremecen hasta los huesos. Entoces solamente la fe trae un consuelo a nuestro corazón: un
instante de conversión interior que nos devuelva nuestra conciencia de creaturas. Y es que
sólo sabe bien morir el que es pequeño, el que como Jesús pone toda su confianza en un
Padre, con quien se va a encontrar después del trago amargo de la muerte.

DEL DOLOR Y LA ALEGRÍA

[77] Es difícil hacerse cargo de la alegría que viene de Dios en medio de “la gran tribulación
de este mundo”. La única fuerza para dominar el duro leño de la tribulación y el sufrimiento es
la llama del amor de Cristo. Por eso, en el Corazón de Cristo tenemos el símbolo y la llave de
esta divina alquimia, que cambia el sufrimiento en gozo y la pena en alegría.
[78] El sagrado Corazón de Jesús presenta una nota de dolor, de tristeza, de cruz: el Costado
herido de Jesús crucificado, de su Corazón traspasado brota sangre y agua... Sin embargo, las
llamas que salen del Corazón de Jesús son llamas de amor y de un amor infinito... Sólo en este
amor es posible comprender a fondo el misterio de la redención; un misterio que, aunque
supone la cruz, abarca también la resurrección y una eterna glorificación.
[79] Para poder conciliar esta antinomia de cruz y resurrección, de pasión y gloria, debemos
tratar de penetrar en el misterio de Cristo, hasta lo más profundo de su Corazón: en él
descubrimos una inefable alegría, alegría que es su secreto que es solamente suyo. Jesús es
feliz, porque sabe que el Padre le ama. El Corazón de Cristo es el símbolo del amor infinito, del
amor humano y trinitario que nos da Él por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Fruto de este Espíritu es la alegría, que tiene el poder de transformar todo en alegría espiritual,
alegría que ninguno puede arrebatar a los discípulos de Jesús una vez que le han encontrado.
[80] Entonces pues una cosa es cierta: la verdadera alegría de Cristo nace del amor y el
camino para conseguirla es la cruz. Doctrina difícil de comprender y que los mismos apóstoles
comprendieron poco a poco, no obstante todo el tiempo que pasaron en la escuela de Jesús.
Las palabras que dijo a los discípulos de Emaús podemos aplicarlas también a nosotros: “¡oh,
necios y tardos de corazón para creer lo que habían predicho los profetas! ¿No era necesario
que Cristo padeciera para entrar en su gloria?” (Lc 24, 25). Pero cuando lo comprendieron los
apóstoles experimentaron una alegría comunicativa e irresistible, una alegría tan grande, que
“salían del Sanedrín felices de haber sido ultrajados por amor el nombre de Jesús”.

“TESTIGOS DE LA RESURRECCIÓN”

[81] El Nuevo Testamento nació en comunidades pobres, pequeñas y dispersas del Imperio
Romano, amenazadas por la persecución y hostigadas constantemente por el recelo y el
desprecio. Si a nosotros se nos hacen hoy difíciles las Escrituras, no es siempre problema de
insuficientes estudios exegéticos, sino algo muy distinto: la situación. El oprimido entiende el
lenguaje de oprimidos, de marginados en la sociedad, de grupos minoritarios y constantemente
amenazados. ¿Podremos entender el Evangelio leyéndolo desde nuestra posición privilegiada
en el sistema, desde el poder, la seguridad, la institución...?
Leer la palabra de Dios desde aquí, desde América Latina, es verla nacer aquí, hoy,
contemplarla diferente y nueva, sorpresiva y encarnada en la palabra y vida de la comunidad
de pobres... Aquí, donde el hombre es más pisoteado y destruido, donde los mecanismos de
opresión aplastan al débil, aquí mismo se manifiesta con más fuerza la gracia salvadora de
Dios. El Cristo arrancado de este mundo por la violencia de los poderosos, echado en un
sepulcro sellado y custodiado, que bajó hasta el fondo de la miseria del hombre, resucita hoy
como novedad salvadora en el corazón del pueblo. Nuestra actitud es la de dar nombre y rostro
a esa esperanza anónima que tantos siglos de explotación no han podido extinguir, y que
emerge como un fuego de las cenizas del oprimido, el Espíritu de Jesús de Nazaret.
Así nos convertimos en “testigos de la resurrección” (Hch. 2, 32), No sólo del Cristo histórico,
sino del hermano que hoy resucita de entre los muertos desde el sepulcro de la opresión, por la
fuerza del Espíritu, en medio de la comunidad que acoge su palabra y su vida de resucitado:
“estaba muerto y ha resucitado. Nosotros lo hemos visto”, lo hemos re-conocido.
[82] Sin embargo y en definitiva la esperanza del cristiano proviene en primer lugar de que
sabe que el Señor trabaja con nosotros en el mundo, continuando en su Cuerpo -que es la
Iglesia y por medio de ella en la humanidad- la Redención que se verificó en la cruz y que
resultó victoriosa en la mañana de la Resurrección.
CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR

[83] La física atómica al llevarnos a las entrañas más profundas del interior de la materia, nos
pone en los límites del universo material. Es un impulso hacia la interioridad; es un paso hacia
adentro decisivo. ¿Cuándo vendrá el día en que el hombre, llegando al último finísimo estrato
de la materia, pueda vislumbrar, como a través de un delicado tul, una nueva realidad
encubierta en todo ser: la realidad divina?... Para eso necesitará un haz de luz mucho más
potente que el que nos cegó en Hiroshima: la luz de la fe que ilumina sin cegar, porque es
potente y oscura.
[84] El día que el hombre con la luz de la fe descubra en sí y en el resto de la humanidad a
Dios, verá que es un Dios vivo, un Dios amor, fin de las guerras y de la violencia, fin de los
odios, causa de la verdadera unión y felicidad de los hombres. Nacerá una nueva humanidad:
la de los hijos de Dios.
[85] En cuanto es posible de las cosas en términos humanos, podemos decir que el amor más
puro, la caridad en sí misma, son, por una parte el constitutivo formal de la esencia divina y por
otro, la explicación y causa de las operaciones ad extra: la creación del hombre, señor del
universo, y el retorno de todo a Dios en una historia de redención y santificación.

En todo amar...

Hace pocos años estaba yo visitando una provincia jesuítica de América Latina. Fui invitado
como con cierto miedo, a decir una misa en un suburbio, el más pobre de la región, según
decían. Vivían allí unas 100.000 personas en medio del fango, pues estaba construido en la
ladera de una cañada y cuando llovía se inundaba casi todo.
La misa se tuvo en un pequeño cuarto todo destartalado y abierto, pues no había puerta
alguna: perros y gatos entraban y salían sin dificultad. Comencé la misa: los cantos
acompañados por una guitarra de quien ciertamente no era un Segovia, pero el conjunto me
resultó maravilloso: “amar es entregarse /olvidándose de sí / buscando lo que al otro / pueda
hacerle feliz”. Y continuaba: “Qué lindo es vivir para amar / que grande es tener para dar / dar
alegría y felicidad / darse uno mismo eso es amar...”
A medida que el canto iba avanzando yo sentí que se me hacía un nudo en la garganta y tenía
que hacer esfuerzo para continuar la misa: aquella gente, que parecía no tener nada, cantaba
estar dispuesta a darse a sí misma para dar alegría y felicidad!
Tuve con ellos una homilía breve, dialogada: me dijeron cosas que difícilmente se oyen en los
discursos de altos vuelos, cosas sencillícimas pero profundas y humanamente sublimes. Una
viejecita me dijo: “¿Usted es el superior de estos padres, verdad? Pues señor muchísmas
gracias, porque sus padres jesuitas nos han traído el gran tesoro que nos faltaba, lo que más
queremos, las santa misa”. Otro jovencito declaró públicamente: “Señor Padre, sepa que le
quere-mos mucho porque estos padres nos han enseñado a amar a nuestros enemi-gos. El día
pasado tenía preparado un cuchillo para matar a un compañero hacia el que sentía mucho
odio. Pero después de oir al padre explicarnos el Evangelio, fui, compré un helado, y se lo
regalé a mi enemigo”.
Al salir, un hombrachón que casi infundía miedo por su aspecto patibulario, me dijo: “Venga a
mi casa. Tengo algo con qué obsequiarle”. Quedé indeciso sin saber si debía aceptar, pero el
padre que me acompañaba me dijo: “Acepte Padre, es muy buena gente”. Fui a su casa, que
era una casita medio caída, y me hizo sentar en una silla coja. Así, desde donde yo estaba, se
veía la caída del sol. Este hombre me dijo: “¡Señor, vea qué lindo!”. Y nos quedamos en
silencio durante unos minutos. El sol desapareció. El hombre añadió: “Yo no sabía cómo
agradecer todo lo que ustedes hacen por nosotros. Yo no tengo nada que darle, pero creí que
le gustaría ver esta puesta de sol. Le ha gustado, ¿verdad? Buenas tardes”. Y me dio la mano.

Que Dios sea siempre el centro

“Mi mensaje hoy es que estén a la disposición del Señor. Que Dios sea siempre el centro, que
le escuchemos, que busquemos constantemente qué podemos hacer en su mayor servicio, y lo
realicemos lo mejor posible, con amor, desprendidos de todo. Que tengamos un sentido más
personal de Dios.

Ofrezco al Señor, en lo que me quede de vida, mis oraciones y los padecimientos anejos a mi
enfermedad. Personalmente, lo único que deseo es repetir desde el fondo de mi alma: