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TRASTORNO ANTISOCIAL: A PROPOSITO

DE UN CASO DE PSICOPATÍA
ADQUIRIDA.

Autores: Maria José Aibar Luis*

Bárbara Paniagua Moreno**.

Javier Tirapu Ustárroz***

*Psicólogo Clínico, Fundación Argibide. Pamplona. Navarra. E-mail:

mj.aibar@fundacionarguibide.org

**Psicólogo clínico. Unidad Alcoholismo. Toledo.

***Neuropsicólogo. Unidad Daño Cerebral. Clínica Ubarmin. Navarra. E-mail:


jtirapuu@cfnavarra.es
TRASTORNO ANTISOCIAL: A PROPOSITO DE UN
CASO DE PSICOPATÍA ADQUIRIDA.

RESUMEN

Hasta la fecha se han propuesto numerosas explicaciones etiológicas para dar


cuenta de la naturaleza del trastorno disocial. Los planteamientos actuales se
orientan hacia explicaciones de origen multicausal. La mayoría de ellos han
enfatizado los procesos cognitivo-conductuales, dejando en segundo plano las
emociones. Se propone la hipótesis del marcador somático propuesta por Damasio,
como una explicación válida para este trastorno. Esta hipótesis plantea que durante
los procesos de aprendizaje estados somáticos positivos o negativos evalúan y por
tanto destrivializan los acontecimientos. Cuando estos estados somáticos son
posteriormente reactivados por situaciones análogas a las previas, no solo actúan
señalando el valor de una determinada percepción, sino también, y más importante,
nos guían para seleccionar la conducta a seguir. El área cerebral implicada es el
sector ventromediano del cortex prefrontal. Se plantea que en los trastornos
disociales la voluntad se halla afectada por una disfunción en dicho marcador
somático. Presentamos un caso que ilustra extraordinariamente la hipótesis
explicativa propuesta.

PALABRAS CLAVE: Trastorno disocial, marcador somático, corteza orbitofrontal,


síndrome orgánico de personalidad. Emoción.
INTRODUCCIÓN

La característica esencial del trastorno disocial es un patrón de comportamiento


persistente y repetitivo en el que se violan los derechos básicos de los otros o
importantes normas sociales adecuadas a la edad del sujeto (DSM-IV-TR). La CIE-
10 define el trastorno orgánico de la personalidad como una alteración significativa
de las formas habituales del comportamiento premórbidos. Estas alteraciones
afectan de un modo particular a la expresión de las emociones, de las necesidades
y de los impulsos. Los procesos cognoscitivos pueden estar afectados en especial o
incluso exclusivamente en el área de la planificación de la propia actividad y en la
previsión de probables consecuencias sociales y personales, como en el llamado
síndrome del lóbulo frontal. No obstante, se sabe que este síndrome se presenta no
sólo en las lesiones del lóbulo frontal, sino también en lesiones de otras áreas
circunscritas del cerebro. Las pautas para el diagnóstico señalan que debe existir
a) Capacidad persistentemente reducida para mantener una actividad orientada a
un fin, concretamente las que requieran períodos largos de tiempo o gratificaciones
mediatas, b) Alteraciones emocionales, caracterizados por labilidad emocional,
simpatía superficial e injustificada (euforia, expresiones inadecuadas de júbilo) y
cambios rápidos hacia la irritabilidad o hacia manifestaciones súbitas de ira y
agresividad. En algunos casos el rasgo predominante puede ser la apatía.
c) Expresión de necesidades y de impulsos que tienden a presentarse sin tomar en
consideración sus consecuencias o molestias sociales (el enfermo puede llevar a
cabo actos antisociales tales como robos, comportamientos sexuales inadecuados,
comer vorazmente o no mostrar preocupación por su higiene y aseo personales).
d) Trastornos cognoscitivos, en forma de suspicacia o ideas paranoides o
preocupación excesiva por un tema único, por lo general abstracto (por ejemplo, la
religión, el "bien y el mal"), o por ambas a la vez.
e) Marcada alteración en el ritmo y flujo del lenguaje, con rasgos tales como
circunstancialidad, "sobreinclusividad", pegajosidad e hipergrafía y
f) Alteración del comportamiento sexual.

La importancia de la correcta evaluación de este trastorno es fundamental para el


trabajo clínico ya que se trata de alteraciones que producen un importante deterioro
psicosocial pudiendo tener mayor implicación a todos los niveles (social, laboral o
psicosocial) que cualquier otra patología del SNC. En segundo lugar son trastornos
con una extrema repercusión en la esfera conductual que tienden a persistir a lo
largo del tiempo e incluso empeorar. En tercer lugar su impacto en el entorno es
muy importante por la vivencia de los familiares de que el sujeto “ya no es el que
era”. Por último los datos de prevalencia existentes señalan que un alto porcentaje
(entre el 40 y el 80%) de los pacientes con TCE pueden presentar este tipo de
alteración

Las hipótesis sobre la etiología del trastorno disocial son variadas, con una
tendencia a planteamientos multicausales que contemplan aspectos genéticos,
neurobiológicos, neuropsicológicos, sociales o evolucionistas (Wolman, 1999). Sin
embargo, parece existir, hoy en día, cierto consenso en la diferenciación de los
trastornos disociales entre primarios y secundarios (Reid, Walter & Dorr, 1986). Así,
los primeros se caracterizarían por una aparente ausencia de ansiedad o culpa por
su conducta amoral o asocial, es decir se consideraría que carecen de juicio social.
Los segundos, sin embargo, son capaces de sentir culpa y remordimiento
intentándose explicar su conducta como secundaria a un déficit en control de los
impulsos e inestabilidad emocional.

Asimismo conviene destacar el hecho de que el trastorno disocial se ha relacionado


excesivamente con aspectos conductuales descuidando los aspectos emocionales
del trastorno. En este línea, Cleckey en su libro de 1941” The mask of sanity” ya
planteaba que el déficit en estos sujetos se sitúan en la esfera emocional
describiendo como sus principales rasgos la ausencia de sentimientos de culpa,
incapacidad para amar, impulsividad, superficialidad emocional o incapacidad para
aprender de la experiencia (Checkley, 1941; Dolan & Cord,1993; Hare & Cox, 1978;
Rogers, Salekin, Sewell & Cruise, 2000).

En cuanto a los aspectos neuropsicológicos son diversos los estudios que han
intentado establecer relación entre el TAP y los denominados procesos ejecutivos
aunque casi siempre con resultados contradictorios o poco consistentes. Esto es
debido, entre otros factores, a que el término funciones ejecutivas hace referencia,
de forma genérica, al control de la cognición y a la regulación de la conducta a
través de diferentes procesos íntimamente relacionados entre sí. De hecho en las
dos ultimas décadas este término se ha utilizado para describir un conjunto
demasiado amplio de procesos tales como la resolución de problemas, la
planificación, el inicio de la actividad, la estimación cognitiva, la memoria
prospectiva, etc.. De este modo, el término funciones ejecutivas recoge un número
tan amplio de procesos cognitivos que ha llegado a convertirse en un paraguas
conceptual lo que le ha llevado a perder operatividad y que exige una clarificación e
integración conceptual (Tirapu, Muñoz Céspedes & Pelegrín, 2002).

Por otro lado, la hipótesis del marcador somático formulada por Damasio arroja
cierta luz sobre las alteraciones neuropsicológicas subyacentes a los trastornos
disociales. Esta hipótesis plantea que durante los procesos de aprendizaje estados
somáticos positivos o negativos evalúan y por tanto destrivializan los
acontecimientos. Cuando estos estados somáticos son posteriormente reactivados
por situaciones análogas a las previas, no solo actúan señalando el valor de una
determinada percepción, sino también, y más importante, nos guían a seleccionar la
conducta a seguir.

Esta hipótesis trata de explicar la implicación de algunas regiones del córtex


prefrontal en el proceso de razonamiento y toma de decisiones y se desarrolló
buscando dar respuesta a una serie de observaciones clínicas en pacientes
neurológicos afectados de daño frontal focal. Este grupo particular de pacientes no
pueden ser explicados en términos de defectos en el razonamiento, toma de
decisiones, capacidad intelectual, lenguaje, memoria de trabajo o atención básica.
Sin embargo sus dificultades son obvias en el funcionamiento cotidiano presentando
severas dificultades en el dominio personal y social.

El planteamiento del marcador somático parte de algunas asunciones básicas que


deben aceptarse para dotar de cierta verosimilitud a esta hipótesis tan sugerente:
a)el razonamiento humano y la toma de decisiones dependen de múltiples niveles
de operaciones neurobiológicas algunas de las cuales ocurren en la mente y otras
no, las operaciones mentales dependen de imágenes sensoriales las cuales se
sustentan en la actividad coordinada de áreas corticales primarias; b) todas las
operaciones mentales dependen de algunos procesos básicos como la atención y la
memoria de trabajo; c) el razonamiento y toma de decisiones depende de una
disponibilidad de conocimiento acerca de las situaciones y opciones para la acción,
este conocimiento estas almacenado en forma de disposiciones en la corteza
cerebral y en núcleos subcorticales y d) el conocimiento se puede clasificar como
conocimiento innato y adquirido ( estados corporales y procesos biorreguladores
incluidas las emociones), conocimiento acerca de hechos, eventos y acciones (que
se hacen explícitas como imágenes mentales), la unión entre conocimiento innato y
conocimiento “acerca de” refleja la experiencia individual y la categorización de este
conocimiento nos otorga nuestra capacidad de razonamiento (Damasio,1994;
(Damasio, Tranel & Damasio, 1990,1991).

En definitiva, esta hipótesis trata de explicar el papel de las emociones en el


razonamiento y toma de decisiones (muy relacionado con las denominadas
funciones ejecutivas). Las observaciones de este autor señalaban que pacientes que
padecían daño cerebral adquirido en la corteza prefrontal ventromedial realizaban
adecuadamente los test neuropsicológicos de laboratorio pero tenían comprometida
su habilidad para expresar emociones. Si ante un perfil cognitivo conservado el
sujeto presenta dificultades en la toma de decisiones hemos de deducir que el
problema no solo compete al mero procesamiento de la información y que deben
existir otros aspectos o factores que están incidiendo en el problema.

El caso que exponemos a continuación constituye un ejemplo de cómo el daño


cerebral frontal puede producir una transformación drástica en la personalidad sin
afectar a otros sistemas cognitivos superiores. Este caso no ofrece dudas sobre la
posible presencia previa de las manifestaciones conductuales actuales, dado el
brusco y radical cambio biográfico experimentado en nuestra paciente.
Expondremos como el daño orbito - frontal puede provocar trastorno disocial
adquirido, en relación a la hipótesis del marcador somático de Damasio. De cómo
las emociones resultan un elemento imprescindible en la toma de decisiones que
permita la supervivencia de un individuo, y de la región ventromedial del cortex
frontal como el lugar donde “razón y emoción” se integran para permitir que dicha
toma de decisiones resulte adecuada (Damasio & Damasio, 1995; Damasio, 1998).
CASO LMA

L.M.A es una mujer de 38 años de edad, soltera, derivada desde el Servicio de


Salud de Aragón al Servicio de Neuropsicología de la Clínica Ubarmin de Pamplona
por uno de los neurólogos que la atiende, para clarificación diagnóstica.

En 1993, cuando contaba con 28 años de edad y tras ser atropellada, la paciente
sufrió un T.C.E además de otras fracturas, , que cursó con disminución del nivel de
conciencia, fractura del temporal derecho y de la base del cráneo con otrorragia y
diplopia. En principio tuvo una buena recuperación y las pruebas de neuroimagen
aplicadas en esa época (TAC) no revelaron secuelas observables. Sin embargo,
después del daño cerebral sufrido, L.M.A comenzó a presentar alteraciones
conductuales que han ido incrementándose a lo largo de estos años a pesar de
haber acudido a diversos servicios psiquiátricos, haber recibido varios diagnósticos,
numerosos tratamientos y varios ingresos.

Para una mejor comprensión del caso expondremos los acontecimientos en orden
cronológico

L.M.A proviene de una familia normalizada y profundamente religiosa, en cuya


dinámica previa no hay ningún dato que resulte relevante. Es la primogénita de
cuatro hermanas. Nacida de un embarazo sin incidencias, el parto se realizó
mediante fórceps y hubo complicaciones derivadas de la posición del cordón
umbilical. Su desarrollo evolutivo y escolar fue normal. Tanto los padres como la
paciente refieren que tuvo una infancia feliz, la describen como una niña “apacible,
tranquila, sociable y buena”, bien relacionada tanto con los adultos como con sus
iguales.

En 1990, tras iniciar estudios de Magisterio, comienza a presentar síntomas de TOC,


con pensamientos obsesivos de contaminación, orden y duda obsesiva con
conducta compulsiva asociada. Tras acudir a la Clínica Universitaria de Navarra,
recibe tratamiento farmacológico y el trastorno evoluciona favorablemente. En 1993
guiada por sus profundas creencias religiosas decide ingresar en una orden
religiosa, por lo que se traslada a Córdoba al prenoviciado que dicha orden tiene en
la ciudad. L.M.A expresa gran satisfacción al recordar este año de su vida. Dice
haber sido “muy feliz” con las labores que le encomendaban y la vida de oración. Se
sentía convencida de querer pasar al noviciado y a su vez fue considerada apta por
parte de la orden para continuar con la formación religiosa. En Septiembre de ese
mismo año tiene lugar el accidente mencionado, y tras “recuperarse” de las fracturas
se traslada a Pontevedra para iniciar el noviciado. En principio el accidente no ha
dejado secuelas, sin embargo pronto comienzan los problemas. L.M.A. se adapta
mal al nuevo entorno, por otra parte mucho más exigente, y comienzan las
alteraciones conductuales en forma de actuaciones violentas, malas contestaciones
y transgresiones de las normas. Transcurridos tres meses las hermanas solicitan
ayudan profesional consultando con un psiquiatra en Madrid. Este desaconseja que
L. ingrese en el convento por considerara que su estructura psicológica no es
adecuada para ese tipo de vida. L. regresa a su ciudad de origen a casa de sus
padres reincorporándose a sus estudios, los cuales consigue finalizar con mucho
esfuerzo.

Desde entonces las alteraciones conductuales y su incremento paulatino han sido la


tónica dominante en la vida de L, así como el continuo peregrinar de su familia a
diversos servicios psiquiátricos y psicológicos.

• En 1994 inicia tratamiento psicológico sin continuidad ni progresos


• 1996 Ingreso en la Clínica Padre Menni de Pamplona, en la que se le diagnostica
de TOC y Trastorno mixto de la personalidad con rasgos anacásticos y límites.
Sin progresos significativos se le da el alta.
• Seguimento por otros psiquiatras y psicólogos de los servicios sanitarios de su
cuidad. La diagnostican de Trastorno Bipolar.
• 1998 ingreso en la CUN para estudio. Se realiza una RM que revela
“heterogeneidad de señal a nivel frontal izquierdo y sobre el techo orbitario
ipsilateral”. Esta vez el diagnóstico es de Trastorno Orgánico de la personalidad,
manteniendo el de T. Bipolar.
• Diciembre de 2002 ingreso involuntario con autorización tras intentar agredir de
forma planificada a su terapeuta. Tras el episodio no se percibe sintomatología
aguda y realizan un diagnóstico de trastorno histriónico de la personalidad con
rasgos narcisistas y autodestructivos.

En Marzo de 2004 acude a nuestro servicio acompañada de sus padres.


Recientemente le han realizado una nueva RM en la que se aprecia una “lesión
encefalomalácica a nivel frontobasal y temporal izquierdo”. Lleva aproximadamente
un año viviendo fuera del domicilio familiar, aconsejados por los profesionales dado
que el clima familiar resultaba insostenible y que conceptualizan el caso dentro de
un trastorno histriónico. Durante este año el desajuste de L.M.A no ha hecho sino
incrementarse.

En nuestro primer contacto nos encontramos con una mujer de aspecto cuidado,
buenos modales, de contacto algo pueril que asiente a todo lo que refieren sus
padres. En la recogida de la historia narra los acontecimientos sucedidos con
frialdad y, pese a manifestar estar pasándolo mal, la repercusión emocional de su
situación no es observable por nosotros. Sí se aprecia cierta inquietud. Las
alteraciones conductuales que ha presentado a lo largo del tiempo han sido:
mentiras; consumo abusivo de café; episodios de heteroagresividad verbal y física,
impulsivos y planificados; amenazas/tentativas de suicidio; robos; dificultades en la
administración del dinero; imposibilidad de mantener un trabajo, allanamiento de
morada y destrucción de la propiedad ajena; imposibilidad de mantener un domicilio
estable así como las prestaciones sociales por el reiterado incumplimiento de las
normas; promiscuidad sexual y vinculación progresiva a ambientes marginales.

El primer objetivo de las consultas fue realizar una evaluación que aportara algo de
luz a la naturaleza de su patología.

En principio descartamos cualquier déficit en su capacidad intelectual. Tanto las


evaluaciones previas (en 1998 obtuvo un CI de 108 en el Raven), como el
rendimiento académico alcanzado con posterioridad al traumatismo, nos confirman
que la paciente posee una inteligencia normal.
Realizamos una evaluación de la personalidad mediante el Inventario Multiaxial
Clínico de Millon (MCMI II), en la que sobresalía un patrón de personalidad
obsesivo, seguida del prototipo histríonico. La personalidad obsesiva está formada
por rasgos como el perfeccionismo, la autoexigencia, el orden y el control (Millon
1998). Sin duda este patrón de personalidad se ajusta más a la descripción que
hacen de L. antes de comenzar a presentar la problemática actual, y algunas de sus
características cognitivas observables, como su tendencia a la rumiación. Sin
embargo no cabe duda que el patrón motivacional y conductual que presenta L. no
se ajusta en absoluto al patrón típico de las personas con una personalidad
obsesiva. En nuestra opinión ,al tratarse de un autoinforme, esta evaluación nos
informa del autoconcepto que de sí misma tiene la paciente y no de las
características conductuales que muestra en la actualidad.

Así mismo se evaluamos las funciones ejecutivas, con el fin de descartar que un
posible síndrome disejecutivo en sus habilidades cognitivas pudiera explicar su
patología. Las pruebas aplicadas y los resultados obtenidos fueron las siguientes:

• Pruebas de evocación categorial: resultados dentro de la normalidad.


• Test del mapa del Zoo (prueba de planificación/ ajuste a las normas): ejecución
adecuada
• Trail Making Test-B: resultados normales
• Figura Compleja de Rey: dentro de los límites de la normalidad
• Laberintos de Porteus: ejecución lenta y con errores
• Test de Stroop: puntuación de interferencia en torno a la media
• Torre de Londres: ejecución adecuada
• Torre de Hannoi: grandes dificultades
• Test de Wisconsin: ejecución adecuada
• Tareas de estimación cognitiva (Shallice y Evans) ejecución adecuada

Durante el proceso de evaluación se mostró colaboradora. En general se observó


una baja tolerancia a la frustración, inquietud y puerilidad. No se mostró impulsiva,
escuchando las instrucciones y planificando la tarea antes de ejecutarla, aun así
comete infracciones que le llevan al fracaso en algunas pruebas debido a la
incapacidad de prever las consecuencias inmediatas de su acción. Destaca la
reacción que presentó ante las dificultades en la Torre de Hanoi; en un momento
determinado golpea la mesa tras cometer un error. Es capaz de mantener un
esfuerzo sostenido. Muestra una alta dependencia de campo como estilo cognitivo
predominante, basando su procesamiento de la información en indicios externos de
referencia.

Las funciones ejecutivas cognitivas de L. se sitúan dentro de normalidad y podemos


afirmar que mantiene un perfil de funcionamiento cognitivo conservado.

La siguiente hipótesis a descartar fue que el comportamiento de L. se deba al


desconocimiento de cuales son las claves de un comportamiento socialmente
aceptable. Para evaluar esta cuestión utilizamos pruebas de Generación de
respuestas para la acción (Saber), en la que L.M.A demostró ser conocedora de las
reglas sociales vigentes y encontrarse en un estadío moral avanzado.

La prueba que peor resuelve, resultando muy llamativa su ejecución, es el juego de


las cartas de Bechara, donde se pone de manifiesto su torpeza para tomar
decisiones para el futuro. En esta prueba los sujetos deben elegir una carta entre
cuatro montones de cartas, ganando o perdiendo dinero con todas ellas. En los dos
primeros montones, se ganan grandes cantidades de dinero, pero también se
pierden grandes sumas, por lo que el resultado de apostar en estos dos montones
es siempre negativo. El funcionamiento de los otros bloques de cartas es contrario,
se gana poco dinero, pero se pierde mucho menos, por lo que a largo plazo, el
balance de elegir en estos grupos es favorable. La pauta de respuesta en los sujetos
normales es el realizar respuestas aleatorias en los 50 primeros movimientos, y
centrarse en las cartas ventajosas a largo plazo en los 50 restantes. Nuestra
paciente, sin embargo, en 100 movimientos que debe realizar con las cartas toma 80
decisiones desventajosas (decisiones que otorgan ganancias altas pero que a largo
plazo resultan inadecuadas porque te hacen perder grandes cantidades de dinero).
Este tipo de actuación se ha relacionado con la afectación del sector ventromediano
del cortex prefronatal donde se integran procesos de razonamiento con estados
emocionales para dar lugar a decisiones ventajosas para el futuro que garanticen la
supervivencia y calidad de dicha supervivencia.
Dado estos resultados decimos evaluar la respuesta emocional de L. ante estímulos
emocionalmente intensos. Para ello medimos la respuesta electrodérmica ante
escenas de diferentes películas que provocaban emociones intensas de miedo,
asco, rabia, pena y alegría. Durante la proyección realiza comentarios como “¡que
asco!”, pero no existen cambios significativos en su respuesta electrodermal.

Así pues tras esta evaluación concluimos que sus funciones ejecutivas están
alteradas, en la medida en que no es capaz de elegir alternativas que resuelvan los
problemas de forma adaptativa. La causa de su problema no parece radicar en su
impulsividad, sino en una incapacidad para tomar decisiones ventajosas para el
futuro en función de las consecuencias positivas que una conducta reporta a largo
plazo en detrimento del refuerzo inmediato. Es importante incidir que este
comportamiento se aproxima más al de psicopatía adquirida descrito en la literatura
con lesiones del sector ventromediano del cortex prefrontal que con conductas de
tipo acting-out de los pacientes con problemas graves de impulsividad. La diferencia
radica en que unos no piensan antes de actuar (impulsivos), y otros piensan pero no
toman las decisiones acertadas que les conduzca hacia una mayor y mejor
adaptación personal y social.

CONCLUSIONES

1.- LMA no presenta alteraciones en su capacidad intelectual, ni déficits en


funciones cognitivas que puedan explicar el origen del descontrol de su conducta.
Asimismo posee conocimiento sobre las normas sociales.

2.- Las conductas que presenta LMA pueden ser explicadas desde la hipótesis del
“marcado somático” relatadas en este trabajo

3.- Aunque el propósito de la neuropsicología es clarificar si existe una base


orgánica que pueda explicar su comportamiento creemos que este planteamiento no
es el más correcto ya que la distinción entre “orgánico” y “funcional” resulta
engañosa. Cuando hablamos de organicidad parece que hacemos referencia a un
modelo basado en la existencia de lesiones estructurales en el cerebro que pueden
ser objetivadas en pruebas de neuroimagen estructural (TAC y RNM) cuando
debemos plantearnos que lo que puede estar manifestándose es una alteración
funcional en el mismo. En este caso nos hallaríamos ante una hipofunción del córtex
prefrontal que afectaría al razonamiento-toma de decisiones relacionado con la
emoción-sentimiento.

4.- A la luz de estos planteamientos consideramos que podemos comenzar a


establecer alguna diferenciación entre los conceptos de inteligencia y voluntad. En la
actualidad es muy frecuente encontrar, sobretodo en los peritajes judiciales, un
apriorismo que tal vez no sea cierto y que puede enunciarse de la siguiente manera:
“los sujetos inteligentes tienen su voluntad intacta ya que su capacidad de
razonamiento se encuentra preservada”.

5.- La inteligencia es la capacidad de razonar y generar posibilidades pero la


voluntad actúa con las emociones y debe ser entendida como la capacidad de
seleccionar una respuesta que en último término será ventajosa para la
supervivencia y para la calidad de dicha supervivencia. Evidentemente no es este el
caso de los sujetos disociales.

Este último punto, tal vez quede más clarificado, si lo ilustramos con el ejemplo del
trastorno obsesivo-compulsivo: en este tipo de patología nadie dudaría que los
sujetos afectados tienen en muchos casos una inteligencia normal o alta pero su
voluntad se ve claramente limitada por el trastorno. Son sujetos hiperfóbicos que ven
amenazas para su supervivencia donde no existen. De esta misma manera
podemos plantear que pueden existir sujetos “hipofóbicos” que no perciben
amenazas donde existen sometiéndose a conductas continuas que ponen en riesgo
su supervivencia y su status en el grupo social. De hecho no deja de ser curioso que
el TOC y el trastorno de control de los impulsos compartan los mismos circuitos
cerebrales.

En el verano de 1848, el Dr. Harlow describió el caso de Phineas Gage, un


trabajador eficiente y capaz que tras sufrir un accidente laboral que afectó a la
región frontal de su cerebro experimentó graves cambios en su personalidad. Este
hecho da dejó entrever que existen sistemas en nuestro cerebro dedicados al
razonamiento y a las dimensiones personales y sociales del individuo. Después de
siglo y medio múltiples casos como el de Gage nos indican que algo en el cerebro
humano concierne a la condición humana, como la capacidad de anticipar el futuro,
de actuar en un mundo social complejo, el conocimiento de uno mismo y el de los
demás y el control sobre la propia existencia (Harlow, 1868; Bechara, Damasio,
Damasio & Anderson 1994).

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