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Índice

Introducción
Jesús, nuestro líder
Jesús, líder de la iglesia
Jesús, un líder que supo delegar
Jesús, un líder en la selección de personal
Jesús, un líder de gran fortaleza
Jesús, un líder justo e imparcial
Jesús, un líder en el ministerio de la reprensión
Jesús, un líder de convicciones
Jesús, un líder con dominio propio
Jesús, un líder con un espíritu valeroso
Jesús, un líder perdonador
Jesús, un líder altruista
Jesús, un líder conocedor de sus prioridades
Jesús, un líder planificador
Jesús, un líder con autoridad
Capítulo 6
Jesús, un líder justo e imparcial

A lo largo de su vida en la tierra Jesús fue siempre equitativo en su


relación con sus discípulos y otros seguidores, aún con sus enemigos.
No solamente enseñó por precepto, pero también por ejemplo. Así que,
todas las cosas que quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así
también haced vosotros con ellos; porque esa es la ley y los profetas" -
(Mateo 7:12).
A causa de su justicia, su imparcialidad, la gente tenía plena confianza en
él como líder. Miles le siguieron. "Había muchos que estaban
profundamente conmovidos por el carácter y la obra de Cristo, y cuyo
corazón se estaba abriendo a él con fe; y los discípulos, que no podían
discernir los motivos, debían tener cuidado de no desalentar a esas
almas" (El Deseado de todas las gentes, página 405).
Tenemos muchos ejemplos del tratamiento justo que Jesús brindó a
otros. Seis días antes de la Pascua, Jesús buscó refugio en la casa de
Lázaro. Mientras estaba en Betania, él, sus discípulos y sus amigos
recibieron una invitación a la casa de Simón. Simón había sido sanado
de la lepra y fue el poder sanador manifestado en su favor lo que le
acercó al Salvador.
Quería expresar su gratitud y por lo tanto preparó un agasajo en honor de
Cristo. Esto ocurrió una semana antes de la crucifixión. Para entonces
Simón no estaba aún convencido que Jesús era el Mesías. Sabía, en
cambio, que Jesús era un magnífico y gran maestro. Mientras
avanzaba la fiesta, María, silenciosamente, se deslizó en el recinto.
Esto le resultó muy fácil porque las casas en el oriente eran abiertas.
Los extraños podían entrar y salir a su antojo para ver a los
huéspedes y unirse a la conversación. Tal vez María había
escuchado la voz de Jesús decir con anterioridad: "Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar"
(Mateo 11:28).
María entró con un frasco de alabastro con ungüento de nardo. Su
costo ha sido estimado desde cuarenta hasta quinientos dólares.
Colocándose detrás de Jesús, rompió el vaso y le ungió, mientras
derramaba lágrimas y secaba sus pies con los cabellos en tanto que
los besaba. Cuando el aroma del costoso perfume inundó el recinto,
alcanzó los nervios olfatorios de Judas.
Indignado, Judas sintió que se estaba derrochando el dinero y la
acción no debía tolerarse. Incapaz de contenerse exc lamó: "¡Que
despilfarro!" "¿Por qué no se ha vendido este ungüento por
trecientos denarios, y se dio a los pobres?" (Juan 12:5).
Los otros discípulos estuvieron de acuerdo. Después de todo, Judas
era el experto en finanzas. Todos pensaron que tenía razón. Había
muchos pobres en la nación, algunos con sólo unos pocos centavos.
La tasa de desempleo era elevada y existía mucha capacidad ociosa.
La situación de vivienda era precaria. Las ciudades estaban
superpobladas. ¿Por qué ese despilfarro?
¿Cómo reaccionó Jesús? Él tenía que pensar en tres personas:
María, Judas y Simón, el anfitrión. Como un líder, ¿de qué manera
enfocaría el problema?
Primeramente, miremos a Judas y la clase de actitud que Jesús
asumió con él. Jesús sabía que Judas era ladrón. Bien podría haber
usado la ocasión para avergonzado desenmascarando sus recónditas
intenciones. Quizás nosotros habríamos hecho eso, poniendo al
hipócrita en su lugar. Podríamos haberlo desenmascarado delante de
la concurrencia y contemplar como su rostro se enrojecía, pero J esús
no lo avergonzó. "El salvador no le censuró" (El Deseado de todas
las gentes, página 516). Haberlo hecho no habría ayudado en nada a
Judas.
Simón también estaba sorprendido por el delicado aroma del
perfume. Veámosle. "Este", se dijo pomposamente refi riéndose
a Jesús, "si fuera profeta, conocería quién es la mujer que le toca,
que es pecadora" (Lucas 7:39). Elena de White dice: "Simón había
arrastrado al pecado a la mujer a quien ahora despreciaba. Ella
había sido muy perjudicada por él" (El Deseado de todas las
gentes, páginas 519 y 520). Jesús lo sabía y tenía ante sí la
oportunidad de desenmascarar a otro hipócrita. ¿Por qué? Jesús
también sabía que, según la opinión de Simón, él no sabía qué
clase de mujer estaba besando sus pies, y por lo tanto era un
farsante y no un verdadero profeta. Si Jesús lo supiera, razonaba
Simón, no habría permitido que una mujer tal se le acercase.
¡Simón sentía pena por Jesús! ¡Que caritativo!, Sentía compasión
por un iluso y pobre hombre que equivocadamente creía ser un
profeta. Jesús, desde luego, conocía mejor a Simón de lo que él
mismo se conocía. Pero en lugar de descubrirlo le dijo:
Simón, una cosa tengo que decirte.
Di, Maestro.
Un acreedor tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios,
y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a
ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
Simón respondió:
Pienso que aquel al cual perdonó más. Jesús le dijo:
Rectamente has juzgado (Lucas 7:40-43).
Entonces volviéndose a la mujer, pero hablando aún a Simón,
añadió:
— ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, no me diste agua para mis
pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha limpiado
con sus cabellos. No me diste beso, mas ésta, desde que entré, no ha
cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con óleo; mas ésta
ha ungido mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados son
perdonados, porque amó mucho; mas al que se perdona poco, poco
ama" (versículos 44-47).
En términos de una lección de liderato, el ejemplo de Cristo que
hemos citado es poco menos que un milagro. La asociación de
Cristo con la gente tenía como fin salvarles y revelar el carácter de
Dios de tal manera, que fuesen movidos a la emulación,
incluyéndote a ti y a mí.
Jesús no sólo fue justo con sus discípulos, pero aún con otros que no
figuraban entre sus inmediatos seguidores. En una ocasión los
discípulos le dijeron: "Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre
echaba fuera los demonios; y se lo prohibimos, porque no nos sigue".
Jesús les respondió: "No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga
milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí. Porque el que
no es contra nosotros, por nosotros es" (Marcos 9:38-40). Los
discípulos creían que le hacían un favor a Jesús al detener a un
competidor. Se sentían celosos de su propio trabajo. Pero bajo la
bondadosa dirección de Jesús "Reconocieron su error y aceptaron la
reprensión de Jesús: 'No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga
milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí" (El Deseado
de todas las gentes, página 405).
La lección es clara. El hecho de que ciertas personas no pertenezcan a
nuestra iglesia no nos autoriza a detener una buena labor que realizan
en el nombre del Señor. Como lo expresó Jesús, quien no es contra
nosotros, por nosotros es.
En otra ocasión Jesús envió unos mensajeros delante de él a una aldea
samaritana para aparejar un recinto. Los aldeanos, sin embargo,
rehusaron atender el pedido de los apóstoles, porque los mismos iban
rumbo a Jerusalén. Cuando les llegó el informe, Santiago y Juan
querían pedir fuego del cielo para que destruyese la aldea. (Lucas
9:51-54). Esa era "su solución final" para el problema de la oposición.
Querían avanzar con rapidez. Jesús, sin embargo los detuvo en sus
intenciones. Les previno diciendo: "Vosotros no sabéis de qué espíritu
sois; porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los
hombres sino a salvadas" (versículos 55,56).
Una vez más el líder Maestro exhibió su justicia y trato equitativo. --V'
Podía actuar de esa manera porque su preocupación era salvar, no
consumir, a la gente.
Jesús nos dice, no busquen etiquetas; más bien busquen acciones,
actitudes y espíritu. Cuando alguien demuestre misericordia, fe, e
integridad no acudan a él con su propio prejuicio y antagonismo. "Si
un hermano (o cualquier otro) está en desacuerdo con usted en algún
punto de la verdad, no lo ridiculice, ni lo coloque en una falsa luz, ni
tergiverse sus palabras desviándolas de su interpretación correcta...
Ud. no sabe en realidad qué clase de evidencia él tiene para su fe, y
Ud. no puede realmente definir su propia posición" (Counsels to writers
and editors, página 50).
En una experiencia interesante del Antiguo Testamento, el Señor
tomó del espíritu que había en Moisés y lo colocó sobre los setenta
ancianos quienes luego profetizaron. Dos de los setenta, Eldad y
Medad, estaban en el campo y allí mismo profetizaron.
"Y corrió un mozo, y dio aviso a Moisés, y dijo, Eldad y Medad
profetizan en el campo. Y Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés...
dijo: Señor mío Moisés, impídelos. Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú
celos por mí? Mas ojalá que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas,
que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos" (Números 11:27-29).
Moisés era un líder imparcial y que poseía buen juicio. Elena de
White nos dice: "Debemos amar a los hombres por causa de Cristo.
Es fácil que el corazón natural ame a unos pocos y sea parcial para
con estos pocos; pero Cristo nos pide que nos amemos mutuamente
como él nos ha amado" (Testimonios para los ministros, página
154). Tenemos que ser justos con nuestros miembros y también con
nuestros obreros. "Espera que sus mayordomos sean fieles en
reprobar y corregir... No deben usarse medios ásperos ni hacerse una
obra injusta, precipitada e impulsiva. Los esfuerzos hechos para
limpiar la iglesia de la conminación moral, deben efectuarse de la
manera en que Dios quiere. No debe haber parcialidad ni hipocresía.
No debe haber favoritos cuyos pecados se consideran menos
pecaminosos que los de los demás. ¡Oh, cuánto necesitamos todos el
bautismo del Espíritu Santo!" (Evangelismo, páginas 270-271).
Hace algún tiempo observé a un presidente de asociación que dirigió el
proceso de desfraternización de unas doce personas, por medio de una
maniobra rápida y alevosa. Es cierto que los tales eran promotores de
disensión. Posiblemente merecían la censura y tal vez la
desfraternización, pero no empleando medios dudosos y opuestos a las
normas cristianas. Esa noche hice una decisión, que si yo mismo
llegase a estar envuelto en una situación similar, trataría de ser tan
equitativo y justo como me fuese posible al tratar con otros. Los
líderes cristianos nunca deberían estar en una posición de
responsabilidad a menos que sean corteses y compasivos. No debe
haber distinciones de rango. Tanto el rico como e1pobre son de igual
valor delante de Dios. El no reconoce ni casta ni color. Las personas
son personas. Algunos son mejores, otros peores, pero todos pueden ser
salvos por la gracia de Cristo.
El gran líder, Moisés, al hablar a su pueblo dijo: "Y entonces mandé
a vuestros jueces diciendo: Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad
justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero. No tengáis
respeto de personas en el juicio; así al pequeño como al grande
oiréis. No tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios"
(Deuteronomio 1:16,17). Y más adelante añadió: "No tuerzas el
derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el
soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los
justos" (Deuteronomio 16:19).
Un hombre grande a la vista de Dios, aún en medio de las multitudes,
preocupaciones, y presiones financieras, conserva su alma pura, sin
mancha, sin la inmundicia de la mundanalidad. Justicia imparcial,
atemperada con la misericordia, debe exhibirse en todos sus tratos.
Miremos algunos de los resultados de un buen trato hacia otros.
Simón criticó a Jesús por permitirle a María llegar hasta su presencia
y ungir su cuerpo con un perfume muy costoso. A pesar de su actitud
crítica, Jesús le trató amablemente, y Simón llegó a ser un discípulo.
Leemos: "Una denuncia severa hubiera endurecido el corazón de
Simón contra el arrepentimiento, pero una paciente admonición le
convenció de su error... Su orgullo fue humillado, se arrepintió, y 61
orgulloso fariseo llegó a ser un humilde y abnegado discípulo" (El
Deseado de todas las gentes, página 521). Simón se sintió
profundamente conmovido por la bondad de Jesús al no censurarlo
públicamente.
Pensemos acerca de María. Por medio del trato justo e imparcial de
Jesús, "ella llegó a ser participante de la naturaleza divina. Aquella que
había caído, y cuya mente había sido habitación de demonios, fue
puesta en estrecho compañerismo y ministerio con el salvador... María
estuvo junto a la cruz .), le siguió hasta el sepulcro. María fue la primera
en ir a la tumba después de su resurrección. María fue la primera que
proclamó al salvador resucitado" (El Deseado de todas las gentes, página
521). "Y hasta donde el evangelio se extendiese, el don de María
exhalaría su fragancia y los corazones serían bendecidos por su acción
espontánea. Se levantarían y caerían los reinos; los nombres de los
monarcas y los conquistadores serían olvidados; pero la acción de esta
mujer sería inmortalizada en las páginas de la historia sagrada" El
Deseado de todas las Gentes, página 515).
En Apocalipsis 15:3,4 leemos del testimonio de todos aquellos que
han sido tratados con equidad: "Y cantan el cántico de Moisés, siervo
de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas
son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus
caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y
engrandecerá tu nombre? Porque tú sólo eres santo; por lo cual todas
las naciones vendrán, y adorarán delante de ti, porque tus juicios son .
manifestados".
Aún Satanás, quien siempre ha sostenido que Dios es injusto,
finalmente admitirá la justicia divina. "Sus acusaciones contra la
misericordia y justicia de Dios están ya acalladas. Los vituperios que
procuró lanzar contra Jehová recaen enteramente sobre él. Y ahora
Satanás se inclina y reconoce la justicia de su sentencia" (El conflicto
de los siglos, página 728).
Capítulo 9
Jesús, un líder con dominio propio

En los días cuando aún funcionaban las máquinas a vapor, era


necesario que el maquinista mantuviera su vista en la aguja que medía
la presión. Demasiada presión podía hacer volar la válvula de
seguridad.
Cierto día afrontamos con nuestra segadora una situación que puso en
peligro nuestra vida. Por alguna razón desconocida, el bloque se
rompió. Esto asustó al maquinista. En vez de liberar el acelerador, el
hombre salió corriendo a buscar refugio. Todos nosotros hicimos lo
mismo. Mientras el vapor seguía fluyendo, la máquina siguió
trabajando, mientras trozos de metal saltaban por los aires en todas
direcciones. Finalmente todo el bloque del motor fue arrancado de su
sitio y los pernos que lo sujetaban se retorcieron. Por cuanto la fuerza
del vapor no estaba bajo control, regulada a través del acelerador, el
motor quedó vuelto añicos y convertido en chatarra.
Más importante que mantener las máquinas de vapor bajo control es
mantener las emociones bajo control. Muchos desastres han ocurrido
porque los líderes no supieron ejercer el dominio propio. El poeta Goethe
escribió: "El mejor gobierno es el que enseña el dominio propio". Jesús
exhibió dominio propio cuando se le aproximó Judas, en el Jardín de
Getsemaní, dirigiendo una turba armada con palos y espadas. Entre el
grupo había dirigentes religiosos, sumos sacerdotes y ancianos. Antes
de llegar, Judas le dijo a la turba: "A quien yo besare, ese es el hombre;
prendedle" (Mateo 26:48, Nueva Biblia inglesa). Unos momentos
después saludó al Señor y le besó con afecto. ¡Note el dominio propio
exhibido por Jesús! "Amigo", le dijo, "haz lo que has venido a hacer"
(versículo 50, Nueva Biblia inglesa).
La reacción humana más natural, como lo hizo Pedro, era echar mano
de la espada y apuntarla al cuello. Pero con un perfecto dominio propio
Jesús respondió: "Amigo, haz lo que has venido a hacer". Se nos dice
que la voz de Jesús temblaba de pesar mientras decía: "Judas, ¿con un
beso entregas al Hijo del hombre?" (Lucas 22:48). (Véase E/ Deseado
de todas las gentes, página 645.)
Más tarde Jesús fue conducido a la casa de Caifás, donde se habían
juntado los escribas y ancianos. Jesús permaneció silencioso ante las
falsas acusaciones. Airado, el sumo sacerdote, Caifás, le conminó: "Te
conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios" (Mateo 26:63). Jesús respondió serenamente: "Tú lo has
dicho" (versículo 64).
Le escupieron, le golpearon, y abofetearon. "Profetízanos tú, Cristo,
quién es el que te ha herido" (versículo 68).
Si alguien escupiera su rostro, ¿cuál sería su reacción? ¿Devolvería el
escupitajo? Pero aunque no lo hagamos, ¿abrigaríamos el enojo dentro
de nosotros? Me pregunto cómo reaccionaría yo ante una situación
semejante. Especialmente si supiera que con una sola palabra podría
destruir a todos bajo una lluvia de fuego, ¿podría mantener el dominio
propio de Jesús?
Años atrás uno de nuestros presidentes de asociación, como lo he
escuchado de fuente fidedigna, visitó una iglesia mientras celebraba una
sesión de negocios. Uno de los miembros de la iglesia manifestaba un
espíritu antagónico contra el dirigente. En su frustración y enojo, le
escupió en el rostro. El administrador simplemente sonrió y se limpió la
saliva. Un hombre que es capaz de resistir tal clase de abuso y mantener
su dominio propio merece nuestra admiración.
Podemos ver el dominio propio de Jesús en acción durante su
experiencia en el desierto, como lo registra Mateo 4. Cristo fue tentado
severamente. El omnipresente Satanás le desafió: "Di que estas piedras
se hagan pan" (versículo 3). La tentación iba dirigida a la satisfacción
del hambre. Sin embargo él respondió: "No sólo de pan vivirá el hombre;
mas de toda palabra que sale de la boca de Dios" (versículo 4). No
satisfecho aún, Satanás le llevó a las almenas del templo y le dijo: "Si
eres el Hijo de Dios, échate abajo; que escrito está: a sus ángeles mandará
por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en
piedra" (versículo 6).
Era la intención de Satanás desafiar a Cristo en su confianza en Dios.
Serenamente Jesús le respondió: "Escrito está además: no tentarás al
Señor tu Dios" (versículo 7).
La multitud expectante ¿habría creído en él si hubiese saltado? No
necesariamente. "Si no oyen a Moisés ya los profetas", exclamó Jesús en
una ocasión, "tampoco se persuadirán si alguno se levantare de los
muertos" (Lucas 16:31).
Jesús no creía que era necesario forzar a Dios para satisfacer los
caprichos del diablo. No probamos la verdad por artificio de manos o aun
por medio de milagros, pues los demonios pueden, igualmente, realizar
milagros.
Satanás, no satisfecho aún, le lleva a una elevada montaña y le muestra
todos los reinos de la tierra y su gloria diciéndole: "Todo esto te daré si
postrado me adorares" (Mateo 4:8,9). En esta oportunidad Satanás apeló
al poderío político, con el cual habían soñado los judíos por muchos
años. Su visión de gloria contemplaba a Israel recibiendo el honor y
homenaje de las naciones. En los días de Cristo había alrededor de
seis millones de judíos dispersos en la cuenca del Mediterráneo. Si Cristo
afirmaba su liderato, podrían estar "en la cumbre del mundo". En cada
ciudad mayor había publicanos que, respaldados por soldados romanos,
cobraban impuestos gravosos sin ninguna compasión. Esta pudo haber
sido una tentación muy real para
Jesús de convertirse en el líder del mundo, más poderoso que los césares.
Pero Jesús volvió a usar las palabras: "Vete, Satanás, que escrito está: al
Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás" (versículo 10).
A través de su vida, Jesús manifestó un excelente dominio propio. ¿Cuán
efectivos somos en mantener nuestras emociones bajo control? Tenemos
un ejemplo maravilloso en Cristo. Debemos orar para que nos sea dada la
mente de Cristo. "Algunos que han predicado a otros, ellos mismos serán
reprobados porque no han perfeccionado el carácter cristiano... Los
mismos no ven la importancia del escudriñamiento y el dominio propios"
(Testimonies, tomo 2, página 511).
Hace algún tiempo escuché la historia de un ministro que le dio una
filípica a un joven aspirante al ministerio. No recuerdo la razón por la cual
ocurrió el incidente, Posiblemente el joven falló en seguir las
instrucciones de su superior, por lo tanto el ministro le dijo: "¿Quién te
crees que eres? Debo informar de tu conducta. ¿Cómo te llamas?" Resulta
que el joven tenía el mismo apellido del presidente de la asociación. De
inmediato el ministro cambió su tono y su lenguaje. ¡Repentinamente
adquirió el dominio propio! ¿Por qué? Tenía miedo de su superior. Los
motivos que nos mueven al dominio propio deberían venir de otra fuente.
Leemos que "Todo el que quiere ser un obrero para Dios tiene que
practicar la disciplina propia. Esto logrará más que la elocuencia o los
talentos más destacados. Una mente común, bien disciplinada, efectuará
una obra mayor y más elevada que lamente mejor educada y los mayores
talentos sin el dominio propio" (Palabras de vida del gran Maestro,
páginas 269-270). (El énfasis es nuestro.)
La Biblia nos dice (1 Samuel 25) que David y sus hombres, mientras
habitaban en el desierto, protegían los ganados de Nabal y a sus pastores.
Nabal tenía tres mil ovejas y mil cabras. Por brindarle esa protección,
David pensó que Nabal debía mostrar su gratitud suministrándole algunas
provisiones. Pero cuando se le presentó el pedido' al desvergonzado
Nabal, preguntó: "¿Quién es David, y quién es el hijo de Isaí?"
Sintiéndose insultado, David se enojó. Ordenó a cuatrocientos de sus
hombres que aprestaran sus espadas y descendieran para castigar a Nabal.
Uno de los hombres de Nabal escuchó los planes de David. Se apresuró a
ir hasta donde Abigail, la esposa de Nabal, y le informó que David estaba
en camino para matar a su esposo y que ella debería actuar con rapidez.
Así lo hizo. Preparó doscientos panes, dos barriles de vino, cinco
corderos guisados, y cinco medidas de grano tostado, y cien tortas de
uvas pasas, y doscientos panes de higos secos, y los cargó en asnos, y se
fue en busca de David. La carga era bastante grande como para aplacar la
ira de un hombre. Mientras David avanzaba hacia la casa de Nabal,
posiblemente se decía a sí mismo: "¿De qué nos ha servido ayudar a este
desventurado Nabal? Hemos protegido sus rebaños en el desierto y ni un
corderito ha sido robado. Y todo lo que ganamos son insultos. Veremos
si mañana por la mañana ni un solo hombre le queda vivo".
De pronto, delante de él apareció una hermosa dama, la esposa de Nabal.
Prestamente se apeó del asno, saludó a David y le ofreció sus regalos,
diciéndole: "No hagas caso de lo que ha hecho. Él es tal como su nombre,
Nabal, que quiere decir brusco, y tal es su conducta" (versículo 25,
Nueva Biblia inglesa).
"Bendito sea Jehová", respondió David, "el Dios de Israel que te envió
para que hoy me encontraras; bendito sea tu razonamiento, y bendita tú,
que me has estorbado hoy de ir a derramar sangre, y a vengarme por mi
propia mano... que si no te hubieras dado prisa en venirme al encuentro,
de aquí a mañana no le quedara ningún varón a Nabal" (versículos 32-
34). Porque fue capaz de controlar sus emociones, más de una esposa ha
salvado a su esposo, el líder, de airear sus precipitados pensamientos en
un momento inoportuno.
Volvamos a considerar el ejemplo de nuestro Señor y observemos los
resultados de una vida de dominio propio. Judas se arrojó a los pies de
Cristo diciéndole: "Tú eres el Hijo de Dios. Líbrate a ti mismo". ¿Cuál
fue la reacción de Jesús? No reprendió al traidor, "no pronunció una sola
palabra de condenación. Miró compasivamente a Judas y dijo: "Para esta
hora he venido al mundo" (El Deseado de todas las gentes, página 669).
Judas vio que su súplica era en vano, y salió de la sala gritando:
"Demasiado tarde, demasiado tarde"... No podía soportar ver a Cristo
crucificado, y saliendo, fue y se ahorcó. Jesús no usó la espada con Judas,
sino palabras bondadosas. La espada no puede cambiar el espíritu de
nadie. Si la historia nos enseña algo, debemos reconocer que la venganza
genera venganza, Cristo podría haber llamado una legión de ángeles que
habrían barrido a Judas y a su turba.
Si Jesús hubiese perdido el dominio propio y hubiese sancionado a Judas,
habríamos perdido la esperanza de salvación. La muchedumbre miró con
asombro la paciencia de Cristo hacia Judas. Una profunda convicción se
apoderó de la turba. Ese era, en verdad, el Hijo de Dios. ¡Qué lección
para nosotros! trato bondadoso dado a Judas tuvo una influencia
imperecedera sobre los discípulos. Cientos y miles de veces este ejemplo
de paciencia y dominio propio ha sido citado como un ejemplo digno de
emulación. El mundo todavía se maravilla del espíritu de Cristo. ¿Qué de
nuestro liderato? ¿Se admira la gente de nuestro dominio propio? Estoy
seguro que todos lamentamos las ocasiones en las cuales hemos
fracasado en reflejar el espíritu de Cristo.
Moisés fue un gran conductor de hombres, un hombre muy humilde, pero
una vez perdió la paciencia. "Oíd ahora, rebeldes", exclamó, "¿os hemos
de hacer salir aguas de esta peña?" (Números 20:10). En vez de hablar a
la roca como Dios se lo había indicado, él la hirió dos veces con su vara.
El agua brotó. La acusación era correcta. Eran rebeldes,
"pero ni aún la verdad debe decirse apasionada o impacientemente... Pero
cuando se arrogó la responsabilidad de acusarlos, contristó al Espíritu de
Dios y sólo daño le hizo al pueblo. Evidenció su falta de paciencia y de
dominio propio" (Patriarcas y profetas, página 441).
Por haber perdido la paciencia, ahora el pueblo de Dios tenía una excusa
para su propia falta de fe. Empezaron a preguntarse si Moisés estaba en
realidad bajo la dirección divina. Comenzaron a excusar sus propios
pecados. ¡Qué tragedia! Y así ocurre siempre. Si no ejercemos el dominio
propio, damos a la gente la ocasión de usarnos como una excusa para sus
propios pecados y fracasos.
La pregunta es: "¿Cómo podernos desarrollar el espíritu de dominio
propio, el espíritu de Cristo?" Jesús tenía dominio propio por virtud del
Espíritu de Dios.- "Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu
de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu
de conocimiento y de temor de Jehová" (Isaías 11:2). La fuente de
fortaleza de Jesús estaba en el Espíritu Santo. Cuando fue bautizado, el
Espíritu descendió sobre él y desde ese día, nunca más le abandonó.
Se nos dice que el fruto del Espíritu Santo es templanza, o
dominio propio. (Véase Gálatas 5:22, versión de Moffat.) Así como el
Espíritu Santo ayudó a Jesús, así puede asistirnos a nosotros para
mantener nuestras emociones bajo control. Por haberse rendido al poder
del Espíritu, poseía un sentido de seguridad. Jesús poseía gran fortaleza
porque siempre hizo la voluntad de su Padre (Juan 17:4). Cuando Judas
se acercó a Jesús en el huerto, Jesús se sintió confiado y seguro en las
manos de su Padre. Tres veces oró, "No como yo quiero, sino como tú".
Vivía tan confiado en su Padre que estaba listo para cualquier
contingencia.
Cristo nos invita hoy para llevar el mismo fruto del dominio propio. "Si
alguno tiene sed, venga a mí y beba" (Juan 7:37). ¿Tenemos sed del
Espíritu de Dios? la bendición del Espíritu somos tan áridos y desolados
como un desierto. Sin el auxilio del Espíritu nuestros ojos son ciegos y
sordos nuestros oídos. Sin el espíritu, nuestras emociones pueden
desencadenarse fácilmente. Hay puentes aquí y allá que sólo soportan
cierto peso. Si les sobreviene una carga mayor, se derrumbarán. Hay
líderes cristianos como esos puentes. Sólo pueden soportar cierta medida
de cargas, luego se derrumban.
Henry Ward Beecher relata una experiencia que llama nuestra atención al
hecho de cómo la práctica del dominio propio puede ejercer una gran
influencia sobre otros para seguir a Cristo.
En una ocasión un hombre llegó a la casa de Beecher, visiblemente"
enojado por lo que consideraba un tratamiento injusto. El padre del señor
Beecher escuchó al visitante con gran atención y tranquilidad. Cuando se
aseguró que el hombre había vertido todo su veneno, le dijo en voz queda
y solemne:
Me imagino que todo lo que deseas es un tratamiento justo y equitativo,
¿verdad?
Exactamente —dijo el hombre—. Eso es exactamente lo que quiero.
Y una vez más empezó a repasar sus quejas.
Después de escucharlo la segunda vez, el señor Beecher le dijo muy
gentilmente:
Si Ud. ha sido mal informado, creo que está dispuesto a escuchar la
verdadera historia, ¿no es cierto?
— Ciertamente que sí — respondió el hombre visiblemente enojado.
Luego en tono suave y persuasivo el señor Beecher le presentó un par de
declaraciones que mostraban el otro lado de la moneda. Cuando terminó,
el hombre se levantó, pidió disculpas y solicitó ser perdonado.
"Yo mismo lo vi", dice el señor Henry Ward Beecher; "y eso me brindó
la oportunidad de dar un vistazo al poder del dominio propio. Qué
ilustración del texto que dice: "Mejor es el que se enseñorea de su
espíritu..., que el que toma una ciudad" (Proverbios 16:32) (Three
thousand illustrations, página 607).
Con una promesa como la que hallamos en 1 Corintios 10:12,13, de la
Nueva Biblia inglesa, no hay excusa para que alguno de nosotros no esté
en condición de vencer su temperamento y petulancia. "Si piensas que
estás firme, ¡ten cuidado! ¡Podrías caer! Hasta aquí no has afrontado más
pruebas que las que puedes soportar. Dios mantendrá tu fe, y no permitirá
que seas probado más allá de tu capacidad, porque cuando venga la
prueba, él proveerá una salida, fortaleciéndote para afrontarla".
Capítulo 11
Jesús, un líder perdonador

Como joven ministro acabado de salir del colegio me asignaron una


iglesia de habla alemana, a fin de resolver un problema que existía entre
dos hermanas miembros de la iglesia. Se habían trabado en pugilatos
verbales por muchos meses. Ambas tenían una lengua aguda y eran
capaces de montar un drama de palabras duras y airadas en el idioma
alemán.
Después de establecerme llamé a la congregación para una reunión. Mi
sermón, pensé para mis adentros, tocaría los corazones; y por ello me
sentía feliz. Cuando hice un llamado de dedicación, la congregación,
incluyendo a las dos hermanas, respondió. Prometieron perdonarse
mutuamente. De hecho, se besaron. Inmediatamente después del beso de
perdón, la una le dijo a la otra: "Te perdono esta vez, ¡pero que no vuelva
a ocurrir!"
¡Qué chasco! Sentí que había perdido mi tiempo. Habían seguido las
formalidades del perdón, pero el resentimiento seguía presente.
Demos un vistazo al Señor Jesucristo, nuestro líder, y a su espíritu
perdonador. Él es el ejemplo que debemos imitar. Cristo nunca abrigó
resentimientos. Su relación con los discípulos y con otros nunca se vio
estorbada por sentimientos de animosidad o falta de espíritu perdonador.
El apóstol Pablo, hablando acerca del perdón, se refirió a Jesús como
nuestro ejemplo: Vestíos pues, como elegidos de Dios, santos y
amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de
mansedumbre, de tolerancia, sufriéndoos los unos a los otros, y
perdonándoos los unos a los otros si alguno tuviere queja del otro. De
la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros"
(Colosenses 3:12,13).
Uno de los ejemplos clásicos de perdón ofrecido por Cristo ocurrió
durante la última cena. Jesús dijo a sus discípulos: "Todos vosotros
seréis escandalizados por mí esta noche; porque escrito está: heriré al
pastor, y las ovejas de la manada serán dispersas" (Mateo 26:31).
Pedro, siempre con una respuesta a flor de labios replicó: "Aunque
todos se escandalicen por ti, yo nunca me escandalizaré" (versículo
33). Indudablemente Pedro se conmovió cuando escuchó a Jesús
decir: "De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me
negarás tres veces" (versículo 34). Con énfasis Pedro respondió:
"Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré. Y todos los
discípulos dijeron lo mismo" (versículo 35). Pedro estaba tan seguro
de sí mismo, pero poco después de sus valientes y atrevidas palabras
fracasó miserablemente. Su flaqueza quedó manifiesta mientras
estaba sentado en el patio de la casa de Caifás, donde interrogaban a
Jesús. Una criada se le acercó y le dijo: "Y tú con Jesús el galileo
estabas". Y Pedro delante de todos los presentes protestó: "No sé lo
que dices". Más tarde, cerca de la puerta, otra criada le vio y le dijo:
"También éste estaba con Jesús nazareno". Y Pedro, una vez más,
negó el hecho, esta vez prorrumpiendo en juramentos: "No conozco al
hombre". Los que observaban exclamaron luego: "Verdaderamente
también tú eres de ellos, porque aun tu habla te hace manifiesto".
Pedro, tratando de impresionar a sus interrogadores de que estaba
diciéndoles la verdad, empezó a maldecir y a lanzar juramentos,
diciendo: "No conozco al hombre". Y entonces el gallo cantó.
Elena de White describe de una manera vívida la comunicación
silenciosa que se desarrolló entre Jesús y Pedro: "Mientras los
juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el
agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió
de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo
tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En Aquel
amable semblante, leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira"
(El Deseado de todas las gentes, página 659). (El énfasis es nuestro.)
Esa expresión "miró de lleno", tiene un tremendo significado. ¡Fue
una mirada de comprensión, de discernimiento, de compasión! Pero
yo creo que Pedro vio algo más en el rostro de Jesús: el leyó el
espíritu del perdón.
Muchos días antes de oír el agudo canto del gallo, Pedro le había
preguntado al Señor: "Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi
hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete?" (Mateo 18:21). Jesús
le respondió: "No te digo hasta siete, mas aún hasta setenta veces
siete" (versículo 22). Quizá ahora Pedro recordó esa declaración.
Después de esa experiencia, Pedro podía sentirse contento que con
Cristo el perdón no era asunto de matemáticas. Era una actitud del
corazón, un asunto de la conducta antes que de la matemática. Jesús
estuvo a la altura de sus enseñanzas al ni siquiera reprender a Pedro, o
rechazarlo, por causa de sus maldiciones y juramentos.
Viene a mi mente la experiencia de Ricardo y Dorotea. Su hermano
mayor les molestaba inmisericordemente. Un día escucharon la
historia de la pregunta de Pedro: "Señor, ¿cuántas veces perdonaré a
mi hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete?" Escucharon la
respuesta que dio el Maestro: "No... hasta siete, mas aún hasta setenta
veces siete". Ricardo comenzó a hacer cálculos y finalmente exclamó:
—Mira es 490 veces.
Permanecieron en silencio por un rato y entonces Dorotea dijo:
— Consigamos una libreta y anotemos allí cada vez que perdonemos a
nuestro hermano.
— Sí — exclamó Ricardo emocionado—, y cuando lleguemos a 490,
arreglaremos cuentas con él.
Federico el Grande acuñó una declaración interesante cuando se le
dijo que debía perdonar a sus enemigos. Le dijo a la reina: "Escríbele
a tu hermano que lo perdono de todos los males que me ha hecho,
pero que aguarde hasta que yo muera".
Con toda seguridad Jesús no habló palabras vacías cuando expresó:
"No resistáis al mal; mas a cualquiera que te hiriere en la mejilla
diestra, vuélvele también la otra" (Mateo 5:39). Y añadió: "Y al que
quisiere ponerte a pleito, y tomare tu ropa, déjale también la capa. Y
a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos… Amad a
vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen. Haced bien a los que
os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y persiguen" (versículos 40,
41,44).
En la vida de David encontramos un ejemplo digno de un líder que
supo perdonar. Fue grande porque sabía perdonar. Leemos en 1 Samuel
26 que Saúl y sus hombres habían levantado el campamento en el
monte de Aquila. David estaba en el desierto, no muy lejos de allí, y
una noche decidió deslizarse hasta el campamento de Saúl para dar un
vistazo. Pidió algunos voluntarios y Abisai se ofreció para
acompañarle. Cuando David y Abisai llegaron al campamento en las
horas de la noche, contemplaron a Saúl ya Abner durmiendo en medio
de un círculo formado por soldados que dormían. La lanza de Saúl
estaba hincada en la tierra, junto a su cabeza. "Dios ha entregado a tu
enemigo en tus manos en este día", le dijo Abisai. "Ahora, pues,
herirélo con la lanza, cosiéndole con la tierra de un golpe, y no
segundaré". Estaba seguro que podría acabar con la vida de Saúl de un
solo golpe. David le respondió: "Guárdeme Jehová de extender mi
mano contra el ungido de Jehová: empero toma ahora la lanza que está
a su cabecera, y la botija del agua, y vámonos".
Qué oportunidad dorada para David para cobrarse todo lo que /e había
hecho Saúl. Podría haberlo matado, pues tenía sobradas razones,
humanamente hablando, para terminar con él. "Ruego pues, que el rey mi
señor oiga ahora las palabras de su siervo. Si Jehová te incita contra mí,
acepte un sacrificio. Mas si fueren hijos de hombres, malditos ellos en
presencia de Jehová, que me han echado hoy para que no me junte en la
heredad de Jehová, diciendo: Ve y sirve a dioses ajenos. No caiga pues
ahora mi sangre en tierra delante de Jehová; porque ha salido el rey de
Israel a buscar una pulga, así como quien persigue una perdiz por los
montes" (1 Samuel 26:19-20).
La historia registra muchas ocasiones cuando el espíritu de perdón fue
manifestado por hombres y mujeres de Dios. Cuando Lutero atacó y
vilipendió a Calvino, Calvino respondió: "Bueno, Lutero me odia y me
ha tildado de demonio más de mil veces, pero yo le amo y le reconozco
como un valioso siervo de Dios".
"Errar es humano", decía el papa Alejandro, "perdonar es divino". La
venganza nunca es dulce. Siempre es un veneno. La contienda genera
más contienda. Es un círculo vicioso. El líder cristiano debe vivir siempre
en una actitud de perdón.
En una carta dirigida a J. H. Kellogg, el 14 de junio de 1895, Elena de
White escribió: "Me apena ver que tantos en posiciones de confianza
esporádicamente cultivan la simpatía y la ternura de Cristo. Ni siquiera
cultivan ni manifiestan amor hacia sus hermanos y hermanas en la fe.
No exhiben el tacto que debe unir y sanar a quienes se extravían, pero
en su lugar manifiestan el espíritu de crueldad, el cual empuja a los
extraviados un poco más allá de las tinieblas, y hace llorar a los
ángeles. Algunos parecen hallar placer en maltratar y herir a las almas
que están al borde- de la muerte. Cuando contemplo a hombres que
manejan las verdades sagradas, que tienen posiciones de
responsabilidad, pero que fracasan en cultivar el espíritu de amor y
ternura, siento que debo exclamar: "volveos, volveos de vuestros
caminos; ¿por qué moriréis?"
Demos otro vistazo a Pedro y veamos qué efecto tuvo en él el espíritu
perdonador de Cristo. La Biblia nos dice que después de oír el canto del
gallo, "salió y lloró amargamente" (Mateo 26:75). Mientras Jesús
comparecía en la sala del juicio, Pedro miró hacia él, y el rostro pálido
del maestro, los labios temblorosos, la mirada de compasión y perdón,
todo ello destrozó el corazón de Pedro como una flecha. Salió de la sala
del juicio con un corazón traspasado. Caminó, aún corrió, hacia la
oscuridad de la noche, solo. No le preocupaba hacia dónde iba.
Finalmente llegó al huerto de Getsemaní, al lugar donde sólo pocas horas
antes Jesús había orado tan fervientemente. Pedro recordó allí que Jesús
lloró y sudó gruesas gotas de sangre mientras él y los otros discípulos
dormían. En ese mismo lugar Pedro cayó sobre su rostro deseando la
muerte. Lloró amargamente. En realidad murió, murió al yo. ¿Qué fue lo
que quebrantó el corazón de Pedro? Fue una mirada, una mirada de
perdón que se traslucía en el rostro de Jesús. La mirada de Jesús le
convirtió y lo transformó en un baluarte de fortaleza.
¿Cuál fue la reacción de Salí' frente al espíritu de paciencia y
misericordia de David? Saúl respondió: "He pecado, vuélvete, hijo mío
David, que ningún mal te haré más, pues que mi vida ha sido estimada
hoy en tus ojos. He aquí, yo he hecho neciamente, y he errado en gran
manera" (1 Samuel 26:21). Saúl admitió su pecado, al menos por el
momento.
Conocí a un hombre en nuestra denominación, quien en sus últimos años
de ministerio, abrigó grandes amarguras contra sus hermanos,
especialmente con uno de ellos. Su espíritu carente de perdón le ocasionó
muchas noches de insomnio. Muchas veces al despertar por la mañana su
almohada estaba húmeda por las lágrimas. A pesar de todos mis
esfuerzos no logré convencerle que debía perdonar lo que él consideraba
un trato injusto de parte de su hermano. Tanto su salud física como
espiritual se deterioraron como resultado del veneno que había dentro de
él. Cierto día le llevaron de emergencia al hospital con una úlcera
estomacal sangrante. Pocos días después falleció. Sin embargo, me
complace decir que, antes de su muerte, el hermano contra quien sentía
tanto rencor le visitó en el hospital. Estuve presente y contemplé la
maravillosa escena. La paz fue restablecida entre los dos líderes. ¡Qué día
tan feliz! Nunca olvidaré la experiencia. Creo que ese buen líder pudo
haber vivido unos años más si hubiera estado dispuesto a perdonar.LE1
espíritu de rencor causa estragos tanto a nuestra vida espiritual como a
nuestra salud física.
Elena de White nos dio un consejo notable cuando escribió: "No
permitáis que el resentimiento madure hasta convertirse en malignidad.
No dejéis que la herida se infecte, y reviente en palabras envenenadas,
que contaminarán las mentes de aquellos que las oigan. No permitáis que
pensamientos de amargura continúen llenando su mente y la vuestra. Id a
vuestro hermano y habladle del asunto con humildad y sinceridad"
(Obreros evangélicos, página 516).
Debemos preguntarnos: "¿Cómo puedo cultivar el espíritu perdonador en
mi vida?" Yo creo que la respuesta la encontramos en Efesios 4:32:
"Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos,
Perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en
Cristo". No podemos olvidar el hecho que hemos sido perdonados
mucho más de lo que podríamos nosotros perdonar a otros. En la medida
en que Dios nos ha perdonado, debemos perdonar. ¿Qué mejor ejemplo
necesitamos? Isaías 1:5,6 nos habla de un pueblo lleno de iniquidad,
simiente de malhechores. Un pueblo cuya "cabeza está enferma... Desde
la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida,
hinchazón y podrida llaga". Este cuadro pintado con palabras describe la
condición pecaminosa del hombre. Nos describe a Ud. y a mí. Sin
embargo el Señor dice: "Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta. Si
vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán
emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como
blanca lana" (Isaías 1:18).
La promesa es que si confesamos nuestros pecados él está dispuesto a
perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). Atesorando esta
maravillosa promesa en nuestro corazón, ¿cómo es posible que no
podamos ejercer el espíritu del perdón? Aunque Judas vendió a Cristo
por treinta piezas de plata, Jesús le perdonó. Y él anhela perdonar a todos
los que tienen el deseo de recibir el perdón.
Hacemos bien en orar "perdona nuestras deudas como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores"; pero a menos que estemos dispuestos
a perdonar, nuestras palabras serán sólo un conjunto de vibraciones sin
sentido. Escuchemos nuevamente a Pablo: "... si alguno tuviere queja de
otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros...
Y la paz de Dios gobierne vuestro corazón, a la cual así mismo sois
llamados en un cuerpo. Y sed agradecidos" (Colosenses 3:13,15).
Si fui motivo de dolor, oh Cristo si por mi culpa el débil tropezó, si en
tus pisadas caminar no quise, perdón te pido, mi Señor y Dios.
Si vana y fútil mi palabra ha sido, si al que sufría en su dolor dejé no
me condenes tú por mi pecado, perdón, te ruego, mi Señor y Dios.
Escucha, oh Dios, mi confesión humilde, y líbrame de tentación sutil,
preserva siempre mi alma en tu rebaño perdón, te ruego, mi Señor y
Dios.