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LAS COMPLEJIDADES DE UNA ÉPOCA.

AMÉRICA LATINA (1850 – 1880)


Este período, que abarca aproximadamente desde 1850 hasta 1880, ha sido
caracterizado por el historiador Tulio Halperin Donghi como de "surgimiento de la etapa
neocolonial". Otro historiador, Marcello Cannagnani, lo llama de "arranque del proyecto
oligárquico".
EI término oligarquía hace referencia a que el poder de los grupos dirigentes
–que muchas veces tenía su origen en la etapa colonial–, consistía esencialmente, en el
control de factores productivos y, además, a que estos sectores utilizaban su autoridad
política para dominar al resto de la sociedad.
La presencia de las inversiones extranjeras, particularmente las británicas,
se hizo muy evidente en toda América latina a partir de 1850. En las décadas anteriores,
el capitalismo europeo era sobre todo exportador de mercancías y el interés que Europa
tenía en América latina residía principalmente en transformar la región en un área
receptora de sus productos industriales. El descubrimiento de oro en California en la
década de 1850 contribuyó –entre otros factores– a la saturación de los mercados
financieros tradicionales. Para encontrar altas tasas de interés y ganancias de capital
era necesario alejarse de las zonas plenamente integradas al capitalismo central, lo que
llevó a considerar de manera, diferente regiones hasta ese momento marginales de
América latina, África y Asia.
Las inversiones extranjeras comenzaron a manifestarse claramente en
América latina en el área de la extracción y la exportación de materias primas y otros
productos básicos. Esas inversiones también posibilitaron el desarrollo de sistemas de
transporte –fundamentalmente ferrocarriles–, accesos portuarios y carreteras, así como
el crecimiento de los servicios. Esto fue complementado por préstamos de instituciones
financieras europeas a los gobiernos locales.
A lo largo de este período, la dependencia América latina en relación con
los centros de poder económico y financiero aumentó. El capital extranjero buscaba
establecer sólidos contactos con las administraciones latinoamericanas para optimizar
sus beneficios. Esto implicaba contar con la alianza de las elites locales, tanto
terratenientes como comerciales, que promovieron este accionar porque, a su vez, era
conveniente a sus propios intereses. Los grupos locales aportaron una novedad a este
período: no sólo una clara conciencia de pertenecer a una elite y verse como los únicos
capaces de dirigir la política, la economía y la sociedad, sino también la de proponer a
los demás grupos sociales una idea y un proyecto referente al futuro del país. En ese
sentido, se convirtieron en hegemónicos.
El período que se extiende entre 1850 y 1880 puede caracterizarse también
por el surgimiento de importantes conflictos en el área de las naciones americanas: la
guerra civil en Estados Unidos (1861 – 1865), en la que la política británica fue favorable
a los intereses de los Estados confederados; intervenciones europeas en México, Santo
Domingo y Perú, en las que las antiguas potencias coloniales demostraron que no se
resignaban a perder un papel rector en la región; y también la Guerra de la Triple Alianza
(1865 – 1870) y la Segunda Guerra del Pacífico (1879 – 1883), que tuvieron por
consecuencia profundas modificaciones en el poder regional. En el caso de la Guerra de
la Triple Alianza, la consecuencia fue el predominio argentino –esencialmente
económico– y brasileño –fundamentalmente político– sobre Paraguay. Con relación al
segundo conflicto armado sudamericano su consecuencia fue la, supremacía chilena
sobre Bolivia –que perdió su salida al mar– y Perú, que resignó su soberanía sobre los
territorios mineros. Esto se transformó en una fuente de tensiones que se han
mantenido incluso hasta la actualidad.
Estos últimos conflictos tuvieron su origen especialmente en cuestiones
territoriales, en las que el capital extranjero incentivó los enfrentamientos para
acrecentar sus beneficios. Las fronteras entre los Estados estaban mal definidas y en
general, ambas partes podían justificar sus reclamos apelando a bases documentales
ciertas. En estas disputas territoriales fueron los grupos terratenientes los que
mostraron mayor empeño en defender el territorio nacional, ya que su poder se medía
por la cantidad de tierra que poseían. En otros casos, como el de la Guerra del Pacífico,
se trataba del control de los recursos naturales por los grupos interesados, en este caso
vinculados al comercio (más que terratenientes).

Latinoamérica y sus recursos productivos

La expansión del comercio exterior es quizás el mejor indicador para dar


cuenta de la situación económica de varias naciones de la región latinoamericana a
partir de 1850. Esta reactivación no fue homogénea en el litoral atlántico fue mucho más
acelerada que en los países de la cuenca del Pacífico, debido al desarrollo alcanzado por
las potencias industriales de Europa. Además, se dio con mayor intensidad en las áreas
exportadoras de productos agrícolas de clima templado (productoras de cereales), que
comenzaban a ser esenciales para el consumo de las poblaciones de los países
industriales, que en aquellas que exportaban productos de agricultura tropical.
Este gran impulso económico generalmente estaba asociado a una
utilización novedosa de factores productivos ya existentes, pero que fueron
aprovechados de manera diferente de la que había sido característica de la pl1mera
mitad del siglo XIX. Al respecto, uno de los rasgos esenciales fue el mayor nivel de inver-
siones de capital en actividades productivas.
Otra novedad en la década de 1850 fue la expansión de la frontera hacia
territorios aun no incorporados a la explotación económica por parte de los sectores de
la elite y los capitales extranjeros. Tal fue el caso del área patagónica argentina y chilena.
En estas tierras, la expansión económica capitalista se tradujo en una extensión de la
vieja organización productiva ganadera que tenía por base la gran propiedad: en el caso
argentino, la estancia; en el chileno, el fundo. También existieron otras situaciones,
como la región brasileña de San Pablo, donde la formación del latifundio cafetalero se
debió al aporte de mano de obra esclava proveniente del nordeste del país y a los
inmigrantes.
El nuevo lugar que América latina ocupaba en el mercado mundial favoreció
el nacimiento de corrientes migratorias internas hacia territorios menos habitados o no
considerados económicamente importantes. Estos migrantes proveerían –en muchos
casos– la mano de obra barata que la gran propiedad requería y que era indispensable
para optimizar sus beneficios. Pero también comenzarían a cobrar un lugar significativo
las sucesivas oleadas de inmigrantes externos que, en el último tercio del siglo, se
transformarían en vitales para cubrir las necesidades del mercado de trabajo.
En lo referido a otros recursos productivos, la minería comenzó a
recuperarse en la década de 1850, después de haber superado la crisis provocada por
las revoluciones de independencia y las posteriores guerras civiles. Igualmente, durante
las primeras décadas del siglo XIX se habían producido algunos cambios, como el
desarrollo de una nueva política estatal en la que el usufructo de los yacimientos era en
beneficio de empresas privadas que pagaban un canon al Estado. Esta política tuvo una
explicación: el Estado pretendía asegurarse recursos y no arriesgarse a inversiones de
capitales que escaseaban e implicaban, en el caso de la minería, el empleo de tecnología
no existente localmente.
Sobre estos recursos naturales se destacan dos características que remiten
al pasado colonial, cuando la apropiación de recursos y la captación de la mano de obra
se realizaban mediante mecanismos claramente coercitivos. Pero por otro lado existían
aspectos más novedosos, como la organización de las unidades productivas con el fin de
obtener mayor cantidad de bienes para ser comercializados, todo esto teniendo a los
grupos de elite como protagonistas unidos detrás de un objetivo: lograr los mayores
ingresos posibles con inversiones mínimas de capital.
En la década de 1860, la penetración del capital extranjero en América
latina se produjo en aquellos sectores que las elites locales no dominaban, precisamente
porque requerían grandes inversiones de capital, como los transportes o las finanzas. El
origen de los capitales era principalmente británico, pero hacia fines del período
también los hubo de otros países europeos, como Francia y Alemania, y también de
Estados Unidos. Entre los capitales británicos y las elites locales se formó una alianza de
hecho: estas últimas dominaban los recursos naturales y la mano de obra, mientras que
el capital británico tenía la experiencia necesaria en los grandes negocios, además de
dominar los circuitos comerciales y financieros internacionales. Estos vínculos se
cimentaban en la existencia de intereses concordantes y complementarios, por lo que,
para algunos autores, se formó una "alianza imperialista" que caracterizaría todo el
período. Esta alianza tuvo características bien definidas; en primer lugar, quien salió
claramente beneficiado fue el capital extranjero, debido a su posibilidad de diversificar
los riesgos de sus inversiones. En segundo lugar, las elites locales, si bien obtuvieron
beneficios, ocuparon un lugar subsidiario y, en muchos casos, dependieron de la influen-
cia externa para concentrar y mantener sus beneficios. En ese sentido, la alianza que se
conformó no fue entre iguales, sino que puso de manifiesto la posición subordinada de
América latina en el mercado internacional.

América latina en la economía internacional


Desde mediados del siglo XIX, las economías latinoamericanas consolidaron
su posición en el mercado mundial como productoras de lo materias primas y alimentos.
A cambio, los países de la región recibían productos manufacturados, los bienes y los
servicios necesarios para el desarrollo de sus exportaciones e inversiones de capital. De
esta manera, se conformó un "centro", dedicado a la producción de bienes industriales,
y una "periferia", orientada a la fabricación de los insumos necesarios requeridos por el
"centro". A este desarrollo se lo conoció con el nombre de división internacional del
trabajo, y se efectuó en el marco de un creciente liberalismo económico.
Este proceso produjo un fuerte desarrollo del sector exportador en las
diferentes países de la región y, en muchos casos, un cambio en el tipo de productos,
exportables.
Así Chile, cuyas exportaciones en 1870 se componían fundamentalmente de
cereales, basaría su economía diez años después en la exportación de productos
mineros. En la década de 1840, el Litoral argentino exportaba cueros y carne salada.
Posteriormente, la lana se transformó en el principal producto de exportación hasta las
últimas décadas del siglo XIX, cuando fue reemplazada por las carnes y los cereales. En
Brasil, por último, la caída de la producción de azúcar -constantemente deprimida por
las crisis- contrastaba con el aumento de las ventas de café. Esto demuestra que la nueva
inserción de las economías latinoamericanas en el mercado mundial no requirió
necesariamente una renovación de la estructura productiva.
Estas modificaciones también creaban nuevos desafíos, como la necesidad
de contar con una mano de obra abundante y barata.
Perú llevó adelante su producción de guano (excremento de aves marinas
muy utilizado como fertilizante) importando mano de obra china en calidad de
indentured servants, es decir, personas que pagaban con horas de trabajo el costo del
pasaje que los había llevado a esas "nuevas tierras promisorias". En otros casos, como
los de la Argentina, Uruguay y el sur de Brasil, las necesidades de mano de obra fueron
cubiertas a partir de las corrientes migratorias internacionales provenientes del
noroeste de Europa (en los casos de la Argentina y Uruguay, ligadas a la producción
ovina). Más tarde, la inmigración masiva de origen mediterráneo transformaría la región
en uno de los polos de atracción de población más importantes a escala mundial.
Otra tendencia que caracterizó este período fue el aumento del volumen y
el valor de las exportaciones latinoamericanas, proceso que se vio acompañado por un
aumento algo inferior en las importaciones de productos manufacturados. Esto tuvo
como consecuencia un rasgo positivo para las economías latinoamericanas, consistente
en una mejora en las relaciones de intercambio comercial: las balanzas comerciales de
los países de la región comenzaron a arrojar saldos positivos. Así, la etapa que se
extiende entre 1850 y 1880 puede ser caracterizada como de orientación de la
producción hacia el mercado exterior, es decir, un período en el que el crecimiento de
las exportaciones sirvió de base para el posterior desarrollo económico.

Mercado internacional y mercado nacional

A partir de la década de 1870 se comenzó a evidenciar un incremento de las


importaciones de maquinaria, que tuvo por resultado la reducción de los activos en las
balanzas comerciales y, por lo tanto, una disminución neta de las importaciones de
bienes manufacturados, especialmente textiles. En esta etapa, la importación de
maquinaria se produjo gracias a los capitales locales acumulados por los saldos
favorables de la balanza comercial. Sin embargo, la importación de textiles,
predominante en décadas anteriores, no había logrado eliminar las producciones
artesanales locales, sobre todo en las zonas más marginales.
La penetración de capitales británicos contribuyó a facilitar la expansión de
las exportaciones latinoamericanas, en tanto favoreció el desarrollo de obras de
infraestructura y de sistemas de comunicación que permitieron tanto la integración de
los mercados nacionales como la vinculación de las áreas productivas locales al mercado
mundial.
Quizás sea en la red ferroviaria donde se observe más claramente la
importancia del capital británico. En la década de 1870, más allá de las particularidades
de los casos nacionales, se presentaba una situación común: la existencia de pocos
kilómetros de vías férreas construidos y un sistema de transporte caro para la región.
Por ejemplo, hacia 1875, el tendido ferroviario de la Argentina era de 1.384 km y no
transportaba anualmente más que 600.000 toneladas de mercaderías.

LA SOCIEDAD LATINOAMERICANA

La mayor parte de los beneficios que obtuvieron las economías


exportadoras latinoamericanas quedó en manos de una pequeña minoría de la
población, la elite terrateniente y minera. Mientras tanto, los sectores sociales inferiores
comenzaban a sufrir un proceso de pauperización, que desembocó en una importante
polarización social.
Por el tipo de desarrollo económico predominante, los países
latinoamericanos se caracterizaron, en primer lugar, por la superioridad numérica de la
población rural sobre la urbana; en segundo lugar, Por el crecimiento constante de la
cantidad de habitantes. Hacia 1850, la población de América latina era de
aproximadamente unos 30 millones de personas. En la Argentina, el índice de creci-
miento demográfico entre 1857 y 1869 era de un 3,4% anual. El primer censo nacional
argentino, realizado en 1869, mostró que el 12,1% de la población total era de origen
extranjero. Cuando a partir de 1880 se produjo el fenómeno de la inmigración masiva,
el saldo migratorio argentino creció de entre 10.000 y 20.000 personas anualmente para
el período 1870 – 1880, a entre 60.000 y 90.000 para la etapa 1880 – 1890. Estas masas
de inmigrantes eran utilizadas como mano de obra.
Sin embargo, este no fue un proceso común a todos los países
latinoamericanos, ya que en algunos de ellos la provisión de mano de obra se produjo -
como se ha mencionado anteriormente- a partir de la incorporación de trabajadores
serviles provenientes, por ejemplo, de China. En otros casos, se introdujo mano de obra
esclava. Entre 1810 y 1850, Brasil y Puerto Rico incorporaron cantidades casi constantes
de esclavos: 353.000 entre 1811 y 1820 y 396.000 entre 1841 y 1850.

La elite: su constitución y sus características


El poder de las elites latinoamericanas de este período estaba basado
principalmente en los mismos fundamentos que el de las del siglo XVIII: era una clase
dominante agraria. Una prueba de la importancia de la propiedad de la tierra en las
sociedades latinoamericanas es que los ricos mineros mexicanos y bolivianos afirmaban
su poder públicamente comprando tierras y transformándose en hacendados. Fueron
las tierras el lugar a partir del cual se organizó el poder social de la elite, ya que esta
confería dominio sobre los hombres y daba un prestigio que el comercio o las finanzas
generalmente no brindaban.
Entre los miembros de la elite y los grupos subalternos se establecía una
relación que ha sido comúnmente denominada como clientelar. Los dos extremos en
esta estructura social, el hacendado y el peón, mantenían una relación de tipo mediato;
la mano de obra estaba a las órdenes de los empleados de confianza, los capataces,
quienes a su vez debían obedecer al hacendado. El poder de los hacendados residía en
su riqueza y su poder político que, en muchos casos, determinaba su control sobre
ciertos recursos del Estado. Al mismo tiempo, la elite tenía en sus manos el control
cultural. El exiguo número de personas inscriptas en las universidades y las escuelas
superiores demostraba que el acceso a la cultura estaba reservado a los miembros de la
elite, con lo cual todos los cargos superiores de la administración pública y del gobierno
permanecían en manos de los grupos dominantes.
Por otra parte, la elite se caracterizaba por dos elementos: la diferenciación
social y la diversificación económica entre sus miembros. El primero se refería a la
disparidad de ingresos entre las familias más importantes. La diversificación económica
se relacionaba con la .progresiva participación de estos grupos en actividades
económicas no relacionadas directamente con el latifundio, aunque la tierra continuaba
siendo el principal elemento económico.

Las vicisitudes de los grupos subalternos

Hacia 1850, los grupos subalternos estaban formados principalmente por


empleados en los sectores públicos o privados y los artesanos de las ciudades, la mano de
obra urbana no especializada, los colonos, los pequeños propietarios rurales y los
habitantes de los pueblos y las aldeas. Si bien la situación de cada una de estas personas
pudo ser individualmente distinta, todas tenían una serie de rasgos en común: por un lado,
eran el resultado de la fusión étnica que se venía acelerando con el correr de las décadas,
aunque de manera desigual según los países. En segundo lugar, muchos de los miembros
de los -grupos subalternos dependían de los mecanismos clientelares anteriormente
mencionados para su subsistencia. Pero esto no implicaba la inexistencia de diferencias
sociales y económicas dentro de estos grupos. Las distinciones se establecían entre una
minoría urbana que trabajaba en la administración pública y los servicios y una mayoría
predominantemente rural. La posibilidad que tuvo el grupo de los empleados de escapar
al empobrecimiento gradual se debió a una serie de factores de índole económica, social,
política y cultural ligados, fundamentalmente, al desarrollo de los Estados nacionales y,
por ende, al proceso de modernización resultante.
La situación de los grupos subalternos urbanos se caracterizó por un
empobrecimiento cada vez mayor que afectaba sobre todo a los artesanos. Los grupos
populares de las ciudades y de las áreas rurales presentaban elementos comunes como,
por ejemplo, la reciprocidad que se manifestaba por el parentesco social –el
compadrazgo– o en las relaciones de vecindad.
En las áreas mineras existía una porción de población que poseía un elemento
diferencial respecto de los habitantes de las zonas rurales. La creciente especialización
laboral provocó en México central, por ejemplo, que los trabajadores contaran con cierto
grado de consideración social, lo que produjo la lenta eliminación del concepto colonial
de casta. Ya no era fundamental distinguir entre mestizos, mulatos claros o blancos
pobres, sino estar capacitados para una tarea especializada que era reconocida social y
económicamente:

La gestión del poder político

Políticos como los argentinos Domingo Faustino Sarmiento (1811 – 1888) y


Bartolomé Mitre (1821 –1906) o el mexicano Benito Juárez (1806 – 1872) encarnaban sin
duda los nuevos aspectos que se habían desarrollado en la cultura política latinoamericana
a partir de la década de 1850. Una vez superada la fase del caudillismo, se inició la de la
institucionalización y la organización nacional, aunque los elementos constitutivos del
sistema precedente no fueron eliminados rápidamente y el caudillo local se transformó, en
algunos casos, en diputado o senador. El caudillismo fue el resultado de una lucha entre
grupos de la elite con distinto grado de prestigio y riqueza, en la qué cada uno intentó,
imponer su predominio. Las luchas entre la región de Buenos Aires y el Interior de la
Argentina, entre la región de Concepción y la de Santiago de Chile, entre la sierra y la costa
de Perú, entre el norte y el centro de México -que la literatura histórica suele presentar
como enfrentamientos entre federalistas y centralistas fueron en realidad contiendas entre
distintas facciones de la elite como resultado del propio proceso 'de independencia. El
origen de estos conflictos había radicado en la desigualdad económica que prevalecía entre
las regiones, ya advertida durante la etapa colonial. Hacia 1850, estas luchas dentro de la
elite comenzaban a superarse y llevaban a la desaparición del caudillismo como fórmula
política nacional:
La eliminación del caudillismo estuvo vinculada, entre otros factores, a la
posibilidad que tuvieron algunos grupos de la elite de obtener mayores ingresos sin recurrir
a los fondos públicos. El resultado fue el progresivo afianzamiento del principio de la
representación de todos los grupos oligárquicos regionales en la gestión del poder político.
Hacia 1850 se había dado un paso importante en este sentido, con la aparición de figuras
reconocidas a nivel nacional. Estos nuevos hombres comenzaron a actuar como mediadores
entre los distintos grupos de la elite.
Se impuso la necesidad de equilibrar de otro modo la estructura política de los
diferentes Estados. Así, de un mecanismo de moderación de tipo personal se pasó a otro de
tipo impersonal. Esto significaba la creación del Estado y de instituciones que permitieran
su funcionamiento. El instrumento jurídico encargado de dar una configuración precisa al
principio de la moderación de tipo impersonal fue la sanción de constituciones.
Un caso distinto fue el de Brasil, donde la constitución de 1824 sancionaba ya
la existencia de un poder impersonal. Pero las nuevas constituciones no eran el único
indicador de la mutación que tenía lugar en el ámbito de la política. Hay que añadir el
esfuerzo de codificación que los países latinoamericanos realizaron en este período, que se
tradujo en nuevos códigos civiles, penales, comerciales y mineros; todos ellos
representaban una innovación sustancial, ya que en muchos casos seguían utilizando
cuerpos legales heredados de España y Portugal. Del alcance de la organización nacional
debería dar una idea la voluntad de las elites dirigentes de proporcionar al Estado los
instrumentos necesarios para extenderse sobre todo el territorio nacional.
En ese sentido, otro de los elementos a partir de los cuales se logró alcanzar un
grado de centralización fue el control institucionalizado del aparato represivo por parte del
Estado. De esta manera, el logro del consenso y el control de los mecanismos de coerción
se constituyeron en esenciales para que las elites institucionalizaran y consolidaran su
predominio, superando las formas políticas locales.
La creación de una organización estatal sirvió para eliminar la fricción entre
federalistas y centralistas, pues al atribuir una dimensión nacional al territorio del país, estos
grupos se identificaron con la función moderadora del Estado. Esto no significaba ausencia
de problemas, y después de 1850 las fisuras más evidentes entre los grupos de la elite se
dieron –en la mayoría de los casos– entre conservadores clericales y liberales laicos. Estos
problemas de índole política podían producirse dentro de una misma familia, sin que por
ello quedaran lesionados sus intereses fundamentales. Los vínculos familiares funcionaron
muchas veces como elementos moderadores en la vida política, y también como elemento
de recomposición del prestigio y la fortuna.