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Martínez Heredia, Fernando, El Ejercicio de Pensar, Ruth

Casa Editorial, Instituto Cubano de Investigación Cultural


Juan Marinello, La Habana, 2008.

EL EJERCICIO DE PENSAR
Fernando Martínez Heredia
Martínez Heredia, Fernando, El Ejercicio de Pensar, Ruth
Casa Editorial, Instituto Cubano de Investigación Cultural
Juan Marinello, La Habana, 2008. Martínez Heredia,
Fernando, El Ejercicio de Pensar, Ruth Casa Editorial,
Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan
Marinello, La Habana, 2008.
EL EJERCICIO DE PENSAR

Fernando Martínez Heredia (Cuba, 1939). Doctor en


Derecho. Durante cuarenta años ha investigado
problemas históricos y contemporáneos de Cuba y de
Ame'rica Latina. Profesor y Director del Departamento de
Filosofía de la Universidad de La Habana (1963-1971).
Director de la revista Pensamiento Crítico (1967- 1971).
Investigador y Jefe de Areas en los Centros de Estudios
sobre Europa (1976-1979) y sobre América (1985-1996),
adscritos al Comité' Central del Partido Comunista de
Cuba. Investigador Titular del Instituto Cubano de
Investigación Cultural JuanMarinello y Presidente de su
Cátedra Antonio Gramsci. Profesor Titular de la
Universidad de La Habana. Académico Titular de la
Academia de Ciencias de Cuba. Autor de nueve libros y
coautor de otros once. Premio Casa de las Américas de
Ensayo en 1989. Premio Nacional de Ciencias Sociales
en 2007.

EL EJERCICIO DE PENSAR
Fernando Martínez Heredia
Edición: Denise Ocampo Álvarez
Corrección: Pilar Jiménez Castro y Esther Pérez Pérez
Diseño de cubierta: Ricardo Rafael Villares
Diseño interior y composición: Xiomara Gálvez Rosabal
Preprensa e impresión: Palcograf, Palacio de
Convenciones
© Ruth Casa Editorial, 2008 © Sobre la presente edición:
Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan
Marinello, 2008 Ruth Casa Editorial, 2008 Todos los
derechos reservados
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publicar esta obra, aclarando que solo podrá
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ISBN 978-959-242-129-5
Ruth Casa Editorial
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Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan
Marinello.
Ave. Rancho Boyeros no. 63. Plaza de la Revolución,
La Habana, Cuba cidcc@cubarte.cult.cu

Para Esther Pérez

ÍNDICE
Nota del autor / 1 Pensamiento social y política de la
Revolución / 13 El poder debe estar siempre al servicio
del proyecto / 49 Palabras al recibir el Premio
Nacional de Ciencias Sociales / 71 Ciencias Sociales y
construcción de alternativas / 80 Necesitamos un
pensamiento crítico / 91 Problemas del ensayo cubano
en los años noventa / 100 ¿Renovar la Historia política? /
107 Introducción a La revolución pospuesta, de Ramón
de Armas / 116 El ejercicio de pensar / 139

NOTA DEL AUTOR


La tarde del 3 de julio de 2007 leí “El pensamiento social
y la política de la revolución” en el Instituto Su-perior de
Arte. Una conferencia en una institución uni-versitaria, es
decir, algo usual, casi manido. Pero no era así, por tres
razones.
En primer lugar, fue la quinta conferencia de un ciclo
organizado a partir de dos hechos insólitos.
Al inicio del año, la televisión cubana presentó a algunas
personas que fueron funcionarios responsables en
instituciones culturales en los primeros años setenta, en
programas laudatorios en los que no se introdujo ningún
matiz crítico. De inmediato se desató una protesta
protagonizada por escritores y artistas de renombre, que
con razón consideraron ese hecho perjudicial al
desarrollo de la cultura y la convivencia entre todos
dentro de la Revolución, y ofensivo para los que
sufrieron a consecuencia de los graves errores,
retrocesos y abusos de poder acontecidos en esos años.
Resultaba inexplicable —y nunca se explicó—

por qué aquellas presencias en ese momento, el menos


oportuno.
El otro hecho insólito, a la larga mucho más trascen-
dente, ha sido el vehículo utilizado por los protestantes:
el correo electrónico. Esa nueva forma de comunicación
que llegó a nosotros hace unos quince años había
mostrado numerosas virtudes, pero no la de contribuir a
democratizar espacios públicos mediante la información
y el intercambio entre miles de personas acerca de
cuestiones cubanas muy sensibles y de interés cívico y
político. Este hecho, que dice mucho de las
potencialidades revolucionarias del alto nivel cultural
alcanzado por los cubanos, es más relevante si se com-
para con el silencio que —como si nada sucediera—
hicieron durante todo este proceso los medios de co-
municación establecidos. El carácter impermeable de
esos medios ante las críticas fue sacudido por la apa-
rición de esta alternativa, que muy pronto mostró un
saldo muy favorable a la Revolución. A finales de este
2007 ya nadie concibe que se prescinda de ese vehículo.
Un viento muy saludable recorrió el país cuando los
recuerdos acerca de hechos dolorosos y mezquindades
fueron pronto rebasados por el análisis de hechos
pasados y presentes, y aparecieron opiniones acerca de
las políticas culturales, la naturaleza y los papeles de los
medios de comunicación, la cultura en la Revolución, los
deberes de aquellos que ocupan responsabilidades y los
de los intelectuales, y hasta problemas de mayor alcance
en cuanto a la vida coti-diana, la economía y la política
nacionales. La dirección del Ministerio de Cultura asumió
una postura singular: convocar a reuniones para discutir
lo que es

taba sucediendo. Con la colaboración de cierto número


de personalidades, auspició una iniciativa de la revista
Criterios —un ciclo de conferencias que serían
mensuales—, dirigida a crear un espacio de debates e
informaciones que pudiesen compartir al menos varios
cientos de personas. La revista divulgaría las
conferencias de cada sesión a otros miles, mediante el
correo electrónico. El 30 de enero comenzó el ciclo en la
Casa de las Américas, en medio de gran entusiasmo y
expectación.' Desde febrero, las actividades se mudaron
para el Instituto Superior de Arte.
La segunda causa de que resultara inusual aquella
conferencia del 3 de julio era su tema, expresado en el
título. Desde el inicio, los organizadores del ciclo habían
decidido incluir —a mi juicio, con muy buen tino— una
conferencia sobre el pensamiento social y las ciencias
sociales. Estas disciplinas, y las cualidades humanas
que deben acompañarlas, tienen siempre una enorme
incidencia en los campos de la cultura, de la
organización social, de sus permanencias y cambios;
cuando no cumplen esas funciones suyas, el hecho
resulta también de una significación notable. En un país
como Cuba —envuelto desde hace medio siglo en un
perenne batallar por la libertad y la justicia social, por su
soberanía y por la liberación huma-
1 Los temas y conferencistas anteriores a mi
presentación fueron: “El quinquenio gris: revisitando el
término”, por Ambrosio Fomet. 30 de enero; "El
trinquenio amargo y la ciudad distópica: autopsia de una
utopía”, por Mario Coyula. 19 de marzo; "El quinquenio
gris: testimo-nio de una lealtad”, por Eduardo Heras
León, 15 de mayo; "Con tantos palos que te dio la vida:
poesía, censura y persistencia”, por Arturo Arango, 15 de
mayo. El 23 de febrero se realizó el taller "La política
cultural de la revolución", con la Asociación Hermanos
Saíz.

na de todas las dominaciones— la necesidad y el valor


del pensamiento y las ciencias sociales se multiplican.
Ellos forman parte, por tanto, de la historia y los avatares
de la cultura en la Revolución, y han vivido procesos muy
complejos y difíciles; en los primeros años setenta
recibieron muy duros golpes, coincidentes en el tiempo
con los hechos a los que se refiere el movimiento
iniciado en enero. El lugar de estas disciplinas en la
Revolución y la necesidad de que la sociedad y la
política luchen por su desarrollo solo pueden ser
desconocidos por quienes crean que estas realidades
pueden dividirse en parcelas y asignarse de modo
exclusivo a “sectores”.
Sin embargo, existió una prevención en algunos medios
contra la presencia de esta conferencia en el ciclo, por
entender que la “cultura” y las “ciencias sociales” son dos
campos ajenos, cuyos asuntos y go-biernos deben
marchar separados; por consecuencia, “Cultura” no
debía inmiscuirse en el territorio de “Ciencias Sociales”.
Tampoco faltó un prejuicio que, inexplicablemente, se
niega a perecer: sostener que la presentación y el
debate de problemas reales y de cri-terios diferentes
entre revolucionarios no es conve-niente y debe ser
evitado, porque “perjudica a la unidad” e incluso “puede
ser aprovechado por nuestros enemigos”. En el mejor
caso, esa actitud expresa un error relacionado con una
de las virtudes cardinales de nuestro proceso —la unidad
—, y con hábitos defensistas dentro de una revolución
que no ha podido bajar la guardia ni un solo día. Pero en
muchos casos ella es un pretexto para el autoritarismo,
el si- lenciamiento de los criterios de revolucionarios y la
defensa de intereses espurios. Ya es indispensable que

los aquejados por ese prejuicio, entre los que ejercen


funciones, se libren de él, y nos libren a todos de sus
efectos.
Una tarea inmediata para hacer realidad el reclamo de
una cultura del debate, y que esta no sea reducida a una
frase atrayente, pero vacía, es abolir dos posiciones
erróneas: negar el derecho a otros a expresar sus
criterios, creerse dueño de las ideas y las informaciones;
ignorar los argumentos y las ideas del otro, si a pesar de
todo este los expresa, y condenarlos al silencio de su no
divulgación.
La tercera razón de que la conferencia del 3 de julio
resultara insólita era el propio conferencista. Comencé a
trabajar en esas disciplinas cuando era muy joven, y las
he venido cultivando con dedicación hasta hoy, aunque
casi siempre las he compartido con otras prácticas de la
Revolución. Hice todo lo que pude en ellas y por ellas
durante la primera etapa del proceso, y las
circunstancias me llevaron a asumir responsabilidades.
Al terminar aquella etapa, al inicio de los años setenta,
mantuve mis ideas y mis convicciones, y me atuve a las
consecuencias. Desde la segunda mitad de los años
ochenta he vuelto a tener actividades intelectuales
públicas. De inmediato participé activamente en el
Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias
Negativas y en la recuperación del pensamiento del Che.
En estos últimos veinte años he continuado las
investigaciones y reflexiones sobre las realidades
cubanas —labor que inicié en los años sesenta—, he
ampliado y sistematizado la dedicación a la historia de
Cuba, y me mantengo activo en temas sociales y
políticos de América Latina, que trabajo también desde
los años sesenta. Com

parto esos trabajos con una incansable labor intelectual,


en espacios públicos y junto a grupos que estudian, de
exposición de mis ideas y otras que considero muy
necesarias, de promoción del debate y la divulgación, de
contribución a la formación de jóvenes. La mayor parte
de esas tareas las realizo en Cuba, pero también en
países de América Latina.
La guía de toda mi actividad intelectual es una militancia
en defensa de la Revolución y el interna-cionalismo, y
por una profundización del socialismo en Cuba. Entiendo
que para ello es imprescindible poner a la causa por
encima de lo personal, y pensar siempre con cabeza
propia. Me ha dado resultado durante prolongadas
situaciones adversas y también ante acontecimientos
que parecían darme la razón. Por eso, para mí la
conferencia del 3 de julio tenía un solo objetivo: a través
del análisis de un campo de la vida intelectual y política,
contribuir a un ejercicio de los criterios y un reclamo de
participación política que están siendo muy positivos
para la Revolución en la actualidad.
Organicé mi exposición a partir de tres líneas gene-rales.
Limitarme al pensamiento social y no abordar las
disciplinas de ciencias sociales, ante el tiempo dis-
ponible, para no ser “panorámico” o parcial. Ser en todo
momento analítico y brindar mis juicios en fuerte nexo
con esos análisis; no ser un narrador de los hechos y no
utilizar anécdotas. Emplear expresiones meditadas
previamente y excluir las adjetivaciones innecesarias
para un propósito al que le di una importancia cardinal:
favorecer y fomentar un diálogo. Está claro que mi
posición es polémica. Dados el tema y la situación
actual, si no fuera así, no valdría nada. Pero

precisamente por eso, la radicalidad del contenido debía


acompañarse de un tono comedido y centrarse en los
argumentos.
La distinción que hago entre pensamiento social y
ciencias sociales pudiera no necesitar comentarios, pero
prefiero abundar a ser omiso. El pensamiento social,
como lo entiendo, está vinculado a las concepciones
más generales que se tengan de la materia social, desde
los modos de emprender su conocimiento y las normas,
conceptos previos y fronteras que se ponen a esos
procesos intelectuales, y las pertenencias ideológicas de
los implicados. Esas concepciones funcionan como
claves de las comprensiones generales, grandes
electores de los temas, presupuestos teóricos de los
trabajos e influyentes sombras en sus conclusiones. El
pensamiento social también está vinculado a los cuerpos
epistemológicos más precisos, atinentes a terrenos
especificados del conocimiento social, y a los discursos
con que se manifiestan. El pensamiento social incluye
trabajos acerca de determinadas materias sociales o de
los propios procesos intelectuales, que tienen como
objetivo analizar, darle vehículo a las intuiciones, buscar
interrogantes, conocimientos, comparaciones e incluso
pronósticos, y exponer en síntesis coherentes y eficaces
el material al que se ha arribado y las ideas del autor. Su
amplitud y alcance son determinados por sus temas y los
objetivos del investigador, que a partir de sus
necesidades utiliza y combina los campos y los
instrumentos de conocimiento social a su alcance.
Con toda intención no hablé de filosofía en mi con-
ferencia, sino de pensamiento social. Además de tratarse
de dos cosas distintas, quise situarme lejos de la

confusión permanente entre ambas introducida por la


deformación profunda y empobrecedora del marxismo,
que ha primado entre nosotros durante décadas. Un duro
indicador de la inoperancia de muchos de los rasgos
positivos que tienen hoy el pensamiento y las ciencias
sociales en Cuba es la absurda permanencia del mal
llamado marxismo-leninismo en la docencia que reciben
gran parte de los adolescentes y una parte de los
jóvenes, con lo cual se malbarata parcialmente el
grandioso esfuerzo educacional que hace el país. Por las
deficiencias de la socialización y la ausencia de debates
en los medios en que se forma la opinión pública, la
reasunción crítica del marxismo y los beneficios de sus
desarrollos son consumidos por minorías. Como en otros
terrenos, se ha producido una división entre élites y
masas en el consumo de los bienes culturales.
Dado el contenido de mi conferencia, utilizo la no-ción de
ciencias sociales sin hacer precisiones previas. No
olvidemos, sin embargo, que acerca de estas ciencias
existen diferentes posiciones intelectuales, ideológicas,
profesionales, de intereses determinados, y también
creencias.
Este libro nace de la idea de mi amigo y compañero
Carlos Tablada, que ha tenido la iniciativa de publicar la
conferencia del 3 de julio, y me ha pedido que la
acompañe con una selección de trabajos míos acerca
del tema del pensamiento y las ciencias sociales en
Cuba. Accedí de inmediato, para darle divulgación a lo
expresado aquel día y para sustentar mejor mi posición
mediante otros textos que, aunque están dedicados a
temas diversos —incluidos cuestiones y criterios sobre
ciencias sociales—, tienen su hilo conductor en esa

posición teórica, de método, e ideológica. Casi todos son


muy recientes, excepto "Problemas del ensayo cu-bano
en los noventa”, de 1994, y “El ejercicio de pen-sar”, de
1966, el primer artículo con ideas propias que publiqué;
no es casual que le dé nombre al libro. El conjunto me
releva de alargar esta nota exponiendo cuestiones que
están desarrolladas a lo largo de los tex-tos. Prescindo
también de comentarios que me hubiera gustado hacer
sobre algunos de esos trabajos. Termino esta nota con
algunos criterios sobre cuestiones de hoy que considero
principales.
Estamos en una coyuntura crucial para el pensamien-to
y las ciencias sociales en Cuba. Es probable que la
sociedad esté viviendo el final de la etapa que se inició
en los primeros años noventa, la tercera desde el esta-
blecimiento del poder revolucionario en 1959. El mo-
mento está caracterizado por una combinación de
fortalezas extraordinarias y debilidades graves, un gran
número de tensiones y contradicciones, y algunas pa-
radojas. El país sigue erguido, en la defensa perenne de
su soberanía y su organización basada en un gobierno
de justicia social, pero existe un malestar sordo,
relacionado con las carencias materiales y de servicios
que se sufren; quizás no sean los sectores que más
duramente los padecen los más concientes de esa
situación. Y no se reduce el descontento a esas
carencias, sino a una gama muy amplia y variada de
deficiencias y situaciones que van resultando inacepta-
bles. El poder político ha reafirmado su legitimidad y un
consenso de mayorías, pero este está a la espera de
medidas de cambio, que son ansiadas pero no
constituyen materia de información ni de conocimiento.
Otra vez será imprescindible pensar el presente y el
proyecto, investigar los hechos, los procesos, las ten-
dencias, determinar lo que es significativo y por qué,
entrar con la manga al codo en la materia social. Insisto
en que contamos con una masa muy notable de pro-
fesionales capacitados y de trabajos muy serios, y con
centros de investigación y docencia. Pero el número de
personas y de instituciones no será decisivo para las
tareas que vienen, ni lo serán la organización, los hábi-
tos de dirección y el planeamiento existentes. Es suma-
mente doloroso constatar cómo tanta calidad profesional
y humana puede no traducirse en logros. Los trabajos
valiosos suelen chocar con estructuras impermeables, y
una colusión espuria reúne a los que establecen o
mantienen las prohibiciones a la investigación y la cen-
sura a lo que se publica, con los indiferentes a lo que no
sea su interés personal o de grupo. Como resultado de
las necesidades y la cultura acumulada se producen
curiosas mezclas de positivismo e ideología mercantil
con autoritarismos y dogmas.
La actividad cívica ligada al ejercicio de estas disci-plinas
no es muy alentada, por lo que temas candentes o
conclusiones y recomendaciones acertadas corren la
misma mala suerte. Mientras, leo un documento nor-
mativo de las tareas a realizar, muy breve, que contiene
doce veces la palabra “perfeccionamiento”. Este es un
momento de convocar a la investigación y al pensa-
miento sociales a ser sobre todo críticos, a vivir la aven-
tura de darse a las necesidades de la sociedad cubana
sin abandonar para nada su especificidad, sus instru-
mentos y sus normas.
Tengo una confianza muy honda en las reservas
morales, intelectuales y políticas de los científicos
sociales cubanos. Por eso evito la hipocresía y la com-
placencia, que esconden el desprecio antintelectual de
los que quisieran que estas tareas fueran solo un
adorno, o una molestia tolerable. Y ofrezco esta con-
tribución tan modesta a una discusión que ya no puede
esperar, porque trasciende a las profesiones y a los
individuos para convertirse en una de las necesidades
vitales de nuestra sociedad.

mitado que debo utilizar, he escogido referirme sobre


todo a la primera etapa —que va de 1959 a inicios de los
años setenta— y a la gran ruptura que significó para el
pensamiento social el comienzo de la segunda etapa.
Aquellos hechos constituyen una acumulación cultural
que influye mucho en la situación actual, acerca de la
cual haré también algunos comentarios que me parecen
atinentes.
En los encuentros anteriores de este ciclo hemos vi-vido
la combinación entre el interés por la recuperación de la
memoria y el planteo de problemas más cercanos en el
tiempo y de problemas de hoy. Lo primero viene a
combatir una ausencia de consecuencias graves, y su
recuperación es una exigencia vital para los cubanos en
la actualidad. Lo segundo revela la necesidad y la
urgencia de que nuestra sociedad enfrente el
conocimiento y el debate de sus problemas funda-
mentales, y de que lo haga con una participación muy
amplia y creciente. Me llena de esperanza que esto
último suceda aquí, y que se alcen voces de jóvenes que
están realmente involucrados, preguntando o re-
clamando. Pero estamos sometiendo nuestra ansiedad y
nuestra premura al estudio, la profundización y los
análisis de colectivos como este, apoderándonos de la
época precedente, precisamente para que nos ayude a
entender a fondo las cuestiones actuales y lanzamos a
resolverlas, y para formular nuevos problemas, desafíos
y proyectos.
Una precisión más: mi exposición intentará ser ana-lítica,
no anecdótica, y las referencias indispensables a
sucesos, criterios y posiciones que viví o conocí tra-tarán
de servir siempre al análisis y los juicios, los cuales
expongo, naturalmente, desde mi perspectiva

personal. Con ese fin he tomado también elementos de


textos míos acerca del tema que abordo, aunque no
pretendo —porque sería imposible— sintetizar aquí lo
que ha sido un trabajo de varias décadas. Me referiré
solamente al pensamiento social en general y no a
disciplinas sociales específicas, mencionaré al pasar
temas que exigirían cada uno su desarrollo, y, además,
estaré obligado a ser telegráfico y más de una vez
omiso, por lo que pido excusas desde ahora.
Mediante una gran revolución, Cuba se liberó a partir de
enero de 1959 de las dominaciones que la aprisionaban,
promovió cambios muy profundos de la vida de las
personas, las relaciones sociales y las instituciones, y
creó o reorganizó de manera incesante su propio mundo
revolucionario. La sociedad hacía entonces esfuerzos
extraordinarios por pensarse a sí misma, comprender
sus cambios y sus permanencias, sus conflictos y sus
proyectos, sus modos de trans-formarse, en medio de
acciones colectivas, luchas violentas, enfrentamientos
ideológicos, cambios en las creencias, conflictos
desgarradores y tensiones muy abarcadoras. Los
propios tiempos se transformaron. El presente se llenó
de acontecimientos y las relaciones interpersonales y la
cotidianidad se llenaron de revolución; el futuro se hizo
mucho más dilatado en el tiempo pensable y fue
convertido en proyecto; y el pasado fue reapropiado,
descubierto o reformulado, y puesto en relación con el
gran evento en curso. Un hecho decisivo de la etapa de
1959 a los primeros años setenta es que se multiplicó
súbitamente el número de los que pensaban sobre las
cuestiones sociales y políticas, así como su interés y
entusiasmo por conocer más acerca de ellas; así fue
desde el inicio, y

ese proceso se profundizó y se organizó una y otra vez


durante toda la etapa. Eso modificó profundamente el
consumo del pensamiento social, su producción, el papel
que desempeñaba en la sociedad y sus relaciones con el
poder revolucionario.
Sin embargo, nada surge de la nada. En el caso del
pensamiento social, existían corrientes principales pre-
vias de consumo masivo, que incluían el sentido común,
las adecuaciones al dominio burgués neocolonial y las
demás dominaciones sociales, las formas de resistencia
a ellas, la formación de opinión pública y otras. Debo
limitarme al pensamiento social más o menos elaborado,
pero este no se entendería si no tuviéramos en cuenta
que las enormes transformaciones en tantos campos
exigieron al pensamiento elaborado tener relaciones muy
fuertes con las realidades y necesidades sociales, así
como funciones eficaces respecto a ellas. Insisto en
esto, además, porque opino que a partir de los primeros
años setenta el pensamiento social quedó en una
posición muy diferente respecto al poder y la sociedad, y
ha desempeñado desde entonces funciones distintas.
En el pensamiento social elaborado que existía quiero
distinguir el liberalismo, el patriotismo, el antimpe-
rialismo, el democratismo, las ideas de justicia social y el
socialismo. El pensamiento liberal había tenido una
trayectoria muy larga en Cuba y hecho aportes muy
valiosos, pero terminó fracasando en toda la línea,
porque nunca fue capaz de trascender el horizonte
burgués y el reflejo colonizado. Este juicio mío es de tipo
histórico, pero no desconoce que el consumo de
pensamiento liberal seguía siendo notable en aquel
momento.

El patriotismo radical, que desarrolló y arraigó sus ideas


y sus ideales en el último tercio del siglo xix, se convirtió
en parte inseparable de la vida espiritual y en cemento
de la nación a través de la gesta nacional de la
Revolución del 95, y se sostuvo durante el medio siglo
republicano. El nacionalismo tuvo un peso ideológico
principal en todo ese período y la clase dominante
burguesa siempre lo utilizó para su hegemonía, y hasta
cierto punto lo vivió; pero el patriotismo popular nunca se
rindió a esos límites, y funcionó paralelamente o en
conflicto con ellos. El patriotismo radical vio llegar el fin
de sus frustraciones y realizarse sus anhelos con el
triunfo de 1959, con la obtención de la liberación
nacional y la soberanía plena, y el establecimiento de un
Estado puesto al servicio del bienestar de la sociedad.
La Revolución socialista cubana asumió ese patriotismo
y se apropió de todos sus símbolos y referencias. Este
es uno de los hechos fundamentales para entender la
legitimidad de la Revolución y la fuerza de su mundo
espiritual. También forma parte del aporte extraordinario
del socialismo cubano a las ideas y experiencias
revolucionarias a escala mundial, aunque como tantos
otros aspectos, no forma parte del conocimiento actual
de la mayoría de los cubanos.
El antimperialismo, que floreció durante la Revo-lución
del 30 y se ligó a las posiciones políticas más
avanzadas, tuvo una historia muy accidentada durante la
segunda república —la que existió después de 1935
hasta 1959—, pero era una corriente latente de muy
profundo arraigo. Se activó con la revolución de fines de
los cincuenta y ha ocupado desde entonces hasta hoy un
lugar privilegiado en la ideología revo

lucionaria, en el pensamiento social y en los juicios y las


creencias acerca de un número enorme de cues-tiones.
Se dirige sobre todo contra la política sistemática
anticubana de los dirigentes de los Estados Unidos, pero
en aquella primera etapa de la que hablo se afirmó
mucho como una posición sentida y fundamentada
contra todos los imperialismos, como parte de la
comprensión del mundo desde Cuba y como fuerza
ideológica del internacionalismo cubano.
Con el término democratismo quiero expresar la
situación creada en los veinte años anteriores a 1959,
cuando predominó un pensamiento social que fue mucho
más allá del liberalismo y en gran medida lo cuestionó.
Ese pensamiento entendía la democracia como un valor
político y de convivencia social fun-damental, y la acción
política electoral como un ve-hículo idóneo para mejorar
o cambiar el gobierno del Estado, la administración y los
asuntos públicos en general, las relaciones entre los
sectores económicos y sociales, y el bienestar del
pueblo. Durante la segunda república, el democratismo
estuvo en la base ideal del orden constitucional de 1940,
de la legalidad, el sistema de partidos políticos, las
características principales del sistema de gobierno, la
notable libertad de expresión que se alcanzó y una
sociedad civil desarrollada y compleja. Les daba
importancia a los papeles del Estado como regulador
social y de la economía. Esas ideas democráticas
gozaban de bastante consenso entre los que, por otra
parte, sostenían diversas posiciones. Fueron funcionales
para la reformulación de la hegemonía burguesa
neocolonial de la segunda república, y para evitar una
nueva revolución, no porque fueran ideas despreciables,
sino por

lo contrario: expresaban verdaderos avances republi-


canos, y parecían darle espacio y vías a las frustracio-
nes que dejaron la independencia de 1902 y los
resultados de la Revolución del 30. El golpe del 10 de
marzo negó esos avances y, por eso, desde el inicio, la
dictadura careció de legitimidad y fue repudiada.
La justicia social era otra corriente de pensamiento social
prexistente. Heredera de las luchas contra la esclavitud,
el racismo, la explotación de los trabaja-dores y las
jornadas revolucionarias independentistas y del 30, la
justicia social era aceptada como un principio formal,
aunque no se convertía en realidad. Las ideas políticas y
sociales avanzadas siempre la incluían, en-tendiéndola
desde distintas posiciones. Después de que las ideas
socialistas se arraigaron en Cuba durante los primeros
años treinta, la justicia social era asumida como
demanda, tanto por democráticos como por marxistas
independientes o del partido comunista. El socialismo
más cercano a 1959 tenía dos vertientes: la de los
adherentes al partido comunista y al pensamiento
marxista de la época —el llamado esta- linismo—, y la de
pensadores y activistas ajenos a ese partido.
La insurrección y el nuevo poder rebelde echaron abajo
el sistema represivo y político del Estado burgués
neocolonial y rompieron los límites de lo posible en
Cuba; enseguida las formas de participación popular
masiva, las medidas que abolían el sistema capitalista y
la dominación imperialista, y el armamento general del
pueblo en revolución dieron lugar, por primera vez en
Occidente, al triunfo práctico de una revolución
autóctona anticapitalista de liberación nacional. Entonces
todas las corrientes de pensamiento

social fueron desafiadas y sometidas a examen por la


Revolución, porque conceptos, relaciones e institu-
ciones que se creían eternos o parecían naturales eran
abolidos o desaparecían, mientras se asomaban otros
nuevos. La emergencia victoriosa de la praxis, el nuevo
poder y la participación masiva y organizada le brindaron
al pensamiento una inapreciable oportunidad para su
desarrollo, pero a la vez le hicieron muy fuertes
exigencias de nuevas ideas, instrumentos para conocer y
actuar, y proyectos.
De inicio, la Revolución se comprendía a sí misma como
la realización de los ideales acumulados y de su propio
cuerpo ideológico, pero las nuevas realidades,
necesidades y objetivos superaban esa comprensión. La
asunción del socialismo —y de la ideología marxista—
fue, entonces, la opción acertada y necesaria; el
socialismo debía estar en el centro de la liberación
nacional. No es posible exponer aquí la real complejidad
de lo que sucedió; hasta ahora han sido productos
artísticos los que más se han acercado a lograrlo. En
1959 muchos calificaban a la Revolución de humanista,
en la víspera de Playa Girón se proclamó socialista. Ese
año 1961 pasé una escuela para formar profesores
emergentes de secundaria, en la que un alto funcionario
de Educación nos dijo en una conferencia: “la pequeña
propiedad es la gloria de Francia”, mientras una
profesora nos enseñaba que había un concepto, la
materia, que era el más general e importante de todos.
Para Cuba fue vital entablar lazos demasiado fuertes con
la URSS, y el socialismo y el marxismo soviéticos
parecieron en un primer momento como los únicos, o los
mejores. A eso ayudaron las urgencias

ideológicas en medio de una lucha de clases y una de-


fensa nacional muy intensas, la presencia e importancia
de la URSS para la defensa y la economía, y también
que entre 1961-1962 se vivió el predominio del secta-
rismo en la organización política, y este tenía a la URSS
por modelo del socialismo. A pesar de los enormes lazos
y la aparente pertenencia común al socialismo, las
relaciones entre Cuba y la URSS durante la primera
etapa de la Revolución en el poder tuvieron momentos
de agudos conflictos y muchas veces fueron discre-
pantes o tensas. Esas relaciones tuvieron una gran im-
portancia para la historia del pensamiento social cubano
en los treinta años que duraron, pero ese tema está
fuera del contenido de mi exposición.
Ciñéndome a mi tema, sintetizo los rasgos principales de
aquel cuerpo teórico de origen soviético:
a) Sus textos contenían una mezcla nada orgánica
del viejo estalinismo del DIAMAT de 1938, au-toritario,
clasificador y excluyente, con una prosa modernizante
posterior al Congreso del PCUS de 1956. Sus objetivos
seguían siendo servir de cemento ideológico general del
sistema, de ve-hículo de exigencia a los seguidores en
cuanto a acatar la línea y las orientaciones, y de
influencia en los medios afínes. Pero ahora incluían
“ponerse al día” y participar en los discursos y en la
lucha de ideas del inicio de los años sesenta, aunque sin
recuperar el marxismo revolucionario ni abordar los
problemas fundamentales.
b) Trataba de fundamentar la política soviética y del
movimiento comunista bajo su influencia, ciertas
reformas en la URSS y Europa oriental y,

en lo internacional, la llamada “emulación pací-fica” entre


el capitalismo y el socialismo en la que el segundo
triunfaría. Cuestiones centrales de la política nacional e
internacional cubana no cabían o eran inaceptables para
esta doctrina.
c) Preconizaba para el Tercer Mundo en general el
reformismo y la colaboración con sectores bur-gueses
dominantes, en vez de la lucha revolucio-naria, lo que
amparaba en conceptos como el de “democracia
nacional” y declaraciones solemnes como la de que “el
contenido general de nuestra época es el paso del
capitalismo al socialismo”.
d) Sus modelos teóricos “generales” solían ser es-
quemas simplificados o inconsistentes, en los cuales
hechos y procesos seleccionados se con-vertían en
“leyes”. Eran inútiles para la compren-sión y para ayudar
a la acción. En cuanto a las situaciones, los problemas y
la historia del Tercer Mundo, eran eurocéntricos y podían
llevar a creencias absurdas y formas de colonización
mental “de izquierda”.
e) En su actitud teórica, la metafísica y el dogma-
tismo se combinaban curiosamente con el posi-tivismo.
Esta suma teórica presentada como concepción del
mundo y ciencia de las ciencias podía tener aspectos
atractivos para lectores no-veles, quizá porque la razón
parecía confirmar a la fe. Para los convencidos, incluidos
algunos muy cultos, era un dogma intangible y, por tanto,
no discutible.
Entre aquella ideología teorizada y el fervor cubano por
el socialismo y el marxismo pronto se levantó una
contradicción que era difícil resolver. Los productos
intelectuales de esa ideología constituían un polo atrac-
tivo para muchos, porque existía una conciencia muy
amplia de la necesidad de explicaciones y propuestas
trascendentes. A veces me angustia pensar que esa con-
ciencia no sea amplia en la actualidad, porque ella es
cuestión de vida o muerte para la sociedad que quere-
mos defender y desarrollar. La cultura cubana había
llegado a una altura tal a inicios de los años sesenta, que
estaba obligada a elaborar una concepción del mundo y
de la vida para representarse sus realidades y su
proyecto, y trabajar en consecuencia. Esa necesidad
llevaba a estudiar con entusiasmo los materiales que
caían en nuestras manos, y los de aquella corriente de
origen soviético eran los más abundantes. Además, fue-
ron acogidos y divulgados por las escuelas políticas del
partido en formación.
El marxismo fue asumido masivamente y se conside-ró
que debía guiar al pensamiento, con la legitimidad que
daba la Revolución. Pero dos preguntas aparecieron
enseguida: el marxismo, ¿vendría a participar, a ayudar
a la Revolución, o sería solo un certificado que le
expedían y una doctrina que ella aceptaba? ¿Y cuál
marxismo asumiría la Revolución cubana? Es impres-
cindible que todos conozcamos la historia viva de cómo
el pensamiento social cubano dio un enorme salto hacia
adelante al asumir el marxismo, que tuvo consecuencias
decisivas para su desarrollo; y también la historia viva de
las dificultades y los conflictos, de los estudios y las
polémicas, de las corrientes diferentes dentro del
marxismo, a través de los cuales ese pensamiento social
encontró su vitalidad y su forma y sus funciones
cubanas. Y que conozcamos también las in
suficiencias que portaba, los errores que se cometieron
en relación con el marxismo y su utilización, y los as-
pectos negativos que a mediano plazo lo han perjudi-
cado tanto, hasta hoy.
Desde el inicio chocaron las manías de clasificar,
disciplinar, hacer obedecer, atribuir segundas intencio-
nes, frente a la saludable combinación de espíritu li-
bertario y poder que lograba tener la Revolución. La
tendencia a empequeñecer la liberación social y humana
mediante nuevas dominaciones levantadas en nombre
del socialismo afectó a la Revolución, y llevó a debates y
confrontaciones en su seno. A mi juicio, el saldo de esa
actividad durante la primera etapa del proceso fue muy
positivo en cuanto a sus resultados, y sobre todo en
cuanto a que nos formó, nos hizo más conscientes, más
militantes y más libres. No había separación entonces
entre una cultura referida a las bellas artes y el
pensamiento, de un lado, y la política general del país,
del otro, que por consiguiente debería “atender a la
cultura”. Con razón recordamos siempre las palabras de
Fidel a los intelectuales, de junio de 1961, pero también
es muy necesario recordar y estudiar sus discursos
contra el sectarismo, del 13 y el 26 de marzo de 1962,
porque están muy relacionados con aquel. Con ellos se
combatía por una cultura política de la Revolución, frente
a las limitaciones y obstáculos que nacían dentro de ella
misma.
Numerosos intelectuales y artistas comprendían esa
verdadera relación, y participaban al mismo tiempo con
su actividad como tales y con sus ideas políticas y
teóricas. Graziella Pogolotti acaba de publicar un libro
muy valioso, Polémicas culturales de los sesenta, que
nos muestra la riqueza extraordinaria conteni
da en aquel manejo de ideas, las combinaciones reales
de asuntos específicos literarios y artísticos con puntos
centrales políticos, ideológicos y teóricos, y las posi-
ciones diferentes que contendían. Apuntaré brevemente
algunos rasgos generales de lo que sucedió, que me
parecen fundamentales.
Ante todo, el fondo de la cuestión no era una pugna
intelectual, ni se limitaba a un duelo de ideas. Era una
polémica acerca del alcance de la Revolución, su rumbo,
sus objetivos, los medios y vías que utilizaría; en algunos
momentos y situaciones llegó a ser incluso una polémica
por el poder. Fidel reafirmó, amplió y profundizó su
liderazgo dirigiendo y conduciendo la opción radical
revolucionaria, demostró que era la única factible y la
llevó al triunfo. En segundo lugar, entre otros numerosos
aciertos y virtudes, se atuvo a la política de no utilizar la
inmensa fuerza material y moral con que contaba para
imponer su línea. Todavía en marzo de 1964 dijo, en el
juicio contra el delator de los mártires de Humboldt 7,
que la Revolución no sería como Saturno, que se comió
a sus propios hijos. La unidad política de los
revolucionarios y la unidad política del pueblo fueron
objetivos centrales de la Revolución, y está claro que en
ello se jugaba incluso la supervivencia. En tercer lugar,
sin embargo, no se eliminó el debate interno por esa
razón. Dirigentes políticos y culturales, personalidades
intelectuales, instituciones diversas, contraponían sus
criterios en público, con mayor o menor profundidad y
buenas maneras. En 1963-1964, el Che y otros
dirigentes del Partido y el Estado debatieron en revistas
habaneras sobre cuestiones fundamentales del rumbo
de la creación de la nueva sociedad,
sin que peligraran por eso la estabilidad y la seguridad
de la Revolución.
No hay que olvidar que aquellos años se caracteri-zaron
por la magnitud de los enfrentamientos violentos y la
agresividad imperialista, la lucha de clases interna y los
desgarramientos que aportaron ella y la emigración, la
escasez de capacidades o lo incipiente de las
instituciones cubanas. ¿Cómo fue posible que en esa
situación existiera un amplio campo para el debate entre
los revolucionarios? ¿Qué condiciones lo facilitaron y,
quizás, lo exigieron? Lo cierto es que el poder
revolucionario y la sociedad reconocieron espacios de
producción y de debate al pensamiento social que
permaneciera o surgiera dentro del campo
revolucionario, aunque fuera de corrientes diversas, y
aunque expresaran unos sus discordancias con otros.
Pienso que si analizamos aquella situación en su con-
junto, los factores positivos y negativos que contenía y
los rasgos y problemas de la política que predominó, nos
brindará algunas experiencias y lecciones respecto a la
necesidad actual de volver a construir entre todos una
cultura de debate.
Aunque no existió una declaración para el pensa-miento
social que fuera equivalente a lo que significó “Palabras
a los intelectuales” para aquel medio, de hecho el
pensamiento social operó con parámetros análogos. Por
cierto, en aquel tiempo nos referíamos al famoso
discurso de Fidel en la Biblioteca Nacional como un
alegato contra los que pretendían amordazar el
pensamiento de revolucionarios. Habría que hacer varias
precisiones. Primero, los jóvenes como yo estábamos de
acuerdo en que la Revolución se defendiera de sus
enemigos con los medios que estimara
necesarios. La condicionante de no actuar contra la Re-
volución nos parecía muy legítima. Segundo, nos parecía
lo más natural que intelectuales de ideas diferentes a las
nuestras trabajaran como tales, y admirábamos la obra
de Ortiz, Lezama, Ramiro Guerra, y de otros ya
fallecidos, como Varona, Mañach o Loveira. Tercero, nos
oponíamos al sectarismo, al dogmatismo, al auto-
ritarismo y al llamado realismo socialista. Cuarto, no
creíamos que el poder político nos estaba concediendo
nada, porque sentíamos que compartíamos los mismos
ideales, y a la vez nos parecía que quien tratara de ob-
tener algo para sí por su actividad intelectual a favor de
la Revolución era un oportunista.
Durante los años sesenta mantuvimos esas convic-
ciones, pero desarrollamos un pensamiento acerca de
los rasgos, las obligaciones y las funciones de la
actividad intelectual en la sociedad en transición
socialista, así como sobre sus relaciones con las
estructuras y las políticas del poder revolucionario,
incluidas las tensiones y las contradicciones. A eso nos
llevaron las experiencias y dificultades del propio
proceso que estábamos viviendo, los debates con otras
posiciones cubanas y el estudio de nuestra historia y la
de otros procesos revolucionarios, incluido el soviético,
así como la historia de la URSS. Las relaciones entre el
poder y el pensamiento social se convirtieron en uno de
los temas sensibles para las prácticas de los
intelectuales y de los políticos, y para el proyecto
socialista. En la segunda mitad de los sesenta el tema
enunciado como “el compromiso del intelectual” tuvo un
enorme arraigo y resonancia, en Cuba y en
innumerables medios del mundo. El gran Congreso
Cultural de La Habana de enero de 1968 —que ha sido
concienzu
damente olvidado— le dedicó a ese tema buena parte de
sus tareas.
Una cuestión crucial quedó planteada después de las
primeras experiencias del proceso, y ha mantenido
siempre su carácter de problema central. Dentro de la
revolución, el pensamiento social solo puede existir,
desarrollarse y servir de algo a la sociedad y sus tareas
principales si tiene autonomía, mantiene sus normas e
identidad específicas, goza de libertad de investigación y
sabe ir más allá de lo que piden la reproducción de la
vida social y las necesidades visibles. Al mismo tiempo, y
sin perder las características anteriores, el pensamiento
social debe existir dentro del orden revolucionario y
regirse en lo esencial por el proyecto de liberación y por
ese orden, respetar su estrategia, atender sus
prioridades y ponerse límites cuando resulte
imprescindible para la causa general. Bien, pero en esa
dialéctica de libertad y militancia, ¿cómo se determinan
el alcance y la protección del pensamiento, su sujeción a
normas y su disciplina? ¿Quién determina todo esto, qué
mecanismos y garantías habrá para evitar errores o
abusos?
En esta primera etapa de la Revolución no se ela-
boraron reglas expresas en este campo, pero en general
funcionó aquella dialéctica, en mi opinión por razones
más amplias que su propio contenido: el espíritu
libertario y el poder revolucionario convivían bien, el
poder y el proyecto estaban íntimamente ligados, todos
los implicados combatíamos juntos en las situaciones
límite y las grandes jornadas de la Revolución, y,
además, nos sentíamos históricos.
En los hechos, desde muy temprano había dos con-
cepciones y posiciones distinguibles dentro del campo
revolucionario referidas al alcance que podía permitirse
el proceso, su rumbo, sus vías y medios, y los objetivos
del socialismo. Una estaba influida por la ideología
soviética y del movimiento comunista; creía que Cuba
debía organizar su economía, su vida social, su sistema
político y su estrategia de acuerdo con la etapa de
desarrollo que le asignara aquella ideología, y repro-
ducir aquí rasgos del tipo de dominación en nombre del
socialismo que existía en la URSS y en los países de su
campo. Buscaba sus fundamentos en el llamado
marxismo-leninismo, y sin duda no se sentía extranjeri-
zante, sino el vehículo del paso de Cuba a lo que consi-
deraba un régimen social superior, y su incorporación al
socialismo, la corriente en ascenso en el mundo. La otra
provenía del proceso insurreccional, de su ideología de
liberación y su triunfo práctico, que había creado el poder
y el terreno real para que se desarrollara la gran
revolución popular. Entendía el socialismo como el medio
idóneo para conseguir la liberación nacional y la
verdadera justicia social, impulsó y condujo un conjunto
profundamente radical de acciones y una participación
masiva que transformó a los cubanos y al país, y
enfrentó victoriosamente a los Estados Unidos. Esta
segunda concepción y posición se consideraba heredera
de todas las luchas revolucionarias del pueblo cubano
desde el siglo xix; sus líderes conocían marxismo, lo
utilizaban de manera independiente y actuaban a favor
de que la población cubana asumiera esa concepción.
El patriotismo radical ha sido un baluarte para la
segunda posición, desde el inicio, en circunstancias tan
diferentes como la fundación de la UNEAC, la Crisis de
Octubre, o el centenario del 10 de Octubre,
en 1968. En las nuevas condiciones creadas por la
segunda etapa que comenzó a inicios de los años se-
tenta, el patriotismo radical —ahora sintetizado en la
consigna “cien años de lucha”— fue una línea de de-
fensa del carácter autóctono de la revolución frente a la
ideología que se hizo entonces sí preponderante.
Por cierto, a pesar de que la bancarrota de las ideas
previas a 1959 terminó por incluir a la democracia —
identificada ahora con las acusaciones contra Cuba y
con los modos de dominación existentes en países
capitalistas—, el democratismo no desapareció. La re-
volución proclamó sus nuevos sentidos y combinó
instituciones de tradición, como el poder local, con
nuevas formas directas como las enormes concentra-
ciones. Entre los revolucionarios permanecieron con
mucha fuerza las representaciones positivas de los
derechos individuales, y no solo los sociales, la gran
valoración del individuo que tiene y sostiene sus cri-
terios, y el orgullo por la historia cubana en el terreno
democrático. Recuerdo la expresión de que los sovié-
ticos no podían entender ciertas cosas porque nunca
habían tenido democracia, mientras que los cubanos nos
dimos constituciones desde Guáimaro, al iniciar la
primera revolución contábamos con el maravilloso
legado democrático de Martí y tuvimos una democracia
representativa desarrollada antes de la Revolución de los
cincuenta.
Las contraposiciones y los debates entre las dos
concepciones y posiciones referidas son muy impor-
tantes para comprender el pensamiento social de la
primera etapa del proceso revolucionario en el poder. En
lo político, el liderazgo de Fidel —secundado por el Che
y los máximos dirigentes del país— fue decisi
vo para llevar al triunfo, de manera unitaria y pacífica, la
segunda concepción, que rigió prácticamente durante la
segunda mitad de los años sesenta. Uno de los rasgos
del fin de la primera etapa y el inicio de la segunda fue el
quebranto de esta posición, y el retorno de la primera
posición en terrenos sumamente importantes. Sin
embargo, simplificar las cosas de este modo impediría
advertir cuestiones decisivas. La Revolución mantuvo su
liderazgo máximo y los rasgos básicos de sus políticas y
sus logros, y el país de inicios de los setenta tenía
enormes diferencias con el de una década antes, en
cuanto a desarrollos de su población, vivencias y
experiencias revolucionarias, y expectativas. La primera
posición, por su parte, también había ganado
experiencias, comprensión de la especificidad y el
carácter del proceso cubano, y moderación, y su
composición interna era ya otra.
Apunto apenas esos comentarios sobre lo político, y me
extiendo más sobre el centro de mi tema, el pen-
samiento social.
Alrededor del marxismo se manifestaban las necesi-
dades y las concepciones, y, por tanto, él tenía que ser
un protagonista en el pensamiento de la época. La ge-
neración que llevó el peso entonces incluía a nacidos
desde 1926 ó 1928 —como Fidel y el Che— hasta los
nacidos a mediados de los años cuarenta. A los prota-
gonistas del proceso nos sumamos los que como yo
comenzamos siendo revolucionarios y después nos
hicimos marxistas, y los que llegaron a ambas cosas al
mismo tiempo. Desde el Io de febrero de 1963 hasta
fines de 1971 pertenecí a un grupo intelectual organiza-
do, el Departamento de Filosofía de la Universidad de La
Habana, que se vio envuelto en la pugna por un
marxismo de la Revolución y que contribuyera real-
mente a su desarrollo, y llegó a estar en el centro de esa
pugna.
Un ejemplo de la complejidad de la tarea y del carác-ter
que tenían entonces las relaciones entre los revolu-
cionarios es la visita del presidente Osvaldo Dorticós al
Departamento de Filosofía a inicios de 1964. Pocos
meses antes había salido de la Rectoría de la Univer-
sidad el compañero Juan Marinello, y también fue
sustituido el primer director nuestro, el hispanosovié- tico
Luis Arana, a quien estimábamos mucho y no tenía
relación con Marinello. Se designó para sustituir a Arana
a un profesor y activista ligado a la primera posición que
referí antes, y aunque éramos muy jóvenes y no
teníamos aún notoriedad, se suponía, con razón, que no
nos gustaría el sustituto. El Presidente vino a traerlo,
acompañado del nuevo rector, y con su prestigio decidió
nuestra aceptación. Pero lo más interesante fue que nos
hizo un discurso que jamás olvidamos, en el cual afirmó
que los manuales de marxismo soviético que entonces
se utilizaban en la docencia y en los estudios políticos no
servían para la Revolución cubana, y nos pidió que,
como marxistas, “incendiáramos el océano”, aunque
aclaró enseguida que él no sabía cómo podríamos
hacerlo.
En el centro mismo del Occidente burgués, la Revo-
lución cubana realizó en los años sesenta inmensos
esfuerzos en el campo del pensamiento e hizo contri-
buciones relevantes al desarrollo del marxismo. Fidel y el
Che pusieron definitivamente al marxismo en es-pañol,
inspiraron la formación de una nueva vertiente marxista
latinoamericana y se dirigieron al mundo entero desde un
comunismo de liberación nacional,
occidental, igualitarista, insurreccional y realmente
intemacionalista. He descrito algunos aspectos de la
actuación de Fidel, el máximo representante del pen-
samiento más revolucionario. El Che desempeñó un
papel fundamental en la elaboración de un pensamiento
social que sirviera, más que como fundamentación,
como instrumento para una política comunista eficaz en
la transición socialista cubana. Haber pensado y haber
intentado tal política es uno de los aportes notables de
Cuba a los movimientos de liberación del mundo. En esa
dirección, el opúsculo del Che, El socialismo y el hombre
en Cuba, es uno de los documentos políticos más
trascendentes del siglo xx.
Ernesto Guevara pasó del estudio del pensamiento a la
guerra revolucionaria, que lo transformó y lo hizo
dirigente. Compartió las responsabilidades del poder
revolucionario e impulsó los cambios más profundos de
las personas y la sociedad, y otra vez se fue a la guerra
revolucionaria. En ese corto período, su pensamiento
logró comprender los problemas fundamentales,
plantearlos y hasta cierto punto elaborar una concepción
teórica que fuera un instrumento capaz de restituir al
pensamiento revolucionario su función, indispensable
para guiar los cambios sociales y humanos y proyectar e
imaginar el futuro, al mismo tiempo que servir a las
prácticas. Pero su filosofía de la praxis fue más allá, e
iba ampliando su campo y su profundidad cuando lo
interrumpieron la batalla final y la muerte. Con una aguda
conciencia del papel del pensamiento en la creación de
una sociedad que debía ser diferente del capitalismo —y
no solo opuesta—, entre 1963 y 1965 el Che libró en
Cuba una batalla intelectual que entendía indispensable
para la política,
para la práctica en general y también para la teoría. La
segunda etapa no podía admitir su pensamiento. Hubo
que esperar al Proceso de Rectificación de Errores de la
segunda mitad de los años ochenta para que comenzara
el difícil regreso al pensamiento del Che, reapropiación
que no ha sido completada todavía.
Las ideas propias fueron tomando cada vez más fuer-za
en los primeros años sesenta, y pronto se abrió una fase
de búsqueda y creación en el terreno teórico, a la vez
que se hacían cada vez más investigaciones de pro-
blemas concretos. Diferentes grupos en instituciones
estudiaban, discutían, elaboraban y publicaban sus cri-
terios. En el Departamento de Filosofía emprendimos
una labor muy tenaz y sistemática con el fin de for-
marnos sin exclusiones ni prejuicios, participar en las
investigaciones de los problemas concretos y tratar de
asumir el marxismo y trabajar con él. Ya en 1965
habíamos sustituido los manuales soviéticos por una
bibliografía variada y representativa del pensamiento y
los problemas. En la “Presentación” de Lecturas de
Filosofía, nuestro primer libro con ese tipo de textos,
publicado en enero de 1966, escribí:
El conjunto de problemas que la realidad le presenta a
una ciencia constituye su fe de vida, el tratamiento de
ellos es condición de su desarrollo. Una divulgación sin
problemas es mera declamación (...) Los manuales
existentes para nuestra disciplina son resultado de una
apreciación deformada y teologizante del marxismo.
Meses después, en el II Encuentro Nacional de Pro-
fesores de Filosofía, el Departamento identificaba el
desafío: “Tenemos que lograr que el marxismo leninis

mo se ponga a la altura de la revolución cubana”. Ya


estábamos discutiendo un contenido y estructura nuevos
que debían sustituir al Materialismo Dialéctico e
Histórico, que desde septiembre pusimos en práctica en
la Universidad: la Historia del Pensamiento Marxis- ta.
Ella respondía a otra concepción del marxismo. Las
universidades de Oriente y Central de Las Villas también
la impartieron, y muchos miles de alumnos la estudiaron
hasta 1971.
No me extenderé aquí acerca de nuestra actividad en el
campo teórico, en las polémicas de la época, las
investigaciones de realidades cubanas, la creación de
Edición Revolucionaria y el Instituto del Libro, y la
participación en otras tareas nacionales e internaciona-
les, aunque en realidad ese conjunto es casi desconoci-
do. Lo interesante para el tema que abordamos hoy es
que partimos de que era imprescindible pensar con ca-
beza propia, reivindicamos la libertad de cátedra y de
investigación dentro de la militancia revolucionaria —es
decir, pensar por ser un militante, y no a pesar de serlo
—, e hicimos publicaciones que se atenían a esas
reglas. La experiencia funcionó durante varios años, y mi
opinión es que su saldo fue positivo.
¿Por qué pudieron existir experiencias como esta? En la
segunda mitad de los sesenta la revolución se profundizó
en todas las direcciones que pudo. Con una coyuntura
política e ideológica internacional realmente favorable,
trató de violentar aún más lo que se consideraba posible
en materia de organización estatal y de economía, el
crecimiento de la conciencia, las transformaciones de las
personas y de las relaciones sociales y el esfuerzo
internacionalista. A mi juicio, fue una decisión acertada,
aunque se cometieron erro

res —algunos de ellos realmente graves—, como ha


sucedido históricamente en todos los casos en que se ha
forzado la reproducción esperada de la vida social.
El poder y la sociedad se pusieron en tensión y
marcharon juntos, y hubo una verdadera fiebre de
investigaciones sociales; ellas y el pensamiento social
estuvieron a la altura del esfuerzo con su incesante labor
y su entusiasmo, y gozaron de un reconocimiento social
y político enorme, que evidenciaba una comprensión del
papel crucial del conocimiento y la intencionalidad para
lograr los objetivos tan ambiciosos que se tenían. Sería
muy conveniente que se elaborara al menos una relación
de la masa de investigaciones realizadas —ofreciendo
unos pocos datos básicos de cada una—, no solo por
sacarlas del injusto olvido en que yacen, sino sobre todo
para que pueda rescatarse una gigantesca cantidad de
asuntos, datos, análisis, dictámenes, sugerencias, que
serían sumamente útiles para los trabajos de
conocimiento social actuales.
El apoyo oficial en unos casos, y, en otros, un es-pacio
que permitía niveles sustanciales de autonomía, fueron
factores principales para aquel florecimiento del
pensamiento y las ciencias sociales. Pero también quiero
destacar, por su gran importancia, que coexistían
perspectivas y posiciones diferentes, que podían
enfrentarse o no, pero tenían espacio para trabajar. La
ausencia de una “línea” de cumplimiento obligatorio para
el trabajo intelectual fue una condición básica de su
desarrollo. La casualidad hizo que el partido cubano
decidiera el cese de la publicación de su revista oficial,
Cuba Socialista, muy poco antes de la aparición de la
revista Pensamiento Crítico, y algunos comentaristas
extranjeros confundidos dijeron que esta

venía a desempeñar el papel de la anterior. Nosotros


rechazamos esa creencia: no queríamos, de ningún
modo, ser considerados una revista oficial. Lo intere-
sante es que en Cuba, que yo sepa, a nadie se le ocurrió
esa idea.
Quisiera referirme brevemente a esa revista mensual de
pensamiento social, cuyo colectivo de trabajo me tocó
dirigir. Pensamiento Crítico nació en el último trimestre
de 1966, como parte de la expansión de actividades
emprendida por el Departamento de Filo-sofía desde
fines de 1965; publicó cincuenta y tres números entre
febrero de 1967 y el verano de 1971. Para ahorrar
tiempo aquí, les sugiero leer el ensayo de Néstor Kohan,
“Pensamiento Crítico y el debate por las ciencias
sociales en el seno de la revolución cubana”, que está
siendo divulgado por la revista Criterios. El autor ofrece
cuantiosos datos y análisis profundos y muy acertados, a
mi juicio, sobre la revista y el conjunto del tema que su
título anuncia. Completo este tema leyendo fragmentos
de una valoración reciente que hice de aquella
publicación, en la entrevista que me hizo Julio César
Guanche para La Jiribilla, con motivo del Premio
Nacional de Ciencias Sociales.
Formábamos parte de la gran herejía que fue la Re-
volución cubana de los años sesenta (...) Una de las
ventajas de la revista fue la de deberse a la Re-volución,
pero sin convertirse en una oficina deter-minada de una
instancia específica. Eso le daba la posibilidad de
expresarse como revolucionaria, pero sin otra sujeción
que la del compromiso libre y abier-tamente asumido con
la revolución. Opino hasta hoy que sin esa condición el
pensamiento revolucionario no logra aportar, y no puede
satisfacer, por

tanto, la necesidad inexorable de pensamiento que tiene


la política revolucionaria.
En América Latina los compañeros que luchaban y los
partidarios de cambios revolucionarios veían a la revista
como expresión militante de la Revolución cubana y del
internacionalismo. Esa percepción era compartida por los
que conocían nuestra publicación en las demás regiones
del mundo, con las consecuencias de cada caso.
La revista era polémica, y más de una vez sumamente
polémica. De no ser así, no hubiera valido la pena.
(...) Después de tantos años he entendido mejor el
significado de Pensamiento Crítico. Fue un hecho
intelectual protagonizado por jóvenes de la nueva
revolución, que tenía como contenido los problemas
principales de su tiempo, desde una militancia
revolucionaria del trabajo intelectual. Combatió con
ideas, con la elección de sus temas y con la presen-
tación de hechos, problemas e interrogantes que las
estructuras de dominación suelen ocultar o deformar, sin
temor a la crítica de las ideas y del propio movimiento al
que entregábamos nuestras vidas, en busca de la
creación de un futuro de liberaciones y bienandanzas.
Pensó por ser militante, no a pesar de serlo, y fue una de
las escuelas de ese ejercicio indeclinable. Contribuyó a
la formación de numerosos revolucionarios y su práctica
significó un pequeño paso hacia adelante en la difícil
cons-trucción de una nueva cultura.
(...) El pensamiento revolucionario carecía de de-sarrollo
suficiente para enfrentar estas novedades, porque el
marxismo había sufrido demasiado (...)

y otras ideas que también eran revolucionarias re-


sultaban insuficientes ante los retos de unir nacio-
nalismos y luchas socialistas, civilización moderna con
negación liberadora de la modernidad, diversi-dades
culturales con unidad de proyectos. Sin em-bargo, entre
todos los involucrados conseguimos hacer retroceder la
colonización mental. Y Pensamiento Crítico fue uno más
entre los escenarios de aquel combate de ideas.
Alrededor de 1970 las limitaciones del proceso re-
volucionario se hicieron visibles. El plan de desarrollo
económico socialista acelerado del país se vio
constreñido a apelar a la mayor capacidad de produc-
ción instalada que poseía y poner todo el esfuerzo en la
producción masiva de azúcar para obtener recursos y
nivelar el comercio exterior, pero la gran zafra no alcanzó
los diez millones de toneladas proyectados y el esfuerzo
dislocó y agotó la economía nacional. Por otra parte, no
hubo victorias revolucionarias en América Latina —y sí la
dramática pérdida de la vida del Che en 1967—, ni
espacio para alianzas con países que fueran realmente
soberanos y autónomos frente a los Estados Unidos.
Atenazado por una coyuntura muy desfavorable, y
después de maniobrar dentro de la posición que había
sostenido, el proceso cubano inició cambios profundos
en numerosos aspectos, y su proyecto fue recortado.
En ese marco, el pensamiento social sufrió una su-jeción
a cambios que provocaron la detención de su desarrollo,
y un gran empobrecimiento y dogmatiza- ción. Mis
recuerdos del último año en que trabajé en ese campo,
más precisamente entre septiembre

de 1970 y noviembre de 1971, son los de una tragedia


en la que las necesidades del Estado parecían más
decisivas que los criterios ideológicos o teóricos. Des-
pués de reuniones y discusiones entre revolucionarios,
que duraron meses, la dirección del país decidió el cierre
de la revista Pensamiento Crítico en agosto de 1971, y el
cese del Departamento de Filosofía en noviembre.
Siempre recordaré, entre otras demostraciones de
numerosos compañeros, la actitud fraternal de Jesús
Montané, entonces secretario organizador del PCC, y la
forma en que el presidente Dorticós cumplió su papel en
aquel proceso. Atuve mi conducta durante aquel último
año a lo que consideré mi deber, asumí las
consecuencias de mis actos y nunca me he arrepentido
de lo que hice.
Después he intentado valorar algunas veces cómo pudo
perderse tanto en ese campo. Para explicar los cambios
iniciales, un factor, sin duda, fue el insufi-ciente
desarrollo en el tiempo de aquella actividad, tan fructífera
como novedosa en nuestro país, que estaba lejos de
sedimentarse y tomarse algo natural, y carecía de
normas que la protegieran. Otro factor, a mi juicio,
principal, fue la percepción de la necesidad de conservar
a todo trance la unidad política en una situación difícil,
ante la posibilidad de divergencias, entre revolucionarios,
por ideas radicales que formaban parte del acervo de la
propia revolución. Recuerdo a un dirigente de sólida
formación intelectual e ideas muy avanzadas que dijo de
nuestro caso: “Había que cortar por lo sano, y eso
siempre significa cortar una parte sana”. Otro factor de
las decisiones puede haber sido que no se creyó estar
cediendo en un terreno vital, mientras se conservaba el
control de

otros que obviamente sí lo eran. En esto pueden haberse


reunido el error de cálculo ante la coyuntura con la
incomprensión de que el pensamiento social ha sido
sujetado y han disminuido sus funciones críticas durante
el desarrollo del capitalismo en el siglo xx; ha vuelto,
incluso, frágil y poco eficaz. Los poderes socialistas
están obligados a no asumir ese rasgo cultural del
capitalismo que —como tantos otros— trata de
introducirse en el curso de las modernizaciones de sus
países; por el contrario, deben combatirlo abiertamente.
Por último, no fue posible evitar —por la combina-ción de
las medidas tomadas con el quebranto de las funciones y
rasgos que había tenido el pensamiento social— la
emergencia de una forma autoritaria de es-pecial
virulencia, el dogmatismo. Aunque asociado al
sectarismo en los primeros tiempos del proceso revo-
lucionario, el dogmatismo demostró ser capaz de so-
brevivir a la bancarrota de aquella política, volverse
importante como medio de control social en la segunda
etapa del proceso y coexistir hasta el día de hoy con
otros modos de comportamiento social. Sería muy po-
sitivo que su análisis formara parte de las investigacio-
nes sociales actuales, que encontráramos las causas de
su pervivencia y su pertinacia, a qué fenómenos y as-
pectos de la vida social responde, para combatirlo me-
jor. Sintetizo aquí diez rasgos suyos, por si puede ayudar
para nuestras tareas actuales:
1) La pretensión de poseer todas las preguntas per-
mitidas y todas las respuestas infalibles, que tiene un
fundamento extraintelectual y es funesta para la política
revolucionaria.

2) Servir de fundamento a la legitimación de lo exis-


tente y la obediencia a su orden, con lo que se fomenta
el inmovilismo y actitudes individuales perjudiciales.
3) Privar de capacidad para enfrentar los problemas,
y más aún para buscar sus fundamentos y sus raíces y
plantearlos bien.
4) Ser inútil, entonces, dentro del mundo del pen-
samiento, pero crear confusión o resignación con su
soberbia y su capacidad de neutralizar o atacar lo que es
útil.
5) Ser ajeno y opuesto a la actitud y el contenido del
pensamiento revolucionario, y, sin embargo, erigirse en
su supuesto defensor y representante.
6) Atribuir corrección o maldad a todo pensamiento.
Fijar posiciones incuestionables respecto a lo que existe,
lo que se debe comunicar, investigar, debatir o estudiar, y
orientar las opiniones generales que deben sostenerse
en la política, la economía, la educación, la divulgación,
la historia y la apreciación de las artes.
7) Sustituir los exámenes, los debates y los juicios
sobre las materias que considera sensibles por la
atribución arbitraria y fija de denominaciones y
valoraciones sobre ellas, o de lugares comunes que las
dejan fuera del campo del conocimiento.
8) Satanizar y tratar de prohibir el conocimiento o la
simple información de todo lo que considere perjudicial o
maligno, que suele ser todo lo que no califique de bueno.
Esto se complementa con la acusación a compañeros de
estar influidos o

“desviados” por aquellas posiciones consideradas


perversas y erróneas, imputación que puede ser abierta
o tortuosa, como cuando se les “reconoce” que quizás no
se desvían intencionalmente, pero se desvían.
9) Conspirar, por consiguiente, contra la ampliación y
profundización del socialismo, y favorecer la
permanencia de las relaciones sociales y la moral de la
sociedad que queremos abolir y superar.
10) Desarmarnos frente a las reformulaciones de la
hegemonía cultural del capitalismo, a la cual ig-nora o
desprecia, y fomentar situaciones y con-ductas
esquizofrénicas, en las que se abomina el capitalismo y
se consumen sus productos es-pirituales.
Lo cierto es que el empobrecimiento y la dogmati- zación
del pensamiento social se agravaron y se con-solidaron
en el curso de aquella década de los setenta, y los
cambios positivos en el campo cultural y la fun-dación
del Ministerio de Cultura no cambiaron su si-tuación. El
primer golpe real que recibieron fue el inicio del Proceso
de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas en
1986. A pesar de la rica historia de avan-ces de los
últimos veinte años, que en algunos aspectos es notable,
y de que una parte de aquellos rasgos negativos
desapareció, otra parte permanece y se ha vuelto
crónica, mucho después de desaparecida la si-tuación
que la creó. Ha faltado un proceso amplio de análisis
crítico de lo que sucedió, que tuviera como único objetivo
la formación a través de la información y del debate, para
que todos se beneficiaran de nuestra experiencia cubana
y se volvieran más capa

ces de enfrentar los nuevos retos que estos veinte años


nos han deparado. Creo que este es un factor importante
entre los que llevan a algunos hoy a la idea errónea de
convertir los hechos y situaciones de inicios de los años
setenta en un ejemplo agudo de una ca-racterística
inherente al socialismo, lo que llevaría,
consecuentemente, a descalificarlo como sistema y
como aspiración de la sociedad.
En mi opinión, ha sido muy positiva la reciente condena
pública de los dolorosos episodios de cacerías de brujas
o las prácticas infames en el trato entre compañeros, y
tendremos que insistir en ella y sacar provecho de la
lección de que lo sano es ventilarlos de ese modo y no
dejar que el mal se pudra en lo oscuro y nos pudra lo
hermoso. El joven Carlos Marx escribió, con razón, que
la vergüenza es un sentimiento revolucionario. También
será fructífero, y sin duda trascendente, que nos
apoderemos de toda nuestra historia, que investiguemos
sus logros, sus errores y sus insuficiencias, sus aciertos
y sus caídas, sus grandezas y sus mezquindades, y
convirtamos el conjunto en una fuerza más para
enfrentar los problemas actuales de la revolución y la
transición socialista, y para reformular y hacer más
ambicioso nuestro proyecto de liberación.
El pensamiento social cubano es uno de los temas que
me ha llenado de labores y afanes a lo largo de toda mi
vida de adulto. Termino con unos pocos comentarios muy
generales acerca de sus problemas actuales, con el fin
de que contribuyan en algo a lo que es para todos
nosotros prioritario: el presente y el futuro de Cuba.
Sin dudas, nuestro país venció a la tremenda crisis de la
primera mitad de los años noventa. Pero, ¿cómo

salió?, ¿qué secuelas le quedaron?, ¿en qué medida y


en qué formas ellas pueden afectar su rumbo actual?,
¿qué nuevas dificultades se levantan?, ¿cómo identificar
los problemas de fondo, y cómo enfrentarlos
eficazmente? La movilización de recursos humanos y
materiales para acciones sistemáticas dirigidas contra
las desigualdades que se crearon y a favor de aumentar
las oportunidades de los grupos sociales más afectados
es fundamental para la reconstrucción y defensa del
socialismo como línea rectora del esfuerzo social.
También lo son las medidas que permitan que el polo
socialista sea el más fuerte. Pero es imprescindible
congeniar esa movilización y esas medidas con las
necesidades y las expectativas de una población que ha
multiplicado sus capacidades. Y eso deberá pasar por
complejos procesos que de manera organizada y hasta
algún punto planeada desarrollen la conciencia, la
creación nacional de riquezas y el buen gobierno.
Por si lo anterior fuera poco, todo debe conseguirse en
medio de una pugna de vida o muerte con el ca-
pitalismo, que va desde la sistemática agresión del
imperialismo hasta la siempre renovada persistencia de
rasgos del capitalismo entre nosotros, y dentro de cada
uno. El capitalismo conduce una formidable guerra
cultural mundial, en la que pretende triunfar desde la vida
cotidiana y los procesos civilizatorios, y a través de un
gran movimiento de privatización ideal y material. Con
armas anticuadas no se puede combatir en esta guerra,
y mucho menos con las que nunca sirvieron.
Si algo es seguro para el pensamiento y las ciencias
sociales cubanas es que la sociedad los necesita para
que la ayuden a enfrentar sus problemas centrales y

mantener y formular mejor su proyecto. Pero ni las con-


diciones en que estas disciplinas trabajan hoy, ni ellas
mismas, tienen suficiente desarrollo frente a los retos del
presente y del futuro que alcanzamos a entrever. Varios
rasgos negativos del mundo espiritual actual pesan
sobre ellas. El apoliticismo y la conservatización de ideas
y sentimientos no es nada desdeñable. Afecta la
perspectiva, el contenido y la autovaloración del tra-bajo
de pensamiento y científico social, pero también al
tratamiento y la orientación que se le da por parte de
órganos de la sociedad. Las influencias externas tam-
bién suelen proponer paradigmas y asuntos ajenos a
nuestras necesidades.
Quiero repetir que contamos con una masa muy
numerosa de profesionales capacitados y conciernes, y
de trabajos investigativos que tienen real calidad, que
contamos con instituciones de investigación y de
docencia. Pero tenemos un déficit notable en cuanto a
formación teórica, urge superar el medio teórico
existente y, sin embargo, carecemos de información al
día al alcance de los interesados —también en cuanto a
las ciencias sociales—, y en muchos planteles se sigue
enseñando a los adolescentes y jóvenes versiones
inaceptables del marxismo. Si no se priorizan los
problemas principales del país como temas principales
de las investigaciones sociales, se dañarán las re-
laciones de nuestro campo con necesidades del país,
tanto en identificar, plantear bien y ayudar a solucionar
problemas como en temas culturales e ideológicos muy
importantes. Son muy perjudiciales los límites que se
ponen a los investigadores y al conocimiento de los
resultados de investigación. Llega a ser habitual para
muchos limitarse —o limitar a otros— en unos campos

en los cuales para ser militante hay que ser inquisitivo,


crítico, audaz, honesto y no temer equivocarse.
Insisto en que el trabajo intelectual en disciplinas
sociales en una sociedad de transición socialista está
obligado a ser muy superior a las condiciones de exis-
tencia vigentes, no sirve de mucho si solo se “corres-
ponde” con ellas. Y el consumo de los productos que una
sociedad cultísima elabora acerca de sí misma no puede
ser dosificado u ocultado, como si las mayorías no
fueran capaces de hacer buen uso de ellos, como si no
tuvieran la extraordinaria cultura política de los cubanos,
que es la mayor riqueza humana con que contamos. En
una sociedad como la nuestra, que ha hecho una
apuesta tan colosal hacia el futuro y ha logrado
sobrevivir, resistir y avanzar tanto, no podemos repetir la
división entre las élites y la mayoría de la población en la
producción y el consumo de los productos intelectuales y
culturales valiosos. Esa es una característica del
capitalismo, aun en sus formas democráticas; nosotros
estamos obligados a trabajar por eliminarla.
Opino que hoy estamos en una coyuntura muy po-sitiva
para que se produzcan recuperaciones y avances en el
pensamiento y las ciencias sociales cubanas, que hoy
están reuniéndose la conciencia, la necesidad y la
voluntad. Como en todos los momentos cruciales de las
sociedades, los intelectuales —como dijo una vez Raúl
Roa—, por estar dotados para ver más lejos y más
hondo que los demás, están obligados a hacer política. Y
en este caso hacer política es hacer pensamiento y
ciencias sociales con calidad, libertad y militancia
socialista. Soy optimista respecto a nuestras
posibilidades actuales y al futuro inmedia

to, pero no me refiero a un logro conseguido, sino a una


lucha y un propósito que puede unirnos mejor a los
cubanos en nuestra diversidad, darnos más fuerzas que
las palpables y constituir la mejor defensa del socialismo,
que es profundizarlo.
¿Cómo podrán el pensamiento y las ciencias sociales
cubanas trabajar eficazmente y a favor de la alternativa
socialista? La pregunta nos asoma a un tema crucial,
que requerirá grandes esfuerzos y debates.
Seguramente tendrán que avanzar mucho para lograrlo.
Pero es indispensable también que sean reconocidas y
apoyadas en su autonomía militante, que se tenga por
buena su especificidad y su ejercicio irrestricto del
criterio, que no sean un adorno ni una actividad
permitida. Y aunque siempre dependerá de sus labores y
sus aciertos el contenido de su éxito, este será posible
sobre todo en la medida en que triunfe la alternativa de
liberación, la de la solidaridad humana, socialista e
intemacionalista, no la del individualismo, el egoísmo, el
afán de lucro, la soberbia y el poder de unos pocos. Es
decir, que triunfe el socialismo sobre el capitalismo, y
también que triunfe el socialismo dentro de la transición
socialista.
Muchas gracias.

EL PODER DEBE ESTAR SIEMPRE AL SERVICIO DEL


PROYECTO3
Sin salir aún de su primera juventud, Fernando Martínez
Heredia estuvo en el centro de dos de los empeños más
importantes en el ámbito del pensamiento social de la
década del sesenta en Cuba: fue director, entre 1966 y
1969, del Departamento de Filosofía de la Universidad
de La Habana y fundó y dirigió, a lo largo de sus 53
números, la revista Pensamiento Crítico, desde su
creación en 1967 hasta 1971.
Esa juventud ha sido de una terquedad ejemplar: las
ideas que estaban en la base de aquellos empeños han
sido la inspiración de Martínez Heredia hasta hoy,
momento en que se le ha conferido el Premio Nacional
de Ciencias Sociales, por sus aportes a la historia, la
politología y el pensamiento revolucionario en Cuba.
Entrevista de Julio César Guanche a Femando Martínez
Heredia, a propósito de haberle sido entregado el Premio
Nacional de Ciencias Sociales. Apareció publicada en La
Jiribilla de Papel n. 66, La Habana, febrero de 2007, pp.
16-18.

La existencia de tales empeños demuestra cómo es


posible conseguir aún que la tenacidad y la lucidez
devengan sinónimos. Leída treinta años después, la obra
contenida en aquellos proyectos continúa expresando lo
que entonces: un cuerpo de pensamiento revolucionario
que, colocado en la sede de la beligerancia crítica con
las ideas y las prácticas propias de la reflexión marxista,
dista de la anacronía y se proyecta como un legado
hacia el presente.
De hecho, la perspectiva descolonizadora y
latinoamericana, que se hizo entonces abiertamente
hostil hacia el “doctrinalismo marxista” proveniente de la
URSS, enfoque que recorre por completo esa obra,
conserva mucho de su pertinencia en varios planos del
presente y del futuro cubano y latinoamericano.
La entrevista que sigue es un agitado recorrido por la
biografía personal e intelectual, si acaso no es lo mismo,
del autor de El corrimiento hacia el rojo.
Fernando, como siempre, se alejó de los ditirambos, y se
ocupó en plantear problemas. Asegura que es la única
forma en que puede recibirse un premio que celebra el
pensamiento revolucionario.
¿Cómo definiría usted el estado del pensamiento social
en Cuba al momento de la creación del Departamento de
Filosofía y, luego, de la revista Pensamiento Crítico?
En esos años se estaba produciendo una nueva pro-
fundización de la revolución en Cuba. Desde 1953, como
escribió el Che en 1967, ella había nacido como “un
asalto contra las oligarquías y contra los dogmas
revolucionarios”. El pensamiento cubano en los pri-
meros cincuenta no ponía en riesgo al sistema de domi

nación. En la izquierda predominaba una mezcla de


dogmatismo y reformismo que se creía, sin embargo,
vocera de un futuro hipotético. En términos generales el
pensamiento cubano era hegemonizado por el orden
posrevolucionario que siguió a las jornadas de los años
treinta, con sus avances, sus miserias y su sujeción
esencial al capitalismo neocolonial.
Aquel pensamiento, sin embargo, tuvo una gran
importancia, por sus contenidos y por sus formas de
expresarse. Relacionaba nociones avanzadas de demo-
cracia con la justicia social, su nacionalismo estaba
marcado por una fuerte frustración respecto a los pro-
yectos revolucionarios de 1895 y 1930, utilizaba espa-
cios nada desdeñables de libertad de expresión y de
cátedra, manejaba las corrientes internacionales con-
temporáneas y, en su conjunto, proveía de gran riqueza
al mundo espiritual de buena parte de los cubanos.
La Revolución lo conmovió todo. El pensamiento social
también experimentó los efectos de aquel hu-racán y
trató de estar a su altura, o al menos de servir al
proceso. En esa compleja situación, muchas personas
pertenecientes a sus diversas corrientes se hicieron
militantes de la revolución, pero ninguna de esas
corrientes podía proveer el nuevo pensamiento que
necesitaba la nueva época. El marxismo se convirtió en
la ideología teorizada principal de la Revolución desde
1961, pero no había unidad de criterios respecto a qué
era el marxismo, cómo se relacionaba con las realidades
y los proyectos, qué funciones tendría. Lo más grave era
que el marxismo predominante en el mundo en los años
cuarenta-cincuenta era una reducción a un cuerpo de
dogmas en nombre del marxismo. una ideología de
obedecer, legitimar y clasificar.

hija de la destrucción de la revolución bolchevique en la


URSS. Era incapaz de servir a las necesidades de Cuba
en revolución, pero poseía una influencia notable, que se
multiplicó con las relaciones establecidas con la URSS,
vitales para nuestro país. Las polémicas y las pugnas
dentro del campo revolucionario entre 1959 y 1965 dan
cuenta de la inmensa vitalidad y las necesidades del
proceso, y también de la existencia de más de una
posición respecto a características fundamentales de la
sociedad a crear.
Los jóvenes marxistas de aquellos años leíamos sin
parar, pero no solo a Marx, Engels, Lenin y otros líderes
y autores marxistas. Leíamos también a Enrique José
Varona, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Carlos Loveira,
al pensamiento y la cultura cubanos, porque si bien nos
identificábamos como marxistas, teníamos una fuerte
conciencia de ser marxistas cubanos. Y lo central: nos
era imprescindible encontrar tanto una formulación
teórica que respaldara nuestra ideología, como una
ideología estructurada capaz de participar en la creación
de una nueva cultura, no solo opuesta sino también
diferente a la del capitalismo.
En 1966, afirmé que el “marxismo-leninismo” debía
colocarse a la altura de la Revolución cubana. Con ello
no recurría a una boutade, solamente expresaba una
angustia. Debíamos lograr que el pensamiento valioso
acumulado nos sirviera para una revolución que era
intemacionalista, comunista, igualitarista, antimperialista,
y por todo ello, extremadamente ambiciosa. Debíamos
desarrollar el pensamiento revolucionario, sin olvidar que
la actividad intelectual tiene sus reglas y sus problemas y
acu-

mutaciones propios, que no es una “forma” de un


“contenido” que sería la “esencia” de lo social. En pocos
pero muy intensos años habíamos arribado a una
convicción: la revolución enseña que es preciso actuar
sin esperar a tener condiciones “objetivas”, pero esa
actuación no puede enamorarse de sí misma hasta el
punto de convertirse en antintelectual. Y durante la
transición socialista, los comunistas están obligados a
pensar, y pensar muy bien y con una profunda libertad
de pensamiento, precisamente para ser útiles en tareas
regidas por la intencionalidad y por la necesidad de ser
muy creativos, y de que cada vez más gente consciente
sea la protagonista.
Esas ideas predominaron pronto en el Departamento de
Filosofía de la Universidad de La Habana, que ocupó la
casa de calle K, número 507, en El Vedado, y le dieron
especificidad a nuestra actuación y nuestro camino. El
italiano Saverio Tuttino escribió acerca del
Departamento, en el semanario cultural comunista
Rinascita: “muy cerca de los viejos muros de la Uni-
versidad, pero convenientemente fuera de ellos...”.
Para profundizar el pensamiento revolucionario era
necesario abandonar el marxismo soviético, que no solo
no se correspondía con las necesidades cubanas, sino
que resultaba muy perjudicial. Al mismo tiempo,
afirmábamos que la tarea del intelectual no era repetir,
escandalizar ni adornar, sino cumplir con los deberes
específicos de la actividad intelectual, siempre
atravesada por la política. Nuestros empeños de aquella
época deben comprenderse como parte de esa pro-
fundización revolucionaria, y no como el resultado de
una genialidad personal o de grupo.

Entonces, ¿cómo pensaron a Cuba desde esa posición


intelectual y desde tales espacios políticos?
Como investigadores, profesores y editores, estába-mos
abocados al estudio de toda la complejidad que
pudiésemos alcanzar, tanto en relación con Cuba como
respecto a los problemas internacionales. Por cierto, esa
era una actitud corriente en la época. Por ello, investi-
gábamos los problemas concretos mas disímiles de la
realidad cubana, pero a la vez discutíamos y pensába-
mos qué era la revolución misma, cuáles sus valores y
su proyecto, sus fuerzas y sus insuficiencias, las rela-
ciones entre la historia y el destino de Cuba. También
vivíamos intensamente los sucesos y las luchas de
América Latina, e intentábamos reflexionar sobre todo
acerca de la revolución en nuestro continente y en el
mundo. Nos era imprescindible comprender al capita-
lismo de los años sesenta, sus rasgos nuevos y su con-
tinuidad, y las formas de protesta que surgían en países
desarrollados. Nos era preciso conocer la verdad acerca
de los procesos soviéticos, desde la Revolución bol-
chevique hasta nuestros días —incluidos los países de
su campo europeo que en variada medida se relaciona-
ban con Cuba—, de la Revolución china y de China
Popular, de Viet Nam y de Corea. Conocer el pensa-
miento marxista y el revolucionario en general, y el
pensamiento opuesto.
Como ves, en esos años no era posible pensar a Cuba
sin pensar al mundo, sin pensar sus conflictos
fundamentales.
Así fue en el Departamento de Filosofía, que tenía una
gama enorme de actividades, no solo de docencia, y
esto se expresó también en sus publicaciones.

Pensamiento Crítico multiplicó bruscamente nuestras


capacidades de comunicación y por eso tuvo una im-
portancia estratégica para nosotros. Todos los temas que
traté de relacionar en el párrafo anterior fueron atendidos
en la revista. Si bien el peso del análisis de los
problemas revolucionarios internacionales fue enorme,
Cuba estuvo siempre en Pensamiento Crítico, en su
propio proceso y en sus implicaciones con el mundo de
entonces.
Creo que la apertura a los problemas y las ideas del
mundo desde una pequeña isla en medio de una gran
revolución constituyó un logro real para el pensamiento
marxista cubano. El marxismo regido por la ideología
soviética o por su influencia estaba, en realidad, lejos de
un enfoque mundial intemacionalista, preso en las redes
de la razón de Estado y en las contingencias de la
geopolítica.
¿Qué posición representaban el Departamento y la
revista al interior de la ideología revolucionaria?
Formábamos parte de la gran herejía que fue la
Revolución cubana de los años sesenta, desde las
tareas del Departamento de Filosofía y en iniciativas
como El Caimán Barbudo (primera época).
Naturalmente, también desde Pensamiento Crítico.
En los sesenta, las relaciones de las revistas de pen-
samiento con las estructuras políticas eran muy dife-
rentes a los controles que se establecieron al inicio de
los años setenta, y a la evolución y las permanencias
registradas hasta hoy. Pensamiento Crítico no pretendía
ser vocero oficial del Estado o de la Revolución, sino una
revista, y una revista revolucionaria; por tanto, no existía
el problema de si era o no oficial. Tuvi

mos que aclarar a más de un visitante que ella no había


sustituido a la revista Cuba Socialista (1962-1966), pero
nunca hubo que aclararlo a los cubanos. La cuestión es
de importancia crucial para entender el orden de
relaciones que se establecen entre el poder político y los
intelectuales que son militantes de ese propio poder
político. Una de las ventajas de la revista fue la de
deberse a la Revolución, pero sin convertirse en una
oficina determinada de una instancia específica. Eso le
daba la posibilidad de expresarse como revolucionaria,
pero sin otra sujeción que la del compromiso libre y
abiertamente asumido con la revolución. Opino hasta
hoy que sin esa condición el pensamiento revolucionario
no logra aportar, y no puede satisfacer, por tanto, la
necesidad inexorable de pensamiento que tiene la
política revolucionaria.
En América Latina los compañeros que luchaban y los
partidarios de cambios revolucionarios veían a la revista
como expresión militante de la Revolución cubana y del
internacionalismo. Esa percepción era compartida por los
que conocían nuestra publicación en las demás regiones
del mundo, con las consecuencias de cada caso.
La revista era polémica, y más de una vez sumamente
polémica. De no ser así, no hubiera valido la pena.
¿Cuál considera que sea el legado de la revista?
Después de tantos años he entendido mejor el signi-
ficado de Pensamiento Crítico. Fue un hecho intelectual
protagonizado por jóvenes de la nueva revolución, que
tenía como contenido los problemas principales de su
tiempo, desde una militancia revolucionaria del

trabajo intelectual. Combatió con ideas, con la elección


de sus temas y con la presentación de hechos,
problemas e interrogantes que las estructuras de do-
minación suelen ocultar o deformar, sin temor a la crítica
de las ideas y del propio movimiento al que
entregábamos nuestras vidas, en busca de la creación
de un futuro de liberaciones y bienandanzas. Pensó por
ser militante, no a pesar de serlo, y fue una de las
escuelas de ese ejercicio indeclinable. Contribuyó a la
formación de numerosos revolucionarios y su práctica
significó un pequeño paso hacia adelante en la difícil
construcción de una nueva cultura.
Creo que Pensamiento Crítico hizo reales contribuciones
al pensamiento y las ciencias sociales cubanos, en
varias direcciones y sentidos, pero me parece mejor que
sean otros los que entren a valorarlas.
La revista fue hija de su tiempo, como todo hecho o
proceso social. “Los sesenta” fueron —aunque no
solamente eso— la segunda ola de revoluciones en el
mundo del siglo xx. A diferencia de la primera ola, que
sucedió sobre todo en Europa a partir de la Revolución
bolchevique, el protagonista de la segunda fue el
llamado Tercer Mundo; sus revoluciones de liberación
nacional, sus socialismos y sus exigencias de desarrollo
combatieron o chocaron con el sistema del Primer
Mundo —el imperialismo—, o trataron de apartarse de él.
También tocaron muy duro a las puertas del “Segundo
Mundo”, de las sociedades que se consideraban
socialistas, En los propios países desarrollados hubo
numerosos movimientos de protesta y propuestas
alternativas de vida, que tuvieron trascendencia.

El pensamiento revolucionario carecía de desarrollo


suficiente para enfrentar estas novedades, porque el
marxismo había sufrido demasiado en la etapa trans-
currida entre una y otra ola, y otras ideas que también
eran revolucionarias resultaban insuficientes ante los
retos de unir nacionalismos y luchas socialistas, civili-
zación moderna con negación liberadora de la moder-
nidad, diversidades culturales con unidad de proyectos.
Sin embargo, entre todos los involucrados conseguimos
hacer retroceder la colonización mental. Y Pensamiento
Crítico fue uno más entre los escenarios de aquel
combate de ideas.
El pensamiento de los sesenta logró hacer aportes
extraordinarios. Urgido por las prácticas y por la po-
tencia desatada de los ideales, abrió nuevos campos,
propuso cambiar el mundo y la vida, recuperó las me-
jores ideas revolucionarias anteriores y se dedicó a los
temas fundamentales de su tiempo. Desgraciadamente,
las tres décadas de ofensiva del sistema —-
conservadora en los países desarrollados, y represiva
primero y “democrática” después en América Latina—
han logrado hacer retroceder las ideas y silenciar u
ocultar los hechos y el pensamiento de la segunda ola
revolucionaria. Hay que recuperar otra vez la memoria
de experiencias y de ideas, hay que ejercer la crítica
revolucionaria y, sobre todo, hay que crear. Tendrá que
ser de otro modo, no solo ante otros problemas, pero
habrá también una continuidad.
Cuando le fue conferido el Premio Nacional de Ciencias
Sociales se subrayó su labor de investigación en el
campo del pensamiento marxista. Sin embargo, usted no
es un intelectual de los que han coordinado

una cátedra de investigación durante toda su existencia.


¿Qué es para usted ser marxista hoy?
Para mí, ser marxista ha sido una aventura intelectual
que comencé en los albores de mi vida adulta. En el
orden personal, primero fui revolucionario y luego me
hice marxista. Ese orden no me parece indispensable,
pero a mí me ayudó mucho. Después he estado en muy
diferentes relaciones formales con el marxismo, pero
siempre lo he utilizado y mantengo relaciones muy
estrechas con él.
Ser marxista hoy exige algunas cualidades personales.
El final indecente de los regímenes europeos que se
llamaban socialistas perjudicó en extremo el prestigio del
socialismo, y por tanto al marxismo como ideología y
como concepción teórica. Pero este ya había sufrido
falseamientos y deformaciones terribles, y estaba siendo
sometido al abandono. La victoria ideológica del
capitalismo incluyó la negación de todo paradigma, y
vulgarizaciones que pretendían expulsar al marxismo del
campo intelectual. Los “cambios” de que tanto se
alardeaba hace quince años exigían no mencionar al
marxismo —ni al socialismo o el imperialismo—, ni al
desarrollo de los países o a la justicia social. En
consecuencia, recuperar es un acto central para el
marxista de hoy. Lo decisivo en este momento son los
ideales opuestos al capitalismo, a todas las
dominaciones y a la depredación del medio, y a partir de
ellos reapoderarse de la obra colosal de Marx y de la
historia del marxismo, de los aportes maravillosos que
ella contiene y de sus errores e insuficiencias. Y con esa
formidable acumulación cultural trabajar intelectualmente
y hacer política, que es

para lo que sirven las buenas teorías sociales, y tratar de


que el marxismo participe en la formación ética y en la
inspiración de las conductas.
Hoy existen variables favorables para este difícil trabajo.
Ante todo, la naturaleza actual del capitalismo,
parasitaria y excluyente, que está liquidando sus propias
instituciones de la competencia, el neocolo- nialismo, su
democracia; ha dejado en la miseria a gran parte de la
población del mundo y arremete contra el medio
diariamente. La debilidad actual de su pensamiento
social, que abandonó la idea de progreso y la gran
promesa que contenía, rechaza los “grandes relatos” y
apela al más grosero determinismo económico. Por otra
parte, existe un potencial inmenso de rebeldía; cientos
de millones de personas poseen una conciencia social
opuesta a aspectos de las dominaciones, creada a lo
largo del siglo xx, y una parte de ellos identifica al
sistema vigente como culpa-ble de los males del mundo.
Las olas revolucionarias anteriores no contaron con esa
acumulación cultural. En América Latina, el continente
que alberga más contradicciones, se está levantando
una conjunción de fuerzas a favor del bienestar de sus
pueblos y del rescate de los recursos y la soberanía de
los países, que es contraria al imperialismo
norteamericano. La idea del socialismo ha regresado, y
se plantea y debate cómo debe ser en este siglo xxi.
El marxismo necesita una recuperación profunda-mente
crítica, que cierre el paso a la vuelta del dog-matismo y a
la del reformismo, y más que dar buenas respuestas
ante los nuevos problemas, necesidades y actores, debe
hacer buenos análisis y formular pre-guntas nuevas.
Como siempre, debe montar en la ca

ballería, como reclamaba Martí a los intelectuales, sin


perder nunca su esencia intelectual. Cuenta con una
enorme acumulación que le permitiría avanzar con
mucha fuerza, pero hoy es todavía bastante débil.
Fernando, usted es uno de los especialistas más
importantes a nivel internacional en la obra de Ernesto
Che Guevara. A cuarenta años de la muerte del
I
intelectual guerrillero, ¿qué hay y qué debería haber en
nuestros días de su imagen y de su pensamiento?
Ciertamente, hay mucho más que hace veinte años. El
Che estuvo siempre en los ideales comunistas y el
trabajo abnegado de muchos cubanos, en el gueva-
rismo de tantos combatientes revolucionarios latinoa-
mericanos, en el internacionalismo de los cubanos que
lucharon, trabajaron o dieron la vida en numerosos
países. Pero en los años setenta y gran parte de los
ochenta el Che sufrió relegación y olvido. Fidel reclamó
su vuelta en el vigésimo aniversario, como parte del
Proceso de Rectificación de Errores, y el deslinde
tremendo que fue necesario frente al final de los regí-
menes llamados socialistas necesitó mucho al Che. Para
el trigésimo aniversario su imagen estaba en todas
partes, y se multiplicó la aceptación del valor de su
ejemplo y el significado de su posición. Ese fue otro gran
aporte del Che: dar valores y esperanza en una etapa en
que había tanto derrotismo y desilusión. Pero su
pensamiento, que había sido abandonado, está distante
todavía de ser de manejo general. Hoy es imprescindible
que tengamos al Che completo, y sobre todo su
pensamiento, que sea moneda común, que forme parte
de la cultura, porque hace mucha falta.

La obra del Che es una herencia yacente. El Che


significa la rebeldía frente al mundo del capitalismo. No
es la suya una rebeldía apenas hermosa, incluso
brillante, pero sin mayor objeto. Es una rebeldía cons-
ciente, organizada, dirigida a destruir la sociedad de
dominación y encaminada a construir la liberación, a que
la gente se vuelva capaz de cambiarse a sí misma y al
mundo, y llegue a dirigir el proceso, y que el proyecto
sea tan ambicioso que resulte viable.
La rebeldía consciente del Che es comunista. Por tanto,
resulta opuesta a las experiencias que en nombre del
socialismo liquidaron las revoluciones y fueron formas de
dominación de grupos. Nadie asocia al Che al pasado
del socialismo, sino a su futuro.
El pensamiento del Che constituye un enorme de-sarrollo
de la reflexión revolucionaria en el siglo xx, tanto en sus
análisis sobre las necesidades y problemas de la lucha
mundial contra el capitalismo, como en el estudio de los
problemas relativos a la transición y la creación del
socialismo. Ahora que América Latina comienza a
levantarse, necesita la obra del Che. Y la Revolución
cubana, que continúa siendo el único proyecto socialista
vigente en Occidente durante medio siglo, y quiere
recorrer los caminos hacia el futuro, necesita la obra del
Che.
Usted se ha referido en varias ocasiones a la relación
que debe existir entre el poder y el proyecto, para la
consecución de un rumbo revolucionario que se reedite a
sí mismo. Usted, que ha estudiado en profundidad los
procesos revolucionarios, ¿cómo entiende esa relación y
cuál es la jerarquía que existe entre uno y otro en una
política revolucionaria?

El poder debe estar siempre al servicio del proyecto.


Lejos de ser una frase, lo anterior encierra todo el
programa de un poder revolucionario en una transición
de tipo socialista. La cuestión trae consigo, a la vez, un
formidable problema práctico: solo un inmenso poder es
capaz de sobrevivir y de avanzar frente al capitalismo en
las condiciones actuales.
Ahora bien, ¿cómo mantener un inmenso poder al
servicio del proyecto que lo ha fundado? Sin duda, se
trata de un problema de muy difícil solución, pero
contamos con una certeza: si el proyecto de liberación
no llega a constituir un fuerte poder político an-
ticapitalista no tiene la menor posibilidad de sobrevivir,
aunque registre algunos triunfos. El poder revolucio-nario
debe ejercerse sobre un conjunto amplísimo de campos
de la vida social y de su reproducción ideal y material.
Entonces, ¿cuál debe ser la constitución ín-tima del
poder, para que pueda cumplir sus objetivos? ¿En qué
residiría su legitimidad, y cómo ella se mantendría o no?
¿Qué reglas pueden elaborarse para ayudarlo a estar al
servicio del proyecto sin dejar de cumplir sus demás
funciones, y cómo controlarlo para asegurar.que lo
haga?
Marx escribió en 1846: “Las ideas dominantes en una
sociedad son las ideas de la clase dominante”. ¿Cómo
se aplica eso a una sociedad en transición socialista? El
dominio sobre la reproducción de las ideas, ¿no puede
convertirse en un instrumento eficaz de desposeimiento
y desarme de las mayorías? Por otra parte, la
correspondencia de las ideas rectoras con el nivel que
alcanza la reproducción de la vida social es totalmente
insuficiente en la transición socialista, porgue ella es un
proceso intencional que está obligado a

irse por encima de sus condiciones materiales de exis-


tencia. ¿Cómo lograr y garantizar que el proyecto sea
realmente liberador, y que vaya modificándose para ser
capaz como instrumento que guía la liberación? No son
demasiadas preguntas, faltan más.
Las ideas deben realizar varias tareas a la vez. Deben
ser capaces de reproducir el orden vigente, de
cuestionarlo y de ayudar a revolucionarlo, porque este no
puede existir sin revolucionarse a sí mismo una y otra
vez. Deben ser capaces de ayudar a crear firmeza de
convicciones, capacidad de sacrificio, disciplina, entre
otras virtudes y, al mismo tiempo, deben ser ca-paces de
crear rebeldía, criterio propio, pensamiento realmente
independiente en la ciudadanía.
Solo del desarrollo humano multifacético puede surgir la
posibilidad de que una sociedad lleve adelante un
proyecto revolucionario en sus fines y en sus medios.
¿Y qué entiende usted por “el proyecto”?
El proyecto original de la Revolución cubana se propuso
objetivos extraordinariamente ambiciosos. Después hubo
quienes consideraron errónea tanta ambición; yo opino,
al contrario, que eso fue lo que le dio más fuerza y lo que
lo hizo factible. La capacidad de romper los límites de lo
posible y convertir esa audacia en confianza y en
costumbre fue una de las características básicas de la
revolución. A mi juicio, ella está en la base de la
resistencia victoriosa de la década de los noventa.
A fines de los años sesenta y principios de los setenta
aquel proyecto confrontó límites férreos, al no poder el
país salir rápidamente del subdesarrollo y no

avanzar la liberación en América Latina. Cuba tuvo que


adecuarse a una nueva situación. Aunque en la práctica
el proyecto no desapareció, se proclamó que habíamos
sido idealistas, que quisimos ser demasiado originales,
en vez de aprender modestamente de las experiencias
de los países hermanos que habían construido el
socialismo con anterioridad. La economía y la ideología
se sujetaron a la URSS y se abrieron camino procesos
de burocratización. Se consideró antisovietismo y
diversionismo ideológico todo lo que se diferenciara de
esa sujeción. El pensamiento social recibió un golpe
abrumador. Las corrientes no marxistas fueron malditas y
se trató de erradicarlas, se consideró incorrecto tratar de
utilizarlas e incluso conocerlas. Una parte de las ideas
marxistas también fue proscrita. Se implemento la
censura y nació su hermana peor, la autocensura.
Comenzó así lo que he llamado la segunda etapa de la
Revolución en el poder, caracterizada por ex-
traordinarias combinaciones de avances muy notables
que cambiaron decisivamente al país, y desviaciones y
retrocesos también notables, que hicieron mucho daño y
han dejado hondas huellas. Es preciso decir que el
proyecto se recortó más en su formulación que en su
implementación real, y convivieron su continuidad y la
amputación de parte de sus contenidos. Por ejemplo, el
XIII Congreso de la CTC lanzó la consigna “a cada cual
según su trabajo”, lo cual parecía muy marxista, pero
poco tenía que ver con la realidad cubana, donde no se
retribuía a cada cual según su trabajo. El salario real era
muy superior al nominal, se dio el salto a la
escolarización completa de la enseñanza secundaria,
con su maravilloso sistema de be

cas y escuelas en el campo, y al sistema de áreas de


salud y no solo de asistencia hospitalaria, sobre la base
de absoluta gratuidad y cobertura universal. La segu-
ridad social se consolidó y creció firmemente. La re-
volución socialista no les dio a los cubanos según su
trabajo, sino por ser cubanos. Otro buen ejemplo es la
contradicción insondable entre la orientación general de
la economía y la ideología por un lado, y el inter-
nacionalismo cubano por el otro, con su epopeya de la
Guerra de Angola y su enorme esfuerzo con la Re-
volución sandinista.
A partir de 1986 el Proceso de Rectificación de Erro-res y
Tendencias Negativas revaloró el proyecto, mien-tras
emergían dos realidades nuevas: el fin de las relaciones
con la URSS, que acarreó una crisis econó-mica
profundísima, y una nueva generación de cubanos, que
no tenía las vivencias de la primera etapa revolucionaria
pero poseía una preparación personal altísima, sobre
todo educacional, y en alguna medida también política.
En los primeros años noventa, defender “las con-quistas
de la Revolución” y exaltar sobre todo la di-mensión
nacional implicó poner serios límites al proyecto. En ese
momento tres cuestiones eran claves: la sobrevivencia
del país, la viabilidad de la economía y de la
reproducción de la vida social, y cuál sería la naturaleza
de la sociedad emergente al final del proceso. Las dos
primeras cuestiones, a pesar de problemas vigentes,
puede decirse que se han resuelto. En la tercera
continúan la coexistencia o las pugnas entre actividades,
relaciones y modos de vida que tienden hacia el
capitalismo, por una parte, y por otra el tipo de sociedad
basado en la solidaridad, la justi

cia social y la inclusión social, la redistribución socia-lista


de la riqueza por el poder revolucionario, el in-
ternacionalismo, es decir, basado en el proyecto de la
Revolución. Lo que conocemos como “batalla de ideas”
es el gigantesco esfuerzo por reformular y llevar adelante
el proyecto socialista, que si bien procede de la primera
etapa de la Revolución, ya no es aquel; tampoco puede
basarse en la gente de entonces, que ya somos muy
minoritarios, ni en la mayoría de las variables de los años
sesenta, porque ahora son otras las vigentes.
Para salir adelante y proveer salidas socialistas al
presente, será vital que cada vez más cubanos conozcan
a fondo nuestras realidades y opciones, y participen en
el planteo de los problemas principales y en las
decisiones para enfrentarlos. Será vital también una
unión intergeneracional, que la sociedad logre que los
jóvenes asuman a fondo el proyecto socialista, que su
participación sea enriquecida por la profundidad con que
lo vivan, y no con que lo sigan, y por lo que puedan
aportarle y recibir de él.
Usualmente, ante el tema llevado y traído de la función
del intelectual se asiste a tesis que afirman que la
libertad es autarquía, que la disciplina es obsecuencia y
que la consecuencia no resulta más que uno de los
múltiples sinónimos de la intransigencia. ¿Cómo
entiende usted aquello que en los sesenta llamaban “el
compromiso del intelectual”?
Siempre resuena en mi país esa pregunta. Le he
dedicado un buen número de páginas que no puedo
sintetizar aquí, y unas cuantas polémicas; pero lo esen-
cial para mí ha sido vivir ese compromiso. Prefiero ser
honesto, antes que intentar ser original. Titón

Gutiérrez Alea escribió: “Las relaciones entre política y


cultura son superficialmente amables, pero profun-
damente contradictorias”.
Toda sociedad está organizada sobre un orden de
dominación. En cuanto a sus funciones sociales, la labor
intelectual suele estar inscrita en el servicio a la
hegemonía de los que dominan, aunque también puede
ser de resistencia a ella. En un régimen socialista la
dominación tiene que ser cualitativamente diferente a la
ejercida por el capitalismo, porque ella debe ser un
camino de liberación. Por ello, la función social de los
intelectuales debe sufrir profundísimas transfor-
maciones. En este campo, aun cuando se han alcanzado
logros prácticos, apenas existen debates serios sobre los
problemas, y sin ellos no es posible avanzar mucho.
Los debates de los años sesenta fueron eliminados y
sometidos al olvido. Los de la rectificación fueron
pospuestos en el curso de la gran crisis. Los debates de
hoy podrían llegar a ser muy superiores a los anteriores.
Pero entre el ser y el deber ser hay ciertamente una
distancia muy amplia. A mí no me gusta el reclamo
abstracto de libertades, y tampoco me gusta que los
políticos reclamen obediencia. Aunque ambos reclamos
tengan razón aparente, con ninguno de los dos se llega a
ninguna parte. Solo revolucionando la comprensión de
ambos campos podremos avanzar.
Este enero de 2007 me recuerda a Jano, el rey que tenía
dos cabezas, para mirar hacia el pasado y hacia el
futuro. Pero prefiero a Elegwa, el que muestra los
caminos. Está más cerca del largo camino de rebeldías
de mi pueblo, que es la razón por la que podemos hoy
sostener esta entrevista.

Después de estas cuatro décadas de intenso trabajo


intelectual y político, de haber sido profesor y cuadro
político, trabajador de la industria azucarera, diplomático
y subversivo, investigador y varias cosas más, ¿qué
significa para usted que le hayan entregado el Premio
Nacional de Ciencias Sociales?
Primero me produjo una alegría personal. No hay que
subestimar la capacidad de cualquier individuo de
alegrarse con algo bueno que le pase. Pero enseguida
me sobrepuse, porque desde muy joven me acostumbré
a medir por mí mismo mi actuación, según el papel social
que pueda jugar.
Un premio siempre tiene mucho de apreciación de los
que juzgan —que agradezco— y de circunstancia. Este
me parece muy positivo, porque reconoce no solo lo que
pueda haber realizado una persona, sino a una posición
determinada. Lo considero compartido con todos los que
han tratado en el último medio siglo de investigar y
trabajar intelectualmente para servir en el campo del
pensamiento y el conocimiento social a los cubanos y al
resto de los seres humanos, desde el ejercicio
indeclinable de la militancia revolucionaria y el pensar
con propia cabeza, de servir al cambio de las personas y
las relaciones sociales en un sentido liberador y no
meramente civilizador o modernizador, de servir en algo
a la creación de una nueva cultura, sin rendirse ni
cansarse. Como tantos otros aspectos de la sociedad
cubana, fue y es la Revolución la que creó el campo que
ha permitido la multiplicación y el desarrollo del
pensamiento y las ciencias sociales cubanos. Pero ellos
han sufrido también vicisitudes muy graves, por más de
una razón. A nivel general, en su desarrollo

especializado y profesional han debido enfrentar la po-


derosa y sutil influencia del capitalismo mundial y la
agresividad contra Cuba del imperialismo norteameri-
cano, sortear el trágico error de cerrarse en una concha
absurda e imposible, superar el empobrecimiento que
conllevó la sujeción a la ideología del “campo socialis-ta”,
las graves insuficiencias propias y los errores de la
política revolucionaria que las han perjudicado.
Las tareas del pensamiento y las ciencias sociales
cubanos son muy difíciles y se han cumplido muy
parcialmente. Se han obtenido avances profesionales
notables, sobre la base de una población muy calificada
y una cantidad enorme de graduados universitarios. Es
muy necesario continuar y profundizar más los análisis
que se han hecho sobre la situación y los problemas de
este campo.
He sido, muy modestamente, un abanderado de todo
esto, por lo que creo que el premio debe leerse también
como un reconocimiento a la urgencia de desarrollos de
las ciencias sociales en Cuba.

PALABRAS AL RECIBIR EL PREMIO NACIONAL DE


CIENCIAS SOCIALES4
Ante todo, un recuerdo emocionado y cariñoso para
quien no está hoy aquí, el Premio Nacional del año
pasado, Francisco Pérez Guzmán. Panchito fue un hijo
de las clases humildes de Cuba, un joven revolucionario
que con una tenacidad maravillosa se hizo historiador, y
llegó a ser un científico social sumamente destacado, sin
perder un ápice de su calidad humana. De pronto nos
dejó, abriendo en nosotros un surco profundo de dolor.
Me tomó por sorpresa este premio, el Día de los
Inocentes —yo que no lo soy—, y solo lo creí por venir
de Edel la noticia, y de Julio Fernández Bulté.5 Mucho le
agradezco al jurado sus criterios y la deci
4 Palabras pronunciadas en el acto de otorgamiento, el
10 de febrero de 2007, durante la Feria Internacional del
Libro, en la antigua fortaleza de La Cabaña.
s El profesor de Derecho Julio Fernández Bulté fue el
presidente del jurado. Edel Morales, director del Centro
Cultural Dulce María Loynaz, ha sido organizador de
estos premios.

sión a la que llegó, de otorgarme el Premio Nacional de


Ciencias Sociales. Enseguida, una avalancha de
felicitaciones me conmovió, pero me trasladó de la
primera y muy personal sensación de alegría por la
distinción, a un terreno que me es mucho más familiar:
casi todos veían, como yo, que se premiaba la labor y la
consecuencia de un individuo, pero sobre todo una
posición determinada ante el pensamiento y las ciencias
sociales, y ante la relación entre ellos y la sociedad, y les
parecía muy bien que eso sucediera. Ya puestos en esa
dimensión, varios me dijeron: “nos están premiando a
nosotros”. Y tenían razón. Además de que eso me
tranquiliza, porque no he esperado nunca estos
homenajes y no sé bien cómo conducirme, me place
mucho ser aquí el representante de esa posición y de
tantos buenos hombres y mujeres. Sé que estarán de
acuerdo si los simbolizo en uno, en Hugo Azcuy
Enríquez.
¿Qué decir el día 10 de febrero?, me pregunté varias
veces, hasta que la inminencia me hizo decidirme. Lo
mejor es seguir el orden mismo de las cosas. Por
consiguiente, abordar los hechos personales, a los que
refiere el jurado, con toda procedencia, su veredicto; y
enseguida, mi posición ante el pensamiento y el
conocimiento social, que de entrada entiendo como una
actividad autónoma y específica, un ejercicio del pensar
del individuo, que debe ser más libre que otras tareas
suyas, y estar puesta siempre al servicio del cambio
revolucionario de las personas y la sociedad.
Al mirar desde aquí un camino que ya es largo, aunque
no aburrido, me doy cuenta de que amé la Historia desde
que era un muchacho, estudié Derecho porque era lo
que debía llegar a hacer —pero me

encantó y lo estudié bien—, saqué a Keynes de la


biblioteca circulante a los veinte años, me hice íntimo de
El capital no mucho después y me fui por las in-trincadas
veredas de la Economía, urgido por nuestro
subdesarrollo y por la lucha contra el sistema impe-
rialista. Hice investigación sociológica de campo acerca
de acuciantes problemas cubanos, y estudié clásicos de
la Sociología en esos mismos años sesenta. También
traté de conocer y valerme de la Psicología social.
Después supe que era ciencia política lo que había
venido haciendo desde el inicio con tanto ardor, entre las
ideas de Fidel, el Che, Martí, Lenin, Mao, los ar-
gumentos de Rousseau y de Montesquieu, y las ase-
chanzas del sectarismo. Pero la Filosofía me emboscó,
en el mejor estilo de entonces, me cambió el FAL por un
manual de Konstantinov, y eso dio lugar a una década de
combates intelectuales.
No fue por versatilidad que me metí de cabeza en tan
amplio espectro de las ciencias sociales, como ha
constatado mi jurado. Fue por necesidad, y por la gran
ambición del proyecto en que he militado desde en-
tonces hasta hoy. “Sería un error creer que porque nos
hicimos marxistas sucedió todo, cuando la verdad es que
nos hicimos marxistas por todo lo que sucedió”, escribí
hace años, y eso es muy cierto. La Revolución cubana
de los años sesenta estaba cambiando a fondo las vidas,
las relaciones sociales y las instituciones, y no quería
detenerse ante nada. Pese al tremendo trabajo que nos
costaba conquistar los avances de la modernidad,
pretendía al mismo tiempo criticar su esencia egoísta y
su sentido burgués, y superarla en un nuevo proceso
creador, de liberaciones. No podíamos conformarnos con
modernizar las profesio

nes de ciencias sociales, había que revolucionar esas


ciencias a la vez que se aprendían sus técnicas y sus
fundamentos, utilizarlas para investigar y plantear mejor
nuestros problemas —durante aquella década se desató
en Cuba una verdadera fiebre de investigaciones
sociales—, y contribuir así a que los juicios y las
decisiones de las instituciones y los dirigentes fueran
más fundados y mejores. En suma, queríamos trabajar y
fundar una ciencia social que fuese capaz de
comprender nuestra angustia y nuestra maravilla, de
plantear los cómo, de poner ladrillos en el proyecto, de
ayudar a la gran revolución de liberación, y no a una
modernización progresista de la dominación.
Esa fue la base de nuestra aventura en el marxismo. Fue
difícil, porque no era un asunto académico. El marxismo
era la forma más intelectual del proyecto cubano de ser
comunistas, satisfacía la necesidad de creencia de un
pueblo que estaba abandonando las creencias que
habían regido, era la ideología política que pretendía
enlazar el núcleo revolucionario de liberación nacional,
martiano, de la cultura política cubana, con el socialismo,
la apuesta mundial del siglo xx, que había sido bautizado
con sangre en Girón. Y era también un territorio en
disputa, no solo intelectual sino en cuestiones de poder.
Todo se complicaba en extremo, porque la corriente
principal del marxismo en aquel momento lo reducía a
una ideología de obedecer, legitimar y clasificar.
El grupo de jóvenes al que yo pertenecía —el De-
partamento de Filosofía de la Universidad, que estaba en
la calle K, número 507, en el Vedado—, tomó muy en
serio la tarea intelectual que emprendió. El presi-dente
Osvaldo Dorticós nos había reclamado en 1964

que incendiáramos el océano, aunque, decía, no se


supiera cómo hacerlo. Enseguida aprendimos que para
esos menesteres hay que andar con fuego. Recordaré
solamente a la revista Pensamiento Crítico, porque en
estos mismos días se cumplen cuarenta años de la
aparición de su primer número.
Nosotros la hacíamos, no nos preguntábamos qué era.
Recuerdo con cariño a todos los que trabajaron en la
revista, a los que colaboraron con ella, a tanta gente tan
valiosa de la América Latina para las cuales
Pensamiento Crítico fue un arma en aquel tiempo de
armas, a compañeros de los Estados Unidos y otros
lugares del mundo. Pero como aquella publicación
trascendió, y no ha sido olvidada, me permito leer algo
de lo que le dije a Julio César Guanche cuando me
preguntó, a nombre de mi entrañable La Jiribilla, acerca
de Pensamiento Crítico'.
Una de las ventajas de la revista fue la de deberse a la
Revolución, pero sin convertirse en una oficina
determinada de una instancia específica. Eso le daba la
posibilidad de expresarse como revolucionaria, pero sin
otra sujeción que la del compromiso libre y abiertamente
asumido con la revolución. Opino hasta hoy que sin esa
condición el pensamiento revolu-cionario no logra
aportar, y no puede satisfacer por tanto la necesidad
inexorable de pensamiento que tiene la política
revolucionaria. La revista era polé-mica, y más de una
vez sumamente polémica. De no ser así, no hubiera
valido la pena.
(...) Fue un hecho intelectual protagonizado por jóvenes
de la nueva Revolución, que tenía como contenido los
problemas principales de su tiempo,

desde una militancia revolucionaria del trabajo in-


telectual. Combatió con ideas, con la elección de sus
temas y con la presentación de hechos, problemas e
interrogantes que las estructuras de dominación suelen
ocultar o deformar, sin temor a la crítica de las ideas y
del propio movimiento al que entre-gábamos nuestras
vidas, en busca de la creación de un futuro de
liberaciones y bienandanzas. Pensó por ser militante, no
a pesar de serlo, y fue una de las escuelas de ese
ejercicio indeclinable. Contribuyó a la formación de
numerosos revolucionarios y su práctica significó un
pequeño paso hacia adelante en la difícil construcción de
una nueva cultura. Creo que hizo reales contribuciones
al pensamiento y las ciencias sociales cubanos, en
varias direcciones y sentidos, pero me parece mejor que
sean otros los que entren a valorarlas. En aquellos
tiempos, entre todos los involucrados conseguimos hacer
retroceder la colonización mental. Pensamiento Crítico
fue uno más entre los escenarios de aquel combate de
ideas.
Participar en esa aventura del pensamiento fue un gran
premio. Es cierto que no ganamos, que terminamos mal,
pero no fuimos derrotados. Por dos razones. Si uno no
se rinde nunca, si no se amarga ni se torna una pieza de
museo, conserva intacta su humanidad y puede servir
más. Eso he tratado de hacer en todos estos años, tanto
en Cuba como en mi patria grande, la América Latina, en
tareas intelectuales y en otras prácticas. Sin embargo, la
segunda razón es la decisiva. La Revolución cubana no
se secó, como otros procesos que encontraron sus
límites y se enredaron

trágicamente en ellos. Sobre estas décadas de su


proceso contemporáneo he escrito cientos de páginas y
he hablado muchas horas, no intentaré repetirme aquí.
Viva en sus contradicciones, la Revolución relanzó el
gran desafío en 1985-1992, y demostró su justicia y su
fuerza en el peor escenario de crisis económica e
internacional posible. Otro es su mundo y es ella misma,
a la vez, en estos últimos años en que reafirma su
carácter anticapitalista después de importantes cambios
y en medio de una tremenda guerra cultural.
El pensamiento y las ciencias sociales cubanas no tienen
suficiente desarrollo frente a los desafíos del presente y
el futuro que podemos entrever. Claro que contamos con
una masa muy notable de profesionales capacitados y
de trabajos muy serios realizados y en curso, tenemos
instituciones de investigación y de docencia. Pero el
golpe terrible que recibieron hace treinta y cinco años
todavía pesa sobre el pensamiento y las ciencias
sociales nuestras, porque aunque una parte de sus
efectos negativos desapareció, otra parte permanece y
se ha vuelto crónica. Tenemos un déficit notable en
cuanto a formación teórica. Los temas prin-cipales que la
realidad propone no siempre son los que se investigan,
los límites que se ponen a las inda-gaciones, y al
conocimiento de sus resultados, son perjudiciales. Llega
a ser habitual para muchos limitarse —o limitar a otros—
en unos campos en los cuales para ser militante hay que
ser inquisitivo, crítico, audaz, honesto y no temer
equivocarse.
No me canso de repetir que el trabajo intelectual en
disciplinas sociales en una sociedad de transición so-
cialista está obligado a ser muy superior a las condicio-
nes de existencia vigentes. No sirve de mucho si solo

se “corresponde” con ellas. Y el consumo de los pro-


ductos de una sociedad cultísima acerca de sí misma es
dosificado u ocultado, como si las mayorías no fueran
capaces de hacer buen uso de ellos, como si no tuvieran
la extraordinaria cultura política de los cubanos, que es
la mayor riqueza humana con que contamos.
Pido prestadas al Che dos frases suyas, en aquel debate
formidable de 1963-1964, cuando dirigentes e
intelectuales discutieron cuestiones fundamentales para
la vida y el futuro del país en las revistas habaneras:
“¿Por qué pensar que lo que es en el período de
transición, necesariamente debe ser?” Y la otra: “no hay
que desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y
capacidades”.
En una sociedad como la nuestra, que ha hecho una
apuesta tan colosal hacia el futuro y ha logrado sobre-
vivir, resistir y avanzar tanto, no podemos repetir la
división entre élites y mayorías en la producción y el
consumo de los productos intelectuales y culturales
valiosos, que caracteriza a los sistemas de dominación.
Soy optimista, pero no me refiero a un logro consegui-do,
sino a una lucha y un propósito que puede unimos mejor
a los cubanos en nuestra diversidad, damos más fuerzas
que las palpables y constituir la mejor defensa del
socialismo, que es profundizarlo. Todo lo impor-tante es
muy difícil, y solo se obtiene combatiendo. Solo
tendremos lo que sepamos conquistar, solo con-
servaremos lo que sepamos defender.
Perdónenme entonces que termine volviendo a mí, es
que la ocasión lo pide. Siento que lo que he expresado
sobre hechos pasados no son recuerdos personales, es
una recuperación de la memoria histórica. Pero lo
fundamental para mí sigue siendo lo que me

falta por hacer. Es lo más apasionante, lo que más me


gusta. Debo hacer más ciencia social con los valores que
ella debe tener, ayudar a la recuperación y el avan-ce del
pensamiento social en Cuba y seguir acompa-ñando a
nuestros hermanos que luchan, en América Latina y el
mundo. No veo este Premio como un re-conocimiento a
lo que ya hice en la vida, sino a lo que puedo estar
haciendo hoy, y sobre todo a lo que haré en un futuro
más bien próximo. Y entonces, por fortuna, deja de
llamarse premio y se convierte en una reclamación, en
una exigencia de conducta y de pro-ductos, en un
desafío. Lo acepto, como el premio verdadero.
Muchas gracias a todos.

CIENCIAS SOCIALES Y CONSTRUCCIÓN DE


ALTERNATIVAS6
En este Taller debatiremos más de sesenta ponencias,
que en su diversidad nos brindarán una gran riqueza de
datos, aproximaciones, problemas y logros. En esta
primera sesión que dedicamos al tema central del Taller,
a mí me toca solamente presentar, comentar o apenas
aludir —muy brevemente y en un plano muy general— a
tres temas en cuanto a las ciencias sociales: la
necesidad que tenemos de ellas, sus potencialidades y
los obstáculos que confrontamos en este campo.
Concuerdo totalmente con el título propuesto a estas
palabras, porque relaciona a las ciencias sociales con las
transformaciones sociales en curso y con lo que llama
construcción de alternativas, es decir, con el cambio
social y con las propuestas de sociedad que puedan
hacerse. Reconocemos así que los contenidos, las
funciones, las opciones, las prisiones,
6 Palabras en la Sesión Inaugural del Taller
Internacional CIPS 2006 y Encuentro Pre-ALAS del
Caribe, Capitolio Nacional, 23 de octubre de 2006.

los desarrollos y los retos de las ciencias sociales están


muy condicionados por el orden y el tipo de dominación
vigentes, y por la pugna cultural entre esa dominación y
las manifestaciones de protesta y de rebeldía. Añado una
primera precisión personal: por “construcción de
alternativas” entiendo la creación y la profundización del
socialismo.
En general, la formación en ciencias sociales posee un
fuerte componente de preparación para servir a la
dominación, tanto en su desempeño como forma de
profesionalización especializada que tiene funciones que
cumplir, como por la corriente ideológica que re-sulta
dominante en su campo de acción y en la vida de sus
profesionales. En realidad, el pensamiento social ha
expresado, desde la Antigüedad, muy disímiles po-
siciones en el interior de los sistemas de dominación, o,
por el contrario, la resistencia y la rebeldía, corriendo las
consecuencias de represión o silenciamiento en los dos
últimos casos. Por otra parte, su propia naturaleza
siempre limitó el número de los consumidores del
pensamiento, y aún más el de sus productores. En
Occidente, el desarrollo “moderno” —es decir, del
capitalismo— fue integrando a las disciplinas sociales en
un modo general de ser, mientras se iban con-solidando,
al mismo tiempo que las separaba entre sí. Pero a ese
resultado se llegó a través de un complejo y rico
proceso. Desde el Renacimiento hasta hace siglo y
medio, los autores europeos clásicos exponían con
pasión sus ideas y sus tendencias al mismo tiempo y en
los mismos textos en que exponían sus teorías acerca
de las sociedades, y hacían propuestas de desarrollo o
alternativas al orden exis

tente. La crítica social profunda era una tarea intelectual


respetada.
En un solo proceso, el capitalismo europeo triunfante del
siglo xix organizó y desarrolló su formación económica,
sus sistemas políticos y su mundo ideoló-gico, y se
expandió por el planeta mediante el mercado mundial y
el colonialismo. En ese marco se produjo la constitución
o consolidación de ciencias sociales a partir de campos
acotados de conocimientos e inves-tigaciones sobre
hechos y procesos determinados. Aparecieron los
profesionales que podían vivir de dedicarse a ellas a
tiempo completo, las publicaciones especializadas, las
disciplinas en la docencia, los centros de investigación.
Es indudable que se produ-jeron avances extraordinarios
con ese proceso, aunque sus líneas epistemológicas
fundamentales se contrajeron al positivismo, el
evolucionismo y la creencia en el papel supremo de la
ciencia. Con el triunfo de la idea de progreso, el
cientificismo y la supuesta tarea del europeo de “civilizar”
al mundo entero, se completó el campo ideológico
capitalista y colonialista desde el cual arrancó el
desarrollo de las ciencias sociales. La supuesta
“objetividad” de esas ciencias fue el logro superior del
control ideológico por parte de quienes tenían las
variables fundamentales en su poder. Apunto dos de sus
corolarios principales: divorcio entre la ética y los
conocimientos sociales; y creencia en que el científico
social puede “flotar”, libre de la adscripción a alguna
clase social y las consecuencias de sus conflictos.
La corriente principal de las ciencias sociales —de sus
ideas, asuntos, producción, divulgación y ense-ñanza—
ha servido al capitalismo para vigilar y me

jorar su funcionamiento y su orden, aumentar las ga-


nancias y mejorar la disciplina y el consenso de los
dominados, rehacer la comprensión del pasado y el
presente a su favor y darle más fuerza y organicidad a su
ideología, hacer correcciones necesarias, reformular la
hegemonía, y otras tareas. En los países colonizados y
neocolonizados ha sido usual la paradoja de que un
individuo adquiere una formación social como superación
de la condición “subdesarrollada” y colonial en que ha
crecido, pero en ese mismo acto se va tornando extraño
a su propia cultura y al pueblo en que nació, en cuanto
permanece en él un estado de colonización mental, y
adquiere una necesidad de ser aceptado por los
extraños que son dueños del saber y del juicio. En
nuestros países, la doble necesidad de apoderarse de
los instrumentos del pensamiento y las ciencias sociales,
y de a la vez pensar, investigar y ac-tuar en contra de los
poderes que han portado y con-trolan esos instrumentos,
ha dado lugar a frutos maravillosos, manquedades
dramáticas y caídas y so-metimientos terribles.
Durante el siglo xx, el sistema de dominación fue
enfrentado por numerosas revoluciones de liberación
nacional y anticapitalistas. Sus combates, ideas, vi-
vencias y experiencias, y los de las sociedades que
emprendieron transiciones socialistas, involucraron a
cientos de millones de personas y modificaron muchas
realidades del siglo, entre ellas las del pensamiento y las
ciencias sociales, que en cierta medida saltaron hacia
adelante al calor de esa acumulación cultural de
rebeldías y de prácticas nuevas, de ambiciosos cambios
sociales y humanos. El peso y la influencia de esos
eventos y procesos en el pensamiento y las cien

cias sociales de los países capitalistas fueron enormes.


Desde perspectivas intelectuales y posiciones políticas e
ideológicas muy diferentes hubo buenos resultados y
adelantos ciertos en esos campos, producidos por
opositores al sistema, pero también por una parte de los
que lo defendían.
La gran tragedia de la revolución del siglo xx ha sido, en
Europa, la liquidación desde dentro de la Revolución
bolchevique y la incapacidad consecuente de los
regímenes de dominación levantados en nombre del
socialismo de impulsar la creación de una nueva cultura
diferente, opuesta y superior a la del capitalismo, y de
ser realmente intemacionalistas. En el resto del mundo,
las insuficiencias múltiples de sociedades “subde-
sarrolladas” por el sistema mundial de dominación para
resolver las necesidades de sus pueblos, desarrollar
poderes de transición socialista basados en la primacía
de cambios culturales liberadores y la participación
popular creciente en las decisiones, garantizar un
desarrollo que debía tener una naturaleza diferente al del
capitalismo y a la vez defenderse con eficacia del poder
militar, económico, financiero, político, ideo-lógico y
cultural de los imperialistas. Por razones y
condicionamientos muy diferentes —aunque fuertes
creencias han pretendido que los casos de transición
socialista se entiendan como partes de un todo único—,
en las experiencias socialistas las prácticas de
pensamiento y ciencias sociales no han sido liberadas en
grado suficiente de los rasgos esenciales que
adquirieron durante su constitución bajo el capitalismo.
En la actualidad, el capitalismo se ha centralizado y
adquirido un carácter parasitario a un grado muy

alto, empobreciendo más y excluyendo a una gran parte


de la población mundial, y haciendo retroceder al pro-pio
neocolonialismo que se desplegó tanto en el medio siglo
anterior. En la política y las ideologías la
conservatización es la tendencia dominante, y el im-
perialismo libra una guerra cultural mundial para con-
trarrestar los peligros de su naturaleza actual, obtener
amplios consensos y prevenir protestas y rebeldías. Esa
situación posibilita y a la vez exige un control profundo
del pensamiento y las ciencias sociales, y a ello se
aplican enormes recursos y esfuerzos. Pero la
acumulación cultural de rebeldía a la que me referí,
sumada a importantes conquistas obtenidas también
durante el siglo xx respecto a las diversidades y los
derechos de los individuos, las naciones y grupos
humanos, constituyen un potencial que puede ser de-
cisivo para la fase de resistencia y contribuir a la for-
mación de una estrategia anticapitalista.
Sería un grave error deducir la comprensión y el destino
del pensamiento y las ciencias sociales de sus
condicionamientos por parte de la dominación y de las
oposiciones a ella. El trabajo intelectual siempre ha
gozado de una autonomía relativa respecto al medio en
que se produce, y existe siempre un entramado complejo
de relaciones entre esa actividad y sus con-
dicionamientos. No puede ser de otro modo, incluso para
ser eficaz en los casos en que sirve abiertamente a la
dominación. Las ciencias sociales en la actualidad
cuentan con un riquísimo acervo de ideas, métodos,
conocimientos, hábitos de trabajo y nexos entre los que
las hacen, que no están bajo el control del sistema; una
parte de ese caudal está francamente entre los opuestos
a la dominación capitalista. Recono

cer ese hecho no es solo satisfactorio: puede ser un


buen punto de partida para nuestro trabajo, que aun así
debe enfrentarse a dificultades extraordinarias.
Aludiré solamente a un tema, en aras de la brevedad y
de que contemos con algún tiempo para el debate: las
ciencias sociales desde el medio cubano. Cuba es un
laboratorio social latinoamericano privilegiado desde
hace casi medio siglo, por su revolución socialista de
liberación nacional, las gigantescas y profundas
transformaciones de las personas, las relaciones
sociales y las instituciones que se han producido aquí,
los escollos tremendos y el enemigo mortal que ha
confrontado, el prolongado período de transición so-
cialista que hemos estado viviendo, la existencia de un
proyecto trascendente de la sociedad que es compartido
por la mayoría de la población e influye en su vida y su
visión del mundo, las formidables contradicciones que
afectan a todo lo anterior, y las insuficiencias, los errores
y los desvíos del rumbo sufridos por el proceso de
liberación. Buena parte de los ponentes presentarán
resultados de investigación sobre temas cubanos, yo
solo quiero llamar la atención sobre una de las
cuestiones que me han parecido cruciales, desde que
era muy joven.
Cuba es un pequeño país que ha vivido nueve dé-cimas
partes del tiempo de su historia bajo el colonia-lismo y el
neocolonialismo, integrado al capitalismo mundial en
posiciones subalternas, y “subdesarrolla- do”, pero ha
sido y es profundamente occidental, desde el peso
decisivo del dinero en sus relaciones sociales principales
hasta las expectativas, opiniones y gustos en una
multitud de campos. Conoció dos dinamismos
económicos excepcionales. El primero generó un or

den social horroroso que tiene secuelas todavía, la es-


clavitud, y un país pujante por sus riquezas; el segundo
le dio un enorme impulso a la Cuba del siglo xx,
república liberal con una gran masa de inmigrantes y
tremendos contrastes de riqueza. Para ser nación, su
pueblo se sacrificó en masa contra el colonialismo y libró
una guerra moderna colosal. Aprendió a ser republicano
y tener regímenes democráticos represen-tativos, pero
estos no resolvían ninguno de sus graves problemas. Su
metrópoli neocolonial ha sido el más poderoso y
atrayente imperialismo del siglo pasado.
La revolución en el poder desde 1959 fue un huracán de
transformaciones y protagonismo popular. Apoderarse
del propio país, derrotar y despreciar las desigualdades y
la propiedad privada, conquistar la soberanía plena,
vencer a sus enemigos, fueron eventos maravillosos,
pero eran al mismo tiempo la premisa para cambios más
ambiciosos. Todos querían comer diariamente, vestir y
calzar, trabajar, tener hospitales y escuelas, gozar de
derechos efectivos, y cada vez que obtenían algo se
hacía más complejo y ambicioso el objetivo de sus
combates, porque conocían nuevos mundos que querían
poseer. La revolución cumplió tareas civilizatorias y
modernizadoras ciclópeas, que no eran planteables
hasta que se llevaron a cabo, pero su meta era
trascenderlas, ir mucho más allá en las liberaciones de la
persona, la realización humana, la grandeza de la
revolución y la patria, y la fraternidad con los pueblos
que luchaban.
Los noveles científicos sociales de los años sesenta
estábamos seguros de la necesidad, la importancia y la
función de nuestros trabajos, de nuestros ideales y

de nosotros mismos. Recuerdo que investigábamos


cómo afectaba a trabajadores y sus familias el cambio de
horarios laborales, la rehabilitación de prostitutas, las
religiones de origen africano, por qué querían emi-grar
del país trabajadores manuales, actitudes de los
campesinos afectados ante transformaciones rurales,
ciertas comunidades, las causas del ausentismo laboral,
etcétera. En medio de tantas tareas y tantas urgencias
—más de una vez la materia en investigación cambiaba
por acciones que tomaban los responsables, a partir de
los datos de la investigación que iban conociendo—,
estudiábamos, discutíamos, pensábamos, y tratábamos
de comprender las diferencias fundamentales que
existen entre la modernización o civilización y la
liberación, lo que pretenden, el alcance y las
motivaciones de cada una, las actitudes que promueven
y las tendencias que marcan. Esa fue una de las vías
principales para plantearnos hasta dónde era necesario
llegar para que la revolución fuera realmente socialista, y
sobre todo para que pudiera revolucionarse una y otra
vez a sí misma, para seguir siendo revolución.
Modernizar, sí, pero solo siendo a la vez duros críticos
de la modernización a secas, que siempre termina
siendo la modernización de la dominación. In-
conformidad, por tanto, con lo que parece conseguido,
digno de quedar establecido, porque puede traer la
semilla de la detención del proceso de transformacio-
nes, de su futura derrota.
El socialismo sustituye la lucha viva de las clases de la
época previa a su triunfo por el poder del Estado
revolucionario en nombre del pueblo, y ese Estado debe
ser muy poderoso. Pero no debe ser más que un
instrumento privilegiado del proyecto, y hay que ir

inventando los modos de que siempre lo sea, y de que


no degenere. “Somos una democracia de trabajadores”,
es decir, la dictadura popular, de masas, no la dictadura
de un grupo. ¿Cómo darse instituciones que sean
efectivas y educadoras, y que nunca sean puntos de
llegada? Y así con otras cuestiones.
No hay tiempo aquí, pero al menos repito mi opinión de
que uno de los errores principales de los años setenta-
ochenta fue preferir lo civilizatorio, sumarse a un
proyecto de cambios que no dinamitaban las for-talezas
interiores y sociales que reproducen la vida vigente, algo
que en el mundo actual lleva hacia el capitalismo. En
estos últimos veinte años han sido decisivos el Proceso
de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, y la
pelea tremenda del pueblo y el poder revolucionarios
frente a la brutal crisis económica nacional y el
desprestigio mundial del so-cialismo, unidos en las
defensas de la manera de vivir de nuestro socialismo y
de la soberanía nacional. Es obvio que esa manera de
vivir no se ha salvado sin grandes alteraciones y
desgarraduras, y la Cuba actual vive las tensiones y
contradicciones consecuentes, y una sorda pugna
cultural entre el socialismo y el capi-talismo. Una vez
más las ciencias y el pensamiento social comprometidos
con los cambios liberadores humanos y sociales tienen
que ser superiores a lo esperable según la mera
reproducción de la vida social, o no servirían de nada. Y
a ellos les toca un papel muy importante en la estrategia
y los hechos de la transición socialista.
Otra vez, siempre, se nos presentan los dilemas entre
cambios civilizatorios y cambios liberadores, aunque
ahora los términos y las condiciones no son los mis

mos que hace tres décadas. Sin duda nuestro país salió
adelante de la enorme crisis que sufrió en los años
noventa, pero ¿cómo salió?, ¿qué secuelas le
quedaron?, ¿en qué forma y medida puede afectarse su
rumbo y su triunfo final por los costos de la década y por
las nuevas relaciones, instituciones, ideas y
sentimientos? ¿Cómo identificar los problemas de fondo,
cómo combatirlos? ¿Las ciencias y el pensamiento
sociales pueden hacer algo por el socialismo en Cuba?
Sabemos cuánto los afectó la dogmatización y el
empobrecimiento impuestos desde inicios de los años
setenta, qué huellas tan negativas dejó en el pensamien-
to y las ciencias sociales, y la grave insuficiencia de
estos últimos veinte años en cuanto a remontar aquella
situación y eliminar los males crónicos que ha dejado.
Pero contamos con mayor cantidad que nunca de
especialistas capacitados, de monografías muy valiosas,
de centros de investigaciones y docentes, de voluntad de
enfrentar las tareas inmensas que están ante nosotros.
No me toca hacer aquí balances o pronósticos, pero sí
expreso mi esperanza de que la unión de una juventud
que posee conocimientos, ideales y deseos de servir —y
que tendrá que ser el factor determinante— y el
concurso de los que seguimos en la brega y no estamos
cansados, conducirá a una nueva fase de desarrollo del
pensamiento y las ciencias sociales entre nosotros, que
llegará a ser impetuoso, original y eficaz si la política y la
sociedad cubanas se empeñan en profundizar el
socialismo.
NECESITAMOS UN PENSAMIENTO CRÍTICO7
Una petición fraternal de Rafael Hernández, el director
de la revista Temas, me coloca de pronto ante un asunto
demasiado grande. Aparecen ante mí fragmentos sueltos
de hechos ciertos, distorsiones muy burdas, más de una
punta de iceberg, y sobre todo una de las tantas historias
que existen dentro de la Historia; una parte de la historia
contemporánea de los cubanos, y a la vez mi propia
historia, pequeña y personal.
A la hora de tratar cuestiones tan importantes, no quiero,
no estoy dispuesto a ir a remolque de los relatos que
hilvana actualmente Jesús Díaz, que han de tener su
sentido para él. Yo pertenezco a otra galaxia: la de Cuba,
en su maravillosa y angustiosa edad, de libertades
desatadas y férreos límites, hecha de saltos y caídas, de
asombro y mezquindad. Y no me hago el distraído: si la
historia real de los hechos y los afanes
7 La Habana, 16 de julio de 2000. Publicado en
Temas no. 20-21, La
Habana, enero-junio de 2000. pp. 171-173.

de la gente en una revolución tiene importancia, es


porque registra los mayores alcances y los más profun-
dos problemas de los individuos y las sociedades. Por
eso toda historia real de revolución es subversiva, y
apunta a retar ai presente y devolver la fe en el futuro.
En los años noventa comencé a mencionar —en una
entrevista y dos artículos— la revista Pensamiento
Crítico y a los que la hicimos, y di algunas valoraciones
acerca de ella y de sus contextos. Remito a los
interesados a esos textos, en las revistas América Libre,
Debates Americanos y Temas, y en el prólogo al libro
Estudios de Filosofía. Algunas personas, sobre todo
jóvenes, han hecho sus tesis de grado o investigaciones
valiosas acerca de la revista, o la han incluido en
estudios más abarcadores. En todo caso, falta mucho
por establecer en cuanto a los hechos, y también en
cuanto a análisis y juicios. Pensamiento Crítico fue uno
de los tantos instrumentos de la Revolución cubana de
los años sesenta, aunque, como cada obra humana, tuvo
su especificidad. Fue un hecho intelectual, y entre sus
aciertos estuvo no olvidarlo nunca. Claro que se propuso
más de lo que podía alcanzar: si no hubiera sido así, ni
siquiera valdría la pena mencionarla.
Para que su espíritu pueda ser útil tantos años des-pués,
aprovecho esta coyuntura para presentar varios
problemas —unos son de hoy, otros más permanentes—
que tienen estrecha relación con lo que se debate.
Lo primero que me asalta —y me angustia— es pensar
en el profundo desconocimiento que existe acerca de
tantos hechos de la Revolución. No digo del proceso
como tal, la posibilidad de comprender y expresar sus
rasgos principales, sus obstáculos y erro

res, sus portentosas conquistas, las promesas de cambio


social y florecimiento humano que abrió. Me refiero a
algo que es mucho menos: saber qué sucedió. ¿Cómo
es posible que no forme parte del conocimiento común?
Hay zonas descomunales de silencio y olvido, y hay
otras, al parecer cubiertas, en que la reiteración de
palabras claves y de frases de efemérides sustituye a los
elementos de hechos que aporten al conocimiento y
promuevan el interés de saber y la motivación de querer
a las actitudes y vidas que fueron ejemplares, y de
emular con ellas.
La gesta que se comparte es uno de los elementos
básicos de la unión de voluntades y de esfuerzos. Cuba
es un país ex-colonial occidental sumamente singular,
que adelantó como ninguno en las prefiguraciones y el
camino de la liberación de todas las dominaciones. Esa
gesta podría contribuir al avance social en las condi-
ciones actuales, avance que en mi opinión, si quiere
tener oportunidades de éxito y eficacia, solo podrá ser
anticapitalista y promover un proyecto más ambicioso
que los anteriores proyectos revolucionarios. Pero para
que ella sirva a las necesidades de hoy, la gente tiene
que apoderarse de la historia, de toda la historia,
encontrar su médula de formas de dominación y de
luchas contra la dominación, sus realidades de cambios
y permanencias, de sentimientos, motivaciones e
ideologías, y sacar fuerzas y provecho de su com-
prensión. ¿Cómo recorrer ese camino sin conocer lo que
sucedió?
He reclamado y sigo pidiendo que el debate real y sin
cortapisas entre los revolucionarios se considere un
principio fundamental de nuestra cultura, y también un
principio del trabajo ideológico. El debate efectivo, y

no declaraciones acerca de él. No se trata de un “asunto


de intelectuales”: se trata de una necesidad vital del
proceso de creación social, sin el cual no habrá jamás
socialismo. El debate tiene características y funciones
muy diferentes en el capitalismo y en la transición
socialista. Escribí sobre esto en Che, el socialismo y el
comunismo (1989), sobre todo en el epígrafe “El debate
en el régimen socialista”, que publicó como primicia La
Gaceta de Cuba aquel mismo año. Es extremadamente
difícil estar de acuerdo con esa necesidad de debate si
nos dejamos llevar por las prácticas y costumbres que
confunden la seguridad con los controles previos y duros
de lo que pudiera pensar nuestra propia gente, y la
fiabilidad con la aquiescencia a todo. Prima en
numerosos campos de nuestro discurso público la
unilateralidad y la cerrazón. A pesar de una prolongada
acumulación cultural de experiencias y pensamientos,
que ha llegado a expresarse en documentos políticos de
la calidad extraordinaria del “Llamamiento al IV Congreso
del PCC”, de marzo de 1990, se asume demasiado la
unidad como unanimidad, y la facilidad aparente que
porta la ausencia de discusión.
Existe un fenómeno aparentemente opuesto a la grave
deficiencia anterior que, sin embargo, me preocupa
mucho, porque entiendo que en realidad es su
complemento actual. Es la “apertura” permisiva de cierto
“liberalismo” oral, a primera vista inocuo, en cuanto no se
ocupa de problemas fundamentales. Todo eso es muy
engañoso. Por un lado —a la vez de pare- cerle muy mal
a algún cavernícola—, es confusionista, porque unos
suponen que ya con esa actividad hemos accedido a las
“libertades” —así, entre comillas—

que necesitamos, mientras otros creen que están suce-


diendo cosas muy valiosas, con las que ya se cubren las
necesidades de renovación y avance del pensamiento
sobre nuestros problemas esenciales. Por otro lado, esa
“apertura” pudiera formar parte del creciente apo-
liticismo que afecta a sectores de la población, una
tendencia que no es neutral, porque en la práctica for-
talece el alejamiento del tipo de sociedad en que hemos
vivido. Desde hace siete años vengo planteando que
existe una onda conservadora que gana espacios y
campos en nuestro país.
Tengo a la vista las breves palabras, tan agudas y
valientes, que improvisó Aurelio Alonso durante la Mesa
del Congreso de LASA 2000 en que Jesús Díaz leyó su
ponencia. De la primera a la última, ellas nos recuerdan,
a todos, los poderes que tiene la palabra. Aurelio
reivindica allí lo que debería ser un axioma: no se es
militante a pesar de tener criterios propios; para ser
militante se exige tener criterios propios. Tener criterios
no puede ser visto como un defecto, com-pensado por
las virtudes que tenga el sujeto pensante: tiene que ser
considerado como una de sus mayores virtudes. El
sujeto en cuestión es militante, natural-mente. Pero no lo
es chata ni simplemente; esto es, la militancia es un
peldaño más alto en la especie humana solo si hace al
sujeto más complejo, más capaz, más solidario, más
humano, mejor persona.
Enseguida estamos dentro de una cuestión que parece
más específica: las relaciones entre la cultura y la
política. Un joven autor nos acaba de traer un fragmento
de Tomás Gutiérrez Alea que se refiere a aquel
quinquenio en que vivió Pensamiento Crítico. De las
reflexiones tan penetrantes de Titón tomo solo una

frase: “Las relaciones entre política y cultura son su-


perficialmente amables, pero profundamente contradic-
torias”. No voy a alargar este comentario metiéndome en
el pozo de ese problema, al que por demás le he
dedicado tantos pensamientos y escritos, como era de
esperar. Pero sería ceguera no ver que las relaciones
entre política y cultura están en el centro de la cuestión
que estamos abordando aquí.
Escojo entonces un solo asunto, a sabiendas de que
transgredo cuestiones fundamentales de método que
atañen a la comprensión del problema. Y es este: la
política no existe en general, ni la cultura tampoco. Si un
pueblo hace una revolución anticapitalista y entra en la
época consecuente de transición socialista, la política y
la cultura —como la economía y todo lo demás—
adquieren nuevas especificidades y nuevos órdenes de
relaciones radicalmente diferentes a los que hasta
entonces habían tenido, que deben ser vividos,
pensados y organizados; al mismo tiempo, debe ade-
lantarse sin descanso en el conocimiento profundo de
esas realidades nuevas. Las razones de tantos requisitos
son obvias. El capitalismo sigue existiendo, y no de
modo inerte, sino atacando siempre, de manera aguda o
crónica, pero también y sobre todo ingresando, re-
tornando, reviviendo, empapando, contagiando a las
instituciones y las actitudes individuales y de grupos de
la sociedad que quiere ser nueva y socialista.
El mal mayor está en la reproducción, en el seno de la
sociedad en transición socialista, de las relaciones,
instituciones, ideas y sentimientos que rigen la domi-
nación capitalista. Y esa reproducción no depende tanto
de conspiraciones y acciones de origen externo —por
más reales y peligrosas que ellas sean—, como

de la inmensa, formidable acumulación cultural de signo


favorable a las dominaciones de unas personas sobre
otras, antigua y renovada, que existe entre nosotros. Una
verdadera batalla cultural se libra entre ambos complejos
de maneras de vivir. La idea de que la política es más
abarcadora que la cultura, y esta es solo una de las
“ramas” “atendidas” por aquella, es totalmente errónea.
En la transición socialista, la cultura tiene que ser la
forma más abarcadora y profunda de la acción política, el
campo de su plan más trascendente y de sus
enfrentamientos más decisivos. La política cultural
socialista es totalmente insuficiente si se limita a la
atención a las instituciones y actividades que llamamos
culturales. La transición socialista es la época de
creación y generalización de una nueva cultura, diferente
y opuesta —y no solo diferente, ni solamente opuesta—
a la del capitalismo. Esa es la tarea más difícil que pueda
concebirse. Los fracasos de las experiencias sucedidas
en Europa en nombre del socialismo están íntimamente
asociados a su incapacidad de constituir una nueva
cultura.
Es cierto que el problema exige una comprensión nueva
y diferente de la cultura, no solo por parte de los
dirigentes y ejecutores del poder político, sino también
por parte de los que realizan actividades intelectuales. El
antiguo reclamo de que no se confundan las bellas artes
con la cultura ya es poco efectivo, porque el consumo
calificado de aquellas ha sido bastante democratizado, y
también está bastante difundida una comprensión más
amplia de la cultura desde el cono-cimiento social de las
comunidades humanas. Es la falta de cultura política
suficiente la que impide que se les saque más provecho
a esos avances. Porque la

liberación humana necesita una militancia de la cultura,


que le brinde espacios y sea capaz de reunir a la
diversidad de las subjetividades, habilidades y pro-
pensiones humanas, al planeamiento de las tareas re-
volucionarias, al afán de belleza, a la expansión de la
influencia y del control de la gente común sobre todos los
ámbitos de la vida pública, a la creatividad y la
originalidad para enfrentar las escaseces y dificultades,
que son tan graves que serían insalvables si no se
ponen en marcha nuevos medios de desplegar la
superioridad de las personas.
En la batalla entre dos maneras de vivir que mencioné
arriba, la del capitalismo ha estado recibiendo refuerzos
en la época reciente. Tiene además la sabiduría —a
escala social no es necesario saber para ser sabio— de
no pretender el poder político: su campo de lucha
principal está en la vida cotidiana, las relaciones socia-
les, las ideas y los sentimientos que se consumen. Ese
teatro cultural es el básico. Por eso puede ser un acierto
estratégico considerar que el centro del combate anti-
capitalista en Cuba actual es la cultura.
La producción y el consumo intelectuales integran solo
uno de los terrenos de la contienda cultural, pero se trata
de un terreno crucial, por dos razones. Una, porque entre
todos hemos hecho un país en que ese campo
constituye una parte muy importante del ali-mento
espiritual y de la formación ideológica. Dos, porque la
capacidad potencial de satisfacción, prefi-guración y
adelanto que poseen los productos inte-lectuales nos es
indispensable para lograr irnos por encima de la mera
reproducción de la vida vigente, y esta es una exigencia
vital, sin satisfacerla no triun-faríamos. Por eso es tan
necesario darnos plena cuen

ta de la hora tremenda que vivimos, de los deberes de


cada cual y del bienestar que pudiéramos sacar del
ejercicio de pensar y de la creatividad.
Es la conciencia que tengo de las cuestiones que plan-
teo lo que me ha llevado a escoger el contenido de este
comentario, que pudiera ser, de inicio, más árido que el
establecimiento de hechos y verdades, la colocación de
cada uno en su lugar, las precisiones y aclaraciones, la
polémica en fin que el caso exige. Aurelio y Guillermo8 lo
harán sin duda cumplidamente, y al hacerlo estarán
dando un ejemplo de lo que yo pido con mi comentario. A
mi vez, con mis palabras no estoy lejos de los días en
que poníamos en la balanza la prosa y el verso, la
filosofía, la narración y el ensayo, la historia, las ideas y
la vida, para inclinar al presente en favor del futuro. Me
gusta recordar así a Pensamiento Crítico y al
Departamento de Filosofía de la calle K, número 507,
entre otras cosas porque no me da nostalgia.
Recordarlos como un momento de la educación
grandiosa que nos dieron a todos nosotros el pueblo
desatado y las necesidades de la libertad y la justicia.
* Aurelio Alonso, que fue miembro del Consejo de
Dirección de Pen-samiento Crítico, y Guillermo
Rodríguez Rivera, que fue el Jefe de Redacción de El
Caimán Barbudo, publicaron “La segunda vida de Jesús
Díaz” y “De memoria (y paradojas)”, respectivamente, en
ese mismo número de Temas.

PROBLEMAS DEL ENSAYO CUBANO EN LOS AÑOS


NOVENTA9
Ante todo reitero nuestro agradecimiento a los editores
argentinos que han dado un ejemplo de solidaridad
sagaz e ilimitada: ellos han sido decisivos para este
logro. Saludo también los esfuerzos y desvelos de los
trabajadores y los responsables del Instituto Cubano del
Libro que no cejaron hasta que se alcanzó el éxito en
esta empresa.
La colección Pinos Nuevos es un gran acontecimiento
cultural: cien cubanos inéditos se presentan de un golpe,
diciendo de la fuerza de la cultura del país, y de que ella
está en buenas manos en lo que toca a productos
acabados de la sensibilidad y el pensa
9 Intervención en la presentación de los treinta y cinco
libros de ensayo de la colección Pinos Nuevos, en la VI
Feria Internacional del Libro, La Habana, 12 de febrero
de 1994. Fue publicada en Femando Martínez Heredia:
Repensar el socialismo. Dilemas de Cuba en los 90, Les
Éditions du C1DIHCA, Montreal, 2001, pp. 155-160.
También existe una edición en francés, de la misma
editorial y año (Repenser le socialisme. Dilemmes de
Cuba dans les années 90, traducción de Jacques-
Francois Bonaldi. pp. 161-166).

miento. Los ilustradores de cubierta son también una


selección de artistas plásticos —casi siempre jóvenes
como los autores— que en conjunto dan una formidable
muestra del lugar tan destacado que han alcanzado esas
artes en Cuba.
Treinta y cinco ensayos inéditos de una vez, los que
estamos presentando aquí hoy, dan cuenta de un logro
más notable aún: existe, y está activo, el pensamiento en
nuestra patria. Y estos son los que alcanzaron a estar. La
premura de la convocatoria no dio tiempo a muchos a
presentarse; los autores de varios ensayos muy
apreciados por nosotros resultaron no ser inéditos, y este
era un requisito indispensable. Otros, en fin, entre el
centenar tomado en consideración, son valiosos y
promisorios pero no suficientes respecto al promedio
exigido, al juicio de la Comisión de Selección. Sabidos
son también los límites de todo juicio y de toda selección.
Tenemos así reunida a una familia de ensayistas que,
como toda estirpe, es naturalmente diversa, rica en
individualidades y tamaños, aunque a la vez se reco-
noce en cada uno de sus miembros. Con todos tengo yo
una relación: tuve la suerte de estar entre sus lectores
primeros. Me toca aquí hablar desde el terreno que me
es más cercano, el del pensamiento social y las ciencias
sociales, motivado por el hecho de que más de veinte de
los libros que presentamos hoy pertenecen a esos
territorios. Hago la salvedad —no por obvia innecesaria
— de que en los ensayos de temas literarios y artísticos
se encuentran, encontré, numerosas implicaciones,
alusiones o abierto tratamiento de asuntos de
pensamiento y ciencias sociales.

No es posible hablar de cada uno, por su gran riqueza y


diversidad de temas. Me parece entonces feliz la opción
indicada por los organizadores, de hacer algunos
comentarios alrededor de los “problemas del ensayo
cubano en los años noventa”; es decir, de algunos entre
la enorme cantidad de temas, interrogantes y ex-
pectativas que a todos nos motivan, nos preocupan y a
veces nos angustian.
En estos ensayos hay un motivo fuerte para reco-
nocernos a nosotros mismos, para sentir ese orgullo de
ser cubanos que hoy está sufriendo en Cuba dis-
minuciones y amenazas. Es pues una fiesta de la nación
encontrarse aquí, también de esta manera, ante el
testimonio de la elevación que alcanza el pensamiento
de sus hijos. Hoy la cuestión de la nación vuelve a ser
crucial entre nosotros. Pero ella nunca ha sido la
cuestión de la nación en general, y ahora lo es menos
que nunca. De nuestras acciones y nuestros pensa-
mientos dependerá cómo nos replanteemos la nación, y
las opciones que asumamos serán decisivas para llegar
a unos u otros resultados de alcance histórico, que
pueden ser muy divergentes entre sí.
Al ensayo le toca entonces continuar estos caminos que
ustedes están abriendo, pero encontrando y
planteándose bien los problemas actuales del ensayo
cubano, para tener más oportunidades de acertar y de
desarrollarse. El principal, a mi juicio, es el problema de
los asuntos, de los temas mismos que se investigan y
exponen. Cada ambiente social predispone o aleja,
aconseja, hace aparecer, o, por el contrario, llega hasta a
prohibir los asuntos que ha de tratar el pensamiento
social. Los campos profesionales sufren esas influencias
y las traducen desde sus especificidades y

con diferentes grados de autonomía. En las dos décadas


anteriores hemos padecido una situación de em-
pobrecimiento y de dogmatización muy fuertes de los
fundamentos del pensamiento social, que afectó muy
duramente a las disciplinas sociales y le hizo mucho
daño al ensayo. La paradoja es que, en ese mismo
tiempo, se multiplicaron en un grado extraordinario las
capacidades escolares y técnicas de las generaciones
jóvenes, y el país mismo avanzó muchísimo en la
complejización de sus tejidos sociales y en sus ex-
pectativas culturales.
Ahora el paradigma que nos fue impuesto está ven-cido,
desprestigiado a fondo desde el mismo centro externo
que lo originó, aunque son totalmente insufi-cientes la
crítica interna que hacemos a aquella ideo-logía de
dominación y el provecho que hemos sacado de su
bancarrota en Europa. Por otra parte, estamos en medio
de una crisis económica que ha barrido gran parte del
estado de bienestar compartido entre todos que
teníamos, y están en curso transformaciones de
estructuras y relaciones de gran magnitud y conse-
cuencias inciertas. El ensayo encuentra ante sí una
mayor libertad —o más permisividad— en cuanto a la
ampliación de sus temas, pero en un ambiente en que
parece imposible, e indeseable, todo paradigma. El
problema de la teoría —o de los debates acerca de
diferentes teorías y sus implicaciones, que sería lo más
sano-— parece obviarse renunciando a toda teoría. La
cuestión verdaderamente grave, y que no puedo evitar
recordar, es que ese problema nunca ha podido
resolverse así. Por una parte, las adscripciones teóricas
no tienen que ser expresas para surtir efectos; por otra, y
es lo más importante, la falta de orientación

(en el buen sentido de esa palabra que ha sido tan des-


gastada en el uso y el lenguaje comunes) del trabajo
científico empobrece sus posibilidades de encontrar y
debatir los problemas principales, toma estériles sus
lenguajes y sus instrumentos, y embota el alcance de su
actividad.
Otro problema es el del compromiso. Después de tanto
tiempo de sufrir tantas intervenciones en tantos campos
de la vida en nombre del compromiso, de manera tan
pesada y torpe y con tantos formalismos e imposiciones,
hoy a muchos les parece lo más correcto desligar de
todo compromiso al trabajo de ciencias sociales y sus
productos. Todo lo que sugiere compromiso puede ser
percibido como la amenaza de caer bajo un peso muerto
de prejuicios que tiene una amarga historia. Sin
embargo, creo que lo acertado sería debatir en qué
puede consistir la pertenencia ideológica en estos
campos en la actualidad, cómo ella puede ser legítima y,
sobre todo, beneficiosa, en sus relaciones con la
investigación, el conocimiento y sus frutos. Porque opino
que la pertenencia ideológica es inevitable, y que lo
indispensable es asumirla como algo en que uno tiene
parte del dominio y de las decisiones, en vez de ser un
simple siervo de ella.
Una vez más Cuba es retada a relacionarse íntima-
mente con el mundo, y el ensayo —que es expresión del
trabajo intelectual sobre lo social— es otro teatro de ese
desafío. ¿Cómo tomar de lo que existe en el mundo,
asumir algo que tiene sus propias lógicas de desarrollo y
sus funciones? ¿Cómo equipararse con el mundo sin
servilismo, sin nuevas colonizaciones? Esta siempre ha
sido una tarea muy difícil para los pueblos que han
sufrido los impactos de las universalizaciones

sucesivas del capitalismo; pero hoy es más difícil que


nunca antes, porque la cultura de los centros del capi-
talismo parece contener todas las propuestas posibles
para la vida social organizada, desde la vida cotidiana
hasta los caminos del conocimiento social.
En la etapa que apenas comienza, al trabajo intelec-tual
en que se originan los ensayos le tocará participar, en un
lugar y de maneras sumamente relevantes. La lucha que
se abre ante nosotros es, sobre todo, una lu-cha cultural,
en la que habrá que ser creativos —y no solo resistentes
— para sobrevivir y salir adelante sin perder la nación ni
la manera de vivir que hemos esco-gido. El ensayo
tendrá que ser vehículo del conoci-miento social real, de
la imaginación y las ideas que sean capaces de ir
precisamente desde lo obvio, lo apa-rente y lo posible
hacia adentro, y que también sean capaces de ir más
allá. Imaginación e ideas que sean aptos para
problematizar lo que hoy parece de sentido común o
inevitable, que no teman dudar e incluso mostrar otros
caminos. El ensayo tendrá que estar dis-puesto a ofrecer
su conciencia al país, esto es, deberá reunir ciencia e
ideales. Deberá convertirse en una for-ma escrita de la
libertad. Y a la vez, ser eficaz.
A principios de este siglo parecía que no había más
camino para Cuba que su sujeción a los Estados Unidos,
y que incluso la isla podría alcanzar una prosperidad
económica desde el lugar que supuestamente nos
tocaría en el nuevo imperio, aunque se abandonara a
cambio el proyecto de nación constituida como república
nueva, en busca dél cual —a costa de esfuerzos
increíbles y de un mar de sangre— el pueblo de Cuba se
tomó específico, y se volvió irreductible a ser contenido
dentro de otra nación. Hacía diez años

que había muerto Martí, cuando un gran ensayista


cubano, Enrique José Varona, leyó su conferencia “El
imperialismo a la luz de la sociología”. “Materia de gran
actualidad” le llamó Varona a su asunto, y explicó la
necesidad del análisis que emprendía y que, a la luz de
la ciencia “debe y tiene que hacerlo el profesor”. Toda su
rica exposición acerca del imperialismo estaba motivada,
explicó, por el hecho de que no hay “ningún pueblo más
interesado que el nuestro en este estudio”. En ese
mismo ensayo, Varona opina sobre tres cuestiones que
considera fundamentales para Cuba en la coyuntura que
el país está viviendo. Yo solo quiero, sin embargo,
terminar estas palabras con una afirmación que él hizo
allí, y que hago mía: “Yo creo que los pueblos que tienen
conciencia de su valor moral están obligados a hacer
frente a todos los peligros, que provengan lo mismo de la
acción desencadenada de los elementos que de la
misteriosa trama de las leyes sociales”.

¿RENOVAR LA HISTORIA POLÍTICA?10


Como estamos celebrando el cuarto centenario de la
obra impar de Miguel de Cervantes, quiero dedicar mi
intervención a un lector de El Quijote, de hace dos siglos.
Me hubiera gustado que se honrara en nuestros medios
de comunicación, y en esta Feria del Libro, el nombre de
aquel lector, José Antonio Aponte. Con ayuda de la
policía, esa fiel ayudante de los historiadores que
investigan la vida de los humildes, sabemos que al
prender a este verdadero protocubano le ocuparon un
ejemplar de Don Quijote de la Mancha, junto a otros
libros. Aponte, negro libre y veterano de las Milicias,
carpintero y tallador en madera de los proceres
haitianos, dignatario del cabildo Changó Teddum, era un
intelectual de su clase social, y fue el dirigente de la
primera conspiración que se propuso
10 Exposición en la Mesa “¿Renovar la Historia
política?”, en la XIV Feria Internacional del Libro de La
Habana, febrero de 2005. Fue publicada en La Gaceta
de Cuba no. 2, La Habana, marzo-abril de 2006. El autor
la revisó para la presente edición.

lograr la abolición de la esclavitud y la independencia de


Cuba.
En quince minutos solo puede uno asomarse al tema, y
compartir algunas ideas y aproximaciones. En Cuba, la
Historia política es la que tiene un desarrollo más antiguo
entre las modalidades de esa ciencia, y una masa
enorme de productos obtenidos a partir de los más
disímiles métodos, fuentes, variedades y tendencias de
la Historia. Lo más útil aquí, opino, será escoger apenas
dos o tres asuntos generales que estimo atinentes a lo
que el título de la Mesa pregunta. Ante todo, decir que la
Historia como disciplina de ciencia social registra un
auge muy notable en la Cuba actual. Un buen ejemplo
fue el día de ayer en esta Feria, con sus presentaciones
de nuevos libros y con la Mesa que nos precedió y el
debate que suscitó. Ya estamos de lleno dentro de una
nueva etapa de la Historia en Cuba, sin olvidar su
continuidad, que nos aporta un enorme acumulado de
trabajos de esta antigua dedicación, con sus logros,
problemas y deficiencias.
Esta etapa se caracteriza sobre todo por el despliegue
de nuevos temas de investigación, la diversidad de
perspectivas y modos de trabajarlos y la profundidad en
la labor investigativa. Su actividad nos está trayendo
asuntos, grupos sociales, fuentes, modos de historiar y
productos que son muy necesarios. A mi juicio, el
problema de qué temas se eligen y se abordan —y por
ende, cuáles no—- ha sido principal para las disciplinas
sociales cubanas durante muchos años.
Menciono otros rasgos que caracterizan a la etapa
actual: a) un trabajo fructífero con los medios científi-cos
recientes de Historia, y de otras ciencias sociales

con las que en alguna medida se están estableciendo


relaciones; b) un mayor y mejor manejo de las fuentes
conocidas, y utilización de nuevas fuentes; c) avances en
cuanto a la aceptación, no siempre fácil, de que existen
criterios disímiles sobre la materia histórica y modos
diversos de historiar; d) comprensiones más profundas
del significado, las funciones y el alcance de las materias
del trabajo de los historiadores;
e) algunos adelantos en cuanto a métodos y preocu-
pación por las concepciones que sirven de epistemología
a la Historia; f) un franco crecimiento editorial, con la
publicación de numerosas obras valiosas, que son en su
mayoría monografías; g) la apreciable influencia
proveniente de trabajos sobre historia de Cuba de
científicos sociales extranjeros, que llegan a los cubanos
por diferentes vías; y h) relaciones muy amplias y
diversificadas con medios internacionales.
Ese dinamismo de la ciencia histórica es potencial-mente
muy importante para la sociedad, porque puede
contribuir al desarrollo real de la conciencia social, a que
nos apoderemos de una riqueza inmensa que posee
nuestro país y a plantear mejor el enfrentamiento a
nuestros reales y duros problemas. Cuando avanzamos
por los caminos de la Historia surge una visión de Cuba
que es más real, más profunda, más compleja y más útil
que la que se consume usualmente.
Aquí aparece, sin embargo, un problema que a mi juicio
es grave. A pesar de los éxitos notables en la actividad
científica y las publicaciones históricas, y de que ellos
tienen como marco las profundas revoluciones
experimentadas por la escolarización y las capacidades
intelectuales de las personas en Cuba entre 1959 y hoy,
la chata Historia política de tipo tradicio

nal sobrevive entre nosotros y tiene una enorme pre-


sencia e influencia en el país. Ella predomina en la
divulgación que se hace de nuestra historia en los me-
dios de comunicación y en la formación ideológica ligada
a la Historia, por lo que influye también nota-blemente en
la enseñanza y en las ideas que se com-parten. Es
habitual que se tengan y divulguen creencias infundadas
o tergiversadoras acerca de eventos y pro-cesos de la
historia de Cuba, que subsistan lugares comunes,
omisiones y prejuicios, en vez de manejarse los
conocimientos, resultados y preguntas que ya han sido
elaborados por los historiadores, supuestamente al
alcance de todos sus paisanos, que por su parte poseen
tantas calidades como consumidores potenciales. Peor
aún es la simple ignorancia de la historia nacional, una
realidad que crece —no tengo datos fehacientes, pero
muchos comparten mi impresión— a pesar de su
presencia en los programas escolares.
Se produce así una escisión muy grave entre el manejo y
el consumo de la Historia por parte de mi-norías
especializadas o aficionadas, y el de la gran masa de la
población. Esa situación configura una división entre
élites y masas en el consumo de la Historia. Es muy
negativo que no exista una decidida socialización de la
Historia que se produce sobre el devenir nacional y sus
problemas, lo cual nos haría más profundos y concientes
en el manejo revolucionario y socialista de tantas
cuestiones intelectuales, políticas, ideológicas y de las
prácticas cotidianas. Me temo que una escisión análoga
se esté implantando también en otros campos de los
consumos culturales. Por fortuna se trata de un territorio
en disputa, como tantos otros de la cultura cubana
actual. Frente al peso

enorme a favor de la división entre élites y masas, un


buen número de actividades y empeños intentan esta-
blecer relaciones cada vez mayores y más estables entre
la Historia calificada que se va produciendo y más
amplias capas de la población. Es imprescindible tomar
conciencia, y actuar en sentido contrario a las tendencias
negativas, luchar contra toda división del mundo
espiritual de los cubanos.
Antes de pasar a hacer unos comentarios sobre dos
posiciones que han influido mucho hasta hoy sobre la
Historia en general, y por tanto sobre la Historia política,
quisiera afirmar que el florecimiento y los desarrollos en
curso de la Historia social pueden cons-tituir una
formidable ayuda para renovar la Historia política. A la
vez, quiero afirmar que toda Historia so-cial bien
concebida y realizada es también Historia política."
Dos tendencias muy importantes y bastante opuestas
entre sí dentro de la ciencia histórica me parecen
básicas al asomarnos a la Historia política en Cuba
actual. Una es la del deterninismo economicista, que
cree poseer la clave de los eventos y los procesos his-
tóricos; la otra, el relativismo extremo, que entiende
determinantes las convenciones que sigue o elabora el
historiador, un referente particular o los límites del
lenguaje, la Historia de los discursos. La sombra del
1' Rebecca J. Scott comenta, glosando a Thomas Holt:
“.. .no se podía simplemente ser un campeón de la
Historia social en detrimento de la política. Uno no podría
entender los cambios en la naturaleza de la ciudadanía
sin lanzarse a lo político”. Epílogo a la 2a edición de La
emancipación de los esclavos en Cuba. La transición al
trabajo libre. The University of Pittsburgh Press,
Pittsburgh, 2000.

colonialismo mental se cierne siempre sobre asuntos


como este; ruego tenerlo muy cuenta, aunque no le
dedique tiempo aquí.12
El determinismo economicista, que no debemos
confundir con la Historia económica, tenía honda rai-
gambre en el marxismo de orientación soviética, y reinó
en Cuba en los años setenta-ochenta, precisamente
cuando se multiplicó y sistematizó la escolari- zación
media y superior de la población joven. Esa corriente
poseía una curiosa combinación de positivismo,
pensamiento especulativo y teleología, fijaba
abstracciones —"regularidades”— que debían ser
“aplicadas” y consideraba a sus casos como "ejemplos”
de aquellas. Se presentaba como la tendencia “oficial”, al
amparo de la imposición de un dogmatismo que
clasificaba, juzgaba y censuraba la producción histórica,
y exhibía una confianza plena e ingenua en la ciencia, la
razón y un destino luminoso. Entró en crisis hace casi
veinte años, pero sin desaparecer, por las especiales
condiciones en que transcurre el proceso cubano y por la
cultura acumulada en la que está inscrita esa corriente.
En ausencia de conocimientos, provee una suerte de
sentido común que todavía es usado para sentirse
seguro e “interpretar” hechos históricos. Por otra parte,
en los últimos quince años esa tendencia ha recibido
refuerzos desde el poderoso campo capitalista, por el
determinismo económico rampante que ha invadido el
conocimiento social, las
12 He expuesto mis criterios, entre otros, en textos
como "Historia y marxismo”, dos conferencias que ofrecí
en la Universidad de La Habana, publicado en La
Historia y el oficio de historiador. Ediciones Imagen
Contemporánea, La Habana, 1996. pp. 336-346.

instituciones investigativas y docentes, la gestión de sus


recursos, las prácticas intelectuales en general y el
lenguaje cotidiano.
Por otra parte, la tendencia relativista ha tenido un
enorme desarrollo en las tres últimas décadas; entre
nosotros ha estimulado estudios y posee hoy cierta in-
fluencia. Lo debe sin duda a su atractivo, porque le
brinda más lugar al pensamiento, la imaginación y las
perspectivas culturales, auspicia el trabajo con nuevos
sujetos y temas, y parece más moderna. Esto ya sería
bastante. Pero también han favorecido al relativismo la
crisis que sufre el marxismo —todo el marxismo, y no
solo la vertiente dogmática—, las debilidades que pa-
decemos todavía en la formación teórica y en el hábito
de utilizar la teoría, y la distancia que muchos prefieren
tomar de lo político. Además de la peligrosa escisión a
escala de la sociedad entre élites y masas, a la que me
referí antes, ¿se formará una disyuntiva en el seno de
los historiadores, entre los que busquen la comprensión
de lo que ocurrió en la investigación de los procesos
humanos de transformaciones y permanencias, y los que
no lo crean posible o digno de atención, y se encaminen
por otros rumbos?
Opino que debemos evitar que ese dilema se con-vierta
en una antinomia. Los métodos cuantitativos y
cualitativos, la macro y la microhistoria, las perspec-tivas
de conflictos de clase, de existencia de culturas, de
dominación y hegemonías, el trabajo con la rica
diversidad de grupos e identidades, pueden ser utili-
zados de acuerdo a los objetivos de cada caso en in-
vestigación, relacionarse entre sí e incluso fertilizarse
unos a otros. No concibo que esos logros sean posibles,
sin embargo, si el historiador no posee referen

tes teóricos que lo pongan en posesión de una concep-


ción comprendida y utilizable. Creo que un marxismo
capaz de recuperar sus esencias, criticar sus insufi-
ciencias y avanzar como teoría, puede ser el auxiliar
principal, aunque no el único, para esas tareas.
La Historia política que ya se está desarrollando asume
la historia de la gente sin historia, como pedía el maestro
Juan Pérez de la Riva. Esa actitud la lleva a enfrentar los
vacíos y los silencios que aún alberga la Historia que se
consume usualmente —que tienen orígenes y
motivaciones diversas—, y también los erro-res y
prejuicios. Esta nueva Historia está reivindicando como
materia suya a hechos y grupos humanos olvi-dados o
maltratados, y convirtiendo en personajes his-tóricos a
desconocidos, unos que fueron héroes y otros que
fueron gente común. La nación, que es tan central en el
mundo espiritual y político cubano, se creó con los
trabajos y los sacrificios de esos personajes, y su
decurso histórico está lleno de los trabajos, sacrificios y
heroísmos de la gente sin historia. Pero no solo son
materia histórica las rebeldías y la abnegación —de
masas de cubanos y de cada uno—, en pos de los
grandes objetivos nacionales. También son materia
histórica los sistemas de dominación que aplastaron o
subordinaron a millones de personas, las formas en que
ellas aprendieron a someterse e interiorizaron su
condición, las formulaciones de la hegemonía de las
clases dominantes y las resistencias.
Necesitamos conocer mejor —en ciertos casos,
comenzar a conocer— procesos y personalidades que
no están en los fastos revolucionarios. Por ejemplo, la
línea de importantes personajes del sistema de
dominación, como el Conde de Villanueva o Mario
García

Menocal. Por otra parte, es insostenible convertir a los


proceres criollos de la colonia esclavizadora de la
primera mitad del siglo xix en supuestos abuelos de la
nación, interpretación histórica hecha con retazos de
cultura burguesa e ilusiones de izquierda, sin someterla
al escalpelo de investigaciones históricas
desprejuiciadas.
Es indispensable continuar recuperando la memoria
histórica del pueblo cubano. Pero también es con-
veniente, a los efectos de la creación de una nueva
sociedad y una nueva cultura, recordar lo que decía
Carlos Marx al inicio de un texto fundador de la ciencia
política, El 18 brumario de Luis Bonaparte, al definir a la
revolución de liberación: “hay que dejar que los muertos
entierren a sus muertos”.
Tenemos que lograr que la Historia política cubana sea
profunda, sea un campo de debate, de rescates y de
aprendizajes. Que forme parte de la ciencia histórica,
que todos tengamos derecho a manejar sus verdades,
sus preguntas y sus caminos, porque eso es lo más
congruente con los fines de nuestra sociedad. Que
contribuya a eliminar la oposición espuria entre com-
promiso social y político y calidad profesional. Que se
guíe por la justicia social, como valor guía superior para
todo aquel que hace Historia; pero sin sustituir jamás, ni
con la mejor intención, al honesto trabajo de hacer
Historia.

INTRODUCCIÓN A LA REVOLUCIÓN POSPUESTA, DE


RAMÓN DE ARMAS13
Entre los trabajos de Historia de la primera etapa de la
revolución cubana en el poder sobresalen tres textos: la
edición primitiva de El ingenio (1964), de Manuel Moreno
Fraginals, Ideología mambisa (1967), de Jorge Ibarra, y
La revolución pospuesta (inicios de 1971), de Ramón de
Armas. Cada uno de estos autores investigaba
problemas y proponía tesis en ese ámbito tan transitado
por los historiadores que es el siglo xix cubano, y cada
uno tenía su específica historia y pertenencia
intelectuales; sin embargo, los tres traían un nuevo
momento de la historiografía cubana, y podían
apreciarse las fuertes relaciones de sus obras con la
época que estaban viviendo los autores.
Es cierto que en aquella intensa docena larga de años
iniciada en 1959 sucedieron otros eventos de
13 Este texto fue publicado en Ramón de Armas: La
revolución pospuesta. Destino de la revolución martiana
de 1895, Centro de Estudios Martianos, La Habana,
2002, pp. 7-38. El autor lo revisó para la presente
edición.

importancia capital en el terreno de la Historia. Baste


recordar dos de esos hechos. El asalto a la historia
nacional —sobre todo la de las luchas populares—
realizado por una increíble multitud de nuevos lectores,
una parte de ellos recién alfabetizados, fue una
verdadera concientización en el terreno de la palabra
escrita y con valoraciones organizadas según una ideo-
logía de liberación. Esto produjo una transformación
sensible de lo que hasta entonces había significado la
gesta nacional —que era para el pueblo la médula de lo
cubano-—, el centro políticamente ambiguo de una
identidad profundamente nacionalista trasmitida por una
vigorosa tradición oral. La gente se apoderó de la historia
escrita, primero como consumidores, pero pronto
apareció cierta socialización de la escritura de la Historia,
a través de las búsquedas y narraciones de un amplio
movimiento organizado de aficionados, con apoyo
sindical. El otro hecho fue la proclamación de la dirección
política del país en 1968 acerca de “los cien años de
lucha”, concreción en forma de consigna de una posición
respecto al socialismo en Cuba. Ella vinculaba al poder y
al proyecto anticapitalistas con la gran tradición de
luchas de liberación de la nación, reivindicando el
carácter popular predominante en esta y por
consiguiente el nexo íntimo entre justicia social y libertad.
Fue uno de los momentos definitorios en la larga
polémica entablada en el seno de la Revolución, esta
vez a favor del predominio del radicalismo en los
objetivos y de lo nacional en la ideología del comunismo
cubano. El país se batía duramente en diferentes
terrenos: la lucha tenaz por un desarrollo económico
socialista autónomo, la radicalización del carácter
socialista de su régimen y sus ideas, el en

frentamiento permanente a la hostilidad norteamericana,


un internacionalismo militante a escala mundial y en
busca de un frente latinoamericano, las profundas
diferencias con la Unión Soviética y los Estados y
movimientos que ella lideraba.
Era el apogeo de la herejía cubana. La posición ideo-
lógica de “los cien años de lucha” fortaleció aún más la
legitimidad del régimen, y a la Revolución cubana frente
a sus enemigos; pronto ayudaría también a enfrentar los
intentos de colonización “de izquierda” de la etapa
siguiente, la que comenzó a inicios de los años setenta.
Pero esa posición ideológica también llevó a que se le
reclamara a la Historia una función de fundamentación
política de la Revolución.
En cuanto a la Historia, se había partido de lo exis-tente
para negarlo en buena medida y producir una gran
discontinuidad, como sucede con todos los aspectos
relevantes en una sociedad durante un proceso de cam-
bios profundos y abarcadores; pero también, como en
todos, las permanencias y la continuidad desempeñaron
sus papeles. Los procesos de modernización y di-
versificación experimentados por la historiografía cubana
durante las décadas previas favorecieron los trabajos
que emprendió después de 1959. Si Raúl Cepero Bonilla
—el joven rebelde que lanzó su Azúcar y abolición en
1948— se sumió en tareas revolucionarias de gobierno y
murió muy temprano (1962), Juan Pérez de la Riva,
Manuel Moreno Fraginals, Julio Le Riverend, José
Luciano Franco, entre otros, continuaron sus
investigaciones con mayor brío y en mejores
condiciones, sumaron sus labores a la Revolución e
hicieron aportes muy serios. La nueva época les permitió
escribir sus obras en una forma distinta a

como lo hubieran hecho antes —como afirmó uno de


ellos—, pero también le planteó enseguida numerosos
retos a la ciencia histórica.
En los años sesenta se pusieron en debate —-o se
pretendió decretar, en nombre de nuevos dogmas— los
fundamentos teóricos de la Historia, su contenido mis-
mo, su relación con construcciones generales acerca del
transcurso de la historia humana, el lugar y las funciones
de disciplinas como la Historia económica, y otros temas.
El marxismo asumido por todos abría muy ricas
posibilidades al desarrollo científico y era un principio
unificante, pero varias décadas de desventuras lo habían
secado y deformado demasiado, y el proceso que lo
dañó tanto creó también el hábito de imponerlo y a la vez
manipularlo, por lo que resultaba riesgoso su predominio.
En el terreno de la historia nacional surgieron muy
fuertes necesidades de revisar narraciones y modos de
historiar, de buscar otros asun-tos históricos y develar
otros hechos y protagonistas. Ciertos personajes
desaparecieron o fueron condenados, y otros
desconocidos hicieron su entrada en la historia. Mientras
el pueblo cubano tomaba el poder sobre las cosas y las
calles, los actores colectivos de los eventos pasados, el
pueblo que fue, la gente sin historia, tocaba a las puertas
de la Historia.
La mera crónica de lo que sucedió en Historia y con la
Historia durante aquel proceso —no ya mis valoraciones
y criterios— sería un despropósito aquí; lo que he dicho
se limita a situar en modesta medida algunos contextos
de La revolución pospuesta, una cuestión de método que
me parece sin embargo in-dispensable. Añado
solamente que las interrogantes y definiciones sobre “la
formación de la nación” se ha

bían tornado centrales para los que trabajaban Historia


de Cuba. Los tres libros mencionados al inicio no eran
ajenos a ese tema. Moreno abría su luminosa in-
troducción a El ingenio con su convicción de que sin el
estudio exhaustivo de la economía azucarera era
imposible interpretar nuestra historia, exponía su pro-
pósito de rasgar “el turbio velo que cubre la historia de
Cuba” y hacía expresas sus motivaciones.14 Jorge
Ibarra investigaba directamente la formación de la
nación, y lanzó su Ideología mambisa al centro del
debate. Ibarra integró clases sociales, razas, racismo,
castas, y los movimientos e ideologías reformista,
anexionista e independentista en su análisis de las
situaciones y momentos sucesivos de la formación de la
nación, sin atenerse a los prejuicios y simplismos
tradicionales, consagrando así una nueva perspectiva
histórica.
Mediante un gran número de actividades y publi-
caciones, y por la gran fuerza ideológica de su con-
vocatoria, el centenario de la Revolución de 1868 dio
más impulso al conocimiento y los debates sobre la
cuestión nacional y la historia de Cuba en general.
Nacido en 1939, Ramón de Armas Delamarter-Scott hizo
sus estudios superiores y su dedicación a la His-toria
dentro del período del poder revolucionario. Per-teneció
desde 1968 al Departamento de Filosofía de la
Universidad de La Habana -—creado en el marco
14 “Hemos ido hacia una obra de investigación,
analítica y densa, porque creemos que la Revolución
necesita estudios básicos, con firmeza en sus fuentes de
documentación” (El ingenio. El complejo económico
social cubano del azúcar, Comisión Nacional Cubana de
la UNESCO, La Habana, 1964, p. XI).

de la Reforma Universitaria en julio de 1962, para


impartir filosofía marxista en todas las carreras—, for-
mado por un grupo de jóvenes que desarrolló la acti-
vidad mucho más allá de lo que prescribía su contenido
inicial, asumió una específica posición como marxis- tas
y tuvo una notable participación en el debate de aquella
época, combinó la docencia con la superación, la
investigación y las publicaciones en pensamiento teórico,
disciplinas sociales y lógica, de manera ardua y
sistemática, y realizó numerosas tareas bastante
diversas hasta su disolución a fines de 1971.
Pausado al hablar y de porte sereno, Ramón se ca-
racterizó por su extrema responsabilidad y sus contri-
buciones en aquel colectivo exigente, y a la vez por su
afán de estudio y profundización en los problemas in-
telectuales. Desde el inicio hicimos en el Departamento
estudios de historia del pensamiento cubano, que se
ampliaron a la historia nacional, hasta llegar a tener
formalmente un grupo de estudios cubanos; Ramón fue
uno de sus miembros. Una frase expresaba el propósito
general que animaba aquellos estudios individuales,
seminarios de debate, investigaciones, publicaciones,
cursos de superación: “comprender la historia de Cuba
de acuerdo a las luchas de clases”. También se em-
prendieron estudios latinoamericanos, en los cuales
Ramón participó.15
La revolución pospuesta nació en ese medio intelectual e
ideológico. Sentíamos que nuestro trabajo se inspiraba
en la corriente más radical dentro de la Revolución y era
preciso que la defendiera siempre y
15 Ver su "La burguesía latinoamericana: aspectos
de su evolución”, en
Pensamiento Crítico no. 36. La Habana, enero de 1970,
pp. 57-79.

buscara desde ella sus temas; y que al mismo tiempo


era un trabajo intelectual, obligado a atenerse a las
reglas de ese oficio y a defenderse por sí, a ser
rigurosamente honesto, original y crítico. Supimos
pronto, por ejemplo, que la nación y las clases sociales
podían ser invocadas alternativamente —o reunidas
abstractamente— sin que ganaran nada con eso el
conocimiento ni la ideología socialista, pero también
aprendimos que saberlo no era una solución, sino solo
una lucidez exigente que servía para iniciar un camino.
Las vivencias y los estudios —incluidos los textos e
iniciativas de diversos historiadores— nos dieron la
convicción de que en Cuba, como en tantos países, la
historia había sido dispuesta y rehecha desde las clases
hegemónicas —con los agravantes del colonialismo y
sus secuelas mentales—, y era por tanto necesario leer
otra vez, o por primera vez, y buscar desde la gente sin
historia, para que la Historia tuviera una nueva etapa de
desarrollo.
Ramón fue uno de los que se embarcó en esa aven-tura
intelectual que llevaba tanto a la evaluación de las tesis e
ideas de más generalidad y alcance en Historia, ciencias
afines y marxismo,16 como al análisis de fuentes
primarias, bibliografía y actitudes de individuos y grupos
sociales, referidas a eventos históricos; también
llevamos esa intensa actividad a nuestros esfuerzos
docentes y editoriales. En la asignatura bási
16 Inmediatamente después de La revolución
pospuesta, la revista Pen-samiento Crítico no. 51 (abril
de 1971, pp. 5-12; 13-75) publicó "Configuraciones
histórico-estructurales de los pueblos americanos”, del
antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, con una
presentación profunda y muy argumentada de Ramón de
Armas.

ca que impartíamos en todas las carreras de la Uni-


versidad de 1966 a 1971, Historia del Pensamiento
Marxista, introdujimos temas de la historia cubana y
latinoamericana.17
En enero de 1971 el Departamento de Filosofía dio a la
imprenta una gruesa antología con comentarios, Pen-
samiento revolucionario cubano, con propósitos divul-
gativos y de ayuda a la docencia.
La revolución pospuesta fue un resultado dentro de un
ambicioso proyecto. Ramón se propuso estudiar los
comportamientos históricos de la burguesía cubana
hasta su abatimiento por la Revolución. El proyecto
distinguía entre dos tipos de “burguesía productora”:
“para la exportación” y “para mercado interno”. Partía de
las hipótesis de que en la historia cubana la primera
había sido la determinante, tanto en la economía como
en las relaciones de esta con la sociedad, y en las rela-
ciones del país con la economía mundial. La compren-
sión del desarrollo de la burguesía cubana como clase, y
la historia de las relaciones que va sosteniendo con el
imperialismo norteamericano —dada la importancia de
este en la historia cubana— obliga a remontarse al siglo
xix. Es más: “Para poder comprender la estructura socio-
económica y las relaciones sociales existentes en la
neocolonia cubana, es imprescindible comprender la
estructura socio-económica y las relaciones corres-
pondientes en la colonia cubana”.18
17 En enero de 1971 el Departamento de Filosofía
dio a la imprenta una gruesa antología con comentarios,
Pensamiento revolucionario cubano, con propósitos
divulgativos y de ayuda a la docencia (Editorial de
Ciencias Sociales, ICL, La Habana, 1971.1.1,476 pp.)
'8 Ramón de Armas: Proyecto de libro sobre la historia
de la burguesía cubana, meca, s/f, p. 3. Los subrayados
son de Ramón de Armas

Ramón sostiene la incapacidad estructural de la


burguesía para ser clase nacional. Pero ese no es el
centro de su trabajo. En vez de derivar la historia de la
historia económica, utiliza esta como un elemento muy
importante para un trabajo que es, sin embargo,
diferente: hacer Historia. Las luchas de clases son cen-
trales para la comprensión de los hechos históricos, y
sus actores son el centro de esos hechos: por tanto, los
grupos sociales y las personalidades representativas son
los protagonistas de su investigación. La dimensión
latinoamericana juega un gran papel en sus puntos de
partida, como es natural en un investigador cubano en
los años sesenta, pero también porque Ramón se mueve
en la nueva dinámica desarrollo-sub- desarrollo que está
haciendo avanzar la economía política y lleva su
influencia más allá de la propia ciencia económica.
José Martí también está ante él, con su gigantesco
legado ahora puesto a la nueva luz de una revolución
triunfante que estaba más urgida de las potencialidades
de Martí que de sacralizarlo. Ramón es un estudioso
martiano que no hace hagiografía; busca, en cambio, su
originalidad de pensador americano en relación con los
grandes temas de la región, y el contenido de su papel
histórico respecto a la formación de la nación cubana
mediante una revolución de liberación nacional y el
establecimiento de una república democrática de nuevo
tipo. La Revolución de 1895 es el gran evento histórico a
través del cual analiza, en la confluen
(Archi vo de F. Martínez). Se refiere a ese proyecto en
“La burguesía latinoamericana...", p. 57. Aquel trabajo
constituía el capítulo I.

cia de sus dinámicas, la condensación de tres procesos:


la exacerbación de los ideales y el movimiento
nacionalistas que desemboca en una revolución y una
guerra de independencia; las actitudes políticas de las
clases sociales en el transcurso de una situación ex-
trema; y la aceleración súbita del proceso de formación
de una neocolonia en el seno de la colonia cubana, a
causa del cese de la soberanía española y la ocupación
militar del país por los Estados Unidos. Y desde esa
totalidad histórica examina el contenido, y la procedencia
o no, del proyecto martiano.
Por último, la coyuntura. La revista Pensamiento Crítico,
que era un órgano de expresión íntimamente ligado al
colectivo al que pertenecía Ramón, tenía a la Historia
como una de sus líneas permanentes de trabajo. Los
textos de historiadores y los documentos históricos que
publicaba eran piezas intencionadas de una posición. En
medio de la tensa situación política de 1970, que
involucraba el rumbo inmediato de la nación y de la
revolución socialista, la revista se propuso dedicar más
de doscientas páginas de su número doble anual a José
Martí, encamación de la radicalidad más trascendente en
la combinación cubana de luchas na-cionales y de
clases. Se solicitó a Pedro Pablo Rodríguez —joven
miembro del Departamento de Filosofía y de su Grupo
de Estudios Cubanos— y a Ramón de Armas sendos
ensayos de profundización sobre el Apóstol; la
monografía se completaría con una selección de textos
políticos del propio Martí.
Ramón se aplicó a su tarea con una enorme labo-
riosidad y un plan riguroso. Pedro Pablo entregó en
tiempo su “La idea de liberación nacional en José Martí”,
un ensayo realmente original y de gran cali

dad, el primer fruto de lo que años después se con-


vertiría en su dedicación a tiempo completo, que lo ha
convertido en uno de los más destacados investigadores
martianos. Pero Ramón de Armas no lograba dar fin a su
tarea dentro de los plazos a que está obligada una
publicación periódica. Después de una odisea final que
incluyó presiones fraternales del que esto escribe, me
entregó su texto; finalmente la revista apareció, con su
“La revolución pospuesta: destino de la revolución
martiana de 1895”.19 Fue uno de los últimos números de
aquella publicación.
El lector de La revolución pospuesta advierte enseguida
que está ante un trabajo de síntesis histórica, en que el
autor presenta sus reflexiones y sus tesis acerca del
período histórico y de los eventos significativos que ha
seleccionado con arreglo a sus objetivos, con
argumentos atinentes y en una concatenación irre-
prochable. Y a la vez advierte que el autor ha realizado
un gigantesco trabajo de investigación factual, a través
de un cúmulo de fuentes diversas, y que existen
verdaderas relaciones entre ese trabajo y aquellas
reflexiones y tesis. Además, su calidad formal facilita la
comprensión y es un arma comunicativa. Estamos, pues,
ante uno de esos productos especiales del género: una
obra lograda de Historia.
Los resultados del análisis de las estructuras vigentes en
la América independiente del siglo xix entran a formar
parte de su interpretación del período y el even-to
histórico cubanos, en dos sentidos: el de las posibles
19 Pensamiento Crítico no. 49-50, La Habana,
febrero-marzo de 1971,
pp. 7-118.

“soluciones” a los problemas básicos de Cuba y las


actitudes de clase ligadas a ellas; y el de las ideologías y
el caso específico del pensamiento martiano.20 Ramón
caracteriza el sistema económico social dominante en la
región desde una óptica general que relaciona íntima-
mente al desarrollo y al subdesarrollo como aspectos de
un sistema mundial capitalista, y a la historia colonial
como una historia de capitalismo colonial.21 El texto
contiene proposiciones tan sugerentes como la de que
los fuertes cambios modernizantes que en sentido gene-
ral se produjeron en la fase final del siglo en las
repúblicas latinoamericanas —cambios que Martí resalta
en sus textos— no alteraron, sin embargo, la esencia de
sus relaciones de subordinación con el capitalismo
mundial, ni la dominación social en cada país de la
región de la burguesía productora para la exportación.
La mayor parte del primer capítulo está dedicada a
exponer las ideas de Martí sobre América Latina y sobre
los Estados Unidos, su específica posición americana
liberada del colonialismo mental y su proyecto
revolucionario antimperialista para conquistar una “se-
gunda independencia” con base popular, que combine
libertad con justicia social. Se evidencia aquí la pro-
fundidad y el radicalismo del pensador y dirigente re-
volucionario, la articulación rigurosa de sus actos,22 y
20 Capítulo "La colonia que ha sobrevivido en la
república”, ob. cit., pp. 14-31. En adelante, todas las citas
de la obra corresponden a la primera edición citada.
21 Esta corriente estaba entonces en auge como
posición científica, y se ponía en relación expresa con
posiciones políticas e ideológicas revolucionarias.
22 “La crítica y la acción revolucionarias de Martí son
respuesta a las preguntas que la realidad continental
plantea: qué tipo de sociedad

el alcance de los conceptos que utiliza.23 Mediante esos


nexos entre Cuba y América, el pensamiento y la acción
de Martí se tornan más inteligibles.
No se escribió este libro, sin embargo, para cantar a un
ser superior que firma y anuncia con su verbo y su
sacrificio el futuro luminoso de la patria. Desde el propio
título está situado en otro terreno, en uno de múltiples
interrogantes. Bucea en un proceso singular —siempre
lo es cada evento histórico—, tras sus específicas
estructuras, clases y luchas de clases, cons-trucción
nacional. Enseguida enuncia una de sus tesis centrales:
en el caso cubano, para 1895 ya se ha for-mado una
neocolonia dentro de la colonia.
En el segundo capítulo, “La neocolonia cubana”, Ramón
ejecuta una operación historiográfica diferente. La
historia económica de las clases dominantes de Cuba
desde el siglo xvi es puesta en sus relaciones concretas
con sus vínculos internacionales. Las combinaciones de
relaciones coloniales y de nexos con los que están
desarrollando el capitalismo en Europa y en
Norteamérica van inclinándose a favor de los segundos.
Desde la séptima década del siglo xvm “tiene lugar una
definitiva inclusión de Cuba en la economía
internacional”, que orienta sus capacidades productivas
hacia mercancías destinadas exclusivamente a la
exportación y genera su vinculación esta
padece América; qué tipo de transformación hay que
abordar en la tarea. Y dónde y cómo captar los brazos y
voluntades para hacerla.” (R. de Armas, ob. cit., p. 17)
23 “...en Martí, la superación de la organización
política colonial -o sea, la instauración de la república—
va necesariamente vinculada a la modificación de la
estructura económica en que se asienta. Ambas se
interrelacionan directamente...” (R. de Armas, ob. cit., p.
19)

ble con el mercado mundial. Ramón persigue en este


cuadro las precoces e intensas relaciones económicas
con las Trece Colonias/Estados Unidos y su desarrollo a
lo largo del siglo xix, mostrando sus tempranos vínculos
financieros, comerciales y empresariales de variados
tipos, y cómo las coyunturas y modalidades diferentes de
esas relaciones no alteran una tendencia al auge que las
toma dominantes para Cuba y consagra su estructura
monoproductora, de gran explotación de la fuerza de
trabajo y dependencia de las importaciones. Los nexos
entre Cuba y los Estados Unidos —incluidas las
inversiones directas y los enlaces entre capitalistas— se
vuelven febriles durante los años ochenta.
Ramón maneja la historiografía moderna cubana previa
a 1959 para enfrentar los nuevos retos que él ha
asumido,24 y se apoya también en las obras históricas
de los años sesenta, señaladamente en El ingenio.25
Trabaja archivos de registros de propiedad y revisa
textos de contemporáneos de aquellos procesos, como
Humboldt, Antonio J. Valdés, Abbot, Madden, Bachiller y
Morales, La Sagra, Merchán. Detrás de sus raciocinios
están los autores clásicos del marxismo, que Ramón
manejaba con tanto provecho. Pero lo decisivo en esta
búsqueda han sido las preguntas de las cuales partió.
Ramón concluye, en una síntesis de nueve puntos, que
en las dos últimas décadas del siglo ya predomi-
24 Las obras de Ramiro Guerra, Gustavo Gutiérrez,
Emilio Roig de
Leuchsenring y otros. Se sirve también de las obras
valiosas de Leland
Jenks y Scott Nearing.
25 Pero también en las investigaciones de historia
económica de Julio
Le Riverend, las obras de Juan Pérez de la Riva, Jorge
Ibarra y otros.

na la relación neocolonial en la estructura económica y


social de Cuba. Y enfatiza el peso de esa realidad para
el análisis político del evento principal en la formación de
la nación cubana: “La Revolución que se inicia en 1895
tendrá entonces que enfrentarse no solamente a la
colonia cubana de España. Tendrá ya que enfrentarse —
y por primera vez en la historia— a la neocolonia cubana
de los Estados Unidos”.26 Ese énfasis es fundamental,
porque afirma la existencia de la condición neocolonial
antes de 1895, y no después de 1898, y por tanto su
carácter de parte actuante en la gran confrontación entre
la colonia y su metrópoli. La creación misma de la nación
soberana confrontará dos enemigos, por tanto, porque
los beneficiarios en Cuba de la relación neocolonial no
son los promotores ni creen necesitar una revolución de
independencia como la que se desencadenó en 1895.
Entonces se hace claro el alcance de su tesis sobre la
neocolonia en la colonia. La historia económica y social
puede ayudar a la comprensión del gran evento histórico
del 95 si este es investigado teniendo en cuenta los
intereses, ideas, motivaciones y actuaciones de las
clases sociales implicadas, y sus relaciones y
enfrentamientos. Esa perspectiva también ayuda a
identificar las opciones de solución a los problemas que
los actores advirtieron y, quizás, las opciones que
realmente tenían. Nada pierde el hecho histórico
unificante de la lucha nacionalista —ni su trascendencia
actual— porque se conozcan sus condicionantes
clasistas; solo perderían con ello las clases dominantes
que lo tergiversaron para ocul
26 Ramón de Armas: ob. cit., p. 49.

tar sus omisiones o actos antinacionales, y para ma-


nipular el nacionalismo a su favor. Por otra parte, solo la
historia política encontrará los hechos que fueron
decisivos, porque los eventos históricos no pueden ser
“explicados” por determinaciones económicas, y menos
que ninguno las revoluciones, esas apasionantes
subversiones de lo posible.
A esa historia política dedica Ramón el resto del texto,
esto es, más del sesenta por ciento de la obra. A través
del examen de la historia interna de la Revolu-ción del 95
expone otra tesis central: mientras los cu-banos iban
ganando la guerra, estaban perdiendo la revolución.
Para llegar a enunciarla, el autor ha debido tener otros
puntos de partida que los habituales: en vez de la
antinomia más visible, la de insurrección y metrópoli, las
diferencias y oposiciones en el interior del campo
insurrecto. Se trata de rastrear otras fuentes y
rescatarlas del olvido, de leer de otro modo las
conocidas, y de utilizar los conceptos de clase y nación
en la investigación acerca del nacimiento de la nación. Y
se trata de manejar una masa de hechos relevantes sin
caer en lo anecdótico, de narrar y ordenar, de recrear las
situaciones y ambientes sucesivos, siempre en busca de
lo que es significativo para las hipótesis que se manejan
—o de lo que es útil para revisarlas—, y llegar mediante
el análisis a la formulación de las conclusiones y las
nuevas preguntas que sea posible. Ramón logró todo
eso, y La revolución pospuesta se convirtió en un hito en
la historiografía cubana.
No lo seguiré en esta parte, porque haría aún más larga
mi presentación, y porque se trata del nudo de la obra,
que hay que tomar y juzgar en su riqueza

expositiva. Solo comentaré algunas cuestiones. La his-


toria política de los meses que siguieron a la muerte de
Martí muestra el rápido desplazamiento de los conflictos
iniciales hacia otros más expresivos de las tensiones
internas a la coalición social que inició la insurrección, y
la paradoja de un gobierno que pretende dirigir la
revolución y controlar a los líderes y la vertiente popular
mientras la ofensiva militar lleva a esos líderes al apogeo
de su fama nacional, recluta al país para la causa y
convierte al ejército en la institución fundamental del
campo cubano. Ramón sintetiza muy bien seis aspectos
principales de ese período, expone con gran calidad el
pensamiento de Maceo y de Gómez, y brinda las claves
para una interpretación de la primera fase de aquel
proceso. Insiste en que no se ha hecho “el estudio de las
verdaderas representatividades de los hombres del 95, ni
de su extracción social”, ni de las ideologías presentes
en esta amalgama de clases, con sus conflictos “bajo el
ropaje —interesado o no—- de reservas y pugnas de tipo
racial”.27
Ramón presenta un rico análisis de los conflictos entre el
gobierno y los líderes populares, pero reclama ir más allá
de los juicios sobre individuos, “de ubicar, de detectar
posiciones de clase del conjunto, y actitudes
condicionadas por ellas”.28 Mientras, plantea el
retroceso de la Revolución, que ya no solo está frustrada
en su proyecto más radical, martiano, “sino incluso como
revolución de una potencial burguesía nacional que,
políticamente nacionalista, buscara sus
28 Ibídem, p. 60.
27 Ibídem, p. 54.

propias formas de desarrollo capitalista”, ya que esa


posibilidad de los que formaban el gobierno y ejercían
buena parte de los mandos militares se había cerrado
como opción de liderazgo, por su hostilidad cerrada a los
elementos populares.29 Ramón distingue entre ellos los
que aspiran a la beligerancia solo para obtener la
república y podrían apoyar repartos agrarios, y los que
aspiran a mantener incólume el sistema de explotación y
cuyo objetivo prioritario es abortar la revolución. La doble
frustración está planteada, pero aún no se ha
consumado; podría uno decir, incluso, que no está
fatalmente decretada.
Un desencuentro es inevitable: entre la revolución
martiana y la burguesía cubana productora para la
exportación hay un antagonismo excluyente, porque esta
sabe que no puede ser independentista o republi-cana.
La invasión destruye sus riquezas y desquicia el orden
social; el triunfo mambí y una república plan-tearían
pérdidas y exigencias inaceptables para el sis-tema. En
la primera fase de la guerra apoya a España, cuando la
ve perdida solicita el arbitrio norteamericano. No es
esencialmente anexionista —escribe Ramón— si ve que
tiene otra alternativa: el modo de producción neocolonial
es su manera de ser “nacional”. Entonces pasa a
exponer detalladamente las conductas de los implicados
en el trance político de 1896-1898 dentro del campo
cubano y en sus relaciones con sectores burgueses y
políticos. A pesar de sus duros asertos generales,
Ramón no simplifica los hechos ni sesga sus fuentes o
sus juicios; así puede resaltar la amplia base popular de
que gozó el autonomismo
29 Ibídem, p. 66.

antes de la contienda, o elogiar la conducta patriótica del


Consejo de Gobierno en 1898, frente a autonomistas y
norteamericanos. Numerosas voces de los que tuvieron
las más disímiles posiciones son convocadas por su
texto.
Y una vez más en la historiografía cubana es abor-
dada la intervención norteamericana de 1898. Pero
ahora el autor abre con una afirmación desafiante: "La
guerra en que entran en 1898 los Estados Unidos no es -
—ni siquiera principalmente— una guerra contra Es-
paña”.30 El nuevo protagonista es mostrado en su esen-
cia y su infame tarea —en el estilo de Ramón, que no
abusa del adjetivo y nunca apela a exabruptos, fiando a
la cosa misma sus resonancias—, y se revisan las
diversas actuaciones políticas de los demás actores y
sus condicionamientos. La burguesía cubana está unida
en cuanto a ansiedad por el restablecimiento del orden,
logrado mediante el desmontaje de los instrumentos de
la revolución, aunque sea a costa de la ocupación
extranjera. Después de haberse opuesto a lo largo del
siglo, su sector actual neocolonial acepta ahora y asume
la independencia y la república, como vía que asegure
su posición y reduzca a las mayorías a retomar a las
relaciones básicas de explotación y dominación. “La
supervivencia de la neocolonia estaba asegurada. Las
potencialidades revolucionarias de Cuba estaban, por el
momento, frustradas. La revolución de 1895 tenía que
quedar pospuesta.”31
Cuando se preparó una segunda edición de La re-
volución pospuesta por la Editorial de Ciencias So-
10 Ibídem, p. 94. El subrayado es del autor.
31 Ibídem. p. 104.

ciales, que apareció en 1975, Ramón aprovechó para


incluir en ella un nuevo y breve capítulo, “La república
cubana de Martí”. En él recapitula varios aspectos
tratados en otros lugares del libro, como base y con-texto
de las ideas martianas sobre la república cubana
revolucionaria que seguiría al triunfo de la insurrección,
ideas que Ramón expone con una amplia selección de
textos del propio Martí. Aquí, como a lo largo de todo su
ensayo, se evidencia el manejo erudito que tiene el autor
de la obra del Maestro, pero aún más valiosas me
resultan sus reflexiones sobre el pensamiento martiano,
como las que hace en el primer capítulo, o la brillante
página de las consideraciones finales. Hasta el fin de su
vida Ramón de Armas estudiará a José Martí,
dejándonos muy notables hallazgos y sugerencias.
Agregó también a esa segunda edición un nuevo anexo,
un ardiente libelo contra Martí, fragmento del libro
famoso de José Ignacio Rodríguez sobre el anexionismo.
Por lo demás, el texto es idéntico al de la primera
edición. De modo que este año 2001 se han cumplido
treinta de la aparición de La revolución pospuesta. Fijar
1975 como fecha de la primera aparición de esa obra,
como aparece en todas las referencias y bibliografías, es
un error que debiera superarse, y que induce a quienes
estudien la historia de la Historia dentro del período
revolucionario a situar a este libro en un momento
equivocado.
Por sus tesis, por la maciza argumentación que las
sustenta y la claridad expositiva. La revolución
pospuesta resulta un libro profundamente antiburgués.
No hay en él retórica, es la historiografía la que aporta un
veredicto terrible: durante todo el proceso de

creación de la nación, la clase dominante en la eco-


nomía desempeñó un papel antinacional. Y el análisis se
ha centrado en una etapa que no pudo ser más per-
tinente, cuyo contenido sintetizo en cinco puntos:
a) aquella en que el país cambia hacia el capitalismo
pleno, b) su pueblo no resiste más el sistema colonial, c)
la Guerra del 68 ha transido de revolución a la
emancipación de los esclavos, d) se ha venido for-
mando una relación externa principal muy peligrosa para
cualquier intento nacional de desarrollo económico y de
logro de soberanía, y e) Cuba registra un auge de su
conciencia social que alcanza su ápice nada menos que
en el proyecto de José Martí. Es difícil reunir una
acumulación mayor de variables que llamen a actuar. Y
en ese momento crucial la burguesía de Cuba no da un
paso más allá de sus intereses inmediatos y es
antirrevolucionaria. Solo deja de oponerse a la
independencia, a regañadientes, cuando no le queda
otro remedio, y entonces dirige su actuación política a
cerrar el paso a cualquier predominio de sectores
revolucionarios, aunque sea a costa de someterse a una
subordinación internacional que completará el sistema
neocolonial.
En una nación que debe su existencia independiente a
una gesta de liberación anticolonial de carácter muy
popular, a un pueblo que peleó en masa y arrostró un
holocausto, ese fallo histórico es mucho más grave. Y es
también una acusación tácita a todas las manipula-
ciones burguesas posteriores del interés nacional y del
nacionalismo. Por otra parte, en el terreno científico la
obra brinda ricos elementos para motivar y guiar
investigaciones sobre las conductas ulteriores de la clase
dominante cubana. Y en cuanto “maestra de la

vida”, esta historia enseña mucho; por ejemplo, que no


es necesario ser anexionista para ser antinacional, pero
que el interés de clase dominante en una sociedad débil
frente al capitalismo central lleva siempre de una
subordinación a otra, y a un manejo o abandono
despiadados de sus propios connacionales.
Al final del libro, después de exponer dos razones
diferentes para la frustración de un bloque nacionalista
que podría haberse formado entre los burgueses no
exportadores y los combatientes y la base social popular
de la revolución, Ramón hace un planteo cuyo alcance
metodológico quiero rescatar: “Si —en la misma
coyuntura neocolonial— eran o no viables esa con-
jugación y ese equilibrio de intereses, solo la concreción
histórica de la revolución que fue frustrada lo hubiera
podido demostrar”. Él situaba así la primacía de la acción
sobre la determinación por la estructura, cuando están
en marcha acciones colectivas que luchan por cambios
sociales. En aquellos años sesenta, ese tema era uno de
los centros del debate en el seno de la izquierda en el
mundo, y a su modo particular, entre los propios
cubanos.
Dos décadas después, se hundieron abruptamente los
que habían sostenido el determinismo “economi- cista”
en la izquierda, pero este reapareció de inmediato en el
centro de la ideología del capitalismo, y hoy goza de
inmensa influencia y ocupa un amplio arco que va desde
las teorías sociales y los cánones académicos hasta el
sentido común. Por eso recurro a aquel pensamiento que
en una pequeña isla alimentó su audacia y su
originalidad con hechos que al acontecer habían
resultado asombrosos, y fue capaz de abrir nuevos
caminos intelectuales, ahora que es tan

necesario sostener que “solo la concreción histórica” —


esto es, la acción— demostrará si es posible que se
sostenga en Cuba el modo de vida que hemos con-
quistado, y si en el mundo habrá alternativas favorables
a los seres humanos.
Al volverlo a leer acuciosamente, me place mucho
apreciar qué panorama histórico y cuántas buenas pre-
guntas ha propuesto este libro. Es cierto que ha costado
mucho tiempo que sus tesis y preguntas se desplieguen
y comiencen a tomarse conocidas, que apenas son uti-
lizadas como instrumento todavía, o sometidas a crítica.
Pero estoy seguro de que se le acerca ese destino,
como obra de valor permanente que es. Y por tener ese
valor, sé que arrojará también alguna luz sobre la
existencia de caminos que ella no recorre, sobre la
necesidad —y hasta la urgencia a veces— de seguir el
camino emprendiendo otros caminos.

EL EJERCICIO DE PENSAR32
Saber dudar... nada más contrario al ejercicio normal de
nuestras actividades mentales; gustamos de lo
categórico, y nada nos enamora como un dogma.
ENRIQUE JOSÉ V ARONA
Los planteamientos del comandante Fidel Castro —en
cuanto a la necesidad de pensar con cabeza propia,
desarrollar la conciencia socialista, asumir las
implicaciones de la solidaridad internacional— expresan
la creciente profundización de nuestra Revolución y
sitúan a los trabajadores intelectuales cubanos ante
tareas importantísimas. La actividad intelectual tiene sus
funciones propias —y sus insuficiencias propias—, lo
que es necesario tener en cuenta para aumentar su
efectividad. Este artículo intenta contribuir a esa tarea
desde un campo específico: la filosofía marxista.
Teoría, ideología, espíritu de partido
Entre la producción teórica misma y sus funciones
emerge la necesidad de que exista un orden de rela-
,2 Fechado en diciembre de 1966, este artículo apareció
por primera vez en El Caimán Barbudo n. 11. La Habana,
enero de 1967. Fue reproducido más tarde en Lecturas
de Filosofía, Departamento de Filosofía de la
Universidad de La Habana, 1968, t. II. pp. 777-786.

ciones, que en la práctica marxista se denomina gené-


ricamente “espíritu de partido”. Examinar las raíces de la
cuestión puede ser el primer paso para comprender
mejor su significación concreta actual.
El marxismo originario fue resultante de una con-junción
de factores: el despliegue económico del ca-pitalismo
europeo occidental; su triunfo político, principalmente en
Inglaterra y Francia, que implicó la implantación de la
democracia burguesa y la difusión del individualismo; el
desarrollo de ciencias sociales como la economía y la
historia; la bancarrota de la metafísica ordenadora de los
sistemas filosóficos, a la vez que el desarrollo y
profundización de la investi-gación del proceso de
conocimiento con una alta con-sideración del papel del
sujeto, por los filósofos clásicos alemanes; sin olvidar,
naturalmente, la genia-lidad personal de Marx y Engels.
Pero, sobre todo, la concepción del marxismo originario
se integró a partir de la posibilidad más profundamente
revolucionaria de la época: la de la clase proletaria. Esto
les permitió a sus creadores basar el desenvolvimiento
de su actividad teórico-práctica en el ideal de la
liquidación de toda explotación de clase y el desarrollo
de la persona a través de la toma revolucionaria del
poder político y de la transformación ulterior de todos los
aspectos de la vida social.
La situación concreta en que vivieron Marx y Engels
adecuó su actividad organizativa y, hasta cierto punto, el
objeto de su investigación; por tanto, influyó también en
los resultados. Esto nos indica también la importancia
que tienen, en el examen de actitudes in-dividuales, las
relaciones entre los ideales y la teoría.

Con ayuda de una rigurosa actitud científica, Marx con-


siguió superar las utopías comunistas y las formas refor-
mistas de organización obrera que ya entonces existían.
Lenin escribió sobre las limitaciones de los productos
espontáneos del movimiento obrero y la “importación”
que el marxismo significó para aquél.33 Esto no debe
oscurecer, sin embargo, una realidad: la identificación
con los intereses de clase proletarios, actitud práctica
revolucionaria que deviene intuición apasionada e hi-
pótesis del trabajo teórico, es el elemento subjetivo que
impulsa a Marx al encuentro de sus propias tesis, y que
condiciona después el desarrollo mismo de su teoría. Por
ejemplo, la afirmación de que el proletariado es la clase
más revolucionaria, que puede liberar a toda la
sociedad,34 es anterior a la profundización de los estu-
dios de Marx sobre economía política.
El descubrimiento científico de la naturaleza y las
funciones de las ideologías en la formación social ca-
pitalista no elimina la existencia (por tanto, la naturale-za
y las funciones) de la ideología proletaria, aunque es
cierto que la afecta grandemente. El rechazo de toda
posición iluminista, cientificista, es, a mi juicio, impres-
cindible para intentar una comprensión marxista del
marxismo, y para que el marxismo sea un instrumento
teórico útil en cualquier situación concreta.
33 Sobre este y otros aspectos tratados aquí, ver el
interesante artículo de Louis Althusser: ‘Teoría, práctica
teórica y formación teórica. Ideología y lucha ideológica”,
Casa de las Américas n. 34, La Habana. enero-febrero
de 1966, pp. 5-31.
34 En la Introducción a la crítica de la filosofía del
derecho público de Hegel (1843).

No es la ocasión para tratar extensamente el tema. Sin


embargo, considero necesario señalar dos aspectos:
1) Con el marxismo aparece la posibilidad de com-
prender científicamente las ideologías, como el aspecto
de la realidad a través del cual los hom-bres se
representan y entienden la sociedad en que viven, y a
partir de sus ideologías la sostienen o transforman.35
Esto implica —por lo menos para el ideólogo en
posesión de la teoría— la reducción de su “falsa
conciencia”, la posibilidad de llegar a comprender las
manifestaciones y la naturaleza de una forma ideológica
dada, con la cual —o contra la cual— trabaja; y aun más,
la de programar su acción en el campo ideológico, para
hacer confluir hacia su fin político determinadas
manifestaciones existentes, combatir unas, convivir con
otras y, en fin, fundamentar su actitud en cada caso.
Aparece, por tanto, una comprensión tal del fundamento
y del condicionamiento social de la ideología, que
podemos calificarla como científica; y con ella, la
posibilidad de trabajar científicamente en el campo de la
política y de las transformaciones sociales necesarias
para llegar al comunismo.
Lo anterior contiene limitaciones implícitas: en toda
ciencia, el investigador opera a partir de concepciones
preexistentes que él acepta (o en cuya problemática se
mueve, aunque las niegue), y de los pasos anteriores del
conocimiento del fenómeno que estu-
35 Carlos Marx: Prólogo de Contribución a la crítica
de la economía política. Editora Política, La Habana.
1966, pp. 12-13.

día; en la ciencia social, esa incidencia es muchísimo


más marcada, ya que incluye más fuertemente la noción
de interés de clase, aunque el investigador no tenga
conciencia clara de ello. Se comprende que en el uso de
la ideología como objeto de ciencia habría que encontrar
la forma de describir y conceptualizar sin excluirse del
juego —lo que no es posible— ni incluirse hasta el punto
de ser meramente un factor ideológico más.
2) El que se expresa corrientemente al decir que la
“teoría” de Marx tiene la función “práctica” de ser la
ideología del proletariado. En un sentido estricto, el
conocimiento científico puede pasar o no a tener una
función ideológica, y esta, a su vez, puede ser esta de
órdenes diferentes, y aun constituir un elemento negativo
o positivo para los que lo han puesto en circulación.
Ejemplos: El capital es una tesis científica sobre el nivel
eco-nómico de la formación social capitalista, que
cumple una función ideológica revolucionaria, como una
especie de hermano mayor del militante, el cual
generalmente no puede explicarlo, pero puede invocarlo.
La teoría de la plusvalía significa que uno es
personalmente robado, explotado, que pertenece a una
clase que es solidaria en su enemistad contra los
burgueses. La teoría de la agudización de las crisis
capitalistas y del eventual derrumbe de ese régimen ha
tenido in-terpretaciones revolucionarias y no revolucio-
narias, y a la negación de su validez se le han dado
también interpretaciones ideológicamente opuestas.

La teoría brinda certeza a las aseveraciones de la


ideología, da fe de que el interés se corresponde con la
“verdad”, con la ciencia o con el “determinismo”; y todo
esto refuerza el valor de los programas, unifica la
orientación de las acciones tácticas, ofrece guías de
principios a las organizaciones y aumenta la convicción,
o la simple fe, en el militante. En determinadas
condiciones, puede ayudar a desalojar la ideología
religiosa y otras concepciones del mundo, e incluso llega
a participar en la formación de nuevas formas y normas
de conducta. Por otro lado, el objetivo ideo-lógico
organiza y dicta precedencias en los objetos de la
investigación científica, hace más claras las ex-
posiciones, establece proporciones entre el rigor de la
teoría y su capacidad de hacerse comprensible a las
masas, etcétera.
Por su papel en la lucha revolucionaria, y princi-palmente
en la época de la dictadura del proletariado, el partido
comunista se constituye como la organización política
marxista que dirige y guía a la sociedad hacia el
comunismo. El partido debe ser, por tanto, vehículo de la
acción revolucionaria para convertir la teoría en realidad
y, en un sentido político e ideológico, vínculo entre la
concepción marxista y la vida del pueblo. Dada la
necesidad de transformar todos los aspectos de la
sociedad para alcanzar ese fin, la actividad del partido se
extiende también al trabajo intelectual, en la significación
más restringida del término. Es en esta situación
específica que el espíritu de partido —noción que
expresa, en todo caso, la vinculación de la elaboración
teórica con las posiciones clasistas— puede ser
considerado como una válvula de relación entre la
producción teórica (o, más exac

tamente, intelectual) y la necesidad política (o más bien,


a veces, sus enunciados).
La misma generalidad de los enunciados anteriores
exige, naturalmente, su conversión en instrumentos de
trabajo teórico en cada investigación concreta. La prue-
ba de la situación concreta para todo principio es una
garantía metodológica básica para el marxismo; sin ella
se retoma sin remedio al pensamiento especulativo, del
cual no salvan —como del infierno— ni las mejores
intenciones.
Marxismo y revolución en América Latina
El mundo que desarrolló el capitalismo produjo también
las corrientes fundamentales del pensamiento con-
temporáneo. Recordar que es necesario ser cauto en
materia de correlaciones económico-filosóficas no resta
validez a ese aserto: las corrientes liberales, la demo-
cracia cristiana, el socialismo reformista, el comunismo,
nacieron en Europa. El Tercer Mundo ha tomado —o le
han servido— estos productos para enriquecer
teóricamente sus ejercicios políticos. Sin embargo, esta
transferencia cultural presenta sus requisitos.
Una teoría social se arraiga y da frutos solo si el país
receptor presenta, aunque sea en un estado mucho más
primitivo, elementos de las realidades que condicionaron
el origen o desarrollo de aquella. Por otra parte, la
recepción cultural es, a la vez, un acto de transformación
del cual sale la teoría adecuada no solo a la
especificidad estructural del medio en que se ha
insertado, sino también a su complejo ideológico, a la
sucesión cultural propia del país receptor y a

elementos como la idiosincrasia nacional. De acuerdo


con esos requisitos entendemos, por ejemplo, el arraigo
del marxismo en Cuba en la tercera década del siglo,
como radicalización del movimiento an- timperialista que
encuentra la dirección de la liberación definitiva sin
perder su pupila nacional. Y vemos a Julio Antonio Mella
como expresión sobresaliente de este encuentro.36
Hemos descrito —de la forma más simple— los ele-
mentos más salientes de la transferencia cultural. Pero
en la realidad del subdesarrollo no se deforma sola-
mente la estructura económica: las formas políticas e
ideológicas son también “subdesarrolladas”, y tienden a
integrarse en una totalidad colonizada.
La democracia política y su ideología, en América Latina,
son un ejemplo de lo anterior: en tanto carecen de una
base social real, constituyen un aparato desnaturalizado
e inoperante; en tanto cumplen la fun-ción social de
adecuar y adormecer a los explotados políticamente
activos —aquí la vanguardia es la de-mocracia cristiana
— son un factor hegemónico eficaz para sostener un
régimen de explotación que es mucho más anticuado
que el correspondiente al orden democrático burgués. En
este, como en muchos casos, la resultante de la
transferencia ideológica es deforme, el fruto es estéril, o
hasta monstruoso. Y es que la colonización cultural
penetra fuertemente en todos los órdenes de la vida,
hasta influir en el pensamiento (y en la acción) de los
propios luchadores contra el colonialismo, sea directa o
indirectamente, por
36 Femando Martínez: “¿Por qué Julio Antonio?”, en
El Caimán Barbudo n. I, La Habana, febrero de 1966.

sí misma, o bien como una negación de ella, que se


produce en su mismo terreno; como un molde mental de
castración, de incapacidad para representarse un destino
alcanzable con fuerzas propias.
En América Latina, el marxismo no se ha salvado
totalmente de producir resultantes deformes, estériles, o
aun monstruosas.
El traslado al escenario americano de la posición
revolucionaria marxista correspondiente a un prole-
tariado desarrollado al que se le señala su papel histó-
rico ha significado muchas veces la formación de una
secta que pugna dramáticamente por representar a una
“clase principal, polo de la contradicción antagónica”
entre burgueses y obreros; secta inoperante para
aglutinar consigo una fuerza popular que realice la tarea
histórica inevitable para estas sociedades: la liberación
nacional antimperialista. Comprender la necesidad de
realizar esa tarea no impediría, por cierto, poseer una
comprensión del papel de las luchas de clases y del
proletariado como agente histórico del comunismo, pues
solo teniendo acceso revolucionario al poder político —y,
por tanto, al poder económico y militar— es posible
generar relaciones que proletaricen a la mayoría de la
nación, proletarización que es la premisa para intentar
alcanzar el comunismo.
Ya en este camino equivocado, nos encontraremos
resultados paradójicos respecto al aparente sueño de
futuro de aquella utopía. La lucha por reformas eco-
nómicas, necesarias por la situación precaria de la
mayoría de los proletarios, engendra actitudes políticas
reformistas, forma de adecuación práctica a la
hegemonía de los explotadores. La concepción estraté

gica de la “lucha de masas” como factor revolucionario


determinante, que parte de la creencia en que es factible
la incorporación masiva de la población a la actividad
política sindical y partidista a un grado tal de profundidad
y permanencia que lleguen a hacer posible un cambio
social, es solo concebible —al menos teóricamente— en
aquellos países capitalistas desarro-llados en los que
una historia de lucha de clases contra la burguesía
pueda materializar la polarización de intereses
burguesía-proletariado, unida esa posibilidad a la
existencia de instituciones y de hábitos políticos
arraigados que la favorezcan.
Sin embargo, hay un "marxismo” que ofrece la es-
trategia de “lucha de masas” como la alternativa para
“ganar la democracia”, frente a la alternativa revolu-
cionaria de la lucha armada. Democracia que no es
“ganable” ni siquiera por los tibios portadores de re-
formas que, asistidos también por los votos marxis- tas,
acceden al poder en circunstancias determinadas en que
a los que dominan les resulta conveniente o necesario
que eso suceda, para a la larga restablecer en su pureza
el régimen neocolonial, ellos mismos o sus peludos
sucesores, representantes de la única institución
latinoamericana estable: el ejército.37 La democracia se
convierte así en una utopía “marxista” reaccionaria.
No hago más que describir sucintamente algunos
elementos —atinentes, eso sí, a lo fundamental de la
actividad marxista, que es hacer la revolución— que
37 Julio del Valle: “Contra la tendencia conservadora
en el partido”, en
Pensamiento Crítico n. 1; La Habana, pp. 130-156;
Osvaldo Barreto:
“Revolución o resignación de América Latina” (inédito).

caracterizan a un estado determinado de deformación y


abandono del marxismo, cuya crítica principal se hace
mediante la propia lucha armada revolucionaria. Por otra
parte, no pretendo ignorar ingenuamente la importancia
de otros factores, entre los cuales ocupa lugar destacado
la existencia de desaciertos e im-posiciones en la historia
del movimiento comunista internacional. Naturalmente,
no intento pasar balance en esta nota a la actividad
marxista en América Latina. Ni siquiera me asomo a
otras manifestaciones, como las trotskistas, o al producto
“indígena” del viejo aprismo. Cuando eso se haga, habrá
que consignar la heroica lucha antimperialista de muchos
militantes y dirigentes comunistas, el papel de la teoría
marxista en la profundización del antimperialismo, los
aciertos y errores de la III Internacional, la estructura
organizativa de los partidos comunistas.
¿Y las relaciones entre teoría e ideología? En la etapa
escolástica del pensamiento marxista, la teoría, con-
siderada “la única científica”, jugó el triste papel de
cobertura de las declaraciones y posiciones políticas,
con escasas excepciones. Al florecer violento del año 30
—Mariátegui, Mella, Rubén—, sucedió un de-caimiento
general. Se ha explicado, a partir del XX Congreso del
PCUS, lo que fue esa etapa de dogma-tismo. Pero,
cabría preguntarse, ¿por qué en estos diez años
transcurridos desde aquel congreso no se han hecho
profundos análisis, cuyos resultados renovadores
ayudaran a las organizaciones marxistas a su labor de
transformación del mundo? ¿Dónde está la fructífera
comunidad de la teoría y la ideología?
Durante demasiado tiempo, el espíritu de partido ha
consistido en alegar cualquier cosa, y cosas opuestas

sucesivamente, con la misma pedantesca afirmación de


que aquello es lo único científico. Se ha condenado
política y moralmente toda opinión no marxista, se ha
llegado a imponer criterios científicos y artísticos sin otra
base que una decisión política; la “ciencia” marxista ha
partido de conclusiones para arribar a conclusiones,
siempre enfática e inapelable. Lo que se piensa
pertenece a la “línea” o a las “desviaciones”, y hasta el
simple error se ha explicado por la estructura de clases
de la sociedad. En pocas palabras, la militancia ha
implicado la existencia de un preconcepto ideológico
opuesto en general al desarrollo creador del marxismo.
El acontecimiento contemporáneo más importante en
América Latina, la Revolución cubana, ha tenido
trascendencia internacional en múltiples aspectos,
inclusive el teórico marxista. Ella realizó la liberación
nacional, la revolución agraria, la alfabetización,
nacionalizó a los yanquis y sus socios indígenas,
después de destruir el ejército tradicional y crear un
nuevo ejército popular. Y proclamó que era marxista y
socialista. En estos últimos años se ha recrudecido la
acción popular antimperialista, al extremo de
emprenderse la lucha armada, que en varios países se
mantiene y progresa; el imperialismo también ha
incrementado su acción represiva, por sí mismo y a
través de sus lacayos, así como mediante otras formas
de acción política e ideológica (refor- mismo, cuerpos de
paz, penetración entre los intelectuales, etcétera).
Esta lucha va llevando, en mayor o menor grado, a las
organizaciones marxistas del continente a la prue

ba decisiva: la capacidad o no para hacer la revolución.


Ya algún partido ha salido triunfante, pero más de una
directiva comunista ha demostrado que no podía. Otros
hacen grandes esfuerzos por encontrar el camino;
alguno, por no encontrarlo.
Hay que convenir en que ese efecto revolucionario es
posible porque el conjunto de la situación latinoa-
mericana está marcado por una explotación creciente,
combinada con la impotencia del propio régimen im-
perialista para resolver las crisis mediante reformas.38
Las vanguardias revolucionarias actúan para hacer real
esa posibilidad. Creo que para derivar enseñanza del
desvalimiento teórico y organizativo en que la coyun-tura
revolucionaria encuentra a muchos partidos co-munistas
es necesario también convenir en que estos no se
planteaban la actualidad de la revolución.
En el plano estrictamente teórico se introdujo el
antidogmatismo, el antiestalisnismo, el humanismo, la
enajenación; pero no se produjo una investigación de los
factores estructurales, del papel del partido en la
revolución antimperialista latinoamericana, de la
correlación de los factores subjetivos y objetivos, de las
relaciones entre clase y nación, etcétera, porque no
estaban a la orden del día de la necesidad política.
Y es que la posición ideológica revolucionaria es un
elemento interno a la elaboración creadora en la teo
38 Un serio intento por demostrar lo contrario hace
Henri Edme en su “amistoso" artículo “¿Revolución en
América Latina?”, en Les Temps Modemes n. 240. París,
mayo de 1966. El citado artículo de Osvaldo Barreto
también responde a Edme y, en mucho, a una corriente
ideológica seudorrevolucionaria que está siendo
difundida por América Latina.

ría marxista de la sociedad. El libro ¿Qué hacer?, de


Lenin, no es la fría elaboración “imparcial” de un teórico,
sino la obra apasionada de un revolucionario; su
preconcepción —que la teoría se aproxime a la realidad,
y la realidad a la teoría— se trasmuta en logro teórico de
valor actual por la conjunción de la actividad científica
con el interés ideológico revolucionario. Mariátegui, que
no temió ser llamado europeizante por llevar a Perú el
marxismo revolucionario, nos advierte al comienzo de su
obra principal:
Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo.
Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos,
de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica
ambición: la de concurrir a la creación del socialismo
peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica
profesoral y del espíritu universitario.39
Problemas y perspectivas
La Revolución ha abierto un enorme cauce al desarrollo
del marxismo en nuestro país, ante todo incorporando a
la convicción marxista a cientos de miles de personas
que la desconocían y que eran afectadas, en mayor o
menor grado, por la tremenda campaña anticomunista
desplegada sin descanso por los explotadores. Pero
aquella incorporación masiva y permanente ha sido
posible solo porque:
39 Siete ensayos de interpretación de la realidad
peruana, Editorial Casa de las Américas, La Habana,
1963, p. XIV.

1) Una vanguardia revolucionaria llevó audazmente


al pueblo, cada vez en mayor número y organi-zación, a
obtener la libertad nacional, liquidar la maquinaria militar
de los explotadores, expropiar a los terratenientes y
burgueses extranjeros y nativos, y aprender a dirigir y
sostener los pro-cesos productivos, participar en el
funcionamiento de la compleja y deficiente máquina del
Estado, sobrecargada de inicio al tomar gran número de
atribuciones nuevas; a desempeñar, en fin, nuevas
tareas sociales, como la alfabetización, que jamás
habían sido siquiera soñadas.
2) Todo lo anterior ha producido la modificación
radical de las estructuras del país —esto es, una
revolución social—-, que convierte a los trabaja-dores, a
los que se unen los pequeños agricultores, en la clase
determinante en la vida económica y la política nacional.
La propiedad social sobre los medios de producción, una
nueva disciplina del trabajo en que la utilización de
estímulos se propone contribuir a la formación de un
individuo que viva cada vez más su bienestar en el
bienestar social, una democracia de trabajadores que
realmente trata de ir incorporando a las mayorías al
ejercicio del poder (elección de ejemplares, poder local,
tribunales populares, etcétera), la extensión del trabajo a
toda la población capaz, y de la protección social a
niños, ancianos y desvalidos. Estos son algunos rasgos
de la formación de una nueva sociedad, que encuentra
en el marxismo la ideología más apropiada para vivir sus
transformaciones y fijar sus ideales, para comprender su
destino y su lugar en el

ámbito mundial de luchas de liberación, de clases y de


sistemas sociales.
Con la declaración del socialismo, nuestro pueblo se
abalanzó al estudio del marxismo, con un fervor solo
comparable al de su actividad práctica revolucionaria.
Todo lo que se declarase marxista era consumido
inmediatamente. Después hemos vivido un proceso más
lento de decantación. Nuestra posición marxista se ha
afilado en la lucha contra el sectarismo, la necesidad de
combatir al marxista-burócrata, al mar- xista-oportunista,
etcétera, las debilidades del marxismo de algunos
comunistas latinoamericanos —a las que nos hemos
referido—, la necesidad de encontrar soluciones a
nuestros problemas reales, y la de sostener una posición
revolucionaria comunista ligada a la lucha tricontinental
antimperialista, en medio de una compleja situación
internacional agravada por la división del movimiento
comunista.
La versión deformada y teologizante del marxismo que
contenía gran parte de la literatura a nuestro alcance
resultó ineficaz para contribuir a formar revolucionarios
capaces de analizar y resolver nuestras situaciones
concretas. Al contrario, amenazó agudizar la pereza y la
“manquedad” mental típicas del individuo colonizado, en
una etapa en que el atraso económico y las dificultades
de todo orden exigen el desarrollo rápido del espíritu
creador. En realidad esto ha sido, parcialmente, una
forma de pervivencia del “marxismo” subdesarrollado,
que une la pretensión de ortodoxia a un abstractismo
totalmente ajeno a Marx y Lenin. El sectarismo, la
incapacidad de salir de la prisión de un determinado
esquema económico, políti

co, organizativo, o de comprender la necesidad de ser


radicales en la formación de la conciencia socialista, han
sido combatidos por nuestro máximo dirigente, y se trata
de extender cada vez más esta actitud, a través de la
actividad del partido, el Estado y las demás
organizaciones revolucionarias.
La realidad de nuestra “herejía” revolucionaria frente al
seudomarxismo no puede traducirse en un desprecio a la
teoría. Pero si esta prevención no quiere verse reducida
a una simple frase de intelectual es necesario recordar
algunos factores:
a) la historia de la Revolución ofrece numerosos
ejemplos de soluciones prácticas opuestas a pre-
supuestos teóricos o, en otros casos, al margen de ellos;
esa realidad, absolutizada, no inclinaría a valorar las
posibilidades de utilidad del trabajo teórico;
b) lo anterior está ligado al cuadro de detención del
desarrollo de la teoría marxista y de deformación de sus
funciones ideológicas, antes mencionado;
c) el intelectual, separado del trabajo manual por una
tradición de milenios, y, por otra parte, me-nospreciado
habitualmente por la mayor parte de la propia clase
dirigente, que no aprecia cla-ramente el papel que
desempeña en la integración de su hegemonía sobre la
sociedad, es depositario de un individualismo y una
marcada tendencia a la incomprensión de la necesidad
social, que el marxismo teorizante no elimina: su
formación ha de sufrir profundos cambios para integrarse
plenamente a la sociedad socialista;

d) la reducción de la mayoría de los trabajadores al


lindero de la animalidad, producida por la ex-plotación,
no genera, naturalmente, aprecio por los teóricos e
intelectuales en general. En las ideo-logías proletarias
esto ha conducido a extremos absurdos —como el de la
supuesta prioridad de la mano sobre el cerebro—, que
conducen a con-siderar pecaminosa toda actividad
intelectual;
e) la necesidad de trabajar cada vez mejor en el
terreno ideológico, teniendo en cuenta que la simple
abundancia material no traerá el comunismo, y que la
voluntad organizada se puede constituir en fuerza
invencible. Los ideales de Marx, un siglo después,
siguen apuntando a la posibilidad más revolucionaria de
nuestro tiempo: el comunismo;
f) es un deber intemacionalista realizar estudios
acerca de la estructura social, la vida política, la historia,
etcétera, de los países dominados aún por el
imperialismo, así como ofrecerles las ex-periencias de
nuestra lucha por la liberación y el socialismo; todo ello
desde un ángulo marxista revolucionario; y
g) la teoría marxista no solo “se convierte en fuerza
material al encamar en las masas”, como escribió el
joven Marx. También sigue teniendo un gran valor
metodológico para la actividad científica e ideológica,
algunos de sus principios pueden ser puestos en la base
de la comprensión de las cien-cias sociales, y expresa,
en categorías como “modo de producción” o “dictadura
del proletariado”, logros teóricos de valor permanente.

Si tenemos en cuenta, entre otros, esos factores —para


combatir lo negativo y auspiciar lo necesario—, puede
resultar más rápido y profundo el desarrollo del
marxismo entre nosotros. Creo que estamos en
condiciones óptimas para lograrlo, a pesar de las de-
ficiencias de nuestra formación. La necesidad, que
puede más que las universidades, lo exige.
Quizás sea conveniente señalar algunas características
de los trabajos que se emprendan. Ante todo, tener como
objeto problemas concretos de Cuba, o de nuestros
deberes intemacionalistas. Esto no significa,
naturalmente, que toda la actividad intelectual esté
dirigida a ellos. La creencia en la inmediatez entre los
objetos y el conocimiento más general, por una parte, y
la reducción de los objetos de investigación a lo
inmediatamente necesario, por otra, son dos errores que
hay que prevenir. Existe el trabajo estrictamente
formativo, que también es necesario.
Todo lo anterior denota la especificidad del trabajo
científico: “ligar la teoría a la práctica” solo es real-mente
posible si la teoría tiene objetivos “prácticos”, y si a la vez
la teoría es reconocida como una práctica determinada.
Esto se expresa en la exigencia de un control partidista
del trabajo y sus resultados, que ga-rantice el oportuno
uso ideológico de estos últimos, y que, en gran medida,
establezca las necesidades de investigación y la
prelación de los temas. Por otra parte, se expresa en la
necesidad de libertad de investigación científica, que
incluye la existencia de una atmósfera favorable a la
actitud indagadora que no parte de conclusiones, sino
que intenta llegar a ellas, y que no teme equivocarse y
volver a buscar, ni redu

cir, ampliar o derribar lo que parecía verdad incon-


movible.
La formación como militante revolucionario —tra-bajador
productivo y combatiente dispuesto— es in-dispensable
para teñir las hipótesis de trabajo marxistas. Ella se
completa con el ejercicio indeclinable de pensar con
cabeza propia. De este conjunto emergerá un nuevo
espíritu de partido, cuya extensión será un paso más
hacia el comunismo.

Impresión
/PaloéardN
Palacio de Convenciones