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Literatura Infantil Latinoamericana, Fanuel Hanán Díaz.

PARTE I de la ponencia del investigador venezolano Lic. Fanuel Hanán Díaz *

¿Literatura infantil latinoamericana?

Ante todo quisiera agradecer a Leonor Bravo, al Maratón del cuento y a todas las personas
que hicieron posible mi participación en este evento. Antes de comenzar quisiera pedir
disculpas porque en este panorama Breve de la Literatura Infantil Latinoamericana existen
muchos vacíos. Tratar de hacer un repaso por tantos países y tantos nombres en un
tiempo tan corto representa un desafío que no puede salvarse sin omitir obras y autores
que son importantes y representativos.
Quise abrir este panorama a modo de interrogante, porque me parece interesante
alimentar la discusión de si existen rasgos que distinguen la literatura infantil
latinoamericana de otra literatura infantil. Si realmente esta distinción se puede percibir
en el espíritu y en la marca que muchos libros y autores han dejado como testimonio de
una voz propia, entre tantas diversidades.
¿Países conectados por una historia común, un mismo idioma y una cercana idiosincrasia?
Realmente creo que esta afirmación tantas veces escuchada y repetida ha quedado
congelada en el tiempo como un estereotipo. América Latina incluye contextos muy
dispares y diferentes: pueblos originarios que aún mantienen viva su tradición oral, cuyos
ecos resuenan en las tradiciones, en leyendas cosmogónicas y de personajes míticos;
amplias zonas rurales, olvidadas en la geografía que aún mantienen vigorosos géneros de
la tradición oral, en ellas los cuentos de espanto se confunden con las noches, y las coplas
cantan al amor y al desamor. Y en los centros urbanos, marcados por el contraste, entre
cordones de miseria y sectores opulentos, se adaptan textos de la oralidad a una cultura
de ciudad. En el panorama latinoamericano muchas historias diseñan escenarios realistas
en los que se mueven personajes emblemáticos como el niño de la calle, otros relatos
marcan el imaginario y la fantasía como producto de un sincretismo y otras historias que
se comparten emigran desde el corazón del campo a las ciudades.
América Latina es sinónimo de mestizaje, lo que hace posible que en nuestra literatura
infantil se descubran aportes de diferentes culturas, en un horizonte donde conviven
préstamos del sustrato indígena, fuentes de la tradición oral africana, herencias de la
conquista española y una literatura vernácula que sostiene su personalidad en una
permanente búsqueda.
Las fronteras entre el Caribe, con sus islas de diferentes lenguas, anglófonas, francófonas,
y otras donde se habla creole y papiamento, se fusionan en el continente con sus tierras
altas, en los Andes y las cordilleras, abrigo de pueblos tradicionales, y sus tierras bajas, en
sus
desiertos y llanuras donde se ha aclimatado una cultura criolla. En otros territorios se
yerguen montañas aún inexploradas o se extienden enormes selvas vírgenes como el
Amazonas: refugios de historias emparentadas con los orígenes. Y en las costas salpicadas
de asentamientos afroamericanos, descendientes de esclavos, cimarrones y manumisos,
se alternan los ritmos de una memoria trasplantada con relatos de la picaresca y episodios
de un lejano desarraigo. América Latina no es un conjunto homogéneo, sino múltiple y
complejo.

Los clásicos latinoamericanos

El siglo XIX y principios del XX han representado para la región un momento de eclosión,
de desprendimiento de una literatura didáctica y de formación moral, hacia el
descubrimiento de formas más cercanas a lo lúdico y a la recreación. Los catecismos
políticos, los manuales de instrucción y las cartillas dieron paso a una literatura más
próxima a un lector ávido de una oferta diferente, lúdica y de mayor fantasía, alejada de
modelos europeos.
Tres autores inician esta renovación, que se extiende fuera de sus fronteras: José Martí,
con su proyecto La edad de oro (1889), Rafael Pombo con sus Cuentos pintados y Cuentos
morales para niños formales (1854) y Monteiro Lobato con las historias del personaje de
Narizihna, cuya saga comienza en 1921.
Estos autores destacaron por la construcción de una literatura visionaria, cercana a un
lector real, que en ese momento histórico deseaba encontrar en los libros una fuente de
placer. También por la construcción de un proyecto político, comprometido con la
formación de una identidad.
Más adelante otros autores, como Aquiles Nazoa y Rafael Rivero Oramas en Venezuela,
Oscar Alfaro en Bolivia, Juana de Ibarbourou en Uruguay, Gabriela Mistral en Chile,
Pascuala Corona y Francisco Gabilondo Soler en México, por mencionar algunos, se
instalan en el siglo XX como creadores de una oferta más novedosa y apropiada a los
lectores infantiles, precursores en sus respectivos países y clásicos más contemporáneos.
En su mayor parte autores de literatura adulta que mostraron una sensibilidad especial
para acercarse al espíritu infantil.
Se destaca la poesía como un género prolífico, que drena en canciones y melodías de la
infancia en diferentes cursos y caudales.

Figuras del siglo XX

La literatura infantil latinoamericana se caracteriza en este periodo por dos rasgos


importantes, el primero de ellos está vinculado con los aportes de la tradición oral, que
acopia abundantes cuentos de Pedro Urdemales, de Tío conejo y de personajes que
retratan la figura del pícaro latinoamericano, vinculado a una tradición española que se
aclimata al trópico.
De estas fuentes destaca Carmen Lyra, autora costarricense que exhibe en Cuentos de mi
tía Panchita (1920) la variedad de personajes que exponen este modelo del folclore
tradicional en diferentes representaciones.
Y por el otro lado, un creciente perfil del niño como protagonista de las historias,
especialmente el niño de la calle como un vehículo de denuncia social, en personajes
como Panchito Mandefuá, del venezolano Rafael Pocaterra, estrechamente vinculado a la
infortunada vendedora de cerillas de
Hans Christian Andersen.
Autores de literatura adulta en este período confirman una tendencia propia de la
narrativa infantil latinoamericana en las primeras décadas del siglo XX: la adopción de
obras que no fueron escritas expresamente para un lector infantil, pero que se adaptaron
a este público, en su mayor parte por la incorporación de un personaje que aseguraba la
identificación con el lector.
Caso destacado representa el uruguayo Horacio Quiroga, cuyos Cuentos de la selva (1917)
y La gallina degollada y otros cuentos (1925) integran el repertorio de las lecturas
destinadas a la infancia.
Las escuelas del criollismo en diferentes países nutren una tendencia que incorpora la
denuncia social. Paco Yunque (1931) del peruano César Vallejo, aborda con maestría de
estilo esta corriente, que expone la adaptación de un personaje triste e inolvidable a una
nueva realidad. Este concierto de actores infantiles recreados desde la pluma de autores
consagrados, se extiende en el tiempo en obras como Los ríos profundos del peruano José
María Arguedas, El Alhajadito de Miguel Ángel Asturias y Cumboto del venezolano Ramón
Díaz Sánchez, novelas que abordan la perspectiva del
protagonista infantil, desde sus vicisitudes y experiencias en un mundo ajeno y mágico.
En la configuración de un personaje infantil con territorio propio, sobresale Cocorí, del
costarricense Joaquín Gutiérrez, obra ganadora del premio Rapa Nui en 1947 y
considerada por muchos como el "Principito" de la literatura infantil latinoamericana. Un
niño negro, asombrado ante una rosa, decide emprender un viaje hacia las profundidades
del bosque para encontrar respuestas.
Hasta los años 70 aproximadamente, los programas escolares se nutren de fuentes
literarias diversas, y en el mayor de los casos obras que por sus rasgos se podían adaptar a
un público infantil. Aún está en ciernes el desarrollo de una literatura infantil pensada de
forma consciente para este público, con temas y personajes propios del horizonte del
lector.
Figura importante, sin embargo, en esta aproximación es la chilena Marcela Paz,
seudónimo utilizado por Ester Huneeus Salas de Claro, quien inicia en 1947 la saga de
Papelucho, un personaje de enorme vigencia y gran sentido del humor.
Los caminos de la poesía, por su parte, ya han tendido puentes más sólidos, con obras
fundamentales como Las torres de Nuremberg del argentino José Sebastian Tallon, el
conjunto de la obra poética del argentino Germán Berdiales y Canta Pirulero del
venezolano Manuel Felipe Rugeles, por mencionar algunos.

A partir de los años 60

La literatura infantil latinoamericana desde finales de los años 60, comienza a delinear un
perfil más nítido. Muchas obras representativas proliferan a partir de este período, como
Cuentopos de Gulubú de María Elena Walsh, Monigote en la arena de Laura Devetach y El
cochero azul de Dora
Alonso, autora también de El Valle de la Pájara pinta aventura protagonizada por una niña.
Sin embargo, la década del 70 puede considerarse como un verdadero boom de la
literatura infantil latinoamericana, un punto de quiebre que acelera la consolidación de
obras y autores dedicados a esta literatura.
En Brasil, ya ha sido publicado Flicts (1969), de Ziraldo quizás el primer "auténtico" libro
álbum de la región, y en 1979, también en Brasil, se publican obras fundamentales de
Marina Colasanti (Uma Idéia toda azul), Ana María Machado (Raul da ferrugem azul) y
Lygia Bojunga Nunes (A corda bamba).
Por su parte, en 1974 aparece la colección de relatos Caballito blanco de Onelio Jorge
Cardoso y Nersys Felipe publica Román Elé, una novela infantil de gran sensibilidad en el
tratamiento del lenguaje y la descripción del mundo menudo de los sentimientos. En 1977
aparece Por el mar de las antillas del cubano Nicolás Guillén, poemario de interesante
trabajo rítmico por la incorporación de elementos negroides. También en Cuba Mirta
Aguirre publica Juegos y otros poemas, en 1974, dando paso a una tendencia lúdica de
experimentación formal.
En 1970 en Venezuela Velia Bosch publica Jaula de bambú, también autora de un
interesante poema-juego para construir, Mariposas y arrendajos. En 1977 el venezolano
Orlando Araujo escribe Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente, aventura fantástica de
un niño limpiabotas que recorre una geografía imaginaria.
Poco a poco en diferentes países surgen editoriales que se inician en el mundo de la
publicación infantil, entre las pioneras Ediciones Ekaré de Venezuela. Y se acometen hacia
los años ochenta programas nacionales que promueven extensamente la promoción de
lectura, como la Ciranda de Libros en Brasil, La campaña Leer es un Placer en Venezuela y
los Libros del Rincón, en México. Este contexto institucional quedaría incompleto si no se
menciona la labor del Banco del Libro en Venezuela, asociación que estimuló la creación
de otras iniciativas y programas de promoción de lectura que cruzaron fronteras y se
multiplicaron en otros países.
Paralelamente al fortalecimiento de una industria editorial surge y se profesionaliza la
figura del ilustrador, un actor que hoy en día ha conquistado una porción importante del
territorio de los libros para niños.
Sin embargo, la cultura gráfica que se fue consolidando en el continente alrededor del
material impreso para niños tiene orígenes más remotos, en proyectos divulgativos de
dimensión colosal y larga vida: las revistas El Peneca en Chile (1908), y Billiken en
Argentina (1919) y Tricolor (1948) en
Venezuela, aún activas.
Otro interesante fenómeno en este período es la expansión de fronteras en cuanto a la
producción infantil, muchos autores e ilustradores extranjeros son conocidos y leídos, lo
que inicia un proceso de préstamos que van a nutrir todos los ámbitos de la literatura para
niños.

PARTE II
Literatura infantil más reciente
Este panorama rasante, plagado de omisiones y seguramente cuestionable, estaría
incompleto si no nos detenemos por un momento a mencionar autores más
contemporáneos.
En una entrevista que se hizo en Radio Francia Internacional a una bibliotecaria acerca de
la literatura infantil latinoamericana, ella comentó que existen dos fuertes rasgos que
justifican que esta literatura a pesar de la riqueza de su mestizaje, no sea consumida entre
el público francés. El predominio de la denuncia social y la militancia en narrativa, y la
abundancia de formas poéticas, hacen de nuestra oferta para niños un bien de consumo
poco digerible.
Esta opinión recientemente escuchada ha servido para mí como detonante para presentar
en este recorrido un ángulo de visión más amplio de los grandes temas que se manejan en
la literatura infantil latinoamericana. Sin dunda alguna, el niño de la calle en diferentes
variantes ha dado paso a un personaje que se extienden en casi todos los países de la
región. A pesar de ello, este prototipo se alterna con otros modelos de infancia, niños
urbanos y rurales que recorren los espacios y abren su mirada al descubrimiento del
mundo. Personajes fantásticos, como el animal extraterrestre de Struff el Berf del cubano
Antonio Orlando Rodríguez, conviven en este universo con los innumerables habitantes de
la selva, como los cuentos del argentino Gustavo Roldán, con los copiosos tíos tigres, tíos
conejos y tíos zorros de la narración tradicional, o las deidades y seres de la narrativa de
raíz indígena.
El predominio de los temas sociales no sólo refleja una realidad impostergable y a veces
descarnada, de las agudas diferencias sociales que son corrientes en nuestros países. Pero
esta realidad se ha sabido metaforizar en planos imaginarios, como lo logra Lygia Bojunga
Nunes en su narrativa o en soluciones ficcionales como en las obras de la cubana Lydia
Cabrera. Temas como el secuestro hábilmente abordado por la colombiana Irene Vasco, en
Paso a paso; la persecución política descrita en Prisión de honor de Lyl Becerra de Jenkins,
el régimen de terror impuesto por tantas dictaduras planteado en La composición del
chileno Antonio Skármeta o en El mar y la serpiente de la argentina Paula Bombara, se
alternan con tópicos realistas más cotidianos, como la dureza de crecer explorada en la voz
de tres adolescentes en Los años terribles de la colombiana Yolanda Reyes, o la inutilidad
de la guerra en la colección de cuentos Cuando callaron las armas
de la ecuatoriana Edna Iturralde. Luis Darío Bernal Pinilla en Colombia, crea su personaje
emblemático Catalino Bocachica y Graciela Montes, prolífica escritora argentina, explora
temas agudos en su obra que combina con dimensiones fantásticas.
A esta cantera realista se suma una importante tendencia humorística, de larga tradición
en la literatura regional. Papelucho de Marcela Paz, apunta al desarrollo de un personaje
infantil que detona el humor por las situaciones ocurrentes y las inesperadas
argumentaciones; mientras que el absurdo encuentra su representante más auténtico en
María Elena Walsh cantautora y poeta. Mucha otras formas del humor se despliegan en
autores de todo el continente. En Argentina Luis Pescetti juega con diversos mecanismos,
situaciones de equívoco, inversiones, exageraciones y eventos inesperados; en Chile, Julito
Cabello, personaje creado por Esteban Cabeza, decide vivir experiencias de adulto pero
desde una lógica distinta; en Perú Javier Arévalo desarrolla una divertida situación de
equívocas en su novela para niños El pollo en la batea; en Uruguay Roy Berocoy acredita el
humor en su personaje Ruperto, mientras que en Ecuador María Fernanda Heredia
sobresale por la frescura con la que construye sus historias llenas de situaciones divertidas
en ambientes de colegio, Amigo se escribe con H y Cupido es un murciélago. En México
Francisco Hinojosa juega con la exageración como recurso de lo grotesco en La peor
señora del mundo. Y en
Colombia Triunfo Arciniegas en sus obras teatrales y narrativas sostiene situaciones de
gran frescura, y desenfado arropadas por soluciones cáusticas. El humor como tendencia
se manifiesta con amplia diversidad en autores de larga trayectoria y más
contemporáneos.
No quisiera dejar de mencionar la literatura de contenido indígena, donde se retratan
personajes como Chipana del chileno Víctor Carvajal que describen desde su mirada el
hecho de sentirse ajeno a un contexto occidentalizado, pero también libros de gran
fantasía que rescatan esa dimensión del mundo mágico como Mo de la costarricense Lara
Ríos, donde una niña cabécar recorre un camino hacia el aprendizaje o Sueño Aymara del
peruano Pedro León Zamora, donde un grupo de niños explora el infierno aymara en busca
de una amiga común, sin saber que vivirán interesantes procesos de cambio. De alguna
manera el contexto indígena sirve para demarcar territorios con la cultura urbana en la
obra Diana en la tierra wayuu de la venezolana Laura Antillano.
La fantasía en toda su extensión también se yergue como un tronco robusto en esta
exuberante literatura, desde acercamientos estéticos al realismo mágico latinoamericano
en obras como Zoro del colombiano Jairo Aníbal Niño, viajes fantásticos plagados de
portentos como el recorrido que hace Jerónimo en El valle de los cocuyos de la
colombiana Gloria Cecilia Díaz, la aventura cibernética que propone Isabel Mesa en
Trapizonda.
La fantasía épica de la mano de la argentina Liliana Bodoc se impone en una ambiciosa
serie de tres libros, La saga de Los Confines, abundante en elementos mágicos, referencias
a los contornos latinoamericanos, escenas épicas y acontecimientos increíbles.
Los temas fantásticos, emparentados con la literatura de horror, la novela psicológica y la
ciencia ficción encuentran aportes en autores como el argentino Sergio Aguirre que hace
gala del relato breve para crear suspenso en Los vecinos mueren en las novelas o El
misterio de Cranckton.
Y como categoría de gran personalidad en esta literatura, sobresale el relato de valor
poético, de tono intimista y aproximación metafórica para describir el mundo de los
sentimientos, la feminidad, la ingenuidad de la mirada infantil o la poesía que se oculta en
los pequeños milagros de la vida. En esa tendencia, se destacan la argentina María Teresa
Andruetto con novelas como Stefano y Veladuras, la paraguaya Renee Ferrer con sus
historias-poemas en Desde el encendido corazón del monte, el chileno Manuel Peña
Muñoz con su novela de aguas tranquilas, Mágico Sur, que retoma el esquema de
iniciación, el venezolano Armando José Sequera con su obra ganadora del premio Casa de
las Américas Evitare malos pasos a la gente o el colombiano Evelio José Rosero con La
Duenda, obra ganadora del premio Enka que describe la presencia de un ser maravilloso
desde la mirada de un niño arropado por el asombro.
Seguramente, otros autores deben ser mencionados, pero se impone la brevedad de esta
aproximación: Marina Colasanti, con sus relatos fantásticos y finales contundentes; Lygia
Bojunga Nunes con su impecable manera de fusionar realidad, fantasía y humor en moldes
narrativos novedosos; Ana María Machado con su aguda percepción de la realidad social y
su capacidad
para adoptar diferentes estilos.
¿Literatura infantil latinoamericana? No sería fácil responder esta pregunta en un
panorama tan breve y fragmentario, pero sí hacer evidente que la literatura infantil de esta
enorme porción del mundo tiene personalidad, que está viva y por eso todavía crece.
Rasgos nítidos identifican diferentes tendencias, que sobrepasan y desbordan estereotipos
y visiones más angostas.
Un futuro aún más fructífero será posible en una literatura con rasgos mestizos y proclives
a la experimentación.

La crítica, pocas veces mencionada

Si existe un análisis de la literatura infantil latinoamericana, si se ha delineado una línea


historiográfica que permita recoger parte de un legado disperso y cuantioso es gracias a la
obra de investigadores y estudiosos que a lo largo del siglo XX han dedicado parte de su
obra a la reflexión sobre esta disciplina.
Como pioneros en esta área se imponen, por un lado, el uruguayo Jesús Aldo Sosa,
conocido como Jesualdo, con su obra La literatura infantil: ensayo sobre ética, estética y
psicopedagogía de la literatura infantil, publicado en 1967. Este libro puede considerarse
fundacional en la delimitación del perfil de la literatura infantil y su relación con la
pedagogía. Y por el otro, la argentina Fryda Schultz de Mantovani quien ya para 1959 había
publicado otro estudio clásico en este contexto de la literatura para la infancia, Sobre las
hadas, también autora de otros ensayos El mundo poético infantil (1944) y Nuevas
corrientes de la literatura infantil (1970).
Un pionero de el registro bibliográfico y estudioso de la literatura infantil local, es el
venezolano Efraín Subero cuyos libros Poesía infantil venezolana (1967), Literatura infantil
venezolana (1977) y Literatura juvenil latinoamericana (1979), son referencias clásicas en
estas investigaciones.
En Ecuador Hernán Rodríguez Castelo entrega en dos volúmenes el Camino del lector
(1988) extenso compendio de comentarios críticos de obras emblemáticas de la literatura
infantil universal.
Quizás el primer panorama histórico que formalmente se edita de la literatura infantil
latinoamericana, lo publica el CERLALC en 1994. Un ameno y riguroso ensayo escrito por el
cubano Antonio Orlando Rodríguez, con fotografías de autores y portadas. El universo de
este Panorama histórico de la literatura infantil en América Latina y el Caribe, abarca
también la producción de las islas del Caribe.
Ese mismo año aparece El cuento: mensaje universal, obra de la escritora uruguaya Silvia
Puentes, autora de ensayos dedicados al análisis de la literatura infantil universal y local,
cuyo título más reciente De Cenicienta la moza tejedora traza el escenario para ubicar
algunos modelos femeninos planteados en esta literatura.
En Chile, Manuel peña Muñoz, discípulo de la historiadora española Carmen Bravo-
Villasante publica en 1982 Historia de la literatura infantil chilena y en 1994 Alas para la
Infancia un texto abarcador, que desmenuza en sus capítulos tópicos de la literatura
infantil universal. En 2010 la voluminosa Historia de la literatura infantil latinoamericana
fundamenta la minuciosa labor de este investigador en el registro crítico de obras y
autores latinoamericanos.
En 2004 se publica un estudio documentado sobre la literatura infantil guatemalteca, Han
de estar y estarán., bajo la consigna de una producción que se inscribe en una sociedad
multicultural. Su autora Frieda Morales asume una mirada plural de la oferta editorial para
niños en este país centroamericano.
En Colombia, Beatriz Helena Robledo rescata en su trabajo la vida de un clásico
latinoamericano cuya obra marco un hito regional, Rafael Pombo, la vida de un poeta
(2005), y sienta las bases para una revisión histórica en su Panorama de la literatura
infantil colombiana (2006).
Para cerrar, uno de los espacios donde se mantiene la reflexión en torno a la literatura
infantil latinoamericana es la revista Barataria: con 13 números y seis años de existencia ha
servido como punto de encuentro para críticos y escritores de la región.
A pesar de estos esfuerzos, aún queda mucho camino por recorrer para seguir explorando
esta maravillosa literatura, desde la cual miramos nuestra diversidad.
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* FANUEL HANÁN DÍAZ es licenciado en letras con máster en Ciencias y Artes Aplicadas.
Crítico, investigador y autor de libros para niños. Ha publicado artículos en revistas
especializadas y ha dictado talleres y conferencias en América latina y Europa. Su libro leer
y mirar el libro álbum: ¿un género en construcción? fue publicado por editorial Norma.
Dirige la revista Barataria de literatura Infantil latinoemericana. Ha recibido la beca de la
Internationale jugendbibliothek de Alemania y ha sido profesor del Máster de literatura
infantil de la Universidad de Barcelona (España) y el curso virtual de Escritura Creativa del
Cerlalc (Colombia). Ha sido ganador del Premio Nacional de literatura Infantil en
Venezuela, ha sido incluido en la lista de Honor IBBY y algunos de sus libros han sido
seleccionados en el evento los Mejores del Banco del libro.

Encuentro internacional de escritores: "La literatura infantil y juvenil en escena", realizado


en Quito (Ecuador) el 17, 18 y 19 de mayo de 2011.
Este encuentro fue organizado por la Asociación ecuatoriana de LIJ - Girándula . IBBY
Ecuador y la Academia ecuatoriana de LIJ.

Enviados por El Mangrullo 132 y 133.