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Sociedades urbanas y culturas políticas en la Baja Edad Media castellana, edited by Antón, José María Monsalvo, Ediciones Universidad de
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SOCIEDADES URBANAS Y CULTURAS POLÍTICAS
EN LA BAJA EDAD MEDIA CASTELLANA
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J. M.ª MONSALVO ANTÓN (Ed.)

SOCIEDADES URBANAS
Y CULTURAS POLÍTICAS EN LA
BAJA EDAD MEDIA CASTELLANA
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EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

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ESTUDIOS HISTÓRICOS & GEOGRÁFICOS
156

©
Ediciones Universidad de Salamanca
y los autores

Motivo de cubierta:
Ambrogio Lorenzetti (1285-1348)
Efectos del buen gobierno en la vida en la ciudad (1338/1340): fresco
Palazzo Pubblico (Siena – Italia)

1.ª edición, junio, 2013


ISBN: 978-84-9012-253-2 (Impreso) / DL: S. 168-2013

Ediciones Universidad de Salamanca


www.eusal.es
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Ficha catalográfica
CEP
Texto (visual) : sin mediación

SOCIEDADES urbanas y culturas políticas en la Baja Edad Media castellana / J. M.ª Monsalvo Antón
(ed.).—1a. ed.—Salamanca : Ediciones Universidad de Salamanca, 2013

256 p.—(Estudios históricos y geográficos ; 156)

1. Ciudades medievales-España-Castilla y León. 2. Vida urbana-España-Castilla y León-Histo-


ria-0711-1516. I. Monsalvo Antón, José María.

711.4 : 316.334.56(460.18)”07/14”

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Índice

Introducción
José María Monsalvo Antón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Obras públicas, fiscalidad y bien común en las ciudades de la Castilla
bajomedieval
Juan Antonio Bonachía Hernando . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
Las villas cantábricas bajo el yugo de la nobleza. Consecuencias sobre
los gobiernos urbanos durante la época Trastámara
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José Ramón Díaz de Durana, Jon Andoni Fernández de Larrea . . . 49


Teoría y praxis política en el País Vasco a fines de la Edad Media: los
gobiernos urbanos y los vecinos de la Tierra
Ernesto García Fernández . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
Disciplinando las relaciones políticas: ciudad y nobleza en el siglo XV
José Antonio Jara Fuente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
Las funciones sociales de la plaza pública en la Castilla del siglo XV
Juan Carlos Martín Cea . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 143
Torres, tierras, linajes. Mentalidad social de los caballeros urbanos y
de la elite dirigente en la Salamanca medieval (siglos XIII-XV)
José María Monsalvo Antón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 165
Cofradías y concejos: encuentros y desencuentros en San Sebastián a
finales del siglo XV
Soledad Tena García . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 231

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Introducción

E NTRE LAS LÍNEAS ACTUALES sobre historia urbana, los planteamientos referi-
dos a las mentalidades y las representaciones culturales ganaron ya hace
tiempo el favor de muchos historiadores. Numerosas perspectivas han
hecho a los medievalistas interesarse por las prácticas sociales, los modelos de
convivencia, las representaciones literarias de la ciudad o la sociotopografía.
Imágenes de la ciudad y la vida cotidiana son asuntos frecuentes en los acer-
camientos que se llevan a cabo. Pero, buscando mayor concreción dentro de
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estos enfoques sobre cultura y mentalidades urbanas, nos propusimos en rela-


ción con el último proyecto de investigación1 la posibilidad de abordar en
distintos escenarios históricos los efectos que las acciones de los grupos socia-
les y poderes establecidos —concejos, Iglesia, monarquía o noblezas—, tuvie-
ron en el gobierno de las villas o ciudades, en la gestión de los espacios públi-
cos o en las relaciones con las élites locales, el común de vecinos o los oficios.
La percepción que sobre la ciudad y sus habitantes se tenía en la época, pal-
pable a través de textos y documentos, sería igualmente objeto de la explora-
ción. En la búsqueda de la conexión entre las «sociedades urbanas» y las «cul-
turas políticas» el ámbito estaba fijado en la Corona de Castilla durante los
siglos XIII al XV. Dentro de esta realidad los espacios geográficos más cercanos
a las propuestas de los proyectos de investigación originarios, el País Vasco y
la Meseta del Duero, han resultado deliberadamente priorizados, como se pue-
de apreciar en este libro, pero lo han sido tanto por una exigencia de delimi-
tación de los ámbitos geohistóricos contemplados como por el perfil investiga-
dor de varios de los autores a los que se ha pedido participar en el libro.

1. Concretamente el proyecto titulado «Culturas urbanas y percepciones sociales en los concejos


castellanos medievales durante los siglos XIII-XV» (Ministerio de Ciencia e Innovación, Plan nacional
de I+D+I 2008-2011, HAR2010-14826). Se planteaba como continuación de «Representaciones del mun-
do urbano en las fuentes escritas. Discursos y mentalidades políticas en los concejos de la Castilla
Medieval (siglos XI-XV)» (Ministerio de Educación y Ciencia, HUM 2006-02958/HIST).

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10 JOSÉ MARÍA MONSALVO ANTÓN

Porque, en efecto, dentro de la perspectiva de enfoques y problemas se-


leccionados, y aparte de otras iniciativas relacionadas con el proyecto,2 no se
buscaba en este caso dibujar un panorama exhaustivo de las ciudades de la
Corona de Castilla. Hubiera dispersado en exceso el objetivo. Se trataba de
incluir la contribución de unos pocos autores escogidos dispuestos a ofrecer
su particular punto de vista a partir de un tema de su especialidad y encua-
drado en su trayectoria investigadora. Puesto que de eso se trataba también:
de sumar los enfoques aportados por autores relevantes, con el respaldo de
una obra científica e itinerario singularizado y reconocido en diversos cam-
pos de la historia urbana. Es decir, era importante la idea de autoría, el mar-
chamo de cada historiador, si bien, naturalmente, en el panel constituido por
la dilatada obra de cada uno de ellos, imposible de resumir siquiera por su
amplitud, la contribución aquí contenida no puede ser más que un trazo, una
pequeña muestra de un conjunto en todo caso muy sobresaliente. Confío en
que al menos esta pequeña muestra sea representativa de sus respectivos
quehaceres.
En el orden de las aportaciones reunidas, que respeta el orden alfabético
de los autores firmantes, aparece en primer lugar la de Juan Antonio Bona-
chía. Especialista puntero desde sus primeras obras de los años ochenta en
el concejo de Burgos y en el señorío que esta ciudad ejerció sobre determi-
nadas villas en la Baja Edad Media, Bonachía fue también en la década si-
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guiente uno de los pioneros en impulsar una línea de trabajo en historia ur-
bana orientada a subrayar el flanco de las mentalidades y la vida cotidiana
en la ciudad medieval. Así lo revela alguna edición colectiva, que tuvo gran
impacto en su momento y que coordinó, en la que él mismo presentaba un
trabajo muy novedoso sobre el «honor» y el imaginario de la ciudad de Bur-
gos. Ha publicado desde entonces importantes trabajos sobre el espacio ur-
bano de ella, pero más allá de esa, sobre el abastecimiento de carne y los
problemas del mercado urbano, algunos acercamientos a los conflictos socia-
les, las oligarquías urbanas en las ciudades castellanas, la justicia y el corre-
gimiento, temas todos ellos en los que se ha convertido en un autor de refe-
rencia. Se ha ocupado también de las reformas eclesiásticas de Castilla en la
época de los Reyes Católicos. Y cuenta con algunos trabajos sobre discursos
políticos, incluido un estudio reciente sobre la noción de «ciudad ideal» en
Sánchez de Arévalo. Su preocupación por este problema de los ideales urba-
nos, que ha analizado últimamente, le facultaba para plantearse un estudio,

2. Además de las publicaciones individuales de los miembros del equipo, he coordinado el dossier
monográfico de Studia Historica. Historia Medieval titulado «Representaciones culturales de la ciudad
medieval» (n.º 28, 2010), así como, recientemente, el de la revista Edad Media. Revista de Historia (n.º 14,
2013), titulado «Culturas políticas urbanas en la Península Ibérica», que recoge las contribuciones de diez
autores, pero en este caso concernientess a toda la Península, aunque con claro predominio de las re-
feridas a la Corona de Castilla. Se trata de un dossier monográfico complementario del presente libro.

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INTRODUCCIÓN 11

que es el que aquí presenta, sobre la idea de bien común, la difícil demarca-
ción entre los espacios públicos y los privados o las contingencias de la ges-
tión urbanística y de las obras públicas, con especial hincapié asimismo en
las cuestiones fiscales, temática por la que se viene interesando también el
autor en los últimos años.
La trayectoria de José Ramón Díaz de Durana ha ido jalonando con obras
de gran impacto las distintas etapas y argumentos de la historia alavesa en pri-
mera instancia, vasca o guipuzcoana en segundo término y, con mayor ampli-
tud geográfica, el ámbito cantábrico o en general del norte de la Corona de
Castilla. Además de una abundante y sistemática actividad como coordinador
y editor de importantes libros colectivos, en su producción personal se halla
una obra amplísima, centrada en varias líneas en las que ha ofrecido contribu-
ciones siempre muy relevantes: la historia bajomedieval de la ciudad de Vito-
ria; la economía, la sociedad y los señoríos alaveses en la Baja Edad Media; los
linajes, bandos y la acción de los Parientes Mayores en el País Vasco; las her-
mandades; la economía en el norte de Castilla durante el siglo XV; el medio
material y los conflictos sociales de la Guipúzcoa rural; diversos estudios sobre
Vizcaya o villas alavesas; la fiscalidad real y el nacimiento de las haciendas
provinciales vascas. Estos temas, entre otros, han venido constituyendo desde
hace años el centro de sus quehaceres y se han convertido en obras de refe-
rencia. Las estructuras familiares y la posición social y política de los pequeños
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nobles, escuderos e hidalgos rurales, así como su confrontación con las villas
en el área norteña, han sido temática frecuentada en los últimos años por el
autor, siempre con el telón de fondo de la célebre hidalguía universal, cuyo
verdadero significado el autor viene desentrañando con gran rigor. En este
camino se ha cruzado hace ya tiempo con Jon Andoni Fernández de Larrea.
Especialista este último en la guerra, las luchas sociales y la sociedad de la Na-
varra medieval, en que centró sus primeros estudios y la tesis doctoral, ha
compaginado estas líneas con estudios sobre las fronteras de este reino con
Castilla así como con numerosos trabajos sobre el ámbito vasco propiamente
dicho, en concreto las villas, los linajes y bandos, los discursos políticos al
final de la Edad Media, las violencias y los conflictos sociales. En estas últi-
mas líneas sobre discursos ideológicos, élites rurales y villas en los territorios
vascos Jon Andoni Fernández de Larrea ha convergido muy a menudo con
Díaz de Durana, ofreciendo la asociación de ambos, concretada en numero-
sos trabajos firmados por los dos, un magnífico ejemplo de los buenos resul-
tados que puede proporcionar una sólida cooperación científica entre histo-
riadores muy solventes individualmente y a la vez muy bien compenetrados.
Pero a su vez la cooperación de ambos con un nutrido equipo de investiga-
dores de la Universidad del País Vasco, aunque no sólo de ella, les han he-
cho interesarse por problemas de interpretación y comparación histórica en
toda la cornisa cantábrica, una interesante sinergia investigadora que está
proporcionando frutos notables al medievalismo actual. En el trabajo que

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12 JOSÉ MARÍA MONSALVO ANTÓN

aquí presentan llevan a cabo un documentado examen de los efectos que la


señorialización trastamarista en la cornisa cantábrica tuvo para las villas de la
zona, que quedaron sometidas al yugo señorial. Pero la intromisión de la
nobleza se extendió a la vida municipal de muchas otras villas, aun quedan-
do al margen del proceso de señorialización. En este sentido, los autores
plantean cómo los «parientes mayores» y linajes más destacados en la región
desplegaron redes clientelares urbanas, o fomentaron patronatos sobre igle-
sias; y muy especialmente se ahonda sobre las consecuencias que el control
de cargos principales —el prebostazgo en el caso de las villas vascas, o los
Adelantados y Merinos Mayores en el caso de Asturias o Cantabria—, supuso
para la dinámica de las fuerzas locales. Los activos bandos locales protagoni-
zaron conflictos y dieron inestabilidad a las villas, hasta que, con los Reyes
Católicos, la intervención regia propició una institucionalización y pacifica-
ción a través de la imposición de la justicia pública y la reforma institucional.
El siguiente trabajo corre a cargo de otro de los mayores especialistas en la
historia medieval alavesa y vasca en general. Se trata de Ernesto García Fer-
nández. Autor extraordinariamente prolífico, de su laboratorio de historiador
han salido obras imprescindibles para el conocimiento de las estructuras socia-
les y de poder en los territorios entre el Ebro y el Cantábrico, de Castilla a Na-
varra. Sus primeros estudios se centraron en la historia del monasterio de
Irache y la vida rural navarra medieval, un escenario que, al igual que otros
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de la actual Rioja, no ha abandonado en su larga carrera. Pero ha sido el


actual País Vasco la zona a la que más esfuerzos ha dedicado. Aparte de ha-
ber coordinado varias obras colectivas sobre temas medievales, sus investiga-
ciones han recorrido, durante varias décadas, ambientes y asuntos diversos,
siempre desde la perspectiva de trabajos monográficos y muy documenta-
dos: amplias y detalladas monografías sobre Laguardia, Labastida, Peñacerra-
da, la Tierra de Ayala, la Sonsierra y otras zonas alavesas; pero también
Portugalete, Lekeitio y otras comarcas vizcaínas; e igualmente Cestona, Gue-
taria, Fuenterrabía, San Sebastián y otras villas guipuzcoanas; trabajos espe-
cializados sobre los Guevara, los Ayala —linaje del Canciller—, los Avenda-
ño, la Casa de Murga y otros linajes vascos. Aparte de sus estudios sobre
linajes de Parientes Mayores, dentro de la historia urbana es uno de los gran-
des especialistas en el gobierno y las instituciones municipales, las élites ur-
banas, los sistemas electorales o la participación de los oficios y el común de
vecinos en los concejos de las villas; ha estudiado también las cofradías de
mareantes y pescadores; asimismo, lleva años haciendo aportaciones funda-
mentales sobre la fiscalidad y la hacienda en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Se
ha interesado igualmente por temas de Historia de la Iglesia, concretamente
en Navarra y Álava, pero también, con un alcance ampliado a la historia de
Castilla o hispánica, por la historia de la religiosidad y las mentalidades: he-
rejías, Inquisición; conversos; órdenes mendicantes. El trabajo que ahora pre-
senta se inserta en su línea sobre sistemas de gobierno, pero con un acento

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INTRODUCCIÓN 13

muy especial, el del papel de los vecinos de la Tierra, labradores y aldeanos


de las villas vascas. En un detalladísimo análisis plantea cuestiones de orga-
nización, competencias administrativas, conflictos y cultura política del co-
mún de la Tierra, así como sus relaciones con los gobiernos capitalinos. Re-
sulta interesante a este respecto comprobar cómo en sus reivindicaciones los
representantes de las aldeas y anteiglesias se sirvieron del discurso del «bien
común», pero, receptivos a la propia posición administrativa y a su ámbito
histórico, no se sirvieron de los discursos típicos del «común de pecheros» o
la confrontación estamental, lo que ofrece un magnífico contrapunto de la
cultura política de los de abajo que encontramos en muchos concejos del
centro peninsular. Lo que sería otra prueba más de la enorme riqueza de si-
tuaciones y estructuras políticas que, de región a región, encontramos en la
vasta Corona de Castilla durante la época.
José Antonio Jara Fuente comenzó su trayectoria en los noventa con una
profunda tesis sobre concejo, poder y élites en la Cuenca del XV. Esta ciudad
ha sido el observatorio prioritario de sus investigaciones. Pero sus plantea-
mientos científicos y, especialmente, sus teorizaciones colocan su trabajo pre-
cisamente en la antítesis de los enfoques localistas. Al contrario, al haber en-
contrado, y descifrado podríamos decir, en esa ciudad unas estructuras de
organización de la aristocracia urbana y un régimen de participación política
que resultan peculiares —con capas acomodadas de pecheros, privilegiados
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en el común, caballería de cuantía, ausencia de bandos-linajes, entre otras


características—, sus análisis sobre las élites de gobierno y de participación
han permitido comparar este escenario con otros de estructuración concejil
más polarizada —caballería oligárquica frente a común, elite de privilegiados
frente a pecheros, estructuras formales de linajes urbanos—, tal como ocurre
en Salamanca, Alba, Ciudad Rodrigo o Ávila, conocidos por nosotros, o in-
cluso también en Segovia o Soria, estudiadas por otros medievalistas bien
conocidos. De modo que el «modelo» conquense, si se acepta la expresión,
está contribuyendo a ampliar la profundidad de campo y los mismos límites
hermenéuticos con que hoy contamos para conocer las aristocracias y los
principios de gobierno concejil en las ciudades y villas del centro peninsular.
En concreto José Antonio Jara, en su indagación sistemática, ha dedicado
numerosos trabajos a varios flancos imprescindibles de las realidades y per-
cepciones del concejo de esta ciudad en el siglo XV: asambleas de vecinos y
concejo cerrado; composición social urbana; usurpaciones; alta nobleza y
ciudad; noción de «bien común» y de otros valores como vecindad, parentes-
co, consensos y orden urbano; léxico, lenguaje y discurso en las fuentes
documentales. Estos últimos trabajos se inscriben en una línea de investiga-
ción sobre la «identidad política urbana», que el autor, en solitario o con otros
historiadores, está desarrollando. La identidad es siempre una categoría muy
problemática, que más allá de su empleo banal, puede llevar incluso a una
utilización paradójica, ya que significa singularización si responde a la pre-

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14 JOSÉ MARÍA MONSALVO ANTÓN

gunta «quién soy», el yo individual, y, en cambio, remite a categorizaciones


colectivas si el interrogante es «qué soy», es decir, qué atributos y rasgos
comparto con otros. Obviamente, esta segunda idea de identidad —aplicada
a clases, culturas, minorías…— ha estado desde hace décadas en el frontis-
picio del trabajo académico de sociólogos, historiadores, psicólogos sociales,
antropólogos, etc., y es la que se emplea al examinar, en este caso, los ingre-
dientes que generaron la construcción política del común y las élites urbanas
del siglo XV. En el trabajo presente José Antonio Jara se plantea las relaciones
entre nobleza y sociedad política local. La injerencia de los poderosos nobles
del entorno de la urbe —que incluía el linaje Cerda, Acuña, alguna rama de
los Mendoza o Carrillo de Albornoz— fue combatida por la ciudad, entre
otros recursos, en el plano de la ideología, reafirmando Cuenca su posición
como ciudad realenga pero con exigencias de legitimar o reforzar según la
cultura cívica de su época, podríamos decir, su rol en la sociedad política. Y
éste es el eje en el que focaliza Jara el estudio, centrándose en los discursos
ideológicos —y el correspondiente vocabulario político— que circularon a
través de nociones como «servicio» o «bien común» o buen gobierno, así
como otras categorías propias de un lenguaje de pacificación —«amor», «amis-
tad»…— con que la ciudad buscaba ganarse el apoyo regio pero también
negociar con la nobleza, al margen de la praxis y relaciones concretas, una
línea entendimiento e incluso de valores compartidos.
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El siguiente trabajo es el de Juan Carlos Martín Cea. Este autor comenzó en


los años ochenta y principios de los noventa estudiando el campesinado caste-
llano en la cuenca del Duero, como marco de referencia general, y más espe-
cíficamente a propósito de la villa de Paredes de Nava y su entorno. El período
bajomedieval y la Meseta del Duero, que ya guiaban sus investigaciones en los
primeros libros dedicados a esas temáticas, han seguido centrando desde en-
tonces los ámbitos cronológico y espacial más intensamente tratados por el
autor. Desde entonces, Martín Cea, fiel a los temas de siempre, ha ido también
añadiendo nuevas preocupaciones, casi siempre con una tendencia a primar
cada vez más los aspectos de mentalidades y vida cotidiana. La historia rural,
la historia urbana y la historia de las mentalidades son en su oficio como histo-
riador líneas de investigación o géneros difícilmente escindibles, transitando
fluidamente entre ellos. En sus estudios se aprecia esa evolución suave entre
los temas clásicos y los nuevos matices: trabajos sobre la crisis del feudalis-
mo y el trabajo rural; sobre el control y la gestión de la vida local por parte
de las autoridades municipales, incluyendo la «política social» de los conce-
jos; o acerca de los testamentos y los rituales funerarios, incluyendo la idea
de la muerte; o los trabajos en torno a la cultura popular y la sociabilidad
vecinal; o las reflexiones teóricas sobre las mentalidades en el ámbito rural.
Ha promovido también algún volumen colectivo sobre vida cotidiana y men-
talidades en la baja Edad Media castellana, campo en el que Martín Cea es
considerado hoy día un destacado referente dentro del medievalismo. En

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INTRODUCCIÓN 15

este caso sus observaciones ofrecen una reflexión sobre la naturaleza de los
espacios públicos, específicamente las plazas públicas de las ciudades y sus
funciones, en línea con trabajos recientes sobre esta cuestión; y, como en
ellos, no se limita a la descripción de este espacio urbano y la actividad re-
guladora del poder político sino que ofrece también reflexiones teóricas y
aporta puntos de vista que refuerzan las exigencias de interdisciplinariedad
requeridas, con mayor énfasis si cabe que en otras, en esta temática.
El trabajo siguiente, sobre las actitudes y mentalidad social de la elite sal-
mantina bajomedieval, que es aquí nuestra aportación particular, se encuadra
por su parte en una línea de trabajo cultivada hace tiempo, centrada en el es-
tudio de las organizaciones y los idearios de los caballeros urbanos, así como
sobre los principios políticos que sostuvieron las acciones del patriciado frente
a las otras fuerzas sociales y frente a las influencias externas.
Finalmente, el estudio de Soledad Tena sobre cofradías y concejos cierra la
relación de los trabajos de los autores participantes en este volumen. A media-
dos de los noventa la autora publicaba su extensa monografía sobre la socie-
dad urbana medieval en las villas de San Sebastián, Rentería y Fuenterrabía.
Las investigaciones sobre la Guipúzcoa costera medieval constituyeron desde
entonces una línea de trabajo, complementada con alguna ampliación al ámbi-
to vasco en sentido más general. Trabajos sobre los conflictos en torno al Puer-
to de Pasajes, sobre los linajes urbanos de las villas costeras guipuzcoanas, las
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luchas banderizas en la provincia o las estructuras administrativas del país,


sobre el comercio y transporte marítimo o sobre cofradías de mareantes y pes-
cadores, entre otros, siguen fieles a estas preocupaciones. Recientemente aca-
ba de publicar un extenso pleito entre la villa de Fuenterrabía y la aldea de
Irún. La autora ya había publicado otras fuentes, pero en este caso la docu-
mentación, acompañada de un pequeño estudio, sobre todo pone a disposi-
ción de los historiadores una fuente muy útil para el conocimiento de la co-
marca en la Edad Media. Junto a ello, desde la década pasada la autora viene
trabajando también sobre historia de las mujeres, tanto en lo referente a las
condiciones de vida de los ámbitos geográficos que mejor conoce como, con
carácter más general, a propósito de las ideas y representaciones culturales
de la mujer en la Europa medieval. La aportación aquí incluida retoma la lí-
nea más tradicional de sus investigaciones, al intentar dar luz a la enrevesada
y compleja conflictividad política en la costa guipuzcoana a fines del XV. En
ella se vieron envueltos los hombres de la mar, las élites mercantiles y los
vecinos de San Sebastián. Sus tensiones se explican dentro de los problemas
por el acceso a los cargos o a propósito de la fijación de los umbrales de
poder de las cofradías de mareantes y pescadores, pero también debido a las
tensas relaciones con Rentería y la Tierra de Oyarzun, siempre con el telón
de fondo de los problemas en torno al control del Puerto de Pasajes y el
aprovechamiento de los recursos de la zona.

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16 JOSÉ MARÍA MONSALVO ANTÓN

En definitiva, este libro sobre Sociedades urbanas y culturas políticas en


la Baja Edad Media castellana permite al lector asomarse, de la mano de
especialistas, a las nociones medievales sobre el bien común, los ideales ur-
banísticos, los principios fiscales, las funciones sociales o la gestión de los
espacios públicos. Pero además le guía hacia el conocimiento de los com-
portamientos, valores y conflictos que de una u otra forma estuvieron ligados
al ejercicio del poder y las mentalidades de los grupos sociales en las ciuda-
des castellanas de los últimos siglos medievales: caballeros principales, regi-
dores, miembros de la alta nobleza, mareantes y pescadores, parientes mayo-
res, ciudadanos, gentes del común y labradores de las aldeas, grupos todos
ellos que cobran vida en los análisis pormenorizados realizados cada inves-
tigador. Se pone en evidencia, simplemente contrastando unas pocas zonas
de la corona castellana, la variedad de situaciones, la riqueza de las culturas
políticas, detectada a veces de ciudad a ciudad u observada en unas pocas
regiones urbanas histórica y geográficamente congruentes. No podemos sino
agradecer a los autores este esfuerzo por dar a conocer un poco mejor las
ideas, las actitudes, los conflictos y los actores sociales de las ciudades caste-
llanas de la época.

José María Monsalvo Antón


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Obras públicas, fiscalidad y bien común
en las ciudades de la Castilla bajomedieval1

JUAN A. BONACHÍA HERNANDO


Universidad de Valladolid
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i. INTRODUCCIÓN

El siglo XIII presencia en Europa occidental, como se ha dicho, «la madurez


del renacimiento urbano». En la Península Ibérica, y en nuestro caso concreto
en Castilla, el fenómeno de crecimiento del mundo urbano que se desarrolla
entre los siglos XI-XIII, de forma simultánea a los procesos de conquista y repo-
blación del espacio, alcanza su expresión final y más elocuente, desde el punto
de vista de la morfología de villas y ciudades, con el desarrollo, en muchas
partes, de nuevos amurallamientos, más extensos que los precedentes, que tie-
nen lugar entre la segunda mitad del siglo XIII y los primeros decenios del XIV.2

1. Este trabajo ha sido elaborado en el marco del proyecto de investigación «Poder, sociedad y
fiscalidad en la Meseta norte castellana en el tránsito del Medievo a la Modernidad», financiado por
el Ministerio de Ciencia e Innovación, Plan Nacional de I+D+i (2008-2011) (HAR2011-27016-C02-02).
Dicho proyecto forma parte de un Proyecto coordinado entre la Universidades de Valladolid y la
Universidad del País Vasco («Poder, sociedad y fiscalidad en la Corona de Castilla: un estudio compa-
rado de la Meseta Norte y de la Cornisa Cantábrica en el tránsito del Medievo a la Modernidad»
(HAR2011-27016-C02) y está integrado en la red temática Arca Comunis (http://arcacomunis.uma.es).
2. M. Á. LADERO QUESADA, ‹‹La dimensión urbana: paisajes e imágenes medievales. Algunos ejem-
plos y reflexiones››, en Mercado inmobiliario y paisajes urbanos en el Occidente europeo. Siglos XI-XV
(Actas de la XXXIII Semana de Estudios Medievales de Estella. 17 al 21 de julio de 2006), Pamplona,
2007, pp. 23-63, en concreto, pp. 24-27; y Ciudades de la España medieval. Introducción a su estudio,
Madrid, 2010, pp. 10-12.

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18 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

Ciento cincuenta años después, cuando nos adentramos en los decenios fi-


nales del siglo XV y primeras décadas del XVI, en ese amplio y complejo
período de soldadura entre la Edad Media y la época Moderna, la tónica
general de los paisajes urbanos castellanos no está definida por los procesos
de ampliación de los recintos amurallados de villas y ciudades —que no en
pocos lugares mantendrán durante muchos siglos el perfil amurallado ad-
quirido en la época anterior—, sino por dos fenómenos que inevitablemen-
te repercuten de forma directa sobre la fisonomía urbana y la transforman:
por un lado, el desbordamiento ocupacional del perímetro amurallado y la
consiguiente aparición y desarrollo de arrabales extramuros y, en segundo
lugar, la profusa actividad urbanística desplegada en todas las partes por las
autoridades locales, una actuación orientada a mejorar las condiciones de
vida de sus habitantes en el seno de ciudades más hermosas, sanas, insignes
y honorables. En este extenso marco de análisis de la evolución del paisaje
urbano entre mediados del siglo XIII y comienzos del XVI, me interesa con-
templar los procesos urbanísticos desde una perspectiva esencialmente
política,3 como reflejo de una determinada actuación del poder, aproximán-
dome, en especial, a la trascendencia que juega la fiscalidad municipal
como parte integrante de un discurso político tendente, entre otros objeti-
vos, a la formación de una identidad colectiva urbana4 y la legitimación de
la acción política de los gobiernos municipales mediante el recurso a la re-
tórica del Bien Común.5
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2. MURALLAS Y ESPACIOS PÚBLICOS EN LAS PARTIDAS

En este orden de cosas, me interesa retornar al siglo XIII y observar, más allá
de su carácter eminentemente jurídico, las consideraciones que se contienen
en las leyes de las Partidas sobre los bienes y espacios públicos, su confronta-
ción y defensa frente a los intereses privados y, principalmente, los criterios

3. Como señaló hace años J. HEERS, el urbanismo no puede «s’observer comme une pure expre-
sion artistique, fruit d’une reflexion intellectuelle, d’une simple conception esthétique; le paysage
urbain, le dessin des rues, les formes de l’habitat mêmes répondent à des besoins impérieux, plus
encore correspondent à des façons de vivre, à des structures économiques, politiques et, avant tout,
sociales» (J. HEERS, Espaces publics, espaces privés dans la ville. Le Liber Terminorum de Bologne
(1294), París, 1984, pp. 15 y ss.).
4. Una identidad urbana participada, en expresión de Y. GUERRERO NAVARRETE. Sobre estas cues-
tiones, véanse las reflexiones de esta autora en «La fiscalidad como espacio privilegiado de construc-
ción político identitaria urbana: Burgos en la Baja Edad Media», Stud, hist., H.ª mediev., 30, 2012, pp.
43-66.
5. En torno a la noción y al ideal del Bien Común, véase el reciente conjunto de estudios reco-
gidos en E. LECUPPRE-DESJARDIN y A. L. VAN BRUAENE (eds.), De Bono Communi. The Discours and
Practice of the Common Good in the European City (13th-16th c.) / Discours et practique du Bien
Commun dans les villes d’Europe (XIIIe au XVIe siècle), Turnhout, Brepols, 2010.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 19

sobre la forma de financiación de las labores de construcción, mantenimiento


y reparación de tales espacios.
Como es sobradamente conocido, el atributo decisivo que define a la ciu-
dad en el Código alfonsí no es un determinado estatuto jurídico que sirva para
diferenciar unos núcleos de población de otros, ni tampoco se articula en tor-
no a su mayor o menor grandeza, a un determinado volumen de población o
al carácter o dedicaciones laborales de sus vecinos. La descripción se realiza
en función de componentes físicos, es decir, de ciertos espacios (arrabales) y
construcciones (edificios) y, en particular, de la presencia de un elemento
urbanístico peculiar que los acoge: la ciudad es definida esencialmente por
la existencia de murallas,6 aunque eso no impide que a lo largo de la obra
exista una evidente indefinición entre villa y ciudad.7

6. «Otrosi decimos que do quier que sea fallado este nombre cibdat, que se entiende todo aquel
lugar que es cercado de los muros, con los arrabales et los edificios que se tienen con ellos» (Las Siete
Partidas del Rey Don Alfonso el Sabio, cotejadas con varios códices antiguos por la Real Academia de
la Historia, Madrid, Imprenta Real, 1807 (ed. facsímil, Madrid, 1972), aquí Partida VII, XXXIII, VI (en
adelante, Part. VII, XXXIII, VI). R. IZQUIERDO BENITO sugiere que «la existencia de arrabales era lo que
podía dar auténtico sentido a un lugar habitado para considerarlo una ciudad» (‹‹Rasgos urbanísticos
de las ciudades del Reino de Toledo en el siglo XIII››, en M. GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo urbano
en la Castilla del siglo XIII, Sevilla, 2006 (2 vols.), vol. I, pp. 123-144, la cita en p. 123). La cuestión del
Urbanismo en la obra alfonsí y, más en concreto en este Código, ha sido tratada específicamente por
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M.ª DEL C. CAYETANO MARTÍN, «La ciudad medieval y el Derecho: el urbanismo en las Partidas», Anales
de Historia del Arte, 4, 1993-1994, pp. 65-70; y más recientemente por F. RUIZ GÓMEZ, ‹‹La ciudad en la
obra jurídica alfonsí: el paisaje urbano y los grupos de poder››, en GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo
urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. I, pp. 101-121; y J. A. BONACHÍA HERNANDO, ‹‹La imagen de la ciu-
dad en las Partidas: edificación, seguridad y salubridad urbanas›› Cuadernos de Historia de España,
LXXXV-LXXXVI, 2011-2012, pp. 115-134. Por supuesto, hay otras numerosas menciones en gran número
de artículos y obras monográficas sobre núcleos de población concretos o en trabajos relacionados
con asuntos puntuales (la calle, la muralla, la plaza, la vivienda…). En otro orden de cosas, en rela-
ción con los apriorismos de la historiografía respecto a la ciudad amurallada y otras interesantes con-
sideraciones sobre el papel de la cerca en la conformación del espacio urbano, véase J. M.ª MONSALVO
ANTÓN, ‹‹Espacios y poderes en la ciudad medieval. Impresiones a partir de cuatro casos: León, Burgos,
Ávila y Salamanca››, en J. I. de la IGLESIA (coord.), Los espacios de poder en la España medieval. XII Se-
mana de Estudios Medievales, Logroño, 2002, pp. 97-147, en concreto pp. 115-132. Sobre la función
simbólica y material de las murallas, seguimos recurriendo con carácter general a los trabajos y con-
clusiones contenidas en J. HEERS (ed.), Fortifications, portes de villes, places publiques, dans le monde
méditerranéen, París, 1985, en especial el de M. Á. LADERO QUESADA, ‹‹Les fortifications urbaines en Cas-
tille aux XIe.-XVe. siècles: problématique, financement, aspects sociaux››, pp. 145-176; y en C. de SETA y J.
LE GOFF (eds.), La ciudad y las murallas, Madrid, 1991, en concreto para Castilla el de J. VALDEÓN BARU-
QUE, ‹‹Reflexiones sobre las murallas urbanas de la Castilla medieval››, pp. 67-87. Véase también LADERO,
Ciudades de la España medieval, pp. 99-103.
7. Son varias las ocasiones en que la existencia de muros se vincula en las Partidas a ambas rea-
lidades, ciudades y villas: los clérigos non deben labrar «por sí mesmos en las labores de los castiellos
nin de los muros de las cibdades nin de las villas» (Part. I, VI, LI); «Honra debe el rey facer á su tierra,
et señaladamiente en mandar cercar las cibdades, et las villas et los castiellos de buenos muros et de
buenas torres (…)» (Part. II, XI, II); «Santas cosas son llamadas los muros et las puertas de las cibdades
et de las villas (…)» (Part. III, XXVIII, XV), etc. La definición no parece exclusiva, por lo tanto, de las
ciudades. Y tampoco tiene relación alguna con la presencia de murallas el hecho de que el núcleo

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20 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

De la importancia que las Partidas otorgan a las murallas da buena mues-


tra el carácter sagrado que sus autores les conceden a ellas y a sus puertas:
«Santas cosas son llamadas los muros et las puertas de las cibdades et de las
villas».8 Esa condición sacralizada las constituye como lugares inviolables.
Porque, por otra parte, su sola presencia representa a la ciudad misma y el
respeto hacia ellas simboliza el respeto que se debe a la honra y pro del lu-
gar. Nadie puede quebrantar los muros rompiéndolos y horadándolos, ni
entrar en la ciudad escalando por ellos: sólo pueden ser atravesados por sus
puertas. Guardar estos principios significa apreciar la honra y pro del lugar;
no hacerlo representa, por el contrario, la mayor agresión contra el honor y
el bien de una comunidad, implica actuar como enemigo y malhechor.9 Pre-
cisamente, uno de los deberes que tiene el rey para con su tierra es dotar a
sus ciudades, villas y castillos de buenas murallas y torres, pues ello «la face
ser mas noble, et mas honrada et mas apuesta».10 Una nobleza, honor y belle-
za que escoltan a la que, en principio, es la función primordial de los muros
de una ciudad: proporcionar seguridad y amparo a sus habitantes. Sin dete-
nernos en otros detalles,11 cabe destacar que las murallas son consideradas en

fortificado sea mayor o menor. Una villa pequeña también puede estar amurallada, aunque la fortale-
za de sus muros sea menor: «Guardábanse mucho los antiguos de poner engeños sinon á castiello ó á
villa pequeña, porque en tales logares facen mayor daño derribando los muros, et las torres et aun las
casas, et matando los homes, lo que non podrien facer en las villas grandes: ca estas de lieve nunca
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se toman sinon por fambre, ó por furto, ó por cavas, ó por feridas de bozones con que derribasen los
muros, ó por castiellos de madera que llegasen a las torres con que las entrasen por fuerza, ó por
combatirlos tan afincadamente que los subiesen por escaleras…» (Part. II, XXIII, XXVI. En el mismo
Título, también Leyes XXIV y XXV). Al hilo de todo ello, es el propio legislador quien, en alguna oca-
sión, establece una equiparación entre «ciudad» y «villa grande» por oposición a la idea de «villa peque-
ña» o «villa menor» (Part. III, XX, VII; o II, XIII, XIX, al hablar de las exequias debidas al rey).
8. No sorprende que en la representación de algunas puertas en las Cantigas aparezca, en su
parte superior, una imagen sedente de la Virgen con el niño en brazos, lo cual invoca al mismo tiem-
po la protección divina sobre la ciudad (A. ARCAZ POZO, «La imagen de la ciudad castellana en las
Cantigas alfonsíes››, en GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. II,
pp. 75-86, aquí pp. 75-77).
9. «(…) et por ende establecieron antiguamente los emperadores et los filósofos que ningunt
home non los quebrantase rompiéndolos, nin foradándolos nin entrando sobre ellos por escaleras
nin en otra manera ninguna que sea sinon por las puertas tan solamente (…) porque quien asi entra-
se en alguna cibdat ó villa non entrarie como home que ama pro et honra del logar, mas como ene-
migo et como malhechor (…)» (Part. III, XXVIII, XV). En la ley XVI se pone como ejemplo la historia
de la fundación de Roma por Rómulo y Remo, la violación de las murallas de Roma por el segundo
y su ejecución por su propio hermano. Al respecto, véase B. ARÍZAGA BOLUMBURU, Urbanística medie-
val (Guipúzcoa), Donostia, 1990, p. 109.
10. Part. II, XI, II. En el mismo sentido, Part. III, XXXII, XX: «Apostura et nobleza del regno es
mantener los castiellos, et los muros de las villas, et las otras fortalezas (…)».
11. Por ejemplo, su primordial carácter defensivo, la prohibición de construir en sus anexos por ra-
zones estratégicas, o la obligación de vigilancia y defensa de los muros que incumbe a los habitantes de
una población. La muralla es ante todo, como toda fortificación, expresión visible de la necesidad de
protección: «(…) et demas es grant seguranza et gran amparamiento de todos comunalmente para en
todo tiempo» (Part. III, XXXII, XX). Véase E. VARELA AGÜÍ, La fortaleza medieval: simbolismo y poder en la
Edad Media, Valladolid, 2002. p. 87; ARÍZAGA, Urbanística medieval, pp. 107 y ss. La fortaleza de la ciudad,

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 21

las Partidas como un bien común que sirve al Bien Común. Y si su presencia
favorecía a todos, también era responsabilidad de todos velar por ellas, de
tal modo que si la defensa de los muros ciudadanos era un deber colectivo,
también lo era, como veremos más adelante, su conservación y manteni-
miento, ya fuera a través de su financiación por el erario municipal o, a falta
de recursos en las arcas concejiles, mediante la contribución fiscal de los
habitantes del lugar.
Además de las murallas, ciertos espacios y vías de comunicación de villas y
ciudades son también un bien común y merecen igualmente la atención del
legislador: «Apartadamente son del comun de cada una cibdat ó villa las
fuentes et las plazas do facen las ferias et los mercados, et los logares do se
ayuntan á concejo, et los arenales que son en las riberas de los rios, et los
otros exidos, et las correderas do corren los caballos, et los montes et las dehe-
sas et todos los otros logares semejantes destos que son establescidos et otorga-
dos para pro comunal de cada una cibdat, ó villa, ó castiello ó otro logar».12
Como se indica en otras Leyes, las plazas, calles y caminos son bienes comu-
nales de los núcleos de población.13 Algunos otros —campos, viñas, huertas,
olivares, heredades, ganados, siervos, pegujal, navíos— podían generar rentas,
aun siendo comunales no eran de aprovechamiento particular y, en algunos
casos (siervos, ganados, pegujal, navíos), podían pasar a pertenecer, por pres-
cripción adquisitiva y con ciertas garantías procesales para el concejo, a la
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persona que los hubiera explotado durante cuarenta años.14 Los beneficios
producidos por ellos debían ser invertidos en el pago de salarios o en el
mantenimiento de bienes provechosos para toda la comunidad.15
Las calles, plazas y caminos, como las fuentes y los puentes, son espacios
públicos, bienes de uso colectivo que las Partidas protegen en su tensión frente

fruto de un emplazamiento estratégico y de unas sólidas murallas, es una característica de la imagen


urbana que resaltan los cronistas del siglo XV (M.ª I. del VAL VALDIVIESO, ‹‹Imagen de la ciudad en las Cró-
nicas castellanas del siglo xv››, en V. LAMAZOU-DUPLAN (ed.), Ab urbe condita… Fonder et refonder la ville:
récits et représentations (second Moyen Age-premier XVIe siécle), Pau, 2011, pp. 475-491, en este caso pp. 481-
482. Y son efectivamente, y sobre todo, razones de carácter militar las que conducen a adoptar medidas
orientadas a dejar expeditos los accesos a las murallas. De este modo, las Partidas vedaban la construc-
ción de casas y edificios contiguos al muro, debiéndose dejar entre éste y la obra nueva un espacio mí-
nimo de quince pies que permitiera el paso de los individuos (Part. III, XXXII, XXII). El incumplimiento
de este precepto en las ciudades castellanas de los siglos XIV y XV fue algo habitual. Por citar un ejemplo,
véase C. ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León en la Baja Edad Media. El espacio urbano, León, 1992, p. 55.
12. Part. III, XXVIII, IX.
13. Junto a las dehesas, ejidos y cualquier otro lugar «semejante destos» (Part. III, XXIX, VII). En
el mismo sentido, la expresión de Part. III, XXXII, XXIII: «En las plazas, nin en los exidos, nin en los
caminos que son comunales de las cibdades, et de las villas et de los otros logares (…)».
14. Part. III, XXVIII, X y III, XXIX, VII. Al común de una ciudad o villa también le puede ser
otorgado el usufructo de algún edificio, heredad o bien ajeno. Esa donación debe durar al menos
cien años, salvo que el lugar se despueble antes (Part. III, XXXI, XXVI).
15. RUIZ GÓMEZ, ‹‹La ciudad en la obra jurídica››, pp. 106-107, 111.

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22 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

a los intereses privados. Los lugares donde tienen lugar las reuniones conceji-
les, no necesariamente un edificio,16 también tienen ese carácter comunal y
público, así como aquellos otros donde se juntan los jueces para oír y librar los
pleitos, «logares señalados et comunales… do suelen judgar públicamente».17
Pero si hay unos espacios públicos prototípicos, son las calles y plazas. En el
código alfonsino la idea de lo público va muy unida a los conceptos de plaza y
mercado. La plaza, como se ha dicho, «es el lugar público por excelencia de un
núcleo urbano».18 La celebración de ferias y mercados convierte las calles y, so-
bre todo, las plazas en los espacios públicos por antonomasia, en lugares de
encuentro y sociabilidad donde hombres y mujeres afluyen masivamente a
comprar, vender y cambiar todo tipo de bienes y productos.19 Y junto a las ca-
lles y plazas, los puentes. Como he indicado en otra parte,20 su construcción

16. Lo más normal es que en esta época los municipios no dispusieran de una sede para sus
reuniones (M. MONTERO VALLEJO, Historia del urbanismo en España. I. Del eneolítico a la Baja Edad
Media, Madrid, 1996, p. 193). Los ejemplos puntuales son muy abundantes para el caso castellano,
donde estos edificios no comienzan a generalizarse hasta finales del siglo XV, aunque en algún caso
se hubieran dado precedentes, como en Toledo, Jaén o Cuenca. En esta última ciudad la corporación
contaba con casa propia desde inicios del siglo XV, cerca de la plaza de la Picota, pero un incendio
la destruyó en 1447 y no volvió a tener sede propia hasta finales de siglo, tras la disposición de las
Cortes de Toledo de 1480 (J. M.ª SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca en el siglo XV, Cuenca,
1997, pp. 71-73).
17. Part. III, IV, VII y VIII. Además de públicos, los lugares donde se realizaban los juicios debían
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ser convenientes: «De dia et non de noche (…) debe el judgador dar su juicio (…) et débelo él mes-
mo leer públicamente si sopiere leer, seyendo asentado en aquel logar do suele oir los pleytos ó en
otro que sea convenible para ello» (Part. III, XXII, V). También se dispone que el juicio no es valede-
ro «si fuese dado en logar desconveniente, asi como en la taberna ó en otro logar que fuese desagui-
sado para judgar» (Part. III, XXII, XII).
18. B. ARÍZAGA BOLUMBURU, La imagen de la ciudad medieval. La recuperación del paisaje urbano,
Santander, 2002, p. 22. Así mismo, véase MONSALVO, ‹‹Espacios y poderes››, pp. 140-142. Véanse también
las páginas dedicadas a la plaza y sus significados por HEERS, Espaces publics, pp. 135 y ss. Sobre este
particular, continúa siendo muy recomendable la obra de J. L. SÁINZ GUERRA, La génesis de la plaza en
Castilla durante la Edad Media: la plaza y la estructura urbana, Valladolid, 1990.
19. De ese modo, el lugar donde se realiza el mercado se convierte, por la masiva afluencia y
trasiego de gentes, en el ámbito idóneo donde se efectúan los pregones. Cuando una persona no
puede ser emplazada en su casa para que acuda ante el juez porque está escondida o ha huido del
lugar, el emplazamiento se puede pregonar «en tres mercados, porque lo sepan sus parientes et sus
amigos, et gelo fagan saber que vengan facer derecho á aquellos que querellaren dellos, ó que sus
parientes ó sus amigos los puedan defender en juicio si quisieren» (Part. III, VII, I). Aunque, por las
mismas razones, también se erige en uno de los espacios preferidos de tramposos, maleantes y ladro-
nes que, utilizando las más variadas artimañas —lanzando serpientes en medio de la multitud o
provocando peleas amañadas—, asustan y engañan a los asistentes y aprovechan el tumulto para
robarles (Part. VII, XVI, X). Esa imagen de la plaza como lugar de reunión de tahúres y bribones
también es reflejada por las Cantigas alfonsíes: ARCAZ, ‹‹La imagen de la ciudad››, p. 79. En fin, la plaza
se nos muestra también como el lugar idóneo, por el constante ir y venir de gentes y la consiguiente
repercusión y rapidez con que se transmiten las noticias y rumores que se propagan en ella, para dar
a la luz pública libelos difamatorios contra otras personas (Part. VII, IX, III).
20. J. A. BONACHÍA HERNANDO, «El agua en las Partidas», en M.ª I. del VAL VALDIVIESO y J. A. BONA-
CHÍA HERNANDO (coord.), Agua y sociedad en la Edad Meia hispana, Granada, 2012, pp. 13-64, en con-
creto pp. 30-32.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 23

tiene dos características centrales: por un lado, está expresamente orientada a la


consecución del bien común y, por otro, era entendida como una obra de pie-
dad. Y continuaba señalando: «la obligación colectiva que afectaba a todos los
individuos, incluidos los clérigos, de colaborar en la construcción y manteni-
miento de puentes y calzadas y la propia dimensión piadosa que adquirían al-
gunas de estas labores anticipan el deseo de protección del espacio público
frente a los intereses privados que se manifiesta de modo permanente en las
Partidas».21 En el difícil equilibrio entre lo privado y lo público hay una prioridad
y una voluntad de defensa de los bienes públicos y del interés general por en-
cima (y aun respetando sus derechos) de las aspiraciones e intereses particula-
res, y esta es una premisa que se constituye como uno de los presupuestos
fundamentales del Código alfonsí: «(…) ca non serie guisada cosa que el pro de
todos los homes comunalmente se destorvase por la pro de algunos».22 Es el mis-
mo principio que se utilizaba al impedir que nadie pudiera labrar ningún tipo
de edificio en los espacios comunales de la ciudad (plazas, ejidos y caminos).
Apostura, interés general y espacio público son conceptos que concurren en las
Partidas. Belleza y bien común son los dos caracteres fundamentales que defi-
nían y debían adornar a estos espacios y, por lo tanto, nadie tenía capacidad, a
nivel personal, para apropiarlos o edificar en ellos en beneficio particular.23
Las Partidas manifiestan una clara voluntad de preservar los bienes comu-
nes en el seno de la colectividad. La prohibición de construir en suelo público
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tiene el sentido de evitar cualquier vía que pudiera conducir a su privatización.


Había una denegación estricta de que los lugares públicos (plazas, carreras,
ejidos, ríos, fuentes…) se pudieran vender o enajenar, en perfecta consonancia
con el principio según el cual sólo había tres cosas que eran inalienables: los
hombres libres, los bienes sagrados y los lugares públicos.24 Tampoco podían
privatizarse como resultado de aplicar las leyes que permitían que los bienes
pudieran ganarse por uso de largo tiempo,25 ni podían ser legados en testa-
mento.26 Ni podía recaer ningún tipo de servidumbre sobre los bienes que
eran de uso y para pro comunal de las villas y ciudades (mercados, plazas,
ejidos y similares), servidumbres para las que, por el contrario, no había res-

21. Id., ibid., p. 34.


22. Part. III, XXVIII, VIII. Sobre la protección jurídica del espacio público urbano, véase RUIZ
GÓMEZ, ‹‹La ciudad en la obra jurídica››, p. 108.
23. En este caso, la construcción debía ser derribada, salvo que el común del lugar decidiese
incautarla. La renta que en adelante se obtuviera de la explotación de ese edificio, incorporado con
los demás bienes comunales, debía ser utilizada (como las otras rentas del Concejo) en gastos de
provecho común (Part. III, XXXII, XXIII).
24. «Home libre, et cosa sagrada ó religiosa ó santa, et el logar público, asi como las plazas, et
las carreras, et los exidos, et los rios et las fuentes que son del rey ó del comun de algunt concejo,
non se pueden vender nin enagenar» (Part. V, V, XV).
25. Part. III, XXIX, VII y III, XXXII, XXIII.
26. Part. VI, IX, XIII.

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24 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

tricciones si se trataba de edificios y heredades de propiedad particular27.


Este principio de inviolabilidad de los edificios y espacios públicos y su pre-
servación en el seno de la comunidad vendrían a refrendar el triunfo, como
se ha denominado, de lo público.28
¿Quién y cómo se financiaba el mantenimiento y conservación de los edifi-
cios y espacios públicos? Las murallas, por ejemplo, eran un elemento tan
destacado de la identidad física y simbólica de las ciudades que hasta el pro-
pio rey estaba comprometido en la promoción de su construcción y posterior
conservación. Era el monarca quien, por la honra de su tierra, debía «mandar
cercar las cibdades, et las villas et los castiellos de buenos muros et de buenas
torres» y actuar diligentemente para impedir que se derribaran por su mal cui-
dado.29 De modo parecido, era obligación del rey disponer que se labraran y
mantuvieran puentes y calzadas. Y con ese fin, las Partidas le capacitaban para
expropiar heredades destinadas a su construcción,30 de modo que el interés
colectivo y el beneficio general se hacían predominantes sobre los bienes e
intereses particulares. El monarca debía velar por el mantenimiento y repara-
ción de éstas y otras labores que proporcionaban apostura y nobleza al reino
—castillos, murallas y fortalezas, pero también calzadas, puentes y caños urba-
nos— procurando evitar que se derribaran o destruyeran.31 Para ello, «debe hi
poner homes señalados et entendidos en estas cosas et acuciosos, et mandarles
que fagan lealmiente el reparamiento que fuere meester…» y darles «lo que ho-
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bieren meester para cumplimiento de la labor».32 Pero era la comunidad ciuda-


dana la que, como en otras partes de Europa, soportaba la carga financiera de
las obras públicas.33 El coste del mantenimiento de todas estas obras recaía,
según establece el legislador, sobre las arcas municipales. Ahora bien, para
soportar una carga tan pesada había que buscar nuevas fuentes de ingreso.

27. Part. III, XXXI, XIII.


28. En relación con el carácter inalienable del espacio público,véase BENITO IZQUIERDO, ‹‹Rasgos urba-
nísticos››, pp. 139-140. Sobre la relación entre lo público y lo privado y el triunfo del primero en la Italia
del siglo XIII, véase por ejemplo, el trabajo de Heers, Espaces publics, o la más breve exposición de E.
CROUZET-PAVAN, ‹‹Entre collaboration et affrontement: le public et le privé dans le grands travaux urbains
(l’Italie de la fin du Moyen Âge)››, en Tecnología y sociedad: las grandes obras públicas en la Europa Me-
dieval, Pamplona, 1996, pp. 363-380, en especial pp. 370-375. Una visión general sobre la defensa política
del espacio público y su carácter inalienable en P. BOUCHERON y D. MENJOT (con la colaboración de M.
BOONE), Historia de la Europa urbana. II. La ciudad medieval (J.-L. PINOL, dir.), València, 2010, pp. 210-218.
29. Part. II, XI, II y III.
30. Ya fuera pagando su valor o a cambio de otro bien (Part. III, XVIII, XXXI).
31. «Apostura et nobleza del regno es mantener los castiellos, et los muros de las villas, et las
otras fortalezas, et las calzadas, et las puentes et los caños de las villas, de manera que non se derri-
ben nin se desfagan. Et como quier quel pro desto pertenesca á todos, pero señaladamiente la guar-
da et la femencia destas labores pertenesce al rey…» (Part. III, XXXII, XX). Sobre todas estas cuestio-
nes, BONACHÍA, «El agua en las Partidas», pp. 34-35.
32. Part. III, XXXII, XX.
33. BOUCHERON y MENJOT, Historia de la Europa urbana. La ciudad medieval, pp. 307-309.
CROUZET-PAVAN, ‹‹Entre collaboration et affrontement››, p. 377.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 25

Una de las vías de financiación de las haciendas municipales provenía de los


nuevos portazgos impuestos en las ciudades y villas del reino. La tercera parte
del beneficio obtenido por su arrendamiento pasaba a pertenecer a los muni-
cipios.34 También engrosaban la hacienda municipal las rentas producidas por
los bienes comunales del concejo. Según determinaban las Partidas, tanto estos
ingresos como los provenientes del cobro del portazgo debían gastarse nece-
sariamente en la reparación de los muros y torres de los lugares donde se co-
brase el portazgo o de cuyos bienes se extrajesen las rentas, así como en el
mantenimiento de sus puentes y calzadas y demás necesidades que fueran
beneficio de toda la comunidad.35 Eran fondos intocables, que no se podían
destinar a otros gastos, ni siquiera a compensar y redimir otras deudas.36
Podía ocurrir, no obstante, que las rentas concejiles no fueran suficientes.
Las Partidas recurren entonces a la contribución de los vecinos. A partir de ahí,
la financiación de las obras públicas recaía sobre todos los moradores del lu-
gar, quienes, cada uno según su haber, debían contribuir hasta obtener la
cantidad necesaria para llevarlas a cabo, sin que pudieran eximirse de ello
«caballeros, nin clérigos, nin vibdas, nin huérfanos nin ningunt otro qual-
quier por previllejo que tenga»37. La máxima es muy simple: si el beneficio de
estas labores aprovechaba a todos, era justo y razonable, en opinión del le-
gislador, que todos, sin excepciones, contribuyeran a su conservación, cada
uno en la medida de sus posibilidades38.
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3. DESARROLLO URBANO Y NUEVOS AMURALLAMIENTOS

Si, como comenté al principio, el siglo XIII es un período de consolidación


y madurez del fenómeno urbano europeo,39 no lo es menos en el caso de

34. Part. V, VII, VII. Sobre el portazgo en las Partidas, C. GONZÁLEZ MÍNGUEZ, El portazgo en la
Edad Media. Aproximación a su estudio en la Corona de Castilla, Bilbao, 1989, pp. 144-149. Véase
también M. A. LADERO QUESADA, Fiscalidad y poder real en Castilla (1252-1369), Madrid, 1993, pp. 131-139.
35. Part. V, VII, VII; III, XXVIII, X.
36. Part. V, XIV, XXVI.
37. «(…) pero si en las cibdades ó en las villas do han meester de facer algunas destas labores, si
han rendas apartadas de comun, deben hi ser pimeramiente despendidas: et si non complieren ó non
fuese hi alguna cosa comunal, entonce deben los moradores de aquel logar pechar comunalmiente
cada uno por lo que hobiere fasta que ayunten tanta quantia de que se pueda complir la labor» (Part.
III, XXXII, XX).
38. «Ca pues que la pro destas labores pertenesce comunalmiente á todos, guisado et derecho es
que cada uno faga hi aquella ayuda que podiere» (Id., ibid.). Sobre el principio de igualdad ante el
impuesto, basado en el argumento del «bien común» y utilizado igualmente en el supuesto de la
obras públicas y, en especial, de la construcción y mantenimiento de las defensas urbanas, véase,
para el caso de las ciudades catalanas, el reciente trabajo de P. VERDÉS PIJUAN, «Car les talles són difí-
cils de fer e pijors de exigir: a propósito del discurso fiscal en las ciudades catalanas durante la épo-
ca bajomedieval», Stud, hist., H.ª mediev., 30, 2012, pp. 129-153.
39. J. HEERS, La ville au Moyen Âge en Occident. Paisages, pouvoirs et conflits, París, 1990; M.ª GINA-

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26 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

Castilla. Se trata, por un lado, de un siglo en el que se enmarca una fructí-


fera y sustancial etapa en el proceso reconquistador (1224-1266) y, por lo
tanto, de un período de importantes incorporaciones para la historia de las
ciudades castellanas, tras la anexión de los territorios de la actual Extrema-
dura al Sur del Tajo, de la Andalucía del valle del Guadalquivir y de Mur-
cia. Salvo en el caso de Villa Real, fundada en 1255 por Alfonso X, los con-
quistadores desarrollaron una intensa repoblación y dieron lugar a
modificaciones sustanciales en las estructuras de la red urbana heredada de
los musulmanes, pero no tuvieron necesidad de fundar nuevas ciudades en
los espacios conquistados.40 Estas nuevas incorporaciones, fruto de la con-
quista, se venían a añadir, aunque dentro de un proceso que derivaba de
más antiguo y aún se extendería hasta mediados del siglo XIV, al amplio
fenómeno de fundación y asentamiento de nuevas villas que tuvo lugar en
los territorios castellano-leoneses, tanto en la periferia norteña como en el
interior.41 Se trata, por otro lado, de un largo período, que podemos exten-
der hasta el reinado de Alfonso XI y la instauración de los Regimientos, en
el que se está produciendo una profunda evolución y consolidación insti-
tucional de las ciudades del reino castellano y de sus estructuras sociales,
económicas y políticas; una época de reajuste social y político urbano, de
profunda efervescencia en el desarrollo y consolidación como instancia de
poder del régimen municipal de Castilla, en la que poco a poco se está
afianzando, hasta llegar a culminar institucionalmente, el largo proceso de
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TEMPO y L. SANDRI, L’Italia delle città. Il popolamento urbano tra Medioevo e Rinascimento (secoli XIII-XVI),
Firence, 1990; J. M.ª MONSALVO ANTÓN, Las ciudades europeas del Medievo, Madrid, 1997; N. COULET y O.
GUYOTJEANNIN (eds.), La ville au Moyen Âge. T. 1: Ville et space. T. 2: Sociétés et pouvoirs dans la ville, París,
1998; G. JEHEL y PH. RACINET, La ciudad medieval. Del Occidente cristiano al Oriente musulmán (si-
glos V-XV), Barcelona, 1999; BOUCHERON y MENJOT, Historia de la Europa urbana. La ciudad medieval.
40. LADERO, Ciudades de la España medieval, pp. 25-28. Sobre la fundación de Ciudad Real, véase
L. R. VILLEGAS DÍAZ, «La fundación de Villa Real y el mundo urbano manchego», en GONZÁLEZ JIMÉNEZ
(ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. I, pp. 51-66.
41. En este contexto es difícil obviar el papel repoblador de Alfonso X (M. GONZÁLEZ JIMÉNEZ, ‹‹Al-
fonso X, repoblador››, en GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. I,
pp. 17-31), así como los fenómenos de nacimiento de nuevas villas que se vienen produciendo en los
viejos territorios al Norte del Duero desde mediados del siglo XII (B. ARÍZAGA BOLUMBURU, El nacimien-
to de las villas Guipuzcoanas en los siglos XIII Y XIV. Morfología y funciones urbanas, San Sebastian, 1978
y Urbanística medieval, pp. 13-52; J. I. RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Las «polas» asturianas en la Edad Media.
Estudio y diplomatario, Oviedo, 1981, o para un caso concreto, ‹‹Funciones y paisajes urbanos de las
villas marítimas del Norte de España: Avilés (siglos XII-XV)››, en Mercado inmobiliario y paisajes urba-
nos, pp. 691-735; P. MARTÍNEZ SOPENA, La Tierra de Campos Occidental. Poblamiento, poder y comuni-
dad del siglo X al XIII, Valladolid, 1985, o ‹‹Repoblaciones interiores, villas nuevas de los siglos XII y XIII››,
en Despoblación y colonización del Valle del Duero: siglos VIII-XX, León, 1995, pp. 161-187, sobre el ori-
gen y evolución de las villas del valle del Duero. Puede encontrarse una visión de conjunto en J. Á.
SOLÓRZANO TELECHEA y B. ARÍZAGA BOLUMBURU (eds.), El fenómeno urbano medieval entre el Cantábrico
y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio, Santander, 2002, donde se recogen estudios
que abordan el fenómeno monográficamente para los distintos territorios al Norte del Duero.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 27

oligarquización de los futuros regimientos municipales.42 Es, por lo demás,


un tiempo en el que por todas partes, de forma más o menos generalizada,
se producen manifestaciones de un destacado auge urbanizador, reflejo del
dinamismo de la expansión urbana, que se expresa en la reordenación y
cambios de ubicación de las áreas de mercado, en la repercusión que ejer-
ce sobre el paisaje urbano el protagonismo adquirido por las instituciones
eclesiásticas y, en especial, por los obispos y cabildos catedralicios, y en la
ampliación del espacio intramuros mediante nuevos y más amplios amura-
llamientos: como es bien sabido, murallas y catedrales acaban erigiéndose
en la imagen de referencia de la ciudad medieval.43 Y en relación con todo
ello, es así mismo una época crucial en la conformación de un sistema im-
positivo urbano y en la madurez, alcanzada en el reinado de Alfonso XI, de
las haciendas municipales.44
En Burgos, el siglo XIII culmina las tendencias iniciadas en el siglo ante-
rior. Junto a un profundo reajuste espacial de la urbe, cuyo centro de gra-
vedad se traslada en torno al espacio donde se asentará el mercado mayor,
ubicado en el llano, al lado del río, y en el que se desarrollará la nueva
«puebla» de San Juan, otros dos fenómenos muy significativos advierten de
una cierta consumación del proceso de configuración de la ciudad medie-
val. En tal sentido cabe interpretar el significado que adquieren para ella el
inicio de la construcción de su magnífica catedral gótica o el cierre de su
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perfil definitivo, con la edificación de las nuevas murallas. A finales del si-
glo XIII y comienzos del XIV ya está esbozado el perfil característico del
Burgos bajomedieval y moderno. Junto a la nueva ubicación del mercado,
la construcción de la catedral burgalesa y la ampliación de su recinto amu-
rallado modifi can profundamente y acaban de perfi lar para el futuro la
imagen de la ciudad, y vienen a corporeizar la potencia económica y polí-

42. J. C. MARTÍN CEA y J. A. BONACHÍA HERNANDO, «Oligarquías y poderes concejiles en la Castilla


bajomedieval: balance y perspectivas», Revista d’Història Medieval, 9, 1998, pp. 17-40. Cabe plantearse,
tanto para ésta como para otras épocas, el contenido social y político de las transformaciones que se
producen no sólo en la naturaleza de las grandes obras públicas sino también en su misma concep-
ción y significado (Véase al respecto, J.-C. MAIRE VIGUEUR, «Les grandes chantiers dans les villes de
l’Italie communale», en B. ARÍZAGA BOLUMBURU y J. Á. SOLÓRZANO TELECHEA (eds.), Construir la ciudad
en la Edad Media, Logroño, 2020, pp. 423-475).
43. Sobre estos aspectos —los significados de la muralla sobre la morfología urbana, la potencia
la Iglesia y de las construcciones eclesiásticas, el papel de los concejos en la disposición de las áreas
de mercado—, véanse las sugerentes reflexiones de MONSALVO, ‹‹Espacios y poderes», en especial
pp. 114-143 (la cita sobre la imagen amurallada y catedralicia de la ciudad medieval, en pp. 134-135). Un
interesante ejemplo sobre la conexión entre desarrollo urbano y construcción de catedrales lo ofrece
M.ª J. LOP OTÍN, ‹‹Catedrales y vida urbana en el siglo XIII castellano: el ejemplo de Toledo››, en GON-
ZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. II, pp. 157-167.
44. M. Á. LADERO QUESADA, «Las haciendas concejiles en la Corona de Castilla (una visión de con-
junto)», en Finanzas y fiscalidad municipal, Ávila, 1997, pp. 7-71, para este asunto pp. 11-13; GUERRERO,
«La fiscalidad como espacio privilegiado».

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28 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

tica de dos grandes centros de poder urbanos, el de la Iglesia y el del mis-


mo municipio en expansión.45
Algo parecido, aunque con ritmos, momentos y caracteres peculiares, po-
dría decirse de los procesos de recomposición espacial y nuevos amuralla-
mientos que tienen lugar en otros lugares desde la segunda mitad del si-
glo XII y comienzos del XIII hasta las primeras décadas del siglo XIV.46 Lo
podemos comprobar en bastantes núcleos urbanos al norte del Duero y de la
Extremadura: Zamora, Toro, Salamanca, Ávila, Palencia …47 En el siglo XIII,
Oviedo está en plena construcción de sus murallas, iniciadas en época de
Alfonso IX.48 La construcción de la muralla de la cercana villa de Avilés, ini-
ciada probablemente en la segunda mitad del siglo XIII, debía estar rematada
en los años finales de esa misma centuria.49 En León la cerca nueva se cons-
truyó entre fines del siglo XIII y las primeras décadas del XIV y, como ocurrió
en Burgos, su construcción acompañó a la elevación de la nueva catedral
gótica, iniciada con anterioridad.50 Las mismas fechas hay que atribuir a la
nueva muralla de Valladolid.51 En las ciudades de herencia musulmana del

45. J. A. BONACHÍA HERNANDO, «El espacio urbano medieval de Burgos», en B. ARÍZAGA BOLUMBURU
y J. Á. SOLÓRZANO TELECHEA (coords.), El espacio urbano en la Europa medieval. Nájera. Encuentros
internacionales del Medievo, 2005, Logroño, 2006, pp. 273-296, en concreto, pp. 282-284 y H. CASADO
ALONSO, ‹‹Crecimiento urbano y mercado inmobiliario en Burgos en el siglo xv››, en Mercado inmobi-
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liario y paisajes urbanos, pp. 631-689, aquí pp. 636-638.


46. Tal vez no exista con carácter general, y habría que tenerlo en cuenta, una relación directa
entre crecimiento urbano y murallas y es posible que en los trazados murados intervengan, como
suscribe J. M.ª MONSALVO, otros factores (‹‹Espacios y poderes en la ciudad medieval», p. 127, n. 76;
pp. 129-131), pero eso no evita que ésta sea una época de amplios y generalizados amurallamientos
en el territorio del reino.
47. Una excelente panorámica general lo podemos encontrar en BENITO MARTÍN, F., La formación
de la ciudad medieval. La red urbana en Castilla y León, Valladolid, 2000.
48. ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo a fines de la Edad Media, pp. 119-120; J. I. RUIZ DE LA PEÑA SOLAR,
«Las haciendas concejiles en el Norte de la Península Ibérica: el ejemplo ovetense», en Finanzas y
fiscalidad municipal, Ávila, 1997, pp. 509-552, aquí, pp. 526-528; id., «El desarrollo urbano de Asturias
en la Edad Media», en SOLÓRZANO TELECHEA y ARÍZAGA BOLUMBURU (eds.), El fenómeno urbano medie-
val, pp. 349-366, en concreto pp. 352-356.
49. RUIZ DE LA PEÑA, «El desarrollo urbano de Asturias», p. 359.
50. Para las murallas de León, ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León, pp. 41 y ss. Las murallas de
Ávila y Salamanca ofrecen modelos distintos. La construcción del recinto medieval abulense se sitúa
a finales del siglo XII, en época de Alfonso VIII, aunque en esta ocasión no se produjo ninguna am-
pliación del circuito fortificado. La nueva cerca de Salamanca, más extensa que la anterior, también es
del siglo XIII, aunque las obras comenzaron quizás a finales del XII. En ambos casos, con independen-
cia de que se produjera o no un engrandecimiento del anillo amurallado, el trazado estaba condicio-
nado por las condiciones topográficas de los asentamientos urbanos. En ambos casos también, los
procesos de amurallamiento están acompañados por cambios que afectan al mercado (Mercado de
San Pedro de Ávila, Azogue Nuevo en Salamanca) y por el desarrollo constructivo de sus respectivas
catedrales góticas (una exposición general sobre ambos núcleos, en MONSALVO, ‹‹Espacios y poderes»).
51. A. RUCQUO, Valladolid en la Edad Media. I: Génesis de un poder. II: El mundo abreviado (1367-
1474), Valladolid, 1987, vol. I, pp. 82-90; P. MARTÍNEZ SOPENA, «El Valladolid medieval», en J. BURRIEZA
SÁNCHEZ (coord.), Una historia de Valladolid, Valladolid, 2004, pp. 73-195, para nuestro caso, pp. 123-124.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 29

reino de Toledo hubo una cierta continuidad de las murallas respecto a la


época anterior, aunque también se produjeron modificaciones. En Talavera
se construyó una nueva muralla hacia 1200 con el fin de acoger los arrabales
surgidos en el exterior de la antigua cerca; Guadalajara levantó la suya en los
primeros decenios del siglo XIII52; los nuevos muros de Cuenca debieron fina-
lizarse en las primeras décadas del siglo XIII.53 Los ejemplos podrían multipli-
carse.54 Evidentemente, el fenómeno de los amurallamientos se hace extensi-
vo a los núcleos de nueva población y también a otras villas y lugares de
rango menor a los que no podemos calificar como urbanos. En 1312, por citar
un ejemplo, Fernando IV ordenó al Concejo de Lara y sus aldeas «que se çer-
quen porque sean más seguros e se puedan manparar si menester fuere de los
que mal les quisieren fazer». Es sintomático que esta disposición estuviera
contenida en el mismo privilegio por el que el monarca les concedía un mer-
cado semanal, colocado bajo su protección y exento de impuestos, excepto
de alcabala.55
Estos fenómenos ponen de manifiesto el crecimiento y, en expresión de J.
Heers, la gloria de la ciudad56 y engarzan con algunos contenidos y concep-
tos clave (apostura, nobleza, bien común) utilizados en las Partidas. Por otra
parte —y recogiendo la idea expresada en la obra alfonsina sobre la finan-
ciación colectiva de la obras públicas, sin exclusión de personas o grupos—,
lo cierto es que la responsabilidad e implicación municipal en las obras de
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construcción y reparación de las murallas es algo constatable en este período


de profundas transformaciones de la fisonomía urbana, y continuó siendo
algo habitual durante los últimos siglos de la Edad Media. De una forma u
otra —rentas municipales, imposiciones extraordinarias directas o indirectas
(sisas) sobre la población, préstamos forzosos, tradicional reserva para su
mantenimiento de una parte de las multas aplicadas …—, los gastos de edi-
ficación, pero también de mantenimiento y reparación de las murallas se
cubrían a costa de los ingresos municipales y/o mediante la contribución
fiscal de la población. Tampoco faltó la transferencia a las haciendas munici-
pales de rentas originarias de la fiscalidad regia, otorgadas a los concejos por
privilegios de la Monarquía con destino a la reparación de muros.57

52. LADERO, Ciudades de la España Medieval, p. 101; BENITO IZQUIERDO, ‹‹Rasgos urbanísticos»,
p . 1 3 3 .
53. SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca, p. 42.
54. Ya citaron varios ejemplos, hace más de veinte años, los profesores M. Á. LADERO y J. VAL-
DEÓN: LADERO, ‹‹Les fortifications urbaines en Castille››, pp. 148-151; VALDEÓN, ‹‹Reflexiones sobre las
murallas››, pp. 79-80.
55. E. GONZÁLEZ DÍEZ, Colección diplomática del Concejo de Burgos (884-1369), Burgos, 1984, doc.
172, pp. 293-294.
56. J. HEERS, ‹‹Conclusions››, en HEERS (ed.), Fortifications, portes de villes, pp. 323-340, aquí p. 326.
57. LADERO, ‹‹Les fortifications urbaines››, pp. 157-159. RUIZ DE LA PEÑA, «Las haciendas concejiles»,
p. 519. Para el territorio vasco y para finales de la Edad Media, véase E. GARCÍA FERNÁNDEZ, ‹‹Finanzas

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30 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

Veamos algunos ejemplos. En Burgos, la nueva cerca que amplió el perí-


metro amurallado de la ciudad se construyó a partir del último tercio del si-
glo XIII. Las obras comenzaron con anterioridad a 1268. Para favorecer la
construcción de las nuevas murallas, Alfonso X otorgó al concejo burgalés el
producto del cobro de la alcabala, lo cual provocó el malestar y las resisten-
cias del estamento clerical y de los vecinos del barrio de San Felices, extra-
muros de la ciudad, dependientes del Monasterio de las Huelgas. Además de
la dedicación al mantenimiento y arreglo de la muralla de una parte de las
multas y caloñas impuestas, sabemos que en 1313 el concejo de la Cabeza de
Castilla mandó hacer efectivos a los acreedores la mayor parte (en concreto,
46.667 maravedís) de los 49.216 obtenidos mediante empréstitos forzosos rea-
lizados por algo más de un centenar de vecinos, bastantes de ellos tenderos
y comerciantes de la ciudad, «para fazer la çerca»;58 o que poco después, en
1322, tuvo que recurrir a la imposición de gravámenes extraordinarios sobre
la venta del vino para hacer frente a las necesidades financieras motivadas
por el mantenimiento de la cerca. En la misma línea de actuación, los cuan-
tiosos gastos derivados de su reparación —reconstrucción de lienzos caídos,
arreglo de puertas, torres y almenas, etc.— fueron costeados por el concejo
mediante el recurso a la imposición de sisas sobre los productos de consumo
que entraban en la ciudad, especialmente sobre el vino.59
En León, la «renta de los muros» o «dineros de los muros», obligaba sin
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excepción a todos los habitantes de la ciudad y de los lugares de su Alfoz, a


pesar de la resistencia opuesta también aquí por los clérigos. La nueva cerca
leonesa inició su construcción entre los últimos años del siglo XIII y primeros
del XIV, aunque el momento que marcó un decidido impulso de las obras fue
el año 1310. Fue entonces cuando Fernando IV ordenó el nombramiento de
fieles encargados de recaudar las posturas de las «cosas que vinieren a la vi-
lla» con destino a «la çerca de la dicha villa que estaba derribada fasta que
los muros sean labrados e acabados». Este ingreso vino a sumarse a la «renta
de los muros» ya existente. Posteriormente se reguló la alcabala impuesta
para las obras de la cerca de la villa (1315), se añadieron nuevas tasas sobre el
vino (1324), y el concejo realizó derramas sobre la población «para fazer li-
brar la çerca de la çibdad» (1345) o para el «reparamiento de las torres e cara-
manchones e muros e adarves e cavas» que defendían la urbe (1354). En 1390

municipales y fiscalidad real en el País Vasco en el tránsito del Medievo a la Modernidad››, en D.


MENJOT y M. SÁNCHEZ MARTÍNEZ (eds.), Fiscalidad de Estado y Fiscalidad Municipal en los reinos hispá-
nicos medievales, Madrid, 2006, pp. 171-196, en concreto, pp. 172-173.
58. GONZÁLEZ DÍEZ, Colección diplomática, doc. 173, pp. 294-298.
59. La información aquí contenida se encuentra en E. GONZÁLEZ DÍEZ, El concejo burgalés (884-
1369). Marco histórico-institucional, Burgos, 1983, pp. 142-146. Véase también C. ESTEPA DÍEZ; T. F. RUIZ;
J. A. BONACHÍA HERNANDO y H. CASADO ALONSO, Burgos en la Edad Media (J. VALDEÓN BARUQUE, dir.),
Valladolid, 1984, pp. 107 y 224.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 31

Enrique III autorizó, a petición del concejo leonés, el restablecimiento de la


alcabalina, destinada primordialmente, al menos la mitad de su recaudación,
a las labores de la cerca. Como señala César Álvarez, «recursos específicos
del concejo, regulares o extraordinarios, gravámenes reales o de tránsito y
derramas y repartimientos de diversos tipos y cuantía proporcionaron el sis-
tema de financiación» destinado a la construcción, reparación y manteni-
miento de las murallas leonesas.60
Para financiar las obras requeridas por la muralla de Vitoria —cuya terce-
ra ampliación tuvo lugar durante el reinado de Alfonso X— se recurrió a
donaciones y transferencias de rentas regias, a repartimientos extraordinarios
sobre la población e, incluso, a la enajenación de solares concejiles. Los re-
partimientos estaban destinados no sólo al «reparamiento del muro» sino
también a otras necesidades de la villa, como la reparación «de la calçada, o
de carreras (…) o para reparamiento de fuente, o de puente…». En 1379, Enri-
que II disponía que en estos pechos contribuyeran, sin excepción, todos los
vecinos de Vitoria, incluidos clérigos e hijosdalgo.61
La construcción de la nueva cerca de Oviedo se habría iniciado en tiempos
anteriores a las obras realizadas en Burgos y León, tal vez, según indica María
Álvarez, en tiempos de Alfonso IX. No obstante, todavía en 1261 Alfonso X es-
cribía a la villa indicando los límites por los que había de transitar la muralla y
hasta el siglo XIV no se dieron por finalizadas las obras. La aportación de los
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recursos financieros necesarios para cubrir los gastos de edificación y conser-


vación de los muros recayó sobre el concejo, que contribuía con dos tercios de
los costes, y sobre la mitra ovetense, que lo hacía con el tercio restante. Tam-
bién en este caso, el concejo debió enfrentarse a las discrepancias manifesta-
das por las más poderosas instituciones eclesiásticas de la villa, la iglesia de
San Salvador y el monasterio de San Vicente, a causa, en esta ocasión, de los
conflictos entablados en torno a las propiedades de la Iglesia. Y también con-
tará el concejo, como en los casos anteriormente expuestos, con sucesivas
transferencias de rentas regias a la hacienda municipal, procedentes en su ma-
yor parte de impuestos indirectos sobre la circulación y venta de productos: la
renta durante diez años, posteriormente prorrogados, del impuesto sobre el

60. Datos extraídos de ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León, pp. 41-50 (la cita en p. 50). Véase
también LADERO, ‹‹Les fortifications urbaines››, p. 158. Sobre la alcabalina, llamada así para diferenciarla
de la alcabala regia, consúltese E. BENITO RUANO, «La alcabalina», en Archivos Leoneses, XXIII, 1969,
pp. 283-299.
61. C. GONZÁLEZ MÍNGUEZ, «El nacimiento de una conciencia urbanística en el Medievo», en Boletín
de la Institución Sancho el Sabio, XXII, 1978, pp. 7-22. Avanzado el siglo XV continuaron mantenién-
dose las fuentes de financiación habituales para la conservación de los muros: aportaciones de los
reyes, derramas concejiles, multas, a las que hay que sumar donaciones testamentarias. Y contribuían
a su mantenimiento todos los vecinos, incluidos los vecinos del alfoz y señorío vitoriano (J. R. DÍAZ
DE DURANA, Vitoria a fines de la Edad Media (1428-1476), Vitoria, 1984, p. 33.

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32 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

trigo, conocida como renta de las «cuchares de la villa», los recursos proce-
dentes de la «tafurería» local —mercedes concedidas en ambos casos por
Alfonso X (1258 y 1268)—, o la donación efectuada por Fernando IV en 1299,
para un período de cuatro años, «de todo pecho et de todo pedido et de fonsa-
do et de fonsadera», como ayuda para construir la muralla. En 1305 este mis-
mo monarca convertiría en perpetua la merced otorgada al concejo de la vi-
lla de la principal fuente de financiación de las obras de construcción y
mantenimiento de la muralla, la renta de cuchares. Otra fuente de ingresos,
como ocurría en el caso burgalés, eran las multas impuesta a los vecinos de
Oviedo.62
Hacia 1300 se estaba construyendo en Valladolid una nueva muralla que,
como en otras partes, ampliaba considerablemente el espacio intramuros de
época anterior. La obra ya estaba en marcha en 1296 y aún continuaba en
1302. Su construcción también exigió importantes esfuerzos financieros: el
concejo vendió tierras para ello, se produjeron transferencias de rentas re-
gias a su favor, se destinaron a las obras —«fasta que la cerca de nuestra
villa sea acabada»— el producto de las penas impuestas a quienes contravi-
nieran la ordenanza que prohibía a los vecinos comprar vino de fuera del
término de la villa, y ésta obtuvo de Fernando IV la devolución de los dere-
chos que recaían sobre la tahurería, el pan cocido y la escribanía del conce-
jo, así como las rentas procedentes de los impuestos sobre el pan, la sal, el
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lino y la lana.63

4. EL APOGEO DE LA POLÍTICA URBANÍSTICA MUNICIPAL

El siglo XV contempló una nueva etapa de crecimiento urbano, que con-


tinuaría en el siglo siguiente y que, desde el punto de vista espacial, se ca-
racterizó por el desbordamiento poblacional de los trazados murados exis-
tentes, la expansión de los espacios suburbanos y, junto a ello, el desarrollo
de una política concejil en el terreno urbanístico que cada vez fue más in-
tensa a medida que nos aproximamos a los últimos decenios del Cuatrocien-
tos y los tiempos modernos. Una progresión de los arrabales, por un lado,
que las autoridades municipales trataron de resistir y detener en muchos
lugares, ya fuera por razones de prestancia y prestigio, por motivos pura-
mente fiscales o por ambos a la vez.64 Y, en segundo lugar, una política ur-

62. La información sobre Oviedo se encuentra en ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo a fines de la Edad
Media, pp. 119-124, 373-375. Véase también RUIZ DE LA PEÑA, «Las haciendas concejiles», pp. 526-528.
63. RUCQUOI, Valladolid en la Edad Media, vol. I, pp. 86-90; MARTÍNEZ SOPENA, «El Valladolid me-
dieval», pp. 115, 123-124.
64. Burgos ofrece un expresivo ejemplo (J. A. BONACHÍA HERNANDO, «Más honrada que ciudad de
mis reinos: la nobleza y el honor en el imaginario urbano (Burgos en la Baja Edad Media», en J. A.
BONACHÍA HERNANDO (coord.), La ciudad medieval. Aspectos de la vida urbana en la Castilla bajome-

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 33

banística conducida por los gobiernos locales, que se tradujo en el manteni-


miento y construcción de edificios públicos (murallas, puentes, fuentes,
casas de los concejos, depósitos, alhóndigas…), y en una actuación norma-
tiva orientada a salvaguardar la circulación, seguridad y salud de los habi-
tantes de las ciudades.65
Al mismo tiempo que se generalizaba el crecimiento suburbial de muchí-
simas ciudades,66 los procesos de ampliación y construcción de nuevos
amurallamientos eran, a diferencia de la época anterior, menores aunque no
escasearon. Es el caso de Cuéllar, cuyo recinto quedó integrado dentro de la
muralla realizada en el siglo XV, poco después de que la villa pasara a ma-
nos de la casa de Alburquerque en 1464.67 En Piedrahita se construyó en el
siglo XV una segunda muralla, la barrera, que rodeaba por completo a la
cerca del siglo XIII, la cual experimentó por su parte importantes modifica-
ciones en la última centuria medieval.68 En Alcalá de Henares el arzobispo
Carrillo inició en 1454 la construcción de un nuevo recinto amurallado.69
Aranda de Duero es otro buen ejemplo de ampliaciones tardías del recinto
fortificado. Tras superar los tiempos de crisis que, como al resto de la socie-
dad castellana, también afectaron a la villa durante buena parte del
Trescientos,70 el siglo XV arandino fue un período de expansión urbana, y
ese proceso fue paralelo a otros fenómenos igualmente expansivos: fue ésta
una época de crecimiento demográfico, de ocupación y roturación de nue-
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vas tierras de cultivo, principalmente de viñedo o, desde el punto de vista


político, de ampliación de los límites jurisdiccionales de la villa. El creci-
miento del asentamiento se manifestó en la construcción de una nueva cer-
ca, probablemente de finales del siglo XIV o de comienzos del XV —en todo
caso ya estaba construida en 1432—; y se reflejó, igualmente, en la compac-
tación y configuración de un espacio intramuros en el que quedaron englo-

dieval, Valladolid, 1996, pp. 169-212, en concreto, p. 199).


65. LADERO, «La dimensión urbana: paisajes e imágenes», p. 25; J. A. BONACHÍA HERNANDO, «La ciu-
dad de Burgos en la época del Consulado (Apuntes para un esquema de análisis de Historia Urba-
na)», en Actas del V Centenario del Consulado de Burgos (1494-1994). (I) Apertura del Centenario y
Simposio Internacional «El Consulado de Burgos», Burgos, 1995, pp. 69-145, especialmente pp. 130 y ss;
D. MENJOT, «L’élite dirigeante urbaine et les services collectifs dans la Castille des Trastamares», en M.
GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), La Península Ibérica en la era de los descubrimientos, 1391-1492. Actas de las
III Jornadas hispano-portuguesas de Historia Medieval, Sevilla, 1997, vol. II, pp. 873-900.
66. MONTERO, Historia del urbanismo en España, I, pp. 292-300; BENITO MARTÍN, La formación de
la ciudad medieval, pp.216-218.
67. E. OLMOS HERGUEDAS, «Urbanística medieval en una villa de la Cuenca del Duero: Cuéllar du-
rante la baja Edad Media», en BONACHÍA (coord.), La ciudad medieval, pp. 53-81, la referencia en p. 57.
68. C. LUIS LÓPEZ, La Comunidad de Villa y Tierra de Piedrahita en el tránsito de la Edad Media a
la Moderna, Ávila, 1987, pp. 49 y ss.
69. M. A. CASTILLO OREJA, «Alcalá de Henares, una ciudad medieval en la España cristiana (s. XIII-
XIV)», En la España Medieval, 7, 1985, pp. 1059-1080, la referencia en pp. 1066 y ss.
70. J. G. PERIBÁÑEZ OTERO e I. ABAD ÁLVAREZ, Aranda de Duero, 1503, Burgos, 2003, pp. 33 y ss.

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34 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

bados los grandes arrabales mercantiles surgidos en la época precedente, al


tiempo que aparecían otros nuevos, extramuros, en torno a las cuatro prin-
cipales puertas de la villa.71
Pero lo que se produjo en todos los casos, ya se tratara de nuevos o vie-
jos recintos murados, fueron permanentes y costosas obras de reparación y
mantenimiento de las cercas que implicaban pesadas cargas financieras para
los erarios municipales. Esas cargas venían a añadirse a las derivadas de los
también elevados costes generados por la ejecución, más o menos intensa
pero presente en todas las partes, de otras obras públicas (pavimentaciones,
arreglo y mantenimiento de puentes, conducción de aguas y elevación de
fuentes públicas…), que eran el fruto de la amplia actuación urbanística
puesta en práctica por los gobiernos de las ciudades.72 Una política cuya in-
tensidad también marcaba, en definitiva, una expresiva diferencia respecto a
la época en que se escribieron las Partidas. En la obra alfonsí se insertaban
disposiciones que tenían que ver con la seguridad y salubridad urbanas,73 del
mismo modo que se manifestaba un interés por la belleza y el ennobleci-
miento de la ciudad. Pero no es «menos cierto que para esta época nuestro
código estaba plasmando una gestión pública del espacio y una política de
seguridad urbanística y salubridad que aún se encontraban en una fase pri-
maria…, reflejo tal vez de unos gobiernos municipales patricios y de unas
administraciones locales aún en construcción. Una actuación que (…) ape-
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nas era un esbozo de la intensidad y del papel decididamente impulsor, in-


tervencionista y representativo de su propio poder que los gobiernos oligár-
quicos de los municipios castellanos asumirían a lo largo del siglo XV, cuando
por todas las partes proliferaron las ordenanzas reguladoras y se tornaron
mucho más perceptibles sus actuaciones en materia de urbanismo»,74 Una

71. J. A. BONACHÍA HERNANDO, «El desarrollo urbano de la villa de Aranda de Duero en la Edad
Media», en Biblioteca. Estudio e Investigación, 24, 2009, pp. 9-35, para este asunto pp. 20-22.
72. Un buen resumen de ese impulso urbanizador que se esparcía por todas las partes durante
el siglo XV, puede encontrarse en LADERO, ‹‹La dimensión urbana: paisajes e imágenes››, pp. 31 y ss., y
Ciudades de la España medieval, pp. 47-59. La producción historiográfica sobre urbanismo castellano
en el XV es muy extensa. Podemos acudir a la amplia revisión bibliográfica acerca de la investigación
desarrollada entre 1990 y 2004 sobre las ciudades hispánicas de M.ª ASENJO GONZÁLEZ, ‹‹Las ciudades
medievales castellanas. Balance y perspectivas de su desarrollo historiográfico (1990-2004)››, En la
España Medieval, 28, 2005, pp. 415-453, así como a la posterior y extensa selección inserta en la obra
de ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo a fines de la Edad Media, pp. 47-65. Complétese con la puesta al día
bibliográfica, para los territorios peninsulares entre el Cantábrico y el Duero, recogida en los trabajos
contenidos en SOLÓRZANO TELECHEA y ARÍZAGA BOLUMBURU (eds.), El fenómeno urbano medieval.
73. Medidas que pueden contemplarse recogidas en fueros municipales de la época: véase algún
ejemplo en M.ª J. PAREJO DELGADO, ‹‹Las ciudades de Baeza y Úbeda en el siglo XIII. El medio ambien-
te urbano››, en GONZÁLEZ JIMÉNEZ (ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. II, pp. 227-
236; M.ª J. TORQUEMADA SÁNCHEZ, Derecho y Medio Ambiente en la baja Edad Media castellana, Madrid,
2009.
74. BONACHÍA, ‹‹La imagen de la ciudad en las Partidas››, p. 134.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 35

proliferación de ordenanzas y disposiciones urbanísticas que, a la postre,


estaba evidenciando los progresos de los gobiernos urbanos castellanos, de
la noción de interés general y de la «conquista lenta y paciente» del espacio
público.75
La financiación de todas estas costosas obras, en un contexto de profunda
crisis en un contexto tardomedieval de profunda crisis de las finanzas públi-
cas municipales, recayó principalmente sobre la población de las ciudades.
Además de algunas fuentes de financiación que, aunque bastante extendidas,
podemos considerar irregulares e inseguras (como la reserva con destino al
reparo de las murallas o a las obras de pavimentación de una parte de las
sanciones impuestas), y además de los recursos procedentes de los propios
municipales, la principal aportación de ingresos recaía sobre los habitantes
de villas y ciudades, bien a través de la contribución directa (repartimientos
y derramas, participación de los vecinos, en mayor o menor grado, en la fi-
nanciación de las obras), bien mediante la imposición indirecta sobre la co-
mercialización y venta de mercancías (la renta de cuchares de Oviedo, el
dinero de la cerca de Valladolid, la alcabalina de León o Astorga,76 el corna-
do de la cerca de Piedrahita77, etc.); y de forma cada vez más habitual y ge-
neralizada sobre productos alimenticios de primera necesidad, a través de
sisas.
La conservación de la cerca leonesa se costeó principalmente mediante los
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ingresos aportados por la alcabalina, un impuesto que gravaba todas las mer-
cancías que pagaban alcabala en un 3,33 %, destinándose la mitad de su pro-
ducto a las labores de la muralla. No obstante, la situación de debilidad de las
finanzas municipales en las últimas décadas del siglo xv, la necesidad de re-
paración de sus muros y la construcción o finalización de algunos edificios
públicos (como la Casa de carnicería y pescadería, o la del peso de la hari-
na), condujeron al concejo leonés a solicitar y obtener de los Reyes Católi-
cos, en 1491, la autorización para echar una sisa especial de 60.000 mrs. sobre
las mercancías «que se traygan e metan en esta çibdad e que se vengan a ven-
der en ella». Tres años antes, en 1488, les habían pedido que pudieran echar
una «ynpusiçión general».78 En general, el arreglo de los muros y puentes
leoneses se costeaba desde el siglo XIV con el producto, por sucesivas dona-
ciones regias (Alfonso XI, Pedro I, Enrique III), de la recaudación del peaje
cobrado en ellos, con parte de la alcabalina y mediante la imposición ex-
traordinaria de diversas derramas y repartimientos. Y de forma ya bastante

75. BOUCHERON y MENJOT, Historia de la Europa urbana. La ciudad Medieval, pp. 210 y ss.; HEERS,
Espaces publics, en especial p. 84.
76. Sobre la alcabalina de Astorga y sus coincidencias y particularidades respecto a la de León,
véase J. A. MARTÍN FUERTES, El concejo de Astorga (siglos XIII-XVI), León, 1987, pp. 287-290.
77. LUIS LÓPEZ, La Comunidad de Villa y Tierra de Piedrahita, pp. 296-297.
78. ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León, pp. 50-55.

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36 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

habitual desde finales del siglo XV, las labores de mantenimiento y repara-
ción de las murallas y puentes, así como la construcción de algunos edificios
o las obras de pavimentación de las calles, fueron costeadas mediante repar-
timientos, sisas e impuestos sobre el tránsito comercial.79
A fines de la Edad Media, una tercera parte de las multas impuestas por
infracciones se dedicaba en Toledo al mantenimiento de las murallas, o se
recurría, en momentos de especial necesidad, a la imposición de una tribu-
tación extraordinaria sobre la población (1386).80 La preocupación de las
autoridades toledanas por mantener el espacio público en buen estado de
conservación se plasmó, desde los años finales del siglo XV, en una política
tendente a mejorar las condiciones materiales de vida de sus vecinos y en
importantes obras de canalización de aguas y pavimentación de las calles.
Este tipo de obras, destinadas a «hazer las madres e empedrar las calles»,
debían ser costeadas, inicialmente, «en quanto posible sea», con los propios
y rentas de la ciudad. Pero, habida cuenta del elevado coste de las obras y
de la escasez de recursos municipales, cada vez fue más frecuente el recur-
so a la sisa o a hacer repartimientos entre los vecinos que tenían «perte-
nençias» en las calles afectadas, es decir, los beneficiarios más directos de
las obras.81
Además de la renta de cuchares, destinada a las labores de conservación
de una muralla que acaparó la mayor parte de los gastos de la ciudad, y de
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otras rentas, derechos y bienes que integraban los recursos ordinarios de la


hacienda municipal, el concejo de Oviedo recurrió en numerosas ocasiones al
cobro de impuestos extraordinarios entre sus vecinos con objeto de financiar
la realización de obras y construcciones necesarias para la urbe. También se
recurrió aquí a la imposición de sisas con destino a la edificación, manteni-
miento y reparación de edificios y espacios públicos. Y también se hizo, como
ocurrió en 1494, por idénticas razones de precariedad del erario municipal a

79. Para este asunto es imprescindible el trabajo de I. GONZÁLEZ GALLEGO, «Las murallas y los
puentes de León en el siglo XIV (un modelo de financiación de obras públicas)», en León y su Histo-
ria. Miscelánea histórica, IV, León, 1977, pp. 365-411. La imposición general solicitada en 1488 también
se destinaba al arreglo de puentes, aunque lo más normal fue que se echaran sisas (1490, 1491, 1502,
1503) o se hicieran repartimientos: en 1506 se hizo un repartimiento para la reparación del puente de
Villarente. En 1511 hubo repartimiento para arreglar los muros y la cerca y para «fazer un matadero».
Dos años antes, tras considerar que «esa dicha çibdad tenía nesçesidad de se enpedrar para estar más
sana e ennoblesçida», D.ª Juana facultó al concejo y al cabildo para que durante dos años pudieran
recaudar un maravedí de cada carro que entrase en la ciudad, destinándose el producto recogido al
empedramiento de calles. Al mismo tiempo prohibió el tránsito de carros (ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad
de León, pp. 83-89, 140-141, 143-145).
80. R. IZQUIERDO BENITO, Un espacio desordenado: Toledo a fines de la Edad Media, Toledo, 1996,
p. 22.
81. Id., ibid., pp. 57-79 y, muy en especial, pp. 76-79 sobre las labores de enladrillamiento y em-
pedrado de las calles.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 37

las argumentadas en otros lugares: «(…) a cabsa que la dicha çibdad es muy
pobre de propios, e los muros e puertas e puentes e fuentes de la dicha çibdad
están muy mal reparados, para lo qual e para una casa de consystorio e para
una puente al río de Puerto, por donde pasan los mantenimientos que vienen
a la dicha çibdad e para otras cosas nesçesarias, son menester muchos otros
maravedís».82 La denominada sisa nueva, autorizada por los Reyes Católicos y
convertida en impuesto ordinario por su continuidad, gravaba el vino, pesca-
do, carnes y paños, y su importe se destinaba al pago de los gastos origina-
dos por numerosas obras públicas: las casas del consistorio, la fuente de Ci-
madevilla, la traída de aguas, el puente sobre el río Nalón desde Puerto, la
reparación de la muralla y el empedrado de calles. El recurso a la sisa conti-
nuó entrado ya el siglo XVI.83
La nueva y definitiva cerca de Cuenca debió terminarse en las primeras
décadas del siglo XIII. Como en otras villas y ciudades castellanas, destacan
los elevados costes que supusieron su mantenimiento y las reparaciones
desarrolladas en ella, así como el importante esfuerzo financiero que impli-
caban estas labores para la hacienda municipal. Pero, en cualquier caso, se
trataba de un esfuerzo sostenido por el concejo conquense y sus vecinos
mediante la búsqueda permanente de nuevas fuentes de financiación con
las que pudieran afrontarse los gastos de conservación de una muralla que,
en algunas ocasiones, pudo llegar a absorber el 100 % del presupuesto des-
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tinado a obras: el arrendamiento de las hierbas de nuevas dehesas de la


sierra para el pasto de los ganados; la adopción de medidas sobre la venta
ciudadana de vino o la exportación de madera, con objeto, en ambos casos,
de obtener recursos destinados a la reparación y conservación de los muros;
la distribución entre las cuadrillas de la ciudad de una peonada diaria para
las obras de reparación de la muralla; o, como venimos observando en
prácticamente todas las partes, en un contexto generalizado de escasez de
los fiscos municipales, la imposición de sisas sobre bienes de consumo pre-
via solicitud y autorización de los monarcas. Realmente, el concejo de Cuen-
ca destinaba a financiar los trabajos públicos, cuando eran de muy pequeña
entidad, los 2.485 mrs. que anualmente debía entregar el almotacén para la
reparación de calles. Y, junto a éstos, una parte, normalmente escasa, de sus
ingresos ordinarios. Por eso, cuando las autoridades municipales decidieron
poner en marcha obras públicas de mayor envergadura, necesitadas de in-
versiones más cuantiosas (la nueva casa de los ayuntamientos, el empedra-
do de calles o la traída de aguas), necesariamente debieron recurrir también
al empleo de medios extraordinarios de financiación. Desde finales del si-
glo XV, el instrumento utilizado por excelencia fue la sisa, lo cual provoca-

82. ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo a fines de la Edad Media, p. 381.


83. Id., ibid., pp. 391-394.

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38 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

ría, como fue habitual en otras muchas ciudades castellanas, la oposición


del clero. La pavimentación de la ciudad, tarea que se inició a punto de
acabar 1498, se financió en una tercera parte mediante la sisa dispuesta por
el concejo; las otras dos terceras partes fueron costeadas por los vecinos de
las zonas pavimentadas, cada uno en el trozo de la calle correspondiente a
su fachada. El enorme esfuerzo económico que supuso la traída de aguas a
la ciudad contó desde 1492 con varias autorizaciones regias para que se hi-
cieran repartimientos entre el vecindario, hasta que finalmente, en 1531, se
pregonó la sisa sobre todo lo que se vendiese o entrase en la ciudad y sus
arrabales, sin ninguna exención para ningún vecino ni estamento de la urbe
y su tierra.84
Las obras de conservación de la muralla de Cuéllar suponían a menudo
una de las partidas más abultadas del presupuesto concejil. Aunque había
ciertos ingresos destinados íntegramente a la reparación de la cerca, como
los derivados de la percepción de ciertas multas, el concejo trató de aumen-
tar sus recursos siempre que tuvo ocasión para ello y, en cualquier caso,
tuvo que buscar nuevas formas de financiación, por la vía de los repartimien-
tos y de la tributación extraordinaria —con la consiguiente oposición de los
grupos clericales— para poder acceder a la reparación y mantenimiento de
las cercas, puentes y caminos.85
En Astorga se constatan caracteres que hemos visto en otras partes. La
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conservación de los muros representaba en el siglo XV el mayor porcentaje


de gasto de los recursos disponibles para obras y una parte considerable del
volumen de ingresos del concejo. A estas labores había que sumar los traba-
jos en los puentes y caminos, el empedrado de las calles, o las reparaciones
y la construcción de edificios públicos, como la casa del Regimiento, para la
que se destinaron parte de las penas pecuniarias impuestas por las autorida-
des. Si nos remitimos a los muros de la ciudad —que suponían el principal
renglón de gasto en el ámbito de las obras públicas—, a su mantenimiento y
reparación se dedicaban en exclusiva una serie de rentas de los propios con-
cejiles (la alcabalina, la renta de las torres, la renta del agua de la fuente),
una porción de las multas y, desde finales del siglo XV y ya entrados en el
XVI, el producto de la sisa de la carne y del vino.86

La construcción de las nuevas casas consistoriales de Zamora, realizada a


mediados de los años ochenta del siglo XV, se sufragó con los ingresos ordi-
narios de la hacienda concejil. Si embargo, no parece que esto fuera lo habi-

84. SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca, pp. 50-54, 88-93, 96-99. Véase también Y. GUE-
RRERO NAVARRETE y J. M.ª SÁNCHEZ BENITO, Cuenca en la baja Edad Media: un sistema de poder, Cuenca,
1994, pp. 205-235, 257-259.
85. OLMOS, «Urbanística medieval», pp. 59-60.
86. MARTÍN FUERTES, El concejo de Astorga, pp. 261-328, especialmente 320-321.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 39

tual. Por lo general, los fondos destinados a cubrir los gastos originados por
las obras públicas procedían «mayoritariamente de imposiciones extraordina-
rias solicitadas de la administración central con este objeto exclusivo». Estos
mecanismos extraordinarios de financiación, que en Zamora comenzaron a
generalizarse con la llegada de los Reyes Católicos, fueron básicamente dos:
repartimientos o derramas entre los vecinos de la ciudad y su tierra, inclui-
dos clérigos y caballeros, y sisas.87
El fuerte incremento de los gastos invertidos en estos ámbitos por la ha-
cienda concejil de la ciudad de Segovia entre finales del siglo XV y primeras
décadas del XVI fue debido al interés que mostró «el concejo por el acondicio-
namiento de algunos servicios urbanos y por la infraestructura de la misma,
empedrado, canalización de agua, sanidad y limpieza, etc., a los cuales va a
dedicar atención y dinero». Pero junto a los recursos propios de las finanzas
municipales, las autoridades segovianas también recurrieron a la imposición
extraordinaria —repartimientos y sisas—, con tal asiduidad que en algunos
momentos adquirieron rasgos de ordinariedad. Las derramas que se echaron
en la Tierra de Segovia entre 1463 y 1481 se destinaron preferentemente a obras
realizadas en puentes, muros e infraestructuras hidráulicas. Desde 1491 hasta
bien entrada la siguiente centuria, el segundo nivel en la escala de gastos de
las derramas, tanto para las solicitadas por la ciudad como por la Tierra, estuvo
ocupado por este mismo tipo de labores: construcción, reparación de muros,
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puentes y traída de agua a la ciudad. Las obras de empedrado y pavimentación


de Segovia se costearon con parte de las caloñas recaudadas por el concejo,
la cofinanciación de los propios vecinos y la imposición de sisas sobre pro-
ductos alimenticios de primera necesidad (carne, vino, pescado, pan). En
general, además del incremento de los fondos dedicados por las arcas muni-
cipales para este tipo de obras, el recurso a los repartimientos, las sisas y, en
su caso, como ocurrió en ciertas obras de infraestructura hidráulica, la copar-
ticipación vecinal en los costes de los trabajos, se transformó en un medio
habitual de financiación para la construcción de edificios (como el de la al-
hóndiga), la reparación y mantenimiento de puentes y muros, y las obras de
aprovisionamiento y abastecimiento de agua.88
Veamos un último ejemplo. A finales del siglo XV, la gestión económica de
las obras llevadas a cabo en la villa del Pisuerga era desempeñada por un
mayordomo de las labores del concejo, a cuyo lado trabajaba un obrero que

87. M. F. LADERO QUESADA, La ciudad de Zamora en la época de los Reyes Católicos. Economía y
gobierno, Zamora, 1991, pp. 240-257, la cita en p. 253, y, sobre todo, del mismo, «La remodelación del
espacio urbano de Zamora en las postrimerías de la Edad Media (1480-1520)», Espacio, Tiempo y For-
ma. Historia Medieval, 2, 1989, pp. 161-188.
88. M.ª ASENJO GONZÁLEZ, Segovia. La ciudad y su Tierra a fines del Medievo, Segovia, 1986, pp. 58-
79, 466-489, la cita en p. 468.

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40 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

actuaba diariamente como supervisor de los trabajos realizados.89 La fuente de


financiación fundamental con la que contaba este mayordomo para cubrir los
gastos ocasionados por las obras era el llamado dinero de la cerca, un im-
puesto indirecto que el Concejo arrendaba todos los años, entre las Pascuas
de Resurrección, consistente en el cobro de un dinero sobre cada libra de
todas las carnes muertas vendidas en las carnicerías públicas de la villa. Las
cantidades recaudadas y cargadas en la cuenta del mayordomo se destinaban
prioritariamente al pago de trabajos públicos: reparaciones y acondiciona-
mientos realizados en puentes y pasaderos, tanto interiores como extramuros
(puente de Cabezón, de Puenteduero); mantenimiento y reparación de las
murallas, sobre todo de sus puertas y postigos, pero también de lienzos de la
cerca, barbacanas, almenas…; aderezos, de muy diverso tipo, en las casas del
Regimiento de la plaza Mayor y de la plaza de Santa María, o en la picota;
construcción del reloj del Monasterio de San Francisco; conservación y arre-
glos de las tres Casas del Peso de la harina, la Casa del pescado, la Casa del
pan, las carnicerías públicas…; enlosamiento y pavimentación —y en algún
caso ensanchamiento— de calles y plazas, labores cuyo coste, en la mayoría
de los casos, era soportado por la ciudad en una tercera parte, quedando el
resto a costa de los vecinos cuyas viviendas colindaban con las obras; traba-
jos de conducción de aguas a la villa y de construcción y adobo de fuentes y
pozos, arreglo de albañares y tremedales… Con estos fondos también se pa-
gaban, sin embargo, otros gastos: los salarios del mayordomo y su obrero, los
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de los regidores que igualaban las obras, los de los dos escribanos encarga-
dos, respectivamente, de asentar toda la carne muerta vendida en la villa y
todos los gastos de obra cubiertos por el mayordomo; los prometidos gana-
dos por posturas realizadas en las subastas de la renta del dinero de la cerca;
indemnizaciones por desperfectos provocados en edificios y bienes privados
debido a la realización de obras u otras actividades del Concejo; y otros gas-
tos de carácter extraordinario como los que se produjeron por el recibimiento
de la princesa Margarita o los lutos que se celebraron por la muerte de su
marido, el príncipe Juan, en 1497. Además de la participación directa de los
vecinos en la financiación de las labores de pavimentación de sus calles, el
Concejo recurrió en alguna ocasión a la imposición de una derrama especial
entre los moradores de la villa, como los 90.000 maravedís que se obligaron
a entregar los mercaderes y comerciantes de Valladolid como ayuda para cos-
tear las obras de traída de agua y construcción de la fuente.90
En general, el panorama que contemplamos en Castilla en las últimas dé-
cadas del siglo XV y comienzos del XVI es el de unas ciudades y villas cuyo

89. Presenta similitudes con el sistema utilizado en otras partes, por ejemplo, el desarrollado en
Cuenca hasta los años ochenta del siglo XV (SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca, pp. 93-
94).
90. Archivo Municipal de Valladolid, Libros de Actas de 1497-1501, ff. 113 y ss.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 41

paisaje urbano está experimentando un intenso proceso de transformación


como fruto de la reorganización y ampliación del espacio ciudadano en arra-
bales que se extienden más allá de sus anillos amurallados; y como resultado
también de una política urbanística de los regimientos cada vez más decidida
e intervencionista, que se plasma en la elevación de edificios públicos y, so-
bre todo, en numerosas obras públicas de dotación de servicios a la comuni-
dad (pavimentación de calles y plazas, abastecimiento de agua, alcantarillado
y conducción de aguas residuales, construcción, reparación y acondiciona-
miento de edificios y construcciones públicas…).91 Añadamos a ello una
igualmente densa labor constructiva de las instituciones eclesiásticas y, tanto
más, de las aristocracias urbanas, exhibición ostensible del orgullo y del po-
der patricio.92
Es cierto que la actuación de las autoridades municipales fue, en líneas
generales, inconsistente, básicamente reglamentista y sancionadora; que mu-
chas medidas eran coyunturales y buscaban más que nada la solución a los
problemas más acuciantes; que no existía ningún tipo de planificación; que
los medios financieros puestos en práctica eran claramente deficientes; que
los resultados de su política fueron reducidos, poco eficaces e insuficientes.
Pero, sin embargo, se observa en esas mismas autoridades un esfuerzo gene-
ralizado por mejorar las condiciones de sanidad y seguridad urbanas, por
embellecer y honrar sus ciudades. Aunque de forma más tardía y con ritmos
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distintos a los desarrollados en otros territorios europeos, también asistimos


en Castilla, y de forma realmente intensa en todas partes, a lo que de mane-
ra expresiva se ha denominado la «laboriosa producción de un paisaje del
Bien Común».93 Aunque es muy fuerte la impresión de encontrarnos ante un
montaje escenográfico, en el que algunos edificios deslumbrantes, una arbo-
leda, unas cuantas calles pavimentadas o la construcción de una hermosa
fuente ocultan tras de sí una realidad mucho más prosaica, lo cierto es que
muy poco a poco, aunque de forma cada vez más intensa a medida que nos
acercamos a finales de la Edad Media y entramos en la Modernidad, se adop-
tan medidas que, si bien no modifican el trazado o la planta de las ciudades,
tratan de impulsar urbes más hermosas e insignes, tratan de mejorar las con-
diciones de vida de sus habitantes dentro de ciudades más bellas, sanas y
honorables.94

91. SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca, p. 93.


92. MONSALVO, «Espacios y poderes», pp. 143-147.
93. C. BILLEN, «Dire le Bien Commun dans l’espace public. Matérialité epigraphique et monumen-
tale du bien commun dans les villes des Pays-Bas, à la fin du Moyen Âge», en LECUPPRE-DESJARDIN y
VAN BRUAENE (eds.), De Bono Communi, pp. 71-88, en concreto pp. 80-85.
94. MENJOT, «L’élite dirigeante urbaine»; BONACHÍA, «Más honrada»; ASENJO, Segovia. La ciudad y su
Tierra, p. 78.

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42 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

5. CONSIDERACIONES SOBRE EL DISCURSO POLÍTICO: EL BIEN COMÚN, LA FISCALIDAD Y


LA CONSTRUCCIÓN COMPARTIDA DE LA CIUDAD

Como hemos visto, la financiación de todas esas obras públicas recaía so-
bre los recursos ordinarios de los erarios municipales y, en ocasiones, direc-
tamente sobre los vecinos, que tenían que compartir con los concejos, con
su propio peculio, el coste de la pavimentación, la limpieza o el alcantarilla-
do de la parte de la calle que lindaba con su morada u otras pertenencias.
Pero además, el alto coste de los trabajos y la delicada situación financiera
de los concejos castellanos dio lugar a que cada vez se generalizara más el
recurso a fuentes de financiación extraordinarias: derramas, repartimientos y,
sobre todo, sisas, prácticamente extendidas por todas partes —y casi conver-
tidas en ordinarias— cuando entramos en los tiempos modernos. Fueran
impuestos directos o indirectos, como las difundidas sisas u otro tipo de ren-
tas municipales destinadas a obras que pesaban sobre la venta de mercancías
y mantenimientos de primera necesidad,95 la carga de la presión fiscal —re-
cordemos el texto de las Partidas— recaía sobre todos los vecinos de las
ciudades y villas y, en muchísimos casos, sobre los habitantes de los lugares
y aldeas de sus alfoces y Tierras,96 sin que inicialmente hubiera privilegios
excluyentes de personas o estamentos.
Unas formas de financiación que, a la postre, afectaban al conjunto de
la población, pero que siempre encontraban justificación en el logro del
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bien colectivo. Las obras realizadas sobre los edificios y espacios públicos
eran útiles y necesarias para preservar y mejorar la salud de las personas,
así como para alimentar la prestancia y el ennoblecimiento de la ciudad.97

95. La renta de las cuchares de Oviedo era un impuesto sobre el grano (ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo
a fines de la Edad Media, p. 54). Como he comentado, la alcabalina de León gravaba todas las mercan-
cías que pagaban alcabala (ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León, p. 54), y la de Astorga recaía sobre la
carne y la leña (MARTÍN FUERTES, El concejo de Astorga, p. 288). El dinero de la cerca de Valladolid se
imponía sobre cada libra de carne vendida en las carnicerías públicas vallisoletanas (véase p. 39). El
cornado de la cerca de Piedrahita recaía sobre el consumo de carne (un cornado por arrelde) y de
vino (un cornado por azumbre) (LUIS LÓPEZ, La Comunidad de Villa y Tierra de Piedrahita, p. 296).
96. Como se ha podido comprobar en algunos de los ejemplos expuestos, aunque, evidentemen-
te, hay excepciones: véase VALDEÓN, ‹‹Reflexiones sobre las murallas››, pp. 82-83.
97. El adelanto de las ciudades italianas en el proceso de conquista del espacio público y en este
terreno es indudable. En estos ámbitos, y aparte de otros rasgos, una de las grandes novedades de la
actuación llevada a cabo por los regímenes populares de las comunas italianas en el campo de los
equipamientos públicos fue el hecho de no disociar lo bello de lo útil (MAIRE VIGUEUR, ‹‹Les grands
chantiers››, p. 461). Véase así mismo CROUZET-PAVAN, ‹‹Entre collaboration et affrontement››, passim;
BONACHÍA, «Entre la «ciudad ideal» y la «sociedad real»: consideraciones sobre Rodrigo Sánchez de Aré-
valo y la Suma de la Política», Stud. Hist., H.ª mediev., 28, 2010, pp. 23-54; CAYETANO, «La ciudad medie-
val y el Derecho», pp. 69-70. E. GUIDONI, ‹‹Lo spazio urbano medievale in Italia e in Europa››, en ARÍ-
ZAGA BOLUMBURU y SOLÓRZANO TELECHEA (eds.), El espacio urbano en la Europa medieval, pp. 373-385,
en concreto pp. 383-385. También en Inglaterra, por citar otro espacio europeo, se constata a partir de
1300 un «change of emphasis» en la construcción de edificios públicos, una de cuyas manifestaciones

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 43

La financiación indispensable para llevarlas a cabo se convertía, en conse-


cuencia, en una obligación colectiva y solidaria, destinada a mejorar las
condiciones de vida de la comunidad. Hay una lógica que engarza el ideal
del Bien Común, la política edilicia urbana y la política fiscal y financiera
de los municipios.98 La necesaria —pero también muy costosa para sus ve-
cinos—, pavimentación de las vías públicas de Cuenca era respaldada por
los miembros del regimiento como una labor beneficiosa para la salud de
las personas.99 La licencia para imponer un maravedí sobre cada carro que
entrara en la ciudad que la reina Juana concedió a León en 1509, con desti-
no al empedramiento de sus calles, se hizo porque «esa dicha çibdad tenía
nesçesidad de se enpedrar para estar más sana e ennoblesçida».100 La solici-
tud que los ediles de Toledo realizaron en 1497 a los Reyes Católicos para
poder echar una sisa destinada a empedrar las calles de la ciudad se funda-
mentaba en «la mucha nesçesidad que avía de remediar e reparar las calles
públicas della, asy para ennoblesçer la dicha çibdad como para evitar e
quitar las dolençias e enfermedades que por non estar limpias las dichas
calles se podrían seguir e se syguían». Dos años más tarde, los monarcas
escribían a las autoridades toledanas ordenando «que de aquí adelante, en
cada un anno, proveays cómo de los propios de la dicha çibdad se reparen
las calles, madres e cannos de la dicha çibdad, en quanto posible sea, e que
no se gasten ni espendan las dichas rentas en pagar salarios demasiados,
nin en otros edefiçios menos neçesarios, salvo en aquello que cumple al bien
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e pro común de la dicha çibdad».101 El Bien Común se asocia al manteni-


miento y protección de los bienes comunes, a la conservación y mejora de
los edificios y espacios públicos, a su necesidad y utilidad para la colectivi-
dad. Es el triunfo de lo público —de la utilitas de los espacios concejiles
frente a la superbia catedralicia y la vanitas patricia102—, del gasto de los
recursos públicos en inversión pública y necesaria. En 1495 se pedía en

más ostensibles es una creciente preocupación por la belleza de la ciudad en un contexto de desa-
rrollo y mantenimiento de una retórica más sofisticada del bien común (S. REES JONES, ‹‹Civic govern-
ment and the development of public buildings and spaces in Later Medieval England›, en ARÍZAGA
BOLUMBURU y SOLÓRZANO TELECHEA (eds.), Construir la ciudad en la Edad Media, pp. 479-511, en con-
creto pp. 509-511). VAL VALDIVIESO observa su presencia, junto al honor y la honra, en las Crónicas
castellanas del siglo XV, como atributos a los que aspira toda ciudad (‹‹Imagen de la ciudad en las
Crónicas››, pp. 479 y ss.).
98. Véase P. BOUCHERON, «Politisation et dépolitisation d’un lieu commun. Remarques sur la no-
tion de Bien Commun dans les villes d’Italie centro-septentrionales entre commune et seigneurie», en
LECUPRE-DESJARDIN y VAN BRUAENE (eds.) De Bono Communi, pp. 237-250, p. 246.
99. SÁNCHEZ BENITO, El espacio urbano de Cuenca, p. 92.
100. ÁLVAREZ ÁLVAREZ, La ciudad de León, p. 145.
101. IZQUIERDO BENITO, Un espacio desordenado, pp. 76-77. Parecidos presupuestos mueven, por
ejemplo, a las autoridades zamoranas en su política urbanística (M. F. LADERO, «La remodelación del
espacio»), a las burgalesas (BONACHÍA, «Más honrada», pp. 194-200), o a las segovianas (ASENJO, Sego-
via. La ciudad y su Tierra, pp. 56 y ss.).
102. MONSALVO, «Espacios y poderes», p. 146.

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44 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

Oviedo la eliminación de «las comidas que hacen los regidores a cuenta de


los propios de la ciudad, no siendo necesarias y pudiéndolas excusar (…)»,
y se reclamaba que los propios de la ciudad se gastasen en «cosas necesa-
rias y públicas».103 Y, puesto que se trata de lograr el Bien de todos, todos
—incluso los clérigos, a pesar de su permanente oposición— están obliga-
dos a colaborar, también fiscalmente, en su consecución.104 La necesidad y
la utilidad públicas se contituyen como nociones fundamentales (y eminen-
temente pragmáticas) en la construcción del concepto del Bien Común y
actúan por todas las partes como argumentos en los cuales encuentra aco-
gida y amparo la imposición fiscal, con premisas justificativas de actitudes
y decisiones financieras y fiscales.105

Retornemos un momento a las Partidas. Quien hace las leyes —esto es, el
emperador o el rey en la concepción centralizadora de las Partidas— «debe
amar justicia et el pro comunal de todos». La finalidad y el deber del buen
político consistían en gobernar por y para el bien común de las gentes. Al
contrario que los tiranos, que «aman mas de facer su pro, maguer sea a daño
de la tierra, que la pro comunal de todos», los buenos monarcas siempre de-
ben guardar el pro comunal de su pueblo más que el suyo propio.106 Pero en
la consecución del bien y provecho de las gentes no toda la labor correspon-
de al gobernante. También hay una corresponsabilidad del pueblo, una parte
de obligación que incumbe a los súbditos, a los ciudadanos. Para los autores
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del código alfonsí, todos los hombres deben esforzarse, ya sea con su propio
trabajo o mandando cómo hacerlo, para que la tierra donde habitan sea bien
explotada, produzca frutos y no quede baldía, y lo mismo cabe hacer respec-
to a las casas y edificios. Y si se hace así, ese trabajo proporcionará dos be-
neficios: el pro de los hombres y la apostura de la tierra:

Et non tan solamiente decimos esto por las heredades de que han los frutos,
mas aun de las casas en que moran et do tienen lo suyo, et de los otros edificios

103. ÁLVAREZ FERNÁNDEZ, Oviedo a fines de la Edad Media, p. 393.


104. Sobre el problema y los conflictos generados por la contribución de personas e instituciones
exentas, y en particular de los eclesiásticos, remito de nuevo, para las ciudades catalanas de la baja
Edad Media, a VERDÉS, «Car les talles són difícils».
105. Véanse sobre estos asuntos y como ejemplos de espacios geográficos diferenciados los
trabajos de A. RIGAUDIERE, «Donner pour le Bien Commun et contribuer pour les biens communs dans
les villes du Midi français du XIIIe au XVe siècle», en LECUPPRE-DESJARDIN y VAN BRUAENE (eds.), De Bono
Communi, pp. 11-53; y en el mismo volumen, E. ISENMANN, «The notion of the Common Good, the
concept of politics, and practical policies in Late Medieval and Early Modern German cities», pp. 107-
146; J. DUMOLYN y E. LECUPPRE-DESJARDIN, «Le Bien Commun au Flandre médiévale: une lutte discursive
entre princes et sujets», pp. 253-266.
106. Part. I, I, XI, XV y XVI; II, I, IX y X. Por supuesto, las referencias al «bien et pro» de las gen-
tes como objetivo de la acción política son mucho más abundantes a lo largo de toda la obra, espe-
cialmente en la Segunda Partida.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 45

de que se ayudan para mantenerse: ca todo esto deben labrar en manera que
la tierra sea por ello mas apuesta, et ellos hayan ende sabor et pro.107

Las casas y edificios que construyen las gentes «non tan solamente se tor-
nan en pro de sus señores, mas aun en fermosura comunal de los logares do
son fechos».108 Y no sólo las grandes obras públicas, obligación que concier-
ne más directamente al gobernante. También las construcciones privadas
debían contribuir a afianzar la belleza y nobleza de la ciudad, a incrementar
su prestigio y, con ello, a la postre, a promover una identificación entre el
grupo humano y su espacio físico, a cristalizar el proceso de construcción
de una identidad colectiva y fomentar el orgullo cívico de pertenencia a una
comunidad.109 Como se ha dicho, la «política del bien común se orienta a
hacer surgir en los ciudadanos un sentimiento compartido, el de vivir en la
misma ciudad».110 Y si es obligación de todos trabajar la tierra y mantener y
restaurar sus casas para su provecho y para apostura y nobleza de las ciuda-
des —y, con ellas, del Reino—, tanto más es deber de toda la comunidad,
sin exclusión, cooperar en el mantenimiento y conservación de los bienes
públicos. Por eso, como dije al principio, el coste de la construcción, man-
tenimiento y reparación de dichos bienes debe hacerse con cargo a los in-
gresos y rentas del Concejo. Pero si las ciudades y villas no tuvieran recur-
sos hacendísticos suficientes, los fondos necesarios debían obtenerse de la
contribución extraordinaria impuesta sobre los vecinos, sin que ninguno de
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ellos pudiera excusarse por su estado o condición. Bien o mal recibida, más
o menos rechazada, la presión fiscal sobre el ciudadano invocaba, en última
instancia, a un principio de igualdad y solidaridad social en nombre del
provecho general. La construcción de la ciudad se transformaba de ese
modo en una gran obra colectiva,111 en la que todos tenían su parte, mayor o
menor, de arquitectos. Pues, al fin y al cabo, como afirmaban los autores de
las Siete Partidas:

(…) ca pues que la pro destas labores pertenesce comunalmiente á todos, gui-
sado et derecho es que cada uno faga hi aquella ayuda que podiere.112

107. Part. II, XX, IV.


108. Part. III, II, XVI.
109. J. ESCALONA MONGE, ‹‹Territorialidad e identidades locales en la Castilla condal››, en J. A. JARA
FUENTE; G. MARTIN; I. ALFONSO ANTÓN (eds.), Construir la identidad en la Edad Media. Poder y memo-
ria en la Castilla de los siglos VII a XV, Cuenca, 2010, pp. 55-82 y, más en concreto, pp. 57-63. Véase,
igualmente, GUERRERO, «La fiscalidad como espacio privilegiado».
110. BOUCHERON y MENJOT, Historia de la Europa urbana. II La ciudad Medieval, p. 210.
111. Véase sobre estas cuestiones, CROUZET-PAVAN, ‹‹Entre collaboration et affrontement››, pp. 376-
380.
112. Part. III, XXXII, XX. Véase RIGAUDIÈRE, «Donner pour le Bien Commun», pp. 13, 23-27.

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46 JUAN A. BONACHÍA HERNANDO

Todos estos conceptos y principios servían, en último término, para avalar


un determinado orden social y para proyectar sobre el imaginario colectivo la
imagen de un buen gobierno, admitido y bendecido por todos como legítimo,
justo y eficaz: en las intervenciones urbanísticas del poder, por muy voluntaris-
tas que sean, hay siempre una lógica de dominación, un componente simbóli-
co de afirmación del propio poder. Cabría preguntarse, no obstante, qué había
en todo ello de demanda social —y por lo tanto de consenso y construcción
de la ciudad «desde abajo»—. Y en este sentido tal vez podría afirmarse que,
a punto de acabar la Edad Media en Castilla, toda una serie de conceptos
que alimentaban una determinada retórica del Bien Común utilizada por el
poder como instrumento de afianzamiento político (primacía de lo público;
protección de la seguridad y salubridad urbanas; apostura, honra y nobleza
ciudadanas, necesidad y utilidad social, etc.), acabaron siendo asumidos tam-
bién por el conjunto de la población como símbolos del ideario colectivo y
factores de cohesión identitaria. El ideal del Bien Común —y su indiscutible
primacía sobre el interés particular— legitimaba la actuación de los gober-
nantes y, simultáneamente, se convertía en el argumento que guiaba los
comportamientos y obligaciones de los gobernados.
Pero ese discurso también servía (o podía servir) para amparar intereses
privados o de grupo y ser utilizado, en caso de conflicto, en función de ellos
y en su defensa. En 1503 se desarrolló un pleito en Aranda de Duero entre los
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vecinos de la calle de Barrionuevo y los propietarios de unas casas y bode-


gas ubicadas en la calle del Pozo. Los primeros solicitaban que se abriera
esta tortuosa calle, derribando algunos edificios que impedían acceder de
forma directa y sin molestos rodeos desde Barrionuevo a la plaza e iglesia de
Santa María, el centro neurálgico de la villa.113 Era un contencioso entablado
entre particulares, en el que el concejo de Aranda no intervino como parte
implicada.
Los propietarios de la calle del Pozo basaron su defensa en las pérdidas
que esa obra suponía para su patrimonio privado. Por su parte, los vecinos
de Barrionuevo nunca alegaron, en defensa de su demanda, el beneficio par-
ticular. Lo que ellos se cuidaron por defender fue el provecho público de su
reclamación, un beneficio que, en su opinión, repercutiría sobre la calle don-
de vivían pero especialmente, por extensión, sobre el conjunto de la villa y
sobre la población arandina. Y en esa postura contaban con el apoyo de va-
rios testigos del pleito, que declaraban que la honra de las calles es ennoble-
cimiento de la villa. De ese modo, aun siendo entre particulares, el proceso
adquiría rasgos de índole y resonancia política: lo que se estaba planteando

113. El expediente del pleito ha sido publicado por J. G. PERIBÁÑEZ OTERO e I. ABAD ÁLVAREZ, Aran-
da de Duero, 1503, Burgos, 2003. Lo he estudiado, con más detalle, en «El desarrollo urbano de la villa
de Aranda de Duero en la Edad Media», Biblioteca. Estudio e Investigación, 24, 2009, pp. 9-35.

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OBRAS PÚBLICAS, FISCALIDAD Y BIEN COMÚN… 47

por los demandantes era, en última instancia, una estrategia de defensa de la


superioridad de lo público sobre los intereses privados. En ella se reiteraron
principios y conceptos ya asumidos por el conjunto de la población: la utili-
dad y el provecho públicos, el ornato, la honra, el ennoblecimiento… fueron
argumentos utilizados de modo permanente por los letrados de los vecinos
de Barrionuevo. Entre sus alegatos tuvo un importante papel el principio de
que cualquier vecino podía ser desposeído de su hacienda por el poder pú-
blico a cambio de un precio justo, siempre que la expropiación fuera nece-
saria o de ella se derivara —lo cual era sustancial en este caso— provecho
para la república.114
Es más que probable, como argumentaba la parte contraria, que los veci-
nos de Barrionuevo estuvieran defendiendo sus intereses particulares, aun-
que a lo largo del pleito se cuidaron mucho de mentarlos. Pero lo cierto es
que su demanda fue planteada en todo momento en función de la defensa
del bien común, erigiéndose de ese modo en representantes y portavoces
de los intereses colectivos. Del otro lado, los propietarios de la calle del
Pozo nunca estuvieron en posición de asumir un papel semejante, sino todo
lo contrario, de tal modo que, a lo largo del proceso, llegó a producirse
cierto intercambio de papeles: su posición acabó apareciendo no tanto
como la del propietario perjudicado por una demanda ajena, que temía per-
der una parte de su fortuna, cuanto la del agresor de los intereses colecti-
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vos, cuyo interés particular ponía límites al superior provecho público. El


esfuerzo de sus procuradores se dirigió a evitar que el litigio se llevara al
terreno de lo público contra lo privado para reconducirlo al estricto ámbito
de un conflicto entre intereses particulares. Pero, en su caso, lo fundamental
de su alegato se basó en la defensa de que los derechos privados de sus
clientes se encontraban por encima del bien general. Y en ese terreno esta-
ba decidida su derrota.115
Además de los interrogatorios presentados por las partes litigantes, tam-
bién se pidió información al corregidor de Aranda. Alguna de las preguntas

114. Como, veíamos, lo era también en las Partidas en relación con la construcción de las mura-
llas (véase p. 8). A la expropiación como aplicación jurídica del argumento del Bien Común se refie-
re G. NAEGLE, «Armes à double tranchant? Bien Commun et chose publique dans les villes françaises
au Moyen Âge», en LECUPPRE-DESJARDIN y VAN BRUAENE (eds.), De Bono Communi, pp. 55-70, en con-
creto pp. 62-63.
115. Aunque el recurso al ideal del Bien Común tenga en ocasiones un carácter ambiguo y pue-
da servir como argumento a intereses distintos, lo que, sin embargo, no admite dicho concepto es
que el bien particular pueda imponerse sobre él y superarlo: todo el mundo debe prestarse a defen-
derlo, por encima de intereses privados. Lo cual olantea la cuestión de la dificil conciliación de di-
chos intereses privados. Lo cual plantea la cuestión de la dificil conciliación de dichos intereses
particulares con la noción de interés general. Véase, por ejemplo, NAEGLE, «Armes à double tran-
chan?», pp. 56-59, 66-68, o DUMOLYN y LECUPPRE-DESJARDIN, «Le Bien Commun au Flandre médiévale»,
pp. 259-263.

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realizadas a los testigos de la probanza que éste llevó a cabo no pretendía
dejar lugar a dudas: «Yten sean preguntados sy saben e conocen que abrién-
dose la dicha calle de Barrio Nuevo por las dichas casas es universal pro a los
vecinos de la dicha villa e nobleçimiento de ella. E que es más el nobleçimien-
to de la dicha villa e pro universal que no el daño e perjuicyo que se puede
seguyr a los señores de las dichas casas pagándoles el daño». Al final, el corre-
gidor acabó emitiendo, como era previsible, una opinión favorable a la aper-
tura de la calle, ya que según su parecer, la información recogida por él
probaba que era mucho mayor el «pro universal» que recibía la villa que «el
daño e perjuizio» causado a los bodegueros. Y acababa reiterando el aserto
jurídico según el cual «la utilidad pública a de ser preferida a la privada
utilidad».116
Podría afirmarse, en fin, que el discurso del Bien Común y toda una serie
de conceptos asociados a él, utilizados por el poder como instrumentos de
cohesión social y legitimación política, ya habían sido «socializados», se ha-
bían universalizado y habían penetrado en el tejido social de tal forma que
se habían convertido en argumentos de amparo de intereses particulares. Al
fin y al cabo, la consecución del pro comunal, la misma «construcción com-
partida» de la ciudad en la que todos tenían su parte, no podían escapar a los
conflictos de intereses entablados en el seno mismo de la sociedad, no po-
dían eludir los conflictos inherentes a la propia sociedad.
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116. «Por mandado de vuestra alteza hize la presente información e, conforme a la su çedula,
reçebí los testigos que las partes quisieron presentar e, allende de aquellos, de mi offiçio reçebí doze
testigos ombres sin sospecha (…). Por la qual información se prueva copiosamente ser pro universal
de los vezinos e moradores de la dicha villa e grande noblesçimiento de ella que la dicha calle de
Barrio Nuevo se abra por las dichas casas del dicho Gonzalo Sánchez de Calahorra e de Alonso de
Moradillo, e se prueva ser más el nobleçimiento de la dicha villa e pro universal de ella que no el
daño e perjuizio que se puede seguir a los señores de las dichas casas. De manera que (…) mi pare-
cer es, por aquella razón de derecho que dispone que la utilidad pública a de ser preferida a la pri-
vada utilidad, que vuestra alteza debe mandar abrir la dicha calle, mandando pagar el justo valor de
las dichas casas a los señores de ellas» (PERIBÁÑEZ-ABAD, Aranda de Duero…, pp. 196-198. La cita an-
terior, referida a la pregunta de los testigos, está en p. 190).

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Las villas cantábricas bajo el yugo de la nobleza.
Consecuencias sobre los gobiernos urbanos
durante la época Trastámara*

JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA


JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA
Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
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D URANTE EL REINADO DE LOS PRIMEROSTRASTÁMARA, una parte significativa


de las tierras, villas y ciudades del realengo castellano fueron entre-
gadas a los grandes señores del reino. También entre Asturias y Gui-
púzcoa, territorio objeto de nuestro estudio. Es cierto que, durante el siglo
anterior, algunos señores estimularon el nacimiento de centros urbanos en la
Cornisa Cantábrica, pero su entrada en el señorío jurisdiccional a partir de
los años setenta del siglo XIV, constituye —como en otras áreas del reino—
un fenómeno histórico sin precedentes que determinará la historia de esos
núcleos durante el Antiguo Régimen. En este texto pretendemos acercarnos
a ese fenómeno y estudiar sus consecuencias en el plano político, es decir,
en la impronta señorial sobre el gobierno de las villas —que en absoluto
responde a un único patrón— y su evolución durante el período objeto de
estudio. Ahora bien, nuestro interés no sólo gira en torno a las consecuen-
cias del dominio señorial sobre los gobiernos urbanos, abarca también el

* Este trabajo forma parte de los resultados del Proyecto de investigación «De la Lucha de Ban-
dos a la hidalguía universal: transformaciones sociales, políticas e ideológicas en el País Vasco (si-
glos XIV y XV)». Ministerio de Ciencia e Innovación (HAR2010-15960) y del Grupo Consolidado de In-
vestigación del Gobierno Vasco Sociedad, poder y cultura en el País Vasco (siglos XIV y XV), IT-322-10.

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50 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

análisis de otros fenómenos que tienen lugar paralelamente al anterior. Nos


referimos especialmente a dos: en primer lugar a la usurpación de algunas
villas norteñas por señores sin previa concesión del señorío jurisdiccional y,
en segundo lugar, a los instrumentos que permitieron a los linajes urbanos el
control de los gobiernos de las distintas villas hasta la reforma municipal ini-
ciada en 1476 en Vitoria por Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.
Para alcanzar los objetivos señalados hemos utilizado documentación mu-
nicipal publicada e inédita de distintas villas cantábricas, documentación ju-
dicial procedente de la Real Chancillería de Valladolid, documentación seño-
rial y la literatura histórica sobre la cuestión.1

1. LAS VILLAS DE LA CORNISA CANTÁBRICA: INICIATIVA SEÑORIAL E INCORPORACIÓN A LOS


SEÑORÍOS JURISDICCIONALES

El grueso de las villas cantábricas recibió fuero de los reyes castellanos y


navarros. El proceso de urbanización, en lo esencial, había concluido antes
de la llegada de los Trastámara y ha sido abordado por numerosos
investigadores,2 pero nos interesa destacar aunque sea brevemente, la inicia-
tiva señorial en su creación y la incorporación de las villas a los distintos
señoríos. Los dos polos señoriales que concentraron la iniciativa de creación
de las villas norteñas fueron, por este orden, el Señor de Vizcaya y el obispo
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de Oviedo. En el primer caso, los señores de Vizcaya, que ostentaban un


señorío patrimonial y estaban vinculados por lazos vasalláticos al rey

1. Nos referimos especialmente a algunos trabajos clásicos como los de J. I. RUIZ de la PEÑA, Las
«polas» asturianas en la Edad Media. Estudio y diplomatario, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1981; J.
A. GARCÍA de CORTÁZAR, «Las villas vizcaínas como formas ordenadoras del poblamiento y la pobla-
ción», en Las formas del poblamiento del Señorío de Vizcaya, Bilbao, Diputación de Vizcaya, 1978,
pp. 69-111; B. ARÍZAGA, Urbanística Medieval: Guipúzcoa, San Sebastián, Kriselu, 1990; J. Á. SOLÓRZANO
TELLECHEA, Santander en la Edad Media: Patrimonio, Parentesco y Poder, Torrelavega, Universidad de
Cantabria-Ayuntamiento de Torrelavega, 2002; E. GARCÍA FERNÁNDEZ, Gobernar la ciudad en la Edad
Media: Oligarquías y élites urbanas en el País Vasco, Vitoria, Diputación Foral de Álava, 2004; M.ª S.
TENA, La sociedad urbana en la Guipúzcoa costera medieval: San Sebastián, Rentería, y Fuenterrabía
(1200-1500), San Sebastián, Instituto Doctor Camino, 1997; A. DACOSTA, Los linajes de Vizcaya en la Baja
Edad Media: Poder, parentesco y conflicto, Serie Historia Medieval y Moderna, Bilbao, Universidad
del País Vasco, 2003; J. A. ACHÓN, «A voz de Concejo». Linaje y corporación urbana en la constitución
de la Provincia de Guipúzcoa: Los Báñez de Mondragón, siglos XIII-XVI, San Sebastián, Diputación
Foral de Gipuzkoa, 1995; J. R. DÍAZ de DURANA, Álava en la Baja Edad Media: Crisis, Recuperación y
Transformaciones Socioeconómicas (c.1250-1525), Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1986.
2. Junto a los citados debemos resaltar, además, los trabajos de J. Á. SOLÓRZANO TELLECHEA y B.
ARÍZAGA (coords.), El fenómeno urbano medieval entre el Cantábrico y el Duero: revisión historiográ-
fica y propuestas de estudio, Asociación de Jóvenes Historiadores de Cantabria, 2002; P. MARTÍNEZ SO-
PENA y M. URTEAGA (eds.): Las villas nuevas medievales del Suroeste europeo De la fundación medieval
al siglo XXI. Análisis y lectura contemporánea. Actas de las Jornadas Interregionales de Hondarribia
(16-18 de noviembre de 2006). Boletín Arkeolan n.º 14, Centro de Estudios e Investigaciones Histórico-
Arqueológicas-Historia eta Arkeologiako Azterketa eta Ikerketa Zentroa, 2006.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 51

castellano,3 otorgaron el fuero de Logroño a veintiún villas entre 1199 y 1376.


Las cinco últimas recibieron fuero del Infante D. Juan, titular del Señorío
desde 1375: Juan I incorporó por primera vez en 1379 el título de Señor de
Vizcaya a los que ya ostentaban los reyes de Castilla.4 Por el contrario, en el
segundo caso los obispos de la sede ovetense, que actuaban con autoriza-
ción expresa del rey, apenas fundaron cinco villas en tierras sometidas a su
señorío jurisdiccional.5
Hubo otras iniciativas señoriales singulares que alcanzaron éxito. Así, en
Cantabria, en 1308, Diego Gutiérrez de Ceballos y Ruy Gil de Villalobos ce-
dieron tierras a los de Escalante

(…) e a todos los otros de cualquier lugar que con busco quesyeren bivyr e po-
blar la nuestra heredad que nos avemos en Torre Dueles (…) y de vos amparar
e defender a los pobladores sobredichos de Escalante e a los del valle e de vos
mantener todos vuestros fueros e usos e costumbres, asy en fechos de justicia e
de los alcalldes e en todas las otras cosas como fue usado e guardado fasta
aquy (…)

A cambio exigieron que les pagaran 1.000 maravedís anuales por San Mar-
tín.6 Otros intentos, sin embargo, fracasaron. Como el que protagonizó Pedro
Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, con formidables intereses en
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la Cornisa Cantábrica, cuando se propuso fundar en 1498 una villa en Bara-


caldo, en torno a sus torres de Luchana.7
Los resultados de la iniciativa señorial en la urbanización de la Cornisa
Cantábrica, salvo en el caso vizcaíno, son insignificantes. Sin embargo, nu-
merosas villas se incorporaron al señorío a partir de la llegada de los Trastá-
mara, un fenómeno histórico sin precedentes que marcará con su particular
sello la historia de esos núcleos durante el Antiguo Régimen. En primer lu-
gar, fruto de las mercedes que los reyes entregaron a los señores pero tam-
bién como resultado de la usurpación de la jurisdicción de las villas o del

3. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, «La creación de los perfiles físicos e institucionales del Señorio de
Vizcaya», en Les Espagnes Médiévales. Aspects Économiques et sociaux, Mélanges offerts à Jaun Gautier
Dalché, Niza, 1984, p. 9.
4. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, «Las villas vizcaínas como formas ordenadoras del poblamiento y la
población», en Las formas del poblamiento del Señorío de Vizcaya (Bilbao: Diputación de Vizcaya,
1978), pp. 69-111.
5. J. I. RUIZ de la PEÑA, Las «Polas» asturianas en la Edad Media…, pp. 65-69: la puebla de Robo-
redo (1276-1278) que fracasó, la puebla de Allande (1262-1268), la de Castropol (1298) —que sustituyó
a la de Roboredo—, la de Langreo (1338) y Las Regueras (1421).
6. J. Á. SOLÓRZANO TELECHEA, «El fenómeno urbano medieval en Cantabria», p. 263.
7. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, B. ARIZAGA, M.ª L. RIOS, I. del VAL, Vizcaya en la Edad Media, Evolu-
ción demográfica, económica, social y política de la comunidad vizcaína medieval, San Sebastián,
Haramburu Editor, 1985, I, p. 225.

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52 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

control que determinados miembros de la nobleza lograron ejercer sobre la


población y los gobiernos urbanos cantábricos.
En Asturias, junto al señorío de la mitra ovetense, destacan dos señoríos ju-
risdiccionales. En primer lugar, el de Alfonso Enríquez, Conde de Noreña, hijo
bastardo del primer Trastámara y principal beneficiario de las mercedes enri-
queñas en el territorio: las pueblas de Gijón, Siero, Allande, Nava, Llanes, Riba-
desella, Cangas, Pravia, Luarca, Salas y otros concejos hasta que en 1383 su seño-
río se repartió entre el realengo y el obispo de Oviedo.8 En segundo lugar, el
que constituyó Pedro Suárez de Quiñones, Adelantado de León y Asturias,
quien obtuvo también varias jurisdicciones sobre distintas villas: En 1369 sobre
las de Allande, Cangas y Tineo9 y en 1396 sobre Somiedo.10 Más adelante, en
1440, Diego Fernández de Quiñones, a cambio de las primeras recibió la villa de
Llanes11 y, en 1465, durante el efímero «reinado» del infante Alfonso XII, pertene-
cieron a los Quiñones Avilés, Grado y Pravia,12 pero la disputa sobre los dere-
chos que tenía sobre esas villas aún no estaba resuelta a fines del siglo XV.13 En
esos años, igualmente, se les requirió que probaran su posesión sobre la villa de
Somiedo.14 A juicio de Miguel Calleja, la acumulación de un poder excesivo y la
periódica voluntad de los Príncipes de Asturias de hacer efectivo su poder los
convirtió en una amenza y su eliminación fue uno de los objetivos de la política
antiseñorial de los Reyes Católicos que, en 1491, a la muerte de Diego Fernández
de Quiñones, les asestaron un golpe definitivo en su aspiración sobre el mante-
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nimiento de sus derechos señoriales en Asturia.15 Compraron también Navia16 y


Ribadesella17 y eran encomenderos mayores de los monasterios de Santa María
de Obona —junto a Tineo— y San Juan de Corias —junto a Cangas—.18

8. J. I. RUIZ de la PEÑA Historia de Asturias. Baja Edad Media, vol. 5, Oviedo, Ayalga, 1979, p. 138.
9. Archivo de los Condes de Luna (ACL), Pergaminos, doc. 13 (1379) y Documentos, doc. 26
(1401). Además, en palabras de C. JULAR, encuentra ratificación a todas las concesiones hechas con
anterioridad a miembros de su linaje: la merindad de la ciudad de Oviedo, el concejo de Gordón, la
martiniega y el portazgo de Astorga y otras rentas de esa ciudad. Los Adelantados y Merinos Mayores
de León (siglos XIII-XV), León: Junta de Castilla y León/Universidad de León, 1990, p. 337.
10. ACL, Documentos, doc. 19 (1396). Junto a Somiedo recibe Laciana y Ribadesil de Suso y de
Yuso que añade a otros concejos leoneses. C. ÁLVAREZ, El Condado de Luna en la Baja Edad Media,
León, 1982, pp. 65-66.
11. ACL, Documentos, doc. 133 (1440).
12. ACL, Documentos, doc. 229 (1465).
13. ACL, Documentos, docs. 414-423.
14. ACL, Documentos, docs. 430 y 431.
15. M. CALLEJA, «La Asturias Medieval», en Historia de Asturias, Oviedo, KRK, 2005, pp. 294-295
16. ACL, Documentos, doc. 147 (1442)
17. ACL, Documentos, docs. 151 y 152 (1443).
18. C. ÁLVAREZ, «La casa de Quiñones comendataria de monasterios de Asturias y León (1350-1450)»,
Semana del Monacato cántabro-astur-leonés, Monasterio de San Pelayo, 1982, p. 323. Sobre los bene-
ficiarios de las «mercedes enriqueñas» en el área asturleonesa, véase el trabajo de C. JULAR, Los Ade-
lantados y Merinos Mayores de León (siglos XIII-XV), León: Junta de Castilla y León / Universidad de
León (Biblioteca de Castilla y León. Serie Historia 12), 1990, pp. 328-333.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 53

En Cantabria, pese a la intensa señorialización del territorio, los grandes


señores no recibieron mercedes que incorporasen las villas cántabras a sus
señoríos y sólo lograron hacerse con el dominio de algunas villas bien entra-
do el siglo XV. Excepcionalmente, en enero de 1466, Enrique IV entregó la
villa de Santander a Diego Hurtado de Mendoza, pero revocó donación en
mayo de 1467.19 Los Mendoza, sin embargo, habían ocupado violentamente la
villa de Santillana en 1435 y sólo en 1444, Juan II la entregó a Íñigo López de
Mendoza.20 Potes, por otra parte, era el centro del señorío de los Mendoza
sobre la Liébana.21 Al sur, en las Montañas de Burgos, son los Velasco quienes
reciben Medina de Pomar (1369), Villasana de Mena (1398) y Frías (1446) cons-
tituyendo un gran señorío que se extiende hacia Cantabria, Vizcaya, Álava y
otros territorios burgaleses.22
Con todo, el caso alavés es quizá, por el número de burgos que pasaron
a manos de los señores —dieciocho—, el que mejor ejemplifica la entrada en
el señorío jurisdiccional de las villas. En Álava, entre 1366 y 1388, a excepción
de Vitoria, todas pasaron a formar parte de la jurisdicción señorial de los
principales linajes de la nobleza alavesa: Pedro Manrique, Juan Ruiz de Gau-
na, Ruy Díaz de Rojas, Juan de Avendaño, Pedo López de Ayala o Diego
Gómez Sarmiento.23 Finalmente, aunque resulta excepcional en la cornisa,
Vitoria, ciudad desde 1431, incorporó a su señorío en 1487 las villas de Elbur-
go y Alegría recién incorporadas ese año al realengo y tres años más tarde la
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villa de Bernedo, que en 1476 había sido entregada por Juan II de Aragón a
su hijo Fernando y más tarde cayó en manos de los Ayala.24
En el lado extremo de la escala, por el contrario, todas las villas guipuz-
coanas permanecieron en el realengo. Aquí, las élites urbanas articularon el
territorio desde sus intereses y frente a los parientes mayores hasta constituir

19. R. PÉREZ BUSTAMANTE, Sociedad, economía, fiscalidad y gobierno en las Asturias de Santillana
(s. XIII-XV), Santander, Estudio, 1979, pp. 410-418.
20. E. SAN MIGUEL, Poder y territorio en la España cantábrica. La baja Edad Media, Madrid,
Dikynson, 1999, p. 102
21. R. PÉREZ BUSTAMANTE, «El régimen municipal de la villa de Potes a fines de la Edad Media»,
Altamira, 42 (1979-1980), pp. 187-214.
22. J. ORTEGA VALCÁRCEL, La transformación de un espacio rural: Las Montañas de Burgos, Valla-
dolid, Universidad, 1974, p. 225; J. GARCÍA SAINZ de BARANDA, Apuntes sobre la Historia de las Merinda-
des de Castilla, Burgos, Diputación Provincial, 1952, p. 335. R. SÁNCHEZ DOMINGO, El aforamiento de
enclaves castellanos al Fuero de Vizcaya. Organización jurídica de los Valles de Tobalina, Mena,
Valdegobía y Valderejo, Burgos, Universidad de Burgos, 2001.
23. J. R. DÍAZ de DURANA, Álava en la Baja Edad Media…, 322-330. Se excluyen las villas bajo
dominio navarro: Laguardia, Labraza y Bernedo.
24. «(…) damos a la dicha çibdad desde agora para siempre jamas los dichos lugares y valle e sus
terminos por tierra e administraçion e jurediçion et distrito et territorio de la dicha çibdad de Vito-
ria…», J. R. DÍAZ de DURANA, Vitoria a fines de la Edad Media (1428-1476), Vitoria: Diputación Foral de
Álava, 1984, p. 38; J. R. DÍAZ de DURANA, Álava en baja Edad Media…, p. 350. También formaba parte
del Señorío Vitoriano el valle de Zuya (1484).

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54 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

una potente Hermandad.25 Únicamente en el caso de la villa de Salinas de


Léniz, los Condes de Oñate, apoyándose en una merced de 1370,26 habían
usurpado la jurisdicción real. Finalmente, en el señorío de los Guevara, aun-
que técnicamente puedan existir dudas sobre su consideración como villa,
un núcleo ejercía funciones «urbanas» para el conjunto del valle: Oñate. Al
parecer, las primeras noticias del señorío de los Guevara sobre el valle son
de finales del siglo XIII y está asentado en el ejercicio de los derechos de pa-
tronato sobre la iglesia de San Miguel. Conviene recordar en este sentido
que, en 1387, cuando los hidalgos del valle se levantaron contra su señor, le
acusaron de haber usurpado el patronato sobre San Miguel y reclamaban
que la tierra de Oñate era de abadengo,27 mientras que el señor sentenciaba:

(…) nin rrey nin otro sennor nin otra persona alguna nunca ovieron nin han
sennorío alguno nin otro derecho nin iuredisçión alguna en la dicha mi tierra
de Onnate (…)28.

Afirmar que la tierra de Oñate era abadengo fue interpretado por el conde
como un ataque directo a su señorío sobre el valle. El continuado ejercicio
de esos derechos desde tiempo inmemorial, como argumentó el Canciller
Ayala en las Cortes de Guadalajara de 1390, puso en manos de quienes osten-
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25. M.ª S. TENA, La sociedad urbana en la Guipúzcoa costera medieval…, pp. 148-223.
26. M.ª R. AYERBE, Historia del Condado de Oñate y señorío de los Guevara (ss. XI-XVI). Aportación
al estudio del régimen señorial de Castilla, II. Documentos, San Sebastián, Diputación Foral de Gui-
púzcoa, 1985, doc. n° 10, pp. 34-36: «(…) por fazer bien e merçed a vos don Beltrán de Gueuara, nues-
tro basallo, por muchos seruiçios e bonos que nos abades fecho e fazedes de cada día e por vos fazer
conosçimiento e dar galardón por quanto afán e trauaio abades pasado por nuestro seruiçio e por vos
honrrar e heredar en los nuestros rregnos por que baladas más vos e los que de vos deçendieren, dá-
mosvos perpetuamente por iuro de heredad para sienpre jamás para vos e para los que de vos venie-
ren, que lo vuestro ouieren de auer e de heredar, las nuestras sallinas de Léniz e los nuestros lugares
de tierra de Léniz e las ferrerías de Mondragón e la escriuanía pública de la dicha villa de Mondra-
gón. Las quales dichas sallinas e lugares e ferrerías e escriuania vos damos con todas las rrentas e
pechos e derechos e con prados e pastos e dehesas e exidos e aguas corrientes e manantes e estantes e
con todas las entradas e sallidas e con todos los otros sus derechos segund que mejor e más cunplida-
mente a nos pertenesçen e pertenesçer denen en qualquier manera e por qualquier rrazón, e con la
iustiçia çivill e criminal, alta e baxa, e con mero misto inperio, para vender e enpennar, dar e trocar
e enagenar e fazer dellos e en ellos toda vuestra voluntad, así commo de vuestra cosa propia (…).
27. M.ª R. AYERBE, Historia del Condado de Oñate…, II, pp. 38-40: «Otrosy rrespondiendo a lo que
dizen que esta dicha mi tierra es abadengo (…), digo que la dicha tierra de siempre acá fue e es con-
dado e sennorío sobre sy e esentamente siempre aquellos donde yo vengo en su tienpo e después yo en
el mi tienpo ovieron e posedieron e poseo la dicha tierra commo mi heredat e mi propio sennorío con
todas sus pertenençias e posesiones e derechos que la dicha tierra ouo e há de sienpre acá e con toda
la iustiçia çeuil e criminal, e con todo el uso que al dicho sennorío pertenesçe e con todo el vso que en
ella ouo e há e con la iglesia de Sant Miguell, que es en la dicha tierra, e que sienpre fue e es moneste-
rial e pertenesçido (…) por tienpo de la dicha tierra aquella, donde yo vengo e a mí en el mi tienpo, e
nin rrey nin otro sennor nin otra persona alguna nunca ovieron nin han sennorío alguno nin otro
derecho nin iuredisçión alguna en la dicha mi tierra de Onnate (…)».
28. M. R. AYERBE, Historia del Condado de Oñate…, II, pp. 38-40.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 55

taban el patronato sobre las iglesias un instrumento de control y dominación


social y política estableciendo una estrecha relación entre patronato y
señorío:29

(…) dícennos los letrados que los diezmos son debidos a las iglesias por una de
dos maneras: la una, por reverencia e acatamiento del servicio divinal que en
ellas se faze, e tal diezmo como éste, que es puro espiritual, non le puede aver
lego, nin levar las tales rentas; la otra, por razón del conoscimiento del señorío
general, e en este caso puede levar el lego los frutos dende; e éste es el caso por
do nosotros levamos los tales diezmos.

Por razón del conoscimiento del señorío general… Sobre esa premisa se
apoya el control que determinados linajes rurales y urbanos ejercen sobre sus
villas de referencia, particularmente en Guipúzcoa donde, como ya hemos
señalado, no se constituyeron señoríos. Si al ejercicio del patronato le añadi-
mos la concesión real del prebostazgo sobre la villa o, en su caso, otros ofi-
cios relacionados con la administración de justicia, resulta fácil entender como
fueron imponiéndose sobre las distintas villas estos señores sin señorío.30

2. LA INTROMISIÓN DE LOS LINAJUDOS EN LOS GOBIERNOS URBANOS DE LAS VILLAS CAN-


TÁBRICAS
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El control sobre los gobiernos urbanos por la nobleza no sólo se produce


con motivo de la incorporación de las villas a los señoríos jurisdiccionales en
los términos que se han señalado: las usurpaciones de jurisdicción o la inje-
rencia de los parientes mayores en la elección de los oficiales o en la toma
de decisiones de los concejos, era habitual en las villas cantábricas. La ofen-
siva había comenzado antes de la llegada de los Trastámara y, en ocasiones,
como ocurre en Avilés en 1318, para defenderse de los ataques de Lope Gon-
zález de Quirós, la reacción del concejo fue someterse a la encomienda de
otros señores bajo ciertas condiciones:31

29. J. L. MARTÍN, Pedro López de Ayala. Crónicas, Barcelona, Planeta, 1991, pp. 681-688.
30. Véase, por ejemplo, el caso de los Ugarte, en la villa vizcaína de Marquina: «(…) e despues
que perpetraron e cometieron muchos delitos (…) fueron sostenidos en el solar e linaje de Ugarte, (…)
de quien es pariente mayor el dicho Gonçalo Ybannes de Ugarte, alcalde e justiçia de la dicha merin-
dad de Marquina e su tierra, e preboste e alguacil de la dicha villa, e que sy el dicho Gonzalo Ybannes
quisyera los podiera tomar presos, e prender e faser justiçia d’ellos, o entregarlos a nos, el dicho corre-
gidor e alcaldes de la hermandad, (…) lo qual non fiso». En J. A. MUNITA, «El archivo familiar de los
Barroeta de Marquina: aportaciones para la reconstrucción de un conflicto banderizo en los confines
de Vizcaya», Castilla y el mundo feudal: homenaje al profesor Julio Valdeón, M.ª I. del VAL y P. MARTÍ-
NEZ SOPENA, vol. I, 2009, pp. 239-251.
31. M.ª J. SANZ, J. A. ÁLVAREZ, y M. CALLEJA, Colección diplomática del concejo de Avilés en la Edad
Media (1155-1498), Avilés, Ayuntamiento de Avilés-Universidad de Oviedo, 2011, doc. 102 (1318).

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56 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

(…) damos a vos don Rodrigálvarez la encomienda de nuestra villa (…). Que
vos que nos guardedes e nos amparee defendades annos e a nuestros vecinos e
a todas las nuestras cosas en quanto vos podieredes. Otrosí que recibades por
vasallo nin por acostado a Lope Gonzalez de Quiros ni a aquellos que oy dia
con el estan que foron en nos hazer mal (…)

Las agresiones se mantuvieron durante todo el período. Así, en 1444, Enri-


que IV, todavía como Príncipe de Asturias, juró proteger a los concejos del
Principado de Pedro y Suero de Quiñones y trató de evitar que pudieran re-
tener en su poder ninguna villa asturiana:32

(…) entendia e queria dar (…) como estas dichas mis tierras e Prinçipado esto-
viesesn e fuesen a mi ordenanza e mandamiento e libres e syn ocupaçion algu-
na de Pedro de Quinnones e Suero de Quinnones e de sus hermanos e escude-
ros e fijos e cunnados e sobrinos e de omnes e de gentes dellos e de cualquier
otras personas que tienen entradas e ocupadas las dichas mis tierras del dicho
Prinçipado e las rentas e pechos e derechos (…) vos envié dezir e mandar que
non oviésedes (…) por sennor nin sennores del dicho Prinçipado a nin de sus
tierras nin de las çibdades e villas e lugares del (…) nin de la jurediçion nin
justicia (…)

Los ejemplos son numerosos y se extienden por todo el territorio estudia-


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do. En Castro Urdiales, en 1402, una sentencia de Gonzalo Moro, oidor de la


Audiencia real, reconoció a los vecinos la jurisdicción sobre los términos de
los valles y Junta de Sámano. Registró también los agravios que recibían de

algunos ommes poderosos que moravan e moran dentro de los dichos terminos
que les han tomado et toman et tienen forçado la dicha su juridiçion del jud-
gado de los dichos terminos parando en los dichos terminos ciertos alcaldes de
entre sy para judgar los pleytos que entre ellos son sin querer venir al llama-
miento e judgado de los sus alcaldes de la dicha villa.33

La amenaza de los poderosos, en ocasiones, se materializaba en un ata-

32. M.ª J. SANZ, J. A. ÁLVAREZ y M. CALLEJA, Colección diplomática del concejo de Avilés…, doc. 166
(1444). Véase el trabajo de J. URÍA RIU, «Contribución al estudio de las luchas civiles y el estado social
de Asturias en la segunda mitad del siglo XV», en Obra completa, IV Estudios medievales, J. URÍA MA-
QUA, ed., Oviedo, Universidad y KRK ediciones, 2010, pp. 265-303.
33. E. BLANCO, E. ÁLVAREZ y J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, Libro del Concejo (1494-1522) y documentos
medievales del Archivo Municipal de Castro Urdiales, Santander, Fundación Marcelino Botín, 1996,
doc n.º 6. El problema no se había resuelto en 1464 cuando se dicta una provisión real contra los
regidores de la Junta de Sámano que habían usurpado las facultades de conocer las causas civiles y
criminales de los pueblos de su valle en perjuicio de la jurisdicción del alcalde de Castro Urdiales
(doc. n.º 9) y no parece resuelto hasta los años ochenta de ese siglo (doc. n.º 11).

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 57

que directo a las villas. Así sucedió en la villa guipuzcoana de Segura: Juan
López de Lazcano, al amanecer de un viernes del mes de octubre de 1448,
entró en la villa quebrando el postigo de una de las puertas. Del relato de los
testigos se deduce que su intención no era otra que demostrar su fuerza para
manifestar su poder sobre la villa en la que pretendía levantar una fortaleza
en un solar que había comprado recientemente.34
Los intentos de usurpación se extendieron también al Señorío de Vizcaya,
desde 1379 un título más del rey de Castilla. En Orduña, el mariscal Garci
López de Ayala, alcaide del rey durante la guerra civil entablada entre los
partidarios de Enrique IV y los del Infante Don Alfonso, aprovechó la coyun-
tura para hacerse por la fuerza con la ciudad. Enrique IV sancionó la
usurpación,35 iniciándose más adelante un largo pleito entre la villa y los Aya-
la que se vieron obligados a renunciar a sus derechos señoriales, pero con-
servaron la alcaidía de la fortaleza de la villa. También el concejo de Bilbao
se enfrentó con el Condestable de Castilla, Pedro Fernández de Velasco, que
pretendía hacer una villa y un puerto en Baracaldo, junto a sus torres de Lu-
chana. En este contexto, no es de extrañar que en 1479, las ordenanzas de la
Hermandad de Vizcaya, propusieran medidas contundentes para defender a
las villas en el caso de que un noble pretendiera atentar contra ellas.36
Pero la nobleza no sólo tomó posiciones en las villas utilizando la fuerza.
Los parientes mayores en el País Vasco recurrieron a otros expedientes para
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tomar el control sobre las villas:37 utilizaron un sistema clientelar en forma de


treguas con otros linajes asentados en las villas o con vecinos del interior de
sus murallas. Estas treguas no son instrumentos que registran el fin de hosti-
lidades concertado entre dos contendientes en litigio. La tregua a la que nos
referimos nos remite a un fenómeno bien conocido en el resto de Europa, y
que la historiografía, en especial la británica, ha caracterizado como propia
del bastard feudalism.38

34. L. M. DÍEZ de SALAZAR, Colección Diplomática del Concejo de Segura (Guipúzcoa). (1290-1400).
Fuentes Documentales Medievales del País Vasco, San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1985, docs. 191
(1448) y 206 (1449).
35. Ordenó a los vecinos e moradores de la dicha cibdad e su tierra que vos resciban e ayan su
señor e usen e con los alcaldes e oficiales que vos pusieredes en ella (…) J. M. GONZÁLEZ CEMBELLÍN,
«Orduña en la Edad Media: del concejo abierto al concejo cerrado», Vasconia, 1990, pp. 68-69. El ma-
riscal Garci López de Ayala era señor de Ayala, de Salvatierra de Álava y de Ampudia y protagonizó
la entrada en la villa alavesa de Bernedo.
36. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, B. ARIZAGA, M.ª L. RIOS, I. del VAL, Vizcaya en la Edad Media…, III,
pp. 340-342
37. Véase por ejemplo el trabajo de C. JULAR, «La participación de un noble en el poder local a
través de su clientela: Un ejemplo concreto de fines del siglo XV», Hispania LIII/3, 185(1993), pp. 861-
884. También el imprescindible trabajo de J. M.ª MONSALVO ANTÓN, «Parentesco y sistema concejil.
Observaciones sobre la funcionalidad política de los linajes urbanos en Castilla y León (siglos XIII-
XV)», Hispania. Revista Española de Historia, LIII/ 185 (1993), pp. 937-969.
38. Contratos que presentan muchas similitudes con los feudos de bolsa, de los que se diferen-

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58 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

A tenor de las informaciones disponibles, la pertenencia a las treguas de


un linaje puede entenderse de tres modos diferentes. En primer lugar, en el
caso de los nativos de un señorío, pertenecer a las treguas de su señor era
inseparable de su condición de naturales del señorío. Así se deduce, por
ejemplo, de la declaración de los testigos en un pleito entre los vecinos de
Oñate con su señor: eran atreguados de su señor por ser naturales del seño-
río y él los debía trataba como parientes, amigos y naturales de su casa.39 En
segundo lugar, entrar en treguas de otro linaje implicaba la prestación de un
servicio militar a cambio de una contraprestación económica. El ejemplo me-
jor conocido es la alianza firmada en 1435 entre el linaje de Loyola y el linaje
de Emparan en la villa guipuzcoana de Azpeitia:

yo, el dicho Martín Peres, otorgo y conosco que desde oy dicho día para en toda
mi vyda entro en las treguas de vos, el dicho Lope García, y del dicho solar de
Loyola con todos mis parientes, para fazer guerra y paz con vos e vuestros he-
rederos e con el dicho solar de Loyola, contra todas las personas del mundo, del
rrey nuestro señor en fuera, e de guardar vuestras treguas e del dicho solar, e
de non yr contra ellas en manera alguna, antes de las tener e guardar por la
vya y manera que vos, el dicho Lope García, e el dicho vuestro solar de Loyola
otorgardes e pusyerdes, e de non aver paz nin tregua con aquel o aquellos que
vos, el dicho Lope García, e vuestros herederos e el dicho solar de Loyola ovier-
des o fizierdes guerra, e seguir vuestra opinión e manera, como de vuestras
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treguas, bien e leal e verdaderamente, con todos mis parientes e fazienda e


cuerpo e consejo e ayuda e armas e fabor que he e aver pudiera, syn arte nin
engaño nin cabtela alguna.40

En tercer lugar, entrar en treguas implicaba también un compromiso polí-


tico con las decisiones que adoptaba el pariente mayor de turno y la defensa
de sus intereses en el ámbito que fuera necesario. No contamos con muchos

cian por la inexistencia de la prestación de homenaje. Véanse las acotaciones de J. A. FERNÁNDEZ de


LARREA, «Las guerras privadas: el ejemplo de los bandos oñacino y gamboíno en el País Vasco», Clio &
Crimen, n.º 6 (2009), pp. 95 y ss. También en J. R. DÍAZ de DURANA y J. A. FERNÁNDEZ de LARREA, «Las
relaciones contractuales de la nobleza y las élites urbanas en el País Vasco al final de la Edad Media
(C. 1300-1500)», en El contrato político en la Corona de Castilla: cultura y sociedad políticas entre los
siglos X y XVI, F. FORONDA y A. I. CARRASCO (eds.), Madrid, Dykinson, 2008, pp. 283-321.
39. Así lo reconocía en su declaración, en 1512, Íñigo Pérez de Lazárraga, abad del monasterio de
San Miguel de Oñate: el Conde, sólo en una ocasión les había llamado vassallos e subitos e sobre ello
oyo deçir que fiçieran sentimiento los escuderos fixosdalgo del dicho conçejo de la villa de Oñate e
reclamaron (…) al dicho don Ynnigo (…). Pero siempre oyo deçir que el dicho don Ynnigo de Gue-
vara llamase a los dichos escuderos hijosdalgo de la dicha villa de Oñate parientes e naturales de sus
treguas (…). I. ZUMALDE, Colección Documental del Archivo Municipal de Oñati (1149-1520). Fuentes
Documentales Medievales del País Vasco, San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1994, pp. 307-308.
40. C. DÁLMASES, Fontes documentales de Sancto Ignatio de Loyola en Monumenta Historica Socie-
tatis Iesu, tomo CXV, Roma 1977, pp. 97 y ss.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 59

ejemplos que iluminen este compromiso político de los atreguados y todos


ellos se concentran en el área vasca del territorio objeto de estudio. En todo
caso, las menciones recogidas en los textos permiten suponer que la tregua
formaba el armazón que soportaba la estructura de las relaciones internobi-
liarias en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. El sistema se estructuraba verticalmen-
te y los vasallos de los parientes mayores tenían a su vez sus propios atre-
guados en su extensa red clientelar y de parentesco. Adviértase que estas
redes clientelares incluían no sólo a linajes rurales. También se incorporan
a las treguas sectores no nobiliarios: los labradores vizcaínos participaron en
las treguas de los parientes mayores y así lo denunciaban, al considerarlo
una práctica ilegal, los hidalgos vizcaínos en el Fuero Viejo de Vizcaya de
145241, o los del valle de Ayala en el Aumento del Fuero de Ayala de 1469.42
Ahora bien, ¿se extendieron estas alianzas al ámbito urbano? La acordada
en Azpeitia en 1435 incluia a un linaje urbano, los Emparan, e incorporó un
acuerdo entre ambos contra otro linaje asentado en el interior de la villa: los
Anchieta. No hay una declaración expresa de los motivos pero se trata de los
adversarios políticos de los firmantes en la villa:

(…) Otrosy, por quanto muchas vezes por esperiencia ha acaescido que cabsa e
ocasyón de la devisyón e discordia de entre los dichos solares ha seydo la casa de
Anchieta, los que a ella se atienen, queriendo trabajar porque entre nosotros non
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aya concordia, e en especial al presente Lope de Anchieta e Martín Gonçales, su


hermano, e Martín Martines de Anchieta, su tyo, están dybisos de los dichos sola-
res de Loyola e Enparan e ponen divisyón quanto pueden; por ende otorgamos
los dichos Lope García e Martín Peres, por nos e nuestros herederos e por nuestros
solares y parientes que ninguno nin alguno de nos nin ellos non podamos tomar
nin tomemos a los dichos Lope de Anchieta e Martín Gonçales e Martín Martines
nin alguno dellos en nuestras treguas nin en otro cargo para los ayudar nin
defender nin les fazer otro parentesco alguno de ayuda o defendimiento (…).43

Pero los Emparan no fueron los únicos vecinos de Azpeitia que entraron
en treguas con los Loyola. Unos años más tarde, en 1441, otros cuatro vecinos
de menor relevancia entraron en treguas con el señor de Loyola44 para fazer

41. C. HIDALGO de CISNEROS, E. LARGACHA, A. LORENTE, A. MARTÍNEZ de la HIDALGA, Fuentes Jurídicas


Medievales del Señorío de Vizcaya. Cuadernos Legales, Capítulos de la Hermandad, y Fuero Viejo
(1342-1506). Fuentes documentales medievales del País Vasco, San Sebastián, Eusko Ikaskintza, 1986,
p. 179.
42. L. M. URIARTE LEBARIO, El Fuero de Ayala, Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1974, p. 146
43. C. DÁLMASES, Fontes documentales de Sancto Ignatio de Loyola…, p. 99.
44. (…) entraron en las treguas de la casa e solar de Loyola e se obligaron con todos sus bienes de
fazer guerra e paz con los señor o señores de Loyola e de nunca de las dichas treguas salir (…). Lo
publica I. GURRUCHAGA, «Notas sobre los Parientes Mayores. Treguas y composiciones de la Casa de
Loyola. Documentos», Revista internacional de Estudios Vascos, 35 (1934), pp. 481-498. Publica también

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60 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

guerra e paz con los señores de Loyola. El contrato de tregua admitía también,
además de las alianzas militares, la prestación de otros servicios no detallados
que, en el contexto de referencia, no cabe imaginar sino con derivaciones en
el plano político en la propia villa en el marco de las redes clientelares del
pariente mayor de turno. La información sobre la penetración de estas alian-
zas urbanas es especialmente relevante en el caso de la villa de Bilbao duran-
te el siglo XV. La documentación bilbaína nos permite comprobar hasta qué
punto se habían extendido en el ámbito urbano este tipo alianzas:

(…) los sobre dichos linajes e bandos de la dicha villa especialmente los del li-
naje de Leguiçamon tenian e tienen su liança e ayuntamento con Gomes de
Butron e con los de sus treguas, e con Ochoa de Salazar e con los de sus tre-
guas, e con los de las treguas del solar de Salcedo, e con los Ospines; e otrosí, los
sobre dichos de Çurbaran e de Arbolancha e Basurto e Martín Sánchez de Ba-
rraondo e Martín e Diego de Anunçibai, vecinos de la dicha villa, tenian e
tienen sus liancas e confedereçiones con Johan de Bendaño e Furtun Garcia
de Artiaga e con los de sus treguas, e con Lope de Iñigo Sánchez de Nuncibay e
con los de sus treguas e con los Marroquines e de sus treguas (…).45

Y también, conocer de primera mano la actuación de los atreguados en el


interior de la villa y sus secuelas:
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Otrosí por quanto entre los dichos bandos e linajes de la dicha Villa ay muchos
omes de sus treguas mancebos y llebantados e suelen bolber escandalos e fazer
algunos daños e males quier q a los parientes mayores de cuyas treguas son
parece mal lo sobre dicho y no se atreben a castigar los tales lomes que cometen
los tales delitos por que an rrecelo que se pasaran y forman en las treguas y
bandos de los otros linajes sus contrarios e que se saliran los tales de sus tre-
guas.46

Las consecuencias en el plano político de la pertenencia a las treguas son


evidentes: quienes eran capaces de mantener más atreguados, desplegaban

algunos ejemplos: E yo el dho Ynego Sanches de Goyaz el moco escrivano por la presente fago fe que
por el dho mandamiento del dho alcallde escudriñando en los registros de Martin Sanches escrivano
que fue escripta de la propia mano de Martin Sanches segund que por ellos paresce falle que Martin de
Lorriaga e Martin fijo de Arreto e Ochoa Peres de Eyzaguirre vezinos de la dha villa el año del señor
de mill e quatrocientos e quarenta años entraron en las treguas de Johan Peres de Loyola e del dho
solar de Loyola para syenpre jamas e se obligaron con todos sus bienes de nunca dellas sallir e sy sa-
llieren el dia que sallieren fasta los ocho dias primeros seguientes de dar e pagar al dicho Juan Peres
e su boz cada cient doblas del cuño del dicho señor rey (p. 498)
45. E. J. LABAYRU, Historia General del Señorío de Bizcaya, Bilbao, La Gran Enciclopedia Vasca,
1968, III, p. 605.
46. E. J. LABAYRU, Historia General del Señorío de Bizcaya…, p. 605.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 61

una mayor influencia sobre la comunidad que trasladaban a la configuración


y a la toma de decisiones de los gobiernos urbanos.
Sobre la generalización de estas alianzas y las amenazas para la indepen-
dencia de las élites urbanas, nos hablan también las prohibiciones del ave-
cindamiento de atreguados en las villas.47 De mediados del siglo XV son las
primeras prohibiciones a los vecinos de la pertenencia a las treguas de los
parientes mayores,48 que más adelante se extenderán como requisito para
acceder a las alcaldías de las Hermandades de Guipúzcoa,49 Vizcaya50 o Ála-
va51 y registrará la crónica de Lope García de Salazar.52
Los grandes linajes mantenían sus torres fuera de las villas y desde ellas
desplegaban sus tentáculos en el interior utilizando sus redes clientelares

47. Especialmente visible en los avecindamientos colectivos que se producen algunas villas gui-
puzcoanas. En Segura, por ejemplo, con motivo de una sentencia dictada entre 1390 y 1405, en la que
se determinaba que los vecinos de Villarreal de Urréchua, Zumárraga y Ezquioga eran vecinos de la
villa, se detallan las condiciones de su incorporación y entre ellas las que afectan a un nuevo vecino,
Juan López de Yarza, pariente mayor del solar de Yarza, en Beasain, al que se permite que pueda
tener en sus treguas hasta diez hombres syn entrar por veçinos de Segura (…) e sy qusiesen entrar,
que entren por vesinos e que dende en adelante non sean en las dichas treguas. Los vecinos de Segu-
ra consiguen de ese modo neutralizar la influencia del pariente mayor de Yarza en la toma de deci-
siones dentro de la villa. La justicia de la villa no lo perseguirá por mal que algunos del conçejo ayan
contra el, salvo si el dicho Juan Lopes o los de su tregua fisiesen caso por qué. La sentencia, sin embar-
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go, permite al pariente mayor, si mançevos sueltos moradores en Çumarraga o en Ezquioga quisieren
entrar en sus treguas del dicho Juan Lopes que lo puedan fazer. L. M. DÍEZ de SALAZAR, Colección Di-
plomática del Concejo de Segura, II, doc. 106.
48. L. M. DÍEZ de SALAZAR, Colección Diplomática del Concejo de Segura, II, doc. 190.
49. E. BARRENA, Ordenanzas de la Hermandad de Guipúzcoa: Documentos (1375-1463), San Sebas-
tián, 1982, Ordenanzas de 1463: (…) que sea bueno e abonado e raygado en çinquenta mill mrs. a lo
menos e non de tregua nin aderente nin allegado nin afeçionado a personas poderosas nin a parien-
tes mayores.
50. Yten en esta Hermandad seran siete alcaldes porque se libren los maleficios contenidos en los
capitulos de esta Hermandad (…) e estos alcaldes que sean cadanneros e sean homes buenos e llanos
e abonados e non de tregua, C. HIDALGO de CISNEROS, E. LARGACHA, A. LORENTE, A. MARTÍNEZ de la HI-
DALGA, Fuentes Jurídicas Medievales del Señorío de Vizcaya, p. 64.
51. En el caso alavés, las Ordenanzas de 1463 no mencionan directamente la pertenencia a las
treguas: E que sean elegidos e puestos por alcaldes comisarios hombres buenos e de buenas famas e
idóneos e pertenesçientes e hombres honrados e ricos e abonados cada uno de ellos en quantía de
cincuenta mill maravedís e hombres de autoridad e de buen deseo e que non sean nin ayan seydo
malhechores nin sean aficionados ni parciales a caballeros e parientes mayores. G. MARTÍNEZ DÍEZ,
Álava Medieval, II, Vitoria, 1974, p. 273.
52. En el año del señor de mil CCCCLVII años se levantaron las Ermandades de la provinçia de
Guipúzcoa contra todos los parientes mayores, no acatando a Onas ni a Ganboa porque fazían e
consentían muchos robos e malifiçios en la tierra e en los caminos e en todos logares; e feziéronles
pagar todos los malefiçios e derribáronles todas las casas fuertes (…) E quitáronles todos los parientes
de las treguas de los solares, que no les quedó uno sólo, e feziéronse todos comunidades; e echaron
desterrados a los dichos parientes mayores por çierto tienpo de la provinçia toda e han vivido fasta
aquí en justiçia. Este texto pertenece a la Edición Crítica del Libro de las buenas andanzas e fortunas
de Lope García de Salazar [libro 22] que publicará en breve C. VILLACORTA en el Servicio Editorial de
la Universidad del País Vasco.

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62 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

tejidas con instrumentos como la tregua. Pero disponían, además, de otros


para influir en la vida política de los centros urbanos cantábricos. Considera-
mos de particular interés especialmente dos: el patronato sobre las iglesias
de las villas y el ejercicio de ciertos oficios públicos como los de preboste o
merino. En ninguno de los casos tenían una influencia directa sobre la elec-
ción de los oficiales o el gobierno de las villas pero como patronos o como
prebostes o merinos eran una referencia permanente para la comunidad y
para las élites que participaban en el gobierno de las villas: los derechos de
patronato o el desempeño de oficios públicos por delegación real eran la
expresión del poder que habían alcanzado gracias a la mercedes recibidas y
fuente permanente de nuevo poder. De algún modo, especialmente cuando
la condición de patrón y preboste o merino coincidían en el pariente mayor
de turno, el poder de los distintos linajes en cada una de las villas se asenta-
ba y perpetuaba hasta el punto de permitir al pariente mayor titularse señor.
El preboste, como representante del rey en las villas guipuzcoanas y viz-
caínas, percibía los derechos derivados de las sentencias de los alcaldes, las
rentas de molinos y montes, así como derechos derivados de la circulación
de mercancías53 y mantenía, en consecuencia, una gran ascendencia sobre la
comunidad. Su actuación es bien conocida en el caso vasco: los Leguizamón
eran prebostes en Bilbao, los Salazar en Portugalete, los Butrón en Plencia,
los Arteaga en Bermeo, Los Múgica en Durango, los Mans-Engómez en San
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Sebastián, los Iraeta en Cestona, etc. Se trataba, por tanto, de los miembros
más significados de los distintos linajes que, de uno u otro modo, controla-
ban la vida política de sus respectivas villas. Como ha señalado Soledad Tena
en referencia a los Mans-Engómez de San Sebastián, el oficio de preboste era
«una plataforma de control político envidiable» para la oligarquía donostia-
rra54. El oficio de la prebostad les permitía, además, asentar e incrementar su
dominio en las distintas villas.
En Asturias no hay prebostes en las villas. Sus funciones son asumidas
por los Adelantados y Merinos Mayores que no actúan en una única villa
sino en un amplio territorio. Es bien conocido el ejercicio de la merindad
sobre la ciudad de Oviedo por Diego Fernández de Quiñones, Merino Mayor
de Asturias que Juan II le había entregado en 141355 que los vecinos de Ovie-
do consiguieron revocar en 1428.56 Más tarde, en 1462, se acordaron unas ca-

53. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR, B. ARIZAGA, M.ª L. RIOS, I. del VAL, Vizcaya en la Edad Media…, IV,
p. 118.
54. M.ª S. TENA, «Los Mans-Engómez: el linaje dirigente de la villa de San Sebastián durante la
Edad Media», Hispania. Revista Española de Historia, LIII/3, n.º 185 (1993), p. 991.
55. MARQUÉS de ALCEDO, Los merinos mayores de Asturias y su descendencia, Madrid, Sociedad
Española de Artes Gráficas, 1918-1925, p. 61.
56. C. MIGUEL VIGIL, Colección Histórico diplomática del Ayuntamiento de Oviedo, Oviedo Im-
prenta de Pardo, 1889, p. 274: Por la qual fallo segunt lo dicho e alegado et prouado en el dicho pleito

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 63

pitulaciones en torno al ejercicio del oficio entre el merino mayor, el concejo


de Oviedo y los procuradores de la Junta General del Principado.57 En Can-
tabria disponemos de otro ejemplo de gran interés pues, por un lado, asocia
cronológicamente la fortaleza del linaje de los Villota en la villa de Laredo
con el ejercicio del oficio de la merindad y, por otro, evidencia de nuevo la
relación entre linajes rurales y urbanos, en este caso, la vinculación entre los
Velasco y los Villota, cuya procedencia está constatada en el lugar de Villota,
en las Montañas de Burgos:

Por hazer bien e merced a vos Martín de Villota fijo de Martín Sanches de
Villota, vecino de la dicha villa de Laredo por algunos buenos servicios que
vos me avedes fecho e fazedes de cada dia e en alguna enmienda e remune-
ración dellos, porque D. Pero Ferrandes mi condestable de Castilla me lo
suplico e pidio por merced tengo por bien e es mi merced que agora e de aquí
adelante para en toda vuestra vida seades mi merino de la dicha villa de
Laredo e su vecindad e juresdiçion e mi alcalde de las mis rentas e alcabalas
della en logar e por vacación del dicho Martín Sanches de Villota vuestro
padre merino e alcalde que fasta aquí hera de la dicha villa por quanto es
finado (…).58

al dicho Diego Ferrandes de Quiñones devia mantener et guardar á la dicha cibdat de Oviedo et a los
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vesjnos et moradores della et de su termino et jurdicion todos sus buenos usos et costunbres et fueros et
libertades que han segunt et por la forma que ge les guardaron los otros merinos que fueron de la di-
cha çibdat sus anteçefores et que deuia poner en la dicha çibdat (…) onbre bueno por merino que vse
del dicho ofiçio de merindat que sea vesino de la dicha cibdat de Ouiedo et ombre llano et abonado á
loamiento del dicho concejo segunt quel dicho conçejo de la dicha çibdat lo tiene por fuero et vso et
costunbre (…) J. I. RUIZ de la PEÑA, Las «polas asturianas…, pp. 274-275; J. I. RUIZ de la PEÑA, «El me-
rino de la ciudad de Oviedo a mediados del siglo XV», Anuario de Historia del Derecho Español, 39
(1969), pp. 563-575. M.ª J. SANZ, J. A. ÁLVAREZ, M. CALLEJA, Colección Diplomática del concejo de Avi-
lés…, doc. 178, p. 457. En San Vicente de la Barquera sí hay referencias al preboste: J. A. SOLÓRZANO,
R. VÁZQUEZ, B. ARÍZAGA, San Vicente de la Barquera en la Edad Media: una villa en conflicto. Archivo
de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid. Documentación medieval (1241-1500), Santander,
2004, doc. 25 (1491), p. 162.
57. MARQUÉS de ALCEDO, Los merinos mayores de Asturias…, doc. 90, pp. 122 y ss.
58. Archivo Histórico Provincial de Santander, Laredo, leg. 59-14 (1477). En realidad, en las Mon-
tañas de Burgos hay dos lugares que reciben el nombre de Villota: uno en el valle de Losa y otro
en las inmediaciones de Medina de Pomar, ambas bajo la tutela señorial de los Velasco. Lope Gar-
cía de Salazar dice de los Villota: «El linaje de Villota son linaje antiguo, que poblaron en aquella
Villa, que salieron de Villota, que es fuera sobre aquella Villa, e moltiplicaron en ella…», L. GARCÍA
de SALAZAR, Libro de las Bienandanzas e fortunas, tomo IV, A. RODRÍGUEZ HERRERO (editor), Bilbao,
1984, p. 142. Los Velasco contaban con grandes intereses en la villa, donde mantenían una torre
entre la rua de Santa María, la calle del Rey (E. ÁLVAREZ, E. BLANCO y J. A. GARCÍA de CORTÁZAR, Do-
cumentación medieval de la Casa de Velasco referente a Cantabria en el Archivo Histórico Nacio-
nal, Sección Nobleza, Santander, Fundación Marcelino Botín, 1999, 2 vols., doc. n.º 35 1401) y el
puerto chico (Ibidem, docs. 274 (1525) y 277 (1526) desde los primeros años del siglo XV; rentas en las
alcabalas y tercias de la villa. (Ibidem, doc. 237 (1471) y 246 (1493) así como otros bienes —ferre-
rías— (Ibidem, doc. 16 (1379) en sus inmediaciones y en las merindades de Castilla Vieja. (Ibidem,
doc. 250 (s.f., siglo XV).

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64 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

Finalmente, entre los expedientes utilizados por los linajudos para acce-
der al control de las villas cantábricas no debe descartarse el temor de los
vecinos, el miedo que generan las amenazas de los atreguados o de los apa-
niguados de los parientes, el terror que produce el uso de la violencia pro-
tagonizada por los acotados de la justicia que se refugian en las torres de los
parientes. Algunos ejemplos ilustran hasta qué punto los vecinos de las vi-
llas eran conscientes del poder de los cabeza de linaje. En Cestona, uno de
los testigos en el pleito que enfrentaba a los vecinos de la villa con el pa-
riente mayor de los Iraeta, preboste de la villa y patrón de su iglesia, se ex-
presaba de este contundente modo: (…) non queria aver question con la
casa de Yraeta e que con lo poco que tenia se queria pasar, que el gran can
solia dar gran ladrido (…).59 Vencer al miedo, defenderse de las amenazas o
hacer frente a la violencia eran también las claves sobre las que se apoyó el
avance de la justicia pública y la victoria de las gentes de las villas frente a
los abusos nobiliarios.

3. LAS CONSECUENCIAS SOBRE LOS GOBIERNOS URBANOS DE LA INTERVENCIÓN DE LA


NOBLEZA

Entre la villa de Cangas, en el Occidente asturiano, y la de Santa Cruz de


Campezo, en la Montaña alavesa, todas y cada una de las villas que los seño-
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res incorporaron a sus señoríos jurisdiccionales a partir de la llegada de los


Trastámara, fueron entregadas por los distintos monarcas con

el mero mixto imperio e con el Señorio Real e con la justiçia çevil e criminal E
otro sí para que pueda poner e ponga por sí en los dichos lagares e en cada uno
de ellos alcalde ó alcaldes e otros oficiales quales el quisiese e entendiese que
cumplen.60

En cada caso se ordenó a los oficiales concejiles que gobernaban y admi-


nistraban justicia en las distintas villas que recibieran a sus nuevos señores:

(…) mando al conçejo, juezes, alcaldes, merinos y otras justicias qualesquiera


de la dicha villa de Llanes y su tierra y a cualquiera o qualesquiera de ellos que
vos ayan y resçiban por Señor de la dicha villa y su tierra y vos obedezcan y

59. J. R. DÍAZ de DURANA, «Patronatos, patronos, clérigos y parroquianos. Los derechos de patro-
nazgo sobre monasterios e iglesias como fuente de renta e instrumento de control y dominación de
los Parientes Mayores guipuzcoanos (siglos XIV a XVI)», Hispania Sacra, 50 (1998), pp. 467-508. A. Real
Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Zarandona y Walls, Olvidados, C 88/6 (1486).
60. ACL, Pergaminos, n.º 13 (1379) Juan I confirma un privilegio de Enrique II, dado el 15 de oc-
tubre de 1369, por el que se concedían a Pedro Suárez de Quiñones y a Arias Pérez, su hermano, las
villas de Cangas, Tineo y Allende.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 65

acaten con aquella obediencia y reverencia que deven como a Señor de ellos y
vos recudan y fagan recudir bien y cumplidamente con todos los pechos y de-
rechos y rentas que vos pertenecieren y pertenecer deben como a Señor de la
dicha villa y su tierra y vos resciban a la posesion de ella y usen con vos y con
los que vos pusieredes en la justicia civil y criminal de la dicha villa y vos recu-
dan y fagan recudir con todos los salarios dichos que por razon de la dicha
justicia debedes aver.61

Y a los señores se les otorgó la facultad de nombrar los oficiales nece-


sarios para la administración de justicia y el funcionamiento del concejo62 o
se concertó con los vecinos su nombramiento, como sucedió en Frías en
1450:63

Otrosy que los alcaldes e escribano e merino sean cadaneros e vecinos de la


dicha mi ciudad de Frias con que sean aquellos que yo nombrare.

La intervención de los señores en el control de los gobiernos urbanos fue


tan inmediata como fueron capaces de anular la resistencia de los vecinos a
aceptar el señorío. Desde ese momento, nombraron a los alcaldes, impusie-
ron merinos y asumieron directamente o, a través de lugartenientes, las ape-
laciones. La oposición de los vecinos al señorío creció durante la segunda
mitad del siglo XV. Pese a su resistencia no lograron librarse de la tutela se-
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ñorial salvo que se tratara de usurpaciones.64 En algunas ocasiones, los veci-


nos consiguieron elegir a sus oficiales,65 en otras, los señores, previa elección
por los vecinos, seguían confirmando a los alcaldes, aunque renunciaban a

61. ACL, Documentos, doc. 133 (1440). MARQUÉS de ALCEDO, Los merinos mayores de Asturias…,
doc. 157, pp. 171.
62. Archivo Municipal de Villareal de Álava, leg. 2 n.º 2 (1371) (…) e demás damos vos poder para
que pongades en el dicho logar alcalde e merino e escribanos e otros ofiçiales cualesquier que vos
quisieredes e bieredes que cumplen para el dicho logar e para su termino (…).
63. R. SÁNCHEZ DOMINGO, El aforamiento de enclaves castellanos al Fuero de Vizcaya…, doc. IV,
p. 313.
64. Hemos comprobado que, pese a la resistencia de los vecinos de Villarreal de Álava, de Sal-
vatierra, de Santa Cruz de Campezo, de Antoñana, de Contrasta, de Salinas de Añana, de Arceniega
o de Labastida, y a las demandas judiciales que interpusieron ante la Chancillería de Valladolid, no
lograron despojarse del señorío: Fallaron e declararon la dicha jurediçion ser del dicho Pedro de
Avendanno e el poder poner alcaldes e jueces quales el quisiere e por bien toviese con tanto que fuesen
ombres llanos e abonados quier fuesen pecheros o letrados (…) A. M. de Villareal de Álava, leg. 2,
n.º 11 (1487).
65. Así sucedió en Santa Cruz de Campezo, cuando los vecinos recurrieron las primeras senten-
cias desfavorables, logrando desde entonces «(…) elegir e criar en cada un anno alcaldes e regidores
e merino e los otros ofiçiales para la gobernaçion de la dicha villa (…) e para que husen de la dicha
jurediçion çevil e criminal en los dichos lugares e en sus terminos en primera ynstancia». A. M. de
Santa Cruz de Campezo, leg. 3 n.º 51 (1522). En otros casos, como en Oñate, el señor renuncia

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66 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

la primera instancia y seguían conservando las apelaciones.66 Finalmente, los


señores, apremiados por necesidades de dinero vendieron los oficios al con-
cejo.67
En otras villas de señorío, los señores permitieron inicialmente la elección
de los oficiales del concejo por los vecinos reunidos en asamblea, lo cual no
significa que no hubiera cierta tutela señorial, pero la injerencia posterior es
considerada por los vecinos como una violación de los usos y costumbres
establecidos en el fuero. Éste es el caso de la puebla de Escalante, en Can-
tabria. Cuando murió Diego Gutiérrez de Ceballos en 1364, el señorío acabó
en manos de Mencía de Ayala y Beltrán de Guevara, señores de Oñate, que
lo cedieron a su segundo hijo, también llamado Beltrán, heredero de los bie-
nes maternos.68 A partir de ese momento, de acuerdo con el relato realizado
por los vecinos en 1441, los nuevos señores endurecieron considerablemente
su dominio:

(…) no guardaron el tenor e forma de las condiciones de la carta de la po-


blaçion de quando este dicho logar e puebla fue poblado en vida de Diego
Gutierres de Çeballos; (…) [e] el dicho señor don Beltran, vuestro padre, nos
tomo el alcaldia de este dicho logar de Escalante seyendo nuestra e abiendo el
dicho conçejo uso e costumbre de poner alcalde ordinario en cada anno (…).69
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Los vecinos se quejaban ante Ladrón de Guevara, hijo de Beltrán, que


negó que su padre los agraviara e los tomara la dicha alcaldía e usara della
contra su voluntad. Argumentaba Ladrón, bien al contrario, que los vecinos
le habían traspasado la alcaldía a D. Beltrán tal como constaba en distintos
documentos del concejo e por ende que entendia que no era agravio antes
que tenia de derecho e que entendia de usar della segund el derecho del dicho
su padre usara. Pese a todo, Ladrón de Guevara se mostraba dispuesto a

66. M.ª R. AYERBE, Historia del Condado de Oñate y señorío de los Guevara (siglos XI-XVI), Aporta-
ción al estudio del régimen señorial de Castilla, II, San Sebastián, Diputación Foral de Guipúzcoa,
1985, doc. 58 (1484), pp. 245-246 —renuncian a la primera instancia y mantiene las apelaciones— y
doc. 61 pp. 255-257 —nombran alcalde ordinario de Oñate.
67. J. R. DÍAZ de DURANA, La otra nobleza. Escuderos e hidalgos sin nombre y sin historia. Hidal-
gos e hidalguía universal en el País Vasco al final de la Edad Media (1250-1525), Servicio Editorial de la
Universidad del País Vasco, Bilbao, 2004, p. 235. Se trata de Contrasta, donde los vecinos, en 1454,
llegaron a un acuerdo con el señor de Lazcano, titular de la villa: debían pagar toda una serie de
tributos a cambio de los oficios.
68. Para seguir las vicisitudes del señorío de los Guevara sobre Escalante véase M.ª R. AYERBE,
Historia del Condado de Oñate y señorío de los Guevara (siglos XI-XVI), San Sebastián, Diputación
Foral de Guipúzcoa, 1985, pp. 140-157. También, R. PÉREZ BUSTAMANTE, «El condado de Tahalú y el se-
ñorío de la villa de Escalante: configuración de un dominio solariego en la Trasmiera medieval (1431-
1441)», Cuadernos de Trasmiera, I (1988), pp. 45-64.
69. Archivo Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Alonso Rodríguez, Fenecidos, C
2606/1, folios 13-27.

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 67

ceder y respetar el buen uso e costumbre que dezian que avia avido en razon
de la dicha alcaldia en los tiempos pasados.
Todo parece indicar que, en el contexto de la llegada de un nuevo señor,
previo reconocimiento por los vecinos del señorío de éste sobre la puebla,70
se produjo un acuerdo que relajaba de algún modo el férreo control que los
Guevara habían mantenido sobre la villa durante las últimas décadas:

(…) e luego el dicho concejo, alcalde, e merino e regidor e omes buenos de la


dicha puebla e logar de Escalante que por quanto ellos en dicho dia avian
reçebido e reçibieran al dicho don Ladron por señor natural con buena volun-
tad e por desear a el por señor natural segund donde el viene e porque Dios le
acrecentase su vida con muy mayor estado e acrecentamiento de honrra que
les fisiese enmendar algunos agravios e sinrazones que por el dicho don Bel-
trán su padre e por la dicha donna Mençia su abuela que dios aya les fueron
fechos pasando las posturas condiciones de la carta de poblaçion del dicho lo-
gar e puebla de Escalante (…) e luego el dicho señor don Ladron dixo que le
mostrasen los agravios (…).

En lo esencial, por tanto, el acuerdo consistió en la oportunidad para la


concertación que cada año se dieron el señor y los regidores del lugar para
la elección del alcalde: antes del día de año nuevo, se encontrara o no el
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señor en la villa, ambas partes debían ponerse de acuerdo para el nombra-


miento. En caso de que no hubiera consenso, el señor lo nombraba o pro-
veía su nombramiento si no estaba presente en la puebla. Además, Ladrón
de Guevara y sus herederos se reservaron el derecho de juzgar en la prime-
ra instancias judicial.71 Pero no se trataba sólo del nombramiento de los

70. Archivo Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Alonso Rodríguez, Fenecidos, C
2606/1, folios 13-27.
71. Archivo Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Alonso Rodríguez, Fenecidos, C
2606/1, folios 13-27: «(…) pero que a el le plazia de guardar al dicho conçejo e omes buenos de la dicha
su puebla de Escalante el buen uso e costumbre que dezian que avia avido en razon de la dicha al-
caldia en los tiempos pasados en esta manera que se sigue: que el e sus sucesores e herederos que
fueren senores de la dicha puebla e logar de Escalante estandoi en la dicha puebla e logar de Escalan-
te el señor que ponga alcalde en cada un anno el dia de anno nuevo oviendo acuerdo con los regido-
res del logar e que si los regidores del logar non nconçertaren con el sennor en la esleçion de tal alcal-
de que lo ponga sennor tanto que sea del logar e pertenesçiente e si por aventura el dicho don Ladron
e los otros sennores que después del vernan acaesçiere en no estar en el dicho logar e puebla de Esca-
lante al tiempo que se oviere de fazer la dicha esleçion del dicho alcalde o no lo dexare esleydo antes
que parta de dicho logar para el anno avenidero que pueda proveer doquier que estuviere poor su
carta de la dicha alcaldia a ome del dicho logar e puebla de Escalante que sea pertenesçiente para el
dia de anno nuevo de cada un anno acepte el dicho oficio e si por aventura non proveyera por su
persona o por su carta algund vesino del dicho logar e puebla de Escalante de la dicha alcaldia fasta
el dicho dia de anno nuevo en cada un anno que el su merino de la dicha puebla e de los otros sen-
nores que después de el venieren e los regidores del dicho logar e puebla que fueren a la sazon puedan

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68 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

oficiales. Los señores dictaron Ordenanzas que regulaban hasta el más mí-
nimo detalle la actividad de los jueces, el procedimiento judicial en la pri-
mera instancia y en las apelaciones, los derechos de los alcaldes y escriba-
nos, la prelación de determinados asuntos —viudas, huérfanos y
pobres— en la audiencia señorial, la ejecución de las penas por los jurados
y merinos, etc.72
Pero ¿qué sucedía entre tanto en aquellas villas que no habían entra-
do en el señorío jurisdiccional? Conocemos con cierta precisión cómo,
desde el último cuarto del siglo XIV y hasta finales del siglo XV , el gobier-
no de las villas cantábricas estuvo en manos de linajes urbanos organiza-
dos en bandos. En Asturias, 73 en Cantabria 74 o en Guipúzcoa y Vizcaya, el
reparto del poder municipal entre los bandos-linaje que pugnaban por
el control del poder a escala municipal es una constante que caracteriza
el modo de gobierno de las villas cantábricas durante el período objeto
de estudio. En Avilés, 75 en Santander, 76 en Bilbao, 77 en Durango, 78 en Vito-

proveer e esleer alcalde en nombre del dicho sennor (…) e que el tal alcalde que sea vecino e morador
en la dicha puebla e que sea pertenesçiente e abonado e que el tal alcalde que asy esleyere en la ma-
nera que dicho es e que el tal alcalde o alcaldes que asy fueren puestos de aquí adelante que non lie-
ben mas derechos de los que son contenidos en el dicho ordenamiento del logar e puebla de Escalante
e que ome foraneo ninguno no sea alcalde nin pueda jusgar en la dicha puebla porque sy el sennor
quisyese jusgar por su persona que lo pueda fazer cada e quando que le pluguiere».
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72. Archivo Municipal de Medina de Pomar, Sig. 3. Ordenanzas de Medina de Pomar del Condes-
table Bernaldino Fernández de Velasco. J. GARCÍA SAINZ de BARANDA, Apuntes sobre la Ciudad de Me-
dina de Pomar, Burgos, 1917, pp. 487-499.
73. J. A. GONZÁLEZ, «Luchas de bandos en Asturias durante la época de los Reyes Católicos», Isabel
la Católica y su época. Actas del Congreso Internacional, 2004, L. RIBOT, J. VALDEÓN, E. MAZA (Coordi-
nadores), Valladolid: Instituto de Historia Simancas, 2007, pp. 519-544.
74. Remito a los trabajos de J. A. SOLÓRZANO, Santander en la Edad Media…, pp. 298-304; J. A.
SOLÓRZANO, «De los fueros a las ordenanzas electorales para el bien e pro común de la buena gover-
naçion de las Cuatro villas de la Costa de la mar en la Edad Media», Altamira, 62 (2003), pp. 216-222.
J. A. SOLÓRZANO, «Élites urbanas y construcción del poder concejil en las cuatro villas de la Costa de
la Mar (siglos XIII-XV)», en Ciudades y villas portuarias del Atlántico en la Edad Media, Logroño, IER,
2005, pp. 187-230.
75. M.ª J. SANZ, J. A. ÁLVAREZ y M. CALLEJA, Colección diplomática del concejo de Avilés en la Edad
Media (1155-1498)…, docs. 193 y 204: (…) de poco tiempo a esta parte se han fecho en la villa dos par-
cialidades en forma de vandos y estos se conforman en cada un anno para repartyr entre sy los dichos
oficios.
76. J. Á. SOLÓRZANO, Santander en la Edad Media…, pp. 310 y ss.
77. En la dicha villa (…) ay dos bandos e linajes e los sobredichos [Leguizamón] de la una parte
e los de Basurto e los de Çurbaran de la otra parte e dizen que en los tiempos pasados que se usó e
acostumbró que los oficios de alcaldias e de fieles (…) esen igualmente entre vosotros e ellos del linage
al linage porque en la dicha villa non oviese nin recesçiese mal nin danno nin alborotos, E. GARCÍA
FERNÁNDEZ, Gobernar la ciudad en la Edad Media…, p. 248.
78. (…) en la dicha villa, en los tienpos pasados avian seýdo quatro vandos, conbenia a saber:
Urquiaga e Muncharas e Unda e Berris, los quales diz que solian elegir e criar los oficios de alcaldia
e regimiento e fieldad e escribanias e jurados, por vandos e parcialidades, dos alcaldes los dichos dos
vandos en un ano e otros dos de los otros dos vandos en otro ano, dos regidores e un escribano cada
un vando en su vez e un jurado cada un vando, C. HIDALGO de CISNEROS y otros (eds.). Colección

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LAS VILLAS CANTÁBRICAS BAJO EL YUGO DE LA NOBLEZA… 69

ria 79 o en Mondragón 80 los linajes urbanos se repartían los oficios despla-


zando a los miembros del común —políticamente articulados en cofra-
días de mareantes y pescadores en la costa o en cabildos artesanos en el
interior— o reduciendo su representación a la mínima expresión.
La intervención de la Corona fue decisiva para superar este modo de go-
bierno impuesto por los banderizos, sostenido gracias al compromiso militar
y político de los atreguados. Se inició en Vitoria en 1476 con una reforma que
se extendió más tarde a buena parte de las villas cantábricas hasta 1504.81 Las
ordenanzas en las que se registró, fueron el resultado de la convergencia de
intereses entre la monarquía y las élites locales que, en algunos casos, logra-
rán acceder a los oficios superando el sistema de reparto de los bandos y, en
otros, legitimar su monopolio sobre los oficios y perpetuarse en el gobierno
local. La reforma se apoyó sobre tres pilares: un órgano de gobierno restrin-
gido, el ayuntamiento, del que forman parte un número de oficiales con
poder ejecutivo más reducido que en la etapa anterior; un nuevo modo de
elección para acceder a los oficios, ajeno al sistema de reparto de los bande-
rizos: la insaculación fue piedra angular de la reforma; un nuevo oficio, los
diputados, que formarán parte del ayuntamiento restringido como represen-
tantes de los pecheros.
La reforma en el modo de elección de los oficios y la progresiva imposi-
ción de la autoridad real y de la justicia pública, ejecutada por oficiales fieles
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a la Corona y ajenos a los banderizos, colaboró de un modo decisivo a la

documental del Archivo Municipal de Durango, tomo II, San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1989,
doc. n.º 67, p. 369. Cit. A. DACOSTA en «El concejo de Tavira y las luchas de bandos en el Durangue-
sado en la baja Edad Media. Notas para un caso singular», en B. BENGOETXEA (ed.): Durango. 800
años de Historia. 10 años de las Jornadas de Historia del Museo de Arte e Historia de Durango, Bil-
bao, 2010, p. 45.
79. J. R. DÍAZ de DURANA, «La lucha de bandos en Vitoria y sus repercusiones en el concejo. 1352-
1476», Actas del Congreso de Estudios Históricos Vitoria en la Edad Media, Vitoria, 1982, pp. 477-501:
(…) por ocasión e causa de los vandos Aiala e Calleja que de presente an seido e son en la dicha villa,
[porque] muy a menudo, entre los homes que quieren vivir en paz e sosyego, por vandear los unos a los
otros, se perece la justicia de nuestro sennor el rey (…).
80. J. Á. ACHÓN, «A voz de Concejo»…, pp. 163-196: (…) en la dicha villa hay dos bandos; el uno
que dicen de Bañez y el otro que dicen de Guraya; y que es de uso e costumbre, de gran tiempo acá,
de poner cada año seis fieles en la dicha villa; tres del un bando e los otros tres del otro bando; los
quales dichos fieles han de nombrar y escoger dos alcaldes, el uno del un bando e el otro del otro ban-
do. Otrosí que han de nombrar y escoger tres jurados, el uno del un bando e el otro del otro bando e
el otro del común.
81. J. R. DÍAZ de DURANA, «La Reforma municipal de los Reyes Católicos: el Capitulado vitoriano
de 1476 y su extensión por el noroeste de la Corona de Castilla». La formación de Álava, I, Vitoria,
1986, pp. 213-236. R. POLO MARTÍN, El régimen municipal de la Corona de Castilla durante el reinado
de los Reyes Católicos: organización, funcionamiento y ámbito de actuación, Madrid, Constitución y
Leyes, 1999; R. POLO MARTÍN, «Los Reyes Católicos y la insaculación en Castilla», Studia Historica, His-
toria Medieval, 17 (1999), pp. 137-197.

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70 JOSÉ RAMÓN DÍAZ DE DURANA Y JON ANDONI FERNÁNDEZ DE LARREA

pacificación del territorio.82 Entre tanto, y durante los siglos siguientes, en las
villas que habían caído bajo el yugo señorial, la intervención señorial en la
elección de los oficios y en las distintas instancias judiciales apenas sufrió
modificaciones relevantes.
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82. La evolución del sistema de gobierno en las villas cantábricas puede seguirse además en los
trabajos de M.ª R. PORRES MARIJUÁN, «Sociedad urbana y gobierno municipal en el País Vasco (si-
glos XV-XVIII): el ejemplo de Vitoria», en Élites du Sud (XIVe-XVIIIe siècles): Aquitaine, Languedoc, Ara-
gon, Navarre: statuts juridiques et pratiques sociales; C. DESPLAT (dir.), S.S.L.A. de Pau et du Béarn,
1994, pp. 137-176; M.ª R. PORRES MARIJUÁN, «Oligarquías y poder municipal en las villas vascas en tiem-
pos de los Austrias», Revista de Historia Moderna, 19 (2001), pp. 313-354; M.ª R. PORRES MARIJUÁN, «In-
saculación, régimen municipal urbano y control regio en la monarquía de los Austrias (representa-
ción efectiva y mitificación del método electivo en los territorios forales)», El poder en Europa y
América: mitos, tópicos y realidades; E. GARCÍA FERNÁNDEZ (coord.), Bilbao, Servicio Editorial Univer-
sidad País Vasco, 2001, pp. 169-234; M.ª R. PORRES MARIJUÁN, «Corona y poderes urbanos en la cornisa
cantábrica, siglos XVI y XVII», Minius, Historia, Arte e Xeografía, 19 (2011), pp. 103-135 o en los de M.ª
A. FAYA «Gobierno municipal y venta de oficios en la Asturias de los siglos XVI y XVII», Hispania, 213
(2003), pp. 75-136.

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Teoría y praxis política en el País Vasco a fines
de la Edad Media: los gobiernos urbanos
y los vecinos de la tierra*

ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ


Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea UPV/EHU
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INTRODUCCIÓN

Historiadores que investigan en el ámbito geográfico de la Corona de Cas-


tilla durante la Baja Edad Media se han preocupado de estudiar la participa-
ción política en los núcleos urbanos considerando «el común» como un co-
lectivo que aparece en las fuentes documentales oponiéndose de un modo
más o menos recurrente a los gobernantes de las ciudades. Desde este punto
de vista han comprendido dentro del «común» a aquellos sectores sociales
que no formando habitualmente parte de las oligarquías urbanas pretendie-
ron incidir en las decisiones políticas de los oficiales concejiles e incluso
pugnaron por conseguir acceder a algunos de los resortes de participación
en los gobiernos de las ciudades y villas.1 Otros medievalistas han preferido

* Se inscribe en el Proyecto de Investigación financiado por el M.º de Economía y Competitivi-


dad, «Poder, sociedad y fiscalidad en el entorno geográfico de la Cornisa Cantábrica en el tránsito del
Medievo a la Modernidad», HAR2011-27016-C02-01, con sede en la UPV/EHU. Y forma parte del P.
Coordinado HAR2011-27016-C02-00, con sede en la UPV/EHU junto con el P. de I. HAR2011-27016-C02-02
de la U. de Valladolid. Participa en la Red «Arca Comunis» y en la UFI 11/02 de la UPV/EHU.
1. Véase M.ª I. VAL VALDIVIESO, del «Oligarquía versus común (Consecuencias sociopolíticas del
triunfo del regimiento en las ciudades castellanas)». Medievalismo, año 4, n.º 4, Madrid (1994), pp. 41-
58; de la misma autora «Élites urbanas en la Castilla del siglo XV (Oligarquía y Común)», en FH. THEMU-

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72 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

acercarse a dicha temática centrando su estudio en la contraposición entre


los «grupos pecheros» y los «grupos exentos, hidalgos y privilegiados.2 A decir
verdad este último planteamiento no se aleja demasiado del anterior. No fal-
tan historiadores que usan indistintamente los vocablos «pechero» y «común».3
José Antonio Jara sostiene que los planteamientos historiográficos ante-
riormente bosquejados abocan a la explicación de las relaciones políticas
que se originaron entre ambos sectores sociales como si se produjeran
«interclases»,4 lo que en su opinión es una interpretación de la realidad histó-
rica acontecida en la Edad Media castellana poco operativa. Su propuesta,
que minimiza los conflictos y luchas sociales acaecidos en las ciudades me-
dievales entre dos grupos sociales de carácter antagónico, quiere ejercer de
contrapeso a la apuesta investigadora de los historiadores que tuvieron como
hilo conductor de sus publicaciones «el común» y «los pecheros». En el mismo
sentido este historiador propone revisar el significado conceptual otorgado al
«concejo cerrado», ajustar los planteamientos cerrados en torno a lo que se

DO BARATA (ed.), Élites e redes clientelares na Idade Media. Lisboa, 2001, pp. 71-89; M.ª ASENJO GONZÁ-
LEZ, «El pueblo urbano: el Común», Medievalismo, 13-14 (2004), pp. 181-194; MUÑOZ GÓMEZ, V., «La
participación política de las élites locales en el gobierno de las ciudades castellanas en la Baja Edad
Media. Bandos y conflictos de intereses (Paredes de Nava, final del s. XIV-inicio del s. XV», Anuario de
Estudios Medievales, 39/1 (2009), pp. 275-305; J. Á. SOLÓRZANO TELECHEA, «De “todos los más del pue-
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blo”» a la “república e comunidad”: el desarrollo y la consolidación de la identidad del común de


Laredo en los siglos XIX y XV», AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica, Revista In-
ternacional de la Europa Atlántica en la Edad Media, número 1 (2006), pp. 61-107; del mismo autor
«Élites urbanas y construcción del poder concejil en las Cuatro Villas de la Costa de la Mar (siglos XIII-
XV)», pp. 187-230.
2. Escribía José María Monsalvo Antón sobre los pecheros: «se trata de un grupo social real, un
“estado social”, no de una abstracción o mera construcción de los historiadores. Hay una identidad
mínima: su condición de no-privilegiados, de contribuyentes. En ella se sustentaba una toma de con-
ciencia elemental (…) sobre su situación, percibida explícitamente de manera inmediata y segura-
mente concebida bajo esquemas de estratificación social». («La participación política de los pecheros
en los municipios castellanos de la Baja Edad Media. Aspectos organizativos», en Studia Histórica.
Historia Medieval, 7 (1989), pp. 37-94-p. 40); véase del mismo autor «La sociedad concejil de los si-
glos XIV y XV: caballeros y pecheros (en Salamanca y en Ciudad Rodrigo)», en J. L. MARTÍN (coord.)
Historia de Salamanca. Salamanca, 1997, vol. II, pp. 387-478; «Gobierno municipal, poderes urbanos
y toma de decisiones en los concejos castellanos bajomedievales (consideraciones a partir de conce-
jos salmantinos y abulenses)», en Las sociedades urbanas en la España Medieval: XXIX Semana de
Estudios Medievales, Estella 15 a 19 de julio de 2002, Pamplona, 2003, pp. 409-488; y «Ayuntados a Con-
cejo: acerca del componente comunitario en los poderes locales castellano-leoneses durante la Edad
Media», en F. SABATÉ I CURULL y J. FARRÉ (coords.) El poder a l’Edat Mitjana: Reunió científica, VIII Curs
d’Estiu Comtat d’Urgell (Balaguer, 9, 10, 11 de juliol de 2003). Lleida, 2004, pp. 209-292.
3. Véase S. TENA GARCÍA La sociedad urbana en la Guipúzcoa costera medieval: San Sebastián,
Rentería y Fuenterrabía (1200-1500), Edit. Instituto Doctor Camino, Donostia-San Sebastián, 1997,
pp. 160-161.
4. El autor que de forma más extrema asume estos conflictos como una lucha de clases es C.
ASTARITA, «Representación política de los tributarios y lucha de clases en los concejos medievales de
Castilla», en Studia Historica. Historia Medieval, 15 (1997), pp. 139-169, si bien no omite los conflictos
que se dieron dentro del colectivo «tributario» o del grupo del común.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 73

entiende por clases dominantes y clases dominadas, acercarse al estudio de


las relaciones políticas desde un punto de vista prosopográfico y contemplar
la posibilidad de que los conflictos sean protagonizados por «segmentos de
una misma clase, la dominante».5 Recientemente insiste en valorar los proce-
sos de consenso que se dieron entre el «común de pecheros», el «grupo urba-
no dirigente» y las «élites dirigentes» del común, que pudieron servir para
desnaturalizar el discurso pechero antioligárquico.6 Cuando menos parte de
estas argumentaciones tampoco han estado ausentes en las investigaciones
históricas que tienen como guía al «común» y a «los pecheros».
En verdad la casuística es muy variada. Sin duda se ha de tener sumo cui-
dado en identificar al «común» y a los «pecheros» como grupos totalmente
antagónicos a los de hidalgos y exentos en el conjunto de la Corona de Cas-
tilla.7 Conviene no magnificar las luchas sociales entre contrarios, pero tam-
bién es preciso evitar caer en el riesgo de hacer desaparecer o de anular la
existencia de los conflictos entre grupos sociales contrapuestos por el sólo
hecho de que entre sus dirigentes estén presentes familias de los grupos do-
minantes, muy próximas a ellos o bastante distantes de los sectores sociales
que lideran.
En realidad la historiografía no ha dejado de lado en sus investigaciones
a aquellos vecinos, residentes en las aldeas, anteiglesias y collaciones, ubica-
dos fuera del perímetro amurallado de los centros urbanos. A menudo se ha
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recurrido a integrar a estas gentes en los mismos parámetros explicativos del


«común» o de los «pecheros aldeanos o pecheros de los pueblos», grupo que
algunos historiadores han preferido diferenciar del de los «pecheros de la

5. J. A. JARA FUENTE, «Sobre el concejo cerrado. Asamblearismo y participación política en las ciu-
dades castellanas de la Baja Edad Media (conflictos inter o intra-clase)», en Studia Historica. Historia
Medieval, 17 (1999), pp. 113-136-pp. 113, 114, 125, 135 y 136.
6. J. A. JARA FUENTE, «Posiciones de clase y sistemas de poder: vinculaciones y contradicciones en
la construcción del “común de pecheros” en la Baja Edad Media», en J. I. de la IGLESIA DUARTE y J. L.
MARTÍN (edits.) Los espacios de poder en la España medieval: XII Semana de Estudios Medievales, Ná-
jera, del 30 de julio al 3 de agosto de 2001, Edit. Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 2002, pp. 511-
532-p. 531.
7. En 1494 en la villa de Hernani Juan López del Puerto ejercía como procurador de los escude-
ros, hidalgos «e comun de la dicha villa» en contra de los regidores y fieles, así como de la gente más
rica de la localidad por haber acordado que tan sólo quienes tuvieran haciendas por valor de 10.000
maravedís pudieran acceder a los oficios concejiles. En esta villa la mayoría de los vecinos pagaban
los impuestos municipales y también los hidalgos. En Mondragón entre fines de los siglos XIV y XV el
«común» se refiere al resto de los vecinos que carecían de capacidades de gobierno y se contrapone
a los bandos de los linajes Guraya y Báñez que se reparten los oficios concejiles hasta 1490, año en
que fueron suprimidas estas organizaciones políticas (J. Á. ACHÓN INSAUSTI, «A voz de Concejo». Linaje
y corporación urbana… etc., pp. 94, 167, 192 y 194). En San Sebastián por «comunidad» se entiende
asimismo a fines del XV al colectivo de vecinos que no dirige por esos años la villa (E. GARCÍA FERNÁN-
DEZ, «La Comunidad de San Sebastián a fines del siglo XV: un movimiento fiscalizador del poder con-
cejil», Espacio, Tiempo y Forma, Madrid (1993), pp. 545-572).

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74 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

ciudad».8 Precisamente en este capítulo me voy a fijar de manera particular


en los vecinos de la tierra de los núcleos urbanos. Se trata de analizar las lí-
neas generales de las relaciones de los gobernantes de las ciudades y villas
con las gentes moradoras de la Tierra en el espacio geográfico de la Comu-
nidad Autónoma del País Vasco (Álava, Guipúzcoa y Vizcaya).
En relación con esta temática no siempre resulta del todo fructífera la me-
todología que tiene como referencia central «el común» y «los pecheros».9 A
este respecto en la documentación analizada se alude a la existencia de pe-
cheros en la Tierra (los labradores de las aldeas de Vitoria o los moradores
en los «valles» y aldeas de Mondragón), pero también hay hidalgos en las al-
deas vitorianas, así como en las universidades, anteiglesias y vecindades viz-
cainas y guipuzcoanas.10 Además tanto los vecinos de las villas como los de
las aldeas pechaban o pagaban impuestos (Mondragón, Vergara, Villafranca
de Ordizia, Vitoria, Laguardia, Bilbao, Lequeitio, etc.). Tampoco los estudios
de carácter prosopográfico son siempre la mejor solución para conocer los
entramados socioinstitucionales establecidos entre los núcleos urbanos y la
Tierra, debido a las carencias informativas de la propia documentación. Por
estos motivos en este capítulo se persigue también identificar los discursos
políticos que se dieron en el seno de las corporaciones urbanas, constituidas
jurídicamente como un cuerpo y una universitas,11 valorar el tipo de contras-
tes políticos y las formas de participación política que se dieron entre los
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núcleos urbanos y los pueblos de la Tierra.


En todo caso la supuesta búsqueda del «bien común» fue un objetivo de
ambos «colectivos», que está relacionado con la reivindicación de un «buen
gobierno» para toda la comunidad. El presunto no cumplimiento de esta
máxima podrá ser utilizado para justificar la resistencia a los acuerdos de los

8. J. M.ª MONSALVÓN ANTÓN, «La participación política de los pecheros en los municipios castella-
nos… pp. 45 y 47.
9. E. C. de SANTOS CANALEJO, «Piedrahita, su Comunidad de Villa y Tierra y los duques de Alba en
el siglo XV», En la España Medieval, V, Madrid (1986), pp. 1141-1174. Según esta autora la mayoría de la
población residente dentro del recinto amurallado fue exenta por don Fernando en 1441 de todo
pecho real, concejil y señorial «y martiniega», así como los pecheros de la villa sólo debían pagar la
mitad de las monedas solicitadas —p. 1155—, mientras que no sucedía lo mismo con los moradores
en las aldeas de la Tierra, que sin embargo consiguieron de su señor don Fernando en 1433 «que los
concejos de la Tierra entendieran en los pleitos de sus vecinos de hasta 60 maravedís y en causas cri-
minales hasta 120 maravedís, y que la Tierra estuviera representada con uno o dos procuradores por
concejo cuando se hicieran los repartimientos, disposición que el duque don Fadrique en 1494 repeti-
ría» (p. 1150). Pese a todo hubo lugares de la Tierra que tuvieron mayores privilegios fiscales y con-
tributivos que otros por concesión señorial, aunque la Tierra estaba sometida jurisdiccionalmente a
la villa.
10. Los habitantes del valle de Legazpia se denominaban «universidad e veçinos e moradores es-
cuderos e hijosdalgo».
11. P. MICHAUD-QUANTIN, «Universitas». Expression du mouvement communautaire dans le Moyen
Âge latin. París, 1970.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 75

gobiernos urbanos o viceversa para reprimir a quienes osan no cumplir las


decisiones de los gobernantes. Estas ideas, que emanaban de las fuentes aris-
totélicas, circulaban en los ambientes jurídicoadministrativos y políticos bajo-
medievales.12 De todas formas «bien común» y «buen gobierno» no están al
margen de la aplicación de la justicia, cuya comprensión tiene asimismo una
lectura desde los escritos de los Santos Padres de la Iglesia Católica. En la
Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino se puede leer en lo que con-
cierne a la diferenciación entre la justicia general y la justicia particular que
«no es igual la razón del bien común que la del bien particular, como tampo-
co es igual la razón del todo que la de la parte».13

1. DE LA ACEPTACIÓN A LA CONTESTACIÓN POLÍTICA DE LOS POBLADORES DE LA TIERRA

Los intereses de toda índole que los residentes en los centros urbanos
amurallados tuvieron en los términos de sus jurisdicción y con sus morado-
res afectaron a ámbitos muy diversos. Es sabido que las gentes más acomo-
dadas del núcleo urbano prestaron dinero a los aldeanos, se hicieron con
tierras, casas y caserías en las aldeas o tuvieron ganados a medias con ellos.
A su vez los aldeanos vendían sus productos agropecuarios en el mercado
centralizado en las ciudades y villas, algunos de sus hijos y parientes habían
decidido buscar una nueva forma de vida dentro del perímetro amurallado y
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además dependían jurisdiccionalmente de sus dirigentes. Eran «mundos» que


se necesitaban recíprocamente, pero cuya redistribución de deberes y dere-
chos generó periódicamente polémicas y enfrentamientos entre ambos «co-
lectivos».
Es objetivo de este trabajo de investigación examinar tan sólo distintos
ejemplos referentes a aquellas ciudades o villas que contaron con aldeas,
vecindades o anteiglesias en su jurisdicción territorial. No se van a analizar
en este caso las relaciones de carácter señorial-jurisdiccional establecidas je-
rárquicamente entre villas, pues tienen unas características especiales. Me
refiero en particular al señorío conformado por la ciudad de Vitoria con las
villas y aldeas de Monreal de Zuya, Elburgo, Alegría de Álava y Bernedo que
pasaron a su jurisdicción política a fines del siglo XV o a la anexión de la villa
guipuzcoana de Alegría a la villa de Tolosa en 1391. Hubo asimismo una juris-
dicción marítima, que afectó a numerosas poblaciones de la costa cantábrica.
Esta temática que enfrentó a poblaciones costeras con las Cuatro Villas de la

12. B. BAYONA AZNAR, El origen del Estado laico desde la Edad Media, Edit. Tecnos, Madrid, 2009,
p. 379.
13. SANTO TOMÁS DE AQUINO Suma de Teología III, parte II-II (a), Edit. Biblioteca de Autores Cris-
tianos, Madrid, 2002, p. 483.

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76 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

Costa en la Comunidad Autónoma de Cantabria14 no se abordará de forma


exhaustiva en el País Vasco, aunque sí se diseñarán unos primeros bosquejos
de la situación acontecida.
Desde luego el sector de la población que residía en la Tierra, en nume-
rosas ocasiones marginado de los gobiernos urbanos, no fue en modo algu-
no un grupo uniforme. Por el contrario es un «colectivo» donde, como se
aprecia en la documentación, son visibles entre ellos las diferencias econó-
micas y las diversas condiciones sociojurídicas (hidalgos y no hidalgos).
Como el denominado sector social del «común», residente dentro del períme-
tro amurallado, reivindicó unas políticas supuestamente basadas en la defen-
sa del «bien común», una idea general que pese a pretender abarcar al con-
junto de la población, escondía con frecuencia intereses particulares muy
concretos. El «bien común» es una cuestión clara en su enunciado, pero no
siempre fácil de dilucidar en la práctica política. Dicho de otra manera, lo
que entendían por «bien común» los residentes en las aldeas no coincidía con
lo que comprendían y practicaban los gobernantes de los núcleos urbanos
de quienes tenían una dependencia jurisdiccional.
De igual modo que el sector de la población calificado de «común» en al-
gunas villas, quienes habitan en la Tierra son un «colectivo humano» distin-
guido de las oligarquías locales de las ciudades o villas de las que dependían
sociojurídicamente. Fruto de las relaciones entre los concejos urbanos y los
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concejos de la tierra, se fueron fraguando unas determinadas formas de co-


municación política, aceptadas o impuestas, entre los gobernantes de las
ciudades-villas vascas y los gobernados de las aldeas, anteiglesias, vecinda-
des o universidades. En esta comunicación política entre gobernantes de los
núcleos urbanos y gobernados de la Tierra se utilizaron los cauces estableci-
dos en los fueros, ordenanzas y acuerdos municipales o por el contrario se
recurrió al enfrentamiento entre unos y otros, bien por vías exclusivamente
judiciales, bien por caminos más tortuosos donde hicieron su aparición las
protestas políticas expresadas igualmente a través de manifestaciones pacífi-
cas o de la violencia incontrolada.
Este «colectivo aldeano» o miembros del mismo cuestionaron bastantes de
las decisiones políticas de los gobiernos urbanos que abarcaron distintos
campos de la vida social, económica y política. En el plano económico los
mercados se celebraban en las villas y ciudades y las cargas fiscales se fija-
ban y distribuían básicamente por los gobiernos urbanos. Desde un punto de

14. Véase B. ARÍZAGA BOLUMBURU, «Conflictividad por la jurisdicción marítima y fluvial en el Can-
tábrico en la Edad Media», en Ciudades y villas portuarias del Atlántico en la Edad Media. Nájera,
Encuentros Enternacionales del Medievo, Nájera 27-30 de junio de 2004, Nájera, 2005, pp. 17-55 y de la
misma autora «La actividad comercial de los puertos vascos y cántabros medievales en el Atlántico»,
Historia. Instituciones y Documentos, n.º 35, Sevilla (2008), pp. 25-43.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 77

vista más estrictamente político los vecinos de aldeas y anteiglesias encontra-


ron muchas dificultades para acceder al desempeño de los oficios concejiles
del municipio. La mayoría de estas gentes residentes en las aldeas contaron
con impedimentos importantes para acceder a los oficios concejiles, bien de
carácter económico o social. No en vano se exigía formar parte de los secto-
res de la población más acomodados desde el punto de vista económico,
pues había que ser «abonados» para tener posibilidades de acceder a los car-
gos políticos concejiles. Asimismo era preciso estar bien posicionado en la
red de las relaciones sociofamiliares de las ciudades y villas. Estas circunstan-
cias afectaron asimismo a los vecinos residentes en el exterior de los recintos
amurallados de algunos núcleos urbanos.
Los vecinos residentes en el exterior de las murallas de los núcleos urba-
nos tuvieron grandes limitaciones para participar en la vida política, pero en
cualquier caso procuraron hacer frente desde sus posibilidades a aquellas
decisiones políticas de los gobiernos urbanos que en principio pudieran per-
judicarles. En este sentido es fundamental examinar el discurso político de
los habitantes de la tierra respecto a los gobernantes urbanos, el discurso de
estos últimos respecto de los primeros y la praxis política que llevaron a
cabo a fines de la Edad Media. Al mismo tiempo es preciso analizar los com-
portamientos diferenciados entre unas y otras zonas, los logros y los fracasos
de los opositores a los dirigentes de los núcleos urbanos.
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Los gobernantes urbanos, dentro de unos cauces normativos consentidos


por la administración regia, basados en sus fueros, ordenanzas y los privile-
gios reales ejercieron en los términos de su jurisdicción o hicieron todo lo
posible por ejercer la supremacía política y judicial. Desde su posición de
oficiales concejiles, los alcaldes, los regidores y los procuradores dirigieron
la vida política local e influyeron en la vida económica, social y religiosa de
los términos que conformaban su jurisdicción. Una parte no pequeña de las
ciudades y villas del País Vasco tuvieron en sus términos núcleos de pobla-
ción aldeanos. Estas localidades periurbanas podían formar parte de los tér-
minos de las villas y ciudades desde la concesión de su carta de fuero por
los reyes navarros o castellanos o por los señores de Vizcaya o bien por pri-
vilegios posteriores.
Hubo villas que mantuvieron la mayoría de las aldeas de su jurisdicción
durante la Edad Media, como acaeció en la villa alavesa de Laguardia.15 Hubo
igualmente villas cuyos términos originarios los fueron ampliando entre los
siglos XIII y XIV. Vitoria y Salvatierra en Álava fueron incorporando numerosas
aldeas, muchas de ellas adquiridas mediante compra, saliendo de este modo

15. Tan sólo se desgajaron de dicha villa las poblaciones que pasaron a integrarse en las nuevas
villas creadas (San Vicente de la Sonsierra en 1172, Labraza en 1196 y Viana en 1219) con parte de los
términos otorgados en la carta foral de 1164. Otras villas vascas vivieron procesos similares.

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78 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

de la jurisdicción de la extinguida Cofradía de Álava en 1332. En Guipúzcoa


bastantes villas fueron progresivamente absorbiendo los pueblos de sus alre-
dedores a solicitud de sus propios pobladores (Tolosa, Villafranca de Ordi-
zia, Mondragón y Segura) y fijando por escrito entre ambas partes las formas
y condiciones en que las primeras habían de ejercitar la jurisdicción. La con-
formación diversa de las jurisdicciones urbanas de las villas y ciudades vas-
cas obedeció a contextos políticos y a realidades históricas distintas.
El desarrollo del ejercicio del poder de los gobernantes locales exigió la
toma de decisiones que afectaba a los habitantes de los núcleos amuralla-
dos, de sus arrabales y de los núcleos aldeanos de su alrededor. Estas deci-
siones políticas incidieron en los más diversos campos temáticos: licencias
de obras y asuntos urbanísticos, las formas de gobierno, el sistema penal, el
cobro y el reparto de impuestos, la protección y el aprovechamiento del
medio natural, la realización de alardes militares, etc. Los acuerdos conceji-
les no fueron siempre del gusto de todos los vecinos y moradores de las
aldeas. Éstas son algunas de las cuestiones que voy a ir ponderando a través
del estudio de una serie de casos. Porque la complejidad de los entramados
institucionales y de las relaciones sociales generadas entre los núcleos urba-
nos y sus aldeas, collaciones o anteiglesias de las ciudades y villas vascas no
puede ni debe ocultarse bajo el paraguas simplista y excesivamente genera-
lizador de la existencia de una supremacía jurisdiccional de los primeros
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sobre los segundos.

2. LOS DIRIGENTES URBANOS Y LOS VECINOS DE LA TIERRA: CONFLICTOS Y CULTURA PO-


LÍTICA

Probablemente donde se expresó con más fuerza el discurso político de


los pobladores de la Tierra respecto a los dirigentes de los concejos urbanos
fue en los conflictos entablados entre unos y otros. Las realidades políticas
de las relaciones entre villas y aldeas, sin embargo, fueron distintas. Esto se
debió a que la formación de los territorios de las villas no siguió unos mis-
mos cauces y a que los contextos históricos y sociales variaron de forma es-
pecífica de una comarca a otra.
¿Cómo intentaron resolver sus diferencias los dirigentes urbanos y los ve-
cinos de la Tierra? Los instrumentos jurídicos y las vías sociales no fueron
idénticas. La designación de jueces árbitros fue una fórmula menos agresiva
y más conciliadora.16 Las gentes de la tierra, para defender sus intereses con-

16. Vitoria y sus aldeas antes de pleitear ante la justicia ordinaria decidieron en 1464 resolver sus
disputas ante dos jueces árbitros, bachilleres en letras, propuestos cada uno de ellos por una de las
partes, pero en los años siguientes los pleitos se llevaron a los tribunales de la Real Chancillería de
Valladolid.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 79

vocaron asambleas y juntas17 o solicitaron repartimientos, que no siempre


habían sido aprobados previamente por las autoridades urbanas.18 Los veci-
nos de las aldeas, collaciones y anteiglesias se reunían en lugares conocidos
y que tenían algún significado político para ellos. Los aldeanos, como recoge
la documentación escrita, designaban a sus procuradores de forma legal o
ilegal para llevar a buen efecto la tramitación de los pleitos iniciados con los
gobernantes urbanos.19 Las reivindicaciones de los grupos opositores son
descritas en las cartas de procuración, en los memoriales de agravios y en las
respuestas dadas por los gobiernos urbanos.
Los rebeldes al poder constituido o quienes se quejan de su política afir-
man actuar en nombre del bien común, conforme a los estatutos que regulan
su vinculación jurídicoinstitucional a las villas, o frente a las arbitrariedades y
abusos de poder de los dirigentes urbanos. Por este motivo presentan su vi-
sión de la reconstrucción de los hechos defendiendo con bastante frecuencia
el rechazo de cualquier innovación, recordando que desde «tiempos inme-
morables» la realidad política había sido distinta y exigiendo cambios acordes
con sus solicitudes. Mediante la puesta por escrito de sus reivindicaciones no
sólo señalan los motivos de sus quejas, sino que también buscan generar una
determinada opinión pública que pueda ser favorable para conseguir más
adhesiones para su causa. A este respecto dicen defender la aplicación co-
rrecta de la justicia, frente a la situación irregular de los tribunales judiciales
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ordinarios o extraordinarios.
Las diferencias entre los gobiernos urbanos y los vecinos de la tierra no
sólo se movieron en el terreno de los discursos, sino que se llevaron a los
tribunales y se materializaron políticamente. Estas discrepancias se resolvie-
ron de distinta manera en unas y otras zonas, pues la actitud de los gober-
nantes no fue la misma. En unos casos el triunfo de los dirigentes urbanos
fue absoluto, en otros se aceptaron algunas de las propuestas de los oposito-
res gobernados. Los dirigentes urbanos buscaron siempre la legitimación de
sus actuaciones y el reconocimiento legal de los tribunales de justicia locales
o de la Corona (Consejo Real, Alcaldes de la Real Chancillería de Valladolid).
Los querellantes que perdieron la mayoría de sus reivindicaciones fueron

17. En 1480 los vecinos de las aldeas de Garagarza y Udala, pertenecientes a la jurisdicción de la
villa de Mondragón, celebraron una junta convocada a campana repicada para designar a los procu-
radores que les representarían, entre ellos un clérigo, en el pleito que mantenían por una dehesa que
consideraban de su propiedad. (M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; J. A. LEMA
PUEYO, Colección Documental del Archivo Municipal de Mondragon, 1471-1500, t. IV, San Sebastián,
1996, n.º 247).
18. Éste es el caso de la aldea de Irún frente a la villa de Fuenterrabía. S. TENA GARCÍA, Irún a fi-
nes de la Edad Media. Documentos para su estudio. Pleito entre la villa de Fuenterrabía y su aldea de
Irún (1328-1500), Edit. Universidad del País Vasco, Bilbao, 2011. p. 80.
19. S. TENA GARCÍA, Irún a fines de la Edad Media … etc., pp. 56-57.

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80 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

interiorizando su derrota de diversas formas. Pero hubo concejos de la tierra


que consiguieron importantes victorias (Deusto, Begoña, Abando respecto a
Bilbao). En estos casos fueron los gobernantes urbanos quienes debieron
interiorizar la sentencia desfavorable a sus intereses.
¿Cuáles fueron las principales quejas de los pobladores de las aldeas y
anteiglesias? Hay una serie de variables comunes a todos estos grupos con-
testatarios, pero igualmente problemáticas, diferenciadas entre unas y otras
poblaciones. No siempre cuestionaron formar parte de la juridicción territo-
rial de los centros urbanos. Hubo localidades que tras haber solicitado su
incorporación a la jurisdicción de las ciudades y villas, levantaron pleitos con
dichas poblaciones al considerar que su gobernación no era la más adecuada
para ellas, sin dejar constancia escrita de su interés por salir de la jurisdicción
de las villas. Las gentes de la tierra procuraron estar presentes en la toma de
decisiones de los gobiernos urbanos que directamente les afectaban. El pago
de impuestos y la protección de la economía familiar y doméstica que se
generaba en los términos donde residían son dos de las cuestiones principa-
les que pelearon con los concejos urbanos. A ellos se añadió el cuestiona-
miento de otro tipo de exigencias relacionadas con la defensa de las villas y
ciudades (la realización de rondas y velas nocturnas por la tierra y collación
de Irún), la fijación de las tasas máximas de los precios o la asistencia a los
alardes generales en las cabeceras de jurisdicción. En 1516 la universidad de
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los hijosdalgo y hombres buenos del valle de Legazpia se negó a acudir al


alarde de armas que se debía celebrar en Segura por los vecinos de la villa y
de las aldeas, de acuerdo con lo ordenado en la Junta General Provincial en
Usarraga. Para ello presentó una provisión de los reyes castellanos fechada
en 1506 en la que se consentía a los «mas de çiento e sesenta honbres de pelea»
de Legazpia a llevar a cabo el alarde en el valle que estaba a dos leguas de
la villa, siendo el alcalde de Segura quien debería convocarlos y examinar
sus características armamentísticas.20

2.1. Guipúzcoa

Los orígenes de las formas de incorporación de las aldeas por las villas y
las estructuras políticas establecidas fueron heterogéneos en el País Vasco.
Hubo villas que desde su nacimiento se hicieron con una jurisdicción territo-
rial bastante extensa conformada por los núcleos urbanos y sus respectivas

20. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Quevedo, fenecidos, c. 4480/3.
Conflictos por asistir a los alardes también se dieron en la villa y aldeas de Villarreal de Álava, si bien
la convocatoria en este caso la había hecho su señor (E. GARCÍA FERNÁNDEZ, «Un alarde militar contes-
tado: los vecinos de Villarreal de Álava contra su señor, Prudencio de Avendaño Gamboa», Sancho el
Sabio, 29 (2008), pp. 201-222.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 81

collaciones. Éste es el caso de la villa de San Sebastián, población cuyos tér-


minos disminuyeron durante los siglos XIII y XIV. Su núcleo territorial se redu-
jo notablemente quedando limitada su jurisdicción a fines del XV a las Artigas
y a las poblaciones de Pasajes y Alza.21 La villa de Rentería —en otro tiempo
jurisdicción del concejo de San Sebastián—, ubicada en el Valle de Oyarzun
tuvo problemas para atraer a su jurisdicción a los moradores de la Tierra de
Oyarzun, que se resistieron a ello a fines del XIV con el apoyo de la villa de
San Sebastián a la que decían pertenecer. En 1453 los pobladores de la Tierra
de Oyarzun aglutinados alrededor de la parroquia de San Esteban se desga-
jaron de la jurisdicción de Rentería mediante la obtención de una carta pue-
bla que se acoge al modelo foral de San Sebastián otorgada por Juan II de
Castilla.
En otras comarcas, por el contrario, las villas urbanizadas por los reyes
castellanos incrementaron de forma notable su expansión territorial a lo lar-
go del siglo XIV. Los avecindamientos se produjeron a través de solicitudes
individuales o en nombre del conjunto de los moradores de las aldeas. En el
primer caso sobresalen en 1348 la entrada de 87 familias en la vecindad de
Azpeitia y de otras 75 de la parroquia de San Sebastián de Soreasu, de 24
personas de las collaciones de Asteasu y Alquiza a la de Tolosa; el avecinda-
miento de otros 18 hombres a la villa de Mondragón en 1353 y años más tarde
de otras personas particulares a las villas de Vergara, Tolosa y Segura, a quie-
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nes se exige lealtad y el pecho de los tributos.22 Incluso hubo alcaldes, como
el de Arería, García López de Zumárraga, que en 1384 se avecindó en Segura
por los bienes que poseía en Lazcano y Zumárraga favoreciendo que lo hi-
cieran otras gentes de dicha jurisdicción y ordenando que le sepultaran en el
cementerio de la iglesia parroquial de dicha villa «por serviçio de Dios e del
rey nuestro sennor e por pro e mejoramiento de mi e de mis herederos e de mis
bienes, e porque yo e los dichos mis herederos e bienes sean mas anparados e
defendidos mejor de qualquier e qualesquier que contra mí e mis herederos e
mis bienes quisieren pasar no devidamente», así como se obligó a no ajuntar-
se con «señor», «señora», villas y aldeas contra lo ahora acordado.23 Quizá sus
relaciones con la poderosa familia de los Lazcano no fueran demasiado ex-
celentes. Los intentos de integrar la Tierra de Arería en la villa de Segura no
cuajaron finalmente.

21. A su costa se crearon nuevas villas (Fuenterrabía-1203, Villanueva de Oyarzun-1320, Rentería,


San Salvador de Usúrbil-1371, San Nicolás de Orio-1379 y Hernani-c. 1380). S. TENA GARCÍA, La sociedad
urbana en la Guipúzcoa costera medieval: San Sebastián, Rentería y Fuenterrabía (1200-1500), Edit.
Instituto Doctor Camino, Donostia-San Sebastián, 1997.
22. S. TENA GARCÍA, La sociedad urbana en la Guipúzcoa costera medieval: San Sebastián, Rente-
ría y Fuenterrabía (1200-1500)… etc., pp. 171-173.
23. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo I (1290-1400), San Sebastián, 1985, pp. 98-102.

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82 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

En Guipúzcoa fueron numerosas las uniones de aldeas a las villas de To-


losa, Segura, Villafranca de Ordizia y Mondragón. En general los vecinos de
la Tierra solicitaron, según la documentación escrita de forma voluntaria, su
inserción en el sistema político concejil urbano. La documentación municipal
es bastante explícita al respecto. Normalmente las collaciones o aldeas con-
servaban sus términos y tierras comunales, sin tener acceso a los de las vi-
llas. Los pobladores de la Tierra tenían diferentes condiciones sociojurídicas:
hidalgos y labradores. Y buscaron el amparo jurisdiccional que para ellos
suponía su entrada en el ámbito de las cada vez más poderosas villas, cuyos
fueros y exenciones serían los nuevos marcos de referencia para defender
sus intereses en las aldeas frente a cualquier tipo de agresiones externas.
La incorporación de las aldeas a las villas supuso la exigencia de lealtad a
los dirigentes de los núcleos urbanos y la ruptura de los lazos que pudieran
tener establecidos las aldeas o collaciones con otras poblaciones o con caba-
lleros guipuzcoanos. En el avecindamiento de la collación de Santa María de
Cerain a la villa de Segura en 1384 se lee lo siguiente: «(…) que de aquí ade-
lante que non seamos tenudos de fazer ajuntamiento nin trabto con sennor
nin con sennora nin con alguna villa nin aldeas de la dicha villa nin de
otras partes, nin con otras personas algunas contra cosa alguna de lo que
dicho es», con lo que se pretendía, sin duda, debilitar a los caballeros. En
general los moradores de las aldeas pretendieron resguardarse bajo el para-
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guas de la jurisdicción de las villas realengas frente a los abusos de los caba-
lleros. Por ello reclamaron a las villas la defensa y protección de las gentes
de la Tierra «de los malos omes e de los omes poderosos que lo suyo muchas
devezes les solian tomar contra su voluntad» (Cerain, 1384).24 Pero la realidad
política no siempre fue así. En 1402 las collaciones de Cegama, Ormáiztegui,
Mutiloa e Idiazábal nombraron a Oger de Amézqueta, señor de Lazcano,
como uno de sus procuradores para seguir pleitos ante los oidores de la Cor-
te y ante el Alcalde Mayor de Guipúzcoa don García Martínez de Elduayen
en relación con las diferencias que por motivos fiscales tenían con la villa de
Segura.25 Oger de Amézqueta, casado con María López de Lazcano González

24. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo I (1290-1400), pp. 113-116.
25. Los gobernantes de la villa para pagar el pedido al rey (3.300 maravedís) echaron una derra-
ma a las collaciones. Éstas se negaron al pago de la misma. La respuesta del concejo de Segura, se-
gún Oger de Amézqueta, fue dirigirse con hombres armados a Cegama tomándoles «fasta çient e ve-
ynte cabeças de ganado vacuno con sus fijos et seysçientos puercos e puercas, e seguiran a los dichos
sus costituentes e los corrieron por los matar fasta que en la eglesia de Sant Martin de Çegama los
ençerraronla toma de prendas». El concejo de Segura negó dicha versión, afirmó que sus ganados
habían entrado en los montes altos adquiridos por la villa a Fernán Pérez de Ayala y que acudieron
a defender al merino de la villa por «tentar fecho d’armas contra el dicho merino». Véase L. M. DÍEZ
de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa) (1290-1500), tomo II
(1401-1450), San Sebastián, 1993, números 94 y 95.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 83

de Mendoza estuvo en litigios con la villa de Segura por los montes, seles y
pastos de algunos términos presuntamente pertenecientes al solar de Idiazá-
bal, del señorío de los Lazcano. Su hijo Juan López de de Lazcano pleiteó
con la villa de Segura por los derechos de jurisdicción de la prestamería so-
bre las ferrerías del valle de Legazpia. Además Bernardino de Lazcano a fines
del siglo XV era «patron feudatario de la dicha anteiglesia monasterial del
sennor San Miguel de Motiloa», que se hallaba en la jurisdicción de la villa de
Segura.
En 1404 se concertaron ambas partes, villa de Segura y vecindades, estipu-
lando las contribuciones de las collaciones en las derramas generales, que-
dando exentos de pagar en los repartimientos echados para pagar el salario
del cirujano, así como dando la competencia a las aldeas de contar con un
fiel elegido por ellas con la obligación de acudir a los llamamientos del con-
cejo por asuntos fiscales con el fin de que tuvieran conocimiento de las ne-
cesidades financieras «que sean en carga et provecho comun de nos el dicho
conçejo et de nos las dichas vesindades», así como con la capacidad de «guar-
dar et tener las cuentas de los pechos et derramas et costas que nos el dicho
conçejo de Segura derramáremos et fisiéramos por nos et por vos las dichas
nuestras vezindades». Se prohíbe de forma expresa a las vecindades «faser
ajuntamientos algunos con ningunos nin con algunos cavalleros et escuderos
nin caudiellos, so çierta pena que por faser vuestros ajuntamientos et juntas
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con cavalleros et escuderos o cadiellos o otras qualesquier personas en tal que


non sea en dapno et prejuyxio de nos el dicho conçejo».26

2.1.1. Tolosa y sus collaciones

Uno de los casos más espectaculares, por el gran número de aldeas que
entraron en la jurisdicción de una villa, es el de Tolosa. Las collaciones que
se incorporaron a la villa de Tolosa entre 1348 y 1475 fueron 27, de las que tan
sólo tres salieron posteriormente de su jurisdicción (Asteasu a fines del XIV,
Alkiza en 1450 y Aduna en torno a 1450). El contexto en que fueron anexio-
nadas se llevó a cabo, salvo en los casos de Ikastegieta (año 1474) y Andoain
(año 1475), entre los años 1348 y 1391. Coinciden estos años en líneas genera-
les con una época especialmente conflictiva y difícil en la Corona de Castilla
y en Guipúzcoa. La crisis económica, el descenso demográfico y las periódi-
cas epidemias agravaron la conflictividad social. En el centro de Guipúzcoa
las aldeas añoraron la fortaleza jurisdiccional de la villas, como sistema para
protegerse de las agresiones o injerencias de otros poderes villanos, aldea-
nos o de caballeros dispuestos a entrometerse en sus tierras y presuntos de-

26. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo II (1401-1450), números 100 y 101.

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84 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

rechos. El incremento del número de fogueras en la villa de Tolosa, al sumar-


se a la primera las existentes en las aldeas, otorgó más adelante un poder
superior a la primera en las Juntas Generales de la Provincia de Guipúzcoa.
Precisamente Tolosa era una de las 7 jurisdicciones de la provincia que en
1375 contaba con un alcalde de Hermandad.

Localidades anexionadas a la villa de Tolosa en la Edad Media

Nombres Fecha de Nombres Fecha de Nombres Fecha de


anexión anexión anexión

Asteasu 1348 Alkiza 1348 Abaltzisketa 1374


Altzo Arriba 1374 Altzo Abajo 1374 Anoeta 1374
Baliarrain 1374 Belauntza 1374 Berástegui 1374
Berrobi 1374 Elduain 1374 Gaztelu 1374
Hernialde 1374 Ibarra 1374 Ikastegieta 1474
Leaburu 1374 Lizatza 1374 Orexa 1374
Orendain 1374 Albiztur 1384 Irura 1385
Amasa 1385 Aduna 1386 Zizurkil 1391
Alegia 1391 Andoain 1475
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Las cartas de avecindamiento de las poblaciones que entraron a formar


parte de la jurisdicción de la villa de Tolosa constatan los vínculos, derechos
y deberes de dichas agrupaciones respecto al núcleo urbano central. En to-
dos los casos se trató de aldeas, excepción hecha de la localidad de Alegia,
a la que por dársele la condición de villa se le permitió mantener sus propios
alcaldes y jurados, de cuyas sentencias se podía apelar al alcalde de Tolosa.
En ningún caso los vecinos de las aldeas pudieron participar en la elección
de los alcaldes de la villa de Tolosa,27 que tenían capacidad para convocarles
por motivos de carácter militar o de otra índole.28 Los hidalgos de la Tierra,

27. E. GARCÍA FERNÁNDEZ, «La Cofradía de San Juan de «Arramele» y las ordenanzas de Tolosa de
1501», Revista Sancho el Sabio, Vitoria (1994), pp. 301-312.
28. Por si hubiera alguna duda el capítulo 11 de las ordenanzas municipales de Tolosa de 1532 fija-
ba lo siguiente: «Que ninguno que no viviere dentro de los muros de la villa pueda tener oficio (…).
Otrosi ordenamos y mandamos que ninguno que no viviere dentro del cuerpo de los muros de la dicha
villa, no pueda ser ni sea elexido ni nombrado por alcalde ordinario, ni fiel de la cofradia, ni escribano
fiel, ni regidor, ni volsero, ni jurado, ni guardamonte, ni alcalde de la Hermandad, ni manobrero ni
pueda tener ni tenga otro oficio alguno de la dicha villa e que solamente los que viven dentro del cuer-
po de la dicha villa e tienen vienes suficientes para ser oficiales e concurrieren las otras calidades que
comvienen y estan declaradas de suso sean e puedan ser elexidos e nombrados e creados por alcalde e
oficiales, porque la dicha villa se pueble y ennoblezca e no se disminuia ni despueble, e como dicho es,
otros ningunos de fuera de la dicha villa no sean ni puedan ser elexidos por oficiales, dado caso que

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 85

con excepción de los de la Casa de Yurreamendi a los que se les consintió,


quedaron excluidos del acceso a los oficios políticos de la villa.
Igualmente los dirigentes urbanos se reservaron el derecho a realizar de-
rramas fiscales a todos los pobladores de las aldeas para costear las necesida-
des financieras del municipio y posteriormente de la Hermandad Provincial.
Como ha señalado Susana Truchuelo García, estas anexiones dejaron una
cierta autonomía local a las aldeas, que conservaron sus términos anteriores,
el derecho a nombrar a sus jurados sin intromisión del gobierno urbano y la
capacidad de contar con rentas propias para financiar las mejoras públicas
que decidieran abordar (puentes, fuentes, calzadas, etc.).29 A fines del siglo XV,
una vez remitido el grave problema banderizo que irradió a la sociedad gui-
puzcoana entre mediados del siglo XIV y mediados del XV, algunas aldeas
abrirán un discurso «antivillano» por motivos fiscales, por su escasa represen-
tación en las Juntas Generales y porque cuestionaron las formas de aplicación
de la justicia.30 El control por la villa del sistema de recaudación del montante
de las alcabalas de su alcabalazgo generó un serio conflicto con las aldeas,
cuyos procuradores consideraron que estaban más gravados sus vecinos que
los de la villa. Los vecinos de las aldeas pretendieron en vano dejar de pagar
la alcabala foránea, al considerarse también vecinos de la villa.31

tengan vienes dentro del cuerpo de la dicha villa e su territorio, sin e a menos que vivan en la dicha
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villa e haian vivido un año continuo primero, e tengan proposito de vivir en ella adelante, y el ofiçial
que fuere criado por alcalde o en otro oficio alguno, e aquel aceptare e rexiere no pueda hir a vivir
fuera de la dicha villa, antes en ella viva e resida por tiempo y espacio de diez años, so pena de volver
todo lo que hubiere ganado de la alcaldia e pagar diez mill maravedis, la mitad para la Camara e la
otra mitad para las obras e reparos publicos de la dicha villa, e que los electores que salieren por suerte
para elexir e crear los dichos oficios no elixan nin nonbren por alcalde ni oficiales sino a los vecinos
inclusos havitantes dentro del pueblo de la dicha villa, según dicho es, e si elexiesen e tentaren de elegir
por oficial alguno o algunos de fuera de la dicha villa, que la dicha eleccion sea n sí ninguna, dado
caso que en concordia todos los electores nombraen que caian e incurran en pena de dos mil marave-
dis, e no sean electores por tres años, e que el dicho concexo tenga derecho de hacer nueba eleccion, e
que el alcalde no entregue la vara al tal nombrado y elexido contra el tenor de esta ordenanza, e si
alguno o algunos de los dichos electores, aunque sea la menor parte de ellos, en discordia, nombraren
y elexieren algun vesino de la dicha villa, de dentro del cuerpo de ella, que la tal eleccion valga e al tal
elexido se le dé la vara e los tales rixan e goviernen en aquel año la dicha villa e republica de ella, sin
embargo de la eleccion echa en persona que no haian vivido ni viva dentro del dicho cuerpo de la di-
cha villa, aunque sea por la mayor parte de los dichos electores, según dicho es, ecepto si el elexido
fuere Juan Ruiz de Yurreamendi e los dueños que seran de su casa de Yurreamendi, porque los señores
del consejo mandaron a su suplicacion fuesen admitidos a los dichos oficios según sus pasados». Véase
VV.AA., El triunfo de las élites urbanas guipuzcoanas: nuevos textos par el estudio del gobierno de las
villas y de la Provincia (1412-1539), Donostia-San Sebastián, 2002, pp. 375-376.
29. S. TRUCHUELO GARCÍA, Tolosa en la Edad Moderna. Organización y gobierno de una villa gui-
puzcoana (siglos XVI-XVII), Tolosa, 2006, pp. 31-33.
30. S. TRUCHUELO GARCÍA, Tolosa en la Edad Moderna… etc., p. 34.
31. Las 16 aldeas que formaban parte del alcabalazgo de Tolosa sostuvieron el pleito contra la
villa. La sentencia del corregidor emitida en 1532 obligó a que los dirigentes de la villa realizaran otro
repartimiento en el que estuvieran presentes los procuradores de las aldeas. S. TRUCHUELO GARCÍA,
Tolosa en la Edad Moderna… etc., pp. 89-90.

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86 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

Pese a que las ordenanzas de la villa de Tolosa de 1532 se hicieron en


nombre del bienestar general de la República, la realidad fue ciertamente
mucho más compleja. No se ha de pasar por alto dos fenómenos paradóji-
cos. El primero que tan sólo los más ricos tuvieron acceso al desempeño de
los oficios del concejo. Y el segundo, que salvo los miembros de la familia
Yurreamendi el resto de las familias acomodadas de la Tierra quedaron ex-
cluidas del derecho a formar parte de dicho concejo si no residían dentro del
núcleo amurallado. En última instancia la filosofía política de las ordenanzas
parecía estar relativamente clara «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».

2.1.2. Mondragón y sus aldeas. Fuenterrabía e Irún

Al sur de la Provincia de Guipúzcoa en torno a Mondragón se produjo un


fenómeno bastante similar al acaecido en la villa de Tolosa. En 1353 varias
aldeas del valle de Léniz que ingresaron en la jurisdicción de la villa de Mon-
dragón lo hicieron para escapar de la «servidunbre escura e muy desaguisada
con los males e dapnos, furtos e robos e fuerças e desaguisados que resçivimos
de los ricos homes e caballeros e escuderos poderosos que viven e entran en la
dicha tierra». Todo apunta a que los aldeanos se referían fundamentalmente
a don Beltrán de Guevara, señor de Oñate y Merino Mayor de Guipúzcoa. Se
acogían al fuero de Mondragón para ser defendidos por los gobernantes de
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la villa y ser juzgados por sus alcaldes realengos, comprometiéndose a ser


«pecheros» con la villa «en todos los pechos e dineros e pedidos del rey e fa-
ziendas que nos acaesçieren a pagar en la dicha villa e fuera e ella al tenor e
en la manera que vos pechardes segund que lo havedes de uso e de costunbre
fasta aquí». En este caso en las cartas de anexión se dejó la puerta abierta a
la salida del avecindamiento, si bien se penalizaba este hecho con una multa
económica. También se acordó que el concejo de Mondragón no podría exi-
gir a los moradores de estas aldeas que se enterraran y pagaran los diezmos
en las parroquias de la villa y se determinó que los términos que poseían les
pertenecían.32 Los vecinos de las aldeas, sin embargo, no ocuparon nunca
puestos políticos en la villa de Mondragón.
A principios del siglo XV aparecen los primeros enfrentamientos entre los
gobernantes de la villa y los vecinos residentes en las aldeas, que amenazan
indirectamente con desgajarse de la villa, a causa de «la vezindad e de pechar
los pechos e derramas de la dicha villa», alegando «non ser nin querer ser vesi-

32. J. Á. ACHÓN INSAUSTI, «A voz de Concejo». Linaje y corporación urbana en la constitución de la


Provincia de Gipuzcoa, Edit. Diputación Foral de Gipuzkoa, San Sebastián, 1995, pp. 51-53 (se trata de
las aldeas de Garagarza, Udala, Uribarri, Gesalibar, Erenusketa, Isasigaña y Oleaga. Su extensión se
encuentra próxima a la mitad de todo el término jurisdiccional de Mondragón. Las cuatro primeras
localidades se constituyeron en anteiglesias al contar con parroquias).

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 87

nos de la dicha villa nin aver pagado nin pagar nin querer pagar en pechos
algunos derramados nin repartidos nin se echaren e repartieren en alguna
manera nin por alguna razón bien asy commo desimos non ser vesinos nin
tenidos a pechar por razón de tienpo, desiemos que nin por fuerça de recab-
dos que desimos que non otorgamos ser tenidos a pagar cosa alguna nin
mantener vesindad salvo tan solamente desimos e conosçemos que somos de
la juridiçion de la dicha villa (…)» (1420), distinción que no fue contemplada
por los jueces árbitros designados por ambas partes.33
En 1415 las aldeas de Guesalibar, Everuzqueta, Garagarza, Isasigaña y Uda-
la acordaron mantenerse como vecinos de la villa y contribuir a la hacienda
concejil en concepto de pechos reales, concejiles, derramas, facenderas.
Poco antes «se pusieron en rebeldía» negándose a pagar «los pechos e derra-
mas de la dicha villa» o «del dicho concejo e sus encargos, segund que los
otros vesinos del cuerpo de la dicha villa lo solian pagar e otras cosas». Para
evitar pleitos con el concejo de Mondragón decidieron entregar los «pechos
que fasta aquí en el tienpo pasado les fincaban por pagar» correspondientes a
los años anteriores. De este modo el concejo de Mondragón les perdonó las
penas en que habían incurrido por su rebeldía.34
Los encontronazos entre ambas partes no cedieron. En este pleito, los
procuradores de los vecinos de las aldeas llegaron a negar haber pagado al-
guna vez los impuestos e incluso ser vecinos de la villa, pese a que recono-
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cieron su jurisdicción. Se nombraron dos jueces árbitros, bachilleres en leyes,


Juan Pérez de Vergara, alcalde mayor de Guipúzcoa y Juan Ochoa de la Cua-
dra, vecinos ambos de la villa de Mondragón, que sentenciaron a favor de la
villa. Reconocieron, sin embargo, el deber de los gobernantes de la villa de
notificar a las aldeas tres días antes que se realizara la derrama «de commo se
ha de repartir el pecho e que envien un home bueno de los pecheros do entre
si quel entendieren de conplir, asi presente e veer el tal repartimiento».35 Este

33. J. Á. ACHÓN INSAUSTI, «A voz de Concejo». Linaje y corporación urbana… etc., pp. 185-186 y M.
A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; J. A. LEMA PUEYO, Colección Documental del
Archivo Munivipal de Mondragon, 1471-1500, t. II, San Sebastián, 1996, números 72, 75, 76 y 77).
34. «(…) e resçibida o non resçibida la graçia que sobre ello el dicho conçejo les fiziese, que se
obligavan e obligaron e se sometian e sometieron por si e sus herederos e subçesores e bienes de pagar
todo lo que les fuese mandado pagar por el dicho conçejo e alcaldes e ofiçiales e omes buenos por ra-
son de los pechos pasados que les fincaban por pagar. E en lo por venir dixieron que se sometian, se-
gund dicho es, de ser sienpre vesinos e pecheros del dicho conçejo e de pagar todos o qualesquier pe-
chos, reales e conçejales e derramas e encargos e fasenderas quel dicho conçejo, yten, los ofiçiales d’el
les echasen en qualqueir manera e tiempo e segund e por la forma quel dicho conçejo e los dichos
ofiçiales acordasen e derramasen, yten, en todos los casos e formas quel dicho conçejo e vezinos dende
lo pagasen». M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; J. A. LEMA PUEYO, Colección
Documental del Archivo Municipal de Mondragón. Tomo II. (1400-1450), San Sebastián, 1996, n.º 72.
35. M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; J. A. LEMA PUEYO, Colección Docu-
mental del Archivo Municipal de Mondragón. Tomo II. (1400-1450)… etc., n.º 77.

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88 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

hombre bueno debía ser elegido por los vecinos de las aldeas. A fines del XV
(1483) el concejo de Mondragón tensionó la relación con las aldeas al prohi-
bir la venta de cereal, vino, carne, aceite, candelas y otras mercancías en las
tiendas y tabernas de dichas localidades. En esta ocasión los jueces del Con-
sejo Real concedieron la razón a los vecinos de las anteiglesias, aunque no
por ello la regulación del mercado dejó de ser una de las atribuciones de los
gobernantes urbanos.36
Algo parecido aconteció entre la villa de Fuenterrabía y su aldea de Irún,37
donde mercaderes y comerciantes vendían sus mercancías contra la voluntad
de los gobernantes de la villa.38 El empecinamiento de la primera por defen-
der sus derechos y las reivindicaciones radicales de la segunda acabaron con
una dura sentencia contra los irundarras: elevadas multas, confiscación de
propiedades, derrocamiento de las casas levantadas en piedra sin el permiso
correspondiente del concejo urbano, etc. En 1480 vecinos de Irún atacaron
con armas a oficiales de Fuenterrabía, muriendo en la reyerta el procurador
de la villa y dejando gravemente herido al preboste. En 1481 los «hombres
buenos» de Irún no tuvieron reparos en decirse vecinos de Fuenterrabía al
juntarse «en nuestro ayuntamiento e baçarra» en el cementerio de la iglesia
de Santa María, pero en 1500 en otra de sus reuniones, donde están presentes
algunos clérigos, el escribano Ojer de Lizárraga, vecino de Oyarzun, que re-
dactó el acta de la reunión llevada a cabo en el monte de Echequilla no les
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cita como tales vecinos.39 La villa de Fuenterrabía, como cabecera de la Her-


mandad, utilizó su poder e influencia para que las Juntas Generales de Gui-
púzcoa sentenciaran a favor de la villa. Asimismo acusó a los de Irún de
querer separarse de la jurisdicción para constituirse en villa.40

2.1.3. Segura y sus vecindades

Las aldeas guipuzcoanas de Segura (Legazpia, Astigarreta, Gudugarrea,


Cegama, Idiazábal, Cerain, Mutiloa y Ormáiztegui), concertaron con la villa
el derecho a la venta de las mercancías básicas para su abastecimiento inter-
no desde su incorporación a partir de fines del XIV (carne, pescado fresco y
seco, sidras, vino blanco y tinto procedente sobre todo de Logroño, Navarre-

36. J. Á. ACHÓN INSAUSTI, «A voz de Concejo». Linaje y corporación urbana… etc., pp. 186-187.
37. Este caso ha sido estudiado con todo detalle por M.ª S. TENA GARCÍA en el libro titulado Irún
a fines de la Edad Media. Documentos para su estudio. Pleito entre la villa de Fuenterrabía y su aldea
de Irún (1328-1500), Bilbao, 2011.
38. Véase S. TENA GARCÍA, Irún a fines de la Edad Media… etc. En estas disputas desempeñaron
un importante papel los 16 «ferrones y señores de las ferrerías de Yrún Urançu» que defendieron sus
privilegios recogidos en el Fuero de Ferrerías —se citan en Irún 6 ferrerías— (pp. 53, 72-73).
39. S. TENA GARCÍA, Irún a fines de la Edad Media… etc., pp. 55-57.
40. S. TENA GARCÍA, Irún a fines de la Edad Media… etc., p. 71.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 89

te y Navarra). Sin embargo «non podian vender quintal ni libra de fierro sin
que a la dicha villa lo traxiesen e ende se pesare e della tiene previllejo el di-
cho concejo». La rentería de la villa de Segura controlaba la producción de
hierro de la jurisdicción, sin duda por motivos fiscales y comerciales. Los
problemas se generaron a principios del XVI, empero, con la «universidad del
valle y tierra de Legazpia» o «universidad y aldea de Legazpia», porque no se
había acordado en los contratos de avecindamiento que el aforamiento de
los precios fuera competencia de fieles específicos de Legazpia. El concejo
de Legazpia —así era como se denominaba—, en los últimos años del si-
glo XV decidió elegir 2 fieles y 4 diputados regidores. Los dos fieles comenza-
ron a aforar los precios de la carne, sidra y pescado que se vendía en el Valle
de Legazpia. Los cuatro diputados tenían capacidad «para que rijan e govier-
nen los negoçios e las cosas patrimoniales del pueblo e que los tales deputados
non exerçen ningund actor juridiçional sy non que rigen e goviernan en
nonbre del dicho pueblo los negoçios e las cosas patrimoniales comunes del».
El contrato de avecindamiento tan sólo les permitía disponer de un jurado
con derecho a acudir a las sesiones del Ayuntamiento en que se trataran la
solicitud de repartimientos. Y también era el encargado de recaudar los ma-
ravedís que cupieran a la universidad de Legazpia: «un jurado para las cosas
suso dichas espeçialmente para que baya a los repartimientos que en la dicha
villa se hasen e para reçebir e recabdar la rata parte que cabe a la dicha uni-
bersydad».
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Los gobernantes de la villa pleitearon para impedir estas novedades pues-


tas en marcha por los de Legazpia y para ello se sirvieron de las quejas de
vecinos de otras aldeas de la jurisdicción —probablemente quienes se dedi-
caban a la venta de los mismos productos en las mismas—, que no contem-
plaron con agrado que los precios del vino fueran más elevados en Legazpia.
Los vecinos de Segura ponían de relieve en 1505 que en la propia villa y en
las demás aldeas los precios del vino se habían establecido en 15 blancas
frente a los 16 de Legazpia, pero destacaban que en el precio de la villa se
tenían en cuenta dos imposiciones sobre la compraventa de vino: «quanto
mas que a la dicha villa a cada un açunbre de vino echan una blanca de
alcabala e otra de sysa por previllejo que tienen de sus altesas e ninguna des-
tas ynpusiçiones echan nin pueden echar en la dicha universidad e con estos
derechos se vendian en la dicha villa a quinse blancas y en la dicha univer-
sidad syn ningunos derechos a diez e seys blancas».
Las sentencias judiciales favorecieron en un primer momento al concejo
de la villa de Segura que consiguió eliminar el considerado nombramiento
ilegal de los fieles y diputados-regidores, así como imponer su autoridad a la
hora de fijar los precios, que de forma exclusiva quedó claro que era de su
única competencia. Los procuradores de Legazpia alegaron razonamientos
diversos para contrarrestar el contenido de los contratos de avecindamiento,

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90 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

arguyendo que aquello no prohibido de forma expresa en los mismos no


tenía que ser impedido «pero quien puede negar que en las cosas que no se
sometieron non pueden deputar personas para aquellos regir e executar com-
mo podrian azer todos conjuntamente…», no afectando en modo alguno a la
jurisdicción del concejo de Segura. O añadiendo que cuando «se sometieron
a la juridiçion del dicho conçejo sacaron por partido e asentaron por pacto
condiçional que ellos e cada uno dellos se sometian a la dicha juridiçion e a
las hordenanças justas qu’el dicho conçejo hiziese (…) eçeto que en quanto a
las conpras e ventas que podian haser e usar e exerçer segund que usaron e
exerçitaron antes que se sometiesen al dicho conçejo» o «porque no obedeçen
lo ynjusto por ellos mandado», refiriéndose a los dirigentes de Segura. Los
gobernantes de Segura multaron a los moradores de Legazpia por las activi-
dades de los fieles y a los diputados-regidores que habían nombrado, así
como penalizaron a los dos taberneros del valle.41 Se emitieron sentencias
que permitieron la existencia de los dos fieles del valle de Legazpia, si bien
los precios fijados por ellos no podían superar los establecidos por los fieles
de la villa, sin que incurrieran en la pena correspondiente anotada en las
ordenanzas concejiles.
Este conflicto se reprodujo en 1510 con otra variante, la imputación a los
fieles y concejo de Legazpia de utilizar sellos, pesas y medidas falsas, cuyo
control correspondía a la capacidad jurisdiccional del concejo de la villa de
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Segura. Todo lo contrario alegaban los vecinos de Legazpia, que rechazaban


las competencias de los alcaldes ordinarios de Segura para visitar y examinar
la fieldad de las pesas y medidas de Legazpia, cuestión regulada por los dos
fieles del valle, el nombrado por los ferrones y el designado por los caseros.
Los alcaldes de Segura abrieron pesquisas sobre el particular y tomaron
prendas de los hallados culpables en contra de la voluntad de quienes deten-
taban los oficios en Legazpia, que decían que esta cuestión no incumbía a la
jurisdicción de Segura, sino que estaba fuera de ella.42 No se cerró bien, por
tanto, el pleito entre la villa y los moradores en la aldea de Legazpia. La pri-
mera argumentó su intervención, a través de testigos por ella presentados, en
nombre de sus derechos jurisdiccionales y de la buena administración de la
justicia frente a los abusos de los poderosos del valle, los ferrones.43

41. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Quevedo, fenecidos, c. 955/3,
leg. 215.
42. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Quevedo, fenecidos, c. 1332/1,
leg. 296.
43. Juan López de Oria, un escribano del número de la villa de Segura de 63 años, lo expresó de
la siguiente manera: «es verdad que en el dicho valle de Legazpia ay muchos ferrones e abasteçedores
de ferreryas que son muchos dellos personas prynçipales en el dicho valle e que muchos carboneros e
venaqueros e mulateros e carreadores e otros muchos que trabajan e labran para ellos pero que este
testigo no sabe sy a los que asy trabajan por ellos sy les dan los mantenimientos ni commo ni en que
manera mas de quanto cree que según la manera e trabto de los dichos ferrones y vasteçedores de las

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 91

Lo cierto es que los pleitos entre la villa de Segura y sus collaciones por
el pago de los oficiales concejiles, el sostenimiento de las cargas financieras
del concejo y de los gastos militares soportados por el mismo fueron bastan-
te frecuentes durante el siglo XV,44 prefiriendo normalmente las collaciones
que el concejo impusiera una sisa a las viandas y bebidas para sufragar los
gastos que representaba la hacienda concejil con el fin de disminuir de este
modo los repartimientos en la villa y en la Tierra, bien por los procedimien-
tos de fogueras o de millares. Este último era un sistema fiscal más progresi-
vo al tener en cuenta la capacidad patrimonial de los vecinos y más deseado
por la mayoría de la población. En estas disputas las vecindades lograron
eximirse a mediados del XV de contribuir a los gastos generados por traer las
aguas a la fuente pública de la villa, pero se les exigió colaborar en las de-
mandas de servicio militar para las empresas de la monarquía, acudir a los
apellidos del alcalde de Segura y ayudar a costear los muros, torres y puertas
de la villa. En 1470 las vecindades seguían litigando con Segura en relación
con el pago a los oficiales concejiles, a los mensajeros y procuradores y por
la reforma de las cavas, barbacanas, muros, torres y puertas de la villa. La
sentencia arbitraria dada por el bachiller Juan Pérez de Vicuña determinó
que las vecindades debían contribuir a la financiación de todos los gastos,
salvo el referente al pago de los cuatro veladores de la villa, «porque es pro-
vecho común de la dicha villa e vezindades». En 1493 las vecindades no que-
rían contribuir en los gastos ocasionados por la traída del agua a la villa y se
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quejaban de las derramas echadas y de las sisas establecidas por el concejo


de la villa. A principios del siglo XVI algunas vecindades se resistían a pagar
la parte que les correspondía del repartimiento de las alcabalas del alcabalaz-
go de la villa de Segura.45

dichas ferrerias e segund que de contynno suelent tener vasteçidas sus casas de mantenimientos que
los dichos trabajadores tomaran dellos muchos de los dichos mantenimientos que abran menester
pero que este testygo que no lo sabe de vysta nin sabe sy los dichos ferrones ponen fyeles de su mano o
no pero que dando los dichos ferrones a los dichos trabajadores los dichos mantenymientos de su
mano commo en la dicha pregunta se contiene que sy el dicho alcalde de la dicha villa de Segura non
pudiese punir e castygar a los que tuviesen medydas e pesas falsas que exçediesen la tasa puesta en los
mantenimientos que se demynuiria la aministraçion de la justiçia e los trabajantes e poco podientes
resçibyrian mucho danno e los dichos ferrones e basteçedores e otros qualesquier del dicho valle que
dan e venden los mantenimientos a los dichos trabajadores podryan cometer muchos fraudes e dan-
nos en razon de las dichas pesas y medydas del preçio de los mantenimientos no seyendo corregidos e
punidos e castigados por ello e eque esto es lo que sabe e cree e puede dar razon a lo contenido en la
dicha pregunta». Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Quevedo, fenecidos, c.
1332/1, legajo 296.
44. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo II (1401-1450)… etc., número 162 (1430).
45. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo II (1451-1500)… etc., números 179, 180, 181 y 182(1448), 229, 230, 231, 232, 233, 234, 235,
236, 237, 238, 239, 240, 241 y 254 (1470), 262 (1493) y 305 (Legazpia el año 1518).

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92 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

2.1.4. Vergara y sus anteiglesias

Lo sucedido entre la villa de Vergara y sus anteiglesias se distancia en


gran medida de lo acontecido en otras villas guipuzcoanas. El 13 de mayo de
1497 una comisión formada por varios jueces árbitros sentenció al respecto
sobre cuestiones relacionadas con el pago de tributos y la elección de los
oficios concejiles. Los jueces árbitros fueron propuestos por los gobernantes
de la villa y de sus arrabales, por «el comun e omes buenos de dentro e estra-
muros de la dicha villa e arravales», por los vecinos y hombres buenos de
Ascarrunz y Zubiaurre, y los otros moradores «de fuera de la dicha villa». Se
sentenció que cada 5 años se revisara el valor de las haciendas de los veci-
nos, que soportaría los impuestos concejiles, por una comisión formada por
6 hombres, 2 propuestos por los gobernantes de la villa y arrabales, 2 por los
moradores de fuera de la villa y de los arrabales, así como otros 2 por «el
comun de la dicha villa e arravales».
Asimismo se decidió que hubiera 3 fieles regidores, con la mismas compe-
tencias, en lugar de los 2 que había hasta la fecha. Los 2 fieles regidores so-
lían ser elegidos hasta ahora por los electores. Uno de ellos se ocupaba de
los vecinos de la Tierra y el otro de los moradores en la villa y sus arrabales.
Se señala que a partir de este momento el tercer fiel regidor debía ser nom-
brado por los vecinos de la Tierra, aunque su designación lo sería de forma
concertada antes de que se llevaran a cabo las elecciones y su nombre lleva-
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do a la convocatoria electoral que se celebraba en San Miguel en septiembre.


Se abre la posibilidad de que los moradores de las anteiglesias pudieran ha-
cer dejación de dicho derecho a favor de la designación del tercer fiel regi-
dor por los electores en las elecciones de septiembre, si bien con la condi-
ción de que fuera «uno de entre los vezinos de fuera de los muros e adarbes
de la dicha villa e arravales d’ella». Igualmente uno de los montañeros o
guardas de los montes debía ser nombrado conforme al mismo criterio entre
los vecinos de la Tierra.46 Las anteiglesias de Santa Marina de Oxirondo y de
San Juan de Uzarraga, términos jurisdiccionales de la villa de Vergara, siguie-
ron reclamando una mayor participación en los oficios concejiles.
Las ordenanzas de 1490, además de prohibir los bandos de Ozaeta y Ga-
biria, que habían copado los oficios concejiles de la villa de Vergara y sus
arrabales, habían introducido algunos cambios. Se ordenó que en lugar de 2
alcaldes sólo hubiera 1, 2 fieles en lugar de 3, un procurador síndico, un jura-
do ejecutor, un alcalde de Hermandad y 6 diputados, nombrados conforme
al sistema electoral de la ciudad de Vitoria. Se redujo de algún modo el po-

46. M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; M. LARRAÑAGA ZULUETA; J. A. LEMA
PUEYO, Colección Documental del Archivo Municipal de Bergara. Tomo I. (1181-1497), San Sebastián,
1995, n.º 38.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 93

der anterior de las anteiglesias, si bien se les consintió que designaran fieles
y jurados.47 No gustaron estos estatutos a las anteiglesias de Oxirondo y Uza-
rraga, que al sumar dos tercios de la población reinvidicaron una mayor
participación política en el concejo de la villa de Vergara y de sus arrabales.
Se buscó un cambio político.
El acuerdo producido entre la villa y las anteiglesias el 11 de julio de 1497,
en una reunión que se hizo en el cementerio de la iglesia de San Pedro de
Vergara y confirmado por los Reyes Católicos el 30 de agosto de 1497, supuso
el derecho a que los moradores de las anteiglesias pudieran estar presentes
en el concejo electoral anual celebrado en la iglesia de San Pedro de Vergara,
pero sobre todo consiguieron objetivos políticos deseados. De los cuatro
electores designados por el elector —nombrado mediante sorteo entre los
cuatro propuestos por el alcalde, los dos fieles y el procurador síndico del
concejo de Vergara— uno de ellos debía ser vecino de Santa María de Oxi-
rondo y el otro de San Juan de Uzarraga. De los otros dos, uno sería de la
villa y arrabales y el otro de fuera de la villa y arrabales. Eso sí, sólo podían
proponer para alcalde, escribano y procurador síndico a vecinos que residie-
ran «dentro del cuerpo de la villa e arrabales e non de otra parte alguna».
Uno de los logros más importante de las anteiglesias fue contar con 4 de
los 6 diputados «para entender en uno con ellos —el resto de los oficiales—
en las cosas e hazienda de conçeio (…) los que paresçieren ser ydoneos e su-
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fiçientes e sean abonados e de buena fama e conversaçion, sin aver respeto a


linaie ni a parentela (…)». De los otros dos, uno correspondería a la villa y
sus arrabales, mientras que el otro a los vecinos de fuera de la villa y de sus
arrabales. Además los dos electores de las anteiglesias designarían a los dos
fieles regidores y al jurado encargado de la cárcel entre los veinos que mora-
ran «en la dicha villa e arravales».
Asimismo se acuerda que el alcalde de Hermandad un año fuera vecino
del cuerpo de la villa, de sus arrabales o de fuera de la villa y de los arraba-
les, mientras que los dos años siguientes fuera primero de una anteiglesia y
después de la otra. Un procedimiento similar se debía seguir para designar
a los procuradores que acudieran a las Juntas Generales y particulares de la
Provincia de Guipúzcoa. Los dos tercios de los procuradores debían ser mo-
radores de las anteiglesias de Santa Marina de Oxirondo y de San Juan de
Uzarraga. En este mismo acto los dos electores de las anteiglesias habrían
de designar, mediante el sistema de insaculación, dos fieles regidores y dos
jurados.48

47. M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; M. LARRAÑAGA ZULUETA; J. A. LEMA
PUEYO, Colección Documental del Archivo Municipal de Bergara. Tomo I… etc., n.º 40.
48. M. A. CRESPO RICO; J. R. CRUZ MUNDET; J. M. GÓMEZ LAGO; M. LARRAÑAGA ZULUETA; J. A. LEMA
PUEYO, Colección Documental del Archivo Municipal de Bergara. Tomo I… etc., n.º 42.

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94 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

No sólo se trataron asuntos relacionados con la presencia en el gobierno


municipal, sino que también se dejó constancia de la intervención del alcal-
de ordinario, de los diputados y de los fieles de la villa y arrabales y de las
anteiglesias en la fijación de los precios de los productos básicos de abas-
tecimiento local (carne, pescado, aceite, etc.), favoreciendo que estuvieran
en manos de las personas que ofrecieran dichos productos a los precios
más bajos. Incluso se consensúa que los fieles de las anteiglesias, conjunta-
mente con los fieles de la villa y de sus arrabales, acudieran a ejecutar las
penas en los términos de las anteiglesias y a controlar los pesos y medidas
que allí se utilizaran, con el claro propósito de combatir el fraude a los
consumidores.
En suma, las gentes de la Tierra de Villanueva de Vergara consiguieron
una destacada participación política en el concejo de la villa hacia finales del
siglo XV. Pero no fueron las únicas.

2.1.5. Villarreal de Urréchua, Azcoitia, Elgueta y Villafranca de Ordizia

En Villarreal de Urréchua a fines del siglo XIV (1390), por una parte se
acordó apuntalar la Hermandad al ordenar que los vecinos no colaboraran
con los caballeros y escuderos de las afueras de la villa «que sean de vandos
nin de treguas nin se ajunten con ellos en los tales tienpos de discordias», sino
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que llevaran sus diferencias a las Juntas de Guipúzcoa y por otra parte se
aceptó un sistema electoral que dio un elevado protagonismo a las gentes de
la Tierra. Dos jurados debían residir respectivamente en las collaciones de
Santa María de Zumárraga y de San Miguel de Ezquiaga, frente a uno en la
villa de Villarreal de Urréchua, así como se abrió la posibilidad de que la
collación de Gabiria tuviera otro jurado, mientras estuviera en la vecindad de
la villa. Algo similar sucedió con respecto a la designación de los fieles «pro-
vehedores del estado e fasienda del dicho conçejo de la dicha Villarreal e que
estos Fieles con el alcalle e con los jurados repartan los pechos que acaesçie-
ren, e que fagan saca o sacas e todas las otras cosas nesçesarias que al dicho
conçeio recresçieren e segunt ellos ordenaren e fisieren e repartieren que vala
e tengan e guarden». Un fiel debía residir en la villa, uno en Zumárraga, uno
en Ezquiaga y otro en Gabiria. Además las tres llaves del arca de la villa,
donde se guardaban el sellos y los privilegios, habrían de estar en manos del
alcalde y de dos fieles. El alcalde «que sea syn sospecha e común, syn vande-
ría alguna e pertenesçiente para ello», sí tenía la obligación de residir de for-
ma exclusiva en la villa.49 A principios del siglo XV durante algunos años Vi-
llarreal de Urréchua entró en la vecindad de la villa de Segura, así como sus

49. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, Colección Diplomática del concejo de Segura (Guipúzcoa)
(1290-1500), tomo I (1290-1400), pp. 149-169.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 95

vecindades de Zumárraga y Ezquiaga. Finalmente Ezquiaga se quedó en la


villa de Segura, pero no así las otras dos.
En Azcoitia en 1413 se produjo un reparto de los oficios concejiles (alcal-
de, fieles, jurados y los diez hombres buenos) entre quienes residían dentro
y fuera la villa. En esta villa en 1484 se consagraba el reparto de los cargos
municipales a partes iguales entre los habitantes de la villa y las localidades
de la jurisdicción. En Cestona los diputados se nombran por mitad entre la
Villa y la Tierra. En Elgueta en 1527 los nuevos oficios concejiles estaban con-
dicionados por los electores que se designaban al efecto mediante sorteo
entre los nombres —uno por cada casa no menor de 20 años— de los veci-
nos abonados introducidos en un cántaro. De este modo se sacaban 3 elec-
tores: uno de la villa y su arrabal, uno del valle de Galoza y otro del de An-
guiozar. Alcalde y procurador debían ser ocupados cada tres años por la villa
y su arrrabal, y los valles de Galoza y Anguiozar. Los tres electores nombra-
ban también tres fieles, uno por zona. Tan sólo el jurado debía ser vecino y
morador en la villa y su arrabal.50
En Villafranca de Ordizia en las elecciones concejiles intervenían diez dipu-
tados de las vecindades junto con los oficiales del concejo saliente.51 Igualmen-
te cuando se determinaba el volumen del pecho a repartir entre los vecinos
del cuerpo de la villa y de las vecindades se convocaban a 40 vecinos, 24 de
las vecindades y 16 de la villa. Y las vecindades, que contaban con su jurado
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respectivo, designaban un fiel y procurador que atendía a las cuestiones ha-


cendísticas con los dos fieles de la villa. Pese a todo en esta localidad se pro-
dujeron conflictos entre la villa y las vecindades. A principios del XVI los pro-
curadores de las vecindades consideraron que eran excesivos los maravedís
que se debía pagar por cada fuego pechero para sufragar el «pecho de Santa
María de agosto», que comprendía el gasto ordinario del concejo, y la «foguera
de la Provincia» o para financiar la contribución al sostenimiento de las Her-
mandades guipuzcoanas. Por este motivo se negaron a pagarlo y «lo otro por-
que avian repartido el dicho repartimiento echando e cargando tanto a los
pobres commo a los ricos todo lo qual hasian por alivianar de la costa a sus
cabeças los dichos repartidores». En 1506 el alcalde de la villa, Juan Martínez de
Miranda, ordenó al fiel Lope García de Mújica que tomara prendas por el do-
ble del valor de lo debido a los vecinos de las vecindades y universidades52.

50. E. GARCÍA FERNÁNDEZ, «La creación de nuevos sistemas de organización política en las villas
guipuzcoanas al final de la Edad Media (siglos XIV-XVI)», en J. R. DÍAZ de DURANA ORTIZ de URBINA
(ed.), La lucha de bandos en el País Vasco: de los parientes mayores a la hidalguía universal. Guipúz-
coa, de los bandos a la Provincia (siglos XIV a XVI), Servicio Edit. Universidad del País Vasco, Bilbao,
1998, pp. 365-398 (pp. 383, 384 y 386).
51. L. M. DÍEZ de SALAZAR FERNÁNDEZ, «Régimen municipal en Guipúzcoa (siglos XV-XVI)», Cuader-
nos de Sección. Derecho. San Sebastián (1984), pp. 77-129.
52. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reales Ejecutorias, caja 212/45. Las vecindades

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96 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

2.2. Vizcaya

En general las fuentes documentales de las villas vizcainas no contienen


mucha información referente a las relaciones entre ellas y los pobladores de
la Tierra. Quizá esta circunstancia se deba a la propia configuración institu-
cional del Señorío de Vizcaya, donde la Tierra Llana tuvo una fuerte perso-
nalidad, como se aprecia en el denominado Fuero Viejo de Vizcaya redacta-
do en 1452 y en los conflictos con los núcleos urbanos. Las villas vizcainas
nacieron a costa de la Tierra Llana que estaba estructurada en merindades,
cuya jurisdicción la ejercían el prestamero de Vizcaya, el merino y los alcal-
des de fuero. Las últimas concesiones de fueros a villas se produjeron en 1376
paralizándose ya el proceso urbanizador.
En Guipúzcoa y en Álava la realidad jurídicoinstitucional de la Tierra fue
muy distinta. En Guipúzcoa la Tierra Llana, jurisdicción del alcalde mayor y
de los merinos de Guipúzcoa, quedó reducida en el siglo XV a un territorio
muy pequeño debido a que la mayoría del espacio de la Provincia pasó a
formar parte de las villas o de las tres alcaldías mayores de Arería, Sayaz y
Aiztondo. En Álava ya para 1332 un número importante de aldeas se incorpo-
raron a las villas de Vitoria y Salvatierra, otras lo hicieron a las nuevas urba-
nizaciones del XIV. El resto de las gentes de la Tierra durante algún tiempo
dependieron jurisdiccionalmente del alcalde y merino de Álava, oficios que
pervivieron a continuación de la desaparición de la Cofradía de Álava en 1332,
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si bien la intensa señorialización que experimentó a lo largo del siglo XIV este
territorio restó protagonismo a esta estructura jurídicoadministrativa.
En lo que se refiere al Señorío de Vizcaya voy a comentar brevemente
sobre todo los ejemplos de Orduña y Bilbao.

2.2.1. Orduña y la Junta de Ruzábal

La villa de Orduña, que adquiere el título de ciudad hacia el año 1443,


contó con una Tierra vigorosa e influyente desde el punto de vista político-
territorial. Las ordenanzas de Orduña de 1373, que muestran las tensiones
generadas a causa del pago de los impuestos, regulan que uno de los dos
alcaldes de la villa residiera dentro del núcleo amurallado y el otro fuera. La
mayoría de la población quería que los vecinos pagaran los tributos de
acuerdo con las propiedades acumuladas por ellos, protestando que se de-
rramara a cada uno la misma cantidad. Se señala asimismo que a las aldeas
se les mantuvieran las franquezas que tenían hasta esos momentos. Estos

que pleiteron fueron Legorreta, Itsasondo, Alzaga, Arama, Goya, Beasain, Zaldibia y Ataun, que esta-
ban tasadas con 65 fuegos en la foguera de la Provincia, frente a los 35 fuegos de la villa.

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estatutos contemplan la existencia de 24 hombres buenos, ordenan que 12


hombres buenos debían ser elegidos por el «concejo común» y otros 12 esco-
gidos que «a voluntad de todos». De los dos procuradores uno debía proce-
der de la villa de fuera y era nombrado por el «concejo común», mientras que
el otro lo nombraba el concejo cerrado.53 La designación de un alcalde y de
un procurador procedentes del exterior del recinto amurallado es una mues-
tra palpable de la influencia política de las gentes residentes en la jurisdic-
ción de la villa y parece claro que debió haber algún tipo de participación de
las gentes de la Tierra en la designación de 12 de los 24 hombres buenos.
Estos hombres buenos eran los responsables de la política concejil, el alcalde
de dentro tenía una de las dos llaves del arca donde se guardaban los sellos
y otra el procurador de fuera, que igualmente contaba con una llave del arca
financiera y de los privilegios de la todavía villa de Orduña. El uso del sello
requería del visto bueno de los 24 y de los 2 procuradores, así como los gas-
tos concejiles de los 2 alcaldes. Entre las aldeas de la Tierra debieron estar
incluidas aquellas que finalmente, tras los pleitos surgidos por ellas con Or-
duña, pasaron en 1379 a a formar parte del señorío de Fernán Pérez de Ayala
(Délica, Tertanga, Urruno, Aloria, Artomaña y Arbieto).
Al menos desde mediados del siglo XV esa realidad políticoterritorial ante-
rior se plasmó en la documentación escrita en una organización política de-
nominada Junta de Ruzábal, que aglutinaba a varias aldeas de la ciudad de
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Orduña.54 La Junta de Ruzábal la constituían los concejos de Belandia, Lendo-


ño de Arriba, Lendoño de Abajo y Mendeica. Aproximadamente la mitad de
la jurisdicción territorial de Orduña. Se llamó así porque se reunían junto a
un roble que se hallaba en el campo de Ruzábal, en una encrucijada entre
los cuatro concejos. Estas vecindades orduñesas que estaban en la Tierra de
Orduña no tuvieron acceso, por el contrario, al desempeño de los oficios
políticos de la ciudad, pero contaron con una Junta donde dirimieron sus
problemas internos y buscaron los intereses comunes a los asociados, dirigi-
das por 8 fieles, 2 designados por cada concejo y donde trataron sus diferen-
cias con el concejo de Orduña por cuestiones diversas, entre otras las rela-
cionadas con el aprovechamiento de los pastos y con el pago de impuestos,
y aquellas solicitudes requeridas por la monarquía o por los gobernantes
urbanos «para hablar e azer las cosas cunplideras a nuestra republica e al

53. J. M. GONZÁLEZ CEMBELLÍN, «Orduña en la Edad Media: del concejo abierto al concejo cerrado»,
Primeras Jornadas de Historia Local. Poder Local. Cuadernos de Sección. Historia-Geografía, 15, Do-
nostia-San Sebastián, pp. 57-76; del mismo autor «El régimen municipal de la ciudad de Orduña a fi-
nes de la Edad Media», en Congresos de Estudios Históricos. Vizcaya en la Edad Media, San Sebastián,
1986, pp. 383-386 y J. L. ORELLA UNZÚE, «Régimen municipal en Vizcaya en los siglos XIII y XIV. El seño-
río de la villa de Orduña», en Lurralde. Investigación y espacio, n.º 3, San Sebastián (1980), pp. 163-245.
54. J. I. SALAZAR ARECHALDE, La comunidad de aldeas de Orduña. La Junta de Ruzábal (siglos XV-
XIX), Edit. Ayuntamiento de Orduña, Bilbao, 1989.

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98 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

servicio de dios nuestro señor (…) y porque mejor y mas cumplidamente po-
damos vivir y estar todos nosotros y los que de aquí adelante sucederan e sean
bezinos e moradores en la dicha junta a serbiçio de dios nuestro señor e al
pro comun de la dicha junta e podamos mejor ser defendidos para la Corona
Real».55 La Junta de Ruzábal se constituyó en una de las dos corporaciones
políticas existentes en Orduña, la otra, con mayores competencias, fue la del
concejo de la ciudad de Orduña.
Las ordenanzas de la Junta de Ruzábal de 1516 confirman la afirmación
institucional de esta organización, aunque la ciudad de Orduña se reservó el
derecho de convocar a Junta General a los vecinos de los concejos señalados,
que también podían ser llamados a Junta a solicitud de los concejos o de los
fieles. La Junta General estaba compuesta, según las ordenanzas, por los
«honbres yjosdalgo» de los concejos constituyentes, que tenían la obligación
de acudir a las Juntas Generales, salvo ausencia de causa mayor justificada,
bajo la pena de 5 maravedís a cada vecino que no acudiera. Según las orde-
nanzas la Junta podía imponer penas a quienes no cumplieran los diferentes
capítulos contemplados en ellas, aunque cabía el recurso y la apelación ante
el alcalde de la ciudad de Orduña y por supuesto tenía competencias para
nombrar procuradores para que fueran «a la dicha ciudad de Orduña o a otra
parte dentro de esa juridiçion (…) e fuera de la dicha ciudad y su jurediçion».56
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2.2.2. Bilbao y sus anteiglesias

Bilbao y su entorno más inmediato, que según algunos testimonios pudo


contar con unos 1.500 vecinos hacia 1503, mantuvo numerosos rifirrafes y con-
tiendas con los moradores de las anteiglesias próximas. Éstos, especialmente
durante el siglo XV, presionaron al concejo de la villa, personal o corporati-
vamente, para conseguir derechos que presuntamente monopolizaban los
bilbainos. En la anteiglesia de San Vicente de Abando el concejo de Bilbao a
fines del siglo XV no quiso consentir que Lope de Acha, maestre de nao, le-
vantara una casa torre. Sancho Ortiz de Susunaga, alcalde de Bilbao senten-
ció en 1493 a favor de que Lope de Acha continuara con la contrucción de la
casa iniciada con las consiguientes limitaciones: que fuera una casa llana
como las otras y que no se pudieran descargar en ella mercancías, excepto
las pertenecientes a él mismo y a sus herederos.57

55. J. I. SALAZAR ARECHALDE, La comunidad de aldeas de Orduña… etc., p. 155.


56. J. I. SALAZAR ARECHALDE, La comunidad de aldeas de Orduña… etc., p. 161. Véase asimismo J.
L. ORELLA UNZÚE, «Las ordenanzas municipales de Orduña del siglo XVI», en La ciudad Hispánica en
los siglos XIV-XVI, edit. Universidad Complutense de Madrid (1985), vol. II, pp. 337-375.
57. Pues «se fasia en grand perjuysio e dapno de la dicha villa e de la republica della e notoria-
mente contra los previlejos e hordenanças e franquesas e livertades de la dicha villa, porque sy aquella
se fesiese se causarian della escandalos e ruidos e vandos e recresçeria gran detrimento e danno la

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 99

El monopolio comercial fue una de las prerrogativas que con más ahínco
defendieron las villas en los términos de sus jurisdicción por motivos fiscales
ciertamente, pero asimismo para promocionar el desarrollo demográfico y
económico en el interior de su perímetro amurallado. Se trataba igualmente
de reducir la competencia económica de quienes residían fuera del recinto de
la muralla. Esta realidad se aprecia en la documentación referente a la mayo-
ría de las villas vascas (Bermeo, Portugalete, San Sebastián respecto a Pasajes,
Fuenterrabía, Vitoria, Salvatierra de Álava, Villafranca de Ordicia, etc.). Ber-
meo pleiteó a fines del XV con la merindad de Busturia a causa de la jurisdic-
ción por el control comercial de los puertos o fondeaderos de Portuondo y
Arcaeta. En 1499 el concejo de Portugalete defendió su derecho a prohibir la
venta de mercancías en los arrabales de la villa y la construcción de casas,
pues las había vacías en el interior del recinto amurallado y se quería favore-
cer su poblamiento y su desarrollo.58 Portugalete en el siglo XV solía dar licen-
cia a los taberneros y carniceros del lugar de Somorrostro para vender sidra
o para «pesar carne por libras (…) fyncando a salbo al dicho conçejo de la
dicha villa su derecho e prebillejos para adelante e dixieron que asy lo pedian
por merçed al dicho conçejo e para en este dicho anno gelo quisiesen otorgar;
e luego el dicho conçejo e ommes buenos de la dicha billa dixieron que gelo
asy otorgaban las dichas libras para en el dicho anno e non mas, salbando
beniendo las pedir todabia obedeçiendo a los prebillejos e costunbres (…)».59
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Bilbao mantuvo serias diferencias con sus anteiglesias de Abando, Begoña


y Deusto, cuyos términos formaban parte de la jurisdicción comercial de la
villa. Por ello estas poblaciones y sus vecinos estaban sujetos al control de
los mojones, de los pesos y de las medidas utilizados en los mesones y ta-
bernas, etc.60 Portugalete y Bilbao en 1505 pleitearon con las anteiglesias y

carga e descarga de la dicha villa». Que fuera «una casa llana e segund e como estan fechas otras
casas en las comarcas de la dicha villa e por su syndico e procurador en su nonvre pedido e allegado,
con las condiçiones, servidunbres e clausulas seguientes, es a saber: quel dicho Lope nin sus deçen-
dientes nin colaterales nin otra persona alguna agora nin en tienpo del ninguno en la dicha casa non
puedan faser nin fagan carga nin descarga alguna de mercaderos, salvo tan solamente de sus farde-
les e mercaderias del dicho Lope o subçesores que en ella vyvieren e moraren, conpradas de su proyo
dynero e para sy sólos, salvo que la tal mercaderia non sea nin pueda ser de ninguna pesqueria nin
sal nin legunbre, e por conseguiente mando e declaro que en la su casa pueda descargar, poner e
guradar qualesquier aparejos de sus naos». J. ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ; C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; A.
LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ LAHIDALGA, Colección Documental del Archivo Histórico de Bilbao
(1473-1500), San Sebastián, 1999, n.º 245.
58. C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; E. LARGACHA RUBIO; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ LAHI-
DALGA, Colección Documental del Archivo Municipal de Portugalete, Edit. Eusko Ikaskuntza, San Se-
bastián, 1987, n.º 25 (año 1499).
59. C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; E. LARGACHA RUBIO; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ LAHI-
DALGA, Colección Documental del Archivo Municipal de Portugalete… etc., n.º 33.
60. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR; B. ARÍZAGA BOLUMBURU; M.ª L. RÍOS RODRÍGUEZ e I. VAL VALDIVIESO, del
Vizcaya en la Edad Media. Evolución demográfia, económica, social y política de la comunidad viz-
caina medieval, Edit. Haranburu Editor, San Sebastián, 1985, pp. 53-59.

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100 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

concejos que se ubicaban entre ambas villas (San Vicente de Abando, San
Pedro de Deusto y San Vicente de Baracaldo) con el fin de monopolizar la
carga y descarga de mercancías en sus puertos. Las poblaciones que reco-
rrían «la rivera de la ria e cannal de la dicha villa de Vilvao e Porttogalete»
quisieron sacar provecho del desarrollo comercial que se produjo en su en-
torno enfrentándose a las villas y acogiendo en su costa los barcos que llega-
ban con mercancías. Al menos lograron que los barcos de su propiedad que
trajeran mercancías para ellos no tuvieran la obligación de atracar en los
puertos de Bilbao y de Portugalete.61
Los pleitos entre los moradores de las anteiglesias de Bilbao y la villa
afectaron al nombramiento de los mayordomos de la iglesia de Nuestra Se-
ñora de Begoña (anteiglesia de Begoña), a las compraventas de vino en las
anteiglesias de Abando y Begoña, a las cargas y descargas de mercancías en
el canal de la ría de Bilbao (anteiglesias de Baracaldo, Abando y Begoña),62
en Arrigorriaga y en Zarátamo. Las determinaciones de los gobernantes del
concejo de Bilbao pretendieron impedir la competencia económica de los
vecinos de las anteiglesias de Abando, Begoña y Deusto. En la segunda mi-
tad del siglo XV el concejo de Bilbao acordó que los vecinos de dichas antei-
glesias que fueran propietarios de heredades sujetas al pago del tributo del
pedido dejaran de ser tenidas en cuenta en el libro del pedido de la villa de
Bilbao para que perdieran con ello su derecho a que sus productos se pudie-
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ran vender en igualdad de condiciones que los vecinos de Bilbao en las ta-
bernas, bodegas y tiendas propias o en las de la villa de Bilbao.63 En este
sentido en 1480 se acordó lo siguiente:

(…) por quanto os vezinos e moradores de las anteglesias de sennora Santa


Maria de Begonna e sennor San Pero de Deusto e sennor Sant Biçenti de Aban-
do que non son vezinos desta villa tienen çiertas binnas suias en el pedido
desta dicha villa e en estas dichas antyglesias tienen tavernas e ventas e reben-
tas en grand dapno e perjuisio desta dicha villa e contra los previlejos della e

61. El licenciado García de Cotes, corregidor de Burgos, sentenció a favor de las villas, pero la
Tierra Llana —de donde formaban parte las anteiglesias en litigio— apeló consiguiendo que la sen-
tencia definitiva les permitiera hacerlo para su provisión. Tan sólo «para su provisión puedan asimis-
mo los veçinos de los dichos conzejos e no ottra persona alguna de fuera de ellos cargar e descargar
las mercaderias que fuesen suias propias que trujieren e llevaren e cargaren e descargaren en sus
propios navios e no en ottra manera». C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; E. LARGACHA RUBIO; A. LORENTE
RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ LAHIDALGA, Colección Documental del Archivo Municipal de Portugalete… etc.,
n.º 42.
62. J. ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ; C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ
LAHIDALGA, Colección Documental del Archivo Histórico de Bilbao (1501-1514), San Sebastián, 2000, doc.
291.
63. Varios capítulos de la segunda mitad del siglo XV correspondientes a las ordenanzas munici-
pales de la villa de Bilbao así lo atestiguan.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 101

contra el tenor del capitulado que esta entre esta dicha villa e la merindad de
Urive, e por ebitar estas tavernas e otras muchas cosas que son mucho prove-
chosas a esta dicha villa e al conçejo e republica e vezinos della; por ende que,
los sacan del libro del pedido desta dicha villa e que non paguen pidido doy,
dicho dia, en adelante los duepnos de las tales vinas e heredades…e asymesmo
que sea plegonado por esta dicha villa, por las plaças e cantones acostunbrados
desta dicha villa que ningund vezino nin forano non fuesen ni sean ozados de
meter e alonjar nin enbazar vino de las tales vinas e heredades, so pena de la
pena del previlejo, que non sea vezino con casa e caveça e heredades en esta
dicha villa en ninguna manera, porque ninguno pretenda ynorançia.64

Los gobernantes de Bilbao actuaron con rotundidad y contundencia para


beneficiar a los vecinos de la villa en detrimento de los de las anteiglesias.
Como es sabido el impuesto del pedido se solía pagar a través de derramas
que tenían en consideración el valor de los bienes inmuebles de los vecinos.
De este modo se hacían relaciones de los bienes que estaban sujetos al pago
del tributo. Había viñas y heredades de vecinos de las anteiglesias que so-
portaban el pago del pedido de la villa. Como su producción vitivinícola
perjudicaba a los propietarios de viñas del núcleo amurallado se adoptó una
solución drástica: se sacó del libro del pedido dichas heredades. De esta ma-
nera al no estar sujetas al pago del impuesto tampoco tenían derecho sus
propietarios a disfrutar de las ventajas económicas inherentes al mismo. En
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suma, pagar los impuestos sobre una base impositiva centrada en la valora-
ción de los bienes patrimoniales otorgaba una serie de derechos. Que dichos
bienes no se tuvieran en cuenta para sufragar el pedido tenía como efecto la
pérdida de los mismos.
El ejemplo de Bilbao es, sin embargo, paradigmático, pues las anteiglesias
consiguieron finalmente desgajarse de la jurisdicción económicocomercial de
la villa. En este sentido no conviene pasar por alto que algunos caballeros
solariegos vascos (Madariaga en Deusto, Butrón en Begoña, Mújica y Butrón
en Deusto) y familias destacadas de Bilbao (Leguizamon, Arbolancha y Ba-
rraondo) tuvieron depositados intereses económicos y patrimoniales a fines
de la Edad Media en los términos de las anteiglesias de San Pedro de Deusto,
Santa María de Begoña y San Vicente de Abando. El conflicto por cuestiones
decimales entre los señores de patronato laico, el preboste de Bilbao y los
clérigos de las iglesias de Bilbao no puede sustraerse en modo alguno de las
diferencias jurisdiccionales existentes entre las anteiglesias y la villa de Bil-
bao.65 Igualmente la anteiglesia de Abando llegaba hasta la ría y no estaba

64. J. ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ; C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ


LAHIDALGA, Ordenanzas Municipales de Bilbao. (1477-1520), San Sebastián, 1996.
65. En 1504 doña Teresa Luis de Butrón era patrona de las iglesias de Santa María de Begoña y
de San Vicente de Abando, lo que le daba derecho a percibir una parte de sus diezmos parroquiales.

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102 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

dispuesta a dejar de participar de las rentas que se generaban alrededor de


la misma. También es cierto que a fines del XIV hombres labradores de las
anteiglesias de Arrigorriaga, Galdácano y Zarátamo se avecindaron en la villa
de Bilbao para protegerse de los presuntos abusos de algunos hidalgos de
Vizcaya, motivo por el cual los labradores de algunas universidades (antei-
glesia de Santa María de Galdácano) buscaron el apoyo de Bilbao para no
contribuir en los pedidos y repartimientos del Señorío de Vizcaya, alegando
que como vecinos de Bilbao lo hacían en esta villa.
Por otra parte el concejo de Bilbao hizo todo lo posible desde fines del
siglo XV por evitar la creación de pequeños centros de redistribución comer-
cial en las anteiglesias próximas de Baracaldo y de Arrigorriaga, señalando
en el primer caso que contaba con privilegios que lo impedían y afirmando
que detrás de estos movimientos se hallaban los Condestables de Castilla,
Pedro Fernández de Velasco, fallecido en 1492 y su hijo Bernardino Fernán-
dez de Velasco y en el segundo Pedro López de Ayala, Conde de Salvatierra.
Bilbao defendía de ese modo el privilegio concedido por el infante Juan:
«que no aya venta nin rebenta desde Bilbao fasta Araeta nin fasta Varacaldo
nin fasta Çamudio y que no se pudiese alli haser puebla nin villa nueva nin
otra cosa que fuese en danno nin en perjuyzio de la dicha villa».66 Ya a fines
del XIV la villa se había opuesto a la creación de una nueva puebla en Ugao-
Miravalles por el mismo motivo.67
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Éstos son temas que conviene analizar más en profundidad. En todo caso
los hidalgos de las anteiglesias hicieron lo que pudieron para participar del
negocio económico que se generaba en estos espacios, del que resultaba
uno de sus principales beneficiarios la villa de Bilbao. A mediados del si-
glo XV el corregidor de Vizcaya ratificó los acuerdos entre Bilbao y las antei-
glesias de Santa María Magdalena de Arrigorriaga, San Vicente de Abando,
San Vicente de Baracaldo y San Llorente de Zarátamo que imponían una se-
rie de restricciones a las compraventas de mercancías en las mismas. El con-
cejo de Bilbao quiso impedir la creación de auténticas pueblas-mercado en
su entorno, lo que hubiera debilitado su desarrollo económico, fiscal y finan-
ciero. Y echaba la culpa de las irregularidades y conflictos existentes con las
anteiglesias a las discrepancias entre los linajes y bandos de la villa, así como

E. GARCÍA FERNÁNDEZ, Gobernar la ciudad en la Edad Media: oligarquías y élites urbanas en el País
Vasco, Edit. Diputación Foral de Álava, Vitoria, 2004, pp. 464-465.
66. J. ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ; C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ
LAHIDALGA, Colección Documental del Archivo Histórico de Bilbao (1473-1500)… etc., n.º 240.
67. En 1373 los procuradores de Bilbao se dirigieron al infante Juan que impidió a los concejos
de Arrigorriaga, Zarátamo, Olabarrieta y Arrancudiaga que levantaran una puebla en «Ugao ni en otra
parte desde Vilvao en Araeta, ni tengan venta ni reventa ni regateria (…)». S. AGUIRRE GANDARIAS, Las
dos primeras crónicas de Vizcaya, Bilbao, 1986, pp. 215-216. Aunque en 1375 se fundó la villa de Mira-
valles.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 103

a su escasa preocupación por «conservar el bien e interes publico de la dicha


villa, e dandoles para ello a los escuderos, sus parientes e aderentes de las di-
chas anteyglesias porque fesiesen e cometiesen las dichas fuerças e usasen
contra los previllejos de la dicha villa».68
Algunas anteiglesias lograron sus reivindicaciones más extremas. La sen-
tencia del licenciado Cueto del año 1500 significó la pérdida de la jurisdicción
sobre la Tierra donde ejercía su dominio económico-comercial el concejo de
Bilbao, que de influir sobre un territorio de unas sesenta hectáreas, quedó
circunscrito a unas 8 hectáreas, tan sólo un poco más de las 6,07 hectáreas
del perímetro amurallado.69 Lógicamente los gobernantes de Bilbao para re-
cuperar sus presuntos derechos jurisdiccionales emprendieron una serie de
pleitos que perduraban en tiempos de Carlos V. Las anteiglesias contaron
con el paraguas institucional de las Juntas Generales de la Tierra Llana. El
procurador de la villa de Bilbao, Juan Martínez de Marquina, se opuso a la
sentencia del licenciado Cueto y pidió que se retiraran los mojones que man-
dó poner dicho corregidor. Le acusó de haber acuchillado a tres clérigos de
orden sacra, siendo excomulgado por ello, y sostuvo que por este motivo
había sido anulada su capacidad para emitir sentencia alguna. Quería conse-
guir con este discurso la nulidad de la sentencia.
En este discurso el procurador de los bilbainos cuestionó el pactismo po-
lítico de los vizcainos fundamentado en la leyenda de Jaun Zuria recogida en
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las crónicas de la época70 y defendió por encima de todo que la autoridad en


el Señorío descansaba en los Señores de Vizcaya, miembros de la Alta Noble-
za y más adelante también reyes de Castilla. El concejo de Bilbao acusó al
corregidor, que sentenció a favor de los moradores de la Tierra, de servirse
de crónicas viejas y patrañas que no venían al caso. El texto es de una expre-
sividad manifiesta:

(…) porquel dicho liçençiado Cueto disando de mirar e seniar por los dichos
prebillejos presentados por los dichos mis partes tomo otro camino que fue de

68. J. ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ; C. HIDALGO de CISNEROS AMESTOY; A. LORENTE RUIGÓMEZ; A. MARTÍNEZ LAHI-
DALGA, Colección Documental del Archivo Histórico de Bilbao (1300-1473), Donostia, 1999, número 86.
69. J. Á. GARCÍA de CORTÁZAR RUIZ de AGUIRRE, «Bilbao, 1300-1511: del vado al Consulado», en J.
TUSELL GÓMEZ (ed.) Bilbao a través de su historia. Ciclo de conferencias conmemorativas del 700 Ani-
versario de la fundación de la villa de Bilbao, Edit. Fundación BBVA, Bilbao, 2004, pp. 15-34 (pp. 33-
34) y A. M.ª RIVERA MEDINA, La civilización del viñedo en el primer Bilbao (1300-1650), Edit. UNED,
Madrid, 2011, p. 28.
70. Entre otras en la obra «Bienandanzas e Fortunas» de Lope García de Salazar. Véase L. GARCÍA
de SALAZAR Las Bienandanzas e Fortunas, edic. de Angel Rodríguez Herrero, Bilbao, 1984, 4 vols.
Sobre dicha leyenda remito al trabajo de J. JUARISTI, La leyenda de Jaun Zuria, Bilbao, 1980 y al traba-
jo de E. GARCÍA FERNÁNDEZ, «La Edad Media en los mitos y leyendas de la historiografía vasca», Revista
Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 26. Homenatge a la profesora Dra. Carme Batlle i Ga-
llart, Barcelona, 2005, pp. 717-740.

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104 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

coronicas e viejas e patrannas que dizen que un ynfante don Çuria que vino
de Ascoçia e fue capitán de los viscaynos e peleo con el rey de castilla sobre sus
libertades e porque bençio le dieron la mitad de la tierra e la otra mitad quedo
con ellos con toda la juridiçion lo qual aunque algo dello oviese pasado e pa-
resçiese por las coronicas de Viscaya faze muy poco en este caso especialmente
para quebrantar sus prebillejos a la dicha villa porquel señor de Viscaya pudo
tener una legua enderredor de donde poblo la dicha villa de Vilvao e la juri-
diçion de todo el condado por su mismo fuero e por uso e costumbre se prueba
ser del señor e no de los hijosdalgo de la dicha tierra que claro es que los alcal-
des del fuero e prestamero e merinos los ponían los sennores de Viscaya e
endespués que fue encorporada Viscaya en la Corona Real han puesto los di-
chos alcaldes del fuero e prestamero los reyes de gloriosa memoria vuestros
progenitores e fasen merçed del los dichos ofiçios a quien quieren e de manera
quel dicho señor rey don Iohan el primero pudo muy bien dar el dicho termino
e juridiçion a la dicha villa e en querer el dicho corregidor dar mas fee e credi-
to a las dichas patrannas que a los dichos prebillejos e uso e exerçicio dellos
notoriamente lo herro e aun tento atribuir la juridiçion a los escuderos de la
dicha Tierra Llana e la quitar a vuestra altesa sy es cierto lo que dice que los
sennores del dicho condado non tenian juridiçion porquel dicho señor rey don
Iohan suçedio en el sennorio del dicho condado en la misma forma e manera
que lo tenían los sennores que fueron della e aun asy segund dicho comun
commo segund los ordenamientos destos reynos vuestra altesa tiene la juri-
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diçion fundada.71

Asimismo los conflictos entre otras villas vizcainas y las gentes de las an-
teiglesias ubicadas en su entorno por diferencias relacionadas con los térmi-
nos y la jurisdicción fueron frecuentes a lo largo del siglo XV. Guernica con
Juan Sánchez de Meceta por el patronazgo de San Pedro de Luno; Lequeitio
con los concejos de las anteiglesias de Guizaburuaga, Murelaga, Ispáster,
Amaroto y Mendeja;72 Durango con Mañaria, Izurza y Abadiano, así como
con la Merindad de Durango que disputó al concejo de la villa a principios
del XVI el arrabal de la Cruz que estaba al otro lado de la muralla, etc. La
diferenciada personalidad política existente en el Señorío de Vizcaya entre
las villas y la Tierra Llana con sus respectivas merindades que disponían de
una jurisdicción específica no sólo auspició la extensión territorial de las

71. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Sala de Vizcaya 379,1/382,1.


72. Los conflictos entre los concejos de dichas anteiglesias y los clérigos de Santa María de Le-
queitio relacionados con el interés de las primeras por desgajarse de la iglesia matriz tampoco pue-
den desligarse de la rivalidad y competencias económicas, sociales y políticas entre la villa de Le-
queitio y los pueblos colindantes. Paralelamente el concejo de Lequeitio seguía pleitos por cuestiones
de términos con los parroquianos de dichas anteiglesias, sujetos eclesiástica y espiritualmente a las
autoridades eclesiásticas de Lequeitio (E. GARCÍA FERNÁNDEZ, Gobernar la ciudad en la Edad Media:
oligarquías y élites urbanas en el País Vasco… etc., pp. 485-486).

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 105

primeras a costa de las segundas, sino que tenemos casos de todo lo contra-
rio, es decir, del crecimiento de la Tierra Llana a costa de las villas que que-
daron circunscritas en gran medida al núcleo amurallado, así como de la
presión de las anteiglesias por limitar los derechos jurisdiccionales de las
villas sobre las actividades económicas desarrolladas en los puertos ubica-
dos en la Tierra Llana. De ahí que en la mayoría de los términos jurisdiccio-
nales de las villas vizcainas apenas hubiera agrupaciones de carácter aldea-
no. Los procuradores de las anteiglesias integradas en la Tierra Llana
utilizaron en bastantes ocasiones las Juntas del Condado y sus oficiales (a
fines del siglo XV contaban con dos diputados generales y dos procuradores
generales) para defender sus intereses y su propia personalidad jurídicopú-
blica frente a las villas.

2.3. Álava

En Álava hubo varios núcleos urbanos que llegaron a consensuar puntual-


mente sus relaciones jerarquizadas con las aldeas favoreciendo la formación
de Juntas en la Tierra. Me detendré a comentar ejemplos de las tres villas
más relevantes de la Provincia de Álava: Laguardia, Vitoria y Salvatierra.
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2.3.1. Laguardia y sus aldeas

En la Comunidad de Villa y Tierra de Laguardia varias aldeas fueron ad-


quiriendo algunas competencias de carácter jurisdiccional durante el si-
glo XV, si bien de las sentencias de estos jueces se podía apelar al alcalde
de la villa de Laguardia. Las aldeas de la Tierra de Laguardia formaban par-
te de su jurisdicción desde la concesión del fuero a la villa en 1164. La Co-
munidad de Villa y Tierra de Laguardia se distribuyó en el siglo XV, desde
un punto de vista políticoterritorial, en tres tercios, el de la villa, el de Cri-
pán y el de Samaniego.73 Para aquellas decisiones políticas de mayor enver-
gadura se requirió la presencia de procuradores de cada uno de los tercios
en los Ayuntamientos de Villa y Tierra: repartimientos fiscales para finan-
ciar las decisiones políticas locales, confirmación de las elecciones munici-

73. Estos dos últimos englobaban a todas las aldeas. El de Cripán comprendía las aldeas de Cri-
pán, Elvillar, Viñaspre, Lanciego, Yécora, Moreda, Oyón y Esquide. El de Samaniego las aldeas de
Samaniego, Leza, Baños (de Ebro), Villaescuerna (Villabuena), Navaridas, Elciego, Páganos y Berbe-
rana. El de la villa incluía también la aldea de La Puebla (de la Barca). Los pobladores de los tercios
de las aldeas tenían derecho a convocar a sus pobladores a reuniones para iniciar o seguir pleitos,
para solicitar repartimientos con que costearlos, o para proteger sus tierras y ganados de los ladrones
y delincuentes. Véase E. GARCÍA FERNÁNDEZ, La comunidad de Laguardia en la Baja Edad Media (1350-
1516), Edit. Diputación Foral de Álava, Vitoria, 1985, pp. 46-54.

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106 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

pales y defensa de los términos de la jurisdicción ante posibles ataques


militares.
Pero los pobladores de las aldeas no intervinieron en la elección de los
oficios concejiles de la villa y por supuesto tampoco pudieron ser elegidos a
los mismos. Tan sólo podían influir en la política impulsada por los dirigen-
tes urbanos en los concejos de Villa y Tierra, adonde podían enviar en 1438
dos procuradores por cada Tercio, y más tarde un procurador por cada una
de las aldeas de los tres Tercios en que estaba dividido el término jurisdiccio-
nal de Laguardia. La aprobación de los acuerdos tratados en el concejo de
Villa y Tierra no podía llevarse a efecto si los gobernantes de la villa no ha-
bían convocado a los procuradores de los Tercios, cuya capacidad de actua-
ción en la práctica estaba muy limitada, restringiéndose a la aprobación o
desaprobación de los acuerdos de los gobernantes urbanos. Uno de los te-
más que más quejas provocó entre los habitantes de las aldeas fue el pago
de los impuestos y el destino de la hacienda concejil. Ya en 1365 se produjo
un conflicto entre «l’alcalde e jurados el clavero de la billa de Lagoardia
d’una parte e el conceio e aldeas del dicho logar de la otra sobre çiertas espen-
sas et mesiones fechas por los dichos alcalde jurados e claver de por el dicho
conçeio».74 A fines del XIV tampoco plació a los pobladores de las aldeas la
obligación de acudir a defender la villa de Laguardia, abandonando las al-
deas donde residían.
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Los pleitos por la concesion de solares para edificar entre las aldeas y la
villa no fueron inusuales en el curso de los siglos XIV y XV , sobre todo
cuando los dirigentes urbanos recibían quejas de los lugareños. En 1500 li-
tigaban por la concesión de un solar el concejo, jurados y hombres buenos
de Elvillar, convocado a campana repicada y que solía reunirse en la iglesia
de Santa María de la localidad, y la villa de Laguardia. Los primeros adu-
cían que nunca habían intervenido los regidores de Laguardia en este tipo
de concesiones al ser términos específicos de la aldea, pero que ahora lo
habían hecho quitando dicha prerrogativa al concejo de Elvillar «contra
derecho». Como protesta los jurados de Elvillar («del logar de Byllar aldea
que es de la bylla de Laguardya») quitaron los mojones del solar concedi-
dos a un particular para que realizara una edificación en el término del
Somillo. Los dirigentes de Laguardia sostuvieron que los jurados no podían
llevar a cabo la concesión de solares, ni disponer de los suelos, montes,
prados y ejidos, ni donarlos, ni venderlos «sin dar parte nin cuenta a la
dicha villa».75

74. E. GARCÍA FERNÁNDEZ, La comunidad de Laguardia en la Baja Edad Media (1350-1516)… etc.,
p. 121.
75. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos Civiles, Zarandona y Wlas, olvidados,
c. 393/4.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 107

2.3.2. Vitoria y sus aldeas

Los labradores e hidalgos de las aldeas de Vitoria, adquiridas entre 1181 y


1332,76 pleitearon durante el siglo XV con el concejo vitoriano no tanto por
escapar a su jurisdicción, cuanto por motivos económicos, fiscales y financie-
ros, así como porque consideraron que su participación política en los asun-
tos locales y provinciales era insuficiente. Los procesos judiciales tramitados
ante los tribunales de justicia demuestran que periódicamente se produjeron
choques entre ambas partes durante el siglo XV. En los documentos conser-
vados no se reclama en ningún momento el derecho a acceder al desempeño
de los principales oficios concejiles (alcaldes, regidores y procurador gene-
ral), pero sí lucharon por contar con diputados en el concejo, con un alcalde
de hermandad y por influir en aquellas decisiones políticas del concejo de
Vitoria que les podían atañer.
En 1463 se habían aprobado las ordenanzas de las Hermandades Alavesas
y Vitoria se había reservado el nombramiento de los alcaldes de Hermandad
de la toda la jurisdicción. Al año siguiente los procuradores de los hidalgos de
las aldeas reclamaron en vano contar con un alcalde de Hermandad. Los jue-
ces árbitros alegaron que los hidalgos de las aldeas de Vitoria pertenecían a
su jurisdicción y que por este motivo no tenían derecho alguno a tener un
alcalde de Hermandad. Los hidalgos de las aldeas no querían ser juzgados
por los alcaldes de Hermandad de Vitoria, sino por los designados por ellos
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mismos. Esta reivindicación, que posteriormente se concretará, se mantuvo


en los años sucesivos y tuvo sus frutos correspondientes. A principios del
siglo XVI, el procurador de los labradores de las aldeas, afirmó que «los fijos-
dalgo de la dicha tierra que solian tener su alcalde de hermandad, toviesen
tambien dos deputados e agora los tienen en el ayuntamiento de la dicha
çibdad».77 Y así lo reconoció en parte Diego Martínez de Álava, Diputado
General de Álava, pero dejando claro que el alcalde de hermandad de los
hidalgos era un simple ejecutor de las sentencias de los alcaldes de herman-
dad de Vitoria y que debía actuar conjuntamente con ellos y no de forma
independiente.78 Los hidalgos no consiguieron un alcalde de hermandad con

76. Las diferencias entre los hidalgos de las 41 aldeas y la villa-ciudad de Vitoria se produjeron
desde la misma incorporación. La dependencia jurisdiccional del alcalde de Vitoria desde 1332 supuso
la salida de la jurisdicción de los alcaldes de Álava, una vez desaparecida la Cofradía de Álava en
dicho año. Véase J. R. DÍAZ de DURANA, Vitoria a fines de la Edad Media (1428-1476), Edit. Diputación
Foral de Álava, Vitoria, 1984, pp. 38-46.
77. Véase, F. J. GOICOLEA JULIÁN; E. VILLANUEVA ELÍAS; J. A. LEMA PUEYO; J. A. MUNITA LOINAZ; J. R.
DÍAZ de DURANA ORTIZ de URBINA, Honra de Hidalgos, yugo de labradores: nuevos textos para le estu-
dio de la sociedad rural alavesa (1332-1521), Universidad del País Vasco, Bilbao, 2005, pp. 116-122 y 176.
78. «(…) puede aver veynte e çinco años poco más o menos, que los dichos hijosdalgo se juntaban
con los caballeros e grandes de aquellas comarcas, e bevian con ellos e los servian e seguian contra el
serviçio de Vuestra Altesa, contra el bien e pro comun de la dicha çibdad; y Sus alteças, por escusar

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108 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

las mismas competencias que los dos alcaldes de Hermandad de Vitoria,


pero sí que una persona con la misma denominación, aunque con menos
competencias, colaborara con ellos.
Los hidalgos de las aldeas quisieron en 1464 ir aún más lejos en sus reivin-
dicaciones al negarse a pagar determinados tributos exigidos para el reparo
de los muros y puentes, el ensanche de los caminos, etc., a los que sin em-
bargo contribuían los hidalgos de la ciudad de Vitoria. La respuesta de los
jueces árbitros fue que debían contribuir si ya se habían gastado las «rentas
apartadas del comun, como son las rentas que la çiudad arrenda por propios
suyos, deben ser primeramente despendidas, e sy non cumplieren e non ovie-
ren otra cosa alguna del comun». Los jueces les consintieron tener pesos en
las aldeas, roturar los mostrencos y que sus ganados pastaran en las tierras
de las aldeas viejas y despobladas. Especificaron que el corregidor debía ser
pagado con «los propios del comun» y que los hidalgos habrían de contribuir
tan sólo «en los casos que los derechos ponen que los omes fijosdalgo deben
pechar». Así mismo liberaron a algunos hidalgos de las penas a que habían
sido condenados por los alcaldes de Vitoria y acordaron que se les devolvie-
ran los asnos, si el vino que en ellos se traía era para su propia provisión y
no para ponerlo a la venta.79 Desde la llegada al trono de los Reyes Católicos
los pleitos entre los hidalgos aldeanos y los ciudadanos de Vitoria no cesa-
ron. En 1475 los vitorianos acusaron a los escuderos de la jurisdicción de ha-
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ber «querido nuevamente faser e crear alcalde nuevo entre sí en perjuicio de


la dicha çibdad é en quebrantamiento de los privilegios que tenedes, lo cual
dis que han fecho e facen con intencion de se apartar e exemir de la jurisdic-
cion desa dicha çibdad e de los alcaldes e justicia della». Los Reyes Católicos
ordenaron que no se innovara al respecto.80
En 1476 en estos conflictos siguen estando muy presentes los motivos tri-
butarios: el pago de la sisa del vino, el pago de contribuciones «concernien-
tes al pro comun de la dicha çibdad e su tierra (…) e en costas de Herman-

escandalos e por los encorporar e juntar con la dicha çibdad, dieron provisyon e merced nueva para
que toviesen alcalde e dos deputados, e el dicho alcalde non puede jusgar cosa alguna salvo prender e
traer los presos a la carçel de la dicha çibdad, e conocer juntamente con dos alcaldes de la herman-
dad que ay en la dicha çibdad, e los dichos dos diputados se juntan con otros onse diputados de la
dicha çibdad e con el alcalde ordinario e dos regidores e el procurador síndico, e estos hasen conçejo
syn otro llamamiento ni ayuntamiento de personas de çibdad e tierra» (ca. 1509). Véase F. J. GOICOLEA
JULIÁN; E. VILLANUEVA ELÍAS; J. A. LEMA PUEYO; J. A. MUNITA LOINAZ; J. R. DÍAZ de DURANA ORTIZ de URBINA,
Honra de Hidalgos, yugo de labradores… etc., pp. 177-178.
79. F. J. GOICOLEA JULIÁN; E. VILLANUEVA ELÍAS; J. A. LEMA PUEYO; J. A. MUNITA LOINAZ; J. R. DÍAZ de
DURANA ORTIZ de URBINA, Honra de Hidalgos, yugo de labradores… etc., pp. 116-122.
80. T. GONZÁLEZ, Colección de Cédulas, Cartas-Patentes, Provisiones, Reales órdenes y otros docu-
mentos concernientes a las Provincias Vascongadas, copiados de orden de S.M. de los registros, minu-
tas y escrituras existentes en el Real Archivo de Simancas y en las Secretarías de Estado y del despacho
y otras oficinas de la Corte, Madrid, Imprenta Real, 1829-1833, n.º VIII.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 109

dad comun e otras semejantes» y el control de las mercancías a su paso por


las aldeas, pues podía suponer una disminución de los ingresos fiscales de la
ciudad.81 Por estas fechas el concejo de Vitoria prohibía que los escuderos de
las aldeas tuvieran pesos y medidas en sus casas o mesones donde se aco-
giera a los mercaderes y comerciantes.82
A la lista de diferencias enumeradas se añadieron la pertenencia y utiliza-
ción de los ejidos y de las zonas de pastos de los términos de las aldeas
viejas —las primeramente adquiridas— y nuevas a los vecinos de Vitoria y a
los escuderos de la Tierra, así como los derechos de aprovechamiento del
pasto y de la madera de las aldeas despobladas, cuestiones en las que se
favoreció los intereses de la ciudad. En este sentido los vitorianos se preocu-
paron porque los ganados de los carniceros de la ciudad destinados al abas-
tecimiento de las carnicerías pudieran pastar en los términos de las aldeas.
Todo ello implicó que se pusiera límite a los escuderos para roturar en los
ejidos «comunes e conçegiles», en las zonas de pasto, así como la exigencia a
los mismos de que devolvieran todas las tierras que habían roturado ilegal-
mente durante los últimos cuarenta años.83 Además el procurador de la ciu-
dad de Vitoria alegó ante la Corte que los escuderos de las aldeas no podían
levantar casas en solares vacíos sin su licencia, que no podían tener alcaldes
de hermandad propios y que el derecho de venta de las aldeas despobladas
era una competencia exclusiva de la ciudad.
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Los escuderos, como presuntos herederos de la desaparecida Cofradía de


Álava, argumentaron en vano los derechos que les correspondía como tales,
reivindicando contar con un fuero específico sobre todo en lo que concernía
a los alcaldes de hermandad y la exención de pagar pechos y servicios. Sin
embargo, los Reyes Católicos sentenciaron en 1476 que los escuderos forma-
ban parte de la vecindad de la ciudad y que debían someterse a su fuero en
todo, pues las 41 aldeas le habían sido adjudicadas al concejo de Vitoria, sien-
do «partidas del fuero uso e costunbre de los cofrades de Alava por donde pa-
resçe que los vesinos de los conçejos de las dichas aldeas fidalgos e labradores

81. J. R. DÍAZ de DURANA, Vitoria a fines de la Edad Media… etc., pp. 42-46. Los mulateros tenían
la obligación de hospedarse en la ciudad de Vitoria si iban cargadas sus recuas con mercancías. Los
«escuderos» de las aldeas tenían prohibido acogerlos en sus posadas y mesones.
82. En relación con el pago de los impuestos aducían que «eran tenudos e obligados a pechar e
contribuyr con los otros escuderos fijosdalgo de la dicha çibdat en todos los repartimientos e derramas
que se fisiesen para conpra e ensanchamiento de terminos e para rreparos de la çerca e cavas e calça-
das de la dicha çibdat e para fuentes e puentes e en el salario de los corregidores e en otras cosas se-
mejantes e asy mesmo eran tenudos e obligados de los ayudar en tiempo de neçesydat e de velar e
rondar con ellos la dicha çibdat e gela ayudar a defender e guardar». Archivo Municipal de Vitoria
5/25/10.
83. Véase J. R. DÍAZ de DURANA y J. L. HERNÁNDEZ, «La expansión del siglo XV en el nordeste de la
Corona de Castilla: Ocupación del suelo y rompimiento de tierras en la jurisdicción de Vitoria», Con-
greso de Estudios Históricos. La Formación de Álava, Vitoria (1984), pp. 237-257.

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110 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

son aforadas al fuero de Vitoria e deven ser regidos por el fuero uso e costun-
bre de Vitoria» y que debían contribuir del mismo modo que los escuderos de
la ciudad en todos los impuestos exigidos por sus gobernantes «conçernien-
tes al pro comun de la dicha çibdat e su tierra (compra y ensanchamiento de
términos, reparo de fuentes, puentes y calzadas) (…) e en costas de herman-
dat comun e otras semejantes neçessidades comunes», salvo en aquellos casos
relacionados con el reparo de los muros y cavas y con el pago de los tributos
regios, debido a que los escuderos de las aldeas se les aplicaba en este asun-
to el «fuero de Soportilla».84 Asimismo en la sentencia se ordenó que se devol-
vieran las tierras roturadas en los ejidos durante los últimos años «para que
todos los puedan paçer con sus ganados e aprovecharse dellos». Entre 1476 y
1480 se prohibió a los escuderos tener mesones donde acoger a los recueros
que vinieran con mercancías, pues Vitoria tenía dicho monopolio. Los recue-
ros que vinieran con sus acémilas sin carga alguna podían ser acogidos en
los mesones de las aldeas y si llegaban con mercancías a horas intempestivas,
al anochecer, podían ser asimismo acogidos, pero a primera hora del día si-
guiente debía ser notificado a los dezmeros de la ciudad.
En 1476 los escuderos de las aldeas lograron la designación por los oficia-
les de Vitoria de un alcalde de Hermandad entre las cuatro personas «ricas,
abonadas y suficientes» propuestas por ellos, con el derecho a intervenir con
las mismas funciones que los alcaldes de hermandad de la ciudad. En 1480
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los reyes confirmaron dicha designación. De este modo se pretendió evitar


que los escuderos se constituyeran en una Hermandad diferenciada de la de
Vitoria. En este sentido Fernando el Católico ordenó «que los dichos escude-
ros no entrasen dende en adelante en hermandad alguna a vos de universi-
dad salvo con la dicha çibdat», circunstancia que pudo haberse producido
en los años anteriores, lo que debilitaba la fortaleza política de los vitorianos en
las Hermandades Alavesas.
Igualmente los escuderos e hidalgos de las aldeas consiguieron en 1476 el
nombramiento de 2 diputados «de los dichos escuderos de la tierra de Vitoria
(…) de los mas ricos e abonados e sufiçientes dellos» que pudieran acudir li-
bremente a las reuniones concejiles y que debían ser convocados de forma
expresa a las mismas si se fueran a abordar cuestiones relacionadas con la
solicitud de tributos a la ciudad y a la Tierra. Sus competencias tenían el mis-
mo nivel que las de los 11 diputados de la ciudad de Vitoria, contando con
derecho a voto en las sesiones del ayuntamiento. Los escuderos lograron que

84. Parece referirse la exención sobre todo al pago del tributo del pedido, de empréstitos, ayu-
das, servicios, portazgos —salvo en ciertos lugares—, rasuras, cucharas y el pecho real. Igualmente
estaban exentos de «lievas de pan e guias e carretas e lievas de petrechos por mandado de rey e otras
semejantes cosas». Esta franqueza no atañía, según la sentencia, a la moneda forera, a la martiniega y
al yantar.

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TEORÍA Y PRAXIS POLÍTICA EN EL PAÍS VASCO A FINES DE LA EDAD MEDIA … 111

los vecinos de Vitoria no pudieran cortar madera para su abastecimiento y la


contrucción de sus casas de los montes de las aldeas sin el permiso del res-
pectivo concejo aldeano. Los ciudadanos sí lo podían hacer de los «montes
altos», de la misma manera que lo hacían los aldeanos. Los escuderos de las
aldeas también obtuvieron permiso para disponer de balanzas con las que
pesar en sus casas mercancías destinadas al consumo interno, que no fueran
traídas por extranjeros. Las licencias de nuevos solares en las aldeas debían
ser consensuadas entre el concejo de Vitoria y representantes de las aldeas (2
diputados de los escuderos y 1 de cada aldea donde se fuera a levantar el
edificio). Tan sólo se reservaba este derecho a los vitorianos si las aldeas se
hubieran despoblado.
En Vitoria el 6 de septiembre de 1476 los «labradores y hombres buenos
pecheros» de la jurisdicción de la Tierra de la ciudad de Vitoria fueron conmi-
nados por el rey Fernando el Católico a limpiar los cauces de los ríos y a
contribuir en los repartimientos que a tal efecto les demandara el concejo de
Vitoria, al haberse negado a hacerlo. Los oficiales concejiles de Vitoria defen-
dieron la reclamación de peones a los labradores aldeanos para que limpia-
ran los cauces cegados de los ríos recurriendo para ello a una provisión regia
remitida a la ciudad que ordenaba su limpieza «a causa de la gente francesa
e de los movimientos de mis reinos», es decir, por motivos militares.85
La desconfianza de los gobernantes de la ciudad de Vitoria respecto a los
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escuderos de la Tierra les llevó a solicitar en 1495 la extensión a las gentes de


las aldeas de los juramentos antibanderizos que habían realizado en 1476 los
residentes en la ciudad. Se trataba de que se apartaran de dichas parcialida-
des, de los linajes y de que juraran «la comunidad», pues aunque «fuiste re-
queridos con la dicha sentencia para que ficiésedes el dicho juramento diz
que aunque la obedecisteis que no la cumplisteis». Isabel y Fernando ordena-
ron a los escuderos que realizaran dicho juramento.86 Sin duda, en una época
en que los pleitos entre la ciudad y las aldeas se hallaban en su momento
más álgido, algunos hidalgos y labradores de la Tierra no habían tenido re-
paro en asociarse y en establecer relaciones con los señores de vasallos o
con sus administradores. No en vano en los alrededores de la jurisdicción de
Vitoria había comarcas pertenecientes a los Duques del Infantado, a los Men-
doza, a los Hurtado de Mendoza, a los Ayala, a los Guevara y a los Avenda-
ño. A su vez estos señores de vasallos en sus disputas con las Hermandades
Alavesas arrastraron con ellos a gentes de Álava y probablemente asimismo
de la Tierra de la jurisdicción de Vitoria. De ahí que todavía en 1499 los Re-
yes Católicos ordenaran que nadie acudiera a sus llamamientos, opiniones y
apellidos, así como que se interviniera ante los caballeros para que despidie-

85. T. GONZÁLEZ, Colección de Cédulas… etc., n.º IX.


86. T. GONZÁLEZ, Colección de Cédulas… etc., n.º XLI.

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112 ERNESTO GARCÍA FERNÁNDEZ

ran a la gente que estuviera con ellos en «las tales asonadas e escándalos e
alborotos e que despidan la gente que asi tovieren allegada e non vuelvan
mas a la Junta, nin llamar nin faser las dichas asonadas e escándalos». Se
encargó dicho cometido al Diputado General de Álava, para evitar las «aso-
nadas e escándalos de gentes en esa dicha çibdad de Vitoria e su Provinçia e
Hermandades e sus adherentes e comarcas». En la misma línea en 1500 se
prohibió que los vasallos del rey en Vizcaya, Guipúzcoa y Álava vivieran con
otros señores.87
En 1509 el procurador de los labradores de las aldeas solicitó a los reyes
castellanos una solución similar a la que habían conseguido a finales del si-
glo XV y comienzos del XVI los hidalgos de las aldeas en el ámbito de las
Hermandades de Álava. Sobre todo demandaron un alcalde de hermandad y
un procurador, de igual manera que lo poseían otras hermandades alavesas,
que pudiera estar presente en los repartimientos de la Hermandad y en la
toma de cuentas de la misma. Esto hubiera supuesto una situación paralela a
la del resto de las Hermandades Alavesas, pero estos labradores pertenecían
a la jurisdicción de Vitoria.
Según la opinión de Diego Martínez de Álava dada este mismo año, «la
dicha çibdad e su tierra es un cuerpo e un conçejo (…) desque la çibdad se
fundó» y consentir dicha novedad de «haser apartamiento de dar otro procu-
rador e diputado e alcalde para las dichas aldeas seria dividir un cuerpo e un
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conçejo, quanto más que en otros tiempos antiguos la dicha tierra se quiso
poner en esto, y aun se trató pleito sobre ello con la dicha çibdad».88 Los aldea-
nos labradores no cuestionaban tanto su pertenencia a la jurisdicción de Vi-
toria, cuanto reclamaban una mayor participación política. Los dirigentes de
Vitoria por el contrario defendían una corporación centralizada que dejaba
poco espacio participativo a los pobladores labradores de las aldeas. Estas
propuestas, empero, quedaron en saco roto. Los logros de los hidalgos de la
Tierra fueron bastante mayores por su calidad social, por su influencia y por
su mayor capacidad de presión. Los hidalgos (568) significaban más del 60 %
de los contribuyentes de la Tierra (900 con los «buenos hombres»), según el
repartimiento de Vitoria de 1521.
Los labradores de las aldeas se quejaban de que los repartimientos pena-
lizaban a los labradores de las aldeas y de que los alcaldes de la Hermandad
de Vitoria no favorecían a los pobladores de las aldeas, sino todo lo contra-
rio.89 Otro de los pleitos por motivos fiscales que tuvieron con los gobernan-

87. T. GONZÁLEZ, Colección de Cédulas… etc., n.os XLIV y XLV.


88. F. J. GOICOLEA JULIÁN; E. VILLANUEVA ELÍAS; J. A. LEMA PUEYO; J. A. MUNITA LOINAZ; J. R. DÍAZ de
DURANA ORTIZ de URBINA, Honra de Hidalgos, yugo de labradores… etc., pp. 176-177.
89. En 1509, Fernando de Crispijana, procurador de los labradores, expresó de la siguiente mane-
ra los conflictos de los labradores de las aldeas con el concejo de Vitoria: «(…) aunque en la Pro-

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