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Los incas vivían en chozas de piedra con techos de paja, de una sola habitación, sin

ventanas; las paredes revocadas con barro y pintadas con colores brillantes. Cuando
nacía un niño, el padre lo llevaba al arroyo más cercano para bañarlo. Los padres
ayunaban varios días y oraban junto al santuario para que la suerte acompañara al hijo.

Después del baño, la madre lo envolvía en mantas de lana bien angostas y fijaba dos
tablas en la cabeza, para que tomara forma alargada; esto caracterizaba a la tribu.

Cuando los días de fiestas la familia iba al mercado, los niños llevaban una gorra de
lana, con el dibujo que lo caracterizaba, para facilitar el control a los funcionarios del
Estado. Viajar era algo controlado por el Imperio, y los movimientos de las gentes
sencillas eran vigilados muy de cerca.
A los seis años, el niño tomaba un padrino que era un miembro del Consejo de Ancianos,
quien cumplía la ceremonia del corte del cabello y de las uñas. Le daba un nombre,
escogido por sus padres. A partir de ese momento, el niño estaba listo para trabajar y
ganarse la vida.
La educación

Cada niño recibía la educación adecuada a su nivel social. Para poder usar las orejeras,
que les daba rango y autoridad, debía estudiar durante 4 años en la escuela.

El primer año estudiaba la lengua quechua. La gramática de esta lengua era difícil, ya
que las pequeñas diferencias de entonación dan significados distintos, no sólo a las
palabras, sino a las frases completas.

Se daba educación religiosa en el segundo año de estudio, que se basaba en la leyenda


sobre los orígenes de los Incas, el culto al sol y los dioses secundarios.

En el tercer año se les enseñaba a manejar el quipu, que eran cuerdas anudadas, que
indicaban números y recogían la información de los sucesos en cada reinado del Sapa
Inca.

En el cuarto año aprendían la historia del Imperio. Se les inculcaba normas morales.