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PROMETEO

Actriz
Autor
Administrador

ACTRIZ: A continuación debíamos representar una obra breve


llamada Expediente secreto “A”, la primera de una serie que
supuestamente aborda los casos de corrupción que están
provocando la destrucción de nuestro ecosistema; sin embargo, en
lugar de enviarnos el texto para ensayarlo, el autor mandó un correo
en el que nos explicó que él mismo la presentaría. Nos pidió
solamente una silla y unos elementos de producción que están en
esa caja. También escribió esta presentación que yo estoy diciendo –
exactamente así como se las estoy diciendo–, de tal forma que,
siguiendo sus instrucciones, no me queda más que dejarlos con
nuestro invitado, el dramaturgo Luis Mario Moncada.
El Autor –un hipster afeminado con bolso cruzado al hombro–, se
dirige a la silla y toma asiento. Desde allí hace un gesto sutil para
indicar a Actriz que se puede retirar. Ella obedece. Silencio. Autor
aguarda para comenzar. Se frota la cara. Observa al público. Niega.
AUTOR: No tenía sentido enviar una obra. De hecho, no tiene sentido
presentar estas obras. Breves, largas, ¿qué ganamos con seguir
llenándonos de fantasías?, ¿de personajes excéntricos que ven la
realidad de una forma distinta a nosotros? Eso también es
contaminación, contaminación de la realidad. Se ha dicho que el
teatro nos hace “más humanos”, que nos ayuda a tomar conciencia
de la realidad; pues a como va el mundo, ni el teatro ni ninguna forma
de arte han servido gran cosa. Son materia estéril. Moliere escribió El
Avaro para poner en evidencia el comportamiento mezquino de
ciertos usureros, y a pesar de su éxito de tres siglos, ¿han
desaparecido los acaparadores? Yo diría que se han multiplicado. Lo
único que hemos logrado es hacer más evidente el cinismo del
mundo. Otro caso: el teatro en la Alemania de entreguerras gozó del
mayor prestigio, tanto el cabaret de Karl Valentin como el teatro
político de Piscator y Brecht han quedado consignados como cimas
de la creación escénica, ¿y sirvieron para detener el ascenso de
Hitler? ¿Hay forma pues de que el arte detenga a los halcones
financieros de Trump? ¿Que el cine meta en prisión a nuestros
gobernantes corruptos? No. La ficción no ayuda en nada. No es para
eso. No hay manera. Lo único que consigue es adormecer nuestra
conciencia por un par de horas, nos hace creer que estamos
presenciando la caída de una máscara terrible, aunque después del
oscuro todo siga igual, con la horrorosa conciencia de que no está a
nuestro alcance la transformación de nada. ¿Para qué entonces
representar una “idea” de realidad? ¿Para reír?, ¿para llorar? ¿Reír o
llorar de qué? ¿De nosotros mismos? Acabemos con eso. Lo que
hace falta es entrar en acción. Por eso –y con su permiso–, vamos a
incendiar el teatro. Sin metáforas, vamos a incendiar este teatro. Esa
va a ser nuestra acción transformadora de hoy, el performance al que
los invito.
Abre la caja, estampada con una intensa fogata.
Aquí tenemos los elementos necesarios para realizar la tarea.
Observa al público incrédulo.
¿No lo creen? Es un acto simbólico. Simbólico no porque no lo
vayamos a hacer, sino porque su significado es apenas un gesto,
una advertencia de lo que podemos alcanzar si nos ponemos de
acuerdo. Incendiar la pradera. Pero aquí lo vamos a hacer en forma
controlada, sólo vamos a quemar el teatro o, si ustedes prefieren, la
parte simbólica del teatro: el escenario…
Saca de la caja un par de antorchas de estopa que encaja en sendas
bases colocadas de antemano en el proscenio.
Lo vamos a hacer juntos. Y vamos a ponernos de acuerdo en por
dónde comenzar para que nadie corra peligro. Aquí está todo.
¿Alguien quiere participar en esta acción?...
Autor trata de distinguir alguna reacción del público que le permita un
gesto o una palabra ad libitum.
No tenemos mucho tiempo, ¿eh? (Dirige la pregunta a entrepiernas)
¿Cuánto dicen que debe durar esto?
De entrepiernas, apenas mostrándose, Actriz hace un gesto que
Autor no entiende.
¿Qué?
Actriz acentúa la petición de que se acerque. Autor camina hacia ella
poniéndose en disposición para que le hable al oído. Asiente,
extrañado y se vuelve al público.
Me pregunta si es en serio.
Vuelve a escuchar lo que Actriz le susurra.
Dice que ya me había advertido, cuando envié la lista de
necesidades, que el Reglamento de espectáculos del estado prohíbe
el uso de fuego en los teatros… (Pausa larga) Eso lo hace más
interesante. El fuego como transgresión.
Camina a la caja y saca un galón de combustible que coloca en
medio de las antorchas.
¿Quién quiere participar?...
Independientemente de la respuesta del público, la tarea del Autor
será que se rocíen las antorchas de “gasolina”.
Estoy consciente de que, sobre todo en este lugar, el fuego trae a la
memoria imágenes muy tristes, traumáticas incluso; entonces
propongo darle a este fuego un carácter restaurador, mirándolo todos
de frente, imaginar que así como se ha llevado a los justos, se lleve a
los pecadores. Esto no es un juego, no es una travesura; es un
acontecimiento.
Actriz se adelanta hasta ponerse junto al Autor.
¿Tú quieres? Muy bien. (Al público) Tenemos una participante.
Intenta entregarle el galón.
ACTRIZ: No está permitido.
AUTOR: ¿Qué cosa? ¿Prenderle fuego al teatro?
ACTRIZ: Prender fuego. De ningún tipo.
AUTOR: Es una contradicción jurídica, ¿lo sabes? El teatro o es fuego o no es
nada.
Autor mira al público. Deja el galón y se llena las manos con cajitas
de cerillos que ha extraído de la caja grande. Baja a la sala.
¿Quién quiere el poder del fuego? ¿Quién cree en su capacidad
restauradora?
Actriz lanza una mirada a la “cabina” del teatro, preguntando qué
hacer.
AUTOR: El teatro no es el edificio; este cascarón no es el teatro. Si lo
consume el fuego habrá cumplido una función más noble: reunir
nuestras miradas y corroborar su poder mágico. Vamos a quemar la
ficción hasta dejarla en cenizas reales. Este es un performance, una
intervención artística que nadie puede censurar ni condenar.
Enciende un cerillo y trata de que los demás fijen en él su atención.
Por el pasillo de la entrada aparece el Administrador, hombre grande
y tosco, acercándose decididamente al Autor.
¿Tú también participas? Ten.
ADMINISTRADOR: Todos. Aquí.
Extiende la mano.
AUTOR: ¿Los cerillos? Tal vez alguien más quiera participar.
ADMINISTRADOR: Dámelos, por favor.
AUTOR: ¿Eres una autoridad a la que deba obedecer?
ADMINISTRADOR: Soy el responsable del teatro.
AUTOR: ¿El dueño?
ADMINISTRADOR: No.
AUTOR: ¡Un servidor público! Defendiendo un lugar que no es suyo.
ADMINISTRADOR: ¿Ya terminaste…, tu obra de arte? ¿Quieres que te aplaudan?
Autor intuye el momento en que Administrador lanza el manazo y
alcanza a retener algunas cajitas de cerillos, las otras caen al suelo o
las captura Administrador. Autor se aleja rápidamente,
desarrollándose entre ambos una pequeña persecución alrededor de
la sala.
AUTOR: ¿No te dijeron que no se debe interrumpir una función?
ADMINISTRADOR: Dámelos. ¡¿Alguien me ayuda? ¡Agárrenlo!
AUTOR: ¡Los mirones son de palo!
Autor va arrojando cajas de cerillos a su paso, eludiendo (si es
necesario) a los perseguidores hasta subir nuevamente al escenario.
Como si entonces estableciera una frontera, se da vuelta y se planta
con firmeza ante Administrador; de su bolso de mano saca un
soplete de gas que esgrime cual pistola y lo hace funcionar unos
segundos. La llama logra paralizarlos a todos. Autor apaga el soplete
dando a entender que ha sido sólo una advertencia.
AUTOR: Tengo el fuego. Tengo el fuego.
Administrador se da vuelta dirigiéndose al público.
ADMINISTRADOR: Les vamos a pedir que desalojen para que nadie corra peligro.
Por favor, una disculpa, pero no queremos que nadie se exponga. Si
nos hacen el favor. (Hacia fuera) ¿Pueden abrir las puertas…?
Autor enciende nuevamente el soplete y mantiene su llama hacia
arriba.
AUTOR: ¡No se vayan!
Administrador comprueba que nadie se ha movido (porque eso
ocurrirá), así que corre a la entrada. Todos quedan a la expectativa.
Actriz aprovecha el momento para tomar el galón y amagar al Autor.
ACTRIZ: ¡Apaga eso!
Autor sonríe como un villano en problemas. El diálogo ahora se
atropella, encimándose uno al otro.
AUTOR: ¿Qué vas a hacer? ¿Prenderme como un bonzo?
ACTRIZ: ¡Sólo apágalo ya! ¡Apágalo!
AUTOR: ¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Rociarme el combustible?
ACTRIZ: No te voy a hacer nada, ya, mira, aquí lo dejo, pero apaga eso.
AUTOR: No estaría mal. Darías la nota climática, el autor quemándose como
un maldito hechicero. ¡Así se restaura el orden!
ACTRIZ: ¿Podemos terminar? Falta otra obra después.
AUTOR: Tal vez no haga falta. Ya no va a haber teatro.
ACTRIZ: No vas a hacer nada. Ya se acabó. La regla era muy clara: 15
minutos. Ya te pasaste.
AUTOR: ¿Eso lo dices tú o yo te lo escribí?
ACTRIZ: (Encogiéndose de hombros) Me lo escribiste. Pero igual ya te
pasaste.
AUTOR: Lo tenía calculado.
Administrador regresa corriendo con un extinguidor y desde la sala
amaga también con disparar.
ADMINISTRADOR: ¡Te doy tres para que lo apagues: uno…!
AUTOR: (A Actriz) ¿Por qué defiendes tanto este cajón inservible? No sirve
para nada, ya lo ves. ¿Por qué lo defiendes?
ADMINISTRADOR: ¡Dos…!
ACTRIZ: Porque aquí trabajo... Porque no te hace daño… Porque es un teatro.
Esto último lo agrego yo, no estaba escrito.
Autor asiente, divertido. Apenas entonces apaga el soplete. Mira al
público.
AUTOR: ¿Ustedes también coinciden en perdonar a este recinto?,
¿perdonarlo de no ser lo que debía?, ¿un lugar para incendiar las
conciencias?
Administrador también baja el extinguidor. Autor aguarda reacciones,
que le llevaran a responder de tres maneras.
OPCIÓN 1: si deciden “no perdonar” e incendiar el teatro.
AUTOR: Muy bien. Si están convencidos, háganlo ustedes. Aquí están los
elementos. El fuego es suyo.
Deja el soplete y sale. Presumiblemente nadie va a incendiar el
teatro, pero si hubiese un insensato con iniciativa habrá que tener
bien lleno el extinguidor.

OPCIÓN 2: Si deciden “perdonar” la vida al teatro.


AUTOR: Entonces tendrán que decirme un recinto público que no merezca
nuestro perdón y allá voy a ir en este momento, a prenderle fuego.
Díganme un lugar. Uno. Siempre hay un lugar que merezca el castigo
del pueblo. Uno nada más…
Autor conduce la conversación hasta obtener la mención mayoritaria
de un lugar identificado por todos: el palacio municipal, el
departamento de policía, una iglesia, un partido político… Entonces
acciona por última vez el soplete como despedida:
¡El enojo del pueblo es mi enojo! ¡(……..), allá voy!
Sale.

OPCIÓN 3: Si eligen la opción 2, pero no proponen un lugar


alternativo para incendia
AUTOR: Muy bien. Si nada merece quemarse, si todo está bien, si no hay
nada ni nadie que merezca el castigo del pueblo, entonces el pueblo
merece su castigo.
Sale.
En cualquiera de los casos, Actriz y Administradora se mantienen
estáticas mientras Autor se marcha. Sostienen el silencio todavía
unos segundos hasta que Actriz se vuelve al público.
ACTRIZ: En un momento continuamos…
Salen.

LMM. 23/12/17

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