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La aplicación del Código Procesal Civil dentro de un

proceso constitucional
Publicado el enero 19, 2013por paradigmasconstitucionales
Luis Alberto Meza Astuvilca*
En las siguientes líneas trataré de exponer el problema de la aplicación supletoria
de las normas de los diferentes códigos procesales dentro de un proceso
constitucional que, como sabemos, se encuentra regulado por el Código Procesal
Constitucional; el mismo que establece en su Artículo IX lo siguiente:

“En caso de vacío o defecto de la presente ley, serán de aplicación supletoria los
Códigos Procesales afines a la materia discutida, siempre que no contradigan
los fines de los procesos constitucionales y los ayuden a su mejor desarrollo”.
Bajo el término “Códigos Procesales” pueden caber muchos cuerpos normativos;
sin embargo, esta claro que el Código Procesal Civil es por excelencia el que mejor
se ajusta a tal término. En ese sentido, sus normas serían las que, en defecto de
las normas del Código Procesal Constitucional, mejor ayuden a cumplir los fines
de los procesos constitucionales. Sin embargo, su aplicación supletoria ha sido
más bien escasa y de poca ayuda dentro de un proceso constitucional, donde el
juez ha preferido interpretar alguna regla del Código Procesal Constitucional para
hacerla mas flexible.

En ese sentido, conviene reflexionar sobre el significado del término “aplicación


supletoria” y también sobre la afinidad de las normas supletorias con los procesos
constitucionales ajenos a su regulación. Al respecto, la primera disposición final
del Código Procesal Civil establece: “Las disposiciones de este Código se aplican
supletoriamente a los demás ordenamientos procesales, siempre que sean
compatibles con su naturaleza”.
Ambos cuerpos normativos, el Código Procesal Constitucional y el Código
Procesal Civil tienen como presupuesto de aplicación la compatibilidad, afinidad
y no contradicción. Esto que parece ser obvio y de sentido común, no lo es tanto
cuando se reflexiona sobre la naturaleza de los procesos constitucionales, sobre
su doble dimensión y sobre los fines que persigue. No es necesario tener una
especialidad en Derecho Constitucional para darse cuenta de que la aplicación
supletoria del Código Procesal Civil es casi inexistente en la jurisprudencia del
Tribunal Constitucional. Pero lamentablemente no sucede así con los jueces
constitucionales ordinarios que sí tienen la poco saludable costumbre de aplicar
supletoriamente el Código Procesal Civil amparados en los artículos citados
líneas arriba.

Se debe aceptar que el Derecho Constitucional esta teniendo un desarrollo


progresivo en nuestro entorno jurídico (en todas las áreas) y eso es excelente dado
que los derechos fundamentales son a final de cuentas garantías frente al Estado.
En consecuencia, que los jueces conozcan de la Constitución y de las nuevas
discusiones en torno a la teoría del Estado, la interpretación constitucional es algo
que debiera alegrar a todos. Pero el problema es que la correcta aplicación de
aquella teoría también es importante, las discusiones que se han dado en torno a
la autonomía procesal del Tribunal Constitucional deberían ser tan
importantes como los debates nacionales sobre el neo-constitucionalismo y
la doctrina de la causa en el acto jurídico.
Ahora bien, escribo esto a propósito del Exp. STC 03179-2012-HD/TC, que es un
proceso de Habeas Data que llega al TC como recurso de agravio constitucional
(RAC) con la pretensión de que se imponga el pago de costas procesales a la ONP
a pesar de haberse declarado fundada la pretensión principal. Los jueces
ordinarios declararon fundada la demanda respecto al derecho a la
autodeterminación informativa pero no se pronunciaron sobre el pago de costos
procesales por aplicar supletoriamente el artículo 413 del Código Procesal Civil:
“Están exentos de la condena en costas y costos los Poderes Ejecutivo, Legislativo
y Judicial, el Ministerio Público, los órganos constitucionalmente autónomos, los
gobiernos regionales y locales”.

Finalmente el Tribunal Constitucional declaró la demanda fundada y le concedió


los costos procesales al demandante en aplicación del artículo 56 del Código
Procesal Constitucional que no contempla exoneraciones. Casos como este no son
aislados pues constantemente los jueces ordinarios encargados de conocer en
primera instancia demandas de amparo aplican supletoriamente el Código
Procesal Civil.

* Estudios de Derecho por la PUCP.


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La Justicia según John Finnis


Publicado el enero 19, 2013por paradigmasconstitucionales
Por Carlos Ariel Lim Acosta*
En esta ocasión hemos decidido compartir con ustedes un poco sobre el
pensamiento del profesor John Finnis en relación al tema de justicia. Para
quienes no son expertos en el tema, John Finnis es uno de los filósofos del
derecho contemporáneos más importantes, se ha dedicado a trabajar la filosofía
iusnaturalista y su obra denominada “Ley natural y Derechos naturales” es
considerada como uno de los trabajos más sobresalientes de la filosofía
iusnaturalista.

John Finnis aborda la justicia siguiendo las líneas clásicas de Aristóteles y Tomás
de Aquino, pero, la teoría de Finnis no se limita a las interacciones humanas como
Aristóteles, sino que, pretende ser aplicable igualmente y en el mismo sentido del
ámbito de la comunidad familiar.

Finnis dice separarse de Aristóteles, ya que su teoría no se restringe a las


relaciones entre hombres maduros y libres en la comunidad política. La teoría en
si para Finnis, se ocupa de todo lo que tiene que ver con y para el bien común, es
decir, de aquello que es o no razonable en la conducta humana con respecto a
otros.

John Finnis en su libro “La Ley Natural y Los Derechos Naturales” nos enuncia
tres elementos primordiales los cuales según su postura deben ser aplicados en la
concepción del término justicia.
El primer elemento podría llamarse “orientación hacia otro”, aquí la justicia tiene
que ver con las relaciones y tratos de cada uno con otras personas (la Justicia es
inter-subjetiva o interpersonal).

El segundo elemento es el deber, lo que es adecuado o debido (debitum) a otro, y,


como consecuencia, el de aquello a lo que esa otra persona tiene derecho (viz, más
o menos, lo que es “propio” suyo o al menos “debido” en justicia).
Como tercero y último elemento tenemos a la igualdad, la cual esta deberá
entenderse en sentido analógico.

La división de la justicia proviene desde tiempo de Santo Tomas de Aquino,


más específicamente la construyeron sus discípulos Francisco Vitoria y Tommaso
de Vio, esta división forma una trilogía porque precisamente (valla la
redundancia) de divide en tres clases, las cuales son:

Justicia General o Legal: se ocupa de regular las relaciones y deberes de las


partes de los individuos con respecto a la sociedad, también se entiende como la
Justicia con fundamental inclinación a la promoción y respeto del bien común de
todos.
Justicia Distributiva: regula las relaciones y deberes de la sociedad para con
los individuos, en esta justicia están vinculados directamente el Estado con los
individuos que la conforman.
Justicia Conmutativa: se encarga de regular las relaciones de las partes o
individuos entre sí. Aquí el estado no debe de intervenir por ningún motivo.
Respecto a la postura de John Finis, el solo acepta la justicia distributiva y la
conmutativa, ya que dice que la justicia legal o general es la forma fundamental
de toda justicia, la base de toda obligación, que impone el deber de respetar y
promover el bien común, entonces está queda impregnada en las otras dos, por
eso la desconoce como parte de una división.

Fuentes de información:
Finnis, John Mitchell. Ley Natural y Derechos Naturales, Abeledo-Perrot,
primera edición, Buenos Aires, 1980.
Hocevar G, Mayda G. (2007). La Justicia según J. Finnis, en Revista semestral
de filosofía práctica, Enero-Junio 2007, Universidad de Los Andes, Venezuela.

* Estudios de Derecho por la Universidad Autónoma de Baja California,


integrante del Proyecto Grado Cero de la Facultad de Derecho de la Universidad
Nacional Autónoma de México.
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Los Critical Legal Studies: una aproximación


Publicado el diciembre 23, 2012por paradigmasconstitucionales
Por Carlos Ariel Lim Acosta*
Entre la década de los años sesenta y setenta, en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Yale, Estados Unidos, surge un movimiento intelectual jurídico y
político denominado por sus integrantes como Critical Legal Studies (CLS),
dentro de sus fundadores encontramos al destacado profesor de la Universidad
de Harvard Duncan Kennedy, quien dirige dicho movimiento intelectual.
Los Critical Legal Studies según Duncan Kennedy son una red, un grupo de
personas que están en estrecho contacto entre sí, que comparten cierta voluntad
de conocer y discutir el trabajo de los otros, y que comparten algunas actitudes.
Así mismo, manifiesta que es grupo predominantemente de izquierda[1].
El movimiento de los CLS tiene sus raíces en el realismo jurídico y
principalmente se plantea realizar una crítica interna de la razón jurídica
estadounidense de los años sesenta y setenta que abarca el estudio de la
desigualdad social, el feminismo, el multiculturalismo y la educación jurídica.
El profesor Rodolfo Vázquez cita en su libro Teoría del derecho a Juan A. Pérez
Lledó quien resume las tesis principales se los CLS, las cuales son:

1. Énfasis en la dimensión histórica y social del derecho, entendiendo a este


último como una autonomía relativa.

2. Defensa de la interdisciplinariedad frente a la exclusividad de la dogmática


jurídica.

3. Acento en la dimensión política del derecho y del discurso jurídico contra su


supuesta neutralidad valorativa.

4. Reconocimiento del carácter ideológico del derecho y de la necesidad de “poner


al descubierto el sentido político de la práctica cotidiana de los jueces y juristas,
que construyen el Derecho mientras se ven a sí mismos como un instrumento del
mismo” así lo sostiene Duncan Kennedy.

5. Ambivalencia en su postura respecto del derecho, al que se critica como factor


de conservación del status quo y, al mismo tiempo, se le aprecia como
instrumento de transformación[2].
Deseamos expresar nuestro interés en la crítica que realizan los CLS a la
educación jurídica, porque consideramos importantes sus aportaciones. En
primer lugar argumentan que en la Facultades de Derecho existe la tendencia a
formar abogados con un perfil empresarial, el cual consiste en prepararlos para
trabajar en favor de los intereses de las grandes corporaciones, dejando de lado
la agenda social que suelen compartir estos grupos, por lo que proponen que la
formación del estudiante de Derecho posea conocimientos en las humanidades,
para formar en ellos un pensamiento crítico, que busque ir más allá de una visión
corporativista del derecho.

Los CLS consideran que existe una relación muy estrecha entre la política y el
derecho, por lo que suelen alentar a los estudiantes a otorgarle un peso influyente
a sus creencias morales y políticas sobre lo que estudian, Su idea es que canalicen
esas creencias para que otorguen una influencia real en su práctica profesional.
Así mismo, consideran que el activismo jurídico y político es la base para cambiar
el sistema legal.

Por otra parte, para los CLS la enseñanza de las materias teóricas (teoría del
derecho, filosofía del derecho, argumentación jurídica, etc.) debe estar dentro de
las asignaturas jurídico-positivas (derecho civil, penal, mercantil, etc.)[3] Lo que
le permitirá un estudio integral del derecho.
En nuestra opinión consideramos que es importante el fortalecimiento de los
debates teóricos sobre el derecho de manera intra, trans y multidiciplinarias con
la finalidad de obtener una formación integral como abogados. Así mismo,
pensamos que existe una carga excesiva en la educación jurídica en el rubro del
derecho positivo. En su mayoría las Facultades de Derecho de muchos países
favorecen la enseñanza del derecho como sistema técnico de leyes o reglas, que
están determinadas por el poder político las cuales y deben cumplirse como una
simple operación técnica. Si los abogados deseamos una transformación en
nuestra realidad social debemos buscar ser críticos al estudiar el derecho.

El acto legislativo 1 de 2011: la constitucionalización de


las arbitrariedades
Publicado el diciembre 9, 2012por paradigmasconstitucionales
Por Johanna Giraldo Gómez*
Es un vergonzoso diagnóstico, pero no hay duda que esta generación de
congresistas se ha dedicado –casi que por completo– a legislar en causa propia.
Desde el 31 de mayo del año en curso, el Acto Legislativo No.1 de 2011 que
adicionó al parágrafo del articulo 183 superior un inciso, referido al régimen de
conflicto de intereses, eliminando su ámbito de aplicación “cuando los
Congresistas participen en el debate y votación de proyectos de actos
legislativos”: hoy, se constituye como resguardo para el total desconocimiento de
la representatividad de sus cargos, la razonabilidad de sus actuaciones y lo que
debieren ser, ineludibles responsabilidades.

Y, ante esta evidente irregularidad “democrática” contra el régimen


constitucional vigente, nos preguntamos ¿Está el Congreso de la República
plenamente facultado para realizar cambios esenciales a la Constitución Política
de 1991 en nombre de una “reforma”? ¿Es competente para sustituirla? Pues bien,
la respuesta es absolutamente negativa. Recordemos que en reiteradas
providencias -como en el caso de la Sentencia C-551 de 2003- la Corte
Constitucional ha sostenido que el ámbito competencial del congreso en materia
constituyente es limitado, y se plantea un caso hipotético –que al parecer el
Congreso ha adoptado como razonable-, donde se afirmaría “que la Carta de 1991
no estableció cláusulas pétreas o inmodificables, y que por ello el poder de
reforma no tiene ningún límite competencial. Conforme a esa tesis, por medio de
cualquiera de los mecanismos previstos por el titulo XIII resultaría posible
reformar cualquier artículo o principio de la Carta de 1991, e incluso sustituirla
por una Constitución radicalmente distinta”.

Tesis que conforme a la jurisprudencia constitucional, no es de recibo puesto que,


si el mismo poder constituyente primario no puede ser ilimitado o soberano en
todas sus actuaciones -aunque estas no puedan ser limitadas en forma normativa-
, lo anterior no obsta para afirmar que el pueblo actúa omnipotentemente –en
vista de las restricciones supraconstitucionales, dentro de las cuales cabe resaltar
las obligaciones internacionales emanadas del DIDH, y el respeto a las garantías
y principios mismos de la democracia- aún en un proceso de apertura
constituyente, menos podrá aspirar a serlo un poder constituido –como lo es el
Legislativo-, que debe actuar bajo los cauces normativos de la Constitución,
diseñados para el legítimo ejercicio de sus facultades representativas.

De Vega plantea la tesis de que un poder constituyente sustentado en la idea de


soberanía popular hace que necesariamente se acoja la filosofía de superioridad
jurídica de la norma constitucional desde la sede constituyente. Por consiguiente,
“la no distinción, a nivel político, entre poder constituyente y poder constituido,
se traduciría, jurídicamente, en la paralela “indiferenciación” entre Constitución
y ley ordinaria. Y claro es, una Constitución que formalmente no se distingue de
la ley ordinaria podrá ser considerada como ley, pero lo que ciertamente no será
es Constitución”.

En este sentido, es innegable que existen principios y valores que, al ser la base
del acuerdo político que dio origen al texto normativo se hacen motu proprio
inmodificables, siendo la piedra angular del control de constitucionalidad mismo.
Y es lo más lógico, de lo contrario ¿qué seguridad jurídica existiría en dicho
control?

Ha sostenido la Corte Constitucional que “una cosa es que cualquier artículo de


la Constitución pueda ser reformado, lo cual está autorizado puesto en eso
consiste el poder de reforma cuando la Constitución no incluyó cláusulas pétreas
ni principios intangibles de manera expresa, como es el caso de la colombiana, y
otra cosa es que, so pretexto de reformar la Constitución, en efecto ésta sea
sustituida por otra Constitución totalmente diferente, lo cual desnaturaliza el
poder de reformar una Constitución y excedería la competencia del titular de ese
poder”.

Por eso, aplaudimos que la Corte Constitucional al pronunciarse sobre las


demandas de inconstitucionalidad promovidas por un número plural de
ciudadanos respecto del Acto Legislativo en mención –que será próximamente-,
declaró inexequible este atentado contra el principio de transparencia
democrático, que ha permitido que congresistas debatan y voten adefesios
constitucionales como la mal llamada “Reforma a la Justicia” –que a nuestro
juicio, fue sepultada por una vía jurídica inane-, puesto que, de no ser por este
nuevo inciso agregado al parágrafo del artículo 183 constitucional, los
Congresistas que tienen procesos en la Corte Suprema de Justicia y a su vez
participaron de la reforma, hubiesen perdido su –inmerecida– investidura. Y,
dadas las circunstancias, la Corte Constitucional realizó un adecuado control,
más severo, por cuanto los Congresistas estaban modificando sus propias
facultades de reforma constitucional, ultrajando las pocas garantías existentes.
Aquí radican los problemas del mal uso de la democracia, donde los fundamentos
de las decisiones se consideran de recibo por originarse en los órganos instituidos
para ello o en nombre de unas mayorías numéricas –como si eso fuese
suficientemente legítimo–, pero no deliberativas. Razón tenía Winston Churchill
al afirmar que la democracia es el peor sistema político concebido por el hombre…
Con excepción de todos los demás.
* Estudios de Derecho por la Universidad Libre de Colombia. Cofundadora del
Observatorio de Derecho Constitucional de la Universidad Libre de Colombia.

El Tribunal Constitucional y el cielo que nunca se


vino abajo
Publicado el noviembre 20, 2012por paradigmasconstitucionales
Por Luis Alberto Meza Astuvilca*
“fiat justitia ruat caelum”

(Que se haga justicia, aunque el cielo se caiga)

En el presente artículo presentaré un caso desapercibido pero que, a mi parecer,


es de gran importancia para los que, poco a poco, profundizamos en el estudio del
Derecho y sobretodo del Derecho Constitucional (famoso por sus criterios de
interpretación y el amplio margen de decisión que concede a los Tribunales
encargados de invocar sus principios).

El caso va así, tenemos una disposición: “se otorga pensión vitalicia, equivalente
a la mitad de su sueldo, a todo aquel que, a causa de una enfermedad profesional,
quedara disminuido en una proporción igual o superior al 50% de su capacidad
de trabajo de forma permanente”; tenemos los hechos: trabajador (obrero de
empresa minera) que acredita que padece dos enfermedades: neumoconosis
(produce 48% de menoscabo) e hipoacusia neurosensorial bilateral (produce 14%
de menoscabo); el dictamen médico dice que ambas en promedio generan un 55%
de menoscabo general, pero que solo se puede señalar el vinculo causal de la
primera y no de la segunda. En consecuencia, solo tiene 48% de menoscabo
“acreditado” y no llega a la proporción requerida (50%).

¿Cómo resolvería un juez en este caso? Lo más probable es que le denegaría la


pensión en virtud de que la norma es clara, dice como 5 y el trabajador acredita
como 4,8. Y es que en realidad así sucedió, el Tribunal Constitucional declaró
infundada una demanda que presentaba casi las mismas características que he
descrito líneas arriba (STC 02225-2012-AA/TC). En opinión del colegiado no se
llegó a acreditar una lesión del derecho a la pensión puesto que, de la lectura de
la disposición, no se podía concluir que el trabajador tenía derecho a percibir
dicha pensión.

No pretendo hacer de juez, pero creo que se podría haber sido un poco más
“constitucional” en aquella decisión. Por ejemplo, es cierto que se encuentra
acreditada la primera enfermedad (neumoconosis que produce 48% de
menoscabo) y también es cierto que no se puede “acreditar” de forma indubitable
la segunda (hipoacusia que produce 14% de menoscabo); sin embargo, tampoco
se puede afirmar de forma indubitable que tal enfermedad se ha producido por
una causa ajena al ambiente laboral. Soy de la opinión de que nos encontramos
en un caso donde los hechos abren varias posibilidades que permiten diferentes
soluciones, pero dadas las circunstancias es preferible optar por aquella que
beneficie en mayor proporción al trabajador, dado que si se le otorgase la pensión
por enfermedad profesional no se estaría presumiendo que el 14% del menoscabo
tuvo un vinculo causal con el ambiente laboral del trabajador, solo se estaría
presumiendo que un 2% del menoscabo esta en relación con su labor de obrero.

¿Que se habría logrado con aquella decisión propuesta? Simplemente garantizar


el derecho a la pensión del trabajador, pero también, que dicha pensión sirva para
garantizar otro derecho que es el derecho a la salud (principio de conexidad de
los derechos fundamentales). Salta a la vista que la pensión otorgada será usada
casi en su integridad para afrontar una vida con menoscabo, no solo en la fuerza
laboral, sino en la calidad de la misma.

Concluyo señalando que los magistrados del Tribunal Constitucional del Perú
han tenido sentencias muy criticables (que bien les habría valido muchas visitas
a la OCMA de estar controlados por esta), tales como la sentencia de
homologación de los jueces, caso Quimper, caso Schutz, y muchos pero muchos
otros y que, aun sentándose sobre muchos principios e instituciones del Derecho
como de la Política, han salido adelante. O sea, razones no faltaban.

El Tribunal Constitucional y el presupuesto nacional: a


propósito de la STC Nº 03919-2010-PC/TC
Publicado el octubre 18, 2012por paradigmasconstitucionales
Por Luis Alberto Meza Astuvilca*
Rosa María Palacios: “El Poder Judicial hizo un pedido para el 2012 de un
poco menos de 4 mil millones de soles. (Con posterioridad a esta entrevista el
doctor San Martín precisó que solo les asignaron 1.444 millones de soles). ¿Usted
sabe cuánto costaría el aumento que ustedes han planteado?”
Ernesto Álvarez Miranda: “Nos han señalado que son aproximadamente 3
mil millones de soles.” (La República – 30 de Setiembre del 2012)
Hace algunas semanas fuimos testigos de una rencilla entre el presidente del
Poder Judicial, Cesar San Martin, y el presidente del Tribunal Constitucional,
Ernesto Álvarez Miranda. El motivo fue una sentencia recaída sobre una acción
de cumplimiento que, en resumidas cuentas, ordena al Concejo Ejecutivo del
Poder Judicial nivelar el sueldo de los jueces demandantes de acuerdo al cargo
que ocupen como juez superior, juez especializado o juez de paz letrado,
proporcionalmente a lo percibido por un vocal supremo (90, 80 y 70%
respectivamente de lo percibido por este ultimo); siempre tomando en cuenta la
asignación por Alta Función Jurisdiccional (S/. 7617,00) que sumado a la
remuneración normal consigna un monto total por: S/. 23 217,20.

El problema no es estrictamente constitucional, sino que se remite


principalmente al área financiera y de gestión pública. Veamos, la asignación
presupuestal es un proceso complejo cuyo marco normativo descansa
principalmente en la Ley Nº 28411, en este se pueden reconocer, a grandes rasgos,
cuatro fases: Elaboración, Aprobación, Ejecución y Control. El Ministerio de
Economía y Finanzas (MEF en adelante) constituye el principal ente encargado
de conducir, con mucha rigidez, gran parte del proceso con la participación de
todos los organismos públicos.

Ahora bien, en la fase de aprobación, el Ejecutivo remite un anteproyecto al


Congreso de la República (hasta antes del 30 de agosto de cada año), para luego,
como máximo hasta el 31 de noviembre, discutirse a cuáles pliegos se les debe
asignar más recursos de los señalados como tope por el MEF. Esta fase, al menos
en nuestro país, no es bien aprovechada por los congresistas, dado que no se logra
modificar significativamente el proyecto presentado por el ejecutivo.

Cuando el Tribunal Constitucional emite la sentencia precitada, no hace otra cosa


que reasignar recursos dentro del Poder Judicial, es decir, redistribuirlos; pero
no los aumenta al menos para el ejercicio de este año y, tampoco necesariamente,
para el año siguiente. Es cierto que existe la Ley Orgánica del Poder Judicial que
regula la remuneración de los jueces y, es cierto también, que esta no se viene
cumpliendo; sin embargo, es un error tratar de solucionar este problema
mediante un proceso constitucional, pues este no crea nuevos recursos
adicionales a los ya existentes, sencillamente el derecho no crea realidades, solo
las regula.

¿Puede el Tribunal Constitucional influir sobre el presupuesto de alguna entidad


pública? Es claro que no, y para muestra cito la STC 004-2004 – CC/TC. En esta
sentencia, el presidente del Poder Judicial interpone un conflicto de
competencias contra el Poder Ejecutivo, bajo el entendido de que este último
había invadido las competencias presupuestarias que le corresponden al emitir el
“Proyecto de Ley Anual del Presupuesto del Sector Público para el año 2005” sin
tomar en cuenta el monto total que fue propuesto por el Poder Judicial (para
hacerlo simple: el Poder Judicial solicitó S/. 993,002,826 y el ejecutivo dijo que
con S/. 645,306,905.00 era suficiente). Muy inteligentemente el Tribunal
Constitucional dio fundada la demanda señalando que el Poder Judicial debe
preparar su proyecto de presupuesto sin que el Ejecutivo lo modifique, pero en el
entendido de que:

“Dichos mandatos constitucionales determinan que el Poder Judicial también


participe en el proceso de elaboración de la Ley de Presupuesto. Para estos
efectos, la Constitución establece, en el artículo 145. °, que el Poder Judicial
presente su proyecto de presupuesto al Poder Ejecutivo y lo sustente ante el
Congreso de la República y, conforme al artículo 80.° de la misma norma, que
sea el Presidente de la Corte Suprema quien sustente el pliego correspondiente
al Poder Judicial.” (Fundamento 35, STC 004-2004 CC/TC).
Es decir, el Tribunal Constitucional protege la participación del Poder Judicial en
la elaboración del presupuesto nacional, pero no entra a analizar la idoneidad de
los montos de las cifras que se manejan. ¿Por qué? Porque el Tribunal
Constitucional no tiene la información necesaria, no conoce de necesidades
presupuestales, ni de ingresos fiscales; sin embargo, el Poder Judicial a través de
su titular sí maneja esa información y, es más, posee iniciativa legislativa.

En conclusión, el Tribunal Constitucional emitió una sentencia, probablemente,


adecuada a Derecho, pero no a la realidad. A mi parecer, un Tribunal
Constitucional debe prever los efectos de su sentencia, dado que otorgarlo todo
en el papel y no obtener nada en la realidad genera escepticismo entre los
ciudadanos. En este caso al menos, es preferible la eficacia.

* Equipo de Derecho Constitucional de la Pontificia Universidad Católica del Perú


(PUCP).
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