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La

destrucción del muro de Berlín y la posterior disolución de la URSS han


sido celebradas como la caída del comunismo y el colapso del marxismo-
leninismo como fuerza ideológica del mundo moderno. Ello es sin duda
cierto. Estos sucesos han sido también considerados como el triunfo final del
liberalismo en tanto que Ideología. Pero esto es ya una total distorsión de la
realidad. Por el contrario, estos mismos sucesos indican aún más el colapso
del liberalismo y nuestra entrada definitiva en un mundo después del
liberalismo…
El actual retroceso político no significa una vuelta al reformismo liberal.
Simplemente indica que una doctrina que combina una engañosa seducción
por el mercado con una legislación contra los pobres y los extranjeros, que
es lo que está siendo impulsado hoy por una reacción fortalecida, no puede
ofrecer un sustituto viable a las fallidas promesas del liberalismo…
En Después del liberalismo, el distinguido historiador y politólogo Immanuel
Wallerstein examina el proceso de desintegración de nuestro moderno
sistema mundial y especula sobre los cambios que pueden ocurrir durante
los próximos decenios. Explora las diversas opciones históricas que se
presentan ante nosotros y sugiere algunas líneas para reconstruir el sistema
mundial sobre bases más racionales y socialmente equitativas.
Immanuel Wallerstein dirige el centro Fernand Braudel para el estudio de la
economía, los sistemas históricos y las civilizaciones en la Universidad de
Binghampton, y enseña en la École des Hautes Études en Sciences Sociales
de París. Entre sus obras se destacan El moderno sistema mundial, El
capitalismo histórico y la coordinación del informe de la Comisión Gulbenkian
Abrir las ciencias sociales.

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Immanuel Wallerstein

Después del liberalismo


El mundo del siglo XXI - 0

ePub r1.0
DHa-41 15.12.2017

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Título original: After liberalism
Immanuel Wallerstein, 1995
Traducción: Stella Mastrángelo
Retoque de cubierta: DHa-41

Editor digital: DHa-41


ePub base r1.2

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A Clemmens Heller, que trabajó para hacer posible el debate inteligente
sobre el futuro del mundo.

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“El mundo del siglo XXI” es una colección que se propone publicar algunas de las
obras más significativas de los investigadores y pensadores contemporáneos de Asia,
África, América Latina, Europa y Norteamérica.
A la necesidad de estudiar cualquier problema local, nacional o regional en el
contexto de la globalización y de las redes internacionales y transnacionales, cada vez
más significativas en la evolución contemporánea, se añade un creciente movimiento
intelectual que busca plantear los problemas mundiales y regionales desde las
distintas perspectivas geográficas y culturales, en posiciones que no sean “euro-
centristas” y que tampoco invoquen las especificidades de cada cultura y civilización
para ignorar el carácter universal y plural del mundo.
La colección “El mundo del siglo XXI” buscará publicar estudios de los problemas
más importantes de nuestro tiempo y su análisis en relación con la sociedad, la
economía, la política y la cultura. Algunas obras pondrán más énfasis en ciertos
campos de las especialidades disciplinarias, otras vincularán a varias disciplinas para
el análisis de los distintos temas. La obra constituirá una selección muy útil para
adelantarse en los problemas de nuestro tiempo y del futuro de la humanidad.
La colección procurará que en sus primeros cien libros se encuentren algunos de
los mejores que hoy se publican en todo el mundo.

PABLO GONZÁLEZ CASANOVA

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AGRADECIMIENTOS
Agradezco a los editores originales por su amable cooperación al autorizar la
publicación en esta obra de:
“The cold war and the Third World: The good old days?”, Economic and Political
Weekly, 27 de abril de 1991.
“Peace, stability, and legitimacy, 1990-2025/2050”, en G. Lundestad (comp.), The fall
of great powers, Oslo, Scandinavian University Press, 1994.
“What hope Africa? What hope the world?”, en A. O. Olukoshi y L. Wohlgemuth
(comps.), A road to development: Africa in the 21st century, Upsala, Nordiska
Afrikainstitutet, 1995.
“Liberalism and the legitimation of nation-states: An historical interpretation”, Social
Justice, vol. 19, núm. 1, primavera de 1992.
“The concept of national development, 1917-1989: Elegy and requiem”, American
Behavioral Scientist, vol. 35, núm. 4-5, marzo-junio de 1992. Reimpreso con
autorización de Sage Publications, Inc.
“The end of what modernity?”, Theory and Society, vol. 24, 1995.
“The insurmountable contradictions of liberalism: Human rights and the rights of
peoples in the geoculture of the modern world-system”, South Atlantic Quarterly,
vol. 9, núm. 4, otoño de 1995.
“The geoculture of development, or the transformation of our geoculture?”, Asian
Perspective, vol. 17, núm. 2, otoño-invierno de 1993.
“America and the world: Today, yesterday, and tomorrow”, Theory and Society, vol.
21, núm. 1, febrero de 1992.
“Revolution as strategy and tactics of transformation”, en A. Callari et al. (comps.),
Marxism in the Postmodern Age, Nueva York, Guilford Press, 1994.
“Marxism after the collapse of the communisms”, Economic Review, Economic and
Political Weekly, febrero-marzo de 1992.
“The collapse of liberalism”, en R. Miliband y L. Panitch (comps.), Socialist Register
1992, Londres, Merlin Press, 1992.
“The agonies of liberalism: What hope progress”, New Left Review, núm. 204,
marzo-abril de 1994.

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INTRODUCCIÓN
¿DESPUÉS DEL LIBERALISMO?
La destrucción del Muro de Berlín y la subsecuente disolución de la URSS han sido
celebradas como la caída de los comunismos y el derrumbe del marxismo-leninismo
como fuerza ideológica en el mundo moderno. Sin duda eso es correcto. Además han
sido celebradas como el triunfo definitivo del liberalismo como ideología. Esto es una
percepción totalmente equivocada de la realidad. Por el contrario, esos
acontecimientos marcaron aún más el derrumbe del liberalismo y nuestra entrada
definitiva en el mundo “después del liberalismo”.
Este libro se dedica a exponer esa tesis. Está compuesto por ensayos escritos entre
1990 y 1993, en un periodo de gran confusión ideológica en que un temprano y muy
difundido optimismo ingenuo empezaba a dejar el lugar a un gran miedo y desaliento
difusos ante el surgimiento del desorden mundial.
El año 1989 ha sido abundantemente analizado como fin del periodo 1945-1989,
es decir como el año que significa la derrota de la URSS en la guerra fría. En este libro
se sostendrá que es más útil contemplarlo como fin del periodo 1789-1989, es decir el
periodo de triunfo y caída, de ascenso y eventual defunción, del liberalismo como
ideología global —lo que yo llamo geocultura— del moderno sistema mundial. El
año 1989 marcaría entonces el fin de una era político-cultural —una era de
realizaciones tecnológicas espectaculares— en que la mayoría de las personas creía
que los lemas de la Revolución francesa reflejaban una verdad histórica inevitable,
que se realizaría ahora o en un futuro próximo.
El liberalismo nunca fue una doctrina de la izquierda, siempre fue la
quintaesencia de la doctrina del centro. Sus defensores estaban seguros de su
moderación, su sabiduría y su humanidad. Su postura iba a la vez en contra de un
pasado arcaico de privilegio injustificado (que consideraban representado por la
ideología conservadora) y una nivelación desenfrenada que no tomaba en cuenta la
virtud ni el mérito (que según ellos era representada por la ideología
socialista/radical). Los liberales siempre han tratado de definir al resto de la escena
política como constituido por dos extremos, entre los cuales se ubican ellos. En
1815-1848 afirmaron estar igualmente en contra de los reaccionarios y en contra de
los republicanos (o demócratas); en 1919-1939, en contra de los fascistas y en contra
de los comunistas; en 1945-1960, en contra de los imperialistas y en contra de los
nacionalistas radicales; en la década de 1980, en contra de los racistas y de los
racistas al revés.
Los liberales siempre han afirmado que el estado liberal —reformista, legalista y
algo libertario— era el único estado capaz de asegurar la libertad. Y quizá eso fuera
cierto para el grupo relativamente pequeño cuya libertad salvaguardaba, pero
desdichadamente ese grupo nunca ha pasado de ser una minoría perpetuamente en

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vías de llegar a ser la totalidad. Siempre han afirmado además que sólo el estado
liberal podía garantizar un orden no represivo. Los críticos de derecha han dicho que
el estado liberal, en su renuencia a parecer represivo, permitía o incluso alentaba el
desorden. Los críticos de izquierda, por su parte, siempre han dicho que en realidad la
preocupación principal de los liberales en el poder es el orden y que son muy capaces
de reprimir, ocultándolo sólo parcialmente.
No se trata de discutir una vez más los méritos y las deficiencias del liberalismo
como base de la buena sociedad: más bien lo que necesitamos es tratar de hacer la
sociología histórica del liberalismo. Necesitamos analizar claramente su surgimiento
histórico inmediatamente después de la Revolución francesa, su meteórico ascenso
hacia el triunfo como ideología dominante, primero en unos pocos estados (pero los
más poderosos) y después en el sistema mundial como sistema mundial, y su
destronamiento igualmente súbito en los últimos años.
Los orígenes del liberalismo en los cataclismos políticos desencadenados por la
Revolución francesa han sido ampliamente discutidos en la literatura. Un poco más
polémica es la afirmación de que el liberalismo pasó a ser el credo central de la
geocultura del sistema mundial. La mayoría de los analistas estaría de acuerdo con
que para 1914 el liberalismo triunfaba en Europa: sin embargo algunos afirman que
su declinación se inició entonces, mientras que yo sostengo que su apogeo se dio en
el periodo posterior a 1945 (hasta 1968), la era de la hegemonía de Estados Unidos en
el sistema mundial. Además, muchos discutirían mi visión de cómo triunfó el
liberalismo —sus vínculos esenciales con el racismo y el eurocentrismo.
Sin embargo creo que lo más provocativo es la afirmación de que la caída de los
comunismos no representa el éxito final del liberalismo como ideología sino la
socavación definitiva de la capacidad de la ideología liberal para continuar su papel
histórico. Ciertamente una versión de esta tesis está siendo defendida por los
trogloditas de la derecha mundial: muchos de ellos de manera cínica manipulan
slogans o siguen siendo románticos irremediables de una utopía centrada en la
familia que nunca ha existido históricamente. Muchos otros simplemente están
aterrados ante la inminente desintegración del orden mundial que, como
correctamente perciben, está ocurriendo.
Ese rechazo del reformismo liberal está siendo puesto en práctica hoy en Estados
Unidos bajo el rótulo de Contract with America, a la vez que está siendo
forzosamente administrado a países del mundo entero por medio del Fondo
Monetario Internacional. Es probable que esas políticas abiertamente reaccionarias
provoquen una reacción contraria en Estados Unidos, como ya ha estado ocurriendo
en Europa oriental, porque esas políticas empeoran la situación económica inmediata
de la mayoría de la población en lugar de mejorarla. Sin embargo esa reacción
contraria no significará un regreso a la creencia en el reformismo liberal: significará
simplemente que una doctrina que combina una falsa adulación del mercado con
legislación contra los pobres y los extranjeros, que es lo que propugnan hoy

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reaccionarios revigorizados, no puede ofrecer un sustituto viable para las promesas
fallidas del reformismo. En todo caso, mi argumentación no es la de ellos. La mía es
la opinión de quienes sostienen lo que en uno de los ensayos llamo la “modernidad de
la liberación”. Creo que necesitamos echar una mirada sobria a la historia del
liberalismo a fin de ver qué podemos salvar del naufragio, y ver cómo podemos
luchar en las difíciles condiciones, y con el ambiguo legado, que el liberalismo ha
dejado al mundo.
No estoy tratando de pintar un cuadro de condenación y sombras, pero tampoco
recomiendo tranquilizantes para verlo todo color de rosa. Creo que el periodo
posterior al liberalismo es un periodo de grandes luchas políticas, de mayor
importancia que cualquier otro de los últimos quinientos años. Veo fuerzas del
privilegio que saben muy bien que “es preciso cambiar todo para que nada cambie” y
están trabajando con mucha inteligencia y habilidad para hacerlo. Veo fuerzas de
liberación que literalmente han quedado sin aliento. Ven la futilidad histórica de un
proyecto político en el que han invertido ciento cincuenta años de lucha —el proyecto
de transformar la sociedad por la vía de tomar el poder estatal en todos los estados,
uno por uno. Y no tienen ninguna certeza de si existe o no un proyecto alternativo.
Pero el proyecto anterior, la estrategia de la izquierda mundial, falló principalmente
porque estaba imbuido, impregnado, de la ideología liberal, incluso en sus variantes
más declaramente antiliberales, “revolucionarias”, como el leninismo. Hasta que haya
claridad acerca de lo que ocurrió entre 1789 y 1989 no podrá presentarse ningún
proyecto de liberación plausible en el siglo XXI.
Pero aun si tenemos claro lo que ocurrió entre 1789 y 1989, y aun cuando
estemos de acuerdo con que la transición de los próximos veinticinco a cincuenta
años será una época de desorden sistémico, desintegración y agudas luchas políticas
acerca de qué tipo de nuevo(s) sistema(s) mundial(es) construiremos, la cuestión que
interesa a más gente es: ¿qué hacer ahora? La gente está confundida, furiosa,
atemorizada ahora —a veces incluso desesperada, pero no pasiva, en absoluto. El
sentimiento de que es necesario actuar políticamente sigue siendo fuerte en el mundo
entero, a pesar del sentimiento igualmente fuerte de que la actividad política de tipo
“tradicional” es probablemente inútil.
La elección ya no puede presentarse como “reforma o revolución”. Esta supuesta
alternativa se ha discutido por más de un siglo, sólo para descubrir que en la mayoría
de las ocasiones los reformadores eran en el mejor de los casos reformadores
renuentes, los revolucionarios eran tan sólo ligeramente más reformadores pero
militantes, y las reformas que efectivamente se aplicaron en conjunto lograron menos
de lo que se proponían sus defensores y menos de lo que temían sus adversarios. Éste
fue en realidad el resultado necesario de las limitaciones estructurales que nos impuso
el consenso liberal dominante.
Pero si desintegración es un nombre más correcto que revolución para lo que sea
que va a ocurrir ahora, ¿cuál debe ser nuestra postura política? Yo veo sólo dos cosas

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que hacer, y es preciso hacer las dos simultáneamente. Por un lado, la preocupación
inmediata de casi todos es cómo enfrentar los problemas continuos y apremiantes de
la vida —los problemas materiales, los problemas sociales y culturales, los problemas
morales o espirituales. Por otra parte un número menor de personas, que sin embargo
también son muchas, tiene una preocupación a largo plazo, la estrategia de la
transformación. Ni los reformistas ni los revolucionarios tuvieron éxito en el siglo
pasado porque ni unos ni otros reconocieron en qué medida la preocupación a corto
plazo y la preocupación a largo plazo requerían una acción simultánea, pero de tipos
muy distintos (incluso divergentes).
El estado moderno ha sido el instrumento por excelencia de los reformistas para
ayudar a la gente a ir sobreviviendo. Ésa no ha sido en absoluto la única función del
estado, quizá ni siquiera su función principal. Además la acción orientada por el
estado no ha sido el único mecanismo de supervivencia. Pero el hecho es que la
acción estatal ha sido un elemento ineluctable en el proceso de sobrevivencia, y que
los intentos de sobrevivir de las personas comunes se han dirigido, en forma
justificable e inteligente, a lograr que los estados actúen de determinada manera. A
pesar del desorden, la confusión y la desintegración actuales, esto sigue siendo cierto.
Los estados pueden aumentar o reducir el sufrimiento mediante la asignación de
recursos, el grado en que protegen los derechos y su intervención en las relaciones
sociales entre grupos diferentes. Sería una locura sugerir que ya no hay que
preocuparse por lo que hace el estado, y no creo que muchas personas estarían
dispuestas a desistir por completo de preocuparse activamente por las acciones de su
estado.
Los estados pueden hacer las cosas un poco mejores (o un poco peores) para
todos. Pueden escoger entre ayudar a la gente común a vivir mejor y ayudar a los
estratos superiores a prosperar aún más. Pero eso es todo lo que los estados pueden
hacer. Sin duda esas cosas tienen mucha importancia a corto plazo, pero a largo plazo
no importan en absoluto. Si queremos afectar en forma significativa la enorme
transición del sistema mundial que estamos viviendo, para que vaya en una dirección
y no en otra, el estado no es un vehículo principal de la acción. En realidad, más bien
es uno de los principales obstáculos.
Esta comprensión de que las estructuras estatales han llegado a ser (¿han sido
siempre?) un obstáculo importante para la transformación del sistema mundial,
incluso cuando (o quizá especialmente cuando) fueron controladas por fuerzas
reformistas (que afirmaron ser fuerzas “revolucionarias”), es lo que está detrás del
vuelco general en contra del estado en el tercer mundo, en los países antes socialistas
e incluso en los países de “estado de bienestar” de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En el naufragio, los slogans del
“mercado”, propugnados con una nueva agresividad por un despliegue de figuras
políticas y expertos conservadores (occidentales), han llegado a ser
momentáneamente una expresión verbal de uso corriente. Sin embargo, como las

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políticas estatales asociadas con el “mercado” como slogan hacen la supervivencia
más difícil en lugar de más fácil, en muchos países se ha iniciado ya el movimiento
de retroceso en contra de los gobiernos que dan prioridad al mercado.
Pero ese movimiento no es hacia una renovada creencia en la capacidad del
estado para transformar el mundo: en la medida en que está ocurriendo, ese
movimiento de retroceso no hace más que reflejar el juicio sobrio de que todavía
necesitamos utilizar el estado para ayudar a la gente a sobrevivir. Por eso no es
incongruente que hoy las mismas personas se vuelvan hacia el estado (para que los
ayude a sobrevivir) y denuncien al estado y la política en general como inútiles e
incluso nefastos (en términos de la restructuración del mundo en la dirección que
esperan que pueda ir).
¿Qué van a hacer, qué pueden hacer esas personas, entonces, que sea capaz de
afectar la dirección de la transición? Aquí entra otro slogan engañoso: se trata del
llamado a construir, expandir y reconstruir la “sociedad civil”. Eso es igualmente
vano. La “sociedad civil” sólo puede existir en la medida en que los estados existan y
tengan la fuerza suficiente para sostener algo llamado la “sociedad civil”, que
esencialmente quiere decir la organización de ciudadanos dentro del marco del estado
con el objeto de realizar actividades legitimadas por el estado y para hacer política
indirecta (es decir no partidaria) frente al estado. El desarrollo de la sociedad civil fue
un instrumento esencial en la erección de los estados liberales, pilares del orden
interno y del sistema mundial. Además la sociedad civil fue utilizada como símbolo
aglutinante para la instalación de estructuras estatales liberales donde aún no existían.
Pero sobre todo, históricamente la sociedad civil fue un modo de limitar la violencia
potencialmente destructiva de y por el estado, así como de domeñar a las clases
peligrosas.
La construcción de la sociedad civil fue la actividad de los estados de Europa
occidental y Estados Unidos en el siglo XIX. En la medida en que la construcción del
estado permaneció en la agenda del sistema mundial durante los primeros dos tercios
del siglo XX, todavía se podía hablar de construir sociedades civiles en más estados.
Pero con la declinación de los estados, necesariamente la sociedad civil se está
desintegrando. En realidad, es precisamente esa desintegración lo que los liberales
contemporáneos deploran y los conservadores festejan en secreto.
Estamos viviendo la era del “grupismo” —la construcción de grupos defensivos,
cada uno de los cuales afirma una identidad en torno a la cual construye solidaridad y
lucha por sobrevivir junto con y en contra de otros grupos similares. Para esos grupos
el problema político consiste en evitar convertirse simplemente en otro organismo
para ayudar a la gente a sobrevivir (lo que es políticamente ambiguo, puesto que
preserva el orden al llenar las lagunas que crea el derrumbe de los estados), a fin de
poder llegar a ser verdaderos agentes de la transformación. Pero para ser agentes de la
transformación es preciso que tengan claros sus objetivos igualitarios. Luchar por los
derechos del grupo como una instancia de la lucha por la igualdad es diferente a

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luchar por el derecho del grupo a “alcanzar a los demás” y llegar a encabezar la fila
(lo que, en todo caso, para la mayoría de los grupos se ha convertido en un objetivo
imposible).
Durante la actual transición mundial, es eficaz trabajar en los niveles local y
mundial, pero trabajar en el ámbito del estado nacional tiene una utilidad limitada. Es
útil perseguir objetivos a plazo muy corto o a largo plazo, pero el mediano plazo se
ha vuelto ineficaz porque el mediano plazo supone un sistema histórico en marcha y
funcionando bien. Esa estrategia no es fácil de aplicar, porque las tácticas de una
estrategia de ese tipo son necesariamente ad hoc y contingentes, y por eso el futuro
inmediato se presenta tan confuso. Sin embargo, si aceptamos que ahora vivimos en
un mundo en el que los valores liberales ya no dominan, y donde el sistema histórico
existente no es capaz de asegurar ese nivel mínimo de seguridad personal y material
indispensable para su propia aceptabilidad (por no hablar de legitimación), entonces
podemos seguir adelante claramente con un grado razonable de esperanza y de
confianza, aunque desde luego sin ninguna garantía. El día del ideólogo liberal
seguro de sí mismo hasta la arrogancia ha quedado atrás. Los conservadores han
resurgido, después de ciento cincuenta años de humildad autoimpuesta, para proponer
como sustituto ideológico el interés particular y despreocupado, enmascarado por
misticismos y afirmaciones piadosas. En realidad, no funciona. Los conservadores
tienden a ser presumidos cuando dominan y profundamente coléricos y vengativos
cuando se ven denunciados o incluso sólo seriamente amenazados. Ahora toca a
todos los que han quedado fuera del actual sistema mundial empujar hacia adelante
en todos los frentes. Ya no tienen como foco el objetivo fácil de tomar el poder del
estado. Lo que tienen que hacer es mucho más complicado: asegurar la creación de
un nuevo sistema histórico actuando unidos y al mismo tiempo de manera muy local
y muy global. Es difícil, pero no imposible.

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PRIMERA PARTE
DESPUÉS DEL DECENIO DE 1990:
¿ES POSIBLE RECONSTRUIR?

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1. LA GUERRA FRÍA Y EL TERCER MUNDO: ¿LOS
BUENOS TIEMPOS PASADOS?
¿Empezaremos tan pronto a ponernos nostálgicos? Me temo que es necesario. Hemos
salido de la era de la hegemonía estadunidense en el sistema mundial (1945-1990) y
entrado en una era posthegemónica. Por difícil que haya sido la posición de lo que era
el tercer mundo en esa era, creo que le esperan días mucho más difíciles. La época
que acaba de pasar fue una época de esperanza, indudablemente de esperanzas a
menudo frustradas, pero que con todo fueron esperanzas. Lo que tendremos en
adelante será un tiempo de dificultades, y de luchas nacidas más de la desesperación
que de la confianza. Para usar un viejo simbolismo occidental que en las actuales
circunstancias podría ser inapropiado, será una época de purgatorio, de desenlace
siempre incierto.
Presentaré mi posición en dos partes: un breve esbozo de la era de la que hemos
salido, y una proyección de lo que creo que podemos anticipar, junto con una
argumentación sobre las opciones históricas que enfrentamos.

Creo que los rasgos esenciales del periodo comprendido entre 1945 y 1990 pueden
resumirse en cuatro afirmaciones.
1] Estados Unidos era la potencia hegemónica en un sistema mundial unipolar. Su
poder, basado en una ventaja abrumadora en la productividad económica en 1945 y
en un sistema de alianzas con Europa occidental y Japón, llegó a su apogeo alrededor
de 1967-1973.
2] Estados Unidos y la URSS mantenían un conflicto sumamente estructurado,
cuidadosamente contenido, formal (pero no sustancial), en que la URSS actuaba como
un agente subimperialista de Estados Unidos.
3] El tercer mundo se impuso a la renuente atención de Estados Unidos, la URSS y
Europa occidental al reclamar derechos más completos, y antes, de lo que anticipaban
o deseaban los países del Norte. Tanto su fuerza política como en definitiva su
debilidad se basó en su creencia y su optimismo acerca de los objetivos conjuntos de
autodeterminación y desarrollo nacional.
4] Los decenios de 1970 y 1980 fueron un periodo de estancamiento económico

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global, resistencia de Estados Unidos a su inminente declinación, y desilusión del
tercer mundo con su propia estrategia.
Permítaseme extenderme sobre cada una de estas afirmaciones.
1] La abrumadora ventaja económica de Estados Unidos en 1945 —en
producción y en productividad— fue consecuencia de tres factores conjuntos: la
invariable concentración de la energía nacional de Estados Unidos a partir de 1865 en
el mejoramiento de su capacidad tanto de producción como de innovación
tecnológica; la libertad de Estados Unidos de realizar gastos militares serios, al
menos hasta 1941, una movilización bélica eficaz de 1941 a 1945 y la ausencia de
destrucción de su infraestructura por la guerra; la enorme destrucción de
infraestructura y vidas humanas en toda Eurasia de 1939 a 1945.
Estados Unidos pudo institucionalizar muy rápidamente esa ventaja, es decir crear
una hegemonía que le permitió controlar o dominar prácticamente todas las
decisiones importantes en los foros políticos y económicos del mundo durante
alrededor de veinticinco años. Su hegemonía era además ideológica e incluso
cultural.
Los dos pilares clave en que se apoyaba esa hegemonía eran un sistema de
alianzas con los países importantes ya industrializados del mundo por un lado, y un
estado de bienestar de integración nacional en lo interno, por el otro. En cada caso el
arreglo era económico e ideológico, y nominalmente político.
El anzuelo económico para Europa occidental y Japón fue la reconstrucción
económica, acompañada por una elevación significativa del ingreso real de las capas
medias y los trabajadores calificados en Estados Unidos. Eso aseguraba a la vez la
satisfacción política y un mercado importante para las empresas productivas
estadunidenses.
El paquete ideológico era el compromiso de cumplir plenamente, por primera vez,
las promesas ya bicentenarias del liberalismo político: sufragio universal y un sistema
parlamentario en funciones. Eso se hizo en el marco de una lucha con el
“totalitarismo” comunista, y por consiguiente significaba la exclusión de facto de los
comunistas de los derechos políticos.
La promesa política nominal fue la participación de Europa occidental y Japón
como países, y de las clases trabajadoras como estratos, en la toma de decisiones
colectiva. En realidad, por alrededor de veinticinco años todas las decisiones
importantes del sistema mundial fueron tomadas por una pequeña élite estadunidense.
A esto se denominó el liderazgo de Estados Unidos. Europa occidental y Japón
fueron los estados clientes. Los movimientos de la clase trabajadora fueron en su
mayoría movimientos clientelares.
2] Del mismo modo, la relación de Estados Unidos y la URSS era una cosa en la
superficie y una realidad diferente por debajo. En la superficie, Estados Unidos y la
URSS eran enemigos ideológicos entrampados en una guerra fría no sólo desde 1945
sino desde 1917. Cada uno representaba diferentes visiones del bien social, basadas

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en lecturas bastante divergentes de la realidad histórica. Las estructuras de los dos
países eran bastante distintas, y en algunos aspectos fundamentalmente diferentes.
Además, ambos proclamaban en voz muy alta la profundidad de esa división
ideológica y llamaban a todas las naciones y a todos los grupos a optar por un lado o
el otro. Recuérdese la célebre declaración de John Foster Dulles: “La neutralidad es
inmoral”. Dirigentes soviéticos hacían afirmaciones equivalentes.
Sin embargo la realidad era muy distinta. En Europa se trazó una línea, más o
menos en el lugar donde se encontraron las tropas soviéticas y estadunidenses al
término de la segunda guerra mundial.
Al este de esa línea estaba la zona reservada al predominio político soviético. El
arreglo entre Estados Unidos y la URSS es bien conocido y bastante sencillo. La URSS
podía hacer lo que quisiera dentro de su zona del este de Europa (es decir, crear
regímenes satélites). Se establecieron dos condiciones de trabajo. Primero, las dos
zonas observarían absoluta paz entre los estados y se abstendrían de cualquier intento
de cambiar o subvertir los gobiernos de la otra zona. Segundo, la URSS no esperaría ni
recibiría ayuda de Estados Unidos para su reconstrucción económica. La URSS podía
tomar todo lo que pudiera de Europa oriental, mientras que el gobierno de Estados
Unidos concentraría sus recursos económicos (vastos pero no ilimitados) en Europa
occidental y Japón.
Ese arreglo, como sabemos, funcionó maravillosamente bien. En Europa hubo
paz absoluta. Jamás hubo una amenaza de insurrección comunista en Europa
occidental (con excepción de Grecia, donde la URSS minó y abandonó a los
comunistas griegos). Y Estados Unidos nunca dio el menor apoyo a los múltiples
esfuerzos de estados del este europeo por debilitar o eliminar el control soviético
(1953, 1956, 1968, 1980-1981). El Plan Marshall se reservaba a Europa occidental y
la URSS construyó un capullo llamado Comecon (Council for Mutual Economic
Assistance).
Se puede decir que la URSS era una potencia subimperialista de Estados Unidos
porque funcionó para garantizar el orden y la estabilidad dentro de su zona en
condiciones que de hecho aumentaron la capacidad de Estados Unidos para mantener;
su hegemonía mundial. La propia ferocidad de la lucha ideológica, que por último no
significó mucho, fue una gran ventaja política para Estados Unidos (y también, por
supuesto, para la dirigencia de la URSS). Veremos más adelante que la URSS funcionó
como un escudo ideológico para Estados Unidos en el tercer mundo también.
3] Al tercer mundo nunca se le preguntó, ni en 1945 ni después, si le gustaba o
aprobaba el orden mundial establecido por Estados Unidos en colusión con la URSS.
Ciertamente, la posición que se le había concedido en ese orden mundial no era muy
deseable. En 1945 se le ofreció muy poco en el campo político, y aún menos en el
económico. Con el paso de los años las ofertas mejoraron un poco, pero siempre a
regañadientes y debido exclusivamente a la militancia y las vociferaciones del tercer

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mundo.
En 1945 nadie tomaba en serio al tercer mundo como actor político en la escena
mundial —ni Estados Unidos ni la URSS ni las viejas potencias coloniales de Europa
occidental. Cualquier reproche fue recibido con sorpresa, y a los inconformes se les
aconsejaba tener paciencia, sobre la base de una versión de nivel mundial de la
hipótesis del “goteo”.
Desde luego, Estados Unidos tenía un programa para el tercer mundo: fue
proclamado por Woodrow Wilson en 1917 y se llamó la autodeterminación de los
pueblos. Eventualmente, al correr del tiempo, cada pueblo recibiría sus derechos
políticos colectivos a la soberanía, así como cada ciudadano recibiría su derecho
político individual al sufragio. Esos derechos políticos traerían una oportunidad de
automejoramiento, cosa que después de 1945 adquirió el nombre de desarrollo
nacional.
El leninismo como ideología era presumiblemente la antinomia del wilsonismo.
En realidad, en muchos sentidos era su avatar. El programa de Wilson para el tercer
mundo fue traducido por Lenin a la jerga marxista, y renació como antimperialismo y
la construcción del socialismo. Esto evidentemente reflejaba diferencias reales sobre
quién debía controlar los procesos políticos en la periferia del sistema mundial, pero
el programa mismo tenía idéntica forma: primero un cambio político que establecería
la soberanía (por primera vez en las colonias, por primera vez en realidad en los
estados del tercer mundo ya independientes); después un cambio económico que
incluiría el establecimiento de una burocracia estatal eficaz, el mejoramiento de los
procesos productivos (“industrialización”) y la creación de una infraestructura social
(particularmente en la educación y la salud). El resultado que prometían tanto los
wilsonianos como los leninistas era “alcanzar” a los otros, cerrar la brecha entre los
países ricos y los pobres.
Los países del tercer mundo compraron ese paquete wilsoniano-leninista. Pero,
como era comprensible, estaban impacientes. Como el paquete incluía dos pasos, en
forma muy razonable dieron ante todo el primer paso, correspondiente a la lucha
anticolonial en las colonias y a revoluciones políticas análogas en las que alguna vez
fueron llamadas —con bastante propiedad— las semicolonias. Después de 1945 el
tercer mundo apresuró el paso, en todas partes. Los comunistas chinos entraron en
Shanghai. Los pueblos de Indonesia e Indochina se negaron a recibir de nuevo a sus
señores coloniales. El subcontinente indio reclamó independencia inmediata. Los
egipcios acabaron con la monarquía y nacionalizaron el canal de Suez. Los argelinos
se negaron a aceptar la idea de que eran parte de Francia. En el decenio de 1950 se
inició la ola de la liberación africana. La revolución política estaba en marcha en
América Latina y tuvo su avance más notable con el triunfo del Movimiento 26 de
Julio en Cuba en 1958. Y desde luego, en 1955 se celebró la Conferencia de
Bandung.
El elemento esencial que es preciso observar en todo este impulso político es que

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fue, desde el principio, de origen totalmente autóctono y en oposición al Norte. Las
potencias coloniales se opusieron enérgicamente a ese aceleramiento del proceso e
hicieron todo lo posible por detenerlo o retardarlo. Por supuesto las tácticas fueron
variadas, con los británicos mostrándose mucho más flexibles que los demás y los
portugueses rezagándose todo lo posible. Estados Unidos, pese a su teórico
anticolonialismo wilsoniano, tendió a apoyar el retardamiento europeo todo lo que
pudo, pero eventuaimente llamó a la descolonización con dirigentes “moderados” a
ritmo moderado. La actitud de la URSS no fue muy diferente. Presumiblemente el
leninismo representaba una forma de anticolonialismo más esforzada y combativa
que el wilsonismo, y desde luego la URSS dio apoyo político y material a muchos
movimientos antimperialistas. Sin embargo, en un gran número de momentos
cruciales también trató de restringir o de retardar el paso. Su papel en Grecia y su
consejo a Mao Tse-tung son notorios. En todo el mundo, cualquiera que haya seguido
de cerca las luchas locales sabe que el apoyo soviético nunca fue lo primero y a
menudo era difícil de obtener; en muchos casos la URSS se negó en absoluto a darlo.
Sin embargo, como también sabemos, desde luego la batalla política fundamental
fue ganada por el tercer mundo. Para fines del decenio de 1960 la descolonización (o
su equivalente en los estados ya independientes) se había hecho realidad casi en todas
partes. Había llegado el momento de dar el segundo paso, el desarrollo nacional. Sin
embargo, de hecho precisamente cuando había llegado el momento de dar el segundo
paso, el sistema mundial entró en una fase B de Kondratieff. En la mayoría de los
países el segundo paso no se daría nunca.
4] Para 1970, Estados Unidos había llegado al apogeo y a los límites de su poder.
La declinación de sus reservas de oro lo obligaron a abandonar la paridad fija del
dólar con el oro. El crecimiento económico de Europa occidental y Japón había sido
tal que ya habían igualado y estaban entonces comenzando a superar los niveles de
productividad de Estados Unidos, precisamente en el momento en que se inició la
fase B de Kondratieff. O más bien, la expansión global de la producción fue en sí la
causa principal del viraje hacia abajo. Vietnam estaba demostrando no sólo que
Estados Unidos tenía que acceder a su propio credo wilsoniano incluso cuando no
aprobaba al grupo que efectuaba la demanda, sino también que el costo de no hacerlo
estaba debilitando la legitimación del gobierno estadunidense en su propio país. Y la
revolución mundial de 1968 minó todo el consenso ideológico que Estados Unidos
había construido, incluyendo hasta su carta de reserva, el escudo soviético.
En los dos decenios transcurridos desde entonces Estados Unidos se ha dedicado
a un trabajo de remiendos. Cada uno de los remiendos ha sido eficaz en la medida en
que retardó el desgaste general, pero eventualmente todo el conjunto luce deteriorado.
En un golpe brillante, Richard Nixon fue a China y arrastró a los chinos de regreso al
orden mundial arreglado. Redujo las pérdidas de Estados Unidos al aceptar la derrota
en Vietnam. Otro golpe brillante fue el aumento de los precios del petróleo de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que tuvo lugar con la

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anuencia de Estados Unidos (y posiblemente fue arreglado por Estados Unidos). Esa
iniciativa de la OPEP, presentada como prueba de la militancia del tercer mundo, sirvió
para canalizar buena parte del excedente mundial (y seguramente cualquier excedente
que pudiera tener el tercer mundo) hacia los bancos occidentales (principalmente
estadunidenses) a través de los estados productores de petróleo (que sin duda
recibieron su parte de las ganancias). En adelante el dinero fue enviado de vuelta al
tercer mundo (y los estados del bloque soviético) en forma de préstamos a los
estados, que les permitieron equilibrar momentáneamente sus presupuestos y
continuar importando manufacturas occidentales. Las deudas se vencerían en el
decenio de 1980.
Durante el decenio de 1970 Estados Unidos trató de mantener a todos en calma. A
los europeos occidentales y a los japoneses les ofreció el trilateralismo —es decir, la
promesa de más consultas en la creación de políticas mundiales. A la URSS le ofreció
la distensión —o sea bajar los decibeles ideológicos, lo que fue como un bálsamo
para la burocracia brezhneviana después de la ola de choque de 1968. Al público
estadunidense le ofreció reducir las tensiones de la guerra fría así como una especie
de consumismo cultural que incluía una ética más liberal y la acción afirmativa. Y al
tercer mundo le ofreció el síndrome pos-Vietnam, que en concreto significó
iniciativas como el informe del Comité Church sobre la CIA, la Enmienda Clark sobre
Angola y el fin del apoyo a Somoza y al Shah.
Creo que debemos ver las administraciones de Richard Nixon, Gerald Ford y
James Carter como la continuidad de una misma política, que podemos llamar de
“perfil bajo” y que fue definida por el presidente Carter en su famoso discurso al
público estadunidense sobre aceptar las limitaciones del poder de Estados Unidos.
Esa política parecía funcionar bastante bien hasta que, una vez más, el tercer mundo
pateó la mesa. El “perfil bajo” se hundió en la inesperada conmoción causada por el
ayatollah Jomeini. A él no lo iban a engañar: con todo y su perfil bajo, Estados
Unidos seguía siendo el Satán número uno (y la URSS el número dos).
La estrategia de Jomeini fue muy sencilla: se negó a aceptar las reglas del juego
—tanto las reglas del orden mundial estadunidense posterior a 1945 como las reglas
del sistema interestatal, que databan de cinco siglos antes. El resultado neto fue
igualmente sencillo: una profunda humillación para Estados Unidos, la derrota de
Carter y la llegada al poder de Reagan con una plataforma que rechazaba el “perfil
bajo” en todas las formas posibles. La estrategia de Ronald Reagan (y George Bush)
consistió en sustituir el perfil bajo por un falso machismo: duro con los aliados, duro
con la URSS, duro dentro del país, y por supuesto duro con el tercer mundo.
Económicamente, el mundo tuvo entonces que enfrentar las cuentas del trabajo de
remiendo de los años setenta, la crisis de la deuda, que se manifestó por primera vez
en Polonia en 1980 y fue reconocida oficialmente en México en 1982. El resultado
fue una espiral económica descendente en todo el tercer mundo y los países del
bloque soviético, con excepción de los países de industrialización reciente (los NIC)

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del Sudeste asiático que lograron acorralar a las industrias en tránsito del centro a la
semiperiferia debido a sus más bajas tasas de beneficio. A esa altura se había agotado
la posibilidad de cebar la bomba de la tambaleante economía mundial por medio de la
OPEP y Reagan apeló al keynesianismo militar estadunidense y a grandes préstamos
de sus anteriormente aliados y ahora rivales económicos: Japón y Europa occidental.
Para mediados del decenio estaba claro que esa deuda se vencería pronto, igual que
los préstamos al tercer mundo de los setenta.
¿Quedaba algún remiendo por hacer? El primero en decidir que probablemente no
quedaba ninguno fue el señor Mijaíl Gorbachov. La URSS era una superpotencia
debido principalmente a su arreglo especial con Estados Unidos, llamado guerra fría.
Si Estados Unidos ya no podía desempeñar su papel de potencia hegemónica, la
guerra fría no cumplía ninguna función y la URSS corría el riesgo de ser tratada como
otro estado semiperiférico en la economía capitalista mundial. Gorbachov trató de
salvar la posibilidad de que Rusia/URSS siguiera siendo una potencia mundial (como
mínimo un estado semiperiférico fuerte) mediante un triple programa: liquidación
unilateral de la guerra fría (gran éxito); descargar a la URSS de su gravoso cuasimperio
en Europa oriental, que ya no tenía ninguna importancia (gran éxito), y restructurar el
estado soviético de modo que pudiera funcionar eficazmente en la era
posthegemónica (sin éxito).
Esa maniobra inicialmente dejó a Estados Unidos atónito; después trató de cubrir
ese desmantelamiento deliberado del orden mundial estadunidense gritando que era
su victoria. Ese último acto de cacareo publicitario pudo haber sostenido a Estados
Unidos otros cinco años, si el tercer mundo no hubiera pateado la mesa de nuevo, en
esa ocasión en la persona de Saddam Hussein. El dirigente iraquí vio la debilidad de
Estados Unidos, especialmente tal como se manifestaba en la caída de los regímenes
comunistas del bloque soviético y en la incapacidad de Estados Unidos para imponer
a Israel el proceso de arreglos regionales (en Indochina, en África del sur, en
Centroamérica y en el Medio Oriente) que formaba parte de la liquidación de la
guerra fría. Saddam Hussein decidió entonces que era el momento de atreverse,
invadió Kuwait y probablemente estaba preparándose para seguir hacía el sur.
Creo que en su cálculo entraron cuatro variables. Una era la crisis mundial de la
deuda; Saddam Hussein sabía que no habría ningún alivio serio para el tercer mundo
en su crisis de la deuda. Él por lo menos tenía a mano una solución: apoderarse de las
rentas acumuladas de Kuwait. La segunda variable era que Israel pusiera fin a las
conversaciones de paz con la Organización para la Liberación Palestina (OLP). Si las
conversaciones hubieran continuado, una invasión habría perjudicado la causa
palestina, que seguía siendo el punto focal del sentimiento popular árabe. Pero una
vez acabadas las conversaciones Hussein aparecería como la última esperanza de los
palestinos y el sentimiento popular árabe se pondría a su favor, como aparentemente
ocurrió. Pero esas dos variables a fin de cuentas eran menores.
Mucho más importante era la caída de los comunismos. Desde el punto de vista

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del tercer mundo eso tenía un significado doble. Primero, Saddam Hussein sabía que
la URSS no lo apoyaría, lo que lo liberaba de las automáticas limitaciones del arreglo
entre Estados Unidos y la URSS en todos los desacuerdos que pudieran llegar a ser de
escala nuclear. Y segundo, la caída de los comunismos era la caída final de la
ideología del desarrollo nacional. Si ni siquiera la URSS, con todo el modelo leninista
a su disposición, podía “alcanzar” a los países desarrollados occidentales,
seguramente ni Iraq ni ningún otro estado del tercer mundo lo iba a lograr mediante
un programa de autoayuda dentro del marco del sistema mundial existente. Por fin los
wilsonianos habían perdido el escudo leninista, que por tanto tiempo había canalizado
la impaciencia tercermundista hacia una estrategia que desde el punto de vista de las
fuerzas que dominaban el sistema mundial era la menos amenazante que podía
adoptar.
Desilusionado de todas las opciones y seguro de la debilidad de Estados Unidos,
Saddam Hussein tomó en cuenta la cuarta variable. Si invadía, tenía cincuenta por
ciento de posibilidades de tener éxito. Pero Estados Unidos tenía cien por ciento de
posibilidades de perder. Estados Unidos no tenía ninguna opción viable. Si cedía, se
convertía en un tigre de papel. Y si resistía, las consecuencias políticas de la matanza
tenían que ser negativas para la posición estadunidense, en el Medio Oriente, en
Europa, en su propio país y por último en todas partes.

II
¿Hacia dónde vamos ahora? Como yo creo que el sistema mundial está yendo hacia
una mayor polarización Norte-Sur que la existente hasta ahora, presentaré primero lo
que creo que será la reestructuración del Norte y sus consecuencias para el Sur, y
después, según mi opinión, las opciones políticas del Sur. Por último trataré de ubicar
todo en el contexto del futuro de la economía capitalista mundial como tal.
Nos encontramos actualmente en el final de la fase B de Kondratieff que ha
estado en marcha desde 1967-1973. Estamos entrando en el último salto hacia abajo,
que probablemente será el más espectacular. Es análogo al salto hacia abajo de
1893-1896 de la fase B de Kondratieff que fue de 1873 a 1896. Su impacto variará
mucho en diferentes partes del Norte, pero probablemente será muy grande en la
mayoría de las partes del Sur. Sin embargo la economía-mundo, una vez que termine
la sacudida total, saldrá adelante y estará lista para otra gran fase A. Inicialmente ésta

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será alimentada, como se ha anunciado desde hace mucho, por un nuevo ciclo
productivo de las nuevas industrias principales (microcomponentes, biotecnologías,
etc.); los tres centros fuertes de esa producción serán Japón, la UE (Unión Europea) y
Estados Unidos. Habrá intensa competencia entre ellos por el control
cuasimonopólico del mercado mundial para su particular versión técnica de esos
productos, y no es posible que los obtengan todos.
Mucho se habla en estos días de una división en tres partes del mercado mundial.
Yo no creo que ocurra, porque en este tipo de competencia aguda las triadas dan lugar
a divisiones binarias. Las apuestas son muy elevadas, y el más débil de los tres
competidores buscará aliarse con uno de los otros dos por temor de ser eliminado por
completo. Hoy, y seguramente dentro de diez años, el más débil de los tres, en
términos de eficiencia productiva y estabilidad financiera nacional, es y será Estados
Unidos. La alianza natural es con Japón, y lo que pueden intercambiar es evidente.
Japón ahora es fuerte en los procesos de producción y en su excedente de capital.
Estados Unidos es fuerte en capacidad y potencial de investigación y desarrollo, el
sector de servicios en general, poderío militar y riqueza acumulada para el consumo.
Una Corea reunificada podría unirse al acuerdo entre Japón y Estados Unidos, así
como Canadá. Tanto Japón como Estados Unidos llevarían al acuerdo sus
vinculaciones en América Latina y el Sudeste asiático. Y harían un esfuerzo serio por
encontrar el nicho apropiado para China.
Europa ve venir esto desde hace mucho tiempo. Es por eso por lo que los arreglos
de 1992 no sólo nunca han sido eliminados sino que seguramente serán aumentados,
ahora que Alemania está de nuevo unida y que se han librado de Thatcher. Europa
tiene que elaborar su estrategia en los detalles, si ha de ser la expansión paso a paso
de la CE o una confederación amplia. La clave es Rusia, a la que es preciso incluir si
Europa ha de tener alguna fuerza frente al acuerdo Japón-Estados Unidos. Europa se
esforzará todo lo posible por impedir la desintegración de la URSS, y como Japón,
China y Estados Unidos también temen ese proceso, aunque por otras razones, es
probable que la URSS supere la tormenta de alguna manera.
En la segunda etapa cada uno de los dos Nortes tendrá que desarrollar su propia
semiperiferia (China para uno, Rusia para el otro) de modo que pueda ser un
productor adjunto, un mercado importante y un proveedor de mano de obra
migratoria. Actualmente las zonas centrales están aterradas ante la perspectiva de que
empiece la emigración rusa y china; pero en el año 2005, con economías en pleno
boom y la demografía todavía en declinación, los Gastarbeitem parecerán sumamente
deseables, siempre que sea un proceso “ordenado”.
¿Y qué pasará con lo que solía ser el tercer mundo? Muy poco de bueno. Desde
luego, habrá muchos enclaves vinculados con uno de los dos Nortes, pero la
participación total del Sur en la producción mundial y en la riqueza mundial
disminuirá, y creo que veremos una verdadera inversión de las curvas de los
indicadores sociales (es decir, la educación y la salud), el único conjunto de curvas en

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que el Sur ha venido haciéndolo bastante bien en el periodo 1945-1990. Además, el
Sur habrá perdido su principal instrumento político del periodo 1945-1990 —los
movimientos de liberación nacional. El Congreso Nacional Africano (CNA) de
Sudáfrica habrá sido el último gran movimiento que llegó al poder. Todos esos
movimientos cumplieron un propósito histórico —alcanzar la autodeterminación— y
todos fracasaron en el cumplimiento del otro propósito histórico —el desarrollo
nacional. La actual fantasía pasajera de que el “mercado” les dará lo que no pudo
darles la industrialización, guiada por el estado, no sobrevivirá al pronunciado viraje
hacia abajo de los próximos cinco años. La caída de Mazowiecki presagia la
impotencia general que sentirán los regímenes.
¿Cuáles son entonces las opciones abiertas? En realidad hay unas cuantas, aunque
ninguna encaja en la Weltanschauung que ha gobernado al mundo durante la era
wilsoniano-leninista. Podemos empezar por la opción que es la pesadilla del Norte
precisamente porque no encuentran manera de responder a ella. Se trata de la opción
Jomeini. Generalmente esto se formula como la amenaza del fundamentalismo
islámico, pero ése es un énfasis completamente equivocado. No es un fenómeno
peculiar del Islam. Y tampoco es particularmente fundamentalista, si por eso se
entiende algún regreso a prácticas religiosas antiguas.
La opción Jomeini es principalmente la culminación de la ira contra los horrores
del sistema mundial moderno, y concentra la ira en sus mayores beneficiarios e
instigadores, el centro occidental de la economía-mundo capitalista. Es la denuncia de
Occidente, incluyendo, o quizá especialmente, los valores de la Ilustración, como la
encarnación del mal. Si esto fuera una mera táctica, un modo de movilización
popular, sería posible enfrentarlo. En la medida en que representa una auténtica
opción, no hay camino para la comunicación ni la resolución.
¿Cuánto pueden durar tales explosiones? ¿Hasta dónde pueden llegar? Es difícil
decirlo. El Irán de Jomeini parece ir en camino hacia el apaciguamiento de las
pasiones y el reingreso a la órbita cultural del sistema mundial. Pero si mañana
estallan otros movimientos en otros países del Sur, y varios de ellos simultáneamente,
en un sistema mundial menos estable, ¿no es posible que duren más o que vayan más
lejos? ¿No es posible que impulsen sustancialmente la desintegración del actual
sistema mundial, proceso del que ellos mismos son consecuencia?
La segunda opción es la opción Saddam Hussein. Aquí de nuevo debemos tener
claro de qué se trata. Esto no es el rechazo total de los valores del sistema mundial
moderno. El Baath era un movimiento de liberación nacional típico, y totalmente
secular. Yo creo que la opción Saddam Hussein no es otra cosa que la opción
Bismarck. Es la convicción de que puesto que las desigualdades económicas son
resultado de las rapports de forces (correlaciones de fuerzas) políticas, la
transformación económica requiere fuerza militar. El enfrentamiento entre Estados
Unidos e Iraq es en realidad la primera guerra entre el Norte y el Sur. Todas las
guerras de liberación nacional (por ejemplo Vietnam) tenían un objetivo limitado y

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bastante claro: la autodeterminación. Desde el punto de vista del Sur, todas esas
guerras fueron iniciadas por el Norte y no habrían ocurrido si el Norte hubiera dejado
en paz al Sur. En la crisis del golfo Pérsico la guerra fue iniciada por el Sur con la
intención no de alcanzar la autodeterminación sino de transformar la rapport de
forces, la relación de fuerzas mundial. Es realmente algo muy diferente.
Es muy posible que Saddam Hussein pierda la batalla y sea aniquilado, pero ha
mostrado el camino hacia una nueva opción —la creación de estados más grandes, el
armamento de esos estados no al segundo nivel sino al nivel máximo, la disposición a
correr el riesgo de una guerra real. Si ésta es una opción cuyo momento ha llegado,
¿qué consecuencias puede tener? Una matanza terrible, desde luego, sin duda con
empleo de armas nucleares (y posiblemente químicas y bacteriológicas también).
Desde el punto de vista tanto del Norte como del Sur, la opción Saddam Hussein es
más temible que la opción Jomeini. Es posible que alguien se pregunte si esto es tan
diferente de las viejas guerras entre el Norte y el Sur que formaron parte de la
expansión histórica de las fronteras del sistema mundial moderno. La respuesta es
que desde el punto de vista moral se trata del mismo fenómeno; sin embargo, desde el
punto de vista político y militar es muy distinto. Las viejas guerras coloniales eran
militarmente unilaterales, y la confianza estaba del lado de los agresores del Norte.
Las nuevas guerras serán militarmente bilaterales, y ahora hay falta de confianza en
el Norte. El periodo 1945-1990 puede llegar a ser recordado como el periodo de paz
relativa entre el Norte y el Sur (a pesar de Vietnam, a pesar de Argelia, a pesar de las
múltiples luchas anticoloniales) entre la ola de guerras de la expansión europea y la
ola de guerras Norte-Sur del siglo XXI.
La tercera opción es lo que yo llamo la opción de resistencia individual por
reubicación física. En un mundo de creciente polarización Norte-Sur, con declinación
demográfica en el Norte y expansión demográfica en el Sur, ¿cómo será
políticamente posible impedir la migración masiva no autorizada del Sur hacia el
Norte? Yo creo que no hay manera de hacerlo, y esa migración del Sur al Norte
vendrá a sumarse a la migración autorizada y no autorizada procedente de Rusia y
China. Esto desde luego ya está ocurriendo, pero creo que la escala aumentará en
forma significativa, y con ello transformará la estructura de la vida social en el Norte.
Basta con observar dos cosas. Es muy posible que el Sur dentro del Norte llegue a
representar entre 30 y 50 por ciento de la población para el año 2025. Y es muy
posible que haya un intento de negarles los derechos políticos, lo que significa que
después de doscientos años de integración social de las clases trabajadoras en el
Norte volveríamos a la situación de comienzos del siglo XIX —la existencia de una
masa sin derechos en los estratos ocupacionales más bajos. Ciertamente no es ésa una
receta para la paz social.
El triple escenario de opciones para el Sur sin duda plantea dilemas políticos para
las élites que gobiernan el sistema mundial, que reaccionarán a su manera. Pero
también plantea dilemas fundamentales para la izquierda mundial, las fuerzas

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antisistémicas tanto en el Norte como en el Sur.
Ya podemos observar la confusión entre los movimientos de izquierda en el
Norte. No sabían cómo reaccionar ante Jomeini. No saben cómo reaccionar ante
Saddam Hussein. Nunca han tenido una posición clara sobre la migración no
autorizada. En cada uno de estos casos no han querido dar su apoyo total, pero
tampoco han querido apoyar incondicionalmente la represión del Norte. En
consecuencia la izquierda del Norte no ha tenido voz ni relevancia alguna. Mientras
pudieron expresar su solidaridad con los movimientos de liberación nacional estaban
cómodos. En 1968 podían gritar “Ho, Ho, Ho Chi Minh”, pero eso era porque el
Vietminh y el Frente de Liberación Nacional (FLN) apelaban a valores wilsoniano-
leninistas. Una vez que tanto el wilsonismo como el leninismo han muerto, una vez
que se reconoce que el desarrollo nacional es una ilusión (e incluso una ilusión
perniciosa), una vez que hemos desistido de la estrategia básica de transformación
seguida durante los últimos ciento cincuenta años, ¿qué le queda a la izquierda del
norte, aparte de poner remiendos?
Pero, ¿es más fácil la situación para la izquierda del Sur? ¿Están dispuestos a
enrolarse en las filas de Jomeini o Saddam Hussein, a invertir sus energías en la
opción de la migración? Creo que es dudoso. Tienen las mismas vacilaciones de la
izquierda del Norte. Ellos también desean sacudir el sistema mundial y reconocen que
todas esas opciones sacuden el sistema mundial. Pero también dudan que esas
opciones lleven al mundo de igualdad y democracia que la izquierda del Sur defiende
tanto como la izquierda del Norte.
La cuestión muy seria que se abre ante nosotros al entrar en la primera mitad del
siglo XXI (cuando la economía capitalista mundial estará en crisis total y aguda) es si
realmente surgirán nuevos movimientos transformadores, con estrategias y programas
de acción nuevos. Es muy posible, pero está lejos de ser seguro. La razón es que
nadie ha propuesto estrategias y programas de acción nuevos para remplazar las ya
difuntas estrategias wilsoniano-leninistas para el tercer mundo, que en sí no eran otra
cosa que extensiones de la estrategia del siglo XIX de tomar el poder del estado,
empleada tanto por los movimientos socialistas como por los nacionalistas.
Sin embargo, ése es el desafío muy concreto que se presenta a la izquierda
mundial. Si no responde seriamente y pronto, el derrumbe de la economía capitalista
mundial en los próximos cincuenta años conducirá simplemente a su sustitución por
algo igualmente malo. En cualquier caso, el enfrentamiento Norte-Sur estará en el
centro de la lucha política mundial de aquí en adelante. Por lo tanto debe estar en el
centro de los análisis tanto de los científicos sociales históricos como de los activistas
políticos.

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2. PAZ, ESTABILIDAD Y LEGITIMACIÓN, 1990-
2025/2050
Lo más probable es que la paz, la estabilidad y la legitimación estén muy escasos en
el periodo comprendido entre 1990 y 2025/2050. En parte esto se debe a la
declinación de Estados Unidos como potencia hegemónica del sistema mundial, pero
en una parte aún mayor se debe a la crisis del sistema mundial como sistema mundial.
La hegemonía en el sistema mundial significa por definición que hay una
potencia en posición geopolítica de imponer una concatenación estable de la
distribución social del poder. Esto implica un periodo de “paz”, que significa
principalmente ausencia de lucha militar —no de toda lucha militar, sino la lucha
militar entre grandes potencias. Ese periodo de hegemonía requiere y a la vez genera
“legitimidad”, si por ella entendemos el sentimiento de los principales actores
políticos, (incluyendo grupos amorfos como las “poblaciones” de diversos estados)
de que el orden social es un orden que ellos aprueban o bien de que el mundo (la
“historia”) avanza firme y rápidamente en una dirección que ellos aprueban.
Tales periodos de hegemonía real, en que la capacidad de la potencia hegemónica
de imponer su voluntad y su “orden” a otras potencias importantes no enfrenta
desafíos serios, han sido relativamente cortos en la historia del sistema mundial
moderno. En mi opinión ha habido solamente tres casos: las Provincias Unidas a
mediados del siglo XVII, el Reino Unido a mediados del XIX y Estados Unidos a
mediados del XX. Sus hegemonías, definidas en esa forma, duraron alrededor de
veinticinco años en cada caso[1].
Al termino de cada uno de esos periodos, es decir cuando la potencia antes
hegemónica volvió a ser simplemente una potencia importante entre otras (aun
cuando por algún tiempo haya seguido siendo la más fuerte militarmente),
obviamente sobrevino un periodo de menos estabilidad, y correlativamente menos
legitimidad. Eso implica menos paz. En este sentido el periodo actual, que sucede a la
hegemonía de Estados Unidos, es esencialmente igual al que sucedió a la hegemonía
británica de mediados del siglo XIX o a la holandesa de mediados del XVII.
Pero si esto fuera todo lo que tenemos para describir el periodo 1990-2025, o
1990-2050, o 1990-¿?, casi no valdría la pena hablar del asunto salvo como cuestión
del manejo técnico de un orden mundial vacilante (que es como han venido
discutiéndolo efectivamente demasiados políticos, diplomáticos, estudiosos y
periodistas).
Sin embargo hay más, probablemente mucho más, en relación con la dinámica del
más o menos medio siglo de gran desorden mundial que se avecina. Las realidades
geopolíticas del sistema interestatal no se basan exclusivamente, ni siquiera
principalmente, en la rapport de forces militares entre el subconjunto privilegiado de
estados soberanos que llamamos las grandes potencias —los estados suficientemente

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grandes y suficientemente ricos para tener la base de ingreso necesaria para
desarrollar una capacidad militar seria.
En primer lugar, sólo algunos estados son suficientemente ricos para tener una
base fiscal de ese tipo, y semejante riqueza es más el origen que la consecuencia de
su fuerza militar, aunque por supuesto se trata de un proceso de reforzamiento
circular. Y la riqueza de esos estados en relación con la de otros estados es una
función tanto de sus dimensiones como de la división axial del trabajo en la
economía-mundo capitalista.
La economía-mundo capitalista es un sistema que incluye una desigualdad
jerárquica de distribución basada en la concentración de ciertos tipos de producción
(producción relativamente monopolizada, y por lo tanto de alta rentabilidad) en
ciertas zonas limitadas, que por eso mismo pasan inmediatamente a ser sedes de la
mayor acumulación de capital. Esa concentración permite el reforzamiento de las
estructuras estatales, que a su vez buscan garantizar la supervivencia de los
monopolios correspondientes. Pero como los monopolios son intrínsecamente
frágiles, a lo largo de toda la historia del sistema mundial moderno esos centros de
concentración han ido reubicándose en forma constante, discontinua y limitada, pero
significativa.
Los mecanismos de cambio son los ritmos cíclicos, entre los cuales hay dos que
son los más importantes. Los ciclos de Kondratieff tienen aproximadamente entre
cincuenta y sesenta años de duración. Sus fases A reflejan esencialmente la cantidad
de tiempo por la que es posible proteger monopolios económicos particulares
significativos; las fases B son los periodos de reubicación geográfica de la
producción cuyos monopolios se han agotado, así como el periodo de lucha por el
control de los futuros monopolios. Los ciclos hegemónicos más largos implican una
lucha entre dos estados importantes por llegar a ser el sucesor de la anterior potencia
hegemónica convirtiéndose en la sede principal de la acumulación de capital. Es un
proceso largo, que eventualmente implica tener la fuerza militar necesaria para ganar
una “guerra de treinta años”. Una vez que se ha instaurado una nueva hegemonía, su
mantenimiento requiere considerable financiamiento, que eventual e inevitablemente
conduce a la declinación relativa de la potencia hegemónica en cuestión y a la lucha
por ser su sucesor.
Este modo lento pero seguro de reestructuración y recentramiento repetidos de la
economía-mundo capitalista ha sido muy eficaz. El ascenso y la declinación de las
grandes potencias ha sido un proceso más o menos del mismo tipo que el ascenso y la
declinación de las empresas: los monopolios se mantienen durante algún tiempo y por
último son minados por las propias medidas que se toman para sostenerlos. Las
“bancarrotas” que siguen han sido mecanismos de limpieza en cuanto eliminan del
sistema las potencias cuyo dinamismo se ha agotado y las remplazan por sangre
nueva. A lo largo de todo ese proceso, las estructuras básicas del sistema han
permanecido sin cambio. Cada monopolio del poder se ha mantenido por algún

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tiempo pero, igual que los monopolios económicos, fue minado por las mismas
medidas que se tomaron para sostenerlo.
Todos los sistemas (físicos, biológicos y sociales) dependen de esos ritmos
cíclicos para restaurar un mínimo de equilibrio. La economía-mundo capitalista ha
mostrado ser un sistema histórico de tipo resistente y ha florecido con bastante
exuberancia desde hace cinco siglos, mucho tiempo para un sistema histórico. Pero
los sistemas tienen tendencias seculares además de ritmos cíclicos, y las tendencias
seculares siempre exacerban las contradicciones (que todos los sistemas contienen).
Hay un momento en que las contradicciones llegan a ser tan agudas que llevan a
fluctuaciones cada vez mayores. En el lenguaje de la nueva ciencia, eso significa el
comienzo del caos (la marcada disminución de lo que se puede explicar mediante
ecuaciones deterministas), que a su vez conduce a bifurcaciones cuya aparición es
segura pero cuya forma es intrínsecamente impredecible. De eso surge un nuevo
orden sistémico.
La cuestión es si el sistema histórico en que vivimos, la economía-mundo
capitalista, ha entrado, o está entrando, en una de esas épocas de “caos”. Me
propongo sopesar los argumentos, plantear algunas conjeturas sobre las formas que
podría adoptar ese “caos” y examinar qué cursos de acción se abren ante nosotros.
No me propongo examinar extensamente los elementos que considero como
reflejos “normales” de una fase B de Kondratieff, o de una fase B hegemónica: tan
sólo las resumiré brevemente[2]. Debería aclarar, sin embargo, que si bien un ciclo
hegemónico es mucho más largo que un ciclo de Kondratieff, el punto de inflexión de
un ciclo hegemónico coincide con el de un ciclo de Kondratieff (pero, por supuesto,
no con el de todos). En este caso, ese punto se encuentra alrededor de 1967-1973.
Los fenómenos sintomáticos de una fase B de Kondratieff son: retardamiento del
crecimiento de la producción, y probablemente declinación de la producción mundial
per cápita; ascenso de la tasa de desempleo de asalariados activos; desplazamiento
relativo de los puntos de Beneficio, de la actividad productiva a las ganancias
derivadas de manipulaciones financieras; aumento del endeudamiento del estado;
reubicación de industrias “viejas” en zonas de salarios más bajos; aumento de los
gastos militares, con una justificación que no es en realidad de naturaleza militar sino
más bien la de la creación de una demanda contracíclica; caída del salario real en la
economía formal; expansión de la economía informal; declinación de la producción
de alimentos de bajo costo; creciente “ilegalización” de la migración interzonal.
Los fenómenos sintomáticos del comienzo de la declinación de la hegemonía son:
mayor fuerza económica de las potencias importantes “aliadas”; inestabilidad de la
moneda; declinación de la autoridad en los mercados financieros mundiales con el
ascenso de nuevas sedes de toma de decisiones; crisis fiscales del estado hegemónico;
declinación de polarizaciones y tensiones políticas mundiales organizadoras, y
estabilizadoras (en este caso, la guerra fría); declinación de la disposición popular a
invertir vidas en el mantenimiento del poder hegemónico.

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Como he dicho, me parece que todo esto ha sido “normal” y como históricamente
se podía esperar. Lo que debería suceder ahora, en el proceso cíclico “normal”, es el
ascenso de estructuras sustitutivas.
Dentro de cinco y diez años más deberíamos entrar en una nueva fase A de
Kondratieff, basada en nuevos productos de punta monopolizados, concentrados en
nuevas ubicaciones. Japón es la sede más obvia Europa occidental la segunda,
Estados Unidos la tercera (pero podría ser un mal tercero).
Además, ahora deberíamos ver iniciarse una nueva competencia por la
hegemonía. A medida que la posición de Estados Unidos se desmorona, lenta pero
visiblemente, dos aspirantes a sucesores deberían estar flexionando sus músculos. En
la situación presente sólo podrían ser Japón y Europa occidental. Siguiendo el patrón
de las dos sucesiones anteriores —Inglaterra contra Francia por la sucesión de
Holanda; y Estados Unidos contra Alemania por la sucesión de Gran Bretaña— en
teoría deberíamos esperar, no inmediatamente sino en los próximos cincuenta o
setenta y cinco años, que la potencia de mar y aire, Japón, transforme a la anterior
potencia hegemónica, Estados Unidos, en su socio minoritario, y empiece a competir
con la potencia basada en tierra, la Comunidad Europea. Esa lucha debería culminar
en una “guerra (mundial) de treinta años” y el presunto triunfo de Japón.
Debo decir de inmediato que no espero que eso suceda, o más bien, no del todo.
Creo que los dos procesos de reorganización —el del sistema mundial de producción
y el de la distribución mundial de poder estatal— se han iniciado ya, y en dirección al
patrón “tradicional” (o “normal” o previo). Pero espero que el proceso sea
interrumpido o desviado por la entrada en el cuadro de nuevos procesos o vectores.
Para analizar esto claramente, creo que necesitamos tres marcos temporales
separados: los próximos años; los próximos veinticinco a treinta años; el periodo
después de ellos.
La situación en que nos encontramos hoy en los años noventa es bastante
“normal”. No es todavía una situación que yo calificaría de “caótica”; más bien es la
subfase final aguda (o el momento culminante) de la actual fase B de Kondratieff,
comparable a 1932-1939, o 1893-1897, o 1842-1849, o 1786-1792, etc. Las tasas
mundiales de desempleo son elevadas, las tasas de beneficio bajas. Hay gran
inestabilidad financiera, reflejo del agudo y justificado nerviosismo del mercado
financiero en torno a las fluctuaciones a corto plazo. Una mayor inquietud social
refleja la incapacidad política de los gobiernos para ofrecer soluciones plausibles a
corto plazo y, por lo tanto, su incapacidad de recrear un sentimiento de seguridad.
Tanto la búsqueda de chivos expiatorios dentro de los estados como el saqueo al
vecino entre los estados se hacen políticamente más atractivos en situaciones en las
cuales los remedios de ajuste habituales parecen proporcionar poco alivio instantáneo
del dolor.
En el curso de este proceso, un gran número de empresas individuales están
reduciendo su actividad o reestructurándose o están llegando a la quiebra, en muchos

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casos para no volver a abrir. Eso generará pérdidas permanentes para grupos
particulares de trabajadores y para empresarios particulares. Si bien todos los estados
sufrirán, el grado de sufrimiento tendrá variaciones enormes. Al final del proceso
algunos estados habrán emergido, y otros habrán caído, en fuerza económica
comparativa.
En tales momentos, las grandes potencias suelen quedar militarmente paralizadas
debido a una combinación de inestabilidad política interna, dificultades financieras (y
la consiguiente renuencia a soportar gastos militares) y concentración en dilemas
económicos inmediatos (que conduce al aislacionismo popular). La respuesta del
mundo a la guerra que estalló cuando se derrumbó Yugoslavia es un caso típico de
esa parálisis. Y eso, insisto, es “normal”, es decir que es parte de los patrones que
deben esperarse del funcionamiento de la economía-mundo capitalista.
Normalmente, para entonces deberíamos llegar a una época de recuperación.
Después de una espiral del gasto —incluyendo tanto el consumismo suntuario como
el descuido ecológico— e ineficiencia (con abundancia de tareas inútiles, puestos
cómodos y rigidez burocrática) debería llegar un nuevo impulso dinámico, escueto y
maligno, por parte de nuevas industrias de punta monopolizadas y segmentos de
compradores mundiales recién creados, tendiente a aumentar la demanda efectiva
total —en suma, una renovada expansión de la economía-mundo en camino hacia una
nueva era de “prosperidad”.
Los tres puntos nodales, como ya se ha indicado y es ampliamente reconocido,
estarán en Estados Unidos, Europa occidental y Japón. Los primeros diez años
aproximadamente de esta nueva fase A de Kondratieff sin duda verán una aguda
competencia de los tres centros por obtener alguna ventaja para su variación
particular del producto. Como ha venido mostrando Brian Arthur en sus escritos, qué
variante gana tiene poco o nada que ver con la eficiencia técnica y todo que ver con el
poder[3]. Al poder podríamos agregar la persuasión, salvo que en esa situación la
persuasión es en gran parte una función del poder.
El poder del que estamos hablando es principalmente poder económico, pero lo
respalda el poder estatal. Eso, naturalmente, constituye un ciclo que se autorrefuerza:
un poco de poder conduce a un poco de persuasión, que a su vez crea más poder, y
así. Lo que ocurre es que un país llega al primer puesto y sigue corriendo. En algún
momento se cruza un umbral. Los productos “Beta” pierden y hay monopolios
“VHS”. Mi apuesta es simple: Japón tendrá más “VHS” que la Comunidad Europea,
y los empresarios estadunidenses harán tratos con empresarios japoneses para obtener
parte del pastel.
Lo que ganarán los empresarios estadunidenses en esos tratos, al comprometerse
por entero en los años comprendidos, digamos, entre 2000 y 2010, es bastante
evidente, no quedar excluidos por completo. Lo que ganará Japón es igualmente
obvio, especialmente tres cosas: 1] si Estados Unidos es su socio, no es un
competidor; 2] Estados Unidos todavía será la potencia más fuerte militarmente, y

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Japón, por muchas razones (la historia reciente y su impacto en la política interna y la
diplomacia regional, más las ventajas económicas de los gastos militares bajos),
preferirá confiar en el escudo militar estadunidense por algún tiempo más; 3] Estados
Unidos todavía tiene la mejor estructura de investigación y desarrollo de toda la
economía-mundo, aunque también su ventaja en esa área desaparecerá
eventualmente. Las empresas japonesas reducirán sus costos aprovechando esa
estructura.
Enfrentados a esa gran alianza económica, los miembros de la CE dejarán de lado
sus desacuerdos menores, si es que no lo han hecho desde mucho antes. La CE (la
Comunidad Europea o la Unión Europea) está incorporando a los países de la
Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), pero no va a incorporar a los países
de Europa oriental y central (salvo quizás en un área de libre comercio limitada,
posiblemente en algo similar a la relación entre México y Estados Unidos con el
Tratado de Libre Comercio).
Europa (es decir la Unión Europea) constituirá un segundo megalito económico y
un competidor serio para el codominio Japón-Estados Unidos. El resto del mundo se
relacionará con las dos zonas de ese mundo bipolar de muchas maneras. Desde el
punto de vista de los centros de poder económico, habrá tres factores cruciales que
considerar para determinar la importancia de cada país: el grado en que sus industrias
sean esenciales u óptimas para el funcionamiento de las cadenas de mercancías clave;
el grado en que cada país en particular sea esencial u óptimo para el mantenimiento
de una demanda efectiva adecuada para los sectores de producción más rentables; el
grado en que países particulares sirvan a necesidades estratégicas (ubicación y/o
poderío geomilitar, materias primas clave, etcétera).
Los dos países todavía no significativa o suficientemente integrados a las dos
redes que se están creando, pero que será esencial incluir por las tres razones
mencionadas más arriba, serán China para el codominio Japón-Estados Unidos y
Rusia para la CE. Para llegar a integrarse plenamente esos dos países tendrán que
mantener (o en el caso de Rusia, primero alcanzar) cierto nivel de estabilidad y
legitimidad internas. Si son capaces de hacerlo, y si alguna parte interesada puede
quizás ayudar, son cuestiones abiertas, pero creo que las probabilidades son
moderadamente favorables.
Supongamos que este cuadro es correcto: el surgimiento de una economía-mundo
con China como parte del polo Japón-Estados Unidos y Rusia como parte del polo
europeo. Supongamos además que hay una nueva, e incluso muy grande, expansión
de la economía-mundo desde el año 2000 hasta alrededor de 2025, basada en las
nuevas industrias de punta monopolizadas. ¿Qué podemos esperar entonces?
¿Tendríamos efectivamente una repetición del periodo 1945-1967/1973, los “trente
glorieuses” (“treinta gloriosos”) de prosperidad mundial, relativa paz, y sobre todo
gran optimismo acerca del futuro? Creo que no.
Habrá varias diferencias que son evidentes. La primera y más obvia para mí es

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que estaremos en un sistema mundial bipolar, y no unipolar. La idea de que entre
1945 y 1990 el sistema polar fue unipolar no es ampliamente compartida; va en
contra de la autodefinición del mundo como mundo de “guerra fría” entre dos
superpotencias. Pero como esa guerra fría se basaba en un arreglo hecho de común
acuerdo entre los dos antagonistas para mantener el equilibrio geopolítico
prácticamente congelado, y como (a pesar de todas las declaraciones en contra) ese
congelamiento geopolítico nunca fue violado en forma significativa por ninguno de
los dos antagonistas, yo prefiero considerarlo como un conflicto orquestado (y por
consiguiente extremadamente limitado). En realidad quienes daban las órdenes eran
los que tomaban las decisiones en Estados Unidos, y sus equivalentes soviéticos
deben haber sentido una y otra vez el peso de esa realidad.
En contraste, creo que en los años 2000-2025 no podremos decir que ni el
codominio Japón-Estados Unidos ni la CE estén “dando las órdenes”. Su poderío
económico y geopolítico estará demasiado equilibrado. En un asunto tan elemental e
insignificante como los votos en los organismos interestatales, no habrá mayoría
automática, ni siquiera fácil. Desde luego, es posible que en esa competencia haya
muy pocos elementos ideológicos: la base podría ser casi exclusivamente el interés
material. Pero eso no necesariamente hará que el conflicto sea menos agudo: en
realidad, será más difícil remendar la situación con meros símbolos. Es posible que el
conflicto se haga más mafioso en su forma a medida que se hace menos político.
La segunda diferencia importante deriva del hecho de que en los años 2000-2025
el esfuerzo de inversión mundial podría concentrarse en China y Rusia en la misma
medida en que durante los años 1945-1967/1973 se concentró en Europa occidental y
Japón. Eso significará que el monto de lo que queda para el resto del mundo debe ser
diferente en 2000-2025 que en 1945-1967/1973. En 1945-1967/1973 prácticamente la
única área “antigua” donde hubo inversión continua fue Estados Unidos. En
2000-2025 la inversión continua tendrá que cubrir Estados Unidos, Europa occidental
y Japón (además de algunos otros, como Corea y Canadá). Por consiguiente, la
cuestión es la siguiente: después de invertir en las áreas “antiguas” y en las “nuevas”:
¿cuánto quedará (incluso en pequeñas dosis) para el resto del mundo? La respuesta
seguramente será que mucho menos comparativamente que en el periodo de
1945-1967/1973.
Eso a su vez se traducirá en una situación muy diferente para los países del “Sur”
(como quiera que éste se defina). En 1945-1967/1973 el Sur se benefició de la
expansión de la economía-mundo, por lo menos de las migajas, pero en 2000-2025
corre el riesgo de que no le toquen ni las migajas. En realidad, es posible que la actual
desinversión (de la fase B de Kondratieff) que hay en la mayoría de las partes del Sur
continúe, en lugar de invertirse en la futura fase A. Sin embargo las demandas
económicas del Sur no serán menores, sino mayores. En primer lugar, la conciencia
de la prosperidad de las zonas centrales y de la brecha entre Norte y Sur es mucho
mayor hoy que hace cincuenta años.

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La tercera diferencia tiene que ver con la demografía. Por el momento la
población mundial continúa siguiendo el mismo patrón básico que desde hace ya dos
siglos. Por un lado, hay crecimiento en todo el mundo. Lo que lo alimenta es
principalmente el hecho de que en las cinco sextas partes más pobres de la población
mundial las tasas de mortalidad han venido descendiendo (por razones tecnológicas),
mientras que las tasas de natalidad no descienden o por lo menos no han descendido
mucho (debido a la ausencia de incentivos económicos suficientes). Por otro lado, el
porcentaje de la población mundial de las regiones ricas del mundo ha venido
declinando, a pesar de que en ellas la declinación de las tasas de mortalidad ha sido
mucho más aguda que en las regiones menos ricas, debido a la disminución aún
mayor de su tasa de natalidad (principalmente como forma de optimizar la posición
socioeconómica de las familias de clase media).
Esta combinación ha creado una brecha demográfica paralela (o quizá mayor) a la
brecha económica entre Norte y Sur. Por supuesto que esa brecha ya existía en el
periodo 1945-1967/1973, pero entonces no era tan grande debido a las barreras
culturales contra la limitación de la tasa de natalidad que todavía persistían en el
Norte. Esas barreras en gran parte se han hecho a un lado ahora, precisamente durante
el periodo 1945-1967/1973. Las cifras demográficas mundiales de 2000-2025
reflejarán esa disparidad mucho más aguda en las prácticas sociales.
La respuesta que podemos esperar es una presión realmente masiva en torno a la
migración del Sur al Norte. El impulso a emigrar ciertamente existirá, no sólo por
parte de los que están dispuestos a aceptar empleos urbanos mal pagados sino
forzosamente también de las personas educadas del Sur, cuyo número está creciendo
significativamente. Pero además la fuerza de atracción será mayor que antes,
precisamente en razón de la división bipolar de las zonas centrales, así como de la
consiguiente presión aguda que impulsará a los empleadores a reducir sus costos
empleando migrantes (no sólo como trabajadores no calificados sino también como
cuadros de nivel medio).
Por supuesto habrá (ya hay) una aguda reacción social del Norte, un reclamo de
legislación más represiva para limitar la entrada y para limitar los derechos
sociopolíticos de los que entran. El resultado podría ser el peor de los arreglos de
facto: la incapacidad de impedir efectivamente la entrada de migrantes, unida a la
capacidad de asegurarles una posición política de segunda clase. Esto significaría que
para alrededor de 2025, en Estados Unidos, la CE e incluso Japón, la población
socialmente definida como “sureña” bien puede llegar a representar entre el
veinticinco y el cincuenta por ciento del total, y mucho más en algunas subregiones y
en los grandes centros urbanos.
Sin embargo, como muchas (quizá la mayoría) de esas personas no tendrán
derecho al voto (y posiblemente sólo tendrán, en el mejor de los casos, un acceso
limitado a la provisión de bienestar social), habrá una elevada correlación entre los
que ocupan los empleos urbanos peor pagados (y para entonces la urbanización habrá

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alcanzado nuevas alturas) y los que no tienen derechos políticos (ni sociales). Fue una
situación de este tipo la que produjo, en Gran Bretaña y Francia durante la primera
mitad del siglo XIX, los fundados temores respecto a que las llamadas clases
peligrosas pudieran derrumbar la casa. En aquella época los países industrializados
inventaron el estado liberal para sortear precisamente ese peligro, concediendo el
sufragio y ofreciendo el estado de bienestar para apaciguar a la plebe. Es posible que
en 2030 Europa occidental/Estados Unidos/Japón se encuentren en la misma posición
en la que estuvieron Gran Bretaña y Francia en 1830. ¿“La segunda vez como farsa”?
La cuarta diferencia entre la prosperidad que reinó entre 1945 y 1967/1973 y lo
que podemos esperar entre los años 2000 y 2025 estará relacionada con la situación
de las capas medias en las zonas centrales. Ellas fueron las grandes beneficiarias del
periodo 1945-1967/1973: el número de sus miembros se elevó en forma espectacular
tanto en términos absolutos como relativos, y lo mismo ocurrió con su nivel de vida y
con el porcentaje de empleos definidos como “de estrato medio”. Las capas medias
pasaron a ser el pilar principal de la estabilidad de los sistemas políticos, y en
realidad constituían un pilar muy grande. Además los trabajadores calificados que
formaban el estrato inmediatamente inferior vinieron a soñar no con otra cosa que
con llegar a ser parte de los estratos medios, por la vía de los aumentos de salario
respaldados por los sindicatos, la educación superior para sus hijos y el mejoramiento
de sus condiciones de vida con ayuda gubernamental.
Desde luego, el precio general de esa expansión fue un aumento significativo de
los costos de producción, una inflación secular y una compresión considerable de la
acumulación de capital. En consecuencia la actual fase B de Kondratieff está
generando intensas preocupaciones por la “competitividad” y las cargas fiscales del
estado. Esa preocupación no disminuirá sino que sin duda aumentará durante una fase
A en que habrá dos polos de crecimiento en intensa competencia entre sí. Lo que se
puede esperar, por lo tanto, es un esfuerzo persistente por reducir, absoluta y
relativamente, el número de miembros de las capas medias en los procesos de
producción (incluyendo las industrias de servicios). Habrá asimismo una
continuación del intento actual de reducir los presupuestos estatales, intento que por
último amenazará a la mayoría de esas mismas capas medias.
Las consecuencias políticas de ese recorte de las clases medias serán muy
gravosas. Educados y acostumbrados a la comodidad, los miembros de la capas
medias amenazados de verse déclassés (desclasados) no aceptarán pasivamente ese
retroceso en su estatus y en su ingreso. Ya vimos sus dientes durante la revolución
mundial de 1968. Para apaciguarlos, de 1970 a 1985 se hicieron concesiones. Ahora
esos países están pagando el precio de esas concesiones, y renovarlas será difícil, o si
se renuevan afectarán la lucha económica entre la CE y el codominio Japón-Estados
Unidos. En todo caso, la economía-mundo capitalista se verá enfrentada al dilema
inmediato de limitar la acumulación de capital o bien padecer la rebelión político-
económica de las capas antes medias. Será una amarga elección.

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La quinta diferencia estará en las limitaciones ecológicas. Los empresarios
capitalistas han vivido de la externalización de los costos desde el inicio de este
sistema histórico. Uno de los mayores costos externalizados ha sido el costo de
renovar la base ecológica de una producción global en perpetua expansión. Como los
empresarios no renovaban la base ecológica y tampoco había un gobierno (mundial)
dispuesto a cobrar impuestos suficientes para ese propósito, la base ecológica de la
economía-mundo se ha ido reduciendo constantemente. La última y mayor expansión
de la economía-mundo, de 1945 a 1967/1973, utilizó el margen que quedaba, y eso
fue lo que dio origen a los movimientos verdes y a la preocupación planetaria por el
ambiente.
Por lo tanto la expansión de 2000-2025 carecerá de la base ecológica necesaria, y
el desenlace puede ser uno de tres. El aborto de la expansión, con el consiguiente
derrumbe político del sistema mundial. El agotamiento de la base ecológica más allá
de lo que la tierra puede físicamente soportar, con las consiguientes catástrofes como
el calentamiento global. O bien se aceptarán seriamente los costos sociales de la
limpieza, la limitación del uso y la regeneración.
Si el tercer desenlace posible, que es funcionalmente el que causaría menor daño
inmediato, es el camino colectivamente elegido, inmediatamente generaría tensión en
el funcionamiento del sistema mundial. La limpieza puede hacerse a expensas del
Sur, haciendo aún más aguda la disparidad entre el Norte y el Sur y dando un foco
claro a la tensión entre ambos, o bien los costos serán desproporcionadamente
asumidos por el Norte, cosa que necesariamente supondría una reducción del nivel de
prosperidad en el Norte. Además, sea cual fuera el camino escogido, cualquier acción
seria en relación con el ambiente inevitablemente reducirá el margen de beneficio
global (a pesar de que la limpieza del ambiente en sí misma se convertirá en una
fuente de acumulación de capital). Dada esta segunda consideración, y dado un
contexto de competencia aguda entre el codominio Japón-Estados Unidos y la CE,
podemos esperar un nivel considerable de fraude y por consiguiente de ineficacia en
el proceso de regeneración, en cuyo caso estamos de vuelta en el primer o el segundo
desenlace posible.
La sexta diferencia estará en el alcance de dos líneas asintóticas de las tendencias
seculares del sistema mundial: expansión geográfica y desruralización. En teoría,
para 1900 la economía-mundo capitalista ya se había expandido hasta incluir todo el
globo. Sin embargo eso era cierto principalmente dentro del alcance del sistema
interestatal; sólo en el periodo 1945-1967/1973 llegó a ser cierto el alcance de las
cadenas de mercancías. Sin embargo hoy es cierto de ambas cosas. La economía-
mundo capitalista también ha venido sufriendo un proceso de desruralización
(llamado a veces, con menor exactitud, de proletarización) por cuatrocientos años, y
con creciente velocidad en los últimos doscientos. Los años comprendidos entre
1945-1967/1973 presenciaron un salto espectacular en ese proceso: Europa
occidental, Estados Unidos y Japón se desruralizaron por completo y el Sur de

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manera parcial pero significativa. Es probable que ese proceso se complete en el
periodo 2000-2025.
La capacidad de la economía-mundo capitalista para expandirse a nuevas zonas
geográficas ha sido históricamente un elemento crucial en el mantenimiento de su
tasa de beneficio y por consiguiente en su acumulación de capital. Ha sido el
principal contrapeso al creciente aumento del costo de la mano de obra generado por
el aumento del poder de las clases trabajadoras, tanto en política como en el lugar de
trabajo. Si ahora ya no hay disponibles para el reclutamiento nuevos estratos de
trabajadores que aún no han adquirido suficiente poder, en política o en el lugar de
trabajo, para aumentar la parte de la plusvalía que son capaces de retener, el resultado
sería el mismo tipo de compresión de la acumulación de capital que está causando el
agotamiento ecológico. Una vez alcanzados los límites geográficos y desruralizada la
población, las dificultades inherentes al proceso político de reducción de los costos
serían tan grandes que cualquier ahorro real sería imposible. Necesariamente los
costos de producción se elevarán en todo el globo, y por lo tanto los beneficios
necesaria mente disminuirán.
Hay una séptima diferencia entre la fase A de Kondratieff que se avecina y la
última; tiene que ver con la estructura social y el clima político de los países del Sur.
Desde 1945 la proporción de las clases medias en el Sur ha aumentado
considerablemente. No era difícil, porque hasta entonces era extraordinariamente
reducida. Si hubiese aumentado tan sólo del cinco al diez por ciento de la población
se habría duplicado proporcionalmente y, teniendo en cuenta el aumento de la
población, en números absolutos se habría multiplicado por cuatro o por seis. Como
se trata de entre el cincuenta y el setenta y cinco por ciento de la población mundial,
estamos hablando de un grupo muy grande. El costo de mantenerlos al nivel de
consumo al que sienten que mínimamente tienen derecho sería enormemente elevado.
Además esas capas medias, o cuadros locales, estaban en gran medida ocupados
con la “descolonización” en el periodo 1945-1967/1973. Esto era evidentemente
cierto de todos los que vivían en las partes del Sur que hasta 1945 eran colonias (casi
toda África, el sur y sudeste de Asia, el Caribe y otras áreas misceláneas). Era casi
igualmente cierto de los que vivían en las “semicolonias” (China, partes del Medio
Oriente, América Latina, Europa oriental) donde estaban ocurriendo diversas formas
de actividad “revolucionaria” de tono psíquico comparable al de la descolonización.
No es necesario evaluar aquí la calidad o el significado existencial de todos esos
movimientos: basta con observar dos características. Consumían las energías de
grandes cantidades de personas, especialmente de las capas medias. Y esas personas
estaban llenas de un optimismo político que adoptaba una forma particular, cuyo
mejor resumen es la significativa expresión de Kwame Nkruinah: “Buscad primero el
reino político, y todo lo demás os será dado por añadidura”. En la práctica eso
significaba que las capas medias del Sur (y las capas medias en potencia) estaban
dispuestas a tener un poco de paciencia con respecto a la debilidad de su situación

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económica: estaban seguras de que si en un periodo de treinta años más o menos
lograban obtener el poder político, ellos o sus hijos tendrían su recompensa
económica en el subsiguiente periodo de treinta años.
En el periodo 2000-2025 no sólo no habrá “descolonización” para preocupar a
esos cuadros y mantenerlos optimistas, sino que además su situación económica casi
seguramente empeorará, por las varias razones expuestas más arriba (concentración
en China/Rusia, expansión del número de cuadros en el Sur, esfuerzo mundial por
recortar las concesiones a las clases medias). Algunos de sus miembros pueden
escapar (es decir migrar) hacia el Norte, pero eso sólo hará más difícil la situación de
los que se queden.
La octava y finalmente la más seria diferencia entre la última fase A de
Kondratieff y la próxima es puramente política: el ascenso de la democratización y la
declinación del liberalismo. Porque es preciso recordar que la democracia y el
liberalismo no son gemelos, sino en su mayor parte opuestos. El liberalismo se
inventó para oponerse a la democracia. El problema que dio origen al liberalismo fue
el de contener a las clases peligrosas, primero en el núcleo y después en todo el
sistema mundial. La solución liberal consistía en conceder acceso limitado al poder
político y una participación limitada en la plusvalía económica, a niveles que no
amenazaran el proceso de incesante acumulación de capital ni el sistema estatal que
lo sostenía.
El tema básico del estado liberal en el nivel nacional, y del sistema interestatal
liberal en el nivel mundial, ha sido el reformismo racional, fundamentalmente por
medio del estado. La fórmula del estado liberal, tal como fue desarrollada en los
estados del centro en el siglo XIX —sufragio universal y estado de bienestar—,
funcionó maravillosamente. En el siglo XX se aplicó una fórmula comparable al
sistema interestatal en forma de autodeterminación de los pueblos y desarrollo
económico de los países subdesarrollados. Sin embargo, tropezó con la incapacidad
de crear un estado de bienestar en el ámbito mundial (como el que propugnaba, por
ejemplo, la Comisión Brandt): porque era imposible hacerlo sin chocar con el proceso
básico de acumulación de capital por el capital. La razón era bastante simple: el éxito
de la fórmula aplicada en los estados del centro dependía de una variable oculta —la
explotación económica del Sur, combinada con un racismo antisureño. En el ámbito
mundial esa variable no existía, lógicamente no podía existir[4].
Las consecuencias para el clima político son claras. Los años 1945-1967/1973
fueron el apogeo del reformismo liberal global: la descolonización, el desarrollo
económico y sobre todo el optimismo acerca del futuro prevalecían en todas partes,
Occidente, Oriente, Norte y Sur. Sin embargo en la subsecuente fase B de
Kondratieff, completada la descolonización, el desarrollo económico esperado pasó a
ser un vago recuerdo en la mayoría de las regiones, y el optimismo se disolvió.
Además, por todas las razones que ya se han expuesto, no esperamos que el
desarrollo económico vuelva al primer plano en la próxima fase A, y por lo tanto

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creemos que el optimismo ha sido fatalmente minado.
Al mismo tiempo la presión por la democratización ha venido aumentando
constantemente. La democracia es básicamente antiautoridad y antiautoritaria. Es la
demanda por igual voz en el proceso político en todos los niveles e igual
participación en el sistema socioeconómico de recompensas. La mayor limitación a
esa presión ha sido el liberalismo, con su promesa de mejoramiento constante
inevitable por la vía de la reforma racional. A la demanda democrática de igualdad
ahora, el liberalismo respondía ofreciendo una esperanza diferida. Esto ha sido un
tema no sólo de la mitad esclarecida (y más poderosa) del mundo sino incluso de los
movimientos antisistémicos tradicionales (la “izquierda histórica”). El pilar del
liberalismo era la esperanza que ofrecía. En la medida en que ese sueño se marchita
(como “una uva al sol”), el liberalismo como ideología se derrumba, y las clases
peligrosas se vuelven de nuevo peligrosas.
Ése es, entonces, el rumbo en que aparentemente iremos en la próxima fase A,
aproximadamente entre 2000-2025. En algunos aspectos parecería ser un periodo
extraordinariamente expansivo, pero en otros será muy duro. Es por eso por lo que
espero poca paz, poca estabilidad y poca legitimidad. El resultado será el comienzo
del “caos”, que no es sino el ensanchamiento de las fluctuaciones normales del
sistema, con efecto acumulativo.
Creo que ocurrirá una serie de cosas, ninguna de ellas nueva. Lo que quizá será
diferente es la incapacidad de limitar la violencia de esas fluctuaciones para volver el
sistema a algún tipo de equilibrio. La cuestión es: ¿hasta qué punto prevalecerá esa
incapacidad de limitar la violencia de las fluctuaciones?
1] La capacidad de los estados para mantener el orden interno probablemente
disminuirá. El grado de orden interno siempre es fluctuante, y las fases B son
notorios momentos de dificultad; sin embargo para el conjunto del sistema el orden
ha venido aumentando constantemente durante cuatro o cinco siglos. Podríamos
llamar a esto el fenómeno del surgimiento de la “estatidad” (stateness).
Desde luego en los últimos cien años todas las estructuras imperiales dentro de la
economía capitalista mundial (Gran Bretaña, Austria-Hungría, más recientemente la
URSS/Rusia) se han desintegrado. Pero lo que es preciso observar es más bien la
construcción histórica de los estados, que creó su ciudadanía con todos aquellos
ubicados dentro de sus fronteras. Así ocurrió con Gran Bretaña metropolitana y con
Francia, Estados Unidos y Finlandia, Brasil y la India. Y fue también el caso del
Líbano y Somalia, Yugoslavia y Checoslovaquia. La división o caída de estas últimas
es bastante diferente del desmembramiento de los “imperios”.
Podemos dejar de lado la caída de la “estatidad” en la zona periférica como algo
que era de esperar o que es políticamente insignificante, aun cuando va contra la
tendencia secular, y la ruptura del orden en demasiados estados crea una tensión seria
en el funcionamiento del sistema interestatal. Pero lo más amenazante es la
perspectiva del debilitamiento de la “estatidad” en las zonas centrales, y el fracaso del

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compromiso institucional liberal al que se asiste según venimos argumentando hace
pensar que eso es lo que está ocurriendo. Los estados están inundados de demandas
de seguridad y bienestar que políticamente no pueden cumplir. El resultado es la
gradual privatización de la seguridad y el bienestar, que nos lleva en una dirección de
la que venimos apartándonos desde hace quinientos años.
2] El sistema interestatal también viene haciéndose cada vez más estructurado y
regulado desde hace varios siglos, de Westfalia al Concierto de las Naciones a la ONU
y su familia. Tácitamente se suponía que íbamos pasando a un gobierno mundial
funcional. Con euforia, Bush proclamó su inminencia como “nuevo orden mundial”,
lo que fue recibido con frialdad. Por el contrario, la amenaza a la “estatidad” y la
desaparición del optimismo reformista han sacudido un sistema interestatal cuyos
cimientos siempre fueron relativamente endebles.
La proliferación nuclear es ahora tan inevitable y será tan rápida como la
expansión de la migración del Sur al Norte. Esto en sí no es catastrófico. Las
potencias de dimensiones medianas probablemente no son menos “dignas de
confianza” que las grandes. En realidad es posible que sean más prudentes en la
medida en que deben temer más las represalias. Sin embargo, en la medida en que la
“estatidad” declina y la tecnología avanza, es posible que no sea fácil contener el
crecimiento furtivo de la guerra nuclear táctica local.
A medida que la ideología pierde importancia como explicación de los conflictos
interestatales va haciéndose cada vez más sospechosa la “neutralidad” de una débil
confederación de Naciones Unidas. En una atmósfera de ese tipo la capacidad de la
ONU para “mantener la paz”, débil como es, podría disminuir en lugar de aumentar. El
reclamo de “interferencia humanitaria” podría llegar a ser visto como una mera
versión del siglo XXI del imperialismo occidental del siglo XIX, que también utilizó
justificaciones civilizatorias. ¿Es posible que haya secesiones, y secesiones múltiples,
de las estructuras nominalmente universales (en la línea de lo sugerido por Corea del
Norte en relación con la IAEA [International Atomic Energy Agency])? ¿Es posible
que veamos la construcción de organizaciones rivales? No se puede excluir.
3] Si los estados (y el sistema interestatal) llegan a ser vistos como que están
perdiendo eficacia, ¿a quién se volverán los pueblos para su protección? La respuesta
ya está clara: a “grupos”. Los grupos pueden tener muchos rótulos:
étnicos/religiosos/lingüísticos, grupos de género o de preferencias sexuales,
“minorías” de diversas caracterizaciones. También aquí, nada nuevo. Lo que sí es
nuevo es el grado con que tales grupos son vistos como una alternativa a la
ciudadanía y a la participación en un estado que por definición alberga a muchos
grupos (aunque los ordene en forma desigual).
Es una cuestión de confianza. ¿En quién vamos a confiar en un mundo
desordenado, en un mundo de gran incertidumbre y disparidad económicas, en un
mundo donde no hay ninguna garantía para el futuro? Ayer, la mayoría respondía que
en los estados. Ése es el significado de la legitimación, si no de los estados existentes

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en el presente, por lo menos de los estados qué podemos tener esperanza de crear
(después de la reforma) en el futuro cercano. Los estados tenían una imagen
expansiva y de desarrollo; la imagen de los grupos es defensiva y temerosa.
Al mismo tiempo (y ahí está justamente el detalle), esos mismos grupos son
también producto del fenómeno de democratización, de la sensación de que los
estados fracasaron porque la reforma liberal era un espejismo, puesto que en la
práctica el “universalismo” de los estados implicaba olvidar o reprimir a muchos de
los estratos más débiles. Así, los grupos son producto no sólo de temores y
decepciones intensificados sino también de la conscientización igualitaria, y por eso
son un punto de reunión sumamente poderoso. Es difícil imaginar que su papel
político vaya a disminuir pronto; sin embargo, dada su estructura contradictoria
(igualitaria pero vuelta hacia adentro), es posible que la ampliación de ese papel sea
muy caótica.
4]¿Cómo contendremos entonces la difusión de las guerras Sur-Sur, y de los
conflictos minoría-minoría en el Norte, que son una especie de derivación de ese
“grupismo”? ¿Y quién está en posición moral, o militar, de efectuar esa contención?
¿Quién está preparado para invertir recursos en ella, especialmente dada la
proyección de una competencia Norte-Norte intensificada y más o menos equilibrada
(Japón-Estados Unidos contra la CE)? Aquí y allá se harán algunos esfuerzos, pero en
la mayoría de los casos el mundo se quedará mirando, tal como lo hizo en la guerra
entre Irán e Irak y como lo está haciendo en la antigua Yugoslavia o en el Cáucaso, o
de hecho en los guetos estadunidenses. Esto se irá verificando cada vez más a medida
que aumente el número de conflictos Sur-Sur simultáneos.
Aún más serio: ¿quién limitará las pequeñas guerras Norte-Sur, no sólo iniciadas
sino deliberadamente iniciadas, no por el Norte sino por el Sur, como parte de una
estrategia a largo plazo de enfrentamiento militar? La guerra del Golfo no fue el fin
de ese proceso, sino el principio. Se dice que Estados Unidos ganó la guerra. Pero, ¿a
qué precio? ¿Al precio de revelar su dependencia financiera de otros para pagar
incluso por guerras pequeñas? ¿Al precio de proponerse un objetivo muy limitado, es
decir, mucho menos que una rendición incondicional? ¿Al precio de que el Pentágono
discuta una futura estrategia militar mundial de “ganar, conservar, ganar”?
El presidente Bush y los militares estadunidenses apostaron a que podían lograr
su victoria limitada sin mayor gasto de vidas (o de dinero). La apuesta funcionó, pero
quizá al Pentágono le parezca prudente no exigir demasiado a su suerte. Una vez más,
es difícil ver cómo Estados Unidos, o incluso los militares de todo el Norte, podrían
manejar varias “crisis” como la del golfo Pérsico al mismo tiempo. Y teniendo en
cuenta el patrón que he postulado para los años 2000-2025, tanto en la economía-
mundo como en la estructura social mundial en desarrollo, ¿quién se atrevería a
sostener que no ocurrirán de manera simultánea múltiples “crisis” del tipo de la del
golfo Pérsico?
5] Hay un último factor de caos que no debemos subestimar, una nueva peste

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negra. La etiología de la pandemia del sida sigue siendo objeto de intensa polémica,
pero a pesar de ello es posible que haya iniciado un proceso: el sida ha impulsado el
surgimiento de una nueva tuberculosis mortal cuya difusión será en adelante
autónoma. ¿Y después qué? La difusión de esa enfermedad no sólo invierte un patrón
a largo plazo de la economía-mundo capitalista (paralelamente a la inversión del
patrón de aumento de la “estatidad” y fortalecimiento del sistema interestatal) sino
que además contribuye a una mayor descomposición de la “estatidad” al aumentar la
carga de la maquinaria estatal y estimular una atmósfera de intolerancia mutua. Todo
esto a su vez alimenta la difusión de las nuevas enfermedades.
El elemento clave que es necesario comprender es que es imposible predecir cuál
será la variable más afectada por la difusión de las enfermedades pandémicas: reduce
el número de los consumidores de alimentos, pero también el de los productores de
alimentos. Reduce el número de potenciales migrantes, pero aumenta la escasez de
mano de obra y la necesidad de migración. En cada caso, ¿qué variable será mayor?
No lo sabremos hasta que haya pasado. Es simplemente una instancia más de la
indeterminación del resultado de las bifurcaciones.
Éste es pues el cuadro del segundo marco temporal, la entrada en un periodo de
caos. Hay un tercer marco temporal, el resultado, el nuevo orden que se crea. Aquí es
donde podemos ser más breves porque es lo más incierto. En una aparente paradoja,
una situación caótica es la más sensible a la deliberada intervención humana. Es en
los periodos de caos, a diferencia de los periodos de relativo orden (relativo orden
determinado), en los que la intervención humana marca una diferencia significativa.
¿Hay posibles interventores de visión sistémica y constructiva? Yo veo dos. Están
los visionarios de la restauración de la jerarquía y el privilegio, los custodios de la
llama eterna de la aristocracia. Personas individualmente poderosas, pero carentes de
cualquier estructura colectiva (el “comité ejecutivo de la clase gobernante” no se ha
reunido nunca), actúan (si no en forma conjunta al menos en tándem) durante las
crisis sistémicas porque perciben que todo está fuera de control. Entonces proceden
con base en el principio de Lampedusa: “Es preciso que todo cambie para que nada
cambie”. Es difícil saber qué es lo que van a inventar y ofrecer al mundo, pero yo
confío en su inteligencia y perspicacia. Propondrán algún nuevo sistema histórico, y
quizá consigan empujar el mundo en esa dirección.
Contra ellos están los visionarios de la democracia/igualdad (en mi opinión los
dos conceptos son inseparables). Surgieron en el periodo 1789-1989 en la forma de
movimientos antisistémicos (las tres variedades de la “izquierda histórica”), y su
historia organizacional es la de un enorme triunfo táctico y un fracaso estratégico
igualmente enorme. A la larga, esos movimientos sirvieron más para sostener el
sistema que para minarlo.
La interrogación es si ahora surgirá una nueva familia de movimientos
antisistémicos, con una nueva estrategia, una estrategia suficientemente fuerte y
flexible para tener un impacto importante en el periodo 2000-2025, de modo que el

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resultado no sea el de Lampedusa. Es posible que no surjan, o que no sobrevivan, o
que no sean suficientemente flexibles para triunfar.
Por consiguiente, después de la bifurcación, digamos después de 2050 o 2075,
podemos estar seguros tan sólo de unas pocas cosas. Ya no viviremos en una
economía-mundo capitalista: viviremos en cambio en algún nuevo orden u órdenes,
algún sistema histórico nuevo, o varios. Y por lo tanto es probable que conozcamos
nuevamente paz, estabilidad y legitimación relativas. ¿Pero serán paz, estabilidad y
legitimación mejores que las que hemos conocido hasta ahora, o peores? Es
imposible saberlo, y al mismo tiempo depende de nosotros.

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3. ¿QUÉ ESPERANZA HAY PARA ÁFRICA? ¿QUÉ
ESPERANZA HAY PARA EL MUNDO?
La ira y el cinismo crecen en los votantes [estadunidenses] a medida que se
desvanece la esperanza.
The New York Times, 10 de octubre de 1994

Cuando por primera vez puse el pie en África, en Dakar en 1952, entré en contacto
con un África que vivía los últimos momentos de la era colonial, un África donde los
movimientos nacionalistas estaban surgiendo y floreciendo rápidamente por todas
partes. Entré en contacto con un África cuyas poblaciones, y en particular los
jóvenes, se sentían optimistas y seguros de que el futuro sería brillante. Estaban
encolerizados contra los abusos del colonialismo y desconfiaban de las promesas de
las potencias coloniales y del Occidente en general, pero tenían fe en su propia
capacidad de rehacer su mundo. Más que nada anhelaban ser libres de cualquier tipo
de tutela, tomar sus propias decisiones políticas, proveer su propio personal para los
servicios públicos y participar plenamente en la comunidad mundial de las naciones.
En 1952 los africanos no estaban solos en esos sentimientos y en sus expectativas
de conseguir lo que en justicia les correspondía. La búsqueda de la recuperación de la
autonomía nacional era común a lo que empezábamos a llamar en conjunto el tercer
mundo. En realidad, un sentimiento similar invadía a los pueblos de Europa, y ese
optimismo general era compartido incluso, o quizás especialmente, en Estados
Unidos, donde la vida nunca había parecido tan buena.
En 1994, el mundo se veía muy diferente. El año de África, 1960, parece haber
pasado hace muchísimo tiempo. Los decenios de desarrollo de las Naciones Unidas
parecen una broma triste. Y afropesimismo es una palabra nueva y demasiado usada
en nuestro diccionario. En febrero de 1994 la revista Atlantic Monthly publicó un
artículo sobre África que ha sido ampliamente publicitado. Se titula “The coming
anarchy” [La anarquía que viene] y el subtítulo reza: “Cómo la escasez, el crimen, la
sobrepoblación, el tribalismo y la enfermedad están destruyendo rápidamente el
tejido social de nuestro planeta”.
En el número del 20-30 de mayo de 1994, Le Monde publica en su primera página
un artículo titulado “Los museos saqueados de Nigeria”. El corresponsal inició el
artículo con esta sorprendente comparación:

Imagínese que ladrones audaces lograran llevarse el Auriga de Delfos o


La primavera de Botticelli. Semejante hazaña haría zumbar las teletipos del
mundo entero y obtendría por lo menos 60 segundos de prime time en CNN.
Durante la noche del 18 al 19 de abril de 1993, personas desconocidas

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robaron de la colección del Museo Nacional de Ife en Nigeria doce piezas
excepcionales —diez cabezas humanas de terracota y dos de bronce—
reconocidas como obras maestras de la escultura africana. Más de un año
después todavía no han sido encontradas; los ladrones continúan libres y,
aparte de unos pocos especialistas, el resto de la humanidad (por no hablar del
público nigeriano) ni siquiera sabe que esto ha ocurrido.

Y el 23 de junio de 1994 la London Review of Books publicaba una reseña del


libro más reciente de Basil Davidson. En ella se señalaba que a pesar de que para
Davidson África sigue siendo “un continente de esperanza”, hasta ese autor presenta
un cuadro deprimente de “las promesas incumplidas de la independencia”. El autor de
la reseña agrega que todo lo que Davidson “detecta como signo de esperanza puede
[…] ser muy tenue” y termina con esta estimación: “Para muchísimos africanos, a
merced de cleptocracias, dictaduras y movimientos de liberación descarrilados —a
veces las tres cosas— no hay mucho consuelo” en el libro de Davidson.
Ahí está. Desde los maravillosos días de 1957 (independencia de Ghana), 1960
(año en que dieciséis estados africanos obtuvieron la independencia, pero también,
recordemos, año de la crisis del Congo) y 1963 (fundación de la Organización de la
Unidad Africana) hasta 1994, año en que, si la prensa mundial hace alguna mención
sobre África, lo que nos dice es que Somalia es una tierra de clanes guerreros en
conflicto, Ruanda es un país donde los hutu y los tutsi se masacran recíprocamente,
Argelia (antes la orgullosa y heroica Argelia) es una tierra donde los grupos islámicos
degüellan intelectuales. Es cierto que también dio una noticia excelente: Sudáfrica ha
realizado una transición inesperadamente pacífica abandonando el apartheid y
convirtiéndose en un estado donde todos los ciudadanos pueden votar. Todos hemos
estado celebrándolo y afirmando la esperanza de que la nueva Sudáfrica no se venga
abajo. Pero también estamos conteniendo el aliento.
¿Qué ha ocurrido en treinta años para que un continente lleno de esperanza se
convierta en un continente que los extranjeros (y también muchos de sus propios
intelectuales) describen en términos casi tan negativos como los que se usaban en el
discurso del siglo XIX? Hay que decir de inmediato dos cosas. Una es que las
descripciones geoculturales negativas de África no son nuevas: son un regreso al
modo en que los europeos han visto a África por cinco siglos por lo menos, es decir
durante toda la historia del sistema mundial moderno. El lenguaje optimista y
positivo que el mundo utilizaba en los años cincuenta y sesenta era excepcional y
aparentemente transitorio. Lo segundo que hay que decir es que lo que cambió entre
los años sesenta y los noventa no es tanto África como el sistema mundial en su
conjunto. No podremos evaluar seriamente nada acerca del estado de África hoy ni su
posible trayectoria si no analizamos primero lo que ha estado ocurriendo en el
conjunto del sistema mundial en los últimos cincuenta años.
La derrota de las potencias del Eje en 1945 marcó el fin de una larga lucha —una

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especie de guerra “de treinta años”— entre Alemania y Estados Unidos por suceder
como potencia hegemónica al Reino Unido, cuya declinación se había iniciado en el
decenio de 1870. La conquista colonial de África, la llamada repartición (Scramble),
fue un producto secundario de la rivalidad entre potencias que dominó la escena
desde que Gran Bretaña ya no estuvo en posición de decretar unilateralmente las
reglas del orden mundial y del comercio mundial.
Estados Unidos, como sabemos, ganó esa guerra de treinta años
“incondicionalmente”, y en 1945 ocupaba una posición solitaria en el sistema
mundial, con un enorme aparato productivo que no sólo había llegado a ser el más
eficiente del momento sino que además era el único físicamente intacto (no tocado
por la destrucción de la guerra). La historia del cuarto de siglo subsiguiente fue la de
la consolidación del papel hegemónico de Estados Unidos mediante medidas
adecuadas en las tres áreas geográficas del mundo, según llegó a definirlas Estados
Unidos, la esfera soviética, el Occidente y el tercer mundo.
Si bien Estados Unidos estaba indiscutiblemente muy adelante de sus
competidores más cercanos en el terreno económico, no sucedía lo mismo en el
terreno militar, donde la URSS era una segunda superpotencia (aunque, es preciso
decirlo, en ningún punto se equiparaba plenamente con el poderío estadunidense).
Además la URSS se presentaba como encarnación de la oposición ideológica al
liberalismo wilsoniano dominante, en la forma del marxismo-leninismo.
Sin embargo en el nivel ideológico, el marxismo-leninismo había llegado a ser
más una variante del liberalismo wilsoniano que una auténtica alternativa. En efecto,
las dos ideologías tenían en común el compromiso con los supuestos básicos de la
geocultura. Concordaban en por lo menos seis grandes programas o visiones del
mundo, aunque a veces expresaban ese acuerdo en lenguajes ligeramente diferentes:
1] ambas defendían el principio de autodeterminación de los pueblos; 2] ambas
abogaban por el desarrollo económico de todos los estados, entendiendo por ello
urbanización, comercialización, proletarización e industrialización, con prosperidad e
igualdad al final del arco iris; 3] ambas afirmaban su creencia en la existencia de
valores universales, aplicables a todos los pueblos por igual; 4] ambas afirmaban su
fe en la validez del conocimiento científico (esencialmente en su forma newtoniana)
como única base racional del avance tecnológico; 5] ambas creían que el progreso
humano era tanto inevitable como deseable, y que para que ese progreso se produjera
tenía que haber estados fuertes, estables y centralizados; 6] compartían la creencia en
el gobierno del pueblo —la democracia—, pero la definían como una situación en la
que en efecto se permitía a expertos reformadores racionales tomar las decisiones
políticas esenciales.
El grado de acuerdo ideológico subliminal facilitó mucho la división del poder
mundial en los términos de Yalta, que fueron esencialmente tres: a] la URSS podía
tener soberanía defacto en su coto privado en Europa oriental (y por una enmienda
posterior también en China y la Corea dividida), siempre que efectivamente limitara

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sus reclamos reales (a diferencia de los retóricos) a esa zona solamente; b] los dos
lados garantizarían la total ausencia de guerra en Europa; c] cada lado podía suprimir
y suprimiría a los grupos de oposición radical al orden geopolítico existente (los
“izquierdistas” en la zona estadunidense, los “aventureros” y “nacionalistas” en la
zona soviética). Ese acuerdo no hacía imposible ni implausible una lucha ideológica,
ni siquiera una lucha ideológica librada con mucho ruido: por el contrario, la
presumía e incluso la alentaba. Pero esa lucha ideológica debía librarse dentro de
límites estrictos, excluyendo la participación militar en gran escala de una u otra de
las grandes potencias fuera del dominio designado para ella. Y por supuesto otro
elemento de esa “separación legal” entre quienes habían sido aliados durante la
guerra fue que la URSS no debía esperar ningún tipo de asistencia económica de
posguerra de Estados Unidos para su reconstrucción. Tenía que arreglárselas sola.
No es éste el lugar para repasar la historia de la guerra fría. Basta con señalar que
entre 1945 y 1989 el acuerdo (tal como se ha esbozado aquí) fue en esencia
cuidadosamente observado. Cada vez que sus términos se vieron amenazados por
fuerzas fuera del control inmediato de las dos superpotencias, éstas lograron controlar
esas fuerzas y renovaron su acuerdo tácito. Para África, lo que esto significó fue muy
simple. Para fines del decenio de 1950, tanto la URSS como Estados Unidos habían
adoptado una posición formal en contra de la descolonización, derivada de su
compromiso teórico con valores universales. Desde luego, con frecuencia ocurría que
daban apoyo político y financiero encubierto (e incluso abierto) a diferentes
movimientos políticos en países determinados. Sin embargo, el hecho es que África
estaba dentro de la zona de Estados Unidos y fuera de la zona soviética. Por eso la
URSS siempre limitó su participación, como puede verse tanto por la crisis del Congo
de 1960-1965 como por los intentos de desestabilización del sur de África después de
1975. En todo caso, los movimientos de liberación africanos tenían que sobrevivir
primero por su cuenta, antes de poder obtener apoyo siquiera moral de la URSS, y
forzosamente de Estados Unidos.
La política de Estados Unidos hacia sus principales aliados en la escena mundial
—Europa occidental y Japón— fue bastante directa. Trató de contribuir masivamente
a su reconstrucción (notoriamente mediante el Plan Marshall). Eso fue fundamental
para Estados Unidos tanto económica como políticamente. Económicamente, no es
difícil de entender: porque no tenía mucho sentido crear la maquinaria más eficiente
de la economía-mundo si no había clientes para sus productos. Las empresas
estadunidenses necesitaban a Europa occidental y Japón económicamente
reconstituidos como principales salidas externas de su producción. Ninguna otra zona
podía haber desempeñado ese papel en la posguerra. Políticamente, los dos sistemas
de alianzas —la OTAN y el Tratado de Defensa Japón-Estados Unidos— aseguraron a
Estados Unidos dos elementos adicionales esenciales en la estructura que se erigía
para mantener su orden mundial: bases militares en todo el mundo y un conjunto de
aliados políticos automáticos y poderosos (que por mucho tiempo funcionaron más

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como clientes que como aliados) en la escena geopolítica.
Esa estructura de alianzas desde luego tenía implicaciones para África. Los
estados de Europa occidental eran no sólo los principales aliados de Estados Unidos
sino también las principales potencias coloniales de África. Las potencias coloniales
eran hostiles a cualquier participación de Estados Unidos en lo que seguían
considerando como sus “asuntos internos”. Estados Unidos por lo tanto fue cauteloso
para no ofender a sus aliados, especialmente en el periodo 1945-1960, en que el
gobierno estadunidense todavía compartía en gran parte la posición de los gobiernos
coloniales, ya que la descolonización precipitada era peligrosa. Sin embargo los
movimientos de liberación africanos lograron apresurar el paso, y para 1960 la
“oleada de la liberación africana” ya había llegado a la mitad del continente. El año
1960 marca un punto de inflexión, porque la “oleada” había llegado ya al Congo, y
por lo tanto a la zona del núcleo duro de resistencia política y económica a la
descolonización, la zona de colonización y minería del sur de África. Entonces estalló
lo que se conoce como la crisis del Congo. En menos de un año se establecieron dos
posiciones (en realidad, dos y media), no sólo dentro del Congo sino entre los estados
africanos independientes y en realidad en el mundo entero. Todos recordamos el
desenlace: Lumumba fue asesinado y los lumumbistas eliminados. La secesión de
Chombe en Katanga también fue sofocada. El coronel Mobutu pasó a ser presidente
del Congo y continúa ahí. La crisis del Congo transformó también la postura
geopolítica de Estados Unidos en África, pues empujó a Estados Unidos a
desempeñar un papel directo en África de ahí en adelante, resuelto a no ceder ya ante
las (ex) potencias coloniales en ningún asunto importante.
Lo que Estados Unidos esperaba que ocurriera en el mundo colonial después de
1945 (y más en general en el mundo no europeo) era una serie de cambios políticos
lentos y suaves que llevaran al poder a los llamados dirigentes moderados con
credenciales nacionalistas, quienes darían continuidad, y se esforzarían por aumentar,
la participación de sus respectivos países en las cadenas de mercancías de la
economía-mundo capitalista. La posición oficial de la URSS fue favorecer la llegada al
poder de las fuerzas progresistas de orientación “socialista”. En la práctica, como ya
hemos dicho, el apoyo de la URSS a tales fuerzas era tibio, como pudo observarse a
partir del consejo de avanzar despacio que dieron al Partido Comunista chino en
1945, de la larga demora de apoyo al movimiento independentista en Argelia y del
apoyo que el Partido Comunista cubano dio a Batista hasta 1959.
Lo que ni Estados Unidos ni la URSS esperaron fue la intensidad de los
movimientos de liberación nacional en el mundo extraeuropeo de esa época. Por
supuesto hubo todo tipo de estallidos nacionalistas radicales que fueron sofocados en
Malaysia, Filipinas e Irán; en Madagascar, Kenia y Camerún; y en múltiples países
latinoamericanos. Pero aun donde esos levantamientos fueron sofocados, adelantaron
el calendario de la descolonización.
En China, Vietnam, Argelia y Cuba, hubo guerras de liberación extremadamente

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fuertes que finalmente triunfaron y que dejaron una marca imborrable. En los cuatro
casos, los movimientos se negaron a aceptar las reglas del juego tal como las definía
Estados Unidos y como tácitamente las respaldaba la URSS.
Los detalles de cada caso fueron diferentes porque la geografía, la historia y la
disposición de las fuerzas sociales internas eran diferentes. Sin embargo los cuatro
movimientos tuvieron en común algunas características: 1] impusieron su llegada al
poder a las grandes potencias del sistema mundial por la ferocidad con que buscaban
su autonomía política; 2] proclamaron su creencia en la modernidad y el desarrollo
nacional; 3] buscaron el poder del estado como requisito necesario para la
transformación social, y una vez en el poder trataron de alcanzar la plena
legitimación popular del estado fuerte que estaban construyendo; 4] tuvieron la
seguridad de que avanzaban dentro de la ola del progreso histórico.
Para 1965 el espíritu de Bandung parecía haber conquistado el mundo. Los
movimientos de liberación popular habían llegado al poder en todas partes con
excepción del sur de África y la lucha armada había comenzado también allí. Fue, si
se quiere, una situación extraña. Estados Unidos nunca había dado tanto la impresión
de tener todo bajo control, y sin embargo los movimientos antisistémicos nunca se
habían mostrado tan fuertes. Era la calma en el ojo del huracán. El año 1965
presenció la caída de algunas de las figuras simbólicas del llamado grupo de
Casablanca, el grupo de los estados más “militantes”: Nkrumah en Ghana y Ben
Bella en Argelia. Fue también el año en que los colonos de Rhodesia proclamaron su
UDI, o Declaración Unilateral de Independencia. Y en Estados Unidos fue el año del
primer teach-in sobre Vietnam. En 1966 se inició la Revolución Cultural china. Se
aproximaba el importantísimo año de 1968.
A comienzos de 1968 la ofensiva del Tet puso de manifiesto la incapacidad de
Estados Unidos de ganar la guerra en Vietnam. En febrero fue asesinado Martin
Luther King Jr. Y en abril se inició la revolución mundial de 1968. Durante tres años
ésta se expandió por todas partes, en Estados Unidos, en Europa y en Japón; en el
mundo comunista; y también en América Latina, África y el sur de Asia. Desde
luego, las manifestaciones locales fueron todas diferentes, pero dos temas comunes
hicieron de esos múltiples estallidos un acontecimiento mundial. El primero consistió
en el antagonismo a la hegemonía de Estados Unidos (simbolizada por la oposición a
su papel en Vietnam) y a la colusión de la URSS con Estados Unidos (según lo
evocaba el tema de las “dos superpotencias”); el segundo, en una profunda desilusión
con la vieja izquierda o la izquierda histórica, en sus tres variantes principales: los
partidos socialdemócratas del Occidente, los partidos comunistas y los movimientos
de liberación nacional en el tercer mundo. Para los revolucionarios de 1968, la vieja
izquierda no era suficientemente antisistémica ni eficaz. En realidad se podría
sostener que para los revolucionarios de 1968 “el malo de la película” era la vieja
izquierda, incluso más que Estados Unidos.
Como acontecimiento político, la revolución de 1968 fue una llamarada que se

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encendió súbitamente y se extinguió de inmediato. Para 1970 no quedaban sino
brasas, principalmente en forma de sectas maoístas. Y para 1975 hasta las brasas se
habían extinguido. Sin embargo la revolución tuvo efectos perdurables. Deslegitimó
el liberalismo reformista del centro como ideología reinante de la geocultura,
reduciendo el liberalismo a una ideología más en la competencia, con fuerzas
importantes tanto a la derecha como a la izquierda. Desilusionó a gente de todas
partes acerca del estado como instrumento de transformación social. Y destruyó el
optimismo acerca de la inevitabilidad del progreso, especialmente cuando su propia
carrera meteórica, último avatar de ese optimismo, fue perdiendo impulso hasta
detenerse. El ánimo había cambiado.
Los acontecimientos de 1968 se produjeron precisamente en el momento en que
la economía-mundo estaba entrando en el viraje hacia abajo de la fase B de
Kondratieff en el que nos encontramos hasta ahora. Una vez más, como ha ocurrido
repetidamente en la historia de la economía-mundo capitalista, la alta rentabilidad de
los sectores principales llegó a su fin, debido sobre todo a que el monopolio relativo
de unas pocas empresas había sido minado por el persistente ingreso al mercado de
nuevos productores, atraídos por las altas tasas de beneficio, y generalmente
apoyados por gobiernos de estados semiperiféricos. La declinación aguda de las tasas
de beneficio mundiales de las actividades productivas provocó, como era de esperar,
la reducción de la producción y el desempleo en las sedes centrales de sectores
principales: un nuevo desplazamiento de industrias hacia zonas semiperiféricas en
busca de costos más bajos de mano de obra; aguda competencia entre los estados del
centro que trataban de pasarse unos a otros las cargas negativas, y un viraje
significativo de inversionistas, de la búsqueda de beneficios en la producción a la
búsqueda de beneficios en actividades financieras (especulativas).
En esta particular fase B, los dos hechos principales que llamaron la atención del
mundo sobre el estancamiento económico (aunque de ninguna manera se puede decir
que hayan causado ese estancamiento) fueron el aumento del precio del petróleo por
la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en los años setenta y la
crisis de la deuda en los ochenta. Ambos, desde luego, tuvieron consecuencias
negativas para el Sur en general, y África no fue la menos afectada. Vale la pena
examinar su significación como mecanismos político-económicos de ajuste.
En 1976 la OPEP —que llevaba más de un decenio de existencia soñolienta y
oscura— anunció repentinamente un aumento espectacular de precios. Sobre este
hecho hay que señalar varias cosas. Los precios del petróleo habían sido
notablemente bajos durante la fase A de Kondratieff, cuando la producción mundial
estaba en expansión. Sin embargo fue precisamente en el momento en que la
economía-mundo empezaba a tener dificultades, y en que los productores de todo el
mundo empezaban a buscar maneras de vender sus productos en un mercado más
tenso, reduciendo sus precios o bien sus costos, cuando los productores de petróleo
aumentaron sus precios, y no poco. Esto desde luego provocó una elevación de los

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costos de producción de casi todos los procesos industriales en el mundo entero,
puesto que el petróleo es un componente directo o indirecto de casi toda la
producción.
¿Cuál fue la racionalidad de esa acción? Se podría argumentar que fue una acción
sindical de los estados exportadores de petróleo con el objeto de aprovechar la
debilidad económica del Occidente para modificar la distribución de la plusvalía
mundial en beneficio propio. Esto podría explicar por qué miembros de la OPEP que
en esa época tenían gobiernos políticamente radicales, como Argelia o Irak,
presionaban en favor de esa acción. Pero no se entiende por qué los dos aliados más
cercanos de Estados Unidos en la región petrolera —Arabia Saudita e Irán (el Irán del
Shah)— no sólo los acompañaron sino que de hecho estuvieron en la primera línea
para lograr el acuerdo de la OPEP para una elevación conjunta de los precios. Y si el
objetivo de la acción era rectificar la distribución de la plusvalía mundial, ¿cómo es
que el efecto inmediato fue en realidad aumentar la cantidad de plusvalía mundial en
manos de empresas estadunidenses?
Examinemos lo que ocurre cuando los precios del petróleo se elevan en forma
súbita y drástica. Como es difícil reducir rápido la necesidad de petróleo, suceden
varias cosas. Los ingresos de los productores de petróleo aumentan, en realidad
aumentan mucho. Esto ocurre a pesar de que la cantidad de petróleo vendida se
reduce, porque se ha vuelto tan caro. La reducción de la cantidad de petróleo vendida
significa una reducción de la producción mundial, pero en realidad eso es una
ventaja, porque durante los años sesenta había habido superproducción en los
sectores antes principales. En realidad contribuye a legitimar el despido de
trabajadores industriales.
Para los países de la zona semiperiférica que no producen petróleo —por ejemplo,
la mayoría de los estados africanos— el aumento del precio del petróleo fue un rudo
golpe. El precio de las importaciones de petróleo aumentó. El precio de la
importación de productos industriales en cuya producción el petróleo desempeñaba
un papel importante, que como hemos señalado son casi todos, aumentó. Y eso
ocurrió en un momento en que la cantidad y a menudo el precio por unidad de las
exportaciones estaba descendiendo. Naturalmente los estados africanos (con
excepción de unos pocos) se vieron en graves dificultades con sus balanzas de pagos.
Las poblaciones tuvieron que enfrentar la reducción de su nivel de vida y el deterioro
de los servicios gubernamentales. Y como no podían contentarse con ese aparente
resultado de la independencia por la que habían luchado con éxito alrededor de diez
años antes, se volvieron contra los mismos movimientos que antes habían apoyado
con tanta energía, especialmente cuando vieron indicios de corrupción y derroche
entre sus élites.
Desde luego, los precios del petróleo no subieron solamente para los africanos;
subieron en todas partes, incluyendo Estados Unidos. Fue parte de un largo impulso
inflacionario que había sido generado por muchos otros factores. Lo que hizo el

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aumento de los precios del petróleo (que en sí no fue causa sino consecuencia del
estancamiento económico mundial) fue crear un gran embudo que canalizó por sus
cajas registradoras una porción extraordinariamente grande de la plusvalía mundial.
¿Qué pasó con ese dinero? Una parte se la quedaron los estados productores de
petróleo como renta y sirvió para permitir el consumo suntuario de una pequeña
minoría. Además por un breve periodo mejoró el nivel de ingreso de un segmento
mayor de la ciudadanía. Permitió a esos estados mejorar sus respectivas
infraestructuras y realizar compras de armas en gran escala. Esto último fue
socialmente menos útil que lo anterior, especialmente porque permitió derroches de
vidas y de capital acumulado tan espectaculares como la guerra entre Irán e Irak de
los ochenta. Pero los dos tipos de gasto —infraestructura y compra de armas—
ayudaron a resolver parte de las dificultades económicas de los estados del Norte, de
donde se importaban los bienes.
Sin embargo, los gastos dentro de los estados productores de petróleo no
representan sino una parte de los ingresos. Otra gran parte fue para las “siete
hermanas”, las empresas petroleras occidentales que ya no controlaban la producción
de petróleo pero seguían controlando su refinación y distribución a escala mundial.
¿Y qué hicieron éstas a su vez con esas extraordinarias ganancias inesperadas? En
ausencia de suficientes salidas rentables para la producción, colocaron buena parte de
ese dinero en los mercados financieros mundiales, alimentando la increíble montaña
rusa de las monedas de los últimos veinte años.
Toda esa actividad no agotó los cofres de esa concentración de la plusvalía
mundial. El resto fue colocado en cuentas bancarias, sobre todo en Estados Unidos
pero también en Europa occidental. Los beneficios de los bancos derivan de prestar el
dinero depositado en ellos, y ahora los bancos tenían en depósito sumas adicionales
enormes, en un momento en que la creación de nuevas empresas productivas estaba
perdiendo velocidad, en comparación con la fase A de Kondratieff. ¿A quién podían
los bancos prestar dinero? La respuesta parecía evidente: a gobiernos con problemas
en sus balanzas de pagos, lo que significaba casi todos los estados africanos, grandes
partes de América Latina y Asia y también casi todo el llamado bloque socialista
(desde Polonia y Rumania hasta la URSS y Corea del Norte). A mediados del decenio
de 1970, los bancos mundiales presionaron a los gobiernos para que aceptaran esos
préstamos, y éstos aprovecharon la oportunidad de equilibrar sus balanzas de pagos y
reducir un poco la presión política inmediata de los ciudadanos comunes
descontentos. Hicieron préstamos similares incluso a los estados productores de
petróleo, que no necesitaban equilibrar sus balanzas de pagos pero estaban ansiosos
de gastar rápido en lo que percibían (erróneamente) como “desarrollo”. Esos
préstamos a su vez ayudaron a los países occidentales al compensar la incapacidad
del resto del mundo para comprar sus exportaciones.
Es preciso analizar cuidadosamente la situación de los países occidentales. Hay
tres modos diferentes de evaluar lo que ocurrió en los setenta y continuó en los años

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ochenta. Uno consiste en ver cómo le fue a esos países en conjunto. En conjunto, sus
tasas de crecimiento disminuyeron considerablemente en relación con la fase A de
Kondratieff, de 1945 a alrededor de 1970, aunque por supuesto en términos absolutos
siguieron creciendo. En segundo lugar podemos evaluarlos en sus relaciones entre sí.
Aquí podemos ver que, a pesar de los mejores esfuerzos de Estados Unidos (y su
temprana ventaja por la acción de la OPEP, derivada del hecho de que su dependencia
de las importaciones de petróleo era menor que la de Europa occidental o Japón), su
posición económica ha declinado en general en relación con la de Europa occidental
y especialmente la de Japón, a pesar de constantes reveses de fortuna a corto plazo.
En tercer lugar, podemos evaluar a los países occidentales en términos de la
distribución interna del plusvalor. Si bien se podría decir que el patrón de la fase A
había sido de mejoramiento general de los niveles de ingreso y algo de convergencia
de los extremos, el de la fase B ha sido más bien de considerable aumento de la
polarización del ingreso. Un pequeño porcentaje ha tenido bastante éxito, al menos
por largo tiempo, incluso para ellos hemos inventado el término de yuppies. Pero
aparte de ese pequeño grupo ha habido un marcado aumento de la pobreza interna, un
grupo considerable ha caído del estatus de clase media y el resto de las capas medias
ha sufrido una declinación de su ingreso real. Esa polarización interna ha sido
particularmente marcada en Estados Unidos y Gran Bretaña, pero también se ha dado
en el resto de Europa occidental e incluso en Japón.
Al respecto habría que decir algo sobre el caso del Este asiático, especialmente
porque constantemente lo presentan a los africanos como ejemplo de desarrollo
exitoso. Siempre que hay un estancamiento de la economía-mundo y una contracción
de los beneficios en general y de los beneficios derivados de actividades productivas
en particular, tiende a irle muy bien a una zona geográfica que antes no estaba en la
cima de la jerarquía de los beneficios. Pasa a ser la sede de una considerable
reubicación mundial de la producción y la beneficiaria de las dificultades del
conjunto de la economía-mundo. En el decenio de 1970 y desde entonces hasta ahora,
esa zona ha sido el Este asiático, principalmente Japón, con las vecinas costas de los
llamados Cuatro Dragones en segundo lugar, y en tercero (y más recientemente) una
serie de países del Sudeste asiático. No se trata de examinar aquí cómo logró el Este
asiático llegar a esa posición de región beneficiaría, salvo por dos observaciones. La
participación gubernamental en la construcción de los marcos económicos necesarios
y la protección estatal de los mercados internos desempeñaron un papel clave.
Además era imposible que una segunda zona alcanzara simultáneamente los mismos
retornos económicos. Habría sido posible que otra región distinta del Sudeste asiático
lograra ese crecimiento, pero no que lo hicieran el Sudeste asiático y además otra
región. Por consiguiente el Este asiático no representa un modelo importante para
África en el futuro cercano.
He dedicado tanto tiempo al aumento de los precios del petróleo por la OPEP no
porque haya sido una causa clave de dificultades económicas. No lo fue: fue apenas

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otro proceso por el cual el estancamiento de la economía-mundo hizo su efecto. Pero
fue muy visible, y examinando en detalle su mecanismo se ve más claro el proceso.
Además ayuda a iluminar el decenio de 1980, cuando el mundo olvidó los precios del
petróleo porque bajaron de nuevo, aunque no hasta sus niveles de 1950. Los
préstamos a los gobiernos llegaron a su punto crítico en los ochenta. Los préstamos
resuelven los problemas de la balanza de pagos en el presente para crearlos en el
futuro, a medida que los costos del pago de la deuda como porcentaje del ingreso
nacional van aumentando. El decenio de 1980 se inició con la llamada crisis de la
deuda y terminó con el llamado derrumbe de los comunismos. Hay relación entre
ambos acontecimientos.
El término “crisis de la deuda” surgió en 1982 cuando México, país productor de
petróleo, anunció su incapacidad de seguir efectuando los pagos de su deuda y trató
de renegociarla. En realidad la crisis de la deuda surgió inicialmente en 1980 en
Polonia, que había pedido préstamos considerables durante los años setenta, cuando
el gobierno de Gierek, al enfrentar problemas para pagar su deuda, intentó reducir los
niveles salariales como parcial solución. El resultado fue Solidarnosk. El gobierno
comunista polaco se metió en dificultades porque trató de aplicar el remedio del
Fondo Monetario Internacional (FMI) para la situación cuando el Fondo ni siquiera se
lo había pedido. Lo que el FMI empezó a recomendar a todos los países en esa
situación (entre los cuales los países africanos no eran los últimos) fue que redujeran
los gastos (menos importaciones y menos bienestar para la población) y aumentaran
las exportaciones (manteniendo los salarios bajos o incluso rebajándolos, y desviando
la producción de bienes para el consumo interno a cualquier cosa que se pudiera
vender inmediatamente en el mercado mundial). El arma que tenía el FMI para
asegurar la adopción de esa desagradable recomendación era la de suspender la ayuda
a corto plazo, por parte de todos los gobiernos occidentales, si determinado estado no
aplicaba la política del FMI; de ahí la perspectiva (dada la crisis de la deuda) de
insolvencia gubernamental. Uno tras otro, los estados africanos cedieron a la presión,
aunque ninguno tuvo tanto éxito como el único país que pagó por entero una deuda
grande en los años ochenta, que fue la Rumania de Ceausescu, para gran alegría del
FMI y gran indignación del pueblo rumano.
En África la “crisis de la deuda” se tradujo en muchas cosas desagradables:
hambrunas, desempleo, deterioro masivo de la infraestructura y desintegración de
maquinarias estatales. En el sur de África a las dificultades se sumaron los programas
de desestabilización del régimen de apartheid de Sudáfrica, que libraba su acción de
retaguardia contra la oleada hacia el sur de la liberación africana, que sólo logró
llegar Johannesburgo en 1994. Sin embargo nuestra comprensión de las graves
dificultades de África en los ochenta se vería distorsionada si no la situamos en el
marco mayor de la economía-mundo. La crisis de la deuda desde luego se produjo
también en otros lugares, y en realidad en términos de montos totales donde fue más
notable fue en América Latina. La crisis de la deuda del tercer mundo (más el bloque

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socialista) significó el fin de los nuevos préstamos de dinero a esos países. De hecho
en los ochenta el flujo de dinero fue decididamente del Sur al Norte, y no en
dirección contraria.
Sin embargo, el problema de ubicar la plusvalía de manera rentable no se
desvaneció, porque las salidas lucrativas para la inversión productiva continuaban
siendo insuficientes. Sin duda el derrumbe de los que habían recibido préstamos en
los años setenta (incluyendo a los estados africanos) fue un problema para ellos, pero
también fue un problema serio para los prestadores, que necesitaban prestarle dinero
a alguien. En los ochenta encontraron dos importantes prestatarios nuevos, y no
menores: las principales empresas del mundo y el gobierno de Estados Unidos.
El decenio de 1980 será recordado en el mundo de las corporaciones como una
época de bonos chatarra y absorción de empresas. ¿Qué estaba pasando?
Esencialmente, se estaba invirtiendo una gran cantidad de dinero en el proceso de
adquisición de empresas, en buena parte con el objeto de hacerlas pedazos, vender los
trozos rentables y dejar que el resto se pudriese (y despedir trabajadores en el
proceso). El resultado no fue en absoluto un aumento de la producción, sino más bien
enormes deudas de esas empresas, con la consecuencia de que muchos bancos y
empresas industriales quebraron. Si eran suficientemente grandes, los estados
intervenían para “salvarlos” cuando se acercaban a la bancarrota, para evitar las
consecuencias políticas y económicas negativas. El resultado, como en el caso del
escándalo de las sociedades de ahorro y préstamo en Estados Unidos, fueron
beneficios enormes para los traficantes de bonos chatarra y una cuenta enorme para
los contribuyentes estadunidenses.
A esa enorme cuenta derivada de deudas empresariales se sumaba, en el caso de
Estados Unidos, la enorme deuda del keynesianismo militar. La no-revolución de
Reagan significó en primer término, contrariando su propia retórica estridente, una
gran expansión de la participación del estado en la economía estadunidense y de las
dimensiones de su burocracia. Económicamente, lo que Reagan hizo fue reducir los
niveles de impuestos federales para los segmentos más ricos de la población (lo que
provocó mayor polarización interna) a la vez que aumentaba enormemente los gastos
militares (lo que contuvo la tasa de desempleo). Pero a medida que transcurrieron los
años ochenta, Estados Unidos, como resultado de los préstamos que había recibido,
empezó a experimentar los mismos problemas que la deuda del tercer mundo
ocasionaba a este último. Con una diferencia importante: el FMI no estaba en
condiciones de imponerle a Estados Unidos las políticas del FMI. Y políticamente,
Estados Unidos no estaba dispuesto a imponérselas a sí mismo. Pero en el proceso la
posición económica de Estados Unidos frente a sus ahora fuertes competidores
(Europa occidental y Japón) se iba deteriorando constantemente, debido precisamente
al foco militar de la inversión estadunidense.
Fue en ese momento cuando intervino el llamado derrumbe de los comunismos.
Ya hemos observado que su punto de partida aceptado, el ascenso de Solidarnosk en

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Polonia, fue resultado directo de la crisis de la deuda. En esencia, los países
socialistas enfrentaban las mismas consecuencias negativas del estancamiento de la
economía mundial que los estados africanos: fin de las impresionantes tasas de
crecimiento de la fase A; declinación del nivel de vida real, si no en el decenio de
1970 en el de 1980; deterioro de la infraestructura, declinación de los servicios
gubernamentales; y sobre todo desilusión con los regímenes en el poder. La
desilusión se concentraba en la represión política, pero su motor era el fracaso de la
promesa del “desarrollo”.
En el caso de la URSS, al problema general de todos los estados socialistas se
sumaba la contradicción del acuerdo de Yalta. Ya hemos sostenido que éste fue un
acuerdo muy preciso: dejaba margen para una contienda retórica sobre el futuro
distante pero suponía un trato acerca del presente, un acuerdo que fue
escrupulosamente respetado. Para hacerlo era preciso que las dos partes fueran
fuertes, suficientemente fuertes para controlar a sus satélites y aliados. Ahora la
capacidad de la URSS para cumplir su parte se veía comprometida por las dificultades
económicas de los ochenta, y por supuesto también por el deterioro de la coherencia
ideológica que se iniciara en 1956 en el XX Congreso del Partido. El keynesianismo
militar de Estados Unidos empeoraba sus problemas al aumentar la presión sobre la
URSS para que gastara fondos que no tenía. Sin embargo el mayor de los dilemas no
era el relacionado con el poderío militar estadunidense, sino las crecientes
debilidades económicas y políticas de Estados Unidos. La relación entre la URSS y
Estados Unidos se mantenía como una banda elástica en tensión. Si Estados Unidos
aflojaba su parte, la vinculación se hacía insostenible. El resultado fue el desesperado
intento de Gorbachov de salvar la situación forzando el fin de la guerra fría,
desvinculándose de Europa oriental y reorganizando la URSS en lo interno. Esto
resultó imposible —por lo menos la tercera parte— y la URSS dejó de existir.
El derrumbe de la URSS ha creado dificultades enormes, quizá insuperables, para
Estados Unidos. Eliminó el único control político que Estados Unidos tenía sobre sus
ahora muy fuertes rivales económicos, Europa occidental y Japón. Si bien evitó que
la deuda estadunidense siguiera creciendo al poner fin al keynesianismo militar, como
consecuencia creó un enorme problema de desempleo económico que Estados Unidos
no ha enfrentado muy bien. Ideológicamente, el derrumbe del marxismo-leninismo
eliminó la última creencia en que la reforma administrada por el estado podía traer
desarrollo económico significativo a las zonas periféricas y semiperiféricas de la
economía-mundo capitalista. Es por eso por lo que en otra parte he sostenido que lo
que se llama el derrumbe de los comunismos fue en realidad el derrumbe del
liberalismo como ideología. Pero el liberalismo como ideología dominante de la
geocultura (ya minado en 1968, y herido de muerte por los acontecimientos de 1989)
fue un pilar político del sistema mundial, porque fue el principal instrumento de la
“domesticación” de las “clases peligrosas” (primero las clases trabajadoras europeas

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en el siglo XIX, después las clases trabajadoras del tercer mundo en el XX). Sin la
creencia en la eficacia de la liberación nacional, sazonada con marxismo-leninismo,
las clases populares del tercer mundo no tienen mayor razón para ser pacientes y
dejarán de serlo.
Por último, las consecuencias económicas del fin del keynesianismo militar
fueron funestas para Japón y el Este asiático. Su expansión de los años ochenta fue
fuertemente alimentada tanto por su capacidad de prestar dinero a Estados Unidos,
como por su capacidad de participar en el proceso de absorción de empresas, ahora
aletargado. Por lo tanto el milagro del Este asiático, que sigue siendo una realidad
mientras lo veamos en relación con Estados Unidos, en términos absolutos ahora está
en dificultades.
Estas dramáticas transformaciones de fines de los ochenta fueron marcadas en
África (igual que en América Latina y en Europa oriental) por el ascenso de dos
leitmotiv: el mercado y la democratización. Antes de poder mirar al futuro debemos
dedicar un momento a su disección. La popularidad del “mercado” como mantra
organizador es la contrapartida de la desilusión con el “estado” como mantra
organizador. El problema es que el mercado transmite dos mensajes bastante
diferentes. Para algunos, particularmente los elementos de élite más jóvenes, antiguos
burócratas y/o políticos socialistas, es el gran grito de Francia antes de 1848:
“Messieurs, enrichissez-vous!”. [“¡Señores, enriquézcanse!”]. Y como viene
ocurriendo desde hace ya alrededor de quinientos años, siempre es posible que
algunos nuevos grupos puedan convertirse en nouveaux riches [nuevos ricos].
Pero para la mayoría de la gente el viraje hacia el “mercado” no significa ningún
cambio de objetivo. En el último decenio las poblaciones de África (y de otras partes)
se han vuelto hacia el “mercado” exactamente por lo mismo que antes se volvían
hacia el “estado”. Lo que esperan alcanzar es esa esquiva olla de oro al final del arco
iris, el “desarrollo”. Desde luego lo que entienden realmente por “desarrollo” es
igualdad; vivir tan bien, tan cómodamente como vive la gente en el Norte, y
probablemente en particular en las películas estadunidenses. Pero eso es una profunda
ilusión. Ni el “estado” ni el “mercado” promoverán el “desarrollo” igualitario en una
economía-mundo capitalista, cuyo principio orientador de la incesante acumulación
de capital requiere y genera una polarización cada vez mayor del ingreso real. Como
la mayoría de las personas tienen una inteligencia razonable y se dan cuenta de la
situación, cualquier magia que pueda tener el “mercado” como medicina no tardará
en disiparse, dejando un abrumador malestar.
¿Acaso la “democratización”, con su lema anexo de los “derechos humanos”, es
muy diferente del mercado? Bueno, sí y no. Ante todo, tenemos que entender
claramente qué significa “democratización”.
Desde 1945 prácticamente no hay estado que no haya tenido elecciones regulares
de sus legisladores, con sufragio casi universal. Todos reconocemos que esos
procedimientos pueden no tener ningún sentido. Aparentemente queremos decir algo

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más, pero qué es ese algo más: ¿elecciones en las que compitan por lo menos dos
partidos?, ¿competencia real y no nominal, recuentos de votos correctos y no
fraudulentos, competencia honesta y no anulación de los resultados? Si lo que hace
falta para avanzar en dirección a la “democratización” es sumar todos estos
requisitos, supongo que hemos estado haciendo algún progreso. Pero en una época en
que el New York Times revela que el partido que ha gobernado a Japón durante más
de cuarenta años, el Partido Liberal Democrático, ha recibido regularmente un
subsidio de la CIA, podemos dudar de que la formalidad de celebrar elecciones con
libre competencia sea suficiente para hablar de democratización.
El problema, como sabemos, es que la democracia, igual que el mercado, tiene
dos connotaciones afectivas muy diferentes. Una está asociada con el mercado como
lugar de enriquecimiento; la otra tiene que ver con el objetivo del desarrollo
igualitario. El primer significado de “democracia” atrae a un grupo pequeño pero
poderoso. El segundo atrae a un grupo mucho mayor, pero políticamente más débil.
Los esfuerzos de los últimos años por alcanzar la democratización en situaciones
africanas tan sintomáticas como las de Togo, Nigeria y Zaire no han sido muy
alentadores. Pero quizá la democracia real sólo sea posible con desarrollo real, y si en
el presente sistema mundial el desarrollo es una ilusión, es posible que la democracia
no ande mucho mejor.
¿Significa esto que predico una doctrina de desesperanza? En absoluto. Pero para
poder tener una esperanza útil necesitamos antes un análisis lúcido. El sistema
mundial está en desorden. África está en desorden, pero no más que el resto del
sistema mundial. África ha salido de una época de optimismo tal vez exagerado para
caer en el pesimismo. Bueno, lo mismo ha ocurrido con el mundo. Desde 1945 hasta
fines de los años sesenta todo parecía ir cada vez mejor en todas partes. Desde fines
de los sesenta hasta fines de los ochenta las cosas empezaron a andar mal en varias
formas en casi todas partes, y como mínimo la gente empezó a reconsiderar su fácil
optimismo. Hoy estamos asustados, vagamente indignados, inseguros de nuestras
verdades y en desorden. Eso es simplemente el reflejo en la conciencia colectiva de
una profunda crisis en el sistema mundial existente, en que los mecanismos
tradicionales de resolución de los normales y cíclicos virajes hacia abajo ya no
funcionan tan bien, en que las tendencias seculares del sistema mundial han llevado a
éste “muy lejos del equilibrio”. Por lo tanto nos acercamos a una “bifurcación” (para
emplear el lenguaje de la ciencia nueva) cuyo resultado es intrínsecamente
indeterminado, y que es capaz de empujarnos en posibles direcciones alternativas
muy diferentes entre sí.
Si queremos encarar los dilemas de África, lo primero que debemos ver es que no
son especiales de África. Permítaseme tomar cuatro que con frecuencia se discuten en
relación con África y tratar de ubicar cada uno de ellos en un contexto mayor. El
primero es el derrumbe de los movimientos de liberación nacional. En casi todos los
países surgió, en la época colonial, un movimiento que encarnaba las demandas de

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los africanos de controlar su propio destino y que encabezó la batalla política para
alcanzar ese objetivo. Esos movimientos fueron una fuerza de integración nacional,
que movilizaron a las poblaciones en nombre de una vida mejor y un mundo más
igualitario. Estaban en contra de los particularismos que provocaban divisiones en el
estado, pero en favor de la afirmación de la cultura nacional y africana en el sistema
mundial. Eran movimientos modernizadores y democratizadores, y ofrecían
esperanza.
Ayer, esos movimientos alcanzaron su objetivo primario de la independencia
nacional. Hoy, ninguno de esos movimientos sobrevive intacto; la mayoría no
sobrevive de ninguna manera. La única excepción real es el CNA (Congreso Nacional
Africano) de Sudáfrica, que sólo alcanzó su objetivo en 1994. Dondequiera que esos
movimientos se desmoronaron después de la independencia, ninguna otra fuerza
política ha llenado el vacío ni ha sido capaz de movilizar la conciencia nacional en
formas similares, y no se vislumbra ninguna fuerza de ese tipo.
Esto puede ser muy triste, pero ¿es tan peculiar de África? ¿Han tenido mejor
suerte los movimientos de liberación nacional en el sur y el sureste de Asia, en el
mundo árabe, en América Latina y el Caribe? Ciertamente no parecen haberla tenido
los movimientos comunistas que tomaron el poder en el espacio geográfico entre el
Elba y el Yalu. Y si miramos a Europa occidental, y al mundo extraeuropeo de la
colonización blanca, ¿es realmente muy distinto el panorama? Allí los movimientos
comparables con los movimientos de liberación nacional de África son los
movimientos socialdemócratas (en sentido amplio), que también movilizaron la
opinión popular en direcciones modernizadoras y democratizadoras y que también, en
la mayoría de los casos, después de largos decenios de lucha lograron llegar al poder.
¿Y no están hoy en desorden, abandonando viejos slogans, inseguros de sus causas e
incapaces de obtener el tipo de apoyo afectivo masivo que antes era su fuerza?
Personalmente no veo mayor diferencia.
El segundo de los dilemas de África deriva en parte del derrumbe de esos
movimientos. Con derrumbe quiero decir el retiro del apoyo de masas. Ya no pueden
movilizar a nadie. ¿Pero qué pasa con los agentes movilizadores, los cuadros
políticos de todos esos movimientos, los estratos cuya movilidad ascendente fue
posibilitada por el éxito de esos movimientos, los políticos, los burócratas, los
intelectuales?
A medida que los movimientos empezaron a desmoronarse, a medida que los
objetivos por los que luchaban los movimientos parecían retroceder hasta
desvanecerse en el horizonte, esos cuadros se lanzaron en desbandada hacia la costa
buscando su salvación individual. Los compromisos ideológicos se desvanecieron en
el fondo, el altruismo del periodo de las luchas nacionalistas se evaporó y muchos
entraron en una arrebatiña competitiva en que la línea entre lo legítimo y lo ilegítimo
se hizo difícil de distinguir.
No cabe duda que esto es cierto de África en el decenio de 1990. Pero, ¿acaso la

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corrupción venal de las élites es una especialidad africana? Lo dudo. Vemos el mismo
fenómeno activo en América Latina y en Asia. Es evidente en el mundo
anteriormente comunista. Y no hay más que leer los titulares para comprender que la
corrupción africana palidece en comparación con lo que todos los días sale a luz en
Italia o en Japón, en Francia y en Estados Unidos. Y por supuesto tampoco es nada
nuevo.
Lo que provocó el desorden no es la corrupción en las altas esferas sino el hecho
de que de todos los que se beneficiaron de la expansión mundial de las capas medias,
en el periodo 1945-1970, un porcentaje muy grande se cayó de la rueda gigante
cuando ésta giró hacia abajo después de 1970. Ese grupo que ascendió social y
económicamente y después cayó (mientras que otros no cayeron) es una fuerza
políticamente muy desestabilizadora, que alberga resentimientos profundos y se
vuelve hacia cualquier tipo de movimiento antiestatal, moralista o moralizante en
busca de seguridad personal y para expresar sus agresiones. Pero en eso, de nuevo,
África no es especial. En todo caso, ese problema es mucho más serio en Europa y
Estados Unidos que en África.
El tercer problema que según se dice enfrenta África es la desintegración de las
estructuras estatales. Ciertamente Liberia o Somalia representan casos extremos de
este fenómeno, pero una vez más es necesario ir más allá de los ejemplos más
clamorosos para ver el problema. El retiro de la legitimación de los estados como
resultado del derrumbe de los movimientos de liberación nacional es la primera parte
del problema. Otra parte es la nueva disposición antiestado de los antiguos cuadros
amenazados de movilidad descendente. Pero el problema más fundamental es la
incapacidad estructural de proporcionar desarrollo igualitario cuando la demanda de
democratización crece sin cesar. Ya hemos hablado de la presión sobre los recursos
del estado que generó el estancamiento económico mundial. Los estados han sido
cada vez más incapaces de proveer servicios hasta en los niveles insuficientes en que
los proveían antes, y eso inició un proceso circular: a los estados les resulta cada vez
más difícil obtener ingresos; su capacidad de asegurar el orden ha disminuido. Al
disminuir la capacidad de asegurar el orden, la gente se vuelve hacia otras estructuras
en busca de seguridad y bienestar, y eso a su vez debilita aún más a los estados.
Pero también aquí, la razón por la que esto es tan visible en África es que esa
declinación de la “estatidad” (stateness) se inició tan poco después del
establecimiento de los estados mismos. Si lo observamos en una perspectiva mundial
vemos que por más de quinientos años hubo una tendencia secular al fortalecimiento
de las estructuras estatales, tendencia que aparentemente a fines del decenio de 1960
llegó a su apogeo y empezó a moverse en dirección contraria en todas partes. En el
Norte se habla de ella bajo varios títulos: la crisis fiscal de los estados; el aumento de
la delincuencia urbana y la creación de estructuras de autodefensa; la incapacidad de
los estados para impedir la inmigración; la presión por el desmantelamiento de las
estructuras estatales de bienestar.

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Finalmente, muchos señalan el derrumbe de la infraestructura física de África y
las tendencias peligrosas en epidemiología. Esto, por supuesto, es verdad. Los
sistemas viales, los sistemas educativos, los hospitales están mal y empeorando, y
aparentemente no hay dinero para rectificar la situación. La expansión del sida es
proverbial, e incluso si pudiera ser contenida existe el peligro de que nuevas
enfermedades aparezcan ante la presencia de bacterias y virus más resistentes. Aquí
nuevamente, el problema es dramático en África pero no se limita a ella. Así como
hace veinticinco años al parecer alcanzamos un pico en el fortalecimiento de las
estructuras estatales, es posible que también hayamos alcanzado un pico en el ataque
mundial, que ya duraba dos siglos, contra las enfermedades infecciosas y contagiosas.
Es posible que la arrogante utilización de soluciones dramáticas haya dañado algunos
mecanismos ecológicos de protección, posibilitando la aparición de enfermedades
epidémicas terribles antes desconocidas. La ruptura de la infraestructura física no
ayuda en ese aspecto. En todo caso, en un momento en que en las ciudades
estadunidenses están apareciendo nuevos tipos de tuberculosis realmente no se puede
decir que ése sea un problema africano.
Pero si no se trata de un problema de África, sino del sistema mundial en su
conjunto, ¿toca a África ser un mero observador de la crisis mundial, sufriendo su
destino pero incapaz de hacer nada al respecto? Creo todo lo contrario. La crisis del
sistema mundial es la oportunidad del sistema mundial, y quizá de África en
particular. Si bien en teoría podemos esperar que los propios procesos de nuestro
presente sistema mundial exacerben la crisis en lugar de eliminarla, sabemos que eso
implica desorden, un gran desorden mundial por un periodo de entre veinticinco y
cincuenta años, del cual surgirá algún nuevo tipo de orden.
Lo que todos nosotros hagamos en este periodo de transición en que vivimos
determinará si el sistema histórico o los sistemas históricos que surgirá al final de ese
proceso será en realidad mejor o peor que el sistema mundial moderno cuya
defunción estamos presenciando. En este periodo no sólo hay espacio para la acción
en el nivel local: la acción local es la variable crítica que determinará cómo salimos
de la crisis.
No hay fórmulas sencillas. Necesitamos analizar con más claridad la situación
mundial existente y limpiar nuestras mentes de categorías y conceptos que vienen
impidiéndonos ver las reales opciones históricas que tenemos o podemos llegar a
tener. Necesitamos organizar y revitalizar solidaridades locales vueltas hacia afuera y
no hacia adentro. Sobre todo, debemos tener muy presente que proteger nuestro
propio grupo a expensas de algún otro grupo es autodestructivo.
Creo que sobre todo necesitamos no perder de vista el balón. La base sobre la
cual se crea(n) nuestro(s) nuevo(s) sistema(s) histórico(s) tiene que ser una
distribución más igualitaria de bienes, servicios y poder. Nuestros horizontes
temporales tienen que ser más largos que hasta ahora, en términos del uso de nuestros
recursos, tanto naturales como humanos. Y África está bien ubicada para tomar la

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delantera en este tipo de reconstrucción. África ha sido una zona de exclusión en
nuestro sistema mundial moderno, y podemos suponer que en los próximos
veinticinco a cincuenta años los actuales mecanismos políticos, económicos y
culturales del sistema mundial operarán para excluir aún más a África y a los
africanos.
Si los africanos se quedan empantanados en el reclamo de ser incluidos en el
sistema mundial en su definición presente, estarán luchando contra molinos de viento.
Si los africanos muestran el camino combinando las mejoras locales a corto plazo con
una transformación a mediano plazo de valores y estructuras, nos ayudarán a todos
nosotros también. No me pidan que yo u otros no africanos hagamos un plan de
acción concreto. No podemos hacerlo. El balón está sin duda en el campo africano.
Quiero decir una cosa más. No digo que África vaya a tener éxito inevitablemente
si lo intenta. En el mejor de los casos, África —todos nosotros— tiene un cincuenta
por ciento de posibilidades de salir de esta transición con algo mejor. La historia no
está necesariamente de nuestro lado, y si creemos que lo está, esa creencia trabajará
contra nosotros. Pero todos somos parte integrante e importante del proceso, y si
participamos en él en la forma correcta, es posible que obtengamos el tipo de sistema
mundial que queremos. En torno de esta comprensión debemos organizar nuestros
esfuerzos colectivos; aun cuando el camino es duro y el resultado es incierto, la lucha
vale la pena.

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SEGUNDA PARTE
LA CONSTRUCCIÓN Y EL TRIUNFO
DE LA IDEOLOGÍA LIBERAL

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4. ¿TRES IDEOLOGÍAS O UNA? LA
SEUDOBATALLA DE LA MODERNIDAD
La historia de los tiempos modernos, en términos de la historia de las ideas o de la
filosofía política, es bien conocida. Se puede resumir como sigue: durante el siglo XIX
surgieron tres grandes ideologías políticas, el conservadurismo, el liberalismo y el
socialismo. Desde entonces, las tres (en formas siempre cambiantes) han estado en
lucha entre sí.
Prácticamente todos estarían de acuerdo con dos generalizaciones acerca de esas
luchas ideológicas. Una es que cada una de esas ideologías representa una respuesta
al hecho de que después de la Revolución francesa se forjaron nuevas visiones
colectivas, que dieron origen al sentimiento de que hacían falta estrategias políticas
específicas para enfrentar una situación nueva. La otra es que ninguna de las tres
ideologías ha encontrado nunca una versión definitiva. Por el contrario, cada una de
ellas parece haber surgido en tantas formas como ideólogos ha tenido.
Sin duda la mayoría de las personas creen que entre esas ideologías existen
algunas diferencias esenciales. Pero cuanto más de cerca observamos, ya sea las
afirmaciones teóricas o las luchas políticas concretas, más desacuerdo encontramos
sobre cuáles son exactamente esas presuntas diferencias esenciales.
Ni siquiera hay acuerdo sobre cuántas ideologías diferentes hay. Buen número de
teóricos y unos pocos dirigentes políticos han sostenido que en realidad hay sólo dos
ideologías y no tres, aunque también hay discusión sobre el par al que se puede
reducir el trío. Esto quiere decir que hay conservadores que no ven ninguna
diferencia esencial entre liberalismo y socialismo, socialistas que dicen lo mismo
sobre el liberalismo y el conservadurismo, e incluso liberales que sostienen que no
hay ninguna distinción seria entre el conservadurismo y el socialismo. Esto en sí es
extraño, pero la historia no acaba ahí. El término ideología en sus múltiples
acepciones nunca ha sido una palabra que las personas o los grupos se hayan aplicado
a sí mismos con agrado. Los ideólogos siempre han negado ser ideólogos, con la
excepción de Destutt de Tracy, quien se dice que inventó la palabra. Pero Napoleón
pronto la utilizó contra él, diciendo que el realismo político era preferible a la
ideología (quería decir una doctrina teórica), sentimiento que de entonces acá muchos
políticos han compartido.
Medio siglo después, en La ideología alemana, Marx utilizó el término para
caracterizar una visión del mundo que era a la vez parcial e interesada, la visión de
una clase (la burguesía). La ideología, dijo Marx, estaba destinada a ser sustituida por
la ciencia (que reflejaba la visión de la clase trabajadora, que era la clase universal).
Mannheim, en el periodo entre las dos guerras mundiales, fue aún más allá. Estaba de
acuerdo con Marx acerca de la naturaleza parcial e interesada de las ideologías, pero
agregó al marxismo en la lista de tales ideologías. Para él, las ideologías debían ser

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remplazadas por utopías, que veía como la creación de intelectuales sin clase. Y
después de la segunda guerra mundial, Daniel Bell expresó el hastío de los
intelectuales de Mannheim tanto por las ideologías como por las utopías. Al
proclamar el fin de las ideologías, Bell estaba pensando principalmente en el
marxismo, que veía cediendo a una especie de liberalismo blando, no ideológico,
basado en la conciencia de los límites de la política.
Así, durante sus dos siglos de existencia el concepto de ideología ha sido
percibido negativamente, como algo que había que rechazar o superar. Pero, ¿nos
permite esto entender qué es una ideología, qué es lo que las personas se han
propuesto realizar por medio de ideologías? Voy a encarar este tema por medio de
cinco preguntas, y aunque no responderé completamente a ninguna de ellas, en
conjunto representan un intento de comprender el concepto de modernidad y sus
vínculos con el concepto de ideología:
1] ¿Cuál es la diferencia entre una ideología y una Weltanschauung (o visión del
mundo)?
2] ¿Quién es el “sujeto” de una ideología?
3] ¿Cuál es la relación de las ideologías con el (los) estado(s)?
4] ¿Cuántas ideologías han existido en realidad?
5] ¿Es posible superar las ideologías?, es decir, ¿es posible operar sin una
ideología?

WELTANSCHAUUNG E IDEOLOGÍA
Hay una anécdota, probablemente apócrifa, sobre Luis XVI, según la cual al ser
informado por el duque de Liancourt sobre la toma de la Bastilla preguntó: “¿Es una
revuelta?”. Y la respuesta fue: “No, señor, es una revolución” (Brunot, 1937: 617).
No es éste el lugar para discutir una vez más sobre la interpretación de la Revolución
francesa, salvo indicar que una de sus principales consecuencias para el sistema
mundial fue que hizo aceptable por primera vez la idea de que el cambio, la
innovación, la transformación, incluso la revolución, eran fenómenos “normales”, es
decir no excepcionales, de la esfera política, o por lo menos de la esfera política
moderna. Lo que primero pareció estadísticamente normal muy pronto llegó a ser
percibido como moralmente normal. Era a eso a lo que se refería Labrousse cuando
dijo que el Año II fue “un punto de inflexión decisivo” después del cual “La
revolución asumió un papel profético, anunciatorio, que llevaba en sí una ideología

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completa que eventualmente aparecería por entero” (1949: 29). O, como dijo Watson,
“la revolución [fue] la sombra bajo la cual vivió todo el siglo XIX” (1973: 45). Y yo
agregaría que el siglo XX también. La revolución marcó la apoteosis de la ciencia
newtoniana del siglo XVII y del concepto de progreso del XVIII; en suma, lo que hemos
llegado a llamar la modernidad.
La modernidad es la combinación de una realidad social particular y de una
particular Weltanschauung o visión del mundo, que han remplazado, e incluso
enterrado, a otro par que, precisamente para indicar cuán superado está, ahora
llamamos el Ancien Régime, el antiguo régimen. Sin duda no todos reaccionaron del
mismo modo ante esa nueva realidad y esa nueva visión del mundo. Algunos les
dieron la bienvenida, otros las rechazaron, otros no estaban seguros de cómo
reaccionar. Pero muy pocos dejaron de percibir la naturaleza del cambio que había
ocurrido. En este sentido la anécdota sobre Luis XVI es muy significativa.
El modo en que las personas dentro de la economía-mundo capitalista
reaccionaron ante ese “punto de inflexión” y ante la enorme convulsión resultado de
la Revolución francesa, la “normalización” del cambio político, que ahora pasó a ser
visto como algo inevitable, que ocurre regularmente, es un componente esencial de la
historia cultural de este sistema mundial. ¿No podría ser útil por lo tanto pensar en las
“ideologías” como una de las formas en que la gente enfrentó esa nueva situación?
En ese sentido una ideología no es en sí una Weltanschauung, sino más bien una
respuesta entre otras al advenimiento de esa nueva Weltanschauung que llamamos
modernidad[5].
Es obvio que la primera reacción ideológica, una reacción casi inmediata, tenía
que venir de los que encontraban más profundamente chocante, incluso repelente, la
modernidad, el culto del cambio y el progreso, el persistente rechazo de todo lo que
fuera “viejo”. Por eso fue que Burke, Maistre y Bonald inventaron la ideología que
hemos llegado a llamar “conservadurismo”. Un gran conservador británico, lord
Cecil, en un folleto escrito en 1912 que se proponía ser una formulación popular de la
doctrina conservadora, destacaba específicamente el papel de la Revolución francesa
en el nacimiento de la ideología y afirmaba que siempre había existido una especie de
“conservadurismo natural”, pero que antes de 1790 no había nada “que se pareciera a
un cuerpo conscientemente aceptado de doctrina conservadora” (1912: 39).
Ciertamente, en opinión de los conservadores,

…la Revolución francesa no fue sino la culminación del proceso histórico


de atomización que se remontaba a los comienzos de doctrinas como el
nominalismo, la disidencia religiosa, el racionalismo científico, y la
destrucción de los grupos, las instituciones y las certezas intelectuales que
habían sido básicos en la Edad Media [Nisbet, 1952: 168-169].

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Por consiguiente la ideología conservadora era “reaccionaria” en el sentido
inmediato de que era una reacción al advenimiento de la modernidad, y el objetivo
que se proponía era (en la versión dura) invertir por completo la situación, o bien (en
la versión más sofisticada) limitar los daños y postergar lo más posible los cambios
que se avecinaban.
Como todas las ideologías, el conservadurismo era ante todo y sobre todo un
programa político. Los conservadores sabían perfectamente que tenían que mantener
o reconquistar el poder estatal, que las instituciones del estado eran los instrumentos
clave que necesitaban para alcanzar sus metas. Cuando las fuerzas conservadoras
volvieron al poder en Francia en 1815, llamaron a ese acontecimiento la
“Restauración”. Sin embargo, como sabemos, las cosas no volvieron realmente al
statu quo ante. Luis XVIII tuvo que conceder una constitución, y cuando Carlos X
trató de instaurar una verdadera reacción fue derrocado y su lugar fue ocupado por
Luis Felipe, que asumió el título más moderno de “rey de los franceses”[6].
La siguiente etapa de la historia fue la construcción del liberalismo, que se definió
a sí mismo como lo opuesto al conservadurismo, con base en lo que podríamos llamar
una “conciencia de ser moderno” (Minogue, 1963: 3). El liberalismo siempre se
ubicó en el centro del terreno político, proclamándose universalista[7]. Seguros de sí
mismos y de la verdad de esa nueva visión del mundo de la modernidad, los liberales
trataron de propagar sus ideas y de introducir su lógica en todas las instituciones
sociales, a fin de limpiar al mundo de los residuos “irracionales” del pasado. Para
hacerlo tuvieron que luchar contra los ideólogos conservadores, a quienes veían como
obsesionados por el temor a los “hombres libres”[8], los hombres liberados de los
falsos ídolos de la tradición. En otras palabras, los liberales creían que el progreso, si
bien era inevitable, no se podía alcanzar sin algún esfuerzo humano, sin un programa
político. Así, la ideología liberal era la creencia de que para que la historia siguiera su
curso natural era necesario ejercer un reformismo consciente, continuo, inteligente,
con plena conciencia de que “el tiempo era el amigo universal, que inevitablemente
traería más felicidad para un número cada vez mayor de personas” (Schapiro, 1949:
13).
El socialismo fue la última de las tres ideologías en ser formulada. Antes de 1848
no se puede pensar que constituyera una ideología independiente, sobre todo porque
los que después de 1789 empezaron a llamarse “socialistas” se veían a sí mismos, en
todas partes, como los herederos y defensores de la Revolución francesa, lo cual no
permitía distinguirlos de los que habían empezado a autodefinirse “liberales”[9].
Incluso en Gran Bretaña, donde la Revolución francesa era ampliamente impopular y
donde por consiguiente los liberales se atribuían un origen histórico diferente, los
“radicales” (que eran aproximadamente los futuros socialistas) parecían ser
fundamentalmente liberales algo más militantes.
En realidad, lo que en particular distinguía el socialismo del liberalismo como
programa político y por lo tanto como ideología era la convicción de que para lograr

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el progreso hacía falta una gran mano amiga, sin la cual el proceso sería muy lento.
El corazón del programa socialista, en suma, consistía en acelerar el curso de la
historia. Por esto la palabra “revolución” les resultaba más atractiva que la palabra
“reforma”, que parecía implicar una actividad política meramente paciente, aunque
consciente, y fue vista sobre todo como encarnación de una actitud de “esperar para
ver”.
En suma, se habían desarrollado tres posturas hacia la modernidad y la
“normalización” del cambio: circunscribir el peligro lo más posible, alcanzar la
felicidad de la humanidad lo más racionalmente posible; o acelerar el impulso hacia
el progreso mediante una gran lucha contra las fuerzas que se le resistían
vigorosamente. Fue en el periodo 1815-1848 cuando empezaron a usarse los términos
conservadurismo, liberalismo y socialismo para designar esas tres posturas.
Es necesario observar que cada una de esas posturas se ubicaba en oposición a
algo. Para los conservadores ese algo era la Revolución francesa. Para los liberales
era el conservadurismo (y el Antiguo Régimen que, según se creía, los conservadores
querían revivir). Y para los socialistas era el liberalismo lo que rechazaban. Ese tono
esencialmente crítico y negativo en la definición misma de las ideologías es lo que
explica por qué hay tantas versiones de cada una. En términos de lo que defendían, en
cada campo se proponían muchas definiciones distintas e incluso contradictorias; la
verdadera unidad de cada una de las familias ideológicas derivaba de estar en contra
de algo. Esto no es un detalle menor, porque fue esa negatividad lo que logró
mantener unidos a los tres campos durante alrededor de 150 años, o al menos hasta
1968, fecha sobre cuya significación volveremos.

EL “SUJETO” DE LA IDEOLOGÍA
Como en realidad las ideologías son programas políticos para conducirse con la
modernidad, cada una necesita un “sujeto” o actor político principal. En la
terminología del mundo moderno se ha hablado de esto como la cuestión de la
soberanía. En este aspecto la Revolución francesa planteó una posición clarísima:
contra la soberanía del monarca absoluto proclamó la soberanía del pueblo.
Este nuevo lenguaje de la soberanía del pueblo es uno de los grandes logros de la
modernidad. Aun cuando durante las batallas residuales contra ese nuevo ídolo, “el
pueblo”, se prolongaron por un siglo, nadie ha podido destronarlo desde entonces.
Pero fue una victoria hueca. Podría incluso haber habido acuerdo universal sobre el

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hecho de que el pueblo era soberano, pero desde el principio no hubo acuerdo sobre
quién era “el pueblo”. Además ninguna de las tres ideologías ha tenido una posición
clara sobre este punto, aunque eso no les ha impedido negarse a admitir lo turbio de
sus respectivas posiciones.
La posición menos equívoca, aparentemente, era la de los liberales. Para ellos el
“pueblo” era la suma de todos los “individuos”, quienes finalmente tienen los
derechos políticos, económicos y culturales. El individuo es el “sujeto” histórico por
excelencia de la modernidad. Como es imposible reseñar aquí la vasta literatura sobre
el individualismo, me limitaré a indicar los tres enigmas en torno de los cuales se ha
organizado el debate.
1] Se dice que todos los individuos son iguales. Pero, ¿es posible tomar
literalmente esa afirmación? Evidentemente no, si se habla del derecho de tomar
decisiones autónomas. Nadie soñaría con autorizar a un recién nacido a tomar
decisiones autónomas. Entonces, ¿qué edad hay que alcanzar para tener ese derecho?
En todas las épocas, las respuestas han sido múltiples. Pero si estamos de acuerdo con
excluir a los “niños” (como quiera que se definan) del ejercicio de esos derechos con
base en la inmadurez de su juicio, se sigue que un individuo autónomo es alguien que
los demás creen que tiene capacidad para ser autónomo. Y a continuación, una vez
que existe la posibilidad de que otro juzgue si un individuo tiene capacidad para
ejercer sus derechos, se puede designar como incapaces a otras categorías: los
ancianos seniles, los imbéciles, los psicóticos, los criminales encarcelados, los
miembros de las clases peligrosas, los pobres, etc. Es evidente que esta lista no es una
fantasía. Aquí no estoy tomando posición sobre si cada uno de estos grupos debe o no
ser elegible para, por ejemplo, votar; simplemente estoy señalando que no hay
ninguna línea divisoria visible que separe a los que deben ser elegibles para el
ejercicio de sus derechos de aquellos a quienes legítimamente se les puede negar ese
ejercicio.
2] Aun si limitamos la discusión a las personas socialmente reconocidas como
“responsables” y por consiguiente legítimamente elegibles para el pleno ejercicio de
sus derechos, es posible que el ejercicio de sus derechos por un individuo impida a
otro hacer lo mismo. ¿Qué debemos pensar de esta posibilidad?, la cual, ¿representa
una consecuencia inevitable de la vida social con la que tenemos que vivir, o que
implica un ataque a los derechos del segundo individuo que debemos impedir o
penalizar? Es ésta una cuestión muy compleja que nunca ha recibido más que una
respuesta parcial e incompleta tanto en el nivel de la práctica política como en el de la
filosofía política.
3] Aun cuando todos los individuos elegibles para el pleno ejercicio de los
derechos (los “ciudadanos”) no infringieran jamás los derechos de otros ciudadanos,
podrían no estar todos de acuerdo acerca de alguna decisión colectiva. ¿Qué pasa en
ese caso? ¿Cómo conciliar las diferentes posiciones? Ése es el gran debate sobre la
democracia política.

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Se puede reconocer a los liberales el mérito de haber por lo menos debatido
extensamente esta cuestión de quién es el individuo a quien se confiere la soberanía.
En principio los conservadores y los socialistas también deberían haberla discutido,
puesto que cada grupo proponía un “sujeto” muy diferente del individuo, pero su
discusión fue mucho menos explícita. Si el “sujeto” no es el individuo, ¿entonces
quién es? Es difícil discernirlo. Véase por ejemplo lo que dice Edmund Burke en
Reflexiones sobre la revolución en Francia:

La naturaleza del hombre es intrincada; los objetos de la sociedad son de la


máxima complejidad posible; en consecuencia ninguna disposición o
dirección sencilla del poder puede ser adecuada ya sea a la naturaleza del
hombre o a la calidad de sus asuntos [cit. por White, 1950: 28].

Si no supiéramos que se trata de un texto que ataca a los revolucionarios


franceses podríamos pensar que está denunciando a los monarcas absolutos. El asunto
se aclara un poco si observamos algo que Burke afirmó diez años antes en su
“Discurso sobre la reforma económica”: “Los individuos pasan como sombras, pero
la comunidad es fija y estable” (cit. por Lukes, 1973: 3).
El enfoque de Bonald es bastante diferente, porque insiste en el papel crucial de la
Iglesia, pero contiene un elemento que es común a todas las variedades de la
ideología conservadora: la importancia atribuida a grupos sociales como la familia, la
Iglesia, los “órdenes” tradicionales, que pasan a ser para ellos los “sujetos” que tienen
derecho a actuar políticamente. En otras palabras, los conservadores dan prioridad a
todos los grupos que pueden ser considerados “tradicionales” (y que por lo tanto
encarnan la continuidad) pero rechazan la identificación del conservadurismo con
cualquier “totalidad” como actor político. Lo que en realidad nunca ha estado claro
en el pensamiento conservador es cómo decidir cuáles son los grupos que encarnan la
continuidad. Después de todo, siempre ha habido disputas en torno a linajes reales
rivales[10].
Para Bonald, el gran error de Rousseau y Montesquieu había sido precisamente
“imaginar […] un estado de naturaleza puro anterior a la sociedad…”. Por el
contrario, “la verdadera naturaleza de la sociedad […] es lo que la sociedad, la
sociedad pública, es en el presente…” (1988 [1802]: 87). Sin embargo esa definición
resultó una trampa para su autor, porque legitimaba de tal modo el presente que
prácticamente prohibía la “restauración”. Pero la exactitud lógica nunca ha sido el
fuerte ni el interés principal de las polémicas conservadoras. Más bien estaban
interesados en emitir advertencias sobre el probable comportamiento de una mayoría
que se creaba sumando votos individuales. Su sujeto histórico era mucho menos
activo que el de los liberales. A sus ojos, las buenas decisiones se tomaban raras
veces y despacio, y la mayoría de ellas ya había sido tomada.
Si los conservadores se negaban a dar la prioridad al individuo como sujeto

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histórico en favor de los pequeños grupos calificados de tradicionales, los socialistas
se negaban a dar prioridad al individuo en favor del gran grupo que es la totalidad del
pueblo. Al analizar el periodo temprano del pensamiento socialista, G. D. H. Cole
señala:

Los “socialistas” eran los que, en oposición al énfasis en los derechos del
individuo que prevalecía entonces, destacaban el elemento social en las
relaciones humanas y trataban de llevar al primer plano la cuestión social en
el gran debate desencadenado en el mundo por la Revolución francesa y la
simultánea revolución en el campo económico [1953: 2].

Pero si es difícil saber qué individuos constituyen el problema, y aún más difícil
saber qué “grupos” constituyen el “pueblo”, lo más difícil de todo es saber cómo
definir la voluntad general del pueblo entero. ¿Cómo saber cuál es? Y para empezar:
¿qué opiniones deben ser tomadas en cuenta: las de los ciudadanos, las de todas las
personas residentes en el país? ¿Y por qué limitar de ese modo al pueblo? ¿Por qué
no tomar en consideración las opiniones de toda la humanidad? ¿Con qué lógica es
posible justificar esa restricción? ¿Qué relación existe, en la práctica efectiva, entre la
voluntad general y la voluntad de todos? En este conjunto de complejas cuestiones
tenemos el origen de todas las dificultades que encontraron los movimientos
socialistas cuando llegaron al poder.
En suma, lo que nos ofrecían las tres ideologías no era una respuesta a la
pregunta: ¿Quién es el sujeto histórico apropiado?, sino simplemente tres puntos de
partida en la indagación de quién encarna la soberanía del pueblo: para los liberales,
el llamado individuo libre; para los conservadores, los llamados grupos tradicionales,
y para los socialistas, todos los miembros de la “sociedad”.

LAS IDEOLOGÍAS Y EL ESTADO


El pueblo como “sujeto” tenía como su “objeto” primario al estado. Es dentro del
estado donde el pueblo ejerce su voluntad, su soberanía. Sin embargo desde el
siglo XIX también nos han venido diciendo que el pueblo forma una “sociedad”.
¿Cómo podemos conciliar estado y sociedad, que forman la gran antinomia de la
modernidad?

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Lo más asombroso es que cuando examinamos los discursos de las tres ideologías
en relación con esto, todas parecen estar de parte de la sociedad en contra del estado.
Sus argumentos son conocidos. Para los liberales más firmes era esencial mantener al
estado fuera de la vida económica y en general reducir su papel al mínimo: “Laissez-
faire es la doctrina centinela del estado” (Watson, 1973: 68). Para los conservadores
el aspecto aterrador de la Revolución francesa era no sólo su individualismo sino, y
particularmente, su estatismo. El estado sólo se vuelve tiránico cuando cuestiona el
papel de los grupos intermedios que merecen la lealtad primaria del pueblo: la
familia, la iglesia, la corporación[11]. Y ya conocemos la famosa caracterización de
Marx y Engels en el Manifiesto comunista:

Por fin, con el establecimiento de la industria moderna y del mercado


mundial, la burguesía ha conquistado, en el estado representativo moderno, el
dominio político exclusivo. El ejecutivo del estado moderno no es sino un
comité para la administración de los asuntos comunes de toda la burguesía
[1973 (1848): 69].

Esas visiones negativas del estado no impidieron que cada una de las tres
ideologías se quejara de que ese estado, que era el objeto de sus críticas, estaba fuera
de su control y según se decía en manos de sus opositores ideológicos. En realidad,
cada una de esas ideologías tenía gran necesidad de los servicios del estado para
promover su propio programa. No olvidemos que una ideología es, ante todo y por
encima de todo, una estrategia política. Los socialistas han sido atacados desde hace
mucho tiempo por lo que se ha llamado su incoherencia; a pesar de su retórica
antiestatista, a corto plazo la mayoría de ellos siempre ha luchado por aumentar la
actividad del estado. El anarquismo siempre ha sido el punto de vista de una minoría
muy pequeña entre los socialistas.
Podemos suponer que el antiestatismo de los conservadores era más serio. ¿No se
han opuesto constantemente a realizar reformas mediante la acción estatal? En
realidad, no. Porque debemos tener en cuenta la cuestión de la “declinación de los
valores” que los conservadores ven como una de las consecuencias centrales de la
modernidad. Para luchar contra la actual decadencia de la sociedad, para restaurar la
sociedad tal como era antes, han tenido necesidad del estado. Lo que se ha dicho
sobre uno de los grandes conservadores ingleses del decenio de 1840, sir Robert Peel
—“creía que una constitución con un ejecutivo fuerte era esencial para la época
anárquica en que vivía”— (Gash, 1951: 52) es en realidad más generalmente
aplicable.
Obsérvese cómo explica Halévy la evolución de la posición conservadora frente
al estado durante la “reacción tory” en Inglaterra a comienzos del siglo XIX:

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En 1688 y los años subsiguientes el rey se veía a sí mismo y era visto por la
opinión pública como el soberano. Siempre había que temer que hiciera su
soberanía absoluta, y la independencia de su autoridad de que gozaban todos
los poderes del estado constituía una limitación deliberada de la prerrogativa,
un sistema de garantías constitucionales contra el despotismo real. Al
comenzar el siglo XIX era el pueblo el que en América, en Francia, incluso en
Inglaterra, había proclamado o estaba a punto de proclamar su afirmación de
ser supremo; por lo tanto era contra el pueblo contra quien los tres poderes
mantenían ahora su independencia. Ya no eran los whigs sino los tories los
que apoyaban instituciones cuya significación había cambiado mientras la
forma se mantenía igual. Y ahora el rey presidía la liga formada por los tres
poderes para la defensa de su autonomía contra el nuevo autodeclarado
poseedor de la soberanía [1949: 42-43].

El análisis es transparente. Los conservadores siempre estuvieron dispuestos a


fortalecer la estructura estatal en la medida necesaria para controlar a las fuerzas
populares que presionaban por el cambio. Esto en realidad estaba implícito en lo
dicho por lord Cecil en 1912: “Mientras la acción estatal no incluya nada injusto u
opresivo, no se puede decir que los principios del conservadurismo le sean hostiles”
(1912: 192).
Entonces, ¿al menos los liberales —los paladines de la libertad individual y del
mercado libre— permanecieron hostiles al estado? Para nada. Los liberales
estuvieron atrapados desde el comienzo en una contradicción fundamental. Como
defensores del individuo y sus derechos frente al estado eran empujados en dirección
al sufragio universal, única garantía de un estado democrático. Pero como
consecuencia de eso el estado pasaba a ser el principal agente de todas las reformas
tendientes a liberar al individuo de las constricciones sociales heredadas del pasado.
Eso a su vez llevó a los conservadores a la idea de poner el derecho positivo al
servicio de objetivos utilitarios.
Una vez más, Halévy ha indicado claramente las consecuencias:

La filosofía “utilitarista” no era un sistema exclusivamente —quizá ni siquiera


fundamentalmente— liberal; era al mismo tiempo una doctrina de autoridad
que apuntaba a la interferencia deliberada y en cierto sentido científica del
gobierno para producir una armonía de intereses. A medida que sus ideas se
fueron desarrollando, Bentham, que en su juventud había sido un partidario
del “despotismo ilustrado”, se convirtió a la democracia. Pero llegó a esa
posición por lo que podríamos llamar un salto largo, que lo hizo pasar por
encima de una serie de doctrinas políticas en las que habría podido esperarse
que se detuviera —la aristocracia, la constitución mixta, el equilibrio de
poderes y la doctrina de que la meta del estadista debería ser liberar al

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individuo debilitando la autoridad del gobierno y dividiendo los poderes todo
lo posible. En opinión de Bentham, una vez que la autoridad del estado se
conciliaba con el interés de la mayoría por medio de un sufragio universal o
por lo menos muy amplio, ya no había razón para desconfiar de él, se
convertía en una perfecta bendición.

Y en consecuencia, los conservadores

eran ahora los defensores de la auténtica tradición liberal, el viejo sistema del
autogobierno aristocrático con sus funcionarios sin salario, contra un nuevo
sistema de despotismo burocrático administrado por funcionarios asalariados
[Halévy, 1950: 100, 99].

Se podría pensar que el benthamismo era en realidad una desviación del


liberalismo, cuya mejor expresión se encuentra en los economistas clásicos, los
teóricos del laissez-faire. Recordemos entonces que cuando se aprobaron en
Inglaterra las primeras Factory Acts, todos los economistas importantes del momento
apoyaron la legislación, como lo describe (con aprobación) nada menos que Alfred
Marshall (1921: 763-764). Desde entonces el gran estado burocrático nunca ha
dejado de crecer, y su expansión ha sido impulsada por sucesivos gobiernos liberales.
Cuando Hobhouse escribió su libro sobre el liberalismo, como respuesta al de lord
Cecil sobre el conservadurismo, justificó esa expansión del siguiente modo: “La
función de la coerción estatal es superar la coerción individual, y desde luego la
coerción ejercida por cualquier asociación de individuos dentro del estado” (1911:
146).
Sin duda cada ideología invocaba diferentes justificaciones para explicar su
estatismo, por momentos algo incómodo. Para los socialistas, el estado realizaba la
voluntad general. Para los conservadores, el estado protegía los derechos
tradicionales contra la voluntad general. Para los liberales, el estado creaba las
condiciones que permitían el florecimiento de los derechos individuales. Pero en
todos los casos, en el fondo el estado estaba fortaleciéndose en relación con la
sociedad, al tiempo que la retórica reclamaba exactamente lo contrario.

¿CUÁNTAS IDEOLOGÍAS?

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Toda esta confusión intelectual en torno al tema de la relación correcta entre el estado
y la sociedad nos permite comprender por qué nunca hemos estado seguros de
cuántas fueron las ideologías que surgieron en el siglo XIX. ¿Tres? ¿Dos? ¿Una sola?
Acabamos de examinar los argumentos tradicionales que afirman que fueron tres.
Ahora veamos cómo pueden reducirse a dos.
En el periodo comprendido entre la Revolución francesa y las revoluciones de
1848, parece estar claro que para los contemporáneos la única división clara era entre
los que aceptaban el progreso como inevitable y deseable, y por lo tanto “eran
globalmente favorables” a la Revolución francesa, y por otra parte la
contrarrevolución, que tomó posición contra esa perturbación de los valores,
considerándola profundamente errada (Agulhon, 1992: 7). Así, la lucha política era
entre liberales y conservadores, mientras que los que se autodefinían radicales o
jacobinos o republicanos o socialistas eran vistos como simplemente una variedad
más militante de liberales. En El médico rural, Balzac hace exclamar a un obispo:

Nos vemos obligados a realizar milagros en una ciudad industrial donde el


espíritu de sedición contra las doctrinas religiosas y monárquicas ha echado
raíces muy profundas, donde la idea del escrutinio minucioso, nacida del
protestantismo y conocida hoy como liberalismo, y en libertad para adoptar
otro nombre mañana, se extiende a todo [1898: 103].

Tudesq nos recuerda que en 1840 un periódico legitimista, L’Orléanais,


denunciaba a otro periódico, Le Journal de Loiret, acusándolo de ser “liberal,
protestante, saintsimoniano y lamennaisiano” (1964: 125-126). Eso no era del todo
absurdo, como señala Simon: “La Idea de Progreso, en realidad, constituía el núcleo
y la inspiración central de toda la filosofía del pensamiento de Saint-Simon” (1956:
330; cf. Manning, 1976: 83-94).
Además esa alianza entre liberales y socialistas tiene sus raíces en el pensamiento
liberal e igualitario del siglo XVIII, en la lucha contra la monarquía absoluta (véase
Meyssonier, 1989: 137-156). En el siglo XIX la alianza continuó siendo alimentada
por el interés cada vez mayor de ambas ideologías en la productividad, que ambas
veían como el requisito básico para una política social en el estado moderno[12].
Con el ascenso del utilitarismo es posible que la alianza haya dado la impresión
de estar por convertirse en matrimonio, y los conservadores no dejaron de
comentarlo:

Cuando querían desacreditar el utilitarismo, los tories lo denunciaban como


una filosofía antipatriótica, inspirada por ideas extranjeras, especialmente
francesas. ¿Acaso los principios políticos de los benthamitas no eran los
principios democráticos de los jacobinos? ¿No derivaban su ética y su

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jurisprudencia de Helvétius y Beccaria, su psicología de Condillac, su
filosofía de la historia de Condorcet y Jean-Baptiste Say? ¿No eran
voltairianos irreligiosos? ¿Bentham no compuso en francés y publicó en París
sus Traités de législation? Pero los utilitaristas podían responder con verdad
que esas ideas llamadas francesas, de cuya importación los acusaban, eran en
realidad ideas inglesas que por algún tiempo habían encontrado un hogar en el
extranjero [1949: 83].

Una vez más, la visión conservadora no era incorrecta. Brebner habla con
simpatía del aspecto “colectivista” de Bentham y concluye: “¿Qué fueron los
fabianos sino los benthamitas de su tiempo?” y agrega que John Stuart Mill era ya en
1830 “lo que podríamos llamar un liberal socialista” (1948: 66).
Por otra parte, después de 1830 empieza a aparecer una distinción clara entre
liberales y socialistas, que después de 1848 se hace muy profunda. Al mismo tiempo,
1848 marca el comienzo de una reconciliación entre liberales y conservadores.
Hobsbawm piensa que la gran consecuencia de 1830 fue hacer posible la política de
masas, al permitir el triunfo político en Francia, Inglaterra y especialmente Bélgica (y
parcialmente incluso en Suiza, España y Portugal) de un liberalismo “moderado” que
a continuación “separó a los moderados de los radicales” (1962: 117). Cantimori, al
analizar el problema desde una perspectiva italiana, piensa que la cuestión de ese
divorcio estuvo abierta hasta 1848. Hasta entonces, observa, “el movimiento liberal
[…] no había rechazado ningún camino: ni la llamada a la insurrección ni la acción
política reformista” (1848: 288). Fue sólo después de 1848 cuando se consumó el
divorcio entre esas dos tácticas.
Lo que es esencial observar es que después de 1848 los socialistas dejan de
referirse a Saint-Simon. El movimiento socialista empieza a organizarse en torno a
las ideas marxistas. La queja ya no era solamente por la pobreza, que podía ser
enmendada a través de reformas, sino por la deshumanización causada por el
capitalismo, que sólo podía solucionarse con su derrocamiento total (véase
Kolakowski, 1978: 222).
En esa misma época los conservadores empezaron a tomar conciencia de la
utilidad de los reformistas para objetivos conservadores. Sir Robert Peel,
inmediatamente después de la Ley de Reforma de 1832, hizo público un manifiesto
electoral, el Manifiesto Tamworth, que llegó a ser celebrado como afirmación
doctrinal. Sus contemporáneos lo consideraron “casi revolucionario” no sólo porque
anunciaba la aceptación de la Ley de Reforma como “una solución final e irrevocable
de la gran cuestión constitucional” sino porque esa posición no fue anunciada al
Parlamento sino al pueblo, lo que en la época causó una gran “sensación” (Halévy,
1950: 178)[13].
En el proceso, los conservadores notaron su convergencia con los liberales en
torno a la importancia de proteger la propiedad, a pesar de que lo que a ellos les

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interesaba de la propiedad era sobre todo el hecho de que representaba la continuidad,
y por lo tanto funcionaba como base de la vida familiar, la iglesia y otras
solidaridades sociales (véase Nisbet, 1966: 26). Pero más allá de esa convergencia
filosófica estaba la amenaza concreta de una revolución real, temor que compartían,
como observaba lord Cecil: “Porque una parte indispensable de la resistencia efectiva
al jacobinismo es que haya reformas moderadas según lineamientos conservadores”
(1912: 64).
Por último, no debemos dejar de lado por entero la tercera posibilidad de
reducción de tres a dos, conservadores y socialistas dándose la mano en oposición a
los liberales, aunque teóricamente ésta es la que parece menos posible. Con
frecuencia se ha señalado el carácter “conservador” del socialismo saintsimoniano,
sus raíces en las ideas de Bonald (véase Manuel, 1956: 320; Iggers, 1958: 99). Los
dos campos podían aproximarse en torno a su reflejo antiindividualista. Del mismo
modo, un liberal como Von Hayek denunció el carácter “socialista” del pensamiento
del conservador Carlyle. En esa ocasión lo que se cuestionaba era el aspecto “social”
del pensamiento conservador. De hecho, lord Cecil no vaciló en declarar abiertamente
esa afinidad:

Con frecuencia se supone que conservadurismo y socialismo se contraponen


directamente. Pero eso no es del todo cierto. El conservadurismo moderno
hereda las tradiciones del toryismo que son favorables a las actividades y la
autoridad del estado. En realidad, el señor Herbert Spencer atacó al socialismo
como siendo en realidad la resurrección del toryismo… [1912: 169].

La consecuencia de las alianzas entre liberales y socialistas fue el surgimiento de


una especie de liberalismo socialista. La consecuencia de las alianzas entre liberales y
conservadores fue una especie de liberalismo conservador. En suma, terminamos con
dos tipos de liberalismo. Las alianzas entre conservadores y socialistas, menos
probables, fueron en origen apenas tácticas transitorias, pero cabe preguntarse si los
diversos “totalitarismos” del siglo XX no son una forma más duradera de esa alianza,
en el sentido de que instituyeron una forma de tradicionalismo que era a la vez
populista y social. Si es así, esos totalitarismos fueron otro modo en que el
liberalismo permaneció en el centro del escenario, como la antítesis en un drama
maniqueísta. Detrás de su fachada de intensa oposición al liberalismo se puede
encontrar como componente nuclear de las demandas de todos esos regímenes la
misma fe en el progreso por la vía de la productividad que había sido el evangelio de
los liberales. Así, podemos concluir que incluso el conservadurismo socialista (o el
socialismo conservador) fue en cierto modo una variante del liberalismo, su forma
diabólica. Y en ese caso, ¿no sería justo concluir que desde 1789 sólo ha habido una
ideología importante, el liberalismo, que ha desplegado su bandera en tres versiones
principales?

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Por supuesto una afirmación de este tipo debe ser detallada en términos
históricos. El periodo 1789-1848 destaca como una gran lucha ideológica entre un
conservadurismo que por último fracasó en el intento de alcanzar una forma acabada
y un liberalismo en busca de la hegemonía cultural. El periodo 1848-1914 (o 1917)
aparece como un periodo en el que el liberalismo dominó el escenario sin oposición
seria, mientras el marxismo estaba tratando de constituir una ideología socialista
como polo independiente sin lograrlo del todo. Entonces podríamos sostener (y esta
afirmación sería la más polémica) que el periodo 1917-1968 (o 1989) representó la
apoteosis del liberalismo en el nivel mundial. Desde este punto de vista el leninismo,
a pesar de su pretensión de ser una ideología violentamente opuesta al liberalismo, en
realidad estaba siendo uno de sus avatares[14].

¿MÁS ALLÁ DE LAS IDEOLOGÍAS?


¿Podemos ahora por fin ir más allá de las ideologías, es decir más allá de la ideología
liberal dominante? Esta pregunta ha sido planteada explícita y reiteradamente desde
la revolución mundial de 1968. Porque, ¿qué atacaron los revolucionarios de 1968
sino el liberalismo como ideología, como la ideología que entre las tres mencionadas
funcionó como ideología de la economía-mundo capitalista?
Sin duda muchos de los que participaron en los enfrentamientos de 1968
envolvían sus reclamos en un discurso maoísta o de alguna otra variante del
marxismo, pero eso no impidió que algunos de ellos colocaran al marxismo en la
misma olla liberal, rechazando tanto el marxismo oficial soviético como el de los
grandes partidos comunistas del mundo industrializado. Y cuando, después de 1968,
los elementos más “conservadores” quisieron formular una respuesta a los
revolucionarios de 1968, se llamaron a sí mismos “neoliberales”.
Recientemente el Publisher’s Weekly, reseñando un libro de Kolakowski, resumió
su pensamiento del siguiente modo: “‘Conservadurismo’, ‘liberalismo’ y ‘socialismo’
ya no son posiciones políticas mutuamente excluyentes”. (New York Review of Books,
7 de marzo de 1991, p. 20, anuncio). Pero si nuestro análisis es correcto podemos
preguntamos si hubo alguna vez un momento en que esas ideologías fueran
mutuamente excluyentes. Lo novedoso no es que reine la confusión acerca del
significado y la validez del liberalismo, la gran ideología hegemónica de la
economía-mundo capitalista: eso ha ocurrido siempre. Lo nuevo es que por primera
vez en su historia como ideología dominante desde 1848 el liberalismo, que en el

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fondo no es otra cosa que la modernidad, ha sido fundamentalmente cuestionado una
vez más. Lo que debemos concluir de esto iría más allá de lo que podemos tratar
aquí. Sin embargo, creo que el liberalismo como proyecto político efectivo ya
cumplió su función y está en proceso de derrumbarse bajo el impacto de la crisis
estructural de la economía-mundo capitalista.
Quizás esto no sea el fin de toda ideología. Pero ahora que ya no está tan claro
que el cambio político sea necesario, inevitable, y por consiguiente normal, ya no
necesitamos tener una ideología para enfrentar las consecuencias de esa creencia.
Estamos entrando en un periodo de transición que podría prolongarse alrededor de
cincuenta años y que se puede describir como una “bifurcación” de primera magnitud
(véase Prigogine) cuyo resultado es incierto. No podemos predecir qué visión o
visiones del mundo o qué sistema o sistemas surgirán de las ruinas del actual. No
podemos predecir qué ideologías nacerán ni cuántas habrá, si es que las hay.

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5. EL LIBERALISMO Y LA LEGITIMACIÓN DE
LOS ESTADOS-NACIÓN: UNA INTERPRETACIÓN
HISTÓRICA
El aglutinante ideológico de la economía-mundo capitalista desde 1789 hasta 1989
fue el liberalismo (junto con su correlato, aunque no derivado, el cientificismo). Las
fechas son bastante exactas. La Revolución francesa marca la entrada del liberalismo
al escenario político del mundo como opción ideológica significativa. La caída de los
comunismos en 1989 marca su salida.
La plausibilidad de estas afirmaciones depende, por supuesto, de lo que creamos
que es la esencia del liberalismo. Los diccionarios no ayudan mucho a decidir sobre
esto, y la gran cantidad de libros sobre el liberalismo tampoco, porque liberalismo ha
sido un término muy elástico. No es sólo que haya tenido muchas definiciones —eso
es normal para cualquier concepto político importante— sino que esas definiciones
han tenido variaciones tan amplias que se han atribuido al término significados
directamente opuestos. Para citar sólo los ejemplos más actuales y obvios, mientras
los presidentes Reagan y Bush fulminaron al liberalismo en sus diatribas políticas en
Estados Unidos, en escritos europeos muy a menudo se refieren a ellos como
“neoliberales”.
Por supuesto algunos dirán que esa inversión lingüística proviene del hecho de
que debemos considerar el liberalismo político y el liberalismo económico como dos
posiciones intelectuales separadas, o incluso dos corrientes de pensamiento
separadas. ¿Cómo es, entonces, que hemos empleado la misma palabra para las dos?,
¿y qué hemos de hacer con la categoría del liberalismo cultural? ¿Son liberales los
hippies contraculturales? ¿Son liberales los libertarios? Podríamos continuar, pero no
tendría sentido. Esta exposición de la confusión lingüística es una salida demasiado
fácil, puesto que en realidad el liberalismo siempre se ha expresado en todos los
campos de la actividad humana. Si hemos de usar el término liberalismo en forma
inteligente, debemos ubicar su núcleo.
Es preciso ubicar el liberalismo en su contexto histórico, y yo sostengo que ese
contexto está contenido en los límites de las fechas 1789 y 1989. Estoy interesado en
el liberalismo como ideología, y por ideología entiendo un plan de acción política
amplio y a largo plazo que se propone movilizar a grandes cantidades de personas. En
este sentido, como ya lo he sostenido anteriormente[15], las ideologías no eran
necesarias ni posibles antes de la transformación de la geocultura de la economía-
mundo capitalista provocada por la Revolución francesa y su prolongación
napoleónica.
Antes de la Revolución francesa, la Weltanschauung dominante de la economía-
mundo capitalista, como de otros sistemas históricos, era la normalidad de la
estabilidad política. La soberanía residía en el gobernante, y el derecho a gobernar del

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gobernante derivaba de algún conjunto de reglas acerca de la adquisición del poder,
generalmente por herencia. Desde luego los gobernantes eran frecuentemente
desafiados e incluso derrocados, pero los gobernantes que los sustituían siempre
proclamaban la misma creencia en la normalidad de la estabilidad. El cambio político
era la excepción y debía justificarse en forma excepcional; cuando ocurría, no se
pensaba que estableciera un precedente para ulteriores cambios.
El cataclismo desencadenado por la Revolución francesa —un cataclismo que se
sintió en Europa entera y más allá— transformó esa mentalidad. El pueblo había
pasado a ser el soberano. Todos los esfuerzos de los “reaccionarios” desde 1815 hasta
1848 no hicieron mayor mella en las nuevas mentalidades. Después de 1848 nadie
volvió siquiera a intentarlo seriamente[16], al menos hasta hoy. En realidad, el cambio
—el cambio de todo tipo, incluyendo el cambio político— había pasado a ser
“normal”. Fue precisamente porque esa visión del mundo fue aceptada tan rápido por
lo que surgieron las ideologías. Eran los planes de acción política que había que
seguir a la luz de la normalidad del cambio político y la correlativa creencia en la
soberanía popular.
Era lógico que la primera respuesta fuera el conservadurismo. Dos de las obras
clásicas que hoy se consideran progenitoras del pensamiento conservador,
Considerations sur la France (1789) de Joseph de Maistre, y Reflections on the
Revolution in France (1790) de Edmund Burke, fueron escritas al calor de los
primeros días de la revolución. En general, los adversarios de la Revolución francesa
sostenían que sólo males sociales podían resultar de la legitimación de la normalidad
del cambio, pero pronto comprendieron que la posición intransigente se había vuelto
socialmente imposible. En el periodo entre 1789 y 1848 hubo una evolución de la
posición conservadora, del rechazo total de la nueva Weltanschauung a lo que podría
denominarse la ideología conservadora dominante de los últimos ciento cincuenta
años: el cambio “normal” debería ser lo más lento posible, y sólo debe ser estimulado
cuando se justifique como necesario para impedir una ruptura mayor del orden social.
El liberalismo fue la respuesta ideológica al conservadurismo. El propio término
liberal (en forma sustantiva), como sabemos, sólo apareció en el primer decenio del
siglo XIX. En general en el periodo anterior a 1848 había un campo borroso de
personas que apoyaban abiertamente (o encubiertamente, en el caso de los ingleses)
los ideales de la Revolución francesa. En ese campo había personas con rótulos tan
diversos como republicanos, radicales, jacobinos, reformadores sociales, socialistas y
liberales[17].
En la revolución mundial de 1848 sólo había en realidad dos bandos: el Partido
del Orden y el Partido del Movimiento, que representaban respectivamente las
ideologías conservadora y liberal, o si queremos utilizar otra terminología originada
en la Revolución francesa, la derecha y la izquierda. Sólo después de 1848 surgió el
socialismo como una ideología realmente distinta del liberalismo y opuesta a él.
Entonces el sistema mundial entró en el periodo del espectro ideológico trimodal que

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todos conocemos. El liberalismo pasó a representar el centro del hemiciclo político y
así quedó en posición de ocupar también el centro del escenario (para mezclar un
poco las metáforas, pero deliberadamente).
La distinción esencial entre el liberalismo y el socialismo, en el momento de la
separación de ambas corrientes, no se refería a la deseabilidad o incluso a la
inevitabilidad del cambio (o el progreso).
En realidad, esa visión del cambio constituía su tronco común. La diferencia era
más bien ideológica; es decir, era una diferencia de plan de acción política. Los
liberales creían que el curso del mejoramiento social era, o debía ser, constante,
basado por un lado en una evaluación racional de los problemas existentes hecha por
especialistas, y por el otro en un intento consciente y continuado de los dirigentes
políticos, a la luz de esa evaluación, por introducir reformas sociales inteligentes. El
plan de acción de los socialistas era alimentado por el escepticismo sobre si los
reformistas podían hacer cambios significativos mediante la buena voluntad
inteligente y en buena medida solos. Los socialistas querían ir más lejos y más
rápido, y sostenían que el proceso no conduciría al progreso sin considerable presión
popular. El progreso era inevitable sólo porque la presión popular era inevitable. Los
especialistas por sí solos eran impotentes.
La revolución mundial de 1848 fue un punto de inflexión en las estrategias
políticas de las tres corrientes ideológicas. De los fracasos de 1848 los socialistas
aprendieron que era dudoso que se pudiera hacer mucho confiando ya fuese en la
insurrección política espontánea o en el retiro en pequeñas comunidades. Las
estructuras estatales eran demasiado fuertes, y la represión era demasiado rápida y
demasiado eficaz. Hasta después de 1848 empezaron los socialistas seriamente a
establecer partidos, sindicatos y organizaciones de trabajadores en general, con el ojo
puesto en la conquista política a largo plazo de las estructuras estatales. Fue en ese
periodo posterior a 1848 cuando nació la estrategia socialista en dos etapas, que
después fue común a las dos alas principales del movimiento socialista, los
socialdemócratas de la Segunda Internacional y los comunistas de la Tercera
Internacional. Las dos etapas eran muy simples: primero, tomar el poder del estado;
segundo, utilizar el poder del estado para transformar la sociedad (o alcanzar el
socialismo).
Los conservadores también aprendieron una lección de 1848. Las insurrecciones
de trabajadores habían llegado a ser una posibilidad política real, y si bien en 1848
fueron sofocadas con relativa facilidad, el futuro no estaba tan claro. Además, los
conservadores notaron que las revoluciones sociales y las revoluciones nacionalistas,
aunque no eran en absoluto lo mismo, podían desarrollar una peligrosa tendencia a
superponerse y a reforzarse mutuamente en el escenario del sistema mundial. De ahí
se seguía que era preciso hacer algo concreto para evitar tales insurrecciones en un
momento anterior a la insurrección misma. Ese algo podría llamarse la construcción
de sociedades nacionales más integradas.

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Si observamos cuidadosamente esas nuevas estrategias socialista y conservadora,
vemos que en realidad ambas se iban acercando a la concepción liberal del cambio
permanente, administrado, racional y normal. ¿Cuál fue en ese momento la estrategia
liberal? Los liberales estaban elaborando dos grandes ideas como claves para el
cambio administrado, racional y normal. El problema principal, eso era claro y
cualquiera podía verlo, era que la industrialización de Europa occidental y Estados
Unidos implicaba un necesario proceso de urbanización y transformación a largo
plazo de poblaciones antes rurales en un proletariado urbano[18]. Los socialistas se
proponían organizar a ese proletariado, y por los acontecimientos de los decenios de
1830 y 1840 estaba claro que era organizable.
La solución que el liberalismo podía ofrecer a ese peligro para el orden social, y
por lo tanto para el desarrollo social racional, era hacer concesiones a las clases
trabajadoras: cierta participación en el poder político y alguna participación en la
plusvalía. Pero el problema era cómo dar a las clases trabajadoras lo suficiente para
que no vacilaran en perturbar el orden, pero no tanto que amenazara seriamente la
incesante y creciente acumulación de capital que era la razón de ser de la economía-
mundo capitalista y la principal consideración de los estratos gobernantes.
Lo que se puede decir de los Liberales entre 1848 y 1914 —los Liberales con
mayúscula fueron la encarnación política del liberalismo con minúscula, la ideología
— es que todo ese tiempo estuvieron temblando, sin saber nunca hasta dónde
atreverse, sin saber cuántas concesiones eran demasiadas o cuántas eran demasiado
pocas. El resultado político de tanta vacilación fue que los Liberales con mayúscula
perdieron el balón, como parte del proceso en que el liberalismo con minúscula
triunfó definitivamente como ideología dominante del sistema mundial[19].
Lo que ocurrió desde 1848 hasta 1914 fue doblemente curioso. Primero, los
practicantes de las tres ideologías pasaron de una posición teórica antiestatal a una
que en la práctica intentaba fortalecer y reforzar las estructuras estatales de varias
maneras. Segundo, la estrategia liberal fue aplicada en la práctica por los esfuerzos
aunados de conservadores y socialistas.
El viraje del gobernante al pueblo como sede de la soberanía teórica había
planteado la cuestión de si algún estado en particular reflejaba la voluntad del pueblo.
Ésa era la base existencial de la antinomia clásica —estado vs. sociedad— que
dominó a tal punto la teoría política del siglo XIX. No podía haber duda de que la
lógica de la soberanía popular significaba que en cualquier conflicto uno estaba
obligado a estar en favor de la sociedad y por encima del estado. En realidad, la
sociedad y la voluntad del pueblo eran sinónimas. El hecho de que todos afirmaban
defender ante todo los intereses de la sociedad, alegando por consiguiente hostilidad
contra el estado, es en realidad la medida del grado en que las tres corrientes
ideológicas aceptaban (implícita y explícitamente) la soberanía popular.
Por supuesto que las tres escuelas de pensamiento ofrecieron explicaciones
diferentes de su hostilidad hacia el estado. Para los conservadores, el estado aparecía

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como un actor del presente que si adoptaba alguna posición innovadora iría en contra
de los bastiones tradicionales de la sociedad y el orden social: la familia, la
comunidad, la Iglesia y, por supuesto, la monarquía. La presencia de la monarquía en
esa lista era en sí una admisión tácita del predominio del concepto de soberanía
popular: si un rey fuera realmente soberano estaría en capacidad de legislar en el
presente. De hecho la oposición de los legitimistas a Luis XVIII, para no hablar de su
oposición a Luis Felipe, se basó justamente en esta premisa[20]. Para los legitimistas
esos dos reyes, en virtud de su aceptación del concepto de la Constitución, habían
cedido a la tesis de que el estado podía legislar en contra de la tradición. Por eso se
oponían a la autoridad real y contemporánea del rey y del estado, en nombre de la
autoridad tradicional del rey.
La hostilidad teórica del liberalismo hacia el estado es tan fundamental que la
mayoría de los autores considera que la doctrina del estado como guardia nocturno es
la característica definitoria del liberalismo. La presumible mot d’ordre (consigna) es
laissez faire. No cabe duda de que los ideólogos y los políticos liberales hablaron
regularmente y con frecuencia de la importancia de eliminar del mercado la mano
estatal, y también, aunque quizá con menos frecuencia, de impedir que el estado
intervenga en la toma de decisiones en el terreno social. La base de esa profunda
desconfianza del estado es la reificación del individuo y la visión de que el pueblo
soberano está formado por individuos con “derechos inalienables”.
Por último, sabemos que los socialistas de todos los matices encontraron su
justificación en las necesidades y la voluntad de la sociedad, en contra de lo que
consideraron las acciones opresoras (y clasistas) del estado. Sin embargo es
igualmente importante notar que en la práctica las tres ideologías trabajaron en favor
de ese aumento real del poder del estado, de su eficacia en la toma de decisiones y de
su intervención ubicua que ha sido la trayectoria histórica del sistema mundial
moderno durante los siglos XIX y XX.
Es un lugar común que la ideología socialista en la práctica condujo al
reforzamiento de las estructuras estatales. El Manifiesto comunista es muy específico
en este aspecto:

Hemos visto […] que el primer paso de la revolución de la clase trabajadora


es elevar al proletariado a la posición de clase dominante, para establecer la
democracia.
El proletariado utilizará su supremacía política para quitarle gradualmente
todo capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de
producción en manos del estado, del proletariado organizado como clase
gobernante, y para aumentar el total de las fuerzas productivas lo más
rápidamente posible.

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Además, en el camino hacia “el primer paso”, el Manifiesto agrega: “los
comunistas luchan por alcanzar objetivos inmediatos, por imponer los intereses
momentáneos de la clase trabajadora”. Esta última intención se tradujo en las
acciones no sólo de los partidos socialdemócratas marxistas sino también de
socialistas no-marxistas (como el Partido Laborista británico): una presión constante
por la intervención estatal para regular las condiciones del lugar de trabajo, el
establecimiento por el estado de estructuras de transferencia de ingreso, y tanto la
legalización como la legitimación por el estado de las actividades organizativas de la
clase trabajadora.
¿Era quizás menos probable que los conservadores apoyaran en la práctica una
expansión del papel del estado? Podemos dejar de lado la vinculación histórica de las
fuerzas políticas conservadoras con los terratenientes y su consiguiente defensa de
diversas formas de protección estatal de los intereses agrarios, heredadas de épocas
anteriores. En su respuesta al nuevo industrialismo y sus consecuencias sociales,
¿acaso los conservadores sintieron que el estado no debía desempeñar ningún papel
en contra de lo que veían como desintegración social? Desde luego que no. Lord
Cecil expresó con prudencia el corazón de la ideología conservadora respecto al
estado: “mientras la acción del Estado no incluya nada que sea injusto u opresivo, no
se puede decir que los principios del conservadurismo sean hostiles a él”[21]. El
problema de los conservadores era muy simple. Para acercar la sociedad al orden
social que consideraban preferible, especialmente en vista de la rápida evolución de
las estructuras sociales después de 1789, necesitaban la intervención del estado[22].
En cuanto a los liberales, ¿es que alguna vez han tomado en serio —no
retóricamente— el concepto del estado-guardia nocturno? En cambio, ¿no vieron
desde el principio al estado como el instrumento óptimo de la racionalidad? ¿No era
ésa la esencia del radicalismo filosófico de Jeremy Bentham[23]? ¿Acaso John Stuart
Mill, epítome del pensamiento liberal, sostuvo algo diferente? En Gran Bretaña, en el
momento mismo en que los liberales luchaban por sacar al estado del proteccionismo
agrícola también estaban luchando para meterlo en la legislación sobre las fábricas.
En mi opinión es L. T. Hobhouse quien mejor ha resumido la práctica efectiva de los
liberales acerca del estado:

Parecería entonces que la verdadera distinción no es entre las acciones


autorreguladoras y otras acciones reguladoras, sino entre acciones coercitivas
y no coercitivas. La función de la coerción estatal es superar la coerción
individual, y desde luego la coerción ejercida por cualquier asociación de
individuos dentro del estado[24].

Esa convergencia de las tres ideologías en el reforzamiento de las estructuras


estatales es lo que eliminó el papel político aparte para los Liberales con mayúscula.

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En la segunda mitad del siglo XIX, los conservadores se convirtieron en liberales-
conservadores y los socialistas en liberales-socialistas. ¿Qué lugar había entonces
para los liberales-liberales?
La realidad política evolutiva es bastante visible no sólo en la evolución de la
retórica sino en el propio proceso político. El objetivo liberal de aumentar la
participación política de las clases trabajadoras apuntaba al sufragio universal. El
objetivo liberal de permitir la participación de los trabajadores en la distribución de la
plusvalía apuntaba hacia el estado de bienestar. Sin embargo los mayores avances en
esos dos campos —que sirvieron de modelos a toda Europa— fueron obra de dos
“conservadores iluminados”, Disraeli y Bismarck. Ellos fueron los que estuvieron
dispuestos a dar el gran salto que los Liberales nunca se atrevieron a dar.
Es indudable que los conservadores iluminados dieron el salto presionados por los
socialistas. Las clases trabajadoras reclamaban el sufragio y reclamaban los
beneficios que hoy llamamos estado de bienestar. Si nunca los hubieran reclamado es
poco probable que los conservadores los hubieran concedido. Para domeñar a las
clases trabajadoras, los conservadores iluminados presionaron por concesiones
oportunas, a fin de integrar y desradicalizar al proletariado. Es una ironía histórica
que las tácticas socialistas hayan servido a esa percepción correcta de los
conservadores iluminados.
Un último tema liberal fue llevado a la práctica por sus rivales. Los liberales
fueron los primeros que intentaron realizar la soberanía popular por la vía de la
construcción de un espíritu nacional. Los conservadores y los socialistas eran en
teoría más recalcitrantes. La nación no fue una categoría comunal del
conservadurismo tradicional, y los socialistas afectaban un internacionalismo
antinacionalista. En teoría, sólo los liberales veían a la nación como la suma
apropiada de voluntades individuales.
Sin embargo a medida que avanzó el siglo XIX fueron los conservadores los que
alzaron las banderas del patriotismo y el imperialismo. Fueron los socialistas,
además, los que primero y más efectivamente integraron a las zonas “adyacentes” a
sus respectivos estados-naciones. Obsérvese la fuerza del Partido Laborista británico
en Gales y en Escocia, la fuerza de los socialistas franceses en Occitania, y la fuerza
de los socialistas italianos en el sur. El nacionalismo de los partidos socialistas fue
finalmente confesado y confirmado cuando se agruparon en torno de las banderas en
agosto de 1914. Las clases trabajadoras europeas recompensaron con su lealtad a los
estados liberales que les habían hecho concesiones. Legitimaron sus estados.
Como dice Shapiro, “cuando el siglo XIX terminó históricamente en 1914, el
liberalismo había llegado a ser la forma aceptada de la vida política en Europa”[25].
Pero los partidos liberales se iban muriendo. Los países del centro de la economía-
mundo capitalista iban en dirección a una división ideológica de hecho: de un lado
los liberales-conservadores y del otro los liberales-socialistas. En general esa división
se reflejó más o menos directamente en las estructuras partidarias.

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El programa liberal había alcanzado un gran éxito. Las clases trabajadoras de los
países centrales habían sido efectivamente integradas al proceso político en marcha
de tal modo que no representaron ninguna amenaza para el funcionamiento de la
economía-mundo capitalista. Esto por supuesto se refiere únicamente a las clases
trabajadoras de los países del centro. La primera guerra mundial reabrió toda la
cuestión en escala mundial, donde se repetiría toda la historia.
En escala mundial, los conservadores estaban de regreso a su posición anterior a
1848. El gobierno imperial de las tierras de otros era considerado benéfico para los
nativos y deseable tanto para la sociedad mundial como para la metrópoli en
particular. Además no había razón para que tuviera que terminar alguna vez. En la
visión conservadora el imperio era eterno, por lo menos para las zonas bárbaras. Si
hubiera alguna duda sobre esto no hace falta más que recordar el concepto de
mandato de clase C en la estructura de la Liga de las Naciones.
La ideología socialista como antiliberalismo fue renovada por la Revolución rusa
y la construcción del marxismo-leninismo como nuevo plan de acción política. El
corazón del leninismo era la denuncia de otros socialdemócratas por haberse
convertido en liberal-socialistas, y por consiguiente por no ser ya antisistémicos. Esa
percepción era correcta, como ya hemos observado, y en consecuencia el leninismo
era básicamente un llamado a volver al plan original de acción política socialista,
avanzar más rápido utilizando la presión popular en el proceso del cambio social
inevitable. Eso se tradujo concretamente en un conjunto de tácticas revolucionarias
recomendadas por la Tercera Internacional y encarnadas en las “veintiún demandas”.
Perdida buena parte de su función política como agrupación política autónoma en
el escenario nacional de los países del centro, el liberalismo renovó su papel como
expresión de un plan de acción político para tratar con las clases populares de los
países situados fuera del centro, lo que hoy llamamos el Sur. Sus heraldos fueron
primero Woodrow Wilson y después Franklin Roosevelt. Wilson y Roosevelt
tomaron las dos propuestas principales de los liberales de mediados del siglo XIX —el
sufragio universal y el estado de bienestar— y las adaptaron al ámbito mundial.
El llamado de Wilson a la autodeterminación de las naciones fue el equivalente
mundial del sufragio. Así como cada individuo debía tener un voto igual dentro de los
estados, también cada estado debía ser soberano e igual en la organización política
mundial. Roosevelt renovó ese llamado durante la segunda guerra mundial y le
agregó la necesidad de lo que llegaría a ser conocido como el “desarrollo económico
de los países subdesarrollados”, impulsado mediante la “asistencia técnica” y la
“ayuda”. Esto se proponía ser el equivalente funcional del estado de bienestar en la
escena mundial, un intento de realizar una redistribución parcial y limitada de la
plusvalía, ahora la plusvalía mundial.
Ahora la historia más o menos se repetiría. Los liberales proclamaron el plan de
acción, pero vacilaron, y finalmente el plan fue llevado a la práctica por una
combinación de presión popular socialista (principalmente los movimientos de

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liberación nacional) y los atrevidos saltos de conservadores iluminados como, por
ejemplo, De Gaulle. En el proceso, entre 1917 y el decenio de 1960, los
conservadores se convirtieron en liberal-conservadores en la escena mundial.
Abrazaron la necesidad de descolonización y “desarrollo”. Fue Harold Macmillan
quien en 1960 sermoneó al parlamento sudafricano acerca de la necesidad de
inclinarse ante “los vientos del cambio”. Mientras tanto, los socialistas se convertían
en liberal-socialistas, proceso que culminó en Gorbachov pero que ya se había
iniciado con Stalin y Mao Tse-tung. En la desradicalización del leninismo hubo dos
elementos cruciales: la aceptación del objetivo del socialismo en un solo país,
definido como superación del rezago industrial, y la búsqueda de poder nacional y
ventajas para una nación dentro del sistema interestatal.
Así, tanto los conservadores como los socialistas aceptaron el plan liberal en
escala mundial de autodeterminación (llamada también liberación nacional) y
desarrollo económico (denominado a veces construcción del socialismo). Sin
embargo en escala mundial el plan de acción liberal no podía haber tenido el éxito
que tuvo en escala nacional en los países del centro en el periodo 1848-1914, y más
aún después del fin de la segunda guerra mundial. Y eso por dos razones.
Primero, en escala mundial era imposible aportar el tercer elemento de los
“compromisos históricos” nacionales —solidaridad nacional— que habían mantenido
controlada la lucha de clases. Ese tercer elemento había dado el sello final a los
programas nacionales liberales de sufragio y estado de bienestar en Europa occidental
y Estados Unidos. Un nacionalismo mundial es teóricamente imposible, puesto que
no hay nadie contra quien afirmarlo[26]. Pero segundo, y más importante, la
transferencia de ingreso que implicó la institución del estado de bienestar en los
países del centro fue posible porque el monto total así transferido no era tan grande
que amenazara la acumulación de capital en escala mundial, pero no ocurriría lo
mismo si esas transferencias hubieran de repetirse en el mundo entero, especialmente
debido a la naturaleza intrínsecamente polarizadora de la acumulación capitalista.
Pasaría algún tiempo antes que la imposibilidad de cerrar la brecha entre Norte y
Sur en escala mundial penetrara plenamente en la conciencia de las personas en el
mundo entero. De hecho el periodo posterior a 1945 creó una atmósfera de
optimismo sumamente estimulante. La descolonización mundial, sumada a la
increíble expansión de la economía mundial con su goteo de beneficios, condujo al
florecimiento de una visión rosada de la transformación reformista (tanto más dulce
porque las tácticas reformistas venían envueltas en retórica revolucionaria). Es
esencial ver que en ese periodo el llamado bloque socialista funcionó como hoja de
parra del capitalismo mundial, al contener el descontento destemplado y mantener la
promesa formulada por Jrushov en aquellas inolvidables palabras: “Nosotros los
enterraremos”.
En el decenio de 1960 el triunfalismo todavía impedía una evaluación sobria de la
realidad capitalista. La revolución mundial de 1968, con toda su euforia, fue lo que

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introdujo la primera nota de realismo. Yo sostengo que la revolución mundial de 1968
se prolongó dos decenios y culminó con el derrumbe de los comunismos en 1989. En
el escenario histórico mundial, 1968 y 1989 constituyen un mismo gran
acontecimiento[27]. El significado de ese acontecimiento es la desintegración de la
ideología liberal, el fin de una época que duró dos siglos.
¿Cuál fue la nota de realismo introducida por 1968? Fue precisamente el tema que
estamos tratando aquí: que durante más de un siglo la historia del sistema mundial
había sido la historia del triunfo de la ideología liberal y que los movimientos
antisistémicos de la izquierda histórica habían pasado a ser lo que yo llamo “liberal-
socialistas”. Los revolucionarios de 1968 presentaron el primer desafío intelectual
serio al modelo trimodal de ideologías —conservadora, liberal y socialista— al
insistir en que lo que se predicaba era solamente el liberalismo, y en que era el
liberalismo lo que constituía el “problema”.
Irónicamente, la primera consecuencia de esa fractura de la legitimación del
consenso liberal fue la aparente resurrección de las ideologías conservadora y
socialista. De repente los ideólogos neoconservadores parecían atraer a un público
serio, al igual que los neosocialistas (por ejemplo, las numerosas sectas maoístas del
decenio de 1970). La efervescencia de 1968 se extinguió pronto y fue reprimida, pero
el consenso liberal, como Humpty Dumpty, no se pudo volver a armar. Además los
tiempos eran contrarios al optimismo liberal. La economía-mundo entró en la larga
fase B de estancamiento que se inició en 1967-1973 y todavía no ha terminado. No es
éste el lugar de examinar en detalle la historia económica del sistema mundial durante
los decenios de 1970 y 1980: el choque del petróleo y la consiguiente recentralización
del capital, la crisis de la deuda primero del tercer mundo (más el bloque socialista) y
después de Estados Unidos, y el desplazamiento del capital de las empresas
productivas a la especulación financiera.
El efecto acumulado del choque de la revolución de 1968, más las consecuencias
sumamente negativas del largo viraje hacia abajo de la economía mundial para más
de dos tercios de los países del mundo, tuvieron efectos enormes sobre las
mentalidades de los pueblos del mundo. En los años sesenta el optimismo era tan
grande que las Naciones Unidas proclamaron que los años setenta sería “el decenio
del desarrollo”. En realidad resultó exactamente lo contrario. Para la mayor parte del
tercer mundo fue un periodo de retroceso. Uno por uno los estados tuvieron que
sucumbir ante la realidad de que la brecha no se iba a cerrar en el futuro previsible.
Las políticas estatales se concentraron en mendigar, pedir prestado y robar para
impedir que sus presupuestos se desmoronaran.
Las dificultades económicas generales fueron un golpe ideológico aún peor que el
económico y el político. Los más golpeados fueron quienes más fuertemente habían
predicado la ideología del reformismo liberal, primero los movimientos de liberación
nacional radicales, después los llamados regímenes comunistas. Actualmente, en
muchos (quizás la mayoría) de esos países, los slogans del mercado libre están en

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boca de todos, pero son slogans de desesperación. Son pocos los que realmente creen
(o seguirán creyendo por mucho tiempo) que el mercado libre vaya a hacer mucha
diferencia, y esos pocos terminarán decepcionados. Más bien ha habido un llamado
tácito a la simpatía y la caridad mundiales, y como todos sabemos esos llamados rara
vez han tenido consecuencias históricas serias.
Los políticos y los publicistas de los países del centro están tan envueltos en su
propia retórica que creen que ha caído algo llamado el comunismo, y parecen no ver
que lo que se ha caído es la promesa liberal. Las consecuencias no tardarán mucho en
caer sobre nosotros, porque el liberalismo como ideología en realidad dependía de
una visión “iluminada” (como opuesta a una visión “restringida”) de los intereses de
los estratos más altos. Esto a su vez dependía de una presión de fuerzas populares que
fuese a la vez fuerte y controlada en su forma. Esa presión controlada por su parte
dependía de la credibilidad del proceso para las capas más bajas. Todo está
entrelazado: si se pierde credibilidad se pierde la presión en forma controlada. Si se
pierde la presión en forma controlada, se pierde la disposición de los estratos
superiores a hacer concesiones.
Sobre la base de las nuevas mentalidades creadas por la Revolución francesa se
formó una serie de ideologías. La revolución mundial de 1848 puso en movimiento
un proceso histórico que condujo al triunfo del liberalismo como ideología y a la
integración de las clases trabajadoras. La primera guerra mundial replanteó el
problema en escala mundial. El proceso se repitió pero no pudo completarse. La
revolución mundial de 1968 desorganizó el consenso ideológico, y los veinte años
siguientes presenciaron el desmoronamiento de la credibilidad del liberalismo, cuya
culminación fue la caída de los comunismos en 1989.
En términos de mentalidades, hemos entrado en una nueva era. Por un lado hay
un llamado apasionado a la democracia. Ese llamado, sin embargo, no es la
realización del liberalismo sino su rechazo. Es una afirmación de que el actual
sistema mundial no es democrático porque el bienestar económico no es compartido
por todos por igual, porque el poder político no es realmente compartido por todos
por igual. Lo que está llegando a ser visto como normal ahora no es el cambio
progresivo sino la desintegración social. Y cuando hay desintegración social la gente
busca protección.
Así como otrora la gente se volvió hacia el estado para obtener el cambio, ahora
se está volviendo hacia los grupos solidarios (de todas clases) en busca de protección.
Esto es completamente otro juego de pelota. Cómo se jugará durante los próximos
cincuenta años es muy incierto, tanto porque aún no hemos visto cómo funciona
como porque un sistema mundial en desintegración puede tener fluctuaciones muy
grandes. Seguramente no podremos navegar muy bien en este periodo si no tenemos
claro el hecho de que ninguna de las ideologías —es decir, los programas de acción
política— que han gobernado nuestras acciones durante los últimos doscientos años
tiene mucha utilidad en el periodo que se aproxima.

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La crisis del golfo Pérsico marcó el inicio de un nuevo desorden mundial. El
desorden no es necesariamente peor (o mejor) que el orden. Sin embargo, sí requiere
un modo de acción y reacción diferente. Llamarlo orden —o triunfo del liberalismo,
que es la misma cosa— no tiene mucho sentido.

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6. EL CONCEPTO DE DESARROLLO NACIONAL,
1917-1989: ELEGÍA Y RÉQUIEM
Por lo menos desde el siglo XVI los pensadores europeos discuten cómo aumentar la
riqueza del reino, y los gobiernos han buscado o han sido conminados a tomar
medidas para mantener y acrecentar esa riqueza. Todos los debates acerca del
mercantilismo se centraron en torno a cómo asegurarse de que en el estado ingresara
más riqueza de la que salía. En 1776 Adam Smith publicó La riqueza de las naciones,
donde atacó la idea de que la mejor manera de acrecentar esa riqueza era que los
gobiernos impusieran diversas restricciones al comercio exterior y afirmó en cambio
que lo que realmente acrecentaría en forma óptima la riqueza de la nación era
maximizar la capacidad de los empresarios individuales para actuar en el mercado
mundial como consideraran más prudente.
Esa tensión entre una postura básicamente proteccionista y una de libre comercio
llegó a ser uno de los temas principales de la creación política en los diversos estados
del sistema mundial en el siglo XIX, y con frecuencia fue el problema más importante
que dividía a las principales fuerzas políticas de un estado. Para entonces estaba claro
que un tema ideológico central de la economía-mundo capitalista era que todos los
estados podían alcanzar un nivel de ingreso nacional elevado, y de hecho era
probable que eventualmente lo alcanzaran; y se pensaba que se llegaría a eso
mediante la acción consciente y racional. Esto estaba de acuerdo con el tema
subyacente a la Ilustración del progreso inevitable y con la visión teleológica de la
historia humana que éste encarnaba.
Para cuando llegó la primera guerra mundial también estaba claro que una serie
de países de Europa occidental, más los países de colonizadores blancos en el resto
del mundo, habían llegado a ser, en nuestra jerga contemporánea, “desarrollados”, o
por lo menos iban en camino de serlo. Desde luego, para las pautas de 1990 todos
esos países (incluyendo a la Gran Bretaña) eran mucho menos “modernos” y ricos de
lo que llegaron a serlo más adelante, sin embargo para las pautas de la época estaban
magníficamente. La primera guerra mundial fue un choque precisamente porque,
entre otras cosas, parecía amenazar directamente esa prosperidad general de lo que
hoy llamamos las zonas centrales de la economía-mundo.
A menudo se toma el año 1917 como un punto de inflexión ideológico en la
historia del sistema mundial moderno. Estoy de acuerdo con que lo fue, pero no
exactamente en la forma que se considera generalmente. El 2 de abril de 1917, el
presidente Woodrow Wilson se dirigió al Congreso de Estados Unidos para pedir una
declaración de guerra contra Alemania, y sostuvo que “el mundo debe ser seguro para
la democracia”. En ese mismo año, el 7 de noviembre, los bolcheviques atacaron el
Palacio de Invierno en nombre de la revolución de los trabajadores. Se puede decir
que en 1917 nació la gran antinomia ideológica del siglo XX, el wilsonismo contra el

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leninismo. Yo sostengo que murió en 1989, y además que el problema clave que las
dos ideologías buscaban solucionar era la integración política de la periferia del
sistema mundial. Por último, sostengo que el mecanismo de esa integración, tanto
para el wilsonismo como para el leninismo, era el “desarrollo nacional”, y que la
disputa esencial entre ellos se refería meramente al camino hacia ese desarrollo
nacional.

I
El wilsonismo se basaba en premisas liberales clásicas. Era universalista, en cuanto
afirmaba que sus preceptos eran igualmente aplicables en todas partes. Suponía que
todos actuaban con base en un interés particular racional, y por lo tanto que a la larga
todos eran razonables. Por eso era posible la práctica reformista pacífica. Ponía
mucho énfasis en la legalidad y en la forma.
Por supuesto, ninguno de esos preceptos era nuevo. De hecho, en 1917 parecían
más bien anticuados. La innovación de Wilson (no su invención, sino su innovación)
fue sostener que esos preceptos se aplicaban no sólo a los individuos dentro del
estado sino también a los estados nacionales o a los pueblos en el campo
internacional. El principio de autodeterminación, pieza central del wilsonismo, no era
otra cosa que el principio de la libertad individual trasladado al nivel del sistema
interestatal.
Tomar una teoría que originalmente sólo se aplicaba en el nivel de los individuos
y aplicarla en el nivel de grupos es una proposición bastante delicada. Un crítico
duro, Ivor Jennings, dijo sobre la doctrina de la autodeterminación de Wilson: “En la
superficie parece razonable: que el pueblo decida. Pero en realidad era ridícula
porque el pueblo no puede decidir hasta que alguien decide quién es el pueblo”[28]. Y
por cierto, ahí está el detalle.
Sin embargo era evidente que cuando Wilson hablaba de autodeterminación de las
naciones no estaba preocupado por Francia o Suecia. Estaba hablando de la
liquidación de los imperios austrohúngaro, otomano y ruso. Y cuando una generación
después Roosevelt retomó el tema estaba hablando de la liquidación de los restos de
las estructuras imperiales británica, francesa, holandesa y otras. La autodeterminación
a la que se referían era la autodeterminación de las zonas periféricas y semiperiféricas
del sistema mundial.
Lenin perseguía objetivos políticos muy similares bajo los muy diferentes slogans

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del internacionalismo proletario y el antimperialismo. Sin duda su visión se basaba en
otras premisas. Su universalismo era el de la clase trabajadora mundial, que pronto
sería la única clase y estaba marcada para llegar a ser literalmente idéntica al
“pueblo”. En el esquema marxista las naciones, o los pueblos, no tenían ningún lugar
a largo plazo: eventualmente deberían desaparecer, igual que los estados. Pero sí
tenían una realidad a corto plazo, e incluso a mediano plazo, que no sólo los partidos
marxistas no podían ignorar sino que podía incluso ser de utilidad táctica para sus
fines.
La Revolución rusa denunció al imperio ruso en teoría, defendiendo la misma
autodeterminación de las naciones o los pueblos que la doctrina de Wilson. Si bien
retuvo la mayor parte del “imperio”, los bolcheviques insistieron escrupulosamente
en que adoptara la forma de una federación voluntaria de repúblicas —la URSS— con
mucho espacio para la autonomía formal de los pueblos, incluso dentro de cada una
de las repúblicas. Y cuando se abandonó toda esperanza de la mítica revolución
alemana, Lenin se volvió hacia Bakú para proclamar un nuevo énfasis en el “Este”.
En realidad el marxismo-leninismo estaba pasando de sus orígenes como teoría de la
insurrección proletaria contra la burguesía a un nuevo papel como teoría del
antimperialismo. Ese desplazamiento del énfasis no haría más que crecer con el
tiempo. En los decenios por venir, probablemente más personas leyeron El
imperialismo: etapa superior del capitalismo de Lenin que el Manifiesto comunista.
Así, el wilsonismo y el leninismo surgieron como doctrinas rivales que competían
por la adhesión de los pueblos de las zonas periféricas. Como eran doctrinas rivales,
cada una destacaba en su propaganda sus diferencias con la otra. Y desde luego había
diferencias reales, pero no debemos ignorar que también tenían profundas
similitudes. Las dos ideologías no sólo tenían en común el tema de la
autodeterminación de las naciones, sino que creían que tenía importancia inmediata
(si no siempre urgente) para la vida política de las zonas periféricas. Es decir, ambas
doctrinas estaban en favor de lo que más tarde se llamó “descolonización”. Además,
en general, incluso cuando se llegaba a los detalles de quiénes eran exactamente los
que tenían ese hipotético derecho a la autodeterminación, los defensores de las dos
doctrinas proponían listas de nombres muy similares. Naturalmente hubo
escaramuzas tácticas menores relacionadas con consideraciones transitorias de la
rapport de forces mundial, pero ningún ejemplo importante de desacuerdo empírico
fundamental. Israel figuraba en las dos listas, Kurdistán en ninguna. Nadie iba a
aceptar la legitimidad teórica de los bantustanes. Ninguno encontraba una razón
teórica que oponer a las eventuales realidades de Pakistán y Bangladesh. No se podía
decir que utilizaran medidas fundamentalmente diferentes para juzgar la legitimidad.
Desde luego había diferencias en cuanto al camino hacia la autodeterminación.
Los wilsonianos estaban en favor de lo que llamaban un camino “constitucional”, es
decir una transferencia de poder gradual y ordenada a la que se llegaría por medio de
negociaciones entre un poder imperial y representantes respetables del pueblo en

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cuestión. La descolonización sería, como dirían después los franceses, octroyée
(otorgada). El leninismo venía de una tradición revolucionaria y pintaba un camino
más insurreccional para la “liberación nacional”. La liberación no sería octroyée sino
arrachée (arrancada). Esto encarnaría más tarde en la defensa maoísta de la “lucha
prolongada”, que fue ampliamente repetida y, lo más importante, llegó a ser parte de
la estrategia fundamental de los movimientos.
Pero no debemos exagerar ni siquiera esa diferencia. La descolonización pacífica
no era inaceptable en la doctrina leninista, era simplemente improbable. Y el
nacionalismo revolucionario no era en sí incongruente con las ideas wilsonianas, era
simplemente peligroso y por lo tanto algo que debía ser evitado siempre que fuera
posible. Sin embargo el debate era real porque enmascaraba otro debate: quién
encabezaría la lucha por la autodeterminación. Y eso a su vez era importante porque
presumiblemente determinaría la política después de la independencia. Para los
wilsonianos, la dirigencia natural de un movimiento nacional estaba en la
inteliguentsia y en la burguesía, educada, razonable y prudente. Preveían un
movimiento local que convencería a los sectores más “modernos” de la dirigencia
tradicional de adherirse a las reformas políticas y aceptar un modo sensato y
parlamentario de organizar el estado recién independizado. Para los leninistas, la
dirigencia debía corresponder a un partido/movimiento modelado sobre el partido
bolchevique, aun cuando el movimiento nacional no aceptara todo el canon
ideológico leninista. Los dirigentes podían ser “pequeñoburgueses” a condición de
que fueran pequeñoburgueses “revolucionarios”. Y al llegar al poder, se suponía que
el partido/movimiento se convertiría en partido/estado. Tampoco aquí debemos
exagerar la diferencia. A menudo la respetable inteliguentsia/burguesía y la llamada
pequeña burguesía revolucionaria eran en realidad las mismas personas, o por lo
menos primos. Y el partido/movimiento era una fórmula casi tan frecuente de los
movimientos “wilsonianos” como de los “leninistas”. En cuanto a la política después
de la independencia, ni los wilsonianos ni los leninistas se preocupaban mucho por
ella mientras la lucha por la autodeterminación estuviera en marcha.

II
¿Qué decir entonces de la práctica después de la descolonización? Seguramente aquí
se revelaría la importancia de la antinomia wilsoniano-leninista. Sin duda los dos
caminos hacia la independencia tendían a correlacionarse con políticas opuestas

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después de la independencia en uno de los aspectos principales: el campo de la
política exterior. En todos los problemas mundiales en que la URSS y Estados Unidos
se enfrentaban en las batallas de la guerra fría, los estados externos a las zonas
centrales tendían a inclinarse hacia uno u otro. Algunos estados se consideraban y
eran considerados “prooccidentales”, mientras que otros se consideraban parte de un
campo mundial progresista que incluía a la URSS.
Desde luego había una larga serie de posiciones, y no todos los estados se
mantuvieron invariables en el tiempo. La no alineación en sí fue un movimiento
importante. Sin embargo a la hora de la hora, en asuntos de menor importancia como
la votación de resoluciones en la Asamblea General de la ONU, muchos de los votos
eran fáciles de predecir. Estados Unidos y sus aliados por un lado, y la URSS con el
llamado bloque socialista, por el otro, gastaban muchas energías tratando de empujar
a los estados vacilantes en una dirección u otra, y la propaganda tanto wilsoniana
como socialista corría incesantemente, en forma directa en los medios de
comunicación gubernamentales y en forma indirecta en el discurso académico.
Sin embargo si observamos de cerca las realidades internas de los distintos
estados vemos que tanto en lo político como en lo económico las diferencias eran
menores de lo que parecían indicar la teoría o la propaganda. En términos de las
estructuras políticas reales, la mayor parte del tiempo la mayoría de los estados
fueron estados de partido único (de facto o de jure) o bien dictaduras militares.
Incluso cuando formalmente había un sistema multipartidista, de hecho un partido
tendía a dominar las instituciones y a sobrevivir a cualquier cambio de régimen fuera
de un golpe de estado militar.
Tampoco en el campo económico se podían ver mayores diferencias. La empresa
privada local ha sido permitida en diversos grados, pero en casi todos los estados del
tercer mundo la empresa estatal ha tenido una importancia considerable, y
prácticamente no hay ninguno en que la propiedad estatal haya sido la única forma de
propiedad. Sin duda el grado en que se ha permitido la inversión extranjera ha
variado aún más: los estados “prooccidentales” la estimulaban, incluso la requerían,
si bien a menudo en forma de coinversión con una empresa estatal. Los estados más
radicales o “progresistas” la manejaban con más cautela, aunque rara vez la
repudiaron por completo. Más bien lo que ocurría es que los inversionistas de los
países de la OCDE se mostraban renuentes a invertir en tales países debido a lo que
consideraban alto riesgo político.
Por último, el cuadro de la ayuda no ha sido muy diferente. Prácticamente todos
los países del tercer mundo han buscado activamente obtener ayuda en forma de
donaciones directas o de préstamos. Por su parte, los que daban la ayuda trataban de
correlacionar su asistencia con la postura del potencial recipiente en materia de
política exterior. Una larga lista de países recibió ayuda principalmente de países de
la OCDE. Una lista más corta recibió ayuda principalmente de países del bloque
socialista. Unos pocos países trataron de utilizar principalmente a los países del Norte

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(más Holanda y Canadá) como fuentes de ayuda. Muchos países estaban dispuestos a
aceptar ayuda de múltiples fuentes. Finalmente, la mayor parte de la ayuda adoptaba
la misma forma: personal y donaciones vinculadas, destinadas a apoyar estructuras
militares y a financiar los llamados proyectos de desarrollo.
Lo que había de más similar entre todos esos países era la creencia en la
posibilidad y la importancia urgente del “desarrollo nacional”. En el nivel operativo,
el desarrollo nacional se definía en todas partes como “alcanzar a los demás” o
“eliminar el rezago”. Naturalmente todos los implicados daban por sentado que sería
una tarea larga y difícil, pero también se daba por sentado que era posible, a
condición de que se aplicaran las políticas estatales correctas. Esto cubría toda la
gama ideológica, desde facilitar el flujo irrestricto de capitales, mercancías y mano de
obra a través de las fronteras nacionales (en un extremo), hasta el control estatal total
de las operaciones de producción e intercambio dentro de fronteras firmemente
cerradas (en el otro extremo). Y por supuesto había una gran variedad de posiciones
intermedias.
Lo que tenían en común los programas de todos los estados no centrales
miembros de las Naciones Unidas, de la URSS a Argentina, de la India a Nigeria, de
Albania a Santa Lucía, era el supremo objetivo estatal de aumentar la riqueza de la
nación y “modernizar” su infraestructura. Además todos tenían en común un
optimismo básico acerca de ese objetivo. Y también la convicción de que la mejor
manera de perseguirlo era participar plenamente en el sistema interestatal. Cuando
algún estado era excluido aunque sólo fuera parcialmente, como ocurrió durante
muchos años con la República Popular China, hacía los mayores esfuerzos por
recuperar su calidad de miembro pleno.
En suma, la ideología wilsoniano-leninista de la autodeterminación de las
naciones y su igualdad abstracta, así como el paradigma desarrollista encarnado en
las dos variantes de esa ideología, fueron arrolladoramente aceptados casi sin
excepción como programa operativo de los movimientos políticos de las zonas
periféricas y semiperiféricas del sistema mundial.
En ese sentido la propia URSS fue el primer caso que puso a prueba la validez del
análisis y la aplicabilidad de las recomendaciones. El estado posrevolucionario
adoptó su estructura formal: una federación de estados, cada uno de los cuales
contenía subunidades autónomas, en respuesta precisamente a la fórmula jurídica de
la autodeterminación. Cuando Lenin lanzó el lema de el “Comunismo es igual a los
soviets más electricidad” estaba proponiendo el desarrollo (económico) nacional
como principal objetivo de la política estatal. Y decenios más tarde, cuando Jrushov
dijo que la URSS “enterraría” a Estados Unidos para el año 2000, estaba expresando su
supremo optimismo en cuanto a “alcanzarlos”.
Estos temas adquirieron mayor fuerza en el periodo de entreguerras, en Europa
oriental y central, en América Latina, en Asia y en otras partes[29]. Originalmente la
URSS se había jactado sobre todo de que en el decenio de 1930, en un momento de

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depresión económica mundial, en la URSS no sólo no había desempleo sino que
además había un programa de industrialización rápida.
Después de 1945 el coro mundial acerca de las posibilidades del desarrollo
nacional adquirió mayor vigor. La reconstrucción relativamente rápida de Europa
occidental y Japón (después de la destrucción masiva de la infraestructura durante la
guerra) parecía demostrar que, con voluntad e inversión, era posible perfeccionar
rápidamente la tecnología y así elevar el nivel de vida general. De repente, el tema
del desarrollo económico se volvió pandémico entre políticos, periodistas y
estudiosos. Los rincones olvidados de estados ya industrializados (el sur de Estados
Unidos, el sur de Italia, etc.) pasaron a ser blancos elegidos para el “desarrollo”.
También el tercer mundo debía desarrollarse, en parte con autoayuda y en parte con
asistencia de los países “desarrollados” más avanzados. La ONU proclamó
oficialmente los años setenta como el decenio del desarrollo.
En las universidades del mundo, el desarrollo pasó a ser el nuevo tema
organizador intelectual. En los años cincuenta se elaboró un paradigma liberal, la
“teoría de la modernización”, que tuvo como respuesta un contraparadigma
dependista marxizante elaborado en los años sesenta. Esencialmente no era otra cosa
que una actualización de la antinomia wilsoniano-leninista. Una vez más, en la
práctica, las recomendaciones concretas de política estatal quizás fueran polarmente
opuestas, pero los dos conjuntos teóricos incluían recomendaciones concretas de
política estatal. Los dos grupos de practicantes aplicados que aconsejaban a los
gobiernos confiaban en que, si se aplicaban sus recomendaciones, el resultado sería el
desarrollo nacional y los países en cuestión eventualmente alcanzarían a los demás.
Ya sabemos lo que ocurrió en el mundo real. Desde alrededor de 1945 hasta 1970
hubo un esfuerzo práctico considerable para expandir los medios y el nivel de
producción en todo el mundo. En ese periodo fue cuando el PNB y el PNB per cápita
llegaron a ser los principales instrumentos de medición del crecimiento económico,
que por su parte se había convertido en el principal indicador del desarrollo
económico.
Ese periodo fue una fase A de Kondratieff de excepcional amplitud. La cantidad
de crecimiento varió considerablemente en el mundo, pero en conjunto las cifras
ascendieron en todas partes, y los llamados países socialistas no fueron los últimos.
El mismo periodo fue además el del triunfo político de gran número de movimientos
del tercer mundo que habían elaborado la estrategia de luchar por el poder estatal a
fin de utilizarlo para aplicar políticas que asegurasen el desarrollo nacional. En
consecuencia, todo parecía ir en la misma dirección: expansión económica mundial,
realización estado por estado de la visión wilsoniano-leninista, tasas de crecimiento
ascendentes casi universales. El desarrollismo era la orden del día, y había consenso
mundial acerca de su legitimidad e inevitabilidad.
Ese consenso, sin embargo, sufrió dos choques de los que no se ha recobrado, y
yo sostengo que no se recobrará. El primer choque fue la revolución mundial de

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1968. El segundo choque fue el estancamiento económico mundial del periodo
1970-1990, el fracaso económico de casi todos los gobiernos de las zonas periférica y
semiperiférica, y la caída de los regímenes de los llamados estados socialistas. La
revolución mundial de 1968 rompió la costra ideológica, y los decenios de 1970 y
1980 eliminaron el resto de la cobertura ideológica. La llaga abierta de la
polarización Norte-Sur quedó a la vista. Actualmente el mundo, desesperado,
murmura fórmulas mágicas acerca del mercado como remedio, como si eso pudiera
resolver algo. Pero la medicina mercantil es mercuriocromo y no impedirá que el
deterioro se extienda. Es sumamente improbable que la mayoría de los estados que
ahora están abandonando los lemas “socialistas” para adoptar lemas de “mercado”
vean mejorar significativamente su nivel de vida en los noventa. Después de todo, la
gran mayoría de los estados no centrales que se adhirieron a los lemas de mercado en
los ochenta obtuvieron resultados bastante pobres. Siempre se hace referencia a las
escasas historias de “éxito” (el héroe actual es Corea del Sur), pasando por alto el
número mucho mayor de fracasos y el desvanecimiento de pasadas historias “de
éxito”, como la de Brasil.
Pero el punto más importante no es si determinadas políticas estatales han
conducido al desarrollo económico o no. El punto importante es si se mantendrá o no
la creencia general en la probabilidad del desarrollo económico como resultado de
una política estatal determinada.

III
La revolución mundial de 1968 surgió de la sensación de que el desarrollo nacional
no había ocurrido; no era todavía consecuencia del sentimiento de que el objetivo en
sí era una ilusión. Hubo dos temas principales comunes a todos los levantamientos
(en el este y el oeste, el norte y el sur), cualesquiera que fuesen los detalles locales. El
primer tema fue la protesta contra la hegemonía de Estados Unidos en el sistema
mundial (y la colusión de la URSS en esa hegemonía). El segundo fue la protesta
contra la ineficacia de los movimientos llamados de la izquierda histórica que habían
llegado al poder en múltiples versiones en todo el mundo, socialdemocracia en
Occidente, comunismo en el Este, movimientos de liberación nacional en el Sur. Esos
movimientos eran atacados por no haber transformado realmente el mundo, como lo
habían prometido en sus días de movilización. Eran atacados por formar parte en
demasía del sistema mundial dominante, por ser demasiado poco antisistémicos[30].

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En cierto sentido, lo que los que participaron en las diversas insurrecciones decían
de los movimientos políticos de la “vieja izquierda” o “izquierda histórica” era que
sus actividades organizativas habían alcanzado los objetivos políticos formales que
históricamente se habían propuesto —particular y especialmente, el poder estatal—
pero muy claramente no habían alcanzado aquella igualdad humana mayor que
supuestamente era la razón para tomar el poder estatal. Por otra parte, la gran
atracción mundial del “maoísmo” en ese periodo se debió al hecho de que expresaba
en la forma más vigorosa posible ese doble rechazo: de la hegemonía estadunidense
(y la colusión soviética) y de los ineficaces movimientos de la vieja izquierda o
histórica en general. Sin embargo el maoísmo representaba el argumento de que la
culpa era de las malas dirigencias de los movimientos de la vieja izquierda, a quienes
en la terminología maoísta se denominaba “roaders del capitalismo”, y eso implicaba
que si ahora los movimientos rechazaban sus “waders del capitalismo”, si hacían una
“revolución cultural”, entonces por fin se alcanzaría efectivamente el objetivo del
desarrollo nacional.
La significación de la revolución mundial de 1968 no reside en el cambio político
que produjo. Para 1970 los levantamientos habían sido sofocados o habían perdido
fuerza en todas partes. Tampoco reside su significación en las ideas nuevas que lanzó.
El maoísmo tuvo una breve carrera en los años setenta pero a mediados del decenio
se desintegró, y en primer término en China. Los temas de los nuevos movimientos
sociales (los nacionalismos culturales de las “minorías”, el feminismo, la ecología)
han tenido más capacidad de permanecer que el maoísmo, pero todavía no han
encontrado una base ideológica firme. La significación de 1968 consiste más bien en
que diluyó el consenso existente en torno al wilsonismo-leninismo al cuestionar que
la ideología desarrollista hubiera alcanzado efectivamente algo de importancia
perdurable. Sembró la duda ideológica, erosionó la fe.
Una vez que la fe fue removida, una vez que el punto de vista consensual fue
reducido a simplemente un punto de vista entre otros (aunque todavía fuera el de la
mayoría), fue posible que la realidad cotidiana tuviera el efecto de desnudar esa
ideología. Eso fue lo que ocurrió en los decenios de 1970 y 1980. El estancamiento
económico mundial, la fase B de Kondratieff, se ha desarrollado hasta ahora en dos
dramas principales. El primero fue el aumento de precios de la OPEP en los setenta. El
segundo fue la crisis de la deuda de los ochenta.
Al principio pareció que el aumento de precios de la OPEP daba renovada
credibilidad a las posibilidades de desarrollo nacional. Parecía ser una demostración
de que productores primarios del Sur, mediante la acción concertada, podían afectar
en forma significativa los términos de intercambio. La histeria inicial de la opinión
pública occidental correspondía a esa interpretación. Pero no pasó mucho tiempo
antes de que se afirmara una estimación más sobria. ¿Qué había ocurrido en realidad?
Los países de la OPEP, bajo la dirección del Shah de Irán y los sauditas (los mejores
amigos de Estados Unidos entre todas las naciones de la OPEP, nótese), elevaron el

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precio del petróleo en forma espectacular, atrayendo así hacia sus manos un
porcentaje considerable del excedente mundial. Eso representó una sangría
importante para las cuentas nacionales de todos los países del tercer mundo y
socialistas que no eran productores de petróleo, en un momento en que el mercado
mundial para sus exportaciones se estaba debilitando. La sangría de las cuentas
nacionales de los principales países industrializados también fue importante, pero
mucho menos significativa como porcentaje del total y además más transitoria,
porque esos países pudieron tomar medidas con más facilidad para reestructurar su
consumo de energía.
¿Qué ocurrió con el excedente mundial canalizado a través de los países
productores de petróleo? Una parte, naturalmente, se destinó a los programas de
“desarrollo nacional” de países productores de petróleo como Nigeria, Argelia, Irak,
Irán, México, Venezuela y la URSS. Una parte se destinó a un enorme consumo
suntuario en estados productores de petróleo, lo que significa que fue transferido a los
estados de la OCDE en forma de compra de mercancías, en forma de inversiones o
simplemente como fuga de capital individual. Y el resto fue colocado en bancos
estadunidenses y europeos. A continuación ese dinero colocado en los bancos fue
recanalizado hacia estados del tercer mundo y socialistas (incluyendo a los propios
países productores de petróleo) como préstamos al estado. Esos préstamos al estado
solucionaron los problemas inmediatos de la balanza de pagos de esos países, que
estaban en situación particularmente mala debido precisamente al aumento de los
precios del petróleo. Con esos préstamos, los gobiernos pudieron mantener a raya por
algún tiempo a la oposición política utilizando ese dinero para mantener las
importaciones (incluso mientras las exportaciones caían). Y eso a su vez mantuvo la
demanda mundial de los bienes manufacturados de los países de la OCDE y de ese
modo minimizó para esos países los efectos del estancamiento económico mundial.
Ya durante el decenio de 1970 una serie de estados del tercer mundo empezó, sin
embargo, a sentir los efectos de la declinación de la tasa de crecimiento combinada
con el agotamiento de las reservas monetarias y sociales. Para el decenio de 1980 los
efectos se sentían en todas partes (con excepción de Asia del este). La primera gran
expresión pública de la crisis de la deuda se dio en Polonia en 1980. El gobierno de
Gierek había sorteado los años setenta como todo el mundo, pidiendo prestado y
gastando. Pero llegaba el momento de pagar la cuenta, y el gobierno polaco trató de
reducirla aumentando los precios internos, y de esta manera pasar la carga a la clase
trabajadora polaca. El resultado fue Gdansk y Solidarnosk.
El decenio de 1980 fue testigo de una cascada de dificultades económicas para los
países periféricos y semiperiféricos. En prácticamente todos los casos hubo dos
elementos comunes. El primer elemento común era el descontento popular con el
régimen en el poder, seguido por la desilusión política. Incluso cuando esos
regímenes eran derrocados, ya fuera por la violencia o por el desmoronamiento de un
régimen putrefacto, y ya fuesen dictaduras militares, partidos comunistas o regímenes

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africanos de partido único, la presión por la transformación política era más negativa
que afirmativa. Los cambios eran provocados no tanto por la esperanza como por la
desesperación. El segundo fue la dura faceta financiera de los países de la OCDE.
Enfrentados a sus propias dificultades económicas, mostraron muy poca paciencia
para con los dilemas financieros del tercer mundo y los gobiernos socialistas. Lo que
estos últimos recibieron fueron condiciones muy duras del FMI, una asistencia ridícula
y sermones acerca de las virtudes del mercado y la privatización. Las indulgencias
keynesianas de los decenios de 1950 y 1960 se habían acabado.
A comienzos de los ochenta los países latinoamericanos presenciaron una ola de
desmantelamientos de dictaduras militares desarrollistas y descubrieron la
“democracia”. En el mundo árabe, los regímenes seculares desarrollistas eran blanco
de duros ataques de los fundamentalistas religiosos. En el África negra, donde el
régimen de partido único había sido la estructura de sostén de las esperanzas
desarrollistas, el mito se había convertido en cenizas. Y las dramáticas
transformaciones de 1989 en Europa central y oriental llegaron como una gran
sorpresa para el mundo, aun cuando estaban claramente inscritas en los
acontecimientos de 1980 en Polonia.
En la URSS, que en cierto sentido fue donde se inició la marcha desarrollista,
hemos presenciado la desintegración del Partido Comunista de la Unión Soviética y
de la propia URSS. Cuando el desarrollismo fallaba en Brasil o en Argelia se podía
argumentar que era porque no habían seguido el sendero político de la URSS, pero
¿cuándo falló en la URSS?

IV
La historia de 1917-1989 merece tanto una elegía como un réquiem. La elegía es por
el triunfo del ideal wilsoniano-leninista de la autodeterminación de los pueblos. En
esos setenta años el mundo en gran parte se descolonizó, y el mundo fuera de Europa
se integró a las instituciones políticas formales del sistema interestatal.
Esa descolonización fue en parte octroyée y en parte arrachée. El proceso
requirió una movilización política increíble en todo el mundo, que ha despertado la
conciencia en todas partes. Será muy difícil volver a meter el genio en la botella. De
hecho, hoy el mayor problema es cómo contener la difusión del virus del
micronacionalismo, cuando entidades cada vez menores afirman su calidad de

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pueblos y por lo tanto su derecho a la autodeterminación.
Sin embargo, desde el comienzo estaba claro que todos querían la
autodeterminación principalmente para abrirse camino hacia la prosperidad. Y desde
el comienzo se reconoció que el camino hacia la prosperidad era difícil. Como ya
hemos dicho, adoptó la forma de búsqueda del desarrollo nacional. Y por mucho
tiempo esa búsqueda se encontró relativamente más cómoda con la retórica leninista
que con la wilsoniana, igual que la lucha por la descolonización se ha hallado
relativamente más cómoda con la retórica wilsoniana.
El hecho de que el proceso fuera en dos partes —primero la descolonización (o
un cambio político comparable) y después el desarrollo económico— significaba que
la mitad wilsoniana del paquete estaba siempre esperando su complemento leninista.
La perspectiva del desarrollo nacional servía para legitimar la estructura general del
sistema mundial. En ese sentido, la suerte de la ideología wilsoniana dependía de la
suerte de la ideología leninista. Para decirlo en forma menos amable y más cruda, la
ideología leninista era la hoja de parra de la ideología wilsoniana.
Ahora la hoja de parra se ha caído, y el emperador está desnudo. Toda la gritería
acerca del triunfo de la democracia en todo el mundo en 1989 no ocultará por mucho
tiempo la ausencia de cualquier perspectiva seria de transformación económica de la
periferia en el marco de la economía mundial capitalista. Así, quienes entonen el
réquiem por el leninismo no serán los leninistas sino los wilsonianos. Son ellos los
que están ante un problema serio y no tienen opciones políticas plausibles. Esto se vio
en los dilemas sin solución posible del presidente Bush en la crisis del golfo Pérsico.
Pero la crisis del golfo Pérsico no era sino el comienzo de la historia.
A medida que los enfrentamientos entre Norte y Sur adopten formas cada vez más
dramáticas (y violentas) en los próximas decenios, empezaremos a ver cuánta falta le
hará al mundo el cemento ideológico de la antinomia ideológica wilsoniano-leninista.
Ésta representó una panoplia de ideas, esperanzas y energías humanas gloriosa,
aunque históricamente pasajera. No será fácil sustituirla. Y sin embargo sólo hallando
una nueva y más sólida visión utópica podremos trascender el periodo de dificultades
que se aproxima.

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TERCERA PARTE
LOS DILEMAS HISTÓRICO DE LOS
LIBERALES

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7. ¿EL FIN DE CUÁL MODERNIDAD?
Cuando yo estudiaba en la universidad en los años cuarenta, aprendíamos las virtudes
y las realidades de ser moderno. Hoy, casi medio siglo después, nos hablan de las
virtudes y las realidades de ser posmoderno. ¿Qué pasó con la modernidad que ya no
es nuestra salvación, y en cambio se ha convertido en nuestro demonio? ¿La
modernidad de que hablábamos entonces es la misma de la que hablamos ahora?
¿Cuál modernidad es la que ha llegado a su fin?
El Oxford English Dictionary (OED), que siempre es el que en primer lugar hay
que mirar, nos dice que el significado de moderno es historiográfico: “se aplica
comúnmente (en contraposición a antiguo y medieval) a la época posterior a la Edad
Media”. Cita a un autor que emplea “moderno” en ese sentido ya en 1585. Además,
el OED nos informa que “moderno” significa también “perteneciente u originado en la
época o periodo en curso”, en cuyo caso “posmoderno” es un oxímoron, que
deberíamos, me parece, desconstruir.
Hace alrededor de cincuenta años, “moderno” tenía dos connotaciones claras.
Una era positiva y miraba hacia adelante: “moderno” significaba la tecnología más
avanzada. El término estaba situado en el marco conceptual de la supuesta
interminabilidad del progreso tecnológico, y por consiguiente de la innovación
constante. Esa modernidad, en consecuencia, era una modernidad que pasaba muy
rápido, lo que hoy es moderno mañana será anticuado. Esa modernidad era muy
material en su forma: aviones, aire acondicionado, televisión, computadoras. El
atractivo de ese tipo de modernidad todavía no se ha agotado. Sin duda puede haber
millones de criaturas de la new age que afirman rechazar esa eterna búsqueda de la
velocidad y el control del ambiente como algo insalubre y en realidad nefando. Pero
hay miles de millones —no millones— de personas en Asia y en África, en Europa
oriental y en América Latina, en los barrios más pobres de Europa occidental y
Estados Unidos, que anhelan disfrutar plenamente ese tipo de modernidad.
Pero además el concepto de moderno tenía otra connotación principal, más
oposicional que afirmativa. Se podría decir que esa otra connotación no era tanto una
de mirar hacia adelante como una connotación de militancia (y satisfacción consigo
mismo), no tanto material como ideológica. Ser moderno significaba ser
antimedieval, en una antinomia en que el concepto de “medieval” encarnaba la
estrechez mental, el dogmatismo y sobre todo las constricciones de la autoridad. Era
Voltaire clamando “Écrasez l’infâme”. Era Milton en el Paradise lost casi celebrando
a Lucifer. Eran todas las “revoluciones” clásicas, la inglesa, la norteamericana, por
supuesto la francesa, pero también la rusa y la china. En Estados Unidos era la
doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado, las primeras diez enmiendas de la
Constitución, la Proclamación de la Emancipación, Clarence Darrow en el proceso
Scopes, Brown contra la Junta de Educación y Roe vs. Wade.

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Era, en suma, el presunto triunfo de la libertad humana contra las fuerzas del mal
y la ignorancia. Era una trayectoria de progreso tan inevitable como la del avance
tecnológico. Pero no era un triunfo de la humanidad sobre la naturaleza, sino más
bien de la humanidad sobre sí misma, o sobre los privilegiados. Su camino no era de
descubrimiento intelectual sino de conflicto social. Esa modernidad no era la
modernidad de la tecnología, de Prometeo desencadenado, de la riqueza sin límites,
sino más bien la modernidad de la liberación, de la democracia sustantiva (el
gobierno del pueblo, contrapuesto al de la aristocracia, o el gobierno de los mejores),
de la realización humana y, sí, de la moderación. Esa modernidad de la liberación no
era una modernidad pasajera, sino una modernidad eterna. Una vez alcanzada, no la
entregaríamos jamás.
Las dos historias, los dos discursos, las dos búsquedas, las dos modernidades eran
muy diferentes, incluso opuestas, entre sí. Pero además históricamente estaban
profundamente entrelazadas, y por eso el resultado ha sido una profunda confusión,
desenlaces inciertos y mucha decepción y desilusión. Ese par simbiótico ha
constituido la contradicción cultural central de nuestro sistema mundial moderno, el
sistema del capitalismo histórico. Y esa contradicción nunca ha sido tan aguda como
hoy, cuando conduce a crisis no sólo institucionales sino también morales.
Examinemos la historia de esa compleja simbiosis entre las dos modernidades —
la modernidad de la tecnología y la modernidad de la liberación— en la historia de
nuestro sistema mundial moderno. Dividiré mi historia en tres partes: los 300 o 350
años que hay entre los orígenes de nuestro sistema mundial moderno a mediados del
siglo XV y fines del XVIII; el siglo XIX y la mayor parte del XX, o para utilizar dos
fechas simbólicas para este segundo periodo, de 1789 a 1968; y el periodo posterior a
1968.
El sistema mundial moderno nunca ha estado del todo cómodo con la idea de la
modernidad, pero por razones diferentes en cada uno de los tres periodos. Durante el
primer periodo, sólo una parte del planeta (principalmente la mayor parte de Europa y
las Américas) constituía ese sistema histórico que podemos llamar una economía-
mundo capitalista. Sin duda podemos emplear esa designación para el sistema en ese
periodo, principalmente porque el sistema ya tenía las tres características definitorias
de una economía-mundo capitalista: dentro de sus fronteras existía una sola y central
división del trabajo, con polarización entre actividades económicas de tipo central y
de tipo periférico; las principales estructuras políticas, los estados, estaban unidos
dentro de, y obligados por, un sistema interestatal cuyas fronteras coincidían con las
de la división central del trabajo; a mediano plazo quienes perseguían la incesante
acumulación de capital se impusieron sobre los que no la querían.
Sin embargo, en ese primer periodo la geocultura de esa economía-mundo
capitalista todavía no estaba firmemente instaurada. De hecho, fue ése un periodo en
que, para las partes del mundo ubicadas dentro de la economía-mundo capitalista, no
existían normas geoculturales claras. No había consenso social, ni siquiera mínimo,

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en torno a problemas tan fundamentales como el de si los estados debían ser
seculares; a quién correspondía ser la ubicación moral de la soberanía; la legitimidad
de la autonomía corporativa parcial para los intelectuales o la permisibilidad social de
múltiples religiones. Todas éstas son historias bien conocidas. Parecen ser historias en
que los que tienen el poder y el privilegio tratan de contener a las fuerzas del
progreso, en una situación en que los primeros todavía dominaban las principales
instituciones políticas y sociales.
Lo que es fundamental notar es que durante todo ese largo periodo los que
defendían la modernidad de la tecnología y los que defendían la modernidad de la
liberación tenían los mismos poderosos enemigos políticos. Las dos modernidades
parecían estar en un tándem, y muy pocos habrían empleado un lenguaje que
distinguiera entre las dos. Galileo, sometiéndose a la iglesia pero murmurando su
(probablemente apócrifo) “Eppur si muove”, era visto como luchando a la vez por el
progreso tecnológico y por la liberación humana. Se podría resumir el pensamiento
de la Ilustración diciendo que era la creencia en la identidad de la modernidad de la
tecnología y la modernidad de la liberación.
Si había una contradicción cultural, era que la economía-mundo capitalista
funcionaba económica y políticamente dentro de un marco que carecía de la
geocultura necesaria para sostenerla y reforzarla. Así, el sistema general no estaba
bien adaptado a sus propios impulsos dinámicos; se podría decir que no tenía la
coordinación suficiente, o que luchaba contra sí mismo. El continuo dilema del
sistema era geocultural. Si la economía-mundo capitalista había de prosperar y
expandirse como lo requería su lógica interna hacía falta un ajuste de grandes
proporciones.
Lo que forzó la solución del problema fue la Revolución francesa, y no sólo para
Francia sino para todo el sistema mundial moderno. La Revolución francesa no fue
un hecho aislado: más bien podemos considerarla como el ojo del huracán. Fue
delimitada (precedida y sucedida) por la descolonización de las Américas —las
descolonizaciones de los colonizadores de la Norteamérica británica, la América
española y Brasil; la revolución de esclavos de Haití; y las abortadas insurrecciones
de indígenas americanos como la de Túpac Amaru en Perú. La Revolución francesa
estimuló y se conectó con luchas de liberación de varios tipos, así como
nacionalismos nacientes, en toda Europa y sus alrededores, de Irlanda a Rusia y de
España a Egipto. Lo hizo no sólo evocando en esos países resonancias de simpatía
por las doctrinas revolucionarias francesas sino también provocando reacciones
contra el imperialismo francés (es decir napoleónico), que se expresaba en nombre de
esas mismas doctrinas revolucionarias francesas. Por encima de todo, la Revolución
francesa puso de manifiesto, en cierto modo por primera vez, que la modernidad de la
tecnología y la modernidad de la liberación no eran en absoluto idénticas. En realidad
se podría decir que los que querían principalmente la modernidad de la tecnología se
atemorizaron de repente ante la fuerza de los defensores de la modernidad de la

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liberación.
En 1815 Napoleón fue derrotado. En Francia hubo una “Restauración”. Las
potencias europeas establecieron un Concierto de las Naciones que —por lo menos
para algunos— supuestamente debía garantizar un statu quo reaccionario. Sin
embargo eso en realidad resultó imposible. Y en los años entre 1815 y 1848 se
elaboró una geocultura diseñada para impulsar la modernidad de la tecnología y al
mismo tiempo contener la modernidad de la liberación.
Dada la relación simbiótica entre las dos modernidades, esa parcial separación de
las dos no fue fácil de obtener. Sin embargo se logró, y con eso se creó una base
geocultural duradera para legitimar las operaciones de la economía-mundo
capitalista. Por lo menos tuvo éxito durante 150 años aproximadamente. La clave de
la operación fue la elaboración de la ideología del liberalismo, y su aceptación como
ideología emblemática de la economía-mundo capitalista.
Las ideologías en sí eran una innovación surgida de la nueva situación cultural
creada por la Revolución francesa[31]. Los que en 1815 pensaban que estaban
restableciendo el orden y la tradición descubrieron que en realidad era demasiado
tarde: había ocurrido una transformación profunda de las mentalidades, y era
históricamente irreversible. Dos ideas radicalmente nuevas habían llegado a ser
ampliamente aceptadas casi como evidentes por sí mismas. La primera era que el
cambio político era un acontecimiento normal y no excepcional. La segunda era que
la soberanía residía en una entidad llamada “el pueblo”.
Los dos conceptos eran explosivos. La Santa Alianza desde luego rechazó
totalmente ambos. Sin embargo el gobierno tory británico, el gobierno de la nueva
potencia hegemónica en el sistema mundial, fue mucho más ambiguo, igual que la
monarquía de la Restauración de Luis XVIII en Francia. Esos dos gobiernos,
conservadores por instinto pero inteligentes en el ejercicio del poder, actuaron en
forma equívoca porque tenían conciencia de la fuerza del huracán de la opinión
pública y decidieron ser flexibles con él antes que correr el riesgo de romperse.
Así surgieron las ideologías, que eran simplemente las estrategias políticas a largo
plazo para encarar las nuevas creencias en la normalidad del cambio político y la
soberanía moral del pueblo. Surgieron tres ideologías principales. La primera fue el
conservadurismo, la ideología de quienes percibieron con desagrado las nuevas ideas
y las consideraban moralmente erradas, es decir, los que rechazaban una modernidad
nefanda.
El liberalismo surgió en respuesta al conservadurismo como la doctrina de los que
querían alcanzar el pleno florecimiento de la modernidad en forma metódica, con un
mínimo de fractura y un máximo de manipulación controlada. Como dijo la Suprema
Corte de Estados Unidos en 1954 cuando declaró ilegal la segregación racial, los
liberales creían que los cambios debían proceder “con la máxima velocidad
deliberada”, que como sabemos significa en realidad “no demasiado rápido, pero
tampoco demasiado despacio”. Los liberales estaban totalmente empeñados en la

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modernidad de la tecnología, pero tenían algunas dudas acerca de la modernidad de la
liberación. Para ellos, la liberación para los técnicos era una idea excelente, pero la
liberación para la gente común entrañaba algunos peligros.
La tercera gran ideología del siglo XIX, el socialismo, fue la última en surgir. Igual
que los liberales, los socialistas aceptaban la inevitabilidad y la deseabilidad del
progreso. A diferencia de los liberales, desconfiaban de las reformas hechas desde
arriba. Estaban impacientes por alcanzar todos los beneficios de la modernidad, la
modernidad de la tecnología desde luego, pero más aún la modernidad de la
liberación. Sospechaban, y con mucha razón, que los liberales se proponían limitar el
“liberalismo” tanto en el alcance de su aplicación como en las personas a las que
debía aplicarse.
En la triada de ideologías en surgimiento, los liberales se ubicaban en el centro
político. Los liberales querían eliminar al estado, en particular el estado monárquico,
de la toma de decisiones en muchas áreas, pero siempre insistían igualmente en
colocar al estado en el centro del reformismo racional. Por ejemplo, en Gran Bretaña
el rechazo de las Corn Laws fue sin duda la culminación de un largo esfuerzo por
eliminar al estado de la cuestión de proteger los mercados internos contra la
competencia extranjera. Pero en ese mismo decenio el mismo Parlamento aprobó las
Factory Laws, que fueron el comienzo (no el fin) de un largo esfuerzo por introducir
al estado en la cuestión la reglamentación de las condiciones de trabajo y de empleo.
Lejos de ser una doctrina antiestatal por esencia, el liberalismo pasó a ser la
principal justificación del fortalecimiento de la eficacia de la maquinaria estatal[32].
Eso se debió a que para los liberales el estado era esencial para alcanzar su objetivo
central, impulsar la modernidad de la tecnología y al mismo tiempo apaciguar
prudentemente a las “clases peligrosas”. Con eso esperaban controlar las
implicaciones precipitadas del concepto de la soberanía del “pueblo” que derivaban
de la modernidad de liberación.
En las zonas centrales de la economía-mundo capitalista en el siglo XIX, la
ideología liberal se traducía en tres objetivos políticos principales: el sufragio, el
estado de bienestar y la identidad nacional. Los liberales esperaban que la
combinación de los tres apaciguara a las “clases peligrosas” asegurando a su vez la
modernidad de la tecnología.
El debate en torno al sufragio continuó durante todo el siglo y más allá. En la
práctica hubo una curva permanentemente ascendente de expansión de los que tenían
derecho a votar, en la mayoría de los casos en el siguiente orden: primero, los
pequeños propietarios, después los hombres sin propiedades, después los más jóvenes
y después las mujeres. Los liberales apostaban a que las personas antes excluidas, al
recibir el derecho de voto, aceptarían la idea de que la votación periódica
representaba todos los derechos políticos a los que podían aspirar, y por consiguiente
abandonarían las ideas más radicales sobre la participación efectiva en la toma de
decisiones colectiva.

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El debate sobre el estado de bienestar era en realidad un debate sobre la
redistribución de la plusvalía, fue también continuo y también mostró una curva
permanentemente ascendente de concesiones, por lo menos hasta el decenio de 1980,
cuando por primera vez empezó a retroceder. Esencialmente, lo que el estado de
bienestar implicaba era un salario social, en el que una porción (una porción
creciente) del ingreso de los asalariados no provenía directa sino indirectamente del
paquete de salarios del empleador, a través de los organismos gubernamentales. Ese
sistema separaba parcialmente el ingreso del empleo, permitía una ligera igualación
de los salarios atravesando transversalmente niveles de capacitación e ingreso salarial
(wage-rents) y desplazaba parte de las negociaciones entre el capital y el trabajo al
campo político donde, con el sufragio, los trabajadores habían adquirido un poco más
de fuerza. Sin embargo el estado de bienestar no hacía tanto por los trabajadores
ubicados en los peldaños más bajos de la escala salarial como por un estrato medio
cuyas dimensiones iban creciendo y cuya centralidad política estaba llegando a ser un
fuerte soporte de gobiernos centristas empeñados en la aplicación activa de la
ideología liberal.
Ni el sufragio ni el estado de bienestar (y ni siquiera los dos juntos) habrían sido
suficientes para domeñar a las clases peligrosas sin la adición de una tercera variable
fundamental, que aseguró que esas clases no examinaran demasiado de cerca el
alcance de las concesiones del sufragio y el estado de bienestar. Esa tercera variable
fue la creación de la identidad nacional. En 1845 Benjamin Disraeli, primer conde de
Beaconsfield, futuro “conservador iluminado” y primer ministro de Gran Bretaña,
publicó una novela titulada Sybil, or the two nations. En su “Advertencia”, el autor
nos dice que el tema de la obra es “la situación del pueblo”, que aparentemente en
aquel año era tan terrible que, para no ser acusado por sus lectores de exageración, le
resultó “absolutamente necesario suprimir mucho de lo que ocurre en realidad”. En su
argumento, la novela incorporó al entonces poderoso movimiento cartista, y su tema
es en realidad las “dos naciones de Inglaterra, la rica y la pobre” que, según se
sugiere, derivan de dos grupos étnicos diferentes, los normandos y los sajones[33].
En las páginas finales, Disraeli se expresa muy duramente sobre la limitada
importancia de la reforma política formal para el “pueblo”, desde luego, la reforma
política del liberalismo clásico. Dice:

La historia escrita de nuestro país durante los últimos diez reinados ha sido
una mera fantasmagoría, que ha dado al origen y las consecuencias de las
acciones públicas un carácter y un color totalmente distintos de su forma y
color naturales. En ese imponente misterio todos los pensamientos y todas las
cosas han asumido un aspecto y título contrarios a su calidad y estilo reales:
se ha llamado a la Oligarquía, Libertad; a un clero exclusivo, Iglesia nacional;
la Soberanía ha sido el título de algo que no tiene ningún dominio, mientras
que el poder absoluto ha estado en manos de quienes afirman ser servidores

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del Pueblo. En la egoísta lucha de facciones, dos grandes existencias han sido
eliminadas de la historia de Inglaterra: el Monarca y la Multitud; a medida
que el poder de la Corona ha disminuido, los privilegios del Pueblo han
desaparecido, hasta que finalmente el cetro ha llegado a ser un adorno sin
sentido, y sus súbditos han degenerado convirtiéndose de nuevo en siervos.
Pero el Tiempo, que trae todo, ha traído también a la mente de Inglaterra
cierta sospecha de que los ídolos que han adorado por tanto tiempo y los
oráculos que por tanto tiempo los han engañado no son los verdaderos. Crece
en el país el rumor de que la Lealtad no es una frase, la Fe no es un engaño y
la Libertad Popular es algo más difuso y sustancial que el ejercicio profano de
los sagrados derechos de la soberanía por las clases políticas[34].

Si la Gran Bretaña (y Francia, y en realidad todos los países) era “dos naciones”,
la rica y la pobre, la solución de Disraeli consistía claramente en volverlas una
unidad, en un solo sentimiento, en una sola lealtad y una en la abnegación. Esa
“unidad” es lo que llamamos identidad nacional. El gran programa del liberalismo no
era transformar las naciones en estados, sino los estados en naciones. Es decir, la
estrategia era tomar a todos los que estaban dentro de las fronteras del estado —antes
“súbditos” del rey-soberano, ahora “pueblo” soberano— y convertirlos en
“ciudadanos” identificados con su estado.
En la práctica eso se hizo por medio de varios requisitos institucionales. El
primero consistió en establecer definiciones legales claras de lo que era ser miembro
de esa organización política. Las reglas variaban, pero siempre tendían a excluir (con
más o menos rigor) a los recién llegados al estado (“migrantes”), a la vez que
generalmente incluían a todos los considerados como residentes “normales”. La
unidad de este último grupo se reforzaba después por un movimiento hacia la unidad
lingüística: una sola lengua dentro del estado y, a menudo igualmente importante, una
lengua diferente de la de los estados vecinos. Esto se hizo exigiendo que todas las
actividades estatales se llevaran a cabo en una misma lengua, apoyando la actividad
de unificación académica de la lengua (por ejemplo, con el control de los diccionarios
por academias nacionales) e imponiendo a las minorías lingüísticas la adquisición de
esa lengua.
Las grandes instituciones unificadoras del pueblo fueron el sistema educativo y
las fuerzas armadas. Por lo menos en todos los países del núcleo la educación
elemental pasó a ser obligatoria, y en muchos ocurrió lo mismo con el servicio
militar. Las escuelas y los ejércitos enseñaban la lengua, los deberes cívicos y la
lealtad nacionalista. En menos de un siglo, estados que antes eran dos “naciones” —
rica y pobre, normandos y sajones— pasaron a verse a sí mismos como una nación,
en este caso particular la “inglesa”.
En la tarea de creación de la identidad nacional hay un último elemento crucial
que no debemos olvidar: el racismo. El racismo une a la raza considerada como

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superior. La une dentro del estado a expensas de las minorías, total o parcialmente
excluidas de los derechos de ciudadanía. Pero también une a la nación frente al resto
del mundo; no sólo frente a sus vecinos, sino aún más frente a las zonas periféricas.
En el siglo XIX los estados del centro llegaron a ser estados-nación al mismo tiempo
que llegaban a ser estados imperiales, que establecían colonias en nombre de una
“misión civilizadora”.
Lo que este paquete de sufragio, estado de bienestar e identidad nacional ofrecía a
las clases peligrosas de los países del centro era por encima de todo esperanza, la
esperanza de que las reformas prometidas, graduales pero constantes, por los políticos
y tecnócratas liberales, significaran eventualmente una mejoría para las clases
peligrosas, una igualación de las recompensas, una desaparición de las “dos
naciones” de Disraeli. La esperanza se ofrecía por supuesto directamente, pero
también en formas más sutiles. Se ofrecía en forma de una teoría de la historia que
postulaba como inevitable ese mejoramiento de las condiciones, bajo el título de
impulso irresistible hacia la libertad humana. Ésa era la llamada interpretación whig
de la historia. Del siglo XVI al XVIII la lucha político-cultural había sido vista de
muchas maneras, pero en el siglo XIX las dos luchas —por la modernidad de la
tecnología y la modernidad de la liberación— fueron retrospectivamente definidas de
una vez por todas como una sola lucha centrada en el héroe social, el individuo. Ése
era el corazón de la interpretación whig de la historia. Esa interpretación retrospectiva
era a su vez parte, y en realidad una parte principal, del proceso de imposición de una
geocultura dominante en la economía-mundo capitalista en el siglo XIX.
Por lo tanto, precisamente en el momento del tiempo histórico en que, a los ojos
de los estratos dominantes, las dos modernidades parecían más divergentes que nunca
e incluso en conflicto entre sí, la ideología oficial (la geocultura dominante)
proclamaba que eran idénticas. Los estratos dominantes emprendieron una campaña
educativa de grandes proporciones (por medio de las escuelas y las fuerzas armadas)
para persuadir a sus clases peligrosas internas de esa identidad, con el objeto de
convencerlas de que aplacaran sus reclamos de la modernidad de la liberación y en
cambio invirtieran sus energías en la modernidad de la tecnología.
En el nivel ideológico, las luchas de clases del siglo XIX giraron en torno a esto. Y
en la medida en que los movimientos de trabajadores y socialistas llegaron a aceptar
la centralidad e incluso la primacía de la modernidad de la tecnología, perdieron la
lucha de clases. Cambiaron su lealtad a los estados por concesiones muy modestas
(aunque reales) en la búsqueda de la modernidad de la liberación. Y para cuando
estalló la primera guerra mundial cualquier sentido de la primacía de la lucha por la
modernidad de la liberación se había aplacado por completo y los trabajadores de
cada país de Europa se agruparon en torno a la sagrada bandera y el honor nacional.
La primera guerra mundial marcó el triunfo de la ideología liberal del centro
europeo-estadunidense del sistema mundial. Pero también marcó el punto en que la
división política del sistema mundial entre centro y periferia llegó al primer plano.

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Las potencias europeas apenas habían llevado a cabo sus últimas conquistas
mundiales del último tercio del siglo XIX cuando se inició el retroceso de Occidente.
Por toda el Asia oriental, el sur de Asia y el Medio Oriente (con prolongaciones
posteriores en África y resonancias en países latinoamericanos nominalmente
independientes) empezaron a aparecer movimientos de liberación, en múltiples
formas y con diversos grados de éxito. En el periodo comprendido entre 1900 y 1917
hubo diversas formas de revolución y levantamiento nacionalista en México y China,
en Irlanda y la India, en los Balcanes y en Turquía, en Afganistán, Persia y el mundo
árabe. Nuevas “clases peligrosas” habían levantado la cabeza, agitando la bandera de
la modernidad de la liberación porque creían que su propia esperanza de alcanzar la
modernidad tecnológica dependería de obtener primero la liberación.
Los años entre 1914 y 1945 estuvieron marcados por una larga lucha en el centro,
principalmente entre Alemania y Estados Unidos, por la hegemonía en el sistema
mundial, lucha que como sabemos ganó Estados Unidos. Pero en los mismos años y
más allá de ellos hubo una lucha mucho más fundamental entre el Sur y el Norte. Una
vez más, los estratos dominantes (ubicados en el Norte) trataron de convencer a las
nuevas clases peligrosas de la identidad de las dos modernidades. Woodrow Wilson
propuso la autodeterminación de las naciones y los presidentes Roosevelt, Truman y
Kennedy propusieron el desarrollo económico de las naciones subdesarrolladas,
equivalentes estructurales en escala mundial del sufragio universal y el estado de
bienestar en el nivel nacional en la zona del centro.
Las concesiones eran realmente modestas. Los estratos dominantes ofrecían
además “identidad” en forma de unidad del mundo libre contra el mundo comunista.
Pero esa forma de identidad fue recibida con mucha desconfianza por el llamado
tercer mundo (es decir las zonas periféricas y semiperiféricas menos el llamado
bloque soviético). El tercer mundo consideraba al segundo mundo como parte de su
zona en realidad, y por lo tanto objetivamente del mismo lado, pero enfrentado a la
realidad del poder estadunidense, combinado con el papel opositor simbólico (y en su
mayor parte sólo simbólico) de la URSS. El tercer mundo optó en general por la no
alineación, lo que significa que nunca llegó a “identificarse” con la zona del centro tal
como las clases trabajadoras del centro habían llegado a identificarse con los estratos
dominantes en un nacionalismo y un racismo compartidos. La geocultura liberal no
funcionó tan bien en escala mundial en el siglo XX como había funcionado en el XIX
en escala nacional en la zona del centro.
Pero el liberalismo todavía no estaba en peligro. El liberalismo wilsoniano había
logrado seducir y apaciguar al socialismo leninista en formas paralelas a las
empleadas por el liberalismo europeo para seducir y apaciguar a la socialdemocracia
en el siglo XIX[35]. El programa leninista pasó a ser no la revolución mundial sino el
antimperialismo más la construcción del socialismo, que examinado a fondo era una
mera variante retórica de la concepción de Wilson y Roosevelt de la
autodeterminación de las naciones y el desarrollo económico de los países

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subdesarrollados. En la realidad leninista, la modernidad de la tecnología había
alcanzado una vez más la supremacía sobre la modernidad de la liberación. Al igual
que los liberales dominantes, los leninistas supuestamente opositores sostenían que
las dos modernidades eran en realidad idénticas. Y con ayuda de los leninistas, los
liberales del Norte empezaron a hacer algún progreso en el proceso de convencer a
los movimientos nacionales de liberación del Sur de esa identidad de las dos
modernidades. En 1968 esa conveniente confusión conceptual de las dos
modernidades fue ruidosa y enérgicamente desafiada por una revolución mundial que
adoptó principal pero no exclusivamente la forma de insurrecciones estudiantiles. En
Estados Unidos y en Francia, en Checoslvaquia y en China, en México y en Túnez,
en Alemania y en Japón hubo insurrecciones (y en ocasiones muertes) que, con todas
sus diferencias locales, esencialmente compartían los mismos temas básicos: la
modernidad de la liberación es todo, y no se ha alcanzado. La modernidad de la
tecnología es una trampa engañosa. Los liberales de todas las variedades —liberales
liberales, liberales conservadores y sobre todo liberales socialistas, es decir, la vieja
izquierda— son indignos de confianza y en realidad son el principal obstáculo a la
liberación[36].
Yo me encontraba entonces en el punto central de las luchas en Estados Unidos
—la Universidad de Columbia[37]— y tengo sobre todo dos recuerdos de aquella
“revolución”. Uno es el auténtico entusiasmo de los estudiantes: mediante la práctica
de la liberación colectiva estaban descubriendo lo que experimentaban como un
proceso de liberación personal. El segundo es el profundo temor que ese entusiasmo
por el sentimiento liberador provocaba en la mayoría de los profesores y
administradores, y muy especialmente entre los que se consideraban apóstoles del
liberalismo y la modernidad, que veían en ese estallido un rechazo irracional de los
beneficios evidentes de la modernidad de la tecnología.
La revolución mundial de 1968 estalló como una llama y luego se apagó, o más
bien fue extinguida. Para 1970 había terminado prácticamente en todas partes. Sin
embargo tuvo un efecto profundo en la geocultura, porque 1968 conmovió el dominio
de la ideología liberal en la geocultura del sistema mundial, y con eso reabrió las
cuestiones que el triunfo del liberalismo en el siglo XIX había cerrado o relegado a los
márgenes del debate público. Tanto la derecha como la izquierda mundiales se
apartaron una vez más del centro liberal. El llamado neoconservadurismo era en
muchos sentidos el viejo conservadurismo de la primera mitad del siglo XIX
resucitado, y del mismo modo la nueva izquierda era en muchos aspectos la
resurrección del radicalismo de comienzos del siglo XIX, que como se recordará en
aquella época tenía todavía como símbolo el término “democracia”, después
apropiado por ideólogos centristas.
El liberalismo no desapareció en 1968, pero sí perdió su papel como ideología
definitoria de la geocultura. El decenio de 1970 presenció el regreso del espectro
ideológico a una auténtica triada, anulando la confusión de las tres ideologías que se

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produjo cuando pasaron a ser simples variantes de facto del liberalismo,
aproximadamente desde 1850 hasta el decenio de 1960. El debate pareció volver atrás
ciento cincuenta años. Pero el mundo había avanzado, en dos sentidos: la modernidad
de la tecnología había transformado la estructura social mundial en formas que
amenazaban con desestabilizar los soportes sociales y económicos de la economía-
mundo capitalista. Y la historia ideológica del sistema mundial era ahora un recuerdo
que afectaba la capacidad presente de los estratos dominantes para mantener la
estabilidad política del sistema mundial.
Examinemos primero el segundo cambio. Algunos quizás se sorprenderán del
énfasis que pongo en 1968 como punto de inflexión. Es posible que se pregunten si
1989, el año simbólico de la caída de los comunismos, no es una fecha más
importante en la historia del sistema mundial moderno. ¿Acaso 1989 no representó la
caída del desafío socialista ante el capitalismo, y por lo tanto el logro final del
objetivo de la ideología liberal, la domesticación de las clases peligrosas, la
aceptación universal de las virtudes de la modernidad de la tecnología? Pues no,
simplemente, no. Yo sostengo que 1989 fue la continuación de 1968, y que 1989 no
marcó el triunfo del liberalismo y por lo tanto la permanencia del capitalismo sino
todo lo contrario, la caída del liberalismo y una enorme derrota política de los
defensores de la economía-mundo capitalista.
Lo que ocurrió en el ámbito económico en los decenios de 1970 y 1980 fue que,
como resultado de un descenso o un estancamiento de la fase B de Kondratieff en la
economía-mundo, los presupuestos estatales se redujeron seriamente en casi todas
partes, y los efectos negativos sobre el bienestar fueron particularmente dolorosos en
las zonas periféricas y semiperiféricas de la economía-mundo. Esto no vale para una
vasta zona de Asia oriental en el decenio de 1980, pero en esos virajes hacia abajo
siempre hay una zona relativamente pequeña a la que le va bien debido justamente al
viraje hacia abajo general, y el crecimiento del Este asiático en los años ochenta no
cancela el patrón general.
Los virajes hacia abajo por supuesto se han producido repetidamente en la
historia del sistema mundial moderno. Sin embargo las consecuencias políticas de
esta particular fase B de Kondratieff fueron más severas que las de cualquiera de las
anteriores, justamente porque la fase A que la precedió, de 1945 a 1970,
aparentemente había marcado el triunfo político mundial de los movimientos de
liberación nacional y otros movimientos antisistémicos. En otras palabras, la
decepción de los años setenta y ochenta fue mucho más grave porque de 1945 a 1970
el liberalismo parecía haber triunfado en todo el mundo (la autodeterminación más el
desarrollo económico). Eran las esperanzas traicionadas y las ilusiones deshechas,
sobre todo, aunque no exclusivamente, en las zonas periféricas y semiperiféricas. Los
lemas de 1968 llegaron a parecer mucho más plausibles. El reformismo racional (a
fortiori envuelto en una retórica “revolucionaria”) parecía un amargo fraude.
En país tras país del llamado tercer mundo las masas se volvían en contra de los

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movimientos de la vieja izquierda y los acusaban de fraude. Es posible que las masas
no supieran con qué remplazados —una revuelta aquí, fundamentalismo religioso
allá, antipolítica en otro sitio— pero estaban convencidas de que el seudorradicalismo
de la vieja izquierda era en realidad un liberalismo falsificado que sólo daba
dividendos para la élite. De un modo u otro, las masas de esos países estaban tratando
de expulsar a esas élites. Habían perdido la fe en los estados como agentes de una
modernidad de liberación. Esto debe quedar claro: no habían perdido el deseo de la
liberación, sino solamente su fe en la vieja estrategia para alcanzarla.
La caída de los comunismos en 1989-1991, por lo tanto, no fue sino la última de
una larga serie, el descubrimiento de que ni la retórica más radical era garantía de la
modernidad de liberación, y probablemente tampoco era muy buena garantía de la
modernidad de la tecnología[38]. Por supuesto que en su desesperación esas masas
aceptaron momentáneamente los lemas de la revitalizada derecha mundial, la
mitología del “mercado libre” (de un tipo, hay que decirlo, que no se encuentra ni
siquiera en Estados Unidos ni en Europa occidental), pero fue un espejismo pasajero.
Ya estamos viendo el rebote político en Lituania, en Polonia, en Hungría y en otras
partes.
Pero también es cierto que ni en Europa occidental ni en ningún otro lugar del
mundo es probable que la gente vuelva a creer en la versión leninista de las promesas
del reformismo racional (bajo el título de revolución socialista). Esto desde luego es
un desastre para el capitalismo mundial, porque la creencia en el leninismo funcionó
durante cincuenta años por lo menos como la mayor fuerza limitante de las clases
peligrosas en el sistema mundial. En la práctica el leninismo fue una influencia
sumamente conservadora que predicaba el triunfo inevitable del pueblo (y por lo
tanto tácitamente predicaba la paciencia). Los estratos dominantes del sistema
mundial moderno han perdido el manto protector del leninismo[39]. Ahora las clases
peligrosas pueden ser de nuevo realmente peligrosas. Políticamente, el sistema
mundial se ha vuelto inestable.
Al mismo tiempo, los soportes socioeconómicos del sistema mundial han ido
debilitándose seriamente. Permítaseme mencionar tan sólo cuatro tendencias de ese
tipo, que no agotan la lista de transformaciones estructurales. Primero, la reserva
mundial de mano de obra barata se ha visto seriamente reducida. En los últimos
cuatro siglos los asalariados urbanos han logrado utilizar repetidamente su poder de
regateo para aumentar la porción de la plusvalía que obtienen por su trabajo. Sin
embargo los capitalistas han podido contrarrestar los efectos negativos que esto ha
tenido sobre la tasa de beneficio ampliando, en forma igualmente repetida, la reserva
de mano de obra, atrayendo al mercado de trabajo asalarido a nuevos grupos de
trabajadores previamente no asalariados que inicialmente estaban dispuestos a aceptar
salarios muy bajos. La expansión geográfica final de la economía-mundo capitalista a
fines del siglo XIX, para incluir al planeta entero, forzó a una aceleración del proceso
de desruralización de la fuerza de trabajo mundial, proceso que está muy avanzado y

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podría quedar esencialmente acabado en el futuro cercano[40]. Esto significa
inevitablemente, en todo el mundo, un marcado aumento de los costos de mano de
obra como porcentaje del costo total de la producción mundial.
Un segundo problema estructural es la compresión de los estratos medios, que
han sido correctamente percibidos como un pilar político del sistema mundial
existente. Pero sus demandas, tanto a los empleadores como a los estados, han ido
aumentando constantemente, y el costo mundial de mantener un estrato medio
enormemente expandido a niveles cada vez más altos por persona está llegando a ser
excesivo tanto para las empresas como para los estados. Esto es lo que hay detrás de
los múltiples intentos del último decenio de hacer retroceder al estado de bienestar.
Pero una de dos: o esos costos no se reducen, y entonces tanto las empresas como los
estados estarán en graves dificultades y las bancarrotas serán frecuentes; o bien sí se
reducen y en ese caso habrá un descontento político considerable justamente en los
estratos que han sido el soporte más fuerte del sistema mundial actual.
Un tercer problema estructural es la presión ecológica, que plantea un problema
económico agudo al sistema mundial. Desde hace ya cinco siglos la acumulación de
capital se basa en la capacidad de las empresas de externalizar sus costos. Esto ha
significado esencialmente la sobreutilización de los recursos mundiales a un costo
colectivo muy grande pero a casi ningún costo para las empresas. Sin embargo a
cierta altura los recursos se agotan y la toxicidad negativa llega a un nivel imposible
de mantener. Hoy encontramos que tenemos que hacer inversiones enormes en
limpieza, y tendremos que recortar el uso para que el problema no se repita. Pero es
igualmente cierto, como vienen clamando las empresas, que esas acciones reducirán
la tasa de beneficio global.
Finalmente, la brecha demográfica que se suma a la brecha económica entre
Norte y Sur se está ampliando en lugar de disminuir. Esto está creando una presión
increíblemente fuerte de movimientos migratorios del Sur al Norte, lo que a su vez
genera una reacción política antiliberal igualmente fuerte en el Norte. Es fácil
predecir lo que va a ocurrir. A pesar del aumento de las barreras, la inmigración ilegal
aumentará en todas partes en el Norte, igual que los movimientos intolerantes (know-
nothing movements). El equilibrio demográfico interno de los estados del Norte se
modificará radicalmente, y debemos esperar graves conflictos sociales.
Así que hoy, y durante los próximos cuarenta o cincuenta años, el sistema
mundial se halla en una aguda crisis moral e institucional. Para volver a nuestro
discurso inicial sobre las dos modernidades, lo que está ocurriendo es que por fin hay
una tensión clara y abierta entre la modernidad de la tecnología y la modernidad de la
liberación. Entre 1500 y 1800 las dos modernidades parecían ir en tándem. Entre
1789 y 1968 el conflicto latente entre ambas fue contenido por el exitoso intento de la
ideología liberal de simular que las dos modernidades eran idénticas. Pero desde 1968
la máscara ha caído: están en lucha abierta entre sí.
Los principales signos culturales, de ese reconocimiento son dos. Uno es la

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“ciencia nueva”, la ciencia de la complejidad. De pronto, en los últimos diez años, un
número muy grande de físicos y matemáticos se han manifestado en contra de la
ideología newtoniano-baconiano-cartesiana, que durante quinientos años por lo
menos ha afirmado ser la única expresión posible de la ciencia. Con el triunfo de la
ideología liberal en el siglo XIX la ciencia newtoniana fue entronizada como verdad
universal.
Los nuevos científicos no desafían la validez de la ciencia newtoniana sino su
universalidad. Esencialmente sostienen que las leyes de la ciencia newtoniana son las
de un caso especial y limitado de realidad, y que para entender científicamente la
realidad necesitamos ampliar mucho nuestro marco de referencia y nuestros
instrumentos de análisis. Por eso hoy oímos zumbar palabras nuevas como caos,
bifurcaciones, lógica fuzzy, fractales y, lo más fundamental, la flecha del tiempo. El
mundo natural y todos sus fenómenos se han historicizado[41]. La ciencia nueva es
claramente no lineal. Pero la modernidad de la tecnología se erigió sobre el pilar de la
linealidad. Por consiguiente la ciencia nueva plantea las cuestiones más
fundamentales acerca de la modernidad de la tecnología, al menos en la forma de
exposición clásica.
El otro signo cultural de ese reconocimiento del conflicto de las dos
modernidades es el movimiento, principalmente en las humanidades y las ciencias
sociales, del posmodernismo. Espero haber dejado claro que el posmodernismo no es
en absoluto posmoderno. Es un modo de rechazar la modernidad de la tecnología en
nombre de la modernidad de la liberación. Si ha llegado a plasmarse en esa extraña
forma lingüística es porque los posmodernistas buscaban un modo de salir del
dominio lingüístico que la ideología liberal tenía sobre nuestro discurso. Como
concepto explicatorio el posmodernismo es confuso, pero como doctrina anunciatoria
el posmodernismo ciertamente da en el blanco, porque sin duda nos movemos en
dirección a otro sistema histórico. El sistema mundial moderno está llegando a su fin.
Sin embargo harán falta por lo menos otros cincuenta años de crisis terminal, es decir
de “caos”, antes que podamos tener la esperanza de entrar a un nuevo orden social.
Nuestra tarea hoy, y por los próximos cincuenta años, es la tarea de la
“utópica”[42]. Es la tarea de imaginar, y tratar de crear, ese nuevo orden social. Porque
no hay ninguna seguridad de que el fin de un sistema histórico no igual traiga otro
mejor. La lucha es totalmente abierta. Debemos definir hoy las instituciones concretas
por medio de las cuales pueda expresarse finalmente la liberación humana. Hemos
vivido bajo su expresión fingida en el sistema mundial existente, en que la idelogía
liberal trató de convencernos de una realidad que de hecho los liberales estaban
combatiendo, la realidad del crecimiento de la igualdad y la democracia. Y hemos
vivido la desilusión del fracaso de movimientos antisistémicos, movimientos que eran
parte del problema tanto como de la solución.
Debemos emprender un inmenso multidiálogo mundial, porque las soluciones
están lejos de ser evidentes. Y los que quieren continuar el presente bajo otras formas

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son muy poderosos. ¿El fin de cuál modernidad? Ojalá sea el fin de la modernidad
falsa y el inicio, por primera vez, de una verdadera modernidad de la liberación.

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8. LAS INSUPERABLES CONTRADICCIONES DEL
LIBERALISMO: LOS DERECHOS HUMANOS Y
LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS EN LA
GEOCULTURA DEL SISTEMA MUNDIAL
MODERNO
La Asamblea Nacional francesa adoptó el 26 de agosto de 1789 la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano[43], que ha permanecido desde entonces como
la afirmación simbólica de lo que hoy llamamos derechos humanos. En realidad fue
reafirmada y actualizada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
adoptada con pocas abstenciones y ningún voto en contra por las Naciones Unidas el
10 de diciembre de 1948[44]. Sin embargo nunca ha habido paralelamente una
expresión emblemática de los derechos de los “pueblos”, por lo menos hasta que el
14 de diciembre de 1960 las Naciones Unidas adoptaron la Declaración de la
Concesión de Independencia a los Países y Pueblos Coloniales[45].
El preámbulo a la declaración de 1789 presenta como consideración inicial “que
la ignorancia, el descuido y el desprecio por los derechos humanos son las únicas
causas de la desgracia pública y la corrupción de los gobiernos…”. Empezamos pues
con el problema de la ignorancia, como corresponde a un documento de la
Ilustración, y la implicación inmediata es que una vez superada la ignorancia ya no
habrá desgracia pública.
¿Por qué la Revolución francesa no produjo un documento similar sobre los
derechos de los pueblos? En realidad el abate Grégoire propuso en 1793 a la
Convención que tratara de codificar las leyes relativas a “los derechos y deberes
recíprocos de las naciones, el derecho de los pueblos (gens)”. Pero Merlin de Douai
sostuvo que “esa propuesta no debe ser dirigida a la Convención del pueblo francés
sino a un congreso general de los pueblos de Europa”[46] y la propuesta fue
abandonada.
La observación era pertinente, pero por supuesto en aquella época no existía
ningún congreso general. Y cuando eventualmente llegó a existir (más o menos) en la
forma primero de la Liga de las Naciones y después de las Naciones Unidas, esa
declaración no surgió de inmediato. En 1945 las potencias coloniales, victoriosas en
la lucha por su propia libertad, todavía no admitían la ilegalidad del colonialismo.
Fue sólo en la declaración de 1960, después de que gran parte del mundo colonial ya
había conquistado su independencia, cuando la ONU reafirmó su “fe en los derechos
humanos fundamentales, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la
igualdad de derechos de todos los hombres y las mujeres y de las naciones grandes y
pequeñas”, y por lo tanto “proclama [proclamó] solemnemente la necesidad de poner
fin en forma rápida e incondicional al colonialismo en todas sus formas y

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manifestaciones”.
No quiero discutir si los derechos humanos o los derechos de los pueblos se
inscriben o no en el derecho natural, ni tampoco examinar la historia de esas ideas
como construcciones intelectuales. Más bien quiero analizar su papel como elementos
clave de la ideología liberal, en la medida en que ésta llegó a ser, en los siglos XIX y
XX, la geocultura del sistema mundial moderno. Además quiero sostener que la
construcción geocultural no sólo es contradictoria en términos de su lógica sino que
la contradicción insuperable que presenta es en sí una parte esencial de la geocultura.
Todos los sistemas mundiales tienen geoculturas, aunque puede hacer falta algún
tiempo para que esa geocultura se asiente en un sistema histórico determinado. Aquí
empleo la palabra “cultura” en el sentido tradicionalmente adoptado por los
antropólogos, como el conjunto de reglas y valores básicos que consciente y
subconscientemente gobiernan las recompensas dentro del sistema y crean un
conjunto de ilusiones tendientes a persuadir a los miembros de que acepten la
legitimidad del sistema. Dentro de cualquier sistema mundial siempre hay personas y
grupos que rechazan en todo o en parte los valores de la geocultura e incluso que los
combaten. Pero mientras la mayoría de los cuadros del sistema acepten activamente
esos valores, y la mayoría de las personas corrientes no llegue al escepticismo activo,
podemos decir que la geocultura existe y que sus valores predominan.
Además es importante distinguir entre valores fundamentales, cosmología y
teleología por un lado, y por el otro la política de su aplicación. El hecho de que
algunos grupos estén en rebelión política activa no significa necesariamente que no
suscriban, quizá inconscientemente, los valores fundamentales, la cosmología y la
teleología del sistema. Puede significar simplemente que creen que esos valores no se
están aplicando correctamente. Por último, debemos tener presente el proceso
histórico. Las geoculturas surgen en determinado momento, y en otro momento
posterior pueden dejar de ser dominantes. Concretamente, en el caso del sistema
mundial moderno, yo sostengo que su geocultura apareció con la Revolución francesa
y empezó a perder su aceptabilidad general con la revolución mundial de 1968.
El sistema mundial moderno —la economía-mundo capitalista— existe desde el
siglo XVI. Sin embargo funcionó durante tres siglos sin ninguna geocultura
firmemente instaurada. Es decir que entre el siglo XVI y el XVIII no hubo en la
economía-mundo capitalista ningún conjunto de valores y reglas básicas que pudiera
decirse aceptado activamente por la mayoría de los cuadros y al menos pasivamente
por la mayoría de las personas. La Revolución francesa, en sentido amplio, modificó
eso al establecer dos principios nuevos: la normalidad del cambio político y la
soberanía del pueblo[47]. Esos principios arraigaron en la conciencia popular en forma
tan rápida y tan profunda que ni el Thermidor ni Waterloo pudieron desplazarlos, con
el resultado de que la llamada Restauración en Francia (y de hecho en todo el sistema
mundial) no fue en ningún momento y en ningún sentido una verdadera restauración
del Antiguo Régimen.

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El punto clave que es preciso señalar acerca de estos dos principios es que, en sí y
por sí, eran muy revolucionarios en sus implicaciones para el sistema mundial. Lejos
de asegurar la legitimidad de la economía-mundo capitalista amenazaban con
deslegitimarla a largo plazo. En este sentido ya antes sostuve que “la Revolución
francesa representó la primera de las revoluciones antisistémicas de la economía-
mundo capitalista, en pequeña parte un éxito, en su mayor parte un fracaso”[48]. Fue
por lo tanto, y con el objeto de contener esas ideas subsumiéndolas en un todo mayor,
por lo que los marcos del sistema mundial sintieron la necesidad urgente de elaborar
e imponer una geocultura mayor.
La elaboración de esa geocultura mayor adoptó la forma de un debate sobre
ideologías. Aquí empleo el término ideología en un sentido muy específico. Creo que
la trinidad de las ideologías que se desarrollaron en el siglo XIX —conservadurismo,
liberalismo y socialismo— eran en realidad respuestas a una sola pregunta: en vista
de la amplia aceptación de los dos conceptos de la normalidad del cambio y la
soberanía popular, ¿cuál sería el programa político con más probabilidades de
asegurar la buena sociedad?
Las respuestas fueron extraordinariamente simples. Los conservadores, que
básicamente aborrecían esos conceptos y sentían horror de ellos, abogaban por la
máxima cautela en la acción pública. Los cambios políticos, decían, sólo deben
hacerse cuando el clamor en su favor es abrumador, y aun entonces deben ser
emprendidos con un mínimo de alteración. En cuanto a la soberanía popular,
sostenían que su utilización más sabia era cuando el poder efectivo se coloca de
hecho en manos de quienes tradicionalmente lo ejercen y por lo tanto representan la
sabiduría de una tradición continua.
La posición opuesta era la de los socialistas (o radicales), quienes daban la
bienvenida al cambio y llamaban al pueblo a ejercer plena y directamente su
soberanía a fin de maximizar la velocidad con que podrían llevarse a cabo los
cambios necesarios hacia una sociedad más igualitaria.
Las posiciones de conservadores y socialistas estaban bien definidas y fáciles de
entender: lo más lento posible versus lo más rápido posible. Toda la resistencia
posible a las tendencias igualadoras contra el desmantelamiento lo más rápido posible
de las estructuras desigualitarias. La creencia de que en realidad el cambio posible es
muy poco contra la creencia de que todo es posible si se logra superar los obstáculos
sociales deliberados que existen. Son los contornos ya familiares de la derecha contra
la izquierda, términos que a su vez también provienen directamente de la Revolución
francesa.
Pero entonces, ¿qué es el liberalismo, que afirmaba oponerse al conservadurismo
por un lado y al socialismo por el otro? La respuesta era formalmente clara pero
sustancialmente ambigua. En términos formales, el liberalismo era la vía media, el
“centro vital” (para emplear una autodefinición del siglo XX)[49]. Ni muy rápido ni
muy despacio, sino el cambio a la velocidad precisa. Pero, ¿qué significaba eso en

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términos sustantivos? Ahí los liberales, en realidad, raras veces conseguían ponerse
de acuerdo entre ellos, ni siquiera dentro de los límites de un lugar determinado en un
momento determinado, y ciertamente nunca entre liberales situados en diferentes
lugares en momentos diferentes.
En consecuencia, lo que definió al liberalismo como idelogía no fue la claridad de
su programa sino más bien su énfasis en el proceso. Desde luego, los liberales creían
que el cambio político era inevitable, pero también creían que sólo llevaría a la buena
sociedad en la medida en que el proceso fuera racional, es decir en la medida en que
las decisiones sociales fueran producto de un cuidadoso análisis intelectual. Por eso
era esencial que las políticas reales fuesen concebidas y aplicadas por los que tenían
la mayor capacidad para hacer esas decisiones racionales, es decir los técnicos o los
especialistas. Ellos eran quienes mejor podían elaborar las necesarias reformas que
podían mejorar y sin duda mejorarían el sistema en que vivían. Porque los liberales,
por definición, no eran en absoluto radicales. Querían perfeccionar el sistema pero no
transformarlo, porque en su visión el mundo del siglo XIX ya era la culminación del
progreso humano, o como rezaba una frase revivida recientemente, “el fin de la
historia”: si estamos viviendo la última época de la historia humana, naturalmente
nuestra tarea principal (o más bien la única) es perfeccionar el sistema, es decir,
dedicarnos al reformismo racional.
Las tres ideologías de la época moderna han sido, por lo tanto, tres estrategias
políticas para enfrentar las creencias populares que han dominado nuestro mundo
moderno desde 1789. Hay dos cosas particularmente interesantes en relación con esta
trinidad de ideologías. La primera es que si bien las tres eran formalmente contrarias
al estado, en la práctica todas funcionaban para reforzar las estructuras estatales. La
segunda es que, entre las tres, el liberalismo surgió rápida y ágilmente como
triunfador, como puede verse por un par de procesos políticos: con el tiempo, los
programas tanto conservadores como socialistas se modificaron acercándose al centro
liberal, antes que apartándose de él; y en gran parte fueron los conservadores y los
socialistas, actuando por separado pero en formas complementarias, los responsables
de la aplicación del programa liberal, mucho más que los propios Liberales con L
mayúscula. Es por eso por lo que al tiempo que la ideología liberal triunfaba los
partidos liberales tendían a desaparecer.
Dentro del marco de la ideología liberal triunfante, ¿qué eran los derechos
humanos y de dónde se suponía que derivaban? Ciertamente se han dado diferentes
respuestas a esta pregunta, pero en general para los liberales la respuesta ha sido que
los derechos humanos son inherentes al derecho natural. Esa respuesta da a los
derechos humanos una base muy fuerte para resistir las afirmaciones contrarias, pero
una vez dicho esto y hecha una lista concreta de los derechos humanos, la mayoría de
las cuestiones queda abierta. ¿Quién tiene el derecho moral (y legal) de hacer la lista
de esos derechos? Si un conjunto de derechos choca con otro conjunto, ¿qué conjunto
prevalece y quién decide eso? ¿Los derechos son absolutos o están limitados por

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alguna apreciación racional de las consecuencias de su utilización? (Este último
dilema se refleja en la famosa declaración del juez estadunidense Oliver Wendell
Holmes, de que la libertad de expresión no incluye el derecho a gritar “¡Fuego!” en
un teatro lleno). Y sobre todo, ¿quién tiene derecho a ejercer los derechos humanos?
[50]
Esta última pregunta puede causar sorpresa: ¿no es evidente que la respuesta
correcta es “todos”? En absoluto. En realidad nadie ha dicho eso nunca. Por ejemplo,
todos concuerdan en que un recién nacido no tiene esos derechos, o por lo menos no
todos, por la razón evidente de que no tiene la capacidad mental necesaria para
ejercerlos con prudencia o con seguridad para sí mismo y los demás. Pero dejando de
lado al recién nacido, ¿qué pasa con los ancianos seniles, los niños pequeños, los
sociópatas, los criminales? Y podríamos extender esta lista hasta el infinito: ¿qué
pasa con los jóvenes, los neuróticos, los soldados, los extranjeros, los analfabetos, los
pobres, las mujeres? ¿Dónde está la línea evidente que distingue entre la capacidad y
la incapacidad? Por supuesto no existe semejante línea, y desde luego no es deducible
del derecho natural. Es por eso por lo que la definición de las personas a quienes se
aplican los derechos humanos es una cuestión política inevitablemente recurrente y
siempre actual.
La definición de quién tiene derechos humanos, a su vez, está estrechamente
relacionada con la de quién puede ejercer los derechos de una persona, y aquí entra
otro concepto derivado de la Revolución francesa, el de ciudadano. Porque las
personas más claramente autorizadas para ejercer la soberanía del pueblo eran los
“ciudadanos”. Pero, ¿quiénes son los ciudadanos? Sin duda debe ser un grupo más
grande que el “rey” o la “nobleza” o incluso los “propietarios”, pero también es un
grupo mucho menor que “todos” e incluso menor que “todos los que residen dentro
de los límites geográficos de un estado soberano determinado”.
Y ahí empieza el problema. ¿Sobre quién recae la autoridad de un soberano? En
el sistema feudal la autoridad estaba parcelada. Una persona podía estar sometida a
varios señores, y de hecho a menudo lo estaba. En consecuencia un señor no podía
contar con autoridad indiscutida sobre sus súbditos. El sistema mundial moderno creó
una estructura moral y legal radicalmente distinta en que los estados soberanos,
situados dentro de un sistema interestatal que los obliga, afirman tener jurisdicción
exclusiva sobre todas las personas dentro de su territorio. Además todos esos
territorios estaban geográficamente delimitados, es decir conmensurablemente
delimitados, de manera que cada uno se distinguía de los demás territorios. Y dentro
del sistema interestatal no había ninguna zona que no estuviera asignada.
Así, cuando los “súbditos” se transformaron en “ciudadanos” los habitantes se
dividieron de inmediato en “ciudadanos” y “no ciudadanos” o extranjeros. Los
extranjeros eran de distintos tipos, desde los inmigrantes a largo plazo (incluso de por
vida) hasta los visitantes de paso; pero en ningún caso eran ciudadanos. Por otra
parte, como los estados eran conglomerados de “regiones” y “localidades”, a

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comienzos del siglo XIX los que sí eran ciudadanos, por cualquier definición, eran
normalmente personas de antecedentes de lo más variados —que hablaban diferentes
lenguas, tenían diferentes costumbres y eran portadoras de diferentes memorias
históricas. Una vez que los súbditos se transformaron en ciudadanos fue preciso
convertir a los ciudadanos en ciudadanos de la nación, es decir en personas que
colocaban la lealtad a su estado nacional por encima de otras lealtades sociales. Eso
no fue fácil, pero era indispensable para que el ejercicio de la soberanía popular no
desembocara en conflictos pesumiblemente irracionales entre grupos.
Por eso mientras estados como Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos estaban
impulsando entre sus ciudadanos el sentimiento nacionalista[51], en otros lugares
como Italia y Alemania los nacionalistas preestatales estaban luchando por crear
estados que a su vez fomentaran ese nacionalismo. Los estados del siglo XIX
confiaron la responsabilidad de promover ese sentimiento de identidad nacional
principalmente a dos instituciones: las escuelas primarias y el ejército. Y los países
que mejor cumplieron esa tarea fueron los que más prosperaron. Como observa
William McNeill:

En tales circunstancias, en los siglos más recientes la ficción de la


uniformidad étnica dentro de jurisdicciones nacionales separadas echó raíces
al tiempo que varias de las principales naciones europeas evocaban
predecesores bárbaros arbitrariamente escogidos y adecuadamente
idealizados. (Ciertamente es divertido observar que los franceses y los
británicos escogieron a los galos y los britanos como sus antepasados
nacionales putativos, ignorando alegremente los sucesivos invasores y
conquistadores de los que heredaron sus respectivas lenguas nacionales). La
ficción de la uniformidad étnica floreció, especialmente después de 1789,
cuando las ventajas prácticas de una organización política neobárbara en la
que todos los hombres adultos, entrenados en el uso de las armas, unidos por
un sentimiento de solidaridad nacional y voluntariamente obedientes a
dirigentes electos, demostraban su fuerza contra gobiernos cuya movilización
bélica se limitaba a segmentos menores de la población[52].

Si reflexionamos sobre ello, ni las escuelas primarias ni los ejércitos han


destacado por su práctica de los derechos humanos. Los dos son estructuras verticales
y bastante autoritarias. Transformar a personas corrientes en ciudadanos-votantes y
ciudadanos-soldados puede ser muy útil si lo que se quiere es asegurar la cohesión
del estado, tanto frente a otros estados como en términos de minimizar la violencia
civil dentro del estado o la lucha de clases, pero, ¿qué hace realmente por la
promoción y la realización de los derechos humanos?
El proyecto político del liberalismo del siglo XIX para los países del centro de la

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economía-mundo capitalista consistía en amansar a las clases peligrosas
ofreciéndoles un triple programa de reforma racional: sufragio, estado de bienestar e
identidad nacional. Se suponía, y se esperaba, que las personas corrientes se
contentarían con esa transmisión limitada de las recompensas y por lo tanto no
presionarían seriamente por la plenitud de sus “derechos humanos”. La propagación
de los slogans, derechos humanos, o libertad, o democracia, fue en sí parte del
proceso de domeñar a las clases peligrosas. La pobreza de las concesiones sociales
otorgadas a las clases peligrosas pudo haber resultado más visible a no ser por dos
cosas. Uno, el hecho de que el nivel de vida general de los países del centro estaba
beneficiándose de la transferencia efectiva de excedente de las zonas periféricas. Y
los nacionalismos locales de cada uno de esos estados fueron complementados por un
nacionalismo colectivo de las naciones “civilizadas” frente a las “bárbaras”. Hoy
llamamos a eso racismo, doctrina explícitamente codificada precisamente en ese
periodo y en esos estados y que llegó a permear profundamente todas las instituciones
sociales y todo el discurso público. Por lo menos así era hasta que los nazis llevaron
el racismo a su conclusión lógica, su versión extrema, y avergonzaron al mundo
occidental hasta llevarlo a un repudio teórico y formal, aunque sólo parcial, del
racismo.
¿Quiénes eran los “bárbaros”? Los pueblos coloniales, por supuesto. Los negros y
los amarillos, a diferencia de los blancos. El “Oriente”, a diferencia del “Occidente”.
Las naciones “ahistóricas” de Europa oriental, a diferencia de las naciones
“históricas” de Europa occidental. Los judíos, a diferencia de los cristianos. Desde el
principio, los derechos humanos de las naciones “civilizadas” se predicaron con base
en el supuesto de que eran “civilizadas”. El discurso del imperialismo era el reverso
de la medalla. El deber de los países que afirmaban respetar los derechos humanos
era, por consiguiente, “civilizar” a quienes no los respetaban y tenían costumbres
bárbaras, en consecuencia, quienes debían ser educados, tal como se educa a los
niños.
De esto se siguió que cualesquiera “derechos de los pueblos” estaban reservados a
unos pocos pueblos específicos, y no eran en absoluto los derechos de otros pueblos.
En realidad se pensaba que conceder a los “bárbaros” sus derechos como pueblos
conduciría, en la práctica, a la negación de los “derechos humanos” individuales de
esos pueblos. Es decir que en el siglo XIX los dos conjuntos de derechos fueron
colocados en conflicto directo entre sí. No había modo de que el mundo pudiera tener
los dos.
El liberalismo del siglo XIX resolvió el problema que se había propuesto resolver.
Dado un sistema mundial en que habían llegado a prevalecer las doctrinas de la
normalidad del cambio y la soberanía del pueblo, ¿cómo podía el estrato superior de
hombres de razón, buena voluntad, competencia y propiedad, impedir que las “clases
peligrosas” desbarataran el tinglado? La respuesta había sido que eso podía lograrse
aplicando la dosis adecuada de reformas racionales. En la práctica esa respuesta

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significaba limitar el grupo que podía ejercer sus derechos humanos a algunas
personas, y limitar aún más estrictamente el número de los pueblos que podían
ejercer la soberanía. Pero como en la lógica del liberalismo los derechos teóricamente
eran universales, las restricciones debían ser justificadas con argumentos retorcidos.
Esto quiere decir que en teoría los derechos eran proclamados como universales, pero
lo último que querían los liberales era que esos principios liberales fueran tomados
literalmente, es decir aplicados universalmente. Con el fin de que los principios no
fueran tomados de manera literal, el liberalismo necesitaba una fuerza coercitiva, y
esa fuerza coercitiva fue el racismo, combinado con el sexismo. Pero por supuesto los
liberales jamás podían decirlo así, puesto que tanto el racismo como el sexismo eran
por definición antiuniversales y antiliberales. Edward Said captó muy bien el espíritu
de esa segunda fase del liberalismo y sus consecuencias:

Junto con otros pueblos calificados indistintamente de atrasados, degenerados,


incivilizados y retrasados, los orientales eran vistos en un marco construido a
partir del determinismo biológico y sermones ético-políticos. El oriental se
vinculaba así con ciertos elementos de la sociedad occidental (los
delincuentes, los locos, las mujeres, los pobres) con los que tenía en común
una identidad que en el mejor de los casos podía describirse como
lamentablemente extraña. Rara vez se les veía, o se les miraba; se veía a
través de ellos, se les analizaba no como ciudadanos, ni siquiera como seres
humanos, sino como problemas por resolver, o por confinar o —en la medida
en que las potencias coloniales codiciaban abiertamente su territorio— por
conquistar…

Lo que quiero decir es que la metamorfosis de una subespecialidad filológica


relativamente inofensiva (el orientalismo) en una capacidad de manejar movimientos
políticos, administrar colonias, hacer afirmaciones casi apocalípticas en torno a la
difícil misión civilizadora del Hombre Blanco, todo eso estaba activo dentro de una
cultura declaradamente liberal y sumamente preocupada por sus muy pregonadas
normas de universalidad, pluralismo y apertura mental. En realidad lo que ocurrió era
todo lo contrario de liberal: la doctrina y el significado, impartidos por la “ciencia”,
se endurecieron hasta convertirse en “verdad”. Y si semejante verdad se reservaba el
derecho de juzgar al Oriente como inmutablemente oriental en las formas indicadas,
entonces la liberalidad no era sino otra forma de opresión y prejuicio mentalista[53].
Lo que ocurrió en el siglo XX fue que los oprimidos por el racismo y el sexismo
insistieron en reclamar los derechos que el liberalismo decía que teóricamente
poseían, en forma tanto de derechos humanos como de derechos de los pueblos. La
primera guerra mundial marcó un corte político. La ruptura del orden entre los
estados del centro, los “treinta años” de guerra transcurridos entre 1914 y 1945,

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abrieron el espacio para los nuevos movimientos.
Como el problema más inmediato en la escena mundial era el
colonialismo/imperialismo, es decir el control jurídico de grandes partes de Asia,
África y el Caribe por estados europeos (pero también por Estados Unidos y Japón),
la afirmación más inmediata era la de los derechos de los pueblos, antes que los
derechos humanos. La legitimidad de esa demanda tuvo su reconocimiento más
espectacular cuando Woodrow Wilson planteó el tema de la “autodeterminación de
las naciones” como pieza central del liberalismo. Wilson por supuesto entendía que la
autodeterminación sería concedida en forma prudente, metódica y racional cuando las
naciones estuvieran preparadas. Hasta entonces esas naciones podían estar “en
fideicomiso” (para emplear el lenguaje de la Carta de las Naciones Unidas de 1945).
Los conservadores, como era de esperarse, tendían a la cautela y a considerar que
las naciones sólo podían llegar a estar “preparadas” en un futuro distante, si es que
llegaban a estarlo alguna vez. Durante la primera mitad del siglo XX, los
conservadores volvieron con frecuencia sobre el tema de los derechos humanos para
argumentar en contra de los derechos de los pueblos, sosteniendo que esas
poblaciones colonizadas no eran realmente “pueblos” sino simples grupos de
individuos a los que se podía reconocer sus derechos humanos cuando un individuo
tenía suficiente educación y había adoptado un estilo de vida suficientemente
occidental para demostrar que él —raras veces ella— había alcanzado el nivel de
“persona civilizada”. Ésa era la lógica de las doctrinas asimilacionistas formales de
una serie de potencias coloniales (por ejemplo Francia, Bélgica y Portugal), pero las
demás potencias coloniales practicaban un modo similar, aunque informal, de
categorización y de concesión de derechos humanos.
Los socialistas radicalmente antisistémicos y antiliberales de la época de la
primera guerra mundial, es decir los bolcheviques (o leninistas) y la Tercera
Internacional, mostraron inicialmente mucha desconfianza cada vez que se hablaba
de los derechos de los pueblos, que asociaban con los movimientos nacionalistas
europeos de clase media. Por mucho tiempo fueron abiertamente hostiles al concepto,
y después, en 1920, cambiaron de posición en forma bastante radical y repentina. En
el Congreso de Pueblos de Oriente de Bakú[54] se archivó silenciosamente la
prioridad táctica de la lucha de clases en Europa y Estados Unidos en favor de una
prioridad táctica del antimperialismo, tema en torno del cual la Tercera Internacional
esperaba construir una alianza política entre partidos comunistas en su mayor parte
europeos y por lo menos los más radicales de los movimientos de liberación nacional
de Asia (y otras partes de la periferia). Pero al hacerlo los leninistas estaban de hecho
uniéndose a los liberales en la persecución del objetivo wilsoniano de la
autodeterminación de los pueblos. Y cuando la URSS, después de la segunda guerra
mundial, emprendió una política activa de fomento de la “construcción del
socialismo” en una serie de países políticamente vinculados con ella en forma más o
menos estrecha, estaba incorporándose de facto al proyecto mundial liberal de

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desarrollo económico de los países subdesarrollados.
Por eso podemos decir que en los años comprendidos entre 1945 y 1970 el
liberalismo tuvo una segunda apoteosis. Si en los decenios anteriores a 1914
aparentemente había triunfado en Europa, entre 1945 y 1970 dio la impresión de
triunfar en el mundo entero. Estados Unidos, portavoz mundial del liberalismo, era la
potencia hegemónica. Su único adversario teórico, la URSS, seguía un programa
táctico sin diferencias sustanciales en términos de los derechos de los pueblos, de
modo que en realidad estaba ayudando a Estados Unidos a domeñar a las clases
peligrosas del sistema mundial. Además esa política liberal parecía estar produciendo
beneficios para las propias clases peligrosas. Los movimientos de liberación nacional
habían llegado o estaban llegando al poder en todo el tercer mundo. Además parecían
estar llegando al poder (al menos parcialmente) también en otras partes, no sólo por
medio de los regímenes comunistas del bloque soviético sino con el papel fuerte que
desempeñaban los partidos socialdemócratas en Europa occidental y en las naciones
del Commonwealth Blanco. Y como parte de la expansión económica global de
1945-1970 las tasas de crecimiento económico eran razonablemente elevadas en
prácticamente todos los países periféricos. Eran años de optimismo, incluso donde la
lucha parecía bastante violenta y destructiva (como en Vietnam).
Mirando hacia atrás a lo que retrospectivamente parece casi una edad de oro, es
sorprendente la ausencia de toda preocupación por los derechos humanos. Desde los
procesos y las purgas de Europa oriental hasta las diversas formas de dictadura en los
países del tercer mundo (sin olvidar el macarthismo en Estados Unidos y el
Berufsverbot en la República Federal de Alemania), estuvo lejos de ser una época de
triunfo de los derechos humanos. Pero lo que es aún más significativo es que tampoco
los movimientos políticos del mundo mostraron ni siquiera un interés retórico por los
derechos humanos en esa época. En todas partes, los defensores de las causas de
derechos humanos eran vistos como amenazas para la unidad nacional en la
contienda de la guerra fría. Y no se puede decir que los estados del tercer mundo
vinculados más bien con el Occidente mostraran mayor respeto por los derechos
humanos que los vinculados más bien con el bloque soviético. Además la
preocupación expresada tanto por la URSS como por Estados Unidos acerca de los
derechos humanos en la esfera del otro no pasaba de las transmisiones de
propaganda, sin tener ningún efecto en la política efectiva.
¿Qué es lo que ha ocurrido desde entonces? Principalmente dos cosas: la
revolución mundial anunciatoria y denunciatoria de 1968, que desafió la geocultura
liberal, y la subsiguiente evidencia, a partir del decenio de 1970, de que el paquete
liberal de concesiones era estéril. En 1968 lo que los estudiantes y sus aliados decían
en todas partes —en los países occidentales, en el bloque comunista y en las zonas
periféricas— era que la ideología liberal (incluyendo la variante soviética,
retóricamente diferente pero sustancialmente similar) consistía en una serie de
promesas fraudulentas cuya realidad era de hecho más bien negativa para la gran

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mayoría de la población mundial. Desde luego los revolucionarios tendían a hablar en
términos de las circunstancias específicas de sus respectivos países —que eran
diferentes en Estados Unidos y en Alemania, en Checoslovaquia y en China, en
México y en Portugal, en la India y Japón—, pero los mismos temas aparecían en
todas partes[55].
La revolución mundial de 1968 no desmanteló el sistema mundial. Lejos de ello.
Pero sí desplazó al liberalismo de su lugar como ideología definitoria del sistema
mundial. Tanto el conservadurismo como el radicalismo se apartaron del centro
liberal para más o menos regresar a su ubicación topográfica de la primera mitad del
siglo XIX. Y eso perturbó el delicado equilibrio que el liberalismo había tratado de
establecer al limitar las implicaciones revolucionarias tanto de los derechos humanos
como de los derechos de los pueblos.
La perturbación de ese equilibrio puede observarse examinando el impacto del
segundo cambio de grandes proporciones, el de la estructura socioeconómica del
sistema mundial. Desde alrededor de 1967-1970 el mundo ha permanecido en una
fase B de Kondratieff, un periodo de estancamiento. Ese estancamiento en realidad ha
anulado las ganancias económicas de la mayoría de las zonas periféricas, con
excepción de un rincón del Sudeste asiático donde se ha dado el tipo de reubicación
de la producción de un segmento limitado de la economía-mundo que es típico de las
fases B de Kondratieff. También provocó (a ritmos diferentes) una declinación del
ingreso real de las clases trabajadoras del Norte. La rosa perdió su fragancia inicial. Y
la decepción fue enorme. La esperanza de un mejoramiento constante y ordenado de
las perspectivas de vida que ofrecían las fuerzas liberales (y su aliado de facto, el
movimiento comunista mundial) se desmoronó. Y a medida que se desmoronaba los
propios presuntos beneficiarios de los derechos de los pueblos empezaron a
cuestionar la medida en que éstos habían sido alcanzados en realidad en alguna forma
significativa.
Ese cuestionamiento de la significación de lo que antes había sido considerado
como la consagración triunfal de los derechos de los pueblos en la era posterior a
1945 tuvo dos consecuencias políticas. Por un lado, muchas personas pasaron a
defender los derechos de los “pueblos” nuevos, pensando que tal vez lo que pasaba
era que no se habían reconocido los derechos de su “pueblo”. De ahí las nuevas y más
militantes “etnicidades”, los secesionismos, los reclamos de las “minorías” existentes
dentro de estados, que se sumaban a los reclamos de otros grupos o cuasigrupos
como las mujeres, los y las homosexuales, los inválidos, los ancianos. Y por otra
parte, si los derechos de los pueblos no habían traído los beneficios esperados, ¿por
qué suprimir la preocupación por los derechos humanos para alcanzar los derechos de
los pueblos? Ése fue el origen de la súbita ola de reclamos de aplicación inmediata de
los derechos humanos dentro del bloque soviético y en estados de partido único y
dictaduras militares del tercer mundo. Fue el movimiento por la llamada
democratización. Pero dentro del mundo occidental fue también un momento de

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desmantelamiento de estructuras que antes habían limitado seriamente la expresión
de los derechos humanos, así como de creación de nuevos derechos, como el
“derecho a la privada” en Estados Unidos.
Además, no sólo todos empezaron a hablar de los derechos humanos en sus
propios países sino que empezaron a hablar de ellos para otros países: la
proclamación por Carter de los derechos humanos como preocupación de la política
exterior estadunidense, los acuerdos de Helsinki, la difusión de movimientos como
Amnistía Internacional y Médecins du Monde y la inclinación de intelectuales del
tercer mundo a hablar de los derechos humanos como un problema general y en
realidad como un tema prioritario.
Los dos movimientos de los últimos diez o veinte años —la búsqueda de nuevos
“pueblos” cuyos derechos necesitaran afirmación y los reclamos cada vez más
intensos de “derechos humanos”— eran reacciones ante las decepciones relacionadas
con la era 1945-1970, que habían provocado la revolución de 1968; revolución que se
centró precisamente en el tema de la falsedad de las esperanzas de liberalismo global
y las nefarias intenciones del liberalismo mundial al proponer su programa de
reformismo racional. Al principio las dos respuestas parecían ser una sola. Los que
afirmaban los derechos de los pueblos “nuevos” eran los mismos que pedían más
derechos humanos.
Pero para fines del decenio de 1980, y especialmente con la conmoción del antes
sistema hegemónico estadunidense, marcada por la caída de los comunismos, los dos
movimientos empezaron a moverse por separado e incluso a oponerse. Para los
noventa había movimientos enteros que utilizaban (una vez más) el tema de los
derechos humanos precisamente para oponerse a los derechos de los pueblos
“nuevos”, como puede verse en la campaña neoconservadora y antipolítica de la
corrección en Estados Unidos. Pero lo mismo puede verse en la proclamación por
Médecins du Monde e intelectuales franceses aliados del droit d’ingérance[56]
(derecho de ingerencia), es decir, de intervenir hoy en Bosnia y Somalia, mañana en
Irán y China y pasado mañana (¿por qué no?) en los gobiernos municipales
estadunidenses dominados por los negros.
En la actualidad el liberalismo está acorralado por su propia lógica. Continúa
afirmando la legitimidad de los derechos humanos y, con un poco menos de fuerza,
los derechos de los pueblos. Pero todavía no lo dice en serio. Afirma los derechos
para que no se apliquen plenamente. Pero se le está poniendo más difícil. Y los
liberales, atrapados como se dice entre la espada y la pared, están mostrando su
verdadera imagen al transformarse en la mayoría de los casos en conservadores, y
sólo ocasionalmente en radicales.
Tomemos un problema simple, muy importante y además inmediato: la
migración. La economía política del problema de la migración es muy sencilla. La
economía-mundo está más polarizada que nunca en dos aspectos, el socioeconómico
y el demográfico. La brecha entre el Norte y el Sur es enorme y todo indica que

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seguirá aumentando aún más por varios decenios. La consecuencia es obvia: hay una
enorme presión migratoria del Sur al Norte.
Examinemos esto desde el punto de vista de la ideología liberal. El concepto de
derechos humanos obviamente incluye el derecho a circular. En la lógica del
liberalismo, no debería haber pasaportes ni visas. Todos deberían poder trabajar y
establecerse en cualquier parte, como ocurre hoy por ejemplo dentro de Estados
Unidos y de la mayoría de los estados soberanos —ciertamente dentro de cualquier
estado que se pretenda liberal.
Pero desde luego en la práctica la mayoría de las personas en el Norte están
literalmente aterradas ante la idea de abrir las fronteras. En los últimos veinticinco
años las políticas han ido exactamente en sentido contrario. El Reino Unido fue de los
primeros en empezar a erigir nuevas barreras contra sus ex súbditos coloniales. Sólo
en 1993 ha habido tres hechos importantes: el parlamento alemán ha recortado
seriamente su política de bienvenida a los “refugiados” ahora que los de Europa del
Este pueden realmente llegar (se veía muy bien denunciar a los malvados comunistas
que no dejaban salir a sus ciudadanos, pero ahora vemos lo que ocurre cuando ya no
hay malvados comunistas en el poder y en posición de limitar la emigración). En
Francia el gobierno no sólo ha aprobado leyes contra los inmigrantes sino que incluso
ha creado nuevas dificultades para conceder la ciudadanía a los hijos de inmigrantes
nacidos en Francia. Y en Estados Unidos el gobernador del mayor de los estados,
California —estado que, y esto no deja de tener alguna significación, pronto tendrá
una mayoría no blanca—, pide que se enmiende la Constitución para terminar con
una de nuestras más veneradas tradiciones, el jus soli por el cual toda persona nacida
en Estados Unidos es ciudadano estadunidense por nacimiento.
¿Cuál es el argumento presentado en Gran Bretaña, Alemania, Francia, Estados
Unidos? Que nosotros (el Norte) no podemos asumir la carga (es decir la carga
económica) del mundo entero. ¿Pero por qué no? Hace apenas un siglo ese mismo
Norte quería asumir la “carga” de la “misión civilizadora del hombre blanco” entre
los bárbaros. Ahora los bárbaros, las clases peligrosas, están diciendo: muchas
gracias. Olvídense de civilizarnos, sólo dénnos algunos derechos humanos, como por
ejemplo el derecho a movernos libremente y a encontrar empleo donde podamos.
La contradicción interna de la ideología liberal es total. Si todos los seres
humanos tienen los mismos derechos, y todos los pueblos tienen los mismos
derechos, no podemos mantener el tipo de sistema desigualitario que la economía-
mundo capitalista siempre ha sido y siempre será. Pero si se admite esto abiertamente
la economía-mundo capitalista no tendrá legitimación a los ojos de las clases
peligrosas (es decir, las clases desposeídas). Y un sistema que no tiene legitimación
no sobrevive.
La crisis es total, el dilema es total. Las consecuencias las viviremos en el
próximo medio siglo. Comoquiera que resolvamos la crisis colectivamente,
cualquiera que sea el tipo de nuevo sistema histórico que construyamos y ya resulte

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mejor o peor, con menos o más derechos humanos y derechos de los pueblos, una
cosa es segura: no será un sistema basado en la ideología liberal tal como la
conocemos desde hace ya dos siglos.

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9. ¿GEOCULTURA DEL DESARROLLO O LA
TRANSFORMACIÓN DE NUESTRA
GEOCULTURA?
Desarrollo es un término que ha llegado a circular ampliamente en los dominios de
las ciencias sociales y la política pública desde el decenio de 1950. Cultura es un
término que fue reintroducido en esos mismos dominios, con un nuevo énfasis, en el
decenio de 1970.
No es difícil discernir la explicación de esa historia terminológica. El surgimiento
del término desarrollo fue una consecuencia inmediata de la aparición política del
llamado tercer mundo en la era posterior a 1945. Los pueblos de las zonas periféricas
del sistema mundial empezaron a organizarse eficazmente para alcanzar dos objetivos
principales: mayor autonomía política dentro del sistema mundial y mayor riqueza.
Mayor autonomía significaba independencia política para los pueblos coloniales y
gobiernos más nacionalistas para los estados que ya eran soberanos. En general, ese
objetivo se alcanzó en una u otra forma en casi todas las zonas periféricas en el
periodo 1945-1970. Su legitimación fue refrendada no sólo en la estructura de las
Naciones Unidas sino también en la amplia aceptación del concepto de la
“autodeterminación de los pueblos” y la paralela deslegitimación del imperialismo.
También el objetivo de mayor riqueza obtuvo legitimación, pero era mucho más
difícil de concretar, aun superficialmente, que el de mayor autonomía política. Sin
embargo también aquí los años entre 1945 y 1970 fueron aparentemente buenos.
Hubo una notable expansión de la economía-mundo y casi todas las partes del mundo
parecían estar mejor que en el periodo 1920-1945. Había optimismo general sobre las
perspectivas de que la riqueza siguiera aumentando. Si bien se reconocía que existía
una brecha seria entre los países “industriales” y los “agrícolas” (o entre los
“desarrollados” y los “subdesarrollados”, o en lenguaje posterior entre el “Norte” y el
“Sur”) —y ya desde los años cincuenta algunos señalaban que esa brecha crecía—, se
pensaba que de una manera u otra la pobreza absoluta (y relativa) de las zonas
periféricas era superable. Ese proceso de superar la brecha es lo que llegó a llamarse
desarrollo.
La posibilidad del desarrollo (económico) de todos los países llegó a ser una fe
universal, compartida por conservadores, liberales y marxistas por igual. Había
intensas discusiones en torno a las fórmulas que cada uno de ellos proponía para
alcanzar ese desarrollo, pero nadie discutía la posibilidad en sí. En ese sentido el
concepto de desarrollo pasó a ser un elemento básico del soporte geocultural del
sistema mundial, y encarnó en la decisión unánime de la ONU de designar los setenta
“el decenio del desarrollo”.
No podían haber escogido peor momento. La expansión de la economía-mundo,
la fase A de Kondratieff, había llegado a su máximo. El mundo estaba entrando en

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una fase B de Kondratieff, o sea la del estancamiento económico. El estancamiento
no significa que la riqueza absoluta de todos necesariamente declina: más bien las
fases B son épocas en que eso ocurre a la mayoría de las personas, pero
definitivamente no a todas. En realidad, para algunas personas y algunas zonas
geográficas las fases B son momentos de gran ventaja personal o local.
Sin embargo para la gran mayoría, que sufrió económicamente en el periodo
1970-1990 (y después), esa fase B fue una época de gran desencanto, en particular
porque la gran mayoría había llegado a invertir mucho en la fe geocultural en la
posibilidad del desarrollo. El desarrollo había sido una estrella guía, y ahora aparecía
como una ilusión[57].
Ahí fue donde entró en el cuadro el concepto de “cultura”. Desde luego, ya se
había hablado de la cultura durante los debates del desarrollo del periodo 1945-1970.
Pero ésta había sido mencionada principalmente como un “obstáculo”. En opinión de
muchos teóricos, especialmente aunque no sólo de ideólogos liberales, la cultura
representaba lo “tradicional”, concepto que se contraponía al de “moderno”. Se decía
que los pueblos de las zonas periféricas continuaban creyendo en muchos de los
llamados valores tradicionales, lo que supuestamente les impedía dedicarse a las
prácticas que les permitirían desarrollarse más rápido. Por consiguiente necesitaban
“modernizarse”, y nadie creía que fuera ésa una tarea fácil. Sin embargo, los
gobiernos locales ilustrados, con ayuda de organismos internacionales y de los
gobiernos de los estados ya “desarrollados”, podían emprender “reformas” que de
hecho acelerarían ese proceso de modernización. La principal forma de apoyo
exterior para esa tarea de reforma local se llamó “asistencia técnica”. La palabra
técnica supuestamente destacaba dos características esenciales: se decía que la
asistencia era científicamente evidente por sí misma; y se decía que era desinteresada.
“Técnica” implicaba “meramente técnica”, lo que por lo tanto significaba
implícitamente que era “apolítica”.
Durante los años setenta ni la asistencia técnica ni las reformas nacionales
parecieron dar resultado. En la mayoría de los países la situación económica se
deterioraba visiblemente. La idea de que la “ayuda” era simplemente una cuestión de
transmitir conocimientos científicos se agrió. La idea de que era desinteresada al
parecer dio frutos amargos porque muchos países entraron en ciclos de
endeudamiento externo elevadísimo, fuga de capitales e inversión negativa.
Un resultado fue que muchos de entre los más “fieles” al concepto de desarrollo
empezaron a volverse contra sus ideólogos. En sustancia decían lo siguiente:
“Ustedes (ustedes los políticos, ustedes los científicos sociales) nos dijeron que el
desarrollo económico es universalmente posible y que el camino hacia él es el cambio
político deliberado (ya sea el reformismo liberal o la transformación revolucionaria).
Pero eso ha resultado ser manifiestamente falso”. Para esos ex creyentes lo que
quedaba era un sentimiento de frustración, de esperanzas fallidas. Entonces entró en
escena un nuevo candidato a la esperanza. Si el cambio de la economía política ya no

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se consideraba un camino promisorio, o siquiera plausible; en otras palabras, si el
desarrollo tal como había sido predicado en el periodo 1945-1970 era en realidad un
engaño, quizá la salvación pudiera encontrarse en la reafirmación cultural. La
“cultura” que en el periodo 1945-1970 se discutía como un “obstáculo” que debía ser
eliminado lo antes posible reapareció, en forma de baluarte de la resistencia a la
degeneración, la desintegración y el empeoramiento de la propia situación política y
económica, que era consecuencia de la creciente mercantilización de todo. La cultura
había dejado de ser el villano para convertirse en el héroe.
Y así ocurre que estamos en una conferencia copatrocinada por la UNESCO titulada
“Cultura y desarrollo”, y no solamente “desarrollo” sino “desarrollo sostenible”. La
misma UNESCO había publicado en 1953 un estudio realizado por Margaret Mead para
la Federación Mundial de la Salud Mental, con un enfoque bastante diferente del
mismo tema. Ese estudio se llevó a cabo en cumplimiento de dos resoluciones de la
UNESCO[58].
Estas resoluciones son muy interesantes. En realidad lo que la UNESCO estaba
diciendo era: se están introduciendo técnicas modernas en la periferia. Eso desde
luego es bueno, pero genera tensiones, tanto culturales como personales (el tema
central del estudio era la salud mental individual). Es necesario que alguien
“armonice” esto. La gramática de las resoluciones es terrible porque no hay un “con”
que suceda a la palabra “armonizar”: no se sabe exactamente con qué hay que
armonizar la tecnología moderna. Sin embargo podemos presumir que la intención
era simplemente calmar a la gente. Los “valores culturales” eran sospechosos, pero
merecían “respeto”. La UNESCO quería sobre todo asegurar “el progreso social de los
pueblos”, lo que quiera que significara tan piadosa expresión.
Sin embargo hoy la “cultura” no es simplemente una expresión piadosa que se
puede mencionar una vez y después ignorar: se ha convertido en un grito de batalla
que se usa para denunciar. ¿Y qué es esa “cultura” que es grito de batalla? ¿Y por qué
se ha agregado al “desarrollo” el adjetivo “sostenible”? ¿Es posible desarrollar en
forma insostenible? Las respuestas a estas preguntas no son científicamente evidentes
por sí mismas, y ciertamente hoy no son objeto de consenso universal. En realidad las
respuestas actuales varían enormemente dependiendo de la procedencia del que
responde.
El primer problema es: ¿de la cultura —o las culturas— de quién estamos
hablando? La palabra cultura tiene dos usos diametralmente opuestos. Indica cosas
que son comunes a dos o más individuos, pero también cosas que no son comunes a
dos o más individuos concretos. Es decir que la cultura es lo que une a las personas,
pero también lo que las separa[59]. Cuando hoy planteamos el tema de la “cultura” en
relación con el “desarrollo” estamos empleando cultura en el sentido de lo que separa
a los pueblos. Estamos hablando del hecho de que la “cultura” coreana es diferente de
la “cultura” china y de la “cultura” británica.
El problema es: ¿qué es la cultura coreana o china o británica? ¿Es el conjunto de

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valores y costumbres que la mayoría de las personas en Corea o en China o en Gran
Bretaña afirman y en cierto modo practican en 1993? ¿O es el subconjunto de valores
y costumbres que han afirmado y en cierto modo han observado la mayoría de las
personas en Corea o en China o en Gran Bretaña tanto en 1993 como en 1793? ¿O
tanto en 1993 como en el año 993? Lo que entendemos por cultura coreana o china o
británica no es en absoluto evidente por sí mismo. Y tampoco es en absoluto evidente
por sí mismo que esos adjetivos hagan referencia a una sola cultura. Las culturas
varían con el tiempo, varían en el espacio regional dentro de los límites indicados por
esos gentilicios, y desde luego varían según la clase social. De manera que cuando
decimos, como dijo Margaret Mead, que debemos respetar los valores culturales,
tenemos que saber de qué valores culturales estamos hablando, o de los valores
culturales de quién. De otro modo la referencia es demasiado vaga.
Del mismo modo, cuando decimos “desarrollo sostenible” el referente no está
claro. Cuando decimos que Corea o China o Gran Bretaña se está “desarrollando”,
¿queremos decir en realidad Corea del Sur, China meridional y los condados del sur
de Gran Bretaña, o verdaderamente hablamos de todo el país? Porque en cada uno de
esos casos concretos, en el año 1993, la economía de la parte sur está mejor que la de
la porción norte, y por razones que son diferentes en cada caso no sólo la diferencia
entre las zonas norte y sur ha ido aumentando en los últimos veinticinco años sino
que lo más probable es que continúe haciéndolo, por lo menos, durante los próximos
veinticinco años.
La geocultura del desarrollo está formada por tres creencias: a] que los estados
que hoy son miembros de las Naciones Unidas o están en vías de llegar a serlo son
políticamente soberanos y, al menos potencialmente, económicamente autónomos; b]
que cada uno de esos estados tiene una “cultura” nacional, y de hecho sólo una, o una
sola que es primaria y primordial; c] que con el tiempo esos estados pueden
“desarrollarse” (lo que en la práctica significa aparentemente acercarse a los niveles
de vida de los actuales miembros de la OCDE) por separado.
Creo que las dos primeras afirmaciones no son del todo ciertas, o sólo son ciertas
con excepciones considerables, y creo que la tercera es totalmente falsa. La soberanía
política de los estados independientes, aunque sea inicialmente una afirmación, es en
su mayor parte una ficción, incluso para los que poseen una fuerza militar
considerable; además el concepto de autonomía económica tiende a crear confusión.
En cuanto al segundo principio —la existencia de una “cultura” nacional en cada país
— no cabe duda de que existe algo que podemos designar así, pero tal “cultura”
nacional está muy lejos de ser un modo de comportamiento coherente, bien definido
y relativamente invariable; más bien es una mitología construida y reconstruida
regularmente. Desde luego que hay grandes diferencias entre las creencias y el
comportamiento de la gente en Corea, China y Gran Bretaña, pero argumentar que en
cada estado existe una sola cultura nacional con una historia relativamente
ininterrumpida, y que las discrepancias culturales internas pueden ser ignoradas sin

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peligro, es bastante más difícil.
En cuanto a la posibilidad del desarrollo nacional dentro del marco de la
economía-mundo capitalista, sencillamente es imposible que todos los estados lo
hagan. El proceso de acumulación de capital requiere un sistema jerárquico en el que
la plusvalía se distribuye en forma desigual, tanto en el espacio como entre las clases.
Además el desarrollo de la producción capitalista en el tiempo histórico ha
ocasionado también —y en realidad requiere— una creciente polarización
socioeconómica de la población mundial, acompañada por su polarización
demográfica. Así, por un lado es cierto que algo de lo que se llama desarrollo
nacional siempre es posible, y en realidad es un proceso recurrente del sistema, pero
es igualmente cierto que, puesto que la distribución desigual de la remuneración es
una constante, tanto histórica como teóricamente, cualquier “desarrollo” de una parte
de la economía-mundo es en realidad el reverso de una “declinación” o un
“desdesarrollo” o “subdesarrollo” de alguna otra parte de la economía-mundo. Y esto
no era menos cierto en 1893 que en 1993, y tampoco en 1593. De manera que no
estoy diciendo que no sea posible para X país “desarrollarse” (sea hoy, ayer o
mañana): lo que digo es que, en el marco de nuestro sistema actual, no hay manera de
que todos los países (o incluso muchos países) se “desarrollen” simultáneamente.
Esto no significa que todos los países no puedan introducir nuevas formas de
producción mecanizada o tecnologías de información avanzadas o rascacielos o
cualquiera de los símbolos exteriores de la modernización. Hasta cierto punto todos
pueden hacerlo. Pero eso no significa necesariamente que todo el país, o al menos la
mayoría de su población, vaya a estar mejor. En realidad tanto el país como el pueblo
pueden quedar peor, a pesar del “desarrollo” visible. Es por eso por lo que ahora
hablamos de “desarrollo sostenible”, es decir algo real y duradero y no un espejismo
estadístico. Y es también por eso por lo que hablamos de cultura. Porque sugiere que
no todo “desarrollo” es bueno, sino sólo el que de alguna manera mantiene, quizás
incluso refuerza, ciertos valores culturales locales que consideramos positivos, y cuya
preservación es una gran ventaja no sólo para el grupo local sino también para el
mundo en su conjunto.
Ésta es la razón por la que he puesto el título en forma de pregunta: ¿Geocultura
del desarrollo o transformación de la geocultura? La geocultura del desarrollo —la
construcción histórica de una presión cultural para que todos los estados emprendan
un programa de “modernización” o “desarrollo”, programa que para la mayoría de los
países debe ser necesariamente inútil— nos ha llevado al callejón sin salida en que
nos encontramos hoy. Estamos desecantados con el “desarrollo” tal como se
predicaba en el periodo 1945-1970. Ya sabemos que puede no llevar a ninguna parte.
En consecuencia buscamos opciones que, sin embargo, a menudo se formulan
todavía como caminos opcionales hacia el “desarrollo nacional”. Ayer era la
planeación estatal y la sustitución de importaciones; hoy es el ajuste estructural (o
terapia de choque) y la especialización del mercado dirigida por las exportaciones. Y

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en algunos lugares es un tercer camino no muy claro. Pasamos de una fórmula
mágica a otra, frenética y desesperanzadoramente y a veces con cinismo. En el
proceso algunos prosperan, pero la mayoría no. ¿Habremos de pasar los próximos
treinta años en esta jaula giratoria? Esperemos que no, porque indudablemente
enloqueceríamos y tendríamos ataques de violencia. De hecho ya los estamos
teniendo —de Sarajevo a Mogadiscio, de Los Ángeles a Rostock, de Argelia a
Pyongyang.
En lugar de empeñarnos en la inútil búsqueda de soluciones opcionales a los
dilemas imposibles planteados por la geocultura del desarrollo, deberíamos volver
nuestra atención a la transformación de la geocultura que se está produciendo ante
nuestros propios ojos y preguntar: ¿adónde vamos? y ¿adónde queremos ir?
La desilusión con la geocultura del desarrollo ha producido una pérdida de fe en
el estado como instrumento de reforma y baluarte de la seguridad personal, y eso ha
iniciado un ciclo que se autorrefuerza. Cuanto menos legitimación se concede a los
estados más difícil resulta a éstos imponer un orden o garantizar niveles mínimos de
bienestar social. Y cuanto más difícil les resulta desempeñar esas funciones, que para
la mayoría de las personas son la razón de ser del estado, menos legitimación se
concede a los estados.
La perspectiva es aterradora para la gente. Después de cinco siglos de constante
aumento del poder y la legitimación de las estructuras estatales (al grado que la
mayor parte de la gente ha renunciado a cualquier otro garante de su seguridad y
bienestar), de pronto los estados empiezan a perder su aura. (Claro que no han sido
cinco siglos en todas partes, porque muchas zonas se incorporaron después al sistema
mundial moderno; pero la afirmación es válida para esas regiones siempre que hayan
sido incluidas en el sistema mundial). La gente asustada busca protección, y para su
protección se están volviendo hacia “grupos” —étnicos, religiosos, raciales— que
encarnan valores “tradicionales”.
Al mismo tiempo, y como parte del mismo proceso de desencanto con el
reformismo por la vía de las acciones dirigidas o fomentadas o patrocinadas por el
estado, ha habido un impulso de “democratización”, es decir de reclamos de igualdad
política que van mucho más allá del derecho a votar. La demanda de
“democratización” no se plantea sólo a los estados autoritarios sino también a los
estados liberales, porque en realidad el concepto de estado liberal no fue inventado
para impulsar la democratización sino para impedirla.
En los últimos veinticinco años la demanda de “democratización” ha adoptado la
forma de reclamo de más derechos para “grupos”; para la mayoría dentro de
cualquier estado que no sea un estado liberal, pero con ferocidad aún mayor para las
“minorías” dentro de los estados que afirman ser estados liberales. Claro que
“minoría” es un concepto relativo. Numéricamente las “minorías” pueden ser más de
la mitad de la población. Los negros en Sudáfrica, los indígenas en Guatemala, las
mujeres en todos los estados del mundo son “minorías” de ese tipo porque, aparte de

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lo que digan las estadísticas, son grupos política y socialmente oprimidos. Pero desde
luego también los negros en Estados Unidos, los turcos en Alemania, los curdos en
Turquía y los coreanos en Japón son ejemplos de tales minorías (social y
estadísticamente).
Por consiguiente el nuevo viraje hacia los “grupos” tiene dos fuentes muy
diferentes y casi contradictorias. Por un lado lo alimenta el miedo, la desintegración,
y sobre todo el miedo a la desintegración ulterior. Y por el otro lado lo alimenta la
autoafirmación de los oprimidos, sus demandas positivas de un mundo
verdaderamente igualitario. Esa doble fuente de la nueva confianza en los grupos
puede llevar a una confusión enorme. No hay mejor ejemplo de esto que lo que ha
venido ocurriendo con la caída del ex estado yugoslavo. No olvidemos que hasta hace
pocos años Yugoslavia era considerada como el modelo de cómo evitar los conflictos
entre grupos. Hoy parece que el mundo entero y todos los pueblos de la antigua
Yugoslavia contemplan con fatalismo una matanza que se extiende y empeora
constantemente.
Estos “grupos” en que las gentes ponen su fe, ¿no son las mismas entidades a las
que nos referimos cuando hablamos de “culturas”? Afirmando nuestra cultura
particular nos liberamos. La utilizamos para defendernos, para reclamar nuestros
derechos y para exigir un trato igualitario. Pero al mismo tiempo, cada vez que
afirmamos nuestra calidad de distintos estamos chocando con las afirmaciones de
otros. En la antigua Yugoslavia, para volver a nuestro ejemplo, la desintegración
política del estado se inició hace algunos años cuando Serbia revocó la autonomía de
Kosovo. Hay dos hechos que están claros en relación con Kosovo. El primero es que
la mayoría de la población presente es de religión musulmana y habla principalmente
albanés. El segundo es que la mayoría de los serbios considera a Kosovo como la
cuna histórica de la cultura serbia. Serbia sin Kosovo es Serbia privada de su historia
cultural. No es fácil satisfacer al mismo tiempo todos los reclamos derivados de esos
dos hechos.
Para los serbios, Serbia sin Kosovo es como Israel sin Jerusalén. Y por cierto, ahí
tenemos otro ejemplo muy adecuado. Ahora bien: esos reclamos “culturales”, ¿son
acaso realmente distintos de los de Irak sobre Kuwait? Y si es así, ¿cómo? ¿Cómo
podríamos salimos de lo que amenaza con llegar a ser un pantano de reclamos y
contrarreclamos que se traducen en una violencia interminable? Ciertamente sería
inútil, y además hipócrita, predicar un pacifismo basado en un universalismo
especioso que en realidad enmascara un llamado a vivir con un statu quo sostenido
por la distribución momentánea e inmediata del poder de fuego en el mundo.
El hecho es que vivimos en un mundo con profundas desigualdades, y no tenemos
derecho moral a pedir a nadie que desista de hacerlo menos desigual. Por eso tenemos
que querer un “desarrollo sostenible” para todos y reconocer la afirmación de
integridad “cultural” de cada grupo y de cada país. Si esas afirmaciones nos causan
problemas hoy, no es porque se hagan, sino porque los mecanismos represivos del

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sistema mundial se están debilitando. El gran desorden mundial en que hemos
entrado no es causado por las luchas de los oprimidos sino por la crisis de la
estructura que los oprime.
En este periodo de gran desorden mundial, de crisis de nuestro sistema mundial
moderno de capitalismo histórico, sólo saldremos adelante si somos capaces de ver
con claridad todo el cuadro. Porque éste será un periodo de doble lucha: una lucha
por la supervivencia inmediata y otra de conformación del sistema histórico que
eventualmente surgirá del actual caos sistémico. Los que están buscando crear una
estructura nueva de modo que sea una réplica de la característica clave de la
estructura actual —la desigualdad jerárquica— harán cualquier cosa para
mantenernos con la atención concentrada en la supervivencia inmediata, a fin de
impedir el surgimiento de opciones históricas a su proyecto de transformación falsa,
de una transformación superficial que deje intacta la desigualdad.
El hecho de que un sistema histórico esté en crisis no significa que las personas
en la vida cotidiana no sigan haciendo, o tratando de hacer, el mismo tipo de cosas (o
al menos muchos de los mismos tipos de cosas) que antes hacían. La producción
mundial de mercancías para el mercado continuará. Los estados seguirán teniendo
ejércitos y emprendiendo guerras. Los gobiernos seguirán utilizando las fuerzas
policiales para imponer sus políticas. La acumulación de capital continuará, aunque
con creciente dificultad, y la polarización económica del sistema mundial aumentará.
Y tanto los estados como los individuos seguirán tratando de impulsarse hacia arriba
en la escala del sistema, o por lo menos de no descender.
Pero hay una gran diferencia con lo ocurrido en los últimos quinientos años. Las
fluctuaciones dentro del sistema serán cada vez más marcadas y más violentas.
Cuando el sistema histórico era relativamente estable, las acciones grandes (por
ejemplo las revoluciones) tenían efectos relativamente reducidos sobre el
funcionamiento del sistema, mientras que ahora incluso acciones pequeñas pueden
tener efectos relativamente grandes, no tanto en cuanto a la reforma del sistema
actual como en la determinación de los contornos del sistema o los sistemas que
eventualmente lo remplazarán. Por lo tanto la acción humana puede tener
recompensas potencialmente muy grandes, y la inacción o la acción errada castigos
igualmente grandes.
Por lo tanto, echemos una ojeada a la crítica cultural antisistémica de nuestro
sistema actual y su geocultura en los últimos quinientos años. En los últimos
veinticinco años la crítica, en su mayoría, se ha concentrado en cuatro temas
centrales: el materialismo, el individualismo, el etnocentrismo y la destructividad del
impulso prometeico. Cada una de esas críticas se ha expresado vigorosamente, pero
todas han tenido dificultad para convencer efectivamente.
1] La crítica del materialismo ha sido muy obvia: en general, la búsqueda de la
riqueza, de la vida confortable y las ventajas materiales ha llevado a descuidar, o más
bien ha impuesto el descuido de otros valores, llamados a veces valores espirituales.

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Esto ha sido consecuencia de la implacable tendencia a la secularización de los
estados y todas las principales instituciones sociales. Esa secularización ha sido un
pilar esencial del sistema estatal, ya que ha proporcionado el marco dentro del cual
podía darse una acumulación de capital incesante. De hecho la acumulación de
capital incesante, el rasgo definitorio de nuestro sistema histórico, es el valor
materialista esencial.
Históricamente, esta crítica ha tenido dos problemas. Primero, ha tendido a
formularse en interés de viejas capas privilegiadas que iban siendo desplazadas por
capas más nuevas, y por eso a menudo no era una crítica totalmente honesta. No era
realmente antimaterialista, sino ante todo una cuestión de quién pagaba la cuenta. O
bien se utilizaba no como crítica de los poderosos sino como crítica de los débiles,
cuyas protestas iban adoptando formas más bien anárquicas; era una forma de echar
la culpa a la víctima.
En segundo lugar, una crítica antimaterialista sólo tiene sentido si uno sostiene
que el materialismo es exagerado; satisfacer las que hemos llegado a denominar
“necesidades básicas” (y un poco más) no es materialismo sino cuestión de
supervivencia y dignidad humana. El antimaterialismo nunca ha convencido del todo
a los desposeídos. Y en un sistema jerárquico basado en distinciones insidiosas en el
acceso al capital, tampoco ha resultado muy persuasivo para los cuadros medios que
tienen una visión aproximada de lo que ocurre en la cima.
2]La crítica del individualismo deriva de la crítica del materialismo. Un sistema
que pone en el lugar de honor los valores materialistas está respaldando la carrera de
todos contra todos. Eso conduce finalmente a una visión totalmente egocéntrica del
mundo, en el mejor de los casos modificada por la adhesión a la familia nuclear. Para
sustituir al individualismo los críticos han ensalzado a la “sociedad”, el “grupo”, la
“comunidad” y con frecuencia la “familia”. Y algunos otros han hablado de la
primacía de la humanidad entera.
Aquí los críticos han tenido un poco más de éxito, en la medida en que han
conseguido convencer a grandes grupos de personas de que sometan sus aspiraciones
individuales a algunos objetivos de grupo, pero esa devoción a las colectividades
siempre ha resultado frágil. Una vez alcanzada, las colectividades intentan
institucionalizar su capacidad de perseguir el interés colectivo mediante algún tipo de
poder político, y con eso vuelven a entrar en los procesos operativos del sistema
mundial moderno, que ha demostrado ser demasiado fuerte para la resolución
individual, en particular la de los dirigentes de grupos. Como dijo lord Acton, el
poder “corrompe”. Pero no se trata de cualquier poder sino del poder dentro de este
sistema histórico particular, con sus enormes posibilidades de canalización de la
acumulación de capital.
La corrupción ha tenido el efecto inevitable de desilusionar a la colectividad. Los
que habían sacrificado sus objetivos individualistas descubrían que simplemente otros
se habían beneficiado en su lugar, y que a la larga no habían mejorado mucho (en

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realidad, a menudo habían empeorado).
3] La tercera crítica ha sido la del etnocentrismo, y muy especialmente la de su
forma dominante y muy virulenta en el capitalismo histórico, el eurocentrismo, cuyo
reverso ha sido el racismo. Los críticos han señalado que la versión tosca del
eurocentrismo aparece como racismo, que lleva a la discriminación social y la
segregación de grupos declarados “inferiores”. Pero también han ido más allá,
afirmando que el eurocentrismo tiene una cara sofisticada que es más “liberal”, y es
la cara del universalismo.
Los europeos han impuesto al resto del mundo sus valores por medio de la
definición de sus valores como valores universales. Y lo han hecho en formas que
han impulsado su propia dominación y sus intereses materiales. En realidad la forma
final y más sofisticada del universalismo etnocéntrico ha sido el concepto de
meritocracia, que ordena que la “carrera de todos contra todos” se corra
equitativamente pero ignora el hecho de que los corredores inician su carrera desde
puntos muy variados, que no son determinados por la genética sino por la sociedad.
Esta crítica ha sido muy vigorosa, pero la han viciado las consecuencias de una
táctica muy elemental de divide et impera aplicada por los poderosos. A medida que
los ataques al etnocentrismo iban adquiriendo mayor fuerza, la línea divisoria entre lo
que se considera superior y lo que se considera inferior se desplazaba
constantemente, incluyendo en la capa superior a algunos de los más enérgicos
inconformes, que a continuación cambiaban su discurso. La constante polarización
demográfica existente en el sistema mundial permitió desplazar sin dificultad la línea
divisoria, sirviendo meramente para mantener más o menos estable el porcentaje de
personas en la cima. Pero políticamente significó que cada generación de
inconformes tenía que empezar prácticamente de nuevo’.
4] Finalmente, la crítica al impulso prometeico ha sido la más reciente y en
muchos sentidos la más significativa. Las presiones en favor de la acumulación de
capital han conducido no sólo al avance tecnológico (presumiblemente neutral en el
peor de los casos y virtuoso en el mejor) sino a una capacidad destructiva enorme. La
preocupación por la corrosividad sociopsicológica del capitalismo histórico,
presentada en términos de “enajenación” y “anomia”, se ha sumado a la preocupación
por la corrosividad geofísica del capitalismo histórico en términos de la ecología.
Hoy se admite que la destructividad del capitalismo histórico ha sido enorme y
aumenta rápidamente. Pero también esta crítica ha tenido sus limitaciones, en
términos de la recuperabilidad de las quejas. La alienación y la anomia han sido
transformadas en una mercancía: la terapia. La ecología está siendo transformada en
las mercancías de la limpieza y el reciclaje. En lugar de arrancar las raíces de la
causas de la destrucción estamos tratando de remendar el tejido desgarrado.
El desafío que se nos presenta hoy, en esta época de transición a un nuevo sistema
histórico, es tomar esas cuatro críticas del capitalismo histórico —críticas profundas
que sin embargo han sido formuladas en formas que no son suficientemente

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persuasivas— y transformarlas en un modelo positivo de orden social alternativo que
no caiga en las trampas en que cayeron los críticos (parciales) del pasado. Debemos
ser radicales, es decir, debemos ir a las raíces del problema. Y debemos ofrecer una
reconstrucción verdaderamente fundamental. Es un proyecto a cincuenta años por lo
menos. Es un proyecto mundial que no se puede realizar en forma parcial o local, si
bien la acción local debe ser una parte importantísima de la reconstrucción. Y
requiere el uso pleno de la imaginación humana. Pero es posible.
Es posible, pero no es en absoluto seguro. El triunfalismo hará fracasar nuestros
esfuerzos. Lo que debemos buscar es más bien la combinación adecuada de sobriedad
y fantasía, y podemos encontrarla en los lugares más inesperados, en cualquier rincón
del mundo.

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10. ESTADOS UNIDOS Y EL MUNDO: HOY, AYER Y
MAÑANA
Al parecer Dios otorgó sus bendiciones a Estados Unidos tres veces: en el presente,
en el pasado y en el futuro. Digo que parece porque los caminos de Dios son
misteriosos y no podemos fingir que estamos seguros de comprenderlos. Las
bendiciones de que hablo son las siguientes: en el presente, prosperidad; en el pasado,
libertad; en el futuro, igualdad.
Cada una de esas bendiciones ha implicado siempre medir a Estados Unidos con
el mundo. Pese a la larga historia que Estados Unidos tiene de verse a sí mismo como
muy alejado del mundo, y especialmente alejado de Europa, en realidad siempre se ha
autodefinido en términos del mundo. Y el resto del mundo a su vez lleva ya
doscientos años colocando a Estados Unidos en el primer plano de su atención.
El problema con las bendiciones de Dios es que tienen precio. Y el precio que
estamos dispuestos a pagar siempre es una llamada a nuestro sentido de la justicia.
Cada bendición ha traído consigo sus contradicciones, y no siempre es obvio que los
que reciben las bendiciones son quienes pagan el precio. Al pasar de hoy a mañana,
es tiempo de contar nuevamente nuestras bendiciones, evaluar nuestros pecados,
sacar las cuentas y examinar el resultado final.

HOY
El hoy al que me refiero se inició en 1945 y terminó en 1990. En ese periodo,
exactamente en ese periodo y no después, Estados Unidos fue la potencia hegemónica
de nuestro sistema mundial. El origen de esa hegemonía fue nuestra prosperidad; la
consecuencia de esa hegemonía fue nuestra prosperidad; el signo de esa hegemonía
fue nuestra prosperidad. ¿Qué hicimos para merecer ese raro y singular privilegio?
¿Nacimos grandes? ¿Alcanzamos la grandeza? ¿Se nos impuso la grandeza?
El presente empezó en 1945. El mundo acababa de salir de una guerra mundial
prolongada y terrible cuyo campo de batalla había cubierto toda la región de Eurasia,
desde la isla del oeste (Gran Bretaña) hasta las islas del este (Japón, Filipinas y las
islas del Pacífico) y desde las zonas nórdicas de Eurasia hasta el norte de África, el
sureste de Asia y la Melanesia por el sur. En toda esa vasta zona hubo una inmensa
destrucción de vidas humanas y de los elementos materiales que constituían la base

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de la producción mundial. Algunas áreas fueron más devastadas que otras, pero casi
ninguna parte de esa vasta zona quedó indemne. En realidad la única zona industrial
importante cuyos equipos e infraestructura nacional quedaron intactos fue Estados
Unidos. Las fábricas estadunidenses no sólo no fueron bombardeadas sino que con la
planeación y la movilización de guerra alcanzaron nuevos niveles de eficiencia.
Como Estados Unidos entró en la guerra con una maquinaria productiva que
estaba en condiciones de competir (por lo menos) con todas las demás del mundo, la
destrucción de la maquinaria de todos los demás creó una brecha enorme en
eficiencia y capacidad productiva. Fue esa brecha lo que creó la posibilidad de que en
los veinticinco años siguientes las empresas estadunidenses prosperaran como nunca
antes. Y fue esa brecha lo que aseguró que el único modo como esas empresas podían
prosperar fuera permitir que el salario real de los trabajadores de esas empresas
aumentara significativamente. Y fue ese aumento del salario real —traducido en
términos de propiedad de casas, automóviles y bienes domésticos durables, además
de una enorme expansión de las oportunidades educativas (especialmente
universitarias)— lo que constituyó la prosperidad que conocieron los estadunidenses
y que asombró al mundo.
La prosperidad es por encima de todo una oportunidad; oportunidad de disfrutar,
oportunidad de crear, oportunidad de compartir. Pero la prosperidad es también una
carga. Y la primera carga que la prosperidad impone es la presión por mantenerla.
¿Quién quiere renunciar a las cosas buenas de la vida? Siempre ha existido una
minoría de ascetas y otra minoría de personas dispuestas a renunciar a todo privilegio
debido a un sentimiento de vergüenza o de culpa. Pero para la mayoría de la gente
renunciar a la buena vida es un signo de santidad o de demencia y, por admirable que
sea, no es para ellos. Estados Unidos como país actuó normalmente en el periodo
1945-1990: era un país próspero y trataba de mantener esa prosperidad.
Nuestro país —sus dirigentes, pero también sus ciudadanos— perseguían como
evidente objetivo nacional no la felicidad (la imagen quizás utópica y romántica que
Thomas Jefferson inscribió en nuestra Declaración de Independencia) sino la
prosperidad. ¿Qué hacía falta para que Estados Unidos mantuviera la prosperidad que
tenía en sus manos? Visto en la perspectiva de los años inmediatamente posteriores a
1945, Estados Unidos necesitaba tres cosas: clientes para su inmenso parque
industrial; orden en el mundo para que el comercio pudiera llevarse a cabo a bajo
costo, y seguridad de que los procesos de producción no se interrumpirían.
En 1945 ninguna de esas cosas parecía fácil de alcanzar. La propia destructividad
de la guerra mundial que dio a Estados Unidos su increíble ventaja había
empobrecido al mismo tiempo a muchas de las zonas más ricas del mundo. Había
hambre en Europa y Asia, y sus pueblos difícilmente podían comprar automóviles
fabricados en Detroit. El fin de la guerra dejó sin resolver grandes cantidades de
problemas “nacionales”, no sólo en Europa y el norte de Asia sino también en
muchos países fuera de la zona de guerra, en países que después llegamos a llamar

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tercer mundo. La paz social parecía remota. Y en Estados Unidos los estadunidenses
estaban listos para reanudar sus propios y perturbadores conflictos sociales de los
años treinta, que habían sido suspendidos pero no resueltos por la unidad política del
tiempo de guerra.
Estados Unidos actuó, con menos vacilaciones de lo que había supuesto, e hizo
todo lo necesario para eliminar esas amenazas a su prosperidad y a sus esperanzas de
una prosperidad aún mayor. Estados Unidos invocó su idealismo al servicio de sus
intereses nacionales. Estados Unidos creía en sí mismo y en su bondad, y trató de
servir y guiar al mundo en una forma que consideraba justa y sabia. En el proceso
Estados Unidos mereció el aplauso de muchos y la ira de otros. Se sintió herido por la
ira y alentado por el aplauso, pero sobre todo se sintió impulsado a seguir por el
camino que se había trazado y que creía ser el camino de la rectitud.
Estados Unidos tiende a mirar retrospectivamente al mundo de la posguerra y
celebrar cuatro grandes logros, por las cuales se atribuye gran parte del mérito. La
primera es la reconstrucción de la devastada región eurasiática y su reinserción en la
actividad productiva de la economía-mundo. La segunda es el mantenimiento de la
paz en el sistema mundial, haber impedido a la vez la guerra nuclear y la agresión
militar. La tercera es la descolonización en buena medida pacífica del ex mundo
colonial, acompañada de considerable ayuda para el desarrollo económico. La cuarta
es la integración de la clase trabajadora estadunidense al bienestar económico y la
plena participación política, además del fin de la discriminación y la segregación
raciales en Estados Unidos.
Cuando Henry Luce proclamó, al término de la segunda guerra mundial, que éste
era “el siglo de Estados Unidos”, aludía precisamente a la expectativa de esos logros.
Sin duda éste ha sido el siglo de Estados Unidos. Los logros fueron reales. Pero cada
uno de ellos tuvo su precio y cada uno de ellos tuvo consecuencias inesperadas. Sacar
las cuentas correctamente es moral y analíticamente mucho más complejo de lo que
habitualmente admitimos.
Desde luego, es cierto que Estados Unidos trató de ayudar en la reconstrucción
del continente eurasiático. Ofreció ayuda inmediata en 1945, colectivamente por
medio de UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration) e
individualmente por medio de los paquetes de CARE (Cooperative American Relief to
Everywhere). Poco después pasó a medidas más sustanciales y a largo plazo, sobre
todo por medio del Plan Marshall. Entre 1945 y 1960 se invirtió una gran cantidad de
dinero y de energía política en esa reconstrucción de Europa occidental y Japón. Los
objetivos de esas iniciativas estaban claros: reconstruir las fábricas e infraestructuras
destruidas, recrear sistemas de mercado operativos con monedas estables bien
integrados a la división internacional del trabajo, y asegurar oportunidades de empleo
suficientes. Además, Estados Unidos no se limitó a la ayuda económica directa:
también trató de estimular la creación de estructuras intereuropeas que impidieran la
resurrección de las barreras proteccionistas asociadas con las tensiones del periodo de

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entreguerras.
Por supuesto, todo eso no era por puro altruismo. Estados Unidos necesitaba un
sector importante de consumidores extranjeros para sus empresas productivas si éstas
habían de producir en forma eficiente y rentable. Europa occidental y Japón,
reconstruidos, proporcionarían exactamente la base necesaria. Además, Estados
Unidos necesitaba aliados de confianza que actuaran en el escenario mundial
siguiendo sus indicaciones, y los estados de Europa occidental y Japón eran los que
tenían más probabilidades de desempeñar bien ese papel. Esa alianza fue
institucionalizada no sólo en la forma de la OTAN y el tratado de defensa entre Estados
Unidos y Japón sino más aún en la continuada estrecha coordinación política de esos
países bajo la “guía” de Estados Unidos. El resultado final fue que, por lo menos al
principio, todas las decisiones importantes de la vida internacional se tomaban en
Washington, con el asentimiento y el apoyo indiscutidos de un grupo de estados-
clientes poderosos.
El único obstáculo serio que Estados Unidos percibía en el escenario político
mundial era la URSS, que parecía perseguir objetivos políticos muy diferentes e
incluso opuestos a los de Estados Unidos. La URSS era al mismo tiempo la única otra
potencia militarmente importante del mundo de la posguerra y el centro político del
movimiento comunista mundial, ostensiblemente dedicado a la revolución mundial.
Cuando hablamos de las relaciones entre Estados Unidos y la URSS en el periodo
de posguerra tendemos a emplear dos palabras en código para expresar la política
estadunidense: Yalta y contención. Parecen ser bastante diferentes. Yalta ha llegado a
ser identificada con un trato cínico, si es que no una “venta” del Occidente. En
contraste, la contención simboliza la determinación de Estados Unidos de detener la
expansión soviética. Pero en realidad Yalta y la contención no eran políticas
separadas, mucho menos opuestas: eran una misma cosa. El tratado era la contención.
Como la mayoría de los tratados, básicamente fue propuesto por el más fuerte
(Estados Unidos) al más débil (la URSS) y aceptado por ambos porque servía a sus
respectivos intereses.
Cuando la guerra terminó había tropas soviéticas ocupando la mitad oriental de
Europa y tropas estadunidenses ocupando la mitad occidental. La frontera entre los
dos era el río Elba, o la línea entre Stettin y Trieste, que Winston Churchill describiría
en 1946 como “la cortina de hierro”. Aparentemente, el tratado no hacía más que
asegurar el statu quo militar y la paz en Europa, dejando a la URSS y Estados Unidos
en libertad de hacer los arreglos políticos que quisieran en sus respectivas zonas. El
statu quo militar —ya se le llame Yalta o contención— fue respetado
escrupulosamente por ambas partes desde 1945 hasta 1990. Algún día se llamará la
“Gran Paz Estadunidense” y será contemplado retrospectivamente con nostalgia
como una edad de oro.
Pero el tratado tenía tres codicilos de los que no se habla tanto. El primer codicilo
estaba relacionado con el funcionamiento de la economía-mundo. La zona soviética

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no pediría ni recibiría ayuda de Estados Unidos para su reconstrucción. Se le permitió
y en realidad se le pidió que se encerrara en una concha casi autárquica. Esto tenía
varias ventajas para Estados Unidos. Los costos de la reconstrucción de la URSS
amenazaban con ser enormes, y Estados Unidos ya tenía más que suficiente con
ayudar a Europa occidental y Japón. Además, no estaba claro que incluso una URSS
reconstruida (y China) pudiera ofrecer rápidamente un mercado significativo para las
exportaciones estadunidenses —ciertamente nada como lo que podían ofrecer Europa
occidental y Japón. Por consiguiente la inversión en la reconstrucción no sería
suficientemente remunerativa. A corto plazo Yalta significó una ganancia económica
neta para Estados Unidos.
El segundo codicilo estaba en el terreno ideológico. Se autorizó e incluso se
estimuló a ambas partes a aumentar los decibeles de su mutua condenación. John
Foster Dulles proclamó, y Stalin reafirmó, que la neutralidad debía ser considerada
“inmoral”. La lucha entre los mundos llamados comunista y libre permitía establecer
en ambos un firme control interno: anticomunismo y macartismo en Occidente,
procesos por espionaje y purgas en el Este. Lo que realmente se controlaba —tanto en
Occidente como en el Este— era la “izquierda”, entendida como todos los elementos
que querían cuestionar radicalmente el orden mundial existente, la economía-mundo
capitalista que estaba reviviendo y floreciendo bajo la hegemonía de Estados Unidos
en colusión con lo que podríamos llamar su agente subimperialista, la URSS.
El tercer codicilo era que no se permitiría que nada del mundo extraeuropeo —lo
que después llegamos a llamar tercer mundo, y más recientemente el Sur—
cuestionara la Gran Paz Estadunidense en Europa y su soporte institucional, la
doctrina de la contención-Yalta. Las dos partes se comprometieron a eso y por último
lo respetaron. Pero era un codicilo difícil de interpretar, y aplicarlo resultó aún más
difícil.
En 1945 Estados Unidos no imaginaba que el tercer mundo llegaría a ser tan
tempestuoso como ocurrió en realidad. Estados Unidos contemplaba los problemas
del tercer mundo con una visión wilsoniana, pero con cierta languidez. Estaba en
favor de la autodeterminación de los pueblos y del mejoramiento de su bienestar
económico, pero no consideraba que el asunto fuera urgente. (Y a pesar de su
retórica, tampoco la URSS lo creía). En general, Estados Unidos daba prioridad a sus
relaciones con la URSS y con Europa occidental. En 1945 los estados europeos todavía
eran potencias coloniales en África, buena parte de Asia y el Caribe, y estaban
decididos a introducir cualquier cambio a la manera y en el momento que les
pareciera. Por eso les costó mucho más aceptar la interferencia de Estados Unidos en
su territorio colonial que en cualquier otro terreno, incluyendo sus asuntos internos.
(Obsérvese que la URSS tenía problemas similares con los partidos comunistas de
Europa occidental).
La renuencia europea y las vacilaciones soviéticas hicieron que la posición inicial
de Estados Unidos fuera de participación mínima en las luchas políticas en marcha en

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el tercer mundo. Pero en realidad Europa resultó ser políticamente mucho más débil
en el mundo colonial, y la URSS se vio forzada a ser mucho más activista de lo que se
suponía, debido a las presiones que se ejercieron sobre ella para que fuera coherente
con su retórica ideológica leninista. Por lo tanto, también Estados Unidos se vio
forzado a desempeñar un papel algo más activo. El presidente Harry Truman
proclamó el “Punto Cuatro” —la doctrina de la ayuda para el desarrollo económico.
En su discurso era apenas el último punto, pero es el único que recordamos. Estados
Unidos empezó a presionar muy suavemente a los países de Europa occidental para
que acelerasen el proceso de descolonización y aceptaran la plena independencia
política como resultado legítimo del proceso. Además, Estados Unidos empezó a
cultivar dirigentes nacionalistas “moderados”. Viéndolo retrospectivamente, la
definición de “moderado” parece bastante clara. Un movimiento nacionalista
“moderado” era uno que, si bien buscaba la independencia política, estaba dispuesto a
aceptar (incluso a aumentar) la integración del país a los procesos de producción de la
economía-mundo, incluyendo la posibilidad de inversiones transnacionales. En todo
caso, Estados Unidos percibía su propia política como una de mantener y cumplir su
compromiso histórico con el anticolonialismo, compromiso derivado de sus propios
orígenes como nación.
Por último, tampoco descuidaba el frente interno. Hoy a menudo olvidamos cuán
cargado de conflictos estaba Estados Unidos en el decenio de 1930. En esa época
estábamos metidos en un debate general y violento acerca de nuestro papel en los
asuntos mundiales: aislacionistas contra intervencionistas. Además había una intensa
lucha de clases entre el capital y el trabajo. A uno de los héroes folclóricos del
periodo de posguerra, Walter Reuther, le rompieron la cabeza en un puente de Detroit
durante las huelgas con “plantones” de 1937. En el sur del país, el Ku Klux Klan era
muy fuerte e incluso hubo linchamientos de negros. Los años de guerra fueron años
de tregua social, pero muchos temían que el conflicto social dentro de Estados
Unidos se reanudara apenas terminada la guerra. Sin embargo sería difícil ser una
potencia hegemónica si el país iba a seguir tan desunido como lo había estado en los
años treinta. Y sería difícil aprovechar al máximo la ventaja económica de Estados
Unidos si la producción iba a ser perturbada constantemente por huelgas y conflictos
laborales.
Aparentemente, Estados Unidos puso su casa en orden en muy poco tiempo. El
aislacionismo fue enterrado con la conversión simbólica pero muy significativa del
senador Vandenberg, quien lanzó la idea de una “política exterior bipartidaria” por un
Estados Unidos que ahora estaba preparado para “asumir sus responsabilidades” en la
escena mundial. La gran huelga de General Motors en 1945, encabezada por Walter
Reuther, llegó a un final feliz con un acuerdo que sería un modelo para todas las
grandes industrias sindicalizadas en los veinticinco años siguientes: aumentos de
salarios importantes, combinados con el compromiso de no hacer huelga, el aumento
de la productividad y aumentos de precio del producto final. Para terminar con los

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patrones de segregación de blancos y negros después de la reconstrucción se tomaron
dos medidas fundamentales: en 1948 el presidente Truman decretó la integración
racial de las fuerzas armadas, y en 1954 la Suprema Corte decretó por unanimidad —
en el caso Brown contra la Junta de Educación (invirtiendo el veredicto emitido en
Plessy contra Ferguson)— que la segregación era inconstitucional. Estados Unidos
estaba muy orgulloso de sí mismo, y la Voz de América no vacilaba en jactarse de
nuestro compromiso práctico con la libertad.
Para 1960 Estados Unidos parecía estar alcanzando sus metas en forma
admirable. La nueva prosperidad era visible. Los suburbios residenciales
prosperaban. Las instalaciones de educación superior y atención a la salud habían
aumentado enormemente. Se había construido una auténtica red nacional de caminos
y aeropuertos. Europa occidental y Japón se habían puesto en pie nuevamente. La
URSS estaba bien contenida. El movimiento obrero estadunidense, purgado de su ala
izquierda, era un componente reconocido del establishment de Washington. Y 1960
fue el Año de África, el año en que dieciséis estados africanos, hasta entonces
colonias de diferentes estados europeos, proclamaron su independencia e ingresaron a
las Naciones Unidas. La elección de John F. Kennedy en ese año parecía ser la
apoteosis de la nueva realidad estadunidense. El poder, dijo Kennedy, había pasado a
una nueva generación, nacida en este siglo, y por consiguiente —esto no lo dijo pero
estaba implícito— totalmente libre de las viejas renuencias y vacilaciones y
totalmente comprometida con un mundo de permanente prosperidad y,
presumiblemente, de libertad cada vez mayor.
Pero fue precisamente a esa altura cuando el precio de la prosperidad empezó a
verse claro, cuando empezaron a sentirse sus consecuencias inesperadas y sus
estructuras institucionales comenzaron, si no a desmoronarse, al menos a conmoverse
e incluso a temblar. Junto con la prosperidad estadunidense e incluso mundial llegó la
comprensión de la brecha creciente, tanto en lo internacional como en Estados
Unidos, entre ricos y pobres, centro y periferia, los incluidos y los excluidos. En el
decenio de 1960 esa brecha era sólo relativa; en los setenta, y más aún en los ochenta,
llegó a ser absoluta. Pero incluso una brecha relativa, o quizás especialmente una
brecha relativa, significaba dificultades. Las dificultades eran mundiales.
En Europa occidental y Japón las dificultades al principio parecían relativamente
inocentes. Para los años sesenta esos países estaban “alcanzando” a Estados Unidos,
ante todo en productividad y después, con cierto retraso, en el nivel de vida. Para los
ochenta superaban a Estados Unidos en productividad y habían llegado a igualarlo en
el nivel de vida. Esto se puede definir como una dificultad “inocente” porque
generaba una forma tranquila de rechazo de la hegemonía estadunidense, una forma
de rechazo que era tanto más eficaz precisamente porque era tranquila y llena de
confianza en el futuro. Desde luego, nuestros aliados estaban contenidos por su
gratitud, pero poco a poco trataban de salir de esa situación de tutela política para
afirmar sus diferentes papeles en el sistema mundial. Estados Unidos tuvo que utilizar

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toda su fuerza institucional e ideológica para tener controlados a sus aliados, y en
parte lo hizo con éxito hasta fines de los ochenta.
Sin embargo en otras partes las rebeliones no eran tan “inocentes”. En los países
de Europa del Este, la mayoría de las personas, tanto de izquierda como de derecha,
se negaba a aceptar la legitimidad de los arreglos de Yalta. La rigidez inicial de la
guerra fría no podía mantenerse, ni en Estados Unidos ni en la URSS. El Senado
estadunidense censuró a Joseph McCarthy en 1954, y en el XX Congreso del PCUS,
Nikita Jrushov reveló y denunció los crímenes de José Stalin. Los países de Europa
oriental aprovechaban cada milímetro que se aflojaba el cemento ideológico para
tratar de recuperar una libertad de acción que se les negaba, como ocurrió
notoriamente en 1956 en Polonia y Hungría, en 1968 en Checoslovaquia y en 1980
de nuevo en Polonia. Todos esos levantamientos políticos no eran contra Estados
Unidos sino, en sentido inmediato, contra la URSS, por lo que Estados Unidos se sintió
en libertad de no intervenir en forma alguna. Así respetó su acuerdo con la URSS,
mientras que esta última quedaba en libertad de adoptar las medidas necesarias para
reprimir las insurrecciones.
Pero donde los acontecimientos se salieron de todo control, y desde el principio
mismo, fue en el tercer mundo. Stalin presionó a los comunistas chinos para que
llegaran a un acuerdo con el Kuoming-tang, pero ellos lo ignoraron y en 1949
entraron en Shanghai. La preocupación real de Estados Unidos no era que China
pasara a ser un títere de la URSS, sino que no lo fuera. Y sus temores resultaron
justificados. En menos de un año había tropas estadunidenses metidas en una larga y
costosa operación militar en Corea, apenas para preservar el statu quo. Tampoco en
Indochina habría una descolonización pacífica y moderada. Primero los franceses y
después los estadunidenses se vieron envueltos en una guerra aún más larga y
costosa, en la que Estados Unidos finalmente sería derrotado militarmente. El
lánguido paso del tiempo en el Medio Oriente —estados árabes conservadores más
Israel, todos firmemente prooccidentales— se vio alterado por el ascenso de Gamal
A. Nasser y el nasserismo, que tuvo ecos en diversas formas desde el norte de África
hasta Irak. La guerra de independencia de Argelia provocaría la caída de la IV
República francesa y llevaría al poder en Francia a la figura que menos simpatizaba
con la tutela estadunidense, Charles de Gaulle. Y en América Latina las antiguas
agitaciones políticas adoptaron una forma nueva y más radical con la llegada al poder
de Fidel Castro en Cuba.
Como en realidad todos esos levantamientos del tercer mundo (a diferencia de los
de Europa del Este) se dirigían en primer término no contra la URSS sino contra
Estados Unidos, este último se sintió en libertad para intervenir. Y en efecto
intervino, con cierta fuerza. Si examinamos la contabilidad de cuarenta y cinco años
se puede decir que en el aspecto militar Estados Unidos perdió algunas veces y ganó
otras, y que políticamente Estados Unidos pareció ganar algunas y perder otras. La
principal fuerza de Estados Unidos estaba en el ámbito económico, en su capacidad

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para castigar a los estados que consideraba hostiles (Vietnam, Cuba, Nicaragua). Lo
que en mi opinión es fundamental notar es que globalmente, en todos esos asuntos, la
URSS no desempeñó sino un papel menor. Por un lado, los movimientos del tercer
mundo desafiaban el orden mundial estadunidense, y la URSS era parte de ese orden
mundial. El ímpetu era local. Para las poblaciones locales, la Gran Paz Estadunidense
no servía a los intereses de los pueblos del tercer mundo. Por otra parte, si bien esas
insurrecciones obligaban a Estados Unidos a prestar al tercer mundo mucha más
atención política y militar de lo que nadie había imaginado en 1945, el hecho es que
ninguno de esos movimientos por sí solo, ni todos en conjunto, pudieron desmantelar
la Gran Paz Estadunidense o plantear una amenaza inmediata a la properidad
estadunidense. Sin embargo el precio para Estados Unidos se hacía cada vez más
elevado.
También dentro del país había un precio que pagar. Estaba el costo de mantener el
orden en el tercer mundo, cuya instancia más espectacular fue la guerra de Vietnam.
Tanto el costo en vidas como el costo para la estabilidad del gobierno fueron muy
elevados, pero por último el más alto fue el costo para la legitimidad del estado.
Watergate no podría haber obligado a un presidente a renunciar si la presidencia
misma no hubiera sido minada previamente por Vietnam.
Además estaba el costo de la privación relativa. Fue precisamente la integración
de los sindicatos al establishment político, el fin de la segregación legal y el real
aumento en los ingresos de los trabajadores calificados y las clases medias, lo que
puso de manifiesto la medida en que existían exclusiones. Estados Unidos había
pasado de su situación anterior a 1945, cuando sólo era próspera una minoría de la
población, a la situación posterior a 1945, en que la mayoría se sentía próspera, al
menos moderadamente. Eso fue lo que desencadenó la acción de los excluidos,
acción que adoptó la forma de una nueva conciencia, notoriamente la conciencia de
los negros, la conciencia de las mujeres, y más tarde la de otras minorías.
En 1968 todos esos desafíos se juntaron en un gran crisol: resentimiento por el
imperialismo estadunidense; resentimiento por el subimperialismo soviético y su
colusión con Estados Unidos; resentimiento por la integración de los movimientos de
la vieja izquierda al sistema, que reducía a complicidad su presunta oposición;
resentimiento por la exclusión de capas minoritarias oprimidas y de las mujeres (que
posteriormente se extendió a grupos de toda clase: minusválidos, homosexuales,
indígenas, etc.). La explosión mundial de 1968 —en Estados Unidos y en Europa
occidental, en Checoslovaquia y en China, en México y en la India— duró más o
menos tres años, hasta que las fuerzas favorables al mantenimiento del sistema
mundial lograron controlar el incendio. El fuego se redujo a brasas, pero en el
proceso los soportes ideológicos de la Gran Paz Estadunidense habían sido
gravemente dañados, y el fin de esa paz era sólo cuestión de tiempo.
La Gran Paz Estadunidense había tenido origen en la fuerza económica de
Estados Unidos. Tuvo su recompensa en la prosperidad de Estados Unidos. Ahora

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encontraría su derrota en el éxito de Estados Unidos. Desde alrededor de 1967, la
reconstrucción de Europa occidental y Japón llegó al punto en que esos países podían
competir con Estados Unidos. Y lo que es más, la producción mundial total alcanzada
con eso produjo un prolongado viraje hacia abajo de la economía-mundo, el mismo
en que hemos venido viviendo desde entonces y el que empezó a desgastar la
prosperidad estadunidense. De 1967 a 1990 Estados Unidos trató de contener la
marea declinante, pero después de veintitantos años el esfuerzo necesario llegó a ser
demasiado grande. Había dos modos de contener la marea. Uno era el “perfil bajo” de
Nixon, Ford y Carter. Tropezó con Irán. El segundo era el falso machismo de Reagan
y Bush. Tropezó con Irak.
La solución del “perfil bajo” a la amenaza del fin de la hegemonía estadunidense
tenía tres pilares principales: el trilateralismo, el aumento de precios de la OPEP y el
síndrome posvietnam. El trilateralismo era un intento de impedir que Europa
occidental y Japón alcanzaran la autonomía política ofreciéndoles una posición de
socios menores en la toma de decisiones. Tuvo éxito en la medida en que impidió
cualquier división significativa de los países de la OCDE en relación con políticas
militares, estrategias políticas y arreglos financieros mundiales. Formalmente, tanto
los europeos occidentales como los japoneses siguieron respetando la dirigencia de
Estados Unidos. Pero en realidad, y sin retórica, buscaron incansablemente el
mejoramiento de sus posiciones relativas en los procesos productivos mundiales,
sabiendo que eventualmente la posición hegemónica de Estados Unidos se
desmoronaría por falta de una base económica.
El aumento de los precios del petróleo por la OPEP, bajo la dirección de los
principales agentes de Estados Unidos en el ramo (Arabia Saudita y el Shah de Irán),
fue diseñado en primer término para bombear excedentes de capital mundiales hacia
un fondo central que después sería reciclado hacia países del tercer mundo y
socialistas en forma principalmente de préstamos a los estados, que darían a esos
estados estabilidad a corto plazo y sostendrían artificialmente el mercado mundial
para la producción industrial. Un beneficio secundario del aumento de los precios del
petróleo por la OPEP era que supuestamente crearía mayores dificultades para Europa
occidental y Japón que para Estados Unidos y por consiguiente los haría retrasarse en
la competencia. Una tercera consecuencia era que al estimular inflación en los países
de la OCDE, pero especialmente en Estados Unidos, reduciría los salarios reales.
Durante los años setenta el aumento de los precios del petróleo tuvo el efecto deseado
en la economía mundial, y efectivamente funcionó para retardar la declinación de la
ventaja económica de Estados Unidos.
El tercer aspecto de la estrategia del “perfil bajo” fue el síndrome posvietnam,
que no fue una reacción contra Nixon sino el cumplimiento de su estrategia: la
apertura a China y la retirada de Indochina, ambas cosas seguidas inevitablemente
por cosas como la Enmienda Clark sobre Angola y el retrasado retiro del apoyo a
Anastasio Somoza en Nicaragua y al Shah en Irán. Incluso la invasión soviética de

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Afganistán impulsó ese proceso, porque empantanó las energías políticas de la URSS
en una situación imposible, le impidió ganar ventaja en el mundo musulmán y dio
una excusa a Estados Unidos para atizar una vez más los fuegos ideológicos en una
Europa occidental que iba olvidándolos.
Lo que Estados Unidos obviamente no tomó en cuenta era que el movimiento
encabezado por el ayatollah Jomeini era de naturaleza completamente distinta a la de
los movimientos de liberación nacional que el tercer mundo había conocido en el
periodo de posguerra. Tanto el Partido Comunista chino como el Vietminh, los
nasseristas, el Frente de Liberación Nacional (fln) de Argelia, el Movimiento 26 de
Julio de Cuba y el Movimiento Popular por la Liberación de Angola (MPLA) estaban
en contra de la hegemonía de Estados Unidos y el sistema mundial existente, pero sin
embargo operaban dentro del marco básico de su Weltanschauung derivado de la
Ilustración del siglo XVIII. Estaban en contra del sistema pero también eran parte del
sistema, y por eso finalmente todos, una vez en el poder, podían ser incorporados sin
mayor dificultad a las estructuras del sistema.
Pero nada de eso se aplicaba a Jomeini: él conocía a Satán cuando lo veía. El
Satán número uno era Estados Unidos, y el número dos, la URSS. Jomeini no estaba
dispuesto a respetar ninguna regla de juego que favoreciera los intereses de ninguno
de los dos. Estados Unidos no sabía cómo manejar una alteridad tan fundamental, y
fue por eso que Jomeini pudo humillar tan profundamente a Estados Unidos y con
ello minar su hegemonía aún más seriamente que la revolución mundial de 1968 de la
nueva izquierda y los excluidos. Jomeini acabó con Carter y con el “perfil bajo”.
Entonces Estados Unidos jugó su última carta: el falso machismo de Reagan. El
enemigo, decía Reagan, no es tanto Jomeini como Carter (e implícitamente Nixon y
Ford). La solución era aparentar poder. Para nuestros aliados, fin de la retórica
trilateral, que sería sustituida por una reideologización; los aliados respondieron
continuando con su propio “perfil bajo” frente a Estados Unidos. Para el tercer
mundo, invasión de Granada, bombardeo de Libia (una vez) y la deposición de
nuestro agente renegado en Panamá, Antonio Noriega. El tercer mundo respondió con
el bombardeo suicida a doscientos marines, que obligó a Estados Unidos a salir del
Líbano. Para los estadunidenses, el recorte del salario real no por medio de la
inflación sino por medio de la derrota de los sindicatos (empezando por el de los
controladores del tráfico aéreo), la reorientación del ingreso nacional hacia los ricos y
una recesión aguda que hizo que muchas personas de ingresos medianos pasaran a
empleos de salario bajo. Frente a la crisis de la deuda de la economía-mundo
(consecuencia directa de la treta del aumento de los precios del petróleo por la OPEP),
el keynesianismo militar se inició en Estados Unidos con la venta del patrimonio
nacional a nuestros aliados mediante la carga de una deuda monumental, que a la
larga no podía dejar de provocar una caída de la moneda estadunidense. Y por
supuesto se denunció al Imperio del Mal.
Quizás Ronald Reagan crea que intimidó a la URSS llevándola a producir a Mijaíl

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Gorbachov. Pero Gorbachov apareció en la URSS porque Reagan demostró que
Estados Unidos ya no tenía fuerza suficiente para mantener el arreglo especial con la
URSS. La URSS se vio obligada a arreglárselas por su cuenta, sin el pacto de la guerra
fría, y estaba en una situación terriblemente mala. Su economía, que había podido
mantener la cabeza por arriba del agua e incluso mostrar un crecimiento significativo
durante la gran expansión de la economía-mundo en los años cincuenta y sesenta,
estaba estructurada en forma demasiado inflexible para habérselas con el gran
estancamiento de la economía-mundo en los años setenta y ochenta. El impulso
ideológico se le había acabado por completo. El desarrollismo leninista resultó ser tan
ineficaz como todas las demás variedades de desarrollismo —socialista o de mercado
libre— de los últimos cincuenta años.
Gorbachov aplicó la única política posible para la URSS (o quizá deberíamos decir
para Rusia), si quería conservar algún poder significativo para el siglo XXI. Era
necesario acabar con el drenaje de recursos soviéticos que representaba su
seudoimperio, y por consiguiente Gorbachov intentó forzar el paso de la liquidación
de la fachada militar de la guerra fría (en un momento en que había terminado la
utilidad política de la guerra fría) emprendiendo un desarme casi unilateral (retirada
de Afganistán, desmantelamiento de proyectiles, etc.), con lo que obligó a Estados
Unidos a imitarlo. Además necesitaba deshacerse de la carga imperial de Europa del
Este, cada vez más inquieta, y los europeos orientales por supuesto lo aceptaron con
alegría. Hacía veinticinco años que no querían otra cosa. Pero lo que posibilitó el
milagro de 1989 no fue que Estados Unidos modificara su postura tradicional, sino
que la modificó la URSS. Y la URSS modificó su postura no debido a la fuerza de
Estados Unidos sino debido a la debilidad de Estados Unidos. La tercera tarea de
Gorbachov consistió en devolver a la URSS una estructura interna viable, incluyendo
tratar con los nacionalismos ahora desencadenados. En eso fracasó.
El milagro de 1989 (continuado por el fracasado golpe de 1991) en la URSS fue sin
duda una bendición para los pueblos de Europa central y del este, incluyendo a los
pueblos de la URSS. No será una bendición total y absoluta, pero por lo menos abre la
posibilidad de renovación. Pero para Estados Unidos no fue ninguna bendición.
Estados Unidos no había ganado la guerra fría sino que la había perdido, porque la
guerra fría no era un juego en que se pudiera ganar sino un minué que había que
bailar. Al transformarlo finalmente en un juego hubo una victoria, pero fue una
victoria pírrica. En realidad el fin de la guerra fría eliminó el último soporte
importante de la hegemonía y la prosperidad estadunidenses: el escudo soviético.
El resultado fue Irak y la crisis del golfo Pérsico. Irak no descubrió de golpe sus
reclamos respecto a Kuwait: llevaba por lo menos treinta años haciéndolos. ¿Por qué
escogió ese momento para invadir? La motivación inmediata parece bastante clara.
Irak, como otros cien países, estaba sufriendo las catastróficas consecuencias de la
treta del aumento de los precios del petróleo por la OPEP y la subsiguiente crisis de la

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deuda. En el caso de Irak éstas se agravaban considerablemente por la costosa e inútil
guerra con Irán, en la que Irak contaba con el fuerte apoyo de una coalición —no tan
extraña como parece— formada por Estados Unidos, Francia, Arabia Saudita y la
URSS con el objeto de minar la fortaleza del Irán de Jomeini. En 1990 Irak estaba
decidido a no hundirse, y apoderarse de los ingresos petroleros de Kuwait (e
incidentalmente liquidar buena parte de su deuda mundial) parecía una solución.
¿Pero cómo pudo atreverse Saddam Hussein? No creo que haya sido un error de
cálculo. Creo que calculó muy bien. Estaba jugando “va banque”. Tenía dos cartas
fuertes. La primera era el saber que la URSS no estaría de su lado. Si hubiera invadido
Kuwait cinco años antes, la invasión rápidamente habría provocado un
enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos con probabilidades de guerra nuclear,
y por lo tanto con la misma rapidez habría seguido el camino usual de un arreglo
entre la URSS y Estados Unidos. Irak no habría tenido otra opción que la retirada,
igual que Cuba en 1962. Ahora pudo invadir Kuwait porque estaba libre de la
limitación soviética.
La segunda carta fuerte de Hussein era regional. Con la nueva diplomacia de
Gorbachov, la URSS y Estados Unidos entraron en un proceso de resolución de los
llamados conflictos regionales, es decir, de no permitir más enfrentamientos en las
cuatro regiones donde se habían producido los enfrentamientos más fuertes durante
los años setenta y ochenta: Indochina, el sur de África, Centroamérica y el Medio
Oriente. En las primeras tres había negociaciones en marcha, sólo en el Medio
Oriente las negociaciones se habían interrumpido. Cuando quedó claro que las
negociaciones entre Israel y la OLP estaban bloqueadas y que Estados Unidos no tenía
la fuerza política necesaria para obligar a Israel a continuarlas, Irak pasó de las
bambalinas al centro del escenario. Mientras duraron las negociaciones Saddam
Hussein no podía hacer nada porque no podía correr el riesgo de que los palestinos y
todo el mundo árabe lo acusaran de hacerlas fracasar. Pero una vez que las hizo
fracasar Israel, Saddam Hussein podía proponerse como libertador de los palestinos.
Hubo un elemento final en los cálculos de Irak. Estados Unidos iba a perder de
todos modos. Si no hacía nada, Saddam Hussein iba en camino de convertirse en el
Bismarck del mundo árabe. Y si Estados Unidos reaccionaba como efectivamente
reaccionó, y construía una coalición militar contra Irak centrada en el empleo directo
de fuerzas estadunidenses, Saddam Hussein podía caer (es por eso por lo que estaba
jugando “va banque”), pero Estados Unidos no podía ganar. La guerra era inevitable
desde el primer día porque ni Hussein ni Bush podían aceptar otra salida que el
combate militar. Irak por supuesto perdió desastrosamente en términos militares, y
perdió enormemente en la destrucción de vidas y de infraestructura, pero todavía es
demasiado pronto para saber si en realidad perdió políticamente.
Estados Unidos demostró al mundo que era efectivamente la mayor potencia
militar. Pero por primera vez desde 1945, obsérvese bien, tuvo que salir a
demostrarlo, desafiado por un acto deliberado de provocación militar. Ganar en tales

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circunstancias ya es perder en parte. Porque si uno se atreve a desafiar, es posible que
empiece a prepararse un segundo desafiador más cuidadoso. Hasta Joe Louis se
cansó.
La demostración de la fuerza militar de Estados Unidos subrayó su debilidad
económica. Por todas partes se observó que el esfuerzo bélico estadunidense fue
financiado por otros porque Estados Unidos no podía financiarlo. Estados Unidos
clamó a gritos que ahora era el corredor diplomático del mundo, pero no desempeña
ese papel como un anciano respetado sino más bien como una potencia que esgrime
un gran garrote pero que también tiene pies económicos de barro.
Ser un corredor es una ventaja sólo si uno logra producir resultados duraderos.
Por eso Estados Unidos se vio obligado a iniciar por su cuenta, en el Medio Oriente,
un segundo juego de “va banque”. Si logra producir un acuerdo significativo entre
Israel y la OLP todos lo aplaudirán. Pero ese resultado parece poco probable. Si en los
próximos dos o tres años se producen más guerras en el Medio Oriente, ahora
posiblemente con armas nucleares, Estados Unidos tendrá que cargar con gran parte
de la culpa, sus aliados árabes conservadores caerán y Europa tendrá que intervenir
para salvar una situación posiblemente insalvable. Y si todo eso sucede, ¿no es
posible que Saddam Hussein todavía esté por ahí cacareando? La guerra del golfo
Pérsico no tuvo ninguna consecuencia positiva para la fuerza de Estados Unidos en el
mundo.
La crisis de Irán en el decenio de 1980 y la crisis de Irak en 1990 fueron muy
distintas. Fueron dos modelos optativos de reacción del tercer mundo ante la Gran
Paz Estadunidense. La reacción de Irán siguió el camino del rechazo fundamental de
los valores occidentales. La reacción de Irak fue muy diferente. El régimen de Irak
era baasista y los partidos Baas constituyen el movimiento más secularizado del
mundo árabe. La reacción de Irak fue por último una reacción militar, el intento de
construir estados tercermundistas fuertes con base en una fuerza militar suficiente
para imponer una nueva rapport de forces entre el Norte y el Sur. Ésas son las dos
caras del futuro. El “perfil bajo” de Estados Unidos fue derrotado por Jomeini. El
“falso machismo” de Estados Unidos fue derrotado por Saddam Hussein.
El apogeo de la prosperidad estadunidense ha terminado. Se está quitando el
andamiaje. Las bases se desmoronan. ¿Cómo evaluaremos la era de la hegemonía
estadunidense, de 1945 a 1990? Por un lado fue la época de la Gran Paz
Estadunidense y también de una gran prosperidad material. También fue, según
pautas históricas comparativas, una era de tolerancia, por lo menos en su mayor parte,
a pesar del gran número de conflictos o quizás debido a la forma que adoptaron esos
conflictos. Pero estaba basada en demasiadas exclusiones para poder sobrevivir. Y
ahora ha terminado.
Estamos entrando en el futuro de Estados Unidos, y sobre eso tenemos motivos
tanto para desesperar como para abrigar muchas esperanzas. Pero no podemos saber
para dónde sopla el viento hasta que examinemos el pasado de Estados Unidos.

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AYER
¿Dónde iniciaremos nuestra historia del pasado de Estados Unidos? Yo la iniciaré, en
forma poco convencional, en 1791, con base en dos acontecimientos importantes: la
adopción de la Carta de Derechos o Bill of Rights y la admisión de la República de
Vermont en la Unión.
No hay mayor símbolo ni fundamento concreto de las libertades estadunidenses
que la Carta de Derechos. La celebramos con justicia. Tendemos a olvidar que apenas
fue adoptada en 1791, y formalizada en las diez primeras enmiendas a la
Constitución. Es decir, habría que recordar que esas cláusulas no estaban en la
Constitución original tal como fue aprobada en 1787. Eso se debió a que había una
fuerte oposición a ellas. Por fin, felizmente, los que se oponían a esas provisiones
perdieron la batalla, pero es saludable recordar que el compromiso de Estados Unidos
con los derechos humanos estaba lejos de ser evidente para los padres fundadores.
Por supuesto, todos sabemos que la Constitución original sancionaba la esclavitud y
excluía de la formación política a los indígenas americanos. Era una Constitución
producto de los colonizadores blancos, muchos de los cuales, pero no todos, querían
que los derechos humanos básicos estuvieran integrados en la estructura, por lo
menos para ellos.
La admisión de Vermont es indicio de ulteriores ambivalencias. Vermont, como
sabemos, no fue una de las trece colonias que proclamaron la Declaración de
Independencia. Vermont se declaró entidad autónoma apenas en 1777, su
reconocimiento como tal no fue recomendado por el Congreso Continental hasta
1784, y de hecho no fue admitido en la Unión hasta 1791, cuando Nueva York retiró
sus objeciones. Mientras las trece colonias luchaban por independizarse de Gran
Bretaña, Vermont luchaba por independizarse de Nueva York (y en menor medida de
Nueva Hampshire). La actitud de Vermont hacia los británicos era compleja. Si bien
en la mayoría de los casos estaba de parte del Congreso Continental, en distintos
momentos entre 1776 y 1791 varios de sus dirigentes estuvieron en
cuasinegociaciones con Gran Bretaña.
¿Sobre qué era el desacuerdo? Por un lado, los derechos humanos. Cuando
Vermont adoptó su constitución estatal en 1777, fue el primer estado que abolió la
esclavitud y decretó el sufragio universal para los hombres desde los veintiún años.
Estaba a la vanguardia, y desde entonces parece haber tratado de mantenerse en esa
posición. En realidad, la constitución de Vermont contrastaba marcadamente con la
constitución oligárquica adoptada el año anterior por Nueva York, con su ciudadanía
severamente restringida en un estado donde la esclavitud aún era importante y no
sería abolida hasta 1827.
Pero por otra parte, no era sino una disputa entre múltiples grupos de
especuladores de tierras, ninguno de los cuales destacaba por su virtud moral. Si el
estado de Nueva York bloqueó la admisión de Vermont a las estructuras de la Unión

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de 1777 a 1791 fue para defender los intereses de sus especuladores inmobiliarios. Y
si el estado de Nueva York retiró sus objeciones en 1791 fue porque Kentucky había
solicitado ser admitido en la Unión, y Nueva York, contando los votos en el Senado,
quiso que Vermont estuviera allí como estado “norteño” para contrarrestar la
presencia de otro estado “sureño”. En eso, 1791 fue una prefiguración de 1861.
¿En qué sentido los Estados Unidos de América eran la “tierra de la libertad”, y
para quién? Es normal que haya habido una multitud de motivos que impulsaron a
diferentes grupos a participar en la guerra de independencia. Propietarios de
plantaciones, grandes comerciantes, trabajadores asalariados urbanos y pequeños
propietarios rurales tenían intereses muy distintos. Sólo algunas de sus motivaciones
tenían relación con los derechos humanos o una mayor igualdad. Muchos estaban
más interesados en proteger su derecho de propiedad tanto contra los impuestos
británicos como contra el radicalismo americano. Por ejemplo, el derecho a expropiar
las tierras de los indígenas era uno de los derechos que según los colonos blancos los
británicos defendían en forma demasiado vacilante.
Sin embargo la revolución estadunidense fue una revolución en nombre de la
libertad. Y así lo proclamaron al mundo los autores de la Declaración de
Independencia. Después de todo era una revolución; es decir, reafirmaba con el
mayor vigor no sólo que “todos los hombres nacen iguales” sino también que los
gobiernos se han instituido entre los hombres para asegurar “la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad”, y que si alguna vez un gobierno llega a ser “destructivo
respecto a esos fines”, pasa a ser “un derecho del pueblo modificarlo o abolirlo”. Por
consiguiente la revolución era no sólo legítima sino obligatoria, aun cuando “la
prudencia […] indicara que los gobiernos establecidos por mucho tiempo no deben
ser cambiados por causas ligeras y transitorias…”.
Los nuevos Estados Unidos de América, nacidos de una revuelta contra la madre
patria, legitimados por una constitución escrita que afirmaba ser un conglomerado
social intencionalmente construido que creaba un gobierno que contaba con “el
consentimiento de los gobernados”, reforzado por una Carta de Derechos que
instituía protecciones contra ese mismo gobierno, aparecían para sí mismos y para
Europa como un faro de esperanza, de racionalismo y de posibilidad humana. La
libertad que predicaba parecía ser triple: la libertad del individuo frente al estado y
todas las instituciones sociales (sobre todo la libertad de palabra); la libertad del
grupo contra otros grupos más poderosos (sobre todo la libertad de religión), y la
libertad del pueblo en su conjunto frente a cualquier control exterior (independencia).
En la época, esos derechos no eran desconocidos en otras partes, pero en Estados
Unidos parecían ser más seguros y más extensivos que en otras partes, especialmente
después que algo anduvo mal con la Revolución francesa, acabando en 1815 en una
Restauración. Además, para los europeos que se sentían oprimidos en sus propios
países, Estados Unidos representaba la tierra de la oportunidad, la que estaba
realizando realmente el lema de la Revolución francesa de “la carrière ouverte aux

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talents”. Con un territorio abierto, un vasto territorio subpoblado, Estados Unidos
quería inmigrantes y ofrecía a los hijos de éstos ciudadanía instantánea (jus soli). Era
un país vasto, fresco y, sobre todo, nuevo (no abrumado por una historia feudal).
O eso decíamos, en aquel tiempo y desde entonces hasta hoy. Y así lo han creído
todos, allí y en otras partes, en aquel tiempo y hasta hoy. Y en realidad era casi
totalmente cierto, a condición de que recordemos que sólo era cierto para los blancos,
sobre todo para los blancos hombres, y por mucho tiempo sólo para los hombres
blancos y protestantes oriundos de Europa occidental. Esa supremacía política de los
europeos blancos no era particular de Estados Unidos. Lo que interesa es que a pesar
de sus proclamaciones de libertades universalistas Estados Unidos no difería de otros
países en ese aspecto. Para ese grupo privilegiado Estados Unidos ha tenido mucho
que ofrecer durante toda su historia. Las fronteras se expandieron, se colonizó lo que
se llamaba la frontera, los inmigrantes fueron asimilados y el país se conservó, tal
como lo había exhortado George Washington, libre de las “insidiosas astucias de la
influencia extranjera…”. Es decir que Estados Unidos era no sólo un país de
oportunidades sino un refugio.
En una frase célebre, Abraham Lincoln dijo en 1858: “Creo que este gobierno no
puede seguir siendo permanentemente mitad esclavo y mitad libre”. Viéndolo
retrospectivamente, cabe preguntarse si estaba en lo cierto. A pesar de la
Proclamación de la Emancipación, a pesar de la Decimotercera, la Decimocuarta y la
Decimoquinta Enmiendas a la Constitución, a pesar de Brown contra la Junta de
Educación, ¿no hemos seguido siendo por mucho tiempo mitad esclavos y mitad
libres? ¿Ha habido algún momento en nuestra historia en que no se pudiera decir que
algunos, o incluso muchos, padecían sufrimientos y privaciones debido al color de su
piel o algún otro detalle impertinente?
Debemos echar una mirada fría y dura a nuestra historia y preguntarnos si la muy
real libertad de la mitad de la población no se consiguió al precio de la muy real falta
de libertad de la otra mitad. ¿La esclavitud (en sentido amplio) fue un mero
anacronismo que nuestro destino histórico nos llevó a superar, o fue una base
estructural y una concomitante integral del Sueño Americano? Y el dilema
americano, ¿era una incongruencia que había que superar mediante la sabiduría y la
racionalidad, o un elemento de la construcción de nuestro sistema?
El hecho es que en el momento en que pasamos de nuestro pasado a nuestro
presente (es decir, en 1945) teníamos un historial que era glorioso en algunos
aspectos pero totalmente vergonzoso en otros. Había un apartheid modesto no sólo
en el sur sino en la mayoría de las grandes ciudades y universidades del norte.
Apenas en el decenio de 1970 estuvimos preparados siquiera para admitir y discutir
ampliamente ese lado vergonzoso de nuestro historial. Y hasta hoy buena parte de esa
discusión es oscurantista.
Los antiguos griegos inventaron un sistema que incluía la libertad y la
participación política en pie de igualdad para los ciudadanos, y la esclavitud para los

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ilotas (extranjeros). Nosotros hemos desarrollado nuestra propia imaginería política
basada en un contraste entre, por un lado, la tiranía, el despotismo o la monarquía
absoluta, y por el otro la democracia republicana o la república democrática.
Olvidamos que una de las fuentes históricas de nuestra tradición política, la Carta
Magna de 1215, fue un documento impuesto al rey de Inglaterra por sus barones y
señores para garantizar sus propios derechos frente a él, no los derechos de los
siervos.
Generalmente imaginamos que un sistema despótico es aquel en que un hombre o
unos pocos hombres ubicados en la cima pueden gobernar a todos los demás y
explotarlos. Pero en realidad unos pocos hombres ubicados en la cima están limitados
en su capacidad política de extraer demasiado de los de abajo; además tampoco
necesitan mucho para mantenerse con toda comodidad. Pero a medida que se
expanden las dimensiones del grupo en la cima, a medida que vamos haciendo a los
miembros del grupo de la cima cada vez más iguales entre sí en sus derechos
políticos, se hace posible extraer más de los de abajo, y de hecho se requiere más para
satisfacer las necesidades de los de la cima. Una estructura política con total libertad
para la mitad de arriba puede ser la forma más opresiva que se pueda imaginar para la
mitad de abajo. Y en muchos sentidos puede ser la más estable. Tal vez un país mitad
libre y mitad esclavo sí pueda durar mucho tiempo.
La propia posibilidad de la movilidad social ascendente, que Estados Unidos
como país inventó e institucionalizó y que el resto del mundo ha venido imitando, es
uno de los instrumentos más eficaces para mantener a la sociedad mitad esclava,
mitad libre. La movilidad social ascendente justifica la realidad de la polarización
social, y minimiza la inquietud al sacar de la mitad de abajo a muchos potenciales
dirigentes protestatarios al tiempo que ofrece el espejismo de la posible promoción a
los que se quedan atrás. Transforma la búsqueda del mejoramiento de la propia
situación en una competencia con los demás. Y cada vez que un estrato más o menos
se mueve hacia arriba, siempre hay otro que entra por abajo.
Pero tiene un inconveniente. La ideología de la libertad y el potencial
mejoramiento es una doctrina universalista, y si bien puede ser necesario que una
mitad sea esclava para que la otra mitad sea libre, eso provoca incomodidad. Por eso
Myrdal pudo hablar de un dilema estadunidense, y nuestra historia le dará la razón.
Porque hemos luchado vigorosamente con el diablo, y como hemos pecado debemos
temer siempre la ira de Dios. Esa combinación de hybris y profunda culpabilidad
calvinista ha sido el pan de cada día de los estadunidenses de todos los orígenes y de
todas las religiones durante toda nuestra historia.
En cierto sentido, pues, nuestro pasado, desde 1791 (o 1776 o 1607) fue un largo
preludio a nuestro presente. Proclamamos la libertad en todo el país. Trabajamos duro
para transformar la naturaleza y llegar a ser el gigante económico de 1945.
Utilizamos nuestra libertad para alcanzar nuestra prosperidad. Y al hacerlo
propusimos un ejemplo al mundo. Desde luego, era un ejemplo imposible. Si nuestro

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país era mitad esclavo, mitad libre, el mundo también lo era. Si el precio de la
libertad era la esclavitud, si el precio de la prosperidad era la miseria, si el precio de
la inclusión era la exclusión, ¿cómo podían alcanzar todos lo que Estados Unidos
representaba? ¿Cómo podían alcanzarlo siquiera todos los estadunidenses? Ése era
nuestro dilema histórico, nuestro destino histórico, nuestra prisión histórica.
Se dice que la primera protesta formal contra la esclavitud fue hecha en 1688 por
los menonitas de Germantown que preguntaron: “¿Acaso esos pobres negros no
tienen tanto derecho a luchar por su libertad como ustedes a mantenerlos esclavos?”.
Por supuesto, todos los que no tenían su parte completa de libertad en estos Estados
Unidos han respondido siempre sí a los menonitas. Tenían el derecho, y luchaban por
él lo mejor que podían. Y siempre que luchaban con particular fuerza obtenían alguna
concesión. Pero las concesiones nunca fueron anteriores a las demandas, y nunca
fueron más generosas de lo que era políticamente necesario.
La bendición de la libertad ha sido una verdadera bendición, pero también ha sido
una carga moral porque siempre ha sido, y hasta ahora siempre ha tenido que ser, una
bendición para algunos solamente, aunque esos algunos fueran muchos o (lo repito
una vez más) probablemente sobre todo cuando los algunos eran muchos.
Así cruzamos el Sinaí de 1791 a 1945 sin “alianzas que nos enmarañen” y
seguros en el camino del Señor, para llegar a la tierra de leche y miel de 1945 a 1990.
¿Acaso ahora vamos a ser expulsados de la tierra prometida?

MAÑANA
¿Es tan terrible la caída? Es posible que sea la mayor de las bendiciones. Una vez
más, fue Abraham Lincoln quien aportó la nota moral: “No quisiera ser esclavo, y por
lo tanto tampoco quisiera ser amo”. Hemos sido amos del mundo, quizás amos
benignos y benéficos (así dicen algunos de nosotros), pero de todos modos amos. Eso
se ha terminado. ¿Es eso tan malo? Como amos, hemos sido amados y también
odiados. Nos hemos amado a nosotros mismos y también nos hemos odiado.
¿Podemos llegar ahora a una visión más equilibrada? Es posible, pero me temo que
todavía no. Creo que estamos llegando a la tercera parte de nuestra trayectoria
histórica, posiblemente la más accidentada, la más regocijante y la más terrible de
todas.
No somos la primera potencia hegemónica que declina. Lo mismo le ocurrió a
Gran Bretaña. A las Provincias Unidas, y también a Venecia, al menos en el contexto

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de la economía-mundo del Mediterráneo. Todas esas caídas fueron lentas y en lo
material relativamente confortables. Una potencia hegemónica tiene demasiada
obesidad, y con ella se puede vivir cincuenta o cien años. Sin duda no permite hacer
muchas extravagancias, pero nuestra nación no va a ser relegada a un desván
polvoriento.
Además, por algún tiempo seguiremos siendo la potencia con más fuerza militar
del mundo, a pesar de que hemos llegado a ser demasiado débiles para impedir que
advenedizos como Irak nos fuercen a pelear, o al menos hemos llegado a ser
demasiado débiles para pelear con nadie sin pagar un costo político demasiado
elevado. Y a pesar de que nuestra economía vacila y el dólar se desploma, no hay
duda de que nos irá bastante bien en la próxima expansión importante de la
economía-mundo, que probablemente se iniciará dentro de cinco o diez años.
Seremos el socio menor de un eventual cártel económico japonés-estadunidense, pero
los retornos en ingreso global serán elevados. Y políticamente Estados Unidos
seguirá siendo una potencia de peso pesado, aunque pase a ser sólo una entre varias.
Pero psicológicamente la caída será terrible. La nación ha estado embriagada y
tiene que volver a la cruda realidad. Nos llevó treinta años aprender cómo cumplir
con eficacia y con gracia las responsabilidades de la dirección mundial, y sin duda
nos llevará treinta años aprender a aceptar con eficacia y con gracia los papeles
menores que nos tocarán en el futuro.
Como habrá menos ingreso global, inmediata y urgentemente surge la cuestión de
quién va a cargar con el descenso, aunque sólo sea un pequeño descenso de nuestro
nivel de vida. Ya estamos viendo las dificultades en los actuales debates sobre quién
debe pagar el enorme derroche y despojo del desastre de las sociedades de ahorro y
préstamo, y quién va a pagar por la reducción de la carga de la deuda. A medida que
nuestra sensibilidad ecológica aumenta —y sin duda continuará aumentando—,
¿quién va a pagar para reparar los derrames de EXXon en Alaska, Love Canals, y las
mucho más peligrosas pilas de basura que seguramente vamos a descubrir en los
próximos decenios? Ha sido verdaderamente una economía vudú, y no sólo en el
periodo de Reagan. No hay nada que devuelva la sobriedad tan rápido como recibir
una cuenta enorme, no tener fondos para pagarla y haber agotado el crédito. Porque el
crédito es credibilidad, y la credibilidad económica de Estados Unidos se está
desvaneciendo rápidamente. Claro que podremos vivir de nuestra gordura, e incluso
de alguna limosna que nos darán los eurojaponeses en recuerdo afectuoso de la Gran
Paz Estadunidense y todas nuestras maravillas pasadas, pero a la larga eso será
todavía más humillante que Jomeini tomando prisionera a toda la embajada de
Estados Unidos.
¿Qué vamos a hacer, entonces, como nación? Tenemos fundamentalmente dos
caminos abiertos. Está el camino con tensiones del conflicto social violento, en que la
inquietud de las clases inferiores se reprime con brutalidad y prejuicios —una especie
de camino neofascista— y el camino de la solidaridad nacional, una reacción común

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a una tensión social compartida, en que iremos más allá de las bendiciones de libertad
y prosperidad hacia la bendición de la igualdad, quizá no del todo perfecta pero sin
embargo real, una igualdad sin grandes exclusiones.
Yo tomaré el camino optimista de relegar el camino neofascista al cajón de la baja
probabilidad. No es que crea que el neofascismo es imposible, pero en nuestra
tradición nacional hay mucho que milita en contra del éxito de los movimientos
neofascistas. Además no creo que estemos tan desesperados para dar el salto, porque
sería un salto, y tomar ese camino. Más bien creo que veremos la realización de una
igualdad mayor de lo que jamás creímos posible y mayor que la que cualquier otro
país conoce. Ésa será la tercera de las bendiciones de Dios. Y al igual que las otras
dos tendrá su precio y sus consecuencias inesperadas.
La razón por la que en los próximos treinta años debemos tener un notorio avance
en el campo de la igualdad de oportunidades y de recompensas es muy simple. Será
una consecuencia directa de nuestras dos bendiciones anteriores: la libertad y la
prosperidad. Debido a nuestro antiguo compromiso ideológico e institucional con la
libertad, por imperfecto que haya sido su cumplimiento, hemos desarrollado
estructuras políticas que son sumamente susceptibles de producir decisiones
realmente democráticas a condición de que exista la voluntad y la capacidad de
organizar políticamente. Si observamos las cuatro principales áreas de distribución
desigual —género, raza o etnicidad, edad y clase— es evidente que los que reciben
menos que lo que en justicia les corresponde forman una mayoría de votantes,
siempre que definan las cosas de ese modo.
Ahí es donde entra la era de prosperidad. Fue precisamente la realización de unos
Estados Unidos prósperos lo que hizo resaltar las brechas y las exclusiones y, en el
lenguaje desarrollado en esa era, “creó conciencia”. La primera explosión de esa
conciencia ocurrió en 1968. No fue sino un ensayo de la segunda explosión de la
conciencia que podemos esperar en el próximo decenio. Esa conciencia aportará la
voluntad. Y la prosperidad ha proporcionado la capacidad. No hay ningún país del
mundo actual donde los grupos en desventaja tengan una fuerza material comparable,
suficiente en todo caso para financiar su propia lucha política. Y finalmente, los
recortes inevitables aportarán el incentivo. Y la mecha se encenderá.
El Congreso no sabrá qué le pasó. Las demandas le llegarán de todos lados
simultáneamente. Y en mi opinión Estados Unidos puede pasar muy rápido de ser el
campeón mundial de la economía conservadora del statu quo y el mercado libre a ser
quizás el estado más orientado hacia el bienestar social del mundo, el que tenga las
estructuras redistributivas más avanzadas. Si no fuera porque en estos días todos
están diciendo que el socialismo es una idea muerta se podría incluso pensar —
digamos en un susurro lo indecible— que Estados Unidos pasará a ser un estado casi
socialista. ¿Quién sabe? A lo mejor el Partido Republicano hasta encabeza el proceso,
como lo hicieron Disraeli y Bismarck en el siglo XIX. Es posible que esta perspectiva
cause horror a algunos y entusiasmo a otros, pero esperemos un momento antes de

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expresar nuestras emociones.
Voy a hacer dos suposiciones más. Una es que nuestra tradición de libertad no se
verá lesionada en modo alguno por ese nuevo igualitarismo —la Suprema Corte
extenderá otro poco la definición de nuestras libertades, el poder de la policía estatal
no aumentará a expensas de los derechos individuales y la diversidad cultural y
política florecerá. La segunda suposición es que el nuevo igualitarismo no tendrá
efectos negativos sobre nuestras eficiencias productivas. Por las razones examinadas
antes, es probable que tengamos un PNB per cápita más bajo, pero el nuevo
igualitarismo será la respuesta, no la causa. Y en todo caso el PNB per cápita todavía
será alto.
¿Habremos llegado entonces a Utopía? Seguramente no. Porque Utopía tendría un
precio muy alto y sus consecuencias inesperadas serían aterradoras. El costo
fundamental sería la exclusión. A medida que eliminemos las exclusiones dentro del
estado iremos acentuándolas en escala mundial. Quizás Estados Unidos dejará por
primera vez de ser mitad esclavo, mitad libre; pero por eso mismo el mundo pasará a
ser aún más marcadamente mitad esclavo y mitad libre. Si de 1945 a 1990 pedimos a
la mitad de nuestra población que mantuviera a la otra mitad en un nivel de ingreso
elevado, podemos imaginar lo que hará falta para mantener al 90 por ciento de
nuestra población en un nivel de ingreso razonablemente alto. Se requerirá aún más
explotación, y esencialmente tendrá que ser la explotación de pueblos del tercer
mundo.
No es difícil adivinar lo que ocurrirá dentro de veinte años. En primer lugar, la
presión para venir a Estados Unidos será mayor que en toda nuestra historia anterior.
Si Estados Unidos era atractivo en el siglo XIX, y más aún después de 1945, podemos
imaginar cómo se verá en el siglo XXI si mi doble predicción —un país bastante rico
y sumamente igualitario y un sistema mundial muy polarizado económicamente—
resulta correcta. Las tensiones en torno a la inmigración llegarán al máximo. ¿Cómo
puede Estados Unidos detener la inmigración indocumentada de millones, e incluso
decenas de millones? La respuesta es que no puede.
Mientras tanto los que no emigren sino que se queden en sus casas en el Sur,
excluidos cada vez más efectivamente de la prosperidad del Norte —no sólo Estados
Unidos sino también Europa y el norte de Asia— seguramente empezarán a seguir, en
un área tras otra, el ejemplo de Irán o de Irak. Estados Unidos querrá hacer algo al
respecto (igual que Europa y Japón) debido al plausible temor a un incendio global.
Recuérdese que en secreto se están desarrollando armas nucleares —quizás ya se han
desarrollado plenamente— en Brasil y Argentina, Israel e Irak, Sudáfrica y Pakistán,
y pronto en muchos otros. Durante la Gran Paz Estadunidense temíamos un
holocausto nuclear cuando en realidad era muy poco probable, debido al trato entre
Estados Unidos y la URSS. Las posibilidades de guerra nuclear, quizás sólo regional
(pero ya eso es bastante terrible) son mucho más reales en los próximos cincuenta
años.

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¿Qué hará Estados Unidos, enfrentado a la amenaza de inmigración ilegal masiva
y guerras nucleares regionales en el Sur? Es posible que un Estados Unidos
cuasisocialista se convierta en una fortaleza. En el intento de aislarse de la
desesperanza y los costos de las guerras del tercer mundo podría volverse a la defensa
de su riqueza y su patrimonio. Si no logra detener la oleada de inmigrantes, podría
ponerse a erigir un dique entre los derechos de los ciudadanos y los de los no
ciudadanos. En poco tiempo podría llegar a una situación en que el treinta o incluso
el cincuenta por ciento inferior de su fuerza de trabajo asalariada estaría formada por
no ciudadanos, sin derecho al voto y con acceso limitado al bienestar social. Si eso
ocurriera habríamos atrasado el reloj unos 150 o 200 años. Toda la historia de Estados
Unidos y del mundo occidental, desde 1800 hasta 1950 aproximadamente, es la de la
extensión de los derechos políticos, económicos y sociales a las clases trabajadoras.
Pero si definimos estos derechos como aplicables únicamente a los ciudadanos
volveremos al punto de partida, con una gran parte de la población residente en el
país excluida de los derechos políticos, económicos y sociales.
Y nuestros problemas no terminarán ahí. Descubriremos, como ya estamos
descubriendo, que el camino más rápido y más barato hacia un Estados Unidos
ecológicamente limpio es arrojar nuestra basura en otra parte —en el tercer mundo,
en alta mar o incluso en el espacio. Desde luego eso no hace sino posponer nuestros
propios problemas por cincuenta años, y al precio de aumentar los problemas de otros
tanto durante esos cincuenta años como después. Pero cuando uno está con la espalda
contra la pared, posponer los problemas por cincuenta años puede ser muy tentador.
En cincuenta años la mayoría de los votantes adultos de hoy estarán muertos.
Así la tercera bendición de Estados Unidos, la igualdad, no habrá hecho en el
mejor de los casos más que comprarnos tiempo, entre veinticinco y cincuenta años.
Pero el día de arreglar cuentas llegará alguna vez, en 2025 o 2050, y el mundo tendrá
que enfrentar el mismo tipo de opción que hoy tiene Estados Unidos. El sistema
mundial tendrá que ir hacia una reestructuración represiva o hacia una
reestructuración igualitaria. Pero una reestructuración igualitaria en escala mundial
requeriría una reasignación de bienes y servicios mucho mayor que una
restructuración igualitaria sólo en los actuales Estados Unidos.
Desde luego, a esta altura estamos hablando del fin de nuestro sistema mundial y
su sustitución por algo fundamentalmente diferente. Y es intrínsecamente imposible
predecir cuál será el resultado. Estaremos en un punto de bifurcación, y las
fluctuaciones al azar tendrán efectos inmensos. Todo lo que podemos hacer es
mantenernos lúcidos y activos, porque nuestra propia actividad será parte de esas
fluctuaciones y tendrá un profundo efecto sobre el resultado.
He tratado de expresar claramente mi visión de los próximos cincuenta años: por
un lado, un Norte cada vez más rico, relativamente igualitario en su interior (para sus
ciudadanos), y un Estados Unidos ya no con una preponderancia económica o incluso
geopolíticamente, pero sí en términos de igualdad social; por el otro lado, un Sur cada

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vez más en desventaja, dispuesto a utilizar su fuerza militar, que será cada vez mayor,
para perturbar el sistema mundial, a menudo volviéndose en contra de todos los
valores que Occidente respeta, con gran parte de su población intentando el camino
de la migración individual hacia el Norte, y creando con ello el Sur dentro del Norte.
Algunos dirán que ésta es una visión pesimista. Yo respondo que es no sólo
realista sino optimista, porque deja totalmente abierta la puerta de la voluntad. Al
término del actual sistema mundial realmente podemos crear otro mejor. Es sólo que
históricamente no es en absoluto inevitable que lo hagamos. Debemos aprovechar la
oportunidad y luchar por nuestra salvación. Parte de mi realismo consiste en afirmar
que Estados Unidos no puede salvarse solo. Lo intentó de 1791 a 1945, y de nuevo en
otras formas de 1945 a 1990. Mi previsión es que lo intentará una vez más, en otras
formas diferentes, de 1990 a, digamos, 2025. Pero a menos que comprenda que no
hay salvación si no es la salvación de toda la humanidad, ni Estados Unidos ni el
resto del mundo superarán la crisis estructural de nuestro sistema mundial.

EPÍLOGO SOBRE EL EXCEPCIONALISMO


ESTADUNIDENSE
Estados Unidos siempre ha creído que es excepcional. Yo podría haber fomentado esa
creencia enfocando mi análisis en las tres bendiciones sucesivas de Dios a Estados
Unidos. Pero no sólo Estados Unidos no es excepcional sino que el excepcionalismo
estadunidense tampoco es excepcional. No somos el único país en la historia moderna
cuyos pensadores han tratado de demostrar que su país es históricamente único,
diferente de la masa de los demás países del mundo. He conocido franceses
excepcionalistas y rusos excepcionalistas. Hay excepcionalistas indios y japoneses,
italianos y portugueses, judíos y griegos, ingleses y húngaros. El excepcionalismo
chino y el egipcio son una verdadera marca del carácter nacional. Y el
excepcionalismo polaco no le pide nada a ningún otro. El excepcionalismo es la
médula de casi todas las civilizaciones que nuestro mundo ha producido.
He afirmado que el espíritu estadunidense ha sido por mucho tiempo una
combinación de hybris y culpabilidad calvinista. Quizás nos convendría recordar que
lo que los griegos llamaban hybris era la pretensión de los seres humanos de ser
dioses, y que el punto fuerte de la teología calvinista siempre ha sido que si creemos
que Dios es omnipotente lógicamente no podemos creer que haya nada predestinado,

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porque eso sería limitar el poder de Dios.
Quizás la nueva Jerusalén no esté aquí, ni en Jerusalén ni en ninguna parte.
Quizás la tierra prometida es simplemente nuestra tierra, nuestro hogar, nuestro
mundo. Quizás el único pueblo que Dios eligió es la humanidad. Quizás podamos
redimirnos si lo intentamos.

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CUARTA PARTE
¿LA MUERTE DEL SOCIALISMO O
EL CAPITALISMO EN PELIGRO DE
MUERTE?

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11. LA REVOLUCIÓN COMO ESTRATEGIA Y LAS
TÁCTICAS DE TRANSFORMACIÓN
¿Fracasó la Revolución francesa? ¿Fracasó la Revolución rusa? Estas dos preguntas
podrían haber parecido absurdas en algún momento pero ya no lo parecen. Pero,
¿cómo se responden?
Revolución es una palabra extraña. Originalmente se utilizaba en su sentido
etimológico para indicar un movimiento circular que regresa al punto de origen.
Todavía se puede utilizar con ese significado, pero pronto se extendió para significar
simplemente un giro y después un derrocamiento. El Oxford English Dictionary
registra su uso ya en 1600 en el sentido de derrocamiento de un gobierno por sus
súbditos. Pero por supuesto la idea de derrocar el gobierno no es necesariamente
incompatible con el concepto de regresar al punto de origen. Muchos acontecimientos
políticos llamados “revolución” por sus protagonistas fueron presentados por los
mismos como la restauración de derechos violados, y por lo tanto como un regreso a
un sistema anterior y mejor.
Pero en la tradición marxista la Revolución es parte indiscutible de una teoría
lineal del progreso. Victor Kiernan es quien lo ha expresado mejor, creo, cuando dice
que significa un “salto cataclísmico” de un modo de producción a otro[60]. Sin
embargo, como ocurre con la mayoría de los conceptos, definirlo no es suficiente: es
preciso contraponerlo a alguna alternativa. Y ya sabemos que en la tradición marxista
(aunque no sólo en ella), la alternativa a la “revolución” es la “reforma”.
La disyuntiva entre reforma o revolución llegó a significar, en los debates de fines
del siglo XIX y comienzos del XX, la lenta acumulación de pequeños cambios
contrapuesta al cambio rápido, los cambios en pequeña escala contrapuestos al
cambio en gran escala, el cambio reversible contrapuesto al cambio irreversible, el
cambio que mejora (y por consiguiente es prosistémico) contrapuesto al cambio
transformador (que es por lo tanto antisistémico), y el cambio ineficaz contra puesto
al cambio eficaz. Por supuesto en todas las antinomias anteriores he utilizado dados
cargados, dando a cada una la caracterización utilizada por el discurso revolucionario.
Además, hay una ambigüedad dentro de la propia tradición marxista. Los
marxistas a menudo distinguen entre la revolución política (que podría ser un
fenómeno superficial) y la revolución social (que es la verdadera). Además, los
propios Marx y Engels no vacilaban en utilizar la palabra revolución para expresar
conceptos como revolución industrial, e incluso para sugerir que la “revolución
industrial” era más importante o más fundamental que la “Revolución francesa”. Eso
desde luego estaba de acuerdo con el sesgo filosófico básico del materialismo
histórico, aunque no necesariamente apoyaba la acción política voluntarista. Fue por
eso por lo que en la tradición del marxismo de los partidos, y especialmente en la
tradición bolchevique, revolución pasó a significar cada vez más el derrocamiento

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violento de un gobierno burgués por el proletariado, o por lo menos el derrocamiento
violento de un gobierno reaccionario por fuerzas populares progresistas.
Pero las ambigüedades no terminan ahí. El concepto de “derrocamiento violento”
no es evidente por sí mismo. Un levantamiento espontáneo, o la desintegración de la
estructura del poder ¿constituyen una revolución, o sólo si ese levantamiento es
canalizado a continuación por un partido revolucionario? ¿Cuándo ocurrió la
Revolución francesa: con el ataque a la Bastilla o con la efectiva llegada al poder de
los jacobinos? Tradicionalmente se considera que la Revolución rusa (la Revolución
de Octubre) se inició con el ataque al Palacio de Invierno, pero más tarde se
consideró que las “revoluciones” se iniciaban antes de la toma del poder estatal. Es
decir, se consideró que era esencial que esa toma del poder fuera preparada por largas
campañas guerrilleras, lo que Mao Tse-tung caracterizó como “lucha prolongada”.
Por lo tanto la lucha prolongada fue presentada como elemento esencial del proceso
revolucionario, y no sólo antes de la toma de los órganos estatales sino también
después (“la revolución cultural”).
Y hay una última ambigüedad que merece ser señalada. Después del Congreso de
Bakú, se rotuló la lucha antimperialista como actividad “revolucionaria”, pero la
relación teórica de esa revolución antimperialista con la revolución socialista nunca
estaba del todo clara, porque nunca ha habido consenso de ningún tipo. ¿La
revolución argelina es igual o diferente a la revolución vietnamita? En la realidad ha
habido muchas trayectorias diferentes. En Cuba, “la revolución” no era marxista, ni
siquiera socialista, antes de la toma del poder, pero se volvió marxista y socialista
después. En Zimbabwe el camino retórico recorrido fue el inverso.
En todo caso, como ahora podemos ver claramente, los resultados fueron
extraordinariamente mezclados. Hoy no parece que la Revolución mexicana haya
tenido resultados muy revolucionarios. ¿Y la china? Los revolucionarios rusos no son
hoy más que un recuerdo histórico, y actualmente no reciben muchos honores en
Rusia. Por lo tanto la primera pregunta que parece razonable plantear es si la llamada
trayectoria revolucionaria ha sido en realidad más o menos eficaz que la trayectoria
reformista. Por supuesto, podemos hacer la misma revisión escéptica de las
realizaciones de la reforma socialdemócrata. ¿Hasta donde logró el Partido Laborista
transformar a Gran Bretaña? ¿O incluso el Partido Socialdemócrata de Suecia? En el
decenio de 1990, cuando casi todo el mundo, de China a Suecia y México, habla la
lengua del “mercado”, tenemos derecho a preguntarnos si ciento cincuenta o
doscientos años de tradición revolucionaria han dado algún resultado.
Podemos incluso preguntarnos qué tan grande es la distinción entre actividad
revolucionaria y actividad reformista. Se puede decir que los partidos, los
movimientos sociales y los complejos de actividad social percibidos como vastos y
prolongados acontecimientos “revolucionarios” han sido (probablemente sin
excepción) sede de tácticas cambiantes, de manera que en algunos momentos se veían
revolucionarios (o insurreccionales, o radicales, o transformadores) y en otros

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momentos bastante menos.
Los dirigentes revolucionarios que existieron en la realidad siempre han tratado
de seguir un curso medio, a menudo en forma de zigzag, entre “venderse” en un
extremo y el “aventurerismo” en el otro. Por supuesto lo que para uno es
“aventurerismo” para otro es “auténtico compromiso revolucionario”. Lo que para
uno es “venderse” para otro es “dar un paso atrás y dos adelante”.
Quizás sea el momento de dejar de arrojarnos piedras mutuamente y contemplar
sobriamente las limitaciones objetivas de la actividad política de izquierda en los
últimos doscientos años en el mundo entero, y el grado de fuerza de la presión
subterránea en favor de la transformación. Empecemos por los elementos dados.
Vivimos en un sistema mundial capitalista que es profundamente desigualitario y
opresivo. Al mismo tiempo ha logrado expandir la producción mundial, lo que ha
puesto una fuerza económica considerable en manos de los principales beneficiarios
del sistema mundial. Podemos suponer que los que se benefician desean mantener el
sistema más o menos tal cual es, y estarán dispuestos a invertir considerable energía
política para mantener la situación actual. ¿Podemos suponer que los que no se
benefician desean con el mismo fervor transformar ese sistema? No, no podemos, por
varias razones: ignorancia, miedo y apatía. Además, la movilidad ascendente
individual ofrece una salida para la minoría más inteligente de los oprimidos. Y por
último, los que no se benefician son más débiles —económica y militarmente— que
los beneficiarios.
Esa asimetría en fuerza política y actitud sociopsicológica es el dilema
fundamental que la izquierda mundial ha enfrentado desde que empezó a organizarse
conscientemente en el siglo XIX. El debate sobre “reforma o revolución” era en el
fondo el debate sobre qué debemos hacer en torno a esta asimetría.
Retrospectivamente, es asombroso observar cuán similares entre sí eran las respuestas
que daba cada una de las partes. La autoeducación colectiva superará la ignorancia; la
autoorganización colectiva derrotará al miedo y la apatía. Una cultura de clase
organizada detendrá a los potenciales desertores tentados por la movilidad social
individual, ofreciéndoles puestos de dirección en los movimientos actuales y en los
gobiernos futuros. Y el desequilibrio en fuerza social entre los beneficiarios y los no
beneficiarios se superará al quitar a los beneficiarios el control de las maquinarias
estatales.
Eso es lo que los movimientos importantes han estado haciendo en los últimos
ciento cincuenta años o más. Las estrategias y tácticas del Partido Comunista chino,
el Congreso Nacional Africano de Sudáfrica y el Partido Socialdemócrata de Austria
—para tomar tres ejemplos bien conocidos— han sido notablemente similares,
considerando cuán diferentes han sido sus circunstancias históricas. De los tres
movimientos podemos decir tanto que fueron magníficos éxitos como que terminaron
en míseros fracasos. Lo que me parece difícil de aceptar es cualquier análisis que
asigne una medida diferente de éxito a cualquiera de los tres. Todos han sido grandes

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éxitos en su capacidad de movilizar a las masas y de alcanzar algunas reformas
significativas en sus respectivos países, al punto de que la situación actual es
radicalmente diferente de lo que era por ejemplo en 1900, y para algunas personas y
en algunos aspectos es radicalmente mejor. Sin embargo han fracasado
miserablemente en cuanto que todos seguimos viviendo en una economía-mundo
capitalista que es en todo caso más desigual hoy que en 1900. Todavía hay múltiples
formas de opresión en cada uno de esos países, y esos mismos movimientos han
obstaculizado de muchas maneras las protestas actuales contra algunas de esas formas
de opresión en lugar de facilitarlas.
¿El vaso esta medio vacío o medio lleno? Pero quizás estemos planteando la
pregunta equivocada. La cuestión es si en los siglos XIX y XX había estrategias
históricas opcionales para cada uno de esos movimientos que retrospectivamente
parezcan plausibles y capaces de haber logrado más. Yo lo dudo. Reescribir la
historia con base en una simulación es un ejercicio insensato en muchas formas. Sin
embargo me parece que los movimientos opcionales que efectivamente se
presentaron en cada uno de esos casos perdieron porque eran evidentemente menos
eficaces desde el punto de vista de los no beneficiarios del sistema, y que la suma de
las reformas alcanzadas por los movimientos dominantes ha valido la pena, a pesar de
que en ninguno de los tres países tenemos una utopía poscapitalista. Más bien lo
contrario.
Dicho esto, el resultado final es bastante desalentador, considerando la increíble
cantidad de energía social que se dedicó a la actividad revolucionaria en el siglo XX
(y también en el XIX). Comparto el sentimiento de los revolucionarios de 1968 de que
para esas fechas la vieja izquierda en todas sus versiones había llegado a ser “parte
del problema”. Sin embargo desde entonces la izquierda mundial ha avanzado. La
revolución mundial de 1968 tuvo efectos inmensos sobre las fuerzas de todas partes
que se consideran antisistémicas. Nuestro modo de análisis revela seis consecuencias
principales, que quiero definir en forma restringida.
1] La estrategia de dos pasos —primero tomar el poder estatal, luego transformar
la sociedad— ha pasado de ser una verdad evidente (para la mayoría de las personas)
a ser una proposición dudosa.
2] La premisa organizacional de que la actividad política en cada país será más
eficaz si es canalizada por un solo partido cohesionador ya no es generalmente
aceptada.
3] El concepto de que el único conflicto fundamental dentro del capitalismo es el
conflicto entre el capital y el trabajo —y todos los demás conflictos basados en el
género, la raza o etnicidad, la sexualidad, etc., son todos secundarios, derivados o
atávicos— ya no es generalmente aceptada.
4] La idea de que la democracia es un concepto burgués que bloquea la actividad
revolucionaria ha estado dejando el lugar a la idea de que la democracia podría ser
una idea profundamente anticapitalista y revolucionaria.

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5] La idea de que el aumento de la productividad es un requisito previo esencial
de la construcción del socialismo ha sido sustituida por la preocupación por las
consecuencias del productivismo en términos de la ecología, la calidad de vida y la
consiguiente mercantilización de todo.
6] La fe en la ciencia como piedra fundamental de la construcción de la utopía ha
dejado lugar a cierto escepticismo acerca de la ciencia clásica y el cientificismo
popular, en favor de la inclinación a pensar en términos de una relación más compleja
entre el determinismo y el libre albedrío, el orden y el caos. El progreso ya no es
evidente por sí mismo.
Ninguna de esas seis revisiones de nuestras premisas es del todo nueva. Pero la
revolución de 1968, al conmover la legitimidad de la vieja izquierda, transformó las
dudas que abrigaba un puñado de personas en un revisionismo mucho más difundido,
una verdadera “revolución cultural”. Cada una de estas seis revisiones es compleja y,
en otra oportunidad, se podría seguir elaborando largamente. Me ocuparé solamente
de las implicaciones de esas revisiones para la actividad política antisistémica, y en
particular para la estrategia y las tácticas de la “revolución”.
La primera y más fundamental implicación es que “revolución” —en el sentido
que daban a la palabra los movimientos marxistas-leninistas— ya no es un concepto
viable. No tiene significado, por lo menos ahora no lo tiene. Se suponía que
“revolución” era la actividad de un partido, su lucha por alcanzar el poder estatal, su
papel como portaestandarte de los trabajadores en la lucha entre el capital y el
trabajo, su desprecio por la democracia como “derecho burgués”, su dedicación al
aumento de la productividad y su autodefinición como científico. ¿Existen todavía
partidos que correspondan a esta descripción y que tengan un número significativo de
seguidores? No veo muchos, si es que los hay.
Lo que vemos en su lugar son dos cosas. En primer lugar, observamos partidos de
la vieja izquierda, a menudo con otro nombre cambiado, luchando por su
supervivencia electoral con base en programas centristas eclécticos que no parecen
inspirar sentimientos muy fuertes, herederos de un vago anhelo de justicia social (del
mismo modo que los radical-socialistas de la III República francesa encarnaban la
tradición del laicismo). En segundo, vemos un abanico de partidos y movimientos en
perpetuo cambio que son los herederos diluidos de la revolución de 1968: partidos
verdes, movimientos feministas, movimientos de las llamadas minorías oprimidas
étnicas y raciales, movimientos gay y lo que podríamos llamar movimientos
comunitarios de base.
En el decenio de 1980 se hablaba en Estados Unidos de crear una Coalición
Arcoiris de tales movimientos, pero al final esa idea no tuvo mayor resultado. De
hecho, al entrar en el decenio de 1990 lo que vemos son dos enormes dilemas
políticos frente a los movimientos antisistémicos del mundo entero.
Primero, los nuevos movimientos antisistémicos surgidos de la revolución de
1968 tuvieron bastante éxito en su ataque a las premisas básicas de la vieja izquierda,

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pero desde entonces han fracasado siempre en su búsqueda de una estrategia
alternativa. El poder estatal, ¿sigue siendo importante o ya no? ¿Cuál podría ser la
base de una alianza perdurable entre movimientos? A medida que pasa el tiempo las
respuestas parecen ser cada vez más similares a las que ofrecen los muy eclécticos
movimientos actuales de la vieja izquierda.
En segundo lugar, los años noventa presencian la difusión de movimientos,
iniciados un decenio atrás, racistas y populistas. Sin embargo muy a menudo utilizan
temas y asumen tonalidades que en parte se superponen a los de los nuevos
movimientos antisistémicos. Hay un gran riesgo de confusión política de muchos
tipos.
De modo que ésa es la situación: partidos de la vieja izquierda con fachadas
cansadas y eclécticas; ningún concepto viable de “una revolución”; nuevos
movimientos antisistémicos que son vigorosos pero no tienen ninguna visión
estratégica clara, y nuevos movimientos racistas-populistas de fuerza cada vez mayor.
En medio de todo eso, los asediados defensores del sistema mundial capitalista
existente no están en absoluto desarmados y siguen una política de postergación
flexible de las contradicciones, mientras esperan el momento en que puedan llevar a
cabo una transformación radical a su manera, abandonando el modo de producción
capitalista por algún sistema mundial nuevo pero igualmente desigualitario y
antidemocrático.
Hace mucho que necesitamos urgentemente definir con cierta claridad una
estrategia alternativa a la difunta estrategia de la “revolución”. Creo que esa
redefinición es una tarea colectiva para el mundo entero. Sólo puedo sugerir aquí
algunas líneas de acción que podrían ser elementos de esa estrategia, pero que en
conjunto no constituyen una estrategia completa.
1] El primero es un regreso a una táctica tradicional. En todas partes, en cada
puesto de trabajo, debemos presionar por más, es decir, porque la clase trabajadora
conserve una porción mayor de la plusvalía. Hace tiempo esto parecía obvio, pero
llegó a ser descuidado por una variedad de razones: el miedo de los partidos al
sindicalismo y el economicismo; las tácticas proteccionistas de los trabajadores en
áreas de altos salarios; las estructuras estatales dominadas por el movimiento que
pasaban a actuar con la lógica de los patrones. Al mismo tiempo, debemos presionar
para que cada empresa internalice totalmente sus costos. La presión constante en
escala local por esa internalización y por más —más en Detroit, más en Gdansk, más
en Sao Paulo, más en Fiji— puede conmover profundamente los patrones de
acumulación de capital.
2] Segundo, en todas partes en todas las estructuras políticas en todos los niveles,
más democracia, es decir, más participación popular y más toma de decisiones
abierta. De nuevo, esto también fue obvio en una época, pero ha sido muy limitado
por la profunda desconfianza de la psicología de las masas que tienen los
movimientos de la izquierda, que es el origen de su vanguardismo. Esto quizás fue

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legítimo en el siglo XIX, pero la transformación del sistema mundial en otro mejor
será imposible sin un apoyo popular genuino y profundamente motivado, el cual debe
ser creado y desarrollado por medio de más democracia ahora.
3] Tercero, la izquierda mundial tiene que conciliar su dilema en torno al
universalismo o particularismo. El universalismo imperial napoleónico que afectaba
la vieja izquierda no tiene ningún mérito. Pero una glorificación interminable de
particularismos cada vez menores tampoco lo tiene. Necesitamos buscar una manera
de construir un nuevo universalismo basado en un cimiento de incontables grupos, y
no en el mítico individuo atómico. Sin embargo eso requiere una especie de
liberalismo social global que vacilamos en aceptar. Por lo tanto necesitamos dar
sentido operativo (y no simplemente retórico) al “rendez-vous de donner et de
recevoir” (“cita de dar y recibir”) de Senghor. Esto debería intentarse en
innumerables niveles locales.
4] Cuarto, debemos pensar en el poder estatal como una táctica, que se utiliza
siempre que se puede y para las necesidades inmediatas, sin invertir nada en él ni
fortalecerlo. Por encima de todo, debemos evitar manejar el sistema, en cualquier
nivel. Debemos dejar de vivir temiendo el derrumbe político del sistema.
¿Transformará esto el sistema? No lo sé. Yo lo veo como una estrategia de
“sobrecargar” el sistema tomando en serio los slogans ideológicos del liberalismo,
cosa que los liberales jamás se propusieron. ¿Qué podría sobrecargar más el sistema
que el movimiento libre de personas, por ejemplo? Y además de sobrecargar el
sistema, es una estrategia de “preservar nuestras opciones”, de avanzar
inmediatamente hacia cosas mejores, de dejar la responsabilidad total del manejo del
sistema mundial existente a sus beneficiarios, de concentrarnos en crear una nueva
socialidad en los ámbitos local y mundial.
En suma, debemos convertirnos en trabajadores de la viña prácticos, consecuentes
y constantes, discutiendo nuestras utopías y empujando hacia adelante. Cuando el
sistema mundial actual se derrumbe sobre nosotros en los próximos cincuenta años,
debemos tener una alternativa sustantiva para ofrecer que sea creación colectiva. Sólo
entonces tendremos oportunidad de obtener una hegemonía gramsciana en la
sociedad civil mundial, y por lo tanto una oportunidad de triunfar en la lucha contra
los que quieren cambiarlo todo para que nada cambie.

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12. EL MARXISMO DESPUÉS DE LA CAÍDA DE
LOS COMUNISMOS

El marxismo […] está inevitablemente destinado a perecer, más tarde o más


temprano, y esto se aplica también a su forma teórica […]
Retrospectivamente (y sólo retrospectivamente) se podrá decir, por la forma
en que perezca, de qué material estaba hecho el marxismo.
BALIBAR, 1991, p. 154

Marx ha sido declarado muerto muchas veces y ha resucitado otras tantas. Igual
que cualquier otro pensador de sus dimensiones, vale la pena releerlo principalmente
a la luz de las realidades actuales. Hoy no es sólo Marx el que una vez más se está
muriendo sino además toda una serie de estados que se autodefinieron marxistas-
leninistas y que, en general, se están derrumbando. Algunos se alegran de eso, otros
se entristecen, pero son pocos los que están tratando de sacar un balance cuidadoso y
prudente de la experiencia.
Para empezar, recordemos que el marxismo no es la suma de las ideas y los
escritos de Marx sino más bien un conjunto de teorías, análisis y fórmulas para la
acción política, sin duda inspirados en el razonamiento de Marx, que llegaron a
convertirse en una especie de dogma. Esa versión del marxismo, que es la versión
dominante, fue el producto de dos partidos históricos que la construyeron, en tándem
y sucesivamente, conjuntamente pero no en colaboración: el Partido Socialdemócrata
alemán (especialmente antes de 1914) y el Partido Bolchevique, que después se
convertiría en el Partido Comunista de la URSS.
Si bien esa versión dominante del “marxismo” nunca fue la única, otras versiones
han tenido un público muy limitado, por lo menos hasta hace poco. El verdadero
origen de la “explosión” del marxismo de la que hablaba Lefebvre (1980) debe verse
en la revolución mundial de 1968. Ese acontecimiento coincide más o menos con el
inicio del estancamiento brezhneviano en la URSS y la subsiguiente agitación y
desintegración cada vez mayores en el llamado bloque socialista.
Esa coincidencia confunde un poco el análisis, porque nos obliga a intentar el
difícil ejercicio de distinguir entre las argumentaciones del “marxismo de los
partidos” (la versión dominante) —que ha sido seriamente debilitado, si no
totalmente refutado, por la caída del “socialismo realmente existente”— y las
argumentaciones del propio Marx (o por lo menos los aspectos de su pensamiento y
de la práctica marxista) que no estaban involucradas, o por lo menos no
esencialmente, en esa experiencia histórica. Mi argumentación será muy simple. Lo
que ha muerto es el marxismo como una teoría de la modernidad, una teoría que fue
elaborada paralelamente a la teoría de la modernidad del liberalismo y en realidad en
gran parte inspirada por ella. Lo que hasta ahora no ha muerto es el marxismo como

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crítica de la modernidad y de su manifestación histórica, la economía-mundo
capitalista. Lo que ha muerto es el marxismo-leninismo como estrategia reformista.
Lo que hasta ahora no ha muerto es el ímpetu antisistémico —popular y “marxiano”
en su lenguaje— que inspira a fuerzas sociales reales.
Creo que el marxismo dominante, que llegó a ser el marxismo-leninismo, se
basaba en cinco proposiciones principales, formuladas no por estudiosos de Marx
sino por marxistas militantes, tal como se expresaron a lo largo de los años en la
praxis de los partidos.

Para lograr una sociedad comunista, meta final de la humanidad, el primer


paso necesario era tomar el poder estatal lo más rápido posible. Eso sólo se
podía hacer por medio de una revolución.

Esta tesis no es tan evidente como parece. ¿Qué significa “tomar el poder
estatal”? Y peor aún: ¿qué es una “revolución”? Las discusiones internas del partido
sobre esas cuestiones tácticas siempre fueron acaloradas y nunca llegaron a
conclusiones definitivas. Ésa es la razón por la que las decisiones políticas concretas
fueron tan variadas y siempre parecían un poco oportunistas.
Sin embargo predominaban dos imágenes: o una insurrección popular o una
victoria abrumadora en las elecciones, y las dos eran vistas como el inicio de una
transformación fundamental y perdurable de las estructuras de poder, de la que
supuestamente no había regreso.
Los partidos que no estaban en el poder trataban de alcanzar ese punto de
inflexión por todos los medios a su alcance. Los que ya habían llegado al poder
(aunque fuera por un camino no contemplado en la teoría) trataban de mantenerse en
el poder por todos los medios a su alcance, a fin de probar que la “revolución” era en
efecto un punto de inflexión irreversible. En ese sentido la llegada al poder del
partido era vista como algo análogo a la llegada de Cristo a la tierra. No representaba
el fin de los tiempos —lejos de ello— pero era un momento en el que la historia se
transformaba. Si los acontecimientos de 1989-1991 conmovieron al mundo, y
especialmente a los marxistas-leninistas, fue porque desmintieron el concepto de una
transformación histórica irreversible. Más que una profunda desilusión, los
acontecimientos significaron el derrumbe de las premisas básicas de la acción
política.

Para obtener y conservar el poder político, era esencial que las llamadas
fuerzas progresistas y/o la clase trabajadora crearan un partido organizado
universal.

Ya se tratase del partido de masas preconizado por los socialdemócratas alemanes

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o del partido de vanguardia recomendado por los bolcheviques, se suponía que el
partido debía funcionar como hogar espiritual de sus dirigentes y de sus miembros,
quienes debían dedicar su vida entera a la consecución y la conservación del poder
estatal.
Por consiguiente el partido era visto como el foco central (e incluso único) de las
vidas de sus miembros. Cualquier vínculo con otras organizaciones o incluso
cualquier interés fuera del programa del partido era considerado como una amenaza
seria a su eficacia. Ése es el origen de la gran desconfianza hacia las religiones,
mucho más que el ateísmo doctrinario. Y es también la razón por la que el partido era
hostil a los movimientos nacionalistas, étnicos, feministas y todos los del mismo tipo.
En suma, el partido afirmaba que los conflictos de clase eran primordiales y todos
los demás conflictos eran sólo epifenómenos. Por eso el partido siempre argumentaba
que esas otras luchas constituían una desviación de la tarea central, a menos que se
integraran a su programa actual por razones del momento, secundarias y tácticas. Lo
que el partido temía por encima de todo era que la lealtad de sus miembros no fuera
total y absoluta. Podemos dudar de que los partidos en el poder hayan creado estados
realmente totalitarios, pero no puede haber mayores dudas de que crearon partidos
totalitarios.
Entre esas dos tesis había una contradicción fundamental. La segunda tesis, sobre
la estructura del partido, fue concebida con el objeto de conseguir la movilización
necesaria para la toma del poder y parecía adecuada para ese objetivo, pero no
funcionaba bien como principio una vez que el partido ya estaba en el poder. El papel
del partido en el poder era profundamente ambiguo. En realidad, si es que funcionaba
en alguna medida, el partido en el poder era simplemente un organismo de toma de
decisiones en el que un grupo diminuto resolvía todos los asuntos del momento. El
poder de la dirigencia era más bien personal y estaba rodeado por una especie de
opacidad cómplice. Para la mayoría de los miembros, en la vida cotidiana, el partido
finalmente no era otra cosa que un instrumento de movilidad ascendente.
En ese nivel el partido era cualquier cosa menos un hogar espiritual. Para quienes
lo veían desde afuera era una estructura bastante ilegítima, mientras que quienes
estaban adentro tendían a verlo con cinismo. El partido era una realidad que era
preciso tomar en cuenta, pero nadie sentía devoción por él. Si la “revolución” resultó
no ser irreversible fue precisamente por la naturaleza del partido una vez alcanzado el
poder. El objetivo principal de los que trataban de destruir los regímenes comunistas
era eliminar los partidos de ese tipo, apenas lo permitiera el modificado contexto
mundial.

Para pasar del capitalismo al comunismo era necesario pasar por una fase
llamada la dictadura del proletariado, es decir entregar el poder total y
exclusivamente a la clase trabajadora.

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Las dos palabras clave, dictadura y proletariado, provocaban preguntas.
Cualquiera que sea el sentido que se atribuyera originalmente a la palabra
“dictadura”, su significado histórico concreto es la negación en esos regímenes de
todos los llamados derechos civiles burgueses, creados (al menos parcialmente) en las
democracias parlamentarias de los estados “liberales”. A cualquier organización que
no hubiese sido creada por el partido se le negaba no sólo la libertad de palabra sino
hasta el derecho a existir. Y esto valía igualmente para cualquier centro de actividad
intelectual que afirmara su independencia del partido.
Sin embargo, aunque el debate público no fuera sino un monólogo, eso no
significa necesariamente que no hubiera discusión y disidencia políticas. Sólo que
eran discusiones estrictamente privadas, limitadas a un puñado de individuos.
Ocasionalmente la población hacía oír una especie de rugido sordo que algunas veces
limitó la toma de decisiones políticas y que era la única forma de expresión popular.
La dictadura afirmaba ser legítima en virtud del hecho de que el estado y el
partido “representaban” a la clase trabajadora. ¿Cuál era la realidad? Ciertamente
muchos de los dirigentes habían sido trabajadores en su juventud, sin duda más que
en otros estados del sistema mundial, pero una vez que llegaron a ser miembros de la
clase dirigente esas personas se “aburguesaron” y pasaron a constituir la célebre
nomenklatura.
Es igualmente indudable que entre las personas comunes los trabajadores
calificados tendían a ganar tanto como los maestros o el “trabajador intelectual”
promedio, e incluso más, en lo que constituía una inversión de la jerarquía salarial
acostumbrada. Pero no es lo mismo invertir una jerarquía salarial que aboliría.
En su lugar de trabajo, el trabajador no tenía ninguna manera de ejercer derechos
sindicales frente a la administración. De hecho el trabajador tenía menos
posibilidades de formular demandas que en los estados no socialistas. Sin embargo
los trabajadores tenían una gran compensación: seguridad social (especialmente
seguridad en el trabajo) y el derecho implícito a un bajo nivel de productividad. Sin
embargo esas ventajas sociales dependían en realidad del ingreso general del estado,
y cuando los estados empezaron a tener dificultades financieras serias, en parte
provocadas por el bajo nivel de productividad, la red de seguridad social se vio
afectada. Los llamados estados socialistas ya no pudieron cumplir sus promesas y el
resultado de eso fue una crisis social. De esa crisis surgió Solidarnosk y todo lo que
vino después.
Pese a todos los discursos oficiales, casi nadie creía que vivía realmente en un
estado de los trabajadores. Como máximo creían vivir bajo un régimen que buscaba
mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, o dicho de otro modo, en un
estado reformista. Cuando las pocas ventajas que esos estados ofrecían disminuyeron,
los regímenes perdieron sus bases sociales.

El estado socialista constituía una etapa necesaria en la ruta universal y

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correcta del progreso que lleva a la utopía comunista.

Ésa era la versión leninista (o para ser más exactos, stalinista) de la teoría del
progreso, que en sí era el legado de la Ilustración al marxismo (igual que al
liberalismo), y a la vez una versión de la escatología cristiana secularizada por medio
de una especie de Aufhebung (“superación”).
La teoría de las etapas, basada en una fe inconmovible en el progreso, lo
justificaba todo. Al afirmar que todo lo hecho por el partido (infalible garantía del
progreso) estaba bien hecho, esa teoría proporcionaba soporte moral y racional no
sólo a las primeras tres tesis sino a cualquier desviación de las sendas trazadas por la
tradición marxista.
Como cada etapa seguía las reglas de la evolución social, teóricamente no podía
haber regresión. Además, como esas etapas históricas habían sido especificadas por el
partido, cada miembro del partido pasaba a ser por definición un apóstol del progreso.
Y por último, visto que ahora los trabajadores estaban en el poder, el estado no podía
dejar de progresar infaliblemente. La teoría del progreso permitía, y en realidad
requería, que los estados revolucionarios más nuevos estuvieran bajo la protección de
los estados revolucionarios más avanzados; se suponía que en la familia de los
estados marxistas-leninistas (e incluso de todos los estados progresistas) existía un
sistema jerárquico en favor de los más viejos. Lo que unos llamaban imperialismo
otros lo consideraban un deber natural. Mientras la opinión pública tuviera motivos
para creer en la realidad del progreso, ese derecho del más fuerte no parecía
demasiado chocante. Pero el estancamiento, al exacerbar conflictos latentes, provocó
sentimientos antimperialistas contra la URSS, y así condujo no sólo a la dislocación de
los estados marxistas-leninistas sino también a la caída del “mundo” socialista,
concepto geopolítico que ahora se ha disuelto.

Para realizar la transición de la etapa del socialismo (el partido en el poder)


a la etapa del comunismo, era necesario “construir el socialismo” es decir
perseguir el desarrollo nacional.

Los partidos comunistas llegaron al poder en estados soberanos e independientes


(aunque asediados). Marx había predicho que las primeras revoluciones se
producirían en los países más avanzados tecnológicamente, pero en realidad las
sucesivas tomas del poder se dieron en zonas periféricas y semiperiféricas de la
economía-mundo.
Eso hizo que la “construcción del socialismo” sufriera una gran metamorfosis,
convirtiéndose en el proceso por el cual estados semiperiféricos (e incluso
periféricos) alcanzarían a las zonas centrales de la economía-mundo capitalista. Ese
programa tenía tres elementos básicos.

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El primero era la planeación, que implicaba pesadísimas estructuras burocráticas.
Esas estructuras funcionaron bastante bien durante el periodo de la “acumulación
primaria”, pero a medida que la infraestructura se fue haciendo cada vez más
moderna el aparato de planeación tuvo que asumir tareas mucho más complejas, y
eso se veía dificultado por el papel del partido. Eventualmente la planeación llegó a
ser una especie de proceso de negociación entre autoridades económicas que
constantemente estaban revisando retroactivamente los planes para hacerlos
concordar con los resultados reales. Era evidentemente una fórmula para el fracaso.
El segundo elemento en la construcción del socialismo era la industrialización
abierta, lo más autárquica posible. Ese objetivo pasaba por alto el hecho de que la
industrialización es algo más que instalar fábricas y maquinaria: incluye
consideraciones de rentabilidad, que a su vez dependen de la difusión mundial de la
tecnología, en constante evolución. De hecho, a medida que el progreso tecnológico
se difunde por el mundo (impulsado a su vez en gran parte por la “construcción del
socialismo”), las industrias de los países socialistas fueron volviéndose cada vez
menos competitivas y por consiguiente cada vez menos capaces de contribuir a
alcanzar a los países avanzados.
El tercer elemento era una mercantilización tan desenfrenada que es difícil no
verla con una gran ironía, ya que era totalmente opuesta a toda la retórica sobre la
sociedad comunista. Pero para apoyar la planeación y la industrialización era
necesario que la mano de obra y todo lo demás estuvieran sujetos a las transacciones
del mercado, aun cuando esas transacciones estuvieran estrictamente controladas
desde el centro.
Al principio, el desarrollo nacional parecía ser la gran realización de los países
socialistas. Las tasas de crecimiento eran altas y el optimismo estaba en el orden del
día. Pero el estancamiento económico de los decenios de 1970 y 1980 demostró que
esos estados eran tan periféricos y semiperiféricos como los demás estados del tercer
mundo. Fue una decepción tremenda para esos estados, que se habían jactado de su
rápido desarrollo nacional.
En suma, una tras otra, cada una de las cinco tesis del marxismo de los partidos
(el marxismo realmente existente) llegó a ser vista con escepticismo por las mismas
personas que habían apoyado a esos regímenes. Al deshacerse del marxismo-
leninismo creían estar deshaciéndose del marxismo. Pero no es tan fácil. Cuando lo
arrojan por la puerta Marx trata de volver a entrar por la ventana. Porque ni la
importancia política ni el potencial intelectual de Marx se han agotado (todo lo
contrario). Y es a eso a lo que regresamos ahora.
El pensamiento de Marx contiene cuatro ideas clave (ideas que son principal pero
no exclusivamente marxianas) que todavía me parecen útiles, incluso indispensables,
para el análisis del sistema mundial moderno. A pesar de todas las experiencias
negativas de los movimientos y los estados marxistas-leninistas del siglo XX, esas
ideas aún iluminan las elecciones políticas que debemos hacer.

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LA LUCHA DE CLASES
“Está bastante claro que la identidad del marxismo depende enteramente de la
definición, importancia y validez de su análisis de la clase y la lucha de clases. Sin
ese análisis no hay marxismo […]” (Balibar, 1991: 156).
No olvidemos, ante todo, que gran parte de la oposición interna a los partidos-
estado marxistas-leninistas era expresión de un conflicto de clases, el conflicto de los
trabajadores comunes contra esa variedad nueva y bastante peculiar de burguesía
llamada nomenklatura. (Marx se habría divertido tanto analizando la nomenklatura
en la situación polaca de 1980-1981 como se divirtió analizando la lucha de clases en
Francia entre 1848 y 1851).
El concepto de que distintas clases tienen intereses distintos e incluso antagónicos
no es una idea inventada por Marx. Entre 1750 y 1850 estaba en el aire en Europa
occidental en todas las discusiones importantes. En origen no era un concepto de la
izquierda. Pero Marx y Engels le dieron gran notoriedad en el Manifiesto comunista y
desde entonces ha sido casi el concepto definitorio de los movimientos de los
trabajadores.
Se han ofrecido dos objeciones importantes a este concepto. La primera es una
objeción moral, y por consiguiente política. Dice así: sí, hay conflictos de clase aquí y
allá, pero no son ni inevitables ni deseables. Esto equivale a decir que la lucha de
clases no es sino una opción política (y por ende una elección voluntaria), y por lo
tanto su carácter moral y racional es discutible. Las personas que utilizan este
argumento (en general son políticamente de derecha) están en realidad recomendando
a la clase obrera una política de negociación, conciliación y colaboración.
Por eficaz que pueda ser esa política, tales recomendaciones son ajenas al análisis
marxista. Si bien es innegable que la escritura de Marx tiene cierto característico tono
moralizante, Marx siempre negó ser un predicador o un profeta. Más bien afirmaba
ser un analista, un analista científico. Por consiguiente, quien quiera refutar a Marx
debe colocarse en el mismo nivel de análisis. Marx no llamó a los trabajadores (ni a
nadie) a iniciar una lucha de clases: observó que estaban tomando parte en una lucha
de clases, a menudo sin darse cuenta del todo.
Marx basó su argumentación en dos premisas ampliamente (aunque no
universalmente) aceptadas. La primera era que todas las personas buscan mejorar su
situación material y en consecuencia luchan contra los que las explotan o se
aprovechan de sus dificultades. Esta afirmación es fuerte, difícil de negar. Quizás sea
cierto que los explotados son casi siempre débiles y están resignados y atemorizados,
y rara vez son fuertes, decididos y osados. Pero en todo caso esto es un mero
comentario sobre las probabilidades tácticas de la lucha de clases, no una refutación
de su existencia.
La segunda premisa en que Marx basó su argumentación era que las personas que
se encuentran en situaciones objetivamente similares o paralelas tienden a actuar en

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formas similares, de manera que podemos hablar de respuestas de grupo (en ese caso,
respuestas de clase), aunque por supuesto ningún grupo es totalmente homogéneo o
monolítico. Además, si nos negamos a analizar las acciones de grupos sociales se
vuelve imposible explicar la realidad social. Una vez más, Marx estaba simplemente
subrayando la realidad histórica de la lucha de clases. Para argumentar en contra de
esta premisa debemos mostrar empíricamente que tales luchas no suceden, cosa
realmente muy difícil. O bien debemos argumentar, cosa un poco más plausible, que
la observación sobre la lucha de clases es correcta pero exagerada. Si adoptamos ese
punto de vista la lucha de clases es menos importante de lo que dicen los marxistas,
porque hay otras formas de lucha de mayor importancia. Ésta es una objeción
frecuente, y no sólo de la derecha. En todo el mundo los analistas destacan la
importancia de las luchas nacionalistas, raciales, étnicas, religiosas y de género. No
hay duda de que tales luchas existen y son importantes, y hay que admitir que por
mucho tiempo los marxistas (incluyendo al propio Marx) tendieron a denigrarlas,
ignorarlas e incluso denunciarlas, por una sencilla razón: estaban obsesionados por el
miedo a que la clase trabajadora se dividiera, y trataban por todos los medios de
evitar cualquier división. Eso los llevó a tratar de subestimar deliberadamente la
importancia teórica de cualquier división social que no fuera la de clase.
Hace por lo menos dos decenios, es decir, mucho antes de la caída de los
comunismos en 1989, que se viene señalando lo inadecuado del análisis de Marx de
las luchas nacionalistas, raciales, étnicas, religiosas y de género. ¿Debemos entonces
concluir que todas esas luchas sociales son igualmente importantes? El propio Marx
trató de mostrar en El 18 Brumario que las luchas de los pequeños propietarios
rurales eran en el fondo una forma de lucha de clases.
El estallido de otras formas de lucha no refuta en modo alguno la tesis de que las
luchas de clases son inevitables y fundamentales, porque siempre se puede
argumentar que las primeras son formas disfrazadas de la segunda (véase Wallerstein,
1991a, 1991b). De hecho la tesis de Marx se fortalece mucho, al punto que se puede
argumentar convincentemente que muchas luchas de clases se llevan a cabo bajo el
título de luchas entre “pueblos”. Por supuesto, debemos explicar cómo y por qué es
así, pero una vez explicado tenemos una mejor comprensión de los altibajos de la
historia moderna. Sin embargo, no hace falta decir que entonces se hace imposible
ensalzar las virtudes de un partido organizado, único y omniabarcante.

POLARIZACIÓN

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Marx da gran importancia al fenómeno de la polarización, en dos sentidos. Por un
lado, Marx insiste en una tendencia a la polarización económica, la pauperización,
con lo que quiere decir que los pobres se van haciendo más pobres, y los ricos más
ricos. Por otro lado también intenta analizar una polarización social, y con eso quiere
decir que todos están volviéndose burgueses o proletarios, y todos los grupos
intermedios y difíciles de categorizar están desapareciendo.
La tesis de la pauperización ha encontrado fuerte resistencia por mucho tiempo
debido a que en los países industrializados el ingreso real de la clase trabajadora ha
venido aumentando desde hace por lo menos un siglo. De ahí se extraía la conclusión
que no había polarización absoluta e incluso la polarización relativa había disminuido
debido a las redistribuciones y el estado de bienestar. Por lo tanto, se decía, Marx
estaba completamente equivocado.
Es indudablemente cierto que el ingreso real de la clase trabajadora (o más bien
de los trabajadores calificados) ha venido aumentando, de modo que no se ha
producido una polarización absoluta entre la burguesía y el proletariado (aunque no
está tan claro lo que se puede decir acerca de la polarización relativa). Pero al tomar
cada uno de los estados industrializados por separado estamos cometiendo el mismo
error teórico cometido tanto por los marxistas de los partidos como por los liberales
clásicos. En realidad, los países en cuestión forman parte de la economía-mundo
capitalista, y es dentro de esta última donde tienen lugar los procesos descritos por
Marx. En cuanto tomamos como unidad de análisis la economía-mundo capitalista
vemos dos cosas.
Primero, en la economía-mundo la pauperización es constante. No es sólo relativa
(esto lo admite hasta el Banco Mundial) sino también absoluta (como lo demuestra,
por ejemplo, la creciente incapacidad de las zonas periféricas para proporcionar a sus
poblaciones alimentos básicos en cantidad suficiente).
Segundo, la observación acerca de la elevación del salario real de la clase
trabajadora de los países industrializados está distorsionada por una perspectiva
demasiado estrecha. Tendemos a olvidar que todos esos países (original y
principalmente Estados Unidos, pero hoy todos ellos) son países de inmigración, que
reciben un flujo constante de inmigrantes de zonas periféricas, y que esos inmigrantes
no son los beneficiarios de esos salarios reales en ascenso. Ésta es otra manera de
recordarnos la relación entre las luchas de clases y las luchas de “pueblos”, de la que
ya habíamos hablado.
La “clase trabajadora” cuyo ingreso real sí está aumentando está formada en gran
parte por los grupos locales “indígenas” o étnicamente dominantes. Pero el estrato
más bajo está formado principalmente por inmigrantes de primera o segunda
generación, para quienes la polarización económica sigue siendo una realidad. Como
no son de origen “local”, tienden a conducir sus luchas de clase bajo la bandera de la
raza o la etnicidad. La polarización social sólo se puede negar definiendo la
verdadera burguesía y el verdadero proletariado en términos extremadamente

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estrechos (que reflejan fundamentalmente la situación social del siglo XIX). Pero si
utilizamos una definición más útil —las personas que viven esencialmente de
ingresos actuales, que sin embargo están polarizados— vemos que Marx tenía razón.
La proporción de la población mundial que cae en una de esas dos categorías es cada
vez mayor. No viven de sus propiedades ni de sus rentas, sino del ingreso que derivan
de su actual inserción en los procesos económicos reales del mundo.

IDEOLOGÍA
Marx era materialista. Creía que las ideas no salen de la nada ni son simplemente el
producto de las cavilaciones de los intelectuales. Nuestras ideas y nuestras ciencias
reflejan la realidad social de nuestras vidas, decía, y en este sentido todas nuestras
ideas derivan de algún clima ideológico específico. Muchos se han complacido en
señalar que esa lógica debe aplicarse también al propio Marx y a la clase trabajadora,
a la que Marx había colocado en una categoría especial porque la consideraba la clase
universal. Desde luego esa crítica es válida, pero no hace sino ampliar el campo al
que se aplican las argumentaciones de Marx.
Hoy, en un momento en que se ha reabierto la discusión acerca de todo el legado
intelectual de la historia y las ciencias sociales del siglo XIX, parece más necesario
que nunca pensar sobre las bases sociales de nuestras ideas y de nuestros pensadores.
Obviamente Marx no fue el inventor de la tesis de la determinación social de las
ideas, a pesar de que esa tesis ha llegado a asociarse con su visión del mundo y es
generalmente considerada como una tesis marxiana. Por lo tanto, no hay razón para
subestimar ni la importancia de un análisis de las ideologías (incluyendo el
marxismo) ni la importancia de la contribución de Marx a ese análisis.

ENAJENACIÓN

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El concepto de enajenación no es tan familiar como los demás porque el propio Marx
lo utilizó menos frecuentemente. Esto es tan real que algunos analistas lo atribuyen
exclusivamente al “joven Marx” y por eso lo descartan. Es una lástima, porque a mí
me parece un concepto esencial del pensamiento de Marx.
Viendo la enajenación como la encarnación de los males de la civilización
capitalista, Marx vio su eliminación como la mayor realización de una futura
sociedad comunista. Porque según Marx la enajenación es la enfermedad que, en su
principal encarnación —la propiedad—, destruye la integridad de la persona humana.
Luchar contra la enajenación es luchar por devolver a las personas su dignidad.
La única manera de rebatir esta tesis es sostener que la enajenación es un mal
inevitable (una especie de pecado original) y que no se puede hacer nada al respecto,
salvo disminuir en el tiempo sus expresiones más perniciosas. Sin embargo sería
difícil negar que la enajenación es lo que subyace a las grandes iras de nuestro
tiempo.
Marx nos ofrece la posibilidad de imaginar otro tipo de orden social. Sin duda a
menudo se le ha reprochado el no haber dado una descripción minuciosa de su utopía,
pero en ese caso nos toca a nosotros hacerlo. Su pensamiento está ahí. ¿Para qué, o a
quién, serviría ignorarlo por completo?

BIBLIOGRAFÍA
Balibar, Étienne, 1991, “From class struggle to classless struggle?”, en É. Balibar e
I. Wallerstein (comps.), Race, nation, class, Londres, Verso, pp. 153-184.
Lefebvre, Henri, 1980, “Marxism exploded”, Review, 4, pp. 19-32. Wallerstein,
Immanuel, 1991a, “Class conflict in the capitalist world-economy”, en É. Balibar
e I. Wallerstein, op. cit., pp. 115-124.
—, 1991b, “Social conflict in post-independence black Africa: The concepts of race
and status-group reconsidered”, en É. Balibar e I. Wallerstein, op. cit., pp. 187-
203.

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13. EL COLAPSO DEL LIBERALISMO

I
Los años 1989-1991 marcan un viraje decisivo en la historia contemporánea. Casi
todos parecen estar de acuerdo con esto. ¿Pero viraje de dónde hacia dónde? El año
1989 es el año del llamado fin de los llamados comunismos. Los años 1990-1991 son
los límites temporales inmediatos de la llamada guerra del golfo Pérsico.
Esos dos acontecimientos, íntimamente asociados, son sin embargo de carácter
totalmente distinto. El fin de los comunismos marca el fin de una era. La guerra del
golfo Pérsico marca el inicio de otra era. Una se cierra, la otra se abre. Una demanda
revaluación, la otra evaluación. Una es la historia de esperanzas fallidas; la otra, de
temores aún sin concretar.
Sin embargo, como nos recuerda Braudel, “los acontecimientos son polvo”,
incluso los grandes acontecimientos. Los acontecimientos no tienen sentido a menos
que podamos insertarlos en los ritmos de las coyunturas y las tendencias de la larga
duración. Pero hacerlo no es tan fácil como parece, puesto que debemos decidir qué
coyunturas y qué estructuras son las más importantes.
Empecemos por el fin de los comunismos. He dicho que fue el fin de una era,
pero ¿de cuál era? ¿Debemos analizarlo como el fin de la época de posguerra
1945-1989, o como el fin de la época comunista 1917-1989, o como el fin de la época
de la Revolución francesa 1789-1989, o como el fin del ascenso del sistema mundial
moderno, 1450-1989? Se puede interpretar como todas esas cosas.
Sin embargo permítanme hacer a un lado por un momento la última de esas
interpretaciones y empezar por analizar este periodo como el fin de la época
1789-1989, con sus dos movimientos revolucionarios mundiales clave, 1848 y 1968.
Nótese bien, por el momento no hablo de 1917. ¿Cómo podemos caracterizar este
periodo? ¿El de la revolución industrial? ¿El de la(s) revolución(es) burguesa(s)? ¿El
de la democratización de la vida política? ¿El de la modernidad? Todas estas
interpretaciones son lugares comunes, y todas tienen alguna (o incluso mucha)
plausibilidad.
Una variación sobre estos temas, que quizás sería más precisa, podría ser llamar a
la era 1789-1989 la era del triunfo y el predominio de la ideología liberal; en ese caso
1989, el año de la llamada caída de los comunismos, marcaría en realidad el fracaso

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del liberalismo como ideología. Se me dirá que eso es absurdo e imposible, cuando
revive la fe en el mercado y la importancia de los derechos humanos, pero no es así.
Sin embargo para apreciar la argumentación debemos empezar por el principio.
En 1789 ocurrió en Francia un trastorno político al que llamamos la Revolución
francesa. Como acontecimiento político pasó por muchas fases, de la fase inicial de
incertidumbre y confusión a la fase jacobina y después, pasando por el Directorio, a
una fase napoleónica. En cierto sentido podemos sostener que se continuó
posteriormente en 1830, en 1848, en 1870 e incluso en la Resistencia durante la
segunda guerra mundial. A lo largo de todo ese tiempo tuvo como lema “Libertad,
igualdad, fraternidad”, un toque de clarín del mundo moderno que ha resultado ser
soberbiamente ambiguo.
El balance de la Revolución francesa en términos de la propia Francia es muy
desigual. Hubo cambios irreversibles que fueron cambios verdaderos, y hubo muchos
cambios aparentes que no cambiaron nada. Hubo continuidades del Anden Régime
mediante el proceso revolucionario, como demostró hace mucho Tocqueville, y
también rupturas definitivas. Pero ese balance de Francia no es lo que nos interesa
ahora. El bicentenario y sus lugares comunes ya terminaron. El tema que quiero
explorar es más bien el de los efectos de la Revolución francesa sobre el sistema
mundial en su conjunto. La Revolución francesa transformó mentalidades y
estableció la “modernidad” como Weltanschauung del mundo moderno. Lo que
queremos decir cuando hablamos de modernidad es el sentimiento de que lo nuevo es
bueno y es deseable, porque vivimos en un mundo de progreso en todos los niveles
de nuestra existencia. Específicamente, en el nivel político, modernidad significa la
aceptación de la “normalidad” del cambio, contrapuesta a su “anormalidad”, su
carácter transitorio. Por lo menos, una ética consonante con las estructuras de la
economía-mundo capitalista se ha difundido tan ampliamente que incluso los que se
sentían incómodos con ella tenían que tomarla en cuenta en el discurso público.
La cuestión pasó a ser qué hacer con la “normalidad” del cambio en el nivel
político, puesto que quienes están próximos a dejar el poder siempre se muestran
renuentes a cederlo. Las diferentes visiones acerca de cómo manejar la “normalidad”
del cambio incluyen lo que hemos llegado a llamar las “ideologías” del mundo
moderno. La primera ideología que apareció en escena fue el “conservadurismo”, la
visión de que el cambio debe ser demorado todo lo posible y su alcance limitado todo
lo posible. Pero obsérvese que ningún ideólogo conservador serio ha propuesto nunca
la inmovilidad total, posición que en épocas anteriores se podía afirmar.
La respuesta al “conservadurismo” fue el “liberalismo”, que vio la ruptura con el
Ancien Régime como una ruptura política definitiva y el fin de una era de privilegios
“ilegítimos”. El programa político encarnado por la ideología liberal era alcanzar la
perfección del mundo moderno por la vía de la ulterior “reforma” de sus
instituciones.
La ideología que apareció última fue el “socialismo”, que rechazaba las

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presunciones individualistas de la ideología liberal e insistía en que la armonía social
no se produciría con sólo liberar a los individuos de las constricciones de la
costumbre. Más bien la armonía social debía ser construida socialmente, y para
algunos socialistas sólo podría ser construida después de un desarrollo histórico
ulterior y una gran batalla social, una “revolución”.
Las tres ideologías estaban totalmente constituidas para 1848 y desde entonces
han tenido ruidosas batallas entre ellas, a lo largo de los siglos XIX y XX. En todas
partes se han creado partidos políticos que ostensiblemente reflejan esas posiciones
ideológicas. Desde luego nunca ha habido una versión definitiva, indiscutida, de
ninguna de esas tres ideologías, y también ha habido bastante confusión acerca de las
líneas divisorias entre una y otra. Pero tanto en el discurso político erudito como en el
popular generalmente se acepta que esas ideologías existen y que representan tres
“tonalidades” diferentes, tres estilos diferentes de política respecto a la normalidad
del cambio: la política de la cautela y la prudencia; la política de la reforma racional
constante, y la política de la transformación acelerada. A veces se les llama políticas
de derecha, centro e izquierda.
Hay tres cosas que debemos señalar acerca de las ideologías en el periodo
posterior a 1848. Digo posterior a 1848 porque la revolución mundial de 1848 —que
combinó la primera aparición de un movimiento de trabajadores consciente como
actor político con la “primavera de los pueblos”— estableció la agenda política para
los ciento cincuenta años siguientes. Por un lado la(s) revolución(es) fallida(s) de
1848 establecieron claramente la probabilidad de que el cambio político no fuera tan
rápido como deseaban los aceleradores ni tan lento como esperaban los cautelosos.
La predicción más plausible (predicción, no deseo) era la reforma racional constante.
Así el centro liberal triunfó en las zonas centrales de la economía-mundo.
¿Pero quién iba a realizar esas reformas? Ésta es la primera anomalía que
debemos examinar. En el florecimiento inicial de las ideologías, entre 1789 y 1848,
las tres ideologías se ubicaban en posiciones firmemente antiestatales en la antinomia
estado-sociedad. La centralidad de esa antinomia en el pensamiento político era
igualmente una consecuencia de la Revolución francesa. Los conservadores
denunciaban la Revolución francesa en un intento de utilizar el estado para minar y
negar las instituciones consideradas básicas para la sociedad —la familia, la
comunidad, la Iglesia, la monarquía, los órdenes feudales. Pero los liberales también
denunciaban al estado como la estructura que impedía a cada individuo —el actor
considerado como la base de la constitución de la sociedad— perseguir sus propios
intereses como le pareciera conveniente, en lo que Bentham llamó “el cálculo del
placer y el dolor”. Y los socialistas también denunciaban al estado afirmando que
representaba la voluntad de los privilegiados antes que la voluntad general de la
sociedad. Para las tres ideologías, pues, la “extinción del estado” parecía un ideal que
había que anhelar con devoción.
Sin embargo —y ésta es la anomalía que estamos examinando— a pesar de esa

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visión unánimemente negativa del estado en teoría, en la práctica (especialmente
después de 1848) los exponentes de las tres ideologías actuaron en múltiples formas
para fortalecer las estructuras estatales. Los conservadores llegaron a ver al estado
como un mecanismo sustituto para contener lo que para ellos era la desintegración de
la moral, en vista de que las instituciones tradicionales ya no eran capaces de hacerlo,
o ya no eran capaces de hacerlo sin la ayuda de las instituciones policiales del estado.
Los liberales llegaron a ver al estado como el único mecanismo eficiente y racional
por medio del cual se podía mantener la marcha de la reforma estable y orientada en
la dirección correcta. Y después de 1848 los socialistas llegaron a sentir que jamás
lograrían superar los obstáculos a su transformación fundamental de la sociedad sin
tomar el poder del estado.
La segunda gran anomalía fue que, aun cuando todos decían que había tres
ideologías diferentes, en la práctica política cada una de las partes ideológicas trataba
de reducir la escena política a una dualidad, afirmando que las otras dos ideologías
eran esencialmente similares. Para los conservadores, tanto los liberales como los
socialistas eran creyentes en el progreso que deseaban utilizar el estado para
manipular las estructuras orgánicas de la sociedad. Para los socialistas, los
conservadores y los liberales representaban meras variaciones de una defensa del
statu quo y los privilegios de las clases superiores (en que se combinaban la vieja
aristocracia y la nueva burguesía). Para los liberales, tanto los conservadores como
los socialistas eran autoritarios opositores del ideal liberal, el florecimiento de todas
las potencialidades del individuo. Esa reducción de las tres ideologías a una dualidad
(en tres versiones diferentes) era sin duda en parte pura retórica política pasajera,
pero más fundamentalmente reflejaba la reconstrucción constante de las alianzas
políticas. En todo caso, en el curso de ciento cincuenta años esa repetida reducción de
la trinidad a dualidades creó mucha confusión política, en particular en tomo al
significado de esos rótulos.
Pero la mayor de todas las anomalías fue que en los ciento veinte años siguientes
a 1848 —es decir hasta 1968—, bajo la guisa de tres ideologías en conflicto entre sí
en realidad tuvimos sólo una, la ideología abrumadoramente dominante del
liberalismo. Para comprender esto debemos indagar cuál era el problema concreto en
discusión durante todo el periodo, el problema social fundamental que requería
solución.
La gran “reforma” que hacía falta, si el sistema mundial capitalista había de
mantener su estabilidad política, era la integración de las clases trabajadoras al
sistema político, a fin de transformar un dominio basado únicamente en el poder y la
riqueza en un dominio por consentimiento. Ese proceso de reforma tuvo dos pilares
principales. El primero fue la concesión del sufragio, pero de tal manera que, si bien
todos podían votar, eso no produciría sino relativamente pocos cambios
institucionales. El segundo fue la transferencia de una parte de la plusvalía global a
las clases trabajadoras, pero de tal manera que la mayor parte quedara en manos de

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los estratos dominantes y el sistema de acumulación continuara funcionando.
La zona geográfica donde se requería con mayor urgencia esa “integración” era la
de los estados centrales de la economía-mundo capitalista: Gran Bretaña y Francia
sobre todo, pero también Estados Unidos, otros estados de Europa occidental y los
estados de colonización blanca. Ya sabemos que esa transformación se llevó a cabo
sin pausa en el periodo entre 1848 y 1914, y que para el comienzo de la primera
guerra mundial la pautas tanto del sufragio universal (aunque en la mayoría de los
países aún era solamente para los hombres) como del estado de bienestar ya estaban
instauradas, si bien aún no se desarrollaban plenamente en todos esos estados.
Podríamos decir simplemente que la ideología liberal había alcanzado su objetivo
y dejar las cosas así, pero eso sería insuficiente. También debemos señalar lo que
ocurrió con los conservadores y los socialistas en el proceso. Los principales políticos
conservadores se convirtieron en “conservadores ilustrados”, es decir en virtuales
competidores de los liberales oficiales en el proceso de integración de las clases
trabajadoras. Disraeli, Bismarck e incluso Napoleón III son buenos ejemplos de esa
nueva versión del conservadurismo, lo que podríamos llamar “conservadurismo
liberal”.
Al mismo tiempo, los movimientos socialistas de los países industrializados —
incluyendo sus ejemplares más militantes como el Partido Socialdemócrata alemán—
pasaron a ser la principal voz en apoyo de las reformas liberales en el Parlamento.
Por medio de sus partidos y sus sindicatos, los socialistas ejercieron presión
“popular” para obtener lo que querían los liberales, la domesticación de las clases
trabajadoras. No sólo Bernstein sino también Kautsky, Jaurès y Guesde, para no
hablar de los fabianos, se convirtieron en lo que podríamos llamar “liberal-
socialistas”.
Para 1914 la mayor parte del trabajo político en los países industrializados estaba
repartida entre los “liberal-conservadores” y los “liberal-socialistas”. En el proceso
los partidos puramente liberales empezaron a desaparecer, pero eso se debió
únicamente a que todos los partidos de alguna significación eran de hecho partidos
liberales. Detrás de la máscara del conflicto ideológico estaba la realidad del
consenso ideológico.
La primera guerra mundial no rompió ese consenso: más bien lo confirmó y lo
extendió. El año 1917 fue el símbolo de esa extensión del consenso liberal. La guerra
se inició por un asesinato en una zona periférica de la economía-mundo, Bosnia-
Herzegovina. Había llegado el momento de que los estados centrales fueran más allá
del estrecho objetivo de la integración de sus propias clases trabajadoras para pensar
en la integración de un segmento mayor de las clases trabajadoras del mundo, las que
vivían en las zonas periféricas y semiperiféricas del sistema mundial. En el lenguaje
de hoy, el problema ahora había pasado a ser la domesticación del Sur en formas
paralelas a la domesticación de las clases trabajadoras de la zona central.
Había dos versiones de cómo resolver los problemas Norte-Sur. Una fue

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propuesta por ese heraldo de la renovación del liberalismo en escala mundial que fue
Woodrow Wilson. Wilson pidió a Estados Unidos que entrara en la primera guerra
mundial con el objeto de “asegurar al mundo para la democracia”. Y después de la
guerra llamó a la “autodeterminación de las naciones”.
¿A qué naciones se refería Wilson? Obviamente, no a las de los estados de la zona
central. El proceso de construcción de maquinarias estatales efectivas y legítimas en
Francia y Gran Bretaña, y también en Bélgica e Italia, se había completado mucho
antes. Wilson, por supuesto, estaba hablando de las naciones, o los “pueblos”, de los
tres grandes imperios en proceso de disolución: el ruso, el austro-húngaro y el
otomano. Los tres incluían zonas periféricas y semiperiféricas de la economía-
mundo. En resumen, estaba hablando de lo que hoy llamamos el Sur. Después de la
segunda guerra mundial, la autodeterminación de los pueblos se extendería a todas las
zonas coloniales que quedaban, en África, Asia, Oceania y el Caribe.
El principio de autodeterminación de los naciones era la analogía estructural en
escala mundial del principio del sufragio universal en escala nacional. Así como
todos los individuos debían ser considerados políticamente iguales y tener un voto
cada uno, también cada nación debía ser soberana y por lo tanto políticamente igual y
con un voto (principio que hoy encarna en la Asamblea General de las Naciones
Unidas).
Pero el liberalismo wilsoniano no paraba ahí. El siguiente paso después del
sufragio en el nivel nacional era la institución del estado de bienestar, es decir, la
redistribución de una parte de la plusvalía por la vía de transferencias de ingreso
gubernamentales. En escala mundial, el siguiente paso después de la
autodeterminación sería el “desarrollo (económico) nacional”, programa propuesto
por Franklin D. Roosevelt, Harry Truman y sus sucesores después de la segunda
guerra mundial.
No es preciso decir que las fuerzas conservadoras reaccionaron con su prudencia
y disgusto habituales al toque de clarín de Wilson llamando a la reforma global.
Tampoco es preciso decir que después de los trastornos causados por la segunda
guerra mundial los conservadores empezaron a ver los méritos de ese programa
liberal, y en la práctica después de la segunda guerra mundial el liberalismo
wilsoniano se convirtió en una tesis liberal-conservadora.
Pero 1917, por supuesto, tenía una segunda significación. Era el año de la
Revolución rusa. El wilsonismo apenas acababa de nacer cuando se enfrentó a un
gran adversario ideológico, el leninismo. Lenin y los bolcheviques aparecieron en la
escena política protestando esencialmente contra la transformación de la ideología
socialista en lo que he llamado liberal-socialismo (lo mismo que el revisionismo de
Bernstein, con el que Lenin asoció también la posición de Kautsky). Por lo tanto el
leninismo proponía una alternativa militante, inicialmente por su oposición a la
participación de los trabajadores en la primera guerra mundial, y después por la toma
del poder por el partido bolchevique en Rusia.

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Sabemos que en 1917 los socialistas de todos los países, incluyendo a Rusia,
esperaban que la primera Revolución socialista se produjera en Alemania; los
bolcheviques esperaron por varios años que su propia revolución fuera completada
por la Revolución alemana. Sabemos que la Revolución alemana no ocurrió y que los
bolcheviques tuvieron que decidir qué hacer.
La decisión que tomaron fue doble. Por un lado resolvieron construir el
“socialismo en un solo país”. Con eso entraron por un camino en que la demanda
primordial del estado soviético frente al sistema mundial era la integración política
del estado soviético como una gran potencia en el sistema mundial y su desarrollo
económico por la vía de la industrialización rápida. Ése era el programa de Stalin,
pero también el de N. Jrushov, L. Brezhnev y M. Gorbachov. Por lo tanto en la
práctica se trataba del programa del estado soviético reclamando su “igualdad de
derechos” en la escena mundial.
¿Y la revolución mundial? Lenin inicialmente fundó la Tercera Internacional
ostensiblemente para llevar a cabo en forma militante las tareas a las que la Segunda
Internacional de hecho había renunciado. Pero la Tercera Internacional pronto se
convirtió en un mero adjunto de la URSS para las relaciones exteriores. Lo único que
jamás hizo fue estimular verdaderas insurrecciones de la clase trabajadora. En cambio
el foco de la actividad se desplazó, empezando por el Congreso de los Pueblos del
Oriente en Bakú en 1921, al que Lenin invitó no sólo a los partidos comunistas sino
también a toda clase de movimientos nacionalistas y de liberación nacional.
El programa que surgió del Congreso de Bakú, y que en realidad pasó a ser el
programa del movimiento comunista mundial, era el programa del antimperialismo.
¿Pero qué era el antimperialismo? Era una traducción del programa wilsoniano de
autodeterminación de las naciones a un lenguaje más agresivo e impaciente. Después
de la segunda guerra mundial, cuando esos movimientos de liberación nacional
fueron llegando al poder uno tras otro, ¿qué programa proponían? Era el programa
del desarrollo (económico) nacional, generalmente rebautizado desarrollo socialista.
El leninismo, el gran adversario del socialismo liberal en el nivel nacional, empezaba
a ser sospechosamente parecido al liberal-socialismo en escala mundial.
En el periodo 1848-1914 el programa liberal consistía en domesticar a las clases
trabajadoras de la zona del centro por medio del sufragio universal y el estado de
bienestar. Ese programa fue aplicado mediante una combinación de militancia
socialista y refinada astucia conservadora. En el periodo 1917-1989 el programa
liberal en escala mundial consistía en domesticar al Sur. Y estuvo siendo aplicado
mediante una combinación de militancia socialista y refinada astucia conservadora.
La segunda revolución mundial de 1968, igual que la primera revolución mundial
de 1848, transformó las estrategias ideológicas de la economía-mundo capitalista.
Los aciertos y los fracasos de la revolución de 1848 aseguraron el triunfo del
liberalismo como ideología y la eventual transformación de sus dos rivales —el
conservadurismo y el socialismo— en meros adjuntos; pero la revolución de 1968,

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por medio de sus aciertos y sus fracasos, destruyó el consenso liberal. Los
revolucionarios de 1968 lanzaron una protesta desde la izquierda contra ese consenso,
y sobre todo contra la transformación histórica del socialismo, incluso el socialismo
leninista, en liberal-socialismo. Esto adoptó la forma de un resurgimiento de varios
temas anarquistas, pero también, y quizás sobre todo, del maoísmo.
Después de la ruptura del consenso liberal mundial por la llamada nueva
izquierda, la ideología conservadora también se renovó por primera vez desde 1848,
y se volvió nuevamente agresiva en lugar de defensiva. A veces se daba a eso el
nombre de neoconservadurismo, pero a veces se le llamaba también neoliberalismo,
reflejando el hecho de que su programa apuntaba principalmente a eliminar cualquier
constricción al mercado, y por consiguiente a dar marcha atrás en las redistribuciones
del estado de bienestar, primera regresión significativa de ese tipo en un siglo.
¿Cómo podemos dar cuenta de la revolución mundial de 1968 y sus
consecuencias para las estrategias ideológicas? En términos de la estructura del
sistema mundial en su conjunto, podemos decir que la política del liberalismo —
domesticación de las clases trabajadoras del mundo por la vía del sufragio o la
soberanía y el estado de bienestar o el desarrollo nacional— había llegado a su límite.
Más derechos políticos y más redistribución económica pondrían en peligro el propio
sistema de acumulación. Pero el límite se había alcanzado antes de que todos los
sectores de las clases trabajadoras del mundo hubieran sido efectivamente
domesticados por la concesión de una parte pequeña pero significativa de los
beneficios.
La mayoría de los pueblos de las zonas periféricas y semiperiféricas todavía
estaban excluidos del funcionamiento del sistema. Pero lo mismo ocurría con una
minoría muy significativa de las poblaciones de la zona central, el llamado tercer
mundo interno. Además, las mujeres de todo el mundo tomaron conciencia de su
profunda y permanente exclusión, en todas las clases, de los verdaderos derechos
políticos, así como, en general, de recompensas económicas iguales.
Por consiguiente lo que 1968 representó fue el comienzo de la inversión de la
hegemonía cultural que las capas dominantes del mundo habían ido creando y
fortaleciendo con gran asiduidad desde 1848. El periodo entre 1968 y 1989 presenció
el desmoronamiento gradual de lo que quedaba del consenso liberal. A la derecha, los
conservadores trataban cada vez más de destruir al centro liberal. Piénsese en la
declaración de Richard Nixon —“ahora somos todos keynesianos”— con la campaña
de George Bush en 1988 contra la “palabra con L” (“L” de liberal). Piénsese en el
virtual golpe de estado en el Partido Conservador británico, en que Margaret Thatcher
acabó con la tradición de conservadurismo ilustrado que se remontaba más allá de
Disraeli hasta sir Robert Peel en el decenio de 1840.
Pero la erosión fue aún mayor en la izquierda, y significativamente adoptó la
forma de desintegración de los regímenes liberal-socialistas. Tanto en las zonas
periféricas como en las semiperiféricas, hasta los más “progresistas” y retóricamente

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militantes de esos regímenes fueron manifiestamente incapaces de lograr algún grado
significativo de desarrollo nacional; en respuesta, todos ellos, uno tras otro, con sus
respectivos gloriosos pasados de lucha por la liberación nacional, perdieron su
legitimación popular. La culminación de ese proceso fue lo que se llama la caída de
los comunismos: el advenimiento del gorbachovismo en la URSS y de las “zonas
económicas especiales” en la República Popular China, y la caída de los sistemas
comunistas de partido único en todos los países de Europa oriental.
En 1968, todos los que estaban decepcionados del consenso liberal se volvieron
en contra de la ideología liberal-socialista en nombre del anarquismo y/o el maoísmo.
En 1989 todos los que estaban decepcionados del consenso liberal se volvieron en
contra de los máximos exponentes de la ideología liberal-socialista, los regímenes de
estilo soviético, en nombre del mercado libre. En ninguno de esos casos se podía
tomar en serio la alternativa propuesta. La alternativa de 1968 se reveló insensata en
poco tiempo, y la alternativa de 1989 está en proceso de hacer lo mismo. Pero entre
1968 y 1989 el consenso liberal, y la esperanza que ofrecía de un mejoramiento
gradual de la suerte de las clases trabajadoras del mundo, fueron fatalmente minados.
Y una vez minados no puede haber domesticación de esas clases trabajadoras.
El verdadero significado de la caída de los comunismos es el derrumbe final del
liberalismo como ideología hegemónica. Los últimos que creyeron seriamente en la
promesa del liberalismo fueron los partidos comunistas a la antigua del ex bloque
comunista. Sin ellos que continúen defendiendo la promesa, las capas dominantes del
mundo han perdido toda posibilidad de controlar a las clases trabajadoras del mundo
a no ser por la fuerza. El consentimiento se ha desvanecido; y el consentimiento se ha
desvanecido porque el soborno se ha desvanecido. Pero la fuerza sola, como sabemos
por lo menos desde Maquiavelo, no permite a las estructuras políticas sobrevivir
mucho tiempo.

II
Llegamos así al significado de la crisis del golfo Pérsico, el inicio de la nueva era. En
esta era, la fuerza está llegando a ser la única arma efectiva de las fuerzas
dominantes. La guerra del golfo Pérsico, a diferencia de todos los demás
enfrentamientos Norte-Sur en el siglo XX, fue un ejercicio de pura realpolitik. Así la
inició Saddam Hussein, y Estados Unidos y la coalición que organizó respondieron
del mismo modo.

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Desde luego, la realpolitik no estaba ausente de los conflictos anteriores. Informó
tanto el Congreso de Bakú como la entrada del Partido Comunista chino en Shanghai
en 1949. Fue un elemento integrante de la Declaración de Bandung de 1955, de la
guerra de Vietnam y del enfrentamiento cubano de 1962. Siempre fue parte integrante
de la estrategia de los movimientos antisistémicos —recuérdese la máxima de Mao:
“el poder político surge de la boca de un fusil”—, pero la fuerza siempre fue algo
adjunto respecto a los motivos organizadores centrales de la ideología antisistémica.
El Sur, las zonas periféricas, las clases trabajadoras del mundo libraban sus batallas
bajo la bandera de una ideología de transformación y esperanza, una ideología en la
que había un claro llamado al poder popular.
Hemos venido argumentando que las formas que adoptó esa lucha ideológica de
los movimientos antisistémicos del mundo eran menos militantes de lo que parecían o
afirmaban ser. Hemos dicho que en realidad las fuerzas antisistémicas del mundo
habían venido persiguiendo, en buena parte sin saberlo, el objetivo ideológico liberal
de homogeneizar la integración al sistema. Pero al hacerlo por lo menos ofrecían
esperanza, incluso una esperanza exagerada, e invitaban a adherirse a su causa con
base en esas esperanzas y promesas. Cuando por fin se vio que las promesas no se
cumplían se produjo primero una insurrección fundamental (1968) y después la ira de
la desilusión (1989). Tanto la insurrección como la desilusión se dirigían más contra
los presuntamente antisistémicos liberal-socialistas que contra los liberales de pura
cepa. Pero eso no importaba, porque el liberalismo había alcanzado sus objetivos por
medio de esos liberal-socialistas (y ciertamente también de los liberal-conservadores)
y nunca había sido capaz de ser eficaz solo.
Saddam Hussein aprendió la lección de esa caída de la caparazón liberal:
concluyó que el “desarrollo nacional” era un señuelo y una imposibilidad incluso
para los estados petroleros ricos como Irak, y decidió que la única manera de
modificar la jerarquía de poder del mundo era mediante la construcción de grandes
potencias militares en el Sur. Se vio a sí mismo como el Bismarck de un eventual
estado panárabe. La invasión de Kuwait sería el primer paso de ese proceso, y tendría
como beneficio marginal la solución inmediata de la crisis de la deuda de Irak
(eliminación de uno de los principales acreedores más la ganancia del capital robado).
Si fue un ejercicio de pura realpolitik, debemos examinar los cálculos. ¿Cómo
debe haber evaluado Saddam Hussein sus riesgos y por consiguiente sus
posibilidades de éxito? No creo que se haya equivocado, más bien creo que razonó de
la siguiente manera: Irak tenía cincuenta por ciento de posibilidades de ganar a corto
plazo (si Estados Unidos vacilaba en responder), pero si Irak actuaba, Estados Unidos
se encontraría en una situación en la que no podía ganar, en la que tenía cien por
ciento de posibilidades de perder a mediano plazo. Para un jugador de realpolitik eran
buenos momios.
Saddam Hussein perdió su apuesta a corto plazo en que tenía cincuenta por ciento
de posibilidades. Estados Unidos reaccionó empleando su máxima fuerza militar y

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por supuesto resultó invencible. Irak, como país, salió de la guerra muy debilitado,
aunque menos de lo que Estados Unidos creyó que quedaría. Pero la situación
política en el Medio Oriente no ha cambiado fundamentalmente respecto a la de
1989, salvo en que la responsabilidad política de Estados Unidos ha aumentado
considerablemente sin que haya habido ningún aumento significativo de su capacidad
política de reducir las tensiones. Suceda lo que suceda a corto plazo, a mediano plazo
la erosión del papel político de Estados Unidos en el sistema mundial seguirá igual,
dada la continua erosión de la posición competitiva de Estados Unidos en el mercado
mundial frente a Japón y la Comunidad Europea.
La cuestión que está abierta para el largo plazo no es qué ocurrirá en el Norte,
porque es bastante fácil predecirlo. Cuando se produzca el próximo viraje hacia arriba
prolongado de la economía-mundo, los probables polos de fuerza serán dos: un eje
Japón-Estados Unidos, al que estará unida China, y un eje paneuropeo al que estará
unida Rusia. En la nueva expansión y en la nueva rivalidad entre las potencias
centrales cada polo se concentrará en desarrollar su principal zona semiperiférica (en
un caso China, en el otro Rusia), y el Sur en general quedará aún más marginado, con
excepción de algunos enclaves aquí y allá.
La consecuencia política de esa nueva expansión económica será un intenso
conflicto Norte-Sur. Pero si el Norte ha perdido el arma que le permitía controlar
ideológicamente la situación, ¿podrán las fuerzas antisistémicas —las del Sur y las de
otras partes que apoyan al Sur (es decir, en lenguaje antiguo, las clases trabajadoras
del mundo)— reinventar una dimensión ideológica de su lucha?
A medida que se agotaban los temas ideológicos de anteayer, los que encarnaban
en las doctrinas socialista y antimperialista han aparecido tres formas principales de
lucha. Cada una de ellas ha creado dificultades enormes para las capas dominantes
del sistema mundial. Ninguna parece plantear un desafío ideológico fundamental.
Una es lo que yo llamaría el desafío neobismarckiano, y un ejemplo de ella fue el
paso dado por Saddam Hussein. La segunda es el rechazo fundamental de la
Weltanschauung de la Ilustración, que vimos en las fuerzas encabezadas por el
ayatollah Jomeini. La tercera es la vía de los intentos individuales de movilidad
sociogeográfica, cuya principal expresión es la actual migración ilegal masiva del Sur
al Norte.
Hay dos cosas que destacan respecto a estas tres formas de lucha. Primero, todas
probablemente aumentarán muchas veces en los próximos cincuenta años y
consumirán nuestra atención política colectiva. Segundo, los intelectuales de
izquierda de todo el mundo han reaccionado ante esas tres formas de lucha en forma
sumamente ambigua. En la medida en que parecen estar dirigidas contra las capas
dominantes del sistema mundial y parecen causarles incomodidad, los intelectuales
de izquierda han querido apoyarlas. En la medida en que las tres carecen de contenido
ideológico, y por lo tanto son potencialmente reaccionarias antes que progresistas en
sus consecuencias políticas a mediano plazo, los intelectuales de izquierda han

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tomado distancia, incluso considerable distancia, de esas luchas.
La cuestión es qué opción tienen las fuerzas de izquierda. Si 1989 representa el
fin de una era cultural que se extendió de 1789 a 1989, ¿cuáles serán, cuáles pueden
ser los nuevos temas ideológicos de la era actual? Permítaseme sugerir un camino
posible para el análisis. Los temas de la modernidad, la era que acaba de terminar,
eran la virtud de la innovación y la normalidad del cambio político. Como hemos
tratado de demostrar, esos temas condujeron constante y lógicamente al triunfo del
liberalismo como ideología, es decir al triunfo de la estrategia política de la reforma
consciente y racional con la expectativa del perfeccionamiento inevitable del cuerpo
político. Pero como en el marco de una economía-mundo capitalista hay límites
integrados (aunque no reconocidos) al “perfeccionamiento” del cuerpo político, esa
ideología llegó a sus límites (en 1968 y en 1989) y ahora ha perdido su eficacia.
Estamos ahora en una nueva era, que yo describiría como una era de
desintegración de la economía-mundo capitalista. Todos los discursos acerca de la
creación de un “nuevo orden mundial” son puros gritos al viento que casi nadie cree,
y en todo caso tienen muy pocas probabilidades de realizarse.
¿Pero qué ideologías pueden existir si estamos enfrentados a la perspectiva de la
desintegración (distinta de la perspectiva de cambio progresivo normal)? El héroe del
liberalismo, el individuo, no tiene ningún papel significativo que desempeñar, porque
ningún individuo puede sobrevivir mucho tiempo en medio de una estructura que se
desintegra. Nuestra opción como individuos sólo puede ser formar grupos
suficientemente grandes para crear rincones de fuerza y de refugio. Por eso no es
casual que el tema de la “identidad grupal” haya llegado al primer plano en una
medida nunca antes conocida en el sistema mundial moderno.
Si los sujetos son grupos, en la práctica esos grupos son muchos en número y se
superponen en formas muy intrincadas. Todos somos miembros (incluso muy activos)
de numerosos grupos. Pero no basta con identificar el tema del grupo como sujeto. En
la era 1789-1989 tanto los conservadores como los socialistas intentaron, sin éxito,
establecer la primacía social de los grupos. Los conservadores buscaban la primacía
de ciertas agrupaciones tradicionales; los socialistas buscaban la primacía de la
colectividad (el pueblo) como grupo singular. Necesitamos, además, una ideología (es
decir, un programa político) basado en la primacía de los grupos como actores.
Me parece que no hay posibilidad de construir más que dos ideologías, aunque a
esta altura ninguna ha sido realmente construida del todo. Una puede proponer la
virtud y la legitimidad de los grupos de “supervivencia del más apto”. Oímos
anunciarse este tema en la nueva agresividad de los que proponen temas neorracistas,
que a menudo se disfrazan con ropajes meritocráticos en lugar del ropaje de la pureza
racial. Las nuevas propuestas ya no se basan necesariamente en viejos agrupamientos
estrechos (como las naciones o incluso los grupos definidos por el color de la piel),
sino más bien en el derecho de los fuertes (por muy ad hoc que sea su agrupación) a
guardarse su botín y protegerlo dentro de sus fortalezas.

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El problema con los impulsos neobismarckianos y antilustración en el Sur es que
eventualmente se inclinan a ponerse de acuerdo con sus compadres del Norte, y así se
convierten en nuevas fortalezas de los fuertes. Esto se ve claramente en la política del
Medio Oriente en los últimos quince años. Enfrentados a las amenazas representadas
por Jomeini, todos los sectores de las capas dominantes del mundo apoyaron y
fortalecieron a Saddam Hussein. Cuando Saddam Hussein trató de apoderarse de una
porción demasiado grande del botín, esas fuerzas se le volvieron en contra, y los
sucesores de Jomeini aprovecharon encantados la oportunidad de volver a unirse a la
jauría dominante. Esos cambios de alianzas tan fáciles dicen algo acerca de la política
de las capas dominantes (y la hipocresía de su proclamada preocupación por los
derechos humanos), pero también dicen algo acerca de Jomeini y su grupo, y
asimismo sobre el partido Baas encabezado por Saddam Hussein.
Si partimos de la primacía de los grupos en una era de desintegración, hay una
alternativa ideológica para la de los grupos de “supervivencia del más apto”. Es una
ideología que reconoce iguales derechos a todos los grupos para participar en un
sistema mundial reconstruido a la vez que reconoce la no exclusividad de los grupos.
La red de los grupos tiene entrecruzamientos muy complicados. Algunos negros, pero
no todos los negros, son mujeres; algunos musulmanes, pero no todos los
musulmanes, son negros; algunos intelectuales son musulmanes, y así hasta el
infinito. El espacio real para los grupos implica necesariamente espacio dentro de los
grupos. Todos los grupos representan identidades parciales. Las fronteras defensivas
entre grupos tienden a tener la consecuencia de crear jerarquías dentro de los grupos.
Y sin embargo sin algunas fronteras defensivas los grupos desde luego no pueden
existir.
Éste es entonces nuestro desafío: la creación de una nueva ideología de la
izquierda en un momento de desintegración del sistema histórico en que vivimos. No
es una tarea fácil ni una que pueda realizarse de la noche a la mañana. Llevó muchos,
muchos decenios construir las ideologías de la era posterior a 1789.
La apuesta es grande, porque cuando los sistemas se desintegran, eventualmente
algo los sustituye. Lo que hoy sabemos de las bifurcaciones sistémicas es que la
transformación puede ir en direcciones radicalmente divergentes porque un pequeño
input en ese punto puede tener grandes inputs (a diferencia de las eras de relativa
estabilidad como la que el sistema mundial moderno disfrutó desde alrededor de 1500
hasta ahora, en que grandes aportaciones tenían consecuencias limitadas). Podemos
salir de la transición del capitalismo histórico a alguna otra cosa, digamos alrededor
de 2050, con un nuevo sistema (o múltiples sistemas) altamente desigualitario(s) y
jerárquico(s), o bien con un sistema más bien igualitario y democrático: depende de
que los que prefieren este último resultado sean o no capaces de organizar una
estrategia significativa de cambio político.
Ahora podemos volvernos a la cuestión de quién excluye a quién. En la
economía-mundo capitalista el sistema operaba para excluir a la mayoría (de los

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beneficios) mediante la inclusión de toda la potencial fuerza de trabajo del mundo en
el sistema de trabajo, en una jerarquía vertical. Ese sistema de exclusión mediante la
inclusión se fortaleció infinitamente por la difusión en el siglo XIX de una ideología
liberal dominante que justificaba esa exclusión mediante la inclusión y que logró
incorporar a la tarea incluso a las fuerzas antisistémicas del mundo. Felizmente, ésa
era ha terminado.
Ahora tenemos que ver si podemos crear un sistema mundial muy diferente, un
sistema que incluya a todos en sus beneficios, y puede hacerlo por las mismas
exclusiones que implica la construcción de grupos conscientes que sin embargo
reconozcan su interrelación.
La formulación definitiva de una estrategia antisistémica clara para una era de
desintegración llevará por lo menos dos decenios. Todo lo que podemos hacer ahora
es proponer algunos elementos que podrían formar parte de esa estrategia; pero no
podemos estar seguros de cómo encajan entre sí todas las piezas, ni afirmar que la
lista esté completa.
Hay un elemento que seguramente debe ser una ruptura definitiva con la
estrategia del pasado de alcanzar la transformación social por la vía de la adquisición
del poder estatal. Se puede suponer que la autoridad gubernamental será útil, pero
casi nunca es transformadora. La asunción del poder estatal debería ser vista como
una táctica defensiva necesaria, que ha de ser empleada en circunstancias específicas
con el objeto de no dejárselo a las fuerzas represivas de la ultraderecha. Pero habría
que reconocer el poder estatal como la peor de las posibilidades, pues siempre
incluye el riesgo de la relegitimación del orden mundial existente. Esta ruptura con la
ideología liberal será sin duda el paso más difícil de dar para las fuerzas
antisistémicas, a pesar del derrumbe de la ideología liberal que hemos venido
analizando.
Semejante ruptura con la práctica anterior implica la total negativa a manejar las
dificultades del sistema. No corresponde a las fuerzas antisistémicas resolver los
dilemas políticos que las contradicciones cada vez más fuertes del sistema imponen a
las capas dominantes. La autoayuda de las fuerzas populares debe ser vista como algo
muy diferente de una negociación de reformas de la estructura; casi todas las fuerzas
antisistémicas, hasta las más militantes, fueron atraídas a esa trampa durante la era de
la ideología liberal.
Lo que las fuerzas antisistémicas deberían hacer en cambio es concentrarse en la
expansión de grupos sociales reales de todo tipo a todo nivel de la comunidad, y su
agrupamiento (y reagrupamiento) en niveles más altos en forma no unificada. El error
fundamental de las fuerzas antisistémicas en la era anterior fue creer que la estructura
era más eficaz cuanto más unificada. Desde luego esa política era lógica, y
aparentemente fructífera, en vista de una estrategia que daba la prioridad a la toma
del poder. Esa política fue también lo que transformó la ideología socialista en
liberal-socialista. El centralismo democrático es exactamente lo opuesto de lo que

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hace falta. La base de la solidaridad de los múltiples grupos reales en niveles altos
(estado, religión, mundo) debe ser más sutil, más flexible y más orgánica. La familia
de las fuerzas antisistémicas debe moverse a muchas velocidades en una constante
reformulación de sus prioridades tácticas.
Una familia coherente y no unificada de ese tipo sólo puede ser posible si cada
uno de los grupos que la forman es en sí una estructura compleja e internamente
democrática. Y esto a su vez sólo es posible si en el nivel colectivo reconocemos que
no hay prioridades estratégicas en la lucha. Un conjunto de derechos para un grupo
no es más importante que otro conjunto de derechos para otro grupo. El debate sobre
las prioridades debilita, desvía y lleva de vuelta al engañoso sendero de los grupos
unificados y por último fundidos en un solo movimiento unificado. La batalla por la
transformación sólo se puede librar en muchos frentes al mismo tiempo.
Una estrategia de múltiples frentes por múltiples grupos, cada uno dé ellos
complejo e internamente democrático, tendrá a su disposición un arma táctica que
podría ser abrumadora para los defensores del statu quo; consiste en tomar
literalmente la vieja ideología liberal y exigir su cumplimiento universal. Por
ejemplo, frente a la migración ilegal masiva del Sur hacia el Norte, ¿no sería la
táctica apropiada exigir el cumplimiento del principio de la libertad de mercado:
fronteras abiertas para todo el que quiera entrar? Enfrentados a una demanda de ese
tipo, los ideólogos liberales tendrían que desistir de sus hipocresías sobre los
derechos humanos y admitir que en realidad no se referían a la libertad de emigración
porque no quieren la libertad de inmigración.
Del mismo modo, en todos los frentes se puede presionar por aumentar la
democratización de la toma de decisiones y la eliminación de todos los bolsones de
privilegio informal y no reconocido. Estoy hablando de la táctica de sobrecargar el
sistema por la vía de tomar sus pretensiones y sus afirmaciones mucho más en serio
de lo que quieren las fuerzas dominantes. Esto es exactamente lo opuesto de la táctica
de resolver las dificultades del sistema.
¿Será suficiente? Es difícil saberlo, y posiblemente no, por sí solo. Pero empujará
cada vez más a las fuerzas dominantes a arrinconarse políticamente y por lo tanto a
emplear contratácticas cada vez más desesperadas. Con todo, el resultado seguirá
siendo incierto, a menos que las fuerzas antisistémicas logren desarrollar su
utopística, es decir, la reflexión y el debate acerca de los reales dilemas del orden
democrático e igualitario que desean construir. En este último periodo la utopística
era mal vista como una distracción de la prioridad de tomar el poder estatal y después
desarrollar la nación. El resultado de eso ha sido un movimiento basado en la ilusión
romántica, y por lo tanto sujeto a la desilusión y la ira. La utopística no es un
conjunto de sueños utópicos sino la sobria anticipación de las dificultades y la abierta
imaginación de estructuras institucionales alternativas. Se ha pensado que la
utopística conducía a la división. Pero si las fuerzas antisistémicas han de ser no
unificadas y complejas, las visiones alternativas de posibles futuros son parte del

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proceso.
El año 1989 representó el fin de una era agonizante. La presunta derrota de las
fuerzas antisistémicas fue en realidad una gran liberación. Eliminó la justificación
liberal-socialista de la economía-mundo capitalista y por lo tanto representó el
colapso de la ideología liberal dominante.
La nueva era en que hemos entrado es sin embargo aún más traicionera. Estamos
navegando por mares de los que no hay mapa. Sabemos más sobre los errores del
pasado que sobre los peligros del futuro próximo. Hará falta un enorme esfuerzo
colectivo para desarrollar una estrategia de transformación lúcida. Mientras tanto la
desintegración del sistema continúa, y los defensores de la jerarquía y el privilegio no
pierden tiempo en su búsqueda de soluciones y resultados que cambien todo para que
nada cambie (recuérdese que Lampedusa decía eso como juicio sobre la revolución
de Garibaldi).
No hay motivo para el optimismo ni para el pesimismo. Todo es posible, pero
todo es incierto. Tenemos que impensar[61] nuestras viejas estrategias. Tenemos que
impensar nuestros viejos análisis. Estaban todos demasiado marcados por la ideología
dominante de la economía-mundo capitalista. No hay duda de que debemos hacerlo
como intelectuales orgánicos, pero como intelectuales orgánicos de una familia
mundial no unificada de múltiples grupos, cada uno con su propia estructura
compleja.

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14. LAS AGONÍAS DEL LIBERALISMO. ¿QUÉ
ESPERAR DEL PROGRESO?[62]
Nos encontramos en un aniversario triple: el vigésimo quinto aniversario de la
fundación de la Universidad Kyoto Seika en 1968; el vigésimo quinto aniversario de
la revolución mundial de 1968, y el cincuenta y dos aniversario del día preciso (al
menos en el calendario estadunidense) del bombardeo de Pearl Harbor por la flota
japonesa. Permítaseme empezar por observar lo que creo que representa cada uno de
esos aniversarios.
La fundación de la Universidad Kyoto Seika es símbolo de un proceso de la
mayor importancia en la historia de nuestro sistema mundial: la extraordinaria
expansión cuantitativa de las estructuras universitarias en los decenios de 1950 y
1960[63]. Ese periodo fue en cierto sentido la culminación de la promesa de la
Ilustración de progreso por medio de la educación. En sí fue algo excelente y por eso
lo celebramos hoy aquí. Pero, como tantas cosas excelentes, tiene sus complicaciones
y sus costos. Una complicación fue que la expansión de la educación superior
produjo grandes cantidades de egresados que insistían en obtener empleos y
remuneraciones acordes con su posición, y llegó a haber cierta dificultad para
responder a esa demanda, por lo menos tan rápida y completamente como se pedía.
El costo fue el costo social de proveer esa educación superior ampliada, que no era
sino una parte del costo de proveer bienestar en general para las capas medias
significativamente ampliadas del sistema mundial. Ese aumento de los costos del
bienestar social empezó a gravar seriamente la hacienda pública de los estados. En
1993 estamos hablando en todo el mundo de las crisis fiscales de los estados.
Esto nos lleva al segundo aniversario, el de la revolución mundial de 1968. En
casi todos los países (aunque no en todos) esa revolución se inició en las
universidades. Uno de los temas que sirvieron de yesca para encender el fuego fue sin
duda la súbita ansiedad de esos futuros egresados acerca de sus perspectivas de
conseguir empleo. Pero naturalmente ese factor estrechamente egoísta no fue uno de
los focos principales de la explosión revolucionaria; más bien fue un mero síntoma
del problema genérico, que era el contenido real de todo el conjunto de promesas
contenido en el escenario de progreso de la Ilustración, promesas que a primera vista
parecerían haberse cumplido en el periodo posterior a 1945.
Esto nos lleva al tercer aniversario, el del ataque a Pearl Harbor. Ese ataque fue lo
que impulsó a Estados Unidos a entrar formalmente en la segunda guerra mundial,
pero en realidad la guerra no fue principalmente entre Estados Unidos y Japón. Si me
permiten decirlo así, Japón fue un actor de segunda categoría en ese drama global, y
su ataque fue un acontecimiento menor en una lucha mucho más prolongada. Se
trataba fundamentalmente de una guerra entre Estados Unidos y Alemania, que de
hecho duraba continuamente desde 1914: era una “guerra de treinta años” entre los

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dos principales competidores por la sucesión de Gran Bretaña como potencia
hegemónica en el sistema mundial. Como sabemos la guerra la ganaría Estados
Unidos, que se convertiría en potencia hegemónica y como tal presidiría ese aparente
triunfo mundial de las promesas de la Ilustración.
Por lo tanto voy a organizar mis observaciones en términos de este conjunto de
temas, que de hecho señalamos con estos aniversarios. Examinaré primero la era de
esperanza y lucha por los ideales de la Ilustración, de 1789 a 1945, y a continuación
intentaré analizar la era de la realización, pero realización falsa, de las esperanzas de
la Ilustración, de 1945 a 1989. En tercer lugar me ocuparé de nuestra época, el
“periodo negro” que se inició en 1989 y continuará posiblemente hasta medio siglo.
Por último hablaré de las opciones que se abren ante nosotros, ahora y también en el
futuro próximo.
La primera gran expresión política de la Ilustración, con todas sus ambigüedades,
fue desde luego la Revolución francesa. Que fue la Revolución francesa ha llegado a
ser una de las grandes ambigüedades de nuestra época. La celebración del
bicentenario en 1989 en Francia fue ocasión de un intento muy importante de sustituir
la “interpretación social” —que por mucho tiempo predominó y ahora se afirma que
está obsoleta— por una nueva interpretación de la Revolución[64].
La Revolución francesa en sí fue el punto final de un largo proceso, no sólo en
Francia sino en toda la economía-mundo capitalista como sistema histórico. Porque
para 1789 buena parte del planeta llevaba tres siglos de estar dentro de ese sistema
histórico. Y en esos tres siglos se habían establecido y consolidado la mayoría de sus
instituciones clave: la división central del trabajo, con una significativa transferencia
de plusvalía de las zonas periféricas a las zonas centrales; la primacía de
remuneración a los que operan en interés de la acumulación de capital incesante; el
sistema interestatal formado por estados supuestamente soberanos, que sin embargo
están limitados por el marco y las “reglas” de ese sistema interestatal, y la creciente
polarización de ese sistema mundial, polarización que era no sólo económica sino
también social y estaba a punto de volverse demográfica además.
Lo que todavía le faltaba a ese sistema mundial del capitalismo histórico, sin
embargo, era una geocultura legitimadora. Las doctrinas básicas ya estaban siendo
elaboradas por los teóricos de la Ilustración en el siglo XVIII (y en realidad desde
antes), pero sólo serían socialmente institucionalizadas con la Revolución francesa.
Porque lo que hizo la Revolución francesa fue desencadenar el apoyo público e
incluso el clamor público por la aceptación de dos visiones del mundo nuevas: el
cambio político era normal y no excepcional; la soberanía residía en el “pueblo” y no
en un soberano. En 1815 Napoleón, heredero y protagonista mundial de la
Revolución francesa, fue derrotado, y hubo una presunta “Restauración” en Francia
(y en todos los sitios donde se había desplazado a algún Ancien Régime). Pero en
realidad la Restauración no eliminó, no pudo eliminar, la amplia aceptación de esas
visiones del mundo. Para enfrentar esa situación nueva nació la trinidad de las

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ideologías del siglo XIX —conservadurismo, liberalismo y socialismo—, que aportó
el lenguaje de los debates políticos subsecuentes dentro de la economía-mundo
capitalista.
Pero de esas tres ideologías la que salió triunfante fue el liberalismo, ya desde lo
que puede considerarse como la primera revolución mundial de ese sistema, la
revolución de 1848[65]. Porque el liberalismo fue el que mejor logró ofrecer una
geocultura viable para la economía-mundo capitalista, una geocultura que legitimara
las demás instituciones tanto a los ojos de los cuadros del sistema como —y en
medida significativa— a los ojos de la masa de las poblaciones, la llamada gente
común.
Una vez que la gente llegó al punto de pensar que el cambio político era normal y
que en principio eran ellos el soberano (es decir el que decidía sobre el cambio
político), todo era posible. Y ése era, desde luego, el problema que enfrentaban los
que tenían el poder y los privilegios en el marco de la economía-mundo capitalista.
En cierta medida el foco inmediato de sus temores era el pequeño pero creciente
grupo de trabajadores industriales urbanos. Pero, como demostró ampliamente la
Revolución francesa, los trabajadores rurales no industriales podían ser igualmente
revoltosos y temibles desde el punto de vista de los poderosos y privilegiados. ¿Cómo
impedir que esas “clases peligrosas” se tomaran demasiado en serio esas normas y
llegaran a interferir en el proceso de acumulación de capital, minando las estructuras
básicas del sistema? Ése era el dilema político que se le planteó agudamente a las
clases dominantes en la primera mitad del siglo XIX.
Una respuesta obvia era la represión. Y se recurrió ampliamente a la represión.
Pero la lección de la revolución de 1848 fue que la simple represión, por último, no
era muy eficaz; provocaba a las clases peligrosas, irritando aún más los ánimos en
lugar de apaciguarlos. Se llegó a comprender que la represión, para ser eficaz, tenía
que combinarse con concesiones. Por otra parte, los aspirantes a revolucionarios de la
primera mitad del siglo XIX también aprendieron una lección. Las insurrecciones
espontáneas tampoco eran muy eficaces, porque sofocarlas era más o menos fácil. Si
habían de acelerar el cambio significativo tendrían que combinar las amenazas de
insurrección popular con la organización política consciente y a largo plazo.
En realidad, el liberalismo se propuso como solución inmediata a las dificultades
políticas tanto de la derecha como de la izquierda. A la derecha le recomendaba las
concesiones; a la izquierda la organización política. A las dos les recomendaba
paciencia: a la larga se ganaría más (todos ganarían más) siguiendo un camino
intermedio. El liberalismo era el centrismo encarnado, y su sirena era muy atractiva.
Porque no predicaba sólo un centrismo meramente pasivo, sino una estrategia activa.
Los liberales ponían su fe en una premisa clave del pensamiento de la Ilustración: el
pensamiento y la acción racionales eran el camino de la salvación, o sea del progreso.
Los hombres (raras veces fue una cuestión de incluir a las mujeres) eran naturalmente
racionales, potencialmente racionales, por último, racionales.

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De ahí se seguía que el “cambio político normal” debía seguir el camino indicado
por los más racionales, es decir los más educados, los más calificados y en
consecuencia los más sabios. Esos hombres podían señalar los mejores caminos de
cambio político a seguir, es decir, podían indicar las reformas que era necesario
emprender y realizar. El reformismo racional era el concepto organizador del
liberalismo, que por lo tanto dictaba la posición aparentemente variable de los
liberales acerca de la relación del individuo con el estado. Los liberales podían
sostener al mismo tiempo por un lado que el individuo no debía ser limitado por
dictados del estado (colectivos) y por el otro que la acción estatal era necesaria para
minimizar las injusticias contra el individuo. Era lo que les permitía estar en favor del
laissez-faire y de las Factory Laws simultáneamente. Porque para los liberales lo
importante no era el laissez-faire ni las Factory Laws en sí, sino el proceso medido y
deliberado hacia la buena sociedad, y la mejor o quizás la única manera de alcanzarla
era por la vía del reformismo racional.
En la práctica la doctrina del reformismo racional resultó ser enormemente
atractiva. Parecía responder a las necesidades de todos. Para los de inclinaciones
conservadoras parecía ser la manera de apaciguar los impulsos revolucionarios de las
clases peligrosas: un poco de derecho al sufragio por aquí, un poquito de provisión de
estado de bienestar por allá, más un poco de unificación de las clases bajo una
identidad nacionalista común; para fines del siglo XIX todo esto daba como resultado
una fórmula para calmar a las clases trabajadoras y a la vez mantener los elementos
esenciales del sistema capitalista. Los poderosos y privilegiados no perdían nada de
importancia fundamental para ellos y podían dormir más tranquilos por la noche (con
menos revolucionarios junto a sus ventanas).
Para aquellos de tendencia más radical, el reformismo racional parecía ofrecer
una casa útil a mitad del camino. Proponía algunos cambios aquí y ahora, sin eliminar
nunca la esperanza y la expectativa de un cambio más fundamental más adelante.
Sobre todo, ofrecía algo a los hombres durante su vida. Y entonces esos hombres
podían dormir más tranquilos por la noche (con menos policías junto a sus ventanas).
No es mi intención minimizar ciento cincuenta años de lucha política continua, en
parte violenta, en gran parte apasionada, en su mayor parte de importantes
consecuencias y casi siempre seria. Pero sí quiero poner esa lucha en perspectiva. En
último análisis esa lucha se libró de acuerdo con reglas establecidas por la ideología
liberal. Cuando surgieron los fascistas, que rechazaban fundamentalmente esas
reglas, fueron derrotados y eliminados; sin duda con dificultad, pero fueron
derrotados.
Hay una cosa más que debemos decir sobre el liberalismo. Hemos afirmado que
no era fundamentalmente antiestatista, porque su principal prioridad era el
reformismo racional. Pero si bien no era antiestatista, el liberalismo era
fundamentalmente antidemocrático. El liberalismo siempre fue una doctrina
aristocrática; predicaba “el gobierno de los mejores”. Claro que los liberales no

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definían a “los mejores” principalmente por su nacimiento, sino más bien por su
educación; los mejores no eran ya una nobleza hereditaria sino los beneficiarios de la
meritocracia. Pero siempre eran un grupo menor que el total. Los liberales querían el
gobierno de los mejores —aristocracia— precisamente para evitar el gobierno de
todos —la democracia. La democracia era el objetivo de los radicales, no de los
liberales; o por lo menos era el objetivo de quienes eran verdaderamente radicales,
verdaderamente antisistémicos. El liberalismo fue propuesto como ideología
justamente para impedir que ese grupo llegara a prevalecer. Y cuando los liberales se
dirigían a los conservadores que se resistían a las reformas propuestas, los liberales
siempre afirmaban que sólo el reformismo racional podía impedir la llegada de la
democracia, argumento que por último todos los conservadores inteligentes
terminaban por escuchar con simpatía.
Finalmente debemos señalar una diferencia importante entre la segunda mitad del
siglo XIX y la primera mitad del XX. En la segunda mitad del siglo XIX los principales
protagonistas de las demandas de las clases peligrosas eran todavía las clases
trabajadoras urbanas de Europa y Estados Unidos. En esa época el programa liberal
funcionaba magníficamente: se les ofrecía el sufragio universal (para los hombres), el
comienzo de un estado de bienestar y la identidad nacional. ¿Pero identidad nacional
contra quién?, contra sus vecinos, seguramente; pero más importante y
profundamente, contra el mundo no blanco. El imperialismo y el racismo eran parte
del paquete que los liberales ofrecían a clases trabajadoras de Europa y Estados
Unidos bajo el título de “reformismo racional”.
Pero mientras tanto las “clases peligrosas” del mundo no-europeo se estaban
agitando políticamente: de México a Afganistán, de Egipto a China, de Persia a la
India. Cuando Japón derrotó a Rusia en 1905, el hecho fue considerado en toda esa
zona como el comienzo de la “inversión” de la expansión europea. Era una
advertencia clara y fuerte a los “liberales”, que por supuesto eran principalmente
europeos y estadunidenses, de que el “cambio político normal” y la “soberanía” ya
eran reclamos que hacían todos los pueblos del mundo y no sólo las clases
trabajadoras de Europa y Estados Unidos.
Por lo tanto los liberales dedicaron su atención a extender el concepto de
reformismo racional al sistema mundial en su conjunto. Ése era el mensaje de
Woodrow Wilson, con su insistencia en la “autodeterminación de los pueblos”,
doctrina que era el equivalente global del sufragio universal. Ése era el mensaje de
Franklin Roosevelt y las “cuatro libertades” proclamadas como objetivo de la guerra
durante la segunda guerra mundial y después traducidas por el presidente Truman
como “Punto Cuatro”, el disparo inicial del proyecto posterior a 1945 del “desarrollo
económico de los países subdesarrollados”, doctrina que era el equivalente global del
estado de bienestar[66].
Pero una vez más los objetivos del liberalismo y la democracia estaban en
conflicto. En el siglo XIX el proclamado universalismo del liberalismo se había hecho

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compatible con el racismo “externalizando” los objetos del racismo (es decir,
colocándolos fuera de las fronteras de la “nación”) a la vez que se “internalizaban”
los beneficiarios de facto de los ideales universales, la “ciudadanía”. La cuestión era
si el liberalismo global del siglo XX podía tener tanto éxito en la contención de las
“clases peligrosas” de lo que después se llamaría el tercer mundo o el Sur como había
tenido el liberalismo a escala nacional en Europa y Estados Unidos en la contención
de las “clases peligrosas” nacionales. Pero naturalmente el problema era que en el
nivel mundial no había para dónde “externalizar” el racismo. Las contradicciones del
liberalismo estaban alcanzándolo.
Pero en 1945 eso estaba lejos de ser evidente. La victoria de los Aliados sobre las
potencias del Eje parecía ser el triunfo del liberalismo global (en alianza con la URSS)
sobre el desafío fascista. El hecho de que el último acto de la guerra había sido la
explosión de dos bombas atómicas estadunidenses sobre la única potencia no blanca
del Eje, Japón, casi no se mencionaba en Estados Unidos (ni en Europa), porque
quizás reflejaba alguna contradicción del liberalismo. Por supuesto, en Japón la
reacción no era la misma. Pero Japón había perdido la guerra, y a esa altura su voz no
se tomaba en serio.
Estados Unidos era ya de lejos y con mucho la mayor fuerza económica de la
economía-mundo. Y con la bomba atómica era la mayor fuerza militar, a pesar de las
dimensiones de las fuerzas armadas soviéticas. En cinco años lograría reorganizar
políticamente el sistema mundial por medio de un programa cuádruple: a] un arreglo
con la URSS que aseguraba a esta última el control de una parte del mundo a cambio
de quedarse en su parte (no retóricamente desde luego, sino en términos de política
real); b] un sistema de alianzas con Europa occidental y Japón, que servía a objetivos
económicos, políticos y retóricos además de militares; c] un programa modulado y
moderado para llegar a la “descolonización” de los imperios coloniales; d] un
programa de integración interna dentro de Estados Unidos, ampliando las categorías
de la “ciudadanía” real y sellándolas con una ideología unificadora de
anticomunismo.
Ese programa funcionó, y funcionó notablemente bien, por cerca de veinticinco
años, es decir, precisamente hasta nuestro punto de inflexión de 1968. ¿Cómo
evaluaremos, entonces, esos años extraordinarios entre 1945 y 1968? ¿Fueron un
periodo de progreso y triunfo de los valores liberales? La respuesta debe ser:
ciertamente sí, y también ciertamente no. El indicador más obvio del “progreso” era
material. La expansión económica de la economía-mundo fue extraordinaria, la
mayor en la historia del sistema capitalista. Y aparentemente ocurrió en todas partes:
el Este y el Oeste, el Norte y el Sur. Claro que los beneficios fueron mayores en el
Norte que en el Sur, y en la mayoría de los casos las brechas (tanto absolutas como
relativas) aumentaron[67]. Pero como en la mayoría de los lugares había crecimiento
real y altos índices de empleo, la era tenía un resplandor color de rosa. Especialmente
porque paralelamente al crecimiento aumentaron mucho los gastos en bienestar,

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como ya se ha dicho, en particular los gastos en educación y salud.
Segundo, de nuevo había paz en Europa. En Europa pero no, por supuesto, en
Asia, donde se libraron dos largas y agotadoras guerras en Corea y en Indochina. Y
tampoco en muchas otras partes del mundo no europeo. Pero el conflicto de Corea no
fue igual al de Vietnam. Más bien el conflicto de Corea debe ser visto junto con el
bloqueo de Berlín, puesto que en efecto ambos ocurrieron más o menos al mismo
tiempo. Alemania y Corea fueron los dos grandes repartos de 1945: la mitad de cada
uno quedó en la esfera militar y política de Estados Unidos y la otra en la de la URSS.
En el espíritu de Yalta, se suponía que las líneas divisorias debían quedar intactas,
cualesquiera que fueran los sentimientos nacionalistas (e ideológicos) de los
alemanes y los coreanos al respecto.
Entre 1949 y 1952 la firmeza de esas líneas fue puesta a prueba. Y después de
mucha tensión (y una enorme pérdida de vidas en el caso de Corea) el resultado fue
efectivamente el mantenimiento del statu quo, más o menos. El segundo resultado de
esos dos conflictos fue la mayor integración social de los dos campos,
institucionalizada por el establecimiento de fuertes sistemas de alianzas: la OTAN y el
Pacto de Defensa entre Japón y Estados Unidos por un lado, el Pacto de Varsovia y
los acuerdos entre soviéticos y chinos por el otro. Además los dos conflictos
funcionaron como estímulos directos de una gran expansión de la economía-mundo,
ricamente alimentada como estaba por los gastos militares. Dos importantes
beneficiarios inmediatos de esa expansión fueron la recuperación de Europa y el
crecimiento de Japón.
La guerra de Vietnam fue de tipo bastante distinto de la de Corea. Vietnam era el
sitio emblemático (aunque estaba lejos de ser el único) de la lucha de los
movimientos de liberación nacional en todo el mundo no europeo. La guerra de
Corea y el bloqueo de Berlín formaban parte del régimen de la guerra fría, mientras
que la guerra de Vietnam (igual que la de Argelia y muchas otras) era una protesta
contra las constricciones y la estructura de ese régimen de la guerra fría. Por lo tanto,
en ese sentido elemental e inmediato eran producto de movimientos antisistémicos.
Eso era algo muy distinto de las luchas en Alemania y Corea, donde los dos lados
nunca estaban en paz, sino apenas en tregua: es decir, para cada uno la paz era sólo a
falta de algo mejor. Pero las guerras de liberación nacional, por el contrario, eran
unilaterales. Ninguno de los movimientos de liberación nacional quería una guerra
con Europa/Estados Unidos; lo que querían era que los dejaran en paz para seguir su
camino. Era Europa/Estados Unidos el que no quería dejarlos en paz, hasta que
eventualmente se vio obligado a hacerlo. Así, los movimientos de liberación nacional
protestaban contra el poderoso, pero lo hacían en nombre del cumplimiento del
programa liberal de autodeterminación de los pueblos y desarrollo económico de los
países subdesarrollados.
Esto nos lleva a la tercera gran realización de esos años extraordinarios,
1945-1968: el triunfo mundial de las fuerzas antisistémicas. Sólo aparentemente es

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una paradoja que el propio momento del apogeo de la hegemonía de Estados Unidos
en el sistema mundial y la legitimación global de la ideología liberal haya sido
también el momento en que llegaron al poder todos los movimientos cuyas
estructuras y estrategias se habían formado en el periodo 1848-1945 como
movimientos antisistémicos. La llamada vieja izquierda en sus tres variantes
históricas —comunistas, socialdemócratas y movimientos de liberación nacional—
alcanzó el poder estatal, cada variante en una zona geográfica diferente. Los partidos
comunistas estaban en el poder desde el río Elba hasta el Yalu, cubriendo un tercio
del mundo. Los movimientos de liberación nacional estaban en el poder en la mayor
parte de Asia, África y el Caribe (y sus equivalentes en buena parte de América
Latina y el Medio Oriente). Y los movimientos socialdemócratas (o sus equivalentes)
habían llegado al poder, por lo menos a alternar en el poder, en la mayor parte de
Europa occidental, Norteamérica y la región de Australasia. Japón era quizás la única
excepción de importancia a ese triunfo global de la vieja izquierda.
¿Era una paradoja? ¿Era resultado del juggernaut del progreso social, el triunfo
inevitable de las fuerzas populares? ¿O era una cooptación masiva de las fuerzas
populares? ¿Es posible distinguir intelectual y políticamente entre esas dos
proposiciones? Ésas eran las preguntas que en el decenio de 1960 empezaban a
provocar incomodidad. La expansión económica, con sus claros beneficios para el
nivel de vida en todo el mundo, su relativa paz en grandes zonas del mundo y el
aparente triunfo de los movimientos populares, todo se prestaba a evaluaciones
positivas y optimistas de los procesos mundiales, pero examinando más de cerca la
situación real se veían elementos negativos considerables.
El régimen de la guerra fría no era un régimen de expansión de la libertad humana
sino de gran represión interna en todos los estados, justificada por la presunta
seriedad de las muy coreografiadas tensiones geopolíticas. El mundo comunista tenía
procesos y purgas, gulags y cortinas de hierro. El tercer mundo tenía regímenes de
partido único y disidentes presos o exiliados. Y el macarthismo (y sus equivalentes en
los demás países de la OCDE), aunque no tan abiertamente brutal, era igualmente
efectivo para imponer la conformidad y arruinar carreras en caso de necesidad. En
todas partes el discurso público sólo se permitía dentro de parámetros claramente
delimitados.
Además, en términos materiales, el régimen de la guerra fría era un régimen de
creciente desigualdad, tanto en lo internacional como en lo nacional. Los
movimientos antisistémicos solían protestar contra la desigualdad pero no vacilaban
en crear nuevas desigualdades. Las nomenklaturas de los regímenes comunistas
tenían sus paralelos en el tercer mundo y en los regímenes socialdemócratas de los
países de la OCDE.
Además, estaba bastante claro que esas desigualdades no se distribuían al azar.
Estaban correlacionadas con el grupo de estatus (que podía estar codificado como
raza, religión o etnicidad), y esa correlación regía tanto en escala mundial como

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dentro de cada estado. Y desde luego estaban correlacionadas con el género y el
grupo de edad, así como con otra serie de características sociales. En suma, había
grupos excluidos, muchos, grupos que en conjunto incluían más de la mitad de la
población del mundo.
Era pues la realización de antiguas esperanzas en los años entre 1945 y 1968,
esperanzas que llegaron a ser consideradas como falsamente realizadas, lo que
subyace y explica la revolución mundial de 1968. Esa revolución se dirigía ante todo
contra todo el sistema histórico: contra Estados Unidos como potencia hegemónica de
ese sistema, contra las estructuras económicas y militares que constituían los pilares
de ese sistema. Pero la revolución se dirigía igualmente, si no más, contra la vieja
izquierda: contra los movimientos antisistémicos que eran considerados
insuficientemente antisistémicos; contra la URSS como socio coludido con su
ostensible enemigo ideológico, Estados Unidos; contra los sindicatos y demás
organizaciones de trabajadores que eran vistos como estrechamente economicistas,
defendiendo sobre todo los intereses de grupos de estatus particulares.
Mientras tanto, los defensores de las estructuras existentes estaban denunciando
lo que consideraban como el antirracionalismo de los revolucionarios de 1968. Pero
en realidad la ideología liberal se había colgado con su propia soga. Llevaba más de
un siglo predicando que la función de las ciencias sociales era hacer avanzar las
fronteras del análisis racional (como requisito indispensable para el reformismo
racional), y había tenido demasiado éxito. Como señala Fredric Jameson:

Buena parte de la teoría o filosofía contemporánea […] ha incluido una


expansión prodigiosa de lo que consideramos comportamiento racional o
sensato. Tengo la sensación de que, especialmente después de la difusión del
psicoanálisis pero también de la gradual evaporación de la “otredad” en un
planeta que se va achicando y en una sociedad permeada por los medios de
comunicación masivos, queda muy poco que pueda considerarse “irracional”
en el viejo sentido de “incomprensible”. Si un concepto de Razón tan
enormemente expandido tiene todavía algún valor normativo […] en una
situación en que su opuesto, lo irracional, se ha encogido prácticamente hasta
desaparecer, es otro asunto interesante[68].

Porque si todo se había vuelto racional, ¿qué legitimación especial quedaba ya en


los paradigmas particulares de la ciencia social del establishment? ¿Qué mérito
especial había en los programas políticos específicos de la élite dominante? Y lo más
devastador de todo: ¿qué capacidad especial podían ofrecer los especialistas que no
tuvieran las personas comunes, qué tenían los grupos dominantes que no tuvieran los
grupos oprimidos? Los revolucionarios de 1968 descubrieron esa falla lógica en la
armadura defensiva de los ideólogos liberales (y en su variante no muy distinta, la

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ideología marxista oficial) y se lanzaron a la brecha.
Como movimiento político, la revolución mundial de 1968 no fue sino una
llamarada. Elevó una llama feroz y después (en unos tres años) se extinguió. Sus
brasas —en forma de múltiples sectas seudomaoístas rivales— perduraron otros
cinco o diez años, pero para fines de los setenta todos esos grupos se habían
convertido en notas de pie de página en el libro de la historia. Sin embargo 1968 tuvo
un impacto geocultural decisivo, porque la revolución mundial de 1968 marcó el fin
de una era, la era de la centralidad automática del liberalismo, no sólo como ideología
dominante en el mundo sino como la única que podía afirmar ser inflexiblemente
racional y por lo tanto científicamente legítima. La revolución mundial de 1968
devolvió el liberalismo a lo que había sido en el periodo 1815-1848, simplemente una
estrategia política entre otras. En ese sentido, tanto el conservadurismo como el
radicalismo/socialismo quedaron libres del campo de fuerza magnético que los había
tenido sujetos de 1848 a 1968.
El proceso de desplazar al liberalismo de su papel como norma geocultural al de
mero competidor en el mercado global de las ideas se completó en los dos decenios
siguientes a 1968. El resplandor material del periodo 1945-1968 desapareció durante
el largo viraje hacia abajo, la fase B de Kondratieff que siguió. Esto no significa que
todos haya sufrido igual. Los países del tercer mundo sufrieron primero y más. La
elevación de los precios del petróleo por la OPEP fue un primer modo de tratar de
limitar los daños. Gran parte del excedente mundial fue canalizado hacia bancos de la
OCDE por los estados productores de petróleo. Los beneficiarios inmediatos fueron
tres grupos: los estados productores de petróleo que recibieron los beneficios; los
estados (en el tercer mundo y en el mundo comunista) que recibieron préstamos de
bancos de la OCDE con los que reanimar su balanza de pagos; los estados de la OCDE
que así pudieron mantener sus exportaciones. Ese primer intento se desplomó hacia
1980 en la llamada crisis de la deuda. El segundo modo en que se intentó limitar los
daños fue el keynesianismo militar de Reagan, que alimentó el boom especulativo de
los ochenta en Estados Unidos. Éste se desplomó a fines de los ochenta, arrastrando
consigo a la URSS. La tercera tentativa fue la de Japón, más los dragones del Este
asiático y algunos estados vecinos, que se beneficiaron de las necesarias e inevitables
reubicaciones de la producción en una fase B de Kondratieff. A comienzos de los
noventa estamos presenciando los límites de ese esfuerzo.
El resultado neto de veinticinco años de lucha económica ha sido una desilusión
mundial con la promesa del desarrollismo, piedra angular de las ofertas del
liberalismo global. Sin duda el Este y el Sudeste de Asia se han ahorrado esa
desilusión hasta ahora, pero es posible que sea sólo un retraso. En otras partes, sin
embargo, las consecuencias han sido muy grandes, y particularmente negativas para
la vieja izquierda: primero los movimientos de liberación nacional, después los
partidos comunistas (hasta la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este
en 1989) y finalmente los partidos socialdemócratas. Los liberales celebraron todas

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esas caídas como un triunfo de ellos, pero más bien han sido su tumba. Porque los
liberales se encuentran de vuelta en la situación anterior a 1848 con una demanda
apremiante de democracia. Pero ahora es mucho más que el paquete limitado de
instituciones parlamentarias, sistemas multipartidistas y derechos civiles elementales:
la democracia de verdad, una auténtica repartición igualitaria del poder. Y esta última
demanda fue históricamente el tope del liberalismo; fue para contrarrestarla para lo
que el liberalismo propuso su paquete de compromisos limitados combinados con un
seductor optimismo acerca del futuro. En la medida en que hoy ya no existe una fe
generalizada en el reformismo racional por la vía de la acción estatal, el liberalismo
ha perdido su principal defensa político-cultural contra las clases peligrosas.
Así es como hemos llegado a la época actual, que para mí es el Periodo Negro
que tenemos delante. Puede decirse que se inició simbólicamente en 1989 (la
continuación de 1968)[69] y continuará por lo menos entre veinticinco y cincuenta
años.
Hasta ahora he destacado el escudo ideológico construido por las fuerzas
dominantes contra los insistentes reclamos de las “clases peligrosas” después de
1789. He afirmado que ese escudo era la ideología liberal y que operaba tanto
directamente como —y en forma aún más insidiosa— por medio de una variante
endulzada socialista/progresista que cambió la esencia de las afirmaciones
antisistémicas por un sucedáneo de valor limitado. Y por último he sostenido que ese
escudo ideológico fue en gran parte destruido por la revolución mundial de 1968, de
la que la caída de los comunismos en 1989 fue el último acto.
¿Pero por qué se derrumbó ese escudo ideológico después deciento cincuenta
años de funcionar con tanta eficacia? La respuesta a esa pregunta no fue que los
oprimidos comprendieran repentinamente la falsedad de las afirmaciones ideológicas.
El carácter especioso del liberalismo había sido conocido desde el principio y
denunciado enérgica y frecuentemente durante los siglos XIX y XX. Sin embargo los
movimientos de la tradición socialista no actuaban en formas consonantes con su
crítica retórica del liberalismo. La mayoría hacía más bien lo contrario.
No es difícil descubrir la razón. La base social de esos movimientos —todos los
cuales afirmaban en tono grandioso hablar en nombre cicla masa de la humanidad—
no era en realidad sino una franja muy estrecha de la población del mundo, el
segmento menos acomodado del sector “modernista” de la economía-mundo tal como
estaba estructurada digamos entre 1750 y 1950. Eso incluía a las clases trabajadoras
urbanizadas calificadas y semicalificadas, las inteliguentsias del mundo y los grupos
más calificados y educados de las áreas rurales donde el funcionamiento de la
economía-mundo capitalista era más inmediatamente visible. En conjunto eran un
número significativo, pero estaban lejos de ser la mayoría de la población del mundo.
La vieja izquierda era un movimiento mundial apoyado por una minoría, una
minoría poderosa, una minoría oprimida, pero de todos modos una minoría numérica
de la población del mundo. Y esa realidad demográfica limitaba sus opciones

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políticas reales. En tales circunstancias, hizo lo único que podía. Optó por ser una
espuela para acelerar el programa liberal de reformismo racional, y lo hizo muy bien.
Los beneficios que eso trajo a sus protagonistas fueron reales, aunque fueran sólo
parciales. Pero, como proclamaron los revolucionarios de 1968, mucha gente había
quedado fuera de la ecuación. La vieja izquierda hablaba un lenguaje universalista
pero practicaba una política particularista.
La razón por la que esas anteojeras ideológicas de universalismo especioso fueron
arrojadas a un lado en 1968/1989 fue que la realidad social subyacente había
cambiado. La economía-mundo capitalista había perseguido la lógica de la incesante
acumulación de capital en forma tan incansable que estaba acercándose a su ideal
teórico, la mercantilización de todo. Esto podemos verlo reflejado en múltiples
realidades sociológicas nuevas: el grado de mecanización de la producción; la
eliminación de limitaciones espaciales al intercambio de mercancías e información; la
desruralización del mundo; el casi agotamiento del ecosistema; el alto grado de
monetarización del proceso de trabajo, y el consumismo (es decir, la enorme
expansión de la mercantilización del consumo)[70].
Todos estos procesos son bien conocidos y de hecho son objeto de discusión
continua en el mundo entero. Pero consideremos lo que significan desde el punto de
vista de la acumulación de capital. Ante todo y sobre todo, significan una limitación
enorme de la tasa a la que se puede acumular capital. Y las razones son
fundamentalmente sociopolíticas. Hay tres factores centrales. El primero es un factor
reconocido desde hace mucho por los analistas pero que sólo ahora está realizándose
plenamente. La urbanización del mundo y el aumento de la educación y las
comunicaciones han generado en todo el mundo un grado de conciencia política que a
la vez facilita la movilización política y dificulta disimular el grado de desigualdad
socioeconómica y el papel de los gobiernos en su mantenimiento. Esa conciencia
política es reforzada por la deslegitimación de cualquier fuente irracional de
autoridad. En resumen, más gente que nunca exige la igualación de las
remuneraciones y se niega a tolerar una condición básica de la acumulación de
capital: la baja remuneración del trabajo. Esto se manifiesta tanto en el significativo
aumento mundial del nivel de los salarios “históricos” como en la altísima y aún
creciente demanda a los gobiernos de que redistribuyan bienestar básico (en
particular salud y educación) y aseguren un ingreso constante.
El segundo factor es el enorme aumento del costo para los gobiernos de subsidiar
los beneficios por medio de la construcción de infraestructura y a la vez permitir a las
empresas que externalicen costos. Esto es lo que los periodistas llaman la crisis
ecológica, la crisis del aumento de los costos de la salud, la crisis de los altos costos
de la gran ciencia, etc. Los estados no pueden seguir aumentando los subsidios a la
empresa privada y a la vez continuar expandiendo sus compromisos con el bienestar
de la ciudadanía. Una cosa o la otra va a tener que ceder mucho. Con una ciudadanía
más consciente, esta lucha esencialmente de clases promete ser monumental.

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Y la tercera tensión es resultado del hecho de que la conciencia política es hoy
mundial. Las desigualdades tanto globales como intraestatales son de distribución
racial/étnica/religiosa. Por eso el resultado combinado de la conciencia política y la
crisis fiscal de los estados será una lucha masiva que adoptará la forma de guerra
civil, tanto intraestatal como global.
La primera víctima de las tensiones que afectan al sistema será la legitimidad de
las estructuras estatales y por consiguiente su capacidad de mantener el orden. A
medida que vayan perdiendo esa capacidad habrá costos tanto económicos como de
seguridad, que a su vez harán que las tensiones se agudicen, lo que por su parte
debilitará aún más la legitimidad de las estructuras estatales. Esto no es el futuro: es
el presente. Lo vemos en el enorme aumento del sentimiento de inseguridad —
preocupación por la delincuencia, preocupación por la violencia casual, preocupación
por la imposibilidad de obtener justicia en los sistemas judiciales, preocupación por la
brutalidad de las fuerzas policiales— que se ha multiplicado muchas veces en los
últimos diez o quince años. No digo que esos fenómenos sean nuevos, ni siquiera
necesariamente mucho mayores que antes, pero la mayoría de la gente los percibe
como nuevos o peores, y ciertamente como mucho más vastos. Y el principal
resultado de esa percepción es la deslegitimación de las estructuras estatales.
Este tipo de desorden creciente y autorreforzado no puede continuar eternamente.
Pero sí puede continuar veinticinco o cincuenta años. Y es una forma de caos en el
sistema, causado por el agotamiento de las válvulas de seguridad sistémicas, o para
decirlo de otro modo por el hecho de que las contradicciones del sistema han llegado
al punto en que ninguno de los mecanismos para restaurar el funcionamiento normal
del sistema puede funcionar eficazmente.
Del caos saldrá un nuevo orden, y esto nos lleva al último punto: las opciones que
tenemos ante nosotros, ahora y en el futuro próximo. El hecho de que es un tiempo de
caos no significa que en los próximos entre veinticinco y cincuenta años no vayan a
funcionar los principales procesos básicos de la economía-mundo capitalista.
Personas y empresas seguirán tratando de acumular capital en todas las formas ya
familiares. Los capitalistas buscarán el apoyo de las estructuras estatales igual que en
el pasado. Los estados competirán con otros estados por ser alguna de las sedes
principales de la acumulación de capital. Probablemente la economía-mundo
capitalista entrará en un nuevo periodo de expansión, que mercantilizará aún más los
procesos económicos en todo el mundo y polarizará aún más la distribución efectiva
de las recompensas.
Lo que será diferente en los próximos entre veinticinco y cincuenta años, mucho
más que el funcionamiento del mercado mundial, será el funcionamiento de las
estructuras políticas y culturales del mundo. Básicamente, los estados irán perdiendo
legitimación constantemente y por lo tanto les resultará difícil proveer seguridad, en
lo interno y entre ellos. En la escena geocultural, no habrá discurso común
dominante, y hasta las formas del debate cultural serán tema de debates. Habrá escaso

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acuerdo sobre lo que constituye comportamiento racional o aceptable. Pero el hecho
de que habrá confusión no significa que no habrá comportamientos deliberados. En
realidad habrá muchos grupos tratando de alcanzar objetivos claros y limitados, pero
muchos de ellos estarán en conflicto entre sí. Y es posible que haya unos pocos
grupos con conceptos claros a largo plazo sobre cómo construir un orden social
alternativo, aunque no haya muchas probabilidades de que esos conceptos sean
realmente útiles como guías heurísticas para la acción. En resumen, todos actuarán un
poco a ciegas, aunque no lo crean.
Y sin embargo estamos condenados a actuar. Por eso debemos tener claro cuál es
la deficiencia de nuestro sistema mundial moderno, qué es lo que ha provocado la ira,
o por lo menos la ambivalencia respecto a sus méritos sociales, de un porcentaje tan
grande de la población del mundo. A mí me parece claro que la queja principal ha
sido por las grandes desigualdades del sistema, lo que significa la ausencia de
democracia. Esto sin duda ha sido cierto de casi todos los sistemas históricos
conocidos del pasado. Lo que fue diferente en el capitalismo es que su mismo éxito
como creador de producción material parecía eliminar cualquier justificación de las
desigualdades, ya sea que se manifestaran en forma material, política o social. Y las
desigualdades parecían peores porque separaban no ya a un grupo minúsculo del
resto, sino hasta un quinto o un séptimo de la población mundial de todos los demás.
Esos dos hechos —el aumento del total de la riqueza material y el hecho de que los
que podían vivir bien eran más que un puñado de personas pero mucho menos que la
mayoría fueron los que exasperaron a tal punto los sentimientos de los que quedaron
afuera.
En nada podemos contribuir a una solución deseable de este caos terminal de
nuestro sistema mundial a menos que sea dejar claro que sólo es deseable un sistema
histórico relativamente igualitario y plenamente democrático. En concreto, debemos
movernos activamente y de inmediato en varios frentes. Uno es la eliminación activa
de las premisas eurocéntricas que han permeado la geocultura por dos siglos por lo
menos. Los europeos han hecho grandes contribuciones culturales a nuestra común
empresa humana. Pero simplemente no es cierto que durante diez mil años hayan
estado haciendo contribuciones mucho mayores que las de cualquier otra civilización,
y no hay ninguna razón para suponer que en el próximo milenio habrá menos sedes
de sabiduría colectiva. La sustitución activa del actual sesgo eurocéntrico por un
sentido más sobrio y más equilibrado de la historia y su evaluación cultural requerirá
una lucha política y cultural intensa y constante. No requiere nuevos fanatismos sino
trabajo intelectual duro, colectivo e individual.
Necesitamos, además, tomar el concepto de derechos humanos y trabajar mucho
para hacer que se aplique por igual a “nosotros” y a “ellos”, a los ciudadanos y a los
extranjeros. El derecho de las comunidades a proteger su herencia cultural no es
nunca derecho a proteger sus privilegios. Un campo de batalla importante estará en
los derechos de los migrantes. Si, como preveo, en los próximos veinticinco a

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cincuenta años una minoría muy grande de los residentes de Estados Unidos, Europa
y sí, también Japón, serán en realidad inmigrantes recientes o hijos de inmigrantes
(legales o no), todos tenemos que luchar para asegurar que esos inmigrantes tengan
igual acceso a los derechos económicos, sociales y sí, también políticos, en la zona a
la que han migrado.
Sé que habrá una enorme resistencia política a esto, alegando la pureza racial y
los derechos de propiedad acumulados. Los estadistas del Norte ya están diciendo que
el Norte no puede soportar la carga económica del mundo entero. Bueno, ¿por qué
no? La riqueza del Norte es en buena parte producto de una transferencia de plusvalía
del Sur. Y es precisamente eso lo que nos ha llevado, en varios siglos, a la crisis del
sistema. No se trata de caridad para remediar una situación, sino de reconstrucción
racional.
Esas batallas serán batallas políticas, pero no necesariamente batallas en el nivel
del estado. De hecho, debido precisamente al proceso de deslegitimación de los
estados, muchas de esas batallas (quizás todas) se darán en niveles más locales, entre
los grupos en que nos estamos reorganizando. Y como serán batallas locales y
complejas entre múltiples grupos, una estrategia de alianzas compleja y flexible será
esencial, pero sólo será posible si mantenemos en la primera línea de nuestro
pensamiento los objetivos igualitarios.
Por último, será una lucha intelectual, en la reconceptualización de nuestros
cánones científicos, en la búsqueda de metodologías más sofisticadas y más
holísticas, en el intento de deshacernos de toda la retórica piadosa y falaz sobre la
neutralidad valorativa del pensamiento científico. La racionalidad es en sí un juicio
de valor si es que es algo, y nada es ni puede ser racional salvo en el contexto más
amplio e inclusivo de la organización social humana.
Mis lectores pueden pensar que el programa que he esbozado para la acción social
y política sensata en los próximos veinticinco a cincuenta años es demasiado vago.
Pero es tan concreto como se puede ser en mitad de un remolino. Esencialmente he
dicho dos cosas sobre la vida en medio de un remolino. Primero hay que saber hacia
cuál orilla quiere uno nadar. Y segundo, hay que asegurarse de que los esfuerzos
inmediatos parezcan llevarnos en esa dirección. Quien quiera más precisión que ésa
no la encontrará, y seguramente se ahogará mientras la busca.

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Immanuel Wallerstein (Nueva York, EE.UU., 28-9-1930) es un sociólogo y científico
social histórico estadounidense, principal teórico del análisis de sistema-mundo.
Realizó sus estudios en la Universidad de Columbia, donde se graduó en 1951.
Obtuvo su maestría en 1954 y el doctorado en 1959; después trabajó como
conferencista hasta 1971, año en que se hizo profesor de sociología en la Universidad
de McGill. En 1976 se hizo profesor de sociología de la Universidad de Binghamton
(SUNY), puesto que ocupó hasta que se retiró en 1999.
Fue director del Centro Fernand Braudel de estudios económicos, sistemas históricos
y civilización, y ocupó diversos puestos, entre ellos el de profesor visitante en
diferentes universidades alrededor del mundo y fue premiado con múltiples títulos
honoríficos. También fue el director de estudios asociados en la Escuela de Altos
Estudios en Ciencias Sociales (École des Hautes Études en Sciences Sociales) en
París, y fue presidente de la Asociación Sociológica Internacional de 1994 a 1998.
Wallerstein se inició como un experto en asuntos post-coloniales africanos, a lo que
dedicó casi todas sus publicaciones hasta principios de los setenta, cuando empezó a
distinguirse como un historiador y teórico a nivel macroeconómico de la economía
capitalista global. Su reciente crítica al capitalismo global y su influencia en los
movimientos anti-sistémicos lo han convertido en una eminencia en el movimiento
antiglobalización.
Su obra más importante, El moderno sistema-mundo, ha aportado a la ciencia
histórica un nuevo modelo teórico-interpretativo. Apareció en tres volúmenes en

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1974, 1980 y 1989. En 2011, publicó el cuarto tomo, cuyo subtítulo es El triunfo del
liberalismo centrista y cuyo período va desde 1789 hasta 1914.
Es presidente de la Comisión Gulbenkian para la restauración de las ciencias sociales,
encargada de una reflexión sobre el presente y el posible futuro de las ciencias
sociales.
En 2004 recibió la Medalla de Oro Kondratieff de la Fundación Internacional N.
D. Kondratieff y la Academia Rusa de Ciencias Naturales (RAEN).
El Centro Immanuel Wallerstein fue fundado en San Cristóbal de las Casas, Chiapas,
México, en 2004.

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Notas

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[1] Immanuel Wallerstein, “The three instances of hegemony in the history of the

capitalist world-economy”, en The politics of world-economy: The states, the


movements, and the civilizations, Cambridge, Cambridge University Press, 1984,
pp. 37-43. <<

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[2]
Cada uno de los puntos resumidos brevemente aquí ha sido elaborado más
ampliamente en muchos ensayos escritos en los últimos quince años. Una buena
colección de ellos se encuentra en Immanuel Wallerstein, Geopolitics and geoculture:
Essays in a changing world-system, Cambridge, Cambridge University Press, 1991.
<<

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[3] Véase entre otros W. Brian Arthur, “Competing technologies, increasing returns,

and lock-in by historical events”, Economic Journal, XLIX, núm. 394 (marzo de
1989), pp. 116-131; y W. Brian Arthur, Yu. M. Ermoliev y M. Kaniovski, “Path-
dependent processes and the emergence of macro-structure”, European Journal of
Operations Research, XXX (1987), pp. 292-303. <<

www.lectulandia.com - Página 227


[4] Una exposición más detallada de este esfuerzo y su fracaso se encuentra en otros

dos ensayos de este volumen: “El concepto de desarrollo nacional, 1917-1989: elegía
y réquiem” y “El colapso del liberalismo”. <<

www.lectulandia.com - Página 228


[5] Las ideologías fueron sólo una de tres formas de enfrentar esa situación. Las otras

dos fueron las ciencias sociales y los movimientos antisistémicos. Examino en detalle
esto e intento especificar las relaciones entre las tres formas en “The French
revolution as a world-historical event”, en Unthinking social science: The limits of
nineteenth-century paradigms, Cambridge, Polity Press, 1991, pp. 7-22. <<

www.lectulandia.com - Página 229


[6] La Carta concedida por Luis XVIII fue políticamente esencial para su
“Restauración”. En su declaración de Saint Ouen el futuro rey declaró que estaba
dispuesto a “adoptar una constitución liberal” que él llamaba “Carta”. Bastid (1953,
pp. 163-164) observa que “el término Carta, que en épocas anteriores había tenido
significados múltiples y variados, evocaba sobre todo las libertades comunales”. Y
agrega que “para los de inclinaciones liberales, evocaba muy naturalmente la Magna
Carta inglesa de 1215”. Según Bastid, “Luis XVIII nunca habría logrado la aceptación
pública si no hubiera satisfecho de alguna manera las aspiraciones a la libertad”.
Cuando en 1830 Luis Felipe a su vez proclamó también una Carta, tuvo que ser
“consentida” (consentie) antes que “otorgada” (octroyée) por el rey. <<

www.lectulandia.com - Página 230


[7] “Era a la humanidad en su conjunto a quien se dirigían los liberales, sin excepción

importante”. (Manning, 1976, p. 80). <<

www.lectulandia.com - Página 231


[8] En La cartuja de Parma, el revolucionario Ferrante Palla se presenta siempre

como “hombre libre”. <<

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[9] Plamenatz sostiene que, aun cuando había cuatro facciones entre los opositores a

la Monarquía de Julio que podían considerarse “de izquierda” y que después


apoyaron la Revolución de 1848, el término empleado para referirse colectivamente a
ellas no era “socialistas” sino “republicanos” (1952, p. 47 y passim). <<

www.lectulandia.com - Página 233


[10] Como observa Tudesq (1964, p. 235), “la oposición legitimista a la Monarquía de

Julio era una oposición de notables a la autoridad establecida…”. ¿No estaban


contradiciendo con eso la afirmación de Bonald de que “la verdadera naturaleza de la
sociedad […] es lo que la sociedad, la sociedad pública, es en el presente”? <<

www.lectulandia.com - Página 234


[11] Véase la discusión de las opiniones de Bonald en Nisbet (1944, pp. 318-319).

Nisbet emplea “corporación” en el sentido de “asociaciones basadas en la ocupación


o la profesión”. <<

www.lectulandia.com - Página 235


[12] “Tanto el saintsimonismo como el liberalismo económico evolucionaron en
dirección a lo que hoy llamamos racionalización económica” (Mason, 1931, p. 681).
<<

www.lectulandia.com - Página 236


[13] Halévy señala un artículo aparecido en Quarterly Review de abril de 1835 (vol.

LIII. p. 265), titulado “Sir Robert Peel’s address”: “¿Cuándo antes un primer ministro
consideró oportuno anunciar al pueblo no sólo su aceptación del cargo, sino los
principios e incluso los detalles de las medidas que se proponía tomar, y solicitar —
no al parlamento sino al pueblo— que mantuviera la prerrogativa del rey lo suficiente
para dar a los ministros escogidos por él, no ciertamente una confianza implícita, sino
una oportunidad justa?” (1950, p. 178, nota 10). <<

www.lectulandia.com - Página 237


[14] Cuando el leninismo se reconstruyó, pasando de ser un programa para el
derrocamiento revolucionario de los gobiernos por la clase trabajadora organizada a
ser un programa para la liberación nacional seguida por el desarrollo nacional (desde
luego “socialista”), en realidad estaba siguiendo un camino paralelo al wilsonismo,
que era la versión oficial de la ideología liberal. Véase en este volumen “El
liberalismo y la legitimación de los estados-nación: una interpretación histórica”. <<

www.lectulandia.com - Página 238


[15] Véase supra, nota 5. <<

www.lectulandia.com - Página 239


[16] “Para la década de 1830 los revolucionarios románticos hablaban casi
rutinariamente de le peuple, das Volk, il popolo o lud como una especie de fuerza
vital regeneradora en la historia humana. Los nuevos monarcas que llegaron al poder
después de la Revolución de 1830, Luis Felipe y Leopoldo I, buscaron la sanción de
‘el pueblo’ como rey de ‘los franceses’ y de ‘los belgas’, antes que de Francia y
Bélgica. Hasta el reaccionario zar Nicolás I, tres años después de aplastar la
insurrección polaca de 1830-1831, proclamó que su autoridad se basaba en la
‘nacionalidad’ (así como la autocracia y la ortodoxia), y su palabra narodnost, que
significa también ‘espíritu del pueblo’, era copiada de la palabra polaca narodowosc”.
James H. Billington, Fire in the minds of men: Origins of revolutionary faith,
Londres, Temple Smith, 1980, p. 160. <<

www.lectulandia.com - Página 240


[17] Un excelente estudio del borroso campo de la Monarquía de Julio en Francia

puede encontrarse en John Plamenatz, The revolutionary movement in France,


1815-1879, Londres, Longman Green, 1952, pp. 35-62. <<

www.lectulandia.com - Página 241


[18] “Para 1840 los problemas sociales característicos de la industrialización —el

nuevo proletariado, los horrores de la urbanización descontrolada y acelerada— eran


lugares comunes en la discusión seria de Europa occidental y la pesadilla de los
políticos y los administradores”. Eric J. Hobsbawm, The age of revolution,
1789-1848, Nueva York, World, 1962, p. 207. <<

www.lectulandia.com - Página 242


[19] He desarrollado esto con más detalle en “¿Tres ideologías o una? La seudobatalla

de la modernidad”, en este mismo volumen. <<

www.lectulandia.com - Página 243


[20] “La oposición legitimista a la Monarquía de Julio era una oposición de notables a

la autoridad establecida…”. Andréjean Tudesq, Les grands notables en France


(1840-1849), París, Presses Universitaires de France, 1964, I, p. 235. <<

www.lectulandia.com - Página 244


[21] Lord Hugh Cecil, Conservatism, Londres, Williams y Northgate, 1911, p. 192. <<

www.lectulandia.com - Página 245


[22] Philippe Beneton ha captado el debate con gran precisión: “El tradicionalismo era

en realidad la mayor debilidad del conservadurismo. Los conservadores se


enfrentaban a contradicciones cada vez que la tradición que defendían se interrumpía
por un periodo largo y/o dejaba el lugar a otras tradiciones (no conservadoras)…”.
“Esas contradicciones explican […] ciertas oscilaciones en el pensamiento político
conservador […] entre el fatalismo y un reformismo radical, entre la regla de un
estado limitado y el atractivo de un estado fuerte”. Le conservatisme, París, Presses
Universitaires de France, 1988, pp. 115-116. <<

www.lectulandia.com - Página 246


[23] Si bien pocos liberales fueron tan coherentes como Bentham, Brebner muestra

cómo partiendo de una posición antiestatal individualista se puede llegar a una


posición colectivista. El enigma es cómo llega la sociedad a conocer la suma de los
intereses individuales. Como dice Brebner, para Bentham la respuesta es que “el
interés individual debe ser identificado artificialmente o creado por el legislador
omnipotente, empleando el cálculo felicífico de ‘la mayor felicidad para el mayor
número’”. Así, concluye Brebner, “¿qué eran los fabianos sino benthamianos
recientes?”. J. Bartlett-Brebner, “Laissez-faire and state intervention in nineteenth-
century Britain”, The tasks of economic history (suplemento VII, 1948), pp. 61, 66.
<<

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[24] L. T. Hobhouse, Liberalism, Londres, Oxford University Press, 1911, p. 146. Esta

conclusión benthamiana de Hobhouse es lo que explica por qué un Ronald Reagan


lanza fulminantes observaciones contra el “liberalismo” cuando en realidad profesa
una versión de la ideología liberal. ¿Son típicos Bentham y Hobhouse? Están más
cerca de la práctica de los liberales que otros ideólogos liberales. Como dice Watson:
“No se puede demostrar que ningún partido político en la Francia del siglo XIX la
creyera [la teoría del estado como guardia nocturno] ni que haya intentado ponerla en
práctica”. George Watson, The English ideology: Studies in the language of Victorian
politics, Londres, Allan Lane, 1973, pp. 68-69. <<

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[25]
J. Salwyn Shapiro, Liberalism and the challenge of fascism, Nueva York,
McGraw-Hill, 1949, p. vii. <<

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[26]
Examino este tema con algún detalle en mi ensayo “The national and the
universal: Can there be such a thing as world culture?”, en Geopolitics and
geoculture: Essays in a changing world-system, Cambridge, Cambridge University
Press, 1991, pp. 184-199. <<

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[27] La argumentación en favor de esto se encuentra en G. Arrighi, T. K. Hopkins e I.

Wallerstein, “1989: The continuation of 1968”, Review, 15, núm. 2 (primavera de


1992), pp. 221-242. <<

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[28] Sir Ivor W. Jennings, The approach to self-government, Cambridge, Cambridge

University Press, 1956, p. 56. <<

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[29] La literatura es abundante. Sobre dos panoramas generales véase Joseph L. Love,

“Theorizing underdevelopment: Latin America and Romania, 1860-1950”, Review,


11, núm. 4 (otoño de 1988), pp. 453-496; y Bipan Chandra, “Colonial India: British
versus Indian views of development”, Review, 14, núm. I (invierno de 1991), pp. 81-
167. <<

www.lectulandia.com - Página 253


[30] He desarrollado con más detalle este estudio del significado de 1968 en “1968:

Revolution in the world-system”, en Geopolitics and geoculture: Essays in a


changing world-system, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 65-83.
<<

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[31] Véase supra, nota 5. <<

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[32]
Este argumento se elabora más en “El liberalismo y la legitimación de los
estados-nación: una interpretación histórica”, en este volumen. <<

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[33] Benjamin Disraeli, conde de Beaconsfield, Sybil of the two nations, 1a. ed., 1845;

reimpr. Londres, John Lane, The Bodley Head, 1927. <<

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[34] Ibid., p. 641. <<

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[35] Véase en este mismo volumen “El concepto de desarrollo nacional, 1917-1989:

elegía y réquiem”. <<

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[36] Para un análisis más completo de la revolución mundial de 1968, véase mi ensayo

“1968: Revolution in the world-system”, en Geopolitics and geoculture: Essays in a


changing world-system, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 65-83.
<<

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[37] Para una excelente descripción véase Jerry L. Avorn et al, Up against the Ivy

Wall: A history of the Columbia crisis, Nueva York, Atheneum, 1968. <<

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[38] Véase supra, nota 27. <<

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[39] Véase mi explicación más larga de esto en “El colapso del liberalismo” en este

mismo volumen. <<

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[40] Véase R. Rasaba y F. Tabak, “The restructuring of world agriculture, 1873-1990”,

en P. McMichael (comp.), Food and agricultural systems in the world-economy,


Westport (CT), Greenwood Press, 1994, pp. 79-93. <<

www.lectulandia.com - Página 264


[41] Sobre las implicaciones de esto en el análisis social, véase el número especial

“The ‘new science’ and the historical social sciences”, Review, 15, núm. I (invierno
de 1992). <<

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[42] Neologismo propuesto por el autor. [ED] <<

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[43] Un examen de los debates en torno a la adopción de ese texto puede encontrarse

en Marcel Gauchet, “Rights of man”, en F. Furet y M. Ozouf (comps.), A critical


dictionary of the French revolution, Cambridge, Harvard University Press, Belknap
Press, 1989, pp. 818-828. Para el texto original véase J. Tulard et al., Histoire et
dictionnaire de la Révolution française, 1789-1799, París, Robert Laffont, 1987, pp.
770-771. El texto inglés está en I. Brownlie (comp.), Basic documents on human
rights, Oxford, Clarendon Press, 1971, pp. 8-10, aunque sin el preámbulo. <<

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[44] Resolución 217 A (III) de la Asamblea General de la ONU. <<

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[45] Resolución 1514 (XV) de la Asamblea General de la ONU. Sobre el desarrollo de

una “norma de descolonización” en el sistema mundial después de 1945, véanse los


breves comentarios de G. Goertz y P. F. Diehl, “Towards a theory of international
norms”, Journal of Conflict Resolution, 26, núm. 4 (diciembre de 1992), pp. 648-651.
<<

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[46] J. Tulard et al., op. cit., p. 770, véase “Droit des gens”. <<

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[47] He elaborado previamente este argumento y no lo repetiré aquí. Sobre la
normalidad del cambio político, véase “The French revolution as a world-historical
event”, en Unthinking social science: The limits of nineteenth-century paradigms,
Cambridge, Polity Press, 1991, pp. 7-22. Sobre la soberanía del pueblo véase
“Liberalism and the legitimation of nation-states: An historical interpretation”, Social
Justice, 19, núm. I (primavera de 1992), pp. 22-33. <<

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[48] The modem world-system,
vol. 3, The second era of great expansion of the
capitalist world-economy, 1730-1840s, San Diego, Academic Press, 1989, p. 52. <<

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[49] Véase Arthur Schlesinger, Jr., The vital center: The politics of freedom, Boston,

Houghton Mifflin, 1949. <<

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[50] Véase supra, nota 19. Aquí sólo los he resumido brevemente a fin de poder entrar

en mi tema actual: el papel de las ideas sobre los derechos humanos y los derechos de
los pueblos en la política del mundo moderno. <<

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[51]
Existe una extensa bibliografía. Por ejemplo véase Raphael Samuel (comp.),
Patriotism: The making and unmaking of British national identity, 3 vols., Londres,
Routledge, 1989; Eugen Weber, Peasants into Frenchmen: The modernization of
rural France, 1870-1914, Stanford (CA), Stanford University Press, 1976; Seymour
Martin Lipset, The first new nation: The United States in historical and comparative
perspective, Nueva York, Basic Books, 1963. <<

www.lectulandia.com - Página 275


[52]
William McNeill, “Introductory historical commentary”, en Geir Lundestad
(comp.), The fall of great powers: Peace, stability, and legitimacy, Oslo,
Scandinavian University Press, 1994, pp. 6-7. <<

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[53] Edward Said, Orientalism, Nueva York, Pantheon, 1978, pp. 207, 254. <<

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[54] Véase The Congress of the Peoples of the East, trad. y notas de Brian Pearce,

Londres, New Park Publishers, 1977. <<

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[55] Véase supra, nota 30. <<

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[56] En realidad, desde 1993 Médecins du Monde publica un periódico político
titulado Ingérances: Le Désir d’Humanitaire. <<

www.lectulandia.com - Página 280


[57]
Véase mi ensayo “Development: Lodestar or illusion”, en Unthinking social
science, Cambridge, Polity Press, 1991, pp. 104-124. <<

www.lectulandia.com - Página 281


[58] Vale la pena señalar de pasada que el grupo editorial de siete personas y el comité

asesor de dieciocho (con algunas superposiciones) estaban formados, hasta donde sé,
sin excepción, por estudiosos estadounidenses. Es un comentario sobre la ciencia
social mundial en 1953, que vale la pena citar. La primera, la resolución núm. 3231
de 1951, pedía a la UNESCO “que estudiara posibles métodos de aliviar las tensiones
causadas por la introducción de técnicas modernas en países no industrializados y en
proceso de industrialización”. La segunda, la resolución 3.24 de 1952, llamaba a la
UNESCO a “estimular los estudios tendientes a armonizar la introducción de tecnología
moderna en países en proceso de industrialización, respetando sus valores culturales a
manera de asegurar el progreso social de los pueblos”. <<

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[59] He examinado esto largamente en otro trabajo, “Culture as the ideological
battleground of the modern world-system”, en Geopolitics and geoculture,
Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 158-183. Véanse también los
demás ensayos de la segunda parte: “Geoculture: The underside of geopolitics”. <<

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[60] V. G. Kiernan, “Revolution”, en T. Bottomore (comp.), A dictionary of Marxist

thought, 2a. ed. rev., Oxford, Blackwell, 1991, p. 476. <<

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[61] Neologismo propuesto por el autor. <<

www.lectulandia.com - Página 285


[62] Conferencia pronunciada en el 25 Aniversario de la Fundación de la Universidad

Kyoto Seika, 7 de diciembre de 1993, Sala de Conferencias Internacional de Kioto


(copatrocinada por Asahi Shimbuu, Tokio). <<

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[63] Véase John W. Meyer et al., “The world educational revolution, 1950-1970”, en

J. W. Meyer y M. T. Hannan (comps.), National development and the world-system:


Educational, economic, and political change, 1950-1970, Chicago, University of
Chicago Press, 1979, pp. 37-55. <<

www.lectulandia.com - Página 287


[64] Para una descripción magnífica y bastante detallada de los debates intelectuales

en torno al bicentenario en Francia véase Steven Kaplan, Adieu 89, París, Fayard,
1993. <<

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[65] El proceso por el cual el liberalismo ganó el centro del escenario y casi convirtió

a sus dos rivales, el conservadurismo y el socialismo, en adjuntos en lugar de


opositores, se examina en el ensayo “¿Tres ideologías o una? La seudobatalla de la
modernidad”, en este mismo volumen. <<

www.lectulandia.com - Página 289


[66] La naturaleza de las promesas hechas por el liberalismo en escala mundial y la

ambigüedad de la respuesta leninista al liberalismo global se exploran en mi ensayo


“El concepto de desarrollo nacional, 1917-1989: elegía y réquiem”, en este volumen.
<<

www.lectulandia.com - Página 290


[67] Véase un resumen de los datos en John T. Passé-Smith, “The persistence of the

gap: Taking stock of economic growth in the Post-World War II era”, en M. A.


Seligson y J. T. Passé-Smith (comps.), Development and underdevelopment: The
political economy of inequality, Boulder (CO), Lynne Reiner, 1993, pp. 15-30. <<

www.lectulandia.com - Página 291


[68] Postmodernism, or the cultural logic of late capitalism, Durham (NC), Duke

University Press, 1991, p. 268. <<

www.lectulandia.com - Página 292


[69] Véase supra, nota 27. <<

www.lectulandia.com - Página 293


[70] Estos puntos se elaboran en “Paz, estabilidad y legitimación, 1990-2025/2050”,

en este volumen. <<

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