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DESCENSO A

EGIPTO
Algernon Blackwood
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Era un hombre polifacético y capaz, al que algunas personas


calificaban incluso de brillante. Tras sus muchas aptitudes había tal
riqueza de materiales, que de haber sido sometidos a una selección
adecuada, podrían haber alcanzado la auténtica excelencia. Sin
embargo, movido por una curiosidad insaciable que hacía que nunca
parara quieto, se dedicaba a demasiadas cosas como para llegar a
descollar en alguna de ellas. No obstante, George Isley era un
hombre competente. Su breve carrera en el cuerpo diplomático así lo
había demostrado, a pesar de lo cual, cuando la abandonó para
dedicarse a los viajes y las exploraciones, no hubo nadie que pensara
que era una lástima. Haría grandes cosas en cualquier actividad que
emprendiera. Simplemente trataba de encontrarse a sí mismo.
Entre las piedras movedizas de la humanidad, algunas terminan
por coger musgo de un valor considerable. No hay por qué
considerarlos unos holgazanes; viajan con poco equipaje; y las
cómodas oquedades hacia las que se sienten atraídas la mayoría de
las personas en el gran juego de la vida son demasiado pequeñas
para retenerlos: entran en ellas y al instante ya han salido. Todo el
mundo exclama:
«¡Qué pena! ¡No perseveran en nada!» Pero lo único que ocurre
es que, al igual que las aves migratorias, siempre están buscando el
nido que más les conviene. Es una simple cuestión de valores. Toman
rápidamente una decisión, cambian la dirección de su vuelo, y antes
de que llegue a sus oídos el comentario de que podrían «haberse
retirado con una buena pensión», ya han desaparecido.
George Isley pertenecía sin duda a ese tipo de espíritus
vagabundos y errantes. Pero no era ni mucho menos un holgazán.
Simplemente sentía el anhelo insaciable de encontrar ese nido
mullido en el que poder establecerse de forma permanente. Y
acompañado por el coro unánime de suspiros y lamentos de todos
sus amigos, terminó por encontrarlo; y lo encontró, además, no en el
presente, sino retirándose del mundo «sin una buena pensión» y
desprovisto de cualquier tipo de honores y distinciones. Se alejó del
presente y se fue deslizando poco a poco hacia ese Pasado grandioso
al que pertenecía. El cómo y el por qué lo hizo, o cuáles fueron los
extraños instintos que le impulsaron a realizar aquello, es algo que
aún se desconoce y que constituye el hondo secreto de una vida
interior que no encontró acomodo en el mundo moderno. Tales
instintos no se pueden desvelar utilizando el lenguaje propio del siglo
veinte, ni es posible describir con exactitud los detalles de un viaje de
esa índole. Excepción hecha de unos cuantos poetas, profetas,
psiquiatras y otras gentes similares, la mayoría de las personas
suelen desdeñar tales experiencias clasificándolas bajo la etiqueta
museística de lo «raro».
Quien esto escribe —que por puro azar fue testigo de alguno de
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

los signos visibles y externos de ese viaje espiritual interior— también


merece el honor de que se le aplique tal etiqueta. Sin embargo, la
asombrosa realidad de la experiencia es innegable; y el hecho de que
tan sólo el autor de estas páginas posea alguna de las posibles claves
de la misma, quizá se deba a que también él, aunque de una forma
menos imperiosa, se sintió tentado de emprender un viaje similar. En
todo caso, esta interpretación está destinada a aquellos pocos que
son conscientes de que los trenes y demás vehículos motorizados no
son los únicos medios de viajar de que dispone nuestra progresista
especie.
Intimé con George Isley en su juventud, y aún hoy le sigo
tratando. Pero el George Isley que conocí en el pasado, aquella
personalidad arrolladora con quien compartí viajes, escaladas y
expediciones, ya no se encuentra entre nosotros. No está aquí. Fue
desapareciendo gradualmente hasta perderse en el pasado. George
Isley ya no existe. Y que una personalidad de tal calibre se
desvaneciera, cuando aún no había cumplido los cincuenta, mientras
alguien con su mismo aspecto siga paseando por las calles de
siempre, aparentemente con toda normalidad, es una historia que,
por más difícil que resulte, es digna de ser contada. Aunque yo fui
testigo de esa lenta inmersión, y sé que fue algo muy gradual, no
pretendo comprender su significado último. En todo aquel asunto
hubo algo muy dudoso y siniestro que permitía vislumbrar unas
posibilidades increíbles. De existir un cuerpo de policía espiritual, es
posible que el caso se hubiera podido aclarar en parte, pero dado que
ninguna de las iglesias existentes parece haber tomado ninguna
medida eficaz en este sentido, se diría que sólo queda recurrir a una
de esas dichosas fórmulas mágicas que todo lo explican o a hacer
comentarios en voz baja sobre un posible trastorno mental o cosa
semejante. Como es natural, tales etiquetas, como tantos otros
clichés en la vida, no explican gran cosa. En esa figura de porte
marcial, vestida siempre de punta en blanco, que pasea por Picadilly,
asiste a las carreras o sale a cenar, no hay signo de trastorno mental
alguno. Su semblante no expresa melancolía y en sus ojos no hay ni
un atisbo de furia. Sus gestos son reposados y su hablar comedido. Y
sin embargo, tiene la mirada perdida y el rostro carece de expresión.
Su persona transmite una sensación de vacío que invita a reflexionar.
Si no llama en exceso la atención se debe, sin duda, a que, en esta
vida, son pocos los que esperan u ofrecen mucho más que eso.
Quizá una observación más minuciosa lleve a plantearse algunos
interrogantes, o quizá no; me temo que más bien a esto último. En
cualquier caso, alguien puede llegar a preguntarse por qué ese algo
que continuamente se espera no hace nunca su aparición, o quedarse
aguardando a que se presente algún signo de esa «personalidad» que
la presencia general del hombre hace previsible. Quien así lo haga se
llevará sin duda una decepción; pero desafio a cualquiera a que
advierta el más mínimo atisbo de desorden mental, trastorno psíquico
o afección nerviosa, pues no hallará en él nada de eso. Puede que no
se tarde mucho en tener la sensación de estar hablando con el
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muñeco de un ventrílocuo o con un autómata perfectamente


entrenado; un ser insignificante carente de una vitalidad espontánea.
También es posible que, más adelante, se descubra que el recuerdo
de tal individuo se desvanece rápidamente sin dejar la más mínima
huella en nuestra memoria. No voy a negar tal posibilidad, pero en
ello no ha de verse nada patológico. Habrá a quienes esta
discrepancia entre las expectativas y las realidades les despierte la
curiosidad, pero la mayoría, acostumbrada a juzgar las cosas por las
apariencias, se dirán: «un tipo agradable pero sin nada de
especial...» y al cabo de una hora ya le habrán olvidado por
completo.
Pues como quizá ya se habrá adivinado, la verdad es que
durante todo este tiempo no se ha estado sentado al lado de nadie;
no se ha hablado, mirado o escuchado a nadie. De ese trato no se ha
obtenido nada que pueda dar lugar a una reacción humana; buena,
mala o indiferente. George Isley no existe. Y tal descubrimiento, en
caso de haberse producido, ni siquiera habrá provocado un temblor
de inquietud, pues el exterior de la persona resulta extremadamente
grato. El George Isley de hoy en día es como un cuadro que no
encierra ningún significado y que complace meramente por la
armonía cromática con que se presenta un tema insustancial. En el
reducido ámbito social en el que nació pasa desapercibido, sin salirse
del carril en el que unos hábitos adquiridos a edad temprana han
hecho que se sienta perfectamente cómodo. Nadie sospecha nada;
nadie, claro está, excepto aquellos pocos con quienes le unió una
estrecha amistad en otras épocas. Sin embargo, su vida errante ha
hecho que éstos se encuentren desperdigados por todo el mundo, y
la mayoría de ellos ya se habrán olvidado de cómo era él. Encarna
con tal perfección los modales del hombre convencional a la moda,
que ninguna de las mujeres de su «círculo» se da cuenta de que hay
algo que le diferencia del tipo al que están acostumbradas. Devuelve
los cumplidos ateniéndose al lenguaje establecido en los manuales
que ellas manejan, da paseos en coche, juega al golf y hace
apuestas, según los cánones que rigen en ese mundo concreto. Es un
perfecto y excelente autómata. Es un ser inexistente. Es la forma
vacía de un ser humano.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Hacía varios años que el nombre de George Isley andaba en


boca de todo el mundo, cuando tras un período de tiempo
considerable volvimos a encontrarnos en un hotel de Egipto, donde
yo había ido por motivos de salud y él por razones que, al principio,
me eran desconocidas. Sin embargo, no tardé en averiguarlo: la
pasión por las excavaciones y la arqueología había hecho presa en él,
aunque se había dedicado a ello con tal discreción que nadie parecía
haberse enterado. No estoy seguro de que se alegrara de verme,
pues en un primer momento trató de evitarme; molesto, al parecer,
de que alguien le hubiera localizado. No obstante, luego debió
pensárselo mejor y, tras algunas vacilaciones, se acercó a mí. Me
saludó realizando un extraño movimiento de todo el cuerpo con el
que pareció sacudirse de encima algo que le había hecho olvidar mi
identidad. Había en su actitud un cierto patetismo, casi como si
esperara provocar un sentimiento de compasión.
—Llevo por aquí, yendo de un lado para otro, durante los últimos
tres años —dijo, tras contarme alguna de las cosas que había estado
haciendo—. Encuentro que es la afición más gratificante del mundo.
Aspira a reconstruir —me refiero, por supuesto, a una reconstrucción
imaginaria— algo grandioso que el mundo ha perdido por completo.
Créeme, es una afición maravillosa y estimulante, verdaderamente
seduc... sacrificada —rápidamente cambió de palabra.
Recuerdo haberle mirado de arriba a abajo con verdadero
estupor. Se apreciaba un cambio en él, una carencia; había algo que
se echaba en falta en su entusiasmo, en el timbre de su voz, en sus
ademanes. Los elementos que componían su personalidad no estaban
combinados exactamente del mismo modo que antaño. No quise
incomodarle haciéndole preguntas, pero lo cierto es que desde el
primer instante advertí esa sutil alteración en su persona. Aquel
hombre presentaba una nueva faceta de su personalidad. Todo lo que
en él había de independiente y de enérgico había sido sustituido por
una especie de vacuidad que inspiraba compasión. Ese cambio se
apreciaba incluso en su fisico; producía la extraña sensación de haber
empequeñecido. Volví a fijarme en él más detenidamente. Sí,
empequeñecido era la palabra adecuada. Parecía haber menguado.
Resultaba sorprendente y, a la vez, un tanto repulsivo.
Como era habitual en él, dominaba el tema a fondo, conocía a
todas las personas importantes y había gastado el dinero a manos
llenas en su afición. Reí al recordarle que en cierta ocasión había
comentado que Egipto no le atraía, pues debido a la sistemática
propaganda que se hacía de sus encantos, éstos le resultaban un
tanto teatrales. Reconoció su error con un gesto y, sin más, pasó por
alto aquella objeción. Sus ademanes, y una especie de aura que
parecía envolverle mientras respondía a mis preguntas, no hizo sino
aumentar mi primera sensación de estupor. Su voz tenía una
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entonación muy expresiva y sugerente.


—Sal conmigo un día y ya verás lo poco que importan los
turistas —dijo en voz baja—, lo insignificantes que son las
excavaciones en comparación con lo que queda por hacer, qué colosal
—pronunció aquella palabra con un énfasis impresionante— es el
campo de lo que queda por descubrir.
El movimiento que hizo con la cabeza y los hombros conseguía
transmitir la idea de algo prodigioso, pues se trataba de un hombre
fornido y de rasgos duros, y sus ojos, rehundidos en su rostro, me
miraban con un oscuro fulgor que no alcanzaba a explicarme. Pero
era su voz la que comunicaba una mayor sensación de misterio. Bajo
su sonido se percibía una vibración que parecía proceder de algún
lugar más profundo.
—Egipto ha enriquecido su sangre con el desfilar de multitud de
civilizaciones —prosiguió, con una solemnidad que, en un principio,
me hizo cometer el error de pensar que elegía aposta aquellas
extrañas palabras con objeto de dar mayor dramatismo a lo que
decía—. Ha asimilado a persas, griegos, romanos, sarracenos y
mamelucos, y a docenas de otras conquistas e invasiones... ¿Qué
pueden importarle unos simples turistas y exploradores? Los
arqueólogos se limitan a escarbar en la superficie y a desenterrar
unas cuantas momias. ¡Y qué decir de los turistas! —sonrió con
desdén—. ¡Son como moscas que se posan un instante sobre su
rostro oculto, para esfumarse de inmediato al primer atisbo de calor!
Egipto ni se entera de que existen. El verdadero Egipto se encuentra
bajo tierra, envuelto en oscuridad. Los turistas necesitan luz, para ver
ypara que les vean. ¡Y en cuanto a los arqueólogos...!
Hizo una pausa y sonrió con una mezcla de conmiseración y
desprecio que no fue de mi agrado, pues a mí, al menos, los tenaces
arqueólogos me merecían el máximo respeto. A renglón seguido, con
un matiz de apasionamiento en la voz que parecía indicar que estaba
resentido contra ellos y que se había olvidado de que también él
había «excavado», añadió:
—Unos hombres que desentierran a los muertos, restauran
templos y reconstruyen un esqueleto creyendo que de ese modo han
interpretado la esencia palpitante de su corazón...
Mientras decía aquello encogió sus enormes hombros; y el resto
de la frase no habría pasado de ser más que la queja de un hombre
que trataba de defender su afición, de no haber sido por la seriedad y
la gravedad desmedidas con que se expresaba, cuyo efecto fue hacer
que aumentara aún más mi asombro. Habló luego de lo rara que era
aquella tierra: una mera franja de vegetación extendida a lo largo del
anciano río, y el resto, nada más que ruinas, desierto y una
desolación de muerte calcinada por el sol que, sin embargo, rebosaba
vitalidad, fascinación y energía, y que producía la inquietante
sensación de poseer algo imperecedero. En aquella tierra donde el
Pasado pervivía con tanta fuerza parecía hallar algún tipo de
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revelación espiritual fuera de lo común. Hablaba como si en ella el


Presente hubiera dejado de existir.
Ciertamente, la solemnidad que dejaban traslucir sus palabras
hacía que me resultara difícil seguir su conversación, de modo que
aproveché la pausa que llegó entonces para decir algo que expresara
mi sorpresa y los interrogantes que me surgían; aunque creo que, en
lo sustancial, lo que vine a expresar fue, más bien, mi asentimiento.
Se notaba que poseía una convicción muy profunda, una pasión que
le embargaba y cuyo sentido no acababa yo de captar. Sin embargo,
aunque no le comprendiera, su enorme entusiasmo resultaba
contagioso. Luego, bajando el tono de voz, se puso a hablar de
templos, tumbas y deidades, y a darme detalles sobre los
descubrimientos que había hecho y sobre el efecto que habían tenido
en él. Pero la verdad es que no presté excesiva atención a lo que me
dijo entonces, pues en aquel lenguaje tan insólito que había
empleado al principio había detectado algo que despertaba más mi
curiosidad... y la despertaba, además, de una forma inquietante.
—De modo que, como le ocurre a casi todo el mundo, el hechizo
también ha hecho presa en ti, sólo que con más fuerza todavía —le
dije, recordando el efecto que me había producido Egipto dos años
atrás.
Clavó su mirada en mí durante un segundo; en las duras
facciones de aquel rostro tan sugerente se dibujaron vagos signos de
inquietud. Creo que deseaba contarme más cosas pero que no se
decidía a confesármelas. Vacilaba.
—De lo que me alegro es de que no se haya adueñado de mí en
una época más temprana de mi vida —respondió tras una pausa—.
Me habría absorbido por completo. Habría perdido interés por
cualquier otra cosa. Ahora... —y mientras hablaba, como una sombra
fugaz, pasó por sus ojos aquella extraña mirada de desamparo que
parecía pedir comprensión—. Ahora que estoy en declive... ya no
importa tanto.
¡En declive! No me explico cómo pude ser tan torpe de dejar
escapar esa oportunidad que nunca volvería a presentárseme; por la
razón que fuera aquella singular expresión no me llamó la atención
en aquel momento, y sólo me di cuenta del alcance último de esas
palabras más adelante, cuando ya no tenía ningún sentido hacer
referencia a ellas. Puso a prueba mi disposición a ayudarlo, a
comprenderlo, a compartir su vida interior. Pero la pista se me pasó
por alto. En ese momento sentía mayor interés por una cuestión más
práctica que había apreciado en su lenguaje. Dado que yo me
contaba entre aquellos que lamentaban que no hubiera llegado a
sobresalir en algo, por no haber dedicado todas sus energías a una
sola actividad, me limité a encogerme de hombros. Captó de
inmediato el significado de aquel gesto. ¡Sí, estaba deseando hablar!
Creo que intuía la posibilidad de encontrar en mí la comprensión que
buscaba.
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—No, no, no me has entendido bien —dijo con tono grave—. Lo


que quiero decir —¡y nadie lo sabe mejor que yo!— es que si bien la
mayoría de los países te dan algo, hay otros que te lo quitan. Egipto
te cambia. Nadie puede vivir aquí y seguir exactamente igual a como
era antes.
Aquello me desconcertó. Una vez más había conseguido
sobresaltarme. Hablaba con la máxima seriedad.
—¿Y quieres decir que Egipto es uno de esos países que te
quitan algo? —le pregunté. Lo extraño de aquella idea me tenía un
tanto confundido.
—Primero se lleva algo tuyo —respondió—, pero al final es a ti
mismo a quien se lleva. Hay tierras que te enriquecen —prosiguió, al
ver que le escuchaba atentamente—, pero otras te hacen más pobre.
De la India, de Grecia, de Italia, de todas las tierras de la antigüedad,
se regresa con recuerdos de los que se puede hacer uso. De Egipto se
regresa... sin nada. Su magnificencia tan sólo aturde; es inútil.
Produce un cambio en lo más hondo de tu ser, un vacío, un anhelo
inexplicable, y nada puede llenar esa carencia de la que ahora eres
consciente. Nada puede reemplazar lo que ha desaparecido. Te ha
vaciado.
Le miré fijamente, pero hice un gesto de aquiescencia general
con la cabeza. Aplicado a un temperamento sensible y artístico
aquello era cierto sin duda, aunque no fuera ni mucho menos la
opinión generalizada que solía admitirse de forma superficial. La
mayoría de la gente sentía que Egipto les había llenado a rebosar. Sin
embargo, entendía la lectura más profunda que él hacía de los
hechos. Por otra parte, aquella idea me producía una rara
fascinación.
—A fin de cuentas —continuó—, el Egipto moderno no es más
que una civilización artificial —hablaba como si le faltara el aliento,
pero su tono de voz era reposado—; sin embargo, el antiguo Egipto
permanece justo ahí debajo, oculto, esperando. Muerto y, a la vez,
increíblemente vivo. Cada vez que sientes que te roza, se lleva algo
de ti. Se enriquece contigo. Al regresar de Egipto... se es menos de lo
que se era antes.
Es difícil de expresar lo que entonces se me pasó por la cabeza.
Sentí como si un fulgor de imaginación visionaria me atravesara la
mente trazando una senda de fuego. Pensé en algún antiguo héroe
griego que hablara de una magnífica batalla librada contra los dioses;
una batalla en la que se sabía derrotado de antemano y que, sin
embargo, le causaba un gran placer, pues sabía que tras su muerte
su espíritu se uniría a aquella gloriosa compañía en su morada del
más allá. En otras palabras, percibía en él una mezcla de resignación
y de rebeldía. Él sentía ya el natural abandono que sigue a una lucha
prolongada y desigual, como la de un hombre que, enfrentado contra
los rápidos de un río, termina por rendirse ante un empuje superior a
sus fuerzas y se deja arrastrar por la espantosa masa de agua que
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suave e indiferente le precipita hacia la paz de la caída.


No obstante, lo que hacía que mi mente se viera sumida en la
oscuridad y el misterio, no eran tanto las palabras que con tanta
plasticidad revestían una verdad innegable, como la profunda
convicción que se adivinaba tras ellas. He de reconocer que sus ojos,
que durante todo aquel tiempo habían sostenido mi mirada,
relampagueaban, y sin embargo, expresaban la misma serenidad y
cordura que los de un doctor que analizara los síntomas de esa
batalla diaria en la que, finalmente, todos habremos de sucumbir. Ése
fue el símil que se me ocurrió entonces.
—Es cierto que... en alguna parte de este país... hay algo
inconmensurable... lo reconozco. ¿Pero... no crees que exageras un
poco? —Hablaba con un ligero tartamudeo y las palabras me salían
entrecortadas.
Me respondió con voz pausada, mientras desviaba los ojos de mi
rostro y los dirigía a la ventana que enmarcaba el cielo espléndido y
sereno que se tendía en dirección al Nilo.
—Te aseguro que el verdadero Egipto, el invisible —murmuró—,
me resulta demasiado... fuerte. Me cuesta mucho manejármelas con
él. Sabes —dijo, volviéndose hacia mí y sonriendo como un chiquillo
cansado—, en realidad creo que es él quien me maneja a mí.
—Arrastra... —comencé a decir, y al interrumpirme él de
inmediato, di un respingo.
—Hacia el Pasado.
No me siento capaz de describir la forma en que pronunció la
última de aquellas palabras. Transmitía una magnificencia
desbordante, una sensación de paz y belleza, de batallas concluidas,
de un reposo al fin alcanzado. Ningún santo habría conseguido que el
significado de la palabra «cielo» rebosara tal grado de pasión y de
seducción. Sí, él partía por propia voluntad, y si prolongaba la lucha
era simplemente para aumentar el alivio y la dicha de la
consumación.
Porque de nuevo hablaba como si en su interior se estuviera
librando un combate. Yo al menos tenía la impresión de que había
una parte de él que pedía ayuda. Ahora comprendía mejor aquel
patetismo que ya había percibido vagamente con anterioridad. Su
carácter, de por sí fuerte e independiente, parecía haberse debilitado;
era como si le hubieran arrancado alguna de las fibras que lo
componían. También comprendí entonces que el hechizo de Egipto,
objeto de tanta cháchara sensacionalista e insustancial, pero tan
desconocido en lo que es su fuerza desnuda —esa influencia
indescriptible y sigilosa que, desde las profundidades, envía delicados
zarcillos al exterior— lo llevaba ahora en la sangre. Yo mismo, a
pesar de mi supina ignorancia, lo había sentido, no lo podía negar; en
Egipto se perciben muchas cosas extrañas e incomprensibles, hasta
los individuos más prosaicos pueden llegar a sentirlas. El Egipto
muerto está prodigiosamente vivo...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Dirigí la mirada a los grandes ventanales que se abrían a su


espalda: la monótona extensión de leguas y más leguas amarillas de
desierto despedían una tenue luz y dos inmensas pirámides emergían
desde la otra orilla del Nilo. De pronto —inexplicablemente, como
más tarde pensaría al rememorar lo ocurrido— la robusta figura de
mi compañero, que debía encontrarse a tan sólo dos palmos de mis
ojos, desapareció de mi vista. Se acababa de levantar de la silla y
tenía que encontrarse de pie a mi lado y, sin embargo, no conseguía
verle. Algo oscuro como una sombra y etéreo como un soplo de aire
se había alzado, llevándose consigo mis pensamientos y cegando mi
visión. Durante un instante me olvidé de quien era; mi propia
identidad me abandonó. El pensamiento, la vista, todos mis sentidos,
se hundieron en el vacío de aquellas arenas abrasadas por el sol. Se
hundieron, por así decirlo, en la nada; arrancados del Presente,
subyugados, absorbidos.
...Y cuando volví a mirar hacia donde él estaba para responderle,
o más bien preguntarle por el significado de aquellas enigmáticas
palabras, ya no estaba allí. Invadido de un sentimiento que iba
mucho más allá de la mera sorpresa —pues había algo en aquella
desaparición que me perturbaba profundamente— me di la vuelta
para buscarle. No le había visto irse. Se había escabullido de mi lado
con sumo cuidado, se había esfumado en silencio, misteriosamente, y
con una facilidad asombrosa. Recuerdo que un ligero estremecimiento
me recorrió todo el cuerpo al darme cuenta de que me encontraba
solo.
¿Acaso había captado por un momento un reflejo de su estado
de ánimo? La simpatía que sentía hacia su persona, ¿no habría
producido en mí un eco de lo que él experimentaba de forma plena;
ese ir hacia atrás, esa pérdida de vigor, esa sutil y tentadora
atracción que ejercían las inconmensurables arenas que ocultaban y
protegían a los muertos vivientes de las negligentes intromisiones de
los vivos...?
Me senté para reflexionar un poco y, de paso, aproveché para
contemplar el esplendor del crepúsculo. Una cosa que había dicho
resonaba en mi mente con poderosa insistencia como si se tratara del
repicar de unas campanas lejanas. Su charla sobre tumbas y templos
no había dejado huella en mí, pero aquello permanecía. Me producía
un extraño efecto estimulante. Recordaba que era así como solía
conseguir que su conversación despertara la curiosidad de los demás.
Hay países que dan y otros que quitan. ¿Qué era exactamente lo que
quería decir con eso? ¿Qué era lo que le había quitado Egipto?
Entonces me di cuenta con mayor claridad de que había en él algo
que se echaba en falta, algo que en otro tiempo había poseído y que
ya no tenía. Su propia figura se me aparecía ya borrosa cuando
trataba de pensar en ella. Mi mente se afanaba por recordarla, pero
todo era en vano... Al cabo de un rato dejé mi silla y me cambié de
ventana, invadido de una vaga sensación de desasosiego de la que
formaba parte la inquietud que sentía por él. Había despertado mi
compasión. Pero tras aquel sentimiento se escondía también una
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curiosidad ávida y absorbente. George Isley parecía estar


perdiéndose en la distancia, y lo curioso es que yo mismo me sentía
acometido por un deseo irrefrenable de alcanzarle, de acompañarle
en su viaje hacia aquel esplendor perdido que él había vuelto a
descubrir. Era un sentimiento verdaderamente singular, pues iba
unido a un anhelo; el anhelo de una belleza olvidada e indescriptible
que el mundo había perdido. También yo lo sentía dentro de mí.
Ante la proximidad del crepúsculo la mente se complace en
albergar sombras. A mi espalda, la sala, vacía de huéspedes,
permanecía a oscuras; también sobre el desierto se iba extendiendo
lentamente un velo de oscuridad, ahondando la serenidad de su
rostro adusto e inexpresivo. El paisaje iba palideciendo en la lejanía;
toda aquella inmensa sábana avanzaba susurrando hacia la noche.
Suspendidas frágilmente en el aire, como si se tratara de racimos de
grosellas que pudieran arrancarse, titilaban en el cielo las primeras
estrellas; el sol se había ocultado ya en el horizonte libio, donde las
tonalidades doradas y carmesíes, al irse atenuando, pasaban del color
violeta al azul. Me quedé contemplando el misterioso anochecer
egipcio mientras un embrujo sobrecogedor hacía que mis sentidos
medio embotados percibieran la inquietante proximidad de 1o
imposible... y entonces comprendí lo que estaba ocurriendo. Sobre
George Isley, sobre su mente y sus energías, sobre su pensamiento,
e incluso sobre sus propias emociones, también se estaba
extendiendo lentamente una especie de oscuridad. Aunque no era
cosa de la edad, algo en él se había debilitado, se había apagado.
Una noche interior se estaba apoderando del Presente y lo estaba
eliminando. Y, no obstante, su mirada se dirigía al amanecer. Al igual
que ocurría con los monumentos egipcios, sus ojos miraban... hacia
oriente.
Se me ocurrió que quizá lo que había perdido era su ambición.
Decía alegrarse de que sus estudios egipcios no se hubieran
adueñado de él en una época más temprana; los términos en que se
había expresado eran bastante singulares: «ahora que estoy en
declive ya no importa tanto». Una base poco sólida, sin duda, para
asentar sobre ella una certeza y, a pesar de ello, tenía el
convencimiento de que no andaba desencaminado. Estaba fascinado
sí, pero fascinado en contra de su voluntad. En su interior combatían
el Presente y el Pasado. Aunque seguía luchando, ya había perdido
toda esperanza. El deseo de no cambiar le había abandonado...
Me aparté de la ventana para no ver aquel desierto gris que todo
lo invadía, pues el hallazgo que acababa de hacer había provocado en
mí cierta zozobra. Egipto me parecía de pronto una entidad dotada de
un inmenso poder. Se agitaba a mi alrededor. En aquel preciso
instante estaba sintiendo cómo se agitaba. Aquella tierra llana e
inmóvil que aparentaba carecer de movimiento, en realidad estaba
constantemente realizando multitud de ademanes que, poco a poco,
se iban enroscando al corazón de las personas. A él lo estaba
disminuyendo. De la compleja textura de su personalidad ya había
arrancado una hebra vital, cuya relación con la trama general de su
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ser era de crucial importancia: su ambición. Era mi mente quien


había elegido ese símil, pero en mi corazón, donde las ideas
palpitaban con inusitada violencia, se insinuaba otro símil aún más
certero. En lugar de «hebra» la palabra era «arteria». Me alejé
rápidamente de allí y subí a mi habitación para estar a solas. Había
en aquella idea algo que me resultaba repugnante.
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Sin embargo, mientras me vestía para ir a cenar, aquella idea


comenzó a exfoliarse como si se tratara de un ser vivo. Veía
dibujarse sobre la figura de George Isley un gran interrogante que
anteriormente no estaba allí. Todo el mundo, por supuesto, lleva
consigo un interrogante, aunque por lo general no suele manifestarse
de forma visible hasta el momento final. En su caso, tal presencia le
envolvía de forma palpable cuando aún se encontraba en la plenitud
de la vida. Gravitaba sobre su cabeza como una espléndida cimitarra.
Aunque estaba lleno de vitalidad, parecía haber aceptado de buen
grado la muerte. Por más que mi imaginación trataba de encontrar
una posible explicación, nunca iba más allá de una conclusión de
carácter negativo: cierta energía, que no guardaba relación alguna
con la mera salud fisica, había desaparecido. Creo que se trataba de
algo más que la ambición, pues incluía también una falta de
objetivos, de deseos, de confianza en sí mismo. Era la propia vida.
George Isley había dejado de pertenecer al Presente. Ya no estaba
aquí.
«Algunos países dan y otros quitan... Me cuesta mucho
manejármelas con Egipto. Lo encuentro demasiado... —y después ese
adjetivo tan sencillo, tan corriente— fuerte». Por sus recuerdos y por
su propia experiencia, el mundo entero no guardaba secretos para él;
tan sólo le quedaba Egipto para enseñarle aquella novedad
maravillosa. Pero no se trataba del Egipto de hoy en día; era el
Egipto desaparecido el que le había robado las fuerzas. Había dicho
que se encontraba enterrado, oculto, esperando... De nuevo volví a
sentir un leve estremecimiento, como si en lo más hondo de mi
corazón anidara en secreto el deseo de compartir aquella experiencia
con él, como si la compasión que sentía implicara un consentimiento
voluntario de que así fuera. La compasión conlleva siempre una cierta
renuncia al propio yo; cada vez que me invadía ese sentimiento tenía
la sensación de que una parte de mí me abandonaba. Mi pensamiento
se movía en círculos sin encontrar un punto firme donde poder
apoyarse y decir: «ya lo tengo; ahora lo entiendo todo». Que un país
tenga una cierta disposición a dar es algo fácilmente comprensible,
pero aquella idea de un país que despoja, que roba, me
desconcertaba. Me invadió una vaga sensación de alarma; no sólo por
él sino también por mí.
En cualquier caso, durante la cena —que me invitó a compartir
con él en su mesa— aquella impresión terminó por írseme de la
cabeza, y me reproché a mí mismo haber incurrido en unas
exageraciones más propias de una mujer. Sin embargo, a medida
que hablábamos de tantos días de aventura como habíamos pasado
juntos en otras latitudes, me llamó la atención lo raro que era que
nunca hiciéramos mención del presente. Lo ignorábamos. Se diría
que a su pensamiento le resultaba más sencillo orientarse hacia el
pasado. Cada una de aquellas aventuras, como impulsada por su
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

propio peso, conducía de forma natural a una misma idea: la inmensa


magnificencia de una edad desaparecida. En aquel misterioso juego
entre la vida y la muerte el antiguo Egipto representaba la casilla del
«hogar». La gravedad específica de su propio ser —por no hablar de
momento de la mía— se había desplazado hacia un punto inferior y
más lejano, hacia atrás y hacia las profundidades, o como él mismo
decía, bajo tierra. Yo mismo experimentaba literalmente la sensación
de estar hundiéndome.
Empezaba a preguntarme cuál sería la razón que le había llevado
a elegir un hotel como éste. En mi caso había venido aquí aquejado
de una afección en un órgano de mi cuerpo que, según me había
asegurado el especialista, no tardaría en sanar gracias a los
maravillosos aires de Helouan; pero me parecía extraño que mi
compañero también lo hubiera elegido. La clientela estaba compuesta
en su mayor parte de convalecientes, alemanes y rusos sobre todo.
Su gerencia vivía de espaldas al lado más alegre y frívolo de la vida
que, por lo general, los hoteles egipcios fomentan con todo
entusiasmo. Era una verdadera casa de reposo, un lugar para
descansar y disfrutar del ocio, donde se podía permanecer en el
anonimato con la seguridad de no ser descubierto. Los ingleses no
solían frecuentarlo. Era el lugar indicado —se me ocurrió súbitamente
— para esconderse.
—O sea, que por ahora no estás metido en ningún proyecto
arqueológico, ¿no es así? —le pregunté—. ¿Nada de expediciones o
excavaciones de momento?
—Me estoy recuperando —me respondió de manera
despreocupada—. He estado dos años en el Valle de los Reyes y, la
verdad, creo que he forzado un poco la máquina. Pero estoy
preparándome para trabajar en un asunto aquí cerca, en la otra orilla
del Nilo —y señaló hacia Sáqqara donde el inmenso cementerio
menfita se extendía bajo tierra desde las pirámides de Dachur hasta
las moles de Gizeh, cuatro millas más abajo—. ¡Sólo en ese lugar hay
tarea para cien años de trabajo!
—Debes haber reunido una gran cantidad de material
interesante. Supongo que más adelante lo utilizarás para un libro o...
La expresión de su cara hizo que no continuara; de nuevo había
asomado a sus ojos aquella extraña mirada que, cuando la vi por
primera vez, ya me había producido una gran inquietud. Era como si
algo dentro de él consiguiera con gran esfuerzo aflorar por un
instante a la superficie, y tras echar una mirada sombría sobre el
presente, volviera a hundirse y desaparecer.
—Mucho más de lo que nunca pueda llegar a utilizar —respondió
con desgana—. Lo más probable es que sea ello lo que me utilice a
mí. —Lo dijo todo precipitadamente, mientras echaba una ojeada por
encima del hombro, como si temiera que alguien pudiera estar
escuchando. Luego, volvió a mirarme con una elocuente sonrisa en su
rostro. Le dije que pecaba de modesto.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—Si todos los arqueólogos fueran como tú —añadí— seríamos los


pobres ignorantes como yo quienes sufriríamos las consecuencias —
acompañé mi comentario con una risa, pero aquella risa no pasó más
allá de mis labios.
Negó con la cabeza con una expresión de indiferencia.
—Lo hacen lo mejor que pueden; y lo cierto es que hacen
verdaderas maravillas —replicó, mientras hacía un gesto indefinible
que parecía indicar que prefería desentenderse de aquel tema,
aunque no pudiera conseguirlo del todo—. Conozco sus libros, y
también a sus autores... de muy diversas nacionalidades. —Hizo una
breve pausa, y sus ojos adquirieron una expresión grave—. Lo que no
llego a comprender del todo es ... como lo consiguen —añadió con un
tono de voz apagado.
—Lo dices por el esfuerzo que supone, ¿no? ¿La dureza del clima
y esas cosas? —Hice aquel comentario a propósito, pues sabía
perfectamente que no era a eso a lo que él se refería. No obstante, la
forma en que clavó sus ojos en mi cara me turbó hasta tal punto, que
creo que di un respingo. Una parte muy profunda de mí le escuchaba
con la máxima atención, en actitud vigilante, casi en guardia.
—Lo que quiero decir es que tienen una capacidad de resistirse
extraordinaria —respondió.
—¡Eso era! ¡Había usado justo la palabra que yo mismo llevaba
escondida en mi interior!
—Es algo que me deja perplejo —prosiguió—, pues quitando a
uno de ellos, no son personas excepcionales. En cuanto a su talento,
sí, claro. Pero yo me refiero a su capacidad de resistirse, de
protegerse. De protegerse a sí mismos —añadió con énfasis.
La manera en que había dicho «resistirse» y «protegerse a sí
mismos» había hecho que un escalofrío me recorriera el cuerpo. Más
adelante me enteraría de que él había realizado algunos
descubrimientos asombrosos durante aquellos dos últimos años,
ahondando en los misterios de la vida del antiguo Egipto sacerdotal
más que cualquiera de sus predecesores o colegas... y que después,
inexplicablemente, había abandonado sus investigaciones. Pero todo
aquello sólo lo supe más tarde y por boca de terceros. En aquel
momento de lo único que era consciente era de aquel extraño
sentimiento de turbación. Aunque no entendiera muy bien lo que
quería decir, intuía que estaba tocando unos temas que afectaban a
lo más profundo de su ser. Hizo una pausa, como si esperara que yo
dijera algo.
—Es posible que Egipto simplemente fluya a través suyo sin
dejar huella —me aventuré a decir—. Dan a conocer los datos de una
forma mecánica y no se dan cuenta de la importancia que tienen.
Presentan los hechos sin interpretarlos. En tu caso es el verdadero
espíritu del pasado el que se descubre y se presenta en su realidad
desnuda. Tú lo vives. Sientes el antiguo Egipto y lo revelas. Siempre
tuviste unas dotes de adivino que a mí, recuerdo, me parecían
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

sorprendentes.
El destello que percibí en su sombría mirada puso de manifiesto
que había dado en el blanco. Entonces tuve la sensación de que un
tercero se había unido silenciosamente a nosotros en aquella pequeña
mesa de la esquina. Se había entrometido invocado por el poder de
algo que planeaba constantemente sobre nuestra conversación sin
que nunca se llegara a mencionar. Era una presencia inmensa y
difusa que parecía vigilarnos. Egipto se deslizaba hacia nosotros y
ascendía flotando a nuestro lado. Podía verlo reflejado en el rostro y
en la mirada de mi compañero. El desierto se filtraba a través de los
muros y del techo, emergía bajo nuestros pies, se iba depositando a
nuestro alrededor; nos escuchaba, nos observaba, nos acechaba.
Aquella súbita y extraña fantasmagoría parecía completamente real.
Las colosales dimensiones de Egipto fluían por entre los pilares, los
arcos y los ventanales de aquel moderno comedor. Un aire gélido,
que los rayos del sol nunca habían alcanzado, brotaba desde debajo
de los monolitos de granito y me rozaba la piel. Tras él venía la
sofocante atmósfera de las tumbas térmicas del Serapeum, de las
cámaras y los pasadizos de las pirámides. Se oía un rumor como de
una miríada de pasos avanzando en la lejanía y de arenas movidas
sin descanso por el viento a lo largo de los siglos. Y de pronto, en
asombroso contraste con esta impresión de algo descomunal, la
figura de Isley pareció encoger. Durante un segundo disminuyó a ojos
vistas. Se estaba alejando. Su silueta parecía retirarse y decrecer
como si se encontrara envuelto en una neblina que le llegara por
encima de la cintura, dejando tan sólo al descubierto su cabeza y sus
hombros. Cada vez se le veía más lejos.
Se trataba sin duda de una vívida imagen mental que, de algún
modo, había adquirido una realidad objetiva. No era más que una
especie de escenificación de algo que había sentido. La frase que le
había oído decir antes, «ahora que estoy en declive», me vino
súbitamente a la memoria, produciéndome un intenso desasosiego.
Puede que, de nuevo, una especie de telepatía emocional hubiera
hecho que su estado anímico se reflejara en el mío. Invadido de una
sensación de opresión casi física de la que no me podía
desembarazar, me quedé a la espera de que dijera algo. Parecieron
pasar siglos antes de que se decidiera a hablar, y cuando por fin lo
hizo, en su voz se notaba un temblor que, no obstante, intentaba
reprimir. Por alguna razón no fui capaz de levantar la vista de la
mesa. Pero le escuché con la máxima atención.
—Eres tú quien tiene dotes de adivino, no yo —aquella extraña
sensación de lejanía se percibía incluso en su voz; parecía retumbar
como si ascendiera encerrada entre muros—. Creo que hay algo aquí
que no se deja investigar más de cerca o, más bien, que se resiste a
ser descubierto... es casi como si se sintiera ofendido.
Alcé rápidamente la vista y de inmediato volví a bajarla.
Resultaba sorprendente oír aquello de labios de un inglés
contemporáneo. Hablaba con ligereza, pero la expresión de su rostro
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

contradecía su tono despreocupado. En la seriedad de aquellos ojos


no había asomo de burla, y tras su voz apagada se percibía un leve
sonido arrastrado que de nuevo me puso la carne de gallina. Sólo se
me ocurre una palabra para describirlo: «subterráneo». Todo lo que
en él era mental se había hundido, parecía hablar bajo tierra; era
como si tan sólo la cabeza y los hombros permanecieran a la vista. El
efecto que producía era casi repugnante.
—Son tan formidables los obstáculos que se interponen en el
camino cuando las pesquisas se acercan demasiado a la realidad —
prosiguió—. Me refiero a obstáculos físicos, externos. O bien eso... o
bien la mente pierde su capacidad de asimilación. Siempre ocurre una
cosa o la otra y, entonces, todo descubrimiento cesa
automáticamente —había bajado la voz hasta convertirla en un
murmullo.
En aquel preciso instante, como si fuera un muerto saliendo de
una tumba, se levantó y se apoyó sobre la mesa. Estaba realizando
un violento esfuerzo interno, pues se disponía —estoy convencido de
ello— a realizar una declaración íntima cargada de significado. Tenía
la actitud de quien va a hacer una confesión; creo que iba a hablarme
de sus trabajos en Tebas y de la razón que le había llevado a
interrumpirlos tan bruscamente. Yo mismo me sentía como alguien
que, de un momento a otro, iba a tener que asumir la ingrata
responsabilidad de escuchar un secreto muy importante. Ésa era la
sensación que me embargaba cuando, casi sin querer, le dirigí una
mirada y descubrí que estaba completamente equivocado. No era a
mí a quien miraba. Su vista me dejaba a un lado y se dirigía hacia los
amplios ventanales abiertos que se encontraban a mi espalda. Algo le
había hecho enmudecer.
De forma instintiva, me di la vuelta, y pude ver lo que él
contemplaba. Al menos en lo que respecta a los detalles externos, lo
vi.
Mi vista atravesó el deslumbrante resplandor de aquel comedor
ostensiblemente moderno, dejó atrás las mesas atestadas de gente, y
pasando por encima del cuadro que componía aquel bosque de
cabezas de alemanes alimentándose burdamente, alcanzó a ver... la
luna. Su disco rojizo, inmenso e irreal, permanecía suspendido en
medio del firmamento, alzando la extensa sábana del desierto hasta
hacerla flotar sobre la superficie del mundo. El gran ventanal se abría
hacia el este, donde el desierto arábigo se adentra en un desolador
paisaje de gargantas, despeñaderos y montes de cimas aplanadas.
Se trata de un territorio inhóspito y ominoso en el que, por todas
partes, se siente acechar el peligro. A diferencia de lo que ocurre con
las serenas dunas del desierto libio, tras aquel mar de sombras se
palpa la amenaza y la tentación. El claro de luna no hacía sino
acentuar su espectral desolación, su crueldad, su severa hostilidad,
hasta hacerlo parecer mortífero. Ningún río endulza con su presencia
este tramo del desierto arábigo, donde las suaves arenas son
reemplazadas por un paisaje erizado de colmillos de roca caliza,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

afilados y amenazantes. A lo lejos, como un pálido hilo gris iluminado


por la luz de la luna, la vieja ruta de las caravanas parecía emitir
señales. Era aquello lo que él miraba con tanta intensidad.
Me doy perfecta cuenta de que la imagen que acabo de describir
parecerá quizá un tanto teatral, pero lo cierto es que poseía una
fuerza de seducción poderosísima. «Ven a probar mi belleza atroz»,
parecía susurrar. «Ven, piérdete, y muere. Ven a seguir la ruta que
bajo la luz de la luna conduce hacia el Pasado... donde te espera la
paz, la inmovilidad y el silencio. Mi reino subterráneo permanece
inmutable. Baja, ven lentamente, ven a través de los corredores de
arena que se esconden tras el oropel del mundo moderno. Regresa,
baja a mi áureo pasado...»
Un deseo arrebatador, que parecía llegar hasta mí montado en
los propios rayos del claro de luna, me traspasó el corazón; sentía un
anhelo irresistible de dejarme llevar sin ofrecer resistencia. Aquella
visión repentina e inquietante del mundo exterior tenía una fuerza
inusitada. El contraste que ofrecían aquellos velludos extranjeros con
sus toscos atuendos, comiendo afanosamente bajo la deslumbrante
luz artificial, era formidable. Sobre aquellas lejanías que se avistaban
tras la ventana se cernía una de esas atmósferas que suelen
calificarse de sobrenaturales. Estaba penetrada de misterio. Egipto
nos contemplaba, nos observaba, nos escuchaba; y a través de las
ventanas del corazón que iluminaba la luna, nos hacía señas para que
nos acercáramos y lo descubriéramos. La mente y la imaginación
podrán vacilar cuanto quieran, pero tanto si las palabras son capaces
de expresar la verdad como si no, es innegable que algo así estaba
ocurriendo. George Isley, que se sabía observado, no podía quitar los
ojos de encima a ese terrible semblante... estaba fascinado.
Sobre el bronce de su piel se había extendido una tonalidad
grisácea. Por mi parte, también yo sentía crecer en mí ese
sentimiento cautivador; ese deseo de salir y perderme bajo el claro
de luna, de abandonar el mundo de los seres humanos y errar a
ciegas por el desierto, de ver el resplandor plateado de los
desfiladeros y sentir el frío cortante e intenso de la brisa. En mi caso
las cosas no iban más allá, pero no me cabía ninguna duda de que mi
compañero experimentaba la atracción más intensa y profunda que
se ocultaba tras aquel encanto superficial. Lo cierto es que, durante
un instante, creí que iba a levantarse de la mesa. Hizo ademán de
ponerse de pie, pareció luchar y resistirse... pero, finalmente, su
poderosa anatomía se dejó caer en la silla. La postura que adoptó su
cuerpo hacía que pareciera menos imponente, más pequeño; daba la
sensación de que sus dimensiones se habían reducido a una escala
mucho menor. Era como si, en aquel preciso instante, le hubiera sido
arrebatada una parte de su persona, de tal modo que incluso su
apariencia física parecía haber disminuido. Su voz, cuando al poco
tiempo volvió a hablar con tono resignado, sonaba apagada y carecía
de timbre viril.
—Siempre está ahí —susurró mientras se retrepaba torpemente
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

en la silla—, siempre está vigilando, esperando, escuchando. Es casi


como el ogro de los cuentos, ¿verdad? Nunca se mueve, ¿sabes? Se
limita a permanecer suspendido entre el cielo y la tierra como una
gigantesca tela de araña. Sus presas se precipitan volando contra
ella. Así es Egipto allá donde uno vaya. Dime, ¿sientes tú lo mismo, o
crees que son imaginaciones mías? A mí, por lo menos, me parece
que sólo espera a que llegue su hora; de ese modo te atrapa antes.
Al final no queda más remedio que partir.
—Sí, desde luego tiene mucho poder —le dije, tras hacer una
breve pausa para recuperar el control sobre mí mismo, pues aquel
símil morboso había hecho que aumentara mi turbación—. Incluso
puede que llegue a producir terror... a alguna de esas personas
débiles de carácter que son todo imaginación. —No conseguía
hilvanar mis ideas ni encontrar las palabras adecuadas para
expresarlas—. Una vista como ésa, por ejemplo, posee una grandeza
extraordinaria —dije señalando al ventanal—. Te sientes arrastrado
hacia ella y... sí, simplemente tienes que partir. —En mi mente
resonaban aún sus extrañas palabras, «al final no te queda más
remedio que partir». En ellas quedaba resumido el sentir de su alma
y de su corazón—. Me imagino que algo similar le debe ocurrir a una
mosca o a una mariposa cuando se siente arrastrada hacia la llama
destructora. ¿O será algo de lo que no son conscientes? —añadí.
Sacudió su imponente cabeza con un gesto muy expresivo.
—Bueno, bueno, pero eso no tiene por qué indicar que la mosca
sea débil o que la mariposa sea una insensata —respondió—. Quizá
pequen de aventureras, pero ambas obedecen las leyes que rigen los
instintos más profundos de su ser. Además, están advertidas; lo que
pasa es que, cuando la mariposa quiere saber demasiado, el fuego la
detiene. Tanto la llama como la araña se enriquecen al comprender la
naturaleza de sus presas; y la mosca y la mariposa vuelven una y
otra vez hasta que su destino se cumple.
A pesar de aquellos comentarios, George Isley estaba tan cuerdo
como podía estarlo el mismísimo maître del hotel, que al advertir el
interés que demostrábamos por el ventanal, se acercó para
preguntarnos si había corriente y deseábamos que lo cerrara. En
cualquier caso, me daba cuenta de que Isley se estaba esforzando
por exteriorizar un apasionado estado anímico para el cual, dada su
singularidad, no existe una forma de expresión adecuada; hay un
lenguaje de la mente pero, de momento, no lo hay del espíritu. Yo
me sentía muy inquieto. Todo aquello era absolutamente ajeno a
aquel carácter saludable y enérgico que yo recordaba.
—Querido amigo —le dije con un temblor en la voz—, ¿no
estarás dando al pobre Egipto una mala reputación que en ningún
caso se merece? Lo único que siento es una fuerza y una belleza
formidables; sobrecogedoras si quieres, pero en absoluto ese
resentimiento al que tú aludes de forma tan misteriosa.
—Puedes decir lo que quieras, pero yo sé que tú lo entiendes —
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

me respondió con tranquilidad. De nuevo parecía estar a punto de


hacer una confesión crucial que aliviaría el pesar de su alma. Mi
sensación de incomodidad creció. No cabía duda de que alguna parte
de su ser estaba sometida a una gran presión—. Además, de ser
necesario, me ayudarías. En realidad tu comprensión ya me sirve de
ayuda. —Lo dijo como si hablara consigo mismo y en un tono de voz
que, súbitamente, volvía a ser más bajo.
—¡Ayudarte! —exclamé con un grito ahogado—. ¡Mi
comprensión! Claro, si la...
—Un testigo —murmuró sin mirarme—, alguien que comprenda,
pero que no me tome por loco.
Había en su voz tal tono de súplica que no pude menos que
sentirme dispuesto y ansioso de hacer todo cuanto estuviera en mi
mano para ayudarle. Nuestros ojos se encontraron, y traté de que los
míos expresaran aquella disposición; pero apenas recuerdo que fue lo
que dije, pues mi mente se hallaba envuelta en una nube de
confusión y tartamudeaba como un colegial. Estaba absolutamente
desconcertado. En medio de tal perplejidad, sólo alcancé a coger el
final de otra frase que entonces me dijo: «el alivio de tener alguien
en quien confiar... cuando llegue el momento de la desaparición».
Aquellas palabras me produjeron la sensación de haber sido
pronunciadas por una voz salida de un sueño. Pero no cogí la oración
completa y tampoco me atreví a pedirle que la repitiera.
Haciendo un gran esfuerzo, conseguí que de mis labios brotara
una respuesta que expresaba mi comprensión, aunque no sé qué fue
exactamente lo que dije. En cualquier caso, debí acertar en las
palabras que entonces murmuré, pues al oírlas, se apoyó sobre la
mesa y, durante un instante, posó su enorme mano sobre la mía y la
apretó con un gesto muy elocuente. Tenía la mano helada. Una
mirada de gratitud se dibujó fugazmente en aquellas facciones
quemadas por el sol. Dejó escapar un suspiro y, seguidamente, nos
levantamos ambos de la mesa y nos dirigimos a tomar el café a la
sala de fumadores; una sala cuyas ventanas daban a unos patios
rodeados de columnas que no tenían vistas al desierto. George Isley
llevó la conversación hacia temas menos personales y —gracias a
Dios— sin un carácter tan intensamente emotivo y misterioso. Ya he
olvidado de qué hablamos; aunque era interesante poseía un cariz
completamente distinto. Su antiguo encanto y su energía aún surtían
efecto; volví a experimentar con fuerza el respeto que siempre había
sentido por su carácter y su talento, pero el sentimiento que ahora
predominaba en mí era de pena. El cambio que se había producido en
su persona resultaba cada vez más patente. Sus palabras ya no
impresionaban tanto, eran menos convincentes, menos sugestivas.
Aunque daba muestras de su vasta cultura, en su conversación se
echaba en falta esa nota de espiritualidad que hace que las cosas nos
toquen de cerca. Por alguna misteriosa razón me parecía menos real.
Cuando finalmente subí a la habitación para irme a la cama, lo hice
turbado e inquieto. «No es cosa de la edad», me dije, «y aunque
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

haya hablado de desaparecer, tampoco es la muerte lo que teme. Es


algo mental en el sentido más profundo del término. Tiene que ver
con eso que los creyentes llaman el alma. Algo le ocurre a su alma.»
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

La palabra alma no iba a abandonarme ya hasta el momento del


desenlace final. Egipto se estaba llevando su alma hacia el Pasado.
Todo lo que en él había de valioso partía de buen grado; el resto,
algún aspecto menor de su mente y de su carácter, se resistía y
trataba de aferrarse al presente. Por lo tanto, sí que había lucha. Pero
también ella se iba desdibujando poco a poco.
Cómo pude llegar tan alegremente a una conclusión tan
monstruosa es algo que, aún hoy, me sigue pareciendo un misterio.
Es bien sabido que de una conversación se suele extraer una idea
general cuyo contenido excede siempre al de las palabras que
efectivamente se pronunciaron o se oyeron. Naturalmente, aquí sólo
he recogido una parte de lo que nos comunicamos a través del
lenguaje, y en cuanto a lo que se sugirió —mediante gestos,
expresiones o silencios— quizá poco más que algún indicio suelto. Lo
único que puedo asegurar es que, para mí, ese veredicto tan
perturbador equivalía a una certeza. Cuando subí al piso de arriba,
vino conmigo; caminaba a mi lado, observándome, escuchándome.
Aquel misterioso Tercero que habíamos evocado en nuestra
conversación era más grande que cualquiera de nosotros por
separado; podría denominarse el espíritu del antiguo Egipto, o
generalizando todavía un poco más, el espíritu del Pasado. Lo cierto
es que aquel Tercero permanecía a mi lado, susurrándome al oído
aquella cosa tan increíble. Cuando salí al pequeño balcón de mi
habitación para fumar una pipa y disfrutar de la reconfortante
presencia de las estrellas antes de irme a dormir, aquello salió
también conmigo. Estaba en todas partes. Se oía ladrar a unos
perros, a lo lejos se escuchaba el monótono redoble de un tambor
que parecía provenir de Bedraschien, y desde las barracas y las calles
oscuras llegaba el sonsonete de las musicales voces de los nativos.
Detrás de todos aquellos sonidos tan familiares percibía la presencia
invisible de aquel Tercero. El inmenso cielo nocturno, salpicado de
estrellas, también me hablaba de su presencia. Estaba en la brisa
helada que susurraba en torno a los muros del hotel y se cernía sobre
toda la superficie del desierto insomne. Estaba tan acompañado como
si el propio George Isley en persona se encontrara a mi lado... y en
ese momento, me llamó la atención una figura que se movía a lo
lejos. Aunque mi ventana se encontraba en el sexto piso, la estatura
y el porte marcial de aquel hombre que se alejaba paseando del hotel
eran inconfundibles. George Isley se estaba internando lentamente
en el desierto.
En realidad, aquella visión no tenía nada de particular. No eran
más que las diez de la noche, y yo mismo, de no ser por las órdenes
del médico, bien podría haber estado haciendo otro tanto. Sin
embargo, mientras me apoyaba en el alféizar de la ventana y le
observaba desde aquella altura de vértigo, un escalofrío me recorrió
el cuerpo, y una sensación que, por más páginas que escribiera,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

jamás podría llegar a explicar o describir, me invadió y se apoderó de


mí. Las palabras que él había pronunciado durante la cena me
vinieron a la memoria con singular fuerza. Egipto le rodeaba como
una inmensa e inmóvil telaraña gris. Sus pies habían quedado
atrapados en ella y había empezado a vibrar. Aquella urdimbre
plateada que iluminaba la luna iba transmitiendo la noticia de Menfis
a Tebas, desde la subterránea Sáqqara al Valle de los Reyes, a una y
otra orilla del Nilo. Un temblor recorría todo el desierto, y una vez
más, como ya ocurriera en el comedor, escuché el rumor del
movimiento de miles de leguas de arena. Tuve la impresión de
haberle sorprendido en el preciso instante en que iba a desaparecer.
En aquel momento me di cuenta del poderoso embrujo que se
desprende de esa misteriosa atmósfera de inmovilidad que es Egipto,
y sentí que una emanación mágica de su poderoso pasado rompía
súbitamente sobre mí como si se tratara de una ola. Quizá
experimenté entonces lo mismo que él: la sensación de que el reflujo
de aquella ola gigantesca me arrancaba una parte de mi ser y la
arrastraba hacia el pasado. Un anhelo indescriptible extraía de mi
corazón algún elemento vital que, embargado de una dulzura
ardiente y anhelante, ansiaba alcanzar el éxtasis de una pasión
espiritual que hacía mucho que había dejado de existir. No hay
palabras para expresar la intensidad del dolor y la felicidad que
aquello me producía; mi personalidad —o al menos una parte
esencial de ella— parecía marchitarse ante aquella fuerza
cautivadora.
Permanecí en aquel lugar, inmóvil como una piedra, sin poder
dejar de mirarle. Firme y erguido, consciente de que cualquier
resistencia sería vana, ansiando partir y, a la vez, esforzándose por
quedarse, George Isley, más que andar parecía flotar en el aire
avanzando hacia aquel hilo gris pálido que era la ruta de Suez y del
lejano Mar Rojo. Mientras le contemplaba me invadió un extraño e
intenso sentimiento de pesar, de desgarramiento y de compasión que
no soy capaz de explicar; era tan misterioso como lo es el dolor en
los sueños. Creo que sentí algo de la espantosa soledad que él
experimentaba, una soledad que nada en el mundo podía atenuar.
Despojado del Presente, su alma buscaba la quimera de un Pasado
irreal. Ni siquiera la majestuosa calma de la espléndida noche egipcia
conseguía disipar aquel sortilegio; reinaban una paz y un silencio
maravillosos y el dulce perfume del aire del desierto era
embriagador; pero aquello tan sólo contribuía a hacerlo más intenso.
Aunque me sentía incapaz de explicar mis propias emociones, la
conmoción que me producían era tan real que se me escapó un
suspiro y me di cuenta de que estaba a punto de llorar. No podía
dejar de observarle y, sin embargo, sentía que no tenía derecho a
hacerlo. Lentamente me fui retirando de la ventana con la sensación
de haber estado entrometiéndome en su intimidad, pero antes pude
ver cómo su silueta se fundía con el oscuro universo de arena que
comenzaba nada más traspasar los muros del hotel. Llevaba puesto
un manto verde que le caía casi hasta los talones y cuyo color se
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

fusionaba con la superficie plateada de la oscuridad marina del


desierto. Aquel brillo que, en un principio, parecía rodearle,
finalmente le ocultó. Desapareció bajo uno de los pliegues de esa
misteriosa vestidura, sin costuras ni cierres, que envuelve a Egipto a
lo largo de miles y miles de leguas. El desierto se había apoderado de
él. Egipto le había atrapado en su tela de araña. Había desaparecido.
No me sentía capaz de irme a dormir en aquel momento. El
cambio que él había experimentado hacía que me sintiera menos
seguro de mí. Su desintegración me había sobrecogido. Me daba
cuenta de hasta qué punto yo mismo estaba nervioso.
Permanecí sentado junto a la ventana, fumando; estaba agotado
físicamente pero mi imaginación se hallaba en un desagradable
estado de sobreexcitación. Los grandes carteles luminosos del hotel
se apagaron; una por una se fueron cerrando debajo de mí todas las
ventanas; en las farolas de la calle ya no había luz, y Helouan se
asemejaba al montón de piezas blancas de un juego de construcción
desperdigado sobre la moqueta de un cuarto de niños. Su aspecto en
medio de aquella vasta inmensidad era insignificante. El entramado
reticular de sus luces parpadeaba como si se tratara de un racimo de
luciérnagas caído en una pequeña grieta de aquel formidable
desierto. Parecía levantar la vista hacia las estrellas con cara
asustada.
Hacía una noche serena. Sobre el paisaje flotaba una atmósfera
de una belleza inmensa, tras la cual se adivinaba un matiz siniestro,
apenas aliviado por el centellear de las estrellas. Pero, en realidad,
nada dormía. Agrupados a intervalos sobre aquel universo de tonos
pardos se alzaban solemnes y vigilantes los guardianes eternos: las
descomunales Pirámides, la Esfinge, los adustos Colosos, los templos
vacíos, las tumbas abandonadas desde hace siglos. Por todas partes
se sentía la presencia de aquellos centinelas apostados a lo largo de
la noche. El silencio parecía susurrar: «Esto es Egipto; es en Egipto
donde estás. Más allá de tu ventana palpitan ochenta mil años de
historia. Bajo tierra reposa, insomne, poderoso, imperecedero; no es
algo que se pueda tomar a la ligera. ¡Ten cuidado! O también a ti te
transformará! »
Mi imaginación me ofreció entonces una pista. Egipto es una
realidad difícil de concebir. Como si se tratara de una idea fabulosa y
cuasi legendaria, la mente no consigue darle cabida. Son tantos los
elementos descomunales que lo componen que no hay forma de
asimilarlos; el ánimo se queda en suspenso, trata de ganar tiempo
para recobrar el aliento, los sentidos comienzan a vacilar y,
finalmente, un embotamiento próximo al estupor se va apoderando
del cerebro. Con un suspiro se abandona el combate y la mente
capitula ante Egipto aceptando todas sus condiciones. Sólo los
excavadores y los arqueólogos, al ceñirse estrictamente a los hechos,
consiguen resistirse. Ahora comprendía mejor el significado que mi
amigo daba a los términos «resistencia» y «protección». Mi razón
vacilaba, pero la intuición no paraba de darle vueltas a esta pista
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

tratando de descubrir cuáles pudieran ser las influencias que estaban


en juego en aquel proceso. George Isley tenía una idea mucho más
clara que la mayor parte de la gente de lo que era Egipto, pero se
trataba del Egipto que fue.
Recordé entonces la primera impresión que me causó aquella
tierra y cómo, más adelante, había sido incapaz de sobrellevar su
recuerdo. Al evocarlo, acudía a mi mente una mezcolanza
impresionante, una gigantesca mancha de color que, simplemente,
anonadaba. Sólo los aspectos de menor importancia encontraban
acomodo en el corazón. La visión que tenía era caótica: arenas
inundadas de una luz deslumbrante, vastas naves de granito,
imponentes efigies que miraban al sol sin parpadear, un río brillante y
un desierto envuelto en sombras, el uno como el otro tan infinitos
como el cielo; pirámides descomunales y gigantescos monolitos,
ejércitos de cabezas, de zarpas y de rostros de una escala prodigiosa.
Si cada uno de aquellos elementos tomados por separado aturdía, el
efecto de conjunto era demasiado vasto e inabarcable para que la
mente pudiera darle cabida. Su refulgente esplendor pasaba tan
cerca de los ojos —y tan lejos a la vez— que no era posible
distinguirlo con claridad; no había manera de comprenderlo.
Al cabo de unas semanas todo aquello comenzó lentamente a
cobrar vida. Me atacó por sorpresa y quedé atrapado entre sus
formidables garras; pero ni siquiera entonces fui capaz de hablar de
ello, de describirlo, de pintarlo. Cuando menos se esperaba lanzaba
su ataque: de repente, en las neblinosas calles de Londres, en el Club
o en el teatro, un sonido evocaba el griterío de los árabes en las
calles o una bocanada de aire perfumado traía a la memoria las
ardientes arenas que se extienden al dejar atrás los palmerales.
Entonces, el inmenso embrujo de Egipto, que hasta ese momento
había permanecido enterrado en uno de esos recodos del corazón a
los que no tienen acceso las realidades cotidianas, surgía y lo
transformaba todo. Tras él se adivinaba la presencia oculta de algo
inexplicable, inquietante y sobrecogedor; el atisbo de una eternidad
gélida, el hálito de algo terrorífico e inmutable, una realidad sublime,
fascinante y ultraterrena, perdida entre las sombras del tiempo y del
espacio. La melancolía del Nilo y la grandiosidad de un centenar de
templos en ruinas derramaban sobre el corazón un torrente de
inefable belleza. El aire del desierto se levantaba y, con él, pálidas
sombras luminosas y una desolación desnuda que, sin embargo,
rebosaba de enérgica vitalidad. Por la mente pasaba rauda la vívida y
colorista imagen de un árabe a lomos de un burro, hasta que,
finalmente, se empequeñecía y se perdía en la distancia. Las siluetas
de una hilera de camellos se recortaban contra el cielo púrpura.
Grandes vientos, espacios resplandecientes, majestuosas noches,
días inmensos de un áureo esplendor surgían del suelo del patio de
butacas del teatro; y, entonces, Londres, la sombría Inglaterra y la
totalidad de la vida moderna quedaban reducidos a algo insignificante
e irrisorio que producía un dolorido anhelo por el esplendor de
aquellos millones de almas desaparecidas. Durante un instante,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Egipto te traspasaba el corazón, y luego... se desvanecía.


Así pues, yo mismo recordaba haber tenido una experiencia
fantástica de ese tipo. Desde luego, parece indudable que para cierta
clase de personas Egipto puede hacer que el Presente pierda en gran
medida el interés que antes despertaba en ellos. En mi caso, aquel
recuerdo terminó por convertirse en una parte integrante de mi
personalidad; algo en mí ansiaba aquella extraña y terrible belleza.
Quien ha bebido del Nilo regresará para volver a beber de sus aguas
... Y, si en mi caso esto era posible, ¿qué no sería en el de una
personalidad como la de George Isley? Comenzaba a vislumbrar el
significado de lo que estaba ocurriendo. El antiguo Egipto, ese Egipto
que permanecía enterrado y oculto, había lanzado sus redes sobre su
alma. Su vida, cada vez más desdibujada en el Presente, estaba
siendo transferida a un Pasado glorioso y reconstruido donde su
existencia se iba perfilando con más nitidez. Hay países que dan y
otros que quitan... y George Isley era una pieza digna de ser
cobrada.
Turbado por tan singulares reflexiones, cerré la ventana y me
alejé de ella. Sin embargo, aquello no bastó para dejar fuera la
presencia de aquel Tercero. La cortante brisa nocturna entró
conmigo. Corrí la mosquitera en torno a la cama, pero no apagué la
luz; y una vez tumbado, intenté poner por escrito mis extrañas
impresiones en un trozo de papel, aunque no tardé en descubrir con
qué facilidad su sentido se perdía al tratar de reflejarlo con palabras.
Estas percepciones visionarias y espirituales son demasiado sutiles
para poder captarlas por medio del lenguaje. Al volver a leerlo tras un
intervalo de varios años cuesta trabajo recordar lo mucho que
significaba para mí y la asombrosa emoción que latía tras aquellas
líneas desvaídas escritas a lápiz. Su retórica resulta vulgar y su
contenido muy exagerado; pero, en su momento, cada una de sus
sílabas encerraba una verdad. Egipto, que desde la noche de los
tiempos ha sufrido el violento expolio de manos de todo el mundo, se
toma ahora su venganza eligiendo una presa. La hora de Egipto ha
llegado. Tras su máscara moderna permanece a la espera, rebosante
de actividad y confiado en su poder oculto. Esta tierra, que ha sido la
prostituta de tantos imperios fenecidos, descansa ahora en paz bajo
las mismas estrellas de la antigüedad; con su belleza intacta,
engalanada con el oro batido a lo largo de los siglos, con sus pechos
al descubierto y sus magníficas extremidades tendidas al sol. Alzando
sus hombros de alabastro por encima de los montículos de arena,
inspecciona a las pequeñas figuras del presente... y elige.
Aunque aquella noche no tuve ningún sueño, mi mente tampoco
descansó del todo. Durante las largas horas de oscuridad una imagen
me venía una y otra vez a la cabeza: la imagen de George Isley
perdiéndose en el desierto bajo la luz de la luna. Con un ágil
movimiento, la noche dejaba caer su capucha sobre su figura y él se
fundía misteriosamente con esa entidad inmutable que envuelve al
pasado con su manto. Una inmensa mano envuelta en sombras,
suave como si estuviera enfundada en un guante pero labrada en
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

granito, salía de debajo y se estiraba a lo largo de cientos de leguas


de desierto para atraparle. Entonces, él desaparecía.
¡Se habla mucho de la inmovilidad del desierto y de su falta de
expresividad! Pues bien, aquella noche yo lo vi moverse, y correr.
Marchaba a toda prisa en pos de él. ¿Se entiende lo que quiero decir?
¡No, claro! Pero ésa es la extraña impresión que produce cuando
comienza a agitarse; y el momento más terrible llega cuando...
consciente de la propia impotencia... uno termina por rendirse y lo
único que se desea es ser devorado. Se le deja acercarse sin hacer
nada. George Isley había hablado de una tela de araña. Desde luego,
se trata de algún poder primordial que se oculta tras el encanto
superficial de eso que las gentes llaman el embrujo de Egipto. No es
algo que se aprecie a simple vista. Se encuentra junto al Antiguo
Egipto: bajo tierra. Tras la quietud de esos días ardientes en que no
sopla el viento, tras la paz de las noches sosegadas e inmensas,
permanece al acecho, monstruoso e irresistible, sin que nadie lo
advierta. Mi mente era tan incapaz de asimilar aquella idea como el
hecho de que nuestro sistema solar, con toda su cohorte de satélites
y planetas, recorra anualmente varios millones de millas a toda
velocidad en dirección a una estrella en la constelación de Hércules,
sin que, aparentemente, dicha constelación parezca hallarse más
próxima de lo que estaba hace seis mil años. Sin embargo, aquello
me dio una pista. A George Isley, con toda su cohorte de
pensamientos, de vivencias y de sentimientos, también le estaban
arrastrando. Y yo, un satélite menor, sentía igualmente esa terrible
fuerza de arrastre. Era algo impresionante... y en la cresta de aquella
inmensa ola me quedé dormido.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Sin que nos diéramos cuenta fueron pasando los días, y también,
creo, las semanas. Escondidos en aquel hotel cosmopolita pasábamos
desapercibidos, apartados del resto del mundo. El tiempo parecía
seguir su curso al ritmo que más le placía: rápido unas veces, lento
otras, llegando incluso a detenerse en algunas ocasiones. Aquellos
días radiantes, situados entre el esplendor del amanecer y del
crepúsculo, eran tan similares que producían la impresión de no ser
más que un único e interminable día. El mecanismo mental
encargado de realizar mediciones se había desajustado. El tiempo
marchaba hacia atrás; las fechas se olvidaban; el mes, la época del
año, incluso el siglo, se hundían en un transcurso indiferenciado.
El Presente discurría de una forma verdaderamente extraña; los
periódicos y la política carecían de importancia, las noticias no tenían
ningún interés. La vida inglesa resultaba tan remota que parecía
irreal y los acontecimientos europeos se desdibujaban. El flujo de
nuestras vidas corría en una dirección completamente distinta:
marchaba hacia atrás. Los nombres y los rostros conocidos aparecían
envueltos en brumas. Las gentes llegaban como caídas del cielo; de
repente estaban ahí. Al encontrarlos en el comedor se tenía la
sensación de que habían llegado de un mundo exterior que, en
alguna parte, debía seguir existiendo. Cierto que un vapor hacía la
travesía cuatro veces por semana, y que el viaje sólo duraba cinco
días, pero eso era algo que, aunque se sabía, no se tenía en cuenta.
El hecho de que aquí fuera siempre verano, mientras en aquellos
otros lugares reinaba el invierno, contribuía a hacer que la distancia
pareciera inconcebible. Mirábamos al desierto y hacíamos planes:
«haremos esto y aquello; tenemos que ir a ese sitio; visitaremos tal
y cual lugar...», y, sin embargo, nunca sucedía nada. Todas las cosas
pertenecían al ayer o al mañana; como Alicia, habíamos descubierto
que el hoy, en realidad, no existe. Nos bastaba con pensar en algo
para que ocurriera. Con eso era suficiente. Si lo pensábamos, había
ocurrido. Vivíamos inmersos en la realidad de los sueños. Egipto era
un mundo de fantasía en el que el corazón vivía hacia atrás.
Así pues, durante aquellas semanas estuve contemplando cómo
se iba apagando una vida, y aunque mantenía una actitud vigilante y
llena de comprensión hacia él, me sentía incapaz de intervenir y de
prestar ayuda. A través de pequeños detalles advertía en George
Isley el progreso de aquel combate desigual, pero mi capacidad de
socorrerle se veía anulada por el hecho de que también yo me
encontraba en una situación similar a la suya. Lo que él
experimentaba de forma definitiva y completa, yo lo experimentaba
en menor medida y solamente en algunas ocasiones. También yo
parecía haber quedado atrapado en los bordes de aquella telaraña
invisible. Me sentía tan implicado en aquella situación que no me
costaba comprender lo que le estaba ocurriendo... y asistir a su
declive era algo verdaderamente espantoso. En el proceso su carácter
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

desaparecía; vi cómo todas sus aptitudes se iban extinguiendo, cómo


menguaba su personalidad, cómo su propia alma se disolvía ante
aquella influencia insidiosa e invasora. Apenas si ofrecía resistencia.
Me hacía pensar en esos insectos abominables que paralizan el
sistema motriz de sus víctimas para después poder devorarlas a
placer cuando aún están vivas. Aquella increíble aventura era
rigurosamente cierta, pero, dado su carácter espiritual, no es posible
narrarla como si se tratara de un relato detectivesco. La versión que
doy de ella no es sino una interpretación personal; tan sólo una de
las muchas versiones posibles. Todo aquel que conozca el verdadero
Egipto, ese Egipto que nada tiene que ver con la construcción de
presas, con el nacionalismo o con el bienestar material de los
falaheen, lo entenderá. Esa tierra aún tiene que sufrir el despojo de
sus muertos, y en venganza, elige tranquilamente sus presas entre
los vivos.
Las circunstancias en que se delataba podían ser de lo más
banales; lo que las hacía interesantes era la posibilidad que ofrecían
de entrever el proceso que se desarrollaba bajo su tranquilo aspecto
externo. Recuerdo que en cierta ocasión, tras comer juntos en Mena,
fuimos a visitar unas excavaciones que se estaban haciendo no muy
lejos de las pirámides de Gizeh, y de regreso, pasamos junto a la
Esfinge. Era la hora del crepúsculo; el grueso del ejército de turistas
ya se había retirado, aunque algunas docenas de visitantes pululaban
todavía por el lugar entre el griterío de los muchachos que alquilaban
borricos y de los pedigüeños. De pronto, vimos emerger su cabeza y
sus hombros descomunales flotando sobre aquel mar de arena. Bajo
aquella luz mortecina, su figura oscura y monstruosa se destacaba
tan imponente como de costumbre, como un ser cuyo linaje no fuera
humano. Ningún grado de familiaridad con esa imagen puede
devaluar su grandeza, el impresionante marco en donde se ubica o la
expresión vacía de un semblante de unas dimensiones tan vastas que
no permiten identificarlo como un rostro. Aunque se visite un millar
de veces su poderío permanece inalterable. Se ha agregado a la
tierra desde un mundo desconocido. Tanto George Isley como yo nos
hicimos a un lado al avistar aquella presencia ajena e inquietante. No
llegamos a detenernos, pero aminoramos la marcha. Hacerlo era algo
obvio, inevitable.Entonces, con una brusquedad que hizo que me
sobresaltara, me señaló algo con la mano. Apuntaba a los turistas
que se encontraban por allí.
—Ves —dijo en voz baja—, de día y de noche, encontrarás
siempre a una multitud rindiendo pleitesía a esa cosa. Pero fíjate en
su comportamiento. Que yo sepa las gentes no hacen eso frente a
ninguna otra ruina en el mundo.
Se refería a cómo las personas procuraban apartarse de los
demás para contemplar aquel rostro formidable a solas.
Desperdigados por aquella profunda concavidad de arena se veían
hombres y mujeres —de pie, tumbados, en cuclillas— que se
mantenían alejados del grueso del grupo donde los dragomanes, con
su proverbial labia, recitaban sus peroratas.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—Es el deseo de estar solo —prosiguió como si hablara consigo


mismo, tras habernos detenido un momento— la necesaria intimidad
que exige la adoración.
Aquella escena era muy significativa, pues ponía de manifiesto
como, a pesar de toda la propaganda que se le había hecho, no
disminuía en nada el efecto que causaba aquel semblante
inescrutable cuyos ojos de piedra contemplaban en silencio los
humanos. Ni tan siquiera aquel soldado de casaca roja, de pie sobre
una de sus gigantescas orejas, conseguía introducir una nota banal
en aquel cuadro. Pero las palabras de mi compañero sí que añadían
algo más al espectáculo, algo menos excelso y que dejaba caer una
gota de horror en aquel cuenco de arena. Por un instante no era
difícil imaginar que esos turistas rendían culto... en contra de su
voluntad. No costaba imaginarse que el monstruo se percataba de su
presencia, que lentamente hacía girar su espantosa cabeza, mientras
la arena comenzaba a deslizarse visiblemente entre una de sus patas
que empezaba a moverse. En una palabra, que podía apoderarse de
ellos... y transformarlos.
—Ven, se hace tarde, y quedarse a solas con esa cosa es algo
que en este momento me resulta insoportable —me susurró con voz
apagada, interrumpiendo mis fantasías como si las hubiera adivinado
—. En fin, ya te habrás dado cuenta, de lo poco que importan los
turistas, ¿no? —añadió mientras me tiraba del brazo para que nos
alejáramos rápidamente de allí—. En vez de hacer que disminuya su
efecto, no hacen sino aumentarlo. Los utiliza.
Una vez más un ligero escalofrío, causado posiblemente por el
nerviosismo que aprecié en él al tocarme o por la seriedad con que
había pronunciado aquellas extrañas palabras, me recorrió todo el
cuerpo. Una parte de mí se quedó rezagada en esa oquedad de
arena, postrada ante aquella inmensidad que simbolizaba el pasado.
Un anhelo misterioso e insensato se apoderó de mí por un instante,
un intenso deseo de comprender exactamente por qué se sentía en
aquel lugar la presencia del terror, cuál era el verdadero sentido que
tuvo aquella figura para quienes la colocaron allí, esperando al sol;
cuál era el papel específico que desempeñaba —a qué almas
conmocionaba y por qué lo hacía— en ese sistema de majestuosas
creencias y de fe del cual seguía siendo el emblema más
indestructible. El pasado se agrupaba solemne en torno a aquella
amenazadora efigie. Percibía con toda claridad esa especie de fuerza
de succión espiritual que arrastraba hacia atrás y a la que mi
compañero, a pesar de la oposición de su yo más moderno y común,
se sometía con gusto. Conseguía que el pasado pareciera algo
extremadamente deseable y desligaba todas las ataduras que nos
unen al presente. Encarnaba tres de los principales ingredientes del
profundo embrujo de Egipto: el tamaño, el misterio y la inmovilidad.
Por fortuna, a George Isley le dejaban indiferente los aspectos
más burdos de aquel hechizo. Lo convencionalmente misterioso no le
interesaba; ni relataba historias de momias ni tan siquiera hizo nunca
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

alusión a esa cualidad sobrenatural que acude siempre a la mente de


la mayoría cuando piensa en Egipto. Lo suyo no era ningún juego.
Aquella influencia era algo serio y vital. Aunque yo sabía que tenía
ideas muy firmes sobre la impiedad de perturbar el reposo de los
muertos, estando yo presente nunca atribuyó ningún carácter
supuestamente vengativo a las energías de un pasado ultrajado. Las
clásicas historias de este tipo —adecuadas tan sólo para las mentes
supersticiosas y para los niños— las ignoraba completamente; las
deidades que querían apoderarse de su alma tenían un rango
muchísimo más elevado. Él vivía ya —si es que se puede expresar así
— en un mundo que su corazón había reconstruido o recordado; la
dirección hacia la que le conducían era radicalmente distinta. Con esa
visión moderna y sensacionalista de la vida, su espíritu ya no tenía
trato alguno: vivía hacia atrás. Observaba cómo su figura se iba
alejando hacia la espaciosa y dorada atmósfera del tiempo
recuperado con tristeza, pero nunca con sentimentalismo. El alma
inmensa del Egipto subterráneo le arrastraba hacia abajo. Su
empequeñecimiento físico era, por supuesto, una interpretación
mental que yo había hecho, pero otra interpretación todavía más
extraña, de carácter espiritual, maravillosa y horrible a un tiempo,
corría en paralelo a aquella. Mientras su apariencia externa y todo lo
que le vinculaba con el mundo moderno y el Presente parecía
disminuir, por dentro crecía y se volvía gigantesco. El tamaño de
Egipto había penetrado en él. Unas dimensiones descomunales
comenzaban a acompañar cualquier representación que mi visión
interior se hacía de su personalidad. Se estaba agigantando. Ya se
habían apoderado de él dos rasgos característicos de aquella tierra: la
magnitud y la inmovilidad.
Finalmente, ese temor reverencial que el mundo moderno ignora
con desprecio, se despertó en mi corazón. La mera presencia de mi
compañero bastaba a veces para asustarme, pues uno de los
aspectos del embrujo de Egipto radica precisamente en su tamaño y
sus dimensiones. Nuestro corazón desdeña este presente que es sólo
velocidad, pero las grandes magnitudes siguen inquietándole, y en
Egipto se encuentran tamaños que fácilmente pueden llegar a
producir espanto.
Cada detalle de esa tierra parece empeñado en meternos esa
idea en la cabeza, hasta que, por fin, el presente tiene que dejarle su
sitio. Los cómputos en millas no bastan para hacer comprensible la
inmensidad del desierto, y las fuentes del Nilo se encuentran a tal
distancia que, más que en el mapa, se diría que sólo existen en
nuestra imaginación. El esfuerzo necesario para aprehender su
realidad se paraliza; daría lo mismo que estuvieran en la Luna o en
Saturno. Aún se desconoce la magnificencia desnuda del desierto, y
en cuanto a las pirámides, los templos, los pilares y los Colosos, sus
proporciones se quedan a las puertas de nuestra mente, pero nunca
llegan a superar ese umbral. Egipto permanece fuera, revestido de
las prodigiosas medidas del pasado. Sus antiguas creencias no sólo
participan de ese efecto titánico sino que lo elevan a una dimensión
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

superior. Sus dimensiones agobian y producen una desagradable


sensación de inmensidad; por eso la mayoría de las personas regresa
con alivio a aquellos detalles que pueden medirse haciendo uso de
una escala más manejable. Los trenes expresos, los aviones o los
transatlánticos no exigen una expansión tan dolorosa de nuestras
facultades como los pilares de Karnak, las pirámides o el interior del
Serapeum.
Por otra parte, justo detrás de esa magnitud, acecha lo
monstruoso. No es algo que se manifieste solamente en las arenas y
las piedras, en los extraños efectos de luz y de sombra o en las
relumbrantes puestas de sol y los mágicos crepúsculos, sino también
en toda su variada vida animal. Se adivina en esos búfalos de
voluminosas cabezas, en los buitres, en las miríadas de milanos o en
el grotesco aspecto de esos camellos que nunca paran de rumiar. No
hay un sólo lugar de ese paisaje colosal y áspero donde no se perciba
esa sensación. La lírica no tiene cabida en esa tierra de arrebatados
espejismos. Una inmensidad deforme observa el diario ajetreo de los
minúsculos seres humanos. Los días se suceden en una marea de un
dorado esplendor, y no queda más remedio que dejarse llevar por esa
corriente irresistible que arrastra hacia atrás, hacia las profundidades.
Vestidos con sus coloridos ropajes, los indígenas caminan en silencio
a este lado de la cortina; al otro lado habita el alma del antiguo
Egipto —la Realidad, como la llamaba George Isley— observándolo
todo con sus ojos insomnes de un gris infinito. A veces la cortina
tiembla y se levanta una esquina; surge una mano invisible; el alma
recibe su toque... y alguien desaparece.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

El proceso de desintegración debía estar ya bastante avanzado


cuando aparecí yo, pues los cambios se producían con gran rapidez.
Aquel era su tercer año en Egipto, y dos de ellos los había
pasado de forma ininterrumpida en las proximidades de Tebas, en
compañía de un egiptólogo llamado Moleson. No tardé en descubrir
que, para Isley, esa región constituía el gran polo de atracción o,
como él mismo decía, el corazón de la telaraña. Naturalmente no
eran Luxor ni las vistas de la reconstruida Karnak lo que le
interesaba, sino esa extensión de terreno cubierto de sombrías e
imponentes montañas donde la realeza terrenal y espiritual había
buscado la paz eterna para sus restos mortales. Rodeados de aquella
soberbia desolación, los grandes sacerdotes y los poderosos reyes se
habían creído a salvo de los sacrílegos. En aquellas cavernas
subterráneas habían acudido fielmente a su cita con los siglos,
protegidos por el silencio de su impresionante oscuridad. Allí
esperaban dormidos, en íntima comunión con el transcurrir de las
edades, a que Ra, su alegre divinidad, los convocara para dar
satisfacción a su antiguo sueño. Y allí, en el Valle de las Tumbas de
los Reyes, su sueño se hizo añicos, sus maravillosas profecías fueron
objeto de burla y su gloria se vio ensombrecida por la impía
profanación de los curiosos.
Que George Isley y su compañero, a diferencia de sus
pragmáticos colegas, no se habían limitado a emplear el tiempo en
excavar y descifrar jeroglíficos, sino que se habían enfrascado en una
serie de extraños experimentos de recuperación y reconstrucción del
pasado, era un tema del que se hablaba abiertamente en el seno de
la comunidad arqueológica. Los increíbles acontecimientos que allí
habían tenido lugar habían sido la comidilla de, por lo menos, las dos
últimas temporadas de excavaciones. De todo aquello me enteraría
más adelante, y las historias que entonces me contaron eran
absolutamente asombrosas: hablaban de cómo aquel desolado valle
rocoso se repoblaba las noches de luna llena, del humo de unas
misteriosas hogueras que se elevaba hasta coronar las cumbres
achatadas de los montes, de cómo se había visto salir de unas
aperturas situadas en las colinas unas procesiones pertenecientes a
algún culto olvidado y se había escuchado el eco de unos cánticos
sonoros e increíblemente dulces que brotaban de aquellos
desoladores y repulsivos precipicios. Al parecer el contenido de
aquellas historias se había exagerado hasta extremos inusitados;
primero las difundieron algunos beduinos nómadas; luego los guías y
los intérpretes las repitieron añadiéndoles nuevos toques de misterio
y, finalmente, a través de los sirvientes indígenas de los hoteles,
llegaron a oídos de los turistas aderezadas con todo tipo de
anécdotas pintorescas. Según parece, también llegaron a oídos de las
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

autoridades. En cualquier caso, el único dato fiable que obtuve en


aquel momento fue que todo aquello cesó bruscamente. George Isley
y Moleson se separaron; y, por lo que oí, era Moleson quien había
iniciado aquel asunto. Entonces aún no le conocía personalmente; su
fascinante libro, Una reconstrucción moderna del culto al sol en el
antiguo Egipto, era mi único contacto con aquella mente tan poco
común. En él defendía la idea de que el sol sería la deidad de una
religión científica que remplazaría en el futuro a los diversos dioses
antropomorfos de unos credos pueriles y planteaba la posibilidad de
que los signos del zodiaco fueran una especie de Inteligencias
Celestes. La fe resplandecía en cada una de sus páginas. Tenía la
teoría de que el calor, cuya fuente de procedencia exclusiva era el
sol, constituía la base de la vida humana y, por lo tanto, los hombres
formaban parte del sol del mismo modo que, para los cristianos, cada
hombre forma parte de su deidad personal. El destino final era la
absorción. La descripción que hacía de «los ceremoniales del culto al
sol» conseguía transmitir una sensación de realidad y una belleza
impresionantes. Aunque este libro tan singular era lo único que sabía
de su autor hasta que vino a visitarnos a Helouan, no me costó
mucho darme cuenta de que, de algún modo, la influencia de aquel
hombre estaba en el origen del cambio que había experimentado mi
compañero.
Así pues, era en Tebas donde se hallaba el punto neurálgico de
la fuerza que tiraba de mi amigo, alejándolo de las realidades de la
vida moderna. Era fácil suponer que debió ser allí donde aquellos
hombres se tropezaron con una serie de «obstáculos» que habían
impedido que siguieran investigando con más detalle. En aquel valle
opresivo y embrujado, situado en las proximidades de la Ciudad de
las Cien Puertas, donde lo blasfemo y lo reverencial se enfrentan cara
a cara, donde la curiosidad moderna se halla más afanosamente
organizada, y donde hasta los propios turistas son conscientes de una
hostilidad latente que acosa las indagaciones de las mentes menos
imaginativas, era donde Egipto había levantado el cuartel general de
su irreconciliable antagonismo. Y era allí, entre las ruinas más
espléndidas de su pasado, donde habían transcurrido los años que
George Isley había dedicado a su mágica reconstrucción y donde se
había topado con aquella fuerza que ahora dominaba por completo su
vida.
Aunque en las charlas que mantuvimos nunca se le escapó un
reconocimiento explícito de aquel combate interior, recuerdo, ya
entonces, algunos fragmentos de conversaciones que ponían de
manifiesto su renuncia voluntaria al presente. En cierta ocasión
hablábamos del miedo; aunque, como siempre hacíamos, con esa
especie de vaguedad que acabo de mencionar. Yo insistía en que la
mente, una vez que ha sido prevenida contra algo, puede mantener
el control sobre sí misma y evitar que ocurra.
—Pero eso no quiere decir que lo que iba a ocurrir fuera irreal —
objetó.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—La mente puede negarlo —dije—. Entonces se vuelve irreal.


Hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No se puede negar algo que es irreal. La negación es un
mecanismo de autodefensa infantil contra algo que creemos que va a
ocurrir. —Por un momento me miró fijamente a los ojos—. Se niega
lo que se teme —dijo—. Pero el miedo también atrae. Sabes que,
tarde o temprano, te atrapará —al decir aquello sonrió con inquietud.
Dado que los dos conocíamos el secreto que se ocultaba tras
aquella conversación, hablar de esa manera resultaba un tanto
indecoroso e inadecuado, pues de hecho lo que discutíamos eran los
aspectos psicológicos de su propia desaparición. No obstante, a pesar
del disgusto que me producía, lo cierto es que había en aquel tema
algo que me fascinaba y que lo hacía extremadamente atractivo...
—Una vez que se lleva dentro el miedo —añadió luego—, la
confianza en uno mismo comienza a socavarse, la estructura de la
vida se ve amenazada y finalmente, ... se parte con alegría. La fe es
el cimiento de todas las cosas. Un hombre es aquello que cree sobre
sí mismo; y en Egipto se pueden llegar a creer cosas que, en otro
lugar del mundo, a nadie se le pasarían por la cabeza. Ataca las
propias esencias de la persona.
Dejó escapar un suspiro, en el que, no obstante, se adivinaba
una extraña expresión de placer; una sonrisa de resignación y de
alivio pasó fugazmente por sus duras facciones. El gran placer del
abandono ya se había apoderado de él.
—Pero incluso las creencias deben estar basadas en algún tipo
de experiencia —objeté—. Me producía espanto hablar de su
enfermedad espiritual enmascarándola tras aquellas alusiones
indirectas. Mi única excusa es que era evidente que él se prestaba
gustosamente a ello.
De forma inmediata expresó su asentimiento.
—Algún tipo de experiencia siempre hay —dijo en tono
misterioso—. Habla con la gente que vive aquí, pregunta a cualquiera
que piense un poco o que tenga una imaginación mínimamente
despierta. Sea cual sea la frase con que la formulen, siempre
obtendrás la misma respuesta. Incluso los turistas y los simples
funcionarios lo sienten. Y no es cosa del clima, no es cosa del estado
nervioso, no es ninguna tendencia concreta que puedan nombrar o
identificar. Tampoco se trata de que la mente se halle imbuida de la
magia del Oriente. Es algo que empieza por arrancarte de tu vida
habitual y que, más adelante, te arranca la propia vida a la que estás
acostumbrado. Al final renuncias voluntariamente a un Presente que
no te aporta nada. Además, una vez que la puerta se ha abierto... ya
no valen medias tintas.
Era tan innegable la verdad que encerraban aquellas palabras
que no se me ocurrió ninguna réplica que fuera lo bastante
consistente como para forzarle a rectificarlas. De hecho, todos los
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

intentos que hice en ese sentido resultaron inútiles. Tenía la intención


de partir; mis palabras no le iban a detener. Quería un testigo —la
soledad de la marcha le horrorizaba— pero no toleraba ninguna
interferencia. Lo contradictorio de aquella situación hacía que tanto
nuestro corazón como nuestra mente se hallaran en un estado de
perplejidad. El ambiente que se respira en esa tierra mayestática, tan
insignificante hoy en día y tan grandiosa en el pasado, contribuía sin
duda a que se produjera la apertura de unos horizontes espirituales
que revelaban unas posibilidades asombrosas.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Fue durante unos días sin viento de un espléndido mes de


diciembre cuando Moleson, el egiptólogo, nos localizó e hizo una
visita relámpago a Helouan. Aunque sus obligaciones le llevaban de
un extremo a otro del país, al parecer podía disponer libremente de
su tiempo. Su estancia entre nosotros se prolongó. Su llegada
introdujo un elemento nuevo que no sabría muy bien cómo evaluar,
aunque en términos generales el efecto que produjo en mi
compañero fue el de hacer más patente su alteración. Subrayaba el
cambio que se había producido en él y lo hacía más palpable. Me
pareció advertir también que su presencia no era bien recibida.
«Jamás hubiera esperado encontrarte aquí», había dicho Moleson,
soltando una risotada, cuando se encontraron; sin que quedara muy
claro si se refería a Helouan o al hotel. Mi impresión personal fue que
se refería a ambos, y recordé entonces mi fantasía sobre lo apropiado
que era aquel hotel para esconderse. George Isley no había podido
contener un ligero sobresalto cuando le trajeron la tarjeta de visita a
la hora del té. Tuve la impresión de que había intentado escaparse de
su antiguo colega. Pero Moleson le había encontrado.
—He oído decir que estabas con un amigo y que te estabas
planteando la posibilidad de emprender nuevos expe... trabajos —
Moleson sustituyó rápidamente la palabra «experimentos» por
aquella otra.
—Como tú mismo puedes ver, lo primero es cierto, pero no lo
segundo —replicó con sequedad mi compañero. En su tono se
apreciaba cierto matiz de antipatía que bien hubiera podido
interpretarse como hostilidad. Me di cuenta no sólo de que los dos se
conocían desde hacía mucho, sino que, además, se conocían muy
bien. En sus palabras, en sus gestos y en sus miradas se percibía un
trasfondo cuyo significado no alcanzaba a captar ¡Tramaban algo; o al
menos, habían estado tramando algo; algo de lo que Isley se habría
desentendido con gusto de haber sido posible!
Moleson era una persona ambiciosa y llena de energía, que vivía
para su profesión, mostrándose igualmente receptivo a la vertiente
poética y al lado práctico de la arqueología, y la primera impresión
que me causó fue plenamente satisfactoria. Un don natural para
aquella disciplina le había granjeado el éxito y una cierta fama a una
edad bastante temprana. Sus conocimientos eran enciclopédicos y
muy precisos; y su mente estaba empapada de la sabiduría de
aquella civilización extinta. Tras una apariencia externa ligeramente
descuidada se adivinaba una naturaleza apasionada y compleja. No
podía dejar de observar con interés a aquel hombre para quien el
viejo culto solar de unos tiempos precientíficos conservaba una
belleza tan verdadera como real. Muchos aspectos de su libro, que en
su momento me sorprendieron, se volvían inteligibles ahora que
conocía a su autor. No sabría dar detalles de cómo sucedía aquello,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

pero el caso es que había algo en su persona que lo hacía posible.


Aunque se trataba de un hombre moderno hasta la médula, y estaba
al tanto de todas las tendencias de última hora, parecía ocultar
dentro de sí otro yo que adoptaba una actitud de desapego y digna
indiferencia hacia los intereses que centraban la atención de su
espíritu «cultivado». Por así decirlo, sabía leer los secretos vitales que
se hallaban tras las etiquetas de los museos. Si ha habido alguna vez
un hombre que pareciera recién salido de los tiempos faraónicos ése
era él. Al poco de conocernos, me di cuenta de que éste era aquel
hombre que tenía una capacidad de «resistirse y de protegerse»
extraordinarias, y que, dentro de los de su profesión, era
«excepcional». Su disposición de ánimo solía ser ligera y alegre, tenía
un gran sentido del humor, y su modo de enfrentarse a las cosas
parecía indicar que consideraba que la actitud más sana ante la vida
era tomárselo todo a risa. Sin embargo, hay risas que ocultan... otras
cosas. Moleson, según pude colegir por las distintas pistas que
extraje de su conversación, sus actitudes y sus silencios, era un ser
profundo y singular. Fueran cuales fueran sus experiencias en Egipto
había sobrevivido a ellas de forma admirable. Existían por lo menos
dos Moleson. Aunque su personalidad, más que doble, a veces me
parecía múltiple.
Era alto, delgado y enjuto, tenía la piel reseca y unas facciones
tan marchitas como las de una momia; como él mismo decía,
mientras soltaba una carcajada, la Naturaleza le había elegido
físicamente para aquella profesión. Lo cierto es que era fácil
imaginarle arrastrándose a lo largo de los estrechos túneles que
conducen a las tumbas de arena o retorciéndose por sombríos
pasadizos en medio de un calor sofocante sin sentir la más mínima
incomodidad. En su mente había algo sinuoso, casi fluido, que se
manifestaba también en su cuerpo. A nadie le habría causado
sorpresa descubrir que era capaz de desplazarse en todas
direcciones; hacia delante o hacia atrás... o incluso en dos direcciones
a un tiempo.
Aquella primera impresión se fue ahondando antes de que
hubieran pasado muchos días. Percibía en él una especie de
irresponsabilidad, algo había en su carácter que no era sincero, casi
producía la sensación de no tener corazón. Ciertamente su moral no
era la habitual en estos tiempos, y había algo escurridizo en su forma
de pensar. Creo que el mundo moderno, por el cual no sentía apego
alguno, le confundía y le irritaba. La mera presencia de aquel hombre
bastaba para introducir una nota de inseguridad en el ambiente. El
interés que sentía por George Isley no difería mucho del que se
puede sentir por un «espécimen» psicológico. Recordé que en su libro
describía el proceso de selección de los individuos que habían de
cumplir determinadas funciones en aquel maravilloso culto, y
entonces, como un relámpago, se me pasó por la mente la idea de
que... en fin, de que quizá Isley era la persona idónea para
desempeñar alguna función específica en sus actividades de
recreación. Aquel hombre era extremadamente observador, lo miraba
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

todo de los pies a la cabeza, pero no lo hacía sólo con la vista;


parecía conocer las motivaciones y las emociones mucho antes de
que éstas se manifestaran por medio de acciones y gestos. Tenía la
sensación de que también yo le interesaba. Desde luego me miraba
de arriba abajo con esa facultad de observación interna que parecía
salirle de forma automática.
Moleson no se alojaba en nuestro hotel —había elegido otro con
más vida social— pero venía con frecuencia a almorzar o cenar con
nosotros, y a veces pasaba la tarde en la habitación de Isley
entreteniéndonos con sus dotes pianísticas, cantando canciones
árabes o salmodiando frases de los antiguos rituales egipcios,
acompañadas de ritmos de su propia cosecha. La vieja música
egipcia, tanto en su armonía como en su melodía, estaba mucho más
desarrollada de lo que yo imaginaba, pues según parece, la utilización
del sonido tenía una importancia capital en sus ceremonias. La forma
en que interpretaba las salmodias producía un efecto extraordinario,
aunque no sabría decir si se debía a la sonoridad de su voz, a la
peculiar entonación ascendente con que pronunciaba las vocales o a
alguna otra razón más profunda. En cualquier caso, el resultado era
algo único. Conseguía que el Egipto enterrado saliera a la superficie;
casi se podía sentir cómo aquel Ente gigantesco entraba en la
habitación. Desde el momento en que empezaba el canto, su
esplendor y su inmensidad se introducían en la mente, acompañados
siempre de una sensación de algo terrible y opresivo. Aquel sonido
encerraba en sí el reposo de la eternidad. Al poco rato de haber
estado oyendo esa música acudían invariablemente a mi cabeza
imágenes del Valle de los Reyes, de los templos abandonados, de
titánicos semblantes de piedra, de grandiosas efigies tocadas con
signos zodiacales, pero sobre todo ... de los dos Colosos gemelos.
Le comenté a Moleson esta última circunstancia.
—Es curioso que también usted sienta eso... quiero decir que es
curioso eso que usted dice —me respondió sin mirarme, pero dando a
entender que esperaba que yo hiciera aquel comentario—. En mi
opinión, las efigies de Memnon expresan lo que es Egipto mejor que
todos los demás monumentos juntos. Como el desierto, carecen de
rasgos. Se podría decir que lo compendian, pero sin llegar a
pronunciar su mensaje. Porque, vera, no pueden hacerlo —dijo,
soltando una risa gutural—. No tienen ojos ni labios ni nariz; sus
rasgos se han borrado.
—Y a pesar de todo, revelan el secreto... a aquellos que se
molestan en escucharlo, justamente porque carecen de palabras —
apostilló Isley con un hilo de voz—. Aún siguen cantando al amanecer
—añadió en voz más alta, con un tono casi desafiante que me
sobresaltó.
Moleson se volvió hacia él, abrió la boca para decir algo, vaciló, y
se contuvo. Durante un rato permaneció en silencio. No soy capaz de
describir qué había en la fugaz mirada que intercambiaron que, por
alguna razón en absoluto obvia, consiguió ponerme en estado de
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

alerta. Me puso los nervios de punta y sentí cómo un soplo de aire


gélido se deslizaba entre nosotros. Moleson volvió a girarse hacia mí.
—A veces casi tengo la sensación de haber sido un sacerdote de
Amon-Ra en una vida anterior, porque esto me sale de forma natural,
como si lo conociera por instinto —me dijo, riéndose, después de que
yo le hubiera felicitado por la música—. Recuerde que Plotino, a quien
debemos la grandiosa idea de que todo conocimiento no es sino
recuerdo, vivió a tan sólo unas millas de aquí, en Alejandría —dijo
con cínico regocijo—. Al menos en aquellos tiempos —añadió con un
tono muy significativo—, los cultos eran auténticos y los ceremoniales
sí que expresaban grandes ideas y enseñanzas. Tenían fuerza. —Tras
aquellas palabras contradictorias se adivinaban dos Molesons
distintos.
Me fijé que Isley se movía inquieto en su asiento; por algunos de
sus gestos se podía colegir el desasosiego que sentía. Durante un
momento ocultó el rostro entre las manos, luego suspiró e hizo un
movimiento como si tratara de evitar algo que iba a ocurrir. Pero
Moleson se resistió a su intento de cambiar de conversación, aunque
a partir de aquel momento el tono de la misma varió ligeramente de
forma natural. Abundaban las ocasiones de este tipo en las que me
daba cuenta de que ambos trataban de orillar algo que había
ocurrido, algo que Moleson deseaba reanudar, pero que Isley parecía
estar ansioso de diferir lo máximo posible.
Por más que estudiaba la personalidad de Moleson nunca
conseguía llegar más allá de un cierto punto. Era astuto, sutil, con
una inteligencia más aguda que grande; y también era cínico y falso.
Sin embargo, aunque no me veo capaz de explicar por qué medios,
llegué a otras dos conclusiones con respecto a él: en primer lugar,
me di cuenta de que no siempre había sido una persona insincera y
carente de sentimientos; y en segundo, que buscaba las diversiones
sociales con un propósito muy determinado y nada común. Creo estar
bastante seguro de que lo primero tenía que ver con la impronta que
había dejado Egipto en él, y en cuanto a lo segundo, debía ser parte
del esfuerzo que realizaba para resistir y autoprotegerse.
—Si no fuera por la diversión nadie aguantaría más de un año
aquí sin venirse abajo. La vida social se vuelve desenfrenada,
alocada; la gente hace cosas que nunca se les ocurriría hacer en sus
propios países —señaló en cierta ocasión, con un tono frívolo que
apenas conseguía velar la trascendencia de lo que decía—. Quizá ya
lo habrá usted advertido —añadió mirándome de repente—. Ya sabe
cómo son las cosas en El Cairo y en otros lugares; la gente se
entrega de lleno a la diversión y se cometen todo tipo de excesos.
Asentí con la cabeza, aunque la forma en que lo expresaba me
producía una sensación un tanto desagradable.
—Es un antídoto —dijo, con un ligero tono mordaz—. Yo mismo
solía aborrecer el trato social. Pero ahora encuentro que la diversión
—un poco de juerga sana— tiene su importancia. Al cabo de cierto
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

tiempo Egipto termina por sacarle a uno de quicio. La fibra moral


comienza a fallar. La voluntad se debilita —y al decir aquello miró
disimuladamente a Isley como indicando lo que quería decir—. Quizá
sea el contraste entre la fealdad del presente y la magnificencia del
pasado —añadió con una sonrisa.
Isley, por todo comentario, se encogió de hombros, y Moleson
aprovechó para contar los casos de algunos amigos y conocidos sobre
los cuales Egipto había ejercido una influencia perniciosa: Barton, un
maestro formado en Oxford, que se empeñó en vivir en una tienda de
campaña hasta que, finalmente, las autoridades le relevaron de su
puesto. Fue entonces cuando, impulsado por una fuerza irresistible,
se marchó con su tienda a vagar por el desierto, dejando a un lado
cualquier tipo de consideración práctica. Aquel anhelo se había
apoderado de él, aunque nunca supo definir exactamente qué era lo
que le había impulsado a hacer aquello. Su equilibrio mental terminó
por resentirse.
—Pero ya se encuentra recuperado; precisamente este mismo
año le vi en Londres. No sabía explicar lo que había sentido o por qué
hizo aquello. Eso sí... se le ve cambiado.
También habló de John Lattin, que había padecido un terrible
acceso de agorafobia en el Alto Egipto; de Malahide, a quien la
fascinación del Nilo había inducido una manía suicida que le había
llevado a cometer repetidos intentos de ahogarse; de Jim Moleson, un
primo suyo (que había acampado en Tebas con Isley y con él), que se
había visto atacado súbitamente por un extraño tipo de megalomanía
en medio de aquellas inmensidades de arena. Todos ellos se habían
curado completamente tan pronto como abandonaron Egipto, aunque
también, todos y cada uno de ellos, habían cambiado y sufrido una
transformación en lo más profundo de sus almas.
Hablaba de un modo vago y deshilvanado, y muchas de las cosas
que contaba eran descabelladas, como si pretendiera desafiar a que
se le contradijera. Sin embargo, había en todo ello algo que imponía,
seguramente a causa de un efecto de acumulación emotiva.
—Los monumentos no impresionan meramente por su tamaño,
sino también por su majestuosa simetría —recuerdo que dijo en otra
ocasión—. Basta con fijarse en la forma que eligieron; pensemos en
el caso de las Pirámides, por ejemplo. Ninguna otra forma hubiera
sido posible: la cúpula, el cubo, el cono; cualquiera de ellas habría
resultado del todo inadecuada. La combinación de un volumen en
forma de cuña, unos cimientos inmensos y un vértice apuntado
constituyen la expresión perfecta en materia de contorno. ¿Acaso
cree usted que alguien que no llevara esa misma grandeza dentro de
sí hubiera elegido semejante forma? No fueron unas mentes
desequilibradas quienes concibieron las magníficas y armoniosas
estructuras de los templos. En sus conciencias había un esplendor
majestuoso que sólo puede nacer de la verdad y la sabiduría. El
poder de sus imágenes es una expresión directa de unas realidades
eternas y esenciales que ellos conocieron.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Le escuchábamos en silencio. Se dejaba llevar por el entusiasmo


que sentía por aquel tema. Pero detrás de su tono desenfadado y de
las preguntas burlescas latía un apasionamiento que me resultaba
inquietante. Tenía la sensación de que, poco a poco, se iba
aproximando un clímax que tanto para él como para Isley iba a ser
cuestión de vida o muerte. Sin embargo, no conseguía descifrar aquel
misterio. La simpatía que sentía por Isley me permitía participar un
poco de lo que estaba ocurriendo, pero no lo suficiente como para
comprenderlo del todo. Me di cuenta de que también él estaba
intranquilo, aunque tampoco alcanzaba a explicarme el motivo.
—Casi es posible creer —continuó— que aún flota en el ambiente
parte del espíritu de los tiempos antiguos —había entrecerrado los
ojos, pero pude captar el brillo que desprendían—. Es algo que afecta
a la mente a través de la imaginación. En algunos casos puede llegar
a alterar la propia perspectiva sobre la realidad. Arrastra consigo las
almas hacia unas condiciones de existencia radicalmente distintas a
las actuales que, prácticamente, debieron representar un estado de
conciencia de otro orden.
Hizo una pausa y alzó la vista hacia nosotros.
—La intensidad de las creencias en aquellos tiempos era
asombrosa —prosiguió, en vista de que ninguno de nosotros le
contradecía—. Eso es algo que en el mundo de hoy en día no se
puede encontrar en ninguna parte. Poseían una autenticidad y una
solidez que... bueno, lo que quiero decir es que no se trataban de
meras especulaciones teóricas. Es como si hubiera algo en el clima,
en la posición exacta que ocupa esta franja de tierra en relación con
las estrellas, en su «postura» con respecto al sol, que hiciera más
sutil el velo que separa a la humanidad... de otras realidades. Como
es bien sabido, las divinidades de su panteón no eran meros ídolos.
Todos, los animales, los pájaros, los monstruos y cualquier otra cosa
que quieran añadir, tipificaban fuerzas espirituales y energías que
afectaban a su vida cotidiana. Pero lo fundamental es lo que sabían.
Un pueblo científico como aquél no se traga cualquier superstición
absurda. Eran capaces de fabricar colores que podían durar seis mil
años, incluso al aire libre; y aun careciendo de instrumentos de
precisión, medían con exactitud la precesión de los equinoccios; un
cálculo enormemente difícil y complejo. ¿Ha estado en Denderah? —
dijo de pronto, dirigiéndose a mí—. ¿No? Bueno, esas mentes que
alcanzaron a comprender el significado de los signos del zodiaco,
¡cómo iban a creer que Hathor era una vaca!
Isley tosió. Iba a interrumpirle, pero antes de que pudiera
encontrar las palabras adecuadas, Moleson volvió a la carga; en su
tono de voz y en sus ademanes se apreciaba un rasgo nuevo que
resultaba casi agresivo. Lo que dejaba entrever tras aquellas palabras
iba mucho más allá de las meras insinuaciones. Hablaba con una
convicción extraña y profunda. Parecía estar tratando de orillar
alguna cuestión crucial que su compañero y él conocían, aunque creo
que, en realidad, su verdadero propósito era comprobar hasta qué
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

punto yo era vulnerable, hasta dónde llegaba mi identificación con


ellos. En cualquier caso, aquella cuestión tan importante era algo que
George Isley y él compartían. Tenía la impresión de que debía estar
basado en algún tipo de conocimiento que les habría sido desvelado a
través de sus experimentos.
—Piense en las grandes enseñanzas de Ajenatón, ese joven
faraón que regeneró todo el país y lo condujo a una inmensa
prosperidad. Predicaba el culto al sol, pero no al sol visible. Aquella
deidad no tenía una figura, una forma. El gran disco de la gloria no
era más que su manifestación; cada uno de sus rayos acababa en
una mano que bendecía el mundo. Era el dios de la energía, del amor
y del poder eternos y, sin embargo, los hombres tenían un acceso
directo a él en su vida cotidiana, podían adorarlo al amanecer y al
crepúsculo con la más intensa de las devociones. ¡No hallará en eso
ningún asomo de esas mascaradas antropomórficas!
Sus palabras rebosaban entusiasmo. En ese mismo instante bajó
la voz y su tono cambió imperceptiblemente. Seguía mirándome con
los ojos entornados.
—Y otra cosa que sabían muy bien —dijo casi en un susurro—, es
que con la precesión de su deidad a través de los cambios
equinocciales, nuevos poderes descendían sobre el mundo de los
hombres. Cada ciclo —cada signo zodiacaltraía consigo unos poderes
específicos que rápidamente eran tipificados en las monstruosas
efigies que hoy en día catalogamos en nuestros aburridos museos.
Cada uno de estos signos empleaba cerca de dos mil años en
completar su trayecto. Pero lo verdaderamente importante es que
cada uno de ellos traía aparejado un cambio en la conciencia
humana. Existía una relación entre los cielos y el corazón humano.
Todo eso sabían. Mientras el sol iba atravesando lentamente el signo
de Tauro, adoraban al toro; cuando pasaba por Aries, sus símbolos de
granito aparecían cubiertos con la figura del carnero. Entonces, como
recordará, en un momento en que ellos, tras haber alcanzado su gran
cenit se hundían ya en el ocaso, con la llegada de Piscis se produjo el
Nuevo Advenimiento y se eligió al pez como emblema del cambio de
poderes que encarnaba en la figura de Cristo. Porque, según creían,
el alma humana se hace eco de los cambios que se producen en el
inmenso viaje a través del zodiaco de la deidad primigenia de la que
proviene y la clave de cualquier manifestación de vida se encuentra
siempre en la vieja verdad de que «lo de abajo es reflejo de lo de
arriba». Ahora que el sol está a punto de entrar en Acuario, nuevos
poderes se ciernen sobre el mundo. Lo antiguo —lo que ha existido
durante dos mil años— de nuevo se tambalea, decae y muere. A
nuestra puerta llaman nuevos poderes y una nueva conciencia. Ha
llegado la hora del cambio. También —y al decir aquello se echó hacia
delante de tal modo que sus ojos me contemplaron desde muy cerca
—, la hora de hacer que se produzca ese cambio. El alma puede
elegir sus propias condiciones de vida. Puede...
Un repentino estruendo tapó el resto de la frase. Una silla había
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

caído produciendo aquel estrépito al golpear contra el trozo de suelo


que la alfombra dejaba al descubierto. Ignoro si Isley había tropezado
con ella al ir a levantarse o si la había derribado a propósito. Lo único
que sé es que se había levantado bruscamente y que, con la misma
brusquedad, volvió a sentarse. Tuve la extraña sensación de que, de
algún modo, aquello era una señal convenida de antemano. Fue algo
demasiado repentino. Además, cuando habló, su voz me sonó
forzada.
—Muy bien, me parece que ya se ha hablado bastante del tema,
Moleson —le interrumpió con un tono desabrido—. ¿Qué tal si nos
tocas una canción?
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Habíamos subido a la habitación de Isley después de la cena, y


hasta aquel súbito arrebato, había permanecido todo el tiempo
sentado en una esquina sin apenas decir palabra. Moleson se levantó
lentamente y se dirigió en silencio hacia el piano. Creí ver —¿o serían
simplemente imaginaciones mías?— cómo una nueva expresión
pasaba fugazmente por aquel rostro ajado. Estaba maquinando algo.
Desde ese preciso instante —desde el momento en que se
levantó y cruzó la gruesa alfombra— me sentí fascinado por aquel
hombre. La atmósfera que había creado su charla y sus historias
permanecía. Sus finos dedos comenzaron a recorrer el teclado. Al
principio, tocó diversos extractos de las comedias musicales que
estaban en boga. Era una música bastante agradable, pero que no
exigía que se le prestara excesiva atención; la oí sin escucharla.
Tenía la mente en otras cosas: pensaba su forma de andar. La
manera en que había recorrido aquel trecho de alfombra transmitía
poder. Tenía un aspecto distinto, no era el mismo hombre de antes;
había cambiado. Curiosamente —como aún ahora me ocurre a veces
con Isley— me pareció más grande. A partir de entonces, de un modo
que era a la vez cautivador y opresivo, la autoridad que emanaba de
su presencia se apoderó de mi imaginación.
Abandoné mi asiento en el otro extremo de la habitación y me
dejé caer en una silla que se encontraba más cerca del piano, junto a
una de las ventanas. Entonces me di cuenta de que también Isley se
había vuelto para mirarle. Pero no era exactamente el Isley que yo
conocía, aunque aquel cambio más que verlo, lo sentí. Ambos habían
sufrido una ligera transformación. Sus cuerpos parecían haberse
expandido y su silueta se había difuminado.
Isley, tenso y preocupado, alzó la vista hacia el intérprete. La
expresión de su cara ponía de manifiesto que su mente de otras
épocas intentaba seguir aquella música ligera, pero que hacerlo le
suponía una gran dificultad, un esfuerzo inmenso, casi un combate.
—Toca eso otra vez, ¿quieres? —se le oía decir de vez en
cuando.
Trataba de apoderarse de esa música, de recuperar por medio de
ella su ligazón con el presente, de aferrarse a una estructura mental
que ya había desaparecido, de agarrarse a ella con todas sus fuerzas;
todo para descubrir finalmente que hacía ya mucho tiempo que había
caído en el olvido, que era demasiado frágil. Ya no le sostenía. Estoy
convencido de que eso era lo que ocurría y de que había adivinado su
estado de ánimo. Luchaba por reencontrarse a sí mismo tal y como
había sido, pero todo era inútil. Le observé atentamente mientras
permanecía sentado en aquella esquina envuelto en penumbra. El
gran piano negro se interponía entre nosotros. Por encima de él
asomaba la figura enjuta y medio velada de Moleson, balanceándose
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

mientras tocaba. Por la habitación parecía flotar un débil susurro:


«Estás en Egipto», decía. En ningún otro lugar del mundo habría
prendido en nosotros con tanta facilidad ese extraño sentimiento
lleno de premoniciones y presagios. Me daba cuenta de que a los tres
nos embargaba una profunda emoción. Cualquier cosa que me
recordara al presente, por nimia que fuera, me resultaba
desagradable. Anhelaba un antiguo esplendor que ya había dejado de
existir.
Tenía los cinco sentidos puestos en lo que estaba ocurriendo,
porque había advertido que el comportamiento de Moleson respondía
a un plan preconcebido y deliberado. Lo había sopesado todo
cuidadosamente; y no era muy difícil imaginar el propósito que
albergaba. Era Egipto lo que trataba de interpretar a través del
sonido; expresaba algo que para él era verdadero para después
observar cuál era su efecto, y mientras tanto, nos iba hábilmente
conduciendo... hacia el pasado. Iniciaba el recorrido por el presente,
ejecutaba la música con agudeza y convencimiento, y conseguía que
las notas parecieran estar cargadas de significado. Poseía la habilidad
de evocar un ambiente real y, en un principio, fue ese ambiente al
que solemos denominar moderno. Reflejaba vívidamente el espíritu
londinense; de las ramplonas melodías de los musicales, del nervio
del ragtime y de la sensualidad del tango pasaba a los acordes más
elevados de las salas de conciertos y de los círculos «cultos». Pero no
lo hacía con brusquedad. Cambiaba de registro con suma destreza, y
al hacerlo, cambiaban también nuestras emociones. Aunque
interpretadas de una forma un tanto paródica, reconocí algunas de
las grandes novedades del momento: las turbulencias de Strauss, la
dulzura pagana del primitivo Debussy, las extravagancias y el éxtasis
del metafísico Scriabin. Conseguía traer a aquel salón privado de un
hotel situado en medio del desierto la amalgama del presente en sus
dos extremos; y mientras, George Isley, que le escuchaba
atentamente, se revolvía inquieto en su silla.
—Après-midi d'un faune —dijo Moleson con voz soñadora,
cuando le pregunté qué había tocado—. Ya sabe, Debussy. Y lo
anterior era del Till Eulenspiegel; Strauss, naturalmente.
Hablaba arrastrando las palabras y haciendo una pausa entre
cada una de ellas, sin dejar en ningún momento de balancearse
suavemente al compás de la música. No parecía prestar mucha
atención a sus oyentes y en su voz se apreciaba no sé qué matiz que
hacía que aumentaran mi inquietud y mis temores. Isley me
preocupaba. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y de que era
precisamente Moleson quien lo estaba provocando. Lo que su modo
de andar revelaba de forma inconsciente, se manifestaba ahora
conscientemente en su música; era algo que provenía de aquella
parte de su personalidad que se hallaba oculta. Un hechizo, un sutil
cambio, se iba extendiendo misteriosamente por la sala y, de paso,
también por mi corazón. Mi capacidad para enjuiciar las cosas me
abandonaba, era como si mi mente se deslizara hacia atrás y fuera
perdiendo todas las referencias que le resultaban familiares.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—Tienen ese tono inequívocamente moderno, ¿verdad? —dijo


Moleson, arrastrando las palabras—. Esa especie de agudeza —
intelectual, supongo— ese ingenio superficial, nada que sea profundo
o permanente, tan sólo el brillo sensacionalista de lo actual —se
volvió hacia mí y, durante un instante, me miró a los ojos—. Nada
imperecedero —añadió con un tono imponente—. Expresa todo lo que
conoce... que no es mucho.
Mientras decía aquello la habitación pareció volverse más
insignificante; una sombra mucho mayor que ella cubría ahora sus
pequeñas paredes. A través de las ventanas se filtraba furtivamente
un gesto de eternidad. La atmósfera se expandía visiblemente. En
ese momento Moleson tocaba una parte espléndida del Prometeo de
Scriabin. Sonaba pobre y banal. Aquella música moderna, toda ella,
resultaba trivial y estaba completamente fuera de lugar. Era casi
ridícula. De forma imperceptible la escala de nuestras emociones se
revestía ahora de una profundidad cuyo nombre, por más que se
busque, no se encontrará en ningún diccionario, pues pertenece a
otra era. Miré las ventanas, donde enmarcadas por columnas de
piedra, se distinguían oscuras vistas del grandioso Egipto, que allá
afuera nos escuchaba. No había luna, pero suspendidos en el cielo
resplandecían nutridos destacamentos de estrellas. Me sobrecogí al
pensar en el misterioso conocimiento que aquel pueblo desaparecido
tenía de aquellas estrellas y del inmenso viaje del sol por el zodiaco...
Entonces, con la pasmosa inmediatez de un sueño, una imagen
se destacó sobre el cielo estrellado. Flotando entre el cielo y la tierra,
vi pasar a gran velocidad un panorama de los majestuosos templos
egipcios, encabezados por los de Denderah, Edfu, y Abú Simbel. De
pronto se detuvo, se mantuvo inmóvil en el aire, y desapareció. Al
desvanecerse dejó tras de sí una atmósfera de una solemnidad
inconmensurable. La contemplación de algo tan vasto moviéndose
por el aire pausadamente, pero con soltura, hizo que mi sentido de la
medida se trastocara por completo. Traté de convencerme de que
aquello no era más que un recuerdo que había adquirido una realidad
objetiva debido a algo que la música había evocado, y sin embargo,
no pude evitar pensar que, en breve, todo Egipto —Egipto tal y como
había sido en el cenit de su irrecuperable pasado— comenzaría a
desfilar por el cielo. Tras el tintineo de aquel piano moderno sonaba
el rumor de una multitud en marcha, el pesado caminar sobre la
arena de innumerables pasos... la percepción había sido
extraordinariamente vívida. Había hecho que se detuviera algo que,
por lo general, fluía dentro de mí. Cuando volví la cabeza hacia la
habitación para hacer partícipes a mis compañeros de mi extraña
experiencia, vi que los ojos de Moleson estaban fijos en los míos. La
luz que desprendían me traspasaba, y comprendí que, de alguna
manera, era él quien habían evocado aquella ilusión. En aquel
momento Isley se levantó de su silla. Lo que había estado esperando
vagamente parecía estar a punto de ocurrir. Justo entonces el
intérprete decidió cambiar de música.
—Puede que ésta les guste más —susurró, como si hablara
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

consigo mismo, pero con una especie de reverberación—. Es más


apropiada para el lugar. —Su voz resonaba como si emergiera de
alguna cavidad subterránea—. La otra parece casi sacrílega... aquí. —
Comenzó a arrastrar la voz, siguiendo el ritmo de las modulaciones
más cadenciosas que ahora estaba tocando. Su sonido se había
vuelto más opaco. Además, daba la impresión de que la música no
provenía del piano, sino de él mismo.
—¿Lugar? ¿Qué lugar? —preguntó al instante Isley, volviendo
repentinamente la cabeza mientras decía aquellas palabras. Su voz
sonaba tan remota que me produjo escalofríos.
El músico se rió para sí.
—Lo que quiero decir es que este hotel no pinta nada en este
lugar —susurró mientras atacaba las notas con suavidad y maestría—
; y que, bien pensado, esto no es más que una mera fachada. Donde
de verdad estamos es en el desierto. Los Colosos están ahí fuera, y
todos los templos. O, al menos, así debería ser —añadió alzando
bruscamente la voz y dirigiéndome una mirada.
Se irguió en su asiento y se quedó mirando fijamente al cielo
estrellado por encima de los hombros de George Isley.
—¡Eso es a lo que cantamos y es ahí donde estamos! —exclamó
con reveladora vehemencia; de inmediato su voz se alzó hasta
convertirse en un rugido—. Eso —repitió—, es lo que arrebata
nuestros corazones. —El volumen de su entonación era asombroso.
La forma en que había pronunciado aquella palabra ponía al
descubierto la corriente secreta de su vida que se ocultaba tras esa
capa externa de cinismo y de risas, y explicaba el porqué de su falta
de corazón. También él vivía en cuerpo y alma en el pasado. «Eso»
era más revelador que cientos de páginas llenas de descripciones. Su
corazón vivía en las naves de los templos; su mente estaba ocupada
en desenterrar un saber olvidado; su alma se había vuelto a revestir
con la seductora gloria de la antigüedad. Animado de una existencia
regenerada mágicamente, moraba en el esplendor reconstruido de lo
que para la mayoría de la gente no es más que un montón de ruinas.
George Isley y él habían resucitado un poder que los atraía hacia el
pasado; pero mientras que el primero de ellos aún se resistía, el
segundo ya había establecido allí su hogar permanente. La misma
facultad que me había permitido ver la procesión de los templos hacía
que viera también que aquello era absolutamente irreversible. El
hombre que estaba sentado al piano se me mostraba en toda su
desnudez. Ahora lo veía tal y como era. Ya no se ocultaba tras
aquella máscara de burlas y risas sardónicas. Hacía tiempo que se
había abandonado, que se había perdido, que se había marchado; y
desde el lugar en que ahora habitaba su alma, observaba cómo
George Isley se iba hundiendo para unirse con él. Vivía en el antiguo
Egipto subterráneo. Aquel gran hotel se levantaba en un equilibrio
precario sobre una finísima capa de desierto. En el exterior, casi al
alcance de nuestras voces, se hallaban miles de tumbas, cientos de
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

templos. Moleson se había fundido con «eso».


Aquella intuición, como las imágenes que había visto en el cielo,
se me pasó por la cabeza como un relámpago; y ambas eran ciertas.
La nueva pieza que entretanto había empezado a tocar, poseía
una fuerza arrolladora que no soy capaz de describir. Era sombría,
majestuosa, solemne. Transmitía la misma fuerza que se apreciaba
en su forma de andar. Parecía venir de muy lejos; pero su lejanía no
era meramente espacial. En aquella música alentaba también el
sentimiento de un tiempo muy remoto, acompañado de esa extraña
tristeza y ese anhelo melancólico que suelen evocar los largos
intervalos temporales. Se desplazaba a una gran distancia; sus
estribillos recogían los ritmos de las multitudes que los siglos habían
hecho enmudecer; sonaba como una canción, pero su canto discurría
por pasadizos subterráneos cubiertos de múltiples capas de fina
arena que apagaban su sonoridad. A través de él retumbaban los
suspiros de los vientos perdidos y errantes. El contraste que producía
tras haber escuchado aquella otra música moderna y vulgar era
devastador. Y, sin embargo, el cambio se había producido con toda
naturalidad.
—En cualquier otro lugar sonaría vacío y monótono; en Londres,
por ejemplo —oí que decía Moleson, arrastrando las palabras
mientras se balanceaba de uno a otro lado—. Pero aquí suena
grandioso y espléndido... verdadero. ¿Oyen lo que les digo? —añadió
con gravedad—. ¿Lo entienden?
—¿Qué es? —preguntó Isley con voz sorda, antes de que yo
pudiera abrir la boca—. No lo recuerdo bien. Al oírlo me entran ganas
de llorar... no sé si podré soportarlo. —El final de su frase apenas si
llegó a salir de su garganta.
Mientras le contestaba no era a él a quien miraba Moleson. Era a
mí.
—Deberías saberlo —respondió con una voz que parecía oscilar
siguiendo el ritmo de la música—. No es la primera vez que lo
escuchas; es ese cántico del ritual que nosotros...
Isley se puso de pie de un salto y le detuvo. No oí el final de la
frase. Como una exhalación se me pasó por la cabeza la idea de que
las voces con las que hablaban no eran las suyas. Por más
descabellado que pueda sonar, imaginé que á quienes estaba oyendo
era a los dos Colosos, cantándose el uno al otro al amanecer. Los
más extravagantes pensamientos cruzaban por mi mente. Parecía
como si esos símbolos eternos del cosmos, descubiertos y adorados
en aquella antigua tierra, hubieran cobrado una espantosa vida. Mi
conciencia se había vuelto envolvente. Tenía la inquietante sensación
de que las edades se habían salido de su sitio y me llevaban consigo;
me dominaban; me hacían perder pie y me arrastraban en su
corriente. Tiraban de mí hacia atrás. También yo cambiaba... aquello
me estaba cambiando.
—Ahora lo recuerdo —dijo suavemente Isley. En su tono se
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

apreciaba la adoración de un devoto y, no obstante, denotaba


también angustia y tristeza; había dejado que el presente le
abandonara del todo, y al comprobar cómo las últimas ataduras que
le ligaban a él se rompían, sentía dolor. Imaginé que oía cómo su
alma pasaba delante de mí y se alejaba sollozando hacia las
profundidades.
—La cantaré —susurró Moleson—, necesita voz. ¡El sonido y el
ritmo son absolutamente gloriosos!
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Inmediatamente comenzó a entonar una serie de cadencias


largas y arrastradas que parecían contener los sonidos primigenios de
todas las lenguas que alguna vez habían existido en el mundo. El
hechizo que entonces se apoderó de mí se podía tocar y palpar.
Estaba atrapado en una tela de araña; tenía los pies y los brazos
enredados y un velo de finos hilos se entretejía en torno a mis ojos.
La fuerza cautivadora de aquel ritmo imprimía a mi alma una especie
de movimiento mágico. A mi alrededor, próxima y lejana a un
tiempo, la vida comenzaba a palpitar en las moradas de los muertos
y en los corredores de las colinas de hierro. Tebas estaba en pie y
Menfis florecía a orillas del río. El mundo moderno se tambaleaba y
caía ante aquel sonido que restauraba el pasado; y era precisamente
en aquel pasado donde los dos hombres que estaban delante de mí
vivían y tenían su verdadero ser. Las tormentas de la vida presente
pasaban flotando sobre sus cabezas, mientras ellos habitaban bajo
tierra, desdibujados, perdidos. Montados en aquella ola de sonido
descendían hacia el reino que habían recobrado.
Me puse a temblar, me revolví con violencia e hice ademán de
levantarme, pero al instante volví a dejarme caer, resignado e
impotente. Según parecía, el mero hecho de estar con ellos bastaba
para que quedara sujeto a los mismos términos que regulaban su
extraña cautividad. Mis pensamientos, mis sentimientos, mi propia
perspectiva de las cosas, habían sido transferidas a algún otro lugar.
Incluso mi conciencia se estaba transformando. Veía las cosas bajo
otro prisma... el prisma de la antigüedad.
Una vez que el presente cayó en el olvido y el pasado reinó
soberano, perdí todo sentido de la Realidad. La habitación se convirtió
en una diminuta imagen en una gota de agua, mientras el mundo
subterráneo, transformado en algo inmenso, la reemplazaba. Mi
corazón comenzó a latir siguiendo el ritmo lento y majestuoso de algo
que había existido en unos tiempos muy lejanos. Todas las
dimensiones crecieron; quedé atrapado en unas medidas colosales y
las magnitudes se volvieron tan monstruosas que borraron de un
plumazo todo sentido de la proporción. Una mano resplandeciente
como el sol me agarró y me depositó en aquella telaraña temblorosa
junto a mis dos compañeros. Oí el crujido de los hilos al reajustarse
tras recibir mi cuerpo; oí el sonido de pies que se arrastraban por la
arena; oí los susurros que provenían de las moradas de los muertos.
Escuché sus voces en las oscuras cámaras excavadas en la roca. Las
antiguas galerías habían despertado. La vida de unas edades
olvidadas se congregaba a mi alrededor formando turbulentas
multitudes.
La realidad de una experiencia tan increíble se evapora al tratar
de expresarla mediante el fluir del lenguaje. Sólo puedo dar fe de una
cosa verdaderamente singular: incluso el conocimiento más profundo
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

y más satisfactorio que el Presente pueda ofrecernos palidecía al lado


de la robusta majestad del Pasado que le había usurpado su puesto
por completo. Aquella habitación moderna que contenía un piano y
dos figuras humanas del Presente, parecía una miniatura ridícula
prendida de una inmensa cortina transparente, tras la cual se
vislumbraba, en un primer plano, una multitud de símbolos de
templos, esfinges y pirámides, pero que al fondo, se abría a un
esplendoroso paisaje de un magnífico color gris donde las ciudades de
los Muertos se sacudían la arena y abarrotaban todo el espacio hasta
más allá de donde alcanzaba la mirada.

...Las estrellas, el universo todo, lleno a rebosar de una vida


palpitante, se integró en aquella nueva realidad. Sentí pasar de largo
vastos períodos de tiempo... Me parecía estar viviendo hace
milenios... Vivía hacia atrás...
El tamaño y la eternidad de Egipto se apoderaron de mí con toda
facilidad. Su abrumadora grandeza echaba por tierra todos los
parámetros del presente. El paisaje entero se elevaba, se ponía en
pie. El desierto se erguía, los propios horizontes se levantaban;
majestuosas figuras de granito descollaban por encima del hotel,
grandiosos rostros se cernían un momento en el aire y pasaban
flotando, gigantescos brazos se estiraban para arrancar las estrellas y
colocarlas en los techos de laberínticas tumbas. De cada una de
aquellas ruinas brotaba el colosal significado de aquella venerable
tierra... reconstruido... lleno de ardiente vitalidad.
Finalmente no pude resistirlo más. Estaba deseando que aquel
zumbido cesase, que disminuyera el prodigioso empuje de aquel
ritmo. Mi corazón pedía a gritos que regresara el resplandor dorado
del sol iluminando el desierto, el dulzor de la brisa a orillas del río, los
reflejos color violeta sobre las colinas al amanecer. Me resistí, hice un
esfuerzo para regresar.
—¡Tu salmodia es espantosa! ¡Por Dios, toca una canción
árabe... o algo de música moderna!
El esfuerzo fue intenso, el resultado... nulo. Puedo asegurar que
aquéllas fueron exactamente mis palabras. Aunque probablemente
nadie más lo oyera, yo sí que pude oír el sonido de mi propia voz,
pues recuerdo muy bien el desaliento que sentí al comprobar cómo
aquel inmenso espacio se lo tragaba, convirtiendo lo que había sido
un volumen considerable en un mero susurro, similar al grito de un
pájaro o de un insecto. En cualquier caso, la figura a la que había
tomado por Moleson, en vez de responderme o darse por aludida, se
limitó a crecer y a crecer como ocurre a veces en los cuentos de
hadas. Eso es todo lo que sé, que nadie me pida que lo explique.
Aquella parte de mí que empequeñecía y se limitaba a observar lo
que ocurría a su alrededor registró aquel efecto extraordinario como
si fuera algo perfectamente natural... Moleson estaba creciendo de
forma espectacular.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Inmediatamente, la enorme fuerza de aquel hechizo entró en


acción. Experimenté el gozo del más absoluto abandono y el terror de
ver partir todo lo que hasta entonces me había parecido real.
Comprendí la risa fingida de Moleson y la sutil resignación de Isley.
Una idea sorprendente pasó volando como un pájaro por mi
conciencia alterada: para que se produjera aquella resurrección en el
Pasado, para que tuviera lugar aquel renacimiento del espíritu al que
aspiraban, era necesario que cada uno de ellos adoptara por turnos la
forma de aquellos antiguos símbolos. Al igual que el embrión va
englobando cada etapa de la evolución que le precede antes de
alcanzar la forma humana, las almas de aquellos dos aventureros
adoptaban los distintos emblemas de aquella apasionada creencia. El
adorador devoto adopta las cualidades de su deidad. Su
caracterización de toda la serie completa de las deidades del mundo
antiguo era tan verídica que yo mismo podía percibirlas e incluso
llegar a objetivarlas sensorialmente. El presente no era para ellos
más que un estado prenatal; para entrar en el pasado tenían que
volver a nacer.
Pero aquella espantosa transformación no afectaba tan sólo al
semblante de Moleson. Ambos rostros, agrandados hasta alcanzar la
prodigiosa escala propia de todo lo egipcio, producían una sensación
mareante encerrados en aquella pequeña habitación moderna. El
símil del espejo deformante no permite hacerse una idea de ello, ya
que la proporción entre las distintas partes no se veía alterada. Perdí
de vista sus fisonomías humanas, pero pude ver sus pensamientos,
sus sentimientos y sus corazones agigantados y transformados; todo
lo que Egipto ponía en ellos mientras les iba sustrayendo el amor por
la vida moderna. Poco a poco fueron adquiriendo una abominable
majestad que era enorme, misteriosa e inmóvil como las piedras.
El estrecho rostro de Moleson tomó primero la apariencia de un
halcón, a semejanza del siniestro dios Horus. Había sufrido una
dilatación tan enorme que descollaba por encima del piano haciéndolo
parecer de juguete. Era un rostro afilado, malévolo, monstruoso,
ávido de presas; cada uno de sus brillantes ojos despedía unos
destellos tan vertiginosos como los del sol al amanecer. La forma
general que presentaba la silueta de George Isley, igualmente
inmensa, resultaba aún más majestuosa si cabe. La amplitud de sus
hombros hacía pensar en la Esfinge y su semblante evocaba el
inescrutable poder de las hieráticas imágenes cultuales de los
templos. Éstas fueron las primeras manifestaciones de aquella
posesión, pero no tardarían en seguirles otras. En rápidas series,
como transparencias proyectadas en una pantalla, los antiguos
símbolos pasaban como una exhalación por aquellos dos rostros
humanos agigantados y luego desaparecían. Era imposible zafarse de
aquello. Las sucesivas marcas parecían superponerse como si fueran
fotografías compuestas; cada una de ellas aparecía y se desvanecía
antes de que fuera posible reconocerlas, de modo que para
interpretar aquella alquimia interna tenía que recurrir a ciertos signos
externos con los que mis sentidos estaban más familiarizados. Egipto,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

al poseerlos, se expresaba a través de su aspecto fisico de esa forma


tan maravillosa, recurriendo a los símbolos de su intenso poder
regenerativo...
Los cambios se fundían con tal rapidez que apenas podía captar
ni la mitad de ellos; pero, finalmente, aquella procesión culminó en
una sola imagen que se quedó impresa en sus rostros con una fijeza
espantosa. Todas las series se fusionaron. Me di cuenta de que esa
imagen reunía en sí a todas las demás en una síntesis que transmitía
una sensación de sublime reposo. Aquella cosa gigantesca se alzaba
formando una increíble estatua. El espíritu de Egipto, sintetizado en
aquel símbolo monstruoso, los había eliminado. Vi las efigies
sedentes de los adustos Colosos; medio hundidos en la arena,
cubiertos por la noche, esperando el amanecer...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

10

En aquel momento hice un supremo esfuerzo por recuperar mi


identidad; un esfuerzo para concentrar mi mente en el presente. Y al
tratar de buscar algún rasgo de Moleson y de George Isley, por
pequeño que fuera, comprobé que no encontraba ninguno. De la
imagen tan familiar de mis dos compañeros no quedaba ni rastro.
Durante un instante lo vi todo con la misma claridad con que
veía aquel pequeño y ridículo piano. Pero el instante se prolongó; la
Eternidad de Egipto permanecía. Aquella solitaria y formidable pareja
había agachado los hombros e inclinado sus espantosas cabezas.
Estaban en la habitación. Las frágiles estructuras de los dos
adoradores humanos reflejaban la imagen del poder de aquel Pasado
imperecedero. La habitación, las paredes, el techo, habían
desaparecido. Las arenas y el cielo abierto los habían reemplazado.
Con los ojos a punto de salírseme de las órbitas contemplé a
aquellos dos titanes que se alzaban el uno junto al otro. Y como un
niño que desde el suelo de su cuarto tiene que hacer frente a sus
propios gigantes, me quedé petrificado, incapaz de moverme o de
pensar. No podía dejar de mirarlos. Me destrozaba la vista intentando
descubrir a los dos hombres con los que estaba familiarizado, pero lo
único que encontraba era aquella visión simbólica. No se distinguía
con claridad. Sus rostros habían sufrido una dilatación formidable, sus
facciones se perdían en aquella insólita magnitud; los hombros, los
cuellos y los brazos se extendían inmensos por el espacio. Les ocurría
lo mismo que al desierto, conservaban cierta fisonomía, pero carecían
por completo de expresión individual; todo rasgo humano se
desdibujaba completamente en aquella masa de piedras
resquebrajadas. No pude distinguir ni las mejillas ni la boca ni las
mandíbulas; tan sólo unos ojos cuarteados y unos labios de granito
partidos. Inmenso, inmóvil y misterioso, Egipto les iba moldeando y
se los llevaba consigo. Y entre ellos y yo, en una extraña perspectiva,
se encontraba ese absurdo símbolo del presente: un piano. Aquello
era atroz. Durante un segundo supe lo que era sentir un horror
inconmensurable. Todo mi cuerpo se estremeció. Me atravesaban
oleadas de frío y de calor. Las fuerzas me abandonaron, y junto a
ellas, la capacidad de hablar y de moverme; era como si me
encontrara en un estado de absoluta parálisis.
Además, aquel hechizo no afectaba solamente a la habitación,
sino que se extendía también al exterior, estaba en todas partes. El
Pasado se agolpaba contra los propios muros del hotel. Todas las
lejanías, espaciales o temporales, se aproximaban. Aquella salmodia
convocaba a aquellos titanes en todo su antiguo esplendor. Un mar
de sombras se agrupaba sobre las arenas a nuestro alrededor.
Advertí que aquel poderoso ejército, sin hacer ningún ruido,
cambiaba constantemente de posiciones: las pirámides se
remontaban hacia el cielo; las deidades pétreas adoptaban una
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

postura vigilante; los templos, con la misma solemnidad que debieron


tener en la noche de los tiempos, se alineaban en toda su prístina
belleza; y la silueta de la Esfinge, inmóvil pero amenazadora, se
erguía en el aire. Una inmensidad llamaba a otra.
...Transcurrían vastos intervalos de tiempo y las distancias eran
enormes, pero sin embargo todo sucedía en un mismo instante y
dentro de un espacio muy reducido. Todo aquello estaba ocurriendo
aquí y ahora. La eternidad susurraba en cada segundo, en cada grano
de arena. Captaba múltiples detalles de un golpe, pero en realidad
tan sólo era consciente de una cosa: tenía frente a mí al espíritu del
antiguo Egipto, representado en aquellas dos formidables figuras, y
mi conciencia expandida, con gozo y dolor a un tiempo, era capaz de
abarcarlo todo, del mismo modo que Aquel espíritu nos incluía a mis
compañeros... y a mí.
Porque yo también guardaba cierto parecido con ellos. Un
símbolo menor, aunque de un tipo similar, también me había poseído.
Traté de moverme, pero tenía los pies encajados en una piedra; mis
brazos estaban inmovilizados; mi cuerpo entero se hallaba empotrado
en una roca. La arena se estrellaba violentamente contra mí,
arrastrada hacia arriba en pequeños remolinos por un viento helador.
Aunque no sentía nada, podía oír el tamborileo de los granos que
chocaban desperdigados contra mi cuerpo endurecido...
Esperábamos la llegada del alba, cuando se produciría la
resurrección de la inmutable deidad que era la fuente y la inspiración
de toda nuestra gloriosa vitalidad... Soplaba un aire cada vez más
fresco y penetrante. En la lejanía, una franja rosada de cielo pasaba
al violeta y al oro; pronto una delicada luz rosácea se extendió por el
desierto. En las alturas, el pálido brillo de las pocas estrellas aún
visibles se iba desvaneciendo y el viento que anunciaba el amanecer
comenzaba a levantarse. La tierra entera se detenía, esperando la
llegada de su poderoso Dios...
En medio de aquella pausa se escuchó un curioso sonido que, al
parecer, debíamos estar esperando, pues no me produjo ninguna
sorpresa. En un primer momento hubiera jurado que era George Isley
que se había unido al canto de su compañero. Tras aquel volumen
atronador resonaban, aumentadas de manera prodigiosa, las mismas
notas y ritmos que antes había escuchado. Si en un principio había
sido la salmodia de Moleson la que había despertado aquella voz, era
ahora ella quien cantaba desde la lejanía de forma autónoma. Las
resonantes vibraciones de aquel canto habían alcanzado las
profundidades donde dormía. Ahora, ambas cantaban al unísono. Era
la voz de Egipto lo que oía. Se distinguía en aquella voz el rugir ronco
de un millar de tambores, como si el propio desierto estuviera
articulando aquellas portentosas sílabas. Mientras la escuchaba,
sentía que mi corazón de piedra se paraba. Las dos voces sonaban en
el cielo. Sostenían un majestuoso diálogo a medida que iba
amaneciendo:
«Qué fácil nos es seguir siendo los señores de esta tierra...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

...mientras los siglos pasan rugiendo sobre nosotros y se


desvanecen.»
Las palabras iban brotando con suavidad y llenas de poder,
aunque con un sonido retumbante como si salieran de las
profundidades de una caverna.
«Nuestro silencio ha sido perturbado... Marchamos con la
multitud hacia el Oriente... Al amanecer, inmóviles, cantamos la
sabiduría del mundo antiguo... Nuestro discurso se oirá, mas no con
los oídos de la carne. Al alba nuestras palabras brotan y recorren
inmensidades de tiempo y de arena, atravesando la luz del día... Al
crepúsculo, con alas de águila, regresan de nuevo a nuestros labios
de piedra... Cada siglo, una sílaba, sin que aún se haya completado ni
una sola frase. Entretanto, nuestros labios se van quebrando al
pronunciarlas...»
Mientras escuchaba desde mi lecho de arena, me pareció que
horas, meses e incluso años pasaban junto a mí. Los fragmentos de
su discurso se perdían en la distancia y después volvían a sonar muy
cercanos. Era como si por encima de las nubes los picos de las
montañas hablaran entre sí. Un viento atrapaba aquel rugido sordo y
se lo llevaba. Y otro viento volvía a traerlo... Entonces, durante un
instante vacío que pareció durar años y que transmitía de una forma
espectacular el paso de largos períodos de tiempo, pude oír su
discurso con más claridad. La lenta declamación de aquella voz
grandiosa se propagó por todo mi ser como un torrente:
«En soledad esperamos, observamos, y escuchamos. Nuestros
ojos nunca se cierran. La luna y las estrellas navegan sobre nosotros
y nuestro río alcanza el mar. Traemos eternidad a vuestras vidas
fragmentadas... Vemos las pequeñas líneas de acero que tendéis
sobre nuestro territorio, ocultas tras una fina nube de humo blanco.
Oímos el silbido de vuestros mensajeros de hierro propagarse por el
aire... Las naciones se alzan y caen. Los imperios marchan en un
revuelo hacia Occidente y perecen... El sol se va haciendo viejo y las
estrellas palidecen... Los vientos alteran la línea del horizonte y
nuestro río cambia su lecho. Pero nosotros permanecemos;
inalterables, imperecederos. De agua, de arena y de fuego es nuestro
ser esencial, construido en el seno de la atmósfera del universo... No
hay pausa en la vida, no hay ruptura en la muerte. Los cambios no
conocen final. El sol regresa... La resurrección es eterna... Mas
nuestro reino permanece bajo tierra entre las sombras, ajeno a la
brevedad de vuestro día. ¡Venid! ¡Venid! Los templos siguen repletos
y nuestro Desierto os bendice. Nuestro río os hace perder pie.
Nuestra arena os purificará y arderéis dulcemente en el fuego de
nuestro Dios hasta alcanzar la sabiduría ... Venid, pues, y adorad, la
hora se acerca. Amanece...»
Las voces se fueron extinguiendo en las profundidades,
apagadas por las arenas de los siglos, mientras el encendido
amanecer del Oriente se extendía rápidamente por el cielo. La salida
del sol, el gran símbolo de la perpetua resurrección de la vida, estaba
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

a punto de producirse. A mi alrededor, envuelta en sombras, se


desplegaba toda la inmensidad del antiguo Egipto, esperando
ansiosamente la llegada del momento de la adoración. Desprovistas
ya del terrible y severo esplendor de su largo abandono, aquellas
efigies se alzaban erguidas en toda su arrebatada grandeza como un
bosque de majestuosas piedras; los labios de granito entreabiertos,
los ancianos ojos dilatados. Todos estaban de cara al oriente. Y el sol
se iba aproximando al borde del Desierto que aguardaba expectante.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

11

No sentía ninguna emoción, al menos no lo que yo entiendo por


emoción. Si es que experimenté algo fueron los secretos primordiales
de dos sensaciones muy primitivas: el gozo y el sobrecogimiento. El
brillo de la mañana se difundía con rapidez. El día llegaba bañado en
oro, como si las arenas de Nubia derramaran su fulgor sobre cada
partícula de luz; lleno de gloria, como si el reflujo de la marea estelar
vertiera su espuma luminosa sobre la tierra; y lleno de pasión, como
si las creencias de todas las edades del mundo regresaran flotando
con abandono... hacia el núcleo del sol. Las ruinas de Egipto se
fundían para crear un único templo de una inmensidad primigenia
cuyo suelo era el desierto desnudo, pero cuyos muros se elevaban
hacia las estrellas.
De pronto, el canto y los ritmos cesaron; se hundieron bajo
tierra. Las arenas les hicieron enmudecer. Y el sol bajó la vista para
contemplar su antiguo mundo...
Me sentí invadido de una calidez radiante y descubrí que de
nuevo podía mover mis extremidades. Un flujo de exaltación vital
recorría mi cuerpo de piedra. Durante una milésima de segundo oí la
lluvia de partículas arenosas que chocaban contra mí, como si se
tratara de arena levantada por una ráfaga de viento; aunque en esta
ocasión sí que sentí cómo se me clavaban en la piel. Pero el instante
pasó. El calor sofocante me empapaba de sudor de los pies a la
cabeza mientras mi conciencia recobrada me permitía darme cuenta
de que mi insensibilidad pétrea daba paso a una vuelta de la sangre y
de la carne. El sol había salido... Yo estaba vivo, sí, pero...
transformado.
Creo que entonces abrí los ojos. El alivio que sentí fue inmenso.
Me di la vuelta y aspiré una profunda bocanada de aire fresco; estiré
una pierna sobre una gruesa alfombra verde. Algo me había
abandonado, y otra cosa había regresado conmigo. Me retrepé en mi
asiento, embargado de la reconfortante sensación de quien se sabe
libre y a salvo.
El final llegó de forma violenta y desordenada. Me encontré a mí
mismo, y a Moleson, y también a George Isley. Sin que yo lo hubiera
advertido, este último había sufrido un cambio dentro de la propia
habitación. Isley se había elevado, y desde su altura, se precipitó
hacia donde yo estaba. Vi que movía los brazos. De debajo de sus
manos pareció brotar una llamarada; entonces me di cuenta de que
estaba dando las luces. Se fueron encendiendo en distintos lugares
de la habitación: a lo largo de las paredes, en la hornacina, junto al
escritorio y, finalmente, una de ellas, que se encontraba en un
estante situado justo encima de donde yo estaba, me deslumbró. Me
hallaba de nuevo en el Presente, rodeado de todos aquellos objetos
modernos.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Mientras que la mayoría de los detalles se fueron presentando de


forma gradual a mis sentidos recién recobrados, el regreso de Isley
vino acompañado de ese extraño efecto de distancia y velocidad; el
impacto que aquello me produjo fue terrible. Había caído desde la
altura de su inmenso tamaño. Tuve la sensación de que venía lanzado
hacia mí. En cuanto a Moleson, él simplemente estaba «ahí»; a
diferencia de lo que ocurría con su compañero no daba la impresión
de haber sufrido un cambio súbito y veloz. Permanecía inmóvil junto
al piano, con sus largas y finas manos extendidas sobre el teclado,
pero sin llegar a tocarlo. Isley, en cambio, había caído como un rayo
en la pequeña habitación y en sus facciones alteradas se apreciaban
todavía signos de la monstruosa posesión que había sufrido. En la
mirada de sus ojos rehundidos se confundían el combate y la
devoción. Sus labios, aunque de manera un tanto forzada, esbozaban
una sonrisa. Sentí un escalofrío al advertir con toda claridad cómo se
iba desprendiendo de su rostro aquella sensación de inmensidad,
igual que se desprenden las sombras de los cortados de un
acantilado. Todas las proporciones parecían estar espantosamente
mezcladas. La fuerza descomunal que había vuelto a reabsorber su
ser se replegó lentamente hacia el interior. Isley parecía haberse
derrumbado. Por las mejillas quemadas por el sol de aquel rostro
ajado vi resbalar una lágrima.
Durante un instante me embargó un sentimiento de intensa
repulsión. El presente se me aparecía a los ojos cubierto de harapos.
La reducción de escala resultaba terriblemente dolorosa. Suspiraba
por aquel esplendor perdido que, no obstante, parecía hallarse
todavía misteriosamente próximo. La vulgaridad de aquella habitación
de hotel, la chillona fealdad de su decoración, la bajeza de los ideales
que gobernaban la vida del presente —donde la utilidad suplanta a la
belleza y la ganancia prima sobre la devoción— unido al hecho de que
mis compañeros parecieran haber disminuido hasta alcanzar el
tamaño de unas ridículas marionetas, me producía un dolor tan
intenso que, en un primer momento, no creí que fuera capaz de
soportarlo. Me fijé en el reloj que se destacaba sobre el mantel de la
mesa, iluminado por el resplandor de las luces, marcaba las once y
media de la noche. Moleson había estado dos horas al piano. La
recuperación de mi facultad de medir completó mi sensación de
desengaño. Sí, me encontraba de regreso entre los objetos del
mundo moderno. Volvía a ser un prisionero del espíritu maquinal del
Presente.
Durante un largo intervalo de tiempo ninguno de nosotros se
movió o abrió la boca para decir algo; el cambio repentino nos tenía
confundidos; habíamos saltado desde las alturas, desde la cúspide de
una pirámide, desde una estrella... y al chocar contra el suelo
nuestros pensamientos se habían desperdigado por todas partes.
Lancé una mirada furtiva a Isley, mientras mi mente se interrogaba
distraídamente cómo era posible que siguiera allí. Una expresión
resignada había sustituido a la energía que antes desprendiera su
rostro; se había limpiado la lágrima. Ahora no se apreciaba combate
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

alguno en él, no había ningún indicio de resistencia, tan sólo


abandono; tenía un aspecto insignificante. El verdadero George Isley
estaba en otra parte: su yo más auténtico no había regresado.
Torpemente, como si avanzáramos a empellones, fuimos
superando sucesivas etapas hasta que, por fin, los tres regresamos
de nuevo a la realidad cotidiana. De pronto, volvíamos a hablar como
si nada hubiera pasado; haciéndonos preguntas los unos a los otros y
respondiéndolas, encendiendo cigarrillos y todo ese tipo de cosas.
Moleson tocaba unos acordes bastante vulgares en el piano mientras
se recostaba con desgana en su silla, salpicando de vez en cuando la
música con algunas frases, y dando conversación a cualquiera que
estuviera dispuesto a hacerle caso. Isley cruzó lentamente la
habitación, se acercó a donde yo estaba, y me ofreció tabaco. En el
intenso bronceado de su rostro se descubrían profundas sombras.
Parecía agotado, exhausto, como un soldado curtido en mil batallas.
—¿Te ha gustado? —oí que me preguntaba con un hilo de voz.
Su tono no demostraba ningún interés, carecía de expresividad; no
era el verdadero Isley quien hablaba, no era más que aquel
fragmento de su persona que había regresado. Sonreía como un
verdadero autómata.
Cogí mecánicamente uno de los cigarrillos que me ofrecía,
mientras pensaba confusamente qué respuesta le podía dar.
—Es irresistible —susurré—. Comprendo que resulte más sencillo
partir.
—Y también más dulce —me respondió con un suspiro— ¡Y tan
maravilloso...!
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

12

Me fijé en la mano que me daba fuego; estaba temblando. De


repente sentí dentro de mí un deseo de hacer algo violento, de
realizar un movimiento brusco, de empujar o tirar algo.
—¿Qué ha sido todo esto? —pregunté abruptamente, alzando la
voz en un tono casi desafiante, con la intención de que me oyera el
hombre que se sentaba al piano—. Cómo se ha atrevido a hacer
semejante experimento... con otras personas... sin haberles pedido
previamente permiso... Me parece algo intolerable.. es...
Fue el propio Moleson quien respondió. Pasó por alto el final de
la frase como si no lo hubiera oído. Se acercó con aire despreocupado
hasta donde nos encontrábamos, sosteniendo en la mano un cigarrillo
al que daba cuidadosamente forma entre sus finos dedos.
—Pregunte cuanto quiera —respondió tranquilamente—, pero
explicarlo no es tan sencillo. Lo descubrimos —y con un gesto de la
cabeza señaló hacia Isley— hará dos años en el Valle. Estaba caído
junto a un sacerdote que tenía todas las trazas de haber sido un
personaje muy importante. Formaba parte del ritual que se utilizaba
para la adoración del sol. En el museo (puede verlo cuando quiera en
el Boulak) lo han catalogado simplemente con una etiqueta que dice
«Himno a Ra». Pertenece al período de Ajenatón.
—Las palabras sí —apuntó Isley que escuchaba atentamente.
—¿Las palabras? —repitió Moleson con un extraño tono de voz—
No hay palabras. En realidad todo consiste en una manipulación de
diversos sonidos vocálicos. Y en cuanto al ritmo, la salmodia o como
quiera llamarlo, yo mismo la compuse. Sabe, los egipcios no escribían
su música. —De repente se puso a estudiar mi rostro durante un
instante con ojos escrutadores—. Cualquier palabra que haya oído o
haya creído oír habrá sido producto de su propia interpretación —
añadió.
Me le quedé mirando fijamente sin responderle.
—En sus rituales se servían de lo que llamaban una «lengua
raíz» —prosiguió— que estaba compuesta enteramente de sonidos
vocálicos. No había consonantes. Verá, los sonidos vocálicos tienen
un fluir ininterrumpido, carecen de principio o de fin, mientras que las
consonantes interrumpen ese flujo, lo rompen y lo limitan. Las
consonantes carecen de sonido propio. El verdadero lenguaje es un
continuo.
Nos quedamos un rato fumando en silencio. Comprendí entonces
que lo que había hecho Moleson se basaba en unos conocimientos
muy sólidos. Era la versión de un fragmento de un ritual antiguo que
Isley y él habían desenterrado, cuyo efecto, bien conocido ya con
respecto al primero, quería probar en mí. Tenía la impresión de que
sólo de esa manera cabía explicarse los espectaculares resultados
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

que había obtenido conmigo.


En la fe y en la poesía de una nación reside la vida de su alma; y
era precisamente la descomunal fe de Egipto lo que latía tras el ritmo
de aquel canto monótono e interminable. Tenía sangre, nervio,
corazón. Millones de personas lo habían oído cantar; millones habían
llorado, rezado y suspirado al escucharlo; la pasión de aquella
civilización prodigiosa, que veneraba a la divinidad solar y aún seguía
viva aunque permaneciera oculta bajo tierra, le había insuflado su
propia alma. Aquel cántico hacía que brotara la majestuosa fe del
antiguo Egipto; ese desarrollo formidable y apasionado de todos los
aspectos relacionados con la vida de ultratumba y con la Eternidad
que constituía el eje de la existencia en aquellos tiempos grandiosos.
Durante siglos inmensas multitudes, guiadas por el sacerdocio regio,
habían entonado ese mismo ritual, esas mismas fórmulas; lo habían
creído, lo habían vivido y sentido. La salida del sol seguía siendo su
momento culminante. Sus grandes símbolos en ruinas seguían
impregnados de aquel poder espiritual. La fe de una civilización
sepultada había vuelto a prender en el presente, y también en
nuestros corazones.
Un extraño respeto por el hombre que había sido capaz de
producir semejante efecto sobre dos mentes modernas se fue
apoderando de mí y se mezcló con la repulsión que a su vez me
producía todo aquello. Lancé una mirada furtiva a aquel rostro
arrugado y reseco. Todavía conservaba algún rastro desdibujado y
borroso de lo que, hasta hacía un momento, había llevado dentro de
sí. Sus mejillas contraídas tenían cierta apariencia pétrea. Me dio la
impresión de que era más pequeño. Parecía haber menguado. Seguía
pensando en él tal y como había sido hacía un rato, cuando aún
estaba aprisionado en los grandes captores de piedra que le habían
poseído...
—Tiene un poder tremendo... un poder espantoso —tartamudeé,
más por romper aquel silencio opresivo que por deseo de hablar con
él—. Hace que reviva Egipto —el antiguo Egipto— de una forma
extraordinaria, lo introduce en los corazones. —Las palabras salían de
mis labios de forma casi espontánea. Aunque no era consciente de
ello hablaba en voz muy baja. Estaba sobrecogido. Isley se había
alejado de mí y se había acercado a la ventana dejándome cara a
cara con aquella extraña encarnación de unos tiempos pretéritos.
—No podía ser de otra manera —replicó; sus ojos brillaban aún
con un oscuro resplandor—; contiene en sí el alma de los tiempos
antiguos. Dudo que alguien, tras escucharlo, pueda seguir siendo la
misma persona. Verá, expresa la pasión y la belleza esenciales de
aquel culto gozoso, de esa fe espléndida; el culto razonable e
inteligente del sol, la única creencia científica que ha conocido el
mundo. Naturalmente, en su vertiente popular había grandes dosis de
superstición, pero en su versión sacerdotal —es decir, en la que
practicaban los sacerdotes— que comprendían la relación existente
entre el color, el sonido ylos símbolos, era...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Se interrumpió súbitamente, como si aquello fuera algo que se


estuviera contando a sí mismo. Nos sentamos. A nuestra espalda,
George Isley, asomado a la ventana, contemplaba la noche sin luna.
—¿Ha probado sus efectos... sobre otros? —le solté a bocajarro.
—Los he probado sobre mí —respondió de manera cortante.
—He dicho sobre otros —insistí.
—Sobre otro... sí —reconoció.
—¿Intencionadamente? —mientras hacía aquella pregunta sentí
estremecerse algo dentro de mí.
Se encogió ligeramente de hombros.
—No soy más que un arqueólogo especulativo —sonrió— y...
bueno, un egiptólogo con algo de imaginación. Tengo el deber
ineludible de reconstruir el pasado para que aparezca vivo a los ojos
de los demás.
Me entraron ganas de abalanzarme sobre su cuello.
—Como es natural, usted sabía perfectamente el efecto mágico
que con toda seguridad —o al menos con toda probabilidad— tendría,
¿no es así?
Me miró fijamente a través del humo de su cigarrillo. A día de
hoy sigo sin saber qué había en aquel hombre que me producía
escalofríos.
—Yo no estoy seguro de nada —replicó con voz suave—, pero
considero que es perfectamente legítimo probar. En cuanto a ese
adjetivo que usted ha utilizado, «mágico»; no tiene ningún sentido
para mí. Si algo así existe no es en realidad más que conocimiento
científico, olvidado o aún por descubrir. —Mientras hablaba sus ojos
despedían un fulgor desafiante, insolente; su actitud era casi agresiva
—. Supongo que se refiere a nuestro común amigo más que a usted.
Haciendo un gran esfuerzo traté de responder a aquella mirada
tan singular. Aún emanaba de su persona algo que imponía, pero
que, al mismo tiempo, resultaba terriblemente atractivo. Me hacía
pensar de nuevo en aquella Red invisible, en aquella oscura cortina
de gasa, en el poder que aguardaba inmóvil en el centro a su presa,
en aquellas Entidades enigmáticas y monstruosas que se mantenían
alertas y vigilantes a lo largo de los siglos.
—¿Se refiere usted al cambio que se ha operado en su actitud
hacia la vida, a su marcha? —añadió Moleson en un tono más bajo.
Al oírle utilizar aquellas palabras, aquella frase precisamente, un
escalofrío me recorrió todo el cuerpo. No obstante, antes de que
pudiera responderle, y a buen seguro mucho antes de que pudiera
controlar aquel súbito terror que se había apoderado de mí, oí cómo
continuaba en un susurro. Una vez más parecía hablar consigo mismo
más que conmigo.
—Imagino que el alma tiene derecho a elegir las condiciones de
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

vida y el entorno que más le convengan. El paso a otro lugar supone


una traslación, no una extinción. —Se quedó un rato fumando en
silencio; luego alzó la vista y, mirándome a la cara con una expresión
de profunda seriedad, me dijo otra cosa francamente extraña. De
nuevo su auténtico ser reemplazó a su pose cínica.
—El alma es eterna y puede elegir establecer su morada allí
donde desee, sin tener para nada en cuenta la duración temporal.
¿Qué tiene este Presente superficial y vulgar para pretender
arrogarse derechos exclusivos sobre ella? Hoy en día, ¿en qué lugar
del mundo moderno va a encontrar las creencias, la fe y la belleza
que son la misma esencia de su vida? ¿Dónde en medio del tráfago y
la confusión de esta era de la vulgaridad va a encontrar su hogar?
¿Está acaso condenada a revolotear por toda la eternidad sobre este
valle de huesos secos, cuando tiene un Pasado vivo al alcance de la
mano, que la espera lleno de amor, lleno de fuerza y de gloria? —Se
acercó más a mí y posó su mano sobre mi hombro. Sentía su aliento
pegado a mi cara.
—¡Venga con nosotros, regrese con nosotros! —fue su terrible
susurro—. ¡Aleje su vida de esta inmundicia, de esta anodina fealdad!
Regrese y adore con nosotros imbuido del espíritu del Pasado. Haga
suyos ese esplendor inmemorial, esa gloria, esos conceptos
grandiosos; la maravillosa certidumbre, el inefable conocimiento de
las esencias. Aún sigue estando alrededor de usted; llamándole,
llamándole siempre; está muy cerca; le arrastra día y noche... le está
llamando, llamando, llamando.
Su voz parecía irse perdiendo en la distancia mientras repetía
aquellas últimas palabras; aún hoy a veces creo oírlas, con esa
misma cadencia suave y monótona, intensa y apagada a la vez: le
está llamando, llamando, llamando. Pero sus ojos tenían ahora una
mirada perversa. Entonces sentí todo el siniestro poder de aquel
hombre. Me di cuenta de que en su corazón y en su mente habitaba
la locura. El Pasado que él trataba de glorificar yo lo veía negro,
envuelto en la intimidatoria oscuridad egipcia de una plaga. Lo que
me estaba llamando, llamando y llamando no era la belleza, sino la
Muerte.
—Es real, no es un sueño —prosiguió, sin apenas percatarse de
que yo me iba echando para atrás—. Esos símbolos en ruinas siguen
en contacto con lo que existió en tiempos. Son tan potentes hoy
como lo fueron hace seis mil años. Detrás de ellos rebosa aún la
asombrosa vida de aquella época. No son simplemente unas moles de
piedra que parecen aplastarnos, sino la expresión visible de grandes
poderes a los que todavía es posible... acceder. —Bajó la cabeza,
estudió detenidamente mi cara, y susurró algo. Por sus ojos pasó la
expresión de quien se sabe conocedor de un secreto.
—Le he visto cambiar, igual que usted nos vio cambiar a
nosotros —sus palabras parecían brotar desde algún lugar muy
profundo—. Y ese cambio sólo lo puede producir la adoración. El alma
asume las cualidades de la deidad a la que adora. Los poderes de su
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

deidad la poseen y la transforman a su imagen y semejanza. Usted


también lo sintió. También usted estaba poseído. Vi el rostro de
piedra de la deidad impreso en el suyo.
Creo que entonces sacudí todo mi cuerpo, igual que un perro que
tratara de quitarse el agua de encima. Me levanté. Recuerdo que
estiré mis manos hacia delante como si quisiera apartarle de un
empujón y expulsar así de mi mente su insidioso influjo. Pero
también recuerdo otra cosa. De no ser por la realidad de lo que
sucedería más adelante y por el resultado práctico al que aún hoy
tengo que hacer frente —la desaparición de George Isley, la pérdida
para el tiempo presente de todo lo que George Isley alguna vez fue—
lo que vi entonces bien podría haber sido motivo de risa. Sin lugar a
dudas tenía algo de cómico. Sin embargo, era a la vez repugnante y
terrorífico. Bajo una apariencia absurda acechaba un profundo horror,
porque tras aquel mimetismo externo se ocultaba una gran verdad.
Era espantoso porque era real.
En el gran espejo que reflejaba la parte de la habitación que se
encontraba a mi espalda, vi la figura de Moleson y la mía, y algo más
al fondo, junto a la ventana abierta, la de Isley. Los tres teníamos la
postura de unos jeroglíficos que hubieran cobrado vida. Ciertamente
yo tenía las manos estiradas, pero no en ademán defensivo, como
había creído. Estaban estiradas de una forma... antinatural. Los
antebrazos formaban un extraño ángulo obtuso, idéntico al que se
puede observar en los antiguos relieves tallados en granito: las
palmas de las manos estaban vueltas hacia arriba, la cabeza inclinada
hacia atrás, las piernas adelantadas y el cuerpo rígido, en una
postura que confería expresión a unas mentes antiguas y olvidadas.
La configuración física de los tres era monstruosa y, no obstante, la
tosquedad de aquellos gestos venía dictada por la reverencia y la
verdad. Algo que se hallaba presente en los tres inspiraba la formas
que nuestros cuerpos habían asumido. Nuestras posturas expresaban
anhelos, emociones, inclinaciones ocultas —no sé muy bien cómo
llamarlas— que el espíritu del Pasado había evocado.
Sólo vi aquella imagen refleja durante un instante.
Inmediatamente dejé caer los brazos, consciente de lo ridícula que
era aquella postura. Moleson se acercó a mí dando una de sus largas
y elocuentes zancadas, y en aquel mismo instante, Isley, desde el
lugar que ocupaba junto a la ventana, se aproximó rápidamente y se
unió a nosotros. Nos quedamos mirándonos a la cara sin pronunciar
palabra. Aquella breve pausa no debió de durar más de diez
segundos, pero durante ella sentí que el mundo entero pasaba
deslizándose a mi lado. Oí a los siglos precipitarse a toda velocidad.
El presente se iba hundiendo en la distancia. La existencia ya no
transcurría a lo largo de una línea tendida en dos direcciones; era un
círculo en cuyo centro, nosotros mismos, en compañía del Pasado y el
Futuro, permanecíamos inmóviles, pero con la posibilidad de acceder
a cualquier instante temporal de forma inmediata. Los tres caíamos,
caíamos hacia atrás...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—¡Venga! —exclamó la voz de Moleson con solemnidad, pero con


la dulzura de un niño que ya anticipa un futuro gozo—. ¡Venga!
Marchemos juntos, la barca de Ra ya ha cruzado el mundo
subterráneo. La oscuridad ha sido subyugada. Marchemos juntos al
encuentro del amanecer. ¡Escuche! Está llamando, llamando,
llamando...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

13

Sentí como un movimiento muy rápido; era mi propia alma que


se aceleraba. Se estaba viendo sometida a unas transformaciones
vertiginosas, indescriptibles. Las más variadas e intensas emociones
fluían a través de mí a la velocidad del rayo, y antes de que pudiera
ponerles un nombre, ya las había experimentado en toda su plenitud.
La vida de varios siglos caía conmigo hacia atrás y, como ocurre al
hundirse, aquel arquetipo de la existencia superó en pocos segundos
las empinadas laderas que con tanto esfuerzo había erigido el
Pasado. Los cambios pasaban como una exhalación. Lloré, recé y
adoré; amé y sufrí; combatí, perdí y triunfé. Descendiendo por la
gigantesca escala de las edades, comprimidas en unos pocos
instantes, mi alma se precipitaba hacia el reposo y la inmovilidad del
Pasado.
Recuerdo algunos detalles nimios que interrumpieron el inmenso
descenso... me puse el abrigo y el sombrero. Recuerdo unas palabras
que alguien dijo... su extraño sonido me evocó el canto de un pájaro
que despierta a medianoche: «Salgamos por la puerta trasera; a
estas horas la puerta principal ya estará cerrada». También guardo
un vago recuerdo
de la silueta del gran hotel, con sus columnatas y terrazas, que
se iba difuminando a medida que lo dejábamos atrás. Aquellos
detalles oscilaban un instante ante mis ojos y después desaparecían;
era como si estuviera cayendo desde una estrella hacia la tierra y, en
mi caída, fuera encontrando las plumas y hojas secas que el viento
había barrido. Mi alma no experimentaba ningún rozamiento mientras
se hundía hacia atrás en el tiempo; era un vuelo ágil y silencioso,
como el de un sueño. Me sentía absorbido hacia abismos cuyo vacío
no oponía resistencia alguna... hasta que, finalmente, aquella
velocidad escalofriante comenzó a aminorar y el vuelo vertiginoso se
convirtió en un suave flotar. De forma imperceptible se transformó en
un movimiento deslizante, como si se hubiera producido una
variación en el ángulo de la caída. Mis pies tocaron tierra sin ningún
problema y comenzaron a andar por una superficie que se agarraba a
ellos, acompañando cada uno de sus movimientos con un sordo
rumor.
Alcé la vista y vi los brillantes ejércitos de estrellas. Delante de
mí reconocí los sombríos montes de crestas aplanadas; a un extremo
y a otro de ellos se abrían amplias parameras que también me
resultaban familiares; junto a mí, uno a cada lado, avanzaban mis
dos compañeros. Estábamos en el desierto, pero era el desierto de
hace miles de años. Aunque una parte de mí seguía reconociendo a
mis compañeros, tenía también la sensación de que eran unos
desconocidos o, al menos, unas personas a las cuales sólo conocía
muy superficialmente. Traté en vano de recordar cómo se llamaban:
Mosely, Ilson; ésos eran los nombres que se me venían a la cabeza,
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

los mezclaba. Cuando les eché una mirada furtiva, lo que vi fueron
los contornos oscuros de unos muñecos carentes de sustancia. Sus
movimientos reproducían los grotescos ademanes de unos jeroglíficos
vivientes. Durante un instante me pareció que tenían los brazos
atados a la espalda en una postura imposible y que las cabezas
describían un ángulo cerrado sobre la línea de sus hombros.
Pero aquella impresión sólo duró un instante. Cuando los miré
por segunda vez sus figuras volvían a ser sólidas y compactas, y sus
nombres me vinieron de nuevo a la memoria; los tres caminábamos
agarrados del brazo. Debíamos haber cubierto ya una gran distancia;
me dolían las piernas y me faltaba el aliento. Corría un aire muy frío
y por todas partes reinaba un silencio sepulcral. Más que avanzar con
nuestros propios pasos, bajo aquella luz mortecina, la sensación que
se tenía era que el desierto fluía bajo nuestros pies. Nos
sobrepasaban riscos con crestas en forma de capucha; montículos de
arena y enormes peñascos iban pasando de largo. Entonces, a mi
izquierda, oí una voz; sin lugar a dudas era Moleson quien hablaba:
—Hacia Enet se encaminan nuestros pasos —dijo con un tono
que era mitad canto mitad susurro—, hacia Enette-ntore. Allí, en la
Casa del Nacimiento, consagraremos de nuevo nuestros corazones y
nuestras vidas.
Tanto su lenguaje como la entonación musical de su voz me
embelesaron. Comprendí que se refería a Denderah, en cuyo
majestuoso templo hacía no mucho que unas manos habían pintado
con colores imperecederos los símbolos de nuestra relación cósmica
con los signos del Zodiaco. Denderah era el grandioso centro donde
rendíamos culto a la diosa Hathor, la Afrodita egipcia, la portadora del
gozo y del amor. Su consorte, Horus, el dios de cabeza de halcón, era
quien nos había imbuido de briosa energía en su mansión de Edfu.
Además... nos encontrábamos en las fechas del Nuevo Año, la gran
festividad durante la cual todas las fuerzas vitales de la tierra brotan
en gozoso crecimiento.
Caminábamos por el desierto hacia Denderah, pisando las arenas
de hace miles de años.
La detención del tiempo y del espacio venía acompañada de una
sorprendente ligereza del espíritu, similar, imagino, a la que se
experimenta en un estado de éxtasis. El alma estaba embriagada.
Nada me separaba de las estrellas ni de aquel desierto que avanzaba
con nosotros. El viento brotaba sin trabas de mis nervios y de mi piel;
y las acariciantes ondas del Nilo, que brillaba con luz trémula a
nuestra derecha, se recogían entre mis manos. Conocía la vida de
Egipto porque la llevaba dentro de mí, me cubría, me rodeaba; yo
formaba parte de ella. Marchábamos felices como pájaros que se
dirigen hacia el amanecer. A nuestro paso, el tiempo no abría fosos ni
intervalos que pudieran detenernos. Fluíamos, pero permanecíamos
en reposo; estábamos infinitamente vivos; el presente y el futuro
eran algo inconcebible; aquello era el Reino del Pasado.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Las pirámides estaban en construcción, y el ejército de obeliscos


desplegaba su mirada en torno a sí, orgulloso de su equilibrio recién
estrenado. Tebas abría sus cien puertas al mundo; Menfis, nueva y
resplandeciente, se reflejaba con una miríada de destellos en las
aguas que las lágrimas de Isis habían endulzado, y los cantiles de
Abú Simbel ignoraban aún la gigantesca progenie que engendrarían.
Tan sólo la Esfinge, uniendo la eternidad y el tiempo, se alzaba ajena
y enigmática en un mundo propio. Marchábamos por la antigüedad
camino de Denderah.
Cuánto estuvimos andando, a qué velocidad marchábamos o qué
distancia recorrimos, son cosas de las que guardo tan poco recuerdo
como del maravilloso torrente de palabras que fluía a través de mí
mientras mis dos compañeros hablaban entre ellos. Lo único que sé
es que, de repente, una oleada de dolor puso fin a aquella dicha
maravillosa e hizo que esa paz, que yo creía imperturbable, se
disipara. De pronto el sonido de las voces de mis compañeros me
produjo espanto. Una sensación de temor, de pérdida, un
desconcierto de pesadilla me fue invadiendo como si se tratara de un
viento helado. Lo que ellos vivían de forma natural y sentían como
verdadero en lo más hondo de sus corazones, yo lo vivía simplemente
gracias a una afinidad temperamental. Había llegado la fase en que
mis poderes ya no daban más de sí. Aquella desmesurada expansión
de la conciencia hacia atrás que me había sido impuesta por otra
persona había alcanzado su límite; la cuerda se había tensado en
exceso y se había roto. A mis oídos sus voces sonaban ahora lejanas
y horribles. Mi gozo había terminado. Un resplandor de horror
alumbró el desierto y las estrellas cobraron una apariencia perversa.
Un deseo angustioso de regresar a la seguridad y a la sanidad del
Presente usurpó el puesto de todos aquellos anhelos descabellados de
recuperar el Pasado. Perdí el paso de mis compañeros. El desierto
detuvo su apresurada marcha. Me solté de su brazo. Entonces los
tres nos detuvimos.
Aún hoy recuerdo perfectamente aquel lugar. Más tarde volvería
a localizarlo e incluso lo fotografié. De hecho no se encuentra muy
lejos de Helouan; a no más de una milla de la Palmera Solitaria,
donde las laderas de ondulante arena marcan el comienzo de un valle
misterioso y cautivador que recibe el nombre de Wadi Gerraui. Y si
aquel valle resulta tan cautivador es porque al llegar a él parece
hacer señas y tirar de uno. Entre las desgarradas gargantas de ese
desolado paisaje calizo se encuentra súbitamente un trecho de unas
arenas amarillas muy finas que parecen fluir y arrastrar los pies hacia
delante. No hay nada más sencillo que dejarse llevar por ellas; la
siguiente cadena de montes y la siguiente cuenca se ven cada vez un
poco más lejos. Actúa como un señuelo. Los peñascos parecen decir:
«deténte»; pero la corriente de arena te invita a seguir. El flujo de
sus meandros dorados posee una rara fascinación.
Fue allí, justo al borde de aquel valle, donde nos detuvimos
cuando el ritmo de nuestra marcha se rompió y nuestros corazones
dejaron de latir al unísono. Mi arrobamiento temporal había pasado.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Sentía miedo. El Presente me embestía con fuerza y tenía la


sensación de que mi mente se había detenido a un solo paso de la
locura. Las brumas de mi cerebro se habían disipado y veía las cosas
con más claridad.
Es cierto que el alma puede «elegir su morada», pero vivir en un
lugar tan radicalmente ajeno era elegir la locura, y vivir divorciado de
todas las dulces y saludables realidades del Presente era un exilio aún
peor que la locura. Era la muerte. Se me partía el alma al pensar en
George Isley. Recordé aquella lágrima que había visto caer por su
mejilla. En aquel instante compartí con él la agonía de su combate.
Sin embargo, él lo experimentaba en realidad, mientras que lo mío no
era más que un mero reflejo fruto de la simpatía que me inspiraba su
persona. Él ya había llegado demasiado lejos para seguir luchando...
Nunca olvidaré la desolación de la extraña escena que se
desarrolló entonces bajo la luz de las estrellas matinales. El desierto
se recostó y se quedó observándonos. Nos encontrábamos al borde
de una pequeña cadena de colinas quebradas mirando a las doradas
arenas de aquel valle. Unos veinte metros más abajo, iluminadas por
el cielo estrellado, las arenas despedían una luminosidad tenue y
maravillosa. El descenso no presentaba ninguna dificultad, pero yo no
me moví. Me negué a dar un paso más. Distinguí la figura de mis
compañeros bajo aquella luz mortecina; oteaban el espacio que se
extendía más allá de aquel promontorio. Moleson se había adelantado
un poco.
Me dirigí hacia donde él estaba, convencido de cuál era el papel
que me correspondía desempeñar y, ala vez, dolorosamente
consciente de la inutilidad del mismo. Me sentía como una brizna de
paja que, en medio de una corriente, gira sobre sí misma en un fútil
intento de detener el torrente de agua que la arrastra. El silencio que
reinaba en aquel momento estaba preñado con todo el dilema de un
intenso conflicto humano. Era un remolino detenido durante un
instante en la gran masa de la marea. Entonces hablé. ¡Qué
vergüenza sentí ante la insignificancia de mi voz y la fragilidad de mi
pequeña persona!
—Moleson, nosotros no seguimos. Ya hemos ido demasiado
lejos. Nos volvemos.
Mis palabras las respaldaban treinta míseros años. Su respuesta
arrojó contra mí sesenta siglos. Su voz parecía recoger el sonido del
viento que pasaba susurrando sobre las corrientes de arena que se
encontraban por debajo de nosotros. Me sonrió.
—Nuestros pasos se encaminan hacia Enet-te-ntore. No hay
marcha atrás. ¡Escuche! ¡Nos está llamando, llamando, llamando!
—Volvemos al lugar que nos corresponde —grité en un tono que,
en vano, intenté que sonara imperativo.
—Nuestro hogar está ahí —salmodió mientras señalaba con uno
de sus largos y flacos brazos en dirección al resplandor del oriente—.
El Templo nos llama y el Río endereza nuestros pasos. Llegaremos a
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

la Casa del Nacimiento para encontrarnos con el amanecer..


—¡Miente! —grité de nuevo— ¡Ésas son las mentiras de la locura,
y ese Pasado que busca no es más que la Casa de la Muerte! ¡Es el
reino de los muertos!
La impotencia hacía que mis palabras brotaran de mis labios
violentas y desesperadas. Agarré a George Isley del brazo.
—Regresa conmigo —le rogué con vehemencia, embargado de
un dolor indescriptible por él—. Volveremos sobre nuestros pasos.
¡Vuelve a donde perteneces ¡Vuelve! ¡Escucha! ¡La dulce voz del
Presente te está llamando!
Aunque creía tenerle bien agarrado, comprobé con espanto cómo
su brazo se me escurría de entre las manos. Moleson se encontraba
ya en aquellas arenas amarillas y comenzaba a perderse en la
distancia. Se alejaba deslizándose con una rapidez sobrenatural. La
disminución de su figura resultaba repugnante. Parecía un muñeco.
Su voz llegó débilmente a nuestros oídos como si un abismo le
separara de nosotros.
—Está llamando... llamando... Se la oye eternamente llamando...
El viento se llevó sus palabras hacia aquel valle arenoso y el
Pasado inundó como un torrente el cielo que se iba volviendo cada
vez más brillante. Sentí como si una tormenta se abatiera contra mi
espalda, y perdí el equilibrio. Me tambaleé. También yo estuve a
punto de caer a las arenas desde la altura de aquel inestable
promontorio.
—¡Regresa conmigo! ¡Regresa a tu lugar! —grité, ya más
débilmente—. Sólo el Presente es real. En él hay trabajo, ambición,
obligaciones. También hay belleza, ¡la belleza de una vida digna! ¡Y
hay amor! ¡Hay una mujer... llamándote, llamándote...!
Allá abajo aquella otra voz volvió a tomar la palabra. Desde
detrás de los muros de arena se escuchó cómo entonaba suavemente
un cántico. Estaba traspasado de una emoción dulce y arrebatada
que me impresionó hondamente.
—Nuestros pasos se encaminan hacia Enet-te-ntore. ¡Nos está
llamando, llamando...!
Mi voz se desvaneció en la nada. George Isley se encontraba ya
por debajo de donde yo estaba, su diminuta silueta se destacaba
sobre las sábanas de arena amarilla. Las arenas comenzaron a
moverse. El desierto volvía a ponerse rápidamente en marcha. Las
figuras humanas se alejaban raudas hacia el Pasado que habían
reconstruido con el anhelo creador de sus almas.
Me quedé solo, observándoles con impotencia desde el borde de
aquel promontorio de caliza que se iba desmoronando poco a poco.
Comenzaban a alzarse en el cielo los rayos púrpura del amanecer,
cuando fui testigo de algo asombroso. Envuelto en un resplandor de
tonos dorados, azules y plata, el desierto, en toda su inmensidad,
estaba cobrando vida en el horizonte. Las sombras púrpura se volvían
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

grises. Los montes aplanados resplandecían. Los destellos de


enormes mensajeros de luz aparecían por todas partes a la vez. El
resplandor de la salida del sol deslumbraba mi vista externa.
Pero al estar mis ojos cegados, mi visión interior pudo
concentrarse con mayor intensidad aún en lo que ocurrió entonces.
Fui testigo de la desaparición de George Isley. La imagen que
contemplé poseía una magia terrible. Aquellas dos figuras, pequeñas
y distantes, se destacaban nítidamente sobre la concavidad de arena,
como si fueran unos hombres en miniatura. Sus terribles siluetas, que
parecían un repugnante parche, se distinguían con toda claridad,
recortadas contra aquel inmenso paisaje de fondo. Aunque en
términos de espacio real se encontraban bastante cerca de donde yo
estaba, en materia de tiempo nos separaban siglos. A su alrededor se
extendía una sombra difusa e inmensa que era algo más que la
sombra de los montes. Se desplazaba reptando sobre la arena; los
engullía, los borraba. Habían quedado encerrados dentro de ella,
como insectos atrapados en una gota de ámbar. Su tamaño
disminuía, se los llevaba a las profundidades, los absorbía.
Entonces reconocí sus perfiles. De nuevo, aunque en esta
ocasión reclinados y tendidos sobre el rostro del desierto, identifiqué
las monstruosas formas de aquellos obsesionantes símbolos gemelos.
Llegada la hora del amanecer, el espíritu de Egipto se esparcía
formidable por todo el territorio. Había acudido a la llamada del sol.
Se postraba ante la deidad. Las sombras de los imponentes Colosos
también se postraban. Los dos pequeños seres humanos, con sus
corazones devotos y entregados, estaban engastados en ellos.
Era a George Isley a quien se distinguía con más claridad. La
nitidez y la viveza de aquella imagen producían un efecto devastador.
Le habían desnudado, despojado; nada le cubría. Lo que vi era un
esqueleto, cuyos huesos estaban tan limpios como si se les hubiera
aplicado un ácido. Su vida se hallaba oculta en el ser de aquel
poderoso Pasado. Egipto le había absorbido. Se había marchado
definitivamente...
Apreté los ojos, pero no conseguí mantenerlos cerrados mucho
tiempo. No tardaron en volver a abrirse sin que pudiera hacer nada
para evitarlo. Los tres nos acercábamos al gran hotel; aquel gran
volumen amarillo, con todas las contraventanas cerradas, se alzaba
frente a nosotros iluminado por la luz del amanecer. Desde el norte
soplaba con brío el viento que atravesaba los montes de Mokattam.
Nubes con forma de balas de cañón aparecían desperdigadas por el
cielo, y al otro lado del Nilo, sobre el que se extendía un fino hilo de
blanca niebla, vislumbré los vértices de las Pirámides, reluciendo
como si fueran los picos de unas montañas de oro. Una hilera de
camellos cargados de piedras blancas pasó a nuestro lado. Desde las
calles de Helouan llegó a mis oídos el griterío de los lugareños, y
mientras íbamos subiendo las escaleras, llegaron las recuas de
borricos y se instalaron a un lado de la polvorienta carretera junto a
su bersim para esperar a que los turistas los reclamaran.
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

—¡Buenos días! —gritó Abdullah, su dueño—. ¿A dónde irán hoy,


a Sáqqara o a Menfis? ¡Día bonito, burros muy buenos!
Moleson subió a su habitación sin decir palabra. Isley hizo otro
tanto. Creo que se tambaleó durante un instante mientras doblaba la
esquina del pasillo y se perdía de vista. Su rostro lucía esa expresión
de vacío que algunos dicen que expresa paz. Su figura parecía
irradiar un resplandor. Al apreciarlo sentí un escalofrío. Con el cuerpo
y la mente doloridos, y sin haber dicho tampoco ni una palabra, me
decidí a seguir su ejemplo. Subí a la habitación, y dormí hasta pasado
el anochecer, sin soñar en nada...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

14

Desperté invadido de un sentimiento de pérdida y de tristeza,


como si el reflujo de una marea me hubiera abandonado en la costa,
dejándome solo y desconsolado. Mi primer pensamiento fue para mi
amigo George Isley. Entonces me fijé en un sobre blanco en el que
figuraba mi nombre escrito con su letra. Antes de abrirlo ya sabía
perfectamente qué palabras iba a encontrar dentro: «Nos vamos a
Tebas —se limitaba a informarme aquella nota— partimos en el tren
de la noche. Si quieres...». Las últimas palabras habían sido
tachadas, aunque no de forma que impidiera su lectura. A
continuación venía la dirección de la casa del egiptólogo con quien se
iban a alojar y la firma, escrita con trazo muy firme: «Estimadamente
tuyo, George Isley». Le eché un vistazo al reloj; eran ya las siete
pasadas. El tren nocturno salía a las seis y media. Ya habían
partido...
El dolor de sentirme abandonado, de haber sido dejado atrás,
era muy profundo y amargo, pero el que sentía por él, por mi viejo
amigo y camarada, era aún más intenso, porque ya no tenía remedio
posible. El miedo y las emociones del tipo más convencional me
habían detenido a las mismas puertas de una oportunidad
asombrosa; de un estado de conciencia que permitía hacer del
Pasado una realidad y despojarse del Presente, que permitía
deslizarse fuera del tiempo y experimentar la Eternidad. Ésa era la
seducción a la que había escapado debido a la mezquina resistencia
de mi alma prosaica. En cambio él, mi amigo, al haber aceptado
doblegarse para así poder mejor conquistar, había obtenido una
recompensa espantosa. Sí, con una pena inenarrable, comprendía
también cuál era la otra cara de la moneda: la recompensa de la
inmovilidad que no es más que puro estancamiento, la dicha
imaginaria de una salida en falso, el sueño de encontrar la belleza
lejos de las cosas del presente. Despertar de un sueño como ése
debe ser verdaderamente duro. Al aferrarse a estrellas extinguidas,
había abrazado el sueño más viejo de la humanidad. A mi modo de
ver se había dejado llevar por ese engaño que consiste en negar la
vida. La tristeza que aquello me producía me abrasaba por dentro.
Pero no quise «acompañarlos». Esperé su regreso en Helouan,
llenando los días vacíos con explicaciones aún más vacías si cabe. Me
sentía como un hombre que ha visto cómo un ser querido se hundía
en unas aguas cristalinas y profundas, que le permitían seguir
viéndolo allí cerca, aunque ya no hubiera posibilidad alguna de
rescatarlo. Moleson lo había llevado de vuelta a Tebas; y Egipto, esa
monstruosa efigie del Pasado, había capturado a su presa.
El resto es fácil de contar. A Moleson no le volví a ver. A día de
hoy sigo sin haberle visto, aunque estoy al tanto de los libros que ha
ido publicando, así como de la circunstancia, más bien banal, de que
se cuente entre esos fanáticos ilusos y llenos de energía que
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

instauran una nueva religión, obtienen cierta notoriedad, unos


cuantos adeptos histéricos y, finalmente, caen en el olvido.
En cuanto a George Isley, tras quince días de ausencia regresó a
Helouan. Le vi, le reconocí, hablé y comí con él; incluso llegamos a
hacer algunas pequeñas expediciones juntos. Se comportaba con la
delicadeza y el encanto propios de una mujer que ha amado un ideal
maravilloso ylo ha alcanzado... en el recuerdo. Toda aspereza había
desaparecido de su persona; su carácter era tan suave y estaba tan
pulido como la superficie de un cristal que refleja todo aquello que se
acerca lo bastante como para permitirle capturar su imagen.
Sin embargo, su aspecto me produjo una impresión que apenas
puedo expresar con palabras: no había nada en él... nada. Lo que
volvió de Tebas fue una mera efigie de George Isley, una máscara; la
misma forma vacía que hoy pasea por las calles de Londres. No
encontré ningún vestigio del hombre que en tiempos conocí. George
Isley había desaparecido.
Con tan fabuloso autómata pasaría todavía un mes más. Ese ser
espantoso fue mi acompañante en aquel hotel. Se movía entre
aquella humanidad cosmopolita como un fantasma que visita la luz
del día, pero cuyo hogar se encuentra en alguna otra parte.
Aquella imagen hueca de George Isley vivió conmigo en nuestro
hotel de Helouan hasta que los primeros vientos de marzo debieron
transmitir a su cuerpo el mensaje de que se avecinaban
incomodidades, y que haría mejor en desplazarse a algún otro lugar;
que en este caso resultó ser hacia el norte.
Y se marchó del mismo modo en que había estado...
mecánicamente. Su cerebro obedeció a los estímulos convencionales
a los que sus nervios, y en consecuencia, sus propios músculos,
estaban acostumbrados. Todo esto podrá sonar ridículo, pero lo cierto
es que sacó mecánicamente su billete; dio las razones habituales y
adecuadas en tales ocasiones mecánicamente; eligió barco y destino
igual que lo hace la gente corriente; y como cualquier persona que
deja a un conocido, se despidió expresando su «confianza» en volver
a verlo pronto. Vivía, por así decirlo, completamente encerrado en su
cerebro. Su corazón, sus emociones, su temperamento y su
personalidad; esa suma total inefable de la que es responsable la
gran empatía de nuestro sistema nervioso, o dicho en otras palabras,
su alma, estaba en otro lugar. Aquel ser que en tiempos estuviera
lleno de vigor y de talento, se había convertido en una persona
normal y acomodaticia a la que todo el mundo podía entender: un
hombre vulgar y corriente. Era precisamente lo que la mayoría
esperaban de él: una vulgaridad, un buen tipo, un hombre mundano;
«un verdadero encanto». Se limitaba a reflejar la vida cotidiana sin
tomar parte en ella. Para la mayoría pasaba desapercibido: «muy
agradable», era el veredicto general. Su ambición, sus inquietudes,
su fervor habían desaparecido; ese entusiasmo inagotable cuyo
motor es el anhelo le había abandonado, dejando tras de sí un vigor
físico desprovisto de todo impulso espiritual. Su alma había
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

encontrado su nido y había volado a él. Vivía sereno, indiferente y


distante en la quimera del Pasado. A mis ojos se me aparecía
inmenso, como una figura mayestática y borrosa que se mantenía
erguida —¡sin moverse, ay!— en un reposo que era satisfactorio
precisamente porque no podía cambiar. El tamaño, el misterio y la
inmovilidad que le tenían enjaulado me parecía... terrible. No me
atrevía a entrometerme en el espanto de su vida privada y entre
nosotros no existía intimidad alguna. De sus experiencias en Tebas
no le hice ni una sola pregunta; en cierta manera me parecía que no
era posible ni legítimo; por su parte, él tampoco se dignó ofrecerme
ni una sola explicación; al fin y al cabo era algo incomunicable a un
habitante del Presente. Entre nosotros se levantaba una barrera que
los dos respetábamos. A través de una oscura cortina de gasa,
miraba la vida moderna sin curiosidad, apáticamente, con
indiferencia. Él se encontraba al otro lado.
Las gentes a nuestro alrededor iban a Sáqqara y a las Pirámides,
a ver la Esfinge a la luz de la luna, a soñar a Edfu y a Denderah.
Otros describían sus viajes a Asuán, Jartum y a Abú Simbel, dando
toda suerte de detalles sobre sus acampadas en el desierto. ¡Viento,
viento, viento! Los vientos de Egipto soplaban, cantaban, suspiraban.
Del Nilo Blanco llegaban los viajeros; y del Nilo Azul y del Fayum y de
tantas otras excavaciones sin nombre. Hablaban sin parar y escribían
libros. Tenían esa ávida forma de conocimiento propia de los tiempos
presentes. Los egitpólogos, tanto los grandes como los pequeños,
leían lo que estaba escrito en los muros y vertían los jeroglíficos y los
papiros a las lenguas modernas. Sólo George Isley conocía su
secreto. Él lo vivía.
Y esa apasionada calma, esa elevada belleza, la fascinación y el
encanto que constituyen el embrujo de esta tierra triplemente
hechizada, también estaban en mi alma; al menos lo bastante como
para hacerme una idea de cuál era su estado. No podía abandonar
aquella tierra, y ni siquiera cuando finalmente me marché conseguí
mantenerla lejos de mí. Anhelaba el Egipto que él había conocido.
Nunca hablé de ello; las palabras no podían expresar aquel
sentimiento. Vagábamos juntos por el Nilo y cruzábamos los bosques
de palmeras que se alzaban donde en tiempos se hallara Menfis. Las
inmensidades de arena que se encontraban más allá de las Pirámides
conocieron nuestros pasos; los montes de Mokattam, púrpuras al
anochecer y dorados al alba, reflejaron nuestras sombras errantes
cuando pasamos junto a ellos en silencio. No hubo ni un solo día en
que se quedara en el hotel cuando llegaba la hora del amanecer o del
crepúsculo, y acabó siendo para mí un hábito acompañarle; el gozo
que experimentaba su alma en aquellos momentos de adoración era
algo maravilloso. Los cielos egipcios, grandiosos e inmóviles, nos
contemplaban con sus racimos de estrellas, con su gigantesca bóveda
azul; sentíamos juntos el ardiente viento del sur; la dulzura dorada
del sol latía en nuestras venas cuando veíamos a los grandes barcos
coger la brisa del norte para remontar la corriente. Por todas partes
nos rodeaba la inmensidad y la magia dorada del sol...
Descenso a Egipto Algernon Blackwood

Pero era sobre todo en el desierto, donde tan sólo el sol y el


viento obedecen las débiles señales del Tiempo, donde el espacio no
es nada porque no está dividido y donde ningún detalle le recuerda al
corazón que este mundo se llama Presente; era, sí, en el desierto,
donde aquella cortina que colgaba entre nosotros se hacía más
patente, él a un lado y yo al otro. Entonces se volvía transparente. Él
se encontraba junto a una multitud que ningún hombre jamás será
capaz de contar. Alzándose hacia la luna y extendiéndose a la vez
hacia atrás en dirección a la fuente ardiente de su vida, el espíritu de
George Isley, arrastrado por el sol y por el aire cristalino hacia el
interior de una vasta magnitud, permanecía suspendido a mi lado,
próximo y sin embargo muy lejano, envuelto en las brumas de los
tiempos pasados.
Y alguna vez se movía. Alzaba la cabeza como si escuchara algo.
Balanceaba uno de sus brazos en dirección a aquel mar de montes
quebrados. Desde muchas leguas de distancia una línea de arena se
levantaba lentamente. Se oía como un rumor. Otro brazo inmenso
surgía para encontrarse con el suyo, y las dos fabulosas figuras se
acercaban la una a la otra. Suspendidos sobre el Tiempo, y
presidiendo los siglos desde sus tronos: conocían la eternidad. Qué
fácil les resultaba seguir siendo los señores de aquella tierra.
Esperaban el amanecer mirando al oriente. Y su maravilloso canto
olvidado se derramaba sobre el mundo...