Está en la página 1de 7

República Bolivariana de Venezuela

Ministerio del Poder Popular para la Educación Superior


Universidad Nororiental Privada “Gran Mariscal de Ayacucho”
Facultad de Derecho
Sección D3-10

Profesora: Integrantes:

Ostairel Alcalá Edimar Arrieta C.I 25.883.055

Luis López C.I 13.336.236

Miguel Bermúdez C.I 13.076.640

Ali Ruiz C.I 12.145.294

Yitzel Martínez C.I 28.248.130

San Félix – Febrero 2016


EL ACTO MORAL, LOS ACTOS HUMANOS Y DEL HOMBRE

El hombre tiene actos como digerir los alimentos, bombear la sangre oxigenarla, soñar,
dormir, etc., los cuales son ajenos a su control voluntario, y por tanto son in voluntarios.
Realizar actos voluntarios imperados, como comer pastel, decidirse a matar una serpiente
para sobrevivir, querer dar a otro su derecho o atender a una explicación.

El acto humano es el acto sobre el cual el hombre tiene su dominio, es decir, domina
sus actos por su razón y su voluntad; así, se denomina acto humano al que realiza el
hombre libremente. El hombre es responsable de todos y cada uno de sus actos humanos
y deben ser hechos con libertad, es decir que no se vea forzada la voluntad.

En cambio, se llama acto del hombre a aquel que realiza el hombre, pero que es incapaz
de dominar, por tratarse de la cualidad vegetativa que tienen o del apetito natural. Los
actos del hombre no siquiera alcanzan la dignidad moral como respirar, dormir, soñar, etc.

“Los actos voluntarios están siempre sujetos a la moralidad”

Ahora es necesario identificar, fuera del contexto de los actos humanos imperados y
ilícitos, dos etapas que ocurren en este tipo de acto (humanos):

Todos los sentidos de la percepción que provienen de la realidad son actos involuntarios
(del hombre), porque el hombre no puede a voluntad, dejar de sentir el medio que lo
rodea; a partir de esta información se pueden desarrollar actos voluntarios (humanos) y
estos pueden ser imperados o ilícitos.

Es por esto que no todos los actos humanos son susceptibles de aprobación o condena,
si se trata de un acto cuya realización no puede ser evitada, como comer, dormir, y en
general todas las funciones fisiológicas o de los actos que no tienen consecuencias
morales, como caminar por la calle, jugar, etc., a todos estos actos no podemos
considerarlos dentro de la actividad moral del hombre, sin que por eso dejen de ser actos
del hombre.

El acto moral, en cambio, forma parte de un contexto normativo o código moral, que rige
a una comunidad dada. Es una actividad consciente y voluntaria que supone la
participación libre del sujeto en su realización, que es incompatible con la imposición
forzosa de las normas, pero no en necesidad histórica-social que lo condicionan.
En resumen, los actos humanos abarcan a toda actividad del hombre de los cuales hay
unos actos que afectan la vida moral.

Algo tiene carácter de bien o mal en sentido absoluto sí constituye un bien o un mal que
afecta radicalmente al desarrollo en plenitud de la vida humana, en cuanto humana. De
entre todos los vivientes, el hombre es el único ser para quien su propia vida, su
existencia, constituye una tarea: algo que debe lograr y que, correlativamente, tiene la
posibilidad de malograrse.
Las acciones buenas moralmente, son aquellas que contribuyen a la perfección de la
persona que las realiza, o a la planificación de su carácter moral (hacer el bien a los
demás, ser honesto, ser justo, ser responsable).
Por mal moral se entiende la desviación de la voluntad humana de las reglas del orden
moral y la acción que resulta de esa desviación. Tal acción, cuando proceda
exclusivamente de la ignorancia, no será clasificada como mal moral, que está restringido
propiamente a los actos de la voluntad, hacia los fines que la conciencia rechaza.
Existen actos humanos indiferentes en abstracto, o sea, que por su objeto específico y
naturaleza intrínseca no son buenos ni malos. La razón es porque, considerados en
abstracto, los actos humanos toman su moralidad únicamente de su propio objeto
específico, sin tener para nada en cuenta el fin de las circunstancias que les rodean, que
son ya elementos concretos.
Es erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención
que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de
obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente
de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de
su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está
permitido hacer el mal para obtener un bien.

DIVISION DEL ACTO HUMANO

Por su relación con la moralidad, el acto humano puede ser:

1) bueno o lícito, si está conforme con la ley moral (p. ej., el dar limosna);

2) malo o ilícito, si le es contrario (p. ej., mentir);


3) indiferente, cuando ni le es contrario ni conforme (p.ej., el caminar; cfr.2.6.1).

Aunque ésta es la división más importante, interesa señalar también que, en razón de las
facultades que lo perfeccionan, el acto puede ser:
a) interno: el realizado a través de las facultades internas del hombre, entendimiento,
memoria, imaginación..., p. ej., el recuerdo de una acción pasada, o el deseo de algo
futuro;
b) externo: cuando intervienen también los órganos y sentidos del cuerpo (p. ej., comer o
leer).

ELEMENTOS DEL ACTO HUMANO

LA ADVERTENCIA Y EL CONSENTIMIENTO

Ya hemos dicho que el acto humano exige la intervención de las potencias racionales,
inteligencia y voluntad, que determinan sus elementos constitutivos: la advertencia en la
inteligencia y el consentimiento en la voluntad.

LA ADVERTENCIA

Por la advertencia el hombre percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando.
Esta advertencia puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con toda
perfección o sólo imperfectamente (por ejemplo, estando semi-dormido).

Obviamente, todo acto humano requiere necesariamente de esa advertencia, de tal modo
que un hombre que actúa a tal punto distraído que no advierte de ninguna manera lo que
hace, no realizaría un acto humano.

No basta, sin embargo, que el acto sea advertido para que pueda ser imputado
moralmente: en este caso es necesaria, además, la advertencia de la relación que tiene el
acto con la moralidad (por ejemplo, el que advierte que está comiendo carne, pero no se
da cuenta que es vigilia, realiza un acto humano que, sin embargo, no es imputable
moralmente).
La advertencia, pues, ha de ser doble: advertencia del acto en sí y advertencia de la
moralidad del acto.

EL CONSENTIMIENTO

Lleva al hombre a querer realizar ese acto previamente conocido, buscando con ello un
fin. Como señala Santo Tomás (S. Th, I-II, q. 6, a. 1), acto voluntario o consentido es “el
que procede de un principio intrínseco con conocimiento del fin”.

Ese acto voluntario –consentido- puede ser perfecto o imperfecto -según se realice con
pleno o semipleno consentimiento- y directo o indirecto. Por la importancia que tiene en la
práctica, estudiaremos con más detenimiento lo que se entiende por acto voluntario
indirecto y directo.

EL ACTO VOLUNTARIO INDIRECTO

El acto voluntario indirecto se da cuando al realizar una acción, además del efecto que se
persigue de modo directo con ella, se sigue otro efecto adicional, que no se pretende sino
sólo se tolera por venir unido al primero (por ejemplo, el militar que bombardea una ciudad
enemiga, a sabiendas de que morirán muchos inocentes: quiere directamente destruir al
enemigo -voluntario directo-, y tolera la muerte de inocentes -voluntario indirecto-).

Es un acto, por tanto, del que se sigue un efecto bueno y otro malo, y por eso se le llama
también voluntario de doble efecto. Es importante percatarse de que no es un acto hecho
con doble fin (por ejemplo, robar al rico para darle al pobre), sino un acto del que se
siguen dos efectos: doble efecto, no doble fin.

"Robin Hood" o "Chucho el Roto" realizan acciones con doble fin: el fin inmediato es robar
al rico, el fin mediato es darle ese dinero a los pobres. No es una acción de doble efecto,
sino una acción con un fin propio y un fin ulterior.

Hay casos en que es lícito realizar acciones en que, junto a un efecto bueno se seguirá
otro malo. Para que sea lícito realizar una acción de la que se siguen dos efectos, bueno
uno (voluntario directo) y malo el otro (voluntario indirecto), es necesario que se reúnan
determinadas condiciones:
1. Que la acción sea buena en sí misma, o al menos indiferente.Así, nunca es lícito
realizar acciones malas (por ejemplo, mentir, jurar en falso, etc.), aunque con ellas se
alcanzaran óptimos efectos, ya que el fin nunca justifica los medios, y por tanto no se
puede hacer el mal para obtener un bien.

Para saber si la acción es buena o indiferente habrá que atender, como se verá más
adelante, a su objeto, fin y circunstancias.

2. Que el efecto inmediato o primero que se produce sea el bueno, y el malo sea sólo su
consecuencia necesaria.

Es un principio que se deriva del anterior: es necesario que el buen efecto derive
directamente de la acción, y no del efecto malo (por ejemplo, no sería lícito que por salvar
la fama de una muchacha se procurara el aborto, pues el efecto primero es el aborto; no
sería lícito matar a un inocente para después llegar hasta donde está el culpable, porque
el efecto primero es la muerte del inocente).

3. Que uno se proponga el fin bueno, es decir, el resultado del efecto bueno, y no el malo,
que solamente se tolera.

Si se intentara el fin malo, aunque fuera a través del bueno, la acción sería inmoral, por la
perversidad de la intención. El fin malo sólo se tolera, por ser imposible separarlo del
bueno, con disgusto o desagrado.

Ni siquiera es lícito intentar los dos efectos, sino únicamente el bueno, permitiendo el
malo solamente por su absoluta inseparabilidad del primero (por ejemplo, el empleado
que amenazado de muerte da el dinero a los asaltantes, ha de tener como fin salvar su
vida, y no que le roben al patrón). Aun teniendo los dos fines a la vez, el acto sería
inmoral.

4. Que haya un motivo proporcionado para permitir el efecto malo.

Porque el efecto malo -aunque vaya junto con el bueno y se le permita sólo de modo
indirecto- es siempre materialmente malo, y el pecado material -en el que no existe
voluntariedad de pecar- no se puede permitir sin causa proporcionada.
No sería lícito, por ejemplo, que para conseguir un pequeño arsenal de municiones del
ejército enemigo haya que arrasar a todo un pueblo: el motivo no es proporcionado al
efecto malo.