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La Cueva del Templo

Isla de Pinos.
Los descubrimientos arqueológicos
La Cueva del Templo
Isla de Pinos.
Los descubrimientos arqueológicos

Fernando Ortiz

Compilación de
Ulises M. González

Prólogo de
Pedro P. Godo y Ulises M. González
Edición: Marietta Suárez Recio
Composición y cubierta: Yodanis Mayol González

© Fundación Fernando Ortiz, 2008


© Instituto Cubano de Antropología, 2008
© Instituto de Literatura y Linguística, 2008
© Sociedad Económica Amigos del País, 2008

ISBN �����������������
978-959-7091-65-3

Fundación Fernando Ortiz


Calle 27 no. 160 esq. a L, El Vedado, Ciudad de La Habana, Cuba
E-mail: ffortiz@cubarte.cult.cu
www.fundacionfernandoortiz.org
Índice

Ortiz en el eterno contrapunteo de Punta del Este / 9

Capítulo I. Isla de Pinos. Los descubrimientos arqueológicos / 29

Capítulo II. Las culturas indias de Isla de Pinos / 69

Bibliografía / 87

Anexo I. Carta de Fernando Ortiz a la Academia de la Historia de


Cuba / 91

Anexo II. Imágenes de Punta del Este / 93


Agradecimientos

A Catherine Álvarez por ser candil en horas oscuras y por su decisiva


colaboración en la publicación de este estudio inédito.

A Nuria Gregori y Daysi Rivero, del Instituto de Literatura y Lingüística y


la Sociedad Económica de Amigos del País, respectivamente, por apoyar nues�
tro trabajo generosamente en todo momento.

A los demás colegas del Instituto de Literatura y Lingüística, que de alguna


manera contribuyeron al desarrollo del trabajo investigativo en los fondos
inéditos de Fernando Ortiz: Alina Cuadrado, Ada Cantera, y especialmente al
investigador Orestes Gárciga, cuya gran experiencia en el manejo de la obra
inédita de Ortiz nos permitió un adecuado cotejo de las fuentes.

Al profesor e investigador Sergio Valdés Bernal, por sus valiosos consejos y


valoraciones críticas del trabajo realizado.

A los maestros: Antonio Núñez Jiménez, Milton Pino, José M. Guarch,


Ramón Dacal, Caridad Rodríguez Cullel y Eduardo Queral, que al desenterrar
la vida aborigen de Punta del Este también dejaron sus huellas en estas páginas.

Al arqueólogo Gerardo Izquierdo Díaz por su generosa contribución a la


documentación gráfica del texto.

Al licenciado Lázaro Naranjo Herrera y el técnico Roberto Álvarez Guerra por


el importante apoyo material en la impresión de textos y fotografías durante la
primera fase del trabajo investigativo.

A José R. Alonso Lorea, también autor de este sueño.


Ortiz en el eterno contrapunteo de Punta del Este

La Cueva no. 1 de Punta del Este, a más de ocho décadas de ser


descubierta, sigue llenando de sorpresas a la ciencia arqueológica
de Cuba. Con sus doscientos trece dibujos identificados hasta la
fecha y una controvertida historia en el ámbito de la investigación
y de la conservación de su patrimonio, es, sin duda, la más impor�
tante localidad del arte rupestre aborigen en nuestro archipiélago.
A los problemas de la filiación etnocultural de sus hacedores y al
significado de los dibujos, tema recurrente y objeto de diversas
interpretaciones, se suma el no menos preocupante asunto de la
afectación patrimonial a causa de factores antrópicos y naturales,
con una muy acusada cuota de responsabilidad por parte de los
arqueólogos.
Sorprendente por sus tantos nombres –Cueva de los Indios,
Cueva del Templo, Cueva del Humo, Cueva de Isla– o por ser
la misteriosa y solitaria habitación del leñador Antonio Isla
durante casi veinte años, en su historia más reciente, a partir
de la década de los años sesenta del pasado siglo, la espelunca
ha sido declarada monumento nacional y una titánica labor
de limpieza y restauración de sus pinturas, ejecutada por el
Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias de


La Cueva no. 1 de Punta del Este fue declarada monumento nacional el 18
de enero de 1981 en acto celebrado en la propia cueva, donde el geógrafo y
entonces viceministro de Cultura, Antonio Núñez Jiménez dio a conocer la
resolución correspondiente.


Cuba, ha sido a la vez valorada y criticada. La casi colosal re-
producción del recinto a tamaño natural, ubicada en un área
del Museo de Ciencias Naturales Felipe Poey, fue salvajemen�
te destruida por una administración del Capitolio Nacional.
Entre tantas venturas y desventuras, la publicación hasta hoy iné-
dita de una obra de nuestro Fernando Ortiz sobre el sitio arqueoló�
gico Cueva de Punta del Este tiene desde cualquier percepción la
impronta de la vigencia y la originalidad. En mayo de 1922, fecha
en la que la ciencia arqueológica apenas daba sus primeros pasos,
Ortiz notificó a la Academia de la Historia de Cuba el descubrimien�
to de la cueva localizada en el sur de la entonces Isla de Pinos y pro�
metió un detallado informe sobre los resultados de su exploración,
en esencia la primera expedición arqueológica a la que denominara
«La capilla sixtina de los aborígenes de Cuba» (ver anexos).
Sin embargo, ese informe no llegó a publicarse en vida de
don Fernando; aun cuando más dedicado al estudio de los com�
ponentes hispánicos y africanos del etnos cubano y a estos
problemas en su quehacer enciclopédico y multidisciplinario,
no abandonaría la temática aborigen en sus obras: Las cuatro
culturas indias de Cuba (1943), El huracán (1947), o en otros
textos con capítulos específicos de obligada referencia, como
es el caso de su capital Contrapunteo cubano del tabaco y el
azúcar (1983). En la segunda edición de su libro Historia de la
arqueología indocubana (1935), incluyó un mapa de Cuba, en
cuautoría con el ingeniero Ernesto Segeth, donde se indicaba
en el sureste de Isla de Pinos el lugar nombrado Cabo del Este,
como sitio arqueológico de la cultura ciboney con entierros y
pictografías (anexo II). En ese texto aun recordaba a la comuni�
dad científica:


Los trabajos de restauración de la Cueva no. 1 de Punta del Este se ejecuta�
ron en dos etapas, entre 1967 y 1969 (Guarch y Rodríguez Cullel: 1980).

En su momento –década de los setenta– la reproducción de la Cueva no. 1
de Punta del Este sólo podía compararse «(…) en el orden arqueológico a
la llevada a cabo en el Museo de Munich, con relación a una réplica de la
Cueva de Altamira» (Núñez Jiménez, 1975: 72).

10
Séanos permitido decir que, en abril de 1922, quien esto escri�
be ha podido inventariar en unas cavernas de Isla de Pinos pre�
ciosos restos arqueológicos, las únicas pinturas precolombinas
encontradas en esta zona del archipiélago antillano y algunos
objetos indopineros, de todo lo cual se habrá de procurar su
interpretación en una monografía próxima, con ilustraciones
(Ortiz, 1935:120).

Y una última noticia en relación con los hallazgos realizados


en 1922 aparece en la ya citada Las cuatro culturas indias de
Cuba, donde dedica un capítulo a los dibujos rupestres y da a co�
nocer una segunda visita a la cueva, realizada en 1929, pero esta
vez sin mencionar el informe.
Así las cosas, a finales de la década de los años treinta comen�
zaron a realizarse periódicas expediciones a Punta del Este. El
Museo Antropológico Montané, de la Universidad de la Habana,
el Grupo Guamá, la Sociedad Espeleológica de Cuba y posterior�
mente, ya en la década de los años sesenta, el Departamento de
Antropología de la Academia de Ciencias, otros investigadores
y hasta entusiastas aficionados visitaron la Cueva, realizaron ex-
cavaciones y participaron de la polémica centrada en las comple�
jas representaciones pictóricas. Tal es el caso de Herrera Fritot
(1938: 31-33), quien hizo pública la carta de Ortiz a la Academia
de la Historia de Cuba y lo reivindicó como «(…) el verdadero
descubridor de este valioso legado aborigen»:

Auguramos que el prometido informe del Dr. Ortiz será de


verdadera trascendencia para la Arqueología Cubana, y espe�
ramos con ansias el resultado de sus estudios en esta cueva,
que seguramente han de resolver la gran incógnita que encon�
tramos en sus pictografías y los objetos que perduran, difíciles
hasta el presente de relacionar con una sola cultura.

Las palabras del antropólogo Herrera Fritot, contrario a Ortiz en


sus juicios, pero dichas con el más alto sentido de la sencillez y de la

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ética científica, quedarían sin respuesta durante décadas, aunque
sin duda como una premonición. El otro «descubridor» sería José
Alonso Lorea, un empecinado estudiante universitario que casi al
concluir su tesis de grado aún creía en la existencia del manus�
crito inédito, a pesar del silencio de Ortiz. El singular hallazgo se
produjo en el archivo del Instituto de Literatura y Lingüística y
de resultas, Alonso pudo enriquecer su tesis con datos de primera
mano. En una muy breve pero convincente publicación, indagó
acerca de la posible fecha de redacción del manuscrito y de su
contenido con énfasis en el arte rupestre y, además, destacó la
condición de Ortiz como «(…) único testigo ocular (…) que nos
describió, dibujó y valoró diseños aborígenes que nadie más vie�
ra» (Alonso, 2001: 47).
Con estos antecedentes, un equipo del Departamento de Ar�
queología, perteneciente al Instituto Cubano de Antropología,
asumió la tarea de la publicación del informe de Ortiz en el con�
texto de un proyecto de investigación consagrado a un estudio
integral de las cuevas de Punta del Este y de la preservación de su
patrimonio arqueológico. El abordaje inicial del inédito estuvo a
cargo de los investigadores Ulises M. González y Oscar Pereira
(2005) y consta de ciento cuatro fichas de contenido en buen es�
tado de conservación, salvo algunas ya deterioradas, en particular
la primera y las dos últimas, que contienen los dibujos realizados
por el propio Ortiz. Todos los apuntes fueron escritos con tinta
y evidentemente constituyen un borrador que no fue objeto de
correcciones, lo cual se manifiesta en algunas ideas inconclusas,
espacios en blanco, tachaduras y palabras ininteligibles, que en
ningún modo imposibilitan la comprensión genérica del texto
(fig. 42 y 43). En temas abordados donde recurre a analogías ar�


La consulta del manuscrito de Ortiz y el objetivo de su publicación se ins�
criben en la tarea: Salvamento arqueológico de Punta del Este, asociada al
proyecto «Conciencia histórica e identidad nacional: la conservación, pro�
tección y manejo de los recursos y valores arqueológicos in situ de Cuba»
(González y Pereira, 2005). En este informe científico-técnico se hace una
valoración del trabajo de trascripción de la obra inédita.

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queológicas y etnográficas no aparecen referencias bibliográficas.
A todas luces, el texto nunca fue trabajado para su publicación.
Su contenido, tal como anotara Lorea, puede dividirse en sec�
ciones temáticas coherentemente estructuradas: 1) descripción de
las cuevas; 2) alteración del sitio por causas de origen antrópico;
3) artefactos colectados y 4) estudio de las pinturas rupestres. Por
consiguiente, se trata de un estudio integral del sitio arqueológico.
Con tres espeluncas exploradas en el año 1922, Ortiz descu�
brió el área arqueológica de Punta del Este y en particular dedicó
su mayor atención a la que denominara Cueva del Templo, en su
momento la más importante por sus dibujos, materiales y otras
inferencias de su registro arqueológico. De inicio e incursionan�
do en el campo de las ciencias naturales, determinó el origen
freato-marino de la espelunca y en su descripción se expresa un
cierto dominio del léxico espeleológico. A continuación dio paso
a una breve exposición del medio geográfico y social de Punta
del Este y en general del sur de la Isla, caracterizado por el ais�
lamiento y la habitación de pescadores, leñadores y carboneros,
para seguidamente acometer los problemas arqueológicos de
mayor trascendencia.
En la fase exploratoria observó la alteración del recinto por
esos agentes históricos que calificara como «posteriores caver�
nícolas», desde la temprana presencia de piratas, buscadores de
tesoros y explotadores de guano de murciélago, hasta el uso de
la cueva como vivienda y la acción de una fraudulenta «empresa
minera», que al hacer uso de la dinamita afectó en parte la cober�
tura de su bóveda.
Con una concepción moderna, Ortiz enfrentó la investigación
y la protección del patrimonio como problemas conexos de la dis�
ciplina arqueológica. Tal posición tiene un precedente en el año
1913 por su activa participación en el descubrimiento y excava�
ción del montículo funerario Guayabo Blanco, en la Ciénaga de

Para una mayor información sobre la actividad de piratas y contrabandistas




en el sur de la Isla de Pinos puede consultarse a Esquemeling (1963), Ramí�


rez Corría (1959) y Mota (1984).

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Zapata. El suceso, de una gran repercusión en los medios cientí�
ficos y masivos, promovió un decreto presidencial que nombraba
una comisión científica integrada nada menos que por Carlos de
la Torre, Luis Montané y el propio Ortiz, con mil pesos de presu�
puesto para sufragar el trabajo arqueológico en ese sitio aborigen
(Junta Nacional de Arqueología y Etnología, 1957).
Así pues, Punta del Este no fue un hecho fortuito en el horizonte
intelectual de Fernando Ortiz. En esa época y con el mismo vigor,
se identificó con la naciente arqueología de Cuba y publicó Los
caneyes de muertos (1913), Las orientaciones de la protohisto-
ria de Cuba (1925), y la primera edición de su Historia de la
arqueología indocubana, justamente en el año 1922, reeditada y
actualizada con nuevos datos en 1935. En ella, su preocupación
por la pérdida de los sitios arqueológicos lo llevó a criticar el
coleccionismo privado y la insuficiente legislación como «letra
muerta», porque sólo contemplaba normas para las exploraciones
con el fin de recuperar objetos «destinados a salir del país» (Ortiz,
1935: 292).
Por ello no sorprende que iniciara su informe con una severa
evaluación del sitio y su estado deprimente de conservación, que
reconstruyó con datos arqueológicos y fuentes orales. En el año
1922, Punta del Este era ya un sitio sin estratigrafía, con el suelo
revuelto por las sucesivas «excavaciones», que al decir de Ortiz,
llegaron hasta profanar el reposo de los muertos.
La expectativa de un estudio inédito sobre Punta del Este lle�
varía a pensar en un tratamiento preferente de los dibujos rupes�
tres por ser el registro arqueológico más destacado. Sin embargo,
con la misma consagración, Ortiz enfrentó los útiles líticos y de
concha para reanimarlos como datos históricos. Con su mirada
descendió a esa arqueología cotidiana que, con las palabras de
Veloz Maggiolo (1988), se orientaba hacia la búsqueda del hecho
mínimo, del dato escaso, que explicitaba los quehaceres, modos
de trabajo y de vida.
Si nos atenemos a la fecha probable de la elaboración del ma�
nuscrito, antes de 1936, en verdad no se encuentra en nuestra bi�

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bliografía arqueológica una indagación tan fértil y profunda en el
estudio de esos artefactos. Habría que esperar las contribuciones
de Osgood (1942), Herrera Fritot (1964), Kozlowski (1975), Da�
cal (1978), Febles (1987), Izquierdo (1988) y otros arqueólogos.
¿En qué consisten los objetos arqueológicos descubiertos en las
cuevas de Punta del Este?, cuestionaba Ortiz, y su respuesta, que
aún es un reto para los que sólo reconocen tipologías artefactua�
les, enfrentaba la propuesta integral de las huellas de manufactura,
uso y funciones de las herramientas. Para esa época sorprende el
inventario de las piezas objeto de análisis, las descripciones ex�
tensas, juicios y declaraciones hipotéticas en algún caso con plena
vigencia; y vale anotar, que tanto en la lítica como en la concha,
establecía series de útiles para anunciar tempranamente el nivel de
industria alcanzado por los recolectores-cazadores-pescadores. La
condición inédita del informe nos ha privado durante mucho tiem�
po de reconocer a Ortiz como el primer historiador de la técnica y
la producción social de nuestras sociedades aborígenes.
Con una clara concepción de las categorías instrumento y ar�
tefacto, posteriormente desarrolladas por otros autores, y en ge-
neral aceptadas en las bases de las clasificaciones tipológicas
cubanas, Ortiz distinguió los objetos líticos utilizados de forma
natural –«no tallados intencionalmente o al menos según mode�
los»– de aquellos en los que observó elaboraciones secundarias
realizadas para la mejor manipulación y función estimada.
En el listado aparecen percutores, majadores, morteros, cuen�
tas, sumergidores de red, piedras horadadas, limas de coral y otros,
según sus apreciaciones de uso dudoso o desconocido, como es el
caso de las «piedras de encajadura», a las que atribuyó la función
de bases o soportes para confeccionar herramientas.


«Utilizaremos en estas notas las designaciones de artefactos e instrumentos
para aquellos objetos que hubieron de intervenir en el proceso de trabajo
(…) estableciendo el concepto de artefacto para aquellos objetos que su�
frieron un proceso de manufactura que los convirtió en medios de trabajo: e
instrumento para los objetos que intervinieron en el proceso de producción
sin estar sometidos a una manufactura previa» (Dacal y Pino, 1968: 10).

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Como es de esperar en una sociedad deficitaria del material
lítico, a causa de las condiciones naturales de su emplazamiento
en el sur de la Isla, se aprovechó más la concha y, en tal sentido,
Ortiz identificó un buen número de artefactos con un aceptable
dominio de las características tecnotipológicas de esa industria.
Entre otros, y en correspondencia con las descripciones y par�
tes del caracol utilizadas, la relación incluye a la «gubia» como
herramienta principal y muy popular en el registro arqueológico
de Punta del Este; las siempre discutidas «cucharas» y «vasijas»
de grandes gasterópodos, «puntas de lanza», que sin duda son
hoy las denominadas puntas de manto, «puñales» que encuentran
su equivalente en los raspadores-cuchillos y las «hachas» en los
martillos de Strombus costatus.
Con sólidos fundamentos, Ortiz participó en una discusión que
prácticamente nació en los albores de la Arqueología cubana y aún
se mantiene desde posiciones irreconciliables, por cuanto remite a
la cuchara y a la gubia de concha, bien como dos tipos de artefac�
tos o, a la primera, como una simple preforma para la construcción
de la segunda (Dacal, 1978; Alonso, 1995; Herrera Fritot, 1938 y
otros). En la línea del pensamiento de Ortiz, que secundamos, am�
bas posiciones se complementan; en principio, porque cuchara no
es el término adecuado para denominar al objeto, que bien pudo
ser resto de la talla, preforma y, a la vez, útil para algún uso, quizás
como pequeño recipiente, grasera, al decir de Ortiz, que no dejó
de observar la similitud tipológica de esos «utensilios triangulares
de concha» diferenciados por sus funciones.


Las puntas y los raspadores–cuchillos se obtienen de los fragmentos del
manto de los Strombus y en los últimos se distingue el recto y el curvo (Da�
cal, 1978). En otro orden, si bien Ortiz empleó el término hacha nótese que
repara en el «borde duro y grueso», de ahí que en definitiva se incline por la
función de maza. Por la descripción del artefacto pensamos que se trata de
los martillos de Strombus gigas o de Strombus costatus, confeccionados a
partir del labio con parte del manto del univalvo. Sin embargo, el asunto de
la perforación en la parte opuesta a la de uso en estos ejemplares vistos por
Ortiz sería algo atípico en el diseño genérico del tipo tal y como se concibe
en la actualidad.

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En el análisis de los objetos líticos y de concha era muy evi�
dente su posición de no renunciar a la identificación de las funcio�
nes, que en lo posible fundamentaba en el contexto de la cultura
arqueológica y por la morfología, las señales de uso y las ana�
logías etnográficas. Entre otras consideraciones, introdujo como
novedad una categoría en el ámbito de las costumbres funerarias
objetivadas en el registro de artefactos rotos o perforados expro�
feso. Se trata de lo que otros autores (Ruz Lhuillier, 1968) han
denominado la ofrenda matada y que Ortiz explicitaba como un
«viejo rito sepulcral que llevaba a los indios a enterrar con el cuer�
po muerto los objetos de uso personal muertos también, para que
el espíritu de las cosas acompañara en otro mundo al espíritu del
ser humano fallecido». Sin contar con la evidencia de osamentas,
tal sería su muy leve e indirecta interpretación de los entierros de
Punta del Este, porque téngase en cuenta que el etnólogo no tuvo
la posibilidad de exhumar enterramientos durante sus dos visitas
a los antros funerarios.
No obstante, su presunción acerca del carácter funerario y cere�
monial del sitio se confirmaría con otros fundamentos a partir de
las excavaciones realizadas por el Departamento de Antropología
de la Academia de Ciencias de Cuba. En la hoy denominada Cueva
no. 1, la del Templo, a consecuencia de su continuado saqueo y
destrucción de la estratigrafía, sólo se hallaron falanges humanas;
y en la Cueva no. 2, un fragmento de frontal teñido de rojo y otro
de mandíbula. Sin embargo, la no. 4 aportó los restos pertenecien�
tes a un entierro mixto de cinco individuos, uno de ellos bastante
completo y en buen estado de conservación, asociado a un obje�
to de piedra pulida y varios artefactos de concha (Núñez Jiménez,
1975). Los huesos exhumados en esta última espelunca también
tenían huellas de colorante rojo. Vale enfatizar la ratificación del
área arqueológica con la particularidad de las cuevas como recintos
de prácticas mortuorias, la presencia de entierros acompañados de
ofrendas, el uso de la pintura roja y otros indicadores inequívocos
del complejo funerario de los pescadores-recolectores; por lo de�
más, también observados en otros sitios de Cuba.

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Un problema crucial concierne a la filiación cultural del arte
rupestre y a la también temprana convicción de Ortiz, desde su
carta a la Academia de Historia de Cuba, de asociarlo a las comu�
nidades de recolectores-cazadores-pescadores. La escuela cubana
de arqueología, en ciernes y condicionada por una incorrecta vi�
sión de los patrones europeos evolutivos (naturalismo-geometris�
mo), no aceptaba que los aborígenes menos desarrollados, desde
el punto de vista socioeconómico, fueran sus hacedores.
Atendiendo a la nomenclatura de corte etnográfico más mane�
jada por arqueólogos cubanos hasta la década de los años sesen�
ta del pasado siglo y al conocimiento alcanzado hasta entonces
–guanahatabeyes, ciboneyes y taínos (los dos primeros de econo�
mía apropiadora y sin elementos de alfarería, y los últimos en el
nivel agroalfarero más avanzado)–, a Herrera Fritot (1938: 49-54)
le «repugnaba» asociar las magníficas pinturas con el ajuar tan
pobre recogido en la cueva y sugirió que esta fue habitada en
principio por los ciboneyes y posteriormente utilizada como tem�
plo por los taínos, en rigor, los autores de los dibujos. Algo dis�
tinto diría el entonces joven espeleólogo Antonio Núñez Jiménez
(1947: 239-241) al negar todo vínculo con las culturas arqueoló�
gicas reconocidas y proponer, en cambio, otra migración aún más
antigua procedente de Venezuela.
Pichardo Moya (1945: 55-80) con una posición conservadora
también cuestionó la paternidad de los guanahatabeyes y cibone�
yes, alegando la poca confiabilidad del registro arqueológico, y
Ramírez Corría (1959: 147-149) pensaba que los creadores eran
inmigrantes procedentes de Centroamérica.
En este panorama, donde claro está, no hemos citado a todos
los investigadores de esa época, ni a los que de forma irrespon�
sable emitieron algún criterio, se expresa la sostenida opinión
de Ortiz desde el informe en cuestión, que hace referencia a
«indios primitivos» e «indios pescadores», a «artesanos cibone�
yes» o al «arte ciboney», en fin, a la «cultura ciboney en Cuba».
En su discurso, cuando confrontaba las evidencias de Punta del
Éste con otros contextos arqueológicos de similar filiación cul�

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tural –Guayabo Blanco, Ciénaga de Zapata, Maisí, Guane– no
hacía más que seguir la huella de Harrington (1935), que en el
año 1922 había ordenado por vez primera el panorama arqueo�
lógico de la isla con la clásica división ciboney-taíno. En este
estado del conocimiento científico, el ciboney de Harrington
era el aborigen más atrasado desde el punto de vista socioeco�
nómico, como el recolector-cazador-pescador, distinto al taíno,
agricultor y ceramista que encontró Colón y, por lo tanto, es el
ciboney de don Fernando el habitante y ejecutor de los dibujos
de Punta del Este.
Alonso Lorea (2001: 52) cree que Ortiz no publicó su informe
debido a la calidad del presentado por Herrera Fritot en el año
1938. Al parecer, no fue del todo así y el propio Alonso ofreció
los argumentos. Como bien plantea, Herrera dio a conocer «el
informe más completo que se haya realizado sobre una cueva con
pictografías aborígenes en Cuba». Se trata en síntesis de la des�
cripción pormenorizada de los ciento dos dibujos que pudo obser�
var en ese momento, representados en un plano que indicaba la
distribución espacial.
Ciertamente, Ortiz comprobó la presencia de más de cien di�
bujos, pero su interés no estribaba en el inventario al detalle, que
dudamos pudiera hacerlo en sus dos breves visitas a la cueva,
sino una aproximación a la estética aborigen precisamente en el
campo de mayor complejidad por la esencia geométrica de las
expresiones pictóricas. Parte de la tipología y por ello se detuvo
sólo en los dibujos que le permitían una clasificación genérica,
desestimando los que a su juicio repetían la sucesión de círculos
u otros motivos. No era el inventario, sino la metódica para el
estudio y fundamento de la fase interpretativa.


Con razón, La Rosa (1994:139) ha destacado el trabajo de Herrera Fritot
porque solo a partir de entonces puede hablarse de estudios cubanos sobre
el arte rupestre. En este caso por sus descripciones de gran valor, aunque
establecieron «un canon de interpretación reiterativo por más de 50 años».
Herrera Fritot sólo pudo describir ciento dos dibujos debido a la caseta ins�
talada por Antonio Isla y al hollín de su cocina.

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Ante las formas artísticas de Punta del Este, caracterizadas
por los círculos concéntricos y en menor medida por otras figu�
ras geométricas sin alguna voluntad figurativa-naturalista, Ortiz
desarrolló presupuestos teóricos no encauzados en la obra de sus
contemporáneos. Nótese el empleo preferente de los términos pin�
turas, dibujos y su tratamiento como ideogramas, por cuanto no se
trata de expresiones figurativas o copias de la naturaleza, lo que
contrasta con la costumbre, en nuestros medios, de categorizar
indiscriminadamente como pictografías a todos los dibujos rupes�
tres.
Con esta premisa, no sorprende su correcta valoración del es-
tilo de Punta del Este, opuesto a Herrera Fritot, y sobre todo, a
Núñez Jiménez que, en algunos casos, creían identificar obje�
tos, figuras humanas y de animales –serpiente, jutía, caguama y
otros– en aquellos diseños declaradamente concebidos como ex�
presiones abstractas.
Una introducción al estudio de los dibujos rupestres presenta
un programa u organización desde la fase descriptiva y clasifica�
toria hasta la interpretativa. No obstante, en lo que se ha conser�
vado del manuscrito, Ortiz no rebasaba el análisis formal, a todas
luces incompleto –mejor decir pendiente–, que no alcanzaba a
consumar la síntesis de los datos arqueológicos. Baste señalar que
al retomar el tema en la ya citada obra de 1943, no hizo uso de
la clasificación de tipos, y más bien centró su atención en el pro�
blema de la cultura arqueológica y de la interpretación del diseño
central de la cueva. Sobre ello volveremos más adelante.
La clasificación de los dibujos no consignada por otros au�
tores de su época es, sin lugar a dudas, el aporte más fértil de
Ortiz al distinguirlos como simples y compuestos: los primeros,
individualizados y formados por un solo motivo decorativo y los
segundos, integrados por varios motivos en distinto grado de
complejidad. Se podrá objetar esta propuesta, pero como diría
Levi Strauss (1972: 35): «Toda clasificación es superior al caos y
aún una clasificación al nivel de las propiedades sensibles es una
etapa hacia un orden racional». Por consiguiente, se trata del or�

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den que impone Ortiz para, desde esa percepción estética, acceder
en lo posible a la naturaleza del pensamiento aborigen.
De haberse conocido el informe con esta primera aproxima�
ción a las formas artísticas de Punta del Este, junto a los clásicos
trabajos de Herrera Fritot, quizás se hubieran impuesto otras exi�
gencias académicas que, en el devenir de las investigaciones, su�
peraran el abuso del análisis descriptivo, las clasificaciones sobre
estrictos fundamentos morfológicos y otros lastres que no permi�
tieron acelerar el conocimiento científico.
Es notorio que años más tarde, en una etapa de reflexión y de
búsquedas teóricas y metodológicas, Guarch, acaso el arqueólogo
más destacado en este frente, fundamentara un aparato conceptual
de categorías que presenta indiscutible nexo con la propuesta de
Ortiz. En dos trabajos de obligada consulta (Guarch y Rodríguez
Cullel, 1980; Guarch, 1987), se parte de los conceptos motivo y
diseño –los dibujos simples y compuestos de Ortiz respectiva�
mente– y de los diseños compartidos en: elementales, compues�
tos y complejos.
Para Ortiz los diseños simples, en esencia motivos, «tienen
personalidad propia», en el campo de un sistema y en tanto moti�
vos-signos, poseen un significado simbólico y cuando se insertan
en un dibujo compuesto no deben asumirse de forma aislada, sino
como elementos estructurados en la totalidad de la figura. Los
círculos concéntricos son los motivos determinantes por su capa�
cidad de integrarse en complejas combinaciones, dígase diseños.
Si hemos interpretado bien el pensamiento del etnólogo en las
escasas líneas que dedicó a esta fundamentación teórica, sólo res�
ta decir que en términos de la semiología moderna aplicada al
arte, los motivos o unidades básicas de significado –incluso los
del arte abstracto– pueden unirse por su carácter activo, atraen


En la década de los años setenta aún primaba la clasificación de carácter
morfológico, y el último intento de justificación del arte abstracto en Cuba
se explicaba por una supuesta fase naturalista realizada con anterioridad en
el continente. Ver al respecto a Núñez Jiménez (1975) y la inconformidad de
Mosquera (1983)

21
otros motivos, se desarrollan y constituyen temas y ciclos temáti�
cos de un significado más vasto (Porebski, 1994).
También es justo reconocer la posición de Ortiz, prendado de
los magníficos dibujos en la bóveda del recinto a modo de un
mapa astronómico, más sugerente para la interpretación, pero en
detrimento del paciente inventario. El muestreo y la cantidad muy
limitada de dibujos, el sólo contemplar las formas concéntricas y
curvilíneas, o el no tener en cuenta el principalísimo factor de los
colores y sus combinaciones en el orden numérico, entre otros,
son elementos que debilitan la clasificación de Ortiz. No obstante,
ésta trasciende por la fundamentación teórica de ese acercamiento
a la semiología y la concepción sistémica de los motivos analiza�
dos en su conexión e interdependencia.
El informe contiene pinturas originales que se perdieron a cau�
sa del deterioro o de la controvertida labor de restauración, dígase
las espiraliformes o una de capital importancia con doce círculos
y la novedad de la ruptura y la expresión rectilínea. Estos reportes
conceden gran importancia al texto, en tanto introducen otro cam�
po de las formas no concéntricas. De igual modo, la descripción
de los dibujos denota su preocupación por el ritmo, el equilibrio y
la proporción, en tanto principios básicos del diseño.
El contenido de los dibujos resultó otro campo de agudas po�
lémicas, en gran medida derivadas del denominado incorrecta�
mente motivo central, compuesto por cincuenta y seis círculos
concéntricos: veintiocho rojos y veintiocho negros alternos, con
una figura flechiforme y otras series de círculos en menor número
superpuestos. Y como era de esperar, se impuso una tendencia es�
peculativa y conjetural en correspondencia con las débiles bases
del trabajo arqueológico y del conocimiento sobre las sociedades
aborígenes.
Herrera Fritot (1938) con una visión astronómica y su apre�
ciación de la flecha orientada hacia el Este –a la entrada de la
cueva– creyó reconocer al Sol naciente en el mayor dibujo de
los cincuenta y seis círculos y a los más pequeños, superpuestos,
como astros a modo de reproducciones en menor escala del Sol,

22
que en calidad de ofrendas se realizaron en determinadas fiestas
rituales. Núñez Jiménez (1947) reconoció en Punta del Este la
universalidad del círculo y el geometrismo como imitaciones de
la naturaleza, pero, a diferencia de Herrera Fritot, se inclinó por
un contenido religioso de representaciones totémicas y animalis�
tas muy estilizadas.
Entre estas opiniones divergentes, Ortiz (1943) adelantó la hi�
pótesis más aceptada hasta nuestros días. Con otra mirada, asumió
la religiosidad en el recinto como templo de liturgias y acciones
mágicas que vinculaba los temas pictóricos de índole cosmogóni�
co y astronómico. Entre otras conjeturas de menor trascendencia,
tuvo en cuenta el sentido cronológico de los círculos concéntri�
cos y el simbolismo numérico de los representados en el diseño
central para formular su hipótesis calendárica fuera solar o pre�
ferentemente lunar.10 En esta dirección se pronunció más tarde el
historiador Ramírez Corría (1959) en cuanto a la fundamentación
de las fases lunares, pero a la vez rechazando cualquier sentido de
religiosidad y a favor del pragmatismo de los dibujos, que inter�
pretaba como simples cartas de navegación, realizadas por viaje�
ros continentales que accidentalmente arribaron al sur de la Isla.
Debe magnificarse la repercusión del capítulo «Las culturas
indias de Isla de Pinos», contenido en el libro Las cuatro culturas
indias de Cuba, que incluimos en esta oportunidad como comple�
mento indispensable del informe inédito. Como anotamos, no es
estrictamente el resultado de una valoración integral de su trabajo
en Punta del Este y en ningún modo conclusivo. Su mayor im�
portancia radica en poner un valladar a la libre especulación, un
orden a la madeja de interpretaciones y no pocas confusiones en
torno a la identidad de las pinturas rupestres y a las clasificaciones
de nuestras culturas arqueológicas.
De sus aportaciones ya anotamos la aceptada fundamentación
del estilo pictórico geométrico y de sus pinturas, que forzosamente

Desde hace años se han comprobado los procedimientos matemáticos y ca�


10

lendárico-astronómicos en la plástica del paleolítico superior europeo (Fro�


lov, 1988).

23
no debían responder a una cultura superior, ni al difusionismo o a
las relaciones culturales, en todo caso a paralelismos universales.
«(…) semejantes en muchos países por ser iguales los motivos rea�
les que las inspiraban y con idénticas posibilidades imaginativas»
(Ortiz, 1943: 132). Y no menos sugerente resulta su criterio acerca
de la capacidad intelectual de nuestros aborígenes, vinculada a los
conocimientos científicos del cálculo numérico y del cómputo del
tiempo con arreglo a las observaciones astronómicas.
En esta síntesis de recapitular el estado de una ciencia, el re�
planteo de viejos problemas desde otras perspectivas, y la formu�
lación de hipótesis debidamente fundamentadas, coadyuvarían a
la reflexión y al avance de las futuras investigaciones.
Nuevos descubrimientos en cuevas de Isla de Pinos y otras
localidades de Cuba certificaron la presencia de los círculos con�
céntricos u otros diseños geométricos, similares a los localizados
en Punta del Este, asociados a restos arqueológicos de comuni�
dades con menor desarrollo socioeconómico. En este ambiente,
más despojado de las pasiones, la primera señal se debe al maes�
tro Manuel Rivero de la Calle (1960, 1961, 1966) que avanzaba
una postura progresista sobre esos nexos tantas veces refutados y
Núñez Jiménez (1975), ya en su madurez profesional, hizo suya
la vieja hipótesis de Ortiz al considerar la cueva con su entrada
orientada hacia el Este como un «formidable y natural observa�
torio astronómico»; y comprobó, desde el centro de la misma, la
trayectoria del Sol en los solsticios y equinoccios, así como
la incidencia de sus rayos en determinados conjuntos de dibujos,
incluyendo el controvertido diseño central.
También tras las huellas vivas de Ortiz iría Rives (La Rosa,
1994), que retomó el cómputo del tiempo no en función de la
agricultura, sino de las actividades tradicionales de la economía
apropiadora; Socarrás (1985, 1987), que estableció ciertas regula�
ridades en el conteo de los círculos concéntricos sin llegar a cono�
cer «sobre qué y para qué» se computaba; Mosquera (1983) con
la mirada del crítico de arte apostó por el primer estilo artístico
en Cuba, el de la abstracción geométrica de nuestros aborígenes;

24
Gutiérrez Calvache (2002) en la condición de pionero en las in�
vestigaciones sobre el simbolismo y la funcionalidad del número
y por supuesto, Alonso Lorea (1992), que sobre la base del in�
ventario más completo de los dibujos elaboró otra clasificación y
profundizó en los fundamentos del estilo y las variantes subesti�
lísticas de Punta del Este.
Sin más, presentamos la obra inédita con el título La Cueva
del Templo, el texto complementario del año 1942 y una selección
de ilustraciones que facilitarán su lectura y comprensión, pues
más de un sitio arqueológico y sus enigmáticas pinturas tienen el
valor de resumir el pensamiento de una época, de los encuentros y
desencuentros de nuestra arqueología en ciernes, con la certeza de
que se cierra un capítulo de la historia de Punta del Este para, con
todos los afanes de los precursores, acceder a la esperada reno�
vación. Comenzamos con el testimonio de Ortiz, venga después
Herrera, Núñez, Guarch, Alonso, todos y como en los círculos
concéntricos de nuevo hasta el origen que guía el trazo de los
restantes, siempre con el descubridor, el trasgresor inconforme en
su eterno contrapunteo, que otra vez nos alienta en la búsqueda de
las esencias cubanas.

Pedro P. Godo y Ulises M. González


24 de marzo del 2006

25
Reconstrucción hipotética de la ejecución de los dibujos
en la Cueva del Templo. Obra de J. Martínez.
Capítulo I
Isla de Pinos. Los descubrimientos arqueológicos

En la primera excursión efectuada, la de abril, se descubrieron


tres cavernas en Punta del Este, y en ellas algunos restos del arte
indio. Las cuevas para darles un nombre, por el orden de su im�
portancia arqueológica, que a la vez lo es de su exploración, fue�
ron llamadas Cueva del Templo, Cueva del Taller y Cueva de la
Gacha.
Las tres cuevas debieron su formación, sin duda, a la acción
de las aguas superficiales, las cuales, penetrando en las rocas cal�
cáreas a través de las grietas de los estratos superiores, de la que
son hoy buen ejemplo los tragaluces de la Cueva del Templo,
amén de los conductos capilares que cruzan todas las formacio�
nes rocosas, fueron disolviendo la formación calcárea y excavan�
do las cavernas, merced al anhídrido carbónico, que tomado de
la atmósfera y de los detritus vegetales infiltraban consigo como
disolvente. Pero es de creer que a la obra contribuyeron antaño
los embates del oleaje marino, cuando no existía la masa de arena
que hoy aleja las cuevas del mar.

La Cueva del Templo


La Cueva del Templo de Punta del Este está, como las otras dos
que exploramos, cerca del fondeadero llamado de «Punta del
Este», en la playa frente al Cayo de las Jutías que lo resguarda y
le da abrigo. Fuimos hasta ella por un camino cómodo, formado

29
por la arena apisonada por el tránsito del trinqueval de los car�
boneros, penetrando en el monte, que un día debió ser firme, pero
hoy es monte charrabascoso, bajo y ralo. A los veinte minutos
de caminar por terreno arenoso llegamos a la cueva. Ésta se halla
situada en el acantilado calcáreo de unos cinco o seis metros de
elevación que corre a lo largo de la playa de Punta del Este.
La boca se abre al sudeste, teniendo unos cinco metros de an�
cho por unos tres de alto, en forma que permite a la luz del día
entrar a raudales en el antro. El interior se desarrolla en forma
irregular, más bien hacia el lado izquierdo de la entrada, forman�
do oquedades en forma de nichos o capillas separados unos de
otros por gruesas masas de la roca. Al fondo, frente a la entrada,
se inicia una galería de tres a cuatro metros de ancho, que se va
estrechando y termina a pocos metros en una revuelta hacia la
derecha. El costado derecho forma más suaves ondulaciones des-
de la galería interior hasta la entrada.
El costado derecho, o sea, el Este, es el más elevado de la
gruta, alcanzará unos cinco o seis metros, siendo menor al cen�
tro y más bajo, hasta tener que andar agachados y a gatas en las
«capillas» del costado izquierdo. Ello se debe más que al techo
de la bóveda, que varía poco de nivel, salvo al aproximarse a las
paredes laterales, donde se va curvando para abovedar el Templo,
a las ondulaciones del suelo, que va bajando desde la entrada,
hasta cerca de dos metros, para subir después hacia las paredes y
el fondo de la galería.
El techo de la bóveda, o mejor dicho, de las bóvedas de la
gruta, porque las ondulaciones del mismo forman diversas con�
cavidades de curvas suaves, está en su casi totalidad revestido
de una capa de concreción calcárea, brillante y como barnizada
en algunos lugares, formada por filtraciones a través de la masa

Carro de dos ruedas que se usa para arrastrar maderas en el campo. (Salvo que


se indique lo contrario, todas las notas son del compilador.)



Bosque de arboleda baja y clara (Pichardo, 1985: 431). Es común en los tra-
bajos de Ortiz encontrar arcaísmos y cubanismos.

30
rocosa y de un espesor de poco más de un centímetro. Debió de
haber en algún lugar pendientes estalactitas y enhiestas estalag�
mitas, a juzgar por algunas fracturadas que se encuentran y por
alguna pequeña estalactita que aún se ve goteando.
Cerca de la entrada de la galería, al final de la cueva, unas
estalactitas van rezumando agua y forman un pequeño charco o
poseta en el suelo. Ignoramos si antaño el agua depositada fue
más abundante; pero por el poco espesor de la roca que cubre la
caverna no debió de serlo. La cueva esta muy iluminada, prin�
cipalmente por parte del gran arco de entrada; pero al igual que
sucede en muchas cavernas de Cuba, de igual formación geoló�
gica, en su bóveda existen aberturas, que a manera de tragaluces
perpendiculares alumbran desde lo alto el recinto rupestre.
La temperatura de la cueva es agradabilísima, y Antonio Isla
y otras personas que desde hace años la conocen nos aseguran, y
es verosímil que así sea, que en invierno se esta allí más caliente
que afuera, y más fresco en verano, a fines de abril su estancia en
ella nos resultó a todas horas muy agradable por lo ventilada y
fresca, debido a la sombra templada y a las corrientes de aire, que
circulan descendiendo por las citadas claraboyas.
Estas claraboyas son seis (véase la fig. 18), una mayor, de un
metro aproximado de diámetro, y las demás algo menores. To�
das son perpendiculares y cilíndricas, de igual diámetro desde su
apertura inferior hasta la superficie exterior, atravesando el techo
abovedado de la gruta, en un espesor de dos metros. El tragaluz


En su época, Ortiz y posteriormente Herrera Fritot (1938: 36) observaron
seis claraboyas naturales. Años más tarde, Núñez Jiménez (1975: 73) se re�
fiere a siete (las que verdaderamente tiene). «El techo está perforado por
siete claraboyas cilíndricas que dejan pasar los rayos solares. Tales huecos
que por su regularidad parecen artificiales han sido originados por disolución
natural y su fase previa son las campanas, generadas en un proceso de abajo
hacia arriba».

Al señalar las seis claraboyas, Ortiz hace referencia a un mapa que no se en�
contró en el manuscrito original; para suplir esta ausencia remitimos al lector
a los planos realizados por Herrera Fritot (1938) y Núñez Jiménez (1975).

31
mayor está prácticamente en el centro del recinto, otro pequeño se
abre entre aquél y la entrada. Y los otros cuatro, frente a las cavi�
dades del costado occidental. Sólo la galería al fondo de la cueva
carece de luz, y allí tuvimos que utilizar las lámparas de petróleo
y eléctricas para la exploración.
Ocioso es casi decir que las claraboyas, por su forma, vienen a
ser como chimeneas, y como tales han podido usarse, si bien no
hay mancha alguna de humo que permita asegurarlo ni suponerlo.
Bajo la segunda claraboya, a contar de la entrada hacia la izquier�
da, existe una excavación hecha en la roca calcárea del piso, de
forma cuadrangular, casi cuadrada, de un metro aproximado de
lado, y de otro metro de profundidad. Estaba cubierta por una
gruesa piedra cuando hace años fue extraído el guano que aún
había en la cueva, y me dicen que nada se encontró de peculiar,
como no fueran piedras; y que no fue obra de los buscadores de
minas. Debió de ser gran sorpresa para los buscadores de tesoros.
Acerca de un posible significado trataremos más adelante. Ésa es
una de las interrogaciones de la Cueva del Templo.
A ambos lados de la entrada de la cueva hay unos montones de
piedras, y tierra, cenizas y restos de escombreo de la cueva. No tuvi�
mos tiempo suficiente para remover de nuevo aquella masa informe,
que fue antaño el suelo de la caverna; pero una pesquisa superficial
nos permitió el hallazgo de restos arqueológicos suficientes para una
orientación paleoetnológica paralela a las polarizadas por la ciencia
tocante a Cuba y demás Antillas. Fácil es presumir con tales ante�
cedentes que la cueva ha debido ser habitada. Y efectivamente lo
ha sido. Hoy no lo es porque aun cuando cerca de ella está el centro
de una pobre explotación forestal, principalmente carbonera, hay
que desviarse algún tanto del centro «estratégico» de los caminos
o picachos en el monte y no resulta cómodo habitarla, habiéndose
construido una cerca de tabla y guano, que llena las pocas necesida�
des de los carboneros. Pero puede asegurarse que fue habitada por
blancos, no sólo por unas pocas inscripciones de cronología cristia�
na en la pared de una de las «capillas» laterales, sino porque hasta se
conocen las personas que durante años allí vivieron.

32
Dado lo excéntrico del lugar, Punta del Este, hubo de ser, como
lo ha sido siempre, por ejemplo, Carapachibey, sitio algo frecuen�
tado por piratas, filibusteros, saqueros y contrabandistas. Carapa�
chibey es una caleta en la costa sur de Isla de Pinos, entre la Punta
del Este y –. Aún hoy en día sigue poblada por habitantes pro�
cedentes, no quiero decir huidos, de las islas o cayos ingleses de
las Caimanes, allí hay unas casas de tabla y guano, con muebles
procedentes de buques naufragados.
El nombre de Carapachibey, por su desinencia ey, tan ca�
racterística de los lenguajes primitivos de Cuba y que hoy se
mantienen en la toponimia geográfica (Ciboney, Camagüey, Ca-
ney, Babiney, etcétera) y en la historia natural (carey, curama�
guey, yarey, etcétera) parece indio; sin embargo, el poblamiento
caimanero de habla inglesa nos hace pensar, con el doctor Carlos
de la Torre, que se trata etimológicamente de una «bahía del ca�
rapacho» o «carapachi-bay», que en inglés se dice bey, – contra�
bandistas. Después, cuando se hizo difícil en las costas cubanas
el incremento de la población de Isla de Pinos, y de las explota�
ciones carboneras en sus playas meridionales, lo que vino a suce�
der, principalmente, durante la guerra separatista que nos dio la
independencia nacional (1895-1898), Punta del Este y sus caletas
fueron asiento de pescadores y hacheros.
El señor Maximino Yebra, alcalde del barrio de Carapachibey
en aquella época, nos cuenta que esa fue la de las cortas y tumbas
más importantes para el carbonero y esquilmo de las maderas de


Ortiz ubica la Caleta de Carapachibey entre Punta del Este y otro lugar que
no llegó a escribir en el original. Hacia el oeste, después de Carapachibey,
los accidentes geográficos más relevantes son Cabo Pepe, Caleta de Coco�
drilo y Caleta Grande.

Con seguridad Ortiz hace referencia a la comunidad de Jacsonville, fundada
por emigrados procedentes de las Islas Caimán a partir de los años 1901 y
1907. Esa comunidad se asentó en una franja de unos dos y medio a tres
kilómetros desde poco antes de llegar a Caleta de Cocodrilo y hasta casi las
inmediaciones de Caleta Grande (Aguilera, 1969: 93).

La idea aparece inconclusa en el manuscrito.

33
la Siguanea y de la costa sur. Después de esa época, nos cuenta
que en la Cueva del Templo vivió una familia, la del señor ,
compuesta del matrimonio y unos hijos; y que allí nació uno de
sus vástagos. Desde hace años la cueva esta habitada sólo por al�
gunas arañas, y alacranes, y no pocos murciélagos, supervivien�
tes de centenarias generaciones, que en el recodo de la galería
se aferran a sus oquedades y se resisten a entregar al hombre el
último gabinete de su palacio.
El lector bien podrá suponer cómo los pobladores civilizados
de la gruta habrán destrozado las reliquias de los desaparecidos
salvajes, que primitivamente la poblaron, y es muy posible que
más de un daño hayan producido; y que por ellos no estén en la
cueva aún las vasijas, utensilios, armas e ídolos, que allí debió
de haber, sin duda. Pero así ha sucedido con casi todas las caver�
nas pobladas por aborígenes, abiertas a los embates del tiempo,
y a los más rápidamente destructores de la curiosidad ignara y de
la superstición inculta. No obstante, la mayor afrenta al templo
indio no fue obra de malvados piratas ni de filibusteros sin entra�
ñas, ni fue de pescadores inciviles, ni tampoco de contrabandistas
incultos y supersticiosos, sino de hombres, que aspiraban a servir
a su respetable sed de riquezas, a veces con medios científicos
también, aunque con bien poca ciencia usados.
Unos fueron los explotadores de guano de murciélagos, que
debió antaño cubrir buena parte de la gruta, y que hasta hace po�
cos años llenaba casi la galería del fondo. Otros hubieron de ser
buscadores de tesoros, de los crédulos que más de una vez han
visitado las cavernas de nuestras costas, especialmente las de Isla
de Pinos y el mar Caribe, y que, nos consta, aún las siguen visi�
tando en pesquisas infructuosas de los arcones con oro, herencia
de los piratas. Unos y otros removieron el suelo de la caverna,
arrasaron con todos los sedimentos, restos y objetos muebles de


No se señaló el nombre en el texto. Según Antonio Núñez Jiménez (1947: 237)
«… una familia a la cual los pescadores llamaban los monos por su manera
primitiva de vivir, habitó la cueva por largo tiempo antes que lo hiciera An�
tonio Isla por 20 ó 25 años».

34
los antiguos pobladores, y hasta quebrantaron el reposo de sus
muertos, que allí descansaban; y todo lo echaron afuera. Sólo
quedaron de los indios, piedras, caracoles y restos de utensilios,
que no llamaron la atención de los excavadores, los tragaluces y
las pinturas que cubren las bóvedas del templo.
Pero otros, que no los aboneros y desenterradores de tesoros,
fueron acaso los que más malamente profanaron el sagrado re�
cinto. Muy pocos años hace aún, cuando la fabulosa prosperidad
económica de Cuba, causada por la gran guerra, surgían a cada
instante empresas aventureras, y no pocas de éstas dedicadas a la
minería. Algunas hubo en Isla de Pinos, entonces de halagüeñas
perspectivas, al amparo de cuyo crédito otras quisieron nacer. Y
en los calcáreos «dientes de perro» de Punta del Este, y preci�
samente en la cueva que nos interesa, hubo quien quiso simular
burdamente las posibilidades de una mina de hierro, arrojando en
ella unas pocas piedras parasitosas que aún se encuentran, con el
propósito, según fácilmente parece deducirse de engañar a incau�
tos de capital.
Y es lo cierto, que persiguiendo el enriquecimiento rápido allí
fueron algunos, atraídos por la denuncia minera y deseando pro�
fundizar algo en lo que pensaban que podía ser yacimiento metalí�
fero y levantar algún peñasco que asomaba sus grietas en el suelo
de la gruta, hicieron reventar en ella unos barrenos de dinamita,
que lanzaron a lo alto pedruscos y rocallas, que a manera de po�
tentes martillos y cinceles quebraron en no pocos lugares el re�
vestimiento calcáreo de la bóveda, arrancándolo y rompiendo las
pinturas con que los artistas indios trabajosamente ornamentaron
su templo subterráneo.
¿En qué consisten los objetos arqueológicos descubiertos en
las cuevas de Punta del Este? Los descubrimientos se hicieron
todos en la Cueva del Templo y en la Cueva del Taller, ninguno en
la Cueva Gacha. En la Cueva del Taller encontramos numerosas


La comunicación es muy importante porque certifica la afectación de algu�
nos dibujos antes de la exploración de 1922.

35
piedras naturalmente horadadas y algún caracol artificialmente
perforado. En la Cueva del Templo los hallazgos fueron múlti�
ples y de allí proceden todos los que vamos a ir analizando, salvo
aquellos que efectivamente localizamos en otro lugar.
El examen rápido y superficial en los citados montones de es�
combros a ambos lados de la entrada de la Cueva del Templo, así
como una búsqueda en el suelo removido de la caverna, y en la
Cueva del Taller, nos proporcionaron un buen número de objetos
arqueológicos, que pudieron clasificarse como sigue:
Eolítos: Piedras no talladas intencionalmente o al menos según
modelos. Pueden hallarse doquiera la naturaleza misma los forme
por el juego de sus fuerzas de modo que es sumamente difícil en
los raros casos en que nos será totalmente imposible determinar si
un eolíto es obra humana o producto extrahumano, simplemente
natural ajeno a todo artificio. Esto no quiere decir que se niegue
el uso por el hombre primitivo de piedras naturalmente adecua�
das para determinados trabajos (percusiones, raspados, etcétera)
y hasta retocadas para su fácil manejo o sujeción a un astil.

Objetos de piedra
Percutor. Uno tenemos, de forma aproximadamente cilíndrica, de
dieciséis por cinco centímetros; parece ser un trozo de estalactita.
Majadores. Uno de piedra calcárea, de forma ovalada casi ci�
líndrico, de nueve por siete centímetros, utilizable por uno solo de
los extremos, sin pulimento alguno. Otro de piedra granítica, de
unos cinco centímetros de grosor en su base y catorce centímetros
de altura. Es de forma plana, tosca; debió ser casi circular, de diesi�
ciete centímetros de diámetro, pero parece artificialmente cortado
en un segmento, de modo que forma para machacar sustancias una
superficie de contacto, irregularmente ovalada, de once por cinco
centímetros aproximadamente. Por su forma ancha, su dureza y su
peso, pudo ser movido con ambas manos, y asido cómodamente
por ellas, para lo cual parece estar dispuesto.

36
Otro curioso majador está formado de una piedra caliza, blan�
cuza, bastante dura. Es de forma triangular, con trece centímetros
de base, y ocho y diez por los lados respectivamente. El espesor
máximo en la parte central e inferior es de cinco centímetros, dis�
minuyendo hacia los ángulos. Esta piedra debió ser canto rodado
pues todas sus aristas están redondeadas naturalmente, menos la
de uno de los extremos de su base, que ofrece la peculiaridad de
haber sido roto, recortado, por percusión con otra piedra, toman�
do la apariencia de algunos ejemplares característicos del período
paleolítico, tales como nos las han transmitido las cavernas eu�
ropeas.
Esta forma triangular debió de ser provocada por el deseo de
hacer de esa piedra un majador cómodo, y no creemos que pue�
da verse en ella una forma rudimentaria de las famosas «piedras
triangulares» características de los taínos borinqueños. Sin em�
bargo, no debemos restar valor al hecho de tener dos pequeños
agujeros, uno a cada lado de uno de los extremos, y el aguzado
artificialmente, que servirían a una fácil fantasía para convertir la
piedra en una figura de pez. Este detalle decorativo es demasiado
rudimentario para formar juicio seguro acerca de su certeza y fi�
nalidad artística o simbólica.
Pero, repetimos, acaso no se trate sino de un simple moledor
de pinturas, para mezclar el carbón o el manganeso con el acei�
te. El especial valor de este majador de piedra consiste en haber
sido empleado en moler las sustancias que hubieron de servir para
formar la pintura negra, con que se trazaron muchos de los dibu�
jos que decoran la bóveda de la Cueva del Templo. En prueba de
la dedicación artística de este majador, en la base, a todo lo largo
de su superficie de contacto con la otra piedra que debió servirle de
alfarje, aún conserva una evidente mancha negra, restos del be�
tún pictórico, idéntico en color al usado en los adornos murales
del Templo. También tiene unas pequeñísimas manchitas rojizas,
que saltan si se raspan con la uña, acaso residuos del otro color, que
con el negro formó la paleta del Miguel Ángel salvaje que decoró
aquella gruta religiosa.

37
Mortero. Un primitivo mortero de piedra, aunque roto, halla�
mos en la Cueva del Templo. Es de esa forma que suele hallarse
en los yacimientos ciboneyes, de piedra pizarroza, formando una
pieza cuadrangular de un espesor máximo de tres y medio centí�
metros y que debió de tener, entera, una longitud de dieciséis por
dieciséis. Una superficie es completamente plana, sin duda por la
naturaleza de la piedra, y la otra tiene una suave concavidad en el
centro, donde se machacaban las sustancias.

Puñal. Esta construido de una plancha de piedra, formada por


el duro revestimiento calcáreo con que las filtraciones recubren el
techo de la caverna. Es de forma parecida a los aquí llamados
puñales de concha. Tiene quince centímetros de longitud por unos
cinco de ancho y uno y medio de grosor máximo en el centro,
agudizándose hacia la punta y los lados. La punta aparece des�
gastada por el uso, por lo que acaso este utensilio sea una herra-
mienta percutidora, como para macerar plantas fibrosas. Una per�
foración incompleta de tres milímetros de diámetro y casi diez
de profundidad, que tiene en el sitio en que un artista primitivo
podría haberla colocado para simular el ojo de un pez, nos parece
natural y sin relación, voluntaria al menos, con la elaboración y
empleo de este utensilio.

Vasija. No podemos afirmar que esta vasija sea de la Cueva del


Templo, por más que nos hayan indicado ésta como su proceden�
cia. Cuando la encontramos estaba utilizándose como recipiente
semienterrado para bebedero de agua de una cría de gallinas en un
bohío de los carboneros. Su origen es desusado. Es una oquedad
cilíndrica de roca revestida en sus paredes, como su fondo, de una
capa de concreción calcárea que la hace impermeable. Debió de
ser un trozo de la bóveda de una cueva, que arrancado de ella e in�
vertida hubo de servir para recipiente de agua. No tiene señales de
haberse utilizado al fuego, y su tosquedad externa así como su mu�
cho peso la hacen poco manuable, y ello nos hace creer que no fue
propia de los indios ni de otro uso que el conocido y otro análogo.

38
Piedras horadadas. En la Cueva del Taller se encuentran en
gran número y de muy caprichosas formas. La mayor parte son
pequeñas, de poco peso, manuales, con las aristas desgastadas
por la acción del tiempo. Algunas tienen varias perforaciones en
distintas direcciones. Una tiene forma de anillo. Otras pudieran
ser usadas como adornos pujantes y pesos para anzuelos.
Los hay de cuatro, cinco y hasta ocho centímetros de largo,
con perforación natural en su eje, trozos probablemente de viejas
estalactitas. La acumulación de esas piedras horadadas de extraña
forma es, sin duda, artificial; y por su posible utilización en va�
rios usos de la vida primitiva de aquellos indios pescadores, nos
hemos permitido sugerir la idea de que fuera esa cueva un taller
industrial de aquella incipiente civilización. En una sola piedre�
cita parecen poder atestiguarse las huellas del taladro artificial,
donde por una perforación ligeramente bicónica se ha querido y
conseguido, aunque con una rotura, taladrar a lo largo la pequeña
piedra, de forma casi cilíndrica.
Entre estas piedras horadadas tenemos una de forma cuadri�
longa, de dieciocho por doce centímetros, y de grosor que va des�
de tres centímetros en su extremo en disminución hasta menos de
uno al lado opuesto, con superficie bastante plana aunque natural�
mente y sin pulimento alguno. La forma rectangular parece hecha
artificialmente, rompiendo por percusión las partes sobrantes de
la piedra, que parece ser un trozo del duro revestimiento calcáreo
de la cueva desprendido de su bóveda. En uno de los ángulos,
donde menor espesor tiene la piedra, a una distancia diagonal de
seis centímetros de su vértice, tiene una perforación de poco más
de un centímetro de diámetro. Ignoramos el uso de esta piedra:
pero no es difícil suponer que pudo emplearse como peso para
redes, cibucanes, etcétera.

Cuentas de piedra. Dos piezas cilíndricas de piedra calcárea,


horadadas por su centro. Son de unos dos centímetros de longitud
y otros dos de diámetro. No podemos afirmar que hayan sido tala�
dradas artificialmente, pero su uso parece evidente.

39
Sumergidores de red. Varias piedras horadadas pueden provi�
sionalmente catalogarse como pequeñas potalas, escandallos o
sumergidores de las redes de pescar. Las piedras, todas ellas cal�
cáreas, pueden ser horadadas naturalmente, retocadas de manera
ligera y adaptadas a ese uso u otro análogo, acaso algunas como
cuentas de collares. Es de advertir que dada la naturaleza calcárea
y esponjosa de todo el macizo que limita las playas del sur de Isla
de Pinos, extraordinariamente carcomida por las erosiones natu�
rales, el número de piedras naturalmente horadadas en esa zona
es abundante.

Piedras de encajadura. Tenemos dos interesantes ejemplares


de piedras horadadas. Uno se compone de una piedra caliza, de
poco peso, hoy rota en uno de sus extremos, de cuatro y medio
centímetros de espesor, por trece de largo y once de ancho. Lige�
ramente a un lado tiene un agujero circular de cinco centímetros
de diámetro, estando roto y habiendo desaparecido un fragmento
de tres centímetros. El roce parece haber atenuado casi todas sus
aristas, y la piedra es naturalmente plana por uno de los lados y
algo más tosca por el otro.
El otro ejemplar es algo mayor de tamaño, también de caliza,
más dura. Uno de sus lados tiene las rugosidades características
de la formación que aquí llamamos de «diente de perro», algo
desgastada en los puntos de apoyo al situarse en forma plana. La
otra superficie es más lisa y parece haber experimentado el des�
gaste de sus partes salientes. En su centro tiene un agujero circu�
lar de cinco centímetros de diámetro, como el del otro ejemplar,
aunque algo más irregular.
No dudamos que ambas piedras sean naturalmente perforadas:
pero ¿cuál es su uso? No quisiéramos limitarnos a sugerir su em�
pleo como potalas, sumergidores de redes, pesos de cibucanes,
etcétera. El poco peso de esas piedras, su tamaño manuable, su
fácil colocación en forma plana en el suelo o sobre una roca, el
desgaste que parece tener en uno de sus lados, el superior, y el ta�
maño del agujero central, nos han traído la idea de un posible uso,

40
que no sea el tan socorrido de los pesos para la pesca. Es posible,
y ello no pasa de ser una hipótesis, que esas piedras hayan servido
para encajar en sus agujeros los guamos o trozos de concha con el
objeto de poderlos trabajar más cómodamente.
Hemos probado con varios artefactos de concha de nuestra
colección y nos hemos convencido de la utilidad de esas piedras
manuales con amplio agujero central. Así, para convertir en una
vasija un ejemplar de concha se ajustaría éste perfectamente en la
piedra, colocando su espiral en el agujero, y así quedaría inmovi�
lizado y sujeto de modo que el artista podría dedicar sus manos a
trabajar en él con el taladro de punta de silex, o con el punzón de
silex, concha, o la lima de piedra, o el cincel de silex y el martillo,
o la sierra de fibra de henequén socorrida sobre arena y agua, etcé�
tera. Es utilísima esa piedra para hacer vasijas de Strombus gigas.
La pequeña vasija de nuestra colección, arriba referida, se
ajusta también a ese agujero de la piedra estudiada, que dudamos
pueda haberse hecho más fácilmente por aquellos incultos artis�
tas. También es útil, poco menos que necesaria, esa piedra para
fabricar las gubias y cucharas y graseras de concha. A ese objeto,
una vez reparadas las partes del caracol que son innecesarias, es
preciso cortar y alisar los bordes, y para dar el filo cortante a las
gubias, afirmar de algún modo el trozo triangular y curvo de con�
cha para actuar sobre él con la fuerza indispensable para morder
la dureza de la concha. Asegurarlo en una mano para trabajar con
la otra, sería labor ímproba, en cambio, introdúzcase el trozo de
concha por su mango o extremo puntiagudo en el agujero ajusta�
dor y se verá cómo queda perfectamente encajado, algo inclinado,
de modo que el artista pueda limar su corte o afinar sus lados,
empleando ambas manos libremente. Lo mismo sucede si se trata
de construir de concha una punta de lanza como la ya referida.
Así como el carpintero moderno asegura la pieza de madera
que esta labrando mediante el tornillo, igual necesidad, en otra
escala, debió experimentar el artesano ciboney para trabajar sus
guamos y darles las múltiples formas que hoy se vienen descu�
briendo. Y resolvió su problema sencillamente, en forma análoga

41
al grabador de metales, que imposibilitado de grabar el pequeño
trozo de metal, sujetándolo con una mano y aplicando con la otra
el buril, ajusta fuertemente el objeto en una base de madera o
yeso, de tamaño manual semejante al de nuestras piedras y puede
entonces burilar con todo rigor o emplear ambas manos en mover
y guiar la herramienta.
Para trabajar los caracoles, convirtiéndolos en vasijas, gubias,
etcétera, mediante su fractura metódica por la hábil percusión, o
por la lima movida en una sola dirección, esas piedras con su en�
cajadura fueron utilísimas. Pudieron serlo para la lima o sierra en
dos direcciones; pero en ese caso el ajuste debió de completarse
acuñando el trozo de concha en el agujero, mediante la introduc�
ción de otras piedrecitas adecuadas. Pero en aquel primitivo arte
el movimiento manual y recto en una sola dirección era muy im�
portante, el predominante sin duda, para hacer de bastante valor
práctico el rústico utensilio de piedra que venimos considerando.

Piedras de uso desconocido. Son varias las halladas, cuyo uso


no nos es permitido apuntar con fijeza. Un disco de dura piedra
granítica, de cinco centímetros y medio de diámetro y de uno de
espesor. Tiene ambas superficies completamente alisadas, por pa�
ciente erosión de la piedra contra otra superficie. El tiempo em�
pleado en producir este ejemplar debió ser muy largo; pero sabido
es que el tiempo poco contaba en la vida de los hombres primiti�
vos. La superficie lateral es algo irregular, sin pulimento alguno.
¿Sería un pequeño majador para amasar pinturas, que hacía el
oficio de una espátula? ¿Sería un tejo empleado en algún juego?
Este ejemplar fue roto adrede por fuerte percusión en el centro,
teniéndolo sujeto por un lado, pues de otra manera accidental era
poco menos que imposible su fractura, la cual es de origen reli�
gioso, acostumbrada por los indios en sus ceremonias y simbolis�
mos funerarios. Es un paso del arte ciboney hacia el neolítico.
Otra piedra semejante al disco reseñado, pero de forma más
rectangular, aunque de esquinas redondeadas. Es de hematita y
tiene unos dos centímetros de grosor y debió de tener ocho de lon�

42
gitud, pues está también partida al medio. Damos aquí por repro�
ducidos los párrafos acerca de su destino; si bien éste nos parece
menos adaptable al juego y si mejor al bruñido o elaboración de
piedras más blandas, conchas, etcétera.
Un ejemplar encontramos de piedra granítica, de forma irregu�
larmente paralelepípedo. Tiene unos doce centímetros de altura, por
cuatro y cinco de lado respectivamente. Las huellas que aparecen en
ambos extremos permiten atribuirle el carácter de percutor primitivo;
pero una de sus superficies laterales ha sido completamente alisada
lo cual hace que se le atribuya el carácter de majador, lima o des�
gastador plano. La inseguridad de que este objeto se hallara enterra-
do junto con los restos indios y la seguridad de que la Cueva del
Templo fue frecuentada por pescadores y gente de varia ocupación,
nos hace dudar de si ese percutidor primitivo fue usado después por
los civilizados como piedra de afilar hojas de cuchillo, por más que
esto, acaso, no pasa de ser sino excesiva suspicacia. De todos mo�
dos, no dudamos en atribuirle carácter de herramienta primitiva.
Una piedra de mineral de hierro, pepita de forma circular, tiene
notable desgaste en uno de sus extremos, que parece haber sido
aplanado por el uso como excelente percutidor, dado su peso y du�
reza. En el centro de uno de los lados tiene una protuberancia con
huella de largo uso como martillo o amasador. También se obser-
van huellas del desgaste por erosión con alguna de las otras superfi�
cies. Este ejemplar ha de haber sido llevado a la Cueva del Templo
desde lejos, al menos desde la parte norte de Isla de Pinos, donde
se encuentran excrecencias ferruginosas semejantes, pero no al sur
de la Siguanea. El empleo de este objeto sometido a una larga fro�
tación con otra superficie dura es indudable, y creemos que puede
ser tenido como un martillo y majador. Pero sabemos que, según
cuentan, a la cueva fueron arrojadas hace años algunos trozos de
mineral de hierro para simular las posibilidades de una mina, y ello
nos hace dudar acerca de la antigüedad de este objeto.
Una pieza ligerísima, marítima, de formación madrepórica, es
de unos ocho centímetros y cinco de diámetro menor, redondeada
por el rodar de sus olas, como las chinas pelonas en los torrentes.

43
Esta piedra pudo ser utilizada como suave lima para desgastar los
objetos de concha, y nosotros hemos prácticamente observado su
posible uso sobre una gubia de caracol. Una pieza de igual cla�
se, semiesférica y aplanada, tiene unos veinticinco centímetros
de diámetro. Su base plana aparece sin huellas de desgaste, en
cambio la parte superior las muestra numerosas, a causa de ins�
trumentos perforantes y cortantes. Piedras análogas a estas dos
fueron por nosotros halladas en los mounds de la costanera sur
de la Ciénaga de Zapata, y ello nos permite asegurar su presencia
entre los primitivos indios, pero no cuál fuese su uso.

Objetos de concha
Puñales. Unos cinco trozos de concha de forma característica,
que hasta ahora no habíamos visto, y que por sus perfiles, pun�
ta aguzada y tamaño, pueden proponerse hipotéticamente como
puñales. No hay que olvidar que en estas playas indianas algunas
formas de la edad paleolítica se presentan construidas en trozos
de concha, de las muchas y grandes de estos mares. Estos utensi�
lios están formados por estrías de concha de tres a cuatro centí�
metros de ancho y de variada longitud.

Puntas de lanza. Tres de concha, que corresponden a ciertas


formas de las celtas líticas de la paleoetnología europea. Dos de
esas armas puntiagudas son gruesas, y una más agudizada, de un
trozo delgado de caracol.

Hachas. Una construida con la parte más gruesa y externa de


la valva, ofrece de característico no solamente su forma casi trian�
gular, siendo el lado curvilíneo más largo el de la parte gruesa de
la concha. En el ángulo opuesto tiene una perforación artificial
propia para atar la pieza a un palo o mango. Más que de un hacha
con filo, el arma resultante vendría a ser una maza, pues el trozo
de concha en vez de corte tiene el borde duro y grueso, propio
para la percusión violenta. Este ejemplar muestra alguna fractura
o astilla producida por golpe.

44
A pesar de esto no nos atrevemos a dar como definitiva la cla�
sificación de este ejemplar como hacha o maza, porque hemos
obtenido un ejemplar entero que ofrece en el borde externo de su
recia valva las mismas huellas de percusión, la misma perforación
exactamente en lugar análogo, más otra perforación en la segunda
voluta, la que es característica de muchos caracoles encontrados
en los mounds y enterrorios antillanos. Esto nos induce a pensar
que el ejemplar analizado no es un hacha, con su perforación para
el ligamento hecho exprofeso, una vez cortada la pieza de la val�
va, pues en una de éstas, una entera, existe idéntica perforación,
y, por tanto, el susodicho ejemplar bien podría ser trozo roto de
un univalvo después de perforado en esta forma. Sin embargo, la
figura sugiere los perfiles de un hacha.

Caracoles horadados. Ocho de ellos hemos ocupado, de varios


tamaños con un horado; siete son, uno grande, el mayor que he�
mos visto en esa clase de reliquias arcaicas. Todos tienen la típica
perforación en la segunda voluta, que tantas hipótesis han sugeri�
do a los arqueólogos antillanos.10

Caracol con dos horados. Este ejemplar tiene un horado en


la segunda voluta, como los que son tan conocidos; pero además
tiene otro, próximo al borde rugoso y grueso de la valva, de modo
que mirando por la abertura de la concha se descubre el agujero.
Ambas perforaciones parecen hechas por percusión cuidadosa so�
bre un punzón colocado en el exterior, son redondeadas y hacia
el exterior tienen el borde limpio, no así en su parte interior, de la
que saltaron algunas astillas al ser abierto.
Probablemente este ejemplar, hasta ahora único que sepamos,
estaría duplicado por el otro univalvo al cual perteneció el trozo
triangular idénticamente horadado, que semeja un hacha o maza

De acuerdo con Herrera Fritot (1938: 52), y es el criterio más aceptado entre
10

los arqueólogos, «el objeto de esta perforación es darle entrada al aire en la


concha para sacar fácilmente el cuerpo del molusco, después de cortar el
músculo por la propia abertura».

45
de concha, al cual ya nos hemos referido. Y esto es interesante
para observar que esta segunda perforación repetida en posición
idéntica en más de un ejemplar, no es única, ni caprichosa, sino
que obedecía a una razón constante. Este ejemplar biperforado
tiene, pues, un valor especial para el estudio del significado de
esas misteriosas perforaciones de caracoles.

Vasijas de concha. Hemos descubierto varias formadas todas


por la destrucción y extracción de toda la parte interna de grandes
univalvos marinos. Los tipos que hemos obtenido son:
A. Charonia variegata. De este tipo se descubrió uno por Cos�
culluela en el lometón de Guayabo Blanco (hoy en el Museo An�
tropológico de la Universidad) y, otro al menos, por Harrington,
cerca de Boca Ovando, Maisí, Oriente (lámina XXXIV, b de su
obra Cuba Before Columbus). En la Cueva del Templo, encontra�
mos dos. Uno de ellos entero, aunque por su estado denota gran
antigüedad.
De estas vasijas aún no hace muchos años vimos usar una, en
perfecto estado, y de construcción no remota, por unos campe�
sinos cerca de Caibarién, al centro y norte de Cuba, para extraer
agua del tinajón después de filtrada por la piedra. De modo que
su uso persiste a través de varios siglos; no nos atrevemos a decir
de un milenio, pero no fuera imposible que tal hubiere de ser la
antigüedad de tales vasijas, y su permanencia se explica por lo
útil de su empleo, limpio, cómodo por su asidero natural formado
por la punta espiraliforme del fotuto, bello por lo nacarado de
su interior, barato por lo fácil que es su adquisición al terrícola
costeño, y duradero por lo poco frágil de la vasija comparada con
las de barro o porcelana. Los cucharones de hierro esmaltado han
venido a desterrar su uso para tal propósito, que antaño era muy
extendido, compartido con la jícara o güira de largo mango natu�
ral, que todavía se ve en los bohíos de tierra adentro.
El otro ejemplar descubierto en la Cueva del Templo es igual
al anterior, del mismo tamaño y de antigüedad semejante pero

46
con un detalle que le da especial valor. Cerca del borde anterior
de la concha tiene una perforación hecha como la descrita en el
caso del univalvo biperforado antes aludido en este escrito. Este
horado, hecho indudablemente después de construida la vasija
porque antes habría sido absurdo, dado el destino de ésta, vino
a inutilizarla para su uso de receptáculo de líquidos. Estimamos
que este ejemplar de vasija de concha horadada, también único
de las descubiertas por estas tierras, ofrece vivo interés para la
interpretación de esas antiguas perforaciones de caracoles por los
indios; y de ello se tratará en otra ocasión.
B. Strombus gigas. Vasijas hechas con este univalvo marino
fueron halladas por Harrington cerca de Jauco en Oriente, y en
Guane, Pinar del Río (lamina XXXIV, a, y figura 100 de su obra),
y un hermoso y entero ejemplar análogo fue encontrado por el
autor de estas líneas en un caney de muertos del estero Sevilla
en la hacienda Buenaventura, Ensenada de Cochinos, al sur de la
Ciénaga de Zapata, ejemplar este aún no publicado ni depositado
en museo.
En las cuevas de Punta del Este hemos adquirido, de la Cueva
del Taller, un Strombus gigas, que no puede acaso incluirse entre
los caracoles convertidos en vasijas; pero que por sus perforacio�
nes ofrece un nuevo tipo, que a falta de una segura interpretación
incluimos en esta clase. Este curioso ejemplar es de gran tamaño
y tiene cuatro perforaciones, amén de la punta de espira rota, qui�
zás después de haberse hecho en la penúltima voluta una quinta
perforación, que sin embargo no es segura.
Además de este hipotético horado tiene el típico tan conocido
ya en la segunda voluta. La parte opuesta, al inicio de la primera
voluta, tiene otra perforación de forma que debió ser semicircular,
aun cuando después la línea diametral aparece rota. El ángulo del
diámetro con la circunferencia está muy bien cortado, como sólo
puede observarse en algunas gubias, y se nota la huella del instru�
mento cortante en todo o hasta la mitad del grosor de la concha,
según su espesor.

47
En la parte más gruesa de la concha el corte parece hecho di�
versamente. Esta abertura artificial de forma predeterminada y en
lugar hasta ahora no repetido en otros ejemplares descubiertos, es
también digno de tenerse en cuenta al estudiarse las perforaciones
indias de los caracoles marinos. En la parte superior y central de
la primera voluta otra perforación oval casi corresponde con la
de la segunda; y debajo de ésta, hay otra, que acaso se trazó para
adoptar forma parecida a la abierta semicircularmente en el lado
opuesto, pero esto no puede afirmarse.
Este ejemplar tiene cuatro perforaciones; sin explicarnos el ori�
gen de éstas. Hemos supuesto que la perforación semicircular fue
anterior, para ver si resultaba así utilizable el caracol como vasija,
y aunque teóricamente acertase, esa forma sería tan desusada y
poco cómoda, que no estimamos aceptable esa suposición. ¿Será
una vasija en estado de elaboración, abandonada después y pre�
parada con otra finalidad? Tampoco lo creemos, porque el borde
de esta perforación está tan evidentemente trabajado por la mano
del hombre, que no se explicaría tal trabajo si se tratara de cons�
truir una vasija como las conocidas por Strombus gigas. ¿Se trató
de cortar un trozo de concha para hacer un dije o adorno, como
tantos que de esa materia usaron los indios? Parece inverosímil
porque más fácil era romper el caracol o aprovechar alguno roto,
para con mucho menor trabajo recortar un trozo dándole la forma
apetecida, en vez de producir una perforación tan cuidada. Quede
pues este ejemplar de Strombus gigas con unas perforaciones ar�
tificiales como una interrogante más en esta interesante cuestión.
La vasija construida con la concha de este molusco es de un
tipo nuevo, no hallado hasta ahora. Es un ejemplar muy bien he�
cho, aunque pequeño y por su profundidad poco simétrico en su
abertura y en sus costados, y por lo bello de su superficie debió
de ser un hermoso utensilio de la vajilla india. Este ejemplar en�
tero, sin perforación alguna, fue hallado también en la Cueva del
Templo. La poca capacidad del recipiente y el trabajo cuidadoso
de su preparación hace pensar si el precioso objeto tenía carácter
ceremonial, de acuerdo con la dedicación del recinto en que fue

48
hallado. Aunque la forma es nueva, no se separa de la técnica de
los tipos A y B y sólo difiere en la diversa conformación de este
univalvo. Algunos trozos o tiestos de las otras vasijas de concha
pudimos también coleccionar, pero no ofrecen especial interés.

Caracol en elaboración. No hemos de permitirnos una rotun�


da afirmación, pero un ejemplar de los hallados en la Cueva del
Templo aparece con toda una parte lateral de las supuestas volutas
rotas o destruidas artificialmente, como si un naturalista hubiese
querido practicar un corte vertical para mostrar la columela inte�
rior y el desarrollo espiraliforme de la valva. Acaso se trata de un
caracol así preparado como paso previo para extraer después de él
la columela, que los indios debieron utilizar, después de aislada,
alisada, agudizada y perforada en un extremo, como lesna o agu�
ja para coser o tejer redes. La forma en que aparece este caracol
puede ser producto del azar, pero quizás se deba al hombre en su
arte primitivo.11

Cuenta de concha. Una tenemos –muy curioso ejemplar– for�


mada toscamente de una cigua (Cittarium picca), de cuatro, cinco
centímetros de diámetro. De la durísima concha de ese molusco,
tan destruido hábilmente en la mitad de la voluta externa y las
otras volutas internas, de modo que resta solamente una espe�
cie de tubo semicircular, caracterizado además por la perforación
transversal de su eje o sea la columela del caracol. Este adorno
de brillante nácar con manchas negras atigradas pudo hacerse de
dos maneras: pasando el cordel a través de la media voluta de la
cigua (de 0,5 centímetros de diámetro) o a través de la natural
perforación central.

Gubias. Iguales a las que Cosculluela y el autor de estas líneas


hallaron en los mounds y conchales de la Cienaga de Zapata y

En esencia, Ortiz ofrece los primeros fundamentos para reconocer artefactos


11

a partir de la columela de los gasterópodos, sean puntas o picos de mano (ver


Dacal, 1979).

49
luego descubiertas en Oriente por Harrington, quien las ha de�
terminado como características de la cultura ciboney en Cuba.
Ocupamos diecisiete ejemplares en la Cueva del Templo, algunas
conservando el filo típico de estas herramientas de concha. Otras
lo han perdido por fractura y desgaste de uso o destrucción por la
acción del tiempo. Algunas especialmente parecen de gran anti�
güedad a causa de la erosión sufrida por efecto de su enterramien�
to secular en tierras húmedas.

Cucharas y graseras. Carlos de la Torre y Cosculluela llama�


ron cucharas a esos utensilios formados por un trozo de la voluta
externa y más gruesa de la concha triangular, cuyo vértice es la
parte central de la valva donde comienza a desarrollarse en espiral
en el extremo abierto del mismo. El lado opuesto, por presentarse
a menudo con un filo cortante, ha hecho pensar a Harrington que
esos utensilios son gubias para ser empleados como raspadores o
como ahuecadores de madera en el trabajo de las canoas y otros.
Aun cuando fuera de este lugar, permítasenos creer que unos
y otros arqueólogos tienen razón; que esos trozos de concha
triangulares y curvos son gubias si tienen corte artificialmen�
te hecho, pero que pueden ser cucharas o pequeños recipientes
para sustancias impropias de conservarse o manipularse en güi�
ras o calabazas, cuando no tienen filo alguno y se observa que
llegan hasta el borde superior de la superficie plana de la valva,
donde ésta se recoge y encurva para cerrar el espiral. En la colec�
ción de Punta del Este tenemos un ejemplar en el cual no puede
pensarse que el filo no exista por desgaste, pues dada la longi�
tud del utensilio, hasta donde la concha se dobla para cerrar-
se en contacto con la voluta inmediata, es evidente que no se
intentó siquiera construirlo; es decir, que aquel utensilio era sin
arista cortante, o lo que es lo mismo, que debía ser utilizado en
otros menesteres y no en el de formón o gubia.12

«En nuestra colección, aún inédita, de ejemplares arqueológicos de Venero


12

Prieto y la Ensenada de Cochinos, conservamos dos ejemplares donde la


demostración es más tangible». (N. del A.)

50
Pero no dudamos en opinar que la denominación de cucharas
no es del todo apropiada, porque si algunos ejemplares peque�
ños pueden ser tenidos por tales, no es fácil pensar en el empleo
como cucharas de los ejemplares grandes. Al menos para comer.
Esto aparte de que no está del todo comprobado que los cibone�
yes, dada la primitividad de su cocina, necesitaran las cucharas
de concha.
Es posible pensar que tales recipientes, amén de otros, como
caracoles pequeños, pudieron ser utilizados para llevar la pintura
de bija o de yagua, o la grasa de carapat, o sea el aceite de higue�
reta o de palma christi, que los indios usaban todas las mañanas
para embijarse y hacerse los afeites que les eran tradicionales.
Pensemos que en ellos podrían quemarse perfumes, etcétera.
Acaso, recordando las simplicísimas lámparas de piedra que en
las cavernas paleolíticas de Europa usaron los trogloditas ¿no po�
dría instintivamente pensarse en un posible análogo uso de esos
recipientes en los aceites que ellos conocían y el algodón que
hilaban?13
Es decir, que esos cuencos de concha en una vajilla como era
la de aquellos indios ciboneyes, compuesta de vasijas de güira
que eran las más fuertes, o de madera como el guayacán y otras, y
de concha, podrían significar lo que, después, ya entre los taínos,
representó el barro y más adelante la porcelana y el vidrio, los
materiales más adecuados para un permanente contacto con las
grasas.
Las sustancias oleaginosas y grasientas, en general, que usaron
los indios cubanos antes de tener vasijas de barro, como no parece
que las tenían aún los ciboneyes, tales como el aceite de higuereta
o el de corojo o la manteca de animales terrestres o marítimos,
debían de ser manejadas en recipientes de concha o carapachos de
tortugas. Estas pequeñas vasijas triangulares de caracol posible�
mente hubieran de ser preferidas como graseras, voz que aunque

«Sabemos que los procedimientos de alumbrado entre los indios, recogidos


13

por los conquistadores en sus crónicas no convienen con esas hipótesis, pero
de ello se tratara en otra ocasión». (N. del A.)

51
hoy desusada en el lenguaje vernáculo cubano, es bien castiza y
responde al significado que se requiere en este caso.
De todos modos, no parecen suficientemente comprensivas de
las diferentes formas de esos utensilios de concha, ni la denomina�
ción de cucharas, ni la de gubias, y que siendo este vocablo atinado
denominador de una clase de estos utensilios triangulares, no lo es
totalmente el de cucharas para el resto de los mismos. Por lo tanto,
no estaría demás pensar que los utensilios triangulares de conchas
se dividen en gubias, cucharas y graseras.14 En ese caso, podemos
decir que de las tres clases hemos hallado en la Cueva del Templo.

Caracoles enteros. Ninguno hemos encontrado; pero uno de


los ocupados tiene la punta de la espiral rota por azar quizás, aca�
so por manos humanas. Nótese que hemos dado cuenta de varios
objetos raros e inutilizados para su uso, por ejemplo, una vasija de
concha perforada, un mortero de piedra fracturado por la mitad,
una piedra de encajadura, un disco de piedra granítica, etcétera.
Es natural pensar que algunas de tales fracturas pueden haber sido
producidas o durante la vida de los indios por los accidentes del
uso, o desaparecidos éstos, por acción del tiempo o de los habi�
tantes que tuvo la caverna. Sin embargo, nuestro criterio favorece
la idea de que casi todas esas roturas son voluntarias.
En cuanto a las vasijas de concha perforadas ello es indudable,
pero nos lo parece también en cuanto a los morteros y demás ar�
tefactos. Opinamos, por antecedentes etnográficos de los indios
de otros países de culturas semejantes, que esas roturas o inutili�
zación de objetos del uso diario se verificaba en enterramientos
de personajes principales y tenían por tanto un significado ritual
funerario.
Sabiendo que en la Cueva del Templo hubo un enterrorio in�
dio y que tales objetos fueron recogidos del suelo al extraerse la

Pequeñas vasijas de univalvos limitadas por su capacidad como contenedo�


14

res se han hallado en contextos funerarios de comunidades de Pescadores-


Recolectores, en la Cueva del Perico 1, en la provincia de Pinar del Río, y en
la Cueva de Los Niños, en la provincia de Sancti Spíritus.

52
capa de guano que lo cubría, fácil es deducir que pertenecieron al
enterramiento y que participaban de ese viejo rito sepulcral, que
llevaba a los indios a enterrar con el cuerpo muerto los objetos de
uso personal, muertos también, para que el espíritu de las cosas
acompañaran en otro mundo al espíritu del ser humano fallecido.
De este tema trataremos más extensamente en otra ocasión, baste
apuntar aquí ideas para valorizar etnográficamente esas roturas e
inutilizaciones o muertes de los objetos hallados.

Huesos
Hace años, cuando se extrajo del fondo de la Cueva del Templo
el guano de murciélago que allí quedaba, fueron hallados restos
humanos y temerosos los trabajadores de que ello ocasionara tras�
tornos con gente de justicia, a veces tan de temer, enterraron de
nuevo en las inmediaciones los huesos descubiertos, sin que halla�
mos podido averiguar dónde. Es evidente que hubo un enterratorio
de indios, y así puede afirmarse con ese dato, aún sin ver sus restos,
por la cantidad de característicos objetos muertos que los acompa�
ñaban en el reposo funeral, y que han llegado a nuestras manos:
vasijas, morteros, herramientas, etcétera. Algunos pequeños frag�
mentos de huesos de animales y otros que creemos humano, fueron
ocupados por nosotros y traídos a La Habana; pero al escribir estas
líneas, aún no se ha podido hacer un análisis, ni quizás sea ello
posible, dado lo escaso y deficiente de lo encontrado.

Otras huellas humanas


Los seis tragaluces que tanta belleza prestan a la Cueva del Templo
son naturales, caso frecuente en las cavernas calcáreas de nues�
tras costas, así en Cuba como en Isla de Pinos; pero sus costados
interiores han sido limpiados de «diente de perro» y rugosidades
por obra humana. No pudimos, por falta de tiempo, explorar la
bóveda o techo de la cueva por la parte exterior, acaso alrededor
de esos tragaluces se halle algún resto de trabajo humano, aunque
sean simples montones de piedra.

53
Fuera de la cueva, a su entrada, hallamos como un terraplén
de poca altura y espesor, formado por restos de caracoles, pie�
dras, tierra y cenizas. Pero alguien que pudo saberlo nos advirtió
que ello se debía a que el guano fue algo mezclado con tierra y
cenizas, con ánimos de aumentar el peso de los sacos que lo con�
tenían. Y realmente parecíanos verosímil la explicación, máxi�
me al observar la poca consistencia del camellón de escombros
y cenizas. Las cenizas también pueden apuntarse como producto
humano hallado en la cueva. Pero, desgraciadamente, no se puede
ya distinguir las cenizas del hogar de los pobladores indios de los
posteriores cavernícolas.
Ya dijimos que a ambos lados de la cueva hay unos montones
de piedra y otras materias sacados de su suelo para aprovechar el
guano de la misma. En esos montones hallamos algunos de los
ejemplares arqueológicos descritos. Debieron ser cuidadosamen�
te demolidos, pues, indudablemente en ellos ha de haber intere�
santes artefactos primitivos como los descubiertos por nosotros
en una pesquisa superficial.
Frente a la cueva hay restos de una plantación de boniatos,
hecha hace años por sus habitadores modernos. Ello prueba la
fertilidad de aquel terreno flojo y arenoso, muy propio para el
cultivo de la yuca y demás raíces que constituían la alimentación
principal de los pueblos indios, cuando se elevaban al estrato de
civilización de la agricultura.
Cerca de la Cueva del Templo, como recuerdo de siglos pa�
sados, encontramos unas plantas de bija, la bija orellana, arnoto,
achiote o urunci, tan difundidos en todas las costas de estos mares
y empleados por los indios para, mezclado con aceite de higuereta
o palma christi, teñirse de rojo el cuerpo con fines de estética y de
prevención contra rigores de estos climas. También se encuentran
en las proximidades de las cuevas no pocas fibras de las usadas
por los indios en sus artefactos e industrias, como son la maja�
gua, la guama, el jagüey, la malagueta, etcétera. No dudamos que
allí se encuentra el maguey y otras plantas fibrosas; pero aún no
podemos asegurarlo. Decimos esto no porque veamos que ello

54
se deba a trabajo humano, sino para dar idea de las favorables
condiciones de aquella comarca para residencia o poblamiento
de salvajes.
Dos o tres inscripciones hallamos en un costado de la cueva,
con fechas de cronología cristiana de un siglo atrás, hechas con
gruesa y chorreada pintura, a breve altura del suelo. Pero estas fe�
chas y letras nada tienen de semejante con las pinturas que ador�
nan la bóveda de la Cueva del Templo, que le dan a ésta carácter
y que constituyen lo más interesante de ese rico depósito arqueo�
lógico.

Las pinturas murales


Pero lo más interesante del descubrimiento arqueológico fue la
gran cantidad de pinturas en la Cueva del Templo. En las otras
dos cavernas no hallamos ninguna, bien que en una más acuciosa
exploración pudiera llegar a rectificar este criterio, aunque tuvi�
mos empeño en hallarlas.
Las pinturas cubren el techo de la Cueva del Templo, especial�
mente en su centro y hacia el lado izquierdo, lo cual pudiera atri�
buirse a una más perfecta formación en la parte del revestimiento
calcáreo sobre el cual las pinturas se hacían con mayor facilidad y
lucimiento, y a la menor altura que ahí tiene la bóveda de la gruta.
Sin embargo, recurriremos al hecho de que tales pinturas están
casi todas en el techo, y unas pocas en las paredes, pero siempre
en lo alto.
Para una mayor claridad del tema nos proponemos desarrollar�
lo en este orden:
Los dibujos
- líneas de uno a dos centímetros de ancho.
- dos colores (con aceite).
Procedimientos de ejecución
- compás, andamio, pincel.
- ¿una sola vez?
- estilo de curvas concéntricas circunferenciales, pocas rectas.

55
Clasificación de tipos
- la interpretación demopsicológica.
- ¿no realística?
- motivo, estética, símbolo.

Análisis de cada dibujo


- del conjunto,
- religión,
- templo,
- otras cuevas.
Todos los dibujos están formados por líneas de un centímetro a
un centímetro y medio de ancho, lo cual da una gran uniformidad
de estilo a las pinturas. El ancho patrón es el de un centímetro;
pero las imperfecciones en la ejecución por defectos de técnica o
imprecisión del artista y rugosidades de la superficie estalagtítica,
hacen crecer algunas veces el grosor de las líneas a centímetro y
medio; aunque accidentalmente.
No hemos notado sino en muy pocos casos defectos por corri�
miento de la pintura y deficiencia en la ejecución. Todas las pin�
turas aparecen dibujadas con cuidado y sólo podría citarse algún
error por confusión de líneas. Quizás algún caso de aparente error
no sea sino voluntario trazado de un tipo mixto.
La rápida exploración que sobre el terreno pudo hacerse nos
demostraron que las pinturas murales son más de cien, en su ma�
yor parte formadas por circunferencias concéntricas, en color ne�
gro o rojo o en ambos colores combinados, ora formando figuras
aisladas o en complicadas uniones, de misteriosa significación. Se
encuentran unas pocas figuras como de puntas de flechas y otras,
que se irán analizando particularmente.
Los dibujos podemos clasificarlos en simples y compuestos,
los cuales, como sus nombres indican, serán respectivamente
aquéllos integrados por un solo motivo decorativo o ideográfi�
co y aquéllos en cuya comparación entran varios. Al exponer los
dibujos catalogaremos entre los simples aquéllos que están com�
pletamente separados de los otros, salvo un nexo de relación por

56
nosotros ignorado, y entre los compuestos los que al parecer se
completan recíprocamente para integrar el significado simbólico.
De modo que los llamados dibujos simples tienen, por así de�
cirlo, personalidad propia y no son elementos despejados de un
sistema. Los motivos o signos que integran un dibujo compuesto
son aquí estudiados primeramente no en forma aislada sino como
parte constituyente de la figura total.
Dibujos simples
Éstos son de las siguientes clases:
A. Arcos concéntricos. Éstos están formados por varios arcos
concéntricos, casi semicírculos, de seis y de ocho (fig. I, A 1-2).
Hemos registrado dos, uno, pintado en negro, se halla a pocos pa�
sos de la entrada de la caverna, a la derecha, a unos cuatro metros
del suelo, con unos cuarenta centímetros de diámetro máximo en
la base. El otro, pintado en rojo y de igual tamaño, se encuentra en
posición correlativa al lado izquierdo de la entrada. Este último
se halla bastante borroso. Otros pocos arcos concéntricos hemos
observado; pero bien pudieran ser fragmentos de otros dibujos
formados por circunferencias concéntricas, que es el tipo predo�
minante en la Cueva del Templo.
B. Circunferencias concéntricas. Son los dibujos más abun�
dantes en la Cueva del Templo y hasta pudiera pensarse si los
arcos concéntricos sólo son circunferencias concéntricas en parte
borrados; por más que el arco en negro de la derecha de la boca de
la gruta nos hace creer que no sea así, por su forma bien determi�
nada y por otras razones que se dirán al tratar de su interpretación
simbólica. Las circunferencias concéntricas no solamente son los
dibujos simples más frecuentes, sino que son también, como ha�
brá de verse en los dibujos compuestos, como motivos determi�
nantes de éstos por su combinación variada.
Estas circunferencias concéntricas de la Cueva del Templo po�
demos clasificarlas en tres grupos, a saber: en negro, en rojo y bi�
colores. En cuanto a su estructura, poco varían. Todos comienzan

57
Fig. I
por una pequeña circunferencia de dos o tres centímetros de diá�
metro interno y con espacios iguales de unos dos centímetros que
van desarrollándose concéntricamente. Éstos, por lo general, son
pocos, tres o seis, aunque también los hay de dos, varios de siete
y ocho, diez y hasta uno hemos observado de veintisiete circun�
ferencias,15 que ocupa aproximadamente un metro de diámetro
máximo (fig. I, B 3,4,5,6).
Importa recalcar que no se encuentran dibujos simples de cir�
cunferencias concéntricas cuya circunferencia interior no sea de
ese pequeño diámetro. Algunos se hallan de mucho mayor diáme�
tro: pero forman parte de dibujos complejos que se han ensancha�
do o abierto, por así decirlo, para comprender en su campo otros
elementos decorativos que en ellas integran el dibujo o símbolo.
No hemos notado preponderancia de los dibujos negros sobre los
rojos, o viceversa, ni estos tipos, que son los más repetidos, ni en
los otros. Las mismas circunferencias concéntricas de dos, tres,
cuatro o más curvas, se dan en uno u otro color.
Las circunferencias concéntricas bicolores son, por lo general,
formadas por líneas alternativas de ambos colores y todas del mis�
mo ancho que, repetimos, es el único modo en las decoraciones
de la Cueva del Templo; en algún caso se hallan varias circunfe�
rencias seguidas de un mismo color, dentro de otras sucesivas de
color distinto. Pero no tenemos a nuestro alcance más completos
datos para pormenorizar esta distinción.
C. Dibujos espiraliformes. Otro tipo de dibujos de la Cueva del
Templo es el de los espiraliformes. Éstos no son muchos, pero lo
suficiente para dar interés a su estudio. El desarrollo de las espi�
rales obedece al mismo estilo de las circunferencias concéntricas:

En el original aparece rectificado el número veintisiete con el veintiocho,


15

sobreponiendo una cifra sobre la otra –grafito en vez de la tinta negra– al


parecer con posterioridad a la redacción del original. Es posible la correc�
ción como resultado de la segunda visita a la cueva o debido al informe de
Herrera Fritot. Nótese sin embargo que en la ilustración no fue enmendado
el número de círculos concéntricos.

59
el mismo grosor de las líneas y los mismos espacios interlineales,
pero los tipos espiraliformes no se observan más allá de las siete u
ocho líneas o espiras; no alcanzan la amplitud de las circunferen�
cias concéntricas También las hay en negro, en rojo y bicolores.
No pudimos detenernos a observar si el desarrollo de las espirales
es hacia la derecha o a la izquierda. Casi todas las notas de nues�
tro croquis están trazadas hacia la derecha, como la hélice de los
caracoles marinos que les eran tan conocidos y de tanto uso.
D. Espirales irregulares. De esta clase de dibujos tenemos ano�
tados tres. El primero (fig. I, D 11) está formado por un breve di�
bujo de dos espirales pintadas en negro que se cierran, formando
quizás el esquema de un caracol en una circunferencia negra tam�
bién. Los espacios interlineales están ocupados por líneas corre-
lativas en rojo.
El segundo (fig. I, D 12) es una espiral sólo en parte, pues su
trazado es sumamente irregular, pintado en negro. Este dibujo sí
parece mal formado y erróneo; pero no podríamos atrevernos a
una afirmación rotunda. El tercero es una hélice pequeña de dos
espiras, también cerradas (fig. I, D 13).
E. Semicirculares. Estos dos solamente se caracterizan por un
trazado de dos arcos concéntricos unidos en su extremo por líneas
curvas, uno de los dibujos (fig. I, E 14) muestra la semiluna en-
cerrada en dos circunferencias concéntricas. El otro es una media-
luna formada por varias curvas paralelas, pero no parece comple�
to, probablemente por destrucción de la mitad (fig. I, E 15).
Dibujos dudosos. No es fácil determinar con rigor en todos los
casos si un dibujo es realmente compuesto, es decir, formado por
varios elementos que integran un significado, o si se trata sola�
mente de una agrupación accidental de dibujos simples. Por esto
nos hemos de ver precisados a admitir una categoría de dibujos
dudosos, que como clase intermedia expondremos ahora.
Tal es, por ejemplo, el dibujo de la (fig. A), integrado por un
tipo completo de circunferencias concéntricas, a la izquierda, otro

60
incompleto a la derecha y otro incompleto también, o tipos de
arcos concéntricos, en la parte central. Alrededor de uno de los
seis tragaluces de la cueva, el más interno, se agrupan numerosas
pinturas constituidas principalmente por circunferencias concén�
tricas (fig. B). Algunas líneas entre ellas se apartan de los tipos
usuales de dibujos y parecen ser trazos de unión. La variedad de
combinaciones de colores en los dibujos de circunferencias con�
céntricas, que las hay de las tres clases, determinadas por su colo�
rido (negro, rojo y bicolores), añaden elementos de complejidad
al conjunto de estas pinturas, que rodean el tragaluz.

Dibujos compuestos
Son, como es natural suponer, los más interesantes de la Cueva
del Templo. Por su trazado firme, por la combinación de colores,
por los elementos en algunos de ellos, claramente superpuestos, por
la complejidad de líneas dentro del estilo general curvilíneo que
caracteriza todos los óleos de esta gruta, por la aparición de unos
elementos nuevos en las líneas decorativas, constituyen estos di�
bujos compuestos de la Cueva del Templo verdaderas joyas pictó�
ricas de la civilización ciboney, del mismo estrato cultural que la
del hombre paleolítico.
A. Un tipo que se encuentra algo repetido es el de las circun�
ferencias concéntricas externamente cotangentes. Pudieran supo�
nerse dos dibujos simples accidentalmente aproximados; pero la
seguridad del contacto tangencial nos hace creer que su aproxi�
mación es voluntaria. Además, las dos circunferencias concén�
tricas aparecen en otro tipo, unidos y cerrados dentro de otras
circunferencias mayores, lo cual nos induce a imaginar que ese
emparejamiento es significativo y no debido al azar, como habre�
mos de tratar más adelante.
B. En este ejemplar aparecen los dos dibujos de circunferen�
cias concéntricas encerradas en otro sistema de circunferencias
concéntricas mayores (fig. II, B). A nuestro modesto juicio, el

61
Fig. II
conjunto constituye un símbolo, pues, como es sabido, no hay en
la Cueva del Templo ningún dibujo simple de circunferencias con�
céntricas que no comiencen por el pequeño círculo de dos o tres
centímetros de diámetro interior.
C. Esta pintura se desarrolla dentro de una serie de circunfe�
rencias concéntricas, sobre una de éstas se apoya el trazado de
unas líneas trapezoidales, y por encima de ellas varios arcos para�
lelos hasta llenar el espacio circundante por las curvas concéntri�
cas que le sirven de marco.
D. Dentro de un marco que aparece algo borrado de circunfe�
rencias concéntricas, se observan cuatro tipos de pequeñas cir�
cunferencias concéntricas de colores y tamaños distintos: y por
entre ellos una larga línea arqueada se abre paso hasta terminar en
una pequeña curva cerrada.
E. También esta pintura comprende un marco de circunferen�
cias concéntricas y en su interior cuatro pequeñas circunferencias
concéntricas en situación asimétrica. Unos trazos en ángulo cur�
vilíneo parecen unir el vértice de uno de los pequeños tipos de
circunferencias con las externas que circundan el símbolo.
F. Esta pintura, en color negro y rojo, está algo borrosa. Parece
componerse de tres tipos de circunferencias concéntricas exter�
namente cotangenciales, comprendidas en otras líneas circulares
que no están completas ni bien determinadas.
G. Esta interesante pintura está ejecutada aprovechando una
oquedad de la bóveda de la Cueva del Templo y extendiendo
sus líneas hasta los límites de su perímetro. Comprende un di�
bujo central y superior del tipo de circunferencias concéntricas,
colocado entre dos dibujos laterales formado por una pequeña
circunferencia rodeada externamente por un arco concéntrico,
de modo que la abertura de este arco está del lado del signo
central. Ambos signos laterales parecen ligados al central, no
sólo por su respectiva posición simétrica sino por unas líneas

63
semicirculares en la parte inferior, de color rojo, no bien pre�
cisadas.
A la izquierda, un pequeño dibujo de circunferencias concén�
tricas; no se puede precisar si existió o no otro igual en lugar si�
métrico. Por debajo de esas combinaciones circunferenciales, hay
multitud de pequeñas líneas paralelas, en rojo, que terminan en el
borde del barniz estalactítico de la oquedad de la bóveda.
Debemos advertir que las expresiones debajo, superior o infe�
rior unidas en la descripción de ésta como de las demás pinturas
es puramente convencional, fijada en relación con la posición del
dibujo en el papel, el cual a su vez obedeció al trazado que se hizo
en la Cueva del Templo desde el lugar que resultó más cómodo
o desde aquel donde se contemplaba el ideograma concediéndo�
le una mayor eficacia decorativa. Advertimos esto porque alguna
interpretación simbólica de esas pinturas puede variar según la
posición o plano de relatividad en que se entiendan situados los
elementos lineales del símbolo. Todo este dibujo se encuentra,
repetimos, cerrado en los límites de una oquedad de forma irre�
gularmente elíptica.
H. Pintura es ésta que aun cuando no se aparte del estilo cur�
vilíneo característico del arte de la Cueva del Templo, ofrece una
combinación tan irregular que suponemos incompleto el dibujo.
Está formado de un pequeño círculo central del cual arranca ha�
cia la derecha una espiral y hacia la izquierda una línea en forma
semilunar, bajo éstas, superpuestas en parte a una circunferencia
en rojo, otros dos dibujos, que parecen extremo de los que hemos
llamados semicirculares.
I. Este dibujo16 fue llamado, por los excursionistas que explo�
ramos la Cueva del Templo, el laberinto por su configuración apa�
rente, pero si bien se observa, nada tiene de laberíntico el trazado,
estando formado de las típicas circunferencias concéntricas rotas
en forma muy significativa. Es una de las pinturas mejor conser�

Fig. no. 33 en nuestro texto.


16

64
vada de la gruta. Esta pintura única de la que pudimos obtener
fotografía, aunque imperfecta, está formada por doce circunfe�
rencias concéntricas, todas pintadas en negro.
Las circunferencias octava y novena están rotas en dos lados a
un extremo y otro del eje central de la pintura, unidas ambas en uno
y otro lado por una corta línea recta que forma como una abertura
comprendida entre las dos figuras semicirculares resultantes. Una
de esas aberturas queda libre, pero la otra está ocupada, aunque sin
tocar los bordes de la misma, por una breve línea algo más grue�
sa que las otras, que sale de la circunferencia décima para encajar
perfectamente en la inmediata abertura que en ese lado forman las
circunferencias novena y octava, como queda dicho. La perfecta
conservación de esta pintura, la seguridad de sus trazos, su configu�
ración única, y su evidente propósito simbolista, hacen que sea una
de las pinturas más sugestivas de la Cueva del Templo.
J. Ésta es la pintura más compleja de las que decoran la bó�
veda de la gruta misteriosa.17 Compónese de un sistema de cir�
cunferencias concéntricas que son base de toda la figura de un
metro y medio aproximadamente, de diámetro máximo. Habrá
unas circunferencias en ese trazado básico –todas en negro. Los
demás elementos son superpuestos, constituidos por cuatro tipos
de circunferencias concéntricas de pocas líneas cada una, simé�
tricamente colocados, en tinte rojo y de tres elementos únicos en
la Cueva del Templo, que en cierto modo rompen con el estilo
general.
Éstos son también en rojo: (a) un triángulo doble formado
por dos triángulos isósceles de lados paralelos; un triángulo muy
abierto de lados casi curvilíneos que va de una a otra de dos de

Se trata del diseño central de la Cueva de Punta del Este. La descripción de


17

Ortiz no se corresponde con el dibujo tan esquemático; todo indica que rea�
lizó otro con más detalles, pero no lo hallamos en las fichas originales. Por
consiguiente, remitimos al publicado por Herrera Fritot (1938), que permite
en lo adelante entender la extensa interpretación del etnólogo (figura 16 en
nuestro texto).

65
los pequeños dibujos concéntricos rojos ya señalados, y (b) de un
inmediato dibujo análogo al triangular que hemos referido, pero
con una especie de mango o asta, que lo hacen asemejar a una
punta de flecha o lanza. De los dos triángulos de este motivo (c),
el interior está cerrado y el exterior abierto por su base, que se une
a dos líneas paralelas que forman el asta susodicha, por entre los
cuales pasa una línea sola central que a su vez se une a la base del
triángulo interno.
Todos estos pequeños detalles han de influir en la interpreta�
ción de este ideograma, lo mismo que la posición en que se co�
loque el dibujo, si con la punta del triángulo hacia arriba, o hacia
uno de los lados, o hacia abajo. Pruebe el lector a observar el
dibujo en esas distintas posiciones y experimentará sugestiones
interpretativas distintas (ver figura 21).

66
Reconstrucción etnográfica de las actividades cotidianas realizadas
frente a la Cueva del Templo. Obra de J. Martínez.
Capítulo II
Las culturas indias de Isla de Pinos

La nueva clasificación de las culturas de Cuba parece ayudar a re�


solver uno de los problemas que desde hace una veintena de años
interesa a los arqueólogos cubanos, el de la cultura de los indios
de la Cueva de Punta del Este en Isla de Pinos, que fue descubier�
ta por nosotros en el año de 1922.
La cultura de los indopineros que pintaron el techo de esa gruta,
llamada la Capilla Sixtina de los indios precolombinos del archi�
piélago, ha sido de muy dudosa calificación. Cuando descubrimos
ese templo lo reputamos de ciboney, significando con este nombre
una cultura inferior a la taína, la misma que para los arqueólogos
de entonces predominaba en el occidente de Cuba. Nos basamos
en el utillaje que encontramos en la cueva, todo él arcaico, que
hoy diríamos guanajatabey. En cuanto a las pinturas rupestres, no
conociéndose en Cuba ni en el resto del Archipiélago otras bien
estudiadas con qué comparar las de la Isla de Pinos, pensamos que
si no podían ser adjudicadas a los taínos tendrían que ser cibone�
yes. Por esto escribimos, como hipótesis anticipada, que la cultura
de la susodicha caverna sagrada era «probablemente ciboney». En
esta posición dubitativa se han mantenido los muy estimables y
competentes arqueólogos que me siguieron en visitar la cueva, y
no hay acuerdo entre ellos. Herrera Fritot la supone taína. Royo
dice que es de cultura «desconocida, superior a la taína», acaso
con influjo directo de Centro América. Cosculluela dice que por la

69
pintura parece ciboney; por la tipología, aruaca; por la perfección,
taína. Véanse los datos y dibujos en la excelente monografía de
René Herrera Fritot: «Informe sobre una exploración arqueológica
a Punta del Este, Isla de Pinos». (Revista Universidad de la Ha-
bana, 1938, no. 20-21). Y en la erudita glosa de Fernando Royo:
«El misterio secular de Punta del Este» (Memoria de la Sociedad
Cubana de Historia Natural, vol. 13, no. 5). No conocemos el iné-
dito estudio de Cosculluela, salvo las citas que de él se hacen en los
escritos presentados al Congreso Histórico.
Creemos que en la razón de estas discrepancias haya quizás
una confusión de nomenclatura. Cuando nosotros dijimos cultu�
ra ciboney, quisimos decir no taína porque la creímos inferior;
pero, no distinguiéndose entonces dos culturas antetaínas en la
arqueología de Isla de Pinos ni de Cuba, usamos el apelativo
ciboney. Hoy dudamos de que podamos seguirlo usando. De ha�
cerlo sería en el sentido contemporáneo como mesolítico; pero
aun así no nos creemos bien autorizados para ello. Nos parece
que cuando Herrera Fritot decía taíno, comparando ciertos dibu�
jos de la cueva con otros de la isla St. Vicente, lo hacía partiendo
de la base de ser taínos estos dibujos. Y hoy se puede ya pensar
que no lo son y sí de la cultura iñerí, o sea aruaca o precaribe,
según Fewkes y Lovén. Cuando Cosculluela dice que los dibu�
jos de la cueva son típicamente aruacas quizás esté en lo cierto,
y pueda hoy decir que son ciboneyes en el nuevo sentido que él
ha dado a ese vocablo. Discrepamos en cuanto a que los dibujos
sean taínos por su figura, pues no acertamos a ver tal finura téc�
nica. Ni pueden ser comparadas esas líneas pintadas con otras
pinturas, las cuales se desconocen, ni tampoco con las bellas
obras de la plástica taína. Lo cual no quiere decir que ciertos
temas emblemáticos de este templo, acaso de arte aruaco, no
tengan su equivalente y ulterior desarrollo en el superior arte
aruaco-taíno.
¿Cómo considerar hoy día la cultura del templo indio de Pun�
ta del Este? En rigor, todos los arqueólogos estaban dudosos
pero convenían en que esas pinturas correspondían a un valor

70
arqueológico desconocido hasta entonces en Cuba. Y dado lo
escasísimo, casi nulo de la espeleología y de sus aspectos pa�
leoetnológicos en las Antillas, se puede aun afirmar que esa gru�
ta pinera es la única con pinturas donde se ha trabajado algo
con criterio científico, y que el tipismo de tales pinturas, como
tales artes cavernarias, sigue siendo «desconocido» fuera de Isla
de Pinos. En 1922 ya creíamos asegurable la relación de estos
pobladores de Isla de Pinos con los de la América Continental
porque, sin poder llegar a conclusión segura, ciertas compara�
ciones de sus figuras simbólicas parecían aproximarnos hacia
los indios del Sur América.
En esa isla hubo, según la tesis más fácil, dos culturas, la arcai�
ca, guanajatabey, y una ulterior, representada por los sorprendentes
pictogramas simbólicos de la consabida cueva. En sus simbóli-
cas pinturas murales hay elementos que parecen recomendar su
inclusión en el estrato mesolítico de las culturas indias antillanas.
Pero, repetimos, no está asegurada tal hipótesis.
Sin entrar en mayores argumentos, no propios de esta ocasión,
nos referiremos sólo a ciertos símbolos de los que hemos tratado
en el transcurso de este trabajo.
Todos los arqueólogos cubanos convienen en que el consabido
recinto cavernoso de Punta del Este es «un templo de los indios».
Acaso sea en evocación de un concepto de su mitología. La Cue�
va sagrada Yobovava, a que se refiere fray Pané, la tenían los
indios «toda pintada a su modo». Y parece evidente que el tema
pictórico de la gran cueva pinera es cosmogónico y astronómico.
De dos grandes cuevas, Cacibayagua y Amayauba, salió la gente
de Haití.

En este párrafo Ortiz cita los mitos recogidos por el fraile Ramón Pané en


la Española y utiliza los términos Yobovava, Cacibayagua y Amayagua, to�


mados de la Historia del Almirante Don Cristóbal Colón, escrita por su hijo
Fernando. Con más confiabilidad deben tomarse las grafías Iguanaboina,
Cacibajagua y Amayauna, revisadas posteriormente por José Juan Arrom
(ver: Relación acerca de las antigüedades de los indios de fray Ramón Pané,
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1990).

71
Como es sabido, el techo de la Cueva de Punta del Este está
lleno de pinturas negras, rojas o de ambos colores combinados.
Todos los dibujos son rigurosamente lineales y preferentemente
curvilíneos y formados por círculos concéntricos del mismo color
o de ambos, con alternancia casi siempre regular.
El dibujo más notable está casi en el centro de la bóveda. Se
compone primeramente de un fondo formado por numerosas lí�
neas concéntricas alternativamente rojas y negras. Precisamente
son veintiocho rojas y veintiocho negras, las cuales bien pudie�
ran representar conjuntamente el mes lunar, tal como debieron
de concebirlo aquellos hombres primitivos, con veintiocho días
(rojos) y veintiocho noches (negras); no como científicamente es,
alrededor de veintinueve días y medio. Es verdad que los ma�
yas, en su sabio y complicadísimo calendario, calculaban con más
exactitud las lunaciones, como de veintinueve días unas y como
de treinta otras, a contar del novilunio. Pero el cálculo de los vein�
tiocho días es el más generalizado entre los pueblos primitivos,
que carecían de los grandes conocimientos matemáticos y astro�
nómicos de la sorprendente cultura maya.
El sentido cronológico de los círculos concéntricos en ciertas fi�
guras ya lo apuntaron Mallery en Norteamérica y Martínez del Río
en la América del Sur. Así ocurrió en la antigüedad euroasiática.
Los mismos vocablos de nuestro lenguaje castellano revelan esa
equivalencia entre los círculos y los conceptos de la cronometría.
«Año», de annus y annulus de «anillo»; «siglo», «ciclo» y «círculo»;
«período» de peri y odos. Entre los egipcios, el tiempo fue una
línea que volvía sobre sí misma. La eternidad era el círculo.
Sobre este fondo astronómico están situados sendos núcleos
de líneas también concéntricas que pueden ser símbolos astrales,
estelares o de astronómica cronología. Así por ejemplo, siguiendo
la línea correspondiente al eje mayor de la elipse de dicho con�
junto gráfico, hay dos series de círculos concéntricos negros, casi
del mismo diámetro. El de la izquierda, que es «el más perfecto
dibujo de la cueva» según Herrera Fritot, consta de trece líneas
negras muy bien trazadas. ¿Por qué no suponer que represente el

72
año con sus trece meses lunares? Unos núcleos de cuatro círculos
cada uno, que se hayan en el dicho fondo cósmico, ¿no podrán
significar, el de líneas rojas, los cuatro períodos de la órbita solar
por sus equinoccios y solsticios; y el de líneas negras, su equiva�
lente por las fases de la órbita lunar?
El circulito negro, tangencial de un doble óvalo de líneas tam�
bién negras, ¿no podría aludir a ciertas estrellas o constelación
que sólo se ve durante un período del año, tal por ejemplo como
la constelación de la Cruz del Sur? Ésta sólo es allí visible durante
parte del año y muy cerca del horizonte. Desde Punta del Este, a
fines de abril de 1922 la vimos nosotros por primera vez. Los in�
dios sabían que al subir a lo alto del cielo o simplemente al surgir
del horizonte ciertas constelaciones, llegaba la época de las aguas
y de los huracanes. La Cruz de Mayo era mensajera de los agua�
ceros estivales. Los caribes y probablemente también los aruacas,
tenían dos personajes celestes que ya hemos nombrado: Saviazú
y Achinaon. El primero, según De la Borde, producía «la gran
lluvia»; el segundo traía «pequeña lluvia y gran viento». Pensa�
mos, difiriendo de Lovén, que el primer cemí era el de la estación
de las lluvias, que llegaban tras el equinoccio de primavera; y el
segundo, el de los grandes vientos huracanales, que aparecían por
el equinoccio otoñal. Además, estos personajes eran estrellas y un
astrónomo podrá inferir, por su conocimiento de los movimientos
sidéreos y de su métrica cosmológica, a cuáles estrellas o conste�
laciones se refieren ciertos dibujos pluricirculares de la Cueva de
Punta del Este. Por ejemplo, Breton dice que la constelación del
Escorpión traía grandes vientos.
Todo el resto del techo de la cueva está lleno de estas figuras
de anillos concéntricos, dando la impresión de un mapa astronó�
mico en el cual se han querido representar los cuerpos estelares y
sus posiciones, magnitudes o movimientos en la bóveda celeste.
Pero lo más singular de dicho gran dibujo astrológico central, y
acaso de toda la cueva, es una figura que Herrera Fritot descri�
be así: «Siguiendo un radio de la gran elipse hay, trazados en
rojo, una flecha de doble línea que incide la base de un triángulo,

73
también a doble línea. A la vez, del punto de incidencia de la fle�
cha con el triángulo, parten dos líneas rectas paralelas en ángulo,
a la izquierda, hasta una pequeña serie de círculos concéntricos
rojos». Véase a Herrera Fritot (fig. 151). Como se advierte, en
esta figura hay unas líneas punteadas las cuales no existen en la
realidad, según Herrera Fritot, quién las trazó, dice, con el propó�
sito de completar imaginariamente la simetría bilateral del con�
junto, uniendo unos pequeños círculos de la derecha con esas dos
líneas paralelas para que fuesen semejantes a las realmente exis�
tentes en el otro lado.
Herrera Fritot, con su plausible discreción científica, fue reser�
vado en su juicio; pero nosotros en nuestros apuntes, tomados en
1922, registramos la existencia real, aunque imperfecta, de tales
líneas que él supuso como imaginarias. En la fotografía que toma�
mos años después, en 1929, y que aquí reproducimos, aparecen
algunos restos de dichas líneas en el ángulo de su incidencia. Y
luego, más a la izquierda, se advierten unas líneas confusas que
debieron ser las del círculo correspondiente, las cuales, por estar
en una oquedad del techo, no quedaron tan claramente pintadas.
Piensa Herrera Fritot que colocando la punta del triángulo «ha�
cia arriba» se tendría «la figura estilizada de un homúnculo en
que la cabeza sería el triángulo, el cuerpo la flecha, los brazos
las líneas paralelas a uno y otro lado y las manos los pequeños
círculos». Puede ser así, pero nosotros preferimos otra interpre�
tación, que aparecerá más clara si invertimos la figura. En esa
figura central del templo véase el ideograma del rayo, que nos
viene interesando.
También dice que: «...el eje común de la flecha y del triángulo
está perfectamente orientado hacia el Este, apuntando a la boca
de la cueva, como si señalase el Sol naciente que penetra en ella».
El Sol bañaba al amanecer ese dibujo central, cuando estaba sin
obstruir la entrada de la cueva. Así lo vimos nosotros en abril
de 1922 y recordamos la belleza de la caverna, iluminada por el


Ver motivo flechiforme en el interior de nuestra figura, 21.

74
primer rayo del Sol naciente en el horizonte. Era una luminosidad
inusitada y sorprendente, de abajo a arriba, difundida y refleja�
da por toda la bóveda, entonces limpia de humo y ofreciendo en
algunos lugares como destellos al reflejarse los rayos del Sol en
partes cristalizadas. Era el mejor instante en el más propicio am�
biente para un rito heliolátrico. Es presumible que la gran pintura
central con su flecha hacia el astro, y sus símbolos cronológicos
del calendario anual, se relacionara con el rito del solsticio inver�
nal, al nacer cada año el nuevo Sol. Pero no lo sabemos. Habría de
observarse cuáles eran en relación con la cueva las posiciones del
sol cuando su orto en los días del equinoccio primaveral (marzo
21) y otoñal (septiembre 23) y cuáles las correspondientes al sols�
ticio estival (junio 22) y al invernal (22 de diciembre). Bien cla�
ramente estaban fijados estos momentos astronómicos en algunos
templos mayas; y acaso, también, en esos días se observasen ritos
solares en el santuario de Punta del Este, aun cuando la fijación
exacta de esos puntos cronológicos no fuese tan precisa como lo
fue en Yucatán.
No hay que excluir la posibilidad de que los ritos de la cueva
de Punta del Este fueran con la Luna y no con el Sol, o con uno
y otro, según las ocasiones. El simbolismo cronológico del fondo
pluricircular central, con sus veintiocho días y veintiocho noches,
hace creer en cierta preferencia lunar y que los ritos celebrados
bajo la bóveda pintada del templo tuvieran un sentido selenolátri�
co; quizás con ceremonias mensuales para revivir la luna muerta
para que alumbrara de nuevo. Acaso los sacerdotes astrólogos,
por una mágica liturgia desde su templo, encendían una luz nue�
va, como aún hacen ciertas iglesias cristianas el Sábado de Glo�
ria, y enviaban el rayo de luz hacia el horizonte para que diera
luminosidad a la Luna apagada; o para que, como en los cultos
mitraicos, en el solsticio invernal se vivificara el fuego mortecino
del Sol y fuera como una natividad anual del dios de los cielos.
Pero todo eso no pasa de hipótesis, aunque fundada en criterios
analógicos que explicarían los datos objetivos de los jeroglíficos
del templo.

75
Esa simbólica figura de un triángulo con su aparente estela
arranca de un punto impreciso del centro de la elipse hacia otro
triángulo, el cual incide en un lugar aproximado al centro de su
lado básico. Y este segundo triángulo, que también integra el dise�
ño general, a su vez termina exactamente al pasar la última y más
externa línea concéntrica del dibujo, la cual es negra. Esta trayec�
toria de precisa medida demuestra que el símbolo tiene relación
directa con el calendario. La llamada flecha, o sea, el triángu-
lo equilátero de dobles líneas, choca con otro triángulo, también
equilátero y de dobles líneas, y del punto de incidencia surgen
por el impacto unas líneas paralelas, o mejor dicho, unas líneas
dobles, que van a un anillo también trazado con doble círculo.
Todo ello es rojo, los dos triángulos, su cauda, las líneas y el ani�
llo, que saltan como unas chispas; todo ello es rojo como si fuera
fuego o luz. Lo cual no obsta a que fuese aplicable a un rito lunar,
pues en algunos pueblos de cultura primitiva el rojo es el color
consagrado a la Luna porque es el de la sangre o menstruación
mujeril, que aquéllos creen que sea producida por acción de la
Luna. Además, ciertos indios adoraban la Luna como su deidad
principal; pues ella es la que tiene poder sobre los elementos de
la naturaleza y es la causa de los movimientos del mar, del rayo
y del trueno. La Luna es más poderosa que el Sol, decían esos
indios, porque ella trabaja día y noche, y el Sol solamente de día
y, además, aquélla a veces tapa (eclipsa) el Sol y éste nunca puede
ocultar la Luna (Karsten, ob. cit., 138).
Se ha tratado de interpretar la flecha del dibujo y de inferir
que, precisamente por tratarse de una flecha, no es un emblema
taíno. Pero ¿es una flecha en realidad? Para nosotros es sólo un
triángulo seguido de una estela unilineal, todo ello dentro de una
doble línea sin cerrar. Más que una flecha parece un dardo o un
hacha, o sea un hacha triangular o punta de lanza, unida a un grue�
so mango y animada de una fuerza viva, interna y mitológica. La
figura es también como la de ciertas macanas indias, con un ex�
tremo puntiagudo y un cuerpo largo y de anchura proporcionada.
Fácilmente se interpretaría como un emblema del relámpago de

76
fuego celeste, que cae y choca echando chispas y deja la «piedra
de rayo», en su forma triangular. La figura de un triángulo equi�
látero infraverso, con otro encima que lo incide en el centro de
ese lado, es un símbolo del rayo y de su piedra entre los indios de
México. Se ve casi siempre en los trípodes de los tambores mem-
branófonos de los indios aztecas precortesianos como emblema
del rayo que acompaña a la tempestad, representada ésta y re�
producida ritualmente por un tamboreo de aquellos instrumentos,
unido a las maracas que suenan la lluvia y a los cuernos mari�
nos que al resoplarlos dan el bufido del huracán. Pensamos, no
obstante, sin negar el posible emblemismo del rayo, que en este
caso del templo pinero el rayo no sea precisamente el del meteoro
ígneo.
Presumimos que esta gran pintura debió de ser el aparato má�
gico de una liturgia operante. En ella el rayo que surge del cen�
tro (probablemente de la Luna) sale disparado, cruzando los días,
hasta que al fin del período computado (días, meses o año) sale de
la cueva y va mágicamente hasta el horizonte real, para incidir en
él y hacer brotar la chispa y una nueva luz, la de un nuevo sols�
ticio o año, o de una nueva Luna o de un nuevo Sol o día. Pero,
en definitiva, se trata de un rayo con su proyectil, simbolizados
por el mismo emblema que hemos hallado en los arqueolitos y
demás objetos del arte indocubano. La explicación de este gran
ideograma en lo alto de la bóveda del templo indopinero, con sus
figuras astrológicas, merece más amplias disquisiciones pero aquí
es suficiente insertar dicho símbolo esquemático para referirlo a
las culturas de que vinimos tratando.
Sus características y las de otras figuras de la cueva coinciden
en sus emblemismos. Hemos observado el triángulo cerrado y la
punta igualmente triangular de la simbólica saeta o flecha, como
si uno fuera la emanación de la otra: la piedra triangular del rayo
y el relámpago que la arroja.
Además, ambos triángulos, así como el asta o cola del trián�
gulo abierto, son trazados con dobles líneas que se siguen parale�
lamente, una exterior y una interior. ¿Qué significa ello? Hemos

77
leído hace tiempo en relación con análoga morfología arqueológi�
ca europea, sin que ahora podamos reportar el texto, que cuando
a un dibujo se le duplicaba su contorno en su interior, se quería
simbolizar que el ente figurado estaba animado, que tenía vida o
que estaba en acción. Así pueden interpretarse también los trián�
gulos dobles de la Cueva de Punta del Este. Sobre todo, evoca
esa idea de la vitalidad o de la acción movida la línea interior que
desde el ojo de la gran figura pluricircular, la de los cincuenta y
seis círculos, ocupa el centro de la flecha como si fuera su mé�
dula o ánima. En confirmación de esta teoría, y dándole aún más
precisión y más intenso significado, merece atenderse la idea que
se hacen de tal símbolo algunos indios norteamericanos. Entre
los ojibwa y los zuñis, una línea pintada desde la boca hasta el
interior del cuerpo de la figura del animal significa que éste no es
un ser ordinario sino uno sobrenatural. Es decir, el sentido simbó�
lico de la línea de la vitalidad se intensifica hasta la potencialidad
prodigiosa de lo divino (Garrick Mallery, Picture-writing of the
American Indians. XX. Report of the B. of Ethnology. 1888-1889.
Whashington, 1893, ps. 495, 496 y 773).
Este concepto equivale al del «doble espíritu», al cual ya nos
hemos referido. Se cree que todo ser, junto al espíritu que anima
su cuerpo, tiene otro que es su verdadero espíritu perenne y se
piensa que subsiste aún después de muerto el cuerpo con el espí�
ritu en él incorporado o encarnado como animador. Los egipcios
representaban junto al cuerpo vivo y fuera de él, al ka, que era el
«doble» del ánima incorporada. La doble línea equivaldría a un
subrayado, con el sentido simbólico de representar el espíritu de
la figura, que en este caso de Punta del Este sería el verdadero
espíritu del triángulo o del rayo. Recordemos ahora los típicos
«triángulos a doble línea» a los cuales ya nos referimos con ante�
rioridad en la página 83. Este detalle simbolista del doble trazo
parece tener el mismo sentido sobrenatural que en el caso de la


En la página 83 de Las cuatro culturas indias de Cuba, Ortiz destaca otras
analogías etnográficas acerca del simbolismo de los triángulos con doble
línea, supuestamente asociados al rayo y al ave trueno.

78
línea recta interna. Un triángulo de dobles líneas en el interior de
la figura de otro triángulo, que es el cuerpo emblemático del pá�
jaro-trueno, puede observarse en ciertos petroglifos de Venezuela
(Mallery, ob. cit., p. 487). También se ve el triángulo sencillo, de
lados unilineales, en otra figura de la Cueva de Punta del Este,
pero no nos detendremos en él.
Este significado sobrenatural puede darse quizás a otra figura
de dicha cueva, en cuyo diseño, de apariencia laberíntica, ciertas
líneas de forma sinuosa van envolviendo con repetidos replie�
gues y paralelamente a dos líneas cruzadas negras, dando una
figura cruciforme de múltiples trazos. En forma análoga se en�
cuentran también figuras cruciformes en numerosos petroglifos
de otros pueblos indios, hasta en Arizona (véase en Mallery, ob.
cit.). Nosotros hemos advertido igual estilo simbólico en varios
dibujos de vasijas procedentes de los indios de Nuevo México
(se exhiben en el National Museum of Washington, D. C.). En
un caso se trata de un pequeño triángulo equilátero en negro del
que emerge una línea recta del mismo color, la cual va plegán�
dose una y otra vez sobre sí misma en líneas angulosas cada vez
más amplias, encerrando totalmente al triangulito central en un
marco de rayas paralelas. En otro caso se trata de un triangulito
en negro con una línea de igual color que, saliendo de uno de
sus lados, se desarrolla en una curva espiral, y así este negro
triangulito como su curvo apéndice caudal están acompañados,
duplicados diríamos, por otro triángulo y otra espiral de color
blanco trazados paralelamente, las líneas blancas al lado de las
negras o viceversa.
En la cueva de Isla de Pinos se ven también representados en
líneas rojas «dos rombos unidos por un vértice»; o sea, el símbolo
estilizado de la doble hacha del rayo y su zigzagueo, tal como se
ve en la Cueva del Zemí, de La Patana, Maisí, Cuba, según ha
indicado el doctor Royo.
Según el mismo doctor Royo, círculos con otro círculo interno
y un aditamento exterior, semejante a una oreja, se han encontra�
do en Texas, donde se estiman como «símbolos de agua», y los

79
hay también en Punta del Este, y así mismo en las pictografías de
Puerto Rico y de San Vicente.
Otro núcleo de doce círculos concéntricos, negros (fig. 153)
que no ha sido reproducido en el «Informe...» de Herrera-Fritot,
muestra la singularidad de tener los círculos ocho y nueve cor�
tados, formando dos aberturas simétricas, una de ellas ocupada
por un breve signo rectilíneo, el cual, arrancado de la línea diez,
penetra entre las ocho y nueve, las que unidas entre sí por sus
extremos forman como dos elementos que abren paso al emble�
ma incidente. El dibujo parece ser un símbolo del año solar y sus
doce meses. Si a cada línea correlativa le atribuimos el nombre de
un mes de nuestro calendario, comenzando por el círculo menor,
el signo incidente corresponderá a octubre, penetrando entre los
meses de septiembre y agosto. El equinoccio de otoño; los meses
de los grandes vientos y ciclones, y el peor de ellos el de octubre,
para la latitud de Isla de Pinos.
Esta pareja de semicírculos dobles y unidos entre sí por las
extremidades, dejando entre ambas dos aberturas simétricamente
colocadas y recíprocamente opuestas, es un motivo que se en�
cuentra en otros países. Y también con el tercer elemento inci�
dente el cual en este caso y otros es una simple línea, y a veces
un triángulo, un petaloide, una saeta u otra forma puntiaguda aná�
loga. Véase ya ese motivo simbólico en adornos o amuletos de
concha hallados en Luquillo, Puerto Rico (Hostos, ob. cit., p. 40)
y en un estampador de barro de la colección del arzobispo Merino
(Fewkes, pl. LXXXVI-B).
Por estos datos y por las semejanzas ideológicas y a veces
morfológicas de ciertas figuras de la cueva pinera con otras de
San Vicente, que se ven en Huckerby y otros arqueólogos, parece
prudente situar esos restos indígenas de Isla de Pinos en el estrato
mesolítico de las culturas antillanas y, en cuanto a Cuba, en la hoy
llamada ciboney. Sin embargo, no hay que olvidar el hecho de
que no ha sido hallado en la cueva ningún artefacto típicamente


Figura 33 en nuestro texto.

80
ciboney sino guanajatabey y que, por lo tanto, es muy tentadora
la conjetura de clasificar la cueva y sus pinturas en esta última
cultura. En rigor, emblemas tan simples, compuestos por círculos
concéntricos, espirales, triángulos, cruces y sencillísimos dibu�
jos lineales, se hallan, iguales o muy parecidos, en muchas otras
regiones de América y de otros continentes. Por lo cual podrá
pensarse, creemos que sin desacierto, que precisamente por su
sencillez lineal y simbólica esas pictografías responden a un mis�
mo nivel de cultura primitiva, el cual ha tenido manifestaciones
semejantes en muchos países, por ser iguales los motivos reales
que las inspiraban y con idénticas posibilidades imaginativas.
Parece haberse notado cierta incongruencia anacrónica entre
el utillaje de la Cueva de Isla de Pinos que allí ha sido encontrado
en las visitas de estos años y las pinturas lineales y bicromáticas
del techo. El instrumentario es muy bajo y se cree que el decorado
mural es muy superior. Algunos ven que aquél es guanajatabey y
que éste es taíno y aún más elevado. Opinamos que hay alguna
exageración en este juicio. Pero, puesto que no podemos aceptar
que las expresiones del arte rupestre en las Antillas, ni aun en
América, tengan que ser iguales al cavernario de España y Fran�
cia, por ejemplo (pues tendríamos que conceder a los paleolíticos
de América un arte como el maravillosamente realista de la Cue�
va de Altamira, por otro ejemplo); no hay que pensar que el arte
de los pintores de Isla de Pinos, reducidos a líneas geométricas
y sin intentos biomórficos, pueda ser tan adelantado como el de
los taínos y ni muy apartado del de los guanajatabeyes, el cual
no conocemos. Los motivos lineales bicromáticos de la cueva no
son mucho más avanzados que los que usan los salvajes indígenas
australianos en sus churingas y ceremonias. Precisamente en los
churingas sus principales dibujos son líneas concéntricas de dos
colores, como las del templo de Isla de Pinos. No creemos, pues,
que el arte rupestre indopinero revele una cultura superior.
En los frescos de Isla de Pinos el arte pictórico no ha pasado
de esa primera fase que para el arte sacro paleolítico definen los
paleoetnógrafos como lineal, ya que todos los dibujos observados

81
están constituidos por simples trazos lineales. No hay figuras mo�
deladas; ni tampoco las hay realmente policromas, pues la poli�
cromía de los dibujos pineros se observa, a veces, apreciándolos
en el conjunto de su composición por líneas de sendos colores,
rojo y negro; pero no por integración de varios colores en una
misma línea o elemento pictórico. El arte del templo de Punta
del Este, todo él simbolismo y sin esfuerzo realista, trata de re�
presentar por emblemas simples y casi exclusivamente lineales
y geométricos sus conceptos de lo sobrenatural, quizás antropo�
morfizados o zoomorfizados en los mitos de sus mentes, pero no
en las expresiones plásticas de su arte.
Es verdad que el material del residuario del templo aparece
como arcaico o guanajatabey. Recordemos que, según los con�
quistadores, la Isla de Pinos tenía entre los indios cubanos el
nombre de Guanaja, y según fray Pané, Guanara, que quiere de�
cir «lugar apartado». Parecido a ese ajuar arcaico o guanajata�
bey debió de ser el de los primitivos indios, hasta que su larga
sedimentación en las islas grandes, de abundante comida y fácil
agricultura, los hizo progresar. Si juzgáramos por la arqueología
europea, diríamos que las pinturas de la cueva no están en un esti�
lo naturalista; pertenecen a una época de iniciación metafísica, de
simbolismo y estilización, sin preocupaciones estéticas, pintura
precalística, como se dijo en caso análogo; por lo cual, aunque
salidos de la primera fase de la expresión imaginativa, no han pa�
sado de la segunda. Apenas han entrado en ella y no han llegado
a los niveles de los taínos, donde la técnica, la morfología y los
temas alcanzan ya una ejecución escultórica sorprendente por su
expresión estética.
Acaso la cueva fue habitada por guanajatabeyes y no por sus
sucesores, digamos los ciboneyes, y éstos se limitaron a conver�
tirla en templo para ciertas ceremonias de carácter extraordinario
y propiciatorias de lo sobrenatural.
Esa gruta sagrada de Punta de Este podría ser como un santua�
rio. Su carácter de templo no está solo en los frescos de la bóveda
y sus simbolismos siderales y cronológicos, sino en su altar (hoy

82
desaparecido), en sus claraboyas perpendiculares, cilíndricas y
rodeadas de símbolos, en su cripta funeraria situada en el fondo
tenebroso de la caverna, y en la posición de su portal hacia el Este,
por donde penetraban los primeros rayos del Sol y de la Luna y
acaso de Venus en sus apariciones ortivas de ciertas fechas anua�
les, etcétera. Pero el templo de Punta del Este podría ser como las
arcaicas grutas de Grecia, como santuarios establecidos en caver�
nas naturalmente excepcionales, lejos de las poblaciones, a donde
iban los creyentes en peregrinación durante ciertas épocas del año
para practicar ritos mágicos en relación con las estaciones y los
movimientos astrales.
Punta del Este ofrece ciertos caracteres topográficos extraordi�
narios, por su posición meridional y oriental extrema, al final de
una larguísima playa que corre por el sur de la isla, y por su proxi�
midad al curioso y sorprendente fenómeno de las olas rugientes
y espumosas, pese a la calma aparente del mar, sobre el invisible
veril submarino que sigue paralelo a lo largo de toda la costa. Los
indios pescadores y navegantes al descubrir la gran gruta de esa
punta geográfica, que es como un Finisterre antillano, la hicieron
templo de sus dioses, de la manera en que los cristianos sobre
esa cripta natural habrían edificado una iglesia a Santa María del
Mar o a la Virgen de la Cueva. Y sus artistas, astrólogos, sacerdo�
tes y magos, fijaron en su techo un sistema de pinturas, las cua�
les, más que ornamentales, constituían un complicado aparato de
signos jeroglíficos que, animados por rituales ceremonias mági-
cas, influían en la propiciación de los movimientos sidéreos y me�
teóricos.
Probablemente ni siquiera eran ciboneyes los cadáveres que se
encontraron y destruyeron los buscadores de guano en la oquedad
más profunda de la caverna, mucho antes de 1922; pero nada se
puede afirmar sobre esto. El estado de profunda remoción en que
estaba el suelo de la Cueva de Punta del Este, ya en 1922, después
de haberse sacado el guano, de haberse excavado en busca de te�
soros y de minas de cobre (sic), después de haberse disparado en
ella sendos barrenos, y después de haber sido habitada reiteradas

83
veces en épocas distintas por gente de diversas razas, hace im�
posible apreciar debidamente el valor arqueológico estratigráfico
del suelo en aquel recinto. Observemos también que, aun cuando
el utillaje hallado en dicha cueva sea de tipo paleolítico, pudo
muy bien no ser coetáneo de los dibujos y haber quedado en el
suelo, cubierto por tierra, como en un residuario cualquiera, si
es que los guanajatabeyes habitaron la caverna, cosa que pudo
ocurrir, antes de que la gruta fuese templo; o sea, antes de que
los ciboneyes hicieran de ella un santuario y lo exornaran con
su arte. También puede suponerse que el hipotético anacronismo
entre el utillaje del suelo y las pinturas del techo fuese debido
a que la cueva, templo ornamentado por los ciboneyes, hubiese
sido abandonada por el pueblo que la pintó para sus ritos y que
luego la ocupara alguna oleada de guanajatabeyes de la misma
isla o fugitivos de Cuba cuando la conquista. La Isla de Pinos ha
sido siempre refugio de gente huidiza: indios, negros, piratas y
forajidos. Y, por ello, la apartadísima Cueva de Punta del Este ha
sido habitada muchas veces, como lo demuestran ciertas burdas y
antiguas pinturas ininteligibles y hasta letras que observamos en
su margen izquierdo y a la altura manual, cuando la visitamos en
1922. Entonces pensamos que la caverna fue centro y asilo seguro
de piratas contra enemigos y ciclones, y aún lo creemos. Y si el
recinto fue habitado repetidamente por blancos y negros es muy
difícil que allí quedara ídolo ni objeto típico alguno de cierto arte
o figura que excitara la curiosidad codiciosa, lo cual no ocurría
con los muy rústicos objetos indios que allí hemos visto.
No estará de más, con referencia a la calificación cultural de
los dibujos de la Cueva de Punta del Este y a su semejanza mor�
fológica con los petroglifos susodichos, citar la siguiente opinión
de Ch. D. Gower: «En conexión con el arte religioso de las Anti�
llas es necesario considerar los petroglíficos que se han visto en
muchas islas, en las Bahamas, las Antillas, Mayores y Menores.
Igualmente en la Guayana y Venezuela. No se ha hecho una com�
pleta comparación de tipos todavía, quedando por establecer la
identidad de los artistas. Los de las Antillas Menores y del sur de

84
tierra firme están situados generalmente al aire libre, frecuente�
mente a lo largo de los ríos».
En las Bahamas, el único de que se ha hecho mención estaba en
una cueva, pero en su tipo se semejaba extraordinariamente a los
petroglifos de la Guayana Inglesa. En Santo Domingo también se
encuentran los dibujos sobre muros de las cuevas. En Puerto Rico
se han hallado dibujos grabados en los muros de las cavernas o
sobre rocas solitarias al aire libre y sobre piedras que forman un
cercado en un contorno dedicado a ceremonias. Aunque su mayor
incidencia en las Antillas ha llevado a ciertos autores a suponerlos
obra de los caribes, la conexión directa con el «juego de bolas»
en Puerto Rico, su ocurrencia en las Antillas Mayores en cuevas
donde ejercían su culto los taínos, y su extensión en el interior de
las Bahamas, donde los caribes probablemente jamás penetraron,
junto con ciertas apariencias de extrema antigüedad, todo parece
indicar una conexión con una cultura más antigua que la caribe.
Schomburgk y Hamy atribuyeron los grabados rocosos a un anti�
guo substractum centro americano en las Antillas; pero la mayor
semejanza es con los grabados rocosos de Sur América y ninguna
extensión de este rasgo se encuentra en la parte sureste de Norte
América (Charlotte D. Gower, The Northern and Southern Affi-
liations of Antillean Culture, 1927, ps. 38 y 39). Como se nota,
se rechaza la hipótesis de que tales petroglifos sean caribes y se
indican sus «apariencias de extrema antigüedad», lo cual está en
concordancia con la tesis de que los consabidos símbolos gráficos
de Isla de Pinos corresponden a una cultura como la ciboney y
acaso la guanajatabey.
En síntesis, opinamos que el arte rupestre de Isla de Pinos pa�
rece propio de una cultura muy ligada por sus simbolismos y su
técnica lineal con el de las pictografías de San Vicente, Haití y
Puerto Rico. Su situación en la nueva estratigrafía cultural anti�
llana parece estar con los indios ciboneyes, aun cuando nuevos
datos y razones podrían bajarla a otro nivel más inferior.

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89
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Hacia una arqueología social, Óscar M. Fonseca, Ed., Actas
del Primer Simposio de la Fundación de Arqueología del Ca�
ribe.

90
Anexos

I*

Habana, 24 de mayo de 1922


Sr. Presidente de la Academia de la Historia de Cuba, Ciudad

Señor: Como miembro de número de esta Institución me com�


plazco en comunicarle haber efectuado en la Isla de Pinos el des�
cubrimiento de los restos de un templo precolombino.
Estoy actualmente estudiando, clasificando e interpretando
arqueológicamente algunos de los objetos hallados así como las
pictografías que se conservan, y estimo que por la novedad de
lo descubierto será de interés para la Academia un informe por�
menorizado, que a mi modesto juicio hará posible la proposi�
ción de algunas interesantes deducciones paletnológicas.
Aunque habré de tardar algún tanto en ultimar el trabajo, no tan-
to por lo breve del tiempo que mis ocupaciones me permiten de�
dicar a estos agradables estudios, como por la necesidad de un
cuidadoso análisis comparativo, se requiere una muy amplia base
de documentación extranjera, aquí no siempre fácil de adquirir.
En mi informe daré cuenta de la localización del monumento
arqueológico, de los objetos, pinturas, etcétera.
Hoy me limito a dar cuenta oficialmente del descubrimiento y
de apuntar algunas de sus posibles derivaciones prehistóricas, las
*
Tomado de Herrera Fritot: ob.cit., p. 32.

91
cuales son: 1º Comprobación de la población prehispana de Isla de
Pinos. 2º Identidad de su civilización con la del occidente de Cuba,
probablemente Ciboney. 3º Unidad etnológica de los pobladores
con los de la América continental. 4º Su religión astrolátrica º5.
Su arte en la fase primitiva o precalística. 6º Primer monumento
rupestre de la zona occidental del Archipiélago Antillano.
Ruégole se sirva comunicar la presente a la corporación, y re�
cibir el testimonio de mi alta consideración y estima personal.

(fdo). Fernando Ortiz


II*
Imágenes de la Cueva del Templo.

*
Las fotos con las siguientes numeraciones fueron realizadas por Ulises M.
González, en trabajos de campo efectuados en el sitio arqueológico durante
el año 2001: nos. 1, 2, 3, 4, 5, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 18 (Fondo: Ins�
tituto Cubano de Antropología).
Las fotos con las siguientes numeraciones fueron realizadas por Fernando
Ortiz durante su segunda exploración a la Cueva del Templo, en 1929: nos.
17, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32 (Fondo: Instituto de
Literatura y Lingüística). Y las fotos que tienen estas numeraciones pertene�
cen a los fondos del Instituto Cubano de Antropología: nos. 33, 34, 35, 36,
37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47.
Se utilizaron citas de Ortiz en los pies de foto tomadas de su informe inédito
«La Cueva del Templo», y del capítulo complementario «Las culturas indias
de Isla de Pinos», con el objetivo de ilustrar detalladamente al lector, inten�
tando hacer coincidir las descripciones del sabio etnólogo con las imágenes
más recientes.
He recorrido la vida cubana hasta sus cavernas. Viví, leí, escri-
bí, publiqué, siempre apresurado y sin sosiego, porque la fronda
cubana es muy espesa y casi inexplorada. Yo, con mis pocas fuer-
zas, no podía sino abrir alguna trocha e intentar derroteros. Así
ha sido toda mi vida. Nada más.
Fernando Ortiz

Tomado de: Luis F. Báez Hernández, Los que se quedaron, 2008


Figura no.1. Cayo de las Jutías visto desde el sureste de la playa de Punta del
Este.
La Cueva del Templo de Punta del Este está, como las otras dos que exploramos,
cerca del fondeadero llamado de «Punta del Este», en la playa frente al Ca-
yo de las Jutías que lo resguarda y le da abrigo (Ortiz: informe inédito).
Figura no. 3. Vista de la entrada de la Cueva del Templo, tomada desde el inte�
rior del recinto en la actualidad.
Esa gruta sagrada de Punta de Este podría ser como un santuario. Su carácter
de templo no está sólo en los frescos de la bóveda y sus simbolismos siderales
y cronológicos, sino en su altar (hoy desaparecido), en sus claraboyas perpen-
diculares, cilíndricas y rodeadas de símbolos, en su cripta funeraria situada al
fondo tenebroso de la caverna y en la posición de su portal hacia el Este, por
donde penetraban los primeros rayos del Sol y de la Luna y acaso de Venus en
sus apariciones ortivas de ciertas fechas anuales, etcétera (Ortiz, 1943: 134).
Figura no. 2. Boca de entrada de la Cueva del Templo, hoy Cueva no. 1 de
Punta del Este.
La boca se abre al sudeste, teniendo unos cinco metros de ancho por unos tres
de alto, en forma que permite a la luz del día entrar a raudales en el antro
(Ortiz: ibídem).
Figura no. 4. Interior de la espelunca.
El interior se desarrolla en forma irregular, más bien hacia el lado izquierdo
de la entrada, formando oquedades en forma de nichos o capillas separados
unos de otros por gruesas masas de la roca (Ortiz: ibídem).
Figura no. 5. Restos de un diseño conformado por círculos concéntricos.
No hay figuras modeladas; ni tampoco las hay realmente polícromas, pues
la policromía de los dibujos se observa a veces apreciándolos en el conjunto
de su composición por líneas de sendos colores, rojo y negro; pero no por
integración de varios colores en una misma línea o elemento pictórico (Ortiz,
1943: 133).
Figura no. 6. Mural de círculos concéntricos en la bóveda de la espelunca.
Las pinturas cubren el techo de la Cueva del Templo, especialmente en su
centro y hacia el lado izquierdo, lo cual pudiera atribuirse a una más perfecta
formación en su parte del revestimiento calcáreo sobre el cual las pinturas se
hacían con mayor facilidad y lucimiento, y a la menor altura que ahí tiene la
bóveda de la gruta, sin embargo, recurriremos al hecho de que tales pinturas
están casi todas en el techo, y unas pocas en las paredes, pero siempre en lo
alto (Ortiz: informe inédito).
Figura no. 7. Todos los dibujos están formados por líneas de un centímetro a
un centímetro y medio de ancho, lo cual da una gran uniformidad de estilo
a las pinturas. El ancho patrón es el de un centímetro; pero las imperfecciones
en la ejecución por defectos de técnica o imprecisión del artista y rugosidades
de la superficie estalagtítica, hacen crecer algunas veces el grosor de las lí-
neas a centímetro y medio (…) (Ortiz: ibídem).
Figura no. 8. Diseño cruciforme de la Cueva del Templo.
Los dibujos podemos clasificarlos en simples y compuestos, los cuales, como
sus nombres indican, serán respectivamente aquéllos integrados por un solo
motivo decorativo o ideográfico y aquéllos en cuya comparación entran va-
rios. Al exponer los dibujos catalogaremos entre los simples aquéllos que están
completamente separados de los otros, salvo un nexo de relación por nosotros
ignorado (…) (Ortiz: ibídem).
Figura no. 9. Pero lo más interesante del descubrimiento arqueológico fue la
gran cantidad de pinturas en la Cueva del Templo (Ortiz: ibídem).
Figura no. 10. Son los dibujos más abundantes en la Cueva del Templo y hasta
pudiera pensarse si los arcos concéntricos sólo son circunferencias concéntri-
cas en parte borrados (…) (Ortiz: ibídem).
Figura no. 11. No hemos notado sino en muy pocos casos defectos por corri-
miento de la pintura y deficiencia en la ejecución. Todas las pinturas aparecen
dibujadas con cuidado y sólo podría citarse algún error por confusión de lí-
neas. Quizás algún caso de aparente error no sea sino voluntario trazado de
un tipo mixto (Ortiz: ibídem).
Figura no. 12. Las circunferencias concéntricas bicolores son, por lo general,
formadas por líneas alternativas de ambos colores y todas del mismo ancho,
que repetimos, es el único modo en las decoraciones de la Cueva del Templo; en
algún caso se hallan varias circunferencias seguidas de un mismo color, dentro
de otras sucesivas de color distinto. Pero no tenemos a nuestro alcance datos
más completos para pormenorizar esta distinción (Ortiz: ibídem).
Figura no. 13. La rápida exploración que sobre el terreno pudo hacerse nos
demostró que las pinturas murales son más de cien, en su mayor parte for-
madas por circunferencias concéntricas, en color negro o rojo o en ambos
colores combinados, ora formando figuras aisladas o en complicadas uniones,
de misteriosa significación (Ortiz: ibídem).
Figura no. 14. Afectaciones en los diseños a causa de microorganismos que
colonizan las paredes y la bóveda de la Cueva del Templo.
Otros pocos arcos concéntricos hemos observado; pero bien pudieran ser
fragmentos de otros dibujos formados por circunferencias concéntricas, que
es el tipo predominante en la Cueva del Templo (Ortiz: ibídem).
Figura no. 15. Meteorización de las superficies, presencia de musgos, algas,
líquenes y hongos constituyen en la actualidad un gran peligro para el legado
aborigen de La Cueva del Templo.
Figura no.16. Pictografía central de la Cueva del Templo, hoy Cueva no. 1 de
Punta del Este; dibujo expuesto por Herrera Fritot en su informe (Fritot, 1938: 55).
El dibujo más notable está casi en el centro de la bóveda. Se compone prime-
ramente de un fondo formado por numerosas líneas concéntricas alternativa-
mente rojas y negras. Precisamente son veintiocho rojas y veintiocho negras,
las cuales bien pudieran representar conjuntamente el mes lunar, tal como de-
bieron de concebirlo aquellos hombres primitivos, con veintiocho días (rojos)
y veintiocho noches (negras); no como científicamente es, alrededor de veinti-
nueve días y medio (Ortiz, 1943: 125).
Figura no. 17. Ortiz y sus acompañantes en el túnel de trece metros de largo
que se prolonga por el lado derecho de la cueva.
Al fondo, frente a la entrada, se inicia una galería de tres a cuatro metros de
ancho, que se va estrechando y termina a pocos metros en una revuelta hacia
la derecha. El costado derecho forma más suaves ondulaciones desde la gale-
ría interior hasta la entrada (Ortiz: ibídem).
Figura no. 18. Claraboya central de la Cueva del Templo.
Todas son perpendiculares, y cilíndricas, de igual diámetro desde su apertura
inferior hasta la superficie exterior, atravesado el techo abovedado de la gru-
ta, en un espesor de dos metros. El tragaluz mayor está prácticamente en el
centro del recinto, otro pequeño se abre entre aquél y la entrada. Y los otros
cuatro, frente a las cavidades del costado occidental. Sólo la galería al fondo
de la cueva carece de luz, y allí tuvimos que utilizar las lámparas de petróleo
y eléctricas para la exploración (Ortiz: ibídem).
Figura no. 19. Fernando Ortiz parado justo debajo de la claraboya central, en
la Cueva del Templo.
Figura no. 20. Pictografía central de la Cueva del Templo.
Ésta es la pintura más compleja de las que decoran la bóveda de la gruta
misteriosa. Compónese de un sistema de circunferencias concéntricas que son
base de toda la figura de un metro y medio, aproximadamente, de diámetro
máximo. Habrá unas circunferencias en ese trazado básico –todas en negro.
Los demás elementos son superpuestos constituidos por cuatro tipos de circun-
ferencias concéntricas de pocas líneas cada una, simétricamente colocados,
en tinte rojo y de tres elementos únicos en la Cueva del Templo, que en cierto
modo rompen con el estilo general (Ortiz: informe inédito).
Figura no. 21. Detalle de los diseños flechiformes en la pictografía central de la
Cueva del Templo. Nótese la reconstrucción en el dibujo realizado por Herrera
Fritot en 1938.
Éstos son también en rojo: (a) un triángulo doble formado por dos triángulos
isósceles de lados paralelos; un triángulo muy abierto de lados casi curvilí-
neos que va de una a otra de dos de los pequeños dibujos concéntricos rojos
ya señalados, y (b) de un inmediato dibujo análogo al triangular que hemos
referido, pero con una especie de mango o asta, que lo hacen asemejar a una
punta de flecha o lanza. De los dos triángulos de este motivo (c), el interior
está cerrado y el exterior abierto por su base, que se une a dos líneas paralelas
que forman el asta susodicha, por entre los cuales pasa una línea sola central
Figura no. 22. Obsérvese el diseño geométrico en la parte inferior de la foto�
grafía.
Figura no. 23. (…) alguna interpretación simbólica de esas pinturas puede
variar según la posición o plano de relatividad en que se entiendan situados
los elementos lineales del símbolo (Ortiz: ibídem).
Figura no. 24. Obsérvese el diseño de círculos concéntricos al centro de la
fotografía.
Figura no. 25. Todo el resto del techo de la cueva está lleno de estas figuras de
anillos concéntricos, dando la impresión de un mapa astronómico en el cual
se han querido representar los cuerpos estelares y sus posiciones, magnitudes
o movimientos en la bóveda celeste (Ortiz, 1943: 126).
Figura no. 26. En los frescos de Isla de Pinos el arte pictórico no ha pasado de
esa primera fase que para el arte sacro definen los paleoetnógrafos como li-
neal, ya que todos los dibujos observados están constituidos por simples trazos
lineales. No hay figuras modeladas; ni tampoco las hay realmente policromas
(Ortiz, 1943: 133).
Figura no. 27. Son, como es natural suponer, los más interesantes de la Cueva
del Templo. Por su trazado firme, por la combinación de colores, por los ele-
mentos en algunas de ellas, claramente superpuestos, por la complejidad de
líneas dentro del estilo general curvilíneo que caracteriza todos los óleos de
esta gruta (…) (Ortiz: informe inédito).
Figura no. 28. El sentido cronológico de los círculos concéntricos en ciertas
figuras ya lo apuntaron Mallery en Norteamérica y Martínez del Río en la
América del Sur (Ortiz, 1943: 125).
Figura no. 29. Entre los egipcios, el tiempo fue una línea que volvía sobre sí
misma. La eternidad era el círculo (Ortiz, ibídem).
Figura no. 30. Todos los dibujos son rigurosamente lineales y preferentemente
curvilíneos y formados por círculos concéntricos del mismo color o de ambos,
con alternancia casi siempre regular (Ortiz, ibídem).
Figura no. 31. Obsérvese el diseño pictográfico de círculos concéntricos lo�
calizado en la parte inferior de la fotografía, muy deteriorado por el paso del
tiempo.
Figura no. 32. Fragmento de diseño con círculos concéntricos donde se aprecia
la destrucción del soporte cársico del recinto; obsérvese las cicatrices y rajadu�
ras ocasionadas en la pared.
Figura no. 33. Dibujo simbólico en la bóveda del templo de la Cueva de Punta
del Este (Ortiz, 1943: 176).
Este dibujo (figura no. ii-i) llamado por los excursionistas que exploramos la
Cueva del Templo el laberinto por su configuración aparente, pero si bien se
observa, nada tiene de laberíntico el trazado, estando formado de las típicas
circunferencias concéntricas rotas en forma muy significativa. Es una de las
pinturas mejor conservada de la gruta. Esta pintura, única de la que pudimos
obtener fotografía, aunque imperfecta, está formada por doce circunferencias
concéntricas, todas pintadas en negro.
Las circunferencias octava y novena están rotas en dos lados a un extremo y
otro del eje central de la pintura, unidas ambas en uno y otro lado por una
corta línea recta que forma como una abertura comprendida entre las dos figu-
ras semicirculares que resultan (…). La perfecta conservación de esta pintura,
la seguridad de sus trazos, su configuración única, y su evidente propósito
simbolista, hacen que sea una de las pinturas más sugestivas de la Cueva del
Templo (Ortiz: informe inédito).

Esta pictografía no se puede hallar en la actualidad en los murales pictográficos


de la Cueva no 1, pues sus trazos se borraron posiblemente con posterioridad a
las visitas realizadas por Ortiz al recinto en la década de los veinte del pasado
siglo; tampoco se ha podido localizar la foto de que se hace mención.
Figura no. 34. Cuchillos-raspadores de concha exhumados frente a la Cueva
del Templo, durante las excavaciones realizadas por el Departamento de Ar�
queología de la Academia de Ciencias de Cuba, en 1969.
Puñales. Unos cinco trozos de concha de forma característica, que hasta aho-
ra no habíamos visto, y que por sus perfiles, punta aguzada y tamaño, pueden
proponerse hipotéticamente como puñales. No hay que olvidar que en estas
playas indianas algunas formas de la edad paleolítica se presentan construi-
das en trozos de concha, de las muchas y grandes de estos mares (Ortiz: in�
forme inédito).
Figura no. 35. Gubias de concha exhumadas frente a la Cueva del Templo,
durante las excavaciones realizadas por el Departamento de Arqueología de la
Academia de Ciencias de Cuba, en 1969.
Gubias. Iguales a las que Cosculluela y el autor de estas líneas hallaron en
los mounds y conchales de la Cienaga de Zapata y luego se han descubierto
en Oriente por Harrington, quien las ha determinado como características
de la cultura ciboney en Cuba. Ocupamos en la Cueva del Templo diecisiete,
algunas conservando el filo típico de estas herramientas de concha. Otras lo
han perdido por fractura, desgaste por el uso o destrucción por acción del
tiempo (Ortiz: ibídem).
Figura no. 36. Picos de mano y gubias en proceso de elaboración exhumados
frente a la Cueva del Templo durante las excavaciones realizadas por el Depar�
tamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba, en 1969.
(…) esos trozos de concha triangulares y curvos son gubias si tienen corte ar-
tificialmente hecho, pero que pueden ser cucharas o pequeños recipientes para
sustancias impropias de conservarse o manipularse en güiras o calabazas,
cuando no tienen filo alguno, y se observa que llegan hasta el borde superior
de la superficie plana de la valva (…) (Ortiz: ibídem).
Figura no. 37. Platos de concha exhumados frente a la Cueva del Templo du�
rante las excavaciones realizadas por el Departamento de Arqueología de la
Academia de Ciencias de Cuba, en 1969.
Figura no. 38. Martillos de concha, obtenidos a partir del labio del Strombus
sp. Fueron exhumados frente a la Cueva del Templo durante las excavaciones
realizadas por el Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de
Cuba, en 1969.
Más que de un hacha con filo, el arma resultante vendría a ser una maza, pues
el trozo de concha en vez de corte tiene ese borde duro y grueso, propio para la
percusión violenta. Este ejemplar muestra alguna fractura o astilla producida
por golpe (Ortiz: ibídem).
Figura no. 39. Fragmentos de cuarzo hialino exhumados frente a la Cueva del
Templo durante las excavaciones realizadas por el Departamento de Arqueolo�
gía de la Academia de Ciencias de Cuba, en 1969.
Figura no. 40. Material lítico exhumado frente a la Cueva del Templo durante
las excavaciones realizadas por el Departamento de Arqueología de la Acade�
mia de Ciencias de Cuba, en 1969.
El examen rápido y superficial en los citados montones de escombros a ambos
lados de la entrada de la Cueva del Templo, así como una búsqueda en el suelo
removido de la caverna y en la Cueva del Taller, nos proporcionaron un buen
número de objetos arqueológicos, que pudieron clasificarse como sigue:
Eolítos: Piedras no talladas intencionalmente o al menos según modelos.
Pueden hallarse doquiera la naturaleza misma los forme por el juego de sus
fuerzas, de modo que es sumamente difícil en los raros casos en que nos será
totalmente imposible determinar si un eolíto es obra humana o producto extra-
humano, simplemente natural ajeno a todo artificio. Esto no quiere decir que
se niegue el uso por el hombre primitivo de piedras naturalmente adecuadas
para determinados trabajos (percusiones, raspados, etcétera) y hasta retoca-
das para su fácil manejo o sujeción a un astil (…) (Ortiz: ibídem).
Figura no. 41. Mapa donde se muestra la ubicación de los sitios arqueológicos descubiertos en la región más occi�
dental de Cuba, en la década del treinta del pasado siglo (Ortiz y Segeth, 1935). En el mismo nos hemos tomado
la licencia de enmarcar a doble línea el cabo de Punta del Este, cuya localización se dio a conocer por vez primera
en la segunda edición ampliada de la obra Historia de la arqueología indocubana.
Figura no. 42. Ficha no. 3 del informe de Fernando Ortiz (Fondo: Instituto de
Literatura y Lingüística).
Figura no. 43. Ficha no. 74 del informe de Fernando Ortiz (Fondo: Instituto de
Literatura y Lingüística).
Figura no. 44. Trabajos arqueológicos frente a la Cueva del Templo.
Figura no. 45. Reconstrucción de los murales pictográficos.
Figura no. 46. Trabajos de restauración en la Cueva del Templo.
Figura no. 47. Trabajos de restauración en la Cueva del Templo.