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En la universidad y en la ciudad

Esta elección repercutía en su trabajo, lo que suponía ya una excepción. Aunque


participaba en las nuevas tendencias «teóricas» en el ámbito de los estudios literarios, que se
oponía al anterior enfoque exclusivamente biográfico, histórico o estético de los textos, tomaba
distancias al respecto y hablaba de ellas con cierta sorna. Lo explicó en varios textos que reuniría
en 1983 en un volumen con un título revelador: El mundo, el texto y el crítico.[4] Veinte años
después, en el prólogo a su último libro de artículos sobre literatura, Reflexiones sobre el exilio,
recordaba este momento de la historia de nuestra profesión: «En el momento en que la “teoría”
hacía conquistas intelectuales en los departamentos de inglés, de francés y de alemán de Estados
Unidos, el concepto de “texto” se había convertido en algo casi metafísicamente apartado de toda
experiencia».[5] También yo había promovido esos enfoques en ciencias humanas que
llamábamos «estructuralismo» o «semiótica», enfoques que creíamos que nos permitían analizar
mejor los textos, pero que es cierto que tenían poco en cuenta el otro término que aparece en el
título de Said, el mundo. En la época de la que hablo, hacia 1977, esta situación había empezado
ya a molestarme, sobre todo porque desde hacía varios años estaba convencido de que debía
mantenerse cierta continuidad entre el ser y el pensar^ entre la existencia y el trabajo, y por eso
me sentía cómodo con las críticas que Said empezaba a dirigir a sus compañeros «teóricos».

Las experiencias que me empujaron en esta dirección fueron exclusivamente personales:


el hecho de que en 1973 me nacionalizara francés y la llegada al mundo de mi primer hijo, en
1974. En e* caso de Said fue muy diferente. El acontecimiento que modificó su manera de pensar
fue la guerra de los Seis Días, en 1967, un enfrentamiento en el que los palestinos y los egipcios
fueron vencidos y, lo que es más grave, humillados. La familia de Said, acomodada y de religión
cristiana, vivía en El Cairo, y Said vivía en Estados Unidos desde 1951. Hasta 1967 todavía no había
adoptado una perspectiva política. Después de esta fecha se sintió implicado de forma visceral en
lo que le sucedía a su pueblo de origen, pero decidió que su existencia debía discurrir en dos
planos totalmente separados: en la universidad, en su mundo profesional, no mencionaba sus
orígenes palestinos y estudiaba a escritores europeos y estadounidenses; en la ciudad se implicaba
cada vez más en los asuntos de su patria perdida. Me entero posteriormente de que en 1977 se
unió al Consejo Nacional Palestino, el parlamento en el exilio de este país inexistente. No me lo
contó porque yo no formaba parte de ese mundo.

Su compromiso político era un tema personal. Sus padres no sólo no lo animaron, sino que
intentaron disuadirlo. Said contaba que en 1971 su padre le advertía en el lecho de muerte: «Tu
profesión es la literatura. ¿Por qué te metes en política? Te arriesgas a que te den palos». También
su madre, que murió veinte años después, le hacía siempre la misma recomendación: «Vuelve a la
literatura. Nada bueno puede salir de la política árabe». Pero Said observaba en 1998 que «por mi
parte, no he sabido llevar una vida sin compromiso, retirada. No dudé en declarar mi filiación a
una causa extremadamente impopular».[6]
Sin embargo, en el momento en que nos conocimos había ya encontrado una manera de
acercar y enlazar los dos hilos de su existencia. £1 analista de obras de la literatura occidental y el
exiliado palestino habían descubierto un terreno común. Said estudiaría el discurso occidental
sobre Oriente, lo que él llamaba el «orientalismo», término que daría título a un libro suyo
publicado en 1978 que marcaría otra ruptura en su itinerario (tras la de 1967). En lo sucesivo su
vida y su trabajo profesional podían comunicarse. El libro se traduciría en como mínimo treinta y
seis lenguas e influiría profundamente en el estudio de las relaciones culturales entre metrópolis y
colonias.

La tesis principal de Orientalismo no es, como a veces se ha creído, la necesidad de


rehabilitar de alguna manera un Oriente maltratado por famosos autores europeos, y por lo tanto
de corregir su imagen. Su propósito era mucho más radical, y consistía en decir que «Oriente» no
existía sino como producto, como ficción creada por los occidentales. Esta afirmación se apoyaba
en la constatación de que, de entrada, tanto este término como los que en ocasiones lo
sustituyen, como «árabe» y «musulmán», abarca una variedad de realidades demasiado grande,
dispersas en el tiempo y en el espacio, para que sea posible hacer un uso fructífero de ellas.
Además las sociedades que calificamos de «orientales» jamás han existido de forma aislada, y por
lo tanto es imposible sacar de ellas una esencia pura. Como sucede en todas las demás sociedades,
su cultura es híbrida, producto de gran cantidad de encuentros, intercambios e interacciones. Las
ideas de «Oriente» y de «Occidente» no proceden de que se generalicen los hechos que se
observan en esta parte del mundo, sino de la necesidad de los europeos de cosificar fuera de ellos
su «otro», contrapunto y a la vez territorio que atrae por su exotismo. El discurso que tiene por
objeto «Oriente» nos informa no sobre el mundo oriental, sino sobre los autores de dicho
discurso, que son occidentales. Es lo que ilustran los análisis de Said de textos cuyos autores eran
escritores y viajeros, como Chateaubriand, Nerval y Flaubert; políticos, como Disraeli, Cromer y
Balfour, o estudiosos, como Silvestre de Sacy, Renán e incluso Karl Marx.