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CAPITULO I

EN TORNO A LOS CONCEPTOS DE INFLUENCIA,


PODER Y VIOLENCIA

INFLUENCIA

1. El concepto y sus problemas

Los conceptos de influencia, poder y violencia, igual que el de


legitimidad, aparecen"fuertemente ligados a la teoría y ciencia
polftica desárroíradas por la escuela anglosajona. En otros con-
textos teóricos, su significado en el análisis político ha careci-
do de la profundidad necesaria para su tratamiento sistemático.
En primer término, remitiremos la influencia al mundo o es-
fera social en que dos partes sujetos se relacionan, la una como
influida y la otra como influyente. A estas partes, en cuanto
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sujetos, se les supone racionalidad, emocionalidad y existencia


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en el seno de un contexto social dentro del cual mutuamente


reaccionan. En cuanto al nú¡merorde individuos componentes
de estas partes su jetos, éste puede^varia/ desde la unidad per-
sona natural, hasta él['dé^colectivos de^"n" número ¿le integran-
tes, cualesquiera que sean las íórmas o tipos desorganización

"^«». • ,.^-T--,.- v—,. , -.


an dos .suetos
se verifica cuando " observe "uñare
conducta .que no observaría de no mediar la acción desarrolla
da por "A"
•• * I • -— — -II !•
20 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

Sin embargo, la definición conocida de influencia no da


solución, a mi modo de ver, aun problema básico relativo a su
valor heurístico en la articulación lógica del término. En efec-
to, no señala si a la definición le importa o no la circunstancia
de que el influyente persiga propósitos ocultos o manifiestos
al realizar la acción que determina que el influido observe la
conducta resultante. Además, subsiste el problema de que el
influyente realice ciertas,acciones esperando una conducta "X"
en el influido, aunque éste, contra lo esperado, realice una con-
ducta "Z", que no por producirse corno consecuencia de esas
ciertas acciones pueda, en último término, gesultar disfuncio-
nal a los propósitos del influyente. Incluso, puede darse el caso
de que en una determinada relación se produzcan todos los
factores propíos a la definición de influencia y, sin embargo, el
influyente carezca de intención respecto del influido y la con-
ducta que realiza. Aún más, puede agregarse unjjijtimp proble-
ma, el de establecer el carácter implícito o_expllcito en que la
acción de "A" sobre ' "B"
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manifiesta qué
-..-..,.-.... • .
tipo de conducta
. . .
es-
pera del influido. Todos ' : estos'f''^f'problemas subsisten en la defi-
V**»_ . ., «w¿ * ^ *-w • :**.»*% •
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níción del término, lo que genera ciertas dificultades en su


manejo, tanto en la investigación teórica como en la investi-
gación científica. Por lo demás, desgraciadamente, la ambigüe-
dad es una constante en ciencias sociales.
Son iprecisarnente Ips proWemajs expuestos con relación a
la definición dé influencia los que me han movido, era lo perso-
. . • .. , .' • ' ,i '-:j : 1 3i..'«•:.-•. • • • • •"•".- . ? O v { í ;Rl
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nal, a rechazar la validez teórica'del concepto éri; : el sentido que


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instrumentar, emas, como lo veremos en la unidad córres-
poríáíénte'^ál a£íéricíá1^
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sí qn; .
David -Eastbn asume que él
e p er es una forma de en
que existe instrumentación.
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 21

I ¡dad marginal de sanciones graves; y eso, únicamente en tér-


minos generales.
Sin embargo, es preciso destacar que los estudios y análisis
realizados por estos sectores con relación al concepto de in-
fluencia, han enriquecido notablemente el propio estudio del
poder. Por ello resumiré del modo más breve posible las cues-
tiones básicas que alrededor de este tema se han planteado.
La primera se refiere a las formas de establecer si la influen-
cia existe o no, y cómo se prueba su existencia; Este problema
conlleva demostrar cómoj'dadá una relación entre dos sujetos,
la conducta del influido no es consecuencia real de su volición
libre e independiente, en esa medida, de las acciones del influ-
yente. Esto requiere probar que dicha conducta no se habría
verificado de no mediar las acciones del sujeto agente de la in-
fluencia. En algunos casos será evidente. En otros, por el con-
trario, el margen de dudas puede ser muy amplio, hasta el pun-
to en que el sujeto aparentemente influido esté en realidad
influyendo a través de la simulación.
Un^segundo problema práctico, sobre todo en situaciones
ambiguas, surge de Ja_n¿^dj^^^
qjuién^,Particularmente cuando en una serie extensa de relacio-
nes continuas o discontinuas, de mayor o menor, intensidad,
las influencias tienen^ una dinániiica^Y{>un!ca|4cter reciproco en
el'.• cual es posible que
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los ¿ctórés "estén ir$roduciehdo'en la se-
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de; obediencia y mandato. Así ocurre,¿desde el ángulo socio-:
vv >.-••'"•• ¿«..¿i^^.l$.^^j^«ou&?bii^p!&^i4il*:.^c-y.Je;2tro^ijy..y¿ .
lógico, en. las relaciones entre dos enamorados míe viven el
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llamado ;duelo deli amor ,f en quelas relaciones de influencia
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poder, en el mentido indicado, .se ^nuestran simétricas en su
8manifestación,
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y. no asimefr|cas."^x3moTOTequeriria^JrfTÍdea ig-
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eslablecimiento^dersentido-aetlalnfluencia-BrsaDer quién ^- «¿iP«c*£?i-¿5&
«Q^efimttteWfo%.4ft3»e^
influye a quién, La^uciónposible^oílleva^áesüblecercaso
-or^75«5»VíOf <&.r¿ejnanK:-i? ^•..i^»^s^(^^^^i»í^(&-Jidtíí&sñ^v
por caso, hasta completar una serie consistente que nospermi-
^t^QMiíéítojtiíio^^^es^^ dSiAj cu v
íirá llegar a resultados probabMísticos susceptibles de ser pre-
22 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

sentados porcentualmente dentro de situaciones relativamente


estables.
.EJ. tercer, prgjblemajque se plantea en la relación de influen-
cia, es el de establecer: ¿cuál es la cantidad de influencia que
tiene el influyente sobre el influido?. La pregunta, tal como
está planteada, supone la necesidad de medirla y construir los
indicadores adecuados para un fenómeno intersubjetivo que se
traduce en conductas concretas como expresión de forma res-
pecto de un contenido.
El cuarto gira en torno al ámbito conductual en que la in-
fluencia se manifiesta entre dos o más sujetos. Por ejemplo, un
sujeto "A" ejerce influencia sobre "B" y "C". Sin embargo a
"B" lo influye respecto de cuestiones que tienen relación con
sus gustos artísticos y a "C" en el área de las preferencias elec-
torales.
Es alrededor de estos problemas que la ciencia política, den-
tro de la escuela que comentamos, ha establecido las siguientes
dimensiones con relación a ella.

2. Dimensjones de la mfluencia (poder)


En primer lugar se hace necesaria la aclaración de que al desa-
rrollar el tema dé las dimensiones de la influencia, estamos
haciendo uso del término en su significación de poder,' tarco-
móf lo desarrollaremos más adelante. Desde esa perspectiva,
háy^aqe rescatar la validez jcíe las ^portaciones de .esta escuela.
Lo*o que< aquJT
aquí aíré^Qff/valdrá
airemos, \ 'también4 pafíei análisis del poder
qué haremos posteno^miBnte^^
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conducta de influido ya manifes en el sentido del

j
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 23

cambio, a fin de no alterar el valor de la suma de las unidade:


que lo miden. Por ejemplo, vista una situación céterís páribus
un elector votaba normalmente por las izquierdas en el 25 poi
ciento de los casos. Sin embargo, desarrollada la acción de
influyente, esta tendencia varía al 75 por ciento, con lo cual e
valor estadístico neto de la influencia se registra en el indica
dor con el 50 por ciento en la serie y el 200 por ciento en la
conducta del influido. El cruce con la velocidad, para cons-
truir un indicador completo, dependerá del tiempo de verifi-
cación del cambio y la dinámica del mismo.
b) Dominio. Se especifica por el número de personas a las
cuales se extiende eficazmente la acción de la influencia. El
dominio puede estratificarse en función de las diferencias de
peso o intensidad que sobre los sujetos produce la influencia
ejercida.
c) Ámbito. Consiste en delimitar las áreas conductuales de
los sujetos pasivos que quedan sujetas a determinación y cam-
bio por parte del o de los que influyen, en el sentido en que se
manifestó al plantear el cuarto problema en torno a la defini-
ción de influencia.
El juego cruzado de estas tres dimensiones, constituye la
recurrencia normal del análisis empírico y las investigaciones
de campo. Finalmente, es necesario señalar que en particular
en las relaciones de poder del ámbito militar, preferentemente
se utiliza una última dimensión.
d) Gama del poder o influencia. La suposición ya admitida
de que la influencia representa, en ciertos casos, la intención
tie instrumentar del influyente respecto del influido, precisa
que éste, para lograr su propósito, deba contar con recursos de
poder" capaces de hacer variar el comportamiento del sujeto
pasivo bajo el riesgo de causarle un daño material. En tal sen-
tido se utiliza como dimensión el concepto de gama de poder.
Una forma práctica de ejemplificarlo se traduce en la posibili-
dad de medir el potencial de fuego de dos pafses en caso de
conflicto. Por estas razones, dicho concepto se entiende como
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la cantidad de daño o perjuicio que un influyente puede causar


a un eventual influido que se niegue a serlo.

3. El problema de los costos

Estas dimensiones admiten tratamiento separado, porque la


dificultad en las construcciones de indicadores no es simple,
e incluso aumenta al cruzarse con las anteriores. Por ejemplo,
en una negociación política directa o indirecta, los actores
parten del supuesto de que ambos tratarán de ganar el máximo
posible dentro de las expectativas de evolución del proceso ne-
gociatorio. En tal virtud exagerarán sus posiciones iniciales,
para que en el caso de que uno de ellos se vea obligado a re-
nunciar a parte de ellas, sus sacrificios sean visualizados como
mayores de lo que realmente son y por esa vía obtener mayo-
res ventajas compensatorias. La figura analizada reclama signi-
ficación idéntica para ambos sujetos de la relación, que aquí
aparece claramente como poder.
La relación que comentamos significa un gasto en recursos
de poder, o de influencia, ya que en el tratamiento anglosajón
tienen ej mismo significado. Este gasto en recursos se produce
tentó en el que logró obediencia, aquí'ex presada como influen-
cia o poder, como en el que obedece. A su vez, estas dimensio-
nes adoptan un contenido objetivo y subjetivo.
q) .Costos, objetivos. Se refieren, en el sentido de pérdidas o
daños, a los costos materiales que para el influido representa la
*^s,«<-V'- 'f-'i=ji«- .•«J»:T»**—«*-*- -•—."•• • - - . .• ' r

realización
•»»-•-•. . , . - de
- - - • • • conductas
-• como consecuencia de la influencia
que sobre él se .ejerció. Este costo en el sujeto pasivo admite
correlación con el gasto de recursos de poder que el activo tu-
vo que efectuar para obtener la obediencia pedida. Además,
cualesquiera que sean los métodos de medición utilizados, que-
da aún por resolver una cuestión muy importante: la que se
refiere a sí el influido en realidad visualiza plenamente como
costo su obediencia. Pues, como sabemos, ciertos sacrificios
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la influencia, los valores que persigue y las permutas que se


realizan, pueden ser legítimas y no legítimas, dentro del pro-
ceso histórico del desarrollo político.

EL PODER

1. El concepto en la teoría

Tanto en los escritos actuales como en los del pasado, el poder


ha aparecido con muy distintos tratamientos en su explicación
conceptual. Para definirlo en los términos de lo que este traba-
jo exige, será necesario pasar revista a una selección breve de
connotaciones que son precisamente las que han contribuido a
darle la ambigüedad actual, tanto en el lenguaje común como
en el científico.
En Maquiavelo adquiere el significado de vírtú, asociado a
la astucia y la fuerza, a la vez que referido a las prácticas polí-
ticas visualizadas desde la perspectiva del ¡lustre florentino. Las
corrientes elitistas del poder, tales como lasdeGaetano Mosca
y Wilfredo Pareto, lo asumen como una capacidad de mando
emergente también de la astucia y la fuerza, lo que origina rela-
ciones sociales de poder, como el dominio, y absolutamente
insustituible en la vida social, dado el carácter "natural" que
tendrían las diferencias de los factores indicados entre los
hombres, sociedades y naciones.
Para Weber, poder significa la probabilidad de imponer la
propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra to-
da resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa pro-
babilidad.
León Duguit, refiriéndose al poder político, lo describe co-
mo la relación necesaria que debe existir entre gobernantes y
gobernados, lo que lleva a suponer que todos, en mayor o me-
nor medida, nos ubicamos a veces como gobernantes y otras
como gobernados, en una pluralidad de situaciones alternas,
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según sean los papeles que nos corresponde desempeñar en el


seno de las organizaciones y grupos humanos.
Maurice Duverger distingue, por su parte, entre poderío
material y poder; el primero reposa solamente en la posibilidad
de coaccionar a otro, mientras que el segundo se basa, además,
en la creencia del coaccionado de que es legítimo aceptar la
coacción. La distinción de Duverger lleva a plantearse la dife-
rencia entre poder legítimo e ilegítimo, ya presente en muchos
autores desde la antigüedad, o, lo que es lo mismo, entre con-
sentimiento y forzamiento de la voluntad en la obediencia.
En Poulantzas, el concepto de poder se restringe a las rela-
ciones de clase, como dominación y lucha entre éstas, a la vez
que su constitución es posible a partir de la existencia del Es-
tado. En un sentido amplio y dentro del marco de la escena
política, lo define como la capacidad de una clase para realizar
intereses específicos.
Como ya lo destacamos al hablar del concepto de influen-
cia, la escuela anglosajona de la ciencia política incluye al po-
der dentro de sus formas. Este aparece caracterizado por la
probabilidad marginal de sanciones graves y no distingue, para
su definición, entre el poder político y aquél que se manifiesta
en otras esferas del comportamiento social.
Los problemas que entraña el concepto de poder involucran
a las distinciones necesarias que lo autonomicen de la influen-
cia, al denotarse en el poder el propósito de instrumentar que
tiene el que manda y la situación en que se coloca el que obe-
dece respecto al mandato y del que manda, en la medida en
que su voluntad se consiente o se ve forzada al acatamiento.
Asimismo, se comprometen la naturaleza de los recursos de po-
der que se utilizan en la relación social como amenaza que res-
palda los mandatos que en función del poder se emiten y, por
último, las diferencias entre el poder político y el poder en
general.
Además de lo anterior, sería conveniente distinguirlo del
concepto de violencia que, particularmente en el lenguaje co-
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mún y en el sociológico, adquiere connotaciones poco precisas


con relación a lo que de él puede predicarse en términos de la
política y de la guerra.

2. Conceptos semejantes al de poder

En la medida en que hemos convenido en la necesidad de dar


un tratamiento teórico al concepto de poder que lo diferencie
de otros que lo oscurecen en su significación, trataremos de ir
definiendo progresivamente la forma particular en que el autor
de este trabajo lo comprende, teniendo presente lo ya avan-
zado en el análisis del mismo.
a) Influencia. Por influencia parece más conveniente enten-
der una relación social, como la descrita en la definición perti-
nente del capítulo primero, en donde la relación se da sin que
el que influye tenga propósitos de instrumentar al sujeto pasi-
vo. Esta, a mi juicio, sería la influencia propiamente dicha, tal
como ocurre en los procesos sociales imitativos, por ejemplo,
en que la dependencia del que imita respecto del imitado no se
hace materia de interés para este último, por más que le pudie-
ra resultar gratificante. La validez del concepto así definido
tendría significación amplia, tanto en fenómenos sociales co-
mo naturales. En este último caso puede citarse la influencia
de la luna en la determinación de las mareas.
b) Manipulación. Este concepto podría diferenciarse de
la figura específica de poder, por cuanto la relación social en
que se produce se caracterizaría porque el sujeto activo, a
pesar de pretender instrumentar al pasivo y de lograrlo con su
obediencia, no especifica en forma clara un mandato implícito
o explícito, a través del cual exija del pasivo la realización de la
conducta pedida. Se trata, en el fondo, de una figura en la que
un sujeto logra mediante engaño o manipulación intelectual
que otro realice determinados actos de los cuales se desprende
una ventaja para él.
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c) Violencia. Consistiría, según el contenido de las acepcio-


nes más generalizadas en el área de lo político y lo militar, en
una figura social caracterizada por la aplicación directa y efec-
tiva del recurso de la fuerza por un sujeto hacia otro, con la
mira de imponer un dominio, obteniendo con ello una obe-
diencia forzada en referencia a las aspiraciones que el dominio
importa. La capacidad física, moral e intelectual de ejercer vio-
lencia, en tanto permanece como elemento potencial, no es
violencia propiamente dicha en cuanto acto; porque en ese caso
tiene solamente el carácter de recurso de poder, en virtud del
cual puede esgrimirse como fundamento de la amenaza que
respalda los mandatos que en función de esa capacidad se ha-
cen posibles.

3. El concepto de poder

Evidentemente, lo que haya de nuevo en lo que aquí diremos


constituye nuestro concepto de poder y no es extraño a los
contenidos de definición que suponen los trabajos anteriores.
Muy modestamente, representa un esfuerzo que recibe de
otros sus mejores impulsos y a ellos se une en la mira de darle
una acepción más precisa, que contribuya a la mejor compren-
sión de los fenómenos sociales que en él se originan, a la vez
que lo crean como figura.
En primer lugar, diremos que el poder es un elemento que
se encuentra presente en la amplia red de relaciones sociales,
cualesquiera que éstas sean, siempre que en ellas se verifique
la presencia de un sujeto activo que instrumenta la voluntad
de otro pasivo, en virtud del cual el primero manda y el segun-
do obedece. En el poder es necesario que ambos sujetos sean
racionales y, en cuanto tales, capaces de definir una voluntad,
ya sea forzada por la obediencia o consentida por ella misma.
Quedarán, pues, fuera del poder las instrumentaciones entre
los animales distintos del hombre, como también la violencia,
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 31

cuyas características ya hemos definido para los efectos de


este trabajo. Del mismo modo, la influencia propiamente di-
cha tampoco estará comprendida, ya que carece del propósito
de instrumentar, en la medida en que la existencia de este pro-
pósito es requisito fundamental del poder. En lo que respecta
a la manipulación, también quedará fuera del poder, porque
aun cuando existe propósito de instrumentar, el sujeto pasivo
ignora su existencia ya que es su racionalidad la burlada.

4. Elementos de la relación de poder


y el acto de poder

La relación de poder no existe sin que el acto de poder se veri-


fique materialmente, y el análisis abstracto de ella sólo es posi-
ble a partir de los actos que la materializan. El conjunto de
dichas relaciones se encuentra presente en el continuo de la
vida social haciendo posible la eficacia operativa de las insti-
tuciones a partir de grupos tales como la familia, las organi-
zaciones productivas y el propio Estado. Es, por tanto, una
dimensión humana a través de la cual puede ser estudiada la
vida social y polftica. Los elementos constitutivos de una rela-
ción de poder cualquiera, pueden ser los siguientes:
a) Sujeto activo. Es el ser racional que, disponiendo de una
posición privilegiada dentro de un equilibrio desigual de recur-
sos de poder, está en condiciones reales de instrumentar la
voluntad de otro sujeto, determinando en éste la realización
de la conducta que el primero exige.
b) Sujeto pasivo. Es el ser racional que recibe la acción ins-
trumentadora del activo y que, percibiendo como real lo que
es real o aparente, en su posición no privilegiada de desequili-
brio en recursos de poder, ve consentida o forzada su voluntad
a obedecer el mandato que el sujeto activo emite.
Los sujetos activos y pasivos, pueden reconocerse también
como sujetos agentes y pacientes. La voz "sujetos", alude tan-
32 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

to a personas individuales colectivas, informales como forma-


les, desde un grupo hasta el Estado o el gobierno de un pafs.
c) Mandato. Corresponde a la expresión de los contenidos
de intención del que manda, quien los manifiesta en forma cla-
ra al sujeto pasivo, explícita o implícitamente, atendido el ca-
rácter racional de ambos.
Este aspecto es muy importante para la definición, pues si
. el mandato implícito o explícito no fuere comprendido plena-
* mente en su significación y propósito de instrumentar, enton-
ces podría ser confundido con la manipulación; o dar lugar a
toda suerte de equívocos entre los participantes, que haría
confusa la figura del poder. La política misma está llena de
significantes muy propios de dicha práctica con cierto grado
de exclusividad, los que varían de grupo en grupo.
d) Amenaza. Es el mecanismo que respalda al mandato que
emite el sujeto activo. Normalmente se hace explícita, aunque
en determinados casos no. La amenaza debe clasificarse, hasta
que sea perfectamente comprendida por el sujeto pasivo, de
modo que éste comprenda qué tantos recursos de poder está
dispuesto a gastar el sujeto activo en la empresa de conseguir la
obediencia del pasivo. Alrededor de la amenaza se configura
todo el problema de racionalidad que el poder ocasiona a los
sujetos.
Fuera de los aspectos señalados, de ella surgen dos cuestio-
nes fundamentales que serán tratadas posteriormente. La pri-
mera se refiere a los mutuos cálculos de credibilidad que reali-
zan tanto el paciente como el agente de la relación de poder,
los que determinan la consumación o no de la relación de po-
der al transformarse en acto de poder. La segunda, en orden
de definir la forma general de poder en el sentido de si la rela-
ción es forzada o consentida, atendiendo a la orientación que la
amenaza asume respecto de ios valores e intereses amenazados.
e) Contraamenaza. La relación de poder no supone, necesa-
riamente, que el sujeto pasivo que recibe la acción de la ame-
naza carezca a su vez de recursos que le permitan contraamena-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 33

zar al activo. Por el contrario, la relación supone, por norma


general, que ambos actores poseen recursos que se ponen en
juego como proceso durante la relación que se manifiesta. En
ese sentido, lo que se entiende por sujeto activo y pasivo sólo
se define en el momento en que la amenaza y la contraamenaza
se resuelven por el factor de diferencia de potencial que ellas
tienen en virtud de los recursos de poder que las respaldan.
Muchas veces la contraamenaza pasa a ocupar el lugar de la
amenaza. La contraamenaza representa, en esa medida, una
suerte de contramandato.
f) Obediencia. Es el acto conductual a través del cual el su-
jeto pasivo de la relación de poder realiza la conducta pedida
en el mandato. Con la obediencia, la relación de poder, a la vez
que se concluye, se traduce en acto de poder, el cual puede
definirse por la instrumentación de la voluntad de un sujeto
por parte de otro. El término voluntad es fundamental para
distinguir el acta de violencia del acto de poder, pues el poder
exige que el recurso de poder no se traduzca en la aplicación di-
recta y efectiva de la fuerza en la consecución de la obediencia.
g) El carácter de relación par asimétrica. Este elemento
constitutivo de la relación de poder se refleja como constan-
te.formal de su manifestación, en la medida en que, consuma-
da la obediencia, las posiciones del sujeto activo y del pasivo
representan una relación par, pero cuya característica es la de
ser asimétrica, porque la posición del activo no es equivalente
o intercambiable con la del pasivo, como ocurrirfa en un con-
trato de compraventa en que el precio de lo comprado respon-
de al valor mercantil de lo vendido.

5. La credibilidad de (a amenaza .
:á-".-Cv-.. .i-;- VAVU $.r •.•••-".":.•• * • ' - - . . ..• - - -;. ----.• ' .'•':• ->'•'*- o'^-O- '
Como habTamos destacado en Ifneas anteriores, la relación y
acto de poder suponen el requisito de la amenaza; del mismo
modo, que el,carácter racional de los sujetos que se relacionan
CAPITULO II

EL PODER, UNA DIMENSIÓN HUMANA,


SOCIAL Y POLÍTICA

1. El tejido social y la instrumentación

En el capítulo anterior analizamos muy en general una serie


de problemas conceptuales que giran en torno a la instrumen-
tación que puede realizarse sobre la voluntad humana, en tér-
minos de que a partir de ella puede definirse un comporta-
miento social que satisface propósitos y finalidades persegui-
dos por quienes actúan como instrumentadores. Hicimos de
este elemento (la instrumentación) la línea divisoria entre in-
fluencia y poder. A su vez, establecimos una diferencia básica
entre poder y manipulación, ya que en este último término se
oculta el propósito de instrumentar, que en el poder se mani-
fiesta de un modo tácito o explícito a través del mandato que
se emite. Dejamos también constancia de la diferencia entre
poder y violencia, y cómo la violencia puede actuar como re-
curso de poder. Además, en qué sentido puede hablarse de
ella como ultima ratio del poder.
En este capítulo realizaremos un análisis que intentará pro-
fundizar en el examen del poder desde el punto de vista de los
fenómenos sociales que origina, afectando la existencia del
hombre y condicionando su ser político, de modo que el po-
der aparecerá como una dimensión humana íntimamente vin-
culada al tejido social en que esa existencia se manifiesta.
Cuando decimos dimensión humana, estamos señalando que el
hombre por ser social, es también político, toda vez que está
inmerso en una sociedad trabada en conflictos irreconciliables
de clase y, en esa medida, puede ser estudiado a partir de la va-
riable poder que, como variable, alude a una dimensión.
48 M I G U E L ESCOBAR VALENZUELA

Naturalmente, no es lo mismo instrumentar a la naturaleza


que a los seres humanos. En el primer caso, la instrumentación
de la naturaleza no une a dos seres racionales, sino a uno racio-
nal y a otro irracional, por más que se pueda decir que la natu-
raleza es sabía. La naturaleza actúa conforme a leyes fijas o
probabilfsticas, leyes naturales en otras palabras, con respecto
a las cuales la naturaleza carece de acción reflexiva. La natura-
leza no consciente, sino que es ciega respecto de sí misma. Por
ello, para ser instrumentada por el hombre, es preciso que éste
conozca de ella al menos ciertas propiedades de su comporta-
miento, determinando que esa instrumentación se dé acorde
con las leyes objetivas y naturales que regulan el ser de las co-
sas en sus propiedades y características. De ahí, pues, que la
instrumentación de la naturaleza no opone a dos conciencias,
derivando de ello la oposición de dos voluntades; ya que para
que haya voluntad es requisito esencial que haya conciencia; y
en el hombre se trata de una conciencia de tipo especial: aqué-
lla que es capaz de dar cuenta de su propio pensamiento, lo
que no está presente en los animales distintos de aquellos que
forman la especie humana.
En la instrumentación de la naturaleza por parte del hom-
bre, insistimos, a su propósito no se opone ninguna voluntad
del mundo físico, por cuanto no existe aquí esa entidad ins-
trumentable. Al contrario, es ella misma la que debe serlo di-
rectamente. La naturaleza no puede ser mandada. En la do-
mesticación de los animales actúan ia violencia como castigo
y el alimento como premio, pero el animal no es pensante.
Cuando el hombre conoce las leyes científicas de lo natural
a través de las ciencias y de las técnicas, es que ha sido capaz
de utilizar el conocimiento de dichas leyes para actuar sobre
el mundo físico y transformar la realidad de natural en arti-
ficial, lo que representa un control y un dominio del hombre
sobre ese mundo. • >; ?
En el proceso que acabamos de identificar son distinguibles
al menos dos fases de desarrollo de ese conocimiento; por
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 49

ejemplo, aquél que produce la práctica simple, reiterativa y


cotidiana, en que el presente se diferencia muy poco del pasa-
do, práctica cuyo horizonte es siempre lo inmediato. En una
segunda fase, ese conocimiento se transforma por una pene-
tración más profunda de la realidad, que deriva de la práctica
inicial y que se va enriqueciendo por el descubrimiento pro-
gresivo de las leyes de lo natural. De este modo se logra la
apropiación humana de la naturaleza. Esta apropiación origina
lo que conoceremos por mediación primaria, concepto que
desarrollaremos en otro trabajo.
Sin embargo, las fases superiores de apropiación de la natu-
raleza, por las cuales el hombre supera su condición de existen-
cia puramente animal, supone formas de organización social
que permiten realizar más eficazmente tanto la producción
como la reproducción del todo social del cual es producto y
productor. Esas formas orgánicas están representadas por la
mediación secundaria, a través de la cual los seres humanos
instrumentan sus voluntades en una red de relaciones sociales
que integran el tejido social, que unifica, cohesiona y da tex-
tura a la sociedad. De la horda a la tribu; de la promiscuidad
a la familia, pasando por todas sus variedades; de las formas
primeras que asumió la división del trabajo social, que a su
vez sólo fue posible por el desarrollo de las fuerzas producti-
vas y éste consecuencia de.la amplitud y profundidad del do-
minio del hombre sobre la naturaleza, hasta las complejas for-
mas productivas y de organización social que hoy conocemos,
todas eJIas forman parte del significado, de este .concepto.de
mediación secundaria.
De ahf pues que, en un sentido muyjgeneral, puede decirse
que la instrumentación de, las voluntades humanas, basadas o
no éstaS;.enj Ja .obediencia, forma partef{(el tejido social ?que
origina este segundo tipo de mediación. Pero en ella nq sólo
el poder juega un lugar, 5Íno también Ja manipulación, y en
muchos ^aspectos la .influencia, la imitación.y un número consi-
derable .de ¡factores que son materia fie estudio de un conjunto
50 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

más amplio de ciencias sociales. A tales factores no es extraña


la propia violencia. Por ejemplo, las amenazas que son necesa-
rias al poder, de nada valdrían como tales si nunca se aplicaran.
Teniendo en cuenta que la aplicación de la amenaza representa
un ejercicio de violencia, muchas veces la violencia se aplica sin
más propósito que el de reforzar el valor y la credibilidad de la
amenaza.
Resumiendo, diremos que a la naturaleza no se le puede
mandar, al hombre sí. Ahora bien, toda la estructura social no
sería posible si el poder, además de otros elementos, no fuera
el factor fundamental de la instrumentación de la voluntad hu-
mana, cuyo conjunto de lazos y vinculaciones configura la ur-
dimbre y la trama del tejido social y permite una mediación
recíproca y múltiple, que a su vez hace posible una mejor y
más eficaz apropiación de la naturaleza, lo que está en la base
de la existencia social del hombre. Por ello, enfatuaremos
ahora al poder como objeto central de nuestro análisis.

2. El poder: una dimensión social

El poder es un elemento vinculante en la multitud de relacio-


nes sociales que configuran el tejido social que da forma a la
sociedad como un todo; actúa permitiendo la instrumentación
de las voluntades y es imprescindible al desarrollo'dé-las-for-
mas orgánicas que se requieren para producir una apropiación
más eficiente de la naturaleza y con ella 1a producción y repro-
ducción de la existencia social. Esto es, en suma, lo analizado
hasta ahora en este aspecto.
Quizá; conisto bastarapara poder afirmar qüé;el poderes
de por sí una dimensión social;, pero •creemos que"hace falta
ejemplificar un poco más esta afirmación. Por ejemplo/si cotí1
sideramos a < la fam ¡lia, vamos a observar que entre sus m íénv
bros existen diversas relaciones, como las;de aféctó; simpatía;
amor¡fiHal de padres<á hijos V dé hijos á'padfés^déftéYmános a
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 51

hermanos, cualesquiera que sean las variaciones de intensidad y


formas culturales de manifestación de estos sentimientos. Pero
también unidos a ellos están ciertos patrones de comporta-
miento que suponen facultades de mando socialmente recono-
cidas a los padres y deberes de obediencia que obligan a los hi-
jos. En unos casos los hijos obedecen porque estiman legítimas
las órdenes de los padres, ya sea porque ellas se fundan en una
idea del bien que es compartida, o por eJ temor a perder el
hogar paterno, etc. Podría hacerse un examen muy minucioso
de las relaciones padres e hijos cuando los padres actúan como
sujetos agentes; del mismo modo en que podríamos descubrir
un conjunto muy amplio de ocasiones en que los hijos logran
instrumentar la voluntad de sus padres y conseguir de esa ma-
nera que ellos pongan sus conductas al servicio de sus propó-
sitos, bajo la forma de peticiones que en realidad constituyen
exigencias o mandatos explícitos o tácitos. Cuando el niño
llora o se entristece para lograr que se le pregunte: "¿Qué te
pasa?", y seguidamente plantear una situación que sugiere una
petición a sus padres, entonces la amenaza es de que seguirá
triste o lloroso a menos que sus padres resuelvan la situación
que lo aqueja. El mandato es: " ¡Resuélvanme mi problema!"
En muchos casos obtendrá obediencia, en otros no. Cuando
no la obtiene, será porque es contraamenazado. Por ejemplo,
los padres recurren a persuadirlo de la inconveniencia de acce-
der a la petición, no legitimando .los valores que sustentan la
petición, destruyendo la. eficacia posible de la amenaza: "Si
no háces;lo que te pido creeré que no me quieres; porque eres
insensible a mi tristeza y en consecuencia yo te querré menos'',
en 1a i medida ¿em que sabe, queJos padres aspiran al cariño de
los hijos; Entese <5ásO;-los padrescidiranxjue el no acceder a sus
descosto es .significativo de falta ode cariño ¿sino, de todo lo
contrario.; Háy;aquí; pues, un düelode amenazas y contraame-
nazas que-el. diálogo entreí/ambOSbrécónpcenlíOSf-recursos tie
poderxson los afectos y Jos--valores en ique; tales sentimientos
se fundan. Podríamos imaginar-o'{recordar-muchas situaciones
52 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

que hemos visto, analizarlas desde la perspectiva del poder y


reconstruir mentalmente los elementos que en cada caso han
configurado las diversas relaciones de poder y actos de poder
que tienen lugar en los escenarios familiares.
Aunque la familia es una agrupación con roles mayor o mi-
noritariamente formalizados que admiten un enorme grado de
variación en sus formas orgánicas y en el desempeño de sus pa-
peles de acuerdo a los contextos históricos en que se produce
y ha producido, hay que reconocer que el poder se ejercita en
aspectos muy formalizados de ella y también en otros que ca-
recen de formalización. Lo normal es que los padres manden a
los hijos, y lo no normal es que los hijos logren hacerse obede-
cer por sus padres poniendo en juego factores distintos a los
de la autoridad.
Cuando desempeñamos ciertos papeles sociales estructura-
dos, como el de pasajero en un vehículo de transporte colec-
tivo del servicio público, nos parece legítimo que haya que
observar cierta conducta y que si nosotros o alguien no la ob-
serva pueda el conductor o un inspector exigir que cumplamos
con ella. En alguna medida hay aquí dos situaciones: en una
enfrentamos un todo estructurado en que los comportamien-
tos se desarrollan conforme a pautas previamente establecidas,
en las cuales ya hemos sido socializados. Ya sabemos, por
ejemplo, que el transporte es público y cuál ruta realiza, como
también a quién se ie paga el precio del pasaje y cómo esta
persona está obligada a darnos un boleto por el valor equiva-
lente. Subimos por la puerta delantera y bajamos por la de
atrás. En este patrón de conducta estructurada existen normas
que definen la conducta a observar, y en la medida en que las
respetamos la estructura del patrón se mantiene en vigencia.
Si bien no hay aquí necesidad de ningún mandato explícito
que se reitere para cada uno de los actos necesarios para la ob-
servación del patrón, el mandato está constituido por las nor-
mas de ¡comportamiento que hemos internalizado después de
haber sido socializados en «Has. En cambio, cuando la conduc-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 53

ta que observamos no es la prescrita, entonces los mandatos


tienen que hacerse explícitos por parte de aquél que figura
como responsable de ejercitar la autoridad que esta situación
estructurada le confiere. Se ha transitado, pues, de lo implí-
cito a lo explícito en relación a estos comportamientos estruc-
turados. Pero lo importante es que allí el poder se ha introdu-
cido para ordenar y regular el comportamiento social. Se trata
de un poder legitimado por la reiteración y eficacia funcional
de las pautas sociales.
Las pautas de comportamiento social pueden estar regula-
das por normas legitimadas por su eficacia funcional y tradi-
cionalizadas por la reiteración cotidiana —por ejemplo, un uso
y una costumbre— como también, en otros casos, pueden ser
reconocidas o creadas por un mandato legal que prescribe cier-
tos comportamientos, permitiendo algunos y prohibiendo
otros. De hecho, aunque las normas legales, en general, nos
parecen legítimas por la racionalidad de sus efectos, en ciertos
casos pueden parecemos injustas y arbitrarias. Sin embargo, las
obedecemos en la gran mayoría de las oportunidades porque
el respaldo de la ley es la posibilidad de una coacción física y
sin normas legales la vida social se desquiciaría. En ese sentido,
hasta una norma que rechazamos en lo individual, la respeta-
mos por la eficacia social con que cuenta en virtud de la legi-
timidad objetiva de que goza, ya que la gran mayoría las res-
peta, incluso aquél que no está de acuerdo con ella en términos
de legitimidad subjetiva. ... . , . , : .
.Lo anterior es lo, qu^^ocurre con el, derecho,, que, define
comportamientos sociales más o menos, estructurados y crea
condiciones para la, instrumentación. Por ejemplo, las normas
,. . •„ .- '. . , > . * - - / . V • -, •',' í ,w,*W. j. -' • - , - . , » . - - . . i .• .v -„• 1•' j_X*. I W -*,. ...-••* s . f -,-.- *-'' --

que, constituyen los reglamentos de transitó en ünafctiuda4, son


mandatos que respetamos
^-; '<.if\- '.' • • .'•.'.'
y obedecemos con base.en esas
*. V .-••<• • - : . * • • • • - : . % • ; » • » , - , ' ft :{-.»-.••.• •('-.'. .1 ry*.
con-
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sideraciones...•C,^
Ifbirt-V.',..^,:
Cuando^ un policía nos infracciona ^estamos de
--.:«-«^'.: :r . - - • - - , : • - -.: ' «^Jüv^,^,-,?!.",^ /^,- •
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acuerdo» en^agar la multa, no sólo porqueacepitamqs la xahdez


"
porque de no obedecer seríamos coaccionados por el aparató
••¿••— *•!••:> ' ,;' ' V l-'-.í¡.' '.'•'••'*-•;,'•"•' • *•.• **••' .;-*-•!;- ' i".-' -' --»' !•-'-•••.•••'-' ' -' '.. ÍTi.J -. . :
54 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

estatal en que esas normas se originan, aparato que puede dis-


poner de la fuerza para ejercitarla sobre nosotros. Así el poder
se va manifestando como una dimensión que es inherente a la
vida social y sus manifestaciones, al regular y ordenar por esa
vía a la sociedad, incluso haciendo posibles las relaciones de
explotación de una clase por otra.
En el escenario de las empresas productoras de bienes y de
servicios, en instituciones como el ejército, la iglesia y el go-
bierno, se produce un caudal enorme de situaciones en que
unos individuos se relacionan con otros creando vínculos de
derecho así como obligaciones, facultades y competencias,
entre las cuales se encuentra la de poder mandar a otros si se
cumplen ciertos requisitos. En las relaciones entre jefe y subor-
dinado, en una oficina pública o en una fábrica, el jefe puede
mandar al subordinado dentro de cierto ámbito conductual y
en otros no. De este modo, en los procesos productivos distin-
guimos de nuevo al poder formando parte de la trama social.
Podríamos señalar muchos ejemplos como éste, pero ya nos
parece suficiente. El poder es, pues, una dimensión social.

3. El poder: una dimensión política

Cuándo aludimos al poder como una dimensión política, ha-


bría que especificar cuál es la razón por lo que esta dimensión
puede diferenciarse de la social que la incluye. En efecto, lo
político y la política forman subniveles del nivel social como
conjunto, del mismo rhodo~ que lo integran lo religioso, lo eco-
nómico, lo cultural, lo educacional, etc. Por ello diremos, en
primer término, nq\íéTePpbfder 'como dimensión' pol ítica perte-
nece por definicíóifa la dimensión social 'de éste, pero que sé
distingue de 'aquélla en la medida en que puede ser estudiado
en su%nción^áájüdfcátona dé décisíohll^tehwsosBe inflicto.
Ya hemos séñalááb/-múy<eiri;geherál;1 qtfé1 Ids cbríflictcté son de
dos tipos: de inter'és'V de valor, corrió también rqú£eí Conflicto
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 55

puede darse en un solo sujeto, como problema de conciencia, o


entre dos o más sujetos, como partes que se encuentran en
oposición. En unos casos la oposición puede ser de valores o de
intereses, y en otros muchos ser la mezcla irresuelta de ambas
cosas. El papel funcional del poder es el de resolver estas situa-
ciones de conflicto, emitiendo una decisión, ya sea de forma
más o menos transitoria o más o menos permanente. Cuando el
poder se analiza en ésta su función propia, podemos hablar de
él como una dimensión política a título provisional, preferen-
temente cuando los conflictos son entre clases sociales que
antagonizan.
Sin embargo, debemos depurar todavía un poco más al po-
der como elemento susceptible de originar una dimensión
política. En efecto, sabido es que a éste podemos definirlo
como la instrumentación de la voluntad de un sujeto por parte
de otro, pero teniendo en cuenta que a la función adjudicato-
ria de decisiones en caso de conflicto la anotábamos como el
factor fundamental de la función política del poder; habría
que aclarar que cuando los conflictos se dan en el interior de
la conciencia de un sujeto, no hay posibilidad de que otro suje-
to se oponga a la voluntad que éste define entre los valores o
los intereses alternativos que pugnan en su conciencia al mo-
mento de elegir un curso de acción. Por ejemplo, si las ideas
religiosas de un sujeto están en contra de sus deseos de divor-
ciarse de su esposa, una vez que se ha enamorado de otra, en-
tonces la pugna se dará entre sus convicciones religiosas y sus
deseos; y en tal carácter esta pugna compromete; de;un modo
directo, tan sólo a su conciencia; si :es que el divorcio se en-
cuentra legalmente aceptado: Desde luego habrá, en el entornó
y contexto de 4a situación/tri'i ;<tohjúnto,ñ1üyfámpíro de facto-
res objetivos que intervengan vinculándose a Incomposición de
lugar ;qué el 'individuo c$éííiace¿Y»y>#í|<fc .valores contrapuestos
que permanecen en su iconciericia^tociéridblo dudar en la eleo
cíórtfde una u otra altefhatív^PSe'fstlrTlará^mbiéri]'una'Serié
amplia de cálculos'que ;registrartrsus interese^ personales pues-
56 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

tos en juego en ese evento. Con todo, dejando fuera a los fac-
tores externos, el sujeto está solo y a solas con su propia con-
ciencia y nadie está allí queriéndolo instrumentar. Ese es su
conflicto de conciencia.
Pese a todo, sería muy difícil presumir legítimamente que
nuestro hombre no encuentra actores de poder que quieran
instrumentar su voluntad y lograr una obediencia, ya sea con
los intentos de persuadirlo de que obre en un sentido u otro,
ya sea amenazándolo con el fuego del infierno o las terrenales
y mundanas venganzas y represalias. Todo esto existe, eviden-
temente, como también lo es que el ejemplo citado es extre-
mo. Pero hay otros ejemplos más simples y más claros. Un su-
jeto que dispone de un domingo libre tiene deseos insatisfe-
chos. Uno, el de ir al cine. Otro, ir de paseo a un parque o ir
a una exposición de pintura o, simplemente, concurrir a una
función operística. Cada uno de estos deseos pueden tener una
intensidad parecida en sus apetencias. Esa decisión, y el con-
flicto que resuelve, naturalmente que está muy lejos de tener
expresión política y significado de poder.
Con estas reflexiones que nos han servido de preámbulo,
podemos ahora introducirnos, elemental y someramente, al
concepto de decisión, señalando que para que ésta sea posible
es requisito que un sujeto racional y consciente encare un con-
junto de alternativas y la necesidad de elegir entre éstas,-aun-
que una opción sea la de no hacer nada. Esto supone que el
sujeto identifica valores e intereses puestos en juego en la si-
tuación decisoria, de otro mpdo no es posible que el concepto
adquiera realidad y significado para nosotros. Cuando un suje-
to asume una conducta a la que está obligado y.ante la que
carece de alternativas, no habrá tomado ninguna decisión, por-
que ésta no.«raposjble,,,.-.^ < - ^,r¡ ^ - ^o ,• --\••"••;-•
Desde otro ángulo, podríamos decir que aquellas decisiones
que adjudica el poderse-caracterizan porque.cada una de las

aparecen respaldadas por actores que detentan recursos de po-


CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 57

der y en torno a ellas se materializa el conflicto de valores y/o


intereses que éstos representan y, por tanto, al no ser indife-
rentes frente a la decisión que se adopta, alientan el propósito
de instrumentar la voluntad de los partícipes en el conflicto y
obtener una decisión que los favorezca. En ese sentido, y sólo
en ése, puede hablarse de la función adjudicatoria del poder
con respecto a decisiones en casos de conflicto.
David Easton, como lo recordáramos en otras páginas, ha
definido al sistema político como un sistema de distribución
autoritaria de valores. Obviamente que no se necesitaría crear
ese sistema de distribución autoritaria si esos valores no fueran
escasos, lo que legitima el conflicto por los valores que el sis-
tema adjudica en la decisión que ¡mplementa. Si los valores
fueran suficientes para todos, tampoco habría conflicto. Ade-
más, si hubiera unanimidad en torno a las decisiones, éstas de-
jarían de ser conflictivas y no necesitaríamos de sistema polí-
tico alguno. La definición de Easton supone que el sistema es
orgánico, porque no existe autoridad sin organización. La vida
social y la sociedad en su aspecto global, son orgánicas.
En todas las manifestaciones de la vida civilizada, enfrenta-
mos situaciones problemáticas que oponen intereses y valores
que los sujetos respaldan de un modo u otro dando origen al
conflicto social. Pero no todos los conflictos sociales son con-
flictos políticos. En la vida económica, que tiene sus propias
estructuras o instituciones resolutorias de conflictos, hay con-
flictos, pero éstos no son necesariamente políticos si alcanzan
solución en la esfera interna de la actividad económica. Y lo
mismo podría decirse de cualquier otro nivel de la vida social.
Easton dice que esos sistemas son "parapolíticos". En cambio
reserva el nombre de sistema político para aquél que se confi-
gura en el escenario de lo público, en que las decisiones adjudi-
catorias de valores ^aparecen respaldadas por la autoridad y po-
der públicos. • scv-*v-/iii,:'•;•-.- - ; : ¿vü-.'iT)*' -.",;»•<: -sí.••*•;..**;•
'-:¿ La palabra /7O//5, en su significado griego más tradicional y
auténtico; se refería simplemente a una pluralidad organizada,
58 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

y era así el término por el cual los griegos identificaban a las


ciudades más o menos autónomas y soberanas en que vivían.
La "política" era para ellos la actividad que se gestaba y desa-
rrollaba en torno a las decisiones que implicaban al gobierno de
sus ciudades y las relaciones entre éstas, cuestión que era un
asunto de interés público y en el que participaban los que te-
nían la calidad de ciudadanos griegos. La acepción "politólo-
go", que se ha venido haciendo tradicional en ciertos medios,
no es muy propia, porque en sentido general quiere decir algo
así como "sociólogo". En cambio la expresión "politicólogo",
estaría más en concordancia con la expresión "politikós" con
que los griegos aludían a la política.
En el idioma castellano la expresión "política" posee varias
connotaciones y significados. Por ejemplo alude a la pugna so-
terrada o abierta que libran las fuerzas sociales en torno a los
asuntos públicos, como también indica una línea más o menos
constante que sigue una persona en la toma de decisiones pú-
blicas o privadas, eonflictivas o no. Por ejemplo, se dice de
alguien que sigue la política de no hacer mucho ruido ni de re-
clamar mucho frente a ciertos elementos que le desagradan,
porque de esa manera atenúa los conflictos. De otro, se dice
que simplemente es partidario de tal cosa y ésa es su política,
etcétera.
En nuestro esfuerzo por discriminar al poder político del
poder social, hemos señaládo.ejemplos de poder vinculados a
la familia, a las organizaciones productivas y a ia sociedad en
su conjunto, en lo. que hemos denominado mediación secun-
daria. También hemos aludido a la diferencia entre sistema
parapolítico y sistema político. Sin embargo, quedan aún va-
rios problemas que dilucidar antes de tener una definición más
clara y operante de la dimensión política del poder. En efecto,
subsisten varias situaciones que se <dan cotidianamente en la
vida social muy difíciles de clasificar, ya sea como dimensión
social muy, difíciles de clasificar, ya sea como dimensión social
o como dimensión política del poden.; Veamos algunos ejem-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 59

plos y propongamos, cuando sea pertinente, un criterio de cla-


sificación, siempre que se pueda, porque en otros casos la dis-
tinción puede ser bastante sutil.
Por ejemplo, un padre trata de convencer a su hijo, que ya
está en edad de ejercer sus derechos electorales, que vote en
las próximas elecciones por los candidatos de un partido de
¡deas políticas derech izan tes, cuando ocurre que su hijo sus-
tenta ideas políticas de izquierda. Las bases o recursos de po-
der que el padre ejerce como respaldo de su amenaza, enten-
dida aquí como la disminución de su afecto por el hijo que
rechaza sus valores políticos, son las del amor que el hijo le
profesa, el respeto que le siente, etc. Y, por último, está su
autoridad de padre. Pero hay que tener en cuenta que el po-
der del padre sobre el hijo se inscribe en las formas del poder
social pertenecientes a la organización de la vida familiar y
desde ese nivel pretenden ser ejercidas también en el ámbito
de la conducta política del hijo. El escenario del conflicto si-
gue siendo la familia, pero aquel en que se materializa la deci-
sión que en definitiva adopta el hijo es el político, como polí-
ticas son las discrepancias. De acuerdo con nuestro criterio,
este conflicto sustentado en bases pertenecientes al poder so-
cial se ha proyectado a la dimensión política del poder, porque
los valores e intereses que se expresan en las ¡deas políticas que
se sostienen, ya sean de derecha o de izquierda, se refieren á las
decisiones que afectan al orden reguiatorio de la sociedad, al
sistema de distribución autoritaria de valores que el sistema
político representa. :->í •-••?"•> - '-
Un segundo ejemplo puede encontrarse cuando en una em-
presa cualquiera los obreros se declaran en huelga cómo deci-
sión final frente a la negativa de los patronos de considerar un
alza de salarios en una-proporción compatible con sus deman-
das. Este conflicto se ;dá, naturalmente, en el sistema económi-
co y no en el político. Tampoco hay >aq u í sistema parapolítico
(salvó él usado por la asamblea de obreros para acordar la nuel-
ga), porque no hay ninguna autoridad a nivel superior que sea
60 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

capaz de proponer a los contendientes la decisión que ponga


fin a ese conflicto. El conflicto está entregado a la fuerza pues-
ta en acción por los contendores entretanto no se pongan de
acuerdo en una solución que compatibilice sus diferencias de
intereses. En términos marxistas, este conflicto compromete
a la infraestructura de la sociedad, se da en el nivel de la socie-
dad civil, en el nivel del subsistema económico del sistema so-
cial; dicho esto último en el contexto del enfoque de sistemas.
El Estado, empero, no está del todo ausente en esta fase del
análisis, puesto que ha regulado el conflicto mediante la le-
gislación laboral, reconociendo a los trabajadores el derecho
a huelga y a tener sindicatos; ha fijado también los procedi-
mientos a que debe someterse la declaratoria de huelga y deter-
minado los trámites de avenimiento o conciliación, que de no
producirse hacen de la huelga una huelga legal. Del mismo
modo ha fijado ciertas obligaciones a los patronos. Estas regu-
laciones legales del conflicto han sido establecidas política-
mente por el Estado, pero el conflicto mismo sigue siendo
económico y no político.
Sin embargo, al llegar a cierta fase de desarrollo, los obre-
ros pueden realizar gestiones tendientes a provocar la interven-
ción del Estado o sistema político en el ánimo de forzar la
voluntad de los patronos; y éstos, a su vez, pueden hacer lo
mismo con propósito inverso, el de forzar la voluntad de los
obreros. Por último, el propio Estado, a través del gobierno
que lo representa, puede visualizar en ese conflicto económico
un problema político, que desde luego lo es si los obreros han
realizado marchas y toda suerte de manifestaciones que alteran
el orden público o acusan a las autoridades de ejercer la ley en
beneficio de los patronos, o si los patronos tratan de usar el
poder público de las autoridades de gobierno en beneficio de
sus intereses a través del desarrollo del conflicto.-Incluso el
propio Estado, al margen de esas gestiones, puede llegar a la
conclusión de que esa huelga pone en peligro la economía del
país. Por todas esas razones, el aparato estatal puede llegar a
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 61

decidir su intervención en la solución del conflicto, buena o


mala para unos o para otros. En ese sentido puede imponer un
arbitraje forzoso, una reanudación de faenas, una intervención
militar de la empresa, etc. En ese caso, el conflicto, de econó-
mico pasa a convertirse en político.
Ejemplos como los anteriores podríamos analizar muchos,
trátese del sistema de la familia, del sistema religioso, del sis-
tema educacional, del sistema económico o del que sea, con
exclusión del político. En todos ellos encontraríamos, recu-
rrentemente, la posibilidad que tienen de convertirse en con-
flictos políticos si comprometen al Estado, tal como ocurre
en las sociedades modernas contemporáneas. De ahí, pues, que
los conflictos sociales se tornen políticos cuando en ellos se
compromete el poder del Estado como adjudicador de deci-
siones en casos de conflictos por valores que se distribuyen por
esa autoridad.
Los conflictos políticos han sido normalmente identificados
como aquéllos que se dan o manifiestan en el nivel del sistema
político, sistema al que se le atribuye el mayor valor decisorio
en la sociedad, en la medida en que sus decisiones de autoridad
aparecen respaldadas, en última instancia, por la fuerza, autori-
dad que ejerce sobre la sociedad que regula y cohesiona, a lo
que el pensamiento marxista agregaría: como sistema de domi-
nación. A este conjunto de relaciones superestructurales po-
dría llamársele también sociedad política; y muchos lo deno-
minarían Estado.
Una de las nociones de Estado que más se han divulgado es
la de Estado moderno, como producto histórico emergente del
Estado nacional que en el periodo del Renacimiento va surgien-
do para eclosíonar de la revolución industrial como sinónimo
del Estado burgués, tipo de Estado que consagra relaciones de
producción capitalistas, en remplazo de las relaciones feudales
de producción. - o/ ^ >b
La noción de Estado moderno es la de un Estado'que esta-
tuye un funcionamiento en Jas instituciones políticas que le
62 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

otorga un carácter público a los procesos de toma de decisio-


nes en ese nivel. Por tanto supone al esquema de partidos polí-
ticos que organizan la opinión frente a los problemas de la
sociedad como conjunto, mismo que se resuelve en los siste-
mas electorales y plebiscitarios en que dichas decisiones se
adoptan, sobre todo cuando el Estado moderno ya no admite,
como lo admitieron ciertas polis griegas en la antigüedad, la
práctica de la democracia directa.
El sistema político, la sociedad polftica, hacen del poder
central en la sociedad una cuestión pública, así como también
de los asuntos a los que ese poder se refiere o sobre los cuales
se ejerce. De ahí, pues, que lo político, entendido a la manera
de Poulantzas, como el conjunto de las instituciones que regu-
lan y permiten el procesamiento de los conflictos y su regula-
ción, sea una instancia, nivel o escenario de la política, cual-
quiera sea el grado de formalización que registre. Por eso, mo-
dernamente, la política está representada por la pugna que se
sitúa en ese ámbito.
Naturalmente, hay que reconocer que a lo político no siem-
pre se le ha reconocido su carácter público en las formaciones
sociales históricamente dadas. Del mismo modo la distribución
social del derecho a participar en cuestiones políticas ha sido
bastante desigual en aquéllas.
En las polis griegas, cuyo modelo es Atenas, este derecho
sólo era válido para los atenienses de origen griego y negado a
los metecos- (extranjeros) y, obviamente, a los esclavos que
eran considerados cosas y no hombres. Lo público de lo polí-
tico, entendido aquí como el carácter de los asuntos de Estado,
alcanzaba a muy pocos miembros de la sociedad y en lo sustan-
cial a una clase^ la dé :losT tenores esclavistas. En él antiguó
Egipto, sólo cubría al faraón y la casta sacerdotal.
Después de la carda :dél Imperio Romano de Occidente, el
poder centralizado del Estado se fragmentó en una multitud de
autonomías territoriales, principalmente en el feudo, en el que
el poder de decisión sobre los asuntos cuyos efectos compro-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 63

metían a los miembros de esa organización, pertenecía al señor


feudal y sus asistentes, como consecuencia de un derecho que
consagraba este privilegio. Los procesos de concentración del
poder social ocurridos en ese periodo habrían de culminar, en
el Renacimiento, en un Estado absolutista en que los asuntos
políticos o de Estado eran materia del soberano, el clero y la
nobleza. El proceso de formación de los Estados nacionales
que culmina en las formas modernas de Estado, cuya primera
versión es el Estado democrático y representativo, sea unitario
o federal, hace, finalmente, de lo político una cuestión pública
(res publica) y fluye como consecuencia el sistema de partidos
y los regímenes electorales, tal como corresponde a la ¡dea de
democracia en que hemos sido formados. Sin embargo, las
dictaduras militares contemporáneas, particularmente las de
América Latina hacen de lo político-público un asunto de los
altos mandos de las fuerzas armadas y proscriben o suspenden
la acción de los partidos políticos a la vez que clausuran los
parlamentos y las elecciones. Esta forma de Estado, a mi juicio,
no elimina al Estado en sí, ya que subsiste la dominación de
clases y la lucha que esta dominación origina, porque el Estado
democrático-representativo sólo ha dejado de ser democrático-
representativo, para asumir la forma dictatorial. Por esta razón,
afirmamos, lo público sigue siendo público, aunque se impida
la participación de ciertos sectores de la sociedad en las cues-
tiones de Estado. .
Según Federico Engels, como lo expresa en El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estadot éste último emerge
justamente cuando, ya surgidas Jas clases sociales, el conflicto
entre éstas se ha tornado irreconciliable. Las ciases aparecen en
el:£mome^to Aistófj.cp en que el desarrollo de-las-fuerzas pro-
ductivas, permite & División social del -trapajo fundada en la
propiedad privada de los medios de.producción. De ahí, pues,
que el Estado emerja de Ja sociedad tmisma, para después apa-
recer como algo que se separa y coloca por encima de ella. Este
poder ^centralizado, que.se ubica en la superestructura de la
64 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

sociedad en la concepción marxista aquí expresada por Engels,


se hace necesario por el conflicto irreconciliable de clases en
que se encuentra trabado el conjunto social. Las clases domi-
nantes que lo generan han surgido junto con los modos de pro-
ducción basados en la división social del trabajo que coinciden
con la división de clases. Habría sólo dos clases antagónicas
cuyo enfrentamiento radica en que una es propietaria de los
medios de producción y la otra no. Luego, el conflicto irrecon-
ciliable entre las clases surge de la explotación y dominio que
la clase propietaria realiza sobre la desposeída y esto sería lo
que impone la necesidad del Estado en una sociedad de clases,
el cual tiene que monopolizar la violencia para ejercer ese
dominio. *
En la época?del esclavismo, régimen que predominaba en la
antigüedad, existe el Estado en la forma de las polis griegas,
que va de los reinos a la república y que da origen a las formas
imperiales, cuando una entidad de esta Especie domina a otras
comunidades y pueblos. Grecia y Roma son dos ejemplos que
confirman esta apreciación. Y dos son, también, las clases que
antagonizan: los amos y los esclavos. Pero los esclavos no par-
ticipan en política con un derecho reconocido ni hay una ins-
titucionalidad construida conjel propósito de facilitar y hacer
posible la participación de los oprimidos, institucionalidad que
alude a lo político.
En el medioevo, como; ya dijimos, el Estado se disuelve en
la multitud de poderes segmentarios y por eso se opina que no
hay Estado. Sin embargo, esas opiniones (desde la vertiente
marxista) no explican cómo podría sostenerse la contradicción
también ^reconciliable que existía entre siervos de la gleba y
los señores feudales sin:que existiera el Estado; ya que la rela-
ción existente entre los-segundos sobre los primeros es de ex-
plotación; obviamente;'no la explotaron capitalista,/sino 1á
explotación feudal y ésta, como toda explotación, es irrecon-
ciliable. Las respuestas posibles a este problema serían dos:
una,;que podría haber contradicciones de clase insoluble* o
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 65

irreconciliables y no existir así un Estado (pero esto sería in-


compatible con la tesis marxista), y la otra, que el rasgo esen-
cial del Estado, correspondiente con el de instituto que hace
posible la dominación social, se mantiene bajo formas especí-
ficas congruentes con ese periodo histórico y el ámbito geográ-
fico en que tal situación prevalece. Ahora bien, tal instituto de
dominación en el feudalismo europeo no se reconoce en las
formas típicas del Estado antiguo ni del Estado moderno; sin
embargo, es preciso que tal función de dominio se garantice
de algún modo. El poder ideológico es satisfecho por la Iglesia,
que traspasa el de la unidad feudal y es un ¡versal izan te. No
hay, tampoco, instituto político público para la participación.
Sólo en las ciudades libres con gobierno autónomo y muchas
veces soberano, existió en alguna forma lo político y la polí-
tica propiamente dicha, en la medida en que se reconoció a los
asuntos del poder central y del gobierno un carácter público
que alcanzaba sólo a los principales y más poderosos de la
sociedad.
A fines de la Edad Media y durante el Renacimiento, emer-
gen los llamados Estados nacionales y el poder central se ejerce
sobre una sociedad más amplía, como ocurre en los grandes rei-
nos y en las monarquías absolutas, por ejemplo las de los luises
en Francia. En esos casos, el Estado adquiere cierta similitud
con los que fueron los antiguos. Pero ahora no del tipo escla-
vista sino feudal. Empero, en la nueva situación el ejercicio del
poder estatal no constituye un asunto público, aunque los
efectos de las decisiones que en función de ese poder se adop-
tan sí tengan un carácter público. Recordemos que Luis XIV
exclamaba: " iEI Estado soy yo!"
Definitivamente, es en los Estados democráticos y represen-
tativos de las sociedades modernas donde lo público y la polí-
tica pasaron a constituir un nivel altamente diferenciado de la
vida social, y a ese conjunto de situaciones nuevas que se han
creado, es a lo que puede denominarse instancia política con
más propiedad que a cualesquiera otras que hayan existido en
66 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

el pasado. Con todo, esta mayor propiedad no anula el supues-


to de que esta instancia también existió en las formas sociales
del pasado de modo menos puro y menos formalizada, más
confusa y restringida que en las sociedades actuales a las que
aludimos.
El poder, como dimensión política, hay que entenderlo,
entonces, en el papel que juega en la determinación de las for-
mas sociales en su aspecto político y en la pugna que origina
a la política.
CAPITULO III

FIGURAS DEL PODER FORZADO

1. Generalidades

Un problema importante en el campo de la ciencia política,


como en el de cualquiera otra ciencia social, está centrado en
lograr definiciones y explicaciones claras de los conceptos que
construye para teorizar su objeto de estudio y de esa manera
abrir paso a su discurso científico. Hay ciertas disciplinas que
por su antigüedad han resuelto ese problema, tal ocurre, por
ejemplo, con el derecho, cuya sistematización se inicia prácti-
camente en los albores de la civilización occidental hace más
de dos mil años. El esfuerzo en ese campo se enfocó en perfec-
cionar las definiciones conceptuales de las figuras jurídicas, de
los principios, etc., para construir sobre esas bases el inmenso
edificio de la normatividad jurídica.
Otras ciencias, como la economía, por ejemplo, han tenido
una constitución más reciente, apenas dos o tres siglos, aunque
ya desde épocas muy remotas se produjeron ideas que intenta-
ban descubrir las leyes que rigen la realidad económica. Con la
sociología, aunque más moderna, la situación es semejante, ya
que sólo en el siglo pasado, con Com te y Durkheim, viene a ad-
:
quirir el reconocimiento como ciencia.
En el ámbito de las ciencias sociales, las preocupaciones del
hombre por los problemas que éstas estudian tienen en reali-
dad bastante antigüedad, pero dichas preocupaciones estuvie-
ron más ligadas a la filosofía y a la religión que a lo que hoy
entendemos por preocupación cfentffica! Lo mismo podría
decirse de la ciencia política. Por ejemplo, es sabido que Platón
y Aristóteles reflexionaron filosóficamente sobre el Estado; las
formas de gobierno, las constituciones, etc., pero nadie se atre-
68 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

vería a afirmar que ellos sean los padres fundadores de la cien-


cia política como tal. Lo mismo hicieron San Agustín, en el
siglo III al escribir La Ciudad de Dios, y Santo Tomás de
Aquino en el siglo XIII. En el mismo sentido puede citarse a
Locke, Hobbes y Rousseau, autores de las llamadas teorías
pactistas del Estado, como también a Tomás Moro, Campane-
lla, Saint Simón, Owens y Fourier, entre los utopistas; y a
Voltaire, Montesquieu, el abate de Sieyes, entre otros, que
alumbraron el camino a la revolución francesa y en esa medida
prefiguraron el Estado moderno. En el plano filosófico, Emma-
nuel Kant, en sus trabajos sobre Metafísica de las costumbres y
en sus reflexiones sobre la paz perpetua, va contribuyendo a
pensar los objetos políticos de un modo más cercano a la cien-
tificidad; lo mismo, Hegel, sobre todo en Filosofía del Dere-
cho, en la que concibe al Estado como la eticidad pura; así,
ambos se inscriben en la amplia corriente de contribuciones
que habrían de independizar a la ciencia política otorgándole
estatuto propio. Sin embargo, Kant y Hegel piensan la política
y lo político desde la perspectiva filosófica y con los requeri-
mientos de ella.
Para muchos, habría que considerar también a Nicolás Ma-
quiavelo (1469-1527) como el hombre que sienta las bases
constitutivas de la política como un objeto científico, en el
sentido que hoy otorgamos a ese concepto. Para otros, esa pre-
tensión es exagerada, aunque sin desconocer sus méritos.
Muchos marxistas están de acuerdo en atribuir a Carlos
Marx el papel de verdadero padre fundador de la ciencia polí-
tica, particularmente por sus trabajos en La cuestión judía, La
Ideología alemana. Crítica a la filosofía del derecho de Hegel,
El manifiesto comunista y la Crítica al programa de Gotha,
además de su famoso prólogo a Contribución a la crítica de la
economía política. Sin embargo, hay también quienes niegan
esta presunción al indicar que los trabajos de Marx tienen un
propósito más amplio que lo propiamente político, pues lo
económico y lo sociológico, aunado a lo filosófico, forman un
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 69

todo compacto que no abre un espacio nítido a la ciencia polí-


tica y que de esa manera la funde como tal.
En el ámbito académico, más precisamente en el anglosajón,
la mayoría de los autores (entre ellos David Easton) consideran
que la ciencia política se separó definitivamente de la filosofía
política y de la sociología política en los años inmediatamente
posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en que la separación
más importante es la que se produce respecto del derecho; lu-
gar desde el cual el poder, el Estado, lo político y la política
habían venido siendo pensados en la tradición jurídica. Baste
recordar a Kelsen y a Jellineck.
La herencia que nos ha dejado este largo transitar de la
ciencia política en la historia, desde la confusión con la filoso-
fía, el derecho, la sociología, la economía e incluso con las
doctrinas utópicas, hasta la objetividad y autonomía e inde-
pendencia que se le presume en el presente, alude a dos órde-
nes de cosas. Por una parte, están las dificultades que crea la
ambigüedad terminológica que aún existe, donde cada término
o concepto tiene tan diversos contenidos como autores hay, o
por otra parte, éstos no se han logrado independizar suficien-
temente de las acepciones que le otorga el lenguaje vulgar, de-
talle que le resta propiedad al discurso que sobre su objeto se
construye con pretensiones científicas; el segundo es la discre-
pancia que existe y perdura entre los diversos autores con rela-
ción al objeto de la ciencia política más que con respecto a su
método.
En el primer plano (la ambigüedad terminológica), la plura-
lidad de significados atribuidos a un mismo concepto, como el
de Estado, autoridad, iiderazgo, poder, etc., impide un debate
científico verdaderamente constructivo que le permita a esta
disciplina adquirir la jerarquía de otras ciencias más evolucio-
nadas, como el derecho y la economía, incluso la sociología,
por ejemplo. r v > ?
En el segundo, independientemente del problema del méto-
do, hay al menos cuatro objetos'que se han atribuido como
70 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

propios a la ciencia política: a) el Estado, b) el poder político


y su distribución en las fuerzas sociales, c) los sistemas políti-
cos y d) las instituciones políticas. En todos ellos, ya sea direc-
ta o indirectamente, las ¡deas de conflicto o de lucha de clases
se encuentran incorporadas al objeto propuesto, obviamente
que con distinta perspectiva y énfasis según sea la escuela o
corriente que los propugnan.
La idea que hemos tenido presente al desarrollar este tra-
Ibajo, presupone que la ciencia política ha de construirse sobre
las bases que puede otorgarle una sociología del poder, que en
principio trata al poder como categoría general, para después
distinguir al poder en sus manifestaciones principalmente polí-
ticas. Esa es, pues, la línea fundamental que procuraremos
seguir.
Como ya hemos explicado en el capítulo I, el poder forzado
se origina en una relación de poder en que la amenaza se orien-
ta en el sentido de causar un daño en la persona física del su-
jeto pasivo o en los bienes materiales que éste posee y desea
conservar o incrementar. Esta relación se denomina de poder
forzado en la medida en que la voluntad del sujeto pasivo se
ve forzada a la obediencia, que no por ello deja de ser volun-
tariamente realizada como tal. Recordemos también que el
poder difiere de la instrumentación física. Aquí, la voluntad
se fuerza a. la obediencia mientras que en el poder consentido
la voluntad se consiente en el acto de obedecer. Es por estas
causas que el poder forzado resulta menos legítimo que el
consentido. Otra característica del poder forzado es que el que
obedece no comparte los fines del que manda, cosa que está
en relación con el forzamiento. Por esta causa, a la forma gene-
ral del poder forzado se le denomina poder característico, ya
que el poder aquí es más pleno puesto que su naturaleza coer-
citiva se trasluce más nítidamente. Es a través del poder forza-
do como la dominación social y la explotación que ella permi-
te pueden realizarse, aunque este poder no lograría consolidarse
socialmente si no concurren en su ayuda las figuras de poder
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 71

pertenecientes al poder consentido, como la ideología, por


ejemplo.

2. El poder basado en la fuerza o violencia

Este tipo o figura típica de poder, corresponde a la forma ge-


neral del poder forzado, porque quien dispone de la fuerza o
capacidad de ejercer violencia como recurso de poder, esto es,
en respaldo de su amenaza, esgrime esta última en la orienta-
ción y sentido de causar al sujeto pasivo de la relación de po-
der un daño o perjuicio en su entidad física o en los bienes ma-
teriales que éste posee y desea conservar. Para que esta relación
sea de poder y no violencia propiamente dicha, es requisito
que la amenaza no llegue a ejecutarse y la obediencia sea ob-
tenida sin necesidad de aplicarla.
Los actores que se vinculan en esta relación pueden ser in-
dividuos, grupos, organizaciones, pueblos, sociedades globales,
federaciones, confederaciones de pueblos o países, etc. En el
caso de un sujeto, la fuerza como recurso de poder, o sea aque-
llo que es capaz de respaldar una amenaza, puede radicar en su
propio cuerpo y musculatura física. También podría radicar en
las armas personales que porta en el momento en que se traba
con otro en un conflicto de valores e intereses; cosa que lo
mueve a tratar de obtener obediencia de parte de su adversario
o enemigo, sin necesidad de emplear materialmente la capaci-
dad de fuerza y violencia de la que dispone. El recurso de po-
der que hemos así identificado, podría consistir en un cierto
número de guardias personales, guardaespaldas, un equipo de
matones o asesinos a sueldo, como ocurre en los medios gangs-
teriles, sin importar que los primeros pudieran ser legales y
legítimos en ciertos casos, e ilegítimos e ilegales los segundos.
Así también/el recurso puede consistir en un ejército privado
de tipo mercenario, como el de los príncipes y personajes im-
portantes del Medioevo o el Renacimiento o eri los íriodernos
72 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

ejércitos mercenarios que por una paga combaten o han com-


batido en el ex Congo Belga, en Mozambique, Angola y otros
lugares de África, etcétera.
En otro plano, tratándose de Estados soberanos, la fuerza
como recurso reposa en el aparato armado, que tiene una do-
ble estructura funcional: policial e interna la primera, y militar
y de acción fundamentalmente externa la segunda, aunque por
razones de seguridad interior su ámbito de acción también es
\ interno. Lo importante de la fuerza como recurso de poder del
Estado, es que, por una parte, actúa como mecanismo de san-
ción que en última instancia garantiza la obediencia al orden
regulativo jur id ico-político que impone a la sociedad, supues-
tamente a nombre de todo el conjunto social al cual represen-
tarfa; por otra parte, esa fuerza es monopolizada a título legí-
timo, además de legal, incluso en su forma constitucional.
La circunstancia de que el Estado disponga a título mono-
pólico de la violencia legítima, no significa que no haya otros
elementos en la sociedad que puedan también disponer de la
violencia organizada; lo que pasa con esa violencia es que no es
legítima, pues no está puesta al servicio de los valores que con-
sagra el orden legal que el Estado impone políticamente como
autoridad a la sociedad que controla, valores inspirados en la
ideología que le sirve de fundamento; esto, a su vez, le permite
al Estado constituirse como autoridad, lo que se refleja en el
valor jurídico de las decisiones que configuran el ordenamiento
social, sea en el plano de poder constituyente o de poder cons-
tituido. El Estado inviste, por así decirlo, dos aspectos o dos
formas de ejercicio del poder. Por un lado, es violencia concen-
trada y organizada, puesta básicamente como garantía del or-
den social que consagra, el cual permite la realización social de
los intereses de una clase dominante que hegemomza a otras
clases que también lo son, sobre un conjunto más amplio de
clases dominadas. En ese sentido, el Estado es un Instituto de
dominación social. Pero también es una autoridad, porque el
orden impuesto políticamente es jurídico y descansa sólo mar-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 73

ginalmente en el ejercicio de la fuerza ante los casos de desobe-


diencia; en cambio, en lo sustancial, el Estado como autoridad
logra obediencia sin forzamiento de la voluntad. Esto ocurre
por varias razones: primero, porque el Estado no podría resis-
tir una desobediencia generalizada de la sociedad y mucho me-
nos si ésta incluye a los miembros de las fuerzas armadas; se-
gundo, porque el número de los que desobedecen es siempre
pequeño en la sociedad comparado con el total de sus inte-
grantes, de modo que quienes sufren condenas o están en la
cárcel son una minoría comparado con aquéllos que no las
sufren por obedecer. Empero, hay que distinguir a quienes
obedecen sólo por estimar útiles las prescripciones del Estado
en cuanto autoridad. Este último caso no corresponde al tipo
de poder forzado que estamos analizando. Una profundización
mayor en la discusión acerca del papel que juega el monopolio
de violencia legítima del Estado en el plano interno, puede al-
canzarse leyendo las obras de Max Weber, sobre todo en "So-
ciología de la dominación" que aparece en Economía y socie-
dad^ y estudiando la amplia literatura marxista que se ha
publicado sobre la materia.
Desde el punto de vista externo, el Estado requiere del re-
curso de poder consistente en la fuerza o capacidad de violen-
cia organizada, para situarla como respaldo de sus amenazas
ante otros Estados o potencias, o bien como respaldo de sus
contraamenazas cuando su soberanía es desconocida por otros.
Incluso, desde el punto de vista interno, ante un evento revo-
lucionario que pretenda desconocer el orden vigente estable-
cido, el Estado recurre a emplear la fuerza. Sin embargo, en
ambos casos hay que distinguir el empleo de la fuerza que es
violencia del empleo de la fuerza como recurso de poder, en
que la obediencia se obtiene sin aplicarla.
Por estas razones, los Estados, sobre todo los poderosos des-
de el punto de vista bélico, procuran mantener en los más altos
niveles de organización y eficiencia esa capacidad de violencia
que representan sus institutos armados. Hay países económica-
74 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

mente débiles que no están en condiciones de mantener ejérci-


tos poderosos con los que puedan oponerse a Estados más fuer-
tes. En esos casos trasladan el núcleo central de sus reservas de
poder en respaldo de sus soberanías al prestigio internacional,
al derecho y al respeto a las normas jurfdicas internacionales,
aunque éstas no están respaldadas por la fuerza porque no
existe un Estado por encima de los demás que a su vez mono-
police la fuerza en ese nivel. Otra manera de compensar la de-
bilidad militar es realizando alianzas con pafses más fuertes, lo
que contribuye en alguna medida a subordinarlos políticamen-
te a miembros más poderosos de la coalición militar. Aún más,
ciertos Estados débiles en el plano de la fuerza, pueden acumu-
lar un potencial suficiente como para causar a sus eventuales
rivales un daño tan grande que en lo esencial sea superior a
cualquier beneficio que aquel otro pudiera obtener sobre él
en caso de una victoria bélica. Esta cuestión está entre los ele-
mentos de cálculo de la credibilidad de la amenaza y el supues-
to de racionalidad en los actos políticos, como ya se vio ante-
riormente.
El poder basado en la fuerza en el ámbito del Estado, e in-
cluso en otros, requiere en alguna medida de que las amenazas
que en él se respaldan cuenten con una cierta dosis de eviden-
cia de aplicación. Un matón de cantina sería poco obedecido sí
de vez en cuando no hiciera demostraciones de brutalidad con
los más débiles que él. Del mismo modo los gangsters que pre-
dominaron en la época de la "ley seca" en los Estados Unidos,
debían constantemente aplicar la violencia frente al menor aso-
mo de desobediencia entre los ciudadanos víctimas de sus atro-
pellos. Esta necesidad de ejercitar violencia de un modo más o
menos continuo tiene por objeto reforzar la credibilidad de la
amenaza y así reforzar el poder basado en la fuerza. Pero en el
caso de los Estados, no se puede recurrir tan fácilmente al ejer-
cicio de la violencia como un factor reforzador de la credibili-
dad de la amenaza, so pena de perder otras bases o recursos de
poder como el prestigio o la simpatía de fa opinión pública
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 75

internacional. En lugar de ello, suelen recurrir a las demostra-


ciones de fuerzas, por ejemplo, hacer público el poderío y
eficiencia bélica alcanzada, maniobras militares, etc.; aunque
también, en algunos casos, perpetran ciertos actos de fuerza
debidamente calculados, para hacer ostensible su decisión de
recurrir a ella en determinado momento.
La guerra es algo distinto al poder basado en la violencia o
fuerza, y su estudio no corresponde al del poder sino al estudio
del arte de la guerra, como lo llamara Clausewitz, o a la pole-
mología, considerada la ciencia de la guerra. En cierto sentido
puede decirse que la finalidad de la guerra es desarmar al adver-
sario, esto es, dejarlo desprovisto de recursos militares, de fuer-
za y capacidad de violencia. Pero esto sólo es un medio para
doblegar su voluntad cuando el poder como tal no lo ha logra-
do. Por esa razón Clausewitz ha dicho que la guerra es la con-
tinuación de la política por otros medios. Esos otros medios
son los armados. Así como la guerra no pertenece al estudio
del poder, tampoco pertenecen las artes marciales, las técnicas
de defensa personal, etc., pues eílas, aunque vinculadas a los
hechos políticos, no forman su objeto de estudio de un modo
específico. También ha sido planteada modernamente la hipó-
tesis inversa, en que la política es visualizada como la continua-
ción de la guerra por otros medios. Con esto se quiere decir
que en muchas ocasiones, cuando la posibilidad de daño recí-
proco es tan grande que ninguna victoria lo compensaría, se
hace necesario para los actores volver al poder como instru-
mento de combate en el conflicto que protagonizan.
Si nos preguntáramos: ¿qué hace la violencia, como poder,
para obtener obediencia?, responderíamos que lo que causa la
obediencia es el miedo. Miedo a ver perjudicada nuestra inte-
gridad física, rnjedo a perder la. vida, incluso; o bien, miedo a
ver destruidos nuestros bienes: el hogar, la patria, nuestra fami-
lia, etc. Todo esto ocurre sí no podemos ofrecer una réplica
capaz de hacer desistir a nuestros enemigos de ^amenazarnos
con emplear la fuerza.
76 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

El miedo es un mecanismo de defensa de nuestra estructura


psicológica y en el hombre actúa igual que en las demás espe-
cies animales manifestando consecuencias fisiológicas perfec-
tamente identificadas. Se tiene miedo a un peligro más o me-
nos mediato o inmediato que se visualiza y se hace objetivo; de
ahí' la necesidad que tiene el amenazador de exhibir la capaci-
dad de violencia que posee, aunque sea en apariencia. En efec-
to, si somos asaltados a medianoche en una calle solitaria, bien
¡s podría ocurrir que no pudiéramos distinguir con nitidez si el
arma que esgrime el asaltante es verdadera o falsa, pero basta
que la presumamos verdadera, así como reales sus intenciones
de usarla sí no le entregamos la billetera, para que obedezca-
mos su orden. El asaltante que sólo amenaza y con esto obtie-
ne su objetivo, no ha usado la violencia sino el poder basado
en la violencia. Cosa distinta es si primero nos aturde con un
golpe o nos dispara y mata para después quitarnos lo que nos
roba. En este caso se trata de violencia pura y no de poder. En
el primero se fuerza nuestra voluntad para que entreguemos lo
que el sujeto nos roba; en el segundo, hemos sido invalidados
físicamente y nuestra voluntad no ha intervenido para "entre-
gar" la billetera, que en realidad nos quitan.
En los tanteos de fuerza a los que recurren normalmente
dos o más actores de poder que respaldan sus amenazas y con-
traamenazas mutuas en el conflicto y sus respectivas capacida-
des de ejercicio de violencia, no siempre está el miedo actuando
como factor psicológico para que uno de ellos obtenga obe-
diencia, porque en muchos casos la obediencia se resuelve por
un mero cálculo racional, si es que esos actores están lo sufi-
cientemente adaptados al juego de fuerzas. Por ejemplo, en
ciertos países donde han predominado los golpes y contra-
golpes militares, los generales que acaudillan bandos de tropas
suelen recurrir a lo que podríamos definir como rutinarios cál-
culos de fuerzas para declararse vencedores o vencidos de un
modo mutuo después de resolver en unas cuantas ecuaciones
los diversos potenciales militares con que cuentan. En ciertas
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 77

ocasiones, los enfrentamientos adoptan el carácter de una gue-


rra telefónica, pues los oponentes se comunican las adhesiones
que han recibido de las distintas guarniciones militares que in-
tegran el pal's. Uno que otro comunicado público de un cuerpo
de ejército rompe la rutina y posteriormente él o los generales
derrotados en esta curiosa guerra emprenden el rumbo del exi-
lio en un avión que le facilita el bando vencedor.
En la actualidad, la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN) y el llamado Pacto de Varsovia (PV), pero más
concretamente los Estados Unidos y la Unión Soviética, desa-
rrollan una verdadera guerra por la supremacía militar, cuya
causa habría que encontrarla en lo que se ha denominado
raison d'etat, en virtud de la cual por una especie de ley polí-
tica cada Estado tiene que luchar por obtener supremacía
respecto de cualquier otro Estado, cuestión en la que está
puesta en juego su propia soberanía, máxime en el nivel de
las grandes potencias. Así al menos lo postula la llamada es-
cuela realista de la política o "realpolitik", cuyo expositor
original y principal fuera Hans Morgenthau. Muchos podrían
señalar, a mi juicio con razón, que la Unión Soviética no se
adscribe a esa política, pudiendo argumentar una serie muy
amplia de razones en el sentido de que la carrera armamen-
tista, a través de la cual se expresa esa lucha por la supremacía
militar, es desfavorable a los intereses objetivos de esa poten-
cia, mientras que en el caso de los Estados Unidos esa tenden-
cia se ve incrementada por la acción de las leyes objetivas que
regulan el desarrollo de fas sociedades capitalistas en su fase
imperial y trasnacional. Pero, del mismo modo, los partidarios
de ios Estados Unidos en el problema de la escalada bélica ar-
gumentarán que ese país se ve forzado a desarrollar incansable-
mente su potencial destructor, debido a las intenciones agresi-
vas y contrarias al interés norteamericano que realiza la Unión
Soviética. Hacernos cargo de esta polémica no figura entre los
objetivos de este trabajoy de modo que,nos conformaremos
con dejar planteado el problema y no intentaremos resolverlo.
78 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

Sin embargo, lo que nos interesa destacar es que estos dos


grandes actores del escenario político internacional se ven for-
zados a estudiar cómo resolver lo más acuciosamente posible
el problema de establecer el real potencial militar y destructor
de cada quien ante una hipótesis de guerra entre ambas poten-
cias, que es lo mismo que decir una hecatombe nuclear que
devastaría al mundo entero. Sin considerar pertinente referir-
nos en detalle a este último problema planteado, sí vale la pena
Vecordar lo que dijéramos en páginas precedentes respecto a la
dimensión del poder llamada gama, ya que los servicios de inte-
ligencia militar y los estados mayores de los bloques militares
están permanentemente ocupados en calcular y determinar el
poder bélico de sus rivales para cualquier hipótesis de guerra.
Y esto no sólo ocurre entre los grandes bloques, sino en la ge-
neralidad de los países que enfrentan la posibilidad eventual de
un conflicto armado.
Como sabemos, por gama del poder se identifica a la canti-
dad de daño material que un poder puede causar sobre un ene-
migo y esta dimensión es sobre todo válida en el ámbito mili-
tar; este dato es fundamental en el duelo de amenazas y con-
traamenazas en que la violencia es utilizada como recurso en
respaldo de aquéllas. De modo que una información insuficien-
te o poco fidedigna podría llevar a ciertos actores políticos
internacionales a ceder frente a amenazas no suficientemente
afianzadas en la posesión real de dichos recursos. Eso justifica
el espionaje, además de todo tipo de maniobras que en otros
planos serían rechazadas por la opinión internacional.
Obviamente que no existe el arma total, porque a cada nue-
vo engendro de la tecnología militar se sucede una nueva arma
capaz de contrarrestarla o de ejercer un efecto disuasivo por la
capacidad de réplica que el adversario puede crearse. Cálculos
ya un poco antiguos, señalaban que en caso de guerra atómica
entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, el primero po-
dría ocasionar, en una primera fase, 114 millones de muertos
en el segundo país, cuyas ciudades son menos densas y de me-
CONTRIBUCION AL ESTUDIO DEL PODER 79

ñor número de habitantes, mientras que la Unión Soviética


podría ocasionar 145 millones de muertos en los Estados Uni-
dos debido a la mayor concentración de población en un me-
nor número de grandes ciudades. Bajo ese condicionamiento
estratégico, la URSS desarrolló cabezas nucleares de mayor
peso y poder destructivo por unidad, mientras los Estados Uni-
dos debieron desarrollar un mayor número de cabezas nuclea-
res con un menor poder destructivo que el de las soviéticas. No
proseguiremos con este análisis, pues él desbordaría los propó-
sitos del presente trabajo, que en este plano sólo se orientan a
mostrar cómo actúa el factor técnico en el condicionamiento
del poder armado.
El poder basado en la fuerza no sólo pone en riesgo nuestra
seguridad física y nuestras vidas, sino también es capaz de ame-
nazar nuestra seguridad y subsistencia económica, si nos mira-
mos en la dimensión país, con inclusión de la individual. Ade-
más, este tipo de poder está fuertemente correlacionado con
el potencial económico de los países en caso de conflicto, cues-
tión que está implícita en los cálculos de la credibilidad de la
amenaza. Examinemos estas situaciones.
Dos niños malcriados pueden, ocasionalmente, disputar la
propiedad de un juguete o de alguna cosa cualquiera. Uno de
los niños sintiéndose más fuerte puede amenazar a otro con
golpearlo si no le cede el juguete disputado; en ese caso el da-
ño será físico y recaerá en su propia persona. Pero también
podría apoderarse de otro bien de mayor valor y más estimado
por el otro chico y después esgrimir la amenaza de destruírse-
lo si no le entrega el mismo juguete. Aquí la amenaza recae so-
bre un bien estimado por el eventual sujeto pasivo de la posible
relación de poder. La intención del que amenaza no es la de
destruir el bien de mayor valor, sino obtener aquél que él ape-
tece y espera que en la medida en que el primer niño crea que
él va a destruirle ese bien que el amenazado estima de mayor
valor, entonces optará por obedecer su mandato de cederle el
juguete motivo de la discordia. Todo esta lo hará si el primer
80 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

chico no está en condiciones de contraamenazarlo de un modo


apropiado para disuadirlo de su empeño.
Proyectando este mismo conflicto en el escenario interna-
cional, podríamos decir que China, siendo mucho más fuerte
que Taiwan, no invadió la isla porque de hacerlo estaba contra-
amenazada por la intervención norteamericana, particularmente
de la Séptima Flota radicada en el estrecho de Formosa o Tai-
wan. En el caso del enclave norteamericano de Guantánamo,
situado en el territorio de Cuba, hay que concluir que Fidel
Castro no la desaloja por la fuerza porque el daño militar que
le causaría Estados Unidos es mucho mayor que el que obten-
dría como beneficio al rescatar la base militar después de una
larga guerra con un desbalance tan fuerte en términos milita-
res. Esto es lo que entra en el cálculo militar y en los cálculos
económicos relativos al costo de la guerra.
En la eventual confrontación entre los Estados Unidos y la
Unión Soviética por la hegemonía militar en el océano índico,
el conflicto estriba en que si la URSS dominara ese océano, los
Estados Unidos verían seriamente dificultados sus abasteci-
mientos petroleros provenientes del Medio Oriente, incluso de
sus aliados de Europa Occidental. Del mismo modo, la destruc-
ción de las grandes ciudades industriales amenazadas por ios
proyectiles atómicos, mermarían enormemente las posibilida-
des económicas de seguir sosteniendo la guerra, por lo menos
bajo la forma de guerra regular.
Desde otro ángulo, las guerras irregulares (de guerrillas) que
han sostenido los pueblos de los dominios coloniales de las
grandes potencias, buscaban, entre otras cosas, reducir a cero
las eventuales ganancias económicas que esas potencias obte-
nían en sus posesiones, para, de esa manera, disminuir las ra-
zones que justificaban la prolongación del dominio.
En otros casos, los intereses puramente militares son por sí
mismos mucho más fuertes que cualquier consideración eco-
nómica, y muchos países dominados bajo las formas neocolo-
niales no representan una ganancia económica significativa pa-
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 81

ra los países imperialistas; sin embargo, y pese a ello, se ven


forzados a mantener ese dominio a cualquier precio económico
si esto les permite conservar lo que consideran sus áreas de do-
minio estratégico en lo militar. Casos semejantes se dan en
África y en Centroamérica.
El poder basado en la fuerza, como hemos pretendido de-
mostrar, está muy correlacionado con el poder económico y
éste, a su vez, con las ventajas tecnológicas, cuyas raíces están
en los conocimientos científicos, en las habilidades y destrezas
que tienen que ver tanto con la producción económica como
con el uso de la fuerza.

3. El poder económico

Este tipo de poder se basa en el recurso de la riqueza material


que posee un actor permitiéndole instrumentar la voluntad de
otro amenazándolo en la forma que exige el poder forzado.
Como aquel monarca que al advertir su total derrota en un
combate, exclamó: " iMi reino por un caballo!" En este cono-
cido episodio histórico, en el fragor de la batalla, no existía
ningún mercado, ni siquiera a título fortuito, de modo que el
caballo jugaba el mero papel de bien de uso y no el de bien eco-
nómico respaldado por una demanda solvente en el mercado.
Un explorador extraviado en el desierto, desmaya de sed;
piensa que sería capaz de pagar una cuantiosa fortuna a alguien
que pudiera proveerlo de un vaso de agua. Luego, se acerca
una persona que dispone de agua y en vez de ofrecerle genero-
samente un vaso del vital líquido, alentado sólo por un propó-
sito humanitario, ve en la ocasión ia oportunidad de cobrarle
un precio exhorbitante que el desdichado se siente obligado a
pagar porque de otra manera, debilitado como está, no podría
obtener el agua de otra forma. A los ojos de los juristas se tra-
tará aquí de un contrato que, obviamente, supone la igualdad
jurídica de las voluntades que en él se relacionan. Abundando
82 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

en el análisis, podría decirse que se trata de un contrato leo-


nino, en que el precio pagado equivale a muchas veces el valor
de lo comprado. Sin embargo, desde el punto de vista del po-
der, el análisis de la figura en comentario corresponde a una
relación de poder forzado, porque la causa que permite el co-
bro del exhorbitante precio radica en la diferencia que hay
entre ambos protagonistas en disponibilidad de ese bien. La
amenaza consiste en: "Si no me das la riqueza que posees por
este vaso de agua, entonces te dejaré morir de sed" (daño en la
persona física), y este factor será el que obliga al sediento a
entregar "voluntariamente", aunque su voluntad se fuerce en
la obediencia, la cantidad que el otro le exije como pago. Nóte-
se que el bien de uso "agua" se sobrevaloró en esa circunstan-
cia, hasta hacerse equivalente, en términos de precio, a una
cantidad de mayor valor en otras riquezas. Probablemente el
sediento fuera más rico que el que disponía del agua, pero el
intercambio desigual sólo fue posible por esas circunstancias
excepcionales en que ambos se encontraban.
Si el recurso de poder denominado riqueza se define por la
posesión de bienes, estos bienes son tales por su capacidad de
satisfacer necesidades humanas socialmente condicionadas. Es-
te elemento esencial y básico, considerado abstractamente, es
independiente de todas las formas sociales históricamente da-
das a través de las cuales los hombres se han organizado para
producir los bienes que requiere su existencia. De hecho, esas
formas sociales e históricas han sido muy variadas y sus trans-
formaciones han seguido al devenir del desarrollo de las fuerzas
productivas y las subsecuentes formas de organización social.
Primero, la apropiación colectiva de la naturaleza vía recolec-
ción de los frutos que ésta libremente genera, tal como ocurrió
en el salvajismo. Segundo, realizando una instrumentación más
consciente de ella con la mira de facilitar su apropiación, recu-
rriendo, por ejemplo, a instrumentos de labranza, domestican-
do animales, etc., como ocurrió en el período histórico de la
barbarie, dando origen al trueque, a la propiedad privada de
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 83

ciertas herramientas de trabajo y a la familia, pasando por muy


diversos tipos de ella. Luego, en el esclavismo, al surgir las civi-
lizaciones y 'con ellas las clases sociales, éstas habrán de dife-
renciarse unas de otras por la propiedad de los medios de pro-
ducción que, en el caso del esclavismo, incluía a la propiedad
de la tierra y de los esclavos. Como estos órdenes sociales se
basaron en la propiedad privada de los medios de producción
de la riqueza, al igual que todos los otros modos de producción
que le sucedieron, excepto el socialismo, esa propiedad sólo
podía garantizarse por un orden jurídico respaldado en última
instancia por la fuerza, como única manera de alcanzar reite-
ración y consagración social.
En el esclavismo y en el feudalismo, la propiedad de la ri-
queza y su garantía jurídica, no podían faltar. Asimismo, esas
sociedades contaron con dinero como representación del valor
de los bienes que se intercambiaban como elementos margina-
les al total de la producción, en su mayoría destinada al auto-
consumo con sus respectivos desniveles entre las distintas
clases. En ambos tipos de sociedades existió, desde luego, el
comercio monetarízado en sustitución del antiguo trueque,
pero las mercancías intercambiadas por dinero en aquellas épo-
cas, distaban mucho de ser la mercancía capitalista que hoy
domina en lo que propiamente es el "mercado capitalista".
Ahora bien, dilucidar con más claridad qué vamos a enten-
der por poder económico, en alguna medida representa escla-
recer primero qué se entiende por economía. La ciencia eco-
nómica es una ciencia social y tiene por objeto a la economía,
entendida como la producción, distribución, circulación, inter-
cambio y consumo de bienes, y estos atributos son los que le
otorgan su carácter de ciencia social, lo que es más claro en la
economía política. En ese sentido, como lo han afirmado los
especialistas, Robinson Crusoe en su isla produjo bienes de
consumo pero no los distribuyó económicamente, ni los circu-
ló ni intercambió con otros productores. Este náufrago solita-
rio no tiene economía, del mismo modo que fuera de una or-
84 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

ganización productiva de bienes o de servicios no hay adminis-


tración, ni privada ni pública. Así, pues, ni el monarca que re-
clama por un caballo ni el viajero que extraviado en el desier-
to desespera por un poco de agua, como casos extremos, ori-
ginan una figura social significativa plenamente asimilable al
poder económico en su manifestación.
El análisis del poder económico queda fuera del estudio de
la economía, ya que no es específicamente su objeto, y fuera
también del tratamiento que sobre dichas relaciones pudiera
efectuarse desde la perspectiva jurídica en el plano del dere-
cho. La ciencia de la política, tomando como base el poder
social y su distribución, incluidas sus manifestaciones propia-
mente políticas, habrá de considerarlo en otro sentido, en
aquél que pretende alcanzar estas lecciones, en cuanto sus efec-
tos se proyectan al escenario social interno de las clases, in-
cluido el plano internacional.
El hombre esclavo de la antigüedad, cosificado en su ser por
su propietario individual, manifestaba un desequilibrio en re-
cursos de poder económico, además de jurídicos, con relación
a su amo y sólo en estas condiciones podía ser despojado de
los frutos de su trabajo que pasaban a formar parte del patri-
monio de su explotador. Ahora bien, ese amo, adquiría social-
mente la condición por la cual otro ser humano pasaba a ser de
su propiedad. Esa condición social es la de una clase: la de los
amos esclavistas. Pero esa clase no podía tampoco existir his-
tóricamente sin un cierto grado de desarrollo de ias fuerzas
productivas que permitieran al trabajo de un hombre exceder,
en volumen de producción, a la cantidad de bienes necesarios
para sostener su sobrevivencia, excedente que pasaba a cons-
tituirse en beneficio de su explotador. A la vez, el derecho que
consagraba la propiedad sobre el esclavo y la capacidad jurí-
dica de apropiarse de su excedente productivo, se fundaba so-
cialmente en ia existencia del Estado sin el cual ni la domina-
ción ni la explotación de una clase por otra son posibles.
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 85

¿Por qué el esclavo no abandonaba esta posición? En pri-


mer término porque sobre él podfa ejercerse la fuerza si perma-
necía viviendo en el orden social en el cual él era esclavo y,
en segundo, porque el vivir en esas condiciones era más venta-
joso que vivir fugitivo o fuera de la sociedad civilizada de la
época, ya que en ese caso sus condiciones de existencia po-
drían ser más pobres que las propias de su condición de escla-
vo. En ese sentido no sólo la fuerza permitía su instrumenta-
ción, sino que su pobreza económica era lo que determinaba,
junto a otros factores, la explotación de que era víctima. Dicha
explotación, como es obvio, adquiría una naturaleza de clase,
porque clases eran, desde el punto de vista social y económico,
tanto los amos esclavistas como los esclavos.
Un análisis semejante podría hacerse con respecto al feuda-
lismo, ya sea en los feudos, con su oposición entre señores y
siervos de la gleba, como entre maestros, oficiales y aprendices
en ios talleres artesanales de las aldeas, pueblos y ciudades me-
dievales. Los órdenes jurídicos de la sociedad feudal que con-
sagraban los privilegios de las clases y estamentos sociales,
determinaban una diferente base de poder económico entre
éstos, factor que, junto con otros recursos de poder desigual-
mente distribuidos en la sociedad, permitía á una clase explo-
tar y dominar a otra en el interior de los modos de producción
coexistentes en el periodo.
En las sociedades capitalistas modernas, donde la produc-
ción burguesa ha desplazado a casi todas las otras formas de
producción precedentes, en conformidad con el desarrollo de
las fuerzas productivas, el mercado ha pasado a ser el lugar de
manifestación principal, en lo interno, de las pugnas sociales
que se respaldan en el poder económico, haciendo de la explo-
tación del trabajo y esfuerzo ajenos la verdadera justificación
del orden social existente.
Consideremos ahora al poder económico en el interior de
la sociedad capitalista burguesa dentro de una formación social
determinada. Por ejemplo, el obrero se presenta, en cuanto
86 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

proletario, como fuerza de trabajo y, como tal, desprovisto


de medios de producción; es decir, como una clase social
explotada.
La supervivencia del obrero depende del hecho de que logre
vender su fuerza de trabajo al miembro de otra clase, que por
la propiedad que éste posee de los medios de producción, re-
quiera de esa fuerza que se ofrece en el mercado. Así, la con-
tratación de su capacidad productiva, desde el punto de vista
del derecho, dependerá del libre acuerdo de las voluntades, por
un precio que, individualmente, estará subordinado al que ten-
gan en el mercado las mercancías que él contribuye a producir
con su esfuerzo, maestría, destreza y conocimiento, y siempre
que en ese precio se recuperen las materias primas, el desgaste
de las maquinarias, el salario y la ganancia del capitalista hasta
el punto en que tal operación sea considerada conveniente por
el empresario. Sin embargo, considerándola ahora socialmente,
en esta operación que se repite millones de veces en el merca-
do, el precio del trabajo equivale al costo de mantenimiento y
reproducción de la fuerza de trabajo asalariada, en condiciones
sociales históricamente dadas. Y esta última es la respuesta que
nos puede dar la economía política. Pero si intentamos un aná-
lisis desde el punto de vista del poder, en su dimensión social,
veremos que en cada acto de contratación en vez de la igualdad
jurídica de las voluntades existe la desigualdad económica de
los contratantes, desigualdad que es de poder económico, o
sea, desigualdad de recursos de poder basados en la riqueza. Y
por otra parte, no sólo el juego de la oferta y la demanda que
preocupa al economista: El obrero, sí no se contrata no trabaja
y sí no trabaja no come ni él ni su familia. En consecuencia,
la amenaza que se esgrime por los capitalistas en cada oferta de
salario es la de que sí no lo acepta y si no encuentra otro capi-
talista que le ofrezca algo mejor en términos de salario, experi-
mentará un daño en su persona física, no sólo él, sino también
su familia. La condición de dominio económico en que se en-
cuentra una clase sobre la otra —burgueses y proletarios en la
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 87

sociedad capitalista—, se basa en la propiedad que sobre los


medios de producción (riqueza) poseen los primeros en opo-
sición al desposeimiento que en esta materia afecta a los se-
gundos.
Como las condiciones en que se enfrentan, dentro del con-
flicto social que protagonizan tanto obreros como proleta-
rios, son de clases, hay que entender que éstas se manifiestan
de un modo social e histórico, y que sólo podrán cambiarse
políticamente por una acción que transforme al orden social
que las engendra. El poder económico, pues, está íntimamente
vinculado a los procesos que tienen lugar en el campo de la
economía política y de ahí deriva su importancia para el aná-
lisis que la ciencia política puede hacer de él. Los casos aisla-
dos, que como situaciones extremas señalamos en un principio,
aunque sirven para ejemplificar la figura como abstracción, no
nos dan cuenta del fenómeno en su dimensión social genera-
lizada en el interior de las distintas épocas en que se ha divi-
dido el estudio de la historia del hombre. La sociedad no se
explica por lo singular y episódico o, incluso, circunstancial;
en realidad se explica por lo general que hay en ella, aunque lo
general sólo exista a través de lo particular y no de otra forma.
En este terreno de formulaciones generalizantes, podríamos
decir que la plusvalía absoluta y relativa del análisis marxista,
equivale a la cesión que "voluntariamente" realiza el obrero
de parte del producto de su trabajo al capitalista que lo explo-
ta, cesión que se realiza bajo la amenaza de que es víctima en
el sentido de que si no se contrata por determinado salario
experimentará un daño o en su persona (morirse de hambre) o
en sus bienes materiales (las condiciones de existencia). Dicho
esto en el contexto de las formaciones sociales concretas, los
modos de producción y las clases sociales que éstos suponen.
Quisiéramos dejar anotado en estas líneas, tal vez adelan-
tándonos a problemas que deberán ser tratados posteriormen-
te, que el acto de poder forzado que se estatuye en el contrato
de trabajo en la producción capitalista utilizando ai poder eco-
88 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

nómíco, sólo es tal en ese acto y no en lo que se sigue de él en


cuanto ej obrero obedece las órdenes del patrón o su represen-
tante durante el trabajo mismo, pues en este segundo aspecto
el trabajador obedece en virtud de una figura distinta a la del
poder forzado, ya que obedece por el tipo de poder llamado
autoridad, que pertenece al poder consentido, en la medida en
que la orden se fundamenta (en la autoridad) en los fines que
justifican a la organización productiva de bienes o de servicios.
i Más arriba mencionamos a la plusvalfa relativa como expre-
sión del despojo económico que realiza el capitalista sobre los
obreros, pues en tal virtud, como sabemos, un adelanto técnico
en los procesos productivos disminuye la cantidad de tiempo
de trabajo que el obrero ocupa en producir su propio salario y
en esa medida aumenta el tiempo de trabajo cuya producción
va en beneficio del capitalista. La materialización de la plusva-
lía relativa permite a un capitalista competir más eficientemen-
te en el mercado con sus adversarios, los demás productores de
los mismos artículos. Esto lo lleva a luchar denodadamente por
desarrollar al máximo las fuerzas productivas en el seno de su
propia industria y a racionalizarla in extremis con el fin de
aumentar la proporción de plusvalía relativa respecto de la ab-
soluta para vencer en el mercado. Esas ventajas tecnológicas
sólo se adquieren por procesos de investigación y experimen-
tación que suponen una acumulación de conocimientos y tam-
bién de habilidades y destrezas. Asi', el conocimiento pasa a ser
una base a partir de la cual se refuerza el poder económico ba-
sado en la riqueza. Y representa también un efecto del poder
tecnológico sobre el poder económico, de la misma forma en
que éste actúa en el poder basado en la fuerza.
Es cierto que esta ventaja relativa de un productor sobre sus
rivales sólo se mantiene durante un periodo relativamente bre-
ve, sólo hasta que los demás no puedan asimilar esas técnicas
productivas. En esta lucha por la eficiencia en el mercado, de
fa que depende la ventaja sobre los rivales, pronto será alcanza-
da por una parte de los demás competidores, mientras que
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DEL PODER 89

otros serán desplazados del mercado, ya que el valor trabajo


es el socialmente necesario en condiciones determinadas.
El modo de producción capitalista no sólo es una realidad
interna de los países, ya que es también una realidad interna-
cional y no podría dejar de serlo, porque la división social del
trabajo es algo que la legalidad de la producción capitalista
impone en el plano del mercado mundial. Si los diferentes paí-
ses en la época del colonialismo se vieron penetrados por la
fuerza de las armas, en la actualidad se ven penetrados por el
capital extranjero en la figura del imperialismo que engendra
procesos de dominación política de una nación sobre otra que
hoy conocemos como neo-colonialismo. El poder financiero de
hoy funciona en forma casi independiente en el nivel de las
grandes trasnacionales que se han dividido el mercado mundial
y las áreas de influencia y predominio económico; igual que
antes pudieron constituirse nacionalmente, hoy lo pueden ha-
cer internacionalrnente.
El poder económico, en su versión de poder financiero in-
ternacional, en función de los créditos que puede o no otorgar,
según convenga a sus intereses, está en condiciones de estable-
cer exigencias políticas a los gobiernos de los países económi-
camente débiles; esto ocurre normalmente en el área geográfica
en que domina el capitalismo como sistema mundial, al usar
este poder financiero como un reforzador de su penetración
económica y el dominio político que por esta v/a puede impo-
nerse a otros países.
En un plano más doméstico, ¿quién ignora que un candi-
dato con muchos recursos económicos puede usar su riqueza
para financiar una propaganda capaz de hacerlo aparecer a los
ojos de los electores como un dechado de virtudes ciudadanas,
con la misma facilidad que hace aparecer ilegítimos a sus ad-
versarios; o bien, por ese recurso, poder comprar la conciencia
de presuntos líderes políticos que obran como manipuladores
de las masas que les siguen?
90 MIGUEL ESCOBAR VALENZUELA

La sociedad moderna, tal vez en grado mayor que otra,


muestra la corrupción como un elemento estructural de ella.
Asf el cohecho, el soborno y muchas otras formas, nos van
indicando cómo el poder económico va siendo usado para ir
imponiendo su dominio en ámbitos cada vez más vastos del
comportamiento social.

4. El poder mismo

El poder mismo es un tipo de poder en que el recurso que res-


palda a la amenaza pertenece más bien a recursos que respal-
dan a otras figuras de poder, por lo general pertenecientes a
las figuras del poder consentido y normalmente a la autoridad.
Pese a ello, la causa por la que se clasifica dentro del poder
forzado, corresponde no al recurso, sino al sentido que adquie-
re la amenaza al ser formulada, que en este plano cumple los
requisitos que conforman al poder forzado. Esto significa que
es requisito del poder mismo constituirse a partir de otro tipo
de poder, al que pasa a convertir en recurso de una figura per-
teneciente al poder forzado sólo por el sentido en que se orien-
ta la amenaza que se esgrime para obtener obediencia. Veamos
un caso muy simple: un jefe (y no el dueño de una empresa)
ha sido encomendado para examinar a distintos postulantes a
un cargo de operario u oficinista en una organización; como
tal, el referido jefe es sólo una autoridad en la empresa. Sin
embargo, aprovechando esa situación coyuntural, puede ha-
cerse pagar por e! otorgamiento de un informe favorable a las
expectativas de ser contratado que tiene uno de los postulan-
tes. Se trata aquí de un soborno que ha sido buscado y eviden-
ciado por el jefe en cuestión, por lo cual tiene que haberse emi-
tido un mandato tácito: cédame algunos dinerillos por el favor
que estaría dispuesto a hacerle; y hay también una amenaza: si
usted no lo hace no obtendrá tampoco el cargo y al no hacerlo
se verá perjudicado económicamente al no obtener el empleo.