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UNIVERSIDAD DE OVIEDO

DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RAFAEL ALTAMIRA,
EL HISPANOAMERICANISMO LIBERAL
Y LA EVOLUCIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA ARGENTINA
EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XX

TESIS DOCTORAL
DE

GUSTAVO HERNÁN PRADO

BAJO LA DIRECCIÓN DEL PROF. DR. MOISÉS LLORDÉN MIÑAMBRES

Oviedo
2004
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RAFAEL ALTAMIRA,
EL HISPANOAMERICANISMO LIBERAL
Y LA EVOLUCIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA ARGENTINA EN EL
PRIMER CUARTO DEL SIGLO XX

TESIS DOCTORAL
DE

GUSTAVO HERNÁN PRADO

BAJO LA DIRECCIÓN DEL PROF. DR. MOISÉS LLORDÉN MIÑAMBRES


Y LA TUTORÍA DE LA PROF. DRA. CARMEN GARCÍA GARCÍA

Oviedo
2004

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4
AGRADECIMIENTOS

A la AECI y a la FICyT que financiaron este trabajo; al Director General de Universidades del
Principado de Asturias, Dr. Rodríguez Asensio; al personal de la Biblioteca Central de la Universidad de
Oviedo, especialmente a los bibliotecarios auxiliares Juan Luis Iglesias Álvarez; Manuel Fernández Gó-
mez; María José Ferrer Echavarry; José Manuel García Melgar, Carmen Roseta Llano, y a su director,
Ramón Rodríguez Álvarez, que me permitió trabajar entre el año 2000 y 2001 en el Fondo Rafael Altami-
ra del Archivo Histórico de la Universidad de Oviedo. A las autoridades del Instituto Jorge Juan de Ali-
cante por abrirme el archivo del Legado Altamira y a Mar Santos, del Centro de Documentación de la
Residencia de Estudiantes de Madrid. A Carroll Audrey Kelly por su apoyo y por su auxilio en la organi-
zación de los más de 100kg. de material duplicado de los Archivos españoles.
A los profesores y doctores del Departamento de Filología Española: a sus Directores, Roca y
José A. Martínez por permitirme trabajar en la Sala de Becarios, lugar donde pude investigar entre 1998
y 2003; a Virginia Gil Amate; a Inmaculada Urzainqui, Álvaro Ruiz de la Peña y al personal del Instituto
del Siglo XVIII; a Isabel Iglesias; a Carmen Muñiz; a José María y María Cachero (que recuperaron un
trabajo perdido sobre Altamira como crítico literario) y muy especialmente a mis amigos Álvaro Arias
Cabal y Ulpiano Lada Ferreras por su ayuda, amistad y apoyo permanentes; y a Elena de Lorenzo por su
ayuda en los inicios.
A mis profesores del Área de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo: Octavio
Montserrat; José Girón; David Ruiz; Francisco Erice; José María Moro y especialmente a mi tutora Car-
men García García, por el apoyo, por aportarme la documentación del Instituto Juan Gil Albert y a Jorge
Uría —mi Director del Trabajo de Investigación—, por sus ideas y consejos.
A los profesores de Teoría e Historia de la Historiografía de la UBA: Pablo Buchbinder; Nora
Pagano; Martha Rodríguez (por los materiales que me facilitó del Archivo Levene); y a Julio Stortini (por
los materiales que me facilitó sobre Paul Groussac).
También a José E. Burucúa, por su aval ante el AECI cuando era Vice-decano de la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA; a Hebe Carmen Pelosi y Alejandro Eujanián por facilitarme sus trabajos; a
Dámaso de Lario por mencionarme los documentos existentes en el Archivo del Ministerio de Relaciones
Exteriores; a Carlos Aguirre de la Universidad de Oregon, por facilitarme bibliografía; a Pilar Cagiao por
su recepción en Santiago de Compostela y por los textos que me facilitó; a Eva Valero de la Universidad
de Alicante por su buena disposición y a Rafael Anes por sus comentarios escépticos sobre Altamira.
A mis compañeros becarios por sus apoyos y auxilios cotidianos, tanto a los que me recibieron o
llegamos juntose, como Mariano Rodríguez; Claudia Rodríguez Monarca y Bibiana Rodríguez Monarca y
Charly; Lutviana Gómez; Luciaelena Mendoza, Julio y Marcela Ogaz; como a los que recibí yo, como
María Crespo, Ruth González y Ricardo Saavedra (por su apoyo y ayuda durante mis últimos dos viajes a
Argentina); Mayra Ibarra; Clara Prieto; Héctor García (por sus ayudas informáticas); Ana Cristina Bena-
vides; Eduardo San José; Ana Bayón (por alentarme con la beca Ficyt); Sophya Monroy; Irene López;
Virginia González; Nancy Fernández; Rosana Llanos; Ismael Piñera; Isabel Vinent; Ángeles Huerta;
Emma Herrán; Gloria Caballero; Courtney Moyer; Laurie Massery; Craig McDonnell; Jayne Reyno;
Miguel Cuevas; Vija Mendelson; Zulema Cohen; Rubén Darío Jaime; Yeira Cortez; Elizabeth Becerra;
Nelson Castillo; Josephine Fuchs; Elisa Pinto; Mayra Noguera; Atticus Robbins; Magaly Guerrero; Rosa-
rio Neira; Sor Elena Salazar; Javier García; Mojles Hajri, Vanesa Hernández.
También debo agradecer las ayudas y apoyos, tanto en Argentina como en España que me dieron
de muy diversas formas y en diferentes momentos a lo largo de estos años difíciles: Noemí Sanz (por su
auxilio en los trámites); Noemí Fernández (por su ayuda en la Hemeroteca Municipal de Madrid); a Bea-
trice Schlee; Dante Klócker; María Sol Balleres; Alberto Sánchez Lerma; Isabel Alonso Martín y Mayi
González Flojeras de A&G (por la confianza y el crédito); Mara Rodríguez; Paulina y Iris Nava; Eduardo
Vega; Tony; Sara Escobar; Noelia Álvarez; Carla (por sus ayudas bibliográficas); Isabel García Martínez;
Isabel Solís; Deissem Ghanem; Natascha Margoulis; Cristián Velasco y Sara Menéndez; a mi parónimo
Gustavo Pardo; a Ángel Prado del Departamento de Historia de la Universidad de Oviedo; María Luisa
Alonso; Josefina García Sánchez; Engracia Álvarez Sordo; Teresa y Miguel Álvarez Teijeiro; Pablo Ál-
varez Álvarez, Juan Carlos Fernández Castañón y Emilio Martínez Fernández (por la seguridad que me
han dado); a María Fernanda Pelayo, (por su ayuda en la corrección de los originales de la primera parte);

5
Roger Bosch; Recaredo Fernández; Susana Yazbek del Instituto Ravignani; Agustín Parrondo; Xoxe
Fidalgo; Luis; César Suárez; Juani Naranjo; a Lorena Villamil; Carolina Taboada; Inés Rey (por su ges-
tión de la estancia 2003 en Argentina) y Guadalupe Fernández de Ficyt; María del Mar y Cristina de In-
ternacionales de la Universidad de Oviedo; Laurentina de Tercer Ciclo; Carlos Tambussi; Claudio Pons;
Román Mussi; Diego Santos; Julia Chindemi; Silvana Perrota; Vanesa Trezza; Georgina Gaya; Gerardo
Traussnig; Gabriela Padrón; Miguel Duarte; Miryam Andino; Silvina Cucchi; Edgardo Colombo; Rodol-
fo Varela; Alejandro Ojeda; Lucio Aquilanti; María del Luján de Lomo; Pablo M.C.L. Bertaccini; Leticia
Amoresano; Isabel; Beatriz Fuchs; Horacio Durazzo; Norma Barnes; Omar Calvo; Belén Calvo; Ricardo,
Laura, Gastón y Silvina Franco; Alicia Franco; Carlos y María Lorena Ferrá; María Luz Ferrá (por su
ayuda en la UNLP); Nélida Broggi; Martín, Susana y María Elena Garmendia.
Para terminar, deseo mencionar a seis personas claves que han sido decisivas para que hoy me
encuentre aquí y a las que quiero agradecer muy especialmente lo que han hecho por mí. A mis padres
Irma Noemí Prieto y Carlos Domingo Prado por el apoyo humano y material y su auxilio desde y en Ar-
gentina; y a Liliana Durazzo Jalifi porque sin su empuje y su ayuda no hubiera venido a España.
A Félix Fernández de Castro, por su apoyo material y logístico incondicional y permanente,
además de su amistad probada en los peores momentos.
A Fernando Devoto ideólogo de este doctorado y el apoyo académico permanente desde Argen-
tina, por sus críticas, por la formación historiográfica y porque si he tenido en la Facultad de Filosofía y
Letras de la UBA un “maestro” —pese a que seguramente no le agrade que le adjudique ese rol— al que
además aprecie personalmente, ese es mi profesor de Teoría e Historia de la Historiografía.
A Moisés Llordén Miñambres, el Director de esta Tesis Doctoral tengo que agradecerle, literal-
mente, todo: la recepción, el apoyo institucional, moral y humano que de forma incondicional y perma-
nente recibí de él en todos estos años; la paciencia y el haber creído en mi y en mi proyecto; la documen-
tación y bibliografía aportada; el dirigir mi investigación y señalarme criterios para organizarla; y el
darme ánimos en los momentos más difíciles de 1998 y 2002, en que esta aventura ovetense pudo haber
naufragado.

Oviedo, 1-VI-2004 y 9-VIII-2004

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RAFAEL ALTAMIRA,
EL HISPANOAMERICANISMO LIBERAL Y LA
EVOLUCIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA ARGENTINA
EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XX

7
Relación de Siglas utilizadas:

AFREM/FA: Archivo de la Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid / Fondo Altamira (en proce-
so de catalogación).
AHUO/FRA: Archivo Histórico de la Universidad de Oviedo / Fondo Rafael Altamira (en proceso de
catalogación).
AMAE: Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.
AMEC: Archivo del Ministerio de Educación y Cultura de España.
ANH: Academia Nacional de la Historia (Argentina).
ANP: Asociación Nacional del Profesorado
ARL: Archivo Ricardo Levene (Buenos Aires).
BCUO: Biblioteca Central de la Universidad de Oviedo.
BFFyL/UBA: Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
FORA: Federación Obrera Regional Argentina.
HMM: Hemeroteca Municipal de Madrid / Sección Microfilms.
ICE: Institución Cultural Española.
IEJGA: Instituto de Estudios Juan Gil Albert de Alicante.
IESJJA/LA: Instituto Enseñanza Secundaria Jorge Juan Alicante / Legado Altamira (sin catalogar).
IHAAER: Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani.
ILE: Institución Libre de Enseñanza.
JAE: Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.
JHNA: Junta de Historia y Numismática Americana (Argentina).
RACMP: Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
RAE: Real Academia Española
RAH: Real Academia de la Historia
RAJL: Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
SEAAA: Sociedad Española de Amigos de la Arqueología Americana
UBA: Universidad Nacional de Buenos Aires.
UC: Unión Cívica
UCM: Universidad Central de Madrid.
UCR: Unión Cívica Radical
UGT: Unión General de Trabajadores.
UMSM: Universidad mayor de San Marcos de Lima.
UNC: Universidad Nacional de Córdoba (Argentina).
UNL: Universidad Nacional del Litoral.
UNLH: Universidad Nacional de La Habana.
UNLP: Universidad Nacional de La Plata.
UNM: Universidad Nacional de México
UNM: Universidad Nacional de México
UNS: Universidad Nacional de Santiago (Chile).
UNSF: Universidad Nacional de Santa Fe.

8
PRIMERA PARTE

EL VIAJE AMERICANISTA DE RAFAEL ALTAMIRA COMO ACONTECIMIENTO


HISTÓRICO Y COMO PROBLEMA HISTORIOGRÁFICO

9
10
CAPÍTULO I

ANATOMÍA DE UN PERIPLO EXITOSO: DEL PLATA AL CARIBE CON EL


DELEGADO DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO.

Faltando unos días para el cambio de siglo, el periodista español afincado en Ar-
gentina, Francisco Grandmontagne (1866-1936) formulaba una pregunta retórica que
mucho tenía de reproche y, quizás, de desafío:
“¿Y España? ¿Qué hace por estudiar estos mercados y estas sociedades? Nunca ha mandado un
economista, un sociólogo, un hombre de ciencia, un banquero, o un escritor de talla, ni siquiera
un orador… Castelar, que tanta oración lírica consagró a Sur América, columpiándola incesan-
temente en ondas de éter, fue incapaz de sacrificarle un mareo…”1

Nueve años después de aquella dolorosa constatación del desinterés español por
América Latina, la Universidad de Oviedo enviaba al historiador y jurista alicantino
Rafael Altamira y Crevea, uno de sus catedráticos más activos y prestigiosos, a recorrer
el Nuevo Continente, desde Buenos Aires hasta Cuba —pasando por Uruguay, Chile,
Perú, México y Estados Unidos de América— para tomar contacto con sus universida-
des y academias, con sus autoridades e instituciones del área cultural y pedagógica y
con diferentes organizaciones de la sociedad civil relacionadas con el mundo educativo
y obrero.
Durante aquel periplo, el profesor Altamira, inspirado por un elaborado proyecto
regeneracionista y americanista, apoyado por la labor de un sólido y dinámico grupo de
intelectuales reunidos en torno a la universidad ovetense y portador de propuestas con-
cretas para reestablecer los vínculos entre el mundo intelectual y universitario español y
el americano, llevaría a cabo una notable campaña pública. Durante este periplo —como
ya se ha dicho en otras oportunidades— Altamira pronunciaría cientos de conferencias
en sedes universitarias y de la sociedad civil, recibiría dos doctorados honoris causa y
varias membresías honorarias y correspondientes de instituciones culturales públicas y
privadas, sería atendido por los ministros de educación y recibido personalmente por los
jefes de Estado de seis países latinoamericanos.
Este acontecimiento fue particularmente importante en Argentina, donde puede
ser considerado como un claro punto de inflexión en la centenaria tendencia de desen-

1
Francisco GRANDMONTAGNE, La confraternidad hispano-argentina, Buenos Aires, Nuestro Tiempo, pp.
339-351 (cita tomada de: Daniel RIVADULLA BARRIENTOS, La “amistad irreconciliable. España y Argen-
tina, 1900-1914, Madrid, Editorial Mafpre, 1992, p. 70).

11
cuentros y de mutuo extrañamiento entre el mundo intelectual español y el rioplatense
que abrió el período revolucionario. A pesar de ello, este fenómeno —que en su mo-
mento causó un gran impacto en la opinión pública iberoamericana— fue cayendo en el
olvido y perdiendo sustantividad en la consideración de los historiadores. De esta for-
ma, el viaje protagonizado por Rafael Altamira fue desdibujándose progresivamente
como una anécdota más en el heterogéneo conjunto de hechos y situaciones que deparó
el creciente desarrollo de las relaciones culturales e intelectuales entre España y Argen-
tina en el siglo XX.
Persuadidos de la necesidad de estudiar en profundidad este acontecimiento in-
tentaremos, pues, reconstruirlo y analizarlo desde una perspectiva atenta a ver en él un
evento inaugural, antes que un detalle pintoresco con el que adornar la biografía de su
protagonista o las glorias de una institución; y para ello nada mejor que comenzar por
exponer crudamente los hechos en todo lo que tuvieron de excepcional, de impactante y,
quizás, de desproporcionado.

1.- La visita de Rafael Altamira a la República Argentina

La primera escala del celebrado viaje americano del profesor Rafael Altamira y
Crevea, deparó al catedrático ovetense no sólo el cálido y previsible recibimiento de la
comunidad española, sino una sorprendente repercusión pública en los medios universi-
tarios e intelectuales.
Un relevamiento de las actividades pedagógicas de Altamira en Argentina entre
el 3 de julio —día en que arribó a bordo del steamer británico R.M.S.P. Avon al Río de
la Plata— y el 27 de octubre de 1909, puede ayudarnos a comprender hasta que punto
su presencia fue valorada en las instituciones de enseñanza superior.
Las actividades del catedrático ovetense comenzaron con el dictado de un curso
de Metodología de la Historia en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) de tres
meses de duración. Este curso concluyó, según testimonia Altamira en su informe, con
la entrega de “catorce monografías presentadas por los alumnos de los Seminarios, apar-
te de otros trabajos examinados y discutidos en las sesiones”, que se esperaban fueran
una sólida base para futuras obras acerca de la historia nacional o de metodología histo-
riográfica2.
Además de estas actividades en la UNLP, Altamira recibió el encargo de un cur-
sillo de diez lecciones sobre Historia del Derecho Español en la Facultad de Derecho de
la UBA en el que participaron representantes de todos los claustros, profesionales y per-
sonal del cuerpo diplomático3.

2
Rafael ALTAMIRA, “Primer informe elevado al señor Rector de la Universidad de Oviedo, acerca de los
trabajos realizados por el que suscribe, en cumplimiento de la misión que se le confió”, en: ID., Mi viaje a
América (Libro de documentos), Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1911, p. 57. Para un
detalle de los hitos del viaje de Altamira, ver los Cuadros I y II de los anexos.
3
“Recepción del Profesor Altamira” en: Discursos académicos, T.1, Buenos Aires, Facultad de Derecho
y Ciencias sociales de la UBA, 1911, pp. 419 a 443 (Biblioteca FDCS/UBA). Agradezco al Dr. Carlos E.

12
La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA también confió al profesor visitante
la organización de nueve conferencias sobre historia, historia literaria, filosofía, peda-
gogía y arte4 en las que la policía debió contener la inusitada afluencia de público y se
registraron varios incidentes, que no empañaron en nada el éxito del viajero5.
Además de estos cursos, Altamira fue invitado a pronunciar conferencias en la
Universidad de Santa Fe6 sobre los “ideales universitarios” y sobre diversas materias de
ciencia y metodología jurídicas en la Universidad de Córdoba7.
Fuera del ámbito universitario, Altamira desplegó también numerosas activida-
des sociales e intelectuales. El 21 de julio de 1909 pronunció una conferencia acerca de
la Extensión universitaria en la sede de la Asociación Nacional del Profesorado8. El
inspector general Edelmiro Calvo —responsable de la Dirección de Escuelas de la Pro-
vincia de Buenos Aires— y Federico della Croce —encargado del Museo Pedagógico
provincial— oficiaron de anfitriones de Altamira durante sus visitas a ambas institucio-
nes y a algunas escuelas primarias de La Plata9. El día 14 de septiembre el mismo fun-

Tambussi haberme facilitado este material, así como las diligencias que efectuó para obtener y remitirme
una copia completa del mismo, ya que en el AHUO sólo existe una una copia mecanografiada incompleta
de este material.
4
La aprobación de programa de tareas presentado por Altamira fue comunicada por el Decano Matienzo
y se conserva en Alicante: IESJJA/LA, s.c., Nota del Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la
UBA, José Nicolás Matienzo a Rafael Altamira, Buenos Aires, 11-VII-1909. En el mismo archivo se
conserva el reconocimiento del Decano por su labor: IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita de José
Nicolás Matienzo —con membrete del Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y bajo el número de
despacho 101— a Rafael Altamira, Buenos Aires, 20-IX-1909.
5
“El profesor Altamira en la Facultad de Filosofía y Letras”, periódico sin identificar, Buenos Aires,
VIII-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa). En dicho artículo, recortado por el propio Altamira como
testimonio de su viaje, los redactores se quejaban de la organización del evento y hacía responsable a la
Facultad de la falta de comodidades para la prensa y de los incidentes que en la tercera conferencia —
cuyo tema era una discusión entre Sófocles y Platón— en la que varios alumnos que quedaron fuera del
local habilitado, rompieron los cristales de las puertas al comprobarse casos de admisión selectiva al re-
cinto.
6
Altamira pronunció esta breve conferencia en la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Socia-
les de la Universidad de Santa Fe, el 23-VIII-1909 durante la gira en la que acompañara al Ministro de
Instrucción Pública, Rómulo S. Naón y que lo llevó a visitar Resistencia, capital del Chaco. El paso de
Altamira por este territorio fue registrado en: “El Ministro de Justicia e Instrucción Pública Doctor Rómu-
lo S. Naón. Visita a Resistencia”, en: El Colono, Resistencia, 1-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de
prensa). La USF lo invitó posteriormente a disertar con más tranquilidad sobre asuntos jurídicos durante
los últimos días de su estancia, si bien no hay testimonio que nos hable de la vuelta de Altamira a la ciu-
dad de Santa Fe. A propósito de esta segunda invitación, consultar: IESJJA/LA, s.c., Carta original ma-
nuscrita de Santiago Irigoyen —con membrete de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Uni-
versidad de Santa Fe y con número de despacho 49— a Rafael Altamira, Santa Fe, 28-IX-1909; e
“Invitación al señor Rafael Altamira”, en: La Argentina, Buenos Aires, 27-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c.,
Recorte de prensa).
7
“Rafael Altamira”, en: La Voz del Interior, Córdoba, 20/X/1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
8
“El profesor Altamira en la Asociación Nacional del Profesorado. La extensión Universitaria”, en: La
Prensa, Buenos Aires, 21-VII-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
9
“El profesor Altamira en La Plata. Su duodécima conferencia. Visita a los establecimientos de educa-
ción”, en: La Nación, Buenos Aires, 7-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa). Otras menciones al
asunto pueden encontrarse en: “El profesor Altamira. La visita escolar”, en: El Día, La Plata, 7-IX-1909
(AHUO/FRA, en cat., Caja IV , Recorte de prensa) y “El profesor Altamira”, en: La Argentina, Buenos
Aires, 7-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

13
cionario presentó la conferencia de Altamira sobre los museos pedagógicos y bibliote-
cas escolares en el Teatro Moderno de La Plata10.
Antes de partir en ferrocarril hacia Chile, vía Mendoza, Altamira fue recibido en
Rosario por una comisión de universitarios y notables que lo escoltaría hacia el Colegio
Nacional y la Escuela Gobernador Freyre, donde pronunciaría conferencias sobre mate-
ria pedagógica11.
Altamira también desplegó sus actividades de pedagogo y conferencista en el
mundo obrero. El 9 de septiembre Altamira brindó en La Plata una conferencia en la
sede de la sociedad Operari Italiani, patrocinada por la recientemente creada Universi-
dad Popular12.
El 22 y el 29 de septiembre, Altamira participó de las sesiones de la Asamblea
del Comité de la Extensión Universitaria del Colegio Nacional del Oeste en la que se
discutió la confección del programa de lecciones para 191013.
El 1 de octubre, a instancias de la Asociación de Empleados de Comercio, Alta-
mira ofreció en los salones de Unione e Benevolenza, una conferencia musicalizada
sobre el Peer Gynt de Grieg basado en la obra de Ibsen, con la ejecución musical del
maestro Rafael Nuremberg14.

10
Ver los siguientes reportes periodísticos: “Conferencia Altamira ante el personal de La Plata”, en: El
Republicano, La Plata, 19-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa) y “Extensión Universitaria.
Conferencia del señor Altamira”, en: La Prensa, Buenos Aires, 19-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de
prensa). Un resumen de la conferencia puede leerse en: “El profesor Altamira en el Teatro Moderno.
Conferencia a los maestros. Dentro de la obra educativa, lo primero es el maestro. Museos pedagógicos”,
en: La Argentina, Buenos Aires, 15-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
11
Según la documentación de que se dispone, no queda claro si Altamira ofreció dos conferencias, una
para el Colegio Nacional y otra para la Escuela Gobernador Freyre, o si sólo ofreció una, para este último
establecimiento. Por un lado, se conserva una invitación para pronunciar una conferencia en Rosario
formulada por el rector del Colegio Nacional de Rosario, Dr. Candioti con bastante antelación
(IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita de E. Candioti a Rafael Altamira, Rosario, 21-VII-1909).
También han sobrevivido las notas del profesor ovetense para una conferencia bajo un título inequívoco
(IESJJA/LA, s.c., Notas manuscritas de Rafael Altamira —3 pp. originales una de ellas con membrete del
Grand Hotel Central de Rosario de Santa Fe— tituladas: “Conferencia en el Colegio Nacional de Rosa-
rio”, Rosario, 16-X-1909). Sin embargo, la información de prensa no consigna el hecho de que se hallan
celebrado dos reuniones diferentes, refiriéndose el material hallado a la conferencia en la Escuela Freyre,
la que habría versado sobre “pedagogía para maestros primarios” (“El profesor Altamira...”, información
de prensa sin fuente consignada, Rosario, 16-X-1909 —IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa—). Consultar
también el material fotográfico impreso sin consignar fuente que corresponde a la página 83 de una publi-
cación ilustrada que reproduce dos instantáneas de las conferencias de Altamira en la Escuela Gobernador
Freyre (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa), “De Rosario. La conferencia de Altamira. El profesor Alta-
mira y el rector del Colegio Nacional entrando en la escuela Gobernador Freyre”). Las informaciones de
prensa posteriores desde Córdoba hablan también de una conferencia o no precisan su número (“Don
Rafael Altamira”, en: Patria, Córdoba, 18-IX-1909 —IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa—). Probable-
mente sólo haya existido esta última conferencia y el equívoco haya sido inducido, quizás, por una confu-
sión del propio Altamira ante las prematuras gestiones de Candiotti, reflejada en el título y contenido de
su propia guía la cual excedía con creces el tratamiento de la pedagogía especial para el nivel primario.
12
“Cartas de La Plata. Noticias Universitarias. Extensión Universitaria”, en: La Prensa, Buenos Aires,
10-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
13
“Extensión Universitaria”, en: La Prensa, Buenos Aires 22-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de
prensa); “Comité de Extensión Universitaria. La reunión de anoche”, en: La Nación, Buenos Aires, 23-
IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
14
“Unión Dependientes de Comercio. Conferencia del profesor Altamira”, en: La Prensa, Buenos Aires,
2-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

14
A la hora del balance, podemos decir, sin lugar a dudas, que este despliegue de
actividades, que luego tendremos ocasión de ampliar y analizar con mayor detenimien-
to, reportó a Altamira muchos cumplidos y distinciones.
La Junta de Historia y Numismática Americana (JHNA) —futura Academia Na-
cional de la Historia (ANH)— lo nombró miembro correspondiente en su octogésimo
novena sesión del primero de agosto de 1909, con el voto unánime de los académicos
presentes15.
La entrega del diploma acreditativo fue realizada en la nonagésimo primera
reunión, el cinco de septiembre de 1909, luego de un breve discurso de circunstancias
del presidente de oficio en ausencia de Enrique Peña (1848-1924), Alejandro Rosa
(1855-1914):
“He sido honrado con el encargo de poner en vuestras manos el título de miembro correspon-
diente de la Junta de Historia y Numismática Americana, en testimonio de la alta consideración
que le merecéis por vuestros profundos conocimientos históricos, por vuestro dominio perfecto
de las ciencias que cultiváis y que tan admirablemente exponéis a cuantos tienen el placer y el
provecho de escucharos o de leeros. [...] Investigadores sinceros del pasado americano, aspirando
sólo a la verdad en la historia, ilumináis con vuestros métodos consistentes el camino para hallar-
la. Por él seguiremos, señor Altamira, animados por vuestras inolvidables enseñanzas y con el
vivo recuerdo de vuestra gratísima visita.”16

El 23 de septiembre Altamira fue el invitado de honor en la fiesta de inaugura-


ción del teatro infantil fundado por la Asociación Mariano Moreno. En este acto, rom-
piendo audazmente el protocolo, el profesor oventense entabló un peculiar diálogo con
los más de mil quinientos niños presentes17. Este gesto simpático y afable corroboraba la
caracterización altruista de la empresa americanista y la semblanza generosa del viajero
que bosquejara el vicepresidente de la UNLP, Agustín Álvarez18, en un discurso de pre-

15
JHNA, “Libro de Actas, LXXXIXª Sesión de la JHNA”, reproducido en: Boletín de la Junta de Histo-
ria y Numismática Americana, Vol. V, Bs.As., 1928, p. 203. La reunión estuvo presidida por Alejandro
Rosa y votaron la moción Adolfo Decoud (1852-1928), Antonio Dellepiane, Jorge Echayde (1862-1938),
Clemente L. Fregeiro (1853-1923), Samuel Lafone Quevedo, Antonio Larrouy (1874-1935), José Marcó
del Pont (1851-1917), Juan A. Pelleschi (1846-1922), José A. Pillado (1845-1914) y Carlos Urien (1855-
1921). La candidatura de Rafael Altamira a miembro correspondiente fue presentada en la LXXXVIIIª
sesión por Ramón J. Cárcano (1860-1946), Antonio Dellepiane, Roberto Lehmann Nitsche (1873-1938),
José Marcó del Pont, José Pillado, Manuel F. Mantilla (1853-1909) y Carlos Urien.
16
Discurso de Alejandro Rosa en la XCIª Sesión de la JHNA, reproducido en: Boletín de la Junta de
Historia y Numismática Americana, Vol. V, Buenos Aires, 1928, p. 206. En dicha sesión se hallaban
presentes, además de los nombrados anteriormente, Juan B. Ambrosetti y Roberto Lehmann Nitsche;
estando Clemente Frageiro, Antonio Larrouy y José Pillado, ausentes.
17
“El profesor Rafael Altamira, cuya presencia en la fiesta fue acogida con estruendosos vivas y demos-
traciones, se dirigió al público infantil en una deliciosa charla, que se hizo tan estrecha, que al final de ella
los niños respondían en masa, con rara unanimidad de sentimiento, a las preguntas del orador. Este les
habló de los niños de España y en particular de los de Oviedo, de los cuales, dijo, era embajador ante los
niños argentinos, pues les traía invitación de iniciar entre ambos países la correspondencia infantil y el
canje de postales y de visitas de sus respectivas tierras.” (“Homenaje a Moreno. La fiesta de ayer”, en:
periódico no consignado, 24-IX-1909 —IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa—).
18
Agustín Alvarez (1857-1914), natural de la Provincia de Mendoza, estudió en el Colegio Militar, llegó
al grado de Capitán de infantería —al final de su carrera, en 1906 se retiraría con el grado de General de
Brigada pero en virtud de su reenganche como asesor letrado del área de Defensa— y participó en la
Campañas de Río Negro, en la represión de la sublevación de Buenos Aires de 1880, y en las campañas

15
sentación, en el que —por otra parte— no se olvidaban los viejos agravios de la antigua
Metrópoli:
“Cien años atrás, el patriotismo español... consistía en mandar funcionarios para que nos gober-
nasen al gusto de su rey, y soldados para que nos metiesen en vereda a sablazos; hoy, consiste en
mandarnos profesores para que nos ayuden con su palabra a prepararnos para ver mejor la vereda
nuestra en beneficio mutuo. Vamos a tener el placer y el honor de escuchar la palabra generosa-
mente luminosa del profesor Altamira, uno de los tres o cuatro espíritus superiores que han
hecho destacarse tan alto en el mundo intelectual el crédito de la pequeña Universidad de Ovie-
do, o para decirlo en nuestro idioma nacional, la palabra de un Mariano Moreno español, en un
salón consagrado a la memoria del Mariano Moreno argentino; y podemos pensar en lo que esto
significa como cambio de los tiempos, las ideas y los sentimientos, para la aproximación simpá-
tica de los hombres y de las naciones otro tiempo tan distanciados por otras ideas y por otras
formas de los mismos sentimientos.” 19

La Escuela Agronómica de Santa Catalina, dependencia de la UNLP, lo convidó


con un festín —al que concurrieron los profesores y autoridades del establecimiento,
Enrique del Valle Ibarlucea, Rafael Calzada20 y César Calzada21 en cuyo brindis, el

de Chaco y Formosa. En 1888 se doctoró en Leyes en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la


UBA. En 1890 se plegó al movimiento revolucionario de la Unión Cívica, siendo electo diputado en
1892. Fue profesor de Derecho Internacional en la Escuela Nacional de Guerra y en la Escuela de Aplica-
ción para Oficiales; miembro del Consejo Nacional de Educación. Representó al Instituto Geográfico
Militar en el Congreso Internacional de Americanistas de 1910 y fue Presidente de la Sociedad Científica
Argentina. También fue Vicepresidente de la UNLP a la que representó en el Congreso de Historia de
Londres (1913). Entre sus libros encontramos: Manual de patología política, s/d ed., 1899; Ensayo sobre
educación, s/d ed.; Teoría de los sacrificios patróticos en la historia interna, Buenos Aires, J. L. Rosso,
1918; South America. El arte de hacer barbaridades. Historia Natural de la razón, Buenos Aires, J. L.
Rosso, 1918; La transformación de las razas en América, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1918; La
herencia moral de los pueblos hispano-americanos, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1919.
19
Discurso de Agustín Álvarez citado en: “Homenaje a Moreno. La fiesta de ayer”, en: periódico no
consignado, 24-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
20
El asturiano de Navia, Rafael Calzada (1854-1929) estudió Leyes en la Universidad Central de Madrid
(UCM), la Universidad de Barcelona y la Universidad de Oviedo, concluyendo sus estudios en 1875. En
noviembre de ese año arribó a Buenos Aires y un año más tarde se convirtió en el primer extranjero en
revalidar su título de abogado en la Facultad de Derecho de la UBA. Progresó espectacularmente en Ar-
gentina, desde donde acumuló una sorprendente serie de actividades, distinciones, responsabilidades y
cargos convirtiéndose en un referente de la comunidad española. Formó parte de varias sociedades de la
colectividad en Argentina, siendo miembro directivo, presidente y luego presidente honorario del Club
Español; socio honorario del Centro Gallego de Buenos Aires, de la Unión Obrera Española, del Círculo
Valenciano, de la Unión Protectora de Inmigrantes Españoles, del Centro Asturiano de Montevideo y de
la Sociedad de Beneficencia Española y de la Infancia Desvalida de Rosario; fue presidente de la Junta
Central de Auxilios a Andalucía y de la comisión de Socorros para Asturias (1886). Fue director de la
Revista de Legislación y Jurisprudencia y de la Revista de los Tribunales; miembro del Instituto Geográ-
fico Argentino; de la Asociación de la Prensa de la República Argentina, de la Real Academia de Juris-
prudencia y Legislación (RAJL) y de la comisión conmemorativa del Tercer Centenario de la publicación
del Quijote; fue presidente del comité conmemorativo el IV Centenario del descubrimiento de América y
presidente honorario del Congreso Hispano Americano (1900). También fue nombrado académico co-
rrespondiente de la Real Academia Hispano Americana, de Cádiz (1921). Ejerció como abogado del Con-
sulado Español en Buenos Aires; fue director del Banco Nacional Inmobiliario; propietario y director de
El Correo español (1890-1892). Fue integrante y directivo de diversas sociedades culturales, económicas
y políticas españolas, como el Ateneo Español (1879), del Club Liberal de Buenos Aires (1882), la Cáma-
ra Española de Comercio de Buenos Aires (1887), la Junta de la Suscripción Peral —para colaborar con
Isaac Peral en el desarrollo del submarino—. También integró la Comisión Directiva de la Liga Patriótica
Española, constituida con motivo de la guerra entre España y EE.UU —rebautizada luego como Asocia-
ción Patriótica Española— e impulsa una colecta para donar a España el crucero de guerra Río de la Plata
(1898). Fue presidente del Comité central de la “Liga Republicana Española” que luego se convertirá en
Federación Republicana Española de América, abarcando la Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Cuba

16
mismo Agustín Álvarez puso de relieve que Altamira, “habiendo entrado a la sordina en
nuestro país, había también a la sordina conquistado una a una las simpatías y admira-
ción de todos los universitarios”22. La velada concluyó en un acto público con represen-
tación de las autoridades universitarias y del alumnado en el que se impuso su nombre a
una de las avenidas del bosque integrado en su perímetro, descubriéndose una placa
alusiva23.
Más tarde, el Consejo Superior de la UNLP —a solicitud de la Facultad corres-
pondiente— le concedió la titularidad de la cátedra sobre Metodología de la Historia24 y
le otorgó el título de Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales honoris causa25.

y Puerto Rico (1903) y presidente honorario del Centro Republicano Español de Buenos Aires (1904).
Calzada fue reconocido en su tierra: el Ayuntamiento de Navia, lo designó “Hijo Predilecto de Navia”,
bautizando una calle con su nombre; fue nombrado Doctor honoris causa por la Universidad de Oviedo
(1902). En 1907 fue elegido diputado de las Cortes por Madrid representando al Partido Republicano
(1907). Poco antes de su muerte publicó su libro Cincuenta años de América, 2 vol, Buenos Aires, 1927 y
1928. (Una relación cronológica de la vida pública de Calzada puede encontrarse en: “Vida y obra de
Rafael Calzada” [en línea], en: El Vocero Digital de Rafael Calzada, Año III, Nº 24, Rafael Calzada,
VII-1999, http://elvocerodigital.galeon.com/24julio.htm [Consultado: 20-VI-2002]). Sobre Rafael Calza-
da puede leerse: Rafael ANES ÁLVAREZ, “Rafael Calzada, un asturamericano de Navia”, en: María Cruz
MORALES SARO y Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES (Eds.), Arte, cultura y sociedad en la emigración espa-
ñola a América, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1992, pp. 215-231. También es importante el libro en el
que se estudia el rol de Calzada en la organización de la comunidad española y de los republicanos espa-
ñoles: Ángel DUARTE, La república del inmigrante. La cultura política de los españoles en Argentina
(1875-1910), Lleida, Editorial Milenio, 1998; y el capítulo dedicado de Calzada en: Hugo BIAGINI, Inte-
lectuales y políticos españoles a comienzos de la inmigración masiva, Buenos Aires, CEAL, 1995, pp.
161-182.
21
César Fernández Calzada (1877-1934), estudió Derecho en Oviedo y en 1900 llegó a Argentina, donde
revalidó su título en la UNC. Más tarde se doctoró en leyes en Paraguay, Brasil y por la UNR de Uru-
guay. Se desempeñó como asesor letrado de la Embajada Española y fue Presidente del Círculo Asturiano
y del Club Hispano-Americano de Regatas. Murió en Madrid durante uno de sus viajes por Europa. Dejó
su fortuna en herencia a la Villa de Navia para la construcción de un Hospital (500.000 ptas) y el Ateneo
Popular (25.000 ptas.).
22
“Calle Altamira. La escuela agronómica de Santa Catalina”, en: La Nación, Buenos Aires, 30-IX-1909
(IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa). Ver también: “En honor de Altamira”, en: El Diario Español, Bue-
nos Aires, 30-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
23
“La fiesta de ayer en la Escuela de Santa Catalina. Demostración honrosa. El ilustre catedrático de
Oviedo pronuncia un notable discurso. La calle Altamira”, en: La Argentina, Buenos Aires, 30-IX-1909
(IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
24
Dado que el designado no podía cumplir con las obligaciones docentes que dicho nombramiento invo-
lucraba, la Universidad dispuso que el dictado efectivo de la asignatura quedara en manos de dos profeso-
res auxiliares designados por consejo de su titular.
25
El 23 de septiembre de 1909 Altamira recibió una comunicación oficial de la UNLP firmada por Agus-
tín Álvarez y secundada por la rúbrica de Enrique del Valle Ibarlucea —Vicepresidente y Secretario Ge-
neral de la institución— en la que se le comunicaba la decisión de otorgarle esa distinción académica y
sus fundamentos: “Me es grato comunicar a usted que el Honorable Consejo Superior, en sesión de fecha
20 de agosto próximo pasado, previa una proposición de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, en
atención a sus altos méritos y a los valiosísimos servicios prestados por usted a la causa de la cultura de
los pueblos de habla castellana, como un testimonio de reconocimiento por la sabia enseñanza que ha
dado a nuestros alumnos durante su permanencia en el país, y al propio tiempo como una forma de estre-
char aún más los vínculos intelectuales y amistosos que unen a esta Universidad con la muy ilustre de
Oviedo, ha resuelto otorgarle el título de Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales honoris causa.”
(IESJJA/LA, s.c., Comunicación original mecanografiada de la Universidad de La Plata dirigida a Rafael
Altamira bajo el número 3918, fechada en La Plata, 23-IX-1909). Este documento fue reproducido por el
interesado en las páginas 83 y 84 de su libro Mi viaje a América.

17
La entrega de esta distinción se efectuó en una solemne ceremonia celebrada el 4
de octubre de 1909 en el salón de actos y recepciones del Colegio Nacional de la
UNLP26. Dicha ceremonia contó con el expreso apoyo del Ministerio de Justicia e Ins-
trucción Pública que, por decreto del 3 de octubre, suspendió las clases en la Universi-
dad platense para favorecer la participación de autoridades, profesores y alumnos27. El
acto de entrega del título contó con la presencia del Encargado de negocios de España,
Tomás de Rueda y Oslome, Vizconde de la Fuente; del Director de Escuelas de la Pro-
vincia de Buenos Aires, Dr. Ángel Garay; del Director del Instituto de Museo, Samuel
A. Lafone Quevedo28; del Director del Observatorio Astronómico y Decano de la Facul-
tad de Ciencias Físicas, Matemáticas y Astronómicas de la UNLP, Dr. Francesco Porro
di Somenzi29 y del Rector del Colegio Nacional de la UNLP, Dr. Donato González Li-
tardo, entre otros.
En esta ocasión, pronunciaron discursos el Presidente de la UNLP, Dr. Joaquín
V. González30; el Vicedecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la

26
El Palacio del Colegio Nacional de la UNLP se hallaba, por entonces, en su fase final de construcción y
el salón de actos fue inaugurado en dicha ceremonia. Véase la crónica del acontecimiento en: “Colegio
Nacional. Su nuevo edificio. Homenaje a Altamira”, en: Argentina, Buenos Aires, 4-X-1909 (IESJJA/LA,
s.c., Recorte de prensa).
27
“Cartas de La Plata. Noticias universitarias. Conferencias del profesor Altamira”, en: La Prensa, Bue-
nos Aires, s/f , (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
28
Samuel A. Lafone Quevedo (1835-1920) nació en Montevideo y estudió humanidades en la Universi-
dad de Cambridge y se reinstaló en Catamarca donde fundó el ingenio modelo de Pilciao —con claras
reminiscencias reformistas y utópicas, pero según el modelo que evocaba a las misiones guaraníes— al
sur de Andalgalá, el cual quebraría en 1892. Instalado en Buenos Aires y alentado por Bartolomé Mitre,
Vicente Fidel López, Francisco Moreno y Juan Ambrosetti, se concentró en los estudios arqueológicos,
etnológicos y filológicos indoamericanos. En 1890 recibió el doctorado honoris causa por la UBA, donde
ejerció como profesor de Etnografía. También fue Director del Museo de La Plata (1906), Profesor y
Decano de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNLP, y miembro de número de la Junta de Historia y
Numismática Americana.
29
Francesco Porro Di Somenzi (1861-1937) fue otra de las adquisiciones internacionales del cuerpo do-
cente de la UNLP. Este astrónomo italiano dirigió los observatorios de Milán y Turín, antes de hacerse
cargo del de La Plata entre 1908 y 1910. Anteriormente había representado a la Argentina en el Congreso
de Geodesia de Budapest en 1906.
30
Joaquín V. González (1863-1923), el gran mentor de Altamira en Argentina, nació en la provincia de
La Rioja y estudió en el Colegio de Monserrat de la Provincia de Córdoba. Fue periodista en El Interior,
El Progreso y La Revista de Córdoba. En 1883 era profesor secundario de historia, geografía y francés en
la Escuela Normal de Córdoba. En 1886 obtuvo el doctorado en Leyes con una tesis titulada Estudios
sobre la Revolución. Fue diputado nacional en cuatro oportunidades. Entre 1889 y 1891 fue Gobernador
de la Provincia de La Rioja. Fue titular de la Cátedra de Legislación de Minas, de la Facultad de Filosofía
y Letras de la UBA y presidente del Consejo Nacional de Educación (1896). En 1901, el Presidente Julio
Argentino Roca lo designó Ministerio de Interior. Liberal reformista, González fue responsable de la
reforma electoral de 1904. En 1904 fue Ministro del Interior y de Justicia e Instrucción Pública, creando
el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Buenos Aires (que hoy lleva su nombre). El presiden-
te Quintana lo confirmó en este último cargo y en 1905 fue fundador de la Universidad de La Plata, na-
cionalizada al cabo de unas pocas semanas. El sucesor de Quintana, Figueroa Alcorta, lo designó Presi-
dente de la Universidad de La Plata, función en la que permanecería hasta 1918. Entre 1916 y 1923 fue
senador nacional. Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española (1906) y formó parte de la
Corte Internacional de Arbitraje de la Haya (1921). Enseñó Derecho Constitucional Americano, Derecho
Institucional Público y Historia Diplomática Argentina en la UBA. Sus principales libros fueron: La tra-
dición nacional, Buenos Aires, Lajouane, 1888; El juicio del siglo o cien años de historia argentina,
Buenos Aires, Roldán, 1913; La Universidad de Córdoba en la evolución intelectual argentina. (Discur-
so). Buenos Aires, s/d ed., 1913; Hombres e ideas educadoras, Buenos Aires, Lajouane, 1912; La paz por

18
UNLP, Dr. Joaquín Carrillo; el Embajador de Chile en Argentina, Dr. Miguel Cruchaga
Tocornal31; el Embajador del Perú, Enrique de la Riva-Agüero y Looz Corswaren; los
estudiantes Silvio Ruggieri y Julio del C. Moreno32; el Dr. José M. Sempere en nombre
de los ex discípulos del homenajeado en Oviedo y el propio Rafael Altamira33, quien fue
nuevamente colmado de elogios:
“El Claustro ovetense ha elegido por su embajador en América al más apto para la misión de
afecto y enseñanza. Surgido, como sus compañeros, del núcleo, del alto origen de una escuela a
la cual habrá de deber España nuevos días de gloria, trae en su espíritu fuerzas invencibles y la
pasión por el ideal humano, vocación científica acendrada, y esa gloria inmensa que es la con-
quista de almas por el sentimiento y la revelación intelectual. Las cualidades dominantes de su
espíritu se hallan reflejadas en su obra; el culto de la literatura y el arte en sus más amables for-
mas, afirmarán su percepción y su poder afectivos, con los cuales sentirá la aproximación simpá-
tica del oyente y abrirá sus poros a la plena absorción de la idea científica. Su dominio de la His-
toria le ha puesto en comunicación con el espíritu de otras edades y culturas, a veces superiores a
la contemporánea, y el convencimiento de las fuentes y de la evolución jurídica de su pueblo y
de la humanidad, ha hecho de su vida como una consagración a los ideales de justicia y de igual-
dad, que acercan y funden las clases en que se divide aún, en su ficticia organización democráti-
ca, la sociedad moderna, Altamira, como Ruskin, ha absorbido, en el huerto cerrado de la cien-
cia, esa vocación evangélica de la educación que inclina su alma con fuerza irresistible hacia los
niños, los humildes y los ignorantes de toda condición, seguros de que la verdad los levantará de
la servidumbre o el envilecimiento, y de que el equilibrio perfecto de la vida sólo podrá estable-
cerse cuando todos los hombres puedan respirar libremente el aire puro de la ciencia.”34

Una vez concluido el acto, Altamira fue convidado con un banquete en el


Sportsman Hotel ofrecido por las autoridades universitarias, profesores y alumnos de la

la ciencia, La Plata, Talleres Gráficos Christmann y Crespo, 1914; Estudios de historia argentina. Buenos
Aires, s/d ed., 1930.
31
Miguel Cruchaga Tocornal, fallecido en 1949, fue un notable político y diplomático chileno, cofunda-
dor en 1933 de la Academia Chilena de la Historia y firmante junto con el futuro Premio Nobel de la Paz,
Carlos Saavedra Lamas, de un acuerdo de intercambio entre Chile y Argentina (Convenio relativo al
intercambio intelectual y cultural y de profesores y estudiantes, 19350702.EDU, Firma: 2-VII-1935, en
vigor 2-IV-1937 [en línea], en: Argentina Cultural, Convenios y Legislación, A.Sur, Chile,
http://www.argentinacultural.org.ar/Plantillas/Pl_conv_legs/Pl_convenios/convenios_texto/ChileConveni
oIntercambioCultural1935.htm [Consultado: 17-VI-2002]).
32
Moreno había escrito a Altamira antes de su arribo al Plata para remitirle un trabajo suyo, confesándole
que Altamira estaba entre sus referentes intelectuales (AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Carta orginal ma-
nuscrita de Julio del C. Moreno a Rafael Altamira, La Plata, 23-II-1908 —2 pp.—). Altamira contestó
aquella carta y además de plantearle algunos interrogantes y consultas bibliográficas sobre manuales de
enseñanza histórica, le exponía el deseo de una íntima correspondencia intelectual entre España y Améri-
ca. Moreno, emocionado por la respuesta del alicantino, le aseguraba que la juventud argentina se hallaba
“emancipada ya del bélico ardor y del romanticismo que nos llevó muy lejos de los clásicos modelos de la
madre patria” y que sus obras, junto a las de Ramón y Cajal, Posada, Unamuno y otros intelectuales se
difundían exitosamente en Argentina. Moreno remitía a Altamira una obra “que se recomienda por su
imparcialidad” como el manual del polígrafo Martín GARCÍA MEROU, Historia de la República Argenti-
na, 2 vols., Buenos Aires, s/e, 1889 —que llevaba su 12ª edición por 1908—. Además de este libro, Mo-
reno le recomendaba las obras fundamentales de Mitre y López y el Santiago de Liniers de Paul Groussac
—autor admirado por Moreno— y La década funesta, de Osvaldo Magnasco (AHUO/FRA, en cat., Caja
IV, Carta original manuscrita de Julio del C. Moreno a Rafael Altamira, La Plata, 12-VIII-1908 —2 pp.—
).
33
Despedida de la Universidad y entrega del diploma de Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, “hono-
ris causa”. Documento oficial de la UNLP, Acta del evento y discursos, reproducido en: Rafael
ALTAMIRA, Mi viaje a América…, Op.cit., pp. 123-182.
34
Joaquín V. GONZÁLEZ, Discurso del Sr. Presidente de la UNLP Dr. Joaquín V. González en ocasión de
la entrega del título de Doctor honoris causa por la UNLP, La Plata, 4 de octubre de 1909, en: Rafael
ALTAMIRA, Mi viaje a América…, Op.cit., pp. 137-138.

19
UBA y la UNLP en la capital de la Provincia de Buenos Aires, en el que el Dr. Enrique
Rivarola35, en representación de sus colegas encomió las cualidades demostradas por el
docente visitante:
“En el breve tiempo transcurrido desde su llegada al país hasta hoy, no le hemos visto sino traba-
jar sin descanso, día a día, ocupando la cátedra universitaria con sorprendente riqueza de produc-
ción. La palabra del maestro, sencilla, precisa y clara, demuestra un conocimiento profundo de
las cosas y un juicio siempre seguro. Las cosas pensadas con mayores dificultades y menos com-
prendidas, exigen los rebuscamientos de la forma para suplir con la magia de la palabra la va-
guedad del sentido; pero el pensamiento maduro como el fruto en el árbol, se desprende fácil-
mente y sin esfuerzo. Bajo ese aspecto de hombre eminente por su talento, hemos admirado al
maestro; pero al mismo tiempo, una aureola de simpatías, cada vez más intensa, se ha formado a
su alrededor; el hombre valía como el sabio, sus cualidades personales, su sinceridad, su constan-
te ensueño de mentalidad, su corrección caballeresca, sus prácticas sencillas, unidas al no inte-
rrumpido estudio, nos advertían de la presencia de un espíritu superior, necesariamente alentado
por un ideal.”36

Por la noche, las autoridades y los profesores de la UBA y UNLP organizaron


una nueva comilona en su honor —esta vez en el afamado restaurante Blas Mago de la
calle Florida de la ciudad de Buenos Aires— que congregó a un sorprendente número
de personalidades del mundo intelectual y político argentino, muchas de las cuales con-
vocaban activamente al homenaje, garantizando de antemano su éxito.
En efecto, la invitación girada a la prensa contaba con el aval de un sugestivo
conjunto de firmas entre las que se contaban las de Eufemio Uballes; Joaquín V. Gonzá-
lez; Eduardo L. Bidau; Agustín Álvarez; Enrique del Valle Ibarlucea y Joaquín Carrillo;
los ministros Norberto Piñero (1858-1938); Marco M. Avellaneda; Eleodoro Lobos;
José Nicolás Matienzo37; Rafael Obligado (1851-1920); Enrique Rivarola; Antonio De-
llepiane38; Juan Agustín García39; Leopoldo Melo (1869-1951); y Honorio Pueyrredón40;

35
El poeta, abogado y periodista Enrique Rivarola (1862-1931) era, por entonces, profesor de Derecho
romano en la UNLP. Más tarde sería nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras.
36
“Actos Universitarios, Discurso del Dr. Enrique Rivarola”, Archivos de Pedagogía y ciencias afines,
UNLP, noviembre de 1909, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 206-
207.
37
El jurista e historiador tucumano, José Nicolás Matienzo (1860-1936), fue uno de los intelectuales más
reconocidos de la “generación del ochenta”. Discípulo de José Manuel Estrada, se graduó en la Facultad
de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA en 1882. Miembro del Círculo Científico de Buenos Aires y
del Ateneo, entre los años 1904 y 1927 desempeñó varios cargos en la Facultad de Filosofía y Letras de
Buenos Aires. Como Decano, dispuso la compilación de documentación histórica nacional, iniciativa que
derivaría en la organización de la Sección de Historia que luego se convertiría en el Instituto de Investiga-
ciones Históricas (hoy Instituto de Historia Argentina y Americana, Dr. Emilio Ravignani). Fue juez civil
en la ciudad de La Plata (1889-1890); senador provincial en la Provincia de Buenos Aires; presidió el
Departamento Nacional de Trabajo (1907); y Procurador General de la Nación (1917-1922). Desempeñó
funciones políticas bajo administraciones de diferentes tendencias, apoyando al Presidente Juárez Celman
en la revolución radical de 1890; funcionario del gobierno liberal-reformista de Figueroa Alcorta; y pasa-
do el tiempo, Ministro del Interior del presidente radical Marcelo Torcuato de Alvear, terminando su
carrera política como senador nacional por Tucumán, en 1932.
38
El penalista de gran prestigio internacional, Antonio Dellepiane (1864-1939) se doctoró en Derecho por
la UBA, en 1892 y dedicó parte de su vida profesional al estudio y la teorización de su especialidad, amén
de haberse involucrado como asesor de la Comisión de Cárceles. En 1897 fue designado profesor de la
Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, comenzando una notable carrera docente e in-
vestigadora. Sus intereses se enfocaron en la Filosofía del Derecho y, además, en el plano de los estudios
metodológicos y teóricos de la historiografía proponiendo una analogía entre el historiador y el juez y
entre la función de la prueba judicial y de la prueba histórica. Fue designado miembro de la Junta de His-

20
intelectuales y políticos conservadores de gran influencia en los años treinta como Ma-
tías J. Sánchez Sorondo, Rodolfo Moreno41 y el futuro Presidente de la Nación Ramón
S. Castillo42; Víctor Mercante43; Calixto Oyuela44; Juan Bautista Ambrosetti45; Carlos

toria y Numismática Americana en 1908 —que presidiría entre 1915 y 1919— y más tarde fue nombrado
Director de Museo Histórico Nacional.
39
Descendiente de una familia de abogados y profesores universitarios, Juan Agustín García (1862-1923)
se graduó en Leyes en la UBA en 1882. Fue profesor en el Colegio Nacional y autor de varias obras pe-
dagógicas. Entre 1886 y 1892 se hizo cargo de la Inspección General de Colegios Nacionales y Escuelas
Normales. Siguió una carrera judicial, en la que ofició como Fiscal del Crimen (1892-1893); Juez de
Instrucción (1893-1896); Juez en lo Civil (1896-1902) y como Camarista del Fuero Federal (1902-1913).
En la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires fue profesor titular de
Introducción a las Ciencias Jurídicas, Sociología, Derecho Público Eclesiástico, Derecho Civil, e Intro-
ducción al Derecho. También fue profesor en Facultad de Derecho de la UNLP y en la Facultad de Filo-
sofía y Letras de la UBA. Sus libros más relevantes fueron: Los hechos y actos jurídicos, Buenos Aires,
Imprenta de La Nación, 1882; (su tesis doctoral) Introducción al estudio de las ciencias sociales argenti-
nas (1899), Buenos Aires, Angel Estrada y Cía, 1907; La ciudad indiana. Buenos Aires desde el 1600
hasta mediados del siglo XVIII (1900), Buenos Aires, J. Rosso y Cía., 1933 —reedición: Buenos Aires,
Secretaría de Cultura de la Nación, 1994—; Historia de la Universidad de Buenos Aires y su influencia
en la cultura argentina, Buenos Aires, Coni, 1918. García fundó y dirigió los Anales de la Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales, y fue miembro de número de la Junta de Historia y Numismática America-
na.
40
Honorio Pueyrredón (1876-1945) fue jurisconsulto, profesor universitario, dirigente político de la UCR
y diplomático. En 1896 se graduó en leyes en la UBA, donde fue profesor. Fue Ministro de Agricultura
(1916) y de Relaciones Exteriores (1917-1922) en el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen. Encabezó la
delegación de Liga de las Naciones en Ginebra desempeñándose como vicepresidente de su primera
asamblea en 1920. En 1922 fue nombrado embajador ante los Estados Unidos, y en 1928 fue presidente
de la delegación argentina a la Sexta Conferencia Panamericana de La Habana. En 1930 fue elegido go-
bernador de la provincia de Buenos Aires por la UCR, pero las elecciones fueron impugnadas y finalmen-
te anuladas por el dictador Félix Uriburu.
41
Rodolfo Moreno (1879-1953) se doctoró en leyes en la UBA en el año 1900 y ejerció la docencia en el
Colegio Nacional de La Plata y en la Facultad de Derecho de la UNLP.
42
Castillo (1873-1944) fue un afamado jurista catamarqueño, doctorado en la UBA en el año 1891. En
1907 fue designado Juez en la ciudad de Buenos Aires, siendo ascendiendo a camarista en lo criminal y
correccional en 1910. Se desempeñó como profesor en la UBA y como catedrático de Derecho comercial
en la UNLP —cargo que disfrutaba durante la estancia de Altamira en 1909—. En 1932, fue elegido
senador nacional por su provincia natal; en 1936 fue designado Ministro de Justicia e Instrucción Pública.
En 1938 fue elegido Vicepresidente de la Nación y en 1940 por la incapacidad del Presidente Ortiz, asu-
miría la titularidad del Poder Ejecutivo hasta 1943 cuando fuera derrocado por un golpe militar.
43
El pedagogo Víctor Mercante (1870-1934) pese a ser un gran conocedor de las distintas corrientes
europeas en disciplinas tales como filosofía, psicología y biología, inclinó sus preferencias hacia el estu-
dio de las teorías científico-positivistas y experimentalistas aplicadas a la pedagogía. Defensor de una
postura cientificista en el estudio y desarrollo de la enseñanza, sostuvo que la ciencia debía ser el eje
preponderante de una educación práctica y utilitaria. En 1893 publicó Museos escolares argentinos y la
escuela moderna, donde argumentaba la necesidad de que el profesor asumiera el rol de facilitador y
estimulador del aprendizaje del alumno. En 1900, escribió Metodología, y fue comisionado por Joaquín
V. González para organizar la Sección Pedagógica en la UNLP, que daría lugar a la Facultad de Humani-
dades y Ciencias de la Educación. También se desempeñó como Inspector General de Enseñanza Secun-
daria, Normal y Especial del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación. Mercante había
mantenido cierto contacto con Altamira desde la dirección de los Archivos de Pedagogía y Ciencias Afi-
nes de la UNLP, desde donde había solicitado y obtenido colaboraciones de Altamira y Posada. Ver:
AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Carta de Víctor Mercante a Rafael Altamira, La Plata, 24-XI-1908 (1 p.).
44
Calixto Oyuela (1857-1935) fue un jurista, traductor, poeta y profesor de Literatura Castellana y de
Literatura de Europa en la UBA. Uno de los hispanistas más convencidos de su generación, presidió en-
tre1931 y 1935 la Academia Argentina de Letras a la que llegó defendiendo una postura casticista desde
tiempos de las polémicas sobre el “idioma nacional” de fines de siglo.
45
Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), considerado el primer arqueólogo científico argentino, estudió
en ciencias naturales Buenos Aires y fue discípulo del naturalista Eduardo Holmberg, decantándose luego

21
Ibarguren46; Carlos Octavio Bunge47; y Ricardo Rojas48. Teniendo en cuenta lo graneado
de la concurrencia, resulta natural que la importancia de tal evento no pasara inadvertida
para un hombre tan interesado en prohijar relaciones sociales como Altamira, quien no
dudó en considerar este banquete como “una nota intensamente representativa, dada la
calidad y prestigio social de los comensales” de la repercusión de su misión en Argenti-
na49. En todo caso, este banquete fue nuevamente excusa para descargar sobre un visi-
tante presto a partir, una última andanada de loas50.

por una formación arqueológica y una especialización en historia precolombina y antropología compara-
da. Como discípulo de Pedro Scalabrini, se formó como zoólogo y paleontólogo, organizando la sección
de Paleontología del Museo de Paraná. En Buenos Aires, Florentino Ameghino lo designó jefe de la sec-
ción Arqueología del Museo de Historia Natural. Fue profesor de Arqueología Americana en la Facultad
de Filosofía y Letras de la UBA bajo cuya órbita, fundaría y organizaría el Museo Etnográfico. En 1910
fue nombrado doctor honoris causa por la UBA.
46
El jurista, político y escritor salteño, Carlos Ibarguren (1879-1956) se doctoró en la Facultad de Dere-
cho y Ciencias Sociales de la UBA en 1898 fue nombrado profesor del Colegio Nacional de Buenos Ai-
res, y desde 1901, en su facultad de origen. En 1911 fue designado profesor en la de Facultad de Filosofía
y Letras de la UNLP, donde ingresó como docente hacia 1911. Por esa época, fue designado, además,
delegado al Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires. En la presidencia de José Evaristo Uri-
buru, fue nombrado subsecretario del Ministerio de Hacienda y luego del Ministerio de Agricultura. Du-
rante el gobierno de Roque Sáenz Peña, entre 1912 y 1914, ocupó el cargo de Ministro de Justicia e Ins-
trucción pública. Enemigo acérrimo de la UCR, en 1922 se presentó como candidato a presidente por el
reformista Partido Demócrata Progresista y en los años treinta, decantó hacia el conservadurismo reaccio-
nario, siendo designado por el dictador Félix Uriburu, Gobernador Interventor federal en la Provincia de
Córdoba. Ibarguren fue uno de los primeros impulsores del Revisionismo Histórico argentino, de índole
nacionalista y antiliberal. Autor del libro reivindicatorio Juan Manuel de Rosas, su vida, su tiempo y su
drama, se hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura en 1930. Fue presidente de la Academia Ar-
gentina de Letras (1941-1945) y de la Comisión Nacional de Cultura. Fue designado miembro correspon-
diente de la Real Academia Española de la Lengua, de la Academia Nacional de la Historia, de la Aca-
demia de Filosofía, de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales.
47
Carlos Octavio Bunge (1875-1918) se graduó en 1897 en la Facultad de Derecho de la UBA, siendo
designado ese año como profesor de Historia Americana, en el Colegio Nacional. Junto con otros profe-
sionales, Bunge fue enviado a Europa para analizar los sistemas educativos del Viejo Continente, del cual
derivaría su libro: El espíritu de la educación. Informe para la Instrucción Pública Nacional, Buenos
Aires, Ministerio de Instrucción Pública, 1901. Fue novelista, dramaturgo, ensayista y ejerció como do-
cente universitario en la cátedras de Ciencia de la Educación y de Introducción al Derecho, en la Facultad
de Filosofía y Letras de la UBA. Siguió una carrera judicial, siendo nombrado Fiscal del crimen (1910) y
Fiscal de Cámara (1914).
48
Descendiente de una familia tradicional tucumana, el autodidacta Ricardo Rojas (1882-1957) comenzó
estudios preparatorios en la provincia de Santiago del Estero aunque nunca lograría graduarse. Trasladado
a Buenos Aires se dedicó a su vocación literaria, publicando en la revista de Manuel Gálvez, Ideas y
oficiando como periodista en El País, Caras y Caretas y La Nación. Acólito del grupo liberal reformista
y luego emblemático referente de la UCR, formó parte de la llamada “generación del Centenario”, carac-
terizada por su crítica al cosmopolitismo y materialismo de la “generación del ochenta”. Ganaría pronto
gran prestigio en el campo literario como encarnación de un patriotismo liberal aunque, luego, en el pe-
ríodo de entreguerras, sería invocado como antecedente del nacionalismo esencialista. Su desempeño
como publicista y escritor le permitiría acceder a membresías de la Academia Real de Letras de Madrid,
de la Junta de Historia y Numismática Americana y del Consejo Académico de la Universidad de La
Plata. En 1909, la UNLP lo incorporó como profesor de Literatura Española y en 1912 la UBA lo designó
profesor de Literatura Argentina. En 1922, Rojas fundó el Instituto de Literatura Argentina de la UBA.
También fue responsable del Instituto de Filología, del Gabinete de Historia de la Civilización, y de la
Escuela de Archivistas, Bibliotecarios y Técnicos para el servicio de Museos. Entre 1926 y 1930 fue
Rector de la UBA.
49
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 210. Respecto de la concurrencia, consultar:
IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa, “En honor del profesor Altamira”, en: La Nación, Buenos Aires, 4-
X-1909 y otros dos recortes del mismo día de periódicos desconocidos. Otros firmantes de la convocato-
ria fueron: Adolfo Orma; David de Tezanos Pinto; Juan Carlos Cruz; Jacinto Cárdenas; Rafael Herrera

22
Sin duda Altamira fue muy bien recibido por la comunidad universitaria argenti-
na. Desde el inicio de sus cursos en La Plata, los directivos y sus colegas lo agasajaron
en reiteradas oportunidades51. La Facultad de Derecho de la UBA —cuyas autoridades
lo habían honrado como al más tenaz y convencido cruzado de la España nueva, de la
ciencia moderna y del intercambio intelectual52— lo invitó a participar de la Asamblea
de Académicos y Profesores en la que se discutieron diversos aspectos pedagógicos del
nuevo plan de estudios53.
Probablemente, Altamira participara de la sesión del 2 de septiembre de 1909 en
la que el consejero Antonio Dellepiane presentó un proyecto de ordenanza acerca de las
obligaciones académicas y la distribución de responsabilidades pedagógicas entre los
docentes universitarios de cada asignatura del plan de estudios54.
Rafael Altamira conservó entre otros papeles, un impreso que recoge el proyecto
de Dellepiane y el Despacho de la Comisión especial designada para dictaminar sobre
aquel proyecto de organización de la enseñanza. Este documento, rubricado por Norber-
to Piñero, Matías J. Sánchez Sorondo, M. Pueyrredón y el propio Antonio Dellepiane,
recomendaba al Decano Eduardo L. Bidau, la aprobación de una iniciativa que perse-
guía la formación del personal docente, la movilización de los recursos humanos exis-
tentes y la transformación de la Facultad “de la simple escuela de abogados que ha sido
hasta este instante, en el centro de investigación científica y de altos estudios jurídicos y
sociales urgentemente reclamados por el progreso del país en todos los órdenes de su
actividad”55.
Sin embargo, a los efectos de ponderar el interés de Altamira en la organización
de los estudios de la Historia del Derecho en Argentina, poseen mayor relevancia sus

Vegas (h); Alberto Tedín Uriburu; Mario Sáenz; Esteban de La Madrid; Sabás P. Carreras; Ricardo
Cranwell; Samuel Lafone Quevedo; Pablo Cárdenas; Daniel Gotilla; Salvador de la Colina.
50
Discursos del Dr. Uballes (Rector de la UBA) y del Dr. Joaquín V. González (Presidente de la UNLP)
en el banquete celebrado en lo de Blas Mango, reproducidos en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...,
Op.cit., pp. 210-218.
51
IESJJA/LA, s.c., Nota original manuscrita (2 pp.) de Enrique A. Sagastuno a Rafael Altamira, Buenos
Aires, 11-VII-1909. En esta nota, el Secretario de la UNLP invitaba al viajero en nombre de las autoria-
des y profesores de la Universidad platense a un almuerzo “sin ceremonia” en el Sportman Hotel de La
Plata a modo de bienvenida y felicitación por el inicio de su curso.
52
Discurso de presentación del Vicedecano en ejercicio Dr. Eduardo L. Bidau (21-VII-1909), reproduci-
do en: “Recepción del Profesor Altamira” en: Discursos académicos, T. 1, Buenos Aires, “Facultad de
Derecho y Ciencias sociales de la UBA, 1911, pp. 420-421. Existe una copia mecanografiada de este
material en AHUO.
53
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 56.
54
IESJJA/LA, s.c., Invitación del Secretario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA a
Rafael Altamira para asistir a la Asamblea de Profesores del 2-IX-1909 a las 5 p.m., Bs. As., 1-IX-1909.
55
AHUO/FRA, en cat., Caja V, Impreso titulado “Asamblea de Académicos y Profesores”. Altamira
también conservó un ejemplar de: Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Ai-
res, Ordenanza de Tesis (sancionada el 30 de septiembre de 1908), Buenos Aires, 1909 (AHUO/FRA, en
cat., Caja V); y del: “Plan de Estudios de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales en vigencia desde
enero de 1909” (AHUO/FRA, en cat., Caja V, original mecanografiado 2 pp.).

23
propias notas analizando el plan de estudios de 1900 y la inserción de la Historia del
Derecho en el currículo de la licenciatura y del doctorado56.
En todo caso, el éxito del cursillo y la buena impresión que causaron las ense-
ñanzas e intervenciones académicas del profesor español justificaron los votos de las
autoridades por el pronto regreso de Altamira a las aulas del establecimiento57 y, por
supuesto, la proliferación de nuevas adulaciones:
“Por especial y honroso encargo, permitidme eminente profesor, que detenga vuestra partida
unos instantes, pues los estudiantes de esta Facultad —en cuyo nombre os hablo— han querido
dejar constancia de su saludo respetuoso, hacia vos, doctor, que los habéis entusiasmado al con-
vertir esta sala [...] en fuente luminosa de saber, adonde hemos acudido a fortalecer y acrecentar
nuestras ideas, grandes y pequeñas, confundidos y solidarizados todos en la suprema aspiración
de la ciencia. Esta admiración que os declaramos, no tiene por causa, como todos bien lo saben
ese reconocimiento forzado que impone el reclame en algunos petulantes, que a falta de verdade-
ros méritos buscan en el periódico o en la revista la exaltación misma de sus mentidas cualida-
des; este reconocimiento, tenedlo a verdad sabida, es bien sincero, tiene toda la franqueza de la
adolescencia desinteresada, toda la virtud de los que obran incontaminados. Es que el gran hom-
bre, jamás se ha impuesto por la limosna ajena; su autoridad y su prestigio han nacido y se han
producido siempre por el esfuerzo independiente desarrollado por sí solo. Os pido perdón si al
comprobar el vuestro, adquirido de manera tan honrosa, haya quebrado la línea inflexible de
vuestra modestia inalterable.”58

La Asociación Nacional del Profesorado (ANP), cuya Asamblea General de so-


cios lo había nombrado miembro honorario el 23 de junio, organizó un lunch en su
honor el 20 de julio y poco antes de su partida le tributó un homenaje en el salón de

56
En estas notas, Altamira recoge un punteo de los principales argumentos y propuestas de los consejeros
José Nicolás Matienzo, Carlos Ibarguren, Alfredo Colmo, Eduardo L. Bidau, Norberto Piñero, Carlos
Octavio Bunge, Antonio Dellepiane. Ver: AHUO/FRA, en cat., Caja V, Notas originales autógrafas de
Rafael Altamira tituladas “Plan de la Facultad de Derecho. Buenos Aires, 7 pp., Buenos Aires, 1909.
También se puede consultar, en el mismo sentido, las breves notas que hiciera Altamira acerca de las de
las actividades de investigación, rastreo documental en el “Archivo Nacional” y redacción de monografí-
as que Juan Agustín García encargara a sus alumnos en el marco del curso regular en la Facultad de Dere-
cho y Ciencias Sociales de la UBA (AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Notas originales autógrafas de Rafael
Altamira tituladas “Cátedra de Historia Universal del Dr. Juan A. García. Bs As”).
57
Respecto de la noticia de la designación de Altamira como profesor y de la eventual reserva “a perpe-
tuidad” la cátedra que temporalmente desempeñó en la Facultad de derecho de la UBA, especie que el
mismo viajero consignara en su “Primer informe elevado al señor Rector de la Universidad de Oviedo...”
(Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 56), creemos que deben tomarse con cautela. Esta
cautela es recomendable, habida cuenta de no haber hallado aún testimonios oficiales de dichos nombra-
mientos y de la existencia de una carta oficial del Decano Bidau, en la que el firmante hace —en el con-
texto de un elogio de su embajada cultural y de su desempeño docente— una invitación muy escueta e
informal para reeditar la experiencia pedagógica del catedrático ovetense en caso de su vuelta al país. En
dicha invitación no se menciona la existencia de ningún compromiso o lazo formal alguno entre la Facul-
tad y Altamira: “No necesito expresarle la satisfacción del Consejo por el resultado de su curso en nuestra
Facultad porque tiene Ud. Una elocuente prueba de ello en las efusivas manifestaciones de respetuoso
afecto y especial consideración que le han tributado, no solo las autoridades, sino también los profesores
y alumnos de la Facultad, en el acto de despedida, después de su última conferencia [...] Réstame decirle
que las aulas de esta casa estarán siempre abiertas para el profesor que las ha honrado con su presencia y
su palabra ilustrada durante estos últimos meses si, como lo deseamos y esperamos, vuelve a visitar en
breve este país donde el maestro deja tantos admiradores y el hombre privado tantos amigos sinceros.”
(IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada de E.L. Bidau con membrete del Decano de la Facultad
de Derecho y Ciencias Sociales a Rafael Altamira, Buenos Aires, IX-1909).
58
Discurso del señor César de Tezanos Pintos (28-IX-1909), reproducido en: “Despedida del Profesor
Rafael Altamira” en: Discursos académicos, T. 1, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias sociales
de la UBA, 1911, pp. 487-488.

24
actos públicos de la Escuela Industrial de la Nación, especialmente adornado por la Di-
rección de Paseos Públicos. Este colorido evento —amenizado por la palabra de Joaquín
V. González, de propio Altamira y por la banda de la Policía Federal59—, fue convoca-
do por el presidente de la ANP, Manuel Derqui60 y contó con la participación del pleno
del Congreso Nacional de Educación Popular, que se sumó al homenaje a propuesta del
joven congresista, Ricardo Levene61.

59
Los detalles del acto pueden conocerse consultando: IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa, “Homenaje a
Altamira en la Escuela Industrial. Conferencia de despedida”, en: La Prensa, Buenos Aires, 14-X-1909;
IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa, “Homenaje al profesor Altamira en la Escuela Industrial. Discurso
del Dr. González”, en: La Nación, Buenos Aires, 14-X-1909.
60
Manuel Derqui (1878-1933) cumplió diversas funciones políticas en el área educativa, siendo nombra-
do Subsecretario de educación en 1903 y Director General de Educación entre 1903 y 1906. Durante la
visita de Altamira se desempeñaba como presidente de la Asociación Nacional del Profesorado y como
Director del Colegio Nacional del Oeste “Mariano Moreno”, desde donde lanzó cursos de Extensión y
experimentó un programa de intercambio docente con escuelas primarias y secundarias latinoamericanas.
61
Ricardo Levene (1885-1959), quien llegaría a ser uno de los referentes centrales de la Nueva Escuela
Histórica argentina y uno de los más influyentes historiadores argentinos, se doctoró en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1906, presentando una tesis titulada Las Leyes Sociológi-
cas. Fue Profesor de Historia en el Colegio Nacional "Mariano Moreno" entre 1906 y 1928. En 1911 fue
nombrado profesor suplente de Sociología —cátedra de Ernesto Quesada— en la Facultad de Filosofía y
Letras de la UBA y, en 1912, profesor suplente de Introducción al Derecho, en la cátedra de Carlos Octa-
vio Bunge. En 1913 ingresó como profesor de la UNLP, donde fue elegido Decano de la Facultad de
Humanidades para los períodos 1920-1923 y 1926-1930. Durante sus mandatos se fundaron la revista
Humanidades y Instituto Bibliográfico, bajo su dirección. También se debe a su iniciativa la creación en
1925 del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. Fue nombrado Presidente de la Universidad
de la Plata en el período 1930-1931 y 1932-1935. También fue Profesor Titular de la cátedra Introducción
a las Ciencias Jurídicas y Sociales, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA; Profesor
Titular de Sociología y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y Profesor Titular de Historia Ar-
gentina y de Sociología en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP. Levene
ingresó en 1915 a la Junta de Historia y Numismática Americanas, presidiéndola por los períodos 1927-
1931, y entre 1934-1938. Una vez que la JHNA se oficializara convirtiéndose en la Academia Nacional
de la Historia en 1938, fue su presidente entre 1938 y 1959. En 1936 fundó el Instituto de Historia del
Derecho Argentino y Americano, dependiente de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA.
Levene impulsó la ley de 12.665 para la "Defensa del patrimonio histórico y artístico de la Nación". En el
marco de dicha ley se creó la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos que presidió desde
1939 hasta 1946. Sus principales obras fueron: Los orígenes de la democracia argentina, Buenos Aires,
1911; El ideal ético de las Universidades modernas, La Plata, Archivos de Ciencias de la Educación,
1915. Estudios económicos acerca del Virreynato del Río de la Plata, Buenos Aires, s/d ed., 1915; Ensa-
yo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno. Contribución al estudio de los aspectos
político, jurídico y económico de la Revolución de 1810, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales (UBA), 1920; “Fuentes del Derecho Indiano”, en: Anuario de Historia del derecho Español,
Tomo 1, 1924; La Anarquia de 1820 en Buenos Aires, Buenos Aires, El Ateneo, 1931; Fuerza Transfor-
madora de la Universidad Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1936 —con prólogo de Rafael Altami-
ra—; Los orígenes de Buenos Aires, La Plata, Centro de Estudios Históricos Americanos, Universidad de
La Plata, 1937; Sarmiento, sociólogo de la realidad americana y argentina, Buenos Aires, Imprenta Ló-
pez. 1937; La fundación de la Universidad de Buenos Aires. Su vida cultural en los comienzos y la publi-
cación de los cursos de sus profesores, Buenos Aires, Baiocco y Cía, 1940; La cultura histórica y los
sentimientos de la nacionalidad, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1942; Mitre los estudios históricos en la
Argentina, Buenos Aires, Rodriguez Giles, 1944; Celebridades argentinas y americanas, Buenos Aires,
Emece, 1945; Historia de Moreno, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1945; La realidad histórica y social
argentina vista por Juan Agustín García, Buenos Aires, Coni, 1945; Historia de las ideas sociales argen-
tinas, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1947; Las ideas históricas de Mitre, Buenos Aires, Coni, 1948; Ma-
nual de Historia del Derecho Argentino, Buenos Aires, Kraft, 1957. Dirigió la monumental obra de la
ANH: ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Historia de la Nación Argentina. Desde los orígenes hasta
la organización definitiva en 1862, 10 vols. En 14 tomos, El Ateneo, Buenos Aires 1936 y 1950. Para una
bibliografía de Levene: Academia Nacional de la Historia, Obras de Ricardo Levene, Buenos Aires,

25
En dicha oportunidad, el catedrático ovetense fue obsequiado con una obra de
arte, un álbum conteniendo más de cuatro mil firmas de “todo el Magisterio de la capi-
tal, primario, secundario y universitario” y una dedicatoria en la que fue “víctima” de
nuevas alabanzas y lisonjas:
“Los profesores argentinos que suscriben, en representación de sus colegas de toda la República
y en su propio nombre, quieren dejar constancia en las páginas de este álbum, de la gratísima
impresión que ha producido en ellos la personalidad del ilustre maestro español D. Rafael Alta-
mira, cuyas sabias lecciones y nobles cualidades le acreditan como una honra para el gremio en
el mundo civilizado. En su breve permanencia en la República Argentina, ha abierto surcos nue-
vos a la enseñanza, ha atraído y elevado los corazones con el influjo de su entusiasmo y vocación
por la ciencia y su amor de la verdad, y ha hecho revivir, aún más acendrado, el nativo cariño y
respeto por la madre patria España, cuya grande cultura e indeclinable hidalguía ha tenido en él
su más digno heraldo.” 62

Pero no fueron sus colegas docentes los únicos que rindieron tributo al viajero.
Testimonio del cariño y admiración que despertó el viajero entre su alumnado argenti-
no, fue la curiosa y sin duda desproporcionada iniciativa de los alumnos de la UNLP y
la UBA, quienes pusieron en marcha una colecta para obsequiar a Altamira con una
casa en la ciudad de Oviedo63.
La cosecha de Altamira incluyó, también, algunas titulaciones y membresías
honoríficas, entre las que podemos mencionar la de la Academia Literaria del Plata que

ANH, 1961. Para mayores referencias biográficas: “Biografía de Ricardo Levene” [en línea], en: Biblio-
teca Nacional del Maestro; Biblioteca, Museo y Archivo Ricardo Levene,
http://www.bnm.me.gov.ar/i/levene/biografia.php [Consultado: 20-VI-2002]; y “Biografía. Ricardo Le-
vene” en: Proyecto Ameghino. Los orígenes de la ciencia argentina en Internet [en línea], Director: Leo-
nardo Moledo, IEC, UNQ, http://www.unq.edu.ar/iec/ameghino/marco.htm [Consulta: 19-VI-2002]).
Sobre Ricardo Levene en la UNLP puede consultarse: Adrián G. ZARRILLI, Talia V. GUTIÉRREZ y Osval-
do GRACIANO, Los estudios históricos en la Universidad Nacional de La Plata (1905-1990). Tradición,
renovación y singularidad, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia y Fundación Banco Munici-
pal de La Plata, 1998, pp. 23-81; María Amalia DUARTE, “La Escuela Histórica de La Plata”, en:
ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, La Junta de Historia y Numismática Americana y el movimiento
historiográfico en la Argentina (1893-1938), Tomo I, Bs.As., ANH, 1995, pp. 272-277.
62
“Demostración del Magisterio argentino”, en: Revista El Libro, Buenos Aires, Asociación Nacional del
Profesorado, octubre-noviembre de 1909, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...,
Op.cit., pp. 184-185. Esta dedicatoria también puede consultarse en: IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa,
“Demostración al profesor Altamira. La velada del miércoles”, en: periódico no identificado, 12-X-1909.
Manuel Derqui se ocupó personalmente de la remisión a España por correo diplomático —a través de su
amigo, el encargado de negocios argentino en Madrid, Eduardo Wilde— de estos obsequios. Ver:
AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Carta original manuscrita de Manuel Derqui a Rafael Altamira, Buenos
Aires, 28-V-1910 (3 pp. con membrete: Colegio Nacional Mariano Moreno). Estos envíos tuvieron un
considerable retraso y la estatua de grandes dimensiones tuvo ciertos problemas para llegar a su destinata-
rio, pese a que Derqui había cubierto los gastos de flete internacional y el de Cádiz-Madrid-Oviedo y
había involucrado a Wilde para que no se le cargaran derechos aduaneros. Ver: AHUO/FRA, en cat., Caja
IV, Carta original manuscrita de Manuel Derqui a Rafael Altamira, Buenos Aires, 11 a 16-VI-1910 (3 pp.
con membrete: Colegio Nacional Mariano Moreno).
63
Ver: “Obsequio al profesor Altamira. Casa en Oviedo”, en: La Razón, Buenos Aires, 22-IX-1909
(IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa) y “Crónica. La casa del maestro”, en: Diario Español, Buenos Ai-
res, 21-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

26
lo nombró socio honorario64 y la del Instituto de Enseñanza General lo nombró miembro
corresponsal en España65.
La prensa periódica, siempre minuciosa en su cobertura de las actividades uni-
versitarias y sociales del profesor ovetense, no hizo más que ponderar —salvo algunas
excepciones puntuales— el valor de sus palabras y actitudes ya fuera a través de la cró-
nica diaria, de editoriales o de artículos de opinión.
El mejor epítome de la intensa campaña de Altamira y de sus espectacular reper-
cusión en todos los ámbitos de la sociedad argentina haya sido, quizás, la ajetreada jor-
nada del 13 de octubre. Ese día, luego de su regreso a Buenos Aires a bordo del Eolo
procedente de Montevideo, el viajero fue recibido por el Presidente de la Nación, José
Figueroa Alcorta66 en una breve audiencia a la que asistió acompañado del Ministro de
Instrucción Pública Rómulo S. Naón67; horas más tarde fue homenajeado por el profeso-
rado de todos los niveles educativos en la Escuela Industrial de la Nación; para concluir
la faena por la noche, pronunciando una conferencia ante multitudes de entusiasmados
compatriotas en el Club Español de Buenos Aires68. Tres días después, la noche del 16
de octubre, Altamira, presto a cumplir las últimas etapas de su estancia en Argentina,
era despedido oficialmente en la estación de ferrocarril del barrio porteño de Retiro por
una constelación de influyentes figuras políticas e intelectuales entre quienes se encon-
traban casi todos sus incondicionales promotores69. Argentina se rendía fascinada ante la

64
IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita de la Academia Literaria del Plata a Rafael Altamira, Bue-
nos Aires, 8-VIII-1909.
65
IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada de Luis Gianetti con membrete del Instituto General de
Enseñanza a Rafael Altamira, Buenos Aires, 5-X-1909.
66
El político cordobés José Figueroa Alcorta (1860-1931), se doctoró en Leyes en la Facultad de Derecho
de la Universidad Nacional de Córdoba, donde fue designado catedrático de Derecho Internacional. Fue
diputado, senador provincial, Ministro de Gobierno y Ministro de Hacienda en la gobernación de Marcos
Juárez. En 1892 fue electo diputado nacional y en 1895 Gobernador de la Provincia de Córdoba. En 1898
fue elegido senador nacional y en 1904, Vicepresidente de la Nación. En 1906 asumió la Presidencia al
morir Manuel Quintana. Su gobierno, liberal reformista y empeñado en la normalización electoral y en la
erradicación del fraude en los comicios contra la UCR, se vio atacado y obstaculizado por las fuerzas
políticas conservadoras orientadas por Julio A. Roca y Marcelino Ugarte que hegemonizaban el Congreso
Nacional. En 1908 clausuró el Congreso para formar una nueva mayoría parlamentaria. En 1909 tuvo que
enfrentar la agitación obrera durante la Semana Trágica de Buenos Aires. En 1910 presidió las fiestas del
primer centenario de la Revolución de mayo, oportunidad en que recibió a la infanta Isabel de España y al
Presidente de Chile, Manuel Montt. Terminado su mandato, el Presidente Roque Sáenz Peña lo designó
embajador en España (1912) y Ministro de la Suprema Corte de Justicia (1915), de la que llegaría a ser
Presidente en 1929.
67
Rómulo S. Naón (1875-1941) se doctoró en Derecho en la UBA en el año 1896, donde asumiría la
cátedra de Derecho constitucional. Fue miembro de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales y profe-
sor del Colegio Nacional Buenos Aires. Liberal reformista, su carrera política se inició con su nombra-
miento como secretario del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires en 1900, siendo elegido diputado
en 1902 y 1908. El 25 de junio de 1908 fue nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública por el
Presidente Figueroa Alcorta —cargo que mantenía durante la visita de Altamira—. En 1912 fue elegido
nuevamente legislador nacional y entre 1914 y 1917 embajador argentino en los EE.UU. En 1932 fue
nombrado Intendente de la Ciudad de Buenos Aires por el presidente Agustín P. Justo.
68
“Llegada del profesor Altamira”, en: La Argentina, Buenos Aires, 13-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recor-
te de prensa); “Homenaje a Altamira en la Escuela Industrial. Conferencia de despedida”, en: La Prensa,
14-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa) .
69
Una breve crónica de esta despedida —a la que asistieron el ministro Rómulo Naón, Eduardo Bidau,
Agustín Álvarez, Enrique del Valle Ibarlucea, Carlos Federico Melo, Manuel Derqui, José Nicolás Ma-

27
personalidad del delegado de la Universidad de Oviedo, pronto seguirían otras escalas
del viaje donde ese éxito sería rotundamente corroborado, pero aún quedaban pendien-
tes algunos escenarios argentinos para alimentar la gloria de la embajada ovetense.
Luego de su escala en Rosario, Altamira fue recibido en Córdoba con gran, y tal
vez desproporcionada, expectativa en el medio intelectual y pedagógico:
“Otro español ilustre se encuentra hoy en Córdoba, el señor Rafael Altamira. ¡Bienvenido el que
llega a nuestras puertas trayendo por presentes la ilustración del sabio y la aureola gloriosa del
profesor! [...] ¡Bienvenidos los hombres, que abandonando un momento a nuestra antigua madre,
España, influyen en nuestra civilización y cuidan amorosamente de nuestro perfeccionamiento.
Tutelaje intelectual, en que los discípulos ansiamos oír a los maestros, esperando que en días no
lejanos contemos con genios, que en castellano idioma ejerzan influencia tanta o igual a ellos.
[...] Contadnos sobre vuestros estudios históricos relacionados con nuestro continente, ahora que
estáis entre nosotros. Mostradnos la verdad tantas veces diseñada en vuestros escritos. Destruid
por medio de vuestra ciencia, tanto absurdo y dato falso, que existe sobre España y América. En
la universidad os oyen hombres que mañana serán la fuerza intelectual y política del país; algu-
nos, los más grandes, se incorporarán tal vez a la corte gloriosa de la fama. Y bien. Buscad otra
fuente intelectual, oculta y benéfica, que humilde va sembrando los frutos que después recojerán
[sic] las generaciones venideras, artífices oscuros de la sociedad, que según ellos sean, así será la
fuerza o decadencia del país. Os hablo de los maestros de escuela. Queremos oíros. El profesor
insigne debe enseñar a los demás. Sois la antorcha que debe guiarlos. La Extensión Universitaria,
valientemente defendida por vos, debe dejar aquí su semilla civilizadora.” 70

Las autoridades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) organizaron una


recepción oficial el 18 de octubre quedando a cargo de Juan Carlos Pitt el ampuloso
discurso de bienvenida, a quien sólo ofrecería unas breves conferencias de materia jurí-
dica:
“Tres siglos de tradición universitaria y de cultura intelectual, consagrados por el más alto respe-
to hacia el nombre y hacia el recuerdo de este histórico instituto, se asocian en este momento pa-
ra dar bienvenida al ilustre huésped que con los prestigios de su vigorosa mentalidad, y de su in-
discutido concepto científico, llega de nuestro Oriente, como la luz para irradiar sus reflejos
sobre nuestro secular establecimiento y sea motivo de satisfacción para nosotros acogerle en este
santuario del pensamiento americano al que Tempus edax homo edasior ni las edades han mina-
do ni los hombres han podido destruir. Viene en la hora oportuna el maestro y el apóstol de la
ciencia para apartar cuas hominum, quantum est in rebus inane la grave preocupación de los
hombres y la inconmensurable vanidad de las cosas, con solicitaciones más persuasivas y benéfi-
cas de la cátedra que imprime rumbos y modela las ideas colectivas, como si fuera su vocación
precisa llegar a la tribuna universitaria para romper los ligamentos que aprisionan la idea o para
biselar las asperezas del pensamiento. Y así, desde Oviedo hasta Buenos Aires, su nombre y su
fama mundial le han aclamado como el del razonador y del sociólogo, del sabio glosador y del
maestro.” 71

La sociedad cordobesa también supo agasajar a Altamira ofreciéndole, además


del uso transitorio de la cátedra, un banquete nocturno en el Splendid Hotel el 20 de
octubre72 y un opíparo almuerzo al día siguiente, organizado por la comunidad universi-
taria en el Salón Blanco del Café del Plata. Esa misma tarde del 21 de octubre, Altamira

tienzo, Fermín y César Calzada y el cónsul de España— puede consultarse en: “Partida del doctor Altami-
ra”, en: La Argentina, Buenos Aires, 17-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
70
SRTA. VIRTUDES, “Rafael Altamira”, en: La voz del interior, Córdoba, 20-X-1909 (IESJJA/LA, s.c.,
Recorte de prensa).
71
“El profesor Altamira. Conferencia en la F. de Derecho. Resumen interesante. Discurso del doctor
Pitt”, en: La Verdad, Córdoba, 19-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
72
“Banquete a Altamira”, en: Patria, Córdoba, 20-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

28
partía hacia Mendoza, última escala —en este caso, meramente turística— desde donde
pasaría a la república transandina con la esperanza de reeditar sus triunfos argentinos.

2.- El viaje americanista en sus ulteriores escalas.

2.1.- De Uruguay a Cuba.


Altamira visitó la República Oriental del Uruguay durante una semana entre el 4
y el 12 octubre de 1909, abriendo un paréntesis en su estancia argentina. El viajero to-
caba así su segundo destino, siendo recibido en medio del clima propicio que crearon
los estudiantes universitarios73, la colonia española, algunos publicistas afines al espíritu
de esta embajada cultural74 y, por supuesto, el propio éxito que la precedía en la banda
occidental del Río de la Plata.
El Diario Español se plegó activamente a la promoción del catedrático ovetense,
publicando un llamamiento y una invitación nominal a las personalidades más relevan-
tes de la colectividad en Montevideo75. Pocos días después, ese mismo periódico edita-
ría un panegírico del catedrático ovetense cuya extensión y minucioso relevamiento bio-
bibliográfico, pueden considerarse como indicio del completo desconocimiento del per-
sonaje en la opinión pública uruguaya. Esta presentación hacía hincapié en dos aspectos
de su perfil profesional; por un lado, en su versatilidad intelectual y, por otro, en la im-
portancia de sus labores pedagógicas en la Extensión Universitaria ovetense:
“Altamira es historiador, jurista psicólogo, economista, literato, pero es ante todo y sobre todo
un pedagogo. [...] Con ser tan grande el nombre que se ha conquistado en cualquiera de las mani-
festaciones antedichas, produciendo obras de tal importancia como la Historia de España y la Ci-
vilización española y la Propiedad comunal, entre otras, que pasarán a la biblioteca de la inmor-
talidad por suponer un eslabón más en la cadena que forma la investigación del conocimiento...,
llega a una altura envidiable, al considerar su labor de maestro. [...] Luchador constante y decidi-
do contra el analfabetismo, la más grande desdicha que sobre nosotros pesa, prolonga su cátedra
hasta la extensión universitaria, círculos obreros, no sólo de la capital, sino de la provincia, lle-

73
La propaganda estudiantil trajo polémica en Montevideo debido a las críticas que se dispararon sobre
Anatole France y Enrico Ferri aprovechando la ocasión de contraponerles la figura más humilde y austera
de Altamira. A propósito de esta polémica pueden consultarse los editoriales de L’Italia del Plata, Mon-
tevideo, 6 –X-1909 y IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa, “Altamira, France y Ferri. Un manifiesto estu-
diantil”, en: Democracia, Montevideo, 7-X-1909.
74
IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita de Víctor Pérez Vehil a Rafael Altamira, Montevideo, 8-
VII-1909, 2 páginas. Víctor Pérez Vehil, redactor de El Tiempo, escribió antes de la llegada de Altamira,
editoriales sobre la personalidad del viajero y al momento de su arribo al Río de la Plata se puso a dispo-
sición del mismo —a través del contacto de Enrique Rodó—, al que consideraba un sabio y un colega
periodista.
75
“El mérito de Altamira como historiador no tiene igual en nuestro idioma por haberse orientado en la
nueva corriente de la historia de la civilización, escuela alemana, de sentido amplio, democrático y prácti-
co, que perdurará en los anales de la humanidad. La Historia de España y de la civilización española es
un monumento y gloria nacional que basta para levantar al más alto nivel intelectual la personalidad del
señor Altamira. Nuestros compatriotas deben asociarse y secundar la obra de la Universidad de Montevi-
deo, honrándose y honrando al señor Altamira, en su residencia en esta capital. El Diario Español que en
cada compatriota ilustre desea honrar a la patria lejana, se permite hacer este llamamiento. A los españo-
les: Se invita para concurrir al muelle de pasajeros a las ocho de la mañana de hoy miércoles, para recibir
al señor Altamira, gloria de España y honor de la Universidad de Oviedo...” (“D. Rafael Altamira en
Montevideo”, en: El Diario Español, Montevideo, 4-X-1909 —IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa—).

29
vando su voz clara y sabia por pueblos, villas y lugares, removiendo cerebros donde deposita
ideas y principios, que hacen de aquellos sencillos y rústicos seres que se mueven y trabajan au-
tomáticamente, obreros conscientes, reflexivos, aptos para la prosperidad y engrandecimiento de
aquella región donde consumen su esfuerzo. [...] ¡Qué alegría debió producirle ver sentados
completamente confundidos elementos de todas las clases sociales, sin que decayera el entusias-
mo, ni se elevara una sola protesta, en Asturias, país de tan ilustre abolengo! La socialización an-
te la ciencia se había conseguido, como primer triunfo. Allí no había sitios reservados para nadie,
eran ocupados como iban llegando; guardaban solo el sillón de la cátedra, que ocupaba el maes-
tro, único que tenía este privilegio. Solo dos clases se reunían en aquella gloriosa aula: profeso-
res y discípulos. [...] Maestro siempre, dotado de facultades sorprendentes, triunfa en el Ateneo
ante un público de profesionales, de maestros; triunfa en la cátedra contribuyendo a formar esa
pléyade ilustre de jóvenes, que entregados por completo al estudio, camina gloriosamente, con
esforzado ánimo en las filas compactas que forman nuestros intelectuales, marchando al igual de
las demás naciones hacia la conquista del mundo para someterlo a los dictados de la ciencia...” 76

A poco del desembarco del vapor Viena en Montevideo, el profesor español co-
menzó a transitar un nuevo tramo de lo que se preanunciaba ya como un paseo triunfal
por toda América.
Las actividades sociales y de protocolo pronto absorbieron la atención de Alta-
mira. Por la mañana del día 6 de octubre recibió en el Hotel Lanata los saludos de la
comisión de bienvenida que incluía a Pablo de María77, José A. de Freitas —decano de
la Facultad de Derecho—, José Enrique Rodó78 y Matías Alonso Criado79, entre otros80.
Horas después fue recibido en la casa de gobierno por el Presidente de la República

76
Pascual SÁENZ, “Altamira y su obra social”, en: El Diario Español, Montevideo, 6-X-1909
(IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
77
El jurista argentino, Pablo de María (1850-1930), nacido en Gualeguaychú, fue catedrático de la Facul-
tad de Derecho de la Universidad de la República, formando parte del grupo espiritualista contrapuesto al
positivista, por entonces dominante. Ocupó el cargo de Rector en tres oportunidades: 1893-1895, 1899-
1902, e interinamente, entre 1908 y 1911. Ver: “Rectores de la Universidad de la República. Rectorados
de 1880 a 1922. Doctor Pablo de María” [en línea], en: Universidad de la República, Rectores,
http://www.rau.edu.uy/universidad/uni_rec2.htm, [Consultado:17-VI-2002]).
78
José Enrique Rodó (1871-1917), además de ser el autor de Ariel —libro que impresionó a Altamira y
su generación intelectual— actuó en la Cámara de Diputados, fue Director de la Biblioteca Nacional,
profesor universitario y periodista.
79
Alonso Criado estudió en Salamanca se graduó en Derecho y se doctoró en Filosofía y Letras en la
Universidad de Valladolid. En la Primera República fue secretario personal del presidente Emilio Caste-
lar. En 1874, a los veintidós años, emigró a Uruguay, estableciéndose en Montevideo. Fundó el Boletín
Jurídico y Administrativo (1876), La Colonia Española (1877) y publicó la Colección Legislativa de la
República Oriental del Uruguay y la Historia y Geografia del Paraguay (1888). Fue designado Cónsul
General de la República del Paraguay en España y más tarde Cónsul General por ese mismo país en Mon-
tevideo. Chile también lo designó Cónsul General en la capital uruguaya. En España se lo premió con las
cruces de Carlos III e Isabel la Católica, y con la designación de miembro correspondiente de la Real
Academia de la Historia (RAH) y de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia.
80
“El profesor Altamira. Su llegada a Montevideo. Saludos y visitas al ilustre huésped. Temas de las
conferencias”, en: El Siglo, Montevideo, 5-VII-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

30
Claudio Williman81 en una audiencia privada a la que concurrió con el rector De Ma-
ría82, la cual se reeditó días más tarde, esta vez junto al ministro español.
Pronto comenzaron a resonar las palabras de elogio. Durante su visita al Hospital
Español, el doctor Ignacio Arcos Pérez pronunció un encendido —y algo desmesura-
do— discurso españolista, en el que se lo festejaba como el “heraldo de una nueva era”:
“España la hidalga, España la caballeresca, España la conquistadora, siente en sus entrañas las
fecundas palpitaciones de un movimiento evolutivo intenso, que la renuevan, la transforman y la
encauzan en las vías del progreso científico moderno; y es esta España nueva, la que os envía
como su primer apóstol a predicar través del mundo, el credo de su potente renacimiento a la vi-
da de la ciencia. La presencia vuestra en estos países de América, enseñando a nuestros alumnos
vuestra ciencia propia, crea una nueva vinculación entre España y sus antiguas colonias, repre-
senta una nueva era de consanguinidad, una renovación del antiguo sentimiento de familia, que
será fecundo en beneficios materiales, sociales y políticos. El alma española vuelve a ocupar
ahora con ese nuevo derecho de conquista del siglo XX, con el derecho intelectual, la tierra de
América, que los esforzados conquistadores había dominado por la espada, prestando un servicio
inmenso a la humanidad. Ojalá que en un futuro no lejano en los dominios de la ciencia española
no se ponga nunca el Sol, como no se ponía en los dominios políticos de Felipe II. Salve augusta
Madre España. Salve profesor Altamira, su hijo preclaro.” 83

Las autoridades y profesores de la Universidad de la República le tributaron un


fastuoso banquete en el Hotel del Prado, al que asistieron como invitados especiales, en
“una manifestación sin ejemplo ni precedente” el primer mandatario uruguayo y todo su
gabinete84.
Este despliegue social dejó espacio para algunas tareas académicas las que, en
esta ocasión, se limitaron a la visita del Museo Pedagógico y de diversas escuelas y Fa-
cultades; al dictado de tres conferencias en el salón de actos de la Universidad de la Re-
pública en Montevideo85 y de una conferencia en el Ateneo —solicitada por la Direc-
ción Nacional de Instrucción primaria— destinada a los maestros de las escuelas
públicas y privadas86.

81
El jurista positivista uruguayo, científico experimental y profesor de Física, Claudio Williman (1863-
1934) fue rector de la Universidad de la República entre 1902 y 1904, y entre 1912 y 1916. En la esfera
pública, se desempeñó como Decano de Enseñanza Secundaria, Ministro de Estado y Presidente del Ban-
co de la República. Ver: “Rectores de la Universidad de la República. Rectorados de 1880 a 1922. Doctor
Claudio Williman” [en línea], en: Universidad de la República, Rectores,
http://www.rau.edu.uy/universidad/uni_rec2.htm, [Consultado:17-VI-2002]).
82
“El profesor Altamira. Su llegada a Montevideo. Saludos y visitas al ilustre huésped. Temas de las
conferencias”, en: El Siglo, Montevideo, 5-VII-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
83
“El señor Altamira en Montevideo. Visita al Hospital Español”, en: El Diario Español, Montevideo, 9-
X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
84
AMAE, Correspondencia Uruguay 1901-1909 Legajo H – 1796, Despacho Nº128 del Ministro Pleni-
potenciario de S.M. en Uruguay dirigido al Excmo. Señor Ministro de Estado —4 pp. manuscritas + cará-
tula, con membrete de la Legación de España en Montevideo y con firma autógrafa de Germán M. de
Ory—, Montevideo, 12-X-1909.
85
Rafael Altamira pronunció en la UNR tres conferencias. La primera, el 7 de octubre, acerca de “La
Universidad ideal”; el 10 de octubre, otra titulada “Historia del derecho y Código de las siete partidas” y
un día después, otra sobre “Las interpretación de la historia de España”.
86
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 65-66. Esta conferencia sobre “La educación del
maestro” fue dictada el 10 de octubre de 1909 y en ella Altamira pretendía transmitir la experiencia de la
Universidad de Oviedo en su relación con la escuela primaria asturiana y desgranar algunas consideracio-
nes respecto del ideal formativo del maestro, partiendo del supuesto de que en pedagogía —como en
cualquier otra ciencia moral— era casi imposible decir algo radicalmente novedoso. Sin embargo, según

31
Tal como había ocurrido en Argentina, los profesores universitarios honraron
efusivamente tanto el proyecto americanista que alentaba aquel viaje, como a la Univer-
sidad de Oviedo:
“Traéis un especial encargo de la Universidad de Oviedo; de aquella colmena laboriosa y brillan-
te, que al mismo tiempo que elabora y difunde a la patria el panal de rica substancia para el espí-
ritu, extiende las alas del enjambre por toda la América, para esparcir gérmenes de luz y de vida
recogiendo en cambio la savia fecundante que hierve en estos pueblos de Hispano América, para
trasvasarlo a las venas de la Nueva España. Venís de esa escuela de Oviedo, que está, sin duda
alguna, a la vanguardia de la cultura española y que es portaestandarte de la Universidad moder-
na por la intensidad de la obra colectiva que realiza; por la dirección científica amplia que im-
prime en el espíritu de renovación y de crítica en todas las manifestaciones de la vida intelectual;
por la disciplina metodológica que pone en todas las ramas del saber, y por las aplicaciones re-
alistas del conocimiento, de la ciencia, del arte, que extiende a los rangos más menesterosos de la
sociedad.” 87

A este homenaje se unieron muy especialmente los estudiantes montevideanos,


quienes veían en Altamira, el portador no de la “afirmación petulante de doctrinas que
allá han envejecido y tal vez caducado para siempre”, sino el “mensaje cordial de aque-
lla nueva civilización española” abierta y progresista88.

Este reconocimiento rebasaría, también en Montevideo, el estrecho círculo de la


comunidad universitaria, tal como lo testimonia el satisfecho balance que, al momento
de la despedida de Altamira, ofreciera la prensa española en el Uruguay:
“El profesor Altamira, desde muchos años atrás, era conocido de nuestro espíritu, que se había
deleitado con sus graves estudios críticos primero, y que se había robustecido con sus sabias en-
señanzas después. Desde aquellos lejanos tiempos en que el gran maestro Leopoldo Alas anun-
ció, el primero, el brillante porvenir del joven Altamira a raíz de un largo estudio por este publi-
cado sobre el realismo contemporáneo, hasta estos días en que la labor del eminente escritor
asturiano, consagrado a una tan nobilísima propaganda cual es la de la extensión universitaria, se
ha hecho más profunda y reflexiva, hemos seguido el desenvolvimiento de este espíritu que es

Altamira, existiría un divorcio entre la elaboración teórica y la práctica educacional efectiva cuya forma
más adecuada de salvar sería insistir en una mejor educación del educador, sin la cual el gasto en edificar
escuelas, comprar material y aumentar el presupuesto terminaría siendo perfectamente inútil. Esta educa-
ción debería ser sostenida en el tiempo a través de la oferta de conferencias, del subsidio de viajes de
estudio periódicos y de la labor constante de inspecciones técnicas y evaluaciones de los supervisores
pedagógicos (IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira para su conferencia orga-
nizada por la Dirección Nacional de Instrucción primaria en el Ateneo de Montevideo bajo el título “La
educación del maestro”, Montevideo, 10-X-1909, 7 pp.).
87
Carlos M. DE PENA, Discurso en la Universidad de Montevideo, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi
viaje a América..., Op.cit., pp. 232-233.
88
“No traéis en vuestras manos la espada rutilante y flexible de las controversias académicas sino un
atributo de paz; y es porque sabíais, con anticipadas revelaciones de vuestro destino como educador de
muchedumbres, que en los luengos y novedosos peregrinajes por las ciudades americanas, rumorosas,
cosmopolitas y animadas por un progresivo espíritu de modernidad, vuestra noble cruzada no iba a reno-
var el estruendo de las antiguas disputas y de las apasionadas justas dialécticas; porque no veníais a discu-
tir, sino a confraternizar con nosotros; no a imponer vuestras enseñanzas, sino a difundirlas por el con-
vencimiento; no a conquistar prosélitos para ningún dogma científico, sino a traer corazones con la
inagotable bondad que unge con óleos de persuasión vuestra palabra; humana y compadecedora bondad
que, como la ternura profunda y cordial de que nos habla el poeta francés, se siente perpetuamente estre-
mecida ante todos los injustos dolores del mundo.” (Francisco A. SCHINCA, Discurso en ocasión de la
despedida de R. Altamira de la Universidad Nacional de la República, reproducido en: Rafael ALTAMIRA,
Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 242-243).

32
honra y prez de las ciencias y las letras españolas. Teníamos pues plena consciencia de que el
señor Altamira se impondría entre nosotros y lograría más grandes y legítimos triunfos que otras
celebridades que nos han visitado; y por ello, nos apresuramos a prestigiar su venida y a encare-
cer a nuestras autoridades competentes para que arbitraran la mejor forma de hacernos oír al
maestro. Hoy podemos con legítima satisfacción, declarar que no nos habíamos equivocado y
que nuestros pronósticos se han cumplido acabadamente.” 89

Luego de la visita a Uruguay y de completar sus asuntos en Argentina, Altamira


cruzó la Cordillera de los Andes, permaneciendo en Chile por el plazo de una semana
durante el mes de noviembre de 1909.
Esta breve escala, prevista en el itinerario original, pudo concretarse gracias al
esfuerzo de la Universidad Nacional de Santiago de Chile y en especial de su rector,
Valentín Letelier Madariaga90, quien se encargó de interesar al gobierno y de negociar
con el Consejo de Instrucción Pública un acuerdo que asegurara materialmente la estan-
cia de Altamira en Chile. A partir de estas gestiones, el Poder Ejecutivo instruyó al em-
bajador de chileno Cruchaga Tocornal, para acordar con Altamira el dictado varias con-
ferencias, así como arreglar las cuestiones relacionadas con el traslado del viajero al
país transandino91.
Finalmente, pese al deseo de Letelier de convenir un ciclo extenso de conferen-
cias de Historia del Derecho y de enseñanza de la historia92, se acordó el dictado de cin-
co lecciones sobre temas variados y la asunción por parte del erario público de los gas-
tos del tránsito ferroviario internacional e interno del profesor y su secretario93.
Altamira fue recibido en la estación Los Andes por una delegación oficial que lo
escoltó hasta la capital, donde fue agasajado por el Ministro de Instrucción Pública —
quien además asistió a la conferencia inaugural en la UNS—, otras autoridades y perso-

89
“El profesor Altamira”, en: El Diario Español (?), Montevideo, 12-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte
de prensa).
90
Profesor de historia y abogado, Valentín Letelier (1852-1919) fue representante del pensamiento posi-
tivista comteano, liberal, reformista y laico en Chile. Formó parte de la Academia Literaria fundada por
José Victorino Lastarria y fue secretario de la Liga Protectora de Estudiantes. Fue nombrado profesor de
Literatura y Filosofía en el Liceo de Copiapó donde creó una Academia Literaria. También se desempeñó
como periodista en Las Novedades, Los Tiempos, y El Heraldo. Fue secretario de la Sociedad de Instruc-
ción Primaria y en 1878 fue proclamado diputado En 1881 fue designado secretario de la legación chilena
en Alemania, permaneciendo en Berlín hasta 1885. Vuelto a Chile se convirtió en un prestigioso reforma-
dor pedagógico. Sus principales libros fueron: De la Ciencia Política en Chile, Santiago de Chile, 1886;
Por Qué se Rehace la Historia, Santiago de Chile, 1886; Los Pobres; Santiago de Chile, 1896; La Evolu-
ción de la Historia, Santiago de Chile, Suárez,1900; Génesis del Estado, Buenos Aires, Cabaut, 1917 y
Génesis del Derecho, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1919. Fue profesor de Derecho adminis-
trativo en la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile; formó parte del Consejo de Instrucción Pública
y, entre 1906 y, en 1913, fue rector de la Universidad de Chile.
91
AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Carta original manuscrita —con membrete personal— de Valentín Lete-
lier a Rafael Altamira (en La Plata), Santiago de Chile, 29-VII-1909.
92
Valentín Letelier se excusaba ante Altamira por no haber podido negociar mejores condiciones debido
a que “no tengo actualmente injerencia en la administración docente de la República” y a que la UNS no
podía brindarle por sí misma las mismas condiciones que se le dieron en Argentina: “Si nuestra Universi-
dad no hará por cierto lo de La Plata, no lo atribuya usted a otra razón sino al estado de penuria en que se
la mantiene por motivos políticos” (AHUO/FRA, en cat., Caja IV , Carta original manuscrita —con
membrete personal— de Valentín Letelier a Rafael Altamira —en La Plata—, Santiago de Chile, 29-VII-
1909).
93
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 67-68.

33
najes del mundo político e intelectual. Más tarde fue recibido en La Moneda por el Pre-
sidente de la República, Pedro Montt Montt (1842-1926), en compañía del embajador
español94.
Las conferencias en la UNS tuvieron gran concurrencia de público95 y dieron pié
para renovadas profesiones del más zalamero españolismo:
“Por sus méritos indiscutibles, por la importancia de su obra histórica y literaria, por su brillante
actuación de maestro dentro y fuera de la Península, por su ingénita simpatía, Altamira ha des-
pertado una verdadera explosión de sentimientos cariñosos, que se hallaban comprimidos en el
alma chilena, acechando ocasión propicia para expandirse al sol del mediodía. La razón de este
triunfo es evidente. Altamira no sólo representa para nosotros un escritor eximio, un abnegado
maestro, un sabio historiador; sino también el heraldo de España, que nos trae el mensaje de ma-
yor precio que podíamos esperar: tierno abrazo de una madre amante para el hijo creado en sus
entrañas. Con afable actitud, con su aguda mirada, con su habla genuinamente castiza, nuestro
distinguido huésped ha descubierto toda la atracción irresistible que ejerce sobre los corazones
de este país (sin distinción de hombres ni de damas, de jóvenes ni de ancianos, de estudiantes ni
de iletrados) la nación activa y generosa que nos dio el ser, el recuerdo de los conquistadores
que, gracias a sus músculos de acero, colonizaron la América; en suma, la raza española.” 96

Claro que en otras ocasiones, las metáforas y las alegorías trilladas daban lugar a
juegos de palabras y tópicos retóricos que, en cualquier otra circunstancia, hubieran
causado escándalo:
“Conocida la persona del enviado, es el caso de preguntarle qué se habrá propuesto el Instituto
ovetense al enviarnos esta misión; y en este punto me parece que no puede haber divergencia. Si
hubiera dado las credenciales a cualquier extraño, cabría, por cierto, la duda; pero habiéndolas
dado en realidad a uno de los nuestros, bien se adivina que el maquiavélico designio de aquella
ilustre Universidad es conquistar por segunda vez a Chile, apoderándose de nuestros corazones,
y, para evitar una nueva emancipación, atarnos para siempre con los vínculos indestructibles de
una amistad desinteresada y sin recelos. El maquiavelismo de aquella Universidad hermana se
patentiza mejor en el hecho de haber elegido, para enviarnos esta misión, el preciso momento en
que, según los políticos jeremíacos, hemos llegado al último tramo de la decadencia del carácter
nacional, cuando el pueblo chileno se siente sin vigor para rechazar esta nueva tentativa de con-
quista, cuando nuestras almas débiles sólo tienen alientos para regocijarse con la expectativa de
las cadenas que nos esperan. ¿No es, señores, para desesperarse de la suerte de la patria?”97

Estas conferencias, tituladas “La obra de la Universidad de Oviedo”; “Los traba-


jos prácticos en la Facultad de Derecho”; “Bases de la Metodología de la Historia”; “La
extensión Universitaria” y —la ya infaltable— “Peer Gynt de Ibsen”, fueron seguidas

94
AMAE, Correspondencia Chile Legajo H-1441, Despacho Nº 164, del Ministro de S.M. al Excmo.
Señor Ministro de Estado, referente al catedrático señor Altamira —3 pp. manuscritas + carátula, con
membrete de la Legación de España en Santiago de Chile y con firma autógrafa de Silvio Fernández
Vallín—, Santiago de Chile, 8-XI-1909.
95
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas (en papel cuadriculado) de la 2ª y 4ª conferencias de
Rafael Altamira en la UNS, Santiago de Chile, XI-1909.
96
Discurso del profesor D. Domingo Amunátegui Solar en el banquete de despedida organizado por la
Universidad de Santiago de Chile, noviembre de 1909; reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a
América..., Op.cit., pp. 263-264.
97
Discurso del Rector de la Universidad de Santiago de Chile, D. Valentín Letelier, en la inauguración de
las conferencias, noviembre de 1909; reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit.,
pp. 255-256.

34
por una serie de alocuciones dirigidas a la colectividad española en la capital98, en Val-
paraíso99 e Iquique.
Pese a que Altamira no lo consignara en sus informes oficiales, su estancia chi-
lena también estuvo signada por una sucesión de eventos de carácter eminentemente
protocolar. En pocos días Altamira fue invitado por el Presidente de la República a un
almuerzo oficial con los miembros de la Legación y altos funcionarios chilenos; la UNS
le ofreció otro de trescientos cubiertos y las autoridades de la ciudad de Iquique hicieron
lo propio convocando otro festín en su honor, antes de su partida.
Perú fue su próxima escala que, en esta ocasión, se prolongó entre el 22 y el 29
de noviembre de 1909. Como ya había sucedido en Uruguay y Chile, la prensa y los
medios intelectuales, prepararon el terreno para un recibimiento acorde a los que le
habían tributado las naciones hermanas. Días antes de la llegada se pronunció en la Uni-
versidad una conferencia acerca de la personalidad intelectual de Rafael Altamira, en la
que Pedro Dulanto, alumno de la institución100, realizó una reseña bastante ajustada de
la labor del catedrático ovetense en las áreas historiográfica, pedagógica, crítico-literaria
y literaria, algunos de cuyos extensos pasajes serían publicados por la prensa limeña101.

Los pruritos que había manifestado el viajero respecto de las demostraciones ca-
llejeras en Montevideo, debieron ser, esta vez, convenientemente apartados. A su arribo
a El Callao, Altamira fue recibido por comisiones de la Universidad mayor de San Mar-
cos de Lima y del Instituto Histórico, a las que se agregaron las de otros institutos de
enseñanza, las de las asociaciones estudiantiles y las de las colonias españolas de ese
puerto y de la capital. Ya en Lima fue recibido por el Ministro de Justicia, Instrucción y
Culto, Matías León Carrera y el rector Luis Felipe Villarán Angulo102 quienes, en repre-
sentación de su gobierno y de la Universidad, negociaron un programa de cuatro confe-
rencias y aseguraron al viajero la cobertura de sus gastos de manutención en el Perú103.
El 24, 26 y 28 de noviembre Altamira pronunció tres conferencias en el Aula
Magna de la Universidad mayor de San Marcos. La primera, casi de rigor, sobre la sig-

98
Altamira pronunció a pedido del Círculo Español una conferencia titulada: “Formas del concurso de los
españoles de América en la obra de las relaciones hispanoamericanas”, cuyas notas orientadoras se con-
servan: IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas (en hojas cuadriculadas) de la conferencia de Ra-
fael Altamira en el Círculo Español de Santiago de Chile, Santiago de Chile, XI-1909.
99
La colonia española de Valparaíso encargó a Altamira una conferencia durante su visita, la cual versó
sobre “Motivo y significación del viaje de la Universidad de Oviedo” y cuyas notas se conservan:
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de la conferencia de Rafael Altamira en Valparaíso (escri-
tas en hojas cuadriculadas), Valparaíso, XI-1909.
100
Pedro Dulanto llegaría a Rector de la Universidad de San Marcos y moriría durante la represión de la
dictadura de Manuel Apolinario Odría (1897-1974) a la huelga estudiantil limeña de 1951.
101
“La llegada de Altamira”, en: El Comercio, Lima, 22-XI-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
102
El Jurista Luis Felipe Villarán Angulo fue Ministro de Justicia del Perú en 1886 con el Presidente
Andrés Avelino Cáceres Dorregaray (1833-1923) y en 1895 en el fugaz gobierno de Manuel Candamo
Iriarte (1841-1904). También fue Rector de la UMSM entre 1905 y 1913.
103
Informe sobre las gestiones y trabajos realizados en la República Peruana, reproducido en: Rafael
ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 287-288.

35
nificación del viaje y de los trabajos de Extensión Universitaria de Oviedo104; la segun-
da, se tituló “La Universidad moderna”105 y la tercera discurrió acerca de metodología
de la Historia.
El 25 de noviembre, Altamira dio una conferencia en el paraninfo de la Escuela
de Medicina, precedido del discurso del estudiante de medicina y presidente del Centro
Universitario, Carlos Enrique Paz Soldán106. Este joven universitario, en un rapto de
exaltación retórica y de fervor literario, compuso un texto laudatorio que conviene revi-
sar no por su originalidad, sino porque en él aparecen claramente expuestos los tópicos
a los que recurrieron casi todos los locuaces anfitriones de Altamira. El primer tópico es
el de prefiguración de un futuro venturoso para las relaciones hispano-americanas, aquí
expresado en forma de una “profecía” panhispanista107.
El segundo tópico argumental aparecía cuando, aspirando a dar fundamento
científico —o al menos lógico— a aquella ensoñación profética, Paz Soldán recurrió a
la historia y al influjo de la raza, construyendo una visión del pasado que justificaba ese
porvenir de confluencia entre España y sus antiguas colonias, y en la que quedaba muy
clara la filiación hispánica que la elite intelectual peruana trazaba para pensarse a sí
misma:
“Pero permitidme, señores que abandone por un instante esta visión luminosa del porvenir, per-
mitidme que la justifique y que muestre los hechos pasados, profetizadores elocuentes y eternos,
de este futuro de unión y belleza. Toda profecía, ante el criterio científico, no es en realidad otra
cosa que una inducción lógica, fundada en una serena y exacta apreciación del pasado, que per-
mite encontrar el momento inicial de cada fuerza histórica, seguir su trayectoria, intensidad y vi-
cisitudes a través de los tiempos y deducir cuál será en el futuro su alcance y consecuencias. […]
No tengo la pretensión de realizar un desfile histórico que justifique esta afirmación… me limita-
ré simplemente a señalar esta fuerza que nos une con España con todo el poder de una imposi-
ción histórica. Pero no sólo esta razón nos obliga a la solidaridad con la madre patria, sobre ella
y con eficacia abrumadora actúa el factor poderoso de la raza , porque nosotros los americanos
no somos sino íberos a quienes modificó los calores de la zona tórrida y las exuberancias infini-
tas de esta tierra virgen. Nosotros los americanos, representamos el producto de una raza por un
medio, de una raza en quien se unieran la vista y la agilidad del árabe, la fuerza y la robustez del
godo, la inteligencia y el corazón del romano (arenga del general Don Antonio Ros de Olano) y
de un medio en el que las fuerzas naturales parecen haber recibido misteriosa exaltación. Noso-
tros los americanos nacimos de ese puñado de intrépidos guerreros que España envió a la con-
quista de estos mundos, impulsada sobre todo, por el afán de glorias y aventuras, y en la que
hombres, hoy casi legendarios, dieron a la Península días de grandioso poderío, pero esta conse-
cuencia inmediata de la posesión orgullosamente grande ante la historia, es pequeña comparada
con otras más intensas y duraderas. Quiero referirme al nacimiento de estas nacionalidades libres
ahora, que engendradas por el amor a la gloria, crecidas silenciosamente en tres siglos de con-
quista, contemplan hoy, con legítimo orgullo y cariñosa solicitud, a la madre santa y noble, que
en un arrebato grandioso de amor les diera vida. [...] España conquistó la América movida por el

104
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira, Conferencias en Lima, 1ª Universi-
dad, Lima, 24-XI-1909.
105
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira. Lima, 2ª Conferencia en la Univer-
sidad, Lima, 26-XI-1909.
106
Carlos Enrique Paz Soldán (1885-1971) llegaría a ser un destacado sanitarista y consultor en temas de
medicina social de diferentes gobiernos peruanos. Para un panorama de su trayectoria puede consultarse:
“Dr. Carlos Enrique Paz Soldán” (Galeno, V-1975), reproducido [en línea], en: Centro de Documenta-
ción e Información “Carlos Enrique Paz Soldán”, http://www.per.ops-oms.org/doc_8.html [Consultado:
15-VI-2002].
107
Carlos Enrique PAZ SOLDÁN, Discurso de salutación del Presidente del Centro Universitario, en: La
Escuela Peruana, S/D, Lima, 1909, p. 270 (AHUO/FRA, en cat., Caja VIII).

36
deseo de grandezas, característico de su raza y al lado de la posesión inmediata que obtuvo, po-
sesión perecedera, recoge hoy, como derivación tardía de aquel esfuerzo, el cariño intenso de to-
do un continente.” 108

Finalmente, el tercer tópico, el de la cruda apología y el culto del personaje —


calificado como el “nuevo conquistador de cerebros y corazones”, o “el maestro más
popular de España”109— aparecía al momento que el orador entroncaba argumentalmen-
te la profecía y su fundamento histórico, cultural y biológico, con la acción específica
de la Universidad de Oviedo y su delegado, individuo especialmente cualificado para
pensar y llevar a buen término un proyecto de reconstrucción de las relaciones intelec-
tuales y culturales.
El 29 de noviembre, el Ateneo de Lima organizó una reunión literaria en los sa-
lones del Teatro Nacional a la que asistió el Presidente de la República, Augusto Ber-
nardino Leguía110, en la que luego de los discursos de ocasión, Altamira conferenció
sobre “El sueño de una noche de verano de Shakespeare y su interpretación musical por
Mendelhsson”.
Altamira visitó, también, el Colegio Nacional Guadalupe, la Escuela Industrial,
la Escuela de Artes y Oficios, el Instituto Meteorológico, un par de conventos coloniales
y la Biblioteca Nacional, dirigida por Ricardo Palma111, con quien Altamira tenía una

108
Ibíd., p. 270.
109
“… este, es el hombre a quien debe la Península, en el libro, la reconstrucción de su pasado y en la
acción, la preparación de su futuro, porque el profesor Altamira, como historiador, ha evocado con mara-
villoso colorido toda la historia y la cultura de su gloriosa estirpe, y como creador de la extensión univer-
sitaria en España, ha echado las bases de un futuro progreso.” (Ibíd., p. 270).
110
Augusto Bernardino Leguía (1863-1932) tuvo, sin duda, una sinuosa carrera política que bien podría
haber inspirado a muchos de los posteriores políticos peruanos y latinoamericanos. Importante comercian-
te de Lambayeque, ejerció como abogado civilista y llegó a ser nombrado Ministro de Hacienda por el
presidente Pardo y Barrera entre 1904-1908. Su gestión hizo que el Partido Civil en alianza con el Partido
Constitucional, lo propusiera como candidato a la Presidencia. Luego de ganar las elecciones asumió su
cargo en 1908, pero el 29 de mayo de 1909, fue capturado por los cabecillas de un intento golpista alenta-
do por el Partido Demócrata. Reinstalado en el poder tuvo que enfrentar una dura crisis económica, el
descontento social y varios problemas diplomáticos con los países limítrofes por la delimitación fronteri-
za. En 1919, luego de ser elegido Presidente por segunda vez en 1919, Leguía encabezó un golpe de esta-
do contra el saliente Presidente con el objeto de disolver el Congreso y convocar a un plebiscito en el que
propuso una reforma constitucional. La Asamblea Nacional, eligió a Leguía como Presidente para el
período 1919-1924. Pero, luego de ampliar su mandato en un año, volvió a reformar la Constitución para
quedar habilitado a la reeleción. Su gobierno, autodenominado, “La Patria Nueva” se prolongó hasta 1930
cuando, tras los intentos de volver a reformar la Carta Magna peruana para seguir gobernando, fue de-
puesto por un golpe encabezado por el comandante Sánchez Cerro, que ocuparía el poder, a su vez entre
1930 y 1933.
111
El escritor peruano Ricardo Palma (1833-1919), se desempeñó desde muy joven en el periodismo,
colaborando a lo largo de su vida como cronista o poeta con El Diablo, El Comercio, El Liberal, Revista
del Pacífico, Revista de Sud América, El Mercurio, La Campana, El Correo y La Patria. Entre 1849 y
1861 publicó: Poesía, Corona patriótica, Juvenilia y Dos poetas. Por entonces, comienza a aparecer en
diversos periódicos sus Tradiciones peruanas. En 1863 publica un trabajo histórico: Anales de la Inquisi-
ción de Lima (3ª ed., 1897) y en 1865 publica en Francia Armonías, París, Rosa y Bouret, 1865, y Lira.
En 1872 se publica como libro la primera serie de sus célebres Tradiciones; la segunda se publicaría en
1874; la tercera en 1875; una cuarta en 1877 y seis series más, desde entonces y hasta 1900. En 1877
publicó un trabajo histórico titulado Monteagudo y Sánchez Carrión, Lima, 1878 y un libro de poesías
festivas: Verbos y Gerundios, Lima, Benito Gil,1877. En 1879, las tropas chilenas que ocuparon Lima
quemaron su casa y su biblioteca, sobreviviendo aquellos tiempos de ocupación chilena como correspon-
sal de La Prensa de Buenos Aires. En 1883, se le encarga de la reconstrucción bibliográfica de la Biblio-

37
relación epistolar bastante fluida112 y quien, a poco de comenzar el periplo, se había ma-
nifestado un tanto escéptico respecto de la conveniencia de que Altamira visitara Chile
y Perú dada la tensión diplomática existente entre ambos países113.
La Universidad mayor de San Marcos, a través de su Facultad de Letras, nombró
a Altamira doctor honoris causa y catedrático en Jurisprudencia, habilitándolo para par-
ticipar de tribunales de graduación doctoral que por entonces se substanciaban en Li-
ma114.
Altamira fue recibido en la institución a través de un discurso del historiador
Carlos Wiesse Portocarredo (1859-1945), en el que se pasaba revista a la influencia in-
telectual española en la Universidad peruana, desde los dominicos y el Virrey Toledo en
siglo XVI hasta la generación de liberales españoles del siglo XIX afincados en Perú —
entre quienes se encontrarían José Joaquín de Mora115 y el educador e historiador Sebas-

teca Nacional que había sido saqueada, utilizada como cuadra de caballería e incendiada por los soldados
chilenos. En 1892 viajó a España, acompañado de su hija Angélica de doce años, para asistir al congreso
americanista, literario y geográfico celebrado en Madrid en el IV centenario del descubrimiento de Amé-
rica —donde conoce a Altamira—. En esa ocasión intenta hacer aprobar por la Academia muchos térmi-
nos del castellano del Perú, pero no encuentra mucho eco a sus propuestas, que recogería en su libro Neo-
logismos y americanismos, Lima, Carlos Prince, 1896; Recuerdos de España, Buenos Aires, Peuser, 1897
y Papeletas lexicográficas, Lima, La Industria, 1903.
112
Rafael Altamira recibía de Ricardo Palma una respuesta a su carta del 12 de noviembre de 1908, en la
que el escritor peruano confesaba que la mayoría de los profesores de la Universidad de San Marcos eran
“hombres linfáticos”, explicándose así, que Perú no hubiera designado representante alguno en el Cente-
nario de la Universidad de Oviedo celebrado ese año en Asturias —y en el que Altamira representó a la
Universidad de la República, uruguaya—. En la misma epístola, Palma solicitaba a Altamira la remisión
de España en América, le comentaba la graduación de su hijo Ricardo y comentaba la realidad política
española: “Veo que hay ahora, en España, bastante actividad intelectual. Lástima que no suceda lo mismo
en a vida política de la Nación. Ese señor Maura, con su jesuitismo absurdo, es una rémora. Felizmente
veo que pronto se libertarán ustedes de él. ¡Qué lástima que la energía de su carácter se haya ejercitado en
contra del progreso liberal!” (AHUO/FRA, en cat., Caja IV , Carta original manuscrita —con membrete
personal y sello circular de la Biblioteca Nacional de Lima— de Ricardo Palma a Rafael Altamira, Lima,
25-XII-1908).
113
“Hoy por hoy, en el Perú, no hay campo para la labor pacífica de los hombres de letras. Ya estará
usted ampliamente informado, por los prohombres argentinos y por la prensa, del conflicto bélico con
Bolivia, conflicto azuzado por Chile. Dejo al buen sentido de usted el resolver si las circunstancias de
actualidad son propicias para su proyectado viaje a Chile y Perú.” (IESJJA/LA, s.c., Carta original ma-
nuscrita —con membrete personal y sello circular de la Biblioteca Nacional de Lima— de Ricardo Palma
a Rafael Altamira, Lima, 25-VII-1909).
114
Véanse las reproducciones del diploma acreditativo y de la carta de anuncio del nombramiento en:
AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951 (Catálogo de la exposición organizada bajo ese título por el Instituto
de Estudios Juan Gil-Albert y la Diputación Provincial de Alicante) Alicante, 1987, p. 111.
115
José Joaquín de Mora (1783-1864) se graduó como abogado por la Universidad de Granada en 1805.
En 1808 se enlistó para combatir a los franceses, que lo hicieron prisionero en 1809, reteniéndole en
Francia hasta 1814. Vuelto a Cádiz, participó de la revolución liberal de 1821, por lo que, tras la restaura-
ción absolutista de Fernando VII en 1823, tuvo que huir a América. En 1827 fundó en Buenos Aires el
periódico Crónica Política y Literaria de Buenos Aires, y un colegio para señoritas. En 1828 se trasladó a
Santiago de Chile, donde una comisión del Congreso Constituyente chileno recurrió a sus conocimientos
y convicciones liberales para la redacción del texto constitucional. En 1829 fundó el Liceo de Chile —
donde se enseñaba Álgebra, Geometría, Trigonometría, Probabilidades, Cálculo Diferencial, Estática,
Dinámica y Química— con el apoyo del Presidente Francisco Antonio Pinto. Tras la revolución conser-
vadora de 1829, el Liceo fue integrado Instituto Nacional y de Mora expulsado de Chile, refugiándose en
Perú y luego en Bolivia. Luego de desempeñarse como diplomático del gobierno de Andrés Santa Cruz,
retornó a España en 1843.

38
tián Lorente— y en la que se daba la bienvenida a la que se veía como una nueva gene-
ración destinada a influir intelectualmente en Perú 116.
El Instituto Histórico, en sesión extraordinaria del 27 de noviembre, lo nombró
socio honorario de esta corporación en un acto presenciado por el pleno de los académi-
cos peruanos ante los cuales se pronunció el discurso de bienvenida a la institución por
parte del general e historiador Juan Norberto Eléspuru —héroe de la guerra hispano-
peruana de 1863-1866 y de la Guerra del Pacífico de 1879— y Altamira expuso sobre
“La historia colonial española y la esfera de trabajo científico común a los historiadores
peruanos y españoles”117.
En el orden político, Altamira fue agasajado en las más altas esferas y fue objeto
de grandes honores. La Casa de la Moneda acuñó una medalla alusiva a su visita a Perú;
el Ayuntamiento de Lima entregó al viajero su distintivo con las armas imperiales de
Carlos V y la medalla de oro de la ciudad y, como había ocurrido en Uruguay y Chile,
fue recibido por el Presidente de la República. También tuvo ocasión de proponer al
Ministro de Instrucción Pública peruano —tal como había hecho con el chileno capitali-
zando la experiencia en Argentina— un marco de acuerdo para futuras acciones de
acercamiento intelectual118.
Por supuesto, los homenajes de sus colegas, de la comunidad española y de los
funcionarios del área pedagógica no fueron más frugales que en las ocasiones anterio-
res. En los salones del Club Nacional, el Ministro de Instrucción Matías León ofreció un
banquete en honor del profesor español al que asistió, según propias palabras de Altami-
ra, “lo más escogido de la sociedad limeña” y en el que el alto funcionario puso de re-
lieve la importancia política de la misión de Altamira y el necesario rol de las Universi-
dades en la transformación política y social de las naciones119. El Decano de la Facultad

116
“...la generación de los Canella, los Altamira, los Posada y otros de la Universidad de Oviedo, cuyo
espíritu expansivo preludia el advenimiento de un nuevo período intelectual y ético en el proceso de la
civilización, continúa una influencia remota, análoga a la que experimentamos los obreros de esta Aca-
demia limense: la de la fuerza creadora del alma española que determinó al Arzobispo Valdés Salas a
encender el sagrado y vivificador fuego de aquella vieja Academia ovetense.” (Discurso de Carlos Wies-
se, Incorporación a la Facultad de Letras, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América; Op.cit.,
p. 300).
117
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...; Op.cit., pp. 290-291. Una reproducción del diploma acredita-
tivo puede verse en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op.cit., p. 112.
118
IESJJA/LA, s.c., Copia manuscrita de la Carta enviada por Rafael Altamira al Ministro de Instrucción
del Perú, Matías León, Salinas, 18-XII-1909. Las propuestas de Altamira fueron bien recibidas por el
gobierno peruano. Ver también: IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con membrete del
Ministerio de Justicia, Instrucción y Culto y con firma autógrafa del ministro— de Matías León a Rafael
Altamira, Lima, 15-I-1910; y IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con membrete del Minis-
terio de Justicia, Instrucción y Culto y con firma autógrafa del ministro— de Matías León a Rafael Alta-
mira, Lima, 20-I-1910.
119
Discurso del Ministro de Instrucción Pública, Dr. José Matías León en el banquete y manifestación
oficial del días 26 de noviembre 1909, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...; Op.cit.,
pp. 323-325. El mismo discurso fue reproducido por La Escuela Peruana, S/D, Lima, 1909, pp. 277-278
(AHUO/FRA, en cat., Caja VIII ).

39
de Letras, Dr. Javier Prado y Ugarteche120 ofreció otro almuerzo al que asistieron profe-
sores, autoridades académicas y altos funcionarios.
Pese a que Altamira recibió pedidos de desviarse unos días a Ecuador y Colom-
bia, la necesidad de llegar a Estados Unidos en el momento estipulado, hizo que el via-
jero no alterara su hoja de ruta y se embarcara hacia México luego de pasar en Perú el
mismo lapso que en Chile.
La estancia mexicana comprendió entre el 12 y el 20 de diciembre de 1909 y el
12 de enero y el 12 de febrero de 1910, interrumpida por el viaje de Altamira a los Esta-
dos Unidos de América.
Una vez llegado a la capital, Altamira se entrevistó con el Secretario de Estado
de Instrucción Pública y Bellas Artes, licenciado Justo Sierra121, con quien convino un
programa de conferencias y actividades oficiales del visitante. Esta negociación estuvo
precedida por las ingentes diligencias del influyente Telesforo García122, quien había

120
Javier Prado y Ugarteche (1871-1921), hijo del Presidente peruano Mariano Ignacio Prado, se graduó
en la UMSM como doctor en Letras (1891) con la tesis “La evolución de la idea filosófica en la historia”
y en Jurisprudencia (1899). En la misma universidad ofició sucesivamente como profesor de Literatura
Castellana, Estética, Historia de la Filosofía Moderna. Fue Decano de la Facultad de Letras entre 1907 y
1915 y Rector de la UMSM entre 1915 y 1921. Durante su rectorado se fundaron los museos de Arqueo-
logía y el de Historia Natural. fue también miembro fundador del Instituto Histórico del Perú, en 1905;
también director de la Academia Peruana de la Lengua entre 1918 y 1921. Prado y Ugrateche fue miem-
bro del Partido Civil y se desempeñó como Ministro de Plenipontenciario en Argentina, Ministro de Re-
laciones Exteriores y Vocal de la Corte Suprema durante el gobierno de Pardo y Barreda. Como jurista,
asumió una vocalía en la Corte Suprema (1906); Senador por Lima (1907-1913 y 1919); Presidente de la
Comisión Diplomática del Senado (1908-1912); Ministro de Gobierno y Presidente del Consejo de Minis-
tros (1910). Intervino activamente en las labores del Congreso Constituyente que consagraría la reforma
constitucional impuesta por Leguía. Sus principales libros fueron: Estado social del Perú durante la do-
minación española, Lima, El Diario Jurídico, 1894; El problema de la enseñanza, Lima, E.Moreno, 1915;
El genio de la lengua y de la literatura castellana y sus caracteres en la historia intelectual del Perú,
Lima, Imprenta del Estado, 1918; La nueva época y los destinos históricos de los Estados Unidos, Lima,
Tip.Unión, 1919.
121
Justo Sierra (1848-1912), graduado como abogado en 1871, ofició tempranamente de periodista y,
debido a sus actividades en El Globo se relacionaría tempranamente con los intelectuales y poetas libera-
les, entre los que se hallaba Ignacio Manuel Altamirano y también el emigrado español, Telesforo García.
Además de escritor y periodista Sierra fue político, siendo elegido varias veces como diputado, nombrado
Ministro de la Suprema Corte de Justicia (1894) y designado Secretario de Instrucción Pública y Bellas
Artes (1901-1911). Fue catedrático de Historia en la Escuela Nacional Preparatoria —institución que
llegaría a dirigir en los años noventa— y autor libros históricos como: Compendio de la Historia de la
Antigüedad, México, 1880 (para escuelas secundarias); Elementos de Historia General para las escuelas
primarias, México, Dublán, 1888; Historia General, México, Secretaría de Fomento, 1891; México. Su
evolucón social. Síntesis de la historia política, de la organización administrativa y militar y del estado
económico de la federación mexicana…, México-Barcelona, J. Ballascá, 1900-1901 (como director litera-
rio); Juárez, su obra y su tiempo, México, Villanuevay Geltrí, 1905-1906. A Sierra se debe la ley de en-
señanza primaria obligatoria de 1881y la aprobación, en ese mismo año, de la ley fundacional de la Uni-
versidad Nacional, cuya apertura se verificaría en 1911. Como Secretario de Instrucción Pública impulsó
la enseñanza laica, pública, universal y gratuita; la unificación lingüística castellana de México; la auto-
nomía de los jardines escolares; la promoción de la arqueología y el establecimiento de un sistema de
becas para el alumnado superior mexicano —todos estos aspectos muy presentes durante las gestiones
que trabaría con Altamira en 1910—. Es significativo recordar que Sierra presidió la Academia Mexicana
correspondiente de la Española. Tras la caída de Porfirio Díaz perdió sus cargos, pero en 1912 el Presi-
dente Francisco Madero lo designo Ministro Plenipotenciario en Madrid, donde murió ese mismo año.
122
Telesforo García (1844-1918), exiliado republicano español en México, formó parte del grupo de
jóvenes publicistas que editaran el periódico “político, científico y literario” de orientación positivista y
profirista La Libertad (1878-1884) —escindido de El Federalista afín a Sebastián Lerdo de Tejada—.

40
entablado tempranamente conversaciones con el gobierno mexicano para reforzar lo ya
conversado con Fermín Canella y quien se encargó de fijar un marco de acuerdo para
las actividades de Altamira en México123.
Altamira pronunció cuatro conferencias en la Escuela Nacional de Jurispruden-
cia. El ciclo de disertaciones —en líneas generales muy apreciado124— se abrió con un
discurso de bienvenida del Secretario Sierra ante la presencia de los secretarios de
Hacienda y de Fomento, las autoridades de la institución, el embajador español, Bernar-
do de Cólogan, representantes de las sociedades españolas, profesores, maestros y estu-
diantes; y el mismo se cerró, días más tarde, con un discurso del director de la Escuela
de Jurisprudencia y presidente de la Academia de Ciencias Sociales —fundada en
1905—, licenciado Pablo Macedo (1851-1918) ante la presencia del Presidente de la
República, Porfirio Díaz (1830-1915) y de altos funcionarios de su gobierno125. Una
quinta conferencia en la misma Escuela fue dedicada a los estudiantes bajo el título de
“La colaboración activa del alumno en la enseñanza”.
En la órbita de las instituciones estatales, pero fuera del ámbito de la enseñanza
superior, Altamira disertó en la Escuela Nacional Preparatoria sobre “La organización
universitaria”; en la Escuela de Artes y Oficios sobre “La Extensión Universitaria”126;
en la Escuela Normal de Maestros sobre “El ideal estético en la educación”; en el Mu-

Con Porfirio Díaz en el poder, García, Sierra y los demás miembros de este grupo fueron moderando sus
iniciales aspiraciones liberales-reformistas, valorando progresivamente el orden y la estabilidad e inte-
grándose críticamente a los círculos del poder. El sucesor de La Libertad fue el periódico Orden y Pro-
greso, dirigido por Telesforo García en el que trabajaron activamente Ignacio Manuel Altamirano, San-
tiago y Justo Sierra —encargado de los artículos editoriales y de educación— y el joven escritor Manuel
Gutiérrez Nájera.
123
IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con membrete personal y firma autógrafa— de
Telésforo García a Rafael Altamira, México, 29-IV-1909.
124
Telesforo García remitió a Altamira durante su excursión al Yucatán un artículo del periódico Los
Debates en el que como celoso defensor de la misión y del prestigio español, comentaba al viajero la
pedantería del crítico: “artículo si bien cariñoso para España y para Ud., hecho con cierto aire de protec-
ción y suficiencia muy propias de la petulancia que solemos encontrar en muchos ejemplares de este
Nuevo Mundo al cual nosotros queremos tanto. En gracia del amor puede perdonarse el desliz; pero sin
duda el autor ha querido demostrar que no sólo estaba en el asunto, sino sobre el asunto tratado por usted
en la Escuela de Jurisprudencia [...] Tales pedanterías resultarían enojosas si no conociéramos el móvil
infantil que las inspira, esto es, el propósito de causar sorpresa, o como dicen los franceses de épater le
bourgeoise” (IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con membrete personal— de Telesforo
García a Rafael Altamira, México, 27-XII-1909).
125
Las conferencias dictadas en la Escuela de Jurisprudencia fueron las siguientes: “Organización prácti-
ca de los estudios jurídicos en las Universidades españolas” (18-I-1910); “Educación científica y educa-
ción profesional del jurista” (20-I-1910); “El ideal jurídico en la Historia” e “Historia del derecho espa-
ñol”. El conjunto de estas conferencias fueron publicadas recientemente: Rafael ALTAMIRA, Lecciones en
América (Edición y estudio preliminar de J. del Arenal FENOCCHIO), México, Escuela Libre de Derecho,
1994. Por otra parte, en AHUO/FRA, en cat., Caja VI , se conservan los originales mecanografiados de
las tres primeras.
126
Entre los papeles de Altamira se conservaron los apuntes de esta conferencia. Ver: IESJJA/LA, s.c.,
Notas originales manuscritas de Rafael Altamira para la conferencia en la Escuela de Artes y Oficios de
Méjico, México, 19-I-1910, 11 pp.

41
seo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología sobre “Principios de la Ciencia His-
tórica”127 y en el Colegio Militar sobre “La educación jurídica del militar profesional”.
También pronunció cuatro conferencias128 en los salones del Casino Español;
tres para el Nacional Colegio de Abogados (el 25 de enero, “Ideas jurídicas de la Espa-
ña moderna”, el 27 de enero, “Historia y representación ideal de las Partidas” y el 31 del
mismo mes, “El problema del respeto a la ley en la literatura griega”); una en el Ateneo
de la Juventud; y otra en el Salón de Actos de la Escuela Nacional de Artes y Oficios,
para la Academia Nacional de Ingenieros y Arquitectos (“Las funciones sociales de in-
genieros y arquitectos”)129. En el puerto de El Progreso Altamira habló acerca del balan-
ce del viaje americanista y de las perspectivas futuras de las relaciones intelectuales
hispanoamericanas.
Más allá de las conferencias, Altamira visitó varios establecimientos pedagógi-
cos y culturales, sitios históricos y sedes institucionales, entre ellos la Sociedad Mexi-
cana de Geografía y Estadística130, la Biblioteca Nacional, las excavaciones arqueológi-
cas en las Pirámides de Teotihuacán, el Liceo Mexicano, la Casa de Correos, el
Manicomio de la capital y el Kindergarten Spencer —donde se celebró la fiesta de los
jardines de infantes de México con la presencia del Secretario de Instrucción y del Pre-
sidente de la Nación—, el Colegio de la Marina y la Estación de Faros de Veracruz.
Fueron visitadas la escuela de niñas indígenas de Xochiman y la Escuela Supe-
rior de niños y niñas en Xochimilco, cuyas comunidades educativas organizaron un
emotivo homenaje, en el que puede verse claramente con qué comodidad y soltura se
movía Altamira en este tipo de demostraciones protocolares131.

127
El 24 de enero de 1910, Altamira pronunció en la Biblioteca del Museo Nacional de Arqueología,
Historia y Etnología, una conferencia titulada “Principios de la ciencia histórica”. Una fotografía de la
esquela de invitación puede verse en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op. Cit., p. 114.
128
Una reseña de la primera conferencia en el Casino español —para la Escuela de Jurisprudencia— fue
publicada un día después: “Notable conferencia del Doctor Altamira en el Casino Español. El Sr. Presi-
dente felicita al sabio maestro”, en: El Diario, México, 17-XII-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de pren-
sa).
129
IESJJA/LA, s.c., Impreso de invitación y programa de actividades de la sesión de la nueva Mesa Di-
rectiva de la Academia Nacional de Ingeniería y Arquitectura para el 2 de febrero de 1910, México, I-
1910.
130
IESJJA/LA, s.c., Invitación impresa de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística a la sesión
del 27 de diciembre de 1910, firmada por el Vice-presidente Félix Romero, y por los secretarios Luis M.
Calderón y José Romero, México, I-1910.
131
“Cantáronse en seguida hermosos coros, se dijeron conmovedoras poesías alusivas a España, y la
profesora de Gimnasia presentó vistosos y bien ejecutados ejercicios con sus alumnas. A fin de éstos, el
Sr. Altamira, conmovido por la galantería de ver cruzadas en manos de las niñas la bandera mexicana y la
española, así como emocionado por las bellas composiciones que se recitaron, dirigió la palabra a las
alumnas, diciendo que se hallaba tan honda y tiernamente conmovido, que si no fuera porque entre las
convenciones sociales está la de que un hombre no llore delante de los demás, él derramaría lágrimas en
aquellos momentos. Y con la elocuencia de este eximio orador, con el sentimiento de una alma nobilísi-
ma, se dirigió a las niñas de Xochimilco, diciéndoles cuánto deseaba que por medio de la escuela, se
levantase la raza indígena, hasta el nivel que alcanza la clase más afortunada por la educación, a fin de
que todos los mexicanos, unidos en el santo espíritu de la Patria, formasen mediante el trabajo y la cultu-
ra, un pueblo respetado, próspero y feliz, en que cada uno de los individuos disfrutase de los bienes de la
civilización. Todo eso lo expresó con palabras tan tiernas, tan patéticas, con un acento tan patéticas, con
un acento tan apasionado, tan conmovedor, que las niñas y el auditorio sintiéronse subyugados, y con los
ojos puestos en el caballero español... prorrumpieron en una estruendosa y prolongada ovación.” (Bruno

42
También se visitaron las escuelas primarias de Veracruz y la “Escuela Ignacio
M. Altamirano”132, donde Altamira participó de la fiesta en homenaje del educador
mexicano que le daba nombre al establecimiento133.
La Academia Central Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, —fundada en
1885 y correspondiente de la de Madrid— lo nombró académico honorario el 29 de ene-
ro de 1910, entregándole un diploma acreditativo134 en una sesión oficial donde hicieron
uso de la palabra los académicos Rodolfo Reyes y Roberto A. Esteva Ruiz y el propio
Altamira leyó un texto correspondiente al tomo IV (todavía inédito) de la Historia de
España y de la civilización española.
La Sociedad Científica Antonio Alzate lo designó miembro honorario135; la So-
ciedad Mexicana de Geografía y Estadística lo nombró Socio Corresponsal en su sesión
del 13 de enero de 1910136 y la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional de Juris-
prudencia lo nombró socio honorario y protector137.
En el plano político, Altamira fue recibido por el titular del Poder Ejecutivo y
varios de sus ministros, por el Gobernador del Estado de Yucatán138 y obispo de Mérida
y las autoridades de las instituciones de enseñanza superior mexicanas. El Secretario de
Instrucción consultó a Altamira y solicitó su dictamen a propósito del proyecto de fun-
dación de la Universidad Nacional de México, designándolo como futuro profesor titu-
lar de la cátedra de Historia del Derecho:

MARTÍNEZ, “Un paseo a Xochimilco”, en: La escuela mexicana, Vol. VI, Nº 33, México, 30-I-1910, p.
541).
132
Ignacio M. Altamirano (1834-1893) hijo de un alcade indígena de Tixla en el Estado de Guerrero, fue
un intelectual liberal y reformista, que luchó contra Maximiliano como coronel de infantería, participando
de la reconquista de Querétaro. Fundó en 1869 la revista El Renacimiento y restableció el Liceo Hidalgo,
que presidió. Se desempeñó como profesor, como escritor y como diplomático. En 1889 fue nombrado
cónsul general en España, con residencia en Barcelona y luego en París, muriendo algunos años después
en Italia.
133
“Fiesta en honor de Altamirano”, en: La escuela mexicana, Vol VI, Nº 33, México, 30-I-1910, pp.
520-534.
134
Puede verse una reproducción fotográfica de este documento en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951,
Op. Cit., p. 115.
135
IESJJA/LA, s.c., Carta de la Sociedad Científica “Antonio Alzate” —con membrete y firma autógrafa
de R. Aguilar y Santillán— a Rafael Altamira, México, 25-I-1910.
136
IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con membrete y firma autógrafa del Secretario
Calderón— de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística a Rafael Altamira, México, 14-I-1910.
Una reproducción del diploma acreditativo puede verse en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op.
Cit., p. 113.
137
AHUO/FRA, en cat., Caja VII , Nombramiento de Rafael Altamira como socio honorario y protector
de la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, México, 1-VIII-1910.
138
El gobernador yucateco en funciones interinamente durante el viaje americanista, Martín Arteaga,
escribía a Altamira para enviar la memoria administrativa del período de gobierno concluido y su discurso
parlamentario, solicitar la remisión un ejemplar de la Ley Obrera y comentar la repercusión de su mensaje
en Mérida: “Las impresiones que la permanencia de usted aquí dejó entre nosotros, son aún el tema favo-
rito de las conversaciones de nuestra sociedad, y lo serán por mucho tiempo más, ya que ellas se grabaron
gratamente en nuestra memoria por la persuasiva palabra de usted y por los altos conceptos que informa-
ron sus inolvidables conferencias.” (IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada de Martín Aristegui
—membrete de Correspondencia Particular del Gobernador del Estado de Yucatán— a Rafael Altamira,
Mérida, 25-II-1910).

43
“Falta esta materia en los actuales programas, y el señor Ministro de Instrucción pública, al in-
corporarla al nuevo programa que regirá en el próximo año académico, ha querido que sea un
profesor español quien inaugure esta clase de estudios. Hecha la proposición y aceptada por mí,
el compromiso concertado con fecha de 29-31 enero de 1910 me obliga a explicar, durante un
número indefinido de años, un curso de tres meses de aquella disciplina a los alumnos de la Es-
cuela o Facultad de Jurisprudencia; lo cual significa el establecimiento de un lazo íntimo y dura-
dero entre la Universidad mejicana y la española.” 139

Altamira fue agasajado con numerosos banquetes por cuenta de los Secretarios
de Estado, del profesorado universitario, secundario y primario, del Colegio de Aboga-
dos, de la Legación española, de la Embajada argentina, del Liceo, del Centro Asturiano
y del Casino Español de Ciudad de México, del Centro Español, de la Liga de Acción
Social de Mérida —que lo nombró Socio Correspondiente—140, de Círculo Español
Mercantil de Veracruz —que lo nombró Socio Honorario141— y de la colonia española
del puerto de El Progreso.
En su informe oficial, Altamira destacó el acontecimiento social que significó su
partida de la capital mexicana rumbo a Yucatán142. En esta ocasión la Escuela Nacional
Preparatoria organizó una demostración en su honor en la estación ferroviaria convo-
cando a los intelectuales por medio de publicidad callejera obteniendo un exitoso resul-
tado, como así lo testimonia la emotiva crónica de un periódico:
“Se comprendía que la despedida al señor Altamira iba a ser en grande, y así fue, y grandiosa.
Como a alto personaje se le formó valla desde la entrada de la estación por lo más selecto de la
cultura de México [...] se presenta el señor Altamira y la multitud se abalanza hacia él y no cesa
de aplaudirlo y vitorearlo [...] Faltaban minutos para la partida del tren. Conmovido hondamente
hasta las lágrimas, frente a aquella manifestación de triunfo, de pié en uno de los pasamanos de
su carro le salen del alma en una última arenga palabras de despedida: Os había dicho ayer que
las despedidas no son tristes; pero me he equivocado; esta despedida es triste, porque se me
arranca de lo más hondo de mi alma. Siento que ahora véis en España una hermana dispuesta a
ir con vosotros sea como fuere. ¡Benditos seáis vosotros, porque habéis hecho que mi palabra
fructificara e hiciera de dos pueblos una sola alma! Y todavía [...] cuando se alejaba el tren, el
ilustre apóstol de Oviedo, con la cabeza descubierta y llorando, en medio de una atronadora ráfa-
ga de aplausos y vivas, gritó a aquella inmensa multitud: ¡Viva México! Viva la juventud mexi-
cana que habrá de hacer la patria grande. Y partió.” 143

139
Informe sobre los trabajos realizados en la República de Méjico por el delegado de la Universidad de
Oviedo, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 350.
140
En el banquete ofrecido por la Liga de Acción Social de Mérida, su presidente dirigió unas palabras en
las que, no casualmente podemos encontrar el mismo énfasis que en Perú —la otra república heredera de
un gran virreinato y donde subsistía una realidad indígena— en los elementos tres elementos claves (his-
toria, idioma y raza) de la identificación hispana de la elite local: “Durante tres siglos fueron vivificándo-
se con sangre española, con civilización española, con espíritu español, los nuevos organismos etnológi-
cos (los pueblos americanos), cual robustas ramas de un mismo tronco; y hace cien años que esas ramas,
por ineludible y constante ley histórica, probaron a alimentarse con savia propia, con anhelos propios,
para constituir árboles nuevos en cuyos lozanos ramajes suena la misma música del árbol secular, el in-
comparable idioma de vuestros mayores, y sobre cuyas copas brilla el mismo lampo ideal como común
aspiración de la misma raza.” (IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada —con firmas autógrafas
de Gonzalo Cámara y Tomás Castellano Acevedo— de la Liga de Acción Social de Mérida a Rafael
Altamira, Mérida de Yucatán, 11-II-1910).
141
Véase reproducción del diploma acreditativo en AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op. Cit., p. 114.
142
Informe sobre los trabajos realizados en la República de Méjico por el delegado de la Universidad de
Oviedo, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 352.
143
“El último día de estancia en México del Señor Altamira. Cariñosa despedida en la estación”, en: El
Imparcial, México, 3-II-1910 (AMAE, Política México 1905-1912, Legajo H–2557, Despacho Nº 8 del

44
Estados Unidos fue visitado por Altamira, abriendo un paréntesis en su estancia
mexicana, entre el 20 de diciembre y el 12 de enero. Esta escala estuvo contemplado
desde que, con fecha 13 de mayo de 1909, la American Historical Association lo invita-
ra oficialmente a asistir a las celebraciones del vigésimo quinto aniversario de su funda-
ción y para asistir al Congreso Histórico Nacional a celebrarse en Nueva York entre el
27 y el 31 de diciembre de 1909 144.
En este congreso profesional, Altamira leyó una memoria acerca de la labor de
la Sociedades y Academias históricas de España y expuso un trabajo titulado “Acción
de España en América”, ambos publicados posteriormente en el Anuario de la Asocia-
ción145.
Altamira tuvo oportunidad de visitar las universidades de Columbia y Yale y la
Biblioteca y Museo de la Hispanic Society of America. Esta sociedad americanista ya lo
había distinguido con una membresía en diciembre de 1909, otorgándole ahora su me-
dalla de plata “como premio a los relevantes servicios que ha prestado usted a la litera-
tura y a la admirable influencia que ha ejercido a favor del estrechamiento de las rela-
ciones y del más completo conocimiento entre España y los pueblos americanos”146.
Las conferencias universitarias que se le habían encargado a través de una carta
de William R. Shepherd147, Leo Stanton Rowe148 e Hiram Bingham149 de la HSA, fueron

Ministro Plenipotenciario de S.M. la al Excmo. Señor Ministro de Estado. La Misión en México del Sr.
Altamira catedrático de la Universidad de Oviedo —con membrete de la Legación de España en México
y firma autógrafa del embajador Cólogan, 5 pp.+ 2 carátulas + recortes de prensa—, México, 12-II-1910).
144
Invitación de la American Historical Association a Rafael Altamira, New York, 13-V-1909, reprodu-
cido como anexo del Informe sobre los trabajos realizados en lo Estados Unidos de Norte América (di-
ciembre de 1909 – enero de 1910) en: Rafael Altamira, Mi viaje a América..., p. 649.
145
La American Historical Association fue fundada en 1884. Rafael Altamira sería incorporado como
miembro honorario extranjero de la American Historical Association junto a Domingo Amunátegui Solar,
Johan Huizinga y otros historiadores en 1944, un año después de la designación de Benedetto Croce.
Antes, los únicos historiadores distinguidos con esta membresía honoraria —reservada a aquellos que
habían colaborado con la formación de estudiantes estadounidenses en sus países—, habían sido: Leopold
von Ranke, en 1886; William Stubbs, Obispo de Oxford y Samuel Rawson Gardiner en 1899; Theodor
Mommsen, en 1900 y James Bryce en 1906. Para la lista completa de miembros honorarios extranjeros
ver: AMERICAN HISTORICAL ASSOCIATION, General Information, AHA Award Recipients, [en línea],
http://www.theaha.org/prizes/awarded/Honorarywinners.htm, [Consultado: 10-VI-2002].
146
Comunicación de la Hispanic Society of America a Rafael Altamira, New York, 31-XII-1909, repro-
ducido como anexo del Informe sobre los trabajos realizados en lo Estados Unidos de Norte América
(diciembre de 1909–enero de 1910) en: Rafael Altamira, Mi viaje a América..., p. 648.
147
El historiador hispano-americanista William Shepherd (1871-1934) realizó estudios universitarios en
Columbia, Madrid y Berlín y fue designado como miembro correspondiente de la Academia de la Histo-
ria española.
148
El economista y jurista Leo Stanton Rowe (1871-1946) fue profesor de Ciencias políticas en la Uni-
versidad de Philadephia y sucedió a John Barrett, en la dirección general de la Pan-American Union entre
1920 y 1946. Visitó las UNLP, UMSM de Lima y la US en Chile y asistió a las diversas conferencias y
reuniones inter-americanas que se desarrollaron durante ese período en Montevideo, Buenos Aires, Lima,
Panama, La Habana y Río de Janeiro.
149
Hiram Bingham (1875-1956) se doctoró en la Universidad de Harvard en 1905, siendo luego profesor
en Princeton. En 1906 inició un viaje por Venezuela y Colombia, reproduciendo la ruta seguida por Bolí-
var en 1819. Luego realizó otro viaje entre Buenos Aires y Lima, este viaje dio lugar a la publicación en
1911 del libro Across South America. En 1911, Bingham encabezó una expedición al Perú que descubrió
el sitio incaico de Vitcos y que en 1912 descubriría Macchu Picchu. Bingham se alistó en la aviación
norteamericana de la Primera Guerra Mundial y luego siguió una carrera política hasta ser electo senador.

45
pospuestas, a fin de planificar más detenidamente una política de intercambio con Esta-
dos Unidos desde Oviedo150.

Finalmente, la última escala del viaje americano fue Cuba, donde Altamira arri-
bó en el vapor Mérida el 15 de febrero, permaneciendo hasta el 22 de marzo. La entrada
en el puerto fue singularmente pintoresca:
“Al entrar el Mérida en el canal, entre el Morro y la cortina de Valdés, estalló una ovación gran-
diosa y prolongada; millares de manos batían palmas y agitaban los pañuelos, las sirenas de los
buques del Puerto atronaban el espacio; y los acordes de las bandas de música, las explosiones de
los cohetes y los vítores de la multitud, dieron simultáneamente en su enorme desconcierto, una
de las más grandes concertaciones de entusiasmo y confraternidad entre cubanos y españoles,
que registraban las crónicas habaneras. Al fondear el Mérida se repitieron las ovaciones con sire-
nas, monteretes, músicas y vivas. El entusiasmo era inenarrable. Centenares de voces sobresa-
liendo entre el general clamoreo decían: ¡Bienvenido sabio Altamira!”151

Durante los seis días en que los pasajeros debieron permanecer en observación
en Triscornia —debido a los controles de sanidad impuestos por las leyes cubanas—
Altamira fue visitado por comisiones universitarias y estudiantiles y por representantes
de sociedades españolas y cubanas.
El 21 de febrero Altamira entraba en La Habana en medio de manifestaciones
populares organizadas por las sociedades españolas y los estudiantes. Tal como venía
dándose en las anteriores escalas, el viajero—acompañado por el embajador español
Pablo Soler y Guardiola— realizó visitas oficiales al Presidente de la República, José
Miguel Gómez (1858-1921), al Vicepresidente, al Ministro de Instrucción Pública y al
Ministro de Estado y a otros altos cargos gubernamentales y municipales. Cuatro días
después, Altamira fue agasajado en el Teatro Nacional de La Habana, en cuya recepción
pudo departir nuevamente con el Presidente Gómez.
Durante su estancia en Cuba, Altamira contó con el contacto más sólido de la
Universidad de Oviedo en América, el doctor Juan Manuel Dihigo quien fuera uno de
los ideólogos originarios del viaje americanista y un gestor eficaz de los asuntos de la
universidad ovetense en la isla152.

150
Invitación a las conferencias en Universidades norte-americanas. Carta de la HSA a Rafael Altamira
(en Buenos Aires), New York, 9-VI-1909, reproducido como anexo del Informe sobre los trabajos reali-
zados en lo Estados Unidos de Norte América (diciembre de 1909 – enero de 1910) en: Rafael
ALTAMIRA, Mi viaje a América..., p. 64.
151
Noticia publicada en La Correspondencia, 15-XII-1909, citado en: Victoria María SUEIRO
RODRÍGUEZ, “Las ideas de integración en la prédica y programa educativo-americanistas de Rafael Alta-
mira y Crevea y su influencia en Cuba a principios de siglo”, paper inédito para el Instituto Superior
Técnico de Cienfuegos, Departamento de Español y Literatura, Cienfuegos, marzo de 1994.
152
Del interés persistente de Juan Manuel Dihigo en los resultados del viaje americanista dan fe sus cartas
a Rafael Altamira antes de embarcarse a América y mientras se desarrollaba el periplo, en las que aparte
de los buenos deseos, exploraba posibles actividades del viajero en Cuba y trataba de armonizar su itine-
rario con las necesidades de la ULH. Ver: IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita (con membrete de la
Universidad de La Habana, Facultad de Letras y Ciencias) de Juan Manuel Dihigo a Rafael Altamira, La
Habana, 14-I-1909; IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada (con membrete de la Universidad de
La Habana, Laboratorio Dihigo, Fonética experimental) de Juan Mauel Dihigo a Rafael Altamira, La
Habana 8-VII-1909; IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita (con membrete de la Universidad de La
Habana, Facultad de Letras y Ciencias) de Juan Manuel Dihigo a Rafael Altamira, La Habana, 2-XII-

46
Altamira dictó seis conferencias en la Universidad de La Habana. La primera de
ellas, acerca de “La obra americanista de la Universidad de Oviedo”153 fue antecedida
por el discurso de bienvenida a cargo de Dihigo154; la segunda, sobre “Organización de
los estudios históricos”155, fue antecedido por el discurso del doctor Evelio Rodríguez
Lendián, Decano de la Facultad de Letras; la tercera, se tituló “Ideas e instituciones
pedagógicas españolas, con particular examen de los Museos pedagógicos” 156; la cuarta,
dedicada a los estudiantes, sobre “Asociaciones escolares y deberes del estudiante como
tal y como ciudadano”157; la quinta, sobre “Extensión Universitaria” y la sexta y última,
sobre la “Historia del Municipio español, según las últimas investigaciones”158, luego de
la cual, pronunció un discurso de despedida, el Decano de la Facultad de Derecho, doc-
tor González Lanuza.
También dictó conferencias en el Instituto de Segunda Enseñanza sobre “Orga-
nización de los estudios de cultura general”159; una en las Sociedades de Color, sobre

1909; IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada (con membrete de la Universidad de La Habana,
Facultad de Letras y Ciencias, Decanato) de Juan Mauel Dihigo a Rafael Altamira, La Habana, 9-XII-
1909; IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita (con membrete de la Universidad de La Habana, Facul-
tad de Letras y Ciencias, Secretaría) de Juan Manuel Dihigo a Rafael Altamira, La Habana, 20-XII-1909.
153
Esta conferencia fue editada en: Rafael ALTAMIRA, “La obra americanista de la Universidad de Ovie-
do”, en: COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América.... Homenaje al ilustre delega-
do de la Universidad de Oviedo, D. Rafael Altamira Crevea, Oviedo, X-1910, pp. 59-64. Los papeles
preparatorios de esta conferencia pueden consultarse en: IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de
R. Altamira: Iª Conferencia en la Universidad, (6 pp.).
154
Juan Manuel DIHIGO, “El Doctor Rafael Altamira en la Universidad de La Habana”, en: AA.VV.,
Colección de Estudios Históricos, Jurídicos, Pedagógicos y Literarios. Melanges Altamira, Madrid, C.
Bermejo, 1936, pp. 246-250. En este discurso, Dihigo elogiaba la iniciativa de la Universidad de Oviedo
por su propósito de “estrechar más y más las relaciones intelectuales que mantiene con las instituciones
análogas” y por “el envío de hombre de positiva cultura a las repúblicas latinoamericanas para que a ellas
concurren, tomen nota de cuanto bueno en ellas encuentren sobre estudios superiores, den conferencias
referentes a temas científicos, literarios o artísticos; para que vulgaricen bien en América la vida intelec-
tual de España, desvirtúen la especie de que ella se limita a perpetuar el tipo de su decadencia, tipo que la
presenta atrasada en lo científica, intransigente, cerrada y misoneísta a todas las manifestaciones de ele-
vación mental y afinacen las buenas relaciones de amistad y surja más activo el comercio de ideas con los
compañeros del Nuevo Mundo” (Ibíd., p. 247).
155
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: 2ª Conferencia. Universidad de La
Habana, Organización de los estudios histórico, 10 tarjetas, La Habana, 1910.
156
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: 4ª Conferencia, Universidad de La
Habana, Factores de la Pedagogía española moderna, 6 pp., La Habana, 1910.
157
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: Habana. Conferencia a los estu-
diantes de la Universidad, 6 pp., La Habana, 1910. Esta conferencia fue pronunciada el 9 de marzo de
1909, y en ella Altamira no dudó en promocionar a las universidades españolas: “Otra nota que caracteri-
za las instituciones educativas españolas es la libertad. Sobre esa libertad no se tiene una idea clara fuera
de España. Excede ella en mucho a la que se disfruta en otros países (...) La libertad de enseñanza se
manifiesta en España, por último, es este hecho: la mujer ha entrado en el instituto y en la universidad, sin
que por ello se hayan caído las estrellas. Ni los estudiantes ni el cuerpo social se ha extrañado de ello”
(noticia de La Correspondencia, 8-III-1910, citado en: Victoria María SUEIRO RODRÍGUEZ, “Las ideas de
integración en la prédica y programa educativo-americanistas de Rafael Altamira y Crevea y su influencia
en Cuba a principios de siglo”, paper inédito elaborado para el Instituto Superior Técnico de Cienfuegos,
Departamento de Español y Literatura, Cienfuegos, III-1994, p. 12.
158
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: 3ª Conferencia. Universidad de La
Habana, Historia del municipio español, 4 pp., La Habana, 1910.
159
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: Habana. Conferencia en el Institu-
to, 6 pp., La Habana, 28-II-1910.

47
“La fraternidad humana”160 y una en el Ateneo de La Habana. Altamira visitó el Centro
Castellano el primero de enero y la Asociación de Maestros Públicos de La Habana lo
invitó a pronunciar una conferencia161 en un acto donde también hicieron uso de la pala-
bra el Subsecretario de Instrucción Pública y el Presidente de dicha asociación. La
Asamblea de esta asociación, en sesión del 3 de marzo, lo nombró Presidente de honor,
entregándole el diploma acreditativo en un “festival escolar” celebrado en el Teatro Na-
cional. En dicho festival, celebrado el 5 de marzo, alumnas de la Escuelas Nº 14, 24, 30
y 36 de La Habana ejecutaron “Saludo a Altamira” —una composición coral a dos vo-
ces—, recitaron poesías, cantaron marchas y representaron fragmentos de comedias y
zarzuelas162.
El viajero también pronunció varios discursos doctrinales, que a menudo toma-
ron el carácter de conferencias como ocurriera en la Academia de Ciencias y en la re-
cepción del Ayuntamiento de La Habana.
Altamira visitó, además, diferentes Facultades de la ULH, la Academia de Ta-
quigrafía, la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela de Comercio, la Biblioteca nacional,
la Junta de Educación, el Colegio Franco-Hispano-Americano, y varias escuelas prima-
rias. Una de estas escuelas habaneras, el establecimiento privado La Primera Luz, tribu-
tó en homenaje a Altamira remitiéndole un extenso mensaje en el que, además de la
admiración que le profesaba el maestro Jorge Batista —firmante del texto—, se relataba
la desbordante emoción que embargó al alumnado luego de una clase alusiva de la per-
sonalidad intelectual del viajero y el posterior encargo de que se le remitiera un saludo.
Más allá de lo verosímil de tales cuadros, es interesante tomar nota de los términos en
que este maestro rendía tributo a quien percibía como un gigante intelectual y cómo un
representante genuino de lo mejor de raza y la ciencias hispanas:
“Hasta aquí mi tranquilidad estuvo en verdadero reposo [...] pero desde ese momento de superior
compromiso agitáronse en mi ser todas las actividades, y no por cierto para ayudarme a salir del
intrincado camino [...] Pensé en los libros antiguos, que de tantos apuros libran algunas veces;
para buscar en ellos la frase, tomar nota del estilo, estudiar en los mismos la filosofía del lengua-
je y en serio y breve repaso de la ciencia de las letras, con el fin de contrariar el vulgarismo, en-
contrar los adornos que en afiligranados conceptos e imágenes bellas, pudieran hacerme llegar en
nombre de mis educandos, a la altura que el caso demanda; cuando de súbito, la reflexión se in-
terpuso, haciéndome llegar a esta apreciación ¡Altamira conoce todos los libros, es su cerebro
una biblioteca, en su alma lleva las ciencias, es su filosofía su espíritu, la literatura sus nervios,
su mente una enciclopedia, el arte del buen decir es su traje!”163

Altamira visitó la ciudad de Matanzas el 27 de febrero, asistiendo a un acto en


el Instituto de la ciudad, donde fue agasajado por profesores y alumnos y en cuyo acto

160
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: Sociedades de Color, 2 pp., La
Habana, 4-III-1910.
161
IESJJA/LA, s.c., Notas originales manuscritas de Rafael Altamira: Fiesta maestros. Habana, 1 p., La
Habana, 1910.
162
Una reproducción del programa de este evento puede verse en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-
1951…, Op. Cit., p. 120.
163
IESJJA/LA, s.c., Mensaje de La Primera Luz. Escuela privada de niños al insigne maestro español Sr.
D. Rafael Altamira, Catedrático de la Universidad de Oviedo, 10 pp. originales caligrafiadas y firmadas
por Jorge Batista, La Habana, 21-II-1910.

48
“me fue entregado un precioso ramo, cuyas cintas prometí que serían puestas como cor-
bata en la bandera de nuestra Universidad, en prenda de hermandad entre ambos centros
docentes”164. En el Liceo de la ciudad pronunció un discurso sobre el significado inte-
lectual del viaje americanista, siendo obsequiado con una “espléndida estalactita” de las
cuevas de Bellamar —anotada como Miramar en Mi Viaje a América—, lujosamente
presentada en una “caja especial de caoba”, que el sorprendido viajero —ya abrumado
por el peso material de tanto obsequio recolectado y carente, quizás, de imaginación
para dar alguna uso relevante a tan singular presente—, derivaría generosamente al ga-
binete de Historia Natural de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Oviedo165.
También fueron visitados el Casino Español y las sedes del gobierno provincial y del
Ayuntamiento y el Teatro Sauto, donde ofreció una conferencia.
En Pinar del Río permaneció dos días en los que fue agasajado por el Centro Es-
pañol que, a tal efecto, organizó una velada en la que Altamira disertó acerca de las
“Relaciones espirituales entre América y España” además de dos banquetes en su ho-
nor166. El Instituto de Pinar del Río, promotor de la visita a esa ciudad, organizó un acto
literario en el que participaron su director Leandro G. Alcorta, Monseñor Ruíz y el
obispo de Pinar del Río, y en el que Altamira habló acerca de las “Relaciones que deben
existir entre profesores y alumnos para una buena obra educativa”.
Además de las visitas a establecimientos educativos —entre las que se destacó la
efectuada a una escuela norteamericana—, Altamira fue homenajeado por el Goberna-
dor de la provincia, coronel D. Sobrado quien, según testimonio del viajero “me hizo
entrega de un mensaje de adhesión a la idea de fraternidad espiritual que representé en
mi viaje por América”167. Particular relevancia tuvo, no obstante, el banquete que le
ofreciera la sociedad cubana Patria, en el que pronunciaron discursos veteranos de gue-
rra y en el que Altamira creyó ver expresados “de una manera elocuente y acentuada los
sentimientos de españolismo de que participan los cubanos más celosos de la soberanía
de su patria”168.
El 8 de marzo por la mañana visitó, en La Habana, el Centro Gallego y por la
noche el Centro Asturiano. Camino a Cienfuegos169, el catedrático ovetense fue reci-

164
Informe sobre los trabajos realizados en la República de Cuba, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi
viaje a América..., Op.Cit., p. 408.
165
Ibíd., p. 408.
166
De esta velada, celebrada el 6 de marzo de 1910, ha quedado registrada la poesía “Te-Deum” de Gui-
llermo DE MONTAGÚ. Puede verse en: COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América...,
Op.cit., pp. 65-66.
167
Informe sobre los trabajos realizados en la República de Cuba, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi
viaje a América..., Op.Cit., p. 411.
168
Ibíd., p. 411.
169
La visita a Cienfuegos fue gestionada por Juan Manuel Dihigo quien transmitió tempranamente la
demanda de la comunidad española de esa ciudad para contar con la presencia de Altamira. Meses más
tarde, Altamira mismo recibiría una carta de Leandro Llanos y otros españoles de Cienfuegos invitándolo
a conferenciar sobre temas de política española. Ver: IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita (con
membrete de la Universidad de La Habana, Facultad de Letras y Ciencias) de Juan Manuel Dihigo a Ra-
fael Altamira, La Habana, 14-I-1909 y IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada de Leandro Llanos
y otros a Rafael Altamira, Cienfuegos, 20-XII-1909.

49
biendo un rosario de demostraciones de simpatía de las autoridades, de las colonias es-
pañolas, de las asociaciones de veteranos de guerra, y de las “sociedades de color”.
La comunidad española de Cienfuegos había sido preparada por Fermín Canella,
quien había remitido el 25 de noviembre de 1909 una comunicación al presidente de la
colonia hispana —publicada por el periódico La Correspondencia— en la que daba
cuenta de la misión ovetense y de los antecedentes del comisionado asturiano, pidiendo
colaboración y apoyo para su misión en Cuba170. El 10 de marzo, ya en la ciudad, Alta-
mira fue recibido por comisiones del Ayuntamiento, de la Guardia Rural, de los Bombe-
ros y del Clero. Luego de esta recepción, Altamira visitó la Escuela Central, el Liceo, el
Centro de Dependientes, el Centro Gallego, el Casino Español y el Sanatorio Español.
Por la noche, Altamira asistió al Teatro Tomás Terry, donde fue honrado por las elo-
cuentes palabras del señor Luis González Costi y del señor Villapol, quien expresó que
el viajero “trae una misión evangélica y como misionero de la inteligencia y del amor,
viene no solo en nombre de la Universidad de Oviedo, sino en la representación de la
Nación Descubridora, a dar el abrazo fraternal a todos sus hijos del Nuevo Continen-
te”171. Seguidamente, Altamira pronunció una conferencia sobre los propósitos del viaje
americanista, que fue seguida por las autoridades civiles y militares, y por el obispo
Monseñor Torres. En el distrito de Cienfuegos, Altamira viajó a los pueblos de Palmira
y Cruces, donde visitó el Ingenio Andreíta y el Club Martí172.
De vuelta a la capital, el día 12 de marzo, Altamira fue llevado a la quinta Cova-
donga del Centro Asturiano, almorzó en el Club Ovetense y ofreció una conferencia en
el Ateneo173.
La Universidad homenajeó a Altamira con un banquete en el que hablaron el
profesor Dihigo y el Rector de la ULH, Dr. Leopoldo Berriel, quien además ponía un
broche de oro al periplo del delegado ovetense, dirigiendo a Fermín Canella una concisa
pero no menos contundente carta:
“Vuelve a esa gloriosa Universidad, llevándole nuevos bien ganados prestigios por el éxito de
sus aplaudidas conferencias académicas, vuestro esclarecido misionario el Dr. Rafael Altamira
[...] La labor de intercambio intelectual, confiada acertadamente al Dr. Altamira y con gusto
aceptada por este centro docente, como labor de todo en todo y privativamente académica, y con
fin también exclusivamente académico, ha ya concluido coronada por el triunfo; y esme muy
grato decirlo oficialmente a V. E. I. Para su conocimiento y legítima satisfacción, asimismo, de
cuantos son compañeros en esa Universidad ovetense del catedrático insigne que nos ha traído
una demostración concluyente de los avances de la ciencia en la secular institución de que pro-
cede.” 174

170
“Comunicación del Rector de la Universidad de Oviedo sobre la misión de Altamira”, extraído de: La
Correspondencia, Cienfuegos, 15-XII-1909, citado en: Victoria María SUEIRO RODRÍGUEZ, “Las ideas de
integración en la prédica y programa educativo-americanistas de Rafael Altamira y Crevea y su influencia
en Cuba a principios de siglo”, Op.cit., Anexo nº 6.
171
Ibíd., p. 14.
172
Ibíd., p. 15.
173
Ibíd., Anexo nº10.
174
Carta oficio del Rector de la Universidad de la Habana al Rector de la Universidad de Oviedo, La
Habana, III-1910, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.Cit., pp. 485-486.

50
Terminaba, así, el periplo americano de Altamira, luego de completar su última
y más compleja escala, cosechando también en el último territorio colonial americano,
el aplauso generalizado, aunque, claro está, no estrictamente unánime del pueblo cuba-
no y español emigrado.
De la correspondencia que mantuvieran Altamira y Telesforo García durante el
viaje, se desprende la existencia de ciertas críticas y oposiciones a la misión americanis-
ta en Cuba. En una de estas epístolas García afirmaba el gran interés que tenía por los
resultados de la estancia de Altamira en la Gran Antilla, en tanto que, pese a los “mal
apagados odios de los cubanos hacia España” y de los acostumbrados vicios de las riva-
lidades intestinas y la anarquía política que aquejaban a los compatriotas, no dejaba de
creer que en México y aún más en Cuba “el campo es propicio a una reconquista de
ideales que afectan sustancialmente a la independencia material y de espíritu de estos
pueblos”, en obvia referencia a la proyección del poder estadounidense sobre estos paí-
ses175.
Pero este mismo propósito, festejado ampliamente en toda América Latina, se
encontró en Cuba con una contenstación ideológica muy firme por parte de un grupo de
intelectuales entre quienes destacaban el criminólogo y Decano de la Facultad de Dere-
cho, José Antonio González Lanuza (1865-1917) y el joven polígrafo Fernando Ortiz176
.

175
IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada de Telesforo García a Rafael Altamira, México, 17-
III-1910.
176
El historiador cubano Fernando Ortiz Fernández (1881-1969) puede ser considerado como el fundador
de los estudios afrocubanos, a los que dedicó sus investigaciones desde perspectivas etnológicas, socioló-
gicas, lingüísticas y musicológicas. Ortiz pasó su niñez y adolescencia en Baleares y estudió Derecho
Civil y Derecho Público en las Universidades de Barcelona y Madrid, para luego concluirlos en La Haba-
na. En el área del Derecho, Ortiz desarrolló estudios criminológicos en Italia junto a César Lombroso y
Enrico Ferri y, de regreso a Cuba, dictó cátedra en la Universidad de La Habana. Ortiz fue uno de los
fundadores de la Universidad Popular y, más tarde, de los cursos abiertos y seminarios de verano. Ade-
más de sus tareas docentes e investigativas, Ortiz se desempeñó como periodista y editorialista en varios
periódicos cubanos y como político, siendo diputado en la Cámara de Representantes de Cuba entre 1917
y 1927, destacándose como un legislador reformista en el terreno penal y educativo. En las dos primeras
décadas del siglo XX, el joven Ortiz formó parte de los sectores intelectuales liberales y cubanistas que
veían con sumo recelo la herencia hispánica y apreciaban con simpatía la influencia norteamericana. Sin
embargo, tal como ha afirmado Juan Emilio Friguls, Ortiz se acercaría al hispanismo en los años ’20,
llegando a fundar en 1926 la Institución Hispano-Cubana de Cultura y dirigiéndola hasta 1947. Esta tri-
buna intelectual, pensada como un espacio de diálogo e intercambio entre Cuba y España difundió el
pensamiento de muchos intelectuales exiliados luego del comienzo de la Guerra Civil española (Juan
Emilio FRIGULS, “Un hispanista cubano: Don Fernando Ortiz” [en línea], en: Filosofía Cubana Contem-
poránea, http://www.filosofia.cu/contemp/mely003.htm, [Consultado, III-2004]). Desde mediados de los
años ’30 el nuevo hispanismo de Ortiz y su solidaridad con la II República española, se conjugó con una
posición crítica hacia los Estados Unidos de América y su política cubana. Entre sus libros iniciales se
destacan: Hampa afrocubana. Los negros brujos (Apuntes para una Etnología criminal), Madrid y La
Coruña, Ferrer, 1906; “La inmigración desde el punto de vista criminológico” en: Revista de Derecho y
Sociología, nº5, La Habana, 1906; Las rebeliones de los afrocubanos, La Habana, s/i, 1916; La recon-
quista de América. Reflexiones sobre el Pan-hispanismo, París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artís-
ticas, 1911. Entre sus libros posteriores, podemos encontrar: Entre Cubanos, París, Ollendorf, 1914; His-
toria de la arqueología indocubana, La Habana, El Siglo XX, 1923; Un catauro de cubanismos. Apuntes
lexicográficos, La Habana, El Siglo XX, 1923; Glosario de Afronegrismos, La Habana, 1924 —con pró-
logo de Juan M. Dihigo—; Las responsabilidades de los Estados Unidos en los males de Cuba, Washing-
ton D.C., s/e, 1932; Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (Advertencia de sus contrastes agrarios,

51
Mientras que González Lanuza había enfrentado la cuestión de la influencia nor-
teamericana en Cuba en su discurso de despedida de Altamira de la ULH, invirtiendo la
valoración negativa que de ella hiciera el discurso hispanista y reivindicando el paname-
ricanismo; Ortiz había publicado una serie de artículos extremadamente críticos en el
periódico cubano El Tiempo y en la Revista Bimestre, en los que se cuestionaba el pro-
pósito del viaje amaericanista ovetense y el “panhispanismo” en tanto programa ideoló-
gico racista y neoimperial español.
Estas recusaciones —cuyos contenidos tenderemos oportunidad de analizar más
adelante— y la apertura de un interesante debate en torno del hispanismo y del paname-
ricanismo, no venía a demostrar el fracaso de Altamira en Cuba, tal como lo pretendie-
ran sus enemigos asturianos. Por el contrario, estas respuestas eran, en aquel contexto,
una prueba de la gran repercusión que tuvo su mensaje en un país que, apenas una déca-
da atrás, estaba inmerso en una cruenta guerra de liberación contra España.
Pese a que Altamira no dio cuenta de este debate en Mi viaje a América, la mani-
festación de este disenso no alarmó demasiado al alicantino, ni tampoco a los diplomá-
ticos españoles. El embajador español en Cuba, consideraba, en su informe oficial, que
estas críticas marginales habían partido exclusivamente de los sectores fervorosamente
pro-norteamericanos. Pese a que esta explicación era excesivamente simplificadora,
Soler no faltaba a la verdad afirmando que estas resistencias habían sido minoritarias y
no llegaron a empañar el éxito general que rodeó la visita de Altamira177. Prueba de ello
fue la grandiosa despedida que se le tributara y a la que asistió un nutrido grupo de las
delegaciones españolas y cubanas y numeroso público.
El periódico Crónica de Asturias atestiguaba que “ninguno de los elementos de
positivo influjo en la vida cubana, ninguna de las personalidades prominentes de la co-
lonia española, dejó de cumplir los mandatos de la cortesía”178 acompañando en los
muelles la emocionante partida del enviado de la Universidad asturiana:

económicos, históricos y sociales, su etnografía y trasculturación), La Habana, Jesús Montero Editor,


1940; La africanía de la música folklórica de Cuba, La Habana, s/e, 1950.
177
AMAE, Correspondencia Cuba, Legajo H – 1430, Oficio de la Legación de España en Cuba al Excmo.
Señor Ministro de Estado de S.M. Referente al catedrático señor Altamira. Nº 46. Subsecrtetaría, Firmado
por Pablo Soler, Habana, 20-III-1910.
178
Según Juan Rivero, “entre la enorme masa que se apiñaba en torno del insigne Catedrático” se encon-
traban el embajador español Soler Guardola y el cónsul de España, Sr. Cabanilles; Eliseo Giberga; el
ministro de Cuba en Madrid, García Vélez; el ministro de Cuba en Washington, Carrera Jústiz; el sena-
dor, Adolfo Cabello; el Presidente de la Comisión del Servicio Civil, Emilio del Junco; el Conde de Sa-
gunto; el Marqués de San Esteban; Juan Bances; el ex senador del Reino Patricio Sánchez; el director de
la Escuela de Artes y Oficios, Sr. Aguado; el Presidente de la Lonja de Comercio, Narciso Maciá; el Pre-
sidente de la Asociación de Dependientes, Sr. Gómez y Gómez; el Presidente del Centro Asturiano,
Maximino Fernández; el administrador del Diario de la Marina, y el Director de la Unión Española.
También asistieron representaciones de la Academia de Ciencias; del Instituto de Segunda Enseñanza; de
la Escuela de Veterinaria; del Ateneo y Círculo de la Habana; de la Asamblea de Maestros Públicos; de la
Asociación de Estudiantes; del Casino Español; del Centro Gallego; de la Asociación Canaria; del Centro
Catalán de la Asociación de Dependientes; del Centro Asturiano; del Centro Aragonés; del Centro de
Cafés; del Club Ovetense; del Club Covadonga; del Club Piloñés; de la Unión Llanisca; y de la Asocia-
ción de la Prensa (Juan RIVERO, “Despidiendo a Altamira”, en: Crónica de Asturias, La Habana, 26-III-
1910 y reproducido en: COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, Op.cit., p.
128).

52
“Desde el hotel al muelle vino en carrera triunfal; apretujábase la gente en las calles para verle y
vitorearle, acompañado por el Rector de la Universidad Sr. Barriel, el catedrático Sr. Dihigo y el
presidente del Casino Español. Seguía a la máquina que conducía al señor Altamira gran número
de automóviles y coches. Y en el muelle abarrotado de numerosísimo público, el acto fué impo-
nente […] En nombre del Gobierno cubano despidió al Sr. Altamira, con efusivo abrazo, el Se-
cretario de Hacienda, D. Marcelino Díaz de Villegas, y acto seguido, en una de las lanchas del
servicio de la Capitanía del Puerto, puesta por el Gobierno a disposición del Sr. Altamira, em-
barcó este, acompañado del Rector de la Universidad, de varios Catedráticos de dicho Centro
Docente y algunos profesores del Instituto. Inmediatamente salieron escoltándole los remolcado-
res Teresa, Manuela, Georgia, Isabel, y hasta diez más, fletados por el Comité Central de la Co-
lonia, el Centro Asturiano, la Asociación de Estudiantes, el Centro Gallego, la Asociación de
Dependientes, el Centro Euskaro, el Club Ovetense, el Centro de Cafés, el Casino Español y
otras colectividades. Al embarcar el ilustre Altamira, el gentío inmenso que cubría los muelles
prorrumpió en nutrida y prolongada salva de aplausos, y él dio un sonoro ¡Viva Cuba!, que fue
coreado por la multitud […] La flotilla desfiló varias veces por la popa del trasatlántico donde
estuvo tres horas a pié firme el Sr. Altamira, siempre amable, siempre oportuno de frases cariño-
sas para todos. Hemos perdido la cuenta de los vivas que dieron los estudiantes bulliciosos y en-
tusiastas […] y no pudimos anotar cuántos se dieron a Asturias, a Oviedo, a la Extensión Univer-
sitaria. Ya anochecido, leva anclas el buque; seguímosle en los remolcadores, rezagados, poco a
poco, guardando las últimas palabras del Maestro como una bendición…”179

2.2.- El retorno triunfal


Como bien lo explicara Altamira, el súbito enrarecimiento de la situación políti-
ca española a poco de iniciarse su empresa —fruto de la guerra de Marruecos, la revolu-
ción barcelonesa y el cambio de gobierno— tuvo el doble efecto de desplazar este even-
to hispano-americanista de la atención de la opinión pública española, a la vez que
dificultó las comunicaciones entre el viajero y sus bases naturales: Oviedo, Vigo y Ali-
cante.
De allí que, Altamira no dispusiera de datos suficientes a partir de los cuales
formarse una opinión clara acerca de la repercusión de su viaje en la propia Península y
resultara gratamente sorprendido por el recibimiento popular del que fue objeto:
“En Coruña, Santander, Alicante, Madrid, León, Oviedo, sentí vibrar con los mismos entusias-
mos que me habían animado durante el viaje, con la misma conciencia, más o menos clara, de la
transparencia del empeño acometido, el espíritu del pueblo español; sin que me ofuscara la nece-
saria concreción personal de las manifestaciones, para desconocer el sentido impersonal, objeti-
vo, de cultura y de patriotismo elevado, que llevaban en su fondo y les comunicaban valor y
fuerza; y los miles de cartas y telegramas de adhesión que recibí en aquellos días, de otros luga-
res no visitados, me dijeron en todas partes de España, aunque se condensaba particularmente en
algunas regiones y en algunas clases sociales, no siempre, justo es decirlo, aquellas que más in-
mediatamente se podía presumir que llevasen la bandera y dirección del movimiento.”180

En La Coruña se prepararon verdaderos fastos para recibir a Altamira durante su


escala en Galicia a bordo del transatlántico alemán Kromprinzessin Cecilie. Los muelles
del puerto gallego y las embarcaciones estacionadas fueron engalanados con banderas,
flores y guirnaldas. Se preparó una copa de plata con una dedicatoria de la ciudad al
viajero para serle entregada en su desembarco o incluso a bordo si éste decidía, por al-
gún contratiempo, no bajar a tierra.

179
Ibíd., p. 127.
180
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 495.

53
Al tiempo que se publicitaba el arribo de Altamira y se instaba al pueblo a con-
currir masivamente, varias lanchas de vapor y remolcadores del puerto, se pusieron a
disposición de las diferentes comisiones de bienvenida designadas por las corporaciones
gubernamentales, educativas y sociales de La Coruña, Vigo y Santiago de Compostela,
entre las cuales se encontraba una de la Universidade de Santiago, encabezada por los
catedráticos Salvador Cabeza de León y Casimiro Torre. Asimismo, fue prevista una
batería de salvas a la entrada del buque a puerto, la presencia de la banda del Regimien-
to Isabel la Católica y una recepción popular y oficial del viajero en el Ayuntamiento de
la ciudad por el Alcalde y diputados provinciales gallegos181.
Luego de esta escala, Altamira se dirigió a Santander. Allí también se había
preparado una magnífica recepción en la que se hicieron presentes el Alcalde de Alican-
te, Luis Pérez Bueno, el Alcalde de Oviedo y varios concejales, el rector de la Universi-
dad de Oviedo acompañado de los catedráticos Mur y Buylla y la esposa de Altamira. A
la vista del barco, estas personalidades y representantes del Real Club de Regatas de
Santander se embarcaron en el remolque Cuco para salir al encuentro del catedrático
ovetense y tributarle, en un simulacro gentil de abordaje, los primeros saludos, los cua-
les fueron contestados —componiendo curiosa escena— “con galletas que desde la
borda del [buque] alemán les arrojó el Sr. Altamira”.
Ya atracado el transporte, subieron a bordo las comisiones de homenaje y se
produjeron escenas de profunda emoción, entre las que se destacaron, obviamente, la
del encuentro entre los cónyuges y la del abrazo con Fermín Canella. El resto de los
presentes, además de representantes obreros de Oviedo y Santander, de comisionados
del Círculo Mercantil de la ciudad y el Gobernador civil interino fueron recibidos en los
salones del paquebote. Sin embargo, más allá de las emociones privadas y las salutacio-
nes públicas, el balance sobre el periplo se impuso, casi inmediatamente, como el tema
central de conversación entre el delegado ovetense y su rector, expresamente llegado a
Cantabria para imponerle la insignia de la Universidad de Oviedo “única que hasta en-
tonces se ha hecho y que será el primero en lucir el ilustre catedrático” 182.
Al momento de su desembarco, los pasajeros y la tripulación del Kromprinzessin
Cecilie se sumaron a la fiesta, quizás por una auténtica simpatía hacia el personaje o,
más probablemente, por espontánea asociación al colorido jolgorio que se había desata-

181
“En La Coruña. Antes de la llegada”, en: La Voz de Galicia, La Coruña, 30-III-1910, reproducido en:
COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, pp. 67-68.
182
“Breves momentos se retiraron a conferenciar con el Sr. Altamira, los Sres. Canella y Alcalde de Ali-
cante. El Sr. Altamira les comunicó la buena impresión que traía de su viaje por las Repúblicas hispa-
noamericanas, expresándose en sentido muy favorable para los americanos, cuyo sincero españolismo ha
tenido ocasión de apreciar. El Sr. Altamira manifestó que su viaje a dichas Repúblicas ha superado en
mucho a las esperanzas que tenía al embarcar, considerando firme y seguro el intercambio intelectual que
allí fue buscando para bien de las Repúblicas americanas y de España. No cesaba de elogiar el sabio cate-
drático las atenciones que en toda América le dispensaron, considerándole como embajador de la intelec-
tualidad y de la cultura españolas. Estas mismas manifestaciones oimos también nosotros al Sr. Altami-
ra.” (“El Alma de la raza”, El Cantábrico, Santander, 1-IV-1910, reproducido en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América..., p. 71).

54
do en los muelles y que se prolongó en las calles de la ciudad, y que vale la pena tener
presente:
“Los pasajeros todos que continuaban su viaje hasta El Havre y la oficialidad del barco, desde la
borda, agitaban sus pañuelos despidiéndose del señor Altamira, dando vivas al sabio educador
español y al propagandista de la cultura española, mientras la charanga de a bordo tocaba la
Marcha Real. Desde el vapor el Sr. Altamira agitaba su sombrero despidiéndose... La despedida
no pudo ser más entusiástica. [...] Además del Ayuntamiento en corporación y de las comisiones
oficiales de Oviedo y Santander, numerosísimo público acudió al muelle a las diez de la mañana
a recibir al ilustre catedrático de la Universidad ovetense. Al acercarse al embarcadero la lanchita
de la Junta de Obras, que le conducía, el Sr. Altamira, descubierto y de pié, dio un viva a San-
tander y otro a España, que fueron unánimemente contestados por el público, siendo objeto el in-
signe catedrático de una gran ovación. Al desembarcar, el Alcalde, Sr. San Martín, le dio la
bienvenida en nombre de la ciudad de Santander... Inmediatamente pasaron a la caseta del em-
barcadero, donde se organizó la comitiva que había de llevarle hasta el palacio municipal [...]
Precedida de dos heraldos a caballo y yendo a la cabeza nuestro Ayuntamiento, cuya presidencia
ocupaban el Sr. Altamira y los Alcaldes de Alicante, Oviedo y Santander, se puso en marcha la
comitiva. El recibimiento que dispensó ayer al cultísimo maestro... fue tan grandioso y espontá-
neo como merecía el hombre que nos honraba, escogiendo nuestro puerto para regresar a su
amada patria después de haberla glorificado en las antiguas posesiones españolas. Las vivas, los
aplausos, las manifestaciones de respetuosa admiración que a su paso por nuestra ciudad oyera el
eminente catedrático, mezclados con los vivas a Oviedo, Alicante y Santander... no bastaban a
premiar la labor inmensa, meritísima que en beneficio de España ha realizado el sabio alicantino
en las Américas latinas. Un viva hubo a la Democracia, que el Sr. Altamira contestó rápidamen-
te con otro a los Trabajadores. Por el bulevar de Pereda desfiló la comitiva entre aclamaciones
del gentío que se agolpaba a los dos lados de la ancha vía [...] Cubriendo la carrera se había co-
locado a los niños y niñas de las escuelas municipales, que arrojaban ramos de flores al paso del
Sr. Altamira, uno de los cuales cogió este y se lo puso en el ojal de la solapa. La mayoría de los
balcones de las casas del Muelle, lo mismo que las de todo el trayecto, estaban engalanados con
colgaduras, y desde ellos elegantes y distinguidas damas saludaban con sus pañuelos y aplaudían
al Sr. Altamira. Este descubierto y dando vivas a Santander y a España, saludaba a todos visi-
blemente emocionado. Al llegar el Puente, ocupado totalmente por una muchedumbre, se le hizo
otra ovación, que no cesó ya un momento, hasta entrar en el Ayuntamiento, donde se repitió con
más entusiasmo.”183

Como podemos ver, entrando en Santander, Rafael Altamira fue el protagonista


de un verdadero triunfo y, aunque no parece haber compartido su carro con nadie que le
dijera al oído aquello de “recuerda que sólo eres un hombre”, disfrutó con bastante so-
briedad la apoteosis intensa —aunque, como todas, efímera—, que le reportara este ba-
ño de multitudes. Desde los balcones del Ayuntamiento se dirigió al pueblo congregado
a las puertas del edificio municipal para volver a recibir ovaciones y vivas de una mu-
chedumbre que, seguramente, nunca hasta entonces había oído hablar de la existencia
del profesor ovetense y menos aún se encontraba familiarizada con su obra o pensa-
miento.
La Corporación municipal lo agasajó con una recepción a la que se asociaron re-
presentaciones de la Audiencia y el Ayuntamiento de la capital asturiana, de los obreros
cántabros y asturianos, del Instituto y de la Escuela Superior de Industrias de Santander,
de la Biblioteca Municipal de Oviedo, de las diputaciones provinciales, círculos mer-
cantiles y cámaras de comercio de Santander y de Oviedo, de los consulados hispanoa-
mericanos, de la liga de Contribuyentes, de la Prensa santanderina y ovetense, de la Es-

183
Ibíd., p. 72.

55
tación de Biología Marina y del Real Club de Regatas de la ciudad, de los estudiantes de
la Universidad de Oviedo y de la Asociación de Empleados Municipales de Santander.
Por la noche, abriendo el capítulo de homenajes gastronómicos en España, Al-
tamira fue invitado al banquete que, en su honor, organizó el Ayuntamiento en el Teatro
Principal. En esta ocasión, el Restaurante Suizo de la ciudad sirvió a la selecta concu-
rrencia un exclusivo menú que se cerró con una selección de —nunca más oportunos—
cafés y habanos cubanos, para garantizar así, de alguna manera, una consustanciación
adicional con la América hispana.
Durante el alegre evento, interrumpido progresivamente por improvisadas alocu-
ciones, brindis, anécdotas, vivas, y aplaudidos discursos de los alcaldes de Santander,
Alicante y Oviedo, y de Fermín Canella, hasta la discreta esposa de Altamira se hizo
merecedora de una improcedente —aunque sin duda galante— ovación sostenida, por el
sólo hecho de hacerse visible en el palco de honor acompañada de otras damas.
El primero de abril se celebró un nuevo banquete, presentado ahora por los pro-
fesores de los institutos de enseñanza media y superior de Santander en los salones del
Hotel Continental. A este opíparo almuerzo asistieron los catedráticos universitarios y
los delegados de los diferentes establecimientos y de asociaciones estudiantiles.
Francisco Alvarado tomó algunas responsabilidades para aliviar las obligaciones
de Altamira. Así, el que fuera secretario del catedrático ovetense durante su viaje ameri-
cano, se dirigió al Centro Obrero de Santander, a cuyos miembros transmitió saludos y
agradecimientos, y a los que ofreció una charla acerca de la labor de Altamira en el
Nuevo Mundo.
Las escenas de la despedida de Altamira de Santander no fueron más discretas
que las de su arribo, dos días antes:
“Media hora antes de la salida del tren, los andenes estaban llenos de gente de todas las clases
sociales, siendo materialmente imposible dar un paso. Al presentarse en la estación el señor Al-
tamira con su señora, fueron ovacionados y vitoreados. También se dieron vivas al rector Canella
y al alcalde de Alicante que marchaba acompañando al Sr. Altamira [...] El entusiasmo del públi-
co por Altamira era delirante, repitiéndose las ovasiones a cada momento. La despedida fue co-
losal, grandiosa. Al arrancar el tren, dió un viva al pueblo de Santander y otro a España, que
unánimemente se contestaron. El ilustre catedrático marchó diciendo: santanderinos, hasta muy
pronto. Entonces, aquella muchedumbre que acudió a despedirle a la estación, rompió en una
salva de aplausos y le aclamó, vitoreando también al rector de la Universidad de Oviedo y al Al-
calde de Alicante, señor Pérez Bueno , que no cesaba de dar vivas a Santander. La ovación no
cesó hasta que el tren se perdió de vista. El señor Altamira iba en la ventanilla saludando con el
sombrero.” 184

Pero si los acontecimientos sociales que rodearon la llegada de Altamira a San-


tander pueden sorprendernos, los del arribo a Alicante, su ciudad natal, el 3 de abril no
le fueron a la zaga. Días antes se difundió la noticia del arribo, repartiéndose octavillas
en las que el Alcalde interino hacía un llamamiento a la población para participar de los
homenajes del “preclaro hermano”185. Aguardando la llegada del profesor ovetense, el

184
“El Alma de la raza II”, El Cantábrico, Santander, 2-IV-1910, reproducido en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América..., Op.cit., p. 77.
185
“Alcaldía constitucional de Alicante: El esclarecido hijo de Alicante D. Rafael Altamira y Crevea,
llegará a esta ciudad el día 3 en el tren correo de Madrid. Alicante, que ha seguido ansiosa la carrera de

56
concejal republicano Guardiola Ortiz pronunció dos conferencias populares divulgando
la importancia de la obra de Altamira en América186.
Bajado del tren, Altamira se vio envuelto en una manifestación popular calcula-
da en veinte mil personas:
“Rodeado de los concejales, del gobernador, del senador Sr. Palomo y otras distinguidas perso-
nas, que formaron una especie de cuadro de defensa en derredor del Sr. Altamira, se puso en
marcha la comitiva por las calles de San Fernando, Victoria y Princesa hasta el Ayuntamiento
desfilando entre las aclamaciones del gentío que se agolpaba al tránsito y que ocupaba balcones
y terrazas en número incalculable. Al llegar al Ayuntamiento, hubo la nota simpática de hallarse
ocupado el vestíbulo y los balcones por niños de las escuelas, que vitoreaban al sabio pedagogo.
La mayoría de los balcones de las casas de la ciudad, se hallaban adornados con elegantes colga-
duras y en los balcones del tránsito, elegantes y distinguidas señoritas saludaban con sus pañue-
los al Sr. Altamira. A petición del público que llenaba por completo la plaza de Alfonso XII y
calles afluentes, hubo de asomarse el Sr. Altamira al balcón del Ayuntamiento pronunciando un
corto y elocuente discurso...” 187

Durante la recepción oficial en los salones del Ayuntamiento desfilaron delega-


ciones de todo Alicante: del Instituto Provincial, de la Escuela de Comercio, de la Cole-
giata, del Colegio de Abogados, de los Juzgados, de la Comisión de extensión de la en-
señanza, de la Diputación Provincial, de la Asociación de Prensa, del Colegio de
Procuradores, de la Cruz Roja, del Ateneo científico y Literario, de la Juventud Radical,
del Tiro Nacional, de las Sociedades Obreras, entre otras.
El Ayuntamiento dispuso también dos homenajes oficiales. El primero fue que
se bautizara con el nombre del catedrático ovetense una calle de la ciudad, en una de
cuyas esquinas se fijó —en un solemne acto público que logró quebrar la entereza de
Rafael Altamira— una placa conmemorativa cincelada por Vicente Bañuls Aracil188. El
segundo consistió en entregarle un pergamino artísticamente decorado por el que se le
declaraba “hijo predilecto” de la ciudad189. Este, como los otros actos fueron registrados
fotográficamente y algunas de estas exposiciones reproducidas por la prensa y otras

triunfos científicos del sabio Altamira por las cultas Repúblicas Americanas, adonde fue enviado por la
Ilustre Universidad de Oviedo a establecer el intercambio internacional de la Ciencia, orgullosa de sus
éxitos ensalzados por la Prensa mundial y agradecida a los homenajes que América le ha tributado, quiere
recibirle cual madre cariñosa que ve tornar al hogar al más querido de sus hijos, porque más honra el
nombre de la familia. Los alicantinos estamos obligados a satisfacer el deseo de la ciudad, demostrando el
júbilo que nos produce la visita del preclaro hermano, y, por ello, debemos admirarle a su llegada y en
cuantos sitios se presente, adornando nuestras casas durante su permanencia entre nosotros. Y que el
entusiasmo de todos los alicantinos haga innecesaria para recibir y agasajar al gran Altamira toda acción
oficial. Así lo desea el Ayuntamiento y el que se honra representándole interinamente. Alicante, 1 de abril
de 1910. El Alcalde. Ernesto Mendaro” (Reproducido en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951…, Op.
Cit., p. 124).
186
“Regreso de Altamira”, sin fuente especificada, probablemente se trate de El Imparcial o del Heraldo
de Madrid, como pista la cabecera del recorte consigna: “año XLIV, nº 15.463, Madrid”, correspondería
a la edición del 31-III-1910 o del 1-IV-1910 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa). Este y otros artículos
de la prensa madrileña son casi idénticos a los publicados en los periódicos gallegos, santanderinos y
alicantinos, recogidos en: COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América.., Op. Cit.
187
Noticias extractadas de El Eco del Levante, Alicante, 4-IV-1910, reproducidas en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, Op.cit., pp. 78-79.
188
Vicente Bañuls (1865-1934) también ilustró el libro de Rafael ALTAMIRA, Fantasías y recuerdos,
Alicante, 1910.
189
El pergamino se halla depositado en IESJJA y puede verse reproducido en: AA.VV., Rafael Altamira
1866-1951…, Op. Cit., p. 124.

57
enviadas a Altamira por el propio Alcalde190. Otras localidades cercanas también lo
nombraron hijo adoptivo e hijo predilecto de sus comunidades.
La Asociación Provincial de Magisterio de 1ª Enseñanza de Alicante, que nu-
cleaba maestros del sistema público, lo designó Presidente Honorario en sesión extraor-
dinaria del 3 de abril de 1910191 y numerosas entidades hicieron lo propio, destacándose
entre ellas el Círculo de la Dependencia Mercantil y el Orfeón de Alicante. En el orden
académico, Altamira pronunció una conferencia acerca de “Extensión Universitaria”
para el Instituto General y Técnico de Alicante —interesado en implantar este tipo de
enseñanza— .
Los cuatro días que permaneció en la ciudad mediterránea también fueron jorna-
das de buen diente, cuyo distintivo no era tanto la calidad de los manjares servidos, sino
los repartos paralelos de alimentos y las nada inocentes inversiones en “verbenas, ilu-
minaciones y diferentes regocijos de índole popular” que —inevitable, aunque, quizás,
injustamente— no pueden menos que evocarnos antiguas jornadas de pane et circenses.
La noche de su arribo se celebró una cena de ochenta cubiertos, encargada a la
cocina del Victoria Hotel, en el salón azul del mismo edificio municipal con un fastuoso
menú de cocina internacional que remató con una serie de brindis con Chandón en el
que el Alcalde Luis Pérez Bueno lo cubrió de halagos y le transmitió nuevas palabras de
aliento y admiración de parte del Presidente del Consejo de Ministros de España. El
segundo día estuvo signado por la comida que le ofreciera la Diputación Provincial en
Elche y el banquete y fiesta nocturnos que organizara el Casino de Alicante. El tercer
día el personal docente organizó un almuerzo192; por la tarde se sirvió una merienda po-
pular a los asilados y se repartió comida entre los pobres a cuenta del Ayuntamiento y
de las asociaciones alicantinas que más tarde honrarían a Altamira otorgándole sus pre-
sidencias honorarias; y por la noche se organizó un nuevo banquete popular animado
por los coros del Orfeón Municipal.
El fugaz paso por Madrid fue más sobrio y discreto, quedándose sólo el tiempo
necesario para disertar sobre los diferentes aspectos del viaje y del futuro promisorio del
hispano-americanismo, a la vez que contactarse con altos cargos gubernamentales y
otros personajes influyentes, interesados en conocer de primera mano los eventos re-
cientemente acaecidos y atentos, quizás, a la oportunidad de obtener un rédito político
de este viaje.

190
IESJJA/LA, s.c., Carta del Alcalde de Alicante, Luis Pérez Bueno a Rafael Altamira, Alicante, 23-IV-
1910. Dichas fotos se encuentran depositadas en IESJJA, fueron publicadas por la revista La Ilustración
Artística, S/D, 18-IV-1910 y pueden verse reproducidas en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951…, Op.
Cit., p. 123.
191
IESJJA/LA, s.c., Carta original mecanografiada firmada por el Presidente y la Secretaria de la Asocia-
ción Provincial del Magisterio de 1ª Enseñanza de Alicante a R. Altamira, Alicante, 3-IV-1910.
192
IESJJA/LA, s.c., “Un discurso de Altamira”, reporte original mecanografiado —probablemente ex-
tractado de un periódico— del discurso pronunciado por Altamira el 6-IV-1910 en Alicante (3 pp).

58
Altamira ofreció una conferencia en el Ateneo de Madrid; disertó el 12 de abril
en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (RACMP)193; y pronunció una
famosa conferencia en la Unión Ibero-Americana, dos días después194.
Durante esta breve estancia, Altamira pudo entrever, no obstante, cómo su viaje
—o al menos la insólita repercusión de éste en España— había logrado atraer la aten-
ción de las más altas esferas de la política:
“Después de mi segunda conferencia en Madrid (la de la Unión Ibero-Americana), recibí un avi-
so urgente del señor Ministro de Instrucción pública, para que fuese a verlo. Era el día 15 de
abril, y aquella misma tarde, indispensablemente, debía yo salir para Asturias, donde aún no
había estado. Fue breve la entrevista. El ministro, señor Conde de Romanones, me comunicó que
S.M. el Rey deseaba oír de mis labios el relato del viaje a América e interrogarme acerca de la
cuestión americanista. Muy discretamente se me preguntó si mis ideas políticas opondrían alguna
repugnancia o algún obstáculo de delicadeza a la ida a Palacio.” 195

Por supuesto, Altamira no tuvo ningún inconveniente en concertar tal entrevista,


y ello no necesariamente debe inducirnos a suponer cierto oportunismo, por lo menos si
tenemos en cuenta la evolución moderada de sus convicciones republicanas y su perfec-
ta convivencia con el esquema político de la Restauración. No obstante, resulta intere-
sante que en Mi viaje a América, el alicantino creyera oportuno explicar su anuencia
para tal encuentro —por él no solicitado— de forma tal que no quedaran dudas de su
entereza moral y de su prolijo cumplimiento de las obligaciones patrióticas:
“Contesté lo que era natural: que la Universidad de Oviedo, en representación de la cual fui a los
países hispano-americanos, había concebido el viaje con un sentido completamente cultural y pa-
triótico, en el más alto sentido de la palabra, asequible, pues, a todos los españoles, e indepen-
diente de la esfera política; que así, de una manera rigurosa, había realizado yo mis gestiones en
toda América, y que el delegado de la Universidad ovetense no tenía ni siquiera el derecho de
negarse, como tal, a ningún llamamiento, y menos al que significaba de parte del Jefe del Estado
un movimiento de espontáneo interés por el problema de las relaciones hispano-americanas, que
podría servir de estímulo y acicate para la acción, es este orden, de los Poderes públicos.” 196

La breve escala en León también fue capitalizada. El 16 de abril fue ofrecida en


el Teatro de León, una función de Gran Gala en honor a Altamira en la que se pudieron
ver, a recinto colmado, Corpus Christi, Toros en Aranjuez y El método Gorrizt, tres
zarzuelas interpretadas por la compañía de J. Gutiérrez Nieto197.

193
Rafael ALTAMIRA, “Extracto del Discurso del Excmo. Sr. Don Rafael Altamira y Crevea con motivo
de su viaje a América, y de las manifestaciones de los Sres. Presidente y Sánchez de Toca, martes 12 de
abril de 1910”, en: Memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Tomo X, Madrid,
1914. Publicado también como separata. Informaciones de este evento pueden encontrarse en el reporte
“La labor de Altamira”, en: El Noroeste, Año XIV, Nº 4.724, Gijón, 15-IV-1910 (BCUO, Microfichas
Colección El Noroeste).
194
Rafael ALTAMIRA, “Organización práctica de las relaciones intelectuales entre España y América”,
Conferencia pronunciada en la Unión Ibero-Americana de Madrid, Madrid, 14-IV-1910, reproducida en:
ID., Mi viaje a América..., Op.cit., pp 505-540. Anteriormente había sido reproducido sin título alguno en:
COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, Op.cit., pp. 87-94.
195
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 496-497.
196
Ibíd., p. 497. En nota al pie de este párrafo, Altamira menciona la aprobación con que esta actitud suya
fue juzgada por un periódico ovetense, del cual extracta una cita ilustrativa.
197
Ver reproducción del programa de este evento en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951…, Op. Cit., p.
128.

59
La llegada a Oviedo, el domingo 17 de abril, luego de una magnífica recepción
en la estación del pueblo de Mieres del Camino por el Rector de la Universidad de
Oviedo, las autoridades municipales y el pueblo en masa, dio comienzo al tercer capítu-
lo de las jornadas triunfales que tendrían a Altamira como principal protagonista.
Comisiones de todas las sociedades y corporaciones asturianas, delegaciones de
Santander y de pueblos del interior del Principado acudieron junto a multitudes de ove-
tenses a la Estación Norte de ferrocarril al término de la calle Uría, cuyos balcones se
hallaban adornados para la ocasión y cuyas aceras se encontraban llenas de público a la
espera del paso del retornado viajero.
Entre forcejeos, vivas al alicantino, a la Universidad, a España y a cuanto perso-
naje se divisara, la comitiva de recepción inició su procesión por las calles de Oviedo
hacia el edificio de la Universidad en la actual calle San Francisco, siguiendo al desca-
potable del industrial asturiano José Cima en el que estaba acomodado Altamira, al co-
che que transportaba a la familia del catedrático y al rector Fermín Canella, y a un in-
numerable séquito de carruajes particulares. La pausada y folklórica marcha se realizaba
al estridente son de pasos dobles y canciones populares ejecutadas por las bandas de
música de la capital asturiana y de Langreo, por la Sociedad Coral y la Sociedad Musi-
cal Obrera de Avilés, y el Orfeón Ovetense:
“La comitiva siguió por las calles de Fruela, Jesús, Plaza mayor, Cimadevilla, Rúa, San Juan,
Plaza del Porlier y Universidad. Esta lucía las colgaduras de gala, y en una de las galerías osten-
taba cortinas de terciopelo azul, con los escudos de Santander y Oviedo. Al penetrar en el patio
central el Sr. Altamira, óyense aplausos y vivas ensordecedores. En el paraninfo de la Universi-
dad celebrábase seguidamente la recepción de comisiones y autoridades, ejecutando, en tanto, la
brillante banda de música de Langreo, que dirige el distinguido profesor D. Cipriano Pedrosa,
una delicada obra que mereció los honores de la repetición, pedida insistentemente por el públi-
co. Obligado a ello, desde uno de los ventanales del pasillo del primer piso de la Universidad
habló el Sr. Altamira. Puso a los piés de la Universidad todos los agasajos y las simpatías que
adquirió su labor modesta. No pronunció un discurso —dijo— porque mi ánimo no está para
ello, ni soy orador. Solo tengo para mi Oviedo querido palabras de gratitud sincera; y termina
dando vivas a las Repúblicas americanas, a la civilización, a Santander, a Asturias y a España.
Las vivas eran contestadas con efusión por las incontables personas que allí se hallaban. El reci-
bimiento del Sr. Altamira fue como pocos recuerdan: digno del catedrático ilustre y de su cam-
paña de cultura y de unión de los pueblos que hablan la lengua de Cervantes.” 198

La fiesta pronto desbordó por toda la ciudad, proliferando reuniones, becerradas


estudiantiles, bailes nocturnos medianamente improvisados, actos solemnes y ejecucio-
nes musicales públicas que aportaban un toque distendido y hasta carnavalesco a la jor-
nada, contribuyendo a diluir el peso abrumador de las instancias más formales de estos
repetitivos y previsibles homenajes.
Como podemos ver, luego de su cosecha americana, el regreso de Altamira a
España repitió la pauta de lo que fuera su paso por Perú, México y Cuba199. En efecto,

198
“La llegada de Altamira”, en: El Correo de Asturias, Oviedo, 19-IV-1910, reproducido en: COMISIÓN
DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, Op.cit., p. 98.
199
“El recibimiento que se le dispensó raya lo inenarrable; no empleamos gratuitamente este término. Es,
en efecto, imposible relatar con detalle la serie inacabable de recepciones, brindis, discursos, aplausos,
banquetes, adhesiones, etc., de los que Altamira fue objeto” (Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, El viaje a
América del profesor Altamira, Universidad de Oviedo, Oviedo, 1987, p. 49).

60
como bien afirmara el primer historiador de estos hechos, también en los homenajes
tributados en Galicia, Santander y Oviedo, la genuina admiración tuvo oportunidad de
mezclarse con “la beatería más ramplona y el buen sentido académico estuvo a punto de
irse a pique en el torrente desatado de garrulería provinciana”200.
En todo caso, este rasgo no sólo se manifestó en el pueblo, sino también en las
autoridades. El Ayuntamiento, a través del Alcalde Agustín Díaz-Ordóñez, cambió el
nombre a la tradicional calle La Lila imponiéndole el nombre de Rafael Altamira y des-
cubriendo una placa conmemorativa “entre repetidos y delirantes vivas y aplausos” del
numeroso público presente.
El banquete oficial de rigor, servido el propietario del Hotel Trannoy, Amando
Arias, congregó a representantes de instituciones gubernamentales, civiles y comercia-
les de Oviedo, Santander y otras ciudades asturianas y en él hablaron al momento del
brindis, el Alcalde ovetense y el propio Altamira, agradeciendo el concurso de las cor-
poraciones, sociedades, centros docentes y autoridades asturianas:
“Podéis estar seguro de mi gratitud, de que no se me sube a la cabeza. Soy el Altamira de siem-
pre. 1.- Porque descuento todo lo de afecto personal grato para mi, porque a todos nos gusta que
nos quieran, aunque no lo merezcamos. 2.- Porque sé lo que debo a Asturias. Todo hombre tiene
en su espíritu alguna cualidad que espera un momento oportuno para fructificar. Mi momento ha
sido Asturias.” 201

El 19 de abril se organizó en el Teatro Campoamor una primera velada de gala,


con un capítulo literario en el que se leyeron poesías de la Sra. Mesa y del Sr. Villagó-
mez, y un capítulo dramático en el que se estrenó la comedia de tres actos del escritor
santanderino Ramón de Solano y Polanco, Las domadoras.
Una vez que se formalizara la invitación de Alfonso XIII y luego de que Altami-
ra cumpliera sus deberes impostergables para con el Claustro de la Universidad de
Oviedo, retornó a Madrid para asistir a la entrevista con el Rey, el día 30 de abril202.
Ese día, el monarca haciendo gala de una apertura política e intelectual recibió a
otro masón, el senador republicano, naturalista y oceanógrafo aragonés Odón del Buen
y del Cos203, quien hizo un reporte de los sucesos del reciente Congreso Oceanográfico
de Mónaco, y le entregó por encargo del príncipe monegasco, una medalla de oro con-
memorativa de dicho evento, acuñada especialmente para los soberanos de Gran Breta-

200
Ibíd., p. 63.
201
IESJJA/LA, s.c., Brindis de Oviedo, Notas originales y manuscritas de Rafael Altamira para discurso
de cierre de banquete, Oviedo, 18-IV-1910.
202
“Visitando al Rey”, en: La mañana, 1-V-1910 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
203
Odón del Buen (1863-1945) fue catedrático de Ciencias Naturales de las universidades de Barcelona
—de donde fue expulsado por sus ideas evolucionistas— y Madrid; recibió el título de Doctor honoris
causa por la Universidad de Burdeos; fundó el Laboratorio de Biología Marina de las Islas Baleares y el
Instituto Español de Oceanografía. En 1888 realizó una de circunnavegación terrestre por encargo del
gobierno. En 1913 fue miembro fundador de la Liga española para la defensa de los Derechos del Hom-
bre junto con personajes como Azorín, Dalí, Falla, Azaña, Ortega y Gasset, Miró, Besteiro, Simarro,
García Lorca, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Antonio Machado, Salvador de Madariaga,
Ramiro Maeztu, Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Benito Pérez Galdós, Ramón del Valle-Inclán,
Ignacio Zuloaga, José María Gil Robles, Pablo Ruiz Picasso y Vicente Blasco Ibañez, entre otros. En
1939 se exilió en México, donde murió.

61
ña, Alemania, Italia, España, Portugal y para el presidente de Francia204. Seguidamente,
el soberano español recibió a Altamira en la cámara regia. Como era de esperar, tampo-
co en este caso el republicanismo manifiesto del catedrático fue óbice para rendir cuen-
tas al jefe del Estado —hecho que le valdría la ponderación de la prensa moderada205—.
Altamira relataba de la siguiente forma el acontecimiento:
“A los pocos días de mi entrada a Oviedo, fui llamado para la celebración de la conferencia con
el Rey. En ella expliqué el origen, carácter, realización y consecuencias del viaje, y expuse bre-
vemente los medios prácticos que, a mi juicio, pueden servir para continuar, ampliar y sistemati-
zar la obra iniciada. En la entrevista, que duró más de una hora, el Rey demostró claramente, en
su atención sostenida y en sus preguntas, un verdadero interés por el asunto y una acertada direc-
ción tocante a él; y para concretar más lo relativo a la última parte de mis explicaciones, me invi-
tó a una segunda conferencia en fecha próxima. Por último me dio el encargo expreso de felicitar
en su nombre a la Universidad por la iniciativa y el éxito del viaje, y reiteró su deseo de que la
obra comenzada se continuase de la manera más práctica posible y con el necesario auxilio ofi-
cial, ya que su comienzo se ha hecho sin el concurso del Estado.” 206

Cerrando la audiencia, Alfonso XIII, a instancias del gobierno de Canalejas y a


petición de las autoridades alicantinas, lo nombró Caballero Gran Cruz de la Orden de
Alfonso XII concediéndole la medalla-insigna y los honores correspondientes por Real
Decreto del 29 de abril207.
Mientras tanto, en Oviedo proseguía el clima festivo. Además de las jornadas
iniciales, se planificó con más tiempo un homenaje definitivo cuyos coordinadores fue-
ron Julio Argüelles y Alberto Jardón, participando también Fermín Canella. Para orga-

204
Esta entrevista concluiría con un diálogo reproducido por la prensa, cuyo contenido bien podía bien
hubiera podido servir para la propaganda patriótica o para promocionar la magnanimidad del don Alfon-
so: “La entrevista terminó, diciendo el monarca al ex senador republicano. — Yo deseo que todos, lo
mismo los monárquicos que los que están separados de mi, cooperen al bien del país. A lo que contestó
D. Odón del Buen: — Señor, nosotros. Aun desde enfrente, cooperamos a la prosperidad y al bien de la
patria.” (“Notas de Palacio”, en: El Imparcial, Madrid, 1-V-1910 —AHUO/FRA, en cat., Recorte de
Prensa—).
205
“Don Alfonso había manifestado hace algunos días al ministro de Instrucción pública su deseo de
conocer la importancia de los resultados del viaje por los mismos labios del eximio catedrático, y éste,
considerando un noble deber el de informar al jefe del Estado en un asunto que, tan poderosamente afecta
a la cultura del país, experimentó ayer una vivísima complacencia, compatible con sus ideas republicanas,
al ser recibido por su majestad.” (“Notas de Palacio”, en El Imparcial, Madrid, 1-V-1910 —AHUO/FRA,
en cat., Recorte de Prensa—). Expresiones similares tuvieron los periódicos El Heraldo y La Mañana. De
éste último puede leerse la siguiente opinión: “En ningún país del mundo extrañaría a nadie el que dos
funcionarios del Estado fuesen a cumplimentar al jefe de Estado, cualquiera que fuesen sus convicciones
políticas. Esas convicciones no pueden ni deben impedir que se pongan en comunicación directa con el
Rey, y mucho más cuando el Rey es constitucional. Van monárquicos a las Repúblicas hispanoamerica-
nas, como ahora a la Argentina, en misión oficial, y esos monárquicos no creen que es en mengua de sus
ideas rendir pleitesía a un presidente. ¿Por qué no ha de ser posible el caso a la inversa, que es absoluta-
mente igual? ¿Por qué los que saludarían con mil zalemas al Sultán de Marruecos o al Sha de Persia,
Soberanos absolutistas, han de negar el rendimiento debido a la majestad de su país, cuando en su país
están establecidas todas las libertades y todos los derechos? En España hay sufragio universal ¿qué otra
cosa más avanzada existe en los pueblos con régimen republicano?” (“Visitando al Rey”, en: La Mañana,
1-V-1910 —IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa—).
206
Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 498.
207
Lo que Alfonso XIII presentó a Altamira fue el traslado del Decreto Real con la designación, para ser
confirmada según trámite legal y constitucional. Tal distinción fue efectivizada meses más tarde, tal como
se desprende del diploma firmado por el monarca el 8 de junio del mismo año. Una reproducción de tal
documento puede verse en: AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op. Cit., p. 126.

62
nizar este evento, se abrió una suscripción popular para tal propósito, recaudándose un
total de 1.023 pesetas208. Las contribuciones se reunieron en un plazo relativamente bre-
ve y, a la vez que se hacían efectivas en la Biblioteca de Derecho de la Universidad, los
periódicos locales difundían los nombres de los aportantes209, así como de las adhesio-
nes personales e institucionales recibidas para sostener el festival previsto210.
La Comisión organizadora contó con el apoyo de los siguientes personajes e ins-
tituciones: Joaquín Costa; Félix Pío de Aramburu; Adolfo Posada; Adolfo Buylla; Ra-
fael María de Labra; Vital Aza; Aniceto Sela y Sampil; Fermín Canella; Enrique de Be-
nito; Secundino de la Torre. También se adhirieron las siguientes instituciones: el
Centro Mercantil de Oviedo; la Dirección del Instituto de Oviedo; los directivos y el
profesorado del Instituto General y Técnico de León; la Asociación de Agricultores de
Gijón; el Ayuntamiento de Langreo.
También se asociaron a este homenaje, diferentes organizaciones de la clase
obrera y secciones de la Extensión Universitaria como Asociación de Dependientes del
Comercio de Oviedo; el Grupo Auxiliar de Extensión Universitaria de Oviedo; el Círcu-
lo Obrero de Muros de Pravia; El Centro Obrero de Laviana; el Centro Juventud Tru-
bieca de Trubia; la Universidad Popular de Sama; el Ateneo y Casino Obrero de Ovie-
do; el Grupo Auxiliar de Extensión Universitaria de Sama de Langreo; el Grupo
Auxiliar de Extensión Universitaria de Avilés; el Ayuntamiento de Ribadesella; el Gru-
po Auxiliar de Extensión Universitaria de Mieres; la Asociación de Maestros de Oviedo
y el Centro de Sociedades Obreras de Oviedo.
La Extensión Universitaria constituyó su propia comisión organizadora del
homenaje, compuesta por el profesor Federico Onís y los alumnos Carlos Alonso y Teo-
domiro Menéndez, la cual se encargó de contactar y movilizar a los centros obreros

208
No obstante la suma reunida, los gastos totales del homenaje ascendieron a 1.173 Pesetas y quedando
el déficit de 150 Pesetas pendiente de saldo hasta que se registraran los ingresos publicitarios y de venta
de la publicación prevista.
209
Como ejemplo, puede consultarse: “Viaje de Altamira”, en: El Carbayón, Oviedo, 6-IV-1910, Nº
2.424, 2ª época (BCUO, Microfilms Colección El Carbayón).
210
Los cooperadores fueron, por orden de suscripción: Ignacio Herrero, José Blanco; el Círculo Mercantil
de Muros; Jacinto Quirós; Sabino Fernández; Pedro Sánchez; Cipriano Martínez; Acisclo Muñiz; Manuel
González; Antonio Muñoz; Eduardo Serrano; Joaquín González; Francisco de las Barras; José Tartiere; la
Extensión Universitaria de Oviedo; José Mur; Demetrio Espuruz; Enrique Urios; Benito Buylla; Rogelio
Jove; Gerardo Berjano; Enrique de Benito; Víctor Díaz Ordóñez; Antonio Mena; Armando Rua; Aniceto
Sela; Alejandro P. Martín; José González Alegre; la Asociación de Dependientes de Comercio de Oviedo;
José Muñoz; Juan Arango; Fermín Canella; Leopoldo Escobedo; la Sociedad Popular de Sama; Ricardo
Pérez Álvarez; el Casino del Entrego; José Robles; Bernardo Valdés; Indalecio Corujedo; Leandro Casti-
llo; Secundino de la Torre; José Quevedo; Manuel Díaz; José Parres y Sobrino; Rogelio Masip; Víctor
García Alonso; Ramón Ochoa; Gregorio Jesús Rodríguez; Valentín Acebedo; Valentín Acebedo Agosti;
el Centro Obrero de Laviana; José Cima; Manuel A. Santullano; Angel Corujo; la Asociación de Maes-
tros de Oviedo; José Buylla y Godino; Jesús Arias de Velasco; Diario El Castropol; donaciones anónimas
de la Universidad de Oviedo; Manuel Argüelles Cano; Emilio del Peso; Policarpo Herrero; la Universidad
Popular de Mieres; Vital Buylla; Ricardo Rodríguez; Juan Fandiño; Marcelino Fernández; Adolfo Vega;
Armando Argüelles; José Ureña; Eterlo Saiz Gaite; el Ateneo Casino Obrero de Gijón; Ramón Hernán-
dez; Plácido Álvarez Buylla; José García Braga; Bautista Clavería; José Rodríguez; José Canedo; Fer-
nando García Vela; José Cepeda; José Álvarez González; Manuel Fernández Rodríguez; Isidro García;
César Argüelles; S. González; Pedro Diz Tirado; el Ayuntamiento de Sama; el Grupo Auxiliar de Exten-
sión Universitaria de Infiesto; Adolfo Villaverde; José Concheso; José González Llamazares.

63
asturianos y a los colaboradores de la Extensión. También se dispuso la adquisición de
un álbum de firmas en Madrid para que los trabajadores le expresara su admiración y la
organización de algunas excursiones y pequeños banquetes en el interior de Asturias211.
Finalmente, se acordó la realización de un solemne homenaje a Rafael Altamira
en el Teatro Compoamor de la ciudad de Oviedo el 29 de mayo de 1910212 que incluyera
una sección destinada a discursos y lecturas de textos alusivos y otra netamente artísti-
ca.
La primera sección se dividió, a su vez, en dos partes. La primera parte, que ha-
cía énfasis en el aspecto intelectual y americanista de la empresa, dio comienzo a las
cuatro de la tarde con la ejecución de la Marcha Real Española, seguida de los himnos
de Argentina, Uruguay y Chile, intercalados con el discurso de apertura del Rector de la
Universidad de Oviedo, la lectura de “Mi voto” de Rafael María de Labra y “Una carta”
de Félix Aramburu, y finalmente la conferencia de Altamira titulada “El programa de
España en América” y la de Adolfo Posada “El viaje de Altamira. Algunas reflexiones”.
Luego del intervalo de rigor dio comienzo una segunda parte —dedicada a las
demostraciones al alicantino— en la que se ejecutaron los himnos nacionales de Perú,
México y Cuba (se excluyó el de los Estados Unidos de América) intercalados con un
discurso de Enrique de Benito y Benigno Iglesias Piquero por la juventud de Trubia.
Más crudamente apologéticos fueron, sin duda los versos de poeta Salvador
213
Rueda , originalmente pronunciados por su autor en la velada que le ofreciera el Casi-
no Español en La Habana —y que, como veremos, traería no pocos dolores de cabeza a
Altamira en el futuro—, en el que se explotaba a fondo el ya remanido paralelismo entre
el antiguo conquistador guerrero y el actual conquistador de voluntades. Dentro del
mismo orden de adulación versificada resultan particularmente entrañables —aunque no
menos lamentables—el romance pueblerino compuesto y recitado en bable para esta
velada por José Quevedo214, o los versos intimistas declamados solemnemente por Vital
Aza215.

211
“Altamira y la Extensión Universitaria”, en: El Noroeste, año XIV, Nº 4.722, Gijón, 13-IV-1910
(BCUO, Microfilms Colección El Noroeste). Dicho álbum se puso a disposición del público en los dife-
rentes sitios. En Oviedo podía firmarse en el Centro obrero, en la Conserjería de la Universidad y en la
librería de Cipriano Martínez; en Gijón, en el Ateneo-Casino Obrero, en la Asociación de Dependientes y
en Federaciones Obreras; en Avilés, en el Centro Obrero y en la Junta de Extensión Universitaria; en
Trubia, en el local de la Juventud Trubieca y en el kiosco de Eladio Artamendi; en Mieres, en la Univer-
sidad Popular y en el Centro Obrero; en Sama de Langreo, en el Centro Obrero y en la Junta de Extensión
Universitaria; y en el Centro Obrero de Laviana; en el local del Grupo auxiliar de Extensión Universitaria
de Infiesto.
212
IESJJA/LA, s.c., Programas de Homenaje a R. Altamira en el Teatro Campoamor, Oviedo, V-1910.
213
Salvador RUEDA, “Las Nueve Espadas” Homenaje a Rafael Altamira, Homenaje celebrado en el Tea-
tro Campoamor en honor del maestro Rafael Altamira y de su obra de Intercambio la tarde del domingo
29 de mayo de 1910, en: COMISIÓN DE HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América..., Op.cit., p.
120. Rueda (1857-1933) fue uno de los exponentes más reconocibles del modernismo ibérico.
214
José QUEVEDO, “Romance”, Homenaje celebrado en el Teatro Campoamor en honor del maestro Ra-
fael Altamira y de su obra de Intercambio la tarde del domingo 29 de mayo de 1910, en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América..., Op.cit., p. 122.
215
“Lejos, muy lejos del hogar amado / va el sabio difundiendo su cultura, / y aunque mostrar serenidad
procura, / su espíritu está triste y apenado. / Llega al hotel, rendido, fatigado; / abre el balcón, y de la
noche oscura / al aspirar la brisa fresca y pura / en vano lanza un suspiro y queda ensimismado. / Y al

64
Más allá de lo simpático que esto nos pueda resultar, estaba claro que pocas ve-
ces podía encontrarse entre estos versos de ocasión, algo más que un despliegue de in-
genio ocasional puesto al servicio del embeleco del personaje de turno. De allí que entre
esta galería de ditirambos sólo podamos encontrar una pieza que, conceptualmente,
superara el remanido paralelismo entre las glorias de España en la América del siglo
XVI y las que Altamira protagonizara aquel año. Así, al menos, el “Epitalamio” de Al-
berto Jardón Santa Eulalia —sin avanzar en un juicio acerca de su calidad literaria—, no
se contentaba con elogiar a Altamira, sino que aportaba una interpretación negativa del
pasado imperial y una idea del futuro deseable de una España moderna, construidas am-
bas en base a una serie de imágenes, juicios críticos y prospectivos, típicos de los inte-
lectuales regeneracionistas216.
La segunda parte de este fervoroso y pintoresco homenaje se completó con la
lectura de “Un voto de adhesión” enviado por Rafael María de Labra y Martínez desde
Madrid, y concluyó con una nueva ejecución de la Marcha Real Española.
La segunda sección, la Gran Gala, comenzó a las nueve y media de la noche, co-
rrespondiendo a la sexta función y última del abono de temporada de un Teatro Cam-
poamor “artísticamente adornado con hermosas guirnaldas de flores y los escudos de las
Repúblicas Americanas que se han hecho expresamente para el acto del Homenaje al
maestro Altamira” comenzó a las nueve y media de la noche e incluyó tres partes: en la
primera se ejecutó una Sinfonía no especificada, en la segunda se representó la comedia
en dos actos Doña Clarines de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y en la tercera se
estrenó el boceto de comedia El marido de la Télez de Jacinto Benavente217.
Como podemos ver, la acogida que brindó la ciudad de Oviedo a Altamira fue el
prolongado remate de una serie de expresiones de júbilo y exaltación popular que
acompañaron casi todos los pasos del demorado retorno del viajero a su claustro univer-

verle así, pregúntase la gente: / ¿Qué idea nueva brotará de su mente? / ¿Qué pensará? Sus ojos están
fijos... / y el sabio no pensaba en otra cosa / que en el cariño de la ausente esposa / y en los ansiados besos
de sus hijos.” (Vital AZA, “¡Lejos!”, Homenaje celebrado en el Teatro Campoamor en honor del maestro
Rafael Altamira y de su obra de Intercambio la tarde del domingo 29 de mayo de 1910, en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América…, Op.cit., p. 121). Vital Aza (1851-1912 ) doctor en
Medicina por la UCM no ejerció su profesión para desarrollar sus dotes de poeta y dramaturgo. Publicó
sus composiciones iniciales en El Norte de Asturias, La Estación, El eco de Asturias, La República Espa-
ñola, El Federal Asturiano y El Productor Asturiano, hasta que en los años ’80 triunfó en Madrid y co-
mienzó a colaborar en revistas y periódicos capitalinos y barceloneses.
216
Alberto JARDÓN, “Epitalamio”, Homenaje celebrado en el Teatro Campoamor en honor del maestro
Rafael Altamira y de su obra de Intercambio la tarde del domingo 29 de mayo de 1910, en: COMISIÓN DE
HOMENAJE A RAFAEL ALTAMIRA, España-América..., Op.cit., pp. 117-118.
217
IESJJA/LA, s.c., Programa de la velada artística del Teatro Campoamor correspondiente a la función
de despedida de la Compañía Cómica procedente del Teatro Príncipe Alfonso de Madrid y dirigida por
Fernando Porredón, del domingo 29 de mayo de 1910, Oviedo, V-1910. En ese programa puede leerse el
párrafo de adhesión de los actores: La Compañía Cómico-Dramática de Fernando Porredón: “La Compa-
ñía Cómico-Dramática que dirige el Sr. Porredón, queriendo solemnizar de algún modo la campaña ame-
ricanista de intercambio universitario incitada por la ilustre Escuela Ovetense, y aprovechando la celebra-
ción en este Coliseo de un HOMENAJE en honor del sabio profesor e insigne maestro D. Rafael Altamira
y Crevea por los grandiosos triunfos obtenidos en las diferentes universidades de la América hispana, con
sus conferencias de EXTENSIÓN e INTERCAMBIO, dará en la noche del Domingo 29 del corriente,
una función de GRAN GALA en honor de la Universidad de Oviedo”.

65
sitario. Sin embargo, como bien pudo establecer el historiador Santiago Melón Fernán-
dez (1939-2001), este recibimiento afectuoso, no fue estrictamente unánime. El tradi-
cional periódico El Carbayón de Oviedo comenzó a desplegar en sus páginas progresi-
vos cuestionamientos que en un principio afectaban —irreprochablemente, se nos
ocurre— al insensato clima de apoteosis desatado alrededor de Altamira, pero que poco
a poco fue deslizándose hacia una crítica de su figura y de lo que ella representaba.
El 15 de abril de 1910, El Carbayón publicaba un breve artículo en el que se cri-
ticaba la desmesura del recibimiento tributado, recurriendo a tres líneas diferentes de
argumentación. Por un lado, se pretendía bosquejar una imagen intelectual más modesta
de Altamira, atacando la idea omnipresente de genialidad que había recorrido casi todos
los discursos de agasajo y sugiriendo que su fuerte no era la investigación original, sino
la sistematización y vulgarización del conocimiento disponible según criterios moder-
nos218. Por otro lado, se intentaba redimensionar lo hecho en América, negándole la
condición de “hecho notable” y reduciéndolo a una serie de conferencias y banquetes
que reportarían mayores beneficios —incluso pecuniarios— a su protagonista que al
país219. Finalmente, se criticaba ácidamente la bienvenida ofrecida al catedrático, con-
traponiéndola al ideal de austeridad que debería regir una embajada científica220.
A pesar de que El Carbayón declaraba —en clara impostura— que esta crítica
no estaba movida por ninguna pasión y que sólo le guiaba “el deseo de evitar que una
cosa tan seria como una embajada científica termine en una función más de tambor y
gaita”221, esta oposición se fue haciendo cada vez más zumbona y malintencionada. Al
día siguiente, el periódico publicó otro artículo en el que se cuestionaba elípticamente el
honor de conferirle el nombre de Rafael Altamira a una calle de Oviedo y se hacían
suspicaces interpretaciones acerca de la elección de la vía. El nuevo texto de Vir bonus
desnudaba torpemente la línea ideológica en que había que inscribir estos artículos críti-

218
“D. Rafael Altamira tiene fama de hombre trabajador y de cultura nada común y sus libros de historia,
tanto general, como del ramo de las ciencias jurídicas, abonan esa fama. No es trigo limpio todo lo que
escribió ni mucho menos, ni ha descubierto nada que no se supiese ya; pero, al fin, ordenó y clasificó
muchos datos y se ajustó al método moderno. En clase se distingue como un expositor claro y sobrio y en
las conferencias de vulgarización reveló también excelentes condiciones.” (VIR BONUS, “Sobre un viaje
(1). D. Rafael Altamira”, en: El Carbayón, Nº 2431, 2ª época, Oviedo, 15-IV-1910 —BCUO, Microfi-
chas Colección El Carbayón—).
219
“Que la idea es laudable, no lo negaremos nosotros, como tampoco que el Sr. Altamira haya dado unas
cuantas conferencias notables seguidas de una porción de banquetes; pero permítasenos poner en dudaque
el rápido paso de Altamira por las Repúblicas americanas sea un hecho notable, ni por los resultados que
pueda traer de sí, ni aún por las molestias del distinguido profesor. Claro que un viaje tiene sus molestias,
pero si fueran graves no habría tantos aficionados a viajar. Por otra parte, al Sr. Altamira no le cuesta gran
cosa explicar una conferencia. Lo más pesado en su viaje por América seguramente hubo de consistir en
las recepciones y en los banquetes. Pero todo eso lo compensan el honor y la gloria y la venta de las obras
que lleva publicada. Nada más natural que al darse a conocer de un público, éste comprase libros de Al-
tamira.” (Ibídem).
220
“Ahora al regresar merecía un recibimiento digno por parte de sus compañeros y de los escolares; pero
de ahí… a lo que estamos presenciando desde hace un mes, hay una gran diferencia. ¡Parece que América
y España deben su existencia al Sr. Altamira, nuevo Colón de la cultura! Amigos de D. Rafael y entusias-
tas suyos se duelen amargamente del papel que están haciendo representar al profesor ovetense […] Les
ha ido a contar primero a los de Alicante y Madrid y ahora, por fin, viene a Oviedo, qué fue quién le en-
cumbró ¡Sea bienvenido!” (Ibídem).
221
Ibídem.

66
cos, además de señalarnos con claridad qué proyectos intelectuales y sociales eran los
auténticos blancos elegidos por el conservadurismo católico asturiano:
“¡Un título más qué importa al mundo! me dije; pero al conocer el nombre primitivo de la nueva
calle Altamira y al saber que hubo informe de D. Fermín Canella, cronista de Oviedo, quedé ad-
mirado. […] El pueblo no suele darse cuenta del cambio de rotulación callejil, y cuando más, une
con el nombre nuevo el viejo y conforme a esto pronto oiremos preguntar —¿á dónde va V.? —á
la calle Lila-Altamira. La causa de haber escogido ese trayecto para bautizarlo con el nombre de
Altamira no es precisamente porque allí se den lilas, sino porque allí tiene su casa el socialismo
ovetense. ¡Comprendido, comprendido! Cada vez se va haciendo más claro qué es eso de la Ex-
tensión universitaria y cómo se valen de ella ciertos hombres para encumbrarse con un par de
conferencias compuestas principalmente para reunirlas en libros. Es un medio como cualquier
otro de explotar la ciencia. Y ésta es una opinión mía que probablemente suscribirán muchos
ovetenses. Ya era tiempo de que fuera descorriéndose el velo.” 222

Este artículo concluía encasillando despectivamente estos homenajes como


“fiestas de simpáticos estudiantes” a los que se les debería dejar saborear “el placer del
homenaje al maestro y de las vacaciones escolares” a cambio de que dejaran a los ove-
tenses en paz223.
Estos ataques no pasaron desapercibidos. El 20 de abril, un grupo de jóvenes
aparentemente capitaneados por Miguel Valdés —que ya había proferido mueras al
periódico citado durante los actos públicos celebrados en la capital asturiana—, se pre-
sentó en la redacción de El Carbayón demandando la publicación de una carta de des-
agravio a Canella y Altamira por lo dicho por Vir Bonus días atrás. La negativa de la
dirección a publicar ese texto o develar el nombre de su autor y la defensa de lo dicho
en ambos artículos dio paso a la acción violenta de los jóvenes “jaimistas” —según los
califica el periódico— y a la rotura de las vidrieras del diario. Este episodio, al parecer,
derivó en un breve raid vandálico por las calles de Oviedo, el cual fue maliciosa e indi-
rectamente endosado a los festejos en curso:
“Desde aquí la manifestación dirigióse a la redacción de Las Libertades, donde no quedó un cris-
tal, rompieron las puertas y las mesas y arrojaron por el suelo los caracteres de imprenta… Al di-
rigirse a Las Libertades, pasaron por delante de El Correo silbando, y al dirigirse a El Carbayón,
pasaron aplaudiendo a La Opinión. Con estos nuevos números se va aumentando el nada corto
programa de las fiestas organizadas para la vuelta del señor Altamira. No seremos nosotros quie-
nes se lamenten de semejantes añadiduras, que al parecer aún llevan el se continuará. Pues por
nosotros que continúen…” 224

Por lo demás, El Carbayón intentaba planear por sobre estos hechos y por sobre
las críticas a sus artículos aludiendo, por un lado, al apoyo y a la permanente cobertura
dados por el periódico al viaje americanista y, por otro, a un curioso razonamiento por
el que convocaba a quienes se encontraban en sus antípodas ideológicas, para sostener
lo aparentemente adecuado y desideologizado de su crítica225.

222
VIR BONUS, “Entre lilas”, en: El Carbayón, Nº 2432, 2ª época, Oviedo, 16-IV-1910 (BCUO, Microfi-
chas Colección El Carbayón).
223
Ibídem.
224
“El Carbayón y Altamira”, en: El Carbayón, Oviedo, 21-IV-1910 (BCUO, Microfichas, Colección El
Carbayón).
225
“No terminaremos hoy, sin embargo, sin hacer una advertencia; y es que la opinión aquí expresada por
Vir bonus no es solo opinión de reaccionarios, como algunos aparentan creer. Dejando a un lado lo que se

67
Estas críticas iniciales no fueron meramente coyunturales, sino que tuvieron su
continuidad en dos artículos publicados en agosto de 1910 y en diciembre de 1911 —
este último cuando Altamira cumpliera un año en la Dirección General de Primera En-
señanza y ya se hubiera publicado su balance de la empresa ovetense en Mi viaje a
América— y en los que El Carbayón se hizo eco de cuestionamientos a la labor de Al-
tamira provenientes de América.
En el primero de estos textos se reprodujeron varios párrafos de un artículo críti-
co de la labor académica de Altamira, publicado originalmente por Carlos Octavio Bun-
ge en el periódico porteño La Nación226. En aquél texto, el catedrático argentino asegu-
raba que un vicio particularmente nocivo entre sus compatriotas era aplaudir a los
extraños y mostrarse extremadamente severo con los propios. Este rasgo negativo del
carácter nacional estaría en el origen de la práctica de importar “profetas” de Europa y
entronizarlos como autoridades inapelables. El peligro que entreveía Bunge era que “la
novelería y el snobismo vayan a colocarles en una situación de dogmatizantes, que están
muy lejos de tener en su propia patria y que mucho menos les corresponde en la nues-
tra.” Pero no era, ciertamente, la caracteriología del público argentino aquello que inte-
resaba a El Carbayón, sino la crítica que dedicaba Bunge al desempeño universitario de
Altamira:
“He seguido en algunas de sus conferencias dadas en la Universidad de Buenos Aires y en la de
La Plata a unos de esos distinguidos profesores extranjeros, cuya labia y cuyo carácter afectuoso
y savoir faire conquistaron todas nuestras simpatías. Debo, sin embargo, declarar altamente que
sus lecciones, a pesar de la forma galana y de la emotividad de su exposición, adolecieron de ta-
les defectos que desde el punto de vista científico y técnico la considero evidentemente inferior a
nuestros verdaderos maestros. Tomé nota en sus lecciones de groseros errores de hecho sobre los
cuales tuve que poner en guardia a mis discípulos, pues que su espontánea afectividad inclinába-
les a aceptar por cierto cuanto al «profeta» venido de lejanas tierras se le ocurriera decir. Abu-
sando de sus naturales dotes de exposición, hablonos de urbi et orbi; contaba tal vez con la im-
punidad de nuestra presunta ignorancia y candidez. Aplicábamos la política de esos navegantes
europeos que al llegar a un pueblo de salvajes, de África o de Oceanía, compran su voluntad con
abrazos, chirimbolos y baratijas. Pues bien, ese profesor, como cualquier otro que viniese a
«hacer la América» y que habiendo anunciado tres conferencias en la Universidad de Córdoba,
sólo dio dos, como no se le pagaba, llevó de nuestro país líquidos y libres de polvo y paja 12.500
pesos. A más de haberle costeado el viaje y de proporcionarle alojamiento y alimento, remune-
rándole con tan crecidas sumas —con lo que no gana el mejor profesor universitario argentino en
tres largos años— tres meses escasos de conferencias, y más bien de conferencias de extensión
universitaria que realmente universitarias y científicas.” 227

oye en todas las conversaciones hasta a íntimos de Altamira, véase lo que un periódico tan radical como
España Nueva decía el pasado lunes en letras muy gordas: ¿Verdad que, en su tiempo, no debió hablarse
tanto de Colón como se habla ahora de Altamira, segundo descubridor de América?” (Ibídem).
226
El periódico ovetense, ávido de revancha por el escandalete que se había desatado meses atrás en
Oviedo a propósito de su solitaria crítica de los homenajes tributados al viajero, dedicaba este testimonio
a quienes “decididamente exageraron la importancia científica del viaje del señor Altamira” poniendo
“por las nubes los sacrificios que hizo el docto profesor ovetense” (VIR BONUS, “Aún colea el viaje de
Altamira”, en: El Carbayón, nº2404, IIª Época, Oviedo, 27-VIII-1910 —BCUO, Microfichas Colección
El Carbayón,—).
227
Bunge afirmaba que sus críticas no se debían a su desafecto por el personaje, y lamentaba haber tenido
que intervenir —ante el silencio de sus colegas y de personajes con más autoridad que él— “sacrificando
mi simpatía y mi amistad a un fin social aún más noble y necesario” (Ibídem).

68
El corolario de El Carbayón tanto en lo que hacía a la integridad del personaje,
como a la consistencia de sus adláteres, no podía ser más lapidario:
“A eso van nuestros superhomos a América. Nos figuramos que los argentinos dirán de Altami-
ra, poco más o menos, lo que nosotros de aquellos profesores bordaleses que vinieron a enseñar
literatura y geología a la tierra de Menéndez Pelayo y Vilanova… Nos duele en el alma juicio tan
severo para el representante de la universidad ovetense a quienes muchos con atolondramiento
inexplicable vendieron por la única y verdadera encarnación oficial de la sabiduría española.” 228

Lo silenciado por el periódico asturiano era que este artículo había provocado
cierta polémica en Argentina y mereciendo la réplica de Amaranto A. Abeledo, uno de
los asistentes a las conferencias de Altamira en la UNLP, en El Diario Español de Bue-
nos Aires. Este abogado lamentaba que un hombre del prestigio de Bunge hubiera incu-
rrido en apreciaciones del todo injustas con Altamira, sin nombrarlo pero aludiéndolo
inequívocamente. Concediendo lo acertado de las advertencias respecto del extranjeris-
mo de ciertos sectores, Abeledo no admitía que aquellas reservas se aplicaran a alguien
que, como Rafael Altamira, había arribado al Plata “con elevados móviles”, proponien-
do “crear vínculos y establecer relaciones efectivas entre nuestros elementos intelectua-
les y los de la madre patria” y no con el propósito de “hacer la América” 229.
Abeledo quien ya en otras ocasiones había manifestado su admiración por Alta-
230
mira , escribió personalmente al profesor ovetense para ponerlo al tanto de la situación
y remitirle su artículo de desagravio231. En aquella carta se aseguraba que la opinión de
Bunge había merecido la “más unánime reprobación en cuanto de Ud. se ocupa” y visi-
ble muestras de simpatía por su persona en La Plata y Buenos Aires.
El artículo de Bunge era intencionalmente polémico y contrastaba con la evalua-
ción general del desempeño académico de Altamira pero, además, testimoniaba un cu-
rioso viraje en su consideración intelectual por el alicantino —a quien encargara en
1903 el Prólogo de la primera edición de su libro Nuestra América232—, amén de cierta

228
Ibídem.
229
Ofreciendo el testimonio de su propia experiencia en las aulas platenses, Abeledo refutaba a Bunge,
negando enfáticamente que Altamira hubiera comprado las voluntades de sus alumnos con lisonjas o que
hubiera pontificado en el uso de la cátedra. Por el contrario, el viajero habría logrado hacer de su curso en
la UNLP “un tranquilo hogar intelectual, en donde todas las ideas eran expuestas y discutidas, reserván-
dose a cada alumno el derecho de formar su juicio personal de acuerdo al propio criterio”. Ver: Amaranto
A. ABELEDO, “Apreciaciones injustas sobre un profesor extranjero”, en: El Diario Español, Buenos Ai-
res, 10-VI-1910 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
230
El reconocimiento de Abeledo por Altamira ya había tenido testimonio público un artículo —
probablemente aparecido también en El Diario Español—, en la que se hacía el reporte elogioso y emoti-
vo de las conferencias platenses, se trazaba un perfil de Altamira como pedagogo y se hacía énfasis en la
oportunidad y especial interés patriótico que tenía, en Argentina, el mensaje del catedrático ovetense Ver:
AHUO/FRA, en cat., Caja IV, Copia manuscrita de artículo de Amaranto A. Abeledo, “El Profesor Alta-
mira” —probablemente publicado en El Diario Español de Buenos Aires, Julio 1909, 4 pp.
231
IESJJA/LA, s/c., Carta original manuscrita de Amaranto A. Abeledo a Rafael Altamira, Buenos Aires,
14-VI-1910 (2 pp. con membrete de Amaranto A. Abeledo, Abogado). Abeledo, adjuntaba la publicación
de la carta de su autoría enviada a El Diario Español, de Buenos Aires el 4-VI-1910 y publicada seis días
después, en respuesta al “desconsiderado artículo que el dr. Bunge publicara en el número extraordinario
de La Nación de fecha 25 de mayo ppado”.
232
Carlos Octavio BUNGE, Nuestra América, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cª, 1903.

69
volubilidad e inconsistencia en su humor233. Así, pues, el artículo crítico de mayo de
1910 que El Carbayón intentó convertir en una prueba suficiente de la insolvencia de
Altamira, probablemente haya sido expresión de alguna rabieta pasajera, quizás atribui-
ble a celos intelectuales o la interposición de Altamira en algún proyecto personal234.
Año y medio más tarde, pero con idéntico propósito, El Carbayón desempolvaba
un par de artículos escritos en diciembre de 1910 por el periodista asturiano Nicolás
María Rivero235, director del habanero Diario de la Marina, para denunciar con obvia

233
Bunge, durante los últimos días de su estancia de Altamira en Argentina, respondió solícitamente al
pedido de Altamira —a quien se refería como “maestro y amigo” y de quien se confesaba “discípulo”—
de que éste le acercara una relación de sus obras de carácter histórico. En ella Bunge deja entrever que
deseaba contar con un prólogo de Altamira para su anunciada Historia del Derecho Argentino, “agrade-
ciendo anticipadamente de todo corazón el importantísimo y desinteresado servicio” y reiteraba su deseo
de tener un retrato suyo para colocar en el “testero” de su bufete. Ver: IESJJA/LA, s.c., Nota original
manuscrita —entregada personalmente al destinatario— de Carlos Octavio Bunge a Rafael Altamira,
Buenos Aires, 5-X-1909. Probablemente Altamira tuviera indicios acerca del distanciamiento de Bunge
antes de concluir su periplo. Adolfo Posada en su respuesta a una carta que le remitiera Altamira desde
México, escribía: “Aquí está el Dr. Bunge, que me habló de lo de Buenos Aires. Ya hablaremos usted y
yo despacio de este profesor” (IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita —3 pp.— de Adolfo Posada a
Rafael Altamira, Madrid, 1-I-1910). Si bien no se han hallado testimonios posteriores del contacto entre
Bunge y Altamira, en el primer volumen de su Historia del Derecho Argentino —truncada por la muerte
de su autor en 1918—, Bunge mencionaba las consultas que hiciera a Rafael Altamira y a Eduardo de
Hinojosa para orientar su trabajo (Carlos Octavio BUNGE, Historia del Derecho Argentino, Tomo I, Bue-
nos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, 1912).
234
Altamira confesaba, años más tarde, a Constantino Suárez que “El Sr. Bunge, que mientras yo estuve
en Buenos Aires fue uno de los que más me agasajaron y solicitaron, escribió aquello y otras cosas sa-
biendo que eran mentira, después de salir yo de allá y únicamente porque quería impedir que el Gobierno
argentino me nombrase Director de un Centro universitario que me ofrecía, con 12.000 duros oro, casa,
etc., y que no acepté por motivos patrióticos. El Sr. Bunge apetecía ese puesto para sí, y de ahí vino ese
ataque, al que respondieron plumas aregentinas (no yo), de profesores y alumnos universitarios. El mismo
Sr. Bunge ha confesado el móvil de su artículo, años después, en una carta dirigida a don Eduardo de
Hinojosa, catedrático de la UCM y maurista, por demás señas; y en esa carta hacía protestas de considera-
ción para mí. Ni contesté ese artículo ni a la carta. Esas cosas las desprecio. (Carta de Rafael Altamira a
Constantino Cabal, Madrid, 7-IX-1916, reproducida parcialmente en: Constantino SUÁREZ (Españolito),
La Des-unión Hispano-Americana y otras cosas (Bombos y palos a diestra y siniestra), La Habana, Edi-
ciones Bauzá, 1919, nota al pié, pp. 53-54). En esta clave podría entenderse mejor las consideraciones de
Adolfo Posada respecto de las reservas que le merecía Bunge en su carta a Altamira, en la que el profesor
ovetense informaba a su colega de haber hablado con su par argentino de la futura dirección de ese Insti-
tuto Preparatorio Universitario (Ver: IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita —3 pp.— de Adolfo
Posada a Rafael Altamira, Madrid, 1-I-1910). La poco elegante intervención de Bunge, no hizo mella en
las convicciones del rector de la UBA, por lo menos a juzgar por la carta que dirigiera a Altamira el Mi-
nistro Rómulo S. Naón, y en la que le confiara que “el Dr. Uballes está esperando su contestación sobre la
dirección del Instituto Universitario y que tiene ya todos los elementos para organizarlo” (AHUO/FRA,
en cat., Caja IV, Carta original manuscrita de Rómulo S. Naón a Rafael Altamira, Buenos Aires, 8-VI-
1910 —6 pp., con membrete del ministerio de Justicia e Instrucción Pública—).
235
Nicolás María Rivero y Muñiz (1849-1919), director del Diario de la Marina entre 1895 y 1919. Es-
tudió en el Seminario Menor de Valdediós y en el Seminario Conciliar de Oviedo. Sufrió prisión por
carlista y fue deportado a Canarias y, luego, enviado como soldado a Cuba. Una vez desembarcado, de-
sertó y huyó a Francia, para regresar a España por Navarra y unirse a los carlistas en la campaña 1873-75.
Tras la amnistía de 1876 regresó a Oviedo para titularse en 1878, como Notario en la Escuela de Notaria-
do de la Universidad de Oviedo. En 1879 se trasladó a Cuba y fundó El Relámpago de La Habana, perió-
dico tradicionalista católico suprimido en 1881, siendo deportado a España, de la que retornaría en 1882.
Fundó y dirigió El Rayo, también clausurado y, después, La Centella, El General Tacón, El Pensamiento
Español, El Español, El Eco de los Voluntarios y El Eco de Covadonga. En 1893 ingresó en El Diario de
la Marina y dos años después pasó a dirigirlo. En 1909 le fue impuesta la Cruz de Alfonso XII y, en
1919, el título de Conde del Rivero. El Vaticano le concedió, también, la Encomienda de San Gregoio
Magno con placa y cruz.

70
desproporción, “las terribles y desastrosas consecuencias” que para los españoles en
Cuba, había tenido este viaje “aparatosamente realizado”; asegurando que a partir de
esta “aventura «científica»” se habían desencadenado “los odios más terribles” contra
España.
En el primer artículo, “Actualidades”, Rivero detectaba un cambio radical en la
sensibilidad cubana respecto de España que adjudicaba a la actividad bienintencionada
pero imprudente y apresurada, desarrollada por Altamira durante aquellos días. Activi-
dad “que nosotros no censuramos porque no nos sentíamos con fuerzas para oponernos
a la corriente” y que habrían cambiado “la atmósfera de confraternidad y unión que res-
piramos”236. En “Orígenes”, el segundo de los artículos reproducido por El Carbayón, se
comentaban crítica e irónicamente las decisiones de la corona de condecorar a Altamira
por su desempeño en América, con la orden de Alfonso XII y de haber inventado para
él, un “alto destino en la dirección y administración de la enseñanza pública”. Distin-
ciones improcedentes si se tomaba en cuenta la situación vivida en Cuba luego del paso
de la misión ovetense:
“desde la venida del señor Altamira y sus conferencias docentes en la Universidad de La Haba-
na, lejos de adelantar en el camino de la paz y de la concordia entre españoles y cubanos, hemos
retrocedido no poco. […] Íbamos aquí, poco a poco, pero adelantando siempre, en el camino de
una unión verdadera y sólida entre cubanos y españoles, que a la vez que salvase nuestros carac-
teres de raza hiciese cada día más respetable y más fuerte la nueva nacionalidad, cuando sin tener
en cuenta que en Cuba no habían pasado cien años, ni mucho menos, desde que cesara la guerra
fraticida, como habían transcurrido en Buenos Aires, Chile y Méjico [sic], y que, por consiguien-
te, era natural que aún quedasen en tierra rescoldos de los pasados incendios, vino con el mejor
propósito, pero sin el renombre de un Cajal o de un Menéndez Pelayo, un estudioso e inteligente
profesor de la Universidad de Oviedo, a dar lecciones de cultura intelectual, a señalar orientacio-
nes docentes, con facilidad de palabra, pero sin la elocuencia portentosa de un Castelar, a maes-
tros en toda clase de ciencias y a oradores grandilocuentes que aquí abundaban ya en tiempos de
España, y el resultado fue como no podía menos de ser y como hubiera sido en cualquier otra
parte del mundo, negativo; en vez de sentirse halagado el elemento intelectual cubano se consi-
deró ofendido como pudo verse bien claramente en las discretas y respetuosas, pero al mismo
tiempo intencionadas frases con que contestó al catedrático de Oviedo uno de los más ilustrados
profesores de la Universidad de La Habana, y en la campaña de deshispanización iniciada por El
Tiempo, diario creado para oponerse a la acción docente del señor Altamira, y en la alarma que
en determinados elementos produjo la supuesta reconquista intentada por el referido catedrático
ovetense. El propósito era bueno, era meritorio, era admirable: pero en Cuba no era oportuno.
Dentro de tres o cuatro generaciones quizás lo sea. El mérito, la previsión, la prudencia, consistía
en no precipitarse, en saber esperar. Y allá, por celo exagerado o por ambiciones personales o
por lo que fuera, no quisieron dejar para mañana lo que a su juicio podía hacerse hoy, y el resul-
tado ahí está, palpitante, vivo, acusando la equivocación formidable.” 237

De tal forma, bastantes meses después de haber festejado la presencia de Altami-


ra, el católico conservador Nicolás Rivero, deseoso de desmarcarse de quien, para rece-

236
Nicolás RIVERO, “Actualidades” (Diario de la Marina, La Habana, 1910), recogido en: “Altamira en
Cuba. «Salpicaduras» de un viaje. Quien sepa leer, que lea”, El Carbayón, nº 11.811, IIª Época, Oviedo,
21-XII-1911 (BCUO, Microfichas Colección El Carbayón).
237
Este artículo fue contestado duramente por José María González, corresponsal de El Correo de Astu-
rias en La Habana y originó la ratificación de El Carbayón en sus posturas, amén de una curiosa justifi-
cación del brusco viraje del Diario de la Marina y del propio periódico ovetense, que otrora habían apo-
yado el desempeño de Altamira. Ver: Nicolás RIVERO, “Orígenes” (Diario de la Marina, La Habana,
1911), recogido en: “Altamira en Cuba. «Salpicaduras» de un viaje. Quien sepa leer, que lea”, El Carba-
yón, nº 11.811, IIª Época, Oviedo, 21-XII-1911 (BCUO, Microfichas Colección El Carbayón).

71
lo de los obispos había sido nombrado como alto cargo de la Instrucción Pública de un
gobierno anticlerical, revelaba a través del órgano confesional asturiano que había in-
tentado evitar, sin éxito, que Altamira hiciera escala en Cuba238. Este fracaso se habría
debido a la explosión de entusiasmo patriótico que experimentaron los españoles resi-
dentes en Cuba y frente a la cual nada pudo hacerse239.
El Carbayón concluía esta diatriba contra Altamira polemizando abiertamente
con el Correo de Asturias y con el periódico católico madrileño Los Debates, respecto
de la credibilidad de Rivero y de los propósitos de aquellos nacionalistas radicales240.
Si bien es necesario tomar cuenta de esta oposición progresivamente develada a
la figura de Altamira, o mejor dicho a su proyección política nacional, es necesario no
perder de vista que estas expresiones críticas fueron sin duda aisladas y no pueden ser
tomada como base para poner en entredicho el éxito de su campaña, ni tampoco para
relativizar la importancia que se le dio en España a esa empresa una vez que concluyera
exitosamente.

238
Al momento de que Altamira transitaba todavía la primera escala de su viaje, Rivero se encontraba en
España recogiendo la Orden de Alfonso XII que le fuera otorgada aquel año. La visita de Rivero a Astu-
rias le fue anticipada a Altamira por Canella (Ver: AFREM/FA, Cartas a Rafael Altamira, RAL 2, Canella
y Secades, Fermín, (28 docs.), Carta de Fermín Canella a Rafael Altamira, Oviedo, 8-VIII-1909). Según
lo previsto, en el mes de septiembre, Rivero pasó por su tierra natal siendo calurosamente agasajado por
la Universidad de Oviedo los días 25 y 26. Entre esos homenajes se ofreció un banquete de honor en el
que se dieron cita una verdadera multitud entre las que se encontraban todas las autoridades universitarias
y la mayoría de los miembros del Claustro, Rafael María de Labra, los dignatarios eclesiásticos asturia-
nos, el cónsul cubano en Gijón, diputados, alcaldes dirigentes de corporaciones mercantiles periodistas,
empresarios y editores. Fermín Canella pronunció entonces el discurso principal exaltándolo como “gran
periodista de América”, seguido de la intervención del expresidente del Centro Asturiano de La Habana,
Juan Bances, de la alocución de Labra y de un discurso del agasajado. Esta pudiera haber sido la ocasión
que tuvo Rivero de presentar sus reparos a la escala cubana de Altamira. Si bien no hemos hallado docu-
mento alguno que confirme este aserto, a favor de los dichos posteriores de Rivero habla el curioso hecho
de que, ni sus anfitriones ni él mismo, mencionaran en ningún momento a Altamira, ni se refirieran al
viaje americanista, a las gestiones de Juan Manuel Dihigo y a la futura recepción del catedrático ovetense
en La Habana. Ver: Nota extraída del Correo de Asturias y reproducido en: Anales de la Universidad de
Oviedo, Tomo V, 1908-1910, Oviedo, Tipográfica de Flórez, Gusano y Compañía, 1911, pp. 317-324.
239
“El Diario no se juzgó con fuerzas para oponerse al torrente desbordado del entusiasmo nacional. Y
luego cargó, como de costumbre, con la responsabilidad entera. ¡Altamira había venido porque le había
traído Rivero para mortificar al elemento intelectual cubano!” (Nicolás RIVERO, “Orígenes”, Diario de la
Marina, La Habana, 1911, recogido en: “Altamira en Cuba. «Salpicaduras» de un viaje. Quien sepa leer,
que lea”, El Carbayón, nº 11.811, IIª Época, Oviedo, 21-XII-1911 —BCUO, Microfichas Colección El
Carbayón—).
240
Deseoso de escapar de la denuncia de sectarismo católico que les espetó González, El Carbayón afir-
maba que la cuestión era dilucidar si era verdad o no la información e interpretaciones de Rivero respecto
de los efectos del periplo americanista y juzgar si había existido desproporción en el recibimiento de
Altamira “diciendo de él que había incorporado espiritualmente la América a España, cuando lo que en
realidad hizo fue todo lo contrario, al menos por lo que a Cuba se refiere”. Respecto de los virajes de
ambos periódicos se contestaba: “en El Carbayón pudo encontrar el señor González afirmaciones relativas
a los triunfos colosales de Altamira en Cuba. Y en el mismo Diario de la Marina se hallan cosas pareci-
das. Pero el señor González sabe sobradamente que semejantes afirmaciones no tienen valor de ninguna
especie: las del Diario por las razones que tan delicadamente insinúa en uno de sus artículos el señor
Rivero, y las de El Carbayón porque también nosotros hubimos de dejarnos llevar por la corriente, y por-
que realmente no sabíamos lo que en verdad estaba pasando con el cacareado viaje de Altamira…” (“Al-
tamira en América. Más sobre las «salpicaduras»”,en: El Carbayón, nº 11.814, IIª Época, Oviedo, 24-XII-
1911 —BCUO, Microfichas Colección El Carbayón—).

72
Prueba de ello es que el Gobierno liberal de José Canalejas, en este caso con el
beneplácito del monarca, designó a Altamira el 14 de octubre de 1910 como Inspector
General de Enseñanza en comisión, para luego ponerlo a cargo de la Dirección General
de Primera Enseñanza, despacho “técnico” creado a la medida de su trayectoria ideoló-
gica institucionista y regeneracionista, por el Ministro de Instrucción Pública, Julio Bu-
rell241, el 1 de enero de 1911.

2.3.- Los balances contemporáneos del viaje de Altamira


Ahora bien, ¿fueron conscientes los contemporáneos de las dimensiones del fe-
nómeno “Altamira”?¿Llegaron a preguntarse acerca de las causas de este éxito o de las
razones de tamaña repercusión? En ambos casos, y pese a lo sorpresivo que pueda resul-
tar para el observador contemporáneo, la respuesta es positiva. En efecto, estos interro-
gantes aun cuando puedan parecer anacrónicos y propios de la investigación historiográ-
fica que aquí proponemos, también fueron planteados por los espectadores privilegiados
del episodio.
Teniendo en cuenta los intereses diferentes que se esconden detrás de las pre-
guntas de un historiador y de las del actor o testigo de los hechos, es conveniente que
precisemos los términos y los alcances de estas últimas. ¿Intuyeron los contemporáneos
que el espectacular triunfo de Altamira podía ser un síntoma antes que anécdota? ¿Có-
mo evaluaron sus resultados? ¿Cómo plantearon el interrogante y cómo lo resolvieron?
En primer lugar, cabe destacar que el carácter extraordinario del fenómeno Al-
tamira fue claramente percibido, así como lo singular de su éxito. Las evaluaciones po-
sitivas de la prensa argentina y americana respecto de su personalidad, de sus enseñan-
zas y de su misión fueron sumamente elocuentes. Los periódicos argentinos, en el
preludio de la partida del profesor ovetense, comenzaron a aportar los primeros balances
de la experiencia americanista, cuya primera etapa se había iniciado en una discreta pe-
numbra y se clausuraba apoteóticamente.
El periódico La Argentina ponderaba su conducta intelectual y docente, a la vez
que hablaba de la solidez de un mensaje que mereció una atenta y meditada recepción
por parte de la clase pensante argentina y que, podía contribuir al estrechamiento de
vínculos entre ambos países :
“El sabio modesto, el maestro sencillo que ha sabido hacer de la enseñanza un verdadero aposto-
lado, recibirá una de las tantas muestras de simpatía que en su breve permanencia entre nosotros
ha conquistado. Su obra ha sido, ante todo, de confraternización, y desde la más alta tribuna que
puede ofrecérseles a los espíritus cultos: la cátedra. El profesor Altamira ha dejado entre nosotros
una huella profunda de su paso. No encontró a su llegada millares de almas que en el puerto,
apenas pisara suelo argentino, le dieran la más entusiasta de las bienvenidas consagrándolo con
un juicio que, por ser popular, es ingenuamente falible pero, en cambio —los hechos lo demos-
traron con total elocuencia— la clase pensante del país, la que había saboreado sus libros de di-
vulgador paciente y de reconstructor silencioso, sin laudatorias siempre extemporáneas, se prepa-

241
Burell (1859-1919) fue un notable periodista en diarios como El Progreso y en El Heraldo y fundador
de El Gráfico donde introdujo el uso de la fotografía en la prensa periódica española. De filiación política
liberal fue Ministro de Instrucción Pública con Canalejas y con el Conde de Romanones; y Ministro de
Gobernación con García Prieto. También fue miembro de la Real Academia Española (RAE).

73
raba a escuchar sus lecciones. Y hoy, cuando con la satisfacción de la tarea cumplida, se prepara
a concurrir donde sus anteriores compromisos lo llaman, para el amigo que se va, le ofrendamos
nuestros mejores sentimientos, esperando que en su siembra de ideas al través de América conti-
núe en esa empresa que lentamente va tomando forma: la del estrechamiento de relaciones entre
la Madre Patria y las naciones que fueron sus antiguas colonias; relaciones nunca rotas, es ver-
dad, pero que esperan encarrilarse dentro de la amplitud que reclaman destinos, virtudes y hasta
vicios comunes.” 242

El periódico La Prensa —que en medio de la exaltación parecía confundir lo-


gros con propósitos— afirmaba que la importancia de la campaña americanista ovetense
estribaba en que, más allá del efecto que sus disertaciones habían producido en el “espí-
ritu de nuestro mundo estudioso”, acercando a la Universidad de Oviedo con las univer-
sidades argentinas, ésta había logrado consecuencias más trascendentes para ambas na-
ciones:
“He aquí la consecuencia más trascendental de la obra: el establecimiento de una corriente inte-
lectual hispano-argentina recíproca y permanente, esto es, el establecimiento de los vínculos más
nobles que pueden ligar a las naciones. Todos los demás pueden tener un interés egoísta: sólo los
de la inteligencia viven y se fortalecen en fuentes insospechables. Las almas cultivadas se en-
tienden y son felices unidas.” 243

La revista literaria Nosotros, evaluaba la labor desplegada por Altamira en tér-


minos más prudentes, aunque no menos positivos, elogiando su versatilidad, la diversi-
dad de sus saberes y su predisposición pedagógica:
“El profesor Altamira ha empleado su tiempo con provecho para los que se interesan en oír a un
extranjero ilustre. Lo es más que otros Altamira, y su visita ha servido de noble ejemplo. Durante
largos días los espíritus curiosos de conocer su opinión sobre los altos problemas contemporá-
neos, han rodeado al maestro. Este es por otra parte el tipo del maestro, por su gran nobleza, por
su enorme honradez intelectual. Espíritu generoso, logra comunicar su generosidad al auditorio,
que vé en él, no al seco investigador endurecido en el cultivo excluyente de una especialidad, si-
no al hombre lleno de bellos ideales y de bellos sueños. Es un sabio a la manera de los sabios es-
pañoles. Es decir, su erudición no se reduce a una rama determinada del conocimiento, sino que,
domina a fondo las materias fundamentales. Así nos ha hablado con la misma hondura de pro-
blemas jurídicos, históricos, literarios y estéticos. En todas sus conferencias ha dicho algo pro-
fundo, ha señalado algo nuevo. Y no lo ha hecho gracias a complicaciones de forma, ni se ha es-
forzado en ostentar una originalidad llamativa. Ha realizado Altamira una obra fecunda que esa,
y ella consiste en probar que lo esencial en tales tareas es encaminar al elemento estudioso hacia
un ideal superior de vida, sin el cual la existencia es vana y triste. Le debemos por esto nuestra
gratitud ya que desde antes suscitaba nuestra admiración.”244

En el Uruguay, al igual que en Argentina, también la prensa cerraba el balance


de la empresa ovetense congratulándose del rotundo éxito de Rafael Altamira en ambas
márgenes del Río de la Plata:
“Después de ver y oír al ilustre profesor en las conferencias que nos ha dado en la Universidad y
en el Ateneo, todos, sin excepción, están contestes en declarar que el señor Rafael Altamira ha
triunfado en buena ley; que la realidad no ha desmerecido el concepto que sobre su personalidad
nos habíamos formado; que su propaganda es justa, es noble, es útil, es buena, que su misión es

242
IESJJA/LA, s.c., Recortes de prensa, “Intercambio de profesores”, en: La Argentina, Buenos Aires, 4-
X-1909.
243
“Actualidad. Confraternidad intelectual hispano-americana”, en: La Prensa, Buenos Aires, 30-IX-
1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
244
“Notas y comentarios. Rafael Altamira”, en: Nosotros, Buenos Aires, octubre 1909 (IESJJA/LA, s.c.,
Recorte de prensa).

74
de las más grandes y educadoras que en estos tiempos se han intentado. Un sentimiento de viva
admiración, al que va unido otro de honda simpatía, se levanta hacia el sabio profesor. Su pala-
bra oída con respeto primero y luego con entusiasmo, ha penetrado muy hondo en nuestro mun-
do intelectual. Sus ideas, sus nobles y hermosas ideas, que tan grande éxito han alcanzado en la
ibérica península, germinan ya aquí, y muy pronto, tal vez, darán sus más preciados frutos. La
distancia que nos separaba de España, más grande moral que geográficamente, ha sido suprimi-
da. Una comunidad de ideales estrecha a los hombres de allá con los de aquí y el intercambio in-
telectual subseguirá brevemente a este esfuerzo del noble profesor. Todo, pues, evidencia que su
estadía entre nosotros será fructuosa y que no tendrá el efímero significado de una simple visita
de cortesía. De desear es que así sea.” 245

Como podemos apreciar, la evaluación positiva de la labor americanista, la clara


percepción de su éxito y la consciencia acerca de los rasgos excepcionales de este fe-
nómeno, iban acompañadas de una ponderación personal de Altamira, en cuya persona-
lidad, cualificaciones y habilidades, muchos creyeron hallar la explicación final del
triunfo de la misión ovetense en el Río de la Plata.
Las virtudes personales de Altamira y la frondosidad de su currículum académi-
co fueron los factores explicativos más inmediatos y visibles de los que muchos testigos
—y en especial la prensa— echaron mano, reproduciendo el clima de culto a la persona-
lidad que se había instalado alrededor del viajero.
La humildad, la falta de ambiciones materiales y el perfil académico de Altamira
lo habrían elevado, así, por encima de otros conferencistas que se allegaron al Cono Sur
con propósitos nada altruistas, jerarquizando su personalidad y aquilatando su mensaje:
“Y ha sido por esa noble actitud, que desde el primer momento acumuló tanta simpatía en su fa-
vor, que ahora costará muy poco a los iniciadores de la magnífica idea de llevar a cabo su propó-
sito [...] Altamira ha hecho mucho con sus enseñanzas; pero no tanto como con su actitud serena
en medio del desequilibrio de todos cuantos le habían precedido en el camino de Europa a Amé-
rica, en el desborde de ambiciones que mal se disfrazaban bajo la capa del arte o de la ciencia.
Altamira, ¿por qué no decirlo?, ha sido el único que ha venido con un propósito claramente de-
terminado, con un propósito de bondad y de cultura. No ha descubierto los cafetales uruguayos
como el señor France, ni ha pretendido resolver los más graves problemas de la vida argentina
como el compañero Ferri. Limitado a su radio propio, que no es pequeño, ha leccionado sin ma-
yores ambiciones, como pudiera hacerlo desde su cátedra de Oviedo, con la única recompensa
del deber cumplido y la satisfacción de contribuir a la libertad moral de estos pueblos en el espí-
ritu de sus generaciones nuevas.” 246

Estos rasgos favorables de la personalidad de Altamira no pasaron desapercibi-


dos para los diplomáticos españoles, que también registraron las diferencias entre esta
empresa intelectual y las que protagonizaron Enrico Ferri247, Anatole France248 o el
mismo Vicente Blasco Ibáñez249.

245
“El profesor Altamira”, en: El Diario Español (?), Montevideo, 12-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte
de prensa).
246
“Crónica. La casa del maestro”, en: El Diario Español, Montevideo, 21-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c.,
Recorte de prensa).
247
Enrico Ferri (1856-1929) fue un notable penalista y criminólogo positivista italiano, diputado del
Partido Socialista. Durante su viaje a la Argentina, Enrico Ferri pronunció varias conferencias y entabló el
26-VII-1908 una interesante polémica en el teatro Victoria con el fundador del Partido Socialista argenti-
no Juan B. Justo. Ferri sostenía que el socialismo —en tanto partido obrero— no podía desarrollarse
realmente en un país que no estuviera fuertemente industrializado, por lo que era mejor pensar en organi-
zar un partido radical para disputar el espacio de la Unión Cívica Radical (UCR), un partido tradicional
que no hacía honor a su nombre, debiendo ser designado, más bien, como "partito della Luna". Justo

75
Cuando el viaje aún se encontraba en sus primeras etapas, el embajador español
en Uruguay envió un reporte al Ministerio de Relaciones Exteriores español en el que se
daban elementos para comprender lo que el diplomático resaltaba sin dudar, como un
hecho auspicioso para los intereses españoles y para la evolución positiva de las rela-
ciones con Latinoamérica:
“Conocidas de V. E. las corrientes de aproximación intelectual iniciadas en los últimos años, y
favorecidas por los poderosos medios con que cuentan las instituciones libres de Buenos Aires,
que facilitan la venida a estas tierras de los representantes más eminentes del pensamiento y de la
literatura moderna en Europa, no considero necesario insistir sobre la importancia que tales via-
jes por las ideas que siembran y los vínculos que establecen, representan para la historia de la
cultura y de la unión de ambos continentes. Tan solo me permitiré hacer resaltar la evolución que
este año se ha iniciado felizmente en tal intercambio, merced a las circunstancias que han seña-
lado la venida del Señor Altamira, y del alto espíritu de seriedad y altruismo que vienen caracte-
rizando su misión, desempeñada hasta ahora con tal acierto y prudencia, que, aunque despojada
de toda representación oficial, ha conseguido conquistar las consideraciones que de ordinario no
se conceden sino a las personas investidas de aquel carácter. Ingenios tan convenientes como
Anatole France y Don Vicente Blasco Ibáñez, venidos al mismo tiempo que el Señor Altamira y
rodeados por el prestigio de un talento y de una réclame, sabiamente organizada y llevada a un
punto que en nuestro país se desconoce, puede decirse que han experimentado un semi fracaso
personal en las conferencias pronunciadas ante públicos numerosísimos en los principales tea-
tros de Buenos Aires. Y este semi fracaso que en ninguna manera puede atribuirse a las faculta-
des personales de los citados autores, depende principalmente de las condiciones en que se han
presentado y que, repetidas, harán siempre inútiles las predicaciones y las iniciativas, quedando
reducidas unas y otras a torneos del ingenio en que, el público, que ha pagado el precio de su en-
trada va a juzgar, más el virtuosismo de los oradores y a compararles entres sí, como se compa-
ran los artistas de ópera, que a fijarse en lo que dicen o a sacar algún fruto de lo que exponen. El
mismo abigarramiento del público, llevado de su deseo de distanciarse un rato y en ningún modo
de aprender nada; el reducido escenario en que pueden desenvolverse tan peregrinos ingenios,
limitados a exponer ideas generales y a emplear términos fácilmente comprensibles; y por últi-
mo, la circunstancia de no ser gratuitas sus enseñanzas o ilustraciones, sino cotizadas a altos pre-

contestó a Ferri aportando ejemplos de países que sin poseer grandes industrias tenían importantes parti-
dos laboristas y socialistas, como Australia y Nueva Zelanda por la escasez relativa de mano de obra —
situación idéntica a la de Argentina— y que, en definitiva, lo que contaba era que en el Río de la Plata
podía apreciarse una implantación firme de relaciones de producción capitalistas. Este debate puede se-
guirse a través de los siguientes textos: Enrico FERRI, “El Partido Socialista Argentino”, en: Revista So-
cialista Internacional, vol. I, p. 21-27, diciembre de 1908; Juan B. JUSTO, “El Profesor Ferri y el Partido
Socialista Argentino”, en: Revista Socialista Internacional, vol. I., p. 28-37, diciembre de 1908. Estos
textos fueron recogidos posteriormente en: Juan B. JUSTO, El partido Socialista en la República Argenti-
na, Buenos Aires, 1909 (con una 2ª edición en 1915) y Id., El Socialismo y Realización del Socialismo,
Buenos Aires, 1947. Al tiempo de producido el debate se publicó: Ernesto QUESADA, El sociólogo Enrico
Ferri y sus conferencias argentinas, Buenos Aires, 1908.
248
El novelista, dramaturgo y ensayista francés Jacques Anatole Thibault (1844-1924), más conocido por
su pseudónimo, Anatole France, fue uno de los grandes literatos naturalistas de su tiempo. Fue nombrado
miembro de la Academia Francesa en 1896 y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1921. France fue
uno de los intelectuales que se alinearon tras la causa de Alfred Dreyfus, tema que haría propio en su serie
novelística Historia contemporánea. El pensamiento de France evolucionó hacia el tratamiento de temáti-
cas relacionadas con la “cuestión social” desde una clara opción por las causas populares y humanitarias,
la defensa de los derechos civiles, de la educación popular y de los derechos de los trabajadores.
249
El periodista, literato naturalista y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) se destacó
en su tierra como virulento publicista republicano contrario a la guerra cubana. Luego de una estancia en
la cárcel por cargos de agitación pública fue elegido diputado por su ciudad, manteniendo su escaño du-
rante seis legislaturas sucesivas. En 1909 abandonó la política y viajó a Argentina para pronunciar confe-
rencias sobre el arte y la literatura españoles y emprendió dos empresas de colonización “utópicas” en Río
Negro y otra en Corrientes en 1913, que fracasaron dejándolo en la ruina. De vuelta a Europa se instaló en
París, desde donde desplegó una campaña aliadófila, regresó a España pero con la dictadura de Primo de
Rivera se exilió definitivamente en Francia, donde se sostuvo como escritor y publicista.

76
cios, que les son después echados en cara a cada paso y que merman su prestigio, autorizando a
cada espectador a convertirse en crítico despreciativo y descontento, son otros tantos elementos
de descrédito para los intelectuales que vienen a América contratados por un empresario y suje-
tos a las especiales cláusulas de todo compromiso teatral. En semejantes condiciones podrá un
pensador eminente o un príncipe de la ciencia obtener provechosos resultados pecuniarios, por el
momento; pero correrá mucho riesgo de enajenarse a la larga las simpatías del público que le
admiraba de lejos; y lo que desde luego, puedo afirmar a V.E. es que jamás conseguirá resultado
alguno útil para los ideales políticos ni sociales que hoy preocupan las conciencias de la mayoría
de los sabios.” 250

Estas sanas prevenciones del encargado de negocios español no eran alarmistas


sino que se hacía eco de ciertas opiniones que tanto en Argentina como en Uruguay,
ensombrecieron la consideración pública de otros conferenciantes extranjeros. Si en el
capítulo uruguayo del periplo se desató una pequeña polémica entre las asociaciones
estudiantiles y los periódicos vinculados a las colectividades española e italiana por la
evaluación de la labor de Ferri y Altamira, en Argentina también se expresaron voces
críticas hacia la intervención de estos visitadores.
Yahía Cohen, en las columnas del periódico La Argentina, criticaba —sin men-
cionar a Altamira— el alejamiento de estos conferencistas de cualquier tema propia-
mente argentino o que redundara en el interés propiamente nacional:
“Todos los conferenciantes europeos que han hollado el suelo argentino han disertado sobre te-
mas exclusivamente extranjeros. El argumento de sus conferencias —exceptuando una de M.
France sobre la República Argentina— ha versado sobre ideas literarias extrañas al interés vital
del país. M. France, en un estilo completamente condensado, nervioso, todo de matices, estudió a
Rebelais; Ferri, con su verbo fácil, familiar, desenvolvió unos cuantos temas sociales; después
Blasco Ibáñez, con su elocuencia potente, vigorosa, indiscutible, de alto vuelo, pronunció algu-
nas conferencias sobre diferentes temas, muchos de ellos eran conocidos no solamente por la in-
telectualidad argentina, sino también por la masa culta del país, en general. El deber de exponer
aquellos tópicos ante una reunión pública incumbía a los catedráticos de aquí; ellos, encargados
de ilustrar al pueblo y de convidar a la sociedad selecta a tomar afición a temas de orden general
e interesantes...; en este sentido se ahorraría la tarea de los extraños, y las conferencias también
no resultarían caras. La Argentina de lo que hubiera necesitado sería de conferenciantes especia-
les, de conferenciantes que la impusieran del concepto que se tiene en el exterior de la cultura del
país, que le hablaran del modo del cual se aprecia a esta República en el extranjero, de la manera
de la cual se juzga su desarrollo literario, del sentimiento que se abriga respecto a su porvenir en
el campo de los adelantos científicos. Precisaría de escritores que no solamente viniesen a cantar
ante un auditorio numeroso un himno al engrandecimiento económico, al deslumbre de sus fuer-
zas materiales en el campo de la agricultura y ganadería, sino que también necesitaría de escrito-
res que viniesen a hacer palpitar la cuerda de los habitantes de este nuevo mundo respecto a sus
prohombres ya muertos, a sus celebridades ya extintas, a todos sus bienhechores ya desapareci-

250
AMAE, Correspondencia Uruguay 1901-1909 Legajo H – 1796, Despacho Nº 124, “Política”, del
Ministro Plenipotenciario de S.M. en Uruguay dirigido al Excmo. Señor Ministro de Estado —7 pp. ma-
nuscritas + carátula y anexo de recortes periodísticos, con membrete de la Legación de España en Monte-
video y con firma autógrafa de Germán M. de Ory,— Montevideo, 7-X-1909. Sin embargo, pese a lo que
consigna Ory, existieron negociaciones entre miembros de la colonia española en Uruguay y la UNR y el
Ministerio de Instrucción Pública para obtener un pago equivalente al que obtuviera Anatole France. En
una breve epístola, Alonso Criado comunica a Altamira que por disposición de Pablo De María, la Uni-
versidad de la República se hacía cargo de su viaje y estadía en Uruguay. Para Alonso Criado, esto no era
suficiente, por lo que solicitó el pago de las conferencias tal como había ocurrido con el intelectual fran-
cés, al que se le había pagado 2.000 pesos por una charla que nadie entendió por no pronunciarse en cas-
tellano. Sin embargo, este intermediario consideraba difícil obtener este aporte ya que según le confesaba
a Altamira “desgraciadamente el actual Ministro de Instrucción Pública Dr. Giribaldi nos es hostil”
(IESJJA/LA, s.c., Carta original manuscrita de Matías Alonso Criado a Rafael Altamira, Montevideo, 28-
IX-1909).

77
dos [...] Hay tantos asuntos de trascendencia que pueden entusiasmar al público, electrizar su cu-
riosidad tan aguda, promover en él el placer de alto vuelo; hay tantos asuntos que podrían satis-
facer las aspiraciones de este pueblo, tan celoso de oír hablar de su país...” 251

Más allá de la justicia o razonabilidad de requerimientos como este, era evidente


que flotaba en determinados ambientes cierta desconfianza hacia quienes desembarca-
ban en el Plata para dar unas cuantas conferencias, embolsar cuanto dinero fuera posible
y tomar para sí el rol de profetas o ángeles tutelares del progreso argentino. No en vano
observadores lúcidos de su tiempo como el embajador Germán M. de Ory elogiaron las
actitudes de Altamira y recomendaron que éste fuera el modelo a seguir en el futuro por
otros intelectuales españoles:
“Contrastando con las anteriores personas y con el aparato de su preparado triunfo; huyendo en
lo posible de toda clase de manifestaciones y agasajos demasiado exagerados para ser verdade-
ros; circunscrito a su papel de enviado de una Universidad española a las Universidades argenti-
nas y uruguayas; dominando el objeto de su misión y dirigiéndose exclusivamente al público
destinado a escuchar sus enseñanzas; apartado en absoluto de toda tendencia política que pudiera
empañar el puro idealismo de su embajada intelectual y renunciando por último, a toda proposi-
ción inspirada en el deseo de lucro, la persona de don Rafael Altamira y su conducta en el des-
empeño de su cometido, ha constituido el triunfo más verdadero, menos discutido y más ejem-
plar de cuantas excursiones científicas y literarias se celebraron hasta ahora. El elogio unánime
del público argentino, las muestras de admiración del profesorado y de los estudiantes, las extra-
ordinarias y honoríficas recompensas que las Universidades de La Plata y de Buenos Aires le
acaban de discernir, son otros tantos títulos para celebrar la venida del Señor Altamira y alabar la
discreta elección de la Universidad de Oviedo. Planteada de tal modo, y en tal terreno, la in-
fluencia expansiva de la intelectualidad española en el pensamiento y la cultura americana, pue-
den llegar con el tiempo a constituir una realidad dichosa, ofreciendo ancho campo para toda cla-
se de iniciativas.” 252

La contribución diplomática de la misión de Altamira al mejoramiento de las re-


laciones hispano-americanas no pasó desapercibida para ninguna de las legaciones es-
pañolas en Hispanoamérica. Un claro ejemplo de ello lo ofrece la representación penin-
sular en México, presidida por el embajador Cólogan, quien no se cansó de elogiar el
proceder del viajero en sus informes al Ministerio de Asuntos Exteriores253 y ponderar el
justo rol que le cabía en el éxito de este tipo de empresa:
“La sinceridad que siempre pongo en mis informaciones, me induce... a recordar que en la co-
municación al Sr. Altamira... se declara el Ministro de Instrucción Pública dispuesto al intercam-
bio intelectual siempre que se cuente con la cooperación de educadores tan eminentes como él, y
no es de suponer nos haga la advertencia sin intención. Concepto algo semejante, aunque en otra

251
Yahía COHEN, “El criterio de los conferenciantes europeos”, en: La Argentina, Buenos Aires, 13-IX-
1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).
252
AMAE, Correspondencia Uruguay 1901-1909 Legajo H – 1796, Despacho Nº 124, “Política”, del
Ministro Plenipotenciario de S.M. en Uruguay dirigido al Excmo. Señor Ministro de Estado —7 pp. ma-
nuscritas + carátula y anexo de recortes periodísticos, con membrete de la Legación de España en Monte-
video y con firma autógrafa de Germán M. de Ory,— Montevideo, 7-X-1909.
253
“Dirijo al Sr. Ministro de Estado este telegrama: Ruego V.E. comunique a Oviedo eminentísimo Al-
tamira salió Yucatán Habana. Éxito misión insuperable. Prominentes numerosos españoles presenciamos
conmovidos despedida grandiosa por intelectualidad mexicana profesorado predominando estudiantes
aclamándolo entusiastas...” (Telegrama del embajador Cólogan al Ministro de Estado, reproducido en:
AMAE, Política México 1905-1912, Legajo H–2557, Despacho Nº 8 del Ministro Plenipotenciario de
S.M. la al Excmo. Señor Ministro de Estado. La Misión en México del Sr. Altamira catedrático de la
Universidad de Oviedo —con membrete de la Legación de España en México y firma autógrafa del em-
bajador Cólogan, 5 pp.+ 2 carátulas + recortes de prensa—, México, 12-II-1910).

78
forma, he oído a compatriotas nuestros, tan sesudos siempre y libres de prejuicios en estas mate-
rias, por lo mismo que, alejados sistemáticamente aquí de nuestras luchas pasionales, sólo quie-
ren guiarse por el sentimiento patrio y la propia experiencia, pues creen sería contraproducente y
temen que, imaginándose aptos para cosechar lauros al igual del Sr. Altamira, quieran acudir
imitadores, supongo más bien sueltos, sin condiciones para la obra apostólica, y si fácil les será
no concederles el menor apoyo, no prescinden por eso del daño que causarían a estos ideales y
fecundas corrientes de aproximación.” 254

Cólogan creía imprescindible no errar en la elección de las personalidades en-


cargadas de portar el mensaje hispanista en tanto creía en las posibilidades objetivas de
que este fructificara. Teniendo en cuenta que el terreno donde este mensaje se ponía a
prueba era el mismo que otrora había sido parte del imperio español, cualquier propues-
ta de acercamiento seria tendría sus dificultades, pero en compensación contaría tam-
bién con un background cultural favorable y también con la inexistencia de alternativas
consistentes en el indigenismo. De allí que, en definitiva, fuera la suma de las condicio-
nes estructurales y coyunturales, institucionales y personales, las que podrían explicar
cabalmente un triunfo como el de Altamira:
“...aun cuando indudablemente han ido y continuarán desvaneciéndose disentimientos o resque-
mores tradicionales, estos pueblos guardan y guardarán siempre una gran susceptibilidad respec-
to a nosotros; pero también pienso que cuando el mérito sólido y verdadero de un español, o éxi-
to de España, se ofrece a ellos espontáneo, fraternal, desinteresado e ingenuo, despierta lozano el
sentimiento de raza, ya que el amor a lo indígena no ha de ocultarles que no están en ello la civi-
lización y promesas del porvenir, propendiendo entonces hacia nosotros, no por altruismos na-
cionales en que no creo, sino porque en su afinidad y convivencia con una España culta vigori-
zada, presentirían el fortalecimiento de su propio ser y patria. Así me explico los entusiasmos
que he presenciado, yo que en esto me he precavido siempre contra ilusiones, y los Vivas a Es-
paña provocados por un Altamira, notables ya en las efusiones del banquete en el Casino Espa-
ñol, pero más sonoros, y también de más precio por no mediar tributo o sugestión de cortesía, en
la Estación del ferrocarril durante casi media hora de larga despedida.” 255

Aceptando que las virtudes individuales, sociales y profesionales de Altamira


tuvieron una incidencia muy considerable en el éxito de su misión, no podría pensarse
que un análisis sensato de la situación debiera limitarse a recopilar y recitar todas esas
prendas de su personalidad. Pese a que no fue la mesura o la perspicacia las característi-
cas que brillaron en los analistas contemporáneos, algunas voces de la opinión pública
buscaron trascender el límite estricto de la alabanza imprecisa y grandilocuente para
precisar los aspectos en que esas mentadas virtudes se hicieron particularmente recono-
cibles.
En las columnas “argentinas” de El Diario Español de Montevideo, comentando
la iniciativa del alumnado porteño y platense de obsequiar a Altamira con una casa en
Oviedo —de la que más adelante hablaremos—, se señalaba que esta actitud represen-
taba una buena ocasión para reflexionar acerca de qué era aquello que movía a los estu-
diantes a tan inusual homenaje, cuando por entonces predominaba entre ellos la más
supina indiferencia respecto de los docentes.

254
Ibidem.
255
Ibídem.

79
La respuesta que el editorial proponía era que la mayoría de los maestros habían
ido perdiendo su condición de tales; convirtiéndose su otrora sacerdocio, en un simple
oficio. El triunfo de Altamira y este gesto de reconocimiento público que lo testimonia-
ba debían entenderse como algo más que una pura manifestación de afecto, para ser
considerados como una demanda implícita de cambios en la esfera educativa y en la
ética profesional y en la moral de los pedagogos e intelectuales. De esta forma, estaría-
mos ante un claro síntoma de que la clase estudiantil demandaba cambios urgentes y
profundos en los métodos y estilos de enseñanza.
Así, las virtudes pedagógicas de Altamira, unidas a sus condiciones éticas y mo-
rales, serían las que permitirían explicar lo medular de su éxito, a la vez que inmejora-
bles excusas para reflexionar acerca de las necesidades educacionales argentinas y uru-
guayas:
“Por esto, al ver la iniciativa de la clase estudiantil, he tenido el pensamiento de que en ese obse-
quio proyectado, bien puede haber algo más que la simple demostración de afecto hacia el hom-
bre. Puede haber también la comprensión de que es necesario un acto de esa naturaleza, contras-
tando con la indiferencia que merecen los más de los profesores, para probar que así deben ser
los maestros de los días presentes en que la enseñanza de la generaciones nuevas debe ser algo
más que la monótona repetición de viejas ideas. De ahí el entusiasmo a favor de Altamira, pre-
mio justísimo a la actitud asumida desde el primer momento cuando rechazó las conferencias
con que se le brindaba un teatro de esta capital, diciendo que el escenario quedaba para otros,
pues él, como catedrático, no podía ni debía de salir, naturalmente, del radio de acción a que la
propia dignidad del cargo que desempeñaba le sometía. La casa con que pretenden obsequiar los
estudiantes universitarios de Buenos Aires y de La Plata, tendrá todo el carácter de un hondo
símbolo, demostrando que la verdad de la enseñanza solo puede ser efectiva en un hombre como
él, que ha hecho todo cuanto estaba a su alcance para dignificar la libertad de cátedra, elevándola
en el concepto público, evitando que pudiera caer en el terreno de las combatividades fáciles, allí
donde cualquiera puede zaherir y atacar, sin más trabajo que el de recoger tristes ejemplos de la
vida diaria, inconscientemente prodigados. [...] La casa que el afecto de los estudiantes argenti-
nos levante en la ciudad de Oviedo, será una demostración elocuente de que los grandes entu-
siasmos que en otros tiempos despertaban los maestros de generaciones, también hoy pueden
existir: en manos de los maestros está el probarlo. Porque, en verdad, ya estamos hartos de doc-
trinadores que como aquel capitán Araña famoso, quieren embarcar a los demás en las ideas que
por su parte no son capaces de profesar. Faltan hombres dignos de practicar lo que dicen, que no
sean egoístas cuando predican el desinterés, que no sean aristócratas cuando proclaman la igual-
dad, que no sean, en fin, todo lo contrario de lo que aparece en sus obras. Para que las enseñan-
zas sean eficaces, es indispensable que el maestro sea hombre, y que el hombre no desmienta al
maestro.”256

La relevancia de la misión de Altamira era juzgada en relación no sólo a sus lo-


gros sino a sus propósitos y a la probabilidad de su continuidad. De allí que fuera eva-
luada positivamente como un primer paso generoso de acercamiento de España hacia
América que vendría a descubrirnos un ignorado mundo de ciencia, intelectualidad y
valores que hasta entonces, por desidia peninsular y por desinterés hispanoamericano,
nunca había sido visible:
“Hemos vivido mucho tiempo alejados los unos de los otros, sin tratarnos, sin conocernos. En es-
tos países de América, esencialmente cosmopolita, conocemos más cosas de Alemania, Francia e
Italia, que las de España. Increíble parecería que esto dado la diversidad de lenguaje con los
primeros países nombrados y los vínculos de sangre que nos ligan a los hijos del último si no se

256
“Crónica. La casa del maestro”, en: El Diario Español, Montevideo, 21-IX-1909 (IESJJA/LA, s.c.,
Recorte de prensa).

80
considerara que los mismos españoles son los que tienen la culpa de no hacer conocer sus hom-
bres de positiva valía. Y, sin embargo, hay en España hombres de ciencia y hombres de letras,
que pueden figurar al lado de las eminencias más celebradas en otras naciones de Europa. Hay
un interesantísimo resurgimiento intelectual que desconocemos casi por completo. Acaso a la
propia desidia de la madre patria, haya que agregar otra razón para el desconocimiento que te-
nemos de sus grandes hombres: la vecindad de Francia. Pero lo real y positivo es que nosotros, o
la mayoría de nosotros, ignoramos a España. Tiempo era, pues, que nos pusiéramos en contacto:
que valoráramos nuestras fuerzas; que nos estimásemos en lo que positivamente valemos; que
uniéramos al fin nuestros esfuerzos para lograr el más soberbio triunfo de la intelectualidad lati-
na. El primer paso se ha dado ya. Es de creer que no será el último y que el gran pensamiento
acariciado y defendido por nuestro ilustre huésped encuentre hondísima repercusión en los pue-
blos nuevos de América. Entre tanto, enviamos nuestro saludo al sabio profesor que hoy nos deja
y a la ilustre Universidad que representa.” 257

Esta idea de que el viaje americanista venía a llenar un vacío, a rectificar un des-
encuentro inadmisible e ilógico, con ser extendida y razonable no venía a dar cuenta de
las causas de aquellos alejamientos o de estas reconciliaciones, sino que se limitaba a
exponer y celebrar la felicidad de un postergado reencuentro espiritual o intelectual, per
se entendido como deseable para ambas partes:
“A España y la Argentina les faltaba este contacto espiritual, patrióticamente determinado por la
acción del profesor Altamira. Acaso podría decirse que era lo único de que carecían para enten-
derse mejor, desde que por naturaleza, por organización y por tendencias se encuentran y con-
funden siempre en la región de los grandes afectos. Son dos países inclinados el uno hacia el
otro, a los cuales cualquier circunstancia los unifica en el terreno de la solidaridad de los senti-
mientos generosos. Por estas razones y porque siempre se ve llegar con explicable regocijo a es-
tas playas a los estudiosos del mundo, la noticia del arribo del profesor Altamira al país produjo
una singular sensación de agrado. Se pensó, sin duda, en que los elevados exponentes de la inte-
lectualidad española, mirados desde aquí con gran simpatía, robustecerían más aún los vínculos
de unión entre ambos países, poniéndolos en contacto por la vía de la inteligencia. Y así ha suce-
dido. Por el camino abierto por el profesor Altamira, quien nos promete recorrerlo de nuevo en
un futuro cercano, vendrán otras eminencias españolas e irán muchos maestros argentinos y se-
guramente muchos estudiantes universitarios de uno y otro país.” 258

El presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos de la ciudad de


Córdoba presentó una de las interpretaciones más descarnadamente españolistas del
éxito de Altamira de las que ningún diplomático u otro dirigente comunitario se atrevie-
ra a expresar. El argumento del señor Martínez era que la apoteosis de Altamira, en lo
que ella tenía de sorprendente afloramiento de hispanismo, venía a demostrar que el
propio éxito de la Argentina como sociedad independiente y los propios rasgos de su
idiosincrasia, era herencia directa de su origen español, pese a que se quisiera negarlo:
“Si el pueblo argentino en su representación social y científica os ha recibido con manifestacio-
nes de tanta congratulación como las que os fueron expresadas en Buenos Aires y otros pueblos,
concurriendo a escuchar vuestras ilustres conferencias desde el presidente de la nación, hasta
los... de la honrada masa obrera, no ha sido solamente por aplaudiros y tributaros el legítimo y
debido homenaje de consideración y respeto a vuestra persona, sino también para demostrar al
propio tiempo, su cariño sincero y leal a España, de la que ha recibido, conjuntamente en el gé-
nesis de su origen, el germen de sus virtudes, de sus heroísmos y de su grandeza. Y ese pueblo
que os ha impresionado tan favorablemente, cuando habéis contemplado por primera vez en su

257
“El profesor Altamira”, en: El Diario Español (?), Montevideo, 12-X-1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte
de prensa).
258
“Actualidad. Confraternidad intelectual hispano-americana”, en: La Prensa, Buenos Aires, 30-IX-
1909 (IESJJA/LA, s.c., Recorte de prensa).

81
progreso material sorprendente y con su elevada cultura, es el que en todo el territorio de la Re-
pública está difundido y entrelazado con los vínculos de sangre que forman la extensa familia
hispano-argentina, o con los vínculos de la confraternidad, que desde la época de la conquista y
después de la independencia y para siempre, ha de mantener unidos, como en un solo corazón,
los corazones de los argentinos y los españoles. Esta es, señor, la razón del entusiasmo delirante
con que unos y otros proclaman vuestro nombre como heraldo de las glorias españolas, glorias
que pertenecen por herencia a los descendientes de nuestra raza, que tuvieron la dicha de nacer
bajo la luz esplendorosa del sol de mayo, así como las glorias que alumbró este sol, que fueron
las de la libertad política de un continente, pertenecen por afinidad consanguínea a los que
hemos nacido en el hermoso suelo que fue... de epopeyas gigantescas como las de Sagunto y de
Numancia.” 259

Si Altamira, como individuo excepcional era acreedor de un reconocimiento me-


recido por su sabiduría y su elocuencia, lo que verdaderamente enaltecía su misión y
aseguraba su fecundidad de cara al futuro, era su énfasis en la rehabilitación histórica de
España, su tradición y su cultura, en un medio que era demográficamente una extensión
del peninsular:
“La misión que os condujo a las playas de la nación más pródiga y generosa de América, es do-
blemente útil y simpática, por cuanto a la par que defendéis a nuestra patria de las insidias y pre-
juicios malevolentes, con que la ignorancia o mala fé de los hispanófobos pretende definirla y
exteriorizáis con altísimo relieve todas sus virtudes en orden a su ilustración, a su cultura y a su
ciencia... Os presentáis entre nosotros como paladín de la oratoria cuya riqueza de erudición y
brillantez de estilo, derriba los sofismas que se oponen a la razón y a la verdad histórica de la
causa que defendéis. La fuerza de vuestra argumentación es tan poderosa, que la diatriba y el
embuste usados por nuestros injustos enemigos se esfuma del plano de su propia inconsistencia,
dejando al descubierto sus menguados propósitos. Y así como Cervantes con Shakespeare encar-
naron en si la transformación de la literatura en el período del renaciomiento, encauzando la na-
turaleza moral de los hombres hacia los más elevados ideales, vos, moderno atleta del pensa-
miento y de la ciencia contemporánea, parece como que os propusiérais encauzar en vuestras
ideas la imposición de un tributo universal de justiciero reconocimiento a la grandeza de España.
Esta comparación que pudiera tildarse de entusiasta, he debido hacerla para expresar toda la in-
timidad del bien que para vuestra patria emana de vuestra inclinación presente. Seguid en la em-
presa. Propicio es el campo elegido para la cátedra de vuestras doctrinas y enseñanzas. Muchos
pueblos de América y especialmente el pueblo argentino son en proporción considerable una ex-
tensión de la población de España, como lo comprueban los apellidos que dan abolengo ilustre a
sus principales familias, y si la difusión de tan elevadas ideas es una prestigiosa virtud vuestra, la
aceptación indiscutida de las mismas y su propagación y defensa por parte de los intelectuales
argentinos, es otra virtud que corrobora la noble hidalguía de los preclaros descendientes del ín-
clito San Martín.” 260

Si las explicaciones y evaluaciones de la prensa y los diplomáticos españoles


discurrieron, en líneas generales, por las sendas más seguras de la explicación ad homi-
nem y de la evocación ideológica de la hermandad natural —por mucho tiempo extra-
viada y ahora en vías de recuperación— del mundo cultural hispano-americano; la elite
intelectual rioplatense, salvo algunas excepciones, tampoco iría mucho más allá de estas
explicaciones inmediatas.

259
IESJJA/LA, s.c., Banquete de la Colonia española en Córdoba. Discurso del Sr. Martínez —6 pp.
originales, manuscritas— Córdoba, 20-X-1909, pp. 2-5.
260
IESJJA/LA, s.c., Banquete de la Colonia española en Córdoba. Discurso del Sr. Martínez —6 pp.
originales, manuscritas— Córdoba, 20-X-1909, pp. 5-6.

82
El profesor Enrique Rivarola en un homenaje público dedicado a Altamira plan-
teó de un modo un tanto pintoresco el interrogante para sugerir, a renglón seguido, una
respuesta un tanto prosaica:
“¿Por qué Altamira se ha encontrado tan bien entre nosotros? ¿Por qué nosotros nos hemos en-
contrado tan bien con él? Las leyes de la herencia se cumplen también cuando se refieren al ca-
rácter intelectual y moral de las razas y a los caracteres individuales de los pueblos; y nosotros
participamos del modo de ser español, por el habla castellana, que ha sido durante cuatro siglos
el vehículo prodigioso del pensamiento y de la cultura española. Por esa comunidad de lenguaje,
podemos mirar como nuestro el cielo de las letras españolas, y contemplar del mismo punto de
vista, las más lejanas estrellas de aquel cielo, los primeros prosistas y los primeros poetas, y ad-
mirar la maravillosa constitución de los escritores del siglo XVI; y son nuestros Cervantes, y
Calderón, y Lope, y toda esa pléyade de intelectuales españoles del siglo XIX, desenvuelta en el
presente, tan numerosa, tan activa, como si la tierra se hubiese roto para dar paso a mil torrentes
de pensamiento y de belleza.” 261

El doctor Eufemio Uballes, rector de la UBA, presentó una interpretación más


interesante del problema en la que, si bien dignificaba la persona del viajero, lo hacía
por su excepcionalidad262, y explicaba el éxito de su discurso por la identidad sustancial
entre la exitosa experiencia liberal argentina y el experimento modernizador español —
enfatizando lo que uno tenía de realización y el otro de utopía—, del cual el ideario de
Altamira sería una expresión esclarecida:
“Os he oído decir que os ha sorprendido la corriente de cálida simpatía notada en todas las per-
sonas que habéis frecuentado aquí —y que no son pocas. Permitidme a la vez que os diga que
vos nos habéis sorprendido, a todos los que mirábamos con pesar (y creíamos que era un hecho
irremediable, impuesto por el ambiente histórico y el medio natural) ese exceso de tradicionalis-
mo que ha entorpecido a España en el camino de su evolución intelectual hacia el progreso, im-
poniéndole un sello de originalidad inconfundible en el concierto de la civilización occidental;
nos habéis causado sorpresa, digo, porque habéis demostrado con el ejemplo, que ese lastre his-
tórico no es un óbice para que penetren, germinen y fructifiquen en España las amplias ideas li-
berales que son título de honor para la humanidad contemporánea, sin que se pierdan ni debiliten
las bellas particularidades de la raza: el infinito idealismo y la facundia ardorosa.” 263

La interpretación de Uballes, sin ser hispanófoba, se alineaba con la tradición


europeísta más que con el españolismo discursivo del que hicieron gala casi todos los
oradores que encumbraron al catedrático ovetense. De allí que, aún en su crítica del ma-
terialismo como consecuencia no deseada del progreso material Uballes no dejara de
recordar a Altamira que su prédica humanista se proyectaba en Buenos Aires, “ciudad

261
Enrique RIVAROLA, Discurso, en: Actos Universitarios, Archivos de Pedagogía y ciencias afines, La
Plata UNLP, noviembre de 1909, pp. 255-257, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...,
Op.cit., pp. 207-208.
262
“Venís en representación de un grupo de hombres enrolados con desinterés en una cruzada civilizado-
ra en una parte circunscripta de España, y sois, en realidad un ejemplo característico —más allá de la
forzosa diferenciación regional— del moderno espíritu universitario en España y hasta diría, si no temiese
ofender vuestra acrisolada modestia, del moderno espíritu europeo, a través de una mentalidad genuina-
mente castiza.” (Eufemio UBALLES, Discurso pronunciado en el banquete celebrado en lo de Blas Mango,
en: Archivos de Pedagogía y ciencias afines, La Plata UNLP, noviembre de 1909, pp. 257-259, también
reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., p. 212).
263
Ibíd., p. 212.

83
millonaria, trepidante de actividad económica y de inexhaustos deseos de goces mate-
riales”264.
Esta satisfacción por la evolución argentina se contradecía con el escepticismo
con que Joaquín V. González veía este proceso, en especial, por la pobreza de los frutos
intelectuales y culturales y el escaso aporte que las naciones americanas —incluida Ar-
gentina— podían hacer a la humanidad, pese a su espectacular prosperidad:
“...cada una de las vastas regiones morales en que la civilización se difunde y elabora, ostenta al
fin sus propias flores de cultura, tras una lenta y a veces multisecular evolución; y a menos de
poder fijar sin solución de continuidad el pasado con el presente, las naciones nuevas de Améri-
ca, desprendidas por crisis violentas de sus viejos troncos ancestrales, no tienen el tiempo míni-
mo requerido para completar un ciclo de cultura homogénea y estable [...] nosotros, surgidos de
una cruenta revolución a la vida independiente, caídos en la anarquía fratricida y sangrienta, ge-
neradora de barbarie y regresiones, apenas podemos, a fuerza de sacrificios y agotamientos bos-
quejar un organismo constitucional, no hace aún medio siglo; ¿y habremos de pretender ser po-
seedores de una tradición científica e intelectual suficiente para formar espíritus superiores, de
último y afinado tipo, dignos de llamarse flores de cultura?” 265

Joaquín V. González fue quizás la única voz que, con una lucidez encomiable,
logró entrever el marco en el que debía ser entendido el fenómeno “Altamira”, recono-
ciendo la influencia del contexto ideológico y pedagógico local:
“Muchos y valiosos factores han concurrido al éxito extraordinario de la misión de Altamira en
esta región de América, que seguirá, a buen seguro, sin mengua, en todo el continente. Además
de las cualidades intrínsecas del carácter, los medios de acción, las dotes persuasivas y la fuerza
intelectual acumulada por el hombre, debe tenerse en cuenta la situación de ánimo, el ambiente
moral, el estado de conciencia de toda América en este momento psicológico de su historia, para
oír, comprender y acatar toda palabra de paz, de amor, de solidaridad y de cultura que le llegue
de arriba o de lejos, como a precipitar una efusión contenida por reparos o reticencias, más infan-
tiles que reales, hijos más bien de una timidez mal velada de amor propio nacional, que de serias
razones de Estado.” 266

Como afirmaba González, si Altamira, “un apóstol impersonal de la ciencia y de


la historia común”, había logrado romper el hielo que enfriaba las relaciones entre Es-
paña y Argentina, ello se habría debido a la coyuntura que envolvía su visita:
“...decía que el maestro amigo había llegado hasta nosotros en hora propicia, y es necesario que
lo explique. Hace tiempo que la preocupación más viva de las clases superiores o pensantes, es
la mejor ordenación de los estudios de toda jerarquía, desde la Escuela primaria hasta la Univer-
sidad...”267

Esta preocupación tan extendida en la Argentina de principios del siglo XX, no


dio lugar a una solución práctica a pesar de que el diagnóstico común señalaba la nece-
sidad primordial de preparar científica y metodológicamente a profesores y maestros
para jerarquizar la educación pública.

264
Ibíd., p. 213.
265
Joaquín V. GONZÁLEZ, Discurso del Sr. Presidente de la UNLP en ocasión de la entrega del título de
Doctor honoris causa …, en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 130-131.
266
Joaquín V. González, Discurso pronunciado en la Demostración del Magisterio argentino (Buenos
Aires, 13-X- 1909), en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 187-188.
267
Ibíd., p. 188.

84
González reconocía que se habían hecho avances sustanciales en materia de polí-
tica pedagógica, en la expansión social de la enseñanza y en la modernización de las
instituciones universitarias268. Sin embargo, el mal profundo que podría lastrar este di-
namismo estaría en el agudo déficit que se verificaba en la calidad de los educadores.
En la mirada del presidente de la UNLP, las carencias evidentes en la formación profe-
sional del magisterio argentino contribuían a afianzar el carácter meramente “instructi-
vo” de la enseñanza, relegando el cumplimiento de su principal objetivo: la educación
del ciudadano.
“No puede haber en la República misión más alta y primordial que ésta; y propagarla en el mis-
mo grado en que antes se impulsaba la educación misma, es hacer obra de verdadero valor pa-
triótico y humano, porque si una buena enseñanza es base de toda buena democracia, ninguna
buena educación es posible con malos maestros, mal instruidos, y peor educados. Ellos no sólo
deben ser capaces de educar al hombre para la vida civilizada, sino de crear y modelar el tipo de
ciudadano y miembro de una república culta, honesta y laboriosa.”269

Como podemos ver, este patriotismo cobraba importancia en el pensamiento de


González, no sólo como una fuente de inspiración para los educadores argentinos, sino
como la médula de una doctrina pedagógica que intentaba ajustar el desarrollo del sis-
tema educativo al incontenible proceso de democratización de la sociedad política. Este
patriotismo democrático, aun cuando interesado en fortalecer la identidad nacional y
conformar un sólido cuerpo docente autóctono, no rechazaba la incorporación del aporte
extranjero, sino que, por el contrario, lo recomendaba enfáticamente como un recurso
imprescindible para combatir la inmadurez cultural americana:
“...la vocación patriótica por excelencia en nuestro país, como en los demás de su misma condi-
ción en América, deberá ser la de mejorar las condiciones en que la auto-educación se elabora,
elevando el nivel moral e intelectual de sus maestros con enseñanzas superiores a ellos que nun-
ca podrán surgir de sí mismos, sino del seno de civilizaciones y focos científicos más altos, los
únicos que podrán alzarlos de la línea media para conducirlos a un plano más elevado, desde el
cual puedan divisar, como se contempla una llanura desde una cumbre, horizontes ilimitados,
senderos no descubiertos, lejanías no presentidas.” 270

En aquella renovación pedagógica de nivel superior los estudios históricos ad-


quirirían una importancia capital, por su capacidad de formar la consciencia ciudadana y
enriquecer espiritualmente al pueblo soberano. De ahí que González exhibiera con orgu-
llo la experiencia del centro innovador que presidía y en el cual, siguiendo las nuevas
tendencias, se habría conformado una organización de estudios que privilegiaba el desa-
rrollo de las humanidades:
“Movidos por la consciencia de un deber nacional y de una misión de humana cultura, hemos es-
tablecido, dentro del extenso mecanismo de las enseñanzas universitarias, —como uno de los
pies del trípode simbólico de hondas transmutaciones espirituales— la Historia, en unión con la
Filosofía y la Literatura; no solamente para que concurra con ella a la depuración gradual del fru-
to universitario prospectivo, sino con un fin más inmediato, más positivo, más actual, más nues-

268
Ibíd., pp. 190-191.
269
Ibíd., p. 193.
270
Joaquín V. GONZÁLEZ, “Discurso del Sr. Presidente de la UNLP Dr. Joaquín V. González en ocasión
de la entrega del título de Doctor honoris causa por la UNLP…”, en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a Amé-
rica..., Op.cit., p. 133.

85
tro, —o sea, la creación de una enseñanza que no existe, en una república que cumple un siglo de
vida gestatoria, y cuando tiene tanto vacío que llenar, tanto error que corregir, tanto extravío que
rectificar en los conceptos de sí misma, en su historia escrita, en su evolución institucional, en su
educación política.” 271

Era precisamente ese centro, la UNLP, el que había reclamado oficialmente la


presencia de Rafael Altamira en Argentina y el que había hecho posible la proyección
continental de su mensaje, asegurándole el auspicio inicial de una institución universita-
ria y proveyéndolo de unos fondos sin los cuales no habría podido solventar los gastos
mínimos del desplazamiento más allá de las fronteras argentinas.
La lucidez y pertinencia de este tipo de reflexiones no aseguraría, sin embargo,
que la búsqueda de causas profundas prevaleciera sobre las más inmediatas y reditua-
bles al menos en el ámbito más esquemático de la opinión pública y publicada. Así pue-
de entenderse que los discursos que pretendían hablar de la influencia del contexto inte-
lectual finisecular, de la reforma pedagógica o de determinados proyectos
intelectualmente modernizadores, fueran a la saga de aquellos otros que, reproduciendo
alegremente una serie de clichés, explotaban hasta el hartazgo el recurso del culto a la
personalidad o abusaban de la poética emotiva del reencuentro de naciones hermanadas
por la sangre y la cultura.
Contrariamente a lo que pudiera pensarse, las interpretaciones más superficiales
y movilizadoras no sólo resultaron atractivas para los periodistas o para el gran público,
sino que fueron utilizadas por algunos de los promotores del fenómeno Altamira y por
el propio viajero. En efecto, Rafael Altamira, consciente de lo inusitado de su éxito,
presentaría su propia interpretación de lo sucedido antes, incluso, de abandonar Argen-
tina, trampolín natural de su inmediata proyección americana.
Las interpretaciones del viajero discurrieron por dos carriles. El primero, reflejo
especular de las explicaciones ad hominem que a él se referían, se relacionaba con el rol
cumplido por ciertos individuos claves de la elite intelectual y universitaria, y el segun-
do, con la existencia de un clima particularmente favorable para la propuesta hispanista
en América y americanista en España.
En efecto, tal como Altamira lo planteara, el mérito de que esta experiencia de
intercambio hubiera fructificado en un mayor entendimiento hispano-argentino, debía
adjudicarse a quienes habían percibido la fraternidad subyacente e indisoluble que unía
al pueblo peninsular y al rioplatense, sin dejar, por ello, de trabajar activamente para
que ésta se materializara en aquella coyuntura:
“Sabíamos cuán hispanófilo es el Dr. González, cuyo amor al viejo solar tan persistentes mues-
tras de vida ha dado y cuyo empeño por traer aquí, a su Universidad, profesores españoles en vi-
sita más o menos larga, se había insinuado en muchas ocasiones, incluso en la solemne de un
discurso parlamentario. Al venir aquí, yo he visto que lo que sabíamos allá unos pocos, lo sabían
aquí todos los españoles, quienes no planean manifestación pública de su patriotismo en que le

271
Discurso del Presidente de la Universidad de La Plata, Dr. Joaquín V. González, durante el acto oficial
de recepción de Rafael Altamira y Crevea el 12 de Julio de 1909; reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi
viaje a América..., Op.cit., pp. 102-103.

86
sea lícito participar a un ciudadano de la Argentina, sin dirigir la mirada a ese hombre que tiene
el corazón bastante para amar intensamente a su patria y a la patria de sus antepasados...”272

Es evidente que Joaquín V. González invirtió su prestigio personal para respal-


dar permanentemente a Altamira. De ello es evidencia su participación en casi todos los
actos centrales con conceptuosos discursos en los que, además de ensalzar al catedrático
ovetense, se resaltaban las coincidencias existentes alrededor de los temas pedagógicos
e historiográficos entre el “Grupo de Oviedo” y los intelectuales reformistas argentinos:
“Cuando yo leía en España los escritos del Dr. González, que exponen vuestro concepto de la
Universidad y de su amplia función educativa, me parecía estar repasando los ensueños pedagó-
gicos que durante muchos años han alimentado las esperanzas y han guiado en la lucha a los que
en mi país ansían que la enseñanza española sea digna de esta época y de las altas necesidades
antropológicas, intelectuales y morales de la patria. Y así, cuando se esbozó el plan de mi viaje,
yo pude pensar, por lo que se refiere a la Argentina, por de pronto: Voy a vivir entre hermanos de
ideal, cuya casa no me será extraña, porque en ella oiré repetirse los ecos amables de las mis-
mas voces que aquí suenan como clarines de nuestra batalla educativa. Y así ha sido por lo que
a mí toca; aumentando ese confortable prejuicio con la observación de que ese mismo espíritu
nuevo retoña en todo vuestro país y sacude, no sólo la plata joven de la Universidad platense, si-
no también el tronco añoso de sus hermanas mayores...” 273

Si bien es indudable el rol positivo de González, el argumento de la excepciona-


lidad del individuo debilita cualquier explicación que no explore el contexto en el que
ese personaje extraordinario se desenvuelve. En ese sentido, aun cuando es cierto que
González fue una pieza clave del triunfo de Altamira en Argentina, también lo es que su
influencia aislada no pudo desencadenar el desborde del entusiasmo que acompañó la
estancia del profesor ovetense.
Esto no pasó desapercibido para una persona tan perspicaz como Altamira,
quien, sin dejar de honrar prolijamente esta asociación intelectual, ponderaría la profun-
da simpatía de ideales y valores existente entre “las instituciones progresivas” argenti-
nas y españolas; poniendo énfasis en destacar la labor de la UNLP en la cual, según sus
propias palabras, pudo apreciar un ambiente intelectual y moral congénere con el de la
Escuela de la que procedía274.
Pero esta simpatía debería entenderse como algo más amplio que una coinciden-
cia meramente teórica o política, sino como una profunda identificación espiritual e
ideológica entre los impulsores de estos proyectos educativos:
“Yo he visto claramente, desde un principio, por qué nos entendíamos tan profunda y totalmente
vosotros y nosotros, el profesorado argentino y la Universidad de Oviedo. No ha sido por la co-
munidad de ideas, ni por lazo alguno puramente intelectual, ni menos personal en el sentido es-
tricto de la palabra; sino porque vosotros tenéis el entusiasmo de vuestra misión educativa, y no-
sotros lo tenemos muy vivo de la que en España cumplimos y de la que quisiéramos poder
cumplir en América. Quizás vosotros no veis tan claro como yo en vuestro mismo sentimiento, y
tal vez se os muestra en gran medida con el miraje de una proyección puramente personal. Si es
así, os engañáis, y yo voy a deciros lo que ha pasado entre nosotros. Habéis advertido lo que yo

272
Rafael ALTAMIRA, “Discurso de Rafael Altamira en ocasión de la Despedida de la Universidad y en-
trega del diploma de Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, “honoris causa”, La Plata, 4 de octubre de
1909”, en: ID., Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 166-167.
273
Ibíd., pp. 162-163.
274
Rafael ALTAMIRA, Discurso de Rafael Altamira en ocasión de su recepción en la UNLP…, en: ID., Mi
viaje a América..., Op.cit., p. 115.

87
creo que es característica nuestra: no el hacer ciertas cosas con preferencia a otras, o hacerlas
mejor o peor, en el orden educativo, sino hacerlas con entusiasmo, con fe; y no digo con espe-
ranza, porque más cierto sería decir que nuestro entusiasmo salta por encima de ella: no ha espe-
rado a que los indicios del mañana le contesten con una sonrisa de éxito, y aún triunfa del pesi-
mismo y continúa afirmándose en la acción, sea lo que quiera del fin de la batalla. Os ha
seducido el gesto atrevido, aventurero, quijotesco, de aquella modesta Universidad española, que
se ha lanzado a esta obra de fraternidad internacional sin mirar si su celada y su escudo, su lanza
y su caballo, resistirían los primeros choques con la realidad desconocida, o se quebrarían, de-
jándola a pecho descubierto y flaca de todas sus flaquezas a las primeras de cambio; y habéis di-
cho con razón: esos hombres tienen el atrevimiento cándido que hace respetables hasta las más
descabelladas hazañas del caballero manchego. Y como vosotros sois así también y tenéis el
alma alumbrada por la poesía de vuestra labor social, en lugar de sonreiros y de compadeceros
ante nuestra aventura, habéis sentido lo que en ella hay de amable, y algo íntimo de vuestra alma
ha resonado en vibración simpática a la nuestra.” 275

El clima favorable al mensaje hispanista en el estrecho círculo de la elite univer-


sitaria, sólo podría explicarse si considerásemos la existencia de una nueva corriente de
simpatía entre el pueblo argentino y el español:
“...estábais preparados sentimentalmente a una inteligencia particular con nosotros.... he visto
también que había difuso y latente en el país, un sentimiento de tierna simpatía hacia España,
una excelente disposición a intimar con ella, y, sobre todo, ¿por qué no decirlo?, el deseo de que
ella misma se adelantase a destruir el prejuicio tocante a su vida intelectual y con algún acto, con
alguna iniciativa, diese motivo a la exteriorización de lo que en el fondo de vuestras almas se
agitaba, ganoso de ser confirmado por una positiva realidad. He creído ver, en fin —¿me habré
engañado?— que vosotros sufríais también un poco, como nosotros mismos, por ese prejuicio, y
que deseabais convenceros de que no era merecido, como desea unos que se desvanezca la sos-
pecha desfavorable que recae sobre alguien a quien amamos y a quien apetecemos contemplar
siempre grande y puro.” 276

Si bien las opiniones del principal protagonista de este fenómeno deben ser teni-
das muy en cuenta, deberíamos considerar que éstas estaban comprometidas con las
líneas de su discurso y sujetas, por lo tanto, a las necesidades publicitarias de su campa-
ña. En este sentido, no sería adecuado aceptar estas opiniones como una lectura definiti-
va capaz de subordinar naturalmente al universo de consideraciones potenciales o reales
acerca de esta experiencia. Más allá de las intenciones de Altamira por imponer una
interpretación conveniente de su misión, sus consideraciones auto-reflexivas más que
ofrecernos claves explicativas ineludibles, resultan particularmente útiles para conocer
mejor sus estrategias discursivas y sociales.
No deja de resultar interesante el hecho de que, una vez llegado a España, Alta-
mira procurara imponer la idea de su triunfo rápida y contundentemente. Para ello en-
contró en los medios periodísticos un aliado y en un entusiasmo popular que rebasaba
todas las expectativas, un incentivo. Los instrumentos elegidos para cumplir este fin
fueron los típicos del historiador y el intelectual decimonónico: la palabra escrita plas-
mada en un voluminoso libro.

275
“Demostración del Magisterio argentino”, en: Revista El Libro, Buenos Aires, Asociación Nacional
del Profesorado, octubre-noviembre de 1909, reproducido en: Rafael ALTAMIRA, Mi viaje a América...,
Op.cit., pp. 202-204.
276
Rafael ALTAMIRA, “Discurso de Rafael Altamira en ocasión de la Despedida de la Universidad y en-
trega del diploma de Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, “honoris causa”, La Plata, 4 de octubre de
1909”, en: ID., Mi viaje a América..., Op.cit., pp. 166-167.

88
Así nació Mi viaje a América; como un texto que se proponía fijar una interpre-
tación definitiva del extraordinario evento del que fuera protagonista su autor. Lo más
interesante es que este texto no era una relación, ni una crónica, ni siquiera un diario de
viaje, sino una amplia selección de documentos de difícil lectura incluso para un públi-
co directamente interesado en cuestiones históricas o políticas.
Altamira justificó esta decisión afirmando que dado que este era el primer libro
de su campaña americana277, era su obligación “indeclinable” presentar al público los
elementos que le permitieran juzgar y “formarse una idea completa de lo hecho por el
delegado de la Universidad ovetense en cumplimiento de la misión recibida”278.
Pese a la nobleza de este propósito, es obvio que éste no podía justificar, por sí
mismo, la rápida edición de un “Libro Rojo” de casi setecientas páginas en una casa
editorial madrileña. Evidentemente Altamira deseaba que su viaje no pasara inadverti-
do, no ya en Asturias, sino en España toda. Por supuesto, Altamira no era ingenuo: no
era eco popular aquello que deseaba obtener a través de la circulación de este pesado e
indigerible volumen sino, por el contrario, un eco en las elites intelectuales de las que
formaba parte y entre las cuales su prestigio y su influencia podía crecer, si la empresa
recientemente concluida era convenientemente publicitada. Por ello, Mi viaje a América
se propuso como un intento objetivo e imparcial de compensar lo que su autor juzgaba,
a menos de un año de su retorno, como una falta de repercusión en los medios más idó-
neos para evaluar esta experiencia:
“No me ha parecido inútil, sino necesaria y aun debida e inexcusable esta publicación, que im-
plícita y explícitamente también reclamaban las muchas gentes a quienes interesó y sigue intere-
sando lo pensado y hecho en América por la Universidad de Oviedo. No se me oculta, v. gr. que
el hecho (inexplicable para los que no estén en antecedentes) de que ni una sola de las grandes
revistas enciclopédicas que se editan en España haya dedicado un artículo a recoger y comentar
aquella obra, se debe, sin género de duda, a la falta de elementos de información completos” 279

De esta forma, Altamira brindaría generosamente, a través de este libro, las fuen-
tes de las que debía nutrirse una necesaria y paciente revisión crítica de lo hecho y lo-
grado en su embajada intelectual:
“La prensa diaria, nacional y extranjera, ha dado, cierto es, publicidad a la mayoría de los hechos
de la campaña americanista, y ha subrayado la significación que tienen las manifestaciones reali-
zadas en América y en España. Pero la labor de las revistas no puede ser como la de los periódi-
cos noticieros. Más reposada, más detenida, más sistemática, permite ahondar en las cosas; pero
requiere, como base, mayor número de datos, que indudablemente, no ha encontrado aún. En es-
te libro los hallará, con toda la extensión y todo el detalle que me ha sido posible, dentro del lí-
mite que voluntariamente me he trazado.” 280

277
Altamira se mostraba confiado de que éste sería el primero de una serie de libros “que emanarán... de
la abundante cosecha de noticias y observaciones recogidas durante diez meses de viaje; de labor propa-
gandística y universitaria, y de convivencia social con las representaciones más genuinas del alma ameri-
cana en seis repúblicas de lengua española” (Rafael ALTAMIRA, “Prólogo” a: Mi viaje a América...,
Op.cit., p.VII).
278
Ibíd., p. VII.
279
Ibíd., p. VIII.
280
Ibíd., p. VIII.

89
Por extenso que este volumen hubiera sido no habría podido agotar, obviamente,
todos los documentos y testimonios que generó el viaje americanista. Sabedor como
historiador de la operación subjetiva que implicaba la criba documental, Altamira se
apresuró a desactivar cualquier cuestionamiento de su imparcialidad enmascarando su
intervención y exponiendo los criterios que orientaron dicha selección. Así, la inevitable
selección de materiales documentales o de apoyo que comporta cualquier construcción
historiográfica o racional, era reconocida por el autor, que se lamentaba de esta involun-
taria falla de su libro.
Sin embargo, esta condición incompleta de todo corpus documental no era pre-
sentada como un rasgo inevitable e inherente a su constitución, sino como resultado de
la interferencia de una serie de imponderables y de las circunstancias azarosas de tan
larga travesía, con sus inevitables extravíos de originales y la imposibilidad material de
procurarse transcripciones taquigráficas o testimonios publicados de todos los eventos.
Respecto de los criterios, el primero habría sido el de no publicar informes ofi-
ciales o confidenciales hasta que no fueran desclasificados. El segundo, sin duda opor-
tuno, habría sido el de dar preeminencia a las voces y hechos americanos por sobre los
de las colectividades españolas. El tercero, gala de modestia, imponía la exclusión de
todo informe o referencia puramente personal:
“No he querido que la malicia interprete este libro histórico como una satisfacción de vanidades
que no siento. Forzoso era hablar de mí, puesto que fui yo el ejecutor de la obra y está en la con-
dición de las cosas humanas —y sobre todo, de las representativas— que se concrete la acción de
los individuos y a través de ellos y por sus hechos individuales se cumplan. Pero he suprimido,
en lo posible, todo lo que, sin añadir nada a lo objetivo de mi misión, se refiere directa y espe-
cialmente a mi persona; y aun en documentos que a la misión se refieren, he suprimido párrafos
o frases que hablan del hombre y no de la idea o de la representación que asumió.” 281

Es necesario observar que la profusión de alabanzas —de la que ya hemos dado


cuenta, en parte— fue de tal magnitud que, pese a la concienzuda poda a la que Altami-
ra habría sometido a sus materiales, el libro puesto en circulación no dejó de ofrecer un
texto pletórico de alabanzas y dignificaciones personalísimas. Quizás pueda entenderse
que el gesto encomiable de suprimir aquellos documentos pasara injustamente inadver-
tido cuando la abrumadora mayoría de la evidencia publicada —compuesta por “comu-
nicaciones oficiales de las Universidades, Ministerios y Corporaciones”; “declaraciones
orales y escritas (discursos, brindis, conferencias) de personalidades hispano-
americanas” y “algunos, muy pocos, artículos de la prensa americana y española”—
excedía con creces la cuota de culto a la personalidad que la empresa ameritaba. Segu-
ramente, tampoco hubo de contribuir a la profesión de humildad que intentaba hacer el
delegado ovetense, el hecho de que la otra parte de la evidencia recopilada estuviera
formada por informes oficiales, conferencias y discursos firmados por él mismo.
En todo caso, deberíamos pensar que la dificultad de disociar el elogio personal
de la ponderación objetiva de una empresa intelectual, fuera correlativa a la dificultad
de disociar la figura de Altamira de un proyecto que, en gran parte, le era propio, y del

281
Ibíd., pp. VIII-IX.

90
que esperaba poder extraer, justificadamente, un rédito personal, aunque no necesaria-
mente exclusivo.
Sin embargo, no es necesario hacer mayor hincapié en la vanidad, en nada des-
medida —aunque incómoda y mal ocultada en el título mismo de esta recopilación do-
cumental— del delegado ovetense282. Resulta más interesante considerar que esta estra-
tegia de promoción perseguía, también, otros fines: 1) neutralizar críticas que, en el
mismo ámbito asturiano y español, no tardarían en aflorar; 2) evitar —por qué no pen-
sarlo— que otros se apropiaran indebidamente de la gloria de su triunfo y, 3) fijar una
primera versión de la historia de la forma más sutil y firme que un historiador puede
hacerlo: estableciendo la selección de materiales a raíz de la cual se juzgaría en el pre-
sente y en el futuro, sus actividades.
Luego de tanto esfuerzo, Altamira no estaba dispuesto a dejar cabos sueltos u
ofrecer flancos a sus detractores, aún a costo de rozar peligrosamente la subestimación
intelectual de los lectores. Temeroso de que su inteligente y vasta tarea de selección
documental no resultara suficientemente explícita, el catedrático ovetense no se con-
formaría con orientar una conclusión a partir de un texto en el cual la evidencia —
ordenada e interpretada a través de sugerentes acápites descriptivos— lograba enmasca-
rar el propio discurso del interesado y sus valoraciones subjetivas; sino que, en su inte-
resante prólogo ofrecería una explicación global de su éxito en la que legitimaba abier-
tamente sus propósitos y acciones en América y hacía razonable casi cualquier
iniciativa o ambición futura que se montara sobre aquella feliz experiencia.
En dicha explicación, la razón sustancial del triunfo de la empresa americanista,
más allá de cualquier contexto o razón estructural, más allá de cualquier factor propia-
mente americano, estaría dada en la seriedad y generosidad misma del mensaje del que
Altamira era portador:
“Ante un propósito tan exento de egoísmo, tan libre de pedantería, tan bilateral de una parte (si
vale aplicar aquí esa cualidad jurídica), tan humano y amplio de otra, como el perseguido por la
universidad de Oviedo, sólo podrían sentirse heridas las vanidades huecas que creen imposible
hallar en el mundo quién les diga o les sugiera nada nuevo o útil en el orden de las ideas, de la
conducta o del sentimiento, o los que deliberadamente rechacen, con razón o sin ella, el contacto
con el alma y la cultura españolas. De aquellas vanidades, en su forma colectiva (nacional o sub-
nacional), no he encontrado ni un solo ejemplo en toda América. La opinión pública ha entendi-
do rectamente nuestro propósito, y la inmensa mayoría de los intelectuales lo ha acogido sin re-
servas y con aplauso, y ha sabido ver en él esa nota de paz y de serena colaboración espiritual a
que vengo refiriéndome.” 283

Si recapitulamos —apartando esta última explicación que cierra sobre sí mismo


el problema— encontraremos tres explicaciones realmente relevantes entre los testigos
y partícipes del fenómeno “Altamira”: a) identidad redescubierta de idioma y raza; b)

282
Como bien se ha señalado, Altamira no perdía oportunidad de hablar de sí mismo (José Carlos
MAINER, “Rafael Altamira y la crítica literaria finisecular”, en: Armando ALBEROLA (Ed.), Estudios so-
bre Rafael Altamira, Alicante, Instituto de Estudios Juan Gil Albert, 1988, p. 141). Aun cuando fruto del
rencor y de ciertos celos intelectuales, el propio Adolfo Posada ofrecería una visión de Altamira como
ególatra que, más allá de su veracidad debe ser tenida en cuenta para delinear el perfil del personaje
(Adolfo POSADA, Fragmentos de mis memorias, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1983, p. 253 y ss).
283
Rafael ALTAMIRA, “Prólogo” a Mi viaje a América..., Op.cit., p. XIII.

91
coincidencia en un proyecto modernizador y c) demanda de una renovación pedagógica
de signo patriótico e historicista; tres respuestas que, más allá de su pertinencia, no lo-
graron imponerse en sus días a la simple constatación de un acontecimiento cultural
extraordinario, demasiado próximo y conmocionante como para sugerir un análisis más
sereno.
Es por ello que la mayoría de las explicaciones ad hominem encerradas en los
discursos de agasajo no pueden dar cuenta, por si mismas, de este fenómeno que puso a
un catedrático español poco más que ignoto —no por las limitaciones de sus saberes
sino, precisamente, por la escasa o nula influencia del mundo intelectual español en la
construcción de la Argentina moderna— en el centro de la escena cultural.
Lejos de pretender minimizar la valía de Altamira, nos permitiremos explorar
otras posibles explicaciones que articulen el contexto socio-cultural del ámbito receptor
las acciones de sus protagonistas, sin echar mano de su mitificación, ni de una versión
pintoresca del “difusionismo” de los valores científicos.
Pero, para ello será necesario, antes, pasar revista del contexto histórico y de la
escasa historiografía del viaje americanista, para enmarcar en sus logros y en sus vacíos,
nuestras hipótesis, propuestas y decisiones metodológicas tendientes a ofrecer un estu-
dio pormenorizado de este interesante y olvidado fenómeno intelectual y social.

92
CAPÍTULO II

PROBLEMAS HISTORIOGRÁFICOS ALREDEDOR DEL VIAJE AMERICANISTA


DE RAFAEL ALTAMIRA.

Como hemos podido ver en el capítulo anterior, lo que primitivamente debía


haber sido una estancia breve en la UNLP y una serie de visitas de cortesía a las univer-
sidades americanas, se convirtió, con el correr de los meses, en un sorprendente aconte-
cimiento intelectual y social de escala nacional, que desbordó el marco estrictamente
académico para el que estaba preparado.
Enfrentados a este hecho sorprendente será necesario, entonces, relacionarlo con
el contexto general de ambos países, atendiendo tanto a situar históricamente el viaje
americanista, como a efectuar un balance acerca del tratamiento de éste en la Historio-
grafía.

Una vez presentado el acontecimiento y resaltado lo que tuvo de extraordinario,


cabe formularse algunas preguntas un tanto escépticas: ¿por qué deberíamos sorpren-
dernos del éxito de Altamira? ¿Por qué debería considerarse algo extraordinario el que
se hubiera prestado atención a un representante de la ciencia española? ¿Es acaso tan
extraño el que un sabio europeo —por otra parte ampliamente reconocido en círculos
internacionales— fuera ponderado en Hispanoamérica? ¿Puede suscitar sorpresa el éxi-
to de un español en Argentina cuando entre ambos países se comparte una lengua y una
cultura comunes? ¿Cabe, acaso, el asombro ante un resultado como este cuando es un
hecho el que existen fortísimos lazos de sangre entre el pueblo rioplatense y el peninsu-
lar?
En la actualidad nadie pondría en entredicho la existencia de vínculos intelectua-
les entre España y Argentina y pocos dudarían en afirmar que el desarrollo de esos vín-
culos tuvo una extensa y problemática historia en el siglo XX, no exenta de instrumen-
talizaciones políticas. Fundamento intuitivo —aunque no menos real— de tal
convencimiento es, sin duda, la evidente transformación que la inmigración hispana de
principios de siglo provocó en la sociedad rioplantense, aun cuando deba recordarse que
esa transformación puede reconocer en lo español un aporte concurrente antes que ex-
clusivo: la inmigración italiana superó cuantitativamente a la peninsular y ambas se vie-
ron acompañadas por otras de muy diverso origen.
Pese a ello, debería tenerse en cuenta que establecer un paralelismo estricto entre
inmigración y establecimiento de vínculos intelectuales, y entre éstos fenómenos y los
vínculos culturales, no parece demasiado riguroso. Por supuesto, es indudable que la

93
presencia de la masa inmigratoria cosmopolita hizo que el acervo cultural argentino se
nutriera de la amalgama de elementos y valores culturales aportados por diversas colec-
tividades; solo que, esta presencia demográfica y cultural insoslayable no trajo apareja-
do, en la mayor parte de los casos, el florecimiento de fuertes relaciones intelectuales
entre los países de origen y de destino. Prueba de esto último es que no puede hablarse
de una vinculación intelectual sólida entre Argentina y Polonia, Ucrania o Irlanda, aun
cuando el aporte de estos países al crecimiento demográfico del litoral rioplatense fuera
más que significativo.
Ahora bien, ¿qué debe entenderse por “vinculación intelectual”? Discernir el
contenido de este concepto resulta necesario en tanto esta investigación propone situar
el acontecimiento que estudiamos, en la historia del arduo y sinuoso proceso de recons-
titución de las relaciones intelectuales hispano-argentinas; vinculando este tema con los
diferentes aspectos de la “normalización” de las relaciones entre España y Argentina y a
las historias inmediatas de ambos países. Para que un concepto como el de “relaciones
intelectuales” adquiera sentido y valor empírico en el marco de una investigación de
historia de las ideas y de historia de la historiografía, debe involucrar algo más que la
verificación de ciertas lecturas, ciertos intercambios epistolares o bibliográficos y cier-
tas confraternizaciones diplomáticas o gastronómicas. En efecto, no puede hablarse de
la existencia de relaciones intelectuales entre dos países —muestren estas equilibrio o
desequilibrio en su particular balanza de intercambio—, si entre ellos no existe un cam-
po de situaciones históricas, de problemáticas, de diagnósticos y de herramientas con-
ceptuales e ideológicas comunes o por lo menos compatibles. Ni tampoco puede hablar-
se cabalmente de unas relaciones intelectuales maduras, si estas no se manifiestan a
través de actos concretos con resultados comprobables, de intercambios efectivos que
involucren personas e instituciones, de políticas prácticas que faciliten la circulación de
ideas y de individuos en el campo cultural e intelectual de ambos países.
Como podremos ver a continuación ésta era, en lo sustancial, la situación exis-
tente entre el siglo XVII y la consumación de la Revolución del Río de la Plata y que
luego se evaporaría al compás de la guerra de independencia y de la evolución política
post-revolucionaria en Argentina, y de la involución absolutista y el conflictivo escena-
rio político español del siglo XIX. Esta sería la configuración que, bajo otros presupues-
tos y formas, en otra escala y en respuesta a otras realidades, volvería a manifestarse
entre los años ’90 y el Centenario de aquella feliz y fatídica ruptura.
Cabría sospechar, entonces, que para estudiar los vínculos intelectuales entre
España y Argentina, deberemos prescindir de la intuición que subordina el reconoci-
miento de aquellos a la existencia notoria y actual de lazos culturales y al parentesco
biológico que casi todos los argentinos tenemos con los españoles. Esto, dicho de otra
forma, significa que la existencia de vínculos intelectuales no puede ser explicada au-
tomática o suficientemente a partir de una disección etnológica o culturalista de la idio-
sincrasia nacional.
Los historiadores y científicos sociales argentinos tomaron consciencia, hace
tiempo, de la importancia del estudio de los fenómenos migratorios, si bien la emergen-

94
cia de este tema en los años sesenta no dejó de tener motivaciones ideológicas muy pre-
cisas, relacionadas con la coyuntura política post-peronista284.
Claro está que, si en un país construido con inmigrantes como la Argentina no
hay aspecto alguno de su historia moderna que no pueda ser remitido a aquel fenómeno
social “fundacional”, un problema como el del re-establecimiento de vínculos intelec-
tuales hispano-argentinos jamás podrá ser desvinculado del fenómeno de la migración
masiva, de la importancia relativa de la inmigración española, de la preexistencia del
idioma común o de la existencia de valores culturales derivados. Pero si bien estos fac-
tores propiciaron el desarrollo de estas relaciones, es necesario advertir que la adopción
de modelos y la conformación diálogos intelectuales no necesariamente debe resultar
compatible con la evolución de la composición étnica de una sociedad “aluvional”, ni
seguir el patrón de desarrollo cultural resultante.
Convertir a la inmigración en el instrumento explicativo inmediato y suficiente
de la historia intelectual argentina en el siglo XIX y XX o, en su defecto, hacer lo pro-
pio con el lejano legado colonial, no podría esclarecer la cuestión que aquí nos ocupa.
Veamos.
Pretender que el establecimiento de lazos intelectuales derive de la presencia
cuantitativamente considerada de cientos de miles de ciudadanos españoles, implicaría
el supuesto absurdo de pensar la sociedad argentina del período como un colectivo igua-
litario de sujetos con libre acceso a los bienes culturales circulantes, de modo que una
minoría —que tampoco era homogénea— favorecida por poseer un idioma y una tradi-
ción comunes con los argentinos, habría podido imponer merced a su propia potencia
demográfica, una vinculación intelectual en la que se reflejarían prioritariamente unas
inquietudes ligadas a su universo cultural e intelectual de origen.
El sinsentido “cuantitativista” de tal intuición quedaría en evidencia con sólo
considerar el papel rector que, en el siglo XIX, tuvieron las reducidas elites ilustradas
locales en el desarrollo de las ideas, del campo intelectual y cultural local y en la cons-
trucción misma de la Argentina moderna. Pretender que la pertenencia histórica de Ar-
gentina al mundo cultural y lingüístico hispánico pueda haber determinado, sin más, la

284
“…el tema migratorio era una excusa o un camino para otros temas más generales y que se suponían
más pertinentes para la historia de la evolución social de las respectivas comunidades. Un admirable
ejemplo son los trabajos producidos en los sesenta para el caso argentino por el grupo de Gino Germani y
sus discípulos Un lugar aparte debería otorgarle a la temprana interpretación de José Luis Romero acerca-
de la Argentina aluvial. El inmigrante europeo al que se le atribuía sin necesidad de demostración ser el
portador, en la clásica dicotomía parsoniana, de orientaciones normativas modernas, devenía sin saberlo
en el agente de la transformación de la sociedad argentina. Pero lo que al sociólogo de la Universidad de
Buenos Aires le interesaba no era indagar ni la experiencia concreta del migrante ni el conjunto de valo-
res, actitudes y creencias del mismo sino en cambio, un problema teórico general (el tránsito de las socie-
dades tradicionales a las sociedades modernas) y un problema histórico específico (la modernización de la
Argentina impactada por la migración masiva).” (Fernando DEVOTO, “Historiografía de las emigraciones
españolas e italianas a Latinoamérica”, en: Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES, comp., Acerca de las migra-
ciones centroeuropeas y mediterráneas a Iberoamérica: aspectos sociales y culturales, Oviedo, Univer-
sidad de Oviedo, 1995, p. 23). Un balance de la historiografía argentina sobre las migraciones masivas
puede consultarse en: Fernando DEVOTO, “Del crisol al pluralismo: treinta años de historiografía sobre las
migraciones europeas a la Argentina”, en: Id., Movimientos migratorios: historiografía y problemas,
Buenos Aires, CEAL, 1992, pp. 7-48.

95
vinculación intelectual entre ambos países, o peor, que sea ella misma prueba de tal re-
lación genética, no sólo implicaría desconocer los tradicionales referentes “europeos” de
las elites intelectuales argentinas, sino ignorar el abismo que aún sigue existiendo hoy
entre el mundo intelectual español y el de la mayoría de los países hispanoamericanos.
Nuestro sentido común —inevitablemente contemporáneo y anacrónico— sujeto
a una experiencia prolongada de contacto cultural e intelectual hispano-argentinos pue-
de llevarnos al error de considerar que sucesos como los acaecidos alrededor de Rafael
Altamira eran perfectamente lógicos y esperables; y si acaso la grandilocuencia y la
magnitud de la repercusión pudieran llamar la atención, estos serían epifenómenos rela-
cionados con la mentalidad de la época y con lo primitivo del mundo cultural rioplaten-
se a inicios del siglo XIX.
Tampoco se trata de tomar atajos: acostumbrados a creer que los productos inte-
lectuales europeos poseían una demanda permanente y una aceptación automática entre
la elite intelectual y política argentina, podemos caer en la tentación de hacer un lugar
—siquiera marginal o acotado— para la oferta peninsular, junto a otras tradiciones eu-
ropeas más conocidas y valoradas. Sin embargo, la cuestión no consiste en incorporar
sin más un aporte olvidado o desestimado —sobre el cual aún hoy subsiste una descon-
fianza respecto de su calidad y relevancia—, suponiendo que éste siguió la misma pauta
de desarrollo que otros en el contexto rioplatense.
El entendimiento de las relaciones intelectuales entre argentinos y españoles no
puede ser reducida al patrón a través del cual hemos querido entender nuestras vincula-
ciones con las tradiciones intelectuales francesa, británica, alemana o norteamericana.
La diferencia radica en el peso insoslayable del pasado colonial y en el esfuerzo deno-
dado que desplegó la elite argentina del siglo XIX por superarlo. De allí que el enten-
dimiento de un fenómeno como el suscitado por el viaje americanista no puede pasar
por su “naturalización”; por reducirlo al carácter de mero caso accidental cuyo decurso
responde al régimen de difusión de las ideas europeas en la Argentina posterior a la caí-
da de Juan Manuel de Rosas.
Para cualquier conocedor de la historia decimonónica argentina, salta a la vista
que, cualquiera sea nuestra evaluación acerca del viaje americanista, nos encontramos
ante un fenómeno realmente sorprendente: por primera vez en mucho tiempo un español
brillaba en el Plata por sus dotes y prestigio intelectuales.
En efecto, por primera vez la intelligentzia argentina se acercaba al pensamiento
español contemporáneo, dejando de lado —o al menos postergando prudentemente—
sus prejuicios sarmientinos, hechos convicción durante más de medio siglo. Por primera
vez, se creyó que un sabio español tenía algo interesante que aportar a la ciencia argen-
tina, en campos en los que muy pocos supieron reconocer la existencia de autoridades
hispanas. Este fenómeno es sorprendente en forma, magnitud y contenido por su carác-
ter pionero y por haberse producido en un contexto intelectual tradicionalmente hispa-
nófobo modelado de acuerdo a un ideal de sustitución cultural que miraba atentamente a
Francia, Inglaterra e incluso a los Estados Unidos de América, en busca de referentes
que permitieran superar el legado español.

96
Podríamos decir, entonces, que el fenómeno “Altamira” puso de manifiesto de
forma incontrastable el hecho de que, a principios del siglo XX, se estaba dando un giro
en las orientaciones culturales e intelectuales tradicionales de la Argentina. Y, cuando el
sentido común se contradice y nos encontramos frente a un acontecimiento que rompe
con lo esperado, allí se manifiesta, por definición, un problema historiográfico que es
necesario resolver.
Para resolver este problema, será necesario fijar desde ahora —antes incluso de
pasar revista al estado de la cuestión y de adentrarnos en el estudio específico— el con-
texto histórico que envolvió el exitoso viaje americanista de la Universidad de Oviedo;
remitiéndolo a la problemática de la constitución, quiebre y restablecimiento de las rela-
ciones hispano-rioplatenses.
En este sentido, apelaremos a los avances efectuados por los historiadores espa-
ñoles y argentinos de las últimas décadas para fijar un panorama del desarrollo de estas
relaciones y de las vicisitudes de diversa índole que condicionaron tanto los desencuen-
tros como las reconciliaciones; y para situar satisfactoriamente en lo social, en lo ideo-
lógico y en lo político el estudio de la campaña ovetense y del hispano-americanismo
finisecular. Esta apelación intentará delinear un marco historiográfico indispensable, a
la vez que se servirá de este conocimiento histórico acumulado en tanto punto de partida
para el análisis del fenómeno que nos ocupa, y no como recurso suficiente para la expli-
cación del mismo. Pasaremos revista, entonces, al desenvolvimiento de esas relaciones
en tres momentos históricos: el de su constitución; el de su quiebre y el de su recons-
trucción.

1.- El problema de la constitución y quiebre de las relaciones intelectuales hispano-


rioplatenses. Un marco histórico e historiográfico.

1.1.- Tradición hispánica e innovación ideológica en el mundo intelectual


rioplatense entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX
La historia del quiebre de los vínculos intelectuales entre Argentina y España es,
en buena medida, la historia de una exitosa revolución municipal que garantizó, si no el
inmediato nacimiento de una nueva nación sí, al menos, el repudio de un “pacto colo-
nial” herido de muerte por la intervención británica en el Río de la Plata y por la inter-
vención francesa en la propia Península.
Este corte político, ahondado por la prolongación de las guerras de independen-
cia americanas tras la caída del sistema napoleónico, implicó una importante cesura en
la vida socio-cultural de los sectores encumbrados de la sociedad rioplatense. La diná-
mica del proceso político abierto en 1810 propició la disolución de muchos de los vín-
culos que unían a peninsulares y criollos alrededor de las actividades comerciales, buro-
cráticas y militares. Aquellos violentos años azuzaron la intransigencia de realistas —
los cuales no eran todos peninsulares— y revolucionarios —que tampoco eran todos
criollos—, justificando una política represiva que se sirvió de expropiaciones, deporta-

97
ciones y fusilamientos para anular la influencia de individuos y grupos manifiesta o
potencialmente contrarrevolucionarios.
En este contexto, el diálogo entre las elites letradas y el mundo intelectual espa-
ñol —otrora fructífero y prometedor de una reforma social y económica— se truncó
inevitablemente, colapsando, de esta forma, el circuito mediatizado que permitía a los
sectores ilustrados del Río de la Plata contactarse con el pensamiento europeo a través
de una lectura moderada de la fisiocracia y del liberalismo, y de un acceso a una carrera
superior en las universidades altoperuanas y españolas.
Esta ruptura ha sido tan honda y sus efectos tan prolongados que cuesta aun pen-
sar en el desarrollo de la intelectualidad argentina en el siglo XIX y de buena parte de
ella en el XX, sin establecer, al menos intuitivamente, una relación inversa entre el le-
gado hispano y la modernidad cultural.
Sin embargo, toda intuición merece, cuando menos, una problematización;
máxime cuando aquella ha sugerido una proyección retrospectiva de este desencuentro,
desestimando la existencia de importantes vínculos intelectuales entre las elites letradas
criollas y el contexto ideológico y cultural español del siglo XVIII.
Por supuesto, esta perspectiva heredada del pensamiento de la generación del
’37 ha sufrido un duro ataque desde el segundo tercio de nuestro siglo por parte del mo-
vimiento historiográfico revisionista, cuya “contrahistoria”285 se sustentó, en buena me-
dida, en una exaltación de la raíz hispánica del “ser nacional”.
El extenso contencioso abierto en torno a estas como a otras cuestiones del pasa-
do argentino y la virulencia inusitada del debate que pretendía zanjarlo —cuyo funda-
mento se situaba en el terreno de las convicciones políticas286—, inmovilizó buena parte
de la investigación histórica287, obsesionada por hallar las auténticas fuentes de la nacio-
nalidad. En otro sentido, esta confrontación no hizo sino confirmar que la noción de
revolución estaba en el punto de partida de toda la historia de la Argentina como nación
y que, por eso mismo, las distintas respuestas al dilema de la identidad rivalizaban por
imponer una imagen de esa ruptura con el pasado colonial288.
A los efectos de indagar acerca de la evolución de la consideración historiográfi-
ca de los vínculos intelectuales hispano-rioplatenses, tomaremos como referencia el
aporte de la moderna historiografía profesional que, desde los años ’60, logró introducir
un análisis superador de las viejas interpretaciones políticamente instrumentales del
pasado argentino.

285
Ver: Diana QUATTROCCHI DE WOISSON, “Historia y contra-historia en Argentina, 1916-1930”, en:
Cuadernos de historia regional Nº 9, Universidad Nacional de Luján-Eudeba, Luján, 1987, pp. 34-60 y
de la misma autora: Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé,
1995.
286
Tulio HALPERÍN DONGHI, El revisionismo histórico argentino, Bs.As., Siglo XXI, 1970, pp. 6-8.
287
Un análisis sobre las diversas causas —políticas e intelectuales— de esta inmadurez puede encontrarse
en el artículo de Natalio R. BOTANA y Ezequiel GALLO, “La inmadurez histórica de los argentinos”, en:
Carlos FLORIA y Marcelo MONTSERRAT (Comps.) Pensar la República, Buenos Aires, Persona a Persona,
1977, pp. 19-33.
288
Tulio HALPERÍN DONGHI, Tradición política española e ideología revolucionaria de Mayo (1961),
Buenos Aires, CEAL, 1985, p. 119.

98
Un buen punto de partida para organizar el estado del conocimiento acerca de
nuestro tema es, entonces, interpelar a esta moderna historiografía en busca de una solu-
ción a aquel aspecto del debate de las fuentes ideológicas de la revolución que aquí nos
interesa. La pregunta que se impone es entonces si es posible hablar de la existencia de
lazos entre el mundo intelectual hispánico y el rioplatense entre fines del siglo XVIII y
principios del XIX que permitan explicar —al menos en parte— la evolución ideológica
y política que llevó a la elite criolla a repudiar el vínculo colonial; o si, por el contrario,
sería adecuado considerar al desarrollo del pensamiento rioplatense como completamen-
te extraño a una tradición española sustancialmente reaccionaria.
Esta inquisición tuvo abundantes respuestas desde la perspectiva revisionista y
desde la liberal, que enfatizaban la existencia de esos vínculos —si se trataba de rescatar
la idea de una revolución congruente con los valores hispánicos—, o que los rechazaban
—si se trataba de identificar una filiación europea para atacar, ora la tradición intelec-
tual española como estéril, ora el exotismo antipopular de la elite revolucionaria—289.
No es casual, entonces, que pueda verse en los textos iniciales de esta moderna historio-
grafía una marcada voluntad de terciar en el debate y plantear alternativas profesional-
mente sólidas y científicamente válidas a las visiones por entonces circulantes.
Las investigaciones desarrolladas en los últimos cuarenta años por Tulio Halpe-
rín Donghi y José Carlos Chiaramonte, han resultado decisivas para imponer una visión
alternativa del ciclo revolucionario rioplatense y de sus problemáticas intelectuales;
superando —desde una práctica profesional y no partidaria o confesional—, tanto la
hispanofobia de la tradición liberal, como la hispanofilia de la Nueva Escuela histórica
y del postrer revisionismo. Sus obras, centradas en aspectos propiamente políticos e
ideológicos del proceso independentista, no dejan de significar, sin embargo, una con-
tribución decisiva a la comprensión de las condiciones de existencia y disolución de
esos vínculos intelectuales.
Claro que esta común oposición a la Nueva Escuela y al revisionismo no supone
la existencia de una coincidencia de criterios entre quienes no comparten, ciertamente,
los valores de una tradición político-ideológica, sino —y lo que no es poco— cierta
experiencia de vida, unos criterios metodológicos y un esquema de socialización uni-
versitaria del conocimiento historiográfico.

289
Un singular intento de superación de esta dicotomía fue planteado por Ricardo Levene quien, en el
marco de una reinterpretación estructural y continuista del fenómeno revolucionario propuso el desarrollo
autóctono de la ideología de los revolucionarios rioplatenses. Es interesante observar como Halperín
Donghi valora este intento: “Desde los Orígenes de la democracia argentina, donde domina aún la ima-
gen mítica, hasta el Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno se va dando ese tránsito: el
punto de llegada está constituido por el descubrimiento de una tradición jurídica, rica en elementos
humanísticos, que ya en la colonia hace triunfar criterios que se creía surgidos con la Revolución. Desde
Solórzano y Pinelo, a través de Villava, hasta Moreno, la jurisprudencia barroca deja así un legado que
harán suyo los teorizadores de la monarquía ilustrada y los representantes de la Revolución, que triunfará
aún en el más avanzado de los revolucionarios, en Moreno. Pero estas caracterizaciones según épocas
históricas significan ya una abusiva ampliación de los enfoques de Levene: el no ve esta tradición jurídica
sumergida en la viva corriente de la historia cultural española; es creación autónoma, dotada de una lega-
lidad propia, situada al margen de las peripecias histórico-culturales a través de las cuales se desenvuel-
ve.” (Ibíd., p. 13).

99
Luego de leer los libros y artículos que Tulio Halperín Donghi dedicara a la in-
dependencia argentina, un lector informado detectaría fácilmente el propósito central de
su intrincado cultivo del matiz en el análisis político, esto es, reinstalar la idea de que a
partir del 25 de Mayo de 1810 se produjo una fisura en la evolución histórica del Río de
la Plata de la que se derivará la posterior construcción de la Nación Argentina.
Reconocer este eje estructurador para la obra de Halperín Donghi nos permitirá,
además de hallar una clave de lectura fructífera, comprender su intervención como una
respuesta contundente, no tanto a los balbuceos argumentales del revisionismo o de los
neoliberales290, sino a la interpretación de la Nueva Escuela Histórica.
En efecto, ya en un texto temprano —aparecido en la coyuntura abierta por el
derrocamiento de Juan Domingo Perón—, los rivales de peso elegidos por Halperín
Donghi no son los “truchimanes” revisionistas servidores del régimen depuesto —a
quienes critica, sin embargo, ácidamente—, sino los “estudiosos adictos a la neutralidad
erudita” es decir, los historiadores de una escuela que disolvía las contradicciones de la
historia sin proponer alternativas comprensivas capaces de estructurar una interpreta-
ción significativa del pasado. Esta armonización artificial habría sido la característica de
una escuela que “...con Ricardo Levene había rechazado la violenta contraposición entre
despotismo colonial y libertad revolucionaria; con Emilio Ravignani había rechazado la
imagen heredada de la época de Rosas, como período de lucha cerrada entre la libertad
y la tiranía” sin optar por un marco en el que insertar su erudición y sin comprometerse
con ninguna idea de la historia. Así, según Halperín Donghi: “La Nueva Escuela no
eligió nunca; iluminó su imagen del pasado con una vaga luz crepuscular que borraba
todos los rasgos originales, e identificó alegremente la Contrarreforma con la Ilustra-
ción, y dio un retrato de Juan Manuel de Rosas que acaso hubiera sido igualmente váli-
do para Don Pastor Obligado. Es lo que los historiadores de la Nueva Escuela llamaban
orgullosamente historia erudita y documentada, que proclamaba un gigantesco progreso
sobre el anterior y más despreocupado modo de hacer historia”291.
Con el objetivo de superar la visión romántica de la revolución comprometida
con las ideas de cambio total o de materialización de la esencia intemporal de la nacio-
nalidad, la interpretación de la Nueva Escuela habría explorado apresuradamente las
continuidades entre la revolución y el pasado colonial. Así, pretendiendo una renova-
ción de las nociones empleadas para comprender el pasado, la Nueva Escuela Histórica
habría terminado por disolver la revolución en una tranquila y secular evolución.

290
Es obvio que este autor no debate —salvo muy contadas excepciones— a través del análisis de caso
con las interpretaciones revisionistas, sino que reserva las críticas e impugnaciones generales para sus
escritos sobre historia de la historiografía, en los que tanto el revisionismo como su contracara liberal
aparecen desmenuzados más como un fenómeno intelectual a estudiar, que como una visión historiográfi-
ca legítima con la que es pertinente polemizar. Ver especialmente: Tulio HALPERÍN DONGHI, El revisio-
nismo histórico argentino, Op.cit. y del mismo autor “El revisionismo histórico argentino como visión
decadentista de la historia nacional” (1984), en: Tulio HALPERÍN DONGHI, Ensayos de Historiografía,
Buenos Aires, El cielo por asalto, 1996, pp. 107-126.
291
Tulio HALPERÍN DONGHI, “La historiografía argentina en la hora de la libertad”, en: Tulio HALPERÍN
DONGHI, Argentina en el callejón, Buenos Aires, Ariel, 1995, pp. 19-20.

100
Años más tarde, Halperín Donghi lanzó una advertencia —en un tono bastante
menos beligerante— que no deja de tener blanco privilegiado en quienes aun domina-
ban los espacios tradicionales de la historiografía profesional:
“La noción de revolución está entonces en el punto de partida de toda la historia de la Argentina
como nación. ¿Habrá de sorprendernos entonces que las perplejidades que el destino de nuestra
nación despierta se vuelquen de inmediato en la imagen que de esa revolución se hacen los ar-
gentinos? No, sin duda; tampoco se hallará nada ilegítimo en una renovación de las nociones uti-
lizadas para entender el pasado que se apoya en una más lúcida —o más atormentada— imagen
del presente. En nombre de ninguna ortodoxia política sería lícito poner límites a ese esfuerzo
renovador... Pero, a los que con tanta audacia, a veces con tanta sutileza, a veces con tanta mali-
cia (y aun malignidad) intentan renovar la imagen de nuestro surgimiento como nación sólo sería
acaso oportuno recordarles un hecho demasiado evidente para que parezca necesario mencionar-
lo, un hecho que, por ocupar el primer plano del panorama, es sin embargo fácil de dejar de lado:
que lo que están estudiando es, en efecto, una revolución.” 292

Dado que el esfuerzo “revisionista” de la Nueva Escuela Histórica argentina se


concentró en el plano siempre especulativo de la genealogía ideológica, no es sorpren-
dente que una obra como la de Halperín —que explica la secesión del Río de la Plata
por la evolución de la política europea— haya principiado con un serio intento de reba-
tir las tesis del hispanismo revolucionario de la historiografía académica.
Fruto de ese contrapunto es su Tradición política española e ideología revolu-
cionaria de Mayo, libro en el que intenta insertar los episodios independentistas en la
“secuencia de ascenso, apogeo, decadencia, reforma y disolución de la monarquía espa-
ñola moderna”293, y en el que argumenta que, pese a cualquier intento de reconocer afi-
nidades entre las ideas revolucionarias y las del antiguo régimen, las primeras se estruc-
turaron “como un instrumento ideológico para negar y condenar todo un pasado...”294.
Circunstancia que impediría desestimar la innovación radical que implicó la adopción
del mito revolucionario como fundamento legitimador del movimiento independentista
rioplatense295.
Por supuesto, lejos de cualquier postura reduccionista, Halperín no dejó de reco-
nocer que esas ideas surgieron o se adoptaron dentro de la realidad prerrevolucionaria
que vinieron a condenar296.

292
Tulio HALPERÍN DONGHI, Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo, Op.cit., p.
119-120.
293
Ibíd., p. 7.
294
Ibíd., p. 12.
295
La percepción de los actores de la revolución acerca del hecho político que protagonizaron debe ser un
elemento a tener en cuenta en la argumentación del historiador, sin embargo no parece muy convincente
que esta percepción deba determinar un juicio historiográfico o pueda arbitrar en una polémica sobre el
carácter de la revolución tal como parece desprenderse de la opinión de Halperín (Ver: Tradición política
española e ideología revolucionaria de Mayo, Advertencia a la segunda edición, Buenos Aires, CEAL,
1985, p. 10). Sin embargo, el equilibrio que propone Halperín para integrar a la vez elementos continui-
dad objetiva y visiones subjetivas de ruptura nos parece irreprochable: “La continuidad entre pasado
prerrevolucionario y revolución puede —y acaso debe— ignorarla quien hace la revolución; no puede
escapar a quien la estudia históricamente, como un momento entre otros del pasado. Pero al mismo tiem-
po éste no puede ignorar que esa continuidad se da a través de lo que —llegue a ser lo que sea— se pro-
pone constituir una ruptura total.” (Ibíd., p. 10).
296
Ibíd., p. 9.

101
Esta concesión reintroduciría, aparentemente, la tensión entre la tesis de la “in-
novación” y de la “derivación” que evoca quizás, una tensión entre el imprescindible
análisis de la lógica de las proposiciones filosóficas y políticas, y el también imprescin-
dible análisis histórico de su conformación y desarrollo. Sin embargo, antes de anunciar
cualquier inconsistencia, debemos preguntarnos cómo entiende Halperín el florecimien-
to de esa impugnación radical en un contexto intelectual tan poco propicio para tales
formulaciones. En ese sentido, en tanto no se contempla la posibilidad de que la ideolo-
gía revolucionaria y sus mitos hallen sus precedentes en la tradición política española o
se deduzcan de ella297, su irrupción vendría a llenar el vacío de legitimaciones ideológi-
cas que creaba, por un lado, el colapso de la fe en el ideal de la monarquía católica his-
pánica y, por otro, el planteo de unos objetivos políticos irreconciliables con el mante-
nimiento del orden colonial tras los acontecimientos de 1810. Fenómenos, ambos, que
devienen de la concatenación de hechos políticos locales e internacionales que indican
la inviabilidad del imperio americano y el ocaso de España como potencia mundial.
En el orden internacional la historia del colapso del imperio se iniciaría, paradó-
jicamente, con el intento de revertir la decadencia que emprenden los Borbones desde
mediados del siglo XVIII con una serie de iniciativas económicas, políticas, militares y
administrativas. Medidas que no sólo buscaban reordenar las relaciones entre la metró-
poli y sus colonias, sino desplazar a España hacia un sitio menos marginal en el moder-
no sistema mundial298.
Si este “esfuerzo enorme de adaptación a un mundo cada vez más peligroso” su-
puso, tal como cree Halperín, un diagnóstico sobre la propia fragilidad e insuficiencia
de fuerzas, ello habría anticipado un desequilibrio entre objetivos y medios que podría
explicar el fracaso de esta ambiciosa experiencia, en tanto esa “tentativa de consolidar el
lazo colonial va a desembocar en unas décadas en la disolución de ese lazo”299.
Claro que en esta interpretación ese fracaso no es tanto el resultado de la insufi-
ciencia del esfuerzo renovador, como de la inmersión de España en el ciclo de conflic-
tos europeos una vez que concluye el reinado de Fernando VI y con él el intento de de-
linear una política exterior neutralista. En 1761 la guerra con Inglaterra llevaría a la
reformulación del pacto de familia entre los Borbones españoles, franceses e italianos.
Colonia del Sacramento fue arrebatada a los portugueses, pero la invasión de Portugal
fracasó y La Habana y Manila fueron tomadas por los británicos. La paz devolvió la
fortaleza rioplatense a los Bragança; las ciudades cubana y filipina a su antigua metró-

297
Ibíd., p. 17.
298
“Que el resurgimiento de las potencias ibéricas tiene por precondición un control más completo y
seguro de la economía de sus colonias parece entonces una conclusión evidente. La importancia capital de
esa precondición parece deducirse con igual claridad de la que tienen las colonias en el cuadro español y
portugués: a mediados del siglo XVIII es ya lugar común —y no sólo entre los enemigos de ambas poten-
cias— que en España las Indias son lo principal y la metrópoli sólo accesoria; para Portugal esto parece
aún más obvio. Hay todavía más: la ya evocada transformación del sistema europeo en mundial acrece la
significación de las regiones no europeas, a la vez como botín y como teatro de las rivalidades entre las
potencias.” (Tulio HALPERÍN DONGHI, Reforma y disolución de los imperios ibéricos 1750-1850, Madrid,
Alianza, 1985, p. 18).
299
Ibíd., p. 21.

102
poli, transfiere La Florida española a Gran Bretaña y en compensación la Louisiana
francesa a España. El resultado de este conflicto es peligroso para España no por esta
permuta de territorios en particular, sino porque la derrota de Francia es la contrapartida
ineluctable de la hegemonía inglesa en ultramar tras el fin de la Guerra de los Siete
Años. La guerra de 1776-78 entre España y Portugal —mientras Inglaterra hacía frente
a la sublevación de sus trece colonias norteamericanas— tuvo por escenario el actual
Uruguay y permitió a la primera obtener definitivamente Colonia, Fernando Poo y An-
nobón en África. Posteriormente, en 1779 España entró en guerra —tras la intervención
francesa— en apoyo de los revolucionarios estadounidenses, recuperando La Florida y
Menorca. Claro que esta victoria pronto mostraría el elevado costo que tendría para Es-
paña una alianza con quienes cuestionaban el orden monárquico e imperial que garanti-
zaba el dominio europeo en América300.
Esta diplomacia de alto riesgo no se habría agotado en la promoción de la rebe-
lión en la América angloparlante, sino que una vez desatada la revolución francesa y
luego de unirse a las primeras coaliciones internacionales, España terminaría siendo
arrastrada a la alianza con la república regicida y luego con Bonaparte, quedando seria-
mente cuestionada la posibilidad de sostener su imperio atlántico, sobre todo después de
la batalla de Trafalgar. De allí en más, ni la alianza con Francia logró evitar la interven-
ción napoleónica en la propia Península; ni el alineamiento de los resistentes con Ingla-
terra logró impedir que los británicos alentaran soterradamente la independencia ameri-
cana; ni el Congreso de Viena, ni los ejércitos de la restauración borbónica, ni las
promesas del constitucionalismo liberal lograron reconstituir el imperio colonial.
En el orden local, el éxito de las iniciativas reformistas a la vez que logró trans-
formar el antiguo ordenamiento político, fortaleciendo a Buenos Aires en detrimento de
Lima, contribuyó a impulsar —una vez que la coyuntura bélica se amplió a escala atlán-
tica— un desarrollo comercial que nace de la progresiva liberalización del intercambio
ultramarino entre 1791 y 1809301. Lo cierto es que la reestructuración político-
económica y la consentida apertura comercial inauguró un proceso de enriquecimiento y
autonomización de Buenos Aires y su extenso hinterland, que no logró revertir el debi-
litamiento estructural del vínculo metrópoli-colonia e instaló un escenario en el cual el
papel de España podía ser impugnado una vez que ésta se opusiera a seguir promovien-
do la profundización de esa prosperidad302.

300
“...hay en todo este episodio un elemento inquietante: las potencias borbónicas han logrado vencer
apoyándose en un desafío dirigido a la vez contra el orden colonial y el orden monárquico, protagonizado
por los revolucionarios de la América inglesa. Es el primer signo de que la larga crisis europea y mundial
se desliza del conflicto entre potencias a otro que afectará al orden político mismo; entre los servidores
del monarca español su ministro Aranda no deja de señalar las perspectivas de esa paradójica victoria. El
lazo entre uno y otro conflicto es muy real: la revolución norteamericana ha surgido en respuesta a una
tentativa de reorganización imperial paralela a las de las potencias ibérica, y destinada como éstas en
parte a distribuir de modo nuevo, entre metrópoli y posesiones ultramarinas, el peso cada vez más gravo-
so de los gastos militares.” (Ibíd., p. 77).
301
Tulio HALPERÍN DONGHI, El Río de la Plata al comenzar el siglo XIX, Buenos Aires, Facultad de
Filosofía y Letras UBA, 1961, p. 57.
302
“...la existencia de ese hiato entre la cada vez más insegura hegemonía mercantil española y la imposi-
ción de la que habrá de sustituirla es sin embargo decisiva; no sólo encumbra en la vida económica a

103
En este contexto, las intervenciones militares británicas en el Río de la Plata,
acaecidas en 1806 y 1807 en el marco de una serie de operaciones del Reino Unido co-
ntra enclaves estratégicos españoles u holandeses, estarán llamadas a ser el detonante
del proceso de secesión.
Estas incursiones dislocaron, pese a su fracaso, la dominación española en el
Cono Sur al demostrar palmariamente que nada podía esperarse de la metrópoli a la
hora de asegurar la paz y la estabilidad del virreinato. Luego de la lucha también quedó
claro que las nuevas instituciones y funcionarios borbónicos no habían sido capaces de
coordinar política o militarmente el esfuerzo de la Reconquista y Defensa de Buenos
Aires. Así, las consecuencias paradójicas de las acciones que llevaron al restablecimien-
to de la soberanía española en el Plata, serán las que contribuirán a su definitivo de-
rrumbe: por un lado, la movilización popular y la militarización revolucionaria y, por
otro, la emergencia de líderes e instancias de poder locales cuyo poder derivaba de su
propio carisma y efectividad y no de su integración a la estructura burocrática que go-
bernaba en nombre del Rey. De esta forma, la reafirmación de la lealtad a España se
realizó en términos tales que implicaron pronto la puesta en crisis de la relación colo-
nial303.
El efecto disgregador de estos hechos estaría en la base del cuestionamiento
práctico del ideal de la monarquía católica por parte la elite criolla, y serían sus conse-
cuencias materiales, antes que las lealtades con las nuevas ideas, las que habrían propi-
ciado la apertura de un vacío de legitimaciones ideológicas. Este vacío inducido —a la
vez que retroalimentado— por la prolongación de la crisis política, se habría salvado a
partir de la instrumentalización de las reflexiones de muchos filósofos y pensadores
políticos de tradiciones diversas, inclusive de la española. Sin embargo, para Halperín,
en tanto la influencia intelectual no se expresa por la apropiación de un sistema ideoló-
gico en bloque, sino de elementos y elaboraciones parciales integrados por la circuns-
tancia política y enfocados hacia un determinado objetivo, sería un absurdo reclamar la
inspiración de la revolución para tal o cual autor concreto, fuera este Francisco Suárez o
Jean Jacques Rousseau.
Respecto de la incuestionable recuperación de ciertos contenidos del pensamien-
to español en la ideología revolucionaria, lejos de probar la filiación hispánica de ésta,
permitiría reforzar la idea de ruptura. Veamos. En tanto la tradición política española es

figuras que no deben ya nada a la existencia del agonizante pacto colonial, sino que abre también la pers-
pectiva de un proceso al margen de él. Esa perspectiva es descubierta bien pronto; la encontramos ya
reflejada en la noción de que Buenos Aires es el centro del mundo comercial, luego de haber sido uno de
los remotos rincones del mundo colonial español. Sin duda este descubrimiento no pone directamente en
entredicho la supervivencia del vínculo político con la metrópoli; debe sin embargo ir transformando la
imagen que de él se elabora en el área colonial.” (Tulio HALPERÍN DONGHI, Revolución y guerra. Forma-
ción de una élite dirigente en la Argentina criolla (1972), México DF, Siglo XXI (2ª Ed. correg.) 1979,
pp. 124).
303
Las operaciones británicas fueron interpretadas por la historiografía argentina —ya desde el siglo
XIX— como un episodio clave para comprender el posterior estallido revolucionario de mayo de 1810.
En esta línea, aunque con argumentos más elaborados, se encuentra el aporte de Tulio HALPERÍN DONGHI
en su “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en: Tulio HALPERÍN DONGHI (ed.), El
ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1978.

104
considerada —incluso en sus desarrollos barrocos e ilustrados— como sustancialmente
conservadora, el “redescubrimiento” de elementos funcionales al discurso revoluciona-
rio conllevaría su inserción “en un marco ideológico a la vez que histórico del todo dis-
tinto del originario”304. Esta nueva síntesis representaría de por sí una innovación radical
—aunque no independiente de los desarrollos intelectuales franceses, británicos y nor-
teamericanos— respecto de una línea de pensamiento definida, en el texto de Halperín,
por su inconmovible lealtad a los principios regios y confesionales.
El apartamiento de estos principios y el posterior recurso al mito de la revolu-
ción como cambio absoluto y como fuente de nueva legitimidad política, sería una ex-
presión más de la inevitable disgregación del imperio español y de la consecuente gravi-
tación de sus fragmentos hacia la órbita de las nuevas potencias305. El éxito de la
revolución en el Río de la Plata no sólo garantizaría la definitiva disolución del ya agó-
nico vínculo colonial sino que señalaría el inicio de su arribo al mundo moderno. Una
modernidad caracterizada por un nuevo equilibrio político, pero también, claro está, por
un nuevo clima de ideas, cuya penetración en el imperio español resultaría en la sustitu-
ción del sistema de pensamiento tradicional “que aun la primera oleada iluminista había
respetado en sus rasgos esenciales”. La propagación de este clima ideológico en la me-
trópoli y en las colonias habría acelerado el debilitamiento de aquella fe en la monar-
quía católica que no podía sostenerse ya por la fuerza de los hechos en un contexto tan
diferente del que había asegurado su vigencia306.
Ahora bien, esta actualización dieciochesca no habría encontrado mayor funda-
mento en la evolución de la tradición hispana —que según Halperín era para entonces
extremadamente pobre en sus aportes teóricos— sino, por el contrario, en la creciente
curiosidad por las teorizaciones francesas. Curiosidad que no se trunca ni siquiera en las
etapas más radicales de la Revolución Francesa —cuando rebrota el celo de la censura
inquisitorial307— y que podría sugerir cierta ingenuidad en las apropiaciones hispanas
del nuevo pensamiento político308, si no fuera porque esta demanda era consecuencia
lógica de la política reformista.

304
Tulio HALPERÍN DONGHI, Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo, Op.cit., p.
16.
305
Ibíd., p. 17.
306
Ibíd., p. 77.
307
“Más que el choque frontal, la administración real —en las Indias como en España— aprende a temer
la lenta corrosión de la fe política recibida, y pone una seriedad nueva en el esfuerzo por impedir la difu-
sión de textos heterdoxos. En Bogotá, Antonio Nariño va a ser duramente castigado cuando imprime, para
distribuir entre sus amigos y corresponsales, el texto de la declaración de Derechos del Hombre y del
Ciudadano, de 1791. Sus protestas de perfecta lealtad y su tentativa de presentar toda la empresa como
inspirada por el más acendrado celo monárquico y español no son necesariamente del todo sinceras; sin-
cera es su sorpresa ante la severidad con que la autoridad juzga su conducta, que excede la conocida en el
pasado. Y esa severidad nueva se extiende de la autoridad civil a la eclesiástica; la Inquisición conoce un
vigoroso retorno, pero la ortodoxia que tutela es cada vez más política.” (Tulio HALPERÍN DONGHI, Re-
forma y disolución de los imperios ibéricos 1750-1850, Op.cit., pp. 82-83).
308
Los antecedentes de estas lecturas deberían ser buscados en el rescate retórico de las virtudes clásicas
y republicanas por la cultura barroca y la monarquía absoluta. De la asociación entre ese legado y las
teorizaciones francesas provendría la curiosidad natural de los intelectuales españoles por las nuevas
ideas políticas. Ahora bien, como lo explica Halperín, esta incorporación suponía la condición utópica

105
En el Río de la Plata, el auge mercantil y el progreso material que acarreó el re-
ordenamiento borbónico fueron vistos por la elite criolla y sus ideólogos —los econo-
mistas ilustrados, según los nomina Halperín— como el anticipo del futuro que aguar-
daba a estas tierras si la reforma se profundizaba. Esta visión del proceso político y
económico puede explicar el alineamiento primigenio de este sector con el poder pro-
motor del progreso, pero puede también explicar su radicalización posterior, una vez
que quedó claro que ya no podía esperarse de ese poder más que una política ambigua o
regresiva.
En síntesis, para Halperín, así como los hechos que jalonan el proceso de disolu-
ción del imperio español fueron sufridos pasivamente por una vieja metrópoli que se
reveló incapaz de gobernar los acontecimientos, la propia renovación intelectual del
mundo hispánico encontraría su fuerza dinámica fuera de las fronteras peninsulares,
desde donde serían importados los instrumentos conceptuales para pensar y proyectar
una nueva España.
Otra visión de esta historia es la que ha ofrecido José Carlos Chiaramonte a lo
largo de sus numerosas investigaciones acerca de la Ilustración en el Río de la Plata309
elaboradas entre 1958 y 1997. Este autor ha logrado fijar la particularidad de un mo-
mento histórico en el cual las nuevas ideas fluyen incontenibles desde un mundo cultu-
ral español que, sin ser el polo dinámico del pensamiento europeo, se las ha arreglado
para tender una vía de comunicación con el ahora dominante pensamiento francés y
británico.
A partir del aporte de Chiaramonte podemos establecer, entonces, la similitud
básica que permite hablar de una continuidad entre el mundo intelectual español y el
rioplatense en las postrimerías del orden imperial. Mundos estructurados, ambos, por el
predominio del pensamiento tradicional, pero afectados progresivamente por la filtra-
ción intersticial de las nuevas ideas europeas y de sus recreaciones hispanas. Esta simili-
tud contextual explicaría, al menos en parte, por qué predominaron las lecturas modera-

que estas ideas: “¿Rousseau puede ser tenido por el equivalente moderno de esos prestigiosos romanos?
Sería excesivo afirmarlo, pero basta ver la sorpresa indignada con que muchos de sus empedernidos lecto-
res españoles vieron la caída de la monarquía francesa para advertir que hallaban algo de inesperado en el
hecho mismo de que esas ideas que habían logrado atraer su interés tuviesen consecuencias concretas;
precisamente porque las habían creído desprovistas de éstas se habían entregado con tan despreocupada
curiosidad a seguir sus cada vez más osadas manifestaciones teóricas.” (Tulio HALPERÍN DONGHI, Tradi-
ción política española e ideología revolucionaria de Mayo, Op.cit., p. 78).
309
A modo de un panorama de la bibliografía más significativa de José Carlos Chiaramonte, podríamos
mencionar las siguientes obras: La crítica ilustrada de la realidad, Buenos Aires, CEAL, 1982. Los
ensayos aquí incluidos fueron publicados primero como textos independientes y luego en tres compila-
ciones tituladas Ensayos sobre la Ilustración argentina (Paraná, Universidad Nacional del Litoral, 1962)
y Problemas del europeísmo en Argentina (Paraná, Universidad Nacional del Litoral, 1964) y en la edi-
ción crítica de documentos titulada Pensamiento de la Ilustración. Economía y sociedad iberoamericanas
en el siglo XVIII (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979). Más tarde, aparecen dos recopilaciones en las que
pueden percibirse la recurrencia de los temas y problemas que obsesionan a este historiador: La Ilustra-
ción en el Río de la Plata. Cultura eclesiástica y cultura laica durante el Virreinato, Colección La ideo-
logía argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1989; y Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación
Argentina (1800-1846), Biblioteca del Pensamiento Argentino I, Buenos Aires, Ariel, 1997.

106
das de la filosofía política dieciochesca310 entre la elite colonial y por qué la ilustración
española pudo tener una influencia fundamental sobre los pensadores modernos del Río
de la Plata.
Los iluministas peninsulares se habrían encontrado atrapados entre la dinámica
ascendente de una ideología de progreso y una herencia cultural conservadora —
fuertemente signada por imperativos religiosos311. Este dilema, en tanto elemento consti-
tutivo del pensamiento ilustrado español del siglo XVIII, no pudo ser resuelto desde
dentro de su lógica, por lo que trató de ser salvado a través de una síntesis conciliadora
o de una transacción, más o menos equitativa.
Este deseo de compatibilizar en vez de optar, habría determinado tanto las po-
tencialidades como los límites de las luces hispanas, y habría impreso la que fue, sin
duda, su característica principal: el eclecticismo. Eclecticismo entendido básicamente
por Chiaramonte como una mezcla entre una vieja y una nueva concepción del mundo
que reflejaría, en el compromiso mismo que conlleva, el precario desarrollo de la Espa-
ña del siglo XVIII y el arcaismo de su estructura social312.
Este rasgo saliente del enciclopedismo peninsular —claramente visible en la
obra de fray Benito Jerónimo Feijóo y Montenegro (1676-1764) y en sus sucesores— lo
diferenciaría sustancialmente del paradigma francés, pero permitiría trazar una línea
filiatoria directa entre el antecedente peninsular y el tímido y subdesarrollado iluminis-
mo rioplatense313.
Esta filiación hispánica de las luces sudamericanas, así como la influencia arcai-
zante del pensamiento escolástico y el necesario eclecticismo de la renovación intelec-
tual habría tenido su primera manifestación en la particular forma en que fueron incor-
poradas ciertas ideas de René Descartes, Isaac Newton, Gottfried Wilhelm Leibnitz,
Chistian Freiherr von Wolff y Pierre Gassendi en los centros de altos estudios jesuíticos

310
José Carlos CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la Ilustración argentina” en: ID., La crítica ilustrada
de la realidad, Op.cit., p. 21.
311
Ibídem., p. 27
312
José Carlos CHIARAMONTE, “Acerca del europeismo en la cultura argentina” (1963), en: ID., La crítica
ilustrada..., Op.cit., p. 27. El mismo autor afirmará, más tarde, que la difusión del enciclopedismo en
España y sus colonias siguió las variantes más moderadas del pensamiento del siglo XVIII y no el camino
radicalizado francés, porque las características revolucionarias de este último “reflejaban las necesidades
de una estructura social que superaba en mucho a la española e hispano-colonial”, enfrentada a una confi-
guración diferente de problemas económicos y políticos (José Carlos CHIARAMONTE, “Reflexiones po-
lémicas”, en: Ibidem, p. 98).
313
A propósito de las diferencias entre el iluminismo europeo y el hispanoamericano Chiaramonte nos
dice que: “...la diferencia estriba en que los escritos locales son simples trabajos de política, economía o
política social, mientras que la Ilustración europea ofrece, además de trabajos de ese tipo, la elaboración
teórica de los problemas de la sociedad, la investigación doctrinaria de la naturaleza de los fenómenos
sociales. Pero aún así, esa misma limitación define su grado de desarrollo y de dependencia con respecto
a la europea. Y no sólo en un sentido que pueda expresarse diciendo que había un menor desarrollo cultu-
ral, sino que, dado el carácter del objeto que nos ocupa, el estudio de la sociedad, faltaba el sujeto capaz
de una reflexión autónoma sobre ese objeto: faltaba una clase social suficientemente madura.” (José Car-
los CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XVIII: la crítica ilustrada de la realidad”,
en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 174).

107
del Virreinato314 y en las polémicas que causaron las iniciativas realmente innovado-
ras315.
Si bien esta supuesta apertura y actualización del medio intelectual fue rescata-
da, en los años ’50, por el historiador jesuita Guillermo Furlong Cardiff (1889-1974),
como parte de su monumental empresa de redescubrimiento y exaltación de los valores
hispano-católicos de la cultura rioplatense316, será Chiaramonte quien logre equilibrar la
cuestión al considerar a la vez los aspectos integrados y rupturistas de la “moderniza-

314
Respecto de la política de apertura de los jesuitas y de la crítica de la cultura eclesiástica dice Chiara-
monte: “Esta actitud crítica alcanzó también a manifestarse en el seno de la Compañía, aunque la orienta-
ción prevaleciente fue por demás limitada. Pues, sin dejar de buscar una adaptación al gusto del público
por las “novedades” filosóficas o científicas, como manera de no perder influencia en la sociedad, esa
orientación procuraba ante todo no afectar el conjunto de las bases teológicas y filosóficas de la doctrina
de la orden. Y trataba de lograrlo mediante la estricta limitación de los temas del pensamiento moderno
que podían considerarse en clase, y con firmes directivas sobre la forma y el contenido de la crítica a
efectuar en esos casos. Es decir, algo tan ajeno a una real modernización como lo muestra, entre otras
características, la exigencia de que las materias amenas que podían enseñarse sin riesgo de la sana doctri-
na debían ser expuestas en forma silogística.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Introducción” a: ID., La Ilus-
tración en el Río de la Plata. Cultura eclesiástica y cultura laica durante el Virreinato, Buenos Aires,
Puntosur, 1989, p. 42).
315
Un buen ejemplo de este tipo de conflicto es el conflicto desatado entre el rector franciscano de la
Universidad de Córdoba y los sectores tradicionales de esa ciudad, religiosos y laicos, por su intento de
introducir en ella la física experimental a través de la adquisición de un laboratorio. El conflicto envolvió
tanto al rector José Sullivan —quien sostuvo la necesidad de “abolir la filosofía antigua” y sustituirla por
la “demostración de la verdad”— y al alcalde de segundo voto del Cabildo —cuyo argumento se centraba
en que el objetivo originario de dicha casa de estudios al ser fundada por Trejo y Sanabria era la enseñan-
za de Teología—, como al fiscal del Cabildo y a los más altos funcionarios coloniales, incluidos el Virrey
—quien terminará autorizando la compra— (Ver: Ibíd., pp. 65-67 y los documentos presentados por
Chiaramonte en, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Bibliote-
ca del Pensamiento Argentino I, Buenos Aires, Ariel, 1997, pp. 272-279).
316
Guilermo FURLONG, Nacimiento y desarrollo de la filosofía en el Río de la Plata, 1536-1810, Buenos
Aires, Kraft, 1947. A Furlong, un historiador y bibliógrafo jesuita, se le deben una serie de obras historio-
gráficas de temática hispanista y eclesiástica muy cercanas al revisionismo histórico. Entre sus obras
encontramos: Historia del Colegio del Salvador y de sus irradiaciones culturales y espirituales en la
ciudad de Buenos Aires. 1617-1943, Buenos Aires, Colegio del Salvador, 1944; Cultura Colonial Argen-
tina, vol.I: Bibliotecas argentinas durante la dominación hispánica (Buenos Aires, Huarpes, 1944);
vol.III: Matemáticos argentinos durante la dominación hispánica (Buenos Aires, Huarpes, 1945); vol.IV:
Arquitectos argentinos durante la dominación hispánica (Buenos Aires, Huarpes, 1946); vol. VI: Médi-
cos argentinos durante la dominación hispánica (Buenos Aires, Huarpes, 1947); vol.VII: Naturalistas
argentinos durante la dominación hispánica (Buenos Aires, Huarpes, 1948); Colección de Escritores
Coloniales Rioplatenses, editadas en Buenos Aires, por la Librería del Plata y Ediciones Theoría entre
1953 y 1971; Historia y bibliografía de las primeras imprentas rioplatenses. 1700-1850, Tomo I, Buenos
Aires, Guaranía, s/f; Tomos II y III Buenos Aires, Librería del Plata, 1955 y 1960; Tomo IV, Buenos
Aires, Huemul, 1975; Historia social y cultural del Río de la Plata, 1536-1810, Buenos Aires, TEA,
1969.

108
ción” jesuítica317 y la tortuosa y acotada difusión del pensamiento de filósofos del siglo
XVII en las cátedras cordobesas318.
Pero no es, sin embargo, el aspecto que nos interesa relevar aquí, sino aquel por
el que se constata que la pauta de asimilación de estas perspectivas en un contexto tradi-
cional reproducía, en mucho, el clima intelectual propio del desarrollo del iluminismo
peninsular319.
En este sentido, encontramos que en ambos contextos y alrededor de esta incor-
poración de corrientes no escolásticas, no sólo se desatan conflictos entre racionalistas
laicos y clérigos ultramontanos, sino que las líneas de oposiciones enfrentan, por un
lado —y en el marco de una reforma desde arriba impulsada por los Borbones— al po-
der secular y al poder eclesiástico, y por otro, a las propias órdenes religiosas, que se
debaten ante el dilema de condenar o alentar la renovación intelectual, y de respaldar o
impugnar la nueva política estatal320.
La perpetuación de este tenso equilibrio entre renovación y tradición sólo puede
comprenderse cabalmente cuando consideramos que, tanto en España como en el Río de
la Plata, la reflexión ilustrada eludió cuanto pudo el terreno religioso321, al introducir

317
Puede verse también una valoración negativa del rol intelectual de los jesuitas en España y en América
en Gregorio WEIMBERG, “Ilustración y educación superior en Hispanoamérica”, en: Revista de Educa-
ción, Número extraordinario “La educación en la Ilustración española”, Ministerio de Educación y
Ciencia, Madrid, 1988, p. 37. Sin embargo, es interesante recordar, con Chiaramonte, que la renovación
intelectual limitada que se introdujo en los centros universitarios de los jesuitas, antes o después de su
expulsión, se relacionaba con la aparición de individuos tolerantes, heterodoxos o rupturistas dentro de la
propia Compañía de Jesús, la que también fue sacudida por una crisis intelectual (José Carlos
CHIARAMONTE, Ciudades, provincia, Estado…, Op.cit., pp. 28).
318
“Descartes o Newton, a mediados del s. XVIII eran tratados en las cátedras de aquella Universidad [de
Córdoba], ya para impugnarlos, ya en parcial adhesión, o ambas cosas a la vez. ¿Qué alcance tenían estas
enseñanzas? Mal podría deducirse de ellas —como sostiene Furlong— un cambio radical en la orienta-
ción de los estudios coloniales. Por el contrario, no pasaban de constituir una limitada ampliación y modi-
ficación de la enseñanza tradicional. La escolástica, en plena decadencia, constituía la base de aquellos
estudios. Las teorías cartesianas o newtonianas, incorporadas ocasionalmente, se reducían a los aspectos
menos esenciales e inocuos desde el punto de vista de la teología o la filosofía escolástica.” No obstante,
lo cual: “Así como no es correcto magnificar el alcance de tales innovaciones, tampoco corresponde la
ligereza de menospreciar la repercusión que habrían de tener. Aún limitándose a exponer las nuevas doc-
trinas para desmenuzarlas y repudiarlas desde el punto de vista escolástico, el asentimiento acordado a
partes de la misma de tanto prestigio entonces como la física, eran vías abiertas a la curiosidad para el
estudio y la adopción de la filosofía que les servía de fundamento. Por otra parte, los profesores que las
enseñaban estaban expuestos al contagio —consciente o no— de las mismas.” (Juan Carlos
CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la ilustración argentina” (1960), en: ID., La crítica ilustrada...,
Op.cit., pp. 17-18 y 19-20).
319
Ver: Mariano PESET y J. Luis PESET, La Universidad española (siglos XVIII y XIX). Despotismo
ilustrado y revolución liberal, Madrid, Taurus, 1974.
320
Para trazar un paralelo entre las oposiciones surgidas en el campo cultural, pedagógico y político me-
tropolitano y colonial, ver de Juan Francisco FUENTES, “Luces y sombras de la Ilustración española”, en:
Revista de Educación, Número extraordinario 1988…, Op.cit., pp. 9-28; en la misma publicación, el
artículo de Antonio Alvarez de Morales, “La Universidad en la España de la Ilustración”, pp. 467-478; y,
de José Carlos CHIARAMONTE, “Estudio preliminar” en: ID., Ciudades, provincias, Estados..., Op.cit., pp.
25-30.
321
“Sólo tardía y excepcionalmente la penetración del enciclopedismo en España va acompañada de
crítica a la fe. Por regla general, el enciclopedismo del Siglo XVIII español no invade el terreno religioso,
fuese por características nacionales o por imprescindible prudencia. Lo mismo ha de suceder en el Río de

109
una diplomática disociación entre el mundo de la razón y el mundo de la fe322. Disocia-
ción que no casualmente estará presente en el discurso de los futuros revolucionarios323,
aun después de consumada la ruptura política324.
Esta concurrencia de factores en situaciones homologables permitirían explicar,
en definitiva, por qué estos injertos racionalistas fueron soportados por un edificio fun-
damentalmente escolástico sin que entraran inmediatamente en crisis los fundamentos
mismos de la orientación pedagógica colonial, aun cuando a mediano plazo, no dejaran
de abrir acotados resquicios de renovación que contribuirían al derrumbre del orden
imperial.
Si, como quedara establecido, el eclecticismo de la ilustración española tenía sus
fuentes en la necesidad de encontrar un acuerdo entre dos visiones del mundo, el deri-
vado eclecticismo filosófico de los ilustrados rioplatenses podría encontrar las suyas —
además de en el condicionante católico heredado— en el particular equilibrio político
que debía procurar, asumiendo la realidad del dominio imperial, pero intentando a la
vez racionalizar y reorientar esa sujeción hacia una comunidad de intereses con los na-
turales de la colonia.
Esa tensión se resolvía, a veces, en un fuerte impulso para las nuevas concepcio-
nes, en el mismo plano de la estructura burocrática, como cuando la corona aprueba la
fundación del Consulado de Buenos Aires en 1794 —nombrando como secretario per-
petuo a Manuel Belgrano (1770-1820)—; pero en otras ocasiones, la resolución deter-

la Plata.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la Ilustración Argentina” (1960), en: ID., La
crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 23).
322
Algunas de las estrategias de introducción del pensamiento renovador presentes entre los ilustrados
hispánicos consistían en intentar religar ciencia y religión, o ciencia y escolática —vía intentada por el
Juan Baltasar Maziel— o convencer al público de que la penetración de las luces, las ciencias y la racio-
nalidad, serviría a la propia religión para depurar de ella la superstición y los antiguos errores recreados
por la dinámica propia de la escolática —argumento explotado por Pedro Antonio Cerviño—. Otras de las
salidas transaccionales adoptadas fue la aceptación de la “doble verdad”. Una verdad dogmática —e irra-
cional— a la que se accedía por la fe, y una verdad a la que se accedía por mediante la razón y el método
científico: “Esta opción tenía atractivos para evitar conflictos en la vida de relación. Para la elite ilustrada
colonial, como también ocurría en la península, fue una solución, así, adherir a la nueva visión del mundo
según la cual éste se regía por leyes objetivas, impuestas por el creador en el momento de la creación pero
luego operantes de manera necesaria y sin intervenciones sobrenaturales, sin abandonar la fe y su corola-
rio, según el cual el mundo era obra de un ser supremo capaz de interferir en él según su voluntad, inter-
vención también admitida para ángeles, demonios y santos. Pero viviendo la vida terrenal como si fuese
derivada de la primera de esas concepciones y pagando tributo a la segunda a través del mecanismo social
del culto religioso.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Estudio preliminar” en: ID., Ciudades, provincias,
Estados…, Op.cit., 103).
323
Aun en el contexto de una fuerte reivindicación de los objetivos de una pedagogía renovadora frente a
la escolástica, o de una crítica a la política colonial, podemos encontrar que Cabello y Mesa, Vieytes,
Belgrano, Cerviño y el propio Moreno no se cansarán de invocar el acatamiento y respeto a la fe común.
(Ibíd., pp. 43-46).
324
La continua defensa de la religión en los textos ilustrados rioplatenses e hispánicos en general eviden-
cia un síntoma de consciencia o al menos de intuición respecto de la existencia de una incompatibilidad
básica entre el mundo de la razón y el de la fe: “...los artículos del editor del Telégrafo... en los que la
abundancia de párrafos en defensa de la religión, en un medio social en el que no corría mayor riesgo, nos
indica que ellos tenían por objeto defender al autor más que a la religión. Esto es, que por haber asumido
la labor propagandística de las luces del siglo, el que escribía tenía conciencia, por más moderada que
fuese la expresión de sus opiniones, de la no congruencia entre Ilustración y fe, y de la consiguiente posi-
bilidad de ser objeto de algún tipo de sanción.” (Ibíd., p. 49).

110
minaba un retroceso, como en 1802 y 1807 cuando la hacienda obligó a clausurar pri-
mero la Escuela de Dibujo y luego la Academia de Náutica inauguradas en 1799 por el
propio Consulado325.
Es en relación con esta tensión entre el pensamiento moderno y el escolástico en
el Buenos Aires colonial que puede entenderse mejor por qué los ilustrados porteños
podían nutrirse de fuentes ideológicas tan diversas como las obras de François Quesnay,
Anne Robert Jacques Turgot, Adam Smith, Gaspar Melchor de Jovellanos, Pedro Ro-
dríguez Conde de Campomanes, José del Campillo y Cosío, Valentín de Foronda, Fer-
dinando Galiani y Victor Riquetti Marqués de Mirabeau, sin percibir las contradicciones
teóricas y prácticas que su simultánea incorporación podía acarrear.
Sin embargo, esta adhesión espiritual a un genérico y universal movimiento re-
novador de ideas evidenciaba no sólo una adscripción limitada a cada uno de los auto-
res, o la presencia de una heterodoxia en la base doctrinaria de la formación de futuros
revolucionarios como Manuel Belgrano, Manuel José de Lavardén (1754-1809), Maria-
no Moreno (1778-1811) o Hipólito Vieytes (1762-1815) —como argumenta Chiara-
monte—; sino que sirven también como pistas para comprender las condiciones reales
de existencia del debate de ideas dieciochescas en la perisferia lejana del ya perisférico
imperio español. En estas condiciones de marginalidad —y en un contexto inercialmen-
te reaccionario—, se hace entendible que estos intelectuales plantearan una estrategia
orientada a abrir camino a una impetuosa y heterogénea corriente modernizadora, sin
perder tiempo en adentrarse en las sutilezas de las relaciones lógicas existentes entre las
ideas de cada uno de los pensadores convocados como inspiradores de sus propios pro-
yectos de cambio y desarrollo.
Ahora bien, esa filiación hispánica y católica de la ilustración rioplatense pre y
post-revolucionaria no podría explicarse atendiendo sólo a la “comunidad de idioma”, a
la “mayor afinidad cultural”, o a la fascinación “intelectual” por las obras de Benito
Jerónimo Feijóo y Montenegro y de otros ilustrados hispanos en el Buenos Aires colo-
nial. Por el contrario, para Chiaramonte, la razón última de tal éxito estaría dada, en
definitiva, por la existencia de una sorprendente similitud entre el atraso rural de la co-
lonia y de la metrópoli326.
Más allá de que nos parezca convincente la argumentación “materialista” de
Chiaramonte lo cierto es que, en el Buenos Aires tardodieciochesco y en sintonía con la

325
Germán O. E. TJARKS, El consulado de Buenos Aires y sus proyecciones en la historia del Río de la
Plata (2 Vols.), Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1962, pp.
825-838. Respecto del rol progresista del propio Belgrano, Tjarks nos dice: “Del cotejo de los tratados
eruditos dedicados a la historia de la enseñanza rioplatense, podemos sacar la conclusión que, hacia 1790,
las ciencias exactas y aplicadas aún no se hallaban encuadradas en los planes de estudio de los estableci-
mientos superiores, que se habían dedicado a las disciplinas del espíritu con notable énfasis, bajo la in-
fluencia de doctos maestros. Por ello no cabe duda que al Consulado le corresponde el honorífico papel
de precursor e iniciador de estos estudios en el virreinato. Merced a la influencia de Belgrano, la educa-
ción fue uno de los fines que se impuso la institución y, no obstante las dificultades económicas y las
prohibiciones motivadas por la incomprensión o el desinterés de la corona, el Consulado se mantuvo fiel
a esos nobles principios durante toda su existencia.” (Ibíd., p. 825).
326
José Carlos CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la ilustración argentina” (1960), en: ID., La crítica
ilustrada..., Op.cit., p. 21.

111
experiencia peninsular, se fue constituyendo alrededor de los canales formales de edu-
cación una red de consumidores, adaptadores y propagadores de ideas ilustradas. Por
supuesto, esta red no abarcaba a toda la población, sino que se circunscribía a un grupo
reducido de eclesiásticos y burócratas que fue ampliándose al compás del crecimiento
de los grupos profesionales y de las actividades relacionadas con la expansión comercial
de la capital virreinal327.
Esta red se superponía, sin duda, con otro tipo de relaciones sociales propias de
la elite letrada virreinal, como las ya establecidas entre alumnos y profesores, como las
que reunían a los asiduos concurrentes de tertulias literarias y de cenáculos intelectuales
—celebrados en sitios como el Café de Marcos o en domicilios particulares—, o como
aquellas que intentaban formalizarse siguiendo el modelo de las Asociaciones de Ami-
gos del País españolas328. Lo cierto es que, en todo caso, este público ilustrado se fue
construyendo sobre la base de la comunicación directa de individuos cultivados, alfabe-
tizados, con la capacidad material de agenciarse —ya sea para sus bibliotecas particula-
res, o para aquellos repositorios públicos o semipúblicos que por su función controla-
ban— obras claves del pensamiento contemporáneo329. Obras que circulaban, sin duda,
entre un conjunto de lectores que excedía con creces al de sus estrictos propietarios.
Esta circulación “privada”, en consonancia con la propia dinámica de la “vida
intelectual disidente que, subterráneamente a veces y abiertamente en otras, era frecuen-
te en los centros de estudio de la época”330 amplió la demanda por el material de lectura.
La progresiva entrada de libros en idioma original en el mundo cultural hispáni-
co y la ampliación de la demanda de textos ilustrados incentivaron significativas empre-
sas de traducción y adaptación, destinadas a abastecer las inquietudes de este nuevo
público tanto en territorio español como en el americano. La oferta de ideas renovadoras
en castellano permitió potenciar al máximo la capacidad de difusión de las luces en el
ámbito colonial, entre una elite cuyos miembros no poseían, unánimemente, la capaci-
dad de leer la necesaria variedad de idiomas extranjeros. Es importante destacar que,
por lo general, los traductores intervinieron explícitamente justificando enmiendas o

327
Juan Carlos CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XVIII: la crítica ilustrada de
la realidad” (1979), en: ID., La crítica ilustrada..., Op.cit., pp. 159-160.
328
“Son fines primordiales de estas corporaciones la propagación de la economía política, la difusión de
nuevas técnicas industriales y agrícolas, el fomento de las ciencias y, en última instancia, la creación de
un clima propiacio a las reformas emprendidas por el gobierno. A tal fin se establecen cátedras, se publi-
can discursos y tratados y se constituyen bibliotecas bien surtidas, por lo general de libros franceses. Uno
de los grandes méritos de las sociedades será, precisamente, servir de puente entre la cultura española y la
nueva filosofía francesa, apurando al máximo la tolerancia gubernamental y burlando la celosa vigilancia
de la Inquisición.” (Juan Francisco FUENTES, “Luces y Sombras de la Ilustración española”, Op.cit., p.
17) Respecto de los intentos de Manuel de Lavardén, Francisco Antonio Cabello y Mesa, Juan José Cas-
telli y Manuel Belgrano para fundar una de estas sociedades, consultar de José Carlos CHIARAMONTE,
“Estudio preliminar”, en: ID., Ciudades, provincias, Estados…, Op.cit., p. 39. Respecto de la socialidad
intelectual y tertuliana dieciocheca española, ver: Francisco AGUILAR PIÑAL, Introducción al siglo XVIII,
(Ricardo DE LA FUENTE —Ed.—, Historia de la Literatura Española, vol. 25), Gijón, Ediciones Júcar,
1991.
329
Guillermo FURLONG, Bibliotecas argentinas durante la dominación hispánica, Bs. As., Huarpes, 1944.
330
José Carlos CHIARAMONTE, “Introducción”, en: ID., La Ilustración en el Río de la Plata, Op.cit., p. 82.

112
supresiones de determinados aspectos inconvenientes de los textos331, poniendo de ma-
nifiesto así, las delicadas condiciones de existencia de la renovación intelectual y, nue-
vamente, la similitud de la experiencia colonial y metropolitana332.
Sin embargo, pese a que los libros —en tanto objetos de comercialización, prés-
tamo, traducción y adaptación— resultaron ser el soporte ideal para permitir la profun-
dización del rumbo renovador entre los miembros más preparados de la elite rioplaten-
se, no debemos suponer que estos fueron el vehículo excluyente para la propagación de
las ideas ilustradas. Por el contrario, el objeto cultural por antonomasia coexistió en los
circuitos de esa red con una considerable gama de impresos y periódicos que resultaron
decisivos a la hora de garantizar una actualización ideológica333.
Estos periódicos deben ser valorados no por su condición de usinas de un pen-
samiento novedoso o de órganos de una línea ilustrada autónoma, sino por funcionar
como plataformas de divulgación y amplificación de unas ideas que no podían ser ges-
tadas independientemente en un marco tan precario como el rioplatense o tan contradic-
torio como el español334. Por lo demás, su verdadera importancia, radica en su carácter
de nexos materiales a través de los cuales fluían con mayor rapidez y en un formato más
accesible noticias, bibliografías335 y textos desde un polo difusor —metropolitano— a

331
Para ofrecer un par de ejemplos de textos particularmente importantes para la formación intelectual o
para orientar la práctica política de la elite rioplatense, podríamos decir que las traducciones de las Lezio-
ni di Commercio de Antonio Genovesi por Victorián de Villava (Madrid, 1784) y la de su admirador
Mariano Moreno, del Contrato Social, (Buenos Aires, 1810) siguen ambas la pauta “intervencionista” de
traducción de su época y de su contexto cultural hispánico. Ver al respecto: José Carlos CHIARAMONTE,
“Estudio preliminar”, en: ID., Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-
1846), Op.cit., p. 112 y 124.
332
Es importante considerar el problema del estilo de traducción del XVIII español quitando de primer
plano cualquier juicio ético de carácter anacrónico, tal como propone Eterio Pajares: “La valoración in-
manente de una traducción, como la de la obra original, ha de complementarse con el conocimiento del
traductor y, quizá más importante, con el de los lectores y las circunstancias socioculturales de la época.
Si nos quedamos en el primer paso, serán pocas las traducciones del S. XVIII que juzgaremos como bue-
nas e, incluso, como traducciones. Pero si obramos con perspectiva histórica y tenemos en cuenta criterios
sociohistóricos, receptivistas y de intertextualidad, comprobaremos que muchos traductores fueron hijos
de su siglo, que tuvieron que ceñirse a ciertas imposiciones y que, con mejor o peor estilo, satisfacían las
expectativas de la nueva clase social que se incorporó a la lectura.” (Eterio PAJARES, “La traducción in-
glés-español en el siglo XVIII: ¿manipulación o norma estética?, en: Federico EGUÍLUZ y otros (eds.),
Transvases culturales: Literatura, Cine, Traducción, Universidad del País Vasco, 1994, p. 393).
333
“...en el Buenos Aires finisecular, cierto tipo de impresos pasaban por las manos de todas las gentes de
mediana cultura y alguna curiosidad: así los periódicos, muchos de ellos verdaderas antologías de omni re
scibili, en que cada uno escogía de acuerdo con sus preferencias y necesidades.” (Daisy RÍPODAS DE
ARDANAZ, Refracción de ideas en Hispanoamérica colonial, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argen-
tinas, Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, 1983, p. 126)
334
A pesar de ello, la historiografía tradicional ha desestimado recurrentemente el valor de estas fuentes,
ya sea por el pobre estilo literario de sus responsables o por la falta de originalidad de sus “colaboracio-
nes”. Chiaramonte, ha enfrentado en reiteradas ocasiones estas ideas destancando, por un lado, el papel
cumplido por periódicos tales como El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-económico, e Historiográfico
del Río de la Plata, El Correo de Comercio, El Semanario de Agricultura, La Gazeta de Madrid y la
Gazeta de Buenos Aires, en la configuración de un ideario ilustrado y, por otro, la posibilidad de rastrear
a partir de ellos las categorías “hispánicas” del pensamiento tardocolonial.
335
En la obra de Ricardo Donoso, Un letrado del siglo XVIII, el doctor José Perfecto de Salas (2 Vols.),
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1963, Tomo I, p. 395, puede verse en el
caso concreto de José Antonio de Rojas, cómo este tipo de publicaciones —en este caso francesas—
servían para orientar la formación de bibliotecas particulares.

113
un polo receptor —colonial—, paradójicamente igualados en tanto demandantes del
aporte intelectual externo para renovar sus concepciones e instituciones sociales, políti-
cas y económicas.
Por ello, el interés de estos periódicos no radica solo en la posibilidad de re-
construir a partir de ellos la evolución de las formas de identidad y del lenguaje políti-
cos, sino también las mecánicas concretas a través de las cuales circulaban y se recrea-
ban los principales aportes del pensamiento contemporáneo consumidos por esa
incipiente red de intelectuales criollos.
En este sentido, las publicaciones mencionadas y otras, como el Mercurio Pe-
ruano o el Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa actuaron
en ambas márgenes del Atlántico como epígonos y vulgarizadores de textos franceses,
ingleses y españoles y como fuentes de actualización bibliográfica para los estrechos
círculos de las luces hispanoamericanas, tejiendo su propia trama de reescritura y re-
creación textuales en base a una sistemática política editorial de refracción, adaptación y
plagio336. Esta política, —correspondiente con la ausencia de una efectiva noción de
propiedad intelectual o con una indefinición de los límites de las citas de autoridad—
ocultaba en realidad tanto un criterio como una práctica de apropiación que excedía el

336
En la obra de Daisy Rípodas de Ardanaz citada anteriormente se analizan cinco casos de “refracción
ideológica” entre los cuales se destacan por su especial importancia dos. El primero es el dictamen nega-
tivo de 1799 del entonces Síndico Procurador General Cornelio Saavedra sobre la cuestión de los gre-
mios; el cual fuera confeccionado por su compañero de estudios en el Colegio de San Carlos y posterior-
mente su patrón en el bufete de abogados de su familia, Feliciano Antonio Chiclana. Rípodas de Ardanaz
demuestra cómo éste último trasiega a su oficio expresiones tomadas de las “cartas” del diplomático e
intelectual vasco Valentín de Foronda publicadas en el Espíritu de los mejores diarios... en 1788 y 1789 y
luego recopiladas en dos volúmenes bajo el título Cartas sobre economía política (Madrid, 1789 y 1794)
que también circularon en la capital virreinal. Lo interesante es que, a su vez, Foronda había trasegado a
su carta contenidos del Edit du roi, portant suppresion des jurandes et comunautés de commerce, arts et
métiers (1776) de Turgot extraído de la Encyclopédie Méthodique. Como concluye Rípodaz de Ardanaz:
“En suma, Foronda resulta ser un intermediario —no por cierto pasivo— entre Turgot y Chiclana-
Saavedra o, si se prefiere expresarlo institucionalmente, entre el Rey de Francia y el Cabildo de Buenos
Aires.” (Ibíd., p. 135). Esta “intermediación” permite ilustrar cómo funcionaba en los hechos (a partir de
este caso y de las intervenciones de estos protagonistas —aproximados por su adhesión a las doctrinas de
la fisiocracia—), las relaciones de triangulación ideológica que conectaban a Francia, España y sus colo-
nias. El segundo caso es el artículo del entonces Secretario de la Junta Mariano Moreno “Sobre la libertad
de escribir”, publicado en la Gazeta de Buenos Aires el 21 de junio de 1810. Rípodaz de Ardanaz descarta
una filiación directa de este texto con la introducción de la Ciencia de la legislación de Cayetano Filan-
gieri —tal como pensaba el historiador francés Paul Groussac— para sostener que Moreno se basó en la
“Disertación presentada a una de las sociedades del Reino” (1780) de Valentín de Foronda —a su vez
“buen apreciador” de los textos de Gaetano Filangieri (1752-1788)—, publicada también en este caso en
el Espíritu de los mejores diarios... el 4 de mayo de 1789. Hasta qué punto este recorrido de las ideas
formaba un circuito, es aun, un problema abierto a la investigación, esto pese a que es evidente que la
balanza del intercambio ideológico entre España y sus colonias dejaba un enorme saldo negativo para los
americanos. A propósito, sería interesante reflexionar acerca de la hipótesis de Mariano Rodríguez de la
posible “apropiación” que Foronda podría haber hecho en 1814 de la traducción de Moreno del Contrato
social de 1810, en sus Cartas sobre la obra de Rousseau titulada: Contrato social, cuya huella podría
rastrearse en la célebre advertencia del traductor acerca de los errores de Jean Jacques Rousseau en mate-
ria religiosa. La traducción de Moreno debería, a su vez, cotejarse con la edición inglesa de 1799; mien-
tras que la de Foronda debería compararse, además, con la de traductor anónimo aparecida en Valencia
editada por la Imprenta de Ferrer de Orga, en 1812; con la probable versión del Abate Marchena y con los
retazos del Contrato Social publicados en el Correo de Madrid por Manuel Aguirre “el militar ingenuo”.

114
límite del periodismo para hallarse, también, al nivel de los ensayos, de los tratados, de
las traducciones y de los proyectos y resoluciones oficiales337.
Este uso discrecional de los textos evidencia la existencia de complejos circuitos
intelectuales que unen España con Francia y otros centros del pensamiento moderno y a
su vez ligan a España con su propia periferia colonial. Así, durante el siglo XVIII en la
metrópoli imperial se “imitan” textos de origen francés de cuestiones muy diversas que
a su vez son refractados por otros autores peninsulares o americanos338.
La incorporación de estas ideas en el contexto rioplatense, demandadas por una
elite progresivamente ilustrada, no podría haberse producido sino a través del abasteci-
miento de libros lícitos o prohibidos —sean españoles o europeos—, y de periódicos
peninsulares, importados a través de los circuitos comerciales legales o informales que
la propia administración controlaba o soportaba339.
Otra de las modalidades, mucho más restringida pero no menos influyente a la
hora de condicionar el rumbo futuro de la ilustración sudamericana, fueron los viajes de
estudio que emprendieron algunos de los miembros más conspicuos de la elite intelec-
tual a la España de fines del XVIII. Así, el paso por Granada, Toledo y Madrid de Ma-
nuel José de Lavardén presumiblemente entre 1770 y 1778; el deán Gregorio Funes
(1749-1829) por la Universidad de Alcalá de Henares entre 1775 y 1779; y el de Ma-
nuel Belgrano por las Universidades de Oviedo, Salamanca y Valladolid entre 1786 y
1793, resultó decisivo para sus respectivas formaciones tanto por la titulación que obtu-
vieron como por el clima intelectual340 en el que se sumergieron:
“...el futuro Deán Funes hubo de modificar la orientación recibida en sus estudios cordobeses,
estudios realizados en parte bajo los jesuitas y el resto con los franciscanos, por su contacto con
la España de Carlos III. Recordemos la abundancia que de literatura prohibida, en su mayoría
francesa hubo durante el reinado de Carlos III (...) justamente en los años en que se ubicarían los

337
Contra la suposición de que esto podría tratarse de fenómenos aislados, Rípodas de Ardanaz advierte:
“La ubicuidad de las ideas refractadas —que no excluye la coexistencia con ideas originales y con ideas
reflejas nos lleva a suponer que el número de casos donde la imitación resulta evidente es mucho mayor
que el habitualmente sospechado.” (Ibíd., p. 38)
338
“Es dable observar curiosos casos de refracción. A veces, se refractan ideas procedentes, a su turno, de
una refracción anterior; otras, una misma idea incide en medios refrigerantes de distinta densidad y sufre,
conseguidamente, desviaciones de distinta amplitud.” (Ibíd., p. 28)
339
Esta “permisividad” reflejaba el propio estado de la circulación de libros en la Península durante la
etapa reformista de los Borbones: “Con el tiempo, la entrada de obras de la moderna filosofía francesa fue
haciéndose más fluida, aun habiendo sido muchas de ellas condenadas por la Inquisición. Entre sus lecto-
res figuran ministros, magistrados, grandes de España, catedráticos, estudiantes... y clérigos. Bibliotecas
públicas y privadas albergan las obras más representativas del pensamiento ilustrado, incluso la de pen-
sadores materialistas como Helvetius y d’Holbach. No obstante, los autores preferidos del público espa-
ñol son, con diferencia, Rousseau y Voltaire; del primero se lee, sobre todo, el Emilio; del segundo, las
obras literarias e históricas. La clandestinidad no impedía que las obras de tales autores circularan con
pasmosa facilidad a través de improvisados circuitos comerciales, preparando así el terreno a la propa-
ganda revolucionaria.” (Juan Francisco FUENTES, “Luces y Sombras de la Ilustración española”, Op.cit.,
p. 18). A propósito de las vicisitudes de la censura y los circuitos comerciales de las obras prohibidas por
la censura religiosa o estatal —tanto en España como en Francia y América— consultar la obra de Ricar-
do DONOSO, Un letrado del siglo XVIII…, Op.cit., pp. 377-416.
340
“...el contacto con el clima intelectual de la Ilustración hispana, sin duda más atrayente para ellos que
los estudios regulares, fue decisiva para su formación así como para su posterior papel de líderes intelec-
tuales en su tierra natal.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Estudio preliminar” en: ID., Ciudades, provincias,
Estados…, Op.cit., p. 38).

115
viajes de Lavardén y Funes. Y que el de Belgrano se realiza en los años finales del reinado del
monarca e iniciales de Carlos IV, alcanzando además a permitirle seguir desde España los co-
mienzos de la revolución francesa. Pese a la temerosa reacción de la corona española y su intento
de ocultar los acontecimientos de París, Belgrano pudo informarse del curso de la Revolución,
con viva simpatía, según recordaría más tarde...” 341

De esta forma, aun cuando el tópico pueda sugerir imágenes de España, ora co-
mo muralla intelectual342, ora como puente a través del cual las ideas europeas penetran
en América ante la indolencia o debilidad de las autoridades coloniales, la realidad de
ese trasvasamiento parece haber sido infinitamente más compleja343.
En efecto, en buena medida el mundo intelectual español habría actuado como
un metabolizador, capaz de imprimir carácter, seleccionando, reorientando y transfor-
mando en términos de su propio eclecticismo, el material ideológico que consumía y re-
exportaba a entornos coloniales. Entornos periféricos que, aunque estructurados de for-
ma semejante a la metrópoli, comenzaron a delinear inquietudes e intereses propios,
progresivamente peligrosos para la unidad del imperio.
Esto no es óbice, claro está, para que se reconozcan diferentes fuentes ideológi-
cas en el iluminismo hispanoamericano; para que se admita que éstas poseyeron reper-
cusiones diferenciales344; o que, llegado el caso, pudiera hablarse de una primera in-
fluencia más moderada —netamente hispánica— y una tardía incorporación directa de
las ideas más radicalizadas —francesas, norteamericanas e inglesas—345. No obstante,
parece poco probable que tesis tan extremas como las de François López —que deses-
timan la contribución de la ideología ilustrada a la independencia y separan completa-
mente la tradición de las luces hispánicas del hecho revolucionario— puedan explicar
satisfactoriamente este proceso de circulación de ideas entre Europa y las colonias es-
pañolas y sus efectos sobre los hechos políticos ulteriores346.
Nadie duda que los protagonistas de la Revolución de mayo formaron parte de
esa red y de esos circuitos de sociabilidad ilustrados que reunieron a los sectores más
inquietos de la elite criolla en torno a las actividades intelectuales y políticas en las dos
últimas décadas del siglo XVIII y en la primera del XIX. Esa red no nació, claro está,

341
Ibíd., p. 38.
342
Una tesis que retoma la idea de la existencia de una cultura española monolíticamente reaccionaria o al
menos incapaz de dar lugar a sus elementos más progresivos, fue ofrecida en: Carlos M. RAMA, Historia
de las relaciones culturales entre España y la América Latina. Siglo XIX, Madrid, FCE, 1982, pp. 27-28.
343
Consultar el Prólogo de José Carlos CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo
XVIII: la crítica ilustrada de la realidad”, en: ID., Pensamiento de la Ilustración, Economía y sociedad
iberoamericanas en el siglo XVIII, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979.
344
Manfred KOSSOK, “Notas acerca de la recepción del pensamiento ilustrado”, en: Homenaje a Noël
Salomon. Ilustración española e independencia de América, Barcelona, Universidad Autónoma de Barce-
lona, 1979, p. 150.
345
José C. CHIARAMONTE, “Estudio preliminar” en: ID.,Ciudades, provincias, Estados…, Op.cit., p. 36.
346
François LÓPEZ, “Ilustración e Independencia hispanoamericana”, en: Homenaje a Noël Salomon.
Ilustración española e independencia americana, Op.cit., pp. 293-294. Las ideas de López son a grandes
rasgos las siguientes: a) las ideas ilustradas no serían causantes del derrumbe colonial —el cual sólo se
explicaría por la concurrencia de hechos y circunstancias—; b) las luces españolas nada tendrían que ver
con las revoluciones americanas y c) debería hablarse de dos fases bien diferenciadas una hispánica —
destinada a fortalecer la solidaridad imperial— y una franco-británico-norteamericana —destinada a
justificar a posteriori el hecho revolucionario—.

116
espontáneamente, sino que fue tejiéndose a partir de la labor de ciertos individuos que
supieron aprovechar la coyuntura reformista. Una de las figuras claves de esa incipiente
trama de textos y lectores fue la del canónigo santafesino Juan Baltasar Maziel347, vásta-
go de una familia adinerada y protegido de los obispos de Buenos Aires José Antonio de
Basurco y Herrera348, quien desempeña su cargo entre 1759 y 1761, y Manuel Antonio
de la Torre, mitrado entre 1761 y 1776.
Maziel no sólo fue importante por su autoasignado rol de difusor de las luces, ni
siquiera por su papel de educador formal, sino por ser el epicentro de una actividad inte-
lectual paralela que se desarrollaba alrededor de su biblioteca y de su tertulia. Sus fon-
dos bibliográficos, excepcionales para la época, fueron punto de referencia para gran
parte de ese público ávido de leer y comentar las nuevas ideas que se abrían paso en
Europa, pero que encontraban trabas importantes en el medio hispano y colonial. En
dicha biblioteca, —alimentada desde 1756 por la continua adquisición de nuevos volú-
menes provenientes de Europa— se podían consultar las obras de Benito Jerónimo Fei-
joó y Montenegro, Mirabeau, Campomanes, José Mañino Murcia Conde de Florida-
blanca, así como textos de Rousseau, Jean Baptiste Colbert, François Marie Arouet
Voltaire, Thomas Hobbes, Charles-Louis de Secondat Baron de Montesquieu y el abad
Guillaume-Thomas Raynal, amén de otros textos franceses en ediciones originales349.

347
Juan Baltasar Maziel (1727-1788) fue formado por los jesuitas en el Colegio Real de Nuestra Señora
de Montserrat de la Universidad Real y Pontificia de Córdoba, obtuvo el título de Maestro en Artes en
1746 y de Doctor en Teología en 1749. Posteriormente se licenció y doctoró en Sagrados Cánones y Le-
yes en la Universidad Real de San Felipe en Santiago de Chile y se graduó como abogado ante Audiencia
de Chile en 1754. En 1756 se instaló en Buenos Aires, antagonizando durante los diez años siguientes con
la facción jusuítica que incluía a prelados influyentes y al propio Gobernador Pedro de Cevallos. En 1766
el obispo De la Torre lo nombró provisor y vicario general de la diócesis —cargo que mantuvo hasta
1776— y en 1769 gana la oposición para la dignidad de maestrescuela del Cabildo Eclesiástico. En 1773
la Junta Provincial lo designó provisoriamente cancelario de los Reales Estudios siendo confirmado por el
virrey Vértiz en 1783, como Cancelario y Regente de los Estudios del Real Colegio de San Carlos, hasta
que el Virrey Loreto lo expulsó de la ciudad en 1786. Para más datos pueden consultarse las siguientes
obras: Juan PROBST, Juan Baltasar Maziel. El maestro de la generación de Mayo, Buenos Aires, Instituto
de Didáctica, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1946 y José Carlos
CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la ilustración argentina” (1960), en: ID., La crítica ilustrada...,
Op.cit., pp. 28-45 y del mismo autor, “Introducción” a La ilustración en el Río de la Plata... Op.cit., pp.
55-80.
348
La protección de Maziel fue heredada, una vez muerto el obispo en 1761, por su adinerada hermana
María Josefa Basurco quien aparece posteriormente encargándole la administración de sus bienes, nom-
brándolo primer albacea testamentario, donándole un importante terreno en las barrancas del Río de la
Plata, organizando recepciones en su nombre, obsequiándole una casa construida a su gusto en el centro
de la ciudad (Consultar: Juan PROBST, Juan Baltasar Maziel…, Op.cit., pp. 74, 79, 92, 163, 190-191).
349
La biblioteca de Maziel habría llegado a los 1500 volúmenes, aun cuando en el inventario de su suce-
sión se encuentren registrados 400. Resulta particularmente interesante el comentario de Juan Probst a
propósito de la forma en que se habría podido formar tal biblioteca: “Seguramente se sirvió para su adqui-
sición de la Compañía de Jesús, que se encargó de traer libros de Europa no sólo para sus Colegios sino
también para particulares. Si consideramos que en la testamentaría del magistral se tasó la biblioteca en
más de cuatro mil pesos, podemos formarnos una idea aproximada de las grandes sumas de dinero que
invirtió en la compra de libros. Pero ningún sacrificio le parecía demasiado grande cuando se trataba de
satisfacer su pasión por los libros, y no titubeó a recurrir hasta a préstamos para pagar las cuentas de los
libreros españoles.” (Ibíd., p. 167). Alrededor de Maziel puede verse otra figura clave de la ilustración
hispánica, como el naturalista y explorador Félix de Azara (1742-1788) quien durante su estancia en Bue-
nos Aires y sus viajes por el Río de la Plata frecuentó su biblioteca, donde habría podido leer un ejemplar
en francés del Diccionario de las Ciencias Naturales del naturalista Georges Louis Leclerc Conde de

117
Si bien parece excesivo exaltar el liberalismo y la heterodoxia de Maziel como
lo hiciera su hagiógrafo Probst —después de todo Maziel era miembro de la Inquisición
y no pocas veces enfrentó a portadores de las ideas renovadoras—, tampoco parece ra-
zonable hacer hincapié en su formación escolástica o su admiración por Santo Tomás de
Aquino350. En realidad, si logramos apartarnos de la búsqueda de la pureza ideológica de
su pensamiento, encontraremos confirmado ese eclecticismo transaccional, que era, qui-
zás en sí mismo, portador de un cambio revolucionario en el panorama monolítico del
pensamiento tradicional, en el cual habría logrado introducir una cuña de incertidumbre
y pluralidad.
Por ello, los claroscuros de su experiencia pedagógica son particularmente ilus-
trativos de los límites ciertos a los que se enfrentaban quienes encaraban, desde dentro
del orden establecido, una experiencia renovadora. Y, en ese sentido es claro que Ma-
ziel llevó al extremo las posibilidades de difusión de las innovaciones intelectuales de-
ntro del marco del sistema político borbónico y de las realidades locales.
Aceptando, entonces, la exageración de entronizar a Maziel como el “maestro de
la generación de mayo”, no es del todo casual que la mayor parte del grupo de futuros
revolucionarios pasara por las aulas del Colegio de San Carlos durante el período en que
Maziel ofició como cancelario y regente de estudios. No porque pueda establecerse una
relación mecánica de causa-efecto entre las orientaciones generales —y sumamente
moderadas— que éste logró imprimir a unos estudios esencialmente escolásticos, y las
posteriores actitudes de sus antiguos alumnos; sino porque, al propiciar la habilitación
de un nuevo establecimiento de enseñanza de teología y filosofía en Buenos Aires, Ma-
ziel estaba promoviendo —de consuno con los funcionarios borbónicos— una apertura
intelectual, al ofrecer a la elite porteña una formación alternativa a la centenaria tradi-
ción escolástica cordobesa351.
Los futuros líderes revolucionarios Manuel Belgrano, Cornelio Saavedra (1759-
1829), Juan José Castelli (1764-1812), Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia (1780-
1845), Manuel Dorrego (1787-1828) todos ellos fueron alumnos del Colegio de San
Carlos, durante la estancia de Maziel como cancelario; Juan José Paso (1758-1833) —
futuro miembro de los ejecutivos colegiados de la Revolución de mayo— actuó como

Bufón. Ver: José Carlos CHIARAMONTE, “Hacia la economía política” (1962), en: ID., La crítica ilustra-
da..., Op.cit., p. 54.
350
José Carlos CHIARAMONTE, “Primeros pasos de la ilustración argentina”, en: ID., La crítica ilustra-
da..., Op.cit., pp. 28-29.
351
Chiaramonte advierte sobre la existencia de juicios encontrados acerca del carácter de los estudios en
San Carlos, si bien parece inclinado a sentenciar que “...la orientación de los estudios en el Colegio de
San Carlos, lejos de reflejar una innovación acorde con los cauces del pensamiento ilustrado de siglo
XVIII, se conservó dentro de la escolástica y sólo incorporó algunos tibios reflejos de Descartes o de
ciertos temas de física posterior.” Si bien reconoce que las intenciones renovadoras de Maziel apoyándose
en la Presentación... que éste realiza al Virrey en 1785 a propósito de la apertura de una cátedra de filoso-
fía y en sus gestiones para establecer una Universidad en Buenos Aires. No obstante, no creemos que
pueda deducirse de la opinión tardía de Belgrano en el Correo de Comercio el carácter esencialmente
tradicional de los conocimientos impartidos allí, porque esta posición no deja de ser fruto de una “radica-
lización” posterior del ideario de los ilustrados rioplatenses. Ver José Carlos CHIARAMONTE, “Introduc-
ción”, en: ID., La Ilustración..., Op.cit., p. 70.

118
profesor de filosofía en el curso de 1781; Luis José de Chorroarín (1757-1823) —
escolástico reconvertido en republicano— hizo lo propio en 1784 y Lavardén fue su
alumno particular a su vuelta de España. Más allá de sus ulteriores acciones y posicio-
namientos, todos ellos apropiaron un eclecticismo filosófico, una piedad religiosa y un
espíritu reformista cuyos objetivos suponían la conciliación —cuando no la comuni-
dad— de intereses locales e imperiales.
Al respecto, es oportuno recordar que el movimiento iluminista rioplatense
siempre pensó su programa en términos de reforma y de armonía entre colonia y metró-
poli, alentado como estaba por una monarquía que promovía la renovación intelectual y
cultural y que, por sobre todo, había impulsado activamente el desarrollo comercial y
administrativo de Buenos Aires y su entorno352.
Los proyectos, ideas y propuestas de Lavardén353, Belgrano, Pedro Antonio Cer-
viño (1757-1816), Moreno —en su Representación de los hacendados—, Vieytes y al-
gunos famosos anónimos como la “Representación de los labradores de 1793”, apunta-
ban —con diferente alcance, rigor y coherencia— a disolver la influencia de una
tradición que, al bloquear el desarrollo de la economía política, impedían la implanta-
ción de un capitalismo agrario imprescindible para transformar la economía especulati-
va de Buenos Aires, en una economía de producción de riquezas para beneficio local y
de la propia España354.
Esa misma realidad particular del Río de la Plata —de la que los ilustrados crio-
llos se mostraban plenamente conscientes— y la certeza inicial de que el motor del
cambio y del progreso de Buenos Aires y el nuevo Virreynato, residía en el programa
reformista de los Borbones, explican por qué las ideas independentistas tuvieron una

352
Por supuesto, esta renovación tenía límites y el propio Maziel los experimentaría al ser contradicho
por la Junta de Temporalidades en su proyecto de abrir la enseñanza de la filosofía en San Carlos al eclec-
ticismo y la tolerancia con los modernos en 1785, y al ser finalmente desterrado por el Virrey Loreto en
1786 a raíz de un conflicto entre la autoridad política y el Cabildo Eclesiástico. Los enemigos de Maziel y
su propio carácter forzaron una polémica en la que sus argumentos y lealtades terminaron situándolo en
una postura anti-regalista, la cual terminó justificando su expulsión de la ciudad. Para un pormenorizado
relevamiento del incidente ver: Juan PROBST, Juan Baltasar Maziel. El maestro..., Op.cit., pp. 252-342.
353
Manuel José de Lavardén expuso en una conferencia conocida posteriormente como “Nuevo aspecto
del comercio en el Río de la Plata”, un proyecto para garantizar un mejoramiento de la infraestructura del
puerto de Buenos Aires, para adecuarlo a la expansión comercial que experimentaba la capital virreinal
(José Carlos CHIARAMONTE, “El pensamiento económico de Lavardén”, en: ID., La crítica ilustrada de la
realidad, Op.cit., p. 70).
354
Como argumenta Chiaramonte, este reformismo no era ajeno al contexto ibérico: “El criterio de Bel-
grano, como también el de Moreno y otros, es similar. Todos claman por transformar radicalmente la
educación, que estiman dominada, según Vieytes, por las preocupaciones de que tanto se resentían los
siglos bárbaros, alusión a la época medioeval, propia del enciclopedismo. Entre los proyectos educacio-
nales, ocupan primer lugar las escuelas para la formación de trabajadores especializados en algunos ofi-
cios manuales, entre ellos el de agricultor. Esta aspiración, que respondía a las necesidades de desarrollo
capitalista, tenía antecedentes en la España de la época, donde, como es sabido, Campomanes, Jovellanos
y otros se esforzaban por promover este tipo de enseñanza. El perfeccionamiento de la agricultura, me-
diante una adecuada educación para los labradores, es uno de los motivos más repetidos en las publica-
ciones del Semanario y en los trabajos de Belgrano. El propósito no era otro que transformar la agricultu-
ra colocándola enteramente sobre bases capitalistas.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Reflexiones
polémicas”, en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 96).

119
aparición tan tardía355. Para este pensamiento ilustrado el desarrollo del Río de la Plata
no implicaba, necesariamente, una contradicción con el desarrollo español, sino que, por
el contrario, constituían dos aspectos íntimamente vinculados de un progreso socio-
económico que se obtendría a través de una política de modernización y de explotación
racional de las riquezas naturales.
Si bien esta perspectiva conciliadora no estaba destinada a sobrevivir más allá
del primer lustro del siglo XIX356, no puede ignorarse que su presencia inicial compro-
metió aún más a estos hombres con el espíritu de la ilustración hispánica. Compromiso
“estructural” tan firme y duradero que, aún después de 1810 puede hablarse de una pro-
longación agónica de aquella influencia intelectual española en la vida política y eco-
nómica del Río de la Plata.
En favor de esta tesis se puede considerar, por un lado, la presencia de claros in-
dicios de que la propia ruptura con la metrópoli y la construcción de un poder alternati-
vo durante el decenio revolucionario fueron “pensadas” a partir de algunas categorías
propias del pensamiento político hispánico y “ejecutadas” en correspondencia con una
praxis política compatible y no opuesta a su lógica357.
Por otro lado, otro indicio que puede apuntalar la presunción de solidez de los
lazos que unían ambos contextos intelectuales, es la autoridad de la que gozaron, aún
luego de 1820, los economistas españoles e italianos entre la elite criolla antes y des-
pués de acceder al poder. En este sentido, la influencia del neomercantilismo napolita-
no358 puede rastrearse entre los más notables intelectos de la elite y debe entenderse en

355
El momento en que la elite rioplatense comienza a desviar su atención en dirección a las fuentes autén-
ticas del pensamiento ilustrado y renovador, esbozando una búsqueda intelectual no mediada por la lectu-
ra hispánica se corresponde con la retracción del impulso reformista de la monarquía borbónica por la
evolución de los acontecimientos revolucionarios en Francia y el fortalecimiento de los sectores política e
ideológicamente más conservadores en la Península.
356
“...ese tratamiento católico heterodoxo, que intentaba conciliar las exigencias de la fe, los intereses de
la monarquía y las innovaciones de la Ilustración, así como no logró convencer a los fieles del catolicismo
tradicional, no podía menos que revelar su insuficiencia a lectores ya aficionados a las obras más caracte-
rísticas de las nuevas corrientes de pensamiento. La generalización de esta actitud crítica se corresponde
con la creciente laicización de la cultura rioplatense a fines del período colonial. Esto vale sobre todo para
Buenos Aires, donde abundan los abogados y otros intelectuales laicos, y en menor medida en provincias
del interior, donde la actividad cultural seguirá por lo común en manos de clérigos.” (José Carlos
CHIARAMONTE, “Introducción” a: La Ilustración en el Río de la Plata, Op.cit., pp. 155-116).
357
José Carlos CHIARAMONTE, “Estudio preliminar” en: Ciudades, provincias, Estados…, Op.cit., pp. 30-
32 y 128-144.
358
No en vano Manuel Belgrano profundiza sus conocimientos de italiano durante su viaje a España y
estudió a Galiani y Antonio Genovesi (1713-1769), dos autores que influirán decisivamente en su con-
cepción económica y cuyas ideas inspirarán más de un artículo suyo en el Correo de Comercio. Gran
parte de los más activos miembros del grupo más radicalizado de la Revolución de mayo debe una parte
significativa de su formación intelectual —por lo menos en cuestiones económico-jurídicas— a la im-
pronta dejada por el fiscal de la Audiencia de Charcas y defensor de los indios Victorián de Villava
(+1802), quién fuera admirador y traductor de Genovesi y Gaetano Finlangieri e incorporara sus textos e
ideas en los cursos de la Universidad de Charcas a la que asistieron entre otros Mariano Moreno, Juan
José Castelli y Bernardo de Monteagudo (1789-1825). La influencia de los economistas italianos puede
rastrearse, también, en el sincretismo económico de los fundamentos del “Nuevo aspecto del comercio en
el Río de la Plata” de Manuel José de Lavardén. En este documento se aprecian concepciones económicas
tan variadas como las sustentadas en: a) las teorías mercantilistas de la importancia fundamental de los
metales preciosos y del saldo favorable de la balanza comercial; b) la teoría fisiócrata según la cual la

120
el marco de una abundante circulación de las “lecturas” italianas359 que, en algunos as-
pectos, oficiaban como mediadoras entre las concepciones económicas de vanguardia y
el mundo intelectual y político español, y —a través de éste último— el hispanoameri-
cano360.

Ahora bien, ¿es posible hablar, entonces, de la existencia primigenia de un uni-


verso intelectual que cubriría tanto a la metrópoli como a las colonias rioplatenses entre
el siglo XVII y principios del XX? La pregunta es pertinente, en tanto una respuesta
rotundamente negativa podría comprometer la idea de que a partir de 1810 acaeció una
auténtica “ruptura” ideológica fundamentada en el hecho revolucionario y, por ende,
poner en entredicho la idea misma de una “reconstrucción” tardía de tales vínculos.
Aun cuando al parecer no hay demasiadas dudas acerca de esa coparticipación
entre el siglo XVII y parte del XVIII, la moderna historiografía argentina ha ofrecido,
como hemos podido ver, valoraciones encontradas en lo que respecta a la segunda mitad
del siglo XVIII y principios del XIX, aun cuando resulta imprescindible disociar este
contrapunto de la antigua polémica sobre los orígenes intelectuales del pensamiento de
la Revolución de mayo. En efecto, en tanto ni en Chiaramonte ni en Halperín se halla en
juego la defensa de una filiación visceralmente hispanista o europeísta del pensamiento
político rioplatense, sino el simple discernimiento de los recorridos ideológicos que
llevaron a la elite criolla a romper el vínculo con España, se hallan dadas las condicio-
nes objetivas para intentar una síntesis del todo imposible en los antiguos debates alta-
mente politizados361.
Reconociendo que el énfasis de la lectura de Halperín está puesto en la idea de
ruptura, mientras que en la de Chiaramonte lo está en la idea de tradición, es indudable
que ninguna de las dos visiones se excluyen lógicamente. Así, la interpretación de Chia-

agricultura es la principal fuente de riquezas; y c) el dogma liberal de la libre circulación de mercancías.


Lo significativo es que el plan ofrecido por Lavardén asume, además de un eclecticismo doctrinario, una
defensa explícita del vínculo colonial: “El plan propuesto por Lavardén tiende simplemente a estimular el
desarrollo parcial del comercio rioplatense y conjuntamente del español. La ahincada defensa de la me-
trópoli y la preocupación por atender a la vez a los intereses locales y peninsulares en materia de comer-
cio, constituyen así, la limitación más marcada en el programa esbozado por Lavardén.” (José Carlos
CHIARAMONTE, “El pensamiento económico de Lavardén”, en: ID., La crítica ilustrada de la realidad,
Op.cit., p. 70)
359
José Carlos CHIARAMONTE, “Economistas italianos del Settecento en el Río de la Plata”, en: ID., La
crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 105-106.
360
José Carlos CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XVIII: la crítica ilustrada de
la realidad”, en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., pp. 156-157.
361
Esta discusión —estrictamente académica a diferencia de la entablada entre liberales y revisionistas—
contrapone a quienes son hoy referentes insoslayables de la historiografía argentina. Paradójicamente,
este lugar central que tanto uno como otro han adquirido puede ser pensado como el resultado de las
oportunidades profesionales que el exilio deparó a algunos de quienes, aún habiendo sobrevivido, fueron
víctimas de la persecución ideológica y política en los ’60 y ’70. En este caso, si bien las diferencias entre
ambos autores pueden explicarse apelando a razones de orden intelectual, y por qué no ideológico-
político, es evidente que estas no desvirtúan el necesario equilibrio de un análisis riguroso A propósito de
estas diferencias, pueden consultarse los reportajes a ambos historiadores incluidos en: Roy HORA y Ja-
vier TRÍMBOLI, Pensar la Argentina. Los historiadores hablan de historia y política, Buenos Aires, El
cielo por asalto, 1994.

121
ramonte no es incompatible con la idea de una ruptura revolucionaria si admitimos que
la gestación ideológica de esa ruptura no estaba excluida de ser el resultado de la evolu-
ción de la propia tradición reformista de origen hispano. La interpretación de Halperín
tampoco precisa de que esa ruptura revolucionaria haya sido el resultado de la introduc-
ción de una ideología extraña al mundo hispano, mientras no se desestime el carácter
radical del cambio operado en 1810 362.
El aporte de Chiaramonte a la comprensión de las relaciones intelectuales que
unían al Río de la Plata y España entre finales del XVIII y principios del XIX debe ser
leído globalmente como una intervención encaminada a superar —en el terreno de un
tema específico pero de decisivas proyecciones historiográficas y políticas— un aspecto
básico de la problemática que absorbió a buena parte de los intelectuales entre los años
’30 y ’70 de nuestro siglo, y que oponía a liberales y nacionalistas en torno al dilema de
los orígenes: la filiación del hecho fundacional de la Nación Argentina.
Esta problemática inconducente, se nutrió de dos interpretaciones opuestas, pero
solidarias en sus supuestos, preguntas y enfoques. Una según la cual la génesis de la
nación argentina suponía la ruptura radical de todos los vínculos —definidos como in-
trínsecamente negativos— con la metrópoli y la identificación con los nuevos valores,
ideas y principios políticos europeos. Otra que, utilizando un argumento inverso, disol-
vía todo carácter auténticamente renovador en el hecho revolucionario y negaba toda
raíz europea a la ideología de la emancipación. Ambas visiones se trabaron en un encar-
nizado debate acerca de las fuentes intelectuales del pensamiento de los revolucionarios.
Chiaramonte organizó esta discusión de forma muy eficaz al contraponer una vi-
sión liberal que supone que nada de la ideología revolucionaria provenía de la tradición
hispánica, con lo que los revolucionarios serían propagadores locales de las ideas de la
Ilustración y la Revolución francesas363; una visión hispanizante que se niega a admitir
que esas ideas hayan sido el auténtico sustrato ideológico de la independencia, y la pro-
puesta nacionalista más radicalizada que se contenta con asumir el liberalismo extranje-
rizante de la elite rioplatense para cambiar de signo la valoración de los hechos y con-
denar al proceso revolucionario en bloque, añorando el pasado colonial364.
Si bien Chiaramonte afirma también que el grado de maduración social e ideoló-
gico de las elites hispanoamericanas —incluida la rioplatense— no llegaba al nivel ne-

362
Quizás pueda decirse que la visión de Chiaramonte resulta particularmente útil para iluminar el perío-
do pre-revolucionario, mientras que la mirada de Halperín nos puede explicar magistralmente la evolu-
ción y consecuencias del proceso revolucionario. Sin pretender afirmar que uno u otro no tengan nada
interesante que decir sobre ambos momentos, es evidente que la lectura halperiniana del desarrollo de la
revolución puede funcionar como un estupendo control de la interpretación “tradicionalista” de Chiara-
monte —en tanto esta pudiera extenderse hasta afectar la noción misma de revolución—, y viceversa, esta
visión de la evolución intelectual de los revolucionarios, sea útil para controlar la interpretación en extre-
mo “rupturista” que puede derivarse de Halperín.
363
“Una secuela de la visión liberal de nuestro proceso ideológico ha consistido en la asimilación lisa y
llana del pensamiento de mayo al enciclopedismo. Los hombres de mayo serían meros repetidores, epígo-
nos del pensamiento francés del siglo XVIII y su mérito, a falta de originalidad, consiste en el papel de
propagadores, de introductores de las ideas europeas.” (José Carlos CHIARAMONTE, “Reflexiones polémi-
cas” en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 75).
364
Ibíd., pp. 76-77 .

122
cesario como para poder suponer que la independencia fuera el resultado de una prepa-
ración doctrinaria y que el factor fundamental del estallido revolucionario debe ser bus-
cado en la crisis de la monarquía española, nada de lo afirmado en sus libros puede ser-
virnos para sostener que la ilustración católica hispánica no haya tenido ninguna
influencia en el proceso revolucionario o que no formara parte del acervo ideológico
puesto en juego en la edificación del nuevo poder. Allí radica la diferencia entre sus
ideas y la tradición liberal y sus reediciones más sofisticadas, cuyos conceptos “...no tan
falsos por lo que contienen como por lo que dejan fuera...”365 serían incapaces de apre-
ciar en su justa medida el carácter ecléctico del contexto intelectual rioplatense:
“En cuanto a la influencia de la Ilustración europea en el movimiento intelectual anterior a la in-
dependencia —e inmediatamente posterior a ella—, multitud de trabajos parciales fueron ratifi-
cando la tesis, al compás de la recolección de numerosas menciones explícitas , en los escritos
de los criollos , de autores como Montesquieu, Voltaire, Quesnay, Turgot, Condorcet, Filangieri,
Genovesi, Galiani, Smith y muchos otros. Pero al compás también del análisis de contenido de
aquellas proclamas, representaciones, cartas públicas y otros documentos, hubiese o no en ellos
explícita mención de los escritos europeos que influían en el autor. La huella indudable y pro-
funda del pensamiento europeo del siglo XVIII en el pensamiento iberoamericano no pudo ya
negarse a la luz de la continua acumulación de comprobaciones en tal sentido. Pero en cambio,
podrían ser sometidas a crítica —y así ocurrió— algunas tesis confundidas con la anterior: que la
influencia de la Ilustración europea en el mundo intelectual iberoamericano entrañó una brusca
ruptura con la vieja mentalidad, con el mundo del barroco y la escolástica, que esas influencias
poseían todas un mismo carácter liberal y tendiente a la emancipación política y que ellas basta-
rían para explicar el proceso de independencia.” 366

Sin embargo, este apartamiento de la tradición liberal no implica que Chiara-


monte concuerde con el argumento opuesto según el cual el linaje de la ideología inde-
pendentista estaría en la escolástica suareciana367 y su particular contractualismo368.
Ni tampoco que acepte que las verdaderas fuentes ideológicas estarían dadas en
el propio desarrollo de un pensamiento hispano-indiano basado en los aportes de Juan
Solárzano Pereyra, Victorián de Villava o en los de una corriente liberal hispánica
supuestamente “original”, como propondría Ricardo Levene:
“Esta variante pone de relieve la preponderancia del liberalismo español del siglo XVIII en la
formación de los criollos, olvidando que aquellas «fuentes hispanas» abrevaron con regular con-
secuencia en el pensamiento europeo de su época.” 369

365
Ibíd., p. 77.
366
José Carlos CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XVIII: la crítica ilustrada de
la realidad”, en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., pp. 139-140.
367
José Carlos CHIARAMONTE, “Introducción” a: ID., La Ilustración en el Río de la Plata, Op.cit., p. 52.
368
“Baste conocer ligeramente los escritos de los criollos en la época de la independencia para comprobar
la absoluta carencia de fundamentos de la tesis de Furlong. En primer lugar no corresponde asignar a la
doctrina del contrato social el papel desmesurado que le asigna Furlong entre las armas ideológicas de los
hombres de mayo. Concediéndole a la obra de Rousseau el lugar adecuado dentro de las influencias del
pensamiento del siglo XVIII (no hay que olvidar que su formulación contractualista no fue la única dentro
del pensamiento político de la Ilustración), los escritos de los criollos... demuestran perfectamente que su
contenido ideológico se hallaba impregnado por las ideas que la independencia norteamericana y el pro-
ceso renovador y revolucionario europeo propagaban por todo el mundo.” (José Carlos CHIARAMONTE,
“Reflexiones polémicas” en: ID., La crítica ilustrada de la realidad, Op.cit., p. 80).
369
Ibíd., p. 77. El argumento de Levene está desarrollado en: Ricardo LEVENE, Vida y escritos de Victo-
rián de Villava, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1946.

123
Podría decirse, entonces, que entre mediados del Siglo XVIII y principios del
XIX el Río de la Plata se hallaba inmerso en el mundo de las ideas ilustradas, reformis-
tas e incluso revolucionarias no a pesar de su vínculo con la metrópoli, no a pesar del
desarrollo de las ideas en España, sino por ese vínculo y por su inmersión dentro del
contradictorio mundo intelectual español370. Por lo que, aun cuando los ilustrados riopla-
tenses trazaran un rumbo rupturista a posteriori, no puede decirse que esa misma ruptu-
ra no estuviera incubada, al menos en el plano de la lógica, dentro de las propias ideas
españolas.
En efecto, el propio contexto intelectual español —tensado por una oposición
entre tradición y renovación— estaba a su vez conectado con el europeo; por lo que la
antítesis planteada por la historiografía argentina entre europeísmo e hispanismo sería
fundamentalmente falsa, en tanto la entrada de ideas europeas en el ámbito colonial es-
taba materialmente e ideológicamente mediada por la realidad política española y por la
lectura hispánica de las luces.
De allí que la verdadera pregunta no deba indagar por las “fuentes ideológicas”,
sino por las formas por las cuales la elite rioplatense utilizó el apoyo de elementos
ideológicos para organizar los nuevos estados. A partir de esta nueva perspectiva, las
estrategias de investigación prioritarias no deberían estar orientadas a la determinación
de las “raíces esenciales” del pensamiento nacional, sino a la reconstrucción de esos
complejos circuitos ideológicos. La misma técnica de exhumar paralelismos textuales
quedaría en entredicho en tanto instrumento confiable para identificar deudas y apropia-
ciones ideológicas. ¿Cómo demostrar una filiación intelectual unívoca basándose en una
exégesis de los textos? Tulio Halperín Donghi planteó tempranamente la imposibilidad
de desbrozar el pensamiento político moderno lo que conforma parte de una tradición y
lo que constituye una idea original y el forzamiento que implicaría adjudicar un antece-
dente unívoco al pensamiento analizado371.

370
José Carlos CHIARAMONTE, “Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XVIII: la crítica ilustrada de
la realidad”, Prólogo a: ID., Pensamiento de la Ilustración..., Op.cit., p. XVIII.
371
“Acaso en ninguna historia de ideas se entretejan tan tupidamente tradición y originalidad como en la
del pensamiento político. Examinemos cualquier gran sistema de pensamiento político moderno: el de
Suárez, el de Locke, el de Rousseau, ¿hay en todo él muchas ideas que son efectivamente de Suárez, de
Locke, de Rousseau? Sin embargo, la originalidad del conjunto es indudable: está dada por el modo de
utilizar esas ideas, por la estructura que con ellas se erige, por las consecuencias que de ellas se deducen,
por las tendencias que expresa en lenguaje pulidamente racional. Todo eso, naturalmente, se pierde cuan-
do un autor no basta entonces con haberlos hallado en él: es necesario demostrar que eran conocidos por
quien supuestamente los ha tomado a través de ese antecedente preciso y no de otro. Tanta cautela no ha
sido por cierto la característica más notable de los estudiosos en busca de antecedentes españoles para la
ideología revolucionaria: para uno de ellos [Guillermo Furlong], aun la reminiscencia romana de algún
orador del 22 de mayo, que recuerda que la salud del pueblo es la ley suprema, no deriva de la clase de
retórica, sino de la lectura de las obras del Doctor Eximio... Y acaso estas imprudencias sean necesarias si
el estudioso no quiere quedarse sin tema. Frente a la rápida alusión contenida en un discurso del cual un
acta nos da un escueto resumen poco atento a matices ideológicos, ¿cómo emprender indagación tan es-
tricta? Al cabo, si con métodos más laxos se obtienen resultados menos firmes, siempre sería difícil pro-
bar más allá de toda duda la falsedad de estos últimos: aun en el ejemplo extremo antes citado, cuyo ca-
rácter absurdo parece evidente a todo lector dotado de buen sentido, no es del todo seguro que el orador
en cuestión no hubiese llegado a conocer el milenario lugar común a través de las obras de Suárez... He
aquí la austera reconstrucción de una genealogía de ideas reducida al papel de la más inexacta de las ta-

124
Esto hace que el camino más seguro sea el de reconstruir ciertos recorridos de
los soportes físicos de las ideas, la organización y circulación interna de los mismos, y
la observación de las experiencias de los propios miembros de la elite ilustrada. La con-
sideración y el análisis de estos elementos —y no sólo la genealogía abstracta de las
proposiciones teórico-ideológicas— puede aportar indicios necesarios para filiar ideas
entre los centros de producción e innovación intelectual y los centros de segundo o ter-
cer orden, como el rioplatense.

1.2.- El recorrido antihispanista de las elites argentinas en el siglo XIX


La clausura de las alternativas “hispánicas” de desarrollo cultural e intelectual
causada por la profundización del conflicto entre la colonia sediciosa y el imperio espa-
ñol, propició el recurso, otrora clandestino, de abrevar directamente en la producción
filosófica, política o narrativa francesa, inglesa y norteamericana. De esta forma, resul-
taría fortalecido el proceso de apropiación autodidacta de valores culturales cosmopoli-
tas por parte de las elites rioplatenses y progresivamente debilitada la influencia de los
valores típicamente hispánicos en su visión del mundo372.
El descalabro que sobre el orden colonial provocó el juntismo rioplatense y la
guerra independentista en la que se encaramó, tuvo efectos múltiples, tales como la re-
orientación del comercio ultramarino y la articulación progresiva del Río de la Plata con
la economía y la política británicas373; la mutilación y fragmentación del hinterland co-
mercial; la pérdida del Alto Perú y sus recursos metalíferos; el cierre de la ruta de la
plata que unía las minas de Potosí con Buenos Aires como puerto de exportación del
metálico hacia Europa; la ruina de las economías intermediarias del interior asociadas a
esa ruta argentífera; y el despegue de la zona litoral bonaerense, santafesina, entrerriana
y oriental merced del desarrollo de la economía ganadera destinada a la exportación de
productos pecuarios374.

reas científicas.” (Tulio HALPERÍN DONGHI, Tradición política española e ideología revolucionaria de
Mayo, Buenos Aires, CEAL, 1985).
372
Ver: Natalio R. BOTANA, La tradición republicana, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984 y
Adolfo PRIETO, Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1996.
373
Respecto de las relaciones anglo argentinas en el siglo XIX luego de los episodios de 1806-1807 —
tema predilecto de los publicistas de todas las vertientes del Revisionismo Histórico argentino—, pueden
consultarse, tanto el clásico del tema: H.S.FERNS, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos
Aires, Solar-Hachette, 1965; como un aporte relativamente reciente: Klaus GALLO, De la invasión al
reconocimiento. Gran Bretaña y el Río de la Plata 1806-1826, A-Z, Buenos Aires, 1994.
374
Tulio HALPERÍN DONGHI, El Río de la Plata al comenzar el siglo XIX, Colección de Ensayos de Histo-
ria Social nº 3, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras UBA, 1961. Este trabajo inicial, seguido de
un imprescindible capítulo acerca de la dislocación económica del orden virreynal, se volcaría posterior-
mente en: Tulio HALPERÍN DONGHI, Revolución y Guerra, Siglo XXI, México DF, 1979, pp. 15-120. Una
buena síntesis y esquematización económica de este proceso se halla disponible en: Roberto CORTÉS
CONDE, El progreso argentino 1880-1914, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1979, pp. 18-36. Res-
pecto de la economía ganadera del Litoral hacia fines del XVIII y principios del XIX, puede consultarse:
Alfredo J. MONTOYA, Cómo evolucionó la ganadería en la época del Virreinato, Buenos Aires, Plus
Ultra, 1984; Tulio HALPERÍN DONGHI,, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires”, en:
Torcuato S. DI TELLA y Tulio HALPERÍN DONGHI (eds.), Los fragmentos del poder, Buenos Aires, Jorge

125
Esta violenta reconfiguración económica, política y social del espacio rioplaten-
se está sin duda en el origen de los fenómenos de inestabilidad política y enfrentamien-
tos civiles en los que se sumergieron las Provincias Unidas en el período inmediatamen-
te posterior a la revolución.
La herencia de aquella violenta ruptura con el orden colonial no sólo implicó pa-
ra la Argentina el surgimiento de un juego político alejado de los principios de legitimi-
dad del Antiguo Régimen; sino, también, la apertura de una prolongada etapa de incer-
tidumbre política en la que se frustró el proyecto de institucionalización de la
Revolución y se impusieron tendencias centrífugas que llevarían a más de treinta años
de guerras civiles y pujas facciosas375.
Podríamos decir, entonces, que entre el año 1810, en el que la militarización de
Buenos Aires se encauzó definitivamente en el proceso de ruptura con la metrópoli y el
año 1820, en el que los caudillos disolvieron el Directorio —el último de los ensayos
institucionales revolucionarios—, la guerra marcó el ritmo de un proceso de profundas
transformaciones376 que abrieron un prolongado ciclo de mutuo extrañamiento entre el
mundo intelectual español y rioplatense, caracterizado por la incapacidad o el desinterés
de encontrar una fórmula alternativa, capaz de recrear los vínculos originarios377.
Este abrupto y conflictivo aislamiento constituyó la condición de posibilidad pa-
ra la aparición y el desarrollo de un pensamiento anti-hispánico en las elites argentinas,
que a la postre se erigiría en un elemento esencial del clima cultural e intelectual riopla-
tense en la segunda mitad del siglo XIX. La ruptura revolucionaria, o más bien, la lectu-
ra comprensiva que de ella hicieran sus herederos intelectuales inmediatos, impusieron
esa intuición de la que hablábamos anteriormente y que establecía una relación inversa
entre el legado hispano y la modernidad cultural.
Sin embargo, esa contraposición no era del todo exacta, sino que, como vimos,
la Revolución en sí misma se nutrió de fuentes intelectuales diversas y la España de los
primeros Borbones era un puente más que una barrera para la introducción de la nuevas
ideas ilustradas en América. Así, pues, la generación ilustrada que hizo la Revolución
no se ilustró “a pesar de España”, sino a través de los circuitos formales e informales
sean estatales o privados que el imperio reformado permitía, alentaba o toleraba. La
propia ruptura revolucionaria puede ser pensada sin problemas desde el universo inte-
lectual español, tal como quedó de manifiesto en los debates jurídicos que dieron paso a
la Junta Revolucionaria del 25 de mayo de 1810.

Álvarez, 1969. Como historia general del desarrollo ganadero puede consultarse: Horacio GIBERTI, Histo-
ria de la ganadería argentina (1970), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
375
Tulio HALPERÍN DONGHI, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, CEAL, 1982.
376
Los efectos políticos, económicos y sociales de la guerra independentista han sido establecidos en:
Tulio HALPERÍN DONGHI, Revolución y Guerra, Op.cit.; y en “Militarización revolucionaria en Buenos
Aires, 1806-1815”, en: Tulio HALPERÍN DONGHI (ed.), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica,
Op.cit., 1978.
377
Tulio HALPERÍN DONGHI, “España e Hispanoamérica: miradas a través del Atlántico 1825-1975”, en:
El espejo de la historia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1987, pp. 65-110.

126
Por supuesto, cuando se radicalizó el proceso revolucionario en el Río de la Pla-
ta y se produjo una reacción ideológica absolutista en España, ese circuito terminó por
colapsar, reencausándose la formación intelectual de la elite letrada hacia un modelo
que suponía una apropiación cada vez más privada, autodidacta, y que abrevaba direc-
tamente en las fuentes francesas y británicas.
La Revolución significó en el Río de la Plata el fin irreversible del régimen co-
lonial, la caducidad de la legitimidad monárquica y la emergencia incontrastable, aun-
que conflictiva, de la legitimidad republicana y democrática la que, sin embargo, no
logró plasmarse en una constitución. En este sentido la revolución fue exitosa en tanto
garantizó una ruptura definitiva con España, pero fracasó a la hora de construir la na-
ción moderna378.
Más tarde, luego del fracaso del segundo intento de unificar el Río de la Plata
ante la guerra con el Imperio de Brasil, llevado a cabo por la generación revolucionaria
porteña desde su bastión de la Provincia de Buenos Aires379, el escenario político quedó
en manos de los caudillos del interior, agudizándose el conflicto interprovincial y el
endémico enfrentamiento entre federales y unitarios380; cuyo resultado fue la renovada
hegemonía de Buenos Aires bajo el régimen federal de Juan Manuel de Rosas381. Tal

378
“Si bien es cierto que la Revolución de mayo y las luchas de emancipación iniciadas en 1810 marca-
ron el comienzo del proceso de creación de la nación argentina, la ruptura con el poder imperial no produ-
jo automáticamente la sustitución del Estado colonial por un Estado nacional. [...] Las fuerzas centrífugas
desatadas por la ausencia de un centro de poder alternativo no consiguieron ser contrarrestadas a través de
la identificación de los pueblos que componían esa vasta unidad política, con la lucha emancipadora [...]
Si las luchas de independencia creaban alguna forma de identidad colectiva y de sentimiento de destino
común —gérmenes de la nacionalidad—, estos se diluían en la materialidad de una existencia reducida a
un ámbito localista, con tradiciones, intereses y liderazgos propios... No obstante los diversos órganos
políticos y proyectos constitucionales ensayados durante las dos primeras décadas de vida independiente,
fueron ineficaces para conjurar las tendencias secesionistas y la pulverización de los centros de poder, que
tendieron a localizarse en las viejas ciudades coloniales del interior. Separados por la distancia, la agreste
geografía o las franjas territoriales bajo dominio indígena, estos centros de poder se integraron en torno a
la figura carismática de caudillos locales. Los intentos de organización republicana fueron sustituidos por
la autocracia y el personalismo. El acceso al poder pasó a depender del control de las milicias... El destie-
rro, el asesinato político, la venalidad, el nepotismo y la coacción física se incorporaron como instrumen-
tos de dominación llamados a tener larga vida en las prácticas políticas del país. Los caudillos pugnaron
por reivindicar el marco provincial como ámbito natural para el desenvolvimiento de la actividad social y
política. La provincia —unidad política formal legada por la colonia— pasó a constituirse casi en símbolo
de resistencia frente a los continuados esfuerzos de Buenos Aires por concentrar y heredar el poder políti-
co del gobierno imperial.” (Oscar OSZLAK, La formación del Estado Argentino. Orden, progreso y orga-
nización nacional -1982-, 2ª ed., Buenos Aires, Planeta, 1997, pp. 46-47).
379
Luis Alberto ROMERO, La feliz experiencia, 1820-1824, Buenos Aires, La Bastilla, 1976.
380
Las guerras civiles argentinas pueden interpretarse como una trama de conflictos de orden inter-
regional (Noeroeste, Litoral y Cuyo) por el control de recursos y por imponer una fórmula política que
defendiera intereses regionales; de orden inter-provincial (Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes,
Banda Oriental) por la hegemonía litoraleña; y de orden político-faccioso, entre federales y unitarios y
entre los sectores terratenientes y los mercantiles-profesionales. El fundamento estructural de estas gue-
rras libradas entre 1820 y 1853 es la ruralización del poder y el surgimiento de nuevos actores sociales y
políticos: el estanciero gran terrateniente y las masas rurales movilizadas por él, dando por resultado el
fenómeno del caudillismo. También puede consultarse el ya clásico libro: Miron BURGIN, Aspectos eco-
nómicos del federalismo argentino, Buenos Aires, Editorial Solar-Hachette, 1969.
381
A propósito del federalismo, de Rosas y su régimen puede leerse: John LYNCH, Juan Manuel de Rosas
1829-1852 (1981), 2ª ed., Buenos Aires, Emecé, 1984; Enrique M. BARBA, Unitarismo, federalismo y

127
escenario, dominado por clases terratenientes, supuso un reflujo ideológico hacia posi-
ciones conservadoras y tradicionalistas que redundaron en un mayor distanciamiento
entre los letrados rioplatenses y el poder.
Esta brecha intentó ser cerrada por los intelectuales de la llamada “generación
del 37”, algunos de cuyos hombres pretendían servirse del poder de Rosas para organi-
zar el país según sus propios proyectos382. Sin embargo, el desinterés, la desconfianza
frente a las actividades que la mayor parte de estos individuos desplegaron en el Salón
Literario que funcionó en 1837 en la Librería Argentina de Marcos Sastre (1809-
1887)383 y posteriormente en la Asociación de la Joven Generación Argentina —
también conocida como Asociación de mayo—; y la hostilidad de los sectores dominan-
tes hacia una minoría ilustrada filiada con la generación revolucionaria y con los unita-
rios, originó la persecución de las futuras grandes figuras intelectuales argentinas de
fines del siglo XIX.
Así marcharon al exilio chileno o uruguayo Domingo Faustino Sarmiento (1811-
1888); Esteban Echeverría (1805-1851); Juan Bautista Alberdi (1810-1884); Juan María
Gutiérrez384; Vicente Fidel López (1815-1903); Bartolomé Mitre (1821-1906), entre
otros. Estos hombres, que además de ser profesionales, autodidactas, hombres de letras,
intelectuales y publicistas, fueron activos conspiradores antirrosistas, estaban movidos
por el ideal de construir una nación allí donde sólo veían un desierto brutal dominado
por la barbarie y la tiranía. Desierto en el que vislumbraban la patética imagen especular

rosismo, Buenos Aires, CEAL, 1982; Tulio HALPERÍN DONGHI, De la Revolución de la Independencia a
la Confederación rosista, Historia Argentina, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1971.
382
Una perspectiva nueva y muy interesante de los escasos intelectuales adictos al poder rosista puede
verse en: Jorge MYERS, Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, Bernal, UNQ,
1995.
383
Sobre las actividades culturales en la Librería de Sastre, así como para leer los discursos inaugurales
del Salón Literario, consultar: Félix WEIMBERG, El Salón Literario de 1837 (1958), Buenos Aires,
Hachette, 2ª edición, 1977. Sobre el mundo cultural que pasaba alrededor de las librerías y del mundo
editorial en la época de Rosas, consultar: Emilio BUONOCORE, Libros y bibliófilos durante la época de
Rosas, Córdoba, UNC, 1968; ID., Libreros, editores e impresores de Buenos Aires, Buenos Aires, Bow-
ker Editores, 2ª ed.,1974, pp. 15-35.
384
Juan María Gutiérrez (1809-1878) fue un notable crítico literario, novelista, poeta, polemista, erudito y
bibliófilo, miembro de la generación del ’37. Fue opositor a Rosas y se desempeñó como funcionario,
ministro, constituyente, diputado, Rector de la Universidad de Buenos Aires (1861-1874), Presidente del
Consejo de Instrucción Pública, Jefe del Departamento de Escuelas. Junto con Juan Bautista Alberdi y
Esteban Echeverría fundó el Salón Literario de Marcos Sastre y la Asociación de mayo. Emigró luego del
encumbramiento de Rosas a Montevideo, trasladándose sucesivamente a Europa, Brasil, Chile y Ecuador.
En 1853 forma parte del Congreso Constituyente siendo nombrado por Urquiza como Ministro de Rela-
ciones Exteriores de la Confederación. Fue presidente de la Sociedad Paleontológica, creada por él y Karl
Burmeister en 1866 y fue mentor de Francisco Moreno. Como Rector de la UBA, Gutiérrez creó en el
Departamento de Ciencias Exactas (1865), que luego se convertiría en Facultad. En 1872 impulsó un
proyecto de ley que propugna la autonomía universitaria y la enseñanza superior libre y gratuita, que
recién se concretarían parcialmente con la nacionalización de la UBA en 1881. Sus principales obras
fueron: América poética: Colección escogida de composiciones en verso, escritas por americanos en el
presente siglo, Valparaíso, Imprenta del Mercurio, 1846; Noticias históricas sobre el origen y desarrollo
de la enseñanza pública superior en Buenos Aires..., Buenos Aires, Imprenta del Siglo, 1868; Historia
elemental del continente americano desde su descubrimiento hasta su independencia, Buenos Aires,
Casavalle, 1877; La historia argentina al alcance de los niños, Buenos Aires, Imprenta y Librería de
mayo, 1880; Estudios históricos-literarios, Buenos Aires, Estrada, 1940.

128
de una España decadente e improductiva dominada por el absolutismo y el fanatismo
religioso.
Esta generación, nacida durante los primeros años de la revolución, estaba ya
formada en otras circunstancias y en otras vertientes del pensamiento, como la británica
y francesa, en las que el mundo intelectual español tenía ya poco que aportar.
La visión de una España clerical y reaccionaria, enfrentada por luchas civiles y
antítesis arquetípica del capitalismo moderno, engendraba una condena dura e inapela-
ble de la cultura hispana. Pero, sobre todo, entrañaba la condena de su legado en Améri-
ca, en el que veían los fundamentos de la tiranía, el obscurantismo, el fanatismo, la bar-
barie, la improductividad y la oposición al progreso del Río de la Plata, que
representarían los caudillos y Rosas. De allí que la hispanofobia de esta generación sur-
giera como parte de su ideología de progreso:
“La generación americana lleva inoculados en su sangre los hábitos y tendencias de otra genera-
ción. En su frente se notan, si no el abatimiento del esclavo, las cicatrices recientes de su pasada
esclavitud. Su cuerpo se ha emancipado, pero su inteligencia no. Se diría que la América revolu-
cionaria, libre ya de las garras del león de España, está sujeta aún a la fascinación de sus miradas
y al prestigio de su omnipotencia. [...] Dos legados funestos de la España traban principalmente
el movimiento progresivo de la revolución americana: sus costumbres y su legislación. [...] La
España nos dejó por herencia la rutina, y la rutina no es otra cosa en el orden moral que la abne-
gación del derecho de examen y de elección, es decir, el suicidio de la razón; [...] La España nos
imbuía en el dogma del respeto ciego a la tradición y a la autoridad infalible de ciertas doctrinas;
y la filosofía moderna proclama el dogma de la independencia de la razón y no reconoce otra au-
toridad que la que ella sanciona [...] La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos y
la democracia nos quiere sumisos a la ley, religiosos y ciudadanos. La España nos educaba para
vasallos y colonos, y la patria exige de nosotros una ilustración conforme a la dignidad de hom-
bres libres[...] Para destruir estos gérmenes nocivos y emanciparnos completamente de esas tra-
diciones añejas necesitamos una reforma radical en nuestras costumbres; tal será la obra de la
educación y de las leyes.”385

La tesis era que España misma —o mejor dicho, la pervivencia del influjo idio-
sincrático español en América—, era el factor que podía explicar el hecho de que la
revolución no hubiera podido avanzar más allá de la ruptura del lazo colonial. De allí
que la tradición hispánica fuera considerada como la única clave que permitía entender
la instalación y perpetuación de la tiranía “contrarrevolucionaria” de Juan Manuel de
Rosas:
“El gran pensamiento de la revolución no se ha realizado. Somos independientes, pero no libres.
Los brazos de la España no nos oprimen, pero sus tradiciones nos abruman. De las entrañas de la
anarquía nació la contrarrevolución. La idea estacionaria, la idea española, saliendo de su tene-
brosa guarida, levanta de nuevo triunfante su estólida cabeza y lanza anatemas contra el espíritu
reformador y progresivo. [...] La contrarrevolución no es más que la agonía lenta de un siglo ca-
duco, de las tradiciones retrógradas del antiguo régimen, de unas ideas que tuvieron ya completa
vida en la historia.”386

Fue, entonces, en este violento escenario de una nación intuida y prefigurada,


pero que no lograba encontrar un cauce ni una organización política estable y legítima,
en el cual se produjo la cristalización de una ideología anti-tradicionalista, esto es, im-

385
Esteban ECHEVERRÍA, Dogma socialista (1839 y 1846), Bs. As., Hyspamérica, 1988, pp. 145-147.
386
Ibíd., pp. 149-150.

129
pugnadora de la cultura criolla vista como degeneración de una cultura retrógrada de
origen hispano. Esta ideología se presentó, por un lado, como un diagnóstico sociológi-
co de la miseria argentina y, por otro, como un programa de crítica cultural, capaz de
señalar un rumbo cosmopolita para la soñada modernización política y económica.
El recorrido antihispánico de las elites letradas rioplatenses entre mayo y la ge-
neración del ochenta se inicia, entonces, como un recurso político durante la revolución
para adquirir luego, al compás del conflictivo panorama post-revolucionario, el carácter
de una potente e inconformista ideología de progreso. Así, desde que en el segundo ter-
cio del siglo XIX los máximos exponentes de la generación del ’37 se lanzaron a desci-
frar los enigmas de la sociabilidad argentina poniendo especial interés en interpretar
libremente el pasado, España fue identificada, sin mayores matices ni miramientos, co-
mo la Europa feudal, pobre, encerrada sobre sí misma, clerical, anticientífica e irracio-
nal387.
Esta Europa atrasada e inmóvil habría impreso un carácter casi indeleble a la
cultura bárbara del Río de la Plata, degradada por la guerra endémica, por las determi-
naciones de sus inconmensurables espacios vacíos y por los vicios del gobierno autocrá-
tico e inorgánico de los caudillos. Esta mácula cultural, sería la causa profunda de los
devaneos tortuosos de la frustrada experiencia argentina y, por lo tanto, el principal obs-
táculo a remover para instalar a las pampas en el decurso de la historia.
La tarea de construir un estado y una sociedad modernos —labor que se autoad-
judicaron estos intelectuales— implicaba, entonces, nutrirse de las ideas progresivas
que florecían en Europa y conectarse con ese mundo intelectual y cultural ajeno por
completo a la realidad española. Esta ruptura programática con la tradición hispana era
vista como una necesidad para el progreso y para superar la fragmentación y la degrada-
ción de la política y la sociedad rioplatense.
De este modo, las elites no hicieron sino perseverar en la tendencia que se había
ido impuesto desde 1810 y volver la vista hacia los modelos culturales, intelectuales y
políticos alternativos de la Europa moderna, es decir, los que ofrecían Francia e Inglate-

387
A mediados del siglo XX, Félix Weimberg, relativizaba el “presunto antiespañolismo” de la genera-
ción del ’37, intentando derivar íntegramente la crítica de estos intelectuales a la pervivencia “colonial”
de España en América, salvando así al complejo y heterogéneo mundo cultural e intelectual español de
ser el verdadero blanco de la crítica de Alberdi, Sarmiento, Gutiérrez o Echeverría. Esta interpretación,
evidentemente forzada, necesitaba introducir un equilibrio argumental que rescatara una posición más
ecuánime para con España y que no destruyera, en el interín, la autoridad de estos referentes del pensa-
miento argentino. De allí que Weimberg debiera acudir al tópico del afiebramiento juvenil o al de la
proximidad de los eventos revolucionarios para intentar justificar estos supuestos deslices y esta intempe-
rancias: “Haciendo abstracción de minucias y desechando las injustas y enfáticas hipérboles vertidas con
más apresuramiento que intención, se puede convenir que para aquel movimiento generacional de 1837
—que se proponía nada menos que consolidar las bases de una auténtica singularidad nacional— lo his-
pano (como síntesis y encarnación de lo español colonialista) —el error residió en la impetuosa generali-
zación— era entre nosotros supervivencia del pasado que había que superar y era símbolo de estanca-
miento si no de franca regresión.”. De esta forma Weimberg intentaba disociar la crítica pertinente del
hispanismo criollista como degeneración retardataria, del hispanismo auténticamente español como
herencia cultural indiscutible; y la crítica de aquel, de la integridad “argentina” y patriótica de estos pró-
ceres liberales (Félix WEIMBERG, El Salón Literario de 1837, Buenos Aires, Hachette, 2ª edición, 1977,
pp. 66-72).

130
rra e incluso, más tardíamente, Estados Unidos, buscando encontrar en ellos ideas, inter-
locutores y experiencias capaces de apuntalar un proyecto transformador que ahondaba
el extrañamiento cultural con la antigua metrópoli y acentuaba la hostilidad para con la
tradición hispánica.
No casualmente la necesaria ruptura de aquellos lazos que habían sobrevivido a
la revolución, era pensada como tendencialmente radical, e incluía el proyecto de favo-
recer la disolución del vínculo literario e idiomático que unía ambos mundos. Juan Ma-
ría Gutiérrez lo expresaba con total claridad y crudeza:
“Nula, pues, la ciencia y la literatura española, debemos nosotros divorciarnos completamente de
ellas, emanciparnos a este respecto de las tradiciones peninsulares, como supimos hacerlo en po-
lítico, cuando nos proclamamos libres. Quedamos aún ligados por el vínculo fuerte y estrecho
del idioma; pero éste debe aflojarse de día a día, a medida que vayamos entrando en el movi-
miento intelectual de los pueblos adelantados de Europa. Para esto es necesario que nos familia-
ricemos con los idiomas extranjeros, y hagamos constante estudio de aclimatar al nuestro cuanto
en aquellos se produzca de bueno, interesante y bello.”388

Años más tarde, Sarmiento, desde posiciones similares, reafirmó la relevancia de


la cuestión idiomática, pero no para propiciar un abandono del castellano, sino para re-
afirmar sus peculiaridades americanas y rechazar la tutela española sobre su desarrollo.
Estaba claro, para Sarmiento, que ninguna nación americana podía esperar nada de Es-
paña a la hora de apuntalar su ciencia y su pensamiento por lo que, lo inexistente de las
relaciones intelectuales entre ambos mundos, era benéfico antes que perjudicial. Este
diagnóstico era el que le permitía abogar por la perpetuación de este desencuentro, que
debía permanecer, tanto para tranquilidad de unos, como para el interés de otros:
“...una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega i otros, y la sonrisa del desdén
andaba de boca en boca rizando las extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, pare-
cían disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! I como yo pusiese en juego bate-
rías de grueso calibre para defender nuestras posiciones universitarias, alguien me hizo observar
que, dado caso que tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecería una
separación, embarazosa, entre la España i sus colonias. Éste no es un grave inconveniente, repu-
se yo, con la mayor compostura i suavidad; como allá no leemos libros españoles; como Uds. No
tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que
valga; como Uds. aquí i nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que Uds. Es-
criban de un modo lo traducido i nosotros de otro.” 389

Esta ideología, punto de llegada de una serie de procesos de diversa índole, ad-
quirió forma definitiva en el duro clima del exilio, pero no perdió nervio una vez que la
situación cambiara tras el desenlace de la batalla de Caseros.
El derrocamiento de Rosas —el mayor obstáculo para la organización institucio-
nal del país y la fundación de un auténtico Estado-Nación en el Río de la Plata— en
1852; la promulgación de la Constitución de 1853; la resolución de la secesión de Bue-
nos Aires en 1862 y el definitivo encumbramiento de la generación del ’37, dio paso a

388
Juan María GUTIÉRREZ, “Fisonomía del saber español: cuál deba ser entre nosotros” (Discurso pro-
nunciado en sesión del Salón Literario, Buenos Aires, 1837), en: Félix WEIMBERG, El Salón Literario de
1837, Op.cit., p. 153-154.
389
Domingo Faustino SARMIENTO, Viajes en Europa, África y América 1845-1847 y Diario de Gastos
(Ed. Crítica coordinada por Javier Fernández), FCE, Buenos Aires, 1993, p. 128.

131
la construcción del Estado-Nación bajo las presidencias de Bartolomé Mitre, Domingo
Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda390.
Este sinuoso proceso se cerró en 1880 con la derrota de Buenos Aires en su en-
frentamiento con las fuerzas federales, la definitiva capitalización y federalización de la
ciudad-puerto, la pacificación definitiva del país y la plena inserción de Argentina en el
mercado mundial como abastecedor de carnes y cereales en una alianza económica es-
tratégica con Gran Bretaña.
Durante este período se acometió la resolución de una asignatura pendiente, tal
como era la normalización de las relaciones diplomáticas con España, las cuales habían
recorrido el camino que va de la alta conflictividad inicial a la lisa y llana inexistencia.
Restaurado Fernando VII en el trono español, la política de la corona respecto de
los movimientos juntistas coloniales y la guerra que se libraba en América oscilaría en-
tre los gestos de reconciliación, las propuestas de negociación y el intento de retomar
militarmente su soberanía sobre las tierras del Nuevo Mundo. Pese a que España siem-
pre manifestó interés por recuperar los territorios “argentinos”, las dificultades logísti-
cas hicieron que el Río de la Plata fuera puesto en un segundo orden de prioridad res-
pecto de otros antiguos dominios. Así, la expedición del general Morillo, originalmente
destinada a Buenos Aires, fue desviada a Nueva Granada y el proyecto de expedición
armada de 1817, abandonado debido a su elevado costo y a la existencia de desacuerdos
en el gobierno español.
En todo caso, la política dual y los planes de reconquista de Fernando VII fueron
respondidos por el gobierno revolucionario con una campaña diplomática en Europa
para neutralizar los planes españoles y obtener reconocimiento externo391; con la decla-
ración formal de independencia por parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata el
9 de julio de 1816; con una agresiva campaña naval de corsarios contra España y con el
apoyo a la estrategia de liberación continental de José de San Martín.
Cuando el poder de Fernando VII se vio recortado por el levantamiento liberal
de Riego, la Junta Provisional licenció la expedición que finalmente se había organizado
para reconquistar el Río de la Plata392 y realizó un llamamiento a los americanos para

390
Para comprender el complejo y conflictivo proceso de construcción del Estado Argentino desde una
óptica más abarcadora y alejada del simple relato de la coyuntura política debe recurrirse a: Oscar
OSZLAK, La formación del Estado Argentino. Orden, progreso y organización nacional, Op.cit..
391
La misión diplomática, formada por Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia se aseguró de que In-
glaterra impidiera cualquier intervención portuguesa desde Brasil y partió hacia España para prevenir las
acciones contra Buenos Aires. En Europa, esta legación se encontró con Mariano de Sarratea, que había
sido enviado previamente para intentar un acuerdo con Carlos IV, exiliado en Roma, para la eventual
coronación de su hijo Francisco de Paula en un futuro Reino Unido del Río de la Plata. Finalmente, las
líneas diplomáticas variaron hacia la hipótesis de un reino unificado argentino-chileno independiente de
España con un monarca Borbón. Esta idea fue rechazada por el gobierno español, quien descartaba cual-
quier cesión formal de soberanía por parte de Fernando VII. Finalmente, ni Sarratea ni Rivadavia lograron
ningún avance respecto del reconocimiento, ni lograron gesto de reconciliación alguno con los Borbones.
392
Acerca de las expediciones españolas al Plata, puede consultarse: José M. MARILUZ URQUIJO, Los
proyectos españoles para reconquistar el Río de la Plata, 1820-1835, Buenos Aires, 1958 y Edmundo A.
HEREDIA, Planes españoles para reconquistar Hispano-América, 1810-1818, Buenos Aires, EudeBA,
1975.

132
jurar la Constitución liberal de 1812, para enviar representantes y recomponer la unidad
con España.
En este contexto fueron enviados comisionados a Buenos Aires en 1820, Tomás
Comyn, Manuel Herrera y Manuel M. Mateo, cuya misión fracasaría incluso antes de
comenzar por la interferencia portuguesa y la propia situación convulsa del país en no-
viembre de 1820393. En 1822 fueron enviado nuevos comisionados españoles, quienes
fueron recibidos el 24 de mayo de 1823 por el ministro Rivadavia en un clima público
de hostilidad hacia España y sus delegados. Rivadavia impondría, entonces, una doctri-
na que perduraría gran parte del siglo XIX, según la cual las Provincias Unidas se nega-
rían a celebrar tratos internacionales con España de no existir una previa cesación de la
guerra y un reconocimiento de la independencia de todos los estados americanos.
Finalmente, el 4 de julio fue firmada una convención preliminar, en la que se
acordaba un próximo cese de hostilidades, la reanudación del comercio y la negociación
de un tratado definitivo de paz y amistad. La Junta de Representantes debatió este pre-
acuerdo y lo condicionó al previo concierto con los demás países americanos, para lo
cual Rivadavia comisionó a Gregorio Las Heras para viajar al Perú, recabando apoyo
previo en las provincias del interior394. Si bien el proyecto fue aprobado, a pesar de la
oposición que suscitó la reparación monetaria que exigía España, el fracaso de Las
Heras en sus conversaciones con el negociador español Baldomero Espartero395 la caída
del gobierno liberal y el retorno del absolutismo hizo que se quebrara el intento de re-
componer relaciones, retornando la postura “soberanista” de Fernando VII.
Nuevamente, la monarquía española adoptó una política dual de amenaza arma-
da y de moderación diplomática para equilibrar sus relaciones con otras potencias euro-
peas —en especial con Gran Bretaña— y para consolidar el frente interno y la posición
de sus partidarios. Dicha postura, si bien nunca pudo materializarse en acciones hostiles,
condicionaría, desde el lado peninsular, la prolongación del statu quo en las relaciones
entre España y el Río de la Plata:
“Fernando VII se negó al reconocimiento del Río de la Plata pues veía el proceso separatista na-
cido en Buenos Aires como una injuria a su dignidad real. Su insistencia en la vía de las armas

393
Roberto O. FRABOSCHI, La Comisión Regia española al Río de la Plata 1820-1821, Buenos Aires,
Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Editorial
Peuser, 1945
394
Armando ALONSO PIÑEIRO, Las Heras, Espartero y la paz con España, Buenos Aires, Editorial Obe-
ron, 1957, pp. 26-59.
395
Baldomero Espartero, en realidad Joaquín Fernández Álvarez Espartero (1793-1879), fue destinado
originalmente a seguir una carrera religiosa, pero se alistó como voluntario al inicio de la ocupación napo-
leónica. En 1815, una vez liberada España y restaurado Fernando VII formó parte de la expedición del
General Morillo para reconquistar Nueva Granada. Espartero ascendió en América del grado inicial de de
teniente al de general de brigada y permaneció en Perú hasta 1824. Ya en España se plegó al bando rebel-
de durante la primera guerra carlista. Fue comandante general de Vizcaya en 1834 y en 1836 fue designa-
do jefe del Ejército del Norte. Su triunfo en la batalla de Luchana, le dio acceso al título de conde y su
desempeño posterior a dos ducados. En 1839 firmó junto con el general carlista —y comandante español
en la batalla de Chacabuco— Rafael Maroto (1783-1853) el Convenio de Vergara. En julio de 1840, tras
la revolución catalana y la renuncia de María Cristina, asumió la regencia de España hasta 1843. En julio
de 1854, Isabel II lo designó presidente del Consejo de Ministros, cargo en el que se mantendría hasta
1856, cuando sería sucedido por el general Leopoldo O'Donnell Jornis (1809-1867).

133
provocó la reacción negativa de Gran Bretaña, en tanto el Río de la Plata negociaba sólo sobre la
base de la independencia. No hubo un plan efectivo para reconquistar el Rio de la Plata luego de
1823; puede decirse que esta área se perdió definitivamente cuando la expedición de Cádiz fue
abortada por la revolución liberal de Riego de 1820. En síntesis, la política de Fernando VII
hacia el Río de la Plata fue de no compromiso, y quizá pudo haber actuado con más rapidez y
con menos duplicidad o ambigüedad, pero la facción ultrarrealista no habría aprobado ningún
compromiso del rey con las ex colonias. Este factor llevó al monarca español a no tener espacio
para innovar en su política respecto de la región rioplatense. Hasta después de la muerte de Fer-
nando VII el gobierno español no tomó medidas a favor del reconocimiento del Río de la Plata:
el 4 de diciembre de 1836 las Cortes españolas votaron unánimemente en pro del mismo.”396

Pese a estas iniciativas y debido a la crisis política española y al escenario políti-


co argentino, no hubo mayor actividad diplomática entre ambas naciones, hasta que la
caída de Rosas abrió un nuevo panorama político. La manifestación casi inmediata del
conflicto entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina y la reanuda-
ción de las luchas civiles, hizo que el terreno diplomático —y en especial las relaciones
con España— fuera definido como uno de los más importantes para ambos bandos.
Paradójicamente, el hispanófobo Juan Bautista Alberdi —quien como ministro
plenipotenciario del gobierno de la Confederación lograra impedir que Gran Bretaña y
Francia reconocieran a Buenos Aires— fue encargado de negociar urgentemente un
tratado con España por el cual se reconociera la independencia argentina a través de un
documento que legitimara a la Confederación como el verdadero y legítimo gobierno
nacional, desautorizando así al Estado de Buenos Aires. Alberdi entregó al gobierno
español su Memorándum sobre el estado político de cosas de la República Argentina
con respecto a España, y sobre los medios de regularizar y estrechar las relaciones de
amistad, de comercio y de navegación entre ambos países, base del acuerdo definitivo
firmado el 29-IV-1857. Según la letra del acuerdo, España “renunciaba” a su soberanía
territorial, comprometiéndose el gobierno confederal a reintegrar a la antigua metrópoli
las “deudas” provocadas por las expropiaciones revolucionarias. Alberdi fue reconveni-
do por su gobierno por el contenido de lo pactado en orden a la nacionalidad y al pago
de esa supuesta deuda, con lo que el representante volvió a Madrid en 1859. Finalmente
se llegó a un acuerdo para lograr las modificaciones que le eran exigidas firmándose el
tratado definitivo en julio de 1859. El tratado fue aprobado por la reina Isabel II y ratifi-
cado parlamentariamente por ambos países, quedando vigente desde 1860397.
Unificada la nación luego de la reincorporación definitiva de Buenos Aires al
país en 1862, el gobierno del presidente Bartolomé Mitre negoció con España ciertas
modificaciones al tratado de 1859, relacionadas con la fijación de la nacionalidad y la
posibilidad de recuperar la española para quienes hubieran adoptado la argentina. Entre

396
Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones exteriores de la Repú-
blica Argentina 1806-1989 [en línea], Primera Parte: Las Relaciones Exteriores de la Argentina embrio-
naria (1806-1881), Tomo II: Desde los orígenes hasta el reconocimiento de la independencia formal,
Cap. V, http://www.argentina-rree.com/index2.htm [Consultado: 30-VI-2002].
397
Las complejas vicisitudes de las negociaciones hispano-rioplatenses entre 1852 y 1862, así como los
pormenores políticos, jurídicos y diplomáticos de misión de Juan Bautista Alberdi —y una defensa de su
polémico desempeño— han sido estudiadas en: Isidoro RUIZ MORENO, Relaciones hispano-argentinas.
De la guerra a los tratados, Buenos Aires, 1981.

134
1863 y 1864 la enmienda al tratado fue ratificado y Argentina permitió la instalación de
Carlos Creus, el primer ministro español en el país.
Cincuenta y cuatro años después de que la independencia del Río de la Plata fue-
ra consumada, y cuarenta y ocho luego que fuera declarada formalmente, España nor-
malizaba definitivamente relaciones con la República Argentina, unificada bajo la
Constitución de 1853 y en vías de una plena organización institucional.
Sin embargo, el restañamiento de las heridas que conllevó la recomposición de
relaciones diplomáticas, no supuso en modo alguno una revisión de las antiguas convic-
ciones hispanófobas de la elite intelectual.
En los años ’70 la Real Academia Española (RAE), en consonancia con su
programa de creación de Academias correspondientes aprobado en noviembre de 1870,
ofreció a un buen número de personalidades argentinas su incorporación como miem-
bros correspondientes. En aquella ocasión, aceptaron sus diplomas Bartolomé Mitre,
Vicente Fidel López, Ángel Justiniano Carranza, Luis Domínguez, Carlos Guido Spano,
Vicente G. Quesada, Pastor Obligado, Ernesto Quesada, Carlos María Ocantos398. Tam-
bién formó parte del grupo Juan Bautista Alberdi, a pesar de haber formulado en el pa-
sado ciertos reparos acerca de la naturaleza de la iniciativa española y de preguntarse si
esto podía constituir un intento de recolonización literaria399.
Juan María Gutiérrez, sin embargo, rechazó públicamente el ofrecimiento a tra-
vés de un argumento muy interesante y ajustado —que aún hoy mantiene toda su vali-
dez—; cuyos fundamentos relacionados con la historia, con el desarrollo socio-
demográfico y cultural, y con la evolución de las tradiciones intelectuales rioplatenses,
son sumamente pertinentes. Las afirmaciones de Gutiérrez, alejadas ya de las tentacio-
nes de sustitución artificial del idioma, lograban exponer satisfactoriamente las diferen-
cias existentes entre España y Argentina en lo que a “política idiomática”, a la diferente
concepción y función de la lengua, se refiere; defendiendo el régimen rioplatense del
castellano de cualquier pretensión de reducirlo a la norma española. La cuestión subya-
cente era de capital importancia, ya que siendo el idioma, entre otras cosas, el vehículo
de unas ideas que era necesario incorporar y producir para el desarrollo del país, este
instrumento debía ajustarse a la realidad y necesidades locales y no responder a ninguna
ortodoxia ajena y sospechosa de inercia y de reacción:
“Aquí, en esta parte de América, pobladas primitivamente por españoles, todos sus habitantes,
nacionales, cultivamos la lengua heredada, pues en ella nos expresamos, y de ella nos valemos
para comunicarnos nuestras ideas y sentimientos; pero no podemos aspirar a fijar su pureza y
elegancia por razones que nacen del estado social que nos ha deparado la emancipación política
de la antigua metrópoli. Desde principios de siglo, la forma de gobierno que nos hemos dado,
abrió de par en par las puertas del país a las influencias de la Europa entera, y desde entonces, las
lenguas extranjeras, las ideas y costumbres que ellas representan y traen consigo, han tomado
carta de ciudadanía entre nosotros. Las reacciones suelen ser injustas, y no sé si en Buenos Aires
lo hemos sido, adoptando para el cultivo de las ciencias y para satisfacer el anhelo por ilustrarse
que distingue a sus hijos, los libros y modelos ingleses y franceses, particularmente estos últi-

398
Pedro Luis BARCIA, “Brevísima historia de la Academia Argentina de Letras” [en línea], en: Universia
Argentina. El portal de las Universidades, http://www.universia.com.ar/contenidos/pdfs/academia.pdf,
[Consultado: 10-VII-2002].
399
Ibídem.

135
mos. El resultado de este comercio se presume fácilmente. Ha mezclado, puede decirse, las len-
guas, como ha mezclado las razas. Los ojos azules, las mejillas blancas y rozadas, el cabello ru-
bio, propios de las cabezas del norte de Europa, se observan confundidos en nuestra población
con los ojos negros, el cabello de ébano y la tez morena de los descendientes de la parte meridio-
nal de España. Estas diferencias de constitución física, lejos de alterar la unidad del sentimiento
patrio, parece que, por leyes generosas de la naturaleza que a las orillas del Plata se cumplen, es-
trechan más y más los vínculos de la fraternidad humana, y dan por resultado una raza privile-
giada por la sangre y la inteligencia, según demuestra la experiencia a los observadores despre-
ocupados. Este fenómeno... se manifiesta igualmente, a su manera, con respecto a los idiomas.
En las calles de Buenos Aires resuenan los acentos de todos los dialectos italianos, a par del cata-
lán..., del gallego..., del francés del norte y del mediodía, del galense, del inglés de todos los
condados, etc., y estos diferentes sonidos y modos de expresión cosmopolitizan nuestro oído y
nos inhabilitan para intentar siquiera la inamovilidad de la lengua nacional en que se escriben
nuestros numerosos periódicos, se dictan y discuten nuestras leyes, y es vehículo para comuni-
carnos unos con otros los porteños. [...] El espíritu cosmopolita, universal, de que he hablado, no
tiene excepciones entre nosotros. Son bienvenidos al Río de la Plata los hombres y los libros de
España, y está en nuestro inmediato interés ver alzarse el nivel intelectual y social en la patria de
nuestros mayores... [...] Podría decirme V. S. Que todo cuanto con franqueza acabo de expresar-
le, prueba la urgencia que hay en levantar un dique a las invasiones extranjeras en los dominios
de nuestra habla. Pero en ese caso yo replicaría a V. S. Con algunas interrogaciones: —¿Estará
en nuestro interés crear obstáculos a una avenida que pone tal vez en peligro la gramática, pero
puede ser fecunda para el pensamiento libre? [...] ¿Qué interés verdaderamente serio podemos
tener los americanos en fijar, en inmovilizar al agente de nuestras ideas, al cooperador en nuestro
discurso y raciocinio?” 400

Estaba claro que para la elite intelectual y dirigente de la Argentina, una cosa era
normalizar relaciones diplomáticas y comerciales con España y otras muy distintas,
apartar al país de su orientación intelectual cosmopolita, obligándolo a asumir el legado
cultural e intelectual español contra el cual había luchado durante más de cinco décadas.

1.3.- Los diferentes contextos de la reconciliación intelectual hispano-


argentina
El período oligárquico 1880-1916 transformó completamente al país que, como
exportador de productos agropecuarios y gracias a la renta diferencial de la tierra pam-
peana experimentó un crecimiento económico de magnitudes inéditas en el mundo ibe-
roamericano401. En el plano cultural e intelectual la política liberal de construcción del
estado y el progresismo ideológico y social —no así político402— que adoptó la elite
gobernante como orientación de su proyecto, implicó una vinculación más estrecha del
campo cultural e intelectual argentino al “europeo”. Nada interesante ni funcional al
proyecto liberal se veía, aún, en España.

400
Juan María GUTIÉRREZ, Carta a D. Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, secretario de la Academia
Española, Buenos Aires, 30-XII-1875, en: Beatriz SARLO (ed.) La literatura de Mayo y otras páginas
críticas, Buenos Aires, CEDAL, 1979. Puede consultarse un versión electrónica en: Juan María
GUTIÉRREZ, Estudios históricos-literarios [en línea], en: en: Proyecto Ameghino. Los orígenes de la cien-
cia argentina en Internet [en línea], Dir.: Leonardo Moledo, IEC, Universidad Nacional de Quilmes,
http://www.argiropolis.com.ar/ameghino/marco.htm.
401
Para obtener un panorama ilustrativo de este fenómeno sigue siendo útil recurrir a: Roberto CORTÉS
CONDE, El progreso argentino 1880-1914, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1979.
402
La estructura política del régimen conservador ha sido expuesta en: Natalio R. BOTANA, El orden
conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1977.

136
En los años ’80 y ’90, la ideología renovadora y “europeizante” de la elite argen-
tina —apuntalada por la hegemonía filosófica del positivismo cientificista— tomaría
aún más impulso para alcanzar el status de un verdadero programa de acción política en
el área socio-cultural403. Educación laica, registro estatal de las personas y matrimonio
civil serían aspectos paradigmáticos de una intervención estatal enérgica destinada a
secularizar las relaciones entre los individuos, el Estado y la sociedad, desplazando la
influencia decisiva que el catolicismo, por herencia hispánica, mantenía en el país404.
Por parte española, la restauración de la dinastía borbónica en 1874 trajo una
orientación global de tono más europeísta en la diplomacia peninsular, aunque las rela-
ciones con Argentina evolucionaran por el aumento de los intercambios comerciales y
el arribo constante de inmigrantes. En los años ’80 se verificó un mutuo acercamiento
diplomático, cuyos hitos fueron el tratado de extradición de 1881 y la decisión —
finalmente no concretada— de abrir una legación argentina al frente de la cual se nom-
bró a Roque Sánez Peña, por entonces subsecretario del Ministerio de Relaciones Exte-
riores, como ministro plenipotenciario. Los liberales Segismundo Moret y Prender-
gast405 y Antonio Aguilar Correa, Marqués de la Vega de Armijo (1824-1908)
impulsaron una política de aproximación a las naciones hispanoamericanas, en la que se
privilegió a la Argentina. Durante este período se renovaron los consulados españoles,
se abrió el Banco Español del Río de la Plata (1886), se creó la Cámara Oficial de Co-
mercio Española de Buenos Aires (1887) y se fundó una sociedad hispano-argentina
protectora de los inmigrantes españoles (1889).
Testimonio de aquellas iniciativas españolas por fortalecer las relaciones comer-
ciales fue el proyecto de fundar una compañía naviera hispano-argentina para el trans-
porte de inmigrantes españoles al Plata. Moisés Llordén Miñambres ha analizado la
interesante correspondencia que, por entonces, mantuvieron Carlos Pellegrini (1846-
1906) —en ese momento Ministro de Marina y Vicepresidente de la Nación— y Segis-
mundo Moret en la que éste último sugería la celebración de un tratado comercial y el
establecimiento de aquella línea marítima. La propuesta de Moret de un acuerdo espe-
cial que regulara el comercio internacional argentino y la subvención estatal de la em-

403
Sobre el Positivismo en Argentina, consultar: Ricaurte SOLER, El Positivismo argentino, Buenos Ai-
res, Piados, 1968; Oscar TERÁN, Positivismo y Nación en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987;
Hugo BIAGINI (ed.), El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1985
404
Tulio HALPERÍN DONGHI, “1880: un nuevo clima de ideas”, en: Tulio HALPERÍN DONGHI, El espejo
de la historia, Op.cit., pp. 239-252.
405
Segismundo Moret y Prendergast (1833-1913) fue un notable abogado y político liberal gaditano ob-
tuvo en 1858 la cátedra de Instituciones de Hacienda en la Universidad Central de Madrid (UCM) aunque
fue separado de la misma por oponerse al Decreto de Manuel Orovio y Echagüe (1817-1883). En 1876
fue cofundador de la Institución Libre de Enseñanza, junto a Francisco Giner de los Ríos (1839-1915),
Nicolás Salmerón (1838-1908), Joaquín Costa y otros profesores universitarios. En 1863 fue elegido
diputado y en 1870 fue designado ministro de Ultramar del General Juan Prim y Prats (1814-1870). Bajo
el corto reinado de Amadeo I fue Ministro interino de Hacienda y luego embajador en Londres. En 1875
fundó el Partido Democrático-Monárquico, desempeñándose como Ministro de Estado bajo el gobierno
de Sagasta entre 1885 y 1888, y Ministro de Gobernación bajo el gobierno del asturiano José Posada
Herrera (1815-1885). Entre 1905 y 1906, y en 1909, fue Presidente del Gobierno. Tras el asesinato de
Canalejas, el Conde de Romanones lo nombró Presidente del Congreso, cargo que desempeñó hasta su
muerte.

137
presa naval, no fueron aceptadas por Pellegrini, que explicaba a su interlocutor español
la tesis argentina del libre comercio y el rechazo que tuvo por parte del Congreso una
iniciativa similar respecto del sostenimiento público de una empresa de transporte nor-
teamericana. Pellegrini veía con agrado la posibilidad de ampliar el comercio y desarro-
llar la inmigración española, pero pensaba que esos efectos positivos podían lograrse
bien espontáneamente, bien por una acción exclusivamente española, a través de hacer
más competitivas sus empresas, de “defender” sus líneas navieras y de facilitar la emi-
gración de sus conciudadanos a Argentina. De esa forma, la implantación de una gran
colonia española, fomentaría el comercio entre España y Argentina ya que el inmigrante
demandaría productos originarios de su país, creando un mercado “argentino” para
ellos406.
La clarividencia de aquella correspondencia respecto del posible futuro de las re-
laciones entre ambos países —que podría ser juzgada como temeraria atendiéndose a la
realidad comercial y migratoria del momento—, tuvo también su correlato en el plano
ideológico, al anticipar buena parte de los argumentos hispanistas que se propagarían
avanzados los años ’90 y en la primera década del siglo XX. Estos argumentos, si bien
no eran novedosos en general, eran puestos en juego en una época sin duda temprana,
para justificar la necesidad de una mayor relación entre ambos países y para justificar la
utilidad de un transplante demográfico español en el Río de la Plata:
“Bajo el punto de vista político y distinto del comercial paréceme también que habría ventaja en
contrarrestar la influencia creciente de la colonia italiana y de los demás intereses extranjeros
con los del grupo español y la colonia española en el Plata, porque de este balance de fuerza sólo
podría resultar bien y provechoso para la República Argentina… En esta política tiene además
España vivísimo interés pues, la experiencia nos enseña que si la raza latina no se agrupa y si to-
dos nosotros no nos defendemos con energía apoyándonos unos en otros, la raza sajona acabará
por ser dueña de América y nuestra hermosa civilización tendrá un ocaso como lo tuvo de la
Roma y la de Grecia”407

Pese a este interesante diálogo, el escaso interés de las autoridades argentinas


por las propuestas españolas de acercamiento entre ambos países, fue un freno para un
mayor avance en la relación bilateral y un obstáculo para cualquier proyecto multilate-
ral, como el que pretendía consumar España alrededor de un futuro y eventual congreso
hispanoamericano, en oposición a la política panamericanista estadounidense.
El cambio de gobierno español y los sucesos políticos y la crisis de los ’90 en
Argentina provocó que las relaciones hispano-argentinas quedaran reducidas a lo que se
dio en llamar una “política de gestos”, coherente con las directrices de la política exte-
rior española interesada prioritariamente en Europa, Cuba y el norte de Africa, y de la
Argentina, centrada en sus relaciones con Gran Bretaña y Francia, pero también con
Alemania y Estados Unidos.

406
Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES, “Inversiones frustradas: empresas navieras para el tráfico hispano-
argentino” (inédito), Ponencia presentada en: VI Encuentros Americanos, Fundación Sánchez Albornoz,
La Granda, Asturias, 2001.
407
Carta de Segismundo Moret a Carlos Pellegrini, citado en: Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES, “Inversio-
nes frustradas: empresas navieras para el tráfico hispano-argentino” (inédito), Ponencia presentada en: VI
Encuentros Americanos, Fundación Sánchez Albornoz, La Granda, Asturias, 2001.

138
Ejemplo de esta gestualidad fueron la recepción oficial y popular dada en Barce-
lona a la Fragata Presidente Sarmiento el 16 de marzo de 1900, la supresión del canto de
ciertas estrofas del himno por decreto del 30 de marzo de 1900 y la respuesta de la Re-
ina de España de ponerse de pié en el Teatro Real cuando éste fue ejecutado408.
El himno argentino, compuesto durante la época revolucionaria como marcha
patriótica y adoptado como canción patria por la Asamblea del año XIII409, fue uno de
los temas de mayor conflicto entre la colonia española y su nuevo país de residencia
debido a la virulencia de sus estrofas antiespañolas y al celo con que se las entonaba.
En 1893, el periódico El Correo Español, cuyo propietario era el asturiano Ra-
fael Calzada y su director el periodista López Benedito, impulsó una campaña para soli-
citar la reforma del himno nacional. Las tratativas de la comisión de notables de la co-
lectividad obtuvo que el entonces Ministro del Interior, Lucio V. López, nieto del
compositor de la pieza e hijo del historiador Vicente Fidel López, dispusiera que se can-
tara en actos públicos sólo la última estrofa. Esta decisión, informada por la prensa y
parcialmente desmentida por el ministro, provocó reacciones patrióticas en el sector
estudiantil y en la opinión pública que hallaron eco en el Congreso, con lo que la inicia-
tiva —justificada por razones diplomáticas y por la necesidad de adecuarse a la altura
de los tiempos— quedó trunca. Sin embargo, la costumbre de cantar el himno en las
funciones teatrales multiplicó los incidentes entre el público y las compañías dramáticas
españolas que recorrían el país y mostraban su rechazo a la letra oficial, modificándola
burlonamente, cercenándola o negándose a mostrar respeto hacia ella410.
Siete años después de aquella iniciativa del círculo republicano de Calzada —
considerada inoportuna por los diplomáticos españoles— y después de periódicos rebro-
tes de la cuestión en 1896 y 1898, el 30 de marzo de 1900 durante la segunda presiden-
cia de Julio Argentino Roca, se decretó la reglamentación del canto del himno nacional,
en la que se disponía que sólo se entonaran la primera y la última cuarteta, y el coro,
aunque sin modificar el texto original y oficial.
Ahora bien, más allá de estas significativas anécdotas debe tener en cuenta el
panorama general de las relaciones entre ambos países. En la coyuntura finisecular, Es-
paña y Argentina se hallaban inmersas en climas inversos. Mientras en la primera se
tomaba consciencia de la decadencia, en la segunda existía un ambiente de euforia y

408
Daniel RIVADULLA BARRIENTOS, La “amistad irreconciliable. España y Argentina, 1900-1914, Op.cit.,
pp. 229-230.
409
Sobre el himno pueden consultarse: Antonio DELLEPIANE, El Himno Nacional Argentino. Estudio
histórico-crítico, Bs.As., Imprenta Rodríguez Giles, 1927; Mariano G. BOSCH, El Himno Nacional (La
canción nacional) no fue compuesta en 1813 ni por orden de la Asamblea, Bs.As., El Ateneo, 1937; Darío
CORVALÁN MENDILAHARSU, Los símbolos patrios: Bandera-Escudo-Himno Nacional, Bs.As., Imprenta
de la Universidad, 1944; Luis CÁNEPA, Historia de los símbolos nacionales argentinos, Bs. As., Albatros;
y Esteban BUCH, O juremos con gloria morir. Historia de una épica de Estado, Bs.As., Sudamericana,
1994. Desde las disposiciones de Roca, sólo se cantan las secciones destacadas en negrita.
410
Sobre el asunto puede consultarse: Lilia Ana BERTONI, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La
construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, FCE, 2001, pp. 180-184;
y Rafael SÁNCHEZ MANTERO, José Manuel MACARRO VERA y Leandro ÁLVAREZ REY, La imagen de
España en América 1898-1931, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de
Sevilla, 1994, pp. 86-89.

139
optimismo por el desarrollo del país. Sin embargo y pese a todo esto y a la diferente
orientación de sus prioridades diplomáticas, existía un espacio de confluencia importan-
te entre ambos universos políticos, culturales e intelectuales que trascendía lo aparotoso
de la “política de gestos”.
En el contexto bilateral del período que va entre mediados del ’90 y el Centena-
rio de la independencia argentina, en la que ambas naciones parecían distanciadas por
un destino opuesto —que en el caso de Argentina era prometedor y en el caso de Espa-
ña decepcionante— es posible apreciar la progresiva articulación de ambos países. Du-
rante este período, la emergencia de ciertas similitudes y complementariedades en di-
versos ámbitos de la realidad española y argentina dieron marco y definieron las
condiciones de posibilidad para un nuevo tipo de relación entre España y Argentina y
para la reconstitución de las relaciones intelectuales entre ambos países.

En primer lugar, a pesar de las diferencias existentes entre las experiencias ar-
gentina y española, podemos apreciar una significativa confluencia en cuanto a la situa-
ción del sistema político en ambos países. Haciendo abstracción por un momento de la
diversa índole de sus sistemas de gobierno, ambos sistemas políticos se ajustaban, en lo
esencial, al modelo típico del liberalismo oligárquico de las postrimerías del siglo XIX
y principios del XX. En este modelo, confluía el progresismo socio-económico, la con-
solidación de un sistema político en que partidos de notables ejercían el poder de acuer-
do a un esquema pacífico de alternancia bajo garantía constitucional, una marcada res-
tricción de la participación política y la internalización de una contradicción ideológica
y práctica entre la defensa de la democracia como sistema y la universalización efectiva
de los derechos políticos.
El “orden conservador” que rigió Argentina entre 1880 y 1916, puede ser carac-
terizado como un sistema político destinado a asegurar “Paz y Administración” —lemas
del gobierno de Julio Argentino Roca— una vez que se cerrara el ciclo de los conflictos
entre el Estado Nacional y las provincias con la derrota de Buenos Aires y la federaliza-
ción forzosa de la ciudad puerto.
El sistema político construido por Roca impuso una fórmula pacífica de resolu-
ción de conflictos internos a la elite, a través del reparto y distribución del poder políti-
co entre los sectores dominantes del Litoral, Cuyo y el interior mediterráneo para com-
pensar el poder que emanaba de Buenos Aires y de su proyección natural sobre el
gobierno federal y las demás provincias.
La estrategia de concentración y centralización efectiva del poder —en lo juris-
diccional, en lo militar y en lo monetario— se aplicó para orientar todos los esfuerzos
estatales en pacificar el país y favorecer la plena inserción de Argentina en el sistema
mundial capitalista aprovechando sus ventajas comparativas en el sector primario. Esta
razón de Estado fue la que justificó la necesidad de sostener una política de unificación
política que se servía de la cooptación de la oposición moderada y del aislamiento de la
oposición intransigente:

140
“El orden y la paz contituyeron, entonces, el núcleo central del ideario roquista. Quebrarlos por
afanes perfeccionistas introduciría al país en un marasmo institucional… Frente a esta prioridad,
los demás requerimientos, especialmente los referidos a la libertad electoral, pasaban a un discre-
to segundo lugar. Corregir prácticas fraudulentas antes de la consolidación del sistema institu-
cional podía poner en peligro un orden federal de manifiesta fragilidad. No es de extrañar, en
consecuencia, que en el fondo de esta percepción de la vida institucionalse anidara un marcado
recelo hacia la actividad poítica” 411

Basado en una interpretación restringida de la fórmula prescriptiva alberdiana


consagrada en la Constitución de 1853, Roca y la coalición política provinciana que lo
apoyó, se abocó a la consumación pragmática de una “república posible” postergando la
realización de la “república verdadera” hasta que la evolución socio-económica y políti-
ca de la nación lo permitiera.
En esa “república posible”, el poder se repartía entre un ejecutivo fuerte y los
gobernadores provinciales coaligados, cuya circulación a través de los distintos roles
políticos que posibilitaba el sistema y el manejo del Senado, le garantizaban en última
instancia una cuota de poder y de control de los resortes institucionales necesaria para
participar de los beneficios del orden y el progreso412. La asociación electoral que es-
condería este frente político construido desde el poder, se distinguía bajo el rótulo de
Partido Autonomista Nacional (PAN) y el liderazgo de Roca413.

Más allá de esta política de notables —cuyos dirigentes eran reclutados en las
instituciones sociales de la elite, en las universidades o en las logias masónicas—, la
formalidad electoral que requería el sistema republicano y democrático consagrado en la
Constitución, se adaptaba en forma más o menos espúrea, según el momento y la cir-
cunstancia, a los requerimientos del poder:
“Los mecanismos por los cuales se agrupaban las dirigencias de las distintas fuerzas políticas
eran complementados por un elemento clave que las conectaba con la población en general: los
caudillos electorales, que controlaban los procedimientos prácticos necesarios para ganar una
elección: desde la organización de la compra lisa y llana de votos que podían entonces ser ofre-
cidos a los candidatos, hasta la realización de los diferentes pasos conducentes al fraude electo-

411
Natalio BOTANA, El orden conservador. La política argentina entre 1880-1916, Buenos Aires, Hys-
pamérica, 1977, p. 31.
412
Consultar: Ibíd., y Paula ALONSO, “En la primavera de la historia: El discurso político del roquismo de
la década del ochenta a través de su prensa”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr.
Emilio Ravignani, nº 15, 3ª serie, primer semestre de 1997, pp. 35-70.
413
“El PAN fue la estructura partidaria básica del roquismo. En la misma, los gobernadores provinciales
supieron mantener una cuota considerable de influencia. L gobierno central, por su parte, buscaba mante-
ner un delicado equilibrio: el presidente buscaba el apoyo de los gobernadores provinciales como garantía
de su ascendiente nacional; al mismo tiempo, no podía permitirse otorgar un grado de independencia tal
que incentivara desafíos abiertos al poder central: los gobernadores leales podían recibir, además de los
beneficios otorgados en términos de patronazgo tradicional, el premio de una carrera exitosa en la política
nacional; los reticentes podían ser castigados con la intervención federal en sus provincias si otros medios
de persuasión probaban ser insuficientes” (Eduardo ZIMMERMANN, Los liberales reformistas. La cuestión
social en la Argentina 1890-1916, Buenos Aires, Editorial Sudamericana – Universidad de San Andrés,
1994, p. 22).

141
ral, como la alteración de los registros o la sustitución de votos. Estos caudillos componían una
pieza indispensable del andamiaje político del período…”414

La hegemonía roquista se reflejaba en la gran política, en lo que se dio a llamar


el “unicato”, por el que el Presidente concentraba la jefatura indiscutida del Estado y la
del instrumento político para acceder al poder —el PAN—.
Por parte española, el régimen liberal oligárquico de la Restauración mostraba
dentro de sus peculiaridades, una semejanza básica con el orden conservador rioplaten-
se. La Restauración podría caracterizarse como la estructura política más estable cons-
truida por el liberalismo español del siglo XIX que permitió superar la política de los
“espadones” y sus pronunciamientos entre 1876 y 1923. El principal objetivo del es-
quema restaurador era imponer un orden estable que evitara el caos político, la guerra
civil y una eventual revolución social. Para ello se recurrió a las instituciones de la mo-
narquía constitucional para lograr una base de consenso que abarcara a todo el arco po-
lítico salvo a los republicanos más radicales y a los carlistas intransigentes. El político
malagueño Antonio Cánovas del Castillo415 fue la figura central y el gran arquitecto de
este régimen cuya filosofía era la incorporación de las facciones potencialmente des-
tructivas de la monarquía. El instrumento de esta política fue la Constitución de
1876-1923 que instauraba una monarquía con control parlamentario, en el que las Cor-
tes y el Rey compartían responsabilidades de gobierno y legislación. El control parla-
mentario del ejecutivo dinástico fue la fórmula que permitió integrar a antiguos revolu-
cionarios liberales y, a la postre, a algunos republicanos moderados.
La Constitución restauradora recortaba derechos respecto a la anterior de 1869,
suprimiendo la libertad religiosa, desestimando el sufragio universal e instaurando uno
censitario y permitiendo al gobierno la posibilidad de suspender con relativa facilidad
los derechos individuales. El parlamento era bicameral, constando de un Senado y de un
Congreso de Diputados. Los senadores podían ser de derecho propio, nombrados por el
rey de forma vitalicia y elegidos entre determinadas categorías sociales y profesionales
por un sufragio restringido e indirecto.
El eje del sistema de la restauración era un remedo del sistema bipartidista britá-
nico, en el que dos partidos debían extenderse hacia los extremos del arco político para

414
Ibíd., p. 27.
415
Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) se licenció en Derecho en 1851 y se desempeñó como
periodista, literato y ensayista. También fue historiador, siendo autor de Historia de la decadencia de
España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II, Madrid, José Ruiz,
1910; Estudios del reinado de Felipe IV, 2 vols, Madrid, 1888-1889; Bosquejo histórico de la Casa de
Austria (Málaga, Antonio Argazara, 1992). Como político tuvo una larga y exitosa carrera. Formó parte
de la sublevación de 1854 contra Isabel II y luego del triunfo de la revolución liberal obtuvo un nombra-
miento en el Ministerio de Estado. Fue Ministro de la Gobernación en 1864 y Ministro de Ultramar en
1865. Evolucionó de una posición revolucionaria a otra conservadora y se abstuvo de apoyar a la casa de
Aosta. Desde la vuelta de los Borbones obtuvo un papel protagónico como arquitecto del sistema político
de la Restauración. Desde 1873, Alfonso XII confió en sus ideas para construir un sistema político mo-
nárquico constitucional de estilo británico que lograra estabilizar políticamente a España. Fue Presidente
del Gobierno entre 1876 y 1881, 1884 y 1885, 1890 y 1891, y 1895-1897. En ciernes de la resolución de
la Guerra de Cuba fue asesinado en el país vasco por un militante anarquista en venganza por los fusila-
mientos de 8 anarquistas en Barcelona.

142
captarlos, integrarlos al gobierno y garantizar la estabilidad. Así, los libera-
les-conservadores (conservadores) debían extenderse hacia la derecha y un partido libe-
ral debía hacerlo hacia la izquierda. Pero la garantía última de la estabilidad estaría dada
por una fórmula de alternancia o turno pacífico entre ambos partidos que permitiría la
resolución de la puja de intereses, ambiciones e ideas de los grupos e individuos dentro
de las reglas civilizadas de la “política burguesa”, a la vez que permitiría la marginación
de los métodos del pronunciamiento militar, otorgando el protagonismo político a los
civiles.
La prerrogativa real de nombrar y destituir a los jefes de gobierno —con la cola-
boración del Ministro de la Gobernación— debía ser utilizada con el fin de fabricar
Cortes a medida del futuro gobierno; por lo que ninguno de los dos partidos podía o
debía monopolizar el favor de la corona. De esta forma, se entiende que la consulta
electoral tenía un valor simbólico y un resultado prefíjado: entre el 80% y el 90% co-
rrespondía a liberales y conservadores, variando la mayoría según el signo del gobierno.
Para ello se recurría al reparto de escaños y a la manipulación electoral como métodos
para dotarse de una mayoría parlamentaria416.
La figura especular de Cánovas en este sistema político fue la de Práxedes Ma-
teo Sagasta417, principal dirigente del partido liberal que tomara para sí la función de
absorber al radicalismo liberal y neutralizar al republicanismo —tareas que cumplió
eficazmente entre 1885 y 1890— para así fortalecer a la Restauración y evitar desbordes
de los sectores más propensos a la intransigencia revolucionaria.
En 1885 cuando murió Alfonso XII, Sagasta asumió el gobierno con el apoyo
expreso de Cánovas que, temiendo una insurrección carlista y republicana, estaba con-
vencido de que un gobierno liberal podría contenerla mejor, aún al costo de incorpora-
ción de reformas que personalmente desaprobaba. Instaurado el mecanismo de relevo, la
principal amenaza no provenía de ninguna alternativa política externa al tinglado que se

416
“La escenificación de la alternancia política y la viabilidad de las reformas liberales reforzaron al
régimen mismo, mostrando su capacidad integradora y su capacidad de evolución en un sentido de pro-
greso Estas serían las “luces” del sistema; pero a nadie se le ocultaba la existencia también de grandes
"sombras". El sistema de que dos partidos de notables se turnaran en el Gobierno de espaldas a la evolu-
ción de la opinión pública convertía a la Constitución liberal y parlamentaria en una mera apariencia
vacía de contenido representativa real.” (Juan PRO RUIZ, “La política en tiempos del desastre”, en: Juan
P. MONTOJO (ed), Más se perdió en Cuba, Madrid, Alianza, 1998, p. 169).
417
Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) se diplomó como Ingeniero Ferroviario pero dedicó su vida al
periodismo y a la política. Desde 1848, siendo estudiante, manifestó convicciones liberales y en 1854
participó del levantamiento contra Isabel II, siendo presidente de la Junta Revolucionaria de Zamora.
Entre 1854 y 1856 fue diputado en las Cortes, siendo nuevamente elegido entre 1858 y 1863. Fue el cau-
dillo político del Partido Progresista y lleva a su partido hacia una estrategia revolucionaria, participando
activamente del pronunciamiento revolucionario de 1866, por lo que es condenado a muerte y huye a
París. Luego del golpe de Prim, Sagasta retorna a España y entre 1868 y 1870 ocupa el cargo de Ministro
de la Gobernación. Forma parte del gobierno de coalición que sostiene a Amadeo de Saboya y en 1871 es
designado Presidente de Gobierno. Durante la Primera República, Sagasta se aleja del escenario político,
al que retorna en 1874 con la restauración de los Borbones. Entre 1885 y 1890 es Presidente de Gobierno,
debiendo enfrentar el pronunciamiento republicano de 1886 y consiguiendo aprobar la ley de sufragio
universal. Vuelve a ocupar el cargo entre 1891 y 1895 (durante el cual se suceden el conflicto de Marrue-
cos y la nueva insurrección cubana) y entre 1897 y 1899 (durante el cual se produce la derrota ante Esta-
dos Unidos y la firma del tratado de París) y entre 1901 y 1902.

143
había montado con gran eficacia, sino de la posibilidad de atomización de los dos parti-
dos pragmáticos en un conglomerado de facciones internas. Por ello las prioridades de
Cánovas y Sagasta fueron mantener unido a su propio partido, a la vez que garantizar la
supervivencia del “opositor leal” y fortalecer a la dirigencia opositora por sobre los di-
sidentes internos.
Este sistema de alta política, al igual que el de Argentina, funcionaba sobre unas
bases electorales corruptas: una red de influencias de caciques de diferente rango que
recurrían al fraude—adulteración de listas de votantes, sobornos, intimidación, etc.— y
un sistema clientelar de influencias para controlar el proceso electoral. La existencia de
caudillos era imprescindible ya que tanto el partido liberal como el conservador eran
agrupaciones de notables sin afiliados ni cotizantes, que no poseían personería jurídica y
que constituían bandas parlamentarias apoyadas en clientelas locales.
Este “caciquismo” respondía a una situación social y política y era la forma en la
que se expresaban y adquirían entidad política las influencias locales y regionales. El
cacique derivaba su poder del conocimiento y de su conexión con los intereses de su
tierra y su capacidad de representarla y movilizar a sus clientelas.
Esta relación de mutua conveniencia entre los partidos dinásticos de notables y
los caciques era sin duda compleja y poseía muchos componentes inmorales, pero no
era una aberración histórica: era el resultado real —aunque decepcionante— de la mera
aplicación de derechos electorales relativamente amplios y discrecionales en una socie-
dad atrasada. Sin embargo, cuando en los años ’90 el atraso que daba sustento al caci-
quismo comenzó a modificarse, fue revelándose cada vez más su carácter negativo, ob-
soleto e impopular. El proceso de crecimiento económico en marcha en los ’90 se
expresaba en nuevas empresas, energía eléctrica, industrias textiles y químicas, ferroca-
rriles y mayor productividad y comenzaba a contrastar con la pervivencia de usos políti-
cos inaceptables y vicios electorales que ponía de manifiesto una asociación entre las
clases tradicionales y la alta burguesía que dejaba de lado a las capas medias. La urba-
nización y la migración a las ciudades aflojó el control político de los caciques al paso
que los electores comenzaban a organizarse libremente en torno a partidos programáti-
cos o ideológicos, pero no bastó para suprimir su control jurisdiccional de la política
española a través de su hegemonía en los municipios.
En conclusión, la similitud estructural del sistema político español y argentino,
—construcciones ambas de un liberalismo elitista que perseguía la instauración de un
orden institucional, el disciplinamiento de las propias elites y que derivaron en sendos
sistemas de exclusión política— operó como un factor contextual de indudable impor-
tancia que permitió que los ámbitos ideológicamente modernizadores de ambos países
se centraran en problemáticas comunes y compatibles. Estas problemáticas coincidentes
fueron las que, a la postre, harían pertinente y favorecerían un acercamiento y un inter-
cambio intelectuales, de los cuales se beneficiaría el propio Altamira.

En segundo lugar, esta similitud básica del modelo liberal oligárquico adoptado
por orden republicano conservador de la generación del ’80 en Argentina, y por el régi-

144
men monárquico-parlamentarista de la Restauración en España, también tuvo un corre-
lato significativo en el tipo de respuestas que habilitó por parte de los intelectuales, las
capas medias y los sectores obreros en ambos países.
A pesar de las diferencias de su desarrollo histórico, de su cronología y de los
contenidos más específicos de sus manifestaciones el éxito obtenido por ambos sistemas
generó un abanico similar de respuestas que se manifestaron conjuntamente tanto en
una esfera política, en una esfera social y en una esfera ideológica.
Por un lado, en Argentina, la hegemonía del PAN bajo el liderazgo de Julio Ar-
gentino Roca418 y los abusos a los que dio lugar, generó un movimiento moralizador que
se expresó tanto en el interior de los sectores dirigentes, como a través de la formación
de partidos opositores modernos de índole programática y de amplia base social en las
capas medias —como la UCR— u obrera —como el Partido Socialista—419. En España,
la hegemonía del tándem Cánovas-Sagasta y la perduración del esquema viciado de
fraude electoral, caciquismo y parlamentarismo no representativo que consagró la alter-
nancia de conservadores y liberales, generaron también respuestas reformistas y morali-
zadoras de la política en el interior mismo de los partidos dinásticos, a la vez que gene-
raron respuestas opositoras republicanas y socialistas de talante similar a las que pueden
apreciarse en Argentina.
Por otro lado, en ambas naciones, se verificaron también, dos procesos coinci-
dentes: la radicalización del conflicto obrero provocado por la extensión de las relacio-
nes capitalistas y las impugnaciones absolutas del orden social, económico y político
por parte de sectores anarquistas, estos procesos actuaron como factores influyentes en
la coyuntura política y en la búsqueda de alternativas para conjurar el peligro revolucio-
nario, ora a través de la represión —en cuyo caso se dieron incluso intentos de coordi-
nación entre ambos países—, ora a través de estrategias equivalentes de integración
social y política420.
Por último, tanto en Argentina como en España —aun cuando en respuesta a co-
yunturas en buena medida opuestas como la euforia del progreso acelerado y el desas-
tre del ’98— tomaron cuerpo unos discursos reformistas, modernizadores, atentos a la
cuestión social, al problema educativo y también al problema “nacional”. Discursos

418
Carlos MALAMUD, “Liberales y conservadores: los partidos políticos argentinos (1880-1916)” [en
línea], en: Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 8, nº 1, Tel Aviv, enero-junio
1997, http://www.tau.ac.il/eial/VIII_1/malamud.htm [Consultado 9-VII-2002].
419
Sobre la historia de la UCR puede consultarse el ya clásico libro: David ROCK, El radicalismo argen-
tino, 1890-1930, Amorrortu Editores, 1992. Recientemente se ha publicado: Paula ALONSO, Entre la
revolución y las urnas. Los orígenes de la Unión Cívica Radical y la política argentina en los años no-
venta, Ed. Sudamericana/Universidad de San Andrés, 2000. Sobre el Partido Socialista: Jacinto ODDONE,
Historia del socialismo argentino (1896-1911), Buenos Aires, CEAL, 1983. Sobre el aporte de españoles,
italianos y demás europeos al partido radical y socialista ver: Torcuato DI TELLA, “El impacto inmigrato-
rio sobre el sistema político argentino”, Estudios Migratorios Latinoamericanos, nº 12, agosto 1989.
420
Ver: Juan SURIANO “Ideas y practicas políticas del anarquismo argentino”, Entrepasados, nº 8, Buenos
Aires, 1995, pp. 21-48; Juan SURIANO, “El estado argentino frente a los trabajadores urbanos: política
social y represión, 1880-1916”, en: Anuario Escuela de Historia de la Universidad de Rosario, vol.14
(segunda época), 1989-1990, pp. 109-136.

145
que, en buena medida, pueden ser tomados como respuestas ante un temor a la
desintegración nacional o el desdibujamiento cultural que situaciones políticamente
próximas y económicamente tan opuestas, suscitaban en uno y en otro país.
La diferencia de ambos discursos radicaba, en lo esencial, en que el reformismo
regeneracionista español debió asumir un registro de la crítica al sistema que el refor-
mismo argentino de fines del siglo XIX y principios del XX no debió abordar: el discur-
so del progreso material y la crítica del atraso y la improductividad. En efecto, el rege-
neracionismo y la crítica socio-económica de la generación de intelectuales
noventayochistas desplegaron un diagnóstico y un discurso proyectual que en Argentina
fue asumido previamente por la generación del ’37 en respuesta a la hegemonía política
de Juan Manuel de Rosas.
El progreso material era, para 1898, un hecho incontrastable en el Río de la Pla-
ta, dirigiéndose buena parte del discurso reformista a recordar el déficit que en el terre-
no “espiritual”, “moral” y “humano”, creaba tanto y tan espectacular crecimiento eco-
nómico. Los regeneracionistas también asumieron en su crítica un discurso que
abarcaba estos aspectos propugnando un cambio en la psicología colectiva del pueblo
español, aunque supusieron, en buena medida, que la verdadera moralización del siste-
ma provendría de su actualización ideológica y de su modernización socio-económica.
Pese a su crítica, los liberales reformistas argentinos jamás impugnaron ese cre-
cimiento material, sino que aspiraban a profundizarlo, procurando lograr un equilibrio y
una aplicación del Estado a otras tareas que a la simple promoción del desarrollo eco-
nómico. De allí que el reformismo argentino y el español no se excluyeran mutuamente
en esta materia, sino que expresaran, quizás, énfasis diferentes relacionados con las dis-
tintas fases en que se encontraban España y Argentina, respecto del proceso de moder-
nización capitalista en la coyuntura finisecular.
Pese a sus diferencias, estos movimientos poseían indudablemente ciertos rasgos
similares: su raíz ideológica liberal, sus contenidos moralizadores y sus propuestas de
ampliación de la base democrática del sistema representativo; su capacidad de proyec-
tarse en diferentes sectores sociales y políticos; su desagregación en múltiples perspec-
tivas y expresiones culturales e intelectuales; su definición patriótica; su percepción de
la “cuestión social” y su sensibilidad “obrerista”; su apuesta por la educación universal
como instrumento de modernización e integración social y nacional; su interés por la
historia y las ciencias sociales; sus respectivas búsquedas de los elementos fundantes
del carácter nacional para utilizarlos como una herramienta de regeneración espiritual
hacia el futuro. Veamos.
En Argentina, el esquema político instaurado en 1880 no fue impugnado seria-
mente por ninguna fuerza política —incluidas las de los políticos porteños y bonaeren-
ses marginados del sistema roquista—. Durante la década del ’80, la sociedad argentina
se mostraba todavía indiferente hacia los usos y costumbres de la vida política:

146
“Este estado de desmovilización política producido por una acelerada movilidad social contribu-
yó a delinear alguna de las características más conocidas de la vida política del período, más que
cualquier política expresa de exclusión que se hubiera intentado” 421

No obstante, la situación cambiaría una vez que comenzara a manifestarse una


severa crisis económica422 y una creciente movilización opositora entre los sectores me-
dios, entre los propios inmigrantes sin derechos políticos y entre los sectores obreros.
Como señalan Natalio Botana y Ezequiel Gallo, el surgimiento de la Unión Cí-
vica (UC) y de un discurso reivindicativo de la acción política popular estaba original-
mente relacionado con el intento de recuperar la tradición política de Buenos Aires —
que aún rememoraba la época dorada de lo que se ha dado en llamar la “república de la
opinión”423—, antes que en la fundación de un nuevo orden protagonizado por “ciuda-
danos activos en la defensa de sus derechos civiles y políticos”424. Sin embargo, en el
contexto conflictivo de los noventa, esta “recuperación” comportaba una innovación
sustancial respecto del orden político que había impuesto exitosamente el régimen con-
servador para disciplinar a la propia elite.
Así, el discurso opositor, acicateado por la profundización de los problemas eco-
nómicos y el desengaño respecto a las previsiones de crecimiento indefinido y natural
del país, fue haciéndose fuerte en la ponderación de los valores inversos a los alentados
por el gobierno respecto de la participación ciudadana, de la moralización escrupulosa
de la vida política y del sufragio, y de la constitución de auténticos partidos programáti-
cos.
La impermeabilidad del gobierno de Juárez Celman y del roquismo ante este ti-
po de reclamos, favoreció dentro de la oposición, la primacía de la estrategia intransi-
gente y “revolucionaria” encarnada en Leandro N. Alem, sobre las alternativas gradua-
listas y pactistas defendidas por Mitre. La revolución de 1890, derrotada militarmente,
tumbó a Juárez Celman de la presidencia, aunque la habilidad política de Roca evitó que
se abriera un proceso consistente de saneamiento electoral y de apertura política, lo-
grando que al poco tiempo se fracturara el frente opositor.
De la contraposición de las estrategias de Mitre y Alem surgirían dos partidos, la
Unión Cívica Nacional —que terminaría pactando con el roquismo para luego diluirse
— y la Unión Cívica Radical (UCR), reacia a cualquier transacción que cuestionara sus
principios y dispuesta a la abstención electoral si no se garantizaba la pureza de los
comicios. Entre entonces y 1912 —cuando Roque Sáenz Peña425 promulgó la ley

421
Eduardo ZIMMERMANN, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916,
Op.cit., p. 22.
422
Un esclarecedor análisis económico de la crisis de 1890 puede verse en: Roberto CORTÉS CONDE,
Dinero, deuda y crisis. Evolución fiscal y monetaria en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Sudameri-
cana e Instituto Torcuato Di Tella, 1989, pp. 174-257.
423
Sobre los usos y costumbres políticas porteñas durante la etapa de la organización nacional, pueden
consultarse: Alberto R. Letieri, La república de la opinión. Política y opinión pública en Buenos Aires
entre 1852 y 1862, Buenos Aires, Editorial Biblos, 1998; Hilda SÁBATO, La política en las calles. Entre
el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1998.
424
Natalio R. BOTANA y Ezequiel GALLO, De la República posible a la República verdadera (1880-
1910), Biblioteca del Pensamiento Argentino III, Buenos Aires, Ariel, 1997, p. 38.

147
micios. Entre entonces y 1912 —cuando Roque Sáenz Peña425 promulgó la ley electoral
que garantizaría el libre sufragio y llevaría al poder a la UCR en 1916— el régimen li-
beral-conservador argentino sobreviviría gracias a la continuidad acelerada del progreso
material, pero deslegitimado en el terreno político por la oposición radical, socialista y
la impugnación extrema del anarquismo.
Como bien ha señalado Eduardo Zimmermann para comienzos del siglo XX,
existía un fuerte y polifacético cuestionamiento reformista hacia el statu quo del orden
conservador argentino:
“La estructura institucional montada por el liberalismo, que actuaba como principio unificador
en el debate político desde la segunda mitad del siglo diecinueve, recibía en el cambio de siglo
fuertes embates desde tres frentes principalmente: en el plano filosófico, la asociación del libera-
lismo con el positivismo cientificista lo hacía pasible de la crítica idealista que condenaba la de-
clinación espiritual de las nuevas naciones en su búsqueda del desarrollo material; en el plano
político-institucional, la insatisfacción con las prácticas políticas usufructuadas por los gobiernos
liberales originaba fuertes demandas de parte de los grupos excluidos y de quienes aspiraban a
una mejora institucional a través de la reforma del sistema…; por último, el surgimiento de la
cuestión social originaba un debate sobre la capacidad de las instituciones liberales clásicas para
proveer soluciones a los nuevos problemas.” 426

Sin embargo, no sería correcto deducir que el reformismo sólo floreció fuera de
la elite política e intelectual gobernante. Por el contrario, uno de los fenómenos más
interesantes y significativos de la historia intelectual del período fue la manifestación de
una corriente reformista liberal integrada al sistema, que asumió los problemas que exis-
tían en el orden político, intelectual y social, buscando vías de solución prácticas para
los mismos.
Puede decirse que el mismo régimen liberal —cuyo conservadurismo, recordé-
moslo, se limitaba a la esfera política y se expresaba en un gradualismo antes que en
una oposición cerril a la apertura del sistema— integró en sus filas a un núcleo consis-
tente de políticos y tecnócratas muy sensibles a las iniciativas reformistas en todas las
esferas de la administración y la sociedad, e incluso, en la política argentina.

425
Roque Sáenz Peña (1851-1914) se doctoró en Derecho en la UBA en 1875, siendo elegido ese año
diputado en la legislatura bonaerense por el Partido Autonomista siendo reelegido en 1877 y 1879 y ocu-
pando la presidencia del cuerpo. Cuando comienza la Guerra del Pacífico, viajó a Lima en 1879 enlistán-
dose en el ejército peruano como teniente coronel al mando del batallón de Inquique. Fue herido en com-
bate y hecho prisionero de los chilenos. Regresó en 1880 a Argentina donde se le restituyó la ciudadanía
y fue nombrado por Roca subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores. Fundó con Carlos Pelle-
grini, Paul Groussac y Lucio V. López el diario Sud América. Su carrera diplomática estuvo jalonada por
su embajada en Uruguay (1887), por su desempeño como representante argentino en la Conferencia de
Montevideo de 1888 y en la primera Conferencia Panamericana de Washington en 1889. En 1890 fue
nombrado fugazmente ministro de Relaciones Exteriores. Referente de un liberalismo reformista, Roque
Sáenz Peña se presentó como candidato a presidente en 1892, pero declinó su candidatura cuando Julio
Argentino Roca impulsó públicamente la de su padre, Luis Sáenz Peña. Su carrera diplomática continuó
como representante argentino ante España y Portugal, y ante Italia y Suiza. En 1907 representó a la Ar-
gentina en la II Conferencia de la Paz de La Haya. En 1910 fue elegido Presidente de la Nación con el
objeto de regenerar el sistema político y moralizar los procesos electorales, universalizando el derecho de
voto y garantizando su condición secreta. Murió durante su mandato siendo sucedido por Victorino de la
Plaza, su vicepresidente.
426
Eduardo ZIMMERMANN, “La proyección de los viajes de Adolfo Posada y Rafael Altamira en el refor-
mismo liberal argentino”, en: Jorge URÍA (coord.), Institucionismo y reforma social en España, Madrid,
Talasa, 2002, p. 66.

148
Este reformismo se nutrió del aporte decisivo de un nada desdeñable grupo de
intelectuales que, desde su compromiso con el sistema político y con las instituciones
federales, se abocaron al estudio de la realidad social, económica, política, como primer
paso para poder introducir modificaciones que las mejoraran. Este estudio y esta estra-
tegia “científica” puso en primer plano a las ciencias sociales, aun cuando el reformis-
mo se manifestó en todo el arco de las disciplinas establecidas en sede universitaria o
académica:
“…en un creciente núcleo de intelectuales y académicos, surgidos en un marco de gran movili-
dad y fluidez social, económica y política, donde los movimientos reformistas en lo político y
social reclutaron sus adeptos. Abogados, médicos e ingenieros, frecuentemente catedráticos uni-
versitarios, que habían comenzado sus carreras políticas o ingresado en la administración pública
como una culminación de exitosas carreras profesionales, fueron quienes enfrentaron la cuestión
social atraídos por la noción de una regulación científica de los conflictos sociales e inspirados
por las vertientes reformistas y progresistas del fin de siglo, más que por la mezcla de represión y
paternalismo que se atribuía a las aristocracias europeas en est materia.”427

Uno de los temas en los que se centró el discurso reformista liberal de los inte-
lectuales y universitarios fue el de la “cuestión social” y la del mundo del trabajo. Estas
cuestiones, íntimamente relacionadas, se planteaban en la Argentina de los ’90 como el
resultado de las grandes mutaciones que sobre la exigua sociedad preexistente, trajo el
espectacular crecimiento económico dentro de las reglas de juego del liberalismo finise-
cular, el arribo de cientos de miles de inmigrantes y la conformación de un movimiento
obrero de estilo europeo.
Los problemas sociales y políticos de la república en Argentina eran, en cierta
medida, análogos a los de la Restauración española. Sin embargo, las inquietudes re-
formistas poseían en España otro trasfondo y, a pesar de poseer su propia tradición, es
indudable que estas se vieron fuertemente impulsadas no ya por la percepción de ciertos
problemas en un contexto general de progreso y de desarrollo económico y social, como
en Argentina, sino por la coyuntura política abierta en 1898. En efecto, la amplia difu-
sión de la problemática reformista española, su instalación en diversos campos de re-
flexión y su proyección sobre ámbitos políticos, económicos, ideológicos y sociales fue
una de las tantas consecuencias que trajo la dura derrota ante los Estados Unidos en
Cuba y Filipinas.
Una de las respuestas a la crisis del ’98 y al régimen de la Restauración más sig-
nificativas fue la irrupción de un amplio y heterogéneo movimiento intelectual que bajo
el rótulo de “regeneracionismo” daría una cobertura ideológica común a las diversas
expresiones del reformismo español.
En un sentido amplio, el regeneracionismo fue un fenómeno que abarcó muchas
facetas de la vida cultural y política, cuyos orígenes y primeras expresiones aparecieron
antes de la derrota en la Guerra de Cuba, cuando ya habían aparecido síntomas de los
problemas estructurales que aquejaban a España. Sin embargo, en un sentido ideológico

427
Eduardo ZIMMERMANN, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916,
Op.cit., p. 35.

149
más restringido, se puede llamar regeneracionismo al movimiento intelectual de la bur-
guesía media disconforme que hace eclosión tras la crisis de 1898.
La dolorosa confirmación del hundimiento de España como potencia colonial
creó las condiciones para la profundización y extensión de un tipo de crítica que no era
novedosa, y que tenia como blanco al régimen de la monarquía constitucional de la Res-
tauración. La importancia de la crisis del ’98 no radica en que a partir de ella naciera
una protesta específica y nueva, o un movimiento social o político que la sustentara,
sino en que redimensionó la escala de una protesta que ya existía, orientándola hacia un
cuestionamiento global del statu quo y de la mentalidad política española.
La derrota en Cuba impuso la idea de que existía la necesidad de una “regenera-
ción” que superara el hundimiento en el que había caído el país y que imponía una ac-
ción decidida que permitiera su renacimiento. En este discurso de crítica y protesta con-
fluyeron sectores heterogéneos: viejos carlistas y partidarios de la monarquía
constitucional; republicanos y partidos proletarios; el ejército y los intelectuales; es de-
cir, todos quienes aun sin concordar en sus objetivos y en el tipo de soluciones que ofre-
cían, consideraban al régimen de la Restauración en sí mismo, como un mal para Espa-
ña.
La derrota resultó un revulsivo potentísimo para el comportamiento e ideas de
las pequeñas y medianas burguesías. En ese contexto la problemática de la regenera-
ción, impulsada originariamnete por un grupo de intelectuales y publicistas, logró insta-
larse socialmente bajo la forma de un diagnóstico general del estado de la nación y, más
somera y controvertidamente, bajo la forma de una serie de “cuestiones”, cuyo señala-
miento comportaba, además, una serie de propuestas reformistas que apuntaban a la
modernización material e intelectual de España.
La figura política central de un regeneracionismo “radical” fue Joaquín Costa428,
quien se había asignado la tarea de rastrear las raíces históricas del atraso español y de
desmontar críticamente los mecanismos corruptos del régimen de la Restauración, in-
cluso desde antes de la derrota de Cuba, aun cuando el “desastre del ’98” le permitiría
ganar un público mucho más amplio del que hubiera soñado jamás.
El ideario y la critica costista no poseían un sistema o un rigor metodológico, si-
no que sus características fueron, por el contrario, la multiplicidad y dispersión. Pese a

428
Joaquín Costa (1864-1911) se doctoró en Derecho en 1874 y en Filosofía y Letras en 1875. Formó
parte de la Institución Libre de Enseñanza desde el inicio del proyecto de Giner de los Ríos, oficiando
como profesor de Historia de España y de Derecho Administrativo. Fue editor de Boletín de la ILE entre
1880 y 1883, y representante de la misma en el Congreso Nacional Pedagógico de 1882. Costa no logró
una inserción universitaria debido a sus manifiestas y radicales posiciones krausistas y liberales. No obs-
tante fue reconocido por la RAH, de la RAJL, y la RACMP. Aparte de su faz de estudioso del Derecho
consuetudinario —cuestión que se abordará más tarde— Costa desarrolló una actividad importante en la
sociedad civil, fundando instituciones como la Liga de Contribuyentes de Ribagorza, y propugnando la
necesidad de mejoras sociales y tecnológicas en el ámbito rural español. En 1898, creó la Liga Nacional
de Productores, desde la cual presentó a debate público sus planes de reforma agraria, municipal, admi-
nistrativa y económica. Más tarde formó la Liga Nacional de Productores y la Unión Nacional, de la que
fuera presidente. En 1903 ingresó a la Unión Republicana de Nicolás Salmerón, con la que es elegido
diputado a Cortes por Gerona, Zaragoza y Madrid, aunque no llegó a desempeñar su función. En 1905 se
retiraría de la vida pública.

150
esto, es un hecho que las intervenciones de Costa se aplicaron alrededor de determina-
das líneas. En primer lugar, la cuestión de la tierra, en el que Costa diagnosticaba el
gran problema del individualismo agrario manifestado como ideal tanto por el terrate-
niente como por el minifundista. La solución de Costa a este problema, consistía en po-
ner la propiedad de la tierra en función social mediante la intervención estatal que ex-
propiara y redistribuyera la tierra. Es segundo lugar, la cuestión de los valores, en la que
Costa creía necesario demoler los valores aristocrático-feudales mediante una nueva
educación que desterrara la glorificación de lo militar, de la conquista de América, de la
caballerosidad hispana, de la religión y reemplazara las materias contemplativas por la
educación elemental y técnica concentrada en materias prácticas que se enseñen univer-
salmente. En tercer lugar, el caciquismo, Costa criticaba el sistema político que según
afirmaba, era dominado por una oligarquía parlamentarista estratificada local, regional y
nacionalmente, y no por las instituciones nominales de la monarquía constitucional de la
Restauración.
El “programa” de Costa perseguía el desarrollo y la modernización de España y
esto implicaba impulsar un liberalismo ético que ejecutara una reforma sustancial del
país. Era necesario poner en marcha grandes obras de modernización — regadíos, cana-
les, redes ferroviarias antes que carreteras— que permitieran producir más y en mejores
condiciones de competitividad. Era necesario implementar importantes reorientaciones
políticas que se reflejarían en un aumento del presupuesto y la infraestructura educati-
vos, a la vez que en la poda del rubro militar y burocrático, la suspensión de venta de
tierras comunales, la introducción de mejoras en las condiciones de trabajo obrero, etc.
Esta fórmula de “revolución desde arriba” resultaba en una suerte de reforma
preventiva frente al peligro latente de que estallara una “revolución desde abajo” en el
ámbito urbano o rural español. Sin embargo, y a pesar de que Costa consideraba que el
problema de la regeneración de España era un problema del poder y que debía ser solu-
cionado desde él, este intelectual organizó y participó de asociaciones de las “clases
productoras” con el propósito de movilizar a las clases más dinámicas y menos com-
prometidas con el poder corrupto de la Restauración.
Pero Costa no fue el único de los regeneracionistas, ni el suyo el único de los
diagnósticos de los males españoles. Ocho años antes del desastre, el paleontólogo Lu-
cas Mallada publicaba Los males de la Patria y la futura revolución, en el que atacaba
con una estrategia y un vocabulario cientificista el mito básico de que España es un país
rico429. La exposición de una letanía de males españoles, todos relacionados con las
prácticas políticas, la estructura social y las faltas de mejoras productivas y de infraes-

429
El ingeniero de Minas y paleontólogo Lucas Mallada (1841-1921) desarrolló una actividad periodísti-
ca y ensayística en el periódico El Progreso desde el año 1875, cuyos artículos sería recopilados en su
célebre libro de 1890. A pesar de que puede considerárselo como precursor del diagnóstico de la genera-
ción del ’98, Mallada no tuvo mayor contacto con Joaquín Costa. Sus publicaciones de esta temáticas
pueden consultarse en: Lucas MALLADA, Los Males de la Patria y la futura revolución española. Consi-
deraciones generales acerca de sus causas y efectos. Primera parte: Los Males de la Patria, Madrid,
Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1890; ID., “La futura revolución española”, en: Revista Contem-
poránea, vol. CVI, pp. 632-637; vol. CVII, pp. 53-59, 141-147, 488-497 y 622-629; vol.CVIII, pp. 291-
298 y 495-503; vol. CXI, pp. 5-11, Madrid, 1897-1898.

151
tructuras, concluía con un llamado a una revolución abstracta de todos los españoles
honrados para regenerar a España, sin necesidad de quebrar el orden de la monarquía
constitucional.
En 1899, Ricardo Macías Picavea daba a conocer El problema nacional, donde
indicaba que los males españoles eran el caciquismo, el militarismo, la teocracia, la va-
gancia y el germanismo, que habría comenzado a propagarse con los Habsburgo. Pica-
vea condenaba duramente a los partidos como bandas de caciques y al parlamentarismo
como sistema, proponiendo el cierre de las cortes por diez años para poner en marcha
una “revolución nacional” de base corporartivista. Dos años después de la coyuntura
detonante de tanto inconformismo, Luis Morote publicaba La moral de la derrota donde
planteaba la necesidad de un regeneracionismo democrático y proponía la necesidad de
profundizar la democracia y sanear el parlamentarismo liberando a las cortes de la in-
fluencia perniciosa de otros poderes430.
Si bien su discurso crítico nació como un discurso “externo” y deslegitimador
del régimen de la Restauración, su extensión pronto desbordó el estrecho marco del
pensamiento político modernizador en el que había surgido, para extenderse hacia otras
expresiones de la política partidaria.
Otra de la líneas de la crítica finisecular al sistema político fue la de los republi-
canos, quienes —debido a sus divisiones internas y a su tolerancia respecto de la mo-
narquía constitucional— fueron desbordados por la crisis del ’98, sin poder capitalizarla
en su favor. La principal escisión republicana se manifestó entre los evolucionistas mo-
derados y los radicalizados. Entre los primeros se encontraban figuras como Gumersin-
do de Azcárate (1840-1917) y Melquíades Álvarez431, quienes promovían la moderniza-

430
Luis MOROTE, La moral de la derrota, Madrid, Yuste, 1900. En ocasión del Centenario del ’98, Juan
sísifo Pérez Garzón realizó una reedición parcial de las más de ochocientas páginas del libro de Morote:
Luis MOROTE, La moral de la derrota, Madrid, Cicón Ediciones, Biblioteca Nueva, Colección Biblioteca
del 98 nº 7, 1998. El periodista valenciano Morote Graus (1862-1913) estudió Derecho en Valencia y
Madrid, —donde se doctoró en 1882— y se vinculó a los círculos de pensamiento republicano e institu-
cionistas, siendo discípulo tanto de Azcárate como de Giner de los Ríos. Su intento de acceder a la docen-
cia uniersitaria se frustra dos veces al ser relegado, en sendas oposiciones, por dos conspicuos institucio-
nistas y miembros del “Grupo de Oviedo”, Aniceto Sela y Adolfo Posada. Desde entonces difunde desde
la Revista General de Legislatura y Jurisprudencia una concepción positivista del Derecho y las teorías
antropológico-penales de Lombroso; y se dedica al periodismo. Es redactor en el periódico republicano y
anticlerical El Mercantil Valenciano y, desde 1889 en El Liberal de Madrid. En 1900 se incorpora al
Heraldo de Madrid y fue corresponsal de guerra en Melilla y Cuba y se destacó como un gran entrevista-
dor. Pese a sus convicciones republicanas, Morote era miembro de una familia liberal próxima a Práxe-
des Mateo Sagasta, y en la madurez se acercó a Canalejas incorporándose a las Cortes y como diputado
liberal. En 1905 y 1907 vuelve temporalmente al redil republicano de la mano de Salmerón y Azcárate
que lo llevan nuevamente a las Cortes, pero en 1910 será elegido por la lista de Canalejas, diputado por
Las Palmas destacándose en el Congreso por una defensa tenaz de los intereses canarios, siempre relega-
dos en la Península. Ver: Juan Sisinio PÉREZ GARZÓN, “Introducción” en: Ibíd., pp. 17-23 y ss.
431
Melquíades Álvarez (1864-1936) fue catedrático de Derecho romano en la Universidad de Oviedo,
presidente del Ateneo de Madrid y decano del Colegio de Abogados de Madrid. En el plano político, se
desempeñó como diputado republicano desde 1901 expresando una tendencia liberal de centro-izquierda.
Se sumó a la coalición republicano-socialista de 1909 en oposición a Maura y su represión en Cataluña.
Fundó el Partido Reformista en 1912, pretendiendo promover un equilibrio entre la monarquía y los sec-
tores más radicalizados. Entre 1922 y 1923 fue presidente de las Cortes hasta el golpe de estado de Mi-
guel Primo de Rivera. Desde 1925 militó en Acción Republicana y en los años ’30 apoyó a Alejandro

152
ción española a través de la instauración de un gobierno democrático y de la imposición
de una legislación social, de una educación pública, laica y universal y de una reforma
agraria, sin apelar a medios violentos y a través de la participación política. Los radica-
lizados —más en lo verbal que en lo práctico— reivindicaban un programa similar, pero
a través de un discurso incendiario como el de Alejandro Lerroux432 y Vicente Blasco
Ibáñez. En tanto el apoyo de los republicanos se obtuvo en las ciudades casi exclusiva-
mente y la llave del sistema seguía siendo el sector rural, y los municipios del interior,
su capacidad de influencia se redujo considerablemente, máxime cuando tuvieron que
comenzar a competir con los partidos de izquierda, de exitosa implantación urbana.
Respecto de las raíces intelectuales de este vasto movimiento inconformista y de
las razones de su rápida expansión, existe cierto consenso acerca de que las primeras
pueden hallarse, principalmente, en la difusión del krausismo y, las segundas, en la pré-
dica de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Institución, ésta, que supo conjuntar el
discurso moralizador de la política y el discurso educacionista, laico y progresista, en un
programa que asumía que la generalización de una instrucción moderna y popular era la
principal garantía de una auténtica transformación española.
La resultante de estas reacciones modernizadoras en el plano cultural e intelec-
tual fue el surgimiento de la “generación del ’98” —concepto polémico introducido por
Ortega y Gasset y divulgado por José Martínez Ruiz “Azorín” (1873-1967)— que retra-
taba, en el campo literario, cultural y periodístico, el grupo que sostuvo estos valores de
regeneración y asumió la tarea de retratar la situación española a través de una literatura
realista y cruda, en la que sobresalió el reporte de viaje y la novela naturalista, como
género descriptivo de las características de una España profunda, inconmovible ante la
modernización, tradicionalista, rural, pobre y retrasada.

Lerroux con su Partido Liberal. Fue asesinado en la cárcel modelo de Madrid por las milicias republica-
nas.
432
Alejandro Lerroux (1964-1939) periodista y político cordobés, se unió en 1890 se unió al Partido
Progresista republicano de Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895). Estuvo encarcelado entre 1898 y 1899 por
sus campañas contra la guerra de Cuba y el Proceso de Montjuich, pero en ambos casos fue indultado. En
1898 fundó El Progreso y desplegó una campaña estridente en pro de la revisión del juicio condenatorio
de los anarquistas acusados por el asesinato de varias personas en una procesión. En 1899 en Barcelona
dirigió La Publicidad y El Intransigente. Encargado por Moret de atraer a las masas obreras de Barcelona
a un republicanismo que no fuera ni anarquista ni catalanista fue elegido parlamentario en 1901, con un
característico lenguaje agresivo, demagógico y extremadamente violento. Fue anticlerical, enemigo de los
socialistas y anticatalanista. Mantuvo buenas relaciones con Ferrer y Guardia. Fundó con Salmerón el
partido Unión Republicana siendo elegido diputado por Barcelona en 1903 y 1905. En 1908 fundó el
Partido Radical. Por sus conflictos con los catalanistas y con Maura huyó de España con una causa penal
pendiente, estableciéndose en Argentina. Defendió a los huelguistas de la Semana Trágica. Desde 1910
decantó hacia un republicanismo moderado y fue elegido nuevamente diputado por Barcelona en una
coalición republicano-socialista. Formó parte del comité revolucionario que preparó la llegada de la Re-
pública y fue ministro de Estado con el gobierno provisional de Niceto Alcalá Zamora (1877-1949) y
Manuel Azaña (1880-1940). En 1933 fue fugazmente presidente del Consejo de Ministros. En 1933 y
1934 formó gobierno con la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles,
durante el cual se produjo el levantamiento armado de socialistas y comunistas asturianos en 1934, aun-
que dimitió por el escándalo del “Straperlo” que afectó a su sobrino. En 1935 fue ministro de Estado
durante el efímero gobierno de Joaquín Chapaprieta Torregosa (1871-1951). En 1936 apoyó el alzamiento
nacional y huyó a Portugal del cual retornaría en 1947.

153
En todo caso, las impugnaciones regeneracionistas y noventayochistas del statu
quo fueron presentadas haciendo uso de un lenguaje fatalista, en textos hipercríticos
que, en buena medida, exageraban la decadencia y que se presentaban como un acerca-
miento científico a la realidad. Sin embargo, a pesar de este rasgo de estilo, estos inte-
lectuales fueron, en el fondo, optimistas, en tanto confiaban en que este tipo de denuncia
lograría alertar al pueblo sobre el declive, cumpliéndose así el primer requisito para su-
perarlo.
Los intelectuales españoles de la generación del ’98 tomaron en general la pose
de observadores distantes, de individuos esclarecidos por una certeza acerca de los ma-
les de España y de los remedios para suprimirlos, de poseedores de una fórmula para
sanear a España frente a los agentes de la decadencia. De allí que no tuvieran mayor
inserción ni repercusión política, ya que se mostraron incapaces de comprender e inte-
grarse efectivamente —siquiera crítica o marginalmente— al mundo político tradicio-
nal, ni tampoco al que nacía fuera de la influencia de caciques pero sin seguir sus direc-
trices ideológicas.
En todo caso, la principal novedad de esta crisis “colonial” en el escenario cultu-
ral y político del fin de siglo peninsular fue la emergencia de un vigoroso discurso mo-
dernizador y moralizador, tras el cual surgía la figura prototípica del intelectual crítico
de su sociedad y de su tiempo. Claro que, este rol distante e inconformista provocó que,
más tarde o más temprano, éste actor fuera mal tolerado o abiertamente rechazado por el
crispado mundo de la práctica política española, fuera esta oficial u opositora, conser-
vadora o revolucionaria.
El arco de la critica y de los proyectos “regeneracionistas” se completó con el re-
formismo gubernamental de los gobiernos conservadores de Francisco Silvela433 y An-
tonio Maura y Montaner434; y del gobierno liberal de José Canalejas Méndez435. El dia-

433
El político madrileño Francisco Silvela (1843-1905), se licenció en derecho e ingresó en 1862 en la
Academia de Jurisprudencia. Fue diputado por la Unión Liberal en 1870 y más tarde militó en el Partido
conservador de Cánovas. Restaurado los Borbones, ocupó en 1875 la Subsecretaria de Gobernación y en
1879 y 1890 Ministro de Gobernación . También fue Ministro de Gracia y Justicia, en 1885. Tras el de-
sastre del ’98 Silvela adhirió a las tesis generacionistas y, en ese mismo año, ocupó la presidencia del
Consejo de Ministros. En 1899 se le designó presidente de un ministerio de “regeneración nacional”.
Posteriormente se alió con Maura, formando un nuevo gobierno en los años 1902-1903 creando el Institu-
to de Reformas Sociales. Silvela escribió en 1898 un célebre artículo titulado “Sin pulso” en el periódico
El Tiempo de Madrid, el 16-VIII-1898, que puede consultarse en versión electrónica en: “Sin pulso. Arti-
cle de Francisco Silvela” [en línea], en: Base documental d'Història Contemporània de Catalunya, Res-
tauració 1 (1874-1898), http://www.xtec.es/~jrovira6/restau11/silvela.htm, [Consultado 5-VII-2002].
434
Antonio Maura (1853-1925), nacido en Mallorca y formado como abogado en Madrid, ingresó a la
política dentro del Partido Liberal. En 1886 ocupó el cargo de vicepresidente del Congreso y en 1892 fue
designado Ministerio de Ultramar, desde donde presentó polémicos proyectos sobre el régimen político y
administrativo de Cuba y Puerto Rico que acarrearon fuerte oposición y a la postre, su renuncia. En 1895,
Sagasta le encargó el Ministerio de Gracia y Justicia. Ante la crisis de 1898, decantó hacia una postura
crítica de la Restauración, propugnando una “revolución desde arriba” que anticipara y evitara un proceso
revolucionario auténtico. Su programa reformista suponía la necesidad de una moralización radical a
través del instrumento legislativo, que permitiera un gobierno fuerte. En 1902, acordó con Francisco
Silvela (1843-1905), su pase al Partido Conservador, siendo nombrado Ministro de la Gobernación. Co-
mo tal dirigió las elecciones municipales de 1903, intentando terminar con las corrupciones acostumbra-
das del sistema caciquil. Maura reemplazó a Silvela como jefe del Partido Conservador y, más tarde, se le
encargó formar gobierno, en el que se mantuvo hasta 1904. En 1907 volvió a presidir el gobierno y propi-

154
gnóstico de estos reformistas era que era necesario modificar el sistema electoral tradi-
cional, buscar apoyo y legitimación en la opinión pública “razonable” y en las fuerzas
vivas, con el propósito de conservar el orden constitucional y político de la Restaura-
ción y de conservar la capacidad de captación a izquierdas y derechas del sistema bipar-
tidista. Pese a sus intenciones, ninguno de los tres tuvieron éxito en moralizar el sistema
electoral ni suprimir el caudillismo y sus vicios.
Pese a la diversidad y virulencia de la crítica y práctica de los diferentes expo-
nentes del regeneracionismo, los efectos prácticos de su acción política e ideológica
fueron muy limitados. La Restauración sobrevivió a la pérdida de las colonias y superó
la crisis del ’98. Tres razones pueden concurrir para ello: a) la poca credibilidad de las
opciones republicana y carlista, divididas en facciones personalistas y apegadas todavía
al viejo estilo insurrecional; b) la adecuación del régimen a la realidad socio económica
y cultural de España; c) la flexibilidad del régimen para integrar reformas democratiza-
doras en los momentos críticos como la libertad de asociación (1887) o el sufragio uni-
versal (1890); y d) la unanimidad del arco político en su rechazo de cualquier solución
pacífica para el problema cubano como la venta de la isla o el ortorgamiento de la inde-
pendencia.
De esta forma, como bien señaló Juan Pro Ruiz, veinticinco años después, cuan-
do cayera la Constitución, los problemas seguían siendo los mismos que los que denun-
ciaba el regeracionismo en 1898. Las elecciones de aquel año no fueron más limpias ni
lograron más participación que las de 1898, y arrojaron un congreso igualmente dividi-
do entre una aplastante mayoría gubernamental, una minoría de 108 escaños cedidos a
la oposición “leal” y sólo 59 diputados del conjunto de regionalistas, nacionalistas, re-
publicanos, socialistas, carlistas, integristas e independientes. Por otra parte, los partidos
dinásticos seguían extremadamente divididos y sin liderazgos fuertes. Los caciques se-
guían dominando la vida local, especialmente en los municipios rurales y desde allí
condicionaban cualquier proceso de reforma presionando a los políticos de Madrid. Los
partidos que se turnaban en el gobierno seguían respondiendo al viejo modelo de agru-

ciando una amplia reforma legislativa en el terreno electoral y huelguístico. Durante esta gestión —y
mientras se desarrollaba la embajada ovetense de Altamira en Argentina— estallaría la revuelta obrera en
Cataluña que daría lugar a una represión sangrienta conocida como la Semana Trágica de Barcelona, tras
la cual se ejecutaría a Francisco Ferrer. Maura debió dimitir y no logró volver a puestos políticos de gran
responsabilidad hasta 1918 cuando le tocó presidir un gobierno de concentración, y en 1921, tras el fiasco
de Annual (Marruecos) volvió a ser designado presidente aunque su gobierno no duró demasiado.
435
José Canalejas (1854-1912) nació en el Ferrol y estudió en la UCM, alcanzado en grado de doctor en
Derecho y doctor en Filosofía en 1872. De convicciones krausistas, este intelectual y político llegaría a
ser Decano del Colegio de Abogados de Madrid, presidente de la Real Academia de Legislación y Juris-
prudencia, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, miembro de la RAE, presidente del
Ateneo de Madrid y vicepresidente de la Sociedad Geográfica. Sus primeras participaciones políticas
fueron como republicano, pero pronto se sumó al partido liberal, siendo elegido diputado en 1881. Dos
años después fue Subsecretario de la Presidencia y en 1888 Ministro de Fomento. Entre ese año y 1911
fue designado Ministro de Gracia y Justicia, Hacienda, Agricultura, Industria y Comercio. En 1911 asu-
mió la Presidencia del Consejo de Ministros, teniendo un destacado papel en la política de Marruecos, y
en otros campos tan significativos como el de la enseñanza y sobre la llamada cuestión religiosa. Fue
asesinado en Madrid por un anarquista.

155
paciones personalistas de notables, incapaces de adaptarse a las exigencias de la política
democrática436.
La prédica regeneracionista ha sido vista no pocas veces como un antecedente
ideológico de las salidas autoritarias y proto-fascistas en las que derivó el sistema políti-
co español. Sin embargo, esta línea dictatorial encarnada en la dictadura de Primo de
Rivera, no fue la única en la que puede reconocerse las raíces de la critica noventayo-
chista. En si, en 1898 y en el complejo movimiento regeneracionista —incluso en sus
expresiones “radicales”— quedó esbozada la división de España en dos: la España que
privilegió el orden social, el confesionalismo, el militarismo, el culto al líder, las glorias
patrias, el eficientismo, la concentración del poder y el anti-parlamentarismo; y la Espa-
ña de las libertades individuales, del pluralismo, de la voluntad popular, del laicismo, de
la democratización del liberalismo, de las reformas sociales. De allí que los disgnósticos
y la agenda que impuso la generación del ’98 hubieran tenido corolarios facistoides y, a
la vez, derivaciones democratizadoras437.
Para comprender mejor la consciencia regeneracionista de la intelectualidad es-
pañola, ésta debería ubicarse, según Jover Zamora, en el contexto previo de una “transi-
ción intersecular” caracterizada por una crisis generalizada de la que la cuestión colonial
cubana y filipina sería una parte muy importante aunque no la única, y de la cual la pro-
pia experiencia española no sería sino uno de sus variados casos. En ese sentido, con-
viene reinscribir el desarrollo de la historia intelectual española en las líneas de evolu-
ción políticas, culturales, intelectuales y sociales europeas e internacionales. Entre esas
líneas, destacaba el surgimiento finisecular de una nueva sensibilidad hacia la “cuestión
social” y el estado del proletariado. Esta sensibilidad, darían fundamento a un cúmulo
de iniciativas políticas reformistas aunque, posteriormente, y ante la radicalización re-
volucionaria de ciertos sectores obreros y socialistas, a una considerable retracción
ideológica determinada por el temor hacia una revolución de los desposeídos438. Estos
vaivenes y tensiones se manifestaron en toda Europa y en América entre fines del XIX y

436
Juan PRO RUIZ, “La política en tiempos del desastre”, en: Juan P. MONTOJO (ed), Más se perdió en
Cuba, Op.cit., pp. 248-249.
437
Sobre esto ha llamado la atención José Álvarez Junco, quien recuerda con buen tino que los regenera-
cionistas eran hombres de su tiempo y que, puestos a buscar retrospectivamente antecedentes ideológicos
del fascismo, podríamos encontrarlos, también, en la izquierda republicana. Antecedentes regeneracionis-
tas del fascismo podrán encontrarse: “Pero de ahí a decir que sus planteamientos llevaran ineludiblemente
al fascismo, o incluso, que fueran el origen remoto del fascismo, hay un abismo. Uno de los más graves
errores del análisis histórico es el teleologismo, la explicación del fenómeno a partir de lo que ocurrió
luego. Cada hecho debe interpretarse en su contexto, y saber que el futuro pudo ser otro. Al abrirse el
siglo XX, las posibilidades de desarrollo de la historia española eran múltiples —aunque por supuesto no
infinitas. Lo que ocurrió luego, y en especial la Guerra Civil de 1936-1939 y la dictadura franquista, se
derivó, desde luego, del pasado. Pero era sólo una de las derivaciones posibles. Y la variedad de respues-
tas políticas dadas por los supervivientes del 98 ante el conflicto de 1936 demuestra la multitud de opcio-
nes que se abrían ante los hombres que dominaban el panorama intelectual al abrirse el siglo.” (José
ÁLVAREZ JUNCO, “La nación en duda”, en: Juan P. MONTOJO (Ed.), Más se perdió en Cuba, Op.cit., p.
469).
438
José María JOVER ZAMORA, “Aspectos de la civilización española en la crisis de fin de siglo”, en: Juan
Pablo FUSI y Antonio NIÑO (Eds.), Vísperas del 98. Orígenes y antecedentes de la crisis del 98, Madrid,
Biblioteca Nueva, 1997.

156
primer tercio del XX, tomando distintas formas y habilitando diferentes resoluciones
según los países, yendo del progreso y evolución democrática del liberalismo de mino-
rías, a la movilización autoritaria de las masas.
En conclusión, la problemática de la reforma y la regeneración social, espiritual,
ideológica y política fue un espacio de confluencia para los intelectuales españoles y
argentinos del período que va entre mediados de la década de los noventa del siglo XIX
y el primer cuarto del siglo XX. En este espacio se descubrieron y comunicaron inquie-
tudes, inspiraciones, lenguajes, estrategias y experiencias comunes que resultarían im-
prescindibles para impulsar y sostener un acercamiento intelectual consistente entre
ambos países, una vez que ofrecieran un contexto propicio para el éxito de la misión de
Altamira en Argentina.

En tercer lugar, debemos considerar el contexto de la situación política interna-


cional de ambos países y las respuestas políticas e ideológicas a las tendencias imperia-
listas de potencias anglo-sajonas. Si bien las políticas exteriores de España y Argentina
discurrían por vías diferentes, debemos tener en cuenta la significativa confluencia de
ambos países en los años ’90 respecto del problema de la proyección imperialista de los
Estados Unidos en América Latina. Esta confluencia —en buena medida fruto del es-
panto antes del amor— no se tradujo en importantes acciones conjuntas ni en estrategias
comunes, aun cuando es indudable que estaba inpulsada por una preocupación común
frente al expansionismo norteamericano y anglosajón.
Este acercamiento “objetivo” se manifestó mayor nitidez a raíz de las presiones
norteamericanas sobre España y de la posterior intervención en la guerra de indepen-
dencia cubana en 1898. Así, durante este período se instaló con todo dramatismo en
Argentina el problema que suscitaba este conflicto multilateral para el equilibrio conti-
nental, provocando quiebres en el tradicional discurso pro-cubano y significativos reali-
neamientos ideológicos en la elite rioplatense:
“En 1898, la revolución cubana dividió a la sociedad y al ámbito político argentino en dos secto-
res. Uno fue el que podríamos llamar la Argentina oficial, es decir, el conformado por los miem-
bros del gobierno, que adoptó una actitud de neutralidad, a tal punto de no permitir siquiera la
reparación en territorio argentino del buque español encargado de mantener la estación naval de
España en el río de la Plata. El otro sector fue el integrado por la opinión pública argentina, muy
influida por cierto por las actividades de la colectividad española. Vale rescatar que muchos ar-
gentinos todavía jóvenes en la política —casos de Joaquín V. González y Roque Sáenz Peña—
defendieron la causa española, particularmente a la hora del enfrentamiento hispano-
norteamericano”439

Argentina y Estados Unidos nunca tuvieron relaciones plácidas. Entre 1880 y


1900, la diplomacia argentina boicoteó y terminó por frenar el proyecto del Secretario
de Estado norteamericano James Blaine de construir una zona de libre comercio hemis-
férica durante la Primera Conferencia Panamericana de Washington de 1889. Argentina

439
Citado en: Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones exteriores de
la República Argentina 1806-1989 [en línea], Segunda Parte: Las Relaciones Exteriores de la Argentina
consolidada. 1881-1842, Tomo VIII: Las relaciones con Europa y los Estados Unidos, 1881-1930, Cap.
XLIII, http://www.argentina-rree.com/index2.htm [Consultado: 30-VI-2002].

157
rechazaba el panamericanismo impulsado por los norteamericanos por la importancia
estratégica de sus vinculaciones con el Reino Unido y Europa como exportador de pro-
ductos primarios, y por su propia tradición americanista que nunca incluyó a los Estados
Unidos —ni a España—, pero pretendía una estrecha sociedad con Europa como garan-
tía de progreso americano.
Los delegados argentinos a la Conferencia de Washington —los futuros presi-
dentes Manuel Quintana440 y Roque Sáenz Peña— se opusieron a rajatabla al proyecto
de unión aduanera. En aquella ocasión destacó el discurso de Sáenz Peña quien criticó
la constitución de uniones de mercados no complementarios, y defendió el libre comer-
cio y la libertad de acción diplomática de todos los países hispanoamericanos postulan-
do la doctrina de “América para la Humanidad”, en clara oposición a la inspiración
“norteamericanista” de la Doctrina Monroe441.
Así se explica que lo que inicialmente era un apoyo a la libertad del pueblo cu-
bano se transformara, luego de la intervención del gobierno norteamericano, en un ali-
neamiento informal con España, por lo menos en el plano ideológico y discursivo de los
sectores liberales reformistas de la época:
“El debate internacional de nuestros días, no gravita, en su actualidad conmovedora, sobre la in-
dependencia de una Antilla. La intervención, ha transformado la causa, el ultimátum ha desga-
rrado la bandera, confundiendo en una injuria a las dos soberanías: a la que aspira a nacer, y a la
que exige para su honor tradicional, el reconocimiento y los respetos del universo cristiano. El
Congreso Federal de los Estados Unidos desconoce la jurisdicción de España sobre la Gran Anti-
lla; pero no para que nazcan las autonomías nativas, ni para demoler toda existencia política, se-
pultando en los abismos de una intervención armada, a los peninsulares, y a los insurrectos: a la
República y a la Monarquía… Esta tercería sin título, estas reivindicaciones sin dominio, consti-
tuyen, señores, el hecho más anormal y la usurpación más subversiva contra los basamentos del

440
Manuel Quintana (1835-1906), descendiente de una familia de comerciantes y terratenientes de la
época colonial se doctoró en Derecho en la UBA en 1859. En 1860 fue elegido diputado de la legislatura
porteña. Fue diputado nacional desde 1862 y desde 1868 fue presidente de la Cámara de Diputados, hasta
que en 1870 fue elegido senador nacional por Buenos Aires. En 1878, fue elegido nuevamente diputado
nacional por Buenos Aires y presidente del cuerpo hasta 1880, cuando apoyó el levantamiento de Carlos
Tejedor contra la Nación. Fue Ministro del interior del presidente Luis Sáenz Peña y en 1904 fue elegido
presidente de la República. En 1905 sufrió un fallido atentado en Plaza de mayo por parte de un anarquis-
ta español, muriendo en 1906 durante su mandato y siendo sucedido por José Figueroa Alcorta, su vice-
presidente.
441
“Por cierto, la posición argentina en la Conferencia Panamericana de 1889, tan opuesta a cualquier
intento multilateral en donde Estados Unidos ejerciese el liderazgo regional en detrimento de la influencia
europea en América, fue coherente con la imagen que la clase gobernante argentina tenía de su país.
Guiados por el éxito económico del modelo primario-exportador, los líderes argentinos necesitaban en ese
entonces establecer un rol de la Argentina como socio comercial de Europa —cuya influencia era consi-
derada vital por la elite argentina en tanto era la llave de su éxito económico—, rol claramente opuesto a
los deseos de Estados Unidos. Así, la oposición de los representantes argentinos a la propuesta norteame-
ricana implicaba hasta cierto punto los siguientes supuestos: a) el bienestar argentino dependía de relacio-
nes fluidas y abiertas con las naciones europeas, mercado principal de las exportaciones argentinas; b) la
Argentina no tenía ni necesitaba de relaciones estrechas con el resto de América latina; c) la Argentina era
en algún sentido superior a los demás países de la región; d) Estados Unidos representaba un competidor
para los intereses argentinos; y e) la Argentina, dado su progreso material, igualaría o sobrepasaría el
nivel de capacidad económica de Estados Unidos.” (Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia
General de las relaciones exteriores de la República Argentina 1806-1989 [en línea], Segunda Parte: Las
Relaciones Exteriores de la Argentina consolidada. 1881-1842, Tomo VIII: Las relaciones con Europa y
los Estados Unidos, 1881-1930, Cap. XLIII, http://www.argentina-rree.com/index2.htm [Consultado: 30-
VI-2002]).

158
derecho público y contra el orden de las soberanías […] Cuba ha debido ser libre… si esa liber-
tad no se buscara en este momento histórico, por el camino de la humillación y del ultraje a la
nación española: ultraje que no le infieren las disensiones internas, entre insurgentes y peninsula-
res, sino los actos insólitos de una política invasora, que acecha desde la Florida los anchurosos
senos del golfo de México, para nutrir en ellos sensuales espansiones territoriales y políticas;
sueños de predominio que aspiran a gravitar pesadamente en la vasta extensión del hemisfe-
rio.”442

En 1896, agravada la posición española en Cuba, la comunidad hispana argenti-


na y uruguaya lanzó, a través de la Asociación Patriótica Española y bajo la influencia
del omnipresente Rafael Calzada, una colecta pública para adquirir un crucero con el
que dotar a la armada peninsular de una nave moderna con la que enfrentar el nuevo
compromiso bélico443. El buque, que no llegaría a incorporarse —afortunadamente, si
cabe— a las malogradas flotas de los almirantes Pascual Cervera y Topete (1839-1909)
en Cuba, y Patricio Montojo y Pasarón (1839-1917) en Filipinas, fue construido en los
astilleros de El Havre y dotado de artillería en el arsenal gaditano de La Carraca444.
La nave, adornada con escudos españoles, argentinos y uruguayos, poblada de
souvenirs y recordatorios de su origen, fue entregada a España al año siguiente del fin
del conflicto, tal como constaba en el coronamiento de la toldilla de popa, donde podía
leerse: “Crucero Río de la Plata. Este buque fue donado a su patria por los españoles
residentes en las Repúblicas Argentina y del Uruguay. 31 de junio 1899”. El Río de la
Plata visitó Buenos Aires en febrero de 1900, asistiendo a la multitudinaria recepción
en el puerto de la capital el Presidente Roca y las autoridades de la colectividad españo-
la445.

442
Discurso del Dr. Roque Sáenz Peña, en: España y los Estados Unidos por los señores Dr. Roque
Sáenz Peña, Paul Groussac y Dr. José Tarnassi, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billletes de
Banco, 1898, pp. 3-5. Este volumen recoge las intervenciones de estos tres oradores en el Teatro de la
Victoria, el 2 de mayo de 1898 “bajo el patrocinio del Club Español de Buenos Aires, a beneficio de la
Suscripción Nacional Española” —de la cual formaba parte Rafael Calzada— y posee un prólogo de
Severiano Lorente.
443
“En abril, la Patriótica tomó la iniciativa de abrir una suscripción para nada menos que regalar un
buque de guerra a España, consiguiendo en una sola noche más de 100.000 dólares. En toda la República
se formaron hasta 150 comisiones de ayuda. Empresarios, comerciantes, escritores y artistas ofrecieron su
colaboración. Por pedido de la Patriótica, constructores de naves de guerra ingleses y franceses mandaron
planos y presupuestos de sus navíos… El buque se llamaría Río de la Plata y para sufragaro se emitieron
bonos nominales que posibilitaban la aportación de personas con pocos recursos. Los fondos recaudados
los depositaría la sociedad en una cuenta especial del Banco Español. Ya en abril de 1897 se había reuni-
do la imponente suma de 375.000 dólares, habiendo llegado también dinero de Uruguay y Paraguay.”
(Rafael SÁNCHEZ MANTERO, José Manuel MACARRO VERA y Leandro ÁLVAREZ REY, La imagen de
España en América 1898-1931, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de
Sevilla, 1994, pp. 91-92).
444
La nave tenía 76,3 metros de eslora; 10,8 m. de manga; un calado máximo de 4,7 m.; un desplaza-
miento con calado máximo de 1.949,77 toneladas; una fuerza de máquinas entre los 3.837 y los 6.937
caballos de fuerza. Su armamento se componía de 2 cañones Canet de 14 c/m; 4 cañones Krupp de 10,5
c/m; 6 cañones Nordenfeld de 57 c/m, y 4 Maxim de 37 m/m. Tripulación: 212 personas (“El crucero Río
de la Plata” [en línea], en: Relación de Cádiz con el Río de la Plata. Tan lejos y tan cerca (siglo XX),
http://galeon.hispavista.com/rioplata/sigloxx.htm, [Consultado: 15-VII-2002]).
445
El Río de la Plata, con base en Cartagena, fue utilizado por la armada española junto al Carlos V
durante la conferencia hispano-francesa de Algeciras en 1906; en la misión diplomática del General Matta
en Tánger yen la operación de auxilio a Casablanca, asediada por el levantamiento marroquí para custo-
diar al Consulado de Casablanca, bombardeando posiciones rebeldes el 22 de agosto de 1907. En julio de
1909 fue comisionado como guardacostas durante las campañas españolas en el Rif. En 1922, estando

159
Esta iniciativa de la comunidad española en el Plata no contó con el apoyo ofi-
cial del gobierno argentino, el cual procuró guardar un equilibrio entre las tres posicio-
nes en pugna, manteniendo su línea tradicional de neutralismo, no intervencionismo y
de promoción de un pacifismo arbitral. De allí que, del cotejo de los hechos, surja la
idea de cierta ambigüedad del gobierno argentino, que prohibió la reparación del torpe-
dero español El Temerario en Buenos Aires una vez estallada la guerra hispano-
norteamericana, pero dejó hacer con total impunidad a la comunidad española en la sus-
cripción que realizaba en suelo nacional para construir el Río de la Plata mientras de-
fendía el derecho a la nacionalidad cubana. Esta ambigüedad también era extensiva a la
clase dominante, a la propia opinión pública y a la sociedad civil, en las cuales pudieron
apreciarse tanto posiciones pro-cubanas y pro-españolas, como curiosos intentos de
conciliar la independencia de la isla como realización última del mandato emancipador
de los libertadores y revolucionarios, con la defensa del honor español y la exaltación de
su aporte a América.
Detrás de estas contorsiones —dialécticas antes que ideológicas—, se encontra-
ba la sorda inquietud que, en el ámbito hispanoamericano, causaba el progresivo avance
de los Estados Unidos y de tesis como las de Houston Stewart Chamberlain (1855-
1927), que intentaban explicar el desarrollo histórico de las potencias y su proyección
imperial a partir de la idea de la superioridad intrínseca de la raza aria y de sus pueblos
más dinámicos. En la lógica de estas teorías, anglosajones y germanos estarían destina-
dos a preponderar sobre el caos étnico y cultural de razas inferiores que poblaban el
mundo, quedando justificada su intervención civilizatoria.
La cuestión racial y la mayor o menor pureza aria de los pueblos europeos fue
constituyéndose en un argumento cada vez más eficaz, en tanto obtenía respaldo de mu-
chos científicos positivistas y, aparentemente, de los propios hechos, que parecían con-
firmar la base biológica de la superioridad tecnológica, científica y militar de Inglaterra,
Alemania y Estados Unidos. Así, el presunto descubrimiento de que los pueblos latinos
poseían una proporción de sangre aria muy inferior, justificó ideológicamente aquello
que, en parte, imponía la fuerza, es decir, la hegemonía de las potencias anglosajonas.
El entroncamiento de la explicación racista con la evolución del imperialismo en
el último tercio del siglo XIX permitieron que este tipo de tesis prosperara y fueran uti-
lizadas instrumentalmente en el análisis de la política internacional de las propias po-
tencias exitosas y de las decadentes. Así, el plateo del primer ministro británico Robert
Arthur Talbot Gascoyne-Cecil, Lord Salisbury (1830-1903) a propósito de la derrota
española en Cavite proponía la existencia de naciones vitales, destinadas a crecer inde-
finidamente en todos los aspectos y naciones moribundas, destinadas a involucionar y
corromperse hasta desaparecer. Esta dicotomía no sólo ofrecía una explicación de la
preponderancia de unas sobre las otras, sino en definitiva una justificación de la redis-
tribución territorial en beneficio de las primeras.

destinado en Cádiz, fue convertido en sede de la Escuela de Aeronáutica Naval, anexo al portaviones
Dédalo. El 27 de marzo de 1934, las disposiciones gubernamentales de renovación de la flota de guerra
ordenaron el desguace del Río de la Plata (Ibídem).

160
La cuestión que suscitaba inquietud en España, derrotada por una de las más
grandes y prometedoras de las living nations, era que esta nueva justificación del impe-
rialismo comenzaba a afectar en sus corolarios prácticos no sólo al mundo americano,
africano, asiático o melanesio —sobre cuya explotación ella misma tenía sobrados ante-
cedentes y renovadas expectativas de rapiña colonial—, sino a naciones cristianas e
incluso europeas, entre las cuales, la otrora potencia peninsular, no podía dejar de ser
contada.
Según José María Jover Zamora, la idea de crisis y decadencia de las naciones
latinas y la apertura de una era en que la hegemonía correspondería a anglosajones y
germanos fue internalizada por los países de Europa meridional alimentando una “cons-
ciencia de frustración” relacionada con el atraso relativo que se evidenciaba en su pode-
río material y con una serie de frustraciones militares y sobre todo coloniales que se
sucedieron en aquellos años446. Así, la derrota del Segundo Imperio en la Guerra Fran-
co-Prusiana de 1870; el ultimátum de 1890 de Gran Bretaña a Portugal; la derrota ita-
liana en Adua en 1896; la pérdida de Cuba y Filipinas por España en 1898; la crisis an-
glo-francesa de Fashoda; el acuerdo anglo-germano para un eventual reparto de las
posesiones coloniales portuguesas, y la propagación de un claro clima de pesimismo en
estos países, permitiría hablar de la existencia de varios “98”, contextuando
internacionalmente la dimensión de la “crisis cubana” y superando la idea de la
excepcionalidad del desastre español 447.
Esta visión de la crisis apoya y amplifica el argumento que expusiera Jesús Pa-
bón en 1963 acerca del paralelismo entre el caso español y otras experiencias de frustra-
ciones coloniales como la de Portugal en 1890, la de Japón en 1894, la de la propia In-
glaterra en la cuestión de la Guayana en 1895 y la de Francia en Sudán. De lo que se
trataba, en uno y otro caso, era de relativizar y cuestionar severamente la idea de la
“singularidad” política peninsular y del presunto aislamiento voluntario de los gobier-
nos de la Restauración, que habrían mantenido obcecadamente a España al margen de
Europa.
Para Jover Zamora, el argumento del aislamiento secular de España no sería sino
un mito. España habría sostenido un imperio de ultramar entre 1824 y 1898, dentro de la
lógica diplomática europea, desplegando una política compleja cuyos hitos fueron la
adhesión la Triple Alianza en 1887 —para garantizar su proyección sobre Marruecos—;
y el acercamiento con la entente franco-británica para asegurar sus fronteras meridiona-
les en el eje Canarias-Baleares. Esta posiciones, sumadas a la prescindencia en las gue-
rras europeas del siglo XIX y al neutralismo español en la Primera Guerra Mundial,

446
Un inventario de la literatura y los principales referentes intelectuales españoles y latinoamericanos de
la contraposición entre latinos y españoles y un breve aunque acertado entronque de estas cuestiones con
el surgimiento de un espiritualismo reactivo, puede verse en: Eva María VALERO JUAN, Rafael Altamira y
la reconquista espiritual de América, Op.cit., pp. 36-39.
447
José María JOVER ZAMORA, “Introducción: Después del 98. Horizonte internacional de la España de
Alfonso XIII”, en: La España de Alfonso XIII. El Estado y la política (1902-1931), Historia de España
Menéndez Pidal, Tomo XXXVIII, Vol. I, De los comienzos del reinado a los problemas de la posguerra
1902-1922; Madrid, Espasa Calpe, 1995, p. LX y ss.

161
permitirían hablar de que España participaba activamente de la política europea, pero en
calidad de potencia periférica, involucrándose en cuestiones ultramarinas fuera del pe-
rímetro continental.
Estas interpretaciones fueron puestas en entredicho recientemente por Javier Ru-
bio, para quien el carácter de las crisis coloniales equiparadas al desastre español, era
fundamentalmente diferente en todos los casos. En los casos de Portugal y Francia, por-
que sus conflictos con Inglaterra se produjeron a partir del dinamismo colonial que mos-
traron ambos países —que, en todo caso, no se detuvo en 1898—; mientras que el cho-
que hispano-norteamericano fue promovido por los Estados Unidos con el objeto de
controlar Cuba y el Caribe. El episodio de Guyana, por su parte, sólo implicó para Gran
Bretaña el reconocimiento de Estados Unidos como potencia extracontinental con la que
tenía que negociar por la determinación de límites territoriales fuera de su área de mayor
influencia colonial. Para Rubio el aislamiento español, en sí innegable, no habría sido,
sin embargo, voluntario como comúnmente se ha pretendido, sino inducido por la nega-
tiva de las potencias europeas a trabar compromisos con un estado altamente inestable y
carente de suficiente fiabilidad y fuerza, como para formar parte de un acuerdo448.
Lo cierto es que la rápida derrota de España a manos de Estados Unidos en el
Caribe y en las Filipinas, con la consecuente pérdida de esta dos colonias y de Puerto
Rico provocó una crisis en la Península449. Esta crisis internacional y sus efectos
inmediatos sobre la política interna y la emergencia de nacionalismos periféricos,
afectó, por supuesto, al sistema político de la Restauración pero, como hemos visto, no
llegó a dislocarlo. Por otra parte, esa crisis no impactó decisivamente en la economía,
que al poco tiempo evidenció signos de recuperación e incluso crecimiento. Sería
entonces en la esfera de la moral pública, en la esfera de la ideología y de la identidad
nacional española donde la derrota tendría un impacto devastador y un efecto intelectual
revulsivo, como también hemos podido apreciar.

448
Por ello la guerra con Estados Unidos pilló a España sin ningún respaldo que pudiera evitar su humi-
llación internacional: “Es evidente que España no pudo sino estar aislada, forzosamente aislada, en su
dramático noventayocho. Y lo estuvo singularmente, pues fue el único país europeo —salvo la poderosa
Inglaterra— afectado por los ajustes coloniales de fin de siglo que no estaba respaldado por ningún
acuerdo defensivo o garantía territorial. Que no se hallaba en el marco de ninguna alianza que, aunque no
fuese aplicable directamente al problema cubano y quizá no hubiera evitado la guerra, podía haber dado a
España un mínimo de peso y de respetabilidad ante los Estados Unidos en la hora de la agudización de las
tensiones hispano-norteamericanas y, en último término, en el momento de las negociaciones de paz en
París.” (Javier RUBIO, “El 98 español. Un caso singular de aislamiento”, en: Octavio RUIZ-MANJÓN y
Alicia LANGA LAORGA (Eds.), Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX,
Madrid, Fundación Ico, Biblioteca Nueva Universidad Complutense de Madrid, 1999, p. 99).
449
Sobre la Guerra de Cuba puede consultarse una extensa bibliografía, fruto del pasado centenario de la
derrota española. Resultan particularmente útiles para comprender el conflicto: Antonio ELORZA y Elena
HERNÁNDEZ SANDOICA, La Guerra de Cuba (1895-1898), Madrid, 1998 —para reconstruir razonadamen-
te la historia política y militar del conflicto hispano-cubano-norteamericano de 1895-1898—; Sebastian
BALFOUR, El fin del Imperio Español (1898-1923), Barcelona, Crítica, 1998 —para un análisis del 98 en
perspectiva de la posición internacional de España hasta Primo de Rivera—; y Juan PAN-MONTOJO (co-
ord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Madrid, Alianza Editorial, 1998 —
para un análisis de los aspectos económicos, sociales, militares y diplomáticos del conflicto y de los dife-
rentes contextos de la crisis—.

162
Este contexto internacional finisecular, sumado al desarrollo de las tendencias
ideológicas y al contexto socio-político que ya hemos abordado, habilitó ciertas explo-
raciones ideológicas complementarias en Argentina y España que, antes de 1898 no
habían surgido con demasiada fuerza. La centralidad de la problemática racial en el en-
tendimiento del ordenamiento internacional de la época y la influencia progresiva del
discurso que proponía la creación de un eje reactivo de los países latinos —asumido
tardíamente tanto por Argentina, por su vinculación preferencial con Gran Bretaña co-
mo por España, por la pretensiones hegemónicas de Francia— creó las condiciones para
reforzar y complementar dos líneas ideológicas convergentes. Por un lado, potenció las
vertientes “hispanistas” que comenzaban a desarrollarse en Argentina en virtud de su
propia situación interna a raíz del impacto del proceso migratorio cosmopolita y de la
necesidad de definición de una identidad nacional. Por otro lado, fortaleció las vertien-
tes “americanistas” españolas que veían en la reconstitución de las relaciones con las
antiguas colonias una oportunidad para recrear una comunidad hispánica de naciones
que diera a España un ámbito de acción internacional alternativo en donde recuperar
posiciones y prestigio; a la vez que una oportunidad para recuperar ciertas tradiciones
propias que florecieron al otro lado del Atlántico pero se marchitaron en la España del
neo-absolutismo, de la guerra carlista y de la corrupción restauradora.
Este heterogéneo y multifacético movimiento ideológico español tuvo matices
—a veces, incluso, contradictorios— propios del ambiente peninsular y del ambiente
americano, una vez que sus promotores más activos se encontraban a ambos lados del
Atlántico, puede definirse, siguiendo a Daniel Rivadulla Barrientos como una “corriente
de pensamiento y de acción política” propia de la segunda mitad del siglo XIX y del
siglo XX, cuyo objeto de estudio o aplicación era el conjunto de las antiguas colonias y
cuyos principios derivaban del regeneracionismo español finisecular. Sin embargo, ce-
ñir el hispanoamericanismo a una doctrina orientadora de las relaciones diplomáticas
españolas y juzgarla, en consecuencia, por los resultados de su “proyección exterior”, en
términos de “viabilidad, plasmación y operatividad”, parece un tanto reduccionista y
relativiza el acierto de considerar la relativa marginalidad del asunto americano respecto
de otros tópicos de la agenda política externa e interna de España.
El hecho de que “la política de España en América y, en particular, sus intereses
comerciales y aquellos otros derivados o ligados a la masiva presencia de españoles en
la región del Plata sobre todo” no hayan constituido nunca una “cuestión”, del estilo de
la africana, de la social o de la religiosa; o que la política de gestos no pudiera exhibir
grandes logros políticos en su haber, no quiere decir que deba deducirse que el hispa-
noamericanismo español fue una producto ideológico estéril sin consecuencias prácticas
para España y la Argentina450. En este sentido conviene prevenirse de sobredimensionar
la perspectiva diplomática en el análisis de las relaciones entre ambos países, so pena de
disminuir intuitivamente la consideración debida a otros planos de esta relación y con-

450
Daniel RIVADULLA BARRIENTOS, La “amistad irreconciliable. España y Argentina, 1900-1914,
Op.cit., pp. 59-61.

163
siderar que cualquier evento relevante ocurrido en este período, debe formar parte natu-
ralmente de aquella “gestualidad”.
Andrés Cisneros y Carlos Escudé, por ejemplo, siguiendo demasiado de cerca a
Rivadulla Barrientos, consignan acertadamente que un hito de esta política fue la visita
a la Argentina de la Infanta Isabel de Borbón durante los fastos del Centenario de la
revolución de 1810, ante el cual se respondió oportunamente con la comisión que el
presidente Roque Sáenz Peña encargara al ex presidente José Figueroa Alcorta para
representar a la Argentina en las fiestas del Centenario de las Cortes y de la Constitu-
ción liberales de 1812.
Sin embargo, constituye un claro abuso del argumento el deducir que “dicho
gesto español hacia el gobierno argentino fue respondido por este último con actitudes
tales como la fundación de la Institución Cultural Española de Buenos Aires, la creación
de la Cátedra Menéndez Pelayo en la Universidad de la Plata y la constitución de una
Academia correspondiente a la de la Lengua Española”451.
Para despejar las confusiones que puede suscitar la parte inicial de este párrafo
puede acudirse a la reseña de acontecimientos que realizó Marta Campomar:
“La iniciativa de fundar una institución cultural española se concretó con la muerte repentina de
Don Marcelino Menéndez Pelayo en mayo de 1912. Con el dinero reunido para comprar su bi-
blioteca, y al enterarse la comunidad española que ésta había sido legada al Municipio de San-
tander, los fondos se destinaron a crear una cátedra universitaria en su nombre.” 452

Este exitoso proyecto del cirujano español Avelino Gutiérrez453, en el que nada
tuvo que ver el gobierno argentino y cuyos antecedentes ideológicos pueden vincularse
con su admiración por la labor del Grupo de Oviedo y con las visitas de Rafael Altamira
en 1909 y Adolfo Posada en 1910454, perseguía la creación de una cátedra permanente
de cultura española en la Universidad de Buenos Aires que sirviera de tribuna para des-
tacados científicos y hombres de letras españoles en el Río de la Plata.
La “cátedra” —espacio académico propio de la Institución Cultural Española
(ICE) y sostenido por ella— fue una plataforma desde la cual se promocionaron las ac-
tividades universitarias y “extensionistas” de los visitantes455. Su inauguración se produ-

451
Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones exteriores de la Repúbli-
ca Argentina 1806-1989 [en línea], Segunda Parte: Las Relaciones Exteriores de la Argentina consolida-
da. 1881-1842, Tomo VIII: Las relaciones con Europa y los Estados Unidos, 1881-1930, Cap. XLIII: Las
relaciones con Francia, España, Italia y El Vaticano (1880-1930), Las relaciones entre Argentina y Espa-
ña, Otros acontecimientos que evidenciaron los límites de la relación bilateral, http://www.argentina-
rree.com/index2.htm [Consultado: 30-VI-2002].
452
Marta CAMPOMAR, “Los viajes de Ortega a la Argentina y la Institución Cultural Española”, en: José
Luis MOLINUEVO (coord.), Ortega y la Argentina, Madrid, FCE, 1997, p. 120.
453
El médico cirujano santanderino Avelino Gutiérrez (1864-1946), emigró a la Argentina luego de aca-
bar el bachillerato doctorándose en Medicina en la Universidad de Buenos Aires en 1890, donde llegó a
desempeñarse como catedrático de Clínica Quirúrgica. También fue director del Hospital Español de
Buenos Aires y recibió el título de doctor honoris causa por la UCM.
454
Marta CAMPOMAR, “Los viajes de Ortega a la Argentina y la Institución Cultural Española”, en: José
Luis MOLINUEVO (coord.), Ortega y la Argentina, Op.cit., p. 120.
455
Ignacio GARCÍA, “El institucionismo en los krausistas argentinos” [en línea], en: Hugo E. BIAGINI,
Hugo (comp.), Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad [en línea], Jornada en

164
jo en agosto de 1914 con el curso de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) sobre la vida
y la obra de Marcelino Menéndez Pelayo456, una vez que fuera formalizada la entidad de
la ICE. En 1916, José Ortega y Gasset, por sugerencia de la Junta para la Ampliación de
Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) de Madrid, dictó sus primeras lecciones de
Filosofía en Buenos Aires. Entre 1917 y 1922, pasaron por la cátedra española el mate-
mático Julio Rey Pastor457; el físico Blas Cabrera y Felipe458; el sociólogo Adolfo Gon-
zález Posada, once años después de vuelta en Argentina; Eugenio D’Ors (1881-1954); y
el arqueólogo, anticuario e historiador del arte granadino Manuel Gómez Moreno y
Martínez (1870-1970)459.
Respecto de la segunda parte del párrafo, si bien es indudable que existió una
conexión entre la visita de la Infanta y la creación de la Academia correspondiente, no
debe creerse que esta era una mera respuesta de cortesía a esta excursión sino, más bien,
una muestra del timing de algunos intelectuales hispanófilos argentinos y de la propia
administración española.

homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, Buenos Aires, 2000,


http://ensayo.rom.uga.edu/filosofos/argentina/roig/homenaje/garcia.htm, [Consultado: 16-VII-2002].
456
El controvertido intelectual santanderino Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) —valedor de Al-
tamira en su oposición a catedrático por la Universidad de Oviedo— se doctoró en Filosofía y Letras por
la UCM, obteniendo en ella a los 22 años la Cátedra de Historia crítica de la Literatura. Fue académico de
Real Academia Española de la Lengua (1881), académico, bibliotecario y director de la RAH (1883, 1892
y 1909, respectivamente), de la RACMP (1889) y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
(1892). Fue decano de la Facultad de Letras de la Universidad Central (1895), y director de la Biblioteca
Nacional de Madrid entre 1898 y 1912.
457
Rey Pastor (1888-1962) se doctoró en matemáticas en la UCM, en 1888. Llegó a Buenos Aires en
1917, a raíz de la invitación de la Institución Cultural Española. Desde entonces la Facultad de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales de la UBA lo incorporó como profesor de matemática. Paralelamente, Rey
Pastor fue profesor en la UNLP y en el Instituto Superior del Profesorado de la Capital Federal, a la vez
que continuó con sus clases en España. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA ocupó la cátedra
de Epistemología e Historia de las Ciencias.
458
Blas Cabrera y Felipe (1878-1945) se doctoró en 1901 en Ciencias Físicas por la UCM de Madrid,
donde fue contratado como profesor ayudante de Electricidad en la Facultad de Ciencias; donde obtuvo la
cátedra de Electricidad y Magnetismo (1905) y donde sería nombrado rector en 1929. En 1903 fue so-
cio-fundador de la Sociedad Española de Física y Química y en 1910 fue designado miembro de la Real
Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En 1911 se hizo cargo de la dirección del Laboratorio
de Investigaciones Físicas creado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.
Becado por la Junta se incorporó en Zurich al gabinete de estudio de Pierre Weiss. En 1915 realizó un
viaje académico por Latinoamérica, obteniendo doctorados honoris causa y nombramientos docentes y
académicos en México, Colombia, Perú y Argentina. En 1917 inauguró en México los cursos del Instituto
Hispanoamericano y dos años más tarde fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Es-
trasburgo. En 1921 fue admitido como miembro del Comité Internacional de Pesas y Medidas de París —
del cual llegaría a ser secretario en 1933—, y en 1928 fue elegido Académico de Ciencias y miembro del
Comité Cientifico de la VI Conferencia Solvay a propuesta de Marie Curie y Albert Einstein. Entre 1934
y 1937 desempeña la presidencia de la Academia de Ciencias de Madrid, y en 1936 ingresó en la Real
Academia Española. Al estallar la guerra civil se exilió en Francia y luego en México, donde arribó en
1941. La Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México lo nombró profesor de
Física Atómica y de Historia de la Física. La Institución Cultural Española de Buenos Aires, en la con-
memoración de sus XXV años, publicó su último libro El magnetismo de la materia, Buenos Aires, 1944.
459
Una cronología de los intelectuales que se hicieron cargo de la cátedra —extractada de los Anales de
la Institución Cultural Española de Buenos Aires, Buenos Aires, 1947— puede consultarse en: “Institu-
ción Cultural Española” [en línea], en: Boletín trimestral de la Librería Anticuaría Tercer Milenio, nº 2,
junio-julio 2001, http://www.termila.com/index21.html, [Consultado: 10-VII-2002].

165
En efecto, en aquella circunstancia tan propicia para la confraternización, las au-
toridades españolas habían creído posible la constitución de este resistido organismo en
el Plata. Para ello, se sumó a la comitiva de la princesa española, el académico español
Eugenio Sellés, Marqués de Gerona, con el propósito de coordinar esfuerzos con los
once miembros correspondientes de la RAE de pública y reconocida sensibilidad hispá-
nica en sus respectivos ámbitos y campos de acción. Finalmente, Sellés junto Vicente
Gaspar Quesada, Calixto Oyuela, Rafael Obligado460, Ernesto Quesada461, Joaquín V.
González, Estanislao Severo Zeballos462, Pastor S. Obligado y Belisario Roldán (1873-
1922), formalizaron la fundación de la institución el 28 de mayo de 1910, siendo nom-
brado los dos primeros, director y secretario perpeutos.

460
Rafael Obligado (1851-1920), miembro de una rica e influyente familia rioplatense, estudió derecho
en la UBA pero nunca llegó a diplomarse. Como autodidacta, profundizó en el estudio de los clásicos
antiguos y españoles y dedicó su vocación literaria a la poesía. En 1889 fue nombrado académico corres-
pondiente de la Real Academia Española y se lo considera uno de los fundadores de la Facultad de Filo-
sofía y Letras de la UBA en cuya vida académica participó activamente. En 1909, recibió el doctorado
honoris causa por esta institución. Puede ser considerado uno de los precursores de la literatura de orien-
tación nacionalista, criollista e hispanista centrada en el mundo inmediato de la familia, la historia y el
paisaje argentinos. Su principal obra fue Santos Vega, de temática gauchesca y crítica del progreso que
traía el olvido de las tradiciones.
461
Ernesto Quesada (1858-1934), hijo de Vicente Gaspar Quesada (1830-1913), fue uno de los intelec-
tuales argentinos más notables del período. Se doctoró en Derecho y se dedicó al estudio y la investiga-
ción históricas y sociológicas. Fue director de la Biblioteca Nacional; y desde 1904 profesor de Sociolo-
gía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA; profesor de Economía Política en la Facultad de
Derecho de la UNLP; y de Legislación y Tratados Internacionales en la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales de la UBA. Entre sus obras se encuentran: La política argentina y las tendencias yankees, Bue-
nos Aires, La Revista Nacional, 1887; La decapitación de Acha. El historiador Saldías y el General Pa-
checo, Buenos Aires, 1895; Las reliquias de San Martín y su iconografía, Buenos Aires, Bredahl, 1899;
La teoría y la práctica en la cuestión social obrera. El marxismo a la luz de la estadística a comienzos
del siglo, Buenos Aires, Moen, 1908; La época de Rosas; su verdadero carácter histórico, Buenos Aires,
; La cuestión obrera y su estudio universal, La Plata, 1909; The social evolution of the Argentine Repu-
blic, Filadelfia, 191; La guerra civil de 1841 y la tragedia de Acha, Córdoba, Imprenta Cubas, 1916; La
vida cultural americana, s/d, 1917; Acha y la batalla de Agnaco. Artes y Letras, Buenos Aires, 1917; La
evolución del panamericanismo, Buenos Aires, Ministerio de Agricultura, 1919; Rafael Obligado. El
poeta, el hombre, Buenos Aires, 1920; “La sociología relativista spengleriana”, en: Nosotros, Buenos
Aires, 1921; “Una nueva doctrina sociológica: la teoría relativista spengleriana”, en: Nosotros, Buenos
Aires, 1921.
462
Estanislao Zeballos (1854-1923) realizó estudios en la Facultad de Ingeniería y Derecho de la UBA.
Desarrolló una carrera política alineada con Julio Argentino Roca, siendo requerido luego por los sectores
más reformistas del régimen del ’80. Fue diputado nacional entre 1880 y 1888, y entre 1912 y 1926; se
desempeñó como diplomático y Ministro de Relaciones Exteriores entre 1889 y 1890, en el gobierno de
Juárez Celman, en 1891 en el gobierno de Carlos Pellegrini y entre 1906 y 1910 en el gobierno de Figue-
roa Alcorta. Fue periodista, profesor secundario, profesor universitario y académico. Fue miembro funda-
dor de la Sociedad Científica Argentina, surgida en 1872 del departamento de Ciencias Exactas de la
UBA en 1872 y del Instituto Geográfico Argentino en 1879. Fue autor de obras de valor etnográfico y de
especialidad jurídica. Fundó y dirigió desde 1898 la Revista de Derecho, Historia y Letras, y participó en
la creación de la Sociedad Rural, el Club Progreso y el Círculo de Periodistas. Entre sus obras se encuen-
tran: Viaje al país de los araucanos, Buenos Aires, Peuser, 1872; Apuntes sobre los quechuas (Tesis),
Buenos Aires, La Prensa, 1874; La conquista de quince mil leguas, Buenos Aires, 1878; “Noticias biográ-
ficas de Francisco Moreno”, en: Revista de las Letras, nº1, Buenos Aires, 1883-1885; Callvucurá y la
dinastía de los Piedras, Buenos Aires, Peuser, 1890; “Notas sobre el derecho público y privado de los
araucanos de la Pampa”, en: Actas del VIII Congreso Internacional de Americanistas, Buenos Aires,
1910; Garay: fundador de Buenos Aires 1580-1915, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes
de Banco, 1915; Reorganizacion jurídica internacional. Iniciativas argentinas (1914-1915) y la Interna-
tional Law Association (1918), Buenos Aires, Rosso, 1919.

166
Sin embargo, pretender que esta fundación sólo debe explicarse como una retri-
bución diplomática, y suponer incluso —yendo más allá de lo que dicen estos autores—
que su fracaso posterior podría ser fruto de la limitación intrínseca de la “política de
gestos”, implicaría desconocer la larga y sinuosa historia de conflictos que se manifesta-
ron alrededor de esta cuestión en el Río de la Plata, así como la entidad y especificidad
que este debate tenía dentro del mundo cultural e intelectual argentino.
A pesar de que estas vertientes ideológicas y estas iniciativas se manifestaron
paralelamente y retroalimentaron la “política de gestos” no debe creerse que su influen-
cia se agotó en actos superficiales. Si bien no puede decirse que éstas hubieran logrado
inspirar un giro espectacular en la política internacional de España y de los países lati-
noamericanos, sí crearon las condiciones para que un cambio sustancial se operase gra-
dualmente en todos los ámbitos de las relaciones iberoamericanas.
En conclusión, ya removidos los grandes obstáculos en la relación bilateral, el
clima diplomático existente entre ambos países entre los años ’90 del siglo XIX y la
primera década del XX, se mostró propicio para la profundización de las relaciones cor-
diales hispano-argentinas. Afectados por la emergencia de peligros comunes —como el
imperialismo norteamericano y las ideologías racistas que justificaban la hegemonía
anglosajona— el contexto internacional apuntaló el desarrollo de corrientes ideológicas
americanistas e hispanistas que influyeron en el mundo intelectual y político de España
y Argentina, y crearon un clima de mutuo interés y solidaridad que sería imprescindible
para que una empresa como la de Altamira encontrara un necesario apoyo en los secto-
res universitarios y políticos argentinos.

En cuarto lugar y finalmente, España y Argentina en el contexto de la expansión


de la economía-mundo capitalista y a pesar de no tener relaciones económicas bilatera-
les privilegiadas, ni mercados naturalmente complementarios y sujetos a las mismas
reglas de juego, lograron una interesante articulación que se evidenció sobe todo en el
fenómeno migratorio.
A pesar de la irregularidad del proceso migratorio español hacia el Río de la Pla-
ta durante el período 1852-1932, teniendo a la vista los resultados globales y, en espe-
cial, los del período 1905-1920, es indudable que entre ambos países se produjo una
sincronización complementaria de expulsión y recepción de mano de obra, cuyo resul-
tado fue la implantación en Argentina de la mayor colonia emigrante española del mun-
do.
Sin duda, una de las consecuencias más importante del progreso argentino fue el
fenómeno inmigratorio. Argentina, gran demandante de mano de obra en un territorio
prácticamente vacío, se convirtió en el último tercio del siglo XIX en unos de los desti-
nos más atractivos para la inmigración europea463.

463
Un panorama político y socioeconómico del período puede verse en: Ezequiel GALLO y Roberto
CORTÉS CONDE, La república conservadora (1972), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.

167
La necesidad de desarrollar y de poblar el país, necesidades claramente percibi-
das tanto por Alberdi como por Sarmiento a pesar de sus grandes diferencias al respec-
to464, había sido asumida como programa en el propio texto constitucional. La llamada a
los hombres de buena voluntad que quisieran poblar el país se articulaba, entonces, con
determinado proyecto de inserción de Argentina en el sistema mundial, y con los proce-
sos migratorios desencadenados por el avance industrial o la pauperización de las eco-
nomías agrícolas de muchas regiones europeas.
Sin embargo, esta inmigración no era la que habían proyectado la generación del
’37 y en especial Alberdi, ni venía a incorporarse mayormente como pequeños propieta-
rios agrícolas, como soñaba Sarmiento. El lema “gobernar es poblar” suponía que la
inmigración que Argentina debía alentar era la nórdica, germana y anglosajona, es decir
de las razas productivas y compatibles con el progreso material e intelectual. La inmi-
gración proyectada se convertía, de esa forma, en una herramienta para cambiar de cua-
jo la identidad argentina, rompiendo en el aspecto “biológico” con las conexiones cultu-
rales hispanas. Ruptura que, a la larga, sería la única garantía para el sostenimiento de
un sistema político republicano y un sistema económico capitalista expansivo; es decir,
la única garantía válida para la continuidad del progreso argentino465.
Efectivamente, la inmigración llegó al Río de la Plata para transformarlo radi-
calmente: la República Argentina pasó de tener menos de 1 millón de habitantes a me-
diados del siglo XIX, a tener 7,5 millones en 1914. Entre 1846 y 1932 llegaron a Argen-
tina aproximadamente 6,5 millones de europeos, de acuerdo a las siguientes
proporciones: italianos 46,21 %; franceses 3,51 %; rusos y ucranianos 3,1 %, y del resto
del mundo —irlandeses, polacos, sirio-libaneses, turcos, griegos, alemanes, galeses,
suizos, etc.— 14,29 %.
La inmigración española en Argentina fue la segunda en volumen superando la
entrada el millón y medio de individuos y alcanzando el 32,68 % del total de extranjeros

464
Mientras Alberdi confiaba en que la inmigración europea creara un círculo virtuoso de desarrollo
social, económico y político merced de sus virtudes culturales que, en lo inmediato, haría innecesario e
inconveniente mayor intervención estatal o mayor extensión de libertades políticas y, en el largo plazo,
permitiría una consolidación republicana y democrática; Sarmiento desconfiaba del poder regenerador de
la inmigración o de la idealización alberdiana del inmigrante europeo, creyendo en la necesidad de una
acción vigorosa del Estado para integrarlo en la sociedad argentina como ciudadano a partir de su inclu-
sión en un sistema educativo y la plena concesión de derechos civiles y políticos. Sobre el debate doctri-
nario y político entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi debe leerse el imprescindible
estudio de Natalio R. BOTANA, La tradición republicana, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984.
465
“Alberdi había encontrado el medio para suplir los hábitos malsanos de la vieja cultura con la costum-
bres de la civilización del porvenir. Democracia, igualdad, soberanía del pueblo, eran nociones vacías sin
sujeto que las encarnase. ¿Dónde hallar la materia capaz de realizar el gran salto? LA faena no le llevó
mucho tiempo. En pocos años, Alberdi concibió una teoría del transplante vital de Europa en América
que satisfizo su obsesión por el progreso y sus precauciones conservadoras [...] En la inmigración europea
quedó resumido el sueño alberdiano... ¿Qué mejor propuesta para el revolucionario que esa voluntad por
eliminar de raíz la sociedad caduca? ¿Qué mejor prevención para el conservador que la certeza de orden y
seguridad contenida en las costumbres de esos europeos innovadores y a la vez obedientes? [...] El tras-
plante consistirá en instalar una civilización ya formada: Será una audaz apropiación de lo que, en otra
circunstancia histórica, había demandado una larga gestación.” (Ibíd., pp. 303-306).

168
afincados466. Estas cifras sitúan a Argentina como el país que a lo largo de este proceso,
más españoles logró atraer, situándose incluso por encima de Cuba. La llegada de la
población peninsular, principalmente gallegos, vascos, catalanes y asturianos467 al Río
de la Plata experimentó un dramático crecimiento en las dos primeras décadas del siglo,
en la que ingresaron más del sesenta por ciento del total de los inmigrantes españoles468.
En párrafos anteriores sosteníamos que no se podía utilizar la inmigración espa-
ñola de masas como factor explicativo inmediato de la reconstrucción de los vínculos
intelectuales hispano-argentinos. Sin embargo, cuestionar el argumento “cuantitativo”
de que estos vínculos hubieran sido la resultante matemática de la instalación de cientos
de miles de peninsulares o el deslizamiento lógico de la comunidad cultural entre ambos
pueblos, no supone negar la importancia que, globalmente, tuvo el fenómeno inmigrato-
rio para la reconstrucción de esos vínculos.
Las migraciones masivas al Río de la Plata incidieron de dos maneras para torcer
el rumbo de la tradicional hispanofobia de las elites políticas e intelectuales argentinas.
Por un lado, el gran peso cuantitativo de la comunidad española, su rápida asimilación
favorecida por su idioma y sus costumbres, su activo asociacionismo469 y la labor de sus
publicistas debe ser tenido en cuenta como un factor que propició en el escenario ideo-
lógico y cultural, el tránsito hacia una posición que valoraba y alentaba la integración de
los españoles y, a través de ello, la de lo español en lo argentino. Esta integración, sin
duda rápida y bastante exitosa favoreció, por supuesto, la instalación y actualización de

466
Para una precisión de incorporaciones y devoluciones y una cronología del mismo, consultar: Fernan-
do DEVOTO, Historia de la Inmigración en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2003, p.
235, cuadro nº 7.
467
Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES, “La emigración española a América: ritmos, direcciones y proceden-
cias regionales”, en: Id. (comp.), Acerca de las migraciones centroeuropeas y mediterráneas a Iberoamé-
rica: aspectos sociales y culturales, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1995, pp. 56-61.
468
“Cuantitativamente el principal país receptor de la emigración española ultramarina fue Argentina, que
recibió no menos de 1.641.317 emigrantes entre 1860-1930 (más de 1,2 millones de españoles entre
1901-1920), cantidad que representa un 35,55% del total de emigrantes españoles durante este período.
Sin embargo, esta tasa se incrementa hasta el 64,72% al considerar exclusivamente la fase 1905-1913,
correspondiente a los años de mayor flujo emigratorio español de todos los tiempos.” (Ibíd., pp. 51-52).
469
Un panorama del asociacionismo español en América —en lo que concierne a sociedades de benefi-
cencia, de socorros mutuos, de instrucción, de recreo, de asistencia a la región de origen, etc.— como una
cronología y clasificación de las asociaciones españolas en Cuba y Argentina en base a fuentes españolas,
puede verse en: Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES, “Las asociaciones españolas de emigrantes”, en: María
Cruz MORALES SARO y Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES (Eds.), Arte, cultura y sociedad en la emigración
española a América, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1992, pp. 9-55. Un análisis específico de la acción
de las sociedades de socorros mutuos, de beneficencia y regionales puede leerse en: Moisés LLORDÉN
MIÑAMBRES, “Una explicación histórica de la acción mutuo-social de las sociedades españolas de emi-
grantes en América” en: ID. (comp.), Acerca de las migraciones centroeuropeas y mediterráneas a Ibe-
roamérica…, Op.cit., pp. 149-171. El asociacionismo español, estudiado en base a fuente argentinas y en
especial, el asociacionismo político de los emigrantes ha sido desarrollado en: Ángel DUARTE, La repú-
blica del inmigrante. La cultura política de los españoles en Argentina (1875-1910), Lleida, Editorial
Milenio, 1998, pp. 77-138 y 209-219. También resultan muy útiles: Dedier Norberto MARQUIEQUI, La
inmigración española de masas en Buenos Aires, Buenos Aires, CEAL, 1993; A.E. FERNÁNDEZ, “Los
españoles en Buenos Aires y sus asociaciones en la época de la migración masiva”, en: Hebe CLEMENTI
(cord.), Inmigración española en Argentina (1990), Buenos Aires, Oficina Cultural de la Embajada de
España, 1991, pp. 59-83; y Fernando DEVOTO, “Las asociaciones mutuales españolas en la Argentina en
una perspectiva histórica”, en: Moisés LLORDÉN MIÑAMBRES (comp.), Acerca de las migraciones cen-
troeuropeas y mediterráneas a Iberoamérica…, Op.cit., pp. 173-186.

169
un entorno y de un circuito cultural “español” en el Río de la Plata en el marco de un
cosmopolitismo finisecular.
Este entorno y este circuito favorecieron, también, la reconstitución del diálogo
intelectual, desde un punto de vista práctico y si se quiere instrumental, pero no menos
importante: la existencia de una fuerte colonia española atrajo la mirada y el interés de
algunos intelectuales españoles, así como creó un público para ellas y una demanda por
su comparecencia ante el “exilio” sudamericano. Sin embargo, este factor de atracción,
aun cuando importante, no pudo ser decisivo para la reconstrucción de las relaciones
intelectuales hispano-argentinas, en tanto esa demanda: 1) era propiamente “española”
antes que argentina; 2) no establecía claras diferencias entre el consumo de productos
culturales y de productos intelectuales; 3) no se hallaba en relación directa con el interés
que podían manifestar la elite intelectual argentina en retornar a un diálogo con su par
española.
La cuestión es que, para valorar en su justa medida la importancia de la inmigra-
ción en la reconstitución de estas relaciones, debería mirarse más al impacto local de la
implantación del setenta por ciento de los extranjeros no hispanos que arribaron al puer-
to de Buenos Aires.
Más que buscar las causas del fenómeno en la propia inmigración española, de-
bería buscarse en los recelos y temores que causaron en las clases dirigentes, la instala-
ción incontenible de masas cosmopolitas. Este heterogéneo alud étnico y cultural que se
descargó sobre Argentina —alentado tanto ideológica como políticamente por la clase
dirigente argentina470—, sumado a la inevitable introducción de elementos radicales y
revolucionarios que impugnaban el sistema y no aspiraban a incorporarse a él, fue visto
como un peligro para la integridad cultural y política del país471.

470
“La inmigración había sido uno de los factores cruciales en el crecimiento de la economía argentina…
Sobre un fondo general de amplia libertad, las opiniones sobre esos temas variaron según la época y los
factores externos e internos que condicionaban los flujos migratorios. Durante la optimista década del
ochenta, prevaleció la noción de que era tarea del gobierno subsidiar el viaje de los potenciales inmigran-
tes. La crisis y el fracaso de esa política volvió a resaltar la opinión de aquellos que señalaban las ventajas
de la inmigración espontánea… La primera década [del siglo XX] había comenzado, paradójicamente con
opiniones que manifestaban temor ante la posibilidad de que se detuviera el flujo migratorio. Todo cam-
bió cuando se disipó ese temor y, por el contrario, se produjo un aumento inusitado en la entrada de inmi-
grantes” (Natalio R. BOTANA y Ezequiel GALLO, De la República posible a la República verdadera
(1880-1910), Biblioteca del Pensamiento Argentino vol. III, Buenos Aires, Ariel, 1997, p. 97). Acerca de
la evolución de la política de migraciones de la Argentina, las distintas estrategias de atracción, y los
debates surgidos alrededor del tema, puede consultarse: Fernando DEVOTO, “Políticas migratorias argen-
tinas y flujo de población europea (1876-1925), en: ID., Movimientos migratorios: historiografía y pro-
blemas, Buenos Aires, CEAL, 1992; y Noemí M. GIRBAL DE BLACHA, “La política inmigratoria del
Estado Argentino (1830-1930) De la inmigración a las migraciones internas” [en línea], en: Argirópolis
Periódico Universitario, Ciencias Sociales, http://www.argiropolis.com.ar/Girbal/Inmigratoria.htm, [Consultado: 27-
VI-2002].
471
Las actividades terroristas del anarquismo individualista, en el contexto de una creciente agitación
obrera de signo socialista, anarquista y luego, sindicalista preocuparon sobre manera a la elite intelectual
y política argentina, parte de la cual intentó poner restricciones al flujo inmigratorio, ejercer un control
selectivo de los inmigrantes y dotar al país de instrumentos legales para expulsar a los indeseables. Para
un panorama de las organizaciones y de los conflictos de la época es útil: Julio GODIO, El movimiento
obrero argentino (1870-1910). Socialismo, anarquismo y sindicalismo, Buenos Aires, Legasa, 1987.
Respecto del anarquismo, una visión integradora de sus diferentes aspectos puede leerse en: Juan

170
Como bien señala Lilia Ana Bertoni, alrededor de la última década del siglo
XIX, en el marco de una dramática ruptura del consenso acerca de la legitimidad y via-
bilidad del sistema político instaurado en 1880, entraría en crisis la misma concepción
contractualista de nación que se había delineado junto con el proyecto liberal consagra-
do en la Constitución de 1853 y corroborado por las leyes que regulaban el acceso a la
ciudadanía argentina y que propiciaban la inmigración472.
La crisis de aquella concepción político-contractualista de la nación, fruto del
espectacular éxito de la política inmigratoria y del progreso del país, dio paso al fortale-
cimiento reactivo de una concepción esencialista y culturalista, que proponía una defi-
nición de la argentinidad en la que el idioma, las tradiciones, la “raza” o el pasado co-
mún constituían los factores que señalaban la verdadera pertenencia e integración a la
comunidad nacional. La resultante de aquellas incipientes y fluídas polémicas acerca de
los efectos de las migraciones masivas y de las políticas adecuadas para integrar a los
extranjeros, que cortaban transversalmente a la elite intelectual y se actualizaban en
cada debate político relevante, sería un escenario polémico en el que predominaban tres
posiciones básicas acerca de la nacionalidad: la del “crisol”, la del “criollismo” y la del
“españolismo” 473.
Según Bertoni, si bien existía una confluencia práctica entre quienes sostenían
estas posturas encontradas en su común y entusiasta participación respecto de la para-
fernalia nacionalista desplegada en los actos patrióticos y en el culto de los símbolos y

SURIANO, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires 1890-1910, Buenos Aires, Manan-
tial, 2001; en cuanto a su desarrollo en el mundo obrero en Argentina puede consultarse el ya clásico
libro: Iaacov OVED, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, México, Siglo Veintiuno, 1978.
Respecto de las relaciones entre anarquismo argentino y el español e italiano consultar: Iaacov OVED,
“Influencia del anarquismo español sobre la formación del anarquismo argentino” [en línea], en: Estu-
dios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, Vol. 2, Nº 1, enero-junio 1991, Tel Aviv, Univer-
sidad de Tel Aviv, Facultad de Humanidades Lester y Sally Entin, Escuela de Historia Instituto de Histo-
ria y Cultura de América Latina, http://www.tau.ac.il/eial/II_1/oved.htm, [Consultado: 30-VI-2002];
Dolores VIEYTES TORREIRO, “Inmigrantes galegos e anarquismo arxentino (1880-1930)”, en: Pilar
CAGIAO VILA (comp.), Galegos en América e americanos en Galicia, Santiago de Compostela, Xunta de
Galicia, 1999, pp. 217-254; y José Luis Moreno, “A propósito de los anarquistas italianos en la Argentina
1880-1920”, en: Cuadernos de Historia Regional, vol. II, nº 4, Luján, Universidad de Luján, diciembre de
1985, pp. 42-63. Respecto de la Ley de Residencia: Iaacov OVED, “El trasfondo histórico de la ley 4144,
de Residencia”, en: Desarrollo Económico, Vol. 16, nº 61, abril-junio 1976.
472
Lilia Ana BERTONI, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad ar-
gentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, p. 311.
473
“Por un lado, circulaba la idea de esta concebida como el producto de la mezcla, del crisol de razas,
cuya resultante futura incluiría rasgos provenientes de los diferentes pueblos y de las distintas culturas
que la iban formando: se trataba de una singularidad aún no definida, una virtualidad que sólo con el
tiempo y la convivencia cobraría su propia forma. Otros, como Rafael Obligado, creían que la nacionali-
dad residía en lo local, en lo criollo, en la transformación de lo español en contacto con lo indígena, for-
mas locales a las que atribuía originalidad cultural. Por otro lado, circulaba la idea de una nacionalidad ya
existente, establecida en el pasado, de rasgos definidos y permanentes: la de la raza española. Según esta
concepción, lo local no era una verdadera raza sino una simple variante de la raza española. Este núcleo
de nacionalidad podía absorber la variedad de aportes culturales de los grupos inmigratorios sin perder su
esencia, pero esto requería una acción definida, una política: había que mantener puro su núcleo origina-
rio, neutralizando los contaminantes extranjeros. En opinión de estos últimos, la vulnerabilidad de la
Argentina derivaba de la heterogeneidad de su población, por lo que su nacionalización se convertía en
paso ineludible para la afirmación de la nación, a la que concebían con un carácter esencial, que era —y
debía ser— expresión de una singularidad cultural.” (Ibíd., p. 313).

171
de las grandes figuras del pasado revolucionario, alrededor del Centenario —y en con-
sonancia con la radicalización de los nacionalismos y de la competencia entre los impe-
rialismos—, se podía percibir la progresiva preponderancia de las concepciones esencia-
listas y culturalistas “criollistas” o “hispanistas”. Sin embargo, si el avance esencialista
puede entenderse por su adecuación al contexto internacional y a los problemas deriva-
dos del progreso nacional, también se debió a la decidida y agresiva prédica de sus in-
fluyentes publicistas474.
Una revisión de la labor y el ideario de los nacionalistas culturalistas de la gene-
ración del Centenario y su relación con el impacto inmigratorio ya había sido planteada,
entre otros, por Jeane DeLaney, aun cuando el estudio de Bertoni posee el gran valor de
poner en evidencia que estos fenómenos de nacionalismo esencialista no surgieron es-
pontáneamente durante el Centenario, sino que se gestaron y desarrollaron lentamente
durante los años ’80 y ’90 del siglo XIX475.
Respecto de los impulsores de este ideario nacional-culturalista, el historiador
argentino Oscar Terán ha analizado la personalidad de José María Ramos Mejía, aten-
diendo tanto a la inquietud teórica y analítica que mostrara Ramos Mejía ante el avance
de las multitudes, como a su programa nacionalizador de las masas aplicado desde el
Consejo Nacional de Educación que presidía. Como era obvio, en la Argentina de en-
tonces, ambas cuestiones confluían en la problemática inmigratoria toda vez que el con-
tingente extranjero superara ampliamente el número de los ciudadanos nativos y había
permitido multiplicar varias veces la población residente.
La evidencia de tal consustanciación entre el elemento extranjero y este tradicio-
nal “actor social” que emergía renovado —y peligrosamente radicalizado— en las pos-
trimerías del siglo XIX y principios del XX, indujo a un ferviente reformista como Ra-
mos Mejía, a buscar una solución unitaria para ambas cuestiones alrededor de la
cuestión educativa. De esta forma, para este intelectual, era necesario y urgente “edu-

474
“En la primera década del nuevo siglo, la concepción culturalista, en franco avance, fue expulsando
poco a poco del campo nacional a toda otra postura nacional que fuera compatible con el universalismo,
el cosmopolitismo, la diversidad cultural o la multietnicidad, o que simplemente aceptara la heterogenei-
dad cultural. […] El Centenario ofreció el clima de sentimientos adecuado para que esta concepción na-
cional pasara a primer plano. Aunque todos los rasgos que la caracterizan estaban ya presentes y habían
sido expuestos extensamente en intervenciones públicas durante los últimos años del siglo XIX, en la
memoria esta concepción quedó identificada con ese momento y, con exclusión de las otras posturas,
identificada con lo nacional. Pero esta identificación se debió al trabajo de un conjunto de hombres que la
construyeron precisamente en ese momento. Era un conjunto de intelectuales y políticos, como Manuel
Gálvez, Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía y otros que alcanzaron cierto renombre hacia 1910 […]
Como otras vanguardias, recurrieron a un discurso contundente, recriminaron a sus antecesores por su
falta de carácter y eficacia y se encaramaron en la siempre atractiva demanda de una reforma moral de la
sociedad. La heterogeneidad de ésta, que no dejaba de recibir grupos crecientes de nuevos inmigrantes, y
su integración en continuo proceso, daban permanente excusa para un reclamo de nacionalización. Opu-
sieron a la realidad social un modelo en que se acentuaba la unicidad de la cultura y del espíritu nacional
[…] La concepción cultural esencialista de la nación —defensiva y excluyente— se convirtió por enton-
ces en sinónimo de lo nacional y expulsó a las otras versiones hasta dejarlas, junto al cosmopolitismo,
fuera de la nación.” (Ibíd., p. 315).
475
Jeane DELANEY, “National Identity, nationhood and inmigration in Argentina: 1810-1930” [en línea],
en: Stanford Electronic Humanities Review, vol. Nº5, II-1997, http://www.stanford.edu/group/SHR/5-
2/delaney.html, [consultado 15-VII-2002].

172
car” a la vez que “nacionalizar” a las multitudes para integrarlas efectivamente a la so-
ciedad y a la Nación Argentina y conjurar los peligros sociales y políticos que podía
acarrear su marginamiento476.
El contexto benigno que ofrecía el Río de la Plata a las indigentes masas euro-
peas transplantadas en el Río de la Plata, con su clima privilegiado, la abundancia de
alimentos y el acceso rápido a los beneficios de la vida civilizada, permitían a Ramos
Mejía mostrarse confiado en la efectividad del antídoto educacional para conjurar el
peligro de la anomia cosmopolita y del desborde irracional de las nuevas multitudes
inorgánicas. Desde la dirección del Consejo Nacional de Educación, Ramos Mejía im-
pulsó, entonces, la difusión de una educación patriótica como remedio preventivo de
futuros males sociales y como un instrumento de construcción de la nacionalidad que
debía ser sostenido y promovido por el Estado477.
En conclusión, el fenómeno inmigratorio en sí, resultó decisivo para que la elite
intelectual argentina torciera su tendencia tradicionalmente hispanófoba y se planteara
una reconsideración radical de su visión de España y de la cultura hispana. Esto propi-
ció, sin duda, que los sectores más avanzados de las clases ilustradas comenzaran a ver
en España, síntomas de modernidad ideológica que hasta entonces habían sido pasados
por alto, interesándose progresivamente por el pensamiento español en ciertas materias
reservadas siempre a la autoridad francesa o anglosajona. Sin esta reorientación, sin
estos condicionantes previos que conducían a la elite intelectual a reformular la identi-
dad argentina en términos hispanos, difícilmente una empresa como la de la Universi-
dad de Oviedo hubiera sido atendida.

Como hemos podido ver, entre los años ’90 y los comienzos de la primera déca-
da del siglo XX, estaban dadas las condiciones de posibilidad —tanto en lo político, en
lo diplomático, en lo demográfico, en lo ideológico, y en lo cultural— para poder des-
arrollar otro tipo de vinculación entre España y Argentina. Este contexto bilateral, esta-
ba maduro para hacer posible la reconstrucción de las relaciones intelectuales entre am-
bos países, aun cuando al parecer, la existencia de este marco tan favorable no lograba
cuajar en una verdadera confluencia en este aspecto.
Este espacio de coincidencias y confluencias, aun cuando firme en sus manifes-
taciones y objetivo en sus potencialidades, era por entonces más virtual que real. A esta

476
Si bien el “brusco y saludable” contacto con Europa inspiraba un diagnóstico alentador —a pesar del
riesgo de que el aporte demográfico europeo terminara por “diluir el perfil nacional”— imponía, a su vez,
una serie de tareas impostergables: “Razonando otra vez a la manera de Taine, el autor de Las multitudes
argentinas puede ser optimista. El medio argentino —de nuevo identificado en el texto con una pampa
que de desierto se ha transformado en ubérrima— es vigoroso, y la “raza”, que llama “plasma germinati-
vo”, es conservadora. Corresponde a su propio “momento” ayudarle con algo que está literalmente en las
manos de Ramos Mejía: con una educación nacional atinada y estable que permita limpiar el molde
donde ha de darse forma a las tendencias que deberán fijar el temperamente nacional. La evidencia de
que un espacio económico no genera por sí lazos sociales conducirá entonces a la recurrida apelación
nacionalista.” (Oscar TERÁN, Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la
“cultura científica”, Buenos Aires, FCE, 2000, pp. 131-132).
477
Ibíd., pp. 132-133.

173
virtualidad contribuyó, por un lado material, el gran peso que poseían los intereses eco-
nómicos y comerciales directos de ambos países —a menudo contradictorios—; por un
lado político y “espiritual” sus tradiciones diplomáticas e ideológicas divergentes.
De allí que, a pesar de la existencia de un terreno abonado, de la emergencia de
una sensibilidad hispano-americanista y de la existencia de condicionantes estructurales
para la reanudación de las relaciones intelectuales hispano-argentinas, el panorama si-
guiera siendo contradictorio, subsistiendo demasiadas trabas e impedimentos para que
tal vínculo se reconstituyera efectivamente después de casi un siglo de que comenzara
su disolución.
Rivadulla Barrientos, en su interesante y muy útil estudio de la historia de las re-
laciones diplomáticas hispano-argentinas del período, ha rescatado de los archivos mi-
nisteriales de ambos países muchos episodios susceptibles de ejemplificar que, en el
terreno intelectual y en muchos otros, Argentina y España seguían demasiado alejadas a
pesar de la lozanía que mostraba la “política de gestos”478. Esto ha sido apreciado así por
otros autores, como Cisneros y Escudé, que en el marco de su ambiciosa obra, han he-
cho uso —con cierta desprolijidad— de casi todos los casos relevantes aportados por
estudioso español, para ilustrar aquello que, en términos esenciales, era la misma tesis
de la irrelevancia concreta del discurso de la confraternización.
El primero de estos ejemplos rescata las tensiones a que dio lugar el proceso de
gestación del Congreso Social y Económico Hispanoamericano, organizado por la
Unión Ibero-Americana de Madrid —al que sólo asistiría Rafael Calzada en representa-
ción de la Asociación Patriótica Española— celebrado en noviembre de 1900.
En ocasión del lanzamiento del proyecto, el ministro argentino en Madrid fue
invitado a la conferencia preliminar, a la cual se negó a asistir quejándose de la “pro-
funda ignorancia” que se tenía en España de la realidad de las repúblicas latinoamerica-
nas y de la “pretensión de superioridad de los escritores y alborotadores españoles”:
“paréceme que se piensa aquí que las naciones americanas están esperando las iniciati-
vas de los españoles peninsulares para conocer sus intereses y la manera de resolverlos
como les convenga”. En una nota posterior sobre el mismo asunto, el representante ar-
gentino describía su percepción de la organización del evento, destacando el hecho de
que “el programa está redactado por españoles, con miras españolas y en beneficio de
intereses españoles” y que si en verdad se persiguiera el debate para la armonización de
los intereses respectivos se hacía inexplicable el marginamiento del que fueran objeto
los hispanoamericanos, puestos en el rol de “discípulos que concurren al certamen de
los maestros superiores”479.

478
El valor de este libro ha sido señalado ya, aunque quizá sin hacer toda la justicia del caso ante el apor-
te que en el terreno de la historia diplomática ha hecho este autor, en: Raanan REIN, “Daniel Rivadulla
Barrientos: La amistad irreconciliable. España y Argentina, 1900-1914, Madrid, Editorial Mafpre, 1992”
(Reseña), en: Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 5, nº 2, Reseñas, Tel Aviv
University, Tel Aviv, julio-diciembre 1994.
479
Este interesante testimonio caso ha sido revelado por Rivadulla Barrientos y puede seguirse en su libro
La “amistad irreconciliable. España y Argentina, 1900-1914, Op.cit., pp 231-233. También ha sido re-
producido casi literalmente —sin observar la necesaria prolijidad en la cita de la investigación de archivo
de Rivadulla Barrientos— en: Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las rela-

174
El segundo ejemplo que puede ilustrar el asunto que nos compete es el incidente
que causó el Presidente de la Nación, Julio Argentino Roca durante su segundo manda-
to, cuando exhibiera en su discurso cuán poco había cambiado la percepción del legado
español en los sectores más poderosos de la elite argentina. En ocasión del discurso
pronunciado en octubre de 1902 en la ciudad de Rosario, Roca trazó un perfil compara-
tivo entre los Estados Unidos de América y la Argentina, en el que se diagnosticaba la
necesidad por parte de la república rioplatense de perseverar con ahínco en el programa
liberal, teniendo en cuenta la desventaja comparativa que, en lo cultural, existía respecto
la “República de Washington”. Esa desventaja estaba originada, según Roca, en la dis-
tinta calidad de la herencia cultural percibida por ambos países y en la diferencia de los
personajes y principios que protagonizaron la colonización originaria de ambos territo-
rios: colonizadores puritanos “sin más armas que el Evangelio ni otra ambición que la
de fundar una nueva sociedad bajo la ley del amor y la igualdad”, en un caso, y “fieros
conquistadores cubiertos de hierro, con “raras nociones de la libertad y el derecho, con
fe absoluta en las obras de la fuerza y la violencia”, en el otro 480.
El tercer ejemplo, aportado por Rivadulla Barrientos, es la opinión desfavorable
de Miguel de Unamuno al proyecto de la Asociación Patriótica Española de Buenos
Aires de fundar una universidad hispanoamericana en Salamanca —donde Unamuno
oficiaba por entonces como rector de su centenaria y prestigiosa Universidad—, que
vale la pena reproducir:
“semejante proyecto me parece, hoy por hoy, fantástico y absurdo. Reconozco las buenas inten-
ciones y los laudables propósitos de los que patrocinan la idea, pero creo firmemente que pierden
el tiempo. La verdad es que ni aquí nos interesamos gran cosa de lo que a América respecta, has-
ta tal punto que la inmensa mayoría de los españoles que pasan por ilustrados ignoran los límites
de Bolivia o hacia dónde cae la República de El Salvador. Ni los americanos sienten ganas de
venir acá. Piensan que no hay cosa alguna que puedan aprender en España mejor que en Francia,
Alemania, Italia o Inglaterra, ya que en cuanto al castellano saben el suficiente para entenderse y
muchos de ellos repugnan, y con razón, nuestras pretensiones al monopolio de su pureza y casti-
cismo. Lo que dije en el banquete al Dr. Cobos y ahora repito, es que movimientos como el que
este entusiasta y benemérito español provoca nos deben servir para fijarnos en aquellas naciones
de lengua española y estudiar las causas de su desvío, que no son otras que el espíritu de intole-
rancia y exclusivismo que nos domina” 481

ciones exteriores de la República Argentina 1806-1989 [en línea], Segunda Parte: Las Relaciones Exte-
riores de la Argentina consolidada. 1881-1842, Tomo VIII: Las relaciones con Europa y los Estados
Unidos, 1881-1930, Cap. XLIII, http://www.argentina-rree.com/index2.htm [Consultado: 30-VI-2002].
480
El incidente de Roca ha sido expuesto y analizado por Rivadulla Barrientos —de cuyo libro se ha
extractado la cita— y puede seguirse en La “amistad irreconciliable. España y Argentina, 1900-1914,
Op.cit., pp. 236-237. También ha sido reproducido casi literalmente —sin observar la necesaria prolijidad
en la cita de la investigación de archivo de Rivadulla Barrientos— en: Andrés CISNEROS y Carlos
ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones exteriores de la República Argentina 1806-1989 [en
línea], Segunda Parte: Las Relaciones Exteriores de la Argentina consolidada. 1881-1842, Tomo VIII:
Las relaciones con Europa y los Estados Unidos, 1881-1930, Cap. XLIII, http://www.argentina-
rree.com/index2.htm [Consultado: 30-VI-2002].
481
Originalmente citado en y extractado de: Daniel RIVADULLA BARRIENTOS, La “amistad irreconcilia-
ble. España y Argentina, 1900-1914, op.cit., pp. 240-241. También ha sido reproducido casi literalmente
—sin observar la necesaria prolijidad en la cita de la investigación de archivo de Rivadulla Barrientos—
en: Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones exteriores de la Repú-
blica Argentina 1806-1989 Andrés CISNEROS y Carlos ESCUDÉ (dirs.), Historia General de las relaciones

175
El contraste entre un contexto prometedor y unas realidades ideológicas y sus
aplicaciones políticas, la postergación de una revinculación intelectual que teóricamente
estaba prefigurada y podía parecer lógica, debería hacernos pensar que la presencia de
condiciones “estructurales” favorables para que se verifique determinado desarrollo
histórico, no bastan para que este se manifieste en la realidad y se produzca un cambio
de tendencia efectivo.
El contexto que hemos delineado era necesario, pero no se demostró suficiente
para generar el reencuentro intelectual efectivo entre Argentina y España ni en los años
’80, ni en los ’90, ni tampoco antes del Centenario, a pesar de que gran parte de los fe-
nómenos que contribuyeron a definir ese marco propicio se gestaron en este período.
Ninguno de los aspectos que hemos señalado, fuera el político, el ideológico, el
diplomático o el migratorio pueden dar cuenta, por separado, de la reconstitución de las
relaciones intelectuales hispano-argentinas; pero relacionados, tampoco pueden ir más
allá de ilustrarnos acerca de la existencia de una posibilidad objetiva para que aquel
reencuentro se manifestara si, acaso, esos fenómenos favorables surgidos en esos dife-
rentes campos llegaban a intersectarse. Trazar este contexto, delinear un esquema de su
desarrollo como hemos pretendido hacer en este punto, nos permite entender mejor las
condiciones generales que permitieron la emergencia de ciertas ideas, la proyección
decisiva de ciertas personas y acontecimientos que pondrían en acto esas potencialida-
des.
No puede sostenerse que la historia de la reconstitución de las relaciones intelec-
tuales hispano-argentinas pase por la simple redacción de unas cuantas biografías ni por
la transcripción de la bitácora de ningún viajante; pero tampoco se puede pretender que
tal historia se subsuma despreocupadamente en una historia general de ambos países o
en el cúmulo de monografías existentes sobre temas políticos, sociales, ideológicos o
demográficos de ambos países. Un abordaje desde un punto de vista como el primero
nos anclaría en la pura anécdota, uno como el segundo, en el determinismo de un gran
relato ya conocido, que en nada nos permitiría un avance en el conocimiento concreto
del proceso que estudiamos.
Lo necesario, una vez fijado en contexto histórico de esa revinculación intelec-
tual, es dar paso a un estudio de la coyuntura en el que puedan integrarse diferentes as-
pectos políticos, ideológicos, demográficos, sociales, diplomáticos, en que se rescate el
análisis de acontecimientos, de personas, de discursos concretos y puntuales que contri-
buyeron a la realización del fenómeno que estudiamos.
De allí la relevancia de estudiar el viaje americanista de Rafael Altamira como
acontecimiento decisivo en la verificación de ese proceso, como acto inaugural o fun-
dante de una nueva tendencia prefigurada, sin duda, pero hasta entonces no concretada.
El periplo organizado por la Universidad de Oviedo no debería ser visto como realiza-
ción plena de un fenómeno de reconciliación intelectual que, evidentemente, lo excedió

exteriores de la República Argentina 1806-1989 [en línea], Segunda Parte: Las Relaciones Exteriores de
la Argentina consolidada. 1881-1842, Tomo VIII: Las relaciones con Europa y los Estados Unidos,
1881-1930, Cap. XLIII, http://www.argentina-rree.com/index2.htm [Consultado: 7-VII-2002].

176
en tiempo, forma y contenido; pero tampoco debe ser apreciado como acto aislado, pa-
tológico o pintoresco. El viaje americanista fue el desencadenante de un proceso, el ca-
talizador de ciertas fuerzas ya presentes en el escenario intelectual, cultural, ideológico
y político hispano-argentino. El viaje fue un acontecimiento insoslayable porque a tra-
vés de él se dio el tránsito de aquella “potencia”, de aquellas “condiciones de posibili-
dad”, a un “acto” empíricamente discernible; porque es el acontecimiento y el protago-
nista los que hicieron que aquellos desarrollos propicios en la esfera política,
diplomática, ideológica, demográfica y cultural se intersectaran, para generar ese espa-
cio de confluencia intelectual que se había diluido con la Revolución de 1810 y que se
había clausurado al iniciarse el segundo tercio del siglo XIX.
No debe importarnos si ese acto se nos presenta, intuitivamente, en lo inmediato
y antes de estudiarlo a fondo, como demasiado pequeño, demasiado prosaico, demasia-
do evanemental, como para resultar significativo a otro fin que la conmemoración del
personaje o de una institución. Apartándonos un momento de nuestro sentido común
historiográfico, podremos apreciar que, si bien antes del viaje de Altamira hubo —que
duda cabe— presencias intelectuales españolas en Argentina, ninguna de ellas cobró la
relevancia y el impacto espectacular que reseñamos en el inicio del capítulo; ninguna
obtuvo un auditorio tan privilegiado e influyente; ninguna disfrutó de unas tribunas tan
prestigiosas; ninguna fue acreedora de la autoridad intelectual que se le confiriera a Al-
tamira; y ninguna impulsó tanto el posterior desarrollo de las relaciones intelectuales
hispano-argentinas.
Hugo Biagini ha hecho un indudable aporte al demostrar que el pretendido “se-
gundo descubrimiento de América” realizado por los exiliados de la Guerra Civil Espa-
ñola, no fue sino un tercero en orden general y un “segundo desde el punto de vista in-
cruento” 482.
La instalación en el Río de la Plata de un importante —y olvidado— núcleo de
pensadores, publicitas y profesionales españoles en la última parte del siglo XIX, permi-
tiría poner en crisis “la imagen estereotipada y de extendidísimo arraigo que ha tendido
a subestimar la capacidad y la preparación atribuida al movimiento migratorio hispáni-
co”. Este olvido del que han sido víctimas este conjunto de individuos que arribaron a la
Argentina a partir de en el último cuarto del siglo XIX, caracterizados por una adhesión
mayoritaria hacia los principios republicanos y algunos de ellos activistas revoluciona-
rios en la Península Ibérica, se habría agravado por la atención que se ha prestado a los
exiliados de 1936-1939 y al conjunto de individuos que emigraron durante el período
colonial, durante la década del ’20 del siglo XIX, o quienes arribaron a Argentina —ya
sea como viajeros ilustres o como inmigrantes— durante las dos primeras décadas del
siglo XX.

482
“Dicha salvedad puede ser formulada teniendo en cuenta la poderosa emigración finisecular y más
todavía si nos centramos en una serie de figuras concomitantes que, a diferencia de lo que ha estado ocu-
rriendo con los transterrados del ’39, han sido hasta ahora escasamente indagadas; figuras que en muchos
casos también optarían por el camino del exilio político y la libertad intelectual” (Hugo BIAGINI, Intelec-
tuales y polticos españoles a comienzos de la inmigración masiva, Bs. As., CEAL, 1995, p. 9).

177
“Semejante olvido resulta a todas luces injustificado, pues los sujetos protagónicos han ejercido
una labor fecunda a través de múltiples canales: no sólo en más conocidas actividades como la
industria, el comercio, la administración o el sacerdocio, sino también mediante el periodismo, la
tribuna, la docencia, los clubes de la colectividad, las obras públicas, las luchas civiles y sindica-
les o hasta la misma militancia política”483

Para sostener su idea, Hugo Biagini enumera concienzudamente una serie artis-
tas plásticos, músicos, fotógrafos, médicos, químicos, pedagogos, abogados, editores,
libreros y periodistas cuya confluencia espacio-temporal podría fortalecer la hipótesis
de una temprana —o hasta quizás ininterrumpida— influencia epañola en el mundo
intelectual argentino. Si bien este enfoque puede ser útil para rescatar una serie de figu-
ras puntualmente influyentes en sus respectivos campos de acción, no queda claro que
esta estrategia sirva para demostrar la existencia de vínculos intelectuales hispano-
argentinos —en el sentido en que aquí los hemos definido— en época tan temprana.
Por un lado, creemos que es necesario deslindar, al menos analíticamente, como
ya se ha insinuado, los fenómenos de impacto y relevancia cultural, con aquellos que
corresponden más estrictamente al área intelectual. Rasgos de comunidad cultural his-
pano-argentinos siempre han existido y han sobrevivido a la propia historia de desen-
cuentros que ambos países acumularon. Pero este no ha sido el destino de las relaciones
intelectuales, las que por el contrario no resistieron el hecho traumático de la ruptura
revolucionaria.
El riesgo de mantener unidos ambos registros en cualquier ocasión, supondría la
tentación de equiparar la demanda de la que eran objeto las funciones de las compañías
dramáticas españolas o la celebración efímera de la habilidad discursiva de los publicis-
tas republicanos en los periódicos facciosos de la época, con las consecuencias que tra-
jeron y el interés que despertaron las actividades universitarias y las producciones cien-
tíficas de pesonajes como Altamira, Posada y Ortega y Gasset. Del mismo modo, no
tendría sentido equiparar la participación —no exclusiva, recordemos— de distinguidos
inmigrantes españoles en el desarrollo local de industrias, oficios, disciplinas y hábitos
sociales, económicos y políticos, con la existencia de un circuito de intercambio, de un
diálogo entre el mundo intelectual español y el argentino.
Estos fenómenos de presencia, intercambio y diálogo intelectual no se verifica-
ron ni en los años ’70, ni en los años ’80, ni en los ’90, pese a que se produjeron algunas
“visitas”; pese a que había ya miles de españoles intelectualmente calificados en el Río
de la Plata; pese a que los habitantes de Buenos Aires y las demás ciudades argentinas
podían leer a cientos de periodistas españoles en las columnas de los periódicos de la
época; pese a que el público rioplatense ya había aprendido a disfrutar de la zarzuela, de
las ediciones catalanas, de las ilustraciones madrileñas, de la oratoria de los literatos y
políticos exiliados y pronto aprendería a disfrutar de los juegos florales; pese a que los
gustos gastronómicos del norte español cobraban gran aceptación; y pese a que el idio-
ma que unía a españoles y argentinos nativos seguía siendo —en lo sustancial— el
mismo de siempre.

483
Ibíd., p. 11.

178
El aporte de aquellos españoles —como el de sus equivalentes italianos, judíos,
alemanes y franceses— al campo cultural argentino fue, sin duda, de gran importancia.
Sin embargo, es imposible pretender que dichos personajes y sus valiosas aportaciones
podrían haber trascendido el radio de influencia más inmediato, sin que huieran madu-
rado y “sincronizado” todavía los diferentes contextos políticos, ideológicos, diplomáti-
cos y demográficos que permitieron replantear globalmente las relaciones bilaterales, y
que, a la postre, definieron las condiciones de posibilidad para el reestablecimiento de
las relaciones intelectuales.
La significatividad de aquellas experiencias del primer exilio republicano —que
sin duda es necesario rescatar del olvido— no se halla menguada por el hecho de que no
se la equipare con las experiencias del período 1909-1936. Por el contrario, la importan-
cia de aquellos personajes y de sus aportes no deviene, en la mayoría de los casos cita-
dos, de su propio “peso específico”, sino de su contribución directa a la conformación
de aquellos contextos propicios. En ese sentido, pese a que estos personajes no hubieran
alcanzado el relieve público o histórico que adquirieron otras figuras intelectuales espa-
ñolas y que sus iniciativas no se hubieran realizado en el momento más propicio para
ser mejor valoradas, no quiere decir que su aporte hubiera caído en saco roto. Su valor
radica en que fueron abonando el terreno para que fructificara el verdadero cambio de
tendencia en el terreno de las relaciones intelectuales hispano-argentinas que recién se
verificaría durante la coyuntura finisecular y el Centenario, y para la cual, el viaje ame-
ricanista de la Universidad de Oviedo, resultaría decisivo.

2.- Consideraciones historiográficas acerca del viaje de Altamira y líneas de la pre-


sente investigación

2.1.- La mirada de los historiadores españoles y argentinos


El viaje de Altamira no ha sido demasiado estudiado por la historiografía espa-
ñola y menos aún por la historiografía argentina o americana. Incluso podría decirse
que, como episodio, esta magnífica empresa cultural, tan apreciada en sus días, se ha
ido diluyendo hasta extraviarse de la consideración de los historiadores. Este dilución
no ha tomado, la mayor de las veces, la forma absoluta del olvido, aunque se ha mani-
festado en la subsunción de la campaña americanista de 1909-1910 en otros procesos y
en la devaluación progresiva de su importancia histórica como acontecimiento desenca-
denante de un turning point en la historia intelectual argentina.
La irrelevancia que ha cobrado esta empresa a los ojos de nuestros contemporá-
neos puede juzgarse como un fenómeno tan sorprendente como fue —en un orden pro-
porcionalmente inverso— la magnitud que cobró, en su momento, la valoración del
propio hecho. De todos modos, teniendo en cuenta la repercusión contemporánea de la
embajada intelectual ovetense y la inexistencia de precedentes relevantes, es muy difícil
no ver en el periplo de Altamira un acontecimiento clave en la historia de las relaciones

179
intelectuales, culturales e incluso políticas entre España y América en general y entre
España y Argentina en particular.
Pese a lo incomprensible que pueda resultar, lo cierto es que el viaje americanis-
ta no ha ocupado un lugar relevante en la historiografía. Este injustificado relegamiento
puede explicarse, sin embargo, a partir de una conjunción de circunstancias ideológicas,
políticas e historiográficas de ambos lados del Atlántico.
Por un lado, puede detectarse en la historiografía argentina un secular desinterés
por las influencias hispánicas liberales y reformistas, ajenas al canon confesional, con-
servador o fascistoide del hispanismo argentino. Desinterés que no sólo responde a la
apropiación derechista del hispanismo en Argentina, sino también a una distribución
esquemática de las fuentes ideológicas del liberalismo y del pensamiento anti-liberal
argentinos que aún está en vías de superarse.
Por otro lado, desde un punto de vista español, la consideración y evaluación del
viaje americanista ha estado comprometida de forma clara o difusa, con las líneas de
valoración y evaluación críticas que los historiadores han hecho del “Grupo de Oviedo”,
de la “Extensión universitaria”, a su vez enmarcados en las consideraciones acerca del
reformismo liberal republicano español y del regeneracionismo.
Antes de proseguir sería necesario recordar que cualquier aproximación seria y
científica a la historia contemporánea española ha tenido una seria interdicción política
a partir de la resolución de la Guerra Civil en la dictadura franquista, de sus represiones,
persecuciones y proscripciones —de las que también fue víctima directa Rafael Altami-
ra—, de sus censuras y “clausuras” que afectaron a un considerable número de temáti-
cas, problemáticas y enfoques historiográficos484. Del efecto concreto de estas interdic-
ciones sobre la consideración de la experiencia reformista finisecular de la Universidad
de Oviedo, de sus principales protagonistas y de sus iniciativas sociales, intelectuales y
culturales hasta bien entrados los años sesenta, ha dado cuenta Santiago Melón Fernán-
dez:
“conviene decir que en esos años 1959-61 el horno académico no estaba para muchos bollos y
eran muy pocos los que —sin afán denigratorio— trataban del krausismo, de la Institución Libre
de Enseñanza y de sus inevitables connotaciones ideológicas: ética laica, ideario republicano,
etc. etc. Creo —salvo opinión en contrario— que en la España de posguerra no se había publica-
do nada relevante sobre tales asuntos. Poco después, cuando mi trabajo estuvo ya hecho apareció
el valioso libro de Vicente Cacho Viú, los rigurosos trabajos de Gómez Molleda, y algunos otros.
En lenguaje cinegético diríamos que se levantó la veda, o mejor que se rompió —no se por
qué— un tabú. El lector no debe pensar, sin embargo, que yo tropezaba con obstáculos o dificul-
tades que pudieran llamarse políticas; nada de eso hubo. En la Biblioteca Nacional me sirvieron
amablemente todo lo que pedí, incluidos los voluminosos e incómodos Boletines de la Institu-
ción que repasé cuidadosamente. No se trataba, pues, de un tema prohibido, sino de un tema si-
lenciado, relegado al olvido, a una especie de dammatio memoriae generalizada. Los que sabían
bien de qué se trataba —había muchos que habían vivido los buenos tiempos de la Institución,
del Instituto-Escuela y de la Residencia de Estudiantes— no consideraban prudente rememorar-

484
Ver: Gonzalo PASAMAR e Ignacio PEIRÓ, Historiografía y práctica social en España, Zaragoza, Pren-
sas Universitarias de Zaragoza, 1987, pp. 65-92.

180
los. Aquí funcionó eficacísimamente la que Juan Cueto Alas llamó tercera censura. Nadie
hablaba del asunto y todos en paz.” 485

El fin de la dictadura y la experiencia de la transición distendió progresivamente


el escenario político, aunque no disolvió de inmediato la polarización del escenario
ideológico español, surcado por tradiciones intelectuales cristalizadas, como consecuen-
cia de la suspensión del libre juego de las ideas durante cuarenta años. En este contexto
se entiende que hayan subsistido dificultades para asimilar las experiencias liberales
heterodoxas, tanto por parte de la intelectualidad de izquierdas, como por parte de la
opinión conservadora y confesional.
La intelectualidad liberal reformista, laica, republicana y democrática; sensible
al problema social; dispuesta a ilustrar a la clase obrera y partidaria de su plena incorpo-
ración al sistema político burgués; pragmática y negociadora pero sinceramente com-
prometida con un ideal patriótico y modernizador en lo político, social, económico y
cultural; alejada de los extremos y ella misma resultado de un compromiso entre Ilustra-
ción y Romanticismo y entre las formulaciones ideales de la revolución y la inercia del
statu quo; nunca fue reclamada decididamente por ninguna de las grandes tradiciones
políticas e ideológicas españolas, que siempre la miraron con una mezcla de recelo y
menosprecio486.
Este condicionamiento ideológico y no pocos prejuicios, se trasladaron a la pro-
pia historiografía, más atraída por —o comprometida con— la experiencia de los secto-
res más radicalizados del arco político e intelectual español, que por quienes parecían
sustraerse al encasillamiento inmediato que ofrecían los epítetos de “nacionales” y “ro-
jos”. Este obsceno rasgo de insumisión a la lógica de la Guerra Civil —lógica tanto
retrospectiva como prospectiva que dominó por décadas el entendimiento de la historia
peninsular— condicionó una serie de actitudes historiográficas que poco contribuyeron
al entendimiento de estos intelectuales.
Estas orientaciones, muy influenciadas ideológicamente, conllevaron en primer
lugar, el intento de reducir esta anomalía asimilando a estos sectores a alguno de los
polos del enfrentamiento fraticida, convirtiéndolos en instrumentos al servicio —más o
menos consciente, más o menos directo— de la revolución comunista o de la reacción
fascista. En segundo lugar, favorecieron un “olvido” o marginamiento sintomático de

485
Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, “Prólogo” a: ID., Estudios sobre la Universidad de Oviedo, Gijón, Vi-
cerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo, 1998, pp. 12-13.
486
Aunque desde otro punto de vista del que aquí planteamos, Juan Sisinio Pérez Garzón ha llamado la
atención acerca del peligro actual de relegar al republicanismo español “a una alternativa de escaso con-
tenido político y social”, debido a la presente coyuntura política en que la monarquía borbónica disfruta,
por primera vez, de un amplio consenso social y el apoyo de derechas e izquierdas tras el proceso de
Transición. El peligro de olvidar o reducir el republicanismo a una expresión anacrónica y sentimental
existe pese a que, sin el republicanismo, no puede entenderse la recuperación avanzada y popular de los
principios de libertad, igualdad y fraternidad y el avance del reformismo social durante la Restauración.
Política que terminaría dando lugar a la confluencia republicano-socialista desde 1910 y a los ambiciosos
programas de reformas de la II República frustrados por el golpe de estado de 1936. Ver: Juan Sisinio
PÉREZ GARZÓN, “El republicanismo, alternativa social y democrática en el Estado liberal”, en: Jorge
URÍA, (coord.), Institucionismo y reforma social en España, Op.cit., p. 25.

181
estos personajes, sus ideas y sus acciones, de las preocupaciones historiográficas domi-
nantes antes y después de la dictadura.
Sin embargo, es necesario indicar que en los últimos años y coincidiendo con al-
gunas efemérides convenientes, se ha sumado una considerable masa bibliográfica que
incide directa o indirectamente en el estudio de estos intelectuales y de sus coyunturas
históricas, ideológicas y políticas. Así, y al margen de unos aportes realmente consisten-
tes487, luego de la proscripción y del olvido de derechas; luego del menosprecio y del
olvido de izquierdas; parece despuntar una nueva operación ideológica consistente en
mutilar y manipular esta experiencia, recortando aquellos aspectos que resulten funcio-
nales a la actual configuración política española.
Así vemos que desde el campo intelectual español se intenta rescatar a la vez
que resignificar, ora el patriotismo español, ora la lealtad para con la idea del Estado y
su legalidad democrática, que alentaba la acción pública de la mayoría de estos hom-
bres. Esta recuperación selectiva por parte de los sectores comprometidos con el soste-
nimiento de la Constitución de 1978, puede entenderse como un recurso eficaz para
confrontar ideológicamente con los nacionalismos periféricos desde una posición que
no reclame compromiso alguno con el nacionalismo franquista.
Claro que reclutar retrospectivamente a estos intelectuales no resulta una tarea
exenta de riesgos y sinsabores para el centro-derecha o para la socialdemocracia españo-
las; sobre todo cuando este tipo de recuperación implica para unos, olvidar el progre-
sismo, la sensibilidad obrerista y el ostracismo o exilio forzoso al que se sometió a mu-
chos de estos intelectuales; para otros, olvidar la adscripción liberal y burguesa de estos
personajes; y, para ambas tendencias, el republicanismo y la apuesta estratégica por un
eje hispano-americano, que mal encaja con el europeísmo que ha abrazado progresiva-
mente buena parte de la intelligentzia y la mayor parte de la clase política española des-
de 1982.
En una España como la actual, impugnada como Nación e incluso cuestionada
como Estado, tanto la lengua como la historia son terrenos de combate político e ideo-
lógico entre nacionalistas de distintas lealtades y quienes intentan encontrar alternativas
frente al rancio españolismo y a los chauvinismos periféricos488. Sólo en un contexto
crispado por estas tensiones, un informe de la Real Academia de la Historia (RAH) pu-
do haber desencadenado una agria controversia política y mediática489; o la reedición de

487
Respecto de una valoración ajustada de la doctrina y de las fuentes ideológicas del reformismo finise-
cular español, desprovista de moralismos aleccionadores y juicios de valor post-facto acerca de la viabli-
lidad política del ideario de estos hombres, cabe destacar el estudio de Manuel SUÁREZ CORTINA, “Re-
formismo laico y «cuestión social» en la España de la Restauración”, en: Jorge URÍA (Coord.),
Institucionismo y reforma social en España, Op.cit., pp. 38-65.
488
Respecto de la incidencia de las tensiones inter-nacionales españolas y su reflejo en la enseñanza de la
historia puede verse: Julio VALDEÓN BARUQUE, “La enseñanza de la historia de España”, en: Boletín de la
Real Academia de la Historia, Tomo CC, cuaderno III, septiembre-diciembre 2003, pp. 359-371.
489
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, “Informe sobre los textos y cursos de Historia en los centros de
Enseñanza Media”, Madrid, 23-VI-2000 [en línea], extraído de: Fundación Gustavo Bueno, Proyecto
Filosofía en Español, http://www.filosofia.org/his/h2000ah.htm, [Consultado: 2-VI-2002]. El mismo texto
puede consultarse en: http://www.ua.es/hum.contemporaneas/Contemporanea/textocompleto.htm. [Con-
sultado: 2-VI-2002]. Parte de la polémica puede seguirse a través de los siguientes artículos: “Aznar re-

182
la Historia de España y de la civilización española de Rafael Altamira490 pudo haber
captado el interés del entonces presidente del Gobierno, quien se hiciera cargo del cierre
de un acto de presentación al que asistieron familiares del autor, historiadores como
Rafael Asín y Juan Pablo Fusi, además de otros funcionarios del área cultural y persona-
jes del mundo editorial491.
Dado que esta presencia política de primerísimo nivel —comúnmente reservada
para acontecimientos culturales o editoriales relacionados con los clásicos literarios o
determinados personajes históricos— no suele movilizarse tras la reedición de obras
demasiado “viejas”, cultas y voluminosas de historiadores decimonónicos, cabría pre-
guntarse pues, si alguna otra obra de Altamira, con un título menos funcional al momen-
to político presente y menos susceptible de ser utilizado como un instrumento polémico,
hubiera suscitado tanto interés como para ocupar la agenda de un presidente de gobier-
no. Máxime aun cuando las filiaciones políticas e ideológicas de este presidente se rela-

chaza el debate con sesgo político” [en línea], en: El Mundo, Madrid, 30-VI-2000, extraído de:
http://www.el-mundo.es/2000/06/30/index.html [Consultado: 2-VI-2002] Borja DE RIQUER I
PERRMANYER, “Pluriculturidad e historia” [en línea], en: El País, Madrid, 25-VI-2000; “Los historiadores
toman la palabra. Cinco catedráticos analizan la enseñanza de la Historia y la Reforma prevista por el
Gobierno” [en línea], en: El País, Madrid, 25-VI-2000, ambos extraídos de:
http://www.didacticahistoria.com/ccss/ccss18.htm, [Consultado: 2-VI-2002]; Joaquim PRATS, “La ense-
ñanza de la Historia” [en línea], en: La Vanguardia, Madrid, 27-VI-2000, extraído de:
http://www.didacticahistoria.com/ccss/ccss23.htm, [Consultado: 2-VI-2002]; Joaquim PRATS, “La ense-
ñanza de la Historia: un debate mal planteado” [en línea], en:
http://www.didacticahistoria.com/ccss/ccss23.htm, [Consultado: 2-VI-2002]; “Historia como polémica.
La ministra de Cultura, Educación y Deportes pide que el informe no se utilice como un arma arrojadi-
za”, en: La Verdad, Madrid, 29-VI-2000; “Gobierno vasco: es ofensivo y de juzgado de guardia”, en: La
Verdad, Madrid, 29-VI-2000; “Jordi Pujol: el informe recuerda épocas pasadas”, en: La Verdad, Madrid,
29-VI-2000; “Sindicato de estudiantes: El PP también hace lo mismo”, en: La Verdad, Madrid, 29-VI-
2000; “Concapa: se crean millones de analfabetos”, en: La Verdad, Madrid, 29-VI-2000; “Catedráticos y
profesores afirman que se queda corto”, en: La Verdad, Madrid, 29-VI-2000; “Los editores denuncian la
censura autonómica”, en: El Mundo, Madrid, 29-VI-2000; “Los profesores de historia critican la escasa
precisión del informe de la Academia. Los numerarios catalanes aseguran que fueron excluidos de la
elaboración del estudio” , en: El País, Madrid, 29-VI-2000; “Los editores piden un estudio más detalla-
do”, en: El País, Madrid, 29-VI-2000; “Del federalismo alemán al centralismo francés”, en: El País, Ma-
drid, 29-VI-2000; “Ideas nacionalistas favorecedoras del racismo”, en: El País, Madrid, 29-VI-2000; “El
PP pide al gobierno que haya una supervisión previa de los libros de texto” [en línea], en: El Mundo,
Madrid, 30-VI-2000, http://www.el-mundo.es/2000/06/30/index.html, [Consultado: 2-VI-2002].
490
Rafael ALTAMIRA, Historia de España y de la civilización española, II Vols., Barcelona, Crítica,
2001.
491
“Un libro y una exposición recuperan la mirada totalizadora de Rafael Altamira. Se reedita Historia de
España y de la civilización española, la gran obra de un renovador”, en: El País, Madrid, 5-II-2002, p. 28.
Pueden consultarse también los siguientes artículos de prensa: “Quienes utilizan la historia como piedra
arrojadiza tienen nostalgia de la caverna”, ABC, Madrid, 5-II-2002, p. 44; “Aznar considera que Rafael
Altamira hizo de la erudición un acto de patriotismo”, en: El Mundo, Madrid, 5-II-2002, p. 47; “Aznar:
Aún permanece el riesgo de utilizar la historia y su enseñanza para fomentar el odio”, en: La Razón,
Madrid, 5-II-2002, p. 24. Para otra perspectiva: “Homenatge a L’Historiador Rafael Altamira. Aznar
acusa els nacionalistes de falsejar la història” [en línea], en: El Periódico de Catalunya, 5-II-2002
(ed.digital),
http://www.elperiodico.com/online/apuntador.asp?data=ed020205&idioma=CAT&publicacion=catalunya
&urlname=http://www.elperiodico.com/EDICION/ED020205/CAT/CARP01/tex020.asp&af=, [Consul-
tado, 10-VI-2002]. Como artículos de opinión pueden consultarse: Xuan CÁNDANO, “Altamira, el PSOE,
el PP y la postizquierda”, en: La Nueva España, Asturias, 18-II-2002; Luis HUERTAS, “Una o dos caver-
nas” [en línea], en: El Correo de Encuentros. Revista quincenal del Club de Opinión Encuentros, Nº 85,
20-II-2002, http://www.opinion-encuentros.org/correo/0085.htm, [Consultado: 10-VI-2002].

183
cionan directamente con quienes hostilizaron permanentemente y luego forzaron la
proscripción, el exilio y la censura sobre las obras de Altamira y otros intelectuales libe-
rales y republicanos.
Durante este evento, José María Aznar, utilizó la ocasión para elogiar al alican-
tino por hacer de la erudición “una expresión de patriotismo”, y fustigar tácitamente la
política educativa de sus adversarios nacionalistas catalanes y vascos, afirmando que
“quienes utilizan la Historia como piedra arrojadiza ponen en evidencia al final una en-
fermiza nostalgia por la caverna bien distante de la cultura humana y civilizada”492.
Para Aznar, la ejemplaridad de la obra de Altamira radicaba en su aproximación
serena y ecuánime al pasado de España, una condición fundamental para tomar con-
ciencia de la valía de esta nación. El reporte periodístico de su discurso no deja dudas
de la inscripción de este evento dentro de los rifirrafes cotidianos provocados por la
política de comunicación del gobierno de mayorías absolutas del PP:
“aseguró Aznar que hoy son muchos los motivos para que los españoles miren su pasado sin
complejos, aunque señaló que, «desgraciadamente», aún no han desaparecido algunos «riesgos»
apuntados por el propio Altamira sobre la utilización de la Historia y su enseñanza «como ins-
trumento para fomentar el desprecio o el odio». […] Aznar se refirió a la reivindicación por parte
de Rafael Altamira de una España «cruce de pueblos y culturas que habían sabido ofrecer su
propia contribución al ideal de civilización» y dijo que este historiador no eludió una respuesta
clara a la pregunta de «¿qué somos los españoles?». Al respecto, el jefe del Ejecutivo señaló que
nadie puede pretender una respuesta única y cree que la suma de todas las contestaciones es una
«garantía de futuro».” 493

492
“Presentación del libro «Historia de España y de la Civilización Española». Aznar critica el uso de la
Historia como una «enfermiza nostalgia por la caverna»”, en: La Estrella Digital [en línea], Madrid, 5-II-
2002, http://www.estrelladigital.es/020205/articulos/cultura/aznar.htm [Consultado: 10-VI-2002].
493
Ibídem. Las consideraciones de Aznar —en absoluto desatinadas por lo que a sus contenidos generales
se refiere, aun cuando expresadas en un lenguaje demasiado atado a la inmediata puja partidaria— fueron
refrendadas, de diferentes maneras, por algunos de los historiadores y funcionarios presentes en el acto.
Sin pretender prejuzgar la cultura historiográfica del entonces Presidente de Gobierno, muy probablemen-
te sus palabras reflejaran, en un lenguaje propio, las consideraciones del historiador y especialista en
Altamira, Rafael Asín. Palabras irreprochables y, a la vez, particularmente propicias para ser rescatadas
en aquellas circunstancias y alimentar un debate político desde presupuestos afines a los del partido go-
bernante y expresados, también sin complejo alguno: “El pensamiento político y social de Altamira pre-
tende para España el mismo modelo que para el resto de la comunidad internacional. Ésta, además, resol-
vería sus conflictos a través del derecho y la paz; fomentaría modelos educativos tendentes a conseguir la
comprensión y la colaboración; entendería el devenir histórico y abordaría la construcción de unanueva
realidad desde un conocimiento realista de los conflictos, pasados y presentes, en clave de entendimiento
y superación de antiguos errores. Una apuesta por la democracia y la razón. Como es lógico, este modelo
ideal tenía una concreción en nuestro país, a cuyas circunstancias reales se adaptaría, sin rebajar un ápice
sus exigencias. Altamira defendía un patriotismo que abarcaba una definición plural pero defendía tam-
bién la vigencia de la realidad política de nuestro Estado. Creía, sin falsos complejos ni miedo a ser asimi-
lado a los sectores más inmovilistas, en una realidad llamada España.” (Rafael ASÍN VERGARA, “La re-
forma de la sociedad a través de la educación”, en: Rafael Altamira. Biografía de un intelectual, 1866-
1951, —Catálogo de la Exposición organizada bajo ese nombre por la Fundación Francisco Giner de los
Ríos y la Residencia de Estudiantes, entre diciembre de 2001 y febrero de 2002—, Madrid, 2002, p. 28).
Este tipo de evento, que no constituye el ambiente cotidiano para el historiador, da pié para ciertos resba-
lones anacrónicos, incluso entre los más doctos y probos especialistas. Resbalones siempre agradecidos
—y hasta a veces demandados— por quienes pretenden extraer de la historia un argumento directo que
apuntale sus posiciones políticas en el presente. Así, pues, el entusiasmo por la magnífica puesta en esce-
na ofrecida por la Exposición y el deseo de reforzar la idea de “actualidad” del pensamiento de Altamira
—y quizás, también, la intuición de que la muestra contaría con la presencia de altos cargos—, llevó a

184
La interferencia de unos condicionantes provenientes de una evolución historio-
gráfica e ideológica de mediano plazo y también de la presente coyuntura política espa-
ñola, han afectado el debido estudio de esta intelectualidad liberal y republicana, así
como el de sus figuras individuales. En este sentido, se entiende que el análisis de la
vida y la obra de Altamira haya sufrido por los avatares de aquella sinuosa historia de
proscripciones, olvidos y menosprecio, y por los de esta coyuntura de exhumaciones
selectivas. De allí que, por extensión, el “americanismo” como programa intelectual y
político y el viaje continental que Altamira protagonizara entre 1909 y 1910 como re-
presentante del “Grupo de Oviedo” no hubiera suscitado mayor interés durante mucho
tiempo y aún hoy no logre ser considerado como un fenómeno significativo susceptible
de ser analizado en profundidad y con relativa independencia.
Aun cuando es verdad que se manifiestan actualmente serios intentos de recupe-
ración del pensamiento de Altamira, resulta significativo que las dos obras que recien-
temente han sido objeto de interés por parte de la historiografía y del mundo político y
editorial se relacionen con sus investigaciones de historia española y de pedagogía his-
tórica y no con su importantísimo perfil como americanista. Entendiendo que en la ac-
tualidad el americanismo está cada vez más lejos de formar parte de las inquietudes cen-
trales del mundo intelectual y político español, resulta más comprensible el sesgo con el
que se pretende recuperar la figura de Altamira; y el hecho de que, aún hoy, los histo-
riadores españoles no logren ver en el periplo hispanoamericano un acontecimiento ex-
traordinario que merece superar el tratamiento marginal, subordinado o meramente ilus-
trativo que hasta ahora ha recibido.
Muy escasa y desigual en su grado de profundidad e interés es la bibliografía
que ha rescatado al viaje americano de Rafael Altamira, pese a lo cual podríamos divi-
dirla en tres conjuntos.
En primer lugar, tenemos un breve estudio, publicado originalmente como libro
en 1987 por Santiago Melón Fernández494 y que fuera incluido, posteriormente, en una
compilación de sus trabajos acerca de la historia de la Universidad asturiana que se edi-

Asín el anacronismo de elogiar al alicantino por su valentía al asumir “sin falsos complejos”, la “vigencia
de la realidad política de nuestro Estado… una realidad política llamada España”. Esta osadía, de ser tal,
sólo lo sería en el presente y para los políticos del centro-derecha que intentan formular un neopatriotismo
español ajustado a los requisitos de la convivencia democrática, luego de décadas en que las expresiones
autoritarias del españolismo —con la que ellos mismos se han filiado— reprimieran cualquier atisbo de
pluralidad identitaria o ideológica. Por eso mismo, tal osadía no puede ser adjudicada retrospectivamente
a Altamira, ni ubicada en el momento histórico en que éste desarrolló su pensamiento patriótico y demo-
crático. Momento en el que el nacionalismo español despuntaba en el escenario ideológico peninsular,
como una expresión moderna y modernizadora de un ideal de regeneración y en el que no había sido
expropiado, todavía, por el fascismo, ni por los “sectores más inmovilistas”. Evocar, pues, tal identidad
de posturas e intereses entre el patriotismo de Altamira y el neopatriotismo actual del centro-derecha
español, no sólo se parece demasiado a una operación política de legitimación, sino que raya en la mani-
pulación obscena de la figura de un exiliado político de la Dictadura y en la deformación de la historia en
beneficio de unos intereses que nada tienen que ver con su conocimiento y que, por lo tanto, nunca debe-
rían contar con la complacencia de un historiador.
494
Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, El viaje a América del profesor Altamira, Op.cit.

185
tara en 1998, en ocasión de la conmemoración del Centenario de la Extensión Universi-
taria ovetense495.
Es de lamentar que en este solitario estudio, Melón se interesara más por rescri-
bir los hitos del periplo, más que por analizarlos, recurriendo a la documentación com-
pilada por Rafael Altamira en Mi viaje a América y por la comisión de homenaje ove-
tense en España-América. Así, este trabajo se limitó al resumir y esquematizar la
información ya disponible, aderezada acaso con ciertas revelaciones interesantes, alguna
agudeza y con la ironía punzante, propias del estilo de Melón. Sin embargo, es necesa-
rio destacar que este estudio enriqueció el tema a través de la indagación de fuentes de
prensa asturiana, reconstruyendo el debate que suscitó la empresa ovetense en su lugar
de origen, así como su tardío rebrote en las páginas de El Carbayón.
En segundo lugar, tenemos el conjunto de estudios que han tomado en conside-
ración el viaje americanista con diverso grado de interés y profundidad, pero siempre en
función del estudio de otros problemas, tales como la historia de la Universidad de
Oviedo; la historia del hispano-americanismo o la historia intelectual hispanoamericana
y argentina.
Por supuesto, dentro de este grupo sólo podemos considerar aquellos trabajos
que hayan ido más allá de la simple mención ocasional del viaje americanista, ya sea
relacionándolo felizmente con algún otro fenómeno, aportando alguna interpretación
relevante o contextualizándolo ajustadamente.
Un de los trabajos que deben ser considerados de esta manera, es la investiga-
ción pionera de Santiago Melón Fernández, presentada en 1961 bajo la dirección de
Santiago Montero Díaz496, como memoria de licenciatura en la Sección Historia de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Cental de Madrid (UCM)497. Este estu-
dio, dedicado a la experiencia del Grupo de Oviedo, dedicaba su apartado XII al periplo
americanista. Este apartado, claro antecedente del ensayo de 1993, se limitaba a organi-
zar la información relacionada con la iniciativa de Canella y el posterior recibimiento de
Altamira en España, una vez concluida la empresa. El interés de Melón, en este caso,
era utilizar argumentativamente un acontecimiento que consideraba político antes que

495
Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, Estudios sobre la Universidad de Oviedo, Op.cit., pp. 115-173.
496
Santiago Montero Díaz (1911-1985) cumplió un sinuoso recorrido ideológico que lo llevó del comu-
nismo a las J.O.N.S. —previo paso por Alemania en 1933— y luego a una nueva y progresiva radicaliza-
ción de izquierdas desde 1965. En Madrid fue director de la tesis doctoral de Gustavo Bueno Martínez
“Fundamento formal y metarial de la moderna filosofía de la religión” (1947) y de Santiago Melón Fer-
nández titulada “Política y religión en la sociología de Durkheim” (1963). Actualmente puede consultarse
en la WEB una suscinta biografía intelectual de Montero Díaz (FUNDACIÓN GUSTAVO BUENO, Proyecto
Filosofía en Español (Oviedo), “Santiago Montero Díaz” 1911-1985 [en línea],
http://www.filosofia.org/ave/001/a020.htm [Consultado: 2-VI-2002]) y algunos textos de su autoría como
Los separatismos, Valencia, Cuadernos de Cultura, 1931 (Id., Ibíd.,
http://www.filosofia.org/his/h1931a2.htm); Fascismo, Valencia, Cuadernos de Cultura, 1932
(http://www.filosofia.org/his/h1932a1.htm) y La Universidad y los orígenes del Nacional-Sindicalismo,
Discurso de apertura del año académico 1939-40, Murcia, Universidad de Murcia, 1939
(http://www.filosofia.org/his/h1939md.htm).
497
Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, Un capítulo en la historia de la Universidad de Oviedo, Oviedo, IDEA,
1963. Esta obra fue incluida en Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, Estudios sobre la Universidad de Oviedo,
Op.cit., pp. 17-85.

186
académico, como el “compendio magnífico” del movimiento ovetense y como el broche
de oro de una experiencia extraordinaria.
En 1967, apareció publicada la conferencia que Luis Sela Sampil pronunciara en
el austero homenaje que se tributara a Altamira en el centenario de su nacimiento en el
paraninfo de la Universidad de Oviedo. En esta conferencia se hizo hincapié en el idea-
rio y la trayectoria americanista e internacionalista de Altamira. Desde este punto de
vista, el viaje americanista ovetense era convocado como testimonio ilustrativo del
compromiso ideológico y práctico de Altamira para con la confraternidad hispano-
americana498.
En 1971, el historiador norteamericano Frederick Pike publicó Hispanismo,
1898-1936, un importante estudio de historia intelectual y de historia de las ideas, en el
que se encuadra el hispanoamericanismo peninsular en las líneas de tensión del campo
intelectual e ideológico español. De esta forma, Pike distingue una vertiente conserva-
dora y otra liberal en pugna por definir el americanismo adecuado y por controlar la
reconstrucción de los vínculos intelectuales entre España y sus antiguas colonias. En
este marco, las “misiones” de Altamira y Posada en América deberían ser vistas desde
la doble perspectiva de la lucha de los liberales por imponer una modernización y am-
plificación de la cultura española y de la voluntad de proyectar en América una imagen
de una España progresista capaz de atraer a las elites políticas e intelectuales hispanoa-
mericanas y de conformar un bloque cultural, político e ideológico a ambos lados del
Atlántico499.
En 1987, el Instituto de Estudios Juan Gil Albert organizó en Alicante una reco-
nocida exposición en homenaje a Rafael Altamira, que dio lugar a un magnífico catálo-
go en el que no sólo se reproducía material gráfico de interés, sino en el que se organi-
zaba concienzudamente los datos y documentos conocidos y desconocidos —recogidos
de los archivos familiares y de los conservados en Oviedo y Alicante— de la trayectoria
pública del profesor ovetense. En este catálogo, dedicaba un importante capítulo a la
experiencia ovetense y al viaje americanista del cual es posible extraer importante in-
formación puntual sobre los hitos y aspectos más curiosos del periplo500. Al tiempo que
se realizaba esa exposición, la misma institución organizó un Simposio en Alicante en-
tre el 24 y el 27 de febrero, del cual saldría una compilación de estudios sobre los diver-
sos aspectos de la vida profesional y del pensamiento de Altamira501. En este volumen
se prestó poca atención a la campaña americanista, si bien su americanismo era objeto
de interesantes reflexiones, como en el artículo de Justo Formentín y María José Ville-

498
Luis SELA SAMPIL, “Rafael Altamira, americanista e internacionalista”, en: José María MARTÍNEZ
CACHERO, Luis SELA SAMPIL y Ramón PRIETO BANCES, Homenaje a Rafael Altamira en su centenario
(1866-1966), Oviedo, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 1967, pp. 23-36.
499
Frederick B. PIKE, Hispanismo,1898-1936. Spanish Conservatives and Liberals and their relations
with Spanish America, Notre Dame (Indiana), University of Notre Dame Press, 1971. Ver los capítulos
dedicados al liberalismo (pp. 103-127 y 146-165) y en especial la sección destinada a Altamira y Posada
(pp. 152-157).
500
AA.VV., Rafael Altamira 1866-1951, Op. Cit.
501
Armando ALBEROLA (Ed.), Estudios sobre Rafael Altamira, Alicante, Op.cit.

187
gas502 donde se sacaba a la luz la existencia de una documentación inédita relacionada
con las convicciones metodológicas de Altamira y generada durante su viaje por la Re-
pública Argentina503.
En los años noventa, en relación con el quinto centenario del descubrimiento, la
temática americanista recibió un fuerte impulso en España. En ese marco aparecieron
estudios que evaluaron las relaciones hispano-americanas e hispano-argentinas que no
siempre valoraron en su justa medida la importancia de la labor de Altamira y la Uni-
versidad de Oviedo a principios del siglo XX504. Sin embargo, un libro de la Colección
1492 de la Editorial Mafpre, dedicado al estudio de las relaciones culturales hispano-
americanas a través de la labor de la JAE de Madrid, sin aportar nada nuevo respecto
del acontecimiento que nos ocupa, logró situar acertadamente al viaje americanista ove-
tense en el punto de partida de un nuevo y fructífero circuito de intercambio intelectual
entre la Península y Latinoamérica. Pese a este indudable acierto, sus autores considera-
ron la labor de Canella y Altamira como precursora de la verdadera labor de intercam-
bio llevada a cabo por la JAE, antes que como un primer paso efectivo e inaugural de
las nuevas relaciones intelectuales hispano-americanas505. Pese a lo estimulante de este
replanteo, la consideración del viaje no varió sustancialmente en la valoración historio-
gráfica española.
En 1993, Santiago Melón Fernández, retomó el tema, asumiendo la existencia de
diferentes expresiones del americanismo español, proponiendo un esquema diferente del
de Pike, basado en la sucesión de tres etapas, la de un americanismo positivo o colonia-
lista; la de un americanismo filosófico —cuyos representantes conspicuos sería Labra y
Altamira— y la de un americanismo teológico506. En 1994, Julio Vaquero y Jesús Mella,
propondrían prestar más atención a las relaciones entre el regeneracionismo y el ameri-
canismo ovetense, llevado a su máxima expresión teórica y práctica por Rafael Altamira
entre 1898 y 1910. En este estudio, ambos autores asumían las posiciones de Melón

502
Justo FORMENTÍN y María José VILLEGAS, “Altamira y la Junta para ampliación de estudios e investi-
gaciones científicas”, en: Armando ALBEROLA (Ed.), Estudios sobre Rafael Altamira, Op.cit., pp. 175-
207.
503
Juan José CARRERAS ARES, “Altamira y la historiografía europea”, en: Armando ALBEROLA (Ed.),
Estudios sobre Rafael Altamira, Op.cit., pp. 395-423.
504
Un buen ejemplo del abordaje fragmentado y marginal de la campaña americanista ovetense es el que
ofrece el siguiente tratado: Rafael SÁNCHEZ MANTERO, José Manuel MACARRO VERA y Leandro
ÁLVAREZ REY, La imagen de España en América 1898-1931, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de
Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1994. La obra ya citada de Daniel Rivadulla Barrientos tampo-
co presta demasiada atención al viaje de Altamira ni registra ninguna consecuencia práctica de su prédica
hispano-americnaista. Para completar este panorama, el importante estudio de Carlos M. RAMA, Historia
de las relaciones culturales entre España y la América Latina. Siglo XIX, Madrid, Fondo de Cultura Eco-
nómica, 1982, ignora incomprensiblemente la empresa ovetense.
505
Justo FORMENTÍN IBÁÑEZ y María José VILLEGAS SANZ, Relaciones culturales entre España y Améri-
ca: la JAE (1907-1936), Madrid, Mafpre, 1992, pp. 48-51.
506
Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, “Las grandes etapas del hispano-americanismo” (1993), en: ID., Estu-
dios sobre la Universidad de Oviedo, Op.cit., pp. 205-227. El viaje de Altamira también fue tratado tan-
gencialmente en: Santiago MELÓN FERNÁNDEZ, “Prólogo” a: Fermín CANELLA SECADES, Historia de la
Universidad de Oviedo y noticias de los establecimientos de enseñanza de su distrito (Asturias y León), 2ª
edición facsimilar de la 3ª edición reformada y ampliada de 1903-1904, Oviedo, Universidad de Oviedo,
1995, pp.VII-XIX.

188
Fernández en cuanto a que en este viaje “no todo fueron luces sino que también hubo
sombras”. De allí que, luego de aportar nuevos datos acerca de las polémicas que la
misión de Altamira había desatado en la colonia española en Cuba, Vaquero y Mella
llamaran la atención acerca de la necesidad de “volver sobre el viaje profundizando en
el análisis del contenido de la labor académica, cultural y de propaganda” que realizara
Altamira507.
En 1999, el profesor de la Universidad de Oviedo, Santos Coronas González pu-
blicó un artículo en el que —siguiendo los documentos éditos y algunos inéditos del
propio Altamira y los escritos de Melón Fernández— analizaba la relación entre Alta-
mira y el “americanismo científico”. Este matiz, a la vez que etapa de una evolución
ideológica, vendría a superar, en inspiración, al indianismo colonial y sus remedos ana-
crónicos y, en practicidad, al americanismo retórico de la segunda mitad del XIX, tal
como lo probaría la eficacia del viaje de Altamira por el Nuevo Mundo508. Coronas se
ciñó a la descripción del viaje y de la trayectoria americanista de Altamira, si bien avan-
zó en la consideración del período 1911-1936, al que nadie había prestado demasiada
atención. Desde el punto de vista de las fuentes, debe aclararse que si bien este autor
utilizó básicamente los documentos de Mi viaje a América y España-América, amplió el
panorama documental a través de una revisión somera del AHUO y actualizó el pano-
rama bibliográfico dando cuenta de las últimas publicaciones pertinentes argentinas y
mexicanas.
Dentro de este grupo debemos incluir, además, a una pequeña bibliografía argen-
tina que en la década de los noventa, ha tomado en consideración al viaje americanista y
su protagonista, poniéndolo en relación con la historia intelectual argentina.
En 1991, Hebe Clementi, presentando una aproximación al estudio del krausis-
mo español y argentino, daba cuenta escuetamente de la llegada de Altamira al Plata y
de “la circulación entusiasta de sus enseñanzas”. En este breve estudio, su autora, a ve-
ces algo críptica en sus consideraciones y más interesada en la experiencia de Adolfo
Posada, confundió el orden de precedencia de los viajes de ambos profesores y afirmó
que, pese a sus filiaciones, Altamira no había hecho evidente el “cuño krausista” de sus
ideas, “seguramente cautelando ataques xenófobos a la manera de los sufridos en Espa-
ña”509. En 1993, Fernando Devoto aludiendo a la busca de referentes teóricos para la
profesionalización historiográfica que emprendieran los hombres de la Nueva Escuela

507
Julio VAQUERO IGLESIAS y Jesús MELLA, “El americanismo de Rafael Altamira y el programa
americanista de la Universiad de Oviedo”, en: Pedro GÓMEZ GÓMEZ (coord.), De Asturias a América.
Cuba 1850-1930 (1994), 2ª ed., Gijón, Archivo de indianos, 1996. Una versión reducida de este trabajo
—en el que sería suprimida la sección sobre la “polémica cubana”, sería expuesto luego: ID., “El
americanismo de Rafael Altamira y el programa americanista de la Universidad de Oviedo” [en línea],
ponencia presentada en: VI Encuentro de lationoamericanistas españoles, Área de Pensamiento, Gpo. de
Trabajo 1: Reencuentro entre españoles y americanos, Universidad Complutense de Madrid, 29-IX / 1-X
de 1997, http://www.ucm.es/info/cecal/encuentr/areas/pensamie/1pe/vaquero, [Consultado 15-VII-2002].
508
Santos M. CORONAS GONZÁLEZ, “Altamira y los orígenes del Hispano-americanismo científico”, en:
ID., Dos estudios sobre Rafael Altamira, Oviedo, Academia Asturiana de Jurisprudencia, 1999, pp. 47-85.
509
Hebe CLEMENTI, “Positivismo y Krausismo”, en: ID. (Comp.), Inmigración española en la Argentina
(Seminario 1990), Buenos Aires, Oficina cultural de la Embajada de España, 1991, p. 191.

189
Histórica argentina, recordaba que, junto con Ernst Bernheim (1850-1942), Langlois y
Seignobos, Altamira también había sido invocado como autoridad de primer orden en
metodología. Si bien se tomaba nota del impacto que causara el profesor ovetense “cuya
fascinante personalidad, amplísima erudición y versatilidad de intereses encandiló a
Buenos Aires y a los nuevos historiadores en su visita de 1909”, Devoto intuía que las
“abundantes específicas reflexiones sobre metodología de la historia difícilmente pue-
dan haber brindado un suplemento útil a lo que ya contenían los manuales antes cita-
dos”510.
Eduardo Zimmermann, en obras que ya hemos citado con anterioridad511 rela-
cionaba la visita docente de Altamira y Adolfo Posada a la UNLP con el desarrollo de
los vínculos entre el reformismo liberal argentino y español. Este mismo autor publicó
recientemente un artículo —tomando como base su intervención en un Curso de Verano
de la Universidad de Oviedo en 1997— en el que se amplía sustancialmente el tema y
se trata con mayor detenimiento el impacto de los discursos de Rafael Altamira y Adol-
fo Posada en los intelectuales rioplatenses del Centenario512.
En 1992, Hebe Carmen Pelosi, quien ya había prestado atención a la trayectoria
de Altamira513, publicaba, junto a M. Constanza Monti, “La renovación histórica a tra-
vés de Rafael Altamira”514. En este artículo, prolijo y tradicional, se exponía, sucinta-
mente y ante un auditorio desconocedor del personaje, un panorama de la biografía inte-
lectual de Altamira ampliamente contextuado en su coyuntura histórica e ideológica y
sólidamente apoyado en la bibliografía más notoria del alicantino. Más allá de que Pelo-
si y Monti resultaran convincentes en su afirmación de la influencia del viajero en la
Historiografía argentina —no argumentada y apoyada, exclusivamente, en la mención
de la temática de sus lecciones y en los discursos de agasajo consignados en Mi viaje a
América— ofrecieron, por primera vez, una referencia directa al material recopilado por

510
Fernando J. DEVOTO, “Estudio preliminar”, en: ID. (comp..), La historiografía argentina en el siglo
XX (I), Buenos Aires, CEAL, 1993, pp. 13-14. La intuición de Devoto al respecto quizás estuviera rela-
cionada con su convencimiento de que el campo intelectual e historiográfico finisecular español e hispa-
noamericano aún se hallaba “en transición hacia estadios de mayor especialización”, lo cual se reflejaba
en la importancia de la opción jurídica como vía de acercamiento a los estudios históricos, ejemplificada
por los itinerarios profesionales de Rafael Altamira y Eduardo de Hinojosa (Ibidem, p. 13).
511
Eduardo ZIMMERMANN, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916,
Op.cit., pp. 73-74. Antecedente de este libro —que según nos cuenta su autor comenzó siendo en 1991 su
tesis doctoral en la Universidad de Oxford— y del capítulo donde se menciona a Altamira, es el siguiente
artículo: Eduardo ZIMMERMANN, “Los intelectuales, las ciencias sociales y el reformismo liberal: Argen-
tina 1890-1916”, en: Desarrollo Económico, vol.31, nº 124, enero-marzo, 1992, pp. 546-550.
512
Eduardo ZIMMERMANN, “La proyección de los viajes de Adolfo Posada y Rafael Altamira en el refor-
mismo liberal argentino”, en: Jorge URÍA (coord.), Institucionismo y reforma social en España, Op.cit.,
pp. 66-78. En relación con este artículo puede leerse: Eduardo ZIMMERMANN, “Algunas consideraciones
sobre la influencia intelectual española en la Argentina de comienzos de siglo” (1995), en: José Luis
MOLINUEVO (coord.), Ortega y la Argentina, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1997, pp. 61-68.
513
Hebe Carmen PELOSI, “Rafael Altamira: historiador, jurista y literato” en: Estudios de Historia de
España, Vol. IV, Bs.As., Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1991, pp. 171-208.
514
Hebe Carmen PELOSI y M. Constanza MONTI, “La renovación histórica a través de Rafael Altamira”,
en: España y América, 1492-1992, Buenos Aires, 1992, pp. 495-518.

190
los Archivos de Pedagogía y Ciencias de la UNLP, acerca de la performance de Altami-
ra en los claustros platenses515.
En 1995, Hebe Pelosi volvería a Altamira con su “Hispanismo y americanismo
en Rafael Altamira”, artículo en el que, pasando revista de las líneas de su pensamiento
en estas materias, realiza un aporte muy notable al conocimiento de la continuidad de
las relaciones intelectuales entre Rafael Altamira y los historiadores argentinos, dando a
conocer la existencia de ventiún cartas de Altamira a Levene entre 1945 y 1951 en el
Archivo de Ricardo Levene516.
Ese mismo año fueron publicados los dos tomos de La Junta de Historia y Nu-
mismática Americana y el movimiento historiográfico en la Argentina (1893-1938), en
los que prestigiosos historiadores académicos y universitarios tuvieron ocasión de resca-
tar del olvido la influencia intelectual que ejerció por entonces Rafael Altamira y la im-
portancia de su paso por las universidades argentinas. Si bien el conjunto de estos artí-
culos —imprescindibles para comprender la evolución de la Historiografía en
Argentina— no aportaron nuevos datos y a menudo se limitaron a consignar puntual-
mente los hechos y la posterior influencia intelectual de Altamira, su importancia devie-
ne de la contextualización argentina que, desde diferentes perspectivas, propusieron
para entender estos fenómenos517.
Tres años después, en un libro dedicado a la evolución de los estudios históricos
en la UNLP, se recordaba sumariamente —siguiendo las líneas de interpretación de

515
“Rafael Altamira en la Universidad Nacional de La Plata”, en: Universidad Nacional de La Plata,
Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Sección Pedagógica, Archivos de Pedagogía y ciencias afines,
Tomo VI, nº 17 (impreso en Buenos Aires, Talleres de la Casa Jacobo Peuser), 1909, pp. 161-285.
516
Hebe Carmen PELOSI, “Hispanismo y americanismo en Rafael Altamira”, en: Boletín Institución Libre
de Enseñanza, II Época, nº 22, Madrid, mayo de 1995, pp. 25-44. Además de Pelosi, la relación entre
Rafael Altamira y Ricardo Levene ha sido analizado por el especialista en historia del derecho indiano,
Víctor Tau Anzoátegui —actual vicepresidente primero de la Academia Nacional de la Historia Argentina
y vicedirector segundo del Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho de Buenos Aires—: Víc-
tor TAU ANZOÁTEGUI, “Diálogos sobre Derecho Indiano entre Altamira y Levene en los años cuarenta”,
Anuario de Historia del Derecho Español, nº LXVII, vol. I, Madrid, 1997, p. 369-390.
517
ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, La Junta de Historia y Numismática Americana y el movi-
miento historiográfico en la Argentina (1893-1938), Tomos I y II, Buenos Aires, ANH, 1995. Ver los
siguientes artículos: Aurora RAVINA, “La fundación, el impulso mitrista y la definición de los rasgos
institucionales. Bartolomé Mitre (1901-1906) y Enrique Peña (1906-1911)”, que consigna la incorpora-
ción en 1909 de Rafael Altamira como miembro correspondiente dentro de la política de proyección in-
ternacional de la JHNA (Tomo I, pp. 43-44); María Cristina DE POMPERT DE VALENZUELA, “La Nueva
Escuela Histórica: una empresa renovadora”, que destaca la influencia metodológica y pedagógica de
Altamira en aquella época (Tomo I, p. 227); Edberto Oscar ACEVEDO, “Influencias y modelos europeos”
que consigna la influencia de Hinojosa y Altamira sobre las ideas de historia jurídica de Ricardo Levene
(Tomo I, p. 245); María Amalia Duarte, “La Escuela Histórica de La Plata”, en el que se pone de mani-
fiesto la relación entre Altamira y la UNLP (Tomo I, pp. 272, 274, 278 y 284); Fernando J. DEVOTO, “La
enseñanza de la historia argentina y americana. 3. Nivel superior y universitario. Dos estudios de caso”,
en el que se relaciona la incorporación del discurso metodológico y la labor universitaria de Altamira con
un proyecto de profesionalización universitaria de la historiografía argentina (Tomo II, pp. 394 y 397);
José M. MARILUZ URQUIJO, “El Derecho y los historiadores”, que toma nota del impacto que en materia
de Historia del Derecho causó la visita de Rafael Altamira y sus clases en la UNLP y en la Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales de la UBA (Tomo II, p. 175); Emiliano ENDREK, “La enseñanza de la histo-
ria argentina y americana. 1. Nivel primario”, en el que se analizan los argumentos de la ponencia que
Altamira presentara al II Congreso Internacional de Historia de América, reunido en Buenos Aires en
julio de 1937 (Tomo II, p. 367);

191
Zimmermann, Pelosi y los historiadores reunidos en la publicación de la ANH— el paso
de Altamira por la institución platense durante la gestión de Joaquín V. González y la
posterior colaboración de Rafael Altamira con la UNLP, a raíz de la relación que Ricar-
do Levene cultivó con el catedrático español518.
En el año 2000, Ignacio García, estudiando el desarrollo del institucionismo en
el ambiente krausista argentino, examinaba las relaciones de Altamira y el Grupo de
Oviedo con Antonio Atienza y afirmaba el carácter pionero del viaje americanista en la
reformulación de las relaciones intelectuales que, sin embargo, serían sostenidas en lo
mediato por las organizaciones de la comunidad española, antes que por el estado espa-
ñol:
“Las visitas de Altamira y Posada supusieron el primer intento serio por parte de España de esta-
blecer un diálogo académico con América, del que ya habían hablado Atienza y Altamira en
1905. Pero el proceso se detiene tras la visita de Posada, básicamente porque la Junta [la JAE] no
cuenta con el capital como para continuarlo. Corresponderá a un sector de la élite de la colonia
española en Buenos Aires agrupado en torno a Avelino Gutiérrez hacer avanzar este proyecto de
colaboración académica”519.

Ese mismo año, el académico Enrique Zuleta Álvarez, afirmaba que la Universi-
dad de Oviedo había sido la primera en preocuparse por el establecimiento de un “pro-
grama concreto de relaciones culturales hispanoamericanas”, animado por “un grupo de
profesores, entre los cuales estaban el historiador Rafael Altamira, Adolfo Posada, Leo-
poldo Alas «Clarín», Melquíades Álvarez, Adolfo Buylla…”:
“La Universidad de Oviedo quería retomar la vieja preocupación de una política de acercamiento
con América sobre la base de la comunidad de cultura, sin perder de vista los intereses políticos,
sociales y económicos españoles involucrados, pero radicando su planteo en la universidad, lo
cual aseguraba la continuidad de los esfuerzos para hacerla efectiva y la seriedad del enfoque
científico con que se debía ver el problema.”520

Desde una perpectiva atenta a considerar la faz política y programática de la em-


presa ovetense, Zuleta Álvarez pasó rápida revista al currículum de Altamira, afirmando
que su americanismo integraba tanto la comprensión histórica del problema, como la
“visión sociológica, jurídica y política del presente como base de la misión hispánica
contemporánea” y resaltando su carácter pionero y pragmático:
“En Altamira estuvo presente la unidad de lo hispánico y se afanó por concretar un programa
práctico con colecciones de libros y periódicos, ediciones de documentos, de antologías literarias
e históricas, leyes reglamentos, centros docentes y de investigación, relaciones académicas y
científicas, etc. En todo dejó una huella muy honda y a él se debe que el hispanoamericanismo
ganara un lugar de respeto entre los temas de la vida española del siglo XX.”521

518
Adrián G. ZARRILLI, Talia V. GUTIÉRREZ y Osvaldo GRACIANO, Los estudios históricos en la Univer-
sidad Nacional de La Plata (1905-1990). Tradición, renovación y singularidad, Buenos Aires, Academia
Nacional de la Historia y Fundación Banco Municipal de La Plata, 1998.
519
Ignacio GARCÍA, “El institucionismo en los krausistas argentinos” [en línea], en: Hugo E. BIAGINI
(comp.), Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad [en línea], Op.cit., [Consulta-
do: 13-VII-2002].
520
Enrique ZULETA ÁLVAREZ, España en América. Estudios sobre la historia de las ideas en Hispanoa-
mérica, Buenos Aires, Editorial Confluencia, 2000, p. 104.
521
Ibíd., p. 113.

192
Más allá de la curiosidad de adjudicar la concreción del viaje de Altamira y Po-
sada a las gestiones de una todavía inexistente Asociación Cultural Española de Buenos
Aires, lo más llamativo del aporte de Zuleta Álvarez radica, quizás, en su ponderación
de estos profesores y su proyecto, habida cuenta de sus propias filiaciones intelectuales.
Filiaciones que lo inscriben inequívocamente en la tradición antiliberal y reaccionaria
de Ramiro de Maeztu y Santiago Montero Díaz, en España, y de sus maestros Julio y
Rodolfo Irazusta, en Argentina, y al margen de la cual resultaría impensable ensayar
una reivindicación del mundo intelectual español bajo el régimen franquista, veinticinco
años después de la muerte del dictador522.
En 2003, Eva María Valero Juan, publicó un interesante estudio en el que se
aborda, por primera vez en España y de forma monográfica, la problemática del ameri-
canismo finisecular español —y el aporte del propio de Altamira— en relación no sólo
ya con los tópicos del pensamiento regeneracionista, sino con las líneas de tensión más
propias del pensamiento americano. Valero Juan, interesada en organizar comprensiva-
mente el contexto ideológico en el que Altamira pergeñó su americanismo entre 1898 y
1909 y, a la postre, las respuestas que a estas ideas se dieron en la Cuba de 1910, no ha
analizado el viaje americanista en sí mismo. Pese a ello, esta autora no ha dejado de
observar, con justicia, que la importancia de aquella campaña radicó en su capacidad
para reactivar “la conexión cultural con el pueblo latinoamericano” y para operar como
un revulsivo para “el surgimiento en España de determinadas instituciones culturales
que propiciaron el interés por los estudios americanistas”523.
Por último y en tercer lugar, tenemos las biografías de Altamira que han aborda-
do el tema del viaje como un episodio relevante, pero secundario, de su vida pública y
privada, y en las cuales no resulta lógico esperar un tratamiento novedoso o una revela-
ción interesante acerca del periplo americano524.

522
Estudiante y becario en la UCM, en los años cincuenta, Zuleta Álvarez dejaría en su libro ilustrativo
testimonio de lo incólume de sus lealtades ideológicas: “Ha pasado más de medio siglo desde entonces y
por mi edad puedo recordar esos años desde la prespectiva histórica del presente, cuando han desapareci-
do ideas, movimientos, hombres y otras pasiones han sucedido a las de entonces. Pero a pesar de que se
insiste tanto en la instalación de la libertad intelectual y la comprensión de las disidencias, parecería que
subsisten prejuicios que distorsionan los juicios históricos sobre los cuarenta años de la España de Franco.
Contra la «leyenda negra» de un páramo de terror e incultura debo dar el testimonio, todo lo personal y
parcial que se quiera, de una realidad diferente: es verdad que, como en muchos países del mundo y en
todos los tiempos, no existía el régimen político liberal y democrático ni sus derechos y libertades corres-
pondientes. Pero esa circunstancia, que se repite hoy en muchos lugares del mundo y que se agravaba en
España por la posguerra, no impedía la existencia de una sociedad civilizada que procuraba superar limi-
taciones —por ejemplo la odiosa censura eclesiástica— y problemas de toda índole para reconstruir el
país y su vida cultural—. Fue una etapa intensa y vibrante de mi experiencia vital y me avergonzaría si la
callara por cobardía intelectual.” (Ibíd., pp. 11-12).
523
Eva María VALERO JUAN, Rafael Altamira y la reconquista espiritual de América, Cuadernos de Amé-
rica sin nombre, nº 8, Alicante, Universidad de Alicante, 2003, p. 72.
524
Consultar: Vicente RAMOS, Rafael Altamira, Madrid, 1968; Francisco MORENO SÁEZ, Rafael Altamira
y Crevea (1866-1951), Valencia, Generalitat Valenciana, Consell Valenciá de Cultura, 1997. En cierto
modo, también deben considerarse dentro de este conjunto, algunos de los textos preparados por Rafael
Asín, para las reediciones de alguna de las obras de Altamira o para los catálogos de exposiciones sobre
su vida y obra.

193
Tomando nota de lo exiguo del conjunto de fuentes secundarias directamente re-
levantes para el estudio del viaje americanista ovetense y sus consecuencias, es posible
realizar una apreciación de conjunto y establecer —sin ánimo de cometer injusticias con
algunos aportes realmente interesantes—, que existe un claro déficit historiográfico en
el tratamiento de este fenómeno. Ese déficit global, tanto español como argentino y lati-
noamericano, no proviene tanto de la falta de intuiciones o ideas relevantes entre los
pocos que prestaron atención a este tema, sino de la renuencia a profundizar en el estu-
dio del viaje y del americanismo que le servía de contexto, poniéndolo en relación efec-
tiva con la coyuntura del momento y con otros procesos políticos, ideológicos, sociales
y también intelectuales y científicos a ambos lados del Atlántico.
Por supuesto, si el saldo es inequívocamente insuficiente, conviene precisar los
aportes y deudas propios de la historiografía española y de la historiografía argentina, al
respecto.
En lo que se refiere a la historiografía española, dos han sido los aportes impor-
tantes. En primer lugar, es la única en la que se ha estudiado el tema; en segundo lugar,
lo ha contextuado acertadamente en dos problemáticas propias: una ideológica, en la
que se toma en cuenta la evolución del americanismo finisecular español y los proyectos
regeneracionistas; y otra intelectual, en la que se toma en cuenta la evolución de los
individuos, grupos e instituciones del mundo de la alta cultura asturiana y española.
En lo que se refiere al déficit de la historiografía española podríamos consignar
tres carencias fundamentales. La primera de ellas es la dependencia y subordinación a
Mi viaje a América y a otras publicaciones. La segunda es la subsunción del viaje en
otras temáticas o problemáticas. La tercera es la adopción de una escala de análisis ex-
clusivamente peninsular.
Respecto del primer rasgo negativo, podríamos decir que el efecto combinado de
un olvido ideológico y del desinterés historiográfico hizo que quedara fijada la docu-
mentación de referencia en lo que aportara el propio Altamira para el volumen de ho-
menaje España-América y luego para la publicación de su libro Mi viaje a América. De
allí que no deba extrañar que cada nuevo estudio que pretende acercarse a esta empresa
intelectual termine, por lo general, reciclando la información aportada por el propio
protagonista hace noventa y cinco años. El resultado, lamentablemente, no pasa del
remedo de un inventario de actividades ya escrito. Así, los sorprendentes acontecimien-
tos que rodearon la campaña ovetense en América —exhumados de la biblioteca, cuan-
do no de un único libro, y no del archivo—, terminan por imponerse en su disposición e
interpretación casi centenaria a cualquier reflexión innovadora.
La dependencia documental de Mi viaje a América, de