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RODULFO – EL NIÑO Y EL SIGNIFICANTE

C10 - TESIS SOBRE EL JUGAR - PEQUEÑOS COMIENZOS DE GRANDES PATOLOGIAS

Al fort/da concierne un aspecto fundamental sobre el cual es buena y valida la insistencia, la


repetición, es decir, que a tirar el carretel el niño crea un espacio que antes no existía. Al arrojar el objeto se
produce un afuera.
Hay un acto inaugural a localizar y que es la fabricación de ese afuera, lo cual le permite al niño
simbolizar lo que antes era para el impensable: la partida de la madre. No tenía modo de concebirlo salvo
como desaparición peligrosa e insoportable; a partir de la producción de este espacio inaugura una manera
de penarlo, se vuelve imaginalizable, representable y, por lo tanto, da curso a una regulación diferente de la
angustia.
El fort/da esta cifra en pequeñas prácticas como ser: tirar menudencias, improvisar juegos de
escondites. Hasta ese momento, el modo de la angustia era más destructivo e inmanejable, donde lo que se
va no tiene como retornar, y se desvanece en una eternidad de sufrimientos, y otra bien distinta es un irse
abrochado en una dialéctica de la reaparición que reordena totalmente la temporalidad.
El tipo de angustia que solemos llamar psicótica, está ligado al espacio de inclusiones reciprocas, que
no reconoce nada por fuera de él, cuya representación acorde es la que Aulagnier conceptualiza como
pictográfica. Un pequeño inicia su autosostenimiento cuando dispone de cierta capacidad para fabricar
imagos, esto quiere decir, que cuan el Otro se va, no se va todo para él, en especial no se le va su cuerpo, es
capaz de armar imagos que le ayuden a esperar. Cuando no dispone aún de este recurso, a ausencia del Otro
equivale su destrucción, no cuenca con los tipos de defensa que más tarde se instrumentan, llámense
disociación, identificación proyectiva, repudio, etc.
Está expuesto a lo que conocemos según Winicott como “depresión psicótica”, es decir, la pérdida no
acotada al objeto, sino puro agujero en lo corporal. La depresión psicótica o agujereamiento la encontramos
en cualquier bebe presa de un llanto angustioso, cuando no se acude a tiempo lo regular son enfermedades
muy graves en los primeros meses. El pequeño responde con el cuerpo, no tiene otro instrumento a su
alcance. Por eso el PSA enfatiza la importancia de toda fabricación de intermediarios “objetos transicionales
o pequeños a”. Una vez empieza a disponer de ellos, queda liberado de recurrir a lo somático.
Este accionar de agujereamiento más precoz y mas patógeno es el que encontramos en algunos
historiales en donde en el primer año de vida tiene lugar a una llamativa seguidilla de enfermedades. Ello
indica, que el niño fue atacado muy tempranamente en sus procesos mismos de constitución del aparato
psíquico, y se vio compelido a improvisar una reacción. El marasmo es una respuesta asaz extrema en esta
dirección, también las depresiones anacliticas: la respuesta autista.
En cambio, en el caso de un pequeño que tiene con qué revertir una situación displacentera
invirtiéndola e infligiéndosela imaginariamente a alguien. Esto ha sido primeramente conceptualizado como
identificación con el agresor, de lo cual lo más trascendental es ese dar vuelta un acontecimiento y virar al
hacer activo el sufrir pasivo original.
El peligro mayor del agujereamiento corporal es dejar fijada una matriz de repetición. Por ejemplo, en
la consulta nos enteramos de una larga lista de enfermedades padecidas por el niño durante sus primeros
años. Él bebe no puede responder al conflicto sino volviendo su cuerpo enfermo, mientras la vida o el psa
no le ayuden a fabricar otros medios, otro territorio para ventilar sus trastornos y sus crisis.
Al reconsiderar la situación, podemos decir que la operación de denegación originaria capitaliza a su
favor.
Melanie Klein, habla sobre la fascinación por el continente materno del cual no cesa de arrancar
partículas, con este material se cuenta y a él se le recurre para fabricar sus propios imagos, operación en la
que el fort/da es instancia de viraje decisiva. A partir de su desarrollo el niño puede ir disponiendo poco a
poco de la capacidad simbólica de autosustentarse. Es así cuando alrededor de los dos años, de pronto
separarse unos momentos del adulto o ir a jugar solo un rato, o estar con alguien por ahí, alguien que está
apoyando la situación pero sin conexión directa con él. Por eso mismo la patología ligada a fort/da es de
pegote. El chico, en ligar de fabricar sus propias imagos y con ellas esa nueva espacialidad fuera del cuerpo
materno, solo atina a existir intentando refusionarse continuamente al Otro, anexarse a él.
Situaciones inversas, en las cuales el niño se vincula fácilmente a cualquiera y se muestra centrífugo
en exceso y desapegado desde bastante pequeño. Como aquella inversión podría denunciarlo o hacerle
sospechar, el punto de estructura es exactamente el mismo; ni siquiera se ha simbolizado el extraño en tanto
tal, simplemente la situación de adherencia, de anexión al cuerpo del Otro esta disimulada en lo fenoménico
porque se reparte entre muchos. Multiplicidad engañosa: todos son madre.
El niño que por lo general, es más querido socialmente, establece relaciones con rapidez y facilidad.
Enmascara la absoluta incapacidad para estar solo, es el típico niño o adolescente que hará crisis el día que
le fallen todos los amigos. La temática que se despliega es la de “no saber qué hacer” reveladora de la
compulsividad que escondía esa buena socialización, no orientada genuinamente por la espontaneidad
deseante, sino para eludir el vacío del déficit en la producción de imagos.
Tempranos agujereamientos que tornan inalcanzable el fort/da por ejemplo, descubrir en la base de las
transformaciones de un adicto, un potencial depresivo de magnitud estrepitosa. Por eso debemos referirnos a
la adicción no solo en el sentido toxicológico, porque hay adicciones que no son nombras o catalogadas
como tales tan solo porque no tienen esa complicación secundaria de la droga, como por ejemplo la adicción
a la televisión, que se nota en muchos sujetos ya desde niños.
La carencia radical de imagos propias que parece estar en la raíz de lo atrapante que el mirar la
televisión se vuelve. A fala del recurso generativo de sus propias imagos- este recurso del que tanto abusa un
neurótico cuando vive sumido en sus sueños diurnos pero que también inaugura sublimaciones como
escribir en la adolescencia o el jugar en la infancia- el sujeto se ase desesperadamente de esas imágenes
restitutivas
Esa cuestión se agrava o se complica al generarse un círculo vicioso, porque la televisión no ofrece
genuino apoyo a una mejor estructuración simbólica. A diferencia del jugar, no ayuda a fabricar las propias
imagos; por eso la exposición temprana de un niño a la televisión es negativa y debe evitarse.
Un niño de dos o tres años está desprendiendo un espacio de juego, poco a poco descubre que nadie
puede ver sus pensamientos, que él no es transparente. En el espacio de inclusiones reciprocas, el chico
supone que lo que él piensa lo saben inmediatamente sus padres y no solo lo saben sino que lo ven. Él es y
existe en una transparencia. A partir de los dos años, va descubriendo que no es así, la aparición de la
mentira es por ello una conquista simbólica, ya que puede mentir porque no es transparente.

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