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Philippe Gutton

Ani

Capítulo 1

Lo puberal en sus orígenes

Lo originario puberal constituye un conjunto de procesos y fenómenos cuya


teorización es necesaria para cualquier intento de comprensión de la
psicopatología grave en la adolescencia.

La pubertad tiene que ver con las consecuencias psíquicas que lo real
biológico impone:

- Retraimiento libidinal
- Regresión a un tiempo anterior al Complejo de Edipo)
- La reinvestidura de las figuras parentales
- Lo puberal es todo lo inverso de un movimiento de separación, es una
fuerza antiseparadora que anima el frenesí del niño hacia el progenitor
edípico.

La adolescencia supone una desinvestidura y una elaboración psíquica de los


movimientos pulsionales de la pubertad. La separación es un trabajo de lo
adolescens. Hay una regresión a un momento anterior a la castración
(reedición – reescritura – del Edipo).

La “teoría de la recapitulación adolescente” o “segunda oportunidad”


constituye un logro que incluye la resolución de conflictos que se arrastran
desde el período infantil. Pero también puede convertirse en punto de anclaje
de una serie de patologías.

LA PUBERTAD IMPONE DISCONTINUIDAD

A lo largo de la vida, los procesos originarios pueden tratar de imponer de


nuevo sus leyes de funcionamiento a los procesos primarios y secundarios. La
pubertad, por su anclaje en lo real biológico, es un momento privilegiado de
este fenómeno.

La experiencia puberal se dota de representaciones y significaciones que


hicieron el destino de Edipo antes del Complejo: Edipo narcisista o genital.

LA COMPLEMENTARIEDAD DE LOS SEXOS

La pulsión que encuentra su fin por el nuevo objeto genital define el origen
puberal. A la corriente cariñosa de la infancia se le añade “la poderosa
corriente ‘sensual’ que ya no desconoce sus fines” y que caracteriza a la
pubertad.
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Lo puberal es en sus cimientos la confluencia exclusiva de las corrientes


sensuales de la infancia y de la pubertad, bajo el estandarte de las pulsiones
de fin no inhibido.

El concepto al que conferimos la función de resumir la turbulencia de la


nueva confluencia es el de complementariedad de los sexos.

¿Qué novedad introduce este concepto en el desarrollo del niño?

1. Complementariedad entre pulsión y objeto, proceso conocido en la


primera edad para quedar sepultado luego en las organizaciones de la
neurosis infantil.
2. Real biológico y funcionamiento de las zonas erógenas genitales.
3. Punto de acabamiento de la seducción infantil.
4. Coincidencia entre órgano renovado por su evolución biológica y objeto
genital adecuado, que crea una unidad narcisista puberal originaria.

1. Complementariedad entre pulsión y objeto

La complementariedad entre pulsión y objeto es un funcionamiento de


órgano. Este modelo constituyó siempre el modelo ideal del cuerpo erógeno.
La moción pulsional está destinada a efectuar una salida hacia el objeto. La
complementariedad de un objeto sería su calificativo cuando éste se presenta
automáticamente al requerírselo: hay aquí coincidencia; desde entonces, su
recorrido pulsional se reduce al mínimo.

2. Real biológico y funcionamiento de las zonas erógenas genitales

La pubertad está inscrita en el programa genético del sujeto, susceptible de


reestructurarse por acción de diversos fenómenos.

El paso entre real biológico y lo pulsional debería ser manejado


convenientemente por el concepto de apuntalamiento pulsional aplicado a las
pulsiones genitales.

Freud define el proceso en el lactante en forma tal que se podría omitir su


funcionamiento más tardío: “Las primeras satisfacciones libidinales se
experimentan apuntaladas sobre funciones corporales necesarias para la
conservación de la vida”. El apuntalamiento pulsional no se efectúa tanto
sobre la función como sobre el funcionamiento biofisiológico: la zona de
funcionamiento se torna erógena.

En el plano de la cualidad de lo sexual, tres cambios:

a) Una transformación corporal perceptible por el niño: quien se percibe


no sólo como más o menos masculino o femenino, sino como diferente:
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en relación con el par, en relación con él mismo en su evolución y su


proyecto, en su ideal sexual.
b) El orgasmo como categoría de placer; una teoría puberal supone una
concepción del orgasmo.
c) Una potencialidad de fecundación de la llegada de un niño; contribuye
a inscribir en la creencia identitaria un nuevo sistema generacional.

3. Genital puberal como culminación de la seducción infantil

En la pubertad, ¿Quién seduce a quién? La complementariedad de los sexos


introduce un cambio radical en cuanto al estatuto del objeto. El niño conoció
la “sexualidad adulta” por aquello que se describe como experiencia de
seducción: sexualización del niño por el objeto. El cambio introducido por la
pubertad debe ser situado en relación con el concepto de seducción.

¿Qué cambios introduce la genitalización puberal del cuerpo?

Mientras el niño era seducido por el adulto, el púber se torna un activo


seductor. La complementariedad de los sexos implica una antinomia con la
seducción sobre el modelo infantil. El adolescente ha dejado de ser pasivo en
el sentido de la metapsicología. Se convierte en un activo seductor, lo cual se
explica por la finalización de la impotencia sexual inherente a los niños.

Podemos comprender la traumatofilia de ciertos adolescentes según la


describió J. Guillaumin, y cuyo objetivo es recuperar las seducciones de la
infancia a través de posturas provocativas que son a su vez, podríamos decir,
seductoras. La pubertad sería el último trauma que el niño debería sufrir. La
pubertad es el trauma más importante, el que reanuda a todos los otros.

El niño púber “seduce a su padre” cuando sexualiza sus recuerdos de infancia.


Creería ser capaz de descifrar los símbolos enigmáticos de la sexualidad
adulta que preformaron su infancia, pero no se obtendrán ni el porqué ni el
cómo de la escena primitiva, la escena puberal hace resurgir la escena
primitiva sobre una pantalla sin revelar sus secretos.

Ubiquemos en esta línea lo que llamamos inversión de la seducción en la


pubertad, o identificación con el seductor

El adolescente inicia su carrera de creador de significantes para los niños, se


hace pedófilo: ciertos niños púberes seducen a los niños más pequeños como
se sienten seducidos por su propia pubertad.

El fantasma del adolescente que descubre su sexo como avanzado en la


sexualidad y que seduce a su propio cuerpo percibido como “todavía-niño”, es
una puesta en escena masturbatoria de la autoseducción: suerte de
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autopedofilia, adolescente enamorado de su autorretrato que lo representa


más joven de lo que es.

El interés de estos adolescentes por niños del mismo sexo no está hablando de
una homosexualidad manifiesta; señala un intento de reparación de la herida
narcisista introducida por los cambios que experimentan.

La pubertad tendería a exteriorizar el cuerpo genital, que se ha vuelto


seductor del cuerpo todavía niño.

Cierta parte de libido del otro sexo vendría a imprimirse sobre el del
adolescente, constituyendo uno de los aportes originales de la pubertad.

Es clásica la idea en lo que respecta al descubrimiento de la vagina por la


mujer en ocasión de los primeros actos sexuales, y seria asimismo pertinente
en lo relativo al pene, expulsado de la investidura fálica prevalente en la
infancia. El otro sexo seduciría. El órgano sería descubierto por el atractivo
que provocaría sobre el otro sexo tal como puede localizarlo por su excitación
aparente o la de la persona entera que lo porta.

El niño se percibiría como púber en la medida en que excitara al otro “como


un adulto”.

4. Unidad narcisística originaria puberal

En una nueva unidad narcisista originaria de la pubertad, la


complementariedad se construye entre zona erógena y objeto parcial.

El objeto que S. Freud denomina adecuado es un preobjeto. Se trata de una


complementariedad de órgano: se percibe o se experimenta el órgano
masculino como siéndolo, por parte del órgano femenino y a la inversa.

Sin el otro sexo, no hay experiencia puberal originaria. El en curso del


desarrollo debe establecerse un nexo entre la excitación endógena debida al
funcionamiento de las glándulas sexuales, y la percepción o representación
del sexo opuesto, con lo que vemos producirse el maravilloso fenómeno del
amor dedicado a una sola persona. A ésta corresponde entonces toda la
emoción liberada por el instinto sexual. Se convierte en una ‘representación
afectiva’.

El centrado genital del cuerpo erógeno es el punto de juntura, en esto


limítrofe, donde nace la experiencia puberal. La erección del pene tiene por
causa el deseo sexual del adolescente y el del otro. La existencia física del
otro sexo, por requerida que sea, no es necesaria si se la alucina
suficientemente como ocurre con el pezón antes de que el niño se encuentre
con él.
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Llegamos a concebir una unidad narcisista originaria puberal. Su modelo es,


por supuesto, el narcisismo originario entre madre y lactante cuando intentan
prolongar la simbiosis de embarazo.

Más que de una construcción, hablamos de una potencialidad narcisista


puberal, resultante de la intuición del otro sexo susceptible de llenar la
falta.

M. Mahler sostiene que la angustia de separación podría ser atenuada por la


creencia en la complementariedad de los sexos.

El otro sexo queda situado en el lugar de aquella madre ilusoria que era capaz
de ofrecer a la percepción todo lo que el sujeto imaginaba de ella.

El funcionamiento puberal propondría una nueva teoría interactiva entre


objeto y órgano. La complementariedad de sexos es una creencia que nos
interesa por lo considerable de su “exigencia de figurabilidad”, según la
expresión de S. Freud. Ella proporciona algo del acto a las representaciones
de cosas, teniendo formas, colores, olores. Es transformable al lenguaje
pictórico de lo primario, por ejemplo el lenguaje o el sueño, con fenómenos
patológicos de los que la alucinación visual o auditiva nos ofrece la forma más
extrema e impresionante. Puede imponer sus caracteres a instancias psíquicas
en cuyo seno los procesos secundarios, aunque presentes, ceden el proscenio
a lo primario: ensueños diurnos, fantasmatizaciones conscientes, actividades
éstas que S. Freud califica de regresivas, en las que la “representación
retorna a la imagen sensorial de la que había emergido”.

La representatividad es el primer trabajo de la psique: sin ella lo puberal no


puede acaecer, y ya veremos que una buena adolescencia requiere que
acaezca. La llamada de representaciones es ambigua: certeza de la capacidad
representativa y duda en cuanto a concebir una representatividad capaz de
expresar la experiencia en su totalidad que abre así el camino a los efectos
primarios. Pronto veremos que esta llamada no se equivoca en su
desconfianza, pues desembocará en el problema del incesto y con ello la
búsqueda de objetos exogámicos.