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¿Cuál es la relación de las bases biológicas con la

conducta del individuo?


el cerebro humano resulta de la superposición e integración de funciones de tres
cerebros distintos, con diferentes características estructurales y neurofisiológicas, y
también especiales performances comportamentales.

El conjunto integrado por la médula, el cerebro posterior y el cerebro medio alberga


los mecanismos neurales básicos de la reproducción y de la autoconservación, lo que
incluye el ritmo cardíaco, circulación sanguínea y respiración. En un pez o un anfibio,
éste es casi todo el cerebro que existe. Entre los elementos comunes al hombre y a
los reptiles, que suponemos provenientes del componente R (cerebro reptílico) figuran
la selección del hogar, la territorialidad, el involucramiento en la caza, apareamiento,
crianza y, de acuerdo a McLean, también intervienen en la formación de jerarquías
sociales y selección de líderes. Tiene participación en los comportamientos ritualistas.

Salvo algunas excepciones, pareciera que estos comportamientos forman parte de las
conductas burocráticas y políticas del hombre actual. Se dice que "mató a sangre fría"
y la metáfora alude al componente R y a la "sangre fría" de los reptiles.

Rodeando al complejo R se encuentra el sistema límbico. Lo tienen


rudimentariamente los reptiles y, por supuesto, los mamíferos. El comportamiento de
los mamíferos, desde las clases más inferiores hasta las más desarrolladas,
incluyendo a los humanos, difiere de los reptiles no sólo en la gama mucho más vasta
de comportamientos posibles, sino porque en ellos aparece la emoción. Algo muy
importante es que este sistema no sufrió grandes cambios desde las especies menos
avanzadas hasta las más desarrolladas. Esto se advierte en las expresiones de furia
de un gato o un perro, notablemente similares a las de un humano en la misma
situación. No es nada comparable con la impasibilidad de la expresión de los reptiles.

Es llamativo que la casi totalidad de los psicofármacos actúen en el sistema límbico.


Los sistemas neuroendocrino, neuroinmune, neurovegetativo, los ritmos circadianos,
todos ellos fuertemente influenciados por las emociones, tienen allí su sede.

La amígdala, parte importante en esta región, tiene un papel trascendente en la


agresividad. Recordemos que, actuando armónicamente con el circuito septal,
constituirían la sede neuroanatómica y neurofisiológica de los instintos de vida y de
muerte de Freud. Existen motivos para creer que la base del comportamiento altruísta
se encuentra en el cerebro límbico. El amor (instinto de vida) parece ser una
adquisición de este cerebro. Muchas investigaciones documentan que las emociones
son patrimonio de los mamíferos y, en algunos casos, de las aves. Precisamente las
especies que, fuera de los insectos sociales, cuidan de sus crías.

Los sitios más primitivos de agresión, la agresión depredadora, han sido ampliamente
estudiados, y numerosas estructuras filogenéticamente muy antiguas han sido
implicadas, incluyendo el hipotálamo, el tálamo, el mesencéfalo, el hipocampo y,
como ya se dijo, el núcleo amigdalino. La amígdala y el hipotálamo trabajan en
estrecha armonía, y el comportamiento de ataque puede ser acelerado o retardado
según sea la interacción entre estas dos estructuras. Por lo tanto, vemos que la
inhibición de la agresión puede ocurrir entre dos elementos neuroanatómicos
Por último, aparece el neocórtex, que ya se presenta en estado rudimentario en los
mamíferos inferiores, sufre un desarrollo impresionante en los primates y este proceso
se vuelve explosivo en la línea de los homínidos y en los grandes mamíferos
acuáticos. La velocidad, volumen y trascendencia de este desarrollo parece haber
incidido para que la integración a los dos primitivos cerebros que le precedieron -y que
ellos lograron entre sí- no se cumpliera completamente. Tal vez esta discrepancia
permita explicar la disparidad entre la curva de crecimiento de los logros científicos
por una parte y la falta de mejoría apreciable en el control de las emociones y la
primacía de la conducta ética por otra.

La agresión y su subproducto perverso, la destructividad, requieren el compromiso de


estas antiguas estructuras. Sin ellas no habría verdadera agresión, ya que ésta ni es
una abstracción ni es definida por sus consecuencias.