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ALBA BLANCO La Playa de Las Teresitas cumple este año cuatro décadas como la costa

artificial más grande de Tenerife. Desde que en 1973 la arena negra original se
reemplazara por tierra importada del desierto del Sáhara, la única playa de la capital se ha
convertido en la más concurrida de la Isla, mientras que los vecinos de San Andrés añoran
la costa natural que bañaba el pueblo hasta hace 40 años.

En 1973, esta playa, situada en el margen izquierdo del Barranco de San Andrés y
formada por bancos de arena negras y depósitos litorales de cantos rodados fue objeto de
una regeneración profunda consistente en el vertido y explanación sobre el sustrato
existente de varios miles de toneladas de arena procedente del antiguo Sáhara español, y
en la construcción de dos espigones laterales y una escollera con objeto de preservar la
conservación de la nueva tierra.

Hasta su transformación, la Playa de Las Teresitas estaba dividida en tres partes bien
diferenciadas que poseían nombres distintos. La primera y más próxima a San Andrés era
conocida como Tras la Arena, donde los vecinos solían bañarse y organizar merendolas al
atardecer. La segunda, Los Moros, estaba en medio y tomaba su nombre de un grupo de
marroquíes que se asentaron en la zona. Por último estaba la parte localizada en el
Barranco de Las Teresas. De ahí tomó la playa su nombre actual tras la remodelación.

La antigua costa de Las Teresitas apenas tenía una pequeña zona de arena negra. El
resto era de piedra, sobre la que se aposentaban los bañistas. "Era una playa muy
peligrosa, porque el agua golpeaba con mucha fuerza y cuando había pleamar las olas
llegaban hasta el final y rompían contra las piedras", recuerda Antonio López, quien
asegura que "incluso llegó a morir gente".

López es propietario del quiosco Sara, situado en la playa en la actualidad. Su madre ya


regentaba allí un pequeño puesto de madera de 30 metros cuadrados ocho años antes de
que se llevase a cabo la transformación de la costa. "Vendía sardinas fritas que compraba
a los pescadores de San Andrés cuando regresaban de su faena", evoca el empresario,
para añadir que "una vez que se trajo la arena nueva ya se pusieron los quioscos que
tenemos ahora".

Antonio López, a diferencia del resto de vecinos, considera que "aunque ya no es natural,
la playa está mucho mejor ahora". "Las Teresitas es desde 1973 una de las playas más
bonitas de la Isla", considera. En aquella época, esta zona de baño no era frecuentada por
turistas y apenas por santacruceros, como ocurre en la actualidad. Por entonces, un
pequeño camino en la montaña que conducía a Igueste de San Andrés era el medio de
acceso por el que llegaban a pie los bañistas hasta la orilla. "En medio de la playa había
un balneario privado que pertenecía a una familia belga", cuenta Eustasio Melián, vecino
del pueblo.

La fuerza del agua y el viento que siempre ha caracterizado a Las Teresitas –dada la
orientación y ubicación de esta playa– hacían de la costa de San Andrés un lugar propicio
para el surf por aquellos años. Según Melián, "los vecinos venían con tablones de madera
y se lanzaban al agua a coger olas". "Era muy divertido", asegura.

La escasa arena negra de origen volcánico de la que se componía esta costa chicharrera a
mediados del siglo pasado fue desapareciendo a medida que las empresas constructoras
de la ciudad se abastecían de ella para obtener su material. Esto, unido a que la
construcción del Puerto de Santa Cruz hizo desaparecer las antiguas playas de Ruiz, San
Antonio y Los Melones, llevó al Ayuntamiento capitalino a plantearse en 1953 la
construcción de una playa artificial en San Andrés, ya que la zona de baño ofrecía la
posibilidad de ser transformada, dada su gran extensión.

En 1961, el Ministerio de la Vivienda aprobó el Plan de Ordenación del barrio de San


Andrés y su costa. Los ingenieros Pompeyo Alonso y Miguel Pintor diseñaron la nueva
playa en un proyecto que quedó aprobado por el Ayuntamiento en junio de 1965, y dos
años más tarde una Orden Ministerial autorizó las obras.

La transformación de la zona suponía ensanchar la parte arenosa hasta los 80 metros, por
lo que el mar ganó terreno sobre el litoral, lo que supuso la expropiación de decenas de
fincas ubicadas frente a la playa, gracias a las que subsistían familias enteras en San
Andrés.

Francisca Melián recuerda que "la agricultura era la principal fuente de riqueza en el
pueblo, por encima de la pesca". "Se arrojaron muchas lágrimas con la transformación de
la playa", asegura Melián. Según esta vecina, "de las huertas anexas a Las Teresitas se
obtenían unos plátanos, mangos, tomates y aguacates exquisitos".

La fuerza que el mar alcanza en esta zona obligó a construir un escalón de corte dentro
del mar y un dique rompeolas para reducir el peligro que suponía para los bañistas y evitar
que el agua arrastrara la nueva arena blanca. La obra de la escollera, de un kilómetro de
longitud y emplazada a 150 metros de la orilla, se realizó en 1968.

Al Ayuntamiento de Santa Cruz le salía demasiado caro cubrir el casi kilómetro y medio de
longitud que adquirió la nueva playa con el tipo de arena volcánica que había hasta
entonces, dado el elevado coste de esta por su escasez. Para regenerar y acondicionar la
zona, resultaba más económico importar la tierra del desierto del Sáhara Occidental –que
entonces era colonia española–, por lo que el consistorio chicharrero decidió comprar
arena blanca de la zona saharaui de El Aaiún.

El traslado

En 1971, el Ayuntamiento solicitó al Banco de Crédito Local 50 millones de pesetas para


adquirir el material. Se anunció entonces que un total de 150.000 metros cúbicos de arena
(270.000 toneladas aproximadamente) llegarían en breve a Las Teresitas. En total, se
transportaron cinco millones de sacos de arena rubia a bordo del barco Gopegui, de la
compañía Fosfatos de Bucraa. Los trabajos de vertido sobre la playa se realizaron durante
los seis primeros meses de 1973.

Finalmente, el 15 de junio de ese mismo año, la Playa de Las Teresitas se abrió al público.
"Al principio, la gente tenía miedo de pisar la arena nueva, porque en ella había
escorpiones, hormigas rojas, cigarrones y alacranes, que los niños ponían en las cañas de
pescar y con ellos asustaban a la gente", apunta Francisca Melián, vecina de San Andrés.
Según afirma, "el pueblo nunca ha aceptado la transformación que se hizo de la playa,
porque la original era preciosa y natural, pero nuestras opiniones nunca se tuvieron en
cuenta".

El acantilado que rodeaba la costa hasta hace 40 años resguardaba la playa del viento de
Las Teresitas que tanto critican los chicharreros en la actualidad. Sin embargo, la
expansión de la costa implicó recortar el barranco, de manera que las corrientes soplan
ahora aún con más fuerza que antes. Esto implica que, a pesar de que la escollera
minimiza la acción del oleaje y con ello aminora la movilidad de los arenales, el viento
levanta y arrastra muy frecuentemente los granos adentrándolos hacia el mar. Al impedir la
escollera y los espigones que la fuerza del mar devuelva la arena a la zona de tierra firme,
el escalón sumergido en el agua va alcanzando paulatinamente el nivel de la orilla, de
manera que la cantidad de arena blanca en el espacio seco de la playa va mermando
paulatinamente.

El problema

Este problema podría haberse evitado si se hubiese apostado por un tipo de arena de
grano más grueso, ya que en ese caso se habría minimizado e incluso anulado la
influencia del viento en la dinámica de estos arenales. La tierra negra original de Las
Teresitas era de un grano mucho mayor que el actual y estaba integrada por minerales
más pesados que los vertidos posteriormente en su superficie –cuarzo, anortita, calcita,
sericita y hematites–, por lo que resistían mejor a la acción del viento.

Cuando en 1973 el Ayuntamiento de Santa Cruz decidió apostar por la arena del Sáhara
para cubrir Las Teresitas –más atractiva para el turismo y para su uso lúdico–, los
responsables ya sabían que este tipo de tierra no posee el suficiente peso como para
resistir a las corrientes. Sin embargo, a la hora de elegir el nuevo sustrato primaron las
razones económicas, dado el elevado coste de la arena negra respecto de la tierra de El
Aaiún.

Así lo reconoció el entonces alcalde, De Loño Pérez, quien declaró: "Siento no disponer de
medios taumatúrgicos para poder dotar a la playa de la arena que requiere y hemos de
conformarnos con las posibilidades que tenemos y aceptar los inconvenientes, ajenos a los
deseos del Ayuntamiento"
.
La acción de la lluvia en la movilidad de estos arenales es prácticamente nula, puesto que
las precipitaciones en la zona de San Andrés son muy escasas y débiles. Sin embargo,
otro factor condicionante es la acción humana. Se trata de una playa muy concurrida
durante todo el año donde existe una continuada acción de limpieza y explanación de las
arenas superficiales por parte de los operarios del Ayuntamiento de Santa Cruz, mediante
palas mecánicas niveladoras que recubren con la tierra existente aquellas zonas donde
empieza a aflorar el sustrato anterior, pero sin realizar nuevos aportes arenosos a la playa.
Como consecuencia, Las Teresitas va perdiendo arena día a día desde que se llevara a
cabo el recubrimiento de la playa en el año 73.

Más toneladas

En 1998, 25 años después de reconstrucción de la costa de San Andrés, el Ayuntamiento


de Santa Cruz, dirigido entonces por Miguel Zerolo, decide reponer la arena para sufragar
las pérdidas que se habían producido hasta el momento. La playa volvió a regenerarse con
otras 2.800 toneladas importadas de nuevo desde el Sáhara, que costaron 400 millones de
pesetas. Los trabajos duraron siete meses, hasta noviembre de 1998.

Desde entonces, las opiniones se dividen entre los más nostálgicos, como Miguel Jorge
Expósito, quienes consideran que con la nueva obra "se ha destrozado la playa"; y los que
piensan, como Antonio López, que "la zona ha mejorado considerablemente, a falta de
rehabilitar las infraestructuras para los bañistas".

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