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IMAGINARIOS ATÁVICOS.

Como hemos visto, pertenecemos a una cultura que le cuesta trabajo entender
la complementariedad de los opuestos que nos plantea la filosofía del Yin y el
Yang. Casi sin darnos cuenta caemos en la necesidad de calificarlos con los
adjetivos de bueno o malo, normalmente a partir de una decisión valorativa que
está tomada previamente por la sociedad que nos rodea o, lo que es lo mismo,
en concordancia con lo que hemos aprendido como “socialmente aceptado”.

Vamos a llamar Imaginarios Culturales a aquellas creencias que se construyen


histórica y socialmente y que legitiman las acciones de las personas.

Desglosemos un poco la definición anterior. Decimos que son históricas porque las
creencias están definidas en el tiempo, es decir, se incorporaron en algún
momento de la historia por una decisión o un acuerdo colectivo y por eso son
sociales. En consecuencia con esta definición, ninguna creencia corresponde al
campo de lo natural. Dicho de otro modo, no es de la esencia de nuestra
naturaleza, no es el resultado de un código genéticamente transmitido y, por lo
tanto, pertenecen al ámbito de lo cambiante.

Cuando decimos que legitiman las acciones de las personas estamos haciendo
referencia a que estas formas de actuar tienen una aceptación de la sociedad
en la que se realizan.

Relación obediencia - desobediencia

Empecemos por analizar una relación simple y cotidiana: la dualidad obediencia


– desobediencia. Vivimos en medio de una sociedad que enseña a sus niños y
niñas a sólo obedecer, equiparando la obediencia con lo bueno y lo esperado.
Consecuentemente, la desobediencia es inconveniente y mala. Con bastante
regularidad se repite la máxima “La desobediencia es castigada”, es decir,
merece castigo porque equivale al mal. Con ella aparece el conflicto, que debe
ser eliminado a partir de la desaparición de sus expresiones. Cuando un niño se ha
salido de su casa sin permiso y llega de la calle llorando porque le ha pasado
algo, es normal que se le diga “si ve por desobediente, es un castigo de Dios”. El
niño empieza a interiorizar a Dios como un ser vigilante y castigador.

La obediencia corresponde a la lógica de la conservación, mientras que la


desobediencia es consecuencia de la fuerza de cambio. Ya vimos que estas dos
fuerzas son necesarias para la vida, sin embargo asumimos un comportamiento
colectivo (cultura) que desconoce este aprendizaje de la vida e intenta regularlo.

A casi todas las personas las han educado con la pretensión de reprimir la
desobediencia como inconveniente y mala; sin embargo, han terminado
desobedeciendo: la fuerza de la vida es más definitiva que los intentos culturales
por manejarla. A pesar de este aparente fracaso de la cultura, que se evidencia
especialmente en la época de la adolescencia, cuando las personas se hacen
adultas y tienen la responsabilidad de educar, de nuevo repiten lo que les
enseñaron, con la generación siguiente, haciéndolo casi de forma inconsciente.
Es la fuerza de la cultura.

Este aprendizaje tiene consecuencias importantes en las sociedades: el esquema


que se interioriza en las relaciones familiares, se repite luego en las relaciones
institucionales, háblese de la escuela, la iglesia, la empresa, el Estado. En todas
ellas se sigue mostrando el ideal de educando, feligrés, empleado o ciudadano
como aquel que acata dócil y obedientemente las decisiones que toman sus
superiores, sin cuestionarlas, sin objetarlas. La desobediencia es percibida como
un ejemplo peligroso para la comunidad y hay que satanizarla. Como resultado
de lo anterior, tenemos ciudadanos y ciudadanas que no se atreven a exigir sus
derechos, que no cuestionan ni regulan la autoridad, construyendo campos
propicios para el autoritarismo y la corrupción.

Dicho y visto lo anterior, significa que ahora la desobediencia es buena y, en


consecuencia, la obediencia es mala?. No, ninguna de las dos es mala en
esencia, las dos pueden ser convenientes o inconvenientes según sea el caso, por
lo que se requieren sociedades que se atrevan a enseñar a obedecer y también
a desobedecer a sus niños y niñas, aprendiendo a hacer una y otra cosa con
razones, de forma que sean capaces de desarrollar tanto su capacidad de
regulación, como su capacidad de autonomía.

En torno a lo igual y lo distinto o diverso

En algún momento de este proceso evolutivo de la vida, todos los seres vivos que
existían y que se reproducían sexualmente, eran hermafroditas, es decir, tenían los
dos sexos y se reproducían consigo mismos, hasta que en algún momento la vida,
y Dios para los que tenemos una visión trascendente de este proceso, separa los
sexos. ¿Por qué sucedió esto? Vamos a explicarlo de forma sencilla.

A A + B

B C
Si B procede de sólo A, las probabilidades de que B sea genéticamente igual a A
son muy altas. Si C procede de A más B, las probabilidades de que C sea
genéticamente igual a A, o genéticamente igual a B, son muy bajitas. La vida
separa los sexos para garantizar la diversidad.

Un caso de la vida cotidiana seguramente permitirá entenderlo mejor.. Si hago


sopa de papa, las probabilidades de que esa sopa me sepa a papa son muy
altas. Pero si hago un sancocho, las probabilidades de que esa sopa me sepa a
papa, o a yuca, o a plátano son bajitas.

Miremos algunos ejemplos que nos permitan evidenciar lo anterior.

Una sociedad protectora de animales decidió salvar de la extinción a los búfalos


europeos. En ese momento quedaban sólo veinte animales de esta especie.
Crearon las condiciones medioambientales convenientes para facilitar su
reproducción, posibilitaron leyes que los protegieran de la caza, logrando en
relativo poco tiempo su aumento en número, pero todavía no han superado la
amenaza de la extinción. La razón? Todos los búfalos europeos que existen
actualmente proceden de los mismos veinte; no ha pasado suficiente tiempo
desde que se tomó la decisión de protegerlos y, por lo tanto, no hay aún
suficiente diversidad genética: una peste los puede matar a todos.

Con el café se ha presentado una situación similar. En la década del setenta se


tomó la decisión de cambiar el café calidad Colombia, por el café caturro. El
primero llevaba ya en el país más de cien años, por lo que la diversidad genética
era ya una realidad, mientras que el segundo estaba recién importado. Este
cambio supuso el desborde de plagas como la broca y la roya que amenazaron
seriamente la caficultura. Además, el de calidad Colombia necesitaba de
sombra, por lo que ello posibilitaba el cultivo de otro tipo de plantas. El segundo
profundizó el monocultivo.

En conclusión: la vida separa los sexos para garantizar que se multiplique la


diversidad, porque con ello crecen las garantías de la sobrevivencia de la vida.

A pesar de las evidencias de la vida, construimos una tendencia cultural que nos
hace preferir lo igual, lo uniforme y, en consecuencia, a desconfiar de lo diverso,
lo distinto. Consecuentes con este aprendizaje cultural, una buena parte de la
historia de la humanidad ha estado dedicada a la destrucción sistemática de lo
que percibimos como distinto. Nos hemos matado por tener distinta opción
religiosa, por tener distintas opciones políticas, por ser de distinta etnia. En aras de
este aprendizaje, hemos terminado agrediendo, y hasta matando, a quienes son
seguidores de un equipo de fútbol distinto al nuestro. Nos hemos matado por todo
aquello que representa ser diversos, intentando ser iguales. Es un código
aprendido culturalmente, que contradice un código de la vida.

Cuando una persona está buscando con quién compartir su vida, lo busca lo más
parecida a sí misma. Con el tiempo la gente se separa y argumenta “es que
salimos tan distintos”.
En un “alto grado de civilidad”, a lo más que hemos llegado es a proponer la
“tolerancia” con el diverso, que significa, de algún modo, el soportarlo. Y la vida,
¿nos enseña tolerancia con la diversidad, respeto con la diversidad o necesidad
de la diversidad? Especialmente necesidad de la diversidad. Las especies que
tienen incorporada mayor diversidad genética, poseen mayores posibilidades de
sobrevivencia. Y nosotros hemos intentado culturalmente destruir la diversidad.

Ahora bien, cuando se dice que la vida enseña la diversidad, no significa el


menosprecio de lo igual. Sin ello tampoco sería factible la vida, porque la
reproducción sólo es posible entre seres de la misma especie. En conclusión, la
vida en este planeta necesita de la presencia de lo igual y lo diverso. Las dos
cosas, que son aparentemente contradictorias, son mutuamente
complementarias y necesarias.

Los fuertes y los frágiles

Esta es otra paradoja alrededor de la cual se dan aprendizajes culturales que


tienen sus implicaciones en la vida social de los seres humanos y que, por lo tanto,
influye en nuestra percepción y acercamiento a los conflictos.

Construimos sociedades reguladas por la predominancia de la fuerza física.


Desde pequeños nos enseñan que la fuerza y el triunfo en la vida tienen una
relación directa: “el mundo es de los fuertes”, nos repiten constantemente; “sólo
sobreviven los fuertes”, haciendo depender la vida de la capacidad de imponer
la fuerza física. Desde esta percepción hemos leído la evolución de las especies.
Sin embargo, la vida nos enseña otra cosa. Si eso fuera cierto absolutamente, hoy
habría en el planeta dinosaurios y habrían desaparecido las mariposas. Estas
siempre han sido frágiles y lograron sobrevivir a los primeros, demostrando que la
fragilidad también es una estrategia de la vida. Nuestra raza, la sapiens-sapiens,
no era la más fuerte entre los homínidos. Paradójicamente, fueron sus propias
fragilidades las que la llevaron a desarrollar capacidades de adaptación que
fueron determinantes para su sobreviviencia.

Sin embargo, nuestra realidad social está permeada por la necesidad de


evidenciar la fuerza que permita la dominación como elemento sin el cual no se
puede subsistir, haciendo de la competencia un regulador social, convirtiendo la
vida en un campo de batalla permanente en el que al final sólo puede haber
vencedores y perdedores, dominadores y dominados, victimarios y víctimas,
legitimando, de alguna forma, el uso de la fuerza de los primeros sobre los
segundos.

En esta perspectiva se dan nuestras relaciones con la naturaleza. En


consecuencia con ella nos sentimos, los seres humanos, llamados a dominar la
Tierra y poner a nuestro servicio a todos los seres vivos que la componen.
Esta lógica permea también las relaciones de género. Los hombres, que tienen
una mayor facilidad para desarrollar fuerza física, aparecen como los llamados a
dominar el “sexo débil”, las mujeres, lo femenino. Desde esta mirada se han
distribuido culturalmente los roles, atribuyendo los papeles de lo fuerte a los
hombres y de lo débil a las mujeres, desconociendo que todas las personas son
fuertes y frágiles al tiempo.

Esta regulación hace que frases como “los hombres no lloran” se conviertan en
determinantes de los comportamientos socialmente aceptados para hombres y
mujeres. Un hombre que llora, que deja ver su lado frágil, es considerado “una
nena” y se duda de su masculinidad. Una mujer que asuma roles considerados
masculinos es tildada como poco femenina. Los afectos, considerados como una
expresión de fragilidad, son para las mujeres, condenando a los hombres a una
permanente incapacidad afectiva y, en consecuencia, mutilándolos de una
característica profundamente humana, deshumanizándolos, por nombrar sólo un
ejemplo de las consecuencias de esta construcción cultural.

La fuerza física también define las relaciones intergeneracionales. Los niños, las
niñas y los adultos mayores son tratados como minusválidos sociales y se
encuentran supeditados a quienes hacen gala de una mayor fuerza.

La economía y la política son espacios sociales que nos ejemplifican esta realidad
cultural. Nos encontramos en medio de una crisis financiera, que se inició por la
incapacidad de un gran número de deudores de vivienda para responder a los
requerimientos económicos de las entidades prestamistas. El mundo de lo político
no pensó en una alternativa que ayudase a los ciudadanos afectados, pero sí ha
acudido, en medio de una preocupación generalizada, a ayudar con los recursos
que recoge de la ciudadanía a través de los impuestos, para intentar salvar a una
banca en crisis por su propia irresponsabilidad especulativa. Para la mayoría de la
gente esto es “normal”, porque “el mundo es de los fuertes” y los frágiles
dependen de ellos.

Otro caso. En el año 2002, al inicio de este gobierno, se aprobó una reforma
laboral que legalizó, entre otras cosas, la reducción de las horas extras y los
dominicales con el argumento de estimular la economía. En otras palabras, se
redujo el poder adquisitivo de los más frágiles económicamente para ayudar a los
más fuertes. Este tipo de medidas ha estado legitimada (entendida como la
aceptación social de la acción) por el mismo imaginario cultural de la
supeditación de los frágiles a los más fuertes.

Y, de nuevo, no es que la fuerza no sea necesaria para la vida. Se trata entonces


de aceptar la fragilidad como parte integrante de la fuerza y viceversa.

La relación de mutua destrucción entre el bien y el mal

Hay una construcción cultural que está al fondo: la necesidad de establecer una
línea divisoria entre el bien y el mal. Es un imaginario simple: hay que procurar lo
bueno y eliminar lo malo. Con el mal no se negocia, hay que destruirlo o, en el
peor de los casos, dominarlo.

En la relación obediencia – desobediencia, la buena es la primera y, por


consiguiente, la segunda debe ser extinguida o dominada.

En el caso de lo igual y lo diverso, los buenos son los que piensan, sienten y obran
como nosotros, es decir, los iguales. Pensar, sentir, obrar distinto no sólo es
inconveniente, sino que se asimila al mal.

Lo mismo sucede entre lo fuerte y lo frágil. Ser fuerte está de parte del bien, ser
frágil es equivalente al mal. Al fuerte se le permiten todo tipo de mecanismos para
lograr sus objetivos.

Cómo y cuándo aprendemos esta forma de percibir la relación entre los


opuestos? El proceso de aprendizaje se inicia desde la más tierna infancia. Una
prueba de ello es que los niños y las niñas cuando no entienden una película que
están presentando en la televisión, su pregunta habitual es “quiénes son los
buenos y quiénes son los malos” para ponerse de parte de los primeros, sufrir
cuando ellos sufren, alegrarse cuando a los malos les va mal y hacer fuerza para
que el dilema se decida a favor de los “buenos”.

Vivimos en una sociedad que define cuál de los opuestos es el bueno y, en


consecuencia, cuál es el malo. Cuando no está definido claramente, se da una
lucha social que pretende decidirlo para lograr así poner a la gente de parte del
bien. Miramos al otro o a la otra con una percepción “prejuiciada” que nos
impide o dificulta un análisis más detallado y juicioso.

Y en esta lucha de contrarios hemos legitimado el uso de la “violencia buena y


útil”.

El uso de la violencia es percibido como un mecanismo adecuado para someter


o eliminar la desobediencia. La violencia intrafamiliar no es el producto de unos
padres malos; es el instrumento de los buenos padres para aconductar a sus hijos
e hijas.

La violencia ha permeado muchas de las formas para tratar los conflictos; no es


parte de ellos, es un mecanismo aprendido culturalmente. El problema no está en
los conflictos que, como se ha ido viendo, son consustanciales al desarrollo de la
vida, la dificultad está en el método utilizado para tratarlos. Es cuestión de
método, de medios. Gandhi lo evidenció al decir que “hay que cuidar los medios,
que los fines se cuidan solos”. También previno que “un buen fin puede terminar
pervertido por el uso de un mal medio”. En contraposición las sociedades han
terminado aceptando sin cuestionar que “el fin justifica los medios”, máxima
expuesta por Maquiavelo en “El Príncipe”.
Hemos inventado la violencia generalizada, la guerra, como un método
adecuado para dominar, someter o destruir a quienes piensan y obran distinto y
ha sido el instrumento ideal para la codicia de los más fuertes.

La violencia contra la naturaleza casi ni se cuestiona. Ella bebe su legitimidad en


la necesidad de la dominación de la misma; la preponderancia de los seres
humanos sobre el resto de los seres vivos. Nuestros sistemas de producción están
basados en su uso indiscriminado e ilimitado. En este mismo espíritu se inscribe la
destrucción sistemática de la biodiversidad natural y necesaria, para
reemplazarla por sistemas de monocultivos. El uso del fuego, tan aceptado como
método entre muchos sectores del campo, destruye la capa vegetal y el
equilibrio natural construido en millones de años en el Planeta y se justifica desde
la “supuesta necesidad” de la dominación.

Las violencias de género estaban hasta hace poco tiempo protegidas por la ley.
Nos sorprendemos con la expresiones de la misma, pero seguimos repitiéndole a
los niños “mijo, no se deje, no sea pendejo”; seguimos perpetuando en la vida
cotidiana que la mujer está al servicio del hombre, educando de distinta forma a
las niñas y a los niños, inculcando una actitud sumisa en las primeras. Las
violencias sexuales, que nos escandalizan tanto, son resultado directo de la
negación sistemática del derecho que tienen las mujeres a ser sujetos de placer.

Y esta legitimación permanente de la violencia atraviesa todos los espacios de las


relaciones sociales, desde los más privados hasta los más públicos, otorgándole el
poder a los más fuertes para que la usen en la búsqueda de su imposición:
permitimos la violencia que ejercen los padres sobre sus hijos e hijas, la violencia
de los varones sobre las mujeres, la violencia sobre la naturaleza, la violencia de
los Estados sobre los ciudadanos.

Concluyendo, podemos ver cómo socialmente legitimamos el uso de quien tiene


más poder para imponerse por la fuerza sobre quien no lo tiene. Por ello es que
intentaremos en nuestro próximo capítulo acercarnos a este tema