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Presentación de Sociedad Futura. Programa de investigación e hipótesis.

Los que hacemos esta publicación web nos definimos socialistas. Estas convicciones tienen su
origen en el rechazo de la injusticia, la explotación y la degradación humana que son rasgos
propios de la sociedad capitalista. Pero también tenemos presente que la emancipación global de
la humanidad dista bastante de recorrer senderos claros, directos y trasparentes. La norma
histórica ha sido la exactamente contraria. Hemos asistido en la historia moderna a callejones sin
salida, vías de cambio social que recorren tramos exitosos y súbitamente se agotan así como
diversos tipos de fenómenos híbridos y disonantes con las diversas filosofías de la historia y, sobre
todo, porque es lo que nos interesa, de cualquier perspectiva real de liberación social.

Nuestras convicciones socialistas están atentas a probarse con los desafíos que la historia plantea
en su curso intempestivo y no lineal. El rechazo a una sociedad no se traduce necesariamente en la
eventualidad de su destrucción/superación. Los grandes teóricos y militantes de la tradición
socialista desarrollaron sus hipótesis a partir de la premisa metodológica de que el cambio de un
orden social debe estar de algún modo presupuesto en elementos materiales que ya están
presentes en la vida de la sociedad.

En ese sentido, reconocemos que la instauración de la sociedad capitalista inauguró una época de
la humanidad que trajo cambios económicos, sociales y culturales progresivos que aceleraron y
volvieron más complejo y abierto el tiempo de nuestra existencia histórica. Y que,
fundamentalmente, posibilitaron la existencia de una historia común de la humanidad y el
incremento de sus potencias genéricas. Pero también esta apertura de posibilidades siempre
estuvo acompañada de una persistente barbarie y brutalidad en lo que hace a la introducción de
esos cambios. La acumulación originaria del capital y la historia del sistema colonial de Occidente
nos proveen de suficientes ejemplos como para que no sea necesario acumular casos que
fortalezcan este argumento.

El orden social capitalista instaló una serie de posibilidades de liberación humana que se realizaron
en algunos casos, a pesar que en la mayoría de ellos esas aspiraciones de emancipación se vieron
frustradas, y su desarrollo fue acompañado por una violencia estructural contra las mayorías
sociales que, en su devenir actual, aumenta cualitativamente. La etapa neoliberal, iniciada a fines
de los años setenta, ha significado una intensificación cada vez mayor de esa violencia sistémica.
Esto ha tenido como consecuencia la destrucción de numerosos vínculos sociales mediante la
apropiación privada de bienes comunes, el simultáneo aumento del control social y de la
inseguridad a nivel mundial, la hipertrofia del tejido urbano, la degradación ambiental, el ataque
continuado sobre el mundo del trabajo, la erosión de las condiciones de base para la economía
campesina así como otros síntomas mórbidos de la vida capitalista.

Esta enumeración de problemas que cruzan los más diversos ámbitos sociales y espacios nacional-
estatales dejan a la vista una crisis civilizatoria. La cual está muy lejos de resolverse. Esto se debe a
que el capitalismo en su etapa neoliberal ha sido exitoso en desestabilizar las bases sociales en las
que se apoya su principal antagonista, la clase obrera, con lo cual simultáneamente reaviva y
recrea los componentes estructurales que sustentan a ese mismo malestar de la civilización.

Los que hacemos esta publicación nos reconocemos parte de la tradición socialista en sus diversas
vertientes. Tenemos la convicción que esta tradición no se encuentra en las mejores condiciones
que favorezcan su despliegue. El siglo XX no ha pasado en vano y, a pesar de que es fácilmente
reconocible que el movimiento socialista ha conocido derrotas y victorias, tenemos aún sobre
nuestras espaldas la llamada crisis del marxismo de los años setenta que preanunciaba el fracaso
(y la caída) del “socialismo realmente existente” y la posterior reconversión de la socialdemocracia
en un reformismo sin reformas, incapaz de escapar del programa único neoliberal. Esta situación
de derrota también incluye a las fracciones minoritarias de la extrema izquierda del movimiento
obrero socialista y comunista (trotskismo, consejismo, maoísmo, nacionalismo radical, etc) cuya
razón de ser militante era impugnar la política de las posiciones mayoritarias desde un ethos de la
legitimidad revolucionaria. Pensamos que todas estas experiencias constituyen un rico patrimonio,
del cual es posible aprender ciertas lecciones políticas, tácticas y estratégicas, importantes, pero
ya no son el centro teórico-político de un programa para el socialismo del siglo XXI. La izquierda de
nuestro tiempo milita sin una hoja de ruta. O se hunde, patéticamente, en el doctrinarismo de un
saber ya cristalizado pero casi completamente estéril e inofensivo. Estamos obligados a inventar o
a errar como dijo un gran caraqueño. No se inventa sobre la nada; necesariamente se parte de
algunas cuestiones ya conocidas pero el resultado al que se debe llegar no puede ser sabido de
antemano, como sucede con las elucubraciones de las sectas de izquierda.

Esta es la base de lo que creemos que debe ser el programa de investigación de una izquierda a la
altura de los tiempos. No aspiramos a ser capaces de dar respuestas inmediatas y globales a estos
propósitos. Pero sí a trabajar sin pausa y con humildad en esta dirección. Somos concientes de la
crucial diferencia entre la teoría y el conocimiento. La teoría nos indica sugerencias en torno a las
cuales podemos pensar qué es lo que hay que mirar mientras que el conocimiento es la
producción real, concreta y delimitada, de algo que no estaba en el punto de partida, de un
resultado nuevo. El conocimiento es el arma decisiva de los que luchan, ya que no se puede
triunfar ignorando las condiciones materiales de la batalla en la que se está involucrado. El
doctrinarismo de izquierda consiste en anular esta diferencia en beneficio de una teoría que ya
tiene las principales respuestas en su mano. De esta forma, la producción de conocimiento deja de
ser prioridad y la teoría se convierte en mera doctrina. De más está decir que no alentamos el
error inverso de correr detrás de lo que aparece como novedoso. Lo nuevo no siempre es tal, así
como lo viejo. Para determinar qué es lo nuevo y qué es lo viejo se vuelve condición necesaria
elaborar un programa de investigación y una serie de hipótesis, por más provisionales y limitadas
que éstas puedan ser.

También nos parece que el programa científico de la crítica de la economía política marxiana sigue
siendo un programa de investigación que nos puede ayudar en mucho a descifrar aspectos
sustanciales de la sociedad capitalista en que vivimos. En ese sentido, somos teóricamente
conservadores, ya que vemos como algo francamente estúpido desechar posiciones teóricas que
todavía pueden ser de gran utilidad para el movimiento obrero y popular. Al mismo tiempo
creemos que es muy importante establecer un diálogo con los desarrollos científicos
contemporáneos así como con otras disciplinas y puntos de vista, como el psicoanálisis, el
feminismo, la ecología y las diferentes prácticas artísticas.

Los miembros de Sociedad Futura pensamos que cualquier oportunidad que tenga el socialismo en
los próximos tiempos solamente puede surgir de los conflictos reales que cruzan a la sociedad. En
América Latina asistimos en la primera década de este siglo a la instauración de gobiernos de
carácter democrático popular, los que sin cuestionar de hecho las relaciones de producción
capitalistas, se convirtieron en el principal obstáculo para la expansión neoliberal. Creemos que,
independientemente de las vicisitudes que encuentren estos procesos, las banderas y
reivindicaciones que plantearon forman una base real para proseguir el desarrollo de los
antagonismos que el curso neoliberal hace estallar y simultáneamente busca reprimir. Una
cuestión muy importante que se deriva de esto es la reconsideración teórico-política de la
dialéctica entre reforma y revolución en los procesos de transformación social. Contrariamente a
la izquierda doctrinarista pensamos que la etapa neoliberal del capitalismo pone a la orden del día
la elaboración de un programa de reformas que disputen la administración de los bienes a una
derecha cada vez más voraz y que ignora todo límite social razonable. Al mismo tiempo creemos
que es completamente equivocada la postura de la izquierda autonomista de borrar los límites
entre reforma y revolución, tachándola como una cuestión irrelevante cuando, en verdad, es muy
importante conservar la diferencia específica de cada uno de esos términos.

Una izquierda a la altura de la época tendrá que hacer un esfuerzo considerable en el trabajo
programático en torno a problemas específicos sobre los cuales plantear proyectos de reformas
radicales en los que se esboce una perspectiva de reconstrucción alternativa de la sociedad. Esta
mirada tiene que concebirse como un proceso de experimentación y de aprendizaje, que estimule
las formas contemporáneas de la solidaridad, de experiencias autogestionarias, de redes no
comerciales de distribución alternativas, de acceso abierto a los servicios públicos, de políticas de
transporte sustentables ecológicamente y no subordinadas al mercado, de intervenciones sobre el
trazado urbano que reconcilien la ciudad con sus habitantes y otras problemáticas similares. Si los
socialistas no tenemos elaboraciones sobre estas cuestiones caemos en la postura que reduce
toda la política de la izquierda a esperar el gran día del amanecer rojo, cuyos subproductos reales
suelen ser el oportunismo parlamentario, el sindicalismo estrecho o una mixtura de ambos. Esto
no significa caer en el extremo opuesto, la visión puramente gestionaría que no se encuentra
articulada a un proyecto político global alternativo.

Otra zona temática importante, especialmente en los países del mundo periférico y semiperiférico
es la cuestión del desarrollo. La izquierda revolucionaria pensó al imperialismo como una
condición de bloqueo absoluto al desarrollo económico y, a la vez, a la revolución social como la
única vía real para generar un proceso de desarrollo acelerado. Se creía en una vinculación
necesaria entre la revolución, la emancipación social y el desarrollo económico. La experiencia
histórica ha mostrado que el vínculo entre estos términos es mucho más contingente de lo que las
fuerzas de izquierda lo habíamos considerado. Una vez aceptado esto, el problema del desarrollo
económico adquiere la especificidad necesaria y deja de estar subsumido a la problemática de la
explotación de clase, la cual no pierde centralidad pero queda ubicada más correctamente en la
totalidad social. La necesidad de evaluar las formas y los contenidos de un modelo de desarrollo
nacional tiene que ser una parte muy importante para los planteos de la izquierda. Lejos de borrar
la problemática de la transformación social anticapitalista, parece ser una condición necesaria
para llevarla a cabo. En relación a los problemas del desarrollo económico, y a su correlato con la
lucha por el socialismo, pensamos que se vuelve necesario reflexionar sistemáticamente sobre los
efectos de la revolución informática, las nuevas formas de la relación capital-trabajo, el papel del
conocimiento en la producción, los procesos de aprendizaje tecnológico, los límites, los obstáculos
y los puntos de apoyo para el desarrollo en el contexto de la globalización, etc.

Los puntos centrales del debate estrictamente político, para los socialistas, son hoy los de la
democracia y el estado.

Estamos lejos de entender la democracia en la misma sintonía institucionalista que la


intelectualidad de izquierda de los años ochenta. El tiempo no ha pasado en vano y el balance
histórico se lee con claridad. En la democracia política actual se reconoce una tendencia a la
repulsión de los intereses y las iniciativas de las clases subalternas y una profundización de una
gobernanza sustentada en el exclusivismo neoliberal. La orientación hacia el vaciamiento de la
democracia, es decir de su democraticidad, parece difícilmente reversible. Esto no se traduce en
una indiferencia ante las formas que asume el estado capitalista pero es fundamental determinar
cuál es la dirección general que toman los procesos políticos. Y hay que decir que el único
autogobierno que favorece la democracia contemporánea es el autogobierno del capital. La
reivindicación de la soberanía popular es una bandera programática básica para los socialistas. Es
más, su rebajamiento y degradación es una condición necesaria para la imposición de los ajustes y
austeridades del neoliberalismo. Cualquier recuperación real de la soberanía popular pasa por el
control democrático de la administración de los asuntos generales de la sociedad en contra la
violencia sistémica del capital.

Los que hacemos Sociedad Futura reivindicamos a la democracia como un movimiento que, en
diferentes formaciones sociales, ha asumido las reivindicaciones de los sin poder, de la plebe en
contra de los que se adueñan de los bienes y del gobierno. Las diferentes gestas democráticas han
tenido manifestaciones muy diversas, desde la antigüedad griega y romana hasta las grandes
revoluciones democráticas y populares, como la inglesa y sobre todo la francesa. Un largo y
extenso combate que va desde Gerrard Winstanley, Maximilien Robespierre y algunos dirigentes
de nuestro continente como Toussaint Louverture hasta la militancia obrera, socialista y
revolucionaria cuya historia recorre desde fines del siglo XIX hasta nuestros días, y que incluyen los
intentos, complejos y en parte importante fallidos, de construir una sociedad socialista.

En términos de lo que se consideran posturas críticas y reformas avanzadas en el interior del


orden existente, somos partidarios de la democracia participativa y protagónica y también
defensores decididos de la renta básica. Pensamos que ambas cuestiones representan
importantes pasos adelante para los trabajadores, que mejorarían la relación de fuerzas entre las
clases populares y las clases dominantes y forman parte del programa mínimo de una fuerza
socialista que reúna combatividad e intención renovadora.

Es imposible pensar hoy un proyecto de cambio social sin tener al aparato de estado en nuestra
mira. Los procesos democrático-populares que hemos vivido durante la pasada década en América
Latina han mostrado la importancia de disponer de estos puntos de apoyo para apuntalar
reformas sociales y democráticas profundas. Alcanzar el gobierno es una condición necesaria para
cualquier proyecto político transformador. Pero también sabemos que el estado no es el gobierno
y que todos los intentos de usarlo como punto de apoyo se verán confrontados a la internalización
de las prerrogativas del capital en su seno. Desde el sistema judicial hasta las fuerzas del orden y
los servicios estatales y paraestatales, hasta los enclaves bajo control de las grandes empresas,
existen mecanismos que permiten el contragolpe de las clases propietarias y que no se dejan
utilizar para otros fines. En esta cuestión es importante constatar, para los socialistas, la existencia
de un punto ciego estratégico, que no se resuelve con apelaciones a los clásicos del marxismo ni,
mucho menos, con el recurso a los frutos pasados del pensamiento liberal conservador.

Es probable que los futuros combates por una democracia socialista conozcan el desarrollo de una
guerra de posiciones tanto antes como después de la toma del poder político, así como un proceso
continuo de luchas, de experimentación colectiva, de poder popular desde abajo a lo que hay que
adicionar profundos cambios institucionales, que probablemente tendrán la forma de procesos
constituyentes que guardarán parentesco con los que hemos vivido en América Latina pero que
deberán alcanzar una escala más avanzada. El objetivo mayor de este tipo de procesos pasa por la
formación de una voluntad colectiva nacional-popular que lleve –como decía Gramsci- a la
realización de una forma superior de civilización.

El proyecto de construcción de una voluntad colectiva nacional-popular no puede ser


contrapuesto a una perspectiva de clase centrada en la clase obrera. Fundamentalmente porque
una perspectiva de clase no puede ser entendida de una manera estrecha, de tipo sindicalista o
corporativa. La perspectiva de clase tiene que indicar una salida socio-política para las más amplias
mayorías sociales.

También hay que entender que el pueblo ni la clase obrera son una realidad ontológica, que está
determinada de antemano, preconstituída sino que es el resultado de un conjunto de procesos de
luchas, complejo y sobredeterminado. Es importante concebir el espacio nacional estatal
partiendo de la defensa de la soberanía popular y la democracia radical pero la misma idea de
nación exige del pensamiento de izquierda una nueva narrativa, que pueda ubicarla tanto dentro
de un proyecto de emancipación y autoemancipación como en el contexto limitante de la cada vez
mayor internacionalización de las relaciones de producción capitalistas.

La perspectiva de clase y la perspectiva nacional-popular deberán reconstituirse a partir de una


nueva alianza de fuerzas sociales basada en la condición común, la solidaridad y la lucha de las
clases subalternas, como la búsqueda de recuperar el control democrático del curso de la sociedad
y contra la violencia sistémica del neoliberalismo.