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El Hijo de hombre tiene cabello blanco

En la primera visión del Apocalipsis (Apoc 1:13-16), el Cristo


Resucitado se presentó vivo y majestuoso unos sesenta años
después de haber sido crucificado. Juan estaba preso en la isla
penal, y los fieles de las siete congregaciones que él pastoreaba
vivían amenazados y hostigados por el imperio romano. Era un
momento muy difícil para Juan mismo y para las iglesias.

¿Cuál sería el mensaje de consuelo y fortaleza que Cristo le


podría dar a Juan en ese momento de prueba tan dura? En esta
visión Jesús responde y le asegura a Juan, "Siervo mío, yo estoy
vivo y aquí presente contigo, tan cerca como el aire que respiras, y
ahí por Éfeso y Esmirna y las demás congregaciones, yo ando en
medio de esos candeleros también. Ni estoy muerto ni soy uno de
esos 'señores ausentes' que tienen los latifundios de Asia Menor
donde viven ustedes. Yo soy el 'Señor de señores', presente en
medio de ustedes y luchando lado a lado con ustedes por la causa
de mi Reino".

Además, en esta visión, Juan ve a Jesús con mayor gloria que


nunca. Viste una túnica larga y un cinto de oro por el pecho, Su
cabello es blanco como la lana, sus ojos brillan como dos llamas de
fuego. Sus pies son como bronce bien purificado y fuerte. Su voz
es como cascadas de agua. En su mano derecha tiene siete
estrellas y de su boca sale una espada. Su rostro brilla como el sol
tropical al mediodía. El Cristo que está presente con Juan y con las
congregaciones es un Cristo majestuoso y poderoso.

La fuente principal para esta visión de Cristo está en el libro de


Daniel. El mismo título "Hijo de hombre" se deriva de Daniel 7:13-
14 y fue el título que más usaba Jesús para referirse a sí
mismo. Los pies de bronce son un contraste con los pies de barro
de la gran estatua de Nabucodonosor (Dn 2:33-35, 41-45) y un eco
de los pies color de bronce del "varón vestido de lino" (Dn 10:4-5;
quizá Gabriel, Dn 8:16; 9.21). En Daniel 7, el cabello blanco y el
fuego describen al Anciano de Días (Dn 7:9-10; compárese 10:6).

Lo sorprendente en esto, y lo más importante, es la forma en que


Juan cambia varios detalles de la descripción de Daniel 7. Para
comenzar, en Daniel el Hijo de hombre va sobre las nubes y se
presenta ante el trono del Anciano de Días, en el cielo, a interceder
por el pueblo de los santos en la tierra (7:13-14, 26-27). En el
Apocalipsis (1:7), y en todo el Nuevo Testamento, este mismo texto
se aplica a la venida de Cristo, sobre las nubes, pero hacia la tierra
para reinar y juzgar. En Daniel, el Hijo del hombre intercede por el
pueblo y el Anciano de Días juzga a los enemigos y salva al pueblo
(Dn 7:26); en el Nuevo Testamento, Cristo viene con las nubes a la
tierra y él es quien juzga a las naciones (Ap 1:7; Mat 25:31-32).

Lo más significativo es que Juan, en una clara reinterpretación


de la visión de Daniel, se atreve a tomar atributos del Anciano de
Días y aplicarlos al Hijo del hombre, cambiando radicalmente el
simbolismo. A los primeros lectores, muy familiarizados con el
Antiguo Testamento (la única Biblia que tenían ellos), debe de
haberles sorprendido esta inesperada transferencia. Sólo podrían
haber sacado una conclusión: Jesucristo es Dios. El Hijo de
hombre es tan Dios, y el mismo Dios, que el Anciano de Días.

El Hijo de hombre tiene cabello blanco y ojos de fuego. Cristo


reviste toda la gloria, majestad y poder del Anciano de
Días. ¡Adorémosle!

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