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Historia del Pensamiento Económico - UNS Silva, Juliana C.

El ocio ostensible vebleniano y el ocio aristotélico: paralelismo y diferencias

Introducción
Thorstein Veblen, en su “Teoría de la clase ociosa” plantea la existencia del ocio
ostensible. Apunta que hay una clase para la que el ocio es no sólo un tiempo de disfrute
sino también un símbolo de honor y jerarquía social. En este ensayo se busca hacer un
paralelismo con la teoría de Veblen sobre el ocio y la concepción del ocio en la antigua
Grecia, fundamentalmente desde la teoría aristotélica.

El ocio en la antigua Grecia


En la antigua Grecia, y sobre todo en el tiempo de Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.),
la importancia del ocio o tiempo libre era especialmente enfatizada. Según Aristóteles, el
tiempo libre era la meta del tiempo ocupado, el resultado del tiempo dedicado al trabajo.
Para este filósofo, el ocio era un valor humano fundamental. En la antigua Grecia el ocio
era un fin, un ideal de vida, mientras que el trabajo era sólo un medio. Este último era
visto como necesario, pero no ennoblecía o enaltecía por sí mismo la vida de los hombres.
El ocio, en cambio, era el que permitía a los hombres alcanzar la virtud. En palabras de
Aristóteles:

Si el trabajo y el descanso son dos cosas necesarias, el último es, sin


contradicción, preferible, pero es preciso el mayor cuidado para emplearlo como
conviene. No se dedicará, en verdad, al juego, porque sería cosa imposible hacer
aquél el fin mismo de la vida. El juego es principalmente útil en medio del trabajo.
El hombre que trabaja tiene necesidad de descanso, y el juego no tiene otro objeto
que el procurarlo. [...] El ocio parece asegurarnos también el placer, el bienestar,
la felicidad; porque éstos son bienes que alcanzan no los que trabajan, sino los que
viven descansados. No se trabaja sino para llegar a un fin que aún no se ha
conseguido, y, según opinión de todos los hombres, el bienestar es, precisamente,
el fin que debe conseguirse, no mediante el dolor, sino en el seno del placer.
[Aristóteles (2005), Libro quinto: de la educación en la ciudad perfecta, Capítulo
II: cosas que debe comprender la educación, en Política, Madrid: Alianza (p. 73)].

Según Aristóteles el ocio estaba compuesto por todas aquellas actividades


virtuosas con las que el hombre se enriquecía emocional, intelectual y espiritualmente.
Entre ellas: las artes, las ciencias, la política, la religión, la educación. En su concepción,
como en la de todos los griegos de su tiempo, la recreación y el descanso no formaban
parte del ocio. Simplemente servían para relajarse y liberar tensiones, pero eran
considerados, como el trabajo, sólo un medio y no un fin. Por lo tanto el tiempo libre para
los antiguos griegos no tiene la misma connotación que la que posee en la actualidad en

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el lenguaje común. En griego, la palabra “Skholè” significa ocio, o tiempo libre, pero
también es la raíz de la palabra “escuela”. Para los griegos el ocio no era el tiempo de
recreación sino la condición necesaria para que el hombre alcance la virtud. Para
Aristóteles el ocio era fundamental para la educación:

Es un punto incontestable que la educación debe comprender, entre las cosas


útiles, las que son de absoluta necesidad, pero no todas sin excepción. Debiendo
distinguirse todas las ocupaciones en liberales y serviles, la juventud sólo
aprenderá, entre las cosas útiles, aquellas que no tiendan a convertir en artesanos a
los que las practiquen. Se llaman ocupaciones propias de artesanos todas aquellas,
pertenezcan al arte o a la ciencia, que son completamente inútiles para preparar el
cuerpo, el alma o el espíritu de un hombre libre para los actos y la práctica de la
virtud. También se da el mismo nombre a todos los oficios que pueden desfigurar
el cuerpo y a todos los trabajos cuya recompensa consiste en un salario, porque unos
y otros quitan al pensamiento toda actividad y toda elevación. [Aristóteles (2005),
Libro quinto: de la educación en la ciudad perfecta, Capítulo II: cosas que debe
comprender la educación, en Política, Madrid: Alianza (p. 72)].

El mismo Aristóteles distinguía las actividades artesanales de las que eran útiles
para el ejercicio de la virtud. Para él, el trabajo no ayudaba a la práctica de la virtud. Si
bien era necesario como medio de subsistencia, la práctica de la virtud se reservaba a los
que tenían mayores posibilidades de disfrutar de tiempo ocioso.

¿Quiénes eran en la sociedad de Aristóteles los que disfrutaban del ocio? El


contexto histórico y político en el que se situaba este pensador era el de las polis griegas,
o ciudades Estado. En estas ciudades regía un sistema político democrático. Los que
podían participar de las decisiones eran todos los ciudadanos. Pero este grupo no era
mayoritario: los ciudadanos en la antigua Grecia eran los hombres no extranjeros (ni hijos
de extranjeros) mayores de veinte años, que debían cumplir con una serie de prerrogativas
exigidas (dependía de la polis en la que el individuo hubiese nacido). Quedaban relegados
de este grupo los extranjeros, las mujeres y los esclavos. Los ciudadanos eran quienes
poseían ciertos beneficios, aunque también ciertas obligaciones. Tenían, por ejemplo, el
derecho a participar en la gestión de los asuntos públicos, el derecho de propiedad, el
derecho a acceder a tribunales y garantías judiciales, el derecho de participar de todas las
manifestaciones de la religión cívica y determinados beneficios sociales. El tiempo de
ocio podían disfrutarlo casi únicamente los que pertenecían a esta categoría privilegiada
de ciudadanos, no sólo por sus beneficios sociales, sino porque las tareas productivas eran
hechas sobre todo por esclavos y mujeres.

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El ocio para Thorstein Veblen en comparación con el ocio aristotélico

Veblen definía al ocio de la siguiente manera:

…el término «ocio», tal como aquí se emplea, no comporta indolencia o


quietud. Significa pasar el tiempo sin hacer nada productivo: 1) por un sentido de
la indignidad del trabajo productivo, y 2) como demostración de una capacidad
pecuniaria que permite una vida de ociosidad. [Veblen, T. (2000), Teoría de la clase
ociosa, s.l.: Ediciones elaleph.com, (p.48)]

Se puede apreciar que esta definición difiere levemente de la concepción


aristotélica del ocio. Se diferencian principalmente en que para Aristóteles el ocio
conllevaba una búsqueda de la virtud, y no era el mero tiempo libre, en cambio para
Veblen era un concepto más abarcador.

Según este académico estadounidense, las clases altas estaban exentas de las
ocupaciones industriales y sólo se dedicaban a gobernar, a la guerra, o a practicar la
religión. Las clases bajas eran las encargadas de conseguir los medios de vida. Para él,
una de las condiciones para que surgiera una clase ociosa era tener medios de subsistencia
para permitir que parte de la comunidad quede exenta de trabajar. El estadio posterior a
la industria cuasi-pacífica tenía como principal característica la aparición de la esclavitud.
En ese momento la característica de la clase ociosa era la exención de toda tarea útil. Esto
se cumplía en la antigua Grecia, los ciudadanos de más alto prestigio eran quienes podían
eximirse de las tareas productivas y dedicarse a la filosofía, a la religión, a la política y a
la guerra, mientras que los esclavos y las mujeres proveían los medios de subsistencia.

Para Veblen, de manera similar que para Aristóteles, en la clase ociosa existía
una discriminación de tareas que cambiaba según se desarrollaba la cultura: dignas e
indignas. Las dignas se relacionaban con las actividades no productivas, encaminadas a
fines personales o hazañas (para Aristóteles la virtud), mientras que las indignas se
relacionaban con actividades que presuponían un esfuerzo para crear una nueva cosa, o
actividades industriales.

El trabajo indica inferioridad. Esto es indigno en un hombre de buena posición.


En palabras de Veblen: “La abstención del trabajo no es sólo un acto honorífico o
meritorio, sino que llega a ser un requisito impuesto por el decoro”1. En la antigua Grecia
estos trabajos eran hechos por esclavos, como anteriormente se citó a Aristóteles:
“Debiendo distinguirse todas las ocupaciones en liberales y serviles, la juventud sólo

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aprenderá, entre las cosas útiles, aquellas que no tiendan a convertir en artesanos a los
que las practiquen”2. En ambos casos se ve como inferior al hombre que trabaja.

Para Veblen la clase ociosa exhibía el ocio para demostrar su riqueza, en la


sociedad griega esto no era tan claro. Al menos Aristóteles no hablaba de un ocio que se
ostentaba sino de un ocio que llevaba al fin mismo de la vida. Es cierto que en su contexto
el ocio otorgaba prestigio, pero no era sólo la riqueza y la propiedad privada lo que se
ostentaba a través del ocio, sino también la libertad de acción, el poder político y religioso.
Los ciudadanos más ilustres eran, también, quienes más cultura obtenían a través de la
educación y el ocio ostensible se manifestaba en forma de elevados estándares educativos.
En algún punto esto se encuentra relacionado con el ocio para Veblen, puesto que este
autor decía que:

Los criterios demostrativos de una ociosidad anterior toman, por tanto,


generalmente la forma de bienes «inmateriales». Ejemplo de tales pruebas inmateriales
de ociosidad son tareas casi académicas o casi prácticas y un conocimiento de procesos
que no conduzcan directamente al fomento de la vida humana. Tales, en nuestra época,
el conocimiento de las lenguas muertas y de las ciencias ocultas; de la ortografía, de la
sintaxis y la prosodia; de las diversas formas de música doméstica y otras artes empleadas
en la casa; de las últimas modas en materia de vestidos, mobiliario y carruajes; de juegos,
deportes y animales de lujo, tales como los perros y los caballos de carrera. [...] Tales
conocimientos pueden clasificarse, en algún sentido, como ramas del saber. Además -y
más allá- de ellos hay toda una serie de hechos sociales que pasan imperceptiblemente de
la región del saber a la de los hábitos y la destreza físicas. Tales son los que se conocen
como modales y buena educación, usos corteses, decoro y, en términos generales, las
prácticas formales y ceremoniales. [Veblen, T. (2000), Teoría de la clase ociosa, s.l.:
Ediciones elaleph.com, (p.49)]

Las personas ociosas tenían que ser educadas, corteses, formales. Los modales
eran expresión de la relación de estatus. Los modales, la buena educación, las tareas
académicas, exigían tiempo y gastos, de forma que no podían ser adquiridos por las
personas que se dedicaban a trabajar. En el caso de los antiguos griegos, esto iba más allá
del dinero, los que no eran ciudadanos no podían adquirirlos no sólo por una carencia
pecuniaria sino también por una barrera política, social y legal que los distinguía de los
ciudadanos.

Otro tipo de ocio que Veblen definía era el ocio vicario, que era aquel que
realizaban personas que no eran económicamente libres. Lo llevaban a cabo esposas y
criados. Por el ocio vicario surgía una clase ociosa subsidiaria, que mantienen el ocio

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vicario para mantener la reputación de la clase primaria. Esto no era estrictamente visible
en la sociedad en la que vivía Aristóteles, puesto que el ocio desde la concepción
aristotélica era reservado especialmente para los ciudadanos.

Conclusión

La teoría de Thorstein Veblen sobre el ocio ostensible coincide en varios puntos


con el pensamiento aristotélico, aunque la teoría aristotélica tiene una connotación
diferente en cuanto a lo que el ocio incluye y en cuanto a la demostración de poder
pecuniario.

Notas:
1. Veblen, T. (2000), Teoría de la clase ociosa, s.l.: Ediciones elaleph.com. (p.45)

2. Aristóteles (2005), Política, Madrid: Alianza. (p.72)

Bibliografía
• Ekelund, R.B. & Hébert, R, F. (2005), Historia de la teoría económica y de su método (3ª ed.),
México: McGraw-Hill.

• López Barja de Quiroga, P. (2012), Aristóteles: el gobierno de los mejores, en Sancho Rocher,
L., Filosofía y democracia en la Grecia antigua, Zaragoza: Prensas universitarias de
Zaragoza.

• Aristóteles (2005), Política, Madrid: Alianza.

• Veblen, T. (2000), Teoría de la clase ociosa, s.l.: Ediciones elaleph.com.

• Innerarity, C. (1990), La comprensión aristotélica del trabajo, Anuario Filosófico, 1993 (26),
69-108, Navarra: Servicio de publicaciones de la Universidad de Navarra.

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