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Navidad Judía, Navidad Cristiana (con H.

Arendt)
Xabier Pikaza
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2017/12/31/p211351#more211351
31 Diciembre 2017
-- Todo nacimiento humano es Navidad, presencia y
promesa de Dios, en la fragilidad y riqueza de la
vida, abierta al futuro de una esperanza que nos
sobrepasa.
--No hay nacimiento sin promesa de los padres y/o
educadores, esto es sin compromiso de asistencia y
de futuro. Sólo se nace por otros, es decir, donde
hay personas (madre, padre, sociedad...) que dicen
al niño "tú serás", con comprometemos a que vivas,
te daremos cuidado, palabra y asistencia, para que
tú seas.
-- Todo nacimiento es finalmente perdón, esto es,
gratuidad, por encima de los mecanismos de
violencia y de ira, de la lucha mutua y la venganza...
Nacer humanamente es recibir vida gratuita, por encima de todos los "pecados", los
errores, las venganzas, poner en marcha una existencia nueva, una "ventana" de Dios en
la tierra.
Así pueden resumirse los tres momentos principales de la antropología madura de
Hanna Arendt (1906-1975), pensadora y testigo del judaísmo y de la humanidad, que ha
marcado la tradición del siglo XX, en torno al holocausto nazi (la anti-navidad) y a su
superación, más allá de la pura justicia retributiva (vindicativa).
De esa forma, ella ha trazado, desde su tradición judía, de una manera básicamente laica,
pero abierta al misterio de la Vida universal, los tres elementos básicos que la Navidad
Cristiana ha desarrollado desde el mismo judaísmo, en clave religiosa.
Pienso que así puede y debe presentarse como testigo privilegiado de la Navidad cristiana,
repensada desde la más honda tradición judía, de un modo universal...como esperanza y
tarea de Navidad, que es nacer, perdonar, pactar:

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1. Ser hombre es nacer,
ser hombre es Navidad
(es decir, que te nazcan),
en gratuidad, para iniciar
un nuevo camino de vida,
como Dios ha querido
hacerse nueva vida
humana en Jesús.
2. Ser hombre es
prometer, esto es, que
prometan darte vida: es
pactar, recibiendo y
dando la palabra... Ser
hombre es palabra hecha
carne, como dice Jn 1, 14,
ofreciendo a cada niño
que nace un espacio en la
gran alianza de la vida.
3. Ser hombre es, finalmente, perdonar..., no hallarse atado al pasado, comenzar de
nuevo, cada vez, en cada nueva historia... superando incluso el holocausto nazi
(nacimiento), esperando encontrar nuevos caminos de vida.
Éstos momentos definen la "navidad" universal, tal como los ha puesto de relieve H.
Arendt, en clave antropológica. Marcan el camino la Navidad Judía, en línea antropológica
(abierta, a mi entender, al cristianismo).
En esa línea podría estudiarse la "infancia judía" de Jesús, evocada en cientos de libros,
casi siempre en clave de piedad intimista y folclórica. Pero en estas reflexiones quiero
destacar más bien la fuerte Navidad humana de H. Harendt, en línea judía, cristiana,
universal.

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Ciertamente, los judíos
"ortodoxos" pueden
sentirse a veces molestos
por la Navidad
cristianano creen en la
"encarnación" radical de
la Palabra de Dios en
Jesús, ni creen en la
"intimidad vital" de Dios
(como Padre/Hijo en el
Espíritu), y según ellos la
verdadera Navidad
prometida por Isaías no
ha llegado aún.
-- Y porque sienten que
los defensores de la
Navidad cristiana han
sido a veces anti-semitas,
han utilizado el nacimiento de Jesús-judíos para oponerse a los judíos..
Sea como fuere, los judíos más tradicionales siguen a la espera de la verdadera Navidad,
admirados, emocionados... ante lo que será la Futura Presencia Universal de Dios, como
cumplimiento del mesianismo del AT.
En esa línea, no en contra de los judíos, sino aprendiendo de ellos lo que nos parece
"mejor" (su gran herencia mesiánica) y creyendo humilde pero intensamente que su
esperanza ha empezado a cumplirse en Jesús de Nazaret, los cristianos celebramos la
Navidad de Dios (y de los hombres) en Jesús de Nazaret.
En esa línea, entre los judíos que nos enseña mejor a celebrar la Navidad quiero citar a H.
Aredt, discípula de Heidegger,perseguida por el nazismo, quizá la mejor antropóloga del
siglo XX. Ella nos dice que la Navidad no es un fiesta particular de algunos cristianos, sino
fiesta y tarea universal de todos los hombres y mujeres del siglo XXI
Imagen 1: Hanna Arendt, antropóloga judía, testigo de la Navidad universal
Imagen 2: Estrella de David, que los cristianos tomamos como signo del nacimiento de
Jesús en Belén (Navidad cósmica).
Imagen 3: Jesús judío, en el templo de Jerusalén.Presidiendo la escena, Moisés con la ley
judía en la vidriera; José a la izquierda con las palomas de la "purificación" (ofrenda del

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niño en manos del Dios del templo); Ana la viuda judía acompaña a María en la
Presentación del niño, a quien recibe, en nombre de Dios el anciano Simeón, que canta el
himno israelita de la plenitud de los tiempos; el niño acaricía al anciano judío.

Un camino universal de Navidad.


Estos días he venido tratando de la Navidad, entendida en sentido cristiano y de esa forma
he presentado a Jesús como Hijo de Dios, nacido de María, a partir de Gal 4, 4 y Jn 1, 13.
Desde ese fondo se entienden y avanzan algunas observaciones y propuestas de Hanna
Arendt, filósofa e historiadora judía, experta en violencias y totalitarismos.
Nadie ha trazado como ella, que yo sepa, una teoría personal y social del ser humano
como nacimiento, promesa y alianza, esto es, del hombre como ser que puede y debe
nacer de nuevo, pues no está condenado a repetir siempre lo anterior.
Hanna Aredt es radicalmente judía, pero desde sus bases judíos (que nosotros, los
cristianos, entendemos como primer testamento y camino) ha trazado una experiencia
clave de la navidad cristiana. Por eso he querido hablar hoy, en el paso entre el 2017 el
2018, en un tiempo de grandes riesgos y deseos de paz, los tres rasgos principales de eso
que he llamado la Navidad Judía.
Sí, ya sé que los judíos "tradicionales" (rabínicos, nacionales...) no celebran la Navidad
Cristiana, pues dicen que ella va en contra de la pura trascendencia y separación del Dios
Uno, de Yahvé, Dios de Israel. Pero eso no quita que la Navidad Cristiana sea la más honda
experiencia y culminación del camino judío, tal como lo ha formulado H. Arendt.
Sólo podemos recuperar la Navidad volviendo a su fondo judío, volviendo a los tres
rasgos que H. Arendt ha destacado: La Natalidad, el Perdón y la Promesa
El judaísmo tradicional sigue centrado en la promesa (testimonio y esperanza de futuro).
Los cristianos, partiendo del judaísmo, hemos destacado de un modo especial los otros
dos elementos judíos de la vida, que son el perdón y la natalidad.
Quiero unir aquí esas tres actitudes, culminando en la Natalidad (que se expresa de un
modo especial en la Navidad cristiana). Que estas palabras sirvan de homenaje a todos los
judíos de paz que han existido y siguen existiendo, que ellas sirvan de testimonio de eso
que quiero llamar la Navidad Judía, tiempo de perdón y de promesa de la vida
1. Perdón.
El primer requisito para alcanzar la paz, en las condiciones actuales de la humanidad,
dividida por la imposición de unos, el deseo de revancha de otros y el odio de todos, es el

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perdón, que viene a revelarse como el único poder que rompe el círculo del eterno
retorno del pasado (con su ley de acción y reacción) que encierra a los hombres en su
destino de violencia. Dios mismo ha roto ese eterno retorno de la violencia, naciendo
entre los hombres (según los cristianos, que culminan y recrean así una profunda tradición
judía). En esa línea dice H. Arendt (sin dejar de ser judía):
El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de
Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo
articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un
sentido estrictamente secular (H. Arerdt, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993,
258.)
El perdón rompe la “lógica” de la venganza (del talión que siempre se repite: ojo por ojo,
diente por diente); de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y
permite que su vida trascienda el nivel de la ley, donde nada se crea ni destruye, sino que
sólo se transforma. Sólo el perdón nos sitúa en un nivel de gratuidad creadora. El perdón
es gracia; de esa forma supera el pasado y abre un comienzo de vida allí donde la vida se
cerraba en sus contradicciones y luchas de poder .
H. Arendt contrapone el perdón al castigo (que actúa según ley), añadiendo que los
hombres sólo pueden perdonar aquello que son capaces de castigar. La ley tiene un
valor, pero el perdón lo sobrepasa. Hay, sin embargo, un “mal radical” que los hombres no
pueden castigar ni perdonar, pues se sitúa más allá de sus potencialidades.
“Aquí, donde el propio acto nos desposee de todo poder, lo único que cabe es repetir con
Jesús «Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar»”
(Ibid 260). La cita está tomada de Mc 9, 42 par. En esa línea se sitúan las reflexiones de
otro pensador judío muy significativo: V. JANKÉLÉVITCH, El Perdón, Seix Barral, Barcelona
1999.
Encerrados en su círculo de acción y reacción eterna, los hombres no podían perdonar...
Pero, naciendo en el mundo, Dios puede hacerlo. De esa forma, antes de la muerte en cruz,
el nacimiento de Jesús es ya testimonio y promesa de un perdón posible, en línea de
humanidad de Dios.
2. La facultad de prometer.
En ese sentido, como he dicho, nacer es prometer...abriendo un camino de perdón (de
reconciliación) sobre la tierra. Todo nacimiento es una promesa de vida: Los padres y la
sociedad dicen al niño "tú serás", podrás vivir, te lo prometemos.

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La promesa puede entenderse en sentido individual (¡yo prometo!) o sentido dialogal
(¡nosotros nos com-prometemos y pactamos!). En un caso y en otro, ella capacita a los
hombres para superar la fatalidad de aquello que vuelve siempre de forma necesaria
(como puro destino), haciéndoles responsables y creadores de un futuro que, por un lado,
les desborda (es don de Dios) y que, por otro, ellos mismos puedan realizar de una manera
humana, renunciando a la imposición y a la arbitrariedad.
Nietzsche entendió la capacidad de prometer como el carácter específico del hombre,
que (en contra del animal, prendido a un antes y después que no son suyos), puede
asumir de manera personal su futuro, dándole un sentido; pero él no supo sacar las
consecuencias. En contra de eso, H. Arendt ha mostrado que, más que voluntad de poder
y eterno retorno de lo mismo, el hombre es persona porque puede prometer y pactar,
trazando de esa forma un futuro nuevo y propio, que puede ser futuro de paz . Ibid 262-
264.
Eso significa que la paz no es algo previo, dado ya, sino que puede y debe entenderse como
un don, vinculado a la promesa. En esta línea viene avanzando, de un moco consecuente,
el pensamiento de J. MOLTMANN, a partir de su Teología de la esperanza, Sígueme,
Salamanca 2002 (original de 1964).
Así, cada niño que nace, es una promesa de ida, como ha dicho de forma impresionante el
mayor de todos los profetas de la Navidad, que fue Isaías, en el Libro y Pacto del
Emmanuel (Is 7-12), en medio de la gran "guerra mundial" del Oriente antiguo, entre
Egipcios y Mesopotamios: Una mujer ha concebido y dará a luz y cuidará a su hijo... Esa es
la promesa y garantía de la Navidad, perdón y vida, en medio de la guerra.
En ese contexto ha prometido Isaías la llegada del gran pacto ecológico (morarán juntos el
lobo y el cordero, la víbora y el niño...) y político: Un niño nos ha nacido, un niño que será
el "gran soberano". Esta es la promesa de crear un reino nuevo para que los niños vivan y
crezcan en paz, en Navidad.
3. Natalidad.
Los hombres pueden liberarse de la esclavitud del pasado (perdón) y del futuro
(promesa, pacto) porque son cada vez, cada uno, una nueva creación y así nacen: no
están hechos desde siempre o fabricados (como cosas), definidos de antemano. Ellos se
definan, más bien, a sí mismos como seres natales, que no están fijados de antemano,
sino que pueden trazar su trayectoria y ser distintos, lo que ellos mismos quieran:

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Sin la articulación de la natalidad estaríamos condenados a girar para siempre en el
repetido ciclo del llegar a ser, sin la facultad para deshacer lo que hemos hechos y
controlar parcialmente los procesos que hemos desencadenado (H. Aredt, Ibid 265).
La mayor parte de la filosofía y sociología moderna supone que los hombres están hechos,
como realidades que en el fondo pudieran intercambiarse. En contra de eso, H. Arendt, lo
mismo que H. JONAS, otro testigo y promotor judío de la paz (cf. El principio de la
responsabilidad, Herder, Barcelona 1995) ha fundado la paz futura sobre la fragilidad y
grandeza del hombre, como ser que nace del cuidado de los otros, para iniciar una
existencia cualitativamente nueva.
Nacer significa ser creado y vivir sobre una ley que nos ata a lo que ha sido y debe ser,
definiéndonos desde fuera, en un todo que nos determina. Todo nacimiento se define
como creación: Es el surgimiento de un ser autónomo, que puede asumir su propia
realidad (su destino) y realizarse de esa forma, de manera distinta, autónoma. Por eso,
cada nacimiento es una promesa de vida
Ampliación: Un nuevo Nacimiento
H. Arendt ha conducido así las tradiciones de Israel hasta el lugar donde ellas pueden
volverse más fecundas, de un modo mesiánico, vinculadas de manera intensa con la raíz
del cristianismo (que es, ante todo, mesianismo). No existirá paz sin Navidad, es decir, sin
nuevo nacimiento, como aquel que los cristianos celebran en Jesús.
H. Arendt piensa que el futuro de la paz, es decir, de vida humana (porque una nueva
guerra mundial puede llevarnos a la destrucción de todos), sólo es posible en coordenadas
de gracia, esto es, allí donde los hombres superan el nivel de la pura ley y de la guerra del
sistema, abriéndose al milagro de una vida que es don de Dios y que puede ser distinta de
aquello que ha sido previamente. La paz es posible si brota, según eso, del milagro del
perdón y de la palabra de promesa de los hombres, que sitúan su vida en un nivel donde
los gestos primordiales son la fe y la esperanza. Sólo será posible la paz si hay un nuevo
nacimiento
–La razón es necesaria, en plano de sistema. Ella funciona en un nivel organización
económica y social, pero en sí misma resulta insuficiente. La pura razón cierra a los
hombres en aquello que siempre es lo mismo, en la batalla incesantemente repetida por
los poderes de la vida, dentro de un todo de violencia. Esto significa que los hombres no
viven sólo de pan, ni pueden resolver sus problemas en un plano de argumentación y de
poder.

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– Más allá de la razón del sistema se extiende un espacio de racionalidad humana más
profunda, vinculada al perdón, a la palabra de promesa, a la natalidad. Estos rasgos nos
sitúan en un plano más hondo de humanidad. Ellos no niegan el valor de la Ilustración, ni
se oponen en modo alguno a los principios de la ciencia y de sus leyes. Pero nos muestran
que en un plano de pura ciencia y sistema la vida de los hombres se destruye. O se
despliegan como gracia o mueren.
Por eso, para que sea posible la vida de los hombres como tales, para que exista un futuro
para ellos, tenemos que pasar del plano de la pura ciencia y ley (que se encarna en forma
de sistema) al plano de la comunión en libertad, donde la vida del hombre se define como
fe y como esperanza. Sólo en ese contexto (de fe y esperanza personal), es posible el
despliegue del perdón, que capacita a los hombres para regalarse gratuitamente la vida,
superando el orden del destino, abriéndose a la promesa de la vida que no está fijada de
antemano.
Nacer como Jesús. Os ha nacido hoy un salvador
Esto significa que el hombre es más que elemento de un “todo” que se organiza de un
modo legal. Los viejos y los nuevos imperios corren el riesgo de encerrar al hombre en el
nivel de sus conquistas sociales y económicas, que acaban destruyendo su existencia. Pues
bien, la esperanza mesiánica, que nos abre a la paz de la vida compartida (del don de la
vida) se expresa y despliega en un nivel más alto, por encima de los cálculos legales y de
las coordenadas de un sistema que se impone sobre todos.
Esa paz mesiánica no puede establecerse ni asentarse sobre bases de imposición, sobre un
tipo de racionalismo ontológico, como el que ha venido dominando en Occidente a partir
de los griegos. Esa paz sólo es posible allí donde los hombres, superando la racionalidad
instrumental del sistema, con la pura ley de acción y reacción, dejan que su vida se ilumine
y se vuelva creadora en claves de perdón y de promesa, es decir, de fe y de esperanza.
Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en
las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: «Os ha nacido hoy un
Salvador» (H. Arendt, 266). Las palabras del evangelio (Lc 2, 11) recogen la proclamación
mesiánica de Israel, sobre todo la que aparece vinculada al Libro del Emmanuel (Is 7-11) y
al Segundo Isaías (Is 40-55).

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