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ENTRE DOS SILENCIOS

Hilma Contrter'as
Biblioteca Taller No. 241
ENTRE DOS SILENCIOS
-Cuentos-
H ilma Contreras

lo. 1987. Ediciones de Taller


Portada de Taller
Ilustración de Portada: Noemí Mella
Impreso en Taller. República Dominicana
Printed in Dominican Republic
Taller, I.abello Católico 309, Solito Domingo, República Dominiéalla
Silencio antes de nacer
Silencio después de morir
Vivir anhelante entre dos
silencios.
PLENITUD
Sus pasos eran lo único vivo en la medianoche de
aquella calle. Duros. Precisos. Con nitidez de rebotar
de piedra en pozo vacío. Sola, absolutamente sola en
aquella oscuridad. La voz de sus tacones anchos la
precedía. Se detuvo para respirar firmamento y gozar
de ese nuevo silencio que ella imponía a la noche. Pensó
que si levantaba los brazos se desprendería del suelo.
Alrededor dormían un sueño de gente sin importancia.
Se palpó. Vivía. Porque el cuerpo cobra más volumen
en la soledad abierta, se independiza en presencia
concreta frente al espíritu que lo contempla, hinchazón
de plenitud vital.
Detrás de la casa más alta, el cielo empezó a sonro-
jarse casi imperceptiblemente.
Como la otra vez. Pero ahora no deambulaba por el
parque del colegio. El rubor se tornó escarlata.
-¡Fuego! -se dijo--, fuego como entonces.
y echó a correr rompiendo la muda oscuridad con
sus pasos y su voz.
Nadie hizo caso.
Corría por todas partes.
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-¡Ey! ¡La gente de aquí, fuego!
Los árboles crepitaban. Al abrir las ventanas la luz
roja invadió el dormitorio despertando a las muchachas.
-¡Aprisa, aprisa! ¡Sálvense!
Vuelo de pies descalzos escaleras abajo, entre remo-
linos de humo. Ni un grito. Sólo el jadear del incendio.
Faltaba Edmée. Esbelta Y susurrante. La habían
visto de rodillas mojando de lágrimas una imagen de la
Virgen.
-¡Edmée! ¡Edmée!
Venía sonriendo, ligera como una espuma; los largos
cabellos sin color.
-Buenos días. compañeras.
Cuando le estrecharon la cintura jubilosamente se
hizo cenizas en el anillo de las manos. Fue el primer
grito. Siete gritos de la misma boca. Se palpó toda.
Vivía...
Alguien le tocó el hombro:
-De pie. perezosa. Las seis ya.
El rasgón del despertar la revolvió en la cama. En la
habitación hervía un rayo de sol. De repente llamó con
voz angustiada:
-¡Edmée! ¡Edmée!
-¿Qué te pasa?
-No me gusta el siete.
-¿El siete? ¿Qué siete?
-¡Oh... el siete!
-Dios bendijo y santificó el séptimo día porque en
él descansó de toda la obra que había creado.
Los hilos de la ducha cantaron en el baño.
-Haces demasiado ruido. No te oigo.
Edmée replicó por encima del agua:
-Las siete nos darán aquí si no andas rápido.
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Acababan de llegar a la parada cuando surgió la
guagua vomitando ruidos. Miró el reloj.
Las siete menos un minuto.
Fue entonces cuando le pareció que el siete terminal
de la placa del vehículo crecía gigantesco y se le echaba
encima. Gritó de miedo.
Instintivamente se llevó las manos al cuerpo, pal-
pándose, buscando su certidumbre de vida en aquella
soledad. Estaba sorprendida.
La noche aclaraba, se hacía luz, un gran firmamento
silencioso hacia el que no se atrevía a extender los
brazos, segura de que se desprendería del suelo.
-¡Edmée! ¡Edmée!
Espuma flotante, largo pelo sin color.
Libre de angustia ofreció las manos abiertas a aque-
lla dulce plenitud jamás sentida. Abajo resonaron pasos
urgentes seguidos del ulular siniestro de la ambulancia.
Edmée sonreía.

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LA CABELLERA
A las doce, cuando se disponían acerrar, una voz
nueva y juvenil preguntó:
-¿Me venden un tubo de Alka Seltzer?
Los dos miraron a la recién llegada, extrañados de
semejante anacronismo.
-Lindo pelo- elogió doña Irene.
La joven sonrió sacudiendo la cabellera castaña con
una gracia altanera que parecía una provocación.
El farmacéutico se pasó el pañuelo por la cara.
-¡Cómo lo aguantará! -exclamó minutos des-
pués--. Con sólo mirarla me siento morir de calor. ¡Qué
horror!
Pero la tenía enfrente. Se llamaba Natividad. Venía
del colegio ceñida en vistosos pantalones, alardeando
de la chorrera de cabellos que la cubría hasta las
caderas.
Llegó a desesperarse.
--Si me dejaran -repetía malhumorado-, se los
cortara a ras de la nuca.
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Para dar veracidad a su amenaza blandía unas tije-
ras repiqueteándolas en el aire.
y una tarde su mansa mujer tuvo un acceso de risa
que se deshizo en fingida tos, porque la joven se
presentó además con flequillos hasta los ojos.

Luciano comenzó a vivir una terrible obsesión. Si


alzaba la vista de su trabajo, allí estaba la cabellera, en
la calle, en la galería, en las ventanas, en la terraza.
Hubo un momento en que turbado su entendimiento
por la acción calorífica de tanto pelo, le resultaron ex-
trañas las fórmulas que manipulaba.
No era verano todavía. En la atmósfera sin embargo
flotaba su aliento de bestia resoplante.
-¡Qué calor! -dijo Luciano asomándose a la puerta
de su farmacia-o El aire parece fuego.
-No tanto --observó doña Irene tranquilamente
sentada en el espacio ondulante del abanico eléctrico-.
Pero tú te acaloras sin necesidad con tanto ir y venir.
El farmacéutico sintió en la espalda la mirada
apacible de su mujer y no pudo reprimir un cosquilleo
desagradable.
-Bueno -declaró impaciente-, me voy. Cuando
regrese el mensajero, que te ayude a cerrar.
Doña Irene abrió la boca, puso sus manos regordetas
sobre la vitrina y no encontró palabras de puro asombro.
Estos hombres, se dijo luego pensativa, son complica-
dos como un bollo de hilo enredado. Que hace calor...
¡Tamaña novedad... ! Como ayer, como mañana, como
siempre. El secreto está en no excitarse.
Luciano dobló la esquina de su farmacia muy apre-
surado, se metió por la primera marquesina y casi

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corriendo subió las escaleras hasta el segundo piso,
donde vivían desde que resolvieron instalar el negocio
en la planta baja.

Amasadita, ni pequeña ni alta, de cintura menuda y


curvas de ánfora, Natividad salía a la terraza cuando el
alero se proyectaba hasta el centro como una gran
visera de sombra luminosa. Se detenía un momento en
el único escalón del umbral, miraba olímpicamente por
encima de los hombros, ladeaba el cuerpo doblando
una rodilla para realzar la línea incitante de su perfil, y
luego de menear con gesto satisfecho la densa hermosu-
ra de su cabellera, se sentaba púdicamente en una
mecedora serrana en medio de sus macetas de geranios.
Entre un balanceo y una ojeada al libro que leía, sus
ojos captaban el efecto que su exhibición producía en
los transeúntes.
Una de sus miradas sorprendió aquel día la admira-
ción en el rostro del farmacéutico que la contemplaba
desde el balcón de su apartamento.
Doña Irene llamó detrás de Luciano:
-¡María! Aquí huele a guiso quemado... ¡María!

Junto al cuerpo profundamente dormido de su mu-


jer, Luciano experimentaba el tormento de anhelar un
sueño que le huía. Revolvíase en la cama, sudoroso,
irritado por la respiración silbante de doña Irene. A eso
de medianoche, en el colmo de la exasperación, se
levantó y se fue al balcón en busca de un poco de aire.
La luna caía de lleno sobre la terraza de Natividad.

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Su luz inmóvil y transparente manchaba de negro el
viejo roble del jardín. En su mecedora, la joven se
balanceaba al parecer desvelada ella también. Notó la
presencia del farmacéutico en el balcón y le sonrió. El
glauco silencio nocturno se puso a zumbar en los oídos
de Luciano. Ella lo miraba y sonreía. Se mecía un poco
y tomaba a mirarlo fijamente. Luciano se decidió a
bajar.
Cuando ella lo vio abrir la verja del jardín, se irguió
azorada. El movimiento puso al descubierto su cuerpo
desnudo.
-¡Qué lindos senos tienes! -dijo admirativo, los
ojos húmedos de emoción.
En vez de cubrirse Natividad echó hacia atrás la
cabeza, el ademán altivo.
Luciano extendió un brazo. La mano se le llenó de
vida.
Ella protestó gimiendo.
-No... déjeme.
Sin hacer caso la tomó bruscamente ~r los hom-
bros para besarla. Sus dedos se enredaron en la cabelle-
ra. Quiso recogerla en un haz detrás de la nuca pero las
guedejas se escapaban, se envolvían en sus brazos, le
manoseaban la cara. Se sintió sofocado de calor.
--sólo quiero besarte -jadeó-. No te agites así...
Sé buena, no te haré daño ...
Fuera de sí exclamó:
-¡Malditos cabellos!
Los tenía como un dogal caliente alrededor de la
garganta. Se ahogaba besándola, sin tiempo para li-
brarse de los larguísimos cabellos, estremecido de de-
seo y de miedo.
El ardor de la lucha despertó a doña Irene.
Otra vez la pesadilla -gruñó torpemente mientras
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su brazo buscaba al marido en la penumbra-o No te
ahogues, Luciano... ¡Despierta!
Luciano se sentó de golpe, medio loco de angustia.
-La cabellera -murmuró-. La cabellera...
-¿Qué dices? .. Vamos, acuéstate de lado y se te
pasará... ¿A dónde vas?
-Voy... no sé ... Estoy empapado en sudor.
Ya despierto del todo, recomendó:
-No te levantes. Iré yo mismo por otro pijama.
-Como quieras... Pero no se te ocurra ponerte a leer
a estas horas...
En el balcón hacía fresco. Respiró ansiosamente. La
terraza estaba tranquila, bañada en la claridad lunar
que hacía titilar el chirrido de los grillos. Apoyado en la
barandilla, Luciano estuvo largo rato contemplando la
exuberancia de los geranios. Le entraron unas ganas
rabiosas de morderlos para que reventaran de una vez,
para que se desvaneciera aquella impresión insoporta-
ble de lujuria.

Doña Irene cambió de postura en su afán de reanu-


dar el sueño interrumpido. Este marido mío, suspiraba,
no anda bien de los nervios. Quiera Dios que no sea nada
serio... No le vaya a pasar como a algunos hombres que
sufren crisis a cierta edad... Hizo otro esfuerzo por
dormirse, desparramándose de espalda sobre el lecho al
tiempo que ahuyentaba la preocupación y se concentra-
ba en la tarea soporífica de escribir números mental-
mente en la noche de sus párpados. De pronto, le cayó
encima un peso frenético. Apenas pudo articular:
-Ooh... Luciano...

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EL CUMPLEAÑOS DE VITAUNA
A la una del día el sol tropical castiga duro. Todo
reverbera. y cuando se regresa del trabajo con el disgus-
to de la oficina en el corazón se agudiza la sensación de
polvo y de cansancio vital. En la esquina de su calle,
casi siempre. esperaba a Vitalina el saludo del farma-
céutico con su blusa inmaculada, su cara lampiña y un
punto de oro en la sonrisa. Ganas le daban a veces de
rodear la manzana para eludir el encuentro invariable y
aburrido, pero la maniobra significaba retrasar de diez a
doce minutos el alivio de hallarse en el recogimiento del
hogar. Y esto era inaplazable. Buenas tardes ... Parece
que hace más calor que nunca... iqué tal le ha ido de
trabajo hoy? Contestaba cualquier cosa, y mientras él
terminaba de cerrar su farmacia para la pausa del
almuerzo, Vitalina echaba mano de su último aliento
para subir las escaleras hasta su piso. Abría, daba
media vuelta, corría los cerrojos y empezaba a desves-
tirse aun antes de llegar a su dormitorio. Desnuda de
pies a cabeza se desperezaba mugiendo, sacándose del
cuerpo y del alma con ese esfuerzo toda la vulgaridad
de una mañana de oficina.
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Vivía sola, sin criada, en un apartamentico situado
más alto que los demás del vecindario, lo que le
permitía trajinar libremente al abrigo de miradas in-
discretas. Valía la pena trepar hasta la cuarta planta
para recibir la recompensa de una privacidad absoluta.
Completaba la desinfección una buena ducha fría, de la
que salía modulando muy quedo alguna vieja canción.
Después vestía unos "shorts", pero se quedaba descalza.
En el tercer piso entró Nicomedo. Era su vecino des-
de hacía muchos meses pero Vitalina no le conocía la
cara. No le importaba. Evitaba el acercamiento a los
vecínos, los distanciaba fríamente para que a ninguno
se le ocurriera subir a molestarla, a empañar la diafani-
dad que le proporcionaba su dulce y añorante soledad.
Su pequeño apartamento era una isla de paz en la
ciudad intrigante. Debía de inspirar recelo y curiosi-
dad, quizás hostilidad en los más amigos de mirar por
el ojo de la cerradura de las vidas ajenas.
El teléfono sonó cuando hacía el ademán de descol-
garlo a fin de asegurar aún más su aislamiento. Pensó
en una posible equivocación o una llamada insolente de
alguna muchacha ociosa y mal educada. No sería la
primera vez, de ahí su costumbre de levantar el auricular
y descansarlo sobre la mesita cuando no deseaba comu-
nicarse con el exterior.
-¡Oiga! -voz de hombre-o ¡Oiga! No cierre por
favor.
-Creo que se ha equivocado.
-No, la llamo para disculparme de las molestias
que pueda ocasionarle mi suicidio.
-¿A mí? Ninguna. Puede usted morir en paz.
-Gracias. Le habló su vecino Nicomedo.
Rabiando dejó el auricular descolgado y siguió al
pantry. Pero ya el latoso le había echado a perder su
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placidez, al menos por un buen rato. Comió ligero.
Luego fue a sentarse en el saloncito, no sin antes
cepillarse cuidadosamente los dientes. Hacía un calor
intenso. Asomada al amplio ventanal comprobó suspi-
rando que los árboles del parque estaban quietos, mohí-
nos al faltarles el soplo de la brisa que siempre los
removía antes de penetrar aleteando en su apartamen-
to. Conectó el abanico eléctrico, puso en marcha la
grabadora y arrellanándose en la chaise-longue cerró
los ojos para oír el mensaje de John.
Ningún momento más propicio que éste de tu cum-
pleaños para ratificar mi fe, mi devoción hacia tu perso-
na, y decirte que trates de sentirte feliz, alegre, viviente,
tomando ímpetu en ti misma a fin de atravesar por la vida
como una espada que cantase, porque yo estoy al lado
tuyo, no sólo en cuerpo sino en espíritu, que es mucho
más bello. ¡Ay de quienes sólo tienen un cuerpo, un gesto,
unas palabras banales como toda felicidad!
Le besaban los párpados. La misma voz de la cinta
magnetofónica susurró entre beso y beso:
-Dios te guarde para mi encantamiento.
-¡John! -exclamó jubilosamente sorprendida-o
¡Ras venido!
Los ojos de John chispeaban de risa.
-Estaré poco tiempo, Vitalina querida...
-¡Oh, John! -El se sentó a sus pies en la chaise-
longue-. No sabes cuánto me duele tu ausencia...
JoOO le acarició la oscura y espesa mata de pelo
recogido sobre la nuca.
-No te duelas, queridita, tú vendrás conmigo... ya
estás viniendo...
Inclinado sobre ella agregó:
-Me conmueve saberte tan segura que sólo la
muerte pueda ser mi adversario.
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Un estremecimiento recorrió el cuerpo esbelto de
Vitalina.
-Jobn -preguntó mirándole con avidez-o ya no
piensas en morir, ¿verdad? Dime que mi amor y esa
hennosura que me nace desde no sé qué rincón oloroso
de mi ser cuando me besas te han curado.
-Pero, Vitalina, el deseo de morir suele brotar del
ansia misma de vida...
Se oyó una detonación. Se ha matado el desdicha-
do, se dijo fugazmente. No pudo pensar más porque los
Iabíos encendidos de Jobo la besaban en la boca.
Cuando se quedó sola, notó que la cinta magnetofó-
nica seguía pasando sin voz y que las cosas oscilaban a
su alrededor. Una sensación de náuseas le estrujó el
estómago. Caminó titubeante hasta el ventanal. Los
árboles giraban sobre sí mismos como si una mano
gigantesca les diera vueltas frenéticamente. Cayó de
rodillas. El edificio se llenó de clamores, ruidos de
puertas estrelladas contra las paredes y de cristales
rotos. Detrás del parque se desplomó la torre de la vieja
iglesia en medio de una gran polvareda que parecía el
estruendo mismo rebotando hacia el cielo.
La violencia del terremoto fue apaciguándose poco a
poco hasta alejarse en lentas ondulaciones, como si le
pesase terminar.
Vitalina corrió escaleras abajo. La puerta abierta
del tercer piso atrajo su atención al pasar. ¿Se suicida-
ría de verdad el tal Nicomedo? Un impulso irresistible
la obligó a retroceder tres o cuatro escalones y mirar
hacia el interior. En el piso de la sala, entre objetos
desparramados por el movimiento sísmico, yacía un
hombre indiferente al pavor de la gente. Quiso saber,
entró y al inclinarse sobre el cuerpo inerte se le escapó
un grito. Era John, su Jobo, ensangrentado, que la
miraba por segunda vez desde el Más Allá.
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EL INCENDIO
Comenzó casi en la cumbre, una carcajada escarlata
en el atardecer. Luego los pinos más jóvenes lanzaron
su grito rojo hacia el cielo. A cada llamarada aumenta-
ba el humo, denso, azuloso, dolor de la resina hirviente.
Al principio fue una distracción para las cinco o seis
personas que descansaban del trajín citadino en el
Hotel Bella Vista, a 1.400 metros de altitud. Gente de
bolsillo modesto que se daba la ilusión de un cambio de
suerte porque la media tarifa anterior a la temporada
turística tomaba accesible para ellos un hospedaje de
lujo.
Jorge Núñez era uno de ellos aunque no había veni-
do a pasar el tiempo de holgazán, sino a trabajar lejos
de las molestas interrupciones que le hacían difícil
concentrarse en la creación de su novela. Dos días
fecundos, fecundísimos, antes del fluir curioso de los
moradores del valle. En la terraza, frente al panorama
imponente de las montañas, no se podía estar una hora
después que la voz bajó desde el hotel anunciando fuego
en los pinares. Todo aquel barullo le obligaría a recluirse
en su habitación si quería seguir escribiendo. Pasó
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antes al bar a tomar una Coca-cola. Allí estaban ellos
también, con los ojos puestos en el inusitado espec-
táculo que podían observar cómodamente por la venta-
na, sin levantarse de la mesa en que se acodaban. Su
voz distrajo a la mujer de su contemplación.
A pesar de hallarse de espaldas, Jorge sintió la mira-
da de los ojos profundamente negros. Pareja absurda,
pensó. ¿Qué diablos tiene ese hombre que me disgusta?
No había hablado con él, apenas lo había saludado en
las horas de comida y sin embargo le exasperaba su pre-
sencia, aun de espaldas como ahora.
-¡Nada, no prende! -dijo la mujer impaciente sin
retirar el cigarrillo de los labios-o Este encendedor es
una calamidad, se parece a ti.
-¡Emilia! -reprochó el compañero enrojeciendo-
te pueden oír.
-Permítame...
La mujer sonrió imperceptiblemente y se concentró
en el acto de encender el cigarrillo en la llama que Jorge
le ofrecía en el hueco de su mano. Dio las gracias echán-
dole una bocanada de humo a la cara. El otro se agitó en
la silla. Jorge lo miró de frente. Vaya, si era eso... Una
simple detención del desarrollo del feto, algo inacabado,
insuficientemente formado en todo su ser, una deformidad
latente. Juraría que...
No quiso aceptar la invitación del matrimonio a
cenar en su compañía y se alejó rumiando su descubri-
miento. Juraría que fue un niño enfermizo, raquítico y
mocoso... Matrimonio absurdo... ¿Qué hace esta mujer
con ese tipo?

En el silencio de la noche habían enmudecido los


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insectos y se hacía más audible el hervor del incendio.
Las llamas corrían ladera abajo.
-¿Cree usted que peligre el hotel? -preguntó Emi-
lia.
-Estamos a merced de la brisa (Jorge se complació
en atemorizar). Un cambio de su dirección nos lo tira
encima.
-¿Ves Emilia? El señor confirma mi opinión. Debi-
mos marcharnos esta tarde (el hornbrecito se movía
nervioso, señalando aquí y allá). Si se corre hacia el sur
puede cortarnos la salida.
-Ya te he dicho que no me pierdo este espectáculo
por todo el oro del mundo-. Como él rezongaba y se
debatía entre el deseo de vencer su tozudez y el miedo a
sus réplicas hirientes en presencia de extraños, Emilia
ironizó: -¿Por qué no te vas a la cama? Has tenido un
día de emociones y tal vez te veas precisado a madrugar
para salvar la vida.
-Podemos ir todos a dormir tranquilos -inter\'ino
Jorge apaciguador-o El río amparará nuestro sueño.
No solamente Jorge sino todos los hombres confia-
ban en el río, que en efecto mantuvo el fuego a raya, a
prudente distancia del hotel. Pero sin darse por venci-
do, no tardó en deslizarse a lo largo de la ribera en
dirección sur quemando pinos y pomares. Entonces al
crepitar de las llamas se unió el golpe seco del machete,
esfuerzo del músculo abriendo trochas para aislar la
agresividad del incendio.
-Rodolfo insiste en que corremos peligro...
Jorge miró la hora en su reloj. La una ... y esta mujer
volvía a importunarlo. Pese al olor acre del aire cargado
de plumillas negras permanecía en la terraza con la
sensación de hallarse solo a la entrada de un hermoso

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infierno. Solo hasta ahora ... Advirtió que el rojo res-
plandor llenaba las pupilas insistentes de Emilia.
-Usted no quiere a su marido.
-¿Ya usted le interesa? -inquirió ella sentándose
en una butaca a su lado.
-Lo dije sin pensar...
La verdad era que sentía atracción y desconfianza a
la vez.
-Usted habrá notado que me saca de quicio. Rodol-
fa es un pusilánime y a mí me entusiasman las aventu-
ras.
El no parecía escucharla.
-¿Le molesto?
Jorge sonrió... La conflagración envolvía a la mujer
en un halo demoníaco. Diosa de los Infiernos.

Al cuarto día el fuego se burló de los hombres,


atravesó el río, saltó por encima del agua para prender-
se en los árboles de la margen opuesta. La alarma
repercutió:
-¡Al asalto todos, que si trepa hasta aquí se incen-
dia el hotel!
Rodolfo se puso en pie de un brinco.
-¿Quién tenía razón? -gimió trastornado-. Si te
hubieras llevado de mi consejo no estaríamos en este
aprieto.
-Ni tuvieras tú la oportunidad de participar en una
acción heroica -ripostó su mujer, acariciando imper-
turbable el vaso de su wh isky on the rack.
Eran las once de la mañana. Estaban solos en el bar,
el sitio preferido de Emilia a esa hora.
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-¿Qué quieres decir?
El marido hizo la pregunta en tono receloso.
-señor Núñez -llamó Emilia. Jorge acababa de
entrar machete en mano y pedía una Coca-cola-o
¿Usted va con la cuadrilla?
-Es natural, ¿no?
-Llévese a mi marido.
-¡Emilia!
Jorge detuvo momentáneamente su atención en la
pareja. El se ahogaba de indignación. Emilia enarcaba
las cejas, una lumbre extraña en los ojos.
-No tiene para qué venir ahora -aseguró--. Se
formarán otras cuadrillas.
y salió bebiendo su Coca-cola a pico de botella.
De la cuenca del río ascendían inmensos hongos de
humo que renacían de sí mismos, lentos, espesos e
inagotables, y sofocaban la montaña. En el hotel todo se
cubría de cenizas. Relevándose ininterrumpidamente
los hombres combatían la conflagración a golpes de
machete.
Jorge prestó nuevamente servicio en una de las
brigadas del anochecer. Emilia le dio alcance cuando
cruzaba la terraza.
-señor Núñez... se necesitan hombres descansados,
que mi marido vaya con usted.
La insistencia le produjo cierta desazón.
-Por favor, que sirva de algo.
La mano cuidada se había posado en su brazo
musculoso.
-¿Comprende usted...?
-Voy por él -dijo desganadamente, pero el cora-
zón le latía desordenado cuando traspasó el umbral del
bar.
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Trabajaron hasta muy tarde, afanosos, con singular
energía y la voluntad de ganarle la partida al voraz
elemento. En las tinieblas, por donde el fuego había
pasado, las piñas incandescentes abrían sus pupilas de
lobo hambriento. Surgían de la noche, cautelosamente,
hasta estabilizarse en puntos escarlatas. Al cabo de
horas y horas de incertidumbre fue evidente que el
machete vencía... Los hombres regresaron en pequeños
grupos al hotel donde se les sirvió café y ron en medio
de voces, interpelaciones y comentarios.
Emilia entreabrió la puerta de su habitación al
percibir los pasos del hombre que se acercaba por el
corredor. Jorge se detuvo, chamuscado el pelo, tiznado,
oliente a resina ardida, a tizón, a sudor gastado. A pesar
de la fatiga volvió a sentirse fuertemente atraído hacia
la mujer que se lo comía con los ojos dilatados por la
ansiedad.
Afuera cayó de repente la lluvia tan esperada. Llovía
copiosamente. El foco que persistía en la cima arrojó al
primer latigazo del agua una gigantesca rosa carmesí
contra el cielo negro.
-¿Y bien? .. Emilia contenía a duras penas el deseo
de abrazarse al cuerpo vigoroso del hombre.
-Todo salió a pedir de boca -informó él en voz
baja, sin quitarle de encima la mirada.
-¿Un accidente?
-¿Un... ?
El hipo de sorpresa se le deshizo en una carcajada
incontenible.
-Su marido la espera en el bar -dijo cuando pudo
recobrar el aliento.

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cANÍCULA
(Por las paredes de la habitación rastreaba una
contrariedad difusa, pero segura. Recuerdo olvi-
dado o conciencia sin actualidad.
Había libros, cuadros, un par de cortinas. Y rete-
niendo unos papeles sobre el escritorio, contra una
brisa inexistente, la pequeña calavera de marfil
regalo de Su Excelencia.
Al abrir los ojos, la mirada de Laura quedó fija en
el pisapapeles. ¿Para qué levantarse?)

La calle huía, gris, hacia el mar gris. Arriba vegeta-


ba un tormento blanco de donde la húmeda lengua del
calor lo encendía todo.
En el hall reía el mayordomo.
-¿Supo usté?
Colgado de los quiciales de ia entrada parecía un
mono en trance de morir de hilaridad.
No sabía nada. Cruzando los brazos para tocarse con
las manos la piel fría de sus hombros sudorosos, y los
ojos entornados por la satisfacción de sentirse al abrigo
del sol después del largo trayecto, la joven preguntó:

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-¿Cuándo ocurrió?
-Anoche -dijo y se interrumpió de golpe-o ¡Ah,
Excelencia!, perdone, no le había visto entrar.
Ella se volvió con un alfiler clavado en cada nervio.
Agosto traía en mangas de camisa a Su Excelencia.
Reverberaba su carne sonrosada. El azul risueño de sus
ojos recordaba que antes de aquel día hubo un cielo
azul y un mar verde.
-¿Ha visto usted mi cinturón? He debido olvidarlo
anoche.
-¿Anoche?
Los ojos claros inundaron de mar al mayordomo.
-Sí, anoche ... Usted sabe bien.
Su Excelencia ahorcaría con gusto al mayordomo.
Estrangularlo nunca. Le repugnaría tocarle el cuello
con las manos tan pulcramente cuidadas. Pero lo ahor-
caría.
En lo alto de la escalera surgió el dueño de la casa.
-¿Qué sabe mi mayordomo, Excelencia?
La contrariedad redobló sus cabezazos contra las
paredes.
-Su Excelencia ha perdido su cinturón -dijo ella.
La voz femenina onduló por la escalera mientras el
calor jadeaba sobre ellos. Afuera se encogía el mundo.
En el primer descanso había una ventana. Cada vida
tiene su ventana. La existencia misma es una descomu-
nal abertura por la que se nos escurre la vida, casi
siempre sin advertirlo o midiendo su escape gota a gota.
Don León se adosó a la ventana.
-No es difícil-dijo-. Búsquelo por donde loqueó
anoche. Yo tengo otra cosa que hacer.
Demasiado suave, pensó ella, sabe dónde encontrarlo
si no gritaría
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El mayordomo reía sin mover un músculo de la
cara, pero el cuerpo le temblaba.
Su Excelencia comenzó a subir las escaleras. Recor-
tado en el vano de la ventana, don León lo contemplaba
ascender peldaño tras peldaño. El rostro se le fue apre-
tando.
A ella le dolieron los alfileres clavados en los nervios,
con una sensación de malestar por todo el cuerpo. Su
Excelencia pasó a la altura de don León.
-Excelencia -gritó don León-, se está equivocan-
do. Es por aquí.
Señalaba la ventana. El otro no oyó o no quiso oírlo.
Arriba abrieron una puerta con mano firme, mientras
abajo el calor y la contrariedad pegaban.

Era una vieja historia de noches y días asediados, en


que la cama espera a las tres y un whisky más y otro
estiran la hora.
-Tito -había llamado Su Excelencia-, más hielo.
-No -dijo don León-. Estoy harto.
y se levantó bruscamente del sillón.
-¡Tito! -vociferó el visitante-o ¡Le llamo yo!
Tras la voz se fue él mismo en busca del mayordo-
mo. No quería marcharse, como siempre. ¡Las tres de la
mañana! Una hora estupenda para ponerse a bailar
cada fibra del organismo. Abajo no estaba Tito. Andando
a tientas acariciaba las puertas cerradas y echaba a
rodar a Tito por el ojo de las cerraduras.
Don León mordía las sábanas cuando Su Excelencia
subió rezongando.
-¿Qué hace usted? -preguntó-. Aquí no se acueste.
-¿Cree usted que avergüenza verme desnudo?
41
-Lárguese, le digo.
Su Excelencia se desnudaba en santa calma.
-Pésimo servicio, don León. No hay ni un alma le-
vantada. Ese hijo de su madre ronca en alguna parte.

Por la mañana canicular ondulaba un pesado olor a


disgusto. Su Excelencia reapareció en la escalera.
-Lo siento -dij~, porque era un regalo de mi
mujer. y no he podido dejarlo en ninguna otra parte.
Estoy seguro...
-Tito, acompañe a Su Excelencia. Laura y yo tene-
mos mucho trabajo.
La joven quiso intervenir.
-Don León ...
En el tono comprendió don León.
-Venga, no tenemos tiempo que perder.
-Laura -dijo Su Excelencia, que también había
comprendido->, le dejo mi esperanza.
Sonriendo a la joven pasó la pierna a través del
vacío de la ventana.
---No es necesario -observó don León desde arri-
ba-. Todas las puertas están abiertas.
---No importa. Ahora lo hago por puro gusto.
Ella pensó que sus ojos recordaban el cielo y el mar
de otros tiempos.

(Sobre el escritorio crujía ahora los dientes el


recuerdo actualizado.
Pero ¿para qué levantarse, si el calor y la muda,
serena y fascinante presencia de la muerte rendían
la voluntad de vivir?)

42
LA ESPERA
Estaba sumergida en el silencio como en un baño de
frescura sin límites. Un silencio viviente, de pensamien-
to fecundo que se escucha a sí mismo cuando los demás
se han marchado al fondo del primer sueño. Era para
Josefina la hora en que le gustaba descubrirse en su
relación con el Universo, sin interferencias de ninguna
clase. La hora en que se reintegraba.
Ya se había extinguido el susurro del joven matri-
monio vecino y el jadeante e invariable quejido de la
mujer. Apenas un momento antes había rechinado la
puerta del Comisionista que regresaba de sus correrías
nocturnas. Sobre el cuerpo de Josefina aleteaba el silen-
cio más refrescante ahora después del llanto asustado
del recién nacido en la planta baja. Casi sonreía de felici-
dad cuando su fino oído percibió el movimiento de la
puerta de su habitación. Alguien se deslizaba sigilosa-
mente en la oscuridad. La rabia le golpeó las venas y
tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abrir
los ojos y de un salto abofetear aquel rostro, cuyo
aliento ya sentía junto a su cama.
-¿Duermes, Josefina?
45
Como no contestó, una mano cálida la sacudió por
las rodillas. Entonces gruñó:
-Vete a dormir y déjame tranquila.
Pero la mano se alargó en una caricia. Josefina se
indignó.
-¿Te has quedado a dormir para eso? Se van a dar
cuenta, ¡vete!
La otra se tendió en la cama con medio cuerpo sobre
Josefina, cuyos músculos se contrajeron defensivamente.
-¡Déjame! Te digo, Lucía, que me dejes.
Lucía rió en sordina.
-Eres cobarde, pero estás loca por abandonarte a
las caricias de mis manos.
-Baja la voz, te van a oír... No es verdad, ¡lárgate!
Josefina se revolvió en la cama. Todo aquello era
nauseabundo. Al sentir los labios carnosos sobre su
vientre tuvo un acceso de ira. Con sus dedos furiosos
tirando de los cabellos de Lucía para desprendérsela de
encima, dijo amenazante:
-Si no te largas ahora mismo, grito. ¿Me oyes? Voy
a gritar con todas mis fuerzas.
-No lo harás ... Tú le temes demasiado al ridículo
para armar un escándalo -se burló la otra-o Tamaña
cara pondrían tus hermanos si te vieran en cueros...
Volvió a reír echándole a la cara su aliento de taba-
co. Tenía formas hombrunas, casi corpulentas. Com-
prendiendo que en semejante forcejeo llevaba las de
perder, Josefina se inmovilizó de repente, un nudo en
cada fibra. La mujer se sintió aliviada y comenzó a
acariciarla ávidamente, a restregarse, a besarla. De
pronto, se detuvo:

46
-¿Qué te pasa? ¿Estás muerta? .. Tonta, no sabes lo
que te pierdes ... O es que ... Habla ¡Hay un hombre en
todo esto! ¡Idiota!
En el apartamento de enfrente hicieron luz. El
hueco de la ventana se recortó luminoso sobre la pared
detrás de la cama. Lucía murmuró ásperamente:
-Mira lo que has hecho. La vieja María nos ha
oído... Esa maldita nunca duerme.
Luego, dulcificando la voz, agregó:
-¿De verdad no quieres que duerma contigo? Un
hombre no es mejor, Josefina, créeme.
En el cuadro de luz de la pared apareció la sombra
de una cabeza. Llena de susto, la joven replicó desfalle-
ciente:
-Oh, por favor. ..
--Sí, tonta, me marcho. Yo tampoco quiero escánda-
lo, pero no tardarás en llamarme, estoy segura que me
llamarás porque no podrás conciliar el sueño después
que mis manos te han tocado. Esperaré ... Ven tú a mi
cuarto, allí no podrá oírnos la escofieta ésa.
Masculló unas cuantas groserías más antes de escu-
rrirse malhumorada fuera de la habitación. Casi al
mismo tiempo la vecina apagó la luz y fue de nuevo el
silencio. Pasaron unos minutos. Un gato maulló cerca,
repercutiendo su reclamo en la inmovilidad de Josefina.
Entonces se dio cuenta de que los latidos del corazón
martillaban todo su cuerpo. Se viró boca abajo. Como le
resultó insoportable el contacto tibio de la cama, deci-
dió levantarse. Después de correr el pestillo de la puerta
que daba a la habitación contigua, se dirigió temblorosa
al cuarto de baño. Abrió la ducha en la oscuridad. El
agua fría le arrancó un gemido, pero a medida que le
penetraba en la sangre le fue calmando poco a poco el
47
temblor. Chorreante, se acercó al botiquín y encendió la
luz. Al cabo de unos segundos de contemplación, sonrió
jubilosamente a la turgente juventud de su pecho
reflejado en el espejo mientras decía:
-Te los guardaré puros, Amor, aunque sólo nos
encontremos en un mundo mejor.

48
ARGONAUTAS
Las once y cinco en la Cancillería. Una muchacha
hojea un montón de periódicos, con el tecleteo de la
mecanógrafa en los oídos. Suena el teléfono.
-Sí -responde la muchacha-o ¿Nadie? ¿Dice us-
ted que nadie? Es íncreíble. Muy bien, le transmitiré
la noticia en seguida.
-¡Increíble! -repite cruzando el vestíbulo para
tocar a la puerta abierta del otro despacho.
-¡Entre, entre! -invita el señor de cabellos prusia-
nos que se afana sobre documentos de última hora.
-El Director de la Compañía Marítima acaba de
llamar.
-¡Ah!. .. ¿Cuándo llega el barco?
-Amanece aquí mañana.
-Tengo entendido que nadie se ha inscrito ...
-Yo podría ...
-¿Usted?
El Señor la mira un segundo entre asombrado y
confuso.
-¡Ah, sí!, pero no lo piense más.
51
-¿Por qué?
Ante el silencio distraído del Secretario, la joven se
exaspera calladamen te.
-Pero, ¿por qué?
-De la Cancillería no se embarcará nadie.
Hay un momento de mandíbulas y puños apretados.
Al otro extremo del vestíbulo repiquetea el teléfono.
-¡Maldito aparato! -piensa la muchacha, que des-
cuelga el auricular para recibir en el oído Oh, perdone,
me he equivocado.
Reventando de ira vuelve a los periódicos ... 29 de
octubre, 30, 31,1° de noviembre, 2... Un olor de cirios y
putrefacción le sube a las narices y casi estalla en
sollozos cuando, al organizar las páginas, sus ojos caen
en la esperanza de una liberación:

IMPORTANTE
Se avisa que dentro de cuatro semanas aproxima-
damente llegará a este puerto de Balsa, procedente
de Europa, un moderno y lujoso trasatlántico a
bordo del cual podrán embarcarse diez balsanos
solteros, cuyo pasaje de ida y vuelta obsequiará la
Compañía Marítima C. por A. con motivo de la
inauguración del nuevo servicio.
Para informes complementarios, sc ruega a los
interesados pasar por las oficinas de esta Compañía.

y nadie se había presentado.


-Quizás -pensó generosamente Virginia --otros
quisieran partir y les falta el coraje de mostrarse de cara
al sol.
Porque el ofrecimiento era un suceso tan maravillo-
so que despertaba cierto recelo. No se recordaba nada
tan extraordinario desde los tiempos en que la isla de

52
Balsa había sido creada por el capricho tenaz de la
Naturaleza.
Los viejos rememoraban que otros viejos les habían
hablado de una época continental en que la intrepidez
de los hombres buscaba las aventuras. Pero tales re-
cuerdos se perdían en la niebla de los siglos. Ahora se
flotaba ordenadamente bajo el sol tórrido de los trópicos.
El Secretario vino a sacarla de su ensimismamiento.
-Estoy orgulloso del comportamiento de los balsa-
nos -decía-o Una gran bofetada para los que piensan
que vivimos disconformes en nuestra tierra.
Contestó disimulando a duras penas su disgusto:
-No exageremos, don Pablo...
-No piense en eso, Virginia -cortó el Secretario
echando a andar hacia la puerta-o De la Cancillería no
se embarcará nadie. Puede marcharse, son las doce.
Pase usted un buen domingo. Aunque ya nos veremos
en el muelle ... Hay que lucirse.
Virginia tomó la cartera, tenso todo su cuerpo en un
puntapié imaginario.

-¿Oíste, Nelson?
La voz sonó anhelante.
-Sí -contestó el hermano y se echó a reír-o Es la
señal para el ensayo de la ceremonia. ¿Creías que era tu
barco?
-Nuestro barco -corrigió Virginia riendo tarn-
bién-. Tú estás tan obsesionado como yo. ¿No lo
niegas, verdad?
-No, me pesa la tarde ... ¿Vamos?
Al tercer mugido del Guardacostas nació un poco de
entusiasmo en el corazón de la gente joven. Pronto, en
pequeños grupos, comenzaron a descender hacia el mar.
Virginia caminaba en silencio junto al hermano que
53
no cesaba de interpelar a los otros, cada cual comentan-
do a su modo el fracaso de la Compañía.
-¿Tú tampoco te inscribiste, Luis? -preguntó al
hijo de su propietario que venía casi corriendo.
-No -dijo Luis-. No me tentó... Al principio
pensé: ¡Fantástico!, pero después cuando me salieron
con que sólo aceptaban solteros entre 20 y 30 años,
sospeché algo. Uno nunca sabe con estos extranjeros.
¿Qué te parece a ti, Nelson?
-Yo no he cumplido los veinte.
-y si tuvieras veinte y pico, ¿te hubieras inscrito?
-¡Claro que sí! -replicó Nelson-. Tonto es el que
no lo ha hecho. ¿y tú, Manuel?
-Papá no quiso. Dice que esos viajes perturban la
juventud.
Ante el coro de risas, Manuel se ruborizó.
-Tú, hijo de tu papá -observó Luis-. ¿Cuándo te
harás hombre?
Virginia intervino:
-Eso pregunto yo: ¿Cuándo se harán hombres, él,
tú y todos?
Luis se molestó y replicó provocativo:
-¿Qué llamas tú ser hombre?
-No, Virginia -susurró Nelson al oído de la herma-
na-o La discusión nos llevaría demasiado lejos. ¿Cuán-
tos pasajeros europeos vienen a bordo? -preguntó en
alta voz-o ¿Alguien lo sabe?
La pregunta distrajo facilitando la conversación
hasta desembocar en el puerto.

La juventud enmudeció ante el espectáculo preten-


ciosamente imponente que ofrecían las autoridades

54
balsanas, la Banda Municipal en uniforme de los días
memorables, las formaciones compactas de escolares
que alegremente agitaban al aire banderines europeos y
americanos. Frente a ellos, en la rada reluciente, manio-
braba el paquebote con rapidez y facilidad admirables.
Los remolinos de humo de las inmensas chimeneas
oscurecían el plácido cielo de aquel diciembre excep-
cionalmente caluroso y contribuían a excitar el alboro-
zo de los niños. Todos esperaban que atracara impeca-
blemente. Virginia observó -mientras el trasatlántico
crecía gigantesco-- que ningún pasajero asomaba en
las cubiertas. Iba a comentarlo con Nelson cuando el
coloso lanzó sus miles de caballos en dirección de la
tierra balsana. El terrible tajamar partió el muelle,
llevándose de encuentro a la delegación de recibimien-
to y cuanto halló a su paso. Virginia vio aterrorizada al
Alcalde y al Secretario caer de bruces sobre el tambo-
rón. La enorme quilla lo trituraba todo.
-¡Nelson! -gritó Virginia-o ¡Te alcanza, Nelson!
Un golpe agudo en la sien izquierda le hizo perder el
conocimiento en medio de un deslumbramiento.

Después, no sabía cuánto tiempo después, fue poco a


poco abriendo los ojos a la tenue claridad que le
acariciaba el rostro. Percibió que alguien lloraba a su
lado. Lentamente ladeó la cabeza. Al notar su movi-
miento, el doctor Farnetti, viejo médico balsano de
cejas enmarañadas, se inclinó sobre ella.
-¿Cómo te sientes? -preguntó tomándole una ma-
no entre las suyas excesivamente suaves.
La madre cesó de llorar.
Alguien abrió la puerta del camarote para dar paso
al Secretario. Por eso, en vez de contestar, Virginia
55
agrandó los ojos de estupor. «¿En qué mundo se halla-
ba...?" El Secretario se acercó a la cama exclamando:
-Bien, bien ... ahora que está despierta podrá con-
tarnos algo.
-Sea prudente, don Pablo -previno el doctor al
sentir en las suyas el temblor de la mano de Virginia.
-¿Quiere decirnos por qué salieron mar afuera?
La joven arrugó la frente vendada e hizo una mueca
de dolor. Le parecía extraño que su jefe hablara tan
distintamente y sobre todo que se sintiera en disposi-
ción de bromear después de semejante catástrofe.
-¿Me oye usted, Virginia? ¿Qué hacían en alta mar?
Tuvo intenciones de no responder, sin embargo se sor-
prendió rectificando como quien usa una piedra de toque:
-Usted quiere decir en el muelle.
-¿En el muelle... ? No, he dicho bien en alta mar.
¿Qué buscaba con Nelson y mi hijo Manuel en alta mar?
Un punto de miedo distinto al estupor primero
prendió en las pupilas de la muchacha. Durante unos
segundos inverosímilmente largos luchó consigo mis-
ma. De repente, recordó.
-¡Nelson! -gimió incorporándose de un salto en la
cama--. ¡Nelsooon... !
La madre reanudó su llanto de sollozos.
Reprochando con los ojos su brusquedad al Secreta-
rio, el doctor sujetaba a Virginia por los hombros como
si acunara a un niño enfermo.
-Vamos, hija, vamos, no hay por qué desesperar-
se... Enfermas de pena a tu madre...

-Entonces, Virginia decidió ir al encuentro del


trasatlántico...
56
Hablaba el Comisario de Balsa, muy acomodado en
una butaca del camarote contiguo. Conocía la versión
del Capitán, pero a él le gustaba -y su deber así se lo
imponía- beber en todas las fuentes.
Manuel, envuelto en un albornoz demasiado grande
cuyas mangas le cubrian los brazos hasta mitad de
las manos, miró con aprensión a su padre que acababa
de entrar. Luego contestó:
-Nosotros decidimos.
-No quieras jugar al héroe ahora -reprochó don
Pablo-. Estoy seguro que Virginia es la responsable de
semejante desatino.
Pero Manuel se había hecho hombre repentinamente.
-No -replicó-. Los tres deseábamos lo mismo.
-¿Lo mismo, qué? -inquirió el Comisario.
-Que el Capitán nos consiguiera la autorización pa-
ra hacer el viaje.
-Cosas de chiquillos -comentó el Secretario impa-
ciente-. Sólo a unos cerebros de chorlitos se les podía
ocurrir echarse a la mar en un bote de mala muerte.
- y robado, Señor Secretario... ¡robado!
Don Pablo se puso carmesí.
-A mí -dijo Manuel con voz profunda -me dolerá
toda la vida, porque Nelson ...
-A eso vamos -interrumpió el Comisario-. ¿ Cómo
lo explica usted?
El muchacho, que se había sentado en el borde de la
cama para someterse al interrogatorio, volvió a tender-
se de espaldas con las manos cruzadas bajo la nuca. En
el cielo raso cantaba la mañana que se introducía
impetuosa por los tragaluces.
-Nosotros creíamos que el bote estaba en buenas
condiciones...
57
Ya se habían alejado bastante de la costa cuando la
embarcación comenzó a hacer agua. Era tan poca cosa
al principio que Virginia y Nelson la achicaban sin apuro
con las manos.
-Hay que devolverse -opinó Manuel una hora
después, asustado por la importancia de la filtración-o
Un poco más y se hunde esta porquería.
Pero estaban cogidos. No podían avanzar ni retroce-
der tampoco. Tenían que achicar, achicar y achicar
afanosamente. Virginia los animaba, convencida de que
el paquebote llegaría a tiempo. Y al fin, cuando la roja
pupila del sol emergió rutilante y maldecían a la
Agencia Marítima, divisaron su silueta oscura en el
horizonte.
-¡Allá viene! -exclamó Manuel en una explosión de
júbilo.
Los tres rieron a carcajadas, felicitándose entre sí.
La embarcación apenas resistía su carga de agua.
Nelson fue el primero en saltar. Virginia y Manuel le
siguieron. Eran excelentes nadadores. El barco, sin
embargo, no parecía aproximarse.
Manuel explicaba sin apartar la vista del techo.
-¡Es increíble la lentitud de un trasatlántico que se
espera en alta mar con la única fuerza de sus propios
brazos!
Visiblemente conmovido, don Pablo dejó caer una
mano torpe sobre la cabeza del muchacho:
-Pero ya todo pasó, hijo... Estás aquí.
Como si no lo hubiera oído, Manuel murmuró:
~uando bajaron el bote, yo me sentía desfallecer. ..
-¿Y los salvavidas? -preguntó el Comisario.
~Bailaban en el oleaje... Nelson le pasó uno a su
hermana... Yo mismo agarré otro... Me estaban izando
cuando sucedió lo que nadie esperaba... Nelson desapa-
58
reció... A la voz de alerta de un marino, Virginia volvió
la cabeza. Una ola la empujó contra el costado del
bote... Supongo que el golpe la aturdió, porque en
seguida se fue a pique, dejándonos el horror del salvavi-
das sobre el agua ...
El teléfono produjo un sobresalto en los tres. El
Comisario extendió el brazo para contestar.
-¡Ah, muy bien! Anúnciele mi visita al cascarrabia
de su padre.
Manuel se tiró de la cama temblando de emoción.
Don Pablo preguntó:
-¿Nelson?
-Me gusta el tono de la pregunta - observó el
Comisario súbitamente de buen humor-, porque me
revela la espina que tenía usted clavada en el corazón.
Pues bien, sí, Nelson ha reaccionado y también podrá
contarlo.

59
LA VENTANA
Sabía que sucedería. Viejos rumores me hacían vivir
presintiéndolo desde mucho tiempo atrás.
-De momento -me decía-, se le incendian los
hábitos.
y le ardieron en lentas exhalaciones.
Fue una noche clara como mirada de niño, en una
terraza pequeña, silencíosa, flotante, con el aliento del
mar sobre las cuatro. Porque éramos cuatro mujeres en
cuatro torres de aire. Oíamos música. La música de
Liszt y la nuestra, la que cada uno de nosotros lleva en
la sangre, únicamente audible a nuestro propio pulso. A
veces -muy raras veces, casi nunca- la inquietud de
alguien se inclina sobre la música subcutánea, la que
nadie oye, y allí se queda diluyéndose en una armonía
angustiante.
Cuando apagaron las luces, la terraza se puso a
flotar en la inmensa pupila azul de la noche. Salían las
notas del estudio... Una sonata...
De pronto un filo agudo de luz cortó el aire de mi
torre y comencé a oscilar, a punto de romperme, los
ojos bebiendo existencia en la ventana iluminada.
63
Era una ventana abierta de un tajo en el espesor
colonial de la pared, hueco híbrido entre ventana' y
tragaluz invertido, de cuyo derrame exterior resbalaba
a chorros la claridad. Allí estaba. Lo esperaba, como se
espera lo que no ha de fallar. El torso inverosímilmente
desnudo vino a la ventana y dilató los pechos.
-¿Listo? -preguntó una voz varonil desde fuera.
-Sí -contestó-, pero un momento todavía: es mi
hora de amar.
y se volvió. Era su hora, como todas las horas de su
vida atormentada. ¡Cómo si un redondel en los cabellos
fuera bastante para encasillar una vida, toda una larga
vida de hombre velludo!
De espaldas a la ventana y al destino, extendió los
brazos. Pero yo no quería penetrar tanto en su pecado ni
en su muerte. Iba a suceder. Ibamos a incendiarnos.
La emoción me retiró los ojos de aquella herida
blanca.
Hubo un temblor en el cielo. A pasos lentos comen-
zaron a descender las estrellas, se alargaron poco a poco
en una caída vertiginosa, todas en una lluvia larga,
interminable, sobre la tierra.
Cerré los ojos acatando lo inexorable, el cuerpo
traspasado de estrellas. Sin mirar sabía que en la
ventana colgante en la atmósfera luminosamente calla-
da, enrojecía una sotana a la que había llegado su hora.

Un relumbrón me quemó los párpados.


Frente a mí acababa de encender un cigarrillo la
más trigueña de las cuatro. Ahora contemplaba el
mohín burlón del fósforo ardiendo entre sus dedos.
-Eso es dinero -comentó.

64
Pero yo lancé una exclamaclon.
La ventana había desaparecido.
Allí, entre los mangos del solar, permanecía la vieja
casa colonial. Pero la pared estaba ciega, sin ventana ni
tragaluz ni hueco híbrido.
-Parece que se fue la luz de la calle -apuntó
Merilinda-. No se ve un solo foco encendido.
-Es una lástima -lamenté-o Fueron sus ojos de
lechuza los que iluminaron la tonsura del Padre.
-Mejor -dijo la del cigarrillo-. Ahora estamos
verdaderamente solas.

65
GALATEA
"Manojo de brezo solitario y oloroso; único en su
llanura bajo la mano inclemente del agua \ los
días. De pronto llega una chispa y el voraz incendio
lo consume hasta las raíces".
Nunca le había gustado esperar. Podría decir que
casi nunca esperó a nadie. Era demasiado orgulloso
entonces y le faltaba paciencia para aguardar la llegada
de otro. Por Galatea, sin embargo, había consentido
detenerse una vez, obligando a tascar el freno a los
brutos que llevaba dentro. Pero finalmente se habían
encabritado. Ahora volvía obsesionado por el recogi-
miento de aquella vida que adivinaba inmovilizada en
tenaz espera. Volvía a caminar sin prisa hacia la parte
sur de la ciudad, un atardecer resonante de tonos rojizos.
pensando que encontraría gente desconocida en el
pequeño apartamento. Quizás serían gordos, desolado-
ramente insignificantes, sin la menor idea de quién
era Galatea, la de las manos cargadas de rumores.

Tú, Juan Miguel, te escapas hacia el pasado de mar y


de silencio, seguro de ti mismo como siempre. Recuer-
das sus grandes ojos de almendra tostada que florecían
al reír junto a tu risa de hombre. No te has preguntado,
empero, si aquel corazón de lumbre que descubriste
sotenado en su compostura de niña bien educada se
deshizo en silencioso estallido o sueña aún con el
inefable son musical que emiten las cosas singulares y
muy deseadas. Tú, naturalmente, eres el triunfador, el
hombre formado en amplios horizontes que se siente
superior a las vidas somnolientas de los pueblos tropi-
cales aunque sensualmente te deleiten.
Nada parecía cambiado. El mismo sopor de ciudad
colonial, persistente a pesar de las nuevas avenidas que
la cortan perpendicularmente al mar, las casas de
galena tan calladas y desentonando en la umbrosa calle
de laureles centenarios el edificio revestido de ladrillos.

4 NB GALATEA

Súbitamente retrocedió en el tiempo, ese ayer que


creía distante de cuatro años y hoy ha saltado como un
eterno presente desde lo más íntimo de su ser.
No hubo respuesta a su llamada, pero la puerta
cedió a la presión de su mano impaciente. Por las
persianas se colaba un airecito juguetón que inflaba de
vida las cortinas. Eran las seis y media, y sábado. No
tardará en venir, pensó sin vacilación.
Miraba. Tocaba. Recorría la habitación en busca de
íntimos secretos como siempre lo hacía cuando la
esperaba. La emoción subía por sus venas regular y
suave como una dulce marea de agua. Galatea tardaba ...
Para calmar el desasosiego que le producía la lenti-
tud del paso de los minutos, decidió tomar una buena
ducha. Confortable después del baño apagó las luces a
fin de contemplar mejor, desde el balcón suspendido en
el espacio rumoroso, la ascensión resplandeciente de la
luna.
70
Entonces tuvo la conciencia de que ella había entra-
do y en su temor de ahuyentarla se quedó inmóvil,
llenándose de amor, pozo rezumante y fresco. Cuando
sintió sus manos largas, exangües, nerviosas, vibrátiles
y frías como una leve corriente de aire en sus hombros
desnudos, empezó a girar sobre sí mismo para estre-
charla contra sus músculos tendidos. Pero sus brazos se
unieron en el vacío. La sorpresa lo dejó tambaleante,
perdido en un tumulto de sentimientos contradictorios.
Ella estaba allí, ingrávida, saturando de fragancia todo
el ámbito con el delicado perfume que destilaba siem-
pre.
-¡Galatea! -llamó a media voz-o ¡Galatea!
Adivinaba en la penumbra el escorzo liviano de su
cuerpo de adolescente enfermo, tan suave en sus peque-
ñas curvas. Corrió hacia él. La angustia le quemó el
corazón como un ácido. Hizo luz. No había nadie. Una
sensación extraña, acongojante e irrefrenable puso a
temblar toda su carne. Tuvo que sentarse. Era ella,
estaba seguro que era ella... Y su perfume vivo en la
habitación... Galatea...
Tomó de nuevo con ávidas manos el cuaderno que
había desestimado momentos antes, pasando las hojas
febrilmente. Muchas estaban en blanco, con una fecha
inscrita al pie de cada página. Otras ni siquiera eso. En
una se leía:
Sé que voy a morir. Lo sé desde que dejé de sentirme
suspensa en el vacío. Me di cuenta. así, un buen día, a la
luz roja del crepúsculo. Descendía yo también, suavemen-
te, pero descendía. Es algo indefinido aún, invisible a los
demás, pero estoy cayendo... Todos me verán muerta, se
inclinarán sobre mi silencio definitivo creyendo que me
conocían, que yo era lo que habían visto de mí: W1 vivir
cotidiano sin acontecimientos importantes, monótona-
71
mente normal. Normal como ellos, sin nada grande y
hermoso en la trama de sus días. Más opaco quizás, más
aislado, menos cumplido. Todos me mirarán muerta sin
sospechar siquiera que yo era Galatea.
Siempre deseé apagarme bruscamente, al soplo vio-
lento de una muerte apresurada, vaga y misteriosa, para
afirmar más la distancia entre mi vida y la de ellos. y vaya
morir lentamente, muy lentamente, como si la muerte 110
advirtiera mi presencia y simplemente me rozara al sentar-
se a descansar de otras defunciones más difíciles.
Voy a morir... el hecho, banal en sí, me duele con
dolor rabioso porque no llegará él a tiempo, a pesar de lo
inverosímilmente despacio que voy cayendo...
A continuación seguían otras páginas en blanco y
por fin una -la última- con una fecha trazada en
grandes caracteres: 24 de junio.
24 ... 24 de junio...
Profundamente impresionado, trató de concentrar-
se. Miró al calendario del escritorio. El lápiz rojo había
marcado el número 24, sábado 24 de junio... hoy ...
El repique del timbre lo estremeció. Como no abría
tocaron con el puño en la puerta.
-¿Es usté don Juan Miguel? -preguntó la mujer que
apareció a sus ojos turbados. Sin dar tiempo a que le
contestara, agregó: -La señorita Galatea vino anoche y
me dijo que le entregara esto.
El hombre palideció, casi simultáneamente enroje-
ció al percibir la llave en la mano extendida.
-¿Vino anoche? ¿A dónde?
La mujer sonrió como si le pareciera estúpida la
pregunta.
-Aqllí... Mire usté, yo soy la mujer del Encargado
del edificio...
-¡Ah. bien! -cortó con voz insegura-o Gracias.
72
En medio de la noche tiene la casa el aspecto de un
gran barco iluminado. Limpio ya de dudas, pero presa
de la mayor ansiedad de su vida, avanza apresurada-
mente en su dirección.
Entre cuatro cirios duerme discretamente María
Elisa Delmonte, vestida de blanco en su flamante ataúd.
Las más bellas flores de la ciudad se han volcado en
coronas a su alrededor.
Casi tropieza en su profusión. La mira largamente...
tratando de romper la fría muralla de la muerte ... la
mira ávidamente... cierra los ojos buscándola Dema-
siado tarde, Ga/atea, he llegado demasiado tarde ¿Estás
ahí? ..

73
UNA VISITA
--Madame, ¿ha regresado mi madre?
No, no había regresado.
La portera tomó la llave de la repisa de la chimenea
y entregándosela a la muchacha, anunció:
-Tiene visita:
Siguió con los ojos el movimiento de 1<;\ cabeza de
la portera, pero desde su posición no podía distinguir a
la persona.
-Es un joven, está sentado frente al ascensor.
¿Un joven? ¡qué extraño! Ella no conocía ningún
joven con quien la unieran lazos de amistad.
-Algo raro -explicó la portera, una señora corpu-
lenta de edad madura-o No tenía dinero para pagar el
taxi. Yo pagué por él.
-¡Ah... ! Bueno, mi madre le devolverá lo que sea.
No lo reconoció sino al recibir el efusivo saludo.
-Espera... espera un momento -atinó a decir-o
Voy por la llave ... No te muevas de ahí... Vuelvo al
minuto.
Una vez dentro de la portería escribió unas palabras
77
en su carnet de notas, arrancó la hoja y se la pasó a la
portera;
-Hágame el favor, Madame, llame por teléfono y
dígales que Pablo está aquí, Pablo Lorenzo.
Daba la espalda de nuevo cuando la mujer levantó
los ojos del papel:
-No cierre la puerta del apartamento, Mademoise-
He, así podré oírla si llama... Estaré en las escaleras.
¿Y ahora, pensó Margot. ¿Qué inventaré para entre-
tenerlo?
-¿Hace mucho que esperas? -preguntó en alta voz.
-Un rato -repuso él, dando muestras de gran
agitación. La mirada se le iba rumbo a la calle como si
temiera que de momento surgiera allí algún peligro--.
Vámonos de aquí.
-Mamá no debe tardar. .. ¿Has tenido noticias de tu
familia?
Sin atender a la pregunta, el joven puso la mano en
el picaporte de la jaula del ascensor.
-No. no ... está descompuesto -advirtió presurosa.
La aterraba la idea de encerrarse en el estrecho aparato
con Pablo Lorenzo.
Desde la última planta llamaron al ascensor, que
arrancó silbando ante los ojos azorados de Margot.
-Marcha -comentó Pablo satisfecho--. Esperare-
mos que haje.
Margot sentía el corazón en la garganta.
-Pues ... mira ... mejor sería subir esos tres pisos a
pie. por la escalera llegaremos sin tropiezo.
-¡Pero si el ascensor funciona!
-A veces ... no siempre ... cuando menos te lo esperas
te encuentras cogido entre dos pisos ... Ven por la
escalera.

78
Pronto, antes que bajara el dichoso elevador, Margot
tomó a Pablo de la mano. Consiguió decidirlo. pero su
mano quedó prisionera en la del joven que la apretaba
como si se aferrara a su única salvación.
El ascensor descendía lentamente. De su interior
llegaron voces apagadas al oído atento de Margol.
Estaba en tensión, agazapada en su aprensión, lista a
enfrentarse a cualquier emergencia.
-Necesito mi mano para abrir.
Había optado por actuar con naturalidad, hasta
chancearse un poco a fin de inspirarle confianza. Pablo
rió mostrando sus dientes amarillos. Le soltó la mano.
Entraron. Ella intentó dejar la puerta abierta. Esfuerzo
inútil. No pudo convencerlo de que su madre no tenía
llave. que iban a traerle las compras del colmado, que
la portera subiría la correspondencia y el timbre defec-
tuoso no avisaría, ningún pretexto fue lo suficientemen-
te convincente para el joven, que no cejó en su empeño
de cerrar la puerta. Margot cedió a disgusto. Después de
este incidente, ya seguro, Pablo pidió ir al baño.
Los largos minutos que demoró en ese cuarto fueron
de tortura para Margot. Este Pablo Lorenzo tenía que
acordarse de nosotras, dos mujeres solas en el mundo,
para creamos sabe Dios qué complicación. Todo por
esa manía [ilantropica de mamá que tal un Padre Las
Casas anda condoliéndose de las desgracias aienas... ¡Qllé
memoria envidiable!... Dar con nuestra dirección al cabo
de tantos meses... bien me vendria a mí esa memoria, para
lo que le sirve a él... Pero ¿qué hace ahí metido?
Reinaba un silencio absoluto dentro de la pieza. ¿Y
si se le ocurría usar la navaja con que ella se afeitaba las
piernas? A una vuelta y a otra clavaba Jos ojos en la
rendija del umbral, esperando que se deslizara por el
piso un hilo de sangre revelador. Se sentía temblorosa
79
cuando él por fin salió, blanco de polvo de talco y
chorreante el pelo de cuanta loción encontró en el
tocador del baño.
-¡Cierra la puerta, Margot! -exclamó retrocedien-
do asustado.
Ni siquiera una salida franca ... Si la abro, se excita él y
si la cierro, me angustio yo ... Es para morirse de nerviosi-
dad... y nadie asoma...
El joven anduvo intranquilo por el apartamento
hasta asentarse en el comedor. Sobre la mesa había un
cestillo de mimbre lleno de manzanas. Lo contempló un
instante, luego pidió un cuchillo.
-¿Quieres una manzana?-preguntó Margot enter-
necida, pero inmediatamente se retractó-. ¿No prefie-
res comerte un guineo?
-No, tráeme un cuchillo.
En la cocina, Margot comprobó alarmada que todos
los cuchillos cortaban un pelo en el aire.
-Tráeme rápido ese cuchillo -urgió Pablo que se
había acomodado en el canapé restregando su cabeza
mojada en la pared empapelada.
-Voy a pelarte una -propuso ella.
-No, pasa-o Le arrebató el cuchillo y comenzó a
mondar la manzana mientras decía: -Ese cuadro de
allá es un mamotreto. tíralo por la ventana.
Margot miró hacia allá: una mujer verde, desnuda,
con un collar de gruesas cuentas doradas.
-Mamá lo compró en Montmartre.
-Es una cochinada -sentenció-. Lo voy a romper.
La muchacha se interpuso.
-Siéntate tranquilo a comer tu manzana... Quitaré
el cuadro si te molesta.
-¡Quítalo!
-Pero dame antes el cuchillo -rogó nerviosa-o Sí,
80
sí, Pablo, te cortarás si sigues metiéndotelo en la boca.
Dámelo. Te lo cambiaré por otro.
Pablo apartó su mano. El sonido del timbre de la
entrada estremeció a los dos jóvenes. Los ojos de Pablo
registraron el comedor ansiosamente sin encontrar un
escondite que le sirviera de refugio.
-¡No abras! -ordenó entre dientes.
El timbre repercutió de nuevo. Margot explicó a fin
de sosegarlo:
-Es la hora en que traen la correspondencia. Voy a
recibirla.
-¿Me necesita? -le preguntó la portera en voz baja
tan pronto la vio.
La joven exhaló un profundo suspiro.
-No, gracias, pero hizo bien en tocar, porque ahora
podré dejar la puerta abierta. ¿Vendrán?
-Sí, llegarán aquí dentro de poco.

Pablo parecía un animal acorralado que a pesar del


miedo cerval que lo atenazaba, se disponía a resistir.
Margot quiso capear la tormenta y no se le ocurrió otra
cosa mejor que apresurarse a descolgar el óleo de la
mujer verde. Esa complacencia contribuiría quizás a
aliviar su pánico. Levantaba los brazos para zafar el
cuadro del clavo que lo sostenía cuando el cuchillo,
pasando raudo por encima de su cabeza, fue a herir en
pleno rostro a la mujer del lienzo. Se volvió sobresalta-
da. Pablo estaba aún sentado en el canapé. aparente-
mente calmado. Sin decir nada, Margot terminó de
descolgar el óleo y al inclinarse para colocarlo en el
suelo de cara a la pared, escondió disimuladamente el
cuchillo debajo de la alfombra. Sus manos temblaban.
Mis nervios... son mis nervios los que enfermarán si esto
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se prolonga demasiado. Avanzó hacia el pasillo, con la
esperanza de serenarse a la vista de la entrada abierta.
Pablo gimió a sus espaldas.
-¿Qué te pasa ahora?
De pie frente a él, Margot lo miraba erizada de
escalofríos.
-¿Tú también lo oíste? -pregunto él febrilmente.
-¿Qué cosa?
-La llave...
-Es en el apartamento vecino.
-¡No... Margot, no!
Inesperadamente Pablo se abalanzó al cuello de la
muchacha. El impacto la hizo tambalear.
-Vas a tumbarme... Pablo ¿qué es lo que te asusta
así?
-Quieren entrar -dijo él jadeante-. Quieren en-
trar y llevarme.
Una mezcla de miedo y de honda pena invadió el
corazón de Margal. Sentía en SU cuerpo el temblor de
Pablo pegado a ella, su olor desagradable de muchos
olores juntos, su pavor de criatura al garete en la vida
inclemente.
-Vamos a sentamos, Pablo, y te explicaré.
-No quiero irme, Margot, ¡que no me lleven! ¡No,
no! ¡Quiero quedarme aquí!
Margot forcejeó para desasirse de los brazos de
acero que le cortaban la respiración, pero algo debió
aterrorizarlo porque lanzando un grito de agonía la
estrechó con mayor fuerza. Medio desvanecida sintió
otras manos que luchaban con las de Pablo y una voz
lejana que decía:
-No le haremos daño, Monsieur Lorenzo. Obedezca
usted.
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Pablo se resistía, aullaba. Las nuevas manos logra-
ron al fin librarla de aquella presión que les oscurecía
los sentidos. Estuvo a punto de caerse.
-¡Mon Dieu, Mademoiselle! -exclamó la portera
sosteniéndola-o Por poco la mata.
Casi no le importaba no haber muerto, lo terrible
eran los gritos de Pablo clamando por su protección y
que los enfermeros enfundaban en la camisa de fuerza.

83
EL ENTIERRO DE MARISOL
Un domingo resplandeciente de sol velaban a Mari-
sol. Ese mismo día regresó Pedro Nicolás de Roma.
recién ordenado de sacerdote. Don Pepe, que había ido
a esperarlo al Aeropuerto Las Américas. fruncía los ojos
tratando de localizar a su sobrino entre los pasajeros
que descendían por la escalerilla del jet. Una amplia
sonrisa iluminó todo su rostro de hombre bueno cuando
distinguió la esbelta figura que avanzaba a grandes
pasos hacia la entrada de Migración.
Después del abrazo efusivo y de alegres exclamacio-
nes motivadas por la satisfacción de encontrarse el uno
al otro excelente aspecto, tomaron rumbo a la ciudad en
el pequeño Volkswagen que manejaba don Pepe.
-Dígame ahora -pidió el joven- cómo están todos
en nuestra urbanización.
-Yo diría que bien, muy bien, si no fuera por la
muerte de Marisol.
-¡No puede ser! ¿Cuándo murió?
-La están velando ... en su casa.
Pedro Nicolás entrecruzó con fuerza los dedos de sus
manos.
87
-¿Cuándo es mi cita con el Arzobispo? -preguntó
al cabo de un rato de tenso silencio.
-Mañana, a las diez.
-Entonces, si no le importa, tío, déjeme en casa de
doña María.
-Te lo iba a proponer... Tenemos tiempo de llegar
para el entierro.

Amigos, conocidos, vecinos y curiosos ocupaban los


dos tramos de acera frente a la casa y se apretujaban en
la sala. Toda esa gente cedía apenas a la presión de
Pedro Nicolás que pedía cortésmente permiso para
entrar. Pero al fin logró perforar la masa viviente hasta
inclinarse ante los dolientes. Doña María sintió el beso
en la mejilla, interrogó con la mirada mustia y al
reconocerlo lanzó un agudo quejido. Llorando a mares
se abrazó al joven sacerdote.
-Lo siento profundamente, doña María -dijo con-
turbado, separándose para que otras personas pudieran
expresar sus condolencias-o
Por encima del ataúd herméticamente cerrado ob-
servó a los hermanos de Marisol. En actitud distancia-
dora montaban guardia.
En el fondo del salón, junto al ventanal adonde fue a
refugiarse con sus pensamientos, se daba rienda suelta
a los comentarios.
¿Usted vio el cadáver?
No lo dejan ver.
Yo me pregunto qué clase de muerte tendría...
Se habló de desaparición.
Piense usted, una niña bien educada no desaparece así
como así en un medio relativamente pequeño.
88
En todo caso, si desapareció la encontraron porque...
¡Chist! va a comenzar la misa. Muy extraño.
¿Qué cosa?
No la velan en una funeraria ni tampoco pasan por la
capilla del cementerio.
-Silencio, por favor -murmuró Pedro Nicolás que
se había cubierto la cara con las manos en un esfuerzo
por dominar su irritación-o El Padre Clemente espera
nuestra atención.

Tan pronto terminó la misa, el mayor de los herma-


nos reclamó la presencia del tío Anselmo.
-Avísale que ya nos vamos, Isabel, que se dé prisa.
La muchacha regresó corriendo:
~usquen un reemplazante -dijo en voz baja-o
Don Anselmo tiene ahora mismo un ataque de asma.
-¡Maldita sea! ¿No podía escoger otro momento?
Pedro Nicolás vino hacia ellos.
-¿Me permiten?
Los tres -muy contrariados- se consultaron con
los ojos.
-Está bien -aceptó el mayor-o Andando.
Una extraña emoción invadió al joven sacerdote
mientras cargaban el féretro a través de la sala en
movimiento hasta la calle donde aguardaba el carro fú-
nebre.
Fruncido el ceño, se dispuso a seguir el entierro en el
Volkswagen de don Pepe. Llegaron de los primeros y
allí, en el cementerio, se constituyó de nuevo en el
cuarto portador, esta vez hasta el panteón de la familia.
Cuando descansaron la caja sobre el suelo encascajado
89
en espera de los últimos aprestos del albañil, el joven se
encaro a los hermanos lo más discretamente que le
permitió su turbación.
-¿Qué está pasando aquí? ¿Qué significa...?
-¡Cállate, curita novato! -masculló el mayor que
siempre llevaba la voz cantante- ¡Ya arreglaremos
cuentas otro día!
Se alejó chispeantes los ojos.
-Tío Pepe, vámonos rápido, necesito hablar con
doña María. No la veo aquí, parece que no vino al
cementerio.
-¿Qué te sucede? ¿Qué...?
-Se lo explicaré en el camino. ¡Vámonos pronto!

Dos vecinas solitarias paladeaban en un rincón de la


sala el café que les había brindado Isabel y los últimos
decires.
Pedro Nicolás preguntó por la dueña de la casa.
-Descansando en su habitación -respondieron ca-
si al unísono sin tener tiempo de explayarse en explica-
ciones porque él siguió adelante hacia el interior de la
casa.
-No entres -advirtió Isabel viniendo a su encuen-
tro-. Madrina quiere estar sola.
Haciendo caso omiso de la advertencia, PedroNico-
lás entro. Sentada en una mecedora serrana, con los
ojos entornados y un murmullo en los labios, doña
María desgranaba su rosario.
-Lamento interrumpirla, yo ...
Doña María levantó los párpados enrojecidos.
-Te diste cuenta, ¿verdad?
-¿ Usted lo sabía? -preguntó el joven penosamente
90
impresionad~. ¿Usted sabe que ese ataúd está vacío?
-Idea de los muchachos para detener la marea de
comentarios que nos golpeaba. La gente es muy mala,
Pedritín -se quejó llorando.
-¿Dónde está Marisol? ¿Qué le pasó?
-¡Quién lo entiende! Se fue entristeciendo, entris-
teciendo, entristeciendo, hasta que se esfumó, desapa-
reció ...
-Eso no tiene pies ni cabeza -:--cortó Pedro Nicolás
paseándose nervioso-s-. Debe haber ido a alguna parte.
¿Qué han hecho para encontrarla?
-Estuvimos buscándola más de tres meses, le supli-
camos por la radio que regresara, ofrecimos buena
recompensa por cualquier informe. Nada, Pedritín,
nada. Sólo un viejo limosnero se apareció por aquí para
decir que la había visto tirarse al mar. ¡Maldito pordio-
sero! Entonces los muchachos decidieron enterrarla.
Las últimas palabras le salieron rotas por las sacu-
didas de los sollozos.
-Es 'muy doloroso, doña María. Lo sucedido, sin
embargo, no se compadece con el temperamento suave
y afectuoso de Marisol. ¡Oh Dios mío!
En su agitado ir y venir reparó en un hermoso poster
de Jesús en OraciÓn. Tras un breve segundo de contem-
plación, juntó sus manos bajo la barbilla suplicando a
media voz:
-Piadoso Jesús, hermano de todos los hombres,
intervén ante Dios, nuestro Padre, para que limpie de
pecado a Marisol, aunque para ello deba castigarme a
mí, su humilde servidor. Tómala de la mano por el
camino difícil de la purificación, condúcela al seno de
Dios para que su alma pueda descansar en paz.
-Amén -murmuró doña María 'con unción-o Dios
te bendiga, Pedritín.

91
MIRE. MAMITA
Me avisaron temprano la muerte de doña Clotilde.
La noticia desató paulatinamente los recuerdos de mi
época estudiantil. Unos tras otros revivían con una
dulzura luminosa de adolescente feliz. Doña Clotilde, la
madre espiritual de toda una generación, la mía. La
generación siguiente. constituida por un material hu-
mano menos impresionable, más escurridizo, con me-
dio cuerpo fuera de las límpidas aguas de los valores
tradicionales, no vivió admirativamente bajo sus alas
de gran educadora. Pero también la quisieron.
Doña Clotilde había muerto súbitamente, sin enfer-
medad ni agonía. Dijo Buenas noches como de cos-
tumbre antes de retirarse a su habitación y amaneció.
con los ojos cerrados para siempre.
Estaba sumida en la contemplación de su plácido
rostro cuando una voz susurró junto a mi oído: Parece
dormida.
Al volver la cabeza me encontré con alguien desco-
nocido.
-Sí -asentí, alejándome del féretro para sentarme

95
en una de las pocas sillas aún desocupadas. A mi lado se
instaló la misma persona del comentario.
-¡Cuántos años sin vernos, Teresita!
Mi expresión interrogante la hizo vacilar un segun-
do pero prontamente agregó: -¿Es posible que no te
acuerdes de mí? Asistíamos a clase sentadas en el
mismo pupitre. Yo te reconocí en seguida.
¡Dios! si ésta es Manuela está, vuelta un carrao.
-¡Ah, ya!... Dispénsame, la impresión de su repen-
tino fallecimiento me tiene aturdida.
-Hola, Teresita -saludaron a un tiempo dos recién
llegadas.
La de hombros más cargados aseguró que en la
funeraria estábamos casi todas presentes. Las miré
condolida: Estebanía, de cutis rizadito en el que no
cabía una arruga más y Carmela, que aún conservaba
algo de su rozagante juventud, lucía el cabello ralo, fino
como pelusa, teñido descaradamente de rojo y hacía
esfuerzos ridículos para disimular la flacidez de los
párpados.
El oficio religioso comenzó en ese momento. Lo que
aproveché para cerrar los ojos en busca de la serenidad
que había perdido ante el triste envejecimiento de mis
condiscípulas. No quise ir al cementerio. Me dolía el
alma. Además me desazonaba la idea de otros saludos
deprimentes. Decidí caminar un rato bajando por la
Avenida A. Lincoln hasta tomar un carro público. Sol.
Aire libre. Sentí la satisfacción de mi juvenil madurez,
disfrutaba de su sano vigor sin lograr explicarme la
desgracia de mis ex compañeras.
En el concho pagué con un billete de $1.00.
-Mire, mamita -dijo el chofer al tiempo que
doblaba su brazo derecho hacia atrás con el cambio en
el puño cerrado.
96
Me habla a mí, pensé, no cabe duda porque los otros
pasajeros son hombres.
Mire, mamita.
El confianzudo tratamiento me tiró los años a la
cara. Mamita. Una viejecita de pasito trotón, vocecita
quebrada y hasta su paragüita bajo el brazo para sol
demasiado fuerte o lluvia inesperada, se aposentó en mi
dolida imaginación. Si lo decia por mi pelo gris, debería
saber que el color de los cabellos no siempre correspon-
de a la edad de la persona. ¡Ignorante!
Manuela, Estebanía, Carmela y las otras, las que
evité ver de cerca, viejas todas, pero yo ... yo ...
Teresita, la vida no avanza en vano. Tú también, como
ellas.
Digería mal la advertencia de aquella voz extraña.
El frenazo ante el semáforo nos zarandeó a todos. Desde
el retrovisor me observó una imagen de expresión
desencajada y ojos de pavo-cagón. Devolví la mirada
con el sobresalto de quien se siente sorpresivamente
amenazado. Mire, mamita. ¡Ooh, no ...! Me resistía. No
iba yo a dejarme sugestionar por un chofer irrespetuoso
y un espejo ordinario de concho destartalado. La duda,
empero, comenzó a perforar mi resistencia. ¡Maldito
espejo! Los saltos del vehículo en los agujeros de las
vías acabaron por vencerme. Apretujada entre hom-
bres, bajo la mustia mirada de aquellos ojos de pavo-
cagón que me abofeteaba el rostro atontado por la
súbita revelación de los años olvidados, sin ínfulas ya,
penetré penosamente en el sendero gris del invierno de
mi vida.

97
CATADOR
La muchacha caminaba con paso ligero bajo la
lluvia. Iba arrebujada en un impermeable de seda gris y
al caerle sobre el rostro el polvo de agua se sentía
infinitamente joven. Aquellas tardes lluviosas con su
follaje tierno, de un verde translúcido en la irradiación
de los focos, eran sus tardes preferidas. Más de una vez
se sorprendió canturriando alegremente y para disimu-
lar tenía que morderse el labio inferior, pero algo
persistía, sin duda, sobre su semblante de aquel alboro-
zo interno porque los hombres que la habían visto de
frente le seguían con la mirada el andar airoso. Al llegar
a la esquina se detuvo para dar tiempo a que el policía
cambiara la dirección del tránsito. Estaba allí parada,
distraída en el movimiento de los automóviles cuyas
llantas silbaban en el asfalto mojado, cuando de pronto
alguien le asió autoritariamente el brazo izquierdo.
Sorprendida, volvió la cara. Un hombre joven decía:
---Con un poco de paciencia todas las ciudades son
pequeñas.
-Probablemente usted se ha equivocado, señor -
observó la joven sin comprender.

101
-¿Me tomas acaso por idiota? -replicó el hombre
enarcando las cejas-. Vamos, te daré todas las explica-
ciones que quieras, pero no aquí plantados como hon-
gos bajo la lluvia.
-Le aseguro que se equivoca... Yo no le he visto
nunca... Suélteme...
La voz del hombre se hizo dura.
-Es muy dudoso que me haya cambiado el físico en
dos meses, Silvia... Mírame de una vez, así, cara a cara,
¿me reconoces ahora?
El la tenía fuertemente asida por los hombros,
hundiendo en sus ojos azorados el desafío de los suyos.
-¿Me reconoces?
-Usted está loco...
La idea le restalló en el cerebro como un látigo. Tuvo
un escalofrío de pánico, pero en seguida se repuso.
-Si no me suelta, llamaré al policía. Basta de
broma ya.
-¿Al policía? -rió el hombre-o ¿En medio de este
laberinto de coches? Eres la misma Silvia de siempre,
impulsiva, ingenua...
-Yo no me llamo Silvia -chilló la muchacha
exasperada-o Mi nombre es Ivette. Acepte su error,
hombre de Dios, y déjeme en paz.
Algunos transeúntes, los menos apresurados, echa-
ban al pasar un vistazo curioso a esa pareja tan absorta
en ventilar sus desavenencias que ni siquiera se cuidaba
de la lluvia.
Bajando la voz, observó el individuo:
-Has logrado llamar la atención de la gente, pero te
advierto que si no eres razonable diré algunas intimi-
dades...
"[Maldito loco!" -pensó Ivette-. "¿Qué barbari-
102
dad estará tramando? Necesito quitármelo de encima..."
-Diga -preguntó en alta voz- ¿porqué se empeña
en perjudicarme?
-Si alguien se acerca a preguntar qué pasa por
estar tú gritando y haciéndote la extraña, le diré que
entre el hombre y su mujer no tiene cabida nadie.
La joven permaneció un instante callada, contem-
plándolo entre maravillada y colérica. A su lado pasó
corriendo un vendedor de periódico vespertino. Al ver a
la pareja se devolvió para ofrecer un ejemplar:
La policía en los talones del destripador de mujeres
-recitó en tono sensacional-o Se asegura que es joven y
rubio. A punto de aclararse el horrendo misterio.
Algo contestó el hombre (inaudible para Ivette presa
de súbito terror) que alejó al chicuelo.
-Silvia, queridita, estás temblando... Llevamos de-
masiado tiempo de pie en la humedad. Vamos a tomar
algo caliente.
-No...
-Sí, ven querida. ¿Recuerdas nuestro rinconcito en
el café de Johnny? No he permitido que nadie lo ocupe a
la hora del crepúsculo en estos dos meses en que te
buscaba. Quería que conservara el calor de tu cuerpo...
¡Dios mío!... Loco y por añadidura eso... ¡destripa-
dor!... Debo hacer algo, correr... gritar.. pedir auxilio...
Sin darse cuenta de lo que decía, preguntó:
-¿Johnny?
-Nuestro café, Silvia, estamos frente a sus puertas,
¿tampoco recuerdas eso?
-¿Trata usted de insinuar que he sufrido amnesia?
-dijo la joven sobreponiéndose a la emoción-o
-No -repuso él-, no hablemos de amnesia. Son
fallos de la memoria. Ven.
103
Ganar tiempo sí, lo esencial es ganar tiempo ... Ver
claro en todo esto Joven ... rubio ...
Una vez instalados en el asiento mullido de un
ángulo del salón, pidió dos cognacs.
-¿Qué pretende usted? -volvió a preguntar Ivette,
ahora toda pálida y confusa.
-Comienza por recordar que me llamo Dionisio y
que nos tuteamos como el amor manda entre hombre y
mujer.
Casi en seguida trajo el mozo las dos copas de
rognac.
-¿Me crees ahora, Silvia? -La voz era insinuante,
un susurro junto al oído de la muchacha-o Llámame
por mi nombre como antes. Hace dos meses que espero
este momento, Silvia, llámame, di Dionisio, Dio-ni-sio.
Ivette se deslizó a un lado.
El insistió.
-Silvia, te lo estaré pidiendo hasta la muerte. Di mi
nombre... Dio-ni-sio...
La joven tembló. Aquel hombre era loco y le estaba
pasando su locura, o al menos eso pretendía él, suges-
tionarla con la mirada intensa de reflejos azulados y la
voz cálida.
-¡Mozo! -gritó.
Dionisio le hundió cinco dedos frenéticos en el brazo
a su alcance mientras decia al mozo interrogante:
---Dos cognacs más.

La llovizna seguía cayendo, fina como cendal. Enla-


zada estrechamente por el talle, Ivette luchaba por
evitar el roce del cuerpo de Dionisio mientras cruzaban
la avenida, en medio del torrente de peatones.
104
-¿Adónde vamos? -inquirió zozobrante de miedo.
-A casa, en el tren subterráneo.
En un sobresalto de energía, exclamó:
-Pero ¡por Dios, si yo no lo conozco a usted!
-Yo soy Dionisia y vamos a casa para que mueras
en cada sílaba de mi nombre.
Ella misma se preguntaba porqué no gritaba. Cuan-
do niña le reprimieron el grito a fuerza de disciplina,
severísima disciplina, pero resultaba estúpido en la
actual situación no saber romper los hierros del sub-
consciente para salvar la vida. Se perdía en la voluntad
atroz de aquel hombre que decía llamarse Dionisia.
La lluvia y la hora abarrotaban los subterráneos de
tal modo que no había necesidad de afincar los pies en
el suelo o de agarrarse a nada para mantenerse erguido.
Acuñada entre el respaldo de un asiento y el cuerpo
robusto del hombre, Ivette contenía la respiración ver-
gonrante no queriendo tocar demasiado al compañero.
Pero éste descansaba con todo su peso sobre ella,
abandonado al vaivén del tren. Sus manos le acaricia-
ban el rostro ardiente de rubor.
- y ahora, Silvia, ¿me reconoces? -preguntó en voz
muy queda al tiempo que la obligaba a mirarle a los
ojos.
En esa posición le fue fácil besarla. La besó repeti-
das veces, sin prisa, hasta que vencida su resistencia
sintió que le correspondía, hasta que anhelante mur-
muró su nombre.
-Dionisia, sí -repitió el hombre fulgurantes los
ojos-, eso quería, que gimieras con cada sílaba de mi·
nombre. Llámame, anda, llámame...
El flujo y reflujo de la próxima estación desconges-
105
tionó un poco el vagón, que inmediatamente volvió a
llenarse.
De pie en el andén, palpitante de goce la nariz,
Dionisio contempló el delicioso espectáculo de la mu-
chacha que lo buscaba ansiosamente con la vista dentro
del coche mientras el tren reanudaba su marcha infati-
gable.

106
AHORA SEREMOS FELICES
El hombre se detuvo en el centro de la calle ardiente
de sol aquel mediodía de agosto. Miró en redondo y
gritó:
-¿Hay alguien vivo aquí?
Nadie contestó, pero él sintió el tumulto silencioso
de las miradas que se colaban a través de las personas
entornadas.
-Viene de lejos -susurró Eusebia en un soplo-.
Fíjate, María, ¿no será un fugitivo?
-A lo mejor. .. Su facha no me gusta.
-Prieto con ojos verdes, no es tipo de por aquí. ¿Qué
andará buscando?
-Si sigue ahí se le va a derretir la sesera.
-¡Por mí. ..! Yo no le abro.
-Dejen la chercha, que las va a oír -gruñó Fico-.
Ese hombre da grima de sólo verlo parado en el vapori-
zo del aire.
-¡Vamos! ¡Respondan! Solamente pido posada has-
ta la madrugada...
109
Avanzó hacia la casa de enfrente. Las persianas se
cerraron defensivamente.
-Por favor, sólo hasta la madrugada -insistió
aporreando la puerta.
-Abrele, Marianela -ordenó una voz de hombre-o
Que entre.
-Pero...
-Dije que le abrieras.
El forastero vaciló en la penumbra de la vivienda,
momentáneamente entorpecida su visión por el des-
lumbramiento del sol de afuera que traía en las pupilas.
A fuerza de parpadeos pudo distinguir al hombre en la
silla de ruedas.
-Gracias... Si no descanso unas horas no podré
llegar a Loma Alta.
-¿Loma Alta? ¿A la hacienda de don Basilio?
--Sí, soy el nuevo capataz. GUsté lo conoce?
-Allá tuve el accidente.
Lo dijo sin emoción, clavada la mirada en el visitan-
te que se aliviaba la espalda del peso de la mochila, y
agregó:
-.-M:ás polvo no le cabe encima, amigo, ¿por qué
viene a pie?
--Se dañó la guagua en el cruce de los dos caminos.
Allá los dejé varados, pero yo tengo prisa, debo presen-
tarme en Loma Alta a las ocho de la mañana.
-Como se marchará en la madrugada puede ocupar
el cuarto de mi cuñado por esta noche.
--Si quiere refrescarse -dijo la mujer, cerrando la
puerta al quemante resplandor del sol-i-, hay agua en la
tina del patio.
-Enséñale el camino, Marianela.
Una vecina de la acera opuesta atravesó la calle,
110
braceando en el fuego solar que la obligaba a abrir la
boca para expeler el que había inhalado por la nariz.
-¡Eusebia! ¡María! -llamó apresurada.
-¿Qué pasa, Angelina?
-Vicente Pedrea le abrió la puerta al hombre ése.
-Ya nos dimos cuenta.
-Pero, ¿se imaginan que sea un criminal?
-Si lo es, se lo buscó Vicente por confiado. Quiera
Dios que la víctima no sea la pobre Marianela.

La medianoche encontró a Marianela con los ojos


abiertos. A poco de acostarse la había asaltado aquel
pensamiento acosador que interminables meses de con-
tención habían mantenido a raya en lo más hondo de su
ser. Ahora lo sentía rebullir como una dentera agridulce
por todo el cuerpo. Desvelada junto al sueño apacible
de su marido, se debatía en la urgencia de ganarle
tiempo a la madrugada. El pánico del vuelo de las horas
la deslizó de la cama. En el otro aposento la puerta
estaba sin pestillo. Marianela observó, aguzando la
vista, al hombre dormido en la sombra. Iba ya a tocarlo
cuando el fluido de su presencia lo despertó.
-¡Ah... ! ¿Por qué tardaste tanto en decidirte, eh? Yo
sabía que ibas a venir, por eso dejé la puerta junta.
Ante el silencio embarazado de Marianela, explicó:
-Es que una mujer joven no aguanta mucho tiempo
la falta de macho. Tú necesitas uno, lo vi en tu mirada
cuando me lavaba en la tina. Ven, acércate más... Eres
buena hembra -apreció, atrayéndola de un zarpazo
sobre su cuerpo desnudo.

111
Octubre llegó con su cargamento de chubascos.
Algunos. los descargaba con furia sobre el polvo calleje-
ro en desbandada. Otros, los dejaba caer plácidamente
como un padre afectuoso que de antemano se regocija
con la buena cosecha de sus hijos.
Eusebia, que siempre estaba al acecho de las nove-
dades del vecindario, llamó a la prima María.
-¿No le encuentras nada raro a Marianela? En
estos días trabaja cantando, barre que barre la acera de
su casa aunque esté lloviznando, sin parar de canturriar.
-Ayer cantó a todo pulmón.
-Unjú... Yo creía que la desgracia de su marido le
había matado la alegría de vivir.
-Tal vez no esté tan lisiado... tal vez ...
-Nada, requetenada, María. El pobre Vicente, tan
machote antes, ya no tiene componte. Todo el mundo
sabe que se malogró para siempre.
Fico entró zarposo, de buen humor.
-Da gusto ver a Marianela -comentó sacudiéndose
los pantalones.
-¡Fico! -gritó Eusebia-. ¡No sigas sacudiéndote
como perro mojado, que lo salpicas todo!
-Pues a limpiarlo cantando, hermana. ¡Ah! si yo
tuviera menos años bailara bajo la lluvia.

La vida había cambiado. La vivía saboreándola día


a día, infinitamente paciente, sin importarle la sonrisi-
ta de Fico, de Angelina o de cualquier otro vago de la
vecindad. Era su secreto, su precioso secreto, que hasta
hoy no había compartido con nadie, ni siquiera con su
mujer. Amaneció tarde porque llovía suavemente. Vi-
cente suspiró. Se sentía estupendamente bien dentro de
la casa mientras afuera se escurrían del cielo los últi-
112
mos hilos de agua antes de Navidad. Cuando la llamó,
Marianela terminaba de preparar el desayuno.
-Marianela, ven acá un momento, ¿quieres? Ella le
sonrió.
-Quítate la bata.
Sorprendida, retrocedió unos pasos.
-Desnúdate, Marianela.
-¿Por qué me lo pides?
Hacía la pregunta con los ojos entornados, buscando
el motivo en la expresión expectante de su marido.
-Desnúdate.
Se engalló desafiante. Vicente impulsó su silla de
ruedas lo suficiente para alcanzar el lazo de la banda.
-No, lo haré yo.
y lo hizo con gesto altivo, dejando caer la bata lenta-
mente a sus pies. Allí estaba desnuda ante los ojos
rebosantes de ternura de su marido. Tras un segundo de
silencio, Vicente, acariciando la tersa redondez del
vientre, preguntó:
-¿Te lo hizo él?
El tono suave de la voz disipó la aprensión de
Marianela.
-Vicente... perdóname, yo no quise... no quería...
-Marianelita querida, no me pidas perdón. Yo no
dormía cuando te levantaste aquella madrugada. Pude
haberte detenido, pero era lo menos que podía hacer mi
amor por ti.
Presa de intensa emoción, Marianela apretaba la
cabeza de Vicente contra su vientre fecundado.
-Amor mío -murmuró él-, ahora seremos felices
porque nuestro hijo estará con nosotros.

113
EL HOMBRE QUE MURIÓ FRENTE AL MAR
El tren entró en la estación del pequeño pueblo
costero con los primeros destellos del sol naciente. Dejó
dos pasajeros en el andén solitario. Mientras el convoy
se alejaba perforando la distancia a gritos de silbato, el
más joven de los dos hombres preguntó:
-¿Necesita hospedaje?
-Sí -contestó el otro-s-. Quisiera un hotelito de los
que hay aquí en el malecón.
-Tengo lo que le conviene. Venga conmigo.
Salieron a la calle, casi en silencio, porque el joven-
cito obtenía apenas del otro monosílabos en respuesta a
su intento de entablar animada conversación. Doblaron
varias esquinas a paso ligero.

-Aquí es -dijo el guía-o Se sentirá cómodo.


De espaldas a la casa, el viajero contempló el mar
que la gozosa luz mañanera erizaba de escalofríos.
-¿Tiene habitación, Papá Tibo? -oyó que pregun-
taba su acompañante-o Le traigo un cliente.
Se volvió para ver al dueño de la posada que en ese

117
instante se ajustaba los espejuelos. Al sentirse examina-
do microscópicamente, se apresuró a aclarar la situación.
-Pasaré dos días, sábado y domingo -explicó con
voz firme-o Si es que le ha llamado la atención mi
reducido equipaje.
-Está bien. Creo que en el segundo piso... a ver... sí.
Toma la llave, Panchito, conduce al señor a la habita-
ción No. 6. Pero antes, llene la tarjeta, por favor.

Lloraba suavemente. sin contracciones del rostro


ni sacudidas, como deben de verter sus lágrimas
las vírgenes milagrosas. Ahora, con el viejo Filo-
mena también muerto, la vida sería más difícil
sin un pescador bajo techo para asegurar el diario
sustento.
El niño repitió la pregunta sacudiendo el brazo
que le impedía alejarse.
-Mamá, ¿por qué murió el abuelo en lo oscuro?
-Porque... ¡Oh, Niquito!. .. es natural que la gente
muera así, en su cuarto de enfermo.
-No -replicó Niquito-- no, yo quiero morir
mirando el mar, como papá.
-¿Mirando el mar o tragando mar? -gimió
Petra, bruscamente transportada a la trágica
tarde del naufragio. El doloroso recuerdo convir-
tió su manso fluir de lágrimas en llanto trémulo
de sollozos.

Bebía mar. Respiraba mar. Hundido en el único


asiento de su habitación de hotel, un viejo sillón deste-
ñido y mugriento que él había empujado hasta el
balcón abierto al horizonte, Nico revivía.

Vivir en penuria y en soledad resultó demasiado


penoso para Petra. Un buen día decidió marchar-
se tierra adentro, a la ciudad capital, llevándose
consigo al hijo que protestaba vehemente. Lavan-

118
dera. Niñera. Barrendera de oficinas. De todo
para que Niquito se hiciera hombre sin demasia-
dos apuros.

Del lejano horizonte venían las ondas retozando


sobre las aguas azules, persiguiéndose entre risas y
hervores blancos en alegre desafío de quien tocara
primero la costa. Horizonte desnudo, límpido abrazo de
mar y cielo, sin las montañas ni los cocoteros de su
pueblo, pero mar, igual de vivificante que su mar de
pescadores. El sol chispeaba sobre la movida superficie
mientras el día crecía, ebrio de luz, ante los ojos de Nico
ensimismado en la contemplación.
Todo carecía de importancia, menos su placer extá-
tico.
La muerte de Petra. Su matrimonio con la hijastra
del director de la escuela, aquella Eva codiciada por
tantos y que él se había ganado a fuerza de gallardía y
decisión. El resultante ascenso en la escala social. Su
providencial empleo bien remunerado en la mejor fe-
rretería del nuevo ensanche de la ciudad. Todo, tan
intensamente vivido en el reciente pasado, se desdibu-
jaba ahora en el oleaje de sus años infantiles.

Aquel viernes resolvió el Administrador aplicar, a


título de ensayo, el horario corrido a las activi-
dades comerciales de la Ferretería Cristóbal. 8
a.m. a 5 p.m. Nadie chistó porque tendrían en
compensación la mañana del sábado.
A mediodía se presentó un cliente prometedor de
buena venta ... Era un hombre fornido, de sienes
canosas, cuya pulcritud resistía al calor sin alte-
rarse. Nico acudió solícito a su encuentro.
-¿Puedo ayudarlo?
-Busco algo especial... Ojalá lo tengan.
-Lo más probable es que lo encuentre aquí.

119
-Es una lámpara... una lamparita, algo así como
las veladoras que se usaban en los tiempos de
nuestros abuelos, pie de porcelana floreada y un
tubo largo.
Nico sonrió satisfecho.
-Tiene suerte, señor, nos quedan dos. Haga el
favor, por aquí, a la derecha.
El comprador examinó las lamparitas. Luego
preguntó: -¿No tiene otra por ahí? Estas son,
pero no el color.
-La rosada es muy bonita -insinuó Nico-. La
azul también.
-Sí, pero (el hombre soltó una risita divertida)
debo remplazar una que rompí esta mañana (otra
risita) en un arrebato amoroso, Nada menos que
UD regalo de boda. ¡Esta fogosidad mía! Bueno...
los claveles de aquella lamparita eran de color
rosado muy subido, casi rojo.
-No -dijo Nico algo molesto-. Son las únicas.
Giró para marcharse. Apenas hubo dado unos
cuantos pasos se devolvió para decirle a Nico, que
no se había movido y lo miraba fijamente:
-No busco más. Envuélvame la rosada.
Encontró a su mujer sentada aún a la máquina de
coser. Ella se disculpó diciendo que la dueña de
ese vestido quería estrenarlo el domingo.
-No me gusta que trabajes tanto -repuso él-o
Déjalo ya. En lo que recoges la costura voy a
darme un duchazo. ¡Día largo!
Cuando se sentó en la cama -su mala costum-
bre- para quitarse los zapatos, sus ojos se posa-
ron en la veladora. Estuvo en suspenso uno, dos
minutos.
-¡Eva! -gritó.
Eva acudió alarmada.
-¿Qué te pasa, Nico?

120
Conteniendo el torbellino de sentimientos que lo
agitaba. se puso de pie, y lo más serenamente que
pudo preguntó:
-¿Cambiaste la lamparita?
-¿Eh? .. Sí... figúrate que se me rompió la otra.
-¿Y quién te regaló ésta?
-No... la conseguí a crédito en la tienda de tía
Emilia.
-¡Mientes, descarada! Pero yo no soy hombre
que aguanto cuernos!
El bofetón la hizo tambalear.
-¡Nico! ¡Estás loco!
Su puño la alcanzó en la barbilla derribándola de
espaldas. Fuera de sí, envió de un manotazo la
veladora al suelo donde estalló en pedazos junto
al cuerpo inerte.

Olas descomunales se alzaron de las aguas desafian-


do la impaciencia de la marea. Se retorcían, se engalla-
ban romo gigantescos dinosaurios. se fundían unas en
otras para aumentar su fuerza antes de reventar. blancas
de ira. contra los arrecifes del malecón. En el vientre
cóncavo de una rezagada. alguien se debatía.

-¡Arriba. padre! -voceó Nieo-. ¡Es mejor así que


morir en la oscuridad como el abuelo!
La ola se echó a correr inflando los carrillos. Nieo la
vio saltar por encima del malecón, correr aún. inmensa.
y golpear violentamente su balcón. Sintió el impacto
doloroso en el pecho. Del occidente brotó una saeta
ensangrentada que entintó de rojo a una nube sorpren-
dida en su lento deambular.
Abajo, dos agentes mostraban una fotografía al pro-
pietario del hotel.
-¿Ese hombre está hospedado aquí?
121
Papá Tibo fijó la vista en la pareja de novios, sobre
todo en la mujer, en la boca de la mujer. Una boca
carnosa, de labios voluptuosos, entreabiertos en un
gesto de invitación.
-¿Está o no está aquí?
-¿De qué lo acusan?
-De homicidio: mató a su mujer.
Papá Tibo se estremeció.
-segundo piso, No. 6.
Los dos agentes se apresuraron en subir las escaleras.
-¡Policía! -gritaron al abrir la puerta.
El único ruido en el silencio de la habitación era el
húmedo rumor de la marea que entraba refrescante por
el balcón. Vieron el alto respaldo del sillón. Corrieron
hacia él gritand~ de nuevo: ¡Policía! ¡No se mueva!
Nada le importaba a Nico la rudeza de las voces ni
su premura, porque frente al espacio infinito, de cara al
oleaje incansable, acababa de morir como él quería,
mirando el mar.

122
SIMPLÓN
Llueve. Llueve torrencialmente.Cuarentidós horas
de lluvia inacabable que de rato en rato desmelenan
súbitos aguaceros furibundos. Llueve... Avenidas inun-
dadas. Calles sumergidas bajo el agua. Residencias
aisladas. Llueve sin parar. Llueve... Llueve... Llueve...
Estoy releyendo Los Angeles de Hueso. Pongo mi
mano sobre la mano del hermano de Juan para irme
flotando en su pensamiento hacia el poético y trágico
mundo de sus delirios. ¡Admirable imaginación! Identi-
ficarse con un loco hasta el extremo de volatilizarse, de
ser el loco mismo, como si éste surgiera por generación
espontánea. No chilles tanto madrina. Estoy aquí, en mi
cuarto. Viene a comunicarme algo increíble. Por eso
chilla. Nos inundamos, Miguel. El agua de la calle ya
alcanza el borde de la acera. Se la comen los nervios.
Deja ese libro, simplón. Como no puede pegarme, me
insulta. Cálmese, madrina, y no me cambie el nombre.
Es que solamente un simple de espíritu puede sentarse a
leer sin importarle lo que sucede a su alrededor. Deja ese
maldito libro y ven a ver el desbordamiento que nos ame-
naza. Sigo a madrina hasta la galería. La calle es un río
125
tumultuoso. Corre en precipitada chorrera metiéndose
violentamente de cabeza en los filtrantes de las esquinas.
Bueno -digo disfrutando del espectáculo-e-, mientras
los tragantes engullan las aguas sin eructar y les den paso
limpio hacia el mar, no hay que preocuparse demasiado.
Cójalo con calma, madrina. Los inundados, en todo caso,
serían los de allá abajo. Me mata con la mirada. Cuando
lleguen tus padres mañana no podrán ni acercarse a la ca-
sa. De aquí a mañana se escurrirá la calle.
Simplón.
Descargó en la palabrita toda su inconformidad. Y a
mí qué... A los dieciséis años me importaba más el loco
genial, hermano de aquel Juan que traicionaron los
pinos y el viento.
Ahora en el aeropuerto también llueve. Espero a mis
padres que regresan de un largo recorrido por Europa.
Viajan mucho. Para eso trabajan. Yo prefiero desplazar-
me menos a fin de auscultar mejor el corazón enfermo
de mi país. Se siente olor a sala de emergencia. No se
acaba nunca, porque nuestra forma de caminar no nos
permite alcanzar la meta ideal. Un paso hacia adelante,
dos hacia atrás, y de nuevo otro, jadeante, hacia adelan-
te.
Aquél se parece a, a ... El mismo. El sobrino de Juan,
hijo de la que decía ser esposa del hermano de Juan.
Viene a meterse en la boca del león. Como lo conocen le
pusieron impedimento de entrada sabiendo que -no
resistiría mucho tiempo el alejamiento de la patria. El
liderato local para algunos atrae igual que un imán. Ahí
está... ¿Y ahora? De patitas en otro avión o a la cárcel.
Con las ganas que le tienen desde los bombazos... Yo no
creo que sea anarquista, terrorista y todos los istas
comprometedores que le enrostran las autoridades. ¡Ah,
por fin! El jet con la preciosa carga de mis padres se
126
perfila en las alturas. Crece. Se agiganta, se prepara a
aterrizar majestuosamente en la pista cuya superficie
mojada hace guiños al sol asomado entre las nubes . Al
simplón que soy le traerán una edición de lujo de La
Más Bella Historia del Mundo o de alguna otra obra
edificante que, a su juicio, fortalezca mis defensas
espirituales contra las malas influencias (amigos de
mente desquiciada). ¡Ah sí, muy bien! Pero yo actúo de
acuerdo con mi propio pensamiento. Por eso el herma-
no de Juan y yo nos entendíamos, muy calladito, sin
que nadie se enterara, pero nos entendíamos y nadie
podrá evitar los pasos torcidos que pienso dar.

127
INDICE

Plenitud 9
La Cabellera 15
El Cumpleaños de Vitalina 23
El Incendio 29
Canícula 37
La Espera 43
Argonautas 49
Importante 52
La Ventana 61
Galatea 67
4 NB Galatea 70
Una Visita 75
El Entierro de Marisol 85
Mire, Mamita 93
Catador 99
Ahora Seremos Felices 107
El Hombre que Murió Frente al Mar 115
Simplón 123

129
COLOFON

Esta primera edición, de 1,000 (un mil) ejempla-


res de ENTRE DOS SILENCIOS, de Hilma
Contreras, se terminó de imprimir en EDITORA
TALLER, C. por A., Isabel la Católica 309, Santo
Domingo, República Dominicana, en el mes de
enero de 1987.

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