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LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD CRISTIANA EN OCCIDENTE, SIGLOS X-XIII

El siglo X fue ciertamente un periodo difícil para la Iglesia. Se asentaron las bases de un nuevo
florecimiento monástico, se experimento un notable desarrollo del pensamiento religioso, y se
emprendió un ambicioso movimiento que aspiraba a reformar toda la sociedad cristiana en su
conjunto. Esta reforma culminante hacía 1120, se proponía distinguir mas claramente lo espiritual
de lo profano, hacer a la jerarquía eclesiástica mas independiente de las autoridades políticas. De
ahí que se registren también en el siglo XII poderosos movimientos contestatarios, que obligaron a
la Iglesia a re-definir los principios y los medios de su acción.

A) LA IGLESIA DEL AÑO MIL

1. Una iglesia inmersa en la sociedad señorial


La jerarquía eclesiástica ejerció a menudo una función político-administrativa, como poseedora de
importantes señoríos temporales. Señoríos que despiertan frecuentemente la rapacidad de los laicos
influyentes. Pero en conjunto los señoríos eclesiásticos se benefician del auge económico que se
inicia en el siglo X, así como del amplio movimiento de donaciones que se dirigió principalmente
hacia los monasterios. Por otro lado, la Iglesia aprovechó la crisis feudal, y los obispos se
beneficiaron también de la fragmentación de la autoridad publica y ejercieron atribuciones de
regalía en las ciudades episcopales. Pero la Iglesia anterior del año mil no era independiente de las
autoridades políticas. El modelo carolingio del soberano persiste y es renovado con vigor por los
emperadores de la dinastía otónida, que hacen de sus obispos y abades un instrumento fundamental
de su gobierno; si bien el soberano apoya a la Iglesia, necesita a su vez asegurarse la fidelidad del
clero: con ese objeto procura reservarse la designación de los obispos y abades mediante la
investidura (entrega de un cargo). Ahora bien, al apropiarse de la prerrogativas regia, los príncipes
y señores, se hacen con el control de las funciones y de los bienes eclesiásticos. Las funciones
eclesiásticas no escapan a las presiones ejercidas po las solidaridades de linaje o de clientela. Y en
la cúspide misma la Iglesia, el papado queda atrapado por las facciones de la aristocracia romana,
hasta que en 962 pasa bajo el control de los emperadores germánicos. A nivel de las parroquias se
impone el sistema de las iglesias propias; considerándolas como un elemento mas de su
patrimonio, los señores nombran a los sacerdotes que las atienden y perciben total o parcialmente
sus rentas. No debe extrañarnos que, como consecuencia de las riquezas materiales y los derechos
señoriales que detentaban muchos eclesiásticos, se generalizasen los dos vicios mas denunciados
por los reformadores, la simonía (trafico de cargos eclesiásticos o de bienes espirituales por un
precio) y el nicolaísmo (incontinencia de los clérigos obligados al celibato; puede acarrear la
transmisión hereditaria de funciones y bienes de la Iglesia). Era preciso combatir estos males si se
quería liberar a la Iglesia de la injerencia de los laicos. Sin embargo, no todo era negro, la fe
cristiana se propagaba por doquier. La fe no era tan superficial, tan ritualista y tan contaminada por
las antiguas costumbres paganas como se ha supuesto durante largo tiempo. Los emperadores
nombren sucesivos papa que estaban íntimamente persuadidos de la urgencia de una reforma. Y si
no faltan algunos laicos que fomentan los inicios de la reforma monástica, tampoco los clérigos
adoptan medidas para defenderse contra la amenaza indebida de los señores. De hecho, donde mas
claramente se manifiesta la vitalidad de la Iglesia es en el nuevo auge monástico y en los
movimientos de Paz y Tregua de Dios.

2. El dinamismo monástico
Fundada en 909 por el duque Guillermo de Aquitania, la abadía de Cluny es el más prestigioso
propulsor de las tendencias reformadoras, que ya se detectan en el monacato del siglo X y se
expandirán en el siglo siguiente. Se restauro la disciplina interna, cifrada en la elección del abad
por los propios monjes y en la observancia mas estricta de la regla benedictina. La restauración del
ascetismo monástico fue paralela a la liberación del yugo de las autoridades, tanto seculares como
eclesiásticas. Gracias a que desde su fundación quedo colocada bajo la dependencia de la santa
sede, Cluny obtuvo una inmunidad reforzada que le permitió luchar en mejores condiciones contra
las exacciones de los señores. Por otra parte, los privilegios de exención (privilegio pontificio que
libera de la dependencia episcopal a un monasterio) concedidos por el Papado le hicieron casi
independiente de los obispos locales. La posesión de reliquias famosas que atraen a peregrinos, la
devoción de todos y el favor especial de los magnates, la conversión del monasterio en el centro de
una red de solidaridades; tales son las bazas de los monjes negros que en el siglo XI son los guías
imprescindibles de los fieles en el camino de la salvación colectiva. Desde la segunda mitad del
siglo X florece una brillante cultura monacal que se caracteriza por el esplendor de la arquitectura,
el desarrollo de la liturgia, la importancia de las bibliotecas y de los scriptoria, una vasta cultura
intelectual que se manifiesta en obras de edificación espiritual y en una literatura de polémica en el
contexto de la reforma de la Iglesia. Dos ejemplos: las cartas de Abbón de Fleury que sientan las
bases de la independencia de los monasterios, o los tratados de San Pedro Damiano, que defendió
al Pontificado en la querella de las investiduras.

3. La “Paz de Dios”
Los movimientos de paz surgieron en las regiones meridionales, donde a fines del siglo X el poder
de los soberanos no era capaz de garantizar la paz publica. Por iniciativa de algunos obispos,
ciertas asambleas de paz prohíben la violación de las iglesias y de sus bienes y obligan a los
clérigos y a los laicos desarmados. A partir de 1016 estos movimientos de paz reciben el impulso
de Cluny. A pesar de severas medidas los resultados no pasaron de mediocres. Este movimiento
tropezó con resistencias en los países del norte, donde el concepto de “paz publica” asegurada por
el príncipe se había mantenido mejor y donde los obispos no veían con buenos ojos la injerencia de
Cluny en la vida interna de sus diócesis. Para colmo, el propio movimiento es a veces fuente de
desordenes. A pesar de todas las condenas, la Paz de dios no logra acabar con la violencia, y tiene
que contentarse con limitarla. Así que evoluciona hacia la “tregua de Dios”, la cual obliga a los
profesionales de la guerra a cesar los combates desde el jueves al sábado y durante los tiempos
fuertes del año litúrgico. La Paz de Dios no deja de contribuir a definir la noción de guerra injusta
(la guerra entre cristianos) y, por derivación, la de guerra justa, que desembocara en la segunda
mitad del siglo XI en la de guerra santa. Esta aparece como un medio de regulación de las
relaciones sociales. Es también un rito de penitencia y de purificación que se encuadra en una
perspectiva de salvación colectiva.

B) EXPANSIONES Y PROTESTAS

1. La Reforma Gregoriana
La reforma, llamada gregoriana en razón del Papa Gregorio VII (1073-1085) que fue uno de sus
impulsores, es un movimiento de larga duración, que se extiende desde comienzos del siglo XI
hasta el concilio ecuménico de Letrán I (1123). Se trata en primer lugar de una reforma de la moral
y la disciplina, que se propone extirpar el nicolaísmo y la simonía. La purificación de las
costumbres del clero desemboco en una condena firme del concubinato de los eclesiásticos, hasta
entonces tolerado. La simonía, tachada de herejía por ciertos reformadores, era perseguida en la
medida en que aparecía ligada a la condena de la investidura laica. La liberación de la injerencia de
los laicos es la segunda vertiente; a mediados del siglo XI es preciso en primer lugar “reformar la
cabeza”, es decir, sustraer al Papado de la tutela laica, y en concreto de la imperial. Un decreto de
Nicolás II (1059) confió la elección pontificia a los cardenales. Los siguientes Papas se esforzaron
en desmantelar la investidura laica. La decidida postura de Gregorio VII en esta cuestión plantea la
Querella de las Investiduras (el decreto papal promulgado en 1075, que prohibía recibir un
obispado o una abadía de manos de un laico ponía en peligro el control regio sobre los altos cargos
eclesiásticos. Enrique IV de Alemania declaro depuesto a Gregorio VII en la asamblea de Worms
(enero de 1076), el Papa replico excomulgando al rey emperador, que se vio obligado a pedir
perdón. No quedo zanjado el conflicto; en 1122 se firmo en Worms un compromiso que
salvaguardaba la libertad de las elecciones episcopales y abaciales en los territorios del Imperio. La
Investidura mediante el báculo y el anillo quedaba reservada al metropolitano, y a continuación el
emperador procedía a la investidura de los derechos de regalía anejos al cargo, mediante el cetro).
La reafirman del primado romano se expresa con toda rotundidad en el Dictatus Papae (1075) (por
voluntad de Dios, y como sucesor de san Pedro, el Papa es la cabeza suprema de la Iglesia. Está,
pues, por encima de todos los obispos y en lo espiritual, por encima de todos los príncipes, a los
cuales puede excomulgar y deponer si no respetan los derechos de Dios y de su Iglesia), donde se
enuncian las pretensiones pontificias. Estos principios sancionan el alejamiento creciente de las
Iglesias orientales, que se resistían a reconocer la primacía de roma. Debilitan la autonomía de las
sedes metropolitanas y de los concilios provinciales. Y en definitiva, al afirmar la preeminencia de
la espada espiritual sobre la temporal, la Jerarquía eclesiástica reivindica su derecho a juzgar sobre
la moralidad de las acciones de todos los fieles, y en especial las de los gobernantes por la mayor
trascendencia de sus actos.

2. Éxito del monacato y consolidación del clero secular


La vitalidad del monacato se halla en su apogeo hacia el año 1100. Al mismo tiempo que Cluny
alcanza la cima de su poder y esplendor se van difundiendo nuevas tendencias en el ascetismo
monástico. Globalmente se inspiran en un ideal de vida apostólica y de alejamiento del mundo o
retorno al desierto. Fuerte corriente erimítica, particularmente activa en el siglo XI en Italia y en el
oeste de Francia. Los monjes blancos de la abadía de Císter, fundada en 1098 por Roberto
Molesme,y la orden cisterciense en su conjunto, basan su ascetismo en el menos precio del mundo,
la mortificación y la rehabilitación del trabajo manual. Critican a Cluny el haberse desviado de la
regla benedictina por su riqueza, su excesiva dedicación de tiempo a la liturgia y su intervención
en los asuntos del siglo. Los cistercienses rehusaron al principio la percepción de diezmos y rentas
señoriales, y explotaron directamente las tierras que recibían con ayuda de conversos. Los edificios
monásticos cistercienses se caracterizan por la austeridad y rigor de su arquitectura. También es
penitencial el ideal de las Ordenes Militares creadas en Tierra Santa. De este modo, el modelo de
vida monástico perdura e incluso goza de un prestigio incomparable a comienzos del siglo XII.
Fueron muchos los fieles que ingresaron en los monasterios. O que al menos procuraron terminar
su vida vistiendo el hábito monacal. La jerarquía eclesiástica secular salio fortalecida tras la
reforma; disminuyo la grave lacra del nicolaísmo, numerosos cabildos catedralicios (comunidad de
canónigos que rodean al obispo para el servicio litúrgico de la catedral y participan de las rentas)
vieron confirmado su derecho a elegir al obispo. La autoridad episcopal se ejerce mejor sobre el
clero parroquial, al que se obliga a frecuentar los sínodos anuales en los que se regulan las
cuestiones de disciplina y del gobierno de la diócesis.

3. El aumento de las disidencias


La reforma gregoriana hizo de la religión un asunto preferentemente de sacerdotes y de monjes;
como “iletrados”, es decir, ignorantes del latín, a los laicos se les veda el acceso directo a la
Sagrada Escritura y por supuesto se les prohíbe la predicación. Sin embargo, a pesar de haber
mejorado, la vida disciplinar del clero no estaba a la altura del magisterio moral y religioso que
pretendía ejercer. Los obispos seguían siendo ante todo señores y el nivel de institución del clero
parroquial continuaba siendo muy bajo. El monacato no salía mejor parado, los monjes negros
sufren graves dificultades, las nuevas ordenes, que habían criticado tanto las riquezas de Cluny
quedan atrapados en el engranaje patrimonial del sistema señorial, y los propios cistercienses van
arrendando sus granjas. Les hace incapaces de responder a las nuevas aspiraciones de los fieles,
que buscan una relación mas directa con dios y una intensificación de su fe. Se explica así que
estos se hayan dejado arrastrar a veces por ideas subversivas. Ya en torno al año mil se había
manifestado una primera oleada herética (maniqueos). En el siglo XIII se afirma la herejía como
fenómeno de masas, si bien los herejes nunca fueron mayoría. Las dos principales son la herejía
valdense, llamada así por Pedro Valdés (reclama para los laicos el derecho a leer la Biblia en
lengua vulgar y a predicar) y los cátaros (la importancia de esta herejía reside en las razones de su
éxito; la aparente austeridad de la élite de perfectos, su predicación itinerante atraen a numerosos
fieles). Si bien solo estos últimos elaboran unos sistemas doctrinales complejos, de carácter
dualista y forman una autentica contra-Iglesia, en realidad todos los movimientos disidentes
reivindican un retorno a la supuesta pureza de la Iglesia primitiva. El creciente malestar social de
la segunda mitad del siglo XII servia de adecuado caldo de cultivo, lo cual ayuda a explicar por
qué estas herejías se difundieron sobre todo por las regiones mas urbanizadas de occidente. La
Iglesia no siempre reacciona adecuadamente. La primera condena precisa y detallada de los
valdenses no se produce hasta el concilio de Verona (1184), de modo que hacia 1200 el
crecimiento de estas herejías amenaza la unidad de la comunidad cristiana. Entonces la Iglesia
adopta medidas radicales de represión (tribunales de la Inquisición, etc.), pero también se esfuerza
por montar una acción pastoral más adecuada.

C) LAS RESPUESTAS DE LA IGLESIA

1. Los medios de recuperación


Durante la segunda mitad del siglo XII se registraron nuevos enfrentamientos con los poderes
civiles, en particular los emperadores Federico Barbarroja y Enrique IV, que socavaron de algún
modo el prestigio del Papado y, en todo caso, le impidieron prestar suficiente atención a otros
problemas. Desde Inocencio III (1198-1216) aparecen una serie de Papas enérgicos los cuales se
esfuerzan por restablecer la unidad de la cristiandad. Apoyándose en los principios que se han ido
precisando desde Gregorio VII, que confirman a la Santa Sede la plenitudo potestatis, los Papas
están persuadidos de que para lograr la reforma eclesiastica es necesario consolidar la autoridad
pontificia. El Papado impulsa la centralización del gobierno de la Iglesia en torno a la Curia
(conjunto de organismos de gobierno de la Santa Sede). Se trata de convertir a los obispos en
gentes leales del Papa. En sus esfuerzos por combatir las amenazas heréticas, el Papado se apoya
sobre todo en las nuevas Ordenes religiosas de los Mendicantes, la de los franciscanos y la de los
dominicos. A estas dos se añaden pronto la de los agustinos y la de las carmelitas, entre otros. Su
acento puesto en la vida evangélica y la adaptación a las nuevas necesidades pastorales: vida
errante, pobreza integral, que legitiman el eventual recurso a la mendicidad, apostolado
ampliamente consagrado a la predicación, con las ciudades como principal campo de acción.
Vienen a secundar al clero secular en su tarea de predicación. El éxito de las Ordenes Mendicantes
en el siglo XIII es prueba de la influencia que ejercieron en la población y de su contribución a la
extirpación de la herejía. Asimismo, el Papado favorece el desarrollo de las universidades, a las
que ayuda a liberarse de las autoridades locales laicas o episcopales. Nacidas del creciente auge
que experimentan las escuelas urbana desde fines del siglo XI, así como del deseo de los maestros
y estudiantes de ver reconocido su trabajo intelectual y, en consecuencia, dotarse de unas
instituciones corporativas autónomas, las universidades sirvieron para mejorar la formación
teológica del clero, para proporcionar especialistas a una administración eclesiástica en plena
expansión y para poner orden en las estructuras y los contenidos de la enseñanza superior. La de
París se convirtió en el siglo XIII en el foco más descollante del saber en Occidente.

2. Intensificación y normalización de la vida religiosa


En el IV concilio de Letrán (1215) se establecieron los principios de la nueva pastoral que
orientara a los dirigentes de la iglesia a lo largo del siglo XIII. Queda reafirmado el papel del
párroco; al mismo tiempo se precisan los deberes religiosos de los fieles. Ademas de asistir a misa
se deben confesar y participar en la Eucaristía. La piedad de los laicos sigue estando caracterizada
en el siglo XIII por las “obras”, impregnadas de un sentido penitencial, como las peregrinaciones y
las limosnas. Sin embargo, parece que progreso notablemente la practica de sacramentos y la
oración personal. No solo conocen un gran éxito las “ordenes terceras” dirigidas por los
mendicantes, sino también los beguinajes, en las que sus miembros sin renunciar a sus bienes y
profesión, se dedican a ejercicios diarios de piedad y a obras de caridad. Proliferan las cofradías
(asociaciones piadosas, destinadas a fomentar la religiosidad de sus miembros, laicos y
eclesiásticos,que se adhieren voluntariamente a ellas), y en las iglesias se multiplican los altares
dedicados al culto de los santos patronos de estas asociaciones. También las devociones van
evolucionando; se orientan mas intensamente hacia los misterios de la Encarnación de Jesucristo.
De ahí deriva la devoción a la Eucaristía y la boga creciente de la devoción a la Virgen María. El
rte religioso muestra claramente esta evolución. En resumen, la angustia por la incertidumbre de la
salvación se compensa con la confianza de que es posible salvarse. La creencia en el Purgatorio
expresa la confianza en la posibilidad de redención; da la impresión de que la salvación se hizo un
asunto de índole mas personal. Pero, como es natural, la vida religiosa siguió siendo dirigida y
tutelada por la autoridad de la Iglesia.

3. Balance a fines del siglo XIII


En buena parte se han disipado las amenazas que se cernían sobre la unidad de la comunidad
cristiana occidental. La acción conjunta de las ordenes mendicantes y de las autoridades civiles ha
logrado el retroceso de las herejías. Sobre esta cristiandad unificada de Occidente preside la
autoridad pontificia, que parece asegurada tras la desaparición de su encarnizado enemigo, el
emperador Federico II. Se reafirma también la autoridad de la jerarquía episcopal. Al mismo
tiempo que en las universidades se lleva a cabo la síntesis entre la herencia del saber antiguo y la fe
cristiana, las catedrales góticas, que son en cierto modo la expresión visual de los principios de
orden y método de la escolástica (método de trabajo intelectual que se basa en un estudio critico de
los textos gracias al razonamiento lógico) universitaria, proclaman a todos los fieles que “Dios es
luz”. Sin embargo, en otros muchos aspectos, en la Iglesia y la religiosidad cristiana se perciben a
fines del siglo XIII algunas fisuras: la centralización pontificia despierta algunos recelos entre el
clero de los diversos países, y sobre todo choca con las crecientes pretensiones de los monarcas en
materia de jurisdicción y fiscalidad, el nivel intelectual y moral del bajo clero continua siendo
mediocre. Las mismas ordenes mendicantes no se libran, divididos sobre el problema de la
pobreza, los franciscanos derivan hacia las graves crisis que les afectaran en el siglo XIV.