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El arte de educar

El verdadero educador respeta al alumno, no lo humilla, no lo ofende, no lo


desprecia, no se ríe de él, no destruye su autoestima.
Antonio Pérez Esclarín

Según el eminente teólogo español José Antonio Pagola, “posiblemente la tragedia


más grave de la sociedad contemporánea es la crisis de la relación educativa”.
Muchos padres cuidan a sus hijos, se preocupan de que no les falte nada, hacen
enormes esfuerzos para satisfacer sus necesidades e incluso sus caprichos; maestros
y profesores se esfuerzan por enseñar a sus alumnos, pero en la mayoría de los
hogares y centros educativos se ha perdido el espíritu de la educación.
Y, sin embargo, si una sociedad no sabe educar a las nuevas generaciones no
conseguirá ser más humana, por grandes que sean sus avances tecnológicos y su
potencial económico, o por mucho que se vocee a los cuatro vientos que aquí
estamos pariendo el mundo nuevo mediante la revolución del Siglo XXI. Para el
crecimiento humano, los educadores, no los meros profesores, son más importantes
y decisivos que los políticos, los técnicos o los economistas.
Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. Educar es
el arte de acercarse al alumno con respeto y amor, para que se despliegue en él una
vida verdaderamente humana. Educar es algo mucho más sublime, importante y
difícil que enseñar matemáticas, lengua, inglés, computación o geografía. Educar es
formar personas, cincelar corazones nobles y generosos, ofrecer los ojos para que
los alumnos, todos los alumnos, puedan mirarse en ellos y verse hermosos,
valorados y queridos, para que así puedan mirar la realidad sin miedo y mirar a los
demás con respeto y con cariño.
El educador es el partero del alma, el que ayuda a cada alumno a conocerse y
quererse, el que confiere la energía y confianza para que cada persona se atreva a
caminar la senda de su propia realización, para que desarrolle así la semilla de sí
mismo.
La genuina educación está siempre al servicio de la vida y combate con decisión
todo lo que impide o asfixia la vida. Verdadero educador es el que sabe despertar
toda la riqueza y las posibilidades que hay en cada niño o joven, en cada persona.
El que sabe estimular y hacer crecer en él, no sólo sus aptitudes físicas y mentales,
sino también lo mejor de su mundo interior y el sentido gozoso y responsable de la
vida.
Cuando en las instituciones educativas se ahoga el gusto por la vida, y los docentes
se limitan a transmitir de manera disciplinada el conjunto de materias que a cada
uno le han asignado (de allí, la palabra asignatura), se pierde el espíritu de la
educación.
Por otra parte, la relación educativa exige verdad. Se equivocan los docentes que
prefieren ser leales al partido, más que a sus alumnos, a su conciencia, o a su
misión de educar. Se equivocan los que, para ganarse el respeto de sus alumnos, se
muestran tan distantes o prepotentes, que llegan a ser temidos o aborrecidos por
ellos. Lo que los alumnos necesitan es encontrarse con personas cercanas,
cariñosas, sencillas, profundamente buenas.
Asimismo, el verdadero educador respeta al alumno, no lo humilla, no lo ofende,
no lo desprecia, no se ríe de él, no destruye su autoestima. Una de las formas más
sencillas y nefastas de bloquear su crecimiento es decirle: “eres insoportable”, “no
hay quien te aguante”, “eres un bruto y bueno para nada”.
En la relación verdaderamente educativa hay siempre un clima de alegría, pues la
alegría es siempre signo de creación, y en consecuencia, uno de los principales
estímulos del acto educativo. Como ha escrito Simone Weil: “La inteligencia no
puede ser estimulada sino por la alegría. Para que haya deseo tiene que haber placer
y alegría. La alegría de aprender es tan necesaria para los estudios como la
respiración para los corredores”.
Por ser la alegría un valor fundamental del ser humano, hay que proponerla y
cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña
siempre a cualquier tarea creadora.
Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación,
deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos
conseguido lo más importante. De ahí la importancia de volver al “saber con
sabor”, pues hemos convertido la educación en algo muy fastidioso y aburrido. El
objetivo esencial de las planificaciones debe ser buscar que los alumnos estén
motivados y contentos.
Profesor