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Micropanorama de la Metafísica aviceniana y averroesiana.

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José Luis Olimón Nolasco
UAN
Dentro del devenir de la reflexión metafísica en Occidente y más particularmente en el periodo de
predominio árabe en tres continentes, destacan las figuras de Ibn Sina (Avicena) (980-1037) e Ibn
Rusd (Averroes) (1126-1198), ambos recreadores de la metafísica aristotélica ―aquel desde una
tradición neoplatónico-aristotélica, éste desde una tradición aristotélica pura― y con una
influencia significativa en la metafísica tomista y escotista, sin duda, dos de las más importantes de
la segunda mitad del siglo XIII en adelante.
La metafísica de Avicena es, básicamente, una metafísica de la esencia, de una esencia que puede
ser de carácter individual―la que hay cada ente individual―, de carácter universal ―la que se da
en la mente que la conoce― y otra de carácter puro que no es ni una ni universal, idéntica consigo
misma que adquiere diversas configuraciones, esencia que es posibilidad separada del ser y que
tiene prioridad sobre las esencias individuadas (reales) y sobre las esencias universales (mentales).
Esa esencia pura que no reclama el ser ni se opone a él por no ser contradictoria; que no exige ni
excluye un intelecto que la piense.
En último término, cada una de estas esencias puras es un posible modo en que la esencia divina
puede ser imitada.
El contenido de esa esencia es la quiddidad y constituye el objeto propio del entendimiento
humano.
En este contexto, el ser o la existencia son algo accidental, algo que le adviene a la esencia y que
depende de ella como posibilidad y del Ser Necesario. Con ello, queda claro que el ser o la
existencia no forma parte constitutiva de la esencia ya que si así fuera lo posibles serían
necesarios.
Sin que el propio Avicena la desarrolle como tal, en la prioridad que le atribuye a la esencia y en el
carácter accidental que le da al ser o a la existencia de los posibles, se fundamentará la distinción
real tomista entre esencia y existencia como elementos ontológicos presentes en las criaturas.
En la línea de la metafísica aristotélica, la metafísica de Averroes parte de lo concreto y se
mantiene siempre en referencia a él.
Más concretamente, la metafísica averroísta insiste en las categorías, en la distinción entre acto y
potencia y, sobre todo, entre ser verdadero y ser real.
Para Averroes, la prioridad la tiene el ser real, con su realidad extramental, independiente del
sujeto cognoscente.
Este ser real es de carácter análogo porque admite división en categorías. El ser real primordial es
la sustancia, si bien los accidentes son también seres reales aunque de carácter secundario.
El ser verdadero, por su parte, es de carácter mental y se expresa especialmente en los juicios que
pueden formarse incluso en relación con las privaciones, las negaciones y las abstracciones.
Este ser no es susceptible de predicación analógica porque en él no cabe un más o un menos, sino
su verdad o falsedad.

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Basado en el artículo La polémica sobre el ser en el Avicena y Averroes latinos de Alfonso García Marqués
En este orden de cosas, el ser verdadero de carácter mental depende esencialmente del ser real.
De ahí que el conocimiento de las esencias sea posterior al conocimiento de lo real y que lo real
individual extramental tenga primacía sobre la pura esencia.
De hecho, pues, en los juicios sobre el ser la afirmación recae en primer término sobre el ser
verdadero o mental y no sobre el ser real extramental.
De ahí que pueda verse en esto un esbozo del terminismo y del nominalismo que tomará carta de
ciudadanía en la filosofía del siglo XIV, si bien, en el caso de Averroes no se pierda la relación entre
el ser mental y el ser real ya que de este depende aquel y hacia el ser orienta en último término
para saber qué tipo de ser tiene el ser afirmado en el juicio: sustancial o accidental, necesario o
contingente, de mayor o menor calidad ontológica.
Por otra parte, Averroes se opone a la tesis aviceniana de acuerdo con la cual el ser o la existencia
sería un accidente de la sustancia ya que al dar la prioridad a los seres reales sobre los mentales,
considera que la existencia es uno de sus componentes necesarios.
A propósito de la accidentalidad de los trascendentales, especialmente el uno, en relación con la
esencia, Averroes considera que en el ámbito de lo real, se da una identidad entre el ser y su
unidad si bien hay entre ellos una distinción de razón en cuanto que la unidad añade al concepto
de ser la indivisión.
El problema de la distinción entre Dios y los seres creados Avicena lo resolvía desde la
consideración de toda creatura como posible que requiere ser actualizado conforme a una esencia
previamente establecida. Averroes, al priorizar a los entes reales debe encontrar una solución
distinta a este problema. En el caso de los entes materiales no hay problema porque la presencia
de la materia en su composición ontológica fundamenta la distinción entre Dios, forma pura y
simple y las criaturas, seres compuestos de materia y forma. El problema, sin embargo, se
mantiene en el caso de los intelectos separados y de los cuerpos celestes.
A este respecto, considera que ninguna de esas sustancias eternas ―Dios, intelectos separados y
cuerpos celestes― hay potencia en el orden sustancial porque supondría en ellos una potencia
real hacia el ser, pero también hacia el no ser. Sin embargo, tanto en los intelectos separados
como en los cuerpos celestes hay algún tipo de potencia por lo que solamente Dios sería acto puro
en sentido pleno. En los cuerpos celestes habría la potencia al lugar y en los intelectos separados
una potencia receptiva en el orden intelectivo en cuanto necesitan principios recibidos
extrínsecamente para conocer. Estos seres se ordenan entre sí según su capacidad intelectiva.
Entre estos seres y Dios la única distinción consiste en que aquellos son menos simples, que
mientras éste sólo se conoce a sí mismo, aquellos se conocen a sí mismos y a su causa.
Este concepción de las inteligencias separadas conduce a Averroes ―y a Tomás de Aquino con él―
a afirmar que no hay especies de ángeles, sino que cada ángel es de naturaleza única.