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EPICURO, MÁXIMAS CAPITALES Y CARTA A HERÓDOTO

Epicuro, Máximas Capitales (D. L., X, 138-154)

[1] El ser feliz e imperecedero (la divinidad) ni tiene él preocupaciones ni las procura a otro, de forma que no está
sujeto a movimientos de indignación ni de agradecimiento. Porque todo lo semejante se da sólo en el débil.
[2] La muerte nada es para nosotros. Porque lo que se ha disuelto es insensible, y lo insensible nada es para
nosotros.
[3] Límite de la grandeza de los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde exista placer, por el tiempo que
dure, no hay dolor ni pena ni la mezcla de ambos.
[4] No se demora continuamente el dolor en la carne, sino que el más agudo perdura el mínimo tiempo, y el que
sólo aventaja apenas lo placentero de la carne no persiste muchos días. Y las enfermedades muy duraderas
ofrecen a la carne una mayor cantidad de placer que de dolor.
[5] No es posible vivir con placer sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente
sin vivir placenteramente. Quien no tiene esto a mano no puede vivir con placer.
[11] Si nada nos perturbaran lo recelos ante los fenómenos celestes y el temor de que la muerte sea algo para
nosotros de algún modo, y el desconocer además los límites de los dolores y de los deseos, no tendríamos
necesidad de la ciencia natural.
[16] Breves asaltos da al sabio la fortuna. Pues las cosas más grandes e importantes se las ha administrado su
razonamiento y se las administra y administrará en todo el tiempo de su vida.
[18] No se acrece el placer en la carne una vez que se ha extirpado el dolor por alguna carencia, sino que tan sólo
se colorea. En cuanto al límite dispuesto por la mente al placer, lo engendra la reflexión sobre estas mismas cosas
y las afines a ellas, que habían procurado a la mente los mayores temores.
[22] Es preciso confirmar reflexivamente el fin propuesto y toda la evidencia a la que referimos nuestras
opiniones. De lo contrario todo se nos presentará lleno de incertidumbre y confusión.
[25] Si no refieres en todo momento cada uno de tus actos al fin de la naturaleza, sino que te desvías hacia algún
otro, sea para perseguirlo o evitarlo, no serán tus acciones consecuentes con tus razonamientos.
[26] De los deseos todos cuantos no concluyen en dolor si no se colman no son necesarios, sino que tienen un
impulso fácil de eludir cuando parecen ser de difícil consecución o de efectos perniciosos.
[30] A algunos de los deseos naturales que no acarrean dolor si no se colman les acompaña una intensa pasión.
Ésos nacen de la vana opinión y no es por su propia naturaleza por lo que no se diluyen, sino por la vanidad de
la persona humana.

Epicuro, Carta a Heródoto, (D. L., X, 39-83)

Principios generales de la física: átomos, vacío, cuerpos, movimiento e infinitud (D. L., X, 39-45)
Y si lo que desaparece se destruyera en la nada, todas las cosas habrían perecido, al no existir aquello en lo que se
disolvían […] Por lo demás, el todo consiste en átomos y vacío. Pues la existencia de cuerpos la atestigua la
sensación en cualquier caso […] Si no existiera lo que llamamos vacío, espacio y naturaleza impalpable, los
cuerpos no tendrían dónde estar ni dónde moverse cuando aparecen en movimiento […] Por lo tanto, de los
cuerpos unos son compuestos, y los otros aquellos (elementos) de los que se forman los compuestos. Estos son
indivisibles (átoma) e inmutables, so pena de que todo fuera a destruirse en el no ser, y permanecen firmes en las
desintegraciones de los compuestos, al ser ellos compactos por naturaleza, de forma que no tienen manera ni
lugar de disolverse. De ahí que es forzoso que los principios indivisibles (los átomos) sean los elementos
originales (physeis) de los cuerpos. Además, todo es infinito […] Y es infinito, desde luego por la multitud de los
cuerpos y la magnitud del espacio (el vacío) […] Además de eso los elementos indivisibles y compactos (los
átomos) de los cuerpos, de los que surgen los compactos y en los que se disuelven, son incalculables en las
variedades de sus formas […] Las formaciones iguales en cuanto a su figura son sencillamente infinitas, mientras
que la variedad (de átomos) no es infinita sino sólo incalculable […] Los átomos se mueven continuamente,
durante toda la eternidad […] Son eternos los átomos y también el vacío. Una presentación como ésta de todos
esos datos memorizables ofrece una imagen suficiente para introducirnos sobre la naturaleza de las cosas reales.
Pues también los mundos son infinitos, los semejantes a éste y los desemejantes.

Principios gnoseológicos (D. L., X, 46-53)

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Por lo demás existen imágenes de forma idéntica a los cuerpos sólidos, pero que se distinguen mucho por su
sutilidad de los aparentes. Porque los objetos son capaces de producir en un espacio envolvente emanaciones y
figuraciones de tal clase que reproduzcan sus cavidades y sus superficies, y efluvios que conservan exactamente
la disposición y la secuencia inmediata que ofrecen en sus volúmenes sólidos. A estas imágenes las denominamos
“simulacros” (eídola) […] Luego, que los simulacros estén con sutilezas incomparables ninguno de los hechos
perceptibles lo contradice. Por tanto, tienen también una velocidad insuperable, en cuanto encuentran cualquier
paso adecuado para que nada o poco choque contra su sutileza infinita, aunque cualquier cosa se oponga a los
átomos numerosos e infinitos. Además de eso (señalamos), que la producción de los simulacros compite en
rapidez con el pensamiento. Pues precisamente la emanación desde la superficie de los cuerpos es continua, sin
que se observe la mengua de éstos a causa de la reposición continua de la materia […] Ninguna de estas cosas se
opone al testimonio de nuestras sensaciones, si uno atiende al modo en que podemos referir a nosotros mismos
las evidencias y las correspondencias de los objetos externos con nosotros. Es preciso considerar que nosotros
vemos y pensamos al introducirse en nosotros algo procedente de los objetos exteriores […] Por tanto, la imagen
que captamos, proyectivamente con el entendimiento o por medio de los órganos sensibles, tanto de la forma
como de otros accidentes, es la misma del sólido, surgida de su volumen de conjunto o bien de algún resto del
simulacro. El engaño o el error residen siempre en lo que la opinión agrega a lo que aun aguarda a ser
confirmado o carece de testimonio en contra, que luego es algo que no se confirma. La semejanza de las imágenes
percibidas […] por algunas proyecciones del entendimiento, o de los demás criterios, no podrían existir en
correspondencia a las cosas que llamamos reales y verdaderas, si no existieran algunos objetos de tal clase de los
que las recibimos.

La condición corpórea y mortal del alma (D. L., X, 63-64, 66-67)


Tras estas cosas, hay que considerar, refiriéndolo a las sensaciones y a las afecciones –pues de éste modo será
nuestra convicción más firme- que el alma es un cuerpo formado por partes sutiles, diseminada por todo el
organismo […] Existe también una parte que posee una enorme ventaja sobre lo ya mencionado por la sutilidad
de sus partículas, y que por eso está más sensiblemente compenetrada con el resto del organismo. Todo esto lo
dejan en claro las facultades del alma, los sentimientos, la buena movilidad y los pensamientos, de lo que
quedamos privados al morir. También debe saberse que el alma posee la causa fundamental de la sensación.
Cierto que no la tendría de no estar de algún modo recubierta por el resto del organismo. Este resto del
organismo, que le permite este papel fundamental, participa también de esa propiedad, proveniente de ella,
aunque no de todo lo que ella tiene a su disposición. Por eso, al apartarse el alma, carece de sensibilidad […] No
es posible, pues, pensar que ella experimente sensaciones a no ser en el organismo […] De modo que los que
califican al alma de incorpórea disparatan. Pues no podría actuar ni padecer nada si fuera así.

La relación entre el conocimiento de la naturaleza y la felicidad del sabio (D. L., X, 78, 81)
Es más, debemos pensar que es la tarea propia de la ciencia física el investigar con precisión la causa de los
fenómenos más importantes, y que precisamente de eso depende nuestra felicidad: de cómo sean las naturalezas
que observamos de esos objetos celestes, y de cuanto contribuya a la exactitud de ese conocimiento […] Hay que
pensar que en la naturaleza inmortal y feliz no cabe ningún motivo de conflicto o perturbación. Tal cosa le es
posible al entendimiento aprenderla sin más […] Además de estas consideraciones generales hay que advertir lo
siguiente: la mayor perturbación de las almas se origina en la creencia de que éstos (cuerpos celestes) son seres
felices e inmortales, y que, al mismo tiempo, tienen deseos, ocupaciones y motivaciones contrarios a esa esencia;
y también en el temor a algún tormento eterno, y en la sospecha de que exista, de acuerdo con los relatos míticos;
o bien en la angustia ante la insensibilidad que comporta la muerte, como si ésta existiera para nosotros; y en el
hecho de que no sufrimos tales angustias a causa de nuestras opiniones, sino afectados por una disposición
irracional, de modo que, sin precisar el motivo de sus terrores, se experimenta la misma y amplia perturbación
que el que sigue una creencia insensata. La tranquilidad de ánimo significa estar liberado de todo eso y conservar
un continuo recuerdo de los principios generales y más importantes.

Fuente:
Tanto para Máximas Capitales como para Carta a Heródoto usamos la traducción de Carlos García Gual en: Epicuro,
Madrid, Alianza Editorial, 1996.