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A Venezuela con cariño,

por Alfredo Bullard


“Es hipócrita criticar a Trump por discriminarnos y a
la vez criticar al Gobierno Peruano por permitir la
venida de venezolanos a nuestro país”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

Ilustración: Rolando Pinillos

Alfredo Bullard03.02.2018 / 05:30 am

Cuando dicto clases no es extraño ver que algunos alumnos han


llegado más temprano y separado una carpeta colocando sus
cuadernos sobre la misma. La carpeta no es en estricto suya. Es de
la universidad. Colocar un bien encima de ella no lo convierte en
propietario.

Pero si alguien distinto retirara el cuaderno para sentarse en ese


sitio, es obvio cuál sería la reacción del que llegó primero: se
molestaría, le increparía al ‘invasor’ por quitarle su lugar y, quizás,
usaría la fuerza física para ‘recuperarlo’.

¿Por qué no nos gusta que los ajenos se metan en lo que


consideramos propio? ¿Y qué define lo que es propio y lo que es
ajeno?

En esta misma página, hace poco más de un año (“El mono


territorial”, 12/11/2016) usaba un ejemplo similar (los colones en
la fila para comprar entradas para ir al fútbol) para explicar por
qué Trump había ganado las elecciones en Estados Unidos usando
un lenguaje basado en promesas xenofóbicas que incluían un
muro para excluir a los latinos de su país.

En esa columna explicaba que evolutivamente el ser humano,


como muchos animales, es territorial. Marca su territorio y suele
excluir a los demás de su espacio y del de aquellos que considera
su grupo. Y somos territoriales porque, en términos de Darwin,
quienes reaccionaron contra los que invadieron su espacio
sobrevivieron más. Con ello el gen territorial se fue consolidando.
Esto generó una regla, que los abogados llaman “regla de la
primera posesión” (un sitio es del primero que lo ocupa), pero que,
como en el ejemplo de las carpetas, va más allá de ser una mera
regla legal. Es también un sentimiento.

Pero ese sentimiento nació cuando vivíamos en grupos tribales de


40 individuos. Hoy la interacción humana se da en la gran
sociedad. El desarrollo moderno sería inimaginable si la aldea
global no hubiera pasado de la interacción entre decenas a la
interacción entre millones. Lo que sirve para definir la propiedad
sobre mi casa no puede extrapolarse hoy a una titularidad para
que alguien no venga a mi país. No es lo mismo ser propietario de
una casa, que sostener que ser peruano me hace propietario de los
puestos de trabajo de mi país.

Es falso pensar que el Perú es solo para los peruanos. Tan falso
como decir que Lima es para los limeños y Arequipa para los
arequipeños. Es absurdo impedir que un limeño trabaje en
Arequipa o un arequipeño en Lima. Y es que el derecho a vivir o
trabajar en un lugar no es igual al derecho a ser dueño de una casa.
No se puede extrapolar el sesgo territorial de esa manera. Pero es
esa extrapolación la que explica el nacionalismo de Trump y, en
general, todo tipo de xenofobia. Tener DNI peruano no es como
colocar un cuaderno sobre una carpeta para reclamar titularidad
sobre la misma.

Es hipócrita criticar a Trump por discriminarnos y a la vez criticar


al Gobierno Peruano por permitir la venida de venezolanos a
nuestro país. Los peruanos no tenemos un derecho a los puestos
de trabajo que hay en el Perú. Esa es una falsa creencia basada en
un sentimiento discriminatorio. Trump dio un mensaje cargado de
odio para usar el instinto territorial más allá de su límite natural. Y
hoy quienes pretenden impedir que sigan viniendo venezolanos al
Perú hacen lo mismo.

Venezuela no es un territorio. Venezuela no es el gobierno de


Maduro que es lo más antivenezolano que existe. Venezuela son
los venezolanos: los que siguen sufriendo una dictadura
indefendible y los que, huyendo de ella, vienen a nuestro país a
buscar la esperanza que Maduro les ha expropiado.

Solo la complicidad con la dictadura y la absoluta falta de empatía


(es decir, la antipatía) pueden explicar que el congresista de
izquierda Justiniano Apaza haya pedido que se cierre la migración
a los venezolanos. Además de irracional, es una mezquindad. Y es
que la migración masiva de ciudadanos escapando de Venezuela es
el síntoma visible de la hemorragia causada por las heridas que
Maduro le ha infringido a Venezuela.
Las fronteras son una ficción para crear (y justificar) el monopolio
del poder. Los límites a la migración son un invento reciente para
expropiar a quienes quedan fuera de esas fronteras (y a los que
llamamos “extranjeros”) su derecho a ser seres humanos iguales a
los demás, estén en su país o fuera de él.

La fatal arrogancia, por


Alfredo Bullard
“La inteligencia es la principal fuente de la
arrogancia. Y la arrogancia es la fuente principal del
error”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Creer en los mercados y en una interacción social basada en la libertad es un acto de
humildad". (Ilustración: Rolando Pinillos)

Alfredo Bullard27.01.2018 / 05:30 am

La niña en la playa iba, una y otra vez, con su pequeño balde en la


mano, a la orilla del mar. Lo llenaba de agua y corría sobre la
arena caliente para descargarlo en su modesta piscina inflable. El
padre observaba su tenacidad y le regalaba una sonrisa empática.
Luego de varias decenas de viajes, la piscina estaba llena. Pero la
niña no cejó en sus idas y venidas y siguió “llenando” su piscina a
pesar que con cada volteada de balde solo lograba que un
contenido equivalente se rebalsara sobre el borde y cayera en la
arena.

El padre se le acercó y le dijo en voz baja: “No te das cuenta de que


la piscina ya está llena. Solo estás derramando agua en la arena”.
La niña lo miró con ese gesto de censura que se dirige a quien no
entiende lo evidente. “No te das cuenta de que quiero meter todo
el mar en la piscina”.
La infantil arrogancia de la niña, justificada por su inmadurez, la
lleva a creer que es posible comprender la inmensidad y
complejidad del océano en una piscina.

La semana pasada escribí en esta misma página (“Mi


mercadito”, 20/1/2018) sobre el absurdo de la moratoria
(prohibición) para la constitución de nuevas universidades y los
esfuerzos regulatorios de mejorar la educación con ideas tan
aparentemente brillantes como realmente inútiles. Como suele
pasar, muchas personas, sin duda inteligentes (aunque otras no
tanto), criticaron la idea. Me tildaron de ignorante, de no leer lo
suficiente, de no revisar los números de lo que ha pasado con la
educación, de no entender la calaña de las universidades privadas
creadas bajo un régimen de libre iniciativa.

Pero la inteligencia es una virtud muy peligrosa. Tiende a


hacernos creer que podemos resolver todos los problemas, incluso
aquellos que, como el mar, superan la capacidad de una pequeña
piscina inflable para comprenderlo.

Los invito a revisar en Twitter o Facebook estos comentarios,


particularmente intensos, con mucho adjetivo y de ánimo
claramente descalificador. Por supuesto que dicen poco (en
realidad nada) de que las universidades públicas, manejadas por
décadas por funcionarios con los mismos incentivos que tienen las
personas que hoy pretenden regular, son un mayúsculo fracaso y
que la educación universitaria ha estado históricamente sujeta a
diversos y siempre fallidos esquemas regulatorios del que el
sistema actual es solo una nueva variable.

La inteligencia es la principal fuente de la arrogancia. Y


la arrogancia es la fuente principal del error. El premio Nobel de
Economía Friedrich Hayek llamó en su último libro a esta forma
de pensar “La fatal arrogancia”.

Como explica Jesús Huerta de Soto en el prólogo de la edición en


español, la idea central del libro es que el socialismo y sus
variantes regulatorias y planificadoras constituyen un error fatal
de orgullo o arrogancia científica. Y es que es materialmente
imposible para quien quiere mejorar la sociedad usando ingeniería
social centralizada (lo que Hayek llama constructivismo) obtener
toda la información y el conocimiento necesarios para cumplir su
fin. La sociedad no es un sistema racionalmente organizado por
una o un conjunto de mentes. Es un orden espontáneo generado
por interacción descentralizada de millones de seres humanos.

Las olas del mar y las mareas se mueven por infinidad de factores
agregados que no pueden duplicarse metiendo agua en una
piscina. Y la competencia, los mercados y la convivencia social son
tan complejos e inmensos como el mar. Nuestra mente
individualmente considerada es una piscina muy pequeña para
comprender cómo interactuamos. El intento de llenar la piscina es
un acto de arrogancia. El esfuerzo regulatorio suele ser
exactamente lo mismo.

Por el contrario, creer en los mercados y en una interacción social


basada en la libertad es un acto de humildad. Es un
reconocimiento de nuestra incapacidad para comprender un
fenómeno complejo cuyo mérito no se encuentra en
la inteligencia individual de un académico o un funcionario tras
un escritorio, sino en un cerebro colectivo en el que cada ser
humano debe reconocer que no es más que una simple neurona
que, sola, no puede lograr nada realmente relevante.

El “Yo solo sé que nada sé” no es, por tanto, ni socialista ni


regulatorio. La frase de Sócrates muestra que el verdadero
conocimiento exige una humildad que no es común en quienes son
víctimas de la fatal arrogancia.

Mi mercadito, por
Alfredo Bullard
“Como hay muy malas universidades, para la
Sunedu la mejor manera de resolver el problema es
que haya menos universidades, aunque ello
signifique cerrar la entrada al mercado”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"La competencia es la competencia y es buena en todas las actividades, en las muy


importantes y en las que no lo son tanto". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard20.01.2018 / 05:30 am

Hace más de diez años participé en un evento sobre notarios


públicos. Los notarios, los representantes del Ministerio de
Justicia y algunos registradores públicos defendían el sistema de
notariado y, en especial, las limitaciones de entrada a nuevos
notarios al mercado. La limitación del número de notarios es una
historia vieja y un ejemplo de manual básico en el que el Estado
crea barreras a la competenciaen perjuicio de los consumidores.

El objetivo de la competencia es fomentar mejores precios,


incentivar la innovación y aumentar la oferta de bienes y servicios.
Un sistema que reduce dicha oferta reduce además la innovación y
eleva los precios. Todo eso lo pagamos los consumidores a los que
supuestamente se quiere proteger.

El argumento usado pare defender el sistema notarial era tan


sencillo como equivocado. “Si dejamos el número de notarios
abierto habrá demasiados notarios. Y será muy difícil fiscalizarlos
y conseguir que cumplan con la ley”, dijeron en el evento. A ello
añadieron un argumento adicional: “La seguridad jurídica es
demasiado importante para dejarla en manos del mercado”.

Así se podría incluso justificar un monopolio. Siempre es más fácil


fiscalizar a uno que a dos o a unos pocos que a muchos. Y, por
supuesto, para justificar la excepción, se usa el argumento de que
“es un mercado especial” en el que “no es buena
mucha competencia”.
Si un gremio empresarial saliera con ese argumento en cualquier
rubro de la actividad económica sería crucificado, y con razón, por
la opinión pública. ¿Se imagina a la Asociación de Bancos diciendo
que hay demasiados bancos y debe haber una prohibición para la
constitución de nuevos bancos porque el ahorro público es
demasiado importante para dejarlo en manos del mercado? ¿Se
imagina a las empresas de telecomunicaciones reclamando que se
dejen de otorgar nuevas concesiones porque estar comunicados es
demasiado importante para dejarlo en las manos del mercado? ¿O
a la industria alimentaria pidiendo que se prohíba la entrada de
nuevas empresas o la importación de alimentos porque la
nutrición es demasiado importante para dejarla al mercado?

La teoría de “mi mercado es especial” ha sido usada por


virtualmente todos los sectores y las actividades económicas para
pedir “reglas especiales”, “tratamientos de excepción” y
“regulaciones particulares”.
Pero la competencia es la competencia y es buena en todas las
actividades, en las muy importantes y en las que no lo son tanto. Si
por alguna razón (equivocada o no) se cree que se debe regular la
actividad, el remedio es tener capacidad regulatoria y no convertir
la incapacidad de regular en una limitación de entrada al
mercado.
Las universidades se reclaman como “mercados especiales”
porque “la educación es demasiado importante para dejarla al
mercado”. Pero, en realidad, es demasiado importante para

El regulador (la Sunedu) hace eco al reclamo de


menos competencia pidiendo “chepi” al Congreso y solicitando
que prorrogue la moratoria (es decir la prohibición) a la creación
de nuevas universidades. Como hay muy malas universidades,
para la Sunedu la mejor manera de resolver el problema es que
haya menos universidades, aunque ello signifique cerrar la entrada
al mercado, lo que resultará en que haya menos buenas
universidades. Para evitar automóviles “bamba” prohíben la
introducción de Mercedes, Audis y BMW.

Cuando las razones que uno da para justificar no tienen sentido


hay dos posibles explicaciones. O se es incapaz de entender el
problema o en realidad se tienen razones distintas que no se
pueden revelar.
Finalmente, si la educación es tan importante, ¿por qué no se
decreta una moratoria de colegios? Al fin y al cabo, la educación
primaria y secundaria es aun más importante porque sin ella la
educación universitaria simplemente no funciona. Y no creo que
alguien pretenda sostener que la calidad de la educación escolar
peruana es muy buena y, por tanto, no hay que preocuparse. En
realidad, ello muestra que el argumento a favor de la moratoria es
inconsistente.
No siempre el resultado de la competencia es bueno. Nada que
es producto de actividad humana, por definición imperfecta, lo es.
Por tanto, también la regulación es imperfecta. Cuando uno ve los
absurdos e inconsistencias que pide la Sunedu para, por ejemplo,
torturarnos a fin revalidar un título o autorizar una carrera,
descubre que nos quitan la competencia para llenarnos de mala
regulación. Como el perro del hortelano, ni comen ni dejan comer.

Tolerando a los
intolerantes, por Alfredo
Bullard
“Cuando la intolerancia frustra el camino a la
felicidad, el daño lo causa la intolerancia, no la
libertad”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Mientras que impedir a los homosexuales casarse puede frustrar su proyecto de vida y
felicidad, los intolerantes pueden resolver el problema volviéndose tolerantes". (Ilustración:
Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard13.01.2018 / 05:30 am

La Corte Interamericana de Derechos Humanos acaba de


emitir la Opinión Consultiva OC-24/7. Según dicha opinión: “Los
Estados deben garantizar el acceso a todas las figuras ya existentes
en los ordenamientos jurídicos internos, para asegurar la
protección de todos los derechos de las familias conformadas por
parejas del mismo sexo, sin discriminación con respecto a las que
están constituidas por parejas heterosexuales”.

La opinión es obligatoria para el Perú. En sencillo, significa que


tenemos que tomar los pasos necesarios hacia un matrimonio
igualitario. Ni siquiera el híbrido discriminatorio de la unión
civil es suficiente. El matrimonio entre personas del mismo sexo
es una obligación internacional que tenemos que cumplir.

No voy a comentar más de la decisión. Me voy a referir a las


reacciones contra ella. Varias la critican y descalifican reflejando
homofobias destempladas (“caviares maricones”),
fundamentalismos religiosos (incluso con citas bíblicas),
conservadurismo irreflexivo (van a destruir a la familia) y hasta
machismos enfermizos.

Muchas de esas opiniones me molestan. Algunas me indignan.


Buena parte me parecen expresión de la estupidez humana. Pero
tengo un deber moral y legal de tolerarlas. No debo empujar una
ley que prohíba el derecho a opinar en contra. Finalmente, la
libertad de expresión protege hasta la estupidez. Todo derecho
individual, como expresión del principio de autonomía, implica
tolerancia hacia su ejercicio.

Voy, sin embargo, a plantear una aproximación económica. Como


dice el autor Bernard Shaw, “la economía es el arte de sacarle a la
vida el mayor provecho posible”. Eso tiene que ver con
el matrimonio igualitario.

Si dos personas libres de coacción y adecuadamente informadas


contratan para que una obtenga algo de la otra, podemos asumir
que ambas mejorarán y que nadie más empeorará. Si valoro la
casa de mi vecino en 1.000 y él la valora en 800, si la compro por
900 él mejora, yo mejoro y nadie empeora. La casa pasa de un uso
de 800 a un uso de 1.000. Ello es cierto siempre que no se generen
externalidades, es decir, que el acuerdo no genere costos a
terceros.

En términos generales y con matices, lo que los opositores


al matrimonio igualitario alegan es que surgen externalidades:
se afecta su moral, se fastidian sus creencias, se amenaza su
cultura, o se atenta contra “la naturaleza”.

La misma lógica se aplica al matrimonio. Podemos suponer que


quienes se casan mejorarán y no habrá efectos relevantes para
terceros. Por eso, casarse es un derecho. Si creen que deberes
como la fidelidad, el patrimonio compartido y la convivencia los
beneficia, no importa que a otros les disguste. Cada quien es libre
de escoger su propio camino a la felicidad.

Si la regla funciona con parejas heterosexuales, ¿por qué no


funcionaría para parejas del mismo sexo? Casarse no garantiza la
felicidad pero permite escoger un camino para buscarla.

Quienes se oponen dirán que están sufriendo externalidades. Pero


eso es un error. Esas externalidades son lo que se conoce como
externalidades ‘soft’ o ‘light’. El premio Nobel de
Economía Ronald Coase señaló que en las externalidades la causa
suele ser recíproca. Si el humo de un fumador me fastidia, hay dos
causantes: él por fumar y yo por permanecer a su costado. La
pregunta no es quién causa la externalidad (los homosexuales por
casarse o los intolerantes por no soportarlo) porque ambos son
causantes. La verdadera pregunta es quién puede eliminar la
externalidad de manera más sencilla y a menor costo.

Mientras que impedir a los homosexuales casarse puede frustrar


su proyecto de vida y felicidad, los intolerantes pueden resolver el
problema volviéndose tolerantes. Como bien dice el juez
estadounidense Guido Calabresi, a veces la ley nos dice que si algo
nos molesta (como la libertad de expresión de los intolerantes)
miremos para otro lado.

Así como estoy obligado a tolerar las opiniones en contra


del matrimonio igualitario, por más estúpidas que me
parezcan, quienes se sienten disgustados por el matrimonio
igualitario están obligados a respetar el derecho a elegir de
quienes se quieren casar. De lo contrario afectamos su esfera de
autonomía, es decir, el ámbito en el que ejercemos nuestra
aspiración de realizarnos y ser felices. La única regla admisible
para limitar un derecho la enunció el filósofo y economista John
Stuart Mill: no causar un daño a otro. Cuando la intolerancia
frustra el camino a la felicidad, el daño lo causa la intolerancia, no
la libertad.
Pasamayo maldito, por
Alfredo Bullard
“No encontrarán país desarrollado en el que los
causantes de accidentes no paguen el costo
razonable de los daños que ocasionan”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Hay una institución que en todo esto ha pasado piola: el Poder Judicial. Nadie la menciona".
(Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard06.01.2018 / 05:30 am


“Lengua de asfalto, principiante corcovea, del rincón a la cubeta y
surcando muerte va. El viento empuja, a la arena que carcome la
pendiente multiforme asociada a Satanás.

Noche de niebla, donde solo los valientes de camión irreverente


osarían a surcar. Un chofer irresponsable, ilegal sin uniforme y
una curva traicionera se llevaron a mi flor”.

Hace unos días 52 personas murieron en un bus. No es novedad.


La fama del serpentín de Pasamayo le mereció incluso una
canción de los Nosequién y los Nosecuántos
(“Pasamayo maldito”). Los primeros dos párrafos de este artículo
recogen un fragmento de su letra.

El que esté en la música popular refleja que lo que vemos hoy en


las noticias lo sabíamos desde siempre. Nos rasgamos las
vestiduras como si recién descubriéramos lo que es obvio. Y más
obvio aún: la muerte en las calles y carreteras peruanas merecería

Entre 1980 y 1990 murieron más personas en accidentes de


tránsito que como consecuencia del terrorismo. Algunos han
planteado incluso que los excesos de Fujimori se justificaron para
acabar con la lacra del terrorismo, pero habría que preguntarse
qué se hizo para acabar con una lacra que mató a muchas más
personas.

¿Y quién es el responsable? Los periódicos han hecho una larga


lista: los choferes, las compañías de transporte, el concesionario
de la carretera, el Ministerio de Transportes, la Policía Nacional, el
Ositrán, la Sutrán y hasta el Indecopi.

Pero hay una institución que en todo esto ha pasado piola: el


Poder Judicial. Nadie la menciona. ¿Qué tiene que hacer en el
accidente?
Imagínese que usted contrata un lavaplatos en su restaurante. Se
le paga por plato lavado. A más platos, más le paga. Sin embargo,
cada vez que este rompe un plato no asume ningún costo. Como
no paga los platos rotos, su incentivo será lavar más rápido (y
descuidadamente), al margen del riesgo de cuántos platos rompe.
Si recibe un beneficio y no asume un costo, se romperán
demasiados platos.

Se genera lo que los economistas llaman una externalidad. Quien


no asume el costo que genera no es cuidadoso en reducir ese costo.
Se le llama así porque el agente externaliza (le traslada) el costo de
su conducta a terceros. Son otros los que pagan los platos rotos.
La externalidad genera una distorsión. El costo privado de una
actividad (lavar platos o tener un negocio de buses) se vuelve
distinto al costo social. Los platos (o las vidas de los pasajeros) se
pierden a manos del lavaplatos (o la empresa de transporte).
Conclusión: romperá demasiados platos (o matará demasiadas
personas). Para reducir este efecto, el lavaplatos (o la empresa de
transporte) tendría que pagar por cada plato que rompe (o por
cada persona que mata). Ello lo motiva a ser más cuidadoso.

Un accidente de tránsito es una externalidad. Si el propietario o


conductor de un vehículo no paga el “precio real” de manejar mal
o de revisar el vehículo, se desbarrancarán demasiados buses.
Caen los incentivos de manejar con cuidado o de revisar las
condiciones técnicas del vehículo.

La respuesta es hacer pagar a los propietarios y conductores el


costo de las externalidades que producen. Es decir, internalizar la
externalidad. ¿Quién es el llamado a hacerles pagar los platos que
rompen? Usted ya sabe la respuesta: el Poder Judicial.

Por supuesto que sería mejor tener carreteras en óptimas


condiciones y bien señalizadas y policías que hagan cumplir las
normas de tránsito. Pero nada sustituye como incentivo el saber
que se pagará el precio de los daños que se causen. No
encontrarán país desarrollado en el que los causantes de
accidentes no paguen el costo razonable de los daños que
ocasionan.
En el Perú las indemnizaciones por muerte o lesiones ordenadas
por el Poder Judicial son ridículas y se obtienen luego de años de
litigar. El resultado es que las víctimas no litigan y se conforman
con pagos ridículos. Nadie quiere seguir un proceso judicial en el
que la planchada sale más cara que la camisa y en el que la
tinterillada y la parsimonia e insensibilidad judicial consumen su
dinero a la vez que pisotean su dignidad. El resultado: la
externalidad nunca se internaliza. Y así mueren más personas. Y
no solo en Pasamayo maldito, sino en todo el Perú.

El flautista de Hamelín,
por Alfredo Bullard
“Miremos a los políticos. Invito al lector a señalar
uno que merezca más de 15% de aprobación”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Invito al lector a señalar uno que merezca más de 15% de aprobación. No se salva nadie".
(Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard30.12.2017 / 05:30 am

“El sueño de todo político es ser como Mickey Mouse: ser tan
simpático que todo el mundo olvide que es una rata”. Con este
chiste popular inicié un artículo en esta página hace casi cinco
años (“El síndrome de Mickey Mouse”, 19/1/2013). Y el chiste
parece mucho más pertinente a la política peruana hoy.

Una historia popular, mitad leyenda, mitad cuento de hadas,


parece también ser pertinente al momento actual. El pequeño
poblado de Hamelín, Alemania, estaba infestado de ratas.
Habían invadido todo: las habitaciones, los almacenes, las cocinas,
los lugares públicos. Uno levantaba una piedra y salía un roedor.

Un desconocido apareció y le ofreció al alcalde eliminar a todas las


ratas a cambio de una recompensa. El alcalde aceptó la oferta y el
desconocido, que no era ni más ni menos que un flautista,
comenzó a tocar una melodía contagiosa. Algunos reseñan que
guardaba semejanzas con una canción achichada que se hizo
popular en el Perú a finales de los noventa, conocida como “El
baile del Chino”.

No importaba el color o la afiliación de los roedores. Todos


terminaron bailando al son de la música del flautista. La melodía
parecía imposible de ignorar. Las ratas y ratones siguieron
hipnotizados al flautista que se dirigió a un río cercano en el que
los roedores terminaron ahogados. Hamelín fue liberado de la
plaga.

Pero allí no terminó la historia. El flautista regresó a cobrar su


recompensa. El alcalde, ya liberado de los animales, se negó a
pagarla. El flautista había olvidado que el alcalde era también un
político y, por tanto, un mentiroso.

Entonces el flautista empuñó nuevamente su flauta, entonó una


nueva canción y esta vez fueron los niños del pueblo
de Hamelín quienes lo siguieron. Dependiendo de la versión del
cuento que uno lea, los niños nunca regresaron, perecieron
ahogados en el río o, en la versión más ‘friendly’ para el público
infantil, el alcalde fue a buscar al flautista, le pagó la recompensa
y los niños volvieron.

Quisiera que el flautista de Hamelín existiera y que con una


melodía contagiosa e hipnótica condujera a todos nuestros
políticos (y por “todos” me refiero a todos) al río del olvido para
que no regresen. A los fujimoristas, de los dos bandos, por
prepotentes y contradictorios. Porque para vacar a PPK hablan de
corrupción pero para liberar a su líder el que haya sido corrupto
no importa. Y hoy no saben si criticar o alabar a Kenji y, sobre
todo, a su padre. Y a Kenji (y al propio Alberto) por oportunista. Al
Apra por lo de siempre: por seguir a Alan García. A PPK por
mentiroso, débil, sumiso y por sacrificar su ya poca dignidad para
mantener su puesto. Y a la izquierda por hipócrita y mezquina: por
sumarse cuando les conviene a la prepotencia fujimorista y
luego rasgarse las vestiduras de un indulto que ellos mismos
empujaron con su contradicción.

Miremos a los políticos. Invito al lector a señalar uno que merezca


más de 15% de aprobación. No se salva nadie. Ninguno merece
sobrevivir políticamente. Ninguno puede tirar piedras sin romper
su techo de vidrio.

Nos han mentido (“el indulto no se negocia”), insultado nuestra


inteligencia (“es un indulto humanitario”) y afectado nuestra
dignidad (pidiendo perdón “por defraudar a los compatriotas” o
calificando de “excesos y errores” delitos tan serios como
homicidios o corrupción).

Han mostrado una xenofobia inaceptable (diciéndonos, como si


fuera relevante, que “Condorito es chi-le-no” y por eso se han
burlado de nosotros, olvidando, contradictoriamente, que
“Fujimori es ja-po-nés” y se ha burlado de nosotros al margen de
su nacionalidad). Nos han demostrado la inexistencia de
inteligencia y la falta absoluta de criterio. Nos han hecho sentir
que con esos gobernantes y representantes el Perú no vale la pena.

El escritor Louis Dumur decía: “La política es el arte de servirse de


los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos”. La política
es siempre un gran engaño, en donde quien más miente más
consigue. Por eso, sigamos el consejo del estadounidense Bernard
Baruch: “Vota por aquel que prometa menos. Será el que menos te
decepcione”. Una pena que el flautista de Hamelín sea solo un
cuento.

Prostitución a medias,
por Alfredo Bullard
“Me pregunto cuántas personas han tomado lo que
viene ocurriendo en el país para hacer un acto de
introspección”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

Ilustración: Giovanni Tazza

Alfredo Bullard23.12.2017 / 05:30 am

Se dice que una vez el actor cómico Groucho Marx tuvo el


siguiente diálogo con una señorita: “¿Se acostaría usted conmigo
por un millón de dólares?”, dijo él. Ella contestó sin dudar: “Por
supuesto”. “¿Y por un dólar?”, replicó Groucho. “¿Qué se cree
usted que soy? ¿Una prostituta?”, contestó la dama muy ofendida.
“Eso ya ha quedado claro –respondió Groucho–. Ahora estábamos
negociando el precio”.
Es interesante. Muchos comentarios a mi artículo publicado hace
dos semanas (“La maldad del ‘buena gente’”, 9/12/2017)
señalaban que el texto trataba de “limpiar” los grandes casos
de corrupción de empresarios y políticos haciendo referencia a
la cantidad de pequeños casos de corrupción del día a día en los
que se involucran muchos peruanos de a pie. Curiosos
comentarios para un artículo que perseguía precisamente lo
contrario: destacar la implícita perversidad que hay repartida por
toda nuestra sociedad a todo nivel.

Me imagino que, en ocasiones, detrás de esos comentarios está la


autojustificación de que las culpas no son comparables. Ello para
sentirse libres de responsabilidad y ser complacientes con uno
mismo. Pero creo que es una complacencia artificial. Totalmente
ficticia y engañosa.

Tengo muy claro que lo chico no limpia a lo grande. Pero lo grande


tampoco limpia a lo chico. También tengo claro que es
inconsistente rasgarse las vestiduras frente a un acto
de corrupción millonario por la construcción de una obra
pública cuando se ha pagado 20 soles a un policía para evitar una
multa por haberse pasado una luz roja. Las vestiduras hay que
rasgarlas, pero por los actos grandes y por los actos chicos.

Me pregunto cuántas personas han tomado lo que viene


ocurriendo en el país para hacer un acto de introspección (y luego
de contrición) para cambiar lo que antes tomaban como común y
corriente sin mayor reflexión. Porque si no es así, nada de lo que
está pasando vale realmente la pena. El gran costo que estamos
enfrentando puede estar plenamente justificado por un gran
beneficio. Si no genera un cambio nos quedaremos con puros
costos.

Y es que el problema es que allí donde la corrupción es


generalizada y asumida como algo común y corriente, como parte
del día a día, será más fácil y menos “culposo” para el involucrado
cometer un acto ilegal.

La institucionalidad se construye en todo: desde la puntualidad


hasta la revocatoria de un presidente. No es de extrañar que en un
país en el que llegamos tarde a las reuniones usando siempre el
tráfico como excusa, el carpintero nunca entregue los muebles en
la fecha, el gasfitero nunca vaya cuando acordó ir y los grandes
contratistas entreguen con atraso las obras de infraestructura a las
que se comprometieron. Y no es de extrañar que en un país en el
que se paga 10 soles a un funcionario en un hospital para ser
atendido primero, se pague millones por la adjudicación para la
construcción de una carretera.

El ser humano siempre encuentra razones para justificar lo que


hace y tranquilizar su conciencia. “Tenía que pagarle porque si no
llegaba tarde a una reunión”. “Si no pagaba yo otro pagaba y me
quedaba sin negocio”. Y por supuesto el típico: “Pero si todo el
mundo lo hace”. Siempre encontramos en otro lado la justificación
para lo que no hacemos bien. Pero si todos encontramos en la
culpa ajena la justificación para la culpa propia, la culpa se
socializa y se convierte en patrimonio de todos. Un verdadero
“patrimonio cultural”. Eso también es un problema institucional.

No se trata de salvar casos de corrupción millonaria mirando


la corrupción menuda del día a día como justificación. Es
precisamente todo lo contrario. No podemos tranquilizar nuestras
conciencias diciendo que otros corrompen más que nosotros.

La responsabilidad, la verdadera, la que sirve de justificación al


ejercicio de nuestra libertad, no se puede tercerizar. El principio
base de una sociedad libre es el de responsabilidad individual, en
el que cada quien debe responder por las consecuencias de sus
actos. Si Groucho Marx viviera, no le importaría el tamaño de la
coima. Quien pagó o recibe un millón de coima es un corrupto. Y
también lo es quien paga un dólar. Al igual como en el caso de la
señorita, solo se estaría discutiendo el precio.
Querido Papá Noel (III),
por Alfredo Bullard
“A PPK tráele posibles explicaciones porque parece
que se ha quedado sin ninguna”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Vas a tener un año difícil. Hay mucho que traer. Demasiado. Tu trineo va a quedar muy
chico". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard16.12.2017 / 05:30 am


Como ya se acerca Navidad, te envío mi lista de regalos para el
2018. Vas a tener un año difícil. Hay mucho que traer. Demasiado.
Tu trineo va a quedar muy chico.

Trae un número importante de cárceles. Como van las cosas,


vamos a necesitar muchas más. E incluye una ampliación
importante para la Diroes. Se está tugurizando.

A Alan García tráele más significados a las siglas AG en la


agenda de Marcelo Odebrecht como Arcángel Gabriel, Avanza
Gordo o Arriba Gareca. Y además un par de cristos adicionales al
del Morro Solar para que le sigan multiplicando sus honorarios de
conferencias como si fueran pescados o panes.

Toledo quiere una edición de lujo de “Pinocho”. Admira mucho al


protagonista. Además, trae un pasaje de vuelta para él y Eliane.
Aquí los extrañamos y muchos los quieren apachurrar. Tráenos
también las futuras ediciones de los ‘best sellers’ de Toledo que le
permiten vivir con tanta holgura económica: “¿Cómo comprar
inmuebles sin dinero?” y “Veinte millones de razones para ser
presidente”.

Regálanos un Congreso constructivo, pensante y que busque el


bien del país; es decir, sin fujimoristas. Pero si es mucho pedir, al
menos llévate a Becerril, Chacón, Alcorta y a los principales ‘Angry
Birds’ de la bancada y traernos nuevos congresistas con el doble de
IQ.

A PPK tráele posibles explicaciones porque parece que se ha


quedado sin ninguna. Y a su gobierno, una brújula.

A Fuerza Popular tráele puertas nuevas para sus locales y una


contabilidad que pueda explicar cómo financiaron sus campañas.
A Keiko tráele además unos dardos y una foto de Kenji. Y a
Kenji lo mismo pero con la foto de Keiko.
En lugar de aprobar la reforma electoral mamarrachenta que se
discute en el Congreso, que se aprueben reformas que sí sirvan y
mejoren realmente la política como la eliminación del voto
obligatorio, acabar con el voto preferencial, reelección por tercios
del Congreso, elección de congresistas por distritos uninominales.
Es decir, que nos traigan las lampas con las que enterraremos a los
congresistas actuales.

Un manual para que los congresistas aprendan a hacer un análisis


costo-beneficio de las leyes y dejen de usar la cantinflesca frase
“esta ley no irroga gasto al Estado y es muy buena para todos”.

A los jueces y fiscales tráeles sabiduría para condenar a los


corruptos y liberar a los inocentes.

Que le bajen la sanción a Guerrero para que pueda jugar el


Mundial.

Que los peruanos seamos realmente iguales y que uno se pueda


casar con quien ama, al margen del género. Y a Cipriani y sus
seguidores regálales tolerancia y sensibilidad.

Que cierren el Colegio de Abogados para que no siga siendo un


cártel en el que se esquilme a los abogados para poder ejercer
libremente la profesión.

Llévate además todas las barreras burocráticas que el Estado nos


ha impuesto, para que todos tengamos la oportunidad de
desarrollar negocios y oportunidades.

Que Venezuela recupere las libertades y la democracia y Maduro


vaya preso por sus crímenes. Y que la izquierda que lo apoya deje
de tener un doble estándar. Y que Evo Morales en Bolivia y Juan
Orlando Hernández en Honduras no se salgan con la suya
perpetuándose en el poder.

Que Trump deje de ser Trump.


Un poco de sentido común para los organismos reguladores y el
Indecopi para que dejen de estar atrapados en el rollo mediático y
respondan técnicamente.

Que de una vez por todas archiven la Ley Cánepa.

También te pido que deroguen la Ley Universitaria, que va a


destruir la capacidad de innovación en la educación para
sustituirla con regulación e intervencionismo estatal que tarde o
temprano será intervencionismo político.

Que alguien tenga el valor para empujar una verdadera


flexibilización laboral que finalmente genere más y mejor empleo.

Que Ni Una Menos deje de ser una campaña y se vuelva una


realidad y que respetemos de una vez por todas los cruceros
peatonales.

Y sobre todo, que el desprecio por los políticos y la inestabilidad


que generan no afecte la estabilidad económica. Que nuestra débil
institucionalidad democrática salga reforzada de estos momentos
difíciles y que los escándalos de corrupción de hoy se conviertan
en instituciones más sólidas que eviten que volvamos a repetir la
misma historia.

La maldad del “buena


gente”, por Alfredo
Bullard
“Odebrecht no trajo la corrupción al Perú. Solo aplicó
técnicas sofisticadas para aprovechar las
instituciones peruanas”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

“La coima es una verdadera institución, llena de reglas estables, conocidas y exigibles que
funcionan como un reloj”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Alfredo Bullard09.12.2017 / 05:30 am

Alejandro se sube a un taxi. En el camino, el chofer le ‘mete letra’.


“¿Ha visto todo lo que está pasando? Todos son unos corruptos y
ladrones. Los políticos y los empresarios. Estamos hasta el perno.
Ojalá terminen todos presos”.

Alejandro le pregunta entonces al taxista: “¿Nunca le ha pagado


una coima a un policía?”. El taxista se sonríe: “Esa es otra cosa. Si
te paran y no les pagas, no te dejan trabajar. Eso no es ningún
delito”.

La esquizofrenia es evidente. Para el taxista es fácil ver a los demás


como corruptos, pero le cuesta verse a sí mismo como corrupto.
Juzga al que paga, pero se autolibera de culpa cuando él mismo
paga. Justificamos en nosotros lo que consideramos injustificable
en lo demás.

Lo curioso es que es más probable que el taxista acepte en la


discusión que puede haber alguna justificación para que las
empresas paguen coimas por obtener contratos a que acepte que
pagarle una coima a un policía no tiene justificación.

En una ocasión, un abogado me contó la siguiente historia real.


Una vez, un juez llamó a un empresario que tenía un juicio en su
juzgado. Se reunieron y le pidió una importante cantidad de
dinero a cambio de fallar a su favor. El empresario aceptó. Le dijo:
“Perfecto. Usted da la sentencia y yo le mando la plata”. El juez
replicó de inmediato: “No. Así no son las cosas. Usted me da la
plata y yo saco la sentencia”. El empresario, desconfiado, le
preguntó: “Y si yo le doy la plata, y usted no saca la sentencia?”. El
juez, molesto, le increpó: “¡Señor, estamos entre caballeros!”.

Se suele decir que en el Perú no tenemos instituciones. Pero en


realidad estamos llenas de ellas. Tenemos
una institucionalidad sólida, viva y vigente. Es solo que es
una institucionalidad perversa.

Las instituciones son las reglas de juego, son los límites y permisos
a la conducta que experimentamos y que explican por qué
hacemos las cosas. Algunas instituciones son formales: la ley que
prohíbe pasarse una luz roja o las que dicen que hay que pagar
impuestos o respetar los contratos. Otras son informales: la regla
social que nos hace hacer cola para comprar nuestra entrada al
cine, o ser puntual o darnos la mano para saludarnos. Y, a su vez,
el marco institucional requiere de mecanismos de ‘enforcement’ o
exigibilidad que nos haga cumplir las reglas: el policía que nos
pone una multa cuando cruzamos en luz roja o la sanción social de
considerarnos malcriados y poco confiables cuando no saludamos
o llegamos tarde a una reunión.

Siempre se usan como ejemplos de institucionalidad reglas


aparentemente buenas, que empujan virtudes antes que defectos.
Pero esa es una visión incompleta. Hay instituciones malas, que
empujan la maldad y la vileza, y están tan arraigadas y claras que
las seguimos muchas veces sin darnos cuenta de lo que significa.

Odebrecht no trajo la corrupción al Perú. Solo aplicó técnicas


sofisticadas para aprovechar las instituciones peruanas. La coima
es una verdadera institución, llena de reglas estables, conocidas y
exigibles que funcionan como un reloj (si se comparan con las
reglas de tránsito).

Y como toda institución que funciona, es percibida como natural,


hasta necesaria. De allí al “qué importa si roba, si hace obra” o al
“plata como cancha” solo hay un paso.

Lo malo de la institucionalidad perversa y generalizada es que


genera lo que Hanna Arendt llamaba la “banalidad del mal”. El
mal no es patrimonio de los malvados. Por el contrario, está en las
personas comunes y corrientes, en las de carne y hueso que aman
a su esposa, quieren a sus hijos, respetan a sus amigos y dan
limosnas a los pobres. Ese mal convierte en monstruos a personas
que consideramos buena gente.

El cambio institucional en el Perú es difícil, no porque no


haya institucionalidad, sino porque la que hay es sólida y
enraizada. Alguna vez creí que Alberto Fujimori preso sería
suficiente para acabar con la sensación de impunidad que refuerza
la mala institucionalidad. Me equivoqué. Ojalá que todo lo que
está pasando sí nos conduzca a un nuevo paradigma. Si no, nada
habrá valido la pena.

Evo Maduro, por Alfredo


Bullard
“Es una pena que el pueblo boliviano tenga que
pasar por esto. La acumulación excesiva de poder
destruye la esperanza”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Evo se parece cada vez más a Maduro. Hasta la maldad y la arbitrariedad pueden madurar".
(Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard02.12.2017 / 05:30 am

Es un axioma. Quien rompe las reglas una vez, las romperá


muchas veces. Chávez marcó el estilo: parecer una democracia
para destruir la democracia. Su estilo se hizo contagioso. Contagió
a Argentina, a Ecuador y a Bolivia. De buena nos salvamos con el
giro de última hora de Humala. Algunos buscan (por un tiempo)
guardar mejor las formas. Pero en ese estilo los chavistas y su
prole no soportan perder poder.
El efecto es nefasto. La acumulación del poder se juega hasta
“quemar el último cartucho”. La única manera de detenerlos es
esperar a que destruyan al país. Es esperar a que lo conduzcan al
borde del abismo para desbarrancar a la población junto con el
gobierno.

El enquistamiento culmina con una catástrofe. La única manera de


regresar a una auténtica democracia es el descalabro de todo,
como viene ocurriendo en Venezuela. Argentina, con gran
sufrimiento y esfuerzo, está reconstruyendo la destrucción
institucional y económica dejada por el kirchnerismo. Ecuador se
debate en la pataleta de Correa que, tras un error de cálculo,
quiere echar por la borda al presidente (que él mismo impuso
como candidato) porque busca corregir muchos de los atropellos
del propio Correa.
La autocracia pasa por un proceso de maduración malvada. Se
pierde la vergüenza, y con ella la dignidad.

Evo Morales ha dado un nuevo paso, impresionantemente


desfachatado, para justificar su permanencia en el poder. Primero
se reeligió cambiando las reglas. Luego, igualito a Fujimori, obtuvo
su “interpretación auténtica” para volverse a reelegir.

Usando el populismo como herramienta, Evo buscó una nueva


reelección con un referéndum que le permitiera un cambio de
reglas para volver a reelegirse. Pero algo le salió mal (y bien para
Bolivia) y perdió el referéndum. El pueblo le dijo no, a pesar de su
popularidad. La institucionalidad pudo más que el populismo.

Pero cuando uno creía que la historia terminaba, el


“bolivarianismo” nos recuerda su falta de escrúpulos.

El Tribunal Constitucional, solo cabe pensar que influenciado por


Morales, ha declarado inconstitucional la propia Constitución de
Bolivia. Algo que ni al mismo Fujimori se le ocurrió.
¿Cómo puede ser ello posible? Declarando que la Constitución
contradice el artículo 23 de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos, que reconoce el derecho de los ciudadanos a
la participación política. Algo parecido a decir que las normas que
prohíben robar vulneran el derecho de acceder a la propiedad o
que los secuestradores no deben ser sancionados porque todo
ciudadano tiene derecho a tener un trabajo.

Es absurdo (un insulto a la inteligencia, o una oda a la estupidez)


asumir que el artículo 23 la Convención Americana sobre
Derechos Humanos se concibió para favorecer la reelección eterna
del presidente. Es muy claro que el objeto de los tratados de
derechos humanos es proteger los derechos individuales de los
ciudadanos de los excesos del poder y no crear contextos que
favorezcan los excesos del poder sobre los ciudadanos.

La razón por la que se limita la reelección del presidente es porque


el poder lo convierte en un candidato con capacidad de competir
deslealmente y crear una espiral sinfín de acumulación de ese
poder. La civilización avanza en esa línea. Las reelecciones sin
límite conducen precisamente a la vulneración del derecho
que Evo invoca como base de su argumento: reducen el derecho a
la participación política (justa y equitativa) de todos los demás.
Por eso el mamotreto bolivariano es incivilizado, pues conduce al
abuso y a los excesos que se demuestra cada día en las calles de las
ciudades de Venezuela.
La búsqueda del poder por el poder es suficiente razón para
sospechar de quien lo persigue. Y es que como decía Goethe, “todo
aquel que aspira al poder ya ha vendido su alma al diablo”.

Evo se parece cada vez más a Maduro. Hasta la maldad y la


arbitrariedad pueden madurar. Nos hacen testigos de una
madurez destructiva e irracional. Una madurez que convierte a los
payasos en esos monstruos que, en lugar de divertir, asustan.
Es una pena que el pueblo boliviano tenga que pasar por esto. La
acumulación excesiva de poder destruye la esperanza. El bienestar
y la estabilidad se convierten en largo plazo. Reducen la diversidad
y con ello eliminan las opciones para los ciudadanos. Como dice el
escritor Antonio Gala: “Al poder le ocurre como al nogal, no deja
crecer nada bajo su sombra”.

(In)seguridad social, por


Alfredo Bullard
“Si el Estado creara una AFP social, ¿le entregaría
voluntariamente sus aportes? Yo ni loco”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Justicia social es un sistema en donde lo que es justo responde al sentimiento de la mayoría y
no a los derechos de los individuos". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard25.11.2017 / 05:30 am

Friedrich von Hayek habla de las “palabras comadreja” o


“envenenadas”. Son términos que agregados a otra palabra la
convierten en exactamente lo contrario.

Una de esas palabras es “social”. Añada social a otra palabra y


mágicamente la convertirá en su antónimo.

Democracia social es un sistema que traslada a la decisión sobre


quién gobierna no a los ciudadanos sino a un aglomerado
impreciso e inidentificable que se arroga la posibilidad de
gobernar al margen de la verdadera voluntad popular.

Justicia social es la negación de la auténtica justicia, de la justicia


“a secas”. Es un sistema en donde lo que es justo responde al
sentimiento de la mayoría y no a los derechos de los individuos,
los que pueden ser avasallados en la búsqueda de un supuesto fin
superior.
Un derecho social es justamente un no derecho, quitándole la
esencia individual a toda titularidad para difuminar sus límites y
alcances en un abstracto indescifrable donde nada es de nadie y
todo es de todos.
La propiedad social velasquista no fue sino una forma grosera de
confiscación de la propiedad a sus titulares legítimos para
desaparecerla.

Y el término “seguridad social” no se libra del efecto “comadreja”.


Los sistemas de seguridad social han sido un simple juego de
pirámide, un CLAE legalizado y forzoso, que conduce
inevitablemente a la quiebra del sistema. Nada más inseguro que
la seguridad social.

Siempre he estado en contra del ahorro forzoso. Creo en una


sociedad de personas libres y responsables. Es cada uno, y no el
Estado, el que debe decidir cómo y para qué ahorrar. El
paternalismo de forzar a protegernos ahorrando nos convierte en
individuos irresponsables e incapaces de beneficiarnos de nuestros
aciertos y de responder por nuestros errores. Por eso no creo en el
sistema de seguridad social pública como tampoco creo en el
sistema de AFP. En ambos, el punto de partida es el paternalismo.

Pero hay que reconocer que, al menos, el sistema de AFP fue un


intento de mejorar parte de lo que estaba mal, retirando la palabra
“social” del lado de “seguridad”. El uso de un fondo individual
nos devolvió en parte la posibilidad de ser responsables a través de
nuestra elección, para elegir el destino que consideráramos mejor
para nuestros ahorros. Por supuesto que es posible (y probable)
que cometamos errores. Es consustancial con la naturaleza
humana. Pero es mejor pagar por nuestros errores que por los
ajenos. Porque no hay nada peor que pagar los platos rotos por
otros.

El sistema de AFP al menos genera competencia. Al cambiar un


sistema monopólico estatal por uno competitivo, teníamos la
oportunidad de mejorar por nuestras propias decisiones.
La propuesta de la Comisión de Protección Social (otra vez la
“palabra comadreja” se cumple, pues estamos ante una comisión
que en realidad nos trae desprotección a nuestro ahorro) es un
disparate sin pies ni cabeza. Con el argumento de crear
competencia, crea en realidad un monopolio de dos caras: una
para quitarnos a los ciudadanos el derecho a elegir y la otra para
limitar la competencia entre las AFP convirtiéndose en un
monopsonio de entrega de fondos.

Usted ya no elegirá su AFP. Enfrentará un monstruo parecido a la


ONP en el que, como buen organismo de seguridad social, ya
nada es de nadie y todo es de todos. Por supuesto que un
ciudadano puede equivocarse al elegir su AFP, pero los
funcionarios de una nueva versión de la ONP se van a equivocar.
No tienen incentivo para hacer lo correcto. Será el Estado el que
tendrá nuestros ahorros bajo su control. Le pregunto: si el Estado
creara una AFP social, ¿le entregaría voluntariamente sus
aportes? Yo ni loco. Nunca hubiera entregado voluntariamente un
centavo al sistema estatal de seguridad social.

La socialización de nuestros ahorros es entregarlos al clientelismo,


al populismo o ambas cosas a la vez. ¿Tiene alguna duda de que
este u otro gobierno echará mano de nuestros ahorros cuando
tenga un problema fiscal como se hizo sin asco en Argentina? ¿O
que mañana el gobierno no expropiará nuestros fondos para
gastarlos en aumentar su popularidad? Y es que la idea de
“responsabilidad social” no es sino convertirnos a todos en unos
irresponsables.

Quitarnos la decisión sobre nuestro dinero es robar. Y, como dice


el dicho, “el Estado persigue el robo porque no le gusta la
competencia”.

Angry Birds asustados,


por Alfredo Bullard
“La actitud de la bancada fujimorista es temeraria”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Los Angry Birds, como los fujimoristas, siempre están furiosos y tienen cara de pocos
amigos".(Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard18.11.2017 / 05:30 am

Hace casi un año en este mismo Diario escribí un artículo en el que


comparaba a los fujimoristas con el célebre juego de la firma
finlandesa Rovio Entertainment (“Angry Birds”, 3/12/2016).

Para quien no ha jugado Angry Birds, se trata de unos pájaros


con distintos poderes y características (y con caras de muy pocos
amigos) que son disparados usando una honda gigante, contra
estructuras de distinto tipo, material y diseño, a fin de destruirlas
y con ello ir eliminando a sus enemigos, unos cerdos verdes en
forma de bolas. Como dije en aquella ocasión, los Becerriles,
Alcortas y Chacones me recuerdan a Red, Bomb y Chuck.

La destrucción es la regla. Los Angry Birds, como


los fujimoristas, siempre están furiosos y tienen cara de pocos
amigos. Se propulsan por sus propios medios contra sus enemigos,
a los que solo quieren destruir causando el mayor daño posible y

Pero el 2017 nos ha traído una nueva versión más agresiva y


destructiva del juego. Ahora los Angry Birds ya no están solo
furiosos. Están asustados. Varios han entrado en pánico.

El escritor alemán Ludwig Börne decía que el hombre (o mujer)


más peligroso es aquel que tiene miedo. Y es que el instinto de
supervivencia puede hacer que el miedo fomente la agresividad.
Las recientes especulaciones sobre el apoyo económico de
Odebrecht a Keiko han desatado una ola de temor en
el fujimorismo. Su reacción ha sido disparar a cualquier cosa
que se mueva. Su nueva víctima: el fiscal de la Nación (y detrás de
él siguen todos los fiscales que han estado empujando los casos de
corrupción).

La corrupción es un asunto particularmente escabroso para


el fujimorismo. Su pasado está salpicado (mejor dicho
“embarrado”) de antecedentes e incidentes de los que no se puede
liberar, reflejados en los barrotes de la Diroes como recuerdo
palpable de sus excesos.
Keiko trabajó (y mucho) para desembarazarse de ese pasado
vergonzante. Y no quiero que se me malinterprete. Para
mí, Keiko sigue siendo inocente hasta que se pruebe lo contrario.
Pero la furibunda reacción de su bancada podría comenzar a
entenderse como confesión de culpa firmada y sacramentada.
Tanto ímpetu desbordado hace pensar que podría no tener
mejores argumentos de defensa. Parece que está lanzando por la
borda, con cada acto de sus congresistas, todo su esfuerzo para
mejorar su imagen.
Muchos ciudadanos de todos los niveles son frecuentemente
acusados por fiscales y jueces de delitos. Esos ciudadanos no
tienen corona. Tienen que defenderse contratando abogados y
preparando escritos y actuando pruebas que los liberen de
responsabilidad. No todos tienen el privilegio de poder manipular
a todo el Congreso como parte de su estrategia de defensa.

Keiko debe bajar al llano y defenderse como los demás seres de


carne y hueso, y no usar a los Angry Birds para atemorizar a los
que la investigan. Porque no es legítimo ni justo atacar a las
instituciones para resolver un problema personal usando
herramientas de las que los peruanos comunes carecemos. Ello
refleja a la vez prepotencia y cobardía. Sinceramente, quisiera que
mis impuestos, con los que les pagan a los congresistas, se usen en
algo más relevante e importante para todos.

Y es que el miedo siempre es mal consejero, pero lo es más cuando


se tiene poder. Los Angry Birds son más peligrosos cuando están
asustados. Y es que la combinación de miedo con rabia es letal. Y
se refleja en la estrategia fujimorista que pone la amenaza por
delante del diálogo. Se han convencido de que la mejor defensa es
el ataque. Y es que el miedo nos hace vulnerables, y buscamos
entonces causar miedo para hacer sentir a los demás vulnerables.

El escritor y economista español José Luis Sampedro decía:


“Gobernar a base de miedo es eficacísimo. Si usted amenaza a la
gente con que los va a degollar, luego no los degüella, pero los
explota, los engancha a un carro [...] Ellos pensarán: bueno, al
menos no nos ha degollado”. Y eso es lo que están haciendo con el
país.

La actitud de la bancada fujimorista es temeraria. Y como decía


el poeta Lucano: “Bajo la máscara de la temeridad se ocultan
grandes temores”.

NOTAS RELACIONADAS
Rehenes, por Alfredo
Bullard
“Lo que busca el antidumping es desnivelar el
terreno para poder sacarnos más dinero de nuestros
bolsillos”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

“El invento de los derechos antidumping solo puede tener origen en una de dos cabezas: o la
de un economista desorientado o la de un industrial interesado”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Alfredo Bullard11.11.2017 / 05:30 am


Mario necesita dinero. Orquesta un plan para obtenerlo. Coge a su
propio hijo y lo encierra en el sótano de su casa. Luego le escribe
una carta a Humberto, su vecino, y le dice: “Si no me pagas un
rescate de 10.000 dólares no volverás a ver a mi hijo vivo”.

Por supuesto que usted ya advirtió el problema de la estrategia de


Mario. ¿Por qué Humberto pagaría un rescate para salvar al hijo
del “secuestrador”?

Ese ha sido por años el juego absurdo de las negociaciones


comerciales. Los países se negaban a bajar sus aranceles si el otro
país no los bajaba. Mientras tanto, al no bajar los aranceles
castigaban a sus propios consumidores obligándolos a pagar
precios más altos a los productores nacionales.

¿Son los gobiernos tan tontos como para hacer eso? De alguna
manera sí. Pero la verdadera razón es el interés de algunos
industriales incapaces de competir con productos extranjeros y
que presionan al gobierno para que tome de rehenes a sus propios
ciudadanos.

Hace unos días, como el Mario de nuestro ejemplo, el señor Jorge


Peschiera ha defendido en un artículo publicado en este Diario
una versión modificada de la toma de rehenes. Se le llama
el antidumping.

El invento de los derechos antidumping solo puede tener origen


en una de dos cabezas: o la de un economista desorientado o la de
un industrial interesado. O quizás en una combinación de ambas.

Para el pesar del señor Peschiera, en los últimos años los países,
mediante negociaciones, han ido reduciendo sus aranceles.

Pero para hacerlo crearon un juego de rehenes parecido, aunque


diferente. Es algo más solapa. Los países aceptan reducir sus
aranceles si se mantiene disponible un remedio que permite subir
un cobro (llamado derecho antidumping) cuando un producto
importado es demasiado beneficioso para los consumidores (en
otras palabras, cuando es muy barato).

¿Cómo sustenta Peschiera este secuestro atenuado de los


consumidores?

Primer argumento: nos dice que “Dumping es la práctica de


vender por debajo del precio normal o a precios inferiores al
costo”. Pero el precio “normal” no existe. Los precios son
dinámicos y responden a condiciones del mercado. Es como el
argumento del precio justo, solo que al revés, pues lo “normal” es
un precio más alto. El problema es que en la búsqueda del precio
“normal” la industria local puede poner precios más altos
aprovechando que se elimina parte de su competencia.

Segundo argumento: nos dice que países como China tienen “una
estrategia de largo plazo. Para adueñarse del mercado de otro país
debe destruir su capacidad de producción. Una vez logrado ese fin,
podrá elevar los precios a su antojo en el mercado conquistado”.
Interesante. Según la propuesta del señor Peschiera, las empresas
chinas van a vender por debajo del costo (incurriendo en pérdidas)
para poder subir los precios. Según esa teoría, las empresas chinas
vienen perdiendo plata hace décadas (desde que se habla
del dumping chino).¿Y qué pasará cuando suban los precios?
Pues volverán a entrar nuevos competidores. ¿Qué le asegura que
podrá, en el supuesto que su política tenga éxito, recuperar las
pérdidas que le ocasionaron sus precios bajos? Pues nada. Un
empresario tendría que ser un perfecto idiota para seguir esa
política.

En el derecho de la competencia hay una figura parecida. Se le


llama precio predatorio. Pero al menos la legislación de
competencia pide que, primero, el supuesto predador tenga
posición de dominio en el mercado (tenga poder monopólico) y
que las barreras de entrada le aseguren permanecer suficiente
tiempo como para recuperar las pérdidas. ¿Dónde están esos
requisitos en el antidumping? Simplemente en ninguna parte.
¿Y por qué? Porque a los industriales locales no les conviene, ya
que tendrían que probar algo que no existe. El dumping no es
otra cosa que un “precio predatorio bamba”.

Tercero. Según nuestro autor: “En los deportes no se permite el


‘doping’, es decir el uso de sustancias prohibidas que favorezcan a
uno de los competidores. En el comercio internacional no se
permite el dumping”. En realidad en el deporte hay algo que se
llama ‘foul’, y en el comercio algo que se llama patearle la canilla al
consumidor. Lo que busca el antidumping es desnivelar el
terreno para poder sacarnos más dinero de nuestros bolsillos.

¿A quiénes mata la
pena de muerte?, por
Alfredo Bullard
“La idea del ministro les costará la vida a las
víctimas del delito”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
“Pero si al violar a la víctima el delincuente se hace acreedor a una pena de muerte, ¿cuál es el
costo de matarla? Pues cero. Porque no se pueden aplicar dos penas de muerte a la misma
persona”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Alfredo Bullard04.11.2017 / 05:30 am

Es una tradición. Más o menos cada cinco años aparece la idea de


aplicar la pena de muerte a los violadores de menores.

No voy a analizar si ello vulnera la Constitución, o los acuerdos de


derechos humanos o las dificultades legales de reimplantar
la pena de muerte. Estoy en contra de la pena de muerte,
pero tampoco voy a invocar mis principios.

Voy a ver los problemas económicos de la pena de muerte y a


dónde nos conducen.

Cuando el ministro de Justicia propone esta sanción está


pensando algo que parece tener lógica. Un delito tan serio y
espantoso, además de ser castigado, debe ser disuadido. De hecho,
así lo ha dicho.

Bien. Entonces coloquémonos en la mente de un violador. Voy a


suponer que en todo delito, como toda persona, los delincuentes
buscan lo que les beneficia y tratan de evitar lo que les cuesta. Un
ladrón de televisores, por ejemplo, calcula intuitivamente cuánto
ganaría con un televisor robado y lo compara con el riesgo de ir
preso. Si el beneficio es mayor que el costo robará. Si no, no lo
hará.

El beneficio de un delito puede ser muy distinto: lo que me paguen


por el televisor robado, la herencia que reciba del tío asesinado, el
placer de verle la cara rota a mi archienemigo.

El costo, a su vez, depende de varios factores. El primero es cuánto


hay que gastar para cometer el delito. Lo vamos a llamar el costo
directo. Por ejemplo, para asaltar un banco tengo que comprar una
pistola y una máscara, pagarle a mis cómplices o sobornar a un
empleado del banco para que me indique dónde está la alarma
contra robos. Como toda “empresa”, para ser delincuente hay que
invertir.

Pero hay un costo (que llamaré indirecto) que es el que estamos


discutiendo: el costo de ir preso. Ese costo depende a su vez de dos
factores distintos. El primero es la magnitud de la pena
contemplada en la ley (por ejemplo, 10 años en la cárcel).

El segundo, es el hecho que los delincuentes saben que no todos


los robos son sancionados. De hecho, solo una fracción lo es. La
sanción depende, entre otras cosas, de la efectividad de las
instituciones: la policía, los fiscales, los jueces, la tolerancia de la
sociedad al delito (que aumenta o disminuye la probabilidad de ser
denunciado).

Imaginemos que se captura al responsable de uno de cada 10


robos (todos sabemos que en realidad las probabilidades son más
bajas). Un delincuente con esa información solo considerará que la
sanción por cada robo es de un décimo del total (el número de
años multiplicado por la posibilidad de ser capturado). ¿No cree
que es así? Nuestros políticos hicieron ese cálculo. A unos les ligó,
y a otros no.
Pero no solo ellos. Le aseguro que es más probable que usted se
pase la luz roja a las 3 de la mañana que a las 12 del día. ¿Por qué
si la multa es la misma a toda hora? Porque en la madrugada la
posibilidad de detección es menor que al mediodía.

Otro factor que influye en la capacidad de detección es la conducta


del delincuente. Ellos organizan su conducta para no ser
capturados (cometen delitos en la oscuridad, planean rutas de
escape, desaparecen las pruebas o borran las huellas). Los
delincuentes más exitosos son los que tienen esas habilidades.
Usted no verá un carterista que pese 120 kilos porque no será tan
ágil para huir de sus víctimas.

Esto se cumple con los violadores. Las violaciones suelen ocurrir


en lugares apartados o son cometidas por personas que por la
relación con la víctima saben que no serán denunciadas.

Otra medida efectiva para reducir la posibilidad de detección es


matar a la víctima. Es muy difícil ser condenado sin tener al testigo
principal del delito. Pero si al violar a la víctima el delincuente se
hace acreedor a una pena de muerte, ¿cuál es el costo de
matarla? Pues cero. ¿Por qué? Porque no se pueden aplicar
dos penas de muerte a la misma persona. Matar a la víctima es
una ganga: no cuesta nada y reduce sustancialmente el costo de
delinquir. Por ello, la idea del ministro les costará la vida a las
víctimas del delito. Una muy mala idea.

El error de Adam Smith,


por Alfredo Bullard
“Smith tuvo una visión extraordinaria del ser
humano y de la sociedad. Entendía perfectamente el
funcionamiento de una fuerza llamada empatía”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

"Smith tuvo una visión extraordinaria del ser humano y de la sociedad. Entendía
perfectamente el funcionamiento de una fuerza llamada empatía". (Ilustración: Giovanni
Tazza)

Alfredo Bullard28.10.2017 / 06:00 am

Jorge es un padre amoroso. Tiene dos hijos menores (de 7 y 2


años) a los que cuida con esmero. Le gusta cocinarles y, sobre
todo, prepararles la cena. A los niños no les falta nada.

Él trabaja como carnicero. Tiene una tienda propia, muy bien


surtida y exitosa por la calidad de sus productos. No es extraño
que los clientes hagan largas colas.

Mario es uno de sus clientes. Se le acerca y dice: “Jorge, mis hijos


necesitan comer. Puedes regalarme algo de carne”. Jorge lo mira
sorprendido. “¿Por qué tendría que regalarte carne para tus hijos”,
contesta. Mario le responde: “Si lo haces con tus hijos, ¿por qué no
lo harías con los míos? Tienen la misma edad”.

“Son tus hijos, no los míos. Encárgate tú de ellos”. Mario lo mira y


dice: “¡Antipático! Actúas solo guiado por el dinero y el interés”.
Jorge, que además de carnicero es muy leído, le recita de memoria
una frase de Adam Smith, de su libro “La riqueza de las
naciones” (quizás la frase más famosa de la historia de la
economía): “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero
y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su
propio interés”.

“La riqueza de las naciones” (cuyo nombre en realidad es bastante


más largo) es considerado el libro que fundó la economía y la obra
más famosa de Smith. Es tan famosa que dejó en segundo plano
quizás su obra más importante: “La teoría de los sentimientos
morales”, posiblemente la obra que fundó la psicología.

Smith, en “La teoría de los sentimientos morales”, parece


desmentir su propio ejemplo del carnicero. Allí dice: “…el ser
humano, que solo puede subsistir en sociedad, fue preparado por
la naturaleza para el contexto al que estaba destinado. Todos los
miembros de la sociedad necesitan de la asistencia de los demás
[…]. Cuando la ayuda necesaria es mutuamente proporcionada por
el amor, la gratitud, la amistad y la estima, la sociedad florece y es
feliz”.

Esta idea de Adam Smith ha sido comparada con el ejemplo del


carnicero y se ha sentenciado que es contradictoria. Para
algunos, Adam Smith pasó de ser un filósofo moral a cometer un
error que lo llevó a fundar la economía. Este problema es conocido
como el ‘Adam Smith mistake’ (“El error de Adam Smith”). Y
de allí se deriva la frase, tan repetida, que para Adam Smith el
ser humano es egoísta.

Pero a Smith hay que leerlo completo. Líneas más abajo, en la


misma “Teoría de los sentimientos morales”, Smith dice: “Pero
aunque la asistencia necesaria no sea prestada por esos motivos
tan generosos y desinteresados, aunque entre los distintos
miembros de la sociedad no haya amor y afecto recíprocos, la
sociedad, aunque menos feliz y grata, no necesariamente será
disuelta. La sociedad de personas distintas […], como la de
comerciantes distintos, en razón de su utilidad, sin ningún amor y
afecto mutuo […] podrá sostenerse a través del intercambio
mercenario de buenos oficios de acuerdo con una evaluación
consensuada”.

Smith tuvo una visión extraordinaria del ser humano y de la


sociedad. Entendía perfectamente el funcionamiento de una fuerza
llamada empatía (de origen evolutivo), que es el deseo natural de
asistir, apoyar y simpatizar con nuestros seres queridos y amigos.
Con ellos no es necesario pagar ni celebrar contratos para obtener
colaboración. Así funciona la familia, el clan o la tribu. Los padres
no le venden la comida a sus hijos ni estos cuidan a los primeros
de viejos por dinero.

Pero el desarrollo económico se genera en la gran sociedad. Para


mejorar requerimos de relaciones impersonales. Usted está
leyendo en este instante, a cambio de un pago, un periódico que se
generó por la interacción de millones de personas y que necesita
de ingentes recursos: papel, periodistas, computadoras, vehículos,
etc. Pero usted quizás no conozca a ninguno de los involucrados
(salvo el canillita). Recibe lo que quiere sin necesidad de tener
empatía con todas las personas que lo producen. Así recibimos
alimentos, vestido, transporte, telecomunicaciones y todo lo que
necesitamos para sobrevivir sin tener empatía con los que nos los
suministran. A eso le llamamos mercado.

Y es que el error de Adam Smith no está en lo que dijo sino en


quienes lo leen mal y por pedacitos.
La ‘Ley Cánepa’, por
Alfredo Bullard
“Esa norma dejaría desnudos a los centros arbitrales
en su capacidad de controlar quiénes arbitran en sus
casos”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

“Sería bueno que se explicara por qué se han copiado el proyecto de ley Cánepa preparado
por Eguren”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Alfredo Bullard21.10.2017 / 05:30 am


A veces se abusa de nuestra falta de memoria para vendernos gato
por liebre. Les cuento un ejemplo.

Durante el 2016, en el anterior Congreso, saltó un proyecto de ley


empujado por el congresista Juan Carlos Eguren del PPC. Su
intención era limitar la capacidad de los centros de arbitraje para
elegir a quienes se podían nombrar como árbitros. Esa es una
facultad que en el mundo entero existe para darle a los centros la
capacidad de controlar la idoneidad de los árbitros. Así como un
estudio de abogados tiene la facultad de elegir a sus abogados
según sus capacidades, en el arbitraje pasa lo mismo.

¿Por qué Eguren hizo eso? Varios centros arbitrales se habían


“puesto las pilas” y comenzado a establecer listas de árbitros más
rigurosas e incluir un requisito de confirmación, que les permitía
sujetar el nombramiento de árbitros a la aprobación por el centro
en base a la de idoneidad para asumir el arbitraje.

Eguren pretendía por ley desaparecer esa facultad. Sus


argumentos iban desde permitir el derecho al trabajo (como si un
árbitro fuera un empleado) hasta la afectación de la libertad de las
partes. Pero no consideraba que eran las partes quienes habían
acordado ir a ese centro. El procedimiento de elección de árbitros
era en realidad un acuerdo entre ellas.

Pero como buen congresista, Eguren ocultó sus verdaderas


intenciones. Cuento aquí la historia completa, tal como la relaté en
un artículo publicado en esta misma página (“Con nombre y
apellido”, 7 de mayo del 2016).

Un amigo de Eguren y miembro de su partido político (el PPC)


integraba la lista de un prestigiado centro arbitral. El centro inició
un proceso de reincorporación de árbitros a su lista. En ejercicio
de su libertad (un centro arbitral es una institución privada y como
tal es libre de elegir quién integra su lista de árbitros) decidió no
aceptar la solicitud del amigo de Eguren.
El nombre de su amigo: Horacio Cánepa. Efectivamente. Es el
árbitro que según una reciente investigación del diario “El País” de
España habría recibido de Odebrecht fondos en una cuenta
bancaria en Andorra. El PPC lo ha suspendido en medio de voces
para expulsarlo. Por supuesto que a Cánepa le beneficia la
presunción de inocencia. Pero ese es otro asunto.

Cánepa me denunció penalmente por supuestamente haber


afectado su honor con mi artículo. Durante el juicio aparecieron
documentos interesantes: cartas de Eguren a centros arbitrales
pidiéndoles explicaciones por limitar el ingreso de Cánepa e
incluso una carta, en papel membretado del Congreso,
intercediendo ante el OSCE para que inscribiera a su
“amigo Horacio Cánepa” (así lo dijo literalmente en su carta)
como árbitro a pesar de no cumplir con los requisitos
reglamentarios.

Apenas unas cuantas semanas antes de que el diario “El País”


publicara la investigación sobre Cánepa, este desistió de su
denuncia en mi contra.

Con tremendo escándalo, el proyecto cayó en el olvido. Uno podría


esperar que sería el fin del asunto. Pero no fue así. Parece fácil
aprovechar la amnesia colectiva. El proyecto ha resucitado y ha
sido empeorado.

Sería bueno que se explicara por qué se han copiado el proyecto de


ley Cánepa preparado por Eguren.

Lo cierto es que esa norma dejaría desnudos a los centros


arbitrales en su capacidad de controlar quiénes arbitran en sus
casos. Pero además, alejaría al Perú de los más altos estándares
internacionales. El Perú es el país latinoamericano de más
crecimiento en arbitrajes de la Corte de Arbitraje de la CCI, el
centro de arbitraje más prestigiado del mundo ubicado en París, y
que justamente tiene como estándar la confirmación de árbitros.
Y no solo eso. No se podría arbitrar con la ‘Ley Cánepa’ en otros
centros arbitrales reconocidos internacionalmente como la propia
CCI, el International Centre for Dispute Resolution (ICDR), la
American Arbitration Association, la London Court of
International Arbitration (LCIA), el Hong Kong International
Arbitration Centre o el Singapore International Arbitration Centre
(SIAC), que nos garantizaría un arbitraje limpio y de alta calidad.
Curiosamente no cumplirían con una ley tan absurda. Ningún
centro de arbitraje prestigiado deja de tener listas o sistema de
confirmación de árbitros.

Y es que antes de tratar de aprovecharse de nuestro olvido, en el


Congreso deberían ser transparentes y explicarnos por qué se
empuja la ‘Ley Cánepa’.

¿Qué más se puede


pedir?, por Alfredo
Bullard
“Jorge empujó un proceso de cambio dramático. El
alumno debe aprender pensando; algo tan obvio que
no se hacía y aún hoy muchos no hacen”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Jorge es un poder propio. Su capacidad de hacer cosas no depende de cargos o del favor de
otros". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard14.10.2017 / 06:00 am

El fin de la vida se presta para el adjetivo fácil. Y es que es difícil (y


políticamente incorrecto) no hablar bien de una persona que acaba
de morir. Y ello crea un problema: es difícil hablar realmente bien
de alguien que nos acaba de dejar sin que lo que se dice no sea
considerado una exageración justificada por las circunstancias.

Pero hoy (se lo aseguro) no voy a exagerar. Nada de lo que diga


está motivado por la cercanía de su muerte. He dicho lo mismo de
él mucho antes y muchas veces. No voy a regalar ningún adjetivo
ni voy a pintar las cosas para que se vean mejor.

Jorge Avendaño es una de las personas que más influyeron en


mi vida. Pero eso no importa tanto. Soy solo uno y puede ser que
usted considere esa influencia como irrelevante o intranscendente.

Pero es uno de los profesores y uno de los abogados que conozco


que ha influido en más gente. Y no es cualquier influencia. Ha
marcado las vidas de miles.
Todo lo que hacía tenía efecto multiplicador. Antes de él todos los
profesores de Derecho enseñaban repitiendo un rollo.
El alumnotenía que aprender lo que se le decía como se le decía.
Aprender era un proceso de transferencia de información similar a
llenar el tanque de gasolina de un carro.

Jorge empujó un proceso de cambio dramático. El alumno debe


aprender pensando; algo tan obvio que no se hacía y aún hoy
muchos no hacen. Y es que el mundo profesional no es uno de
paporreteo y de teoría pura. Los casos no se ganan con esgrima
conceptual. Los abogados resuelven problemas y enseñar a ser
abogado es enseñar a resolver preguntas de verdad, que ayuden a
personas de carne y hueso.

Quien ha estado en una clase de Jorge (o de alguien que siguió


sus enseñanzas) sabrá que la clase es un intenso interrogatorio, en
el que el profesor bombardea a los alumnos y exige una
participación activa sin la cual no se aprende.

Se llamaba el método activo. Lo tomó del sistema de enseñanza


norteamericano. Pero lo difundió y ejecutó con singular éxito
durante toda su vida. Estoy seguro de que el sistema legal peruano
sería muy distinto sin toda la influencia positiva que él generó.

Y Jorge no se limitó a la academia. Era un abogado con mucho


poder. Capaz de explicar lo complejo en sencillo y de convertir un
concepto en un argumento contundente. Si usted cree que todos
los abogados hablan en difícil es porque nunca lo escuchó.

Pero fue ante todo un hombre de universidad, y en especial de


una: la Pontificia Universidad Católica del Perú, en donde fue
vicerrector y decano de la Facultad de Derecho. Lo fue a tal nivel
que habiendo ocupado los más altos cargos públicos, habiendo
sido decano del Colegio de Abogados en los tiempos en que ese
cargo tenía un significado, habiendo recibido distinciones de
diversas universidades y reconocimientos de muchas instituciones,
decía que “de ninguna institución quisiera recibir un
reconocimiento más que de mi propia universidad”. Por eso los
amigos que fuimos a despedirnos de él pudimos ver sobre su
féretro la bandera de la Católica. Nada le hubiera gustado más y lo
hubiera hecho sentir más orgulloso.
Fue un amigo grande, enorme. Tenía una intuición, casi de
psíquico, para descubrir en quién confiar. Y tenía la capacidad de
depositar confianza con una generosidad que generaba
compromiso incondicional.

Jorge es un poder propio. Su capacidad de hacer cosas no


depende de cargos o del favor de otros. No deriva su poder de otro
lugar. Él se bastaba a sí mismo para generar el cambio.

Vivió con intensidad. Así lo sintió siempre su familia, sus amigos,


sus colegas y sobre todo sus alumnos, a los que dedicó su vida
entera. Con una vida así, ¿qué más se le puede pedir?

Por eso antes que una partida que lamentar, la suya es una vida
que celebrar.

Pero al margen de todo lo que hizo, mi recuerdo favorito es


cuando, luego de una respuesta inteligente de
un alumno, Jorge le regalaba una mirada cómplice y una sonrisa
traviesa, y lo piropeaba, con su voz ronca, de una manera muy
suya diciéndole: “Qué se habrá creído este mojonete”.

Dinero repugnante, por


Alfredo Bullard
“Muchas veces nos repugna darle valor monetario a
ciertas cosas. Pero no es fácil explicar el porqué”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"No es sencillo encontrar por qué nos repugnan ciertas cosas". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard07.10.2017 / 06:00 am

En 1998 un referéndum aprobó, con el 60% de los votos, la sección


598 del Código Penal de California. Según la norma: “Ningún
restaurante, café o lugar de expendio de comida al público puede
ofrecer carne de caballo para consumo humano”.

Para el premio Nobel de Economía Alvin E. Roth, la norma no


regula la calidad de la carne. Un caballo y una vaca son diferentes,
pero no está claro por qué esas diferencias justifican que no nos
preocupe el consumo de carne vacuna y sí el de carne equina. No
es que te estén dando “gato por liebre”. No importa que te digan
que es de caballo. Pero los californianos no solo no desean comer
carne de caballo, sino que encuentran repugnante que cualquier
otra persona lo haga. Así que si usted disfruta de la carne de
caballo, no le recomiendo ir a California.
La repugnancia es tratada por Roth como un aparente límite al
mercado. Sin embargo, no es sencillo encontrar por qué
nos repugnan ciertas cosas.

Uno de los ejemplos claros de repugnancia es el uso


del dineropara ciertas operaciones. Un ejemplo es la venta de
órganos. La donación de un riñón es vista como un acto de
suprema humanidad, sobre todo si salva una vida. Pero la venta de
un riñón, por más que el consentimiento sea libre de coacción y
bien informado, nos repugna. Curiosamente, no nos repugna de
la misma manera que miles de personas mueran todos los años en
colas de espera de un trasplante. Si la venta se permitiera,
aumentaría la oferta de riñones para trasplantes y moriría menos
gente.

Aceptamos el sexo consentido, pero nos repugna la prostitución o


la pornografía porque hay dinero de por medio. Los niños
pueden jugar Monopolio con billetes falsos, pero si juegan
con dinero de verdad nos repugna, a nivel tal que muchos
países prohíben las apuestas. Como se pregunta Michael Sandel:
¿Promovería la lectura entre sus hijos pagándole dinero por cada
libro que lean? ¿No le repugnaofrecerle dinero a su hijo por
cada punto que obtenga en sus notas del colegio?

Muchas veces nos repugna darle valor monetario a ciertas cosas.


Pero no es fácil explicar el porqué. El dinero es, a fin de cuentas,
un simple medio de intercambio, un papel que representa un valor
para facilitar el tráfico de bienes y servicios. ¿Por qué entonces
genera esa reacción?

Regresemos al ejemplo de los trasplantes de órganos. Quizá si una


persona necesita un trasplante de riñón y otra uno de médula nos
parezca legítimo que cambien riñón por medula. Pero
nos repugnaque alguien venda su riñón para poder, con
el dinero obtenido, pagarle a un “donante” por el riñón que
necesita o, peor aún, usar el dinero para irse de viaje a Europa.
¿Por qué el dinero lo vuelve repugnante?
Imagínese que usted es un economista que cree en el mercado.
Uno de sus hijos le pide a otro que le convide un pedazo de su
chocolate. El que tiene el chocolate le contesta que le vende el
pedazo. Es posible que usted, como padre, a pesar de creer en el
libre intercambio, rechace la transacción y le diga a sus hijos que
en la familia esas cosas no se cobran. Pero acto seguido va usted a
una tienda y sin ningún escrúpulo le paga al tendero 2 soles por el
mismo chocolate. ¿Por qué eso no le repugna?

En la prehistoria, dentro de la tribu, la forma de obtener lo que se


necesitaba era la colaboración. En un mundo sin propiedad,
contratos ni mercados, quienes no eran colaborativos no
sobrevivían. Ello nos sesgó evolutivamente a ser solidarios dentro
del grupo pequeño. Pero esa colaboración no es fácil de obtener en
la gran sociedad. Uno espera que su hermano sea solidario, pero
no que el tendero vaya por la vida convidando chocolates.
El dinero es contrario al sesgo solidario, pues consigue
colaboración sin sentimiento ni emociones vinculadas a la
solidaridad.

No es la solidaridad del carnicero (en la gran sociedad) la que hace


que este colabore con nosotros, sino su propio interés, diría Adam
Smith en “La riqueza de las naciones”. Y tiene razón.
Con dinero consigues colaboración sin amor ni cariño. En ciertas
situaciones conseguir dicha colaboración
con dinero nos repugna, pues estamos genética y culturalmente
condicionados. Pero en el mundo moderno ese sesgo nos limita sin
una razón lógica.

‘Colones’ legítimos, por


Alfredo Bullard
“La reventa de entradas nos parece inconcebible.
Pero, la verdad, no está muy claro por qué no es una
actividad legítima”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

"La reventa de entradas despierta pasiones tan intensas como la pasión por clasificar al
Mundial". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard30.09.2017 / 06:00 am

Estuve en Disneyworld con mi hija Inés. En la atracción La Mina


de los Siete Enanos, las colas son interminables. Duran más de
dos horas.

Nos levantamos a las 7 a.m. para ser los primeros en la cola de


entrada del parque. Nuestro plan era que, abierto el parque, nos
dirigiríamos directo a la atracción antes de que haya cola.
Corrimos pero al llegar nos dimos con la sorpresa que ya había
una cola de más de 90 minutos. No pudimos subir.

¿Qué ocurrió? Disney permite a quienes se hospedan en sus


hoteles entrar una hora antes al parque. No importaba que
hubiéramos llegado más temprano. Los huéspedes de los hoteles
se te colaban. Pagando un hotel más caro comprabas
indirectamente mi lugar en la cola.

En otro parque, Universal Studios, la venta del derecho


a colarse es menos sutil. Por 40 dólares adicionales compras un
‘express pass’. Con él entras en las atracciones a una cola mucho
más corta. El resto de los mortales ve, con rabia y envidia, que les
pasas por delante. El eslogan del ‘express pass’ te anuncia como un
‘colón’ legitimo: ‘Skip the regular lines’ (“Sáltate
las colas regulares”).

Pero saltarse las colas es aun más común. En un teatro o en un


concierto suelen ser más apreciados los sitos más cercanos al
escenario. Si usted llega primero, antes de que abra la taquilla, se
dará con la sorpresa que ello no le asegura tener los mejores
lugares. Tiene que pagar precios más caros por el asiento. No
importa que la butaca sea igualita. Si no pagas el precio de una
entrada premium, acabas en la cazuela.

¿Y qué piensa del siguiente ejemplo? Usted llega temprano a hacer


su cola para comprar entradas para el partido Perú-Colombia.
Hay algunas personas delante de usted. De pronto, el señor que
está exactamente delante de usted, a cambio de algo de dinero, le
cede su sitio a otra persona. Ojo que la persona que recibe el
dinero se va.

Usted está en el mismo puesto que antes. Ahora hay alguien


distinto delante. Pero a usted (como me paso a mí en el tren de los
enanos, al que le pasan por delante el que tiene un ‘express pass’
en Universal o el que está sentado en cazuela viendo al
protagonista de la obra de teatro con largavista) le da mucha rabia.
Y es que el de delante no hizo cola, sino que compró su sitio.

La reventa de entradas es, finalmente, pagar extra por estar


delante en una cola. Si usted quiere ir a una obra de teatro en
Broadway, sabe que, si las localidades están agotadas, puede
obtener entradas en reventa. Más caras, sí, pero le permiten ir a
ver el espectáculo si no tuvo oportunidad o el tiempo de hacer
la cola. Se está colandodelante de quienes no están dispuestos a
pagar lo mismo que usted.

La reventa de entradas despierta pasiones tan intensas como la


pasión por clasificar al Mundial. Nos parece inconcebible. Pero, la
verdad, no está muy claro por qué no es una actividad legítima. Sin
embargo, la satanizamos y consideramos a los revendedores como
unos delincuentes.

Pero lo cierto es que las entradas son bienes escasos y hay diversas
formas de asignarlas. Una es entregándolas a quien primero llega
(es decir, por el orden de la cola). O podemos hacer un sorteo o
entregarlas según un privilegio (los más inteligentes, los más
viejos, los que tienen mejores cargos políticos). O podemos usar el
mercado (por medio de precios y reventas). Lo bueno del sistema
de precios es que asigna las entradas a quien más las valora. No
todos tenemos los mismos recursos. Usualmente, el primero de
la cola tiene un recurso importante para estar adelante: tiempo. Y
nuestro tiempo es, a fin de cuentas, algo que es legítimo vender a
otros. ¿Acaso no puedo pagarle a alguien para que vaya a comprar
una entrada por mí? Entonces, ¿por qué no puedo pagarle por la
entrada que compró?

Algunos tienen dinero para comprar en reventa. ¿Por qué preferir


a quien tiene tiempo o a quien tiene dinero? En realidad, son dos
formas de expresar cuánto valoro ir al estadio. Ambas permiten
una mejor asignación de los espacios, de manera que vayan al
partido quienes más lo valoran. Eso no puede ser tan malo.

Pobres pero iguales, por


Alfredo Bullard
“Si alguien pretende ganar más con un producto
malo y caro, verá al consumidor prefiriendo a la
competencia y terminará saliendo del mercado”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

“El libre mercado solo puedo ganar enriqueciendo a los demás”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Alfredo Bullard23.09.2017 / 06:00 am

El destacado liberal guatemalteco Manuel Ayau, fundador de la


Universidad Francisco Marroquín, decía que en una verdadera
economía de libre mercado no es posible enriquecerse sin
enriquecer a los demás.

Por supuesto que esa idea despierta reacciones de lo más


variopintas. Algunos dirán (siguiendo a Marx, muchas veces sin
siquiera saber que lo están siguiendo) que el libre
mercado genera precisamente lo contrario: el empobrecimiento
de unos a expensas de unos pocos. Para ellos, la riqueza es
consecuencia de la apropiación por los empresarios de la plusvalía
generada por los trabajadores.
Otros dirán que el mercado empobrece a los consumidores
quienes compran productos caros y malos cediendo recursos a
quienes los producen.

Y otros dirán que el mercado produce una mala distribución como


consecuencia de las reglas que aplica y con ello abre la brecha
entre pobres y ricos generando así más pobreza.

Pero Ayau tenía razón. Las tres posiciones que cito parten de
varios errores conceptuales y prácticos bastante obvios.

El primero es el concepto mismo de libre mercado. La idea


enunciada se refiere a “un verdadero libre mercado”. Y “libre
mercado” no es la piñata que se construye para pegarle palazos a
algo que no es.

“Libre mercado” significa una economía abierta, en la que la


libertad de entrada a la actividad económica no tiene barreras ni
privilegios. No hay limitaciones a las importaciones ni al
establecimiento de nuevos negocios. No hay regulaciones
diseñadas para elevar los costos de entrada a potenciales
competidores. No existen barreras burocráticas, ni las alianzas
nefastas entre los gobiernos y ciertos empresarios para impedir la
competencia.

La piñata se crea entonces confundiendo el libre mercado con


su antípoda: el mercantilismo. El mercantilismo es el sistema
nefasto en el que lo que uno gana se obtiene del favor generado en
el pasillo del ministro y no de la captación legítima de la
preferencias de los consumidores. El mercantilismo es un sistema
institucionalizado de robo, donde las empresas que obtienen el
favor político pueden meter su mano en el bolsillo de los
consumidores ofreciendo malos productos a precios altos. Sin la
disciplina de la competencia efectivamente es posible enriquecerse
empobreciendo a los demás. Y libre mercado significa
precisamente generar un sistema bajo la disciplina competitiva.

Pero en el libre mercado solo puedo ganar enriqueciendo a los


demás. Si tengo competencia tendré que persuadir a los
consumidores de que adquieran mis productos o servicios. Ello
solo se logra con calidad, precios bajos o una combinación de
ambas cosas (mejor calidad a menor precio).

Con competencia real, a diferencia de lo que ocurre bajo el


mercantilismo, un consumidor, luego de una compra, está mejor
que antes. Recibió algo (por ejemplo un par de zapatos) que valora
más de lo que cuesta. Por tanto ganó algo. Gastó 100 para comprar
unos zapatos que valora en 150. Como es obvio, nadie que valora
unos zapatos en 80 pagaría 100 por ellos.

Cada operación de mercado que realizamos nos coloca en una


situación mejor que la anterior. Ambos, el consumidor y el
proveedor ganan. Los economistas lo llaman “un juego win win”
(ganador ganador) pues los dos lados de la operación ganan.

Si alguien pretende ganar más con un producto malo y caro, verá


al consumidor prefiriendo a la competencia y terminará saliendo
del mercado.

Lo mismo ocurre con los trabajadores. En un libre mercado el


pasar de desempleado a empleado genera una ganancia a quien
consigue trabajo. Ese trabajo se genera con inversión de capital. Y
a quien lo invierte le genera la oportunidad de producir y con ello
mejorar. En lo laboral el juego también es “win win”.

Un error conceptual adicional es confundir eliminación de pobreza


con igualdad de ingresos. Lo cierto es que uno puede igualar los
ingresos y generar más pobreza. De hecho, es lo que suele pasar
con las políticas de igualación, como ocurre en Cuba, Venezuela o
Corea del Norte.

Tomemos dos países de la región. Chile es uno de los países con


mayor desigualdad de ingresos. Honduras, en cambio, es uno de
los países más iguales. Si uno le preguntara a un pobre chileno si
prefiere vivir en Honduras donde todos son más iguales (es decir
más igualmente pobres), posiblemente preferirá quedarse en
Chile. Y es que la gente, antes que ganar lo mismo que otros, lo
que busca es ganar más y vivir mejor.

Fujilandia, por Alfredo


Bullard
“El poder puede cambiar algunas cosas. Pero no
puede cambiar la verdad”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"La razón es ser conscientes de que podemos esperar muy poco de nuestra razón si es que no
nos abrimos a debatir y tolerar la razón de los demás". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard16.09.2017 / 06:00 am

Antes de morir, el emperador llamó a la princesa a su habitación.


Quería darle a su hija los consejos necesarios para ser una buena
emperatriz.

“El poder es la única verdad. Si no entiendes eso, nunca podrás


gobernar”. La joven princesa no entendió muy bien.

Al morir su padre se dio pronto cuenta de que decidir era fácil.


Decía algo y se convertía en orden. Y la orden se cumplía. ¡Quizás
eso le había querido decir su padre! Basta ejercer el poder para
que ese ejercicio se convierta en verdad.

Al principio comenzó con decisiones aparentemente simples.


Ordenó que se construyera un puente sobre el río. A las pocas
semanas los habitantes del imperio lo cruzaban sin problema.
Ordenó levantar un monumento a su padre. En un mes una
imponente estatua se levantaba sobre la plaza principal. Entonces
ordenó que cuando ella saliera a pasear los domingos por la ciudad
no hubiera ciudadanos en las calles. Los soldados se encargaron de
mantener a todos en sus casas.

Las palabras de su padre fueron tomando sentido. Los puentes, los


monumentos y las calles vacías se convirtieron en verdad con solo
ordenarlo. “El poder es la única verdad” pensó. Veía también que
sin poder las cosas no se convertían en realidad. Si la gente
reclamaba libertad de protestar contra el gobierno, la libertad no
aparecía y, por el contrario, ella podía privar a las personas de
libertad. ¡Cuánta razón había en las sabias palabras de su padre!

Decidió entonces declarar que las personas no tenían derechos. Y


la milicia se encargó de que los derechos desaparecieran. Pero
algunos jueces contradijeron sus órdenes. Entonces ordenó que los
jueces fueran destituidos y reemplazados por magistrados fieles al
imperio. Y, al menos en apariencia, los derechos desaparecieron.

Pero para que el poder se convirtiera en verdad requería más


recursos. Ya no había dinero para hacer más monumentos a su
padre ni para pagar a suficientes soldados para que sus órdenes se
convirtieran en verdad. Y ordenó que los impuestos subieran. Pero
la gente ya no tenía dinero para pagarlos. Entonces ordenó que
todos eran ricos para pagar los impuestos, y quien lo negara iría
preso.
Y declaró que si el imperio robaba a los ciudadanos no era delito. Y
que el delito era, por el contrario, oponerse al robo. Pero las arcas
del imperio seguían vaciándose.

Y un día, en un acto público, frente al pueblo en la plaza principal,


se cayó y todos se rieron. Entonces ordenó que la gravedad ya no
era una ley y que nadie ni nada debía caerse. Pero las personas y
las cosas se siguieron cayendo.

El pueblo cansado se rebeló. La emperatriz ordenó que las


rebeliones no existían. Pero nada pasó. La rebelión creció y creció
incontenible. El pueblo tomó palacio y la capturó. Fue juzgada y
condenada a muerte. Al leerse la sentencia levantó la voz, dijo:
“¡Soy inocente!”. Acto seguido, ordenó que era inmortal. Cuando el
verdugo ejecutó la sentencia, la orden de la emperatriz no
funcionó. En su último instante de vida la emperatriz se preguntó
qué había fallado con la sabiduría de su padre.

El poder puede cambiar algunas cosas. Pero no puede cambiar la


verdad. La arbitrariedad no se vuelve verdad solo porque se ejerza
el poder. Hay principios y valores que son lo que son al margen
del poder que se use para cambiarlos. Los derechos, como la
muerte, no desaparecen por que se ordene que desaparezcan. Solo
la razón, y no el poder, nos ayuda descubrir la verdad.

Karl Popper decía que la verdadera razón es la de Sócrates y su “Yo


solo sé que nada sé”. Es la capacidad para descubrir cuáles son
nuestras verdaderas limitaciones. Es la modestia de aquellos que
son conscientes de que pueden estar equivocados y de cuánto
dependemos de los demás para conocer la verdad. La razón es ser
conscientes de que podemos esperar muy poco de nuestra razón si
es que no nos abrimos a debatir y tolerar la razón de los demás.

Pero luego de ver y escuchar a los Becerriles o a las Alcortas en la


discusión sobre la cuestión de confianza del Gabinete Zavala,
¿diría que tienen algún tipo de razón? Siguen creyendo que
“El poder es la única verdad”.

Canción inconclusa, por


Alfredo
Bullard
“Cuba exporta los cantos de protesta pero no tolera
cantos de protesta contra su gobierno y su
revolución”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

"La música le da sentido a muchas cosas. Llena vacíos. Evoca el recuerdo alegre y cubre el
triste.". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard09.09.2017 / 06:00 am

Friedrich Nietzsche decía que “sin música la vida sería un error”.


Y tenía razón. La música le da sentido a muchas cosas. Llena
vacíos. Evoca el recuerdo alegre y cubre el triste. Le da
movimiento a la felicidad y viste con melancolía a la tristeza. En
un mundo sin música todos estaríamos un poco sordos.

Pocos pueblos lo entienden tan bien como el cubano. Es imposible


recorrer más de dos o tres cuadras de La Habana sin escuchar
una música contagiosa. No importa la categoría del café, bar o
restaurante. No interesa si es pituco o modesto. Ni la calle se libra
de un son contagioso o nostálgico. O quizás contagioso y
nostálgico a la vez.
La Habana debe ser la ciudad más musical del mundo. Y no es
cualquier música. No importa el instrumento o el ritmo. No
interesa si es son cubano, bolero, vals criollo, vallenato, salsa,
merengue, jazz o música clásica. No importa cómo están vestidos
o qué tan nuevos o desgastados están sus instrumentos.

Tampoco importa la edad. Niños, jóvenes adultos o viejos tocan,


cantan y bailan como si fuera lo último que les queda hacer en la
vida. Estuve en un concierto de Omara Portuondo, la diva de
Buena Vista Social Club. Sigue cantando con sentimiento y
meneándose con ritmo a los 86 años. Hizo bailar de pie al público.

Con un amigo (Narghis Torres) nos preguntábamos cómo un


pueblo tan oprimido puede cantar de esa manera. ¿Cómo han
desarrollado tanto arte en medio de tanta represión y dificultades?
Narghis se animó a lanzar una respuesta: “Es como cuando te
quedas ciego; tu oído se desarrolla para intentar cubrir el vacío
que te deja la vista”. Y tiene razón.

El ser humano, por naturaleza, ama la libertad. Si se la quitan en


un aspecto, pues la busca en otro. La libertad es como el aire. Sin
él no respiras. Si uno se ahoga, busca desesperado dónde
encontrar una bocanada. Finalmente, la música es libertad.

Cuba ha exportado su música a todo el mundo. La romántica y la


bailable. Y también la de protesta. Silvio Rodríguez y Pablo
Milanés le cantaron la revolución a la izquierda e inspiraron a
juventudes enteras a pensar como ellos. En los años setenta y
ochenta, generaciones enteras crecieron creyendo que la
revolución cubana era una maravilla y que ningún país era más
libre y justo.

Curiosamente, Cuba exporta los cantos de protesta pero no tolera


cantos de protesta contra su gobierno y su revolución. No hay
cantos que pidan elecciones, ni alegorías a la epopeya de balseros
cubanos huyendo de la isla, ni odas al mercado o al libre albedrío.
Libertad significa otra cosa en los cantos cubanos. Así salvan su
significante en las letras, pero pierden su significado.

Y es que la música cubana está incompleta. La gente no puede


cantar cualquier cosa. No se puede usar la música para criticar a
Fidel, a Raúl o al Che. Los cubanos, para cantar, son medio libres o
casi libres, que, como diría Silvio Rodríguez, no es lo mismo, pero
es igual.
La libertad incompleta, no es libertad. Ser libre a medias equivale
a no serlo. Si la música es expresión del alma, el que ciertas almas
no puedan cantar significa que las han silenciado. Una lástima que
tanto talento no pueda cantarles a todos los ideales, a todos los
héroes o a todos los amores.

La música es parte de la libertad de expresión. Y puede ser una


forma particularmente bella de expresarse. La censura nos priva
no solo de libertad, sino del derecho a disfrutar de ciertas formas
de belleza. Como la libertad, un arte a medias es un arte cojo,
castrado, incapaz de alcanzar su plenitud.

Tchaikovski, el genial compositor ruso, decía “en verdad, si no


fuera por la música, habría más razones para volverse loco”. Al
menos el pueblo cubano tiene en la música distracción y
consuelo. Y, ojalá, pronto puedan cantarle a quien quieran, lo que
quieran y como quieran. Solo entonces el arte musical cubano
estará realmente completo.

Ladrón que roba a


ladrón, por Alfredo
Bullard
“En Cuba rige un apartheid, pero no racial. Es más
sofisticado pero igual de cruel”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

"Uno puede encontrar buenos servicios y adquirir bienes relativamente baratos, pero estos
son inaccesibles para los cubanos". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard02.09.2017 / 06:00 am

Marco Antonio es taxista en La Habana. Estudió en la universidad,


pero ser taxista es mucho más rentable que ejercer su profesión.
Eso pasa con la mayoría de los profesionales. Estudiar muchos
años no hace realmente diferencia. El sueldo de un cubano suele
encontrarse entre 9 y 12 dólares mensuales.

“Nadie puede sobrevivir con ese sueldo”, me comentó Marco


Antonio. “Tienes que hacer malabares. Aquí solo se sobrevive
robándole al Estado. Cuando te presentas para un empleo [casi el
único empleador es el Gobierno] y te dicen cuál va a ser el sueldo,
la primera pregunta a quien te entrevista es si se puede sacar algo
más. Si te dicen que el sueldo es todo, no aceptas. Pero a veces te
dicen que te puedes llevar un poco de carne, o de queso, o
quedarte con algo de dinero que administras. Con eso sacas algo
más”.

Por ejemplo, me contó que en los peajes en la carretera los cajeros


te cobran y no te dan boleto. Allí añades algo a tu sueldo. Días
después, viajando por la carretera, comprobé que era cierto.

“El robar no es la excepción. Es la regla. Todos lo saben. Pero


también saben que es necesario. Si no robas al Estado no
sobrevives”.

Los taxistas trabajan en carros de propiedad del Gobierno. Pagan


un alquiler más un impuesto. Pero muchas veces el que recibe el
taxi no es el que lo trabaja. “Yo soy el asistente del taxista”, me dijo
otro chofer. “En realidad yo trabajo y él se queda con la
diferencia”.

El taxi (que es bastante más caro que en Lima) es un servicio para


los turistas. El cubano difícilmente puede pagar uno. “Aquí tienes
que conseguir trabajo en turismo: taxi, buses turísticos,
restaurantes, cafeterías, hoteles u hospedajes en las casas. Con un
pequeño negocio o con propinas puedes sobrevivir. Por eso todos
quieren trabajar en turismo. Pero no es fácil conseguir un puesto”.

En Cuba rige un apartheid, pero no racial. Es más sofisticado pero


igual de cruel. Está basado en la moneda. Curiosamente, hay dos
monedas oficiales. La primera es el peso cubano (conocido como
cup). Con ellos les pagan su sueldo a los cubanos. La segunda es el
peso convertible (o cuc) que es el que te cambian en las casas de
cambio (cadecas) si tienes moneda extranjera. Un peso convertible
(que equivale a un dólar) vale 25 veces un peso cubano. Si dejas 10
dólares de propina, has pagado a alguien el sueldo de un mes.

Ello crea una economía dual que impide a los cubanos tomar taxis,
ir a un restaurante o alojarse en un hotel para turistas. Uno puede
encontrar buenos servicios y adquirir bienes relativamente
baratos, pero estos son inaccesibles para los cubanos. Es un
sistema de

Ello crea una contradicción. En teoría, los pesos convertibles son


solo para los extranjeros, pero estos los usan para comprar bienes
y contratar servicios a cubanos. Por eso los cubanos se pelean por
entrar al turismo. Quieren agarrar algo del “chorreo” de un
sistema que los margina.

Pero incluso la efímera prosperidad generada para algunos


cubanos que tienen o trabajan en un negocio turístico es castigada.
Otro taxista me decía: “Si te va bien, el Gobierno se preocupa y te
cierra. A mí me han dicho que en otros lugares el éxito se premia.
Aquí se castiga”.

Efectivamente. Si entras a TripAdvisor, verás que algunos


restaurantes con las más altas calificaciones fueron cerrados con el
eufemismo de “lavado de dinero”. Y recientemente Raúl Castro,
preocupado por la débil y efímera prosperidad de ciertos negocios
personales, ha limitado las licencias para hospedajes y pequeños
restaurantes (los llamados “paladares”).

Por supuesto que el mercado negro prolifera en medio de


prohibiciones y funcionarios que se hacen de la vista gorda. Como
me comentó un cubano en la calle, “aquí nada se puede, pero todo
se hace”.

El Estado Cubano le robó a su pueblo la libertad, la iniciativa, el


derecho a obtener y quedarse con el fruto de su esfuerzo. Lo
discriminó condenándolo a recibir sueldos pagados con billetes de
juguete para impedir que se puedan quedar con la riqueza que
legítimamente generan. No puede expresarse libremente y pueden
ser detenidos y encarcelados de manera arbitraria. Pero “ladrón
que roba a ladrón tiene cien años de perdón”.
¿Visa para un sueño?,
por Alfredo Bullard
“La mejor forma de empujar un cambio en Cuba es
bombardear la isla con libertad, no con
restricciones”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"No se puede limitar la libertad política y económica. Los americanos ven afectado su derecho
al libre desplazamiento y al libre comercio en Cuba". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard26.08.2017 / 06:00 am


Al escribir estas líneas estoy en Cuba. Unos pocos días en esta isla
y ya tengo mucho que escribir.

Comienzo con las peripecias para llegar a La Habana. Venía a un


congreso de arbitraje. En el consulado cubano me dijeron que
bastaba una visa de turista. Para mi sorpresa esa visa debe ser
de las más sencillas de obtener en el mundo. Toma menos de diez
minutos, pagas y te dan, sin mayor trámite, una tarjeta.

Por razones personales tenía que volar desde Estados Unidos a La


Habana. Cuando entré a la página web de la aerolínea americana
para comprar mi pasaje me preguntaron la razón de mi viaje. Mi
reflexión fue sencilla. “Si basta una visa de turista, habrá que
poner turismo”. Puse turismo y me contestaron que no podía
comprar el pasaje.
Investigando descubrí que la idea que uno tiene de que Obama
liberalizó los viajes a Cuba no era tan cierta. Trump ha hecho
varios cambios. En unas páginas web bastante oscuras y confusas
(parecen redactadas en el Macondo de García Márquez), el
gobierno americano te informa que está prohibido viajar por
turismo a Cuba. Puedes viajar por razones académicas, familiares,
asistencialistas, religiosas o de trabajo. Pero no por turismo.

En resultado: tuve que tramitar una visa diferente. Algo así como
una visa diplomática para eventos que requiere de una
comunicación del organizador cubano directamente a su
consulado. Obtuve esta visa y pude comprar mi pasaje sin
problema.

Pero la historia no terminó allí. Al llegar al aeropuerto en EE.UU.


para chequearme para el vuelo, me desviaron a unos counters
especiales para viajar a Cuba. Allí te separan en dos grupos: los
que ya tienen visa (que era mi caso) y los que no tenían. Los
segundos eran desviados a su vez a una mesita donde unos
cubanos te venden (literalmente) tu visa casi como si fuera una
empanada. Allí tienes que declarar para qué viajas y no puedes
decir turismo. La gente dice cualquier cosa y sin verificación le dan
su papelito. Pensé: “Tremenda tontería. Un requisito que no sirve
para nada y nos complica la vida”.

Al llegar a Cuba comenté este incidente con el taxista. Me dijo que


el requisito no había sido irrelevante. “Los americanos han dejado
de venir. Eso está dañando nuestra economía”. Entonces recordé a
las personas que hacían su cola para comprar su visa. La mayoría
eran latinos. No parecían turistas gringos. El americano promedio
no miente y por tanto no viaja a Cuba si quiere ir de verdad por
turismo.
Trump tomó estas medidas para forzar un cambio en Cuba. Esa es
la historia del bloqueo económico de décadas que los cubanos
califican (exageradamente) como “el genocidio más largo de la
historia”.

El error de Trump se verifica con el simple fracaso por décadas del


bloqueo para generar un cambio. Si uno quiere lograr mayor
libertad política y económica, no puede hacerlo limitando la
libertad política y económica. Los americanos ven afectado su
derecho al libre desplazamiento y al libre comercio para lograr
mayor libertad en Cuba. Ello no tiene ninguna lógica.

La mejor forma de empujar un cambio en Cuba es bombardear la


isla con libertad, no con restricciones. No aprovechar los pequeños
espacios de apertura que el gobierno cubano deja para introducir
libertad es una estrategia bastante estúpida, solo explicable en los
políticos. La interacción con negocios y turistas de países libres
genera una reacción contagiosa. Las mayores expresiones de
libertad en la isla (y el descontento contra sus limitaciones en la
población) se ven en los pequeños negocios (hospedajes,
restaurantes, cafeterías, tours y taxistas) que han surgido para
atender a los turistas y han generado más flexibilidad en la
dictadura hacia reglas de mercado.

La libertad política y los mercados no nacen del dirigismo estatal o


de la presión mediante prohibiciones. La libertad y los mercados
surgen de abajo, como órdenes espontáneos, en los que son los
ciudadanos, y no los gobiernos, los que crean y conquistan
espacios para la autodeterminación individual. Basta abrir
pequeñas grietas en el dique que pretende contener la libertad
para que la misma se desborde. Así cayó el muro de Berlín.

La prepotencia no será derrotada con prepotencia. Y es que no es


buena idea combatir la tiranía con tiranía. Para eso la libertad es
más efectiva.

Las cosas por su


nombre, por Alfredo
Bullard
“El uso de la palabra ‘chocolate’ no tiene su origen
en regulaciones legales. Estas llegan después”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"No es que se llame o no chocolate. Es que se pretende definir chocolate en contra de lo que
la gente entiende". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Alfredo Bullard19.08.2017 / 06:00 am

No suelo tratar dos semanas seguidas el mismo asunto. Pero voy a


hacer una excepción. Parece un asunto de poca trascendencia,
pero en realidad no lo es. En los últimos tiempos el Estado ha
comenzado a regular el lenguaje, quitándonos la posibilidad de
entendernos e influir así en cómo se da sentido a las palabras.

Esta forma de regulación opera de manera relativamente simple:


un burócrata se atribuye la facultad de decidir cómo se va a usar
una palabra. Bajo esta lógica, determina que algo solo se puede
llamar de cierta manera si cumple con ciertos requisitos que, él
decide, son los relevantes.

El limitar el uso de las palabras a lo que alguien quiere (o se le


ocurre) puede ser muy peligroso. Puede confundir a los usuarios
de las palabras. O puede crear barreras al mercado que limitan la
competencia y elevan los precios. O puede servir para repartir
privilegios.
Es una variable de lo que en el gobierno militar fue una práctica
común. Se definían estándares en la industria. Para poder
importar algo tenía que cumplirse con ciertos requisitos (por
ejemplo, procesos técnicos, materiales, etc.). Por supuesto que
esos estándares no se ponían porque eran buenos para los
consumidores, sino para evitar la entrada de competencia y
permitir a los productores nacionales cobrar precios mayores. Se
llama mercantilismo.

El control del lenguaje es una herramienta poderosa para lograr lo


mismo, o incluso cosas peores. El lenguaje es un sistema cuyo
orden no proviene de la creación centralizada. El lenguaje es un
orden espontáneo, cuyas reglas provienen de la interacción entre
miles de personas. Todos lo inventamos y nadie lo inventó.

¿Por qué llamamos ‘martillo’ a un martillo? Porque el término fue


aceptado colectivamente de manera espontánea a través de la
interacción. Todos sabemos que entendemos qué es un martillo
por nuestra experiencia. Si alguien le dijese que martillo es solo el
que pesa más de dos kilos, usted se reiría y lo calificaría de
ignorante. Pero si ese alguien es un funcionario público, el
resultado sería que ya no podría llamar martillo al que pese
menos. Cuando vaya a la ferretería y pida un martillo, usted y el
tendero terminarán confundidos porque alguien le cambió el
sentido que usted le estaba dando al término.

El lío del chocolate Sublime es el mismo. El uso de la palabra


‘chocolate’ no tiene su origen en regulaciones legales. Estas
llegan después para intentar limitar el orden espontáneo y nuestra
capacidad de entender por medio de la experiencia. No es que se
llame o no chocolate. Es que se pretende definir chocolate en
contra de lo que la gente entiende.

La palabra ‘chocolate’ proviene del náhuatl, usada en México


precolombino. No significaba barra con más de 35% de cacao.
Viene de ‘ātl’ (‘agua’) y ‘xococ’ (‘agrio’). Significa agua agria (o
amarga). Si le dicen “chocolate”, ¿usted se imagina un líquido
amargo? No. Usted posiblemente se imagine un líquido o una
barra dulce de color oscuro con un sabor característico. De hecho,
el chocolate líquido que toma en Navidad no tiene, ni de lejos, el
porcentaje cuyo incumplimiento arrogantemente se enuncia por el
Estado y sus defensores como un engaño.

¿Por qué sería chocolate el que tiene 25%, 35% o 50% de cacao?
¿Porque un funcionario así lo dice? ¿Por qué se quiere que los
productores de cacao vendan más a costa de mayores precios
o chocolates más amargos? El lenguaje se entiende porque
sabemos, por experiencia, qué significa una palabra, y no porque
un funcionario defina un solo significado válido para esa palabra.
De hecho, si un niño le pide un chocolate y usted le da una barra
amarga, el niño dirá que lo ha engañado a pesar de que legalmente
se haya definido como chocolate. Y es que el chocolate es un
bien experiencia, es decir, uno que los consumidores eligen en
función a haberlo probado y decidir repetir su consumo con base
en lo que experimentó.

Por eso es que no hay que demostrar (como alguna vez pidió un
congresista) que el jamón inglés viene de Inglaterra, que el ají de
gallina está hecho con un pollo hembra y que la carapulcra es una
cara bien lavada.

¡Qué tal lisura!, por


Alfredo Bullard
“Para mí, Sublime es un chocolate. Y lo es para
usted. Lo que nos diga el ministerio no nos interesa”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Si yo le digo a usted que imagine un chocolate, ¿qué es lo primero que se le viene a la mente?
Por supuesto, el chocolate Sublime". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard12.08.2017 / 06:00 am

“¡Basta ya de usar nombres engañosos para los alimentos!”. Bajo


este ingenioso lema, en una conferencia de prensa los
representantes de diversas instituciones públicas, encabezadas por
el Ministerio de Agricultura, la Digesa, el Indecopi y el
mismísimo Congreso de la República hacen un anuncio esperado
por toda la población.

Se crea la Superintendencia de Veracidad Alimenticia (la Suvea),


ente público descentralizado encargado de regular, fiscalizar y
sancionar los actos de engaño sistemático en el uso de nombres
equivocados de alimentos. Con ello se busca proteger a los
consumidores de fabricantes inescrupulosos.
Se nombra el primer superintendente: el señor Anastacio
Cárdenas, conocido paladín de la defensa de los consumidores,
con años de experiencia en combatir este tipo de prácticas ilegales.

La Suvea muestra una energía y proactividad impresionantes.


Dicta normas para evitar (según lo que crea la Suvea) que se diga
que algo es lo que no es. Luego lanza a sus inspectores al mercado
a fiscalizar y retirar de la comercialización esos alimentos con
nombres de triquiñuela.

Don Anastacio anuncia, luego de los primeros meses de actividad,


sus extraordinarios resultados.

“Estamos en camino de eliminar estas prácticas”, indicó muy


orondo. “Hemos intervenido una serie de chifas que llaman arroz
chaufa a preparados que no llevan un 5% de cebolla china. Y es
que los chifas suelen vender unos menjunjes que no respetan el
origen chino del plato”.

También da cuenta del Operativo Picarón. “Hemos cerrado


aquellos locales que venden picarones con huecos inferiores a 1,5
centímetros. Como saben, los que no tengan esas dimensiones solo
pueden ser llamados donuts”.

Por otro lado, anuncia: “Hemos forzado a Inca Kola a cambiar su


nombre por Inca Líquido, pues según las regulaciones que se han
dictado solo las gaseosas de color negro pueden llevar el añadido
Kola. No se puede admitir que se engañe a los consumidores
vendiéndoles como negro algo que en realidad es de color
amarillo”.

Pero la Coca-Cola tampoco se libra. “La empresa no ha


demostrado que la fórmula de esa gaseosa lleve algún derivado de
la planta de la coca”.

El chocolate Cua Cua también ha sido retirado del mercado. Según


el superintendente: “Hemos constatado, para nuestra sorpresa,
que la referida golosina, a pesar de llevar como nombre el sonido
que hacen los patos al graznar e incluso ilustrar el envase con la
figura de un pato, no lleva ningún ingrediente derivado de patos ni
aves similares”. Similar suerte siguen las famosas orejas de
chancho, típicas de nuestras pastelerías, pues se ha determinado
que no provienen de ningún tipo de cerdo.

“También hay que proteger nuestra comida criolla. A partir de la


fecha hemos decretado que el tacu tacu tendrá que llevar 50% de
frejol y 50% de arroz”. Y continúa diciendo: “Hemos descubierto
que en las cebicherías se vende un producto llamado leche de tigre
sin que se haya demostrado que tenga leche y menos aun que
provenga de ordeñar tigresas”.

Pero guarda para el final su anuncio más impactante: “¡El


chocolate Sublime no es chocolate porque no tiene suficiente
cacao! ¡Qué tal lisura!”.

Por absurdo que suene todo lo dicho, este relato no es tan de


ciencia ficción. Cada vez nos acercamos más a un mundo similar.

Si yo le digo a usted que imagine un chocolate, ¿qué es lo primero


que se le viene a la mente? Por supuesto, el chocolate Sublime.
Usted sabe qué es y cuál es su sabor. Si llamaran chocolate
Sublime a otra cosa se sentiría engañado. Pero al Ministerio de
Agricultura se le ha ocurrido que tiene muy poco cacao.

El error de estas ideas es que quien define el significado de un


término no es el Estado, sino quien necesita entender a qué se
refiere el término. Los consumidores sabemos muy bien qué
esperamos de un arroz chaufa, de una Inca Kola, de una leche de
tigre o de un chocolate Sublime. Para mí, Sublime es un
chocolate. Y lo es para usted. Lo que nos diga el ministerio no nos
interesa. Pero ahora quieren obligarme a consumir un producto
distinto al que siempre me ha gustado y además subirle el precio
con la inclusión de porcentajes mayores de insumos más caros. Y
es que, como decía Napoleón, “de lo sublime a lo ridículo no hay
más que un paso”.

Plátanos capitalistas,
por Alfredo Bullard
“La historia de las naranjas y los plátanos alemanes
son una simple muestra de cómo el mercado es una
solución sencilla para un problema complejo”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Por esa misma razón se derrumbará el régimen de Nicolás Maduro que, en su afán de
controlar, termina perdiendo todo el control". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard05.08.2017 / 06:00 am

En los 90 visité Berlín. Hacía pocos años (1989) había caído el


muro que separaba a las dos Alemanias. Para mi sorpresa, no
quedaban muchas evidencias de que allí había existido un muro
que había dividido el mundo en dos.

Por razones de trabajo me reuní con varios funcionarios públicos


alemanes. No pude resistir preguntarles cómo habían sido los días
previos y siguientes al derrumbe del muro. Escuché muchas
historias interesantes. Pero un relato es mi favorito.

En los días siguientes a la caída del muro, el Gobierno de Alemania


Occidental decidió, como una señal de fe y confianza en la
reunificación, entregar una pequeña cantidad de dinero a los
alemanes orientales que cruzaban la que había sido una de la
fronteras más inexpugnables del mundo. La idea era que los
alemanes orientales experimentaran qué significaba vivir en un
sistema económico diferente.

Estos alemanes se dirigían entonces desesperados a las tiendas a


comprar los más diversos productos. Pero mostraron una clara
preferencia por la fruta; en especial, por las naranjas y los
plátanos. Aparentemente, en el lado soviético del muro esas frutas
eran virtualmente inexistentes.

Los visitantes se lanzaban desesperados sobre las naranjas y


plátanos, llenaban bolsas y cajas o trataban de sujetar torpemente
entre sus brazos la mayor cantidad de unidades para llevarlas a sus
casas.

Al día siguiente, regresaban al lado occidental de Berlín y no


podían creer lo que veían sus ojos. Las góndolas, virtualmente
saqueadas por los compradores el día anterior hasta no dejar ni un
plátano y ni una naranja, estaban nuevamente llenas de plátanos y
naranjas.
Los alemanes orientales repitieron entonces el ritual del día
anterior y volvieron a llevarse todas las unidades que sus brazos
les permitían cargar. Y así lo hicieron varios días seguidos hasta
que descubrieron que siempre los anaqueles volvían a aparecer
llenos de plátanos y naranjas.

El funcionario que me relataba esta historia me dijo que se hizo


amigo de uno de los visitantes orientales. Este, intrigado por la
aparición mágica de plátanos y naranjas, le preguntó quién era el
genio que organizaba todo para que reapareciera la fruta todos los
días. Cuando le explicó que nadie, que así funcionaba el mercado,
su amigo no le creyó. De hecho, dice que lo interrogó por varios
minutos tratando de descubrir cuál era la mentira y si le ocultaba
el nombre de la persona o personas capaces de conseguir, como en
el sermón de la montaña con panes y peces, la multiplicación
milagrosa de la fruta. Recordaba que lo trataba como quien
estuviera ocultando un secreto militar. Dice que algunos meses
después su amigo le confesó que llegó a creer que todo era una
trampa para engañar y esclavizar a los alemanes orientales.

¿Pero cuál era el secreto? En realidad ninguno. La historia de las


naranjas y los plátanos alemanes es una simple muestra de cómo
el mercado es una solución sencilla para un problema complejo. El
problema complejo es cómo coordinar millones de decisiones para
obtener millones de bienes y servicios que satisfacen millones de
necesidades. El mercado es una respuesta asombrosamente
sencilla: usa decisiones individuales agregadas a través de un
mecanismo llamado sistema de precios. Este sistema envía señales
(los precios) que coordinan la producción y suministro de bienes
con las demandas de las personas en función a sus escaseces.
Todos lo controlan y a la vez nadie lo controla.

Surge así como un orden espontáneo, no planificado por nadie. El


problema es cuando se quiere reemplazar ese orden espontáneo
por un orden centralizado. Los genios que pueden organizar todo
no existen. Es una labor que supera toda capacidad de
razonamiento (en especial la de los congresistas que
continuamente tienen ideas para reemplazar al mercado). El
intento está condenado al fracaso. Es una pena, sin embargo, que
repitamos tozudamente el mismo error una y otra vez.

El sistema soviético se derrumbó porque el sistema capitalista


encontró una solución menos costosa y efectiva para resolver un
problema complejo. Los ex alemanes orientales lo descubrieron de
golpe. Por esa misma razón se derrumbará el régimen de Nicolás
Maduro que, en su afán de controlar, termina perdiendo todo el
control. Y es que, como sentenció Richard Epstein, vivimos en un
mundo muy complejo. Y un mundo complejo requiere de
soluciones simples.

Juego de tronos, por


Alfredo Bullard
“La disputa entre los hermanos Keiko y Kenji podría
perfectamente ser el libreto de una temporada
completa de la serie”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
“El lío se centra en quién es genéticamente más hijo de Alberto Fujimori: quién lo visita más,
quién lo obedece más”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alfredo Bullard31.07.2017 / 06:00 am

Es una de las series más vistas de la historia. Basada en la aún no


terminada secuencia de novelas de George R. R. Martin, ha
cautivado a millones de televidentes de todo el mundo. Lo
enrevesado y difícil de su trama no ha sido obstáculo para su éxito.
Y al margen de las complicaciones, es una historia que ha sido
contada una y otra vez en distintas geografías y con otros
personajes.

La serie se sostiene sobre dos vigas: la política y la familia. La


lucha por el Trono de Hierro está plagada de asesinatos, torturas,
violaciones e intrigas de todo tipo. Nadie es confiable y nadie es un
héroe. Todos son malos y buenos dependiendo de la perspectiva.
La única regla común de los personajes es tener algo de
Maquiavelo.

Lo que más resalta en medio de la oscura lucha por el poder es el


significado de la familia, y sobre todo de la casta, de los apellidos.
Los honorables Stark en el norte, los sádicos Bolton, los
desalmados Lannister (de los que solo se salva con algo de
decencia el enano Tyrion), los Baratheon, los Targaryen tratando
de recuperar el trono del que fueron despojados. Los clanes se
enfrentan entre ellos. Pero incluso dentro de cada clan, de cada
familia, unos le meten cabe a los otros.

“Juego de tronos” atrae por la forma descarnada en que


muestra la política. Pero es una política primitiva, basada en la
casta. Entre el caos de las guerras y los crímenes, el apellido es lo
único que da cierta claridad sobre quiénes pueden tener derecho a
gobernar.

Hemos evolucionado (o al menos eso creemos). Hoy la democracia


liberal ha sustituido en la mayoría de países civilizados a las
monarquías o, cuando no lo ha hecho, las ha democratizado y le ha
quitado el verdadero poder a quienes lo adquieren solo por tener
un apellido. Ello no ha librado a la política de muchas de las
mezquindades y espantos que uno ve en la fantástica ficción
de “Juego de tronos”. Pero al menos se tiene la esperanza de
que alguna competencia en base a mérito debe existir.

Siempre se dice que el sistema político peruano es primitivo. Y es


cierto. Muchos de sus rasgos se pueden reconocer en “Juego de
tronos”. No hay partidos, sino clanes. De hecho, la primera
mayoría en el Congreso no es un partido sino un clan familiar.

La disputa entre los hermanos Keiko y Kenji podría


perfectamente ser el libreto de una temporada completa de la
serie. Nada, más allá del apellido, explica la pelea. Un padre preso
con pasado vergonzante de pocos escrúpulos. Un partido que en
realidad es muchos partidos y ninguno al mismo tiempo. Ha
estado conformado por un crepúsculo de organizaciones
temporales que van desde Cambio 90 hasta Fuerza Popular,
pasando por nombres como Nueva Mayoría, Vamos Vecino, Sí
Cumple, Perú 2000 y Alianza por el Futuro. Curioso, además, que
sus nombres, antes que identificar propiamente a una
organización política, parecen más eslóganes de campaña. Y es que
el verdadero nombre de la agrupación es Fujimorismo. Es el
partido de los Fujimori, igualito a si estuviéramos hablando del
clan de los Lannister.

Por supuesto que a nadie se le ocurriría pensar en Héctor Becerril


o Martha Chávez como líderes del fujimorismo. Pero ni siquiera
miembros algo más articulados como Luz Salgado o Luis Galarreta
tienen una oportunidad. Alberto Fujimori tendría que
reconocerlos como hijos.

¿Qué mérito le ven a Keiko o a Kenji para liderarlos? ¿Se


imagina a un ‘no Fujimori’ anunciando su candidatura
presidencial?

Si se mira bien, no hay nada de fondo, ni ideológico ni pragmático,


en el problema que los enfrenta. El lío se centra en quién es
genéticamente más hijo de Alberto Fujimori: quién lo visita más,
quién lo obedece más, quién le es más leal, quién conversa y lo
escucha más, a quién respalda, quién le lleva su pan con queso a
otro presidente preso, quién quiere más que lo indulten. No hay
verdadera alternativa democrática porque, como en “Juego de
tronos”, al pueblo no le corresponde decidir quién será el líder.
Todos los demás del partido, como en “Juego de tronos”, no
tienen vela en el entierro: son simplemente peones útiles.

Los prisioneros, por


Alfredo Bullard
“El peruano promedio está más familiarizado con
cómo funciona un procedimiento penal que con
cuáles son las medidas que debemos tomar para
reducir la mortalidad infantil y la pobreza”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"De los cuatro últimos presidentes elegidos, dos están presos, uno con orden de prisión y el
cuarto coquetea con la situación de sus tres colegas" (Ilustración: Giotanni Tazza).
Alfredo Bullard22.07.2017 / 06:00 am

“En mi país, primero vas a prisión, luego eres presidente”. La frase


es de Nelson Mandela. Y resume la vida del sudafricano.

Pero en el Perú la frase es diferente: “En mi país, primero eres


presidente, después vas a prisión”.

La cárcel se ha vuelto el eje en torno al cual gira toda la política


peruana. Los titulares más impactantes (y también los más
frecuentes) en los diarios y en la televisión asocian a los políticos
con la cárcel. Político preso es automáticamente tendencia en
Twitter. Ir a la cárcel ha dejado de ser un hecho monopolizado
por las páginas policiales.
De los cuatro últimos presidentes elegidos, dos están presos, uno
con orden de prisión y el cuarto coquetea con la situación de sus
tres colegas mientras algunos de sus colaboradores ya están en
la cárcel.
Para Mandela la presidencia fue un símbolo de reivindicación, un
homenaje y desagravio a sus años de injusto encierro. Por el
contrario, para un presidente peruano, la presidencia parece ser
un canal de degradación, una forma de convertirse en delincuente.

Pero la relevancia de la prisión en la política va más allá de tener


presidentes encerrados. Kenji Fujimori ha convertido la cárcel en
una imagen caricaturesca, en la que un pan con queso se convierte
en un símbolo de supuesta tolerancia y apertura hacia el rival
político.

Y PPK no se libra, no solo por el reciente lío con los procuradores


que querían denunciarlo por la supuesta existencia de indicios de
delitos, sino porque es prisionero de un fujimorismo que funge de
carcelero que ata todo intento de sacar adelante al país. Está
atrapado mientras se negocia un intercambio de rehenes para
dejarlo trabajar a cambio de un indulto.

La prisión nos ha robado la agenda. Vivimos en un país en donde


la agenda política no está liderada por las mejoras en la educación
o en la salud, ni por el cómo mejorar infraestructura deficitaria, ni
por el cómo fomentar la inversión privada que necesitamos para
seguir creciendo. La agenda está dominada, y seguirá estándolo,
por fiscales y prisiones preventivas, colaboradores eficaces,
indultos a ex presidentes, inocentes agendas que contienen actos
no tan inocentes, compras de testigos o iniciales como OH o AG en
documentos comprometedores. Le puedo asegurar que el
ciudadano peruano promedio está más familiarizado con cómo
funciona un procedimiento penal que con cuáles son las medidas
que debemos tomar para reducir la mortalidad infantil, reducir la
pobreza y crear riqueza.
Y lo más triste es que la obsesión por la prisión nos tiene
prisioneros. Los funcionarios públicos están inmovilizados y no
toman decisiones o toman decisiones absurdas para que no los
miren mal por ser demasiado proactivos. Los inversionistas no
encuentran camino para hacer negocios lícitamente, porque todo
sol invertido hace presumir que existe otro sol entregado en
coimas. Nadie aprueba ni hace nada porque “aprobar” o “hacer”
rompe automáticamente la presunción de inocencia.

Pero al margen de lo que está pasando y de los resultados a los que


lleguemos, ¿son buenas o malas noticias?

Pues depende de la perspectiva. ¿Es bueno o malo que te detecten


un cáncer? Desde el punto de vista de saber que algo está mal, es
una noticia que no quieres recibir. Por supuesto que preferiríamos
no tenerlo.

Pero si asumimos el cáncer como un dato de la realidad (algo que


ya tienes), el detectarlo te da la oportunidad de enfrentarlo y nos
brinda la esperanza de curarlo.

En realidad este encuentro entre la prisión y la política será bueno


o malo en función a lo que hagamos en el futuro. Y la diferencia
entre el pasado y el futuro es que el primero ya no se puede
cambiar. Pero el futuro puede ser totalmente nuevo.

Friedrich Nietzsche decía que “solamente aquel que construye el


futuro tiene derecho a juzgar el pasado”. ¿Todo lo que está
pasando nos está sirviendo para algo? ¿Qué hemos aprendido? ¿Y
qué estamos haciendo para que no pase de nuevo?

Desde el primer gobierno de Alan García hasta el día de hoy han


transcurrido 32 años. Parece que no hemos hecho mucho. Nos
hemos conformado con quejarnos y juzgar el pasado. Hemos visto
el cáncer pasar, pero no hemos hecho nada por curarlo.
Confianza, por Alfredo
Bullard
“Es con base en la confianza que intercambiamos y
colaboramos entre nosotros. Sin confianza la
humanidad simplemente no existiría”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Pero al Estado no le gusta la competencia. Por eso el congresista Miguel Elías ha presentado
el proyecto de Ley 'que crea y regula el servicio privado de transporte a través de plataformas
tecnológicas'”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
Alfredo Bullard15.07.2017 / 06:00 am
¿Es usted confiado? Hagamos una prueba. ¿Durante el día cuántas
veces ha confiado en algo o en alguien? Le aseguro que más de las
que recuerda. Al untar su pan con queso en la mañana, ¿cómo
sabía que no se iba a intoxicar? Y al ir a la tienda a comprar una
camisa, ¿cómo sabía que era del material ofrecido? Y seguro le
pidió a su hermano un favor. ¿Confía en que su profesor le está
enseñando algo verdadero? ¿Se ha dado cuenta la confianza que
significa comprar un libro en Amazon con la esperanza de que
llegará a su casa luego de que se lo cargaron en la tarjeta de
crédito?

Es con base en la confianza que intercambiamos y colaboramos


entre nosotros. Sin confianza la humanidad simplemente no
existiría.

Esta semana se realizó en la Universidad del Pacífico la XXI


Reunión Anual de la Asociación Latinoamericana e Ibérica de
Derecho y Economía (Alacde), la reunión más importante de
análisis económico del derecho en nuestra región.

Entre los invitados estuvo Todd Henderson, profesor de la


Universidad de Chicago. Su conferencia trató de responder a la
pregunta: ¿por qué confiamos?

En nuestros orígenes solo confiábamos en nuestros compañeros


de tribu. Formábamos grupos pequeños de los que obteníamos
toda la colaboración e intercambios necesarios para sobrevivir.
Era como si pudiéramos vivir interactuando solo con nuestra
familia. Era un mundo pequeño y limitado.

Distintos mecanismos permitieron ampliar nuestra esfera de


confianza e interactuar con más personas cada vez: la formación
de gremios o el desarrollo de intercambios incipientes. Luego fue
la ‘Rule of Law’ o Estado de derecho; es decir, la existencia de un
conjunto de reglas que permiten confiar que hasta los
desconocidos respetarán nuestros derechos y cumplirán sus
promesas (contratos).
A veces generamos confianza por medio de regulaciones estatales.
Sabemos que cuando la luz está en verde podemos cruzar con
nuestro auto porque asumimos que los que están en rojo se
detendrán. El Estado pretende generar confianza haciéndonos
creer que el Indecopi nos protegerá si algo sale mal.

Pedimos una Coca-Cola o compramos una computadora Apple


porque la marca nos indica que es exactamente lo que recibiremos.

La tecnología también genera confianza. Sabe que cuando pide un


Uber o un Easy Taxi este vendrá y que el chofer le da mejores
garantías que uno que toma en la calle. Y cree que lo que dice
Tripadvisor o Yelp es cierto a pesar de que no conoce a quienes
hacen las calificaciones. Y ahora, gracias a Facebook, uno puede
tener un millón de amigos así solo conozca a una fracción de ellos.

Hay entonces numerosos proveedores de confianza: la familia, la


amistad, los grupos, las marcas, el derecho, el Estado, la
tecnología, la comunicación digital. Estos proveedores compiten y
unos brindan más confianza que otros.

Henderson explicó en su charla que solemos creer que Uber o Easy


Taxi están en el mercado de servicios de transporte. Pero no es así.
Esas empresas no tienen un solo carro. No tienen ningún
conductor en planilla. Son proveedores de una plataforma de
confianza. Hacen que uno confíe en el chofer y en el auto que se
aparecen cuando los llamas. Puedes ver su calificación y
calificarlo. Puedes reclamar reembolso si es que te llevan por una
ruta demasiado larga. Te permiten saber cuál será tu tarifa y por
dónde te llevarán.

Otro proveedor de confianza es el Estado. Busca generar confianza


en que recibiremos servicios adecuados. Ese es el objeto, por
ejemplo, de aprobar quiénes pueden dar servicio de taxi.

Uber no compite con los taxistas oficiales. Uber compite en el


mercado de la confianza, según Henderson, con el Estado que
autoriza taxis oficiales. ¿En cuál confía más? El éxito de las
plataformas como Uber le da la respuesta. Esa plataforma genera
más confianza que la regulación estatal.

Pero al Estado no le gusta la competencia. Por eso el congresista


Miguel Elías ha presentado el proyecto de Ley “que crea y regula el
servicio privado de transporte a través de plataformas
tecnológicas”. Y es que el Congreso (que compite con mucha
deficiencia en el mercado de confianza) quiere acabar con sus
competidores por medio de una ley que lo regule obligando a Uber
o a Easy Taxi a salirse de su rol. Esa, la del Estado en el mercado
de confianza, es la verdadera competencia desleal.

Monopolio bamba, por


Alfredo Bullard
“Para ser un monopolio no basta con parecer ser el
único”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Es necesario que, cuando subes el precio, los consumidores no encuentren o no creen
alternativas en el corto plazo". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard08.07.2017 / 06:02 am

Artidoro se levanta un buen día en su casa en el pequeño pueblo


de Peor es Nada. Es el día de inaugurar su restaurante. Es el único
restaurante del pueblo. Su buen amigo Crisólogo, el único
economista de Peor es Nada, le había recomendado que hiciera la
inversión: “Tendrás un monopolio. Es una inversión sin pierde.
Si eres el único restaurante del pueblo, los clientes no tendrán otra
alternativa que comer en él. Sin competencia ganarás mucha
plata”. Artidoro está tan entusiasmado que, transparentemente,
llama a su restaurante El Monopolio Culinario.

Efectivamente, el primer día Artidoro está feliz. El restaurante


abre rebosando de clientes. Las ventas son buenísimas. Y así le va
los siguientes días. Crisólogo lo visita con una sonrisa orgullosa de
oreja a oreja: “Te puede ir mejor. Sube los precios y los clientes no
tendrán otra alternativa que seguir pagándolos. Total no tienen a
donde ir”.
Artidoro sigue el consejo de su amigo y duplica sus precios. Pero
para su sorpresa, a los pocos días las ventas comienzan a caer.

No entiende qué pasa. Sale a la calle y pregunta a sus clientes.


Descubre que en los días siguientes a la subida de precios
comenzaron a aparecer quioscos de venta de comida y uno que
otro restaurante pequeño donde sus comensales encuentran una
alternativa más barata. Otros llevan lonchera a su trabajo y más de
uno regresa a almorzar a su casa. Algunos incluso se iban a
almorzar al cercano pueblo de Mejor es Todo.

El problema es que Crisólogo era economista, pero sabía poco de


economía. Para ser un monopolio no basta con parecer ser el
único. Es necesario que, cuando subes el precio, los consumidores
no encuentren o no creen alternativas en el corto plazo. Si los
consumidores pueden moverse no tienes en realidad un
monopolio. El Monopolio Culinario debía en realidad llamarse El
Monopolio Bamba.

Para la mayoría, el término ‘monopolio’ es una mala palabra. Se


asocia con no tener opciones y con la falta de libertad de elección.
Significa precios altos y menos oportunidades. Salvo alguien tan
ingenuo como Artidoro o muy mal asesorado por alguien como
Crisólogo, nadie se autodenominaría como “monopolio”.

Pero siempre me ha llamado la atención cómo el Estado, muy


orondo y sacando pecho, se llama a sí mismo monopolio. El
Estado reclama ser quien tiene el monopolio de la fuerza para
hacer cumplir la ley. Y asociamos ello con algo bueno. En las clases
de derecho en la universidad más de un profesor te enseña que
solo hay un sistema legal y que estamos obligados a cumplirlo.
Definen el derecho como un monopolio.

Pero eso no es cierto. Al igual que como ocurre con el


falso monopolio de Artidoro, si cumplir la ley es costoso y no
eres un monopolio en realidad, la gente se irá a buscar o creará sus
propios sustitutos. Y el monopolio se desvanece y la pretensión de
un derecho único queda en ‘off side’. En realidad, hay distintos
sistemas de leyes o reglas compitiendo entre sí.

Si en un país el sistema legal no funciona y es costoso de usar, la


gente migra. La amenaza del muro de Trump deja claro que son
los mexicanos quienes quieren pasar a Estados Unidos y no los
norteamericanos a México. Y no hay balseros remando desde
Miami para llegar a La Habana.

Pero incluso dentro de nuestras propias fronteras las personas


encuentran sustitutos a la ley estatal. La informalidad no es la
carencia de reglas, sino el vivir con reglas diferentes. Posiblemente
imperfectas e ineficientes, pero que existen frente al costo
inafrontable de usar el sistema de leyes formal. Quizás se pueda
comer mejor en el restaurante de Artidoro que en los quioscos que
pululan a su alrededor. Pero si Artidoro no baja los precios, verá a
sus comensales yendo a otro lado.

A raíz del incendio en Las Malvinas se ha acusado a la


desregulación como la causante de las muertes. Eso es falso.
Regulaciones existen. La gente no las cumple porque son
demasiado caras o absurdas. La informalidad es una reacción a
reglas costosas, no una reacción a la falta de reglas. Nuestro
sistema legal formal debe ser realmente malo y costoso para que
existan personas dispuestas a trabajar encerrados en un
contenedor. Así pasa con los monopolios bamba: no comen ni
dejan comer.

Un Indecopi Maduro,
por Alfredo Bullard
“Hoy se apilan por miles los expedientes de
protección al consumidor restando recursos a
actividades más efectivas”.
ALFREDO BULLARDABOGADO

"Debería dar señales claras para reducir el número de casos y reasignar sus recursos para
dedicarlos a actividades más productivas y efectivas". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard01.07.2017 / 06:00 am

Era el año 1995. Hace más de 20 años. El Indecopi estaba en sus


orígenes. Me acababan de contratar y tenía muy pocos meses
trabajando ahí.

Me entrevistó un funcionario del Banco Mundial. Discutimos los


riesgos que veía en la institución. El diseño del Indecopi era
extraño. Único en el mundo. La mayoría de cosas que hace
(propiedad industrial, derechos de autor, protección al
consumidor, dumping, concursal, competencia desleal, libre
competencia, publicidad, etc.) están en otros países separadas en
diversas instituciones. Acá pusieron todo bajo el mismo techo.
Podía ser muy moderno. Pero también podía convertirse en un
arroz con mango.

“Me preocupa colocar protección al consumidor junto con todas


estas cosas adicionales”, me decía el funcionario. “Mi experiencia
es que protección al consumidor es una esponja para absorber
recursos pero tierra árida para arrojar resultados. Áreas como
libre competencia, que pueden tener mucho más impacto para los
consumidores (por ejemplo detectar y sancionar un cartel de
precios), posiblemente verán que no tienen recursos y pueden
atender solo unos pocos casos mientras que casos de planchas,
enlatados, pasajes aéreos y consumos de tarjeta de crédito van a
multiplicarse por miles, a un costo alto por expediente y con un
impacto reducido en la población”.

En la conversación discutimos sobre el riesgo populista de la


protección al consumidor. Y no le faltaba razón. Decía que la
institución trataría de hacerse popular con casos del día a día, pero
no tendría capacidad de corregir realmente los problemas que
existen. Y esos casos llenarían titulares en los periódicos atrayendo
más casos con poco impacto. Y el gobierno presionaría (o al menos
vería con buenos ojos) los fogonazos de arcabuz antiguo (esos que
hacen mucha bulla y lanzan fuego cuando disparan una balita
pequeña y casi inofensiva) en que se convertiría cada decisión.

Alrededor del Indecopi pulularían varias asociaciones de


consumidores vividoras de ese accionar inefectivo. Y eso que en
esa época el funcionario no sabía que años después se concedería a
dichas asociaciones el derecho a cobrar parte de las multas de los
casos que iniciasen. No les preocuparía mucho el bienestar de los
consumidores, sino el impacto mediático, el salir en los periódicos,
a veces la carrera política de sus integrantes y, con los cambios
legislativos posteriores, el dinero de las multas.

En esas épocas aún no existía la Comisión de Eliminación de


Barreras Burocráticas, con un impacto en el bienestar que
multiplica muchas veces el bienestar generado por la Comisión
Protección al Consumidor, a pesar de tener la primera menos
recursos. Algo similar pasa con la relación con la Comisión de
Libre Competencia.

La predicción del funcionario no pudo ser más precisa. Hoy se


apilan por miles los expedientes de protección al consumidor
restando recursos a actividades más efectivas. Las reacciones
mediáticas y sin sustento técnico priman y sepultan toda
predictibilidad por falta de criterios. Y como suele pasar con las
instituciones de protección al consumidor en todos lados del
mundo, se concentran en atender al sector de ingresos altos
(electrodomésticos, viajes turísticos, tarjetas de crédito, etc.) y casi
no atienden problemas de productos de primera necesidad.

Ni siquiera cumplen con su ideal de proteger al más débil. Se


concentran en supermercados y grandes productores y no tocan
(ni con el pétalo de una rosa) el mercado informal, donde los
productos y servicios son peores y peligrosos y donde suele
comprar la gente más pobre. Igualito como pasa con las
municipalidades y Defensa Civil, que persiguen medidas de
seguridad en los centros comerciales ‘pitucos’ y no se meten con
las galerías informales con contenedores que son trampas
mortales y sin un extintor contraincendios en todo el edificio.

Y es que en lugar de fomentar hemorragias inmanejables de casos,


el Indecopi debería establecer prioridades. Debe establecer
principios de acción, criterios generales y ver cómo focalizarse en
casos realmente relevantes de alto impacto en el bienestar general.
Debería dar señales claras para reducir el número de casos y
reasignar sus recursos para dedicarlos a actividades más
productivas y efectivas. La administración actual tuvo la mala
suerte de recibir la pesada carga de manejar el monstruo. Pero
debe asumir el reto de cambiar las cosas.

El Indecopi ya está Maduro, pero no por haber crecido y


mejorado con los años, sino porque de no corregir esos problemas,
se acerca a los logros del presidente de Venezuela: mucho
populismo con pocos resultados.

El lado oscuro, por


Alfredo Bullard
“Solemos confundir los medios usados con los
verdaderos responsables. Castigamos instituciones
por la indignación que nos generan los fines de
quienes las manipulan”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Lo que corrompe no es el instrumento, sino la voluntad y la conducta que lo mal utiliza".
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard24.06.2017 / 06:00 am

Imagínese que, siguiendo el mismo estilo que usan los terroristas


en Europa, un conductor de un automóvil irrumpe en la Plaza de
Armas, se sube a las veredas y atropella intencionalmente a
peatones inocentes. El centro queda lleno de muertos y heridos.

Esa misma noche el jefe de la policía da una conferencia de prensa.


Anuncia que se han tomado las medidas necesarias: “El automóvil
de placa AGF 456 ha sido detenido en una eficaz acción policial.
Hemos retirado esta amenaza de las calles. El vehículo
responsable está tras las rejas en el penal de Piedras Gordas”.

Pero es obvio que de nada sirve detener el vehículo. Hay que


detener al conductor. Él es el criminal. El carro es solo un medio,
un instrumento.

Todo, sin excepción, puede tener su lado oscuro. Algo tan inocuo
como un automóvil o una computadora pueden ser usados para
cometer delitos. Las organizaciones criminales corrompen
policías, jueces, congresistas y hasta presidentes (estos últimos
con alarmante frecuencia en el Perú). Hasta la religión y la iglesia
tienen su lado oscuro.

Pero solemos confundir los medios usados con los verdaderos


responsables. Castigamos o condenamos instituciones por la
indignación que nos generan los fines de quienes las manipulan. Y
al hacerlo castigamos a los que nada tienen que ver con el lado
oscuro.

No tiene sentido prohibir los automóviles o las computadoras por


el riesgo de que puedan ser mal utilizados. No eliminaríamos a la
policía, al Congreso (sobre este tengo dudas), a la presidencia o al
Poder Judicial con el argumento que pueden ser corrompidos.
Y es que lo que corrompe no es el instrumento, sino la voluntad y
la conducta que lo mal utiliza. Podemos rediseñar los
instrumentos y las instituciones para que sea más costoso
utilizarlos mal. Pero ello tendrá efectos limitados. Hay que castigar
a los responsables, a los seres de carne y hueso que nos causan
daños.

Esta semana que termina se realizó en la Universidad del Pacífico


el evento El Lado Oscuro del Arbitraje. Allí expertos nacionales y
extranjeros discutieron los distintos problemas que se presentan
en el uso del arbitraje como medio de solución de controversias.

Y se llegó a algunas conclusiones importantes. El arbitraje, al


margen de incidentes de mal uso, genera beneficios importantes
para sus usuarios. Reduce mucho los costos e incertidumbre de ir
al Poder Judicial y permite a las partes tanto autorregular como
resolver sus controversias. Genera confianza y ello explica por qué
se pacta de manera masiva.

En segundo lugar, eliminarlo o sobrerregularlo alegando su mal


uso es como prohibir los automóviles para que no se usen como
armas criminales. Es hacer que los justos (que le dan uso
responsable y razonable) paguen por los pecadores.

En tercer lugar, ya existe una institucionalidad en leyes y


precedentes del Tribunal Constitucional y de las cortes ordinarias
para combatir su mal uso. Se habló, por ejemplo, de los infames
crímenes de Orellana y cómo el sistema permitió frenarlo. Él y sus
cómplices están hoy presos.

Por supuesto que no todos quienes lo merecen lo están. Pero eso


no es culpa del arbitraje sino de la inacción e ineficacia de las
autoridades. Como bien señaló Andrés Talavera durante el foro,
no se trata de que cada vez que hay un problema se decida cambiar
la ley. Si hacemos eso, la ley, antes que instrumento para regular,
se vuelve un anecdotario.
Pero el lado oscuro siempre ronda lo que funciona bien. Y tenemos
que trabajar para dificultarles las acciones a los malos.

Uno de los mecanismos más interesantes que se discutió es


Arbitration Intelligence (AI). Catherine Rogers, abogada y
académica norteamericana y su fundadora, estuvo en el evento en
Lima y explicó el proyecto. Arbitration Intelligence es un sistema
que, mediante encuestas a usuarios, recolecta información sobre
los árbitros, la organiza y la pone a disposición del público para
saber cómo son los árbitros: desde si son trabajadores o se
duermen en las audiencias, hasta cuáles son sus reacciones frente
a situaciones de corrupción o cuánto se demoran en resolver un
caso. Reduce la posibilidad de que los malos árbitros se oculten en
la oscuridad. Y es que como decía el juez Louis Brandeis: “El Sol es
el mejor desinfectante”. Información es, finalmente, luz.

Riesgo moral y
estupidez, por Alfredo
Bullard
“¿Qué puede hacer el fabricante de un producto
para informar al consumidor si a este no le da la
gana de leer las etiquetas?”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Muchos congresistas como Jorge del Castillo, Yonhy Lescano o Héctor Becerril, ex
congresistas como Jaime Delgado o posibles aspirantes a congresistas como Crisólogo Cáceres
no entienden el problema del riesgo moral. (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard17.06.2017 / 06:00 am

Stella Liebeck compró un café en McDonald’s, en Estados Unidos.


Llevó el café caliente en un automóvil. Se detuvo a echarle azúcar.
Se colocó el café entre las piernas y pretendió abrir la tapa del
envase descartable. Su torpeza llevó a que el café se derramara y le
causara serias quemaduras.

Stella demandó a McDonald’s. Su argumento: el café estaba


demasiado caliente. McDonald’s demostró que la temperatura del
café era la deseada por los consumidores. Pero los argumentos de
la empresa no pesaron. Un jurado le reconoció a Stella una
indemnización de 2,9 millones de dólares.

Es claro que la quemadura fue causada por ella misma. Todos


sabemos que el café se vende caliente. Sabemos también que si se
nos cae encima nos quemará. En consecuencia, debemos ser
cuidadosos al manipularlo.
Le hago una pregunta al lector. A cambio de recibir 3 millones de
dólares, ¿no estaría dispuesto a respirar hondo y tirarse un café
encima? Muchos lo haríamos. Y es que a la señora Stella se le
reconoció esa indemnización porque las cortes estimaron que
merecía que McDonald’s la protegiera contra su propia estupidez.
Su torpeza recibió un premio.

El problema del Caso McDonald’s, uno de los más famosos de


protección al consumidor, es el que se conoce como “riesgo
moral”. Si a una persona le pagas los daños que ella misma se
causa, dicha persona no tendrá incentivos para evitarlos. Es más,
puede verse motivado a causárselos.

Pero muchos congresistas como Jorge del Castillo, Yonhy


Lescano o Héctor Becerril, ex congresistas como Jaime Delgado o
posibles aspirantes a congresistas como Crisólogo Cáceres (es
curiosa la coincidencia entre tener ideas populistas sobre
protección al consumidor y el interés en meterse en política) no
entienden el problema del riesgo moral. Por el contrario, lo
fomentan haciendo propuestas para proteger a los consumidores
de su propia estupidez y forzando a las empresas a asumir los
costos que causan.

Y es que el problema es simple. Si quieres evitar accidentes de


tránsito no basta con hacer que los conductores manejen mejor.
También requieres que los peatones sean más cuidadosos. Si un
peatón cruza una carretera por una zona peligrosa para evitar el
cansancio de usar un puente construido en ese lugar precisamente
para evitar el peligro, o si un peatón camina ebrio por la calle y
sufre un accidente, ¿reducimos los accidentes haciéndole pagar los
daños al automovilista en tales circunstancias? Es evidente que no.

Sin duda los consumidores podemos recibir daños de los


productos. Puedo intoxicarme con un alimento por una alergia.
Una Coca-Cola puede explotar. Puedo clavarme un cuchillo
mientras corto torpemente una zanahoria. Pero ello no es
suficiente para hacer responsable a la empresa proveedora.
Si el consumidor no leyó la etiqueta con los ingredientes, o sacudió
la Coca-Cola para jugar carnavales con sus amigos o se quiso
suicidar y por eso se clavó un cuchillo, es absurdo hacer
responsable a la empresa. Y si no, respondamos la siguiente
pregunta: ¿qué puede hacer el fabricante de un producto para
informar al consumidor si a este no le da la gana de leer las
etiquetas?

La atribución de costos de un incidente debe ser usada para evitar


el riesgo moral. Usualmente en un acto de consumo, la empresa
puede hacer poco para prevenir ciertas conductas de un usuario
negligente o descuidado. Está fuera de control. Pero si la forzamos
a pagar motivamos la estupidez. Eso es lo que hacen muchos (diría
la mayoría) de los congresistas con sus curiosas ideas.

Y trasladar siempre los costos a las empresas es irracional por dos


razones.

La primera es que, como ya se dijo, incrementa los errores porque


no induce a tomar precauciones (los consumidores se tiraran el
café caliente encima).

La segunda es que incrementa los costos al proveedor haciéndolo


pagar por algo que no puede evitar, pues depende del consumidor.
Pero al hacerlo tendrá que subir sus precios para cubrir dichos
costos que los Lescano o Becerril le trasladan. Al final, la factura la
pagan los mismos consumidores. Pero en realidad lo asumen los
consumidores cuidadosos que pagan precios más altos por riesgos
que generan los consumidores descuidados.

Asombra el énfasis con el que ciertos políticos defienden cosas tan


absurdas. Pero como decía Montaigne, “Nadie está libre de decir
estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.
Tiranía tuitera, por
Alfredo Bullard
“Uno es corrupto o deja de serlo solo con viralizar
una idea sin más base que un comentario suelto o
un dato inconducente convertido en demostración
en 140 caracteres”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Las personas ya hablan y reaccionan casi en cualquier contexto como si estuvieran tuiteando,
diciendo lo que piensan sin siquiera haberlo pensado". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard10.06.2017 / 06:00 am
En 1990 estudiaba en Estados Unidos. Cada dos semanas recibía
un sobre manila. Al abrirlo encontraba cartas de mi familia
escritas a mano. Además, diligentemente, mi madre me enviaba
recortes de las noticias principales de varios periódicos y revistas.
El contenido era voluminoso.

Dado que el correo tardaba entre una semana y diez días eran
noticias viejas. Pero para mí eran nuevas. Me enteraba de todo con
un gap temporal de entre una y tres semanas. Los noticieros
norteamericanos virtualmente no hablaban del Perú.

Mi otra fuente de información eran llamadas telefónicas a mi


familia. Eran muy pocas. Costaban entre 80 y 100 dólares (de esa
época). Demasiado para mi presupuesto de estudiante. Las
llamadas ocurrían cada dos o tres semanas.

Me devoraba los recortes que me enviaban. Los leía muchas veces.


Tenía tiempo para hacerlo. Y no tenía ninguna otra fuente de
información.

Hoy es muy diferente. Veintisiete años después, mi hija estudia en


Estados Unidos. Al momento en que escribo este artículo acabo de
colgar una llamada por Skype (de las muchas que tengo por
semana), concertada en segundos vía WhatsApp. Todo sin pagar
un centavo. Ella se entera de lo que pasa en el Perú en segundos y
puede, vía Internet, ver exactamente las mismas noticias que
vemos aquí en el país. Sabe todo lo que les ocurre a su familia y
amigos. Y como es obvio, tiene mucho menos tiempo para
procesar y reflexionar sobre toda esa información.

Las redes sociales han reducido los costos de información y


transacción a casi nada. Podemos responder en segundos a un
comentario que viene del otro lado del mundo.

Pero la velocidad de la comunicación ha reducido nuestro tiempo


para pensar. Si te demoras diez segundos en responder un
WhatsApp, tu interlocutor te reclama que por qué te demoras
tanto. Ello trae muchas cosas buenas. Mayor conectividad crea
oportunidades de relaciones personales y de negocios. Sabemos
más y aprendemos más rápido. Podemos encontrar lo que
queremos en segundos. Pero no todo es tan bueno.

El bloguero Chris Pirillo decía que “Twitter es un buen sitio para


decirle al mundo lo que estás pensando antes de que hayas tenido
la oportunidad de pensarlo”. Y así es. La conectividad puede
dinamizar la inteligencia. Pero también puede dinamizar la
estupidez.

Y ello no solo se ve en redes como Twitter o Facebook.


Las redeshan contagiado el día a día. Las personas ya hablan y
reaccionan casi en cualquier contexto como si estuvieran
tuiteando, diciendo lo que piensan sin siquiera haberlo pensado.
El discurso dominante no es reflexivo sino reactivo, en el sentido
más instintivo del término. El espacio para razonar se ha reducido.

Y el efecto ha trascendido Twitter o Facebook. Está en la


televisión, en la radio, en los periódicos. Está en la conversación de
café o en encuentros en un bar.

Nadie se escapa. Ni los periodistas ni los entrevistados. Ni los


políticos ni las personas de a pie. Ni qué decir de los congresistas.
Repiten sin pensar, juzgan sin razonar, condenan sin probar. Se
crean olas de opinión sin que exista verdadera opinión. La idea
más absurda se vuelve verdad gracias al rebote. A ‘Chespirito’ lo
mataron infinidad de veces antes de que falleciera de verdad.
Cualquier producto pasa al cadalso sin ninguna demostración de
un defecto. Un dragón mecánico inexistente inició el incendio de
Larcomar, una ficción tuitera que mezcló “Game of Thrones” con
los cines UVK. Uno es corrupto o deja de serlo solo con viralizar
una idea sin más base que un comentario suelto o un dato
inconducente convertido en demostración en 140 caracteres. No es
la lógica y el razonamiento los que hacen al argumento, sino su
repetición.
La ola ahoga el sentido común, el derecho de defensa, la
presunción de inocencia, el derecho a ser oído, el diálogo y la
tolerancia.

Por alguna razón, el rebote incesante crea cargas de ira y enojo que
se intensifican con cada retuiteada. Usamos menos sustantivos y
más adjetivos. Todo se vuelve emocional. La verdad es producto de
convertirse en tendencia, no de responder a la realidad.

Razonar requiere reflexión. Pero parece que ya no hay tiempo para


eso. Estamos cayendo en una nueva forma de tiranía de masas y,
como decía Borges, “las tiranías fomentan la estupidez”.

Rehabilitado, por
Alfredo Bullard
“Han pasado 60 años y aún el tiempo mantiene la
vida (y la muerte) de Villanueva en la oscuridad”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Ya que no se puede corregir el error judicial, al menos se puede corregir el error moral de
haberle cambiado a Villanueva el nombre por el de ‘Monstruo de Armendáriz’". (Ilustración:
Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard03.06.2017 / 06:00 am

Imagínese que le han regalado conocer el momento preciso de su


muerte. ¿Lo consideraría un privilegio? No estoy muy seguro. No
parece muy grato hacer un conteo regresivo de días, horas,
minutos y segundos sobre cuánto tiempo de vida le queda. Es
como morir lentamente, de a pedacitos.

Posiblemente la pregunta más recurrente que se le vendría a la


cabeza sería: “¿Cómo seré recordado?”. Ante la imposibilidad de la
inmortalidad física aspiramos a la inmortalidad del recuerdo.
Queremos trascender como buenas personas, buenos padres o
hijos, buenos profesionales. Ojalá lleguemos a ser recordados
como un famoso deportista, un premio Nobel o un héroe nacional.
Es instintivo. Queremos dejar un legado.

Pero se imagina si en esa cuenta regresiva, además de saber que va


a morir, sabe que será recordado como una persona infame, como
un delincuente, como un asesino y violador de niños.
¿Qué debe sentir un condenado a pena de muerte? Es ser
castigado más allá de morir. Le impone una inmortalidad
perversa. Es la tortura de saber que será recordado como un
desgraciado.

Pero puede ser aun peor. Imagínese, durante esa cuenta regresiva,
saberse inocente.

Esa es probablemente la historia de Jorge Villanueva, más


conocido como el ‘Monstruo de Armendáriz’. El 12 de
diciembre próximo se cumplen 60 años de su fusilamiento.

Hace unos días, en una entrevista, el presidente del Poder Judicial,


el doctor Duberlí Rodríguez, declaró sobre la posibilidad de
rehabilitar a Jorge Villanueva, de declarar su inocencia. Ya que no
se puede corregir el error judicial, al menos se puede corregir el
error moral de haberle cambiado a Villanueva el nombre por el
de ‘Monstruo de Armendáriz’.

Hace unas semanas participé en la puesta en escena de “El


Monstruo de Armendáriz”, obra de teatro producida por la
Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del
Perú.

Para el montaje hubo que investigar el caso. Siempre había


escuchado que se trataba de una condena injusta, pero nunca me
imaginé que lo era tanto.

Jorge Villanueva, un afroperuano con antecedentes penales en


delitos menores, es acusado de violar y luego asesinar a Julio
Zavala, un niño barranquino de 3 años. La única prueba en su
contra: la declaración de Ulderico Salazar, un vendedor de
melcochas que juró haber visto al niño de la mano de Villanueva
justo antes de su muerte. La evidencia física: una moneda de 20
centavos que según Salazar le fue entregada por Villanueva para
comprarle un turrón. El testigo se contradijo 30 veces durante el
juicio.
Villanueva, luego de días de interrogatorio policial, confiesa pero
después se retracta. Señala que fue forzado por la policía.

Su abogado (Carlos Enrique Melgar) consigue que se le retiren los


cargos de violación pues no había evidencia de la misma en la
autopsia. Pero no importó. Hasta hoy la mayoría cree que
el ‘Monstruo de Armendáriz’ fue un violador de niños. Pero
solo fue condenado por asesinato. Su infame inmortalidad fue más
allá de su responsabilidad penal. Villanueva fue fusilado.

Casi 50 años después de su fusilamiento, el médico forense Víctor


Maúrtua revisa la autopsia. Concluye que la condena a Villanueva
“se basó en una prueba médico-legal manipulada dirigida a
encubrir la incapacidad de los funcionarios”. Su análisis concluyó
que las heridas de la víctima no eran consistentes con un asesinato
a golpes, sino que el niño fue muy probablemente atropellado por
un automóvil. El responsable posiblemente dejó el cadáver en la
quebrada de Armendáriz y huyó.

Antes de morir, Villanueva confió a su abogado un mensaje


dirigido a su hijo, también llamado Jorge: “Dígale que no se
avergüence de mí y que el tiempo esclarecerá todo”. Luego de la
ejecución de Villanueva, Ulderico Salazar, el testigo clave que
condenó a un hombre al fusilamiento con una moneda de 20
centavos, dijo a la prensa: “Espero que la sociedad me dé un
trabajo estable para mantener a mis tres hijos en reconocimiento
de mi labor cívica”.

Han pasado 60 años y aún el tiempo mantiene la vida (y la


muerte) de Villanueva en la oscuridad. Ojalá que lo dicho por el
presidente del Poder Judicial no quede en un simple dicho.

Mientras tanto, la memoria de Villanueva espera su rehabilitación.


No le podemos devolver la vida. Pero podemos devolverle
dignidad a su recuerdo. Y podemos convertirlo en un símbolo de
por qué la pena de muerte nunca debe regresar.
Tengo una vaca lechera,
por Alfredo Bullard
“Lo cierto es que los logros de la industria láctea
cubana se produjeron durante los años 80 con el
apoyo de los subsidios soviéticos a su economía”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

"Todos son intentos de crear una ilusión de que las cosas son mejores de lo que son en
realidad. Son costosos esfuerzos de demostrar que se es lo que no se es. Y solo producen más
pobreza". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard27.05.2017 / 09:19 am
¿Ha escuchado hablar de Ubre Blanca? Me enteré de su existencia
leyendo un ensayo preparado para la universidad por mi hija
Micaela. Es una vaca muy especial. Es una vaca lechera cubana.

¿Por qué hablar de una vaca lechera en una isla del Caribe en la
que las condiciones climáticas y la infraestructura no son aptas
para la producción de leche? Pues porque, para sorpresa del
mundo, Ubre Blanca rompió los récords mundiales de producción
diaria y anual de leche. ¿Cómo fue ello posible? Aquí le cuento la
historia.

Este mamífero extraordinario fue producto del socialismo. Se


inspiraba en la canción infantil: “Tengo una vaca lechera. No es
una vaca cualquiera…”. ¿Quién la cantaba? El mismísimo Fidel
Castro.

Antes de la revolución, una vaca cubana producía entre dos o tres


litros de leche diarios, en contraposición a la producción mínima
esperada bajo los estándares internacionales de 16 litros. Para que
los cubanos pudieran tomar leche con una política de sustitución
de importaciones, la productividad debería multiplicarse varias
veces si quería cumplirse la meta de dar un vaso de leche diario a
cada niño hasta cumplir la edad de 7 años. Sí. Igualito al programa
del Vaso de Leche de Alfonso Barrantes en los 80.

A un costo significativo, Fidel impulsó la investigación genética y


el desarrollo de técnicas de producción orientadas a lograr su
objetivo, incluyendo experimentos tales como meter las cabezas de
las vacas en cámaras de aire acondicionado para estimularles las
glándulas de producción de leche ubicadas en sus cerebros.

El objetivo: destronar el récord mundial en manos (o mejor dicho


en pezuñas) de Aileen Ellen, una vaca capitalista norteamericana
que producía 89 litros en un día y 25.272,4 litros anuales.

Luego de un intenso y sistemático esfuerzo de entrenamiento


(para que Ubre Blanca mascara más rápido) y de embutirle
comida (consumo de 130 litros de agua y 230 kilos de alimento
diarios), en 1982 Ubre Blanca rompió el récord de su rival gringa y
produjo 110 litros en un día y 27.654 litros anuales.

Fidel exigía reportes cada seis horas de la performance de su vaca


favorita. Dedicó discursos a sus logros e incluso invitó a
mandatarios a conocer a la vacuna celebridad (como un ex
presidente de Venezuela o al presidente del Parlamento de la
India).

Ubre Blanca tuvo (como quería Fidel) un gran impacto mediático


en la isla. Los cubanos estaban orgullosos de su vaca, de su país y
de su revolución. Habían humillado la pretendida superioridad del
decadente capitalismo.

Pero nadie (ni las supervacas) viven para siempre. Ubre Blanca
“pasó a mejor vida”. El diario cubano “Granma” publicó un
número entero como obituario del extraordinario rumiante.

Lo cierto es que los logros de la industria láctea cubana se


produjeron durante los años 80 con el apoyo de los subsidios
soviéticos a su economía. Y, como era de esperarse, el sueño de la
supervaca murió junto a la caída del Muro de Berlín. La
producción de leche cubana se redujo a la mitad y muchos centros
lecheros fueron cerrados, incluido el hogar de Ubre Blanca.

Los restos disecados (colocados en una caja de cristal) adornan el


lobby del Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria de Cuba en
homenaje, en cuerpo presente, al heroico animal. Ninguno de los
descendientes de Ubre Blanca se acercó a los récords de su
antepasada. Los intentos de clonarla han fracasado. La vaca
brasileña Indiana rompió su récord de producción en el 2014.
Estados Unidos sigue siendo el principal productor de leche
bovina del mundo. Cubano aparece en los ránkings.

Ubre Blanca se suma a otra serie de sueños insostenibles. El


propio Fidel pidió desarrollar una raza de chancho enano para ser
criado en las tinas de las casas cubanas para que todos los
ciudadanos puedan producir su propia comida. Algo similar
ocurrió con la promoción de deporte cubano, la carrera espacial
soviética, o las armas nucleares de los coreanos del norte. Todos
son intentos de crear una ilusión de que las cosas son mejores de
lo que son en realidad. Son costosos esfuerzos de demostrar que se
es lo que no se es. Y solo producen más pobreza.

Lo cierto es que los sueños sostenidos artificialmente se quedan en


sueños. Así es el sueño de la revolución cubana. Producen un
entusiasmo tan fugaz como insostenible de que se puede vivir
mejor.

La guerra y la paz, por


Alfredo Bullard
“La economía norcoreana no tiene futuro, salvo la
unificación con Corea del Sur. Si no se abre, como lo
hizo China, se autodestruirá”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
"Lo cierto es que cuando llegué no encontré un estado de pánico generalizado. La situación es
muy distinta. Cuando le preguntas a los coreanos del sur, muy sueltos de huesos, te dicen que
ya están acostumbrados y que no creen que pase nada. Y si pasara, su potencial militar es
superior al de sus vecinos del norte". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alfredo Bullard20.05.2017 / 08:00 pm

¿Sabe lo que es la DMZ? Es el acrónimo en inglés de zona


desmilitarizada: la zona de frontera entre las dos coreas. Luego de
la Guerra de Corea se acordó una zona libre de presencia militar
de dos kilómetros a cada lado de la frontera. Su frontera no es una
línea sino una franja de 4 kilómetros de ancho.

Como efecto involuntario de su instauración, se generó una zona


ecológica en la que la no presencia humana ha derivado en el
florecimiento de una variada flora y fauna. Y también en la
aparición de malaria. De hecho, es la única zona del hemisferio
norte que sufre de ese mal.

Otro de los efectos involuntarios es que la DMZ es una de las


atracciones turísticas más importantes de las dos coreas. Hace
poco más de una semana fui uno de los turistas que la visitan.
Toda una experiencia. Me había quedado con ganas de conocer el
Muro de Berlín antes de su caída. La DMZ es muy parecida: una
barrera que separa al mismo país en dos ideologías, dos sistemas,
dos realidades. Un fósil viviente de la Guerra Fría. El día que caiga
y sea cruzada en los dos sentidos por los coreanos, podré decir que
estuve allí antes de que desapareciera.

¿Pero ocurrirá eso pronto? ¿Y cómo será la Corea resultante de


una reunificación?

El lector pensará que es muy avezado visitar Corea en esta


coyuntura, cuando la amenaza de la guerra (incluida una nuclear)
está en todos los canales de noticias. Lo mismo pensé cuando tomé
la decisión de ir. A pesar de las numerosas recomendaciones en
contra, mi curiosidad venció a mi prudencia.

Lo cierto es que cuando llegué no encontré un estado de pánico


generalizado. La situación es muy distinta. Cuando le preguntas a
los coreanos del sur, muy sueltos de huesos, te dicen que ya están
acostumbrados y que no creen que pase nada. Y si pasara, su
potencial militar es superior al de sus vecinos del norte.

Asistí a una conferencia. Uno de los paneles fue precisamente


sobre seguridad militar y reunificación. El general norteamericano
Burwell B. Bell, quien fue comandante de las Fuerzas de las
Naciones Unidas en Corea, no era tan optimista. Calificó la
situación (como suelen hacer los militares) como crítica. Coincide
en que los norcoreanos difícilmente podrán sostener una invasión
exitosa de Corea del Sur. Pero sí tienen la capacidad de causar
mucho daño (cientos de miles, quizás millones, de bajas y
destrucción de infraestructura) y luego replegarse y defenderse en
su territorio de manera exitosa.

Pero más interesante me pareció la presentación de Hee Sang


Kim, un militar surcoreano retirado, presidente del Instituto
Coreano de Asuntos de Seguridad Nacional.

Se preguntaba por qué un país tan pobre y sin futuro como Corea
del Norte, en el que millones se mueren de desnutrición, puede
desarrollar un poder militar apreciable incluida la posibilidad de
bombas nucleares. Curiosamente, en los 70, los norcoreanos
estaban en mejor situación económica que los surcoreanos. Sin
embargo el gasto armamentista fue la prioridad y fue socavando su
ya débil economía. A finales de los 90, gastaban entre 200 y 300
millones de dólares en alimentar a la población y 300 a 500
millones en desarrollar armas nucleares. Se cree que el gasto
militar está entre el 35% y 50% del PBI. Como dijo Juan Andrés
Ramírez comentando mi artículo de la semana pasada, un pobre
que no tiene para comer y se compra un Mercedes Benz.

La economía norcoreana no tiene futuro, salvo la unificación con


Corea del Sur. Si no se abre, como lo hizo China, se autodestruirá.
Y según Goldman Sachs, si Corea se reunifica, su PBI superaría al
de Francia, Alemania y Japón en 40 años y su PBI per cápita lo
convertiría en el segundo país más rico del mundo.

Dicen que un oficial norcoreano le dijo al entonces presidente Kim


Jong-il por qué no se abrían como China. Este respondió: “Oiga,
doctor, ¿me está diciendo que debo morir?”. El ex secretario de
Estado norteamericano Collin Powell coincide: “Corea del
Norte se derrumbará si no se abre, pero se derrumbará más
rápido si lo hace”. La pregunta no es si habrá reunificación, sino
cómo: mediante una guerra o mediante la caída pacífica de la DMZ

Luz y sombra, por


Alfredo Bullard
"La historia de las dos Coreas es una fábula que ofrece al Perú una clara moraleja".

ALFREDO BULLARDABOGADO
Luz y sombra, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard13.05.2017 / 08:00 pm

En una foto tomada desde el espacio por un satélite se ven dos


áreas claramente diferentes. La de abajo es la silueta de un país
intensamente iluminado, que brilla. Una línea marca lo que sería
su frontera. La de arriba aparece casi totalmente oscura, como una
sombra al lado de un reflector. La diferencia es impresionante.

La línea es el paralelo 38. El país iluminado es Corea del Sur. Y el


oscuro es Corea del Norte. La diferencia en luminosidad responde
a la abrumadora diferencia en el nivel de desarrollo de ambos
países. Uno, totalmente electrificado, es de los países más
tecnológicos y con mejor infraestructura del mundo. El otro es un
agujero negro, con un estilo de vida casi feudal.

Increíblemente ambos territorios son un solo país dividido por la


guerra y la ideología. Compartían en la fecha en que se dividieron
la misma historia, la misma población, la misma cultura, el mismo
nivel de infraestructura, el mismo idioma. Eran igualmente
paupérrimos (la Corea original estaba entre los países más pobres
del mundo). No había diferencias apreciables. Arrancaron en la
misma línea de partida y en la misma situación. Pero solo 60 años
después Corea del Sur llegó a ser la decimotercera economía del
mundo y Corea del Norte se quedó como una de las últimas.

La historia nos ha ofrecido un laboratorio casi perfecto para


probar el efecto de políticas distintas. La guerra de Corea (1950)
destruyó toda la riqueza existente. El general MacArthur, al
recobrar Seúl, predijo que restaurar la ciudad tomaría cien años.
Se equivocó.

Acabo de estar en Seúl, Corea del Sur. Las fotos de hace 50 años
parecen tomadas en las zonas más pobres del Perú. Las de hoy son
del Primer Mundo mientras sus hermanos del norte viven
virtualmente en un subdesarrollo cavernario.

Corea del Sur se orientó a promover la empresarialidad, el


emprendedurismo y el comercio exterior con empresas globales
como Samsung, Hyundai, Kia o LG. Hoy es una democracia en la
que sus instituciones funcionan. En contraste, Corea del Norte es
un Estado comunista, sin empresas y sin un gramo de libertad
económica ni política. Es una de las dictaduras más brutales.

Por supuesto que no todo en Corea del Sur es color de rosa.


También atravesó períodos de gobiernos dictatoriales y su
economía no es tan abierta como podría ser, está cargada cada vez
de más regulaciones que explican en parte la desaceleración de su
crecimiento en los últimos años. Pero a pesar de ello, marca
claramente la diferencia con su hermano, convertido hoy en vecino
hostil.

Algunas cifras demuestran la apabullante diferencia entre ambos


países. Desde la década de 1960, el producto bruto interno de
Corea del Sur se multiplicó 1.084 veces (de US$1,3 mil millones a
más de un billón), siendo 42 veces el de Corea del Norte. El
producto per cápita se multiplicó 417 veces (de US$67 anuales a
cerca de US$30.000) mientras que el de su vecino del norte es de
solo US$1.300. Y sus exportaciones se incrementaron 28.655
veces (a US$573 mil millones) frente a solo US$4,7 mil millones
de los norcoreanos.

Increíblemente, los surcoreanos tienen el mismo origen que sus


vecinos norcoreanos. Sin embargo, los primeros son siete
centímetros más altos, gracias a una mejor alimentación y
atención médica. Hay diez años de diferencia en su esperanza de
vida (80 años frente a cerca de 70 para los norcoreanos). En Corea
del Sur mueren 4,08 nacidos por cada 1.000 nacimientos, frente a
26,21 en Corea del Norte (6,5 veces más).

La historia de las dos Coreas es una fábula que ofrece al Perú una
clara moraleja. La pobreza y el subdesarrollo pueden ser
derrotados si se sigue la línea correcta. La libertad ofrece un
camino luminoso y la ausencia de ella te conduce a la oscuridad.
Los coreanos del sur y del norte se han enfrentado infinidad de
veces a los mismos dilemas a los que nos enfrentamos los
peruanos hoy y se han hecho las mismas preguntas. Han dado
diferentes respuestas. Y han llegado a lugares muy distintos. Y es
que hay que saber elegir entre la luz y la oscuridad.

¿Y en qué vamos a
trabajar?, por Alfredo
Bullard
“La innovación igual ocurrirá pero a un costo mayor que pagaremos todos".

ALFREDO BULLARDABOGADO
¿Y en qué vamos a trabajar?, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard06.05.2017 / 08:00 pm

Juan sale una mañana a trabajar. Está tarde. No toma el novísimo


metro construido hace unos años luego de la demolición del
obsoleto Metro de Lima (que tomó 20 años en ponerse en marcha
por problemas en la entrega de terrenos). El nuevo está totalmente
automatizado. Los viajes se cargan en un aparato parecido a los
antiguos smartphones. Los trenes ya no tienen conductores ni las
estaciones vigilantes, los que han sido reemplazados por sistemas
de cámaras de vigilancia y mecanismos de control y seguridad a
distancia.

Toma un taxi que tampoco tiene conductor. Recuerda cómo hace


unos años los taxistas combatían a Uber por ser más eficiente y
barato. Hoy ya no hay ni conductores de taxis ni de Uber.

No hay policías dirigiendo el tráfico. Los autos sin chofer se


comunican entre sí y toman decisiones automatizadas para decidir
quién pasa primero en una intersección, y lo hacen sin generar los
atracones que caracterizaron a Lima hace ya varios años. Y las
infracciones de tránsito ya no existen, pues los autos están
programados para no cometerlas.

Juan tiene suerte. Trabaja diseñando robots, aunque en realidad


controla el proceso de diseño desarrollado por computadoras que
han reemplazado a cientos de personas por un equipo de solo
cinco ingenieros. Esos robots desarrollan procesos productivos de
todo tipo: desde preparar hamburguesas hasta fabricar
automóviles o rascacielos.

En los supermercados los cajeros han sido reemplazados por


escáneres por los que pasas tu carrito con compras y te carga el
costo en tu cuenta bancaria virtual. Los bancos ya no tienen
oficinas.

En los hospitales, complejas computadoras, sucesoras de la


antigua supercomputadora Watson, hacen diagnósticos y
prescriben tratamientos con mucha más precisión y eficacia que
un médico usando sofisticados algoritmos sin cometer errores
humanos.

Los jueces han sido reemplazados por sistemas de cómputo que


aplican la ley sin las emociones, sesgos y arbitrariedades de los
humanos. Y las computadoras son incorruptibles. Dos casos
iguales son tratados igual. Y los largos juicios de años han sido
reemplazados por decisiones que se toman en minutos. Por
supuesto ya no se necesita abogados, al menos no del tipo a los
que estábamos acostumbrados a inicios del milenio, pues se trata
de alimentar a la computadora con información básica del caso. Ya
no hay que alegar e inventar historias.

El mundo futurista en el que vive Juan no es irreal. No


necesitamos una película de ciencia ficción. Muchas de las cosas
descritas ya existen o están muy cerca de existir y superan con
creces la imaginación más retadora. El común denominador es
que se necesitan menos personas para hacer todo lo que hacemos
hoy. La pregunta es, entonces, ¿en qué vamos a trabajar los
humanos?

Un estudio reciente de la Universidad de Oxford predice que, en


un período de 10 a 20 años, el 47% de los trabajos existentes en
Estados Unidos serán realizados por máquinas (casi la mitad de
los trabajos existentes). Es posible que ocurra lo mismo en los
países desarrollados. Y en los que no lo somos tomará algo más,
pero también ocurrirá.

Acabo de estar hace dos días en Madrid, en una conferencia del


premio Nobel de Economía francés Jean Tirole. Varias de las
preguntas que le hicieron se relacionaron precisamente con el
problema de innovación y el mercado laboral. Hay quienes
sugieren regular el desarrollo de la tecnología para retrasar su
avance o, de manera similar, crear impuestos que graven los
robots y máquinas que sustituyan trabajos.

La respuesta de Tirole fue muy clara: no podemos proteger


puestos de trabajo con esas ideas. La innovación igual ocurrirá
pero a un costo mayor que pagaremos todos.

Y en ese punto tiene razón. La tecnología aumenta la


productividad, reduciendo el costo por unidad producida. Con ello
se necesitan menos horas humanas para hacer lo mismo. Pero esas
horas serán mucho mejor pagadas. El fenómeno descrito no es
nuevo. Viene ocurriendo desde hace dos siglos. La
industrialización (con la invención de la máquina de vapor) llevó a
procesos que requieren menos horas (hemos pasado de trabajar 16
horas a 8 horas diarias), y el ingreso per cápita ha crecido a pesar
de ello. No se protege puestos de trabajo impidiendo que
la tecnología nos haga más fácil la vida, sino haciendo que el
producto de ese trabajo valga más.
Perra vida, por Alfredo
Bullard
“La propiedad genera un derecho de exclusión que reduce los costos de proteger lo
que es de uno".

Perra vida, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard29.04.2017 / 08:00 pm

Hace unos años participé como comentarista en la presentación de


un libro de Richard Webb sobre titulación de propiedad. Al final
de la charla, una persona se me acercó. Me dijo que mi
intervención le había dado sentido a una foto que tenía guardada
desde hacía varios años y cuyo significado no entendía. Al día
siguiente recibí la foto por correo electrónico.

La foto era de una especie de ‘placa’ conmemorativa donde, sobre


el cemento, se había escrito: “Lugar en donde por 1era Vez se
celebró la Misa (24-12-71) por el Cardenal Juan Landazuri R.
Reconociendo al primer Párroco P. José Walojewski Asistieron 9
niños 5 mujeres 2 hombres 15 perros”. Según el dueño de la foto,
esta correspondía a Villa El Salvador y se remontaba a sus
orígenes cuando era un joven asentamiento humano en medio de
la nada.

Mi charla había mencionado un hecho que alguna vez le escuché a


Hernando de Soto y que coincidía con mi experiencia. En los
pueblos jóvenes, sobre todo en sus etapas iniciales, es notoria la
existencia de una gran cantidad de perros. Cuando uno camina por
el arenal surgen de entre las improvisadas casas de esteras una
gran cantidad de canes ladrando, muchas veces de manera
bastante amenazante. Es llamativo que familias muy pobres
tengan cuatro, cinco o más perros, a pesar de los costos que
significa alimentarlos.

Del texto de la placa se deriva que en esa misa navideña (según la


foto ocurrió el 24 de diciembre) estuvieron presentes 16 seres
humanos y 15 perros, virtualmente el mismo número.

Ante la falta de títulos de propiedad los habitantes usaban los


perros como sustitutos. Sin un sistema legal efectivo de protección
del predio, el perro, con sus ladridos, sirve para alejar a los
invasores y usurpadores. El animal es una forma de marcar lo que
es mío y defenderlo.

Una vez que se entregan títulos de propiedad en un área es notoria


la reducción del número de perros. El sistema legal los hace
innecesarios y las familias regresan al uso regular de los animales
como simples mascotas en números bastante más reducidos.

Pero la reducción de perros no es el único efecto notorio de la


existencia de propiedad. Conversando con amigos que trabajaban
en Cofopri en aquellos tiempos, me decían que la entrega de
títulos de propiedad tenía un efecto en el aumento de los índices
de escolaridad. Usted se preguntará por qué.
Si no hay derechos de propiedad existe el riesgo de usurpación de
mi predio. Lo único que protege de manera efectiva mi derecho es
la posesión continua. Pero si los padres tienen que trabajar y los
niños que ir al colegio, ¿quién se queda cuidando la posesión?

Las familias optan por dejar en la casa a quien representaba el


menor costo de oportunidad: los niños. De hecho, se dejaba
muchas veces a los hijos menores y era más común dejar a las
niñas que a los niños, en la creencia infundada de que los hombres
tienen más oportunidades que las mujeres si reciben educación.
Pero una vez entregados los títulos, los niños pueden regresar al
colegio.

Otro efecto apreciable era el impacto en la inversión. Una vez


titulada un área el patrón de construcción cambia y se dejan de
construir casas de uno o dos pisos para comenzar a construir
edificios, aumentando la eficiencia y valor del predio.

La propiedad genera un derecho de exclusión que reduce los


costos de proteger lo que es de uno, libera recursos humanos para
usos alternativos y genera incentivos para invertir en el uso de los
bienes.

Ese fenómeno se presenta no solo en los pueblos jóvenes y con la


propiedad predial. Un sistema que mediante impuestos y
sobrerregulación reduce la facultad de exclusión sobre el uso de
los bienes genera exactamente el mismo efecto. Si el sistema legal
no le garantiza a las empresas que podrán desarrollar un proyecto
con recursos de su propiedad, incrementa los costos de preservar
los bienes, distrae recursos que podrían usarse en actividades
productivas y reduce los niveles de inversión en dichas
actividades.

Finalmente, una sociedad que no define adecuadamente los


derechos de las personas puede convertir su existencia en una
auténtica vida de perros.
El fin del mundo, por
Alfredo Bullard
“En un mundo con el doble de seres humanos habrá el doble de posibilidades de
tener genios o personas creativas”

El fin del mundo, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard22.04.2017 / 08:00 pm

Dos semanas atrás, escribía sobre el pesimismo del ser humano


(“¿Todo tiempo pasado fue mejor?”, 8 de abril del 2017). Sostenía
que la evidencia empírica demostraba que, contra lo que se suele
decir, la humanidad se ha movido en los últimos dos siglos hacia el
desarrollo y a un incremento espectacular del bienestar general.
Nunca en la historia hemos estado mejor. Pero, a pesar de la
evidencia existente, solemos decir que estamos peor que nunca.

Los comentarios al artículo confirmaron lo que el propio artículo


decía: pesimistamente sostenían que los niveles de pobreza se
habían incrementado y que nos movíamos hacia el fin del mundo.
El calentamiento global, la sobrepoblación, o una combinación de
ambos, nos estarían conduciendo a la autodestrucción. El fin del
mundo está a la vuelta de la esquina.

Pero ninguna de esas predicciones tiene sustento. No existe


ninguna estadística de la que se derive que los habitantes de la
Tierra se han empobrecido. Ello no significa que no
exista pobreza. Solo significa que cada vez existen
menos pobres. Hace 200 años el 90% de la población hubiera
sido calificada como pobre extremo. En 1990 era el 37%. Hoy es
menos del 10%, según cifras del Banco Mundial.

Más extraordinario aun, esa cifra supone un descenso de más de


tres puntos porcentuales de pobreza extrema en menos de cinco
años: más 200 millones de personas han salido de la pobreza en
ese período (siete veces la población del Perú). Pero más
pesimistas aún son las predicciones (científicas, esotéricas o
religiosas) sobre cómo estamos al borde de la extinción. Tales
predicciones pueblan Internet. Nos hemos despertado varios
cientos de mañanas en las que supuestamente el mundo ya no
debería existir. Todas tienen algo en común: ninguna se ha
cumplido.

La más citada –explícita o implícitamente– en varios de los


comentarios fue la predicción de Thomas Malthus.

Malthus profetizó en el siglo XIX que, dado que la población crecía


en progresión geométrica pero la producción de alimentos crecía
en progresión aritmética, nos dirigíamos hacia una hambruna de
dimensiones colosales.

Steven Landsburg, comentando el error de Malthus, cita a un tal


Baxter (un hombre común y corriente) que decía que planeaba
tener seis hijos para resolver el problema de la población mundial.
El razonamiento de Baxter era simple: la gente resuelve problemas
y cuanta más gente hay, más problemas se resuelven. ¿Por qué un
científico reputado como Malthus estaba en un error y por qué
Baxter, un don nadie, estaba en lo correcto?
El primer error de Malthus es no darse cuenta de que ningún otro
ser de la naturaleza tiene la capacidad de crear algo nuevo.
Ningún animal está en capacidad de transformar el medio
ambiente para adaptarlo y poder así sobrevivir. En un mundo con
el doble de seres humanos, habrá el doble de posibilidades de
tener genios o personas creativas. Eso significa que habrá el
doble de posibilidades de tener nuevas ideas. Buenas ideas
resolverán problemas como, por ejemplo, producir más para
alimentar más gente o resolver el problema del calentamiento
global.

El segundo error de Malthus es que, en realidad, el doble de


personas creativas no significa el doble de buenas ideas, sino
muchas más. Malthus no solo olvidó la creatividad, sino que
obvió a las empresas y a los contratos. Dos
personas creativas pueden producir más del doble de ideas que
una sola. La coordinación crea sinergias y ello aumenta
la creatividad. La existencia de empresas y contratos favorece la
coordinación. Dentro de una empresa los equipos creativos
pueden actuar bajo reglas que incentivan el compartir ideas
combatiendo el temor a que estas sean apropiadas por terceros.
Los contratos ayudan a crear la certidumbre que disipa ese riesgo.

El tercer error de Malthus está en olvidar que la creatividad no


solo beneficia al creador o a la empresa que lo acoge. Como decía
Thomas Jefferson, tener una idea creativa es como encender una
vela (hoy diríamos como encender un foco): una vez que lo haces
no puedes evitar que la luz ilumine a los demás que están en la
habitación.

Solo un pesimismo desinformado explica la extraña popularidad


de Malthus. Sin embargo, todo indica que nuestro futuro será
mejor que nuestro ya promisorio presente y mucho mejor que
nuestro pasado.
El dogma Montaigne,
por Alfredo Bullard
“Montaigne es el padre de todas las demagogias económicas. Por eso, cuando vaya
a repetir su dogma, piénselo un momento”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

El dogma Montaigne, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard15.04.2017 / 08:00 pm

Es una de las ideas más falsas pero a su vez más influyentes la de


“la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los
ricos”. Michel de Montaigne, un filósofo y ensayista del siglo
XVI, enunció un principio según el cual “no se saca provecho para
uno, sin perjuicio para otro”.
En principio, la idea parece lógica. ¿Quién no ha repetido alguna
vez que la causa de la pobreza es el exceso de riqueza de unos
pocos? ¿O ha afirmado que los ricos tienen un deber de corregir
esa asignación de los recursos siendo más generosos?

Pero el llamado “dogma Montaigne” parte de una premisa


absolutamente equivocada. Como acertadamente ha señalado
Enrique Ghersi, la pobreza no tiene causa. Es el estado natural del
hombre. No me malinterprete. Ello no significa que la pobreza sea
deseable. Todo lo contrario. Pero en los inicios de la humanidad,
en las cavernas, todos éramos absolutamente pobres. Y no es
cierta la frase que todo niño trae un pan bajo el brazo. Es lo
contrario. El niño viene con hambre y si sus padres no se encargan
de saciarla, el niño morirá.

Lo que sí tiene causa (y la conocemos) es la riqueza. Ella proviene


de la acumulación y uso del capital. Viene de las condiciones que
generan la inversión productiva y la innovación (la protección de
la propiedad, el reconocimiento del carácter obligatorio de los
contratos, entre otras).

Así, la pobreza desaparece cuando aparece la riqueza,


exactamente la idea contraria a la que propone Montaigne.

La falsedad del dogma causa muchísimo daño. Ha generado


políticas tributarias que destruyen los incentivos para
generar riqueza (y por tanto eliminar pobreza). Causa problemas
regulatorios que perjudican a los consumidores en lugar de
beneficiarlos. Justifica el populismo y, posiblemente, la mayoría
de leyes que da el Congreso. Es el origen de todos los “perros del
hortelano” económicos. Es una idea tan equivocada como
destructiva.

El punto de partida del error de Montaigne es que el intercambio


es un juego de suma cero; es decir, que si alguien gana, es porque
alguien pierde. Pero en realidad el intercambio libre y voluntario
hace que ambas partes ganen.
Si usted quiere comprar una casa que valora en 100.000 (precio de
reserva del comprador) de un propietario que la valora en 60.000
(precio de reserva del vendedor), pueden pactar un precio de
90.000. El propietario habrá ganado 30.000 (recibió 90.000 por
una casa que valora en 60.000) y el comprador 10.000 (pagó
90.000 por algo que valora en 100.000). Uno ganó más que el
otro, pero los dos ganaron. Nadie se apropió de nada del otro. Y
sin quererlo han mejorado la situación de la sociedad en su
conjunto, pues la casa pasó de un uso valorado en 60.000 a un uso
valorado en 100.000. Nadie se hizo rico a costa del otro. Ambos se
enriquecieron al mismo tiempo.

Si una empresa contrata a un trabajador, este no se vuelve más


pobre al día siguiente de su contratación. Es todo lo contrario.
Pasa de ser desempleado (ganaba 0) a ganar un sueldo (por
ejemplo 1.000). No hay forma de sustentar que su situación es
peor que antes ni que la empresa que lo contrató le robó algo, ni se
hizo más rica quitándole algo que le pertenecía. Lo cierto es que
tanto la empresa como el trabajador mejoraron con la
contratación. Podríamos desear que el trabajador ganara más o
menos. Pero no se puede sostener que es pobre porque la empresa
lo contrató.

En realidad, el intercambio es un juego de suma positiva.


Usualmente (casi siempre) ambas partes ganan y nadie pierde. El
no entender ello es el serio error de Montaigne que muchos
repiten sin siquiera pensar lo que están diciendo.

Podemos dar muchas vueltas a los números, pero lo cierto es que


ningún país ha eliminado la pobreza solo con políticas
redistributivas. De hecho, esas políticas han tenido un efecto
limitado, cuando no negativo. Siempre ha sido necesario el
crecimiento económico. Y ese crecimiento, para ser sostenido,
proviene centralmente del intercambio voluntario.
Montaigne es el padre de todas las demagogias económicas. Por
eso, cuando vaya a repetir su dogma, piénselo un momento. Tiene
la oportunidad de evitar un error.

¿Todo tiempo pasado


fue mejor?, por Alfredo
Bullard
“Hoy la gente trabaja menos y a pesar de eso el mundo produce más y vivimos
mejor”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

¿Todo tiempo pasado fue mejor?, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard08.04.2017 / 08:00 pm

El ser humano moderno apareció hace solo unos cien mil años.
Durante 99.800 años permanecimos en un nivel de subsistencia
con un crecimiento económico casi inexistente. Las personas
tuvieron un ingreso per cápita equivalente –eliminado el efecto
inflacionario– a entre cuatrocientos y seiscientos dólares al año.

Hace solo doscientos años algo extraordinario pasó. Según una


investigación de Maddison, de 1820 a 1998 el ingreso per cápita
pasó de 667 a 5.709 dólares (en dólares de 1990). En esos 178 años
casi se multiplicó por diez. El crecimiento es notoriamente mayor
en lo que se denomina Occidente (Estados Unidos, Europa
occidental, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Japón), en donde
se pasó de 443 dólares en el año 0 a 21.470 en 1998.

El año 1820 coincide con la aparición de las herramientas básicas


de lo que llamamos capitalismo: la empresa moderna y las formas
legales que permitieron su desarrollo, es decir, la creación de
sociedades mercantiles que permitieron separar el capital de la
gestión, la aparición de la propiedad privada como hoy la
conocemos y los mecanismos más efectivos de hacer cumplir los
contratos.

Según Landsburg, si alguien gana hoy cincuenta mil dólares al


año, en veinticinco años (solo una generación), con crecimiento
como los indicados, el ingreso per cápita real de sus hijos se habrá
casi duplicado y, en una generación más, se habrá más que
triplicado el de sus nietos. Si ganamos 50 mil hoy, nuestros nietos
ganarían cerca de 150 mil dólares al año (del mismo poder
adquisitivo). Aunque no lo crea, en cuatrocientos años nuestros
descendientes estarán ganando el equivalente a un millón de
dólares diarios.

Pero no es solo un tema de ingresos. Las críticas más comunes de


quienes creen que todo tiempo pasado fue mejor serán que mayor
crecimiento no quiere decir mejora real de bienestar. Pero la
evidencia empírica también apunta en el sentido opuesto.
En los últimos 150 años de progreso impulsado por la tecnología,
el consumo de alimentos per cápita se duplicó, el de productos
manufacturados se multiplicó por 100 y el de servicios por seis.

La expectativa de vida pasó de 25 años a inicios del siglo XVIII a


72 años para los hombres y 74 para las mujeres en la década de
1970. Hoy apunta a superar los 80 años.

La mortalidad infantil ha caído de 250 a cerca de 20 por 1.000


nacimientos. La edad media de un hijo a la muerte de uno de sus
progenitores ha pasado de los 14 años a los 44. Este salto se
explica por mejoras en la ciencia médica, disponibilidad y costo de
los alimentos, mejoras sanitarias (agua potable y desagüe),
educación, etc.

Y el impacto no solo se ve en el bienestar, sino en la vigencia de


derechos individuales e incluso en la de los llamados derechos
sociales. Por ejemplo, el aumento de la productividad gracias a la
tecnología ha convertido en viables muchos derechos laborales.

Hoy la gente trabaja menos y a pesar de eso el mundo produce


más y vivimos mejor. Sin un aumento de la productividad, los
derechos laborales nos hubieran conducido a una reducción seria
del bienestar. O, en otras palabras, la sociedad no hubiera podido
solventar los costos que implica la concesión de derechos laborales
actuales.

Como comenta Landsburg, a comienzos del siglo XX las tareas


domésticas incluían acarrear siete toneladas de carbón y 34.000
litros de agua cada año. Hoy buena parte de la humanidad ha sido
liberada de esas actividades y con ello las personas (en particular
las mujeres que se dedicaban a cuidar la casa) han podido dedicar
tiempo a estudiar y salir a trabajar, en labores que, a diferencia de
las de ama de casa, son remuneradas. Ello ha contribuido a
incrementar el ingreso de la familia y a poner en perspectiva
práctica los derechos vinculados a la igualdad entre géneros.
Hace cien años el ama de casa promedio se pasaba doce horas
diarias lavando ropa, cocinando, limpiando y planchando. Hoy
ello le tomaría solo tres horas a quien se encargara del cuidado de
la casa. La posibilidad de ocuparse de la casa y trabajar fuera de
ella al mismo tiempo era impensable hace un siglo. Hoy es algo
cada vez más común. Y es que en realidad todo parece indicar que
todo tiempo futuro será mejor.

El autogol del defensor,


por Alfredo Bullard
"Walter Gutiérrez lamentablemente no entiende para qué sirven los precios. Los
precios bajos no son ni buenos ni malos".

ALFREDO BULLARDABOGADO
El autogol del defensor, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard01.04.2017 / 08:00 pm

El objetivo de un defensor en un campo de fútbol es evitar que la


pelota ingrese en su arco. Y su mayor tragedia es empujar el balón
anotando un gol en su propia valla.

El objetivo del defensor del Pueblo es, supuestamente, evitar que


se perjudique al pueblo. Su mayor tragedia sería dañar con sus
decisiones a los ciudadanos.

En los últimos días, el defensor Walter Gutiérrez ha


empujado la pelota dentro de su propia valla proponiendo una
medida que dañará a quienes debe proteger. Defendió su posición
en este mismo Diario (“Desastres naturales y libertad de precios”,
28 de marzo del 2017).

Pretende que se sancione penalmente a unos individuos a los que


llama “acaparadores y especuladores”, términos de las épocas de
Velasco y del primer gobierno de Alan García. Ambos destrozaron
la economía con sus ideas.

Su razonamiento es tan absurdo como equivocado. Según su tesis,


estos “acaparadores o especuladores” pueden, en épocas de
desastre, retener bienes (esconderlos debajo del escaparate) y
subir sus precios perjudicando a los damnificados.

Ello, sin embargo, no es posible. El error de Velasco (como el de


Maduro en Venezuela) era creer que las empresas tienen el poder
de hacerlo cuando se produce un desastre. Ese poder no existe en
los ejemplos que él coloca (agua embotellada, transporte
interprovincial, etc.).

Los precios subían por otra razón: si controlas el precio no hay


incentivos para producirlos. Al reducirse o eliminarse el margen,
no hay interés de producir a pérdida.

Los bienes escaseaban por el propio control de precios que


pretendía defender al consumidor. Y cuando las cosas escasean,
las personas están dispuestas a pagar más.

El mal llamado mercado negro, de precios más altos, era la única


oportunidad de obtener leche, azúcar y arroz. En realidad, debería
haberse llamado mercado blanco porque se convertía en la única
oportunidad de obtener los bienes que los consumidores
necesitaban.

Walter Gutiérrez lamentablemente no entiende para qué sirven


los precios. Los precios bajos no son ni buenos ni malos. Los
precios altos tampoco. Los precios son un sistema de señales.
Conforman un lenguaje que permite organizar la producción y
consumo de bienes y servicios.

Los precios funcionan como un semáforo que busca lidiar con la


escasez. Cuando algo es escaso, los precios suben. Del lado del
proveedor, el precio alto es una luz verde que le indica: “produce y
vende, porque el precio se ha vuelto atractivo” o “lleva bienes a la
zona de desastre”. Del lado del consumidor es una luz roja que le
dice “no compres, o compra menos y úsalo con prudencia”.
Aumentan la oferta y contraen la demanda para crear incentivos
que nos saquen de la escasez.

El problema con los desastres es que, como lo hace la estupidez


económica de controlar precios, genera escasez. Los precios suben
precisamente para mandar la señal a los consumidores de que
cuiden el consumo y a los proveedores incentivarlos a producir y
llevar bienes a la zona donde son escasos. Si el precio fuera igual
en Piura que en Lima, y yo tengo agua en Lima, ¿por qué asumiría
los costos de llevarla a Piura (donde es más necesaria) si el precio
que puedo cobrar en Lima va a ser el mismo? Los precios altos son
justo un mecanismo para llevar los bienes a donde son más
necesarios.

Conclusión: si lo que propone Walter Gutiérrez prospera, la


escasez se agudizará en las zonas de desastre, donde más se
requieren esos bienes. Y como nadie llevará más bienes, los
precios seguirán subiendo. Un autogol olímpico.

No quiero que se me malentienda. Sin duda la solidaridad y el


apoyo desinteresado a las víctimas de los desastres contribuyen a
resolver el problema y hemos visto ejemplos realmente
conmovedores. Pero la solidaridad es insuficiente para atender a
todos.

Adam Smith dijo, en una de sus frases más citadas: “No es por la
benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que
podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. La
frase es muy mal leída por quienes piensan como Gutiérrez, pese a
que contiene uno de los principios fundamentales para entender
cualquier sistema económico. El carnicero nos alimenta no por
preocuparse en nuestro bienestar, sino porque quiere nuestro
dinero. El propio interés crea incentivos muy relevantes para
resolver problemas ajenos. La generosidad es importante, pero es
insuficiente en relación con las necesidades que se deben atender.

Arbitraje sin airbag, por


Alfredo Bullard
“Ushñahua les está dando la mano a esos árbitros que, cuando les cierran la puerta,
se quieren meter por la ventana”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
Arbitraje sin airbag, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard25.03.2017 / 08:00 pm

Una empresa fabricante de automóviles anuncia una importante


innovación en sus vehículos. Un nuevo diseño de airbag o bolsa de
aire puede reducir hasta en 50% las muertes en caso de accidentes
de tránsito.

De pronto, un congresista fujimorista, apellidado Ushñahua,


presenta un proyecto de ley con el entusiasta apoyo de los demás
miembros de su bancada que prohíbe el uso de esta nueva
tecnología pues implica, en sus palabras, forzar a los
consumidores a comprar algo que no han pedido.

El lector ya habrá advertido que tal ley sería un adefesio. Nadie


obliga a tener autos con los nuevos airbags. Los consumidores
pueden elegir comprar vehículos que no los tienen. El que una
empresa incorpore una característica del vehículo a su oferta no
excluye el derecho a comprar autos de otras empresas. Y lo peor:
evita que los consumidores que sí desean pagar por esa seguridad
adicional puedan obtenerla.
El proyecto de airbag de Ushñahua y su bancada me lo acabo de
inventar. Pero hay otro proyecto de ley (el 1088/2016-CR) que sí
existe y que sigue la misma lógica absurda.

Habrá visto en las noticias la discusión sobre la corruptela o poca


transparencia en algunos arbitrajes del Estado: desde los casos
del infame Orellana hasta los repetidos nombramientos de
determinados árbitros por ciertas empresas brasileñas.

Lo que quizás el lector no sepa es que la mayoría de los casos


críticos se trata de arbitrajes ad hoc, es decir, arbitrajes que no
están a cargo de un centro arbitral, una institución que se encarga
de administrar un arbitraje.

Los centros arbitrales usan distintas “tecnologías” para proteger


los arbitrajes de corrupción o falta de idoneidad o transparencia
de los árbitros. Una de las más importantes es el uso de listas de
árbitros. La otra es el sistema de confirmación.

Los centros arbitrales pueden (si lo desean) establecer que solo


nombrarán árbitros de las listas elaboradas por ellos. Así se
aseguran ciertos estándares y exigencias. Por otro lado, la
confirmación es un mecanismo mediante el cual el centro arbitral
puede rechazar un árbitro propuesto por las partes si considera
que no es idóneo.

Estas reglas tienen por propósito que la entidad que ofrece el


servicio pueda prestigiarse por la calidad de los profesionales que
usa como árbitros y a la vez mejorar la calidad y seguridad de su
servicio. No se me malinterprete. Hay centros arbitrales buenos,
malos y pésimos. Y como hay airbags de mala calidad hay centros
con malas listas o con malos sistemas de confirmación. Pero le
corresponde a las partes del arbitraje decidir qué centro escoger.

Esta tecnología no es peruana. Los centros arbitrales más


prestigiados del mundo, como la CCI, el ICDR, la Triple A, la
London Court of International Arbitration (LCIA), el Hong Kong
International Arbitration Centre (HKIA) o el Singapore
International Arbitration Centre (SIAC) usan alguno o una
combinación de estos sistemas.

Pero con la ley Ushñahua (que no es otra cosa que una versión
empeorada de una norma igual propuesta por el ex congresista
Eguren) ya no podríamos arbitrar en estos centros, ni en los
centros peruanos que quieran emularlos. Los árbitros malos
podrán entrar a arbitrar como Pedro por su casa.

¿A quién están protegiendo? La nueva ley de contratación pública


obliga a que los arbitrajes del Estado sean manejados por
instituciones arbitrales. Se hizo para protegerse de árbitros
arbitrarios. Querían arbitrajes con airbag. Los centros arbitrales
se han puesto más exigentes con sus listas y sistemas de
confirmación para purgar árbitros no deseables. Los malos
árbitros han entrado en pánico. Pero Ushñahua les está dando, sin
querer queriendo, la mano a esos árbitros que, cuando les cierran
la puerta, se quieren meter por la ventana. En pocas palabras la
norma va a favorecer nuevos casos de arbitraje a la Orellana.

La ley de arbitraje (artículo 6) es clara. El pacto para arbitrar


incluye las reglas del reglamento arbitral al que las partes se han
sometido. Uno escoge un centro con o sin lista o con o sin
confirmación de árbitros. A nadie se le impone nada. Más bien es
el Congreso el que quiere imponernos que no existan centros
arbitrales con airbags. Esperemos que Ushñahua y su bancada no
nos traigan de regreso a tiempos que no queremos ni recordar.

Fama anónima, por


Alfredo Bullard
“Un prejuicio privó a Jorge Villanueva de su nombre, de su identidad y de su vida”.

ALFREDO BULLARDABOGADO
Fama anónima, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard18.03.2017 / 08:00 pm

“¿Sabe quién fue Jorge Villanueva Torres?”. Pregunté a distintas


personas en las últimas semanas. Varias respondieron que fue un
famoso futbolista de Alianza Lima, confundiéndolo probablemente
con Alejandro ‘Manguera’ Villanueva. Otros dijeron que fue un
boxeador. Por allí alguien lo identificó con un congresista y hasta
con un presidente del siglo XIX, de esos que derrocaban y eran
derrocados todos los días. La mayoría movía la cabeza en señal de
no saber.

Tuve más suerte preguntando: “¿Quién fue el ‘Monstruo de


Armendáriz’?”. Casi todos contestaron que fue un violador de
niños fusilado hace varias décadas (a fines del 2017 se cumplen 60
años de su ejecución). El recuerdo es más claro cuanto más edad
tiene el entrevistado. Casi todos saben que era negro. Preguntada
sobre cuántos niños violó y asesinó, la gente da números que van
entre cinco a veinte.

La ambigua letra de la canción que sobre este personaje


popularizaron los Nosequién y los Nosecuántos hace un par de
décadas ha contribuido a que más personas jóvenes sepan de
quién estamos hablando. Y la letra dice así: “Monstruo de
Armendáriz, Monstruo de Armendáriz, divino arquetipo, que el
imperialismo, que el imperialismo quiso sojuzgar. Repetiré las
palabras de nuestro mesías. Dejad que los niños vengan a mí”.

¿Cómo se llamaba el ‘Monstruo de Armendáriz’? Casi nadie lo


sabe. Pero quizás usted acaba de adivinar que Jorge Villanueva
Torres era justamente su nombre. Villanueva y el ‘Monstruo’ son
la misma persona.

Fue bautizado como ‘Monstruo’ por el diario “Última Hora” antes


de ser juzgado. Jorge fue privado de su nombre y, con ello, de su
identidad. Fue transformado en un apodo, en un alias, asociado a
un perfil espantoso e infame. El resto de su vida dejó de ser
importante. Es, paradójicamente, un personaje famoso recordado
como un NN. Es un anónimo. Solo es un monstruo. Jorge
Villanueva Torres murió sepultado por los prejuicios mucho antes
de ser fusilado.

Fue acusado de una sola violación y un solo asesinato. No de


veinte ni de cinco. Ni siquiera de dos. La imaginación popular le
ha endilgado números con dos dígitos. Y no fue condenado por
violación. En el informe de la autopsia del médico forense no
existían indicios de que la víctima hubiera sido ultrajada. Dicho
cargo fue retirado de la acusación. Además es altamente probable
que el niño no haya sido asesinado y que, en realidad, murió en un
accidente de tránsito (como lo determinó un estudio posterior) y
que el cadáver fue abandonado por el causante en la quebrada de
Armendáriz.
Jorge era un ladronzuelo al que el racismo y la pobreza
convirtieron en asesino. La frase “a todos se les presume inocente
hasta que se pruebe lo contrario” no es igual para todos. A algunos
se les presume más inocentes que a otros.

La historia de cómo la fama de Jorge Villanueva lo condujo al


anonimato inspiró este año a la Comisión de Arte y Derecho de la
Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú
a montar la obra de teatro “El Monstruo de Armendáriz”, que se
estrena la semana entrante. Escrita por Sebastián Eddowes y
Malcolm Malca y dirigida por este último, cuenta con la actuación
de reconocidos abogados y profesores de Derecho como Enrique
Ghersi y Manuel Monteagudo. La obra nos cuenta la historia de
ese anonimato y de cómo la manipulación del derecho, la presión
mediática, la necesidad de cortinas de humo, la influencia política
y la manipulación del Poder Judicial (¿le suena conocido?) hacen
que ley y justicia vayan por caminos separados.

Villanueva no fue juzgado. Fue prejuzgado. Un prejuicio es


negarnos a conocer la realidad de algo guiados por una idea
preconcebida. Y el prejuicio privó a Villanueva de su nombre, de
su identidad y de su vida.

La obra muestra eso y más. El teatro es mirarnos a nosotros


mismos. A veces los espectadores sienten que la ficción nos libera
de la realidad en la que se inspira. La fantasía crea el espejismo de
ver de lejos lo que nos rodea y pensarlo como algo que no nos
incumbe. Pero el teatro, por el contrario, debe recordarnos que
somos responsables de lo que ocurre en dicha realidad. Por eso no
es casual que “El Monstruo de Armendáriz” se presente en El
Lugar de la Memoria, porque no debemos olvidar que todos
tenemos prejuicios.
Capitán Fantástico, por
Alfredo Bullard
"Si es correcta la idea de Con Mis Hijos No Te Metas, entonces lo es para todo".

ALFREDO BULLARDABOGADO

Capitán Fantástico, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard11.03.2017 / 08:00 pm

Hace varios años participé en un debate en la Universidad de Yale.


Una reconocida académica colombiana sostuvo que el Estado
debía intervenir para evitar las enseñanzas de la Iglesia Católica,
principalmente las relacionadas a su conservadurismo extremo en
asuntos como el rol de las mujeres o los derechos de los
homosexuales. Calificó esas enseñanzas como una nueva forma de
Inquisición.

Debo reconocer (y creo que no es ningún secreto) que simpatizo


con su crítica al conservadurismo extremo y, muchas veces,
deshumanizante de la Iglesia. Pero expresé mi absoluto
desacuerdo con censurarla. Su derecho a decir y enseñar cosas (así
las consideremos equivocadas) es tan sagrado como mi derecho a
discrepar. Usar el poder estatal para impedirle expresarse es, en
realidad, la verdadera Inquisición.

El fin de semana anterior a la marcha conservadora en contra del


Currículo Nacional de Educación Básica (esa
de #ConMisHijosNoTeMetas) vi la película “Capitán
Fantástico”, dirigida por Matt Ross y con la actuación de Viggo
Mortensen (que le valió una nominación al Óscar).

La película refleja el mismo debate. Pero lo hace de una manera


bastante más inteligente, muy por encima del nivel de Phillip
Butterso del cardenal Cipriani. Se la recomiendo. El protagonista
decide, con el acuerdo de la madre de sus hijos, sacarlos de la
sociedad y vivir en las entrañas de un bosque. Ninguno de los seis
hijos va a la escuela (lo que era ilegal). Son educados por sus
padres sin ajustarse a ningún currículo ni plan nacional de
educación. Los niños reciben una educación excepcional. Han
leído de todo: historia, literatura, física cuántica. Admiran a
Chomsky. Son atletas capaces de escalar montañas, cazar animales
y construir casi cualquier cosa. Su educación supera con creces la
de cualquier niño de edad similar.

La vida del Capitán Fantástico se basa en el mismo lema: Con


Mis Hijos No Te Metas. Reivindica su derecho legítimo, como
padre, de educarlos como considere conveniente. Por supuesto
que cuando salen al encuentro con la sociedad padecen todas las
falencias culturales y de trato social derivado de una educación de
ese tipo. A mi criterio, el Capitán Fantástico cometió muchos
errores entre varios aciertos. Pero ese es su derecho.
El problema de ese debate no nace en lo que dice el currículo
nacional. Coincido plenamente con la parte que ha generado la
reacción de los conservadores, y decir que ello contiene algo
llamado ideología de género es tan absurdo como sostener que el
pasaje en que Cristo decide no lanzarle piedras a la esposa infiel a
su marido contiene la ideología del adulterio.

Mi discrepancia es con la existencia de un currículo nacional que


regle la educación que nuestros hijos deben recibir. Si es correcta
la idea de Con Mis Hijos No Te Metas, entonces lo es para
todo. El Estado ha expropiado buena parte del derecho de los
padres a decidir sobre la educación de los hijos. Como el Capitán
Fantástico, los padres podemos cometer errores, pero estoy en mi
derecho de hacerlo, pues el Estado también se equivoca y lo hace
además sin ninguna legitimidad.

Usemos otro ejemplo del mismo currículo nacional. Según su


texto, “El estudiante comprende la trascendencia que tiene la
dimensión espiritual y religiosa en la vida moral, cultural y social
de las personas”. Y si como padre soy ateo o agnóstico y deseo
transmitirles a mis hijos que la religión no es buena, ¿no estoy
acaso en mi derecho? ¿Quienes marcharon ese día estarían de
acuerdo con que también debe retirarse esa parte del currículo?
Porque si no lo están, son unos hipócritas que reclaman que no se
metan con sus hijos pero sí se quieren meter con los hijos de los
demás.

Es curioso que un currículo que pretende defender el respeto a la


diversidad –con la que coincido– sea en sí mismo una negación
del derecho a la diversidad educativa, que debe ejercerse mediante
el derecho inalienable de los padres de ser quienes decidimos
cómo educar a nuestros hijos.

Creo que son las escuelas las que deben definir qué es lo que se va
a enseñar y la matrícula, como acto libre y voluntario de los
padres, la que refleje qué modelos educativos y principios deben
preferir unos y otros. Lo demás es meterse con los hijos ajenos.
La externalidad del
genio, por Alfredo
Bullard
“¿Qué nos convirtió entonces en una especie tan exitosa? La capacidad de
interactuar eficazmente en grupos cada vez mayores”.

ALFREDO BULLARDABOGADO

La externalidad del genio, por Alfredo Bullard


Alfredo Bullard04.03.2017 / 08:00 pm

Imagínese la vida de nuestros antepasados. En la prehistoria


vivíamos en grupos pequeños, de alrededor de 40 individuos.
Competíamos con otros grupos y con otras especies, incluyendo
predadores. No somos particularmente rápidos ni fuertes. En
general, somos bastante vulnerables.

Pero nos hemos convertido en la especie más exitosa de todas.


Poblamos todas las regiones del mundo. Sobrevivimos en
cualquier clima o región del planeta: desde selvas agresivas,
desiertos agrestes o fríos perpetuos. Y somos la única especie que
ha sido capaz de sobrevivir en el espacio exterior, incluyendo la
luna.

Gracias a la tecnología que hemos desarrollado sabemos volar


mejor y más rápido que el más sofisticado de los pájaros, y
podemos atravesar el mar o sumergirnos en él mejor que cualquier
pez. Podemos alcanzar velocidades que dejan como tortugas al
más rápido de los animales. Somos el predador más eficaz de
todos y hemos llegado a domesticar infinidad de especies. Rara
vez somos víctimas de algún predador. Si ello ocurre, lo
consideramos un lamentable accidente.

Hemos multiplicado nuestra expectativa de vida varias veces.


Vivimos en ciudades con tecnologías que hacen innecesario salir a
buscar agua, fuego o alimentos. Ellos vienen a nuestras casas.

¿Cómo hemos llegado a ser tan exitosos? Es difícil explicarlo. La


evolución biológica explica una parte. Pero es una explicación muy
incompleta.

En las cavernas, el desarrollo de un lenguaje sofisticado fue un


primer paso para salir de ellas. Nos permitió intercambiar
experiencias e información con bastante detalle. Se aceleró
nuestro proceso de aprendizaje. Luego la pintura rupestre y
mucho después la escritura nos permitieron grabar ese
conocimiento e intercambiarlo con otras personas y, más
importante, con otras generaciones. La invención del papel le dio
movilidad a esa información y la de la imprenta lo masificó
generando el estallido científico y cultural que llamamos
Renacimiento.

Hace 200 años, el proceso se aceleró en una espiral que nos hizo
pasar de la suma a la multiplicación del conocimiento y su
difusión. Telégrafos, teléfonos, radio, televisión, computadoras,
Internet, microchips, fueron los detonantes de un proceso de
beneficios de impredecible magnitud.

Si usted vive en un grupo de 40 personas, la posibilidad de que en


ellas haya un genio es menor que si estuviera en un grupo de 80, y
mucho menor que en un grupo de un millón. Los genios descubren
cosas que benefician a todo el grupo al que pertenecen. Generan
una externalidad positiva. Quien descubrió el fuego generó un
beneficio a todos y no solo a él. Pero la posibilidad de que el fuego
se descubra en mi comunidad depende del tamaño de esa
comunidad y de la posibilidad de interacción con todos sus
miembros.

Ello va más allá de tener tecnología y conocimiento. Requiere la


posibilidad de intercambio. Y el intercambio requiere ciertas
instituciones. Se necesita definir qué derechos se van a
intercambiar y que existan contratos que sustenten la
obligatoriedad de los compromisos asumidos, de manera que el
conocimiento sobre el fuego y sus derivados pueda ser vendido y
usado por otros.

No es casualidad que el disparo del desarrollo hace 200 años se dé


en paralelo al reforzamiento de la propiedad y los contratos como
los conocemos y la creación de la sociedad anónima, el
instrumento legal que permitió separar el riesgo del negocio
limitándolo al aporte, permitiendo que gente con ideas pero sin
dinero obtenga el dinero para desarrollarlas.

¿Qué nos convirtió entonces en una especie tan exitosa? La


capacidad de interactuar eficazmente en grupos cada vez mayores.
Son los intercambios los que traen el desarrollo. O en palabras de
los premios Nobel de Economía Ronald Coase y Douglas North, la
capacidad de reducir los llamados costos de transacción, que son
los costos de interactuar con los demás.

Una expresión de ello es el libre comercio (por eso Trump está tan
equivocado). Hoy una combinación de institucionalidad
contractual y tecnología me permite comprar cualquier cosa de
cualquier lugar en Amazon o producirlo con una impresora 3D en
mi casa.

Finalmente, somos exitosos porque hemos desarrollado la


capacidad de interactuar en una comunidad de 7.400 millones de
personas donde un genio con una buena idea (la cura de una
enfermedad, el viajar a Marte o un automóvil volador) puede
beneficiar a todos y no solo a 40 personas.

Regresando a lo básico,
por Alfredo Bullard
“¿Qué hace que el cruzar una frontera cambie sustancialmente nuestra forma de
conducir el automóvil?”

ALFREDO BULLARDABOGADO
Regresando a lo básico, por Alfredo Bullard
Alfredo Bullard25.02.2017 / 08:00 pm

Estoy de vacaciones en Estados Unidos. He alquilado un carro


para moverme con mi familia. Nunca deja de sorprenderme el
orden del tráfico y la manera correcta como se maneja aquí. Las
reglas se respetan. Cuesta ver una infracción de tránsito. En
el Perú es casi imposible mirar la calle y no ver una (sino varias)
delante nuestro.

Los choferes te ceden el paso o se turnan ordenadamente el pase


en una intersección sin pretender todos ganar el paso al mismo
tiempo. Y si eres un peatón eres el rey de la pista: te respetan por
sobre todas las cosas.

Incluso hay reglas como aquella que te permite doblar a la derecha


con precaución cuando el semáforo en la intersección está en rojo.
No quiero ni imaginar cómo dicha regla sería interpretada por una
combi.

Como estoy en una zona turística hay muchos extranjeros


conduciendo. Me ha pasado que luego de ver una maniobra
latinizante me digo: “Seguro que es latino”, para descubrir
instantes después que estaba en lo cierto.

El otro día, mientras buscaba estacionamiento en un centro


comercial, me detuve para ocupar el lugar de alguien que estaba
saliendo, marcando mi intención de estacionarme con la luz
direccional. De pronto (como típicamente te podría ocurrir en el
Jockey Plaza) un latino me cruzó y me ganó, generando además un
riesgo de accidente conmigo y con otros vehículos que estaban
circulando.

Cuando me disponía a retirarme rumiando mi muy mal humor, a


ir a buscar otro lugar, un vigilante del mismo centro comercial (lo
que llamaríamos un guachimán), también latino, se acercó al
vehículo del infractor pero lo agarró a gritos. En solo unos
segundos el razudo dio marcha atrás y me dejó el lugar libre.

Sin embargo, la regla general es otra. Los latinos llegan aquí y


manejan como gringos. Pero no aprenden. Porque regresan a su
país y manejan como latinos.

¿Qué hace que el cruzar una frontera cambie sustancialmente


nuestra forma de conducir el automóvil?

La respuesta está en el marco institucional.


Las instituciones son las reglas de juego. Son esas reglas las que
determinan buena parte de la manera cómo nos comportamos.
Las instituciones no se conforman con tener solamente leyes
formales. Se requiere que exista un mecanismo que las hagan
cumplir (‘enforcement’) y, sobre todo, reglas informales, definidas
por usos y costumbres por todos aceptados.

Cuando nos movemos de un país a otro


existen instituciones distintas que cambian la forma como nos
comportamos casi de manera automática. La relación costo-
beneficio con la que decidimos actuar se altera. Usualmente
las instituciones definen si las personas soportarán los costos de
sus actos y, a su vez, se apropiarán de sus beneficios.

Cuando usted causa un accidente con su vehículo les genera un


costo a las víctimas. Los economistas lo llaman externalidades; es
decir, externalizan el costo de nuestros actos. Si usted destruye un
vehículo ajeno o mata a dieciocho personas en Estados Unidos
sabe que su patrimonio será embargado; es decir, sabe que la
externalidad le será internalizada. Si hace lo mismo en el Perú, lo
más probable es que no pase nada o, si tiene mala suerte, reciba
una condena luego de cinco o seis años de juicio, para pagar 5.000
soles por la muerte de un niño.

El problema de las externalidades es que generan una discrepancia


entre el costo privado de una actividad y el costo social de esa
misma actividad. Si las instituciones, entendidas como reglas de
juego, permiten internalizar el costo, las víctimas estarían
subsidiando la actividad del causante, pues genera un costo que no
paga. Con ello habrá demasiada actividad; es decir, demasiada
gente conduciendo mal.

Cuando usted maneja en Estados Unidos sabe que asumirá costos


que no asumirá en el Perú. Un juicio va en serio y la consecuencia
será que pagará por lo que causó. Las externalidades serán
internalizadas y manejar mal dejará de ser un buen negocio. El
resultado es que la gente maneja distinto, incluyendo los latinos
acostumbrados a vivir en un mundo en el que las externalidades
campean por doquier.

Y es que hay reformas institucionales que son indispensables.


Un Poder Judicial que internalice las externalidades es central
para la conducta no solo de los conductores de vehículos, sino de
los proveedores de bienes y servicios y, aunque usted no lo crea,
hasta de los políticos.

https://elcomercio.pe/autor/alfredo-bullard?ref=ecr
SE QUEDA EN EL 2

https://elcomercio.pe/autor/rolando-arellano-c

https://elcomercio.pe/noticias/marco-aurelio-denegri