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DESARROLLO SOCIOEMOCIONAL DE NIÑOS

Y ADOLESCENTES

Apuntes extraídos de:

- El Estrés en Niños y Adolescentes A. Céspedes Santiago Ediciones B 2011

- Las Emociones van a la Escuela. El Corazón también Aprende. A. Céspedes y G.

Silva Editoras Editorial Calpe&Abyla, Santiago 2013

Estos apuntes forman parte de dos libros ya publicados y que cuentan


con copyrights. Su uso con fines de divulgación como apuntes para docencia
exige citar la fuente.

LA CONQUISTA DEFINITIVA DE LA AUTORREGULACIÓN EMOCIONAL PRIMARIA:

UNA TAREA ARDUA PARA LA CUAL LOS PA´RVULOS NECESITAN DE LA

PRESENCIA DE EDUCADORES EMOCIONALES

Hasta los 18 meses de edad, los bebés necesitan confortamiento externo

para recuperar y mantener el equilibrio interno. A partir de esa edad, la

activa maduración de estructuras del sistema límbico y sus conexiones cada

vez más amplias con la corteza cerebral van permitiendo que el niño inicie la

conquista de una regulación interna, esencial para la supervivencia en

condiciones de demanda extrema. Esta conquista es gradual y dependiente

tanto del éxito del plan madurativo general del organismo y del cerebro

como ente integrador, como de las experiencias que ese niño va a vivir y

que serán su personal valija existencial. En estas experiencias, ocupa un lugar

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central la presencia de un sentimiento activamente elaborado en la etapa

anterior, denominado CONFIANZA BÁSICA, y que consiste en la certeza por

parte del niño de que es digno de amor y que los adultos que le rodean son

seres bondadosos llamados a amarle y protegerle. Ser digno de amor no es una

mera frase : implica ser digno de recibir la fuente de fortaleza para

afrontar la vida con optimismo; amar a un niño (y a todo ser humano) exige

demostrarle que se le acepta sin condiciones; que se le respeta en toda

circunstancia; que se le valora por sus cualidades; que el adulto está allí para

acogerlo en sus miedos e incertidumbres, escuchándolo con interés y afecto;

que será protegido de todo daño, tanto físico como psicológico, y que

aquellos que dicen amarlo le brindarán las mejores experiencias y oportunidades

para su pleno desarrollo. Como vemos, amar no es una palabra vacía; por el

contrario, pronunciarla frente a otro nos compromete de golpe, instándonos a

dar lo mejor en el cultivo de ese sentimiento.

Un niño amado de este modo es un ser iluminado, radiante; va por la vida

optimista, ávido de aprender, sereno y seguro de la bondad de quienes dicen

quererlo. Habita el paraíso.

En condiciones ideales, la conquista de la autorregulación emocional se acopla

armoniosamente al plan madurativo global propio de los primeros 5 años de

la vida, pero conservando resabios de la etapa anterior, cuando era la madre u

otro adulto significativo quien acudía a confortarlo. El proceso madurativo

del sistema de respuesta al estrés entre los 18 meses y los 5 años de edad

posee los siguientes hitos esenciales :

a) La activa irrupción de la fantasía, alimentada por la capacidad de imaginar.

El niño pequeño invierte la mayor parte de su tiempo en crear realidades

propias, de límites imprecisos y cambiantes. Su veloz dominio de la habilidad

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lingüística, con un incremento igualmente veloz de la memoria verbal, le llevan a

recrear en su imaginación los guiones de cuentos infantiles que le son

narrados de modo incansable, por cuanto en esta etapa el párvulo rige su

aprendizaje por el principio de la repetición. A esos guiones adiciona sus propias

construcciones narrativas, y les enriquece con elementos emocionales que

van desde la épica a la tragedia sin transición.

b) La maduración de la corteza del cíngulo y sus conexiones con la corteza

cerebral permite la irrupción activa y gozosa del juego y de la magia. A

través de ambos, el niño recrea la realidad, la modifica, la transforma y

altera a voluntad sus límites; jugando, explora, descubre y aprende; el juego

le otorga poder y autonomía ilimitados, y es fuente inagotable de goce y de

logros. Todas estas cualidades únicas del juego se ponen al servicio del

dominio interno del miedo cuando el niño percibe una amenaza real o

imaginaria. Su pequeñez y debilidad pueden ser transmutadas en poder y

fuerza cuando elige ser un tigre o un cocodrilo, mostrando los dientes con

ferocidad al desconocido que lo interpela burlonamente en el supermercado

porque busca con desesperación a la madre que se ha alejado unos metros. El

juego también se rige por el principio de la repetición, pero en cada edición

de un determinado juego, el niño introduce sutiles, imperceptibles variaciones que

reflejan la construcción de nuevas cogniciones.

Néstor , de 3 años y 6 meses, acompaña a su madre a la oficina de un


abogado. La mamá tiene un aire preocupado y ausente. Parece asustada.

Néstor, que sabe leer muy bien dichas señales, se alarma, pero la actitud
distante de la madre lo inhibe y atemoriza, alejándose de su regazo. Se
acerca a una ventana tipo “ bowwindow”, trepa sobre ella y se agazapa tras
unas plantas de interior que toman sol… una vez allí, ya la vida le sonríe….
Es su automóvil, acelera, corre raudo, señaliza, hace sonar la bocina……Luego

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es un avión, y Néstor planea por la ciudad observando los edificios. Ahora es
un ascensor, y él lo comanda, preguntando solícito a quienes suben a cuál
piso se dirigen…. Cuando iba a trepar al carro de su imaginario tren

subterráneo, la madre lo tomó de la mano con suavidad : era el turno de hablar


con el abogado, y su rostro había permutado ese aire ausente por una actitud de
determinación que Néstor sintió como positiva.

c) EL OBJETO TRANSICIONAL: UNA REGRESIÓN CON PROPIEDADES

ANSIOLÍTICAS NATURALES

En su imaginario, que es su particular construcción mental del mundo, el niño

pequeño identifica numerosas amenazas, ante las cuales echa mano de

conjuros que poseen significados universales : el chupete o el pulgar

representan el pezón materno y por extensión, la seguridad y el confortamiento.

La sabanita o pañal representa la seguridad de su cama (símbolo del útero),

y es ansiolítico por su textura, su aroma y su calidez; chupete, pulgar, pañal,

todos ellos poseen similar propiedad: desencadenan una gran liberación de

oxitocina. El peluche posee propiedades similares (textura, aromas) y en

ocasiones, representa al animal guardián y protector. Todos estos objetos

comparten la misma propiedad: conjurar la amenaza, devolver la seguridad,

produciendo liberación de oxitocina y provocando en el niño una disminución

de la liberación de cortisol y efectos ansiolíticos, analgésicos y moduladores de

la impronta emocional de la experiencia.

d) UNA NECESIDAD UNIVERSAL: EL CONFORTAMIENTO

Cuando el objeto transicional, la fantasía, el juego y la magia no logran ser un

bálsamo efectivo para la pena o el miedo, el niño necesita un par de brazos

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amorosos que lo cubran y una voz que le infunda serenidad de modo suave e

íntimo. A riesgo de parecer excesivamente “ biologicista”, debemos enfatizar

que ese abrazo y esa voz que consuela no son meros gestos… Su valor como

instrumentos de regulación emocional radica en el mecanismo interno,

bioquímico : la calidez del abrazo, la dulzura de la voz, liberan en ese pequeño

niño grandes cantidades de oxitocina, que posee propiedades analgésicas,

ansiolíticas y moduladoras de la experiencia , resaltando los aspectos menos

amenazantes y enmascarando aquellos que pueden generar más temor o

desconsuelo. Ese efecto es de por sí “ neurotrófico”, y actuará sellando en

las estructuras de la vida emocional una creciente capacidad de

autorregulación desde la confianza básica, el sentimiento de saberse amado.

Cada vez que el adulto reprime el deseo de reprender a un pequeño y elige

abrazarlo y confortarlo, debiera saber que en ese tierno gesto se oculta el más

poderoso nutriente para construir un adulto integralmente sano, fuerte ante la

adversidad, generoso y optimista. Y cada adulto que escamotea el consuelo o el

confortamiento a un niño, debería saber que es como un malhechor que lo hiere

alevosamente ; años más tarde, el dolor de esa herida se transmutará en

resentimiento , indiferencia o crueldad.

Antonia tiene 4 años de edad. Jugando en una plaza, ha caído del columpio
y se ha roto la frente, sangrando profusamente. Su madre, intentando
conservar la calma pero muy alarmada por la hemorragia, se dirige rauda a la

clínica. Una vez allí, la pequeña escucha palabras que la atemorizan cada vez
más: “habrá que coser… sí, anestesia local…bueno, un pinchazo, la frente es una
zona que duele… “y busca en su imaginación algún salvavidas que le permita
distraerse. Abraza con fuerza la cartera de la mamá, succiona su pulgar y
cierra los ojitos con fuerza procurando no ver a su alrededor. Sin ver, solo

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aspirando el aroma del abrigo de mamá que la tiene sobre su falda, nada
malo sucederá. El médico y la enfermera se acercan, traen algo en la mano, una
aguja… La madre la abraza fuerte, y besando sus cabellos le susurra “ eres

la princesita del cuento, ¿ recuerdas? Vendrá el señor mago y te dará algo


muy mágico para que no duela y salgamos pronto de este lugar …”. El
procedimiento efectivamente solo toma algunos minutos, y Antonia ha mostrado
un coraje a toda prueba.

Fantasía, juego, magia y objeto transicional son los recursos madurativos que

constituyen la plataforma para una adecuada conquista de la autorregulación

del temperamento, en una época madurativa en que el lenguaje verbal, en

activo desarrollo, no es todavía un adecuado mediador de la reflexión. Sin

embargo, esta limitación es suplida a través de la maduración de una

habilidad esencial para ajustarse dinámicamente a las demandas del medio:

la capacidad de lectura de señales implícitas, especialmente de aquellas con alto

contenido emocional. Esta habilidad, que llamaremos mentalización para no

utilizar el término “teoría de la mente”, una mala traducción de lo que debería

llamarse “ teorizar acerca de la mente propia y de los otros”, se desarrolla

velozmente a partir de los 24 meses, si bien desde mucho antes el niño ya

era capaz de percibir los estados emocionales de los otros, pero no lograba

ajustar dinámicamente su conducta a tales claves. La capacidad de mentalizar

tiene su sede en una región clave de la corteza cerebral del hemisferio

derecho, llamada encrucijada T_P_O , la cual posee una contraparte en el

hemisferio izquierdo que participa en la lectura del lenguaje escrito. La

encrucijada T-P-O derecha tiene abundantes conexiones con zonas más

anteriores, donde se ubica un sistema neuronal recientemente descrito,

llamado Sistema de Neuronas Espejo. Este sistema tiene la propiedad de

reproducir las conductas emocionales de quien se coloca en el espacio

relacional. Dicha lectura especular no es neutral; por el contrario, posee una

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elevada carga emocional, gracias a las íntimas conexiones con las estructuras

límbicas, especialmente amígdala e hipocampo.

Leer mensajes emocionales del otro y reproducir sus gestos, conductas y

patrones relacionales cargados de emociones es un proceso muy activo e

intenso en el párvulo, pero está cargado de riesgos, debido a la precaria

capacidad del niño para analizarlos, elaborarlos y entenderlos. Un grito airado

y agresivo dirigido a un pequeño puede ser justificable para el adulto , quien

argumenta que ha tenido un día pésimo y por lo tanto está más intolerante o

tiene menos paciencia; pero para el niño, ese grito airado es simplemente una

descarga de rabia contra él de parte de un adulto que afirma quererlo y

protegerlo, y esa incongruencia lo angustia y paraliza.

Laurita tiene 4 años, y es la hija menor de un matrimonio de profesionales. Le

precede Ignacio, de 6 años. Laurita es temerosa, sensitiva, reflexiva y


extraordinariamente observadora, mientras que Ignacio es impulsivo, temerario,
desenfadado, listo, extravertido y de naturaleza dominante, atributos que lo
convierten en el favorito del padre, un cirujano exitoso y marcadamente

narcisista; pero también la abuela, quien nunca ha aceptado completamente a la


nuera, “emocionalmente debilucha” a su juicio ( en realidad, es una joven abogada
inteligente, observadora, sensible, emotiva e introvertida) cree ver en Laurita
una copia de la madre, y sin percatarse, vuelca todas sus preferencias en
Ignacio y se complace en mortificar a la niña descalificando sus miedos y su
timidez. En una ocasión en que la madre debe viajar fuera de la ciudad por

varios días dejando a los chicos al cuidado de los abuelos, encuentra a su


regreso a una Laurita compungida y más temerosa que nunca, encerrada en un
mutismo extraño, aferrada a su peluche. Al preguntarle qué ha ocurrido, la
niña se encoge de hombros y se obstina en su silencio. Entonces la madre
hace un “ juego de roles “ : ahora ella es Laura, otra chica que está de visita

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hará de Ignacio y la niña hará de abuela. A poco andar el juego, Laura cambia
la voz, adoptando un aire burlón , y se dirige a la mamá diciéndole con tono
irónico “ eres muy tonta, Laurita, teniendo esos miedos…Mira, el viejo del saco

se lleva precisamente a los niños tontos que tienen miedo y lloriquean


llamando a la mamá… “Y dirigiéndose a la chica que desempeña el papel del
hermano, le da instrucciones acerca de su papel: “Y tú debes reírte muy
fuerte, búrlate de la tonta Laurita ”. No es necesario indagar: está claro que
Laurita ha mostrado temor a dormir sola en casa de los abuelos, y la abuela

ha decidido “ enseñarle a ser valiente” mofándose de la chica bajo la risa


aprobatoria del hermano.

DE LOS SIETE A LOS CATORCE: NACIMIENTO DE UNA CONCIENCIA ÉTICA

El niño de siete años abre su mente a un mundo en el cual la experiencia directa irá

cediendo paso gradualmente a una experiencia cultural, en la cual la abstracción

conceptual será el eje dominante. Para ello, el proceso de deconstrucción es

indispensable; sobre ese nuevo cerebro, con menos sinapsis pero más eficiente,

construirá una nueva mente, abierta al conocimiento.

Primera tarea de cumplimiento: conquistar el autocontrol reflexivo

De modo silencioso, durante los primeros cinco años de la vida madura el

hemisferio izquierdo, cuyas funciones (secuenciación, simbolización, abstracción)

permiten la gradual emergencia del lenguaje; a partir de los siete años, el

pensamiento se amplía enormemente y abandona el procesamiento de la

experiencia directa como única vía de desarrollo cognitivo para adentrarse en el

procesamiento conceptual de la experiencia, lo cual es impulsado y enriquecido por

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las lecturas y otras vías de conocimiento de mundo. Se enriquece así de modo

amplio el lenguaje interno al servicio del análisis y conceptualización de de la

experiencia, convirtiéndose esta etapa en el momento ideal para conducir al niño

por la vía del análisis de sus vivencias, de sus acciones y de su interioridad, así

como el análisis de las vivencias de los otros. Reflexionar es comprender que las

acciones tienen consecuencias y que éstas pueden ser beneficiosas o lesivas para

él mismo o para otros; un niño que es invitado a reflexionar acerca de las cosas que

ocurren y que tienen consecuencias, no requiere jamás que le apliquen castigos, ya

que antes de llevar acabo alguna acción que tenga consecuencias adversas para él o

para terceros, reflexionará, evocará situaciones similares anteriores, y decidirá

libremente si llevará a cabo o no la acción. Es la edad ideal para darse el tiempo de

reflexionar acerca de si mismo, de su lugar en el mundo, acerca de sus sueños, sus

miedos, sus frustraciones. Desde el comprender la vida podrá desarrollar valores

como la compasión, la colaboración, la honestidad, la disciplina. Rara vez los

adultos, incluso los educadores, se detienen a pensar en el inmenso valor de la

reflexión como recurso de adaptación social, dilapidando valiosas instancias

formativas. Más del 80% de los adultos (padres, abuelos, profesores) optan por la

“educación express”, que consiste en aplicar severos castigos con el fin de impedir

que un niño repita una acción reprobable, pero jamás le invita a reflexionar acerca

del por qué llevó a cabo esa acción.

Segunda tarea de cumplimiento: formar el temple o carácter

La vida es compleja y desafiante; no está hecha para aquél que carece de coraje. El

coraje se llama carácter, y es el motor interno que impulsará al niño a actualizar

todo su magnífico potencial. Por desgracia, la vida actual, con sus comodidades

tecnológicas y el constante ensalzar lo placentero inmediato a toda costa, es la

enemiga declarada del carácter.

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El carácter puede definirse como la dimensión de la personalidad que ha de ser

aprendida en el momento oportuno y con los educadores precisos, que tengan la

sensibilidad para enseñarla; el momento más adecuado es a partir de los siete años,

cuando el juicio del niño ya es más objetivo. Y el educador del carácter debe

poseer ciertas pericias pero, por encima de todo, debe enseñar desde el ejemplo.

Debe ser un modelo. ¿Qué cualidades configuran el carácter y cómo se deben

inculcar? Si denominamos temple al carácter, ya podemos suponer que son

cualidades que otorgan fortaleza; efectivamente, ellas proporcionan una fuerza

interna que parece impulsar al niño, más tarde al joven y finalmente al adulto, a

luchar por sus metas más allá de los obstáculos, siendo tales metas objetivos

nobles y ajenos a todo utilitarismo. El carácter se pone a prueba cuando entre la

motivación por lograr un objetivo y el logro de ese objetivo median un tiempo

prolongado (denominado “plazo”) y obstáculos que dificultarán el logro. Por el

contrario, si la meta es inmediata, es probable que las virtudes del carácter no se

pongan en marcha y un observador no pueda emitir un juicio objetivo acerca de si

ese niño posee verdadero temple o, por el contrario, carece de él. Por razones de

espacio, destacaremos sólo las virtudes del carácter más relevantes.

 Tesón o perseverancia:

El término tesón significa estirar y alude precisamente a la constancia al límite que

se coloca en lograr un objetivo. Perseverar implica mantenerse firme en algo, más

allá del cansancio si el tiempo es muy prolongado para llegar a esa meta y también

más allá de los obstáculos que van apareciendo en el camino. El tesón o

perseverancia exige autocontrol reflexivo, motivación y un motor interno personal;

sus enemigos son la impulsividad y la búsqueda de gratificación inmediata. A partir

de los siete años los niños deben esforzarse por conseguir metas a mediano o largo

plazo, trabajar por ellas con firmeza y convicción. Lograr desarrollar esta virtud

del carácter depende de la capacidad reflexiva de ese niño, de sus motivaciones y,

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en algunos de ellos, de la fuerza interna que surge de desear agradar a una figura

significativa profundamente amada. Pero lo esencial es que ese niño ha tenido a su

lado adultos que le han mostrado, con dulzura y paciencia, el secreto oculto tras el

tesón: conseguir un objetivo es una recompensa que provoca goce, una profunda

satisfacción, y ese goce no sólo es un factor de crecimiento integral, sino que

también es perdurable, a diferencia del goce obtenido al conseguir una meta

inmediata. Este goce es pasajero, se esfuma, y se corre el riesgo de buscar de

inmediato repetir la búsqueda y el goce inmediato, lo cual es la base de conductas

adictivas.

 Voluntad:

Etimológicamente, este término proviene del latín voluntas, voluntatis, querer. En

la voluntad está implícita la fuerza consciente, intencional, del querer. Se dice que

la mente informa acerca de las posibilidades, pero la voluntad es la que toma las

decisiones. La voluntad es la base de la libertad. La toma de decisiones no es

impulsiva, por el contrario, se rige por un cúmulo de fundamentos que son

evaluados en la conciencia. Si un niño decide modificar una conducta de molestar

deliberadamente a su hermana pequeña porque disfruta observar su disgusto

expresado en gritos, toma esa decisión porque se ha dado cuenta que es una

conducta desagradable, que hostiliza a su hermanita. Ha reflexionado acerca de

ello, y ha decidido voluntariamente cambiar. Lo ha decidido libremente, por propia

voluntad. Esta capacidad de reflexión requiere de un locus de control interno, es

decir, que no está sustentado en imposiciones desde afuera, como una amenaza de

castigo. El locus interno de control se va instalando en la mayoría de los niños a

partir de los siete años. En una minoría lo hace antes de esa edad y en otra minoría

tarda muchos años en consolidarse, siendo responsables de estas diferencias la

genética y la educación. Hay párvulos sorprendentemente reflexivos y hay

adolescentes que continúan dependiendo de las sanciones para modificar conductas

reprobables.

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 Capacidad de posponer gratificaciones inmediatas:

A mayor capacidad de autocontrol reflexivo, mayor es la capacidad de un niño de

postergar un goce inmediato si la meta a largo plazo le aparece como más

gratificante.

 Proyección:

Etimológicamente, este término se refiere a un impulso hacia adelante, a distancia.

También se refiere a la existencia de planes a futuro. A partir de los diez años, los

niños comienzan a vislumbrar que hay algo más allá del presente y que les involucra,

de modo que pueden comenzar a trazar un camino hacia el futuro.

 Libertad:

Alude a la capacidad del ser humano de tomar decisiones responsables

voluntariamente, más allá de la influencia externa (llamada coacción). La libertad

como valor del carácter exige poseer claridad entre lo que es bueno para sí mismo

y para la comunidad, distinguiéndolo de lo que es dañino. También exige claridad

respecto a los deberes y derechos al interior de la familia, del barrio, de la

escuela; respecto a las metas a largo plazo, los planes a futuro, etc. A partir de los

siete años los niños ya son capaces de tomar decisiones responsables, comenzando

así a construir en forma gradual una dimensión moral, indispensable para vivir en

comunidad al interior de una sociedad determinada.

Las características actuales de la sociedad chilena (y de muchos países

occidentales, en especial los que se encuentran en vías de desarrollo) atentan

contra el oportuno fomento de las virtudes del carácter en los niños. Somos una

sociedad que estimula el inmediatismo del éxito, del consumo, de lo desechable. En

consecuencia, son los padres y los profesores el único bastión que va quedando

para erigirse como educadores del carácter. Veamos un ejemplo: un niño obtiene

una nota insuficiente en una prueba escolar. Cuando le pide a la maestra la prueba

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para verificar sus errores y corregirlos, esta le responde que “las pruebas no se

entregan...Estudie más para que arregle esa nota”. En la próxima prueba, el niño de

marras decide copiar sentándose junto al mejor alumno del curso, método que le

garantiza subir la calificación sin esfuerzo. Por el contrario, mostrar a los alumnos

que las bajas notas pueden deberse a muchos factores, invitándoles a corregir la

prueba en grupo e ir descubriendo cada uno sus propios errores y enmendarlos

para tener mejores resultados en las próximas pruebas, invita a los alumnos a

hacerse responsables de sus errores y tomar decisiones responsables para

corregirlos.

Tercera tarea de cumplimiento: fortalecer la vida comunitaria

Hace ya algunos años que el niño descubrió la magia de la amistad a través del

juego. Después de los siete años, deberá descubrir la magia del trabajo en grupo,

del cooperativismo, del hacer entre todos, de ejercer liderazgo pero también

aprender a seguir a otro líder, del mismo modo como, miles de años atrás, los niños

de las primeras comunidades humanas se hicieron más inteligentes y más humanos

aprendiendo el arte de compartir en el grupo. La solidaridad, la ayuda mutua, el

altruismo, se desarrollan y consolidan a partir de los siete años, en la medida que

los adultos que les acompañamos no fomentemos la competitividad, el egoísmo, la

escalada a toda costa por sobre los derechos de los demás niños.

Cuarta tarea de cumplimiento: construir una visión personal del mundo

Desde los siete años en adelante, los niños comienzan a elaborar una cosmovisión

personal, una representación individual y subjetiva de la realidad; a partir de lo

que ven, escuchan, se informan, llevan a cabo un procesamiento interno que da

como resultado una visión del mundo. Es fácil comprender que hay visiones de

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mundo muy estrechas y otras muy amplias, acercándose a una mayor objetividad.

Los niños que comienzan a leer tempranamente buenos libros, aquellos que suelen

sostener conversaciones enriquecedoras con los adultos, los que tienen la

oportunidad de viajar a otros países o de conocer gentes de otras culturas, van

elaborando una cosmovisión mucho más rica y flexible. A medida que el niño avanza

hacia la pubertad, esta cosmovisión se va configurando sólidamente, constituyendo

una actitud o sistema de creencias, vale decir, un conjunto de ideas, conceptos,

mitos y convicciones entrelazadas con emociones y sentimientos específicos, todo

lo cual da como resultado conductas. Lo complicado de estos sistemas de creencias

es que son inconscientes, vale decir, inaccesibles a la reflexión, a menos que se

haga un trabajo voluntario por acceder a ellos. Son actitudes que se van arraigando

en el inconsciente del niño del mismo modo como se arraiga un árbol… Cada año que

pasa, si ellas no son adecuadamente evaluadas en la conciencia, adquieren mayor

fuerza. Veamos dos ejemplos: el padre de un niño es un pequeño empresario

exitoso pero déspota con sus empleados, que suele vanagloriarse del poder que

ejerce sobre “esa tropa de flojos, especialmente los inmigrantes, esos inútiles”.

Cada vez que puede, enfatiza a su hijo que “los hombres deben saber mandar… El

mundo es de los que saben pararse arriba de los demás”. Es un hombre con poca

cultura y amante de los asados bien regados con vino. Suele mostrarse violento,

descalificador y ejerce el poder desde el miedo que genera en su mujer y en el

niño. A los diez años, ese niño organiza una pandilla a la cual somete por el miedo;

les enseña que se debe dominar a los demás para ser fuerte y ejerce bullying

sobre un compañero cuya madre es haitiana. Les incita además a comenzar a beber

alcohol cuanto antes “para hacerse hombres”. En otra escuela, una niña de nueve

años se muestra especialmente solícita con un compañero minusválido y otro con

síndrome de Down, a pesar de las burlas de sus pares. Los profesores se admiran

frente a la abnegación con que los asiste, que es combinada con una genuina alegría

y buen humor. La niña es la hija única de una madre enfermera que ha dedicado el

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tiempo que le deja libre el hospital a los ancianos de las casas de reposo del barrio;

su padre es profesor en una escuela de alta vulnerabilidad social y con un profundo

espíritu de respeto por la dignidad del ser humano, que ha tratado de transmitir a

su hijo. Palabra y ejemplo amalgamados, construyen cosmovisiones…

Quinta tarea de cumplimiento: ampliar y fortalecer el autoconcepto

Los niños poseen una actitud hacia ellos mismos, conformada por ideas, conceptos,

prejuicios, creencias y sentimientos relacionados. Desde esa amalgama de ideas y

sentimientos, se paran y mueven en el mundo. El autoconcepto es complejo; por

ejemplo, dentro de la dimensión “ideas acerca de mí”, están las ideas que yo creo

que los demás tienen de mí, algo muy potente en guiar las conductas. Un niño que

piensa que la profesora de Inglés lo desprecia va a tener conductas muy

específicas durante las clases de esa maestra… Conductas como pasar

desapercibido, o conductas desafiantes, dependiendo de su temperamento y

madurez.

Hay dos dimensiones del autoconcepto que deben ser adecuadamente conocidas

por los educadores: la autoestima y la autoeficacia.

La autoestima es una actitud conformada por dos poderosos sentimientos: el

sentimiento del propio poder y el sentimiento del propio valer. El primero se

refiere a sentir que se posee el poder de crecer, de hacer cambios en sí mismo y

en los demás que sean enriquecedores. No debe entenderse como la capacidad e

ejercer poder, en el ámbito del dominio sobre otros. El sentimiento del propio

valer se refiere a sentir que se tiene un conjunto de capacidades, talentos,

virtudes, cualidades que otorgan un valor, algo así como un precio simbólico. Una

buena autoestima se acompaña de ideas muy positivas acerca de sí mismo y

promueve conductas proactivas. La autoestima los primeros cinco a siete años es el

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reflejo de las actitudes y opiniones que emiten los demás acerca de ese niño. No

hay una evaluación crítica; si el niño escucha decir muchas veces que es valiente,

procurará vencer su miedo; si escucha decir que es físicamente muy hermosa, la

niña actuará como si fuese una princesa de un cuento de hadas. Pero si crece en un

hogar donde es ignorado, donde sus necesidades afectivas son sistemáticamente

pasadas por alto y sólo escucha decir de él o ella que es un estorbo, sentirá que

está de más en el mundo, que carece de toda cualidad digna de ser resaltada. A

partir de los siete años, el niño comienza a formar una autoestima más

independiente de los juicios de los demás, por cuanto su habilidad reflexiva le

permite realizar evaluaciones de sus comportamientos que pueden diferir

ampliamente de las evaluaciones de sus padres y/o profesores. Por ejemplo, un niño

de nueve años que se muestra particularmente solícito y afectuoso con su madre y

abuela puede escuchar de labios de su padre opiniones despectivas, como

“apollerado”, “mujercita”, juicios que él prefiere ignorar, por cuanto sabe en su

fuero íntimo que su actitud solícita es el único recurso de protección emocional que

un niño puede dar a dos mujeres que también son violentadas por el jefe del hogar.

La autoeficacia se refiere a saberse y sentirse capaz de lograr metas. Se

relaciona con la decisión con la cual se enfrentan los retos. Los niños pequeños que

son frecuentemente elogiados y a quienes se les muestra que los errores no son

acciones que deban ser castigadas sino instancias para aprender, se muestran

tempranamente decididos a probar nuevos retos, como aprender a nadar o a

montar la bicicleta. Después de los siete años, serán los crecientes desafíos

intelectuales y sociales que deberá enfrentar el niño y la evaluación que se haga de

sus resultados, los que irán modelando la autoeficacia. No son los fracasos los que

amilanan a un niño y le conducen a sentir que es incapaz; son los juicios y

evaluaciones que los adultos hacemos de esos fracasos los que van a grabar en su

mente y en su corazón un cuerpo de creencias centrado en la derrota. Cada niño

que, con los ojos bajos y en un susurro dice “no puedo” “no sé”, “es demasiado

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difícil para mí” etc., es un niño que nos muestra la herida emocional inferida por los

juicios demoledores de quienes deberían haberle acompañado a probar una y otra

vez hasta lograr la meta.

La maduración cerebral y las experiencias vividas durante los primeros diez años

de la vida constituyen los cimientos de un desarrollo afectivo social sólido, el cual

habrá de ser la plataforma sobre la cual el adolescente se abrirá a la vida con un

primer equipamiento básico, una personalidad en ciernes que se consolidará

durante la siguiente década. Padres y educadores no debemos perder jamás de

vista las particularidades del proceso inicial de desarrollo socioemocional: por una

parte, tener siempre presente la delicada urdimbre entre fenómenos biológicos

(maduración cerebral) que van ocurriendo según un programa genético diseñado

por la evolución en respuesta a las demandas del medio y la impronta constante de

las experiencias, ese guión biográfico único y personal. Los adultos que

acompañamos a los niños no podemos torcer la mano de la genética, pero sí

podemos procurar que su guión biográfico esté pleno de experiencias

enriquecedoras de lo afectivo y lo social. Por otra parte, no debemos olvidar jamás

que construir los cimientos de la vida socioemocional humana es un verdadero arte

de la naturaleza al cual los adultos agregamos nuestro aporte de modo laborioso a

lo largo de una década, pero que para destruirlo a veces basta un instante, pero los

efectos de esa acción destructiva serán para siempre.

PRE-PUBERTAD

Biológicamente, esta etapa está marcada por el inicio de la actividad hormonal,

especialmente a expensas de las hormonas producidas por la glándula suprarrenal o

adrenal, de allí que la pre-pubertad se denomine también adrenarquia. Cerca de los

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diez años en los varones y poco después de los nueve años en las niñas, se acentúa

la liberación de las hormonas adrenales que había comenzado muy tenuemente

algún tiempo antes, dando comienzo a una cascada hormonal que no se detendrá

hasta varios años más tarde. Estas hormonas provocan el característico olor axilar

(que produce desconsuelo en las madres, ya que es el anuncio más rotundo de una

niñez que se bate en retirada). En algunos niños comienza a insinuarse el vello

púbico y/o axilar. Paralelamente, se pone en marcha un proceso neurobiológico

igualmente sutil, pero de enorme trascendencia para la adolescencia que se

aproxima. Millones de conexiones sinápticas en ciertas zonas cerebrales comienzan

a desprenderse, fenómeno denominado poda sináptica. Esta poda de conexiones

permite eliminar todas aquellas redes neuronales que ocupan lugar en el cerebro

pero ya no se necesitan o son débiles redes que representan igualmente débiles

aprendizajes. Esta poda ocurre especialmente en las regiones prefrontales del

cerebro, encargadas de las funciones ejecutivas o funciones de administración

cognitiva, y se expresa en la fatiga mental que caracteriza a los chicos entre los

diez y los doce años. Todas las funciones de administración intelectual sufren un

menoscabo transitorio, especialmente la capacidad de atender focalmente, la

memoria de trabajo y la capacidad de planificación del tiempo. El niño se muestra

sin energía, mustio, sin deseos de buscar panoramas fuera de casa. Sus virtudes

del carácter ceden paso a una búsqueda de gratificaciones inmediatas, las que se

centran en jugar y en comer golosinas, helados, alimentos ricos en azúcar. Los

videojuegos y la televisión se transforman en inseparables compañeros de

diversión, a menudo con rasgos adictivos. A medida que avanzan los meses, se hace

evidente la acumulación de grasa abdominal y en las caderas, incluso con ciertos

signos de celulitis que avergüenzan al niño, especialmente si es época veraniega.

Reaparecen antiguos temores, por lo general asociados a sucesos paranormales

(espíritus, llegada de alienígenas), si bien los miedos a asaltos, a ladrones e incluso

a eventos naturales como tormentas de viento, lluvias intensas, también les

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atemorizan mucho. Estos miedos son facilitados por la elevación de los niveles de

cortisol, una hormona liberada por la glándula suprarrenal. El cortisol es el

mediador del alerta ansioso en el cerebro, además de sus acciones hormonales en

el organismo, como estimular la aparición de vello púbico y luego axilar y en las

extremidades. A nivel psicológico parece cierto distanciamiento de los padres;

rechazan las caricias, si bien en ciertas circunstancias las buscan activamente. Se

acentúa el pudor, les disgusta ser mirados cuando están desnudos en la ducha o

mientras se visten. Es probable que en la evolución humana, este pudor y evitación

de la intimidad física hayan surgido como mecanismo natural de protección frente

al incesto.

Atendiendo a todas estas características, es posible afirmar que la etapa pre

puberal no es una etapa fácil para el niño, sometido a tensiones familiares y

escolares en un momento en el cual su cerebro está experimentando pérdidas en

vez de ganancias, lo cual se expresa en confusión, desgano y miedos.

La gran tarea de cumplimiento: despedir al niño que fue y enfrentar un futuro

incierto e inquietante

A los diez años se adquiere súbita certeza de una pérdida irremediable: la niñez, y

se experimentan todas las emociones propias de un duelo: tristeza, melancolía,

nostalgia, resistencia a aceptar la pérdida. Este dolor interno se evidencia en el

niño en su deseo casi compulsivo de jugar con sus juguetes (autitos, superhéroes,

barbies) unido a una especie de vergüenza de ser visto dedicado a una actividad

“de niños”. Pero es un duelo que va más allá de la pérdida del goce infantil y

despreocupado con el cual juega un niño; es el duelo de “perder” a una mamá o a un

papá, con los cuales hay que poner cierta distancia, ya que en el inconsciente surge

el temor al incesto. El niño se muestra más reservado frente a las caricias, si bien

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puede buscarlas activamente cuando está triste o tiene miedo. Es el duelo por su

casa, sus pertenencias, sus seres queridos, presintiendo que se alejan.

Inconscientemente se aferra a ellos, se torna hogareño, querendón de los rincones

de su hogar, de los abuelos. En su rostro hay una tenue y persistente melancolía.

Sin saberlo conscientemente, se está despidiendo de un mundo que le ha

pertenecido, para bien o para mal, por toda una década. En su melancólica mirada

sobre ese entorno se adivina ya un interrogante acerca de lo que está por venir.

Segunda tarea de cumplimiento: descubrir al otro y experimentar un nuevo y

perturbador sentimiento, todavía sin nombre

Las aventuras de la Pequeña Lulú y su vecino Tobi, con aquel famoso club de Tobi y

el vistoso letrero “no se admiten mujeres”, ilustra el fenómeno de recelo hacia el

género opuesto que caracteriza el inicio de la pre pubertad. Para las niñas, los

chicos de la misma edad son “apestosos”, mientras que para los chicos, ellas son

“unas tontas insoportables”. Sin embargo, a medida que avanzan hacia los once

años, ellos y ellas ya experimentan con inquietud nuevas sensaciones cuando su

cerebro recibe el impacto de sutiles señales denominadas “estímulos-signo”,

destinadas a activar aquellas regiones del sistema límbico que comienzan a ser

modeladas por las hormonas gonadales, las que poco a poco están siendo liberadas.

Estos estímulos-signo son visuales, auditivos, olfativos, táctiles. Para ellos, son los

pechos de las mujeres adultas, las caderas ondulantes, el cabello largo, el cuello,

las piernas, el perfume, la calidez de su piel, la voz… Para ellas, lo son el mentón

firme y varonil, los hombros anchos y musculosos, la voz grave, las manos… Ni ellos

ni ellas tienen conciencia de la atracción que ejercen tales estímulos en su

cerebro, pero se admiran de la fuerza con la que buscan recibirlos; si antaño esta

búsqueda consistía en ocultar una revista para adultos al interior de una revista

infantil o un texto escolar y temblar de excitación y miedo a ser descubiertos por

la mamá, hoy día los chicos de once y doce años se adentran con el corazón

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desbocado por los pasadizos oscuros de internet, en búsqueda de esos estímulos

excitantes, sin saber que lo que les aguarda en el ciberespacio puede ser

aterradoramente violento.

Pero los chicos pre púberes suelen descubrir el amor de otro modo; su secreta

excitación erótica es sólo eso: una inquietud que les desazona. En cambio, un día

descubren que aquella compañera de banco o aquel chico que asiste a las reuniones

de scouts, de la misma edad o un poco mayor, no es ni “tonta insoportable” ni

“apestoso”… Y descubren que, aunque el resfrío hace aconsejable faltar a la

escuela ese día, el corazón les ordena correr a clases para mirar a hurtadillas esos

ojos, para atrapar al vuelo esa sonrisa irresistible y sentir una extraña tristeza

mezclada con una inefable felicidad… y al llegar a casa, encerrarse a evocar esos

momentos y desear haberlos atrapado para revivirlos.

En esta etapa, padres y profesores tienen un papel muy delicado, que exige tacto,

sensibilidad y, muy especialmente, una gran paciencia. Es esencial saber que la pre

pubertad es una fase de desgano, falta de energía y de búsqueda de pequeños

placeres que pueden alcanzar niveles adictivos, como la televisión o los

videojuegos. Es un momento por lo tanto en el cual hay que privilegiar las

actividades deportivas, el scoutismo, la práctica de la música, del baile, así como

los hobbies. Está demostrado que aquellos chicos que llegan a los once años

entregados a alguna práctica sistemática de enriquecimiento intelectual, artístico,

físico, etc., experimentan niveles menores de falta de energía y mantienen alta su

motivación escolar. También es necesario ser sensibles a la reaparición de viejos

miedos, inseguridad, indecisión y esa tendencia a refugiarse en casa que exaspera

a los progenitores. No es raro que algunos padres presionen a sus retoños a

volcarse a la vida social, reprendiéndoles porque son tan poco sociables; con ello,

sólo logran acentuar la ansiedad e inseguridad. Los profesores deben estar

particularmente alertas a leer las sutiles señales que indican un posible trastorno

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de ansiedad o un compromiso del ánimo, comunicando su inquietud a los padres y

mostrándose más cercanos y acogedores con el alumno. Padres y profesores deben

prestar especial atención a aquellos chicos que tienen antecedentes desde

pequeños de dificultad para regular la ansiedad (introvertidos, temerosos,

dependientes, inseguros, autoexigentes etc.).

LA PUBERTAD

Durante los últimos meses de la prepubertad (alrededor de los doce años en la

mayoría de los niños), coincidiendo con una liberación hormonal que comienza a

aumentar velozmente (gonadotrofinas, estradiol, testosterona, estrógenos, etc.),

se pone en marcha un activo proceso de cambios físicos que involucran a todo el

organismo y que, por razones de espacio, no detallaremos acá. A nivel cerebral se

acelera la conectividad sináptica y de mielinización, procesos que alcanzarán un

punto muy alto entre los trece y los quince a dieciséis años. La formación de

mielina garantiza una transmisión de información entre las distintas redes

neuronales altamente veloz, de elevada eficiencia, mientras que las nuevas

conexiones sinápticas en la corteza cerebral garantizan el llevar a cabo en cada

red y entre ellas procesos de pensamiento gradualmente más complejos,

denominados “de alto orden”, tanto a nivel lingüístico (elaboraciones conceptuales

sofisticadas), como razonamientos inductivos complejos, que les permitirán

acceder a los intrincados contenidos del álgebra, la física, la química, la filosofía.

Si el cerebro del pre púber se encuentra “en proceso de limpieza informática”, el

cerebro puberal se convierte en un motor de conquistas “cyberneurobiológicas”;

así como los púberes cambian físicamente día a día, también su cerebro se

remodela de modo prodigioso, preparándose para los desafíos de la adolescencia

que está por llegar. La acción hormonal, especialmente de las hormonas sexuales,

tiroideas y las endorfinas, parece despertar al púber del letargo en que se

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encontraba y darle un inusitado soplo de energía vital. Los espacios que hasta hace

apenas un año le parecían un cálido refugio (su casa, su dormitorio), ahora se le

hacen insoportablemente estrechos, y desea ardientemente salir al mundo, ser

libre, vivir experiencias, experimentar nuevas emociones. Sus padres, quienes eran

hasta hace unos pocos meses su círculo de contención de miedos y su referente

afectivo, ahora le parecen aburridos, agrios, “pasados de moda”; sus hermanos

menores son mirados despectivamente, “una tropa de niños insoportables y

mimados”, mientras que sus hermanos mayores son secretamente envidiados

porque hacen uso de un privilegio que él/ella deberá conquistar: la autonomía. En

esta etapa aparece con enorme fuerza una dimensión social que hasta ese momento

existía pero situada en un segundo plano, detrás de la poderosa influencia de la

familia: la dimensión llamada amistad. Los amigos se convierten en un formidable

bloque de sentimientos y emociones que puede arrasar con la fuerza que hasta ese

momento tenían los padres y hermanos. A mayor vulnerabilidad del sistema

familiar, más poder adquiere el sistema amigos, quienes se convierten en

camaradas de aventuras, en confidentes, en referentes de opinión… Por el

contrario, un sistema familiar sano, “funcional”, en el cual reinan el respeto, la

comunicación afectiva y una adecuada resolución de conflictos, suele ser un

catalizador que tempera la fuerza de la influencia de los amigos.

Poco a poco comienza a esbozarse una remodelación del sistema de recompensa

cerebral, a expensas de una poda que alcanzará un punto máximo alrededor de los

diecisiete años. Los efectos de esta poda son, por una parte, la elevación del

umbral del goce; ya no basta la experiencia de un camping en la montaña junto a

una fogata y afectos compartidos; el cerebro emocional parece pedir goces nuevos,

novedosos y excitantes, en los cuales no esté ausente el riesgo. Por otra parte, la

vida cotidiana, que rara vez ofrece ese tipo de goces, provoca en el púber un

estado constante de disgusto, que aplaca planificando un panorama tras otro y

buscando con cierta ansiedad la compañía de los pares. Esta búsqueda compulsiva

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de experiencias “puertas afuera” es máxima en el púber de personalidad

extravertida, con escasos intereses intelectuales y carente de toda oportunidad

de desarrollo de sus talentos. Se comprende que es precisamente en estos chicos

que las experiencias asociadas a las barras de hinchas del fútbol en los varones (y

algunas chicas) y las actividades denominadas “de las calcetineras” en las chicas (y

más de algún varón), las que organizan clubes de fans alrededor de algún ídolo de la

canción popular, actor o actriz de TV o cualquier “famosillo” cuya vida es ventilada

por la prensa de farándula, sean el escenario propicio para experimentar nuevas

experiencias de goce grupal. Se avecina la gran catarsis del sistema de

recompensa…

Primera tarea de cumplimiento: definir y afianzar una identidad puberal

El púber se encuentra en una especie de “tierra de nadie”: ya no es un niño, pero

tampoco es aún un adolescente. En consecuencia, es preciso adoptar una identidad

y el púber opta por la identidad de grupo. Comienza por dejar atrás al niño

cambiando el corte de cabello, el atuendo, los accesorios, adoptando un lenguaje

coloquial propio del grupo. En este cambio influyen de modo decisivo los ídolos de

los púberes: cantantes pop, deportistas, actores juveniles de televisión; pasan a

ser un segmento muy codiciado por el comercio de vestuario de marca, zapatillas

deportivas, accesorios, etc., a lo cual hay que incorporar hoy la tecnología digital y

muy especialmente, la tecnología al servicio de las redes sociales, un ámbito en el

cual los púberes son hábiles cibernautas. La fuerza del sistema amigos favorece

esta nueva identidad grupal y modelará la personalidad del púber con mayor

intensidad en la medida que la presencia acogedora de los padres y el liderazgo de

los profesores sean más débiles o, simplemente, estén ausentes.

En esta tarea de construir una nueva identidad se completa la deconstrucción de la

autoimagen que había comenzado en los últimos años de la niñez, para iniciar la

elaboración de un nuevo concepto de sí mismo, que incorpora otros elementos de

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configuración de la autoestima y la autoeficacia. Por ejemplo, si hasta los doce

años su mediocre desempeño académico le avergonzaba e iba por la vida cabizbajo,

a los catorce descubre que puede guitarrear con gran habilidad, escribir canciones

que encantan a sus amigos y le abren insospechadas vías de seducción con las

amigas… Y ser un alumno mediocre le da igual pues ha decidido ser cantante pop y

se siente poseedor de un gran talento…

Segunda tarea de cumplimiento: ensayar una y mil veces el arte de la

conquista del otro

La pubertad es el reinado de las hormonas, numerosas sustancias químicas con

acción en el organismo y en el cerebro. Entre ellas, un esteroide adrenal, el sulfato

de dehidroepiandrosterona, S-DHEA, tiene un especial papel en los cambios

puberales al servicio de la conquista del otro, de una fuerza erótica que comienza a

emanar de los púberes. La S-DHEA comienza a producirse en mayor cantidad

durante la menarquía, alcanzando un peak desde la pubertad hacia la adolescencia y

manteniéndose muy alto hasta los veinticinco años o más.

En el inicio de la pubertad (trece años en promedio) se produce un considerable

desarrollo de la estatura en el varón, fenómeno que es más gradual en las niñas; las

formas corporales se van rediseñando. En la niña púber, si ha acumulado un

porcentaje adecuado de grasa corporal, aparece la primera menstruación

(menarquía), va desapareciendo la grasa (necesaria para sintetizar hormonas) y se

modelan las curvas corporales propias de la mujer: el botón mamario cede paso a

una mama completamente formada y turgente; las caderas se redondean. De la niña

púber emana un magnetismo erótico potente, cuyo poder la niña ignora. En el varón

se define la aparición del bigote, que al término de la pre pubertad era apenas un

vello sutil que cubría la parte superior de las comisuras de la boca. El registro

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vocal se hace más grave por desarrollo de la laringe; la musculatura corporal se

incrementa, engrosando la espalda, el pecho y los músculos de las extremidades,

los que se cubren de vello grueso. El varón púber ya no tiene la apariencia de un

niño, pero tampoco es todavía un adolescente. También de su organismo y su

apariencia emana ese magnetismo erótico poderoso del cual el chico aún no está

consciente. Los genitales externos e internos en ambos sexos maduran velozmente

y los estímulos signo provocan intensas respuestas eróticas genitales, en especial

en el varón. Estos estímulos signo también actúan durante el sueño, siendo

responsables de las denominadas “poluciones nocturnas”.

El final de la pubertad, en la frontera con la edad adolescente (quince a dieciséis

años en promedio) es también el punto de máxima intensidad de ese misterioso

atractivo físico que emana de los púberes, probablemente porque también es el

momento de máxima liberación de S-DHEA. Paradojalmente, es el momento de

mayor inseguridad en términos de saberse atractiva o atractivo. Es en este

momento cuando surge con fuerza la llamada “dismorfofobia”, una preocupación

obsesiva por detalles del rostro o del cuerpo que a los púberes se les antojan

monstruosos. Una nariz algo aguileña les parece un gancho abominable, una frente

cubierta de acné les parece una llaga repulsiva… Es probable que el púber intuya en

este momento que se acerca una tarea propia de la etapa siguiente: elegir la pareja

sentimental y probarse a sí mismo que se es digno de ser elegido para ser amado.

Esta energía erótica que emana de sus cuerpos está al servicio de los primeros

escarceos de conquista. Los púberes descubren al otro u otra, sus pares del sexo

opuesto, y juegan un excitante juego de seducción que todavía no va dirigido a

ninguno en particular; no buscan todavía establecer un vínculo de pareja, sólo

comprobar que pueden conquistar. Ellos invierten una gran energía en alardear,

ellas en elegir; comparan atributos, elaboran listas de candidatos posibles y

comparten secretos de seducción. Los estándares de atractivo cobran inusitada

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fuerza y se envasan en las más variadas formas: vestuario de calle y uniforme

escolar (actualmente ellas suben la falda, ellos bajan la pretina de los pantalones,

algunos exhiben los calzoncillos), calzado, corte de cabello, accesorios, tecnología.

Cautivos de las tiendas de ropa “teen”, quienes pertenecen a familias pudientes

marcan tendencia, mientras que los púberes provenientes de sectores más

humildes sufren el dolor lacerante del deseo de poseer. Los cambios

neurobiológicos que se están llevando a cabo en el cerebro, unidos a los potentes

cambios provocados por las hormonas gonadales, hacen extremadamente peligroso

el consumo de alcohol en esta etapa del desarrollo. Los impulsos eróticos son

máximos, constantemente en el umbral del deseo, pero mantenidos bajo el control

reflexivo al servicio de lo social. Sin embargo, bastan unos miligramos de alcohol

para que dicho autocontrol desaparezca, y algunos miligramos más harán emerger

una impulsividad sin freno autorregulatorio, colocando a la niña bajo efectos del

alcohol en un plano de fácil presa (fácil porque está a merced de su impulso

erótico) y al chico en un depredador sexual igualmente impulsivo.

Tercera tarea de cumplimiento: conquistar la autonomía

El niño, hasta los once o doce años, agradece la protección de parte de sus padres

y de los mayores en general. La calle le parece misteriosa y plagada de peligros.

Pero al llegar a la pubertad, la calle se transforma en el escenario de excitantes

experiencias; es allí, en torno a algún elemento que aglutina, como la práctica de un

deporte, una plaza pública, un parque de entretenciones, un lugar de compras, etc.,

donde se establecen las primeras reuniones mixtas de púberes, donde se puede

practicar el nuevo arte de mirar y dejarse mirar, donde se experimenta el placer

de la vida. La casa se convierte en una prisión y la escuela también, pero sólo el

aula, por cuanto los recreos son también escenario de la apasionada práctica de la

amistad. Para poder disfrutar de modo completo el goce “puertas afuera”, el púber

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precisa de una autonomía de la cual carecía hasta ese momento. Requiere de

permiso para desplazarse solo por el barrio o por la ciudad si esta no es

excesivamente grande y populosa. Desea modificar los horarios de ir a la cama,

para poder establecer límites precisos con los hábitos de los hermanos menores y

acercarse a los privilegios de los hermanos mayores. Necesita dinero para poder

desplazarse en el transporte público y para pequeñas compras que le sirven para

fortalecer vínculos con los pares (un helado, una gaseosa). Este aporte de dinero

debe ser sistemático, no puede estar sujeto a las veleidades del progenitor que da

la ayuda monetaria, y se debe motivar al púber a distribuir su dinero en la forma

de un presupuesto, con cierta cantidad a gastar y el resto para ahorro. La

necesidad de autonomía también se hace extensiva a sus elecciones de ropa, de

calzado, de corte de cabello, de accesorios; necesita imperiosamente contar con

espacios propios, desde un dormitorio cuyo decorado él o ella pueda elegir o , al

menos, colaborar a decidir; contar con cajones cuyo contenido no esté al alcance

de sus hermanos menores, en lo posible con llave; autonomía para elegir uno o dos

platos que puede rechazar cuando está en casa; para hablar por teléfono o vía chat

sin tener a los padres o hermanos a sus espaldas, etc. etc. Finalmente pero no por

ello menos importante, la autonomía para tomar ciertas decisiones, que hasta ese

momento eran acordadas por los padres y profesores y se daba por sentado que

los chicos debían obedecer. Esta conquista de una autonomía necesaria e

impostergable debe ser gradual y jamás debería estar sujeta a su privación como

método punitivo, como veremos más adelante.

Cuarta tarea de cumplimiento: poner a prueba las virtudes del carácter

Entre los siete y los doce años el niño aprende a formar en su personalidad ese

temple para la vida denominado carácter, pero será durante la pubertad cuando

deberá poner en práctica sus virtudes. Nunca como a partir de los trece años en

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adelante la vida ofrece tantas posibilidades de goce, tantas expectativas

gratificantes, y nunca como a partir de esa edad se experimenta tanta energía

para vivir esos goces en plena libertad. Esos chicos que hacen piruetas en la tablita

o “skate”, conversan animadamente en un pueblito nortino o galopan a caballo por

los campos del sur, y esas chicas que van raudas en su bicicleta por la ciudad o

reman cruzando un río en alguna localidad rural para llegar al liceo, son símbolos

vivos de un espíritu libre que busca su autoafirmación. Sin embargo, deben

aprender que la autonomía se conquista lentamente, entregando una y otra vez

muestras de responsabilidad y recibiendo gestos de confianza de parte de sus

padres y otros adultos. En este juego de reciprocidad en pro de la autonomía juega

un papel crucial la fortaleza del carácter; en este momento se pondrá a prueba la

educación recibida de parte de los adultos y la disposición del niño a desarrollar

tales virtudes, en cuanto a capacidad de posponer gratificaciones inmediatas, ser

capaz de resistirse a invitaciones que impliquen riesgos y, muy especialmente,

ejercer en forma soberana su libertad, pero no en el concepto que defienden

muchos chicos: “poder hacer lo que me dé la gana”, sino la libertad de negarse si el

grupo decide transgredir normas, faltar a compromisos adquiridos, etc.

Las tareas de cumplimiento durante la pubertad requieren de la compañía de

adultos sensibles a las necesidades de esta etapa, especialmente padres y

profesores; pero no basta la sensibilidad y la empatía por una edad tan compleja;

se requiere también poseer conocimientos acerca de las características de la

pubertad, la capacidad de establecer vínculos reales y legítimos con los púberes y

rasgos como honestidad y capacidad de liderazgo. Esta fase del ciclo vital es la

más vulnerable a las rupturas del vínculo entre púber y adulto, y lo más frecuente

es que la responsabilidad frente a estas crisis sea de los adultos, no de los

púberes. En efecto, cada una de las tareas de cumplimiento que hemos mencionado

es terreno fértil para que los adultos cometan gruesos errores con un alto precio,

que sin duda alguna pagarán los chicos y chicas y que tendrán un impacto a largo

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plazo. La primera tarea, definir una identidad puberal, suele hacer colisión con los

sistemas de creencias de algunos padres y profesores, quienes siguen mirando al

púber como un niño a quien hay que guiar y proteger, sin darse cuenta que lo que

verdaderamente hacen es controlarles, haciéndoles sentir incapaces de tomar

decisiones y mostrar que saben ser responsables. Los dos grandes errores que

cometen los adultos en esta tarea de cumplimiento son, por una parte, continuar

imponiendo su criterio, sus opiniones y sus decisiones sin pedir el parecer al púber.

Asociado a este error está la tendencia a descalificarle y humillarle, haciéndole

sentir que es “apenas un niño”, sin capacidad de opinión y menos de decisión. La

actitud coercitiva y descalificadora del adulto, rompe el vínculo de confianza,

creando una relación de antagonismo cuyo alto precio pagará siempre el púber,

quien pasa a ser considerado un rebelde que desafía a la autoridad, a quien hay que

controlar de manera más impositiva, hasta que acabe por “darse a la razón”.

Indudablemente que los mayores conflictos dicen relación con la nueva identidad:

se rechaza o ridiculiza su corte de cabello, su atuendo, sus accesorios; se le

prohíbe reunirse con sus amigos en los espacios urbanos que ellos crean y

defienden. En la escuela, el motivo de mayores disputas está dado por los cambios

que van introduciendo al uniforme escolar (subir las faldas, aflojar el nudo de la

corbata, agregar algún accesorio que marque la diferencia con los más pequeños,

etc.)

La conquista de la autonomía y la obsesiva preocupación por su físico son también

motivo de dolorosos quiebres con los adultos. Nuevamente aparece en escena la

tendencia de padres y profesores -y otros adultos- a intentar controlar a los

púberes, en una tácita declaración de guerra, en la cual la consigna es “no ganarás.

Yo soy la autoridad y debes obedecerme”. Sin duda alguna que los más acendrados

defensores de la autoridad impuesta son aquellos adultos que desperdiciaron el

momento más preciado del desarrollo para enseñar, por una parte, el arte de la

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reflexión y, por otra, el arte de resolver los conflictos de manera creativa a

través del diálogo y de la búsqueda del bien común.

La práctica de las virtudes del carácter no puede ser impuesta por el adulto. Nada

más estéril que esos sermones al estilo de “a tu edad yo ya sostenía a la familia” o

“con tu pereza no llegarás muy lejos… Supieras cómo se avanza cuando se tienen

metas claras”. El mejor método para poner en práctica el tesón, la voluntad, la

capacidad de posponer gratificaciones inmediatas, el espíritu de sacrificio, etc., es

motivar al púber (en lo posible, antes de que haya llegado a la pubertad) a

incorporarse a actividades enriquecedoras de los talentos, las que deben ser

sistemáticas y jamás supeditarlas a decisiones de castigos. El deporte, la práctica

instrumental y/o vocal, el escoutismo, el baile, las academias de ciencias, de

literatura, las artes visuales, el naturalismo, la ecología, etc. etc., son todas

actividades que enriquecen de manera integral al niño desde que se inicia en ellas y

para siempre. El error más grande que se comete en educación es considerar que lo

cognitivo se desarrolla y enriquece a través de tener más horas al niño frente a los

textos de estudio; las artes, la actividad física sistemática, la práctica

instrumental, etc. etc. son la via regia a través de la cual potenciar el intelecto de

niños y adolescentes.

LA ADOLESCENCIA

Entre los quince y dieciséis años (en algunas niñas, a los catorce), se cierra la fase

puberal para dar paso a la compleja etapa de la adolescencia. En los varones se

anuncia por la aparición de la barba, inicialmente sobre la barbilla y luego

cubriendo todo el mentón. Suele ocurrir otro crecimiento estatural rápido, de

varios cm., y la musculatura muestra un considerable incremento, especialmente en

los adolescentes que practican deportes y prefieren la vida al aire libre. Los

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cambios físicos que venían ocurriendo día a día en el chico desde los trece años en

adelante parecen estabilizarse; el rostro adquiere una fisonomía más armónica y

reposada. Tiende a disminuir la permanente excitación interna que se expresaba en

una cierta hiperactividad. La niña adolescente muestra la plena madurez de las

formas físicas, en la medida que su alimentación haya sido saludable y haya evitado

el sedentarismo. También sus facciones son más armoniosas y serenas y ya no

muestra la secreta excitación psíquica y física que la hacían aparecer ansiosa e

inestable. En su cerebro parece irse instalando también la estabilidad; en efecto,

comienza a disminuir la extraordinaria velocidad de mielinización, especialmente

interhemisférica y cerebelo-cerebral; en las áreas corticales se han producido

millares de nuevas conexiones sinápticas, especialmente a nivel prefrontal y

córtico-límbicas. Sin embargo, esta es una estabilidad aparente, por cuanto la

mielinización continuará relativamente activa hasta los veinte a veinticinco años, y

a los diecisiete años en promedio, una nueva poda sináptica alcanzará un punto

máximo de actividad; esta poda de conexiones ocurre en las regiones de la corteza

temporal profunda y sus conexiones con el sistema límbico, determinando la

aparición de radicales cambios psicológicos e incrementando la vulnerabilidad a

presentar psicopatología aguda.

Los activos procesos neurobiológicos que han estado ocurriendo durante la

pubertad (activa mielinización interhemisférica y cerebelo-cerebral y nuevas

redes sinápticas) son los responsables del súbito despertar intelectual de los

adolescentes. En efecto, entre los quince y dieciséis años, chicos y chicas ya

adolescentes sienten como si hubiesen adquirido una suerte de “banda ancha”

intelectual que les lleva a comprender fenómenos complejos de índole conceptual,

lógica y social. Se sorprenden siendo capaces de razonar de un modo altamente

abstracto, y comienzan a interesarse vivamente por el mundo que les rodea, un

mundo que para la mayoría es totalmente nuevo y palpitante de novedades.

Comienzan a interesarse por los hechos y desafíos sociales, la historia remota y

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reciente, los fenómenos de la ciencia; temas como la política, la contaminación del

planeta, el efecto invernadero, las guerras en Medio Oriente, la conquista espacial,

etc. etc. En muchos, el interés es eminentemente intelectual y comienzan a leer

ávidamente y a buscar interlocutores válidos con quienes discutir y confrontar

ideas. En otros, el interés se transforma rápidamente en un ideal que los impulsa a

la acción, convirtiéndose en líderes políticos en su escuela, líderes sociales en el

barrio, activistas de toda lucha que les parezca legítima. Es tan nuevo, excitante y

sorprendente el mundo que se abre a sus ojos, que les parece ser dueños de una

revelación, tornándose fundamentalistas y poseedores de la verdad. Mientras más

precaria sea su habilidad para debatir y argumentar, más radical será la defensa

de sus convicciones y mayor la pasión que pondrán en descalificar al otro. Sin duda

que si ese “otro” es uno de sus progenitores, el abuelo o un profesor, es más

probable que tales adultos se ofusquen al sentir la energía argumentadora del

adolescente, reaccionando con enojo que pronto da paso al control tras la

consabida frase “cállese, acaso no ve que yo soy la autoridad”.

Esta fascinación por el mundo que les rodea y que intentan atrapar desde las

alturas de lo conceptual, la abstracción y el dominio de lo cultural pronto se

impregnará de decepción, ira y/o un peligroso nihilismo, emociones que se

superpondrán a un gradual ingreso a un estado de ánimo caracterizado por la

confusión y la caída de los pocos baluartes de certeza que les iban quedando.

Mientras más vulnerable es el sistema familiar, en términos de disfuncionalidad

sistémica, ausencia de comunicación afectiva y de la capacidad para resolver

adecuadamente los conflictos, más intenso será el ingreso del adolescente a esta

etapa de crisis psicológica y riesgo de enfermar psicopatológicamente. El

responsable de tal crisis es la profunda remodelación que está experimentando

parte importante de la corteza temporal y sus conexiones con el sistema límbico,

muy especialmente, la poda sináptica en el núcleo accumbens, el circuito de la

recompensa. Esta poda, que comenzó durante la pubertad, alcanza un punto máximo

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entre los dieciséis y diecisiete años; la vida cotidiana adquiere una profunda

tonalidad gris, de tedio y carente de sentido vital. El adolescente se torna

impaciente y disfórico; anhela vivir experiencias nuevas e intensas, que lo alejen de

la insoportable cotidianeidad. Estas experiencias se ubican en un continuo que va

de lo hedónico a lo épico. Tan excitante puede ser embriagarse con alcohol en una

disco bajo el embrujo de la música, las luces y los cuerpos que se contonean

alrededor, como participar en una marcha de protesta por alguna causa que les

parece justa y digna de reivindicar. Hedónica o épica, la experiencia debe ser

límite, riesgosa y excitante, cualidades que para el adolescente son normales y le

atraen poderosamente. A esta edad no hay conciencia de los peligros, el

adolescente está convencido que el mundo adulto es pusilánime y que los riesgos no

son tales, sólo son situaciones que no están hechas para quien no arriesga un poco...

Con esta convicción, se involucra en goces como embriagarse sin freno o tener

relaciones sexuales sin ninguna protección, o participa en marchas de protesta por

las calles o se planta desafiante frente a un carabinero de Fuerzas Especiales.

Esta etapa es el escenario propicio para experimentar nuevas experiencias

sensoriales a través del alcohol y las drogas. La gran mayoría de los adolescentes

lleva a cabo una experimentación de tipo recreativo: consumen alcohol y/o

marihuana en grupo, como un modo de desinhibirse socialmente y disfrutar en

compañía. De esta mayoría, muchos abandonan el consumo de marihuana y limitan la

cantidad de alcohol que ingieren a poco haber iniciado dicho tal hábito, mientras

que una minoría inicia un consumo inmoderado de alcohol en cada evento social en el

que participa, y el consumo de marihuana deja de ser social y ocasional para

hacerse individual y frecuente o habitual. Este es el grupo denominado “de

consumo terapéutico”, entendiendo por terapéutico una automedicación mediante

drogas para aliviar un sufrimiento anímico en el caso de la marihuana o superar la

dolorosa ansiedad social del chico inhibido en el caso del alcohol. Queda claro que

el grupo que “prueba” la marihuana y la abandona y que opta por no beber alcohol o

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modera en forma drástica la cantidad que consume, tiene como característica

poseer numerosos factores de protección imbricados (una familia funcional, roles

bien definidos, comunicación afectiva al interior de la familia, adecuado

afrontamiento de conflictos, actividades familiares..., mientras que en el grupo que

se “automedica” es frecuente encontrar antecedentes de disfuncionalidad

familiar, soledad afectiva, abuso, maltrato o trastornos de ansiedad y del ánimo no

diagnosticados ni abordados en forma adecuada.

El adolescente entre los dieciséis y diecisiete años está todavía a merced de una

profunda inseguridad en sí mismo, producto de una crisis de identidad;

experimenta también una dolorosa inestabilidad anímica; a menudo se embarca en

pasiones que lo arrastran gozosamente, como trabajar por causas sociales o ser

líder en su escuela, para experimentar pocos días después un extraño desapego,

una súbita desmotivación que lo lleva a encerrarse en su habitación y desear

romper con todo. El adolescente ignora que en las profundidades de su cerebro

emocional están ocurriendo veloces transformaciones, que lo preparan en forma

silenciosa para la etapa que se aproxima, la edad del joven. Esta crisis existencial

que le afecta es máxima y muy riesgosa cuando el adolescente vive en una situación

de vulnerabilidad social, se encuentra afectivamente solo, sufre discriminación,

abuso, maltrato o es consumidor de adictivos. La psicopatología más grave se

desencadena en esta edad: agudización de un trastorno límite de la personalidad;

episodios bipolares o de depresión severa; autoagresión e intentos de suicidio;

primer brote esquizofrénico; psicosis agudas reactivas, trastornos de la conducta

alimentaria… Una colección de tragedias que reflejan el extremo desvalimiento de

chicos que ya todo el mundo mira como “casi adultos” y les va dejando

irremediablemente solos. Sin ir muy lejos, miremos una charla para padres en una

escuela pública o privada: si es para niños de Prekinder y Kinder, la sala está

abarrotada; han asistido parejas de padres, que escuchan con atención e incluso

toman nota. En el auditorio del colegio, la charla es para padres de alumnos de

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enseñanza media, digamos, 2° y 3° de Media. Un número inferior a ocho madres,

dos papás que consultan el reloj a menudo… ¡¡¡Habían sido convocados 78 padres y

apoderados!!!

Primera tarea de cumplimiento: desechar la identidad puberal y elaborar

nuevas identidades

Al adolescente ya no le es funcional la identidad grupal de cuando era un púber. La

abandona y se entrega a la tarea de construir una identidad individual

progresivamente más compleja, conformada por las identidades personal y social.

Ya no es solamente Raúl, Margarita o Vicente. Ahora es “Raúl, quien estudiará

Auditoría y Contabilidad y trabaja para Un techo Para Chile y toca batería en su

colegio”, o “Margarita, quien practica jockey sobre césped, entrará a INACAP a

estudiar Gastronomía” o Vicente, quien se iría interno a la Escuela Agrícola de su

localidad pero se metió en drogas y ahora debe rehabilitarse”. Esa es la identidad

social que el mundo adulto declara al mundo adulto. Pero Raúl, Margarita y Vicente

deben construir también una identidad personal, muchas veces yendo en contra de

sus otras identidades. Es probable que Raúl haya decidido estudiar Contabilidad

para agradar a su padre y abuelo, ambos contadores. Pero secretamente Raúl

anhela estudiar Trabajo Social e irse al sur para ayudar a los pescadores

artesanales a defender sus derechos; Margarita se ve ganadora en los Juegos

Panamericanos más que chef, y Vicente no se atreve a confesar que comenzó con

las drogas para escapar de una evidencia: sentirse atraído por los chicos, y que

detesta la Escuela Agrícola pero su padre lo decidió para que se haga cargo del

campo que heredaron de los abuelos.

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Segunda tarea de cumplimiento: proyectarse al futuro

Niños, prepúberes y púberes viven el presente. Mientras menos edad tienen, el

futuro casi no se vislumbra y el pasado es brumoso, sólo logran evocar aquellas

vivencias intensamente teñidas de emociones ocurridas desde el quinto cumpleaños

en adelante. Pero el adolescente se instala en un escenario temporal hecho de

planes para el futuro y sustentado en hechos del pasado, no necesariamente de su

propia biografía sino que de su historia familiar y social. El mundo adulto es

egoísta; reduce el futuro de los adolescentes a un plano meramente laboral,

poniendo como único objetivo la carrera de educación superior (aun sabiendo a

ciencia cierta que muchos adolescentes no tendrán los medios financieros para

estudiar una carrera), mostrando así a los jóvenes que para el adulto la estabilidad

laboral es sinónimo de crecimiento personal. Por el contrario, el futuro para los

adolescentes es mucho más vasto; anhelan conocer otras gentes, otras culturas.

Involucrarse activamente en la historia de su barrio, de su ciudad, de su país.

Alcanzar metas personales en el mundo de la música, el deporte, las artes, la

ecología, el liderazgo. Es decir, objetivos amplios que para el adulto no son sino

sueños, pero para los adolescentes son sueños que les inspiran y dentro de poco,

moverán todas sus energías.

Tercera tarea de cumplimiento: dar solidez definitiva a la autonomía

Entre los diecisiete y los dieciocho años ya se es o se debería ser autónomo y

saber tomar decisiones responsables, en la medida que los años anteriores hayan

sido un tiempo generoso en ensayos, con sus aciertos y también sus errores, que en

definitiva son también valiosos aprendizajes siempre que se haya realizado un

ejercicio reflexivo en torno a ellos. La autonomía y la capacidad de hacerse cargo

de sí mismo en forma responsable suele ponerse a prueba en ciertos “ritos” de la

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adolescencia, como lo es el partir de viaje en grupo de mochileros/as sin ningún

adulto, a diferencia de los llamados “Viajes de Estudio”, en los cuales los chicos

entre dieciséis y diecisiete años parten a algún lugar del país o fuera de élcon

fines culturales (que no siempre se cumplen). En estos viajesvan acompañados de

profesores. En cambio, irse de mochilero es, literalmente, dar dos exámenes

simultáneos: el examen de capacidad de tomar decisiones acertadas (administrar

el escaso dinero que suelen llevar; procurar alimentarse en forma relativamente

saludable y cuidar la higiene para evitar enfermedades; no acercarse a sitios

potencialmente peligrosos ni confiar excesivamente en extraños, etc. etc.) y el

examen de capacidad de ejercer la libertad intrínseca, que se refiere a ser

responsable consigo mismo en sus opciones.

Cuarta tarea de cumplimiento: descubrir y desarrollar la afectividad en pareja

El púber despierta al goce de los sentidos y descubre el erotismo; juega a seducir

y conquistar, pero rara vez será constante en sus conquistas, por cuanto el

disfrute del juego radica precisamente en probar una y otra vez sus armas de

seducción. El adolescente, en cambio, está listo para el encuentro con la pareja; el

erotismo puberal da paso a la relación sentimental, sustentada en la fuerza vital de

los vínculos afectivos. Un adolescente psicológicamente sano, bien equipado para la

vida, descubre que puede sublimar la fuerza del sexo a través de la fuerza del

sentimiento. Se proyecta con su pareja, hace planes, sueña, pero sobre todo,

cultiva esa relación desde la amistad, la colaboración, el disfrute de la compañía,

descubriendo que lo erótico es parte de la relación y no su eje. Por el contrario, la

búsqueda compulsiva de sexo como centro de la relación suele ser una señal

devulnerabilidad emocional del adolescente y debería ser identificada como tal,

alertando a los adultos cercanos para que puedan ofrecerle ayuda.

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Los adolescentes miran al adulto con mirada horizontal. Ya es un igual, aunque

disguste a muchos. Esta nueva mirada plantea un nuevo desafío a los adultos: es

preciso validarse ante ellos. Por primera vez alguien que todavía no es adulto nos

mira tal como somos; por más de quince años fuimos idealizados y los niños nos

quisieron de modo incondicional, pero a partir de este momento, el adolescente

tiene la libertad de aceptarnos o, simplemente, rechazarnos, aunque esto último

signifique para él/ella un gran dolor. El adolescente es generoso, no obstante.

Suele poner en la balanza nuestros defectos y los contrapone a un pequeño pero

potente grupo de cualidades. Si estas cualidades están presentes en nuestra

personalidad, somos afortunados: el adolescente nos validará, seremos sus iguales

pero en la esfera del respeto, el cariño y la admiración. Todo padre, toda madre y

todos quienes ejercen la educación de adolescentes en liceos y colegios deben

saber y admitir que no basta con imponernos como autoridad. Ellos piden

honestidad, alegría de vivir y capacidad de liderazgo.

Cuando finaliza la niñez se inicia un prolongado tránsito hacia la autonomía y la

identidad definitiva. Es un tránsito complejo, marcado por cambios, desafíos,

desencuentros y confusiones. Surgen en el horizonte nuevas metas, expectativas y

exigencias que pueden abrumar al adolescente, quien requiere de los adultos una

acción tan difícil como la de un equilibrista: acompañar sin sofocar, confiar sin

controlar, guiar sin imponer. A mayor arte en esta tarea, más fácil y liviano será

dicho tránsito y el adolescente emergerá a la nueva etapa del ciclo vital, la

juventud, con un equipamiento más sólido para la vida.

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