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Traducción del capítulo “Voyage to Paradise” del libro Reading

Columbus de Margarita Zamora para el seminario de maestría


Fundación de lo maravilloso y la utopía de América: las crónicas de
Indias (UBA- Facultad de Filosofía y Letras). (Trads. Juan Rodríguez
Piñeiro y Vanina M. Teglia)

Viaje al paraíso

en passando de allí al Poniente, ya van los navíos alçándose hazia el cielo suavemente, y entonces se
goza de más suave temperancia.
Colón, “Relación del tercer viaje”

El hecho de que el episodio histórico que comúnmente se conoce como


Descubrimiento de América haya sido necesariamente concebido y llevado a cabo en
la forma de un viaje ha sido estudiado ampliamente tanto por algunos investigadores
de la historia marítima como por entusiastas de la navegación. Entre los aspectos de
la empresa colombina que continúan apareciendo de manera llamativa en las
discusiones promovidas por el V Centenario, se hallan la biografía de Colón, sus
habilidades para la navegación, la naturaleza de la flota y de la tripulación, la
reconstrucción de la ruta que tomó y la identificación del lugar preciso de
desembarco. Lo más usual ha sido rastrear en los informes colombinos en busca de
alguna evidencia con la que recrear las circunstancias históricas de la navegación.
Sin embargo, sorpresivamente ha habido poco interés en las características de los
textos mismos como relatos de viaje. 1
Aunque parezca demasiado evidente para necesitar ser aclarado, muchos de
los textos colombinos son literatura de viaje. Individual y colectivamente, los relatos
de los viajes narran el Descubrimiento como historia de una travesía; esto es,
escriben sobre el episodio histórico de la navegación dentro de los límites retóricos
de la literatura de viaje disponible en la cultura de Colón.
Considerar el Descubrimiento como relato de ninguna manera le resta
importancia como hecho histórico. 2 Tal punto de vista, sin embargo, traslada el foco
de atención, de los acontecimientos mismos, a la forma en que son narrados, no con
el fin de considerar la verdad fáctica o la exactitud del testimonio sino para
contemplar la forma en que los hechos cobran significación para la audiencia
prevista; en este caso, la Corona española. La importancia del modo de narrar fue
reconocida por Colón mismo en el llamado “prólogo al Diario del primer viaje”, en el
que hizo notar que, como descubridor, se encontraba doblemente obligado ante los
monarcas: debía conducir con éxito el viaje y escribir sobre ello, es decir, referir su
historia (Dunn y Kelley, 19-21). Al considerar el Descubrimiento como relato de un
tipo de viaje y prestando atención a las particulares formas en las que Colón narró
ese acontecimiento, podemos comprender mejor cómo imaginó Colón que sus
lectores habrían de considerar la importancia de su empresa.

Travesías

En The Road to Botany Bay, sobre los acontecimientos sucedidos en la exploración


de Australia y en su asentamiento, Paul Carter propone que lo que hicieron aquellos
que escribieron sobre sus experiencias, más que registrar su viaje, fue construir una
geografía simbólica en la que esas acciones históricas tuvieran sentido. Sus estudios
demuestran cómo un espacio geográfico aún no identificado en los mapas llega a ser
objeto de conocimiento a través de la onomástica de la exploración, como actividad
metafórica o del “relato” contenido en los nombres de lugares:

El relato consistía en la justificación misma del registro del explorador.


Encontrase algo o no (pues podía hallar, como pasó, objetos que ya tenían
nombre), el recuento de su ruta servía para otorgar entidad histórica al país;
era su equivalente metafórico, relacionaba cosas distantes unas de las otras de
forma simbólica. En este sentido, viajar no era primordialmente una actividad
física sino una estrategia epistemológica, un modo de conocer. 3

Mientras que Carter se enfoca particularmente en la toponimia, el argumento básico


de que los nombres funcionan en estos textos como metáforas espaciales que
confieren significado a la travesía es pertinente también para considerar otros
aspectos de los relatos de viaje. Estos textos son, de fondo, vehículos retóricos de
una hermenéutica del espacio, de una geo-grafía (escritura de la tierra) interpretativa
y definitoria de una relación entre el lugar recientemente hallado y el país de origen
del viajero. 4
Vale la pena recordar que, cuando Colón zarpó de Palos el 3 de agosto de
1492, entrevió un viaje a través de aguas inexploradas en busca de tierras cuyas
costas habían sido trazadas por la especulación, el mito, la leyenda, la profecía y la
fe, como también por las líneas sólidas de la pluma del cartógrafo. Al relatar por qué
el Almirante llegó “a creer que podía descubrir las Indias”, Fernando Colón enfatizó
el carácter especulativo de la empresa de su padre y subrayó el importante rol que
las interpretaciones de Colón –influidas por la sabiduría popular náutica y por sus
lecturas de las geografías clásicas, árabes y cristianas– jugaron para dar forma a esa
creencia y conservarla (Vida, 42). Ciertamente, una de las tareas más apremiantes
de Colón consistía en identificar las tierras que iba encontrando dentro del contexto
de las nociones geográficas de la época, registrando en mapas el curso navegado y
cualquier territorio encontrado. Aun así, el Descubrimiento, como emprendimiento
geográfico, tuvo, además de una dimensión empírica, un aspecto interpretativo
importante; se vio definido, simultáneamente, por objetivos epistemológicos,
ideológicos y prácticos. Al mismo tiempo que proveía los mapas y las cartas de
navegación correspondientes a una geografía funcional que explicaba cómo llegar
“allí” y volver, Colón debía responder también a las demandas de una geografía
cultural de carácter predominantemente hermenéutico ofreciendo una interpretación
del significado del viaje. Lo textos que narran el Descubrimiento pueden leerse como
mapas verbales, por decirlo así, que delineaban lingüísticamente las costas y que así
complementaban e interpretaban las cartas de navegación y los registros que
orientaban la navegación y marcaban sus espacios.
Esta figuración textual, al mismo tiempo metáfora de los mapas y mapeado
de la metáfora, otorgó significado al espacio geográfico recorrido y al viaje a través
del cual se experimentaba ese espacio. A través del relato del viaje, Colón describió
un espacio y comunicó la experiencia, con lo que definió –de esta forma– una manera
de comprenderlo, de imaginarlo, de relacionarse con él. Al renombrar a la isla que
los indios llamaban Guanahaní como de San Salvador, Colón realizaba a la vez un
acto de piedad personal y una interpretación de lo que significaba el cruce del
Atlántico. La travesía se tornó una imitatio Christi, llevada a cabo no solo en el
nombre de Cristo sino, también, como viaje evangelizador, tanto como lo había sido
la vida misma del Salvador. Era una ofrenda piadosa a Cristo y el primer paso de un
viaje milenario simbólico que llevaría la Palabra más allá de los bordes de la
Cristiandad hacia los reinos paganos más remotos. En la historia del viaje, la llegada
a San Salvador se transforma en una sinécdoque de la travesía como experiencia
apostólica del espacio, tal como se hallaba descripta en las Escrituras. Christoferens,
el nombre con el que Colón firma sus textos desde 1501 en adelante es el emblema
de un viaje emprendido no sólo en nombre de Cristo sino “a la manera de Cristo”. 5
Los escritos colombinos de descubrimiento no aparecieron de la nada ni les
faltaban antecedentes. Las grandes teorías geográficas de Aristóteles, Ptolomeo,
Marino de Tiro, Estrabón, Plinio y otros definitivamente influyeron en su obra. Pero
los modelos primordiales fueron las geografías más humildes de peregrinos,
mercaderes, exploradores y misioneros, textos que constituyeron la mayor parte de
la literatura popular de viaje en la Edad Media. 6 Cada uno de estos tipos de viaje
tenía modalidades únicas de expresión del viaje y sus metas. Me gustaría ahora
considerar dos de ellas en relación con los escritos de Colón: la exploración y la
peregrinación.
Michel Butor considera que la peregrinación y la exploración son tipos
antitéticos de travesías en su tipología de viaje, o “iterología” como la llama. 7 Aunque
ambos son viajes de ida y retorno, explica Butor, los peregrinos saben exactamente
adónde van, mientras que los exploradores se dirigen hacia un lugar desconocido.
Sin embargo, hay otra diferencia importante entre estos dos tipos de viaje. Ambos
son viajes de “descubrimiento”, pero en sentidos distintos. En una exploración, el
destino es inicialmente un enigma. Debe ser inventado o creado por el explorador-
escritor que lo trae a la cultura como objeto de conocimiento. Así, nos hace notar
Butor, la tendencia de los escritos de exploración es repetir el gesto adánico,
(re)nombrando sin cansancio cada sitio identificable, practicando una cartografía
onomástica en la que las costas se encuentran literalmente delineadas por cadenas
de nombres. 8 Los destinos de peregrinación, por otra parte, han sido –por necesidad–
ya nombrados y son, por lo tanto, anteriores a la misma concepción del viaje. La
tarea del peregrino-escritor no es describir nuevos lugares sino ir a sitios reconocidos
para descubrir su significación espiritual encubierta (aunque ortodoxa). La
peregrinación, de esta manera, es esencialmente una práctica hermenéutica.
Quizás porque el uso moderno favorece la acepción más pragmática de
descubrimiento –la creación o invención de algo nuevo o el hallazgo de algo que se
creía inexistente–, nos vemos inclinados a pensar el descubrimiento colombino como
un fenómeno exclusivamente empírico. 9 El diccionario usualmente designa –como
definiciones arcaicas– las acepciones epistemológicas y espirituales del término: “la
revelación o develamiento de lo que se encontraba oculto” y las connotaciones de
“familiarizarse con” u “obtener una comprensión acerca de”. Pero estos sentidos del
término son tan importantes para la noción colombina de descubrimiento como el
empirismo preponderante en el uso y concepción modernos. La peregrinación y la
exploración son tipos antitéticos de travesías, sin embargo, lo que los distingue no
es tanto el aspecto físico de los viajes mismos sino las formas de pensar y de escribir
sobre ellos. Son modalidades discursivas distintas para la expresión de diferentes
maneras de vivenciar los espacios exóticos y su significado. Ciertamente, uno puede
pensar en la peregrinación y en la exploración como maneras de relacionar espacios
dispares, de establecer una relación entre el “aquí” rutinario y el exótico “allá”.
Definido en forma amplia, la peregrinación es un viaje espiritual cuyo
propósito es un descubrimiento personal del sentido sagrado del espacio. Dos otros
importantes subgéneros asumen para sí la ideología del viaje de peregrinación como
búsqueda sagrada, incluso exhibiendo características propias y únicas: la cruzada y
la misión. A diferencia de la peregrinación en sentido puro, estos géneros poseen un
sujeto y un objeto de descubrimiento. La cruzada, entonces, puede verse como el
equivalente espiritual de la conquista militar, ya que ambas involucran la expansión
territorial mediante el uso de la fuerza. La misión, por otro lado, es la contraparte
espiritual de la conquista política, la asimilación de las comunidades o de los espacios
sociales. Los dos subgéneros de viaje, como búsqueda espiritual, inspiran –como
veremos– el discurso colombino de descubrimiento de manera fundamental.
Definir las relaciones entre el mundo conocido descubierto hace tanto tiempo
y el recién descubierto es precisamente el propósito del discurso de descubrimiento
de Colón. Los textos colombinos constituyen entonces mapas verbales metafóricos
que entablan relaciones entre lugares distantes y dispares para crear una imagen
geo-gráfica coherente. Como modelos de expresión de tipos particulares de viajes,
la peregrinación y la exploración le dieron a Colón modos de concebir y representar
la experiencia del espacio, modos de dar forma y sentido a los lugares que hallaba.

Cronotopos

Se puede concebir a los viajes como fenómenos geoepistemográficos; esto es, como
relatos sobre el conocimiento o la experiencia del espacio. Referirse a un viaje como
experiencia subjetiva del espacio (o como relato sobre esa experiencia) requiere una
definición más amplia de lo geográfico que la habitual. Debemos pensar una geografía
que describa no sólo el espacio físico sino el campo espacio-temporal en el que el
proceso cognitivo subjetivo de la conciencia individual del viajero aprehende el
espacio en el tiempo y a través de él. Desde la perspectiva de la experiencia del
viajero, la geografía puede concebirse como una entidad espacio-temporal en la que
el tiempo y el espacio se relacionan intrínsecamente. El concepto de cronotopo de
Mijail Bajtín (tomado de la teoría de la relatividad y adaptado al análisis literario)
cifra útilmente la noción –fundamental para mi argumentación– de que el “espacio-
tiempo” (ni el espacio ni el tiempo por separado) determina todo sentido en el viaje
de descubrimiento; es decir, el significado del viajar surge a partir de la relación que
la narración de episodios establece entre los aspectos temporales y espaciales del
viaje. 10
Lo que define a la peregrinación y al viaje de exploración, en última instancia,
como diferentes tipos de travesía, de esta manera, no es simplemente la naturaleza
del destino conocido o desconocido sino la manera en que cada tipo conceptualiza la
experiencia del viajero en la geografía espacio-temporal. El referir a un determinado
destino es producto de la manera en que estos géneros construyen el movimiento a
través del tiempo y el espacio. Como actividad epistemológica, el descubrimiento
“tiene lugar”, pero también se “hace lugar”. 11 Aunque el espacio toma forma a través
de la experiencia del viajero de la travesía, la condición espacio-temporal del viaje
existe, ya definida, en la concepción del viaje. Puede que cambie como resultado de
la experiencia o que ésta la confirme, pero un paradigma espacio-temporal se halla
siempre presente al inicio del viaje para poner en movimiento al viajero. Además,
una variedad de cronotopos pueden aparecer a través de un relato de viaje y definir
de esta manera la experiencia de la travesía en formas particulares en distintos
puntos de la historia. Los relatos de peregrinación y exploración no son
necesariamente monocronotópicos, aunque en sus definiciones genéricas
predominen tipos específicos de configuraciones espacio-temporales.
El espacio puede pertenecer a distintas clases de relatos de viajes
(verbigracia, conocidos o desconocidos, seculares o sagrados). De la misma manera,
el tiempo puede caracterizarse de distintas formas. La naturaleza del tiempo varía
mucho de acuerdo con cada uno de los géneros tratados aquí. Aun así, dentro del
campo espacio-temporal del cronotopo, el espacio-tiempo es una homología. La
actividad de viajar y el espacio recorrido se definen recíprocamente y se
complementan ideológicamente. Así, el relato puede ser un híbrido compuesto de
varios cronotopos y cada evento espacio-temporal puede ser coherente en sí mismo.
El carácter genérico de cada viaje, de esta manera, no está determinado
necesariamente por su integridad espacio-temporal y ni siquiera por la
predominancia numérica de cada tipo particular de cronotopo sino por la gramática
narrativa que fija las relaciones jerárquicas entre los distintos cronotopos en el relato.
Puede ocurrir, por lo tanto, que las siguientes observaciones sobre las características
de la peregrinación y la exploración como géneros de viaje no se apliquen
exactamente a ciertos distintos relatos.
Tanto la peregrinación como la exploración se vinculan con lo extraordinario.
En ambos, el viajero se embarca en un viaje fuera de su mundo cotidiano. De hecho,
los relatos sobre la exploración son una modalidad del discurso de aventura en la que
predominan lo inesperado, lo peligroso, lo maravilloso y lo desconocido. Lo que
determina la calidad de extraordinaria de la exploración es el carácter del espacio
recorrido: desconocido e indomado, el espacio impone un desafío al viajero y lo
motiva a escribir un relato sobre cómo enfrentó ese desafío. El encuentro con el
espacio influye en la naturaleza del tiempo estableciendo sus intervalos y contornos
significativos, las pausas y los movimientos del viaje. La peregrinación, por otra
parte, es temporalmente extraordinaria: los lugares son conocidos, pero la
experiencia aun así es milagrosa. Motivado por la esperanza, el arrepentimiento, la
convicción o la iluminación, el peregrino se embarca en un viaje de purificación
espiritual cuyo último fin es la salvación. No se trata tanto de las tradicionales
intervenciones de los santos o deidades (es decir, la calma sobrenatural de una
tormenta terrible en el mar para que el viaje se complete a salvo) que caracterizan
el tiempo de la peregrinación. El carácter extramundano de este tiempo es, de hecho,
una constante, más que una irrupción momentánea, en la experiencia de
peregrinación. El viaje espiritual se lleva a cabo simultáneamente en la Historia y en
la eternidad; no porque la experiencia tenga lugar dentro de una trama temporal
providencialista en la que la Historia sagrada y la terrenal se consideren partes del
mismo continuo sino, especialmente, porque cada evento natural hace referencia al
eterno más allá y se vuelve significativo en él.
Como lo ha notado Jaques Le Goff en su estudio Medieval Civilization, se
consideraba al Cielo y a la Tierra como una continuidad espacial en la Edad Media.
Se halla una completa coherencia y uniformidad en la relación entre la temporalidad
sagrada y la secular en los cronotopos inspirados en la ideología medieval cristiana.
Le Goff agrega que la cronología medieval no consistía en un ordenamiento y división
de un período de tiempo en unidades iguales y exactamente mensurables (lo que hoy
se consideraría como tiempo científico u objetivo). La cronología medieval estaba
más bien constituida por momentos significativos, paradigmas temporales, más que
por segmentos isocrónicos de tiempo. Estos momentos adquieren su significación no
a través de relaciones sintácticas (cronológicas) con otros momentos de la secuencia
sino a través de momentos ideológicamente equivalentes en una continuidad más
amplia: la de la historia de la salvación a la que hacen referencia en última instancia.
De esta forma, en los relatos de peregrinación, el espacio-tiempo del viaje puede
leerse como imagen refleja de la historia sagrada: el peregrino viaja a Jerusalén en
busca de purificación espiritual, así como el alma exiliada en la tierra es un peregrino
perpetuo en el camino hacia la Jerusalén Celeste (el Paraíso) y hacia la salvación.
Los viajes de exploración, por otro lado, son descriptos mediante un cronotopo
cuya ideología de tiempo-espacio es secular y pragmática. Los relatos medievales de
viaje exploratorio están principalmente preocupados por la marcación de distancias,
duración, dirección y velocidad, entre otros. También se los asocia generalmente con
las metas prácticas de la expansión comercial y política. Tales textos, casi siempre,
constituyen literal y cuantitativamente el espacio y el tiempo, más que simbólica y
paradigmáticamente. A pesar de la imprecisión de los elementos disponibles de
medición, los textos de exploración exhiben una actitud funcional y pragmática
respecto del tiempo y el espacio, muy a diferencia del trascendentalismo propio de
los géneros de viaje espiritual. 12 El cronotopo de exploración responde al
materialismo pragmático de la ideología mercantilista que influye en el viaje. La
promesa de recompensa espiritual que define la economía de la peregrinación
medieval encuentra su reflejo invertido en la promesa de mercados y ganancias
nuevos que definen la economía de la exploración.

Cartografías de descubrimiento

La raíz etimológica de la palabra geografía sugiere que se trataba de una ciencia


nacida de la escritura, una forma de conocimiento muy íntimamente atada a la
actividad del escribir. Hoy en día, estamos acostumbrados a pensar la geografía como
un discurso cuyo primordial vehículo de expresión no es la frase sino el lenguaje
simbólico de los mapas. Aun así, la cartografía, desde sus orígenes en la Antigüedad,
pasando por la Edad Media y hasta comienzos del siglo XVI, ha dependido siempre
de la escritura geográfica y ha sido un producto de ella. Quizás porque su imprecisión
técnica no les permitía “hablar por sí mismos”, los mapas tempranos servían
tradicionalmente como imágenes visuales de las descripciones verbales del mundo
contenidas en libros como Ymago Mundi de Pierre d’Ailly (1480 o 1483), obra que
Colón poseía y anotaba prolíficamente. 13 La cartografía, de este modo, no era una
forma independiente y autónoma de discurso geográfico sino un arte ilustrativo,
complementario de la escritura geográfica. Con el surgimiento de la Cristiandad y su
geografía dogmática, que privilegiaba la autoridad de las Sagradas Escrituras por
sobre la observación empírica, la cartografía europea se asumió como una práctica
principalmente hermenéutica dedicada a la interpretación visual del sentido espiritual
del mundo físico tal como lo definían las Escrituras cristianas.
Una breve consideración de las consecuencias cartográficas del surgimiento
de la geografía cristiana resultará instructiva sobre esta cuestión. Los mapas
ptolemaicos organizaban el mundo como una grilla. De forma trapezoidal, estos
mapas no tienen puntos focales y, si representan un centro, es solo para permitir a
la oikoumene, el “mundo conocido”, extenderse hacia los confines de la grilla. Samuel
Edgerton lo explica de esta manera:

Ninguna parte del mapa de Ptolomeo fue destacada por su importancia ideológica. Resultó
completamente ecuménico y para nada místico. Mientras que Ptolomeo suponía que el meridiano
central pasaba a través de Syene, en versiones posteriores se lo movió un poco hacia el Este,
aunque el centro del mapa permanecía en la latitud del Trópico de Cáncer, que atravesaba Syene.
Uno podría llegar a decir incluso que, estéticamente, el diseño de Ptolomeo era “atenuante de
posición”, ya que restaba importancia al centro y enfatizaba la extensión de la grilla en todas las
direcciones del perímetro. 14

El mapamundi tolemaico reproducido aquí (imagen 2) es de una edición latina


de la Geographia (Roma, 1472) de Ptolomeo. Colón estudió y anotó la edición de
1478. La Geographia no se conoció en Europa hasta la década de 1470 y, aunque
ejerció una profunda influencia en el pensamiento geográfico a fines de la Edad
Media, Colón asumió una actitud más bien crítica hacia ella. 15
La geografía cristiana, por otro lado, colocaba a Jerusalén en el centro del
mundo, lo que reflejaba su privilegio ideológico como Centro de la Fe. Los mapas
cristianos tempranos, usualmente, hacían poco más que interpretar simbólica y
esquemáticamente las enseñanzas de la Iglesia; esto hizo de Jerusalén el umbilicus
regiones totius, rodeado por Asia, Europa y África, todo dentro de un círculo o rota.
Estos mapas “rueda”, también conocidos como los mappaemundi T-O (imagen 3), en
vez de ubicar en el extremo superior el punto norte, situaban allí el este, que se creía
la ubicación del Paraíso Terrenal.

Imagen 2
Claudius Ptolemy, mapa del mundo. De la Geographia (Roma, 1472). Cortesía de American
Geographical Society Collection, Milwaukee, Wisconsin.
Imagen 3
Isidoro de Sevilla, mappamundi T-O. Cortesía de la Newberry Library, Chicago.

La T, que cruzaba Jerusalén, representaba los ríos y mares que separaban los tres
continentes conocidos. La imagen se encontraba orientada verticalmente y
presentaba un meridiano ideológico que conectaba Jerusalén, en el centro, con el
Paraíso Terrenal, en la cima del mapa. Una versión más elaborada del modelo T-O es
el mapa Ebstorf (c. 1240), que muestra a Jerusalén en el centro, destacada por una
imagen de Cristo (elaborada y representada con un parche en hoja de oro) y el
Paraíso Terrenal por encima (imagen 4). Un rasgo exclusivo de este mapa es la
inscripción de los cuatro puntos cardinales en la cabeza, manos y pies de Jesucristo.
El simbolismo es claro: el mundo es el cuerpo de Cristo, Jerusalén su ombligo y los
límites de la tierra, fijados y definidos por su alcance. Como ha observado David
Woodward, la función hermenéutica del mappaemundi parece haberse vuelto cada
vez más importante y compleja. 16 Durante el siglo XV y XVI, se colocaban los mapas
(que habían servido antes de meras ilustraciones) en la primera o segunda página
del codex, quizás para reflejar el intenso rol que jugaba la cartografía al brindar al
lector un adelanto de las cuestiones ideológicas del texto escrito. En todo caso, la
relación entre el texto y el mapa era íntima: el texto era la fuente que brindaba las
indicaciones verbales utilizadas para crear el mapa y éste funcionaba como imagen
del texto.
Imagen 4
Mappamundi Ebstorf, c. 1240. Cortesía de la William L. Clements Library, Universidad de Michigan.

Sobre este aspecto, los mappaemundi no eran significativamente diferentes


respecto de otro género cartográfico medieval; por ejemplo: la carta portulana,
denominación que deriva de portolano, palabra italiana que denomina las
instrucciones escritas de navegación. Los portulanos son considerados generalmente
los precursores de los roteiros (hojas de ruta) de fines del siglo XV y del siglo XVI. 17
Las cartas portulanas acompañaban las instrucciones escritas, que registraban
los rasgos de las costas, puertos, islas, vientos, corrientes, distancias y demás,
basándose en el conocimiento práctico obtenido a través de experiencias reales de
viaje. Como los mappaemundi, las cartas portulanas estaban íntimamente
relacionadas con la escritura geográfica y cada modo pictórico en que el género
cartográfico representa los objetos geográficos arroja luz sobre las modalidades de
las geografías textuales y sobre los géneros de viajes que se inspiran en ellas.
Hoy en día, muchos investigadores suponen que ciertas instrucciones escritas
guiaban el diseño de los mapas. La relación complementaria entre la escritura y la
cartografía fue enfatizada por Colón cuando anunció orgullosamente a la Corona que
iba a entregar un texto y algunos mapas que su descubrimiento representarían y
confirmarían. Afirma de la manera más explícita los aspectos dobles de la tarea del
geógrafo en la “relación del tercer viaje”, cuando se refiere a “aquellos qu’escribieron
e situaron el mundo” (Varela, 203), frase que alude a las autoridades que consultó
para conformar sus teorías geográficas. Para comprender la tradición cartográfica
que influyó en la cartografía colombina, debemos tomarnos unos minutos y examinar
los dos géneros cartográficos –el mappa mundi y la carta portulana– y sus diferencias
ideológicas y formales.
Tony Campbell considera que las características principales de la cartografía
portulana son la precisión espacial, el realismo y la exactitud histórica. 18 Las cartas
más antiguas que han sobrevivido, atribuibles a los cartógrafos genoveses del siglo
XIII, demuestran ya la concepción materialista desacralizada del espacio típica del
género. Tanto el momento histórico en el que proliferaron estas cartas (fines de 1200
y hasta principios de 1500) como su carácter sugieren que fueron dibujadas para
satisfacer las necesidades prácticas de los marineros y mercaderes involucrados en
la cada vez más intensa actividad mercantil a lo largo de las costas atlánticas de
Europa, África noroccidental y los mares Mediterráneo y Negro. En estas cartas,
aparece una línea más gruesa y continua que traza los rasgos costeros con tal
precisión que, incluso en las cartas más antiguas, estos contornos se aproximan
mucho a los dibujados actualmente para representar los mares Negro y Mediterráneo.
Los mapas que se conservan sorprenden por su claridad y exquisitez en su
representación de las intrincadas geografías costeras. Ciertas cadenas de lugares-
nombres ayudan, al mismo tiempo, a definir toponímicamente los contornos
económicos y políticos de lo geográfico. La jurisdicción política y la importancia
económica son destacadas con variaciones en el color de la tinta y con el uso de
banderas. De esta forma, la cartografía portulana respondía al cambio histórico y,
simultáneamente, a la expansión del conocimiento hidrográfico. Sus alcances eran
ampliados continuamente para adaptarse a descubrimientos nuevos y a la revisión
del contenido a medida que iba apareciendo nueva información; de esta manera, las
cartas tenían en cuenta el tiempo como dimensión de la experiencia del espacio
geográfico.
Aunque las cartas portulanas varíen considerablemente en el grado de detalle
decorativo que contienen, es cierto que exhiben consistentemente un realismo
austero con respecto a su objetivo principal: la representación de la geografía
costera. La decoración tradicionalmente se hallaba limitaba a las áreas internas o
marginales del mapa que contenían poca información geográfica. Los elementos
decorativos parecen funcionar simplemente como adornos o para destacar algo, a
diferencia de los mappaemundi, en los que la decoración estaba generalmente a la
orden de un simbolismo geográfico intenso.
Los cartógrafos portulanos también representaron islas imaginarias o
legendarias en el Atlántico con la misma exactitud. Nombres fabulosos como
Leganme, Corvi Marini, San Zorzi, las Islas de San Brandán, Brazil y demás aparecen
a menudo en las inmediaciones de islas conocidas como las Canarias o las Azores.
Algunas hojas de ruta tempranas incluso aportan las distancias hasta estas islas
míticas, lo que subraya la forma literal de interpretación de estos mapas. Un ejemplo
especialmente sorprendente de esta geografía insular imaginaria es la que aparece
en la Carta Pizzigano de 1424 (imagen 5). De apariencia austeramente funcional y
contemplada entre los portulanos menos ornamentados, el tamaño y forma portátiles
del documento (incluso la forma en que se lo enrollaba para ser guardado) sugieren
que fue pensado para un uso práctico y no para ser expuesto. La Carta Pizzigano
seguramente fue creada para la navegación por el Atlántico, ya que sólo representa
esas costas y la parte más occidental del Mediterráneo. Sin embargo, sitúa en el
Atlántico occidental y en forma destacada varias islas fantásticas (Antilla, Satanazes,
Brazil, Ymana, etc.) con una modalidad descriptiva difícil de distinguir de la empleada
para representar la geografía insular real.
La Carta Canepa de 1489 (imagen 6), geográficamente tan completa y
sofisticada como cualquiera de sus contemporáneas, también representa una
geografía insular legendaria en el Atlántico, la que no distingue de la de las islas
conocidas. De acuerdo con Fernando Colón, fue precisamente la creencia en estas
islas lo que dio confianza a su padre acerca de la viabilidad del largo paso
transoceánico (Vida, 51). Es muy probable que Colón empleara justamente una carta
como ésta para planear su navegación e ilustrar su propuesta presentada a la corte.
De hecho, el único dibujo cartográfico de su propia mano que se conserva de la costa
noroccidental de la isla Española (Haití) parece ser un bosquejo preliminar de una
carta posterior y está influida por el funcionalismo, el realismo y la exactitud de los
portulanos. 19 Una descripción detallada del mapa de los descubrimientos compuesto
para la Corona ha sobrevivido en una carta-relación del segundo viaje, fechada en
enero de 1494:

Verán Vuestras Altezas la tierra d'España y Africa y, en frente dellas, todas las yslas halladas y
descubiertas este viaje y el otro; las rraias que ban en largo amuestran la ystançia de oriente a
Oçidente, las otras questán de través amuestran la ystançia de setentrión en ahustro. Los espaçios
de cada rraia significan un grado, que e contado çinqueta y seis millas y dos terçios que rresponden
destas nuestras leguas de la mar, catorze leguas e un sesto; y ansí pueden contar de oçidente a
oriente como de setentrión en ahustro el dicho número de leguas.... E para que podrán ver la
distançia del camino ques d'España al comienço o fin de las Yndias, y verán en quál distançia las
unas tierras de las otras rresponden, berán en la dicha carta una rraia que pasa de setentrión en
austro, ques vermeja, y pasa por çima de la ysla Ysavela sobrel Tín d'España, allende del qual están
las tierras descubiertas el otro viaje, y las otras de agora, de acá de la rraia, se entiende; y espero
en Nuestro Señor que cada añmucho abremos de acreçentar en la pintura porque descubrirá
continamente. (Rumeu, 2: 451–52)

Imagen 5
Zuane Pizzigano, carta portulana, 1424. Cortesía de James Ford Bell Library, University of Minnesota.
Imagen 6
Albino de Canepa, carta portulana, 1489. Cortesía de James Ford Bell Library, University
of Minnesota.

Lo que describe Colón era probablemente un mapa con el estilo de los portulanos,
similar al bien conocido mapa de Juan de la Cosa (c. 1500), que se halla orientado
hacia el Atlántico desde las costas occidentales de Europa y África, y que incluye toda
la geografía insular ya descubierta en el Mar Océano occidental, una región que ya
había sido representada en cartas anteriores al Descubrimiento, pero sólo de manera
hipotética. 20 La carta de Colón, de acuerdo con su descripción, incluía líneas de
longitud y latitud que facilitaban la evaluación de las distancias; una línea roja que
atravesaba la Isabela marcaba el límite entre los descubrimientos del primer viaje y
los del segundo. De la misma manera en que las cartas portulanas se expandían y
evolucionaban en respuesta a la información nueva, también el mapa de Colón, así
lo anticipaba él, crecería cada año con los descubrimientos que salieran a la luz.
En contraste con el realismo del género portulano, el discurso cartográfico de
los mappaemundi se caracteriza por su dimensión simbólica. Una rúbrica del mapa
de Ebstorf echa luz sobre este aspecto, pues enfatiza la significación anagógica de la
imagen: “Un mapa es llamado imagen, mientras que un mappamundi es una imagen
del mundo”. 21 El cuerpo de Jesús inscrito en este mapa es un ejemplo particularmente
claro de esta función: el disco que contiene al mundo, que está a la vez contenido
dentro de Jesús, puede interpretarse icónicamente como referido a la hostia y
simbolizar así la comunión de todas las naciones en el cuerpo de Cristo. Cualquier
información geográfica real que puedan contener estos mapas tiene una función
hermenéutica; la representación de la realidad geográfica está subordinada a la
promoción de una particular interpretación espiritual del mundo.
Los mappaemundi parecen haber jugado también un rol importante en la
motivación de las formas espirituales de viaje. El mapa Haldingham de la Catedral
de Hereford era periódicamente ampliado por sus creadores, quienes agregaban
nombres de lugares tomados de varios itinerarios de viajeros religiosos. Tal mapa,
puesto que proveía un modelo de emulación y planificación, pudo haber servido al
propósito conmemorativo de registrar las peregrinaciones y al retórico de estimular
a nuevos viajeros a emprender un viaje similar. Cualesquiera que hayan sido los
propósitos de tales enmiendas, el mapa mismo constituye una simbolización gráfica
de metas espirituales y de aquello que fuera significativo en el recorrido del viaje.
Los mappaemundi definían una geografía cuyo carácter esencialmente simbólico,
esquemático y ahistórico pudo muy difícilmente proveer las direcciones y distancias
que necesitaba el viajero. Aun así, la promesa de redención que proclamaban en su
ordenamiento metafórico de los espacios –por ejemplo, al situar los destinos favoritos
de peregrinación real y mística (Roma, Jerusalén y el Paraíso Terrenal) en el mismo
meridiano ideológico– animaba al viajero a dirigirse hacia su destino, símbolo éste
de la meta espiritual. Estos mapas, aunque puedan parecer absurdamente
imaginativos si fueran considerados por un observador de hoy en día, respondían a
los propósitos para los que fueron creados: la promoción de una ideología cristiana
del espacio y la estimulación de los viajes espirituales reales o imaginarios que
pudiesen difundir esa ideología a través de la experiencia real o imaginaria.
Aunque la cartografía pueda parecer el más estático y atemporal de los
discursos, los mapas son, sin embargo, profundamente cronotópicos; representan el
espacio-tiempo por medio de una imagen ideológicamente coherente del mundo
(entendido como una realidad espacio-temporal, tal como se lo piensa en la frase “el
fin del mundo”). Por ejemplo, la geografía portulana se encuentra tan inscripta en un
momento histórico particular que uno podría aproximarse –con un grado considerable
de exactitud– a las coordenadas temporales de las cartas portulanas sin fechar. Aún
más, su realismo histórico y su especificidad toponímica reflejan la literalidad del
portolano y la exactitud temporal de las hojas de ruta posteriores. Cuando estos
mapas son leídos junto con el registro escrito del viaje que acompañaban, su carácter
temporal funcional se intensifica, cada lugar del mapa adquiere un valor temporal
concreto en relación con todo otro punto relevante de la trayectoria. Desde esta
perspectiva, cada lugar se trasforma en una coordenada espacio-temporal de la
navegación y, del mismo modo, en un lugar que tiene existencia y sentido en un
momento histórico específico. Los mappaemundi son, también, cronotópicos, aunque
de forma diferente. En contraste con el funcionalismo y el materialismo de las cartas
portulanas, representan una visión metafísica del espacio-tiempo, un cronotopo
espiritual caracterizado por la continuidad espacial entre la Tierra y el Más Allá (Cielo
o Infierno) y por el continuo temporal sagrado-secular que conforma la historia de la
salvación. Tiempo y espacio son conceptualizados como esencialmente ilimitados,
circunscritos sólo por la figura de Cristo, la medida de cuyo alcance infinito y eterno
define los contornos espacio-temporales del mapa Ebstorf.
El término mappamundi también fue utilizado genéricamente hasta bien
entrado el siglo XVIII para aludir a una geografía verbal, uso que vuelve aún más
borrosa la distinción entre texto y mapa. Al implicar la idea de que el texto geográfico
es como un mapa, la acepción metafórica sugiere que, así como la escritura
colaboraba con la definición de las imágenes cartográficas, también los mapas
influyeron en la articulación de los campos espacio-temporales en los textos. De aquí
en adelante, usaré el término “cartografía textual” para enfatizar el hecho de que los
mapas influían en los cronotopos de los escritos geográficos, así como los escritos
influían en los cronotopos de la cartografía desde la Edad Media y hasta la
Modernidad. 22 Para decirlo de otra forma, los textos geográficos construyen el
espacio-tiempo de una manera muy parecida a como lo hacen los mapas y, en su
expresión del espacio, los viajes reflejan las cartografías particulares que influyen en
ellos. Mapa y texto son, de este modo, modalidades complementarias e, incluso,
indispensables de la expresión de la experiencia de descubrimiento.
Aproximarse así a los textos colombinos ofrece dos ventajas importantes.
Primero, al concebir la representación visual geográfica como producto de un tipo de
experiencia particular, podemos analizar los aspectos geográficos y epistemológicos
del Descubrimiento como cuestiones vinculadas. Segundo, esta estrategia de lectura,
relacionada con la práctica que colocaba mapas en las primeras páginas de un libro
para guiar al lector en la cartografía textual que se encontraba a continuación,
coincide con la estrategia de representación elegida por Colón en el prólogo a su
Diario:

También, Señores Prínçipes, allende de escrevir cada noche lo qu'el día passare y el día lo que la
noche navegare, tengo propósito de hazer carta nueva de navegar, en la cual situaré toda la mar e
tierras del mar Occéano en sus proprios lugares, debaxo su viento, y más componer un libro y
poner todo por el semejante por pintura, por latitud del equinocial y longitud del Occidente. (Varela,
17)

Por haber sido, alguna vez, cartógrafo de oficio, Colón se enorgullecía de sus
habilidades cartográficas mucho después de que su triunfo como marinero y
descubridor le otorgaran renombre. 23 En una carta dirigida a los Reyes Católicos
(1501) e incluida en el Libro de las profecías, se jactaba de las habilidades que le
había dado Dios:

A este mi deseo fallé a Nuestro Señor muy propicio y ove d'El para ello espírito de inteligençia. En
la marinería me fiso abondoso, de astrología me dio lo que abastava y ansí de geometría y
arismética y engenio en el ánima y manos para debusar espera, y en ella las çibdades, ríos y
montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. (Varela, 277)

Desde ya, Colón consultó mapas de varios tipos diferentes para planear y llevar a
cabo sus navegaciones, pero también es igual de posible –como lo ha notado Paolo
Revelli– que, a bordo de sus naves, haya habido tanto cartas portulanas del Atlántico
oriental como mappaemundi que representaban la geografía asiática del Océano
occidental, de la que no había cartas. 24 En cualquier caso, numerosas referencias de
Colón a ambos géneros cartográficos en los relatos de sus viajes confirman que
navegaba con dos imágenes cartográficas muy diferentes en mente: una portulana,
que guiaba la navegación, y una hermenéutica, que lo ayudaba a interpretar la
naturaleza y significación de la nueva geografía que iba encontrando. Los dos pasajes
que siguen tratan de la misma geografía insular, pero el primero se encuentra influido
por una cartografía portulana práctica y el segundo, por los paradigmas espirituales
de los mappaemundi:

Este día ovo mucha calma y después ventó, y fueron su camino al Güeste hasta la noche. Iva
hablando el Almirante con Martín Alonso Pinçón, capitán de la otra caravela Pinta, sobre una carta
que le avía enbiado tres días avía a la caravela, donde, segund pareçe, tenía pintadas el Almirante
ciertas islas por aquella mar, y dezía el Martín Alonso que estavan en aquella comarca, y respondía
el Almirante que así le pareçía a él; pero puesto que no oviesen dado con ellas lo devían de aver
causado las corrientes, que siempre avían echado los navíos al Nordeste, y que no avían andado
tanto como los pilotos dezían. Y estando en esto, díxole el Almirante que le enbiase la carta dicha,
y enbiada con alguna cuerda, començo el Almirante a cartear en ella con su piloto y marineros.
(Varela, 24)

Maravillóse en gran manera de ver tantas islas y tan altas y çertifica a los Reyes que desde las
montañas que desde antier a visto por estas costas y las d'estas islas, que le pareçe que no las ay
más altas en el mundo ni tan hermosas y claras, sin niebla y nieve, y al pie d'ellas grandíssimo
fondo; y dize que cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de
Oriente se ponen. Y dixo que creía que avía grandíssimas riquezas y piedras preçiosas y espeçería
en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. Púsoles nombre la mar de
Nuestra Señora. Dize tantas y tales cosas de la fertilidad y hermosura y altura d'estas islas que
halló en este puerto, que dize a los Reyes que no se maravillen de encareçellas tanto, porque les
çertifica que no dize la çentessima parte: algunas d'ellas que pareçía que llegan al çielo y hechas
como puntas de diamantes. (Varela, 57–58)

Estos dos pasajes ejemplifican los modelos cartográficos de los que disponía Colón
para describir los espacios geográficos y la transformación discursiva que tiene lugar
cuando uno u otro género cartográfico es determinante en la representación de una
nueva geografía. En el primer pasaje, la expresión se encuentra influida por una
cartografía de navegación relacionada con los portulanos en los que el Almirante
trazaba el curso de la flota para hallar el lugar de desembarco. En el segundo pasaje,
Colón relata a la Corona su interpretación de la geografía de la que había tenido
experiencia. Las nuevas islas avistadas son identificadas con las innumerables (e
hipotéticas) islas que los mappaemundi situaban al final del Oriente. Por esta razón,
ésas se hallaban dotadas de las inflexiones poéticas y espirituales que caracterizan
al discurso geográfico orientalista cristiano. Son islas de riqueza inefable, belleza y
fertilidad tan extraordinarias que no sería suficiente una descripción literal; así, las
islas asumen la forma metafórica de diamantes que se elevan hasta el cielo. Su valor
espiritual se inscribe simbólicamente en el nombre que él les otorga (“Mar de Nuestra
Señora”) a medida que practica una cartografía onomástica y va trazando la ruta del
viaje a través de un paisaje simbólicamente cristiano que señala una continuidad
entre este mundo y el Otro.

Exploración

Samuel Eliot Morison, siguiendo a Las Casas y a Fernando Colón, llamó la atención
sobre la importancia del precedente portugués en la conceptualización y en la
formulación tempranas de la empresa a las Indias. 25 Fue Las Casas, sin embargo,
quien proveyó quizás la evidencia más sólida que fundamentaba la idea de que las
exploraciones tempranas de Portugal en el Atlántico oriental fueron intelectualmente
decisivas y brindaron la motivación práctica que impulsó la empresa de Colón. Como
lo narra Las Casas en la Historia (L. 1, cap. 13), el relato que Colón escuchó de Pedro
de Velasco, un piloto portugués que habló de tierras que había visitado al oeste de
Irlanda, resultó un estímulo decisivo para su primer viaje. Los biógrafos a menudo
se han referido a los años vividos por Colón en Portugal (1478- c.1485) y al servicio
que prestó a las expediciones comerciales portuguesas a lo largo del litoral africano
en busca de la ruta marina oriental a India como inspiración para su idea de navegar
hacia el oeste para llegar más rápido a la India. Morison, en particular, ha observado
el conocimiento de los vientos y corrientes del oeste que Colón debió haber obtenido
de aquellos viajes africanos, conocimiento que le valió el éxito del cruce del Atlántico
en el que otros habían fallado. Aun así, la importancia de los escritos náuticos y
marítimos portugueses para los viajes colombinos a las Indias ha recibido poca
atención. Los expertos del Descubrimiento han ignorado el significativo lugar de los
textos colombinos en la historia de la literatura de viajes, incluso, en aquellas
ocasiones en las que se han enfocado en su contribución a la historia de los viajes.
João Rocha Pinto, en su estudio A viagem: Memória e espaço, ha demostrado
que la literatura de viaje marítimo portuguesa en la llamada Edad del
Descubrimiento, que incluye aproximadamente los siglos XV y XVI, emplea una
variedad de formas distintas: desde listas y escritos altamente técnicos (por ejemplo,
direcciones de navegación, hojas de ruta, manuales de navegación y guías), que se
vinculan con la navegación y el movimiento o desplazamiento espacial (como ir de
aquí para allá), a formas más narrativas y descriptivas (relaciones, cartas, diarios de
viaje), que se vinculan con el viaje como experiencia. Rocha Pinto sugiere que las
formas más tempranas enfatizaban los aspectos espaciales del viaje, mientras que
la forma más marcada por lo temporal, el diario de bordo –explica–, no aparece sino
hasta mediados del siglo XVI.
Las primeras guías de navegación portuguesas, los roteiros (hojas de ruta),
contenían instrucciones técnicas concretas acerca de las rutas, observaciones
astronómicas, vientos y corrientes, lecturas de brújula, características de las costas
y demás. Algunos roteiros de viajes específicos (por ejemplo, “Roteiro da viagem que
Dom Jhoão de Castro fez a primeira vez que foy a India no ano de 1538”) comenzaron
a seguir una cronología sistemática en el registro del viaje. En contraste, las hojas
de ruta más tradicionales, como el “derrotero general” español que se encuentra en
el “Espejo de navegantes” (c. 1537) de Alonso de Chaves, que ha sido descrito como
una carta de navegación en prosa, apenas contenían elementos temporales. 26 Como
los mapas que estos acompañaban a bordo de las naves de exploración, las hojas de
rutas tradicionales servían a los propósitos prácticos de los navegantes, que trazaban
las coordenadas de ruta y los contornos de la geografía recorrida. 27 La calidad
instructiva y el carácter sistemático y detallado de las entradas resultan en un mapa
verbal riguroso de la navegación que vuelve significativo cada lugar del itinerario en
relación con la trayectoria del viaje como un todo.
Para el siglo XVI, se había alcanzado por completo la temporalización del
espacio en los escritos producidos por los viajes de exploración, como lo demuestran
las instrucciones para componer un roteiro (1597) de Adriaen Veen. Entre los
componentes esenciales del género, Veen enumera el registro del año, del mes, día,
momento del día, así como las transiciones de uno al otro; por ejemplo, de ante a
post meridiano. 28
Mientras que Rocha Pinto parece estar en lo correcto al afirmar que la
cronología rigurosa no aparece en la literatura náutica europea sino hasta fines del
siglo XVI, no se deduce de esto que las obras anteriores no hayan tenido en cuenta
el tiempo. Los roteiros más antiguos que se conservan de la exploración portuguesa
del Atlántico africano, que datan de fines del siglo XV, estaban –de hecho– vacíos de
temporalidad. Tradicionalmente, no se los creaba como registros de navegaciones
específicas sino como instrucciones para futuros navegantes. Sin embargo, una vez
que los elementos narrativos ingresan en los registros, también ingresa el tiempo,
pues la narración es, por definición, una forma de escritura intensamente temporal
que establece secuencias significativas y relaciones entre episodios o experiencias
que son parte de una serie.
El relato, sin embargo, es una mercancía escasa entre los escritos tempranos
de la exploración marítima europea. Los textos náuticos portugueses más antiguos,
como el libro conocido hoy como “Este livro é a rotear…”, recopilado por Valentim
Fernandes a principios del siglo XVI o el “Roteiro de Flandres”, recogido en el Livro
de Marinharia de João de Lisboa en ese mismo siglo pero posteriormente, exhiben
sólo los rasgos narrativos más rudimentarios con el fin de representar la sucesión de
fenómenos geográficos e hidrográficos destacados. 29 Lo mismo puede decirse del
conservado routier francés más antiguo, escrito por Pierre Garcie en 1483-84. 30
Llamarlos relatos, sin embargo, sería extender al límite la definición de este tipo
textual. Sin embargo, existen ejemplos importantes de composición narrativa entre
los primeros escritos asociados a los viajes de exploración portuguesa en el litoral
africano. La narratividad (y, por lo tanto, la disposición temporal) es una
característica fundamental de cualquier literatura de viaje cuyo propósito sea más
bien relatar la experiencia del sujeto en un espacio geográfico, más que describir la
existencia de lugares independientes del escritor. 31 La colección Valentim Fernandes
(c. 1506-1508) contiene descripciones y una crónica de los descubrimientos
africanos. Esmeraldo de situ Orbis (c. 1505-1508) de Duarte Pacheco Pereira y dos
relatos de mediados del siglo XV de los viajes de italianos a África que navegaron con
portugueses, Alvise Ca’ da Mosto y Antonioto Usodimare, representan no solo los
contornos físicos del espacio sino, espacialmente, la experiencia que el sujeto tiene
de él. 32
El Esmeraldo es un caso particularmente interesante, pues, aunque no haya
sido descripto mayormente como un roteiro, Pachecho mezcla una variedad de
géneros para constituir el espacio a través de su propia experiencia de los paisajes
marinos y terrestres. Su texto se lee alternativamente como una historia, como un
tratado de cosmografía, como un libro de marinería, como una descripción
etnográfica y como un diario comercial, todo inscripto en la estructura básica de una
guía náutica. 33 No queda siempre claro hasta qué punto Pachecho está expresando
sus propias experiencias o dando reportes de segunda mano, pero, a lo largo del
libro, introduce el elemento subjetivo en la atemporalidad y estricta objetividad del
roteiro para representar una geografía mediada por la intervención de la conciencia
humana que la vuelve significativa. 34
La tendencia creciente a otorgar una dimensión temporal al espacio tuvo
profundas implicancias en el vínculo que se dio entre el viaje exploratorio y el
conocimiento y en la exploración como fenómeno epistemológico. 35 No sólo
representó el pasaje de la escritura de viaje como marcación o mapeo de los límites
de un espacio desconocido al relato de un viaje como secuencia narrativa de episodios
(es decir, como fenómeno histórico); implicaba además que la escritura del viaje
marítimo exploratorio se había vuelto una manera de relatar la experiencia del
espacio (en el tiempo) del explorador; de familiarizarse con el espacio, de interactuar
con él; en suma, de conocer un espacio previamente desconocido. 36 En última
instancia, la disposición temporal en la escritura del viaje de exploración tornó
enteramente cronotópico el espacio; transformó, de esta manera, un discurso técnico
en uno cultural.
Los valores cronotópicos que caracterizan la cartografía portulánea –la
precisión espacial, el realismo y la exactitud temporal– tienen sus contrapartes
escriturales en los roteiros, diarios de bordo y relacãos de la Edad del Descubrimiento.
Así como la exploración produjo mapas que definían los contornos físicos e históricos
de espacios previamente desconocidos, los textos escritos constituyeron un campo
espacio-temporal que dio sentido a la experiencia sin precedentes del explorador de
la travesía a través de la nueva geografía. Quizás el más antiguo relato de navegación
que se conserva con estas características es el relato de Alvise Ca’ da Mosto (1433-
77), que refiere sus viajes a Guinea en las expediciones portuguesas de mediados
del siglo XV. En el prefacio a la narración del viaje, Ca’ da Mosto expone el propósito
del escrito: registrar sus experiencias en el Océano desconocido y en las tierras de
la “Baja Etiopía” más allá del Estrecho de Gibraltar, que nunca antes habían sido
visitadas por europeos. 37 Las nuevas tierras son comparadas con el mundo familiar
de sus lectores para que, según él lo expresa, los descendientes del autor puedan
conocer las razones que tuvo para buscar diversas cosas en varios y nuevos lugares.
A medida que uno continúa leyendo, se vuelve evidente que el “descubrimiento” de
Ca’ da Mosto se encuentra motivado por la curiosidad (el deseo de ver las maravillas
de tierras y pueblos extraños) y por la promesa de ganancia económica (las especias,
el oro y otras cosas de valor que potencialmente podían hallarse allá). Ca’ da Mosto
inscribe la experiencia del descubrimiento en los discursos del mercantilismo y la
exploración, estructurada dentro de un viaje cuyo campo espacio-temporal está
representado de la manera más realista posible, como corresponde a un autor al que
se le atribuye la composición del portolano más antiguo que se conserva, impreso en
Venecia en 1490. El texto se caracteriza por un estilo de dicción pragmático,
materialista y cuantitativo que se esfuerza por dar cuenta objetivamente de una
experiencia específica y concreta.
En el corpus colombino, el Diario del primer viaje se destaca por ser el escrito
más típicamente náutico. A pesar de la innegable mano de Las Casas en la
composición del texto que nos ha llegado, la estructura básica y la dicción del Diario
se relacionan estrechamente en forma y función con el género del roteiro. 38 Durante
los primeros cuarenta y dos días del viaje, el texto registra información náutica
técnica sobre dirección, velocidad, vientos, corrientes y otros fenómenos marítimos
relevantes para la finalización exitosa del viaje. Esos datos, organizados como una
lista, proveyeron el marco para una cronología básica de entradas diarias. El principio
organizativo preponderante dentro de estos segmentos es, sin embargo, espacial y
responde a la necesidad práctica de mantener un registro preciso de las distancias
recorridas por la flota. Las subdivisiones diarias reflejaban sin duda la expectativa de
que la flota navegara sin avistar tierra por intervalos prolongados. La navegación en
altamar requería un registro sistemático de la ubicación en relación con puntos fijos,
pero la navegación astronómica era entonces –con mucho– una ciencia incipiente. En
ausencia de una topografía necesaria para establecer posición, el tiempo trascurrido
era la única forma de registrar la ruta. Tal registro era especialmente importante
para el primer viaje, ya que Colón preveía navegar en aguas inexploradas y, por lo
tanto, sus propias observaciones serían la única guía disponible para encontrar el
camino de regreso.
Con la entrada del 11 de octubre de 1492, anterior al desembarco, sin
embargo, el Diario enfatiza cada vez más la dimensión temporal del viaje. Aunque
las entradas continúan registrando la ruta, el texto comienza a enfocarse, como el
relato de Ca’ da Mosto, en los episodios del viaje como experiencia coherente de la
conciencia individual del narrador-navegante. La entrada de cada día ya no es una
recopilación de datos de navegación que señalan un punto particular en un itinerario
sino un campo espacio-temporal en el que el viaje se desdobla como proceso y como
evento. Cada entrada es un segmento narrativo que no solo narra dónde se
encontraba Colón y la ruta que siguió hasta llegar allí sino que, también, sitúa la
importancia de esa geografía particular (importancia, por ejemplo, de lo que allí
ocurrió) en el contexto de la experiencia más amplia del viaje que poco a poco se va
desarrollando.
La organización de la información en ejes cronológicos, incluso en cronologías
altamente sofisticadas, no constituye por sí misma un alejamiento radical de la
escritura típicamente enumerativa, característica del Diario hasta el 11 de octubre y
de los géneros náuticos técnicos que influyen en esta escritura. La marcación
temporal del espacio se alcanza no por la simple suma de unidades temporales al
registro espacial sino, como mencioné antes, por la composición narrativa del texto
de viaje. Las observaciones de Mary B. Campbell con respecto a un desarrollo similar
en la literatura de viajes de peregrinación de la Alta Edad Media pueden contribuir a
iluminar esta distinción. Al referirse a la peregrinación a Tierra Santa, Campbell nota:
“En la lista, todos los lugares son simultáneos y perpetuos. No guardan relación
alguna con el viajero, solo existe una relación espacial entre ellos. La lista no es de
ninguna forma literatura; es una suma de datos. La literatura, anónima o firmada,
‘popular’ o ‘seria’, es la huella de la mente humana sobre tales datos, una huella que
impone un patrón de relaciones e intenta tener sentido.” 39
Al componer narrativamente la escritura técnica de la navegación, el Diario
impone un modelo de relaciones entre las geografías del “aquí” y el “allá”, el Nuevo
Mundo y el Viejo. Así, el lector se encuentra no tanto con una “carta de navegación
en prosa”, como con un discurso influido culturalmente cuyo propósito es otorgar
sentido al viaje relatando la experiencia subjetiva que el narrador tiene de él. La
transformación de la enumeración a la narración en las entradas que siguen al
desembarco no sólo refleja la información más compleja que se registra una vez que
la flota avista la isla de Guanahaní (San Salvador) sino que, también, marca un
cambio fundamental en la manera en que se conceptualizó el viaje. El descubrir no
era ya simplemente encontrar algo y registrar su ubicación; el descubrimiento se
había vuelto una manera de conocer lo que se había encontrado. 40
Las reacciones de algunos de los primeros y más interesados lectores de
Colón, los Reyes Católicos y Bartolomé de Las Casas, sugieren que el texto no
constituía por completo lo que se esperaba del Almirante. Isabel escribió a Colón, en
setiembre de 1493, para pedirle la “carta de navegar” y la “pintura” que había
prometido enviar con el relato escrito del primer viaje. Que lo que había presentado
Colón había sido juzgado insatisfactorio y algo desconcertante se ve confirmado por
otra carta con fecha del mismo día, esta vez firmada por Fernando e Isabel, que
requería información náutica adicional “para bien entenderse mejor este vuestro
libro”. 41
Otra pista que confirma la irregularidad del texto con respecto a los géneros
náuticos tradicionales se halla en la inusual nomenclatura que emplea Las Casas para
referirse a él. 42 En sus observaciones editoriales introductorias de la porción narrativa
del Diario (que comienza con la entrada del 11 de octubre), Las Casas se refiere a su
fuente como “libro de su primera navegaçión y descubrimiento d’estas Indias”. A
menudo se considera que el uso del adjetivo “estas” sostiene el argumento de que
Las Casas transcribió el texto mientras vivía en las Indias. Más notable aún, a mi
parecer, es la afirmación particular que sugiere que la navegación y el descubrimiento
fueron actividades consideradas diferentes, o desde géneros distintos, por la mente
de Las Casas. Que haya insertado el especificativo “y descubrimiento” sugiere que el
género náutico tradicional “libro de navegación” constituía una categoría demasiado
estrecha para lo que había escrito Colón.
El típico diario de bordo, de acuerdo con Rocha Pinto, estaba completamente
divorciado de la experiencia general del viaje. 43 Describe el diario de bordo como un
género especializado, que se ocupa de organizar el viaje en ejes cronológicos
estrictos y de registrar información práctica, técnica y científica relacionada
exclusivamente con la navegación misma, tales como vientos, corrientes, fenómenos
atmosféricos, distancias y direcciones, variaciones de la brújula, topografía costera,
latitudes y longitudes. El Diario del primer viaje de Colón incluye todo esto y mucho
más. 44 El texto narra al menos dos historias diferentes, aunque relacionadas: una de
exploración y demarcación de un espacio desconocido y otra relacionada con la
significación del viaje a un destino que se constituye, en el texto, como algo familiar
(ya conocido). Articula navegación y descubrimiento en tanto operaciones
diferenciadas, tal como lo reconoció Las Casas. Es en el prólogo en donde queda claro
que el espacio “desconocido” en cuestión era la ruta y no el destino:

Vuestras Altezas (...) pensaron de enbiarme a mí, Cristóval Colón, a las dichas partidas de India
para ver los dichos prínçipes (...) y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se
costumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta oy no sabemos por cierta
fe que aya passado nadie. (Varela, 15–16; énfasis mío)

La observación de Rocha Pinto acerca de que la marcación temporal del espacio en


la literatura náutica no se alcanzó por completo hasta por lo menos mediados del
siglo XVI subraya aún más la novedad del relato de Colón de la primera navegación. 45
Incluso, a diferencia del diario típico, que Rocha Pinto describe como escritura
estrictamente técnica, el Diario colombino mezcla lo que sería el informe de la
navegación con el testimonio de la experiencia subjetiva del Almirante en el espacio
encontrado. A mi parecer, es precisamente tal testimonio el que lo convierte en –
como lo dio a llamar Las Casas– un libro sobre navegación y descubrimiento. Lo que
vuelve significativa la geografía particular del Descubrimiento no son las coordenadas
de navegación precisas sino las relaciones establecidas por el narrador entre el “aquí”
y el “allá”. El libro que Colón envió a la Corona –tal como parece confirmar el pedido
de más información geográfica y náutica por parte de los soberanos– no se debía
exclusivamente (ni quizás principalmente) a la preocupación por que se marcase la
ruta con exactitud dentro de contornos geográficos precisos como los de un roteiro.
Se ha argumentado que los pedidos de la Corona y la deficiencia del diario con
respecto a datos técnicos sugieren un plan oculto por parte de Colón: que haya
suprimido a propósito tal información para quedarse con el conocimiento de la ruta
y, por lo tanto, con cualquier viaje subsiguiente. Pero el análisis del discurso
colombino muestra que el primer viaje a las Indias se articula como la experiencia
de una geografía en la que resuenan profundamente las ideologías culturales,
políticas y económicas de fines del siglo XV. 46 Comenzando con la entrada del 11 de
octubre de 1492, el Diario subordina cada vez más la información técnica del discurso
a favor de modos que enfatizan la experiencia subjetiva del espacio.
En los textos que relatan el primer y segundo viaje, las cualidades que
describe la experiencia del viaje son predominantemente sensoriales, prácticas y
seculares, como hemos visto. Los nombres con los que Colón marca la superficie de
su mapa verbal pueden ser de origen religioso, pero usualmente representan
similitudes físicas entre lo conocido y lo nuevo, más que una afinidad espiritual de
significaciones:

Desta ysla vine a la otra de Santa María de Monsarrate, que era a la distançia de çinco leguas, tierra
es mui alta y conforme a Monsarrate [sic, por Montserrat], y desta vine de una en otra corriendo a
mi camino, poniéndoles a cada una nombre, y porque asçinden a gran número, a todas juntamente
las nombré de Todos los Santos. (Rumeu 2:450)

Aunque el Montserrat europeo, una montaña escarpada al noroeste de Barcelona,


era un lugar de profunda importancia espiritual –el sitio de un monasterio benedictino
erigido para conmemorar una aparición milagrosa de la Virgen, destino popular de
peregrinos en búsqueda de su intercesión–, la explicación de Colón por haber dado a
la isla caribeña el nombre de Montserrat es únicamente la de que sus picos se
asemejan físicamente a aquellos de la montaña catalana. De la misma manera,
nombra “Todos los Santos” a ese grupo de islas simplemente por haber tantas de
ellas. No sólo no hay una significación espiritual en este uso de nombres religiosos
sino que se acerca a la irreverencia la sugerencia misma de que el panteón de santos
católicos fuera tan amplio que se asemeja a las proliferantes islas.
La motivación para el viaje, como se ve expresada en estos primeros relatos,
es a menudo descaradamente práctica y profana: encontrar oro, especias y otras
mercancías. Consecuentemente, la ruta y mapa que traza Colón son los que él cree
que lo guiarán más seguramente hasta estos recursos. En la carta-relación de enero
de 1494, explica por qué siguió esa ruta particular de exploración en el segundo
viaje:

Yo me acuerdo quel año pasado un yndio viejo, aquí en esta ysla Ysavela, me dixo que en estas
partes de los caníbales avía una ysla pequeña y que los tres quartos eran oro, y agora conforma,
porque yo beo la tierra para ello dispuestas [sic].
Todas estas islas, que agora se an fallado, enbío por pintura con las otras del año pasado y todo en
una carta que yo conpuse, bien con harto travajo por las grandes mis ocupaçiones del asiento que
acá se faze de la villa. (Rumeu 2:451)

El deseo de encontrar las islas de los indios caribes (“caníbales”), con reputación de
antropófagos, no tiene otra motivación más que la creencia de que poseían oro, como
lo entendió Colón de un cacique durante el primer viaje. De hecho, casi sin excepción,
las acciones llevadas a cabo durante el segundo viaje se relacionan con esta
búsqueda materialista. Incluso, la captura de Cahonaboa, el cacique al que se le
atribuían las mayores posesiones de oro en la Española y del que se sospechaba
haber sido responsable de las muertes de algunos españoles dejados en La Navidad
en el primer viaje, estuvo motivada, en última instancia, por la búsqueda de oro,
“porque sabremos dél toda la verdad y de toda la ysla y de oro” (Rumeu, 2:481). El
viaje de exploración se encuentra animado entonces por una meta mundana:
establecer una colonia para la expoliación de los recursos indígenas. Y la “carta”
verbal que resulta de esto señala la ruta del oro a través de una geografía textual
literalmente “minada” por referencias a su riqueza potencial: “Ya dixe que las tierras,
queste viaje se an descubierto, son tantas y más quel año pasado y no de menos
preçio como la pintura hará manifiesto” (Rumeu, 2: 462). 47
Incluso, en un vistazo rápido a la sinopsis tipológica de Rocha Pinto de la
literatura de viaje portuguesa, se reconoce fácilmente la filiación con los escritos
colombinos. Los modelos genéricos que Colón pudo haber tenido más
inmediatamente en mente fueron, sin duda, aquellos con los que se había
familiarizado a bordo de los veleros comerciales portugueses y a través de otras
actividades relacionadas con sus viajes africanos en la década de 1480 o, incluso,
quizás antes en el negocio de cartografía que llevaba adelante con su hermano
Bartolomé en Lisboa a fines de la década de 1470. Como lo narra Fernando, la suegra
portuguesa de Colón fue una fuente temprana de textos marítimos, cartas y mapas
para el futuro Almirante del Mar Océano. El marido fallecido de Doña Isabel,
Bartolomeu Perestrello, había mantenido la capitanía hereditaria de la isla de Porto
Santo, cerca de Madeira. De acuerdo con Fernando, la colección de Perestrello de
cartas y textos marinos fue entregada a Colón por Doña Isabel cuando se enteró de
su interés por la navegación.
Los escritos propios de Colón, sin embargo, se mueven mucho más allá del
campo de los géneros técnicos tales como el roteiro, el livro de marinharia y el livro
de armação (libro de velería). 48 Fuertes cualidades narrativas y descriptivas vinculan
a los textos colombinos con relaciones, misivas, memorias y diarios –géneros que no
florecieron hasta después de la Edad del Descubrimiento–; los textos incorporan
varias formas judiciales (contratos, testamentos, instrucciones, peticiones, etc.), no
para narrar la experiencia misma del viaje sino para complementar los saberes
prácticos y la ideología de los viajes, y para poner en palabras la empresa de
descubrimiento en sentido amplio.
El primer viaje, como se lo relata en el Diario, puede ser descripto como una
composición híbrida de elementos característicos de géneros tales como la hoja de
ruta, la relación, la memoria y el cuaderno de bitácora; mezcla a menudo modos de
expresión náutico-técnicos, geográficos, económicos, etnográficos, judiciales y
religiosos. 49 Se encuentran otras dos versiones de ese viaje en la “Carta a Luis de
Santángel” (15 de febrero de 1493) y en la “Carta a los Reyes), ambas ofrecen
información similar. Las cartas tienen mucho en común con el Diario. Sin embargo,
son de una filiación diferente, pues dejan de lado los elementos técnico-náuticos y la
cronología estricta que muestra el Diario a favor de un contenido descriptivo
general. 50 Las cartas tienen el tono y el estilo de una epístola personal escrita para
alguien que no es un especialista. Su propósito principal parece ser promocional:
anuncian triunfalmente la totalidad del viaje, del que destacan sus aspectos más
notables, pero menos técnicos.
La publicación reciente de Rumeu de Armas del Libro Copiador de Colón ha
puesto por primera vez, a disposición de los lectores modernos, los informes de Colón
sobre el segundo viaje (1493-96). 51 En cuatro relaciones dirigidas a Fernando e
Isabel, Colón registra con considerable detalle sus pensamientos y experiencias con
respecto al establecimiento de la colonia en la Española, la explotación de los indios
y la riqueza natural de la isla, la búsqueda continua del imperio del Gran Khan, las
relaciones entre los cristianos y entre estos y los indios (incluida la captura del
cacique Cahonaboa y las refriegas entre su pueblo y los españoles), el destino
desastrado de La Navidad y, en especial, la búsqueda obsesiva de oro. Otro texto
que se conserva de este viaje es “Instrucción a Mosén Pedro Margarite” (9 de abril
de 1494) de Colón, que contiene indicaciones dirigidas al líder de una partida de
exploración encargada del reconocimiento del interior de la Española. Las
instrucciones a Margarite, similares a las recibidas por Colón de parte de la Corona
para cada uno de sus viajes, exponen las órdenes del Almirante y la manera práctica
en que debían llevarse a cabo. 52
La tercera navegación está relatada principalmente en la “Relación del tercer
viaje”, dirigida a la Corona, y en un fragmento (30 de mayo al 31 de agosto de 1498)
de un diario del mismo viaje, desde entonces perdido, que cita Las Casas en Historia
de las Indias. Otra versión de la “Relación” del tercer viaje aparece en el Libro
Copiador. También pertinente a este viaje es la “Carta a doña Juana de la Torre” (c.
otoño de 1500), gobernadora del príncipe don Juan, y la “Carta a los Reyes” (1501),
que sirve de introducción al Libro de las Profecías. Partes de la “Relación” parecen
derivar del diario perdido transcripto parcialmente por Las Casas, pero el objetivo de
la carta no es tanto relatar el viaje como interpretar su importancia: Colón pasa
pronto del relato de la navegación a una defensa apasionada de sus logros para la
que se sirve de una interpretación, similar a un tratado, sobre el sentido último de
su empresa. Las otras cartas son piezas altamente polémicas en las que Colón busca
fijar los méritos de su emprendimiento y defenderse de las acusaciones de sus cada
vez más numerosos detractores. Consideradas en su conjunto, las cartas
concernientes al tercer viaje pueden ser vistas como epístolas personales que
recuentan las experiencias de Colón y como manifiestos que intentan dar forma a
una ideología de descubrimiento dentro de la cual los logros singulares de Colón son
establecidos e interpretados. A partir del tercer viaje y hasta el final de su vida, a
medida que se enfrentó cada vez más con la Corona por su actuación, títulos y
privilegios, Colón se volvió también bastante prolífico en la producción de cartas y
documentos legales que complementan el relato de sus viajes.
Juntos, los textos tardíos ofrecen la imagen de un hombre desilusionado y
perseguido que lucha por el reconocimiento de sus logros y que trata de poner sus
asuntos en orden antes de que la muerte se lo lleve. En la “Relación del cuarto viaje”
(7 de Julio de 1503), también conocida como la “Lettera rarissima”, Colón se dirige
a Isabel y a Fernando desde Jamaica, donde los restos de su flota abatida por una
tormenta ciclónica se habían refugiado al final de la más difícil y peligrosa de sus
expediciones. El pretexto de la carta es reportar el viaje y, por lo tanto, en apariencia
cumple con la calidad forense-testimonial del género relación, pero pronto adquiere
un avasallante tono lastimero y confesional. Esta relación, una angustiosa petición
de reconocimiento y compensación, ofrece una visión del viaje como experiencia
mística con fuertes matices mesiánicos y proféticos. El carácter discursivo de estos
textos tardíos sugiere que los modelos genéricos de exploración y comercio náuticos
asociados a la cartografía portulánea fueron suplantados, en la escritura colombina,
por una geografía textual muy diferente, que atenderé a continuación.
América dos veces descubierta: Colón versus Vespucio

En las secciones de apertura de este ensayo, tracé la distinción entre escribir


sobre viajes a lugares conocidos y escribir sobre viajes a lugares desconocidos. Los
lugares conocidos son aquellos ya inscriptos en el campo del conocimiento, sitios
cuyas coordenadas ideológicas (si no, cartográficas) ya fueron identificadas. En
contraste, los destinos desconocidos son aquellos cuyo campo semántico es escaso
o se encuentra vacío, condición que de ninguna forma se restringe a lugares de los
que no se sospecha su existencia. Aun así, designar un lugar como “desconocido”
depende de la manera en que es referido tanto como –por lo menos– de su estatus
objetivo. La significación cultural de un sitio, su ubicación en el campo de los
conocimientos, se ve constituida, en última instancia, en el mismo acto en que el
sitio es descripto o ubicado en un mapa. Mientras que ciertos géneros pueden ser
apropiados para describir lugares conocidos y ciertos otros para los desconocidos, la
elección del medio retórico se impone, en suma, no desde fuera del acto de escritura
sino desde dentro. En el análisis final, el espacio geográfico se constituye siempre
discursivamente, como si fuese conocido o desconocido. Esto es, su carácter
discursivo no garantiza su estatus empírico. El discurso es, incluso en sus formas
más realistas o fácticas, una toma de posición con respecto a su objeto, que da forma
a sus significados y otorga valor cultural más allá de su condición objetiva.
Los viajes europeos en los siglos XV y XVI se llevaban a cabo generalmente
en regiones consideradas ya conocidas no necesariamente por la experiencia misma
de los viajeros sino porque habían sido mencionadas en los escritos de las
auctoritates de la Antigüedad clásica y cristiana. Éste era el caso de los viajes
portugueses de exploración a lo largo del litoral africano y del Atlántico oriental, así
como los llamados descubrimientos del Nuevo Mundo, que no fueron universalmente
considerados “nuevos”. Sin embargo, los varios medios retóricos disponibles para
caracterizar el espacio geográfico respondían finalmente no tanto a las condiciones
prácticas e ideológicas del viaje como hecho histórico sino al “hecho” de escritura a
través del cual el viaje era subsiguientemente interpretado.
La pretensión de novedad para América, su “descubrimiento” en sentido
moderno, fue producto de una hazaña retórica, no de la observación empírica. El
dudoso honor pertenece, como es sabido, a Américo Vespucio, quien en una carta a
Lorenzo Pietro Francesco de Medici en la primavera de 1503 describió el continente
sudamericano como un nuevo mundo, pues “ninguno de estos países fue conocido
por nuestros ancestros y serán enteramente nuevos para todos aquellos que
escuchen de ellos” e, incluso, si “se ha afirmado que allí existe algún continente, se
han dado muchas razones para negar que estuviese habitado”. 53 La pretensión de
Vespucio del descubrimiento, entonces, no se basaba en el hallazgo mismo del nuevo
continente (aunque las frases siguientes son lo suficientemente ambiguas para dar
la idea de que así fue) sino en la aseveración de que los antiguos no habían conocido
su verdadera naturaleza, mientras que ahora él sí: “Pero esta opinión es falsa y
completamente opuesta a la verdad. Mi último viaje lo ha probado, pues he
encontrado un continente en esa parte al sur; más poblado y más lleno de animales
que Europa o Asia o África e, incluso, más templado que cualquier otra región
conocida por nosotros, como se explicará a continuación”. El punto y coma en la
traducción, sin embargo, resuelve una ambigüedad presente en el original italiano:
se duda de si Vespucio dice haber hallado un continente nuevo o de si afirma haber
hallado un continente más poblado de lo que se había pensado originalmente. 54
Cinco años antes que Vespucio o que cualquier otro europeo, Colón había
notado lo templado de este mismo continente y la calidad y cantidad de sus
habitantes. 55 Para él, sin embargo, no era un “nuevo” mundo sino “otro mundo”.
Como explicaba en 1498 en una carta a Fernando, terra firma es un lugar “bien
conocido por los antiguos y no desconocido como quieren hacer creer los envidiosos
e ignorantes”. 56 Las implicaciones de tal posición son muchas, una de las cuales es
el reconocimiento de Colón de una alteridad o diferencia en el paisaje físico y cultural
que encontró, una cuestión que trataré en el ensayo siguiente, “Género y
Descubrimiento”. Para el argumento que nos atañe ahora, sin embargo, es necesario
observar que el sentido de descubrimiento de Vespucio es diametralmente opuesto
a la posición asumida por Colón y no parece descabellado sugerir que la diferencia
ha sido deliberada y por interés propio. Para Vespucio, retrovare significa descubrir
algo antes desconocido, al menos en el sentido de que ni se sospechaba acerca de
su verdadera naturaleza o, incluso, de su misma existencia. Para Colón, por otro
lado, “las Indias” no pueden considerarse nuevas en ningún sentido, porque muchos
antes que él habían escrito extensamente sobre ellas. Esta tierra era “otra” con
respecto al mundo con el que él y sus lectores se encontraban familiarizados; esto
es, las partes exploradas de Europa, Asia y África, pero era ciertamente un mundo
familiar a los escritores de la Antigüedad clásica y cristiana.
Esto no significa, por supuesto, que fue Vespucio quien descubrió América y
no Colón, como han argumentado algunos. 57 Pero sugiere, sin embargo, que Colón
“descubrió” el territorio de una forma bastante diferente de la de Vespucio. Los
respectivos descubrimientos de Colón y Vespucio se definieron, en última instancia,
por la manera en que fueron expresados, más que por cómo se llevaron a cabo y por
qué resultados dieron. Si a Vespucio se le ha dado gran parte del mérito del
descubrimiento de América, ciertamente no ha sido por ser el primer europeo que la
halló o, incluso, que escribió sobre ella (fue Colón) sino porque fue el primero en
referirse a ella como nueva entidad geográfica; esto es, escribió acerca de su viaje
como historia de una travesía a un lugar desconocido. Los méritos científicos de esta
interpretación fueron mínimos. Si no fuese por la existencia del Estrecho de Bering,
Colón hubiese estado tan “en lo cierto” con su premisa geográfica básica –sobre que
había alcanzado el extremo Oriente– como Vespucio resultó estar en la suya. Ninguno
de los dos exploradores hizo una contribución definitiva a nuestro conocimiento
acerca de la verdadera configuración de la geografía post-Descubrimiento. Aun así,
cada uno hizo un aporte notable a la manera en que concebimos el mundo. A través
de sus escritos, Colón otorgó relevancia cultural a su descubrimiento al asignarle, al
viaje y a sus espacios, el sentido de viaje a un lugar ya conocido.

La gramática del Descubrimiento

El sentido del término descubrimiento que asumió Vespucio, como hallazgo de


algo nuevo (que no se sabía que existía), está mucho más cerca del sentido moderno
que prevalece aún hoy que la concepción de Colón de que el Descubrimiento involucró
la revelación de algo ya conocido, aunque oculto. El uso de Colón, arcaico hoy en día,
continúa sin embargo vivo en el lenguaje simbólico popular. El eslogan de turismo
“Descubra las Islas Vírgenes: el Paraíso de América” define a las Indias Occidentales
modernas invocando un simbolismo geográfico que comparte algunas similitudes
importantes con la representación de Colón de “el fin del Oriente” como lugar del
Paraíso Terrenal. 58 El eslogan sugiere una manera de leer los textos colombinos
contraria a las tendencias de la erudición reciente y que es extraña a la noción
contemporánea predominante de Descubrimiento.
El hombre que reside en las invernales latitudes septentrionales, cansado de
ellas, es especialmente susceptible al encanto de los placeres físicos representados
en la metáfora del eslogan, quizás de forma muy similar a como el veterano de un
cruce del Atlántico, cansado del mar, pudo haberse sentido a fines del siglo XV. Viajar
a las Indias Occidentales, insinúa el eslogan, es complacer los sentidos. Pero la
metáfora también promete al viajero un sentido más profundo de bienestar que
trasciende el placer corporal para aproximarse a una especie de rapto místico o
espiritual. Un viaje al paraíso de las Indias Occidentales promete no sólo alivio de la
inclemencia del invierno sino, también, una experiencia regeneradora y purificadora
que mejorará la vida del viajero, física y espiritualmente, al volver a casa.
Tanto el eslogan como la escritura colombina proponen un destino de profunda
significación simbólica y una forma de viajar. En cada contexto, “descubrimiento” no
es tanto la localización de una entidad (la cosa descubierta) como un tipo de
actividad; no tanto un lugar como una experiencia particular de lugar. Lo que define
al descubrimiento en cada caso es cómo se relaciona el viajero con su destino, esta
interacción no solamente ocurre allí sino que –como consecuencia– también colabora
con la creación del lugar. 59 El sustantivo descubrimiento no aparece ni una sola vez
en ninguno de los relatos del primer viaje de Colón, aunque ciertas formas del verbo
descubrir aparecen en repetidas ocasiones. 60 En el eslogan, “descubrimiento” toma
la forma de un verbo imperativo, lo que alienta al viajero a la experiencia.
La persuasión verbal –el propósito de convencer al lector de los méritos y
beneficios del viaje– es otro punto equivalente entre el eslogan y la escritura
colombina. Ambos son fundamentalmente vehículos retóricos. Como explicó
Fernando Colón, el hombre que seguramente conoció mejor las intenciones íntimas
de su padre, Cristóbal Colón llamó Las Indias a las islas que descubrió: “porque sabía
que todos los hombres habían escuchado de la gran fama y riqueza de la India; y al
usar ese nombre esperaba despertar el interés de los Reyes Católicos (que dudaban
de su empresa)”. 61 La fuerza del eslogan y de la expresión colombina del
descubrimiento depende de la fuerza simbólica inherente a la transformación
metafórica de las Indias Occidentales en Edén: el vínculo sintáctico entre “descubrir”
y “paraíso” juega en la imaginación del lector. Aun así, el efecto de tal frase es, más
inmediatamente, ofrecernos motivos para imaginar un viaje (lo que puede llevar o
no a un viaje real) cuyo itinerario es más simbólico que literal.
Este viaje imaginario, producto del acto de leer, es quizás el paralelo más
instructivo que pueda trazarse a partir de esta analogía. Ni el eslogan ni los textos
colombinos se refieren al “descubrimiento” como hazaña empírica. En cada caso,
“descubrir” es revelar un significado recóndito, en el sentido hermenéutico de des-
cubrir un significado simbólico y no de encontrar un lugar desconocido, ya que, en
cada caso, el destino es “conocido” (el Paraíso aparecía en los mappaemundi de la
misma forma que las Islas Vírgenes aparecen en los mapas actuales). Que los
contemporáneos de Colón hayan interpretado su descubrimiento en este sentido se
puede extraer del primer artículo de las “Instrucciones de los Reyes a Colón” (29 de
mayo de 1493) expedidas durante la preparación del segundo viaje: “complació a
nuestro Señor Dios en Su santa gloria descubrir las susodichas islas y continentes
(…) por los esfuerzos del susodicho Cristóval Colón (…) que ha hecho [las islas y
continentes] conocidos a Sus Majestades.”. 62
El viaje de descubrimiento, de esta manera, se vuelve un viaje imaginario. El
viajero al Paraíso debe moverse a través de un espacio cultural simbólico para
alcanzar el destino anhelado. Al vincular el descubrimiento y el Paraíso, el eslogan,
como la escritura colombina, nos invita a hacer una lectura tropológica en la que el
sentido literal (Ir a las Islas Vírgenes) se subordina al sentido metafórico espiritual
(Descubrir el Paraíso). 63

Peregrinación
Si el Paraíso existió en esta tierra nuestra, muchos de aquellos hombres a quienes place investigar
toda clase de temas querrían llegar allí inmediatamente: pues si hay quienes, para procurarse seda
por una miserable ganancia comercial, viajarían hasta los confines mismos de la tierra, ¿cómo
dudarían en ir a donde ganasen una visión del mismo Paraíso?

Estas palabras, escritas por Cosmas Indicopleustès (que quiere decir “viajero indio”)
en Topografía Cristiana a mediados del siglo VI, representan una de las expresiones
más tempranas de dos temas fundamentales en el discurso colombino del
Descubrimiento –comercio y Paraíso– significativamente vinculados y valorados por
Cosmas para favorecer el componente místico. 64 No intento discutir si la Topografía
Cristiana influyó directamente en la escritura de Colón sino subrayar la fuerza y
durabilidad de estos importantes topoi medievales de viaje. Comercio y Paraíso eran
aun los grandes motivadores de los viajes exóticos europeos en 1492. La elección del
término negocio por parte de Colón para referirse a su empresa es reveladora, pues
alude simultáneamente a la dimensión espiritual del proyecto (negotium crucis) y,
literalmente, a su dimensión comercial. 65 Al identificar las metas económicas y las
espirituales como las grandes motivaciones de su viaje, Colón estaba expresando un
aspecto cardinal de la visión del mundo medieval: la interrelación entre lo profano y
lo sagrado, entre el oro y Dios.
La literatura de viaje del período parece confirmar este nexo. Como ha
demostrado Raymond Beazley en The Dawn of Modern Geography, muchos de los
viajes europeos al exterior durante la Edad Media fueron llevados a cabo
principalmente por peregrinos, misioneros y mercaderes. Entre las obras más
antiguas que se conservan del relato de algún viaje más allá de las fronteras de
Europa, están el anónimo del siglo IV “Itinerario de Burdeos a Jerusalén” y la
Peregrinatio ad Terram Sanctam de Egeria. Estos textos inauguran el género de la
literatura de viajes religiosos, conocidos como peregrinationes, que se centran en la
experiencia de la peregrinación. Las peregrinationes pueden dividirse, a grandes
rasgos, en dos tipos: narraciones de viajes a lugares terrenales de importancia
religiosa (Tierra Santa, Roma, Santiago de Compostela) y viajes místicos a lugares
extramundanos, como el Infierno, el Purgatorio o el Paraíso. Aunque los lectores
modernos diferencian los destinos reales de los imaginarios, los relatos medievales
tradicionalmente representaban ambos tipos de peregrinación como experiencias
reales de hombres y mujeres que viajaban a través de espacios geográficos concretos
–en este mundo o en el otro– a destinos cuyo valor espiritual se estimaba
complementario de las metas del viaje. El Paraíso y Jerusalén (y, a menudo, también
Roma) eran situados en el mismo meridiano ideológico en los mappaemundi
medievales. Los relatos del siglo XII de las peregrinaciones realizadas por San
Brandán y Owein, por ejemplo, involucran visitas al Infierno y al Paraíso Terrenal que
son relatadas como viajes reales a través de una geografía Atlántica específica. Tal
mezcla de experiencia mística y geografía real se convierte en una tendencia cada
vez más importante en los relatos de viaje europeos sobre travesías al Otro Mundo. 66
Como ha observado Cesare Segre, las peregrinaciones al Otro Mundo a
menudo consistían en viajes de descubrimiento, experiencias a la vez físicas y
espirituales que representan la búsqueda de auto-purificación y redención a través
de un conocimiento práctico o de una geografía concebida simultáneamente como
mística y real. 67 El Jardín del Edén, como refiere el Génesis, se encuentra en este
mundo. Su inaccesibilidad no se debe a su lejanía sino a la sanción divina contra
Adán y Eva y su progenie. En los relatos de viaje medievales, la entrada al Paraíso
es una recompensa autorizada como favor especial de Dios al peregrino en
reconocimiento por un logro espiritual especial.
Incluso Cosmas, que fue viajero-mercader de oficio y una de las figuras más
prominentes en la historia del comercio medieval temprano, representaba su
experiencia de la geografía, sin embargo, como predominantemente espiritual. La
Topografía Cristiana, escrita tras investirse de monje, resulta instructiva por el
paradigma geográfico que contiene y por su concepción del viaje exótico, a pesar de
su cosmografía arcaica, que presenta una tierra plana. El intento de Cosmas de
armonizar la “ciencia” con la creencia religiosa para explicar la naturaleza del mundo
encuentra eco en la hermenéutica colombina del descubrimiento, y algunos residuos
de la semiótica mística del espacio representada en los diseños cartográficos de
Cosmas (que se hallan entre los “mapas” cristianos más viejos que sobreviven) son
evidentes en la imaginería colombina. En los bocetos altamente alegóricos de
Cosmas, el Cielo está representado por la figura del tabernáculo de Moisés que rodea
una tierra con forma de montaña que trepa hasta el firmamento. 68 Para Cosmas el
geógrafo, el viaje definitivo era el que se dirigía al Paraíso y la verdadera geografía
era la que interpretaba el conocimiento empírico del mundo a la luz de la autoridad
de las Escrituras.
Los dos grandes motivos del viaje en la Edad Media, aunque definitivamente
se hallaban jerarquizados, se relacionan geográfica e ideológicamente. De acuerdo
con Cosmas, el Paraíso era a la vez un lugar y un símbolo de realización espiritual,
así como la seda era una metonimia de riqueza material. Ambos se encontraban
tradicionalmente en Oriente. Así, se asociaba la geografía oriental con el alcance de
un estado de plenitud tanto espiritual como mundana. Esta asociación ya se halla en
la más antigua expresión de geografía judeo-cristiana, en el Génesis 2:10-12, en
donde el gran río que nutre el abundante Jardín del Edén es también la fuente del río
Pisón, que rodea la tierra de Havila donde hay oro: “y el oro de esa tierra es bueno”.
El Paraíso bíblico antes de la Caída pertenece a este mundo y, en
consecuencia, provee generosamente bienestar al cuerpo y al espíritu humanos al
mismo tiempo. La característica decisiva de la existencia prelapsaria en el Jardín es
la relación aproblemática, o incluso, complementaria, entre la gratificación corporal
y la espiritual. La escritura colombina está repleta de resonancias de esta valoración
complementaria. En el relato del cuarto viaje, por ejemplo, el oro y la riqueza son
descriptos, presumiblemente a través de la caridad y los actos humanitarios, como
capaces de facilitar la entrada al Paraíso de las almas condenadas al purgatorio: “El
oro es excelentíssimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, haçe cuanto
quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso” (Varela, 327).
La tragedia de la vida fuera del Edén no radica solamente en el hecho de que
se convierte en una lucha por la supervivencia en un mundo hostil sino, especial y
principalmente, en que consiste en la lucha de un ser dividido abruptamente contra
sí mismo, carne contra espíritu. Las indulgencias físicas asociadas con lo pecaminoso
(es decir, la lujuria, la avaricia) en un mundo postlapsario habían por fin
complementado y mejorado la beatitud espiritual de Adán y Eva. La doble meta
espiritual y comercial de la empresa colombina –convertir nuevas almas al
Cristianismo y liberar la Tierra Santa con las riquezas extraídas de las Indias– parece
responder al anhelo cristiano milenario del fin del mundo y a la concomitante
restauración de la integridad prelapsaria de la humanidad.
La conceptualización de Colón de su viaje a Oriente en los términos de
esparcimiento de la fe y con el fin de regresar con oro, especias y piedras preciosas
para ayudar a restaurar Jerusalén sin dudas se ajusta ideológicamente a su ideal
cultural de plenitud material y espiritual asociado a Oriente. Los rasgos paradisíacos
que tienen resonancia en el Diario del primer viaje asumen un lugar predominante
que culmina en el proclamado descubrimiento –en su tercer viaje– de la ubicación
precisa del Paraíso Terrenal. Esta pretensión particular y los términos a menudo
místicos en los que fue expresada han llevado a algunos lectores modernos a pasarla
por alto argumentando que se trató del fruto de la enfermedad o de la locura. 69 Sin
embargo, este tema y la dicción de Colón son consistentes tanto con sus metas
declaradas para la empresa como con los horizontes culturales sobre los que el
Descubrimiento tomó forma. 70 No fue coincidencia que, tras años de defender su
proyecto en varias cortes europeas, Colón tuviera éxito con los Reyes Católicos,
sedicentes defensores de los ideales cristianos en el escenario político internacional
de la Europa de fines de la Edad Media.
Debió haber sido muy fuerte la atracción generada por el proyecto de Colón
en el plano ideológico, pues se sabía que presentaba fallas técnicas, como lo
señalaron varias comisiones de expertos que estudiaron la propuesta. 71 Entre los
diversos argumentos y razones que convencieron a los Reyes Católicos para que
apoyaran el plan deben haber estado las circunstancias económicas y políticas en las
que España se encontraba al final del siglo XV. La posibilidad de entablar una alianza
con los mongoles contra el Islam había sido un anhelo característico de la política
cristiana a lo largo de gran parte de la Edad Media, como señalan las embajadas
papales de Pian del Carpine, Rubruquis, Montecorvino y Pordenone en los siglos XIII
y XIV. Las relaciones políticas españolas con el Lejano Oriente datan de principios del
siglo XV, cuando Enrique III de Castilla envió a sus emisarios por tierra en expedición
al emperador tártaro Tamerlán. Ruy González de Clavijo, en un relato de su viaje de
1403 a 1406 a través del reino tártaro en representación de su soberano, escribe
sobre la simpatía con la que él y otros castellanos fueron recibidos en su grupo. No
hay evidencia, sin embargo, de que se hubiesen hecho planes concretos para definir
una alianza. Aun así, la posibilidad de tal asociación siguió siendo un rasgo de la
política española hasta principios de la historia moderna. En una carta que ha llegado
a actuar de prólogo del Diario, Colón afirma explícitamente que establecer relaciones
con los príncipes orientales era un componente de importancia en la agenda política
de su primer viaje. Tales relaciones, como era de esperarse, implicaban la conversión
al Cristianismo de los príncipes en cuestión y Colón tuvo el cuidado de hacer notar
que la evangelización no sería por la fuerza sino por propia voluntad.
Los límites ideológicos de la empresa colombina delineados explícitamente en
el prólogo la sitúan a la par del proyecto de reconquista ibérico, que, tras siete siglos,
había culminado con éxito en el sitio de Granada. Pero la entrada del Diario del 26
de diciembre indica que el viaje había tenido un motivo religioso aún más ambicioso
en la mente de Colón: financiar una cruzada para liberar Jerusalén de los
musulmanes:

Y dize que espera en Dios que, a la buelta que él entendía hazer de Castilla, avía de hallar un tonel
de oro, que avrían resgatado los que avía de dexar, y que avrían hallado la mina del oro y la
espeçería, y aquello en tanta cantidad que los Reyes antes de tres años emprendiesen y adereçasen
para ir a conquistar la Casa Sancta, “que así”, dize él, “protesté a Vuestras Altezas que toda la
ganançia desta mi empresa se gastase en la conquista de Hierusalem, y Vuestras Altezas se rieron
y dixeron que les plazía, y que sin esto tenían aquella gana.” (Varela, 101)

Este pasaje es notable por su combinación de objetivos espirituales y materiales


asociados al viaje: el tonel de oro de las Indias para la conquista del Santo Sepulcro.
Tal composición de propósitos religiosos y seculares se evidencia a lo largo del Diario
cuando se refiere al destino del viaje y a la experiencia de su geografía. Originalmente
constituido como empresa comercial y embajada política a las Indias del Gran Khan
en el documento emitido por la Corona que en abril de 1492 pone en marcha la
empresa, el viaje comienza a adquirir fuertes matices religiosos en el Diario. Los
paisajes humanos y físicos descriptos por Colón pertenecen simultáneamente tanto
a una geografía política, práctica y materialista –Çipango, Zaitón, Quinsay; tierras de
“grandíssima suma de oro” 72– como a una geografía espiritual, orientada al sentido
analógico trascendental de la experiencia del viaje. Topónimos como San Salvador,
Santa María de la Concepción, Monte Cristo, Río de Gracia, Cabo Sancto, Valle del
Paraíso y Mar de Nuestra Señora dan nombre a una topografía caracterizada por sus
cualidades edénicas y habitada por:

gente de amor y sin cudiçia y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en
el mundo creo que no ay mejor gente ni mejor tierra. Ellos aman a sus próximos como a sí mismos,
y tienen una habla la más dulçe del mundo, y mansa y siempre con risa. (Varela, 98)

La identificación de la ubicación del Paraíso Terrenal en las inmediaciones de las


tierras descubiertas, anunciada el 21 de febrero durante el viaje de regreso, parece
constituir un final inevitable para el entre-tejido que pone en relación una geografía
paradisíaca simbólica y una geografía náutica “científica” y comercial a lo largo de
gran parte del Diario. 73
La experiencia de viaje, tal como se halla referida en el Diario, se halla definida
por un cronotopo constituido por medio de una cronología mayormente objetiva y
sistemática que vincula una secuencia de puntos reales en la trayectoria de
navegación con una geografía practicable. Aun así, la cartografía portulánea que
trama y traza el curso hacia y a través de las Indias no es de ninguna manera
perfecta. 74 Repetidamente, se quiebra a medida que el discurso adquiere una forma
subjetiva y simbólica, pues hace, del mapa verbal de Colón, una guía de navegación
errática y a veces incoherente. La Corona, en las cartas de septiembre de 1493,
inmediatamente señaló al Almirante que el relato del primer viaje, tal como fue
inicialmente presentado a la corte, había sido calificado de incomprensible y
necesitaba varios agregados.

Tierra de Gracia

Littera gesta docet:


quid credas allegoria;
moralis quid agas;
quo tendas anagogia.
Jean Gerson, In Decretis, citado por
Colón en el Libro de las profecías

[La enseñanza literal enseña hechos:


lo que debes creer, la alegoría;
la interpretación moral, cómo debes actuar;
la anagogía te dice adónde vas.]

La lamentable pérdida de los diarios del segundo, tercer y cuarto viaje hace difícil
rastrear el desarrollo de la cartografía textual del descubrimiento. En el Diario y en
las cartas del primer y segundo viaje, el cronotopo portulano de la exploración
describe el viaje a las Indias. El cronotopo espiritual de la peregrinación, sin embargo,
comienza a hacerse sentir una vez que Jerusalén y el Paraíso hacen su aparición en
el mapa verbal de Colón. Las Casas parece sugerir exactamente tal desarrollo en su
resumen-transcripción del Diario y en la “Relación del tercer viaje”. Cuando estos
textos son leídos de manera conjunta, como partes diferentes pero complementarias
del viaje más amplio de descubrimiento, se observa cómo la cartografía textual
portulánea, que prevalece en los relatos de los primeros viajes, es superada por una
estrategia cartográfica espiritual simbólica que, en los mappaemundi, sitúa la tierra
continental de Paria (descubierta durante el tercer viaje), en el mismo meridiano
ideológico que el del Paraíso y el de Jerusalén. Lo que de forma algo ostentosa fue
declarado como meta práctica en el Diario –que el oro y las especias de las Indias
solventarían la cruzada que reconquistaría Jerusalén de los musulmanes– es
expresado en términos más místicos a lo largo del relato del tercer viaje.
Muy temprano en la “Relación” de este viaje, Colón renombra la región
continental de Paria como Tierra de Gracia, procede a describirlo como “otro mundo”
y lo identifica explícitamente con tierras cuyo descubrimiento fue profetizado en el
Antiguo Testamento por el profeta Isaías. No queda claro exactamente en el texto a
qué profecías de Isaías se refiere Colón, pero esta vaga alusión se explica
posteriormente en una carta a doña Juana de la Torre, escrita en España a su retorno
del tercer viaje: “Del nuevo cielo y tierra que dezía Nuestro Padre por Sant Juan en
el Apocalipsi, después de dicho por boca de Isaías, me hizo mensajero y me amostró
aquella parte” (Varela, 264). El carácter profundamente místico de esta geografía
divinamente revelada es aclarado en los pasajes bíblicos aludidos por Colón, que
identifican el nuevo cielo y la nueva tierra como la Nueva Jerusalén. En el Antiguo
Testamento, la profecía de Isaías de la Nueva Jerusalén se define por un cronotopo
terrenal: el Mesías reinará sobre este mundo e iniciará un nuevo período en la Historia
de la humanidad. En la visión apocalíptica de San Juan, la Nueva Jerusalén, la Ciudad
Santa, funciona como símbolo de la salvación de la humanidad, posible por la
Segunda Venida y el fin de este mundo. 75 La profecía cristiana se ve caracterizada
por un cronotopo extramundano en el que el tiempo se vuelve eternidad y el Paraíso,
la morada de los fieles. En el libro del Apocalipsis, San Juan ofrece una lectura
alegórica de Isaías en la que la Jerusalén terrenal del judaísmo es tratada como
metáfora de la morada del alma redimida en la Ciudad Celestial. El sentido de la
misma frase, cuando es utilizada por Colón para designar su descubrimiento del
continente, debe entenderse en sentido simbólico. 76
Si uno sitúa la onomástica de Colón en el contexto de la cartografía textual
del tercer viaje, esta interpretación se torna más convincente. La tierra de Paria,
bautizada por Colón como “Tierra de Gracia” y a la que luego se refiere como “nuevo
cielo y tierra”, se vuelve significativa en el contexto de una trayectoria simbólica de
viaje que comenzó en España en el año de la caída de la última ciudad musulmana
ante los Reyes Católicos –Granada– y cuya culminación se proyectaba no con el
descubrimiento de las Indias sino con la posterior conquista de Jerusalén. En el Libro
de las Profecías (cuaderno de profecías recopiladas por Colón de varias fuentes, la
mayoría bíblicas) con la ayuda de su amigo Fray Gaspar Gorricio, el descubrimiento
del continente se interpreta como momento decisivo en un itinerario profético cuya
meta es espiritual. 77
Desde esta perspectiva, la propuesta de liberación de Jerusalén y su
restitución a la Cristiandad no es vista como un fin en sí mismo sino como un paso
esencial en un viaje místico colectivo cuyo destino (entendido analógicamente) es la
Nueva Jerusalén, la Ciudad Celestial profetizada en la Biblia. 78 Así como la Jerusalén
terrenal se recuperaría por medio de las Indias (es decir, a través de sus riquezas),
de la misma manera la Jerusalén celestial se obtendría por medio de la restauración
de Sión y de la evangelización del resto del mundo no cristiano. Se trataría de un
viaje profético que Colón habría creído iniciar por inspiración divina:

Ya dise que para la hesecuçión de la inpresa de las Indias no me aprovechó rasón ni matemática ni
mapamundos; Ilenamente se cunplió lo que dijo Isaías. Y esto es lo que deseo de escrevir aquí por
le redusir a Vuestras Altezas a memoria, y porque se alegren del otro que yo le diré de Jherusalem
por las mesmas autoridades, de la cual inpresa, si fee ay, tengan por muy cierto la victoria. (Varela,
280)

El Diario ya había sido explícito con respecto a este tema –el oro de las Indias liberaría
el Santo Sepulcro– y esta aseveración se reitera en la carta del 4 de marzo de 1493.
El mismo oro, como escribe Colón en el relato del cuarto viaje, también abriría las
puertas del Paraíso (Varela, 327), quizás como recompensa divina por haber servido
a la virtud de la caridad –así lo ha sugerido Varela– o, más probablemente, porque
habría sido útil para que España emprendiera una cruzada sagrada ç para liberar a
la misma Tierra Santa, empresa que sería financiada con las riquezas de las Indias.
En la cartografía textual del tercer viaje, las Indias no constituyen sólo un
camino simbólico hacia Jerusalén sino que también se hallan en las inmediaciones
del mismo Paraíso. Tal geografía tiene sentido solo en el contexto de un discurso
cartográfico paradigmático en el que las coordenadas espacio-temporales están
determinadas –más que empíricamente– ideológicamente. Colón describe la
trayectoria del viaje en su recorrido de oeste (España) a este (supuesto continente
asiático) como un ascenso por la pendiente de un hemisferio con forma de pera con
dirección al Paraíso Terrenal, situado en la cumbre misma en el punto más cercano
al cielo:

Yo no torno qu'el Paraíso Terrenal sea en forma de montaña áspera, como el escrivir d'ello nos
amuestra, salvo qu'él sea en el colmo, allí donde dixe la figura del peçón de la pera, y que poco a
poco andando hazia allí desde muy lejos se va subiendo a él. (Varela, 216)

Esta nueva interpretación cosmográfica, ofrecida como corrección a Ptolomeo y a


otros que creían que la Tierra era perfectamente redonda (teoría que Colón
consideraba aceptable para el Hemisferio Norte, al que describe como la base de la
pera), muestra justamente cuánto llegó a influir la geografía espiritual de los
mappaemundi en la imagen cartográfica que construyó Colón para representar el
Descubrimiento. En la “Relación del tercer viaje”, continúa desarrollando su teoría
cosmográfica hasta crear una elaborada topografía. Ganar la entrada al Paraíso –
declara– es imposible sin la intervención divina. 79 Aun así, mientras más se acerca
uno al Paraíso, más manifiesta se torna su influencia. Las cualidades paradisíacas de
los paisajes humanos y naturales se intensifican a medida que Colón se acerca a esa
parte de la tierra que es, de acuerdo con la “relación”, “más propincua y noble al
cielo”:

cuando yo llegué a la isla de la Trinidad, adonde la estrella del Norte, en anocheciendo, también se
me alçava cinco grados, allí en la tierra de Gracia hallé temperançia suavíssima, y las tierras y
árboles muy verdes y tan hermosos como en Abril en la güertas de Valencia, y la gente de allí de
muy linda estatura y blancos más que otros que aya visto en las Indias, e los cabellos muy largos
e llanos, e gente más astuta e de mayor ingenio, e no cobardes. Entonces era el sol en Virgen,
ençima de nuestras cabezas e suyas. Ansí que todo esto proçede por la suavíssima temperançia
que allí es, la cual procede por estar más alto en el mundo. (Varela, 214)
La trayectoria del viaje, descripta por Colón como un ascenso por la pendiente de la
tierra hacia el punto más alto en el extremo Oriente, puede leerse alegóricamente
como un ascenso espiritual al Paraíso o a la Jerusalén celestial. Por lo tanto, el viaje
de descubrimiento se inscribe simultáneamente en una cartografía textual que señala
las coordenadas de una navegación mundana de exploración y comercio desde
España al continente de las Indias (Paria), narrada en forma similar a un roteiro en
los relatos del primer y segundo viajes y en los fragmentos que se conservan del
diario del tercer viaje, y en un “mapeo” predominantemente místico en la “Relación”,
que simbólicamente interpreta el itinerario del viaje como ascenso espiritual hacia la
Jerusalén celeste que atraviesa una geografía caracterizada por su extramundanidad.
La meta última de esta trayectoria –marcada por nombres cargados de espiritualidad
como “Isla de la Trinidad”, “Tierra de Gracia” y “Paraíso terrenal”– es la reconquista
de la Jerusalén terrenal, entendida como promesa analógica de la Ciudad Celestial.
El profundo simbolismo religioso de tales nombres sugiere que la frase “otro mundo”,
que tanto ha puesto a trabajar a los estudiosos del Descubrimiento, posee fuertes
connotaciones místicas, al igual que sucede en los discursos de peregrinación. El
descubrimiento del continente es narrado en un discurso extramundano con
reminiscencias de los relatos medievales sobre viajes místicos a sitios tan fuera de
este mundo como el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, que –como expresa Cesare
Segre– eran el “pan de cada día” de los fieles de la Edad Media. 80
Una cartografía textual similar se halla en los Viajes de Mandeville, quizás el
libro de viaje más leído en la Edad Media, bien conocido por Colón. La peregrinatione
de Mandeville lo transportó a Jerusalén hasta alcanzar los alrededores del “Paraíso
Terrenal”. El destino simbólico de Colón en la “Relación” también era el Paraíso, la
meta última de todo peregrino, donde la unidad espiritual con la divinidad era la más
grande recompensa del viaje terrenal. Aunque ninguno de los dos viajeros ingresa
en el lugar sagrado en sus viajes, cada uno narra la historia de un viaje
extramundano que atraviesa una geografía cargada de significación espiritual.
El texto de Mandeville combina el género de la peregrinación con el de la
expedición evangelizadora o mercantil con dirección a Oriente para constituir lo que
ha sido descripto como obra de propaganda para una nueva cruzada que liberase la
Tierra Santa. Como explica Campbell, el origen del viaje de Mandeville, tanto en el
espacio como el tiempo, es el “Occidente caído”. Con el tiempo, prosigue hasta las
puertas del Paraíso terrenal en el extremo oriental, “de vuelta a un lugar y tiempo
prelapsarios a medida que nos lleva al punto cardinal geográficamente opuesto a
Inglaterra en el extremo occidental” (145). La descripción de Mandeville de su
aproximación al Paraíso, lugar que –aclara– no alcanza a contemplar, pero del que
oyó de ciertos “sabios de una tierra lejana”, es tan elaborada, específica e
intensamente sensorial que virtualmente recrea la inmediatez de la experiencia real
(aunque Mandeville mismo probablemente haya sido un viajero de sillón):

El Paraíso Terrenal, como dicen los sabios, es el lugar más alto de la tierra, esto es en todo el
mundo [...] Y en el lugar más alto del Paraíso, incluso en el lugar del medio, hay un pozo del que
manan las cuatro inundaciones [ríos] que fluyen por diversas tierras [...] Y los hombres ahí dicen
que todas las aguas dulces del mundo, arriba y abajo, nacen en el pozo del Paraíso, y de ese pozo
todas las aguas van y vienen [...]

Y entenderás que ningún hombre mortal puede acercarse al Paraíso [...] Pues las aguas corren con
tal fuerza y velocidad, porque bajan tan terriblemente de los altos lugares, que corren olas tan
grandes, que ninguna nave puede a remo o vela las puede cruzar. Y el agua ruge tanto, y hace tal
ruido y tempestad, que ningún hombre podría oír al otro en la nave, aunque gritara con toda la
maña posible en la voz más alta que pudiese. Muchos grandes señores han ensayado con gran
voluntad, muchas veces, cruzar esos ríos hasta el Paraíso, con grandes compañías. Pero no pudieron
avanzar en su viaje. Y muchos murieron de cansancio remando contra esas fuertes olas. Y muchos
quedaron ciegos, y muchos sordos, por el ruido del agua. Y algunos perecieron y desaparecieron
en las olas. Pues ningún mortal puede acercarse a ese lugar, sin gracia especial de Dios. 81
La trayectoria del viaje de Mandeville lo lleva “directo hacia el este”, a través de
Tierra Santa y Jerusalén y más allá de las tierras e islas cristianas y de los desiertos
del legendario reino del Preste Juan, más allá también de la “región oscura” y hacia
la zona del Paraíso. Colón, por su parte, viajó hacia el oeste rodeando el Paraíso en
su camino figural hacia las Jerusalenes terrenal y celeste. Su descripción del paisaje
es notablemente similar a la que ofrece Mandeville, aunque su viaje hacia el oeste es
la inversión exacta del viaje hacia el este de Mandeville. Pero, a diferencia de éste,
Colón parece aproximarse al Paraíso con la bendición de Dios, a pesar de los peligros
que encontró:

Cuando yo llegué a esta punta del Arenal, allí se haze una boca grande de dos leguas de Poniente
a Levante la isla de la Trinidad con la tierra de Gracia, y que, para aver de entrar dentro para passar
al Septentrión, avía unos hileros de corriente que atravesavan aquella boca y traían un rugir muy
grande, y creí yo que sería un arreçife de baxos e peñas, por el cual no se podría entrar dentro en
ella. Y detrás deste hilero avía otro y otro, que todos traían un rugir grande como ola de mar que
va a romper y dar en peñas. Surgí allí a la dicha punta del Arenal fuera de la dicha boca, y fallé que
venía el agua del Oriente fasta el Poniente con tanta furia como haze Guadalquivir en tiempo de
avenida, y esto de contino, noche y día, que creí que no podría bolver atrás, por la corriente, ni ir
adelante, por los baxos. Y en la noche, ya muy tarde, estando al bordo de la nao oí un rugir terrible
que venía de parte del austro hazia la nao, y me paré a mirar y vi levantando la mar de Poniente a
Levante, en manera de una loma tan alta como la nao, y todavía venía hazia mí poco a poco y
ençima d'ella venía un filero de corriente que venía rugiendo con muy grande estrépito, con aquella
furia de aquel rugir [ ] que [ ] de los otros hileros que yo dixe que me pareçían ondas de mar que
davan en peñas, que oy en día tengo el miedo en el cuerpo que no me trabucasen la nao cuando
llegasen debaxo d'ella. Y passó y llegó fasta la boca, adonde allí se detuvo grande espaçio.
Y el otro día siguiente enbié las barcas a sondar, y hallé en el más baxo de la boca que avía seis o
siete braças de fondo, y de contino andavan aquellos hileros, unos por entrar y otros por salir. Y
plugo a Nuestro Señor de me dar buen tiempo, y atravesé por esa boca adentro; y luego hallé
tranquilidad.
(Varela, 208)

A continuación, ingresó en otra “boca” similar, aunque más estrecha. Todavía en


viaje hacia el oeste, encontró agua aun más fresca y más agradable. Y, tras viajar
una gran distancia, en esa misma dirección, dice: “hallé unas tierras las más
hermosas del mundo y muy pobladas.... Llamé a este lugar Jardines”. Más allá de los
Jardines había una gran bahía que cercaba la boca del río Orinoco.
Aquí, la misma narración de la navegación está claramente subordinada a una
interpretación del sentido simbólico de la empresa. Incluso, los fragmentos de texto
que relatan el progreso físico de la flota a través de una cronología precisa, la
descripción de las costas, el registro de las distancias recorridas, de los vientos, de
las corrientes y demás son subsumidos a un discurso cada vez más simbólico. En
efecto, ciertos remolinos hermenéuticos frenan en esta instancia el flujo narrativo. El
inicio del viaje, por ejemplo, es relatado en al menos tres ocasiones distintas y desde
perspectivas diferentes; pero la finalización del viaje –la llegada de la flota a la
Española, donde esperaban con ansias las provisiones y donde Colón escribió el
relato– es apenas mencionada.
En este punto del viaje, la navegación se detiene en la costa de Tierra de
Gracia, sitio del Paraíso Terrenal. La nave va a la deriva sin poder evitarlo arrastrada
por una implacable corriente de agua dulce que le impide alejarse del continente y
dirigirse a la Española:

Y ansí levanté las anclas y torné atrás para salir al Norte por la boca que arriba dixe, y no pude
bolver por la población adonde yo avía estado por causa de las corrientes que me habían desviado
d'ella. Y siempre en todo cabo hallava el agua dulce y clara, y que me llevava al Oriente muy rezio
fazia las dos bocas que arriba dixe. (Varela, 211)

La descripción del inexorable empuje hacia el este de las corrientes que se presentan
oponiéndose al esfuerzo de la flota por navegar hacia el norte marca el final del relato
de exploración y el inicio de la sección hermenéutica de la “Relación”, que comprende
la mayor parte de la segunda mitad del texto. A partir de este momento, el discurso
también se dirige irresistiblemente a la deriva con dirección este, hacia el Paraíso, y
con esto deja atrás la topografía real para describir un espacio caracterizado
simbólicamente y constituir una geografía espiritual de profunda significación mística.
“Y entonces conjeturé” da inicio a la extensa parte interpretativa del texto
dedicada a exponer la importancia de un continente recién hallado y la “tan noble
empresa” de descubrimiento. La elección del verbo “conjeturar” coloca en una vena
hermenéutica todo lo que queda del texto a continuación. Las conjeturas de Colón se
inician con una observación cartográfica: cómo explicar las relaciones topográficas
entre la isla de la Trinidad, la Tierra de Gracia y el golfo de agua dulce que se
encuentra entre ellas, sitios que él trató de representar para Isabel y Fernando en el
mapa que acompañaba la “relación”. Pero lo que al principio parece ser una
observación hidrográfica –que el agua del golfo es dulce y fluye hacia el este,
mientras que el agua fuera del golfo es salada– se trata tan solo de la primera de
una serie de observaciones empíricas acerca de fenómenos naturales que son
descifrados por Colón como signos con un sentido místico. Basado en la autoridad de
las Escrituras, en ciertos teólogos escogidos y en el panteón usual de maestros
seculares (Aristóteles, Plinio, Séneca, d’Ailly, de Lira y demás), Colón interpreta que
el agua dulce del golfo se origina en la fuente del Paraíso Terrenal, origen éste de los
cuatro grandes ríos. Además, la explicación literal empírica –que un río grande
ingresa en el golfo–, aunque previamente es ofrecida por Colón en el relato, es
rechazada en esta instancia sobre la base de que no cree que un río tan ancho y
profundo haya sido visto antes:

Grandes indiçios son estos del Paraíso Terrenal, porqu’el sitio es conforme a la opinión d'estos
sanctos e sacros theólogos. Y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que
tanta cantidad de agua dulçe fuese así adentro e vezina con la salada; y en ello ayuda asimismo la
suavíssima temperançia. Y si de allí del Paraíso no sale, pareçe aún mayor maravilla, porque no
creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo. (Varela, 216)

Tradicionalmente, la “relación” de Colón se ha leído como un simple resumen del


diario perdido del tercer viaje. 82 Sin embargo, las profundas diferencias entre ese
relato y el del primer viaje en el Diario o, incluso, entre ese texto y sus versiones
epistolares, indican que los textos no fueron inspirados únicamente por convenciones
genéricas distintas (la relación y el diario) sino también por prácticas discursivas
fundamentalmente distintas. Mientras que el relato del primer viaje enfatiza las
propiedades de la escritura para registrar la experiencia de acuerdo con una
estrategia narrativa de características portuláneas en la que el viaje se desarrolla
sintagmáticamente –progresando de forma lineal a través de los paisajes marinos y
terrestres– la “Relación” contiene una exégesis del Descubrimiento y un paradigma
del viaje.
A lo largo de los cuatro viajes, lo profético y lo milagroso llegan a asumir un
rol cada vez más importante en la definición de la experiencia del espacio de Colón.
La búsqueda secular de oro y especias pasa a un lugar secundario respecto de la
búsqueda espiritual de redención y salvación. Como nos recuerda Leonardo Olschki,
la intuición de lo empírico en la cultura medieval era secundaria y rudimentaria
comparada con el impulso a considerar, primero y principalmente, el sentido
simbólico u oculto de las cosas, 83 y la escritura tardía de Colón refleja cada vez más
la tendencia medieval a favorecer la geografía ideológica por sobre la experiencia
geográfica empírica. Las observaciones científicas, tales como la desviación de la
brújula magnética, el cálculo de los eclipses lunares, la naturaleza de las corrientes
ecuatoriales y los fenómenos astronómicos, están subordinadas a los topoi de la
geografía espiritual dogmática que influyó gran parte de la cartografía medieval. En
los párrafos finales del relato del Descubrimiento del continente, el rechazo
aparentemente inconcebible de las explicaciones de base empírica acerca de la fuente
del Río Orinoco en favor de una interpretación místicamente influida no es un
momento excepcional o anómalo en la historia del viaje. Por el contrario, marca un
punto decisivo en un itinerario cuyos lugares simbolizaban etapas en el conocimiento
del viajero de un mundo Otro. 84 La historia del viaje de Descubrimiento no consistió,
en última instancia, en el hallazgo de un lugar desconocido sino en la revelación de
la trascendencia de viajar a un lugar profetizado.

Vernán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los quales el mar Ocçeano afloxerá los
atamentos de las cosas, y se abrirá una grande tierra, y un nuebo marinero como aquél que fué
guya de Jasón, que obe nombre Tiphi, descobrirá nuebo mundo, y entonces non será la ysla Tille la
postrera de las tierras. (de Lollis, 2:141) 85

1
Una excepción notable es el capítulo de Mary J. Campbell sobre “Carta a Sánchez” (es decir, “Carta a
Sanctángel”) y “Journal” (es decir, el Diario) de Colón en The Witness and the Other World: Exotic
European Travel Writing, 400-1600 (Ithaca: Cornell University Press, 1988). Campbell considera que estos
textos han sido influidos por el género literario del romance.
2
Hayden White, Dominick LaCapra y Hans Kellner, entre otros, han mostrado cómo el estudio del texto
histórico mejora si éste es considerado un relato sobre el pasado. Ver, por ejemplo, las obras de estos
autores citadas en la bibliografía.
3
Paul Carter, The Road to Botany Bay: An Exploration of Landscape and History (Chicago: University of
Chicago Press, 1987), 69. [La traducción pertenece al traductor de Leer a Colón]
4
Michel de Certeau propone una noción similar y argumenta que los relatos constituyen “lenguajes
simbólicos del espacio” (The Practice of Everyday Life, trad. de Steven F. Rendall [Berkeley: University of
California Press, 1984]). Yo prefiero aquí la formulación de Carter por su especificidad mayor. El argumento
de De Certeau de que cada historia es una historia de viaje –“una práctica espacial”– borra lo que a mi
parecer es una distinción fundamental entre las historias que se refieren a un viaje y las que no.
5
“Christoferens”, del latín fero (llevar, hablar de, soportar, esparcir en el extranjero). Alain Milhou ofrece
un estudio detallado del contexto ideológico que, según su argumentación, explica por qué Colón asume
este nombre particular; ver su Colón y su mentalidad mesiánica en el ambiente franciscanista
español (Valladolid: Seminario Americanista de la Universidad de Valladolid, 1983), esp. 55-90.
6
El paradigma clásico es la geografía errante de Heródoto, el geógrafo-viajero del siglo V a.C., no
Eratóstenes de Cirene, quien escribió un tratado geográfico en el siglo 3 a.C.
7
Michel Butor, "Travel and Writing", Mosaic 8 (1974):1-16.
8
Samuel Eliot Morison, citando a Franco Machado, nos recuerda que, en la literatura portuguesa de
exploración del siglo XV, descobrir podría tener cualquiera de las siguientes acepciones: encontrar una
tierra de la que se tenía conocimiento, aunque vago o erróneo; encontrar un lugar cuya existencia se
ignoraba (el sentido moderno predominante); y explorar un territorio hallado con anterioridad (Portuguese
Voyages to America in the Fifteenth Century [Cambridge: Harvard University Press, 1940], 143-44). Todas
estas connotaciones implican, como se puede notar, la adquisición de conocimiento sobre un lugar
constituido inicialmente como un enigma. Así, en la literatura de exploración, escribir sobre un lugar es
hacer conocido lo que inicialmente se encontraba desconocido, pues de este modo se lo inscribe en los
discursos culturales que lo vuelven familiar y, así, se lo vuelve “pensable”. Nombrar es, sobre todo, una
manera de pensar sobre un lugar al ponerlo en contexto y en relación con otros nombres y así, en palabras
de Paul Carter, transformarlo en “un lugar que podría ser comunicado”.
9
La bibliografía sobre el Descubrimiento se encuentra dominada por la discusión acerca de qué pensó
Colón sobre sus hallazgos, de si acaso se dio cuenta de que el continente era en “nuevo mundo” y acerca
de lo que significaba esa frase en su tiempo. En contraste, me preocupo por la manera en que fue escrito
el Descubrimiento, mi ensayo propone una lectura y no la historia de una idea. De esta manera, no
declararé que Colón escribió sobre un destino conocido por él (como han argumentado algunos) sino, más
bien –y esta es una distinción esencial–, que la escritura colombina se refiere al destino como si fuese algo
ya conocido.
10
Mikhail M. Bakhtin, “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela” en Teoría y estética de la
novela, trad. de Helena Kriúkova y Vicente Cazcarra (Madrid: Taurus, 1989), 237-408. Bakhtin sostiene
que el cronotopo es responsable de generar significado al definir las características espacio-temporales de
género y, por lo tanto, las condiciones para los procesos y los episodios del texto.
11
La frase está tomada de Steven Hutchinson, Cervantine Journeys (Madison: University of Wisconsin
Press, 1992), 84.
12
Una noción similar de tiempo es evidente en la literatura de viaje no religioso de la Edad Media española,
como la Embajada a Tamorlán de Clavijo o las Andanzas de Tafur, así lo hace notar Bárbara W. Fick en El
libro de viajes en la España medieval (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1976).
13
El texto de Pierre d’Ailly y las anotaciones marginales de Colón están disponibles en una edición bilingüe
latín-francés, Ymago Mundi, 3 vols., ed. de Edmond Buron (Paris: Maisonneuve Frèes, 1930). La copia que
perteneció a Colón se preserva en la Biblioteca Colombina, en Sevilla.
14
Samuel Y. Edgerton, Jr., “From Matrix to Mappaemundi to Christian Empire: The Heritage of Ptolemaic
Cartography in the Renaissance” en Art and Cartography: Six Historical Essays, ed. de David Woodward
(Chicago: University of Chicago Press, 1987), 10-50. [La traducción pertenece al traductor de Leer a
Colón]
15
Para un estudio general sobre la influencia de Ptolomeo en Colón, ver George E. Nunn, The Geographical
Conceptions of Columbus: A Critical Consideration of Four Problems (New York: American Geographical
Society, 1924), esp. 54-90.
16
David Woodward, "Medieval Mappaemundi" en The History of Cartography , ed. de J. B. Harley and
David Woodward (Chicago: University of Chicago Press, 1987), 1:2-86-370.
17
Sobre la relación entre la carta portulana y el portulano, ver Armando Cortesão, History of Portuguese
Cartography, vol. 1 (Coimbra: Junta de lnvestigações do Ultramar, 1969).
18
Tony Campbell, “Portolan Charts from the Late Thirteenth Century to 1500” en The History of
Cartography , ed. de J. B. Harley and David Woodward (Chicago: University of Chicago Press, 1987),
1:371-463. Para un excelente resumen sobre el desarrollo e interpretación de la cartografía portulana, ver
Yoko K. Fall, “Les cartes a rumbs et leur utilisation au XIV et au XV siècle”, Studia 47 (1989): 23-39.
19
Morison, Admiral of the Ocean Sea (Boston: Little, Brown, 1942), 286. Una carta portulana que se
encuentra en la Bibliothièque Nationale de Paris ha sido atribuida a Colón, aunque dicha atribución no ha
sido ampliamente aceptada; ver Harley y Woodward, History of Cartography, 1:452. Varios comentarios
en el Diario sugieren que Colón elaboró o dirigió la elaboración de varias de las “cartas de navegar”; ver,
por ejemplo, el prólogo al Diario (Varela, 17) y las entradas del Diario del 25 de septiembre y 3 de octubre
(Varela, 24,26). Muchos contemporáneos de Colón testificaron haber visto una carta colombina del viaje
a Paria y al continente sudamericano; entre estos testigos, se encontraba el navegante y cartógrafo Alonso
de Hojeda, que capitaneó la expedición posterior a la misma zona y en la que participó Vespucio. Ver Paolo
Revelli, Cristoforo Colombo e la scuola cartografica genovese (Genova: Consiglio Nazionale delle Ricerche,
1937), 227.
20
Juan de la Cosa fue piloto en el primer y segundo viajes de Colón. Para una reproducción de su mapa,
ver J. B. Harley, Maps and the Columbian Encounter (Milwaukee: Golda Meir Library of the University of
Wisconsin, 1990), 60.
21
Citado por David Woodward, “Medieval Mappaemundi” en The History of Cartography, 287.
22
He tomado el término “cartografía textual” de Tom Conley, "Montaigne and the Indies: Cartographies
of the New World en Essais, 1580-88" en 1492-1992: Re/Discovering Colonial Writing (Minneapolis:
Prisma Institute, 1989), 223-62.
23
Hay abundante evidencia de que Colón poseía conocimientos del oficio de cartógrafo. Oviedo, en la
Historia General, explica que el Almirante se había ganado la vida dibujando cartas de navegación (L. 1,
cap. 4). Fernando, en el capítulo 7 de Vida, cuenta que su padre le mandó a Toscanelli una esfera pequeña
para evidenciar sus teorías geográficas. Las Casas también subraya las habilidades cartográficas de Colón
y cita pruebas encontradas en los textos colombinos. Revelli se refiere a varios testimonios de testigos
que vieron la carta portulánea de Colón del tercer viaje; ver Revelli, Cristoforo Colombo, 227. Hojeda,
quien aparentemente se sirvió de las indicaciones de Colón para su primer viaje al continente, describe la
carta como “carta de marear los rumbos y vientos por donde [Colón] había llegado a la Paria” (Revelli,
227). Esta carta es probablemente la misma que Colón prometió a la Corona en la “Relación del tercer
viaje” (Varela, 219).
24
Revelli, Cristoforo Colombo, 226.
25
Ver Portuguese Voyages and Admiral of the Ocean Sea, cap. 4, de Morison y también Avelino Teixeira
da Mota, O essencial sobre Cristovão Colombo e os portugueses (Lisboa: Imprensa Nacional-Casa de
Moeda, 1987).
26
Alonso de Chaves y el libro IV de su "Espejo de navegantes”, ed. de P. Castañeda, M. Cuesta y P.
Hernández (Madrid: Industrias Gráficas España, 1977).
27
G. Pereira recopiló estas hojas de ruta en Roteiros portuguezes da viagem de Lisboa a India nos séculos
XVI e XVII (Lisboa: Imprensa Nacional, 1898).
28
Para un resumen de las instrucciones de Veen, ver João Rocha Pinto, A viagem: Memória e
espaço (Lisboa: Livraria Sá Da Costa Editora, 1989), 64-65.
29
O manuscrito "Valentim Fernandes”, ed. de António Baião (Lisboa: Academia Portuguesa da Historia,
1939). Ver también Avelino Teixeira da Mota, Evolução dos roteiros portugueses durante o século
XVI (Coimbra: Revista da Universidade de Coimbra, 1969).
30
El texto de Garcie no se publicó hasta principios del siglo XVI. David W. Waters lo describe como “una
obra impresionante de escritura objetiva, fáctica y científica” en The Rutters of the Sea: The Sailing
Directions of Pierre Garcie (New Haven: Yale University Press, 1967), 9.
31
Campbell nota un contraste interesante entre el diario colombino, que enfatiza los aspectos psicológicos
de la descripción y el relato de Marco Polo de sus viajes al Lejano Oriente (texto que Colón leyó y anotó
profusamente), en el que la descripción toma una forma anunciadora; ver Campbell, The Witness and the
Other World , 194.
32
Duarte Pacheco Pereira, Esmeraldo de situ orbis (Lisboa: Imprensa Nacional, 1892). Sobre las
“Navegações” de Ca' da Mosto y la “Carta” de Usodimare, ver As viagens dos Descobrimentos, ed. de
José Manuel García (Lisboa: Editorial Presença, n.d.), 73-146.
33
En su prólogo, Pacheco describe su obra como un libro sobre “cosmografia e marinharia”, pero discute
también “a natureza da jente desta ethiopia & ho seu modo de viver & asy direi do comercio que nesta
terra pode haver”.
34
Es poco probable que estos relatos de viaje de principios del siglo XVI hayan sido influidos por el Diario
o su fuente, que obviamente no circuló por razones de seguridad. El Diario y la Historia de las Indias, que
contenía muchas y largas citas de él, no fueron publicados hasta el siglo XIX.
35
Para un estudio de la tendencia a temporalizar las relaciones espaciales en el desarrollo de las teorías
científicas del espacio, ver A. M. Amorim, “Temporalização do espaço versus espacialização do
tempo”, Revista da Universidade de Coimbra 29 (1984): 259-70.
36
La temporalización del espacio era, por supuesto, un lugar común en la escritura histórica, pero era
claramente un fenómeno nuevo en los escritos de viajes náuticos a fines del siglo XV y durante el siglo
XVI.
37
Alvise Ca' da Mosto, “Navegações” en García, As viagens dos Descobrimentos, 73-138.
38
Referencias al Diario en la Vida del Almirante de Fernando confirman también esta filiación con el roteiro.
39
Campbell, The Witness and the Other World, 27 [la traducción al castellano pertenece al traductor de
Leer a Colón]. Es precisamente esta distinción la que me lleva a estar en desacuerdo con el argumento de
Rocha Pinto de que simplemente la introducción de una cronología estricta en los escritos náuticos de
mediados del siglo XVI constituya una “temporalización del espacio” ausente en textos anteriores.
40
Walter J. Ong nos recuerda que la escritura más antigua que se conoce, la cuneiforme de los sumerios
(c. 3500 a.C.), servía mayormente para guardar un registro. En contraste, las narraciones escritas más
antiguas son textos bíblicos que, aunque también estaban destinados al registro, no están diseñados como
listas sino como reconstrucciones de secuencias coherentes de hechos. Ong argumenta que los orígenes
de la narración son orales, a diferencia de la lista, que parece haberse originado con la escritura; de hecho,
la escritura parece haber surgido para hacer posibles las listas. Su teoría se apoya en la capacidad de la
narración, oral o escrita, de relatar episodios de forma tal de comunicar la experiencia de esos episodios.
Mientras que la lista es una forma de preservar la información, la narración, al establecer relaciones
coherentes entre los episodios, es una forma de registro y de comprender las experiencias; ver su Orality
and Literacy: The Technologizing of the Word (London: Methuen, 1982), 99.
41
Carta 71 (5 de septiembre de 1493) en Fernández de Navarrete, 2: 131-33.
42
Las Casas trabajó con una copia del texto original. No queda claro cuál ha sido su fuente, pero
seguramente tuvo acceso a una copia de aquel texto en los archivos de la familia Colón (Varela, xvi-xvii).
El texto está plagado de interpolaciones anacrónicas; si fueron introducidas por Las Casas o por alguien
más, es imposible de determinar en la mayoría de los casos. Ver los dos primeros ensayos en este
volumen, “Este presente año de 1492” y “Todas son palabras formales del Almirante” para una discusión
acerca del problema.
43
La primera mención de la existencia de una bitácora de piloto autónoma en forma de diario, de acuerdo
con Rocha Pinto (A viagem, 127), es el testimonio de un piloto portugués anónimo (c. 1531-1550) que
dice: “Noi pilotti portoghesi abbiamo un libro ordinario, dove notiami a giorno per giorno il viaggio que
facciamo, e per qual vento, e in quanti gradi di declinazion è il sole” (citado por Giovanni Battista
Ramusio, Navigazioni e Viaggi , 6 vols, ed. de Marica Milanesi [Torino: Giulio Einaudi Editore, 1978-80].
Nótese, sin embargo, que el término “libro ordinario” se acerca a la expresión de Las Casas, “libro de
navegación y descubrimiento”, y a la más general de la Corona “este vuestro libro” al referirse al texto –
mucho más antiguo– de Colón. De este modo, el ejemplo del portugués anónimo apenas parece definitorio
para establecer las características o la fecha de un nuevo género. Más probablemente, el viejo término
portugués livro a navegar se refería a un tipo de texto que compartía muchas características técnicas con
el diario de bordo. El Dicionário da linguageni de Marinha antiga e actual (Lisboa: Centro de Estudos
Históricos e Cartografia Antiga, 1990) define “livro a navegar” como un libro en el que se recogía
información relevante para la navegación observada durante su vigilia de cuatro horas, como direcciones,
distancia viajada, hora y tierras avistadas.
44
Rocha Pinto concluye que la organización sistemática de la navegación a lo largo de líneas cronológicas
propia del diario de bordo fue un adelanto de mediados del siglo XVI. Claramente, la evidencia del Diario
de Colón o refuta esta aseveración o, si Rocha Pinto está en lo cierto, debe considerarse una innovación
sin precedentes y una anomalía en el contexto de la literatura náutica. Quizás una explicación más
plausible de la aparente contradicción es que todos los textos anteriores a 1550 que Rocha Pinto examinó
y que no mantenían una cronología estricta de la navegación se hallaban relacionados con los viajes a la
India llevados a cabo por los portugueses, principalmente en aguas costeras y a menudo con tierra a la
vista. La presencia de una cronología sistemática en los escritos náuticos es más probablemente producto
de la necesidad de registrar reparaciones regulares durante los largos períodos de navegación en altamar.
A diferencia de sus predecesores portugueses, por supuesto, Colón navegaba en medio del océano, sin
tierra a la vista.
45
Revelli (226-27) notó la unicidad del diario al respecto, por lo que consideró que se trataba del primer
diario que se conoce.
46
Por ejemplo, consideremos las referencias espaciales “erróneas” ofrecidas en el Diario, que localizaban
a la Española y a Cuba a los 26º N, en línea con la Isla del Hierro y las Canarias españolas, en vez de en
20º N, longitud correcta, pero más cercana a los territorios portugueses. Claramente, como ha observado
Henige, la conveniencia política, y no la exactitud geográfica, dictaban las cifras de esta ubicación; ver
Henige, In Search of Columbus, 115.
47
Pintar en este contexto significa “dibujar sobre un mapa o carta”. De manera similar, pintura era
sinónimo de “mapa” o “carta” en la terminología náutica de la cuenca del mediterráneo; ver Dicionário da
linguagem de Marinha antiga e actual.
48
Mientras que los roteiros contenían indicaciones detalladas y específicas de navegación, que incluían
información sobre puntos de interés, profundidades y corrientes, los livros de marinharia eran
“compilaciones heterogéneas derivadas de anotaciones acumuladas por pilotos, en las que registraban
toda la información que pudiese valer la pena para la práctica de sus profesiones” y los livros de armacão
contenían registros de bienes o de equipo llevado a bordo; Portugal-Brazil: The Age of the Atlantic
Discoveries, ed. de Max Justo Guedes y Gerald Lombardi (Lisbon: Bertrand Editora, 1990), 227.
49
La naturaleza inusualmente híbrida del Diario sugiere que pudo haber sido una amalgama de varios
tipos diferentes de textos originalmente escritos a bordo y luego resumidos por Colón para dar forma a lo
que conocemos hoy como el Diario. Al respecto, el Diario trae al recuerdo el Esmeraldo de Pacheco Pereira
y las "Navegaçães" de Ca' da Mosto, ninguno de los cuales, sin embargo, hubiese estado a disposición de
Colón antes de 1492-93.
50
Existe cierta controversia en relación con la autoría de la “Carta a Luis de Santángel” (que existe también
en una versión casi idéntica dirigida a Rafael [sic, por Gabriel] Sánchez). Ver el capítulo “Leer a Colón”,
antes en este volumen.
51
Antes de que Rumeu publicase el Libro Copiador en 1989, los únicos relatos de testigos del segundo
viaje eran los de Michele de Cuneo, viejo amigo de Colón, Guillermo Coma, un voluntario, y el Dr. Diego
Álvarez Cancha, el médico de la expedición, que navegó con la flota en 1943. Las cuatro relaciones del
segundo viaje están fechadas en junio de 1494, el 20 de abril de 1494, el 26 de febrero de 1945, y el 15
de octubre de 1495. De este período, datan también tres pedidos de Colón, “Memorial a Antonio Torres”
(30 de enero de 1494), “Memorial de la Mejorada” (julio de 1497) y “Memorial a los Reyes sobre la
población de las Indias”, sin fecha. Con las relaciones, comprenden la declaración más completa de la que
disponemos sobre el desarrollo temprano de la política colonial de las Indias.
52
Sobre el texto de las instrucciones a Colón para el segundo y tercer viaje, ver Morison, 199-202 y 307-
10.
53
The Letters of Amerigo Vespucci and Other Documents Illustrative of His Career, trad. de Clement R.
Markham (London: Hakluyt Society, 1944), 42 [la traducción al castellano pertenece al traductor de Leer
a Colón].
54
El texto italiano declara: “questa mia ultima navigatione he dechiarato, conciosa che in quelle parte
meridionala el continente io havia retrovato de più frequenti populi et animali havitato de la nostra Europa
o vero Asia o vero Affrica, et ancora l'aere più temperato et ameno che in que banda altra regione da nui
cognosciute, como de sotto intenderai”; citado por Edmundo O'Gorman, The Invention of
America (Bloomington: Indiana University Press, 1961), 166.
55
Varias exploraciones del continente hallado por Colón en 1498 fueron llevadas a cabo antes de la carta
de Vespucio en la que afirmaba haberlo descubierto, incluidas las expediciones de Ojeda (1499), Yañez
Pinzón (1500) y Cabral (1500). La última dio por resultado el descubrimiento de Brasil. Uno de los
miembros de la expedición de Cabral, Pero Vaz de Caminha, la describió al rey de Portugal en una carta
fechada el primero de mayo de 1500.
56
La carta fue escrita alrededor del 18 de octubre de 1498. La traducción es de O'Gorman, The Invention
of America, 100.
57
El argumento más elaborado para negar a Colón el “descubrimiento” de América es de O’Gorman y se
halla en su libro The Invention of America.
58
Se hacen referencias explícitas a las Indias como sitio del Paraíso Terrenal en la entrada del 21 de
febrero del Diario y en la “Relación del tercer viaje”.
59
Compárese Hutchinson, Cervantine Journeys, 84: “No hace falta decir que los lugares no son cáscaras
físicas vacías sino ubicaciones de la experiencia o de la existencia en los que la interacción no solo ‘toma
lugar’ sino que se ‘hace lugar’”.
60
En el Diario, el sustantivo aparece una vez –“quando venía al descubrimiento” (15 de enero)–, pero es
una paráfrasis en tercera persona de las Casas y es imposible determinar su forma original. Dunn y Kelley
lo han traducido como “when he came (on the voyage of) discovery” (341, [cuando venía (en el viaje de)
descubrimiento]), pero una traducción más idiomática sería “when he came to discover” [“cuando vino a
descubrir”]. Nótese que descubrimiento, a pesar de su forma nominal, juega un rol adverbial y no de
sustantivo.
61
The Life of the Admiral Christopher Columbus by His Son Ferdinand, ed. y trad. de Benjamin Keen
(Westport, Conn.: Greenwood Press, 1978), 16-17 [la traducción al castellano del fragmento pertenece al
traductor de Leer a Colón].
62
Aparece una traducción al inglés en Jara y Spadaccini, 1492-1992: Re/Discovering Colonial Writing, 397.
63
Wilcomb E. Washburn es uno de los pocos historiadores que reconoce el uso extendido de la metáfora
que utiliza Colón y aprecia su importancia potencial para el estudio del significado de “descubrimiento”.
Ver “The Meaning of 'Discovery' in the Fifteenth and Sixteenth Centuries”, American Historical Review 68,
no. 1 (October 1962): 1-21.
64
Citado por Campbell, The Witness and the Other World, 52, from The Christian Topography of Cosmas,
an Egyptian Monk, trad. de J. W. McCrindle (Londres: Hakluyt Society, 1897) [la traducción al castellano
del fragmento pertenece al traductor de Leer a Colón]. Para un estudio de la obra de Cosmas, ver C.
Raymond Beazley, The Dawn of Modern Geography (New York: Peter Smith, 1949), 1:273-303.
65
Un ejemplo del uso que hace Colón de negocio en su sentido espiritual aparece en la entrada del Diario
del 14 de febrero. En medio de una tormenta terrible, se consuela con la siguiente reflexión: “Y como
antes oviese puesto fin y endereçado todo su negocio a Dios y le avía oído y dado todo lo que le avía
pedido, devía creer que le daría complimento de lo començado y le llevaría en salvamento.”
(Varela, 127). “Salvamento” tiene aquí el sentido de “salvarse del peligro físico”, a la vez que el de
“salvación espiritual”.
66
De acuerdo con Claude Carozzi:
“si on lit dans l'ordre chronologique les documents relatifs á l'Au-delà du XI-XIII siècle, on se rend compte
que progressivement apparaissent des paysages et des itinéraires concrets et qu'une cosmographie de
plus en plus cohérent vient structurer cet ensemble de lieux visités par les voyageurs.
(“La géographie de l'Au-delà et sa signification pendant le haut Moyen Age”, Popoli et Paesi nella Cultura
Altomedievale 2 [1983]:424)
[si los documentos relativos al Más Allá del siglo XI-XIII se leen en orden cronológico, nos damos cuenta
de que poco a poco aparecen paisajes y rutas concretas, y una cosmografía cada vez más coherente llega
a estructurar este conjunto de lugares visitados por los viajeros.]
Tal fenómeno nos parece paradójico porque hemos perdido el sentido de inmanencia de lo sagrado que
los individuos de la Edad Media sentían tan profundamente.
67
Ver Cesare Segre, “L'Itinerarium Animae nel duecento e Dante”, Letture Classensi 13 (1984): 9-32.
68
Ver Beazley, Dawn of Modern Geography, esp. 1:190-96.
69
El popular estudio reciente de Kirkpatrick Sale afirma de forma especialmente contundente que Colón
estaba loco: “Para el momento en que estaba listo para comunicarlo [el descubrimiento de la ubicación
del Paraíso] en su carta a los Reyes dos meses después, prácticamente estalló, página tras página, en una
mezcolanza confusa de teología y astronomía y geografía y sabiduría fantástica, inconexa, repetitiva,
ilógica, poco clara y, a veces, incoherente, interesada, servil y vanagloriosa a la vez –y bastante delirante”
[[la traducción al castellano del fragmento pertenece al traductor de Leer a Colón]; Sale, The Conquest of
Paradise: Christopher Columbus and the Columbian Legacy (New York: Knopf, 1990), 175. Sólo un lector
que no esté familiarizado con la visión medieval del mundo y sus modelos de discurso podría
desconcertarse tanto ante la aseveración de Colón de que el Paraíso yacía en las inmediaciones de las
Indias.
70
Acerca del trasfondo de la espiritualidad de Colón, ver Colón y su mentalidad mesiánica; Pauline Moffitt
Watts, “Prophecy and Discovery: On the Spiritual Origins of Christopher Columbus's 'Enterprise of the
Indies'”, American Historical Review 90, no. 1 (1985): 73-102; Delno C. West, “Wallowing in a Theological
Stupor or a Steadfast and Consuming Faith: Scholarly Encounters with Columbus's Libro de las profecías”
en Columbus and His World, ed. de Donald T. Gerace (Fort Lauderdale, Florida: Bahamian Field Station,
1987), 45-56; y Djelal Kadir, Columbus and the Ends of the Earth: Europe's Prophetic Rhetoric as
Conquering Ideology (Berkeley: University of California Press, 1992).
71
Para un análisis sobre cómo los contemporáneos de Colón consideraron que sus cálculos estaban
errados, ver Morison, Admiral of the Ocean Sea, esp. caps. 6 y 7.
72
Los habitantes de estas islas, agrega Colón, “cavan el oro y lo traen al pescueço, a las orejas y a los
braços e a las piernas, y son manillas muy gruessas, y también ha piedras y ha perlas preciosas y infinita
espeçería” (Varela, 55).
73
Acerca de la fuente de Colón sobre la ubicación del Paraíso, ver Pierre d'Ailly, Ymago Mundi (Louvain,
1480 o 1483) y las numerosas anotaciones de mano de Colón contenidas en los márgenes de su propia
copia del texto, preservada en la Biblioteca Colombina.
74
Para un análisis de las inconsistencias literales del Diario, ver Henige, In Search of Columbus: The
Sources for the First Voyage (Tucson: University of Arizona Press, 1991). Henige demuestra, a través de
un examen riguroso y exhaustivo del texto, que el Diario está plagado de lagunas, anomalías y errores de
cálculo obvios en su registro de los datos de navegación. Por ejemplo, observa que el texto ni llega a
mencionar qué dirección tomó Colón al dejar San Salvador (Guahanahí), qué tan lejos navegó o el rumbo
que siguió hasta la siguiente isla del itinerario, Santa María de la Concepción.
75
Sobre la significancia de Jerusalén en la tradición franciscana en la que Milhou sitúa la ideología de
Colón, ver Colón y su mentalidad mesiánica, esp. caps. 3-4.
76
No estoy de acuerdo con Juan Gil, que defiende una interpretación literal de la frase bíblica usada por
Colón “nuevo cielo y tierra” para defender su afirmación de que Colón era judío; ver su “Nuevo cielo y
nueva tierra: Exégesis de una idea colombina”, Homenaje a Pedro Sainz de Rodríguez (Madrid: Fundación
Universitaria Española, 1986), 2: 297-309.
77
Sobre la importancia del discurso profético en el Libro de las profecías para referirse Colón a su empresa,
ver Milhou, Colón y su mentalidad mesiánica, esp. 199-230, así como Djelal Kadir, “Imperio y providencia
en el Nuevo Mundo: Colón y El libro de las profecías (1501)”, Revista de Crítica Literaria
Latinoamericana 14, no. 28 (1988): 329-35, y especialmente su reciente Columbus and the Ends of the
Earth.
78
Una cita del Libro de las profecías explica los sentidos literal y alegórico de Jerusalén:
Quadruplex sensus sacre Scripture aperte insinuatur in hac dictione: Ierusalem. hystorice enim significat
civitatem illam terrestrem, ad quam peregrini petunt; allegorice significat Ecclesiam militantem;
tropologice significat quamlibet fidelem animam; anagogice significat celestem Ierusalem, sive patriam,
vel regnum celorum. (de Lollis, 2:77)
[La anterior interpretación de las Santas Escrituras está claramente implícita en la palabra Jerusalén. En
un sentido histórico, es la ciudad terrenal a la que viajan los peregrinos. Alegóricamente, indica la Iglesia
en el mundo. Tropológicamente, Jerusalén es el alma misma del creyente. Analógicamente, la palabra
significa la Jerusalén Celestial, patria y reino celestiales.] (traducido de la versión inglesa de West & Kling,
101)
79
Explica en la “Relación”: “no porque yo crea que allí, adonde es el altura del estremo, sea navegable, ni
agua, ni que se pueda subir allá; porque creo que allá es el Paraíso Terrenal, adonde no puede llegar nadie
salvo por voluntad divina”. (Varela, 216)
80
Entre los más famosos viajes del tipo estaban los de San Brandán y Owein. Para un estudio del género
y su influencia, ver Segre, “L'Itinerarium Animae nel duecento e Dante”.
81
The Travels of Sir John Mandeville (New York: Dover, 1964), 200-202. El libro apareció por primera vez
a fines del siglo XIV.
82
Un largo fragmento de este diario que corresponde al período del 30 de mayo al 31 de agosto de 1498
sobrevive en la Historia de Las Casas (los caps. 127-149 están dedicados al tercer viaje). Varela (220-
242) ha editado el fragmento como si hubiese sido parte de la “Relación del tercer viaje”. Pero Las Casas
parece haber mezclado pasajes de un informe estilo hoja de ruta con pasajes que guardan una fuerte
similitud con el relato erudito, similar a un tratado, del tercer viaje encontrado en la “Relación”.
Compárese, por ejemplo, el tratamiento literal que se le da al tópico del Paraíso en la entrada del 17 de
Agosto (Varela, 241) y el tratamiento altamente místico y simbólico del mismo tópico propiamente en la
“Relación”.
83
Leonardo Olschki, Storia letteraria delle scoperte geografiche (Florence: Leo S. Olschki, 1973), 1-9.
84
Después de finalizado este ensayo, apareció la traducción de una propuesta de investigación de Michel
de Certeau, “Travel Narratives of the French in Brazil: Sixteenth to Eighteenth Centuries”, en
Representations 33 (Invierno de 1991): 221-25. Aunque el tema de De Certeau no es colombino, la
metodología que delinea para estudiar estos relatos de viaje como combinaciones de “prácticas de
investigación científica y sus figuraciones en el espacio-tiempo literal” complementa mi enfoque. Es
lamentable que De Certeau no viviese para aportar a esta intrigante propuesta.
85
Colón atribuye este pasaje a Medea de Séneca en el Libro de las profecías.