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Se presenta en el museo de arte moderno en Chapultepec la exposición: “Rufino

Tamayo: éxtasis del color”, donde se concentran 50 piezas del artista, a modo de
muestra representativa de su obra.
Rufino Tamayo (1899-1991) fue un pintor de origen oaxaqueño que se desempeñó
profesionalmente desde la década de 1920: pasando por varias fases de
experimentación, como el muralismo y la mixografía, y definiéndose como un ícono de
la pintura mexicana.
Hay una evolución muy clara en su obra, que parte de una pintura escolarizada y
estudiada, manteniendo los elementos que se ensañan en las academias:
composiciones regulares, uso de una paleta realista de color, un figurativismo muy
marcado (aunque con cierto estilo particular).

Mantiene al mínimo el empaste, quedándose sólo con la textura visual que es capaz de
producir en su obra: además, la figura humana siempre es un tema recurrente.

Dos mujeres

Óleo sobre tela, 1930

Es hacia la década de 1940 cuando podemos apreciar, al menos en las piezas de la


exposición, que Tamayo comienza a despegarse del realismo de estudio que venía
manejando desde su etapa académica, y ahora se enfrasca en una pintura mucho más
abstracta; podría decirse que hay una etapa intermedia en la que la producción se
supedita a la experimentación de la nueva propuesta
Comienza a hacer uso de colores contrastantes, y las abstracciones de la figura no son
totales: aún mantiene rasgos figurativos que van desapareciendo con el tiempo.
Perro ladrando a la luna
Óleo sobre tela, 1942

La técnica también evoluciona: los empastes


proporcionan ahora a su obra una textura real, táctil, y
conforme su trabajo avanza, éstos adquieren un análisis
más profundo; muestra de ello la mezcla de arena con óleo que proporciona a éste un
carácter mucho más sólido y una textura granular.
El contraste por complementarios que toma su pintura “madura”, la dota de una fuerza
visual que no se consigue con una paleta realista; las vuelve un grito de matices que,
sin embargo, no son azarosos.

Retrato de muchachos
Óleo sobre tela, 1966

Las figuras geométricas se vuelven


esenciales en su representación más
abstracta: lo poco que había de líneas
orgánicas en su fase de experimentación va desapareciendo hasta dar paso a figuras
concretas, cuya interpretación como humanos depende más de la sugerencia que hace
la figura contra su contexto que de la figura en sí.
Las propuestas que como diseñadores podemos rescatar de Tamayo, se derivan de su
uso de color y su trabajo gráfico: La invención de la mixografía es un avance técnico
que fusiona elementos de la gráfica y la plástica en un solo producto.
Tomamos de la plástica el uso de textura real, y la aplicación de los materiales, y de la
gráfica su potencial de reproducción así como su trabajo del color: sólido, en plastas.
No enseña que no siempre la figura tiene que ser real para ser entendible, y que aún
dentro de lo que parece un desastre, hay orden y un sentido. A nivel de diseño
podemos retomar esto con el uso del color: que llame la atención por su particularidad
y energía, pero que no deje ser planeado.
En cuanto a la exposición, a pesar de ser pequeña, funciona muy bien como una
muestra de la trayectoria de Tamayo.
La señalización general del museo es buena, aunque hay un par de detalles: el mapa
no está en la entrada del museo sino hasta pasar al edificio donde se encuentran las
salas.
Un agregado que tiene la exposición, es la posibilidad de escuchar una audio guía para
el teléfono móvil: pudiera no ser esta la más completa, pero como idea en desarrollo es
bastante buena.
La experiencia general de la visita al museo es óptima.