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RESURRECCION LEA TOBERY ©. 47 ¿Y si tuvieras que morir para encontrar el amor de tu vida?

Capítulo 1 Me morí sin morirme un 14 de febrero. Sin duda, aquél fue un buen regalo de San Valentín. Los médicos no se ponen de acuerdo en por qué alguien se muere así, sin morirse, deja de respirar, se le paralizan el riego sanguíneo, los músculos, los nervios. Nada responde. La llaman muerte aparente. Al menos podrían haber considerado la situación antes de anunciarles mi muerte a mis padres. No se puede hacer sufrir a la gente así porque sí. Su hija acaba de fallecer. Al médico que les había dicho esto no le tembló la voz. Sin embargo, mi madre sí que tembló, tanto que se rompió por dentro. ¡No es posible! exclamó con voz quebrada.

Y se echó las manos a la cabeza. No se esperaba aquella noticia.

Mi padre no reaccionó. Enmudeció, sus cuerdas vocales no respondieron, y posó los ojos en el extintor que había en la

pared de enfrente. Esta mañana estaba bien se puso a hablar mi madre. ¡No puedes ser! Se despidió de mí y luego… 4 Me buscaba en su recuerdo para recuperarme otra vez, a su niña. Se negaba a aceptar mi muerte. —Me dijo que había quedado con Julia y que no vendría a comer… ¡No puede ser! —Lo siento la interrumpió el médico. Hemos hecho todo lo que ha estado en nuestras manos, se lo puedo asegurar.

Hizo una breve pausa y observó a mi padre. Si necesitan algo, pregunten a las enfermeras por el doctor Robinson.

Mi madre asintió. Mi padre seguía con la mirada clavada en el extintor.

En unos momentos podrán ver a su hija añadió el médico.

Y se fue. Entonces mi padre abrazo a mi madre. Sus brazos poderosos, los mismos que de pequeña me levantaban en

volandas, la rodearon. Ella no se resistió y se hundió en el pecho de papá. Los médicos también les podrían haber ahorrado el disgusto a mis amigas. A Fannia casi le da algo. Janis y Julia se

quedaron petrificadas. No se lo creían. Rachel se echó a llorar y no paró hasta que se le acabaron las lágrimas.

Las quiero un montón.

Tom me da igual que lo pasara mal. Se lo merecía. Aún me pregunto cómo pude perder la cabeza por un tío tan idiota. Y lo que es peor, hacerlo la primera vez con él. Pudo haber sido con otro mejor. Austin, por ejemplo. Está superbién, pero por aquel entonces salía con Fannia. O Robin. Sí, Robin tampoco está nada mal. Él fue quien me presentó a Tom… Eso sí que no se puede negar, Tom está muy bien. Creo que me enrollé con él por eso. Por eso y porque era tan popular.

La verdad es que es muy difícil rechazar a un tío así. Yo nunca había estado dentro de ese grupito que andan con cochazos

y organizan las fiestas más célebres. Reconozco que, más que nada, halagó mi vanidad. Sobre todo después de haber

estado tonteando con Bill. Bill no estaba mal, pero va un día y me suelta que estaba conmigo por mis pechos. ¡Será imbécil! Quizá Tom se liara conmigo por lo mismo. Aunque nunca se lo he preguntado. Ni con Bill ni con Tom conocí el amor de verdad.

Lo descubrí cuando me morí sin morirme.

El día de mi muerte llovía muchísimo. Hacía una semana que llovía, pero aquella mañana parecía que estaba cayendo el

diluvio universal. Me morí desplomándome súbitamente en el pasillo del instituto.

De hoy no pasa le iba diciendo a Julia mientras íbamos andando rápido hacia la salida. Yo había quedado con Tom y llegaba tarde. No lo aguanto más. Hoy corto con él. Se lo voy a decir en cuento lo vea. ¿El día de los enamorados, precisamente?

Sí. ¡Qué más da!

Tú sabrás lo que haces —Es un pesado… Muy guapo, pero me aburre. Se pasa todo el día hablando de sí mismo. Y además es celoso. ¡No lo soporto! Hace semanas que…

No pude acabar la frase. La cabeza me empezó a dar vueltas. Los ventanales, Los tablones de anuncios, las taquillas, Julia,

todo giraba a mi alrededor a una velocidad de vértigo. A la desesperada intenté asirme a algo para no caer. No encontré

nada. Perdía el equilibrio irremediablemente cuando, de súbito, noté unas manos estrechando mi cintura. Tiraron de mí con fuerza pero suavemente, me arrastraron. No me pude resistir. Creí escuchar una voz. No temas.

5

Era una voz próxima y lejana a la vez, como si proviniese de mi mente y al mismo tiempo de un lugar remoto. Era una voz de chico, profunda y grave, que me infundió tranquilidad en un momento en que la necesitaba. No te pasará nada. Una voz desconocida que me transmitió la misma calma que la voz de mi padre cuando yo era pequeña y lo llamaba por la noche desde la cama porque tenía miedo. Me pareció ir a toda velocidad, arriba, siempre hacia arriba. El estómago se me subió a la boca. Aquellas manos me llevaron hasta una bruma luminosa. A partir de ese momento y durante las siguientes cuatro horas no recuerdo nada del mundo real. Todo lo que pasó durante el tiempo en que me dieron por muerta lo he podido reconstruir gracias a mis amigas y a mis padres. Llegué a estar técnicamente muerta en el mundo real. Allí, en la bruma luminosa, todo lo contrario: me sentía bien viva. ¡Y tanto que sí…! Allí conocí a Ethan. Muerta y viva a la vez. Tuve que morirme para conocerle… Para descubrir lo que es el amor verdadero. Para sentir que todo, al final, sí tiene sentido. Ethan, nunca nadie me había atraído tanto.

¡No hagas tonterías! me dijo Julia al verme caer.

Me desplomé en el pasillo con los brazos abiertos en cruz. Se oyó un sonido sordo cuando mi cabeza dio contra el suelo. La carpeta que llevaba salió disparada por los aires.

¡Emma! ¡Ya está bien! ¡Deja de hacer tonterías! Julia estaba realmente enfadada.

Soy bastante payasa y me gusta llamar la atención. Es superior a mis fuerzas. Mis amigas ya están acostumbradas. Fannia,

Janis y Rachel son tan payasas como yo. Una de las payasadas más sonadas la hicimos en el bar que hay al lado del instituto. Montamos aquello para irnos sin pagar. Era por la mañana y en el local no cabía ni un alfiler. Pedimos unos refrescos y nos lo tomamos tranquilamente hablando de nuestras cosas. Al acabarlos, tuve una idea. Janis, Fannia, Rachel

y yo nos pusimos de acuerdo. Julia intentó disuadirnos. Y como nosotras pasamos de ella, puso cara de enfado y salió del bar después de pagar su consumición.

Me levanté, di unos pasos y finalmente fingí perder el sentido. Me desplomé como un saco de

Janis, Fannia y Rachel actuaron con rapidez. Me levantaron del suelo y me sentaron de nuevo en la silla.

¡Venga! Ya pasó disimuló Janis aguantándose la risa.

Rachel me empezó a abanicar con un periódico. El camarero se interesó por mí.

¿Necesita ayuda? ¿Puedo hacer algo?

No es nada. Es diabética lo tranquilizó Janis. Un poco de azúcar y se recuperará. Janis dijo la verdad, soy diabética. En algunos asuntos no nos gusta mentir. El camarero trajo un sobre de azúcar. Mejor sacarina le dijo Fannia. Un poco más y se me escapa la risa al oír aquello. El camarero fue a buscar un sobre de sacarina. Volvió en menos de un segundo. Lo abrió y me lo tomé. Fingí toser. Muchas gracias dijo Janis. Ahora lo mejor es que le dé el aire. Ya le ha pasado otras veces. Rachel y Fannia me ayudaron a ponerme de pie. El camarero nos acompañó hasta la puerta.

¿Seguro que no necesita nada más? dijo.

No se preocupe contestó muy seria Fannia. ¡Salimos del local sin pagar! Misión cumplida. Julia nos estaba esperando fuera, a unos metros del local.

¡Cómo os pasáis! vociferó nada más vernos. Y tú eres la peor de todas me señaló a mí. Nosotras nos pusimos a

reír. Empezamos y no pudimos parar durante un buen rato. Me llegó a doler la barriga de tanto reír. Julia no tuvo más remedio que tragarse su enfado.

Ella es mi mejor amiga. No es que Rachel, Fannia y Janis sean malas amigas, pero Julia y yo somos uña y carne. Inseparables. Físicamente nos parecemos un montón.

De carácter somos diferentes: ella es más comedida y yo más impulsiva. También soy bastante más bromista. A Julia también le gusta bromear, pero a veces se enfada a la mínima y se pone seria… No tiene mayor importancia porque se le pasa pronto.

¡Te he dicho que te levantes! insistió con los brazos en jarra cuando me desplomé en el pasillo del instituto.

Pobre. Yo no le podía decir que aquella vez no se trataba de unas de mis payasadas. Me había muerto sin morirme.

6 patatas.

Capítulo 2 Las manos me llevaron a la bruma luminosa. Llegué allí a toda velocidad, a caballo de la montaña rusa más vertiginosa que jamás pude imaginar. Caí en una especie de telaraña de espuma. Era como si la bruma tuviese esa textura. La

telaraña amortiguó la caída y no me hice nada de daño. Había llegado a una llanura inmensa y sin horizonte. Me llamó la intención que allí todo fuese de color naranja, pero no le

di mayor importancia. Empecé a andar sin más. Fue curiosísimo, mis pies parecían tener vida propia. Y me llevaron por la

llanura sin brújula, guiados por mi intuición. Me sentía ligera y tenía la sensación de levitar.

Caminé y caminé durante no sé cuánto tiempo. Porque allí el tiempo parecía no existir. Yo no llevaba reloj. Si lo hubiera llevado, estoy convencida de que las manecillas se habrían detenido. Caminé y caminé hasta que llegó un momento en que a lo lejos apareció una plantación de algo que no llegué a identificar desde aquella distancia. Me acerqué curiosa y comprobé que se trataba de un campo de centeno. Las espigas me llegaban a la cintura. Entré sin vacilar. La tierra estaba mojada y me manché los pies de fango. Iba descalza.

Al cabo de un rato me detuve y miré para todos los lados. Aquel campo de centeno era un

espigas. Un océano naranja.

El cielo, la luz, las espigas de centeno. Allí todo era naranja.

De pronto oí una voz.

¡Me encontrarás!

Era la misma voz de antes, profunda y grave. De un chico. Busqué con la vista pero no vi a nadie.

¿Quién está ahí?me atreví a preguntar.

Nadie contestó. Finalmente pensé que tal vez aquella voz había sido producto de mi imaginación. O quizá mi mente estaba jugando una mala pasada… ¿Todo aquello era una alucinación? Decidí seguir caminando hacia ningún sitio en concreto. Me dejé llevar. Había algo incontrolable que me impulsaba a continuar. Caminé y caminé mucho más, hasta que me detuve de nuevo porque me parecía estar siempre en el mismo sitio. No avanzaba… ¿O sí?

¡Socorro! grité.

Esperé pacientemente una respuesta que no llegó. En aquel lugar reinaba el más absoluto silencio. Aquel silencio se escuchaba. Latía entre el centeno. No quedaba otra que continuar. No corría ni una gota de aire. La quietud era extrema. Tan sólo se movían las espigas que yo apartaba con las manos para avanzar. No hacía frío ni calor. Pequeños hilos de bruma me rozaban por aquí y por allá. Observé aquel campo de centeno sin fin. Nadie ni nada a la vista, sólo espigas y más espigas. Súbitamente me noté muy cansada. Pasé de la ligereza a la pesadez en centésimas de segundo. Fue como si el cansancio me golpeara y me

aplastase. De repente no podía resistir de pie. Las piernas exigían reposo. Me senté en el suelo… Pero no fue suficiente. Cada vez me notaba más y más abatida. Así que decidí estirarme boca arriba… Tumbada y rodeada de espigas me puse a observar el cielo. No había nubes y la claridad era tenue. Los ojos se me cerraron solos. Era como si los párpados me pesasen toneladas. Mi cuerpo entero parecía hundirse en la tierra húmeda y fresca de aquel campo de centeno. No sé cuánto tiempo estuve durmiendo. Creo que bastante. ¿O poco…? ¡Qué más da!

Me has encontrado.

Era la voz Me despertó… Abrí poco a poco los ojos para no ahuyentarla. — Soy Ethan.

8 verdadero océano de

Capítulo 3 La primera vez que tuve una experiencia paranormal fue seis meses antes de mi muerte aparente. Ocurrió la noche del entierro de la abuela Kerry, la madre de mamá.

Ya

muerta y bajo tierra, me hizo una visita.

No

fue un sueño. Después de lo de Ethan estoy segura de ello. Además, creo que la aparición de la abuela Kerry fue un

aviso del encuentro con él. Del encuentro y de la separación

mañana muy temprano, mi padre me despertó. Aún no había amanecido. Me dijo con dulzura que la abuela había

muerto. Mi madre no estaba en casa. Había marchado hacía tres días. Me había dicho que se iba por motivos de trabajo.

Yo me lo tragué. Mi madre solía ir a menudo de viaje, ¿por qué aquella vez no iba a ser verdad? Pero en realidad se había

ido porque la avisaron de que la abuela estaba en las últimas.

¿Por qué no me lo habéis dicho? le reproché a papá. Para que no te preocupases.

Ya no soy una niña

Mi padre puso cara de disculpa. Me enternecí y me lancé a sus brazos.

Sí, ya no eres una niña

avión sale dentro de tres horas. Llegamos al funeral de la abuela Kerry poco antes de que la enterraran. Desde el aeropuerto fuimos directos al cementerio en taxi. Aquél era uno de esos cementerios enormes con césped verdísimo y bien cuidado y todas las sepulturas iguales. Mi madre nos recibió en la entrada con la tía Erica y el tío Craig. Lo siento les dije espontáneamente.

Mi madre me abrazó largamente. La tía Erica y el tío Craig la imitaron.

Has crecido mucho me dijo la tía Erica. Ya estás hecha toda una mujer.

Ni el tío Craig ni ella tienen hijos. Mi padre es hijo único. O sea que por su parte tampoco tengo primos. Soy una tipa sin primos. Tampoco tengo hermanos. Nadie diría que la tía Erica y el tío Craig son hermanos de mi madre. Ella no se les parece en nada, aunque entre ellos dos sí que se parecen. Son rubísimos. Mi madre es morena. A mí me hubiese gustado ser como la tía Erica. Dicen que las

rubias con ojos azules ligan más. Fannia se lleva a los tíos de calle

El entierro de la abuela Kerry no fue demasiado triste porque todo el mundo esperaba que se muriese. La suya era una muerte anunciada para todo el mundo menos para mí. Mis padres no me habían dicho nada sobre el cáncer de páncreas que padecía. Se ve que este tipo de cáncer es de los peores.

Nosotros apenas visitábamos a la abuela Kerry. Vivía sola desde hacía muchos años. El abuelo se murió en un accidente

El mismo día de la aparición de la abuela Kerry, por la

Además, me hubiese gustado despedirme de la abuela Kerry.

¡Venga, vístete! dijo papá con un nudo en la garganta . Tenemos

10 prisa. Nuestro

En fin, soy una envidiosa.

de

coche cuando yo todavía no había nacido. Mi padre me ha dicho que lo pasó muy mal.

¿Por qué vamos a ver a la abuela Kerry tan pocas veces? le preguntaba yo a mis padres cuando hablaban de ella.

Mi

madre se excusaba diciendo que vivíamos demasiado lejos.

Con nuestra economía no nos podemos permitir tanto viaje. Eso era falso. Mis padres siempre se han ganado bien la vida. Se piensan que me chupo el dedo. Ellos nunca han sido del todo conscientes de que me he ido haciendo mayor y de que poco a poco me empezaba a dar cuenta de las cosas. El motivo real de no ir a ver a la abuela Kerry era que la relación entre mi madre y ella era inexistente. No se llevaban ni bien ni mal. Simplemente se habían alejado a partir de la muerte del abuelo y no tenían nada que decirse. La muerte del abuelo afectó mucho a la abuela me contó mi madre una vez. Perdió el juicio. Era lo que le faltaba. Porque era una mujer de armas tomar.

Deduzco que el motivo del alejamiento entre mi madre y mi abuela fue que tenían el mismo genio y siempre chocaban.

Yo tengo el mismo carácter que ellas: soy cabezota y me cuesta dar

el brazo a torcer.

El orgullo hay que tragárselo me recuerda mi padre una y otra vez. Tiene razón, no hay que conformarse con ser como se es. Yo hago todo lo posible para rectificar mis defectos. Con la abuela Kerry yo apenas tuve relación. En las contadas ocasiones en que estuvimos en su casa nuestras conversaciones fueron típicas.

¿Cómo te van los estudios? me preguntaba ella. Bien.

¿Cuál es la asignatura que más te gusta?

No lo sé. Yo no tuve tanta suerte como tú. Estudié durante muy poco tiempo. Tuve que ponerme a trabajar muy joven.

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Ya ¿Tienes muchas amigas? Bastantes. Sé buena y hazle caso a papá y a mamá. Sí. No tenía suficiente confianza con ella. La abuela Kerry era casi una extraña para mí. Y yo, de primeras, si no conozco a alguien soy bastante vergonzosa. La vez que más hable con la abuela Kerry fue, precisamente, cuando se me apareció la noche después de su entierro. Entró en la habitación y me despertó moviéndome ligeramente a la vez que me acariciaba la frente. ¿Pequeña mía? ¿Cómo está mi única nieta? Soy yo, la abuela Kerry. Nos habíamos quedado a dormir en su casa. Yo me había instalado en una habitación de invitados que hay en la planta baja. Al verla no me sobresalté. Abuela Kerry, me hubiese gustado despedirme de ti dije con toda naturalidad. Ya lo sé. Por eso estoy aquí. Fue hasta una de las esquinas de la habitación y se sentó en la mecedora que había junto a la ventana. Yo no sabía qué hacer: si quedarme en la cama o coger una silla y sentarme al lado de la abuela. Me lo estuve pensando un rato. Al fin me decidí por coger la silla. Me senté. Me he muerto, ya lo ves me dijo la abuela Kerry. Tenía los ojos cerrados y se mecía mientras hablaba. Así es la vida.

Hablaba bajo.

La muerte forma parte de ella. Seguía con los ojos cerrados. Por un momento llegué a pensar que se quedaría dormida. Un día las personas se tienen que separar. Yo perdí a tu abuelo cuando aún éramos jóvenes. Me lo arrebataron demasiado pronto. Estábamos muy unidos y todavía teníamos muchos sueños por cumplir. Fue muy injusto. La abuela Kerry se calló. Abrió los ojos y se quedó observando el suave movimiento de las ramas de un árbol de jardín. Además de llover, hacía viento. Abuela Kerry, ¿por qué me cuentas todo esto ahora? le pregunté. Para que aprendas. A ti también te pasará lo mismo. Tarde o temprano encontrarás a alguien maravilloso. Te

enamorarás de él. Lo querrás con toda tu alma

Al oír aquello me puse triste, muy triste. Es inevitable, mi niña me consoló la abuela Kerry. Se inclinó ligeramente y me propinó un coscorrón cariñoso en la cabeza. Aquel pequeño golpe se llevó mi desasosiego. Una fuerte ráfaga de viento hizo que una rama del árbol del jardín se estrellase contra los vidrios de la ventana. Aquel ruido me despertó en plena noche. Abrí los ojos. Casi no pestañeaba. Volvía a estar en la cama. La mecedora se balanceaba ligeramente.

La abuela Kerry había desaparecido. Hasta pronto susurré. Dale un beso al abuelo de mi parte. Lancé un beso al aire. Concilié nuevamente el sueño y dormí de un tirón el resto de la noche. Al despertar por la mañana me hubiese gustado volver a ver a la abuela Kerry. Pero no quedaba rastro de ella por la habitación. La mecedora ya no se movía.

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Y os tendréis que separar.

Capítulo 4 Levanté la vista y, al ver a aquel chico que se me había aparecido por arte de magia, se me aceleró el corazón. Empezó a latirme ansioso, desbocado. La respiración se me agitó y un ligero temblor se apoderó de mí. Era una corriente mágica que me recorrió y me hizo vibrar. Me sentí enormemente afortunada por estar allí. Percibí su olor. Un olor agradable que me recordó, y eso que yo nunca había estado allí, el interior de un volcán.

¿Había salido él de un volcán? ¿Había venido desde las entrañas de la Tierra

¿Qué hacía yo allí? Le recorrí con la mirada. Tenía un físico perfecto. Vestía unos vaqueros y una sudadera con capucha de un naranja más intenso que el naranja que nos envolvía. Se le adivinaba un cuerpo poderoso y estilizado. Llevaba puesta la capucha. Aquella capucha afilaba un rostro de una belleza increíble, un rostro adornado por unos ojos rasgados poseedores de una mirada potentísima

?

¿Me había venido a buscar?

¡Qué mirada! Profunda, clara y opaca al mismo tiempo, directa y esquiva. Enigmática

Nunca había visto antes a nadie con una belleza tan serena. Porque Ethan no sólo era un cuerpo y un rostro perfectos, también destilaba tranquilidad, armonía, paz, confianza, inundaba el corazón de ternura y amor. Cuando lo miraba, tuve una intuición: de alguna manera, sabía que él sería mi complemento, que me iba a enseñar de la vida, así como que él aprendería de mí. No sé por qué, pero sentí una confianza infinita, que podríamos caminar juntos, que encontraría cobijo en los malos momentos y que compartiríamos la felicidad. Y, a pesar de eso, además de aquella certeza, sentí un punto de desazón y adiviné que tendría que pagar un precio, un precio costoso.

Pero ¿cuál?

Me ofreció una mano. Me cogí a ella ávida por tocarla y la reconocí. ¡Ésas eran las manos que me habían traído hasta allí!

― ¿Quién eres? ―balbuceé, nerviosa.

―Ya te lo he dicho —Sonrió. Soy Ethan. Y tú eres Emma. Oír pronunciado mi nombre por su boca fue maravilloso. ¡Sabía cómo me llamaba! Repítelo, por favor No se hizo de rogar. Emma dijo lentamente.

La piel se me erizó. No pude evitar un nuevo suspiro. Él se puso a andar. Yo me lo quedé mirando sin moverme del sitio.

¡Vamos! me invitó a seguirle.

Corrí para alcanzarlo y me puse a su altura. Caminaba estilizadamente, como una gacela, a grandes pasos, vigorosos y

seguros.

¿Dónde estamos? le pregunté.

¿Crees en el amor a primera vista? me preguntó él.

Hasta que tú has aparecido, no. Se detuvo y se giró hacia mí. A continuación se echó para atrás la capucha. Me lanzó una sonrisa cómplice. La electricidad que me recorría el cuerpo desde que él había aparecido subió de intensidad. Y aún subió más cuando me acarició la cabeza. Tienes un pelo muy bonito. Deslizó la mano hasta la cara y se puso a acariciarme las mejillas. Yo me dejaba seducir Mientras su mano derecha se entretenía en mis mejillas, noté que la izquierda me asía por la cintura. Llevo mucho tiempo esperándote me dijo entonces. Me estrechó contra él. No sabes cuánto me alegro de que estés aquí. Entonces, en un impulso, le rodeé el cuello con mis brazos. Me aferré a su torso con fuerza. 15 Y toqué la felicidad.

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Despacio.

Capítulo 5 La reconstrucción de las horas durante las que fui dada por muerta la empezó Julia. Me contó que cuando se dio cuenta

de que el desmayo no era una payasada de las mías, se puso a pedir auxilio a gritos. La profesora de historia, que estaba en la otra punta del pasillo del instituto, acudió corriendo.

― ¡No sé qué le pasa! ―le dijo atropelladamente Julia.

―Tranquila ―dijo ella mientras sacaba el móvil del bolso. Reaccionó con serenidad y llamó a urgencias. La ambulancia tardó pocos minutos en llegar. Dos paramédicos entraron

deprisa en el instituto con una camilla y una especie de carrito con diversos aparatos médicos. ―Se ha desplomado y ha perdido el conocimiento. Eso es todo lo que sé ―les informó la profesora.

Uno de ellos se acuclilló para auscultarme. Julia estaba histérica. ―Todo… todo… ha… Le costaba hablar. Los dientes le castañeteaban. ―Ya está. Nosotros nos encargaremos de todo ―la tranquilizó el otro paramédico―. Y ahora, 16 tómate esto. Mastícala antes de tragártela. Le ofreció una pastilla violeta. Alrededor mío se empezaron a agolpar los alumnos y profesores. Mi desvanecimiento se convirtió en un verdadero espectáculo. Por momentos, aparecían más y más personas.

― ¿Es la primera vez que le pasa? ―preguntó el paramédico que me asistía. Alumbraba mis ojos con una pequeña linterna. ―Es… diabética ―consiguió decir Julia. La pastilla le había ayudado a calmarse.

―Las pupilas no responden ―dijo el paramédico acuclillado al otro―. Hay que ponerle oxígeno. ―Por favor, ¡apártense un poco! ¡Que corra el aire! ―reclamó el que estaba de pie. La gente retrocedió un poco, no mucho. El paramédico me puso una mascarilla en la boca y abrió la válvula de oxígeno.

― ¿¡Qué le pasa!? ―preguntó Julia.

Los dientes aún le castañeteaban ligeramente. Ninguno de los paramédicos respondió. ―Ponle una vía ―le pidió el que estaba acuclillado al otro.

El que estaba de pie sacó de una bolsa una aguja larguísima y me la clavó sin titubear. Fannia, Janis y Rachel llegaron cuando la punta me estaba traspasando la piel. Les costó colarse entre la gente. Al verlas, Julia se abalanzó sobre ellas.

― ¿Emma? ―balbuceó Janis.

Fannia, Julia y ella se abrazaron. Rachel se quedó tiesa como un palo tapándose la boca con las dos manos. En ésas, el paramédico acuclillado le hizo un gesto a su compañero.

― ¡Pon en marcha el desfibrilador! ―le ordenó con voz apresurada.

Su compañero le dio al interruptor del carro de paradas cardíacas.

― ¡Déjennos trabajar! ―pidió mientras lo hacía.

Los profesores empezaron a poner orden y obligaron a los alumnos a retroceder un poco más. Numerosos ojos observaban en absoluto silencio, expectantes por saber cuál era el desenlace. El paramédico acuclillado sacó un bisturí y me cortó el suéter desde el cuello hasta abajo. Lo abrió y seguidamente me cortó mi sujetador favorito, uno rosa de algodón con rombos negros. Mis pechos quedaron a la vista. ¡Qué vergüenza! Yo medio desnuda delante de un montón de gente del instituto.

No me ruboricé porque estaba muerta. Me empezaron a atizar descargas eléctricas. Insistieron durante más de un cuarto de hora. Mis cuatro amigas dieron un

respingo con cada uno de aquellos intentos por devolverme al mundo

Sin embargo, en aquel momento no volví. Me aferré a Ethan. No lo quería dejar escapar. Era feliz en sus brazos en medio de aquel campo de centeno notando sus músculos bajo la sudadera. Por fin los paramédicos desistieron. Tenían la frente bañada en sudor y las venas de las sienes ligeramente infladas.

―Quítale la mascarilla le dijo uno al otro.

Me la quitó. Me quedaron dibujadas las marcas de gomas en la cara.

― ¿Por qué? ¿Qué pasa? ―decía Julia sin parar.

Rachel seguía en la misma postura, inmutable, tapándose la boca con las manos. Sus ojos denotaban incredulidad. Fannia,

Janis y Julia continuaban abrazadas. Los alumnos empezaron a hablar. Se oyó gimotear a alguien y a algún profesor decir «¡Venga, todo el mundo a clase!». Entre los dos paramédicos me subieron a una camilla. Mientras cerraban la válvula de la bombona de oxígeno, uno de ellos le preguntó a la profesora de historia si alguien podía acompañarnos hasta el hospital. ―Yo misma ―se ofreció ella.

― ¡Emma! ¡No! ―se puso a gritar Rachel de repente.

Fannia la abrazó por detrás. Ella se la quitó de encima de malas maneras y se marchó corriendo propinando empujones a

quien se le ponía por delante.

― ¡No puede ser! ―se le oyó chillar a lo lejos.

Julia, Fannia y Janis me acompañaron hasta la ambulancia cogidas a la camilla. Sus caras eran un verdadero poema. El rímel se les había corrido y tenían las mejillas emborronadas de negro. Estaban tan compungidas que al llegar al vehículo uno de los paramédicos les tuvo que pedir que soltaran la camilla.

― ¿Está muerta? ―le preguntó Julia a unos de los paramédicos.

―Nos la tenemos que llevar al hospital ―respondió él mientras plegaba las ruedas de la camilla.

― ¡Ahora vamos! ¡Nos vemos en un momento! ―se dirigió a mí Julia.

Me metieron dentro de la ambulancia. Después subió la profesora de historia. Julia, Fannia y Janis se abrazaron de nuevo.

Janis se frotó la mejilla derecha y se la emborronó aún más. El conductor arrancó el motor y las luces y la sirena se pusieron en marcha. En diez minutos entrábamos por urgencias. Cuando mis padres llegaron al hospital, los médicos ya me habían dado por muerta. A la primera persona que se lo

comunicaron fue a la profesora de historia. Mis padres entraron azorados. Ella les estaba esperando. Parecía tranquila, aunque a procesión debía ir por dentro.

― ¿Cómo está Emma? ―le inquirió mi madre.

La profesora no fue capaz de decirle la verdad. ―Se ha desmayado… ―dijo esquivando los ojos de mi madre.

17 real.

18

― ¡Eso ya lo sabemos! ―atajó mi madre. ―La han llevado al quirófano de la segunda planta ―añadió la profesora.

Mi padre tiró de la mano de mi madre y los dos subieron a la segunda planta por las escaleras. Iban a toda prisa. Les

resultó fácil encontrar lo quirófanos. Coincidieron con el doctor Robinson en la puerta de los quirófanos. Allí el médico les anunció mi muerte.

Capítulo 6

Siempre he odiado las sirenas de las ambulancias, de la policía, de los bomberos. Las sirenas de todo tipo. Al oírlas me pongo muy nerviosa, algo dentro de mí se altera profundamente. Me quedo paralizada. Una vez, cuando tenía diez años, yendo sola al colegio vi una ambulancia. Estaban atendiendo a una viejecita que se había caído. Me acerqué y me paré un momento para mirar cómo metían a la anciana dentro del vehículo. Reemprendí la marcha. Llegué a un paso de cebra justo en el instante en que la sirena de la ambulancia se puso en marcha. Fue oírla y quedarme plantada en medio de aquel paso de cebra. Algunos coches empezaron a pitar para alertarme. Entonces, un señor muy amable me cogió de la mano y me llevó a la acera.

¿Quieres que te acompañe al colegio? me dijo.

Sin

pensármelo dos veces, empecé a correr sin darle las gracias ni nada.

Pobre hombre. Reaccioné así porque estaba desconcertada. Además, mis padres me habían repetido hasta la saciedad que no hablara con desconocidos. Aún no he superado el miedo a las sirenas. Me ponen los pelos de punta. Mi madre me dijo que se trata de una fobia que se remontaba a una tarde cuando yo era bebé y mi padre me llevaba de paseo en carrito. Aquella tarde mi padre tuvo un bajón de glucosa. Perdió el conocimiento 19 en plena calle. Según le explicó a mi madre la mujer que lo auxilió, yo

empecé a llorar moviendo los brazos y las piernas con fuerza. Por lo que se ve, no había forma de tranquilizarme. Era la viva imagen de la desesperación. Lo intenté de todas las maneras posibles. Mire usted, tengo tres hijos y sé de qué va le dijo. Al llegar a la ambulancia con la sirena y las luces en plena actividad, dejé de llorar de golpe. Se quedó como hipnotizada fue lo que dijo exactamente la señora.

No sé si mi fobia a las sirenas de las ambulancias se remonta a aquel episodio. Lo curioso es que en el mundo de las

brumas en que conocí a Ethan todo era naranja, el color habitual de los destellos de las luces de las sirenas de las ambulancias. ¿Coincidencia? Me gustaría preguntarle a la señora que ayudó a mi padre de qué color eran las luces de la ambulancia que según ella me hipnotizaron. Seguro que eran naranjas. Las de la que me llevó desde el instituto al hospital cuando me morí eran naranjas.

Capítulo 7

Fannia, Julia y Janis llegaron juntas al hospital. La profesora de historia estaba apoyada en el mostrador de urgencias. Al

ver a mis amigas forzó una sonrisa mientras se retorcía un mechón en la frente.

¿Se sabe algo de Emma? le preguntó Julia. La profesora se dejó en paz el pelo. La sonrisa se le borró.

— ¿Dón… dónde… dónde… está? —le empezó a temblar la voz a Julia.

Los dientes le castañeteaban de nuevo. La profesora tampoco se atrevía a decirles la verdad a mis amigas… No sé qué hubiese hecho yo en su lugar. Debe de ser

muy difícil decirle a alguien que un ser querido ha muerto. Fannia y Janis se cogieron fuertemente de la mano. —Se… se lo… lo ruego —insistió Julia—. Di… díganos… algo. Tenía la expresión desencajada.

¡Por favor! exclamó Fannia.

La profesora tardó unos interminables segundos en contestar. Está en la segunda planta. En el quirófano.

¡La están operando! se alegró Janis.

La profesora negó con la cabeza de inmediato. Fannia apretó todavía más la mano de Janis. Las puntas de los dedos de ambas perdieron el color rosáceo. Parecían

pequeños helados de nata de lo blancas que se les pusieron.

20

Julia emitió un quejido lastimero entre dientes y, decidida, se dirigió hacia las escaleras. Las mismas escaleras que mis padres habían subido minutos antes con el corazón en un puño. Fannia y Janis la siguieron. La profesora las vio alejarse y no pudo evitar que las lágrimas le inundaran los ojos. Decidió salir a la calle y al lado de la puerta de urgencias se topó con Rachel. Mi amiga frenó en seco. La profesora se la quedó mirando sin saber qué decirle. Rachel no dijo nada, pero sus ojos reclamaban saber qué me había pasado. Lo siento musitó la profesora. No se ha podido hacer nada. Con las manos temblorosas, abrió el bolso y buscó a tientas el paquete de tabaco. Lo encontró y sacó un cigarrillo. Lo encendió y le dio una larga calada mientras se secaba las lágrimas.

¿Me das una calada? le pidió Rachel.

La profesora le pasó el cigarrillo. Rachel notó que la boquilla estaba caliente. Aspiró un par de veces pero no se tragó el humo. Se limitó a expulsarlo de la boca como si haciéndolo echara fuera la rabia que le consumía las entrañas. Emma ha muerto le dijo entonces la profesora con voz apagada.

¿Puedo verla? le preguntó Rachel.

La profesora le dijo dónde estaba yo. Mejor dicho, le dijo dónde estaba mi cadáver, porque yo estaba con Ethan muy lejos

de

allí. Rachel le pegó otra calada al cigarrillo. Después entró en el hospital caminando despacio y mirándose las puntas

de

los pies.

Cuando Julia, Fannia y Janis llegaron a los quirófanos de la segunda planta, mi padre tenía a mi madre entre sus brazos.

Ella se había refugiado en aquel reconfortante lugar. El soniquete rítmico del corazón de papá le mitigaba en parte el intenso dolor que se había apoderado de ella. Al verlos así, mis tres amigas comprendieron. No puede ser balbuceó Fannia.

Se puso a respirar a grandes bocanadas, como si le faltase el aire. Casi le da algo. Una enfermera que pasaba por allí tuvo

que suministrarle un calmante. Fannia es muy sensible. No soporta las emociones fuertes. Sin ir más lejos, no podemos llevarla al cine a ver pelis de miedo. No las resiste. En la última lo pasó tan mal que a los cinco minutos tuvimos que sacarla de la sala en brazos. ¡Qué corte! Para colmo, antes de entrar se había hinchado de palomitas y las vomitó todas encima de nosotras. Nos pusimos perdidas. Fannia, Janis y Julia se quedaron petrificadas al ver a mis padres tan abatidos. Si les pinchan en ese momento no les sale ni una gota de sangre. Entonces apareció Rachel. Se mantuvo a un par de metros de ellas y de mis padres… Y explotó. Se echó a llorar desconsoladamente.

Mi madre advirtió la presencia de mis amigas. Se separó de mi padre y les pidió que se

Obedecieron las cuatro. Siempre llevaremos a Emma en nuestro corazón les dijo con ternura. Lo mismo me dijo Ethan. Siempre estaré contigo, en tu corazón.

¡Qué asco de vida! exclamó Rachel sin dejar de llorar. No paró de llorar hasta que se le acabaron las lágrimas.

21 acercaran.

Capítulo 8 Resucité a las cuatro horas de mi desvanecimiento. Me evaporé del mundo de las brumas y aparecí tumbada en una fría camilla de acero inoxidable, en un habitáculo contiguo a los quirófanos de la segunda planta. Tenía la cara tapada con una sábana. Técnicamente yo era un cadáver. La sábana me impedía respirar bien. La retiré y abrí los ojos. La luz fluorescente me cegó y tuve que tapármelos con las manos hasta que se acostumbrasen a la nueva situación. Tenía un insistente dolor de cabeza y me sentía muy aturdida. Hacía nada que estaba con Ethan y de repente me encontraba en un habitáculo feo y pequeñísimo. Giré levemente la cabeza y descubrí a Julia adormilada en una pequeña silla con la cabeza apoyada en la pared. Miles de preguntas me acribillaron. ¿Qué me había pasado? ¿Qué hacía yo en aquella camilla? ¿Estaba en un hospital? ¿Por qué…? ¿Dónde estaba Ethan?

22

Sus palabras resonaban en mi cabeza. Me acababa de decir algo… Algo importante que no alcanzaba a recordar… Me puse de mal humor y me volví a tapar la cara con la sábana. Cerré los ojos en un último intento desesperado de volver junto a él.

Pero no hubo manera.

En

menos de un minuto me volvió a faltar el aire y aparté de nuevo la sábana. En el preciso instante en que se despegaba

de

la cara, noté como si algo me abandonase, se escapase de mí.

Era Ethan, lo sé. Se fue. Quise atraparlo, pero se me escabulló entre los dedos.

¡No te vayas! dije.

Lo

único que conseguí fue despertar a Julia. Me miró con sus ojazos verde y puso cara de sorpresa mayúscula.

Hola la saludé. Ella se frotó los ojos, incrédula.

¿Emma?

Sí.Se volvió a frotar los ojos.

¿Eres tú?

Asentí con la cabeza y por fin reaccionó. Un poco más y se le sale el corazón por la boca. Pegó un grito tremendo.

¡¡¡Emma!!! Mi padre abrió la puerta del habitáculo.

¿Qué ocurre? le preguntó a Julia. Ella no contestó y se puso a llorar, supuestamente de alegría.

¡Papá! dije yo. ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? Emma articularon los labios de él. La voz casi no le salió.

¿Qué ha pasado? ¡Déjame entrar! Oí a mi madre. Estaba detrás de mi padre.

¿Te encuentras bien? le preguntó mi madre a mi padre. Mi padre me señalo con el dedo índice de la mano derecha y ella se fijó en mí.

¡Hija! chilló mi madre.

Se

me tiró encima. La camilla crujió. Me pareció que se partía por la mitad. Hizo tal ruido que atrajo a la gente que estaba

fuera. La puerta empezó a vomitar personas y el habitáculo se llenó a más no poder de vecinos, amigos, alumnos y

profesores del instituto, padres de mis amigas. Aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Todos me miraban con ojos desorbitados. Y yo no entendía el porqué.

¡Me estás aplastando! le dije a mi madre. Ella lloraba, reía, suspiraba, gemía.

Tuve que insistir en que me aplastaba un par de veces más. Finalmente se incorporó con torpeza. No dejaba de

observarme con ansiedad.

¡Estás viva! murmuró.

¿Cómo que estoy viva? Dime que es verdad me pidió. Y me pellizco en el antebrazo.

¡Jo! ¡Me haces daño! me quejé. Retiré instintivamente el brazo. Si es verdad ¿el qué? ¿Qué dices? le pregunté.

Mi

madre estaba alucinada. Era lógico. Hacía apenas un par de horas le habían dado la noticia de mi muerte. Y allí estaba

yo,

haciéndole preguntas. Aunque no sé quién estaba más alucinada, si ella o yo.

Mi

padre también estaba confuso y me observaba con incertidumbre.

¡Dejen pasar! ¡Y ya vayan saliendo, por favor! dijo alguien que no alcancé a ver y que pretendía traspasar la barrera humana que se había formado a mi alrededor.

Era el doctor Robinson con dos médicos más. Al oír aquella voz levanté la vista. La primera cara que vi fue la de Fannia. Después me fijé en Rachel y en Julia. Y en Janis. Eran la viva imagen de la felicidad. No me canso de decir que las quiero muchísimo.

De golpe empecé a notar calor. Había demasiada gente en el habitáculo.

¿Qué tal, tía? me dijo entonces Tom.

Me dedicó una larga sonrisa con los dientes blancos de su perfectísima dentadura. Noté una intensa punzada de dolor en

las sienes. Cerré los ojos esperando que al volver a abrirlos Tom no estuviese allí y que Ethan ocupase su lugar.

Cansada le respondí escuetamente con ojos cerrados.

¡Vayan saliendo, por favor! pidió por enésima vez el doctor Robinson.

Había conseguido llegar ya hasta mí. Le acompañaban dos médicos que a duras penas consiguieron salir a la gente del

habitáculo. Mis amigas me hicieron «adiós» con la mano desde la puerta.

¡Hablamos luego! me dijo Rachel.

Tom también me dijo algo desde la puerta. Esquivé su mirada y pasé de él. Mis padres se quedaron conmigo. El doctor Robinson cerró la puerta y a continuación me cogió el bazo para tomarme el pulso. ¡Ya nos puede estar dando una explicación convincente! le exigió mi madre.

Pues parece que su hija ha sufrido un episodio de muerte aparente afirmó el doctor—. Ocurre muy raramente…Pero

ha tenido que pasarle algo más. Hoy con los aparatos que tenemos es imposible que demos por muerto a un paciente que

sufra muerte aparente… Mis padres le miraron confundidos.

¿De qué habla? le preguntó a mi padre.

La muerte aparente antes se conocía como catalepsia se explicó Robinson. Para resumir, se trata de un episodio transitorio en el que aparentemente desaparecen las funciones vitales esenciales del individuo: circulatoria, respiratoria,

24

nerviosa. Puede suceder en situaciones diversas: por alteraciones del sistema cardiovascular, nervioso, o en caso de asfixia, y en estados infecciosos a veces inducidos por medicamentos…

¿Y si tardo más en resucitar? interrumpí la explicación. ¿Y si me hubiesen enterrado viva o me hubieran

incinerado? Quién sabe, a lo mejor era el camino más corto hasta Ethan. Morir para estar con él. Resucitar para perderlo. Así de

simple y complicado a la vez.

¿Y si me hubiesen abierto en canal para hacerme la autopsia?

25

El

doctor Robinson pidió auxilio con los ojos a sus colegas.

Será mejor que lo dejemos estar atajó mi madre. Ya haremos lo que tengamos que hacer. ¡Se les va a caer el pelo, doctor! Hay que revisar tu medicación para la diabetes cambió de tema Robinson. A ver si encontramos ahí el detonante

de tu episodio de muerte aparente.

¿Insinúa que puede volver a pasarle? dijo mi padre.

Nunca se puede asegurar a ciencia cierta respondió uno de los colegas de Robinson. Mi madre resopló con fuerza. Tenía unas ojeras enormes y las arrugas de los labios parecían habérsele acentuado. Durante las cuatro horas en que me

morí sin morirme había envejecido años. Si le soy sincero, creo que no se volverá a repetir dijo el otro colega de Robinson para calmar a mi madre.

¿Cómo te encuentras? me preguntó Robinson. Agotada le contesté.

Te tenemos que trasladar a una habitación dijo él—. Hay que hacerte pruebas… Tienes que quedarte algún tiempo en el hospital… Puede ser que también hayas sufrido una hipotermia severa. Eso, sumado a la muerte aparente, puede haber sido la causa de nuestra equivocación. Miró a mis padres. Además, hoy tenemos el servicio de urgencia al borde del colapso. Un accidente múltiple en la autopista… Está claro que nos hemos precipitado.

Los médicos se marcharon y se presentó un camillero para trasladarme a la habitación. Salimos del habitáculo y pasamos entre medio de la gente. Saludé a mis amigas y algunos profesores. Todo el mundo estaba sonriente. Mis padres caminaban al lado de la camilla.

Ya en la habitación una enfermera ajustó el regulador del suero y se fue en compañía del camillero. Mi madre se

acomodó en la butaca. Mi padre se quedó de pie a mi lado.

Me duele todo el cuerpo y la cabeza parece que me va a estallar. Creo que quiero dormir. Por favor, ¿podéis bajar la persiana?

Mi madre la bajó hasta la mitad.

Del todo. No verás nada.

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Me da igual.

¿Puedes encender un momento la luz? le pidió mi madre a mi padre. No quiero romperme la crisma bromeó. Bajó la persiana del todo. Mi padre me besó en la frente.

Estamos fuera dijo mi madre. Salieron de la habitación y apagaron la luz. Cuando se cerró la puerta me envolvió la oscuridad. Me refugié en ella y me concentré en recuperar el mundo de Ethan. Pero el cansancio me pudo y me dormí.

Capítulo 9 Ethan me invitó a sentarme entre las plantas de centeno. Nos sentamos el uno al lado del otro. Sus piernas rozaban las mías. Cogió una espiga y la hizo girar entre sus dedos. No le quitaba los ojos de encima. Estaba muy ensimismado y yo lo notaba próximo y lejano. Era una sensación extraña

Me parecía accesible y distante a la vez. Era capaz de engullirme y también de hacerme sentir a kilómetros de él.

O quizá la culpa no fuera suya y se debiera a mi propia inseguridad.

De repente empezó a recitar un poema sin dejar de mirar la espiga:

Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado en el juicio final, la última y segunda vez que estos amantes incorpóreos se encontraron.

Un

cielo en una mirada, un cielo de cielos, el privilegio de los ojos de uno en los del otro.

No

tenían una vida por delante. Ataviados como los nuevos no nacidos, sólo que ellos habían visto nacidos más infinitos,

ahora.

¿Hubo nupcias como éstas alguna vez?

Un paraíso, el anfitrión. Y un querubín y un serafín los discretos invitados. Cuando acabó de recitar posó sus ojos en los

míos.

Y yo quedé mirando dentro de ellos intentando desentrañar el sentido de aquellos versos. Me parecían enigmáticos, pero

por otra parte sentía que me describían, que describían aquel extraño momento que estaba viviendo y también el futuro.

Que en cierta manera estaban dotados de una significación que me desvelarían el misterio de aquel episodio. El misterio

de Ethan y el mío.

Él se levantó primero. Yo me hice la remolona.

¡Se está tan bien aquí! dije.

Me estiré y me desperecé. Ethan se agachó y me cogió en brazos. Tengo que enseñarte algo me susurró al oído.

¿Puedes llevarme al fin del mundo? le pregunte.

Si tú quieres, iremos allí. Pero antes quiero que veas algo.

En sus brazos me sentía poderosa. Poderosa y feliz. También afortunada, inmensamente afortunada.

¿Estás preparada?

¡Adelante! grité.

Ethan empezó a caminar, cada vez más y más rápido. Llegó a coger tal velocidad que aquel inacabable campo de centeno

se transformó en un haz de luz.

A toda velocidad por aquel camino luminoso me pareció entrar en un volcán en plena erupción. Noté un ligero calor y una

tibieza agradable se adueñó de mí.

¡Adelante! volví a gritar.

El eco de mi voz resonó, rebotó, se multiplicó hasta la infinidad.

Capítulo 10 Mi madre regresó por la habitación del hospital pasada una hora. Se quitó los zapatos para no hacer ningún ruido. Se sentó en la butaca y se puso a observarme en silencio. Yo ya hacía un buen rato que me había despertado, pero me encontraba a gusto en aquella oscuridad. Hola le dije casi murmurando.

¿Estás despierta, entonces? me preguntó con voz dulce.

¿Has descansado bien? ¿Te sigue doliendo la cabeza? Ya no me duele.

¿Quieres que suba la persiana?

Estoy bien así. Si quieres que la suba, me lo dices. No te preocupes.

Mi madre se recostó cómodamente en la butaca. Yo cerré los ojos. Estuvimos así un rato, calladas, hasta que yo rompí

aquel silencio agradable.

¿Te puedo hacer una pregunta?

Claro que sí, hija.

Es sobre la abuela Kerry

¡Dime, nena!

Aunque mi madre intentó aparentar tranquilidad, noté cierta crispación en su voz.

La abuela Kerry me hizo una visita

¿Cómo? exclamó mi madre.

Le expliqué todos los detalles de aquel encuentro. Cuando acabé, ella no dijo nada. Se calzó y se levantó le la butaca. Fue directa a la ventana y subió la persiana. La tarde estaba declinando y las farolas de la calle se habían puesto en marcha. Ya

no llovía.

Menudo día de San Valentín. ¡Cuántas emociones! dije espontáneamente. Ya se acaba

Mi madre encendió la luz y cogió una botella de agua que había encima de la mesita de noche. Desenroscó el tapón.

¿Quieres? me ofreció.

Negué con la cabeza, y ella se sirvió agua en un vaso. Se lo bebió sin respirar.

29

la noche de su entierro disparé.

Todo se acaba

Tuviste suerte

Yo no me pude despedir de la abuela Kerry se sinceró después de apurar el agua. Llegué al hospital

demasiado tarde

Ya había perdido el conocimiento. ¡Ojalá me hubiese venido a visitar a mí también!

Ella fue muy feliz con el abuelo. Me lo dijo

¿Y tú has conocido a ese ser maravilloso que te anunció la abuela?

No

llegué a responder porque en ese momento alguien pidió permiso para entrar en la habitación.

¿Se puede? se oyó fuera.

Mi

madre fue hasta la puerta y la abrió.

¡¡¡Sorpresa!!! entonaron mis amigas, todas a la vez. Después de saludar a mi madre, las cuatro se abalanzaron sobre mí. Os echaba de menos les dije mientras las apretujaba. Tuve un ataque repentino de alegría y me puse a besarlas sin parar. Ellas hicieron lo mismo conmigo.

¿Así que has decidido volver

Las palabras de Fannia me desconcertaron. Dejé de repartir besos.

¿Cómo sabes que he estado «allí»? le pregunté.

No sé

Eso son chorradas dijo Rachel. Después de la muerte no hay nada. Nada de nada. Quien diga lo contrario, miente. Yo no estaría tan segura dije yo.

¿Qué insinúas?

Julia puso cara de interrogante. Que yo no estaría tan segura de que después de la muerte no haya nada. 30 Me incorporé y ellas se sentaron en la cama alrededor de mí. Tengo que contaros algo que no Dejé la frase a medias y miré a mi madre. Ella captó el mensaje a la primera. Bueno, tengo que salir dijo. Cuidadla bien. Eso no se lo podemos garantizar bromeó Rachel.

Mi madre sonrió.

Dame un beso le pedí.

Se me acercó y me besó.

Te quiero me dijo después.

¿Y papá? le pregunté.

En casa. Ha ido a darse una ducha

Dile que le quiero.

Mi madre me miró inquisitivamente.

A ti también Me dio otro beso y salió por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Qué escena más tierna! Me muero de la envidia dijo Fannia. Has dicho que tenías que contarnos algo me recordó Janis.

asentí. Pero tenéis que prometerme que no os vais a reír de mí. Rachel se empezó a tronchar de la risa.

Pues ahora paso

Venga, no seas tonta. Ya conoces a Rachel me dijo Julia. Y tú, haz el favor de tomarte las cosas más en serio le dijo a ella. Esta vez fui yo quien se partió de la risa.

¡Encima que te defiendo! se quejó Julia.

Me abracé a ella y a Rachel. No te vuelvas a morir, ¿vale? me pidió Rachel. Pensé que no te volvería a ver me confesó Julia. Su voz traslucía tristeza.

De la risa pasé al llanto. Las tres nos pusimos a llorar.

Hoy es el día de las escenas tiernas intervino Fannia.

Venga ya. Desembucha exigió Janis. ¿Qué es lo que nos tenías que explicar? Julia, Rachel y yo dejamos de abrazarnos. Sí, eso. ¡Cuéntanos! me dijo Julia secándose las lágrimas.

Bien

¡Te mola el doctor ese como se llame! dijo Rachel. Está buenísimo.

Se llama Robinson apuntó Julia. Pero me parece que eso no es lo que nos quiere explicar Emma. Julia tiene razón dije.

Entonces, ¿a quién has conocido? ¡Pero si has estado muerta soltó Janis. Eres una bruta le recriminó Julia.

?

No te has querido quedar allí.

¿No dicen que al morir vamos a algún sitio?

Han sido unas horas muy intensas

me enfurruñé bromeando.

Resulta que

he conocido a alguiendije vergonzosamente.

!

¡Qué suspense

!

¿Te has 31 enrollado con Dios?

Todas nos empezamos a reír a mandíbula batiente. Venga, no seáis pesadas. ¡Dejadle hablar! insistió Fannia. Se llama Ethan dije yo.

¿Lo conozco? me preguntó Julia.

¿Os habéis liado? me preguntó Janis.

¿Lo sabe Tom? me preguntó Fannia.

¿Se lo monta bien? me preguntó Rachel.

¿Podéis dejar de interrumpirme? les pregunté yo. La habitación se volvió a llenar de carcajadas.

Capítulo 11 Efectivamente, Ethan me había llevado al interior de un volcán en plena erupción. La lava subía lenta pero inexorablemente por el conducto principal, impulsada por una fuerza irrefrenable, salvaje, descomunal. Ni rastro de cenizas. Todo era lava y sólo lava. Se podía respirar con facilidad y la temperatura era agradable, como la de una noche de verano en la que corre una brisa templada. Entonces entendí por qué, la primera vez que lo vi, me pareció que Ethan olía a volcán. Habíamos llegado hasta allí volando… A aquellas alturas, ya nada me extrañaba en aquel mundo. Estábamos en una cueva grandiosa, encima de unas rocas de lava solidificada. Delante de nosotros, a escasos metros, había un mar de lava. ―Tenemos que sumergirnos en él. Ethan señaló el mar de lava que teníamos enfrente.

― ¿Nos tenemos que meter ahí? ―le dije temerosa.

―Conmigo al lado no tienes que tener miedo. Es más, si alguna vez lo tienes y no estoy, piensa en mí. Se te pasará. 32 Aquellas palabras me sosegaron. Me cogió de la mano y nos pusimos a caminar sin más dilación. Nos hundimos lentamente en la lava. Primero los pies, luego las rodillas, luego la cintura. Le apreté con fuerza la mano y, aún con cierto temor, cogí aire antes de sumergirme por entero en aquel mar viscoso y tibio. Cuando no pude contener más la respiración, abrí la boca… ¡Y podía respirar! El miedo se desvaneció por completo. Ethan tiraba de mí y yo me dejaba arrastrar. Me relajé y disfruté de aquel viaje submarino tan peculiar con el cúmulo de sensaciones que recorrían mi cuerpo entero. Cuando me quise dar cuenta, mi cabeza ya estaba de nuevo fuera de la lava. Dimos unos pasos más y salimos de aquel océano interior.

― ¡Ohhh! ―exclamé.

Aparecimos en una cueva bastante más pequeña que la anterior. Era espectacular. Había estalagmitas y estalactitas en cada rincón. En la pared del fondo vi una fuente de lava que alimentaba el mar del que acabábamos de emerger.

― ¡El Manantial de la Sima! ―me anunció Ethan. Le pasé las manos por la cintura y me agarré a él por detrás.

― ¿Quién eres? ¡Dímelo! ―le exigí. ―Soy quien tú quieras que sea ―respondió sin vacilar.

― ¡Ethan! ―pronuncié en voz alta.

Capítulo 12 Mis amigas dejaron de hacerme preguntas y ¡por fin les pude explicar mi encuentro con Ethan! Me moría por hacerlo. Compartir con ellas aquellas vivencias tan intensas fue como recuperarlas, vivirlas de nuevo. Volví a sentir a Ethan. Cada una tomó mi historia a su manera. La poesía que recitó ese superhombre que dices es de Emily Dickinson comentó Julia. No lo sabía le dije.

¡Pero si la dimos a principio de curso! exclamó ella.

Por eso ha salido en tu sueño intervino Rachel.

¿Estás diciendo que todo ha salido de un sueño? le pregunté.

Es una posibilidad. —Eres… No encontré palabras para demostrar mi desencanto. Solo he dicho que se trata de una posibilidad, nada más.

¡Ya empezamos con vuestras discusiones! se quejó Julia. Y tú ¿no puedes dejar tus 33 comentarios para otro momento? se dirigió a Rachel.

Ethan es un nombre muy sexy dijo Janis. Una vez en un bar conocí a un tío que se llamaba así. También parecía muy interesante. Pero no lo volví a ver. Pues tendrías que ver a mi Ethan dije yo toda satisfecha mirando a Rachel con cara de condescendencia.

De las cuatro, a la que más le gustó la historia fue a Fannia. Se quedó fascinada. A medida que yo avanzaba en el relato,

notaba que su interés iba creciendo más y más. Bueno, la verdad es que ella y yo somos unas romanticonas. Nos encantan las películas, las series de televisión, las

revistas y las novelas de amor.

¡Qué bonito! ¡Ojalá me hubiese pasado a mí! suspiró profundamente Fannia cuando terminé de contar mi historia.

¡Eres una cursi! le espetó Rachel. Fannia hizo oídos sordos. Rachel es una tía dura donde las hayas y no le gusta el «rollo romántico», como ella lo llama.

— ¿Y cómo has dicho que llegaste a ese mundo tan… tan fantástico? —me preguntó Rachel.

Lo acabo de contar… Tendrías que haber estado más atenta —le contesté secamente. —No lo entiendo, de verdad… Rachel se incorporó de la cama y fue hasta la ventana. Había oscurecido totalmente. En invierno los días son demasiado

cortos. Me gusta mucho más el verano, los días son más largos y se puede estar en el parque al aire libre, tumbada en el césped tomando el sol al acabar las clases.

¡Eres una aguafiestas! le recriminé a Rachel.

¡Dale! ¡No sigáis así, por favor! nos advirtió Julia.

No

es que Rachel y yo nos llevemos mal. Discutimos pero nos queremos mucho. Lo que pasa es que somos muy distintas.

Yo

soy soñadora y ella, en cambio, mira el mundo de una manera racional. Lo racionaliza todo, absolutamente todo. Y en

una cuestión tan irracional como el amor su manera de ver las cosas choca frontalmente con la mía. Ella a menudo me critica que soy demasiado impulsiva y que me enamoro hasta de las piedras, y que por eso los tíos con lo que me enrollo se aprovechan de mí y me acaban haciendo daño. Puede que tenga razón en que sea una romántica… Pero no soy para nada una enamoradiza. En verdad no ligo demasiado, y de hecho, antes de conocer a Ethan, no me había enamorado hasta la médula de nadie. Un poquito sí, de Tom. Hasta que descubrí que era idiota

Soy una mezcla rara de chica lanzada e insegura. A veces parece que me voy a comer el mundo y voy a conseguir lo que me proponga. Otras veces me veo incapaz de gustar a nadie. No era mi intención estropearte nada me dijo Rachel desde la ventana—. Lo único que quiero es que no sufras… —No estoy sufriendo…

¿Cómo que no? Alzó la voz. A ver, dime. ¿Ahora qué harás? ¿Dónde está tu Ethan? 34 ¿Cómo volverás a ese mundo…? ¿Te morirás de nuevo? Calló en seco.

Mi respuesta fue un silencio absoluto. No podía rebatirle. Por crudo que pareciese, estaba en lo cierto. ¿Dónde estaba él?

¿Cómo volvería a su lado? Yo te ayudaré rompió el silencio Julia. Rachel se dio cuenta del alcance de sus palabras y vino corriendo a abrazarme. Lo siento se disculpó—. A veces resulto odiosa. Pero no puedo evitar decir lo que pienso… ¿Me perdonas? —Claro, tonta le dije cariñosamente. Ojalá conociera yo a un Ethan que me demostrase que el amor existe dijo mientras me abrazaba. Pues ya sabes lo que tienes que hacer: ¡morirte! le dejó caer Janis.

Rachel esbozó una sonrisa. En cuanto salgas del hospital, nos pondremos manos al asunto me dijo Julia. ¡Encontraremos a tu Ethan!

En ésas, mi madre volvió a aparecer por la habitación.

Están repartiendo la cena anunció al entrar. Tengo hambre. Me parece que no como nada desde hace una eternidad dije yo. Rachel acercó su boca a mi oreja.

Te quiero me dijo con la voz un poco ronca. Ya sabes que yo también.

Un ruido inesperado estropeó la magia del momento. Alguien acababa de batir el carrito de la cena contra la puerta.

Búsqueda Capítulo 13 Entre tantas pruebas que me hicieron, total para no sacar nada en claro y confirmar lo que ya sabían, lo del dichoso e inexplicable episodio de muerte aparente, me pase cuatro días en el hospital. Me aburrí como una ostra. Y eso que mis amigas me regalaron novelas de todo tipo: de vampiros, de ángeles, de amores imposibles, diarios de adolescentes… Hasta Rachel, que no lo suele hacer, me compró una. Las ojeé pero no pasé del primer capítulo de ninguna, y eso que habitualmente me las leo en nada. No se trata de que me

dejasen de gustar de la noche a la mañana. Era que no me concentraba en la lectura porque no me podía quitar a Ethan de la cabeza. Él eclipsaba a cualquier personaje de novela. Su recuerdo era tan intenso que mi mente se escapaba a todas horas a su mundo y recorría el campo de centeno, se colaba por el volcán, se sumergía en el mar de lava, visitaba el Manantial de la Sima, rememoraba cada pequeño detalle. Intentaba revivir a Ethan. Nuestro encuentro sí que fue una historia de amor de verdad… Y yo ansiaba con todas mis fuerzas volver a protagonizarla fuera como fuese no sólo en el recuerdo. Durante los días que pasé hospitalizada, los únicos momentos en los que me divertí algo fue en 37 las horas de visita, cuando alguna de mis amigas, o todas a la vez, se presentaban en la habitación. Lo peor fue, además de tener que soportar que me sacaran sangre continuamente, que me hiciesen decenas de escáneres y radiografías, tener que orinar no sé cuantas veces en un botecito, pasarme horas y horas rellenando formularios, más que todo eso, lo peor con diferencia fue la tarde que Tom vino a verme. Apareció a última hora, mis padres se acababan de marchar y yo estaba preparándome para ir a dormir. Salía del cuarto de baño cuando me tropecé con él.

¡Qué susto! casi grité.

La toalla que llevaba en las manos se me cayó.

¿Pensabas que no iba a venir, eh? dijo él sonriendo con esa ristra de dientes blanquísimos que tiene. Mascaba un

chicle. Yo hice ademán de recoger la toalla del suelo pero Tom se me adelantó y se agachó a toda velocidad. Más rápido que el rayo se pavoneo. Me dio la toalla y aprovechó para cogerme de la mano. Yo me tensé al instante. Hola, cariño dijo con voz tierna. Cuando utilizaba ese tono es que le apetecía besarme. Estoy hecha polvo atajé yo para disuadirlo. No se dio por aludido y me tiró suavemente de la mano, me acercó y me besó en los labios. Respondí a aquel beso porque no me apetecía empezar a discutir, pero me retiré enseguida. Después conseguí escabullirme de entre sus brazos y me senté en la cama. Estás muy guapa con ese camisón me dijo él. ¿Te gusta mi cazadora nueva? me preguntó a continuación. E hizo un gran globo con el chicle. Es muy chula mentí. Era horrorosa y no le combinaba para nada ni con la camisa ni con los pantalones. Además le quedaba un poco ancha de hombros. —Si te la quieres poner algún día, me la pides… ¿A que me queda bien? Giró sobre sí mismo un par de veces. Yo no respondí. No hacía falta que lo hiciera. Dejé la toalla encima de la mesita de noche y me metí en la cama. Me tapé hasta las cejas. Tom se quitó la cazadora y la lanzó a la butaca. Se acercó a la cama y se inclinó para darme un beso. Giré la cabeza. Estoy muy cansada le dije. No sé por qué no aproveché aquella ocasión para decirle que cortábamos, que se fuese, que no quería saber más de él, que había conocido a alguien maravilloso que le daba un millón de vueltas, que marchase de una vez porque era un pesado, que me dejase en paz… 38 Instantes antes de desvanecerme en el pasillo del instituto, estaba convencida y dispuesta a cortar con él. Y cuando por fin se presenta una ocasión, la desaprovecho. Venga, sólo es un beso insistió Tom. Sus labios se volvieron a depositar sobre los míos. No tuve más remedio que tocar el timbre para llamar a las enfermeras. Lo hice sin que él se diese cuenta. El tiempo que tardó en llegar la enfermera de guardia se me hizo eterno. Tom estaba a lo suyo… Se creía tanta cosa y besaba fatal.

¿Qué pasa aquí? dijo la enfermera cuando entró en la habitación. Ya no son horas de visita. Tom se dio media vuelta. —Me… estaba despidiendo de mi novia —se justificó. Creo que la enfermera no se echó a reír por no abochornarlo más. Tom estaba coloradísimo. Nos vemos mañana me dijo. Y se encaminó hasta la puerta. Entonces advirtió que se dejaba la cazadora en la butaca y retrocedió para cogerla. Bueno, ya me voy le dijo a la enfermera al pasar por su lado. Recogió la cazadora y se fue. La enfermera salió con él. Apagué la luz y me abracé a la almohada. Intenté no pensar en nada, pero el reciente incidente con Tom no se me borraba de la cabeza. Aún tenía la sensación de notar sus labios. Encendí la luz y me levanté. Había decidido ducharme. La ducha caliente me sentó genial. El agua se llevó a Tom por el desagüe. Me metí en la cama con ánimos renovados. Apagué la luz y me volví a abrazar a la almohada. Nada más cerrar los ojos me vino a la cabeza el poema de Ethan me había recitado Lo empecé a recitar yo:

Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado en el Juicio Final. La última y segunda vez que estos amantes corpóreos se encontraron. No seguí por la segunda estrofa. Y repetí los dos últimos versos. La última y segunda vez que estos amantes incorpóreos se encontraron. Paré de nuevo. Estuve un rato pensativa, musitándolos en voz baja. Finalmente me puse a hablar en voz alta, como si Ethan me pudiese escuchar. —¿Qué quiere decir «la última y segunda vez»? ¿Tal vez que nos encontraremos de nuevo…? ¿A que sí…? Estoy convencida… No sabes cuánto me gustaría. Pero debes tener en cuenta que no querría que la segunda vez fuese la última… Ya sabes a lo que me refiero. Yo quiero estar contigo siempre… Así de simple… Sí, has oído bien, siempre… ¿A que tú también quieres lo mismo…? Me callé y el silencio retumbó en mis oídos. Ethan, como era de esperar, no contestó. —Te gusta jugar, ¿eh…? Así que la poesía es una pista… ¡Cómo eres…! No me daré fácilmente por vencida. No sabes con quién te la estás jugando… Mi madre dice que soy una cabezota. Y tiene razón. Me conoce como si me hubiese parido… Hablé, hablé y hablé hasta que la desazón se apoderó de mí. Entonces me puse a llorar de impotencia. Al día siguiente me desperté con un dolor de cabeza terrible.

Capítulo 14 Ethan y yo nos acercamos al Manantial de la Sima. El cordón umbilical que alimenta a la madre Tierra dijo él en tono solemne. Yo no entendí nada pero no se lo dije. Aquello era una fuente de lava. La lava brotaba de la pared en estado líquido a presión y, al poco de salir, se iba haciendo cada vez más densa. Se puede tocar me animó a meter la mano en el chorro. Sin pensar en las consecuencias, rocé la lava con la punta de los dedos. No quema reconocí. Entonces metí las dos manos. La presión me hacía cosquillas. No te has quemado porque tienes el corazón puro. —Ya… Eso se lo dirás a todas —bromeé. Bebe me sugirió. —No pretenderás que… —Confía en mí. No tengo sed me excusé.

Eso es que aún no estás preparada.

Yo no entendía tanto enigma y me asusté un poco. Además, ¿y si beber aquella lava me sentaba fatal? No pasa nada. Ethan se había dado cuenta de mi temor. Me cogió de la mano y me llevó hasta unas piedras que había a la derecha del manantial. Aquellas piedras tenían forma de silla. Me senté en una. Era muy cómoda… Apoyé la cabeza contra la pared. Él arrancó una estalagmita que había cerca. Aquella estalagmita, como el resto y también las estalactitas, no era de agua. Era de lava. Toda aquella cueva era de lava. Se acercó al Manantial de la Sima y puso la estalagmita debajo del chorro de lava líquida. La estalagmita se fundió y se mezcló con la otra lava. Yo me quedé embobada mirando la corriente de lava.

40

¿Qué es este mundo naranja? ¿Quién eres tú? le pregunté con voz rota. Yo seré quien tú quieras que sea. Ya te lo dije antes.

¡Dale con los enigmas! Alcé un poco la voz.

Ethan se rio. Me voy a enfadar enserio le advertí. No te lo tomes tan a pecho, mujer. En verdad no estaba enfadada, estaba ansiosa, nerviosa… Y confusa. ¿Y si todo aquello era un simple producto de mi imaginación?

Observé a Ethan detenidamente. ¿Era un sueño? Se inclinó y bebió un par de sorbos del manantial.

¿Dónde estamos? le pregunté otra vez mientras iba junto a él. ¡Y no me digas que donde yo quiera que estemos o algo por el estilo, eh! Ha valido la pena la larga espera. —Venga, no quiero más evasivas, por favor… Te lo ruego. Ethan era desesperadamente encantador. —Contéstame, venga… ¿Dónde estamos? —En el Manantial de la Sima… —Eso ya lo sé… —Entonces, ¿por qué lo preguntas?

¡Me doy por vencida! exclamé y me abalancé sobre él.

Me recibió con los brazos abiertos y me levantó en volandas como hacía mi padre cuando yo era pequeña.

¡¡¡Uau!!! grité mientras daba vueltas.

¿Quieres beber ahora? me preguntó. Y me depositó en el suelo.

Estoy un poco mareada. Me puso las manos en las sienes y el mareo desapareció.

¿Eres un brujo o algo así?

¿Ahora te apetece un trago del Manantial de la Sima?

Miré aquella fuente de lava. Dijiste que era el cordón umbilical que alimenta la madre Tierra. Movió la cabeza en sentido afirmativo. —Si insistes, beberé… No sé por qué motivo, de golpe tuve el deseo irrefrenable de beber en aquella fuente. Me parece que ya estás preparada. Bebí un largo trago de lava líquida.

41

Capítulo 15 Mis padres pusieron de inmediato una denuncia al hospital por lo que ellos creyeron una negligencia cometida conmigo. Yo no les pregunté nada sobre el asunto. Me enteré por mi madre días después de salir de allí. Lo único que sé al respecto es que, excepto el día que ingresé, no volví a ver más al doctor Robinson. Supongo que él cargaría con las culpas. A mí me

llamó la atención que no hubiese pasado más por la habitación. No era un mal tipo y Rachel tenía razón: era atractivo. Por curiosidad, le pregunté a la enfermera que me había ayudado a desembarazarme de Tom si sabía algo de él. Ella puso cara de póquer y yo me olvidé de Robinson en ese mismo instante. Al final me dieron de alta un sábado.

¡Ha llegado el gran día! me anunció mi madre al llegar a la habitación.

Eran las diez de la mañana. Yo aún estaba medio adormilada. Normalmente a las nueve ya estaba despierta, pero la noche anterior no había conseguido pegar ojo hasta altas horas de la madrugada. La señora que estaba en la habitación contigua se había pasado horas gritando. Debía tener un dolor que ningún fármaco conseguía aplacar. Pobre mujer. Por fin te podrás ir a casa me dijo mi madre. ¿No estás contenta? La que estaba más que contenta era ella: estaba radiante. Las ojeras le habían desaparecido y 42 las arrugas de los labios se le habían estirado. Parecía haber rejuvenecido los años que había envejecido durante las cuatro horas que estuve muerta. Toda ella era una sonrisa. Por eso no le quise preguntar si le habían dicho algo sobre el resultado de las innumerables y tortuosas pruebas a las que me habían sometido. Pues sí, tengo ganas de salir de aquí admití. Bostecé un par de veces. Tenía un sueño espantoso. Voy preparando la bolsa me dijo. Y se puso a recoger mi ropa del armario de la habitación. Tengo la sensación de llevar aquí meses comenté yo.

Mi madre dejó la bolsa en el suelo y me abrazó con fuerza.

Al cabo de una hora y media, un celador con cara de aburrido me vino a buscar.

¿Emma Patterson? me preguntó.

Sí. Es mi hija se me adelantó mi madre. Cuando quieras me dijo el celador. Traía una silla de ruedas. Me hizo gracia. Mi madre metió mis novelas en la bolsa y cargó con ella. Yo monté en aquel artefacto con ruedas. Mi padre nos estaba esperando con el coche aparcado delante del hospital. Le dije adiós con la mano a la habitación sin que me viesen ni el celador ni mi madre. Me salió así, no es que tenga la

costumbre de hacerlo. No soy maniática. Fannia sí que lo es. Todas las noches, cuando se va a dormir tiene que dejar la ropa bien doblada y las zapatillas de estar por casa las pone perfectamente alineadas a los pies de la cama; no puede ponerse dos días seguidos la misma ropa; se compra bragas nuevas cada mes… Es una esclava de sus manías. El celador me llevó hasta la salida del hospital. Unos metros antes de llegar le dije que parase. Salí a la calle por mi propio pie. Hacía un día de esos de invierno con un cielo azul espléndido.

¿Has traído mis gafas de sol? le pregunté a mi madre. Aquí las tienes. ¿Quieres que te las limpie? Da igual. Me las puse. Mi padre vino a nuestro encuentro.

¡Buenos días, hija! me saludó con efusividad.

Mis padres estaban felices y contentos. Esperaba que Julia y las demás estuviesen aquí dije. La verdad es que no había caído en ese detalle. Fue al decirlo cuando realmente me extrañó que ninguna de mis amigas

viniese para celebrar tal acontecimiento. Salía del hospital después de que me hubiesen dado por muerta. ¿Era un acontecimiento o no?

¡Vamos! Seguro que tendrían cosas que hacer. Ya las verás me dijo mi padre.

Nosotras entramos en el coche mientras él metía la bolsa en el maletero. Bajé la ventanilla. 43 Vas a coger frío me advirtió mi madre. Estoy bien así.

Mi padre pudo el coche en marcha y en menos de un cuarto de hora enfilábamos nuestra calle. Fui casi todo el recorrido

con los ojos cerrados, saboreando el aire fresco en la cara. No me di cuenta de la gran pancarta que había en la fachada principal de nuestra casa hasta que pasé por debajo de ella ¡¡¡BIENVENIDA EMMA!!! ¿Qué es esto? les pregunté a mis padres. Se miraron el uno a otro y no me respondieron.

Mi madre abrió la puerta y se apartó. Mi padre me dio un empujoncito para que entrase yo primera.

El interior de la casa estaba totalmente a oscuras. Todas las persianas estaban bajadas y en el comedor no se veía ni torta.

De repente oí una voz familiar… Era Julia.

¡A las de tres! dijo—. Una… —empezó a contar.

—Dos… —se le sumaron otras voces. Deduje que había mucha gente en la casa—. Y… ¡¡¡tres!!! Entonces alguien encendió

las luces.

¡¡¡Bienvenida Emma!!! voceó todo el mundo a la vez.

La gente estaba emocionada. Mi madre se puso a llorar de alegría. A mi padre le costó mantener la compostura y puso cara de esas que pereces medio tonto.

Yo me quedé plantada en la entrada, supongo que con una cara parecida a la de mi padre. El comedor estaba lleno de

vecinos, conocidos, desconocidos, alumnos y profesores del instituto, amigas y padres de mis amigas. Incluso habían venido la tía Erica y el tío Craig, los hermanos de mi madre… Había muchísimas personas.

Clavé los ojos en el suelo.

¡Te queremos! exclamó Julia.

Al oír su voz levanté la vista y me topé con los ojos de Fannia. A su lado estaban Rachel, Julia y Janis. También vi a Tom. Me dedicó una de sus sonrisas de dientes blancos. Mi padre me pasó el brazo por encima de los hombros. Y mi mente echó a volar… Imaginé que aquél era el brazo de Ethan.

Capítulo 16 Mis padres me habían preparado una fiesta de bienvenida sorpresa. Yo no estaba para fiestas. Lo que me apetecía era instalarme en mi habitación y estar a solas. Necesitaba descansar y digerir todo lo que me acababa de pasar. Uno no muere todos los días y luego resucita.

Ni anímica ni físicamente estaba para tolerar a la gente. Me encontraba muy, pero que muy cansada. Pero mis padres se merecían que hiciese un esfuerzo. Además, era de agradecer la presencia de todas aquellas personas. Así que hice todo lo que pude y más para ser cordial y conversar. Qué suerte has tenido. Sí. Has vuelto a nacer.

Ya.

¿Qué sensación tuviste mientras estabas

¿Mientras estaba muerta? Sí. Ninguna en especial.

¡Ah!

Pues ¡qué bien

Ya. Tus padres lo han pasado tan mal

Sí, los pobres

Tu madre me ha dicho que ya puedes hacer vida normal.

Sí. Supongo que tendrás ganas de recuperar la normalidad. Por supuesto. Más sorbos. Es lo mejor que te podía haber pasado.

¿El qué?

Ya sabes

¿Haber resucitado?

Sí, eso.

Pues, no.

45

?

!

Me alegro.

Unos segundos de silencio aprovechados para dar unos sorbos a la bebida.

Haber

¿Cómo que no? Quiero decir que sí

Que era lo mejor que me podía haber pasado.

Ya

Perdone, pero últimamente me cuesta un poco concentrarme.

Debe de ser por

Sí, seguro. De verdad que me alegro. Ya. Voy a probar uno de esos canapés. Tienen una buena pinta Están deliciosos. Hasta luego entonces.

Nos vemos

Otro

trago.

Es normal.

Fin de la conversación.

Normalmente soy educada, sé agradecer las cortesías, pero llegó un momento en que no pude más y le dije a mi madre que me iba a descansar en mi habitación. No la había vuelto a pisar desde que había salido de casa la mañana que me desvanecí en el instituto.

Se notaba que alguien había estado ordenando. Estaba todo en su sitio y bien recogido. No había ropa y otros trastos

tirados por ahí

La ropa se me acumula encima de las sillas. Y a veces la mesa está tan llena de objetos que cuando tengo que utilizarla

pierdo algún tiempo haciendo sitio. En ese momento me digo:

De hoy no pasa. Pero enseguida me olvido y sigo con mi pequeño caos. A mi madre no le gusta. No lo puedo evitar, ya sabes. Lo intento pero no lo consigo le digo para intentar justificarme, aunque ya sé que depende de mí. Ella no dice nada, pone cara de malhumorada y se marcha.

47

Entonces ordeno a conciencia. Me escabullí a mi habitación y cerré la puerta con llave. Me quité los zapatos y me estiré en la cama.

Normalmente, tengo la habitación un poco desordenada.

Mi

cama, mis cojines, Kisses y Smiles, dos muñecas peponas grandiosas

¡Qué gusto!

No

había pasado ni medio minuto, cuando alguien aporreó la puerta con los nudillos.

¿Estás ahí?

Era Rachel. Me levanté, le abrí y me volví a tumbar en la cama.

Eres lista. Has hecho bien en escabullirte me dijo. Vaya fiesta más aburrida. Están todos los profes del instituto,

nuestros padres

Se tumbó a mi lado.

− ¿Puedo liarme uno de los míos? −me preguntó.

A Rachel le gusta fumar de vez en cuando marihuana. Yo paso de eso. Ni siquiera le he dado una calada a un pitillo. Sólo

pensarlo, me da asco

Rachel. Janis y Julia son como yo: nada de nada.

— ¿Me has oído…? Te he preguntado si puedo liarme un porro. —Aquí no

Ya verás tú. ¡Un día de éstos te voy montar una fiesta que vas a alucinar! No me lo digas le seguí el rollo. Habrá sexo, drogas y rock and roll

¿Así que hablando de sexo? intervino alguien súbitamente.

Me quise morir

Me levanté de la cama de un salto. Un par de cojines se cayeron al suelo. Rachel también se incorporó. Yo ya me iba dijo.

Y se fue. La fulminé con la mirada.

Recogí los cojines del suelo e hice ademán de salir tras Rachel, pero Tom se me puso delante y 48 me lo impidió.

Reaccioné con serenidad. Tom le dije, ya no podemos posponerlo más. Tenemos que hablar.

¿Hablar? ¿De qué? ¿Qué ha pasado?

En realidad no ha pasado nada. En realidad es por eso que tenemos que dejar lo nuestro: porque no hay nada.

¿Cómo? ¡Pero si todo va bien!

Ni bien ni mal

La verdad es que yo misma estaba sorprendida ante mis palabras: estaba expresando tranquilamente lo que sentía.

Estaba cortando con él sin gritos ni malos rollos.

Pero

Era idiota. Lo que importaba era eso.

Puedes decirles que fue bonito mientras duró. Así que, si quieres que sigamos siendo amigos, vete, por favor. Y acepta

mi decisión. Dos no pueden seguir juntos si uno no quiere.

Me miró con la boca abierta. Creo que estaba tan noqueado no tanto porque cortara con él como porque lo hiciese de

aquella manera, tan tranquila. Tan madura. Dio la vuelta y se fue. Al poco, salí yo. En las escaleras me tropecé con Fannia y Rachel. Me ha dicho Rachel que a lo mejor necesitabas ayuda me dijo Fannia. Me has dejado colgada le solté a Rachel. Pero al final no me has hecho falta. Íbamos en tu auxilio me dijo ella. Parece que me las empiezo a arreglar yo sola contesté.

Y las tres nos empezamos a reír.

Nosotras dos nos vamos me comentó Fannia entre risa y risa. Rachel me ha convencido para que cuentes más.

49

Fannia y Rachel bajaron las escaleras a la carrera y marcharon a fumarse un porro a saber dónde. Yo fui hasta el comedor.

¿Lo estás pasando bien? me preguntó mi padre.

Estaba de charla con el director de mi instituto. El lunes te esperamos allí me dijo el director.

Me despedí de los invitados que encontré a mi paso y me encerré en mi habitación.

Me siento vigilada

Julia no soporta ver fumar a Rachel. Fannia también fuma maría, pero más esporádicamente que

Tom había entrado en la habitación. Rachel se había dejado la puerta abierta.

Simplemente, no iba. No creo que debamos estar juntos sólo porque sí.

¡Jo, tía! ¡En el instituto todo el mundo habla de ti! ¡Y ahora quieres dejarlo!

No me

Por supuesto le respondí. Me voy a meter en la cama. Estoy derrotada le dije a mi padre.

Capítulo 17 Bebí un largo trago del Manantial de la Sima bajo la atenta mirada de Ethan. Degusté con calma la lava pero, para mi sorpresa, no sabía a nada en particular. Parecía agua. Tampoco quemaba, ni siquiera estaba templada. Me incorporé de nuevo. Lo ves. Estabas preparada me dijo él. Si no lo estuvieses, te habrías abrasado. Me lo podías haber advertido -le comenté un poco asustada.

Tienes el corazón puro. Antes te has sumergido en el mar de lava y tampoco ha pasado nada en ti… —Sí, pero

Se puso el dedo índice delante de la boca pidiéndome que me callase. Dejé de hablar y él se fue

a sentar en las sillas de piedra.

Yo me quedé en el Manantial de la Sima, metí las manos en aquella fuente de lava, chapoteé.

Después bebí oro trago y

Ethan. Seguía sentado. Observé que su mirada era triste. Fui a su lado y comprobé que, efectivamente, estaba cabizbajo. Me senté junto a él. Me alegro que finalmente te hayas decidido a beber me dijo inmutablemente serio.

Pues no pareces estar muy contento, que digamos. Todo su ser transpiraba tristeza. Se levantó y me acarició la cabeza. La electricidad volvió, me recorrió. Ha llegado la hora de nuestra despedida -me anuncio repentinamente.

¿Co

¿Supongo que estarás de broma? Me empecé a poner nerviosa.

¡Dime que no lo has dicho en serio! Pero no estaba bromeando

Ojala

Se alejó. Fue hasta el fondo de uno de los laterales de la cueva. Yo le seguí con la vista. Los hombros caídos, el torso encogido, la cabeza gacha, parecía un guerrero derrotado. Quise ir hasta él, pero me hizo un gesto con la mano para que no fuese. Entonces entonó una de las estrofas del poema que ya había recitado. No tenían una vida por delante. Ataviados como los nuevos no nacidos, sólo que ellos habían visto nacidos más infinitos,

ahora.

¿Qué pasa? le pregunté. Me empecé a mordisquear los labios hasta que noté el sabor de la sangre en mi boca.

¡No entiendo nada!

No hay nada que tengas que entender me respondió él con una serenidad exasperante. Sólo tienes que amar Aquello fue lo último que le alcancé a oír. La cabeza me empezó a dar vueltas y de repente me envolvió un silencio sepulcral. Ethan me siguió diciendo cosas que, aunque me esfuerzo por hacerlo, no consigo recordar. Por la expresión de su rostro

deduzco que eran importantes La cueva, las estalactitas y las estalagmitas, las paredes, el mar de lava, todo se entremezcló y tuve la sensación de estar flotando. Intenté caminar hacia Ethan pero, no alcanzo a saber cómo, empecé a alejarme cada vez más. Una fuerza tiraba de mí, me arrastraba sin remisión Y él no hizo nada por impedirlo. Sus manos, que me habían traído hasta allí, no me quisieron retener. ¿Por qué?

Un torbellino de sensaciones me abrumó

Me desvanecí de allí y aparecí en un triste habitáculo de hospital, encima de una camilla.

Tienes que confiar más

50

miré

a

ver

qué

era

lo

que

estaba haciendo

cómo

has dicho? balbuceé. No me creía lo que acababa de salir por su boca.

Eso es lo que me hubiese gustado a mí.

No pude seguir con los ojos abiertos y la oscuridad me tragó.

Capítulo 18 Al día siguiente de la fiesta sorpresa de bienvenida, fui a casa de Julia. Vivimos muy cerca, en la misma urbanización, a unos cuatrocientos metros. Nuestras casas son casi idénticas. Por eso me siento tan bien en casa de Julia. Me parece como si estuviera en la mía. Llegué pasado el mediodía. Era domingo. Por la noche había dormido como un tronco. Me acosté a las nueve. Estaba tan cansada que me quedé dormida antes de que la cabeza llegase a la almohada. Estuve durmiendo más de doce horas de un tirón. Me despertó mi padre. Entró en mi habitación para decirme que la tía Erica y el tío Craig se marchaban. Le dije que por favor me esperasen, que me apetecía ir a despedirlos al aeropuerto. Me vestí en un momento, me inyecté la insulina y cogí algo para comérmelo en el coche. La despedida con la tía Erica fue muy emotiva. Conforme se hace mayor, se parece más a la abuela Kerry. Y al darme un beso en el aeropuerto hizo un gesto que me recordó muchísimo a 53 ella. Me fundí en sus abrazos. Prométeme que vendrás pronto a vernos me dijo. Este verano, sin falta. Me volvió a besar y luego se despidió de mis padres. El tío Craig me dio un beso y cargó con las maletas, la suya y la de la tía Erica. Esperamos a que pasaran el control de seguridad. La manera de andar de la tía Erica, arrastrando los pies, me trajo a la cabeza la noche que la abuela Kerry me vino a visitar.

En el trayecto de vuelta a casa reviví en mi mente aquella experiencia, incluida la advertencia premonitoria de la abuela:

A ti también te pasará lo mismo. Tarde o temprano encontrarás a alguien maravilloso. Te enamorarás de él. Lo querrás con toda tu alma… Y te tendrás que separar de él. —Cuánta razón tenías, abuela dije en voz baja.

¿Qué has dicho? me preguntó mi madre.

Que si puedes poner la radio le mentí. Mis padres me dejaron directamente en casa de Julia. Ella estaba meciéndose tranquilamente en un balancín que hay en el pequeño jardín de la entrada. Nosotros también tenemos uno. El suyo es azul marino y el nuestro, verde oscuro.

Aunque hacía un poco de frío, como el día era magnífico, sin apenas nubes y con un sol reluciente, decidimos instalarnos allí. Y en aquel balancín le conté a mi mejor amiga cómo me había ido con Tom. Cuando salí de mi habitación después de cortar con Tom, Julia ya se había marchado porque sus padres habían quedado con no sé quién, una cita ineludible, y no le pude explicar nada sobre el asunto. Después, por la tarde, mis padres me llevaron primero al cine y luego a cenar con la tía Erica y el tío Craig y no pude llamarla porque tenía el móvil muerto. No me había acordado de poner la batería a cargar. La telefoneé por fin desde casa, justo antes de meterme en la cama. Ya está. Lo he hecho le resumí muy brevemente. Más brevemente imposible. Mañana te cuento… Estoy rendida. Quedamos en vernos al día siguiente y colgué. No tuvo más remedio que esperar para saber del episodio de mi ruptura con Tom. —Cuéntame… Habla ya —me pidió nada más sentarme en el balancín. Le puse un poco de tensión a la cosa hasta que llegué a la parte realmente interesante. Y entonces se lo dije tranquilamente, que no quería seguir con él.

¿Se cabreó?

Parecía atontado, nada más. No sé qué hacías con un tío así. Yo tampoco. Pienso que Tom ya se lo esperaba y que en cierto modo le ahorré el trámite. Como últimamente no le daba lo que quería, o sea, morreos y magreos a todas horas, se había cansado de mí. Estoy convencida de que mientras estaba conmigo también se lo estaba montando con otra. Es guapo y se lo sabe hacer. Le resulta muy sencillo ligar… Una tarde en un bar incluso se llegó a insinuar a una chica delante de mí. No sé por qué no corté con él entonces… Cada vez que lo pienso, me da rabia que fuese él con quien lo hice por primera vez. Siempre había imaginado que la primera vez sería con alguien muy especial. Aquella tarde fuimos a casa de Tom. Sus padres no estaban y no llegarían hasta la noche. Yo sabía a qué íbamos. Lo deseaba y lo temía a la vez. Cuando entramos en la habitación, puso música y se acercó a mí, muy tierno. Yo temblaba aunque no hacía frío. Con suavidad, fue venciendo mis miedos, y todo salió bien. Pero a partir de entonces él ya no fue el mismo conmigo. A veces pensaba que es como si hubiese asaltado una torre, la hubiese vencido y ahora iba a por otra. Estaba un poco defraudada, no sólo por su actitud posterior, sino porque nunca había llegado a sentir hacia él la misma unión que sospechaba que debía existir, y que efectivamente después había experimentado con Ethan. En fin, ahora creo que, finalmente, la relación con Tom me enseñó algo: a elegir, en vez de ser elegida. A decir que no. Julia y yo estábamos solas en su casa. Sus padres se habían ido a comer con unos amigos. Ella les dijo que no le apetecía ir y que prefería quedar conmigo. Yo también voy cada vez menos con mis padres cuando quedan con alguien. Me aburro con ellos, no lo puedo evitar. No entiendo a Janis, que va con sus padres a todos los sitios y hasta participa en las conversaciones. Yo, la verdad, tengo pocas cosas que compartir con los amigos de mis padres. 55 Prefiero estar con mis propias amigas. Después de hablar de lo de Tom, Julia y yo entramos a la casa y nos preparamos una pizza. Y bien acomodadas en el sofá

del comedor empezamos a hablar de lo de Ethan. Debió de ser alucinante dijo ella. Se recostó en el sofá. —Me desvanecí aquí y llegué allí… Allí me desvanecí y volví aquí… ¿Por qué no pude oír lo que me decía Ethan? ¿Qué es lo que me quería decir? Tengo la impresión de que era importante… ¿Por qué no impidió que me fuese? —Buena pregunta, pero imposible de responder en estos momentos comentó Julia. Voy a por agua le dije. ¿Tú quieres algo? Un refresco. Recogí los restos de piza y fui hasta la cocina. Volví enseguida con las bebidas. Así que lo único que me tienes que decir es que lo de Ethan te parece alucinante… ¿Nada más? Julia se incorporó y le dio un trago al refresco. Ya te dije que te iba a ayudar a encontrarlo. Pero… Calló de golpe.

¿Pero qué?

—Hum… No sé cómo decirlo… —Dilo y punto.

Bebí agua con tan mala fortuna que me tiré parte encima.

¡Últimamente no me sale nada bien!

—No te pongas así… Es agua… Y no te preocupes porque lo encontraremos… Pero sólo lo conseguiremos si existe de

verdad…

¿Qué quieres decir?

—Si existe de verdad… Quiero decir que este Ethan existe, que sepamos, en un mundo… En el más allá, para

entendernos… Y que, por lo tanto, no existe en el mundo normal. En nuestro 56 mundo, quiero decir…

—O sea, que no existe de verdad… —Existe de verdad pero no en el mundo real… Eso es lo que quiero decir… Y si sigo hablando, me voy a liar aún más… Aquella especie de trabalenguas me hizo gracia y me puse a reír. Es muy fácil. Vamos al mundo de las brumas y ya está dije. Le contagié la risa a Julia. Mi padre tiene una escalera en el garaje dijo. Risas y más risas.

— ¿Es muy larga…? Tiene que llegar hasta el más allá.

—Mejor una cuerda, entonces… —La cuerda y la escalera. Carcajadas. Sí, las cosas.

— ¡Ethan! ¡Abre…! ¡Qué subimos…! —grité bien fuerte. Nos reíamos tanto que acabamos revolcándonos por el sofá.

Capítulo 19 Finalmente Julia y yo nos pusimos serias. Y pensamos que para empezar la búsqueda de Ethan lo primero era encontrar un médium que nos ayudase a ponernos en contacto con el más allá. Una de las pocas cosas que teníamos claro es que Ethan no era de este mundo. Y por tanto necesitábamos de alguien que nos pusiese en contacto. No nos preguntamos dónde estaba ese más allá porque no teníamos una respuesta concreta. A

cualquiera que le dijésemos lo que nos traíamos entre manos nos tomaría por locas. Bien visto, aquello era una locura, un sin sentido. Así que decidimos no hacernos preguntas para no abandonar incluso antes de comenzar.

La razón me decía una cosa muy distinta al corazón y yo sólo quería escuchar al corazón dispuesta a hacer lo que hiciese falta para ayudarme. Es una tía genial.

Siempre que la he necesitado ha estado a mi lado. En lo bueno y en lo malo Para eso somos amigas, amigas de verdad. A los nueve años hicimos nuestro pacto de amistad. Estábamos en mi habitación. Abrí la 58 mochila del colegio y saqué el cúter del estuche. Nos hicimos un pequeño corte en la palma de la mano y las juntamos. Ya éramos amigas de sangre. Vosotras lo que sois es tontas nos dijo Rachel años más tarde cuando se lo explicamos. Julia fue a su habitación a por el ordenador portátil para buscar un médium en internet. Mientras tanto yo me entretuve en ojear la sección de anuncios de los diarios atrasados. No vi ningún anuncio de médiums. Había un par de personas que echaban las cartas para adivinar tu futuro. Yo no necesitaba saber mi futuro, yo quería volver a mi pasado reciente, volver a estar con Ethan. Julia volvió con el portátil y lo encendió. Tú, cuando sueñas, ¿en qué color lo haces? le pregunté. En blanco y negro.

¿Estás segura?

Ahora que lo dices, no. Julia respondía sin mirarme, atenta a la pantalla del ordenador. Mis sueños no son en blanco y negro dije yo. Son en color

Creo que a mí me pasa lo mismo intervino ella mientras tecleaba la palabra médium en el buscador de internet.

¿Sueñas en naranja?

No. De eso sí que estoy segura.

¿De qué color eran las luces de la ambulancia que me llevó al hospital? Julia apartó los ojos del portátil.

— ¿Y por qué quieres saberlo? −se sorprendió.

Cosas mías. No me acuerdo bien dudó ella. 59 Haz un esfuerzo le insistí. Desde que te desmayaste estás muy rara, tía.

Julia me secundó, estaba

Pero no en varios, sino en un solo color.

¡Por fa! Va

Me parece que naranjas

venga.

Sí, eran naranjas.

¡Bien! exclamé.

La

besé en la cara, en los brazos, en el pelo.

¡Déjame en paz! se quejó ella.

¡Eres un sol!

Empecé a dar saltos de alegría. Me puse tan contenta porque tomé aquello como una señal, un pista que, por pequeña que fuese, me podía llevar de

nuevo hasta Ethan.

Quiero morirme de nuevo dije.

¿Seguro que estás bien? Julia me quedó mirando como si yo fuese un bicho raro.

Estoy bien

Aquí salen un montón de médiums me informó. ¡354 millones de resultados! Pon también el nombre de la ciudad, solista. Lo hizo. Pues no te pienses, salen 242. No sabía que hubiera tanta gente aquí que se dedicase a eso.

Tengo un presentimiento le dije toda entusiasmada—. Busca “médium naranja”. Movió la cabeza de izquierda a derecha varias veces, como diciendo “tú y tus presentimientos”. —Hay un resultado. Mrs. Orange, médium y vidente natural.

¿Lo ves?

¿Qué tengo que ver?

Que yo tenía razón. Julia no respondió y entró en la página web de una tal Samantha Orange, con un pequeño texto, la fotografía de la

médium y un número de teléfono de contacto. Leí el texto:

Mi madre tenía el don de la videncia y veía venir los acontecimientos que luego sucedían. También era capaz de ponerse en contacto con almas errantes que no habían encontrado aún la paz. Yo, ya de pequeña, me di cuenta que había heredado estas capacidades. Cuando me hice adulta, tomé la decisión de ayudar a los demás. Así que aquí estoy. Utilizo mis dones para ayudar a aquellos que lo necesiten, ya que la vida nos pone a prueba continuamente y, en realidad, si ponemos empeño, todo tiene solución. No dudes más, ¡llámame!

Tú sigue buscando. Volvió a concentrarse en el ordenador.

60

A continuación marqué el número de teléfono.

No te contestará nadie

Estaba equivocada. Tardaron en atender la llamada, pero sí que me cogieron el teléfono.

¿Diga? contestó una voz masculina. Estuve a punto de colgar.

¿La

Un momento, por favor. Pasaron pocos segundos hasta que la médium se puso al teléfono. Buen día, soy la señora Orange dijo. ¿Con quién tengo el placer de hablar? Con la señorita Patterson. Me sentí ridícula presentándome de esta manera, pero me salió así y ya no había marcha atrás. Querida señorita Patterson, ¿qué es lo que desea? Estaré encantada de prestarle mis 61 servicios Estoy a su entera disposición. La voz de Mrs. Orange era muy agradable. Querría una cita dije intentando aparentar seguridad.

¿De qué se trata? Le expliqué lo de Ethan lo más resumidamente que pude. La sensación de ridículo me volvió a asaltar. Creo que le puedo ayudar afirmó la médium. Aquella respuesta me gustó.

¿Le vendría bien pasarse por mi casa el próximo miércoles a las once de la mañana?

No contesté. Me pillaba en hora de clase. ¿Puede ser cualquier día por la tarde? O también un sábado Aguarde un instante, se lo ruego. Oí pasar hojas.

Este sábado tengo un hueco por la mañana

Perfecto. Entonces me facilitó la dirección de su casa. Estaba en la otra punta de la ciudad. Tendría que levantarme temprano porque para llegar hasta allí necesitaría coger un par de autobuses.

¿Puede venir una amiga conmigo? le pregunté. No hay ningún inconveniente.

Es domingo me dijo Julia.

la señora Orange? pregunté tímidamente.

No se arrepentirá.

A las diez y media me dijo Mrs. Orange.

Muy bien

Que tenga un buen día, señorita Patterson. Colgué el teléfono. El corazón me latía con fuerza.

—No sé por qué estoy tan nerviosa −le dije a Julia.

Mira

morirse de miedo. Resulta que vamos a ir a ver a una médium para que nos ponga en contacto con tu Ethan

nos sale algún tipo raro? Un espíritu maligno

No me digas que te vas a rajar y me vas a dejar colgada.

He prometido ayudarte y lo haré.

—Nunca he creído en esto de la gente que dice que habla con los espíritus −reconocí−. Siempre he pensado que es una absurdidad. Aunque Mrs. Orange me ha dado buen rollo

Pues claro. No te iba a tratar a patadas

Será mejor que no le digamos a nadie nada de esto.

Si se entera Rachel, nos mata

Se me ha olvidado. Julia buscó en la web de Mrs. Orange a ver si salía el importe de la visita.

—No pone nada de precios

Por suerte tengo algo ahorrado Estaba dispuesta a arruinarme, a pedir un préstamo, a robar un banco Ethan, le pagaría todo lo que me pidiese.

Nos vemos el próximo sábado.

Te voy a decir una cosa y no te la tomes a mal

Si piensas fríamente en lo que estamos haciendo, es para

Pero, ¿y si

A mí estas cosas me imponen respeto

Tiene que cuidar su negocio. Este tipo de gente tiene mucha labia

¡Ah! ¿Le has preguntado a la médium cuánto cuesta?

Esperemos que no te pegue una clavada −dijo.

Si aquella médium me ayudaba a encontrar a

Capítulo 20 Llegó el lunes por la mañana y con él la irremediable vuelta al instituto. El instituto me queda relativamente cerca de casa, a un kilómetro y medio, y Julia y yo, si no llueve, vamos a pie. Si llueve lo hacemos en autobús o, si puede, nos lleva mi padre en coche. Mi madre se va muy temprano de casa y no puede acompañarme. Cuando vamos caminando pasamos a recoger a Janis. Las tres juntas atravesamos el Parque de la Independencia. Es un lugar precioso y en verano paso horas allí con mis amigas, a la sombra de un viejo roble. Rachel y Fannia vienen al instituto en autobús. Viven bastante lejos. Las cinco nos juntamos en el bar que hay al lado. Quedamos allí un cuarto de hora antes de que empiecen las clases. Ese lunes no llovía, pero le pedí a mi padre que me llevara en coche. Le dije que todavía no estaba totalmente recuperada y que me encontraba un poco cansada. La verdad era que se me hacía cuesta arriba volver al instituto. Después de lo que me había 64 pasado, no me apetecía ni sentirme observada ni estar en boca de la gente. Definitivamente, tenía que ir en coche. Por lo menos ese lunes. Temía que, si iba caminando, en cualquier momento me daría la vuelta y volvería para casa. Pero si me llevaba mi padre, evitaría esa tentación. Recogimos a Julia y a Janis. Mi padre nos dejó delante de la puerta del bar. Llegamos antes de lo habitual. ―Llámame si necesitas algo ―me recordó mi padre antes de marcharse. Le di un beso y le dije que estuviese tranquilo, que no me iba a pasar nada. Entramos en el bar y nos dirigimos a nuestra mesa de siempre, una que está al fondo del local. ― ¡Tierra, trágame! ―exclamé de pronto―. ¿Veis lo que veo yo? ―les pregunté a mis amigas. Nuestra mesa estaba ocupada por el impresentable de Ernest y sus amigotes. ―Mirad para otro sitio con disimulo ―propuso Janis. ―Me parece que Ernest ya nos ha visto ―dijo Julia. Efectivamente, me fijé y comprobé que nos estaba haciendo gestos con las manos para que fuéramos hasta aquella mesa. ― ¿Qué hacemos? ―preguntó Janis. ―Vamos y punto ―decidí―. ¿O le tenéis miedo? ―Es que ya sabes lo pesado que es ―dijo Julia. Ernest es el típico chulito de instituto que se pasa el día gastando bromas de mal gusto a la gente. No sabe hacer otra cosa y siempre va con media docena de imbéciles como él que necesitan de alguien que les diga lo que tienen que hacer. Nos acercamos hasta la mesa como quien que no quiere la cosa. ―Me alegro de que ya estés de vuelta ―me dijo Ernest. ―Estáis en nuestra mesa ―le dije yo. ―Precisamente nos pusimos aquí porque te estábamos esperando ―contestó y miró a sus colegas―. Te queríamos dar una bienvenida especial. Todos sus amigotes asistieron con grandes risotadas. ―Pues si está ocupada, nos vamos a otro sitio ―dije dando por terminada la conversación. ―No seáis maleducados, caramba, y dejad que las señoritas se sienten ―les ordenó Ernest a sus amigotes. ―No hace falta ―repliqué. Pero sabía que no serviría de nada.

― ¿No nos haréis un feo? ¿A qué no? ―dijo Ernest.

Tres de sus amigotes se levantaron y nos cedieron sus sillas.

―Pónganse cómodas, señoritas ―dijo Ernest haciendo reverencias burlescas. Janis y yo nos sentamos. En cambio, Julia aterrizó de culo en el suelo. Justo cuando iba a sentarse, el tipo que le había cedido la silla se la apartó.

― ¡Tú qué te has creído! ―le gritó Ernest a aquel tipo, fingiendo estar enfadado con él. Lo agarró por la camiseta con el puño derecho en alto. Pobre Julia. Al abalanzarse sobre su amigote, Ernest le pasó por encima y la pisó. Estábamos cansadas de verle hacer aquello a otros alumnos del instituto. Ahora Julia era la víctima. Me levanté y la auxilié.

― ¡Ya está bien! ―le grité a Ernest―. ¡Eres un imbécil!

Ernest dejó en paz a su amigote y se volvió hacía mí. Me echó una mirada entre amenazante y burlesca. Pasé de él.

―Veo que ya estás recuperada del todo ―me dijo. No le hice ni caso.

― ¿Sabes que me gustas? ―me soltó entonces él. Tenía ganas de tirarme de la lengua. ―Ya lo sé… ―Un día tenemos que quedar. Me he enterado de que ya no sales con Tom…

El tonto de Tom se había ido de la boca.

―Verás qué bien lo pasamos ―añadió Ernest poniendo cara de baboso. Aquélla fue la gota que colmó el vaso.

― ¿Sabes lo que me dijo mi padre una vez? ―le pregunté al bobo.

― ¿Qué te dijo? A ver, cuéntamelo…

― ¡Que quien da primero, da dos veces! ―grité.

Y le empujé con rabia.

Ernest salió literalmente disparado por los aires. Voló un par de metros y fue a golpear contra la pared, y después cayó al

suelo. Yo fui la primera sorprendida. Nunca había sospechado que tuviese tanta fuerza… Ernest se quedó pasmado en el suelo. Un camarero apareció por allí.

― ¿Qué está pasando aquí? ―dijo. Ernest se levantó con la cara blanca del susto.

― ¿Qué te ha parecido? ―le dije. Y me empecé a reír.

Julia y Janis me miraban con ojos expectantes. Los amigotes de Ernest empezaron a escurrir el bulto. Ernest le pidió la cuenta al camarero y se marchó avergonzado.

― ¿Desde cuándo vas al gimnasio? ―me preguntó Janis, asombrada. Repentinamente me sentí muy cansada. ―Será mejor que te sientes ―me dijo Julia. Escuchaba lejana su voz.

― ¿No se te ocurrirá desvanecerte de nuevo? ―me regañó de buen rollo―. No te lo voy a permitir.

Entre Janis y ella me sentaron en la silla. Cada vez me notaba más y más abatida, como cuando estuve en el campo de centeno y me tuve que estirar para descansar. Como aquella vez, cerré los ojos porque los párpados me pesaban toneladas. Aquella vez, cuando volví a abrirlos, Ethan estaba delante de mí. Pero aquél no fue un segundo episodio de muerte aparente. Fue un bajón de glucosa que se solucionó con un simple sobre de azúcar. Julia me abrió la boca y me lo vació dentro. No era la primera vez que me pasaba y ella ya sabía lo que había que hacer en estos casos. Padezco la llamada «diabetes juvenil», que me causa una deficiencia absoluta de insulina, la hormona que permite que el azúcar entre en las células del cuerpo… Yo me la tengo que inyectar antes de cada comida. Lo de pincharme lo llevo bien. La aguja es muy pequeña y no duele. Lo que peor llevo de mi diabetes es que se caracteriza por inesperadas bajadas y subidas de glucosa. Cada vez que se me altera la glucosa, o vomito o me mareo o me siento intensamente fatigada. He ido acostumbrándome a vivir con esto, a saber reconocer los síntomas. Ya forma parte de mi vida, porque estará

siempre. Esto sí que es para siempre. Lo que no me gusta nada es que la gente me vea como a una enferma. Cuando el azúcar me hizo efecto, me percaté de que Rachel y Fannia habían llegado. ―Eres una flojucha ―me dijo Rachel.

―Pues la tendrías que haber visto ―le dijo Janis―. Ha hecho volar por los aires al imbécil de Ernest. ―Qué exagerada ―le replicó Rachel.

― ¿Quieres que llamemos a tus padres? ―me preguntó Fannia.

―Estoy bien ―dije. ―Os voy a proponer una cosa ―anunció Rachel. Todas la miramos. ―Vamos a hacer campana la primera hora. No soporto las matemáticas… Julia se levantó. Janis y Fannia también.

― ¿No vienes? ―me preguntó Julia. ―Me quedo con Rachel. Julia me dirigió una mirada reprobatoria.

―Está decidido ―dijo Rachel―. Se queda. Y no te preocupes, mamá ―se dirigió a Julia―, iremos a segunda hora.

―Eso espero ―dijo Julia con cara de cabreo. Rachel y yo fuimos a clase a segunda hora. Durante el rato que tuvimos en el bar nos dedicamos básicamente a reír: de Tom, de Ernest y de sus amigotes… Una de

las cosas que más valoro de Rachel es que me río muchísimo cuando estoy con ella y eso me ayuda a olvidarme de los

problemas. Allí sentadas en nuestra mesa me olvidé de la diabetes y de Ethan. Y también de la fuerza repentina. ¿Cómo había sido capaz de hacer volar a Ernest por los aires? Ni idea. Cuando le empujé me pareció como si mis manos no fuesen mías, como si las manos que hicieron salir disparado a aquel impresentable fuesen las de otra persona. Decidí no darle más vueltas a aquel asunto y preguntárselo el sábado a Mrs. Orange.

El lunes y el resto de la semana se me hizo eterno a la espera de la visita a la médium.

Capítulo 21 Julia y yo habíamos quedado en la parada del autobús de la línea 115 a las nueve menos cuarto. La cita con Mrs. Orange era a las diez y media. Disponíamos de casi dos horas para llegar. Era más que suficiente, pero como teníamos que atravesar la ciudad de sur a norte en dos autobuses diferentes, decidimos ir con bastante tiempo de antelación por si se nos presentaba algún imprevisto. Tanto a ella como a mí nos gusta planificarnos. Aunque eso no quiere decir que no improvisemos cuando conviene.

Yo me presenté en la parada un par de minutos antes que ella. Según el horario, el 115 tenía que pasar por allí a las nueve

menos diez. No he pegado el ojo en toda la noche. Estoy nerviosa le dije cuando llegó. Hace un frío que pela se quejó ella.

Iba tapada hasta las orejas. Llevaba abrigo y bufanda de lana. Yo iba abrigada con un chaquetón de mi madre. Me gusta

ponerme alguna de sus prendas.

¿Tú qué excusa le has puesto a tus padres? me preguntó.

Les he dicho que iba de tiendas y que no me esperen para comer. Mi madre me ha mirado 70 como diciendo "¿tan

temprano?" ¿Tú qué les has dicho a los tuyos?

Lo mismo. Y ahora que lo dices, es un buen plan. Si quieres, después de lo de Mrs. Orange nos damos una vuelta por el centro comercial…

En otras circunstancias, me hubiese parecido una idea excelente. Me encanta ir al centro comercial a ver tiendas. Voy con

mis amigas, nos probamos miles de prendas y nos hacemos fotos con el móvil con las cosas más estrafalarias. Al final casi

nunca compramos, pero nos reímos un montón. También vamos por las tiendas de música a escuchar novedades, y a la librería a curiosear por las estanterías. Pero aquel sábado mi pensamiento no iba más allá de la cita con Mrs. Orange. A lo mejor dije por decir algo. El autobús llegó puntual. Iba vacío y nos instalamos en los asientos traseros. Qué bien se está aquí con esta calefacción suspiró Julia una vez sentadas. Se quitó la bufanda.

¿Así que has dormido mal? me dijo—. Lo entiendo…

Si quieres que te diga la verdad, además de nerviosa, estoy desmoralizada le confesé. —Tú tranquila…

Creo que estamos perdiendo el tiempo… Me quité el chaquetón porque hacía un calor insoportable. No adelantes acontecimientos me animó Julia. Ella seguía con el abrigo puesto. Es una friolera. Nunca más volveré a ver a Ethan afirmé con rotundidad.

¡Ven aquí! Me pasó un brazo por el hombro. Yo me recosté en ella.

Me parece todo tan lejano empecé a hablar en voz baja. Cada día que pasa, los detalles de aquel mundo se van borrando. Todo se está convirtiendo en una simple sensación, en algo irreal… No he soñado con Ethan… Nada. Ni una pista que me haga mantener la esperanza.

¿Y qué me dices de lo de Ernest? ¡Voló por los aires!

—Fue una casualidad… Por lo que parece, en ciertas circunstancias de ansiedad y de miedo los accesos repentinos de

fuerza sobrehumana son habituales. Y yo estaba muy, pero que muy enrabiada cuando empujé a ese imbécil… —Ya… No le comenté nada sobre la sensación que había tenido al arremeter contra Ernest, como si mis manos no fueran

las mías. ¿Fue Ethan? Después de más de una semana sin señales de él, ya empezaba a tener la certeza de que todo había

sido producto de mi imaginación.

¡Pura casualidad! dije con resignación.

No te des por vencida. Yo no sé si Ethan es real o irreal. Si lo has inventado… Glups… Parecía como si Julia hubiese leído

mi pensamiento.

Yo sólo sé que te quiero prosiguióy haré lo que me pidas y creeré en lo que me digas. Si hay que buscarlo, lo buscaremos. Si lo encontramos, mejor que mejor. Si no, no pierdes nada… Ahora no está contigo, ¿no? Así que lo único que puede pasar es que tu situación mejore. No puede empeorar…

—Lo echo de menos. No aguanto un segundo más sin él. Su ausencia me duele y me deprime… —Mi madre me suele animar diciéndome que cuando se toca el suelo, lo único que se puede hacer es subir. ¡Es imposible bajar más! Eres una buena amiga le dije con la emoción a flor de piel. Soy tu amiga. —Mi mejor amiga… Julia suspiró. Yo me fijé que el conductor del autobús nos estaba observando por el retrovisor.

A lo mejor nos había tomado por una pareja de lesbianas. Estuvimos calladas hasta que nos apeamos.

Bajamos en una parada en la que también pasa el 35, que nos tenía que llevar hasta la parte de la ciudad donde vivía Mrs. Orange. Tenías razón, hace mucho frío le dije a Julia mientras esperábamos el otro autobús.

¿Y tu chaquetón? me preguntó ella. ¿Dónde lo has metido?

¡Me lo he dejado en el bus!

Me imaginé la cara que pondría mi madre cuando le dijera que había perdido su chaquetón. Por lo menos el bolso lo tienes contigo me dijo Julia mientras sacaba el móvil del suyo y marcaba un número de teléfono que había en un panel

informativo Habló con alguien durante un par de minutos. Ya está. Asunto solucionado me anunció cuando colgó. Cuando quieras puedes pasar a recoger el chaquetón por la central de autobuses. Se van a poner en contacto con el conductor para que lo deje allí.

¡Qué bien! Eres un cielo.

Me abalancé sobre ella y la besé rápidamente. Me apartó a los pocos segundos. Ya llega nuestro autobús.

Subimos. Iba vació como el otro. Miré el reloj y eran las nueve y media. También nos sentamos en los asientos traseros. No sé qué haría sin ti le dije a Julia.

¡Quieres dejar de hacerme la pelota de una vez! me riñó ella aparentando estar enojada. Y toma mi bufanda. Por

lo

menos te podrás poner algo por encima cuando bajemos. Si no, vas a coger una pulmonía. Era lo que te faltaba. Cogí la

bufanda. Olía a Julia.

Capítulo 22

Llegamos a casa de Mrs. Orange diez minutos antes de la hora cita. Era una casa normal situada en una zona residencial de la parte norte de la ciudad y rodeada de otras bastantes parecidas. Nadie hubiese dicho que aquélla era la consulta de una médium.

¿Estás segura de que es aquí? dudó Julia.

Miré el papel donde tenía anotada la dirección que me había facilitado Mrs. Orange. Estamos en el número 62, ¿no? dije. Sí. La casa estaba rodeada por un muro alto que no dejaba ver el interior de la finca. En la parte del muro que daba a la

avenida en la que nos había dejado el autobús se veía un portalón de hierro de color óxido con el número 62 dorado. Al lado había una puerta del mismo color que el portalón. Julia se acercó hasta allí. Es aquí confirmó. Hay una placa debajo del timbre del interfono. Fui hasta donde estaba ella y leí aquella inscripción:

SAMANTHA ORANGE, MÉDIUM Y VIDENTE NATURAL

La placa era dorada, como el número, con las letras naranja.

¡Qué nervios! dije.

Julia pulsó el timbre y al cabo de unos segundos un hombre contestó.

¿Quién es?

Emma Patterson. Tengo cita con Mrs. Orange. Se oyó un zumbido y Julia empujó la puerta. Recorrimos un jardín con un pequeño camino de gravilla. El hombre nos esperaba en la entrada de la casa. Buenos días, soy Gabriel Orange, el marido de Mrs. Orange se presentó. Le saludamos y entramos. Mi mujer ya está preparada nos dijo él al tiempo que ajustaba la puerta.

El pasillo que conducía hasta la habitación donde nos esperaba Mrs. Orange, se me hizo larguísimo. El marido de la

médium se detuvo delante de una puerta con unos relieves de unos animales extraños que no identifiqué, una especie de

pájaros sin pluma con las alas muy grandes y cabezas de felino o algo así. Ya pueden pasar nos invitó a entrar.

73

Nos recibió una bocanada de oscuridad. El pasillo estaba iluminado con una luz muy tenue, pero aún se veía algo. Pero la habitación donde Mrs. Orange recibía a las visitas estaba negra como la boca de un lobo. Me quedé plantada. Vamos me animó Julia. Estoy aquí contigo. Por favor, señoritas nos apremió el marido de la médium. El tiempo pasa y Mrs. Orange tiene mucho trabajo.

Julia y yo entramos en la habitación casi a tientas. La puerta se cerró detrás de nosotras y la oscuridad se intensificó. Estoy aquí se oyó una voz de mujer.

A continuación se escuchó el sonido de una cerilla.

Una pequeña vela se encendió. Y luego otra. Las dos llamas iluminaron la cara de Mrs. Orange. Hagan el favor de

acercarse lo más despacio que puedan y en el más absoluto silencio nos indicó. Los espíritus necesitan paz y armonía.

El silencio es nuestro guía y consejero.

Nos sentamos en dos sillas dispuestas enfrente de la médium. Tú eres Emma, supongo adivinó Mrs. Orange. Asentí, perpleja, con la cabeza. He estado pensando en tu caso me miró. Voy a hacer el Ritual del Reencuentro, que abre todos los caminos y derriba todas las murallas. Me fijé en que iba tal cual salía en la fotografía de la página web: con los ojos muy pintados y raya negra, pendientes

largos plateados y una especie de redecilla, también plateada, que le cubría la cabeza. La luz de las velas, entre rojiza y amarillenta, se reflejaba en los pendientes y en la redecilla produciendo una atmósfera turbadora. Con la vista concentrada en una de las

pequeñas llamas, contemplé aquella danza hipnótica.

Y pensé que a lo mejor aquel Ritual del Reencuentro podía funcionar.

Mientras, Mrs. Orange enumeró los ingredientes que iba a utilizar: una cruz egipcia, un medallón de oro de una persona muerta, agua de lluvia y diez monedas antiguas. Metió todo menos el agua en un cuenco grande. E inició el ritual. Tengo que obtener tu permiso para poder cambiar tu destino. Busqué la mano de Julia por debajo de la mesa. Por suerte, la encontré. No puedo cambiar tu destino porque sí, sin más, si no, estaría privándote de tu libertad. Entonces, yo te pregunto: ¿me das tu permiso? respondí sin dudar a la vez que apretaba la mano de Julia. Luego la médium cogió la botella de cristal que contenía el agua de lluvia y vertió casi toda en el cuenco. Dame tu mano derecha me pidió. Solté la de Julia y alargué el brazo. Mrs. Orange estiró el suyo y nuestras manos se tocaron.

¡Ah! exclamé encogiendo el brazo.

Me había dado un fuerte calambre.

¿Qué pasa aquí? preguntó ella frotándose la mano. Se incorporó y alzó la voz con los ojos cerrados.

¡Vete de aquí! ¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes?

¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Con nosotras?

Abrió los ojos de repente. Estaba como traspuesta, los brazos en cruz. Continuó gritando en la penumbra. Parecía como si hubiese enloquecido de pronto. Entonces se encendió la luz y entró su marido.

74

¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?

¡No! ¡No! ¡Vete! ¡Que se marche!

El

marido nos hizo ademán de que saliéramos de la habitación. Esperamos, asustadas, mientras oíamos los gritos, cada

vez más discontinuos.

Finalmente, el señor Orange vino hacia nosotras. Ha ocurrido algo inesperado. Hay una vibración muy fuerte en el ambiente. Lo siento se disculpó. Ahora mi mujer

no puede hacer nada más. Debe descansar. Quizá otro día dólares. Julia me tuvo que dejar un billete de diez.

Nos acompañó a la puerta de la casa. Allí nos pidió cincuenta

Capítulo 23 Antes de morir sin morirme nunca me había atraído el naranja. Era un color que hasta ese momento no me hacía una gracia especial. Mi favorito de toda la vida es el verde. Siempre que echo una partida a un juego de mesa, si hay que elegir un color determinado, escojo el verde. Me da buena suerte. Para vestir el que más me gusta es el negro. Aunque es un poco difícil, si los sabes combinar, el negro y el verde conjuntan muy bien.

Quien es una fan del naranja es Fannia. En el hospital, al día siguiente de explicarles a mis amigas el encuentro con Ethan, ella llegó entusiasmadísima a la habitación. Lo primero a lo que se refirió nada más abrir la boca no fue precisamente a él, sino al color del mundo de las brumas. ―Desde que nos lo contaste no me lo puedo quitar de la cabeza ―dijo―. Daría un brazo por poder ir a ese lugar naranja en el que dices que has estado. Era primera hora de la tarde y Rachel y ella habían venido a hacerme una visita. ―No hay suficiente con un brazo. Te tienes que morir para poder ir hasta allí ―ironizó Rachel. ―Eso está hecho. ¿Dónde hay que firmar? ―dijo Fannia, riéndose―.Así que ya me puedes 76 decir lo que tengo que hacer. Yo también quiero ir a ese mundo naranja… ―empezó a repetir una y otra vez mientras pataleaba como una niña pequeña. ― ¿Quieres parar? ¡Me vas a dar una patada! ―se quejó Rachel. Sonreí. Después de pasar todo el día padeciendo estoicamente toda clase de pruebas médicas, aquellas visitas con mis amigas eran todo un antídoto para combatir la soledad y las comeduras de coco. Fannia dejó de patalear y se sacó el jersey de lana que llevaba puesto. Debajo tenía una camiseta blanca con una inscripción en letras naranjas en la parte delantera. ―Mira lo que pone ―me dijo. Lo leí. I LOVE ORANGE ― ¡El naranja es el color del amor! ―afirmó Fannia. Se giró y me enseñó lo que ponía en la parte de atrás de la camiseta. LIVE LIFE IN ORANGE ― ¡El color del amor, por favor! ―dijo Rachel secamente―. No empieces con tus chorradas que te veo venir. ―Vive tu vida en naranja… ¡Me gusta! ―afirmé yo―. Suena genial. ―Yo paso de este rollo ―comentó Rachel―. Me voy un rato a la calle para fumarme un cigarrillo. Espero que cuando vuelva hayáis acabado con vuestras tonterías. ―Algún día encontrarás a alguien especial ―la sermoneé―. Entonces dejaras de ser tan… ¡tan fría…!

― ¡Que te crees tú eso! ―dijo ella―. Nos vemos ahora. ―Y tendrías que dejar de fumar ―añadí.

―Pareces mi madre ―farfulló. Y se fue sin más. Fannia y yo seguimos a lo nuestro. ―Me gusta tu camiseta ―le dije. ―Pues te la regalo. Se la quitó y me la dio.

― ¡Me encanta!

―Y ahora, si te parece, te puedo explicar cosas sobre el color naranja. Se volvió a poner el jersey y me giñó el ojo.

―Me parece un plan estupendo ―asentí. Me senté en la cama. Estaba cansada de estar acostada. Pero era lo que había. Los médicos me habían advertido que, debido a las pruebas a las que estaba siendo sometida, era muy importante que permaneciese estirada el mayor tiempo posible. Podía caminar lo imprescindible para ir al baño y poca cosa más. ―Ya estoy lista. Cuando quieras ―le dije a Fannia. Y le devolví el giño. Acercó la butaca a la cama y se sentó con una pierna cruzada sobre la otra. ―En la teoría de los sueños, el naranja expresa lo ideal, la perfección ―me empezó a contar toda concentrada―. Y también lo absoluto, lo sublime, la unión de las almas, el amor puro, la fidelidad, la templanza, la sinceridad… Las palabras claves de este color son ―Fannia puso pose pensativa―: energía, alegría, felicidad, atracción y creatividad ―dijo de carrerilla―. Además el naranja está asociado al signo Leo… ―Yo soy Leo ―dije. ―Ya lo sé…

― ¿Cómo sabes tú tantas cosas del naranja?

―Pues porque es mi color favorito… ―Nunca me habías dicho nada de todo esto ―le comenté en un tono ligeramente recriminatorio. —Nunca me lo habías preguntado.

―Es verdad ―reconocí.

― ¿Quieres que te explique más cosas o no?

―Si no lo haces, te mato. Estiré los brazos y la cogí por el cuello. Fingí estrangularla. Ella sacó un palmo de lengua. Nos reímos. ―Hay creencias en las que el naranja tiene un significado determinado ―prosiguió con su explicación. Yo abrí bien los oídos―. En el budismo representa la falta de deseo y la humildad. Para los chinos, el renacimiento, el rejuvenecimiento, la intuición. Para la religión cristina simboliza lo sacro y la divinidad. Y creo recordar que en la India es el color de la

humildad y la solidaridad… ―Me gusta eso que has dicho de los chinos ―comenté―. Eso que simboliza el renacimiento… Yo he renacido después de estar en un mundo naranja. ―Has renacido gracias al amor. ¡Qué bonito! No tenemos cura, a veces a Fannia y a mí nos sale una vena de lo más cursi. ¡Pero lo que

77

disfrutamos! 78 ―El naranja es el color del segundo chakra, el que está situado en el vientre… El naranja se relaciona con las emociones profundas y los chinos antiguos dicen que la mejor manera de pensar es con el vientre… Desde el vientre estamos conectados profundamente con nuestras emociones. ―Me he perdido. ¿Qué es eso del chakra? ―le pregunté. ―Son como unos centros de energía que hay en el cuerpo, es lo único que te puedo decir… Me parece que hay siete…Los chinos también dicen que el naranja es el color del sol. Y que el sol es dador de vida… ―Sois unas pesada. ¿No os cansáis nunca? ―nos recriminó Rachel. Ya estaba de vuelta―. Están hablando del naranja ―se dirigió a Julia y Janis, que venían con ella. ― ¿Cómo te encuentras hoy? ―se interesó por mí Julia. ―Bien, hasta que ha llegado esta cortarrollos ―respondí señalando a Rachel. ―Te he traído esto ―dijo Janis.

Y me dio una novela. Rachel se puso a contar un incidente que había tenido en el instituto por la mañana con el profesor de matemáticas. Le cae fatal y a la mínima que puedo aprovecha para interrumpir su clase y sacarlo de sus casillas. Fannia y yo no tuvimos otro remedio que dejar el naranja para otro momento.

Capítulo 24 Nos alejamos de la casa de Mrs.Orange.

¡Aquí no volvemos más! exclamó cabreada Julia. ¡Vaya timo!

Tengo que descansar me quejé. No puedo más. El calambrazo me había dejado débil. Se lo dije a Julia y me senté en la acera. Me miré la mano derecha: podía mover los dedos pero estaban hinchados.

¿Y si la médium me había lanzado un hechizo? En aquellas circunstancias de debilidad se me pasaban por la cabeza idioteces de este tipo. Julia le dio el alto a un taxi y me ayudó a subir.

¿Dónde os llevo? preguntó el taxista. Al centro comercial le dijo Julia.

El taxista maniobró y se encaminó hacia allí. Pasamos por delante de la casa de la médium. Vaya tipa más histérica esta

Mrs. Orange me comentó Julia.

contesté mecánicamente. Pensaba que los médiums eran gente tranquila. —Quizás haya visto algo… Quiero decir un espíritu… —Pero eso es lo normal para un médium, ¿no? —Supongo… —No me han gustado nada sus modales. Julia dijo aquello muy indignada.

¿Y si Ethan estaba allí? solté yo.

¿De veras lo crees? Aunque, por el numerito que ha montado la médium, parece que se había presentado el mismísimo diablo. —Cada vez estoy más perdida… Todo esto es un lío y ya no sé qué pensar. —Pues mi mujer es muy aficionada a estas cosas dijo de repente el taxista.

¿Cómo dice? le preguntó Julia.

Mi mujer va a menudo a una señora que lee el futuro y cosas por el estilo aclaró él—. Va un par de veces al mes… ¡Os enseñaré una cosa! Se inclinó un poco para poder llegar con la mano a la guantera sin tener que apartar la vista de la

carretera. La abrió y del interior sacó una bolsita negra. Podéis mirarla de cerca. Nos invitó a cogerla. Julia lo hizo y a mí me llegó un intenso olor a ajo. Cuando me dio esta bolsita, mi mujer me dijo que se trataba de un amuleto para ahuyentar la mala suerte, los robos, los malos espíritus, los accidentes… ¡Todo tipo de desgracias, vamos! Yo la guardo en

la guantera para que no me ahuyente a la clientela.

Supongo que ya habréis notado que huele que apesta.

El taxista se rió a carcajadas.

No la he tirado a la basura por si el día menos pensado mi mujer me pregunta dónde está añadió.

Julia le devolvió aquella bolsita. El olor era insoportable. Yo no la quise coger porque ya tenía bastante con la hinchazón de los dedos. Lo que me faltaba es que además me oliesen a ajo. Las pocas veces que me ha tocado pelar ajos en casa, las manos me han estado oliendo horas aunque me las haya lavado una y otra vez.

¿Su mujer conoce a una tal Mrs. Orange? le preguntó Julia al taxista.

79

—No creo… ¿Por qué lo quieres saber? ¿Os han intentado timar? Si queréis os llevo a la policía y le ponéis una denuncia… No os voy a cobrar. No, gracias le dijo Julia. No hace falta. Tengo una hija de vuestra edad prosiguió el taxista. Siempre le digo que no se meta en líos. Hoy en día esta ciudad no es lo que era. La gente ahora es más egoísta. Yo, debido a mi profesión, sé mucho de estas cosas. Las he visto de todos los colores. Así que tened cuidado, que los problemas vienen solos. Como era sábado y no había mucho tráfico, llegamos al centro comercial en menos de un cuarto de hora. Ente semana, el mismo trayecto nos hubiese costado más de una hora… Y el taxi nos hubiese salido por un ojo de la cara. Pero aquel día fue gratis. Aquel hombre no aceptó de ninguna de las maneras que le pagásemos la carrera. Es mi acción de buen samaritano del día nos dijo con una gran sonrisa dibujada en la cara. 80 Nos despedimos de él y entramos en el centro comercial. Yo ya estaba totalmente recuperada y mi mano había vuelto a su estado normal. Los dedos se habían deshinchado y los podía mover con total facilidad. Qué simpático le dije a Julia. Y qué bien que no nos haya querido cobrar. No nos iba a salir todo mal hoy. Nos sentamos en el café al que solemos ir cuando vamos al centro comercial. Pedimos unos sándwiches para comer. Mientras nos los traían, me inyecté con disimulo la insulina. Un día me tienes que dejar que lo haga yo me pidió Julia—.Para que aprenda…

Capítulo 25 Yo tenía un hambre voraz y me comí el sándwich en dos bocados. Cuando acabé a Julia todavía le quedaba más de la mitad. Le pedí un poco.

¿Así que en la consulta de Mrs. Orange dices que te ha dado un calambrazo? me recordó ella mientras yo le hincaba el diente a su sándwich.

¡Están buenísimos! le dije a ver si se daba por aludida y me daba otro bocado. Ella me caló y se metió todo lo que le quedaba en la boca. Te vas a ahogar. Me reí de ella.

¿Me vas a explicar lo del embarazo? me pregunto con la boca llena.

—Lo noté cuando la médium me tocó… Me mire la mano derecha y moví los dedos enérgicamente para comprobar que estaban definitivamente recuperados. En la fiesta de celebración de mi séptimo cumpleaños estuve a punto de electrocutarme. Mis amigas y yo estábamos

jugando en mi habitación. Estábamos entretenidísimas con la casa, la tienda y la peluquería de mis muñecas. Mientras tanto, escuchábamos un CD de canciones

infantiles que me acababan de regalar.

En un momento dado, mi madre apareció por la habitación para traernos una bandeja con unos trozos más de pastel especial para diabéticos en el que había soplado las velas. Eso es por si tenéis hambre nos dijo. Dejo la bandeja encima de la cómoda y se marchó enseguida. Nadie cogió pastel. No es que ese pastel especial para diabéticos estuviese malo, lo que pasa es que estábamos hartas de comida. Al lado de los trozos de pastel había unos platillos y unos tenedores pequeños. Me levanté y cogí uno de aquellos tenedores. Me agaché al lado del enchufe y metí las púas del tenedor por los orificios. La reacción fue inmediata. Soltó una chispa que me cegó la vista y un calambrazo me recorrió el cuerpo entero. Salí despedida para atrás y caí de espaldas al suelo. La

música se dejo de escuchar y pocos segundos después mi padre abrió la puerta de la habitación. Entró corriendo.

¿Qué ha pasado?

Yo estaba confusa y me sentí débil. El brazo derecho me dolía. Mi padre me sentó en el suelo, a mi lado. Vio el tenedor clavado en el enchufe. Lo sacó.

¡Dios mío! ¿Te ha pasado algo? me preguntó.

81

Me miré el brazo y vi que tenía una herida sangrante toda chamuscada alrededor. Me levanté el jersey y le enseñe a Julia la cicatriz de aquella herida. En la consulta de Mrs. Orange noté lo mismo que en aquel cumpleaños le dije. La electricidad me dejó paralizada por unos instantes…

¿Te has fijado? Julia acarició la cicatriz con la punta de sus dedos. Tiene forma de sol… —Ahora que lo dices, puede ser… También tiene forma de pelota… O de luna llena… Según se mire.

—Ya, pero fíjate en estas líneas de aquí, no sé, parecen los rayos del sol… —Nunca lo había visto así… Pero parecen… —Es un sol… Míralo. Aquel comentario de Julia me atrajo a la cabeza una de las cosas que me había explicado Fannia sobre el color naranja. Los chinos también dicen que el naranja es el color del sol. Y que el sol es dador de vida recordé. Me bajé apresuradamente la manga del jersey como dando por zanjada aquella cuestión. Aquel día, después de todo lo que había pasado en la consulta de Mrs. Orange, no me apetecía comerme más el coco.

¿Damos una vuelta? propuse. Nos pusimos en marcha.

Janis me dijo que en no sé qué tienda de por aquí esta quincena hacen un cincuenta por

ciento de descuento en todas las prendas me acordé.

Antes de nada quiero comprar mi revista de música dijo Julia. Ella toca la guitarra eléctrica y más de una vez les ha propuesto a Janis y Rachel formar un grupo. Janis toca el piano. Y lo hace muy bien. Rachel tiene muy buena voz. A Fannia y a mí sólo nos gusta escuchar música, no tocamos ningún instrumento. Fuimos directas a la librería. Yo me quedé en el escaparate de afuera y, mientras Julia compraba su revista, me detuve

dándole una ojeada a las portadas de los periódicos. Tardó muy poco en estar de vuelta. Ya está me dijo al llegar a mi lado. Ahora vamos a ver si encontramos la tienda esa que te ha dicho Janis.

¿Te has fijado? le dije. La mayoría de noticias que salen en los periódicos son de desgracias. Mira esa portada

señalé el City, el periódico de nuestra ciudad. ACCIDENTE MORTAL EN EL CEMENETERIO DE LOS ÁNGELES Resulta que un camión que transportaba combustible se había estampado contra el muro de la entrada principal de uno

de los tres cementerios de la ciudad. El impacto había provocado una fuerte explosión que destrozó parte del muro junto

al portalón de la entrada. El conductor del camión y una pareja mayor habían muerto en aquel triste incidente.

¡Tenemos que ir! dijo Julia.

Sí que tienes prisa en llegar a la tienda esa, tía. —A la tienda, no… —Entonces, ¿adónde quieres ir? le pregunté toda extrañada.

Ahí.

Julia señaló la portada del City. No te entiendo le dije. —Al cementerio ese del accidente… — ¿Qué se nos ha perdido allí?

¿En el poema que te recitó Ethan no hay una parte que hace referencia a unos ángeles? Julia estaba rarísima. Y yo descolocadísima.

¿Salían ángeles…? ¿Sí o no? —insistió.

Recordé el poema. Pues la verdad afirmé—. En la última estrofa… — ¡Dime como era ese trozo!

Me encontré y recité aquella estrofa:

82

¿Hubo nupcias como éstas alguna vez?

Un paraíso, el anfitrión.

Y un querubín y un serafín

83 los discretos invitados.

¿Lo ves? exclamó Julia.

¿Qué es lo que tengo que ver? Que tenemos que ir.

Julia no dejaba de señalar la portada del City. Un querubín y un serafín masculló. En ese cementerio hay un par de ángeles.

¿Y tú cómo lo sabes?

Mira la foto que hay a la derecha del camión accidentado. Agucé la vista y en la foto que decía se veían, detrás de los escombros, las estatuas de los ángeles.

Los querubines y los serafines son ángeles. ¡Por eso se llama Cementerio de los Ángeles!

¿Y si lo dejamos correr? sugerí. ¿No hemos tenido bastante por hoy? Te prometí que te ayudaría a buscar a Ethan dijo Julia.

Verdaderamente, por el empeño que ponía, parecía que ella tuviese más interés que yo en encontrarlo.

Mi móvil empezó a sonar.

Es Rachel advertí a Julia. ¿Qué le digo? —Invéntate algo sobre la marcha, pero no le digas dónde estamos ni lo que vamos a hacer… Atendí a la llamada.

¿Dónde os habéis metido Julia y tú? me preguntó Rachel sin saludar. Fue directa al grano. ¡Y no me mientas! He llamado a tu casa y me han dicho que estas con ella… —Estamos en el centro comercial le dije la verdad. Julia resopló. Voy para allá resolvió Rachel . Quedamos dentro de una hora al lado de las taquillas del cine. —Es que… vamos a ir a un cementerio. Julia resopló de nuevo y puso cara de cabreo.

¡Un cementerio! exclamó Rachel al otro lado del móvil —. Últimamente estás muy rara… Bueno, esperadme ahí. —Cuando llegues, ya hablamos le dije.

Y colgué.

Rachel se va a reír de nosotras afirmó Julia con resignación. ¿Por qué no le has mentido? Se trataba de una simple mentira piadosa, tía… —Ya… Pero es nuestra amiga. —No le des más vueltas. Ya no hay nada que hacer concluyó Julia . Cuando llegue nos vamos volando al Cementerio

de los Ángeles. Queda en la parte oeste y tenemos que coger el 47… Me parece que vamos a llegar sin luz de día. En esta época del año anochece muy 84 temprano. Mire el reloj. Eran casi las cuatro de la tarde. Rachel se presentó en las taquillas del cine del centro comercial pasadas las cinco. Mis padres no me han podido traer en coche y cuando he llegado a la parada el autobús acababa de pasar se excusó —. Pero ¡contadme…! ¿Qué es eso de que tenemos que ir a un cementerio? —Es una larga historia le dije. Que tiene que ver con el dichoso Ethan dijo ella.

¡Vamos! nos apremió Julia —. Te lo contamos todo de camino al cementerio…

Al salir del centro comercial ya había oscurecido. Además el cielo estaba encapotado y presagiaba tormenta. Era lo que nos faltaba murmuré.

Apretamos el paso y fuimos hasta la parada del autobús. El 47 tardó menos de cinco minutos en llegar. Iba bastante lleno

y no había apenas asientos libres. Julia se sentó sola. Rachel y yo nos sentamos juntas detrás de ella. Aproveché para

ponerla al corriente de por qué teníamos que ir al Cementerio de los Ángeles y también de nuestra peripecia en la consulta de Mrs. Orange. Esto ya pasa de castaño oscuro me dijo —. Tienes que olvidarlo. Todo es producto de una alucinación tuya… Seguro que lo del episodio de muerte aparente te afectó el cerebro y por eso imaginaste ese… ese ¡mundo naranja…! ¡Por favor…! ¿No te das cuenta de que es absurdo? Unas lágrimas afloraron en mis ojos. Ella se dio cuenta y me acarició una mano. Te digo esto para que no sufras más Rachel me hablaba con cariño . Os acompaño al cementerio para demostrarte que estoy de tu lado… Pero, por favor, pasa página… Que no te pase igual que con los tíos. Siempre te acabas llevando un desengaño… Tienes que ser mas lista… Si no fuera porque eres mi amiga, te diría que has perdido un tornillo. Quién sabe, a lo mejor tenía razón y todo lo relacionado con Ethan era producto de la locura. Quizá yo había perdido un tornillo, como decía, y estaba molestando y haciéndoles perder el tiempo a mis amigas con una tontería sin sentido alguno.

Capítulo 26 Bajamos del 47 en la parada más próxima al Cementerio de los Ángeles. Nos recibió una ligera lluvia. Miré hacia el cielo y en el horizonte más cercano vi el resplandor de un par de relámpagos. El sonido sordo de un trueno no se hizo esperar.

¡La que nos va a caer encima! advertí a Julia y a Rachel. No llames al mal tiempo me dijo Rachel. Pero ¿tú has visto esas nubes?

— ¡Bah…! Van a caer cuatro gotas.

Os pasáis el tiempo discutiendo por tonterías atajó Julia. Además de lloviznar, seguía haciendo tanto frío como cuando llegamos por la mañana a casa de Mrs. Orange. Por suerte, mientras esperábamos a Rachel, Julia y yo habíamos encontrado la tienda que me había dicho Janis y había aprovechado

para comprarme un abrigo a buen precio. Precisamente, al acabar de pagarlo, Janis me llamó al móvil. Como antes preguntara Rachel, quería saber dónde estaba. —Con Julia en el centro comercial… Me acabo de comprar un abrigo superchulo. Os vais de compras y no nos lo decís. ¡Vaya cara! se enfurruñó—. Estoy con Fannia… Ahora 86 vamos para allí… —No tan rápido le dije.

Y le comenté que íbamos a ir al Cementerio de los Ángeles.

Qué sitio más raro para pasar la tarde de un sábado se extrañó—. Pero si te empeñas… Quedamos de vernos

directamente en el cementerio. Julia, Rachel y yo llegamos a la entrada principal a las seis en punto. Janis y Fannia ya estaban allí. No había nadie más por los alrededores. Era lógico, ¿a quién se le podía ocurrir estar en un sitio así en pleno invierno, casi de noche, con el frío que hacía y la tormenta que se avecinaba? La respuesta es simple: sólo a una loca como a mí y a unas amigas que me seguirían hasta el fin del mundo si hiciese falta.

¿Os habéis fijado? nos dijo Janis haciendo grandes aspavientos. ¡Qué pasada!

La

entrada principal del cementerio estaba hecha un verdadero desastre.

Al

camión que había provocado aquel desastre ya lo habían retirado. Tampoco quedaba ni rastro del portón de la

entrada. Seguramente que también se lo habían llevado. En esa parte el muro estaba destrozado y los escombros se

acumulaban en el interior del cementerio. También había aún algunos cascotes en la acera.

La explosión había tenido que ser tremenda. Seguro que el conductor y la pareja mayor habrían muerto en el acto. Pobre

gente… Unas vallas y unas cintas de la policía impedían el acceso al cementerio. Al pie de los escombros vi a un vigilante.

¿Se puede saber qué se nos ha perdido aquí? preguntó Fannia.

—Ya sabes cómo es Emma… —Rachel me dio un golpecito en la espalda. Se piensa que su Ethan es una de esas estatuas. Señaló a los ángeles de piedra que había justo detrás de los escombros. Estaban ennegrecidos, seguro que por la

deflagración del combustible que transportaba el camión. Aquellas estatuas, más que un querubín y un serafín, parecían un par de deshollinadores de la película de Mary Poppins.

El vigilante pasó por debajo de las cintas de la policía y, después de mirarnos, cruzó la calle.

Entró en un bar cercano. Aproveché la ocasión, aparté una valla y me colé en el cementerio. La lluvia arreció un poco. Subí por los escombros y me dirigí hacia los ángeles. Observé que el de la derecha tenía un ala rota por una punta. Al otro le faltaba una mano. Aquí está dijo de repente Rachel. Me dio un susto. No me había dado cuenta de que había venido detrás de mí. Ella había encontrado la mano amputada del ángel.

¡Cuidado con lo que hacéis! nos dijo Julia desde el otro lado de las vallas. El vigilante

puede volver de un momento a otro.

Janis, Fannia y ella se mostraban reticentes a entrar. Venid a ver esto las animé. Además, tú has sido la que has dicho de venir aquí le dije a

Julia.

A regañadientes, y mirando a todos lados para comprobar que no la veía nadie, apartó un poco más la valla y entró. Janis

y Fannia la siguieron.

¿Cuál de ellos es Ethan? me preguntó Janis. Sería maravilloso que uno de estos ángeles cobrase vida y te besase. ¡Qué bonito!

Ya empezáis con vuestras tonterías. No tenéis arreglo dijo Rachel—. Yo me piro… Me dio la mano amputada del ángel y luego se bajó de los escombros. Se puso a caminar hacia el interior del cementerio.

¿Adónde vas? le gritó Julia.

Mi abuelo está enterrado aquí dijo. Enseguida la perdimos de vista. La iluminación era bastante deficiente.

Estos ángeles son simples estatuas le dije a Julia. ¿Y ahora qué? No sé balbuceó ella. A lo mejor es cuestión de esperar.

—Ya… A lo mejor les cae un rayo y cobran vida, como pasa en las películas—ironicé. No es que tuviese ganas de broma, es que ya me empezaba a sentir un poco estúpida con todo aquel asunto. Pensé que

si Ethan existiera en alguna parte, ya me hubiese mandado alguna señal. Aunque fuese a través de un sueño… Se

mostraba muy esquivo. Demasiado. Y yo necesitaba algo sólido para mantener la esperanza y no pensar que todo había

sido una alucinación.

¿Y si le das un beso en la boca a uno? sugirió Janis.

No digas bobadas le solté—. Y ahora vamos a buscar a Rachel…

Yo paso de meterme por ahí dijo Janis. Este cementerio está hecho polvo. Da pánico. Yo me quedo con ella intervino Fannia. Para hacerle compañía, no penséis que tengo miedo.

¡Ya! exclamé yo.

¿Vamos o qué? me dijo Julia. A ver si por culpa de Rachel nos vamos a meter en un lío. Tenemos que salir de aquí antes de que vuelva el vigilante.

87

Fannia y Janis salieron del cementerio. Os esperamos en la parada del autobús nos dijeron desde la entrada. Llueve mucho. La lluvia arreciaba cada vez más. Un relámpago iluminó el cielo. El trueno que lo siguió fue ensordecedor. Teníamos la tormenta encima. Julia y yo bajamos de los escombros.

¿Te has fijado por dónde se ha metido Rachel? me preguntó.

Por ahí. Señalé la parte más lejana del cementerio. Nos dirigimos hacia allí. Entonces me di cuenta de que llevaba conmigo la mano amputada del 88 ángel. Me dije que a la

vuelta la dejaría a los pies de su propietario.

Pisamos no sé cuántos charcos y nos mojamos los pies.

¿Por qué habré tenido la brillante idea de venir a este maldito cementerio? refunfuñó Julia. Era enorme. Habría cientos de cadáveres enterrados allí. Me empecé a poner nerviosa.

¡Rachel! grité varias veces.

Dejamos atrás los panteones más nuevos y nos adentramos en el cementerio. El ruido de un trueno hizo que me

sobresaltara. Entre los panteones se veían algunas farolas, pero ninguna funcionaba. Esto es un verdadero laberinto comenté.

Vamos por ahí propuso Julia. Caminábamos sin saber muy bien dónde estábamos hasta llegar a la zona de los panteones más antiguos.

¡Rachel! voceó Julia.

Llueve muchísimo. Las gotas me hacen daño en la cara me quejé. Vamos a resguardarnos ahí, a ver si se calma un poco la cosa me dijo Julia. Nos acercamos a un panteón que tenía una cornisa. Estábamos empapadas de pies a cabeza. Mi abrigo nuevo dije con voz lastimera.

Julia movió la cabeza como diciendo «¡No me vengas ahora con chorradas!» Oí unos pasos y giré la cabeza. Era Rachel. Hola, chicas nos saludó. También estaba empapadísima.

¡Ya era hora! exclamó Julia—. ¡Vámonos de aquí! Si seguimos así, vamos a pillar una buena…

Teníamos todos los números para coger una pulmonía. Pero entonces lo que realmente nos preocupaba era salir de allí

cuando antes. Yo ya estaba hasta el gorro de aquel cementerio. Y también de aquel día. De verdad que aquel sábado era para olvidar. Por la mañana, el extraño incidente con Mrs. Orange y por la tarde, aquello. Necesito un café con leche bien caliente dijo Rachel.

¿Has encontrado la tumba de tu abuelo? le pregunté.

Ella me cogió de la mano. —Sí… Hacía tiempo que no la visitaba. —Ojalá aún no haya vuelto el vigilante dijo Julia. Dejamos atrás la zona de los panteones antiguos y nos metimos entre una hilera de tumbas realmente destartaladas.

Luego torcimos a la izquierda y después a la derecha y otra vez a la izquierda. Y una vez más a la derecha y otra a la izquierda.

¿No hay manera de salir de aquí? pregunté cabreada.

Seguidme a mí dijo Rachel. Me parece que ya recuerdo por dónde es la salida. Nos condujo entre los panteones aparentando saber por dónde iba. No dudó en ningún 89 momento, pero al cabo de un

rato fuimos a dar otra vez a la zona de los panteones más antiguos.

¿Así que sabías el camino? le recriminó Julia.

¿Os podemos ayudar en algo, guapas? dijo alguien de repente.

Las tres nos giramos a la vez hacia aquella voz. Y vimos, a escasos metros, dos siluetas masculinas. Uno de aquellos

hombres estaba apoyado en un panteón y el otro estaba acuclillado. No tenían pinta de visitantes. Su ropa estaba sucia y llevaban tiempo sin afeitar. Tenían cada uno en la mano esas bolsas de papel que esconden botellas de alcohol. La lluvia no daba tregua. Llovía y llovía sin parar.

¿Estáis perdidas? preguntó el que estaba acuclillado.

¡Y a ti qué te importa! le soltó Rachel.

¡Qué genio! dijo el otro hombre. ¡Me gustan las chicas con carácter!

El que estaba en cuclillas se incorporó torpemente y avanzó unos pasos hacia nosotras. Era alto. Su compañero, en

cambio, era bajo y gordo. Parece que llueve dijo el gordo.

Y chutó una piedra que impactó en mi pierna derecha.

Me dio en la rodilla y me hizo bastante daño. No lastimes a estas señoritas le dijo el alto al gordo. ¿Qué se van a pensar de nosotros? Perdóname, preciosa se disculpó el gordo gesticulando excesivamente. No era mi intención lastimarte. Nosotros somos unos caballeros y sólo queremos ayudaros intervino el alto.

Parecía que sin querer nos habíamos metido en un buen lío. Estaba claro que aquellos supuestos caballeros no eran tal. Eran un par de borrachos.

Y cada vez llovía más y más.

Pedid por esa boquita dijo el alto. ¿Qué queréis que hagamos por vosotras? Estuve a punto de contestar «Que nos dejéis en paz de una vez.» Pero no me pareció la respuesta más oportuna. Así que me mordí la lengua y empecé a pensar en cuál sería la mejor manera de solucionar aquello. No se me ocurrió otra que salir pitando. Y eso fue lo que le dije en voz baja a Julia. Comparte conmigo ese secretito me pidió el alto al ver que hablaba con ella. —No… no es nada —balbuceé. ¡¡¡Ahora!!! gritó Julia con determinación.

Las tres echamos a correr y nos zafamos de aquellos tipos con facilidad. Ni siquiera intentaron correr detrás de nosotras. No estaban para muchos trotes.

¡Vaya borrachos impresentable! dijo Rachel. Ya no llovía, diluviaba.

Caminamos entre los panteones en busca de la salida mirando de vez en cuando para atrás, no 90 fuera a ser que los borrachos nos siguieran.

¡Alto! escuchamos una voz.